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ARISTÓTELES Y LA ÉTICA

Tabla de contenidos de Aristóteles y la Ética

La virtud no está en los extremos, sino en el justo medio.

Con respecto a la ética Aristóteles propone que todo lo que conduce al hombre a su propio bien y al logro de sus
verdaderos fines es una acción buena y todo lo que lo desvía de ese objetivo es una acción mala.

Existen distintas clases de bienes; y según la actividad que realice cada uno será el bien que desea conseguir. Y también
diferentes fines, que pueden ser parciales y que están subordinados a otros de carácter último.

Por ejemplo, un médico que cura una herida como fin inmediato para recuperar la salud del enfermo como fin último.

Aristóteles trata de explicar el Bien como fin último. Para ello cree necesario remitirse a la ciencia ética individual y
luego a la ciencia ética política.

El objeto de la ética individual o moral, son las obras humanas y se parte de los juicios morales para establecer
principios generales, con el supuesto que existen en el hombre tendencias naturales innatas hacia la armonía, la
coherencia y el equilibrio, sabiduría que constituye la base de la ética natural.

Por lo tanto, para Aristóteles existe una naturaleza humana, una forma “a priori” de ser del hombre con valores
absolutos.

Para Aristóteles la felicidad es el fin al que aspira todo hombre, relacionada con la actividad virtuosa no transitoria
sino durante toda la vida, entendiendo por virtudes la moral y el intelecto, reconociendo que para lograrlo es necesario
contar con medios externos.

Para ser bueno, dice Aristóteles, se necesita desarrollar un buen carácter, el cual se desarrolla por medio del accionar
virtuoso, ya que el hombre tiene ya una predisposición habitual hacia la virtud.

El accionar virtuoso crea un hábito y a medida que avanza la educación el hombre se puede dar cuenta que esa
actitud le reporta únicamente beneficios, por lo tanto, la adopta para siempre y así de esa manera se convertirá en
un virtuoso moral.

La virtud tiene que encontrar su justo medio, ni caer en excesos ni en defectos.

La virtud es la disposición a elegir en base a las reglas del hombre virtuoso, con capacidad de discernimiento moral al
tomar decisiones, o sea que posea la sabiduría práctica esencial para saber qué es lo que tiene que hacer según las
circunstancias.

Para Aristóteles, el hombre prudente es aquel que pueda ver el bien del hombre en todas las circunstancias.

La virtud no es extremista, constituye una síntesis entre los opuestos. Ni tan malo ni tan bueno. Es en la síntesis
donde disminuye la parte peligrosa de los valores absolutos.

Para tener virtud moral en sentido pleno, tomar al hombre bueno como modelo

La conducta moral exige libertad para poder ejercer la acción por propia voluntad. No se puede ser responsable si una
persona actúa por ignorancia, por miedo o por presiones de alguna clase.

Para distinguir un acto moral hay que hacer la distinción, por ejemplo, entre lo que considera Aristóteles el valor de la
valentía, que sería el término medio entre la cobardía y la temeridad o imprudencia, siendo ésta la verdadera
naturaleza de ese valor.

En cuanto al valor de la templanza, que representa el dominio de sí mismo con respecto a los placeres del tacto, no
significa tener una actitud puritana hacia ellos sino una capacidad de cordura intermedia que no se puede estimar
matemáticamente.

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Con respecto a la justicia Aristóteles considera que la legalidad se asemeja a la justicia universal, o sea que quien
respeta a la ley está obrando según la ley universal.

Las acciones que provoquen daño intencional a otro son materialmente injustas, ya que si no se había deseado ni
previsto perjudicar a los demás esta acción es muy distinta.

Se puede decir que existe una sola virtud de la cual derivan todas las demás y ésta es la prudencia. Sócrates también
sostenía que no existe ninguna virtud sin prudencia.

Conocer las virtudes no significa ser justo, sólo los actos determinan las virtudes.

Las actividades placenteras no son malas en sí mismas, sino que lo que puede ser objetable es lo que las producen, o
sea el modo de obtener el placer, cuidando los extremos.

