Sei sulla pagina 1di 8
Ts apsaq “seata seaqeyed se] uoxa{nposd 3] anb uoroure ey sepiajo opnd ow ef o1e199 X “20a exountad 30d onvay Je tozeaay| o] sazped sns ‘sou sox07e9 epi optrenc) “seata seaqeyed se] :asresduioo eypod ou anb o8je equisni 2] O1Ae190 B anbiod {s9[8ur ojnse op onbzed |e uqup anb soyeueiuaa soy ap oun ¥ opewose ‘o1reIp | B wpues AJsurY operMD o1Ae39Q anb of BI Oy so1rexuoo of 59 89994 Y | “e1OU 98 OU OPOI $9994 Y “ezuEDIE OU OPOI $2204 Y SOIO}JSOJ ap PIOpepuda euonbed eno Liztana Bopoc entonces, solo deseé escribirlas. No le interesaba escri- bir para que otros leyeran en silencio. Octavio deseaba escribir palabras que fueran pronunciadas con voz po- derosa sobre los escenarios; palabras con mascara y maquillaje, de esas que luego se aplauden de pie. Y no es que alguien le prohibiera hacerlo, Octavio era hijo menor y tardfo de una familia acaudalada; de manera que las riendas del negocio estaban en manos de sus her- manos mayores. Por lo demés, la fortuna Guirado Kinsky podia permitirse mantener un dulce vastago inttil. No era prohibicién sino vacio. Octavio no encontraba qué contar. Miraba alrede- dor y solo veia comodidad y placeres; nada que mere- ciera palabras vivas. Se asomaba a las ventanas para observar un parque sin una sola hierba fuera de lugar, donde los insectos eran coquetas vaquitas de San Anto- nio y abejas doradas. —No sirve. Eso no sirve —repetia, yendo y vinien- do por la sala més luminosa de la mansién. Silvia alzé la cabeza de la costura. Ella era una del- gada muchacha siciliana de piel triguefia contratada 82 Orga PEQUENA VENDEDORA DE FOSFOROS como modista exclusiva para la familia. En invierno le permitian colocar la maquina de coser cerca de los ven- tanales. Asi podria aprovechar la luz y trabajar hasta més tarde, En aquellas salas, cualquier cosa fuera de su sitio Hamaba la atencién. Octavio no pudo mas que reparar en un libro pequefio, abandonado en un sofa. La pe- quena vendedora de cerillas. Hans Christian Andersen. La tapa tenfa la imagen de una pequefia de cabello rubio, cubierta con una manta a cuadros. En aquella tapa, igual que en el parque, estaba nevando. Octavio lo tomé en sus manos y ley6: “Editado en 1942”. En- tonces ya tenia casi diez afios. —2Qué hace aqui esta pequefia? —murmuré Octa- vio para si. En su sitio, Silvia apret6 el pedal mas de lo debido, pero no dijo nada. No estaba autorizada a ha- blar si no le dirigian la palabra. —gTii sabes de quién es este libro? —preguntd Octavio. La joven lo mir6. Tenia pémulos altos, ojos muy oscuros, enmarcados en nostalgia. 83 v8 amped 1 -esed anb aque aapeur ey seponge ey exopapuza euonbad ey ssofeuosi9g yemvar UOISIOA, “sox0Jsoj ap vJopapuaa euanbad eT oiquose & jaded |p game ‘jaroxreo Jp 98 “eloy etm 90009 ‘THOS ap eH -abpur vj a1ue oguss as “0170111989 JP 911109 O1AeI9Q, -esizuos pum w09 g1aida— [0389 sq!— -rouos fap eunelid yp too oxm{uod wo “exouds ¥| ered USTED ‘um op seSueur se] OpueUTUL) BLAyIG BUM asoiqny OU Is OUI fojos exatamyso 1S OMIOD gIqEY OIAPIOQ— {0259 s!