Sei sulla pagina 1di 447

José Gómez de la Cruz

Portentosa vida y
admirable muerte de

SAN FRANCISCO
DE PAULA
Piraros.* VIDA V ADMIRABLE MOTE
DE

S. FRANCISCO DE PAULA.
SAN FRANCISCO DE PAULA.
PORTENTOSA VIDA
V A D M I R A B L E M 'tJlüJR'X ’B
DEL

Y a UMATURQO V ' Q l ORIOSO p A T R IA F lC A

S. FRANCISCO DE PAULA,
NlMiUOii fSICü M LA REIMOS W, LOS M IO S .
s S C eíita

POK EL R p. F. JOSÉ G01IEZ DE LA CRUZ,


Üromsíü de la provincin de (¡¡islilla.

Y RIíVoSMaDa
POR DON JOSÉ ESCRIG.

A p r o b a d a por la Autoridad Kclesi:islic;i.

VALENCIA:
IMPRENTA I.)E R . ORTEGA, BOCINAS, I,
PRÓLOGO.

Agotadas las varias ediciones que se han


hccho de la portentosa Vida de San Francisco
de P a u l a . que escribió, cerca ya. de los ciento
cincuenta a ñ o s, el R . P , F . José Gómez do
la Cruz, sin que en ninguna de ellas se encuen­
tre alterado el testo de la prim era: agotadas,
según queda d ic h o . so concibió el pensamiento
de ofrecer al público la mencionada V id a , h a ­
ciendo en ella las reformas de que era suscep­
tib le , con el objeto de que los devotos de tan
glorioso y singular P a t r i a r c a , que en vano
desean a d q u iriría , lo puedan co n seg u ir, sin el
inconveniente, no p e q u eñ o . de poderla leer en
lenguaje mas co nciso . que el de la lejana
época en que aquella se e sc rib ió « abundante
sobre m anera en digresiones y circunloquios,
que hacirm sum am ente pesada su lectura»
La p arte testual de la que se ofrece al pú ­
blico es id é n tic a , sin omision de cosa alguna
que se haya creido s u sta n c ial, á la que publicó
aquel erudito R e lig io so , salvas algunas alte­
raciones en el contenido de cada ano de los
cinco libros de que se co m p on e, y en la re ­
ducción consiguiente de capítulos á una m ilad
casi de los que contenían; corrigiendo al tiempo
misino un e rro r muy remarcable, cual es. el de
suponerse, en la esprosada obra «que nuestro
»Santo y C o m p a ñ ero s, siguieron su rumbo
»hasta dar fondo en el puerto de Mi lazo.» E rro r
que la historia misma desvanece del modo mas
p a lp ab le ; dánslose p a ra m ayor satisfacción en
su debido Jugar una circunstanciada relación
del faro de Mesina, ó sea de aquel brazo de M ar
que separa á Ñapóles de la isla de Sicilia.
También se ha tenido en cuenta do deber
o m i t i r , para conocimiento de los devotos lec­
tores , un breve relato referente á la recon­
quista del Reino de Ñapóles , de que los F r a n ­
ceses, con su rey Carlos V III al fre n te , se
habían ap o d erad o ; siquiera s e a , por Ja parte
que en ella tomó un bizarro y distinguido E s ­
pañol. Va al fin del libro cuarto, como adición
al capítulo décimo del mismo.
Igualm ente se lee en un apéndice al capi­
tulo último del libro q u in to , una noticia rela­
tiva á la Fundación del Convento de Mínimos
de la Ciudad de Valencia , y del ele Monjas de
la propia Orden, que no llegó á term in arse por
fallecimiento de su Fundador ; concluyendo con
el Novenario y gozos de nuestro Santo P a ­
triarca.
LIBRO PRIMERO.
C ondeno desde el n a cim ien to de S a n F ran ­
cisco de P a u la , lia sta qu e le e n v ió D ios,
por m ed io del A r cá n g el S a n M ig u e l, el
Tí^cudo de la C aridad, com o A r m a s de
M ínim a R eligión -

CAPÍTULO PRIMERO.

Tutria v Padres de nuestro Santo; su nobleza y virtudes.


Oraciones cié los mismos, y voto que hacen á San Fran­
cisco de Asís, <le q u e , si por su intercesión les drí Dios un
hijo, ltí pondrán su propio nombre. Aparece sobre su casa
J¡i noche de su concepción un lucero resplandeciente: su
y
nacimiento; resplandores de que se lleno' la casa, música
celestial que se ojo.

En Italia, región de Europa y de las mas hermosas y


fértiles del Orbe, csislc el Reinó de Ñipóles, cuya Ca­
pital ó Corlo lleva el mismo nombre; formando parlo de
el una Provincia, antes Ducado de Calabria, que ha en­
gendrado siempre Varones insignes bajo lodos conceptos,
y de la que es Metrópoli y Silla Arzobispal la Ciudad de
Coseneia, no menos ilustro que nombrada.
En la referida Diócesis, Marquesado de Poscaldo,
esta situada la noble y celebrada Ciudad de Panla:
pueblo, aunque de menor lustre para los Antiguos, ahora
— 8 —

uno de los mas insignes y dichosos de toda la Calabria:


insigne por su posicion lopográlic?., hermosura y nobleza
do sus ciudadanos; por su saludable temperatura, fera­
cidad do su suelo, y por sus apreciables y pintorescas
vistas; pero mucho nías lo es todavía, por haber sido
patria de aquel portento de la naturaleza, del Tauma­
turgo y Fundador único de la Religión de los Mínimos,
de nuestro Gran Padre y Patriarca San Francisco de
Paula; con cuya prenda, aunque ninguna otra se le hu­
biese concedido, quedara su ciudad natal por todo el
mundo engrandecida. Mereció el dictado de la! ciudad á
los Reves do Ñapóles Alfonso I y Fernando II: me roed
que confirmó el Rey Católico D. Felipe, segundo de esto
nombre.
Do la mencionada ciudad fue natural Jacobo de
Alexio, llamado comunmente Uartolilo, para distinguirle
de otro su pariente, de su propio nombre y apellido, liijo
de Bartolo ó Bartolomé, y como es muy común en los
padres desear la propagación de su linage. pedían ren­
didos á Dios diese á su hijo esposa ¿ medida do su co­
razón, y le suplicaban al tiempo mismo, que si habia de
ser para servirle, cumpliese sus anhelosos deseos. El
Señor, que siempre atiende propicio á los rendimientos
de sus hijos, si son justos, oyó benévolo y cumplió los
deseos de aquellos, dando á su hijo por esposa a "Viena
de Toscaldo, doncella noble, honesta y virtuosa. La pre­
clara nobleza de los desposados era á lodos notoria;
Jacobo do la casa de los Bai tolilos, familia de las mas
antiguas y limpias de Corencio; y la prosapia ilustre de
Viena la publica el escudo de armas, que permanece
sobre las puertas del castillo de Paula, desde que uno de
sus ascendientes tenia el dominio ó sefiorio de dicha
ciudad, quo poseyeron mas (le trescientos afios; pero
como las riquezas son para el mundo las quo dan ol es­
plendor á las familias, este en ambos desposados habia
quedado marchito por falla de ellas.
Cuando la voluble fortuna vuelve la espalda á los
moríales, todas las prosperidades de la vida se ajan ó
desmejoran, cual la mas hermosa llor, á los fuciles im­
pulsos íle la desgracia: sin embargo, no parece ser osla
la verdadera causa de haber llegado á pobreza los nobles
padres de nuestro Sanio. La demasiada fortuna en los
bienes terrenos, no deja de ser un obstáculo para nuestra
real v efectiva felicidad: Quena Dios constituir felices á
sus Progenitores, y por esto mismo les quitaba poco á
poco los estorbos, que se lo pudieran impedir, siendo
ciertamente singular la concurrencia de sucesos en ambas
familias: puesto que ambas, lanío tiempo ricas y opu­
lentas, habían quedado á una medianía reducidas. Les
liabia el Ciclo de conceder un hijo despreciado!', noble y
generoso de cuantas ventajas ofrece el mondo, y por ello
convenía fuese concebido en semejante pobreza, á imi­
tación de los Gloriosos Padres de Nuestro Redentor, que
solne ser descendientes de Reves, necesitaron del trahajo
de sus manos pnra sustentarse.
Lo sustancial de osla verdad no lo ignoraban .Tacobo
y Yiena, pero su mayor dicha la vinculaban en tener
algunos hijos, con que poder tributar á Dios algún ser­
vicio, y si bien apreciaban la nobleza de sus ascendientes,
cuanto bastaba para no dejen erar de su esplendor, en lo
que mas ponían su conato era en el servicio del Señor,
en la honestidad, y en el ejercicio (le las virtudt^s De
natural pacífico y recogido, mas que para el oslado de
casados parecían nacidos para el de Religiosos, procu­
rando, cual ellos, vivir en el retiro. Su trajo era mo­
desto, y nada regalada su ordinaria comida; siendo
también su trato afable y cdiücativo. Frecuentaban re­
verentes los Santos Sacramentos, sin contar con otros
ejercicios devotos y basta mortificaUvos, que de enmun
consentimiento practicaban ambos en sus retretes; y
eran, en lin, caritativos para con los pobres, y su vida
ejemplar á lodo el pueblo.
-1 0 —

El ano J¿00 so unieron con el conyugal ñutió del


sanio matrimonio, y quince hablan ya trascurrido, sin
haberles el Cielo concedido fmlo de bendición. Ansiaban
la propagación de su liuage, que tanto en el mundo se
apetece, y á este objeto dirigían ¡ñilbos esposos sus ora­
ciones y plegarlas, acumulando sus dcvolos ejercicios y
mortificaciones. Cuanto mas se re Lardaba conseguir lo
que (leseaban, tanto mas se desconsolaban, y discur­
riendo si de ello podría ser causa alguna culpa suya,
recoman en su busca sus conciencias. Suplicaban a los
Santos y les ponían como medianeros con la Divina
Magostad, y en cspceial á ta Reina de los Angeles: Dios,
empero, dilalabacl cumplimiento de sus deseos, al tiempo
mismo que interiormente les impulsaba á repetir sus
oraciones y plegarias con mas clicacia.
Tcuia dispuesto la providencia del Altísimo dar á
Jacobu y Viena el Lijo, que con oraciones, humildad y
lágrimas rendidos le pedían; pero un Lijo ejemplar de
virtuosos, conlusion de Sacerdotes, estimado de los Reyes
y Principes de la tierra, y escogido para Patriarca de la
austera Religión de los Mínimos 6 institutor nuevo déla
vida cuaresmal perpetua. Aunque los prcdklios esposos
estaban resignados á sufrir cualquier castigo que Dios
les enviase, nunca cesaron de clamar al mismo con el
mayor rendimiento; mas por una inspiración divina de­
terminaron valerse do la intercesión de San Francisco de
Asis: de modo, que después de haber oído Misa, ofre­
cieron unánimes al Santo, «que si conseguían les diese
un hijo el Señor, lo pondrían en el Bautismo su propio
nombre.» El Todopoderoso les oyó entonces, y á los
pocos días concibió Viena, manifestando el Cielo su con­
cepción con un prodigio.
Cultivaba Jacobo por cuenta suya algunas heredades
do su propiedad, y se habia convenido con un amigo
para ir el siguiente dia á su labor. Este se levantó por la
mañana muy temprano para llamar al precitado, pero al
— 11 —
estar cerca de su casa, se sintió deslumbrado por 1111
globo de luz resplamlccicnlc, que le causó alguna sor­
presa, pero recobrado de ella observó que el indicado
globo, rodeando la techumbre de la casa de su amigo
Jacobo, reverberaba por todo su contorno. Vista seme­
jante maravilla llamó á algunos convecinos para que
admirasen lo que ó! oslaba admirando, y al míenlo dis­
pertó á muchos, y se reunió un crecido íuimero de ellos.
Suspensos quedaron lodos al reconocer que la resplan­
deciente lux perseveraba pendí cale en el aire sobre la
mencionada casa; formando mil conjeturas de lo que
acababan de ver, no siendo la última el considerar la
honesta y virtuosa vida de dichos esposos, y no dudando,
por lo mismo, que lan peregrina maravilla fuese prpludio
feliz de algún grande aconlecimicnto.
Sí¡ en efecto; grande lo fue, porque el niño, que en
aquel momento se concebía, había de ser victima agra­
dable en presencia dol Altísimo, sazonada con el luego
ardí en le de la caridad, cuyo nacimiento, como dijo el
Papa León X, liabia de servir de viva luz, que clarilicasc
las tinieblas que padccin la Iglesia, y cuya vida, cual
resplandeciente estrella, habia de ilustrar con su res­
plandor el Universo.
Los dichosos esposos no sabían como dar gracias al
Señor por beneficio lan singular, pero convinieron al fin
en observar la Santa Ley con mas fervor que hasta en­
tonces, añadiendo aféelos tiernos de a m o r divino, nuevas
obras de caridad para con los necesitados, y fervientes
propósitos de perseverar toda su vida en estos sanios
ejercicios.
Era el 1 -i 1o, c iba á entrar ya el de 1116: Ocupaba
la Silla Apostólica Juan X X IIlj y reinaba en Castilla
D. Juan I!, Fernando 1 en Ñapóles y en Francia Carlos YJ,
al tiempo mismo que se declararon enemigos de Nuestra
Santa Fé Católica, Juan IIus en la Boemia, Gerónimo
de Praga, y otros que lomaron el nombre de llusitas,
— 12 —
los cuales predicaban la pestilente doctrina de Uviolcf,
hctesiarca inglés: pero lo que mas afligía ora el pertinaz
Cisma, que padecía con el arriba dicho Papa Juan, Gre­
gorio X II, y Benedicto X III, que todos tres se hacían
venera!1como á tales Papas.
Entrado pues ya el ano 1416, Yicna de l’oscaldo.
prevenida con su ordinaria refacción do penitencia y
comunion, dispuso el Ciclo diese á luz felizmente al
deseado hijo, á la cándida paloma, que traía el verde
ramo de la paz tan anhelada de toda la Cristiandad, al
glorioso San Francisco de Paula: dia de congratulaciones
fue para sus afortunados padres, el 17 de Marzo, en que
tan feliz suceso ocurrió, det que participaran lainbicn
todos cuanLos lo supieron, y conservaban memoria riel
globo de luz de la noche de su concepción, tos cuales
Bendecían y alababan al Señor, prometiéndose felici­
dades con la venida ai mundo de aquel niño.
¡Nro quiso la Magostad Divina dejar do confirmar su
concepto con otro prodigio, no monos portentoso, cual
filé, que el propio din de su nacimiento se llenó de res­
plandores la casa do sus venturosos padres; oyéndose al
tiempo mismo una armoniosa y celestial música, para
confortar al rccien nacido, como vencedor esforzado,
que había de sor, del mundo, del demonio y de la carne;
siendo do notar una coincidencia providencial, y es, que
el año mismo en que fue Francisco concebido, se con­
gregó un Concilio para concordar los lies prcdiclios
Anlipapas, y condenará los beresiarcas, de que ante* so
habló, y el año de su nacimiento, arregladas las cosas
de la Iglesia, fue nombrado Pontífice por canónica
elección, Mnrlino Y, y condenados aquellos heresiaicas,
con otros dos mas; serenándose la Cristiandad, y con­
virtiéndose el turbulento Cisma en paz y sosiego.
CAPÍTULO 11.

Gozo üe los padres de nuestro Santo con su hijo: su bautizo.


Se lfls acibara dicho gov.o con una eufermodud, que tuvo,
peligrosa: Hacen un nuevo voto por su salud, y la recobra
milagrosamente. Su infancia, y ejercicios que en clin, prac­
ticaba: Despide de su rostro admirables resplandores.

No es pomlerablc el gozo que tenian Jacobo y Yiena


con su hijo: cuanto mas deseado es un bien, tanto es
después mas satisfactoria su posesión. Era aquel, fruto
de sus lágrimas, oraciones y penitencias, y por lo mismo
cí a de ellos singularmente estimado, aumentando su ca­
riño las alabanzas y pronósticos que del mismo hacían,
con sobrado fundamento, sus deudos y convecinos. La
hermosura de su rostro ora angelical; mi presencia grave,
graciosa y apacible, y su fisonomía, más que natural,
movian y penetraban íos corazón es de cuantos le miraban,
divulgando todos á porfía !o estraordinario de su con­
cepción y nacimiento.
Llegó e] dia de s» renacimiento por la gracia del
Sacramento del Bautismo, y se le puso el nombre de
Francisco, según sus padres tcnian prometido; apenas,
empero, se acababan estos de entregar á las caricias con
su hermoso hijo, cuando á los pocos meses se le formó
sobre uno de .sus ojos una apostema de pernicioso ca-
ráder, que ocasionando al Niño intensísimos dolores,
vino á puncr en duda su deseada y preciosa vida; porque
de nada .servían los remedios del ario-, .siendo, no obs­
tante, muy notable su tolerancia en lan acerbos padeci­
mientos. Si alguna que otra vez se quejaba, era de la)
manera, que mas servia para mitigar la pesadumbre de
sus venturosos padres, que para aumentar su pena; mos­
trando en su semblante tal serenidad y sosiego, como
esperar .se pudiera de fa persona mas paciente y sufrida.
Quiso Dios probarle con dolores, enfermedades y tra­
bajos, para perfeccionarle con un prolongado martirio.
La allkcion de sus padres, bien se deja discurrir
cuanta seria, esperando por momentos la muerte de un
hijo lan deseado. Ayer 110 cabia la alegría en el pecho
dé Jacobo y Viena; hoy rebosan en él los sobresal los y
pesares: aver los posoia la dulce quietud de un regocijo,
pero hoy íes aflige y atormenta lo cruel de la pena, al
tiempo mismo, que el temor de perder al hijo mas de­
seado; debiendo de lodo ello deducirse «que no hay
jamás gozo cumplido en esle valle de lágrimas » No
queriendo, sin embargo, Viena en lan desconsoladora
situación, dejar de aplicar lodos los remedios humanos y
divinos, agolados ya los primeros, se dirigió á un templo
do su abogado San Francisco de Asis, á quien manifestó
su necesidad y conflicto, y le pidió alcanzase del Señor,
si le convcnia, la salud para aquel hijo, que por su inter­
cesión había conseguido; pero se lo pidió con lágrimas,
rendidos ruegos, viva fó y resuella confianza, y para que
el espresndo Santo condescendiese mas pronto con sus
deseos, hizo un nuevo voto, que su esposo ratificó, de
que si su Divina Magostad concedía la .salud y vida para
su hijo, por intercesión suya, le tendría en un Convento
de su Orden, sirviendo con hábilo por lodo un año,
¡Caso prodigioso! Apenas hubo Viena acabado su
oiíicioii, y tic hacer su promesa, comenzó ci ftiiioá me­
jorar, mi ligándose lo los dolores y dando señales (le salud,
oslando ei siguiente dia perfectamente bueno. Es Dios
fiel en sus promesas: nunca cierra sus oidos á quien
pkle, llama y persevera. Aun estando los necesitados,
dice por su Profeta, pidiéndome, les concedo et beneficio:
les estoy oyendo y socorriendo. Así cu realidad lo espe-
rimciilaron los venturosos padres do Francisco. Quería
el Señor probar su paciencia, resignación, desasimiento
y el amor que le tenían, y encontrándoles constantes,
iio dilató conceder al Nifio la salud.
Dosdt! lue¿ro se observó, entro la madre y el hijo,
una amorosa competencia; aquella en estrecharle caí ¡llo­
sa mente enlre sus brazos, y esle en aceptar sus caricias
con grave y modcsla compostura; aquella en franquearle
sus pechos liberal, y osle en recibirles parco y con me­
dida. No eran estos pueriles desdenes de coraje, no,
sino una discreta abstinencia que constante practicó.
Desde entonces no fue importuno en pedir su alimento,
y menos impaciento aun en esperarle.
Sobre los cuatro anos contaría, cuando sus padres
comenzaron á instruirle en !a Doctrina Cristiana, Con su
dóbil mano formaba el Niño la Señal de la Cruz, y con
su balbuc iente lengua pronunciaba los dulcísimos nombres
do Jesús y de Hería, los que repetía c invocaba con
dulce afecto. Estaba ya impuesto en tan tierna edad, en
que era un Señor Trino y Uno el Dios ti quien adoraba.
xVquellos le designaron maeslvo, con ánimo de. que,
sabiendo leer y escribir, se instruyese en gramático, y
otras facultades, estando bien persuadidos quo so incli­
narla á ser Religioso.
No salía de casa sino para ir á la Iglesia ó á la es­
cuela, á no ser que á impulsos de su madre fuese á
divertirse un rato con otros niños; mas ú estas instancias
maternas solía siempre responder con humildad «quo
irla por obedecer, pero que por gusto suyo, mejor so
— 1
{ > —

quedaría en ella leyendo, que ¿saldría.» Hay', entre los


muchachos, algunos traviesos y mal educados, que tienen
el pésimo yicío de jurar v maldecir; pero si laE hacían
á presencia suya, nuestro Francisco les reprendía con
rostro severo y enojado, aunque con sania caridad y
cordura, que sé abstenían en Jo sucesivo de volverlo á
verificar; de modo, que sus diversiones estaban reducidas
á inquirir quién mas corrcclnmcnlc leía; quién con
mejor forma do letra escribía, ó quién estaba mas im -
puosio en la Doctrina Cristiana.
No es esto, sin embargo, lo mas notable y maravi­
lloso, sino que hasta con su ejemplo muchos ciudadanos
de Paula corrigieron en si mismos las perversas costum­
bres que tonian arraigadas, siendo de ello la causa
motiva, que como nuestro Santo iba con tanta frecuen­
cia á la Iglesia, en especial por la mañana, muchos
de aquellos ciudadanos se dirigían también á ella solo
por curiosidad, y con el objeto de admirar la devoción
y compostura del cuerpo del ¡Niño Francisco, cuando
asistía á la Misa ó rezaba: la gravedad de su seni-
blaute, la modestia de sus movimientos y el fervor que
demostraba, al levantar el Sacerdote la Sagrada Forma,
sucediendo!es lo que á muchos infieles, que curiosos
han entrado en nuestros Templos al tiempo de celebrarse
los Divinos Oficios, y lian salido convertidos.
El Niño Francisco., en tan corla edad oslaba ense­
ñado del Espíritu Santo, abrasado con c! fuego que Dios
le había mfundido en sus huesos, y nada cslrañablc era
inflamase á cuantos miraban sus acciones. Era ya el
hijo de Jacobo y Viena el común objeto de todas las
conversaciones; todos trataban de su santidad, trayendo
á la memoria el lucero de la noche de su concepción;
los resplandores de la casa paterna el dia de su natali­
cio; la música angelical que dicho díase oyó en ella, y
por último, la vida ejemplar adornada de lauLas virtudes
como en él se mostraban.
— 17 —

Y si Ja admiración de Lodos era tan grande, cuál


seria la de sus dichosos padres, que como á mas fami­
liares no se les ocultaban, ni podían ocultar sus ejerci­
cios? Los de fuera de cusa muchas sanias acciones veian
ú oian á oíros celebrar; pero aquellos las sabían por si y
las admiraban. Y quién no había de encomiar aquel
retiro lan continuado en oracion, rogando á Dios con
lágrimas por la conversión de los hereges, y por la paz
de la Iglesia Católica; aquel con tentarse con yerbas solas
por lodo alimento, costumbres que observó duranle su
larga existencia, y aquellas aspereza y rigor, en fin, con
que maceraba su cuerpo delicado, no acosláudose en
cama alguna desde la edad de siete años, si no en el
duro suelo? Todo esto, pues, lo confirma el Papa León X,
en misterioso compendio; «Pasaba, dice, la puericia con
^resplandecientes costumbres- frecuentaba los Templos
»con oraciones continuas y oia la palabra de Dios con
avehementos afectos.»
No debemos guardar silencio sobro un dicho, que
desde Niño repelía á menudo, y es, que como muy de­
voto de la Reina de los ángeles, rezaba lodos los dias el
Rosario de rodillas, y decia: kQuc era descomedimiento
»de otra manera rezarle, por ser la Madre de Dios con
«quien entonces se habla.» Cuantas oraciones le habia
enseñado su piadosa madre, todas las cumplía fervoroso
y vertiendo lágrimas y puesto de rodillas. Era también
muy devoto de San Francisco de Asís, y se encomendaba
á él con frecuencia. Singularmente lo fue asi mismo del
Arcángel San Miguel y del precursor San Juan Bautista,
pero en especial del "Angel de su Guarda, con quien
hablaba, y á quien vio algunas veces.
Con egercicios, vida y tratos semejantes, quó mara­
villa causará decir que su rostro aparecía brillante, como
bañado de celestiales resplandores? Prodigio que no solo
viviendo se observó en su persona, si que, después de
su gloriosa muerte, también en sus retratos ó pinturas»
a
— 18—
como así lo depusieron en los procesos de su canoniza-
don un Religioso Cartujo, el conde .luán Francisco de
Arenas, y otros testigos respetables de vista. Se criaba
Francisco cual llama que había (le infundir calor en los
mas Trios corazones; cual lumbrera dcsterradora do tantas
tinieblas de ignorancia, y cual antorcha para sor puesta
sobre el candclero de la Iglesia: quedándose también de
paso consignada la pureza de su alma; puesto que, sin
embargo de sti larga vida, conservó siempre la gracia é
inocencia bautismales, sin haber jamás cometido pecado
alguno mortal.
Sus brillantes resplandores eran tan patentes y do
todos tan conocidos, que no deslumbraban ni aterraban.
Su dichosa Madre Yiena, á quien admiraba su brillantez,
esperimentaba tal dulzura con solo mirarle, y lal suavi­
dad al ponérsele á los pechos, que la tenian fuera de si.
Personas, muchas eslrafias, visitaban á sus afortunados
padres, solo por ver al Santo Niño, del que tanto se
decía, y por oírte razonar le locaban diversos puntos,
quedando absortos de las contestaciones que daba, y por
ultimo, baste decir, que en las comarcanas Provincias
estaba su crédito (le tal manera estendido, que además
de salir muchos de sus casas solo por verle, las conver­
saciones (odas se referían al Santo Niño, como de ordi­
nario se le llamaba.
CAPÍTULO III.

Se le npareeo u m noche al Niño San Francisco do Asís, y


cumplen sus padres l¡i promesa de tenerle un uño en un
convento de su ordeii. Su recibimiento por fil prelado, quien
le vistió el hábito de dftvodon. Lu visita el señor obispo
dft San Marcos. Obra muchos milagro.-; mientras perma­
nece on el convento, do les que se refieren tres de los mas
notables.

Estaba ya Francisco en los once años de su edad,


adelantado en la razón, en la estatura aumentado, como
asimismo en las virtudes; quoiido de sus venturosos
padres, á los que se preparaba un «novo sentimiento,
aunque mas tolerable y conformo con la voluntad de
Dios. Recordaban la promesa hecha á San Francisco de
Asís «de ofrecerlo un año en un convento de su orden,
para que sirviese, si por su intercesión sanaba de la
apostema consabida, y de consiguiente, que era preciso
cumplir su palabra.» «Si santificares y prometieres al­
aguna cosa á Dios, se dice en el Bcuteronomio, tómala
»v ven al lugar que eligió el Señor, y allí ofrecerás tu
jófrenda.» Sabian aquellos lo obligados que estaban al
cumplimiento de lo que con lanía espontaneidad habian
ofrecido en su estado de aflicción; de aquí es, que no
-2 0 —

obslanle las vacilaciones, propias á su natural cariño, se


decidieron á que se llevase á efecto.
Se encontraba por estos mismos dias nuestra Sanio
joven en su nocturno descanso, dormidos los sentidos,
poro velando su corazon, cuando sintió que un religioso,
del urden de los ¡\Ietiorcs, se le acercaba, y que lomán­
dole la mano, oyó le decía, después de haberle desper­
tado: «Levántale, Francisco, y di á tus padres de parle
»dc Dios, quo ya es tiempo de cumplir con sus promc-
»sas » Se leí anlo al momento, y desde luego Cué á mani­
festar á los mismos la aparición do San Francisco de
Asís, como y también lo que pedia. En vista de ello, se
resolvieron ios precitados ponerlo al instante en ejecu­
ción, Lomando entonces nuestro joven Francisco el re­
nombro do Paula, su patria, en voz do los honrosos é
ilus Eres apellidos de sus mentados progenitores.
Los venturosos padres y su hijo querido, sin perder
tiempo, emprendieron su viaje para la ciudad de San
Marcos, cuya comunidad tenia gran concepto de vir­
tuosa, de la que formaba parte el padre fray Anlouio
Canlánsnro: persona prudente é ilustrada, que Labia sido
padre espiritual del Niño Francisco, cuantío residía en
el convenLo de San Cosilo, no muy distante de Paula,
cuyo religioso murió mucho después en opinion de San­
tidad. Pues bien; llegados que fueron al convento, en­
traron en la Iglesia, hicieron oracion, y oída Misa del
Espíritu Santo para el buen acierto, llamaron al padre
guai dian, al que con rendida humildad dieron á conocer
su promesa, y los motivos de ella; añadiendo, que ha­
bían ido á cumplirla, y que por lo mismo le dejaban en
su compañía con la bendición de Dios y suya por lodo
un año, ó según su Divina MajesLad fuere servida.
No es pondcrable la alegría del indicado prelado, y
la déla comunidad loda, y especialmente al saber era
aquel Niño el que en el territorio comarcano llamaban
las genios el Sanio, y de quien se referían tales prodi­
—21 —
gios en sil concepción y nacimiento; además (lo que su
modesta gravedad, honestidad, compostura y semblante
eran una lengua muda, que mayores singularidades les
decía. El padre guardián le dló un abrazo, y al vestirle
el hábito de d^vocion, le dijo: «Francisco, con esta librea
»se sirve á Dios en esta casa.;?
Vestido que fue, se despidieron sus padres del Pre­
lado, de la comunidad y de su hijo, llenos de ailicion y
sentimiento: sentimiento que formaba un noiable con­
traste con el júbilo de los religiosos, los cuales les pro­
curaron consolar con espirituales razones, de lo acepto
que era á Dios tal desasimiento, semejante sacrificio,
aunque por tan breve tiempo. Así se producían para
consolarlos, si bien por lo que habían oido y estaban
viendo, creían fundadamente no dejaría ya su compañía;
pero como quien gobernaba sus acciones era el Señor, y
no humanos discursos, estos jamás podían contrastar
sus altos designios. El prudente Prelado fió su cuidado
y dirección al padre Caniansaro, su antiguo confesor,
quien le recibió gozoso, como conocedor que era de su
fervor y santidad.
Principió á servir gustoso al Prelado y á la Comuni­
dad, ocupándose en los oficios mas humildes: á todos
servia alegre, atendiendo á sus oraciones, y observando
cuidadoso sus mortificaciones y especiales virtudes. El
tiempo que en sus obligaciones 110 empicaba, lo tenia
destinado á cumplir con sus devociones. Lo mas de ía
noche lo pasaba en oracion, y si algún ralo descansaba
era en el suelo por cama, con una piedra por cabecera;
orando comunmente con los brazos puestos en cruz, ó
postrado en tierra juntando á ella su roslro. Se daba
fuertes disciplinas, y su túnica interior era un áspero
Cilicio, como hoy se vó en el convento de San Luis de
Ñapóles. Ayunaba lodos los dias á pan y agua, y los
domingos por solemnizar el beneficio de recibir al Señor,
ó sea la Sagrada Comunion, comin algunas yerbas.
—22 —
De tal disposición se deja bien comprender cuál
seria el cumplimiento do las obligaciones en que los
Religiosos le empleaban. También visitaba los enfermos,,
y les consolaba, y suministraba caritativo cuanto pru­
dentes le pedian: disponía las camas, lavaba las ropas,
cuidando do su aseo, y rogando con lagrimas por la salud
de aquellas que conocía estaban mas dolientes, pero con
tanta solicitud, como si cu cada uno do ellos encontrase
á su Maestro Jesu-Cristo. Otras veces solia ir á la co­
cina y refectorio, y suplicaba á los encargados de dichas
oficinas fuesen á descansar y le dejasen: entonces lim­
piaba y cómponia lo necesario, con tal esmero y breve­
dad, que ¡i Lodos admiraba.
Apenas se divulgó por aquellos alrededores la estan­
cia en aquel convento del Santo Niño, lodos convinieron
cu la probabilidad de que l'uese Religioso, acudiendo
muchos á la Iglesia, donde ordinariamente so ocupaba
en ayudar Misas, solo por verle. El seüor obispo de la
precitada ciudad, Liulovico Leubriaco, mongo Benedic­
tino, impulsado de su gran lama, fucú visitarle al espre­
sado convento, y después de haber tenido con él un buen
rato de conversación, dijo al padre guardian y Religio­
sos: «Habia inferido de sus razones y semblante, era
»aqucl Niño, enviado del Altísimo, y que aparecía in -
sflamado de un singular fuego de amor Divino, del que
»sc habia de Icvautar un incendio de esc mismo amar.»
Conoeióso no haber soltado de paso esla fra.se, volviendo
después á visitarle no pocas veces.
Para que 110 se lache de exagerado algo de lo dicho,
referiremos concisamente solo tres milagros, de los mas
nolables, entre otros de los que obró estando en el
Convenio* Fue el primero; que teniendo obligación un
Religioso corista de componer el refectorio, suplicó á
Francisco cumpliese por él, á causa de instarle cierta
precisa ocupacion; mas esle le conlesló que perdonase,
pues estando empleado en ayudar Misa, no podía por
— 23 —
entonces servirlo: Aquel insistió en lo mismo, y persua­
dido, en lin, por sus muchos ruegos, se encargó de
complacerle. Embebido el Sanio Niño, sin embargo, en
el sacrificio de la Misa, padeció alguna distracción, que
le hizo poner en olvido la conLraida obligación; pero
acordándose de ella, y deseoso de cumplir antes con lan
sagrado tleber, fijó en Dios su corazon, y elevada la
mente prom mpió diciendo: «Jesús mío, cómo puedo yo
«cumplir y oslar en dos lugares, siendo hombre moría!,
«sino se divide mi persona? Solo Vos, Dios mió, que sois
Todopoderoso, podéis permitir, si Os place, cumpla yo
«sin interrupción alguna, con una y otra obligación.»
Oh Omnipotencia fidelísima de Dios! Que cercano eslais
á quien así o.s invoca! Siempre pronto para quien en
Vos confia! No bien hubo concluido aquellos afiroles,
cuando milagrosamente asistió, en el refectorio á com­
poner las mesas, sin fallar un instante del Altar, ni de la
vísta del padre saciistan. Así lo publicó esto después,
haciendo !o propio oíros, que le vieron á la misma hora
asistir á dicha oficina.
Fué el segundo prodigio, que habiéndolo mandado
el sacristan fuese á la cocina por lumbre para el incen­
sario, obedeció al momento, dejando á los Ministros dis­
poniéndose para la Misa mayor; pero no encontrando tan
pronto el brasorito de hierro destinado para poner los
brasas, se las metió en el seno, y las llevó á la sacristía
todas encendidas; habiendo visío cuantos estaban en
ella, como las iba sacando del pecho, cual si fuesen
frescas rosas. Reprendióle el sacristan indicado, mas
nuestro Francisco respondió humilde, haber sido falla de
advertencia suya, atribuyendo á defecto propio, lo que
todos oslaban admirando.
El tercer milagro fue, quo habiendo enfermado el
Religioso cocinero, le mandó el padre guardián, por
probar su humildad y obediencia, fuese á la cocina ¡i
encargarse del guiso. El santo Niño obedeció gustoso al
- 2 4 -
luomcnlu, sogtm hacia en cuanto se le mandaba: tomó
lo que su habia tic guisar, lo puso en la olla, y esta la
puso sobre la ceniza; pero conceptuando ser muy tem­
prano para encender la lumbre, se fue á la Iglesia, por
no perder aquel poco de tiempo. En li ó en lina capilla y,
pueslo en unción, se alojó lanío de si con un éxtasis
divino, que llegó la hora de comer, y buscando por el
convento, no se te pudo encontrar: reconocieron entonces
algunos religiosos la Iglesia, y en la capilla, en quo se
bailaba, le vieron absorto, y elevado de la tierra como
una vara, teniendo lucidísimo su rostro. Dichos reli­
giosos no se atrevieron a llamarle, lodos admirados, sin
noticiar antes al Piolado lo que ocurría. Este, varón
prudente, y á quien no causaba ya eslraiíeza cualquier
prodigio que dijesen de Francisco, I ps mandó le inter­
rumpiesen: asi lo hicieron, y vuelto de su arrobamiento»
V oyendo el descuido que se le imputaba, respondió:
«No es posible sea asi, como se dice; loquen á comer,
»quc todo está dispuesto y prevenido.»
Dio entonces orden el Prelado que ejecutasen lo quo
el virtuoso Mancebo decia: llegó ¿I mismo entretanto;
apartó la olla de la ceniza muerta, ó sin estar caliente
siquiera, como no lo habia estado, y sentada la comu­
nidad á la mesa, repartió la comida, también guisada y
sazonada, couio si toda la mañana la hubiese estado dis­
poniendo, dando con esto á entender el Todopoderoso,
suplia sus ausencias; y el santo júven estaba seguro, qne
recogido con su Dios, no habia de incurrir en falla
alguna. Divulgóse por la ciudad esle milagro, y para
cerciorarse de tan estupenda maravilla, acudió al con­
vento un inmenso gentío.
CAPÍTULO IV,

Se despide de la com-.jnidíul. Yá á visitar el cuerpo do


fían Francisco de Asís. Le sucede un caso notable con nn
Cardenal, y vuelve ¡i Paula en compañía de í k i s padres.

No cesaba la comunidad de dar gracias al Señor,


por haber enviado á su convenio lan preciosa joya, re­
pitiendo con frecuencia seria gran dicha suya, quisiera
aquel Niño tomar su sanio hábito. Tenían lodos un juslo
deseo del virtuoso Mancebo, viendo cuán maravillosa­
mente lo iba disponiendo Dios, y purificando. Los reli­
giosos mas ancianos y espirituales le proponían los
riesgos de osle mundo, los peligros del siglo, y la con­
veniencia de la Ridigion; decíanlo no malograse lalos
principios, y que considerase la oportunidad que lia y
en un Monasterio para servir al Señor, pues que podría
llegar el caso de que le pesara no haberse quedado en
él, dimanando («dos estos afanes, de to entrañablemente
que le querían. El joven Mancebo, corrido de «irse
alabar de sugclos semejantes, lo atribuía lodo á su santa
compañía, suplicándoles le encomendasen á Dios en sus
sacrificios y oraciones, y que le pidiesen le concediese
luz para proceder con acierto.
— 26 —

Finalizando iba ya el año del ofrecimiento de la pro­


mesa, hecha por los’padres de Francisco, v este no ce­
saba de pedir á Dios le mostrase sus caminos, le guiase
por sus sendas, y le inspirase el modo (le servirle que
mas fuere de su agrado; peni sin11liiilo.se> on fin, im­
pelido do especial mocion Divina, se acercó un dia al
padre guardian y le dijo: «Que ya sabia se cumplía el
^término de su llegada, y que deseando visitar el cuerpo
jde su Padre San Francisco, le luciese el obsequio de
sllan w ú sus padres, en cuya compañía pretendía eje-
xcntarlo.» Aquí filó el sentimiento del Prelado y Reli­
giosos: sentimiento que hubiera sido mucho mayor, á
no haber conocido va, que no daba muestras do quedarse.
Sin embargo de lo sentado, aquella aflicción ó dolor
sentimental se redobló cuando sabedores Jacobo y Viena
de la resolución de su querido Hijo, condescendieron
gustosos con sus deseos; y pasando latí luego al Con­
vento, dieron coriesmenlé las gracias á la comunidad
del modo mas cordial, por su buen comportamiento con
el mismo.
Llegada la hora do despedirse, se dirigió el joven
Francisco al padre guardian. y puesta la vista en el sudo,
deiramaiido lágrimas, sonroseado el rostro y con sem­
blante grave, se arrodilló y le pidió perdonase tantas
fallas como habia cometido- excusase lo poco que por
su mala inclinaeiun ó corla edad habia aprovechado, y
la molestia que en lodo el tiempo que habia permane­
cido en el convento hubiese ocasionado, suplicándole que
por despedida se dignase ocharle su sania bendición.
Aquel Prelado mostró entonces el gran concepto que del
prcindicado joven tenia formado; pues que, 110 contento
con echársela, al tiempo de ir Francisco á besarle la
mano, le recibió cariñoso entro sus brazos; animándole
á que prosiguiese esforzado en las virtudes. Después fue
besando la mano á los sacerdotes, y abrazando á los
hermanos, despidiéndose de unos y otros derramando
-2 7 —

lágrimas. Doce años contaba cuando entró en el con­


vento, y li'ccc cuantío salió, sin que hiciese profesión
alguna,’ como dice la Iíula de su Canonización; bien que
tampoco entró en él, con ánimo de vestir hábito para
Religioso, sino solo sí con el do cumplir el voto que sus
padres tenían hecho.
Partió, pues, en compañía de los mismos de seguida,
para el convento de Santa María de los Angolés, con el
objeto, según se dijo, de visitar el Cuerpo de San Fran­
cisco, á pié, por supuesto, tanto los padres como el Hijo;
pasando por la ciudad de Roma, para suplicar á los
sanios Apóstoles Pedro y Pablo, y á lautos olios Simios
como en ella derramaron su sangre, les dirigiesen por
los senderos que mas les conviniese, les recibiesen bajo
su protecciun, y patrocinasen sus intentos, encaminados
lodos al mejor servicio do la Magostad Divina; y estando
ya en ella, ocurrió un lance, digno de que 110 se omita
su narración.
En efecto; caminaban nuestros viajeros por una de
las calles de la predicha ciudad, en ocasion que pasaba
un Cardenal, veslido de lini.sima purpura, rodeado de
criados con grande ostentación, y volviéndose nuestro
Francisco Inicia ellos dijo: «A fe, que los Apóstoles, en
»tiempo de Cristo, Señor Nuestro, 110 andaban con tanta
jgrandeza y magostad,» Fue tal el celo y fervor con quo
fueron pronunciadas estas palabras, qiie llevadas del
Cielo, llegaron á los oidos do S11 Eminencia. Este en­
tonces mandó parar la carroza en que iba, para infor­
marse quién le reprendía su ostentación y lucimiento, y
viendo ser aquel Mancebo Peregrino, le contestó con
agrado y seriedad: «No le admires, liijo, de vernos con
»esla ostentación, que si los Apóstoles vivieran hoy en
»un siglo tan prevaricado, y en el que lan poco se res—
apelan las cosas sagradas, usarían de osle aparato indu­
dablemente; porque todo es menester ó es necesario
apara que so haga estimación do la Dignidad y la acaten,
— 28 —

ná causa de la miseria é infelicidad del siglo que alcan­


zamos, y por la poca veneración y respeto que se licne
j>á la Iglesia y á sus ministros; y asi os, que mas por
ueste fin, que por vanidad y grandeva, lo hacemos.:» Qué
impresión habrían hecho en el corazon de aquel Principo
de la Iglesia las palabras de nuestro Santo Niño, cuando
so vio obligado á darlo semejante satisfacción'? Con qué
ansias irían pronunciadas? Con qué dolor de ver porte
lan profano en los eclesiásticos? Y con que deseos de
enmendarlo fervoroso, si pudiera?
Después de haber visitado las Reliquias. Templos y
Basílicas de la inmortal ciudad, continuaron su camino
nuestros viajeros hacia la de Asís, y al momento que lle­
garon, entraron en el convento. Nuestro Santo Niño
principió desde luego a senlir lal dulzura, suavidad y
consuelo espiritual, que sin fijar su atención en lautas
particularidades como allí se venT dignas por cierto de
admiración, y atraído tan solo del afecto, tío monos
agradecido que cristiano, que tenia al Seráfico Padre
San Francisco, empleó lodos sus sentidos v potencias en
darle las mas rendidas gracias por los beneficios que por
su intercesión liabia del Cielo recibido, y en considerar
también aquel Cuerpo, como traslado ejemplar tic su
amado Jcsu-Crislo: centro que había sido de su amor, y
dechado perfecto de Contemplativos. Confesó y Comulgó
en compañía do sus padres, y puesto en oración comu­
nicando sus deseos, proponía la intención que tenia do
retirarse al desierto; esperando que Dios le conlirmaso
ó aprobase sus designios.
Maravillosa era la inlercadencia, que su alma esperi-
flienlaba en los afectos; ya lo daba por hecho y se ale­
graba; ya temia prudente y se acongojaba: parecíale
conveniente tomar una rcsolucion acelerada, y luego al
punto se retraía de ello, considerando seria mejor medi­
tarlo inas despacio: de modo, que por entonces quedó
aplazada su decisión, bien persuadido seria esta la vo­
— 29—
luntad del Altísimo. Esperimentaba Francisco lo que
San Laurencio Jusliniano dice sucede en semejantes
ocasiones; «lodo lo que se medita es desabrido; todo lo
»que se propone uno considerar queda indeterminado, y
»sin poderse sobre ello formar un verdadero juicio.» De
Asís se dirigió nuestro Sanio, con la irresolución, que
liemos visto, en compañía de sus padres, á visitar la
ceicslial Casa de Nuestra Señora de Loreto, y en ello
puso sobre el particular por intercesora á la Reina de
los Angeles; sintiendo en orden á su definitiva resolución
algo mas de claridad: calló, 110 obstante y disimuló, re­
gresando todos tres á Paula, su ciudad natal.
CAPÍTULO V.

Se retira al desierto, y hace mansión en un tosquc de Monte-


Casino, nn imn, hcredarl propia d i sus padres, tías ejercicios
y tentaciones estando <-'u ¿1: Se resuelva á dar principio á
su licligiotu

Muchos fueron los parabienes que se oyeron en la


casa de Francisco, luego que osle llegó á Paula en com­
pañía do sus padres. Admirábanse todos de verlo tan
crecido, lan magcsluoso en su semblante, lan urbano y
alentó, y tan sentencioso en sus palabras; pero los que
mas participaban de osla dicha eran los venturosos Ja-
cobo y Yiena, que no cesaban de contemplar su rostro
y de observar sus acciones, considerando aquel desprecio
do todo cuanto ei mundo con sus regalos lo brindaba;
aquella asiduidad en no sustentarse sino con yerbas, y
aquel fervor de Amor Divino, con que inflamado, abor­
recía las delicias de la vida, como ponzoña de serpientes*
según dice la Bula de su Canonización.
Entretanto el Santo Mancebo continuaba sus ora­
ciones y ejercicios, encaminadas aquellas y estos á es­
perar del Ciclo una lux clara para resolverse luego á
— 31 —
caminar al desierto; mas con Tal resignación y tranqui­
lidad de espíritu, que si Dios le ordenara lo contrarío do
su proyectado intento, desistiera de olio con alegría. Al
ir con sus padres á la ciudad de Asís, rió por las faldas
de Monte-Casino hricia la parte de Espolelo, á unos er­
mitaños: habló con ellos y se informó de su modo de
vivir, el cual le robó tanto su afecto, V su retiro le
llevaba tanto el alma, que sin poder contener los ar­
dientes deseos de su corazon, les dio bastantes indicios
de lo que su pecho ocultaba; pero de tal manera, que
ellos llegaron á ofrecerle su ayuda, favor y consuelo, si
se determinaba á acompañarles; y aun cuando por en­
tonces no hizo otro, que estimarles agradecido la merced
y ofrecimiento, resolvió, no obstante con reserva, imi-
íarles cuanto anlcs.
Y, en ofcclo, no quiso Dios continuarle por mas
tiempo su pena, no quiso manifestarle su soberana vo­
luntad entro cctagcs tan oscuros, ni mas dilatar sus in­
tentos. Ya parece oia claramente aquel eco imperioso
de la voz que dió el Señor á Abrahan en otra época:
cIK'ja tus padres, amigos y parientes, y ven á la tierra
»qur! Yo lo mostraré. No dudes, parece le deeia, yo le
«llevaré á la soledad, y allí hablare á tu corazón: ven,
»vcí), y serás coronado de floridas rosas, quédelos mon­
otes sublimes mis Angeles gloriosos pondrán sobre tus
sienes.» ¡Olí Dios miití t()uién podrá resistir al imperio
de tu voz! Hablad, Señor, hablad, decía el joven Fran­
cisco postrado en tierra, bañado en lágrimas» rebosando
el gozo y latiendo el pedio rendido á su Jesús. Hablad,
que ya os oye vuestro Siervo; habladme vos, no los pa­
dres. no el mundo, no el pueblo, no los hombres: Vos,
Señor mió, proseguid, que no hay suavidad como esta
entre todos los bienes de ia tierra-, no hay miel quen esta
se semejo, ni dulzura que la iguale. A los pocos dias de
haber llegado á la casa de sus padres ocurrió el mencio­
nado llamamiento, c instantáneamente se dirigió á los
— 32 —
mismos, y con humildad suma les declaró sus míenlos,
obligándoles con liemos aféelos hasla resolverse á pe­
dirles su bendición, para seguir á su Dios en el desierto.
Venció nuestro Francisco el impedimento que mas
ternia, el que mas le sobresaltaba, esto us, conseguir que
sus queridos padres le diesen su bendición. Al ver estos
tal vocacion, tal fervor y desasimiento, la! ternura y
gracia para persuadirles, no pudieron menos de adherir
á sus deseos. Esta adhesión no fué, sin embargo, sin
que los autores do sus dias hubiesen dejado antes de
hacerle presentes los riesgos que corría en el desierto en
su corla edad* no solo por parte de los hombres, si que
también por la del demonio, con otras muchas observa­
ciones que como á muy prudentes, no creyeron oportuno
omitir. A todas, empero, contestaba con los ejemplos
de otros tantos, entre los que habia hasta niños flacos,
que se retiraron también al yermo, y vencieron las ten­
taciones solo con despreciarlas. Confesó y Comulgó, y
pertrechado con lan poderosas armas y un Crucifijo
además, con algunas disciplinas y cilicios, salió de su
casa, guiado al desierto por Divino Espíritu, para ser
tentado, probado y coronado á imitación de Jesucristo,
su Maestro.
Entróse por las incultas y áridas lerreras de Monte-
Casino, sitio ameno y deleitoso, muy apto para la vida
contemplan va, como asi lo están publicando innumera­
bles Sanios que de él han salido para el Cielo, con el
fervor, espíritu y ejemplo del Gran Patriarca San Benito.
Seguidamente buscó lugar oculto y á propósito para su
intento, v llegado que hubo á un bosque espeso, (pose­
sión y viña quo había sido de sus padres, pero ocupada
ya por la maleza), distante de Paula unos setecientos
pasos, encontró una estrecha cueva en la concavidad de
una peña, de ocho palmos de larga por cinco de ancha,
con una angosta entrada á ella: Cueva que hoy se con­
serva en forma de una ostrecha Capilla^ con una Imagen
— 33 —
de nuestro Santo Fundador, de primorosa Inlla, muy
frecuentada con grande dcvocion, y venerada como Aliar,,
en el que estuvo seis años Francisco, víctima abrasada
de ardores celestiales, y sazonada con la llama del fuego
Divino.
Este sitio, cerca del que corro un cristalino y dulce
arroyo, eligió por mansión el Sanio Mancebo. Aquí se
trasplanto aquel frondoso árbol, para dar en su dia
opimos y gustosos frutos para el Cielo: aquí se retiró de
las aparentes delicias de la vida, para no tener cosa
común con este mundo y huyendo do si propio; teniendo
bastante con aquel, que es Trino y Uno. siendo solo:
aquí señaló su campo de batalla contra las astucias dol
demonio; esta es la palestra en que triunfó de todas ellas,
y esta la gruta de la que salió á quitarle tantas almas
como pretendía llevarse entre sus garras.
Trece años contaba nuestro Santo, cuando, retirado
en el desierto, se sepultó en la gruta que se acaba de
describir, en la que continuó hasta los diez y nueve, é
sean seis cumplidos, siendo Lodo su alimento raíces de
arbolas, yerbas crudas y agua del arroyo. Espuesto á
íodas las inclemencias del tiempo, sin mas abrigo quo
una tosca y pobre jerga con un humilde saco, su oracion
era, 110 obstante, continua, sus disciplinas frecuentes y
sangrientas, sus cilicios ásperos, y su lectura interpo­
lada, cuanto bastase para escilar el alma ó distraer el
ánimo, pues que los estudios de las letras humanas del
lodo los liabia ya dejado. Este método observó sin inter­
rupción durante los seis años, sin salir mas que á comu­
nicar su conciencia con alguno de los Ermitaños quo en
aquel desierto residían, confesar ó comulgar. No trataba
con nías persona humana; su conversación toda era con
los Angeles; con el infierno sus iras, guerras y batallas,
y con Dios lodos sus coloquios, viviendo entre aquellos
ásperos pénaseos como un morador del Paraíso, lin ‘mor­
tificaciones y ejercicios pasó su noviciado por espacio
3
— 34 —
del mencionado tiempo, mereciendo por ello el bastón
de esforzado campeón de la Milicia de la Iglesia, y el
título ile Fundador de una Rtligion do penitencia.
Viendo el infierno en el Santo Mancebo semejante
rigor y perfección y tales triunfos, rabiaba furioso y
multiplicaba sugestiones; ya de vanidad, ya de pusilani­
midad y desconfianza, escrúpulos y temores; ya en fin,
y muy especialmente, (le afectos torpes y sensuales con
representaciones vivas: mas de todo salió el maligno es­
píritu avergonzado, y Francisco victorioso, [coronándole
de flores los Angeles, á los que veia muclias veces, y
celebrando con dulces cánticos sus triunfos! Reconociendo
el demonio entonces lo frustrado de los diversos planes
que habia puesto en ejecución, inventó uno nuevo para
que aquel abandonase la soledad, y fue, el de apareccr-
sele él mismo, en su propia, horrible y espantosa forma,
Así realmente lo verificó, acompañado de un formidable
ruido de todas las finias infernales, basta llegará oscu­
recer la luz del sol; siendo bastante dicha aparición para
aterrorizar el ánimo mas varonil y esforzado; pero sin
embargo, nuestro Santo joven, permaneció lan sereno é
incontrastable como la roca mas firme en los ligeros
embates délas olas. Estaba armado de la Fé, fortalecido
con la Gracia, y asistido del mismo Dios.
1) tiran le su larga permanencia en el desierto, vivió
del modo que se ha indicado, y sin otra compañía que
la do las diversas clases de licras, que lejos de causarlo
daño alguno, se valían de su amparo cuando se veian
perseguidas de sus enemigos; y en aquella célebre vic­
toria que los espíritus celestes le cantaron sus triunfos,,
según queda de próximo insinuado, estos mismos espí­
ritus, ó sean los Angeles, le enseñaron la forma del há­
bito y capucha que habia de llevar, como después se
supo por el primer compañero que luvo, y que de ello
dió nolicia. Estaba Francisco en aquella soledad como
cu su centro; de dia en dia se iba perfeccionando mas y
— 35 —
mas en las virtudes; tenia bien sujetos sus apetitos; bien
domadas sus pasiones; bien ilustrado el entendimiento, y
porúllimo, bien rectificadas sus costumbres.
Jamás intentó desamparar la soledad. Pero ]olí Pro­
videncia altísima de Dios! ¡Qué diversos de nuestros jui­
cios son vuestros decretos' No pudo ocultarse tanto
tiempo aquel volcan sin arrojar llamas; no pudo dejar
de brillar en la comarca aquel lucero. Se eslendió la
fama de Su Santidad á cuantos cursaban el país, y acu­
dían con el objeto de que, como á ignorantes, les ilumi­
nase; corrían presurosos al olor desús virtudes, ansiosos
do oírle sus palabras; á comunicarle sus empresas; á
manifestarle sus conciencias, y pedirle Ies sacase de
dudas; acudían, en fin, á la Cueva los cristianos, por
respuesta, luz y consejo para no errar en sus designios.
Tanto era el concurso, tanto te perturbaban en su retiro,
tanto y tantos les suplicaban con ansia se dignase admi­
tirles en su compañía., que le fue* preciso dejar la auste­
ridad del recogimiento en que vivía.
Cualquiera puede considerar cuánto sentiría abando­
nar aquel su amado albergue, donde había gozado de su
Dios, de sti Jesús. Mas. ¡oh amor, y qu6 de imposibles
tú vences! Se resolvió, por último, nuestro joven Fran­
cisco á la Fundación, á que el Espíritu Sanio te llamaba.
CAPÍTULO YT.

Obtiene licencia del Señor Arzobispo Diocesano y ara erigir


una Iglesia: Se hace de paso mención de sus padres. 1 a-
brica otro Templo mayor, y San Francisco de A.sis le
amonesta le haga mas grande, y le dá $1 diseño. Milagro
que obró con un caballero (jue le había hecho uua crecida
limosna para dicha fábrica.

Era el año 143o, cuando el Señor impulsó interior­


mente á nuestro Sanio Patriarca á quo saliese del de­
sierto, para predicar al Mundo penitencia, y !o primero
que le ocurrió fue construir alguna Ermita para poderse
decir iMisa, y dedicarse á devotos ejercicios sin ninguna
distracción, con lo demás necesario para albergue de los
que le quisiesen seguir: mas considerando lo indispen­
sable que era para ello la licencia del seiior Arzobispo
Diocesano, que lo era enLonccsD. Bcrnardino Carac-
eiolo, napolitano, determinó pasar á Coscncia, donde
residía su Ilustrisiiua, con el objeto de conseguir la com­
petente autorización.
Asi lo verificó, presentándose a dicho Prelado con
profunda humildad y rendimiento. Le comunicó su pen-
samionlo, y lo pidió tuviese á bien otorgarle permiso
para insliluir una nueva Religión de ermitaños peni-
— 37 —

ten les, y también para erigir una Iglesia donde fuese


servido y alabado mieslro Señor, de él y oíros compa­
ñeros que ya tenia. Mucho seria, sin duda, el asombro
de aquel diocesano al oír demanda semejante. ¿Que de
reparos se 1c ofteccram, y qué de inconvenientes no ven­
drían á la mente del buen Prelado? Mas ¡olí Dios, es-
lando Vos oyendo los aféelos de Francisco, cómo podría
vuestro Ministro despreciar sus palabras? Se le estaba
concedida la licencia en los Cielos para la fundación soli­
citada, y se le liabia de negar en la Horra? No; esto no
era posible; deaqtii es, que Su Ilustrisíma no solo con­
cedió generoso y liberal á nuestro Mancebo cuanto lo
pedia, si que le ofreció además su protección, alabándole
sns designios y encargándole la perseverancia en su
propósito.
No es calculable cuánto seria el go/.o de aquel pe­
queño y humilde rebano; de aquella comunidad naciente
de Religiosos ermitaños, asi que vieron volver á su jóven
y sanio hermano y padre á la vez. con la deseada licencia.
Junto á aquella cueva, en la que vivió por espacio de
seis años, encontró providencialmente un azadón, scgtin
reüere como iesligo ocular uno do sus primeros discí­
pulos; y allí, en terreno propio de sus padres, tomando
en sus manos dicho rustico instrumento, .señaló al mo­
mento la planta de la Iglesia y seguidamente comenzó á
cabar, abrir /angas y sacar tierra, imitándole fervorosos
en tan pasada faena ios pocos compañeros que tenia.
Sin embargo, lo que en nuestro caso causa mas
admiración y se presenta como mas digno de reparo os,
el considerar, cómo uu muchacho de diez y nueve anos
entonces, sin contar con recursos de ninguna especie
para los muchos gastos que se le habían de ocasionar y
sin mas ayuda que la de los pocos ermitaños que se le
habian asociado, se resolviese tan decididamente á cons­
truir una Iglesia, por pequeña que esta fuese, dormitorio
y demás oficinas, lan confiado, cual si á la mano tuvi eso
— 38 —

lodo lo necesario? Mas qué mucho; tenia Francisco


puesta toda su confianza en la altísima Providencia de su
Dios; de que resultó> que apenas en Paula se supo su
designio, luego al punto se pobló el camino do gente
cargada de cuantos malcríalos eran indispensables para
la obra; de tal manera, que en muy breve tiempo se
construyó la Iglesia y domas precisas oficinas.
No es creíble el i tunen so concurso que acudía do
todos estados, solo por admirar el celo y fervor da
aquellos pobres ermitaños y en especial el de nuestro
Francisco, que como maestro de la obra, no solo tiraba
lineas para la igualdad y nivelado de las paredes, si que
lernlia también redes para que muchas almas quedasen
voluntariamente prendidas. Sí; porque con su afabilidad
y buen modo movia á cuantos le veían y trataban á que­
rerle imitar, tanto, que muchos, si el lo consintiera, que­
darían en su compañía, sin otro cebo para atraerles, que
el continuo trabajo, los ayunos y abstinencia que en él
mismo observaban y la rígida mortificación que practi­
caba. Sin embargo; como su primer intento siempre fue
no dejar la soledad ó retiro, sino el do vivir como er­
mitaño, lanío la Iglesia, como las restantes oficinas,
quedaron reducidas á lo puramente indispensable por
entonces para sus pocos compañeros y á él, no escediendo
la capacidad de la indicada Iglesia, de la de un oratorio
regular, según consta de los procesos de su Canoni­
zación.
Anles de pasar adelante en nuestra narración, parece
justo hagamos alguna ligera mención, de los venturosos
padres do nuestro Santo. En efecto; su residencia con­
tinuó siendo en la ciudad de Paula, en !a que con fre­
cuencia tenían noticia del estado de la nueva, ejemplar
y estrecha Religión, á cuya fundación habia ya dado
principio su querido hijo. Qué gozo y deleito espiritual
deberían ambos por ello sentir? Qué de gracias no darían
á la Magestad Divina por semejantes beneficios? De su
— 39 —

conocida virtud tocio se puede y debe presumir. Los dos


esposos vivieron en adulante como dos hermanos, por
haber hecho de común acuerdo volo de castidad. Viena,
la venerable madre de Francisco, murió algunos años
después, correspondiendo su muerte á las virtudes do
que estaba adornada y que á lodos eran notorias. Su
esposo Jacobo se retiro al >Jonaslcrio de su bijo verifi­
cada lo muerte de aquella; habiendo recibido de manos
del mismo el habito do donado, el cual aprovechado on
humildad y espirituales ejercicios, y no menos adelantado
en morlificacioncs y otras virtudes ejemplares, falleció
seis años después; pasando, como píamente se cree, á la
Patria celestial.
Dejamos á nuestro Santo en el desierto, recogido en
aquel polnc y humilde albergue y oratorio ó Ermita que
acababa de construir, donde mortificaba su cuerpo y
domaba sus pasiones; pero era tanta la concurrencia,
tanta la estrechez del sitio y tantas también las ins­
tancias que se hacían para que se ensanchase, que le
fue preciso edificar otra Iglesia de mas capacidad, á la
que puso por nombre «do Jesús María y San Francisco;
por la mucha devocion que al de Asís siempre tuvo.»
Estaban ya los cimientos de la nueva obra ¿i flor del ter­
reno y aiín algunas délas paredes algún tanto levantadas,
cuando ocurrió un caso milagroso, que nos cumplo
referir.
Trabajaba el sanio Mancebo en compañía de oli os en
la nueva Iglesia, cuando observarou había entre ellos un
litigioso venerable del hábito de los Padres Menores, el
cual estaba (le conversación con Francisco, á quien en
tono de reprensión le decía las siguientes palabras que
lodos oyeron: «¡N'o conviene, siervo de Dios, que fabri-
»qtiesun Templo tan pequeño, que hade recibir en sí á
llantos como do lodo el mundo lian de venir: derriba
nesas paredes y coüforme á esEe diseño que yo le seña­
laré, alarga y fortalece los cimientos; porque no es
— 40 —

arazon sea lu casa lan estrecha, debiendo ser cabeza de


»una Religión lan grande como será la tuya en breve
slicmpo.jo No tengo yo, padre, respondió el virtuoso
Mancebo, posibilidad para una obra lan grande y para
mis intentos aun me parecía mucho lo que iba edificando:
»No lia de .ser así, replicó el Religioso, sino conforme á
jesla planta que le muestro.» Entonces lo señaló con su
boidon un modelo de la fábrica que habia de erigir,
añadiéndole de seguida: «Confia Francisco en el Señor
»Omiupolcntc, que de su parte os certifico, no 05 fal­
carán posibles con que poner vuestro convenio en eje­
cución.» Dicho esto desapareció, sin ser visto mas de los
que oyeron sus palabras y sin haber tampoco echado de
ver por donde so marchó; infiriendo lodos de aquí,
haber sido San Francisco de Asís, que de orden del Cielo
se habia. presentado ó visilar á su ahijado, y mostrarle
la planta de su Iglesia.
No se hizo esperar mucho el cumplimiento de lo que
por el conducto insinuado, le hizo la Mageslad Divina;
puesto que, el inmediato (liase presentó á nuestro Fran­
cisco un caballero principal, ciudadano de Cosencia y lo
ofreció generoso y liberal suma bnslanlc de dinero para
emprender obra mas costosa aun, que la trazada el dia
anterior. Se llamaba dicho bienhechor, uno de los pri­
meros que favorecieron á nuestra pobre Religión, D. Ja-
cobo de Tarsia, liaron do Belmoníe. Toco después de
esta ocurrencia se le formó al mismo un absceso en una
pierna, quo so la puso en malísimo estado y sin espe­
ranza alguna de remedio, en atención a que cada vez que
lo curaban, se le aumentaban los dolores.
En lan desesperada sil nación acordó ponerse en
manos de nuestro joven Francisco y dispuso por lo mismo
fuese conducido al convento. Puesío en su presencia, le
manifestó su desconsuelo y le suplicó rogase al Señor
por su salud; y como aquel, además de compasivo, era
reconocido también, movido á piedad, le dijo: «Confiad
— 41 —

en Dios de veras, Sr. Jacobo; proponed con eficacia ser­


virle, que sin duda os concederá lo que pedís. ;> Mandó
al instante arrancar del üucrlo una yerta, llamada uña
de caballo y de su celda trajo ciertos polvos y fijando la
vista en un crucifijo que allí liabia, al que ofreció á
dicho pacienle, proponiéndole su sentimiento y gran fé.
Así que el Religioso llegó con el encargo, le mandó des­
cubrir la Haga; formó sobre ella la señal de la cruz, la
polvoreó con los indicados polvos y la cubrió con los
hojas de la espresada yerba: después de eslo le vendó la
pierna y le envió á casa á descansar.
Ya habian observado su esposa y criados que le
acompañaban, que no se liabia quejado como solia,
cuando le curaban; mas no pasó de esto su observación.
Se despulier on de nuestro Sanio con la cortesía y gracias
correspondientes, y puestos en camino, al llegar á cierto
punto de él algo escabroso, dijo el enfermo á su con­
sorte: «Me parece, señora, que 110 será necesario dar
»trabajo ú los muchachos, porque os aseguro que estoy
asan o y sin dolor, ni otra molestia alguna, todo lo cual
»comcnzó á cesar desde que me vi en presencia de aquel
sliombre de Dios, Francisco. Tengo, sin embargo, do
aprobar, por ver si me engaña el deseo de la salud.» Lo
hizo así y al principiar á andar, se sintió lan fuerte,
ligero y sano, como si jamás hubiese padecido la espre­
sada dolencia.
Desde luego se adelantó uno de los criados á la ciudad
con el objeto de noticiar la milagrosa curación de su
señor; y así que llegó salió á recibirle un inmenso gen lio
de todas clases; pero al reconocer 61 la alegría del
pueblo, con lágrimas y regocijo al mismo tiempo, decía
en alta voz: «A Dios, á Dios y á Francisco de Paula su
»sieno.» Palabras que repitió en la visita que le hicie­
ron, ios señores Arzobispo, gobernador y demás notabi­
lidades de la misma; y de aquí dimanó la atención que
•oda su familia, á fuer de agradecida, conservó siempre
— 42 —
¿ nuestro glorioso fundador, la cual se trasmitió también
á sus descendientes.
Confirmó el Cielo la espresada maravilla; porque un
cirujano, lo mas acreditado de ía ciudad y otro de los
que habían entendido cu la curación del predicho señor,
creyendo que salud tan repentina debía atribuirse á
virtud pío pía de la yerba y no á otro causa, ensayó
usarla en dolencias análogas, mas para eonfusion suya
permitió Dios, que á cuantos la aplicaba empeorasen
por instantes, sin que recibiesen el menor alivio basta
que la quitaba; habiendo con ello quedado convencido
«de que la curación del absceso de D. Jacobo de Tarsia,
»habia sido sobrenatural.»
CAPÍTULO VIL

M an d a á wn monte que sg pase á otra parte y le obedece:


manda despues, (^uc parte de él w filian** j con solo la
s e ñ a l d e la cruz eis ítl instante obedecido. Dispone c t Papa
Gregorio XTJI sea pintado San Francisco de Paula en el
Vaticinio con los milagros de la calera v el del paso del
Jaro de M cüíiia sobiv sil manto: Obra otro en diferente
calera, parte de una estampa suya y dá milagrosamfiiite
la ¿alud á un liijo de su bienliectior D. Jacobo de Tarsia,
Barón de Belmente >

Luego que Francisco Imbo recibido la planta (le la


iglesia, que habia de levantar, enviada al misico del Cielo
por conduelo de San Francisco de Asis, puso en ejecución
la fábrica de ella con sujeción á dicha medida. Habia
cabalmente un inonlo en el si lio señalado, el cual se
comenzó ú allanar con gran denuedo; pero íil instanta
conocieron los maestros la inmensidad de caudales ó
instrumentos precisos, que eran indispensables, no solo
para rebajar, si que aun para hacer mella en los riscos
y aspereza de quo el monte se componía, ademas del
mucho tiempo y paciencia que se debía tener; y con
esto y todo les parecía dosacertada semejante operación
bajo de otros muchos conceptos. Entonces recurrió nues­
tro Santo á la oracion, quo era su ordinario y general
-4 4 —

remedio, para lomar consejo y ver si encontraba medio


de vencer tan poderosas dificultades. Salió de la oracion
muy condado y cuando lodos esperaban fuese á tomar el
azadón, se acercó al monte y apoyado en aquellas pa­
labras tic San Publo «de que para quien cree con fé viva,
uñada hay imposible.u mandó al monlc, que por candad,
dejase paso libic y lugar llano, para edificar aquel nuevo
Templo.
OI1, prodigiosa maravilla! Olí pasmoso rendimiento!
Apenas hizo al monte semejante intimación, comenzó
este á moverse y desviarse, sin perturbar á un arroyo,
que allí contiguo habia y sin causal* con su precipitación
molestia alguna; dejando sitio desembarazado y bastante
para el edificio, pero con obediencia tal, como lo hiciera
una criatura racional. A esle milagro pues, era otro
consiguiente; en razón á que de aquella parte hacia
donde el monte se apartó, quedó un grande promontorio
que amenazaba inminente ruina, dando muestras de
aplanarse, y sin mas quo hacer nuestro Santo la señal
de la cruz, se allanó el terreno al momento, quedando el
suficiente y en la debida proporcion para la Iglesia. Lo
que aquí, sin embargo, aparece mas digno ele nolarsc,
dejando á un lado lo estraordinario del portento, es, lo
poco quo Francisco quiso cansarse en discurrir, ó en
dar ocasion á que la habilidad de los maestros se ejer­
citase. Mas, qué mucho, si aquel andaba siempre en ca­
ridad en Dios y el Señor Omnipotente en él, para c! que
nada hay imposible? Y cómo por esto mismo, podia
dejar de serle fácil rendir montes, allanar breñas, ó
igualar riscos, con el solo imperio de su voz?
Uno de los maestros de la obra, llamado Antonio,
forjó una calera y le puso al encenderla tanta leña, que
en breve amenazó 110 pequeños daños y peligros. La cal
se perdía como también los maLoríales, cercanos á la
misma; pero lo peor fue (pío por mas gente que acudió,
no fué ya posible su remedio. El referido maestro quo se
— 45 —

fsncoutraba comiendo, se presento al ruido de !as voces


reconoció al instante no quedaba otro recurso, que el
fcfngio de nuestro bendito Padre. Corrió de seguida en
su busca y lleno de sentimiento le dio á entender el
aprieto y las inevitables pérdidas y daños que se habían
de ocasionar; mas aquel le contestó muy sereno: «Por
>caridad, señor Antonio, no os aílijais de cosa lan pe-
nqueña; volveos á comer, que Dios lo remediará.» Dicho
eslo fue Francisco á la calera, tomó un poco de argamasa,
una llana y se persignó: salían las llamas por mil pai tes;
ido modo quo causaba horror solo el acercarse, pues que
por momentos estaba todo para irá tierra.
Sin mas aparato del que queda mencionado, se metió
on la calera, Lan sobre si, cual si no hubiese el menor
riesgo; pero, (Oh pasmo!) con sola su presencia se dos-
couccrló el incendio; perdió su voracidad, ó instantánea*
mculese aplacó. Entonces reparó nuestro Sanio todas las
.quiebras, asegurando la construcción y lo que es mas
iann, quedando hechas cal las piedras, como si se hu­
bieran cocido con todo el punió que requiere el arle;
fsaliendo tlespucs sin la menor lesión, ni en su persona,
|ni en su ropa, no obslanle haber permanecido dentro
imas. de media hora. Presenciaron osla lan pasmosa ma-
|ravilla muchos oficiales y peones y á las voces de admi­
ración que dieron, acudieron el maesLro, los Religiosos y
|cuantos liabia en el convento: miraban la calera; regis-
atiaban su hábito; se alendian ó miraban unos á otros, sin
jpoder pronunciarlo que lodos conocían y oslaban viendo;
|no cesando (lo dar al Señor miles de gracias con lágrimas
|de regocijo.
Celebrado es en las Sagradas Letras y en los
padres de la Iglesia, aquel prodigio que obró el Cielo
con los tres mancebos Ananíus, Azarías y Misael, á
quienes no toco un hilo di} su ropa la voracidad de las
llamas en que fueron arrojados; no deja, empero, ser
digno de reparo lo mas de singular, que luvo la acción
— 46 —

dd nuestro Santo. Sí en verdad; porque alli, si estu­


vieron cd el horno, envió Dios un ángel que les socor^
riese y aquí no se vió sino á Francisco; allí fueron
aquellos arrojados al incendio y aquí so metió este vo­
luntariamente en la calera; allí les mandó arrojar Nabu-
codonosor, enemigo de la verdadera Lev que aquellos
confesaron, y aquí, por acceder á las súplicas de un pobre
oficial, que no' queria se perdiese un poco de cal, reme­
diable lodo con muy poco coslc. Mas para qué nos can­
samos: esta maravilla no fu ó tanto para-remediar un leve
daño, cuanto para hacer público el fuego de divino amor,
f[uc ardia en el pecho de nuestro glorioso Patriarca; como
a que habia brillado siempre, desde su concepción, entro
celestiales resplandores.
Así parece lo quiso dar á entender el Sumo Pontí­
fice Gregorio XIII, cuando mandó que en la Sala del
Vaticano, de su propio nombre, so pintase á San Fran­
cisco de Paula, en el milagro de la calera, quo se acaba
de describir, y en el del Faro de Mesina, al pasar el mar
sobre su manto, como queriendo decir: «Este glorioso
sPatriarca fundó una Religión, que es todo caridad, lodo
nabslinencia; aquella, denotada en los incendios de la
acalora, esta, en la mortificación de la vida cuaresmal
»perpélua.» Con cuyos dos milagros quiso indudable­
mente demostrar Su Santidad, para que nadie lo igno­
rase, lo especial del precitado Santo, y de la Religión,
de que habia sido fundador.
Al milagro de la calera ya referido, fue muy parecido
el que «no liá mucho tiempo» sucedió en Gaeta á un gran
devoto de nuestro Santo. (Téngase presente quo la frase
uno l>á mucho tiempo» son palabras del autor de esta
portentosa Vida, escrita ya sobre los 200 años). Se le
abrasaba sin remedio á dicho devolo una calera, y recor­
dando el estupendo prodigio que obró en un lancc de
igual naturaleza, corrió á su casa, lomó una estampa
que tenia de San Francisco de Paula, y le suplicó con
— 47 —

humildad le socorriese en tan apurado trance. Yeia que


el daño continuaba, y 61, no obstante, permanecía inde-
císo, y sin saber que hacerse, porque arrojar la estampa
dentro del fuego, además de lina indecencia, le parecía
un audacia insólenle; mas como la fé que tenia en el
Santo le impelía interiormente á que la anejase, se re­
solvió, por último, á romper la mitad, y la echó al fuego.
Pero, ¡oh portento admirable] Al momento ceso la vora­
cidad del incendio, quedando la calera sin peligro al­
guno, y dirigiéndose el entonces con la mas viva creencia
en tilica (le la media estampa, la encontró sin otra
lesión que la de haber quedado el papel de ella, algún
tanto tostado en el color, cuanto bastase para hacer pú­
blico el milagro obrado con parte de la Efigie de nuestro
Santo Patriarca
Aquí se atropellan los reparos, porque no fuó nuestro
Sanio en persona, sino lina parte de una estampa suya,
la que 110 se quemó, saliendo el papel ileso, aunque algo
tostado: estampa, que sobreponerla á la vista del incen­
dio, no le hizo cesar, antes al contrario, no paró de im­
peler al dueño do la calera para que la arrojase al fuego,
y sobro todo quiso el glorioso Francisco ([lie saliese el
papel solo tostado, para mas evidente señal del prodigio.
Y qué otra cosa hizo el profeta Elias cuando arrojó la
capa á su discípulo Elíseo desde el carro de fuego en
que ríVdagrosamente caminaba, sino darlo á entender
que no iba del fuego ofendido, como señal evidente del
prodigio?
Por conclusión de este capítulo, narraremos con la
posible concision el milagro que obró nuestro Santo con
Galeazo, hijo único de D. Jacobo de Társia, barón de
Belmonte. Y efectivamente, algunos años despucs que
Francisco sanó á dicho caballero, su devoto amigo y
bienhechor, de una llaga incurable, fue acometido el
espresado su hijo do una enfermedad moilal, tanto, que
estuvo privado del habla por cinco dias y desahuciado de
— 48—
los médicos. Su padre se acordó de su virtuoso amigo, y
no atreviéndose á pasar al convento por el moribundo
oslado del enfermo, determinó enviar á su mayordomo
para que le manifestase lo que con su único hijo ocurrió,
y la aflicción en que se encontraba; suplicándolo oon fer­
vor de parte suya, le osislíesc on semejante angustia con
sus oraciones. Oida por el bendito Francisco la pclicion
del enviado, en recado do su amigo, que le hizo con
lágrimas y humildad, respondió: «Desde ayer, por cari­
d ad, se nos ha acortado la vida un día-, mas placerá-al
aSeñor, que se cumplan los deseos de Jaeobo. Yo, aun-
»quc indigno, no dejaré de hacer oracion por Galeazo;
»cnlrclanLo, entrad y descansad, que venís cansado del
camino.» Dicho esto, mandó á un hermano le diese algo
de comer.
De seguida nuestro glorioso Patriarca se encerró en
su celda, y trascurrida poco mas de una hora, salió de
olla, con su rostro resplandeciente, y dirigiéndose al
mayordomo, le dijo; «El Espíritu Sanio lia oído los de­
sseos do vuestro palron: sabed, que en este punió ha
«recobrado su hijo la salud; partid con Dios, y diréis á
»Jacobo, dó las gracias á nuestro Señor, y (pie persevere
»de bien en mejor on la virtud, dando al enfermo estos
»dos bizcochos yraicos.» Cuando Francisco Mareo, que
así se llamaba aquel, llegó á casa, encontró á lodos
alegres, con las lágrimas enjillas y consolados; hfblaba
ya el paciente, y oslaba algún lanío aliviado. Dió razón
de lo sucedido con ol bendito padre, se computó la hora,
y resultó ser la misma en que liabia mejorado. Tomó los
bizcochos y raíces, que le abrieron el apetito, y á las dos
lomas se levantó bueno y sano, con alegría de sus padres,
consuelo de la familia, y admiración de toda la ciudad.
CAPÍTULO VUI.

riiyuen los? prod ^TDs obrados por nuestro Santo en el elemento


del fuego.

Proseguí!»"* narrando algunos de los milagros, que


nuestro Sanio ¡;i.ró en el elemento del fuego, durante la
fobrka de su nóvenlo de Paula, para que dar'nmente se
venga en eom; inicnlo, que los fundamentos do su Re­
ligión fueron a ovados en amor y que sus bases eran la
caridad. No m clio después de haber hecho el bendito
Francisco el mi i igro de la calera, ocurrió otro no menos
prodigioso en ¡ n corderino, que se habia criado y á
quien puso por ¡sombre Martíllelo.
Dicho aniniii 'ilo seguía por todas partes al buen Padre;
lomaba de su ¡mano la comida; se postraba á sus piés
con humildad i le tenia, en fin, pora espaciar su ánimo
y acordarse con mas frecuencia del Cordero Jesucristo;
meditando en -a mansedumbre y en sus ansiosos cuh
[lados en seguimos. Pues bien; los oficiales que traba^
jaban en la uh;a, como le veían tan grueso y lucido,
tuvieron el mal pensamiento de matarle y comérsele»
— 50 —

como lo pusieron cu ejecución, arrojando la piel á la


propia calera en que poco antes había entrado, Los líe—
ligiosos supieron la ocurrencia, pero rehusaban decírselo,
por ser prenda que tanto estimaba. En eslo, bnjó Fran­
cisco do su celda diciendo: «No creáis, que Mar‘tinelo
»fallc á la obediencia,» Algunos de los cómplices se
reían entre sí, juzgando 110 tenia ya remedio lo sucedido,
pero se engañaron torpemente; en atención a que, dichas
aquellos palabras por nuestro Santo fundador, se dirigió
á la calera y acercándose á la boca de ella, llamó al
corderillo, como tenia de costumbre: «Martinclo, Marti—
jnelo, salid ntjui fuera.» Caso portentoso! Apenas le hubo
llamado, salió saltando, alegro y obediente, iludiendo
con sus halagos gracias al que, habiéndole criado, le
acababa de dar nueva vida.
Pocos dias despues sucedió que Juan de Franco, de
San Lucido, distante unas cuatro millas de Paula, traía
del campo un corderilla, que 1c habían regalado unos pa­
rientes suyos; estaba muerto, abierto, ó iba pendiente
del arzón de su silla: ctYo quiero ver, dijo, si Francisco
^resucita á este, como resucitó al otro de la calera.»
Caminó con este pensamiento casi una milla, cuando
observó, quo el cordero se movía, balaba y sallaba de
dónde iba colgado. Sumamente admirado del prodigio,
lo llevó vivo á su casa, contando á todos el suceso. Vi­
viendo Jesucristo Nuestro Bien, dudaban y aun rehusaban
muchos creer la Ley, que como nuevo fundador esta­
blecía su gran virtud y lo misterioso de su persona; á ios
que solía dccir entonces: «Si á mí no me crccis, creed
en mis obras.» Así responde ahora el Ciclo por Fran­
cisco: «Dudáis de su virtud y de que es vaso escogido
»de mi mano? Convenceos pues, con lo maravilloso y es­
tupendo de sus obras »
En el mismo convento de Paula hay otra colera, en
la que se cuece cal tres ó cuatro veces al año. Está dis­
puesta de modo, que las ramas superiores de un cor­
— 51 —

pulento álamo negro, la cubren frondosas y la hermosean;


sus gruesas raiccs eslan descubiertas á la cara do la
tierra tic lal manera, que la lena, cuando aquella so en­
ciende, se pone sobre ellas, como sobre morillos de
hogar de chimenea; siendo lan pasmosa la maravilla,
que sin embargo de eucenderse la lena y cocorse la cal
sobre ellas, jamás han recibido daño alguno, como ni
tampoco las hojas de dicho árbol, lomándose solamente
de algo de humo ú semejanza de polvo de hollín, que se
desvanece con el raas ligero vienlo, quedando después
con su nalural verdor. Sabido es lo celebrada que cu las
Sagradas Letras lia sido aquella zarza de iMoiscs, á la
que no consumía el ruego que ardia entre sus ramas.
Pues bien; compárese ahora con !a espresada zarza el
álamo de Paula, llorido cnlre llamas lanías veces al
año, á la vis la de laníos Icsligos, y durante lan largo
trascurso de tiempo continuado; y esto mismo bastará,
sin género de duda, para acreditar y convencernos do la
poderosa virtud que el Altísimo concedió á nuestro glo­
rioso Patriarca.
El año 1618 sucedió también otro milagro, que es
concomiente á la materia de que nos ocupamos, el cual
narraremos de un modo sucinto, á fin de que los devotos
lectores tengan 1111 exacto conocimiento de el. En el con­
vento de la ciudad de Pauta se celebró Capítulo Diflni-
torio en el precitado año y á consecuencia de dicho acto,
se liizo mía solemne procesion desde la Iglesia liasla una
capilla construida en el sitio mismo de la calera, en que
entró nuestro Sanio y de que ya se habló; cuya capilla
oslácon lal arle metida entre dos colcirmas, que se pre­
senta parte de ella á la vista, quedando descubiertas las
roturas y quiebras, con el humo, que entonces causó el
fuego. Estaba la mencionada capilla adornada ó ilumi­
nada de copiosas luces, pero se levantó de repente un
vienlo lan fuerlc y furioso que todas las apagó. Los Re­
ligiosos iban afanosos en busca de luz para encender de
— 52 —

nuevo las velas apagadas; mas el Cielo les alivió del


trabajo que a! intento se lomaban, porque instantánea­
mente salió de aquella calera, tantísimos años apagada,
una hermosa y búllanlo llama, que todas las encendió,
habiendo quedado encslrcmo admirados cuantos presen­
ciaron tan asombroso portento. Y tened en cuenta, pia­
dosos lectores, que este milagro fue confirmado ante ol
Setior Arzobispo de Cosencia, Ordinario Diocesano, por
mas de doscientos testigos seglares, que además de los
Religiosos, fueron examinados como á presenciales de
tan sorprenden le maravilla.
Cierto personaje de la familia Zingone, siendo jurí­
dicamente examinado en las informaciones sobre nuestro
Santo fundador, dijo: «Que estando un dia en su Monas­
te rio . le vio hacer un cocimiento para un enfermo, y
»que para calentar el agua puso en el hornillo unas
%piedras sin lumbre alguna; que locándolas, al momento
»se encendieron y que después las sacó hechas ascuas y
»las tuvo en sus manos, cual si ruasen rosas; y que otra
j>vez le vio, con las manos llenas de brasas ir desde la co-
»cina hasta su celda sin haber recibido lesión alguna, no
«obstante la distancia grande qnc media entro ambos
«lugares.» Manuel Cap\iE<>, de Paterno, también mani­
fiesta: «Que estando un dia en el convento de dicha villa
«haciendo una calera, por mandato dol padre Francisco,
scuando ya cooia observó que mudaba coi) sus manos
»una piedra encendida y la ponía en el sitio donde hacia
jdfalla, admirando lodos !a facilidad de manejar así las
abrasas, sin recibir lesión la mas mínima.»
Olro dia mandó el bendito Padre á Fray Juan de
San Lucido, Religioso lego, que guisase unas habas para
los oficiales y lambien para el maestro de la obra, ¿
quien Icnia aquel dia convidado. Dicho Religioso al te­
nerlas ya preparadas, fue llamado para otra obediencia
y de seguida las dejó sin haber siquiera encendido
lumbre, y padeció distracción tal, que llegó la hora d«
- 53 -

comer sin haber cocido las habas. Él Sanio y el maestro


á la Eiora acostumbrada .se dirigieron j la mesa, y a)
pasar por donde estaba la olla, echó de ver este, que
aquella no lenia señal alguna de lumbre y sonriendo
dijó á Francisco «Bien sazonadas, Padre, estarán las
aliabas, No dudéis, Señor Antonio, que rerdadera-
>menle están cocidas y con sazón.» Diciendo eslo se
acercó á la olla, la tocó y milagrosamente comenzó á
hervir y á cxalnr un olor maravilloso, que provocó á
comer de aquel guisado; lo que confirmó despucs su buen
sabor y el gusto con que todos le comieron.
Cierto oficial de los que trabajaban en la obra, hurló
del jardin del convento unos higos, y sus mismos com­
pañeros le acusaron de esta ratería y atrevimiento, anle
nuestro Padre Francisco. Sabido que hubo él hecho,
puso á hervir una caldera de lejía y cuando estaba cu
toda la fuerza del hervor, le llamó y reprendió su audacia,
;i cansa de haber saltado la ocrea del jardin por semejante
niñería. El oficial negó tenazmente el hecho, que se le
imputaba; mas enLonces nuestro Santo, entrando sus
brazos en la lejía hirviendo, le dijo: «Hijo mío, haz lú
alo que yo hago, que si estás inocente, como dices, yo
ale aseguro en prueba de ello, que saldrás sin el menor
ndaño de esla agua lumcnlo.» Aquel no se atrevió á
verificarlo, quedando convencido de la acusación: se
Arrepintió de su delito y ¡idemás hizo lirnie propósito de
apartarse de raterías. Asi, ó valiéndose de estos medios
indirectos, corregía Francisco á los que no eran lan
perfectos.
Estando friendo una porcion de pescado para los
Religiosos, dejó elevar su espíritu a pensamientos mas
altos, é inadvertidamente entró la mano en la sartén;
volvió el pescado, sin necesitar de la paleta y la sacó
ilesa, á pesar de ser el aceite lan activo en su intonso
grado de calor. Lo propio verificó en otra ooasion dis­
tinta, estando cociendo ciertas yerbas páralos enfermos;
— 54—
pues que entró las manos en la olla, sin daño alguno del
agua, qno estaba en eslremo ardiente.
En ün; enseñaba a! virtuoso y daba lección á los
perfectos; practicaba á la vez los ejei#cios de las dos
vidas, la activa y la contemplativa, y facilitaba también
á lodos el modo de cumplir con las obligaciones este­
rtores, sin fallar á los actos interiores. Estaba, cual otro
Moisés üd el monte, en contemplar/ion muy elevada, sin
impedirle que al tiempo mismo que servia en la cocina,
recibiese de Dios la ley de aquella gran caridad, que
despues liabia de gravar en los corazones de sus hijos.
CAPÍTULO IX,

Milagros que obró nuestro glorioso Francisco en las piedras


v madera para la fábrica de ln lylesia. Oyese cu su celda
'una uuUica angelical.

Los primeros milagros, que obró nuestro Sanio y el


Ciclo por sus méritos, fueron en el fuego; y las primeras
bases de su Iglesia se fundaron sobre pórtenlas entre
incendios. Las acciones, que primeramente practicó en
su fabrica, anunciaban ardores, denotaban amor y respi­
raban caridad. Vivió desde nina en ella transformado;
mientras existió perseveró en su ejercicio y á cuantos
comunicaba infundía fervor y devocion, de tal manera,
que el taller de los obreros, mas parecía oratorio que
oficina; los uticiales, mas Religiosos, que peones; sus pa­
labras nada disolutas; ellos nada cbocarrerus; todos
compuestos, lioneslos y muchos basta virtuosos. Según
el Juez del pueblo, dice el Eclesiástico, son los oficiales,
cual es el que ligo la ciudad, son los que moran en ella.
Ahora pasaremos á narrar con la brevedad posible al­
gunos de los milagros mas notables en las piedras y
madera.
—56—
Bernardino Longo, do Regina, se puso á descubrir
una cantera, y haciendo repaso que escita toda cubierta
de male/a y piedrasinútiles, la quiso por Hlo abandonar:
en eslo llegó Francisco y le mondó co¡ ii miase en des­
cubrí r; continuó en efecto yT en brc. bailó y sacó
cuantos bancos y mampuestos nccesila i- 1311 el propio
sitio du la lúbrica venia á dar con sum- violencia uua
grandísima peña, desprendida del ctNv.mo monte, la
que, no solo habia de causar estorbo '■js trabajos, si
que amenazaba también de muerte á l<>" <|ii<í abrían los
cimientos. Futí tanta la gritería y alboreo de los traba­
jadores, que acudió el bendilo Padre viendo que se
descolgaba, 11» menos furiosa que veloz, bi/.o la señal de
la cruz, é invocando al licmpo misino 1 dulce nombre
de Jesús, se detuvo al instante en su <i rera, sin que
jamás se haya ya movido de donde la ni.mdó detener.
Juan de Flanco, do San Lucido, íué á Paula y por
curiosidad pasó al sitio do la obra. Neutro Santo hizo
on él reparo y como enemigo siempre de la ociosidad, le
pidió hiciese el favor de llevar la piedm que le señaló’,
pero su pesadez era tanta, que entre cimlro no la habían
de poder mover. Aquel se escusó cortés, juzgándolo im­
posible para sus fuerzas; le instó de n uevo, diciendolc lo
daria Dios las bastantes, haciendo al mi nio tiempo sobre
ella la seña! de la cruz: probó entonces á cargarla y fué lan
grande la facilidad con que lo hizo y llmu donde le man­
daron, como si su peso no pasase de una libra. Trataron
los obreros de hacer trozos una piedra, pero por mas
instrumentos de que echaron mano, no pudieron hacerle
mella alguna Francisco, que lo obsei \ú les dijo: uNo
jsabeis partirla; heridla por caridad por este otro lado,
^señalándole fon el dedo. Sonriendo el maestro contestó:
»Padre, no consiste en eso: Ahora lo verás, replicó;» y
tomando un instrumento, dió un soln »nlpo y se partió
do suerte, que hizo de ella infinitas piezas con asombro
de lodos ellos.
— 57 —

Estando cicrlo dia nuestro bendito Padre asistiendo


á la obra del altar tnavor de la Iglesia, trajeron una
Señora de la ciudad de Colon, que hacia Ireinia años se
encontraba paralítica. Compadecido de ella, asi que la
vió, puso la mano sobre su cabeza, y la dijo: «Tened fé
»cn el Padre Celestial y ahora levantaos y llevad unas
^piedras para la obra que se csla haciendo.» So deter­
minó á obedecer, sin embargo de sentirse muy impedida:
probó á salir de la camilla eu que liabia sido conducida,
y lo verificó lan ligera, fuelle y Sí'.na, como si semejante
achaque no hubiese padecido. Llevó las piedras al sitio
y aun se quedó por algunos dias, sirviendo en aquella
fábrica. Pidió á nuestro Santo un cordón para ser tercera
de su orden y se despidió del mismo sumamente agrade­
cida, volviendo a su casa, buena en el cuerpo, mejorada
en las costumbres, fervorosa en las virtudes y deseosa
do servir á Dios.
Tres trabajadores estaban debajo de un carro de
piedras V por mas esfuerzos que hicieron, no pudieron
entre todos moverle: en esto llegó Francisco y puesto
de un lado y ellos del otro, lo llevaron cual si fuese una
pluma. Si se hubieran de narrar los casos particulares,
en que nuestro Padre comunicó valor á un solo hombro,
para llevar de una á otra parle piedras de un peso, que
diez ó mas hombres no podrían, ni aun mover de su
puesto, seria hacer interminable csla historia, cunIra la
concision que desde un principio nos heñios propuesto:
sin embargo referiremos un caso particular, (lol que no
debemos guardar silencio.
En efecío; Nicolás Pieardo, caballero noble y virtuoso,
([lie nació la noche misma que nuestro Santo, i ha pa­
seando en su compañía, como amibos que eran, por la
orilla del mar á una corta legua de Paula, patria común,
y en dicho pasco dieron cou una columna de piedra
blanca, de doce palmos de larga y unos tres de gruesa,
la que, así que Francisco vió, pensó en aprovechar para
— 58—
la obra, (licierulo á Nicolás le hiciese la caridad de lle­
varla á su convenio; peto este le contestó: «Yo haré de
xbuená gana quo venga un cano por ella y la lleve i
«dicjlio sitio. No, amigo, replicó aquel, sino que lú mismo
»la habéis de llevar sobre los hombros.» Ero el, mancebo
de crecidas fuerzas, mas á pesar de ello lenia por impo­
sible poderlo realizar, y se sonreía leniéndulu por broma
de su amigo: «Por caridad, le volvió :i decir el buen
»Padre, que te engañas, agárrala con fe viva y verás
jscuánlo puedo la obediencia.» Como Nicolás ya le co-
nocia, se resolvió á darle gusto; asió de ella y puniéndo­
sela bajo del brazo, la llevó al Monasterio, como si fuese
su propia espada, donde subsiste hoy levantada, con una
cruz de hierro, que el Sanio le mandó poner.
Estando casi concluida la Iglesia, se planteó un dor­
mitorio para los Religiosos. Era el sitio proporcionado,
pero una enorme piedra, que á lodos parecía imposible
mover y también abatir con instrumentos, lo impedia de
lodo punto. Entonces nuestro Francisco 110 se detuvo
mucho: so acercó á olla y le mandó que por caridad se
retirase, é instantáneamente, cual si tuviese oído, vida y
movimiento, se fué retirando v dejando libro el terreno.
Cierto caballero, señor de una Barouia, que liabia
salido de una peligrosa enfermedad, estando aun conva­
leciente, fué á pedir á nuestro Padre le diese su bendi­
ción y le confirmase en la salud. Sabia el Santo por
superior inspiración, que vejaba á sus vasallos con im­
puestos, que no podían sobrellevar y lleno do celo y
compasion de los mismos, así que llegó le dijo: cPor
«caridad, que carguéis con csla piedra y la llovéis á
muestra obra. No será posible, respondió, yo poderla
sllcvar: Decís muy bien, replicó Francisco, y por esto
xnnismo debeis conocer, cuán intolerables son para vues­
tro s súbditos, tantos tribuios como les imponéis; por lo
s íju c os ruego por caridad, les aligeréis de lan pesadas
seargas, si quereis, que Dios prospere vuestras cosas, a
— 59 —
Asi lo prometió; y haciendo aquel cotonees con su báculo
una cruz sobre la piedra, la llevó con lal ligereza, como
si no eslubicra tan delicado.
De un alto y descollante monte, contiguo á la obra,
so desprendió un peñón, que si acabara su carrera, hi­
ciera un irreparable daño á un cercano molino, con in­
minente peligro también de los operarios; mas lijando
nuestro bendito Francisco sus ojos en ella, le dijo: «Her­
mana, detente allí.» Olí prodigio! Al momento se paró
en medio de su curso, solo al impulso de su voz, cuando
con mayor precipitación bajaba, cual si lo luciera ¿ la
de su propio Criador. Y, no es esto solo lo singular del
prodigio, sino el que despues del trascurso do laníos
siglos, se admite hoy pendiente milagrosamente, en
especial de infinitos peregrinos, que acuden á conven­
cerse de la verdad del portento: por manera, que so
puede muy bien decir, que si aquel primor milagro fué
grande y asombroso, cuanto mas lo será el misino por
tantísimo tiempo continuado?
A Juan Roca, de San Lucido, dijo Francisco: <tVaya-
amos por caridad al monte, y conduciremos unos tiran—
síes, que los bueyes el otro dia no pudieron traer, y los
asacaremos al llano para que mejor se puedan cargar.»
Juan conocía lo escabioso del terreno, y le contestó,
sonriendo: «Cómo nosotros, padre, hemos de hacer lo
»quo los bueyes no han podido? Oh qué poca le tenéis!
»vámonos en caridad.» Fueron al sitio, y cogiendo uno
el Sanio, lo sacó á la llanura, haciendo lo propio el
otro compañero, poniéndosele bajo del brazo, Domingo
Suprio, de Regina, corlando un corpulento árbol para
la obra, cayó de repente sobre el. Acudieron cuantos
estaban cercanos, juzgándole muerto, pero en esto so
presenló el bendito Padre, y asiéndole de la mano, dijo:
«Por caridad, quo no ha recibido daño alguno.»
Cierto dia se encontró con Martino Sisciano, de
Paula, muy amigo suyo, y le pidió trajese con sus buo-
— 60 —
yes un madero, ya cortado, para las cabezas de la*
campanas. El Martino le conlestó, estaba conforme en
ello, pero que siendo ya tarde podía dejarse pata el si­
guiente (lia. Francisco le aseguró liabia suficiente liempí?
Sin quererle aquel contradecir, marchó á sil casa y unció
los bueyes, bien persuadido llegarían con la carga a
medía noche. Al llegar donde estaba el madero, le dijo
nuestro Sanio: «Amigo, acomodad la yunta de una par­
t o , y a mí ligadme de la otra, que coh el favor de Dios
todo se venceiá.» Hizo lo así Martino, y con ligereza
no pensada, llegaron al convenio antes de que anoche­
ciera.
Francisco Carbonclo, noble ciudadano de Paula, de­
claró en las informaciones sobre la canonización de
nuestro Santo: «Quo pasó un dia. al convenio á quejarse
sal mismo, de los grandes perjuicios que causaba mi
sobra á un molino suyo, y que habiéndole mandado
tlainar, .se le dijo estaba en su celda, y que luego ba-
ajaría; que observando se retardaba, se diiigió llono de
>enojo hacia ella, pero que al llegar al último peldaño
s>de la misma, le detuvo suspenso una suavísima música
»ó celestial armonía; que viendo continuaba, so bajó á
»la Iglesia á dar gracias al Señor, por haberle concedido
soir, lo que él lan poco merecía: que le esperó y pidió
«perdón del atrevimiento con que iba; ofreciéndole, si
^gustaba, toda su hacienda, como lo hizo del molino,
»que le cedió en porción y propiedad al mismo y á su
^convento.»
En la Guardia, pueblo unas ocho millas de Paula,
había unos tirantes de madera para el convento, y fué
nuestro buen Padre en una barca, con diez hombres,
para conducirles; mas uno de ellos era lan grande y pe­
sado-, quo, sin embargo de los muchos esfuerzos de la
gente para cargarle, nunca se pudo conseguir. Viendo
esto el sanio Mancebo, mandó entonces á los marineros
que fuesen á comer; fueron en efecto, pero al volver
— 61 —
despues de la comida, la onconlraron ya cargada. Uno
do ellos le pregunto quién le había ayudado a vencerían
grande imposibilidad, á lo que Francisco contestó: «La
Agracia de Dios, para el que nada hay imposible.» Em­
barcados, seguidamente regresaron á Paula, sin coslar-
lcs dificultad alguna Lirar á tierra los tirantes. Estaba en
nuestro glorioso Fundador perfectamente radicada la
Divina gracia; estaba permanente en su alma: qué
mucho, pues, que venza imposibles, y que pasmen al
mundo sus portentos?
CAPÍTULO X.

