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ESTOS DÍAS DE NOVIEMBRE

Javier Jabato

ESTOS DÍAS DE NOVIEMBRE

Javier Jabato ESTOS DÍAS DE NOVIEMBRE

Estos días de noviembre

Primera edición: julio de 2014

© De la obra: Javier Fernández Jiménez

© Fotografías portada y autor: Odys Rodríguez Paricio

© Edición Punto Didot www.puntodidot.com Sector Oficios Nº 7 28760, Tres Cantos (Madrid) e-mail: info@puntodidot.com

ISBN-13: 978-84-16031-34-4 ISBN-E-Book: 978-84-92926-52-7 Depósito legal: M-15469-2014

Printed in Spain by Liberis

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecá- nico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo o por escrito del editor. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún frag- mento de esta obra

Al amor, a Odys

Deambulando para regalarte el musgo que creció a la sombra de una estatua de Edgar Allan Poe

(091)

JAVIER JABATO O LA LITERATURA CÍTRICA

De un tiempo a esta parte, este homo digitalis asiste in- defenso a ese desalmado encadenamiento de etiquetas li- berticidas que llaman postmodernidad, sabedor de que Dios ya no es redentor de patria alguna, de que política e ideología sólo se sirven a sí mismas y de que el Betis se- guirá empecinado en no corresponder con plenitud a sus muy sufridos amantes. Visto lo cual, la literatura, aun cuando se afane en rumiar los desabridos hierbajos de este mundo inhabitable, se torna más necesaria que nunca, si sólo sea para alumbrar reparadores ámbitos de placidez underground. Debido a lo anterior, es causa de regocijo que Javier Ja- bato, cuyo alarde de facultades narrativas en Anti-Disney Tales (2012) hacía presagiar la eclosión de un excelso cuen- tista, reafirme de nuevo su voluntad de seguir puliendo y refinando su cosmología lumpen. En efecto, esta nueva colección de breves episodios viene a corroborar el anun- ciado afilamiento y afinamiento de su pluma, que en esta ocasión se derrama ácida e hilarante. Preñado asimismo de un hondo lirismo, el disfrute de este relatario se ase- meja al regusto resultante de la concurrencia yuxtapuesta

en boca de, por un lado, la agridez furtiva del cítrico y, por otro, el dulzor juguetón del azúcar. Habiendo adquirido por tanto la estilística jabatiana un cariz más incisivo, poético y mordaz que en anteriores obras suyas, los temas retratados continúan incidiendo no obstante en lo que nos atrevemos ya a denominar como el primer gran leitmotiv de su estética literaria, ya vislum- brado en sus novelas Caín o la literatura del odio (2009) y Parusía Punk (2011) y afianzado más tarde en Grimorios de la España cementerio (2013), el poemario que recientemente recogía la casi totalidad de su obra lírica; ese leitmotiv, ese microcosmos —esa intersección de la gran historia de los hombres— en el que se nota que Jabato se mueve como pez en el agua, es el que hace siempre referencia a la aparente contradicción entre, por un lado, el desen- canto existencial y la rabia visceral con que el autor con- cibe el mundo en su asfixiante colectividad homicida

(véase la agridez furtiva del cítrico) y, por otro, la ternura

y la compasión con que retrata a todas esas víctimas indi-

viduales del anulante poder de fagocitación de ese mismo mundo al que pertenecen (dícese del dulzor juguetón del azúcar). Sin ánimo de desvelar el argumento de cada uno de los relatos que componen este cuentario, nos detendremos a

continuación a ilustrar, mediante una selección de citas, la referida dialéctica jabatiana, osciladora entre el desapego

a lo totalizante y la cercanía hacia lo singularizante. En relación a la beligerante inquina que siente Jabato hacia toda superestructura subyugante, el narrador de Fiesta en Prosaquistán (Las tres gracias) nos enfrenta a la frívola oquedad del concepto de Patria con motivo de la

visita a un destacamento militar de una conocida celebri- dad a fin de arengar a la desmoralizada tropa: “Aquello era la patria. Un descampado reventado, una alambrada, unos jóvenes malpagados con whisky y media teta vista”. Del mismo modo, el narrador de La bandera incide en su insustancialidad en un escenario de magnanimidad a cuenta de la carrera espacial: “Los primeros que se acer-

caron al lugar sólo vieron un palo, un trapo, el azul, el blanco y el rojo, las barras y las estrellas.” Por último, en Gol de señor el narrador adscribe a la Patria inmisericordes connotaciones de corruptibilidad: “Traía un jamón de pata negra y una botella de Codorniú. Un maletín incon- fundible que no hizo falta abrir para que brillase”. Ade- más de la Patria, el concepto totalizante de Dios tampoco sale indemne de la cómica mordacidad de Jabato. Así, en Ascensión y caída en el monte despiste, un monje decide no ofrecer limosna a un menesteroso excusándose (y escu-

dándose) en el Altísimo : “—Lo siento

Igualmente, en

(Pen)última plegaria el narrador ahonda en el concepto de divinidad, en nombre del cual se han cometido las más infames atrocidades y tropelías: “Una sola palabra que transmitía una sola idea que asesinaba por fin, a sangre fría, la conocida historia, una sola palabra que parecía querer tan solo, sin más, el más puro advenimiento de algo nuevo (…) Una inmensa comunidad de monos pen- santes que rogaba a la Causa Primigenia”. En cuanto a la candorosa comprensión que muestra Ja- bato hacia los condenados por la civilización humana, merece destacarse en primer lugar la vuelta de tuerca orwe- lliana que propone el autor en El zoológico (Orwell revisited),

No tengo

tiempo

Dios me espera ahí arriba

”.

donde los animales deciden dejar de estar subyugados por los hombres, si bien, en su intento por zafarse de su tutela y tal y como en Rebelión en la Granja, acaban por asumir irremediablemente sus mismos vicios. Por contra, en Funerator (El ataúd vacío) la víctima, que acaba auto-en- terrándose, es un ser humano, quejumbrosamente escla- vizado por la sociedad consumista en que se consume su existencia: “Las tragaperras suponen una metáfora per- fecta de esta locura cochina que llamamos vida”. En úl- tima instancia, es el amor el que nos (re)-humaniza, como les sucede a los protagonistas de 2077: “Hacia el final de la noche, en el interludio licencioso previo al amanecer, la Mujer Plástico se sintió sincera por vez primera y dijo al Hombre Chapa: —Te amo. Y ambos se fundieron en un apasionado beso propio de otros tiempos”. Un amor, eso sí, mercantilizado y cosificado hasta el absurdo por la so- ciedad postmoderna, como se aprecia en Del amor a la má- quina de hierro y chapa: “Al dar la vuelta sobre su amante, el hombre descubrió el tubo de escape”. Afirma Jabato en El escritor que robó su propio libro lo si- guiente: “un escritor que no escribe es como un perro sin dueño”. Ciertamente, “el vértigo de la página en blanco” acaba afligiendo a todo escritor, consagrado o no, en mayor o menor medida. Sea porque se carece de historias que contar o porque no se sabe cómo contarlas, tal pade- cimiento está tan extendido que se torna obligado dese- arle a nuestro autor que no lo sufra en demasía, ya que nos estaría privando de un universo literario singular ca- racterizado por la densidad lírica de su estilo y la profun- didad de introspección en su retrato de comportamientos humanos. Lean a Jabato por todo ello, y léanlo, como este

prologuista ha hecho, dejándose arrastrar por sus fulgores y sus penumbras, impregnándose de su empatía y de su poesía. Bébanselo, como este prologuista ha hecho, mien- tras saborean, descreídamente, el agrio dulzor de un buen zumo de limón.

Enrique Moreno Pérez (Sevilla, 1981) es Licenciado en filología in- glesa y profesor de Lengua y Cultura Españolas en el Centro Univer- sitario Internacional de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Desde 2013 dirige el blog elcuradordepalabras.blogspot.com

1. MICRORELATO DESDE EL EXILIO

No pudo hacer mucho más ese verano. Fumó. Es- cuchó música. Esperó a que le volvieran las letras.

2. FUNERATOR (EL ATAÚD VACÍO)

E l hombre, único cliente en el bar, apuró su café, dobló cuidadosamente el periódico e hizo entender con la mirada —con sus grandes ojeras de pajarraco sobrevivido a la noche— que deseaba la cuenta. Vestía elegante pero desaseado, como si recalara a aquel amanecer y a aquel bar después de tres o cuatro días de boda pantagruélica. Antes de salir aún tuvo tiempo de echarse unas tragaperras y el camarero, apenas un niño, lo observó durante unos mo- mentos sin llegar a fijarse si el hombre perdía o ganaba. Antes de salir, el hombre dijo: «Uno puede ir ganando hasta que al final pierde. Como en el amor, las tragaperras suponen una metáfora perfecta de esta locura cochina que los vivos llaman vida». El camarero lo miró pensando lo que piensan todos los camareros, otro loco, todos me tocan a mí, la hostelería es un lodazal.

