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NACIDO LIBRE

Dicen los expertos que la libertad es el tema sobre el que más tinta ha
corrido a lo largo de la historia de la cultura. “Libertad” es una palabra
omnipresente en los labios del hombre contemporáneo: aparece en las pancartas
de todas las manifestaciones; está detrás de las causas por las que se luchan
tantos y tantas; incluso entre bandas contrarias. Se trata de un ansia que en
nuestros días se hace especialmente aguda. Todo mundo parece querer
“liberarse”. Detrás de toda reivindicación libertaria hay algo profundamente
humano. Y es que la libertad es lo que marca la diferencia entre el ser humano y el
resto de los vivientes. Ya lo decía Don Quijote a su fiel escudero: «La libertad,
amigo Sancho, es uno de los primeros dones que a los hombres dieron los cielos:
con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre;
por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el
contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres»1

Es bien sabido que uno de los espectáculos más populares en las


olimpiadas de la Antigüedad era la lucha grecorromana, certamen que terminaba
con la muerte de uno de los contrincantes. Los luchadores solían ser esclavos que
enfrentaban la posibilidad real de morir con tal de conquistar la libertad, en caso
de que resultasen victoriosos. Se trata de una constante a lo largo de la historia:
el hombre de todos los tiempos está dispuesto a pagar con su misma vida el
precio de la libertad.

“En la mente del hombre contemporáneo la libertad se manifiesta en gran


medida como el bien absolutamente más elevado, al cual se subordinan todos los
demás bienes... Los valores que compiten con la libertad parecen ser trabas o
“tabúes”, es decir, restos de prohibiciones y temores del pasado. Para ser
aceptada, la política de los gobiernos debe dar muestras de contribuir al progreso
de la libertad. En la escala de valores de la cual el hombre depende para su
existencia humana, la libertad aparece como el valor básico y el derecho humano
fundamental”2.

Es preciso señalar, sin embargo, que ese gran don –la libertad- es
ciertamente para el hombre su prerrogativa máxima, pero también puede llegar a
ser su mayor lastre: ha de elegir un sentido capaz de desarrollar en plenitud sus
posibilidades o, caso contrario, dar la espalda a todo aquello que contribuye a su
mejor futuro. Ahí reside la gran originalidad del ser humano. Como todo ser vivo, la
persona humana está condicionada por innumerables factores, pero no queda
determinada por ellos. Se caracteriza por su autodominio. Durante siglos, el
hombre ha creído que su vida estaba regida por las estrellas; en la madurez
científica en la que nos encontramos, el hombre sabe que es él el que está
llamado a dominar los astros y no al revés. El animal se encuentra por completo a

1 M. DE CERVANTES, El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Porrúa, México 2000, II.
2 J. RATINSGER, La fe como camino, EIUNSA, Barcelona 1997, 13
expensas de su entorno y muchas veces su supervivencia depende de su
capacidad de adaptarse a su habitat.

En cambio, el hombre no depende del entorno: es capaz de construir su


ambiente a su manera. El oso polar tiene una sola protección: su piel. Para
protegerse del frío, en cambio, el hombre desarrolla la industria del vestido y de la
moda...Con el viviente infrahumano sucede otra cosa: él se limita a realizar aquello
para lo que está estructurado, y lo hace sin saberlo, impulsado por sus tendencias,
el instinto o el aprendizaje. El hombre, situado frente a las numerosas opciones
que tiene que llevar a cabo para dar sentido a su vida, y llamado a hacer posible él
mismo su realización, tiene que hacer frente constantemente a opciones; ha de
actuar como responsable de los actos que realiza. Y es que tiene que dar un
contenido a esa libertad. Dar un sentido significa optar por una dirección concreta,
un fin que debe orientar adecuadamente su vida. También se comprende que
puede haber fines ofrecidos a la vida que sean destructores de la misma, tanto
individual como colectivamente.

