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2 BABELIA

EL PAÍS, SÁBADO 28 DE OCTUBRE DE 2006

LOS RETOS DE LA TRADUCCIÓN LITERARIA

Homero no escribía en español

El 40% de los libros que se publican en España son traducciones. A pesar de ello y de ser los encargados de que se pueda leer en castellano al francés Marcel Proust, al alemán Thomas Mann o al reciente Nobel turco Orhan Pamuk, los traductores siguen siendo grandes desconocidos para el lector medio. La precariedad laboral y la falta de reconocimiento son los grandes problemas a los que se enfrenta un colectivo que la próxima semana celebra su reunión anual en Tarazona.

J AVIER RODRÍGUEZ MARCOS

L a traducción es una labor invisible. Y lo es gracias a los tra- ductores y, paradóji- camente, también a su pesar. Por el lado positivo, una buena

traducción hace tan poco ruido como un motor bien engrasado. Por el ne- gativo, muchos lectores consideran que los libros ya vienen escritos direc- tamente en castellano. Toda una pa- radoja si se tiene en cuenta que las traducciones suponen el 40% de la producción editorial española. A esto cabría sumar la poca atención que los críticos dedican a los traductores y lo mal que las editoriales pagan su trabajo. Así resume las principales quejas de su gremio Mario Merlino, traductor de autores como Clarice Lispector y António Lobo Antunes y

presidente de ACEtt, la sección autó- noma de traductores de la Asocia- ción Colegial de Escritores (www. acett.org). Con todo, Merlino insiste en que, contra el tópico, traducir en España no es llorar. Ya no: “Pasaron los tiempos en que una editorial com- praba una traducción y disponía de ella indefinidamente y a su antojo”. La Ley de Propiedad Intelectual de 1987 reconoció por fin la autoría de las traducciones, sometidas desde en- tonces a los correspondientes dere- chos. ACEtt se había fundado cuatro años antes y en su primera junta rec- tora participaron, entre otros, el esla- vista y narrador Juan Eduardo Zúñiga y Esther Benítez, la mítica tra- ductora de Italo Calvino, fallecida ya. “Esther me hizo ver que traducir no es una afición para los ratos perdidos sino un trabajo. Y que había que lu- char por unas condiciones laborales dignas”, recuerdaMaría Teresa Galle- go, que ha vertido al español la obra de autores como Balzac, Camus o AminMaalouf y ejerce como vicepre- sidenta de ACEtt.

Camus o AminMaalouf y ejerce como vicepre- sidenta de ACEtt. Günter Grass, el pasado año en

Günter Grass, el pasado año en Danzing en compañía, entre otros, de su traductor al español Miguel Sáenz (a su espalda, con barba y gafas). AGENCIA GAZETA

¿Cuánto cobra un traductor? Aun- que cada uno negocia con el editor sus condiciones particulares, la pro- pia ACEtt tiene estipuladas unas tari- fas mínimas por página que crecen en función del idioma: inglés y len- guas romances, 10,50 euros; alemán, rumano y griego moderno, 12; len- guas clásicas, eslavas, semíticas y vas- cuence, 13,50; lenguas orientales, 18. Las tarifas se aplican sobre un antici- po a cuenta de un porcentaje de los derechos que produzca la obra. Di-

cho porcentaje va desde el 0,5% al 1% en autores con derechos vigentes hasta el 4% en autores cuya obra es de dominio público. Como explican Merlino y Gallego,los precios se orga- nizan menos por grado de dificultad que en virtud de la oferta y la deman- da. Poca gente traduce del chino o del japonés y por eso se paga mejor. “En España traducimos dos del tur- co”, añade Rafael Carpintero, traduc- tor del reciente premio Nobel de Li- teratura Ohran Pamuk. El otro es

El lector me- dio no con- sidera la traducción un factor importante a la hora de comprar un libro

Fernando García Burillo, responsa- ble de Ediciones del Oriente y delMe- diterráneo. Desde Estambul, en cuya universidad trabaja desde hace vein- te años, Carpintero subraya que más que el trato de las editoriales le duele el maltrato de la crítica literaria. Y donde dice maltrato debe decir silen- cio: “Nos ignoran. Si una traducción es buena, los críticos no dicen nada. Si es mala, se despacha de cualquier manera sin entrar a mirar el original. En España no se hace crítica de la tra-

Autores con dos lenguas, ¿traducir o reescribir?

