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NOTA DE CONTRACUBIERTA PARA DISENO

¿Acompaña la criminalidad a la historia del hombre? ¿Sería utópico

imaginar un mundo sin ella?

das en Criminología, obra destinada a profesionales interesados en el tema de la delincuencia, la violencia y su prevención, considerada, además, un valioso aporte a la criminología contemporánea, y donde se presenta la criminalidad como fenómeno complejo entendida en su dimensión transdisciplinaria.

Estas y otras interrogantes son respondi-

Voces autorizadas en diversas ramas de las Ciencias Sociales se han dado cita en este libro para enriquecer el pensamiento criminológico y abordar los importantes desafíos acerca de la criminalidad y la sociedad de estos tiempos.

Edición y corrección: Déborah Prats López Diseño de cubierta: Lázaro Alberto Toca Ramos Diseño interior: Ramón Jiménez Sánchez

© Colectivo de autores, 2004

© Sobre la presente edición:

Editorial Félix Varela, 2004

ISBN 959-258-585-7

Editorial Félix Varela San Miguel No. 1111, e/ Mazón y Basarrate, Vedado, Ciudad de La Habana.

A la memoria de Margarita Viera, prematuramente fallecida en 1998, por su valiosa contribución al pensamiento criminológico cubano.

DATOS DE LOS AUTORES

Dra. Caridad Navarrete Calderón

Licenciada en Ciencias Políticas, Doctora en Pedagogía y Doctora en Ciencias Jurídicas. Investigadora Titular del Centro de Investigaciones Jurídicas del Ministerio de Justicia. Profesora Titular adjunta de las Faculta- des de Psicología, Filosofía y Derecho de la Universidad de La Habana y del Instituto Superior del Ministerio del Interior.

Dra. Tania de Armas Fonticoba. (Coordinadora)

Doctora en Ciencias Jurídicas. Máster en Derecho Público. Máster en Criminología.

Dr. Ramón de la Cruz Ochoa

Doctor en Derecho y Máster en Derecho Público. Especialista en Derecho Penal por la Universidad de La Habana. Presidente de la Sociedad Cubana de Ciencias Penales.

Dra. Norma Vasallo Barrueta

Licenciada en Psicología. Licenciada en Ciencias Sociales. Doc- tora en Ciencias Psicológicas. Máster en Estudios Sociales Apli- cados.

M.Sc. Marisol Sóñora Cabaleiro

Licenciada en Psicología. Máster en Prevención. Profesora auxi- liar adjunta del Instituto Superior del Ministerio del Interior y de las facultades de Derecho y Filosofía de la Universidad de La Ha- bana.

Dra. Magaly Casell López

Doctora en Derecho y Licenciada en Sociología. Máster en Criminología. Profesora Titular adjunta de la Facultad de Dere- cho de la Universidad de La Habana.

Dra. Ángela Gómez Pérez

Doctora en Ciencias Jurídicas. Máster en Derecho Público. Máster en Criminología.

Lic. Iracema Gálvez Puebla

Licenciada en Derecho.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

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CRIMINOLOGÍA: ALCANCES, CIENCIA, DISCIPLINA Y PRÁCTICA SOCIAL Dra. Caridad Navarrete Calderón

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EL DESARROLLO HISTÓRICO DEL PENSAMIENTO CRIMINOLÓGICO Dra. Tania de Armas Fonticoba

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EL DELITO Y EL DERECHO PENAL EN CUBA DESPUÉS DE 1959 Dr. Ramón de la Cruz Ochoa

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BREVE ESBOZO HISTÓRICO DE LA CRIMINOLOGÍA EN CUBA Dr. Ramón de la Cruz Ochoa

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EL DELITO CONCRETO. LA ACCIÓN DELICTIVA EN EL NIVEL INDIVIDUAL Dra. Norma Vasallo Barrueta

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PREVENCIÓN SOCIAL M.Sc. Marisol Sóñora Cabaleiro

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LA CUESTIÓN CRIMINOLÓGICA Y JURÍDICA DE LOS NIÑOS EN CONFLICTO CON LA LEY PENAL. EL ESQUEMA LEGAL CUBANO Dra. Tania de Armas Fonticoba