Los condicionamientos presentes en toda vida humana han llevado a


numerosos pensadores –particularmente en nuestros días- a la negación de la
libertad. Frente a teorías negadoras de la libertad personal no resulta ocioso
subrayar que el camino de la vida del hombre no está fríamente determinado por
la fuerza ciega de la buena o de la mala suerte. Unas de las experiencias más
singulares que me ha sido dado conocer detalladamente es, sin duda, la que tocó
vivir a un buen amigo que permaneció secuestrado durante nueve meses. Para
conseguir sus fines, los secuestradores, intentaron hacer de él un autómata: le
“organizaron” la vida a base de estímulos mecánicos que buscaban provocar en él
automatismos: le golpeaban la pared o encendían la luz para hacer que se
levantara por las mañanas, desayunara, comiera, etc. Y entre las muchas cosas
dignas de hacer notar de ese tiempo de angustioso secuestro hay algo que llama
particularmente la atención. Mi amigo, dentro de las muchas limitaciones, abrió
márgenes amplísimos a la conquista y desarrollo de su libertad interior. De
entrada, decidió no dejarse vencer por la depresión y para ello comenzó por estar
siempre ocupado, ejercitando la memoria, haciendo ejercicio físico, oración, y un
largo etcétera3. La afirmación de los clásicos: Vinctus est, sed fortasse liber
animae: -‘está encadenado, pero quizá es libre de corazón’-, que decían los
clásicos, es perfectamente aplicable a la experiencia de esta persona.

A diferencia de un tigre enjaulado que al quedar encerrado no hace más


que irritarse paulatinamente y lanzarse contra lo que lo mantiene preso, el hombre
posee la formidable capacidad de proyectar su mente y su voluntad más allá de
los estrechísimos límites de una prisión, superando intencionalmente los límites de
espacio y tiempo de su confinamiento. En el reducido espacio en el que mi amigo
vivía difícilmente podía hallarse un resquicio para la iniciativa personal (todo el día
a golpe de silbato bajo la implacable vigilancia de los guardianes); pero él no es un

3Una crónica detallada de este hecho puede verde en J.P. MANGLANO, 257 días, Planeta,
Barcelona, 2012.
animal: conserva lealtades y principios, aunque la oportunidad de ejercitarlos sea
escasísima.

Una libertad a la medida humana.

Siguiendo a los clásicos, decimos que por las facultades espirituales de su


alma –inteligencia y voluntad- el hombre es capaz de conocer y amar. El
conocimiento significa tener presentes las cosas en la mente según su concepto y
no solamente según su aspecto, su gusto o su olor; y el amor significa ser atraído
por las cosas así conocidas. Cuando hablamos del conocimiento y el amor de los
animales, estamos sirviéndonos de una analogía, pues el animal no posee las
grandes posibilidades de la abstracción. El conocimiento animal alcanza sólo lo
individual y concreto; mientras que el ser espiritual puede conocer lo inmaterial y
universal. Cuando el hombre afirma: “el gato es un animal” no necesariamente
está pensando en el gato de su tía o de su vecino, sino que está expresando, en
abstracto, lo esencial del gato, que es común a las distintas variedades y clases
de gatos, cualesquiera que sean sus formas, tamaños o colores. El hombre es
capaz de hacer esto precisamente porque su alma es espíritu. La operación
propia de la inteligencia es entender, conocer. ¿Conocer qué? La verdad.