ALGUNOS ESCRITORES tienen la po- sibilidad, el privilegio, de escribir en dos lenguas con la misma facilidad, con idéntica riqueza de expresión. Es- tos autores bilingües, que en la práctica han contado con dos lenguas maternas, dudan entre encargar las traducciones de sus libros a otras personas o bien su- cumben a la tentación de asumir ellos la traducción con el consiguiente ries- go de reescribir el texto. Se da incluso el caso de la mallorquina Carme Riera (1948), catedrática de Filología Españo- la en la Universidad Autónoma de Bar- celona, que escribe sus novelas en para- lelo, al mismo tiempo en catalán y en castellano. “Si me traiciono, me traicio- no a mí misma”, comenta con ironía tras recordar que las peleas con su tra- ductora al castellano fueron constan- tes. “Además era una amiga y preferí no perder la amistad”, apostilla. De todos modos, la opción de Carme Riera, ganadora del Premio Nacional de Narrativa en 1995 por Dins el darrer

blau, no resulta habitual y muchos de los escritores que publican en catalán, en gallego o en euskera son partidarios de que profesionales de la traducción se encarguen de verter sus obras en un castellano que ellos conocen a la perfec- ción. Algunos, como el catalán Quim Monzó, encargan sus traducciones al castellano a otros colegas, en este caso a Javier Cercas. De hecho, son numero- sos los autores que compaginan la crea- ción literaria con las traducciones. Manuel Rivas (A Coruña, 1957), con una narrativa que ha sido traduci- da a más de 20 idiomas, declara que es- cribe originalmente en gallego porque fue “su primer amor”, pero reconoce también una relación erótica con el castellano. “Para mí”, afirma, “escribir responde a un deseo y ese impulso lo encuentro en los dos idiomas. Ahora bien, traducir significa, sin lugar a du- das, volver a escribir, y en esa medida representa para mí un riesgo y a veces una insatisfacción volver a internarme

en un texto”. Rivas cita el ejemplo de un pasaje de En salvaje compañía, con un caballo como protagonista en el que se planteó cambiar un fragmento al traducirlo al castellano. “En definitiva”, manifiesta el que fuera ganador del Premio Nacional de Narrativa en 1996 por ¿Qué me quieres, amor?, “me cuesta mucho ponerme el traje de traductor y por eso me inclino por un profesional que aborde la tra- ducción con más distancia. Desde hace años tengo una gran confianza en Dolo- res Vilavedra con sus traducciones de mis novelas al castellano”. Rivas se ríe cuando subraya su actitud sensorial an- te la escritura y evoca la emoción que le produjo ver traducida La lengua de las mariposas al japonés. “No entendía na- da, claro, pero era muy bonito ver escri- tas tus palabras con dibujos”. Otro Premio Nacional de Narrativa, que ganó la distinción en 1989 por Oba- bakoak, otro escritor bilingüe es el vas- co Bernardo Atxaga (Asteasu, 1951). No

obstante, no tienen nada que ver los pro- blemas de verter una lengua romance a otra con las complejidades de traducir del euskera, “un idioma sin parientes en el árbol lingüístico”, como destaca Atxa- ga. “Tengo dos lenguas maternas, pero son muy diferentes entre sí. Baste decir que el relativo en castellano corre hacia la derecha y en euskera va hacia la iz- quierda. Entre uno y otro la travesía es como bordear el cabo de Hornos, si bien desde los tiempos de Obabakoak la si- tuación ha mejorado mucho en el País Vasco. El cuerpo de traductores vascos ha crecido de tal modo que ya existen traducciones directas del chino al vas- co”. Atxaga admite la suerte de tener a su traductora al castellano, Asun Garika- no, en la familia, al tiempo que sostiene que una traducción actúa como un espe- jo que lleva a la tentación de perfeccio- nar hasta el infinito los textos. “Además un buen traductor está obligado a un trasvase cultural más que lingüístico”,

