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La fuerza de voluntad

Gema Sánchez Cuevas 11 enero, 2014 en Psicología 0 compartidos


Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.
(Albert Einstein)
La fuerza de voluntad es una capacidad que podemos aprender y desarrollar. Es como un músculo,
se puede entrenar. Así como para los atletas resulta imprescindible la preparación física y mental,
también para nosotros prepararnos para lograr nuestros objetivos será una labor fundamental.
¿Cómo definir la voluntad?
Etimológicamente la palabra voluntad procede del latín voluntas-atis, que significa querer. Pero este
concepto implica otros muchos factores como la capacidad de tomar decisiones, eligiendo una
posibilidad entre varias, la tendencia o anhelo por algo que nos permite la oportunidad de descubrir,
la determinación que concreta y se relaciona con la capacidad de evaluar y aclarar nuestras metas, y
la acción, como factor definitivo para la puesta en marcha de aquello que queremos.
Cuando la voluntad ha adquirido fuerza y vigor, nos ayuda en el empeño de conseguir nuestros
deseos e ideales, constituyendo esa fuerza motriz tan necesaria que nos empuja a caminar hacia
adelante a pesar de las dificultades, siendo sus dos ingredientes más importantes como señala el
psiquiatra Enrique Rojas, la motivación y la ilusión.
La voluntad nos determina
Todo comienza por un deseo, pero para realizarlo no basta con anhelarlo sino que ese deseo tiene
que transformarse en algo que queremos, es decir, algo guiado por nuestra voluntad y motivación.
Voluntad en un primer momento es elegir, y cuando elegimos también renunciamos, incluso cuando
no lo hacemos estamos tomando una elección, como expresaba el filósofo William James “Cuando
debemos hacer una elección y no la hacemos, esto ya es una elección”.
Elegir en el caso de la voluntad es apostar por algo que nos ilusiona que se encuentra en la lejanía, y
a lo que llegaremos con dosis de esfuerzo y paciencia. Siendo nuestra meta el estímulo para la
acción, sobre todo en los momentos más complicados. Pero realmente aquello que nos va
arrastrando es nuestra motivación. En ocasiones, podemos observar la meta como positiva pero el
proceso para llegar a este puerto, difícil y costoso, ¿Cómo fomentar aquí nuestra fuerza de voluntad?
Lo primero es saber si es algo que deseamos realmente conseguir y cuando obtengamos la
respuesta, si esta es afirmativa tendremos que ir sabiendo hacer nuestra exigencia atractiva no
perdiendo de vista nuestro horizonte, ya que todo esfuerzo de una u otra manera genera una
recompensa pues solo quien sabe esperar tiene la capacidad de utilizar la voluntad sin las prisas de
recoger frutos inmediatos, entregándose con ardor a la consecución de su objetivo.

Si lo pensamos el verdadero objetivo de la voluntad desembocará en conseguir la victoria sobre


nosotros mismos.
Educar la voluntad
Ya lo hemos mencionado anteriormente la voluntad es como un músculo que se puede entrenar.
Pero ¿Cómo podemos hacerlo? Para ello debemos tener algunas cuestiones claras.
La voluntad se vale de un aprendizaje gradual y progresivo, a través de la repetición de acciones en
las que a veces nos encontramos vencidos, luchamos y caemos pero donde tenemos la fuerza
suficiente para volver a levantarnos. Es como si fuéramos adquiriendo hábitos, requiriendo mucho
esfuerzo en los primeros momentos.
Una de las cosas fundamentales es tener claro que los beneficios en la mayoría de las ocasiones no
se obtendrán de inmediato, sino que caminamos en un trayecto a largo plazo en el que la libertad de
tomar decisiones constituye una de los factores fundamentales del núcleo de la voluntad, puesto que
ésta inicia nuestro sendero hacia la realización de nuestro proyecto personal, el cual se caracteriza
por presentar varias luchas contra obstáculos, que si vencemos, nos permitirán alcanzar la cima de
nuestro desarrollo.