— “emmgooq Pf sequoe vasey oanaso ype A o3je opjedsaz ap worfEs un wo gauas os Asury] opezinsy enTurey vj ap OUST Offy TI “pepraa 2] sop opeuapzo wiquy 9] axpeu elaps v anbr0q — 018290 10U9s “95 0] ON— poaog WNVITIT Littana Bopoc Primer acto La escena mostraré una vivienda muy pobre. Los tres personajes visten harapos. MADRE: (Retorciendo sus manos) {Mandarés a la nifia a vender fosforos? Hace tanto frio hoy. PADRE: (Brusco) ;Por eso mismo! Todos querrén prender fuego, y entonces compraran mas. MADRE: Pero est nevando. PADRE: (Bebiendo un vaso de vino) Bah, la nieve no mata a nadie, MADRE: La nifia no tiene botas. Solo zapatillas de tela. PADRI pea la mesa) No me hagas perder la paciencia porque Se las pones y la mandas ya mismo! (Gol- recibirds td también un buen golpe. Por varios dias, apenas se lo vio a Octavio. Pasaba las horas en el escritorio, frente a la maquina de escri- bir. Al fin, una tarde salié de alli, y no tenia buena cara. 86 Orga PEQUESA VENDEDORA DE E6SFOROS Silvia cosia el ruedo una sébana de lino. Octavio apenas a saludé. Y ella respondié con prudencia. Es frecuente que algunas personas olviden a quienes les sirven, y hablen y actiien frente a ellos como si fue- ran muebles. —Tengo frio... Mucho frio. Octavio ensayaba con una voz ajena. —Mi Dios, tengo tanto frio. El joven pronunciaba su linea, y enseguida negaba con la cabeza. —jCuanto frio hace hoy! Y esté nevando. Octavio negaba de nuevo, Era evidente que no esta- ba conforme. Un rato después, se paré frente a la ven- tana y guard6 silencio. Tal vez el parque le ayudara a encontrar las palabras adecuadas para la pequefia ven- dedora de f6sforos. —Te escucho a veces cantar en italiano —dijo de pronto dirigiéndose a Silvia—. ¢Cémo haces para que tu canci6n suene triste? —Seré porque la traje conmigo desde mi pequefio pueblo siciliano. Y me recuerda mi propia pena. {Cémo 87 68 eBreosng soy epuope A?— -eropapuaa euanbad ej ap souans so’] *“"soyong— gery sIquiose oqep an)?— -epoueisip v] & re]qey weysored sop sey sriquose ap eumnbyur v] ‘ooysoso Jo ug ‘3aso9 ap eumbyun ey “eyes ef Uy -sapadsony ap ojgeno [a ered seaant seunyoo se] euMbpur e zys09 eu -eqpois uesof e] spuop vpes ey 10d osed ‘osaxfax ns y -axped ns woo afela ap o1[2s o10839Q anbiod epeuopueqe opanb miguosa ap eumbyur y “exoma eueuias Bun arte one opunSag “OHUOS PHATIS X “oltp— seer) — -ajep anb ayep “emfas 19800 ap eumbpur &] 2puop PpeS FI ¥ any OFAI90 ‘ofeg a1qoq e[ opuEND, ‘omoad eyresed 4 vanes ap opyea ‘osod -oy ‘odui8 eum oonsouserp exrurey x] ap oorpgur 1g, s0W0gSo4 3a YUOMAGNAA YNUADZd VBLO FE 88 “-ouans o1uey o8ta1 oad “alfed Bj U2 euLIENp aur ou anb acig “epepay aqnu eun se oyuore Tur ored ‘souewr sey ua ovate aype our anb aoyp purew Ty “ezued | 2Jonp aur ugiqured ox9g “opnoes se] Of A seusard sey epnoes anb so1p pureus TP (opeyysosgos visasdsop op -tnSasuq ‘a2ounsopy ag) “ese yur ue seuvse seyonus APEY ‘spuvze ap Js os9g *sousoua) ou ued onbrog jued ap ON! ++-soSnspuout zowoo ap rep & Loa soj wefap aur 1s onb oroword sor “ony jop sedrus0y ‘sard spun ap asuedey (setd soy nist ag) jmbe op asuedea! (out un vasuoo ‘op ~v2 v] ua vpoquas visg) *VAOCAANAA WNANDEd “anata e] ua said soy odode & soxedez soy gab 2g “e1s2p8t ‘Bun ap vIeUTTEDSe BI Ua OWS 9s OBINT “eURIAT] eSTETET bun eqeaay] ofeqad ““o8uqe Jp gamb as ourure> Pp ug -pepnio vj ap onu29 Jo eiDey eEOMpUOD onb ajqes ej QwuOa A uorsuew e] UOpueqe O1\e19 OpuEND apzE2 EI PIED -soxajied soumuyur ‘sopans sns woo onuAuOD PIATIS “QUEM as J “o8fe rpuaius opored o1AeI9Q, gezoisin, | asou0d ow 1s 29812 UOFOUED eum FeITED wonsye eIspod Dodog VNVITIT Liirawa Bopoc —En dos ojos oscuros. PEQUENA VENDEDORA: Te encenderé, bonito fés- foro, a ver si me das un poco de calor (La nifia tora un fOsforo