202

LA POLÍTICA CRIMINAL Dra. Magaly Casell López

233

POLÍTICA CRIMINAL. CONCEPTO, MÉTODOS Y SUS RELACIONES CON LA CRIMINOLOGÍA Dr. Ramón de la Cruz Ochoa

285

ASPECTOS PUNTUALES ACERCA DE LA VICTIMOLOGÍA Dra. Ángela Gómez Pérez

298

SISTEMA PENITENCIARIO. EVOLUCIÓN Y DESARROLLO Lic. Iracema Gálvez Puebla

343

ANEXOS

367

BIBLIOGRAFÍA

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INTRODUCCIÓN

Las continuas transformaciones en el mundo y especialmente en nuestra sociedad, relacionadas con la criminalidad, contribuyeron a enriquecer y redefinir algunos conceptos y contenidos de la Crimi- nología, por lo que las respuestas y reflexiones en este campo co- menzaron a sobrepasar los límites de la literatura criminológica con que contaba nuestro estudiantado. Teniendo en cuenta que estos asuntos, por su propia forma de manifestarse y desarrollar- se necesitan de una constante y renovada reflexión, la existencia de este nuevo libro se justifica y se hace impostergable. Es por ello que el colectivo de profesores de Criminología de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana se propuso escribir acerca de los cambios ocurridos en nuestra materia. Aun- que dirigido hacia el universo estudiantil, constituye un material valioso y de necesaria consulta para los graduados de Derecho, e incluso de otras especialidades. Metodológicamente fue concebido para abordar con coheren- cia los asuntos en igual orden tratados en el programa de estudio, en algunos casos un mismo tema se aborda con apreciaciones de autores diferentes, con lo que se puede dotar al estudiante de una perspectiva abierta que la tradicional uniformidad de un mismo punto de vista puede lastrar su pensamiento reflexivo y creador. La formación integral que se requiere de nuestros futuros juris- tas ha sido tenida en cuenta con las valoraciones teóricas, cientí- fico-doctrinales y políticas que se han desarrollado en el presente texto, con lo que se contribuye además al análisis independiente, a incentivar la capacidad investigativa, especialmente con la moti- vación implícita de sugerirles a los estudiantes otras indagaciones

bibliográficas para que amplíen sus horizontes intelectuales, acor- des con la visión criminológica de estos tiempos. La inclusión de tres temas nuevos en el programa de estudios: La política criminal, la victimología y el Sistema penitenciario, reque- rían del material bibliográfico específico, que ahora se nos brinda conjuntamente con los temas tradicionales con gran rigor. Cuando se publicó el libro Temas fundamentales sobre crimi- nología, conformado por una recopilación de valiosos artículos de la eminente criminóloga Dra. Margarita Viera, expuestos en su mayoría en importantes foros nacionales y extranjeros, se hacía un justo y reconocido homenaje póstumo a una de nuestras más prestigiosas intelectuales, que tantos y excelentes aportes nos ha legado en el campo criminológico. Aunque no tenía el propósito de servir de texto básico de la asignatura ni seguía puntualmente los temas de la disciplina, se le brindaba al estudiante una infor- mación actualizada acerca de diferentes tópicos y satisfacía pro- visionalmente las inquietudes de entonces. Los que fuimos sus alumnos, colaboradores, o los que simple- mente reconocemos y admiramos su obra, tenemos el compro- miso de continuar el camino emprendido por ella, por lo que el presente libro constituye también la responsabilidad de prose- guir enriqueciendo el pensamiento criminológico y ofrecer algu- nas respuestas a las numerosas interrogantes y preocupantes desafíos acerca de la criminalidad y de la sociedad en general de nuestros tiempos.