La motivación debe ser nuestro principal motor que generará la fuerza necesaria hacia los
contenidos que la mueven. Y para ello, tenemos que saber lo que queremos para preparar la
voluntad hacia la lucha, teniendo nuestros objetivos claros y bien delimitados, renunciando a todo lo
que nos distraiga. Hay que tener en mente que estamos cultivando lo que en un futuro serán
nuestros frutos, nuestra voluntad será esa semilla que hemos plantado y que irá creciendo, si
trabajamos para ello, dando sus frutos a medida que nuestra lucha personal no cede, insistiendo una
y otra vez en su cuidado y crecimiento. Así, iremos gobernándonos más a nosotros mismos
desarrollando nuestra capacidad de voluntad, a través de la constancia.
Equilibrar los instrumentos en proporción con los objetivos propuestos también es una tarea
importante, buscando la armonía entre los fines y los medios, conociendo nuestros puntos fuertes y
débiles, elaborando estrategias para ello, consiguiendo una buena proporción entre nuestras
aptitudes y limitaciones.
Y no olvidemos, que el proceso de educación no tiene fin, pues la vida continuamente nos sorprende
con situaciones inesperadas que nos obligan a reorganizar el esqueleto de nuestra trayectoRia
personal, por eso la voluntad, en concreto su educación es algo continuo.
Por último, si en algún momento sentimos que no tenemos fuerza de voluntad, podemos
preguntarnos a qué creemos que se debe.
¿Estas realizando algo que realmente deseas?, ¿Consideras que vale la pena el esfuerzo?, ¿Crees
que vas o no, a poder lograrlo?, ¿Por qué? ¡Cuestiónate!
Con estas preguntas podremos ir llegando al núcleo de nuestra falta de voluntad y descubrir cuál es
la causa real que se esconde detrás. Ya que con frecuencia, nuestro estilo de pensamiento y
creencias suelen limitarnos en la consecución de nuestros objetivos si no permanecemos en alerta.
Bibliografía utilizada:
Rojas Montes, Enrique. (1994) La conquista de la voluntad. Ediciones Temas de hoy, S.A.
Imagen cortesía de Ian Arneson
COMO ALCANZAR LO QUE TE HAS PROPUESTO.
La voluntad es más importante que la inteligencia.
ANTE EL AÑO NUEVO; COMO ALCANZAR LO QUE TE HAS PROPUESTO
La voluntad es más importante que la inteligencia. La vida con sus exámenes, va dando cuenta de si hemos
sabido educarla, para sacar de nosotros lo mejor que llevamos dentro, la voluntad es un facultad psicológica
que nos mueve a hacer algo. En un lenguaje más operativo diríamos: disposición interior para llevar algo a
cabo anticipando consecuencias. El estudiante que en febrero es capaz de tener un plan de estudio, porque
está ya pensando en los exámenes de junio.
La voluntad es lo más propio del hombre, tanto como la razón. Cada uno de nosotros es una promesa. Una
intención de llegar a ser lo mejor que podamos. Para un niño o un adolescente o un joven, educar la voluntad
significa de entrada la negación del instante inmediato y el esfuerzo por no satisfacer lo que está ahí, sino
apuntar hacia el futuro. Lo inmediato es superado y rebasado por lo mediato, por lo lejano. El ser humano está
siempre en marcha, su vector persigue el realizarse uno a sí mismo. Hay una distinción que se encuentra en
el pensamiento clásico, entre desear y querer. Desear significa pretender algo, pero desde el punto de vista
afectivo, sentimental: es como una ráfaga que se enciende en nuestros escenarios mentales y que pasa casi
sin dejar rastro. Desearía ser más estudioso, mas ordenado, aprovechar mejor el tiempo o ser más culto o
mejorar mi carácter... pero en muchas ocasiones eso es solo un pensamiento pasajero, que no se traduce en
nada. Querer es buscar algo y poner toda la voluntad en ese empeño, es determinación, empeño, esfuerzo
concreto que no se dispersa, de modo que se va alcanzando dejándose uno la piel en la empresa.