Como es bien sabido, el conocimiento sensible, propio del animal, no va


más allá de lo individual y concreto. Un perro es incapaz de penetrar en lo que la
cosa es en sí misma; no conoce nada más de lo que le permite sus sentidos. El
conocimiento del animal no va más allá de lo estrictamente material. El
conocimiento sensible animal es producto del funcionamiento de su organismo, del
estado de los nervios y glándulas. En todos los animales, incluido el hombre,
encontramos este conocimiento sensible y las correspondientes inclinaciones de la
sensibilidad que tienden hacia bienes sensibles, materiales. No está en nuestras
manos experimentar o dejar de experimentar esos movimientos de la sensibilidad.
Por lo mismo, no somos responsables de ellos. Esto equivale a decir que en todo
este terreno de las inclinaciones de la sensibilidad no hay libertad ninguna, ya que
la libertad supone la capacidad de elegir. Para poder elegir es necesario
comparar; para comparar hay que juzgar, y juzgar es una actividad propia de la
inteligencia. La libertad resulta, por tanto, de la intervención de la inteligencia que
conoce y juzga. Por lo que se refiere a los movimientos de la sensibilidad, no
podemos hablar de libertad, estando todos ellos completamente determinados por
la fisiología. Los que se consideran libres haciendo todo cuanto les viene en gana,
es decir, obedeciendo ciegamente a todos los impulsos de su sensibilidad, son en
realidad autómatas conducidos desde dentro por el funcionamiento de sus nervios
y glándulas, y carecen de auténtica libertad4.

Ahora bien, el hombre no experimenta sólo el reclamo de sus apetitos


sensibles, sino que su actividad depende también de la inclinación que resulta de
la inteligencia, que conociendo algo, lo juzga como bueno, y se dice que entonces
lo quiere voluntariamente. La inteligencia tiene la capacidad para comparar los

4 Libertatis conscientia, n. 3.
distintos bienes entre sí, y la voluntad puede entonces escoger. A esa capacidad
de elegir es a lo que llamamos libre albedrío. Conociendo el sentido de sus
actos, dirigiéndolos él mismo hacia su fin, el hombre es capaz de orientar su vida y
su conducta, ser dueño de sus actos y, consiguientemente, responsable de ellos.
La criatura humana no ejercita plenamente la libertad cuando obra sin reflexionar,
siguiendo de manera ciega los requerimientos de su sensibilidad. Ejerce
propiamente su libertad si reflexiona antes de obrar para juzgar con su inteligencia
acerca de lo que responde a la verdad de las cosas, y no a la simple apariencia de
bien. Es así como “la verdad constituye la raíz y la norma de la libertad”5.

De la misma manera que el objeto de la vista es el color, el objeto de la


voluntad es el bien; a menos que no captemos las cosas como buenas en algún
sentido, no podemos elegirlas. Pero tampoco estamos obligados a escoger las
cosas que vemos como buenas. En la alternativa de dos cosas que vemos como
igualmente buenas, podemos elegir la que queramos: la voluntad no sufre ninguna
coacción por parte del objeto que ella desea.

Esta capacidad de decidir lo que se va a hacer, este poder de dirigirse a sí


mismo, de ser dueño de sí, es una gran perfección del hombre. Pero, al igual que
la inteligencia humana –de la que es consecuencia- la libertad del hombre es
limitada. En primer lugar, de la misma manera que la inteligencia humana
depende de la sensibilidad –el intelecto no podía trabajar sin los datos que le
aportan los sentidos-, la libertad humana es influida por los sentimientos, las
emociones y las pasiones. Los movimientos sensibles limitan nuestra libertad.
Todo hombre tiene la profunda experiencia de que “a menudo, la voluntad del
momento no es la voluntad real”6. En realidad, los actos perfectamente libres, por
ser independientes de toda influencia de la sensibilidad son excepcionales.

Con una frecuencia mayor de la que nos imaginamos, los actos humanos
son imperfectamente libres, más o menos libres. En efecto, “el hombre ¿sabe
siempre lo que quiere?”7. Una sensibilidad desbordada puede llevar al hombre
detrás de objetivos completamente al margen de lo que dicta la razón como
verdadero. Además, el carácter discursivo de la inteligencia humana lleva consigo
la lentitud de la voluntad para decidirse después del largo y progresivo trabajo de
deliberación en que se examina sucesivamente el pro y el contra. De aquí resulta
que la libertad humana sea inestable, es decir, que pueda volver sobre sus
decisiones, volver a comenzar nuevamente la deliberación y terminar en la
decisión contraria. Es más, “en el mismo hombre pueden existir decisiones
contradictorias”8.