observa. MIGUEL ÁNGEL VILLENA

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LOS RETOS DE LA TRADUCCIÓN LITERARIA

ducción”. En esto coinciden todos los traductores, que durante años envia- ron una flor a los críticos que se ocu- paban de su trabajo y un cardo al que no. Ya se han cansado de hacerlo. “So- mos invisibles”, insiste María Teresa Gallego. Es una pescadilla que se muerde la cola. El crítico no se ocupa de las traducciones y el lector medio no tiene conciencia de que los libros se traducen, de ahí que no considere la traducción como un factor impor- tante a la hora de comprar un libro. “La consecuencia”, concluye Gallego, “es que, como no se trata de un factor comercial, el editor no invierte en tra- ducción. No es cuestión de vanidad ni de salir en la cubierta junto al au- tor, que pocas veces salimos, es una cuestión de dignidad laboral. El día en que las traducciones influyan real- mente en las ventas, los editores las pagarán dignamente. En algunos ca- sos parece que se hace un favor a los que empiezan dejándoles traducir”.

Salvo contadísimas excepcio-

nes, en España nadie vive de la tra- ducción. Todos los que se dedican a ella son además profesores, editores, funcionarios o intérpretes. Sucede in- cluso con las lenguas en expansión. Anne-Hélène Suárez, traductora del chino y profesora universitaria, es pesimista: “Aquí no hay tradición sinológica, sólo hay estudios de len- gua china moderna, así es que hay po- ca gente con nivel para la traducción literaria. Como no hay demanda, los estudiantes prefieren trabajar para empresas o como intérpretes. Hay un boom, sí, pero no es un boom lite- rario. Puede que en Francia la traduc- ción no esté mejor pagada que aquí, pero allí, al menos, da prestigio. Aquí no da ni prestigio. Al traductor no se le considera, no se le reconoce su labor. Para colmo, en ocasiones se sigue traduciendo a los autores orien- tales a través de un tercer idioma por- que hacerlo directamente es más ca- ro y más lento”. Fue el caso de Gao Xingjian, Nobel chino en 2000 al que Ediciones del Bronce prefirió tra- ducir del francés para aprovechar rá- pidamente el tirón del premio. Tam- bién fue, más recientemente, el caso de la japonesa Murasaki Shikibu, una clásica de finales del siglo X cu- yas historias de Genji conocieron el año pasado sendas versiones simultá- neamente en Destino y Atalanta. En ambos casos las traducciones se hicie- ron a partir del inglés. Con todo, en España se traduce mucho y, en general, bien. Y no sólo libros inéditos en español, también se vuelve sobre los clásicos para ajus-

tar las versiones nuevas a las nuevas investigaciones. Muchas veces para sorpresa de los lectores. Así, La meta- morfosis pasó a titularse La transfor- mación en la traducción de Juan José del Solar para las obras comple- tas de Franz Kafka en Círculo de Lec- tores. Por su parte, Luis Magrinyà, novelista y director de la colección de clásicos de la editorial Alba, acaba de rescatar su propia versión de Juicio y sentimiento, de Jane Austen: “Es un título que en los años noventa se vio arrastrado por la película, pero Senti- do y sensibilidad no tiene ningún sentido. Sense es el seny catalán, y lo más cercano, en castellano, es cordu-

do Por el camino de Swan en una ver- sión publicada ahora por Alianza y que desde entonces ha vendido alre- dedor de un millón de ejemplares. “No dudé con ese título”, recuerda Manzano. “Proust era un exquisito, pero adoraba el lenguaje popular y lo usaba siempre que podía. Es lo que hizo con ‘porla parte de’, que en Espa- ña se usa en los ambientes rurales”. Para Manzano, ocuparse de Proust —al que traduce al ritmo de un tomo al año, aunque culminela faena en só- lo dosmeses— fue un sueño que se hi- zo realidad el día en que la obra del escritor francés quedó libre de dere- chos. Manzano, un madrileño de 60