De ahí que se pueda concluir que desea la persona poco madura y quiere la que está más hecha y tiene más
educada la voluntad. La alquimia de los deseos nos hace perder de vista el horizonte y apuntamos a
demasiadas metas de forma transitoria, sin concretar.
Voluntad es determinación, firmeza en los propósitos, solidez en las metas, sin desanimarse ante las
dificultades, sabiendo que todo lo grande es hijo de la renuncia. El que tiene voluntad es mas libre y lleva su
vida hacia donde quiere. Su aspiración final es la independencia y la consecución de los objetivos concretos
que se ha propuesto. El hombre es perfectible y defectible; puede ir hacia lo mejor de si mismo y también
abandonarse y dar una versión pobre, desinflada, sin aspiraciones, que va tirando de su existencia como se
arrastra un peso muerto.
Hay tres etapas importantes a la hora de poner la voluntad por delante en algo que queramos hacer:
1) Saber qué objetivo pretendemos y cuales son los medios con los que contamos; estar en la realidad
personal, pero con ilusión. Dice Julián Marías que “la ilusión es un deseo con argumento, asociado a la vida
biográfica”.
2) Viene después la determinación rotunda de que esa pretensión no sea algo fugaz, sin consistencia; de ahí
que la voluntad podamos entenderla como energía, disposición decidida, tesón, tenacidad, insistencia que no
se doblega ante las dificultades e imprevistos, que es capaz de crecerse en las dificultades... Un hombre
capaz de obrar así es como una fortaleza amurallada. No habrá empresa que se le resista y antes o después
irán llegando los frutos. El esfuerzo perseverante será capaz de sortear el cansancio y los avatares de tantas
circunstancias como antes o después le sobrevendrán.
3) Por último está el mise au point, la puesta a punto. Solo la voluntad nos determina. Todo progreso personal
tiene que contar con este esfuerzo de aprendizaje que la voluntad propone.
Este está tejido e hilvanado de hábitos, de ejercicios repetidos, de un acostumbrarse a hacer siempre lo más
conveniente, aunque de entrada cueste.
El hombre con voluntad llega en la vida más lejos que el inteligente. Y para mí esto es así porque lleva por
delante cuatro herramientas claves: orden, constancia, motivación e la ilusión de llegar algún día a esas
metas, alcanzando su cima cueste lo que cueste. De este modo la voluntad se convierte en una segunda
naturaleza, en un ingrediente recio y compacto que se adhiere a la conducta y obra casi espontáneamente,
merced a ese aprendizaje. Hay un entrenamiento que se repite otra vez.
La voluntad tiene mucho que ver con la motivación. Estar motivado es querer algo de veras, elegirlo y que
merezca la pena la lucha por alcanzarlo. Ahí se produce una secuencia psicológica muy importante. Skinner,
uno de los padres de la moderna psicología positivista, decía que toda conducta puede ser cambiada y
organizada a través del refuerzo. Por eso algunos le han llamado “constructor de voluntades”, merced a las
investigaciones llevadas a cabo en Harvard. El comportamiento es una verdadera ingeniería de estímulos y
respuestas, basadas en premios y castigos. Gracias al aprendizaje se va produciendo esto. Los aprendizajes
complejos se engarzan sobre otros más sencillos, a través de superposiciones y crecimientos. Así emerge el
autocontrol: ese ser capaz de gobernarse a si mismo, siendo uno cada vez mas dueño de su persona y de sus
planes.
El que tiene voluntad dispone de si mismo. Sabe vencerse, es capaz de renunciar a la satisfacción de lo
inmediato y tiene visión de futuro. Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro, sino
después de años de dejadez y abandono o de empuje, desvelos y obstinaciones repetidas en positivo.