Milagros que tmo nuestro Sauto en ul necesaria para


los olleros y la fabricación : resucita unos poces y los
«cha en una fuente m ilag ro s?, luciéndose por insittcncia
mención di; lo ocurrido con una trucha, que tenia domes­
ticada. F.fl envía Dios susteuto para los trabajadores, y se
inserta en estrado una carta escrita por til mismo.

Trabajaban los obreros para la sobredicha fábrica en


una loma áspera, sillo muy desacomodado para el ;igtia,
como á que se tenia que bajar en su busca, con suma
molestia y fttli^a, hasta podei* satisfacer la sed. Uno de
los peones, juico sufrid o y nada bien hablado, prorurn-
pió en algunas palabras, con las que daba á conocer la
Tileza tic su ánimo, diciendo con desprecio: «Q ué nos
» tiene aquí muertos (le sed este ermitaño?» Nuestro
bendito Padre se liabia retirado á un oratorio que tenia
en la floresta, á desahogar algún Lauto su pecho en la
contemplación; mas al volver, sabiendo por revelación
el proceder dañado del cuitado mozo, se dirigió á él y
le dijo: «No tengas, por caridad, tristeza, que yo te
sdaré aguo, sin que bajes al rio.» El citado é insolente
peón, entre risa y enojo, respondió: «Mejor seria nos
-6 3 —
^ayudase á trabajar, y se dejase de burlas, prometiendo
sagua donde no la hubo jamás.» ocPor caridad, replicó
Francisco, quo estás terrible: llégalo aquí, y beberás
«dulcísima y muy buena agua.» Diciendo eslo, hirió
con su báculo una piedra qtic había al pié de la mon­
taña. y de seguida principió á verter agua riquísima.
Llamo á sus compañeros, para que fuesen á ver y gozar
del agua milagrosa, v postrándose á los piés del buen
Padre, sin quo se le pudiese de ellos separar, le pidió
perdón y le ofreció trabajar de balde.
No paró aquí el prodigio, sino que, sobre haber tras­
currid» desde entonces tantos siglos, como á quo era
cuando nuestro Santo fundaba en Paula el primer con­
venio de su orden, aun subsiste permanente, estando
cada dia mas dulces sus cristales. Se formó cu la peña
una concavidad a manera de pilón, el cual siempre eslá
lleno, por más agua que se saque para los enfermos, quo
csperimenlnn alivios en sus dolencias con solo bebería.
Sin embargo, lo que mas admira es, que por grande que
sea la concurrencia de toda la Calabria desde 3a víspera
del glorioso Santo y muchos dias después, en cuya
época se saca agua en abundancia, ni esla so agola, ni
rebosa por los bordes, aun cuando deje de sacarse en
muellísimo tiempo: tampoco se conoce cómo ó por donde
ruana; tic modo, que cuando se limpia el pilón do la
lama, que en el agua estancada se forma, dejándole sin
gota, trascurridas ocho ó diez horas se vuelve á llenar,
solo por medio de la traspiración, que es el único ma­
nantial conocido*
Y para que mas sea Dios alabado en esta rúenle, re­
lataremos con la posible brevedad solo dos de los prodi­
gios «pie en ella obró nuestro bendito Francisco, l-uc el
primero que el maestro Pedro (¡cnovés, natural de Ren­
de, á diez millas de Paula, le regaló unos peces, ensar­
tados por los ojos con un cordel, y al darle las gracias,
dijo: «Maestro Pedro, por qué liabais traído presos estos
— 64 —
»pobrecillos, que á nadie hacían mal'?£ Seguidamente
les fuó desensartando nno á uno, y echándoles en ía
fuenlc; pero asi que locaban el agua resucitaban, ¡na­
dando vivos los que habían ido muertos: no sabiendo
qué hacer lanío Pedro, como otros muchos testigos del
suceso, si llorar de gozo, ó si reír de verlos sallar tan
al egres.
El segundo, y sobre todo singular, fue. que habién­
dole regalado á nuestro Sanio una trucha, hizo con ella
lo mismo que habia hecho con Jos oíros peces: lo puso
por nombre AnloncUi, v se domesticó en lanía manera,
que asi que la llamaba, al instante salía dando salios,
hasla ponerse en las manos de su bienhechor, de las quo
con alegría manifiesta recibía la comida. Pues bien,
en Iré muchos de los que oslo sabían. Tuó ¡m cahalloro
sacerdote, Arcipreste de Paula, elcual, discurriendo con
una reprensible lijer&za, y poseído, lal voz, de la pasión
de la gula, tuvo el antojo de Novársela turlivamcnlo de
la fílenle, lo que asi realizó un dia viernes, y mandóla
desde luego aderezar. Sabido el caso por el buen Padre,
envió un religioso en atenta y corles demanda de la
Trucha; pero el arcipreste contestó con menos aLeneion
de la que, segun su estado, debía tener. El religioso,
aunque corrido, dió la respuesta á su prelado, mas este
le mandó volviese á pedirla de su parte, á quien aquel
sacerdote dió igual contestación, añadiendo con ridicula
insolencia, que estaba ya frita y gustaba de comérsela,
«Vuelva de nuevo, le mandó, y digale, que por caridad:
»so la entregue conforme estuviese.» Enojado el Arci­
preste de semcjanlc insistencia y lleno de cólera, la
arrojó al suelo; desceba, empero, como estaba, la fue
recogiendo el Religioso del modo que mejor pudo, y
volviendo con ella la entregó á Francisco. Este, luego
que lomó el pialo en que iba, pasando, según solia, por
ella la mano dijo: «Mi An tonel a, y cómo os han tratado
»tan mal?» Y apenas lo acabó dé pronunciar, saltó la
— 65 —
trucha viva y alegre, nadando sobro el agua con notable
admiración de cuan los la veian. Asi que el Arcipreste
supo el milagro, l'ué al convento y con humildad pidió
perdón á nuestro fundador, el cual, después de haberle
perdonado, le dijo: «Nunca lo ageno hizo provecho al
jxpic mal lo posee.»
Olra í'ucnle dejó lambien muy celebrada, la que aun
.subsiste. Fu ó et caso; que vendo nuestro bondilo Padre
con gran nti mero de trabajadores á la montaña, llamada
de Fspinelo, á corlar madera para la Iglesia, era lal el
c;ilor que lodos tenían, por estar en medio del Eslió,
(aula la sed con que llegaron y la carestía de agua, por
no haberla en aquel si lio, que filé preciso acogerse á
Francisco en busca de remedio. Este les dló entonces
noticia de un raudal copioso que corría al pió de la mon­
tana, pero les añadió, que el camino era muy áspero y
faltoso, por 110 tener sino unas estrechas sendas, po­
bladas de maleza y que por esto mismo era indispensable
abrir nuevo paso para bajar al agua. Turbada la gente
al oir los obstáculos que se habían do vencer y aquejados
lodos de la necesidad, clamaban mas y mas por remedio
al buen Padre, el cual compadecido va do ellos, hirió la
tierra con su báculo y al momento bioló un dulcísimo y
abundante mananliaf. Acudieron de seguida á beber
apresuradamente, y refrigerados ya no cesaban do rendir
gracias á Dios y á su siervo Francisco.
Uno délos peones que trabajaban en la obra, quiso
proliai' á parlir una piedra, para colocarla en un punto
dado, cuyo peso era lal. quo so calculaba que treinta
hombres no la habían de poder mover. Lo puso desdo
luego en ejecución; pero después de haberse fatigado,
s’m haber hecho en ella melta alguna, se hirió con la
almádana en una de sus manos. Era tanto el dolor que
seiUia y lanta la ira que concibió al Instante contra
nuestro Santo, que un coi don que por dcvocion Iraia
puesto, lo arrojó con furia; desbocándose en dicterios
s
— 66—
indecentes contra el mismo. Los oficióles le dejaron y
marcharon á comer, y haciendo reparo al volver obser­
varon que la piedra fallaba del sitio en que estaba; pero
habiéndose acercado á la obra, la encontraron colocada
en un encaje que la necesidad pedia, con toda perfección.
Nuestro Padre curó al peón, después de haberle osle
pedido humildemente perdón y los demás quedaron
todos admirados.
Pero nuestro glorioso San Francisco no so concretaba
en sus müagns á las cosas insensibles, si que á cada
paso se cslendia también su ardiente caridad á los que
no carecían de sensación y con doble motivo á los racio­
nales mismos: y en efecto; si tal cuidado tenia con los
materiales de la obra, cuánto mayor no le tendría con
los que trabajaban en ella? Llegó cierto dia la hora de
cenar y no tenia siquiera un bocado de pan con que po­
derles convidar, y cuenta que por la tarde tampoco les
liabia dado refresco alguno. Pues bien; en esto se pre­
sentó un hombre, que traia dos panes blancos y tiernos;
los dejó en sus manos y sin hablar palabra se ausentó. No
fue, sin embargo, lo mas digno de notarse la entrega de
dichos dos panes, sino que con ellos dió de comer á veinte
trabajadores y sobre ser mayor el hambre en tiempo
de careslia, á lodos satisfizo, resultando sobrante una
buena parte de ellos.
Siendo por este mismo tiempo grande en cstremo la
osease/, v caí eslía del pan, asi en Paula, como también
en toda aquella comarca, se acercaba ya la hora cierto
dia de comer, sin (pie hubiese en el convento ni un bo­
cado del espresado articulo. Los trabajadores, que por
momentos lo esperaban, instados de la necesidad de
satisfacer su mucha hambre, principiaron á murmurar
de nuestro Santo, diciéndolc: «Que para qnó llevaba
»gciite á trabajar á su casa, si ni aun pan tenia que
«darles?» Se encontró el buen Padre con uno. de los que
mas fomentaban la detracción y dirigiéndose á él le dijo:
— 67 —
»Lícrmano, tened paciencia, que pronto conoceréis lo
»que sabe y puede hacer la piadosa voluntad de Dios.»
Pronunciadas fueron apenas oslas palabras, cuando vieron
entrar un caballo, cargado con dos sacos de pan blanco,
tierno y sazonado, como si estuviera amasado por an­
golés; quedando Francisco acivilado, ellos confundidos
y el Señor que lo enviaba, bendito y alabado.
Aunque se consideraba niño, pobre y sin arrimo, no
por eso so desanimó para fundar casa y convento, por
que lenta por mayordomo próvido y solicito al mismo
Dios, id que por las mañanas encargaba el buen cuidado
de su familia. Muchas veces fueron las que 1 c socorrió
maravillosamente, y en especial, por medio del magni­
fico y virtuoso Señor Simón do la Limeña, de quien en
aquellos principios tantos beneficios recibió nuoslra Re­
ligión En el curso de csla historia hacemos del mismo
mas c.-lensa mención, limitándonos ahora á dará conocer
á los devotos leclorcs algunas cláusulas de cierta carta
que nuestro Sao lo 1c escribió desdo Paula el dia 2 3 do
Setiembre de 1 í í 6 . Dice así en resumen.
«Después de la ordinaria introducción, dice al preci­
tado Señor Simón de la Limeña, haber recibido de sus
criados Francisco Escudero y Rugero Novelo, diez y ocho
esciHl<i« de uro, dos cargas de pan muy bueno, una de
logumtires, y oirás dos,'"la una de nueces y la otra de
CíislafMs: dando las gracias por lan abundante limosna,
primero á Dios, y después á dicho caballero: Que en el
camina segun los indicados criados, fueron asaltadas por
cinco ¡idronos aíbaneses; que habiéndoles desviado, les
robaron el dinero, y que los sacos del pan los tleja ron,
porque Dios dispuso que habiendo llegado á probarle le
eneonliusen mas duro que un diamanlc: Q11^ 11110 *1°
criado-, en vista de ello, les reconvino amenazándoles
con la ira divina, v quo uno de los indicados ladrónos
levantó i:> mano como para herirle; pero que, dando el
golpe en la rama de un árbol, do repon lo vino csle á
— 68 —
tierra, mallralando nniclio á lo.s cuatro compañeros del
mismo y que á 61 le rompió una pierna, comenzando á
quejarse con grandes voces: Que casualmente pasó por
allí el gobernador, <jue los prendió, les hizo restituir el
dinero y les ajusticio.»
CAPÍTULO XI.

D¿ liabla ¡í un mudo y vista ¿ un ciego: aparece una tiara


sobre su cabeza. vstandü en un R m u c í U difuntos,
con otros milagros. Breve noticia de tu. familia de los
Alexio* «mi Francia.

Si cada día so aumentaba la multitud de los creyentes


en la primitiva Iglesia, viendo los prodigios que obraban
los Apóstoles, de día en dia crecia también mas y mas
la muchedumbre de los que concurrían á alabar á Dios,
solo con el deseo de oir las palabras y verlas maravillas
que obraba el joven Francisco.
A lo voz que corrió del milagro de la calera, entre
otros de los que acudieron á nuestro bendito Padre, por
remedio á sus necesidades, lo fue un hombre noble, rico
y honrado, con un hijo de catorce años que el Cielo le
íiabia dado, después de muchas oraciones y limosnas, el
cual era mudo de nacimiento. El sentimiento de sus
padres era en esEremo grande, y por esto misino resol­
vieron llevarle á la presencia del bueno de Francisco,
observando que al tiempo de llegar, conocieron al que
iban á buscar, sin jamás haberle visto ó conocido. Pos-
— 70 —

trados ¡i sus pies, y no con menos lágrimas que adicción,


le dijeron: «Siervo de Dios, este hijo único qnc nos dió
»el Ciclo, es sordo-mudo desde que nació; si el Señor se
«sirve quitarle estos impedimentos, para que con el oiclo
«conozca sus misterios y lo alabe con !a lengua, dignaos
»de pedírselo con vuestra caridad.» El sentimiento de su
corazou 110 les dejó proseguir, y entonces notaron los que
estaban presentes, en nuestro buen l’adrc, que como
enternecido se acercó al mudo, y cogiéndole la mano
dcvccha, le dijo compasivo estas palabras: «Ea, üijo,
«decid en alLa voz conmigo, decid tres veces Jesús; que
»este dulcísimo Nombre es el que hace discretas las
^lenguas de los mudos, es el que abre sus facultades y
asentidos: Decid Jesús, Jesús, Jesús.» Caso prodigioso]
Al momento comenzó el mudo á invocar este Santísimo
Nombre, como asimismo cuantos se encontraban pre­
sentes, repitiéndole cada uno tres veces. Los padres que
permanecían de rodillas, no cesaban á grandes voces de
decir; «Bendito sea el dulcísimo Nombre de Jesús, Hijo
»dc Dios, el de la Virgen María, y el del santo Ermitaño
^Francisco.»
Seguían en lo mismo cuantos presente estaban, y
valiéndose nuestro Padre de la ocasion, vuelto ¿i los reli­
giosos y demás personas, les exhortó con melifluas pa­
labras a la veneración, respeto y devoción del Divino
Nombre do Jesús, á quien adoran los Angeles, los hom­
bres y el infierno mismo, confesando al propio tiempo
que está en la (Jloria do Dios Padre. Cesó en un todo el
impedimento del joven, que hablaba con grande espedi-
don, y dirigiéndose á él, dijo: «Vos, hijo mío, dad
^perpetuamente gracias a! Señor, y mirad que lleváis
»mejor purificada la lengua con el Nombre de Jesús, que
»lo fueron los labios del profeta Isaías con las brasas del
«Altar: Alabad y reverenciad su Santo Nombre, y no
»querais afear vuestra lengua con palabras torpes é in-
»decorosas.» Así lo prometió el joven, y dejando sus
— 71 —
padres una buena limosna para la fábrica, y quedando
agradecidos mucho con nuestro Francisco, se despidie­
ron del mismo y marcharon lodos los tres alegres á su
casa, publicando por do quiera el pasmoso milagro.
Oslando la ciudad de Paula lan cercana á la Iglesia
y Convenio que se edificaban, se deja bien comprender
lo nolorios que ésle y demás milagros serian á sus ciu­
dadanos Y en efeclo, uno do ellos, Antonio Culaláneo,
tenia una hija de diez y seis años, llamada Julia, ciega
de nacimiento. Sus padres vivión de ello muy desconso­
lados, pero animado e! padre al saber la noticia del
anterior prodigio, determinó ir á pedir algún alivio á
lanía necesidad. Llegaron los padres á tiempo (¡ue su
Santo paisano se encontraba escardando unas yerbas
del jardin. mas no bien habían principiado á insinuarle
el ohjclo de su viaje, cuando alargando la mano el Yarou
de Dios con las hojas de una verba que acababa da
arrancar, las puso sobro los ojos de la ciega haciendo la
seña! de la Cruz, y al apartar la mano se cayó al suelo
el aplicado y prodigioso talisman, pero la doncella enton­
ces abrió los ojos, vió la lux del sol, y admiró la her­
mosura de lanías maluras, quo jamás había vislo. Los
padres de seguida rindieron gracias infinitas á nuestro
glorioso Sanio, y esle la exhortó á que temiese, amase
y reverenciase al Criador de [aulas maravillas como
estaba viendo, y les despidió, siguiendo en su faena,
cual si nada hubiese hecho.
Se habió ya emprendido en la Iglesia la construcción
del Aliar mayor y presbiterio, cuando sucedió uno de los
mas raros prodigios, de cuantos tienen qtic narrarse on
esta historia. Llegó cierln dia labora de come]-, y nues­
tro bendito Padre envió á los religiosos y oficiales á lo­
mar la ordinaria refección, quedándose él enlrc tanto á
disponer materiales. Di ó entonces libertad á los fervores
de su espíritu, considerando, sin duda, ser un altar lo
que se exigía, un Trono del Altísimo, y un lugar dondo
— 72 —

Labia de ser de tai)tas criaturas venerado, pero en tér­


minos tales que, suspensas sus potencias ó inflamado
su corazon, se enagcno de sí, dando lal vuelo su indicado
espíritu, que fijo de hito en hito (aunque por la fe) en
aquel Esposo a quien amaba su alma, fue elevado á go­
zar de la Trinidad Beatísima, en el modo que puede ser
vista de pura criatura {según espíica el Angélico Doc­
tor), proi umpiendo en medio de aquella fricion Divina
y gozo espiritual en estas palabras: <xOh caridad de Dios!
Oh caridad de Dios'» Cuando volvieron del refectorio fray
Nicolás, de San Lucido, fray Florentino, de Paula y
fray Angelo, do Sarracina, sus compañeros le encontra­
ron levantado del suelo seis codos, inmóvil, enagenado,
recogido su hábito, jimias sus manos, y sus ojos puestos
en el Cifllo: eslaha rodeado de resplandores, su rostro
como un sol, y todo su cuerpo trasparente como un finí­
simo cristal, y sobre su cabeza (algo apartado do ella),
tenia tres coronas de preciosísimas piedras, brillando
como estrellas, en forma de Tiara Pontifical,
Cuál se quedarían aquellos (res religiosos, se deja á
la Consideración do la persona mas devota, porque ellos,
ni podían hablar, ni discurrir, suspensos y casi fuera de
sí, gozando de espectáculo tan prodigioso. Después qtie
fray Angelo se hubo recobrado alguti tanto, rompió oí
silencio con oslas- palabras: «Hermanos, hermanos, ad-
averlid otro milagro: muy próximos á la superficie de
ala tierra dejamos los cimientos del Altar mayor cnan-
»do nos fuimos á comer; y no observáis ya que dicha
>pared esta levantada á gran distancia do aquella super-
»íicie? Asi es, respondieron los dos compañeros, psro no
»lo loneis que eslrañar, porque preocupadas nuestras
smcnlcs con el gozo de la gloriosa visión, nada tiene
ade particular hayamos dejado de fijar nuestra atención
Den tan patento milagro.» Nuestro Santo volvió de aquel
rapto, y so puso á trabajar, como si tal cosa no hubiese
ocurrido,
— 73 —

Varias son las conjeturas que se lian hecho sobre lo


que podria significar aquella especie de Tiara Pontifical,
de que jioco antes se hizo mención, pero nosotros dire­
mos con San Dionisio <rque es imposible saber aquellas
scosas celestiales, aquellos divinos arcanos, si no los
aesplican los mismos á quienes el Señor los lia comu­
nicado.» Nuestro Santo Fundador nada sobre ello quiso
revelar, probablemente porque fueron misterios, que no
os lícito á hombre alguno ocuparse de ellos. Y lió aquí,
piadoso lector, por qué á nuestro glorioso Francisco se le
suele pintar elevado de !a tierra, y con aquella Tiara en
el aire, algun lanío levantada sobre su cabeza. Ahora
continuaremos ocupándonos de !a interrumpida fabrica
do la Iglesia.
Se liabin alzado ya en ella un grande andamio que
alcanzaba hasta la cornisa, sobre el que se ponian los
oficiales que trabajaban y los materiales qnc desdo bajo
suministraban los peones, seguros lodos y sin poder
sospechar riesgo alguno, cuando de repcnlc el maligno
espíritu rompió las cuerdas que alaban los maderos y
se deshizo de tal manera la trabazón, que lodo vino ií
tierra, ocurriendo una porcion de desgracias de impor­
tancia ó gravedad, segun era de esperar do su mucha
elevación, quedando muy satisfecho el infierno de que
con lan Irisle percance se men aseaba ria la reputación
de nuestro bendito Padre; mas se engañaba, pues que
el Ciclo en semejantes adversidades tenia vinculados sus
créditos v su virtud, proveyendo del oportuno remedio
para su mayor honra.
Asi fué, en realidad, porque á todos libró de un riesgo
lan notorio, pereciendo solamente un joven noble y po­
deroso, hijo único, á quien sus padres mandaron traba­
jase en la obra, por el grande afecto y devocion que
tenían á Francisco. Sintieron aquellos c<m vehemente
dolor lan infausto sucoso, y no lo sentia menos nueslro
Santo, dándolo á entender con las amorosas quejas con
— 74—
que sfi volvió al Señor, según lo demostraban su encen­
dido rostro, sus compasivos ojos, y las sentidas palabras
coa que prorumpió: «Dios mío, decía, dad boy gloria ¡i
» vuestro Santísimo Nombre, y haced esta merced á la
»sangre de vuestro Hijo, que resucite este mancebo,
scontra las astucias del demonio, que pretende con su
»niuorte turbar la dcvocion y concurse» del pueblo á esta
aobra.» Dicho esto, estendió su persona á la manera de
Elíseo, sobre la del difunto, y luego al punto, y á vista
de todos, resucitó gozoso con general alegría de sus pa­
dres y demás que lo presenciaron.
OU’o hombre, llamado Cáselo, cayó de un lugar
elevado, se hizo pedazos la cabeza, y al momento murió.
Nuestro Santo Padre le cogió en sus brazos, le llevó á la
Iglesia, y le puso debajo dol Altar mayor: hizo oracion
por él, echándole una poca de agua bendita» haciendo
la señal de la Cruz: entonces le lomó la roano y le llamó
en el nombre de Jesús, diciendo «se levantase en caridad,
;>y le obedeció, resucitando del lodo sano.» Domingo
Saprio, de Regina, cortaba un pino en lo alto de un
monto, le cayó el árbol encima, y le dejó muerto en el
acto. En esto llegó Francisco, y habiendo liccbo oracion,
le mandó se levantase, y asi lo hizo, cual si dispertase de
un ligero sueño.
No fueron menos maravillosos los milagros que obró
con un primo suyo. Antonio de Alexio, esposo de Brí­
gida, hermana do Jacobo, padre de nuestro Santo, viendo
su esterilidad, pidió al mismo alcanzase del Señor, si le
convenia, dcscendcncia para su casa, y éste le consoló
díciéndolc, que dentro de un ano tendría un hijo. So
cumplió su profecía, porque á los diez meses ya !c tenia
cu sus brazos, pero le duró poco su gozo, pues que á
los tres dias murió. Afligido Antonio marchó á Fran­
cisco y le contó su desgracia, el cual, después de ha­
berle consolado, le mandó trajese el niño muerto como
estaba. Asi lo hizo aquel, y tomándole en sus brazos,
dijo á su lio fuese á rezará la Iglesia, entrándose 61 en
su celda con el indicado niüo. Permaneció en ella orando
por espacio de lres dias, y trascurridos, salió con el
muerto resucitado, V hermoso como un Angel. Le reci­
bieron sus padres, y dadas á Dios las gracias, regresa­
ron contentos á su casa.
Juan Alexio, que asi se llamaba el niño, á los diez y
siete años enfermó de una dolencia tan aguda» que fue
desahuciado de los módicos que le visitaban. Su padre,
en lance tan aflictivo, acudió al ordinario recurso de su
bendito deudo, quien le consoló, diciendo ccque por esta
;>vez le concedería también el Señor la gracia.* Aquel no
necesito de más para volverá su casa seguro y confiado,
y con doble motivo, cuando al llegar á ella vio alegre y
¿úntenla á sn esposa y al en Termo fuera de peligro.
Este se levantó el siguiente día. y pasando ya reforzado
al convento, recibió la bendición de su santo pariente y
no pocas y celestiales instrucciones de que se Aprovechó
bien toda su vida.
Este Juan Alexio, hijo del Antonio, casó y tuvo lres
hijos, que se llamaban ¡Nicolás, Pedro y Andrés: los dos
primeros fueron religiosos de nuestra orden, y el tercero
pasó á Francia, estando en ella el bendito padre. Cierto
dia que el rey Luis X I Fu6 á visitar á su amigo Francisco,
encontró en su compañía al predicho Andrés, ¿informado
del parentesco que entre los dos mediaba, se lo llevó a
su real palacio y le casó honradísima v aventajadamente,
acrecentando su casa con su protección y la de sus suce­
sores en el trono, siendo este el origen de la familia do
los Alcxios en la corte de aquel mencionado reino.
CAPÍTULO XII.

Cnra nuestro S a n to algunos enfermos milagrosamente. D¡!


vista ú cieg-os. y sana á varios leprosos.

Eslaba la caridad lan radicada en el corazon de


nuestro Francisco, que ó lodos los necesitados i-ccibia
sin distinción alguna de personas; á lodo afligido conso­
laba, y por lodos con igualdad pedia.
Riigero de París, doctor famoso de la facultad de
leyes, tenia muriéndose un hijo, V envío un criado suyo
para quo suplicase á nuestro Sanio alcanzase del Señor
su salud. Se encontraba esto casualmente, cuando aquel
se présenlo en im sitio en el que había algunas yerbas,
y cogiendo de ellas unas hojas, se las dio paro el enfermo,
áiciéndole: «Sabed, en caridad, que cuando volváis ¡i
aCosencia, (donde el dolíanle eslaba), le hallareis ya
ssano, porque el Señor leba hecho esa merced.» Vuello.
en efecto, á dicha ciudad, vió ser así corno se lo habia
manifestado, y el siguiente dia se levanto ya perfecta­
mente bueno.
Del propio modo se encontraba un hijo de Fcho Mixa-
bel de Sigliano, á consecuencia de una apostema en el
— 77 —

pecho, ile que se te había ya dado por incurable. En vista


ilc ello, fué aquel á Paula", hizo presente á nuestro buen
Padre la agonía en quo habla dejado á su hijo, pero este
lo respondió: aVolveos, que de ese achaque será sano,
«porque Dios le ha hecho csla gracia; mas ofrecédselo á
.üXucslra Señora.» A la siguiente noclio en que llegó á
su casa, 1c encontró ya bueno; y hecho el cómputo, vino
á conocer habla recobrado la salud en la hora misma, en
la que el Siervo del Señor se lo hahiaanunciado. Un caso
parecido ocurrió con Bernardino, tío Aguino, barón de
Castellón, el ciinl oslando ya para espirar, envió un re­
cado á Francisco, y anlos que se lo diese dijo: «Ya sé á
»rpic sois venido; el enfermo está ya bueno,» Volvió á
casa el mensagero, y se convenció de la verdad de su
dicho.
Más sobresaliente por sus circunstancias fue c! tpio
sigue: liabia en Palerno un ciego, ¿ quien la pérdida do
la vista no le era de lanto desconsuelo, como los intensí­
simos dolores, que por el humor que en ella so le liabia
fijado, padecía. Se fue á buscar el amparo del piadoso
Padre, el cual así que !c vió, lomó un poco de algodon,
quo mojó con agua bendilo, y añadiendo después una
pequeña parto de cal viva, formó de loda osla mezcla
una especie de masilla; la misma, que hecha previamente
la señal de la cruz, le aplicó á los ojos, resultando, que
el que momentos anlcs oslaba total mente ciego, se en­
contrase do repente con clara y perfecta vista, á pesar
de habérsele aplicado un remedio, mas propio en realidad
liara perderla, que para recobrarla, como lo consiguió.
Así que se divulgó tan singularísimo prodigio acu­
dieron muchos ciegos do la comarca; siendo el primero
Antonio Calalan, de Paula, con una hija suya doncella,
de diez y sicle años, cioga de nacimiento. Francisco oyó
la rendida súplica de su paisano, en la saxon que estaba
cogiendo unas yerbas del jardín; le consoló dulcemente,
y tomando de ¿Has una hoja, la puso en los ojos de la
— 78 —

paciente, haciendo antes ía señal do la cruz, cuya lioja


cayó al suelo al separar su bendita mano; pero levantando
entonces la joven su vista al Ciclo, vio lo que jamás habia
visto, alabando al Criador de tantas maravillas. Lo
mismo lii/.o con un hijo de Juan Ilarranclielo, también de
Paula, y con otros muchos; de los que lan solo mencio­
naremos, para evitar proügidad, á un vecino de Amantea,
Calnbrcs, y ciego de algunos años, á quien hecha que
lo hubo la señal de la cruz sobre sus ojos, ordenó fuese
á oir Misa é hiciese reparo al liempo de levantar la
Hostia. í.o ifizo asi, y con el regocijo de verse ya con
vista, csclítmó: «Misericordia, misericordia, ya veo el
Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.;»
Ya se habrá observado sin duda, como nuestro glo­
rioso Santo se valía para curar de remedios inútiles ó sin
virtud, y á veces también muy opuestos al mal, cuya
curación se pretendía. Pues bien; hacia esto para qiie
claramente se persuadiesen lodos «que no era el quien
curaba, ni otra criatura alguna, sí que lo era solo Dios.
Criador de todas ellas; con el objeto de que se 1c aficio­
nasen de veras, amándole de todo cora/on.» «Grande es
«nuestro Dios (dice el profeta Rey}; grande su virtud;
»no hay número, ni Tin en su grandeza.» Había tomado
el Señor por su cuenta engrandecer á aquel pobre Ermi­
taño, cuya alma estaba en un lodo en sus manos resig­
nada: y por esto mistuo, qué límites podían estrechar su
obro, su poder y su virtud? Cierto que ninguna fuerza
humana era copa/ de conliarestar, ni en un átomo, el
divino poderío de que eslaha invertido.
Después de haber dado vista nuestro bendito Fran­
cisco á algunos ciegos, que de nuevo se le presentaron,
con los remedios que tenia de costumbre y de haber a
un Farmacéutico vuelto á su lugar un ojo, que le salló á
consecuencia de un golpe dado en el con la mano del
almirez» dejándole perfectamente bueno acudió al mismo
Juan Toiano, Calalúes y no lejos de Paula, en demanda
— 79 —

Juimiklc üc consuelo para su mal. Padccin la contagiosa


enfermedad de la lepra, o» lanío grado, quo no se le
pemil lia avecindarse en la ciudad de su ordinario domi­
cilio, el cual con le viva dijo ¡i nuestro Sanio, lo que
aquel leproso, de quien liabia Sun >R(co, dijo á Cristo:
«Padre, si vos queréis, bien me podéis curar de esta
»lcpra.» A lo que Francisco respondió: «Por caridad,
i idos á lavar á aquel arroyo, que corro cetra de nuestro
»Monftstcrio, que. vos quedareis limpio.» Obedeció, y
núcelo del lodo sano. Quiso en oslo imitar al profeta
Elíseo, cuando envió á Naanian, Siró, á queso lavase en
el Jordán.
A la fama de la milagrosa curación del leproso acu­
dieron oíros dolos pueblos comarcanos. Dos lo verificaron
el dia inmediato, tan afligidos, que solo el verles daba
ya compasion: uno do ellos era de Paula* el otro forastero.
Así que nuestro Francisco les vió, dispuso se ocupasen
linos dias en actos de oracion, meditación y otros ejer­
cicios, y tratando con ellos todo osle tiempo les dijo:
«Que la raiz do todos los males eran los pecados y que
»cslos debían primero curarse que las dolencias del
acuerpo.» Sin mas les envió de seguida sanos á sus
c/sas. liabia conseguido prender ya en los corazones de
los mismos el amor á su Jesús, que era su principal in­
tento; y asi, qué cslraiío es no aplicase olio remedio'?
Con las propias circunstancias curó de igual enfermedad
¡i luán Greco. Le ejercitó en aquello que él menos pen­
saba, teniéndole algunos dias on el convenio; y cuando
ya le hubo impuesto en el modo de andar en presencia
tln su Dios, le despidió perfecta monte libro de su achaque.
Una pobre señora padecía lambien del mismo mal y al
oir semejantes milagros se dirigió al buen Padre; osle
la dió una yerba para que con su agua se diese un baño;
lo ejecutó así, é instantáneamente quedó buena.
Guidon de Lepanlo, mancebo noble y rico, de Co-
sencia, oslaba de la lepra IjccIio un retrato de Naamau,
— 80 —
Siró, de quien so hizo antes mención y deseaba ver ¿
nuestro Francisco por la gra 11 fama que clcl misino habia
llegado ó su no Licia. Para poder ir con algún alivio, es­
peraba oslar algún lanío mejor; pero viendu que lejos de
ello iba empeorando, dispuso so le llevase al convenio.
Puesto en su presencia, le pidió con copiosas lágrimas se
compadeciese de lan gran miseria, y entonces enterne­
cido Francisco, levantó los ojos al ciclo, y tné lan eficaz
y lan brevemente despachada su petición, como breve
habia sido también su oracion: de modo, que tomando al
enfermo de la mano le dijo; «Por caridad, dad muchas
agracias á Dios, que os lia dado la salud, la cual, como
»noblc y agradecido estimad, y pedidle que os libre de
»la pestilente lepra del olma,» Levantóse (íuidon briosa­
mente del todo sano, y se detuvo olio dia, en el que
confesó y comulgó, ofreciendo al marcharse una generosa
limosna para la fábrica, prometiéndolo servir y en es­
pecial á la Magostad Divina* toda su vida reconocido.
Mayor, mas célebre y inas que lodos aplaudido, Rió
el milagro quo obró nuestro Sanio con la persona de
Marcelo de Cardilla, de Coscncia. Estaba lleno de lepra,
manco de ambas manos, estropeados los pies, perdida
el habla en fuerza del asqueroso achaque y lan pestífero,
que le tenia corrompidas las fauces y destrozada la cam­
panilla ó galillo. Sus parientes, al verle lan lastimado y
dolorido, le condujeron en una camilla á la presencia dé
Francisco, quien al ver aquel mancebo en lan florida
edad, licilio un centro de desdichas y r.n compendio de
miserias, se acercó á él compadecido y lo dijo: «Marcelo,
queréis ser sano?» El afligido doliente, mas con señas
que con palabras, respondió: «Que r.o encontrando hu­
mano remedio acudía á su intercesión, para que alcan­
zase del Ciclo aquello que lo conviniese.» El bendito
Francisco le consoló con dulcísimas palabras y le exhortó
á la fe y amor de Jesucristo: se puso de rodillas delante
de un altar, oró un breve lato, lomó al enfermo de la
—S l-

i-imo y se levantó al instante completamente sano de sus


dolencias, cual si jamás hubiese tenido el menor achaque.
Los elogios y aplausos, en que lodos los presentes
prorrumpieron, fueron tan cscesivos, que no se pueden
en manera alguna referir; y sobre todo los agradeci­
mientos de aquel que poco antes se encontraba en tan
infeliz estado, al verse do repente libre de lodo mal:
«Abre tu boca, qr.c yo to la henchiré, dice Dios por
»Isaias.» Habla de la boca del alma; del deseo. Grande
era en verdad, el que nuestro Sanio tenia de reducir las
almas á su Dios: pero bien se le cumplía cada día el
Ciclo, enviándole enfermos de todas clases, á quienes
imponía en el modo de servirle y amarle sobre todas las
cosos.
CAPÍTULO XIII.

Cura estropeados y tullidos y concede habla á un sordo­


mudo, D¡i pesca donde no la habia, á un pobre devoto suyo;
y envía al mar á un- Religioso á coger milagrosamente ur
pescado, para cum plir con unos huespedes.

Tan grande era la estimación y la buena opinlon, que­


de nuestro buen Francisco tenían todos sus paisanos,
que á no haberle de causar molestia, estuvieran do con­
tinuo en su compañía cuan los llegaron á conocerle; mas
era preciso se marchasen unos, para poder dar enIrada
á otros, á causa do que la afluencia de necesitados de
toda clase, nunca cesaba.
Clara Carbonela, joven de Paula, á consecuencia do
lina enfermedad quedó coja y manca, sin poder en lodo
un año ni aun moverse, cu términos, que basta el preciso
alimento se le daba poragena mano. Viendo sus padres
que ningún remedio de cuantos se lo propinaban le servia
de provecho, dijeron: «No es cosa estrada que tengamos
»aquí al Santo Ermitaño y permanezcamos inertes ó sin
»pcdirle alivio alguno para nuestros malos, cuando es­
quimos observando que de toda la provincia concurren
— 83 —

rii él achacosos y á lodos les envía sanos de sus dolencias


»y consolados?» Pues bien; hagamos nosotros otro lanío;
y’cn su consecuencia mandaron á una esclava, que lo­
mase en brazos á la enferma y ellos se dirigieron al
convenio; pero saliendo á recibirles el venerable siervo
de Dios, dijo: «Por caridad, que icngais fe en el Señor.»
Le echó agua bendita y les ordenó se volviesen á su
casa. La doliente quiso lá dejasen poner en pie para re­
gresar: so hizo así, bajándola de los brazos de la esclava
y principió a caminar, como si “no hubiese padecido en­
fermedad alguna.
Una señora padecia lesión lal en las piernas, que las
tenia enjutas y como si estuviesen muertas; de modo,
que si algo caminaba, lo hacia de rodillas. Fue conducida
cu un caballo á nuestro bendito Padre: este así que la
vi ót mandó se la bajase y que la tuviesen en pié; so hizo
conforme lo había ordenado y de seguida dispuso se
volviesen á casa. Sen Lia al mismo tiempo la paciente
quo.se le desentumecían los pies; quo los nervios se dila­
taban y que se fortificaban las piernas; notando á la vez
encontrarse del tocio buena. Nuestro Francisco inandó
entonces que la dejasen, y principió á caminar como si
nada hubiese tenido. Dió infinitas gracias á Dios y ¿su
bienhechor, despidiéndose muy agradecida. Otro caso
igual sucedió con nna señora de BHriaco, estropeada do
brazos y piernas, á la que al momento dió plena salud.
No menos digno de admiración fue el milagro que obró
con otro estropeado que de allí á poco se le presentó, o!
cual Icnia las piernas lan torcidas, que no podia en ma­
nera alguna sostenerse en pié. Nuestro Sanio le mandó
que camínase y lo hizo al momento, quedando en mejor
forma que cuando estaba sano.
Juan, de Sccnlancs, llevó un hijo que tenia muy
tullido y estropeado; lo curó y le puso el iiábilo do sii
orden, por voto que hicieron sus padres de tenerlo al­
gunos meses en su compañía. Diez años habia que es­
—84-
taba lullido un Religioso sin poder por sí moverse. Fué
llevado á nuestro Francisco, quien lo dijo: «Por cavidad,
jjquc lletcis csla piedra á los quo trabajan en la obra
»del convenio.» Púsola sobre su podio y reconociéndose
liljrc de su tullimiento csclamó lleno de alegría: «rMisc-
!»ricordia, misericordia, ya estoy sano.» Con lo que que­
daron admirados cuantos antes le conocían. También
condujeron á un mancebo sordo-mudo: lo entró en la
sacristía y puso en la pared'tres velas encendidas; y
arrodillados, como y también la mucha gente que acudió
á vi»’ el milagro, se despegó una de dichas vcla.s, y en­
tonces el 'precitado mancebo, habilitada ya su lengua,
pronunció estas palabras: ccTengan, que .se lia caído una
vela.VContinuando en lo sucesivo hablando ya sin ningún
impedimento.
Pedro Barba, notario de Paula, compró unas rodos
de pescar; las echó al mar en el parage conocido por
La tonara, de la ribera de dicha ciudad; pero por mas
veces que lo verificó, no consiguió el menor provecho, á
causa de estar aquel punto apurado'do pescado; produ­
ciéndole esto en sus intereses no pocas pérdidas. En tan
apurada situación, se acordó de su bendito paisano y
envió un recado al mismo con Antonio Odoedo de parle
suya pidiéndole alcanzase del Cielo algún alivio á su des­
gracia. Nuestro Francisco que para obras de caridad
siempre estaba dispuesto, se puso en oracion suplicando
á Dios del modo siguiente: «Señor mió Jesucristo, yo os
^ruego que así como pescando Pedro en el estanque ó
alaguna de Genezareth sin provecho alguno, después di
«fatigado toda una noche, le mandasteis que échasela
«red al mar, que prendería poces; que haciéndolo él así,
»pescó multitud lan grande de ellos que rompió la red,
aviándose en la precisión de llamar en su ayuda á los
acompáñelos de otra nave y que por su gran pesóse
«hendió, pareciendo milagro no haberse hundido: haced,
»Dios mío, en favor de Pedro nuestro devoto, que tenga
^85—
»cslc mas abundancia (la pescado, para que con su pro—
»ductü se pueda resarcir de sus pasadas pérdidas.;» Diclio
esto, dió á Antonio una vela bendita, encargándole que
echase aquel (le nuevo la red con grande fé en el Señor,
que le daiia pescado. Así lo ejecutó y sacó la red llena
de lodo género de peces, quedando desde entonces el
consabido sitio, pov el lance mas copioso de toda la ri­
bera. Pedro restauró en breve la perdida, pasando de
pobre, á bien acomodado en breve tiempo.
Doña Policena, marquesa de Esquiladle, envió á
Guillermo, su mayordomo, con olro criado suyo llamado
Pablo Abad, á visitar de su parte á nuestro Francisco.
Este mandó encender lumbre junto al convento y ha­
biéndole preguntado para qué tal prevención, respondió:
«Que para la visita que esperaba, con el objeto de que
atuviese siquiera el consuelo de encontrar con que calen-
»!arsc, por el grao frió que hacia.Llegó en esto la co­
mitiva á la Iioríi de comer y ofreció á los que la componían
unas legumbres que no aceptaron, antes si, ofrecieron á
nuestro buen Padre algunas aves que llevaban, á lo que
les contestó: «Quo en su ílonasterio ni.carnes, ni laeti-
«cinios se confian y sí sulo yerbas ó peces, s Sin embargo;
á fuer de agradecido, de que mucho se preciaba, se vio
cu la precisión de pedir á Dios algim socorro y levantando
los ojos al Cielo, dijo: «Jesús y Señor mió, que cuando
centrasteis en Cafarnanm parapagar el tributo, ordenas­
teis á Pedro que fuese al mar, y echando el anzuelo
«sacase un pez en cuyo vientre habia una moneda, para
#que pagase por ambos: ahora os suplico que me proveáis
¿esta vez, para que no se escandalicen mis huéspedes de
«ver mi cortedad.»
Acabada su oracion* mandó á un Religioso fuese al
mar, designándole el punto ó sitio donde le enviaba, á
que le trajese un pescado que allí cogería. El Religioso
se escusó ce¡i humildad, á causa de estar el mar embra­
vecido y tener por imposible cumplir con lo que se le
— 86 —

ordenaba, pero nuesLro Padre Francisco le replicó: «Por


•caridad, ul donde os digo que no volvereis sin presa.3
Obedeció aquel seguidamente y llegado que hubo ai
punió señalado, se puso á reparar desde la orilla con
temor, en lo enfurecido de las olas, cuando vió con sor­
presa, {[iie una muy fuerte saco 1111 pez á la playa. En
efeelo; salió á sus piés uno lan disforme, que posó cua­
renta libras, y lan junio á sí. que quedó asustado. Fué
conducido al convenio y con él obsequió nuestro Santo
á sus huespedes: comieron lambien los Religiosos, dima­
nando de aquí olio milagro, pues que cuantos mas Irosos
.se hacían ó corlaban, tanto mas crecía ó se aumentaba.
Fácil es de comprender que el milagro de que se
acaba do hablar, encierra cu sí otros muchos á la vez,
que en gracia de la brevedad no especificaremos; pero
en lo que no podemos dejar de lijar nuestra atención es,
en aquella facilidad con que el glorioso San Francisco
mezclaba en sit lengnage textos de la Escritura Sagrada,
cual si fuera su propia habla, y en su humildad lambien
y manera con que oraba. Era humilde, porque no rehu­
saba decir, de suerte que le oyesen: crPara que no se
«escandalicen mis huéspedes de ver mi cortedad.» Su
costumbre de levantar al Cielo ios ojos para orar, y ha­
cerlo en alta voz, era indudablemente con el objeto de
imitar en lo posible á su amado Jesucristo, quien, según
San Juan, levantados los ojos al Cielo, dijo: «Padre, esla
»cs la hora, clarifica á tu hijo» Costumbre que repetía
á menudo, pidiendo al Señor volviese por su crédito y le
prestase socorro
Muchas eran las veces que oraba también en silen­
cio, pero el Cielo le lenia destinado, no solo para orar,
si que igualmente pava que enseñase á cuantos debían
hacerlo é ignorasen el modo do poner en práctica el
cómo por medio de la ovación debiun dirigirse á su
Dios, á fin de que le aprendiesen lodos y aficionasen á
los demás i proponerle.su petición.
CAPÍTULO XIV.

Curü á una marquesa y á otras mujeres, de uu flujo de san­


gro, con calentura ética. Híice eu tres dins mas de cien
milagros, dando b salud á varias personas, sea curü fuere
su muí.

Doña Policena, de !a que se hizo ya una ligera men­


ción en el capitulo que antecede, era hija natura! del
rey D. Fernando I de Ñapóles y esposa de D. Enrique
do Avagon, marqués de Esquiladle y Geraci, vjrey y
lugar-lenienlc suyo en Calabria. Pues bien, osla señora
padecía ya mucho tiempo un flujo (le sangre continuo,
con una calentura calificada de ética, que la Icnia hecho
un verdadero retrato de la muerte, porque á todo esta
acompañaba también una absoluta inapetencia. Por mas
afamados que eran los médicos que la visitaban, y por
mas costosos y variados los medicamentos que se lo apli­
caron, es lo cierto no llegó a conocerla menor mejoría,
antes si, empeoraba de dia en dia, pero de lal manera,
quo los mismos físicos la desahuciaron. En vista do situa­
ción lan apurada, y movida de la gran fama do nuestro
bendita padre Francisco, determinó ir á visitarle, con
— 88 —
seguras esperanzas de que este había de ser su único
romedio. Y en cfcclo, colocada en una lilera, y acompa­
ñada de mas de treinta caballeros de la nobleza, y de
muchísimos criados de servicio, fué conducida en busca
de su anhelado consuelo.
El siervo de Dios, (jue todo lo sabia, cual si lo mírase
en un espejo, ordenó a sns religiosos dispusiesen una
sala, decentemente adornada, para hospedar á lan gran
señora, asi como lambien lumbre en un brasero, por
los intensos fríos que en el pais se sentían. En eslo se
adelanto Guillermo, mayordomo de la marquesa, á darle
noticia como S. E. iba á visitarle. «Ya lenia yo couoci-
» miénto de ello, respondió aquel, y le tengo provenido,
»por lo mismo, su hospedaje.» El mayordomo quedó
su mamf>.n1 n admirarlo de semejante eonleslaeion, teniendo
por imposible que sin revelación hubiese sabido !a no­
ticia. Llegó luego la comitiva, y hospedada !a marquesa
con sus criadas en la sala de antemano dispuesta, se le
sirvieron unas yerbas y unas babas, que eran los mayo­
res regalos que se encontraban entonces en el convento.
Uno de los criados, 110 considerando la austeridad y po­
breza de aquellos religiosos, tacho de desdichada ó mise­
rable la comida quo se daba á una señora de lan elevada
alcurnia, empero el bendito Padre, que no ignoraba su
murmuración, le dijo: «Por caridad, hermano mío, que
atengáis paciencia, que Dios nos proveerá.» Y apenas
babia acabado de pronunciar la última palabra, cuando
lié aquí que, sin saber de dónde, entraron gran diversi­
dad do regatados peces, con los que fué servida S. E. y
su numeroso acompañamiento, habiendo lodos quedado
satisfechos.
Pasado todo esto, la marquesa se postró á los pies de
nuestro Santo, con ademan de besarlos, lo que esle en
manera alguna permitió, antes si, compadecido tierna­
mente al ver las lágrimas que derramaba, las miserias y
dolencia de que 1 c informaba padecía, las súplicas que le
— 89 —

liacia, y los suspiros quo exhalaba, la uonsoló con rostro


agasajador y placcolcro, con la boca rebosando alegría;,
y con las mismas palabras con que curó Cristo nuestro
redentor á otra mujer do igual enfermedad, dioiéndole:
dSija, confia en el Señor, que va por (ufe, le lia conce-
sdido la salud,s Le dió entonces cierla fruía para quo la.
comiese, y al principiar á verificarlo, se sintió del lodo,
buena. Cuantos se encontraban presentes, aclamaron por
Sanio á nuestro buen Padre Francisco, y la marquesa,,
por su v u lu n la d , acordó permanecer oh el convento por
tres dias, con Lodo su acumpauamienlo. Los caballeros,
y unichas personas mas, que se hallaban présenles,
elogiaron a porfía su conocida santidad, pero aquel, sin.
embargo de los aplausos, permaneció con tanta sereni­
dad ile ánimo, como si no hubiese oído cosa alguno.
Fue lanío el eco que causó este milagro en lóela lai
Calabria, que acudieron al convenio mas de mil personas;
de distintos puntos, y solo en los Iros dias que permane­
ció en él la susodicha señora, juraron despucs sus criados;
en los espedientes queso iban instruyendo, para que á
su tiempo sirviesen para la canonización de Frauciseo;
juraron y depusieron: «Haber hecho eu su presencia mas
ade cien milagros, no ubrndos uno á uno, sino en las.
acuadrillas de genio que iban llegando, y en toda clase
j>dc enfermedades.í> Presente se encontraba un devoto
suyo que tenia una paisana, llamada María, del propio
accidento, que la consumía y la poma en. disposición do
perder la vida; dispuso, pues, conducirla al convenio,
y puesta en su presencia le pidió con lagrimas remedio
para sú achaque, y luego de su humilde súplica la envió
con salud completa á su casa, alegro y consolada. Una
cusa parecida sucedió con Bartola, hermana de D. Ja-
cobo Guerrero, capellan de la Caled rol de Nicaslro. Pa­
decía esta ya mucho tiempo una calentura ética, que
estaba para morir, porque no la aliviaba remedio alguno.
La vió nuestro Sanio y al momento quedó curada, sin
— 90—
mas que haberlo dado á beber una poca agua; dando la
salud en oi propio aclo á oíros muchos achacosos, sea
cual fuese su mal.
Pretender enumerar uno por uno los milagros que
obró nuestro buen Padre, seria qucicr realizar una cosa
ue raya en lo imposible. No obátanle lo scnlado, nos
3 etendremos algún lanío en narrar ligeramente algunos
que parece corresponden á osle lugar, Nicolás del Cas­
tillo, así que llegó de su viaje a Levante, á Paula, su
patria, cu una galera, le sobrevino una fluxión al pecho,
que le privó d'íl oído, le inflamó la garganta y hasta le
quitó la vista; pero lan pertinaz, que ninguno de los
remedios que se le aplicaron, produjo resultado alguno
favorable; y en esle triste estado, hubo pessona que Ic
aconsejó fuese á ver al Sanio Ermitaño su paisano. Se
presentó en efecto al universal remediador, á quien
pidió con lágrimas se condoliese de lanía necesidad: el
Siervo del Señor le tocó la parle lesa, teniéndola asida
por un breva instante y al momento arrojó por los oídos
la corrupción que le ocasionaba lodos sus accidentes,
dejándole del lodo bueno.
Un oficial de los que trabajaban en el convento, se
dió un golpe lan fuerte en el rostro con una cufia de
hierro, que se rompió un diente y se lastimó la boca,
arrojando de ella mucha sangre. En medio de su dolor
llegó Francisco y le dijo: «Por caridad 110 temáis, que
»con la gracia dé Dios, no habrá sucedido mal.» Le locó
la boca, cesó el flujo de la sangro» el diente volvió á su
lugar y quedó perfectamente bueno. Cierto dia fué nues­
tro Padre en compañía de otro oficial llamado Antonio
á juntar materiales para la fabrica del convento y al
mudar algunas piedras de un lugar á otro, cayó uná de
ellas sobre la pierna de dicho oficial con lal violencia,
que se la rompió por dos parles. Vino al suelo á la fuerza
del dolor y principió á quejarse amargamente. Acudió
al momento Francisco y tocándosela con sus manos, le
— 91 —

dijo: «Por caiidad Antonia, trabajemos, porque juzgo


apara mi, que no os habéis hecho daño alguno en ella.»
Al instante se levantó lan sanot como si nada hubiese
ocurrido.
Un ciudadano de Paula tenia una heredad junto al
convento y necesitaba de ella nuestro Santo fundador, el
cual 1c rogó se la vendiese ó permutase en otro cosa;
poro 61 le respondió: «Que no pensase en ello, porque
)5iio podía hacerlo.» El Cielo, sin embargo, tenia dis­
puesto, que dicha heredad se aplicase ó formase parte
de aquella fundación. Asi en realidad sucedió; en razón
á que, habiendo sido acometido el precitado ciudadano
de un violento accidente, no encontró otro remedio para
su mal, sino el de acogorse ú la protección del bendito
Ermitaño. Este le recibió con caridad, bien distinta de
la que con él habia usado y levantándole la cabeza sacó
de una de sus orejas un gusano velloso de medio pie de
lar¿o, que era la causa de sus crueles dolores, quedando
sano en el acto. Agradecido el pacionlo á favor lan sin­
gular, le regaló la heredad cuya venta ó cambio poco
antes te habia negado.
Agonizando estaba Tomás Piscione; las demostra­
ciones de dolor y sentimiento de su esposa y familia que
en su casa se oian, eran grandes en estremo; mas en
eslo. por un acaso, entró el Siervo de Dios, caritativo á
consolarles y les mandó rezasen un Padre Nuestro delante
ile un crucifijo. Los hijos tenían lan corla edad que no
comprendieron bien lo que nueslro Francisco les orde­
naba, pero dijeron que el Ave María sí la sabían rezar
y úntemeos les dijo «la rezasen arrodillados:» les dió
unas manzanas y tres bizcochos para que los llevasen á
su padre, asegurándoles no moriria de aquella enfer­
medad; previniéndoles también le dijesen de su parle,
«pie: luviesu en el Señor y fuese en adclanle buen cris-
liano. Tomás recibió el regalo quo le enviaba y sin ne­
cesidad de otro remedio quedó perfectamente sano.
— 92 —
En olc;a, ocasión quiso Dios dar evidentemente á
conocerla virtud do hacer milagros concedida á nuestro
glorioso Patriarca* Trabajando un día un Religioso on el
bosque, le mordió una serpiente y de seguida se acogió
a| mismo, luciendo muchas demostraciones tic dolor:
nuestro Sa,nto lo abrió la mordedura, sajándola con un
cuchillo y diciendo al propio tiempo con rostro alegre:
«Hijo mió, liemos en la Providencia de Dios, que con
sSU: poder no hay sierpe ni veneno que pueda ofender.»
OU grandeza del Altísimo! En el mismo inslanle quedó
libre de la ponzoña, sano y sin el menor dolor. Se encon­
traba presente á tan repentino y milagrosa curación
otro Religioso que so persuadió no babria sido morde­
dura do serpiente, sino alguna espina que se habria cla­
vado; pero como el Señor estaba empeñado en acreditar
¿nuestro gran Padro, no quiso pasar por alio aquella
levo duda; asi es, que permitió que la siguiente noche le
sobreviniese un dolor tan acerbísimo, que reputándose
por muerto, recurrió á su buen Prelado por remedio.
Esle, después de haberle consolado de una manera cari­
ñosa, le dijo: «Hijo mió, por caridad no temáis, que
íhicn se no es por olra cosa, que por haceros creer lo
»que ayer negabais que era mordedura de serpiente,!)
Le locó con su mano la parto donde sen lia el dolor y al
momento quedó bueno y corregido.
CAPÍTULO XV.

i.-lira ú nlguuos saco «lotos, di.-iioméndoles á celebrar devota­


mente. Libra A uua. nave de una furiosa tempestad. Le
envia Dios, por medinr del Arcángel San Miguel, el escudo
d e l a Caridad, por arm aste s u Mínima Religión.

Grande era el cariño y mayor aun la veneración que


Icnia el liencillo Francisco á lodo sacerdote; sentía de
nmcrlc dejasen de celebrar, y do ofrecer el incruento
sacrificio: remedio eficáz, refugio único, y total consuelo
de vivos y difuntos. Quisiera servir de rodillas á todos
ellos, y que estuviera én sus manos el purificar sus con-
cioncias, disponiéndoles con tal castidad c inocencia de
costumbres, cual para acercarse á nuestro Dios, á nues­
tro Sumo Bien so necesita.
A D. Vito Scabello, arcipreste de Callazaro, en la
Diócesis de Yicimano, le sobrevino un pestilente tumor
al laclo de la nariz, que le puso en disposición de ser
desahuciado de su curación, y en peligro de perder la
vida. En lan triste situación, se acogió al Médico Fran­
cisco, el cual, sintiendo que un tumor, una apostema,
fuese causa de que dicho sacerdote dejase de decir Misa,
— 94 —
lo lavó con ud poco de agua la parte lesa, y le dijo: «Por
¡^caridad, que lengais mas fé en el Señor, quo os hará
amcrccd de que vayais á la Iglesia á celebrar.» Dicho
esto, se marchó el paciente, y nulando á media noche el
alivio que senlia, se locó la nariz, y conoció estar del
todo sano. Por la mañana se levantó, y fué al convenio ¿
dar las gracias agradecido, y también á decir Misa.
D. Carlos l’erri, de San Lúcido, canónigo de Cosen-
cia, liabia sitio atacado de nn dolor lan intenso á la den­
tadura, que lo tenia fuera de si, sin dejarle dormir ni
descansar, Después de haber dicho un (lia Misa, se mar­
chó alligido á nuestro Sanio, quien al verle, y sin espe­
rar á que le manifestase su desconsuelo, lo dijo. «Vos
avenís padeciendo grandes dotares en la dentadura,
i tened paciencia, y no os dejéis vencer de esa desespe­
ración y estímulo'del demonio, que pretende impediros
ádecir Alisa.» Después íe Locó con sus manos le que
motivaba su aflicción, y luego al punto quedó bueno, vol­
viendo otro dia á dar las gracias, y a celebrar en el
convento.
El Arcipreste de Paula adoleció de una enfermedad
morlal, y oslando próximo ya á entregar su olma al
Criador, mandó a un doméstico suyo á que suplicase al
Siervo de Dios por su salud, el cual le dio csla respuesta:
«Decid ai Arcipreste, que limpie su conciencia, pues esta
^enfermedad que el Señor le lia dado, es por tenería
aimpura, que la ajusle como debe, y que esla vez le
aliará merced de la salud.» Volvió Meólas, que así se
llamaba el doméstico, con dos bizcochos y unas yerbas,
que el Santo Ermitaño le liabia dado para él, y que le
dijese de parte suya se dispusiese el dia siguiente para
celebrar. Así lo hizo, bueno ya y sano, cantando solem­
nemente una Misa por su milagrosa curación. Dos años
después volvió á enfermar,' y envió con igual demanda
al propio Nicolás, pero nuestro Francisco le dijo: «Ahora
»no podrá ser lo que pedís, y es fuerza morir de esla
— 95—
^dolencia, porque el Señor lo Llene asi ordenado; de
Bconsiguienle, decidle pues, que ajuste bien su concion-
»cia, que el pasado dijo Misa sin haber cumplido la salu-
sdable penitencia, que se prevenga, porque no saldrá de
»esla enfermedad.» Sucedió según tenia vaticinado,
muriendo el siguiente dia dispuesto, preparado y peni-
lente, como á provenido con lal cuidado, y por tal amigo.
El que renunciare al mundo por mi amor, (dice
Cristo por San Lucas.) recibirá mucho mas en esta vida,
y alcanzará en la otra la vida cierna. Ya liemos visto el
aplauso y estimación que lodos hacían de aquel pobre
Ermitaño, que liabia renunciado al mundo por su Dios.
No lmbo trabajo, dolencia, necesidad alguna <5 fatiga, en
la que se dejase de csperimcnlar un eficaz remedio en
nuestro glorioso Santo; y no ruó solo abogado para esta
ó la otra aflicción ó necesidad particular, si que en todas
se encontrará en él un universal y especial consolador.
Uno de los mayores conflictos en que el hombre puede
encontrarse en esla vida miserable, es, á no dudar, pa­
decer en el mar una deshecha tormenta, porque en tan
lastimoso trance, las voces no aprovechan; las diligencias,
las mas de las veces, suelen ser ilusorias; las riquezas
estorban, y falta lodo consuelo, esperando los navegan­
tes rada instante sumergirse y perecer, en fin, (le una
muerlc desastrosa, sin que puedan confiar, á no ser del
Cielo, en socorro alguno.
En semejante riesgo de peligrar se vio una nave do
atlo bordo, cargada (le mercancías, llena depasageros y
abundante en riquezas, que habia salido do la ciudad dé
Lípari, en una isla de la costa de Sicilia, la cual al atra­
vesar el Mediterráneo, hacia el rumbo que debia seguir,
y apenas tendidas velas, fue combatida de un furioso
vcmiabal con brevedad tan inesperada, que el piloto y
marineros quedaron admirados del sin igual rigor, tanto,
que cada ola parecía una montaña, poniendo la nave lan
pronto en las «strellas, como en los abismos con ol
— 96 —
mayor furor; de modo, qaeíemiendo la tripulación se
desfondase aquella con el peso, la aligeraron, arrojando
ál mar cuanto de mas valor iba en ella, dejándola correr
al impulso de los vientos y á la discreción do la Forinna,
ptír no poder en manera alguna gobernar el timón, sien­
do la turbación de los afligidos, sus clamores, voces y
suspiros, como de personas que veian su muerte muy
cercana, y sin la menor esperanza de remedio.
En tañ desconsoladora situación dio la tempestad con
la nave en la ribera de la ciudad de Paula, (lo laque
salieron sus vecinos á la orilla del mar, solo á ver pade­
cerla! desgraciado bajel y personas que en 61 iban; por­
que por mas eficaces que fueron las diligencias que
practicaron, así con cabos como con ferros, no pudieron
socorrer á los que en él navegaban, compadeciéndose
todos do lance tan lamentable y aflictivo: cuando héaqiii
que uno de los que estaban présenles dclcrminó pasar til
convenio á suplicar al bendito Ermitaño Francisco, enco­
mendándole á Dios á laníos pobres mslianos que en la
terrible borrasca eslaban á pique de perecer.
Luego quo so ic dio el recado, condolido nueslro
Sanio, levantó a! Ciclo los ojos, csolamando de esta
suorlc: «Señor rtiio Jesucristo, que Vos solo sois el que
»manda al mar y tiene potestad en él, aquietando sus
»borrascas y seronaudo sus lormcnlas; ruógoos no per-
smitais. <[ue aquellas criaturas, que están selladas con
»la lumbre do vuestra persona y redimidas con vuestra
»preciosa sangre, perezcan miserablemente.*> Flecha esta
breve plegaria, se asomó por una ventanilla de su celda
y al ver la nave fluctuando entre las olas y la gente en
aquel riesgo, como imposibilitada de ser socorrida, hizo
tres veces la señal déla cruz rn el Nombre de Jesús, y de
rcpcnlc cesó la tempestad, poniéndose el mar en calma, y
lodos según eslaban de rodillas, esclamaron: «Milagro,
milagro.»
Remolcaron la nave al puerto, y exhalados corrieron
— 97 —

lodos al Siervo de Dios, con demostraciones mil do


alegría y agradecimiento. Puestos en su presencia pos­
trados, asi paisanos como forasteros, se empanaron efi­
cazmente en besarle los pió?. El Sanio, empero, que
solo esperaba ocasión tan oportuna, cou los ojos llonos
de lágrimas los dijo: «AyJasus, hijos míos, por caridad,
»«Ti;tIÍo gracias á aquel Dios Omnipotente; conózcase de
}.•(¡nc os mostráis rendidos por veros obligados al mismo
»v en particular al Amorosísimo Jesucristo mi Señor,
»quo- quiso nacer y morir por nosotros: procuraos en-
Micndar ron penitencia de la vida pasada, acompañán-
»ílüla con actos fervorosos de corazón, por los favores
j>t]uc cada dia os está haciendo: mirad, no me seáis in­
óralos á un Señor y Dios tan bueno,» Llenos de fervor
prometieron obedecerlo, y de seguida les mandó qno se
preparasen para el viajo, <|iio lo liarían viento en popa y
con íeüciilad hasta lomar el puesto á que se dirigían,
ind ios devotos habrán lal vez observado, como
siempre que nuestro gran Padre hablaba, ya con las per­
sonas, ya con las bestias y liasla con las cosas insensi­
ble;, usaba al principio do las muy tiernas frases: <tEn
Calidad, ó por Caridad.» En la regla que ásus hijos nos
dejó, no hay capítulo, cláusula ó período quo no respire
é induzca A*Caridad. El pensamiento de fundar su reli­
gión, (dice la Iglesia), fue un deseo ardiente do caridad
fraternal, y en fin, observó exactamente el consejo de
San Pablo, que dice: «Todas vuestras cosas sean hechas
jo en Caridad.» Si aconsejaba, su primera palabra era: «En
Caridad,» y si mandaba, «rPor Caridad.» Veamos, pues,
el origen de lan radicada costumbre.
Retirado se liabia nuestro glorioso Patriarca, según
Icnia de costumbre, á lo mas octillo de la soledad, á
imitación de Jesucristo, á ayunar cuarenta dias con sus
noches, sin comer, beber, ni hablar con persona alguna
en todo esle tiempo, á canforLu* su alma con la altísima
conicmplacion del Sumo Bien, descubierto v desnudo de
— 98—■
figuras que le pudiesen oscurecer. puesto ya en oque!
estado en que decía San Pablo: «Yo vivo, 'pero no yo,
»sino Jesucristo en mí; nncslra vida eslá escondida coi
»Jesncri$[rt en Dios.» Molido, pues, en un Incendio c!e
divino amor el bendito Francisco, levantado sobre !?
tierra en un éxtasis maravilloso, despidiendo su roslrt
rayos luminosos, y trasparente su cuerpo, pronimpiu
entre tiernos suspiros y sollozos, en estos dulcísimo;
aféelos: «Olí,Dios, Caridad! OI», Dios, Caridad!» Gozamin
estaba de ncpiolla celestial visión, cuando bajó el Arcán­
gel Sun Miguel, enviado del Altísimo, con un singular
donalivo y preciosísima presea, esculpida en lelras de oro
en un escodo, á manera de resplandeciente sol, y escrilo
en él en campo azul. adiadlas, Caridad.» Esle escudo
Iraia embrazado aquel Arcángel, que defendió á un Din.;
Trino y Uno, en el Cielo, contra Lucifer y sus secuacK
este le gravó en el pocho de Francisco, le infundió en su
alma, le radico en su corazon, cantando la música angé­
lica que le acompañaba, entre oleas cosas, la siguicnk
estrofa: «Estas serán de tu orden, Francisco, las insig­
nias.» El Cielo concedió á nuestro Santo Fundador e>l<
distinguido privilegio, estando todavía en su convento d<
Paula, su primera fundación.

FIN DEL LIBBO PRIMERO.


LIBRO SEGUNDO.
Contiene desdo la elección de doce com p a­
ñeros, y su vi¿ijo á fundar á P atern o , h asta
curar tocio gen ero ríe enferm edades, li v e ce s
por m edios g raciosos, y d arse noticia de la
cau sa m otiva de e n v ia r y. lodos
consolados.

CAPÍTULO PRIMERO.

lílige doce compnfiiTOá; le s dá ivg-lu y vá á funclnr:l P atern o.


Recibimiento ciuo le hicieron los patorneses y lo que su­
cedió con uno dfi fillos. í|tie tenia formado mal concepto (te
nuestro glorioso fundador. Allana un monte que servia dt
estorbo ¡i la fabrica., con otros milagros que obró, abriendo
cimientos, deteniendo peñascos, dando nfjiin y señalando
cantora.

Sobre la virtud lan singular que tenia nuestro buen


Padre Francisco, de socorrer á cuantos necesitados á él
acudían, le acompañaba además una especial isima pren­
da, cual era, la do atraer á lodos los que le hablaban:
«Era Lan humano y afable en sus palabras, (dice el Papa
oLeón X en la Bula de su Canonización) que nunca llegó
¡>á 61 persona alguna que no volviese sabrosa de ellas»
»por sci melifluas y dulces y presa de cierla increíble
»dulzura de su conversación, como si fuera lleno de
^espíritu de Dios y Hombre Jesucristo Nuestro Señor,
— 100 —
»que do sí mismo dijo por San Juan: Las palabras, que
»Yo os hablo, son espíritu y vida.»
De aquí nació sin duda, ser lanía la gen le que li
seguía V laníos los que por Padre le aclamaban, los que
por director de sus almas lo elegían, los que pretendían
les ensenase algo de aquella ciencia divina que sabia y
laníos les que deseaban les admitiese en su casa y com­
pañía* que le fue preciso poner colo <5 limite á lanljí
demanda, eligiendo el número de doce á imilacion de
Jesucristo: á estos vistió su sanio hábilo, como se dijo oü
el libro primero, segun el modelo que los ángeles le en­
señaron en el desierto; lo» impuso regla con los tres
votos esenciales de todas las órdenes religiosas, prohi­
biéndoles además hasta los lacliciniiís, muMiIras lo im­
ponía también como voto, con la aprobación de ls
suprema cabeza de la Iglesia. También les intimó t ‘
inculcó el precepto de la caridad fraternal, para vu> perder
el distinguido timbre, con que el Cielo desdo un principia
quiso adornar á su naciente y pequeña Religión. Eslasy
olías advertencias* que se pueden ver en la regla, de
silencio, mortificación y ayuno, designó para los (loro
compañeros mencionados y para lodos cuantos quisiese' f
con humildad y fidelidad recibirla y guardarla; siendo
estos los primeros hijos que dejo en Calabria, de quienes
tan sazonados Huios cunaron en la Gloria
«Tenéis, Señor, palabras de vida» (decía San Pedro):
y Francisco liivo en grado lan sublime comunicada csín
virliid, que no solo los particulares, si que también la-
ciudad es, villas y lugares, envidiaban la dicha de Paula,
sintiendo no poder gozar como ella de las palabras (Id
Santo Ermitaño, al que lodos alababan y cuya lama lan
eslendida oslaba por toda la Calabria. Sin embargo, c'
primero de los pueblos que pudo conseguir osla felicidad
fue la ciudad do Paterno, que ofreció liberal á micsir)
glorioso fundador sitio para fundar en ella; siendo laníos
ios milagros que en la misma obró, que ocuparíamos m
— 101 —
abultado volumen, si ano por uno se hubieran de narrar;
con lo que quiso la Magostad Divina demostrar que no
1c había rilado para que su protección y amparo se cir­
cunscribiesen solo á su ciudad natal, re [irado en la
soledad, s¡i quo lambien para que se eslendicsen á otros
muchos pueblos, á fin de que con su presencia, obras y
palabras, se cumgiesen las costumbres liarlo depravadas
de aquel siglo.
Muchas oraciones costó á nuestro bendito Padre esta
salida; muchas lágrimas su determinación para partir;
muchas penitencias y mortificaciones; pero eti fin venció
cd su mente la utidad general á la particular, renunciando
gustoso toda afección ó consuelo propio, solo con el
objeto de que fuese Dios algún Lauto mas glorificado,
servido y conocido. Emprendida la marcha, llegó el dia
en que habla de verificar su entrada en Paterno aquel
fundador tan (leseado de la nueva Religión; aquel santo
Ermitaño, al que, como enviado del Cielo, esperaba con
ansia lodo el pueblo, que salió á recibirle sin distinción
do estados, ni gerarquias, con tanta dcvocion y rendi­
miento y con demostraciones tales de alegría, que de­
jaban entrever ser ya llegada la hora de quedar cumplido
su anheloso deseo. Unos le besaban el hábito, otros las
manos: estos se arrojaban á sus pies, aquellos á besar
cuanto locaba; creciendo á cada paso las aclamaciones
y voces afectuosas de alabanza de lodos cuantos devotos
1c seguían, hasta llegar á la Iglesia, que fue su primera
visita.
Envidioso el infierno de demostraciones semejantes,
y receloso á la vez del mal que en aquella ciudad 1c
había nuestro Francisco de causar, pretendió disminuir
algo la grande opinion que lenian de el formada sus ha­
bitantes, valiéndose para ello de cierta persona que,
sintiendo, no muy bien, de tales aplausos, y llevada
también de la envidia, dijo á algunos que estaban á su
lado: «Quedo, que viene aquí el Mago vestido de hipó-
— 10-2 —
»ciita, que debajo de aquel saco mortifican le tiene un
acuerpo lleno de vicios, sin tener en esto mas íin que
»engañar al mundo.» Nuestro Pudro, que loda su alen-
cion llevaba en Dios, puesto mas en su presencia que á
la vista del concurso que le rodeaba, inspirado del Cielo,
acercándose ú él al tiempo (lo pasar, le dijo: «Por caii-
»dad, yo no soy mago como vos decís, sino siervo de
«Jesucristo bendito.» OI» eficacia de una palabra más
que humana! Asaltado de oonfusion el atrevido, cono­
ciendo aquel espíritu profetico, se postró á sus pies
atemorizado y con una manifiesta pálido?, en su rostro,
diciendo á voces: «Santo mió, yo os confieso por gran
»Pi oTela y Siervo de Dios verdadero; perdonad mi yerro,
atenedme por siervo vuestro, y en primicias de mi afecto,
»os hago desde ahora do nación de una posesión mia,
»para que fundéis vuestro convento.»
Despues de dadas gracias, por haberle nuestro Señor
encaminado á lina ciudad que aparccia tan cristiana y
devota, fue acompañado ¿ una Iglesia que antiguamente
habia sido convento de frailes de la Congregación de h
disciplina, bajo el titulo de la Anunciada, cuyo Ululo
quiso nuestro Padre se conservase, llamándose basta el
dia de boy adela Anunciación » Este, pues, fue ei sitio
que los paterneses concedieron liberales, confirmando
con hechos el afecto quo con palabras y cartas le habían
va demostrado, 110 observándose entre nobles y plchoyos
diferencia alguna para ayudarle á erigir el monasterio,
como á que unos y otros ¡o verificaron sumamente gus­
tosos.
Trazada la planta para la construcción, se echó tic
ver la necesidad de allanar un lugar áspero y montuoso,
cuya faena se calculó de nuiclio coste y tiempo, pero
indispensable realizarlo, y con ello remover semejante
obstáculo. Nuestro Sanio fue entonces a consultarlo con
Diot! por medio de la oracion, y habiendo concluido ron
este su ordinario remedio, mandó en el nombre de Jcsiis
— 103 —

al collado que se allanase. Portentosa maravilla! A vista


tic nubilísima gente se tendió todo aquel elevado pro­
montorio, dejando planicie suficiente pata construir con
holgura la Ig-lcsLa y convenio. Francisco tenia, sobro lodo,
un absoluto señorío. Mas qué muebo, que liasla los
montes 1 c obedezcan, se allanen y se lindan á su voz, si
con tal generosidad, tales afectos y tal amor vivía sujeto
ú su Dios, su Señor y su Padre Omnipotente? «Suben los
«montes, (podemos"decir con David), y sobajan los
acampos ul lugar que tú, olí glorioso Patriarca, seña­
laste.»
Acomodado ya el sitio para la fábrica, lo primero á
que los oficiales y peones se dedicaron fué á abrir los
cimientos necesarios, empezando desde entonces los de­
sastre^ á fui de que, cuanto se hiciese, fuese lodo á
fuer/a de milagros. En efecto, al acercarse ya á lo pro­
fundo la oscavación, como la tierra era movediza, cayó
de repenle lanía cantidad de ella sobre los que dentro
trabajaban, que les sepultó, dándoles solo tiempo para
esc'auiar: «Jesús, Jesús, Padre Francisco, socorrednos.-»
Los compañeros los daban ya por nuieilos, y se lamenta­
ban de la desgracia» pero como el Siervo de Dios en
estas ocasiones nunca estuvo lejos, se acercó á ellos,
diciendo: «Sosegaos, amigos, sosegaos por candad: ca-
»bud por este lado y por el contrario, quo Nuestro Señor
»será servido dar vida á estos nuestros hermanos, que
»nps ayudaban.» Una maravilla precedió al milagro, y
fué. quedos hombres solos, á las pocas azanadas quita­
ron la tierra que seis en un dia no lo hubieran hecho,
quedando admirados los que lo presenciaron, mas les
duró poco su admiración, porque seguidamente la bono
otra mayor, cual fué, la de ver salir vivos y sin lesión
con los azadones en las manos, á los que creían encontrar
muertos. La fama de esle milagro corrió con la) breve­
dad, qnc á poco habían ya concurrido infinidad de perso­
nas de ambos sexos, sin otro objeto que preguntar á los
— 104 —
propios peones h ocurrencia, ¡i lo que ellos siempre res­
pondían «que oslaban vivos por los méritos del Padre
fray Francisco.» Se consena tan fresca hasta el dia en
paterno la memoria de este prodigio, que con frecuencia
se lialila de él, de suerte, que cuando se ven en alguu
riesgo o peligro sus habitantes, so encomiendan á nuestro
Santo, usando de las mismas palabras de que usaron los
susodichos peones.
Se necesitaba de agua y piedra para comenzar la
obra, é hiriendo nuestro bendito Padre la tierra con su
báculo, en tres dislintos punios, dijo á los trabajadores:
«Aquí hallareis abundante mineral do piedra y preciosa
^cantería á propósito para la obra; en este olio lugar
carena la bastante, yen este punto tendréis buen golpe
»do agua cristalina v dulce, pata satisfacer la sed, sin
«necesidad de mendigarla.» Todo se vcriticó, scgtm ha­
bía dicho, sin haber en la superficie del terreno lo menor
señal do ello, Taiogo so enconlró una piedra lan posada,
que nueve hombres no la pudieron ni mover; la locó
Francisco con su báculo y ¡a llevaron con facilidad. Se
encontraba otro dia en el monte, cuando do la cumbre
se desprendió una piedra lan gruesa, que si acabara de
seguir su curso causara no poco daño en los trabajadores,
pero observándolo aquel, y conociendo el peligro, dijo
entonces: «Por caridad, en el nombro del Señor, her-
amana, quo 110 pases de ahí » Cuasi 110 habia acabado de
pronunciar la última sílaba, detuvo de repente su curso.
No ínó menos señalado el cine obró el glorioso Santo
en su propia persona. Se cortaba piedra en el monte para
la fábrica, en ocasion, en que nuestro buen Padre se en­
contraba al pie do él, cuando, lié aquí, cayó una ya cor­
tada, y 110 habiéndose podido apartar con la prontitud
requerida, le dió en uno de los suyos, por manera, que
los trabajadores quedaron sin saber lo que les pasaba,
porque. nimlida la pesadez de la piedra y la violencia
con que bajaba, creyeron se lo habla corlado á cercen.
— 105—
y en especial el oficial, que Icnui la almadana, el cual,
compadecido, so lastimaba del suceso: «No tengáis pena,
traigo (dijo Francisco consolándole), que el Señor me
;diljru de esle peligro, sea bcndilo para siempre su Santo
sNombre.» Maravillado el precitado olicial, le reconoció
el pié y le encontró sano y limpio, cual si la piedra 110
le hubiese locado, alabando á Dios el mismo y demás quo
trabajaban, no reconocerse en el pié lesión alguna, cuando
lodos estaban en la creencia de r|uc le lnibie.se perdido,
atribuyéndolo, por de contado, á un patenle y singular
milagro.
CAPÍTULO II.

Mueva intentona riel demonio. Milagros que obro nuestro


Sanio en una pared que amenazaba "ruina, y ul disponer la
madera n e c e s a r i a para la fábrica. Planta s ü í s c a s t a ñ a s y al
momento salen sois castaños. Divide en dos uil moral
para avenir á dos hermanos, j cura de un brazo í un pa­
riente suyo.

Obstinado como siempre el demonio en sus desig­


nios, porfiado en sus astucias, y convencido también de
que sus anteriores maquinaciones contra el bendito Fran­
cisco no habian producido el menor efecto, puso enjuego
un nuevo ardid, del que también salió derrotado. Estaba
para colocarse un dintel grande de piedra que sirviese
de arquitrabe de la puerta de la Iglesia, y 110 pudiendo
moverle siquiera de tierra, á pesar de los muchos opera­
rios que hobia, y do los ingenios de que en lales casos se
eclia mano, acudieron por remedio á nuestro Padre. Este
fue, en efecto, al sitio, y observó al momento que enlre
ellos estaba el maligno espíritu en forma de peón, y que
todas sus fuerzas se empleaban cu imposibilitar la ope­
ración. Conoció el Santo su malicia, y para mas aver­
gonzarlo lo llamó á vista de tocios y le mandó lo ayudase
á poner la piedra en su lugar: obedeció rendido» y agor-
— 107 —

rancióla (le uno de sus cstro-mu», lo hizo del olro el siervo


del Señor. Subian ambos á un tiempo por el inclinado
andamio, y entonces fué cuando la bestia infernal hizo
Lodos sus esfuerzos para echársela encima y malario con
su mucho peso, pero no habiendo podido conseguir su
depravada intención, sollo la parte de ella que tenia
agarrada, dando lan fiero golpe, que la rompió por me­
dio, y juzgando que le hubia muerto huyó invisible por
los aires. Nuestro Patriarca, que contra sus impíos‘míen­
los estaba del Cielo prevenido, sustentó con la otra mano
la piedra, la colocó por sí solo en el lugar que debía
ocupar, y la dejó asegurada, sin que las maquinaciones
infernales sirviesen sino para hacer públicas la virtud y
sanlidad del mismo á lodos tos que hasta ti dia de hoy
van á reconocer I» señal y rotura de ella, que dura y
durará para testimonio de lan raía maravilla.
Por el mismo Liemp» ocurrió, que un antiguo lienzo
de pared, de cantería, amenazó venir á tierra a causa de
eslar lan inclinado y desencajado de los cimientos, que
cuantos estaban presentes, huyeron dando voces, teme­
rosos de la muerte. Nuestro 1\ h ii c lo observo, y acercán­
dose al paredón sin miedo alguno, hizo sobre él la señal
de la Cruz, diciémlole con imperio y rostro severo:
«Detente, en el nombre de Jesús.» Apenas io había pro­
nunciado, se detuvo el movimiento que había hecho,
quedando liasla el dia de hov aquel paredón en el estado
mismo de indinac-ion que cnlonces tenia, pero no caerá,
poique la virtud del Altísimo lo detiene por los méritos
de nuestro Santo. Notable era la grandeza y estimación
con que el Señor honraba á esle pobre Ermitaño, mas
él, cu medio de lodo ello, solo prorumpia en aféelos,
alabanzas y bendiciones á su Dios, de modo, que por
mas favores que del Cielo recibía, jumas se le vió Inmu-
lado, pudiendo decir con David: «Bendice, anima mia,
"id Señor: Dios mió, notablemente me has eugradecido.»
Cotilinuaba la obra, pero oslaba lodavia falla de
— 108 —
madera. Niieslro bendito Francisco envió dos religiosos
y oíros trabajadores para que so ocupasen en su corle,
V abastecerse así do osle or líenlo, ios cuales cuando nece­
sitaron ya (le algún tarro para conducir la corlada, se
acercaron á Jacobo de Montero, de Nlcaslro, que tenia
allí cerca pastando sus bueyes, y le suplicaron les luciese
la caridad do ellos, para dicho efeclo. Este juzgó por
imposible poder acceder á lo que aquellos religiosos Ic
pedian, porque además de ser nuevos los bueyes, erar
cerriles y bravos, y sobre lodo, largo el camino basta
el convento, escusámlose así con mucha cortesía. Los
preindicados instaron de nuevo, manifestándole tuviese
gran confianza, por sor eslo favor en obsequio do su Pa­
dre y Siervo de Dios fray francisco (le Paula. Persuadido
en íin, Jacobo marchó por los bueyes, y cuando espe­
raba que por su acostumbrada bravura no pudiesen, ni
auti cuite muchas personas sujetarles, vi ó con sorpresa
quo á su simple voz acudieron como mansos corderos;
despues les unció, cargó la ni adera y llegaron con quie­
tud al sitio do la obra, habiendo ya [tara en lo sucesivo
quedado manejables á su dueño. Queriendo en olra oca-
sion conducir al convento un grande tablón do madera,
pusieron diez yuntas de bueyes, y aun así no pudieron
tirar de el. En eslo llegó nuestro Francisco, quilo l;t.<
nueve, dejando una yunla sola, dió á los dos animales
que la componían tres golpes con una vara que llevaba,
mandándoles que la trasportasen, y obedientes la lleva­
ron con ligereza al lugar de la obra".
Llegado que hubo el tiempo de enmaderar la Iglesia,
falló una vigüela, y el macslro iusló se trajese cuanta
antes, por la detención que su falla le ocasionaba. £1
Siervo fie Dios se dirigió enlonces á la casa de un vecino,
dueño de un castañal, á pedir so la diese, vendida ó de
limosna, según mas le acomodase. El dueño no se en­
contraba á la sazón en ella, y pidió licencia á su mujer
para corlar un castaño que para la fabrica necesitaba, y
— 109 —

no r:reida osla que su marido to loma.se mal, le concedió


diclia licencia. Asi que llegó á casa el espresado dueño,
fué informado por su esposa de lo ocurrido, se incomodó
sobre manera con la misma, sintiendo se hubiese dis-
pueslo de su hacienda encontrándose él ausento- Segui­
damente marchó el vecino al cas [añal, lleno de cóln.ra y
con ánimo de 110 dejarte llevar al convenio; pero la buena
inuiícr acudió Lambien afligida á nuestro Sanio, á quien
con i ó to que pasaba, manifestándole que sen Lia mas que
su pena, la inquietud que su marido habia de tener con
los Religiosos: Francisco la consoló; se fué al castañal y
!t; encontró mucho mas airado de lo que ella le había
dicho-, sin embargo, dirigiéndose á él, le dijo con afabi­
lidad: «Por caridad, señor vecino, que no os dé lanía
jijiena. pues que si un castaño os corlamos para la casa
»de Di o>, seis os da rom 05 en cambio, roncho mejores
¿que c! corlado.» Dicho esto mcLití la mano en la manga
y sacó seis castañas, milagrosamente pucslasen ella: las
fue plantando á presencia suyo y de mucha gente, que
á ia noticia liabia concurrido; viéndose de repente nacer
seis pimpollos muy hermosos, creciendo tanto en pocas
lloras, que era de admirar lo altos, gruesos y llorccien-
I lví que quedaron, lio y dia subsisten tan frescos y vis-
Ioaüs. que son la admiración de cuan los concurren á
verlos.
Se liabia de hacer una calzada desde el convento á la
ciudad y la mayor parlo del terreno, por donde Icnia de
pasar, era de dos hermanos vecinos de la misma, los
cuales habían hecho gr;icia de el á nuestro buen Podre
para dicho objeto, siempre que pasase por medio do su
heredad y la dividiese en dos iguales parles, sirviendo de
deslinde la propia calzada; debiéndose tener en cuenta,
que en ella cxislia un viejo moral muy grande, de her­
moso pió y do mucho provecho; por cuya razón, cada
uno de los dos hermanos deseaba le cupiere ensuerlc en
la división, que de su finca se practicase.
— 110 —
Pues bien, al dar principio á la faena de abrirse la
calzada, para cuya opcmcion habían concurrido volun­
tariamente y por dcvocion mas de cien trabajadores, se
renovó la porfía entre los dos hermanos, do conseguir
cada uno para sí lo que con tanto anhelo deseaba: pero
con un empeño tan decidido y enconado ánimo á la vez,
que después de varias y descomedidas voces estuvieron
á punto de llegar á las manos. Luego que nuestro Santo
tuvo noticia do semejante desavenencia, se puso de ro­
dillas en oracion, vuelto hacia la Iglesia y después de
haber permanecido un ralo en esta actitud, se puso dr*
pié con rostro resplandeciente y sonroseado, y acercán­
dose id moral con tono severo y grave, dijo: «Olí cria!ui;i
»de Dios, yo el mínimo de sus siervos, le mando cu
«nombre de la Saulisima Trinidad compongas es!;!'
»dtfcroucias entre tus dueños temporales.»
Caso estupendo! Apenas habia pronunciado estas pa­
labras, cuando á vista de toda aquella gente el moral se
dividió, en lal forma, que la mitad quedó en la sueiic
de uno de los dos hermanos y la restante miíad cu la del
otro, dejando en medio desembarazada la calzada. Se­
guidamente hizo que se reconciliasen los hermanos, hií
cuales quedaron contontos y gustosos, al tiempo mismo,
que admirados los circunstantes: pero lo que á esta nui-
raviUn dá mayor realce ó esplendor es, que tanta gente
como habia y la mucha que acudió á la nueva del mila­
gro no hubiese destruido el árbol, considerada la prisj
que lodos se daban á corlar ramas, hojas y pedazos del
pié para reliquias. También existo patente hasta el dia
de hoy tan estupenda maravilla; no concurriendo <i
Paterno peregrino ú otra persona, que no procure so-
lícila hacerse con alguna partccilla de los predkbos
dos morales, para hacer rosarios, cruces etc., con cuyos
devotos objetos se esperimentan con frecuencia prodi­
giosos erectos.
En medio del alboroto y admiración, que ocasionaron
— H i­

los milagros quo se acaban de barrar, ltegú Antonio de


Alevio, (lo Paula y esposo de Brígida Bartolila, lia de
nuestro Francisco, quien era conducido sobre un cuar­
tago, muy enfermo de un grave dolor en un brazo, sin
que hubiese bastado para su alivio remedio alguno de
cuantos so le hablan aplicado: «Mucho habéis tardado
nsciior pariente (dijo el Santo al verle); lomad en candad
jocsc azadón y ayudadnos.» Entonces le mostró el brazo
y le significó lo impedido que se encontraba: «Ahora
¿pues, (volvió á decirle nuestro Padre) entrad en el con­
genio en caridad y diréis á Fray Francisco Mayorano,
»que palíente una poca agua y venid con olla aqui.» Lo
hizo conforme se lo habia prevenido: lo lavó con ella el
brazo y si mióse al instante sin el menor dolor, bueno y
fuci le para trabajar, como de seguida lo ejecutó, rebo­
sando complacencia y alegría.
CAPÍTULO 1IL

í>ocon'ñ dft barro m ih ig i’ojjim ionte nuestro Santo ¡i unos tejeros


y hixee cocer sin fuego una calora. Cura y resucitu ú cuanto.'
se desgraciaban en su obra. Si1 hncft mención *1•*! sermón
t[UO predicó al inaugurar ó poner la primeva piedra en L:i
fábrica de la nueva Igícsin de su convento do l’atorno.