5 Libertatis conscientia, n. 3.
6 Op. cit., n. 25.
7 Libertatis conscientia, n. 25.
8 Ibidem
Ningún animal conoce el fin de sus actos y, por tanto, no puede escoger ni
decidir lo que hará. Por eso mismo, no se dirige por sí mismo, sino que obedece
de manera instintiva al automatismo de su naturaleza. Toda su actividad está
regida por leyes que el animalito sigue sin saberlo ni quererlo: no posee la facultad
de seguir o no esos dictados de su naturaleza. Genéricamente llamamos leyes
físicas al conjunto de normas que rigen todos los fenómenos mecánicos, físicos,
químicos, fisiológicos y la vida de la sensibilidad en el animal y en el hombre.
Nuestros actos voluntarios, en cambio, no son regidos por las leyes físicas, pues
proceden del acto interior de decisión. El campo de las acciones humanas libres -
y, por tanto, responsables- constituye el mundo de las leyes morales, normas
todas ellas a la medida del hombre, ser –por naturaleza- libre y responsable.

El binomio libertad-verdad.

Conviene señalar ya desde ahora uno de los mayores equívocos en este


terreno: el “derecho” al capricho: “El hombre que entiende la libertad como
expediente lo que le viene en gana, el hacer lo que quiere e ir a donde se le
antoja, vive en la mentira, pues por su propia naturaleza, el hombre forma parte de
una reciprocidad: su libertad es una libertad que debe compartir con los otros”9.
Como ya quedó dicho, la persona humana está condicionada por innumerables
factores, aunque no queda determinada por ellos. “El hombre nace libre” clamaban
a voz en cuello los filósofos de la Ilustración. Ahora bien, en este mundo nuestro
quizá sea el recién nacido es ser más dependiente de los vivientes. Pensándolo
bien ¿qué bebé humano –necesitado en todo momento de su madre- es capaz de
declararse autónomo? Nace ciertamente libre, pero dentro de un entramado social
que le resulta indispensable para que pueda madurar esa libertad en germen. Lo
anteriormente señalado nos conduce a reconocer que la noción de libertad
reclama, por su misma esencia, un complemento que le proporciona el entramado
social en el que toda vida está llamada a crecer.

Vemos por tanto que “la libertad es un bien, pero únicamente dentro de una
red de otros bienes, junto con los cuales constituye una totalidad indisoluble. En
nuestros días la noción misma se ha restringido estrechamente, abarcando
únicamente los derechos de la libertad individual, con lo cual ha quedado
desprovista de su verdad humana. Quisiera ilustrar el problema que presenta esta
forma de comprender la libertad recurriendo a un ejemplo concreto. Al mismo
tiempo, este ejemplo puede abrir el camino hacia una visión más adecuada de la
libertad. Me refiero al problema del aborto. En la radicalización de la tendencia
individualista de la Ilustración, el aborto aparece como un derecho propio de la
libertad: la mujer debe estar en condiciones de hacerse cargo de sí misma; debe
tener la libertad de decidir si trae un hijo al mundo o se deshace del mismo; debe
tener la facultad de tomar decisiones sobre su propia vida, y nadie puede
imponerle (así nos dicen) desde afuera norma alguna de carácter definitivamente
obligatorio. Lo que está en juego es el derecho a la autodeterminación. ¿Pero
realmente está tomando una decisión sobre su propia vida la mujer que aborta?

9 J. RATZINGER-BENEDICTO XVI, Jesús de Nazareth, La esfera de los libros, Madrid 2007.


¿No está decidiendo precisamente sobre otro ser, decidiendo que no debe
otorgársele libertad alguna, y en ese espacio de libertad, que es vida, debe ser
despojado de la misma porque está compitiendo con su propia libertad? Por
consiguiente, la pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿exactamente
qué tipo de libertad tiene incluso derecho a anular la libertad de otro ser tan pronto
como ésta surge?10