Aprender a vivir es ser capaz de superar las frustraciones que la vida impone con su devenir, alentados y
espoleados por la meta: llegar a encontrarse uno con lo mejor de si, braceando contra el oleaje que, de frente,
impide avanzar. Así se desliza todo hacia la madurez, mezcla de coherencia, espíritu de lucha en ese irse
venciendo día a día en lo pequeño. Labor de orfebrería con uno mismo.
Sócrates le decía a su amigo Hipócrates lo siguiente: “sabio es un comerciante que vende géneros de los que
se nutre el alma”. Por eso es tan importante la figura del educador. Se educa mas por lo que se es que por lo
que se dice. Esto remite a aquel aserto castellano: “El ejemplo es el mejor predicador”. Y esto se observa con
enorme claridad en la tarea de los padres hacia los hijos. Los padres no pueden pretender que los hijos vivan
cosas que ellos no practican
Hoy existe un nuevo educador: la televisión: influencia suele ser dañina, ya que fabrica jóvenes pasivos,
incapaces de criticar lo que ven y que se entregan en brazos de la imagen, por una especial atracción difícil
de combatir. Surge así lo que yo he llamado la “filosofía del me apetece”; “es que no tengo ganas, es que no
me apetece, eso me cuesta, aquello otro no me gusta...” Por este derrotero se llega a una persona con
voluntad débil: caprichosa, blanda, apática, veleta que gira según el viento del momento, inconstante, incapaz
de ponerse metas y objetivos concretos: en una palabra, una persona sin educar, a merced del primer
estímulo que le llega desde fuera y que le hace abandonar lo que estaba haciendo. Es la imagen del niño
mimado que tanta pena produce al que lo observa. Al no tener educada la voluntad se convierte en un
muñeco de las circunstancias, traído y llevado y tiranizado por lo que en ese instante le pide el cuerpo. Esto le
lleva de acá para allá sin rumbo, a la deriva. Alguien así está echado a perder, consentido, mal educado para
cualquier tarea, estropeado.
Esto se manifestará más tarde en las cuatro notas primordiales de nuestro proyecto existencial: amor, trabajo,
cultura y la propia personalidad. En el amor conyugal no llegará muy lejos, pues no sabe lo que es ceder, ni
anteponer las preferencias propias a las de la otra persona, ni valorar la importancia del sacrificio gustoso y
escondido. En la vida profesional, si no se enmienda, no doblará el cabo de sus auténticas posibilidades,
instalándose en la mediocridad. Si la cultura es libertad, irá viviendo de espaldas a cualquier curiosidad
intelectual, ya que esto comporta empuje y vencer la vía fácil y muelle de la televisión. Y envolviéndolo todo
estará ese acompañante permanente que es la personalidad que irá estando mal diseñada, con poca armonía
y escaso equilibrio.
¿Cómo educar la voluntad? Lo mejor es hacer ejercicios pequeños y repetidos en donde uno se vence. Ahora
hago esto sin gana porque es mi obligación; luego me aplico a aquella otra tarea, que se que me cuesta,
porque es mi deber; mas tarde, llevo a cabo aquello otro, aunque no me apetece, porque se que es bueno
para mi... Así se sube uno en el jumbo de los objetivos concretos y los va alcanzando poco a poco. Las
determinaciones serán férreas y los propósitos, rocosos. Porque el hombre que lucha está siempre contento.
El que tiene una voluntad fuerte la ha conseguido después de una brega pertinaz consigo mismo.
El resultado es un hombre recio, sólido, firme, consistente, que no se desalienta fácilmente. Una persona así
consigue lo que se propone. En su fondo aletea la alegría. Pero no aquella del que no le duele nada, la del
animal sano, sino del que es feliz por estar haciendo algo en la vida que merezca realmente la pena.