Tenia ya nueslio glorioso Fundador el nuevo Templo


en estado de cubrirse, y por lo mismo era indispensable
hacer piovision de cal y leja para ello, como y Eambion
diligenciar operarios inteligentes en el segundo de los
indicados artículos. Se encongaron, en efecto. tejeros
que se presla.sen á verificar esta faena, pero desde luego
tropezaron eslos en el inconveniente de carecer de barro
á propósito para esta clase de obra. y acordaron hacerlo
présenle al bendito Padre, para que proveyese de reme­
dio. Sabedor este de semejante dificultad, les llamó, y
señalándoles con su báculo en un sillo dado, les dijo:
«Cabad aquí, por caridad, y hollareis en grande abun-
Mlancia el barro que buscáis, b Lo hicieron asi, y dieron
al instante con cuan lo material podían desear, sin i|iic
eu la superficie del terreno hubiese la menor señal quo
lo indicase. Seguidamente, tanto ellos como los caleros,
— 133 —
principiaron á trabajar, disponiendo al mismo tiempo dos
hornos aproximados para cada uno de los susodichos artí­
culos, encendiendo el suyo los tejeros, cuando todo lo
tuvieron arreglado, y dejando el otro los caleros para
darle fuego el dia inmediato.
La siguiente mañana fue nuestro buen Padre al sitio
cl que estaban los dos hornos, é hizo que los tejeros
.sacasen las tejas ya cocidas, y dirigiéndose á los caleros
les mandó doshornasen la cal del suyo, perú habiéndole
estas dicho que el de la cal no se había encendido,
«Por caridad, les contestó, que ambos hornos están coci-
»dos, y por lo mismo, que tratasen do sacar la cal,»
Obedecieron sin réplica, y la sacaron cocida en todo su
punto, sin haber el horno sido encendido: más ¿qué mucho
se hubiese cocido, si habia estado lan cerca el fuego de
su caridad? Eran los materiales que Francisco disponía
para sitio de holocausto ó sacrificio; cómo, pues, no liabia
de bajar fuego del Ciclo que los cociese, perfeccionase y
abrasase?
No se detenía nuestro Santo Patriarca en dar salida á
cualquiera clase de duda, ni tampoco en socorrer la ne­
cesidad que de él se reclamaba, y esto provenia, de que
puesto en presencia del Altísimo le representaba la
duda ó necesidad que debía remediar, esperando que el
Señor le iluminase y dictase cómo se liabia de portar,
pero como de parle suya 110 habia el menor estorbo, en
un instante le infundía la Magostad Divina lodo cuanto
debia hacer, responder ó ejecutar; do modo, que por lo
que queda insinuado, se comprenderá aquella prontitud
v poca dificultad que le costaba dar á todos alivio en lo
que de sí solicitaban, porque no tenia igual su facilidad
en recibir la luz del Cielo en Lodas ocasiones.
Trabajando estaba nuestro Francisco, en ocasion quo
llegó inopinadamente uno que habia perdido el uso do
los brazos, sin serle posible valerse de ellos; mas apenas
le vió aquel, le dijo: «Por caridad, que toméis aquella
3
— 114 —
»almadana, y rompáis con ella esla piedra.» Probó, y no
solo la rompió, sino que quedó enleramenlo bueno. E s ­
tando un maeslro carpintero labrando con el hacha una
pieza, se le torció al dar el golpe, y se dió en un pié coa
tal violencia, que lodo se lo rebanó, quedando solo por
cortar el grueso de un dedo. A las voces y quejidos del
herido, y al ruido de los demás oficiales, acudió nuestro
Santo, y dijo: «Ea, por caridad, no dudéis.» Tomó una
yerba, Irno la señal de la Cruz, se la aplicó, ó instantá­
neamente quedó sano.
Juan de la Puerta fué desgraciadamente herido de
lina mano por un oficial que trabajaba cerca de él con una
barra de hierro; le rompió los huesos y cayó en el suelo,
cual si fuera muerlo: tomó nuestro Padre la mano las­
timada, la ungió con aceite de la lámpara, y al instante
quedó bueno, continuando en su trabajo. Pablo de !a
Puerta, vecino de Paterno, eslaba enfermo, y lan postrado,
que ni moverse podia. Se hizo conducir A la presencia de
Francisco, quien luego que le vio, le dijo: «Por caridad,
svenid conmigo al montea cortar unas vigas.» Ojalá.,
respondió Pablo, pluguiese á Dios que yo pudiese que
trajera cuantas fueran menester; pero el Santo le replicó:
«Por caridad, venid conmigo, quebien podéis venir » Cosa
prodigiosa’ Al momento quedó bueno. Fué, en electo,
en compañía de otros al monte y trajeron, entre varias,
una viga grande, que al descargarla cayó por desgracia
sobre su pierna, de lal suerte, que se la hizo pedazos.
El susto, sin embargo, duró poco, porque habiendo en
esto llegado el bendito Padre, se la untó con aceite común
y el siguienlo dia eslaba ya del lodo bueno.
Cuando se hacían las bóvedas de la Iglesia, quiso
Leonardo Filipo, yesero, sallar de un andamio á otro,
pero dio el salto lan desgraciadamente, que cayó al suelo,
y además de haberse maltratado muy mucho lodo el
cuerpo, se le liizo pedazos la cabeza, derramando el
cerebro por el pavimento. A las voces y lamentos, acudió
— 115—
toda la gcnlc de! convenio, no echándose de menos á
nuestro Santo funilador, el cual, al punto que lo vio,
levantó compasivo los ojos y los fijó en una Sania Imágcn
que había. en el altar. A poco, fue recogiendo los cascos
y los sesos, que estaban esparcidos por el suelo; le con­
certó la cabeza lo mejor que pudo, la envolvió en una
porcion de estopa que mand'> traer, y ordenó á (los Reli­
giosos quo tal como estaba le pusiesen debajo ó en la
parte hueca del altar. Et bendilo Francisco se retiró de
seguida á orar y de alli á un breve rato se acercó al
difunto, y lomándole do la mano, dijo en alta voz: «Leo­
nardo, levántale en el nombre del Señor, quo no tienes
»daño alguno.jp Estupenda maravilla! Inmediatamente se
levantó bueno y sano, con admiración suya y la de
cuantos se encontraban presentes* Postróse aquel á sus
pies á darle las gracias y entonces le dijo: «Marchaos á
«trabajar, Leonardo, y por caridad que no deis otro sallo
»semejan te.»
Siguiéronse ti esle oíros muchos y portentosos mi­
lagros, concretándonos siempre á los que trabajaban cu
la obra y á algunos de los malcríales precisos para la
conslruucion. Al corlarse vm castaño que causaba estorbo
á la fabrica, le cayó por desgracia encima ú uno de los
peones, llamado Tomás Ture. Los que lo presenciaron
le consideraban ya difunto 6 iban á quitarle el tronco,
cuando llegó al mismo liempo el Padre Francisco, y co­
giendo á Tomás en sus brazos, le sacó vivo y sano,
como si tal cosa no hubiese sucedido. A los pocos dias
cayó el mismo penn de un campanario, cuya altura era
de unos sicto oslados y todos le tuvieron lambien por
mucrlo; pero habiéndose acercado á él el Sanio, le dio
por segunda vez la vida, con notable admiración de
cuantos presenciaron ambos milagros.
fto es fácil, ni casi posible, referir los quo nuestro
bendito Padre obró durante la edificación: vez hubo, que
leniendo á la puerta de la Iglesia diez y odio vigas
— lie —
principiadas á lubrar, á ia siguiente mañana so encon­
traron ya dispuestos, pero no como quiera, sino con
toda perfección. Los maderos, que estaban torcidos, con
sola su palabra los enderezaba y pulía; y no se cenia
solamente a esto, porque si algunas vigas no alcanzaban
á las paredes por su,cortedad, las estendia con aquellas
manos milagrosas, liasla ponerlas en la debida piopor-
cion: haciendo laminen, de vez en cuando, de dos una,
solo con juntarlas por sus extremidades, quedando stili-
clenles para perpetua duración. Con los trabajadores los
azares eran frecuentes como hemos visto, poique el in­
fierno disponía que lodo, lodo so volviese contra ellos;
pero sus diabólicas astucias quedaban siempre burladas,
pues que en la casa do Francisco era refrán común «que
■«nadie lenia que lemer desastre alguno.»
Suspendiendo el curso de nuestra narración, haremos
una ligera reseña de lo ocurrido al inaugurarse con la
primera piedra la consU-uccion de su convento de Pa­
terno, la que tuvo lugar por los años 1 4 4 4 , siendo Ar­
zobispo de Cosencia D. Bernardino Caraciolo. Profundi­
zados lo bastante los cimien os, se celebró una solemne
festividad con asistencia del predieho Metropolitano, á la
que concurrieron, además de los palerneses, forasteros
en crecido número. Su Iluslrisima puso la primera
piedra, con notorias muestras de alegría del mismo, es-
cesivo júbilo de los concurrentes y con increíbles dulzuras
espirituales de nuestro bcndilo Padre Fray Francisco, el
cual, formando pulpito de una piedra so puso á predicar.
Pero que conceptos no pronunció aquella maravillosa
lengua! Con que eficacia y energía! Con qué expedición!
Con qué suavidad y dulzura! Cada palabra suya era un
dardo, que hería los corazones contaminados con la
mancha del pecado.
Los tres admirables punios de que se compuso su
sermón, fueron: Sobre la reprobación de las culpas;
sobre la aspiración á la Bienavenluranita y sobre el temor
— 117 —
á las penas del infierno; moralizando el Evangelio, en
todos y en cada uno de ellos Le dio Dios la sublime
ciencia de los santos; y así, que eslrafio es que sin haber
estudiado predicase con tal destreza, utilidad y acierto?
CAPÍTULO IY.

Socorre Dios milíi^rosamenté á. nuestro bendito Padre Fran­


cisco de fruta. de comida y de bebida: satisface con un
higo á muchos trabajadores, quedando entiro en su mnno.
Otra* bien singulares maraviLlas, multiplicando el pan y la
L'Oniida.

En las festividades, como la que se acaba de narrar


en el antecedente capitulo, se acostumbra arrojar moneda
al pueblo, en demostración de alegría; pero como el
bendito Francisco no la poseía do ninguna clase, deter­
minó, para poder cumplir con la corriente costumbre,
echar fruta en señal de regocijo. Se puso pava ello en
una ventana de la Iglesia vieja, y metiéndose las manos
en las mangas de su hábito, principió á tirar desde la
misma á la infinita gente que liabia concurrido, nueces,
higos secos, castañas y otras frutas; observándose al
momento tres prodigios: Primero; que ni nuestro Santo
iba prevenido do dicha fruta, ni su vio quien se la pudiese
dar, creyendo todos, que la recibía por ministerio de los
ángeles: Segundo; que por mas que tiraba y por mas
gente que acudía, jamás aquella le falló: Y tercero; que
fueron muchísimos los milagros obrados con las precita­
das frutas; puesto que quedaron sanos trescientos ó mas
— 119 —
enfermos, solo con probarlas y sea cual fuese su dolencia;
entre los qug so conlaban nuevo, que padecían do mal
cailuco ó epilepsia; todo lo cual declararon en los pro­
cesos, que se insinúan y sirvieron en su día para su Ca­
nonización, muchísimos testigos que lo presenciaron.
En la casa de Francisco no abundaban los efectos
comestibles*, pero, sin embargo, en ella ninguna persona
pereda de necesidad, porque nunca le falló lo preciso.
Llevó en una ocasion cincuenta trabajadores á cortar
madera á un monte, anas tres millas de Paterno,, v a l
llegar á el les dijo: «Trabajad alegres y sin cuidado
j>alguno, que yo os traeré á su tiempo la comida.» Tra­
bajaron animosos hasta ta hora (le comer, mas llegó esla
y la comida no parecía: estimulados algún lanío del
hambre, murmuraban ya del Santo, cuando de repente
yá la vis la de lodos se apareció un mancebo descono­
cido, el cual observaron tendía cu el suelo unos manicios
y que sobre ellos ponía un pan blanco y un frasco de
vino. Reconociendo entonces lo escaso ó corto del con­
vite para tantos como ellos eran, se cscusaron de acudir
al llamamiento que el desconocido les hizo: esto continuó
invitándoles; mas, aunque do nuevo lo rehusaron, con­
siguió, en fin, á fuerza de instancias, quo se sentasen á
comer. El referido mancebo les fué distribuyendo el pan
y á pesar de no ignorar era solo pan lo que comían, lo
hacían coa lanío gusto y sabor, cual si contuviese diver­
sidad de delicados manjares.
Lo que á los preindicados trabajadores mas admiraba
era, que por mas pan que comían y vino q.10 bebían,
lejos de disminuirse según era natural, iba siempre en
aumento; de modo, que se. miraban unos á oíros sor­
prendidos y sin atreverse á proferir la menor palabra.
1’no de ellos, no obstante lo diebo, se determinó á pre­
guntar al desconocido: «De dónde había traído un pan
flan sabroso » Su contestación, empero, no fue otra,
que desaparecer, dejándoles en la misma duda. Quién
— 120 —
decía despues, si seda algun ángel; quién si el Padre
Francisco: hasta cierto punto, unos y otros conjeturaron
bien. Continuaron su trabajo con sumo contento y al
volver á la caída de la larde al convento, relataron el
suceso al Siervo del Señor y le dieron las debidas gra­
cias, quien les respondió: «Hijos, á Dios se deban dar;
aporque no lees dificultoso socorrer á los quo te sirven:
j>creed, que si de veras le servís, él os sustentará .» Todo
esto lo juraron despues en las informaciones que se
hacían.
En oIra ocasion líegó nuestro Francisco á la fábrica,
donde trabajaban veinte obreros, y uno de ellos, usando
de la vulgar costumbre entre los mismos, le dijo:
«Padre, 110 hay algo por ahí con que remojar la boca?
Sí por cierto, hermano, respondió*» En esLo sacó un higo
de la manga do su hábito, dicicndolcs: «Comed y me­
rendad, mientras traen de beber.» El que había pedido
la refacción se sonrió, porque esperaba cosa de mayor
sustancia, y al tomar clpcdacilo de higo que se le dió,
dijo en lono de broma: cA lo menos no ha de quedar el
%estomago do esta vez ahito.» — «No dudéis, respondió el
»Santo, que si tuviereis fé en el Señor, no solo os bar­
bará á vos, sino á todos.»
La espericncia confirmó esta contestación, puesto
que, dividido el higo enlre lodos ellos, les dejó satisfe­
chos; siendo lo mas maravilloso, haberse quedado en
sus manos el higo tan entero como si nada de él se
hubiese quitado- En el examen sobre osle milagro afir­
maron estos mismos haberle visto obrar por tres veces
disünlas esta propia maravilla. El siguiente dia fue ó
trabajar uno de aquellos peones y traia para comcr un
solo pan, que le pidió el bendito Padre así que lo vio, y
este se lo alargó liberal, esperando algún milagro, pare­
cido al del dia anterior. Y no se engañó en verdad; por­
que tomándole en sus manos levantó al Cielo los ojos, y
echándole la bendicon, principió á repartirle entre tres­
— 121 —
cientos, que eran los que trabajaban; enmiendo lodos á
satisfacción y quedando sobrante una buena parte de 61.
Oh poder tlcl Omnipotente! Oh virtud grande de nuestro
Patriarcal
El despensero del convento dijo un dia á .su buen
Padre que no quedaba vino paca el consumo de la co­
munidad sino para lodo el mes de Abril, y de consi­
guiente que era preciso se buscase para los trabajadores;
a lo que su Piolado le contesto: «Dad por caridad de ese
apoco vino que me dices que da á la comunidad, á los
»quc trabajan y á los pobres, basta que se acabe, que
j>en fallando Dios proveerá de mas.» Fue sin embargo
cosa singular; pues que además de beber los que bemos
mencionado y aun los huéspedes, lodos suficientemente,,
los cuatro azumbres quo restaban duraron hasta por
todo el mes de Setiembre viniente.
Crecía lanío la fama de Varón tan admirable y era
tan inmenso el genlio que de todas parles acudía solo
por ver tan rara maravilla, que hubo dia se reunieron
hasta tres mil personas á la hora de comer, y como
nuestro glorioso fundador Icnia por costumbre socorrer
á todos cuantos se presentasen, llamó A Fray Juan do
San Lucido y le mandó diese de comer á lá indicada
multitud. Olí Padre mió, respondió sencillo el Religioso:
sDe dónde se lia de sacar pan y vino que basten á sa­
tisfacer á lan gran número de gente? En el convento no
JE>l»ay mas que una canasta de pan, que lal vez no sea
»suficienlc para diez personas y un poco para dar gracias
»en el rcferlorio.» Pues bien; replicó Francisco á Fray
Juan, que era uno desús compañeros: «Aunque es poco,
»traedlo, que con el habrá bástanle para lodos.» Obe­
deció al momento; y levantando al Cielo los ojos dijo:
kJesús mioT yo os ruego, que asi como en aquella de­
sierta campaña, para dar de comer á la hambrienta
^muchedumbre que os seguía para oir vucslru doctrina
^multiplicasteis los cinco panes y dos peces, solo con
— 122 —
«vuestra omnipotencia y virtud; ahora para que vuestro
»Nonibre sea alabado, multiplicad este pan para que
»quede satisfecha esta muchedumbre que se ha juntado.!
Asegurado entonces de una generosa fuerza, que inte­
riormente sentía en su espíritu, levantó la mano, ben­
dijo el pan y un frasco devino y principió á distribuirle.
Todos comieron y bebieron hasta satisfacerse, de aquel
pan y vino, sin haberse esperimentado falla en ninguno
de diclios artículos; prorumpiondo seguidamente en ad­
miraciones, júbilos y agradecimientos.
Cortaban leña veinte hombres en el monlo parad
convento, y llegada la hora de comer, faligadus del can­
sancio y dé la necesidad, pidieron á voces alimón lo. A la
sazón sé recibieron dos panes quo trajo cierto hombre,
pero al reconocer aquellos lan escasa provision, murmu­
raron y hasta se mofaron de nuestro Sanio. Su modo tle
vengarse fué bien singular, pues que los lomó, los partió
y salislizo á lodos con ellos, sobrando una parle para la
merienda. No paró aquí el prodigio, .sino que quedaron
lan fortalecidos, que en solo tres dias cortaron tanta ma­
dera, como pudieran haberlo hecho en un mes. Es Dio?
admirable en sus santos; sea de todos ensalzado por eter­
nidad de eternidades.
Trabajaban un dia trescientos hombres en la fábrica
del convento, en ocasion que en la ciudad liabia grande
carestía y escasez de pan, y en la quo nueslro Santo fun­
dador liabia ya consumido todas sus limosnas en socorrer
necesidades; de modo, que solo quedaban unas pocas
habas y como medio celemín de castañas. Llegó la iiora
de comcr y solo el pensar los Irabajadores la comida
que les esperaba, los irritó conira Francisco y aiiR algu­
nos de los menos cuerdos no cesaron de murmurar. Oído
que fué esto por el mismo, les dijo: «Bendito sea el
»Seflor por siempre, que socorre á quien con paciencia
«espora en el; por caridad, hijos, tenedla, que Dios oí
^proveerá.» Apenas lo acabó de pronunciar, cuando
— 123 —
Jnlró Antonio Alanluano, üe AlLilia, con dos sacos de pan
y suficiente cantidad devino; quedando lodos admirados
iüc ver tan oportuno y repentino socorro. Estaba el ben­
dito Padre distribuyendo entre los suyos dicho pan, á
jien'.po que se le acercó afligido no estrangero pidién­
dole remediase, su necesidad y la de tres compañeros
viandantes, que calaban allí inmediatos, desfallecidos y
sin poder pasar adelante. Compasivo entonces nuestro
Padre, le dio cuatro pedazos del indicado pan, dieiéndole:
(Tomad; llevadlos por caridad, que bastarán pura lodos.»
Asi que lo comieron revivieron y cobraron tanta fuerza,
que pudieron llegar al punto á que se dirigían, pasando
antes al convenio á mostrarle su agradecimiento.
Dos hombres de tierra de So reto fueron á visitar á
nuestro Santo y querían por veneración besarle la mano,
lo que no consintió; pero observando llegaban cansados
del camino y con necesidad de comer, dispuso se les
diese pan y vino y una ensalada de lechugas: comieron
cnanto necesitaban y los panes quedaron enteros, lo que
asi juraron en las inform aciones que se hicieron. Con
inia pequeña medida de habas, hubo para comer muchos
meses la comunidad, trabajadores y huéspedes. Una po-
4rc inuger le envió una canasta do fruta: de es!a fruta
lii/o un regalo, de cuanta creyó suficiente á doscientas
personas; y sin embargo la canasta quedó llena, con ad­
miración ele mucha gente, que lo presenció y atestiguó.
CAPÍTULO V.

Aumenta la comida y lefia, para el fuego: sustenta Cotí u.


higo á crecido número d e trabajadores y reprima con b u vo
un "rande incendio, Milagros, que obró con su cordón;
con la muger de uno que no )c Cjuiso obedceei'. Sana á uní
Relig'ioáa, tullida dft diez unos y dá t'ornin á na niiio, na
eído con el rosto infor.mc.

«cOmni pótenle es Dios sobre lodas sus obras (dicce


^Eclesiástico); por que muclio mas de lo que ha hccl:
jipuede hacer; todos tienen puestos, Dios mió, sus ojü
»en li, esperando los socorras con manjar para vivir
aAbre lú, Señor, lu mano y i lodos los llenas de \\
^largueza y bendición.» Grandes son las maravillas qi¡
basia do aqui obró Francisco; pero aun es poderoso pac
obrar muchas mas y mas portentosas; aun es sobe
todas sus obras podoroso. Muchedumbre de genio coo-
curria á lí diariamente, oh Siervo de Dios, de tod¿
parles, esperando solo la socorrieses de comida; íode;
esperaban, si, que abriendo tu bendita mano, á lodo-
alcanzase, á todos llenases, á lodos colmases de lu lat-
gueza y de tu celestial bendición.
Cierto dia encargó á uno de los oficíalos, llamíiil
Juan Ascario, quo guisase unas habas para que lotl*
l — 125 —

temiesen, pero este se descuidó ó lo puso cu olvido, de


inodo, que llegó la liora tic comer, sin que mi la cocina
iwbicáe señal alguna de lumbre y menos de la raonor
cusa guisada. Se dió de ello aviso á nuestro Padre, el
cual dijo: «Traed, por caridad, las habas, que bien es­
piarán guisadas.» Se le obececió; las distribuyeron y se
jas comieron, Lan cocidas y en su punto, como si con el
mayor cuidado se hubiese realizado. Por estos mismos
d'uis Irabajaba mucha genle cu la fábrica itcl convento y
cabalmente era la época en la quo, como ya se dijo, se
padecía grande hambre en aquel pais. Pues bien, llegada
que fué la hora de la merienda, viendo los trabajadores
ijuc no habia prevención alguna de comida, principiaron
a murmurar contra el que les liabia mandado trabajar;
mas Francisco que natía ignoraba, sacó un higo de la
manga de su hábito; comenzó á repartirle enlre lodos
ellos y despues de haber quedado satisfechos, observaron
con sorpresa, que sobró la mayor parte de el,
«Con el fuego de mi amor será abrasada toda la
tierra, (diec el Señor por el Profela Sophonííis.)» Y ol
Profeta Isaías, decía: «Ojalá rasgaras los Ciclos y des­
cendieras! A tu presencia se derretirían los montes:
Küiisuiuiríansc como en un horno de fuego, y las aguas
»arderían como llamas, para que, ele.» Ya liemos visto
las veces que abrazó nuestro Santo los corazones mas
helados, derritiéndoles en lágrimas, cual blanda cera,
dándoles dcvocion y comunicándoles fervor, haciendo
'arder la tierra, la cal y la madera, sin mas calor que el
fuc£0 de su airor y el ardor que con su presencia ex­
halaba ó que de sus manos salía Absorto eslaba el can­
didísimo fray Juan de San Lucido viendo y palpando
tantas maravillas, cuando acercándose á su bendito Pre­
lado, le dijo: «Que 110 liabia lefia sino para cosa de dos
choras, y para guisar una sola vez las yerbas: Bien, le
^respondió:» y entrando en su compañía en la cocina,
£?rU!>o por su mano unos maderos á la lumbre, que ar­
— 126—
dieron dos dias enteros, sin interrupción ni menoscabe
Y cuántas veces no encendió la lámpara solo con Locar !a
torcida con sus dedos9 Y cuántas lambien 110 hizo arda
y hervir las aguas, para que cociesen las habas ó lai
yerbas necesarias?
No solo tenia el fuego de nuestro bendito Padre virliw
ara abrasar, calentar y encender, si que la tenia t.im-
Í ion para refrigerar, templar y aplacar. Bernardino Pu-
gliano, de Paterno, tenia un’ monlecillo de arbustos y
matorrales inútiles, que no le producían utilidad alguna,
por lo que determinó desmontarle para dedicar el Ierren:
á la siembra de cereales, y puso fuego á la lefia despu^
del desmonte. Apenas lo acababa de verificar, cuando
se levantó un furioso vcndabal, que sin que se pudics;
evitar estendió sus voraces estragos hasta abrasar la¡
heredades y frutos del contorno, casas de campo y aur¡
á personas/pretendiendo indómito hacer riza en el monte
un que nuestro Fundador cortaba á la sazón madera. As
que este observó el iuminenle peligro en que estabas"
arbolado, de ser presa de las llamas, dijo con imperio:
«Criatura del Señor, detento; por su caridad te mando
que 110 quemes mas de aquello, que es tuyo.» Mandato
fué esle maravilloso, y misterioso á la vez; de tal manera,
quo en medio de los estragos que hacia con su voracidad,
cesó de repente la llama al ascendiente solo de su voí
No solamente hacia nuestro Santo milagros con su pala­
bra, presencia ó persona, si que los hacia lambien cfifi
cuantas cosas llegaban á locar sil cuerpo ó sus manos.
Un noble ciudadano de Paterno tenia á su esposa ir.
notable aprieto de una grave dolencia; no se la podía
mover, y por consiguiente menos llevarla donde estaba
Francisco, la señora invitó á su esposo que procurase,
siquiera, conseguir alguna parlerila de su habito, que
según su grande confianza y la fé que tenia con el ben­
dito Padre, solo con locarla estaba segura de recobrarla
salud. Pasó al convento Nicolao, que asi se llamaba aquel,
— 127 —

v le manifestó el es la elo de su consorle. suplicándole lo


socorriese por la mucha dcvocion que le tenia, Entonces
nueslro Santo se quitó el cordon. y le dijo: «Llevádselo á
j>la enfermo, que el Señor proveerá de otro.» Se fue muy
contento á casa con dicha reliquia, y al motílenlo que le
pirso en las manos de ta doliente se sintió eslo libre de
su enfermedad, levantándose de la cama en completa
salud. No bien acababa de marchar Nicolao, llamó á Ira y
Antonio, nno de sus compañeros, (le conocida virtud, y
1c mandó trajese un azadón, y enseguida le hizo cabar
junio á unas yerbas que le señaló, y apenas eran dadas
cuatro azadonadas, cuando descubrió un cordon nuevo y
Ion conservado y limpio, como si saliese de tm escapa-
rale: crSácalo, frnv Antonio, dijo el bendito Padre, y
»barás los nudos corno lú sabe.,.)) Obedeció, y le preguntó
después: «Padre mió. pusiste vos aquí esle cordon? No
ipor cierto, respondió, sino el Señor, que todo lo puede,
iy lodo lo remedia; pues yo envié el nuestro, y el nos
sdice quedemos y recibiremos, y me envía este que ves;
w a por siempre bendito.»
El conde de Arenas, escribiendo al Papa Leen X, con
nuilivo <ic la Canonización de nuestro Sanio, le dccin:
iQuc estando su Señora para abortar á consecuencia de
sima grave apostema que lonia en el pedio, con solo
aponerle sobre si un cordon de Francisco, parió reliz—
>uncnlc y sin dolor alguno, no obstante no ser llegado el
sliémpo natural del parlo.» En otra ocasion, también
quedó curada la misma condesa de una dolencia de mudia
gravedad, con el solo hecho do tocar uno de los cancio­
nes de las disciplinas del precitado ermitaño.
liflülci mo Turquí. Je Paterno, tenia á su mujer desa­
huciada de los módicos, y á punto de espirar. Al momento
se dirigió al convento á pedir socorro á nuestro Santo, y
llegó cabalmente á tiempo que la gente estaba traba­
jando, pero así que le habló, le dijo: tcPor caridad, amigo,
nque llevéis allí (señalándole el punto) diez cargas do
— 128—
piedra.» El bueno del hombre se enfadó, é inilado con-
testó: «Sí, por cicrlo; se muere mi mujer, y estaré vo
»aquí, Padre, bocho vuestro peón?» Se marchó luego,
creído encontrar otro remedio, mas al llegar á casa en­
contró que su consorte estaba ya espirando: cayo enton­
ces en la cuenta* y conociendo al momento su desaliño,
v o lvió á pedir perdón á Francisco, el cual, al verle, le
dijo con rostro alegre: <.<La gracia osla concedida á vucí-
»lra mujer; andad, y tened mas fe en el Señor.» Regresó
consolado á su domicilio, y encontró á su esposa libre ilc
Ja enfermedad.
Diez años liabia que una religiosa de la urden de los
Menores oslaba tullida, tanto, que ni podia moverse, ni
encontrar remedio humano pura su cruel dolencia. A
instancia de sus parientes pudo conseguir de su superior
licencia para visitar al Santo ermitaño Francisco. Condu­
cida por los mismos en una litera á Paterno, cuando
pasaron al convento oslaba aquel en compañía de sus
religiosos, trasladando á dicho edificio unn porcion de
piedra para quo estuviese mas guardada. El Siervo del
Señor observó que la mucha gente que acababa de llegar
bajaba con tiento la religiosa de una especie de litera en
que se la conducía, y dirigiéndose á ella, dijo con rostro
alegre: «Por caridad, nuestra hermana se levante, y nos
aayude á llevar estas piedras hasta el convento.» Enter­
necida aquella, y deshecha en lágrimas, respondió, que
no poclia moverse por su enfermedad: «Pues levántenla,
«replicó el Santo, en el nombre del Señor, y que Lomando
»esla piedra, la lleve hasta aquella puerta.» Al momento
se sintió la enferma sana y con suficientes fuerzas para
hacer lo que se le ordenaba, y tomando la piedra, sobre
ser de mucho peso, la llevó hasta el pinito señalado; y
reconociéndose estar del lodo libre, esclamó: «Misericor­
d ia , misericordia, que mo ha cu nulo el Señor, por mc-
3>dio de su gran Sierro Francisco » A lo que este respon­
dió: «Por caridad, que las Esposas del Señor, si do veras
— 129—
»le sirven, son siempre Favorecidas de su gracia.» Las
diú á Dios, y se restituyó buena y gozosa á su convenio.
En Cosencia dio á luz una señora principal, esposa
de Julio Romano, caballero de la misma, un niño informe
en el roslro, siendo en lo demás bien (urinario, porque su
cara era una mole lisa, que carecía totalmente de los
cuatro sentidos orgánicos, que son la parle esencial de
ella. La aflicción de la ilustre parida y restante familia
fue csccsiva al reconocer semejante alumbramiento, atri­
buyendo aquella á sus pecados esta desgracia. Era una
señora piadosa y devola también de nuestro bendito
Padre, y como no ignoraba las imiravilhis que cada dia
obraba, dispuso que un criado do su confianza partiese al
instante á Paterno, para que con toda humildad lepidios©
remedio de su parte á tanta desdicha.
Marco, que así so llamaba el criado, partió luego coa
ct niño envuelto en un lienzo, y así que llegó, puesto íl&
rodillas, dio á Francisco el recado, de que era porlador,
descubriendo lo que llevaba. El Siervo de Dios levantó
entonces la vista al Ciclo, y lomando saliva (lo su boca
con los dedos, fué señalando los sentidos de que el rostro
del niño carecía, diciendo al criado: «Por caridad, señor
»Mareo, que abráis los sentidos de eslo angelito con
^vuestras manos.» Obedeció esle gustoso, y al instante
abrió los ojos y demás, comenzando el niño á mirar á los
circunstantes y á reírse. Dio las mas rendidas gracias á
nuestro Santo, y aprestando el caballo se puso en marcha
para Coscneia, solícito de participar la feliz noticia, en­
trando en la casa diciendo á voz en grito: «Milagro, mila­
gro, señores, vuestro hijo, por la virtud del bendito
sFadrc Francisco, tiene cuanto á su rostro fallaba.» To­
dos quedaron admirados y locos de alegría, y en especia!
los padres del niño, que por un breve ralo permanecieron
suspensos, ó sin saber lo que les pasaba. So divulgó la
noticia por la ciudad y al momento concurrieron á ver
al niño milagroso las "notabilidades de la misma, admi­
6
— 130 —
rando todos el portento. Creció Francisco, que esle
nombre se lo puso, con muestras inequívocas de virtud,
siendo devolisimo toda su rida del Siervo do Dios y de
su orden.
CAPÍTULO VI.

Dá competente salida milagrosamente ñ las aguas sucias,


que salinn del convento y formaban, lodazales cenagosos,
que molfi&taban á los \'ocínos con an mal olor. Resucita á
un hombre diez y siete dias ya difunto, y á otros que es­
taban para enterrar, y espele por «ít ó sus lieligiosog, los
¿lemomoa de muchos cuerpos humanos.

Las aguas con que se limpiaba el pescado en el con­


vento de Palcruo y demás que en él se gastaban para
oíros usos, ocasionaban lodazales cenagosos cerca del
mismo, de lal suerte, quo por su mal olor eran perjudi­
ciales á la vecindad y á los dueños de las heredades con­
tiguas. Ya varias veces se había tratado de remediar
semejante molestia por los vecinos; pero no se hablan
atrevido á poner en ejecución sil pensamiento, por res-
peliis, sin duda, á nuestro bendito Padre: de aquí es, que
callaban y sufrían en medio de lo mucho que aquellos
cenagales molestaban. El Siervo de Dios, a quien nada
de esto se ocultaba, llamo un día al vecino que mas
daño recibía y le dijo: «Por caridad, Eslevan, que este
»era su nombre, cabad aquí cuatro azadonadas y vereis
Bcomo á lodos nos está bien.» Le señaló el sitio, por
donde salía el agua á causar el daño de que se quejaban,
— 132—
y el hombro principió ú cabar, sin saber cuál cía el lio
á que aquello se dirigía; mas asi que tuvo hecho un
hoyo, en el quo apenas cabrían dos calderos do dicha
agua, volviéndose á ella nuestro Francisco dijo: «Por
»aquí, hermana, tendréis paso sin ofensa de nadie.»
Cosa maravillosa! ¿VI instante el agua empezó á molerse
por aquel sumidero, sin haberse liasla el dia de hoy
podido saber la dirección que lia lomado, habiendo de­
jado libres á los vecinos de lan enojosa molestia.
Una porcion de gen le eslaba celebrando uno de los
milagros, hace poco mencionados, cuando se oyó un
grande tropel de hombres que daban voces y conducían
un difunto atravesado sobre un caballo. Se lii/.o apartar
el gentío y preguntando por nucslo Padre, puestos de
rodillas, ya en su presencia y el difunto en el suelo, le
dijeron: «Padre Francisco, doleos de este pobre hombre,
»que liov hemos encontrado helado entre la nieve, an­
illando á ca^a con nuestros caballos por esas montañas;
Ȏ impulsados por un sentimiento compasivo y por lina
jofuerza interior, que al verle se nos hizo irresistible, os
jo le traemos. no dudando le socorreréis con vuestras

»oraciones.» Puso entonces los ojos sobre el difunto


cuerpo, pero con laida eficacia, que lodos nola ron la
mucha alenden con que le miraba: detúvose en esto
algunos momentos, y volviendo en sí como de un espi­
ritual enngenamicnlo, dijo: «Por caridad, osle hombre
avivo eslá; levántale, amigo, en el nombre de Jesús y
»anda.» Do improviso se levantó, vivo y sano, mirán­
dose sorprendidos unos á oíros y arrojándose aquél á los
pies de su bienhechor, á quien dió las gracias por haberle
restituido á la vida. Les contó entonces, como habia ya
algunos dias, que pasando por aquella sierra le cayó
tanta nieve, quo le penetró hasta perecer sin remedio; y
según el cómputo que en el aelose hizo, eran trascurridos
diez y siele dias después de lan malhadada ocurrencia.
Nuestro Santo mandó á uu Religioso le diese al instante
de comer y al despedirse le dijo: «Mirase coino vivía, no
)>lc cogiese la muerte en desgracia de Dios » Francisco
hablaba poco, pero tal cual palabra que vertía, era una
verdadera saeta, que penetraba basta lo mas intimo del
corazon.
Un niño de cinco años cayó del locho al corredor de
su casa; ¡se estrelló contra el ¿¡tic)o v quedó muerto en el
acto: su afligida madre le cogió como pudo y le llevó.al
bendito Francisco, á quien suplicó con lágrimas, se apia­
dase ele ver aquella desdicha. Oró por él v a l punto
resucitó. Un barbero de Paleino, llamado Tomás, murió
en dicha ciudad, y estando ya en la Iglesia para ser en­
terrado llegó nuestro buen Padre; le IcvanLó del féretro
y quedó resucitado. Olio oslaba ya dentro do la sepul­
tura y se le iba á cubrir de tierra, y con solo hacerle la
señal de la cruz le resucitó. Aquí vió cumplida nuestro
Santo gran parte de sus fervorosos desros. puesto que
hizo que todos los sufragios y llantos so convirtiesen en
agradecimientos á Dios; en elogios suyos; en alabanzas y
vehementes aféelos: «El Señor, dice la Escritura. Sagrada
»en el libro primero de los Reyes, mortifica y vivifica;
»ponc á los hombres en la sepultura y les saca do ella.»
En vista de lo queseábamos de decir, no cabe ya dudar
que este es uno de los prodigios que mas acreditan la
Omnipotencia divina.
Pues bien, al ver lan á las claras que el Altísimo
había comunicado á su Siervo Francisco virtud de tanto
grandor, cual era. resucitar tan fácilmente los muertos;
cómo podrá dejarse de conocer en ello, sino á solo Dios
por su autor? Quién no derretirla en lágrimas sil corazon,
por mas empedernido que estuviera? Y qué pecador de­
jaría de arrepenlirsc y de limpiar su alma do la impureza
del pecado? Tened misericordia de mí, radroFrnv Fran­
cisco: tened de mi misericordia, Siervo de Dios: lié aquí,
piadoso y devoto lector, las ordinarias frases que en su
casa se oían; estas eran las primeras palabras con que
— 134 —
todos le saludaban; estas eran las cortesías de cuantos
necesitados á di se acogían y estos, en fin, eran los ecos,
que de continuo resonaban en derredor suyo.
En la casa do un vecino principal de Paterno sucedió
una noche, quo al ir su inuger á dar el pecho á una niña
que criaba, la encontró muerta en la cuna. La madre,
que habia visto la larde del dia anterior como el bendito
Ermitaño liabia resucitado á un oficial de los que traba­
jaban en su obra, muerto de una coida en la misraa,
tomó de presto á su bija y se dirigió en busca do él;
pero al observar nuestro Padre lo afligida que entraba y
antes que por las ansias con que llegaba pudiese articular
palabra, dijo: «Vete de ahí, mala testa.» Apenas pro­
nunció esta corta frase, resucitó la niña con gozo y ad­
miración do su madre; siendo sumamente reparable
aquella sumisa y pronta obediencia á Francisco por parle
de la bestia infernal: y puesto que so ha tocado este
punto, narraremos algunos de esta especie, que obró
durante sil permanencia en el convento de. Paterno.
Le [lajeroti una muger endemoniada de la villa (Ic
Ansilolia, y al entrarla en la Iglesia pasaba nuestro Santo
hácia la sacristía, cuando d demonio que le vio, principió
á grandes voces á decir: «Ved alli á 4111 enemigo.» Vol­
vieron en esto la vista los que la acompañaban al punto
que el maligno espíritu señalaba, y reconocieron que
era el bendito Francisco á quien se dirigid. Aquella
noche por ser ya larde, no pudieron entrar en el con­
vento: mas fueron por la mañana y pidieron se dijese
una Misa y también quo se la conjurase. Salieron, en
efecto., dos padres con sus estolas y demás en tales casos
necesario y apremiándole con sus exorcismos, dijo: aYo
i>no os temo á vosotros, sino á vuestro Fray Francisco.»
En visla de ello la llevaron al Santo que eslaba en la
sacristía, quien le mandó saliese de la criatura, en virtud
de su Criador. Engañado estás Francisco, por que yo no
soy b. demonio, sino el alma de aquella muger pública,
— 135 —
que hará veinticinco años murió en el tiempo de !a
guerra del duque Juan: «Mientes, traidor, dijo el bendito
xPadic, aquí no le valen los embustes: calla maldito, no
»ofendas á los muertos, ni á los vivos y luego sin mas
»réplica, apartate de esle cuerpo.» Obedeció al instante
el maligno espíritu y quedó libre ía muger.
Puesta una doncella, también poseída, en presencia
de Francisco, comenzó el demonio á injuriarle, quejáü-
dose de que 1c impedia llevar á ejecución todos sus
planes. Aquel le preguntó cómo se llamaba, á lo que res­
pondió: «Bástate saber que somos muclías legiones,
»aunque 110 siempre estamos en este cuerpo, sino que
Mambicu en aquel montecilo en forma de ciervos.» Y
quo hacéis allí, dijo el Santo? aNos ba enviado Dios a
^destruir la iLaíia, y tú nos lo estorbas con tu grande hu-
»mildad.» «Calla, traidor, replicó el Siervo del Señor, y
«salid lodos luego de esta doncella y del bosque en
uNombro de la Trinidad BeaLísima.» Después de mediar
entre ambos otras contestaciones, viéndose apremiado,
dio un espantoso estallido, dejando como muerta á la
doncella, pero sin daño alguno. Nuestro buen Pratriarca
la hizo levantar; le dio de comer y después se marchó en
compañía de sus padres, Lodos alegres y agradecidos.
A María Cape, de Paterno, libró también del maligno
espíritu. Lo propio iii/.o con una doncella principal á la
que los demonios que tenia en el cuerpo, bacian padecer
imponderables tormentos; enviando dos Religiosos, para
que de sn parte dijesen á los espíritus infernales, que la
dejasen libre: obedecieron al momento, quedando sin
padecimiento alguno.
CAPÍTULO YIÍ.

V id a qu e hacia nu estro Santo nn su con ven to do "Paterno, y


d istrib u ción de las hora ¡i, tsmto de din com o por la noche.
É5n caridad y fervoroso ccln con sus isrógimos. C on vierte
m u chos pi'citdores, avisándoles sus. pi*c:ulos ocultos con
e s p íritu profiítico.

Trabajando y orando pasaba el tiempo nuestro Sanio


Fundador, mientras duró la fábrica tic su convenio de
Palomo; no hacia olra cosa que trabajar y orar, lanía
duran le la luz del dia, como por la noclie. Y en verdad;
quién, sino ta sania oracion podía darle lan eslonuado
como eslaba con sus continuos ayunos y demás mortifi­
caciones, Tuerzas bastantes para su no interrumpido tra­
bajo? A ella debia tan solo, los innumerables prodigios,
que á cada paso obraba; los inconvenientes que con
ianta facilidad removía V los imposibles que lan frecuen­
temente vencía. Oraba,'aun cuando se lo veia ocupado
en los mayores trabajos; porque jamás perdía la presencia
de su Dios, de su amadísimo Jesús.
Tenia un Imcrtccilo quo cultivaba con sus brazos y
este era su alegre asilo enlrc el dia, cuantos ratos pedia
sustraerse del genlio. Allí, suspendiendo la faena que
tenia cnlre manos, impelido de una fum a interior, ins-
— 137 —
lado do repelidos y amorosos afectos v aquejado de un
velicmcTilc deseo de atrojarse á su Dios: allí, repelimos,
calvaba cu soliloquios con las (lores y pínulas,, dirigidos
lodos á enaltecer á su Criador. Francisco, sin embargo,
buscaba im lugar mas retirado pora entregarse del lodo
al Esposo del santísimo amor; no estaba todavía satisfecho
con su indicado asilo; lo quería mas impenetrable al co­
mercio do los hombres: de aquí es, que en ninguna parle
se encontraba tranquilo, InisUi que el Cielo se So deparó.
Era una pequeña líimita, no lejos del Monasterio, ctj
un bosquecillo enmarañado de arboleda: páramo oculto
y desierto. Este retirado breñal, este solitario albergue,
eligió nuestro bendito Padre, por centro de su descanso,
por término de sus deseos y por alivio de sus ardores.
Aquí, cual cierva herida, acudía á refrigerarse tic las
heridas, que limante el dia liabia recibido. Aquí se en­
cerraba por la noche, sin oíros ralos quo pudja durante
el dia, sin fallar á las prensas asistencias, á las obliga­
ciones comunes. Aquí enm sus frecuentes disciplinas,
sus ejercicios, sus vigilias, su oracion y sus fervorosos
soliloquios con su Dios. Aquí fué, donde después de
haber espiado sus pasos los Religiosos por averiguar el
sitio en que se escondía y anhelosos lambien de .saber
cómo pasaba las noches, íaslimados de su fatigad ¡sima
vida, le vinieron á descubrir, puesto de rodillas anle un
Crucifijo, unida el alma con el: indicio seguro de encon­
trarle muchas veces suspenso, elevado en un rapto
Divino, rodeado de luces y ceñida su cabeza de un csce-
sivo resplandor: y oirás, encendido su vo.slro, derra­
mando copiosas lágrimas, puesto en «ración y arrojando
ardores celestiales.
Vuelto de aquel prodigioso rapto y movido (cual
otro Psalmisb) de la pasión de amor, que le impelía á
elogiar y dar gracias á Dios, llamaba en su ausilio a
todas las cosas creadas, para que le ayndasen á bendecir,
alabar y dar gracias á su Criador; volviéndose, después
— 138 —
de un corto descanso sobre una dura pena para alivio de
su fatigado cuerpo, á su ordinaria oracion y corporal
ejercicio. Este era su regular método de vida, durante
los nóvenla y un años y diez y seis días cabales de su
penitente exisleucia.
Fatigado del concurso de la gente, nuestro Sanio se
retiraba despues de puesto el sol á la celda del desierto,
y anlos que amaneciera ya eslaba en la Iglesia; predi­
cando con palabras y con obras, conviiLieiiüo pecadores
y reduciéndoles á penitencia. Qué de conversiones no
hizo, de personas obstinadas en las culpas? Hayos do luz
arrojaba su roslro, que pendraban los pedios: baste
decir, que desde su entrada en Paterno, esta ciudad se
\ió demudada, quitados escándalos, reformadas costum­
bres y lodos mejorados. El celo que en su pecho ardía
por la salvación «le las almas, no lan solo so concretaba
á los pecados conocidos, si que so eslendia lambicn á los
ocultos, únicamente á Djos palcnlcs y de los propios
pecadores olvidados.
Cierta persona llegó al Siervo del Señor con un ojo
gravemente lastimado de una nube, que además do im­
pedirle ver, le atormentaba con fuertes dolores; pero
aunque esta dolencia era considerable, mucho mas lo era
otra, quo le tenia enferma el alma. Le suplicó rendido
so apiadase de su pona y deseando nuestro Santo aliviarle
de la que mas tormento le causaba, le dijo: «Velo, uii-
aserablc y corrige primero la brutalidad de tus pecados,
xque licncn infecta tu alma y manchada con mas realdad
»quc lo está lu cuerpo: olla représenla la imagen de Dios
»y asi debes conservarla pura, si quieres perfecta salud;
»procura limpiar el mal do lu conciencia y el Señor le
adará la que deseas en los ojos.» Asi lo sucedió, porque
compungido y admirado de que lo dijese lo que solo á
Dios podia ser palenle, confeso sus culpas v quedó sano
La mi.imn gracia y con idénticas circunstancias concedió
á un vecino de Taberna, por nombre Fabricio.
— 139 —

Un labrador regaló á nueslro Francisco una canasta


de ciruelas y parle ele ellas eran hurladas de una heredad
agcna> El Santo las recibió y haciendo de ella dos apar­
tados dijo: «Esta parle que Iraeis de vuestro jardín la
sadmilo de buena voluntad, pero aquel monton, que es
sla parte que habéis hurlado, 110 la quiero.» Pasmado
quedó el pobre hombre, viendo descubierta su culpa, y
postrándose á sus pies, confesó ser verdad loque lo decía
y le prometió 110 volver á incidir mas en ella; publicando
cuando regrosó á su casa, la virtud del bendito Ermitaño,
que alcanzaba hasta conocer y corregir los mas ocultos
pecados. Un pobre hombre de aquella tierra padecia tal
necesidad, que ni aun un pedazo de pan podía conseguir
para si y su familia. Recurrió al Podre Francisco y le
comunicó el triste estado en que se encontraba. El Siervo
de Dios le descubrió entonces muchos hurtos que liabia
hecho y en especial le amonestó se abstuviese do hurlar
el Irigó que le daba su amo para la siembra. No tuvo
aquel que responderá manifestaciones lan verídicas: so
arrepintió; prometió enmendar sil vida, quedando en lo
sucesivo remediado en alma y cuerpo.
Una muger llamada luana, oslaba bástanle agravada
de enfermedades y molestada de dolores. Acudió á
nuestro Sanio en busca de remedio; mas este así que la
vió comenzó á mirarla con severo rostro, conociendo
había puesto manos viólenlas en su propia madre. Se­
guid ámenle le dio una corrección tal, afeándole lo exe­
crable del delito, que por sí sola era mns que suficiente
para convenir en lagrimas el corazon mas empedernido;
concluyendo de csla suerte: «Qué! Quieres lambien gol—
apearme á mí, ya que con tanto rigor lo lias hecho con
«aquella, á quien debes tu existencia? Sabo, pues, que
bD ío s en conservarlo viva ha ejercitado solo un acto de
»su infinita bondad.» Lo mandó entonces fuese á pedirlo
perdón: así lo verificó, mostrándose arrepentida y de­
testando sus yerros; de tal modo, que prometió hacer
— 140 —

cnnnlo el Siervo del Seflor le liabia mandado, quedando


con ello sana de alma y cuerpo.
Cierto dia llevaba nuestro Padre trescientos hombres
á corlar madera para el convenio do Paterno, pero por
superior inspiración conoció, quo muchos de ellos tenian
manchadas sus almas con culpas de lascivia, y con un
celo y fervor Divinos, principió á afear su depravado
estado, á abominar su sensualidad, á estimular sus con­
ciencias y á despertar sus almas, con lauta libertad,
como si á ninguno de ellos hubiese menester. Olí fuerza
de las palabras de Francisco! No solo no se exasperó
ninguno de ellos, antes sí, avergonzados todos y com­
pungidos, volvieron al convento; confesaron sus culpas
y confortados con la verdadera fortaleza, prosiguieron
su trabajo.
Si el bendito Ermitaño era tan desasido y disintere­
sado en el reprender, 110 era menos prudente en avisar.
Un ciudadano de Cantánsaro fué á visitarle y después de
haber cumplido con las atenciones, propias de la política
V buena educación, le llamó á parle y le dijo: aYos tenéis
«un padre blasfemador y de pésima vida, y un hermano
jjque sigue su perverso ejemplo, y asi decidles, que yo
»les hago saber de parte de Dios, que si con brevedad
ano se enmiendan, les ha de enviar un severo castigo;
sde consiguiente, que lo esperen, si asi perseveran.»
Cumplió con eslo aviso aquel caballero, y lanío el Padre
como el hermano se corrigieren, cambiando dichas cos­
tumbres, en perfecta y dicaz enmienda.
Una cosa parecida sucedió á dos personajes, uno de
ellos llamado Antonio de Allilia. Fué el caso, que estando
un dia do conversación con nuestro Sanio, llegaron á
tratar ele cierto pecado grave que habían cometido y
que Francisco sabia por revelación Divina. Antonio, que
aun no debía estar del todo arrepentido, trató de desviar
se hablase por entonces de semejante cosa; pero el buen
Padre, sin darse por entendido de la remtneiat prosiguió
locando la materia coi) tal eficacia, que impresionaron
sus ánimos, en términos, que reconociciulo por Divino
aquel aviso, con remordimiento de sus conciencias con­
fesaron sus culpas, puliéndole consejo de lo que debian
hacer para salvar sus almas. El bcndilo Trun cisco Heno
de celo. les respondió con las propias palabras, que dijo
el mismo Jesucristo en oea.sion análoga: «Amarás a til
»Dios y Señor de todo cortumi, con toda lu alma, con
jolado lu espíritu y á tus prójimos como ;! 1 i misino: de
aeslos dos preceptos pende luda la lev y los profetas.»
Muestras dieron ambos de arrepentimiento; mas aun
con lodo nuestro Sanio no so daba por satisfecho, y te­
meroso ile que el demonio lo arrebatase aquellas almas,
fué de uüL á poco á visitar al Antonio y despues de ha­
berlo dado celestiales documentos se despidió; pero
apenas puesto el pió fuera de la casa, cuando de repente
le acometió un accidento, que le abogaba, llorando al
eslremo de no poder hablar: avisaron á nuestro Padre de
la ocurrencia; entró de nuevo en ella y al verle ya sin
sentido, mandó le picasen la ternilla de la nariz con una
paja de trigo y al momento volvió en si: confeso sus
culpas, lo que tres años no babin lieclio; dando palabra
al Siervo del Señor, de cumplir en adelante con su obli­
gación de cristiano, y éste infinitas gracias á la Magestad
])ivina, por haber librado aquella alma de las garras del
demonio.
CAPÍTULO YI11.

Cura diversas enfermedades, algunas contra el dictamen de


los médicos: libra á una mugñr de un parto muy peligroso
j á un gentil-hombre de que se ahogue al paso de un rio,
por la crecida de la corriente. Continua en la curación de
otras dolencias.

Nuestro glorioso Santo Francisco ora lan en estreñía


caritativo, que no solo cuidaba de curar las enfermedades
del alma, conviniendo pecadores, si que atendía también
á las del cuerpo; paro todas estas obras estaban pesadas
con la pesa del amor y pasadas antes por el fuego de su
ardiente caridad. Alejandro Caruso, de Paterno, tenia
un primo á la muerte y acudió á Francisco por remedio,
el cual respondió á su súplica: «Por caridad, Alejandro,
atened buena le en el Señor y 110 temereis ta muerte.»
Le dio cierta fruta para el enfermo, y así que la comió
quedó perfectamente bueno. Gabriel tiuallérri tenia un
hijo desahuciado por los médicos y habiendo acudido á
nuestro Santo, á pedirle rogase i Dios por su salud este
le contestó: «Haz bien á tu pobre padre, que tu hijo
asanaiá.D Aceptó el consejo que le dio y consiguió lo
que deseaba.
Un ciudadano, también de Paterno, se encontraba
— 143 —
muy aflijido, porque tenia ú la muerte un esclavo: era
sumamente afecto á mies tro Francisco y acudió al mismo
por remedio con seguras esperanzas do conseguirlo.
Apenas le vió y sin que le hubiese indicado aun su sen­
timiento. llamó á un Religioso y le dijo: «Coged dos
amanzanas y las daréis á lal persona, que te designó,
»dicicndolc, que vaya con gusto á su casa y se las dé á
»comcL‘ al enfermo, que al punto quedará bueno.o» Era
ya lan conocida la santidad del bendito Padre, que aquel
no eslrañó supiese á lo que iba sin habérselo manifestado;
y asi mas conliado que admirad», cogió las manzanas,
marchó á su casa y dijo al enfermo: «Nicolás, que este
3>cra su nombro, toma, come de esta fruía que le envía
»cl Padre Fray Francisco de Paula y sanarás.s> Abrió
entonces los ojos, lomar una, acabársela de comer v
quedar libre del mal, fué lodo una misma cosa.
Con circunstancias mas notables amparó en un traba­
joso parto á la madre de Lúeas de Perri. Padeciendo
estuvo lodo un dia á causa de los intensos dolores que
le acompañaban, tanto, que llegó a perder el habla, y
los físicos que la asistían llegaron á señalar en dos horas
la duración de su vida. En osle estado Lúeas se dirigió
al convento; se arrojó á los pies del bendito Francisco y
le espuso la aflicción en que se encontraba. El Siervo d&
Dios le consoló, diciénrlole que no se afligiese, pues que
aun no era tiempo de! parlo de sti madre. Se volvió aquel
á su casa y viéndola ya casi difunta, recurrió de nuevo
al mismo, á quien manifestó, que probablemente habría
dejado ya de oxislir: «No lemas por caridad, respondió,
»quo dentro de una hora parirá con toda felicidad.» Se
filó y contó á sus deudos lo que le liabia dicho; pero re­
conociendo que la parturienta eslaba mas para la sepul­
tura, que para otra cosa, se resolvió Lúeas á pasar por
tercera vez al convento, á informar á nuestro Santo del
deplorable estado en que se la había dejado y que crcia
estaña ya en la eternidad, al que con semblante alegro
—>144—

dijo: cfHijfl, no le aflijas por caridad, qitc ahora, en este


«punto, acaba lu madre de dar á luz una niña.» Regresó
Lúeas ligero y confiado ¿i su casa y encontró pin lacla la
alegría en el rostro de todos; aclamando con lágrimas de
conten lo. la maravilla del Santo Ermitaño.
Cisco Tacón, gentil-hombro de Coscncia, fue á vi­
sitar á nuestro Padre, y mientras estuvieron de conver­
sación se cargó la atmosfera de nubes y se dispuso tal
tempestad, que parecía un diluvio el agua que caia. El
Siervo del Señor 110 permitió saliese aquel (luí convento
hasta quo pasase la tormenta; pero al despedirse en la
Iglesia, lo echó agua bendita y lo dijo; «Ahora si que
Apodéis marchar con la bendición de Dios, que os liará
»büona compañía.» Partió, en efecto, aquel, afianzado
en su palabra y sin temor del menor riesgo. Siguiendo
su camino llegó á la orilla de un rio, de corriente tan
crecida y agua tan turbia, que se detuvo pensativo; por
que si por una parte le parecía imposible vadearle, por
otra le parecía también tener poca fó y confianza en las
palabras de nuestro Sanio.
Lidiando estaba el caballero Tacón con vacilación
semejante, sin saber qué partido tomar, hasta que al Un,
venció la esperanza en el favor y amparo del bendito
Padre. Se avalan/.ó intrépido al agua y comenzó animoso
á vadear el rio; pero a los pocos pasos dió en una pro­
funda zanja, sin que llegase á hundirse, ni perder si­
quiera los fustes de la silla de! caballo: el animal salió
nadando y le dejó llevar de la corriente por mas do
media milla. En esto se le turbó la vista y considerándose
perdido, decayó de ánimo y est lamó: «Oh Padre Fran-
»cisco, es esta la buena compañía que con el agua bendita
»y con vuestra bendición me disteis?» Acabar de pro­
nunciar estas breves palabras de lan poca fé y caer de
su caballo, fué todo obra de un momento; piidiendo ó
duras penas ponerse en pié, aunque con agua á la gar­
ganta y apagado su ardor. Sin embargo, las oraciones de
— 145—

nucsh'o Sanio le reanimaron, proporcionándole unas


i-amas, de las que pudo asirse, reparándose del susto y
saliendo Jo lan manifiesto riesgo; no cesando de publicar
cuando llegó á sn casa, cómo 1c habió librado Dios (lo
una muelle desastrosa, por la intercesión del bendito
Ermitaño.
Maravillosa sobre todo fué la curación de D. Luis
Paladino, de Lcccc, Oidor do la Real Audiencia do Co-
sencia, do una calentura maligna de que fue alacado.
Formaron juntas los mas acreditados físicos de la ciudad,
discurrieron cnanto en la ciencia médica se ordena para
casos semejantes, mas todo fué inútilmente, porque los
remedios aplicados 110 produjeron éxito alguno favorable;
de aquí es, que suspendieron toda medicina, dejando su
oslado á Dios y á la naturaleza, Afligida su esposa
Doña Catalina tío tan falal deliberación, a la vez que del
inminente riesgo en que veia á su esposo, decidió acudir
al milagroso Fray Francisco, enviando por la posta un
criado, Esto, así que llegó al convento, infor mó á nuestro
Santo del peligro do su Señor, del desconsuelo de su
Señora y cfcl trastorno que liabia en la casa. Nuestro
Padre le ordenó se volviese desde luego, que mojasen
con vino dos tostadas de pan, y que sobre elfas espar­
ciese un poco de jengibre y otras especias aromáticas
que le designó; que comiese una de las Instadas, y que
la otra la pusiese sobre el estómago, que con eslo curaría.
Oyó la Doña Catalina la receta y admirada de lan
cslravaganlc medicina, siguió antes su discurso, que el
precepto do Francisco. Lo consultó, no obstante, con
los médicos quo le visitaban, y eslos, no solo hicieron
burla de aquella receta, sino que prohibici ón además su
aplicación, y uno de ellos, al parecer mas presumido, se
atrevió á decir: «Estamos aqni tres médicos que pode-
amos dar preceptos ú la naturaleza misma, y un ignorante
i>sin método alguno, envía medicamentos opuestos en
»un lodo al modo de curarla enfermedad?»
u>
— 146 —
Oh sabiduría (te los hombres! Olí humildad querida
de Dios y sobro lodas las ciencias eslimada! Confundió
el Cielo la vana ciencia de aquel presumido con el hu­
milde saber de nues'ro Sanio. Do mal en peor iba de dia
on dia el enfermo en tales términos, que estaba ya oleado
y muy próximo á morir. Conociendo entonces sn esposa
el yerro de no haber obedecido á Francisco, le envió
segundo recado haciéndole saber el apurado estado de
aquel, y suplicándole supliese con su gran caridad su
ignorancia y falla á la yez, de no haber ejecutado su
mandato. Antes que el mensagero diese el recado, le dijo
nueslro buen Padre: «Ta se á que lias venido: di, que
»quien no cree, no consigue la gracia. Dirás á la Señora,
*>quc si desea la salud de su esposo, haga lo que la dije.»
Luego que la Dona Catalina oyó esto, le administró
el precitado remedio sin consultarlo con los físicos: el
enfermo durmió sosegado aquella noche, y la siguiente
mañana pidió ya de comcr bueno y sano. Admiráronse
los médicos cuando fueron á su ordinaria visita, ven
especial aquel que liabia despreciado á nuestro Santo,
porque á ledos parecía cosa de encanto lo quo eslaban
observando. En fin, convencido el espresado médico de
que el precitado remedio era el que le habla dado la
salud, fue en compañía de la referida Señora, á dar las
gracias al Siervo de Dios y á pedirle perdón al tiempo
mismo-
Juan Ifonvino, mancebo noblo de Cosencia, fué herido
en la frente de una coz de un mulo, cuya herida calificó
de esencia mortal el cirujano que fué llamado para la
curación, y cuyo triste pronóstico fué confirmado por los
demás que vieron al herido. En visla de ello se pensó
conducirle al Medico universal, á nueslro Francisco,
quien después de haber orado, dispuso se escribiese en
su nombre al cirujano Pablo de la Caba, rogándole se
encargase de la curación do aquella herida, y asegurán­
dole al liempo mismo un éxito favorable* Este, sin em­
— 147 —
bargo. todavía se retraía de emprender una cura que
tenia por imposible; pero, en fin, atendiendo á las pala­
bras del Siervo de Dios, entró en alguna confianza, y
dentro de nuiy breve tiempo dejó al paciente perfecta­
mente bueno de su herida; publicando, que no le liabia
curado el, sino las oraciones de Francisco. Al mismo
caballero, oleado ya á consecuencia de una mordedura
do un porro rabioso, concedió olra vez la salud, solo con
hacer sobre el la señal de la cruz, y echarle agua bendita.
CAPÍTULO IX,

Dá «i su.s Rui idiosos \m raro íjcmjjlo fio obediencia, con una


protW<,rioí¿n maravilla. Enseña ¡í torios á sufrir injurias, y
convence ií ím padre proelicador rjun b iufamuba, solo con
mostrarle la a manos Hiñas de brasas.

San Francisco de Paula no solo obraba por sí mila­


gros, si que los obraba también liado solo en sus pa­
labras: crlLiced, dice San Pablo, todas vuestras obras en
«caridad.» üc aquí es, que muchos, que ninguna virtud
lenian para obrar grandes maravillas, las obraban no
obstante, en fuerza de los órdenes caritativas que les
comunicaba nuestro Sanio y que ponían tan luego en
ejecución sin réplica alguna. Cualquiera cosa por difícil
que fuese emprendían, y aun con .sola sü vislu, ludas las
criaturas se rendían. Muchos milagros de esta especio se
han narrado ya, y aun se dirán en adelante; perú ahora
referiremos uno portentoso, ocurrido en el convento de
Palomo, para dar ¿conocer los quilates (le la virlud de
la obediencia.
So estaba cociendo un horno de cal para la fábrica
de dicho convenio: el fuego llegaba ya ásu mayor rigor,
y la reverberación de las llamas cía lan ardiente, que
— 149 —
ra<lie podia de una gran distancio acercarse, Se des­
quició una piedra flaqueando la calera, por .ser el estribo
sobre que cargaba, de tal manera, que si se acababa de
hundir, lodo se había perdido. No era daño queso podia
remediar por mas industria y trabajo que se pusiese, y
solo se apelaba ya á un milagro; dando voces los traba­
jadores, mirando á la ventana de la cckla del bendito
Fray Francisco. Bajó esle al inslanle, y reconociendo el
peligro que por momentos so aumentaba. á presencia de
la mayor parte de ln comunidad, que á los gritos también
liabia acudido, se volvió á unu de los Religiosos llamado
Santolino, y le dijo: «Por caridad, hijo. entrad en csla
»calcra con ta bendición del Señor, y apuntalad con esle
íbáculn aquella piedra que se ha desquiciado, para que
ano se caiga csla fábrica.» El Religioso, entonces, .sin
atender á riesgo alguno y solo sí á lo que su Prelado le
mandaba, entró en dicho horno con resignada obediencia,
pecho heroico y viva fé; apuntaló la piedra saliendo
despucs indemne y sin la menor señal de haber locado
el fuego su ropa.
No paró aquí el milagro de que se acaba de hablar.
Fue al convento toda la comunidad y permaneció en él
cuanto tiempo bastó para hacer nuestro Padre una breve
plática, inculcándoles el grande mérito de la virtud de
la obediencia, pues que claramente liabian visto aquel
prodigio por c! solo hecho de babor el Ruligioso obede­
cido sin la menor oposición. Dejó á todos fervorosos
con su razonamiento; ya se senlian animados á emprender
obra mas difícil, si necesario fuese; ya cada uno deseaba
con ansia se 1c ofreciese ocasion de probar si tendría
vigor para practicar csla virtud. Nuestro bendito Fran­
cisco que penetraba el interior de sus hijos, y que aspi­
raba lambien á sacarles diestros en el ejercicio do todas
las virtudes, no quiso por mas tiempo dilatar la prueba
en la práctica de la obediencia
Cosa sabida es, que después de cocida una calora
— 150 —
se dejan siempre trascurrir seis ó mas dias antes de
sacar la cal para que el homo so enfrie, y se evite de
osle modo lodo riesgo. Pues bien, insiguiendo el bendito
Padre en su propósito anteriormente indicado, y cuando
todavía llameaba la calera, dijo á sus Religiosos: «Por
«caridad, cada uno de vosotros tome una espuerta, y
»vayamos lodos á sacar aquella cal del horno.» En
efecto, él fué el primero que la lomó, siguiéndole los
demás, habiendo salido lodos ilesos de un activo y voraz
fuego: milagro quo sobrepujó en admiración muy mucho
al anterior, porque si en aquel por su ciega obediencia
intervino uu solo Religioso, en este lomó parte loda la
comunidad, incluso su Prelado.
Todos sabemos los grandes premios que están vin­
culados en la virtud de la obediencia, y el cscesivo mé­
rito que contiene el que en ella fielmente se ejercita. Pero
que me andais clamando, (dice Cristo por San Lucas)
dicióndome Señor, Señor, si 110 ponéis por obra lo que
os digo? Teliz mil veces quien ejecuta los preceptos;
bienaventurado el obediente, dichoso el resignado. Pase­
mos ahora á ocuparnos de olra virtud que sobresalió
tambicn en grado heroico en nuestro gran Patriarca Fran­
cisco. Bien sabido es aquel precepto de la Escritura Santa,
en el quo Dios manda perdonar las propias injurias y
hacer bien á cuantos nos aborrecen: precepto que 0011
tanta exactitud observó aquel, mostrándose siempre
pronto en el cumplimiento de la voluntad de su Señor
como vamos á ver.
Un padre grave de la úiden de los Menores, llamado
fray Antonio de Esco/.ceta de Amantca, Famoso predica­
dor en su tiempo, de vida lal, que en 1470 murió en su
ciudad natal en opinion de santidad: éste padre, pues,
instigado indudablemente por el demonio, principió á
dudar déla virtud de nuesLro Santo, del modo de curar
las enfermedades, y de los escesivos aplausos con que el
pueblo le honraba, y dejándose llevar de un colo indis-
— 151 —
crelo, llegó á lanío el horror que concibió contra oí po­
bre Ermitaño, que en las conversaciones no cesaba do
infamarle; desacreditando su vida, diciendo nial da sus
oraciones, y mofándose de sus costumbres.
No oslaba el infierno con esto aun satisfecho; de aquí
es, que habiéndosele ofrecido predicar en Paterno algu­
nos sermones, juzgó el maligno espíritu se le presentaba
la ocasion mas oportuna para acabar de destruir el cré­
dito que nuestro Sanio fundador tenia justamente ad­
quirido; poniendo en la venenosa lengua de aquel predi­
cador las razones, que se permitió decir en la cátedra
del Espíritu Santo, profanando el santuario, y abusando
de su sagrado minislci jo. Francisco nada de olio ignora­
ba; pero á lodo respondía, no con diatribas, sino con su­
frimiento , multiplicando oraciofles y disciplinas por
aquel que tan sinrazón le perseguía.
De dia en dia se aumentaba el fuego de la ira de aquel
ministro del Altar, sin causa explicable de tan furibundo
comportamiento; en tales términos, quo llegó á decidirse
á presentar la ¿alalia cuerpo a cuerpo, para decir en
cara á nuestro buen Padre todo aquello de lo quo por
su hipocresía so había liccho merecedor. Sin embargo, le
pareció seria bien lomar sobre su determinación consejo
de su prelado. Así lo hizo; pero ol padre gitardiun, como
persona prudente, le disuadía de su inlcnlo; mas reco­
nocida su insistencia, le dijo: «Que ni fne.se en el pulpito,
»como él intentaba, ni tampoco cu público, sino que se
»cncerrase á solas co r nuestro Francisco, y que f r a lc r -
analmente le corrigiese, cuanto le pareciese digno do re­
medio, a
Valido do este permiso, el fray Antonio llegó al con­
vento, y separándose de los buenos consejos de su prela­
do, con voz alterada y airado rostro, fulminando iras, y
sin la consideración quo debia por su estado, prorrumpió
en ofensivas palabras de esta suerte: «Quien os mete á
»vos, ennitañuelo idiota, en curar enfermedades con
— 152—
:>yerbas, polvos y raíces? Un hombre simple como vos,
spor qué se atreveá predicar? Juzgáis ignoramos vuesLra
jahipoc-fcsía? Pues estad muy cierto, que si no mudáis do
»propósilo y vida, quo tengo de haceros castiguen rigu­
rosamente!» Otras muchas razones añadió aun, indignas
do la persona mas perdida.
El Siervo del Señor, como hombro que no oye, toleró
gozoso y despreció constante; porque la caridad Lodo lo
sufre, lodo lo espera: de aquí es que se encontraba
gustoso y recogido con Dios en su interior, por ver que
merecía padecer injurias por el nombre de Jesús. Nada
respondió á tamañas ofensas, y solo sentía ver á un reli­
gioso quebrantar con sil ceguedad los términos propios
de un buen cristiano, y fallar á un mi hermano á las leves
de la caridad: de modo, que condolido de la ofensa que
conidia con Ira Dios, con serenidad notable en su rostro,
humildes palabras, caritativo coto, fervorosas ansias del
bien espiritual y desengaño de liay Antonio, lomó en
sus manos unas ascuas do fuego, y" tratándolas cual si
fuesen frescas rosas, dijo: «Hermano y padre mió, todas
»las cosas se pueden hacer con la virtud del Señor, á
«cuya voluntad nadie puede resistir; aménmslo siempre,
icomo el nos ama, y nada nos será dificultoso.»
Tal fué la virtud y eficacia que Dios infundió en las
palabras de nuestro Santo, que aplacado aquol monstruo
de envidia, y transfigurado instantáneamente, se arrojó á
sus piós, diciendo con estremado sentimiento y vehe­
mente cmocion: «Perdón, perdón, Siervo del Señor:» y
procurando besarlos, añadió «que no se levantaría sin qué
joanles lo echase su bendición.» Recibióle entonces Fran­
cisco entre sus brazos, suplicándole con palabras de
amor y caridad que en lo sucesivo no se precipitase en
sus juicios; poi que de ello se seguía detrimento notable
contra su alma, y por consiguiente imo grave ofensa al
mismo Dios. Eslo pasado le convidó á comer en el i ofer­
torio, y le presentó sus mayores regalos, que eran unas
— 153 —
yerbas; y atónito el padre fray Antonio de cuanto oia,
palpaba y registraba, se despidió corles, prometiendo fer­
voroso ser toda su villa panegirista de nueslro gran Padre
Francisco.
Asi lo observó puntualmente elogiando la virtud de
sus palabras, que le habían robado el cora/.on, cuando
mas reacio estaba en darles crédito; publicando su abs­
tinencia y rigor de vida; testificando, que cuanto liabia
visto en su persona, hijos y convento, inspiraba religión;
alentaba á la práctica de acciones virtuosas; exhalaba
fragancias celestiales é infundía santidad, y que sin duda
era un Santo el Ermitaño Padre Fray Francisco. Y qué
otro triunfo podia esperarse de sn humildad, de su gran­
de mansedumbre, de su invencible paciencia y de su
ardiente caridad, sino el de haber convertido y hecho
salvo á su enemigo, lejos de tomar venganza de las inju­
rias recibidas? Y qué menos victoria, que la que acaba­
mos de referir, debia esperarse del mínimo Francisco?
CAPÍTULO X.

Sale nuestro Santo par* líspezano á fmular convento: estima­


ción que de él hicieron y modo espiritual con que procedía.
Dá agua milagrosamente k sus obreros: ¡iatLa á un buey
muy mal lierido, j socorre á lo.» pobres en una grands
hambre. Cura á un'hidrópico, y á petición snya le viste su
santo hábito.

Deseaban con anhelo los vecinos de Espezano, pue­


blo situado en la ribera del Jovjno, á lies leguas de Pa­
terno, que nueslro Padre Francisco Túndase en el un
convento de su orden, ácuvo miento le dirigieron rei­
teradas y fervorosas instancias, que no desatendió, pa­
sando al mismo á verificar lan apetecida fundación,
siendo !a tercera que personalmente hizo, contando en­
tonces los treinta y siete años de su edad: convenio,
entre todos, el mas nombrado, dichoso y escogido, al
quo honró con su asistencia, estableció con su virtud y
humildad, erigió con su gobierno, y comunicó su ardiente
caridad. Los espezanos, 110 solo le lenian por Santo y
por enviado del Ciclo para alivio de la cristiandad y
consuelo de los pueblos, si que no se contentaron por lo
mismo con estimarlo y venerarle, estando ausente, no
sosegando hasta conseguir tenerle en su compañía y
poderlo demostrar su grandísimo aprecio, con sus obras
y sincera voluntad.
A. los pocos dias de haber entrado nuestro buen Padro
en el espresado pueblo, que fue por los años 1 4 5 3 , co­
menzó á erigir la Iglesia y levantar la fábrica del con­
venio, en uso de la amplia licencia del señor Arzobispo
Je Cosencia, para poderlo verificar en todos los lugares
de su jurisdicción, cuyo piolado le favorecía además con
los socorros y limosnas que liberal le hacia, y con carias
incitativas también á los párrocos y feligreses que al
intento les dirigía: fábrica, que sin levantar mano, se
continuó hasta quedar terminada la fundación, á fuerza
de repelidos milagros y prodigios.
Dijimos antes de repelidos milagros y prodigios, y
ésI o sucedió en las ciudades de Paula y Paterno, siendo
cu su generalidad de una misma especie con poquísima
diferencia, ya en lo respectivo á los materiales y demás
indispensable para la fabricación, ya también en lo lo-
fajile á los obreros ó trabajadores, pero como nuestro
ánimo dista mucho de querer molestar á ios piadosos
lectores con repeticiones que por si mismas se liarían
pesadas, hemos creído oportuno invitará los devotos que
quieran tener un conocimiento mas csLcnso de lodos los
insinuados milagros, á que recurran á las fundaciones
de los dos primeros conventos, puos que en ellas encon­
trarán lo bastante para poder formar una idea aproxi­
mada de los que obra en Iíspexano, concretándonos por
¿liora á narrar tan solo los que juzguemos necesarios.
Conchas toscas eran los vecinos de Espezano cuando
entró en este pueblo nuestro Padre Francisco; pero muy
luego iluminó con sus rayos la mente de los mismos,
tranformando sus corazones eu preciosas perlas, agrada­
bles al Señor, ni tardando tampoco en ni urdirles con
maravillosos prodigios. Así fué., 011 efecto, porque á los
pacos di as de su arribo so pusieron á formar una calera
para la fábrica consabida que se iba á principiar, cuando
lió aqni, que los que cd olla trabajaban, acudieron pre­
surosos al Santo, por conducto de uno de sus compa­
ñeros, suplicándole les socorriese de agua, por la nece­
sidad grande que de ella tenían, no solo por el calor del
horno ocasionada y el sitio que ocupaba, si que además,
también por la calurosa estación quo se oslaba alm s-
sando. No bien hubo el enviado acabado de signilicarlí
la fatiga ({lio padecían por la indicada necesidad, cuamlj
mandó al propio mensagero cabasc con la azada debajo
de sus plañías. IIízolo asi obediente, y á los dos azndaws
que dió, broLó uu copioso manantial de agua, regaladí­
sima por su frescura y dulzor. Al momento se adelan­
taron á beber los sedientos obreros, y solo dejó de ha­
cerlo el que cabo la [ierra con la a’zada, por manen
que, preponderando á la sed que le aquejaba, la man*
villa quo acababa de presenciar, maquinalmcnte se arrojé
á los pies del que la liabi;i obrado, los que besó una r
otra vez, bañado su rostro en lágrimas. Le rindió, des­
pués do, babor bebido, las debidas gracias, no oesiindo
de publicar lo singular del prodigio.
Por este mismo tiempo se determinó traer imas vigas
al convento para la fábrica, y sabedor nuestro Padre de
que Jacto Valenlc, de aquel pueblo, muy devoto suyo,
tenia un ¡>ar de bueyes, se avistó con el y íe pidió se Its
facilitase para acarrear una poca madera. Valente le res­
pondió que era cierto los tenia, pero que como ccrrileí,
eslaban todavía por domar, y que a no mediar este
inconveniente, los dejana con mucho gusto. Dispuso sin
embargo, Francisco, que fuesen por ellos, y solo con su
orden los trajeron lan mansos como corderos; mas ¡il
tiempo de cargarla ocurrió, que cayendo una viga de
mucho peso dió desgraciadamente sobre la pierna de
uno de ellos y se la quebró, saliendo fuera de la piel los
huesos de la canilla, con mucho derrame de sangre.
Acudió el Tacto Valente de seguida al Siervo de Dios, y
le eonló afligido la desgracia, v este le contestó: «Eri
¿caridad, vecino, que no debe de ser tanto el daño; va-
amos allá, que el Señor lo remediará lodo.» Llegaron al
monte, v el buey estaba ya muy desangrado, y acerrán­
dose á el nueslro Santo, le dijo: «-Levántate y tira, por
— 157 —

ícaiklad » Al punió so levantó, quedando unidos los


lmcsos, y entera la piel, como si nada hubiese ocurrido:
st le volvió á uncir y llevó el madero al convenio, con
admiración de lodos, quedándole Yalenle mucho mas
aficionado.
A poco de haber entrado en Espezano Francisco,
hubo una grande hambre por la comarca, de la que pere­
ció mucha gente, mas cu donde menos so senlia era
entre los humildes ermitaños, porque todo sil sustento
consistía en yerbas y raíces, que la liona ofrece liberal;
teniendo de vez cu cuando por regalo algunas frutas, sin
echar de menos oí pan, de que en general se carccia.
En lan aflictiva situación se conoció que Dios tenia cons-
liliiido á nuestro Sanio refugio prodigioso y universal
para remediar con sazonado alimento á cuantos á él
acudiesen en la mayor acaso de las calamidades.
Con unas yerbas crudas ó raíces, y tal cual ves, unas
habas cocidas, dadas por mano del bendito Francisco ó
ilcsits religiosos, quedaban tan satisfechos y contentos,
como si hubieran comido los manjares mas alimenticios;
y cuenta que esta maravilla, no solo la esperimenlaba
ingente pobre, si que también algunos ricos acostum­
brados al rcgalot como sucedió á tres mancebos do las
primeras cosas de aquel pueblo, que por curiosidad qui­
sieron probar la verdad de dicha maravilla, pasando al
intento al convento. Caídos en el suelo se encontraban
tres pobres, desfallecidos por causa del hambre y próxi­
mos á espirar: llegó en esto el Siervo del Señor, los dió
im pedazo de pan, que para semejantes lances nunca le
faltaba, y al instante resobraron las perdidas fuerzas, con
admiración de cuantos lo presenciaron.
Gregorio de Visacia, noble rico de Tribisacce, pade­
cía una cruel hidropesía que, despues dedos años de
Curación, declararon incurable los físicos que le asistían.
Afligido en eslremo el enfermo por verso en tan inmi­
nente peligro do perder la vida, so hizo conducir al con­
vento del Padre Francisco, habiendo acudido ásu llegada
un inmenso genlío, admirado y compadecido á la vez
de tan cslraordinaria monstruosidad. Puesto en presencia
de nueslro Santo, le suplicó por remedio para lan terri­
ble mal. Entonces, este, dando evidentes muestras de
compasion, levantó los ojos al cielo, hizo una breve
oracion> y hecha por tres veces la señal de la Cruz sobre
Gregorio,’ al momento conoció el referido el admirable
efeelo de su salud, porque desapareció la insaciable sed
que le devoraba: le pareció de seguida tener ansias de
provocar, y acelerando algún tanto el paso, y colocado
detrás de tinas cercanas tapias, sin violencias* ni apenas
angustias, arrojó por la boca tanta cantidad de agua,
mezclada con malos humores, que le dejó libre en un lodo
de tan cruel enfermedad.
No cesaban lodos de dar gracias al Siervo del Señor,
quien vuelto hacia ellos dijo: «En caridad, hermanos,
aque os guardéis de la hidropesía de las almas, que
»peorcs humores engendra, y sin la gracia de Jesucristo
»bendilo no se puede de ella sanar; y vos, hijo, na olvi-
sdeis la que acabais de recibir.» Toííbsse enternecieron,
quedando con estas palahiíis compungido sil corazon.
«No lo olvidaré (respondió Gregorio vertiendo lágrimas
lleno de fervor): no lo olvidare. Padre mió, porque
»(lesdc el nioincnlo en que por vuestros méritos fué
jouuestro Señor servido de darme lan milagrosa salud,
»me decidí á recibir vuestro sagrado hábito, para vivir y
»monr en el servicio de Dios y vuestro; por lo tanto os
spido 110 me neguéis esta gracia, pues que cu ella creo
»se cifra mi eterna salvación,» El Santo, quo mas oslaba
penetrando el interior de Gregorio, que atendiondo á íiis
palabras conoció ser esta vocacion divina, para que por
su medio consiguiese la salud eterna, y por lo mismo
le concedió la gracia que pedia, vistiéndolo el hábito, en
cuyo nuevo estado perseveró y vivió largos anos cnti no
común virtud, basta que murió santamente.
CAPÍTULO XI.

A Rolio.itnd do los príncipes ríe Viciniano pasa ú fundar á


Corillarto; recibimiento de estos y de todos loa habitantes;
militaros que obró, y en especial uno, guiando con su bá­
culo h! aguíi de una fuente contra au curso natural y ma­
ravillosas conversiones que hizo.

Continuando estaba nuestro glorioso Fundador la


fábrica del convento de Espozano, tercero de la orden,
cuando á solicitud do los principes do Viciniano, muy
devotos suyos, se vió precisado á pasar á Corillano, ordi­
naria residencia do los mismos, con el objeto de verificar
en osla ciudad la fundación que con ansia deseaban. No
tenia aquel prisa entonces de aumentar las fundaciones,
porque si bien eslaba para ello autorizado por los Üus-
trísimos señores Arzobispos do Coscncia y Rosano, en
ol territorio de su respectiva jurisdicción, procedía, no
obstante, con gran prudencia, hasta conseguir una facul­
tad autentica de la Sode Apostólica; tantas, empero,
fueron las instancias del clero y regimiento de dicha
ciudad, y las súplicas de los Eremos Príncipes D. Ber­
nardo, de San Scverino, y de doiia Leonor, su esposa,
que no pudo dejar de complacerles.
En Corillano, ciudad muy antigua, como fundada por
— 160 —

el invicto capilan romano Coriolano, situada cerca de


Rosario, su metrópoli, y no lejos ti el mar, on ameno
sillo y feraz terreno, rodeada (le fuciles muros; goza de
aires saludables, de buenas aguas, y fertiliza sus vegas y
jardines un caudaloso rio. Así que se tuvo noticia déla
entrada en ella de nueslro Santo, salieron á recibirle los
príncipes, el clero, la nobleza y el resto de sus habitan­
tes, y con acompañamiento lan Incido llegó al palacio de
los precitados príncipes, sin que estos, por roas instan­
cias, pudiesen conseguir permaneciese en su compañía
ni un solo dia, habiendo elegido para su vivienda una
selva poblada de árboles, no distante de la ciudad, en
cuyo sitio pasó, dedicado á sus ordinarios ejercicios de
orácion y penitencia, basta que se le señaló lugar propio
para la fundación, sobre un monte de mediana altura,
poblado también do arbolado. Se verificó su entrada en
la ciudad el año 1 4 ü8 .
Llegada la mañana en laque debía darse principio á
la deseada obra, fue cosa do admirar la piedad y (Icvocion
con que lodos concurrieron al trabajo. Unos empezaron
á talar el monte y limpiarle de malera, mientras otros
juntaban piedra, cortaban madera y provenían lo nece­
sario para hacer la cal, pero con tal fervor, asi nobles
como plobeyos, que en breve quedó desembarazado y
allanado el terreno suficiente para levantar la Iglesia.
El principo con su presencia alentaba á linos, pro nidia
á otros; mas lo digno de mayor ponderación era, que
hasta las propias señoras acompañadas de la princesa
tomaron parte en lan piadoso trabajo, cuanto la debilidad
de su sexo permitía. Pero qué muebo, si se estaba pre­
parando una Iglesia para Dios, im lugar de refugio para
los pecadores, de consuelo para lo.s virtuosos, de alegría
para los devotos y para lodos de provecho? Dispuesto ya
10 necesario, fué colocado el Señor con la debida pompa
y común regocijo; dando al convento el lílulo do )a aTri-
ñidad Beatísima.»
— 161 —
Luis Romeo, gentil-hombre do la ciudad, donó al
bendito Padre una posesion suya, cuanto bastó pora que
no fallase capacidad al convento, y al darle las gracias
dijo: «Por caridad, señor Luis, que aun nos liabcis dado
«mas do lo que pensáis-» El 110 comprendió lo misterioso
de esta frase, y atribuyéndolo ú agradecimiento y cor­
tesía respondió: otOjalá, Padre Francisco, tuviera yo
»muclio mas para serviros, pero esta [ierra que os
»ofrczco, va acrecentada en grande manera por la dcvo~
»cion y afecto con que os la doy: Ahora veréis, replicó
»cl Santo, como el Señor lo aumcla todo con su gracia.»
Y á seguida mandó á los trabajadores cabasim para
abrir zanjas, y á menos de 1111 oslado se encontró un
fuerte lienzo de muralla antiquísima, con un gran sepul­
cro, obra al parecer de los gentiles; hallazgo de que en
la ciudad jamás so habia tenido noticia existiese. Fue
mucha la cantidad de apreciable piedra que se sacó, por
manera, que hubo muy bastante para los cimientos, es-
cusando mucho gasto, trabajo y tiempo. Buscó también
Francisco como maestro de la obra, otra clase de piedra
para hacer la cal necesaria para la fabricación, y para
encontrarla no hizo otro que llamar á unos peones y
decirles: «Cabad aquí, hermanos, que para Dios, donde
«quiere hay canteras.» Obedecieron y á las pocas aza­
donadas descubrieron una abundante cantera para hacer
la cal que se necesitaba y para proveer también de ella
;il consumo do la poblacion.
No paró aquí el milagro, porque habiendo armado
con dicha piedra nn horno muy grande y dándole fuego
se desmandó de tal suerte, que la .voracidad de las llamas
hí/.o unas aberturas por sus lados, que de 1111 momento
á otro so esperaba su ruina. En semejante conlliclo los
trabajadores acudieron á nuestro buen Padre con senti­
miento, y habiéndole manifestado la ocurrencia, les dijo:
«Por caridad, hijos, no os aílijais, que no se caerá el
«horno; id á comer, que Dios lo remediará.» Marcharon
11
— 162—
en efecto, pero puestos en acecho en parage disimulado,
vieron con sorpresa que con una poca tierra amasada
en una mano iba con la otra cerrando las aberturas de
la calera, arrimado á las llamas y tocando las piedras
como si no se hubiesen calentado. Reconociendo después
que ni aun A su ropa liabia tocado el fuego, atónitos del
porteñ o, se arrojaron á sus pies procurando besarlos,
mas haciéndose el desentendido, les dijo: «Por caridad,
» hijos, dad gracias al buen Jesús bendito, que está
Bsiempro pronto á concederlas á aquellos que no son
«indignos de ellas.»
Hemos visto ya que cuando llegaba nuestro glorioso
fundador á algún pueblo, daba el Ciclo desde luego a
conocer su santa r a i s io n , con prodigios de toda c s j k 'c í c .
Es Coiillauo, como queda dicho, una ciudad abundante
en aguas, y con ser lan copiosas aun las entradas estia-
muros, carecía, no obstante, la poblacion mucho de ellas:
en razón á que por mas que sus moradores liabian dis­
currido conducir un nacimiento que estaba al pié de una
montana, jamás lo liabian podido conseguir, hasta que
la llegada del Taumaturgo calabrés les proporcionó el
acudir al mismo por remedio sobre el particular. Y en
efecto, subió este á la cumbre de un monte muy elevarlo,
que tenia una fuente que vertía el agua á la parte opuesta
al convento y á la ciudad: mandó entonces ála corriente
quo lo siguiese, guiándola con su báculo por la parte
que quería se dirigiese; y oyendo su imperiosa voz el
manso arroyuolo, rendido y obediente á su mandato,
dejó su natural curso, y le siguió sumiso por mas de una
legua, por los pasos y señal que nuestro Sanio le iba
designando.
Lo mas portentoso de este milagro que escode á toda
admiración, no es Lan solo el seguir la corricnlo contra su
curso natural, sino el atravesar mil embarazos de quie­
bras, collados y otras eminencias, ya subiendo ó ya
bajando, y siempre por la fragosidad del breñal hasta
— 163 —
llegar al convento, por el que entró y pasó bacía la
ciudad que cala algo mas baja, para socorrer sus nece­
sidades con lies fuentes que fueron suntuosamente eri­
gidas en tres plazas, en las que está esculpida la siguiente
inscripción: «Agua nueva de San Francisco (le Paula,
»por maravilla, y para perpetua memoria de los siglos.»
No quiso el Ciclo quo agua líin milagrosa quedase
espuerta á la interrupción ó injurias ele los tiempos, ni
que dejase cíe perpetuarse la memoria del prodigio: de
aquí es, que nuestro Santo dispuso se construyesen
acueductos para su mejor conservación. Trabajaban en
dicha obra trescientos hombres, cuando un día llegaron
dos mugues con dos lorias para dos que trabajaban por
cucóla .suya por dovocion, los que se comieron una de
ellas. Llegó en esto Francisco y dijo á los mismos:
«Habéis hecho bien en refrigeraros, pero Dios será scr-
»vido que haya para lodos.» Los dos peones te alargaron
la que les quedaba; la distribuyó entro todos y quedaron
satisfechos. Otro día remedió á dichos trabajadores con
un solo higo, y les dejó también satisfechos, los cuales
murmuraban ya por no haberles traído la comida; cuyo
higo quedó entero en sus manos, para autentizar el
portento.
Una señora llamada Doña Maliaida, de perversísimas
y envejecidas costumbres, entró cierlo dia por casualidad
ó guiada lal vez del Ciclo en la Iglesia de nuestro Fran­
cisco, y como á este nada se ocultaba, se acercó á ella y
retirándola aparte le descubrió sus horribles culpas, y
con un vivo celo de su alma, reprendió su obstinación y
protervidad de corazon, llegando hasla decirle: «Que se
^acercaba el tiempo de su eterna condenación.a Tan
eficaces Fueron las palabras que nuestro Santo le dirigió,
tales las esperanzas de conseguir el perdón de sus culpas
si luego se enmendaba, y de tal manera quebrantó aqtiel
interior empedernido, que arrojándose ú sus pies desecha,
en lágrimas, prometió corregir sus depravadas c.oslum-
— 164 —
brcs, enmendar toda su vida, haciendo una verdadera
confosion de toda olla y dando, en íin, evidentes señales
de verdadero arreponliniiciilo y penitencia.
Muchas oirás conversiones de grandes pecadores hizo
eu Cohllano. Menos de ellos están los procesos do la Ca­
nonización de nuestro Patriarca. Babilonia confusa de
lodo genero de vicios era dicha ciudad, y en los dos años
que Francisco permaneció en ella, quedó toda aquella
comarca Lrasforiwada, de lal suerte, que bien potentes
se vieron las colmadas y fértiles cosechas de virtudes que
consiguió,
CAPÍTULO XII.

Profetisa il uno la perdida cl« su hacienda si dividía ó sepa­


raba tres higos que ludió; y coa una piodrf., (jufl puao <ín
lo.? cimientos de la papilla mayor df. la Iglesia, las placas
déla langosta y dft la invasión ríe los turcos sobre Con-
llano. Milagro que obró con dicha ciudad. Suda copiosa­
mente ayna en tiempo do ¡jran sequía una efigie suya, con
otras maravillas.

Acababa do separar milagrosamente la caloro, como


hemos visto ya, cuando sacando nuestro Padre «nos higos
déla manga del hábito, distribuyó dosá cada uno de los
trabajadores, quo allí so encontraban, y alargó tres á Juan
Malaprino, hombre rico, quo estaba' también presente;
dicióndolc: «Mira, hijo, que los guardes y que no los
«dividas: porque si lo hicieres, no sabrás de lu hacienda,
»segnn lo que quedará de perdida y destruida.» Puso
cuidado en las palabras que le dijo, formó tic ellas mis­
terio, y marchando á su casa procuró guardar con mu­
cho cuidado los tres higos: los conservó largos años con
grande veneración, no solo por ser reliquia del Siervo de
Dios, si que también por ia profecía que habia hecho.
Trascurridos iban ya muchísimos años, desde que
nuestro Santo (lió á Malaprino los (res higos, haciendo la
fatal predicción, cuando se presentó en su casa un intimo
— 166 —
amigo suyo, el padre fray Juan Bautista del Angel, de
nuestra misma orden, pidiendo le luciese ni favor de uno
de ellos. Olvidado aquel sin duda de la pérdida que po­
día .sufrir en sus intereses como lema anunciado, no titu­
beó en complacerlo; mas aquella misma noche principió
ya á sentir los efectos de su facilidad y poca fe, lal vez
en las palabras del bendito Francisco; porque se prendió
fuego á su casa, y se le abrazaron ricas alhajas y otras
preciosidades de valor; perdiendo toda su hacienda;
puesto que, si bien le quedaban algunos ganados, los
animales, que los componían, murieron á los pocos dias:
de suerte, que de hombre acomodado que era, vino á
quedar lan pobro, que de limosna se lo sustentó por mu­
cho tiempo en nuestro convenio. Volvió despues el desdi­
chado Malaprino á recoger los dos róstanles liigos, pero
los encontró convertidos en polvo.
Mas maravilloso de mucho fue el aviso que dió á los
vecinos de Corillano por medio de otra profecía alegó­
rica, que se vió cumplida mas de cien afios despues. Fué
el caso, que eslando nuestro buen Padre construyendo
los cimientos do la Iglesia, preguntó á los que se encon­
traban presentes: «Sialguna vez habían sido comidas las
»viñas ó mieses de la langosta; ó si en otra ocasion ha-
»bian los turcos entrado en la ciudad.» A cuya pregunta
respondieron lodos: «Que no tenían la menor noticia de
asemejantes cosas.» Entonces lomó una piedra, y arro­
jándola al cimiento del altar ó capilla mayor, dijo: «Cuan-
»do fallare esla piedra del cimiento, se verán en Cori-
»l!ano las indicadas plagas y desdichas.» Sepultó la
piedra, que había lomado, y los oíieialcs continuaron su
faena admirando tan grande profecía. So vió después
cumplida á la letra por los años 1 '>!)G; porque estando
la Iglesia entredicha, por cierto caso ocurrido, sobrevino
una plaga lan grande de langostas, que destruyó las mie­
ses, viñas y árboles de lodo el término, en cumplimiento
de lo que habia prcdiclio bajo la anfibología de la piedra.
— 167 —
Duronle los cuarenta dias, en que la Iglesia estuvo
entredicha, sin que en ella se celebrasen los divinos oíi—
cios, movido un repúblico de la ciudad, llamado Andrés
Mulaprino, de superior impulso, dijo á sus convecinos;
«Vosotros no sabéis la causa por qué nos ha venido esla
«calamidad? No sabéis la profecía, que hizo el bendito
«San Francisco al tiempo de poner la primera piedra en
«los cimientos de la capilla mayor de la Iglesia de su
«convenio? Pues entended, que lo qua quiso decir fué,
«que cuando estuviera entredicha y cerrada, como aliora
«está, y sin culto alguno, con qué poder ser alabada la
«Magostad Divina, vendrían eslas plagas y desdichas á
«nuestra tierra: esto es lo que quiso decir, y no que la
«piedra se liabia de levantar del sillo en que el mismo
«glorioso. Sanio la colocó. Pues bien; si queréis qne cesen
»íantos daños, abrid las puertas de la Iglesia y veréis
«cumplida la profecía.» -V todos pareció bien y muy pru­
dente esle juicio, procurando diligentes alcanzarla abso­
lución, reconciliándose con e! ordinario eclesiástico: do
modo, que abrir aquellas puertas, y cesar de seguida la
plaga do las langostas, todo fué simultáneo’, pues que
levantando el vuelo se dirigieron lodas al mar Adriático,
donde perecieron.
Poco liabia trascurrido cuando apareció en aquella
costa una escuadra turca de veinticinco galeras, con tro­
pas de desembarco; y creyendo el general que las man­
daba seguro el triunfo, dispuso se acercase á Curillano,
y quo echase pió atierra un fucile escuadrón do sus mejo­
res soldados, principiando sus hostilidades, con incendios,
muertes y demás atrocidades, que se pueden discurrir
dcL (ídio/que los sectarios de Kahoma tienen al nombre
cristiano. Al inslanle se dirigieron á nuestro convento,
cuyos religiosos se liabian retirado a la monlafia, que­
dando solo en él uno muy anciano, quien» viendo lan do
cerca ol peligro, acudió al cielo y á su Santo Patriarca,
diciendo: «Padre mió San Francisco de Paula, socor-
— 168 —
jprcdmc.» Que prodigio! No bien habla acabado do pro­
nunciar tan corta como sencilla frase, cuando se le pre­
sentó un grave religioso, parecido en su rostro y talladla
pintura que hay del Santo en la capilla en que dormía, el
cual, despues de haberle tranquilizado y quitado todo
temor, apuntaló con una débil caña las puertas de la
Iglesia. Llegaron los enemigos, y procuraron abrirlas;
pero por mas esfuerzos que hicieron, 110 lo pudieron con­
seguir, y en vista de tan cstraordinarja resistencia, se
retiraron aterrorizados, pasándose á robar el cercano
convenio dolos menores. Parte de la mencionada caña se
conserva aun en aquel convento, para eterna memoria de
tan porlcnloso milagro.
I)el convento de Padres Menores se dirigieron al
asalto do la ciudad, pero en vano; porque un honrado
anciano, animoso y esforzado, dando voces á los colilla.—
neses, ya casi desmayados y ¿punto de rendirse, les
reanimó diciéndoles: «Que nadie se acobardase ni rin­
diese, pues que San Francisco do Paula era su protector
»y les baria salir vencedores de los enemigos.» Todos
cobraron grande esperanza en nuestro Saulo al oír aquella
voz, reconociendo desde luego patente el milagro, en
razón ¿ que, ni los mosquetes ni demás ingenios de
guerra, no obstante su obstinada perseverancia por mu­
chas horas, pudieron, no ya abrir brecha en las mura lias h
si que ni aun hacer en ellas la menor mella, perdiendo
la esperanza de ganar aquella ciudad. Y observando el
general turco, quo se dirigía liácia la misma una crecida
fuerza enemiga, locó retirada y reembarcando los sol­
dados. huyó amedrentado.
Pasada esla tormenta se celebraron grandes tiestas en
la Iglesia mayor do la ciudad, en acción de gracias á
nuestro glorioso Patriarca, por la visible protección que
les Labia dispensado en tan críticas circunstancias; cuyos
obsequios secundaron Cambien los Religiosos de nuestro
convenio, colocando sn efigie en un suntuoso aliar que
— 169 —

1c erigieron. Todos los avisos ó araonestacioncs que le&


daba, iban siempro encaminados á rcthicirlcs, y á con­
vertir íi Dios sus almas, y esto mismo 1c impulsaba á
aumentar maravilla á maravilla, para darlos de este
modo á entender la gran propensión que tiene el Señor
de conceder gracia á quien de veras sabe cesar do ofen­
derle. Ahora reseñaremos algunas curas y oíros portentos.
El conde do Claromontc, hijo del príncipe de V i­
ciniano, enfermó de una terrible apoplejía, llegando los
módicos á perder las esperanzas de salvarle, puesto quo
lo dejaron yo por desahuciado. En vista de ello los padres
recurrieron al médico divino y celestial, quien apenas le
manifestaron su aflicción, dejo bueno y levantado do la
cama al enfermo, solo con haber orado un breve, instante
por él. Otro tanto hizo con dos ciudadanos que acudieron
al mismo por socorro para sus respectivos achaques, solo
con haberse puesto en su presencia y significádolc su
desconsuelo. Una cosa parecida ocurrió con una Señora
absolutamente paralitica de muchos años, y que era
molestada á la vez de los mas acerbos dolores: conducida
á la presencia (lo nuestro Santo, le manifestó con copiosas
lágrimas su desconsuelo: no fuó menester mas para que
con entrafias de padre amoroso la dijese: «Por caridad,
abija, levantaos del suelo y caminad » Al oír oslas pala­
bras sinlió en sí gran imitación; probó á levantarse, y
encontró estaba va libre de lodos sus achaques. Al volver
á casa por su pió, sus convecinos le daban miles de pa­
rabienes, ó inlinilas gracias á Dios.
El alio i r .01 so padeció en Corillano una gran sequía
lo mismo que en su contornu, y los vecinos acudieron
por remedio á su patrón San Francisco do Paula; y en
efecto, el clero y pueblo fueron cu proccsion al lugar
mismo donde el Santo dormía, en el que existe un retíalo
ó pintura suya. Puestos en oracion en frente de su eligió,
se observó que empezó á sudar la csprosaih pintura, en
lanía manera, que llegaban y empapaban los pañuelos
— H o­
que tenían muchos (Je los que lo oslabau presenciando;
siendo el primero que lo verificó Fray Juan de Prillano,
novicio entonces y coi redor que llegó á ser de dicho
convenio, lo cual acreditaron el mismo y demás testigos
oculares, cu las justificaciones que sobre ello so hicieron:
sydor que íuó anuncio de la copiosa lluvia que cayó,
pues que inmutándose la atmósfera, se cubrió de repente
de densas nubes, que arrojaron agua en abundancia,
quedando los campos fertilizados con salisfacion general.
Nu líaco muchos anos oIra. estríña maravilla, de la
que también so tienen letras testimoniales: fué esla, que
estando nn oficial derribando una gruesa pared del con­
vento, cayó y lo cogió debajo sin haberse podido evitar.
Instantáneamente los demás trabajadores apartaron la
piedra que sobre él liabia, y le sacaron mortal, con la
cabcz.a quebrada y sin senlido. Se le trasladó á la Iglesia
y los Religiosos principiaron á cantar por él la letanía de
Nuestra Señora, y al llegar al verso «Sanie Palor noster
sFraneisco dePaída ora pro co.» al momento recobró el
senlido, y levantándose sin socorro ¡igcno, corrió veloz
á besar los piés á la imagen del glorioso Sanio. Se rin­
dieron gracias á Dios, volviendo él á su trabajo. Una
cosa parótida ocurrió con un joven de diez y siete afios,
que andando por la parte mas alia de un dormitorio que
so acababa do construir, cayó sobre m uchas piedras de
una altura como de diez tapias, pero que al tiempo de
caer esda ni ó: «Válgame Dios, y el Señor San Francisco
a de Paula.» Dió en esto en el suelo sin luibcr recibido
daño algnno. cuando lodos juzgaban se liabia hecho pe­
dazos; mas tenia á Francisco por ángel tutelar, y por lo
mismo quedó salvo implorando su poderosa protección.
Con eslos y oíros prodigios, pagó á los cori lianesos los
favores que le hicieron y el cordial afecto que le pro­
fesaban.
CAPÍTULO XIII.