DRA. TANIA DE ARMAS FONTICOBA

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CRIMINOLOGÍA: ALCANCES, CIENCIA, DISCIPLINA Y PRÁCTICA SOCIAL

DRA. CARIDAD NAVARRETE CALDERÓN

La Criminología ocupa un lugar entre las ciencias sociales. Esta ciencia ofrece su aporte a la investigación de procesos funda- mentales de nuestro desarrollo social. El planteamiento que los logros de la revolución científico-téc- nica han hecho a nuestro proyecto social permite incluir sus ven- tajas al garantizar la unidad de la política económica y social como base para el trabajo fructífero de la investigación criminológica, lo cual ha venido dirigiéndose hacia procesos tales como el per- feccionamiento de la política criminal y penal, la actividad pre- ventiva en cuanto a los comportamientos antisociales, así como las estrategias científicas para una investigación complementaria dirigida al perfeccionamiento de nuestra democracia social. La elevación de la efectividad de la lucha contra la delincuen- cia es una prioridad del Estado cubano desde el triunfo de la Re- volución. La criminalidad, por su propia esencia, implica procesos y fe- nómenos que parasitan entre las dificultades e insuficiencias de la construcción social en nuestro país. La formación de una psi- cología individualista se desarrolló durante siglos en las condi- ciones de formaciones antagónicas que se encuentran en contradicción con lo nuevo y transformador que ha creado nues- tro sistema, presente en los procesos de construcción social y eco- nómica actual. Nuestra aspiración implica la disminución gradual y permanente de los elementos que generan dificultades para la

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ideología que se propugna y legitima nuestra Constitución. Las leyes que rigen la vida deben constituirse en preocupación y ocu- pación de todos los ciudadanos y de cada uno para el bien de todos. No es casual que se haya producido la disminución de la delincuencia siempre que han sido realizados esfuerzos de supe- ración de las condiciones de vida y educación. Es necesario plan- tear que puede actuarse sobre la criminalidad y los distintos tipos de delitos e infracciones o contravenciones legales con un es-

fuerzo de dirección constante de todos los órganos estatales, orga- nizaciones sociales y ciudadanos para la revelación y eliminación de circunstancias y fenómenos criminógenos, al mismo tiempo que los esfuerzos en la educación, socialización, reeducación, y resocialización de niños y adolescentes. Para la disminución de los fenómenos antisociales, criminales

o negativos se necesitan medidas de orden económico, social, organizativas y jurídicas seleccionadas a partir del conocimiento de la situación real, analizada sociohistóricamente y mediante la aplicación creativa en la práctica de las recomendaciones cientí- ficas, lo cual reclama de los profesionales, cada vez en mayor medida, una formación académica superior. La Criminología en

la Universidad cumplirá su papel como disciplina en la formación

de los juristas, vinculada a los fines de la práctica social por su acumulación de conocimientos científicos relacionados con los fenómenos criminal y antisocial, así como su determinación a partir de los métodos y principios de la investigación científica que pue- den ayudar creativamente al desarrollo de intervenciones y la apli- cación de recomendaciones concretas, derivadas de los resultados de las investigaciones científicas vinculadas a la docencia. La Organización Mundial de Naciones Unidas declaró el año 1999 dedicado a la educación superior y lo anterior fue el mar- co propicio para realizar importantes debates que tuvieron como colofón la Conferencia Mundial, celebrada en el mes de octu- bre de ese mismo año, en la que quedó aprobada la Declara- ción Mundial sobre la Educación Superior en el siglo XXI: Visión, acción y marco de acción prioritario para el cambio y desarrollo de la educación superior, documento que puntualizó: «las uni- versidades miran hacia dentro más que hacia fuera, es primor-

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dial que las mismas se proyecten hacia la comunidad

cación superior debe reforzar sus funciones de servicio a la socie- dad mediante un planeamiento interdisciplinario y transdisciplinario aplicado al análisis de los desafíos, los problemas y los diversos temas» (Méndez, 2000). La Criminología, como acervo de teorías y conocimientos sobre la criminalidad y la delincuencia, presenta un abanico de posibili- dades metodológicas que hemos recibido de la cultura científica disponible y en especial de la educación científica recibida. Fue Kuhn uno de los primeros en llamar la atención sobre el papel de la educación en la ciencia (Núñez, 1994). De la educación científi- ca alcanzada dependerá la inscripción cultural del criminólogo, pro- ceso en el que participará desde su formación de pregrado y en el transcurso de toda su vida profesional. Aun cuando la iniciación docente del jurista fuera o sea dogmática, puede adiestrarse para cuestionar el conocimiento adquirido o no, para aceptarlo, usarlo y contribuir a la transformación social de fenómenos criminales, con la responsabilidad de juzgar las consecuencias de su acto de asun- ción del saber académico y científico comunitario (Navarrete, 1998).