Ya en la calle, el hombre se paró unos preciosos ins- tantes frente a la plaza que se le abría, contemplando el sol tímido que, como una venturosa mortaja, cubría toda la escena: los repartidores en el trajín de los portales,

viejas avanzando imperceptiblemente al final de la calle Traspiés y unos perros despedazándose entre sí sobre un elevado jardincillo de arena. El hombre empezó a ca- minar resuelta y felicianamente, casi como un turista que mirase confiado los ventanales de las casas. Así callejeó sin rumbo, jugando en su cabeza a doblar siempre a la iz- quierda la primera esquina, hasta que —sin algo que lo precediese, lo anunciase de algún modo— una expresión de apuro, de prisa posmoderna, electrificó durante un se- gundo todo su cuerpo. Allí mismo paró un taxi, entró veloz y dijo con desagrado la dirección del lugar mientras buscaba entre sus bolsillos algo que no fuera ni calderilla ni migajas de tabaco ni cartones del bingo. Después, tran- quilizándose, recordó que se había guardado en el calce- tín un ultimísimo billete de diez euros, por si acaso. Fue entonces cuando vio en el salpicadero del coche una pe- gatina con el escudo de su equipo. El taxista le cayó ins- tantáneamente mejor:

—¿Cómo hemos quedado? —preguntó.

—Hemos perdido 0—1, en el último minuto —el ta- xista hablaba como si se refiriese a algo vivo— Este año como no se enmiende la cosa pegamos un segundazo de dos pares de cojones

—Eso no lo dude usted —nuestro hombre meneaba la cabeza, con la expresión del que sabe que las cosas son así y que la futilidad, cuando no la ignominia y la barbarie, dominan todos nuestros actos. Y se replegó en un sincero silencio del que el taxista ya no pudo sacarlo.

Cuando llegaron al destino, el hombre bajó lentamente, como si las prisas de la mañana, de la urbe y sus atascos, no fuesen ya con él. Mientras pagaba con el billete sudado, el hombre preguntó al taxista:

—Oiga

¿usted sabe quién es Caronte?

—¿Caronte? —el taxista buscaba el cambio, que el hombre negó con un leve gesto de la mano— ¿Ése no es uno de Sevilla Este?

déjelo —y el hombre ya se iba pero en un mo-

mento se giró sorpresivo y preguntó— ¿No tendrá usted fuego?

—Bah

El taxista, que ya se arremetía de nuevo en el caos ur- bano como un rinoceronte herido, dijo en el viento:

—No fumo

El médico me lo quitó. Entre el tabaco y

el Betis me iba a dar a mí una cosa mala

El hombre quedó varado en la calle, como un espantajo desvestido. Se habían acentuado sus ojeras y ya no tuvo arrestos para levantar la mirada y contemplar el sol. Buscó una última vez el mechero que sabía que no tenía y entró en el tanatorio.

Pasó delante de un trabajador que no lo vio porque lan- guidecía delante de un ordenador, comprobó un nombre en la placa adjunta a una de las puertas y entró sin más pre- ámbulos. Entre el pánico general, los gritos, las carreras y

las expresiones más terribles del horror humano, el hombre se dirigió al ataúd, lo abrió, se introdujo en él y cerró la tapa. Todavía cruzó los brazos sobre el pecho aunque sabía que ya no lo veía nadie.

3. LA LUNA

E l cliente pidió la luna y el camarero no pudo hacer otra cosa que obedecer. Se rascó un poco la barbilla, dejó por ahí su bandeja y se elevó sobre una de las sillas que ocupaban la terraza. Recogió con su mano unas pocas lu- miniscencias de luna y las aposentó cuidadoso en el café del otro.

4. EL ESCRITOR QUE ROBÓ SU PROPIO LIBRO

I

E l objeto en sí, aún inanimado, lo habías encontrado unos días antes en el cavernoso sótano de aquella casa que habías heredado de tu abuelo. En un caos brutal y casi ordenado, en una miscelánea improbable que derramaba aceite y óxido doquier, se amontonaban allí máquinas de coser del año de la polka, tostadoras, estufas y otros ca- charros de un uso probable que, algún día, desearon ser funcionales electrodomésticos. Como una cámara que so- brevolara aquel lugar repleto hasta el agobio de cachiva- ches acumulados diríase al peso, tus ojos te llevaron hacia el objeto en sí, que yacía sepultado —sepultado pero presto, como una pulga que se aletargase durante invier- nos enteros en el doblez de una camisa— entre cadenas y tubos de fierro. Allí reposaba la máquina de escribir, in- móvil, en silencio, pareciera que dormida. Tal cual una niña buena.

II

En un tiempo que apenas alcanzabas a llamar ayer, habías escrito tus más recientes novelas en el ordenador portátil que cargabas con cierto estoicismo de piso de amigo a piso de amiga, de Granada a Lima a Santiago de Chile a La Paz a Barcelona y definitivamente a Sevi- lla. Considerabas, con el insano descreimiento posmo- derno de aquellos que no saben nada de la magna historia, que habían pasado —que eran pasado como lo era Jesucristo o GG Allin— los romanticismos de la má- quina de escribir, del papel limpio y vestal que espera, del milagro de los garfios que se curvan hacia dentro y que físicamente sellan una a y una b, un Érase una vez, un The End, un En un lugar de la Mancha, un Y fueron fe- lices y comieron perdices. Habían pasado, decías. Uno

podía lamentarse, decías, fustíguese usted si gusta. Sin embargo ella, tu amante de entonces, riéndose, subió un día aquel trasto desde el sótano y lo aposentó con es- fuerzo encima de la mesita que miraba frontalmente hacia el único sofá de la estancia, allí donde debiera haber estado la televisión:

—Pesa. —Como su puta madre –dijiste tú. —Así, ahora, aunque no escribas —una sonrisa ma- lévola y cariñosa se insinuó en la cara de ella— la ten-

Lo único que queda es que te

drás siempre delante

sientes delante y hagas un poco de ruido. Un escritor que no escribe es como un perro sin dueño.

III

Lo cierto, lo ineludible al amanecer y al anochecer y en las plomizas duermevelas, es que llevabas un tiempo en el dique seco, rehuyendo como del demonio enfrentarte siempre solo y a veces desnudo a aquel espacio en blanco

que se suponía que tú, el escritor que te habitaba, el inte- lecto que te poseía, debías llenar de letras que conformarían fonemas que conformarían sílabas que al final conforma- rían palabras; rehuyendo de esa responsabilidad tuya para con las letras —para con tu equívoco futuro de hombre de letras— que en el pasado algo metahumano se empeñó en que asumieras; rehuyendo, al fin, de verte como te veías exactamente ahora, delante —y detrás— de un texto no- nato a las tantas de la mañana, con un cigarro en las manos

y el alma crepitando como un madero mojado en la cande-

laria. Mirando la pantalla en blanco sin decidir si te acosta- bas, te hacías otra paja o escribías un verso salvable. Se habían ido de esa cabecita tuya todas las historias que un día, no muy lejano, te regodeaste en escribir, y ahora esa ca- becita tuya era como un campo de batalla sin nadie a quien matar. Pensaste más de un día, más de un tarde a lo largo del otoño, en aquel verso de Bukowski que no era pero debía ser un canto a la creación artística; una cantinela que

a ti, sin embargo, en los últimos y frenéticos tiempos éstos,

no hacía otra cosa, no conseguía otra cosa, que dejarte con un conocido resabio en la boca y con un vacío sideral en las entrañas: Escribirás, decía el viejo poeta borracho, escribirás mientras un gato te sube por la espalda. Mientras el vecino ta- ladra la pared y mientras Enmanuel Goldstein desencadena

la III Guerra Mundial. Mientras la señora del tercero grita en las escaleras al hombre del butano y suena el teléfono que no coges y esperas la muerte y un grifo mal cerrado gotea y marca el ritmo de la tarde. Escribirás afanándole el tiempo —gotas de un oro inasible— a los propios relojes.