“ Los clási-

cos no enve- jecen; las

traduccio-

nes de los

c lásicos,

sí”, señala

C arlos Gar-

cía Gual

de los c lásicos, sí”, señala C arlos Gar- cía Gual Mario Merlino es presidente de

Mario Merlino es presidente de ACEtt, la sección de traductores de la Asociación Colegial de Escritores.

ra, juicio. En muchos casos, la edito- rial cumpliría con mantener el título bueno y poner una faja diciendo que es la novela en la que se basa la pelícu- la tal. Con todo, la tradición pesa. Co- mo editor, yo mismo no me atreví a cambiar Grandes esperanzas, de Dic- kens, por grandes expectativas o grandes ilusiones. En el cine pasa más. ¿Quién es el guapo que cambia- ría ahora Sonrisas y lágrimas por El sonido de la música?”. Entre tanto, En busca del tiempo perdido pasó a ser A la busca del tiem- po perdido en la versión deMauro Ar- miño para Valdemar. Tanto él como Carlos Manzano, traductor a su vez para Lumen de la obra de Proust, ti- tularon Por la parte de Swan el pri- mer volumen de la novela. En 1920, el poeta Pedro Salinas lo había titula-

años que vive en Ibiza desde hace 30, cuenta que para poder dedicar- se a la traducción literaria trabajó durante décadas como traductor pa- ra la ONU: “Como pagaban muy bien, trabajaba cuatro meses al año y luego me dedicaba a Malcolm Lo- wry o a Céline”.

¿Es cierto, pues, que cada ge-

neración necesita una nueva versión de los clásicos? Isabel García Adá- nez, que el año pasado publicó su traducción de La montaña mágica (Edhasa), opina que sí. La versión anterior, de Mario Verdaguer, tenía ya 70 años. Y la novela de Thomas Mann, 81. “Lo que para Verdaguer era un contemporáneo, para mí es un clásico”, señala Adánez. “Amén de que el texto estuviera incompleto,

“El traduc- tor es un co- pista en el Prado, pero no es Picas- so pintando sus propias Meninas”, dice Carlos

Manzano

ahora sabemos más sobre Mann, hay más fuentes —sus diarios, por ejem- plo—, más distancia, más apoyos. No sé si la versión nueva es mejor, sí es más consciente, más precisa, más d ocumentada”. Carlos García Gual, traductor de la Odisea (Alianza),

abunda en esa opinión: “Ahora cono- cemos mejor a Homero. Por lo de- más, cada traducción revela el tiem- po del traductor. Las del siglo XVIII, por ejemplo, hoy nos parecen frías. Los grandes poetas deben traducirse

una y otra vez. Los clásicos no enveje- cen, las traducciones de los clásicos, sí”. No obstante, hay versiones que han envejecido bien. El propio Gar- cía Gual señala la que Diego López de Cortegana hizo en el siglo XVI de El asno de oro, de Apuleyo. Sus cole- gas añaden sus propios empareja- mientos: Emilio García Gómez y los