Con respecto al egoísmo y el altruismo, Aristóteles sostiene que puede haber una clase de amor propio que sea lícito
y valioso distinto al que se considera egoísmo, ya que nos tenemos que amar también a nosotros mismos tanto como
al otro, que es como un segundo yo.

Aristóteles identifica la virtud con la felicidad ya que considera que sin virtud moral la felicidad verdadera es imposible
y que para poseer visión moral y saber lo que es bueno, pone énfasis en el acto del entendimiento más que en la
acción de la voluntad.

Con respecto al Estado, Aristóteles nos dice que un Estado sólo se puede mantener y ser próspero si impera la moral
y sus ciudadanos son íntegros, y si el sistema educativo es racional, moral y sano. Deberá ser tan grande como para
bastarse a sí mismo, pero no demasiado que sea imposible mantener el orden y el gobierno.

Tampoco deberá aspirar a ser solamente un Estado rico, porque la riqueza no es un bien en si misma, sino que tiene
que estar dispuesto a exportar lo que no necesite e importar lo que no tenga para mantener el equilibrio

JOHN STUART MILL

«Ética en el utilitarismo»

Esta forma de filosofía «utilitaria» surge en Inglaterra a mediados del siglo XIX, influenciada por el positivismo que se
encontraba en boga. Como característica primera –al tener un influjo positivo- se identifica la discriminación de la
metafísica, sustituyéndola por la introducción de la ciencia que intervino directamente en muchos campos,
especialmente en el de la ética que es el que ahora nos ocupa.

Jeremías Bentham y John Stuart Mill se posicionan como los principales exponentes de esta forma de pensamiento,
aunque también hubo otros, como Malthus, David Ricardo y James Mill. En la presente investigación me centro en
dichos autores primordiales.

I.- Contexto biográfico.

Jeremías Bentham (1748-1832):

Se le considera el fundador del positivismo utilitario tanto en lo moral como en lo social. Nace en Londres, de familia
de abogados, inteligente y brillante en sus estudios desde su infancia. Se graduó en leyes, trabajo que ejerció durante
poco tiempo para dedicarse a ser reformador político y un filántropo. No se casó, vivió en Londres dedicado a su
trabajo político y literario.

Se hizo de amigos influyentes, relacionándose con dirigentes franceses, políticos y revolucionarios. Se nacionalizó
francés y su postura política era el liberalismo, siendo un demócrata radical; en 1808 conoce a James Mill y a su hijo
John Stuart, que serán sus principales colaboradores. Publica varios textos referentes a la política hasta su muerte en
1832. Su teoría liberal utilitaria fue reconocida tras su muerte.
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John Stuart Mill (1806-1873):

Nace en Londres, hijo del filósofo James Mill, quien le agregó el apellido Stuart, en honor a un bienhechor suyo. No
fue a la escuela, su maestro fue su padre que le impuso una severa disciplina, forzando su inteligencia desde muy
precoz. Desde pequeño leyó fuentes clásicas latinas y griegas que le introdujeron al estudio filosófico serio. En su
autobiografía expresa que le faltó la formación religiosa, pues su padre le inculcó que era un gran mal moral.

Fue discípulo de Bentham, que era amigo de su padre, y se llega a afirmar que “el principio de utilidad informó y dio
unidad a todos sus conocimientos”; se volvió defensor del sistema de su maestro, escribiendo artículos y llegó a formar
la sociedad utilitaria, al lado de otros jóvenes. Se casó con Mrs. Taylor, una amistad suya que ya estaba casada y hasta
que falleció el marido pudo contraer nupcias con ella, viviendo siete años felices; la idealizó al grado de escribir textos
sobre la emancipación de la mujer. Muere en 1873 retirado de la política, en Avignon.

II.- Líneas generales de su ética.