IV

Fue precisamente aquellos días cuando tu editor inten- sificó su acoso. Tú le dabas largas, le decías que, a mucho tardar, le enviarías en tres semanas el primer borrador de tu nueva y esperadísima y trepidante novela. Y lo hacías sin un temblor en la voz, como el buen liante que el ma- tadero editorial había hecho de ti. Después, nada más col- gar, te olvidabas de él y volvías indefectiblemente a lo tuyo. Seguías mintiendo y seguían en blanco las hojas. De- jabas pasar el tiempo, en espera de un milagro puntual. Así que la hiciste sonar por vez primera aquella ma- ñana. Preparaste el ambiente, comprobaste la conveniente cercanía del paquete de tabaco, quién sabe si incluso pu- siste algún tema de música críptica. El ruido, plac, plac, plac, llenó toda la estancia y luego avanzó por el pasillo y llegó hasta el baño y la cocina y las otras habitaciones, y después bajó las escaleras del bloque y abrió el portal y serpenteó por todas las callejuelas del vecindario hasta que al final, a vista de pájaro, tal cual un pájaro que se li- berase a sí mismo, sobrevoló la ciudad entera y los arra- bales suburbiales y los polígonos industriales y se perdió por los campos cercanos. Era una mañana de domingo que transcurría diríase entre sedas, una mañana que no permitía, como buena cuidadora, que nada del exterior se

filtrase hasta aquel tu menguado saloncito, habitáculo de Ikikomori e isla de Robinson por siempre. Al día siguiente, al despertar, recordaste que la víspera la habías pasado escribiendo, y te acercaste con miedo, somnoliento y en calzoncillos a la máquina y a los papeles adyacentes que se extendían en rededor. Al primer vistazo entendiste que aquello, de ser algo, era una puta mierda. Demasiada afección, demasiado artificio. Demasiado ba- rroquizante todo. Así que tiraste de mechero zippo y que- maste aquello y luego te fuiste a la cocina y volviste con

un café más que generoso y un bocadillo de atún con alioli

y te sentaste de nuevo en la silla, dispuesto a sodomizar

a aquella zorra de la literatura; pero las letras, cabronas

ellas, se ausentaron de ti aquella mañana y aquella tarde

y aquella noche, y las siguientes, y las siguientes de las si- guientes, y tú quedaste a merced del general Invierno,

que un día se coló sorpresivo por tu ventana y te vio des- nudo y suplicante en aquella habitación y te juzgó y te condenó por indolencia. Tenías los ojos inyectados en san- gre, mordiscos de tu amante en el cuello y, delante, la nada hecha papel.

V

El milagro se obró una noche de primeros de año. Los primeros golpes aún no os despertaron. Cuando encen- disteis la luz y visteis lo que efectivamente estaba ocu-

rriendo, tu amante gritó con la boca en escorzo y se frotó espasmódicamente los dedos de la mano derecha, como

si con el movimiento pudiera conjurar aquel espanto ate-

rrador. Pero la máquina siguió a lo suyo y tú la miraste con

ojos fijos y vidriosos, como el borracho que no cree lo que ve porque lo que está viendo, sencillamente, no puede estar ocurriendo. A pesar que desde aquella misma noche la máquina furibunda no dio tregua, vosotros tardasteis lo indecible en asumirlo. Sólo después de tres o cuatro días, en los que no salisteis ni un momento a la calle ni visteis a nadie ni hablasteis por teléfono ni abristeis si- quiera el facebook, empezasteis a creer en ello. La má- quina estaba escribiendo sus memorias. Una idea horrible se fue instalando en esa cabeza tuya sin literaturas a la vista, y una botella de ginebra, compar- tida con tu amante al pie de la máquina, hizo que te deci- dieras a hacerlo. En principio intentaste ordenar todas aquellas hojas, apilarlas siquiera en cualquier estante que no estuviese ya repleto de libros leídos y sin leer y de otras chuminadas. Llegaste incluso a marcarlas, página 1, pá- gina 2, página 32, pero pronto te pudo la desidia, la moli- cie sin par de aquellos días, y también te pudo el propio y frenético ritmo creador de la máquina, y pronto empe- zaste así a pensar que debías dejar las hojas tal cual caye- ran, del derecho o del revés, sobre el suelo sin moqueta de tu piso. Así —caídas hasta con cierta gracilidad, libe- radas después de impresas por el rodillo— las hojas, a lo largo de todos aquellos penosos meses, fueron llenando la habitación toda, y fueron poco a poco conformando, con la cadencia que se imponía a sí misma la diosa crea- ción, una desigual alfombra blanquinegra, hojas y tinta y nada más, hojas y tinta que no eran otra terrible cosa que la primera novela de la historia escrita por un máquina.

VI

Calculaste con previsión de comerciante ladino, con una inusitada avaricia que nunca antes te atreviste a practicar, que la novela, Dios mediante, estaría terminada a finales de año. Sabías lo que eras y ni siquiera eso te detuvo. Ni si- quiera pensarlo en tu cuarto en penumbra —confrontado a

ti mismo y a nadie más en aquel interín que se alargó du-

rante meses y meses y que ningún calendario se atrevió a datar— te hizo desistir de tu locura. Ni siquiera te detuvo saber lo que eras, pensar fríamente que eras un apropia- dor espurio de los ajenos esfuerzos, un plusvalidor de la letra y un ladrón de la literatura, zafio y alevoso y nunca

de guante blanco. Lo prescribía la ética del literato profe- sional y lo repetían aquellas esquinas —ciertas esquinas—,

y las puertas del infierno, de existir, estarían abriéndose

ahora mismo para ti, con la certeza y la lentitud de lo hu- manamente irremediable. Esperaste con mucha paciencia

y más tabaco el momento cumbre en el que la máquina,

parturienta del milagro, terminase de escribir. Esperaste el momento mientras real o poéticamente, elija usted, las pa- redes, fluctuando, se fueron haciendo aleatoriamente cón- cavas y convexas y el techo se quebró ahí arriba (¡en los cielos!) y el suelo se hizo polvo escaso en el que poco a poco, como en la arena de una playa voraz, se fueron hun- diendo las patas de la mesilla sobre la que la máquina se

recalentaba como una locomotora en miniatura. A veces paraba durante horas, y tu sufrías junto a ella, murmurán- dole entre dientes palabras de apoyo. Acariciabas su lomo metálico. Te reías como una hiena cuando retomaba el hilo.

Fue una tarde cualquiera. La máquina, poco a poco, dejó de crujir. Al final, sostenida casi en un suspiro, escri- bió un punto, bajó con el tabulador un par de renglones y pulsó a continuación y muy rápido una F, una I, una N, y quedó después quieta y casi en silencio, apenas con un ron- roneo sordo de animal que se sosiega en duermevela. Hu- biera sido el momento en el que ella se hubiera recostado un poco hacia atrás y habría encendido con naturalidad un cigarrillo, mirándose con industrial vanagloria los cur- vos garfios creadores. Pero nada de eso ocurrió: la má- quina siguió en su ronroneo apenas oído e hizo la tarde silencio, y tú permaneciste unos minutos en el dintel de la puerta, desconocido para ti mismo, mirando a la má- quina con la mano en la boca tal y como Norman Bates miró la ducha emporcada de sangre de rubia. Aún bajo la puerta, como en un descanso que te daba la tarde, fu- maste y fumaste, sobrecogido y empequeñecido, incré- dulo tú mismo de lo que ibas a hacer.

VII

Recogiste, ahora sí, todas las hojas desperdigadas. Reía el demonio en el infierno, acariciaba con gracilidad a su perro Cerbero. Diste vueltas por tu cuarto, demorándote en mirar las paredes, acuchillando el tiempo como el que no quiere llegar a una cita. De tu mano colgaba un ciga- rrillo consumido, inhiesto aún un largo cilindro de ceniza. Cogiste al fin la vieja mochila que meses antes habías pre- parado. La metiste dentro. Bajaste a la calle. La golpeaste en todos los semáforos y señales y cabinas y bancos de piedra que te salieron al paso. Arrastraste el cadáver de

la literatura por calles que jamás se atrevieron a imaginar tan semejante excelso espectáculo. Llegaste al río. Los can- dados de los enamorados, 5/12/05, 13/02/09, 29/11/10, última ultimísima moda de los transmodernos tiempos, saturaban los fierros del puente. La arrojaste al agua con esfuerzo y ni siquiera esperaste a que la máquina, aquel objeto mágico y casi amigo durante un tiempo, éste ser vivo que lo fue, se estrellase contra el agua. Los pájaros chi- llaban histriónicos, heraldos del fin de una época, y tú eras culpable de todo, proscrito ya de todos, pero eso no te im- pidió volver diligente a tu casa, escurridizo tu perfil como una rata mojada y yermo tu interior. Cogiste el teléfono, llamaste a tu editor, dijiste las tres palabras mágicas:

—Tengo la novela.

5. LA CASA INCENDIADA

E l hombre se paró por enésima vez delante de la casa de su ahistórico enemigo y allí, poniendo cara de loco furi- bundo pero callado, huidizo y peligroso, reconcentrando todo el odio del mundo en torno a su entrecejo de licán- tropo ibérico, cerro sus ojos e hizo —o eso pensó sin llegar nunca a creerlo del todo— explotar la casa del otro.

Transportado como en un hechizo volvió a su casa, pe- gado a las paredes, aterrado en el milagro.

6. EL ZOOLÓGICO (ORWELL REVISITED)

A l final de su vida, cuando agonizaba ante la mi- rada de unos turistas australianos que le lanzaban caca- huetes, el gorila Potito hizo prometer a sus compañeros de celda que llevarían a cabo una difusión de su obra entre todos los presos del zoológico, sin excepción alguna de edad, sexo o especie. El manuscrito fue pasando de los monos a los elefantes, de los elefantes a los osos, de los osos a los tigres, y así hasta que todos los animales del zo- ológico, hasta los considerados inferiores como las nutrias y todos los pájaros, leyeron el libro y asumieron su con- tenido.

