Sei sulla pagina 1di 3

LA HUMILDAD DEL HIJO

Servidor desde abajo


(Benjamín Gonzalez Buelta, La humildad de Dios, Sal Terrae 2013)

Hacia abajo

En Jesús se nos revela, en la tierra, la carne y la sangre, el verdadero rostro de Dios, que
nosotros podemos contemplar, oír, abrazar (1Jn 1,1-4). En una cultura narcisista,
individualista y excluyente de los últimos y de los diferentes, contemplamos al Hijo abajo,
cercano a los últimos y abierto a todas las diferencias.

“Si ha bajado a la tierra, es por compasión con el género humano. Sí, ha padecido
nuestros sufrimientos antes incluso de haber subido a la cruz, antes de haber
tomado nuestra carne. Porque si no hubiese sufrido, no habría bajado a compartir
con nosotros la vida humana. Primero sufrió y luego bajó. Pero, ¿qué pasión es
esta que ha padecido por nosotros? Es la pasión del amor”. (Orígenes)

Los servidores de Jesús siempre han iniciado un éxodo hacia fuera y hacia abajo, hacia la
marginalidad y la pobreza de los desiertos o de los barrios marginados, hacia los que
sobran en la sociedad del bienestar y son considerados un lastre inútil a los que hay dejar
abandonados, hacia los pueblos declarados no viables por los técnicos. Desde esa
situación existencial despojada y nueva, van a contemplar al Jesús del evangelio con una
mirada diferente, y ahí van a encontrar a Jesús hoy “nuevamente encarnado”. En ese
encuentro podrán experimentar que nace dentro de ellos el don que Dios nos regala hoy,
y que esas tierras descalificadas, son el útero maternal de la novedad evangélica que a
todos nos hace más humanos.

“Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre
todo del inocente, es digno de fe” (Benedicto XVI, Pascua de 2007).

El que carga está bajo la carga. Descubrir a Dios bajo la carga es el desafío principal de
la “mística de los ojos abiertos”, pues descubrirlo y cantarlo en la belleza y en el amor, es
más fácil.

La fertilidad maternal de la tierra

La tierra es fértil. Por eso dice el profeta Isaías a los judíos desterrados en Babilonia:
“Ábrase la tierra y germine la salvación” (Is 45,8)). Esa misma petición la repetimos en
las liturgias del adviento: “Ábrase la tierra y germine el Salvador”.

Desde el tiempo de los Santos Padres afirmamos en la Iglesia: “historia gravida Christi”.
La historia está embarazada de Cristo. Llegada la madurez de los tiempos, el Hijo se
encarnó en la joven María de Nazaret y nació en las afueras de Belén. Los siglos
anteriores a Jesús fueron tiempos de gestación. Dios le prometió a Eva que su
descendencia pisaría la cabeza de la serpiente. Y la historia sigue gestando la confluencia
de todo lo creado en Jesús resucitado. Nadie queda excluido. Las “semillas de Cristo”
germinan en los surcos de todas las culturas y religiones.

Sorprende encontrar en los evangelios la lista de las generaciones que precedieron al Hijo,
las que llegan hasta Abraham en el evangelio de Mateo y las que se remontan hasta Adán
en el de Lucas. En estas listas encontramos personas admirables y personas perversas. A 2
través del realismo de la humanidad tal como ha sido, ha madurado la encarnación y el
nacimiento de Jesús. Los pasos extraviados de violencia y de idolatría no han podido
esterilizar el vientre maternal de la historia que Dios puso en marcha por la Palabra y por
el Espíritu desde el inicio de la creación. La interioridad de la obra de Dios está habitada
por la vida definitiva.

El origen de una persona la marca de manera definitiva para el resto de su vida. El Hijo
de Dios no tiene sus orígenes en la oscuridad sin linderos donde surgen los héroes
mitológicos, sino en una tierra y en un tiempo bien localizados en la geografía de Galilea
y en la historia de su pueblo. Jesús nace de una joven María casada con un joven de la
tribu de David. Su acento galileo lo identificará en cualquier situación. Sus manos dirán
siempre que se ganó la comida de cada día con su trabajo de carpintero. Su lenguaje
mostrará que creció entre sembrados de trigo, plazas llenas de campesinos sin tierras que
buscaban un trabajo y pobres viudas indefensas. Su familia será el testimonio permanente
de que nació pobre y sin prestigio social. Esas son sus raíces para toda la vida, y ahí tiene
que buscar lo que el Padre hace de nuevo para anunciarlo a los demás. En ese paisaje
humano se irá formando en él una visión alternativa de la realidad, pues todo lo va
mirando desde el Amor encarnado que él es, en el proceso de formación de su propia
identidad.

Al hablar del comienzo de Jesús nos encontramos en el centro con María y con José, la
expresión más depurada del pueblo que Dios formó a lo largo de los siglos. Ellos
acogieron al Hijo de manera incondicional sin saber todo el dolor y la alegría que podría
brindarles en el futuro. Ellos supieron colaborar con el Padre en la formación de la
personalidad única del Hijo encarnado.

Al surgir el Hijo por el centro de la realidad, en un pueblo con una historia de fidelidades
y extravíos, ya podemos afirmar que la última y más honda palabra de nuestra tierra es la
vida del hombre y la vida de Dios inseparablemente unidas. Y esto no podemos olvidarlo
por más opresión y dureza que nos encontremos. Siempre habrá que conectarse en ese
humus fértil del actuar de Dios en medio de nosotros de donde nació Jesús y de donde
sigue naciendo hoy la novedad del reino de Dios.
“HUMILLATE CONMIGO”

Tú, Jesús humilde,


Nunca me has dicho: Bajemos juntos
Humíllate ante mí, a la hondura sin sol 3

dobla la cabeza, de todos los abismos,


el corazón, la vida, para transformar
y esparce sobre tu rostro los fantasmas en presencia
luto y ceniza. y los espantos en apuesta.

Tú me propones: Únete a mi descenso


Levanta la mirada, en el vértigo y el gozo
y acoge la dignidad de hijo de perdernos juntos
en toda tu estatura. en el porvenir de todos
sin ser un orgulloso inversor
Humíllate conmigo de éxitos seguros.
y vive en plenitud.

Santa Teresa del Niño Jesús


«La santidad no consiste en este o en aquel ejercicio, sino en una disposición del corazón que nos
hace ser humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados
hasta la audacia en su bondad de Padre».