arábigo-andaluces, Lydia

poetas

Kúper y Guerra y Paz, el poeta Ángel Crespo y la Divina comedia, Laurea- no Ramírez y Los mandarines, de Wu Jingzi, o Javier Marías y el Tris- tram Shandy, de Lawrence Sterne. ParaMarioMerlino, no habrá ver- dadera historia de la literatura en es- pañol hasta que no se reconozca la aportación de las traducciones. Y no necesariamente las hechas por escri- tores, que en ocasiones tienden a me- ter excesivamente su cuchara en el texto ajeno. El caso de Borges está en boca de todos. “La traducción no es una tarea artística sino científica, co- mo mucho, una artesanía”, sostiene CarlosManzano, que añade a su rigu- rosa lista negra de artistas traducto- res a Carmen Martín Gaite. Y que concluye: “Antes de la era de las imá- genes en la que vivimos, la gente que no podía ir al Prado sólo tenía acceso a los cuadros a través de copias. Para el que no tiene acceso a un idioma, el buen traductor es un copista en el Prado, o un experto que dice si un cuadro está limpio, pero no es Picas- so pintando sus propias Meninas”. ¿Y qué es un buen traductor? Todos dudan. María Teresa Gallego apun- ta: “El que hace propio un libro y lue- go lo vuelve a escribir en su lengua, el que encuentra en la lengua de llega- da recursos equivalentes a los de la lengua de partida, el que produce en el lector español el mismo efecto que el libro original produce en un lector

de la lengua original”.

E ntre el 3 y el 5 de noviembre, la ACEtt cele- bra en Tarazona (Zaragoza) sus jornadas anuales en torno a la traducción literaria. El 14 de noviembre el Ministerio de Cultura fa- lla los premios nacionales de traducción. Hasta febrero de 2007 se celebra en el Círcu- lo de Bellas Artes de Madrid el ciclo Poesía en traducción.

Deseo de realidades

Justo

Navarro

YO TENÍA catorce años y las lenguas ex- trañas eran puertas a mundos extraños, tan buenos y fabulosos como los discos que oíamos en la radio, la televisión o las máquinas. No entendíamos casi nada. Al- guien dedicado a la neuropsiquiatría po- dría estudiar el estado cerebral de una ge- neración crecida con canciones hechas de palabras estrafalarias que no tenían co- rrespondencia en la realidad y ocupaban de modo obsesivo una extensión mental importante: una especie de lenguaje divi- no, prácticamente impenetrable e indesci- frable. Aquellas palabras eran el ensalmo para entrar en el mundo feliz. Pensando en aquellas palabras, me hice traductor. He tenido más sentido de la irreali- dad que de la realidad. He deseado la fabulación, las películas y las cancio- nes y los libros, materias con que se

construyeron las paredes de mi aisla-

miento de la realidad del autor que ha de

dales y sus hábitos de pensamiento “con

Justo Navarro es novelista, poeta y traductor.

miento juvenil en Granada. He traduci-

traducir: las palabras tienen historia y

el máximo grado de verosimilitud”. Tra-

do

porque quería leer. No me bastaban

fondo, reciben vida de su época. Tienen

ducir es hacerse pasar por otro. Escribir

los

libros en mi lengua. No me bastaba

sentido en su mundo. El traductor presta

no es muy distinto: es descubrir que se

mi

lengua, ni mi mundo. Un famoso ge-

atención a ese mundo. Un escritor hace

es otro distinto de quien uno creía ser.

nio alemán dijo que había dos mane- ras de traducir: acercar a nosotros el mundo extraño del autor extranjero, o acercarnos nosotros al mundo ajeno y extraño, con sus circunstancias inespe- radas, sus seres desconocidos y sus mo- dos de hablar, que, en principio, no se dirigen a nosotros. Yo prefiero esta se- gunda manera de traducir, propia del explorador o aventurero impertinente. La dispersión babélica de las lenguas significa fundamentalmente diferencia- ción de mundos, de formas de vida, y creo que traducir palabras es menos difícil que traducir costumbres, esas peculiari- dades que afectan a los vestidos, la flora, la fauna, las relaciones personales o las ce- lebraciones colectivas. Un mundo es más intraducible que una frase. Por eso Vladí- mir Nabokov le exige al traductor conoci-

lo mismo: escribe porque presta aten- ción, o para prestar atención. En eso con- siste el enamoramiento: en prestar espe- cial atención a un ser. Para mí escribir y traducir son esen- cialmente lo mismo. Escribir es un pres- tar atención, un estado de enamora- miento ante la realidad. Consiste en nombrar el mundo para entenderse con él. El mundo ocasional del traductor es el libro que debe traducir. Yo he traduci- do porque quería leer, meterme en reali- dades que para mí eran irrealidades. Empecé siendo un intruso, un invasor de mundos ajenos, y acabé invadido y es- cribiendo con mis palabras las palabras de otro. Nabokov también les pedía a los traductores poder de imitación: debían ser capaces de asumir el papel del autor traducido y duplicar su dicción, sus mo-