El día cuatro de octubre, todos los presos, de una ma- nera o de otra en función de sus diferentes naturalezas, huyeron de aquel lugar. La mayoría se perdió en las sie- rras. Los menos se aprestaron a ser recogidos por alguna protectora y se resignaron a vivir una vida subvencionada por el Estado. Unos pocos salieron de la ciudad, consi- guieron cruzar la autovía y llegaron hasta un circo que es- taba apuntalado al otro lado, justo detrás del Pryca.

Chillando insanamente, los pájaros se reventaron des- nortados contra la lona del circo, haciendo un ruido sordo que hizo callar a un triste payaso. Las fieras entraron si- bilinas, conscientes de que nunca eran invitadas. Los monos, en los ojos de las púberes, supieron ver la seme- janza de la carne.

7. 2077

H acia el final de la noche, en el interludio licen- cioso previo al amanecer, la Mujer Plástico se sintió sin- cera por vez primera y dijo al Hombre Chapa:

—Te amo.

Y ambos se fundieron en un apasionado beso propio de otros tiempos.

8. GOL DE SEÑOR

A quella noche jugaron Buyo en la portería, Ma- ceda, Goikoetxea y Camacho atrás, Señor, Víctor y Gordillo en el centro del campo y Carrasco, Sarabia, Santillana y Rincón (sustituido por Marcos, en el 88′) como delanteros. La selección española tenía que ganar por once goles de di- ferencia para llegar a la Eurocopa de Francia del año de Gra- cia de 1984. La hazaña, pues, se presentaba en el horizonte un tanto negra, y ello aún de que enfrente, con elástica blanca y pantalón rojo, estaba la muy débil selección de Malta, que se presentaba en la ahistórica ciudad con un equipo pertrechado con charcuteros y ferrallistas. Santillana abrió pronto la lata, pero un intempestivo gol del delantero maltés De Giorgio heló el ambiente en el Villamarín. Dos nuevos goles de Santillana pusieron un —a todos luces, in- suficiente— 3 a 1 antes del descanso. El combinado nacional necesitaba marcar nueve goles en el segundo tiempo para clasificarse, y las gradas del estadio empezaron a quedarse vacías, el rojo y el gualda dejando ver ahora el blanco y el verde de los asientos. En muchas casas, los padres, encabro- nados, gritaron a sus niños/súbditos: “¡Tú, apaga la tele!”.

Pero la segunda parte empezó diferente: a los dos goles del bético Poli Rincón respondió Maceda con otros dos. Que- daban entonces cinco y los jugadores, quijotescos sin duda, corrieron entonces a las mallas, recogieron el balón y lo plan- taron de nuevo en el centro del campo. Los que minutos antes habían abandonado el Benito Villamarín, hombres y mujeres de poca fe, quisieron entonces entrar de nuevo y los operarios, en un acceso de patriotismo y solidaridad que hoy ya no permitirían los nuevos tiempos, abrieron los tornos y las gradas volvieron a llenarse. El octavo, de nuevo, lo hizo Rincón, el noveno Santillana. Quedaban entonces quince mi- nutos y tres goles para la gloria. De nuevo Rincón, agraciado, hizo el décimo y el bilbaíno Sarabia hizo el undécimo. Que- daba un gol para la gesta, y a falta de seis minutos, el esta- dio Benito Villamarín y todos los hogares de la vasta madre —un país entero unificado en torno al esférico— explotaron jubilosos cuando el zaragocista Señor, cubriéndose del ubé- rrimo platino de la historia, se internó por el centro y soltó un zapatazo que fue a alojarse con violencia en el fondo de las redes, ante los atónitos ojos de los niños que animaban en el Fondo Sur, justo detrás de la portería.

Los jugadores de Malta, llegados al vestuario al final del partido, quedaron unos segundos en silencio. Nadie, inexplicablemente, había encendido la luz, y la estancia había quedado sólo iluminada por la luz del pasillo fil- trada a través de la ranura de la puerta. Llamaron. Abrió el utillero. Entró un hombre enrojecido, orondo, funda- mentalmente ibérico. Traía un jamón de pata negra y una botella de Codorniú. Un maletín inconfundible que no hizo falta abrir para que brillase.

9. ASCENSIÓN Y CAÍDA EN MONTE DESPISTE

E l arcángel San Rafael se apareció en la mañana me- diada a un laborioso monje que doblaba la espalda ante un huerto que —como en un fallido sacrificio de Caín— se negaba a rendir lo necesario para la menguada comu- nidad de la que formaba parte.

—Vete corriendo, bueno y afortunado monje —le dijo aquel ser celestial—, que Dios entre todos te ha elegido y se te aparecerá, a ti y a ningún otro mortal, en la cumbre

Así que, bueno de ti, monje severo,

no pierdas el tiempo que no tienes

del monte Despiste

El monje ni se detuvo a hacer algún tipo de reverencia al ángel anunciador. Tiró el cayado allí mismo y salió dis- parado hacia el monte, abriendo nervioso los cerrojos del convento. Se internó entre los jaramagos remangándose con gracilidad el hábito, avanzando tan rápido que pare- cía tener tracción en las sandalias. Era como un torito me- cánico avanzando por una rampa.

En un pequeño descanso del terreno, junto a un chopo solitario, y tal y como si alguien lo hubiese aposentado allí, había un mendigo sin piernas.

—dijo con voz temblorosa y mano

instintivamente pedigüeña— Unos malnacidos me aban-

donaron anoche en este lodazal de Putifar, malditos

sean

a dirigirse hasta la casa cristiana más cercana, o a donde

usted considerase de buena fe el llevarme

impedido, mi mujer se fue hace dos meses con un puerco judío que tenía una pierna

? Soy pobre e

¿Podría usted ayudar a este viejo temeroso de Dios

—Buen hombre

El monje, como si entre un disco de Bach se colase por un segundo un desangelado aullido de GG Allin, bajó un momento de su placentera determinación tractora y dijo:

—Lo siento

arriba

No tengo tiempo

Dios me espera ahí

En la cumbre, el monje buscó a Dios con la vista, pero tan sólo acertó a divisar en la lejanía, sentado entre dos árboles, al arcángel San Rafael, que parecía sostener entre la boca una pajita o un cigarro, como si esperase a que ter- minara el turno. El monje volvió corriendo sobre sus pasos pero era ya fundamentalmente tarde. Debajo del chopo no había nadie.

10. EL PUENTE & LOS CANDADOS

Salió tan furibundo de casa de ella que no se lo pensó dos veces. Metió su cizalla en una vieja maleta y esperó en el bar de la esquina a que fuese prudentemente tarde. Después fue diligente al puente Milvio y, en absoluta an- tiperformance, reventó todos los candados que saturaban su estructura.

No quedó ni uno mucho antes del amanecer. Al día si- guiente, en las páginas del periódico Ideal, un poetastro local glosaría estupideces sobre aquel rotundo asesinato del amor.

11. EL HIJO DEL ERROR

I

A hora, que en mis tardes postreras me pongo a la tarea de escribir lo sucedido, me maravillo no sin cierto temor de lo que fácil que resulta. Entiendo pues ahora, cuando el pino que sin pudor me amortaje es adulto ya, que de haberme puesto antes a escribir (antes, antes, mucho antes, cuando aún era joven y tenía todas las muelas y no me dolía tanto el alma) me hubiera sin duda ahorrado todos esos sufrimientos que se hicieron míos aquella fatí- dica tarde de mi infancia y que —convertidos en auténticos reznos, arcanos reznos, amantísimos reznos, enemigos ín- timos y privados, vampiros en el dolor, en mi concupis- cencia— me chuparon la vida hasta enfebrecerme y nunca hasta ahora se alejaron de mi.

Aquella época ha sido elocuentemente denominada por algún historiador posterior como la Aburridísima Age. Tras todos los fracasos imaginables, soportados cada vez con menos resignación postcristiana, nuestras madres

intentaban que nuestros lechos estuvieran adecentados y libres de parásitos mientras nuestros padres —el que lo tuviera, claro— fumaban en los portales, masticando su odio hacia todo bajo un cielo sin conjuros, agraviado. Nosotros, los niños salvajes que éramos, apedreábamos gatos o poníamos grandes pedruscos en las carreteras cer-

canas, justo detrás de las curvas. La mediocridad, el tedio

y la mala fe, y sus hijos la codicia ruin y el crimen sote-

rrado, las traiciones por cuarenta euros, los desamores de las carteras, la brutalidad como horizonte existencial, las

multiversas miserias humanas al fin, tomaban todas las esquinas y todos los hogares, los gestos, las miradas y hasta todos los rincones de todos los gineceos en los que los mayores encerraban sin éxito a nuestras hermanas. Sin embargo, un día, ese tedio y ese rechinar de dientes —esa ahistórica mala leche reconcentrada y hecha para- digma en el Nos— iban a desaparecer. Al menos por un rato. En el interludio de un mediodía cualquiera, y co- rriendo por la carretera de Badolatosa, Pepillo el Medio- hombre entró en el pueblo al grito de ¡Qué vienen los zíngaros!.