La libertad es algo eminentemente positivo. No es libre una veleta por el


hecho de que pueda girar, cuando es, de hecho, esclava de todos los vientos. «La
libertad -decía Platón- está en ser dueños de la propia vida» Y Tomás de
Aquino la relaciona con el hecho formidable de que el hombre es señor de sus
actos11. Quien no sabe lo que es, difícilmente podrá ser libre. Podrá no sentirse
encadenado, pero estará atado a su propio vacío. «La única libertad que merece
este nombre -decía John Stuart Mill- es la de buscar el bien por nuestro propio
camino». La misma esencia de la libertad lleva consigo disciplina y normas. La
libertad trae consigo la íntima identificación con ellas. En cambio “una falsa
autonomía conduce a la esclavitud”12 Por eso, la libertad empieza por ser fiel a
una ley: la de la verdad. Y es que la libertad necesita ante todo de la verdad, si
quiere mantenerse como capacidad del ser humano de ser dueño de su acción, al
servicio de su mayor bien. Esto es así ya que la acción libre implica un juicio, un
dictamen de la razón que, fijando la meta, dictamina en lo que se refiere a los
medios. Así, libertad y verdad se implican e influyen en toda decisión
verdaderamente libre.

En la medida en que la razón conoce la verdad sobre el hombre, fija unas


direcciones que la voluntad no ha de perder de vista. Al conocer la verdad, surgen
los valores morales, y la persona se percibe como sujeto llamado a disponer de sí
mismo en orden a la consecución de los mismos. Salirse de ese camino o no
tenerlo -con el pretexto de que caminando a campo traviesa somos más libres- es
carecer de verdadera libertad. No hay libertad sin la luz de la verdad sobre
quienes somos porque no hay libertad sin razón «Quién, en nombre de la libertad
renuncia a ser el que tiene que ser, ya se ha matado en vida: es un suicida en pie.
Su existencia consistirá en una perpetua fuga de la única realidad que podía
ser»13. “La libertad existe para que cada uno pueda diseñar personalmente su vida
y, con su propia afirmación interna, recorrer el camino que responda a su
naturaleza”14 Por eso, en primer lugar, la libertad es algo que se realiza siendo lo
que somos y tal como somos.

Luego está el ideal por el que libremente hemos apostado. Y seremos libres
estando «al servicio» de ese ideal, que a veces parecerá que nos encadena, pero

10 J. RATZINGER, El camino de la fe, EIUNSA, Bacelona 1997, 20.


11 Summa contra Gentiles, III, CXI ad CLXIII.

12 J.RATZINGER-BENEDICTO XVI, Op cit.


13 J. ORTEGA Y GASSET, cit. en A. AGUILÓ, ¿Es razonable ser creyente? Palabra, Madrid 2013,
279.
14 J. RATZINGER, Dios y el mundo, Círculo de lectores, Barcelona 2002.
que, en realidad, nos multiplica. Sólo se es libre cuando se tiende hacia algo
grande, a la altura de nuestra precisa dignidad. Y después está el esfuerzo de
cada día. Porque la libertad también se construye. Resultaron muy extrañas las
expresiones de una canción romántica en la que el enamorado promete muchas
cosas a su amada “si nos dejan…”. Y es que la libertad no viene de fuera, la
libertad no se nos concede, porque somos libres. Podrían ponerse trabas a
nuestra libertad, pero nada ni nadie pude arrebatarnos nuestra libre decisión.
Como afirma Viktor Frankl: “Se puede despojar de todo a un ser humano. Lo único
que no se le puede arrebatar es la última de sus libertades: la elección de la
actitud que decide tomar ante cualquier circunstancia”15.

Hay enemigos de la libertad de diverso estilo: los hay exteriores e interiores.


Los exteriores son muchos y hoy tienden a ser cada día más. Están las modas,
las costumbres, las rutinas, el «todos lo hacen», las inacabables formas de presión
social. ¿Es libre quien viste como todos visten y porque todos visten así? ¿Es
verdaderamente libre quien piensa como todos piensan porque sería un raro si se
atreviera a pensar de modo distinto?

Pero tal vez el mayor enemigo de la libertad sea la política, incluso esas
políticas que se autoproclaman como caminos de libertad. Parecería que al día de
hoy hay que pensar en bloque de acuerdo a lo que se ha decidido que sea lo
“polítcamente correcto”: “Tienes que ser abortista o divorcista”, de otra forma te
colocarán la etiqueta de conservador o retrógrado.