», «la edu-

ALCANCES DE LA CRIMINOLOGÍA

La criminalidad es un fenómeno complejo, diverso y cambiante, cuyas características se diferencian esencialmente en distintos te- rritorios. En la criminalidad de un país también se expresa la tra- dición de procesos sociales negativos que, al obstaculizar el desarrollo, generan distintos tipos de delincuencia y comporta- mientos antisociales o desviados. Los profesionales del Derecho deben prepararse como profesionales también en el campo criminológico, a lo cual puede ayudar su participación en análisis de fenómenos y procesos criminógenos, de sus diferentes aspec- tos y de su prevención, y en la investigación-acción participativa en la comunidad. La actividad analítica de la complejidad en el caso de los pro- cesos planteados debe ser vinculada a las tareas de la formación académica en la asignatura criminológica con una proyección no

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solo interdisciplinaria, sino de mayor aspiración, transdisciplinaria. Por este motivo concedemos atención a la problematización del fenómeno criminal y de su prevención desde una consideración sistémica y que entendemos participa de la hibridación y fertili- zación de otros conocimientos integrantes de diversas discipli- nas, incluidas o no en la licenciatura. Los progresos obtenidos mediante la investigación criminoló- gica pueden contribuir a indicar los nudos problemáticos de ne- cesaria atención para la formación de personalidades poseedoras de valores esenciales implícitos en nuestro modo de vida, que aspira a la elevación de la calidad de vida para toda la población. Al vincularse al desarrollo de la conciencia socialista de los traba- jadores con los fines que persigue nuestra ideología en relación con el desarrollo sostenible se trabaja por la satisfacción de las necesidades materiales y cultural-espirituales de todo el pueblo, sin perder de vista que las generaciones que nos sucedan tam- bién tengan garantizada esa satisfacción. Los avances logrados por la revolución científico-técnica cons- tituyen la expresión de este fenómeno característico del siglo XX, el cual afecta a casi toda la humanidad y está provocando un cambio esencial en el modo de vida de la sociedad contemporá- nea. A partir de la comprensión marxista, el ser humano constitu- ye la riqueza principal y el objetivo del desarrollo social, lo que debe ser analizado desde una concepción ecológica que subraya la consideración del ideal que se debe alcanzar por el potencial científico y técnico de que dispone la humanidad en la actuali- dad, con vistas al desarrollo sostenible. Ha sido estimada la para- doja que surge al comprobarse que el potencial científico y técnico con que cuenta el ser humano es suficiente para mejorar la cali- dad de su vida con la solución de sus problemas básicos, alimen- tación, habitación, salud, comunicación, educación, agotamiento

de recursos naturales, diferencias sociales, transporte

; sin embar-

go, no lo logra (Pimentel, 1999; Sabater, 1992; Camacho, 1989). Se constata que la mayor parte de la población mundial man- tiene sus necesidades materiales elementales insatisfechas, y otra parte observa que el instrumental técnico a su alcance no le posi- bilita un mayor confort de vida. Peor es aún que una considera-

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ble parte de la población, independientemente de su posición social, vivencia inseguridad ante la técnica existente. Por todo esto se atribuye la responsabilidad a la ciencia y la técnica pues son males que sufre el mundo de hoy, desde los ecológicos hasta los que de forma social más directa y visible afectan a la humani- dad: el desempleo, las enfermedades provocadas y el peligro de destrucción por guerras con armas sofisticadas se reflejan en pro- cesos criminógenos. Por tanto, también entra en la visión de la población y en la responsabilidad del profesional el estimado del

aporte y efecto social del trabajo del jurista y del criminólogo. En

el caso de Cuba la revelación de los procesos criminógenos pue-

de fortalecer el sistema de prevención vigente al contribuir a per- feccionar un sistema profiláctico anticriminógeno. La ciencia y la técnica tienen su propia dinámica y leyes de de- sarrollo que actúan en el sistema de interacciones económicas y políticas de la sociedad, y ello las coloca en una posición de de- pendencia relativa con respecto a las condiciones sociales, a las relaciones de producción dominantes, a aquellos grupos sociales que disponen de la posibilidad de introducir sus resultados con unos u otros fines, y en los procesos productivos y sociales. Esta llamada de atención de L. Pimentel toca también el marco social en el que determinadas políticas económicas pueden impedir la realización plena de la ciencia, incluyendo la Criminología como factor de cambio social, esencia que queda muy incomprendida no solo en el plano teórico, sino también en el práctico al no estudiarse profundamente el conocimiento acumulado en esta disciplina, en la formación de pregrado, ni darse a conocer a los ciudadanos, al pueblo, pues no tienen acceso a sus avances con- temporáneos. Mas, su significación real no se limita a la creación de condiciones materiales de vida para el ser humano, como ocurre en relación con otras ciencias, sino que se relaciona con la libre expresión de la espiritualidad creadora del hombre, condición sin la cual no existe la emancipación social. Es aquí donde se encuentra el verdadero valor humanístico y lo que permite consi- derarla como transformadora, dada la forma en que se cuestiona

y enfrenta la polémica de los problemas sociales en su

cotidianidad, según Adorno, 1987 y Quintanilla, 1990.