II

Eran tres carruajes, varios burros y una veintena de personas con acentos babélicos, ropas humildísimas y

grandes aros en los lóbulos de las orejas los que quedaron

a la entrada del pueblo mientras un gordo inusualmente

enrojecido avanzaba por la calle Roya preguntando por

la Casa Cuartel de la Guardia Civil, a donde sin excepción

debían dirigirse todos aquellos titiriteros, nigromantes,

amaestradores de animales y en general gentes de mal vivir en espera puntual de que algún picoleto oficioso, mostrando apenas una mano hambrientísima por debajo de la mesa del despacho, expidiera la licencia necesaria con la que el espectáculo que fuese, un circo o una com- pañía de músicos o un vendedor de crecepelo ambulante, pudiese acampar extramuros y ofrecer sus espectáculos durante una tarde al menos. Ni siquiera mi padre pudo oponer algo elocuente al hecho impepinable de que todos iríamos a ver a los feriantes. Sólo me miró, buscándose un paquete de cigarrillos que no tenía, y me dijo:

—Cuando veas a esos mierdas te vienes a casa. Que no está el horno para bollos.

Aquella tarde acudió todo el pueblo a ver a los ferian- tes, incluso los que no movían un dedo sin consultar al cura Don Alfonso y los que se creían sosegadamente ins- talados en un status superior que les impedía, por lo ge- neral, coincidir socialmente con la chusma analfabeta del barrio de la Vouracha. Incluso mi padre, que siempre ponía una vela a Dios y otra al Diablo, acudió. A las seis más o menos, y con nuestra sempiterna mirada de mon- taraces que lo flipan sólo porque un día caigan granizos, todos los vecinos fuimos entrando en las diferentes barra- cas. Puedo afirmar que, con esa mixtura de ingenuidad y aventura inhibida que suele definir a los habitantes de las zonas rurales, perdidas y abandonadas, los espectáculos allí expuestos —si bien hoy no harían levantar ni aún por un instante la mirada de un niño que jugase a dar de me- rendar a su tamagochi— nos marcaron profundamente y

nos cambiaron hasta en lo más profundo de nosotros mis- mos. Tuvieron que pasar casi dos generaciones enteras para que, con la llegada del primerísimo destape, volvie- ran a iluminarse de tal forma nuestras retinas. El pueblo ya nunca iba a ser el mismo, ni nosotros, ni nuestros pa- dres, ni siquiera las vestigios de piedras milenarias que desde el cerro siempre nos presidían. Nada habría ya de ser igual y yo sentí que era la última tarde de mi infancia.

Después de pasar el inevitable pasillo de espejos de- formadores, las echadoras de cartas y los trileros, después de ver una vaca con dos cabezas y lo que parecía ser una diminuta sirena metida en una botella de anís del mono, después de ver a la mujer barbuda cubierta por un mu- griento albornoz y a un tunante que decía estar poseído por el espíritu transmigrador del Gran Houdini, el gordo que había entrado en el pueblo como mensajero y repre- sentante se dirigió pomposamente a todos.

—Estimados conciudadanos de Becerrero, aún les queda lo mejor por ver. Véanlo y cuéntenlo allí donde vayan: el auténtico hombre bicho

El gordo descorrió con asco apenas disimulado una mugrienta cortinilla horizontal y así, sin más preámbu- los, dejó a la vista al Hijo del Error. No hubo desmayos porque las mujeres de nuestro pueblo, excepto alguna excepción deshonrosa, eran —antes que Sisís Emperatrices prestas al sofoco— auténticas Evas Mitocondriales acos- tumbradas a parir en cuclillas en un muladar, desollar co- nejos y quemarse con cigarrillos las verrugas. Alguna sí

lloró. La mayoría de los hombres, vidriosos sus ojos y per- didos en los naufragios de la ginebra barata, como si vie- ran el enésimo apaleamiento de un gato, permanecieron absortos hasta que uno de ellos, el más borracho o tal vez el más sensible, empezó a blasfemar contra Dios, contra su Orden y contra la Naturaleza, contra la progenie, con- tra la reproducción y contra todo lo que se moviera, y al- guien lo sacó a trompicones de allí y lo retuvo en la puerta hasta que llegaron dos efectivos de la Benemérita. El resto tardamos algún tiempo, o al menos yo tardé, en compren- der lo que estábamos viendo: en principio, no más que un montón de mantas o retales sobre unas tablillas de ma- dera. Sin embargo, un cierto movimiento nos hizo fijarnos mejor. De entre los harapos emergía lo que pronto, en el epítome del espanto, entendí que era algo muy parecido a una cabeza humana absolutamente calva que parecía haber sido golpeada y quemada y atravesada con fierros. La cara de aquello era casi una absoluta tábula rasa que se iba hundiendo hacia abajo y hacia dentro, sin posibili- dad de barbilla o de mandíbula siquiera, y que solamente iba a morir en el boquete que —si aquella criatura comía humanamente— debía hacer las veces de la boca. Enton- ces, el feriante se sirvió otra vez de la varilla, descorrió malamente los trapos y dio una nueva vuelta de tuerca al asunto. El ser se reveló entonces como un auténtico gu- sano humano de apenas un metro, sin otras carnes que no fueran una continuidad asalchichonada y sebosa. De aquel tronco tortuguilíneo, y muy pegado a la cabeza, emergía un brazo viril al final del cual una mano perfec- tamente formada escribía sobre unos papelillos que su ex- plotador le iba dispensando. No supe lo que escribía

aquella mano porque nosotros éramos analfabetos totales, hijos y nietos de montaraces ágrafos lejos de todo. Sin em- bargo, a pesar de mi total falta de instrucción, entendí que aquella criatura escribía siempre los mismos cuatro sím- bolos. — ¿Qué escribe ese tunante? —preguntó alguien desde el anonimato moral de las últimas filas. —Amor —el feriante hablaba como un pedagogo en la Academia de Atenas— El desgraciado lleva así cuarenta años. Desde que nació

Supongo que cuando el pánico remitió un tanto enfo- qué bien por vez primera la vista. Aquella cara sin nada tenía un único ojo que miraba fijamente al niño que yo era.

III

Salí de lo que entonces, y aún casi ahora, me pareció la antesala del infierno. Supongo que vomité sobre unos ja- ramagos y bajo un cielo agraviado, ceniciento pero in- usualmente claro, que permitía ver la forma exacta de los nubarrones. Aun así, no llovería. No recuerdo bien qué hice a continuación, en qué desaproveché el resto de la tarde, aunque supongo que simplemente vagué desorien- tado por los arrabales hasta que la pronta noche me hizo tomar conciencia de qué, quién, era. En el aire que bajaba del Becerrero venían mezclados los aullidos de una entera legión de lobos. Pensé entonces en mis padres, en la que me caería si no regresaba a casa ya mismo. Sin embargo después pensé que la paliza ya estaba dada, que si no era

por llegar tarde sería por haber apedreado a algún gato o por un roce en los zapatos que no podría ver ni Sherlock Holmes y que mi madre, con ojos de animal superior, de pobre y austera, detectaría apenas traspasado el umbral de casa. Una fuerza extraña, que tal vez sólo fuera mi yo del futuro que viniese a guiarme, hizo que tomara el ca- mino menos corto a casa. Atravesé en un santiamén la plaza del Aire y me dirigí a la explanada en la que habían acampados los zíngaros.

Llegué a tiempo de ver cómo arrancaban aquellos bo- ciferantes carros de Baco y para ver también, justo antes, cómo se desprendía de uno de ellos un fardo que cayó en sordina y que fue a rodar unos metros más abajo, en el desnivel de la cuneta. Entendiendo que vivir nos hacía a todos culpables, me acerqué como en un sueño, cons- ciente de la gravedad de mis pasos, y desenvolví los mis- mos harapos que había visto por la tarde. Comprobé lo que ya sabía y allí mismo, con mis propias manos de niño, cavé un improvisado reposo para el Hijo del Error. Volví a casa, anhelando ahora la paliza.

