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Desollamiento de Marsias

(The flaying of Marsyas)

Robin Robertson

Un claro en el bosque. El sol entre las hojas

salpicando el blando suelo y dibujando

una brillante franja en los mudos costados

de los árboles. En la revoloteante luz verde

la ciénaga escucha y respira

un tobo de madera, un rollo de alambre

un manejo de cuchillas para desollar.

Desplegado entre dos pinos,

cada pezuña enganchada a las ramas más altas,

amarrado por las manos a la raíz,

estirado como su propia cruz blanca

cuelga Marsias, el sátiro.

A su lado tres hombres como guardia de honor,

Dos aprendices y un cocinero.

II

Vamos a echarte una ojeada.

Un poco flaco tratándose de un sátiro,

para piel y cuerdas, ¿es todo?

Ya veremos.
¿Así que pensabas que con tus huesos de ciervo

podías superar a Lord Apolo?

Esto te enseñará. Esquilen al bastardo.

Del esternón a la ingle

¿te da cosquilla? Maldito bastardo,

llegando con tus sucios modales…

De la axila a la muñeca, los dos lados…

Atacando nuestras mujeres…

Ahora unos cortes finos en las pezuñas, manos y cuello.

Ni siquiera puede hablar de manera decente

Cortes transversales desde el ombligo a la cresta ilíaca.

Medio círculo alrededor de la cintura.

Por Dios. Hediondo bastardo.

Desde la corva a la ingle, de la ingle a la corva.

Ya está pelada tu pierna;

no más bramidos para ti, degenerado.

Uno de ustedes a cada lado.

Cartón a lo largo del hueso, encuentren

el tendón y lo separan, poco a poco.

Levanten su camisa para que se purifique,

pongan su lamida piel sobre sus ojos

y muéstrenle a Apolo en éxtasis,

la piel en un árbol y a él en otro:

el hombre de adentro al descubierto.

III
Marsias rojo. Marsias Écorché

desplegado, pelado sin su piel,

un tejido estirado y agrietado;

su traje de gala descartado

del mismo modo que un abrigo

empapado se quita de los hombros.

Los recuerdos de la vida carnal

borrados como un mal tatuaje,

certeza viva del árbol vascular:

Marsias crudo, desenvainado.

O arrastrado de su propio naufragio,

vestido con fibras rojas

que plieguen y enrosquen su tronco

y miembros hacia una definición verdadera,

mientras asume la encorvada postura de héroe:

las tiras y lazos de ligamento golpean y resplandecen

en la escultura de Marsias, el hombre-músculo.

Mr. Universo despliega el mapa de su cuerpo:

las protuberancias marcadas

por las curvas de zanjas y canales,

los tributarios apretados como hiedras o vides,

y por todas partes, el murmullo del flujo de sangre

sobre la tierra y alejándose en un remolino.

O esto: los trozos de Marsias.

La oscura carne del pecho marmorizada con amarillenta

grasa; sin corazón, como un animal


respirando en su lechosa envoltura;

las víseras como una maleta bien surtida

de chinchulines y palpitantes tripas.

Un hombre desguarnecido, un andrajo

transformado en filete y pellejo,

en pentimento decepcionante,

o el juguete que no puede rearmar

el niño Apolo, el violador, el disecador.

La vela de estirada piel se estremece y chasquea

con la misma brisa que hace arder

sus nervios y gritar a sus pulmones desnudos.

Desvestido de sí mismo y de su gemelo:

la endurecida costra y la pegajosa herida.

Marsias, el mártir, el fetiche de un dios

cuelga del árbol como una mala fruta.


Apolo y Marsias
(Apollo and Marsyas)

Zbigniew Herbert

El verdadero duelo entre Apolo

y Marsias

(el oído absoluto

versus el alcance inmenso)

tuvo lugar en la noche

cuando, como sabemos,

los jueces

habían concedido al dios la victoria

fuertemente amarrado a un árbol

despojado con meticulosidad de su piel

Marsias

grita

antes de que el grito llegue

a sus grandes orejas

reposa en la sombra de ese grito

sacudido por un estremecimiento de disgusto

Apolo está limpiando su instrumento

solo en apariencia

la voz de Marsias

es monótona
y compuesta por una sola vocal

Aaa

en realidad

Marsias refiere

la inagotable riqueza

de su cuerpo

desnudas montañas de hígado

blancas barrancas de alimento

susurrantes bosques de pulmón

suaves lomas de músculos

articulaciones bilis sangre y temblores

el viento invernal del hueso

sobre sal de la memoria

sacudido por un estremecimiento de disgusto

Apolo está limpiando su instrumento

ahora el coro

ha alcanzado la columna de Marsias

la misma A en principio

aunque más profunda con el moho

algo insoportable

para el dios con nervios artificiales

el vencedor se aleja

por un camino de grama


cercado por setos

y se pregunta

si del aullido de Marsias

podría surgir algún día

una nueva forma

de arte –digamos– concreto

de pronto

a sus pies

cayó un ruiseñor petrificado

voltea

y observa

que las hojas del árbol

donde Marsias fue atado

son completamente

blancas

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