Vuelve San Francisco fie Paula á Espex&no y ¿ inítaucia de


un caballero espaíiol, á quien escribió una carta <lñ gracias,
envía á fundar convento ¡i Cotron al padre Fray Pablo de
Paterno, de cuja vida Y muerte se na alguna noticia. Su
caridad con los espejan oses. Convierte :í un chiriga aman­
cebado y le viste su hábito. Vuelve d Paterno, y milagro
que obró con unos, que ¡5fi abrasaban en la eal viva.

No llegó á dos años el tiempo que nuestro Padre


Francisco estuvo en Corillano, regresando á Espezano,
donde se le esperaban muchos y poderosos empeños
para que fuese á fundar ú la ciudad de Cotron. Solicitaba
con ahinco esta fundación un caballero español de la
provincia de Navarra, de la noble eslirpo y casa de los
Pineros, y si bien accedió complaciente á los deseos del
mismo, se cscusó de pasaren persona, y envió al intento
á su conpañcro el padre Fray Pablo de Palcrno, de cuyas
virtudes y portentos liaremos una breve reseña.
Es Cotron una antigua ciudad de la Calabria supe­
rior, á la que bañan las olas del mar Adriático, de aires
puros y saludable temperatura; siendo una de sus prin­
cipales glorias, haber tenido en sus escuelas, según San
Agustín, al gran filósofo Pitágoras. Es silla episcopal, que
— 172—
ocupó por los años de 1668 el padre Fray Juan Pastor,
Religioso de nuestra ónlen, natural de la villa de Utrera
en el Arzobispado de Sevilla. Kn dicha ciudad entró el
precitado padre Fray Pablo, con notable aplauso de sus
moradores, y tomó posesion de un terreno poco distante
de sus minos el dia í de Mayo de líGO, con el Ululo
de Jesús María. Y con este motivo escribió nuestro glo­
rioso Patriarca la siguiente carta a! arriba indicado fun­
dador: «Nobilísimo y devotísimo Señor.— El padre Fray
» Pablo de Paterno me lia declarado el gran deseo que
llenéis de acrecentar el número de los Siervos de Dios,
»fabricándole una casa cu la ciudad de Coirón, lo cual
»me ha consolado por estremo, porque Dios será mas
allom ado en aquel lugar, y así habrá en el una nueva
«plaza, donde todos los dias será adorado en el santo
^sacrificio de la misa. Sea siempre bendito, por haber
^dispuesto una empresa lan generosa y de haberla tan
apresto pues lo en ejecución. Dios os dará la recompensa
»y yo le suplicaré asi, que veáis en vuestros dias aquella
ncasa florecer en toda virtud y santidad. Esperanzas
atengo de ir á visitaros, pava daros las gracias de vuestra
nearidad: yo quedo, nobilísimo Señor, vuestro perpetuo
»sicrvo. El Padre Fray Francisco de Paula, Mínimo de
»los Mínimos de Jesucristo bendito. De Espezano á II de
»Mayo de 1460 ,»
Era natural de Paterno el padre Fray Pablo y reci­
bió el hábito de nuestra orden de mano del bendito
fundador. 'Varón venerable por su prodigiosa vida y
milagrosa muerte, que mereció la estimación de nuestro
Santo, hasta liarle su conciencia y con quien consultaba
los negocios de mas grave importancia. Muchos fueron
los milagros que obró fundando el convento de Cotron,
de los que reseñaremos algunos. Plantó un dia una al­
mendra junto á la fábrica, haciendo antes en ella la señal
do la cruz: de la misma, por supuesto, salió un almendro
que se hizo un grande árbol, pero no consisto en eslo la
— 173—
maravilla, sino cu que por espacio de muchos años,
cuaalas almendras produjo oslaban marcadas con aquella
sania señal; dándose con ellas la salud á los enfermos.
Estaba cierto dia en oracion nuestro Padre Francisco
en su convento de Paula, cuando lié aquí, trabó una
lucha con el maligno espíritu, cuyos combates en Lio
ambos oran muy frecuentes. Pues bien; á esla misma
hora se encontraba orando también el padre Pablo en
lugar bastante distante de aquel, pero el señor le reveló
dicha lucha y movido entonces de uu ardiente celo y
lilial afecto, marchó presuroso y con ánimo resuello dé
favorecer ásu querido Prelado. Éste, así que le vió llegar
le dijo: «Basta, hijo Fray Pablo, basta, yo os agradezco
»e! socorro.» De lo que se infiere, que no solo fue el
Fray Pablo hijo de San Francisco y heredero de su ar­
diente caridad, si que también su imitador en lo fcrvienlc
de la oracion, y en los prodigios que obraba; habiendo
sanado á una hermana suya de una grave enfermedad,
solo con hacerle la señal de la cruz y diciendo aquellas
palabras de San Marcos: «Super agros luanus imponent,
set bene habebunt.»
Cu ando pasó :5 liorna en tiiDl para asistir al primer
capítulo general que celebró la orden, .siendo ya nom­
brado por nuestro Santo provincial de Italia, encontró
un grande amigo suyo, y muy devoto al tiempo mismo
do dicha nuestra orden, con el que en li ó en franca con­
versación; mas al tiempo de. despedirse le dijo: «Mirad,
sseñor, quo en la confesion que ayer hicisteis, dejasteis
*dc confesar la pesadumbre que tuvisteis con vuestro
dpadre, cuando os cegó la cólera v lo derribaseis aira-
idamente en el suelo, maltratando su persona: no era
acaso este para que le pusierais en olvido; tened mas
«cuidado de vuestra alma y mirad que estáis en muy
agravo peligro.» Arrojóse al momento á sus pies, conoció
su culpa y la confesó, quedando corregido y también
agradecido.
— 174 —
Muchos días antes de morir predijo el de su tránsito,
como y también la hora en que se verificarla, y apenas
espiró, se tocaron milagrosamente las campanas de Pa­
terno por si mismas, acudiendo el pueblo a esta novedad.
Puesto su cuerpo en el suelo, llego un ciego y al instante
recobró la vista, y una endemoniada solo con tocarle
quedó libre del maligno espíritu. Poco antes do morir
por consejo do los módicos se le corló la barba quo tenia
muy crecida, y luego que murió le volvió á crecer á
presencia de lodos. Contaron á un clérigo que tenia
también la suya bien crecida esto suceso, pero él no
quiso darle crédito, diciendo: «A?í tenia la harba hecha
»á navaja como yo?» Caso portentoso: al momento se le
fué cayendo toda, castigando el Ciclo su incredulidad:
Marchó presuroso al santo cuerpo arrepentido, le tocó y
besó pidiéndole perdón, y al punto le volvió á crecer
como la tenia. Otros muchos milagros obró con enfermos
de todas dolencias, mientras su cuerpo estuvo sin en­
terrar, que frieron cuarenta dias, exhalando en todo esto
espacio ó trascurso de tiempo, un olor suavísimo y ce­
lestial fragancia. Terminada csla ligera digresión, anu­
daremos el hilo de nuestra interrumpida historia.
Nuestro glorioso Patriarca, con el afecto de varón
agradecido, seguía en Espczano consolando á sus funda­
dores, bienhechores y patronos, con las ansias de su
ardiente caridad; haciéndose todo para lodos, á fin de
ganarles para Dios, con aquel su lan fervoroso como
incansable celo do las almas. Vea hubo, que estando
encerrado en su celda, se le vió al tiempo mismo en la
plaza de Paterno, y vez también, en que, apareciéndose
rodeado de resplandores una noche á Nicolás de Fronte,
de Scipliano, le dejó libre de una enfermedad de que
estaba ya desahuciado. Si en alguna pai to se perdía ti
entibiaba el amor á su Dios, 110 se hacia esperar su asis­
tencia por rancho tiempo, y por último, no había nece­
sidad alguna por grande que fuese, que no remediase;
— 175—
por mas distante que estuviese el lugar donde se encon­
traba, y por ocnUa que aquella fuese.
Estando en Espezano nuestro Francisco, ocurrió que
un joven clérigo, rico, noble y tic gallarda presencia, se
dejó vcnccr de una amorosa pasión liúda una noble jo­
ven, enlazada con lo mas ilustre de la ciudad, arries­
gando perder el alma, y acaso la vida, si llegaba á noti­
cia de los parientes de la misma su criminal ceguedad.
Continuó así por algún tiempo, sin que se observase en
61 la menor enmienda, antes si, su tena/, insistencia, en
fomentar mas y mas su escandalosa pasión, basta que
nuestro Padre*tomó por su cuenta sacarle do tan peli­
groso estarlo para su alma, y así fue en realidad.
En efecto, la dama, objeto de su impúdica pasión,
casó con un caballero forastero, el cual determinó trasla­
darse á su país en compañía de su ¡óven esposa; mas
asi que el ciego clérigo llegó á saberlo, se resolvió á
seguirla á lo encubierto, sin haber reflexionado que sus
criminosos designios no podían ser un secreto para nues­
tro bendito Francisco, y mucho menos, siéndole forzoso
Í jsar por muy cerca do su convento. Nuestro buen
rolado, llamó pues, á su portero, y le dijo: «Con bre­
vedad pasará por aquí una tropa de gente que aeom-
upaila á una desposada, y en su seguimiento irá un cié-
Ȗgoquo os lia de pedir una pota agua para hcher, y vos
«le diréis que no s<t!o le queréis dar lo que pide, sino
»quo entre á lomar cierta especie do agasajo que le
uvais á dar, y en entrando cerrad con presteza la puerta,
»y avisadme luego al punto.»
El portero ejecutó con puntualidad cuanto su Santo
Prelado le tenia mandado; pero al reconocer el enamo­
rado clérigo que se le liabia cerrado la puerta, y que con
ello se le impedia seguir su depravado y premeditado
plan, principió a dar voces, liacicndo cstremosde senti­
miento, cual si hubiese perdido el juicio: voces y estre­
ñios que iban en aumento á proporciou del mas tiempo
— 176 —
que trascurría, sin dejarle en su libertad do acción, de
tal suerte, que ni con buenas razones ni con los mas
saludables consejos, se 1g pudo en modo alguno tranqui­
lizar. Viendo nuestro Francisco que tenia trastornada su
mente, ciega su voluntad y cautivo su corazón por el
maligno espíritu, esperó pasase algún tanto su furor,
mas cuando ya lo consideró oportuno, se presentó á el,
le exhortó con palabras de su Lan fervorosa caridad, y
en confirmación de lo que decia, se acercó al mismo,
entró los dedos en su oreja derecha y le sacó un gusano
velloso, como de un pié de largo, que solo el mirarle
causaba horror. Vuelto sobre sí c! asombrado clérigo,
abrió los ojos, lijó su atención en aquel horrendo espec­
táculo, y mirándose á sí propio, conoció su riesgo, ce­
guedad y perdición, de tal manera, que mudando de
repente su terca obstinación, en manifestación do afectos
liemos, se ccbó á los pies do nuestro Sanio, protestando
una fume enmienda de su vida, y pidiéndole con lágri­
mas le vistiese el hábito de su nacienlc órden, cuya gra­
cia le otorgó, fomentando sus fervores. Siendo religioso
creció en penitencia v en virtudes, el que estuvo abatido
en pecados: se llamo fray Juan de la Roca, y fue uno
de los que eligió mi es tro glorioso Fundador, cuando
pasó á Francia, y uno también do los venerables, que
refieren nuestros cronistas.
Después de haber permanecido nuestro Padre un corlo
tiempo en Espezano, y de dejar consolados á sus mora­
dores, so dirigió á Paterno como sitio acomodado para
su retiro, cuyos hahilantes le recibieron, según siempre,
con muestras de csírcmada alegría, Muy pronto se cono­
ció que estaba Francisco entro los paterúeses, pero mejor
lo dirá el eslcacto de una carta escrita al señor Simón
üe la Limeña, sobre los muchos portentos obrados en
dicha ciudad. Dice asi: «Que un caballero de Coscncia
entró una mañana en el huerto del convento, c hizo burla
de un pubrcciilo simple que encontró en él) quien se
— 177—

marcho afligido por dicho insulto, y que al pasar por la


balsa do malar ta cal, á la que se acababa de echar agua,
le hizo caer dentro; principiando á dar gritos porque se
abrasaba vivo, mas sin saberse como, el precitado caba­
llero cayó en la propia balsa: Que ú las voces y quejidos
ilel pobrecillu acudieron los Religiosos y oirás personas,
y al í'oconocor lo ingente del socorro le llamaron: Que
bajó de su celda, y mandó al simple pobrccillo cque
saliese en el nombre de Dios, y que así lo verilicó sin
lesión alguna:» Que para salvar al burlón, ordenó á Fray
Marcos orase por 6 I} y que oídos por el Señor los ruegos",
salió también, aunque abrasadas las piernas como si
hubiesen estado dentro de una vasija de nceilc hirviendo;
añadiendo, que por las oraciones de aquel, quedé el daño
reparado» Que el caballero pidió perdón al pobrccillo,
dando todos gracias á Dios por la maravilla.»
CAPÍTULO XIV,

Dá milagrosamente agua á sus trabajadoras, y portentos á


que la misma dio' lagar. Vuelva á un demente á su cabal
Í'uicio, y libra á un pastor de la feracidad de unos sabuesos,
’erscnaritlas una cierva y un ave de rapiña, se acogen á
jiuestrn l'fftneisco, las domestica quedando en su compa­
ñía. Tranforma en vela da eera tin pedazo de tea, y fe­
cunda con ríos higos milagrosos á uuu inugcr C3terií.

E l ejercicio del bendito Padre ahora en Paterno, lodo


era un couíinuo y perpetuo aspirar á Dios con obras,
palabras y ejemplo, con el laudable y santo objeto de
que lodos le imitasen ó procurasen hacer lo mismo,
viéndose empeñada su ardiente caridad en dar alivió á
cuan [os ncccsilados acudieran á él. Llevaba un día gran
número de jornaleros á cortar lena para el servicio del
convento, á un monte cercano al mismo, y habiéndoles
fallado el agua les fatigaba muy mucho la sed, tanto,
que acudieron anhelosos al hendido Francisco por so­
corro á su necesidad, el cual, hiriendo la tierra con su
báculo, les regaló lan luego con un golpo de agua dulce
y copiosa. En vista de este portento, se postraron aquellos
a sus pies, no cesando do darlo gracias infinitas: «Dadlas,
síes dijo, al Sumo Bienhechor, que solo A él es justo las
^rindáis, venerándole de todo corazon,»
— 179 —
No paró aquí el milagro, porque reconociendo Jo
copioso del manantial, determinó conducir el agua al
convento y envió trabajadores para qne so ocupasen en
esta faena, pero al llegar como á la mitad del camino
suspendieron su trabajo, por haber tropezado con una
piedra do notable grandor, la cual, por mas esfuerzos é
industria por su parte, jamás pudieron mover ni que­
brantar. Se puso este inconveniente en noticia de nuestro
Padre Francisco, quien habiéndose presentado en el sitio
y hecho una breve oración, se acercó á la piedra y lo
mandó con imperio: «Que apartándose del lugar quo
socupaba dejase paso franco a la corriente del agua.»
Oh admirable maravilla! Al acabar el Sanio de pronun­
ciar este mandato, comenzó la piedra á moverse por si
misma, retirándose poco á poco hasta dejar libre paso
al agua, continuando los trabajadores la operacion hasta
su feliz leí mino.
Mas singular es aun el fin que tuvo este prodigio,
como vamos á ver. Después de haberse distribuido toda
el agua necesaria para el servicio del convento, corrían
como sobrantes copiosos cristal as de aquella fuente mi­
lagrosa, que podían ser de mucha utilidad á los vecinos
de la ciudad, siendo de todos estimados. Atendiendo,
pues, solo á sus respectivas conveniencias, y siguiendo
cada uno su propio dictamen, se vinieron á indisponer
porfiadamente, sin que bastasen á tranquilizarles, ni los
ruegos, ni la pcrsuacion, ni el respeto debido á nuestro
Sanio; de tal modo, que faltaba un solo dia para espirar
el plazo en que debía decidirse la cuestión con la fuerza
de las armas, y muerte de uno (le los jefes de bando y
sus secuaces.
El bendito Padre, que según queda dicho, no les
pudo disuadir, ni con súplicas, ni con consejos, se acogió
solo á Dios, para que tomase por su cuenta la composicion
de la contienda, y pasando toda la noche en orarion,
suplicó su Divina Magostad: «Que no permitiese salir
— 180 —
^triunfante al demonio, y que el favor á 6) concedida,
ssirviesc de condenación á las almas, con su preciosi-
»sicca sangro redimidas,» Amaneció el siguiente dia y
se vió abierta una boca en el suelo, por la que entraba
toda el agua sobrante y se consumía. Corrió al memento
la noticia del prodigio, y los quo se disponían á ja pelea,
quedaron atónitos de) sucoso. Nueslro Francisco les en­
contró junio ai convenio, y les reprendió agriamente su
i alentó de la pelea y su terquedad. No f»ó menester otra
cosa para iiacci' las pnces, dejándoles corregidos y hu­
millados.
Un ciudadano de Coscneia perdió totalmente el juicio,
íle lal modo, que causaba compasion á cuantos le veian,
y en especial si se ponía furioso, porque so le había de
sujetar. En tan lamentable esíado, su afligido padre re­
currió al buen Francisco, á cuya presencia le condujo
asegurado para que no pudiese causar daño alguno. Asi
que este le vió, mandó le quitasen las ligaduras y á vista
del gran concurso que liabia acudido, le puso las manos
en la cabeza y pocho, y entonces acometió furioso á
morderle, quedando los circunstantes pasmados de temor,
pero con el tacto de su santa mano y con la señal de la
cruz que le hizo en la Trento, se aquietó, volviendo á su
pleno y cabal juicio. Humillado ya, se postró ;i los piés
de su Bienhechor, pidiéndole perdón y suplicándole le
encomendase mucho á Dios, no cabiendo de alegría los
que estaban presentes.
No es menos maravilloso lo que sucedió con los furiosos
perros de unos cazadores, que impacientes ile ira, azu­
zaron á un pastor que na dejaría de darles para ello
algún motivo, aun cuando este fuese leve: desuelle, que
si Dios milagrosamente no le soooiriera, es probable le
hubiesen despedazado. El Ciclo infundió ánimo al perse­
guido pastor para poder llegará la ermita, en la quo
nuestro bendito Padre se dedicaba á sus oraciones y
demás ejercicios, y como los sabuesos lo vieron cnLre pa­
— 181 —
redes, se arrojaron contra el mismo. Mas, olí prodigioso
portento! Al roconocer estos animales que Francisco
lenla con .su mano asido al pastor, se amansaron cual
corderos, postrándose á sus piés, como pidióndolc perdón
de su osadía y fiereza. Nueslro Sanio tes mandó de se~
guida se marchasen, pero ellos continuaban postrados sin
verificarlo, hasta qne les echó su bendición.
Huyendo iba una cierva de los cazadores quo la per­
seguían, ¡i tiempo que nuestro Padre Francisco se dirigía
con mucha gente al monlc á cortar leña para el convenio,
pero luc^o que el inórenle animal hubo reconocido que
aquel formaba parte de la comitiva, cual si fuese una
criatura racional, corrió con paso acelerado a guarecerse
del mismo, aliavcsando por medio de loda la gente liasla
encontrar su persona, y arrojándose á sus plañías, asi
quo lo consiguió, en ademán suplicatorio. Como eran
lan tos los que acompañaban á nueslro Sanio, hubo di­
versos pareceres sobre la suerte que so esperaba á la
cierva, mostrando deseos, muchos de ellos, de darse un
buen líia con su carne. Francisco que nada de esto igno­
raba, la guió por donde sin riesgo podia caminar, y
dando entonces señales de agradecimiento, partió velo­
císima de su presencia.
A los pocos dias volvió á verso acosada la misma
cierva por otros cazadores: pero traspasando el monte, y
como si tuviera perfecto uso de raxon, se dirigió en dere­
chura al convenio: encontró las puertas cerradas y sal­
tando unas tapias, fue en busca de su Santo amparador,
que estaba en su celda entonces en «ración. Al oír los
bramidos que (taba, salió este instantáneamente á socor­
rerla, le dió de comer y ordenó so quedase del todo en
el monasterio. La cierva de que nos ocupamos, se do­
mesticó de tal manera, quo era inseparable de su pro­
tector, quien dispuso á su muerte se guardase su piel
para perpetuo testimonio de su fidelidad, En otra ocnsion
ocurrió una cosa parecida con un ave de rapiña, que al
verse perseguida acudió al sagrado de nuestro Francisco
posándose sobre su hombro, ha cogió al instante, dicién-
dole: «rSegura csláí>, no Lemas.» Domesticada se recreaba
con el Sanio, ya entrándosele en las mangas del hábito,
ó ya haciendo oirás monerías. Ansioso vivía en aquella
su ardiente caridad, para que toda malura se emplease
en servicio de la Magostad Divina; y el Ciclo le compla­
cía, enviándole irracionales, para que con su ejemplo y
agradecida mansedumbre avergonzasen á los hombres.
Pasaba cierto dia nuestro Francisco de Palomo á
Paula en compañía de dos personas, y leí cogió la noche
en el camino; pero sogun costumbre del pais, iban ya
prevenidos de unos pedazos de tea para alumbrarse. Lle­
garon a Tafana, caserío (le Cosencia, y sabedores los
habitantes do que entre ellos iha nuestro Padre» salió una
joven llorando á pedirle remedio para una parienta que
tres diasestaba de parlo, y con mucho peligro de morir;
aquel entonces le alargó una vela de cora, y le dijo:
«Que encendida la pusiese junio á la cabeza de'la partu­
rienta, y que al instante quedaría desocupada.» Lo hizo
así la joven y al punto dió á luz un hermoso niño. Los
compañeros quedaron admirados; testificando, que nin­
guna vela de cera habia sacado del convento y que
estaban persuadidos habia convertido en tal la tea men­
cionada.
Vivía un matrimonio muy acomodado sin tener suce­
sor quo heredase su pingüe patrimonio, ni esperanza al­
guna de tenerlo. En lal estado encargaron á un sacerdote,
su amigo, suplicase á nuestro Santo que alcanzase de
Dios lo que tanto deseaban: Dado el recado contestó
Francisco: «Que tuviesen los consortes fé en el Seiiorr
que purificasen sus conciencias, quo fuesen á su huerto,
y que en la higuera encontrarían un ramo verde y muy
frondoso, y en el dos higos frescos y maduros, uno negro
y otro blanco; que el esposo comiese el blanco y su es­
posa el negro, y que con ello se serviría su Divina Ma-
—m —
gestad darles sucesión.» Oido esto por el sacerdote, lo
tomó á chanza y le replicó sonriendo; ccQue cómo era
posible encontrar fruto en la higuera, eslardo, como ge
estaba en ct coman del invierno, en cuya cslacion no
tienen los árboles ni aun hoja, y mucho menos la hi­
guera1?» El bendito Padre no !o dio mas satisfacción sino
que fuese por caridad y ejecutasen aquellos lo que ya
habia ordenado.
El sacerdote quo tenia á Francisco cu grande vene­
ración, calló, y después de haberle dado las gracias,
puso en conocimiento de los consortes el consejo que le
Jiabia dado; pasaron al huerto y encontraron el ramo y
los higos tal cual lo habia anunciado: los comieron, y á
poco se sintió la mtigcr ya embarazada. Su alegría fué
imponderable, viendo cumplidos sus deseos: ¡Pero oh in­
gratitud del corazon humano! A dicha muger sucedió lo
que á otros muchos, que después do haberles concedido
el Cielo lo que pedían con lágrimas y propósitos, se en­
tregan á los vicios, olvidados del beneficio recibido; por­
que irritando á la piedad divina con sus culpas y apetitos
desordenados, sufrió el castigo que merecía, dando á luz
un hijo muerto, convirtiendo su punible go?,o en aciba­
rado llanto. Volvió á enviar al sacerdote para que supli­
case á nuestro Santo remediase su desgracia, pero por
toda respuesta le dijo: «.Que no esperase mas merced de
»Dios, la que tan mal habia correspondido, ofendiéndole
»con las culpas por ella cometidas.
CAPÍTULO XV.

Cura ú unos paralíticos, y todo género de enfcrmedfirtes, ¡i


veixs por uiedios graciosos: s j manifiesta el por que, de
enviar á tocios consolad oí.

Do modo muy distinto dei que acabamos de ver en


el anteceden lo capítulo, so portó nuestro glorioso Pa­
triarca, con una persona de cuya buena vida estaba bien
enterado, solo por saber cumplía con las obligaciones de
cristiano: «Ruegoos, dice San Pedio, que. como á es-
atrangeros y peregrinos, os abstengáis de los deleites de
»la carne, quo pelean contra el alma,» Constante siempre
nuestro Francisco en dar este consejo, sentía en ostremo
quisiesen los hombres vivir ontre placeros, entregados al
regalo, á silo apetitos y a los deleites; no podia sufrir,
que por seguir nn breve antojo, despreciasen la bon­
dad suma de un Dios, y por eslo mismo no quiso volver
á orar por la nuigcr de que hace poco hemos hablado;
silos desprecios ó injurias eran contra su persona, pedia
una y otra vez por los que le despreciaban ó injmiaban,
liasla despedirles consolados; si eran, empero, contraía
m gestad Divina, era inexorable á todo ruego.
En el casorio de Cosencia vi vi a un paralítico, que
ningún movimiento podia hacer por sí mismo, sin que en
la ciencia módica se encontrase remedio alguno que po-
— 185—
dcrlc aplicar; pero eslaba lan conformo con la rolnntad
suprema del criador, quo ora un dechado de paciencia.
Sus parientes dderramaron llevarle á la presencia dul
bendito Padre Francisco, y puesto, en cfeclo, en ella, y
representada su aflicción, dip inmediatamente, no monos
piadoso que caritativo: «Consolaos, hijo, y sabed, que no
»cslá sujeto á las pasiones del cuerpo quién no se sujeta
ȇ las culpas do la conciencia. Las enfermedades del
acuerpo son ocasionadas muchas veces de los pecados^
»pero lu eonlíanza te lleva al cumplimiento ilc las pala-
abras de .lesncrisLo; Fidcs tua te salvum feiál. Por cari—
Miad, pues, levántale y camina.» Al oir eslo, sintió en sí
un vigor y un esfuerzo hasta entonces desconocidos;
probó a levantarse, y encontrando firmeza en las piernas,
agilidad en los brazos y ligereza en lo róstanle del cuerpo,
comenzó á dar ¡saltos de alegría, y á rendir á nuestro
Santo gracias infinitas.
Estando cierto dia en oracion on el aliar mayor do su
Iglesia, lo pusieron delante una muger paralitica, pos-
irada, dolorida y temblorosa en lodo su cuerpo, y vol­
viéndose á ella la dijo con gran serenidad: «Cuntía, hija,
«en nuestro Padre celestial, y levántalo presto y v¿ por
Karidad á llevar unas piedras á la obra.» Luego que
oyó eslas palabras, so levantó del locho en quo estaba,
llevando buena y sana las piedras que Francisco le había
mandado. Más asombroso es todavía el prodigio que pa­
samos á narrar. Un paralitico desahuciado de los médicos,
postrado, y en todo parecido á la precedente, fué con­
ducido sobre un caballo y alado para evitar su caída, á
la presencia del Siervo del Señor, poro sin mas que verte,
se sintió ya fortalecido, do suel te que desmontó del ani­
mal sin ayuda alguna: so postró de seguida á los piés del
mismo, puestos los brazos en cruz sobre el pecho, y ver­
tiendo lágrimas de gozo, le dió las gracias por la salud
f]ue solo con su vista 1c había comunicado. Una paralítica
llamada Agustina, no teniendo quien la llevase á nuestro
— 186—
Sanio, le envió á decir rogase ñ Dios por su salud si le
convenía. Esle lo mandó un bizcocho, y apenas 1c lomó
quedó enteramente buena.
No hay mal on la ciudad, quo no haya bocho Dios,
dijo el profcla Amós. Habla del mal de la peno; de las
enfermedades y dolencias que envía el Cielo para purgar
las almas, aumentar sus móriEos y probar á los esco­
gidos; poro previno lambien contra todo mal antes el re­
medio, enviando á San Francisco de Paula contra lodas
las dolencias ó enfermedades. Los lamparones y aposte­
mas do csla especio, solo con locarlas quedaban reme­
diadas. Asi sucedió á una señora de Paterno’, que estaba
lan lastimada do semejante mal, que parceia se ahogaba
inevitablemente: pues bien, la locó con sus manos el
bendito Padre, V al instante quedó sana. Sansón Corusio,
clérigo de la ciudad de Caulánsaro, adoleció déla propia
enfermedad, la cual le impedia, no solo comer, si que
también respirar: fué presen lado al celestial médico, y
tocándole con sus dedos la causa del mal, quedó bueno
al motílenlo. Otra señora de los alrededores de Paterno,
llegó á estar desahuciada á consecuencia del mismo acha­
que, y cuasi moribunda: fué conducida al prodigioso
Calabrés, quien luego que la vió, la tocó, y sin nías dili­
gencia, curó perfectamente.
Francisco Siilio padeció por mucho tiempo grandes
fatigas y dolores á consecuencia de una quebradura. He­
chas las diligencias posibles para sil curación, y viéndose
sin esperanza alguna de remedio, por haber sido todas
ellas infructuosas,-se dirigió á nuestro Sanio Patriarca, y
postrado á sus plantas, le suplicó con muchas lágrimas 1c
diese al gnu alivio para tanta aflicción. Aquel, entonces,
le tocó con sus manos, y al momento quedó con salud y
consolado. Durable Mielo, do Paterno, cayó de una emi­
nencia, quedando sobre su desgracia, con unos dolores
intensísimos. Sus domésticos fueron con él corriendo en
busca de un cirujano, y en esto encontraron por casua­
— 187—
lidad al bendito Francisco en el camino, el cual, infor­
mado ild motivo de lanía prisa, dijo: «Mucho sicnlo, que
»por cansa lar. ligera lia vais lomado esla fatiga; y tocán­
d ole á seguida el brazo, añadió: Volveos á casa, quo
adentro de quince dias lemlreis completa salud.» Luego
de pronunciar estas palabras desaparecieron los dolores,
y al espirar el término que habia señalado, quedó del
todo bueno. Oh Francisco, no fuera tan admirable vuestra
virtud, á no obrar prodigios de cuanlas maneras son es-
cogilables!
Solo con dar á oler nuestro Padre el zumo de la yerba
centaura esprimido por el mismo á una muger que os­
laba muy desconsolada á causa de un achaque que 1c
impedía mover la cabeza, quedó curada. Salvador Bueno,
de Rioglano, se encontraba en lan mal estado que no
podía mover el cuerpo de un lado á otro por los acerbí­
simos dolores ciáticos que de continuo le mortificaban.
Se hizo conducir á la presencia del Santo, y no 1c dió á
sn súplica mas contestación, sino que se fuese á trabajar.
El enfermo le conLcstó: Que cómo lo liabia do verificar
atendido su mal estado, según le liabia ya informado?
En oslo y sin mediar otra cosa se marchó, pero viéndose
después de unos dias en peor situación, y por lo mismo
mucho mas afligido, volvió á pedir remedio á Francisco:
«Tú, le dijo, 110 tienes voluntad de tener salud; por ca­
ridad ancla á corlar aquel árbol seco,» Obedeció, le corló
y quedó como si jamas hubiese padecido semejante en­
fermedad.
Bclirio do Flores llego á eslar á plinto de morir de
una calentura postílenlo, y una parionla suya recurrió
por remedio al bueno do Francisco, quien le ordenó co­
ciese unas yerbas, que le dió, y que bebiese de aquella
agua; ella lo hizo así, y con dicho cocimiento quedó al
momento sano. Después do. mucho tiempo volvió á en­
fermar gravemente dicho Bclino, en términos de haberle
administrado el Sanio Oleo y de estarse disponiendo su
— 188 —
funeral. Sus deudos acudieron, no obstante, á nuestro
Santo, y enterado que fue, Ies dijo: «Por caridad, id al
jorio V coged una anguila; hervidla con agua; dádsela á
»comer al enfermo, y no dudéis que sanará.» Fueron
seguidamente, y 110 habiendo podido coger sino una tru­
cha, volvieron y se lo manifestaron, á lo que el Siervo del
Señor le respondió: «Que también la trucha era buena,
jf>quc se la diesen.® Se la dieron en efecto, y así quo la
comió quedó libre de su enfermedad. Enfermó de muerto
un niño de pocho, sin que los físicos encontrasen para él
remedio alguno, v en su vísta el padre del mismo, afli­
gido, recurrió á nuestro Santo, y hecha que le fué la re­
lación de la dolencia del niño y do su estado, le dijo:
«Que sacase del rio uu cangrejo y se lo llevase, que con
sello sanaría.» Considerando, sin embargo el padre, lo
cslraño del remedio vaciló; pero conocedor de que por
rara que rue.se la medicina daba con ella la ¿alud, se de­
terminó á llevar el cangrejo al moribundo niiío, el cual
así que se le dió, principió á reírse, habiendo quedado
con esle selo remedio del todo bueno.
Fuera nunca acabar si se hubieran de referir la gra­
ciosidad, que en algimas curas ejercia nuestro Santo
fundador, y las diversas enfermedades que curaba, con
medios lan poco conducentes, pero lo que 110 es posible
omitir, es la prontitud en dar la salud á cuantos en su
presencia ó en su memoria se ponían. El indicarle solo
la aflicción de un enfermo, era para él un riguroso pre­
cepto, que obligaba á consolarle, porque su ardiente
caridad miraba á todos como á propios hermanos, sin
preguntar jamás si el que se presentaba era paisano, fo­
rastero ó si bienhechor, puesto que á todos igualmente
acariciaba, amparaba y consolaba, y todo esto era por­
que consideraba á cada uno hijo y criatura de aquel
Padre celestial, al que lan tiernamente amaba.

FIN DEL LIBRO SEGUNDO.


LIBRO TERCERO.
Contiene desde su partida de Calabria, para
fundar en Sicilia, hnsia su arribo á la ciudad
de Am boise, en Francia, .¡unto á la cual
sale el Delíin á. recibirle.

CAPÍTULO PRIMERO

Parte de Calabria para Sicilia: Su viaje y socorro ini'a<jroso


de pan.

No es pondcrablo lo que por doquiera corria va la


fama de la virtud del mínimo Francisco: muchas eran las
alabanzas de nuestro bendito Padre, y laníos los prego­
neros de aquella, cuanlos eran los que oían hablar de sus
porlentos, y laníos, en lin, sus elogios, cuantas vcccs se
negaba á tratar do su persona; de tal manera, que por
todas paites se iba eslendiendo maravillosamente su
nombradla y opinión; dando esto motivo á que los veci­
nos de Milazo, en la isla de Sicilia, le deseasen fervoro­
sos y le pretendiesen diligentes, suplicándole por cartas
y mensajeros, pasase á fundar convento de su nneva Or-
— 190 —
den, cuyos religiosos, por su ejemplar vida y rígidas cos­
tumbres Icnian admirada, á la vez que edificada, á tuda
la Italia.
Viéndose entonces nuesLro Fundador solicitado de
uoa parte, alentado de otra, y rogado de todas, porque
el muy ilustre Sr. Pino, Arzobispo de Coscncialc anima­
ba sin cesar para quo continuase en sus fundaciones, lo
consultó con Dios por medio de la oracion, y mandó al
mismo tiempo á sus hijos, que con sus santos ejercicios
le ayudasen en semejante lonco. Ordenaba el ciclo estas
pretensiones é instancias; y por lo mismo, qué otra cosa
le liíihia dedielar, sino que pasaso al punto á la precitada
isla? Dejó sus convenios prevenidos; sus religiosos bien
impuestos cu lodo cuanto mandó; nombrados prelados
con el titulo de correctores, y consolados ¿domésticos y
oslraños. Dadas semejanLes disposiciones, eligió por sus
compañeros de viaje al venerable padre fray Pablo de
Paterno, y al siervo del Señor fray Juau de San Lucido;
saliendo de la primera de estas dos ciudades el año l í 6 í .
Su prevención do viaje era la misma que aconseja
en el Evangelio Cristo nueslro sumo bien, quo es cami­
nar desasidos de todas conveniencias los que se preciaren
de discípulos suyos; y en realidad viajaban conliados en
la divina Providencia, pues que por cuenta suya corre
siempre socorrer á tiempo á cuan los en ella con lian.
Pronto; muy pronto experimentó esta solemne verdad lan
sania compañía; porque habiendo llegado á pasa-)1por la
villa do liorelo, jurisdicción do los duques de Monleleon,
el dia primero de Abril del referido año, se encontraron
con unas nueve personas, quo se dirigían Inicia Terra-
nova, entre las que iba un sacerdote de Atenas llamado
Bcrnatdino.
Después do haberse saludado corlesmcnle, lijó nues­
tro santo la vista en diclio sacerdote, á quien pidió le hi­
ciese caridad de un poco de pan, porque sus compañeros
iban ya necesitados: nosotros, respondió, lo andamos
— 191 —
también buscando de lugar en lugar, por lencr la misma
necesidad, y no lo encontramos; ojálalo lleváramos, que
para todos los habría: «Por caridad, replicó el Siervo de
dDío í , que lleváis pan en las alforjas, y no es razón pa­
dezcamos laníos; sacad de allí, que yo se habrá para
&lodos.» Oyendo eslo, se miraban unos á otros, y se
preguntaban ¿quién era el que lo llevaba y lo ocultaba
en tiempo de lan grande necesidad, ó en qué alforjas iría?
Todos se encogían de hombros afirmando no podía ser
posible, pues (juo siendo lodos amigos, y habiendo ido en
su busca por toda aquella comarca, aunque infructuosa­
mente, no liabia de dejar perecer de hambre, el quo lo
lu viera á los demás, en circunstancias tan apremiantes:
«Pues bien; dijo el bendito Padre, por caridad dadme
^aquellas alforjas, que en ellas hay pan, señalando á los
»que llevaba el sacerdote; y seguidamente añadió: Vues­
tro ministerio es.sustentar las almas de otro pan divino,
ay ahora queria el Señor, que en vuestras alforjas en—
>conlicmos el que sustenta los cuerpos.»
Luego que lomó aquellas en sus milagrosas manos,
sacó de ellas un pan blanco y lierno, dejando á lodos
suspensos y admirados: levantó entonces los ojos al ciclo,
y echándole su bendición, le fue distribuyendo á lodos,
viéndose en el acto palpablemente dos prodigios; uno,
que por mas pan que á cada individuo repartía, este no
se disminuía, y otro, el sabor lan cslraordinatio que en
el mismo percibían. Iin vista de ello, el espresado sacer­
dote y compañeros le rogaron tuviese á bien continuasen
lados el camino hasta la ribera, donde decia so habia tic
embarcar, y Francisco condescendió gusloso á semejante
pelicion; sirviéndole de fundamento el pan milagroso
para tratar de la celestial dulzura que esperimentan las
almas puras con el pan del Sacramento; añadiendo otras
ttúslicas conversaciones, que á lodos tenia pendientes de
su boca, en los tres días que viajaron de compañía,
liasla llegar al puerto de Gatuna, á visla del Faro de Me-
— 192,—
sina, donde, aunque con sentimiento, tuvieron que des­
pedirse.
El filósofo genlil Ovidio, que floreció on Roma en
tiempo de! emperador Augusto, era de opinion que la
isla cié Sicilia estuvo un día unida ú la Calabria, de la
que la separó, lal vez alguna furiosa tempestad, ó la
violencia ¡le algún gran lemblor de tierra; mas ahora, e-slo
cierto, media enlrc ella y el conlinenlc el estrecho que
une tos mares Tirreno y Jónico, que vienen á sordos di­
visiones del Mediterráneo. Tiene dicho estrecho de largo
cinco leguas y dos tercios dcN. á S.; y en su entrada
septentrional, enlre el cabo Taro en Sicilia, y é ld e la
Torre del Caballo en Nápoles, tiene de ancho 3000 me­
tros; frente de Mesina su anchura es de 7000 , y en la
entrada meridimal c.s su ancho de tres y cuarto leguas.
En lo genera! os profundo, sin que la marea guarde
regularidad alguna, y la corriente es mucho mas violen­
ta cuando se dirige ai S, que cuando lo hace hacia el N,
El flujo y reflujo se verilica en ese estrecho cada seis
horas con cslremada rapidez. Los navegantes deben evi­
tar al E. de la entrada septentrional los peñascos do Scila,
y frente de Mesina el sumidero de Caribdis, que está en
la costa occidental; y noobstanle de haber sido lan te­
mido de los antiguos, en el dia se pasa sin peligro, y en
especial si el viento del S. no reina con impetuosidad.
Este estrecho lomó el nombre del Faro, que se levanta
cerca la entrada del puerto de Mesina, y en él fué donde
nueslro bendito Francisco obró aquel milagro inaudito de
pasarle navegando sobre su manto, con sus dos compa­
ñeros de viaje. El sacerdote liernardino y demás, que le
acompañaban, do que poco anles nos ocupamos, que no
iban muy distantes, á las voces de los marineros y do
muelles pescadores, volvieron la vista y les vieron; quo-
dando estupefactos de admiración.
CAPÍTULO II.

Prosigue au viaje nuestro Santo: pasa el Parodie jlícsinn sobre


¡m manto. Maravillosas circunstancias que acreditan este
portento.

Estando el bendito Francisco en la ribera del mar


con sus dos compañeros de viaje, junio al lugar de Ca­
loña, vió una nave forastera, que estaba ya Helada, para
atravesar el l;aro de Mesina; y acercándose al patrón,
llamado Pedro Coloso, le dijo coñlodo rendimiento: «Por
icaridad, hermano, que nos paséis á Sicilia en vuestra
j»navc.» La gente que la tripulaba, no conocía al parecer
á nuestro fundador, y con aspereza marinesca y poca cor­
tesía loconlesló: «Que sino pagaba el Hele, no les que­
rrían pasar: Guíeos el Señor, replicó el Siervo de Dios.»
Viendo entonces que zarpaban ó levaban anclas, se apar­
tó un poco, y consolando á sus compañeros, bien tristes
de ver se les frustraba el viaje, por no tener dinero, ni
esperanza do tenerle: «Pidamos al Señor, les dijo, que
»nos le dé, y pongámonos en oracion.» Se arrodillaron,
y habiendo orado un breve rato se levantó, y les dijo:
<cEa, hijos, nave tenemos con la gracia de Dios.» Y di­
ciendo eslo, so quilo el manió, haciendo de seguida ade­
man de tenderle sobre las aguas.
Fray Juan de San Lucido, varón cslrcmadaincnlc .sen­
cillo, dijo entonces: Padre, que queréis hacer? Hijo, res­
pondió Francisco; «El Señor nos lia proporcionado una
— 104 —
»navc mas segura; sobre este manto pasaremos, v llega—
» remos mas pronlo al puerto, que la que nos negó el pa-
»sage.» El padre fray Pablo, como persona mas pru­
dente, no puso dificultad alguna en el milagro, que espe­
raba; pero el fray Juan, sonriendo dijo: «Tomo, Padre,
seslc manto nuestro, que es mas grueso, está bien tejido,
»y nos sostendrá mejor.» Reconociendo nuestro Santo su
simplicidad y sencillez, le respondió: «Dueño será el nues-
slro, hijo, poneos el vuestro y rezad, que habéis de entrar
»en el estrecho del Faro con nosotros* Replicó, sin cm-
íbargo, sepa Padre, que es muy delgado esc manto, tnas
js í lo manda la obediencia entraré.:» Todos estos rodeos
no eran sino miedo por parte de fray Juan. En esto ten­
dió nuestro buun Francisco su manto .sobre el agua, y
hecbala señal de la cruz, se puso de pié encima de él; á
su lado de rodillas el padre fray Pablo, y mandó al mie­
doso de fray Juan se sentase á sus piés, lo que verificó
ya sin el menor temor, concluida que hubo su oracion.
Asi colocados, levantó el Sanio una parte de su manto; y
haciendo de ella vela, v de su báculo mástil, partieron
del puerto con celestial alegría.
Comenzaron á navegar con prosperidad y seguridad,
cual si lo hicieran en un navio de alto bordo. Y cómo
podia dejar de encontrar bonanza esta nave milagrosa?
Y cómo el mar rendido podia dejar de presentar sus
aguas en copos do cristal, si es esta la vez primera que
sus ondas estaban viendo al sol de tan inflamada caridad?
Así es, que nueslro Santo navegaba sin recelar tempes­
tades; sin temor á los naufragios, y sin miedo alguno á
los escollos ó precipicios; porque su ardorosa caridad le
impulsaba de continuo á cautivar y ganar mas y mas
almas para el cielo, y ver en oslo cumplidos sus ince­
santes anhelos.
Corria por el Faro aquel nuevo y nunca visto bajel,
engolfado en alta mor, cuando observaron los déla nave,
y otra mucha gente que pascaba por la playo, aquel pro-
— 195 —
tJig-io; y uLónilos de lo que estaban viendo, ni ú pronun­
ciar palabra alguna acertaran. Vcian, sí, á Francisco y
compañeros sobro las espumosas ondas, navegar con lal
sosiego y serenidad, cual si por tierra firme caminaran;
liasla que por último hicieron reparo, en que solo era un
leve paño el barco con que navegaban, mejor y con mas
velocidad, que con un buque de alto bordo pudieran ve-
rilicarlo, aumentando en estremo su admiración. Los de
la nave principiaron á llamarle con senas y alias voces,
diciendo!o esperase y entrañan en ello; mas viendo que
no lo podían conseguir, le pedían perdón con muchos lá­
grimas, de su yerro y poca caridad. Era espíritu supe­
rior el que guiaba á nuestro bendito Padre, y por oslo
mismo, ni admitió ofertas, ni se rindió tampoco á súpli­
cas, continuando su viaje hasta dar fondo en el puerto
do Mcsina. mucho antes que la precitada nave.
Y cómo habia de permitir el cielo quedase oculta, ó
se aminorase ton estupenda maravilla? Habia en la playa;
según se ha dicho, mucha gente, y cuando le vieron des­
embarcar de aquella milagrosa nave, con sus admiracio­
nes y veneraciones, que como á Santo daban á nuestro
Francisco, convocaban muchísima mas, Oiiicn es cele,
dirían, al que también el mar y los vientos obedecen?
Palíaseles responder con aquellas palabras del profeta
rey: «Por el mar son sus caminos; entre muchas aguas
uson sus sendas, mas sus huellas no se conocerán.» Es­
laba aquel cubierto con el maíllo de la santa caridad, y
no podia por ello mismo padecer naufragio.
Es Mesina ciudad populosa; fortificada, y con un afa­
mado puerto de mar, de la isla de Sicilia; capital déla
provincia de su nombre; residencia de todas las autori­
dades superiores de la misma, y de una Silla Arzobispal.
Pues bien; luego que nuestro Sanio pisó su territorio,
tomó su manto y se le puso lan enjillo, como si el agua
no le hubiese llegado á locar: Se divulgó, cual chispa
eléctrica, la noticia del nunca oído prodigio, y admirado
— 196 —
el público, acudía presuroso á besarle el hábito, á tiempo
que los marineros de aquella nave, en la que no se le
quiso admitir, se postraban á sus pies, pidiéndole con
muchas lágrimas perdón de su yerro, y reverenciándole
lodos como á un Angel, enviado del ciclo á aquel país.
Antes, empero, de con fumar nuestra narracciou, no po­
demos dejar de dará conocer dos circunstancias mara­
villosas, que van anejas á didio portento.
Es la primera, que no contenta nuestra santa madre
la Iglesia con acreditar dicho prodigio, autorizándole
para perpetua memoria un el proceso, que desu orden se
instruyó para la canonización de nuestro glorioso Pa­
triarca, quiso el papa Gregorio (léciniolercio,, se pintase
sobre su manto, en la forma misma en que pasó el es­
trecho del Faro, en aquella sala del palacio pontificio,
que por su nombre se llama Gregoriana, para mayor
autoridad y certidumbre de tan estupenda maravilla. Y la
segunda, que después que sobre este gollo puso Fran­
cisco sus benditas plantas, ha perdido tanto su soberbia,
que se deja pasar con seguridad en cualquier barco, por
pequeño que sea, y por biso ña 6 inesperta la persona
que le gobierne; y si una que otra vez se ven llevar de
la rápida corriente los que le dirigen solo con invocar
su santo nombre queda el barco sin peligro alguno, y
ellos sin temor de navegar; de modo, que desde entonces
-se esporimenta en el mencionado paso un continuado
milagro,
Y para que se vea cuanto procuraba el cielo, que no
se olvidase en aquel pais la memoria do semejante ma­
ravilla, dispuso que el patrón do la nave, que se negó á
pasar el Faro en ella á nuestro buen Padre y compañe­
ros, llegase á una avanzada edad, quedando imposibili­
tado, por los achaques propios de la vejez, para conti­
nuar en el desempeño de la palronía, como asimismo,
que so retirase á Álilaro á esperar el fin de sus días. Esle
mismo hombre, pues, concurría diariamente á nuestro
— 197 —
convenio de Jesús María, en la anlcs dlclia ciudad; y en­
trando de ordinario en la capilla do nuestro Sanio Pa­
triarca, puesto ante su imagen, se licria el pocho, ver lia
copiosas lágrimas y con mas suspiros que palabras, decía:
«Ay de mi, pobre miserable, sin caridad: Perdonadme
»Sanlo bcndilo: Ay triste de mí. que no mcrcci vuestra
compañía!»
Cosa lan repetida, á la vez que tan sentimental, liabia
de llamar precisamculc la atención de los religiosos,
como así, en efecto, sucedió; dando ello motivo áque,
acercándose al mismo el padre fray .Maleo deAncona,
de rancha suposición en el convenio, le preguntase la
causa de tan sentidas demostraciones; animándole á que
con loda franqueza le descubriese si le alligia alguna
necesidad espiritual ó temporal, quo se la remediaría,
cnanto sus fuerzas alcanzasen: «Nada luigo yo en desha­
cerme en lágrimas, contestó el viejo, n í satisfaré mi
culpa y vileza de ánimo, por grande que sea el senti­
miento que yo demuestre; porque soy, por mis pecados;
>nc|uel mal patrón sin caridad y sin Dios, quo negó su
cave á vuestro Padre San Francisco, cuando quiso pasar
sel Faro de Mesina, por no poder pagar el líete. Yo le. vi
scruzar este estrecho de mar sobre su manto con sus dos
compañeros, sin haber, por mi corazon avaro, hedióme
j)merecedor de su santa compañía: ya le vemos entre los
»santos del cielo, y por esto mismo me vengo lodos los
Mtias á esta santa casa, y postrado delante de su mü;t-
»grosn Imagen, le pido, "con estas ansias y lágrimas, su—
Aplique á su Divina Majestad uto perdoné lo mal que le
«trate, y los demás pecados mios.»
El religioso le consoló de su aflicción y profundo
dolor; y el retirado y anciano marinero, contaba el inau­
dito prodigio á infinita gente, que acudia á oírlo de su
propia boca. Sea el Señor por siempre bendito y alabado,
que asi á sus Heles siervos glorifica; y nosotros anuda­
remos el hilo de la interrumpida narración.
CAPÍTULO III.

Apcilus pone an tierra el yie, resucita á un ahorcado de tres


clíasj y le vist", á petición suya, su santo hábito, Prosigue
su viaje ¡i Milazo sin dctcnoñse cu íJesina: llei'ibimieHta,
que ou dicha ciudad lfi hicieron, y milsgro.s que cil ella
obró. Determina regrosar a Calabria.

No bien hubo puesto el pié en tierra nuestro bendito


Padre, y estando todavía los circunstantes admirando el
prodigio dül paso de! Faro sobre su manto, y celebrando
sus maravillosas circunstancias; cuando á los poces pasos
dio en 1111 sitio, llamado pozo de los empicados, por estar
destinado para ahorcar ú ajusticiar á los malhechores, en
el que á la sa/.on había un hombre pendiente de la horca,
tres Jias ya ejecutado. Conmovido el caritativo corazon
de Francisco en vista de Lan triste espectáculo, mandó á
Tin» do sus compañeros bajase de ella aquel miserable,
que solo el mirarle causaba horror, por su hinchazón y
estado de putrefacción en que habia ya entrado, el cual
trató de escusarse de poner en practica lan repugnante
precepto; pero vuelto entonces á fray Juan nuestro Santo,
le dijo: «Por caridad, vd, y corla aquel cordel.» Le obe­
deció al momento, y puesto éste, en el entretanto, en ora-
cion con los ojos levan lados al cielo, dieron seguro in-
— 199 —
dicio del aféelo con que oraba, los resplandores que se
le observaron en su rostro, y lo mucho que el interior se
le inflamaba en el amor do Dios y de su prógimo. Do se­
guida se puso nuestro Fundador acompañado clel padro
Pablo bajo de la horca, y haciendo sobre el cadáver la
señal de la cruz, dijo: «Én el nombro del Padre, del Hijo
»y del Espíritu Santo, corla el cordel, fray Juan,» Asi lo
hizo éste, y al instante cayó el difunto cuerpo en los
brazos de Francisco. ¡01) maravilla sin igual! Apenas le
locó revivió ya; comenzó á moverse; se sintió con vigor;
plisóse en pie, y atónito sin saber lo que lo pasaba, se
arrojó á tos suyos, bañado en lágrimas, diciendo: «Oh
9Padre mío santísimo, quien tuviera rail vidas para pagar
i>cstc lan inmenso benelicio de haberme librado de la
jnimerte temporal! Rucgoos me libréis también deta eter-
iona, de que no soy digno por haber ofendido ú mi Dios:
«Dadme, sanio mió, el hábito do vuestra sagrada orden,
-para poder mejor conseguirla.» Condescendió con su
suplica nuestro buen Padre; y vivió y murió, observando
el rigor de la misma como un perfecto religioso.
Cerca del precitado sitio existía una Iglesia, Ululada
del Santo Sepulcro, y volviéndose nuestro Padre Fran­
cisco á sus compañeros de viaje, les dijo: «rQuc en ella
»sc fundaría un convenio de su órden.» Vaticinio que se
vió cumplido cualro aíiosantes do su gloriosa muerto, ó
sea el do 1303 . Dirigió despues la vista á la ciudad do
Mesina; ccliólc sil bendición, y dejando aquel camino,
lomó el de Milazo, (lisiante del que seguía como un tiro
de escopeta, hacia la parle Occidental ó de Poniente.
Es Milazo una ciudad de reducido vecindario, pro­
vincia y diócesis de Mesina, de la que dista poco mas de
las cinco leguas; es cabeza de territorio, puerto de mar,
y está algún lanío fortificada. Estaba ya esperando á
nuestro Sanio la nobleza, concejales y la mayoría de los
habitantes de lodos sexos y edad. Demostraban los mili»—
canses con entusiasmo la alegría con que le recibían, ya
—200—
besándole á porfía su hábito ó su mano, ya suplicándole
con grande aféelo les bendijese, como á Santo, que Dios
les enviaba. El gobernador trató de hospedarte en su casa,
mientras se disponía silio acomodado para la fundación;
pero Francisco no consintió ser hospedado en casa alguna
particular, eligiendo para hospedaje un hospital ó refugio
de pobres, por el gran consuelo quo recibía su corazon,
de verse cnlro olios. Su entrada cu la susodicha ciudad,
fuéá fines del año 11 G¿; siendo entonces su edad la de
■Í8 años, y cerca do 30 la de su religión.
Le propusieron con brevedad aquellos ciudadanos,
que eligiese sitio acomodado para verificar la fundación,
yol bendilo Padre le eligió eslramuros, siguiendo su
conslanlc costumbre observada en la creación de sus
conventos. Llegada la ocasion de dar principio á la fá­
brica* fue cosa tle admirar el aféelo y voluntad con que
todos, sin distinción de clases concurrieron; porfiando
sobre quien lomaría mas parte en la construcción de
aquella Iglesia; viéndose unidos, no sin maravilla, el
amor y el arte en dicha obra, supliendo aquel la falta de
esle. Se carecia de maestros directores, pero Dios premió
el celo con que lodos asistían; de tal suerte, que no se
necesitaba de maestro alguno. Vino el caso de tenerlos
oficiales que colocar dos piedras para perfeccionar la
puerta del Icmplo, mas su pesadez era tal, que veinte
hombres no bastaron para subirlas: so acercó en eslo
Francisco, las tocó con sus manos, y tas aligeró en tér­
minos, que las puso en su puoslo, cual si fueran dos plie­
gos de papel. No ha parado aquí esle prodigio; porque
muchas personas piadosas que acuden de diversas parles,
lian intentado varias veces quitar alguna parLccilla para
reliquia de aquellas milagrosas piedras y jamás lian po­
dido hacer en ellas la mas mínima merma, siendo pro­
videncial se perpetúe la memoria del mencionado por­
tento.
Durante la fundación del convento, dispuso abrir un
— 201 —
pozo para socorro y servicio del mismo, y como aquel
dista dol mar solo uno milla, todas las aguas del contorno
son salobres, según igualmente lo fueron las del pozo
abierto, que probó en efecto, nueslro bendilo Francisco.
Entonces la bendijo, haciendo en ella la señal de la cruz,
y volviéndola á sacar, se encontró ya dulce y sabrosísi­
mo: ccSea bendilo el Señor, dijo á sus religiosos, que
»nos ha proveído de agua dulce; mas advertid ó tened
^entendido, hijos, qne lo será tan solo, lodo el tiempo
3}que mediase desde el dia de hoy, hasta el que en csla
siniestra casa se habrá hecho una cisterna, en !a que se
recojan las aguas del cielo (ó pluviales); purque enton­
ces este pozo volverá á darlas, como las habia ya dado,
»scgim su naturaleza.» Habían trascurrido sobre quince
años, después de concluida la fabrica del convento, cuan­
do se hizo la cisterna que hoy lienc, 6 instantáneamente
queso recogieron en ella las pluviales necesarias para el
servicio del mismo, volvieron á su primitivo estado de
salobres, en cumplimiento de la profecía de nuestro glo­
rioso Fundador; pero no por ello son aquellas inútiles;
pues que muchos enfermos acuden por devoc-ion a beber­
ías, y sanan ó mejoran de sus dolencias,
Hay una alhaja en el espresado convenio, muy pre­
ciosa, cual es una campana, que nuestro buen Padre hizo
fundir de una gran suma de melal que el rey D, Fernando
de Rapóles y Sicilia, llamado el primero, le dió, proce­
dente de la confiscación de los bienes de una muy cre-
cida cantidad de moneda falsa; cuya campana es tenida
por el pueblo en mucha veneración, así por ser memo tía
del Santo, como por las mercedes, que por medio de ella
concede el cielo a sus moradores. De aquí es, que al mo­
mento que los marineros observan prenuncios de tempes­
tad, acuden presurosos al convento de los Mínimos se­
guros de que locando la campana, cesarán los amena­
zantes señales de tormenta; porque sosegúndase el mar,
se minora ó suspende el temor de los daños que pudie­
— 202 —
ran ocasionarse á los bajeles que navegan ó andan por el
Faro.
Mientras Francisco permaneció en la isla, se \ió en
ella otra Nínive convertida; tales fuero» las fatigas úc
nuestro Santo en mejorarla. Predicaba con aquel ardiente
y divino celo que el Señor le había infundido, no solo
con su ejemplar y mortificada vida, si que también re­
prendiendo á linos, avisando á oíros y reformando á lo­
dos; templando á la vez con la dulzura de su decir el
rigor du la repronsion, y disponiendo con su celestial ca­
ridad á cuantos pensaban reformarse: de modo que cual
otro Elias, era seguido de los sicilianos, deseando ha­
blarle, tratarle ó conocerle; considerándose por último,
como muy dichoso el que lograba besar su hábito ó su
mano, ó bien comunicarle alguna necesidad corporal ó es-
pirilual. Y deseando despuesdesu afanoso celo por la
conversión de los habitantes de aquella isla, acudir á los
conventos que liabia dejado en tierra firme, determinó
regresar á ella, no sin admitir las ofertas que se le hi­
cieron, de nuevas fundaciones, con lo que dejó ¿todos
consolados.
En otra ocasion relalaremos alguno que otro, de los
muchos milagros que hizo nuestro Santo en filazo, y
que por descuido cierlamenlc muy sensible, no se formó
la menor acta de ellos para perpetuar su memoria; pero
por fortuna una constante y no interrumpida tradición
popular nos los Lia trasmitido.
CAPITULO IV.

Despulida de losniilíicenses, rr^resa :í Pfiternu:;i¡egre ¡iplauso


de torios sus paisanos. Acuden infinidad de enfermo*.y obra
■Mi un di:i mas de trescientos milagros; dando la ¡salud ¡i
canutos lft bascan, le desean visitar, ó á sus oraciones se
^iccumendan. Resucita ú un -sobrino sur o, ds tr*s dias
muerto, y le viste s¿u hábito. Visita sus conventos j reme-
din uu dauo que las avispas causabíui ásus religiosos.

Habiéndose despedido nuestro bendito Francisco do


todü el pueblo en la ribera del mar, que hasta de allí le
acompañó con universal senlimicnlo de sus devotos, se
embarco para volver á Calabria, apollando en Caloña
cen feliz, navegación, y lan luego puso los piés en lierra,
se vió ya rodeado de siis paisanos. Era lal la aclamación
pi'i todos los pueblos que pasaba, lan grande el regocijo,
y tan esccsiva la alegiiay que parecía ser divino impulso
ol que para laníos aplausos les movía: lodos salían á su
encuentro ansiosos de verle, oírle V pedirle su b&ndlcion;
encomendarse á sus oraciones y ofrecerle afligidos sus
epítimos, y á lodos les oio, agasajaba con celestial afa­
bilidad y consolaba.
Llegó á Palerno, ciudad de su refugio, retiro de su
reiuigmiienío y lugar de su consuelo. Quién podrá espli-
car las demostraciones do júbilo con que los palomeaos
— 204 —
celebraron su regreso? Ya hemos y u c IIo á recobrar,
decían en sus aclamacionos públicas, nuestra antigua
joya, nueslro seguro amparo y singular alivio, y 1c dahíin
al tiempo mismo amorosas quejas por su dilatada ausen­
cia. El concurso que acudió de la comarca lodo lo inun­
daba, caminos, calles y hasta el convento mismo; de
modo, que ni aun visitarle se podia. Francisco, sin cra-
bargo de lan escesivos aplausos, como árbol bien an¡li­
gado y como piedra bien fondada en humildad, era
inmutable á tantas alabanzas.
Bien aprobaba el Cielo su gran desasimiento, ofre­
ciéndolo por momentos millares de ocasiones para sus
mayores créditos, sin riesgo alguno de que peligrase lu
profundísima humildad de dicho su Siervo, Los procesa
de su Canonizar-ion loslilicaii los innumerables milagro
que obró solo en Paterno, donde hubo dia que visible­
mente hizo mas de trescientos. Fuesen paralíticos ó de
cualesquiera oirás dolencias las que se le presentaban, a
todos daba salud sin distinción alguna, y aun cuando
estuviesen ya difuntos, les resucitaba enviando á lotlos
consolados. Díganlo sino las curaciones de Gregorio
Marsa, Antonio Durante, de Nicastro, y olios inlinilus
que omitiremos en gracia á la brevedad, los cuales,
puestos en su presencia recobraron la perdida salud. Sin
embargo, narraremos sucintamente algunos de los roa?
notables por sus particulares circunstancias.
Roberto det Burgo, tic Cosencia, escritor de gran
fama en materias eclesiásticas, enfermó de la mano de­
recha de tal manera, que quedó totalmente privado ú
impedido de ella y sin poderla usar en cosa alguna. Dw
años estaba ya de este modo, siguiéndose á su casa mu­
chos perjuicios, cuando por consejo de su consorte de­
terminó acudir al bendito de Francisco, no embargadle
ser un mal inveterado y que á todas horas le aquejaba
mucho, Se encontraba este en su huertecilo de Paterno
cuando del Burgo se le prsoenló, y enseñándole la mano.
ía locó y le dijo: «La dejase asi, que bien podia escribir
jlas antedichas materias como antes.» Le propinó á pesar
de lo dicho un baño de agua hervida con espliego, y al
momento que lo verificó probó á escribir y encontró
leiicr restituida su antigua habilidad. La siguiente ma­
ñana fuó al convento á darle las gracias y al verlemicstro
Santo le dijo: «Por caridad, Roberto, que limpiéis vues­
tra casa, y dadle gracias á Dios de la meced que os lia
j IiccIio .j Bien le dió á conocer quería decide limpiase
¡>u conciencia; lo hizo asi, quedando muy agradocido á
la Magostad Divina. Doña Margarita Tedcsca perdió lo-
Itilmcnlc el uso de una mano á consecuencia de un
accidente, y solo con una yerba que le puso, quedó
buena: lo misino sucedió con una bija suya de tres meses,
desahuciada de Uos Tísicos cu la curación de un perni­
cioso tumor. A otra señora que padecía un furioso dolor
tic cabeza que la tenia á pique de perder el juicio, le
cargú sobre sus hombros una pesada piedra, para que la
llevase al convento; y habiéndolo realizado, esto bastó
para que quedase perfectamente buena.
Dios conquista las almas con halagos de paz y de
amor, y nuestro buen Padre lenia csla doctrina bien co­
nocida, y la cjcrcia maravillosamente: Su designio solo
eru atraerlos para el ciclo, no con gravedad y aspereza,
sino con cariño, afabilidad y beneficios; de aquí se se­
guía, que de dia en dia crecian ele un modo notable mas
y mas las maravillas que obraba, siendo en esto un ejem­
plar sin segundo; puesto que no solo daba la salud con lo
primero que le venia á las manos, con eslas ó con su vista,
¿i que la daba también basta con sola su memoria; con la
inlencion de acudir á su persona, ó encomendarse cíi sus
oraciones estando ausentes: verdad suprema que hemos
visto ya, v que tendremos ocasion aun de ver, durante
el curso de esta admirable historia. Y quú mas se podría
decir de un Sanio glorificado, ó que csiuviese ya en ios
Ciolus? Cierlo, que si todavía no gozaba de la gloria entre
— 206 —
los bienaventurados, se reconocen en nuestro bendito
Francisco al menos positivas propiedades de inmenso v
sublime.
Bartolomé Pecoraro estando un dia oyendo misa en
la Iglesia de nuestro convenio de Paula, flié atacado fie
una apoplegia fulminante que le privó del habla y demás
sentidos, reputándole todos por muerto: por disposición
do su familia se envió un roensage á Paterno donde a-
encontraba nuestro Santo, manifestándole la triste ocur­
rencia, el cual respondió: «Dios le ayude, por que luvo
ahincada la rodilla derecha en tierra; volveos y decidle.
>quo el Señor le ha hecho merced de otorgarle la salud >
Por señal de esla gracia le llevaron cierta cosa, que mas
á la mano encontró; so le puso debajo de la cabeza, c
instantáneamente recobró el habla y la salud, coníinnaudu
siempre en lo sucesivo en la devota costumbre de hincar
mientras la misa ambas rodillas. Una inuger que padecki
crueles dolores en un pecho, sin que bastase remedio
alguno á mitigarles por habérsele abiorlo en él varios
agujeros, se acogió á Francisco y consiguió la salud quo
deseaba. Bcrnardino de Mello, de Castellón, viéndose
atormentado de una fístula en un muslo, fué al convento,
le pidió remedio al bendito Padre y le sanó: suplicóle le
dioso el hábito do su orden y se lo otorgó, pero despues
de haber vivido en ella veinte oibs, volvió al siglo, y ¿c
resolvió, al fin, á tomar el de San Francisco en un convento
de claustrales, castigándole el Cielo aen que so le re­
produjese su achaque con mayor rigor, b por su ingra­
titud.
Admirable fue Dios con nuestro glorioso Patriarca,
concediéndole virtud para curar, fortaleza para dar vigor,
vida y alionto para todos: virtud sublimo, que cjerciii
espccialrtsenle con un sobrinito suyo llamado Francisco
Yicton. Era este hijo do Francisco, oidor del real consejo
y secretario del erario de París, y de madama Micaela
de Clerch, descendiente esta por linca recta de Brígida
Daitolila, Lía de nuestro Sanio. Pues bien, el joven Fran­
cisco lenia grandes impulsos de lomar el hábito de la
ciivicn de su bendilo lio: impulsos que su señora madre
desvaneció, lomando par causa su delicado Lernpera-
menlo para soportar el rigor de la Regla, y en especial el
de la vida cuaresmal; mas como el Señor tenia olra cosa
dispuesta, lo dió al precitado joven una enfermedad qne
por momentos le ocasionó la mu orle. La afligida madre,
atribuyendo á culpa suya esta desgracia, en vez de darle
sepultura fué con el cadaver de su querido lujo á nueslro
Francisco, y con manifiesto sentimiento le dijo: «Yo os
»lc qnilé vivo para mí, oh Francisco, muerto os le traigo,
jy pues que valéis lauto con c! Autor de la vida y Rcpn-
iraclnr de la muerte, rogad á su Divina Magostad le
¿resucite, y desde luego os servid de él con vuestro
i>sanlo hábilo.» Entonces mandó á dos religiosos llevasen
el difunto á su celda, cerró la puerta de ella y puesto en
mv.cion, perseveró, asi toda la noche, hasta que por la
mañana á la hora de prima fué con él al coro ya resu­
citado; dispuso traer recado para vestirle el líáhilo, y
después de recibido, lo acompañó á la casa de su señoril
madre: puestos ya en ella, mandó al novicio le pidiese
su bendición, y dada que !e f«ct se despidieron con
grande gozo, subsistiendo y muriendo en la Religión con
notorias muestras de perfección y ejemplo, como quien
liabia estado tres dias cabales anl'es mucrlo.
Sin embargo de sus muchas ocupaciones, no dejaba
Francisco de acudir á sus conventos. Todos los corria
diligente, solícito les vigilaba y próvido les asistía, an­
dando do uno á otro cual vigilante pastor. En sus funda­
ciones lo primero que hacia era encender en los religiosos,
sus hijos, el fuego ardiente de su caridad. Vivían con lo
preciso para sostenerse. Unas yerbas, y tal cual vez un
pescado componían lodo su idimenlo. Su vestido era
liumitdo y pobre, grande su retiro, rigurosas sus peni­
tencias y*ejercicios y continuada su oración; ganándose
— 208 —
por lodo esto la veneración del pueblo, y por último, la
sumisa obediencia á su Prelado no tenia limites.
Estando cierto dia en Paula el bueno de nuestro Fran­
cisco, mandó á sus hijos recogiesen piedra para la cons­
trucción de las celdas del convento. Fueron en efecto:
pero á la primera que levantaron, salió de improviso un
enjambre de avispas, que les acobardó, por lo atrevidas
con que picaban, y tuvieron que volverse aniy de prisa
sin llevar piedra alguna. Sabedor de ello su Sanio prela­
do les ordenó permaneciesen en el convento y él solo se
dirigió al sitio de la guarida de las avispas; mas el padre
Pablo de Paterno que de cerca le acechaba, oyó que los
decia: «Por caridad, hermanas, que habéis de perdonar y
^buscar otro albergue; porque es preciso deshaceros esto
»para la casa de Dios.» Vio como las iba cogiendo y
enriándolas al interior del bosque, mostrándosele obe­
dientes. Esta maravilla se perpetúa porque desde enton­
ces no so han visto por aquel contorno semejantes
insectos.
CAPÍTULO V.

Maravillosas profecías de San l'rn n cisco de Paniii. Rrivia don


Religiosos en socorro tic un símico que se «ncontrabu en un
<.rrandc riesgo, con otros m ilag ros. El Papa Paulo s u m id o
envía un L egado i\ que tonaura informen sobre íu vida: V a ­
ticinio y prodigio* qna obró en su presencia.

En lodo fue nuestro gran Padre Francisco un portento


singular; cscepc-ion de regla futí en todas las mnlorias, y
especialmente on el don do profecía. Una nube ora pro­
digiosa, que de conlinuo recibía do Dios avisos, revela­
ciones y misterios que por doquier difundía, cual copiosa
y bcncfica- lluvia. Léanse sino, uno por uno lodos sus
milagros, y apenas so encontrará alguno, en el que no
haya previsto, avisado ó profetizado esla quo otra cir­
cunstancia. orÑo hará nuestro Dios y Señor cosa alguna,
j»in dirá palabra, (dice el pro felá Amos) sin haber aules
>>revdado su secreto á los profetas.» Palabras aplicables
¿la letra á nuestro Sanio,
Antonio Merina, de Paterno, caminaba uno noche
muy tempestuosa por una montaña llena de peligros, á !o
'1Lie se agregaba sti gran lemor lan apocado estaba su
áiiimci, que no acol laba á dar un paso, cuando sin saber
cómo, víó dos litigiosos á sus lados, los cuales al mismo
í-t
— 210 —
liempo que caminaban, le esforzaban y consolaban; pero
esto le entristecía mas. \'icndole ellos entonces tan des­
alentado, con palabras placenteros le dijeron: «No temáis,
»Scfior Antonio, quo para las necesidades son los amigos;
»sabed, que el que tanto lo es vuestro, Fray Francisco
Btle Paula, nuestro Padre, nos lia enviado á’que os hi-
aciésemos compañía, sabiendo por revelación el peligro
»quc corríais, y si así no lo hiciera ibais perdido; porque
»el camino que seguíais, os conducía a la misma mucrlc;
Dsabed, qne estamos ya muv cerca del convenio, donde
jilo pasareis mejor.» Quedó el Antonio, no menos con­
solado que admirado: dió así que á él llegaron, agrade­
cimientos muchos y muy rendidos á su santo amigo, y
á Dios infinitas gracias.
Nicolás Quiricio, vecino de Paula, padeció en el mar
una furiosa tempestad, y después de los azares que en tan
aflictivo caso se ocasionan, tomó puerto la nave en ol
mas cercano á dicha ciudad, por la parle de Ñapóles,
Luego que tomó tierra, quiso ir á visitar á su Santo pai­
sano y consolarse con ól do su trabajo. «Ea, Sr. Nicolás,
»le dijo, contado que lo hubo la tormenta; consolaos en
»el Señor, que lodo vuestro daño se lia convertido en
abonanza; porque Dios se lia llevado hoy vuestro lujo al
»Cielo.» Nicolás principió á llorar amargamente; pues
lie como á único, lo amaba con suma ternura. El Siervo
3 el Señor le llevó á su Celda, y dispuso se le diese algo
de comer. y para aliviarle alguñ tanto de su desconsuelo,
le dijo: «Mucho seniis la pérdida temporal de vuestro
abijo, y en caridad, que no ganareis con el trabajo de
»vuestras manos hacienda semejante, como os tener un
abijo en el Cielo, gozando del que le crió para su servi-
»cio: Consolaos, y no seáis como los hombres mundanos,
»quc olvidan lo cierno por lo temporal, que yo os ase-
»guro, que antes do un año tendréis dos hijos varones:
»EI Señor, que todo lo dispone por su santa caridad y
^sabiduría, os acompañe.d Quiricio quedó consolado y
— S il —
maravillado á la vez, por lo que lo acababa de decir; se
despidió gozoso, y al tiempo oportuno vió cumplido el
vaticinio.
A Nicolás Castellón, veciDo de Paula y muy devoto
del bendito Francisco, habia curado este lina hinchazón
en la garganta, que se le hizo navegando por el mar: el
remedio fué mandarle rezar ires veces el Padre Nuestro,
V al momento arrojó por la nariz gran copia de un pes­
tilente humor, que le dejó si» dolor alguno y en com­
pleta salud. Este pues, tuvo á los pocos dias noticia de
que sti cuñado Nicolás Picardo estaba cautivo en Oirán Lo,
y á consecuencia de ello volvió al convenio, y te suplicó
órase al Señor por su libertad, á lo que aquel respondió:
aNo os fatigue ese cuidado; porque os hago saber, que
«nuestro buen amigo Nicolás, es ya manir glorioso de
»Jcsu-Cri.slo, y go7.a de la corona de su (¿loria: Vos iréis
»al Duque de Calabria, qne luego mandará se os entre­
gue su hacienda.Se despidió y marchó en compañía
de otro su hermano al duque, quien sin mas información,
que saber lo habia así dicho nuestro Sanio» mandó se le
entregasen al punto los espresados bienes; habiéndose
silbido posteriormente, le liabian en efecto martirizado
los turcos.
Un arrogante mozo ¡í quien se le habia hecho en la
garganta una apostemilla, fiado en su robusta juventud
no hizo caso do tan poco mal. Los suyos, sin embargo,
le aconsejaron se acogiese á nuestro Francisco, asegurán­
dole que le curaría; pero él no solo desatendió sus con­
sejos, si que hizo además mofa de sus curaciones. Su mal
fue tomando incremento de tal manera, que le puso en
inminente peligro y entonces por la porfía de los mismos
fue conducido al convento. El Santo puesto que fué en su
presencia, le dijo: «No quisiste venir al principio de tu
smal, vele ahora sin remedio; porque tus culpas te hacen
«indigno de la merced del Señor.» Vuelto después ü los
que estaban présenlos añadió: «Oh hermanos, en caridad
__ 0 1o __
»que consideréis cuan pequeño mal derriba á los fuertes
jinio/.os, romo y también, que nadie se lince digno de la
agracia de Dios, si no le busca con tiempo: este pobrete
■smoiirá esla noel)o sin recurso alguno.» Así sucedió, de­
jando á lodos admirados.
Belino de Floro, de Pa torno, desahuciado de los mé­
dicos que le curaban en dos moríales dolencias, consiguió
la salud acudiendo al hornillo Francisco: la primera con
beber un poco do aguaTdo la en que se cocían las legum-
hres; y la segunda con haberle ordenado beber otra poca
de la en quo se cocía una lincha. Despues de esto, le cayo
enfermo un hijo y habiendo recurrido al susodicho médico
celestial. Ic dijo: «Ésto es Bclino, el diezmo, que de ii
j&quioi’c el Señor.» Y con esta sola frase volvió á casa
consolado y muy conformado en la voluntad do Dios.
El año HG8 luibo en Calabria una notable faltado
pan, y cual otro José en Egipto, caminando desde su con­
venio de Paula hacia el monto nuestro bendito Francisco,
en tiempo de la siega encontró unos labradores y los dijo:
«liste año os convendrá sembrar lodas vuestras tierras,
»ine!usas las viñas, y así oslareis con tiempo prevenidos.i
No puede ser, contestaron; porque la actual cosecha esla
mayor que en muchos años so ha vislo: «Pues lo veréis
»siñ duda, les replicó.» Y quedó cumplido sti vaticinio,
en atención á quo on el ano siguiente hubo la mayor ham­
bre-. que jamás se habia visto en aquel pais. Por enton­
ces on que era ya estrecha la amistad do nuestro Santo
con el señor Arzobispo Pino se vió precisado a erigir
una Iglesia mas proporcionada á la nombradla que su
convento de Paula iba de dia en dia adquiriendo.
Volado habia la fama de nuestro padre fray Francisco,
la de su míe va orden y la de sus estupendos prodigios
por toda la Europa, cuando el sumo pontifico Paulo se­
gundo creyó llegado ya el caso de que la Silla Apostó­
lica lomase por cuenta" suya amparar aquella planta, tan
útil y fértil como lodos ponderaban enviando al intento
por su legado para que le informase á su camarero, do
nación genovós y de la noble familia rio los Adornos. Le
dió sus letras apostólicas para el Arzobispo de Coscncia,,
confiriendo á ambos plenaria comision, para informar
sobre la santidad, vida y milagros del celebrado Ermi­
taño. Partió de Roma lan luego, previa la bendición de
Su Santidad y llegó con brevedad á tierra de San Lucido,
donde á lo sazón se encontraba el precitado señor Arzo­
bispo* á quien presentó las indicadas letras, no siendo
csplicable el gozo del referido prelado alicer su conte­
nido.
Desde luego principio á tratar con el legado de las
maravillas, austeridad de vida, heroicas virtudes, celo
por la conversión de las almas, y laníos fueron entin los
encomios que Mzo de Francisco, añadiendo «que lodo lo
tenia comprobado con testimonios muy auténticos,» que
el camarero pontificio dejó entrever el vivo y elicáz
deseo que tendría de verle. Apercibido do esto mismo el
prudente Arzobispo, juzgó eonvenienlc que el legado to­
case por sus manos cuanto de nuestro Sanio le habia
manifestado, y cumpliría al mismo tiempo to que daba
muestras de desear, y al creció le dijo: «Monseñor,
»qnlén podrá mas bien quo vos informar de negocio lan
^importante para dar velación áSu Santidad?»
Con estas y otras palabras, en las que quiso darle á
entender lo corlo que se habia quedado en elogiar ¿ su
bendito diocesano, se resolvió el camarero á pasar en
persona á Paula en compañía del canónigo de Coscncia
j). Carlos Peni, sujeto benemérito, que ni miento su
lluslrísima le designó. Salieron, en efecto, la mañana
siguiente déla ciudad de San Lucido, cercana á aquella,
y habiendo llegado al convento entraron en la Iglesia, y
sin necesitar de quo á nuestro Santo fundador se lo lla­
mase, le conocieron; porque vieron un P*efigÍoso oyendo
misa, pero con tal compostura é inmovilidad, lijos los
ojos en el altar,, lan absorto en Dios y lan hámulo su
"214—
rostro en resplandores, que deponiendo el legado su
autoridad, se postró á sus piés do rodillas y le pidió la
mano pura besarla con lodo aféelo. Volviendo en si el
Siervo del Soñor como quien. csLaba trasportado, haciendo
rflparo en la persona que eslaba en su presencia y cono­
ciendo el objülo de su llegada, lejos de permitirlo, le dijo
con humilde rcndiiuieolo: «Por caridad, monseñor, que
»es mas ra/.on bese yo la vuestra consagraría hace ya
^treinta y ires años, que sois sacerdote dol Altísimo.
Suspenso quedó el legado, estando muy seguro que
á no ser con espíritu profélico, no podía sabor como co.sa
lija los afios que tenia de sacerdote, á causa de no lia-
berle visto ni oido jamás. Le dijo entonces, que tenia que
comunicar en su celda cosas de importancia, y habiendo
pasado a ella, y precedido las debidas cortesías, se suscitó
por el camarero la conversación sobre obras milagrosas
y rigor de penitencia, y dirigiéndose á nuestro bendito
Padre redujo su discurso á quererle persuadir de la ne­
cesidad de modificar su regla, fundado, en que se había
desviado del camino seguido por los instiluLorcs do oirás
órdenes, adoplando un rigor lan singular, é imposible de
poderse guardar, como érala observancia de la vida cua­
resmal: constitución, que estaba en oposicion abierta
con las fuerzas naturales dd hombre.
Nuestro Sanio Patriarca, que liabia estado muy átenlo
á eslas y oirás muchas razones que aquel espuso, infla­
mado su pedio y celosa su mente, sintiendo se quisiese
reducir á menos el poder de Dios y poner limite á .su
amor, con superior resolución, se inclinó á un brasero
que había mandado entrar por el intenso frío que liatfia,
y llenándose las manos de brasas y estregándolas cual
si fuesen frescas rosas, dijo: «Monseñor, por caridad,
»á quien de veras ama á Dios, ninguna cosa hay imposi-
»b!e; sirvámosle do todo corazon, que sabido es, que
»todas las cosas criadas obedecen prontamente, y se
Desfuerzan á cumplir la voluntad de aquel Señor quo
— 215 —
»cslá en el Cielo.s Atónitos estaban el legado pontificio
y el canónigo; pero penetrando el primero el verdadero
senlido de sus fervorosas palabras, conmovido entonces,
Y confundido al tiempo mismo, se arrojó á sus pies para
besarlos, mas la humildad de nuestro Francisco no lo
permitió, por mas instancias que postrado le hizo: le besó,
sí, el hábito con gran ternura y devocion, poniéndole
repelidas veces sobre sus ojos y cabeza.
Pasados estos actos de humildad y rendimiento, se
vivieron á sentar, y deseando el camarero saber los su­
rcaos de Genova, su patria, que estaba en gran conflicto,
por la guerra civil, á que dieron lugar las discordias de
Iüí dos linajes Adornos y Fregosos; suplicó á nuestro
Santo, reconociendo en él espíritu profelico, se sirviese
decirle, en qué estado se encontraban aquellas discordias
ó cuánto tiempo durarían, :i cuya pregunta contestó:
das guerras de Genova, monseñor, durarán cerca de se-
ssenla años, y después se verá en aquella república su
i tola! libertad.» El citado camarero hizo librar testimo­
nio auténtico de esía respuesta, que conservó entre sus
papeles importantes, y que por su muerte trasmitió á un
sobrino suyo que nombró por heredero. Llegado el plasto
señalado, se vio cumplida la profecía; porque duraron las
discordias civiles hasta el año 1528, ó sean !¡í) años
después de la predicción, en el que restituyó su antigua
libertad á la prediclia república, el afamado capitan y
príncipe Andrea Doria.
CAPÍTULO VI.