12. LA CULPA DE ALGO

A quel hombre triste salió de su trabajo olvidable y se dirigió al metro más cercano. De camino, en cualquier esquina que ya siempre recordaría y por la que jamás vol- vería a pasar, encontró a seis o siete hombres pateando lo que en la ciudad tiempófaga parecía solamente un fardo abandonado y era en realidad un prójimo tan anónimo como doliente. Nuestro hombre triste siguió su camino y llegó a tiempo para coger el que quizás fuera el último metro de aquella noche vulgar. Nada más llegar a su casa, aún en el umbral, soltando las llaves sobre un cuenquito de porcelana, su mujer vis- lumbró en la mirada del hombre la vergüenza, el desdoro, la mentira ante los hombres, ante Dios si existiera o exis- tiese, ante la Historia si ello importase. Una mirada que era una guillotina, una brizna de luz que restalló sobre los metales de la cocina. Y errando los motivos, preguntó:

—Has estado con otra mujer, ¿no?

13. EL LIBRE MERCADO

E l Médico miró con desagrado al Enterrador y dijo en un tono avinagrado y autoritario:

—Le tengo dicho muy en serio, señor mío, que no me hable de nuestros negocios en público…

14. LA BANDERA

La nave, procedente de la luna, aterrizó entre cientos de miles, millones tal vez, que se habían congregado en aquella llanura. Se abrió una pequeña trampilla de la que emergió raudo un potente haz de luz. La emoción, mas- ticable, pesaba como un niño muerto en los brazos. Hubo unos segundos de expectación contenida, de murmullos que van poco a poco acallándose. Era la de los momentos previos al lanzamiento de un penalti en el minuto 89. De la trampilla salió lanzado algo que los que estaban lo su- ficientemente cerca casi identificaron como una bandera raída atada a un palo. Describiendo una parábola un tanto cutre, una parábola que casi no fue tal, la bandera se elevó un segundo en el cielo y fue a caer entre unos setos adya- centes. La nave partió rauda, y se difuminó en las lejanías del cielo vacío justo en el mismo momento en que se per- dían las últimas briznas del sol. En ningún momento se había escuchado el sonido de un theremin o algo así.

Los primeros que se acercaron al lugar sólo vieron un palo, un trapo, el azul, el blanco y el rojo, las barras y las estrellas.

15. FIESTA EN PROSAQUISTÁN (Las tres gracias)

M ientras el avión daba vueltas y se acomodaba para aterrizar entre la neblina, Lady Porconni pudo con- templar una mínima parte de los territorios destruidos por la guerra. Pues tampoco es para tanto, pensó, seguro que hay hasta McDonalds. Nada más bajar, la diva —guapísima ella pero fundamentalmente torpe, como un jirafa en un zoco— metió los zapatos de veinte mil euros en un loda- zal del que tuvieron que venir a rescatarla tres esforzados soldados. Olía a petróleo, a gas, a carne quemada. Llovía en Prosaquistán y el comandante Plácido la esperaba bajo un insuficiente paraguas.

En el lugar del concierto, los soldados, tal y como si es- tuvieran en las gradas de una final de infrafútbol y no ante una actuación de la ultimísima estrella del pop uni- versal, parecían salirse del pellejo: saltaban, se llevaban las manos a los testículos, hacían cortes de manga y se de- rramaban sobre sí enteras botellas de alcohol. Escupían lapos con furia y descreimiento y muchos se masturbaban

ya. Entre bastidores Lady Porconni oteó a aquellas masas simiescas y por un momento se asustó; pero después pensó en la pasta gansa que ya había cobrado por aquellos veinte minutitos de espectáculo y se tranquilizó. Estaba preparada. Sus dos acompañantes estaban preparadas. Todas estaban preparadas. Todas eran profesionales. Y después de la actuación el avión privado las llevaría en apenas cuatro horas hasta la ciudad santa de Dubai, donde, sin ningún pensamiento gravoso, podrían rela- jarse en un spa y freírse las pestañas con rayos uva. Veinte minutos, pensó. Y ni uno más. Con eso, aquellos pajilleros tendrían material suficiente para hacerse de se- guido dos o tres guerras enteras. Con los primeros acor- des de Te amaré hasta que me ames, la Porconni, secundada momentos después por Leila y Deila, saltó al ruedo sin saber que ella era el toro. Dos enormes botellas de coca- cola hechas de plástico franqueaban el escenario y ser- vían como columnas a una inmensa y luminiscente M amarilla. Atrás, como olvidado, estaba expuesto un gran trapo rojigualdo, deslucido, posthistórico. Como si no quedasen en nuestro ejército trapos decentes con los que engalanar los actos de postín. Como si el rojo se hubiese convertido en un desilusionante rosa y el amarillo fuese, ahora más que nunca, el amarillo de los artistas que mueren sobre las tablas. Aquello era la patria. Un des- campado reventado, una alambrada, unos jóvenes mal- pagados con whisky y media teta vista. Aunque ya nunca llegaría a entender, siquiera mínimamente, el sen- tido de aquellas palabras, la Porconni, moviéndose insi- nuadora, pasándose las manos desde la cadera hasta allí donde le brotaban las dos pelotas de playa, pronunció

aquellas palabras que el director de Propaganda le había dicho que pronunciase:

—¡Saludos, próceres de la patria! ¡Espero que me améis tanto como yo os amo a vosotros! ¡Viva el tontipop!

Y ya no hubo relojes dalinianos para más. El coman- dante Plácido, que hasta entonces intentaba llevar el compás desde un lateral del escenario, solo tuvo tiempo de intentar parar al primer soldado que saltó. Quizás también al segundo. Pero pronto hubo veinte, cuarenta, doscientos retoños de gorila sobre el escenario. Eran ha- cedores de patria pero también eran niñatos descontrola- dos, dopados, asustados, fundamentalmente alienados que, en un intento de sexo, en apenas dos minutos, des- cuartizaron sin tregua a Lady Porconni y a sus dos acom- pañantes. Hasta los soldados encargados de custodiar a las tres mujeres —como ya hicieran los militares de Por- tugal en el 74— se unieron a la fiesta muy pronto, dema- siado. Si Dios existiera habría visto al capellán castrense tocándose por encima de la sotana con disimulo apenas intentado, lascivo y provocador. Los mandos disparaban al aire sus pequeños e historiados revólveres, se palmea- ban riendo las espaldas y hacían como que no les bajaba una gota de amargor por la garganta. La líbido, la absti- nencia, el frenesí, la droga, el aburrimiento, la desespera- ción, la locura y la patria. Y tres mujeres expuestas como ofertas de salami. El comandante Plácido casi no había te- nido tiempo de asir unos restos de licra y apenas unos úl- timos jirones de carne. La actuación había durado poco más que el conciertazo de Ramoncín en Viñarock 2006.

Cuando se pasó aquel aquelarre hombruno, cuando amainó aquel concubinato del semen y la sangre y la ma- yoría asaltaba ahora el almacén de bebidas y huía hacia los penumbrosos descampados cercanos, el comandante Plácido ordenó a los más borrachos de entre ellos recoger los improbables restos de las tres mujeres y amontonarlos junto a unas ruedas de camiones. Combustible no faltaba nunca en aquel lugar del planeta y alguien acercó una ce- rilla. El comandante Plácido se quedó un momento inmóvil mirando la fogata, aquella impensable ofrenda a Marte que habría de mantenerse ya viva hasta el lluvioso amanecer. La guerra, la concupiscencia de un cuerpo que somete a otro, olía peor que nunca y él no se encontraba especial- mente bien. Sentía algo así como una vaga desilusión se- xual en el bajo vientre. Dijo a su inmediato subalterno:

—Ordena formación. Me los pones a correr hasta que yo me aburra.

Los soldados reaccionaron al silbato como si todos se llamasen Paulov y, mirando los inciertos campos de la ce- guera (ahora callados, apenas amanecidos, diríase casi sin enemigos), se aprestaron a sobrevivir un rato más. El sub- alterno siguió en silencio, mirando al jefe, como espe- rando otra orden o tal vez una palabra amable o incluso un abrazo o una mirada de hombre a hombre.

—Es todo —dijo el comandante Plácido—. Puede reti- rarse. Viva España.

—Viva.

16. EL TAXISTA

I

L os días malos empiezan mal, todo dios lo sabe. El encargado de la fábrica de bombillas Lumenex, en la que el hombre trabajaba desde 1989, lo había llamado a su despacho y había dejado caer la noticia con aquella tan característica voz suya de máquina de tabaco, invirtiendo el menor tiempo y la menor cantidad de oxígeno posibles, y reservándose —el muy perverso, el muy ladino— hasta una cierta gravedad expresiva. Y aún después, como si in- tentase exculparse del juicio de la Historia que todo lo ve, que nada lo olvida, entonó el lloriqueo del que se acaba de enterar, dos carreras y dos masters después, de que el sistema ha hecho crack, de que tal vez no haya hecho otra cosa a lo largo del tiempo. Sea como fuere, el resultado era simple, como las cuentas de un ábaco. El hombre es- taba fuera. Tenía cincuenta y pocos y eso ya era mucho para quedarse fuera. No tenía demasiados estudios ni de- masiados contactos ni demasiada inteligencia ni práctica- mente demasiado de nada. Sabía hacer bombillas.