Abbagnano afirma algunos puntos fundamentales de esta postura: “el utilitarismo busca transformar la ética en una
ciencia positiva de la conducta humana, transformándola en una disciplina exacta”; introduce «móviles» que
determinan al hombre a obrar en los hechos, acabando así con el término «fin» proveniente de la naturaleza
metafísica. Se le puede relacionar también con la corriente hedonista que busca el placer como consumación del
hombre. También para el principio utilitario el fin de la actividad del ser humano es la felicidad compartida, donde
convergen la utilidad privada con la pública; y, por último, se especifica que, en sus diferentes exponentes, esta
corriente pretendió aumentar el bienestar y la felicidad como doctrina moral, por lo que también se le denominó
radicalismo.

I. - Jeremías Bentham:

Su punto de partida es el principio de utilidad, que es la base de toda filosofía moral, social y política. Su postura se
identifica con la búsqueda del placer y la ausencia de dolor. Su mérito consiste en haber intentado delimitar una ciencia
moral sobre el empirismo y el método positivo, “en el dominio moral y social, los únicos hechos en que nos podemos
apoyar son el placer y el dolor. Por ellos está determinada la conducta del hombre, como único motivo posible de
acción”. Bentham intenta llevar el método experimental a lo moral para conformar así una ciencia exacta.

Su contenido es hedonista, al pronunciarse como partidario del dolor y el placer como sus poderes soberanos, que
hacen que dictamine que las acciones humanas están condicionadas y determinantes en la conducta humana. Su
criterio de moralidad es aquel que aprueba o desaprueba la acción, siendo buena o mala, de acuerdo a la felicidad de
la comunidad y de los individuos. Para Bentham alcanzar la felicidad con el mayor placer posible y evitando el mal, son
los objetivos primeros, donde los conceptos de deber, el bien, mal, lo justo y lo injusto quedan totalmente reducidos
al significado buscado.

La demostración del principio de utilidad es evidente y se funda en la experiencia. Todas las personas buscan la
felicidad y aspiran al placer, o sea que todos lo aplican en la práctica, aunque la desconozcan. Este autor ataca
fuertemente a los grandes moralistas de la antigüedad, aquellos que enseñaban a dominar los placeres por el amor,
la virtud, el honor y la justicia, o sea del bien mayor, tachándolos de hipócritas, considerando su sistema de
pensamiento como puro error; según Jeremías “no hay pate ni órgano del cuerpo que sea innoble, pues todos ellos,
con sus placeres, son dados por la naturaleza, la cual nos impone por ley, buscar la dicha o el placer”.

Para este autor las mortificaciones religiosas son simples supersticiones, pues la voluntad de Dios no es revelada a
nadie., pues “Dios no nos gobierna por una legislación externa, o una suerte de mandamientos divinos, sino a través
de los instintos de la naturaleza” y su benevolencia se da en que el hombre pueda preocuparse por tender a su propia
felicidad. El hombre no debe preocuparse con cuestiones dogmáticas que lo sacrifiquen en un sistema.

Por lo dicho anteriormente, “Bentham rechaza también toda moral de obligación”, pues este mismo ya indica
repulsión y oscuridad, es mejor hablar que por medio de la utilidad, el deber y el interés convergen para ser uno. Por
tanto, se puede afirmar que: el ser humano no tiene más regla que la del placer y utilidad del sujeto y de que este
principio se debe llevar a la comunidad, haciendo así que la ley moral sea la máxima utilidad, para el mayor número

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de personas. La felicidad de uno debe estar de acuerdo con la de los demás. A este principio Bentham lo llama
«maximación de los placeres» y minimización de las penas. Se puede resumir su fórmula en «la mayor felicidad para
el mayor número posible de hombres». Este sistema reúne la utilidad del hombre y la de la sociedad. El objeto de su
ciencia moral se reduce a calcular los placeres y penas con sus consecuencias, poniendo en orden su egoísmo personal
a una afección social.

Su doctrina moral se denomina deontología, que significa «lo conveniente», diciendo que su moral no es una ciencia
del deber, sino el arte de lo que es conveniente hacer, donde su base es el principio de utilidad, juzgándose como acto
bueno o malo de acuerdo a la felicidad mayor pública; se denomina así su ciencia de la felicidad como moral privada.