Hecha por el legado la probanza fifi la m ilagrosa vida de


nuestro Santo, vu elv e i Rom a con la noticia ¡í su Santidad
de lo hecho v observado por sí, v con la súplica de Fran­
cisco. sobre lti confirm ación de los privilegio!? concedidos
por el arzobispo Pirro. Por m uerte de Paulo TI, Sixto IV
r e m íte la inquisición, de la causa al obispo Gofreclo, cuya
legitim idad sabida, dá el Papa :í nllíi su aprobación: Epocas
de la confirm ación de la orden de los m ínim os. Libraá
m u ch os endem oniados, y m ilagros qu e hi/,o á prcscncin
de dich o arzobispo.

lilon quisiera el devoto legado Iralar mas tiempo con


aquel divino oráculo de francisco, poro su obligación no
le permitía detenerse, pues que con ansia deseaba dar
cuenta á Su Santidad del resultado de su cometido y
hacer públicos en Roma los maravillosos portentos del
Santo Ermitaño. Se despidió del mismo, en compañía
del canónigo con el mayor afecto y humildad, encomen­
dándose á sus fervorosas oraciones: regresaron á San Lu­
cido, y al avistarse con el .señor Arzobispo, este con sem­
blante alegre le dijo: «Monseñor, cómo os lia ido con
»mi Santo diocesano? No os parece, que yo justamente
»le estimo? Contadme lo quo con él os lía pasado, que
»creo os habrá el Cielo dado á conocer quien es, y á nú
j>mo daréis mucho consuelo, oyendo vuestro sentir.jo
Continuó la conversación, en lu que el camarero ponti­
ficio lo refirió ciinnlo le liabia sucedido y lo mucho que
le liabia prendado su aféelo su sola presencia; añadiendo,
que mas le lenia por ángel, que por hombre. Se habló
así mismo de los milagros infinitos, quo tan lo cJ canó­
nigo como los domésticos de su iliislrísima, referían en
concepto de testigos presenciales.
Cosa fué maravillosa solo ver la gente, que en el
corlo tiempo que allí so detuvo el legado, concurrió á
deponer. El barón de Oclmonte testificó la salud que le
dió de su incurable llaga, y lambían de haber librado á
su hijo de las garras do la muerte. El padre Fray Antonio
Escoceta.f del orden de los menores, confesó, que por la
contradicción que liabia hecho en el pulpito y fuera de
él á nuestro Francisco, le vió tenor las manos llenas de
ascuas, y á este tenor se justificaban otros infinitos. Allí
so presentaron muertos resucitados, ciegos iluminados y
otros de varias dolencias, jurando todos lo que les habia
sucedido; de suerlc, que asombrado el comisionado pon­
tificio, cerró la información ó examen de testigos; y
despues de haberse despedido del señor Arzobispo y de
la nobleza de la ciudad, que salieron á acompañarle,
continuó su viaje para Roma.
Llegó con brevedad ¡i la ciudad cierna, y al momento
fue á besar el pié á Su Santidad, y á darlo á conocer el
cumplimiento de su legacía. Le refirió, en efecto, con la
debida cslension cuanto le liabia sucedido, cuanto di
sentía del bendito Francisco y de las innumerables ma­
ravillas, que gentes de lodos oslados lo habia ti certificado,
jurado y confirmado: «Por lo que, Beatísimo Padre, si
i>aqncl persevera liasla su muerte, pocas diligencias serán
^menester para su canonización.» No es pnnderablc el
gozo y consuelo espiritual (pie el Papa Paulo 11 recibió
al oir do su camarero cosas tan pasmosas, y a! reconocer,
<|uc el supremo ltcv de la (¡Loria liacia brillar en liempos
— 218 —
tan calamitosos semejante lucero, que por si solo bas­
taría para iluminar á los obcecados y para enjugar á la
ve i las lágrimas de la Iglesia católica: calamitosos, si, no
solo por las victorias conseguidas por los turcos en algu­
nas ciudades de la República de Yonecía, en la Morca y
Negro Ponto, si que además, y era lo mas sensible para
Su Santidad, por la nádente heregia contra nuestra
Sania 1% que se iba cslctulicndo en el reino de Bo­
hemia.
Se divulgaron por la ciudad con la mayor repidw
las nuevas traídas de Calabria por el camarero del Pon-
Lince, y todos, sin distinción de clases, ni categorías,
acudían ansiosos á preguntarle .sobre c! resultado de su
comision, el cual, repitiendo las palabras de la reina SaLui
después que vió la grandeza del sabio rey Salomon, les
decia: «Que nada cía la fama y lo que las voces del
apueblo proferían del bendito Ermitaño Francisco, res-
apéelo á lo que habia él visto y observado.» Refería sus
profecías, las maravillas que á presencia suya habia
obrado, el conccplo que del mismo tenia y lo iilil de su
nueva religión; reconociendo Lodos sin csccpcion alguna
ffque Fray Francisco de Paula era lia fiel Profeta del
»Scñor.» Su Santidad procuró favorecer á su muy amado
hijo, y se lo recomendó al Üustrísimo Arzobispo Pino»
ofreciendo ayudarle en gracias é indultos, asi que se
desembarazase de sus muchas ocupaciones ; pero sus
buenos deseos quedaron frustrados, porque una pulmonía
fulminante le cortó el hilo do la vida el dia 28 de Julio
de U 11.
Deseando nuestro fundador que su nueva religión
fuese aprobada por la Sede Apostólica,' suplicó á su
grande amigo y bienhechor el Arzobispo de Coscncia
despachase letras con arreglo á la misma, con el objelo
de que, introducida después en el Supremo Tribunal del
Pon tífico, fuese sin dificultad confirmada. El llustrisimo
Señor Pirro, que solo esperaba ocasion para usar de la
— 219—

licencia privada que lenia del difunto Papa Paulo II


pitra favorecer la cíLada religión, dió en efecto sus letras
en el castillo de San Lucido el dia 30 de Noviembre
de 1471, aprobando su instituto con el nombro de ermi­
taños penitentes de Fray Francisco de Paula, cou parti­
cipación de todos los privilegios de los mendicantes de
su diócesis; lo nombró general de ella y exento de su
jurisdicción, con sujeción tan solo ¿ la de la Silla Apos­
tólica: gracia lan singular, quo jamás so vió concedida
.sin Bula propia del Pontífice, y que Inocencio III se
íscusó de concederla al gran patriarca Santo Domingo.
Sin embargo, nuestro Padre que no ignoraba que los
votos de una orden religiosa carecían de fuerza legal, sin
previa confirmación de la autoridad pontificia, recurrió á
la Santidad de Sixto IY, que sucedió al susodicho difunto
Paulo, suplicándole confirmase la Bula espedida por el
mencionado Arzobispo.
El Papa Sixto confirió lan luego su autoridad y pleno
poder á Gofredo, Obispo de San Marcos, en letras de í) de
Julio de 1473 , para que examinase, aprobase y confir­
mase, cuanto hubiese hecho con acierto el Señor Arzo­
bispo Pirro; y se dió lan buena maña y destreza en el
reconocimiento y en la probanza necesaria, que en muy
breve tiempo aprobó, confirmó y revalidó con su delegada
auloridad pontificia lo que el precitado Prelado babia
lieclio. Despachó á Roma un capellan suyo con la indicada
confirmación, acompañado del padre fray Baltasar de
Paula, que envió nuestro Santo al Pontífice para que le
suplicase tuviese á bien dar su aprobación á cuanto los
ilos Prelados te habían concedido. Después de leída por
Su Santidad y de haber cometido su vista á algunos
cardenales, con su maduro consejo y parecer, aprobó y
confirmó con su propia y suprema autoridad, publica y
literal menle, cuanto el Señor Arzobispo Pirro había con­
cedido, sin quitar ni añadir la menor silaba. Esta Bula,
en la que el Sumo Pontifico Sixto IV aprobó la religión
—220 —
de los mínimos y que comienza «Sedes Apostólica,» fué
espedida á 23 de Mayo de 1 i 7 i .
Universal fue la alogia en Paula y en toda aquella
comarca al recibirse lan placentera noticia: ya los reli­
giosos, que lodo el tiempo quo precedió á ella, liabian
estado retirados en la oracion y otros ejercicios, salen
públicamente en una muy devota procesion á dar gracias
al Señor; ya todo el pueblo acude al convento, dándose
sus moradores unos á otros miles de parabienes; perc,
quien sobre tedos participó mas de este general gozo fue
el ilustrisimo señor Arzobispo Pirro, por haber sido el
que promovió la estension de esta nueva religión, por
cuantos medios estuvieron «i su alcanco, por su gran celo
K or la gloria de Dios y por su intima amistad con nueslro
endito Padre, el cual, no solo tenia presente en sus ora­
ciones á su carísimo Pirre, si que ordenaba á menudo ¡i
sus hijos, hicicscn lo mismo en las suyas y otros ejer­
cicios.
Bendecida que fué la última y mas capaz Iglesia de
su convento de Paula por el precitado Arzobispo» dicha
prelado celebró en ella la primera misa, y estando tn
lan solemne acto, fue puesta á la presencia de Francisco
una rmiger poseída del demonio, natural de Regina, y a
seguida mandó á un sacerdote que la exorcisasc, pero el,
observando que do nada servían los exorcismos contra
el maligno espíritu, se acercó ála muger diciendo: «Des­
via infernal, yo le mando en el nombre de la Santísima
^Trinidad, que salgas luego de este cuerpo.» Apenas lo
habia acabado de decir» cuando se marchó con nmdw
ruido, dejándola del lodo libre. Oíros milagros de esta
misma especie obró por aquellos días, mas los omitimos
en gracia de la brevedad, pasando á narrar sucintamente,
oíros mas, que hizo á vista de su bienhechor por el propio
tiempo.
Un día, entre otros» de los en que su Iluslrísima solía
ir á visitar al bendito Padre, quiso quedarse á comer con
el mismo. Esleá la sazón no se encontraba con cosa al­
guna conque poder obsequiar á un personaje tan digno
de su atención; sin embargo dió orden de que se buscase
al ínEcnlo algún pescado, pero no fueron necesarias en su
busca muchas diligencias, porque aquel Señor Omnipo­
tente, por cuya cuenta corría la economía del convenio,
inspiró á nn pescador que se dirigía a la plaza de la ciu­
dad, para vender en ella una chistera de peces, que fuese
al insinuado convento, 110 á venderles, sinoy presentarles
a nuestro Francisco Admilió este el regulo cortés y agra­
decida, diciendo: «Vos, amigo, seáis muy bien venido,
wpues la coyuntura ha sido á medida del deseo, por no
j'icnei con que convidar á monseñor.» Al momento fue­
ron con ellos á la fuenle, y el mismo padre los quiso por
si lavar, pues que ya estaban abiertos, y ocupado en esta
faena, unos cuantos comenzaron á rebullir en sus manos:
«Por caridad, dijo entonces, que habéis de vivir, pues
«que asi lo pedís.jo L os arrojó al agua, y principiaron á
nadar, como si de ella no hubiesen salido.
lín uIra ocasi o11 fue á visitar á nuestro Sanio ó su
cunvento de Paula, un intimo devoto suyo, llamado Juan,
natural de dicha ciudad, y familiar del palacio del muy
ilustro señor Arzobispo Pirro, acompañado de un alguacil
de Cosencia. Convidados á comer, les sacaron por gran
regalo un melón, lan maleado en su interior, y amargo
cu lanío grado, que no se pudo comer. El bueuo de
Francisco hizo en ello reparo y dijo: aSe ñor Joan, que el
unción no eslá bueno? Por caridad, quo lo liemos lodos
»dcprobar.» Eslo diciendo partió de el; dió á sus hués­
pedes, manifestándoles 110 habían acertado á corlar por
buena parte: lomaron en efecto, dos bocados y maravi­
llados dijeron no haber comido en su vida cosa mejor:
cParíid mas, les dijo, vio diréis de veras.» Volvieron á
partir y rarificaron su sentir; corlando también con su
licencia, una buena parte para el Arzobispo su Señor.
Despedidos el siguienle dia llegaron á San Lucido y a la
— 222 —

hora de comer, previo el correspondiente saludo á su


lluslrísima, 1c refirieron el suceso del melón, poniendo
en la mesa la parlo reservada para que su señoría le
probase, cuyo precioso gusto celebró en gran manera,
admirando lo milagroso del caso. Las -visitas enlro el
referido prelado y su buen amigo fray Francisco eran
frecuentes; su trato franco y familiar,, é infinitas las ma­
ravillas de que podía testificar.
CAPÍTULO VIL

Penetra nuestro bendito fundador los mas o cu ltos pensa—


Dlientos, y reprende varias culpas soio de n io s conocidas,
con cu y os íivisos- atraía las ululas ú su Criador- Cruel per­
secución del rey D. Fernando de Nápoles contra nuestro
buen Padre: manda le d em u d a n un convento, y envía c in ­
cuenta soldados para prenderle.

l ?na de las gracias nías singulares que el Señor con­


cede á sus hijos mas predilectos, es el don de penetrar
lo mas oculto del corazon humano, propio tan solo de
Dios; y en eslo Tuó nuestro Padre Francisco tan universal
y frccuentc, como si con un espejo le estuviese claramente
registrando. Pondremos algunos ejemplos en confirma­
ción de esta verdad.
Y en efecto, después de haber dado la salud á Fran­
cisco Riogato, cíe Paula, de una apostema incurable, solo
con poner en la parte por donde debia abrirse, su dedo,
y de haberle reprendido por valerse antes para ello, sin
osito alguno, de un curandero trapacista, le llamo aparte
y con no menos conmiseración que caridad, le dijo: crVos,
micer Francisco, tenéis otra apostema en el alma, harto
mas peligrosa, y pensáis que por ser tan secreto vuestro
pecado, que solo Dios y vos lo sabéis, vivís ya seguro;
pues por caridad, que si luego no salís de él prrntlo lo
sabrá todo el mundo, como e! Señor me lo lia. revolado,
y será causa de vuestra infamia, al mismo tiempo que
tic vuestra perdición.)) Asombroso quedó líiogalo viendo
que era verdad, y sabedor del intimo secreto de su alma;
y reconociendo que no podia ser sin revelación divina
haberle penetrado el corazon, dijo: «Yos, bendito Padre
»rio habíais menos que coi) la lengua do Dios; yo os pro­
p icio , y á 61 lambían, lio olvidar jamás csla merced de
»su mano, trasmitida á mi por vuestro conducto.» Arro­
jóse al momento á sus plantas, y pidiéndole un confesor
confesó su grave culpa con lágrimas de su fervorosa con­
trición, quedando maravillosamente reformado y en opi­
nión de gran virlud.
Pocos dias después caminaba el mismo con dos ami­
gos Inicia Palomo, y uno de ellos por distraerse del ca­
mino dijo á los demás, pensase cada uno aquella cosa Jó
quo mas d úseos lu viese. El primero contestó: »Yn el
DHiavor deseo que ahora tengo es el de poseer cien du-
j>cados: igual pensamiento os el que yo tengo, respondió
»el segundo, pero con la diferencia de ser doble la can-
j»titiad que quisiera, pora poderme desembarazar de cierto
«crédito: muy codicioso es el demonio, dijo Riogalo.
»pnes yo con ochenta que debo, me contentaría.» No
bien acabaron de pronunciar oslas frases, cuando sin
saber cómo ni por dónde, vieron entre ellos al bendito
Fray Francisco, el cual les principió á reprender diciendo:
«liarlo mejor fuera, amigos, lisiar de encomendaros ú
jeDios. que ocuparos en pensamientos lan pegajosos i'
«insípidos; por caridad, que es vil deseo ol vuestro, pues
»fuera mas de provecho rezar un Padre Nuestro, donde
»el hombre se rindo á su Criador, que desear los ducados
jeque cada nno habéis indicado y en especial vos, miccr
»Fra»cisco, á quien el Señor hizo ya un dia mayores
»mercedes.n Maravillados quedaron todos tres, así tic
verle entre ellos lan inopinadamente, como de que les
— 225 —
hubiese manifestado ]o que solo tic ellos era sabido. Re­
cibieron despues humildes su bendición, y continuaron
alegres su camino.
Ya ¡interiormente se habló de la salud que miestio
buen Padre dió áD. Luis Paladino, oidor de la lteal Au­
diencia deCosencia, en cierta grave enfermedad que pa­
decía, como y también de la medicina ó remedio que lo
propinó. Pues bien; este mismo señor ú fuer de agrade­
cido, determinó pasar á Paterno á darle las gracias, y al
intento escribió á Nicolás Bombillo, notario de dicha
ciudad, á lin deque para el próximo limes le tuviese pre­
venido hospedaje. El indicado notario dispuso lo nece­
sario para hospedar a persona de su calidad; poro llegado
el dia señalado y así mismo la hora de comer, observando
su tardanza se melancolizó, sin que pudiese atribuir á
cosa alguna segura la causa motiva de ella, por mus que
discurría. Cabiloso se encontraba cuando á hora desusa­
da se presento en su casa nuestro Francisco, y despues
ile haberle saludado, le dijo: «Descuidad por caridad,
¡■¡señor liombino, que vuestro amigo ei oidor está muy
»ocupado en unos negocios que no le permitirán venir
»liasta mañana; estad cierto que no hará falta.» Asi fue,
como el bendito padre habia dicho.
Antes de pasar al convento el oidor acompañado de
su esposa 1). Catalina, sacó ésta del estuche unas tijeras
y las dió á un criado previniéndolo, que cuando estuvie­
sen con el Santo, le cortase con disimulo un poco do su
hábito. Llegados á él y postrándose á sus plantas, le die­
ron las mas rendidas gracias; pero el criado, mientras el
Siervo de Dios les respondía «que solo al Señor se debían
dar,» esperaba la ocasion de cumplir el mandato de su
señora. Nuestro Francisco que conoció su intención,
vuelto hacia él, dijo: «Por caridad, quo la devocion no
f está en el paño, sino en tener siempre rostido el corazon
wlc Jesucristo bendito.» Se dirigió de seguida á dicha
señora y con nna mirada la dió á entender, sabia sor
in
— 226—
orden s u y a la que el criado q u e ría hacer. S e postró de
n u ev o ii sus pies la esposa del oidor, p ro m etién dole seguir
en lodo sus consejos» quedan do en a delante entre ellos,
un a santa y estrech a am istad.
D o s m eses habrían trascurrido cuan do el hijo único
del oidor adoleció de una g r a v e enferm edad, q u e le puso
á l a s p u e r t a s d d sep u lcro . L o s p adres reeo riero n á Fran­
c isco , envian do con recado al p ropio criad o , á quien asi
q u e llegó y antes de q u e le hab lase, dijo; «Volved ¡i
í vu estro señ or, y le d iréis de mi p arle que en caridad
»sea buen cristiano; q u e a d m in istre ju s ticia , y q u e des-
» cuide tic su hijo, que presto le v e rá san o .» liien enten­
dió aquel la respuesta por la co n traseñ a de lo q u ecn lo n -
ecs pasaba en su alma: de aquí es, q u e seguidamente
confesó y com ulgó, co m o y tam b ié n toda la familia i!e
casa, y á los dos dias se levantó y a b u en o . A poco volvió
á en ferm ar y estando y a sin sen tido envió al con vento al
m ism o criado, á lin de que con lá g rim a s le espusie.se sn
aflicción; pero nuestro Sanio que sabia m u y bien cimillo
p asaba, le dijo: «Por ca rid a d , a m ig o , q u e la causa de
;»vuestras lá grim a s es g ra n d e ; no obstante diréis á vuestro
»senor y su esposa, q u e se consuelen m ucho y sufran
»c-on p aciencia este go lp e , p orque su hijo vá á gozar de
s la g lo r ia , y en b re v e les dará otros D ios, de los <¡uí
«gozarán mas largo tiem p o en esta vid a .» D en iro de dos
d ias m urió, y á poco se sin lió y a em b arazad a la señora;
dando á su tiem po á luz un hijo, y otros despues, á 1
q uien es vieron m u y larga sucesió n . Quien así scñalato
las disposiciones del A llís im o , q u é cslrafio era penetrase
los hu m an os p en sam ientos y las m as ocultas conciencias1
E slo y lodo pues, no talló quien á santidad lan patente,
h iciese una fuerte oposicion según va m o s á v e r.
En cfcclo ; escudado nuestro gran P a tria rca con el
salvo co n du cto del Su m o Pontifico y a cced ie n d o á lo>
deseos de los hab itan tes de C a s tcla m a r, ciudad á sei;
leguas de la de N ápoles. q u e de co m ún a cu erd o le ofrf-
cicron lina Ig lesia ce rca del m a r, para que fundase un
convento de su orden; les envió al intento re ligio so s, q u e
recibieron con notable alborozo, ofreciéndolos cuan lo
para la fundación n ecesitasen : Con tinuab an aquellos en
ella llenos de fervor, á esp eosas de las piadosas lim osnas
de dichos habitantes, cuando se levantó una cruel tor­
mén la c o c h a nuestro F ra n cisc o , en térm inos tales, que
estuvo á p iq u e de arru in ar cuanto el bendito P a d r e había
fabricado, y lo co n sig u iera tal vez, á no ser lodo un D ios
su defensor.
Pérfidos con sejeros é inm orales p alaciego s, fueron
las m otores p rin cipales do la referida torm enta. S i, ellos
so color d e Heles se rv id o re s del re y D , Fernando d e Ñ a ­
póles, fueron los q ue im b u y e ra n en el real ánim o, quo
los precitados ciu d a d a n o s liabian procedido con notorio
desprecio de su real persona, p or el solo hecho de no
haber pedido U c e a d a para la fundación-, a v iv a n d o esta
inlriga á porlia co rtesan o s aduladores, que le ponderaban
los detrim entos de las rentas reales p or la usurpación do
las haciendas, a carre an d o al lisia d o m uchos p erju icio s,
con puerta franca para in m en sos daños, y añadiendo
sobre todo « q u e el E rm ita ñ o F ra n cisco robaba al pueblo
ícon su hip ocresía, con otras cosas de este jacz;j» pin­
tando su fidelidad y piedad Ungida do tal m an era, q ue
lograron conquistar la voluntad de S . dando lu g ar
con sus m editadas m a q u in a cio n es á que se despachase una
real cédula, en la que se orden aba saliesen del reino los
religiosos v se de m o lie se el susodicho con vento.
«Así p ersiguieron á los profetas q u e á vosotros pre­
c e d ie r o n , dijo Cristo Nuestro Bien por San M ateo. P e r­
s e c u c ió n p ad ecem o s, poro la sufrim os, decía con San
sl'abio nuestro glo rioso fun dad or, m as no som os d c s a m -
aparados.:» R e cib ió al m inistro enviado por el rey el
bendito P adre con suma hu m ildad, y leído que le fué el
real despacho, contestó de palabra: «Yo he obedecido a
albos, á mi su p erio r el señ o r A rzo b isp o de C o scn cia v a l
— 228—
» V icario de J es u cris lo cu !a tierra, el Papa Sixto IV, y
»sup lico aboca ¡i S. M. se d ig n e co n c e d e rm e la inisnw
« g r a c i a ,» No tem plaron estas p alabras al r e y , ni ¡i si,
hijo D , A lfo n so, d u q u e de C a la b ria , a n le s al contrario, s¿
d iero n por ofendidos; h a b ien d o puesto eu o lvid o los cari­
tativ o s avisos que nuestro Santo les tenia dados sobre los
designios de los turcos con tra el reino de Ñ apóles. Ski
e m b a r g o , q uien m as irritado se m ostró fue el cardenal (le
A r a g ó n , hijo m en o r del r e y , el q u o m andó fuesen al
p un to echados del convento los re ligio so s; que se demo­
liese, y que en el propio sitio se levan tase un palacio
p ara su re creo . Salieron eslos do C a s le la m a r en busca de
su am ado P a d re, al q u e contaron a flig id o s la tiranía de’
p rin cip e y la cru eld a d do los ejecutores. N uestro Fian-
cisco les recibió sin la m e n o r a lte ra ció n , exhortándoles á
la resign ación y su frim iento hasta p a d e ce r p o r Jesucristo
U n a inesperada o cu rre n cia vino d e rep en te á arreciar
la torm enta de una m a n era g ig a n te s ca ; tal fué la trislc.
d e sd ich a d a y prem atura m u e rte del suso dich o cardeuii
de A r a g ó n ocu rrid a en R o m a . E s la funesta u olieia au­
m entó en tanto grad o la irritación del re y , su padre, qu<
c ie g o d e cólera p ro v e y ó un atroz decreto contra nucsln;
S a n to ; despachando para P a tern o , don de á la sazón s*
encon traba este, á un capilan de g a le ra con cincuenta
soldados, para que p rendiesen al bendito Ermitaño, y
viv o ó m uerto le condujesen ¿ su p re se n cia. A l instante
se puso en m a rch a la fuerza a rm a d a, á sem ejanza do I
q u e envió el rey A c a b , para p ren d er al profeta Elias,
A d m ira d a quedó la C a la b ria al oir tamaño arrojo--
O h , y cuanto dañan ú los r e y e s p erversos conscjcrcí-
Mas có m o p uede h a b e r fortaleza contra D ios? Contrae:;;
S e ñ o r, quo nos llene dado ya a n u n cio de las perseenri;-
nes q u e p a d e ce re m o s, de los rie sgo s q u e co rrerem o s y
q u e solo E l , y no otro a lgu n o , p uede p reparar salisíüc-
cio n es equ ivalen tes? A si en verd ad se cu m p lió con nueslr:
F ra n cisco, co m o v e re m o s en el sigu ien te capitulo.
CAPÍTULO VIII.

Arrobado nuestro Padre, se hacn invisible ¡í los que le fueron


á prender y maravillas que obró con ellos. Aplacado el rey
le escribe benigno y )e concede privilegios v sitios para
fundaciones. Profetiza, la toma de Otrauto por los turcos y
su recuperación: Salva al conde de Arenas de muchos pu­
lieres, con otro? sucesos.

Asi que el Capilan comisionado llegó con sus sol­


dados á Paterno, se dirigió al momento al convento, y
íntró en él con desmesurado atrevimiento. Los religio­
sos turbados, no acertaban ni á moverse, y su turbación
iba de mimonlo solo al considerar no era aquello el con­
curso que solía acudir humilde en busca del remedio
para sus males; pero al saber cual era el objeto de su
llegada, cnlonces, alborotados á guisa de inocentes cor—
durillos quo huyen do los lobos, se acogieron llorosos á
la celda de su querido padre, y le suplicaron con lágri­
mas salvase su persona,, porque traían orden de pren­
derlo: «No temáis, los dijo, con rostro alegre y sereno;
¿>no temáis, hijos mios, quo lodo son ardides del demo-
>nio: Sabed, que no es voluntad de Dios se cumpla la
»¿rden del rey: Vamos á la Iglesia.» Dicho esto, y des­
pués de haberíos recomendado que no hiciesen la menor
resistencia ú o posición al capilan , d e já n d o le entrar on
cuantas p arles quisiese, se fue al T e m p lo , y puerto de
rodillas, se quedó en espíritu a rrobado ó eslá lico con
D ios. Q ué trataría, duran le su arro bam iento , con el
S u p rem o R e y d e la (¡doria? Q u é súp licas, y con qué
ansias p rocuraría a p la car á la M agostad D iv in a por se­
m ejan te desatino, pidiéndole susp en diese las iras, que li¡
tenia va a n u n cia d as, co n tra D. F ern a n d o v contra su
reinos
E l capilan y sus soldados iban re gistra n d o con cui­
dado todas las oficinas y cuartos, sin deja r de reconoce]
el m enor lugar; pero csla op cracion estaba acompañada
siem p re de las b ra b a ta s propias de la soldadesco, mez­
cla d as á la vez con descortesías; respon diendo á toda;
ellas los religio so s con su habitual hum ildad. Entraban y
salían tam bién en la Iglesia con frecuencia, y sobre oslar
nuestro Sanio en ella lan patente, co m o á q u e las mas
de las v e c e s le pisaban las fim brias de su há b ito, no per-
m ilió el Cielo que fuese visto por los que con afan le
bu scab an . T o rn ab an al claustro, visitaban el dormitorio
y volvían al tem plo, sin q u e por m as esq u isilas q u e fueron
las d ilige n cias, hubiesen d e ellas c o n se g u id o cosa alguna.
R e co n o cie n d o después d e d o s ó mas h o ra s lo inútil desús
afanes, principiaron con ostra ños a lborotos á fulminar
am en aza s á los virtuosos re ligio so s, reducid as á que
darían fuego al co n ve n to , y les llevaría]] á Ñ a p ó le s car­
g a d o s de prisiones.
Co n sideran do entonces A n to n io D o n alo , maestro car­
pintero q u e tra b aja b a en el co n ve n to , el furor de los
so ld ad o s, la iracun dia de su g e fe, su desenfreno y cruel­
dad, co m o y tam b ién que eslaban ya á punió de poner
en ejecu ció n los m a y o r e s rigores, so a cercó al capilan y
le dijo: «En ninguna co sa co n o c eréis la g r a n d e inocencia
»de este Sanio religioso y la poca justificació n con quo
»!i: ven ís á p re n d e r, sino ¿n q ue habéis pisado cien veces
s i n hábito y no le h a b éis visto: V en id c o n m ig o v o s cun-
— 231 —
A-vcncorcis do las m aravillas q u e obra D ios por medio
»de él.» En efecto , lodos en su com p añ ía fueron ú la
Iglesia, y al ir «i en trar en ella, v o lv ien d o el bendito
Padre tic su con tem p lació n , co m o quien dispici’la de un
celestial su eñ o , les salió al encu en tro arrojando rayos de
luz de su rostro, y á sem ejan za de lo q u e hizo en el
huerto nuestro D ivin o W acslro con los soldados quo le
fueron á prender, con la m a y o r seren idad y paz les dijo:
kQ uó buscáis* herm a n os, en la Casa de Dios? Y ellos
^respondieron: A l E rm ita ñ o F r a y F ran cisco: Y o soy el
duimikle F ra n cisc o , replicó el lidelisim o discípulo de
iCristo.» Olí rarísim o prodigio! O h suceso d ign o de
eternizarse! Pu es bien, aquella turba de soldados, incluso
su gefe, apenas miró el v e n era b le aspecto tlcl S ie rv o del
Señor y o yó sus m an sísim as palabras, ca y ó toda ella on
tierra «Con sus palabras aplacó los monstruos, canta la
i g l e s i a do nuestro Santo:» y los aplacó en Santa m anera,
que postrados todos en el su elo, p rocurab an besarle los
pirs repetidas v e ce s al q u e m o m en to s antes pretendían
poner grillos y ca d en a s sin q u ererse levantar b asla q u e
!e.s dió licen cia.
Una m cíam órfosis ce lestial sustitu yó ii lan csce siv a
tiranía, puesto q u e todos, cual m ansos corderos se le
rinden, le ven eran prudentes y hum ildes le piden perdón.
Olí poder d e lodo un Dios! O h eficacia de la gracia! El
Siervo del Señ o r levantó do la m ano al capilan, olvidado
ya de las ofensas: « C r e e d , le d ice , q u e por ahora no
«tiene S . M. n ece sid ad de mi p erson a, q u e liaría falla á
»mis hijos; y por lo m ism o os podéis vo lv e r en paz, dcs-
»pues de haber co m id o lo que hueb iese en casa.» A n lc s
Je d esp edirse le dió a lgu n as velas benditas y otras
cosas de d e v o cio n , para que las entregase al re y , á su
esposa y al d u q u e de C a la b ria , d e sig n á n d o le lo q u e debia
entregar á c a d a uno de d ich o s tres person ages, a ñ a ­
diendo: orY les diréis, q u e les aviso d e p arle de Nuestro
"Señor, que p ro curen m u y presto ap la car la ira D iv in a
— 232 —
»con penitoncias, ai q uieren escusar un gran ca stig o del
a C ic lo , en quo ve n g a el r e y á tal p eligro , q u e le ponga
»casi en o ca sio n do p erd er el reino y m iserablem ente
»la vida.»
A tó n itos oslaban el capilan y soldados, así por la
o cu rre n cia principal, co m o la m b ien por h a berles dado á
c o m e r con solo dos panecillos y un azum bre de vino,
q u e ún ica m en te Labia en el co n ve n to ; habiendo con ello
quedad o todos satisfech os y dejan do un sobrante, sufi­
cie n te todavía para la com u n id a d , pero lo que m as asom­
bra d o s les dejó fué el recado q u e dio para el re y . D c s -
icdiclus, fueron publicando por el ca m in o lo q u e les

{labia su ce d id o , y al lleg ar á la có rte , dió el referido


esp itan individual noticia d e lodo á S . M ., quien bien
enterad o, escribió á nueslro bendito P a d re una ca ria , citic
orig in a l se co n se rv a en el m on asterio d e m ínim os de
P a u la , llena de d e vo cio n , c o n ced ié n d o le am plios p rivile­
gio s para fundar en cualquiera parlo do sus eslados,
suplicán dole al tiem p o m is m o , pasase en persona á la
in d icad a corlo á verifica r una fun dación ; m as no pudién­
dolo realizar el bueno de F ra n cisco por sus m u ch as ocu­
pacio n es en aquel onloncos, en vió para ello algunos
re ligio so s.
L le g a d o s estos á Ñ a p ó le s, les recibió el v e v c o n s u m a
ben ign idad y les ofreció sitio dentro de la ciudad, pero
ellos eligieron una e rm ita en las afu eras, dedicad a á San
Luis: sitio no m u y aco m o d ad o ni seg u ro en aquella
ép o ca ;-m as años d e sp u é s, m u y frecuentado y de mejores
cu a lid a d es q ue las que s e p udieran (lesear, com o nuestro
glorioso P atriarca lo p rofetizó á su paso para F ra n cia, El
co n v e n io do C a sío la m a r se reed ificó dentro de poco;
sien do tal vez, ol m a s suntuoso de Italia. A h o ra haremos
un a reseíia de la cé leb re profecía sobro la ciudad de
O lra n lo .
« A y de ti, decía ol b endito P adre, infeliz ciu d ad , de
cuántos cuerpos m uertos le considero llena! Cuánta san-
— 233 —
grc do cristianos ha do v e rs e d erram ada en ti!» E r a el
1180 cuan do los religio so s, al oír estas ó sem e jan tes
csclam aciones proferidas con el m a y o r d escon suelo, le
preguntaron la ca u sa de lan trágico vaticinio; y entonces
les declaró su pena, m anifestándoles q u e dentro de Iros
meses, el dia 13 de A g o sto de a q u el año, seria m ise­
rable presa d e los lurcos la ciudad de O lra n to . Lo p ro­
pio dijo al criad o de ü . Luis Paladino, o id o r do C o s e n -
cia y á D. Jacobo G uerroro, prebendado do N ica slro ,
pidiéndolo m andase hacer lodos los días oracion en la
misa, para q u e D ios m o derase el gran c a s tig o , quo por
medio del tilico le a m en aza b a. E stos y otros avisos daba
el Cielo p o r con ducto do su s ie r v o . Con ello o b lig a b a á
muchas a lm as á q u e se p revin iesen penitentes, y á sus
hijos ó o ra r con m as asiduidad y fervor; m ientras él,
abrasado su p ech o, suspiraba y clam ab a al Señor, se
quejaba á su Jcsus, sien do no m enores las lá g rim a s que
derramaba q u e la s a n g r e q u e ve rtía .
Los p rín cipes cristianos habían desp reciado m uchos
avisos, y se estaban ab rasan do cuti o sí y d em ás poten­
tados de E u ro p a en funestas gu erra s con escán dalo do
la cristiandad, sin h a b e r atendido al q u e va el año an­
terior les habia dado el cielo, cuando el Hirco M a h o m cl
puso si lio á la ciudad do Rodas, quo v e rg o n zo sam e n te
tuvo que levantar desp ués de tres m eses, con enorm es
pérdidas, quo le causaron sus defen sores tos ca b allero s
de la orden de San Juan, visib le m en te p rotegidos por
la Reina de los A n g ele s.
Irritado M ahom et por su d escalabro en el prim er
sitio de R o das, ocurrido el año 1-í” 9 , envió á G o m ct
Uajá con una n um erosa a rm a d a, q u e fondeo en la lib e r a
(le O lía n lo , poniendo en tierra al m om ento cuatro mil
hombres de sus m ejores lropas, que co m batiero n desdo
luego la ciu d a d d esp rovista do lodo; de m odo, q u e con
los refuerzos q u e recibía, en quin ce dias se hizo dueño
tic ella* L o s seis prim eros próxim os á su lo m a, se en­
c e rr ó nueslro F ra n cisco en su ce ld a, y en ella clamaba
y lloraba sin cesar; pero hab ién dole revelad o D ios sor
aquella su vo lu n lad , so dejó en sus roanos, y a u n q u e con
dolor» se resignó. Asi que tuvo noticia el re y D . F er­
n an do do la fatal o cu rre n cia , y do q u e liabian los ene-'
uaigos decapitado á setecien tos de sus defensores, y
aserrad o el cuerpo al Sr. A rz o b is p o , quo vestido de Pon­
tifical, era sobre la m uralla el terror de los turcos,
vuelto en si p or tan sen sib le g o lp e , se reconcilió con el
Papa y con V en e cia; pidiendo al tiem po m ism o socorra
á H alla tem ero sa d e que el turco se enseñ orease de mar
y tierra. A c o n se cu e n c ia de tan rei tero paso, fué n om ­
brado gen eral en ge fe , en tre otros de los capitanes que
se designaron para la recon qu ista de la p recitada ciudad
D . Juan C ola C o n cu b le l, co n d e de A rcu a s , cab allero do
m u ch a nom b radla y m e re cid a rep utació n .
E s te noble caballero , devoto y a m igo de nuestro
P a d re, anlos d e partir con el ejercí lo, determ in ó con­
sultar con él m ism o sobre el resultado de la jo rn ad a , y
al intento pasó á Paterno con una m a n g a do soldados, y
d espues d e haberle pedido su be n d ició n , le suplicó le
defen diese y s a c a s e victo rioso . El S anto, que estaba ya
p re ve n id o con un m ano jo d e candelas benditas, cuantos
eran los in d ivid u o s, le dijo: «Sr. C o n de, id con la ben­
d i c i ó n d e D io s; dad la batalla, q u e sin duda será con
» vo s, y vo lv ereis á vu estra casa victorioso, y e n señal do
»lo que os d igo , totuad esas ca n d e las.» Líis recibió, y
dió un a á cada soldado; dejando de acep tarla solo uno.
lleno de so berbia y van idad.
Partió confiado y al lleg ar á O lran to la sitió y co­
m enzó á batir: m uchos fueron los asallos y encuentros,
lodos con daño del e n e m ig o , y una gran ada que cayó á
los pies del conde, al instante se ap a gó ; dando una bala
d e artillería en el brazo de un ca p ila n , q u e peleaba al
lado d e su gefe y se lo hizo p edazos. D eterm inados los
físicos á co rtársele, dejaron la operacion para el dia inme-
— '235 ■

dialo, pero habiendo él enviado á llam ar al padre Juan
Geoovós, q u e iba en el ejército por m andato d e nuestro
Francisco, o sle, después do h a b erle exh ortado ¡i Ja p a ­
ciencia, le dijo sobre el brazo los E v a n g e lio s ; le quitó el
viMidajc Ueclia antes la señal de la cruz y le encontró sin
lesión a lg u n a , m andán dole fuese á la p elea. El próxim o
dia, cuando aquellos se dirigían á p racticar la operacion
indicada o b serv a ro n , que el herido capilan m ontado en
.su caballo, p ublicaba el m ilagro hcclio por el susodicho
religioso. Solo m urió en el co m b a te aquel orgulloso sol­
dado que no quiso lo m ar la candela bcn dila, c u y o cuerpo
se corrom pió in stantáneam en te.
Cuanto en O lra n lo o curría lo decía en Paterno nuestro
Sanio á los religio so s, no obstan le la distan cia. E n cerrado
en su celda m ientras la pelea, desde ella peleaba con sus
oraciones, disciplinas, y lá grim a s; con siguien do al fin del
Señor, q u e los lu rco s a ban do n asen la ciudad con enorm es
pérdidas, lo q u e así anunció á sus lujos, saliendo do su
encierro con un rostro angelical. D e fuerle escudo escri­
bía al Papa el co n d e de A re n a s, servían las benditas can­
delas contra los hético s in slrum en to s de los sectarios de
Miilioma. Estos en su p recipitada y lerrorífera retirada,
encontraron en alia m a r un refuerzo de ge n te q ue los iba
en su ansí lio.
CAPITULO IX.

Luis onceno, rey de Francia, interpone la autoridad del de


Nápolcs, pura llevar á su córte al bendito Padre Fray Fran­
cisco; y habiéndose escusado, se decide á ir por mandato
del Papa Sixto IV, Su despedida de los religiosos: Dá k una
Lia suya una muela, que se saetí de su boca, y un panecillo
á un devoto y ami¿o: ambas cosas hacen maravillosos pro­
digios.

Por aquellos mismos tiempos, cu que nuestro bendito


Padre Fray Francisco se veia perseguido por el rey de
Ñapóles Ií. Fernando, entró en vivos deseos de ver y
conocer á tan celebrado catabres, el do Francia Luis on­
ceno, y al intento se valió del propio D. Fernando á quien
escribió le suplicase de parle suya, tuviese á bien pasar
á su córte á visitarle; ofreciéndole estender su religión,
cuanto pudiese cu sus Estados. ¡Oh Dios mío, que mara­
villosas son lus Providencias! Cuando el propio rey des-
dcsprecia á tu Siervo, es de otro cstraño ansiosamente
deseado!
El bendito Francisco sabia muy bien que liabia de
ir á Francia, y por ello tenia varias veces dicho á sus
hijos, que -vendría tiempo, que les convendría pasar á
tierra estraña, cuya lengua ignorarían; mas como su ge­
neroso espíritu no se movia sin inspiración Divina para
— 237 —
empresas s em e jan tes, y viendo tam bién, quo ni leyend o
las cavias d e aquellos soberan os, q u e habia recib ido , ni
tam poco oran do , le daba el C iclo á enten der ser llegado
ya el caso d e que pasase al precitado rein o, se escusó co r-
tés; m anifestando a sus M a g e sla d e s lo m ucho quo e sti­
maba sus favo res, y co n c lu y ó no poder por e ntonces re­
cibir tanta m e rc e d , por h ab erle e n ca rg a d o S u Santidad
el gobiern o d e su p obre religió n , la cual, así en lo espi­
ritual, co m o en lo tem poral, necesitaba de su p resen cia.
Les pidió h u m ild em en te p erdón, basta q ue Dios y el
Sumo Pontífice otra cosa disp usiesen .
E ra Luis uno de los m on arcas m a s aven ta ja d o s de
aquel siglo; de gén io sag az, a gu d o y veleid oso; d e ca ­
rácter precipitado é irritable, a u n q u e do corazon m a g n á ­
nimo; siem p re ig u a l en las cosas p rósperas y a dversas, y
dichoso en las de la g u e r ra ; m e re cien d o , p o r estas y otras
m uchas prenda*, el ren om bre de fam oso. E s te p rín cipe,
desde que en 1480 fué ata ca d o de un insulto apoplético,
si bien m e jo ró a lg o , n u n ca reco bra su co m p leta salu d ,
quedando sujeto a las afeccio n es m elan có licas, propias
de su e n ferm edad. Se retiró á co n secu en cia de ellas al
castillo ó parque de T o u s, recelando de todos, y sin de^
jarse vor de persona a lgu n a. S u s a ch a q u e s aum entab an ,
y á este tenor crecían sus deseos d e v e r en su co m p añ ía
al bendito F ra n cisc o , de quien lanías m aravillas oia co n ­
tar: cada instante que s e retardab a su ida, era para él
una pena in sop orlablo, tanto, que envió particular em ba*
jada al i c y d e Ñ a p ó les, para q u e se cum pliesen su s v e h e ­
mentes deseos; n om b ra n d o al efecto á Motisieur Juan,
Señor B rau d icoú rt, E l susodicho soberano fue el que in s­
tituyó en sus estados la órdert m ilitar del A rc á n g e l San
M iguel.
R econociend o el espresado r e y , que sin e m b argo de
esta repetida de m an d a , hecha al de Ñ apóles, no se veian
cum plidos sus deseos, p o rq u e á nuestro Santo 110 le m o ­
vían e m b a ja d a s , carias, ofertas, ni ren d im ien to s, e sco g iló
— 238 —
el m ed io mas prudente y seg u ro d e conseguirlo» cual era
el de recurrir al Papa S ix to 1Y , para q u e eslo lo mandase
ir p or o bed ien cia. A sí lo puso en ejecución su embajador
en R o m a , represen lando á su Santidad los anhelosos
deseos de su sob eran o, de quien le e n tre g ó sus carias, y
le snplicó diese su orden con la posible b re ve d a d , por el
gran p eligro en q u e su m a go stad se en co n traba, y porque
con sola la vista del bendito P a d re , tenia vin cu lad as sus
esp eranzas.
El Pontifico, quo recibió al e m bajado r francés del
m odo mas benigno, tuvo co m o en v iad a del Cielo osla
o casion para m ejo rar los sucesos de aquellos calamitosos
tiem pos, y consideró tam bién, q u e el viaje á F ra n cia tic
un varón com o F ra n cisco, seria el m edio m as á propósito
para so se g a r algunos disim u la d o s resen tim ien tos, que
L abia d ctin n y otra parle; orden an do p or lo m isino, pa­
s ase á C alabria dicho e m b aja d o r con letras su vas paro d
p recitado P a d re. T en ia Su Santidad g ra n d e s deseos de
com un icarlo, por las n u evas que con frecuencia llegaban
á sus oídos d e su m ila g ro sa vid a ; y asi p or oslo, coido
igual m ente á fin de quo el re y estim a se la liberalidad 0011
q u e había co n descen did o con lo q ue con ansia deseaba,
dijo al referido em bajado r: « Q u iero q u e con nuestra ben-
»dieion v a y a el buen P a d re, para q u e Lodo suceda bien,
»v se reconozca obligado, no .solo d e las súplicas de su
» m agostad, si que a sim ism o do nuestra obed ien cia.»
M ucho im portaba al Papa para su quietu d temporal
que Hicsc el bueno do F ra n c isc o antes á R o m a que á
F ra n cia; do aquí es, que dió dos o bed ien cias en forma ds
b r e v e s , selladas con su apostólico sello al om bajador. d
cual con lan favorable despacho adelantó cuanto pudo si;
viaje á C a lab ria, y á su paso por Ñ a p ó les, so lo incorponi
para aco m p a ñ arle F ed eric o , príncipe de T aran to , tiij')
segun do del re y . En dos dias llegaron á P aula, donde es­
taba F ra n cisc o , al que fueron e n tre g a d a s las letras pon-
inicias, en las que le d e cía , en tre otras cosas: «Yo i>s
— 239—
»ruego, v e n e r a b le S ie rv o del Seño r, q u e nos vea m o s
sluego en R o m a .» Nuestro S a n io , que respetaba co m o
riguroso precepto la m enor p alab ra del vicario de Jesu­
cristo, poniendo aquellas so b re su cab eza, las besó d e s­
pués rep elidas v e c e s, y dijo: « Q u e estaba pronto á obe­
d e c e r ; pero q ue siendo gen eral de su p o b re religión,
jdenia ob ligación de d isp o n e r, antes de ausentarse, m u ­
c h o s cosas relativas á su go b ie rn o , despidiéndose l a m -
abien de sus hijos: de co n sig u ien te, q u e se v o lv iese y le
^esperase en Ñ apóles, q u e presto l l e g a i i a é l lam bien .»
No se descuidó un m om ento nuestro bendilo P a d re
de la prom esa h e ch a , pues que s eg u id a m en te despachó
orden á los p relados d e sus con venios para que se pre­
sentasen, y en su co m p añ ía los religiosos que en e llo s
hubiese, de mas con ocida virtud, y reun idos lodos en su
presencia les habló de esta m anera: «Jesús sea bendito
3y estam pado en vuestras alm as, y cslo os será fácil, si
»os am áis unos á otros. Y o , hijos m íos, m e ausento d e
»vosotros; p orq ue así lo manda Su Santidad. A lgun a
jwez os dije, q ue ven dría tiempo en que el S eñ o r m e
¿mandase ir a l i e n a , cu y a len gu a ignoraría; Solo con e!
scuerpo me separo de vosotros i q u ie n e s tiernam ente
jam o , pero a q uí os dejo el esp íritu. O b e d e c e d con liu—
smildad á vuestros prelados, porque la o bed ien cia es el
«fundamento de la religión; m ortificad vu estro s m ie m ­
b r o s con saludable y discreta p en iten cia, y asi os lib ra ­
r e i s de las tentaciones del dem onio. A y u d a o s unos á
»nlros en los trabajos de esta vida; so b relleva d las c a i g a s
)>dc la r e lig ió n , y los que sois ó fuereis prelados, sed do
Diodos h erm an os, y acudid á so correrles con cuidado y
»v ig ila n c ia . C o m o fueren su ced ien d o las cosas me daréis
>'í\viso, para que todo se provea conform o al s ervicio del
»Señor.» Dicho eslo, repartió el go b iern o de ios co n v e n ­
ios, hacien do el nom bram iento de co rrectores, y desp ués
tic haber elegid o por sus co m p añ ero s tic viaje al padre
l i'Oy Bernardino de Cropuhito, su confesor y a! padre
— 240 —
F r a y Juan de la R o c a , m u y d ig n o s de sem ejan te dicha
por sn s ven erab les vid as, se levantó, cual P a d re amoroso,
a dar á sus hijos el úllim o abrazo.
M ientras F ra n cisco eslaba hablan do, lodos los reli­
gio so s rep rim ían las lá g rim a s ; m a s al co n ocer, q u e ya se
ucsp cd la , anun ciánd oles que 110 le v o lv erían á v e r, pro-
ru m p iero n en sen tidísim os sollozos, y a rrojándose á sin
p ies, le pidieron su san ia b en d ició n , no la n ío con pala­
b ras, co m o con llantos y suspiros: desp edida solo com pa­
rable con a q u e lla l a n 'lio r n a , que el apóstol San Pablo
hizo de los p rim itivo s fieles de E feso . N u estro Santo
habia siem p re go b e rn ad o á sus religiosos sin regla alguna
e scrita: sus co stu m b res, sus con cejos y su ejem p lo erar
lo ú n ico quo les s erv ia d e norm a durante su vida hasta
e nto nces, y por ello misino les dejó ahora escritos algu­
nos puntos de los m as prin cipales y co n d u cen tes pava lu
r e g u la r o b s e rv a n cia , ordenando fuesen leídos lina vez n
la sem an a á la co m u n id a d reun ida. T erm in a d a s oslas in­
teresantes disp osicio n es, se dieron los últim os abrazos,
y se despidió de ellos, jim io con sus dos co m p añ ero s de
viajo.
L u e g o q u e se supo su m a rch a para F ra n cia, fue in­
m enso el gentío que co n cu rrió á de sp e d irse con sentida.'
dem o stracio n es de dolor, seg ú n se d e ja comprender
B ríg id a B a rto lila, lia del bendito Padre, q u e también
liabia con cu rrid o con el propio objeto, le ro g ó le dejase
a lgun a p ien d a para su m em o ria , á la que respondió:
«Yo, señ ora, os dejaré dos; un a, la palabra de cncomen-
s d a ro s á D ios, y la otra, una m uela de las roías » Y esto
d icie n d o , se sacó una de su b o ca , .sin d o lo r alguno y sé
3a dió. T o d o s quedaron a d m ira d o s de .semejante dádiva:
poro aun a um entó su a d m ira ció n al o b s e r v a r lo s maravi­
llosos efectos que producía, con cuantos padecían dolores
de dientes ó m uelas y en otros casos sin g u la re s. También
se enco n traba en diclio acto P aulo de P o r la, noble y
gran d e a m igo y devoto de F ra n cisc o y de su nuova rcli-
— 241 —
gion, el cual no p udiendo d e te n e r las lá grim a s, dl o c u lla r
tampoco el do lo r que le a q u ejaba, p o r la m archa do su
santo a m ig o , postrado á sus p iés, p rorrum pió en sentidas
palabras do descon suelo, co n clu y en d o con la siguien te
nulablc frase: «O h fuerza d e la o b ed ien cia; solam ente tú,
¿i, pedrias sa c a r de la Calabria á nuestro q u erid o , á
3nuestro adorado y santo a m ig o !» P id ió le siquiera una
hilacha de su ropa pora co n servarla co m o reliquia, y le
ofreció fav o re cer en lo posible á sus am ados hijos. A q u e l,
despues de ba b crlc con solado, le dijo: uLa gra c ia de
^Jesucristo os a co m p a ñ e, que es la prenda mas poderosa
sconlra todos los m ales y bienes, y pues m e pedís una
jcosa nuestra, lom ad esto p an ecillo que traía en la
* manga para nuestro viaje, y e nco m end adn o s al S e ñ o r,
»que con vos y vu estras cosas q u ed e j
Vuelto Paulo á su casa, en tregó el panecillo á su
esposa para que le g u ard ase , pero ella m u y devota la m ­
inen de F ra n cisc o le colocó uniré sus m as preciosas
joyas. Unos cin co años habrían trascurrido, cuan do s o ­
brevino una carestía tal, que sobre s e r su casa una de
las mas p oderosas, ni aun pan para c o m e r lenian. Su
esposnT quo quería co n servar re liq u ia tan a p recia b íe, ba­
talló cutre la d cv o cio n y la n ecesidad; pero p ersu adid a
de que D ios p or los m éritos del Santo disp on d ría, que
aun en el caso de sacarle, siem p re qu e d ase algun a p arle,
le sacó, en elec to, por re m e d iarse. Dos pro digio s se
¡alaron desde lu e g o en el caso que nos ocupa: prim ero,
quo el panecillo se co n servaba en el m ism o estado que
tenia al tiempo q u e su esposo Faulo le recibió; y segun do ,
Hiie con ser doce las personas q u e com ponían la familia,
todas quedaron satis fechas, encontrándose el panecillo,
sin em bargo de sn pequenez, cual si do el no se hubiese
distribuido parte algun a.
Se divulgó este m ila gro y Pauto entonces contó otros
Jos, o b ra d o sen su casa p o rsii a m ig o F r a y F r a n c is c o .I mió
el primero, que estando un dia arrim ado á la puerta de la
10
— 242 —
misma, apoyado en un báculo á cansa de 110 poderse
mover por su debilidad, pasó aquel, que iba con otros á
corlar madera, y que lomándole de la mano, al instante
se sintió robusto; que fue con ellos, y al corlar un árbol
le cayó este encima de la pierna y se la quebró; queá
sus lamentos acudió Francisco, y' con solo hacerle la
señal de la cruz quedó curado. Y el segundo, que te­
niendo una hija gravemente enferma recurrió al referido,
quien le dijo: «Ño cuidéis de su vida, que el Señor se la
^quiere llevar.» Que entristecido contestó: Cuín piase su
voluntad, pues no merezco ni un ano gozar de e lla — crAsi
»scrá, replicó el Santo,» y acercándose á la cama la hizo
levantar, volviendo á decir á sti amigo: «Que al cumplir
j»dicho plazo moriría.» Lo que así sucedió.
CAPÍTULO X.

Viaje do nuestro glorioso Padrn desde Panln ¡i Nú polo*, y


prodigios que obró en cí camino. Su llegada ¡í. dichsi ciudad ,
y solemne recibimiento qno le hizo el rey D. Fernando
con su córte. Acéchale una noclic ti. II. y le vió elevado
de! sucio y resplandeciente, Resucita unos peces que le
mandó presentar.

Salió nuestro Santo do Paula con sus dos compañeros


de viaje, sin mas prevención que un báculo cada uno; un
breviario, un poco de pan para el camino, y un pollino,
por si alguno de los que lo acompañaban se cansaba,
siendo también crecido el número de los religiosos y se­
glares devotos, que fueron algunas millas en su compa­
ñía. Al llegar á un monte, desde que sevé gran parle de
la Calabria, y que á lo.s pocos pasos se pierde ya de la
vista, se puso Francisco sobre una piedra; hizo la señal
de la cruz y bendijo en país que lo vio nacer, diciéndolc:
«Adiós.» Raro porlenlo! Estampadas ó impresas dejó en
olla sus plantas á semejanza de Jesucristo, Nuestro lijen,
en el monto Olívele, at partir do este mundo para el
Cielo. La mencionada piedra se conservaba estimada y
venerada de los vecinos pueblos, hasta que un religioso
mínimo del propio pais, que es en la tierra dicha de Mo-
— 2-14 —
rano, luvo m edio para sacarla y trasladarla á nuestro
co le g io de R o m a ; pero luvo que restituirla el propio
religio so á reclam ació n de D . T r o v a n o E sp in eli, principe
de S c a le a , dueño del terreno en que existía, y en c u y a
casa se co n serva.
A l lleg ar á C a s te l-L u c io c u b a r o n en una casa V p idie­
ron á su (lucilo les pusiese en una vasija que llevaban,
un poco de vino; pero el piadoso ciudadano les respondió,
que hacia m u c h o s tiias q u e gastó un lo n d q u e tenia lleno,
el cual eslab a ya seco, sintiendo en el alm a no poderles
servir: «Por caridad, herm an o, dijo entonces F ra n cisc o ,
»ul al tonel, q ue hasta de ahora no le falta vino.» Fué
aquel confiado en lo q u e se le a ca b a b a de d e c ir, y le
encon tró lleno d e un vino re g a la d o . Salir» a d m ira d o , pu­
blica n d o por el lu g a r el m ila gro , y al p ro bar tan su a ví­
sim o n éctar, lodos á porfía deseaban s e r v ir y ve n erar á
varón lan s in g u la r.
E n el pueblo de A u ii c , p ro vin cia de B a silica la , se le
ofreció h e rrar el pollino, y p re se n tá n d o se en casa del
herrado r, le pidió le h ic ie s e aquella caridad: le herró,
en efoclo, tan lu e g o , pero á re gló n s eg u id o le e xig ió la
paga de su trabajo, y nuestro bendito P ad re le respondió
entonces: «H erm an o , nosotros so m o s pobres de Jesucristo
»v por esto m ism o no llevam os oro, ni plata, ni olía
» m on eda algu n a, p o rq u e viv im o s de lim osna, fiados en
» la P ro v id e n c ia de D ios q u e nos sustenta.» El herrador
no se co n ve n ció con palabras lan d ulces, antes al c o n ­
trario, furiosam ente co lérico , insistió en q u e re r cobrar
su trabajo. Nuestro San io quo no podía s u fr ir la mas leve
im p a cie n cia d e algnno de sus prójim os, llamó ú Blarlinclo
qu e asi se llam aba el pollino) y le dijo: «Yo ju z g u é que
»c! m aeslro nos haría de lim osna el h a bero s herrado,
» iíu o n es p ues, se le restituyan sus herradu ras, y así
a p o n ed la s acjiií lu e go al punto por caridad, que el Señor
s o s p ro ve e rá ,» A p e n a s o yó eslo el o bed ien te M arlinelo,
cuando á presen cia de m ucha g e n te q u e allí se e u co n -
— 245 —

traba, las arrojó á las m anos de dicho oficial: esle en


vista de ello, so postró á los piés d e F ra n cisco pidiéndole
perdón con abundan tes lá g rim a s , al tiem po m ism o que
permiso para v o lv o rlc á h errar, pero n o lo consintió.
Sigu iero n adelante, y al llegar á L a g o n e r o , p ueblccilo
cercano, se lo herró con toda voluntad otro herrado r.
No pasaban por lu g a r donde dejasen d e q u e d ar m a ­
ravillosos ve stigio s del bendito F ra n cisco. En la Polla,
del obispado de C a b a c io , se a lb erg aro n una n och e en la
casa de unos p iadosos co n so rtes, que tenian la dovocion
cíe re c o g e r en ella h u éspedes y p ereg rin o s, á cu y a familia
com unicó nuestro Santo con su ard ien te caridad ricos
tesoros de fervor. Bien se dejó c o n o c e r la santidad del
huesped que tenian en su casa, y esto m o tivó á que a m b o s
esposos le pidiesen por la m añana algun a prenda su y a ,
para su m em oria y co n su elo . R 1 buen P adre sentia no
tener cosa algun a q u o poderles dejar, m as a cercán d o se
al fuego del h o g a r , lom ó un carbón y dijo: « Y a quo no
hallo con otra cosa q u e p oderos dar, quiero dejaros
»mi retrato, y seg u id a m en te pintó su efigie eu la pared
»al natural, añ ad ien d o : Veis? A q u í os dejo cuanto os
»puedo dar.» Lo veneraron co m o p recio sa reliquia, hasta
que m u y m uch o tiem p o después, no tratándola sus d e s ­
cendientes con el d e co ro y estim ación q u e D ios q uería,
di puso d e sa p a recie se de la pared la predicha efigie.
Tun!o á la ciu d a d de S a lo m o esperaban ya á nueslro
Padre F ra n cisco los dos e m b aja d o re s del re y de F ra n cia ,
y dos ca b a lle ro s, q u e el de Ñ a p ó le s D . F ernan do envió
en su com p añ ía para salir á recibirle, con el objeto de
que enlrase en la c o r le con la g ran d e za y posible a u to ­
ridad. A s í q u e d ich o s cuatro person ajes U n iero n aviso
de su cercanía, salieron ¡i re cib irle a co m p a ñ ad o s de un
inmenso ge n tío , le rodearon con la m a y o r estim ación y
reverencia. !c besaron su m ano y le suplicaron les diese
su bendición. A q u e l les recibió hum ilde, político y atento;
saliendo de la p recitada t itulad la s ig u ie n te m añ an a, y
— 246 —
al pasar p o ru ñ a d e s ú s calles puso algún reparo, y vuelto
á la com itiva, dijo: «El S eñ o r $crá s ervid o , q u e en esle
a p ro p io silio , se edifique un suntuoso co n ve n to de nuestra
^ relig ión ,» P ro fecía , que se vió cu m p lid a el año de 1 5 1G
C o n tin u an d o su cam ino entraron en la ciudad de la
C a h a , en oeasion que la cofradía del N o m b re do Jesús
tenia abiertos los cim ientos para e rigir un tem plo bajo
dicha in v o c a c ió n , y su p licaro n los cofrades a nueslro
F ra n c is c o , les lu cie se el favor de poner la p rim era piedra
d e la fábrica: Co n descen dió gustoso y afable á sus ru eg o s,
y al po n etla profetizó, q u e por el tiem po serla aquella
Iglesia con vento do religiosos m ín im o s, lo cual quedó
c u m p lid o el año 1881. A la fam ilia de C u rtís predijo y
certificó al m a y o r a z g o do la ca sa su feliz propagación;
d a n d o la salud á su esposa con una m an za n a que 1c en­
tre g ó , y á otros dolien tes con sola la señal de la cruz.
T o d o consta en una inscripción, que la espresada cofradía
hizo e scu lp ir en m árm ol para perpetua m e m o ria .
T o d o estaba ya disp uesto en la gran có rte d e Ñ apóles
para re cib ir á nueslro Santo, con la m ism a pom pa y
m a g n ific en cia con que son re cib id a s las person as reales
y los leg ad os apostólicos. Salió del real castillo la n o b le y
b rilla n te co m itiv a , á cu y o frente iba el re y , con dirección
á la puerta C a p o a n a , donde se liabia hecho deten er al
ben d ito P a d re; m as así que llegó á ella y S . M. le avistó,
s e adelantó , p ara encontrarse con el, cin co ó seis pasos,
y le recibió con los b razos a b ie rto s , dándole la bien ve­
n ida, á la quo aquel corresp ond ió con respetuoso agasajo
y hum edad.
N o es ponderable la m a g e sta d con q u e llevab an á
tan Immildo y pobre religio so , d an do la vuelta por las
ca lles m as p ú b lica s y de m a y o r c o n cu rs o , siendo mtinilo
tam b ién el s éq u ito del pueblo. Unos á otros se ahogaban
p or g o z a r de su viáta, .sin que q u e d ase b alcón , azotea ú
otro m irado r, que no e stu v ies e ocu p ad o m ientras pasaba
el bendito E r m ila n o . á cu y o paso h in cab an la rodilla cual
— 247 —
si hiese un S a n io . O h D io s m ío , cuánto e n g ra n d e ces á
liis siervos, au u en esla vida! A l lleg a r á la plaza del
Castillo dondo do ordinario viv ía el re y , un a escuadrad©
soldados, en señal d e re g o cijo , liizo la corresp ond ien te
salva. D e eslo m odo entró nuestro P a d r e F ra n cisc o en el
real p alacio, vién do se precisado ú h o sp ed arse en la pieza
que de antem ano lo eslaba y a p reven ida. E n ella recibió
In visita d e la reina D oña Isabel, q u e iba a co m p a ñ ad a de
sus hijos, á c u y o s altos personajes recibió con su a c o s -
hunbrada h u m ild ad , los cu a les 110 se desdeñaron de be­
sarle el hábito con s in g u la r d e vo ció n , m anifestand o en
sus sem b la n tes y m o d a les llenos de cortesía, la alegría
ile que estaban p o seido s.
E l r e y , q u e no liabia podido d e sa rra ig ar aun de! lodo,
el antiguo con cep to q u e le habían h e ch o form ar de nuestro
buen Padre sus a d u la d ores con sejero s, quiso v e n c e r eslo
pequeño e scrú p u lo , satisfacien do á la vez g ra n p arle de
su curiosid ad. E fectiv am e n te , p oniendo en ejecu ció n su
pensamiento y lu e g o q ue el p alacio quedó sepultado en
el silencio de ia n och e, se d irig ió al cu a rto dorm itorio d e
sus huéspedes; so puso á o b serva r ó m irar p or los res­
quicios de la puerta con el m a y o r cuidado , ¿ f i n de con­
vencerse si su pen iten cia y santidad estaban en perfecta
armonía con la fam a q u e se habia e slcn d id o . Puesto,
como dejam os d ich o , en a ce ch o , o b servó estar bañada
toda la pieza de un n otable resplandor, que las ca m as
regaladas y ricas estaban intactas, y que los dos reli­
giosos, sus co m p añ ero s d e v ia je , oslaban tendidos en el
sucio al lado de ellas, pero con tanta co m p o stu ra, quo
mas p arecía se hallaban en lu g a r de p en iten cia, q u e de
descanso. A v iv ó entonces algo m a s su atención, y llegó
á ponor fijos los ojos en nuestro F ra n cisc o , que se e n ­
contraba en un p r o s u d o e sta sis, levantado del p av im en to
unos seis codos, bañado su rostro de lúcidos ra y o s , sus
ojos parecido s á dos brillantes luceros, lodo formado un
liormoso sol y puesto cu cruz, en actitud de abra za r á
— 248 —
aquel Señor, en cuyo amor estaba arrebolado, oyéndose
al tiempo mismo una armoniosa músiea celestial.
Atónito se quedó el rey Fernando al ver tan mara­
villoso prodigio, dando ya por bien tenido un recelo,
que le habla proporcionado lan agradable evidencia: por
todos lo$ palacios de la llena no cambiara ya el suyo;
su gozo por tener en su casa un liuesped, al que bajaban
á visitar los ángeles del cielo, era inexplicable; nada le
parecía lo que se le liabia diebo de nuestro glorioso
Sanio, en comparación de lo que él por sí hahia visto> y
de tal manera quedó del mismo prendado, que sentir cr
el alma haber consentido saliese (Te sus estados.
Litigado que fué el dia, y reconociendo su singularí­
sima abstinencia y rigor de su Iralo, le suplicó tuviese á
bien asistir á comer á sil mesa; pero Francisco se oscusú
no considerándose digno de semejante liorna. El rey, no
obstante su escusa, cuidó solicito de su regalo y le envió
un dia de su propia mesa un pialo de ricos peces fritos,
con un pago llamado D. Gerónimo Cabañil les, natural de
la ciudad de Valencia, en España, con el espicso recado
«que por su amor los comiese con sus compañeros.a
Tomó el pialo en sus manos nuestro buen Padre y cebán­
doles su bendición resucitaron al momento, sallando
vivos en el agua. Los criados que lo presenciaron que­
daron suspensos y admirados, y llegando la noticia ii
su magostad, le rallaban palabras para pondorar tan eslu-
pemla maravilla.
CAPÍTULO XI.

lít rey P . Fernando tenia sumo placer de entrar en convcr


sacion con el bendito Francisco, ic propone mejorar de
sitio para La fundación de su convento, por la Víi'/on que le
índica. Reprende A S< M. por lo agravados que tiene á sus
vasallos con Los impuestos, y con este motivo partí nn es­
cudo, del que empieza á chorrear sangre. Su relatan aun
¡ilgunos da los prodigios obrados en .su viaje á Mápoles, y
los que obró durante su permnuencia en dicha córte.

Tenia un especial gusto el rey D. Femando de con­


versar con nuestro bendito Francisco, de modo, que por
ello omitia sus diversiones y so privaba do toaos sus
entretenimientos. Un tliíi, despues de haber comunicado
con él sobre varios punios y cosas do no leve impor^
lancia, reconociendo lo imposible que ora se quedase on
Nápotes, le dijo: (¡Mucho apr&ciaria, Padre Francisco,
lleneros siempre en mi palacio, pero Dios lo tiene dis-
«pneslo de otra suerte; por lo mismo, y ya que no es
¡‘posible se cumpla mi voluntad y vehemente deseo, será
»d« mi mayor gusto fundaros un monasterio en esta
»córle, en razón á que, aunque la ermita en que tenéis
wlos religiosos, os ha parecido bien, no es sitio acomo­
dado no solo por la distancia de ella, si que íambicn por
iser escondrijo de gente perdida.»
— 250 —
El bendito Padre que solo esp eraba csla coyuntura
para co m u n ica r al re y m a y o r favo r que el q u e le quería
c o n ced e r, le respondió in m ediatam en te; «Yo os agra-
a d czc o , soiior, vuestras ofertas y buen celo d e aumenten
s m i pobrccilla religión: El sitio q u e ocupan m is Lijos, e¿
»bueno y presto será lo m e jo r (le la co rle (profecía que
use v ió cum plida); m a s lo q u e yo co m o fiel vasallo vuestro
adobo a c o n s e ja ro s , es, q u e pro curéis p a g a r lo que debeis,
j pues (¡uc no es del a gra d o del S e ñ o r q u e los príncipes
«desgasten sus haciendas, y créa m e V . M ., que lo agen o
jjsie m p re dá v o ce s al C ielo .n A d m ira d o el rov d é l a seve­
rid ad con que el San io le dijo oslas palabras, contestó:
«No siento, P a d re, que y o d eba cosa a lg u n a , ni tampoco
j>que tenga haciendas a gen a s q u e restituir.» Sí lencii,
S e ñ o r , replicó F ran cisco: «Q ue bien es ágenos son y
« s a n g re do pobres, las im p o sicio n es y ga b e la s que llevaii
acuda dia á los vasallos, las cu a le s , si para con el mundo
» nunca. les falla ju s tifica ció n , pocas v e c e s la encuclillan
»los p rín cipes cristianos en el ju ic io do D io s, y para fjuc
ade oslo no se d u d e, trá ig a s e m e una m on eda y ella dirá la
» ve rd ad .» E n to n ce s S . M. sacó un e scu d o , qne lom ó el
bendito P a d re , y p artién dole con facilidad por medio,
co m en zó á ch o rre a r san gro d e el; y n ueslro S anto, diri­
g ié n d o s e al re y á presencia d e los caballeros de su cá­
m a ra , lo dijo con la m a y o r entereza: «Hé aquí, hé aquí,
aó r e y F ern a n d o , la san gre de vuestros vasallos quo
»cla m á al C ielo.»
El r e y se quedó pasm ado, perdió el color y todo se
in m utó, vertió lá g rim a s co m o un a criatu ra, pidió á Dios
perdón y rogó á nuestro F ra n cisco sup licase á Su Divina
M agostad le p erdo n ase. S e retiró confuso á su cuarto,
asu stado y lleno de vario s y m e lan có lico s pcnsamienlos;
pasando lodo en re m e d iar aquel daño com ún , alzando ó
a lig eran d o los tributos, ga b e la s y p ech os. Y á quien uc
co n m o vie ra e s le suceso? Q u é corazon no se ablandara
con o sp eclá cu lo sem ejan te? Y qué enten dim iento noque-
— 5¿51 —
i;?.:?, con vencido de ve rd ad dem ostrada con tan p o r t e n -
tosu prodigio? T a m b ié n los g r a n d e s quo so encontraron
jiiosenles, se retiraron de la curLe llenos do lem or y co n -
ifusion. Q u é de m aravillosas circun stancias no contiene
¡esle aco n tecim ien to, co n tra concejeros y estadistas poco
^escrupulosos, que en las im p o sicio n es ó tribuios 110 m iran
¡sino com o sa c a r d in ero , aunqu e sea a costa de la san gre
¡de lps pueblos! Q u e doctrina para tantos que p resu m en
[su tímidos por los m as l i d e s s ervid o res de los principes!
i Ocasión fue esta, en la que el re y D . F e m a n d o d e -
jniuilrü los quilates de todas sus virtudes, purqtic ni so
¡acobardo por lan trágico su ceso, ni dejó de .sufrir co n s ­
tarle sem ejan te aviso, ni d e c a s tig a r con s ev erid ad á sus
culpables con sejero s, ni de poner rem edio , en lin, en
tuuo iumedia lam en te, con su sagacid ad y prudencia: pero
So quo m as lo acreditó fué aquella cordialisim a alicion
que desde entonces co b ró al bendito P ad re F ra y F ran ­
cisco. Cuánto le pesó haber consentido saliese de su reino
varón lan eslrao rd in a rio ! D iscu rría m odos y m edios para
retenerle, m as en van o , p orque los propios m otivos quo
le obligaban a pensar asi, eso s m ism os e stila b a n al e m ­
bajador de F ra n cia á a cele ra r su partida. Sin e m b a rg o ,
aprovechó cuanto pudo aq uel b re v e tiem po, go zan d o con
frecuencia de su con versación : 1c fue m uchas v e c e s á v i­
sitar, no sufriendo estar ni un m om ento ausen te de
luicsiro buen Padre, no p udiéndose p o nderar en m anera
alguna, la hum ildad v llaneza con que le trataba. M uchas
cosas le reprendió a quellos dias el Santo, y de otras
muclias le dió salu d ab les co n se jo s, ó le hizo a d ve rten cia s;
empero cuanto m a s a g ria m e n te le a visab a , m as era su
pasión am orosa hacia él. crecie n d o para con nuestro g lo ­
rioso fundador su ca riñ o , al paso que este aum entab a el
rigor de sn reprensión.
Apenas pasaba nuestro F ra n cisc o por parto a lgu n a,
sin que quedasen evidentes huellas de aquella prodigiosa
'irlud do hacer m ila g ro s , q u e el S e ñ o r le había c o m ti-
— 252 —

n icado. En su via je á la ciudad d e Ñ a p ó le s, del que ya se


reseñó algo en el a n te ced e n te capitulo, uno de los que le
aco m p a ñ ab a n con el e m b a ja d o r francés, fue D. Juan
T u r c o , g e n til-h om b ro de P atern o , quien testificó
tenia un criado m an co , do resultas de un go lp e q ue habia
r e cib id o en la tom a do O Iranio por los m a h o m e ta n o s .;
q ue h ab ién do le dicho el e m b aja d o r in d icad o sus deseos
de que le cu rase para q ue m e jo r les pudiera servir, le
respondió el Santo:» «Q ue tu viese íirrac fe en D ios, y de
a s e g u r o c u r a d a .» «Q ue la sig u ie n te m añan a, estando
todos o y en d o misa, o bservaron , q ue el esp resad o criado
e sta ba con 1111 copioso sudo r q u e le bañaba el rostro,
q u e sacan do nn pañuelo para lim p iársele notó que lo*
n ervio s se le d e se n co g ía n , y que probando si lu mano
tenia ya m o vim ie n to , le e n co n tró tan perfecto, cuabi
n un ca hubiese estado do él p r iv a d o .5) E n el mismo arto
dió nueslro F ra n cisco lam bien la salud á V ip ero. criado
del prin cipe ilc S a lo m o , paralitico de ranchos años, sin
q u e ningún rem edio le hubiese se rv id o de provcclm.
s e g ú n in fo rm e del referido señ or. T odos los presentís I;
rindieron m ultiplicadas gracia s.
Cierto tlia oslaba el b en d ilo P adro hablando do ¿u
viaje con un am igo s u y o , hijo de T ib erio , fundador díl
co n ven to de E sp ezan o , q u e se le ofreció acompaííail'
hasta F ra n cia , pero antes do co n clu ir lu conversación,
quedó com o en a gen a d o y sin sentido: vuelto en si Fran­
cisco al b re v e rato, fiado en su am istad, 1c rogó a q u e l Ií
d ijese si ocurría algun a n o v ed a d , pues q u e la especio *lo
a ccid en te que liabia tenido, así al p arece r lo indicaba, i
quien respondió: « A so m ao s á esa ventana y decídmelo
»q uc habéis oído: O ig o , le co n testó , tocar la campad
»de la parroquia do San B la s do E sp cza n o , d e que soy
¿feligrés: Y sabéis á q u e se toca? Y hab ién dole tliciio
»que no: Pu es s a b e d , añadió, q ue e s p or vuestro pililo
»q uc a c a b a de m orir; y asi co n fo rm ao s en la voluntad <1?
»I)ios V m a rch ad á vu estra casa, por q u e en ella es ne-
— 253—
íce.viria vuestra persona.» So re stitu y ó , en aféelo , á
cita, y encontró, quo era exa cto lo q u e su Santo am igo
le liabia dich o .
De otra m ara villa nos inform a el proceso de .su ca n o ­
nización, y es, q ue oslando nuestro glorioso Patriarca
jen su retiro ó alojam iento del palacio del rey de N ápoles,
s: prendió fuego en cliclia pieza, creciendo por instantes
:s;¡ inlctisidad y am en azando gran ruina; quo en esto, di­
rigiéndose a dos person as q u e estaban en su compañía*
I i Jijo: «No v e is lo qtie está haciendo Mala T esta? (así
llamaba al de m o n io ). Q u e entonces fué hacia el fuego,
1? apagó con sus m an o s, co g ie n d o en ellas las b rasas e n -
ctiididas, q u e a rro ja b a por la ven ta n a, y quo volvió á su
tsiancia sin rastro ó señal algun a en las m ism as. Se dió
njüciíi de osto m ila gro á S. M ., q u e se divulgó cual
jfiiLspa eléctrica p or la c o rle , con gran d e aplauso del
Piidrc F ra n cisc o .
Dispuesto y a el via je y el bendito P adre para partir,
oslaba esp erando en tre m u ch ísim as person as, á que s a ­
liese de p alacio, una DNiger q u e se llam aba M argarita de
¡Cúpula, q u e p adecía la penosa enferm edad de a sm a, y
fúü lal Índole, que m u y á m enudo !a solía hasta p riv ar
[iki liabia por algunos dias. A s i q u e vió á nuestro S anto.
(£C‘ postró á sus piós sign ificán do le con lá grim a s su a flic -
|ciiH). Este le dijo entonces, m andase Iiaccr una en salada,
y que con ella san aria: C a b alm en te , P a d re mió, do ahi
¡proviene m i dolencia: «Pues lo m ad estos dos bizcochos,
iOJiuetl con ellos la en salada, y confiad cu el S e ñ o r, que

Í sos dará la salu d.» L o puso lu e g o en ejecución , y quedó


ilirc del lodo de su m ol.

Xo contenta la susodicha m u je r con publicar á voces


— 254—
habiendo encontrado en ella sino á la enferm a, y sicmlu
in m in en te c! peligro do que no pudiese v e r á ntiesirc
SanEo si se delenía á esp erar á su m a d re , se la llevo !c
m e jo r que piulo á su p re se n cia. M a rg arita , después di
haberle dado las gracia s por su recu p e ra d a salu d, le .su­
plico se co m p ad ecie se do aquella p o b re cila doncella y la
enrase: «Si sanará, dijo F ra n c isc o , si prim ero hiciereis
»vcnir a q u í á su m adre » L a buena a m ig a lo hizo coi;
toda diligen cia, y puesto ante el m is m o , la llam ó apar!;
y la dijo: ccMa.s lepra tenéis, señ o ra , en vuestra nlim,
» q u e liene vuestra hija en el cuerpo-, pues que no saíU-
» fecha con sosp echar, q u e vuestro m arido tenia ruin trato
»c-on la vecin a, lo buhéis lleg ad o á p ublicar sin vml¡n:
^alguna, y com o si asi fuera: A n d a d ; restituid el b o n o i á
t a m b o s , y luego haced un co cim ien to de estas yerba?
»quo os d o y ; daréis con el a g u a un baño á vuestra ll¡i-
»gada hija y de este m odo tendrá satiul.» L a m adre da lu
enferm a conoció q ue el E spíritu Sanio era quien habí alia
por nuestro buen P adre, a cansa de ser su culpa solo no­
toria á dos ó tres am igas: se postró á sus pies, confesa mi o
set* verdad cuan to le habia d ich o , y p rom etien do pronto
y cabal satisfacción . Hizo ol co cim iento ; dió el uaii*> .1
su hija, y al siguien te dia salió lan sana y lioipia. como
si ja m á s habieso tenido sem e ja n te enferm edad; publi­
cando la m adre su propio delito, y el m encionado mi­
la g ro , para q u e D ios fuese loado, y el bendito F rancko
e n g ra n d e cid o .
A este m ism o tenor fueron infinitos los prodigios
q u e obró nuestro Santo 011 los quin ce dias q u e pcrmaneciu
en la có rte de N ápo les, p orque solo los quo o bra ba cuando
salía á la Iglesia todos los dias con sus compañero-
d e via je, son y a de su y o im p o nderables, cu alcncíoiu
que el pueblo s e ago lpaba á su paso, con el único objelo
de v e r los m uchos n ecesitados y enferm o s de todas ito-
1encías q u e acudían á pedirlo re m e d io , de los q u e ningiui1
se apartaba d e su p resen cia sin estar curado ó consolado-
— 255—
Coi rigió á muchísimos pecadores, que reformaron sus
costumbres; pacifico a oíros muchos, enmendó grandes
desórdenes y edificó maravillosamente a todos. Éra, en
iin. muy especial el cariño que los napolitano*? profesaban
al bendito calabrés, sintiendo en el alma cuantos le co­
nocían que so ausentase, cual si de cada uno fuese su
¡iropio padre.
CAPÍTULO XII.

Honrosa despedida q u e el rey y la ciudad de NápoLos hicieron


á nuestro bendito Padre: li.epn.ra la galera, caminando eu
e! m ar sobre las aguas. Su entrada en Roma: Besa el pl>? al
Papa S ixto IV. y favores q ue le dispenso. Profetiza al car­
denal de Isl Hovere su exaltación al Pontificado, y que !e
aprobaría el voto de la perpetua vida cu aresm al.

Dia de kilo futí para la corte de Xápoles y para lodo


el reino el i de Febrero do liS á , por ser ¿1 destinado
para continuar su viaje á Francia nuestro Sanio fundador,
para no volver á pisar ol pal rio suelo, como así sucedió.
Inospücable es el sentimiento general que ocasionó osla
noticia, pero quien mas marcadas muestras dio de el,
fut* el rey D. Fernando. En eructo, al ir á despedirse <!c
Su Magostad el embajador de aquella naciou y ¿darle
las gracias por los favores recibidos, prorumpió aquel
diciendo: «Que solo sentía se llevase de sus estados tan
spreciosa joya; porque con 1111 varun como Fray Fran­
cisco, quedaba como sin padre, huérfano y sin coa-
asuelo, y que así que le venia al pensamiento, que pro­
bablemente no le volvería á ver, se melancolizaba y se
»cubrÍD de dolor su corazon »
En los propios [orminos se produjo el roy con el ben-
-257 —

dito F ra n cisc o , a unqu e con mas tiernos palabras: L e pidió


lambien le e n co m en d ase á D ios de veras; q u e no se o lvi­
dase de aquel reino que le vio n ace r, co m o ni tam p oco
de la reina su esposa, y de sus s ie le hijos; pero con s u ­
misión lal y h u m ild ad , q u e posan á in creíbles las de­
mostraciones que hizo dicho m o n arca. Muestro P adre le
eonlesló con la m a y o r b e n e vo len cia y a gra d e cim ien to ;
con palabras h u m ild es y con so latorias; p rom etién dole
cumplir con cuanto le p ro ve n ia, dándole tam bién a lg u ­
nos consejos y aviso s para su go b ie rn o . Y entonces e!
Soberano, desh ech o ya en lágrim a s, se hincó do rodillas
álos píes del Subd ito; 1c besó el hábito, lo pidió su ben­
dición, y ¿i perm itirlo el S ie rv o del S e ñ o r, los pies tam ­
bién le hubiera besado,
H abia m andado el re y a p restar una galera bien a b a s -
lecida (le lodo lo necesario, para que en ella pasase á
Franela nuestro S a n t o , a co m p a ñ ad o de su seg u n d o
liijo D. F ed eric o , p rín cip e de T a ra n to y v ir e y de V a le n ­
cia en E s p a ñ a , y de F ra n c isc o G aleota, caballero n apo­
litano y a lcaide do la P u crla Cap oan a. S a b ed o ra d e ello
la ciudad, nom bró con el propiu objeto una com ision do
seis distinguidos caballeros, los q u e fueron anle todo a
ííflj las g r a c ia s á nuqsLro P a d r e por hab er q uerido ho n ­
rarla con su presencia y con lan singulares m a ra villa s,
encomendándose en su s oraciones y maniresEándolo al
tiempo m ism o el sen tim ien to que por su partida tenian.
Francisco les a gra d e ció con notable ren dim ien to tan cor­
tesana d em ostración , a se gu rá n d o le s á la vez tendría m u y
presentes sus ru e g o s , pero les suplicó hiciesen presente
a !a ciudad tuviese á bien suspen der su acuerdo , eslim ando
en m ucho el favor quo con ello se le ha cia . No pudi),
sin em bargo, ser atendida sem ejan te súplica por las ra zo ­
nes que dicha corp oracion espuso, siendo la principal
ile ellas «que envian do su M agostad para aco m pañ arle ú
su propio hijo, no podia ni debia la ciudad por parte
suya dejar de secu n d a r las miras de su So berano .
H
— 258 —
Co m o última prueba del am o r q u e le profesaba, quiso
el re y a co m p a ñ arle li.isla el em b arcad ero en compañía
de los gran d e s y nobles de su co rle , y de una inmensa
plebe ad em á s. P arecen in cre íb le s las a ten cion es con que
le honró obsequioso, llevan do siem p re en la mano su
sombren», co m o y tam b ién las d em o stracio n es de afecto
y hu m ildad q u e Hizo públicas, sin poner tam poco en ol­
vid o las re co m e n d a cio n e s i-eferentes á su reiüo , esposa
é hijos, chindóle despucS del m odo m as cariñoso los últi­
mos abrazos. N uestro F ra n cisco se despidió de su sobe­
rano con evidentes señ ales d e em o c io n , y asim ism o de
la re g ia co m itiva , co rresp o n d ien do todos, m as con lágri­
m as que con palabras. N otab le Tué el gen tío que acudió
al puerto para p resen ciar el em b arq u e: im p o n d e ra b le
las ben d icio n es y alabanzas de su persona, e incsplica-
b le s sobre todo las afectuosas e scla m a cio n e s co n q u e im­
p loraba su buen v ia je y feliz regreso .
P a rtiero n con favorable vien to, co rrien do próspera­
m e n te la galera: el rig o r d e la estación y las incomo­
d id a d es propias de un v ia je en el corazon del invierno,
eran, no obstante, á lodos dulces con lan sania compa­
ñ ía. Y cóm o podían a q u ella s palabras de nuestro buen
P a d r e d e ja r de su a vizar cu a lq u ier trabajo ó contratiempo
uc padeciesen? L le g ó la n av e al puerto de O stia , por
3 onde el T ib o r d esagu a en el mar, y al entrar en él se
lev a n tó lal torm enta, q u e las o las principiaron á comba­
tir la , liasta venir á q u e d ar in m ó vil y en ca llad a en un
ba n co ríe arena. Con la con tin ua b atería de las ondas
sufrió el b arco varios desperfectos, lleg a n d o á entrar en
el m ism o no pequeña co p ia de a g u a , de m odo que los
m arin eros y p asa gero s d e ca y e ro n lodos do á n im o , y se
daban ya por perdidos, y en in ev ita b le peligro de morir
a h o g a d o s, sin que les quedase otro consuelo que el pen-
sar iba en su co m p añ ía el bendito f r a n c is c o .
A l b ram ido de las olas y á los gritos y lam entos iic
aq u ello s, salió so b re cub ierta nuestro Santo, y despues
de haber re co n ocid o que la galera a d em á s de encallada
estaba y a dada ¿ la b anda, ó s e a lum bada hacia uno de
sus costados, y de haberles reanim ado con su p resen cia,
les d ijo : ttlícim an o s, q u e ré is libraros tic e sle riesgo,
xpor ca rid a d , arro jadm e al a gu a .» D ich o esto, y re co ­
nociendo ([uo aquellos no so determ in aban á ej ocular
!o que acababa de proponerles, se p ersig n ó , bendijo al
mar. y con so rp re sa do lodos el m ism o se arrojó- se
puso ;i la parte ladeada, y arrim ando sus espaldas la
sustentó con ellas, hasta quo enderezada, y en m ejor
posicion, luvo agu a para poder ondear. A d m ira d o s en­
tonces en visla de tan portentoso p ro d igio , y anim ados
lodos á la v e z, lom aron los rem os los m arin eros, y con
«l favor tic D ios y lii a yu d a d e su S ie rv o , la sacaron fácil­
mente del banco de arena en que estaba e n ca llad a , y
con facilidad arribaron á nn lu g ar cercano a O stia , en él
que dieron fondo, s eg u ro s y go zo sos, no solo por él feliz
termino de lo ocurrido, si que tam bién por haber visto
al T a u m a tu rg o y Cal abres cam inar sobre las olas, cual
si lo hiciera por tierra lirm e. Salió Fran cisco á la líibern ,
y recogido en la galera con gran d e aplauso y re go cijo ,
dieron infinitas g r a c ia s al S e ñ o r por h a b e rle s librado do
pcrecer lan m ila g ro sa m en te, por m ediació n del m ism o.
Así que lleg ó á R o m a entró en la p rim era Iglesia que
encontró para dar g r a c ia s á D ios, y referir á S u D ivina
Magostad, cual otro E líe/ er, el buen suceso del cam ino,
confesando haber todo venido de su m ano. Quien pri­
mero supo su lleg ad a fue el m ariscal em b aja d o r del re y
cristianísimo en dicha co rle, q u e estando ya sobre a viso ,
recibió y hospedó á varón de tanta fama, por el que
anhelaba con v iv a s ansias Su Soberano. L os cardenales y
prelados de la propia nación con currieron ;i visitarle, y
entre todos quedó con venido pasara el dia in m ediato á
besar oí pié á Su S a n tid a d .
Con puntualidad se reunieron el siguiente dia á la
hora co n ve n id a los dos e m b aja d o re s, el principe de T a -
— 260 —
ran lo y d em ás que debían a co m p a ñ arle, quienes colo­
cando en m ed io al bendito F r a y F ra n c isc o , se dirigieron
con la autorización co m p ete n te , a! p alacio del Vaticano.
D o a d m ira r era la inm ensa co n cu rren cia que salía á las
calles de! transito solo p or v e r al religio so , de quien en
R o m a tantas cosas se d e cían . A s i que llegó la ilustre
co m itiva á d ich o p alacio, la recib ió Su Santidad en so­
lem ne a u d ien cia , y nuestro b uen Padre le adoró y besó
el pió con profunda h u m ildad y n otables m uestras de
fervo r. C o m o si estu v iese á los pies de Jesucristo se en­
terneció á los d e su vic ario , el cual, tam bién enternecido,
v en eran do su persona, asp ecto y ca n a s, le levantó del
su e lo , y a b ra zá n d o le e strech a m e n te le (lió el O sculo de
paz del S e ñ o r, y con evidentes caricias y s in g u la r hum a­
n id ad , le m andó sen tar ju n to á si en úna rica silla, üií
presen cia del C o le g io A p ó s lo lic o : distinción rara ve?,
usada p or los sucesores de San P edro. E l Pontífice le
m iró co m o m u y esp iritual, co n sid era n d o su interior reco­
gim ie n to , por lo q ue rebosaba en su esterior; de a quí es,
q u e se co n m o vió tierno, le veneró atento y le recibió
d evo to
O b te n id a la ven ía del Papa se retiró F ra n cisc o des­
pués de h aberle dado las g r a c ia s , por h a b erse dignado
co n firm ar con letras apostólicas su pobre religión , y por
la sin g u la r m erced tam b ién de h ab erle p erm itid o se acer­
case ó su persona, d e lo que se con sideraba indigno,
añadien do las sigu ie n te s palabras: «A quí e sto y , pues,
«Santísim o P a d r e , dispuesto cu lodo á vu estra soberana
»voluntad, con sujeción al voto que tongo hecho de obc-
» d c c c r sie m p re al S u m o Po n tífice y á sus su cesores, y
»no solo yo , toda mi p o b re R eligió n ; v e n g o llam ado por
«ella con e k d e s o o d e re n o v a r el voto de la misma, y
«adem ás los de ca stid a d , pobreza y vid a cu a re sm al, lo
»quo b a go en rai n om b re y on el de todos los q u e siguen
»ó sigu ie re n en adelante nuestro instituto.» V e llid a s es­
tas palab ras se acercó por seg u n d a voz á b esar el pió
— 261 —
á Su Santidad, y lu e g o hizo seña ¡i sus (los co m p añ e ro s
é ilustre co m itiva para quo hicieran lo m ism o . A ten to
estuvo el Papa á su hu m ild e .semblante, á sus su avísim as
palabras, á s u s m e d id as cláusulas, sin artificio ni ficció n ,
y de lal m a n era se eslam p aron en su corazon, que sin
poderse co n ten er, co m enzaro n sus ojos á destilar lá g r i­
mas, y volviendo á ab ra za rle cariñoso y co n m o v id o , (lió
á Francisco la bendición quo lo pidió, y la licencia para
separarse, con la espresa condicion de v e rs e m as d e s ­
pacio,
C a m in es , en su historia del rey L u is X I de F rancia
dice, q u e el Papa S ix lu dió ;í nuestro Santo tres audien ­
cias privadas d e algunas lloras cada una de ellas, y que
si bien no so lia sabido de q u é se trató en las m ism as,
no dejó Su Santidad de co n fesar la p articu lar luz quo lo
habia dado en las va ria s m aterias de q u e fueron objeto
sus co n versacion es, trasluciéndose, sí, q u e n ueslro b e n -
dilo Padre habló en todo, co m o m u y circu n sp e cto é
inspirado por E sp íritu S u p e rio r. M uchas v e c e s lo rogó
su Beatitud se ordenase d e sacerdote, m as lo rehu só con
humildad y co n stancia, a lega n d o por ca u sa sor in dign o
(le ello, adem ás tam b ién üe un ign o ra n te. E l Pontífice
conoció era esta la vo lu ntad del Seño r, y desistió por lo
mismo de su e m p e ñ o ; así es, que después d e h aberle
confirmado su orden con m uchos y particulares p r i v i le ­
gios, lo dió potestad para b en d ecir cru ces y d e m á s de
costum bre, co m o si las b endijese el m ism o Pontífice.
Sin e m b a r g o , en lo que sí puso reparo S u Santidad,
fué en la aprobación del volo de la vid a cuaresm al per­
petua, p o r ser co sa jam ás in troducida en la Ig lesia , y
Muiy difícil do o b s e rv a r, á causa de estar en oposicion
con nuestra débil naturaleza, y fundado en estos a n te c e ­
dentes se escusó de d a rle su ap ro b ació n . N uestro F ra n ­
cisco entonces se volvió hacia el cardenal de la R o v ero ,
sobrino del Pon tílice, que estaba presento, y asiéndole la
mano d e re ch a con aquel espíritu prole tico de q u e el
— 262 —

Señor le había dotado, (lijo: «Aquí está el Padre Sanio


»quc cumplirá mi deseo.» Así sucedió, como lo había
vaticinado, porque pucslo en la suprema silla, con el nom­
bre de Julio II, confirmó la cuarta regla ó soa aquel voló,
concediendo amplísimos privilegios, según consta de
lanías Bulas espedidas por el uaismo Papa en favor de
nuestra Religión, quien veneró y amó afectuosamente a
Francisco mientras vivió.
CAPÍTULO XIII,

Hor.ru» ú nuestro padre los cardonales., príncipes y otros de


arpiftiia corte. Profetiza sil Papado á un niño tic pocos anos
iliíMiMululc «que entonces seria él Santo y le canonizaría.»
Dsspucs tic haberse despedido de Su Santidad, desencalla
la galera del Tiber. Castiga Dios á una persona f|uc tenia
:nuv poca fé. lin Gúuova profetiza ú sus compañeros en
C|if sitiü tendrían pronto convento. Fue visitado por aquella
r¡i?íioríiL, y en especial por el príncipe Juan Andrea Doria.
Libra ¡i los suyos de piratas, tíu. arribo ni puerto de Bormes,
i’ : l Francia, y su prodigiosa entrada en él.

Muchos fueron los elogios y alabanzas que hizo dol


bendito Francisco el Papa Sixto á presencia del Sacro
colegio, enalteciendo su sencilla santidad, su candidez tío
espíritu, su superior luz en conocer, su acicrlo en el dis­
currir, su ardiente caridad en el tratar y su afabilidad
sificcra en el decir: de modo, que semejantes encomios,
mas que oIra cosa parecían una canonización en vida,
como preludio de la que se le baria a los pocos años de
su gloriosa muerto. Por eslo mismo le visitaban á porfía
los cardenales, prelados y príncipes de Roma; recono­
ciendo míos y oíros se liábia quedado el Sumo Ponlílice
muy corto cu sus elogios.
Teniendo nuestro bucu Padre en cuenta las repetidas
instancias del embajador Trances para la continuación
ilel viaje, lúe por última ve/, á visitar y despedirse do
Su Santidad, quien antes de echarle su apostólica ben­
dición, 1c habló de esta manera: «Obligados somos. Padre
— 264 —
« F ra n cis co , por derecho n atural, á socorrer las mayores
^n ecesidades, y aunque toda la cristia n d a d las padece
a g r a v e s , con gu erras y oirás desventuras, donde nía?
» u rg e n cia h a y es orí F ra n cia. El re y cristianísim o Luis
aos a m a ; su voluntad y afición á vuestros m éritos es
a g ra n d e : com o no ign o rá is, lia h echo varias diligencias
a p a ra que pasaseis, y vos por ju sto s respetos lo esc usa.s-
a teis, pero y a , hijo, no p odéis dejar de co n ced erle lo que
aá am bos nos pide; esto es, á Vos, que v a y a is con gusto,
»Y a N os quo os o b liguem o s á ir, y por lo m ism o nos lia
a p a re cid o bien llam aros: A h o ra y o os ru eg o , como
^vuestro m u y apasion ado y co m o Pon lilice os m ando cu
* virtud de santa o b ed ie n cia, que paséis luego á dicha
»nación con vuestros religio so s á cu m p lir los deseos do
#aquel m o n arca, tpio con tan tas ansias aspira por vuestra
aperso n a y re ligió n , para honrarla y eslen d erla por sus
» estados. C on fiad en ol Señ o r que g u ia todas las cosas,
a q u e servirá de m u c h o vu estra presencia en ellos.»
In clin ada la vista al suelo, perm an eció nuestro Fran­
cis co o y en d o las p alabras d e S u Santidad, con espirituales
g o z o s de su a lm a; p ro m etien do sin la m enor réplica
o b e d e ce r pronto todo cuan to se lo m andase. D e seguida
se postró á los piés del V ica rio d e Jesucristo, y despues
de habérselos besado h u m ild em e n te , le dió esto su apos­
tólica bendición y le recib ió en sus brazos, dándole por
ú ltim o p erm iso para p artirse. A si lo verificó al momento,
dirig ién do se á la casa h o sp edaje del e m b aja d o r, y al
pasar p or jun to al m onto P'mcio, dijo á los religio so s sus
co m p añ ero s: « E n cim a de este m o n te, con la gracia (Id
«S e ñ o r, tendrem os bien presto un m onasterio de nuestra
a rclig io n .» Profecía, q n e quedó cu m p lid a doce años des­
pués, con ol titulo de la T rin id ad del Monte.
R o m a , la ciudad eterna, toda se co n m o vió con c!
tránsito p or d í a de este pobre, hu m ilde y m ínim o Fraa-
cisco: no s e hablaba en ella de otra co sa, que de su mo­
destia y dem ás virtudes, y en especial de las honras y
— 265 —

favores q ue Su Santidad le dispensaba. A l paso que mas


desasido v iv ía y q u e menos aprecia b a las glo ria s m un­
danas, el C icló se las m u ltip licab a de una m anera e s -
traordinaria. El Su m o Pontífice, que lan parco en c o r ­
tesías ú o b seq u io s so m uestra en gen era l, hasta con las
loslas co ro n ad as, sin m edida se las hizo á aquel pobre
Ermitaño. Pró digo s en oslo misino se m ostraron lam bien
los cardenales y d em ás prelados de alia jera rq u ía , no
desdeñándose tam poco de pasar á visitarle á su casa
ltospedage, L o propio hacían los principes seglares y
altos em pleados, sin esclu ir las dam as y señoras de la
cúrlo, que prelendian lencr el g u sto d e verte; v o lv ién d o se
unos y o íros á sus re sp e ctiva s casas con n otable ad m i­
ración.
D eb em os, sin e m b a r g o , no pasar por alto en esta
narración, una de las lanías visitas q u e l i n o nueslro
bendito Padre, por lo co n ducente q u e es su noticia en
esto lugar. Lorenzo de M ediéis, principe de los d e m as
tiombradia 011 aquella cp o ca , fue oíro de los m a gn ate s
í^itc en csla ocasion le fueron á visitar. L le v a b a este señor
en su co m p añ ía á Juan de M ó d id s, su hijo, niño de unos
seis á siete años, á quien al ver á F ra n cisc o , m andó lo
besase la m ano; el niño se la pidió, en efecto, para
cumplir el mandato d e su señ o r padre; pero el pobre
Ermitaño, ab razán d ole cariñ oso, !e dijo: «X lo menos
acumulo vos seáis P a p a q ue será bien presto, yo seré
»Sanlo y m e cano n izareis.» E sta profecía se cum p lió ,
porque a los diez v ocho años de su edad fué cIcelo ca r­
denal: en l o l 3, y antes (le cu m p lir los treinta y siete,
fnó exaltado al Sollo Pontificio con el nom bre de León X ,
y esle m ism o año ó sea el p rim ero de su P on tificado, le
beatificó, y el séptim o, esto es el do 1519, le canonizó
con solem nísim a pompa y m agostad.
R e c ib id a por Francisco la bendición del l'apa, co m o
se lia dicho* s e dirigió con sus com p añ eros de viaje al
pucrlo de O stia para e m b arcarse, en ocasion en fine el
— 266 —

piloto de la g a le r a se cn co u lra b a m u y afligido, á enitsa


de faltar agua al rio, y c a re c e r de p escante para zorpur
lu e go al putilD, co m o el em b aja d o r pretendía con anhelo
y le Icnin prevenido a prcslase el barco cuanto antes. Los
m arin eros hicieron por su parte lo posible para aviarla,
pero p or m as esfuerzos que hicieron para sacarla ;i la
corriente del rio, Lodo fué trabajo perdido, sin saber ya
qué partido tom ar. C o n o cien d o nuestro Santo su aflic­
ción, se a cercó al pilolo diciendo: «Qué con goja tenéis,
»M aesli-o? E ch a d la sonda p or ca rid a d , que bastante
afondo h a y para poder salir la ga lera .» El piloto, que
una y otra ve z liabia m ed id o la altura del a g u a rehu­
saba por lo m ism o h a ce rlo , dese sp e ra d o y contumaz;
m as lom ando entonces F ra n cisco la cu e rd a , la bendijo,
y dándosela al m ism o, dijo: «Q uo en n om b re del Señor
í volviese á m edir la altura esp resad a.» Hiznlo así, y ca­
lada que fué la cu e rd a , encontró haber crecid o seis
p alm os el agu a ; con lo q u e salió la galera, y se pudieron
d isp on er á n a v e g a r con rem o y vela.
M ientras en tre los m arin eros y piloto duró la porfía
s o b re la altura del a gu a , sucedió , q u e deseando una
bu e n a m u g er tener algun a prenda por reliquia de nuestro
buen P a d ro , se dirigió ú la casa del em b ajado r do Francia
en R om a, y co n ocien do un criad o su aféelo V devocion,
110 quiso se m a lo g ra s e su fervo r, y le dijo: c Q u e tomase
>jun poco de heno sobre el que el P adre F ra n cisco habia
a d o rm id o el tiempo que h a b ia estado en ella hospedado.
»si era cosa que m erecía su a p r e c io ,» L a de vo ta muger
c o g ió entonces cuanto pudo lle v a r entre sus brazos, y se
volvió en cslre m o contenta á su casa, deján do le sobre
una m esa, hasta t-inlo q u e d isp usiese de lu g a r m as de­
cen io donde colocarle. E n osto entró su m arido en casa y
la reprendió a g ria m e n te , apostrofándola con los dicterios
d e necia y sup ersticio sa, y d iciéndola por último: «Qw:
» v irlu d puede tener el líeno, solo p or h a b er dormida
»sobrc él el E rm itañ o?» D ich a s estas p alabras, lo tomó
— 267 —
para arrojarle; m as D ios, íiel p ro tecto r do su S ie rv o , no
quisca pasase sin castigo su a lre v im ie n lo , y al in sla n lc se
!e pegó al m uslo su m ano, q u ed án d o le inm óvil el brazo
v con un dolor tan in tenso, q u e en m a n e ra alguna lo
podia sufrir. A l m o m ento co n oció c! paciento que su yerro
uAOia de su poca fié, y su m n g e r le aconsejó se presentase
de .seguida p or rem edio al Sanio varón antes q u e p ar­
tiese. IJízolo asi, postrándose á sus pies, y acusándose á
sí propio con copiosas lá g rim a s confesó su poca devoción
y decoro. N uestro Santo l e c c b ó su bendición y lo dijo:
¡No fuese otra vez tan in c ré d u lo ,» y le desp ach ó bueno
y sano. Vuelto á su c a s a , eslim ó aquel poco de lieüo en
lo sucesivo, co m o una p reciosa reliquia.
Desaferrada, según d ijim o s, la g a le ra , el piloto dirigió
su rumbo hacia G e n o v a , á c u y a ciudad llegó próspe­
ramente y con b reved a d , q u e d an d o a d m ira d o s los n ave­
gantes de su m a gcslu o sa gran deza y suntuosos palacios:
vuelto entonces F ra n cisco á sus religiosos les d ijo ,
señalando un vistoso y a le g r e monte: «Se servirá el
sSeilor, quo pronto ten gam os so b re su cu m b re un con­
g e n io de nuestra o rd e n , bajo el titulo de Jesús M a ñ a .»
Se cumplió esta profecía al afio 1 i 9 i . L u e g o que el barco
entró en el puerto fué visitado nuestro buen P a d re por
aquella señ o ría , favorecido y estim ado de la m ism a, y
oh especial del p rín cip e Juan A n d rea D o ria , el cual le
ofreció sus g a le ra s , pretendiendo llevarlo á palacio con
tuda autoridad. A m b a s cosas le a g ra d e c ió , estim ando
mucho la oferta, v sin detención continuaron su viaje.
A travesado con felicidad el golfo de L eón, el m as
Peligroso acaso del M editerrán eo, quedó el m ar en una
calma ch ich a , tanta, que tuvieron los m arin eros q u e
abordar la g a le r a h á cia la costa y aferraría, dado ya
fondo. E u sem ejan te situación se encontraban cuando
sí descubrió un b u q u e co rsario , que pirateaba por a q u e ­
llas aguas, y a pen as fue visto so dieron lodos p or per—
'lulos, por no poder litiir, ni ten er do n de a co g e rs e , com o
— 268 —
n i tam poco arm as y gen te para p o derse defender; perc
cuan do su tem o r recibió un n otab le aum ento fué al oii
las d escom p a sad a s v o ce s y a lgaza ra de los piratas, qn:
confiados y a en su presa, pedían se diesen por rendida
y am ainasen velas.
C on ocien do el riesgo nuestro F ra n cisc o principio i
darles á n im o , dicicn d o tcs: «P or caridad no desmayos?
»tan presto; haceos á la vela, y n a v e g u e m o s con la ’paj
»de D io s, pues q u e estos no nos han do hacer daño,;
V o z del S e ñ o r pareció la de su S ie rv o , q u e contra lodo;
los piratas obró poderosa en fa v o r de los s u y o s , puesto
q u e al instante em pezó á co rrer la g a lera, estando ante;
aferrada. Y no paró en esto el p ro d igio ; en atención i
que, vien d o los co rsario s q u e hacian vela, (acción :i íi
p a rece r tem eraria), principiaron á darle caza y caño­
nearla, disparando los tiros p or la banda que ella pasaba,
m as n inguno la tocó, ni pudo tam p oco im p ed ir que l-ot.
presteza in ereib lc se hicie se á la m a r y se engolfase, de­
já n d o le s m aravillados, á la par qué co rrido s. Todos
cuantos iban en el barco dieron á D ios las g ra c ia s , y ?!
bendito Padre por lan patente m ila gro .
P ro n to dió la g a le r a en el puerto de M arsella, pero
los g u a rd ia s defendieron la entrada, por so sp e ch a r estu­
v ie s e la ge n te co n ta gia d a de la peste que reinaba en
a quellas costas, y esto m ism o fué causa d e que el barco
continuase su rum bo hacia la ciudad de B o rm cs, domle
encontró la propia oposicion. E l p ilo to , sin em bargo de
las eficaces in stancias d e nuestro S anto, no se atrevió a
a c e r c a r s e , por tem o r le de sv iase n á cañonazos. E n vista
d e ello, levantan do los ojos al c ie lo , oró con no inejio?
b re v e d a d que eficacia, do lal m a n e ra , q u e levantándole
d e rep en te un fuerte tem p o ral, abordó al puerto contri
la vo lu n ta d del piloto y de los gu ardias en un instante, y
co lo cán d o se de s e g u id a s o b re la p opa, d ijo con vigoro?.!
voz: « P o r ca rid a d , d ejadn o s e ntrar, q u e D io s eslá con
«nosotros; no tengáis q u e tem e r el m e n o r daño.»
CAPÍTULO XIV

iíesperticlo nuestro Francisco tkl piloto y marineros de ia


galera, tomó tierra en ]?orm(*s, dejando impresas sus plan­
ta s «n la paña sobre que se puso tlr> pití. Contratiempo de
d ic h o barco. Milagros qun obró en la precitada ciudad y en
M pueblo de l'rejus. Se hace invisible ra la orucion, y so­
corre de ¡\£ua á otra lugar. Su arribo n la ciudad de Ana-
lioise, y reeibimieufco Que junto áfilla le I i í j o e l delfín.