Con las manos desfallecidas desde el mediodía sobre

el

volante, con los ojos perdidos en dios sabrá qué Ítacas,

el

hombre dejó que le atardeciera y le anocheciera y le lle-

gara hasta la madrugada dentro del coche, impasible y desnortado frente a aquella futurible corte de los mila- gros que se representó, sin que él la viera, delante de sus ojos, y que no era otra cosa que el transcurrir cambiante y único —inevitablemente prosaico— del barrio.

II

El barrio, por supuesto, era el típico barrio. En su día, en los tiempos del desarrollismo, había sido un prototípico suburbio del extrarradio obrero cuyas calles se llamaron primeramente como los pueblos de los que procedían los nuevos urbanitas —calle Zalamea, por ejemplo, o calle Be- namejí—, esa nueva casta de urbanitas que, arribada, lle- gaba a espuertas desde las sierras y desde la hambruna y que desde entonces sobrevivió pegada como una lapa a las paredes de tizón y tristeza de la fábrica Lumenex, ese mastodonte grisáceo que tenía, tal vez, algo de megalítico

y que fabricaba bombillas de todo tipo pero que igual-

mente habría podido perpetrar sopa de sobre o plutonio empobrecido… Todo eso era al principio, cuando aque- llos pobrecitos apenas habían acabado los alimentos que

bajaron de las sierras y cuando apenas sabían usar un paso de cebra. Eso eran otros tiempos, decían ahora los nostálgicos y románticos del lugar, que también los había. Los otros tiempos. Los pasados, los que ya no volverían porque ahora la calle Benamejí se llamaba calle Chenoa y

la plaza del barrio era un parking del mercadona. Los días

con días detrás, como glosaba algún bardo localista apo- sentado en la pequeña barra que el bar Verona sacaba a la calle, los días en los que en cada hogaza de cada hogar se amasaban los panes —y los peces, si los hubiere— de la ilusión y aún de la fuerza. Sin embargo, ahora ya sólo parecían quedar canis pegando motazos por ahí, depen- dientas de supermercado que querían ser Letizia Ortiz, talibanes del fútbol y trepadores olímpicos en los callejo- nes de la micrópolis. Mediocres hombrecillos que estu- diaban para policías. Vecinos que en el mejor de los casos se odiaban en silencio. Putillas baratas en Telecinco a la hora de comer. La hiriente realidad del barrio se hubiese mostrado en absoluta verdad a nuestro hombre si nuestro hombre hubiese tenido el ánimo, el temple, para tales me- nesteres. Sin embargo, gracias a tal prosaica y majestuosa verdad, mandamiento primero y mandamiento único, él iba a ver la luz. Un golpe en la ventanilla le hizo volver en sí. Vio a tres jóvenes destruidos, de pelo largo y dientes ausentes, secos como una jeringa. El chándal del Carre- four, prácticamente de plástico, los delató definitiva- mente.

¿cuánto a las Tres Mil? —el de en

medio, el que parecía más sereno, llevaba un montón de monedas en la mano. Parecía ser el tesorero. Esperó

medio segundo de rigor y repitió— ¿Cuánto a Las Tres

Mil, cabessa? Lo de siempre, colega

—Illo

cabessa

¿no?

El hombre no sabía qué decir. En aquel estado soterrado y casi intransitado de su mente, lo único que había hecho nuestro hombre era reconocer a uno de los tres parias.

Creía recordar que era el hijo de una antigua vecina, una mujer que se esforzaba con ahínco en la vida y que murió hace poco, atropellada por el camión de la lavandería en la esquina de la calle Descuido con la calle Malfario. Si- guió mudo, notando la cierta tensión que subía, como la sierpe del deseo, por las espaldas sudadas de los yonkis. No sabía qué decir, eso era todo. No sentía miedo. No sen- tía nada. Se hubiera sentido prácticamente igual en las playas azulísimas del Hemisferio Felicidad, con un daikiri o cualquier otra improbable bebida en la mano. El hijo de la señora se limpió las boqueras de sabo y dijo:

—Bueno

¿qué?

¿nos llevas o no, tío? Estás en la pa-

rada

—y mecánicamente repitió— ¿Cuánto a Las Tres

Mil?

Alguien, al final de la calle, rompió a costa del erario público una triste farola de luz amarillenta.

—Lo de siempre –nuestro hombre contestó tranquilo, hierático y macizo su perfil, favorecido tal vez por el súbito cambio en la iluminación de la escena. Los enmohecidos jóvenes subieron al coche con la celeridad sistemática de los organismos primitivos y también de las máquinas. Él tenía trabajo.

17. EL ACANTILADO DE POR SIEMPRE JAMÁS

A conteció que —tras el descubrimiento del fuego, de la rueda, de la penicilina, de la fisión nuclear, de in- ternet y del mapa completo del genoma que nos con- forma—, la Humanidad, en esa su constante búsqueda que nunca acaba, descubrió la tan ansiada inmortalidad. Algún tiempo después, había programas de televisión en los que ciudadanos cualesquiera competían despeñando por acantilados del país a viejos enfermos. Éstos rebotaban gráciles, riéndose impunes de sus huesos rotos.

18. EL CÍRCULO

Él murió por causas que no interesan a la narración y ella se quedó un verano entero encerrada en su casa. Él fue in- cinerado y sus más pequeñas partículas, mezcladas en un humo caliente, salieron por la chimenea del tanatorio y vagaron gráciles por el cielo durante un tiempo, hasta que entraron a formar parte de una cálida tormenta propia de finales del verano y tan pequeña que apenas era una nube. En ese mismo instante, ella sintió un ramalazo de energía columna arriba, como si alguien le pasara la mano hasta el cuello. En un momento dado, la tormenta –sor- prendiendo tal vez a algún meteorólogo que estudiase el tiempo desde una estación cercana— cambió de rumbo y se dirigió casi como si fuese un organismo vivo, como si tuviese una preclara conciencia, hacia la ciudad. Ella, como una Mina posmoderna que esperase a su Démeter, necesitó bajar al pequeño jardincillo. La nube entró precoz por los arrabales soltando ya las primeras gotas. Cuando llegó al jardín ella estaba preparada, desnuda, ofrecida.

19. (PEN)ÚLTIMA PLEGARIA

I

L a humanidad entera dejó de colgar vídeos de pe- rros meando en facebook, tomó posesión de su carcasa fí- sica y salió a la calle besando los manos de todos los que encontraban al paso, desprendiéndose de sus vacuos ob- jetos de superchería gomorriana y vertiendo enteros años de anegado ahorro sobre los mendigos más zarrapastro- sos del lugar. La humanidad entera empezó a repetir aquella palabra que podría haber sido palustre pero era Dios.

Los que vinimos al mundo después de aquellos acon- tecimientos, en un momento de la historia que ya solo pu- dimos llamar post algo, los que nacimos cuando ya toda ilusión se había perdido, hemos intentado explicarnos lo sucedido, pero solamente hemos sabido construir una in- evitable Historia –es decir, un relato— de todo aquello, al modo al que lo hacían los hombres y mujeres de la época. Así, con el propio descreimiento de los hechos acontecidos

y de las teorizaciones a posteriori, pero tal vez no exentos de razón, nos hemos atrevido a afirmar que todo aquello

no fue más que una disparatada paranoia a nivel mun-

dial, una preciosa locura de pantagruélicas dimensiones

y un trance tan colectivo que no se conocían –de haberlos,

claro— hombres o mujeres, niños o viejos, triunfadores de la plusvalía o perdedores en el arroyo, que antes o des- pués no se hubieran unido a la plegaria. Así fue la cosa y así transcurrió, con la normalidad casi de una victoria del Real Madrid o de un curro de camarero sin contrato a cua- tro euros la hora. Así fue la cosa y ahora, en las escuelas de primaria de toda Eurasia, encima de la pizarra de nuestros adoctrinadores, había un enorme vacío en el que yo, cuando me apretaban el hambre y sobre todo el más absoluto tedio, siempre imaginaba una interrogación de la que brotaba, a trompicones, como con desdoro, un lí- quido rojo oscuro.