II.- John Stuart Mill

El principio que defiende este autor es el mismo de su maestro Bentham, aceptando el principio de bienestar mayor
como fundamento de su moral; o sea que las acciones son buenas o malas, de acuerdo al bienestar que reportan a la
sociedad. Se busca, pues, el placer y evitar el dolor o sufrimiento. La utilidad es evidente para este filósofo, no se
admite prueba al ser un principio fundamental, y su inefabilidad se da en la experiencia universal: la felicidad es
deseable y es la única cosa que se desea como fin, “el bienestar ha probado que es uno de los fines de la conducta
humana y, por tanto, criterio de la moral”. Dicho bienestar debe ser armonioso entre el individuo y la sociedad.
Describo a grosso modo, su obra fundamental que comprende todo su sistema ético.

III.- El Utilitarismo, de John Stuart Mill.

Esta obra se publicó en el año de 1863 y consta de cinco capítulos en los que se expone la doctrina correspondiente a
este sistema ético, desde algunas puntualizaciones importantes, la definición, un acercamiento teórico, hasta su
relación con la justicia. Se dice de este libro, que es la mayor obra filosófica del autor, donde fundamenta dicha
doctrina mostrando su pensamiento ético.

El texto inicia con la visión fundamental de esta forma de pensamiento, la cual dice que “según el utilitarismo, una
conducta es moralmente buena en la medida en la que promueve la mayor felicidad del mayor número”. A lo largo de
todo su estudio, el autor detalla y fundamenta como se alcanza esta felicidad, que es la única meta del hombre.

Stuart Mill se pronuncia a favor de una corriente que ninguna de las escuelas de pensamiento puede rechazar,
sosteniendo que, “la influencia de las acciones sobre la felicidad es la consideración más voluminosa e incluso la
predominante, en muchos de los detalles de la moral, por poco que se encuentren inclinadas a reconocerla como
principio de la moral y fuente de la obligación moral”. Desde aquí postula que, para cualquier argumento moral, es
necesaria la postura utilitarista. Crítica la postura kantiana y su imperativo categórico, al ser un fracaso por contener
contradicciones al intentar establecer un principio universal que trae como consecuencia que en su adopción sea
imposible de realizar.

La «teoría de la vida» -llamada así por el mismo Mill-, está influenciada por la escuela platónica de Epicuro, la cual es
muy defendida y explícitamente loada por el autor; si bien, no se habla de que el origen sea el epicureísmo, se
evidencia su similitud; se dice que, a esta escuela, le faltó para acercarse al principio de utilidad. Según los principios
utilitaristas, una persona con facultades elevadas, necesita más para ser feliz que una «inferior»; por inferior el autor
entiende a la persona que es ignorante, loca, egoísta e infame, en contra de alguien instruido, inteligente y con
sentimiento y consciencia. El autor distingue muy notoriamente los placeres bestiales que perteneces a los bárbaros
de aquellos más elevados que son propios de la naturaleza del hombre.

En resumidas cuentas, Mill describe este sistema de pensamiento como aquel que considera la felicidad como fin de
la vida, una felicidad no encaminada a los placeres exaltados, al éxtasis o el resplandor momentáneo de gozos, sino la
firmeza y permanencia de una “existencia integrada por momentos de exaltación, dolores escasos y transitorios y
muchos variados placeres, con predominio de los activos sobre los pasivos, y poniendo como fundamento de todo, no
esperar de la vida más de lo que puede dar”.

“La moral utilitarista reconoce al ser humano el poder de sacrificar su propio bien por el bien de los otros”, incluso
eleva al hombre a la virtud más grande, haciendo de esto, su mejor modo de servir en un mundo imperfecto. Entregar

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la propia felicidad por la felicidad de los otros es un acto sublime y glorioso, en cambio sí es un sacrificio por sí mismo
o no lleva a la felicidad general no sirve de nada.