No ptidiendo las autoridades y guardias de Borníes


resistir al pondrán te eco de las palabras que el bendito
Padic les dijo, consintieron eit que fondease la galera en
el puerto, no obstante haberse ya escusado con el em­
bajador. Fondeada, se despidió del piloto y marineros,
catre los que repartió algunas candelas henchías, y des­
pués de haberles exhortado á que procurasen no ofender
al Señor, pues que él rogaría por ellos en sus oraciones;
salló á tierra con sus compañeros de viaje, y lodos
ilición gracias infinitas áDios, por haberles sacado salvos
de tan inminentes peligros. Nuestro Santo permaneció
de pió sobre una peña, esperando se les habriesen las
puertas de aquella ciudad; quedando en la misma es-
lampadas sus plantas, cuyos vestigios existen todavía.
La galera salió acto continuo á la despedida, de re-
— 270—
grcso á la corte de Ñ apóles, y engolfada en alta mar, fue
co m batid a p or una furiosa tem p estad, de tal su erte, qi¡c
la tripulación c r e y ó a n e ga rse: en esto un m arinero, no
m u y devoto ciertam en te, vió unos chanclos do uno ile
los "religiosos co m p añ ero s de nuestro F ra n cisco , que ,?l
p arecer habían quedado en ella olvid a d o s, y cogiéndoles,
lleno de d esp ech o y c o r a g e , los arrojó al agua; pero
apenas la locaron, calm ó en un lodo la am en azante loi’
m e n ta , y habien do lleg ad o sin otro contratiem po á ia
precitada córte, se hicieron len g u a s , relatando los prodi­
gios obrados por su S a n io paisano.
A b ie r ta s que les fueron las puertas de B o r m c s , enlní
nuestro glorioso fundador y co m p añ ero s de via je 011 diclia
ciu d ad , y la p rim era d ilig e n c ia del m ism o, fué meter -ic
cu la Iglesia q u e encontró mas cerca n a ded icad a á San
R a q u e , en oension f|iic en una parte de ella se estaba edi­
ficando. El m aestro y oficiales que trab ajaban , se afanaban
p or s u b ir una pesadísim a p ied ra, sin q u e ni las polcas
y dem ás artificios les sirv iesen de p ro vech o a lgun o para
poderlo realizar. O b se rv a n d o e ntonces el bendito Padre
lo iníilil de los esfuerzos de a q u ello s, se acercó á ella, y
tocán dola con su m ano dijo: « P o r caridad, q u e haljtni
»de servir al Señ o r con m e a o s tra b a jo .* A s í fué, íi
efecto; porque dándote 1111 e n v ió n , venció con la virtud
del A ltísim o lo q u e la in dustria hum ana por mas es­
fuerzos no liabia podido verificar; y lie aquí el primar
m ila g ro que hizo en Borníes y en F ra n cia . Divulgarla
este p ro d igio , acudió m ucha ge n te , que le veneró comn
enviado det Cielo para su rem edio en co y u n tu ra tan an­
g u stio sa; de aquí es, q u e p o strados lodos en actitud su­
plicante en su p resen cia, le pidieron con lágrim as Ips
librase del m ortífero azote de la pesie q u e padecía la
p ob lacíon .
E n tern ecióse F ra n cisco al oir aflicción y desdicha
tanta, y saliendo de la Iglesia fué á v i s i t a r á los apestados,
los cuales, con su sola p resen cia, su bendición <í sil pre­
— 271 —
cepto, recobraron al in stante todos la salu d, sin q u e uno
siquiera, por m oribu ndo que se encontrase, dejase de
conseguir lan salvad or beneficio; trocánd ose aquel trislc
espectáculo de m iseria y desconsuelo en sitio saludable
y glorioso trofeo de v id a , co m o hasta el dia de hoy se lia
csperimenlado. A g ra d e c id o s los borm eses á lan palpables
y portentosos fav o res, le cobraron tal afición y a fec­
tuoso am o r, quo 1c eligieron por su patrono y a b o g a d o ;
erigiéndole después d c s n santa raueiNe un tem plo con su
propio título, en el que so celeb ra su fiesta anual, i la
que concurren los lu g a r e s circu n ve cin o s, saliend o tam ­
bién de ¿1 nna m u y d evo ta procesion para ro g ar al
Señor les lib re en lo sucesivo de la peste, por la in te r­
cesión de su S ie rv o .
Estando cierto dia nuestro bendito P a d re a la orilla
del mar en co m p añ ía del e m b aja d o r y d e m ás, se le en­
tregó por pai te del cónsul d e Borníes, S e ñ o r A ile to , nna
fuente de p ececillos aderezados. A q u e l se lo a g ra d e c ió
co rta m en te, pero lom ando de seguida dicha fuente en
sus m anos, les echó la bendición: re fu cila ro n , y de uno
en uno los fué arrojando al a gu a . V ista por el cónsul lan
portentosa m aravilla, formó desde luego d e F ran cisco el
concepto q u e debía de su g ra n santidad y singular m odo
ile vida. E l referido cónsul le con vidó á co m e r cierto dia,
y mientras la co m ida se disponía y se ponían las m esas,
se sentó nuestro S a n io en una p iedra redon da; mas h a ­
biéndole encontrado después puesto de rodillas, y co m o
enajenado, se le cortó una b uena parte d e su hábito para
reliquias; observando con adm iración al levantarse,, q u e
no le Faltaba del m ism o ni un solo hilo. La piedra fue
trasladada con posterioridad á la capilla de la herm andad
(le penitentes, donde se con serva. E! cónsul le o bsequió
en la com ida con toda caridad y devocion , quedan do
aquel m u y a g ra d e cid o á tanta fineza y eslrem a d a bondad.
No fue m enos d ign o do adm irar lo que sucedió la
mañana que el buen F rancisco y eonlpañeros d e v ia je
— 272 —
debían partir de Borníes. E n efecto, sab edo res en la
ciu d a d d e su partida, concurrió á la casa 011 q u e eslaba
ho spedado un in m en so ge n tío , con el solo objeto de ma­
nifestarle su a g ra d e cim ien to , dándole las de b id as gracias
p or h aber dado la salud y v id a á sus m o rad o res, librán­
doles de la cruel e p id e m ia q u e p ad ecían , y pedirle a!
tiem p o m ism o su bendición. Para cscu sa r la confusión
d e la m u c h ed u m b re q u e p o r in stantes crecía , á la vez
q u e las vo ces lisonjeras que se pudieran ve rte r, fue cer­
ra d a la puerta de aquella ca sa, m as nuestro S anto, cuv;i
in fla m a d a caridad ja m á s so vió lim itada, ni luvo tampoco
acepción d e personas, d esap areció de ella sin saberse
có m o , ni por d ó n d e, a causa de no h a b er olra puerta que
facilitase su salida; habiciid» en esto im itado á Crislo
nuestro B ien , cuan do se hizo in visib le á los q u e le querían
p ro cla m ar re y .
E l e m b aja d o r que a co m p a ñ ab a al bendito Francisco,
era un prudente y saga?, estadista, y por lo m ism o no
ig n o ra b a que el m a y o r se rv icio q u e podía h a ce r a su so­
beran o era anun ciarle sin dem o ra su p ro x im id a d . Asi
p u es lo liizo, desp achand o al intento con el correspon­
diente pliego para S. M ., ó Juan M orcan, gentil-hombre
su y o , v fue tanto el jú b ilo q u e sem e jan te n oticia eaiisj
en el án im o del re v , que desde lu e go se gen eralizó cu
palacio y en toda la córte la a legría que el mensaje
liabia p ro ducid o. E l m o n arca L u is gratificó generoso al
dichoso portador de la p lacentera nueva., con la dádiva
en a lbricias de d o c e mil escu do s; h acien do estensivasu
gen ero sid a d á 1111 h erm an o su y o , á quien presentó un
o b isp a d o , com o el m ism o lo testificó en el proceso de la
can o n izació n de nuestro g lo rio so Santo.
A l p asar por F re ju s, pueblo de la P ro v e n z a , el bueno
de F ra n cisco le encontró m as co m batid o de la pesie,
q u e lo habia estado B o rm cs, en térm inos, q u e presen­
taba á la vista el mas horrible esp ectáculo; porque su?
ca lles oslaban llenas de e n ferm o s que carecían de toda
— 273 —
clase de auxilio s, á lo que se a g r e g a b a la infección del
aire que m o tiva b an los ca d á v e re s insepultos do los ajíes-
lodos, por no h a b e r persona que se d e d icase , ya que no
por piedad, siquiera por e o n v c a ie n c ia á darles sepultura.
Cuadro lan espantoso y d e sg a r ra d o r, no podia menos
que inflamar la proverbial c a n d a d d e nueslro P adre; de
aquí es, <jue haciendo la señal de la cruz y bendiciendo
el aire dio á lodos la deseada salud, librándoles cutera­
mente del co n tagio . R e co n o cid o s los habitantes á lan
singular y m ila gro so ben eficio , edificaron un herm oso
convenio do nuestra orden en 1430, con el lilulo de
Nuestra Señora d e la Piedad.
Continuando su via je, pasó F ra n cisco por un pueblo
al alborear, y habien do vislo una Ig les ia , entró en olla.
Puesto en oraeion, se lo arrebató el esp íritu, y voló su
alma hacia aquel á quien a m ab a , d e lal suerte, q u e no
se le veia el cuerp o . L le g a d a la hora de salir á la j o r ­
nada, observando el e m b aja d o r su tardanza, fu ó al templo
en su b u sca, pero p or mas vu eltas q u e le dio no le pudo
encontrar. E sto causó m ucha desazón á dicho señ o r, lo
i|iic notó el padre F r a y B ern ardino , con fesor de nuestro
Sapto, y d irig ién d o se al m ism o , le dijo para q u e s o tran­
quilizase: «Q ue e s le tenia la co s tu m b re de h a cerse in v i­
sib le cuando o ra b a, y en especial si tenia cerca de sí
a lg u n a g e n t e .» E s la s razones, sin em b a rg o , 110 tranqu i­
lizaron al e m b aja d o r, puesto q u e llegó á form ar ju ic io s ,
hasta tem erarios, respecto á nuestro P a d re . E n Lal c o n -
Hielo se en co n traba, cuan do nuestro Santo con clu id a su
oración, le salió al encuentro, liándolo con ello á entender
la ligereza de sus s o sp e c h a s .
Al pasar por el Dellinado 011 con ira ron la tierra lan
necesitada de a g u a , q u e ni aun para a p a g a r la sed la
tenían sus habitantes* A la noticia del tránsito por ella
tic varou lan m ila g ro s o , salieron angustiados á d e m an ­
darle so co rro , puestos de rodillas y con lágrim as do aflic­
ción. El bendito F ra n cisc o levantó al Cielo los ojos y s u
súplica fue al m om ento otorgada; pues q u e hiriendo la
Tierra con su vá cu lo , al instante brotó de clin una copiosa
fuente de a g u a fresca y lím pida. A d m ira d o s de la p r e s t o
del m aravilloso so co rro, se atropellaban á darle las gracias
y á b esa rle sus pies, m anos ó hábito. E stcndida la no-
iic'ui, se le presentaron infinitos en ferm o s, y á todos dió
la salud, á unos con su sola b e n d ició n , y á otros con
b e b e r del a gu a m ila g ro sa .
N uestro P a d re y d em ás pro siguiero n su v ia je por el
cam ino m as co rlo , para d e ja r pronto satisfechos los
deseos del rey L u is . É s te tenia ya p reven id o s una especie
do d e legado s, para que en las ciu d ad es y pueblos de su
tránsito, se 1c recibiese con los m ism o s honores tjito so
lin d a n á un C a rd e n al con potestad de L e g a d o á Látese.
L o s señores se tenían por d icho so s si podian conseguir
ho sp ed a rle una sola n oche en su ca sa, pero lo que mas
adm iració n causaba era la m ultitud d e enferm os que cu­
rab a. fuese cual fuese su do len cia.
E l D elfín, ó sea el h e re d ero del trono de Francia,, es­
taba deten ido por m andato d e su s e ñ o r padre on un cas­
tillo , del q u e raras v e ce s salía. P u es bien: con motivo <lc
pasar F ra n cisc o m u y ce rca de 61, salió d recibirlo junio
á ta ciudad de A m b o iso , a co m p a ñ ad o de la nobleza de
aquellos paises. A si que le vió, se 1c hin có de rodillas
para abrazarle, y le pidió al tiem po m ism o su bendición.
E n tern ecid o nuestro Santo al o b serva r tan piadoso ren­
dim iento d e parle de un p rín cipe, q u e un día liabia ile
c e ñ ir la coron a de aquella poderosa nación, le abrazó
cariñ o so y con profunda h u m ild ad , correspondiendo;!
cuan to de si e xig ían sus corteses y e sp resiva s palabras;
y con este notable a co m p a ñ am ie n to , entró á pasar la
n oche en la p re cita d a ciudad.

FIN DEL LIBRO TERCERO.


LIBRO CUARTO.
C ontiene d e sd e la .salida ríe n u estr o P a d r e d e
]n ciu d a d d e A m b o is e pat a el p a la cio do
Emesis, h a s ta la vicia efue h a c ía en
s u c o n v e n to d e T o u rs.

CAPÍTULO PRIMERO

Solemne recibimiento que el rov L ilis X I hizo á nuestra glo­


rioso Patriarca. Ajjaíiijo con los que Le ncompuCarou desde
Xápol'W: reliquias j favores c¿ue Franci.-co los concedió.
Kstidineion grande que <:1 -Soberano y su corta ljaoian de i:l.
Un implico envidioso levanta, í^in embarco* (¡niel persecu­
ción contra el mismo.

La mañana del siguiente (Via partió la comitiva desde


la ciudad tic -Amboise con dirección al palacio ilc l’lesis
'»parque do] Rey, donde este se encontraba, para aliviar
con la distracción sus achaques,, distante como una milla
ile Toms. A igual distancia da dicho parque salieron á
recibir al bendito Francisco las comunidades religiosas,
;í lns que seguin el clero con enrí levantada, y después
Su Magostad á pié, acompañado de la grandeza de su
corle y do un numerosísimo concurso, con una pompa
— 276—
p arecida á la que se hacia cuando se ib a á re cib ir a
algun leg ad o apostólico. A p e n a s el m o n arca descubrió la
p ersona de nuestro P a d re, se adelantó y le salió al en­
cuen tro, o inclinando p or tres v e ce s su cab eza y vertiendo
lá g rim a s , se postró de rodillas, le abrazo y lo dió el
ósculo de paz cual si fuese el m ism o S u m o P on tífice, con
el m as cordial a m o r y ren d im ien to , pidiéndole acto se­
g u id o su bendición, 1¿ salud y la rgo s años de vid a. Nues­
tro Santo procuró, hu m ilde y reveren te, besarle el pie,
pero dicho So b e ra n o no lo p erm itió on m a n era alguna,
y lev a n tán d o le con sus brazos del sucio, le puso á s u de­
recha y fueron a m b o s en a m ig a b le y atenta conversación
h asta entrar on aquel p alacio.
En esta ocasion dió á co n o cer el re y cristianísimo
a d em á s do la gen ero sidad á q u e su san gre le inclinaba,
m u c h a parte de su equ idad y ju s tic ia , p orque en sentir
d el C risóslom o: «Honrar y v e n e r a r el principe á la peí -
s so n o v ir tu o s a y S a n ta , e q u iv a le á lo m ism o que incitar
»y esforzar á otras para entrar en el sendero de la virtud
» v san tidad .» No so d e d ign ó , pues, aquel m onarca, no
o bstante su fastuosa op u len cia , d e respetar y venerar
h u m ild em e n te á un pobre y m ín im o erm itañ o , corno si
lodo por su virtud se lo d e b ie ra , d em ostran do con ello
q u e ven eraba discreto la santidad do q u ie ra se encon­
trase, y co m o co n secu en cia de lo m ism o se portó cor
regia esplendidez, y atención con el principe de Taranto,
hijo del So b e ra n o de Ñ apóles, y d e m á s ca b alle ro s que
desde aquella co rle a co m p a ñ aro n al b e n d ito P a d re ú la
d e sus estados, puesto que ordenó á su tesorero que di
sus reales reñías les h iciese ric o s y p recio so s donativo?,
L as d e m o s tr a d o s de re g o cijo q u e se hicieron c u l i
co rte á la llegada del S a n io h o m b re, q u e así le comenzó
á llam ar el r e y , si se hubieran de referir de un moila
m in ucio so seria hacern os dem asiado prolijos, fallando a
la b re v e d a d que nos hem os propuesto seg u ir cu el cnrsj
d e esta narración: (le con siguien te nos concretaremos a
— 277 —
decir que se pusieron en ju e g o lodos los d e m o n io s do
diversión de q u e p ued e e ch a r mano en !ns m a y o r e s y
Días estraordinarias solem n idades la M etrópoli de un po­
deroso reino. Al en trar en el atrio de palacio el Soberano
y uucslro P a d re F ra n cisc o , Ja tropa, de intento p rove­
nida, hizo la salva real, c u y a fuerza a rm a d a pudo con
trabajo co n ten er al in m en so gen tío que so ago lp a b a , por
tener solo el gu sto d e ve r al portentoso huésped. C o n d u ­
cidos n ueslro Santo y religio so s co m p añ e ro s á su cuarto
alojamiento, q uedó e n ca rg ad o de su asistencia el m a y o r ­
domo m a y o r del esp resad o p alacio.
D espués de a lgun o s dias de estancia en la c o r le , fué á
despedirse del re y L uis el su so d ich o prín cipe de Taranto
D. F e d e ric o , aco m pañ ad o do los caballeros napolitanos,
para r e g r e s a r á su p ais, c u y o m on arca les recib ió afable
y contento, m o strándoseles su m a m en te a g ra d e cid o por
haber traído á su casa al que con lanías ansias d e se a b a.
La despedida que hicieron los referidos señ ores de su
Santo paisano fué asaz patética y sentim ental, tanto, q ue
sus copiosas lá g rim a s les e m b a r g a ro n el uso de la pala­
bra. El bendilo F ra n c isc o re g a ló á lodos ellos algun as
reliquias, pero en especial el regalo que hizo a! hijo
segundo de su S o b e ra n o , p rín cipe de T aran to , fue nota­
blemente d istin g u id o , p o rq u e con sislia en una túnica y
capucho de su propio uso, y en un a laxa de m adera a d e ­
más, de la q u e su sorvia para b eb or en su paso (Je C ala­
bria á F ra n cia , de c u y a s dos preciosísim as reliquias q u e
según nuestro histo ria d o r se co n serv an en el real c o n ­
vento de M ínim os, titulado de San Se b astian , de la ciudad
de Valencia, s e habla al íinal de esta historia para que
la verdad q u e d e m as e scla re cid a , ó sea en el A p é n d ice
al capítulo once y últim o del lib io l>.ft de la m ism a . A
Francisco G aleota regaló un bellísim o relicario q u e sa
conserva basta el úia de h o y , en p o der del sucesor do su
casa, y al v e rle n uestro Santo lan aflig id o , le dijo: «Que
6se fuese en paz, que á in stan cia s u y a le habia D ios
«otorgado q u e ninguno de su descen den cia pasaría Je
»esta v'ula sin re cib ir el V i á t i c o . j>
L a entrada de) bendito P a d r e F r a y F ra n cisc o en el
real p alacio de Plesis, fué el dia 24 de A b r il de 1482,
y el 1(5 de M ayo s igu ie n te escribió al r e y D . F ern a n d o de
Ñ apóles una alen (a caria, en la q u e , e n lrc otras c o s a s , le
decía: «Q ue Labia encontrado en L uis un m onarca llono
»<lc buena voluntad, para ensalzam ien to del se rv icio y
»glo ria do D io s y para lo d irecció n de la paz d e Italia
«que V u e s tra M agostad con tanta pasión d eseaba.» Don
F e m a n d o le contestó en 18 d e A g o s to , reproduciéndolo
el vital e n ca rg o de ta in dicada paz y la m e m o ria de su
esposa la reina Isabela, del d u q u e de C alab ria, de sus
d e m ás hijos y tam bién d e sus subditos.
Pu estos ya en cam ino los ilustres hu ésp edes, se dedicú
con ahinco el re y cristianísim o á g o z a r có m o d a m en te de
la co n versación de nuestro Santo P a d re , pero de tal
su e rte, que en lo mas del dia no se apartaba do su lado,
vié n d o se co m p etir en su co razon el ínteres de recobrar
su perdida salud á co n secuen cia de la g o la co ral que pa­
de cía, y c u y o reco b ro solo en F ra n cisco cifra b a, con el
verd ad ero cariño q u e le profesaba, com o á ca u tiv o que
era de sus dulces y esp irituales palabras, sin que en otra
cosa esp crim onln sc el m en o r consuelo y a leg ría. Mas caso
hacia del Santo h o m b re, co m o d e ordinario le llamaba,
que de los gran d e s y m inistros de su rein o. Y o le La
oído h ab lar m uchas v e ce s con S. 3VI. á p resen cia de la
gr a n d e z a , d ice el señ or d e A rg e n to n F e lip e Com inos, y
las cosas que decía y e n sen a b a, parecían inspiradas por
D io s, p o rq ue de otra m a n era era im p o sib le q u e él hubiera
sabido h ablar co m o h a b lab a , tan a lta m en te de lodo.
S e hacia len gu as el rey en alabanza del P a d re Fran­
cis co , no gu stand o se le hablasen de otras cosas ó ma­
terias, q u e de las sin g u la rís im a s prendas q u e en él
brillaban, lanío, que en la córte no se oian sino las
a dm iracio n es de las virtudes y p ro d igio sa vida d e aquel
—m —
calabrcs, y del aféelo g ran d e que el soberano le Lcnia.
Su prueba una persona en el crisol de la alabanza, por
([iic si la virtud es falsa, se d e sv a n e ce lan luego com o el
humo, no así siendo sólida y v e rd a d e ra , pues q u e en­
tóneos re cib e in cre m en to , siendo loada. N ueslro Santo
no hacia el m en o r rendim iento á la estatua de la van a­
gloria. aun cuando eran infinitas las alabanzas que de si
oi¡i cada m o m e n to , siendo un perfecto A b ra h a m en
cuantos sacrificio s h a cia d e o b ra s agradables al S eñ o r y
Admirables al m undo.
F allaba aun al San io h o m bre otra 110 m enor prueba,
oli o mas rígido cr isol. F urioso rabiaba el dem onio, rien do
sobresalir á F ra n cisco y ten er los ánim o s de todos cau­
tivados en su aféelo: corrido de ver frustradas sus astu­
cias en lodas partes, y tem iendo al tiempo m ism o la
guerra q u e le liabia de h a ce r en la co rle , co m o y lam bien
el opimo fruto quo de ella s acaría, intentó e n sa ya r contra
el mismo un n uevo gén ero de san grien ta lu ch a, para del
lodo d esacreditarle; sirvién dole de instrum ento de sus
infernales m añas el m é d ico Jacobo G o clicr. E ra este 1111
poderoso y astuto valido del re v L u is, avariento y a m b i­
cioso sin igu al, y lan atrevido l* insolente, que desp ués
do haberle colm ado de m e rce d es y de n om brarle, con
público escándalo, p residente del p arlam ento de París,
llegó basta amena/.;!!* d e m uerte al que era su soberano.
Este pérfido favorito fué, pues, ol vil instrum ento de que
ol maligno espíritu se valió co n tra nueslro buen P adre,
romo vam os á ver en el siguien te capítulo.
CAPÍTULO II.

Prueba el rey Lu is X [ la virtud del Santo hombre con d¡ver­


sas dádivas: todas las desprecia, y til fin le deseng-ana.
Maravilloso Taponamiento entra ambos, en el que también
disuade á S. M. de las esperanzas de vida y le dispone
para morir.

Incitado por los celos que devoraban su alma, no


abandonó un momento aquel infame valido su concebida
idea de poner en sospecha en el ánimo del rey Luis la
virtud de nuestro bendito Padre: sin embargo / no cre­
yéndose todavía baslanto seguro, traló de remachar su
infernal clavo, como á buen conocedor del carácter ve­
leidoso do S. M , inculcándole como obligación de con­
ciencia, ser liciLo y aun necesario, averiguar y descubrí!
si ser podia, el engaño, caso de haberle; en alencioná
que se ha visto muchas veces, le anadia, cubierta la
hipocresía con la máscara de los ayunos, de la penitencia
y do la pobreza, inoculando así en la real meúlo con sola­
pada cautela, un dorado veneno, para que jamás fuera
conocida su maldad.
Para salir de dudas envió el rey al Sanio hombre un
precioso bufelillo de piala que tenia entre sus joyas,
guarnecido (le oro, y además lambicn una riquísima ha-
— 281 —
jilla con todo el recado de m esa, pidiéndolo con e n c a r o -
cimiento se sirviese de ello para el aseo y curiosidad do
su celda. N u e s lro buen Padre dijo al cam arero portador
sonriendo y con el m a y o r sosiego: «D iréis, m on sícu r, al
i)icy, que la vida de los e rm itañ o s es diferen te do la (1©
¡clus principes, pues que para estos nada d o l o d e m asia d o
d e s basta, al paso que para nosotros todo es superfino:
aQue S. M. se ocupe do la salud de su alm a v no en
asemejantes a ccio n e s, propias de los quo no m iran por
sella, y que sí lan liberal q u iere ser do sus co sas, r c m e -
jidic con ellos á los p obres, q u e á m is herm anos y á mi
mina sim p le escu d illa d e m a d era nos bosta.» F urioso el
astuto m ed ico de la respuesta, aconsejó á s u soberano le
enviase otra vajilla de pollro, quo a unqu e de prim orosa
hechura era de m ucho m enos valor, por lo que sin duda
la acoplaría; m a s aquel la volvió á rem itir, dando una
contestación p arecida á l a p rim e ra ,
Viendo frustradas el p erverso m ódico Jacobo C o ctie r
sus dos ten tativas, apeló de lo profano á lo s a g ra d o , p e r­
suadiendo al r e y le e n v iase una im a ge n d e Nuestra Se­
ñora, do oro finísimo y precioso valor, á causa do oslar
guarnecida de pedrería; m anifestándole que c ía d á d iva
mas proporcionada para un eclesiástico , y (pío por ello
mismo oslaba creído quo no dejaría d e aceptarla. F ue
portador d e dicha im a ge n al Santo h o m b re un lim osnero
de palacio, do parle do 8. M., rogándole la co n se rv a se
en su celda, para c o lo carla en una de las Iglesias que le
tenía de fabricar. E l bendito F ra n cisco des pues de darle
¡as grac ia s, le dijo: «Q ue la d cv o cio n de la Reina de los
»Ai>geles no consistía cu el oro, sino en el verdadero y
■'Cordial afecto q u e se profesab a á la .Madre de Nuestro
^Redentor, y que dicho afecto ó d cvo cio n se dispertaba
»mas aun con una estam pa do papel, que con aquel
>rncEah» E l lim osnero que ib a bien instruido, lo replicó
la guardase para el m onasterio del "Parque que m u y luego
se edificaría, pero nuestro glo rioso fundador la respondió:
— 282—
»No quiero que mis monasterios resplandezcan con el
ío ro y la piala, sino que florezcan con la pobreza y
» piedad.» Entonces le instó (le parle de su soberano. ([uí¡
distribuyese aquel oro en los pobres, á lo que Francisca
replicó: «Qucá él no le locaba hacer la espiesada distri­
bución, y si á su limosnero.® Y en visla de ello luvii
que volverse sin haber conseguido cosa alguna.
E l médico Coclier no cejó en su depravado pensa­
miento respecto al Sanio hombre. Su terquedad, á posar
de los desengaños quo habia ya tenido, no se concibo ¡i
no tenerle en cuenta su maliciosa emulación; su envidio^
voluntad; su ánimo vi!, y su fementido corazon: de aquí
es, que no desistió de darle un nuevo asalto. Dispuso
pues, se le hiciese un regalo de los más esquisílos pes­
cados que en aquellos mares so encontraron, unos yi
aderezados y en disposición de comerse, y otros vivi>>
en balsas al intento hechas para que se pudiesen con­
servar. Tampoco quiso el bendito Francisco aceptar el
enviado regalo, diciendo a los conductores: «Que para
»sns compañeros y él, bastaba su ordinario alimento, que
sconsistia en un poco de pan, y algunas legumbres.» Nu
nos atrevemos en verdad a decir á quién de los dos culpar
mas, s i al médico por persuadirlo,, ó al monarca por llevar
á cabo su maliciosa idea. Eran sin duda permisiones <lel
Cielo, para descubrir todavía mayores quilates en h
virtud de su Siervo.
Aun porfió el médico Coclier en su depravada ma­
licia, inventando su última y lal vez masefica?, lenlacion.
Fué esla, persuadir con toda su diabólica maña el animo
del rey, para que luciese al Santo hombre un secreta)’
personal donativo, seguro de que le admitiría, á causa dí
ser esla misteriosa operacion. sostenida por la palabra real
que ofrecía la garantía de que jamás se liabia de descubrir.
Aquel soberano, supeditado para su infame valido, no titu­
beo poner en práctica su infernal consejo, y avistándose al
momento con el bueno de Francisco, y sin que pudiera
— 283 —
ser visto ni oído de persona alguna, le dijo: «Quizas, Padre,
serró yo en regalaros en público, sin haber pensado que do
Mlebcis gustar se sepa recibir cosa alguna: liaos de raí
saliora, que 110 .sabrá el mundo lo que entro nosotros ilos
ipusare; lomad esle dinero para vuestros menesleres,
uijutí siento veros con ol hábilo rolo y con un lan parco
istislcnlo, creyendo que de vergüenza, y por no dar quo
joUccir, no os atreveisá pedir ni á recibir lo que os envió.»
Acabadas de oír estas palabras, nueslro Sanio Patriarca
se dirigió a! rey Lu is, y con superior denuedo y fervor
]¿ dijo: «Sire , (Señor) ñi yo tengo necesidad de vuestras
«dadivas, ni vos de cansaros en lo que pretendéis; mejor­
aos fuera restituir lo que no es vuestro. Tratad délo
^eterno, que lo temporal es demasiado pasagero. Aligerad
ilos impuestos á vuestros vasallos, que serán para el
iSefior las limosnas mas aceptas; y creedme, que de
j>parle de Dios os notifico, que la vida se os acabará
apresto.» Tan poderosas y eficaces fueron las palabras
del Sanio hombre, que suspenso el monarca, y recono­
ciendo el superior impulso que movía aquella lengua, se
postró á sus pies pidiéndole humildemente perdón, y ro­
gándole también le diese la salud y mas larga vida, que
era su ordinaria inania.
Pasada ya la turbulenta tempestad,. y nuestro Sanio
mi la quieta posesion de la paz, por la que siempre anhe­
laba, so dedicó sin recelo á dar consejos al rey, amones­
tándole sobro muchos engaños, sacándole de algunos
errores, y dándole luz para gobernar mejor sus estados.
Sn continuo ejercicio era rezar, hacer penitencia, y curar
enfermos. Todos le oian con cspecialísimo gusto, atendían
devotos á sus avisos, y lomaban benignos sus consejos.
Informaba las vidas de muchos y sacaba de lodos, ó los
mas, abundantísimo fruto; pero de quien cuidaba incan­
sable era del soberano L u is; porque este era su encargo
principal, y el que Días pena le causaba. Impelido del
Ciclo cierló día, y escitado á la vez de su obligación y
— 284—
caridad, le tomó de la mano, y muy despacio le dijo lo
que sumariamente pasamos á referir en juslo obsequio á
la brevedad.
«Sire , la piedad católica debe resplandecer mas en
los príncipes, coroo de buen ejemplo para el pueblo* El
peso de la Divina Justicia no disliDguc de personas, y
no tendrán los reyes escusa alguna, porque en ellos do
averigua Dios sino cómo cumplieron con las grande
obligaciones de inmediatos ministros suyos, sin que allí
valgan las razones de Estado que tantos daños causan
en el mundo. En el Supremo Consejo del Señor, la ma­
yor justificación será haber vivido conforme á su Ley
Santa: dichosos los que en esta vida la guardan, pues que
por pobrecillos que sean, serán verdaderamente reyes.
Miserables de los que viven por los aranceles y fueros
de sus pasiones e intereses humanos, porque aun cuando
hayan sido reyes en esta vida, serán en la otra trislcs
esclavos de los príncipes de las tinieblas, y tanto serán
mayores sus tormentos, cuanto mayor sea el número de
males de que hubieren sido causa, ó el de los pecados
que hubiesen cometido. Las guerras, Sire , que vos hacéis
á vuestros vecinos, poco importa que las justifique vues­
tro parecer, s i primero no consultáis el de Dios y su
Santa Iglesia. S i ella permite las armas á los príncipes
cristianos, es para que las tomen cuando conviene, con-
Ira los enemigos de nuestra Santa Fé; tomarlas empero,
unos contra otros, por mas prelestos que se aleguen
siempre será una cosa reprobada. Dejad por caridad cosa
tan peligrosa, porque el dia de vuestra muerto que leneis
muy cerca, comparezcáis con menos culpas en el riguroso
Tribunal do Dios. Volved los ojos á vuestra república,
oprimida con graves imposiciones y distraída en los vi­
cios. Haced que al Delfín, vuestro hijo, se le enseñe á
ser buen rey, y descatpad la conciencia de lo que no es
vuestro, y sabed, Sire, que no viviré is muchos diíis,
despues de los cuales comenzarán las mayores cal amida-
— 285 —
des que jamás ha padecido vuestra nación, porque la ira
del Señor eslá desnuda conlra sus culpas.»
Dos cosas se notaron en esta ocasion. La primera, el
fuerte impulso del Espíritu Santo de que nuestro bendito
Padre estaba inspirado, para reprender tan agria y acer­
bamente á un grande y poderoso monarca. Y la segunda,
la mansedumbre del mismo, en recibir con paciencia y
humildad avisos tan difíciles de sufrir cu un polenlado
de fuerte conclicion cual era Luis, y con especialidad el
referente al fatal golpe de lo corlo de su vida, pero era
quien le hablaba el mismo Dios, por conduelo del pobre-
cilio Francisco de Paula. Bien pronto se dio á conocer el
ópimo fruto que de ello resultó, puesto que luego levantó
el rey la mano de la guerra que lenia con el de Aragón
sobro los Estados del Rosellon y Cerdania: minoró los
tribuios, remedió los escándalos públicos, y concibió res­
pecto á su vida un total desengaño, dedicándose ya todo
entero al i unporta lilísimo cuidado de su alma. Al mo­
mento llamó á su hijo el Delfín, que le tenia apartado de
si muchos años, por temer le quitase la vida, disponiendo
todas sus cosas de modo que no dejó una siquiera que le
•líese algim cuidado, sin ocuparse de ella, empleándose
después todo entero en comunicar asiduamente con su
Sanio hombre.
CAPÍTULO III.

Plática tMitre el rey Lu is y nuestro bendito Padre, en la<ji¡,:


este le descubro u csplica, ú petición snva, algunas diulns
que se le ofrecían. Vida ejem plar de dicho príncipe. Enfa­
sis maravilloso del Santo hombre. Declara Jil monarca s]
din de su muerte; sr. dispone muy devoto; le oru‘¡i[,L,:í *1
cuidado do sus tres lujos, y que no se uparte ilc <*l ha^ta
que haya fallecido, ñu envidiable trán sito.

Estando cicrlo dia el rey Luis ilc conversación ron el


Santo hombre, (le cuya compañía no era ya fácil sepa­
rarle, le cogió las roanas, y besándoselas repelidas \cc<?s,
le dijo: «Ninguna cosa me ha poilido venir mas bien,
Padre Francisco, que Leñeros en mi casa, porque siem­
pre lo desee de veras, y me promeli cotí ello en mis
cosas la mayor prosperidad- Pues bien, sobre lies <!e
ellas deseo me saquéis do dudas, y son: La 1.", si sanare
de esta enfermedad La 2.a, que me aconsejéis lo que
debo hacer en lo tocanle á los condados del Iloscllou y
Cerdania. Y la S,\ que Imla vez que Nuestro Sciior os
ha concedido el don de profecía, me manifestéis que des­
venturas son las que habéis significado ocwrirán en mis
oslados después de mis dias.» «Sire, respondió Francisco,
siempre nos conviene estar rendidos á la voluntad (le
— 287 —
Dios, cu cuyas manos están nuestras vidas, y cuyos se­
cretos 110 portemos los hombres penetrar, si la Magostad
Divina no so digna comunicarlos; sin embargo, contes­
taré á la primera: que disponga Vuestra MagesUul sus
cosas con tiempo, porque será muy pronto el íin de sus
(lias. A la segunda, c|ue restituya lo qnc no es suyo á los
reyes de Aragón. Y á la tercera os digo: (Jue por los pe-
rodos de Francia la castigará Dios, permitiendo en ella
el mayor mal del minuto, que es la heregía.»
IÜI rey recibió con ánimo sereno estas contestaciones,
lo i[tio viene á probar la superior oficacia de aquellas pa­
labras. Todo lo creyó como dimanado de un seguro
oráculo, comenzando tan luego una nueva vida, como á
t|¡ic liabia ya salido del engaño en quo vivia. Se confesó
de veras, pidiendo perdón á Dios de sus culpas y oyendo
en adelante á sus vasallos con loable afabilidad. Resti­
tuyó á su gracia á muchos caballeros que habia privado
de ella, perdonando infinitos injurias en que se liabia dado
por deservido, y admirando todos tan gran mutación.
Caminaba por el sendero déla verdad arrepentido y fer­
voroso, pero do lal manera que, según manifestación de
nuestro buen Padrea sus religiosos, maceraba su cuerpo
con sangrientas disciplinas y otras mortificaciones, ejer-
rUóudoso además en actos do devoción y piedad, de
cuyos precedentes so puede sin duda colegit, que aun
cuándo San Francisco de Paula 110 hubiese pasado á
Francia á otra cusa, bastaba mny mucho haber conse­
guido dol susodicho monarca lo que en realidad con­
siguió.
Atareado en demasía nuestro glorioso Fundador en el
real palacio, no solo de las muchas consultas y coloquios
con el voy Lu is, si que también de las visitas de los gran­
des y de las continuas súplicas de los pobres, que ni aun
tiempo le dejaban para poderse dedicar a sus ejercicios
y oración, determinó buscar un lugar retirado donde á
síis anchas poderse entregar á la contemplación. Algún
— 288 —
rolo habia ya ocupado por la floresta del parque on busca
de su anhelado asilo, cuando entrando cierto dia por una
ocidla espesura, dio con una porcion de viciadas zarzas
que enlazadas enlrc s i formaban como una especie de
redonda y pequeña celda de frondosa yerba que aquellas
cercaban, cual si fuera un verdadero muro, líe osle sitio
pues, se posesionó con una muy fervorosa oración y
sangrienta disciplina en acción de gracias, por haberle
deparado el cielo lugar lan adecuado. Aqui, herido de
superiores impulsos, se guarecía: aquí se acogía por la
noche s i enlrc el dia no podia hacerlo: aqui se gozaba en
la contemplación en todas las ocasiones posibles, y tanto
se cebó en este deleitoso reliro, (pie de vez en cuando ¡so
le solía echar de menos los dos y tres dias sin saber per­
sona donde paraba. Los religiosos, sus hijos, le referían
que el malicioso médico Coctier se vaha de semejantes
ausencias para esparcir m il patrañas en su descrédito;
mas Francisco á lodo les decia con la sonrisa en los la­
bios: ccNo os dé cuidado, hijos, que el enemigo hace sel
oficio.»
Metido en aquella espinosa celdUa, caldeado de tina
caridad inflamable, y ardiendo todo en vivas llamas de
amor, se cnagenódesí nueslro buen Padre converlido en
ardientes brasas de incendio. Pasó un dia, y pasaron
liasla cintio continuos sin que se le encontrase ni so
pudiese ni aun conjeturar su paradero. E l quinto de dichos
dias, al caer do la larde salió el rey á dar un paseo por
el parque-acompañado ric madama Ana, su hija, duqiiMí
de Borbon, y so iban dividiendo porta floresta, siguién­
doles muchas damas, grandes y caballeros, cada cual por
donde el gusto mas le llamaba. Su Magostad, como Impe­
dido por sus achaques, se quedó al principio del paseo,
pero la duquesa se alargó mas y pasó casualmente muy
cerca de aquel espinoso reliro en que oslaba nuestro
Sanio. E l caballero que llevaba del brazo á !a princesa
observó un notable resplandor que sobre ¡as zarzas salió.
— 289 —
y haciendo entonces mas reparo, llegó á ver ó Francisco,
l quien sedaba ya por perdido, levantado del suelo mas
de una pica, y sobresaliendo a los indicados arbustos,
cercado todo de luces, hecho su cuerpo un hermoso sol
v su rostro parecido al de un ángel.
Sin poderse aquel eaballcro contener, dió al momento
voces, a las que acudieron cuantos se encontraban mas
inmediatos, y vieron con admiración lan maravilloso
espectáculo. La duquesa fué la que mas pronto gozó del
prodigio, ó hizo desde luego que se llamase á su señor
padre. Este se presentó al momento seguido de los gran­
des y caballeros, y absortos todos de ver aquel pedazo
de gloria, quisieron algunos correr al sitio donde nuestro
Francisco se encontraba, pero el monarca, lejos de con-
$et>tirio, mandó saliesen todos del parque, sin quedar
persona algnna en él. Salieron en efecto, pasmados do lo
ipie habían visto, deponiendo la menor sospecha si á
alguno de ellos quedaba relativamente á la virtud y san­
tidad do nuestro glorioso Fundador: se dió por los mis­
mos de seguida la noticia á los religiosos, que con su
larga ausencia estaban ya en muellísimo cuidado.
Persuadido estuvo el rey L u is en un principio que
los avisos que el Santo hombre le daba, concernientes al
próximo termino de sus dias, serian mas bien que una
verdad, dados con ol fin de atemorizarle con el objeto de
(¡uc enmendase su ¡vida; hasta que vino por último á des­
engañarse y creer lo que su bendito amigo Francisco lo
ií-ma dicho. E s Le supo por superior inspiración que la
muerte de aquel eslaba cercana, y trató por lo mismo de
prevenirle con el último aviso. Era el d'a 2ü de Agosto
de 1 i 83. cuando Francisco, encerrado con el monarca
con celestial y divino espíritu, le dijo: «Sire, de qué
'Sirve que os engañen con vanas esperanzas de vuestra
«alud, si es voluntad de Dios no daros ñus larga vida?
^Conviene que en solo E l os resignéis fervoroso. Dad,
»Sirc, orden de disponer vuestra conciencia \ el remo
19
— 290 —
díjuc el Señor os ha encargado. Mirad que habéis de Jai
»dc él muy estrecha cuenta ante el Supremo Tribunal del
*>Rey tic ía Gloria, y sabed que vuestra mucrlc será el
j¡>dia 30 de esle mes de Agosto en que estamos.»
Persuadido como estaba el lev Lu is (le quo su muerta
110 lardaría, recibió por esto mismo el último aviso del
Sanio hombre con menos sobresalió, mas conformidad,
esclamando únicamente: «No se haga mi voluntad, Señor,
asino la vuestra.» Después prorumpió en algunos suspi­
ros dolorosos y Tiernos, vertiendo muchas lágrimas y ha­
ciendo fervorosos artos de resignación, con no pequeñas
demostraciones de penitencia. Desde luego so dedico i
concluir ó dejar corrientes los negocios de su monarquía
con la precisión que la cortedad del tiempo recia
y rogó á su bendito amigo Francisco no se separase ni
un Instante de la cabecera do su cania hasta después de
haber entregado s il alma en manos de su Criador. Dis­
puso en su i estamento, á instancia del mismo, la resti­
tución al rey de Aragón de los condados dol Ttoscllony
Cerdania, representándolo de no hacerlo así la corteza ile
su condenación.
Llamó el rey á su hijo el Delfín, á quien tenia ya
entregado el gobierno monárquico; le dió consejos salu­
dables como Soberano, como padre y como cristiano; le
mandó obedeciese, cual si fuese E l mismo, al Sanio hom­
bre, al que se le entregó con muy grandes ruegos j i m i a -
mente con sus hijas Ana y Jnana, suplicándole corrigiese
con toda libertad sus defectos; rogase á Dios por todns
tres, y los mantuviese en su sanio tem; i\ Nuestro Pailrt
aceptó csla humilde súplica, y tanto el principe como m
ilustres hermanas se alegraron infinito de tener seme­
jante padre, director y maestro, al que obedecieron -
respetaron después bajo de eslos Iros conceptos.
E l rey se confesó generalmente, y el dia 98 de Agosto
del año precitado recibió el Santísimo Viático con el ma­
yor fervor y arrepentimiento; el siguiente 20 se 1c admi-
— 29] —
rustro la Eslrema-Uncion, y el día 30, sábado, fijos sus
ojos en una Imagen de Nuestra Señora, y puesto en los
brazos de nuestro glorioso Patriarca, entregó su alma al
Criador. Y quó mayor dicha podía este monarca esperar,
que tener á su lado semejante intercesor? Y que mayor
grada podía el Cielo concederle. que morir en los brazos
ilcFrancisco? Su historiador Comincs asegura que antes
Je salir nuestro Padre de Calabria para Francia, había
manifestado ya al embajador de esta nación repetidas
veces: «QmJ Dios tío quería prolongar la vida de su So­
berano.s Y cuidado, que no dejaba ya entonces do orar
incesantemente por Luis. En vista de esto, quién pondrá
en duda ya que murió saniamente y que su buen amigo
Fray Francisco consiguió, si no que reinara por mas tiempo
en esta miserable vida, al menos el que en la otra viva
eternamente.
Muchos pobres dejó socorridos el tinado rey para que
en sus oraciones intercediesen por su eterna salvación,
pero quien mas á ello eslá obligada por muchos títulos,
<-snuestra religión de los mínimos, á la que concedió
amplias facultades para eslenderse por lodos sus estados,
con otras muchas gracias y privilegios que se omiten,
dejando además vinculado en sus sucesores en aquel
reino el verdadero amor que profesó en vida á su Santo
amigo, y á la religión ú orden de que fue fundador.
CAPÍTULO IV.

Consigue el ruy Carlos V llt una victoria por las ornri¡;..i'-


dol Santo. La qu* lo tenia ya pronosticnua, j libra l-h
misma guerra :í un soldado napolitano, ni scrvicio i-:
Francia, do un grave peligro, con una reliquia que le ói.'.
vistiéndolo, después de ella. a\i hábito. No admite la viíiíi
do dicho monarca, por encontrarse entonces arrobado. T uiui
ci cordón do ia tírdmi türccra y Ir concedo muchos fnvor^
hasta el de alcanzar ln restitución á los reyes católicos !■
los. condados del iíosellouy Cerdania.

Consecuente al fallecimiento del rey Luis, lu6 reco­


nocido como sucesor por los estados que se juntaron cr¡
Tours, su hijo el DelUn Curios VIII, á quien como óla;
se prestó obediencia, habiendo quedado gobernadora de.
reino durante su menor edad, la princesa Ana, duque-a
de Burbon. Esta, por privilegio espedido en París ci 1‘
de Marzo do 14Sy en favor de nuestro glorioso fundad"!
acordó permaneciese en el castillo de l'lesis, liasla larri1
que se señalase sitio capaz para la creación en un sur-
luoso monasterio. como lo realizó el rey Carlos á
espensas el año 1491 „ al que se trasladó con sus reli­
giosos, dándole el Ululo de Jesús María del Parque.
La primera empresa de Carlos, lomadas las ricnJ¿
del gobierno, fué vengar las continuas hostilidades
— 293—
!íis bretones hacían á los franceses; pero antes do ponerlo
en ejecución, se acogió á Francisco para consultarle su
¡alentó, encomendarle el buen suceso, pedirlo su bendi-
:ian y qne rogase d Dios lo asistiese. Nueslro bendilo
ladre le respondio benigno: «Sire , lenod buen ánimo,
quo Dios no falta á quien en E l confia, y dispensa
siempre favores en la mayor necesidad.» Tomó nuestro
.Santo este negocio tan como suyo, ó por su cuenta, que
estuvo veintitrés dias encerrado en su celda, sin mas
prevención para su sustento que dos panecillos, orando
dial otro Moisés cuando peleaba Josué, 110 cesando do
instar al Cielo mientras duró la balalla, basta quo al fin
salió con rostro inflamado como el de un serafín, res­
plandeciente y brillante, diciendo á sus religiosos: «Her­
manas, el rey Carlos ha ganado la batalla, consiguiendo
en este instante completa victoria de sus enemigos:
.'Recemos juntos un Palor Noslcr y A¡vo Mnria, dando
¡ior ello las gracias á Nueslro Señor, Dios de los ejér­
citos: Bien prcslo llegará quien dé la noticia,» A sí su­
cedió, pues quo el Santo recibió un correo participándole
la victoria alcanzada, no obstante la desigualdad de
fuerzas con quo ol contrario contaba, su calidad y ol
ventajoso sitio que ocupaban. A su regreso, Carlos abrazó
á Francisco, y ambos dieron gracias al Todopoderoso
por tan singular beneficio
En la batalla de que nos acabamos de ocupar había
un soldado napolitano al servicio de Francia, llamado
Gregorio Vico, mnv devoto de nueslro buen Padre, el
cual antes de p a rlir al ejército le pidió su bendición, y
además una reliquia. Francisco sentía no tenor cosa quo
¡lado, pero moliendo la mano en su manga, sacó do ella
una ciinla bendila, y al dársela le dijo: «Guárdala, pues
micnlras la tuvieses contigo, no lo sucederá desgracia
"alguna.» Partió muy conlento con dicha reliquia, ha­
ciendo de ella sumo ¿precio, y estando ya en el silio de
la batalla y en su debido puesto, para mas seguridad se
— 294—
la puso dentro de su propia celada. Principió en oslo la
pelea, y cuando se oslaba en su mayor calor, una bala
de cañón le dió cu medio do la fíenle, sin que lccansa.se
daño alguno, siendo así, que debía haberle hecho rali
pedazos la cabeza, y destrozo no pequeño en los cama-
radas contiguos al mismo. La espigada bala, sin em­
bargo, rehalló cual si hubiese oluicado con Ira un fuci le
muro, y sallo léjos de si, sin haberle tocado siquiera un
cabello. Concluida la campaña, y conociendo el milagro
que Dios liabia obrado por la intercesión de su Snnto
paisano, fue á darle las gracias, y esle entonces con el
mayor gozo le dijo: «Gregorio, en caridad, mejor csla
» milicia de Jesucristo bendito, que no pone á sus sol­
idados en semejantes peligros, y les premia mucho mas
»que el rey de la tierra: Yo en su nombre os recibo y os
»vislo de nuestro hábito, para acabar vuestra vida saiita-
«nienle.» Gregorio se quedó en el monasterio cambiando
la vida temporal porta cierna.
Carlos visitaba con frecuencia al Santo hombre por
la notable afición que le tenia, gustando mucho de uir
sus sanias palabras, de recibir sus saludables consejos >'
de ejecutar sus imporlaulcs preceplos; habiendo obser­
vando en todo el reino, que mientras siguió humilde Iti
que Francisco lo ordenaba, fue un rey piadoso y no km
orgulloso cuino su in d i nación exigía. Pasando cierto din
á vigilarle acompañado de los grandes de su corle, le
recibió la comunidad con las ceremonias de costumbre;
y el padre corrector le dijo: fcSire, cuatro dias ya qu¿¡
»no vemos su persona, sino que muís veces oímos en su
«celda grandes ruidos á manera de cómbale, y oIMS
«dulces melodías; mas como no habré la puerto, no mis
^atrevemos á llamarlo por no interrumpirle. Sabemos
»muy bien sus ordinarias peleas con el demonio, y que
»ln$ espíritus eclcsles celebran sus triunfos; sin embargo,
ȇ la buena venida de V. M., cualquiera atrevimiento
»k*ndrá escusa, de consiguiente vayamos á su celda. <p|f
— 295 —
^probablemente no dejaría de sa lir ele ella.» En efecto,,
lies veces llamaron á la pucrla con la palabra Ave María,
duque usaban cu parecidas ocasiones, y no respondiendo
levantó algo masóla voz el padre corrector, y d ijo :» Ta ire ,
sel rey nuestro señor eslá presente y o.s quiere hablara
Tampoco cerníoslo, y como no se oyese ruido alguno,
juzgando el monarca que conociendo su voz abriría, se
acercó y lo llamó diciendo: «Mi Sanio hombre, cómo no
une abrís?» Y como á esla pregunta no hubiese dado la
menor respuesta, lodos se entristecieron juzgando fuese
muerto.
En visla, mandó el rey trajesen instrumentos para
descerrajar la puerta, y eslando para realizarlo se oyó
un suspiro y una voz algo llorosa, por la que loJos cono-
rieron que vivía, aumentándoseles con el gozo los deseos
[le ver su rostro. Insistió , 110 obslanle, Su Magostad en
que se abriese la pucrla: se hizo asi; pero al mismo
tiempo las detuvo su entrada una celestial maravilla que
les dejó suspensos. Estaba nuestro Francisco elevado en
d aire como dos varas del suelo, rola al parecer la te­
chumbre de la celda, brillante con lucidísimos rayos,
oyéndose á la vez una como música angelical. E l monarca
cristianísimo quedó en eslremo admirado, añadiendo de­
mostraciones cariñosas, á las que con frecuencia hacía á
su Sanio hombre, y resolvió por último, «que ni en la
paz ni en la guerra se hiciese cosa alguna sin consul­
tarse primeramente con él mismo.» Ojalá hubiera sido
constante en su propósito!
Además del convento de que liemos hablado ya en
íste capitulo, mandó el rey Carlos se fabricase olro’cn la
ciudad de Amboise, donde siendo I>clfin, estuvo retirado,
disponiendo fuese cu el sitio mismo en que por primera
vez vió y abrazó al Santo hombre en su tránsito desde
Calabria á su corto do To urs, y que para ello se mudase
el camino por otra parle. Concedió al mismo y á la urden
^cque era Fundador varios privilegios, como así consta
— 296 —
de una real cédula espedida en ei parque á 18 de Abril
de 1488. Llamaba cu seerelo hermanos á los religiosos
de ambos convenios, á quienes á su costa sustentaba. Le
pidió el cordon, que llevó toda su vida, guardando la
Regla do los Terceros, aun antes de estar escrita y con­
firmada por la Silla Apostólica. Ta l fue el efeelo que pro­
dujo la pasmosa maravilla de que nos acabamos tic
ocupar.
Sin embargo de lo sentado, no debemos pasar en si­
lencio que la pretensión por la que nuestro bendito Pudre
trabajó con mas ahinco por espacio de muchísimo tiempo,
ora multiplicando oraciones, ora súplicas para poderla
alcanzar del rey Carlos, fué sin la menor duda la resti­
tución al de España D. Fernando, de los condados ikl
Rosellon V Ccrdania. Dichos condados que per [onecían
al rey de Aragón D. Juan II, padre del D. Fernando,
fueron dados en prenda á Lu is X I tío Francia, mediante
convenio entre ambos soberanos do 12 de Abril de t l f i i
en cuyo convenio se comprometió el francés á enviara'
aragonés setecientos hombres do armas, y doscientos
m il ducados para pagar el sueldo de su genEc en ciertas
guerras, siendo espresa condicion del indicado convenio
«que la renta que pudieran producir al francos ios pre­
citados condados, mientras continuasen en garantía de ¡a
ya dicha suma de doscientos mil ducados, no pudiese
se rv ir de baja ó descuento de ella, al tiempo de realizarse
su devolución ó reintegro.»
E l rey Lu is X I no pudo verificar por s í la restitución
de aquellos condados, por que se lo atajó la muerte. Ya
habiao salido para España los dos comisionados qitc
habia nombrado para tratar con el rey D. Fernando sobre
el particular, que lo fueron, el obispo de Lumhiers y ¿1
conde de Dunnois, pero antes de llegar á Costilla reci­
bieron la triste nueva del fallecimiento de su soberano,
lo quo motivó su regreso á la curte, sin haber podi<to
desempeñar su cometido.
— 297 —
Varios historiadores, lanto nacionales como cslran-
geros, hablan cslensamente de la parle que lomó en la
mencionada restitución nuestro glorioso Patriarca, por
su. muclia influencia con el rey Carlos VIH, quien no
cesó de recordarlo la obligación cu que eslaba de veri—
licarla, y quo al lin se resolvió á llevarla á efecto, me­
diante juramento que prestó en manos de ü. Francisco
dcla I'líenle, obispo de Avila, el dia 19 do Enero de ííOlt
en la ciudad de Tours, ó iglesia de San Martin, ú pre­
sencia de nuestro Sanio, do los embajadores, de los reyes
D. Fernando y Doña Isabel y de algunos porlenlados do
aquella corle; Que trascurrieron los quince dias de tér­
mino, que so liabia lomado para realizarlo, sin que se
hubiese efectuado tan solemne promesa. Francisco, sin
embargo, no dejó un momento de insistir en sus súplicas
y amenazas al veleidoso Carlos, basta llegar á decirle:
«Que si no cumplía lo promolklo, no tenia que esperar
:*le favoreciese c! Señor en la menor cosa.»
Predicción tan terrible llenaría sin (luda de terror á
un monarca que sabia por esperieucia el poder que la
Magostad Divina concedía al bendito Padre; de aquí es,
i|uc sin pérdida de tiempo hizo la consabida restitución
al D. Fernando el dia 2 de Setiembre y siguientes de
lí!Kí, habiendo quedado reunidos en el mismo, por la
muerte de su señor padre D. Juan 11, y por su enlace
con la reina Doña Isabel, las dos coronas de Aragón y
Castilla, cuyos soberanos tres años después recibieron el
glorioso renombre de Católicos, por concesion del Sumo
Ponliíicc de 1¿9G, á consecuencia de la loma de Granada
y de oirás victorias conseguidas de los sectarios do
Maliomn.
CAPÍTULO V.

Eli^jfc en F rancia nuestro Santo doce com pañeros, y se veficrí


¡hoío d e dos s u vocacion; por donde debe i n f e r i r l e c \ m o d a
con que á cada uno ad m itía. No quiere v e stir el h áb itos
u n joven que fu¿ desde Calabria á ped írsele, y le profetiza
su casam iento. Confirma el Papa Inocencio VIII su regia,
y p rivilegios concedidos por S ixto IV, su aatuceáor.

De admirar era en verdad la afluencia ó concurso de


pretendientes, que con frecuencia se presentaban ¡i mies-
tro bendito Francisco con el piadoso objeto de que les
admitiese corno religiosos de su orden, vistiéndoles el
santo hábito: De dos de ellos tan solo nos vamos ti
ocupar, para que pueda colegirse lo que liaría con los
demás. Fue uno el padre Fray Francisco Bínél, monga
benedictino, teólogo consumado, insigne retórico y fa­
moso orador, que á la edad de treinta y seis años fuó ya
eleclo abad del monasterio de la ciudad de Tonrs. Este,
pues, se avistó con nuestro Francisco á poco de haber
fallecido el rey Luis XI, y concluyó su humilde súplica
con las siguientes palabras: «Dadme, Santo Padre, niostru
»hábilu, que en él quiero vivir y morir, sirviendo;»
íNucsIro Señor y á vos, si ambos lo teneis á bien,»
Nucslro fundador le respondió afable y caritativo, usando
— 299 —
los dos de un lengtiage inusitado, porque ios dos se ha­
blaban al alma. E l padro Binét le manifestó, como es-
lando en oraoion le Labia Dios revotado que pasaría a
la religión do los mínimos, cuyo hílenlo le alabó; pro­
fetizándole «rquo moriría en ella,» pero le dilató algun
lanío la gracia, porque quiso fuese con la oportuna
licencia de sus prelados; de aquí es, que previo el bene­
plácito de su general y acorde ascenso cíe los mongas,
nnuló cu manos de Francisco la cogulla en su penitente
hábito. Cumplido el año profesó y salió lan perfecto y
útil, como á que fue dos veces general y lie s zeloso ó
procurador en toda la orden en la Curia romana, cuyos
Jionorííieos cargos tuvo precisión de acoplar, no obstante
su humilde renuncia* por espreso mandato de Su San­
tidad .
No fué menos maravillosa la vocacion del olro, ó sea
ilcl venerable Padre Fray Bernardo Boíl, también monge
Benedictino, persona de singularísimas prendas, y abad
asimismo del celebre monasterio de ?suc s ! im Señora de
Monserrat, en Cataluña, como vamos á ver. Se encon­
traba dicho Padre en To urs, donde estaba la corle, como
o vo de los embajadores de los reyes de España, para
negociar con el Soberano de Francia Carlo¿ V III la res­
titución de los condados del Hosellon y la Cordama, de
(pie hemos hablado ya en el antecedente capítulo, cuando
le vinieron deseos de conocer á fundo al Sanio hombre
como allí so le llamaba, do quien tanto por do quiera se
liabia generalizado la fnma. Pues bien, sin mas objeto
que el indicado, se dirigió al convento de Mínimos do
aquella ciudad, y luego que entró en él principió á sentir
una celestial dulzura interior, difícil de csplicar. Conoció
án haberle jamás hablado al bendito Francisco y lo
movió de tal suorle su aspecto, su conversación, el con­
fería de su comunidad, to rígida observancia de la vida
cuaresmal, y cuanto oia, veia y tocaba, que sin poder
resistir el superior impulso del Esp íritu Santo, se arrojó
— 300 —
á sus pies, y desecho en lágrimas y dulces aféelos, le
pidió se sirviese vestirle el hábito de su mínima religión.
Nuestro Santo le complació, vistiéndosele por su propia
mano, cual precioso esmalte, sobre el fino oro de la Co­
gulla v déla vida monacal.
Este fue aquel singular varón que los reyes D. Fer­
nando y Doña Isabel enviaron en compañía del inmortal
Cristóbal Colon ;í descubrir el nuevo mundo, y á quien el
Sumo Pontífice Alejandro sexto eligió por su primor
apóstol, patriarca, arzobispo y su vicario en aquellas
dilatadas v hasta entonces ignoradas regiones, lisie fue
quien en sus apostólicas larcas padeció tanto en servicio
de la Iglesia católica, estendiendo con su predicación
nuestra Santa Pe, y cuya virtud y santidad campeó cual
hermosa flor en ambos mundos. Este fué á quien vuellrt
á España premiaron nuestros soberanos con el obispado
de Gerona, y este, finalmente fuó el primero que en nues­
tra mínima religión se vió investido con las dignidades
que quedan mencionadas, y de quien se pudieran aun
decir muchas cstraordinarias proezas.
Los doce compañeros que en t’rancia eligió nueslro
Patriarca fueron lodos de modo parecido á la elección de
los dos de que so acaba de hablar, llamados y aprobados
por un mismo Esp íritu , como á convocados por Dios para
servir de fundamental base á un instituto tan singnlni’.
Nuestro Santo no los alrnia con peisuaciwnes, y mucho
menos con retóricos y deslumbrantes halagos, y no obs­
tante sus voces se dejaban oír de lugares asaz distnnles.
corriendo presurosos a abrazar con alegría una vida tan
penitente. Ofrecía al Señor su mínima religión, propo­
niendo devoto sus deseos, y el Ciclo le enviaba personas
espirituales y desengañadas de las vanas pompas del
mundo, á quienes el rigor de la regla no aterrase. De
lodos estados concurrían infinitos, mas ni á lodos admi­
tía ni á lodos desechaba, vistiendo solo su hábito á aque­
llos en los quo conocía fervientes aspiraciones ele hacer
— 301 —

penitencia, y quo el Esp íritu Sanio le señalaba. Dichosa


(‘lección donde no juzgaban humanos juicios, si que solo
Dios resolvía! Y en corrobacion de ello referiremos uno
de tantos casos, en el que inspirado del cielo Francisco,
despidió corles á quien no con venia formase parte do .su
congregación.
E l rey Carlos V III lema por costumbre visitar al
Sanio hombre en su celda del convento de Tours, con el
objeto de cónsullarle sus dudas en alguno de los nego­
cios que se le ofrecía resolver, y oslando cierto dia á
solas con él, por los años 148o, para saber si vencería ó
no su ejército en (los batallas que daña aquellos días,
llegó á dicho convento un gentil-hombre catabres, nalu-
ral de Regina, llamado Felipe Camiliano. Era esle un
mancebo de loables costumbres, rico y de los principales
de dicha ciudad, el cual, aun estando ambos en su pais,
le habia manifestado deseos de v iv ir en su compañía,
pero no perseveró en ello, por los accidentes de que suele
ser causa la juventud ó mocedad. Puos bien, su fervor
se le renovó cuando nuoslro Padre estaba ya en Francia,
y arrepentido de su tibieza determinó pasar á la indicada
nació» con el objeto do solicitar del mismo le hiciese la
gracia de vestirle .su hábito. Puesto en práctica su pensa­
miento, observó á su llegada al convenio que liabia mu­
chos caballeros como áque se eslaban esperando, y hecho
el cor respondí enle saludo pidió permiso para entrar en
su celda, á lo que se le contestó «que estaba el rey con
el Sanio hombre, y que se había dado orden cié cerrar la
puiM-ia para que nadie entrase.» Apenas se acababa eslo
ile decir, cuando vieron que se abrió esta milagrosa­
mente, to que movió á los que estaban presentes á fijar
lii atención en el espresado forastero, y con doble motivo
al observar se entraba con gallardo brío. Le siguieron
algunos caballeros y gente que estaba de guardia, y he
aqui, vieron que nueslro Francisco se dirigía con los bra­
zos abiertos hacia el desconocido que se postraba ásus
— 302 —
pies, y que anles que profiriese la menor palabra, 1c
(Jijo.
«Bien sé, por caridad, Si*. Felipe, el motivo que os
»trae flesde Calabria, pero creedme, que Nuestro Señor
j>no se sirve de vuestro íin, aunque le tiene aprobad»
acornó bueno..No es para lodos el oslado do lu religión
»n i para mas de aquellos que Dios quiere k; sirvan en
adía: á vos os ticuc escogido para otro estado meaos
»rigLiroso, y en él podréis mostrar vuestra caridad, y
»cstad seguro (pie es lo que mas conviene. Volveos luego
»á liegina, y advertid quo el primer dia quevayais á la
^iglesia á o ír Misa, entrará en ella despues de vos una
» mujer noble, con la que os habéis do casar, y os dará en
»ella el Señor un hijo y una bija, á quienes criareis en
asu santo amor y tcinor.:¡> Alentó estuvo Felipe á estas
razones, y no menos el rey y comitiva, que curiosos
fijaron su aloncion en el nombre y señas del forastero,
viéndose todo cumplido cnando pasaron después á la
conquista do Ñapóles. E l bendito de Francisco ordenó ;i
sus religiosos que regalasen y cuidasen bien de su
paisano huesped, el cual, recibidos los sacramentos vía
bendición de su Santo amigo, regresó ti su patria muy
conforme coa cuanto respecto á el disponía el Ciólo.
Llegó á su casa con próspero viaje, y fue el primer
dia á oir misa á la Iglesia, en busca de lo que su amigo
Francisco le habia anunciado. Vió en verdad, entrar una
principal matrona, joven, noble, rica y hermosa, acom­
pañarla de los suyos; pero principió á poner en duda
aquella profecía, por saber quo dicha señora era ya
casada de pocos dias con un gentil-horKbi’e, con quien él
tenia íntima amistad. Determinó entonces encomendará
Dios muy de veras el negocio, pidiéndole iluminase su
mente, para poder resolver el estado quo le convenía
elegir, mas anles de un mes murió el esposo do la preci­
tada matrona, y Camiliano trató de casarse con la viuda
de su amigo, á lo que sus padres adhirieron gustosos,
— 303—
teniendo después como (rulo de su profetizado matrimonio
los dos lujos que su sanio amigo le liabia anunciado.
Anheloso siempre nuestro Santo de que la fundación
de su orden fuese mas robustecida con la sanción de la
Silla Apostólica, acudió en súplica por conducto del rey
cristianísimo al Papa Inocencio VIH, para que se dignase
confirmar su regla y privilegios concedidos á dicha su
tjrden, por su antecesor en el pontificado Sixto IV. Así
lo verificó Su Santidad con conocimiento previo y con
las domas formalidades en semejantes casos usadas, apro­
bando y confirmando cuanto del mismo se solicitaba,
según consta por la Bula que se espidió en 2 1 do Marzo
de 1 í 8 íi, que principia o;Pasto rale Oflicium.»
CAPÍTULO VI

Cura nuestro Pudro Francisco á un empozo nado j á un infi­


nito número do otro:' enfermos, dando también la salud :i
algunas mngeres que por .su intercesión. consiguieron líme­
nos partos. (Jaso estraordinano ó admirable con una porcíon
de culebras. Profecía con un cordon que diú ú un devore
suyo.

Para que no se nos reproche haber puesto en olvido


la narración de los muchos milagros particulares (p)c¡¡
cada paso obraba el bcndilo Padre, con ritmaremos dando
conocimiento de algunos de ellos á nuestros devoto?
lectores
Un señor obispo francés crió en su palacio un sobrino
suyo á quien quería lisrnameníe. Como joven poco pre­
visor, se divertía en pasatiempos y gustos no inuy licitud
habiéndose dado á visitará cierta voluptuosa niugeicilla.
que le pago sus visitas, propinándole un bebedizo ó pon­
zoñoso brebaje que le privó del sentido. Noticioso ¿u
señor lio de ta ocurrencia, le mandó conducir á su pre­
sencia. y como persona prudente y virtuosa* lejos il*1
procurar el castigo de la delincuente se dirigió á nuestro
Francisco, enternecido y con fe segura de encontraren
él remedio. Le pidió alcanzase del Señor 110 muriese el
— 305 —
inesperto joven on ocasion lan peligrosa, y casi cierla do
su cierna condenación, coma asi mismo que !o restaurara
el conocimiento, para que arrepentido pudiese confesar
sus culpas. Compadecido nuestro Sanio, no solo (le la
desgracia, si que de ver lambien lleno de lágrimas eí
venerable roslro de aquel prelado, le consoló, prome­
tiéndole salud y vida para su sobrino.
En efecto,* dispuso de seguida fuesen dos padres
sacerdotes acompañando á su llustrisim a y que dijesen
al enfermo ios Evangelios. Desde el momento que bebió
el tósigo, perdió, como queda insinuado, totalmente el
habla y el sentido, mas apenas entraron en el aposento
los religiosos con su señor tío, se sintió ya aliviado y
comenzó ü hablar, pidiendo de comer por sentir desmayo.
Se le recitaron entonces los Evangelios, y antes que
acabasen quedó del todo bueno, arrojando el veneno, sin
haberle aplicado otro remedio. Volvieron al convenio á
rendir á Dios y á su Siervo las debidas gracias: dió esle
al joven saludables consejos, que recibió con dcvocion y
humildad, viviendo en adelante muy mejorado en sus
costumbres.
Por los mismos años en que se esluvo concluyendo
el convento do To u rs, basta que eslendió nueslro bendilo
Padre por Francia y otras partes su religión, ocurrieron
maravillas prodigiosas que no es posible referir aun en
mas eslenso volumen. La concurrencia de enfermos, sea
cual fuese su dolencia, era infinita, como sucedía en
cuantas partes habia oslado; de aquí es, que cu lodos
esiüs casos, que so le presentaban con frecuencia, ponia
en ejercicio aquella omnímoda potestad que el Cielo lo
lenia concedida: <rTodo el pueblo dió gloria á Dios, dice
»el Evangelista San Maleo, porque tal potestad dió á los
^hombres.i La córte y los pueblos lodos de aquel reino,
liaban al Señor mil bendiciones y alabanzas por lan sin­
gular poder concedido á nueslro Santo fundador, para
alivio de cuan Los so encontraban angustiados.
®0
— 306 —
En la ciudad de To urs, residencia ordinaria de Fran­
cisco, babia una señora que padecía una enfermedad
calculosa, conocida vulgarmente por mal do-piedra, la
cual le causaba de continuo Intensos dolores que se ha­
cían irresistibles, sin que hubiese encontrado remedio
alguno humano que mitigase siquiera sus crueles pade­
cimientos. En laH aflictiva situación envió al convento un
nieto suyo, con el encargo de que se apiadase de ella
con su mucha caridad. Nuestro Padre le (lió una candela
bendita, y le dijo: ccDiréis á la enferma quo la encienda,
»v que mientras la luz durare, rezo el rosario á la Virgen
ta n tísim a , V tendrá la salud que desea.» Ob maravilla
singular! No bien acabó de rezar, espolió sin el menor
dolor tina piedra mayor que una nuez, admirando el pro­
digio á. todos cuantos de él tuvieron noticia, y en espe­
cial á los físicos que la asistían, quienes babian ya re­
suello hacerle la penosa y difícil operacion usada en tales
casos para estraéisela.
Otra principal señora de la misma ciudad, padoeinel
notable trabajo cuando se ponía embarazado, no solo el
tener recios y difíciles partos, si que además también «I
de parir muertas las criaturas. Habia oído hablar de las
maravillas que obraba el Santo liombvc, y convencida
de su certeza, se determinó á dirigirse á él en uno de sus
embarazos, y puesla ya en su presencia, le dijo: «Buen
»Padre, aunque el deseo natural de tener hijos es grande.
»no lo fuera lanío el mío, sino el deque nacieran vivos
»para poder al menos recibir el agua del Bautismo, por-
»quc en tres consecutivos que he tenido, además del
agrave peligro en que me encontré, tuve el doble scnli-
smiento de quo las criaturas no llegasen á hacerse cris-
»tianas.» «No tengáis cuidado, le contestó Francisco, que
» Nuestro Señor os consolará presto. Tomad estas cande-
tía s benditas, y al liempo del parlo encended la uno v
aguardad la otra, quo el cielo os alumbrará.» Lo hizo asi:
llegada que fue la lioi a, dió á luz sin dilicullad alguna un
— 307—

hijo, que por muclios años fuó gran siervo de Dios y


jntiv dovolo de nuestro Sanio.
La predicha señora tenia una amiga, á la quo sobre­
vino un flujo de sangre que lo puso en inminente riesgo
de perder la vida, pero sabiendo el buen suceso que la
precitada habia tenido con la candela bendita, ie envió
¡i pedir la que tenia noticia guardaba. Recibido por aque­
lla el recado, fue la misma en persona á su casa cou la
indicada candela, llegando á Tiempo que le eslaban admi­
nistrando los Santos Sacramentos, á causa de no podér­
sele restañar el ílujo de la sangre; en vista de ello la
encendió al momento, é hincándose de rodillas, dijo;
«Rczcmos todos cinco veces el Padre Nuestro y Ave
Alaría.» Cosa también digna de admirar, porque ál con­
cluir la dcvocion, cesó la sangro de Huir, y la enferma,
que estaba embarazada, dió á luz una criatura que murió
después de recibida el agua del Bautismo, quedando la
parida sana y en un lodo buena, pasando después las dos
amigas al convento á dar las debidas gracias á Dios y á
su Siervo Francisco.
Se encontraba de parto otra mujer, y dispuso se la
llevase á nuestro Padre; se hizo asi, y puesta on su pre­
sencia le suplicó rogase al cielo le diese feliz alumbra­
miento. Apiadado de ella hizo la señal de la cruz, y le
dijo: «Por caridad, que pariréis bien y bueno para lodos,
>;y acepto á los ojos del Señor.» Se despidió consolada y
á los tres dias parió un hijo, á quien educó cristiana-
mente. Creció en virtudes y edad, y á la que tuvo la
competente, tomó el hábito de nuestra orden y fué un
varón de reconocida santidad.
Cuando se abrían los cimientos de nueslro convento
íIcToui’s encontraron los trabajadores gran cantidad de
culebras y oirás sabandijas ponzoñosas, que procuraron
matar de m il modos, pero todos fueron inútiles, pues
fjuc salían otras mas formidables y que se defendían
ion encono. Llegó en dicha sazón Francisco y mandó á
— 308 —
la genlc dejase aquel día de trabajar quo Dios lo reme­
dí aria. Luego que quedó solo, las fué cogiendo cu la»
manos, cargándolas sobre sus brazos y llevándolas poco
á poco á mas de un cuarto de legua de distancia, mos­
trándose lan rendidas á su voluntad, como anles oslaban
dispuestas á defenderse de aquellos.
Bernardino Mingron, persona principal y rica, nalural
de la villa de Pelra-Paula, era muy devoto y amigo de
nuestro Santo y por eslo mismo sintió su partida de Ca­
labria. y le acompañó liasla llegar á Francia. Pues bien,
cuando eslaba ya para regresar á su pais, lo que el ben­
dito Padre no quisiera verificase, porque sabia lo que le
liabia de suceder, le dijo: «Por caridad, amigo Bernar-
»dino, que me pesa os vayais de nuestra compañía, pero
»no lo cscusois, que teneis familia y esla os necesita.
»Lo que s i os aconsejo, que viváis siempre con mut ilo
¿cuidado do se rvir al Scijor, porque aquellos que por ser
í v o s fiel servidor del duque de Moníalto os quieren Dial,
» desean quitaros la vida; por lo mismo procurad no os
aballen desprevenido s i el Cielo lo ordenase así. Tomad
;»csle cordon nuestro y siempre lo llevareis pueslo ó cc-
»iiido á la cinlura sin dejarle ni un instante, pues que on
«dejándole, sabed que os han de malar vuestros ene­
migos,»
Admirado quedó aquel caballero de lo que su santo
amigo lo acababa de decir, y le pidió entonces se le ci­
ñese él mismo, ó de su propia mano; despidiéndose con
notable senlimicnlo-, y copia de lágrimas. Trascurrieron
muchos aDos, sin que sus contrarios lo hubieran podido
en modo alguno ofender á causa de que jamás dejaba de
encima el espresado cordon; empero llegó labora decre­
tada por Dios, para c^uc la profecía de su Siervo quedan
cumplida. Determinó Bernardino salir á u n a cacería, y
con ol cuidado de madrugar y de disponer lo necesario
á dicho intento, descuidó teñirse aquella reliquia, en quo
consistía toda su defensa; mas habiéndola echado de­
— 309 —
menos, como á una media hora de su casa, uo quiso se­
guir adelanto sin volver por el cordon, ni consentir lani-
paco que sus dependientes fuesen á traérselo.
Sus enemigos, que no so dormían, y que estaban de
continuo acechando sus pasos para satisfacer sus preme­
ditados deseos, le vieron ir solo, y acometiéndole de im­
proviso con espadas., le hirieron de muerte. l?uc con­
ducido á su casa, y el Señor le dio tiempo para recibir
contrito los Santos Sacramentos; perdonando á los per­
petradores do sus heridas; profiriendo sin cesar liasla su
fallecimiento las siguientes palabras: «O buen amigo Pa­
dre Francisco, Siervo de Dios, se ha cumplido vuestra
profecía después de veinte afios, que vuestro saeto cordon
me defendió y libró de todo peligro.» Dispuso se le en­
terrase con el referido cordon ceñido, en la capilla mayor
del convenio do padres dominicos do la precitada villa,
fundación de su familia; cuyo cuerpo se conservaba en-
lero c incorrupto, despues de los doscientos anos de sn
enterramiento. Quien quisiere tener mayores noticias so­
bre el particular, lea á Monloya en el lifu o primero de su
crónica.
CAPÍTULO VIL

P rin cip io ú o rigen (lo la devoción dt¡ los trcu e v ie rn e s y por


q u é se p ro sigu e con tan ta co n stan cia. M aravillo so s prodi­
g io s q u e San F ra n cisco de P a u la obró d u ra n te su vid a por
cn u sa de e lla , y los qn e está obrando sin cesar dc&pues de
hu m u e rte , con los devotos que con fé .sincera le ruegan
por m edio de la expresada dcvocion.

Esla dcvocion, tan celebrada por las repetidas mer­


cedes que concede el Cielo por los méritos é intercesión
de su Siervo Francisco á las personas quo cou fervoroso
alecto se dedican á ella, Liene su origen en la pasión de
Nueslro Señor Jesucristo, que era la ordinaria meditación
de nueslro glorioso Patriarca. De aquí procedía el mani­
festarse mas recogido en su interior los días viernes, mas
arrebatado su espíritu y .su rostro mas resplandeciente.
De aquí procedía'qüe sin embargo de ser su cotidiana
comida Iros bocados de pan y un poco de agua lomados
después de puesto el sol, y en cuyo sistema de alimento
perseveró los noventa y un años V dias que vivió, los
viernes era lodo su sustento el Santísimo Sacramento,
con cuyo precioso manjar saboreado, dejaba de sentir la
gran flaqueza de su cuerpo, el tormento de permanecer
la mayor parte de dichos dias en oracion con los brazos
— 311 —
en cruz y además también el de sus rigurosas maceracio­
nes: y de aquí, en fin, procedía, el ser en estos días mas
fervorosas sus pláticas y exhortaciones, como así mismo
el obrar muchos y mas singulares milagros en ellos: de
modo, que tanto én Ñapóles como en Francia, los viernes
acudían al bendito Francisco mayor número do enfermos,
necesitados y afligidos; porque era dia franco ó privile­
giado, en el que Dios abría sus mas grandes tesoros de
gracia por medio del Santo hombre, á quien revolaba
laníos y lan ocultos misterios.
Este fué, pues, el origen que tuvo la susodicha de­
voción aun en vida de nuestro Santo, s i bien el método
con que ahora se practica es bien distinto, en atención á
que este fué arreglado por aquellos primeros venerables
religiosos de nuestra orden, que con meditado acuerdo
decidieron fuesen trece los viernes seguidos, trece las
misas y trece las veces, que se habia de rezar en cada
uno do ellos el Padre Nuestro y Ave María , confesando y
comulgando contritos; conservando la costumbre que
tenia su amantísimo Padre, de mandar á los que á 61 se
acercaban afligidos de alguna necesidad, practicasen
dicha devocion en los términos espueslos; lo que dispu­
sieron también en memoria de lan prolongada abstinencia
y mortificación durante los noventa y nn anos do su
existencia, que tantos dias componen las trece semanas
v trecc viernes ya esplicados, añadiendo á lodo la noln-
ulc circunstancia de haber ocurrido su muerte viernes de
la cruz ó santo, á la hora misma y cou las mismas pala­
bras en que Nuestro Redentor Jesucristo espiró en olla,
leamos ahora si el Cielo La confirmado esla devocion.
Dos razones espondremos en confirmación de lo que
íeacaba de sentar y es la primera: el haber concedido
los vicarios de Jesucristo en la tierra, uiuv especiales
indulgencias y gracias á los que visitaren los'templos de
San Francisco de Paula los viernes mas que otros dias,
franqueando liberales los tesoros do Nuestra Madre la
— 312 —
Iglesia católica; y segunda: E l haber aprobado el Ciclo la
susodicha dcvocion, con infinitos milagros y portentosas
maravillas obradas por la intercesión del bendito Padre.
S i hubiéramos de enumeran uno por uno los que
obró de toda especie durante su vida, con los devotos
que con fé viva practicaron los viernes aquella dcvocion,
como así mismo los que ha obrado y continúa obrando
despues de sil glorioso tránsito, con los que la han prac­
ticado ó la practican, seria menester llenar muchos vo­
lúmenes para dejar satisfechos los deseos de sus afectos,
pero como el plan de csla nuestra obra sea, no hacer
pesada su lectura, como ni tampoco costosa su adqui­
sición, nos concretaremos á narrar concisamente alguno
de los mas notables.
Doña PoliceDa, marquesa de Arenas, escribió á nues­
tro Santo suplicándole la salud para su esposo, que se
encontraba enfermo de mucho peligro. E l Padre Fian-
cisco le contestó con una carta consolatoria, exhorlándola
á la paciencia, porque le anunciaba como dentro de tres
dias se lo llevarla Dios. Apenas habia esto pasado,
sobrevino á la misma un alarmante flujo de sangre, sin
que los físicos que Ir visitaban diesen con remedio al­
guno con que poderle contener. Como cuerda y muy
cristiana que era la marquesa, se hizo conducir un viernes
á Paterno, donde entonces residía el bendito Francisco,
y le manifestó alligida su necesidad; pero lo duró poco
su desconsuelo, como que al instante quedó libre de su
penosa dolencia. Entonces presenció esta señora aquella
maravilla ocurrida, cuando no poniendo buen geslo sus
criados á las habas guisadas que se les presentaron, vol­
vieron la vista bácia el sitio donde estaba el Siervo del
Señor, y vieron con sorpresa nna chistera llena de muchos
y diferentes peces, sin quo persona humana los pudiese
haber traído; Que despues de cocidos los precisos, con­
currieron cerca do lies mil almas, sin otro objeto que el
de reconocer y admirar la pesca enviada del Cielo, ha-
— 313 —
hiendo obrado nueslro Santo fundador mas de cien mila­
gros, sobro diversas malarias en el corlo tiempo que
la mencionada marquesa permaneció aquel viernes en el
convenio.
A los pocos días so presentaron en el mismo, la rabien
viernes, dos amigas y compañeras en la esterilidad, y
suplicaron al buen Padre les alcanzase del Señor fruto
de bendición. Vuelto en seguida á la nua de ellas, lo
dijo: «Por caridad, que si vos amaseis á vuestro marido,
ícomo Dios manda, tendríais hijos; y á la otra amonestó
•'dejase cierto líalo, do ganancia algo escrupulosa, y no
anuí y segura.» Les mandó rezasen lus viernes cinco veces
el Padre Nuestro y Ave María, en reverencia do las cinco
llagas de Cristo nuestro bien, y de este modo conse­
guirían lo que pedían. Confesaron y comulgaron antes de
martillarse, y de allí á unos dias se sintieron ambas em­
barazadas, dando á su tiempo á lux, como les había pro­
fetizado.
Una señora principal do Calabria luvo un mal parto
y de sus residías parió una criatura muerta. A conse­
cuencia de esto \ivia inuv afligida, sin quo su confesor,
que era ol padre Fray Gaspar de Jesús, pudiese tranqui­
lizarla, no obstante decirle que el verdadero sentimiento
cunsislia en un lii me dolor de sus culpas, y en un cons-
lante propósito do enmendarse. Observando que ninguno
de eslos consejos la aquietaban, la llevó un dia á la pre­
sencia de nuestra Santo, y habiéndole ella misma pro­
puesta su súplica, llamó éste aparte á dicho su confesor,
y le dijo: ^Manifestareis, Padre, á vuestra hija espiritual,
»que mire mas por el asco de su alma que de las galas
«del cuerpo, cuidando también de la observancia de los
snundamientos, y conseguirá así sus deseos,» Prudente
como era, luego que recibió esla contestación se dedicó
de veras á se rvir á Dios, y le concedió la merced que
pedia. E s indispensable, que para la práctica de la devo­
ción de los viernes, nos desnudemos de las vanidades del
— 314 —
mundo, y limpiemos nuestras conciencias enmendando
nuestras vidas; porque todo lo demás son apariencias,
con las que nada se consigue alcanzar de Jesucristo
nuestro bien.
Muchas princesas de la sangre real de Franela consi­
guieron fruto de bendición por la intercesión del Santo
hombre; pero nos ocuparemos lan solo en gracia de la
brevedad de Luisa, Lija del duque de Saboya, y esposa
de Carlos, duque de Angulema, á la que, contestando
nuestro Padre á la súplica que le hizo, dijo; «Por caridad,
«Madama, que os dará Dios muy presto un hijo, que será
»bombre de gran valor, y no solo duque, s i que también
jorev de esla nación. Sieso hade ser así, replicó la prin-
scesa, os prometo desde luego ponerle vuestro nombre, j
Poco después concibió, y Dió á luz aquel valeroso piio-
cipe, á quien se puso por nombre Francisco; siendo ol
primero de este nombre enlrc los soberanos do Francia,
el cual entró á reinar por la muerte de Lu is X I I .
A sí que Fraucisco primero y su esposa Claudia so
vieron sin sucesión despues de muchos años de matri­
monio, como ambos eran devotos de nuestro Sadoy
habían profesado la regla tercera, determinaron hiciese
voto aquella, do quo si Dios le daba « » hijo por interce­
sión del mismo, le llamarían Francisco á dcvocion suya,
cuyo voto hizo en manos del padre general Fray Francisco
Binel, á presencia de la grandeza. No dilató el Cielo el
cumplimiento de sus deseos, pueslo que muy luego le dio
un hijo, al que se puso el susodicho nombre.
Estaba en el convento de Milazo en Sicilia una bueno
mujer de dicha ciudad, en ocasion en que los religiosos
cantaron un Te Dcum, en acción de gracias por el milagro
que acababa de hacer San Francisco de Paula en favor
de una señora viuda con tres hijas doncellas; sacándola
victoriosa en la última instancia de un pleito, que contra
la misma seguia un deudo suyo sobre cuantiosos inte­
reses, y sin ninguna esperanza de conseguirlo, á cansa
— 315 —
de haber perdido ¡as anteriores, sin embargo de su no­
toria justicia. Pues bien; no encontrando la insinuada
iciiora otro recurso ya sino al de acudir al Supremo T r i ­
bunal del Altísim o, para que aquella se le administrase,
se valió de la intercesión de nuestro Santo fundador; pre­
sentándose en el precitado convento, y puesta cou sus
Lijas anle una Imagen suya, le suplicó con abundantes
Ligrimas se compadeciese de ellas, ofreciéndole i r todas
líiü cuatro descalzas á practicar la devoción de los trcce
Viernes. Asi lo verificaron con gran ternura hasta el
úlliuio de los referidos dias, en el cual, estando el Saccr-
JoLe diciendo el Evangelio final de la Misa, entró en la
Iglesia su mayordomo y les participó la placentera no­
ticia de haber los jueces dictado sentencia definitiva en
í ;kúi ‘ de las mismas.
En vísta de lo que acababa de presenciar aquella
buena mugerde Milazo, de que arriba se habló, la cual
tenia su marido cautivo ya muchos años en Conslanli-
copla, cobró tanta fe con nuestro Sanio, que desde aquel
mismo dia principió la devocion de los irecc liernes,
mandando decir las trece misas y acudiendo á ellas con
singular fervor, y no menos confianza; pero lo que era
mus de admirar, que como de justicia pedia al glorioso
francisco libertase del cautiverio á su marido, pues quo
nolchocian menos falta, que aquellas señoras la hacienda
que en el pleito habían ganado. Continuaba, sin em-
bargo, fervorosa en su devocion, cuando le vino á ocurrir
tina circunstancia asaz admirable.
En efecto, tenia esla buena muger un sobrinito lla­
mado Domingo, quien tres ó cuatro dias antes del último
ternes dccia á su lia: « T ía , el viernes vendrá el lio . a
l-legado esle dia el niño enlró en el amasijo, y apartando
11n poco de masa, dijo á su tía: dlaga Y. una torta para
anl tio, porque antes de tres horas habrá sin duda de
*comer de ella.» Cómo lo sabes tú, Domingo? preguntó
la lia. Lo sé, respondió el sobriníto, porque me lo dijo
— 316 —
el Santa viejo que eslá pintado en !a Iglesia, estando yo
echado sobre la peana de su aliar. La buena do !a lia ^
marchó á la misa y concluir su devoción, pero al re­
gresar á su casa, vio con asombro á la puerta de ellai
su marido con el propio Irage y prisiones en que los
íurcos le tenían en Constan tinopla. Ambos esposos se
abrazaron, derramando copiosas lágrimas, sin poderse
hablar en grande rato, por tener la voz embargada. Ya
que pudieron producirse, la muger lo preguntó; «Que
»como habla venido tan solo y aprisionado?» A lo <[iteel
marido respondió: «Yo, hermana, no puedo decir mas,
¿sino (pie como cosa do dos horas oslaba, según me ves,
»en una mazmorra de Constactinopla, que llogó á mi un
«venerable religioso de la manera que pintan á San Fra­
ncisco de Paula, el cual cogiéndome del brazo me traju
» 1 ibrc y sin peligro, tanto por tierra como por el mar, ca­
rminando vclocísimamcnle y que me dejó aquí como ]m
» visto.b Este milagro fué muy celebrado, pues que de
toda la isla de Sicilia acudía inmenso genlio á ver ú
cautivo y saber de su boca la ocurrencia, que ól refería
con devtjcion y bañado en lágrimas de ternura. El niio
á quien habló la Imagen del Santo, recibió á su oportsna
edad el hábito de nuestra órden y so llavnó Fray Domina
de Mi lazo,
CAPÍTULO Y1H.

Confirma el Papa Alejandro Y I La líenla que isscríbió nuestro


Santo, y le concede el renombre de Mínimo. Sitio de la ciu­
dad de Málaga, Envía Francisco religiosos á los rejos
católicos ctm carta suynt profetizándoles su conquista.
Fundan dichos soberanos un convento de la urden en la
precitada ciudad, con el título do Nuestra Señora de lu V ic ­
toria, y le dotnn competentemente. Disponen se use en
todos sus estados de este glorioso dictado.

No se descuidaba nuestro Patriarca San Francisco en


escribir Regla, para que sus hijos fuesen por ella dirigi­
da y tuviesen un gobierno económico y político bien
ordenado. Regla que, aunque hacia dias tenia trazada y
formalizada, no la liabia todavía presentado á su apro­
bación, hasla que se sentó en el Trono Pontificio el
Papa Alejandro VI, protegido por el rey de Francia
Carlos V lil, el cual mandó á su embajador en Roma no
cesase de trabajar en osle sentido en su real nombre: de
aquí es, que Su Santidad aprobó dicha Regla tal cual
nuestro Padre la tenia escrita en trece capítulos sin hacer
en ella la mas mínima alteración, lo que verificó el año
primero de su Pontificado, dia 26 de Febrero de 1492.
Concurrieron sin embargo, en su aprobación, algunas
circunstancias que no debemos sobre ellas guardar si-
— 318—
lencio; y son, haber permitido el Sumo Pontífice escri­
biese nuestro Fundador regla distinta, de las que la
Iglesia Romana tenia ya aprobadas; siendo asi que ci­
taba mandado por el Concilio Lateranense desde 1186;
«Que no se permitiesen nuevas instituciones de órdensí
» regula res, y que s i alguna se verificase, siguiese una
»dc las reglas aprobadas por la Sede Apostólica.» Eslo
mismo lo renovó el Concilio general (le León, en tieinpu
del Papa Gregorio X , dando á las religiones de San
Gerónimo, Santo Domingo y la Trinidad, la de San
Agustín, que tenían ya otras muchas. De esto universal
disposición, pues, que la Iglesia tenia acordada, fué una
escepcion la de los mínimos, habiendo quedado aprobado
el que nuestro Padre fundase una nueva orden con regla
propia y esdusiva para ella, distinguiéndose de toda;
las demás, ó introduciendo un singular instituto en el
mundo, en el que se puede se rvir á Dios de una manera
asaz distinta, en abstinencia, mortificación y penitencia.
Más que mucho era Francisco el Benjamín ó hijo último
de nuestra madre la Iglesia, y por lo mismo nada d-c
es Ir año tiene fuese lan iavorccido y privilegiado.
También es digno (le que se lije la atención en ci
nuevo título quo el bendito Padre consiguió al tiempo
mismo que su regla fue aprobada. Llamábase su órilcn
desdo el año 1435 al de 1192 «La religión de los ermiLi-
»ños penitentes de Fray Francisco de Paula.» Con c>!c-
tituto la habían aprobado los dos arzobispos de Cosen-
cía, Bernardino y Pino Caracuiolo , y ios Pon litios
Sixto IV c Inocencio Y II I , y asi en lo general eran lla­
mados sus individuos, menos en Francia, en donde siem­
pre nos llamaron «los hombres buenos,» sin que hubie;?
para ello otro motivo que el habernos así llamado el rey
Lu is X I T desde que conoció á nuestro Santo. Agilado
Esto de su profundísima humildad, é inspirado á la vez
de un celestial impulso, pidió al precitado Papa Alejan­
dro VI so dignase mudar á sus religiosos la denominación
— 319—
de ermitaños en la de mínimos, á cuya súplica adhirió
gustoso Su Santidad, conociendo sin duda era esta la
voluntad del Altisimo, llamándose desde entonces (ría
religión de los mínimos.» Se humilló Francisco de un
modo estraordinario, mereciendo del cielo un nombre
sobre todo nombre, cual es el dictado de mínimo. Indu­
dablemente por su profunda humildad mereció semejante
disl'mlivo, siendo, aunqno mínimo, máximo, pudiéndo­
sele aplicar aquel dicho del profeta Isaías: « E l mínimo
será en millares, y el pequeño en gente fortisima; yo, el
Señor, en su tiempo de él, súbitamente haré eslo.»
Tenia ya Dios reservado para nuestro Santo funda­
dor esle singular favor, disponiendo que ninguno de los
quo lo fueron de tantas religiones, hubiese jamás pedido
el renombre de mínimo, teniendo desde la eternidad
destinado semejante dictado, para este su úllimo hijo
Francisco, y no queriendo se comunicase d otro alguno.
El mismo Jesucristo, nuestro bien, se lo anuncio al I ’a-
iriiu'ca San Francisco do Asís, cuando en cierto capítulo
de la religión de los menores, arrebatado del fervor con
que exhortaba á sus hijos á la humildad, y deseando
ansioso imponerlos el nombre do mínimos, se le apareció
nuestro Redentor con un niño en sus brazos, vestido de
nuestro hábito, y señalando hacia ¿1, le dijo: «Francisco,
ííiilvci'tid que ese renombre está reservado, no para
nos, sino para esle jo Así está pintado en Roma en el
palacio pontificio.
Confirmada por Su Santidad la regla que tantos ejer­
cicios de toda especie costó al bendito Francisco, orando
cual otro Moisés, para merecer recibir la Ley de Dios,
con el objeto de conocer la voluntad del Altísimo, en
"rilen á dar á sus hijos reglas acertadas de gobierno,
tomo y también para poder conseguir el renombre de
ininimó, al tiempo mismo quo en España so !e concedo
el de máximo, no queriendo ser en ella conocido, sino
por hijo escogido do la Virgen de la Victoria. Fue el
— 320 —
caso, que contristados los reyes D. Fernando y Doña
Isabel, solo de pensar los sacrilegos insultos que los sec­
tarios de Maboma hacían á nuestra religión en el frondoso
reino de Granada, que todavía ocupaban, las crueldades
y persecuciones que cjercian contra los ministros del
culto y contra los cristianos, que perseveraban fieles á
sus creencias, tomaron animosos la resolución de des­
tru ir su poder, reduciendo aquel reino á su antigua;
verdadera fé; y como la ciudad de Málaga era la llave-
principal para poder llevar á efecto su magnánimo pen­
samiento, se dirigieron contra ella con dos poderose»
ejércitos.
Todo cuanto sucedía en España se lo revelaba Dic¿
en Francia á nuestro Santo; so gozaba esle del animo
varonil y generosa decisión de aquellos monarcas: supli­
caba al ciclo les ayudase en tan justísima y santa em­
presa, peleando con la oración desde el retiro de su celda
por la defensa de nuestra veneranda religión, comol*
solía también liacer con el cristianismo. Tuvo cierto día
noticia de la situación apurada en que los precitados so­
beranos se encontraban, y entonces fué cuando llamé,
como de antemano lo tenía ya determinado al rovcrerdi'
Padre Fray Bernardo Boi! y algunos compañeros reli­
giosos, para hacerles saber partiesen para España sin
dilación de ninguna dase. Puestos en su presencia, tí?
hizo una sentida y espíritu al isima plática,. que concluid
en esta forma: «Id al punto, hijos, á los royes de diclii
)>nacion, y les diréis en mi nombre que no traten i?c
» levantar ¿1 cerco de Málaga, porque dentro de tres dia;
»de vuestra llegada será el Señor servido, les entreguen
»en sus manos los enemigos del nombre cristiano las lla­
mes de la ciudad, dándoles !a victoria á medida de su;
» deseos.» Les dió lambien una carta autógrafa paralo;
mencionados soberanos, la cual se conserva en poder <k
los muy ilustres condes de Toba y marqueses do Hm-
dalcs, quienes como devotos de nuestro Francisco, la
— 321 —
^licitaron ile sus Magostados para su casa, y la guardan
;omo preciosa joya con toda veneración y decoro, v in -
rulada en su mayorazgo.
E l Padre Boil y compañeros se presentaron con la
brevedad posible ante los reyes D. Fernando y DoJia
Isabel, de los que fueron muy bien recibidos; y después
de haberles entregado la carta de nuestro Sanio, y de
decirles lo que les ordenó de palabra, les manifestaron
isimbien el objeto de su venida á España, cual era el de
propagar su mínima religión en toda la cristiandad. E l
rey como á que conocía ya al susodicho padre lío il. por
haberle enviado de embajador suyo ú Francia, para tratar
•lela restitución de los condíulosdel Rosellon y Cerdania
ile que recordarán nuestros lectores, le hizo varias pre­
guntas, relativas á conocer la causa motiva que t u v o
pava pasar de su antigua é ilustre religión á una tan mo­
derna, cual era la de los mínimos, poro aquel, corno
persona docta y virtuosa, á todo contestó ponderando el
jhiovo instituto, y lo admirado que tenia al mundo con
sils maravillas, sü legislador Fray Francisco de Paula.
Solicitaba ya por esle tiempo*el rey D. Fernando de
uno de los principales moros de Málaga, llamado Alidor-
duf, la entrega de la ciudad, y aunque liabia que vencer
muchas y notables dificultades, dispuso el ciclo que en
uno de los dias que profetizó nuestro glorioso Patriarca,
salieren los enemigos de la plaza á dar un asalto á las
trincheras del ejército cristiano, con tan furioso coragc y
tecspcracion, por carecer en ella de vituallas que cata­
tan decididos todos á morir ó vencer. Mas, oh milagro
ícl Altísimo! De repente sobrevino en ellos tan vehe-
^nlc terror y asombro, que huyeron en dispersión,
pudiéndose á tan sobrenatural batería. En vista de seme-
Nc desastre, Aiidorduf y su hijo Maliomad abrieron las
puertas de la ciudad, entregando á los nuestros las llaves
las mismas, quienes con inespücable regocijo onarbo-
feron el estandarte real, adamando Victoria. Ocurrió
41
-3 2 2 —
la rendición mencionada el día 18 de Agosto de 14S1.
Teniendo en cuenta los reyes que el triunfo era de­
bido á los méritos de nuestro Santo, dispusieron corres­
ponder desde luego con reales dones y mercedes á fuer
de reconocidos. Traían en su compañía una preciosa
Imá gen de Nuestra Señora, dádiva de su cunado el empe­
rador Maximiliano, y esta fué la joya que entregaron i
nuestros religiosos en señal de su grandísimo afecto,
ordenando se llamasen en lodos sus estados, «Frailes d<
Nuestra Señora déla Victoria, para perpetuar la memo­
ria. do la que se acababa de obtener.» Fundaron despiw
á sus reales esponsas un suntuoso convento do nueslr¡
orden, célebre en verdad por esta milagrosísima Imagen
y le dotaron competentemente. Asimismo regalaron á lo-
religiosos una campana, en la que estaban esculpidas l:
armas reales, la cual se volvió á fundir algunos años de;
pues para hacerla mayor. Datan los privilegios cono:
didos á los religiosos de los años 1492 y 93, hasta que
tomada ya Granada, finalizó con ello ía conquista d¡
reino de su nombre.
La mencionada Imagen de Nuestra Señora de la Vic­
toria ha sido, por sus milagros, siempre muy celebrar];
y su devocion, eslendida hasta los mas remotos país-:;
siendo infinitas las dádivas y presentallas que con. fr;
cuencia se lo hacen, y en especial el día 8 de Setiembr<
en que se celebra su festividad.
CAPÍTULO IX.

fúndanse conventos en nuestra Espacia, Francia y otrcs pun­


tos de Europa, con exivas fundaciones esteudia nuestro
Santo su mínima familia.