Entre la voluntad débil y la fuerte, caben distintas posibilidades graduales. Cada una refleja una trayectoria.
Cada segmento de nuestra biografía va rindiendo cuenta de cómo ha trabajado la voluntad. El que tiene
voluntad puede conseguir que sus sueños se hagan realidad, si persevera.
De los temas más ausentes de la psicología actual, la voluntad es uno de ellos. La voluntad es una joya que
tiene buena venta en cualquier mercado y el que la tiene posee un tesoro. Aquí trato de sistematizar diez
pautas de conducta positiva para ir avanzando en ello.
1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual que se consigue con la repetición de actos en donde uno se
vence y lucha y cae y vuelve a empezar. A esto se llama en psicología hábito. Dicho en otros términos; es
necesario adquirir hábitos positivos mediante la repetición de conductas de forma deportiva y alegre que van
inclinando la balanza hacia comportamientos mejores, más maduros y que a la larga se agradecerán, pero
que de entrada cuestan enorme trabajo en una primera etapa, en donde la voluntad esta virgen, sin dominar.
2. Para tener voluntad hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos y estímulos e inclinaciones
inmediatas. Y esto es lo realmente difícil. Es más fácil explicar los mecanismos por donde hay que llevar la
voluntad que ponerse uno a funcionar, aplicando las teorías y poniéndolas en práctica. Esto puede ser
expresado en otros términos: toda educación de la voluntad tiene un trasfondo austero, sobre todo cuando se
empieza. La labor de los padres es decisiva; saber hacer atractiva la exigencia. La voluntad libera e inicia el
vuelo hacia la realización del proyecto personal y de la felicidad. Liberación no es hacer lo que uno quiere o
seguir los dictados inmediatos de lo que nos pide el cuerpo. Sino vencerse en pequeñas luchas titánicas para
alcanzar las mejores cimas del propio desarrollo. La supresión de obligaciones y de constricciones exteriores,
el abandono de los grandes ideales y retos, el dejarse llevar por los estímulos del momento. La liberación que
trae la voluntad consiste en apartar obstáculos, allanar el camino para hacer lo que se había programado,
para ir consiguiendo que los sueños se hagan realidad.
3. Cualquier aprendizaje se adquiere más fácilmente a medida que la motivación es mayor. Estar motivado es
tener el arco tenso para apuntar hacia el mejor blanco. El ejercicio del tiro con arco sobre nuestros objetivos,
se estira más gracias a la fuerza de los contenidos que lo que mueven. Lo expresare de otra forma: el que no
sabe lo que quiere, el que no tiene la ilusión de alcanzar algo, es difícil que tenga la voluntad pronta y
dispuesta para la lucha.
4. Es fundamental tener objetivos claros, precisos, bien delimitados y estables. Cuando esto es así y se ponen
todas las fuerzas en ir hacia delante, los resultados positivos están a la vuelta de la esquina. La cabeza no
tolera la dispersión de objetivos. Ni tampoco querer abarcar más de lo que uno puede. Por eso produce
mucha paz aplicarse a esos propósitos siendo capaz de dejar de lado todo aquello que aleja de esas metas.
Querer es pretender algo concreto y renunciar a todo lo que distrae y desvía de los planes dibujados.
5. Toda educación de la voluntad tiene un fondo ascético, sobre todo en sus comienzos. . Los ríos
desbordados de la garra juvenil hay que saber conducirlos hacia una meta que merezca realmente la pena.
Ahí tiene su puesto la tarea del educador por un lado y la de los padres por otro. Hay una observación
complementaria que quiero hacer, una vez llegados a este punto: las grandes ambiciones, las mejores
aventuras brotan de un pequeño riachuelo que crece y se hace caudaloso a medida que la lucha personal no
cede, no baja la guardia, insistiendo una y otra vez.