Un deseo de aventura, de fábula, de ex- ploración de mundos extraños a mí, me ha llevado a traducir a autores tan diver- sos como VirginiaWoolf, Paul Auster, Pe- re Gimferrer, Scott Fitzgerald, Jorge Luis Borges, Dashiell Hammett o Albert Cara- co. Los viajes felices merecen ser conta- dos, y por eso he intentado traducir con fidelidad: quería dar cuenta literalmente de lo que existe en los mundos visitados. Quería dar cuenta de lo leído, palabra por palabra, con fidelidad triple: fidelidad a las obras que he traducido; fidelidad a mí, como lector obligado a leer bien; fide- lidad al futuro lector al que le entrego mi lectura de la obra traducida. Esta última exigencia de fidelidad es equivalente al pacto de veracidad implícito entre dos conversadores.

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LOS RETOS DE LA TRADUCCIÓN LITERARIA

Osos polares en el Ecuador

La traducción literaria se mueve entre dos grandes tendencias. Para unos lo importante es que un texto traducido sea vero- símil para el lector. Para otros, el trasvase entre dos lenguas debe producir extrañeza, no cercanía. Además, en ocasiones la influencia de un autor no va necesariamente de la mano de la fidelidad al original. Así, Pío Baroja leyó a Dostoievski en francés y la influencia de los haikus japoneses en la poesía en español vino de la mano del inglés y del propio francés.

N ORA CATELLI

L traducción es un miste-

r io oficiado universal-

mente, cuyas claves todo

a

el

mundo utiliza pero cuyo

s entido permanece sin desvelar.

Hasta hace muy poco, los historia- dores tradicionales de la literatu- r a mencionaban tan enigmático como extendido acto; pocos se de- tenían en su despliegue formal.

U na excepción: el extraordinario

Horacio en España, de un jovencí- simo Marcelino Menéndez Pela- yo. Salvo esos casos, hasta hace unos cincuenta años, las conse- cuencias teóricas de la traducción estaban confinadas a las refle- xiones de sus practicantes. Poe- tas, pensadores y teólogos, desde León Hebreo a Martín Lutero, des- de Casiodoro de Reyna y Cipriano de Valera a Isabel Rebeca Correa,

José Martí, José Ortega y Gasset, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges

u Octavio Paz han razonado el re-

sultado de sus desvelos: llevar a la propia lengua los logros de otra. Aquel repertorio ilustre culminó con Walter Benjamin y, un poco más tarde, en plenos años ochenta del siglo XX, con Jacques Derrida

y Paul de Man, quien afirmó a

propósito del hermético ensayo de Benjamin: “No se es nadie en este terreno hasta que no se escri- be algo sobre La tarea del tra- ductor”.

Pero las reflexiones ya no bas-

taban. Tras la Segunda Guerra Mundial proliferaron los organis- mos internacionales y entraron en contacto político y sobre todo co- mercial países e idiomas alejados,

lo cual exigió un contingente nume-

roso de funcionarios intérpretes, aumentado porque los procesos de descolonización de Asia y África habían desmontado las redes me- tropolitanas de control lingüístico

e institucional ya desintegradas,

un siglo antes, en América Latina.

Estos cambios exigieron una res- p uesta administrativa que se con- virtió en estrategia académica. La

enseñanza de la traducción y la in- t erpretación, hasta entonces infor-

mal, empezó a hacerse universita- ria, lo cual exigió especializaciones y , desde luego, sistemas conceptua- les en apariencia científicos y por tanto ideológicamente neutros. Só-

l o aparentemente, ya que una de las más influyentes teorías de este nuevo elefante curricular, la de los equivalentes dinámicos, se debe a Eugene Nida, un cristiano protes- tante que buscaba modos de im- plantación de la Biblia reformada en las zonas católicas de una Amé- rica Latina progresivamente se- cularizada. Nida sostiene que el objetivo de la traducción es volver-

la verosímil dentro de la experien-

cia de quien la leerá o escuchará.