John Stuart propone como modelo perfecto de la ética utilitarista a Jesús de Nazaret, con su sentencia, «haz como
quisieras que te hicieran a ti y ama a tu prójimo como a ti mismo», y a partir de ahí postula que esta doctrina exige:
subordinar el interés personal en aras del común, que la educación vaya focalizada a la felicidad y el bien de todos, y
promover directamente el bien general. Al cuestionarse sobre las diferentes posturas éticas defiende que el
utilitarismo, -al igual que los demás sistemas de moral- busca un orden social que favorezca el respeto al interés
público, por lo tanto, no es utópico.

Según el autor, el principio de utilidad contiene todos los elementos que se encuentran en otros sistemas de moral,
siendo tan completa y fuerte como otros, pues los hombres desean siempre la felicidad, aunque no esté sujetada a
una primicia moral. Existe un criterio del deber, un sentimiento en la conciencia que surge y se forma con una
educación moral apropiada, conformando poco a poco y finalmente la esencia de la conciencia.

Posteriormente se trata de probar el principio de utilidad, diciendo que “la doctrina utilitarista establece que la
felicidad es deseable, y que es la única cosa deseable como fin; todas las cosas son deseables sólo como medios para
ese fin”; éste al ser un primer principio no es susceptible de prueba, pues todas las primeras premisas poseen esa
condición de no poder ser concebidos totalmente por el razonamiento. La única prueba es que se vea efectivamente,
así lo que es deseable de hecho –o sea la felicidad- es la evidencia para ser un criterio de moral y fin de la conducta.

Todos los medios que el hombre desea, desde el dinero, la virtud, el gusto por la música, el cuidado de la salud, son
medios que no se presentan dispares con el fin del utilitarismo; por el contario, son una parte de la felicidad del que
lo busca, todo está incluido en ella: “la felicidad no es una idea abstracta, sino un todo concreto; y ésas son algunas de
sus partes. Y el criterio utilitario lo sanciona y aprueba”.

La importancia de esta obra radica en que expresa de manera muy completa la posición moral de John Stuart Mill; es
su trabajo central, que además contiene de manera explícita nuestro tema en cuestión, de ahí la importancia de citarlo
textualmente.

III. - Obras centrales de Ética.

Jeremías Bentham:

· 1789: Principles of Morals and Legislation. Su obra filosófica mayor.

· 1834: Deontology or the science of Morality. Publicada por su discípulo Bowring.

John Stuart Mill:

· 1859: Essay on Liberty.

· 1863: Utilitarism.

· 1865: August Comte and the positivisme.

· 1874 (póstumos): Ensayos religiosos: Nature, Utility of Religion and Theism.

IV. - Comentario Personal.

Considero que este sistema de pensamiento, asentado en bases empiristas, pero sobre todo positivistas, lleva al
extremo una posición demasiado hedonista, en la que, es muy aventurado re proponer otro jardín epicúreo donde
todos busquemos el bien común –tan propio del gobierno griego- a base de la felicidad plena y la preventividad del
dolor. Hasta donde entiendo, Stuart y Bentham proponen una ética subjetiva –que aunque Stuart diga lo contrario-
ubican al hombre en un contrasentido al buscar su propio bien que tiene necesariamente que adecuarse a un bien
total, sometiéndose siempre a ese bien social.

Resulta muy complicado emitir un juicio sobre este sistema porque es mucho más que decir «se busca el bien de
todos», teniendo un trasfondo filosófico y sustentado en toda una fundamentación, que confunde por la belleza
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aparente de lo que propone. Aun así, creo que es un tanto utópico pues unificar criterios subjetivos de felicidad con
una sociedad resulta seriamente grave; así lo explica Urdanoz en su texto: “el problema fundamental, e insoluble, será
explicar cómo de un principio egoísta puede nacer el utilitarismo social”.

Por último, este método encuentra sus puntos débiles en “negar la verdadera libertad, reduciendo el ámbito del
querer humano al determinismo psicológico del mayor placer representado”; resulta atrayente pensar en la felicidad
–a la que todos aspiramos- pero hacerlo incluye fundamentar que esto será accesible y viable.