En el alpinismo –tarea que se parece mucho al fortalecimiento de la voluntad- lo importante es dar pequeños
pasos hacia arriba, se va ascendiendo en la montaña no gracias a las grandes escaladas, sino merced a
pequeños avances. Al principio, costosos, y después, ya mas fáciles, una vez que se vislumbra el paisaje
desde la cima.
6. A medida que se tiene más voluntad uno se gobierna mejor a sí mismo, no dejándose llevar del estímulo
inmediato. El dominio de uno mismo se va alcanzando mediante pequeños vencimientos diarios. El desprecio
sistemático de las cosas pequeñas es la ruina de la voluntad.
Y por el contrario, la costumbre de vencerse en lo menudo nos va transformando en personas superiores, nos
elevan por encima de las circunstancias. Se consigue así una clara aproximación a la felicidad.
Uno no hace lo que le apetece, ni lo más fácil, ni escoge el camino mas blando, sino que se dirige hacia lo que
es mejor. Cuando la voluntad es mas compacta, ya esa persona ni se plantea si está cansado o aquello le
cuesta, sino lo que sabe que será mas positivo para ella de cara a los planes diseñados.
7. Una persona con voluntad alcanza las metas que se había propuesto, si es constante. He comentado en las
líneas que preceden que es menester poner en juego las piezas instrumentales de ella; el orden, la tenacidad,
la disciplina, la alegría que no desfallece y la mirada puesta en lo alto del camino. Existe hoy la tendencia a la
exaltación del modelo del ganador que deja en la estacada, groggy, a muchos perdedores en el ring social.
8. Es importante llegar a una buena proporción entre objetivos e instrumentos. Buscar la armonía entre fines y
medios. Intentar una ecuación adecuada entre aptitudes y limitaciones. Pretender sacar lo mejor que hay en
uno mismo, poniendo en juego la motivación entrelazada de ilusiones.

9. La voluntad es un indicador de madurez de la personalidad. No hay que olvidar que cualquier avance de la
voluntad se acrecienta con su uso y se hace más eficaz a medida que se incorpora con firmeza en el
patrimonio psicológico. Una persona madura y con un cierto equilibrio psicológico ofrece un mosaico de
elementos armónicamente integrados, en donde la voluntad brilla con luz propia. Por ese camino se llega la
vida lograda. A la felicidad como resultado: estar contento con uno mismo y con los demás. Por eso la
felicidad es una estación a medio camino entre lo demasiado y lo poco. Dicho de una forma más ampliada: la
felicidad es un estado de ánimo positivo, al que se llega a través de la mejor realización posible de uno
mismo.
10. La educación de la voluntad no se termina nunca. Lo que quiere decir que el hombre es una sinfonía
siempre inacabada. Y que además el haber alcanzado un buen nivel, no quiere decir que se esté siempre
abonado al mismo, ya que las circunstancias de la vida pueden conducir a posiciones insólitas, inesperadas,
difíciles o que obligan a reorganizar el tejido del proyecto personal. También hay que citar la desorientación de
la sociedad actual; tan permisiva y con pocos valores de referencia, lo que impide ver ejemplos positivos a su
alrededor que puedan ser servidos como modelos de identidad.
Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro. La vida es un resultado. Suma y
compendio de lo que hemos ido haciendo con ella de acuerdo con un programa previo. El hombre debe
convencerse de que la persona que tiene la voluntad consigue lo que quiere. Así de claro.
El que tiene educada la voluntad sabe lo que es la alegría. Sabe que se aprende más bien poco de las
victorias y mucho de las derrotas.
La alegría es un puente que está por encima del placer y por debajo de la felicidad. Las tres: placer, alegría y
felicidad, forman un tríptico esencial. Y como telón de fondo, el esfuerzo por sacar lo mejor que tenemos
dentro. Dicho de otro modo: La felicidad tiene en la voluntad un puente levadizo que nos abre una puerta
importante para alcanzar la mejor realización personal.
Dr. Enrique Rojas
Catedrático de Psiquiatría