En efecto, si un indio (ideal,

porque ahora los indios reales ven

casi todos la televisión) nunca se ha encontrado con un cordero, ¿por qué no cambiar el símbolo, en los Evangelios, por un manatí? Hay otras teorías de la traducción

en crecimiento exponencial; qui-

zá la más estimulante se deba al is-

raelí Evan Zohar, que piensa las relaciones entre culturas hegemó- nicas y dependientes como entra- mado de traducciones, a partir de nociones del formalismo ruso, en especial del lingüista Roman Ja- kobson. Siguiendo a Jakobson, Zohar, a la inversa que Nida, afir- ma que la función de las traduccio- nes es producir extrañeza, no cer- canía, porque la extrañeza nos

vuelve conscientes de otras cultu- ras y, sobre todo, de nuestra pro- pia cultura como Otro. Nada de

manatíes; si somos equinocciales, nos conviene un oso polar. Si so- mos meros atlánticos, no convirta-

un oso polar. Si so- mos meros atlánticos, no convirta- Jorge Luis Borges visto por Tullio

Jorge Luis Borges visto por Tullio Pericoli.

mos las sublimes verstas de la no- vela rusa en kilómetros. Por eso es tan difícil hablar de buenas o malas traducciones. Un criterio escolar e irrefutable para distinguirlas es la fidelidad al ori- ginal. Pero tal exigencia no produ- ce, en general, efectos duraderos. ¿Para qué ser fiel a un original que, en realidad, no nos necesita? Un ejemplo: en una interesante re- seña (El primer poeta norteameri- cano, Babelia , 21 de octubre) Luis Antonio de Villena comenta la

No convirta- mos las su- blimes vers- tas de la no- vela rusa en kilómetros

aparición, en España, de la prime- ra traducción completa, reedición de la legendaria de Francisco A lexander en Ecuador en 1953, de Hojas de hierba de Walt Whitman, por lo cual, concluye, Whitman “ va a enfrentarse con el gran públi- co de habla española”.

En realidad, como él mismo ad-

vierte, Whitman ya se había en- frentado con el “gran público” del c astellano: a través de Martí, de Darío, de Borges, de García Lorca y, sobre todo, de Neruda y de los nerudianos. Esta traducción com- pleta es un éxito editorial, aunque no consiga resultados poéticos:

nadie puede ahora hacerse whit- maniano. Ese nudo entre lectura y traducción es uno de los ámbitos del comparatismo actual; se trata de uno de sus cometidos más inte- resantes, porque muestra que lo inexacto e insuficiente es la base de la apropiación literaria de otras lenguas y otras culturas; ca- si podría decirse que es el signo mismo de su recepción estética. El Dostoievski que produjo dura- deras consecuencias en la novela en castellano —en Pío Baroja o en Roberto Arlt— vino del francés, como todos los rusos; el decaden- te Hamsun de Hambre también. ¿Qué decir de Kierkegaard en Unamuno, qué de los haikus y los tankas llegados indirectamente, a través del francés y del inglés, pre- sentes en los modernistas en caste- llano y en Carles Riba en catalán? Quizá la única manera de aproximarse al misterio de la tra- ducción sea recordar la observa- ción de Roman Jakobson: “La equivalencia en la diferencia es el problema cardinal del lenguaje y constituye, además, el principal objeto de la lingüística”.

Nora Catelli es coautora de El tabaco que fu- maba Plinio. Escenas de la traducción en Es- paña y América (Ediciones del Serbal).