II

Así fue la cosa. Las voces salían por las ventanas de las casas y se escuchaban al otro lado de la pared, por las urbes del estraperlo y por los pueblos inmemoriales de esos que todavía tienen plaza, desde Siberia hasta las tie- rras del fuego y desde California, por ejemplo, a Hanoi. Rebotaban en los estadios del infrafútbol y en la cola del paro y allí en cualquier otro improbable lugar donde que- dase algún ser humano. Los pusilánimes del club Bindel- berg, los grandiosos pordioseros de Calcuta, los libertinos, los ferrallistas, los seguidores de Crowdley, los piadosos, los ajedrecistas, los que despertaban al sol en las raves,

los desertores, los técnicos del aire acondicionado, los que nunca habían comido de sus propias manos, todos y cada uno de los jerarcas enrojecidos del Politburó, los hombres de iglesia con las manos regordetas, las monjitas que cu- raban leprosos en el Ultra Oriente, los publicistas de la carne y el atraco, los integrantes del Ministerio de la Paz, los residentes de Interzona, los que creyeron en su día en un universo llamado Noosfera, los escritores fracasados en la bisagra de su vida, todos, todos y cada uno de ellos, mesmerizados en un trance de salvación, repetían aquella palabra que podría haber sido palustre pero era Dios. Por primera vez, y después de milenios enteros sin entenderse ni pretenderlo, después de días y días transcurridos uno tras otro, uno tras otro, bajo el infame signo del saqueo, la violación y el apedreamiento del prójimo, la humani- dad entera hablaba un mismo idioma de una sola palabra. Una sola palabra que transmitía una sola idea que asesi- naba por fin, a sangre fría, la conocida historia, una sola palabra que parecía querer tan sólo el más simple adve- nimiento de algo nuevo. Una gerusía que abarcaba efec- tivamente a la comunidad entera, que pedía perdón por el pasado y que se proyectaba con ilusión, con encanto re- nacido, con humilde encaro, hacia el futuro. Una inmensa comunidad de monos pensantes que rogaba a la Causa Primigenia.

III

Los últimos aullaban aún algún tiempo después. La mayoría, bajo cielos sin novedad, iba regresando triste- mente a sus trabajos.

20. EL NIÑO A Y EL NIÑO B

I

E l niño A y el niño B se odiaban con el odio que se supone reservado en exclusividad a esos adultos derrota- dos cuyas vidas se torcieron en cualquier celada y cuyas conciencias, desnortadas, no son capaces de encontrar otro desahogo que no sea el de proyectar el mal a sus más exactísimos iguales. El niño A y el niño B se odiaban sin posibilidad alguna de entendimiento, cuando se encon- traban por el barrio o cuando se enfrentaban en un par- tido de futbito total —quince contra quince— en el patio del colegio. El niño A y el niño B se odiaban, aún sin saber por qué, tal y como lo hicieron los fraticidas hermanos del 36, tal y como lo hacen carlistas y juancarlistas, provincia- nos y urbanitas, rockers y mods, inquilinos y caseros, su- níes y chiíes, béticos y sevillistas, Sherlocks y Moriartys, güelfos y gibelinos, churreteros y mondongueros, ñetas y latin kings, camellos y policías, egiptólogos y egiptóma- nos, iconodulos e iconoclastas. Tal y como se odian los vendedores ambulantes y los propietarios de negocios le-

gales, los pacifistas y los adoradores de la silla eléctrica, los fagotizadores de carne big mac y los veganos de la soja y el seitán, los politiquillos baratizados y los trabajadores de cualquier cloaca, las señoronas de buena fe y las pros- titutas rumanas que se acuestan con sus maridos, los mís- ticos de la trascendencia orientalizante y los prosaicos materialistas de sexo, dineros y comida.

II

Un soleado domingo de primavera, la madre del niño A entró cautelosa en su cuarto y dijo:

— Amor, hay una cosa que debes saber. El niño B se murió anoche. A veces estas cosas pasan, pero no debes tener miedo. Ahora está con Jesucristo y con los angelitos del cielo en un lugar muy bueno y muy bonito. Esta tarde iremos a su casa, para que puedas despedirte de él como Dios manda.

El niño A se mostró afligido, pues ya sabía que eso era, sin más, lo que los adultos esperaban de él. Sin embargo vibraba su entero ser, masticando una inviolable victoria no por desposeída o miserable menos jugosa. El niño A esperó prudentemente unos segundos y, cuando supo que su madre se despistaba en los quehaceres de la co- cina, se dirigió al cajón de la costura y agarró una pequeña aguja que mantuvo escondida, bien cerrada la mano, el resto del día. Su cara, a poco que se le observara aséptica- mente, mostraba una pátina de felicidad desbocada que su madre —pues para ello era su madre— no consiguió

explicarse. Era, sin duda, la inusitada libertad de la que pocos, muy pocos, han disfrutado a lo largo de la extensa

y desconocida historia.

III

Después de comer, la madre del niño A desembaló el traje con el que el pequeño había ido a la boda de su prima. Lo vistió con esmero y sin premura, disimulando su pena. Le limpió las uñas, lo perfumó, intentó aplacar los remolinos de su pelo indómito. Para cuando salieron

a la calle y se dirigieron a la casa del niño B, el sol ya se había ido, la tarde se había jodido y junto a los columpios desven- cijados y herrumbrosos, espejos tristes de todo el barrio, se habían formado pequeños remolinos de viento que eleva- ban consigo paquetes de chucherías y colillas. Mientras es- peraban el ascensor, el niño A miró a su madre y dijo:

— Mamá, quiero verlo. Necesito verlo.

Su madre lo miró con una renovada ternura y con ex- cesiva madurez, como si su hijo fuera ya un hombre que volviera de hacer la mili en Melilla. Contestó con lágri- mas asomadas a la balconada de los ojos:

— Por supuesto, amor.

IV

Nunca se había atrevido a imaginar la habitación del niño B. Ni siquiera ver un banderín futbolero de su propio

equipo sobre la cama del otro aminoró en un ápice el pan- tagruélico odio que lo sostenía. El niño B yacía en la cama, con el uniforme de marinerito o de aviador con el que se- guramente habría hecho la primera comunión. Alguien había colocado un rosario entre sus dedos rígidos, pero lo había hecho con tan poco tino que las manos habían que- dado en una infame y ridícula posición, hacia dentro, como

si en vida el niño B hubiera sido retrasado. El niño A se ale-

gró de que lo hubiesen maquillado estúpidamente, perfi- lándole las cejas y poniéndole colorete en las mejillas.

Parece una niña, pensó, y estuvo a punto de decirle a su

madre que cuando él muriera ni por asomo se les ocurriera ataviarlo de tan grotesca forma. Cuando supo que nadie lo miraba, el niño A se acercó al cadáver de su archienemigo

y

se inclinó tanto sobre su torso que pudo sentir, con alegría

y

asco, lo que entendió era el mismo olor de la muerte. El

niño A abrió su mano sudada y, con la precisión de un ga- leno o de un charcutero, perforó con la aguja, rápidamente, el cuello del niño B. Nada cambió. Nadie se movió. Los adultos siguieron llorando. El aburrido dios del que habla- ban sus aburridas catequistas ni siquiera tosió, allá arriba en los cielos, y él no pudo hacer otra cosa que pensar en gusanos y en materia devorada, en la nunca resucitada carne redenta. Salió a la calle eufórico y casi silbando, como un crápula que viniera de follar, y esperó a su madre dando vueltas en torno a los herrumbrosos columpios.

V

Nada más entrar a su casa, el niño A se quitó esas ropas de personita mayor que siempre había detestado y

se dirigió a su cuarto, pensando en perder el resto de la tarde haciendo lo que quiera que hagan hoy los niños en

el occidente capitalista. De pronto, apenas unos minutos

antes de que fueran las nueve y su madre lo llamara para

una cena que también odiaba, el niño A presintió que al- guien iba a abrir la puerta. El niño B entró en la estancia

y ambos se midieron las miradas como siempre, tal y

como si se encontrasen por el barrio o se enfrentasen en

un partido de futbito total en el patio del colegio. Al vivo

le castañearon un poco los dientes, pero se recompuso con

cierto decoro y dijo al difunto:

—Sé a lo que has venido.

—Pues vamos.

Y extrañamente, como si tal vez se perdonasen, ambos se cogieron de las manos y se fueron difuminando a me- dida que avanzaban por el pasillo. Desde un lugar que ya no existía, el niño A oyó a su madre llamándolo para la cena.

21. DEL AMOR A LA MÁQUINA

M iraba deslumbrado esos dos grandes faros y be- saba la matrícula y magreaba los espejos retrovisores. Al dar la vuelta sobre su amante, el hombre descubrió el tubo de escape.

ÍNDICE

JAVIER JABATO O LA LITERATURA CÍTRICA

 

11

1. Microrelato desde el exilio

 

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2. Funerator (El ataúd vacío)

 

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19

3. La luna

 

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23

4. El escritor que robó su propio libro

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25

5. La casa incendiada

 

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35

6. El zoológico (Orwell revisitado)

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37

7. 2077

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39

8. Gol de Señor

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9. Ascensión y caída en monte Despiste

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43

10. El puente & los candados

 

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45

11. El hijo del error

 

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47

12. La culpa de algo

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55

13. El libre mercado

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57

14. La bandera

 

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59

15. Fiesta en Prosaquistán (Las tres gracias)

 

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61

16. El taxista

 

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65

17. El acantilado de por siempre jamás

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69

18. El círculo

 

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19. (Pen)última plegaria

 

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20. El niño A y el niño B

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21. Del amor a la máquina

 

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Este libro se terminó de imprimir en Huarte, España, en el mes de julio de 2014

Este libro se terminó de imprimir en Huarte, España, en el mes de julio de 2014