La libertad de corazón
A todo lo anteriormente señalado es preciso añadir que los verdaderos
enemigos de la libertad vienen de dentro y no de fuera. «No hay en el mundo
señorío como la libertad del corazón», decía Gracián. ¿Y quién es libre en su
corazón? Quien es capaz de decidir la actitud a tomar frente a los vaivenes de la
vida. Está claro que no podemos controlar todas las cosas que nos pasan en la
vida, pero sí podemos controlar la forma en la que respondemos a ellas. Esta es la
diferencia entre el éxito y el fracaso, entre el bienestar y malestar psicológico: la
forma de reaccionar ante los hechos y circunstancias.

Las personas que tienen una actitud positiva ante la vida, y que son
capaces de conservarla a pesar de los avatares de la existencia, son personas
que se ganan nuestra admiración, y las admiramos porque nos gustaría tener esas
mismas cualidades. La decisión de tener una actitud positiva es, simplemente, el
mejor regalo que podemos hacernos a nosotros y a los que nos rodean, porque,
como señala con acierto un adagio: “cuando sonríes, contigo sonríe el mundo”. Sí,
porque aunque el día pueda estar triste, oscuro, amenazante, lluvioso e incluso
tempestuoso, pero podemos cantar bajo la lluvia, porque lo de sonreír o no, no
depende de las circunstancias, sino de nuestra libre determinación.

15 V. FRANKL, El hombre en busca de sentido


En realidad, mi libertad es «mi modo» de vivir con los demás, mi forma de
enriquecer al universo siendo fiel a mí mismo y, por tanto, haciéndome mejor para
servir a los demás. Mi libertad sólo existe si yo respeto la dignidad y libertad de los
demás. De otro modo, no soy un hombre libre, sino un invasor, un dictador de la
libertad. Mi libertad, en rigor, me enriquece «para» los demás. El amor a la libertad
es amor a los otros.

Pero resta todavía algo importante que decir: la libertad no es un fin en sí


mismo; es un instrumento con el que hay que construir algo. La vieja pregunta de
Lenin «libertad, ¿para qué?» tiene, desde este punto de vista, un sentido muy
radical. No se es libre para ser libre, se es libre para hacer algo. La libertad es un
medio. Y los medios no resuelven los problemas. Preparan el camino para
resolverlos, pero no los resuelven. Sobre la base de la libertad hay que construir
algo. Y tal vez éste sea el más común de los errores: muchos luchan por la
libertad, y una vez que creen haberla conseguido, piensan que el sentido de su
lucha ha concluido. Y la libertad era sólo el trampolín para saltar hacia algo: hacia
la felicidad, hacia la fraternidad, hacia el amor. Luchar por conquistar las libertades
proclamadas por los revolucionarios de siempre puede ser un motivo de orgullo.
Pero, en realidad, la libertad por la libertad, sin más, no sirve de mucho. El hombre
se hace libre para que sus manos, libres de cadenas, puedan construir algo mejor:
su propia vida, la vida de los demás. «La libertad -decía Kant- es una facultad que
amplía el uso de las demás facultades.» Pero –manos libres- hay que usar la
inteligencia iluminada por la verdad para construir una civilización a la medida de
la dignidad de la persona humana.

¿Quién ha sido el hombre más libre que ha existido sobre nuestro planeta?
Jesús fue radicalmente libre porque libremente se entregó a realizar la obra de su
Padre; lo fue porque libremente aceptó dar la vida por los demás; lo fue apostando
por la verdad y sabiendo que le llevarla a la muerte, respetó la libertad de Judas
aunque sabía que le traicionarla; fue libre porque no estuvo atado ni a las
pasiones ni al pecado; fue libre porque se realizó plenamente a sí mismo sin
pensar en sí mismo; fue libre porque fue liberador y fue liberador porque antes
había sido verdaderamente libre.

CCB
2 de octubre de 2019.