Traducciones, ‘pachinkos’ y karaokes

Miguel

Sáenz

ILMA RAKUSSA, nacida en la antigua Checoslovaquia, educada en Budapest, Liubliana y Trieste, traductora al alemán del francés, el serbocroata, el ruso y el húngaro, profesora en Zúrich y, sobre to- do, poeta, dijo una vez que si la traduc- ción no fuera una aventura habría renun- ciado a ella hace tiempo. Yo estoy de acuerdo, pero habría que puntualizar que, muy saint-exuperianamente, se tra- ta siempre de una aventura interior. El traductor es un ser que vive en un mundo poblado de fantasmas y pasa mu- cho tiempo frente a su ordenador, lo que hace que, inevitablemente, reflexione so- bre su quehacer. En los últimos tiempos se ha escrito tanto sobre la traducción en Es- paña, que hay que preguntarse cuándo en- cuentran los traductores tiempo para tra- ducir. Y las metáforas que describen su

ocupación proliferan. Una demis favoritas fue muchos años la del imitador de voces bernhardiano: el traductor es un artista ca- paz de imitar cualquier voz, salvo la pro- pia. Luego me fascinó la imagen del intér- prete musical, que explica muchas cosas de ese proceso misterioso, mezcla deinspi- ración y habilidad. Recientemente hellega- do a la conclusión de que la traducción se parece al karaoke. El traductor canta las canciones de susídolos, disfrutando de cin- co minutos de fama y sintiéndose artista. Placer solitario se la ha llamado…, pe- ro traducir hace también que el traductor conozca gente, sobre todo a esos seres ab- surdos llamados escritores. Mi escala en materia de relaciones traductor-autor os- cila entre el cero absoluto, cuyo prototipo fue Thomas Bernhard (el traductor es un ser incompetente que hace un trabajo me- recidamente mal pagado) y Günter Grass, para quien sus traductores son, como ha dicho a veces, la verdadera razón para se- guir escribiendo. Entre ambos extremos yo situaría a Salman Rushdie, que jamás

se inmiscuirá en las traducciones de sus li- bros pero responde en veinticuatro horas cualquier consulta… Rushdie escribió so- bre Hitoshi Iragashi, su traductor japonés asesinado: “La traducción es una especie de intimidad, una especie de amistad, y por eso lloro su muerte como lloraría la de un amigo”. El resto de los escritores se si- túa a alturas diversas. Un DeLillo, por ejemplo, estaría cerca de Grass; un Kunde- ra, más próximo a Bernhard, aunque con pretensiones de entender de traducción. Probablemente, los casos más desespe- rados son los de los escritores que cono- cen el idioma al que son traducidos, pero no lo suficiente. O, peor, los de aquellos que tienen esposos/as, discípulos/as, familiares, amantes, etcétera, “nativos”. Éstos suelen considerarse autorizados a meter baza, sin darse cuenta de que para traducir no basta conocer dos idiomas sino que hay que saber tender puentes en- tre ellos. Hay autores que han hecho enlo- quecer literalmente a su traductor: Ro- bert Coover, Anthony Burgess…

No obstante, aunque, como es lógico, siempre he tomado partido por los traduc- tores, últimamente empiezo a entender también la angustia del escritor vertido a un idioma que desconoce. ¿Cómo puede saber que no está siendo ridiculizado, tri- vializado o simplemente destruido? Dos testimonios recientes parecen evidenciar ese terror: el de Lawrence Norfolk (Ser tra- ducido o el pelo de la Virgen) y el de J. M. Coetzee (Hablando en varias lenguas). ¿Es la traducción realmente un ka- raoke? Quizá tenga más de pachinko, ese juego japonés de bolitas brillantes que, lo mismo que las palabras del traductor, se lanzan al espacio para que encuentren —o no— su acomodo. ¿Es traducir un juego de azar tan adictivo que puede per- mitirse el lujo de recompensar con chu- cherías a quien lo practica? En las salas de pachinko el ruido es indescriptible; en la habitación del traductor puede resul- tar atronador el silencio.

Miguel Sáenz es traductor de autores como Günter Grass y Salman Rushdie.