Muchas fundaciones do conventos de la mínima reli­


gión fueron hechas en distintos puntos de Europa desde
elañu 1490 hasla la gloriosa muerte de nuestro Patriarca
San Francisco de Paula, pero como sería cosa muy pro-
lija hacer la narración de todas ellas, nos concretaremos,
cu gracia de la brevedad, á reseñar algunas de las mas
nolablos. En nuestra España seguían, por de contado
ocupados, el reverendo Padre Boíl y compañeros en la
creación del convenio de Málaga, en el terreno mismo
en que los reyes tenían sentada su tienda de campaña,
durante el sitio de dicha ciudad.
Estando en Francia por embajador de nuestros reyes
D. Pedro de Lucena y Olit, do los principales y poderosos
caballeros (le la ciudad de Andújar, en Andalucía, hizo
en Tours intima amistad con nuestro buen Padre, pren­
dado de su trato y apacible conversación, y admirado al
liempo mismo do su prodigiosa y santa vida. Comuni­
caba con el á menudo y le ofreció influir con sus sobe­
ranos en cuanto pudiese, para estenderen nuestra nación
su mínima religión, y al irse á despedir le dijo Fran-
— 324 —
cisco: «Id con Dios, señor, que prcslo encomendaremos
»m is hijos á vuestra caridad, para que procuren fundar
^convento en ella.» Asi fué, en cTccLo, pues que de aili
á poco, envió al precitado padre Boíl y compañeros, á
quienes el D. Pedro recibió en su casa cofi suma alegría
y amabilidad, tratándoles libcmhuentc y les cedió «na
ermita de su propiedad, dedicada á Santa Elena, con un
huerto y posesiones bastantes para la fundación (le un
convenio.
E l espresado caballero tenia una hija viuda, llamada
Elena de Luccna, la que á imitación de su generosí
padre, cedió las casas en que vivía, para edificar en ellas
un monasterio de religiosas mínimas, y 110 contenta coa
entregar su hacienda para la fábrica, se dedicó ella
misma con dos hijas que tenia, María y Francisca, á
servir á Dios en ¿I, habiendo sido estas tres señoras, las
primeras monjas minimas de España. La fundación de
ambos conventos en Andújar fué el año 149o. Muelas
cosas pudieran decirse de la singular virtud y ejemplo
de las monjas (le dicha ciudad, que á no dudar sirve de
confusion su modo tan perfecto de vida, aun á los maí
rígidos y observantes religiosos; baste decir, conservan
constantes aquel ferviente espíritu que por cartas fes
comunicó nuestro glorioso Patriarca, y en especia!, di
abstinencia, humildad, oración y caridad.
E l año 1502, siendo vicario general el padre Fray
Bcrnardino de Oopulalo, cedieron los Excmos. señores
duques de Medinaceli D. Juan de la Cerda y Doña Mencia
Manuel, lina ermita de San Roque en el puerto de Sania
Maria, cerca de la ribera del Guadalete, en la que eri­
gieron un monasterio de nuestra orden, con tanta piedad,
devoción y grandeza, cual esperar se debia de unes fun­
dadores, príncipes de la sangre real de Castilla: Y en la
ciudad de Ecija se fundó otro, bajo el título de Sania
Maria de la Victoria, en el año 1306, a espensas del señor
D. Francisco Agüila r y de su esposa Doña Elvira Poiico
— 325 —
de León, ambos consortes de la mas ilustro sangro de
estos reinos, dejándole dotado con liberalidad y magnifi­
cencia. En el huerto de este convento se conserva un
moral, cuyo origen no dobemos omitir en manera alguna,
y es el siguiente;
Profesó en dicho convento un religioso lego, llamado
Fray Martin de Mormolcjo, el cual, descoso de ver á
nuestro Padre Francisco, obtenido que hubo el corres­
pondiente permiso de su prelado, pasó á T o u rs , en
Francia, su ordinaria residencia. En la espresada ciudad»
pues, tuvo el gusto do visitarle y tratarle por unos dias,
con espiritual consuelo y provecho de su alma: Satisfe­
chos ya sus deseos, al despedirse del Santo para regresar
ú España, le pidió le diose alguna cosa para memoria en
su provincia. Francisco entonces so dirigió á un moral
que estaba a llí cercano y corlando una rama, hizo de
ella un báculo y al entregarle, le dijo: «Esto báculo os
servirá de alivio para el viaje* y cuando lleguéis á nuestro
Konvonlo de Eeija, plantadle,'que luego reverdecerá.»
Así lo verificó el religioso y muy pronto se hizo un árbol
frondoso, que so conservo por muchísimos años, hasta
que inadvertidamente fué cortado, pero do sus raíces
renació otro que aun subsiste lan crecido y vigoroso como
el que. se cortó.
En Francia y aun fuera de ella, continuaban las fun­
daciones, costeadas todas por personas ilustres. La reina
Ana, duquesa de Bretaña, en cuyo enlace con Carlos V IH
intervino el Santo hombre, edificó un convento en Nijon
junio al rio Sena, despues de haber puesto Francisco lin
a la guerra civil que él tenia con los bretones, cuya
reina le era lan atocia, que además de regirse en todo
por sus consejos, profesó su regla tercera. Pues bien,
celebradas que fueron las bodas entre dichos soberanos
con singulares demostraciones de pompa y alegría, pa­
garon á avistarse con ol bendito Padre para darle las
gracias por la quietud que gozaban sus reinos, y á recibir
— 32 fi­
los consejos que les daba como hijos, que con lodo ren-
diirtioi)lo confesaban ser suyos, y cnlrc otra de los cosas
que dijo al rey, fué una: «Que s i no disponía tales y
»talcs malcrías, (que individualizó una por una) en la
«forma que le aconsejaba, en breve Tiempo lo cortaría
j D í o s el árbol y las ramas.» Profecía que se rió cum­
plida, como veremos mas adelante.
Por este mismo tiempo envió nuestro fundador al
padre Fray Gorman Rosa, para satisfacer á la devoción
de monseñor Pedro Versé Borgoñon de la Confia, ai
obispo do Amicns y á todos sus nobles ciudadanos. El
espresado señor fundó allí un convento en un sitio que se
llamaba «Hospicio de españoles,» cuyo sitio compraron
el valeroso y afamado Lu is lledoville, señor de Saudri-
coúrt y su esposa Francisca de Ruberoy, anles palacio,
el cual era ya monasterio con el titulo de la Anunciada.
Monsicur Juan, señor do lirandecoúrt, aquel que fue
nombrado embajador por el difunto Lu is X I para irá
Calabria, en Ñapóles, por el Sanio hombre, como queda
dicho, cedió una ermita que lenia junio al castillo de
Bles, á que pasó en persona nuestro Padre francisco
para mas obsequiar al mencionado caballero, y Hindú en
ella un convento con el Ululo de Jesús María.’Se otorgó
el contrato de esla fundación el l( i de Octubre de 1196,
aunque so verificó esla tres años antes ó sea el de 1Í93,
En l í 9 í envió nuestro Padre á la ciudad de Genova,
en Italia, algunos religiosos, que fueron en ella recibido?
con el mayor agasajo y cortesía por el S r. Nicolás Cen­
turión. Fundaron do seguida un convento en la cumbre
tlel monte Sano, como lo profetizó á su paso para Francia,
mas el que cnlrc lodos los genoveses se mostró en es­
trenuo liberal, fué aquel insigne y valeroso varón, llamado
Andrea Doria, habiendo llegado á lanío su generosidad
para con los religiosos mínimos, que por mas de Ireinla
silo s comunmente se les llamaba «los frailes del principe
Doria.»
— 327 —
En la diócesis de Mans, dentro del Valle de Presei-
gue, fundaron uno en cierta ermita qne pora ello cedie­
ron, Francisco Guy, decimoquinto conde de la Val y de
Monfort, y su esposa Catalina de Alenzon, princesa de la
real casa de Yalois, dcvoíisimos ambos de nuc.slro Santo.
Despues quo Ana, duquesa de Rorbon y hermana de
Cirios V III, luvo dos hijos, Carlos y Susana, por interce­
sión del bendito Padre, fundó la misma mi célebre con­
vento en la ciudad de Oten, en la ribera del rio Loire,
o! cual, si biea fué arruinado por los calvinistas, le volvió
;i reedificar el Lugar Teniente general ele dicha ciudad,
convertido á nuestra Santa Fe, por haber sido él quien le
habia mandado destruir, cuando era uno de los sectarios.
Lorenzo, obispo de Granoble y abad de San Seveiino de
Tolosa, por la amistad que tenia con Francisco y por los
favores que le debía, mandó edificar un convenio en su
abadía con el título de Jesús, María y San Roque, y dos
anos despues otro en Abevila ol señor de Rambures.
Volaba por toda Europa la fama de las prodigiosas
maravillas, heroicos hechos y penitente vida de nuestro
Santo, cuando movido de lodo ello el emperador de
Alemania Maximiliano, le escribió una carta en 1 Í9 7 ,
pidiéndole con católico celo y piadoso afecto le enviase
religiosos que introdujesen en su imperio lan sagrado
instituto. Adhirió gustoso nuestro buen Padre á su peti­
ción, enviando desde luego al Padre Fray Dionisio B a r-
bier y otros religiosos de conocida virtud y singulares
prendas. Su Magostad imperial les recibió como hijos de
tal padre, correspondiendo su agasajo á las ansias con
que les esperaba. Les dió un convento junto á la ciudad
cíe Salpusch, dedicado á la Sanlisima Trinidad, dando á
imitación suya otros dos los señores y el común, cerca
déla villa de Biocli, con el titulo de Santa Ana y de San
Andrés, quedando provincia en la Gormada y la Boe-
núa cuyos conventos fueron arruinados en la furiosa per­
secución délos sectarios (le LUtero de triste celebridad.
CAPÍTULO X.

Jvnprende el rey Carlos V III la conquista de Ñipóles, v i su


regreso para Francia funda cmi liorna, .sobre el monte Pin-
cio, un convento de mínimos. Llog-a aquel á su* citados,
v se verifica si cumplimiento de la profecía de nuestra
Santo. Milagros que oliró con los parientes de un obispo.
Uansig-un victorias contra Las astucias del demonio, y dis­
puta con unos doctores de París.

Dejamos dicho en el precedente capitulo que se vio


cumplida la profélica amenaza que nuestro bendito Padre
hizo al rey Curtos V III, «deque si no hacia lo que le
» acóusojaba, le corlaría Dios el árbol y las ramas.»
Veamos, pues, como esta profecía se cumplió, previa
narración sucinta de una singular empresa del indicado
monarca, que á no dudar, dio lugar á su cumplimiento.
Ludovico Esforcia, por medio do una embajada pro­
puso al rey Carlos la conquista del reino de ¡Súpole»
en 14 93, suponiéndole tenia un derecho a dicha corona,
y ocultándole al tiempo mismo el móvil de su aviesa inten­
ción á dar semejante paso. Halagada con tamaña pro­
puesta la ambición de aquel joven y valiente monarca quo
se creía ya dueño ó señor, no solo del insinuado reino»
si que lambion de loda la Italia, puso en ejecución el lor-
— 329 —
útlo pensamiento de Esforcia, sin que la corte de París
con sus súplicas n i los ruegos, consejos y amenazas iM
Santo hombre, que con los mayores esfuerzos procuró
disuadirle de lan descabellada empresa, hubiesen de él
conseguido cosa alguna.
Dispuestos los preparativos se puso en marcha, ha­
ciendo sujoruada con toda brevedad, de lal modo, que
al entrar por una de sus puertas en la insigne ciudad de
Ñapóles, el rey D. Fernando se retiraba ó salia de ella
por otra. Seguidamente se coronó por Soberano de la
susodicha nación, mas le duró poco semejante fortuna,
porque presto dispuso el cielo se restituyese el reino á
su legitimo señor. Volvióse Carlos por Roma, donde fué
singularmente favorecido por el Papa Alejandro V I, y
teniendo siempre presente lo mucho que debía al Santo
hombre, dió anles do su salida de la ciudad eterna para
sus religiosos un sitio en la cumbre del Monte Pincio, en
quo pudiesen fundar un monasterio que se tituló real
convento de la Santísima Trinidad, cumpliéndose así la
profecía que el bendito Francisco hizo a su tránsito para
Francia. A él so trasladaron dichos religiosos, que hasta
entonces habian estado hospedados en Santa Anastasia,
y sustentados á espensas del ominenlísimo señor cardenal
de la Grolayc de Villieres, abad do San Dionisio en
Francia.
Apenas hubo llegado Carlos á sus estados, cuando
principió á sentir ya los efectos de la amenaza que nues­
tro Padre Francisco le vaticinó, puesto que se le mu rió
«1 Delíin, único Lijo que lenia, quedando eslingnida
su descendencia Real por aquella linea, y pasando la
sucesión á L u is, que despues so tituló duodécimo, here­
dero trasversal. Entonces fué también cuando nuestro
bendito Padre le reconvino, haciéndole cargo de lo que
antes le lenia dicho, por no haber querido seguir sus
consejos, y para que la profecía quedase del lodo cum­
plida, ocurrió la última calamidad, cual era su temprana
— 330—
y desgraciada muerte el (lia 7 do Abril de 1498, moti­
vada de un vaso de agua que pidió, estando en Amboisí
jugando ála pelota; (otros autores dicen que su muerte
la causó un insulto apoplético tic que fué atacado, es­
tando en el juego de la pelota en Amboise). Murió á ios
2S años do su edad y pasó la corona á Lu is, duque de
"Orleans, quo fue el duodécimo de este nombre. La prin­
cipal prenda del difunto Carlos V III era no resolver
jamás ningún negocio, sin consultar con su Santo hom­
bre, y cuando por malévolas instigaciones dejó de seguir
su parecer, so perdió,
Narrado, según prometimos, el cumplimiento de aque­
lla profélica amenaza que el bendito Francisco hizo al
rey Carlos V III, continuaremos el curso de nuestra inter­
rumpida historia. Encontrándose nuestro Santo en la fá­
brica del convento de Amboise, fué un dia á visitarle su
gran devoto y afecto á su religión monseñor Lalomant,
obispo de Granoble, do quien há poco se habló, con el
objeto de hacerlo una súplica referente á dos sobrinos
que tenia enfermos. Gozoso aquel con la visita cié su
amigo, sacó nn panecillo de la manga y se lo dió, di­
ciendo: «Que confiase en el Señor, que les daria la salud.»
Ilocibiú el panecillo el devoto Prelado con tanta fé como
si en él llevase el verdadero remedio para curar su enfer­
medad. Luego quo llegó á su casa, le repartió entre am­
bos, desahuciados ya de los médicos, animándoles á que
siquiera le probasen, que por ser pan de su Santo amigo
confiaba en Dios se pondrían buenos. Tomaron como
pudieron un bocado, y correspondió á medida de su fe
el prodigio, porque súbitamente recobraron la perdida
salud, y so levantaron de la cama.
Ocurrió esto por los años lá 9 0 , y estando uno (le
aquellos dias ponderando el prodigio ol señor obispo,
panegirista entusiasta de las virtudes dol Santo hombre,
entró un page á decirle como á una señora, su paricnla,
so 1c habia entrado una culebra en el cuerpo, estando
— 331 —
dormida en una floresta, á que liabia ido á recrearse en
compañía de su familia, y que de sus resullas se encon­
traba muy abotagada y afligida. E l prudente Prelado no
se alteró, como el caso parece lo exigía, antes si, alegre
dijo: «Gracias á Dios que leñemos el remedio en las
únanos.» En esto sacó un pedacito de aquel milagroso
pan, se lo díú al pago y le dijo: «Vuelve corriendo, en(ré­
ngaselo á mi prima, y le dirás que lo coma, que es de
¿nueslro grande amigo Fray Francisco de Paula.» Rara
maravilla! Apenas recibió la señora el bocado de pan y
lo acercó á su boca, cuando á vista de lodos sus domés­
ticos y de otros muchos que, sabedores de tan eslraña
desgracia habian concurrido, salió por ella la culebra
¿indaño, violencia, ni otro peligro alguno.
Se acababa de admirar un prodigio y se presentó ya
ú la vista otro mayoi. Un gran señor, llamado Carlos de
Yicli, uno de los que en Francia eran conocidos por los
Cien Nobles, se encontraba enfermo de una grave dolen­
cia, y á consecuencia de ella le sobrevino un delirio tan
desaliñado, que hablando con un pago en medie de sit
furia, prorumpió en eslas palabras: «Corred, y traedme
ilitego una candela bendita del Santo calabrés.» Aquol
lo hizo así, y encendida, la lomó en su mano y con es-
Irafia fe, dijo: «Oh señor mío Jesucristo, si es verdad lo
juncia fama dice de este tu Siervo Fray Francisco de
iPaula, yo os ruego que por sus méritos mcquücis esta
«enfermedad.a Y cómo ol cielo habia de negar lo que
Inntas veces aprobaba? De aquí es, que al momento se
levantó bueno y sano el que oslaba ya desahuciado do
los físicos que le asistían. Fué luego al convento ¡i dal­
las gracias por la merced recibida, donde encontró al
señor obispo de Granoble que liabia ido á lo mismo, á
cuyo prelado vaticinó la victoria en cierta acusación que
contra él habia en Romo, y sobre la cual era llamado
por Su Santidad. También pronosticó el vencimiento en
un pleito que seguía en el parlamento de París á un caba-
— 332—
Jlei'O de la servidumbre del Doltin, cuando menos espe­
ranzas tenia de ello.
Especialísimo era el afecto que el preindicado señar
obispo tenia á nuestro buen Padre, porque además del
convento que tenia ya fundado en su Abadía con el título
de San Roque, le edificó otro en la ciudad de Granol)le,
cuyo pensamiento trató el demonio de evitar con ol mayor
esfuerzo, ora con incendios, ora con contratiempos eii d
mar á las barcas que conducían materiales, ó bien fo­
mentando la envidia en los pechos de sus avarientos
deudos, pero contra eslo perseveró constante aquel pre­
lado hasta dejar la obra terminada. Consagró despues su
Igl esla, considerando como muy espiritual, que 110 podía
dejar de ser del agrado de Dios una obra á la que el
maligno espíritu se empeñó en poner obstáculos, de aquí
es, que no se sentaba piedra sin prodigios, y estos cslabuc
siempre en razón directa de los estorbos que aquel ponía.
Cuando la reina Ana fundó nuestro convento de Nijoo,
como liemos visto ya, movió el infierno una terrible opu­
sieron á tan santo pensamiento, valiéndose del clero, de
la nobleza y de las personas mas notables de la ciudad,
en términos tales, que llegaron a recurrir á la córte dí
París, alegando por lodo Fundamento de su rosislencia:
ocQnc sobrados convenios tenían quo les pudiesen ausiliar
»en las necesidades espirituales, y que por lo mismo no
»les venia bien la nueva fundación.» Sin embargo, la
mayor parte de tan decidida oposicion á las piadosas
miras de la reina, arrancaba de los esfuerzos incesanLes
de dos doctores teólogos de la Sorbona, que se llamaban
Juan Quintín y Juan Eslandóch: personas ambas de
reconocida nombradla y grande estimación, los mismos
que dispuso el cielo fuesen enviados como comisionados
al rey Carlos V IH que se encontraba en Amboise sobre
negocios importantes.
Concluido que hubieron su cometido aquellos doc­
tores, y antes de regresar á su residencia, le s movió la
— 333 —
curiosidad tío ver á nuestro Padre Fray Francisco. da
quien lanías maravillas so contaban, y al intento se pu­
sieron en camino para Tours, sin haber manifestado su
deseo á persona alguna, pero anles que hubiesen lle­
gado á la ciudad, llamó nuestro Sanio a tíos religiosos y
les dijo: «Por caridad, id luego á la ciudad y en la posada
jde la Vulpeja que eslá cerca de la lorie, hallareis que
allegan dos doctores de Paris que van á hospedarse en
sella, y despues de saludarles, les diréis tic mi parte, quo
«pues vienen curiosos de ver al Pobrecillo Padre de los
¿■mínimos, le hagan la fnerced de venirse á su monasterio
«donde se suplirá la falta con la voluntad.a Confusos
quedaron los precitados a! ver lan puní untes á los reli­
giosos y al oírles su mensage, y con doble molivo, es­
tando ellos seguros de que nadie podía saber su llegada
y mucho menos la causa impulsiva de su viaje.
Fueron, en efecto, al monasterio, y sentados entraron
en conversación con nuestro Francisco precedidas las
debidas cortesías, y de lance en lance se metieron en
aginli¿icuas dificultades teológicas, en las que nuestra
Padre habló en términos lan esplicativos y gcnuinos,
interpretando al tiempo mismo varios difíciles testos de
la Sagrada Escritura, citando fielmente los lugares de la
Biblia y apropiándolos, ya al sentido literal riguroso, ya
al moral ó ya al mislicio y espiritual, pero con lal viveza
y eficacia do palnhns, que además de parecer liabia cur-
sado muchos anos las escuelas, les conmovia el corazon
inflamándole en amor solo de Dios, 'de lal suerte, quo
atónitos y suspensos aquellos graves y sabios doctores
confesaban despues, que sin duda hablaba por su boca el
Espíritu Santo, porque á no ser asi, anadian, no era
posible razonaia, sobre no haber estudiado, con tanta
facilidad, energía y acierto en punios de suyo tan difi­
cultosos, ni tuviera tampoco el poder de regalar espiri­
tual mente, mover y consolar.
Desde entonces quedaron lan afectos al Santo hombre
-3 3 4 —
dichos doctores^ como ú que fueron despues los que mas
influyeron en la fundación del convento de Nijon, y en
especial Juan Quintín, que tuvo en su casa seis meses
hospedados á los religiosos que fueron á fundar. A osle
doctor escribió una carta nnestro Patriarca en 2 ’j de
Marzo de 1496, que solo el leerla causa ya devoción, y
lo que en ella mas admira es, su facundia en alegar
textos de la Escritura Sagrada, lal destreza en jugarlos,
tal propiedad cu su aplicación y tan grande acierto en
persuadir.
CAPITULO XI.

¿ana de unos lamparones /t un hombre, que el rey cristianí­


simo no pudo curar. Predice la muerte de un lego y libra
del demonio á varias personas por si, ó con solo su cordon.
Elígele Dios y ií su mínima, fnmilía, pa.ni oponerse á los
errores de Lútero y sus secuaces.

Usaba Carlos VIH en cierta ocasion de la proverbial


virtud concedida por el Señor á los reyes de Francia de
curar los lamparones, con la imposición sola de poner
■sus manos en la garganta, en cuya ocasion dio la salud
a muchas personas que al intento se presentaron en la
Iglesia de San Martin, junto á la ciudad de Tours, afec­
tadas todas de este mal, menos ó á cscopcicn de un
hombre á quien jamás lo pudo conseguir con admiración
de cuantos lo presenciaron. Volvió al dolicnto afligido ¿
la indicada ciudad, su patria, atribuyendo á sus culpas
esta desgracia; pero una parienla suya muy devota y
apasionada a! bendito Padre Francisco, le consoló <ii-
ciéndole: «Confiase en Dios y en su Siervo el Santo horn­
e e , que 1 c daría la salud, si rendido se la pedia.»
Aquel admitió el consejo, y puesto en su presencia, le
suplicó con ansia le sanase del susodicho mal que las
manos del rey no habían podido curar: «Por caridad,
— 336 —
sarcigo. le dijo, quo debeis mucho al Señor, que t;mto
»os recala y se acuerda de vos; mas, pues el dolor de
» vuestra enfermedad tanto os aflige, el remedio es bien
j>fácil. Ayunad desde liov todo este año los viernes en
» memoria’y reverenciado su pasión; servidlo de tnilo
^vuestro corazon, que os dará sobre la salud tan deseada
» otros mayores beneficios,» Dió con ello nueslro Santo
a enlonder'que no era solo enfermedad corporal la que
padecía, pero le dió el remedio con medicina lan suave,
cómo á que el tercer viernes que ayunaba quedó libre de
su penosa dolencia, y mejorada también su alma.
No sucedía así d ios que de sus consejos hacían poco
aprecio, Envió nuestro Sonto á Genova al padre Fray
Martin de la llave, persona grave y piadosa, y en si¡
compañía al lego Fray Rugero, á practicar ciertas dili­
gencias de importancia. Estaba entonces en uso, no traer
zapatos ni medias los religiosos a imitación de nuestra
glorioso fundador, mas asi que llegaron á la citada
ciudad, Fray Rugero se dejó vencer de la tentación de
calzarse, y ál punto mismo en que lo verificaba dijo en
Tours el bendilo Francisco á sus religiosas: «Mucho m
upesa, que sin duda abrasará fuego de San Antón ¡i
» aquel pobrecillo lego qne enviamos en compañía del
aPadre Martin.» Pasaron ambos de Genova á Nápoles, y
luego que regrosaron á dicha ciudad, le sobrevino de
repente lan gran dolencia de fuego en las piernas el dia
de la Natividad del Señor, que le quito la vida el ti el
insinuado Sanio; habiéndoles anunciando a stis hijos ;i la
propia hora, que encomendasen á Dios á Fray Rugero.
pues (jue se encontraba de muchísimo peligro. Todo se
realizo como nnestro Padre habia praliche, Loniéndelo
lodos como un castigo del Cielo por haber quebrantado
la regla, y babor apreciado en poco los consejos del glo­
rioso Patriarca.
En el convenio de To urs habia un novicio llamado
Fray Esteban, á quien el demonio las mas de las noches
— 337 —

atormentaba, ya con infernales astucias, yo con espanto­


sas visiones, poro en tanta manera, que el pobrccito va­
cilaba en su grande melancolía, s i dejaría o no el hábito.
Sabedor do ello nuestro Santo, le mandó llamar y con
dulces y amorosas palabras, le dijo: «Por muchas írib u-
slacioncs, hijo, nos conviene pasar, pata entrar en el
iReino de los Ciclos, sufrid cor paciencia las que os
»causa c! demonio y sed vos muy grande Siervo de Dios,
«que poderoso es á consolaros: "mirad que los que una
■ivez entran en su casa no son dignos del citado reino,
«si por liviandad de ánimos, ó por diabólica tentación
svuelven atrás y la dejan.» Dichas estas palabras, levantó
su báculo, amenazó al maligno espíritu y le mandó no
atormentase mas al mancebo. Se arrojó esle d sus pies,
>e Eos besó y le pidió humildemente le encomendase al
Señor, dándolo su bendición, con lu que se fue consolado
al noviciado, sin que en lo sucesivo fuese ya mas ator­
mentado por la bestia infernal.
Después que profesó dicho novicio fué destinado al
convento de Bles, on el (pie enfermó de conformidad,
que los médicos aseguraban moriría antes (le un mes,
por tener corrompido su interior. E l padre corrector le
concedió licencia para que volviese ;i To urs, y así que
liubo llegado al monasterio, se arrojó á los pies de su
buen Padre pidiéndole su bendición y representándole al
tiempo mismo su estreñía necesidad, Nuestro glorioso
fundador te dijo entonces: «Dios es médico supremo, y
¡ vos hermano, s i fueseis perseverante en la oracion,
ícreed que scrcis sano. Descansad, hoy y mañana mar­
chareis ¡i nuestro convento de CastoleraUio á la obe­
diencia de su padre corredor, que Nuestro Señor os
'"■dará salud con que !o sirv á is.» Lo echó s il bendición y
desde aquel punto quedó tan bueno, cual si no hubiese
enfermado.
Se encontraba el propio Fray Esteban cierto dia en
el tomento de Monarcs de Tours', á la sazou en que iiácia
2-2
-3 3 8 —
la parlo d<1 noviciado se oyó un grande millo, y pregun­
tando quo podia ser, se lo respondió era uu novicio, ;i
quien el demonio atormentaba sin que se le hubiese po­
dido refrenar non exliorcisnios. Pues bien, dijo Fray Es­
teban: «Llevémosle á mi Sanio Padre Francisco, que me
slibró siendo yo lambien novicio, de semejante bestia i]i-
» Tenia!.» I.e acompañaron, en efcclo, dos religiosos por
disposición del padre guardian, y puesto en presenciado
nueslro bendilo fundador, que oslaba en el lemplo, nuuuli
al maligno espíritu que luego se marchase eu nombre de
la Trinidad Santísima. Al oirsti voz, cayó el poseído cual
si estuviese muerto; le levantó Francisco por su muño,
le dió unas yerbas, y exhortándole á la virtud, le des­
pidió libre ya de tan mala compañía.
No filé menos portentoso el caso quo el mismo Fray
Esteban relicre relativo á una señora principal de la pro­
vincia de Picardía, que oslaba poseída del demonio y fué
conducida á "Roma á mucha cosía para ser exhorcizính:
pero como no hubiese conseguido cosa alguna, no «bá­
tante su viaje, viéndola sus parientes ya sin remedio si-
dirigieron á un religioso nuestro llamado Fray Pedio, que
iba á Tonrs. para que rogase al bendito Francisco se con­
doliese de ella. One el religioso les ofreció pronto cumplir
con el encargo quo se le hacia; mas acordándose Iraia
puesto un cordon que su Sanio fundador le liabia dado,
se lo quilo y echó al cuello á la poseída, mandando al
demonio que en el Nombre de Dios y el cíe su Santísima
Madre y de los méritos del Padre Fray Francisco de
Paula, saliese luego de aquel cuerpo: que el maligno es­
píritu respondió ncgaUvamenle, y que acto seguido lú
apreló el cordon para que callase y a! instante obedecL0.sc:
y que viéndose obligada aquella fiera infernal, salió del
cuerpo quejándose á grandes voces y diciendo: «Siempre
»mo vences, Francisco, .siempre mo vences; pero yo me
»vengaré de tus frailes y les haré lodo,el mal que pu-
»diero.» Y con ello quedó libre la espresada señora.
-3 3 9 —
Maravillosa es. y siempre luí .-ido la Providencia del
Altísimo paro con la Iglesia católica, su esposa. Apenas
por nuestras culpas, permite desde los primeros siglos la
aparición dehereges y apóstalas abortados por til intierno,
(pie la combatan cuando hace florecer santos varones y
pemlcnlcs religiones, que cual valientes campeones la
deliendan de los perversos alaques de aquellos malvados,
dejando incólumes nuestras verdaderas creencias. Si!
Esla es una verdad incontrastable. Pudiéramos de ella
poner muchos ejemplos, pero en gracia de la brevedad,
lan solo indicaremos la valentía con que nuestro run­
flado[•y su mínima lamilla so opusieron á los errores del
perniciosísimo hcrcsiarca Lulero. El año mismo en quo
la religión de los mínimos fue recibida en Alemania, ó
ser. el de 14.97, se instaló la abominable congrcgacioiule
Saxonia por Andrés Prole, de dicha nacionalidad; de la
'|ue salieron laníos monstruos, que infestaron con sus
perversas doctrinas muclios pueblos y estados de la cris­
tiandad, siendo caudillo en Alemania el pérfido y triste­
mente célebre Martin Lulero, lan perjudicial á lodo el
cristianismo. Sin embargo, Dios en tiempos tan calami­
tosos no podia desamparar á su Iglesia en manera alguna;
de aquí es, que envió al que habia de ser el terror de su
ilcsen¡Venada osadía, al austero fundador de la religión
dft los mínimos San Francisco de Paula.
El cardenal Belarmitio, en su cuín pendió «de gloria
]niraculüiiimf» dice cu resumen: «En osle siglo, al mismo
tiempo casi que Martin Lulero comenzó á sembrar en
Alemania la pestífera cizaña de sus errores, floreció cu
Italia cierto Francisco, fundador do aquellos religiosos,
llamados mínimos, el cual resplandeció con laníos y lan
asombrosos milagros, que no hubo ninguno de los anli-
gisos a quien se pueda comparar: que hay muchos, que
viven y lo vieron, y otros que lo han oido, do quienes
liav testimonios-; de modo, que fueron á la vez contrarios
rcn grande escala. Lulero se quilo la capilla y la arrojó á
— 340 —
los vientos, y Francisco se cubrió de un hábito religioso:
que el primero enseñó que el ayuno nada valia, ni era
de utilidad; y el segundo instituyó una urden, que los
que la profesaban, habiau de ayunar perpetuamente, y
abstenerse de carnes y lacticinios: que el primero detesté
la castidad, la obediencia y la pobreza voluntaria como
una pura invención de los hombres; y el segundo, abrazó
estos votos como nulísimos consejos de Jesucristo: que
el primero hizo á muchos dejar el hábito, y á muchas
monjas la clausura; y el segundo llevó á sus convenios
muchos seglares y les vistió su hábito para observar l;i
vida religiosa: que el primero quiso que León X fucs-i
tenido por Ante-Cristo; y el segundo le profetizó el pa­
pado, siendo todavía niño de poca edad.
Cuasi en los mismos términos so produce en su ca­
lendario de los sanios, el doctísimo Gabriel do Lama,
obispo de Cluozza: pero quien mas alto habló en Kle
punto, fué el beatísimo Papa León X ; porque el afn¡
mismo en quo cscoiuulgó, y contó entre los hijos rebeldes
á la Iglesia á Lútero, por su obstinación é incorregible
aposlasia, en eso mismo canonizó á San Francisco de
Paula: Y despucs de haber dicho que como farol divino
aclaró las tinieblas del siglo, y otros muchos mas elogios
de nuestro Santo, dice en la Bula do su eononizacion:
dlizo rigurosa batalla contra los enemigos del alma.
»mundo, demonio y carne; caminó por el c a m i n o ó senda
»dc la verdad, guiado del olor y suavidad de Dios; con-
»dujo por sí mismo gran muchedumbre de líeles do ui¡*¡
»y otro sexo; dejó la compañía de sus religiosos esparcid»
spor la tierra, para que, como estrellas resplandecientes
^conserven la célebre memoria de la Iglesia. 2
CAPÍTULO XII.

Entra ñ reinar en Francia Luis duodécimo, el una1 ., ¡í petición


de E'.icstro bíüKlito Padre, le concede licencia para volver&i»
á Calabria: la revoca muy luego á instancia da los grandes
V le concede privilegios. Dilata Dios se inficiona aquella
nación en la heregía, por las oraciouea dii su .Siervo, y
tiempo en mu; rfsto so veriCicú. Yarios milagros con ninje-
res infi'cnntlas.

Por fallecimiento tic Carlos VIH sucedió en la corona


(¡g Francia Luis X ll de este nombre, como ya se dijo, y
nuestro Francisco determinó regresar á Calabria, su
patria, en el reino de Ñapóles. Esto aconteció el a ü o lií) 8 ,
siendo su edad la de 82 años, y el 63 de la fundación de
su nueva religión. Motivó esta determinación lo mucho
que Labia sentido la temprana muerto de aquel Soberano,
á quien entraflablemfinte amaba por haber desoído sus
buenos consejos, y por prever también las desdichas que
amenazaban á dicha nación, viniendo á aumentar su sen­
timiento el repudio que Imo el nuevo rey Luis así que
fue ungido de su legítima esposa madama .luana, her­
mana de Carlos, su antecesor en ol trono, y tomado en
su lugar á la viuda del mismo monarca la’ reina Ana,
habiendo alegado para ello protestos no muy justificados
— 342 —
en presencia del Señor. Consoló nuestro Padrea la repu­
diada Juana con fervoroso espíritu y con dulces y com­
pasivas palabras, la que desengañada de las falacias
mundanas, so retiró para hacerse merecedora de otro
mayor reino, ó instituyó !a orden de la Anunciada, que
aprobó y confirmó el Papa Alejandro VI, viniendo á
morir santamente a los 40 años de su edad en el monas­
terio de Dourgos que ella había mandado edilicar en 1 ¿Oí,
y cuyo venerable cuerpo fue despues quemado, y espar­
cidas sus cenizas por los licreges Igonotes.
De la manera con que Luis inauguraba su reinado
se echaba ya de ver seiba por la posta perdiendo el reino,
como no pocas veces lo Labia el Santo hombre pronos­
ticado á sus monarcas, á lo qne se juntaba la muche­
dumbre de pesares ó disgustas que tantas novedades le
causaban, corno eran las tropelías, los rumores de Pala­
cio, las quejas de los pobres, y lo irreparable de los
infinitos desaciertos que la Magostad Divina le habia re­
velado ser preciso permitir. Todo esto, pues, aumentaba
su sentimiento, alo que contribuía además el cuidado de
los hijos de su mínima religión, que liabia dejado en Ca­
labria. impulsado nueslro buen Padre do, estas y otras
muchas consideraciones, se resolvió á pedir licencia ul
rey para volver á su país, enviando á Bles, donde esle so
encontraba, al Padre Fray Francisco Binél, para que cu
su nombm hiciese dicha petición. Al instante mandó Luis
á su secrotario eslendiese la .solicitada licencia, y así que
la hubo firmado despachó con ella al referido religioso
v ¡j otro que le acompañaba.
Dos efectos asaz opuestos produjo la consabida licen­
cia. Alegría entre Francisco y sus compañeros, descon­
suelo y Lrislcza entre los piadosos franceses porque se les
ausentaba el Santo hombro. Luego que este la vió fir­
mada y sellada con autoridad real, dispuso, como era
consiguiente, su viaje con algunos de sus hijos; pero al
momento que se hizo pública lan inesperada noticia, se
conmovió la corle toda prorumpiendo on quísjas y ubas
demostraciones á consecuencia del disgusto que Ies cau­
saba la retirada de nuestro glorioso fundador; en l ói-mi­
nos, que los grandes y principales cortesanos so vieron
ij 11 la necesidad de acercarse al rey y representarle ol

bien tan grande que perdían con la ausencia de un varón


lan Santo, lan querido de tos hombres, y lan favorecido
de Dios, refugio único de los afligidos, y consuelo uni­
versal de lodo el reino. Ponderáronle el grande aprecio
que de su persona habían hecho sus predecesores monar­
cas con otras muchas alegaciones, llevando adelante su
suplica, y en especial el eminentísimo cardenal Jorge de
Amboise; de modo, que convencido el Soberano de su
error, revocó la licencia concedida y despachó un correo
á toja prisa para qnc detuviese los religiosos, doquiera
fuesen encontrados, mandando volver al bendito Padre,
y cscusando dicha revocación con haber concedido aque­
lla licencia sin conociitíienlo de causa, y distraído tam­
bién on olios negocios de importancia.
Vuelto el Sanio hombre, quiso ir á visitar al rey á
l’lósis, donde so encontraba, pero su magostad no diú
lugar á ello, mandando á su camarero para que le anun­
ciase que pensaba pasar á su celda á visitarle, como de
hecho lo realizó antes de tres dias. permaneciendo con
élá solas mas de cuatro horas, en cuyo tiempo le habló
con tal caridad, celo y fervor, sobro cosas loca liles á su
alma, que salió non !os ojos bañados en lágrimas, pro—
rumpiendo á presencia de los principes y religiosos que
le estaban esperando, con estas palabras: «Nunca yo
»pcRsc que en el mundo hubiese hombre lan celestial.
»Yo os aseguro con juramento real, que me ha descu­
bierto los mas íntimos pensamientos de mi pecho.» Tal
fué la afición que desde aquel dia cobró Luis al Santo
hombre, que eligió para su residencia la ciudad do Tours,
solo por gozar de su dulce y espiritual conversación.
Moderó muchas cosas que tenia ya trazadas acerca de su
— 344—
gobierno por los consejos del bontliLo Francisco: concedió
varios privilegios cu favor de la religión de los mínimos,
renovando lambien los concedidos por sus predecesores,
y se declaró protector y custodio de su minima familia,
mandando publicar esta su real voluntad por todos «lis
eslados.
Muy luego so conoció en el rey Luis su nuevo conse­
jero á quien en sus necesidades acudía, y do quien
lomaba dictamen en los negocios mas importantes. Minió
su condición do tal manera, quo gobernó cotí especial
dulzura y paz, hacicndosc amar de lodos sus súbditos, y
tanto se grangeó su voluntad, que mereció ser llamado
do los mismos con el inapreciable renombro de «rrey
pacífico.» También mandó que por los religiosos mí­
nimos so hiciesen públicas las gracias, inmunidades y
exenciones que les habia concedido Alejandro VI. y es­
cribió á dicho Pontífice, particular amigo suyo, para que
aprobase la regla que el Santo hombre tenia escrita en
diez capítulos para los religiosos, y en siete para los de
la orden tercera. La reina Ana escedía aun á su esposo
cu su antiguo afecto á nuestro buen Padre, de aqui es,
que ú medida de su cariño, compelía también en aquel
en dispensarle favores.
Tranquilo y siu pensamiento de salir ya de Francia,
estaba de nuevo en Tours nuestro anciano Padre, hon­
rado, favorecido y estimado de los reves, como asi mismo
venerado de loda la corle, bien persuadido ser la voluntad
del Señor acabase en ella sus dias. Venturosa nación ó la
que quiso ol cielo dolar con prenda que lauto le robaba
sus cariños! Bien lo necesitaba Francia estragada entón­
eos con tantas culpas y disoluciones por ocasion de las
guerras. Y que fuera de ella, si el Santo hombre se hu­
biera ausentado, pasando á Calabria? Disposiciones pia­
dosas eran todas del Altísimo. Amenazando estaba la
heregía de Latero que Inulas veces liabia profetizada
nuestro Francisco: aumentaba esle en su cstenundo cucr-
— 345 —
po mortificaciones y penitencias, y llorando, orando y
suspirando, detenía cual olio Moisés el brazo del Señor,
porque aunque no ignoraba se liabia de contaminar con
ella aquel cuitado reino, le pedia sin cesar suspendiese
su ira mientras él viviese. No desoyó Dios ruegos lan
justificados de su querido Siervo, y dilató por sus dias
aquel lastimero cuanto tremendo castigo. Su ardiente
caridad era incomparable, y á no dudar, se dejara borrar
del libro de la vida, antes que ver á la cristianísima
Francia inficionada con tan contagioso mal. Murió nues­
tro Santo en 1507, y en 1S3Í se comenzó á oscurecer el
antiguo esplendor de dicha nación, con la infernal licre—
gía de aquel heresiarca de triste celebridad.
Reinaba por entonces en ella el valeroso Francisco,
primero de esto nombre, hijo espiritual de nuestro Santo,
como á nacido por su intercesión de Luisa, princesa de
Saboya y esposa de Carlos, duque de Angulema, á laque
profetizó no solo su nacimiento, si que también que
reinaría en Francia, y á quien á devocion suya pusieron
el nombre precitado. Así que aquel monarca conoció que
comenzaba á cumplirse en su reino la profecía del glo­
rioso Patriarca, dispuso saliese por París una especie de
rogativa, en cuya devota procesion Tuó sacado el Señor
Sacramentado para mitigar su justa ira, acompañando á
la Magostad Divina toda la nobleza do la corte y los mis­
mos reyes con hachas encendidas. Hizo publicar varios
edictos, en los que se imponían graves penas á los pro­
pagadores de tan pérfidas doctrinas y á los que las adop­
tasen, siendo otra do ellas el cstrañámienlo de todos sus
estados, cuya pena se impuso á consecuencia del consejo
que Luis X II liabia ya pedido al Santo hombro por con­
ducto del susodicho cardenal, pero ni lodo esto bastó
para poder apagar por muchísimos años el infernal incen­
dio de la heregia, á causa de ser un castigo del cielo
contra el mencionado reino.
No obstante lodo ello, nuestro Padre Francisco no
— 34{J —
cesaba de asistir caritativo á los pueblos y á los afligidos
necesitados, mas quienes en especial acudian al mismo
por romedio, eran las mujeres estériles- Diez años había
que cierta Señora oslaba casada, sin tener (Yulo de ben­
dición, ni esperanza tampoco de tenerle. Se presentó al
Santo hombre y le .suplicó rogase por ella al Sorlor; osle
le mandó nv.¡\s¿ los viernes del año cinco veces el Padre
Nuestro y Ave María con los brazos en cruz, á honra y
gloria de las cinco llagas, y sin olra cosa mas, luvo succ-
siou. Maleo Conde, vecino de Tours, se (¡nejaba el buen
padre de no tener hijos, á quien respondió: «Espetase
»cn Dios, que no qneria olra cosa, sino hac¿r bien ni
«hombre.»
BcaLriz Michaclc, de C lian moni, diócesis de Langrcs,
á pesar de ser casada ya quince anos, no tenia sucesión.
Un hermano suyo, llamado el Padre Fray Maleo, era reli­
gioso de nuestra órdon, y le pidió suplicase á su Santu
Padre le alcanzase fruto de bendición Pasaron al efeelo
á Tours el yol marido de su hermana, y despucs tic
haberle manifestado el objeto de su viaje, le respondió:
«Vuestra hermana Beatriz y su esposo son muy codicio-
usos ele riquezas y bienes terrenos, pero si ellos quieren
»dejar esa avaricia y hacer una buena eonfesion de sus
»pecados, tendían sin duda lo que desean.» Ambos con­
sortes recibieron humildes la reprensión y consigicron
lo que con ansia deseaban. Olra mujer, llamada Juana,
había tenido algunos partos peligrosos, tanto, que habki
sido necesario queso le sacasen las criaturas á pedazo?.
Se encomendó ú nuestro Santo cuando estaba en el iillimo
mes de su embarazo, y por las oraciones (lol mismo tuvo
un parlo feliz v cual se podia desear.
CAPÍTULO XIII.

Ckrn milügro&nmente nuestro glorioso Patriaren diversas


t Jilonuiídádes. Vida que hacia mientra» estuvo en Fraueia
l'u ¡su convento de la ciudad de Tours.

La adelantada edad de nncslro Sanio fundador no le


era impedimento para que dejase solicito de atender al
gobierno» de tantos monasterios como tenia a su cargo*
m le servia tampoco de estorbo para dar consejos con su
acostumbrada madurez, y mucho menos para desatender
el alivio de todos cuantos acudían diariamente á él afli­
gidos. Cosa cí a, por cierto, digna de admirar, ver á un
jwbie y humildo lego gobernando royes, dominando á la
]i;iluraleza, reprimiendo á los demonios y reconciliando á
3a oriatnva con su criador. El monasterio en que vivía,
era no solo casa de oracion y penitencia, si que lambicn
universal asilo de necesitados, refugio general de pobres
v de enfermos de todas dolencias, siendo además para
iuilut¡ segura salud. Obraba á cada paso mil prodigios, se
cunfundían unos con otros los milagros, de modo, que
ni es posible siquiera insinuar el infinito número de los
que hizo en los últimos años de su vida: referiremos, no
obstante, algunos de ellos.
— 348 —
Un ciudadano do Robiglie enfermó de uno de los ojos,
en términos que estuvo á pique de perderle: pidió ¡íl
Sanio hombre le diese remedio que le resliluyesc la !tj¡>;
y en efecto, lomó un poco de cal viva, la templó con agua
bendilo, y lavándole el ojo con csla mistura, le volvió la
vista mas perspicaz, que jamás la. habia tenido. Juana,
consorte de Tomás Yaillantes, enlcrraó do tina liebre mor­
tal: estaba ya desahuciada de ¡os médicos y á pinito <¡e
espirar, como á (pie se prevenía lodo lo necesario para
su entierro. La enferma se acordó de nuestro Francisco, se
encomendó á él de todas veras y milagrosamente recibií
la salud. Emerico Bernardo, mercader do Tours, padecía
una calentura continua, (pie le redujo al estado de mori­
bundo: envió á suplicar al Santo hombre pidieseá Dias
por su salud: esle le remitió con el padre Rolando, cor­
rector de PJcsis, un manojo de yerhna silvestres val
momen'o mismo que las recibió, quedó perfectamente
bueno.
D. Angelo, sacerdote, nalural de Alíilia, en Calabria,
muy afecto y amigo de nuestro Santo, de cuyas manes
había recibido en Paterno el hábito do la órdon tercera
de la penitencia, llegó á perder totalmente la vista por el
continuo estudio de la Sagrada Escritura, por sus fre­
cuentes vigilias y por el eslremado rigor de sus moi lili-
caciones. Aunque el bendito Padre se encontraba a
Francia, no por ello dejaba de alemler solícito á oíanlo
sus devotos necesitaban, por separados de él que estu­
viesen. Pues bien, sabedor de su lastimoso estado le
envió unos anteojos de los que él mismo so servia, dicién-
dolo: ífQue por ciego que estuviese los usase, que reco­
brarla la vista, j> Graciosa cosa pareció al citado saccrdole
que le enviase unos anteojos, teniendo del lodo perdida
la vista, sin embargo, confiando en los méritos de su
Santo amigo, se los puso y la recobró con toda perfec­
ción. En To-iirs habia un escocés llamado Rubinoto. el
cual tenia por amigo á un fiscal del rey, y habiendo en-
— 349—
¡trinado de una liebre moría) fué este á visitarle y* le
aconsejó se encomendase al Sanio hombre, si quería
conseguir la salud: en eslo pasó diclio empleado a! mo­
nasterio á suplicarle se compadeciese de su doliente
amigo, quien le dijo; «Andad y decid á vuestro amigo,
u j i i c yo le envió osle pan, que lo coma sin olra cosa V
uno morirá n Recibió la dadiva el enfermo, comió del
pan é inslanláneamente quedó del lodo bueno. Podíamos
aun referir algunos oíros de distintas clases, pero en
ubsequio de la brevedad dejamos de hacerlo, pasando a
na: raí suscintamente la vida que nuestro Sanio hacia en
Tours en sus últimos días.
Reinado como estaba el Sanio anciano en el momís­
imo de aquella ciudad, sin esperanza ya de salir, ¿qué
liemos de decir de sus ejercicios y oraciones, de sus
nivelaciones, de sus familiares coloquios con la Magestad
Divina, de los interiores movimientos de su alma, y de
los celestiales impulsos de su corazon? Nada, nada real­
mente esla á nueslro alcance referir, pues que para nos-
fili'os todo son oscuridades, (pie si bien algunas se pueden
rastrear, ninguna con seguridad podemos ni aun llegar
apercibir. Oh venerables religiosos Cropiilato, Binél y
1‘ablo de Paterno, padres espirituales y confesores de
imeslj o glorioso Patriarca, cómo sepultasteis en el silen­
cio y dejasLcis de apuntar alguna de lanías cosos de las
(juc iuteriormenle le pasaban ó alguna noli cía al menos
ilc su gobierno interno, sino para que nos sirviese de ré­
gimen, para cpie le admirásemos siquiera? Mas, para
4116 lamentamos semejante ignorancia, cuando el Señor
lia permitido se nos ocnlle hasta el menor vislumbre do
las celestiales luces del alma de Francisco? ÜVo seria de
mucho por cierto lan sublime, tan escesivo é incompa­
rable el interior de nueslro buen Padre, si hubiese de
nosotros sido perceptible, por todo lo cual, v acatando
los arcanos del Altísimo, nos ceñiremos en esta breve
narración ú sus obras esLciioL’es.
Desde qne entró en Francia nueslro Sanio fiin<h<clor.
vivió con grandes y nolables empeños con sus reyes, enn
los hombres y con el ciclo; con los primeros para dnrlos
consejos y dirigirlos; con los segundos, mirándoles siem­
pre como á pn'igimos, para reformarles, consolarles oí:
sus aflicciones y sanarles en sus enfermedades, y con el
cielo, oslando de continuo con pretensiones suplicalivas,
dirigidas siempre á detener la ira del Señor. Iris de paz
fué el Sanio hombre durante su vida entre Dios y sus
semejantes, y también despues de ella para aquella afor­
tunada nación. Recogido en su celda vivia en perpetuas
ayunos, vigilias, cilicios y disciplinas; le servia de cama
el duro suelo, y por gran alivio solía dormir sobro sar­
mientos ó sobre unas tablas, según hacia estando en Ca­
labria, Se le pasaban muchas veces tres y cuatro días sin
probar bocado, siendo evidente prueba de esta vcnlail
que el poco pan y agua que de costumbre so le porcia
cuando se encerraba en aquel su reliro, se volvían ímii
frecuencia a sacar intactos, Un perpetuo martirio, f<Jiie
la Iglesia) fué toda su vida duranio los noventa y un aiios
y dias de ella.
Digno de admiración es que sin embargo de que.
desde que tuvo uso de razón, procuraba de dia en < 1 ¡:!
adelantar en recogimiento, oración, mortificación propia,
ejercicios y afectos fervorosos, siempre se civia novicio
ó principiante en la virtud, desconfiando de si mismo
cuando crecía por momentos en ellas con incomparables
ventajas. Si tenia precisión de salir al publico, sea cual
fuero la causa, á todos robaba el cariño, siendo lo ma?
notable que con sola su presencia morigeraba, avisaba y
a! mas disoluto corregía, infundiendo en todos honesti­
dad y compostura. Binchas personas se le acercaban sin
mas objeto que besarle su cordon, su hábito ó sus manos,
y muchos tullidos quedaban del todo sanos solo con tocar
la fimbria de dicho su hábito. Siempre anclaba regular­
mente con los pies desnudos sobro el polvo ó lodo, sin
— 351 —
que jamás se le ensuciasen, y mucho menos que le hirie­
sen los abrojos, aun cuando sobre ellos camínase. Desde
la edad do 40 años se sustentaba con un báculo, no tan
solo por lo débil y estenuado de su cuerpo á causa de las
rigurosas penitencias, si que también para im itará los
padres antiguos que usaban ordinariamente de él.
Cuando concluía con las obras de caridad estertores
volvía regularmente á su deliciosa mansión, al retiro de
su celda, y á manera (le atalaya registraba desde ella
las nácesidados do sus prógimos afectos ó devotos, á tin
de recurrir instantáneamente al socorro do los mismos:
mansión cu la que mas de una vez so vio arrebatado su
espíritu, y levantado su cuerpo del suelo rodeado de
úngeles y trasportado todo en Dios Entre oirás de las
cosas que el obispo de (iranoblc escribió á la Santidad
de! Papa León X, cuando se trataba de la canonización
de nuestro glorioso Patriarca, fue una: <.<Oue esto bendito
■*Padie mientras vivió tuvo intensas revelaciones que
'■solamente á Dios y á sí mismo eran notorias,» Tan
Acostumbrado estaba ya á espirilualisimas dulzuras, que
nada le impedían para tratar, disponer, conservar y cum­
plir con cuanto las obligaciones de caridad ó do justicia
le pedían. Método que observó con constancia durante
su.s largos dias, sin que podamos decir otra cosa mas,
pasando por lo mismo á ocuparnos de los úllimos años
de su penitente y af! ni rabie vid».
A D IC I O X
AL CAPÍTULO DÉCIMO DE ESTE LIBRO EN LA PARTE BELATIYi
Á LA ESPED1CION Á ITALIA DEL R E I DE FRANCIA
CARLOS T1II.

Liklovico Esforcia, por medio de una embajada, pre­


puso ai rev de Francia Carlos VI IT en 1493, la conqnisla
del reino de Ñapóles, suponiéndole lenia derecho á diclia
corona, como ya hemos visto en aquel capítulo, siendo
halagada la desmedida ambición de este joven monarca
con semejan le promesa, qne confirmaron con su aproba­
ción los nobles napolitanos Autonelo y Beinardino, prin­
cipes de Salerno y Yicininno desterrados de su patrio
con sobrada crueldad.
El rey Carlos dispuso desdo luego sin levantar mano,
ios preparativos necesarios al inlcnlo, y reunido que hubo
un ejercito respetable, partió para Italia con la mayor
rapidez y decisión.
Conociendo el rev D. Fernando do Ñapóles el inmi­
nente riesgo que corría su reino de ser presa del de
Francia, y de tos casi ningunos medios con que podia
contar para resistirle, dió aviso al de España, su primo
hermano y cufiado á la vez, con el objelo do que le
socorriese ó viese cómo conjurar lan amenazante tor­
menta; pero ésle, que lambien se llamaba Fernando, >e
contenió por de pronto con enviar dos embajadas, uní
de ellas al Papa, para que interpusiese su inlluenria, y
la otra al mismo Carlos, á fin de di.slrnerie de su propó­
sito y hacerle saber además que de lo contrario no podría
prescindir do ausiliar á sus deudos y aliados,
El rey Carlos V III, no obstante la embajada, se iba
enseíiorcando de los pueblos de aquellos oslados con ad­
mirable rapidez, en aleación ó que, buen conocedor de
— 353“

su opinion, tampoco ignoraba estaban liarlo cansados de


la cscesiva severidad de su monarca; de aquí es, que al
entrar triunfante en la corte por lina de sus puertas sin
ninguna especie de resistencia, salía por olra huyendo
del enemigo el legitimo Soberano.
En este estado las cosas, cuando entrado ya el
año l í9 í, encontrándose el rey D. Fernando y su esposa
Doña Isabel en Mérida, recibieron un espreso, anuncián­
doles la triste noticia (ie la muerte del rev D. Fernando,
tle Ñapóles, ocurrida el dia de Enero, de edad ya
muy avanzada, como igualmente de haberlo sucedido su
liljo D. Al onso.
En el sitio y loma de la ciudad de (¿ranada, de cuya
importante plaza tomaron nuestras tropas posesion el
dia 6 tic Enero de 1192, sobresalió un jóven oficial que
se llamaba Gontalo Fernandez de Córdoba, que por su
bizarría y conocimientos no comunes, mereció la estima­
ción de nuestro monarca D. Fernando, llamado el cató­
lico. a consecuencia de babor conseguido de los sectarios
do Malioma tan gloriosa victoria. Dictado inapreciable
que mereció do Su Santidad para sí y sus sucesores eua-
It o años despues ó sea en 1496.
L’ucs bien, decidido el l ev D. Fernando á lomar parta
contra las tropas invasoras del reino de Rapóles en favor
desús parientes, hizo salir para Sicilia la escuadra que
tenia anclada en el puerto de Alicante, enviando también
en la propia dirección con quinientas lanzas ¡i Gonzalo
Fernandez de Córdoba, para que, poniéndose al frente de
las fuerzas que se reunirían, hiciese la guerra al enemigo,
emprendiendo desdo luego la reconquista del precitado
reino.
Aquel distinguido y valeroso militar dió principio á
sus operaciones por la montañosa Calabria, en cuyo ter­
reno conocieron muy pronto los enemigos la ventaja que
llevaba á sus soldados en la pelea, consiguiendo vencer­
les en cuantos encuentros tuvo con ellos, y sacarles asi—
23
— 354 —
mismo de los punios fortificados, esparciendo el terror
hasla en sus mejores y mas entendidos gefes.
Siguió adelanto en su rápida reconquista haciendo
prodigios do valor y serenidad, de tal manera que, ater­
rorizado el enemigo al oirsolo su nombre, lodo lo aban­
donaba, huyendo pavoroso de sus aguerridas luíosles quo
salieron cn"su persecución basta fuera los limites del
susodicho reino, dejando sentado en el Irono de sus ma­
yores á D, Fernando, hijo tic J). Alonso, Mereció de los
italianos el renombre de «Gran capitan,» con cuyo re­
nombre se ha inmortalizado, habiendo también recibido
del cardenal de Valencia, como Legado de Su Santidad,
el honorífico título de «duque de Monte Sanlangelo.jf»

FIN DEL LIBRO CUARTO.


LIBRO QUINTO
Contiene d esd e el estado cu qu e S a n F r a n ­
cisco de P a u la tenia s u religión al tiem po de
s u p rod igiosa m uerte, hasta l a con clu sión
d e esta obra.

CAPÍTULO PRIMERO.

Disposición en qne vivía los últimos (lias de su vida. Alectos


tiernos j acciones ejemplares en que se ejercitó ante? de su
gloriosa' muerte: Recibe devotamente los Santos Sacra­
mentos.

Vimos ya lo entendida qnc tenia nuestro fundador


su mínima familia por todos los estados de Europa, sin
que las nuevus fundaciones quedasen en adelante inter­
rumpidas, pues que aun después de los dias del bendito
Padre continuaron sin cesar, y en comprobacion de esta
verdad, nos cumple anunciar «que en el apéndice al
capitulo último de este libro, se relata sucintamente la
tic! real convento de mínimos de la ciudad de Valencia y
la del de monjas de la propia orden, que no llegó á ter­
minarse por lo que allí se espresa.» Fundaciones ambas
notables, por la calidad V circunstancias de las personas
f|uo en ellas intervinieron.
Un año antes de la gloriosa muerte de nuestro Pa­
triarca, ó sea el de recibió del Altísimo oli o con-
suelo espiritual por medio de su Vicario el Papa Julio II,
su ínfimo afecto y gran devoto. Llamábase Julián de la
llovere, caí donar de la Santa Iglesia, el cual por ciertos
accidentes se retiró á Francia, donde permaneció durante
los reinados de Luis .\1 y Carlos VIH. En dicha nación
intimamente trabó amistad con nuestro bendito Padre,
quien gustaba muclio de oir su celestial conversación, y
estando les dos tratando del gobierno de la Iglesia, y
manifestando lo mucho que importaba la unión y ¡m
entre los principes cristianos, le dijo nueslro Santo estas
notables palabras: «Y no muy larde por caridad, monse­
ñ o r. os pondrá Dios en la Silla de San Pedro para que
»la gobernéis: lo veremos presto muchos de los que hoy
jovivimos, y entonces .será muy necesario usar de la bnena
«prudencia que mostráis, para que no se reciba la gracia
jüdcl Señor en vano: Todo se hará bien, mirando primero
»por la voluntad de Dios, y pnes á vuestras manos vendrá
jo mi pobre religión, lan tierna y en sus principios la fuvo-

»rcccrois, monseñor, con liberalidad apostólica.»


Esla profecía se cumplió el año 1403, siendo electo
Papa el precitado cardenal el dia 10 de Noviembre del
mismo. También quedó cumplida la súplica de su Sanio
amigo, habiendo continuado el susodicho aflo de 1306,
lodo cuanto el arzobispo Pirro, Sixto IV, Alejandro VI
ó Inocencio VIH sus predecesores, le tenían concedida
respecto á la regla que tenia escrita para sus religiosos,
la cual bendijo y aprobó juntamente con la de las reli­
giosas y terceros. Le confirmó asimismo en el oficio de
corredor general de toda la orden de los mínimos, ala­
bándole como fidelísimo imitador, 6 inovador además de
los sontos padres antiguos, y no contento todavía con
ello, le concedió amplios privilegios para fundar con­
ventos y oirás singulares c imponderables prcrogaliva?:
por manera quo le cumplió el Cielo no .solo cuanto su
profecía contenía, si que lambion el mayor gozo que el
santo anciano podía en esta vida desear.
— 357 —
En esLe tan adelantado estado tenia su minina a reli­
gión , cuando á la manera que los rayos del sol son en el
ocaso mas lucientes y brillantes, así la luz celestial que
por entonces recibía, le escilaba mas dulces, mas suaves
y amorosísimos afectos, aumentándose y creciendo en el
ínas y mas, los deseos de servir y amar á su Dios.
Grande, sumamente grande fué el favor quo ol Cielo
tenia concedido á nueslro bendilo Padre, habiéndole dado
lautos hijos virtuosos y ejemplares, pudiéndosele aplicar
muy bicu aauclla bendición espiritual que echo el profeta
Rey, diciendo: «Porque le sustentarás del trabajo de tus
amaños, serás bienaventurado y le sucederá lodo bien:
»Tu muger será como una vid abundante en los lados do
»lu casa: Tus hijos, como unos renuevos de olivos, en
scontürno de tu mesa.» De csla felicidad gozaba en su
mínima familia; pero en la ocasion de que nos vamos
ocupando, sus hijos eran los que le daban mas cuidado,
le atormentaban y afligían: conocía ser preciso dejarles
y ausentarse para siempre, y esta ausencia multiplicaba
su pena con mucho eseeso. Los avisos de Francisco á los
mismos eran ya mas frecuentes, como y también sus
pláticas espirituales, mas dulces sus palabras y mas
atractiva su pcrsuacion; pareciéndose á una grande an­
torcha que cuando esta para apagarse, despide de sí
llamas mas resplandecientes y luces mas repetidas.
Llegado qne fué el año de 1”>07, término dichoso del
prolongado martirio de nueslro Santo, no solo su espíritu,
si que también su anciano cuerpo, daban evidentes se­
riales de que so acercaba su partida. A últimos del mes
ile Marzo comenzó á mostrar mucha mas debilidad y fla­
queza que otras veces, bien fuese por su edad decrépita,
bien por no habor comido ni bebido en toda aquella Cua­
resma á imitación de Jesucristo, ó bien cu fin, por
haberlo sobrevenido una calentura lenta que le consumía
por momentos, Le habló sh amado y 1c reveló el dia y
liora en qne habia de morir, y pasar á gozar de su
— 338 —

Gloria, con cuya voz, su aliña toda derretida, clamubu


suspirando: «Cuándo, cuándo será la hora en quo apa­
rezca yo ante el rostro de mi Señor? No me saciaré,
»Dios mió, hasta que para mí aparezca Lu Gloria: Mi
»corazon se lia IiogIio como cera derretida,, sed Licuó mi
«alma de Vos: Quién mo librará el cuerpo de esla muerte?
j&Tódio causa á mi alma ya, el vivir en esta vida,»
Estos cían los aléelos del alma del bendito Francisco
al oir la voz de su Dios, que le decía: «Lcnvántato alma,
»amiga mia, esposa mia, querida mia, dale prisa y ven.»
Cuando eslaba recogido solia decir con voz llorosa y
baja, aquellas palabras de David: «Se renovará Lu juvun-
»tud como la del águila.? Indicio todo (le la interior ba­
talla con que su alma andaba angustiada, impaciente y
ansiosa de mirar sin velos á su Dios; consolándose á sí
propio con aquellas celestiales palabras: «Por uue eslás
»triste, alma mia?Porquétc alligcs y conturbas? Espera
»en Dios, que ya poco le falta para confesar y hablar
»cara á cara con lu Dios, Lu salud, lu reposo y Ui des­
canso.» Y asi repetía muchas veces á sus hijos aquel
dicho de San Pablo: «Deseo, hijos, ser ya disuelLo de
» oslas moríales pesadumbres y estar en los descansos
meternos de Jesucristo bendito.»
Cuidadosos estaban ra los religiosos del convenio de
Tours, en vista de las especiales demostraciones que ob­
servaban en su Santo Patriarca por aquellos dias, discur­
riendo dudosos y con recelos la causa de ellas. Les sacú
de sus dudas su buen Padre c! Domingo de Ramos 2S de
Marzo, en cuyo dia, reunidos los que componían la co-
munidad despues de haberles exhortado á desasirse de
todo lo terreno, á poner sus esperanzas solo en el sintió
Uien y á estar muy resignados cu su santa voluntad, los
dijo: «Sabed, hijos mios, que mi muerte está muy ccr-
»e;ma y será el dia después de Pascua, (esla era el Jueves
»Santo), dia de la Pasión á la llora de ñoña, no tengo
»m¡is esperanza de vida temporal que esta.» Aquí fué la
-3 5 9 —
aflicción, los suspiros y lágrimas de sus queridos hijos.
Unos oprimidos de la pena, se retiraron á sus,celdas para
desahogar su pecho; otros graves, de mas autoridad y
fortaleza, no se apartaban de su lado para poder gozar, á
pesar de su dolor, de su presencia; notándose que la pa-
íkléz do su rostro se liabia trocado en un color sonro­
seado, y su seriedad en una alegría celestial. Las voces
de que tan frecuentemente usó toda su vida «en caridad,
por caridad» las pronunciaba tan á menudo, y con tal
melodía, suavidad y dulzura, que lieria, solo con oirías,
los corazones.
Llegó la mañana del dia primero de Abril en que
Nuestra Santa Madre Iglesia celebraba dicho año la mis­
teriosa festividad do la institución del siempre Augusto
.Sacramento, ó sea ol Jueves Santo, y aunque la enfer­
medad junta con su debilidad y flaqueza, tenia mas pos­
trado á nuestro Padre Francisco, quiso, no obstan te,
levantarse de su cama de ñudosos sarmientos en que so
solía recostar, no tanto para descansar, como para re-
nova]’ la penitencia, y poniéndose sobre aquellas flacas
piernas esforzadas coii el aliento de su espíritu, apoyado
en su báculo y arrimado á algunos de sus hijos, so hizo
conducirá la sala de capítulo. Reunidos todos en ella,
les hizo un largo, cuanto espiritual y fervoroso razona­
miento, en el quo les exhorto á que hiciesen todas sus
obras en caridad, para caridad y por caridad, conclu­
yendo do csla suerte: «Y si Jesucristo bendito, siendo
«■Maestro y Señor lavó los pies á sus discípulos, por qué
imitación suya, no lo liaremos nosotros con toda Im­
punidad y caridad?» Esto diciendo se levantó y comenzó
á lavar los pies á dore de sus religiosos con el mas pro­
fundo rendimiento, y con las ceremonias mismas que lo
verificó su Divino Maestro.
Los sollo-zos de sus hijos fueron infinitos. Y qué co-
razon de piedra dejara de conmoverse al ver á un Padre
l;ui querido, á un pobre y doliente anciano, su general y
— 360 —

superior, arrastrarse por el sucio lavando los piés á los


doce designados, y después pedir perdón á [ocios indivi­
dualmente con el mayor abatimiento y derramando al
tiempo mismo copiosas V tiernas lágrimas? No! Esto no
es posible, porque las emociones que la vista de cuadro
lan desgarrador y patético pudo causar en el interior de
las personas que lo presenciaron, no pueden con seguri­
dad calcularse, y por esto mismo lo dejamos á la consi­
deración de los piadosos lectores. De aquella sala pasó á
la Iglesia del modo que mejor pudo, se reconcilió tan
profundísima humildad y devocion, cuya costumbre ob­
servó durante su vida, siendo así que se confesaba toilo*
los días, sin haber jamás incurrido en culpa alguna
mortal, y á la hora oportuna recibió de mano del padre
corredor la Sagrada Eucaristía por modo de Viatico,
para la gran jornada que esperaba.
Los coloquios y afectos amorosos con quo se previno
para recibirla, y que despues dando gracias continuó, ni
los oyó humano oido, ni los pudiera persona percibir. Se
despidió do su Dios. Hizo particular oracion á la Reina
de los ángeles como á tan especial devoto suyo» y le
encomendó su alma y su mínima familia. Los favores que
de csla Soberana Señora tenia recibidos, fueron singula­
rísimos: Elevado en estasis en cierta ocasion nueslro
Patriarca, descendió la Santísima Virgen con su dulcísimo
Hijo en los brazos, y lo dijo estas palabras: «Francisco
»de Paula, hijo mió, en prueba de lu virginal pureza v
ido la guerra que te lias hecho para conservarla, giisla
»cl néctar celestial de mis virginales pechos.» Hizo tam­
bién sus conmemoraciones al Angel de su Guarda, si
Arcángel San Miguel, al precursor San Juan lian Lisia
y al seráfico Padre San Francisco, sus especiales aboga­
dos, y apoyado en los brazos de sus hijos volvió á su
celda, donde recoslado en el lecho rio sarmientos, mando
le llevasen el Santo Oleo, que recibió con eslraordimuia
dcvocion,
CAPÍTULO 11.

Gloriosa muerte de. San Francisca de Paula: Disposición cu


Iíx que quedó su cuerpo. Honras del rüv, estimación de loa
grandes y aplauso general. Milagroso sepulcro que provino
el Cielo para depositar su cuerpo.

Pasó nuestro bendito Padre la noche del día primero


de Abril envuelto en un cilicio, con una angelical alegría
en su rostro y lijos los ojos en un Crucifijo, pero vino la
mañana del dia dos, y al rayar el alba mandó reunir en
su celda ó los religiosos del convento tío Tours, y á los
ile oíros mas cercanos, á la que también concurrieron
algunos señores y principales ciudadanos, movidos de la
ansiedad ó curiosidad de ver pasar de esta vida temporal
á la eterna y á la liora que había profetizado, á un hombre
tan amado de Dios y do sus semejantes. Reunidos que
fueron, y esforzándose cuanto su enfermedad so lo per­
roilia, hizo á los religiosos sus hijos un sentido y sen­
timental razonamiento, en el que, después de hacerles
saber la proximidad de su muerte, les exhortó con efi­
cacia á vivir como hermanos, amándose unos á otros, á
huir de las cosas terrenales aborreciendo la ambición y
— 362 —
el espíritu de avaricia, á ser honestos y fieles observantes
de la regla, á obedecer sumisa y humildemente á sus
superiores, y á que sus obras fuesen tales, que moviesen
á otros en el servicio cJcl Señor, concluyendo por despe­
dirse de ellos, manifestándoles el enlrañablo amor que
les lenia.
Aquel tierno corazon no pudo seguir mas en su razo­
namiento al observar que sus religioso.1 ? mas que con
palabras respondían con lágrimas que sus ojos vertían.
Recobrados algún tanto despues de unos momentos, se
acercaron uno á uno á dar un abrazo á lan Santo l’adic
postrados de rodillas, y le pidieron su bendición, que
les dió benignamente en nombre de la Trinidad Bculí-
sima, y á seguida les dijo las siguicnles palabras; «Se v¡i,
»hijos,' acercando aprisa el plazo del lin de mis dias. y
»por lo mismo os mando y ordeno que en mi lugar o'jc-
sdezcais á mi hijo y hermano vuestro, el Pudre Fray
»Lernardino de Cropulato, á quien entrego los sellos y
»plenaria potestad, como la tengo del Sumo Pontifico. Le
»obcdeccreis hasla tanto que, reunidos en Roma, cuando
dSu Santidad lo mandase cclcbreis capítulo general,
» eligiendo por cabeza de toda nuestra religión á aquel
»que, según Dios y lo que dejo dispuesto en nuestro
»regfa mas convenga.» Dicho esto alargó la mano á los
sellos de su oficio y se los entregó al indicado Padre; le
abrazó tiernamente y le encargó llorando el gobierno y
cuiilado prudente de su mínima familia. Le mandó sentar
para que todos 1c diesen la obediencia corno superior, lo
que verificado, recibieron su bendición después de lia-
borle besado la mano muy humildes.
Seguidamente ordcnor el bendilo Francisco que la
comunidad fuese á celebrar los Sanios Oficios de la Crux,
y que se quedase en su compañía su vicario y confesor
con algunos otros que le ayudasen á morir, porque será
mi muerte dijo: «A la hora misma que Jesucristo núes-
»lio Bien murió por nosotros.» Estaba en su cama de
— 363 —
sarmientos, puesto cu una cruz de madera al intento pre­
venida, y ordenó á un sacerdote le fuese leyendo el sa­
grado texto de la Pasión de su Dulcísimo Jesús, é Iba
imprimiendo en su alma aquellos pasos dolorosos, y asi
enternecida esla, miraba de hilo en hito á aquel Dios y
Hombre por seis culpas dolorido.
En esla actitud permaneció hasta la hora en que
debía espirar, y llegada que fué, se le encendió mas el
rostro, comenzó á brillar con mas lúcidos resplandores,
fijó los ojos oop. mas aféelo en el Crucifijo, y dicha una
breve oración quo se pone al fin de eslo libro, alzó su
ilé'bil brazo con el valor propio de la robustez, y á la vista
<lu los religiosos que rezaban los salmos, letanías y pre­
ces, y de oirás muchas personas que estaban presentes y
admiradas, se armó con la señal de la cruz, pronunciando
fervoroso aquellas palabras con que espiró el Salvador:
En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.» Pala­
bras que al liempo mismo se oyeron cantar en la Iglesia,
y dando un tierno y amoroso suspiro, entregó sn bendita
anima 011 manos de su Criador.
Su rostro quedó muy sereno, fijos los ojos en el cielo,
tomo si mirase el camino que veloz debia seguir su santí­
sima anima acompañada de los inliuitos espíritus ccles-
li'í quo la esperaban para presentarla anLe el Trono del
¡Vilísimo. Ocurrió su maravillosa muerte, según hornos
va dicho, el dia dos de Abril de 1507. Viernes Santo á la
hora de Nona, que fué la misma, el propio dia y con
iguales palabras con quo .Jesucristo Muestro Redentor
enlrcgó su Espíritu al Eterno Padre, pero con la sola
diferencia que nueslro Patriarca añadió las dicciones de
¡Jesús María.» Ocupaba entonces la Silla Apostólica el
l'apa Julio II. Reinaba on Francia Luis X ll, y en nuestra
España D. Fernando el Católico, quinto de éste nombro
cu Castilla, á quien el Pontífice Alejandro VI concedió
Iíuj glorioso renombre para si y sus sucesores en 14!)ü.
Toda la ciudad de Tours acudió al momento que se
— 304 —

tuvo noticia del fallocimienlo de nuestro fundador: noti­


cia que, cual obispa eléctrica, se difundió no solo por los
pueblos comarcanos, si que también por (oda la Francia.
Cuantos concurrieron á ver su sanio cuerpo, reconocían
desde luego la santidad do su ánima, por la eslraordi-
liaría hermosura que en ól observaban. Qncdó con la
boca risueña, fijos sus ojos en el cielo, abiertos y brillan­
tes como dos luceros, y sus enjutas carnes tan tratables,
como si estuviese vivo. Muy numeroso era el concursó
que acudía por devoción á tocar sus coronas y rosarios
en aquella santa reliquia, no pudiendo ni con mucho acer­
carse los que pretendían besar alguna de sus manos, de
modo, que sin embargo de oslar su venerando cuerpo en
la capilla mayor de la Iglesia, no pudo esta cerrarse en
toda la noche, porque el concurso se multiplicaba por
instantes. El templo parecía una gloria, por el esplendor
que la gran copia de luces causaba, en atención á qiií
cada cual con devota porfía anhelaba poner mas cerca di
su cadáver la vela ó hacha que llevaba. Las señoras prin­
cipales, si no llevaban luces llevaban, sí, pastillas y pe­
betes conque pciTumar la iglesia el dia de s\i entierro:
el cielo, empero, se les anticipó tanto, que lodo olor
artificial fué allísupérfluo, pues que la suavidad y celes­
tial fragancia que exhalaba, además de cautivar todos los
sentidos, les infundía especial dcvocion.
La siguiente mañana, sábado Santo, se dieron las
órdenes convenientes para baccr las exequias de una
manera digna de tan admirable Patriarca, con asistencia
del clero parroquial, de las comunidades religiosas y de
los grandes y nobles de la ciudad; mas fué tan esccsiu
la afluencia de enfermos de todas dolencias, que acudían
por remedio de distintas partes del reino y do otras per­
sonas que un superior impulso guiaba, siquiera fuese por
ver y admirar el venerable cuerpo del bendito Francisco,
quo hnho pueblos en los que apenas quedó habil;in(c
alguno, teniéndose por esto mismo que suspender los
— 365 —
funcrale», hasta que Dios oirá cosa dispusiera, y quedase
de osle modo la devocion de los líeles satisfecha.
Innumerables fueron los milagros que nuestro Sanio
obro mi en iras permaneció insepulto su cuerpo, porque no
hubo enfermo, sea cual fuese su achaque, que dejase de
recobrar la salud, solo con locar su habito o su cadáver
con fervor, ó reclamarla del mismo con viva Je los que
bo podían acercarse al féretro por el mucho concurso.
Cosa conmovedora era ver á los necesitados puestos de
rodillas ó en oirás humildes actitudes, junto al cuerpo
leí glorioso Patriarca, aclamándole Sanio, dando todo
cito lugar á que el rey se viese precisado á enviar una
compañía de Archeros para su custodia, durante los once
dias que estuvo su cuerpo presente, y con el objeto do
defenderle al tiempo mismo de las devolas violencias del
pueblo. Aquel monarca hizo notorias demostraciones de
sentimiento, y á imitación suya las hizo igualmente la
real familia y toda su corle, distinguiéndose de lodos la
princesa Luisa de Borbon que acompafiadade.su servi­
dumbre, pasó á visitarle á los ocho dias de su glorioso
tránsito. Le besó la mano, y quedó maravillada al reco­
nocer sus carnes ó manos tan tratables, cual si todavía
viviese; no habiéndolo quedado menos ai percibir la fra­
gancia ú olor suavísimo que su cuerpo despedía.
Consolados los devotos, y sanos también innumera­
bles enfermos, arbitraron los religiosos el modo de colo­
car el venerable cuerpo de su fundador on un sepulcro,
lo mas decente que ser pudiese, pero como su funeral
cenia por cuenta del cielo, puso en el ánimo de algunos
afectos suyos traer una piedra, que en forma de tal, habla
no lejos de la ciudad de hermosísimo mármol* Se puso
por otros el reparo, cinc si bien servia de estorbo donde
eslaba, jamás se liabia podido ni aun mover, por su
graiulo pesadez, ponnas artificios para ello usados. Aque­
llas insistieron, sin embargo, en su idea; fueron de se-
gtiula al sitio cu que eslaba, y sin que les sil viese de
— 366 —
obstáculo estar llena de tierra, la revolvieron, como si
peso fuese lan solo el fie dos arrobas, y colocada en uní
especie de carramalo con solo un par de bueyes fué con­
ducida con facilidad al convenio. Se limpió al momento,
y al colocar en olla el Sanio cuerpo, lodos se admiraron
fuese lan cabal como si pat a él mismo se lmbiese labrado.
Llegó el (lia 13 de Abril, lunes después del domingo
de Cuasimodo, V se colocó el venerable cuerpo cu "el
milagroso sepulcro, al lado izquierdo de la capilla mayor,
junio rl altar, con loda pompa y solemnidad, con asisten­
cia de la clerecía, religiones, y de gran parte de la no­
bleza francesa. Una circunstancia nolable debemos hacer
observar, y es, que no obslantc tener la Iglesia asignólo
su rezo el dia 2 de Abril en que murió San Francisco
de Paula, como muchos años entra esle dia en la Semana
Sania ó en la octava de Pascua de Resurrección, mando
el Papa León X T y después CIcmenle M I y Grego­
rio X III, «que en semejantes casos sea dia propio piuvi
»rezar de dicho Sanio Patriarca, el precitado lunes, <les-
»pues de aquel domingo en que fué sepultado.»
CAPITULO III.

Continúa nuestro ÍSnnto haciendo milngros con solo tocar su


á('.pulcro tí enconicndiir.se al mismo. Delinease .«u cuerpo y
la fisonomía de su. rostro. Virtudes de su bendita alma. FÍs
martirizado su venerable cuerpo por los Calvinistas v H u ­
gonotes, y se hace mención de un suceso que refíri■ >á un
intimo amigo sujo.

Infinitos fueron los milagros que obró nuestro glo­


rioso Patriarca con solo tocar su sepulcro ó encomen­
darse á él con viva fe: muchos (le ellos pudiéramos espe­
cificar, poro con el objeto de no hacer difusa la narración,
jios ocuparemos solamente dei que obró con madama
Claudia, hija de Luis X II y de Ana de Bretaña, su esposa,
icyes de Francia y terceros profesos, todos los Iros per­
sonajes do la orden.
Contaba dicha princesa, cuando ocurrió la muerte do
nuestro Sanio de siete á ocho años, y á últimos del mes
Je Abril fuú atacada de una colontura tan maligna y per­
niciosa, que los médicos calificaron de mortal. Entre
oíros de los que fuoron ú visitar y consolar á la afligida
reina, se contaba el señor obispo de Granoblc, el cual
persuadió á su magostad, que pues solo hacia tres sema­
nas que el Santo hombre había fallecido, encomendase
— 308 —
de veras á su. intercesión ó la princesa, y que no dudase
sanaría. Adopló la Irislc madre este consejo, y habiendo
pasado de nuevo pocos dias despues aquel prelado á
visitarla, encontró que la corle liabia trocado en alegría
el desconsuelo, por ios diversos avisos que se tenían de
su mejoría conocida, desdo que se puso en práctica su
pensamiento. Se mostraron los reves lan reconocidos á
esle singular favor, que influyeron, según lenian prome­
tido, con los Papas Julio TI y León X para su beatifica­
ción, sin perdonar fatiga ni diligencia alguna, hasta que
lo vieron conseguido: «Escríbanse estas cosas en otra
^generación, dice el Profela Hoy, y el pueblo venidero
salabará al Señor.» Fueron tantos los portentos que obrú
nuestro Santo estando de cuerpo présenle, que parecía
tiempo de remisión de todo mal ó enfermedad, siendo tic
notar que continuó la concurrencia de necesitados por
mas de dos años.
Anles de hablar de las virtudes de nuestro Santo,
liaremos á los devotos lectores una reseña de las prendas
naturales de su cuerpo. En efecto, sin ser disforme, su
estatura escedia de la mediana, robusto y de buena com­
plexión, de semblante airoso y agradable, y todo El her­
moso, no obslanLe sus mortificaciones, y noventa y im
años y diez y seis dias de rigurosa penitencia, dando a
entender lo sonrosado de sus mejillas, lo ardiente de su
pecho, y lo blanco de la pureza de su alma: era aguileno
su rostro y su loz fresca y lisa, su Trente clara y espa­
ciosa, negros y grandes sus ojos, de luz brillante y viva,
pero siempre humildes, moviendo su aspecto á venera­
ción y reverencia, larga y algo gruesa ¡a nariz, indicio
de un espíritu templado, juslo y fuerte, sus cabellos eran
rubios en la juventud, al oro parecidos, mas en la ancia­
nidad, blancos como la nieve, su barba larga y bien po­
blada, y jamás, sino muy rara vez, se la cortó, las manos
y pies, aunque martirizados con espinas, piedras, lodo
y los continuados rigores de lan gran trabajo, siempre
— 360 —
se le conservaron ílelicodos, liemos y blancos; su cuerpo
exhaló siempre un olor de ámbar, sustentándole con uu
báculo la mayor parte de su vida; su ánimo era liberal,
magnánimo y conslanle en los trabajos, dulce y afable su
condicion, sin quo nunca se apartase alguno desconsolado
de su presencia; á todos admiraba su cordura y circuns­
pección, en el razonar era modesto, prudente en acon­
sejar, severo en reprender, agudo en discurrir y dicaz
en persuadir.
La Fé, base fundamental (lela religión cristiana,
resplandeció en Francisco con siguí aridad, poseyéndola
en el grado mas heroico, pues que por ella emprendía
cosas solo á Dios posibles. Su pecho ardía en vivas
ansias de aumentarla cu lodo el mundo, y esto celo le
movió á instituír una ónlcn á los diez y nueve años, la
mas austera de las instituidas hasta entonces en la Igle­
sia por el voto de la perpetua vida cuaresmal, tan con­
traria á la naturaleza, sintiendo on el alma encontrásemos
en nuestras obras dificultad alguna para servir al Señor
que no fuese vencible; do aquí es, quo por la Fé hacia
cosas que parecían imposibles, como eran dominar los
elementos, hacer que lodo lo insensible le sirviese y
y humillase, domesticar toda clase de irracionales, curar
cualquiera enfermedad, sea cual fuere su clase, resucitar
muertos, y teniendo lal imperio sobre la naturaleza, que
espolia los demonios de los cuerpos, sujetando; en iin,
liasla el infierno mismo.
Más? Sí. Que no conlculo nuestro Sanio con el pro­
longado martirio de los noventa y un años y dias do su
vida, alcanzó del cielo fuese también martirizado su vene­
rable cuerpo despues de su muerte. por los enemigos do
la Fé: gracia especial para el glorioso radi o Francisco,
aunque desgracia sensible para la religión toda de los mí­
nimos. Ocurrió su martirio el dia 23 de Abril de 1562,
cu cuyo dia, entrando en Tours los hereges Calvinistas
y Hugonotes, con bárbara fiereza saciaron su infernal

— 370 —

rabia, quemando muchos venerandos cuerpos, enlre ellos


el de San Martin obispo, y pasando luego ¿ nueslro con­
venio hicieron lo propio con el de San Francisco de
Paula, sirviéndose en este de lena del modo mas impío,
de un Crucifijo de crecido tamaño, y de las cruces de los
aliares de la Iglesia, habiendo esparcido por el aire sus
cenizos, pero el Señor no permitió que en ello se cum­
pliesen sus depravados intentos, pueslo que muchas de
sus reliquias fueron recogidas para los fieles que presen­
ciaron el brutal sacrificio, Maltrataron además á todos
los religiosos que, ansiosos, procuraban librar de las
llamas el Santo cuerpo, mas fueron vanos lodos sus es­
fuerzos. También martirizaron á un respetable y anciano
religioso que contaba ya los óchenla anos.
La segunda virtud de nuestro Santo Patriarca fué la
Esperanza, siendo de nolar que tienen entre sí lal cone­
xión las tres virtudes teologales, que apenas una hace
asiento en el alma, luego la siguen y acompañan las de­
más; de aquí es, que la Fe de San Francisco se conocerá
también por la Esperanza: «Aquel, según San Bernardo.
»se singulariza mas en la Fé, que ni coRfía, ni espera en
»sí ni en su propia estimación.» Y qué cosa mas inútil,
abatida y despreciada hubo en nueslro bendito Podro, que
el aprecio ó estima do su propia persona? De los dichos
frecuentes que de 61 se refieren, es uno: «Espora en
»Dios, que cumplirá tus deseos. Y con la gracia do Dios
?>lodo lo puede el hombre, sin ella nada;» este es el olro.
Pues bien, que llrnic esperanza en el Señor no le move­
ría para hacer tantas cosas como liizo, siendo un joven
inespcrlo y falto de recursos? Y otras material mente
imposibles de poderlas realizar el poder humano'?
Resignaba sola en Dios con firme esperanza todas
sus cosas, y lo pasamos á demostrar. Enfermó en cierta
ocasion do cuidado, y el médico que le asislia, le instó á
que lomase alguna cosa de sustancia como carne, y
cuando no, un par de huevos, y tanto porfió, que Fran­
— 371 —
cisco mandó le cociesen algunas yerbas, y que con un
poco de aceite se las trajesen. Al oírlo el risica se inco­
modó, dicicndole estaba en conciencia obligado por en­
tonces á seguir su consejo, porque tomar verduras era
cosa opuesta á su mal, y en vez de curar empeorarla:
«Pues yo os certifico, le contestó, que es todo lo contra-
uno, y que antes me habia de dañar manjar de carne ú
«olro sustancioso, y espero que en estas yerbas lleno
íDios puesta mi salud,» Y asi, en efecto, sucedió.
No queremos privar á los devotos lectores del mara­
villoso caso contado por nuestro Padre ¡i su intimo aoiigo
el Sr. Simón de la Limeña; dccia asi en sustancia. Que
habiéndose presentado en su convento de Paula dos ermi­
taños solicitando les vistiese su hábito despues de haber
probado so vocacion, se lo vistió .solo al mas digno y lo
negó al otro, por carecer de las cualidades que para ello
se requirian. Que fue lanío lo que este se incomodó por
la negativa, que principió á injuriarle, hasta amenazarle
de muerte con un cuchillo que llevaba, pero que el cielo
permitió á súplica suya quedase inmóvil, desdóla mañana
á la mitad del dia. Que oró por él coi» los religiosos y
que se levantó y pudo ya andar. Quo entonces le exhortó
ó seguir el camino de su salvación, y que lejos ele admi­
tir su consejo continuó en sus injurias, pero que llegaron
en aquel acto dos cuervos que le sacaron los ojos, y por
último, que continuando con sus improperios, se presentó
¡i la vista de iodos un grande y horrible macho de cabrio,
y cargando con el malaventurado, se lo llevó al mar y lo
sepultó en las olas.
Era la caridad la tercera virtud de nuestro Santo, y
qué so ba de decir del sol de caridad Francisco? Diremos,
sí, que aun siendo niño resplandecían en él unos cente­
llas de fuego, do qne se colegia el incendio de Divino
Amor, que siendo mayor habia de mostrar. «Esto es lo
»<jue dice la Bula de su canonización. Diremos, sí, que
ajamas llegaba á pronunciar palabra, sin que precediese
á ella la liase: «En caridad ó por caridad.» De suerle,
que el Divino ardor que cu su pecho se encerraba, parece
lo dio á entender aquel escudo de caridad lodo de incen­
dios que le puso en su pecho el principe y arcángel San
Miguel, para que vitalizase su corazon.
La intención déla enridad, dice Sanio Tomás, sucede
de que la naturaleza que la recibe tiene mayor disposi­
ción, y se prepara mas y mas para recibir la gracia. San
Francisco de Paula tuvo adelantado el uso de la razón
desde el momento que conoció a un Sumo Bien, digno
de ser amado, y entonces comenzó á prepararse para que
le aumentase en su alma mas la gracia, á fin de que se le
radicase mas también la caridad.
C-AriTÜLO IV.

Caridad de nuestro Santo para con los prójimos: su constan­


cia j paciencia en los trabajos: amor v perlón puní cuantos
le ofendían. De las cu;ttro v5rtnde¡* cíínliníiles y otros aspe-
niales clones del mismo.