LA ÉTICA DE KANT
La Etica Kantiana (Siglos XVIII - XIX)

A partir del Renacimiento (siglos XV - XVI) y hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX observamos una nueva
etapa de la historia de la Ética.

La ética medieval, teocéntrica y teológica, es desplazada por una ética moderna que se caracteriza por su
antropocentrismo, es decir, la tendencia a considerar al hombre como centro de toda manifestación cultural (política,
arte, ciencia, moral, etc.). Escobar (1992) ennumera algunas condiciones de la época que ejercieron una influencia
decisiva en el pensamiento moderno:

 1. En el aspecto social se crea y fortalece una nueva clase social: la burguesía; el banquero, el comerciante, el
industrial, reemplazaron al terrateniente, al eclesiástico y al militar como tipos de influencia social
predominante.

 2. En el aspecto científico, los nuevos descubrimientos van a proponer un nuevo paradigma de interpretación
de la realidad que reemplazará la interpretación teocéntrica de la religión. El descubrimiento del "nuevo
mundo" es un suceso que también repercute en la nueva mentalidad.

 3. En el aspecto filosófico, surge, acorde con los tiempos, una filosofía eminentemente racionalista.

 4. En el aspecto político, se logran crear los estados modernos, fragmentándose, de este modo, la vieja
sociedad feudal.

 5. Por último, en el aspecto religioso, se da una ruptura que ocasiona que la Iglesia deje de ser el poder
central. (La Reforma).

La Ética de Immanuel Kant (1724 -1804) constituye una notable expresión del pensamiento ético moderno y es la que
analizaremos en las páginas siguientes. Nacido en Königsberg, Prusia, y educado en los principios del pietismo
religioso, Kant mostró una gran preocupación por los asuntos morales. Como señala Bochenski (1983), Kant se dio a
la tarea de salvar el espíritu, el saber, la moral y la religión en un mundo invadido por sistemas de pensamiento diversos
y antagónicos entre sí como el empirismo, el fideísmo y el escepticismo por mencionar sólo algunos.

Entre su vasta producción mencionaremos dos obras fundamentales de Kant: la "Crítica de la razón pura" y la "Crítica
de la razón práctica". En la primera obra que mencionamos, Kant aborda el problema del conocimiento elaborando
un sistema teórico sobre el mismo sumamente complejo. En su "Crítica de la razón práctica", se propone descubrir y
exponer el principio fundamental de la moralidad con dos objetivos en mente:

 1. Demostrar la falsedad de toda doctrina moral que pretenda apoyarse en consideraciones empíricas.

 2. Otorgar a la Ética una base exclusivamente racional y apriorística.

La Ética de Kant es formal porque prescinde de elementos empíricos y se funda de manera exclusiva en la razón; se
trata de una Etica estrictamente racional.

Kant y el imperativo categórico.

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Si la tarea de la Ética consiste en fundamentar la moral; una moral formada por una serie de normas, costumbres y
formas de vida que se presentan como obligatorias, en Kant encontramos un elaborado intento por fundamentar las
obligaciones morales del hombre, en conceptos de la razón pura, (de aquí la necesidad de hacer referencia a la primera
obra mencionada, cuando se intenta exponer la ética kantiana).

La razón pura se expresa por medio de juicios analíticos y juicios sintéticos, nos dice Kant.

 a) Los juicios analíticos son explicativos; el predicado está contenido en el sujeto y por lo tanto no aumentan
el conocimiento. El fundamento de validez lo encontramos en el principio de identidad, es decir, que son
tautologías. Ej. "El triángulo tiene tres ángulos".

 b) Los juicios sintéticos, por el contrario, son extensivos y sí aumentan el conocimiento. El predicado no está
contenido en el sujeto y su fundamento de validez podemos encontrarlo en el mundo empírico. Ej. "Los
cuerpos son pesados". En este ejemplo, un concepto sujeto (los cuerpos), se une a un concepto predicado
(pesados) mediante una cópula (son) que nos dice lo que ocurre en la experiencia.

