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Instituto Superior Pedro Francisco Bono

Doctrina Social de la Iglesia – Prof.: Lázaro Ángel Águila


Trabajo realizado por: Elkin Ariel Tejeda Cuesta

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, capítulo VI: El Trabajo humano

El capítulo VI del compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, tiene que ver con el trabajo
humano. Plantea lo dicho por el magisterio de la iglesia sobre este derecho del hombre. Está
compuesto de siete partes, que son: Los aspectos Bíblicos; El valor profético de la Rerum
Novarrum; La dignidad del trabajo; El derecho al trabajo; Derechos de los trabajadores;
Solidaridad entre los trabajadores y Las res novae del mundo del trabajo. En el presente trabajo
vamos a tratar las ocho ideas que consideramos principales contenidas en el texto de este capítulo
y una valoración personal de lo dicho aquí.

La primera idea que queremos destacar se encuentra en el numeral 256 y plantea que el
trabajo pertenece a la condición originaria del hombre. Se dice que esta condición originaria esta
antes de la caída, por lo tanto, no es, ni un castigo ni una maldición. El momento de la caída al que
se refiere es el que el magisterio de la iglesia siempre ha planteado, el pecado de Adán y Eva. Ellos
rompen con su relación confiada y armoniosa con Dios al no cumplir el mandato de no comer del
árbol de la ciencia del bien y del mal, según lo planteado en el libro del Génesis, capitulo 2,
versículo 17. Allí se recuerda que el hombre ha recibido todo como don y sigue siendo creatura y
no creador. El pecado se da, porque, precisamente, se ven tentados a creerse creador, a seguir la
orientación de la serpiente que le dice “serás como dioses”, quisieron ser dominadores absolutos
sobre todas las cosas.

A raíz del pecado de Adán y Eva, según el magisterio de la iglesia, el trabajo se convierte
en fatiga y pena. Pero hay que recalcar nuevamente que no es un castigo, ni una maldición. Dice
el Génesis que solo con el sudor de su frente, el hombre podrá obtener alimento, de un suelo que
se volvió avaro, ingrato y hostil. Pero a pesar del pecado de los primeros Padres, el papel de
hombre, llamado a ser cultivador y custodio de la creación, permanece inalterado.

La segunda idea tiene que ver con la encíclica Rerum Novarum y está contenida en el
numeral 267 de este compendio. Esta encíclica tiene un valor profético incalculable. Porque la
iglesia con ella respondió al contexto que se daba en el momento. Dice el compendio, en el numeral
mencionado antes en este mismo párrafo, “La revolución industrial planteo a la iglesia un gran
desafío, al que le magisterio social respondió con la fuerza profética, afirmando principios de
validez universal y de perenne actualidad, para bien del hombre que trabaja y de sus derechos”.

Durante mucho tiempo la iglesia había dirigido su mensaje a una sociedad que tenia rutinas
regulares, ahora había que anunciar y vivir el evangelio en un nuevo contexto, en una sociedad
más dinámica y compleja, que se transforma continuamente debido a la técnica que evoluciona de
forma constante. El mensaje de la iglesia debe encaminarse entonces, a denunciar la explotación
que sufren los trabajadores debido a la organización del trabajo, cuya matriz es capitalista y a
defender la inalienable dignidad del trabajador. En esa línea profética está escrita la encíclica
Rerum Novarum.

El numeral 270 contiene la tercera idea. Es una idea que es eje transversal de todo este
capítulo y debe ser mencionada. El trabajo humano tiene una doble dimensión: Objetiva y
Subjetiva. Su dimensión objetiva es el conjunto de actividades, recursos, instrumentos y técnicas
de las que el hombre se sirve para producir, para dominar la tierra, según las palabras del Génesis.
Este es el aspecto contingente de la actividad humana, que varía constantemente en sus formas,
con el cambio de las condiciones técnicas, culturales, sociales y políticas.

La dimensión subjetiva del trabajo es el actuar del hombre en cuanto ser dinámico, capaz
de realizar diversas acciones que pertenecen al proceso del trabajo y que corresponden a su
vocación personal. Es la dimensión estable del trabajo, porque no depende de lo que el hombre
realiza concretamente, ni del tipo de actividad que ejercita, sino solo y exclusivamente de su
dignidad de ser personal. El hombre es sujeto del trabajo, por tanto, esta dimensión es importante
para comprender el fundamento ultimo del valor del trabajo y de la dignidad de éste. Y, además,
es importante para implementar una organización de los sistemas económicos y sociales,
respetuosa de los derechos del hombre. Esta dimensión tiene prominencia sobre al objetiva, porque
se trata del hombre mismo que realiza el trabajo.

La cuarta idea esencial está contenida en el mismo acápite de la idea anterior, La dignidad
del trabajo, y está en el numeral 273. Dice que el trabajo también tiene una intrínseca dimensión
social, el trabajo de un hombre se vincula naturalmente con el de otros hombres. El trabajo hoy
“es trabajar con otros y para otros, es un hacer algo para alguien”. Los frutos dejados por el trabajo
son el resultado de intercambios, de relaciones y de encuentros. Por tanto, no se puede valorar
justamente el trabajo si no se toma en cuenta su naturaleza social.

La quinta idea que queremos resaltar está en el número 287, se puede resumir en que el
trabajo es necesario. Trabajar es un derecho fundamental del hombre y es también un bien para
éste, un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana”.
El trabajo, además de necesario, es también un deber, esto también lo recalca este capítulo del
compendio. El trabajo es necesario, según el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, para
formar u mantener una familia, adquirir el derecho de propiedad y contribuir al bien común de la
familia humana. La Iglesia considera una verdadera calamidad social la desocupación o el
desempleo, sobretodo en generaciones jóvenes.