Mostró Sao Francisco de Paula su caridad, comuni­


cando bienes á sus prójimos, y en esto seguía aquel dicho
del Apóstol de las gentes: «Que la. caridad es benigna y
jepacífica, no soberbia ni envidiosa, que de nadie dice
»tnal y á lodos comunica bien.» De dos maneras, sin
embargo, podían ser estos bienes ó favores, ó interiores
ó esteriores; comunicados aquellos á las almas, y estos
á los cuerpos. Y asi es en verdad, pues que nuestro
Santo comunicó liberal á sus prójimos, lanío unos como
otros, procurando siempre el bien espiritual de cada uno,
cual si fticsc el suyo propio: de aqui es, que el premio
que pedia por haber concedido á uno la salud, regular­
mente era un firme propósito do no pecar y do servir á
Dios en adelante mns de veras; sanaba los cuerpos, pero
lo que con mas anhelo pretendía era la mejora de las
olmas. A cuántos con sola una palabra sacó de culpas?
— 374—
Infinito es el número de ellos, mas qué mucho si poseía
la .singular y eficaz gracia de hablar al corazon á cada
uno y de conmover y compungir? Bastantes ejemplos de
ello liemos ya vislo en e! curso de csla historia, para que
nos detengamos en particularizar caso alguno. La correc­
ción fraterna, con qué prudencia y provéelo no la prac­
ticaba? A cuantos que acudieron on reclamación de re­
medio para m is males, 11timaba aparte y descubriéndoles
sus conciencias, les avisaba, reprendía y enmendaba de
sus culpas?
No se contentaba con esto solo su fervor por la sal­
vación de las almas, si que acudía dondo la necesidad
mas le llamaba, lo mismo en las calles que en las plazas
y en ellas con sus pláticas y sermones reprendía los
vicios, y exhorLaba á sus oyentes á la penitencia: Y qué
frutos tan opimos no sacaba de estas sus predicaciones,
sabiendo! como sabia, conmover lo mas interior de los
que le estaban oyendo?1 Cuando veia alguna necesidad en
partes ó terrenos á que por sí no podia asistir, instruía ;t
algunos de sus hijos, les inflamaba de su propio fervor y
despues les enviaba á cumplir por él.
Gil Francia residía nuestro Santo, cuando supo ol
peligro grande de las almas en el reino de Granada, en
España, dominado por los sectarios de Mahoma, y sin­
tiendo no poder acudir personalmente en su socorro,
envió al venerable padre Fray Damian Lesprevier, c.on
otro compañero, á que predicasen el Evangelio entre los
moros, y libertasen aquellas almas redimidas con la
sangre de su Dios. Cumplieron tan bien aquellos religio­
sos con su apostólico encargo, que murieron on defensa
de la fé, recibiendo ambos la corona del martirio el dia
2 de Abril, segun refiere Taroayo en su historia, por
los años lílOfi. Sus cuerpos estuvieron ocullos despues de
su glorioso martirio por mas de cien años, por ignorarse
el sitio donde habian sido sepultados, hasta quo le reveló
el Señor á un devoto labriego el lugar y sitio donde re­
— 375 —
posaban; siendo, en efeclo, encontrados con las insignias
do sus martirios. Fueron trasladados á la Iglesia Parro­
quial acompañados de una lucidísima precesión, con asis­
tencia del Ilusivísimo Souor Obispo de Guadix.
Los bienes corporales con quo á lodos socorría, no
se necesitan ni siquiera insinuar, porque nueslra historia
está sobre abundante de los enfermos que sanó, de los
muertos que resucitó, (le la afabilidad con que á todo
afligido recibía y de la prontitud con que á lodos reme­
diaba. Su monasterio, ya se sabia, era casa de refugio
para peregrinos y pobres pasageros; de modo, quo cuando
Francisco pasó de esla vida á la elerna, ol pueblo a voz
en grito repetía: «Ya murió nuestro Padre, nuestro abu-
agado, el consuelo do lodos, el refugio do pobres y el
»aliYio do afligidos.»
No fué monos paciente que misericordioso y liberal.
En las persecuciones fué magnánimo, constante y fuerte,
pero con los que lo ofendían, siempre muy benigno: no
solo no se daba por agraviado en medio de las mayores
injurias y baldones, si que al contrario, parece se le hacia
algún gran favor en perseguirle, según estimaba al ofen­
sor y conforme procuraba agasajarle. La venganza prin­
cipal que nueslro Sanio tomaba por su cuenta era,
reconciliar con Dios á cualquiera que le ofendía y ultra­
jaba. Al paso que su vida era mas nn a y prodigiosa, á
ese mismo paso crecían sus envidiosos y calumniadores;
mas como guardaba siempre silencio, sus mismos detrac­
tores acudían avergonzadas á retractarse y desdecirse
arrepentidos de sus culpas, proclamando publicamente
la inocencia de Francisco y publicando su delito. Ejem­
plos muchos de lodo ello recordarán nuestros lectores
haber lcido, durante el curso de esla historia. Fue San
Francisco dq, Paula imitador fidelísimo de los Suidos
patriarcas de la ley antigua y ejecutó cuanto aquellos
practicaron, y asi es que siempre perseveró magnaniuio,
diciendo con San Pablo: «Somos maldecidos y bondeci-
— 376—

»mos, padecemos persecución y la sufrimos, somos blas­


femados y rogamos á Dios por nuestros enemigos.»
Poseía lambien nueslro Santo fundador en grado muy
superior las cuatro virtudes cardinales. La prudencia,
primera de ellas, estaba tan radiada cu su alma, que
parecía mas que humana; díganlo si no aquel acierto en
dar consejos á pontífices, reyes, príncipes y polonlados.
aquella facilidad en discernir, aquella espedicion en re­
solver, aquella penetración de la oportunidad y ocasion
de realizar alguna cosa y aquella circunspección en Lodo
lan feliz. Si examinamos además las cualidades que van
anejas á diclia virtud, todas las encontramos en nuestro
Santo, puesto que fue lan constante en llevar á cabo
cuanto emprendía, que jamás desistió por mas obstáculos
que se le presentasen; y que no obstante los muchos tra­
bajos, envidias, contradicciones y persecuciones en ipic
vivió siempre apareció inpcrturbable cual piedra sentad;)
en cuadro que nunca se mueve, según de un modo ter­
minante nos lo dice la sanlidad de León X cu la Bulado
su canonización, con las siguientes palabras: ocLa auste-
»rielad de su vida fué admirable, hizoso mas singular y
^maravillosa, porque en la puericia, en la adolescencia,
»cn la juventud, en la vejoz y en la decrepitud, en todas
»las fatigas y trabajos, vjjilias, ayunos, abstinencias é
^innumerablesmortificaciones de síi cuerpo, no mudó ja-
x>inás su eslilo y modo de vivir, guardando siempre un
»mismo Icnor do vida, siempre fué constame hasta
j&moiir.» Vivió alegre y sin Irisleza alguna. Y cómo
podia dejar de ser así, poseyendo, como poseia. tan de
asiento y on lan sumo grado el destierro de la tristeza y
la fuente de la alegría, que es la caridad y santa gracia?
Tonia nueslro Santo solo en Dios su complacencia, amor
V gozo, y resignada siempre al mismo su voluntad,
Fue también estremado nueslro glorioso fundador en
la segunda de aquellas virtudes, eslo es, en la justicia,
la cual, según San Anselmo, es una voluntad del ánimo,
— 377 —

que distribuye d cada uno conforme su propia dignidad,


dando reverencia á los mayores, concordia á los iguales,
enseñanza á los menores, obediencia á Dios, á si propio
santidad y misericordia al necesitado, aun cuando fuese
á costa do trabajos y de fatigas, Y en efecto, su sumisa
obediencia y reverencia, no solo á sus suporiores, si que
á los que como á tales miraba, á los novicios y á cual­
quiera otra persona que le insinuaba su voluntad, al mo­
mento la obedecía y servia. Mas qué olva cosa diremos,
si por Dios se sujetaba á toda criatura? La justicia de
Francisco fue en todo Tiempo ofrecerse al Señor rendido
iodo en holocausto, y dar desde el mas supremo, basta
el mas ínfimo y abatido de los vivientes, cuanto á todos
y á cada uno so le debe aun con esceso.
En lo locante á la fortaleza, tercera de las susodichas
virtudes, poco nos resla que decir, habiendo ya hablado
de la constancia c imperturbabilidad de nuestro Sanio,
sin embargo de las conlradiciones, envidias y persecu­
ciones que sufrió; pero á mayor abundamiento, diremos
con San Gerónimo: «Que la fortaleza consiste en no de-
ajarse rendir una persona de la adversidad, ni engreírse
jdcn tiempo de la prosperidad, si 110 en ser, en uno y otro
^moderado.» Los realces de esta virtud-* donde mejor so
perciben es en el vencer siempre la carne, en contradecir
á los propios deleites, en apagar los goces inmoderados
íle esta vida, en juzgar por áspero cuanto hay en este
mundo, considerando el premio eterno, en despreciar las
halagüeñas prosperidades y en dominar en el corazon el
temor a los trabajos. Todo eslo pues, que es doctrina de
aquel Santo doctor, lo practicaba maravillosa y perpetua­
mente el glorioso Francisco.
Réstanos ocupamos de la cuarla y última virtud de
las cardinales, cual es la templanza. Nueslro Santo Pa­
triarca la poseía también en heroico grado: de modo, que
desdo muy niño la dió bien ¡i conocer en el comedimiento
sobriedad con que tomaba el pecho de su madre, y en
— 378—

lo restante de su vida cd no comer sino solo pan y agua


despues de puesto el sol, siendo su mayor alivio comer,
tal cual vez, algunas yerbas, por oslar debilitado, dima­
nando su templanza de un singular amor de Dios y de su
ardiente caridad. En el sueño era tan lomplado, que solo
dormía un par de lloras, en las que liarlo hacia on sorilir
ei dolor del continuo cilicio y precedente disciplina. De
la vista y demás cosas del mundo, solo usaba lo indispen­
sable para poder vivir sin nota. Su heroica caridad
impera, ordena y produce estas cuatro virtudes cardi­
nales y con ellas y otras muchas: quién no admirará su
celsitud? Pues aun aparecerá mas maravillosa su humil­
dad, como vamos a ver en el siguiente capítulo.
CAPÍTULO V

De la profundísima humildad de San Fr&ucuco de Paula y


J-? su alta contemplación. Su agradecimiento paya, con
todos sus bienhechores.

La humildad on uueslro glorioso Patriarca fu¿ lan


profunda en todas las laces de su larga vida, que nos
asusta en verdad, dar principio á su reíalo, aun cuando
sea dolmodo mas conciso y menos individual. Sí: desde
su niñez diú ya muestras de ella, dejando despues el
sobrenombre de su distinguida y noble familia de los
Bürlolilos y Fose al dos, cuyo origen rayaba en la antigüe­
dad, y sustituyéndole con ol do su propia patria, la ciudad
do Paula, para ser en el mundo menos conocido y apre­
ciado. Su humildad le hizo dejar el nombre de pobre
ermitaño por el de mínimo, reputándose por el menor de
ledos los mortales. Su humildad le dedicó de continuo á
los oficios y faenas mas bajas del convento, como eran
barrer, limpiar los claustros y oficinas finas humildes y
hasla lavar la ropa y túnicas do los novicios, cual si fuese
el mas inferior de lodos ellos, pasando de celda eti celda
á recogerla, y su humildad le hizo también elegir el há-
— 380 —

bilo mas abalido y tosco que pudiera darse, do pnño


burdo de color buriel.
Sin embargo de lo que acabamos de indicar, donde
mas resalla el caráclcr humilde de nuestro Sanio es, en
las honras y deinoslraciones de aprecio de los ponlifíccs,
y on especial do Sixto IV, como liemos vislo ya, de los
cardenales que tuvieron á gran dicha visitarlo con fre­
cuencia, de tantos reyes que le recibieron con magesluosa
pompa, y con especialidad Luis X I de Francia, de quien
fué su mas intimo consejero, del distinguido aléelo que
hicieron de su persona los arzobispos y obispos, príncipes
y potentados, sin que hubiese notado en aquel sereno
mar de humildad la menor elación jamás de vanidad ó
engreimicnlo. Síempro abalido, siempre humilde, yen
su opinion el mas inútil de los vivientes, habiendo sido
necesario espreso mandato del precitado Papa y de Ale­
jando VI, para que admitiese el cargo de general de
su úrden,
Las veces que nuestro Francisco se humillaba eran
tantas cuantas eran las ocasiones que se le ofrecían de
recibir honras y favores, de condescender con laníos y
lan opuestos pareceres de sus prógimos y de (lar gusto i
sus contrarios. La estimación que por su persona mere­
cía, la dan bien á entender, además de .sus obras. Lis
palabras que con frecuencia repetía á sus hijos: «No
avine, les deeia, á ser servido, si no á servir.» Estando
cierto dia en la Iglesia de su convento de Tours, fué uiu
muger afligida de una fiebre peligrosa, y comenzó á de­
cirle en alta voz: «Hombre Santo, favorecedme.» Pala­
bras fueron estas, que ie obligaron á salirse avergonzado
ó corrido del lemplo, retirándose lleno de pudor ó em­
pacho, hasta que precisado por los religiosos su caritativo
corazon, y de las angustias de la enferma, volvió á él v
le dijo: «Quién es el Santo á quien vos llamais? Solo i
»Dios loca hacer milagros, á solo el Señor han de ser las
^súplicas, que es el poderoso á remediarlos males.® Tan
— 381 —
bajo juicio hacia (le si mismo y lan alio de su Dios,
sintiendo en el alma, no lucso en todo reconocido, en­
grandecido y alabado.
A los trece años de su edad eran ya lan notorios sus
estasis, que públicamente se lo veia elevado del suelo, y
en Dios lodo trasportado. Digna de admirar es aquella
altísima contemplación que comenzó desde niño á prac­
ticar. sin mostrar, ni apetito á las ternuras, ni aféelo
(ampoco á lo sensible de los gozos. Aprovechadísimo en
la oracion, nunca se pudo ni siquiera rastrear, hiciese su
alma asiento en la dulzura ó quietud espiritual, ni en
olio objeto alguno, que d o fuese en solo Dios. De aquí
es de donde deben inferirse los mayores quilates y mas
subidos realces de su profundísima humildad en medio
de tan especiales del Altísimo, de tantos estasis divinos y
de lanías inundaciones de espintualísimas delicias, sin
jamás rendirse á la menor sugestión, teniendo tomo apa­
gada toda tentación de vanidad. Pues que, si asimismo
se atiende á aquella cslraordinaria facilidad cu obrar
milagros y prodigios?
Sobre dos fuertes bases fundó nueslro San Lo Patriarca
íu religión, y son estas la humildad y la caridad. Estas
dos virtudes quiso fuesen los dos polos de su mínima
familia, de suerte, que sus hijos mínimos no solo en el
uombre dispuso lo fuesen, si que también cillas obras y
hasta en el modo de canlar, del cual, hablando al Papa
Julio II, dice: «El canlar sin puntos de música oa un gé-
tuero de melodía verdaderamente ajustado y dispuesto
i>al nombre de mínimos y al rigor de la vida cuaresmal.»
Lo que nuestro Padre Francisco mandó so observase
desde una ocasion, en la que, oslando el rey Carlos M il
oyendo misa en el convento de Tours, comenzó el Padre
Fray Juan Tedurio, religioso peí feotísimo y muy diestro
on el arle de la música, á contrapuntear con melodía y
quiebros tales, que suspendió el monarca y sus nobles
Artesanos, sin que el precitado religioso se librase lam-
— 382 —
poco ílc algún lanío de vanidad, y aunque nueslro Santo
do hizo mas que mirarle en aquel entonces, despues le
manifestó su sentimiento, diciéndole: «Yo quitaré esa
socasion de mi religión por lu causa.f También quiso
fuésemos mínimos respecto á los aplausos literarios, dis­
poniendo quo ningún religioso de nuestra orden pudiese
ascender á grado de maestro ni á olro alguno de los qtic
se confieren en las universidades á los catedráticos, estu­
diamos y hombres doctos: punto cuyo rigor se ha obser­
vado siempre exactamente, y sin embargo ele ser una
mera constitución que á ninguna culpa obliga, si solo
algunas penas que para los trasgresores señala nueslro
correctorio, jamás se lia intentado pedir sobre esto dis­
pensación de Su Santidad.
Y qué podremos decir de su agradecimiento á los fa­
vores que nueslro bendito Padre recibia, que no esté en
perfecta armonía con las virtudes de que nos hemos
ocupado? Así es verdad, porque no se le hizo en su larga
vida beneficio alguno por pequeño que fuese, que lo de­
jase con usuras de recompensar por los medios que el
cielo le facilitaba, siendo siempre grando para su grati­
tud la mas insignificante limosna que se le daba. Y cómo
podia loner cabida en sti pecho el detestable vicio de la
Ingratitud: esc vicio que liaec olvidar los beneficios reci­
bidos, y basta hace llegar al cstvemo do aborrecer al
bienhechor? No! Esto no es imaginable en Francisco; n«
es concebible en el amigo del Altísimo. Hacia espcciate
regalos á sus favorecedores, que regularmente consistían
en rosarios, candelas benditas, frutas y otros objetos de
devoción, y eslos los hacía por costumbre, con cuyos re­
galos sentían las almas espirituales consuelos, y 'esptii'i-
roentaban singulares maravillas.
Particularizaríamos, 110 obstante, lo que sucedió al
esclarecido español, no solo celebrado en nuestra España,
sino en otras varias naciones, y tan aplaudido en las his­
torias,, conocido con el renombre «del Gran Capitán,
— 383 —
D. Gonzalo Fernandez de Córdoba; mas para que no se
nos tache de faltar á la brevedad que nos liemos pro­
puesto, diremos solamente: que este distinguido y vale­
roso general, do quien nos hemos ya ocupado en la
adición a! capitulo décimo del libro cuarto do esla bis—
loria, y que obra al fin del espresado libro; so dió por
cspecialísimo afecto de nuestro Santo, si bien respecto al
modo de contraerse entre ambos lan estrecha amistad,
son varios los pareceres. En efecto; unos opinan, que
movido el general de la fama de santidad de nuestro Fran­
cisco, pasó á Tours, en Francia, á visitarle directamente,
y por oíros se asegura se trabó por cartas ó correspon­
dencia epistolar. Sea de esto lo que fuore, es lo cierto,
que el gran capitan protegió con singular liberalidad, en
Ñapóles, y especial aféelo la religión de los mínimos, ya
interponiendo la autoridad del rey D. Fernando para con
el Papa Julio II, para el aumento del convento de Cas-
telamar, ya concediendo por si parte de la marina y otras
posesiones, ó ya procurando nuestros mayores progresos,
con lanío empeño, como si cosa propia suya fuese.
El precitado genera! pasó aun mas adelante; puesto
que fió de nuestro gran Patriarca, la empresa para él de
mayor importancia; pidiéndole de la manera mas afec­
tuosa, no so olvidase de la salvación de su alma, en es­
pecial en el último lance de su vida, bien bailándose pre­
sente á su muerte, ó bien visitándole cuando estuviese á
ella cercano. Y efectivamente; habiendo caido enfermo
en la ciudad de Loja el dia 2 de Diciembre de lliti),
ocho anos despues del glorioso tránsito de nuestro Fun­
dador, entró en su casa un venerable religioso do presen­
cia mas que humana, y pidió á los criados licencia para
entrar á visitar al enfermo, y apenas dieron el recado al
valiente general, cuando acordándose de su antiguo deseo,
prorumpió en tin gran suspiro, diciendo: «Entre al punto,
»que es mi buen amigo el bienaventurado Fray Francisco
Diie Paula que viene á visitarme en mi muerte.» Entró,
— 384—
y los (los solos comunicaron largo rato. Se despidió do]
general, y el propio dia murió dispuesto nada menos que
por un Sanio del ciclo. Así correspondía Iüsle á sus bien­
hechores.
Los favores que tenia recibidos de los reyes do Fran­
cia, principes y princesas y de oíros polonlados los re-
numeró, componiendo tina devota oracion, que mando
se rezase en lodos nuestros capítulos, para corresponde!
con espirituales beneficios á cuantos en particular lian
protegido en lo temporal su mínima familia. Otros bene-
ficioseonsiguiú del Cielo de mas importancia para sus
bienhechores, do los cuales narraremos uno en el siguiente-
capítulo.
CAPÍTULO VI.

Profecía sobre la religión de los Santos Cruciferos.

Al m u y m agnífico y virtuoso Señor mío,


el Señor Simón de la Limeña, mi Señor o lserv an tísim o
M ontallo.

«Muv magnífico y virtuoso Señor mío observantísimo,


la gracia del Espíritu Santo sea cou vos siempre, como
vos siempre sois con los pobres do Jesucristo. Oh señor
Simón, mi hermano on Cristo Jesús, Señor Nucslro, viva
la Divina Magostad en lodo lugar del Cielo, de la tierra
y del infierno, que escrito está: dn nomime Jcsn omne
ugenuflccLUur celestium, lonresiium, lnfernorum.» Olí
ciegos de los ojos del alma, do lodos los que su fin lian
puesto en las cosas terrenas y ninguno en las de Dios!
Que los tales desventurados piensan harto peor que los
brutos animales, que viveu sognn el sentido solamente,
sin uso de razón, mas los hombres racionales que la
oli'idan, son hechos bestiales y vivirán siempre en con­
fusión esperando la condenación eterna. Apercíbanse
todos los principes del mundo, espirituales y temporales
para esperar el grandísimo azote que vendrá sobre ellos;
y cual será? De los limges y de los infieles, y después
— 386 —
vendrán los fidelísimos escogidos del Allisimo Sanios
Cruciferos, los cuales, no pudiendo primero vencer cun
las letras á los hereges, se moverán contra ellos impetuo­
samente con las armas: vencerán muchas ciudades, cas­
tillos, fortalezas y villas con muerte de infinitos bueno?
y malos: los buenos serán mártires de Jesucristo, y los
ínalos del demonio. Los infieles se moverán contra estas
dos parles de hereges y católicos, matarán, arruinarán y
saquearán !a mayor parle de h cristiandad: Del olió
bando so moverán los Santos Cruciferos, no contra los
crislianos ni dentro de la cristiandad, sino contra los in­
fieles en el paganismo, y le conquistarán todo con muerto
do infinito número fie infieles, y después se volverán con­
tra los malos crislianos, y matarán á todos los rebeldes á
Jesucristo, y les quitarán todo lo temporal y espiritual,
que asi es la voluniad do la Divina Magostad: Regirán y
gobernarán el mundo saniamente dn scecula strculo-
nim.í Amen. Do vuestro linage será el fundador de la
gente santa. Mas cuándo, cuándo será tal cosa? Cuando
serán las cruces con las señales y so verá sobre el estan­
darte el Crucifijo. Viva Jesucristo bendilo. (iandeamus
omnes, nosotros, que estamos en el servicio del Altí­
simo»
Fnó el señor do la Limeña especialisimo bienhechor
de nueslro Santo y de su primitiva religión, le escribió
muchas cartas con la propia noticia que en la anterior le
profetiza, prometiéndole, de tantas obras de caridad
como fvcpuenlemonlc le hacia el correspondiente premio.
Muchos secretos le reveló, todos de utilidad y consuelo
para su grande amigo, pero entro ellos, ninguno queá
este se igualase, puesto que no solo le promete honras,
riqueza, virtud y santidad para su prolongada familia, si
que le asegura además, que uno de sus descendientes
libertará á la iglesia do los tiranos c infieles, y que redu­
cirá á lodos los malos cristianos al estado de perfectos
hijos de Jesucristo.
— 387 —

Otra caria á dicho Señor Siman de la Limena.

«La gracia del Espíritu Sanio sea siempro con vos,


y con vuestra bendita ánima. Viva Jesucristo in scccula
sá’íiiilonim. Amen. Ya se va acercando la hora que la
Divina Magostad visitará al mundo con la nueva religión
ilc los Santos Cruciferos, con el Crucifijo levantado sobre
el mas alto estandarte y de mayor lugar. Estandarte
admirable á los ojos de todos los justos, que en los prin­
cipios escarnecieren los incrédulos, malos cristianos y
paganos, mas despues qnc vean las maravillosas victorias
contra los tiranos, hereges c infieles se convertirán en
lágrimas. Esla santa gente hará arroyos como ríos, de la
sangre de los rebeldes a la Divina Magostad, Oh cuantas
infelicísimas ánimas se irán a! infierno, cuyos cuerpos
serán comidos de los animales brutos, castigo merecido
de todos aquellos que serán Irasgrcsorcs de los preceptos
divinos, por obstinación y no por fragilidad! Porque á
los frágiles penitentes, la soberana misericordia, de ordi­
nario, les perdona benignamente. Oh Santos Cruciferos
escogidos del Altísimo, cuánto serás gratísimos al gran
Dios! Mucho mas por cierto que lo fue el pueblo de Israel,
mostrará señales mas maravillosas Dios por vosotros,
que jamás mostró por otro pueblo.»
«Vosotros destruiréis la maldita seda mahometana,
vosotros pondréis fin á toda suerte de infieles, hereges
y sectarios del mundo y seréis el acabamiento de todos
íos tiranos, vosotros pondréis silencio con perpetua paz
por todo el universo mundo, vosotros haréis san Los á
lodos, á todos los hombres, cí por fuerza ú por voluntad,
Oh gente santa- Oh gente bendita de la Santísima Trini­
dad! Señor Simón, hermano en Cristo y compañero carí­
simo, alegroso vuestra alma, que el gran Dios se digna
— 388—

por medio de un descendiente vuestro c hijo mió bendito,


dar una religión lan santa al mundo, la última de todas
y la mas amada de !a Magostad Divina. Vencedor, ven­
cedor se llamará su fundador, vencerá al mundo, á la
carne y al demonio. «Laus Deo.» y á todos los suyos
bendito. Quedo besando sus santas, benditas y limosneras
manos, y mo encomiendo en sus sanias oraciones junto
«on estos pobrecillos hermanos de penitencia. De nuestro
convenio de Paula á los siete de Marzo de mil cuatrocien­
tos y sesenta y cinco. De vuestra seíloria servidor per­
petuo é indigno capellan, el pobrceillo Fray Francisco de
Paula, mínimo de los mínimos siervos "de Jesucristo
bendito.»
Lo originales de estas y otras muchas carias, escritas
á distintas personas, confiesa el venerable padre maestro
Fray Lúeas de Moloya, cronista de nuestra sagrada reli­
gión, escritor distinguido y veraz, confiesa., repelimos,
que llegaron á sus manos, cuyos trasuntos aulénticos líos
dejó su vigilanUsimo celo en el archivo (le nuestro con­
vento de la Victoria de Madrid, donde se conservan jun­
tamente con otros en idioma italiano que contienen lo
mismo, sin la menor diseordancia como podrá ver el
dovolo lector. Y atendiendo a que esta profecía sobre los
Santos Cruciferos, os una de las que mas convencen del
celosísimo espíritu de nuestro glorioso Patriarca y de su
continua vigilancia para la reforma y bien universal de
la Iglesia católica, avisando cuanto conviene observar
hasta el lin del inundo para la salvación de los fieles;
omitimos la inserción de otras muchas, haciéndolo tan
solo de una en el siguiente capítulo, la cual es acaso la
mas importante sobre el mencionado asunto.
CAPITULO MI.

Continúa la profecía sobre la religión de los tínntos Cruciferos.

JE S U S ,
AI m uy m agnifico y virtuoso Señor mío,
el Simón d é la lim e ñ a , m i Seiíor y bienhechor obser-
vantísim o en WTontalto.

JE S Ú S .

«Muy magnifico y virtuoso Señor raio. Dios ben­


dito sea siempre alabado y engrandecido y ]a gracia del
Espíritu Saato sea siempre en la ayuda de V. S .f porque
vos siempre sois en la de los pobres de .Jesucristo bendito.
Habernos entendido de bonísima parteé como siendo un
pariente vuestro gran jugador, el cual habiendo jugado
ioda su hacienda, V, S. por piedad le daba conque pasar
la vida, exhortándole continuamente á la paciencia y
dándole algunas veces dineros para sus menesteres.»
Prosigue la carta diciendo, como á cierto criado del
expresado Sr. Simón lo arrojó el tal jugador de la torre
de un castillo, porque le reprendió el jugar y blasfemar
diciendo daria cuenta á su amo, (pie siendo esic llamado
acudió, se puso en uraclon, con lo que revivió y tornó 011
— 390 —
si el mancebo, y Luvo tiempo para confesar, y que luego
volvió á pasar de esta vida, concluyendo de esta suerte:
«Oh señor Simón, duéleme que los hijos do vuestro
hennauo, por la mayor parle serán jugadores, y sus hijos
V sus nietos, y muchos de ellos por lal vicio y pecado,
vendrán á muy estrechísima pobreza y en grandísima
calamidad. El ini santo hijo y vuestro nielo„ será enemi­
guísimo do esle vicio, y condena ralos á galeras. Ay (le
este viciof Así como se verá con poder, que no perdonará
á ninguno, será dementísimo con los pecadores, mas no
con los obstinados. Ay de los que fuesen en cualquier
pecado, que la menor pena serán las galeras. Ob mila­
gros de Dios! Qne lodos sus secuaces serán conformes á
su santa voluntad y serán lodos aborrecidos de viciosos.»
Puede acaso dudarse á qué fin escribió nueslro Sanie
á su amigo Simón, lo que á él mismo liabia sucedido con
aquel jugador su pariente? Y aunque bastantemente sa­
tisface con recordarle la profecía de los Santos Cruciferos
de que tantas veces le habia ya hablado, consolándole y
como diciendo!c: «Si ahora tenéis un pariente jugador,
blasfemo y perdido, despues os dará el Ciclo un descen­
diente prudente, celoso y santo.» Pero como en las mas
do las cartas escribe nuestro Francisco al Sr. Simón lo
mismo que le pasaba, pondremos aquí unas palabras de
otra también suya, en la que le dice: «Muchos se mara­
villarán, que yo lo escriba á Y. S- las cosas que lo han
^sucedido, y que las sabe mejor que otra.persoua alguno,
«nías el que fuere prudente comprenderá que yo lo hago
frá lauto, que con el tiempo cosas tan maravillosas y
Míales, no queden sepultadas y sin memoria alguna, por
»que yo só certísimo, í j i i c todas mis carias serán procu­
radas de hombres católicos, jjor pasatiempo ó por curio-
ssidad. Yo mo be esforzado á escribirlas por lionor del
»Altísimo Dios, y por ejemplo de los buenos que querrán
«seguir las santas obras de los justos » Uaslade aquí son
palabras suyas, con las que satisface á lodo escrúpulo y
— 301 —
acredita lo basLanlc á su magnífico amigo. Para concluir
ahora el comenzado miento, referiremos desde su mitad
olía caria dirigida al Sr. Simón de la Limeña.
«Vendrá despues de vos un descendiente vuestro, asi
como muchas veces lo tengo cscrilo y profetizado por la
voluntad del Altísimo, el cual luirá oíros mayores hechos
y mayores señales: que Y, S. esté, on que esle sanio
hombre será gran pecador en la juventud y despues se
convertirá al gran Dios, del cual será llamado con la
eficacia de San Pablo. Será fundador de una nueva reli­
gión diferente de las oirás todas: repartirla ha on Iros
ordenes de caballeros armados, sacerdotes solitarios ^
hospitaleros piadosisimos. Será la última religión de
todas, echará frulo en la Iglesia de Dios mayor que
todas las olías ultimas. Estinguirá la maldita secta maho­
metana. y todos los hereges y tiranos del mundo se cslir-
paráih Tomarás*! por fuerza de armas lodo lo espiritual
y lemporal, y será un ganado y un pastor y reducirán
el mundo á una santa vida y reinarán in strcula s ü íc u I o -
rum: Amen. En lodo el mundo no habrá sino doce reyes,
un emperador, un Papa y poquísimos señores, los cuales
lodos serán santos. A'iva’Jesucristo bendito, porque á mí
indigno pobre pecador se lia dignado de darme espíritu
proTétieo, con clarísimas profecías, no obscuras, como d
otros siervos las ha hecho decir y escribir obscuramente.
Yo se que de los incrédulos y gente precita no serán si no
burladas mis cartas, y que no las creerán.»
«Mas en los fieles espíritus católicos que aspiran ai
Santo Paraiso, estas letras engendrarán lanía suavidad
en el amor Divino, que se deleitarán leyéndolas muchas
veces, y procurarán sacar copias de ellas con grandísimo
fervor, que lal es la voluntad del Altísimo. En estas letras
se conocerá cuál es de Jesucristo bendito y quién predes­
tinado ó precito, y mucho mas en la santa señal de Dios
vivo; quien la reverenciará, amará y atraerá será Santo
de Dios. Otro no se me ofrece, oh Sanio Simón, compa-
— 392 —
d re y honradísimo hermano mío, eu Jesucristo Señor
mió. Quedo besando sus sanias, benditas y limosneras
manos, junio con nuestros pobrecillos hermanos de Peni­
tencia, y nos encomendamos en las sanias oraciones vues­
tras. Demuestro convenio de Paula, trece de Agoslo ib
mil cualrócicnlos setenta y nueve, üe V. S. servidor per­
petuo é indigno orador, el pobrecillo Fray Francisco de
Paula, mínimo de los mínimos siervos do Jesucristo hen­
dí lo.»
Esta profecía de la religión de los Sanios Cruciferos
la repite nuestro glorioso Patriarca en otras muchas de
sus carias, siempre en los mismos términos. Pareco que
el cielo andaba solícito de que semejante noticia no se
sepultase, ni entregase al olvido; de aquí es, que inspi­
raba á su Siervo Francisco, le impelía y movía á repetirla,
pava que jamás pueda el mundo alegar ignorancia en este
tan vilal punió. Lo primero que se ocurre al hablar de
esta maravillosa profecía, es aquel grande espíritu profé-
tico de nuestro Santo, y el cuidado que tenia en solicitar
para sus bienhechores favores especiales, sobresaliendo
también sin duda muy mucho aquella inflamada caridad
de que obligado su generoso corazon no cesaba de clamar
y tratar de la salvación de las almas.
CAPITULO Y1II.

Se celebra el primer capítulo general. Abraza toda la religión


y se vota la vida cuaresmal perpetua. Reservó Dios para
nuestro Santo la institución de este voto. Astucias del de­
monio para impedirlo.

Muchos fueron los progresos que hizo !a religión tle


los mínimos despucs de la gloriosa muerte de su Sanio
Fundador. Mirada con particular cariño por los reves y
príncipes cristianos, y protegida por su intimo, apasio­
nado y devoto el Papa Julio II, nos resta esponcr alguna
cosa referente á los pasos que se dieron por parle de íra y
Bernardino de Gropulato, vicario general de la misma,
nombrado por aquel Patriarca muy poco antes de morir,
y el resultado que produjeron.
En erecto, no bien hubo fallecido nuestro bendito
Padre, cuando el espresado vicario general acudió presu­
roso al Trono Pontificio, espresando á Su Santidad sus
deseos de que se reuniese la religión loda en capítulo para
el nombramiento de general de ella, según lo tenia así
prevenido Su Santo Fundador. El precitado Tapa accedió
gustoso á su solicitud, menos á la resignación, que liizo
en sus manos del oficio de vicario general, dando plena-
— 394—
na potestad al eminentísimo señor D. Marcos Yjguerio
Senoncnsc, presbítero cardenal con el lilulo do Sania
Maria do allende ol Tibor, para quo con lodasu autoridad
presidiese el precitado capítulo, le ayudase, amparase y
dirigiese.
Dos fueron los punios principales que en osle capitulo
debian decidirse, primero el nombramiento da general
de la orden, y segundo que en toda ella se profesase la
cuarta regla, que tiü año atilcs del tránsito admirable de
nuestro Santo Patriarca liabia ya aprobado el arriba
dicho Papa Julio. Hospedo al primero de eslos puntos,
bastará decir que salió canónicamente electo general el
Padre Fray Francisco liineí, aquel varón doctísimo y
virtuoso que permutó la cogulla del glorioso San Benito,
en el humilde hábito de mínimo, sin que ni el cardenal
presidente ni los padres capitulares lo admitiesen la re­
nuncia de semejante cargo, por mas súplicas y. lágrimas
que derramara, sin que condescendiese tampoco en ello,
á pesar de sus incesantes ruegos, el Sumo Pontifico, el
cua! le mandó, en virtud de sania obediencia, que admi­
tiese el oficio ó cargo do tal general. Y en lo tocante al
segundo de los insinuados puntos, quedó decidido que no
se pudiese profesar en la religión de los mínimos, sin
hacer volo solemne de obligarse á observar la vida cua­
resmal perpetua, so pena de gravísimo pecado mortal, ó
sea á no comer carne, huevos, ni dase alguna de lacti­
cinios, durante la vida respectiva.
Ya el ciclo liabia concedido esle consuelo ó Francisco:
ya la Sede Apostólica liabia condecorado con lan espe-
cialísimo timbre la religión de los mínimos, que se dis­
tingue de las demás por este cuarto volo: faltando tan
solo que en esto capitulo general, primero de la orden,
fuese como lo fué dicha cuarta regla dccomim conscnli-
niieuto abrazada, recibida y profesada, habiendo de mi
solo golpe quedado desvanecidas y echadas por tierra
cuantas maquinaciones puso el infierno en juego para
persuadir hasta á algunos de los religiosos capitulares no
ser voluntad de Dios se profesase el indicado cuarto voló;
de aquí es, que sin embargo de haberse unos, aunque
poetas, declarado en oposicion en la primera de las se­
siones á aceptar la cuarta regla, fundados en ser contra­
ria á la naturaleza y fragilidad humana; en la segunda,
cada uno de ellos on particular, y lodos los dichos capi­
tulares en común volaron y profesaron guardar la perpe­
tua vida cuaresmal, en manos del eminentísimo cardenal
presidente. Se cantaron despues por lodos al Señor las
glorias: del triunfo, cayendo Lucifer avergonzado á lo pro­
fundo del abismo, quedando ya frustradas tudas sus dia­
bólicas astucias.
Ya en vida do nuestro Santo se valió el infierno tam­
bién de todas sus pérfidas tramas, para neutralizar ó im­
pedir se volase la cuarta regla, imbuyendo en la mentó
de algunos do sus religiosos protestos, asaz especiosos ó
aparentes, con el malvado objeto de conseguirlo; mas
asimismo quedaron sin efecto sus dañinos intentos, por­
que tenia el Altísimo reservada para nuestro glorioso
Patriarca la institución de lan penitente vida. Varios han
sido los Santos fundadores de religiones que precedieron
á nuestro bendito Padre, que se propusieron sujetar al
espíritu la carne con mortificaciones csquisiEas, pero sin
jamás haber establecido el rígido voto de la vida cuares­
ma! perpetua, dolo quo podríamos poner algunos ejem­
plos. Sin embargo, si bien es indudable que los Padres
Cartujos siguieron constantes en su abstinencia, 110 lo es
menos que basta nuestros dias ban seguido con el in­
dulto de comer huevos y lacticinios, y con el alivio tam­
bién de no haber hecho voto alguno solemne de observar
semejante modo de vida, por manera, que la vida cua­
resmal rigurosamente como suena, sin admitir alivio
alguno,, y con la obligación de hacer volo espreso do
guardarla, solo se observa y se ha observado siempre en
la sagrada religión de los mínimos.
— 396—
Y en visla de lo que acabamos do sentar, podrá ya
dudarse con fundamento que tuvo el cielo reservado eslo
cspecialísimo favor, esto singular distintivo, este voto
espreso de penitente vida cuaresmal para el mínimo Fran­
cisco? Ño! roen moneva alguna, pues que la voluntad
del Altísimo aparece evidentemente declarada una y
muchas veces. Fue la cuarta regla de quo nos ocupamos,
aprobada y confirmada, aun en vida de nuestro Santo,
como arriba se dijo, por la Sede Apostólica, y no coma
quiera, sino dospucs de haber oido mas de una vez Su
Santidad el parecer del ilustrado y concienzudo colegio
de cardenales, que componen, propiamente hablando, su
supremo consejo.
En esta sabia y prudente corporación se ofrecieron
contradicciones, oposiciones y reparos, pero lodos dis­
puso el ciclóse venciesen. Movía Dios,inspiraba ¿impe­
lía á su gran Siervo Francisco, para que le suplicase,
instase y no cesase, como así lo ejecutó devoto, eficaz y
fervoroso, hasta que la rió aprobada por su Santísimo
vicario. Y qué de veces no le reveló y manifestó el Señen,
era su voluntad inslUuyese en su religión la cuarta regla,
ó sea el voto espreso de la vida cuaresmal perpetua?
Pondríamos algunos casos especiales y aun milagro­
sos, en los que Dios demostró ser gusto suyo se hicicse
semejante voto, pero cumpliendo con nuestro propósito
de ser concisos, y considerando además bastante diluci­
dada esta delicada cuestión, la damos también por ter­
minada por nuestra parte.
CAPÍTULO IX.

Cartas de los reyes de Francia, principes y potentados. Pre­


tensiones fervorosas de las ciudades y pueblos, sobre la ca­
nonización de nuestro glorioso Patriarca. Demostraciones
de alegría y consuelo de la Sede Apostólica* Utilidad grande
d? la regla para loí terceros de Kan Francisco de Paula.

Sin embargo cía oslar protegida y amparada la reli­


gión de los minimos por los reyes y oíros potentados, lo
que mas anhelaban los religiosos, sus hijos, despues del
glorioso Irán silo de su Fundador, era verle colocado en
los aliares y puesto á la pública veneración: eslos eran
sus continuos desvelos, este el empeño de aquellos prin­
cipes, el deseo de los eminentísimos cardenales, y tam­
bién el del Beatísimo Padre Julio Ií. Los royes cristia­
nísimos Luis X II y su esposa Ana, nombraron desde
luego al cardenal de Nanles para que agenciase su Beati­
ficación cerca de Su Santidad, ínlirno amigo de nuestro
Sanio; mas de allí á poco casi lodos murieron, pero no
privados de lodo consuelo, porque el Papa Julio falleció
con el gozo de haber espedido el breve, para que en las
partes en que el bendito Padre Labia vivido, se instru-
— 398 —
yesen procesos y se recibiesen justificaciones de los mi­
lagros que en ellas hubiese obrado, dándose con ello
principio á las actuaciones.
El cardenal do Nanles pasó de esta vida á la cierna
con la dicha y consuelo de haberle visto ya Beatificado,
habiendo sido lambien un solicitador no menos activo
que devoto de su canonisacion. También .sobrevivió á Iíi
Beatificación la reina cristianísima. No quiso el cielo que
verificase el precitado Pontifico lo quo con lan vivísima?
ansias deseaba, mas cómo podia esto realizarse, si nues­
tro Francisco lenia profetizado «que el Papa León X fe
habia de colocar en el número de los Santos? Cómo
podía faltar aquella profecía del glorioso Patriarca, cuando
á Juan de Médicis, siendo aun tic edad de seis á siete
años, dijo en Boma: «Cuando vos seáis Papa, que será
atoen presto, yo seré Santo y n>e canonizareis. » No! no
podia realmente fallar; de aquí es, que se vió cumplida
con la mayor exactitud. Dia 21 de Febrero de 1513
falleció Julio 11, y el 11 de Marzo inmediato fue electo
Pontifico el ominenlísimo cardenal Juan de Médicis, que
lo era desde la edad de 1S años, quien ocupó la Silla de
San Pedro con universal aplauso ¿mies de cumplir los 37.
Tomó el nombro de Lcon X, y lo Beatificó el primer año
de su Pontificado, ó sea el diá 7 de Junio viniente, con­
cediendo misa y oficio propio del Santo.
El que mas deseaba la canonización de nuestro glo­
rioso Patriarca era el susodicho Papa León. Do todas las
naciones se le liabian ya rendido mil parabienes y alaban­
zas por su Beatificación, no habiendo corazon aun de los
menos devotos, que no esperase impaciente verle canoni­
zado, mostrando una celosa ansia de ver publicadas sus
continuas y portentosas maravillas. Además de los pro­
cesos instruidos a! intento por mandalo de la Sede Apos­
tólica >se instruyeron lambien olios particulares en .Coscn­
cia, Catánsaro* Nicastro, Regina y otros devotísimos
pueblos, á fin de quo cuanto antes se realizase aquella
— 399 —
solemne y grandiosa declaración del vicario do Jesucristo
en la tierra.
Su Santidad recibía con frecuencia cartas do principes
y otros potentados, como igualmente de diversas perso­
nas de autoridad y grandeza, y también de muchas cor­
poraciones, conspirándose á porfía lasfiudadcs y princi­
pales pueblos de Francia é Italia, en acudir al Trono
Pontificio en solicitud de lan dcscadísima gracia, pero
los que cnlrc todos se esmeraron con especialidad en ello,
Fueron los nuevos reyes crislianísimos Francisco 1 y su
esposa Claudia. Ambos eran torceros protesos, y ambos
existían por las oraciones c intercesión de nuestro glo­
rioso Patriarca. Estos, pues, no cesaron un momento de
instar no solo por carias y embajadas ol Papa León X,
si que también por medio de crecidísimos gastos quo
no perdonaron, hasta conseguir la canonización del bien­
aventurado Fray Francisco, la cual celebró dicho Pontí­
fice el dia l . ° de Mayo do 1510 con gozo suyo, consuelo
cscesivo de aquellos, soberanos y otros potentados, es­
plendor de la religión (le los mínimos y general aplauso
ilc todos los pueblos.
No se pueden ponderar las demostraciones de alegría
que se hicieron en cuantas partos liabia alguna noticia
de nuestro Santo, luego que se supo su canonización. El
dia en que Su Santidad la celebró, mandó el prcdicho rey
Francisco se adornase su palacio con una preciosa tapi­
cería, en la que estaba historiada la vida de nuestro Se­
ñor Jesucristo; alhaja do lanía eslima y valor, que no
habia igual en Europa, la misma que el propio monarca
regaló al Papa León, y con la quo se adorna el palacio
del Vaticano en las principales festividades del año.
Siempre que aquellos nombraban al glorioso Patriarca,
decían: «Nueslro Padre San Francisco de Paula.» Llegó d
tanto el reconocimiento del rey, que en el reverso do la
moneda que con su busto se acuñaba, mandó eslampar la
efigie del Sanio con la siguiente inscripción: «llcgic stir—
— 400 —
pía propagator.» Y con gran fundamento sin duda, pot-
que la propagación de los reyes do Francia por aquellos
líümpos, fué siempre por la intercesión del Sanio hom­
bre, que así comunmente era llamado.
No obstante lo dicho liasla de aquí, no podemos pasar
en silencio, que qtTien mayores muestras dió de su incom­
parable alegría, íué el Solitísimo Padre León X; no cabia
dé gozo, viendo ya cumplida la profecía,del bendito Fray
Francisco. Muchas razones tenia osle Pontífice para estar
mas interesado que otro alguno en la canonización ile
que nos hemos ocupado, pues que además del cumpli­
miento de la consabida profecía, era el tiempo mas opor­
tuno y que tanto lo necesitaba la Iglesia para sit consuelo;
porque el Señor la visiló en esta ocasión casi cstrema,
lanío, que prescindiendo de las hostilidades sangrientas
que del turco padecía la cristiandad en esla misma época
ósea el año 1ÍV17, comenzó aquel infernal incendio que
el infame Marlin Lutevo, de triste celebridad, promovió
con la conidia de su pestífera doctrina. Sí, en efecto:
consolado el vicario de Jesucristo, daba gracias al cielo,
poique si un soberbio y pórfido apóstala perturbaba el
mundo y la paz de la Iglesia, un humilde religioso, m í­
nimo y santo, cautivaba los corazones de lodos, redu­
ciéndolos á mejor estado de vida, que si con su falsa
doctrina introducia aquel en el cristianismo camino de
perdición, con el nuevo instituto de San Francisco de
Paula, liabia ya puerta franca para conseguir la salvación
eterna, añadiendo el mencionado Pontífice, que Dios le
envió para consuelo de su santísima Iglesia, á fin de que
con su claridad y resplandor de su maravilloso vida,
ilustrase las tinieblas y oscuridades de aquellos tiempos,
dejando como derramada sobre la superficie do la tierra
su religiosa generación y familia.
Falta nos ocupemos por un momento de oli o progreso
de la religión de los mínimos, de olro copiosísimo fruto
de aquel fértil árbol de la caridad de nueslro Santo fun­
— 401 —
dador, y es, el suave camino que descubrió su celosísimo
espíritu para salvarnos á todos. Esla es la regla que dejó
escrita para seglares de todos estados, la cual pueden
abrazar toda clase de personas, sin que á ninguna impida
profesar osla regla tareera, el tener tratos ó contraer
obligaciones honestas y licitas, ni tampoco singularizarse
con trage ó distintivo alguno; de modo- que hasla los
casados pueden observarla sin conocimiento de su res­
pectivo consorte.
En esla regla tercera vivían muchas personas, en
vida aun de nuestro Santo, mas despues de su admirable
transí lo y de haber sido puesto por la Iglesia en los
aliares á la veneración de los fieles, recibió mucho incre­
mento el número de personas que la profesaron, y tan
copiosísimo el fruto que de ella sacaron, que infinitas
almas llegaron con gran brevedad á una virtud manifiesta
y á muy elevados méritos. Los primeros que en Francia
ía profesaron fueron los reyes, desde Luis X I basta Fran­
cisco I y sus esposas respectivas, con otras muchas se­
ñoras y príncipes, así eclesiásticos como seglares. Lo
propio ’ sucedía en Italia y en nuestra España, entro
quienes fue de las mas principales la reina Doña Isabel
de la Taz, esposa de D. Felipe II, digna de eterna me­
moria* y á la que se confesará perpetuamente agradecida
la religión de los mínimos. En estas y otras muchas per­
sonas cuyas venerables vidas refieren nuestros cronistas,
consiguió San Francisco de Paula cuanto su ardiente celo
«leseaba cuanto pretendía su inllamada caridad.
CAPÍTULO X.

Favores de la reina Doña Isabel de la Paz para con los reli­


giosos mínimos. Origen y noticia de la santísima Imagen
de la Soledad, que se venera en el convento de la Yictoria
de Madrid.

La serenísima señora Doña Isabel de Valois, llamada


comunmente de la Paz, por haberla traído á España con
su venida, en ocasion que los príncipes cristianos estaban
á punto de sumergirse en un inevitable ó inmenso diluvio
de discordias, fué bija de Eurico II, rev de Francia, y
niela de Francisco I y Claudia, el cual entró á reinar pai­
la temprana muerte de su hermano Francisco. El indicado
Eurico protegía la religión de los mínimos, no menos que
los reyes sus predecesores, confirmando y ampliando
cuantos privilegios habían sido a la misma concedidos,
De esto monarca cristianísimo nació, según queda dicho,
aquella princesa, tercera esposa de nuestro católico so­
berano I). Felipe 11.
Desde muy niña fué Doña Isabel III profesa de San
Francisco do Paula, especial bienhechora y devota de
nuestra orden, é hija en Lodo de nuestro Santo, no solo
—403—
por haberlo heredado de los reyes sus padres, si que
lambien por tenerlo merecido á cansa de íus loables vir­
tudes. Apenas llegó á la ciudad de Toledo donde entonces
se encontraba la corle, dió ya como reina muestras del
grande afecto que tenia á nuestra religión. Muchos fueron
los favores que dispensó á aquel tesoro de virtud, á aquol
depósito de laníos vener.nhles cuerpos difuntos^ á aquel
nuestro convento de San Bartolomé de la Vega, primero
en fundación de la provincia de Castilla, y á ningún otro
menor en santidad, letras y observancia.
Poco permaneció la córte en aquella ciudad. Pasaron
los reyes «i Madrid el año 1Ü61, y muy pronto se con­
siguió fundar en su nueva residencia ci convento que hoy
leñemos en la Pucrla del Sol, venciéndose dificultades no
pocas, con la protección de S. M. la reina. El primero
que se presentó á los religiosos la mañana que en la
Iglesia de dicho convento debía celebrarse la primer
misa, fue el principe D. Carlos, primogénito del rey ca­
tólico, el cual tocó la campanilla y asistió á ella con
devocion: solia osle príncipe decir á los caballeros (le su
servidumbre: aEslos mínimos son mis frailes y si me fuera
«posible habia do ser religioso mínimo.» Concurría una
que olro noche á la hora (íc maitines, que oia arrimado
á la puerta (le la Iglesia, y solia lambien decir «que
^nuestro canto lo infundía devocion.» Esecsivos eran los
favores, tanto de la reina como de dicho principo para
con nosotros, pero con sus tempranas muertes, faltaron
nuestros patronos y también nuestras esperanzas.
Dejó, sin embargo, ia reina Isabel de la Paz, una
perpétua memoria á la posteridad de su singular devo­
ción á nuestro Santo Patriarca y ásus hijos: nos dejó la
mas preciosa joya, la dádiva mas inestimable y ol mayor
consuelo para esta nuestra provincia de Castilla, nos dejó,
en fin, aquel simulacro tan celohrado on la cristiandad,
do «Nuestra Sonora de la Soledad,» Palrona de Madrid
y centro de nuestros deseos. Narraremos concisamente
-4 0 4 —
la causa que motivó semejante donativo. Tenia hecho
volo la precitada reina de visitar los Santos Lugares de
Jcrusalen, y no pudiéndolo cu manera alguna verificar
en persona por justas causas, confió el cumplimiento del
espresado voto en representación suya, al venerable
padre Fray Diego Valbuena, religioso mínimo de ejem­
plar virtud, á quien conocía por haberle visto y tratado
con frecuencia on palacio, como confesor que era dt? su
camarera mayor Doña María de la Cueva, condesa de
Ureña.
Desde luego emprendió su viaje á Tierra Sania dicho
religioso, v cumplido que hubo su cometido, regresó á
España, y llegado á la córlc, se presentó á S. M. la reina
con el objeto de hacerle saber el exacto desempeño de su
comision, á quien dijo entonces la real persono, como ó
muy agradecido, pidiese para si ó para su mínima religión
cuanto gustase, descosa (le remunerarle con generosidad:
desinteresado, empero, el padre Valbuena, no le movieron
las reiteradas ofertas de su reina, sin embargo de que
átenlo las estimaba.
En vista de desasimiento tan generoso por parte de!
antes dicho religioso, quiso el Cielo premiarle por sí,
sirviéndose para ello cíe inslrumenlo del lego Fray Simón
Ruiz, que siempre le acompañaba. Ambos religiosos,
como ya se ha indicado, frecuentaban el real palacio y
reconociendo el Fray Ruiz el grande afecto que S. M.
tenia al reverendo podre Valbuena, los favores con quo
le brindaba y la llaneza con que le trataba, le pareció
cortedad do ánimo demasiada la del padre Fray Diego,
no admitir de tan magnánima señora siquiera un solo
favor. Tenia la reina una primorosa pintura de Nuestra
Señora de la Soledad, que siempre que Fray Simón iba
á palacio le robaba la alencion, contemplándola devoto
en tanta manera, que entró en vehemenles deseos de
tenerla presente siempre en su convenio; de aquí es, que
110 ceso hasta conseguir que el padre Valbuena, propo­
— 405 —
niendo á lodo su pusilanimidad, diese á entender gusta­
ría que la precitada Imagen pasase á su Iglesia.
Asín Lió el religioso ospresado al dictamen de su logo,
y se resolvió pedirla á S. valiéndose de su hija espi-
riLual la ya nombrada condesa de Urefia. Esla no ignoraba
lo mucho que la reina apreciaba dicha joya, pues que,
además de haberla Iraido de Francia como una memoria
Je su palria, lenía puesto en la mencionada Imagen su
cordial afecto y cariño. Hizo, cu cfcclo. saber la condesa
á S. M. los deseos del padre Yalbuena, pero, si bien con-
tído desde luego en complacerle, considerando que para
la Iglesia era mas proporcionada una copia de bullo de
la precitada pintura, mandó á su caballerizo mayor
D. Fadriqne de Portugal buscase el mas diestro artífice
que en aquel siglo se enconlióse. Habiendo turnado el
caballerizo los conocimientos debidos, llamó a! insigne es­
cultor Gaspar Becerra, á quien sobro lodos celebraba la
faina, y le encargó esla empresa de parle de S. M., el
cual la admitió gustoso, no solo por ser mandato de su
reina, si que también por ser para la Iglesia de San Fran­
cisco de Paula, de cuyo Sanio era muy devoto desde quo
vivió on Calabria.
Fuó llevado á su taller desde el real oratorio el cuadro
de que nos ocupamos y de seguida comenzó dicho artista
á idear primores, á practicar maravillas propias de su
fecunda imaginación, pero en nada se parecían al proto­
tipo ó modelo que lenia a la vista- Se admiraba Becerra
de si mismo, pues quo á pesar de su mucha facilidad en
el arlo lie escultura, no podia acertar en lo que tanto
anhelaba. A todo eslo instaban los deseos de la reina, la
solicitud de D. Inulrique y las ansias de los religiosos,
mas lodo fue en vano, por no poder concordar su pensa­
miento: por manera, que despues de un año de penosas
fatigas, llevó á presencia de S. M. la escultura de un
rostro que no fué (le su real agrado, mandándole la repi-
íie.se y formase otro mas conforme. Segunda vez hizo la
— 406—
misma obra, que desagradó lo mismo que la primera,
añadiéndole la real persona «que mirase si podia sacar
»otra mas perfecta que las dos, pues que si no, encargaría
»esla diligencia á olro cuidado.»
Confuso Becerra al oír semejantes palabras, se des­
pidió de la presencia de la reina sin saber lo que lo
pasaba, vacilando al liempo mismo sobre la verdadera
causa de su poco acierto; de aqui es, que perdida ya la
confianza en su destreza, se acogió en busca de refugio
á los divinos ausilios. Marchó en seguida al convenio de
los mínimos y manifestó á los religiosos su aDiccion y ex­
cesivo desconsuelo, y les suplicó rogasen al Señor’ y a!
Sanio Patriarca, le diese el debido acierto en esla dolicada
empresa, baciondo se repitiesen con esto objeto devotos
ejercicios de toda especie, sin omitir tampoco continuas
oraciones. Estaba la comunidad empleada cu dichos ejer­
cicios y ol artista en continuados desvelos, cuando una
noche se quedó algún lanío dormido, y como siempre
velaba en sus peuosus deseos, le sobrevino en medio de
aquel sueno un vehementísimo aféelo de acertar en el
trasunto de la Imagen de la pintura á la escultura, á
tiempo que oyó una voz que le dccia: «Dispierla, leván­
ta te , llégate al bogar y en él verás encendido un grueso
atronco, apágate y dispon lo, que de él sacarás con la
^perfección debida el trasunto que deseas.» Volvió en sí
despavorido, se levantó intrépido, fue al momento á in­
dagar la causa de su zozobra y encontró cuanto la desco­
nocida voz le liabia diclio: apartó el tronco del fuego y
apagado, lo comenzó á labrar humilde y confiado, con-
cluycndo ¡a obra brevemente á su gusto, á placer de
D. Fadrique y de los religiosos, á quienes acudió puntual
a referirles el feliz, éxito del suceso, y sobre lodo, á con­
tento de la reina, la cual así que vió el rostro mandó quo
él mismo le diese la encarnadura sin dilación alguna,
aprobando sus primores la real persona y perdonándolo
su tardanza por tan feliz desempeño.
— 407 —
Perfeccionó Becerra el encarnado con no menos
acierto, quedando el rostro tan superior y perfecto como
se ve lioy en su capilla, venerado de loda la cristiandad
por la mas primorosa y celestial maravilla. Fue colocada
esta soberana Imagen de Nuestra Señora en nuestro con­
vento de la Victoria el día de su Natividad, ó sea el 8 de
Setiembre, con asistencia de sus magestades, de la prin­
cesa de Portugal, de la condesa de Urcüa y demás cor­
tesanos, como igualmente do un inmenso gentío que
concurrió á solemnizar la colocacion de oste Divino Si­
mulacro de la palrona de Madrid.
CAPÍTULO XI.

Se narran, por conclusión, alguno» de tanto.-; milagros que


ha obrado y obra San Francisco de Paula despues de su
glorioso transito. Se esplica el por que ó la causa de ponerse
tantos memoriales á los pies ó en las mancas de su hábito,
especialmente en el convento de Madrid, con otros admira­
bles flue-esos.

Se dio principio á la vida de nuestro Sanio Funda­


dor con singulares maravillas, se continuó con milagros,
debemos, por lo mismo terminarla con prodigios. FJ
cielo lo manifestó ya en su concepción y nacimiento, la
tierra esperimentó durante olla un coutiuuado portento;
justo, pues, será insinuemos algunos de los muchos que
ha obrado y obra después de su muerte.
Fernando do Austria nació en Viena por intercesión
de San Francisco de Paula en 1Gí»3. Casado ya, c impe­
rando con Doña Mariana, hermana del rey católico Don
Felipe IV, carecían de sucesión, sin embargo del muclio
iictD[iO trascurrido después de su enlace. Observando la
emperatriz tanto retardo, determinó hacer la dcvocion de
los trece viernes á nuestro Santo, para que intcrcedie.se
por ella á fin de conseguir lo que deseaoa. Cumplió en
realidad su promesa cu In iglesia de los mínimos, asis-
— 409 —
tiendo ú las trece misas con cordial afreto. El Señor la
oyó por los méritos de su Siervo Francisco, dando á luz
uñ príncipe con loda felicidad, á quien puso en el bautizo
despues del nombre de su augusto padre, el de nueslro
Patriarca. No se dió aun por satisfecha aquella señora, si
que vistió y usó durante un aiio nuestro Sanio habito, el
cual, trascurrido, dispuso so col ocaso pendiente con una
pintura de su glorioso protector en la propia capilla para
perpetuar In memoria del ponento. Tomó lambien el
cordon y profesó la tercera orden do penitencia, nom­
brando á los religiosos mínimos por sus capellanes y
vivió hasta su muerlc siempre reconocida al beneficio que
liabia recibido, aumentándose en Loda la Alemania á con­
secuencia de este suceso, lanío la devocion á nuestro
Santo y á su orden torcera, que las mayores princesas y
principales señeras del imperio vistieron el hábito do olla.
El archiduque Leopoldo, hermano de Fernando III,
tuvo también dos hijos milagrosamente, archiduques del
Tirol, por intercesión de nuestro Santo, habiendo antes
hecho voto de edificar un convenio de mínimos en Nco-
ponle, y de dolarle con lo necesario para los religiosos.
Vistieron los niños también nueslro hábito por espacio
do un ano, .según se ven con él pintados en el palacio
Ncoponlmo de Viena. Milagros de esla especie podríamos
referir muchos, si no creyéramos traspasar los límites de
la brevedad que nos propusimos, y solo diremos «que á
principiar por la reina do Polonia el número do princesas,
y de otras señoras de alta alcurnia, y aun del estado
llano que por la inlerccsion de nueslro Fundador han
conseguido sucesión soto con practicar la devoción do los
trece viernes ú otros santos ejercicios, es infinilo en
Alemania, Francia, Italia y oíros muchos paises.»
Ahora pasaremos á satisfacer la duda que muchos de­
votos tendrán del origen de ponerse tantos memoriales á
los pies ó en las mangas del hábito de nuestro Sanio Pa­
triarca, especialmente cu et convento de mínimos do
— 410 —
Madrid* És el caso, que reinando D. Felipe 111, ol
año 1610 venció el plazo en que su tesorero en la corle
lenia la obligación de rendir cuentas de los caudales quo
habia manejado; que al preparar los papeles el mencio­
nado empleado para cumplir con su deucr, echó de menos
enLre los que le habian de servir de descargo, una carta
de pago ó recibo de cincuenta mil ducados que lenia
satisfechos, mediante cédula Jinnada de puño y lolra de
aquel soberano. Confuso el arriba dicho tesorero por
precisarle á presentar con urgencia el documento que,
or mas diligencias praclidas en su busca, no le fué posi-
E le encontrar; creeia por instantes su aflicción y profundo
abatimiento, considerándose ya a punto de perder su
hacienda, y lo que aun es mas, su buena reputación.
Desconfiado, por último, de dar con aquella cédula, apeló
á medios sublimes; loda voz que, lomando la momoria
de los descargos de las cuentas, la puso en !a manga de
una eligió de nuestro Santo Fundador, quo por dcvocion
tenia en su ca.so, suplicándole se la Firmase del rey, pues
sabia ser verdad haber él pagado por particular cédula
suya, perdida ó eslraviada entre otros papeles, la can­
tidad que con lenia. El siguiente dia acudió, connado en
e) Piel patrocinio de su Santo, sacó de su manga el pliego
de los descargos, y encontró estaba ya lirmaía la cédula
de su majestad, asegurando despues la real persona:
«Que no se habia podido negará las súplicas de un vene-
arable viejo que se había presentado en palacio.» Con
posterioridad lian ocurrido muchos portentosos sucesos
por este modío.
Los pueblos de la Isla de Cuba padecían por los
años 1628 tan fuci les tempestades de agua y piedra, que
todo lo arrasaban ó destruían. En visla de ello acordaron
elogir un Santo por patrono que sirviese de iris de paz
y aplacase la cólera Divina. Kn efecto, metieron al in-
lenlo en una urna los nombres de iníinitos Sanios y bus­
caron á un niño pava que sacase la cédula del que habia
— 411 —
do ser su patrono. Principiado el sorteo, sacó el niño una
papeleta que üecia: «A dos de Abril San Francisco de
Paula.» Tenían por entonces en aquella reina de las
Antillas la menor noticia apenas de nuestro glorioso
Patriarca, y de consiguiente* no contentos con la suerte
sacada, dispusiéronse volviese la papeleta á la una, y
despues de bien revuelta, mandaron por segunda vez al
nina sacase olra suerte, pero aunque so repitió por dos
veces el sorteo, siempre salió la misma papeleta, que­
dando elegido por patrón de la precitada Isla nuestro
Francisco. Admirados quedaron todos del suceso, mucho
mas habiendo cspovimentado ya su eficaz protección,
porque desde entonces quedaron libres de tempestades.
Enviaron, sin embargo, á nuestra España personas que
informasen de lo ocurrido y adquiriesen noticias de nues­
tro Santo, cuyos comisionados á su regreso les dieron
una estensa noticia de su milagrosa vida, con lo que que­
daron muy contentos y gustosos de tener tal patrón y tan
benéfico abogado.
Qué motivo, pues, habrá para sentir la muerte de
nuestro Santo Fundador, cuando está siempre vivo para
sus hijos, para sus terceros profesos y para sus devotos?
Y cómo habrá persona que llore su ausencia, cuando en
ambos mundos está para lodos preseute? Al despedirse
desús hijosá la hora de su feliz tránsito, les cerliíicó los
llevaba en la mejor parle de su alma; lo cumplo y lo ha
cumplido siempre puntual, no solo con estos sus domés­
ticos, si que también con lodos sus verdaderos devotos.

F IN DEL LIBRO QUINTO Y ULTIMO.


ORACION
Q U E D IJO N U EST R O SANTO P A T R IA R C A ,
ESTA N D O Y A P A R A E S P IR A R .

Señor mió Jesucristo, pastor bueno, con­


servad los justos, justificad los pecadores, tened
misericordia de todos los fieles difuntos y sedme
propicio á mí, miserable pecador.

A P É N D IC E
AT. PRECEDENTE CAPITULO.

Cumpliendo con lo que se dijo oa la introducción al


capítulo i de este libro ¡eferente á la fundación del real
convento de mínimos de la ciudad de Valencia, é igual­
mente del de monjas de la propia orden, pasamos á dar
á nuestros devotos lectores una noticia suscinta sobre el
particular.
Filé la fundadora y patrona de dicho real convento la
serenísima señora infanta Doüa Julia de Aragón, bija de
D. Fernando de Nápolcs y de Dona Isabel, su esposa,
hermana del rey católico D. Fernando, también déla
misma casa. Soberanos estos cspulsados de sus estados
por el joven monarca francés Carlos V III en la conquista
— 41 4 —
que emprendió del precitado reino conlra el parecer de
nueslro fundador.
Hecha esta ligera é interesante advertencia» diremos,
pues, quo la mencionada Doña Julia dio principio á su
fundación el ano 1533, habiendo para ello adquirido por
compra en las afueras de la preindicada ciudad una anti­
gua ermita dedicada á los Santos Fabian y Sebastian, que
pertenecia á la cofradía dicha de las huérfanas, con el
poco terreno que le eslaba anc*o, pero verificada años
despues una nueva adquisición de tierras contiguas á las
anteriores, que poseían los religiosos Gerónimos del mo­
nasterio denominado de la Murta, se dió un notable
ensanche á loda la obra, incluso la Iglesia, que fue con­
sagrada el dia 18 do Setiembre (le i 547 en honor de San
Sebastian y de San Francisco de Paula.
Aquella princesa trajo desde Ñapóles un correcto lio
escrito do mano de nuestro Santo, confirmado por el Papa
Julio II y autorizado con el sello apostólico; un hábito
completo del mismo Sanio y la laza de madera en que
bebia en su tránsito ó viaje desde Calabria á Francia,
cuyos dos últimos preciosos objetos regaló el propio Sanio
en persona á su alteza real D. Federico, príncipe de Ta­
ranto, Lijo segundo de S. M. Siciliana y hermano de
nuestra fundadora: regalo que le hizo al tiempo de pasar
á despedirse del precitado Sanio para regresar á so pais.
como á que iba al frente do la comision de notables que
desde Nápolcs le habia acompañado hasla la ciudad (le
Tours, corte entonces del rev cristianísimo Luis XI, cuyo
príncipe fué virey de Valencia y su antiguo reino.
Eslos piadosos y venerandos objetos fueron colocados
por mandato de la ilustre fundadora, á la derecha del
altar mayor, en una especie do nicho con su reja dorada
y a su lado un precioso cuadro al natural de San Francisco
Je Paula, pintado por el afamado pintor valenciano Juan
de Juanes. Los fieles adornaron el templo con lámparas
de plata y la infanla con ricos ornamentos.
— 415 —
D. Gerónimo Cabanillos, natural de diclia ciudad de
Valencia, aquel joven paje <jne desde la mesa de su sobe­
rano en el palacio de la corle de Ñapóles, posó á la de
nuostro bendito Padre y compañeros de viaje una fuente
de ricos peces perfectamente aderezados, como regalo
especial de S. M., los cuales resucitó en el acto, orde­
nando fuesen echados al agua: este pues regresó á su
patria con decidido ánimo de fundar un convenio de
monjas mínimas, yen efecto, dio principio á la fundación,
habiendo dejado ya en su Iglesia una porcion de precio­
sas reliquias de nuestro glorioso Patriarca, pero no pudo
llevar á cabo su laudable pensamiento, á causa de haberle
corlado la muerte el hilo de sus dias muy tempranamente.
Esle irisle acontecimiento, no solo trasmitió la princi­
piada obra á las monjas de .lerusalen, estramuros do la
preindicada ciudad, por causas que no so esplican, si
que dejó también emposesadas á dichas religiosas de las
reliquias dejadas en su Iglesia, contra la mente todo del
malogrado Cabanilics.
Consisten las mencionadas reliquias en un cordon del
Santo, en una especie de bonetillo, do que alguna que
olra vez usaba, en un báculo, en una laza de madera y
cu un cilicio, especie de jubón sin mangas de cerdas
negras y blancos. Sin embargo, no debemos omitir en
honor de la \crdad <fquo las referidas reliquias están muy
dveneradas, en e! arriba indicado convento de aquellas
^monjas,» aun cuando á los devotos de San Francisco de
Paula no deje de causarles sentimiento, la consideración
sola «de que hayan pasado ó existan en poder de reli­
giosas de distinta órden.»
PARA M A Y O R G L O R IA D E D IO S
Y DE SU IGLESIA.

Portentoso suceso acaecido en la ciud(id de Valencia el


dia 7 de Noviembre de 1873.

Parece que la Providencia tienda con miserlcordioáo


empeño á mostrar su sobrenatural y milagroso poder al
siglo X IX, siglo de las negaciones, de las apostasías y
de lasliercgías.
Gomo si no fuera suficiente babor concedido á este
siglo un Pontífice gloriosísimo que como Pió IX ha lan­
zado á la faz de la impiedad los dogmas do la inmaculada
y de la Infalibilidad, (dogmas que habían de concitar
contra él los numerosísimos enemigos de la Iglesia y del
Catolicismo;) un Pontifico, el primero después do San
Pedro que rige por mas de 25 años el limón de la nave
de la Iglesia; un Pontífice, que aislado y prisionero ve
crecer y desarrollarse el catolicismo bajo su báculo como
el grano de la mostaza; un Pontifico, que encerrado cu
los muros del Vaticano, sin mas armas que su fe, sin mas
tuerzas que su caridad y sin mas ejércitos que su espe­
ranza en Dios, combate con éxito y no rinde parias ni se
deja imponer condiciones, por la soberbia triunfante de
un Guillermo, por la fuerza cínica y audaz del liberal ti-
^—417 —
rano de la Italia, por la política mercantil de la Ingla­
terra, por la eorrienlc desenfrenada de la España, por el
espíritu satánico, en fin, que con su hálito impuro aspira
á envenenar las brisas frescas y perfumadas que orean
las inteligencias, los siglos y las sociedades desde que
regara Jesucristo con su sangro el árbol fecundo y fron­
doso de la cruz: como si todo oslo no bastara, Dios con
su misericordia infinita está mostrando á los incrédulos á
cada momento su poder, y lal vez sea esle siglo uno de
los que mas milagros registren en sus anales.
A los numerosos ele la Virgen de la Saleta, el acaecido
cu el año 71 en La\inia (Italia), al sucedido el año pasado
en Bilbao, al último del Salvador do Valencia, publicados
ya en L a ilustración, hoy tenemos que añadir uno, que
quizá escoda en portentosa grandiosidad á los anterio­
res (i).
Doña Carmen Hurcct, soltera, que vive en la callo
de Cbofrcns. núm. 0 , piso 2.°, se encontraba imposibi­
litada por una paraüsis de ambas eslrcmidades inferiores
hace mas de un año y mas de cinco que estaba grave­
mente enferma padeciendo palpitaciones del corazon y
reumatismos articularos. Ilacia cuatro años que iba á
Yillavieja, sin haber podido obtener mejoría á pesar de la
eficacia de las aguas y de los multiplicados remedios pro­
pinados con el lino y acierto que caracterizan al conocido
y acreditado facultativo D. José María Vciazquez, y á los
iambicn raculíalivos 1). Jaime Mnr y Morera y D. Félix
Mailine/. los cuales la liabian visitado varias veces ya en
unión ó bien en ausencia del Sr. Yclozqucz.
Habia tomado la paralisis tal intensidad, que aun con
ol ausilio de las muletas no podia la pobre enferma dar un
paso, pues sus piernas tenian lal carencia de fuerza y de

( 1¡ Ló llamnirios milagro, porque cvidontoinanlc lo es para nosotros


}' creemos Jo será ¡ím-n infua persona itnpluvia!; poi'ij n-u iziTantunios con
esta. pnlíibrn anticipnrnn* al juicio de la Icltfsiíi.. *| i;i> osvomnios reanorá
So'nre osle liotho. y t|Ui; KMirri acatamos.
— 418 —
movimiento, que caía al pretender ponerse tic pié á no
lener un apoyo por delante ó por detrás. El dia 28 de
Marzo del a5o actual, habia padecido la enferma un
ataque al corazon con vómitos de sangre, quo obligaron á
suministrarle la Estrcmauncion, creyendo no pudiera re­
sistirlo, y entonces hizo la promesa de hacerse hermana
de la Orden Tercera de San Francisco de Paula. No
habiendo podido efectuarlo antes, á [jesardesu estado,
resolvió llevarlo á cabo ayer 7 de Noviembre, primer
viernes tic mes. con ánimo de confesar y comulgar según
se acostumbra para este acto.
Al elcclo, á las siete de la mañana se hallaba á la
puerla de su casa el larlancro Antonio Seneni, que vive
en la plaza de la Pelóla, y vió como entre tres personas
tuvieron quo meter á la enferma en el carrnage, y una
vez on él, se dirigieron á la iglesia de San Sebastian, cuya
iglesia se Italia situada en la calle do Cuarto, estrá-
muros.
Hizo la enferma su confesión sentada en una silla y
para recibir la Sagrada Eucaristía pretendió arrodillarse,
ero la fue completamente imposible, teniendo que red­
E iría de pió, apoyada en las muletas y sostenida por las
dos hermanas que la acompañaban.
Después de recibido el augusto Sacramento, notó la
enferma una gran agitación interior y fuci les palpitacio­
nes de corazon acompañadas de uii profundo malestar
general, pero que lejos de producirle la sensación dolo-
rosa que hacen esperimcnlar los padecimientos físicos,
la hizo romper en vez de quejas en un acceso de risa
acompañado de las siguientes palabras, que oyeron clara
y distintamente cuanlas personas liabia próximas á la
indicada capilla, incluso el celebrante D. .losé Perez:
Gracias, Sanio glorioso.
Creyendo las hermanas de la Orden Tercera que habia
á ambos lados, que podia sobrevenirlo algún desgraciado
accidente, se apresuraron á prodigarle sus cuidados, pero
— 119 —
las interrumpió diciendo: Gracias^ gracias, tengo quien
me ayuda, no /oca¡ me, y á pnrlir tic osle momento se
encontró en el uso completo de sus fuerzas, podiendo
volver por su pié á su casa é i» virtiendo el resto del dia
en visitar á pie á sus parientes, on casa uno de los cuales
comió ayer y donde tuvo el placer de verla completa­
mente curada, el que consigna en estas mal trazadas lí­
neas esle gran milagro del glorioso San Francisco de
Paula.
Debe notarse que la enferma tenia también dos llagas
bajo los brazos y una úlcera de mal carácter en e! pié
derecho, la cual el dia 6 manaba copiosamente, quedando
curadas repentinamente lar lo esta como las otras dos, y
que en el momento mismo en que esperimenló en si la
gran novedad, se ovó en el cristal que cubre el nicho de
la Sania Imagen, un notable golpe que percibieron todos
y les hizo levantar hacia allí los ojos y mirarse despues
unos á otros sorprendidos.
¿No tenemos sobrada razón al decir que la Providen­
cia tiende con misericordioso empeño á mostrar su
sobrenatural y milagroso poder por medio de María San­
tísima y de los Santos a! siglo X IX , obrando por su me­
diación milagros como el que nos ocupa, cuando vemos
que hoy no solo se niega el milagro, sino liasla la misma
existencia de Dios; cuando vemos que en toda Europa
los pscudos-políticos codiciosos de los bienes de la Igle­
sia, en nombre del progreso moderno, de la civilización
y déla libertad, la despojan, la roban y la desuellan? ¿Y
lodo por que? Porque ese progreso no consiente que los
ministros del Dios de la justicia, recuerden ó los hombres
que lodos tenemos una conciencia, y que para premiar ó
castigar nuestros actos, hay un Dios, una gloria y un
infierno.
Los sectarios del progreso moderno, como que aspi­
ran á llegar algún dia por la ley de ese progreso indefi­
nido á hacer de cada hombre uñ Dios, no pueden transí-
— 420 —
gir con que haya oíros que sean ministros de un Dios
verdad, v por eso niegan la Pureza Inmaculada de María,
el poder'milagroso do los Santos, la autoridad espiritual
y temporal de Pió IX y lodo lo que sus ministros afirman
v sostienen en nombre do Dios y de la Iglesia católica,
aun á cosía de soportar la mas espantosa miseria y de
perder si necesario fuese hasta la vida.
Ellos ven que el sacerdote solo es fuerte como minis­
tro de la verdad y que es débil como hombre y además
desarmado, y por eso es hazaña digna de su cobardía,
maltratar á míseros é indefensos ancianos, á infelices
mujeres que no lionen mas libertad que la del llanto, y
prevalidos del derecho de la fuerza, les arrojan do sus
asilos y hasla se lia dado el caso en algún pais do arro­
jar también ignominiosamente á las Hermanas de (a
Caridad, ante cuya presencia se regocijan los cielos y
los espíritus de los bienaventurados que fueron desgra­
ciados en la tierra, cantan su mística grandeza con el
ícenlo de los ángeles.
Nieguen en mal hora esos infelices cuanto quieran,
ero al menos no ultrajen al sentido común, diciendo que
K oy no hay milagros, cuando pueden probarse tan evi­
dentemente y cou tan considerable número de testigos
como el que ahora «os ocupa.
^ G lo ria á Dios! Gloria á su Aladre, gloria á sus Santos
V gloria á la Iglesia!
II. he B.
Valencia S Noviembre 187Si.
NOVENA
A L G L O R IO S O P A T R IA R C A .

S A N F R A N C IS C O D E P A U L A .
—TNfO-

DIA PRIMERO.

Postrado ante una Imagen del Sanio y hecha lasefial


do Ja cruz, ae dirá el acto de contrición, y la siguiente

ORACION
para lodos los dias que durase la Novena. ¡sm

Glorioso Padre y Patriarca San Francisco de Paula,


pues os levantaste con el glorioso renombre de tauma­
turgo cu la Iglesia y sois el plenipotenciario de Dios,
interceded con el Señor, si lia de ser para mayor honra
y gloria suya y mi salvación, que consiga lo que pido y
deseo en eslá novena; alcanzadme esta gracia si rae
conviene, y si no, enderezad mi petición y pedirlo rae dó
aquello que mas me convenga, para que yo consiga la
vida eterna y léame para siempre. Amen.
ORACION
para pedir la virtud de la H um ildad.

Padre mío San Francisco (te Paula, á. quien poi


vuestra grande humildad coronó la Santísima Trinidad
con tres coronas, os suplico nio obtengáis de nuestro
Señor una profunda humildad y reconocimiento de mi
bajeza, para que así no llegue ¡i mí el espíritu malo de
la soberbia, y considerando mi miseria y la diferencia
que hay de mi á Dios, conozca las mercedes que este
Señor me lia bcclio, las finezas que por mí ha obrado,
redimiéndome con su preciosísima sangre y á costa de
tantos trabajos, sudores y afrenlras, como si yo fuera
algo y valinra mucho, para que con esta consideración
busque yo su amistad, le ame muy de veras y guarde sus
mandamientos: asi confio lo liareis, amanEísimo Padre
mío, y os ruego mo alcancéis, si conviene, lo que pido
en esla novena, y por íillimo una buena y santa muerte,
para ver á Dios en la córte celestial. Amen.
Acabada esta oración se dirán ¡res Padre nuestros
y tres Ave M arios con Gloria P atri, se pedirá al Santo
interiorm ente el favor particular que se desee conseguir,
y despues se proseguirá con la siguiente

ORACION (IK NERAL.

Santísimo Padre miu San Francisco de Paula, yo os


suplico por la pasión y muerte dfl Jesús, de quien fuisteis
lan devoto, y por su Santísima Madre, de quien en el
desierto recibisteis el preciosísimo néctar de sus purísi­
mos pachos, uic alcancéis el mayor favor, que es un amor
— 423—
á todas las virtudes y la perseverancia en ellas, el que no
sea yo lan infeliz, que llegue á entrar en el camino de la
perfección y no acabe la carrera: antes merezca por
Yuoslra intercesión un verdadero arrepentimiento de todos
mis pecados, que el demonio buya de mí para que no
uie engañe, ni aLieuda yo á sus alhagos acibarados y
llegue al úhirao grado do las virtudes, que es el amor de
Dios, y gozar en compañía de la Virgen Madre y do lodos
los coros de los ángeles, de la vuestra y la de’ todos los
demás santos del Cielo, los olemos regalos de la gloria.
Amen.
Dicha la antecedente oracion ycneral se rezarán seis
Padre nuestros y seis Ave M arías con Gloria P a lri, etc.,
al Simio P atriarca, en memoria de los seis años que
estuvo en el desierto.
E ste mismo orden se observará en iodo el novenario,
variando solamente la oracion de la virtud mte corres­
ponde ó cada dia, concluyendo en todos ellos por los
pozos, versículo y oracion puestos al fin.

DIA SECUNDO

ORACION
paro pedir la virtud de la Mortificación.

Padre mió San Francisco de Paula, á quien Dios


como á su Benjamín amado y ardentísimo amante de su
pasión, comunicó una igual mortificación en lodos los
seulidos;os suplico me alcancéis de mi Señor Jesucristo,
ol que me lave con su sangre preciosa las manchas del
pecado y con su pasión sacrosanta me cure mis males,
que con las sogas y cordeles con que fue maniatado y
— 424—
preso, y con los clavos con que fué enclavado en la cruz,
prenda lodos mis sentidos y me enclave á la cruz de la
penitencia y de la mortificación, para que así pi csas mis
pasiones y sentidos, no guste mas que do mi amado
Jesús, a quien desde ahora me sacrifico, y espero en
vuestra proteecion, amabilísimo Padre, lograrlo: como
también, si me cois viene, lo que pido en eslo novena y
juntamente la vida eterna. Amen.

DIA TERCERO.

ORACION
para pedir l(i virtud de ia Caridad.

Padre mió San Francisco de Paula, á quien Dios, en


premio de vuestro amor os envió las armas de la caridad,
y os hizo su alférez mayor, y por el afecto grande que
tuviste á la cruz de Jesús, quiso este Señor serviros de
espejo de encender llamas para abrasaros: por lanío os
suplico, amoroso Padre, merezca yo por vuestra inter­
cesión alcanzar do mi Señor Jesucristo se inflame mi
corazon y se llene del fuego de su amor, que ludas mis
palabras* pensamientos y obras se ordenen á servirlo y
amarle siempre: haced, Santo mió, que por mis ruegos,
aunque miserable pecador, consiga el unirme d la cruz;
de Jesús, el que viva y me estreche con ella apartado de
todo lo que es tlcl mundo; asi lo confio y espero de vuestra
protección, como también si me conviene lo que pido íii
esta novena, con la gracia y gloria cierna. Amen.
— 4*25—

DIA CUARTO-

ORACION
para pedir la virtud de la Obediencia.

Padre mío San Francisco de Paula, á quien por lo


grande de vuestra obediencia preparó el Señor una co­
rona de llores para coronaros: por lanío os suplico,
amoroso Padre mío, merezca yo por vuestra interce­
sión alcanzar una perfecla obediencia, para conseguir V
guardar los preceptos de la tey de Dios, los saludables
consejos de mis mayores y el volver como oveja perdida,
obediente con los silvos de mi buen Pastor Jesús, á su
rebaño, el dejar las veredas del vicio y volver á caminar
por las sendas de la virtud, apacentarme con el pasto
saludable de su doctrina y aborrecer las espinas del
deleito mundano: así, Padre mió, os lo ruego y confio
de vuestro paternal amor, me obtendréis gracia para que
no caiga miserablemente en el pecado, asistidme para
procurarme la salud espiritual, y otorgadme, si conviene,
lo que pido en üsta novena, para que despues pueda.ver
y gozar de la presencia do Dios en la gloria. Amen.

DIA QUINTO.

ORACION
jjrtí’a pedir la virtud de la Castidad.

Padre mío San Francisco de Paula, á quien por vuestra


insigne castidad y esmerada pureza, sirvieron los ángeles
en c! desierto: suplícoos per el amor grande que tuvisteis
á Cristo nú Sefior, me alcancéis el que logre yo una
pureza de vida, que huya de raí cualquier aféelo torpe y
desordenado y viva con limpieza y castidad de costum­
bres, merezca el que sean limpios y castos mis pensa-
míenlos, palabras y obras, que no sien la los estímulos de
la carne y salga siempre victorioso; así me lo prometo
amabilísimo Padre mío, en quien pongo todas mis espe­
ranzas para conseguir de mí Señor Jesucristo, por los
méritos de su pasión sacrosanta y por intercesión vuosíríi,
esfuerzos para triunfar del mundo, demonio y carne, y
merecer, si conviene, lo que pido en esta novena, y des­
pués la bienaventuranza. Amen.

DIA SEXTO

ORACION
para pedí)' la virtud de la Pobreza.

Padre mió San Francisco de Paula, á quien por vuestra


gran pobreza y desprecio del mundo vislió el cielo con la
más rica y preciosa librea, con que enriquecisteis vuestra
.mínima familia, y quisisteis ser en el mundo mínimo po-
brecillo, y el más imitador de la pobreza de mi Señor
Jesucristo: por tanto os niego con afectos de nii corazón,
el que merezca alcanzar de su Divina Majestad el imi­
taros en la pobreza de espíritu, y el vivir desnudo de
todos los afectos de la carne, que puedan desviar á mi
alma del camino de la gloria, huir los regalos y delicias
del mundo, y abrazar las mortificaciones y asperezas de
la virtud: así lo confio, Padre mió, de vuestro amor, y
espero lograr de Dios, si me conviene, lo que pido en
esta novena para bien de mí alma; y por último enrique­
cerme con las riquezas del Cielo y la bienaventuranza de
los pobres de espíritu. Amen.
DIA SÉPTIMO

ORACION
para pedir la virtud de la Paciencia.

Padre mío Sai) Francisco do Paula, á quien por vnes-


Ira admirable paciencia honraron los reves y grandes de
la tierra: os suplico oigáis mis ruegos, aunque de mise­
rable pecador, y compadecido do mis miserias, me al­
cancéis de mi Señor Jesucristo una verdadera paciencia
para sufrir y pasar con resignación los trabajos de esta,
vida, y una tolerancia asimismo en las adversidades do
este mundo, en pago y recompensa de las que por mí
pasó el inocente cordero Jesus: os ruego asimismo, Padre
mío, encaminéis mi alma a padecer, y que con el fuego
de vuestra gran caridad, la encendáis en vivos deseos do
cumplido y ser menospreciado por amor do quien me
dió la vida, y de quien, si conviene, me obtengáis lo que
pido en esta novena, y el caminar padeciendo en osta
vida, sin parar hasta la eterna. Amen.

DIA OCTAVO-

ORACION
para pedir la virlttd de la Mansedumbre.

Padre mió San Francisco de Paula, á quien por vuestra


gran mansedumbre regaló la Magostad de Cristo, dándoos
posada y albergue en su mismo pecho: os suplico con el
mayor aféelo de mi corazon; me alcancéis de este Señor
la remisión de mis culpas, y quo me otorgue aunque pe­
cador y sin merecerlo la virtud de la mansedumbre de
— 4*28 —
coraion que os comunicó; que rae dé humildad para to­
lerar las afrontas é injurias, para poder con un corazon
sencillo y manso ver la casa de Dios y gozar de sus re­
galos y dulzuras, rofrenar mi cólera y espirilu airado;
amará mis enemigos y olvidar mis ofensas; lodo lo cual
deseo en vivas ansias, auiantisimo Padre mió, y si es
posible, y sin perjuicio de mi alma, la gracia qué pido
en esta novena, y con ella el perdón de mis pecados.
Amen.

DIA NONO.

ORACION
para pedir la virtud de la Oración,

Padre mió San Francisco de Paula, á quien por vues­


tra elevada oracion favoreció Dios con tanlos estasis y
arrobos, elevándoos aun después de muchos años muerto,
para abrazaros con Cristo Crucificado; os suplico me al­
cancéis de nuestro Señor que mi enlendimienlo se eleve
á la contemplación de los misterios de mi redención y de
los beneficios que mi Señor Jesucristo obró por mi,
viviendo pobre y muriendo amante, para que agradecido
á lanto favor, siga de veras el camino déla virtud, amo
á su Divina Mageslad, olvide el amor á los bienes del
mundo y solicite los eternos. Para esto, amabilísimo
Padre mió, os busco, y os ruego me obtengáis una esírae-
cion de lodo lo terreno, para que así mejor pueda darme
á la oracion y contemplación de los divinos misterios, y
confio con vúeslra protección lograr, si me conviene, lo
que pido en esta novena y la gloria. Amen.
GOZOS
A s \ x FRANCISCO d e p a u l a .

Sois lucero de humildad


Francisco cu Paula nacido.
Mínimo de Dios querido,
Nuevo sol da candad.
Fuisteis divino Yaron,
Por gran milagro engendrado.
Y de niño aficionado
A virtud y religión:
Donde con fé y castidad
Conlíniio habeis asistido.
Mínimo, etc.
Es mínimo vuestro nombre,
Porque á lodo honor mundano
Gustasteis darle la mano
Con lan subido renombre:
Y en fe de acinesia verdad
Llevamos vuctslro apellido.
M ínim o , ele.
Con Ir abajo corporal
Un templo á Dios dedicasteis,
Donde milagros obrasteis
Que os dan blasón inmortal:
Gozando la eternidad
Que humilde habeis merecido.
Mínimo, eic.
— 430 —
Sois de Cristo tan amado,
Francisco glorioso y sanio,
Quo cual nave, en vuestro manto
Pasasteis el mar salado:
Sin que su ferocidad
Ni el viento os haya ofendido.
Mínimo, etc.
Con lal celo á Dios amasteis,
Que lodo temor huyendo,
En medio de un horno ardiendo
Sin lesión alguna entrasteis:
Donde por vuestra bondad
Fénix de Cristo habéis sido.
Mínimo, ele.
Una suprema virtud
Del ciclo os fue concedida
Para dar á muertos vida
Y á los enfermos salud:
Al cautivo libertad,
Contento al ciego y tullido.
M ínim o, ele.
Dia en que Crislo murió,
Quiso, Francisco, murieseis,
Porque á su gloria partieseis
Cuando ta luz nos falló:
Mas con nueva claridad
Despues habéis parecido.
Mínimo, ele.
Sois en la tormenta puerto,
Dais lengua al que nació mudo,
Sois contra el demonio escudo,
Y resurrección del muerlo:
En cualquiera enfermedad
Sois médico esclarecido.
M ínimo, ctc.
— 431 —
Pues cual nuevo precursor
La caridad nos mostráis,
Y el celo con que la amais
Os abrasa en vivo ardor:
Eti cualquiera adversidad
Socorred al aflijido.
Mínimo, etc.
T ornada .
Gn toda necesidad
Nuestro ruego es dolí oído.
Mínimo de Dios querido,
Nuevo sol de candad.
y. Ora pro uobis Sánete Francisca de Paula,
itf. Ut digni cfficiümur promissionibus Clmsli.

OREMUS.

Dcus, humiliuni cclsltudo, qui beatum Franciscuin de


Paula, coDÍcssorern sanclorum luonim gloria sublimasti:
tribuc quíesumus, ut ejus mcritis el iniilalione, promíssa
humilibus proemia felieiícr consequamur. Per Cliristum
Dominum iioslium. ií. Amen.

P L 'E D P I M P R I M I R S E :
Dr. Orllz.
P. Y V. G. Y.

F IN .
ÍNDICE G E N E R A L
DE T.og

LIBROS Y CAPÍTULOS QUE CONTIENE ESTA OBRA.

LIBRO PRIMERO.
Contiene desde el nacimiento deS. Francisco de Paula;
hasta íu e le envió Dios, por medio del Arcángel S, M iguel,
el Escudo de la Caridad, como Armas de su
Mínima R eligión.

CAPÍTULO I. Páginas.

Patria y padres de nuestro Santo; su nobleza y v irtu ­


des. Oraciones th loa u ismos y voto que hacen á San
Francisco de Asís, de que ei por su intercesión lea
d á D í o b unliijo, le pondrán s u propio nombre. Apa­
rece sobre su casu la noche «le su concepción un lucero
resplandeciente: su nacimiento, resplandores de que
se llenó la casa, y mftaica celestial que se oyó. . . . 7

CAPÍTULO II.

Gozo de loa padres de nuestro Santo con su hijo: su


Bautizo. Se L ís acibara d i c l i o gozo con una enfer­
medad quo tuvo peligrosa. Hacen un nuevo roto por
su salud y la recobra milagrosamente. Su infancia y
ejercicios qur eti eUa practicaba. Despide de su rostro
admirables resplandores...................... .... 13

CAPÍTULO m .

Se le aparece una noclu: at niiio San Francisco de Aafa


y cumplen sus padres la promesa de tcnei’lc un aüo
S9
— 434—
en un convento de e u orden. Su recibimiento por el
Prelado, quien Je viste el hábito de devocion. Le visita
el señor obispo de Rnn Marcos. Obra muchos mila­
gros mientras permanece en el convento, de los que
se refieren tres de los waa notables............................ 19

CAPÍTULO IV.

Se despide da la comunidail. Vá á visitar el cuerpo de


San Francisco de Asís. Le sucede na caao notable
con uu cardenal, y vuelve ;i Paula en compañía de
sus padres...................................... ....................... , 25

CAPÍTULO V.

Se retirft ftl desierta y haec mansión en un bosque de


Moflte-Gasino, en una heredad piopia de sus padres.
Sus ejercicios y tentaciones estando en él. Se re­
suelve á dar principio á su religioD............................ 32

CAPITULO VI.

Obtiene licencia del ¡señor arzobispo diocesano para


erigir una Iglesia. Se hace de pa$o mención de pus
acres, Fabrica otro templo mayor, y San Francisco
Se Asía le amonesta le haga mas grande y le dá el
diseño. Milagro que obró con nn caballero que le ha­
bía hecho una crecida limosna para dicha iabricn. . 36

CAPITULO VII.
Manda á un monte quo se pase á otra parte, y le obe­
dece: manda después que parte de éi s* altane, y con
solo la señal de 1» era/, efl »1 instante obedecidoDis­
pone el Papa Gregorio X 1 IÍ sea pintado San Fran­
cisco de Paula en el Vaticano con los milagros de la
calera, y el del paso del faro de Mesinn sobre su
manto. Obra otro en diferente calern, parte de una
estampa suya, y dá milagrosamente la salud ¡i un
hijo de su bienhechor D. .Incubo de 'LVirsin, barón de
■Belmente........................................... .... 4;>
— 435 —

CAPÍTULO VIII.

S igu en los prodigios obrados por nuestro Santo en el


elemento del fuego. . . * ..................................... 49

CAPÍTULO IX.

Milagros que obró nuestro "[or oao Francisco en las


piedras y madera para la, fábrica de ¡a Iglesia. Oyece
en 3U celda una música angelical............................... 55

CAPÍTULO X.

Milagros que hi/.o nuestro Suato en el agua necesaria


para los obreros y ja fabricación. Resucita unos pe­
ces y'los echa en una fuente milagrosa, haciéndose
por incidencia mención de lo ocurrido con una
trucha que tenia domesticada. í^c envía Dios sus-
tanto páralos trabajadores, y se inserta en eatracto
una carta escrita por el mismo. . ...................... 62

CAPÍTULO XI.

Dá habla á un mudo y vista á uno ciego: aparece una


tiaia sobre su cabeza eitun.lu «n un éxtaHÍí. Resu­
cita difuntos con otros milagros. Breve noticia déla
familia de los Alexios en Francin. - .......................fií)

CAPÍTULO X II.

Cura nuestro Santo algunos ejií<;rino¿ milagrosamente.


Dá vista á ciegos y sana i varios leprosos. . . . 76

CAPÍTULO X III.

Cura estropeados y tullidos,couCí-Ie hnbla á un sordo­


mudo. Dá pesca donde, üo la liabia >í nn pobre devoto
suyo, y envía al mar á un ivüirio-o ú cojer milagro-
— 43G —
Sámente na pescado para c u m p l i r con unas hués­
pedes....................................................................... 82

CAPITULO XIV.

Cura á una marquesa y i otras mujeres de un flujo fie


saugre con calentura ética. Hace en tres dias mas de
cien milagros, dando la salud ¡i carias personas, sea
cual fuere su mal. .................................................87

CAPÍTULO XV.

Cura á algunos sacerdotes, disponiéndoles á celebrar


deYotamente. Libra á una nave de una furiosa tem­
pestad. Le envía Dios, por medio del Arcángel San
Miguel, el escudo de la caridad, por armas de su mí­
nima religión........................................................... 98

LIBRO SEGUNDO.
Contiene desde la elección de doce Compañeros,
y su viaje á fundar á Paterno, hasta curar ledo género
ele enfermedades, i veces por medios graciosos, y darse
noticia de la causa motiva de enviar
á todos consolados.

CAPÍTULO I.

Elige doce compañeros, lea dá re^bi, y va á fundar i


Paterno. Recibimiento quele hicicrou los patentaos,
y lo que sucedió con tmo de ellos, que tenia for­
mado mal concepto de nuestro glorioso Fundador,
yllana un monte que servia de estorbo á la fábrica,
onn otros milagros que obró, abriendo cimientos, de­
teniendo peñascos, dando agua j señalando cantera. . 99
— 437 —

CAPÍTULO II.

Nueva intentona del demonio. Milagros que obró nues­


tro Santo en una pared qua amenazaba ruina, y al
disponer la madera necesaria para la fábrica. Planta
seis castañas, y al momento salen seis castaños. Di­
vide cu dos un moral para avenir á dos hermanos, y
cura de un brazo á un pariente su jo ............................ 106

CAPÍTULO III.

Socorre de barro m ilagrosamente maestro Santo ¡lunas


tejeros, y hace cocer sin fuego una calera. Cum y
resucita á cuantos sa desgraciaban en sil obra. Se
hace mención del sermón que predicó al inaugurar ó
poner la primera piedra en la fábrica de la nueva Igle­
sia de su convento de Paterno...........................................112

CAPÍTULO IV.

Socorre Dios milagrosamente 5 nuestro bendito Padre


Francisco de fruta, de comida y de bebida; satisface
con un higo á muchos trabajadores, quedando entero
en su mano. Otras bien singulares maravillad, m u lti­
plicando el pan j la comida............................................... 118

CAPÍTULO V-

Aum enta ln. comida y leña para el fuego. Sustenta con


un higo i crecido número de tTabnjudorea y reprime
con su voz un grande incendio. Milagros que obró con
su cordon, y con la mujer de uno que uo le quiso
obedecer. Sana á una religiosa, tullida de diez años,
y dá Forma á un niño, nacido con el rostro informe. .