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5 Mar 2014 - 9:35 PM

Por: José Fernando Isaza

Socialismo

El derrumbe de la URSS acabó con la utopía de tener sociedades felices, sin pobres, sin

propiedad privada y con niveles crecientes de prosperidad.

El fracaso de esta utopía no quiere decir que desaparecieron la pobreza ni la inequidad.

Otros sistemas pueden ser más efectivos.

Los países nórdicos adoptaron desde el siglo XX políticas de bienestar y distribución

del ingreso que constituyen el núcleo del llamado “socialismo del siglo XXI”. El Estado

se reserva la propiedad de empresas estratégicas, como el petróleo en Noruega, el

sistema tributario grava la riqueza y el alto ingreso y la distribución se logra con

tributación y con la asignación del gasto público. Se garantizan los derechos de salud,

educación y pensión y la libertad individual y colectiva. Otros derechos, como el medio

ambiente limpio y el disfrute del tiempo libre, son política de Estado.

En América Latina, Brasil, Ecuador y Venezuela han adoptado el socialismo del siglo

XXI. Los resultados son bien diferentes. En Brasil el subsidio a las familias pobres para

que envíen sus hijos a la escuela y los programas de seguridad alimentaria han

permitido mejor distribución del ingreso, y el índice de Gini es hoy más favorable que

el colombiano. Ha sido difícil implementar reformas al sistema de pensiones: el aporte


estatal lo captan las personas de mayores recursos, los legisladores y los altos

funcionarios públicos. En Ecuador se han logrado avances significativos en salud,

educación e infraestructura. Ya no somos, para ellos, el coloso del norte. Nos han

superado en los indicadores de competitividad y en los índices de calidad de vida. Como

diría Perogrullo, los países en los cuales no se roban los dineros públicos tienen más

posibilidades de construir y mejorar su infraestructura social y física.

En Venezuela, bajo el gobierno de Chávez, el gasto público permitió mejoras en la

educación y la salud, y el índice de desarrollo humano mejoró sustancialmente. Los

ingresos petroleros se dirigieron a un mejor bienestar de la población. Por alguna

extraña razón, los gobiernos de Chávez y Maduro consideraron que para lograr las

metas del socialismo debía destruirse el sistema productivo, público y privado, así

debilitaron a la petrolera estatal Pdvsa. Han establecido políticas que estimulan elevados

niveles de corrupción: la más significativa es el manejo de la tasa de cambio.

Diferencias de 8 a 1 entre tasa fiscal y la del mercado fomentan la corrupción; así

ocurrió en lo países de Europa del Este, en Rusia y en Cuba. La asignación de divisas es

otra fuente de enriquecimiento ilícito y rápido. Para no ir muy lejos, en Colombia,

cuando existía la Superintendencia de Control de Cambios, se decía que sus

funcionarios pasaban a mejor vida en esta. Se afirmaba que un alto funcionario decía:

“Le apuesto US$10.000 a que no le aprueban su solicitud de dólares”. Si el empresario

aceptaba, la obtenía, pero perdía la apuesta.

Es inconcebible que el gobierno de Maduro crea que el desabastecimiento de productos

básicos es una política de redistribución del ingreso. Chávez, más sagaz, abasteció los

Mercales, en especial en las épocas de elecciones. El diferencial cambiario hace casi

inevitable que se desabastezca la frontera, el contrabando a Colombia de bienes


importados a Venezuela a la tasa oficial de cambio genera altísimas utilidades ilegales.

Lecciones elementales de mercadeo le serían útiles a Maduro.

https://www.elespectador.com/opinion/socialismo-columna-478984