Dice el Compendio, en el numeral 288: “La plena ocupación es, por tanto, un objetivo
obligado para todo ordenamiento económico orientado a la justicia y al bien común. Una sociedad
donde el derecho al trabajo sea anulado o sistemáticamente negado y donde las medidas de política
económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede
conseguir su legitimación ética ni la justa paz social”.

La sexta idea importante se encuentra en el numeral 301. Esta idea tiene una actualidad
importante, a pesar del tiempo. Y es sobre el derecho de los trabajadores. Estos, como todos los
demás derechos, se basan en la naturaleza de la persona humana y en su dignidad. Los derechos
que el magisterio social de la iglesia ha considerado son los siguientes: el derecho a una justa
remuneración; el derecho al descanso; el derecho a ambientes de trabajo y procesos productivos
que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral; el
derecho a que sea salvaguardada la propia personalidad en el lugar de trabajo sin que sean
conculcados de ningún modo en el a propia conciencia o en la propia dignidad; el derecho a
subsidios adecuados e indispensables para la subsistencia de los trabajadores desocupados y de sus
familias; el derecho a la pensión, así como a la seguridad social para la vejez, la enfermedad, y en
caso de accidentes relacionados con la prestación laboral; el derecho a previsiones sociales
vinculadas a la maternidad; el derecho a reunirse y a asociarse. Estos derechos usualmente son
violentados en los ambientes laborales.

La séptima y penúltima idea tiene que ver con uno de los derechos de los trabajadores
mencionados anteriormente, el derecho a reunirse y asociarse. Dice en el nuero 305 que el
magisterio de la Iglesia reconoce la función fundamental de los sindicatos, éstos son el
cumplimiento de este derecho que hemos mencionado aquí, que consiste en formar asociaciones
o uniones para defender los intereses vitales de los hombres empleados en las diversas profesiones.
Dice en este numeral que “Los sindicatos «se han desarrollado sobre la base de la lucha de los
trabajadores, del mundo del trabajo y, ante todo, de los trabajadores industriales para la tutela de
sus justos derechos frente a los empresarios y a los propietarios de los medios de producción”.

Para la Doctrina Social de la Iglesia, “los sindicatos son propiamente los promotores de la
lucha por la justicia social, por los derechos de los hombres del trabajo, en sus profesiones
específicas”. Al sindicato, además de la función de defensa y de reivindicación, le competen las
de representación, dirigida a la recta ordenación de la vida económica, y de educación de la
conciencia social de los trabajadores, de manera que se sientan parte activa, según las capacidades
y aptitudes de cada uno, en toda la obra del desarrollo económico y social, y en la construcción del
bien común universal.

La ultima idea a resaltar está relacionada con las nuevas formas de trabajo, se encuentra en
el numeral 318 y 319. La doctrina social de la iglesia recomienda evitar considerar que estos
cambios actuales en el campo laboral suceden de forma determinista. “El factor decisivo y el
árbitro de esta compleja fase de cambio es una vez más el hombre, que debe seguir siendo el
verdadero protagonista de su trabajo. El hombre puede y debe hacerse cargo, creativa y
responsablemente, de las actuales innovaciones y reorganizaciones, de manera que contribuyan al
crecimiento de la persona, de la familia, de la sociedad y de toda la familia humana. “Cambian las
formas históricas en las que se expresa el trabajo humano, pero no deben cambiar sus exigencias
permanentes, que se resumen en el respeto de los derechos inalienables del hombre que trabaja”.

Los desequilibrios económicos y sociales existentes en el mundo del trabajo se han de


afrontar restableciendo la justa jerarquía de valores y colocando en primer lugar la dignidad de la
persona que trabaja: «Las nuevas realidades, que se manifiestan con fuerza en el proceso
productivo, como la globalización de las finanzas, de la economía, del comercio y del trabajo,
jamás deben violar la dignidad y la centralidad de la persona humana, ni la libertad y la democracia
de los pueblos.

En conclusión, pienso que, en estas ocho ideas principales planteadas, contenidas en el


capítulo VI del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, se ve claramente que la iglesia alza
su voz profética para denunciar los males y estar del lado de los más desfavorecidos. Y lo hace
con una lucidez y actualidad, que es importante destacar.

La iglesia vio necesario escribir sobre este tema, porque a través del tiempo el trabajo fue
evolucionando y, en muchos casos, se convirtió en fuente de explotación para el hombre. Decir
que el trabajo no es castigo, porque es una condición originaria del ser humano, que el trabajo es
necesario, es deber, y atreverse a declarar los derechos que tienen los trabajadores, representa la
audacia de la iglesia frente a los empresarios e industrias que buscan los mejores beneficios al
menor costo posible, poniendo por el piso el valor de la vida humana.

Decir sobre todo que el objeto del trabajo es el hombre y por tanto debe ser el centro, debe
cuidarse de él, asegurando su dignidad, es una verdadera voz profética del magisterio de la Iglesia.
Alabo esta actitud evangélica que la Iglesia siempre ha mostrado frente a las injusticias y el
sufrimiento de los hombres. Esto es hacer presente a Jesús de forma encarnada en la realidad de
miles de trabajadores que sufren la explotación de sus jefes. Aunque, en la actualidad debería
hacerse más hincapié en la Doctrina Social de la Iglesia, porque muchos de los empresarios
explotadores dicen ser hombres de Iglesia, sin embargo, cada día buscan sacar el máximo
beneficio, sin importarle las condiciones en que trabajan sus empleados. Muchos apuestan a callar
el nuevo magisterio social del Papa francisco, y es lamentable.