y lo enciende. Baja la luz. de escena) Qué caliente esta habitacién con su mesa puesta... Humm, hasta aqui Ilega el olor de ese pato relleno. Nunca comi pato relleno. Si algtin dia pudiera comerlo, les darfa también a las hor- migas del frio. (EI fésforo se apaga. La nitia duda) No creo que deba encender otro. Bueno, uno més. (Enciende otro. La luz de escena baja mds) :Cudndo preparé mi madre este hermoso arbol de navidad? Tiene una, dos, tres... {Tie- ne mil estrellas! Es el més lindo de todos los arbolitos. (La nifia aplaude y se apaga el fésforo) Encenderé uno mas. EL Uiltimo! Asi podré volver a ese hogar con el pato relleno sobre la mesa... Mi mamd dice que no debo dormir en la calle, porque el frfo es traicionero. Si prendo otro fésforo, no me dormiré. (La escena queda apenas iluminada con la llama, Aparece la silueta de una anciana) ¢Quién esté ahi? ¢Quién se acerca? {Eres ti, abuelita? ¢Eres tii la que viene? En la sala més luminosa de la mansi6n, Silvia hilva- naba lagrimas. 90 OTRA PEQUENA VENDEDORA DE FOSFOROS Tercer acto Para entonces, era habitual que Octavio le dirigiera la palabra con sencillez, —Ya estoy por comenzar el iltimo acto. La sonrisa de Silvia se contagié de la seda blanca que estaba cosiendo. De pronto, se puso seria. —2Qué le ocurriré a esa nifia? —Andersen ya dispuso lo que le pasara. —No me gusta —dijo Silvia. —No se puede cambiar el final del cuento —afirmé Octavio. PEQUENA VENDEDORA: (Enciende, uno a uno, los fosforos que le quedan y los deja caer. La anciana se acerca a ella) Abuela, te ves tan alta y tan hermosa. ABUELA: Serdn las estrellas que tengo cerca... PEQUENA VENDEDORA: ¢Tii vives cerca de las estrellas? ABUELA: Muy cerca. PEQUENA VENDEDORA: Alli también hace frio? a1 £6 “sepejap seurord sns sod wesqns ony Jap seBrmzoy seq “sie ap sensed eypuea euTH Pun ‘oypoU e| Ha Jos euMbs> en uy suegemmonsayy anb 3eq [e uorarSimp 8 saxqMIoY Sop SO] X “UODENAL EI gxdaoe OAIIQ, -2eyoo um saqaq ¥ sour, — “orn 2p Isto ex9 eUZIAOT] EY “OSrme wn ap eruedmos ua oneai [2 quopuege O1AeI9Q “opeges op aydou ery, “seara seaqeyed seqjonbe ind Je ‘uorouny epeo ep yeuy Ty *OoBETD uM QIqEIDSA “,, aid ap eypnejde o: Te 2] U9 SoIOJs0J OpIpUdA asarqny Fome ns anb soared, “exqo e] ap ezaqaq ej woreIqa[29 soorpovsod soy “osantr exotAoy] anbune eysmouos & ug1 -edyopue uo sepennue sns eqeadwos aue8 ey ‘pepnid P| ap soxyeat sozofour so] op oun ua Quansa as AysUEY opesmp o1e190 ap Bqo e[ SOUsaIAMT aruaINs Ty o8opdq sOuoasoa Za VUOGZENTA ¥NaNDZE VAIO NIT “puinsg 0] vp20q Daal] D1 25 & sonmig ua 8109 vj Django wy ‘ausuonp as pum DT ‘orword oF :VTaNaV gousyfar oed souraraut -09 anb saiouioxd ay? yOCACNAA VNANDAd -auzranp ‘eyanbad ‘ourrang “oprepuard -woo © vA ef[g ““-oIpeUI ma B ODz0NOD -yTaNAY “apo B] we mass0p oqap ou onb aarp pureur oq °YYOCACNAA WNANOT “solo soy exz910 OJOS (Ut 1] P 91990 ag) WTAE {Seno se] ap vor. Tara e UpIqUTED a ered o8ey ou199? ‘yYOCAANIA VNANDAd soSony apsaq] *V TANGY “ony Jop seBrunz0y sey e seprati0> vred prezuesfe omg :yYOCACNAA VNaNDAd “sejana A seuezueur uoo sousjjex sored sounoug -yTaNgy souaTjaz sored Avy X? 7YYOCAANAA VNANDAd “oungje ony 2084 ON :VTANGY poaog YNVITIT Littawa Bopoc Octavio se detuvo. Compr6 todos sus paquetes y la mandé a casa con una sonrisa. La mirada sorprendida de su amigo lo interpel6. —Amo a una mujer que cree que el final de los cuentos puede cambiarse —dijo. 94