El comportamiento moral del hombre no puede encontrar su fundamentación en alguna forma de conocimiento que
tenga que ver con la razón pura, puesto que no es posible acceder a ello por juicios analíticos o explicativos ni tampoco
por medio de los juicios sintéticos. En esta forma, Kant se vio precisado a buscar otro camino para fundamentar la
moral, elaborando una ética sustentada en la razón práctica puesto que Kant rechaza radicalmente el fundamentar la
obligación moral en la naturaleza del hombre, o en las circunstancias del universo en el que éste se encuentra, o bien,
subordinándola a fines exteriores (la búsqueda de la felicidad, por ejemplo).

La razón práctica, no puede expresarse ni por medio de los juicios analíticos o explicativos ni por medio de los juicios
sintéticos, puesto que no dice lo que acontece en la experiencia, sino lo que debe ocurrir en ella. Ej. "Los hombres
deben ser honestos". Así, la forma de conocimiento práctico, no es un juicio, sino un imperativo.

Ahora bien, los imperativos pueden ser de dos tipos:

a) Hipotéticos; Ej. "Si quieres aprobar el examen debes estudiar." En el ejemplo se ordena una acción para conseguir
un fin posible, el cual puede o no ser deseado.

b) Categóricos; Ej. "El hombre debe ser veraz". En este último ejemplo, el imperativo ordena una acción de manera
absoluta, es decir que la acción no se considera como medio, sino como un fin en sí mismo, último e incondicionado.

De acuerdo con Kant, el ideal moral está formado por imperativos categóricos que se originan en la voluntad moral,
una voluntad autónoma que se encuentra libre de los fines u objetos de deseo.

La fórmula del imperativo categórico, base de la moral kantiana, se expresa así: "Obra de manera que la máxima de
tu voluntad pueda servir siempre como principio de una legislación universal." Esta fórmula es la ley moral.

Lo que persigue Kant es fundamentar una Ética Racional Universal basada en leyes que determinan la voluntad y que
no puede estar sustentada en la pluralidad de fines, puesto que éstos varían y son contingentes. Si puede haber una
Ética Racional, ésta descansará sobre principios universales y no sobre relativismos culturales, históricos, etcétera.

El acto moral.

Para determinar la validez de un acto moral, de acuerdo con la Ética Kantiana, debemos prestar atención a la voluntad
del sujeto que lo determina y no a la acción misma. Los actos, según Kant, no son ni buenos ni malos; bueno o malo
es sólo el sujeto que los realiza.

La disposición del ánimo del agente es la que es moral o inmoral, como nos lo explica Escobar: "Un acto será
moralmente bueno si el sujeto que lo realiza lo hace porque lo considera como absolutamente debido, como un fin
absoluto, como imperativo categórico; por el contrario, un acto es malo si se hace con el propósito de obtener alguna
consecuencia favorable, si se realiza como medio o imperativo hipotético." Lo bueno, según Kant, está en la buena
voluntad que se rige por la ley moral.

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Si un individuo actúa por temor y no por respeto al deber implícito en la ley moral, sus acciones no serán morales.
Tampoco lo serán aquellas que se realizan por accidente o como medio para obtener beneficios posteriores.

Por ejemplo, la acción de pagar una deuda puede no tener ninguna significación moral (amoral) si se realiza por temor
a las consecuencias.

Una promesa que se cumple por accidente, o porque se desea obtener algo como resultado de la acción, tampoco
tienen significación moral conforme a la ética kantiana.

Las acciones que se realizan de acuerdo a la buena voluntad, es decir las que se realizan por deber y conforme al deber
(imperativo categórico) son las acciones valiosas que hacen del individuo una persona genuinamente moral.

La influencia del pensamiento de Kant continuó durante el siglo XIX (neokantismo) y vamos a encontrarla también en
el siglo XX, como observaremos en temas posteriores como el que se refiere a las aportaciones de Lawrence Kohlberg
en su Teoría sobre Desarrollo Moral.