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ANTECEDENTES HISTÓRICOS

En la historia de la humanidad hallamos muchos ejemplos de épocas de convulsión social que han comenzado por cambios revolucionarios en las concepciones científicas y en los funda- mentos técnicos que van gradualmente transformando el modo de organización de la sociedad (Ribeiro, 1992; Pimentel, 1999). ¿Podemos afirmar con certeza que no esté produciéndose la re- volución científica en el núcleo básico de la sociedad, en el ser humano? Importante vínculo de relación le conferimos al cono- cimiento criminológico, para una respuesta. La historia de la criminalidad y de la delincuencia constituye al mismo tiempo la historia de diferentes enfoques de la reacción social y la lucha contra esos fenómenos en la ciencia, así como también en la práctica. Los enfoques teórico y práctico siempre se interrelacionan. Desde la antigüedad, los juicios acerca del fenómeno criminal se vincularon con las condiciones de vida de los seres humanos y también con la necesidad de prevenir los delitos mediante cam- bios en esas condiciones. Después, a mediados del siglo XIX, el punto de vista predominante fue que la conducta delictiva cons- tituía un resultado de la «libre voluntad» o de incluso una «mala voluntad» del sujeto, y por tanto la lucha contra ella debía con- ducirse solamente con respecto a la culpa de los transgresores, por medio de su represión, como sujetos que infringían la norma penal, así como con relación a los posibles infractores. La con- cepción de la prioridad de la sanción fue cultivada por la reli- gión. La indagación y examen penal del asunto delictivo, de hecho condujo solamente hacia la revelación de los individuos culpa- bles y a su sanción. El punto de vista marxista sobre la esencia de los fenómenos y procesos sociales, entre ellos la criminalidad, surgió en el siglo XIX. Entre nosotros, José Martí destacó los procesos criminógenos en los medios obreros de la clase trabajadora en Estados Unidos (José Martí, 1981). Un gran desarrollo de la ciencia condujo a la am- pliación de la aplicación de métodos de las Ciencias Naturales. Estos, primero penetraron las Ciencias Sociales.

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Con posterioridad, han ido perfeccionándose los métodos de las Ciencias Sociales hasta llegar a nuestros días, en que las inves- tigaciones criminológicas utilizan recursos y herramientas de otras disciplinas científicas, en una sana problematización científica transdisciplinaria. A la conducta delictiva y la delincuencia han dedicado su atención muchos especialistas: filósofos, juristas, so- ciólogos, psicólogos y otros (Dalgova, 1988). La utilización de métodos estadísticos y sociológicos permitió verificar la tesis acerca del condicionamiento de la delincuencia por una serie de determinantes criminógenos incluidos en distin- tas insuficiencias de diverso carácter, socioeconómico, sociocul- tural, ideológico y otros elementos condicionantes sociales finalmente demostrativos de que se trataba de condicionamientos objetivos como resultados de influencias deterministas, no de- pendientes de la «mala voluntad» de los delincuentes. Se produ- jo asimismo el reconocimiento de la necesidad de ejercer influencia, ante todo, sobre dichos condicionamientos objetivos (Dalgova, 1988).

LA CRIMINOLOGÍA COMO CIENCIA

La Criminología es la ciencia que se ocupa del estudio e investi- gación del fenómeno criminal y de sus procesos inmanentes, los cuales incluyen a la delincuencia, el mecanismo de las conductas delictivas y victimales, así como las formas principales de reac- ción y de control social; se prioriza la prevención de la delincuen- cia y de los comportamientos antisociales concretos, estos últimos referidos a la interacción dialéctica de los transgresores con las víctimas. La Criminología ha ido conformándose como una ciencia espe- cial en calidad de ciencia social independiente. La palabra Criminología significa tratado acerca del crimen (sinónimo de deli- to). A diferencia de los criminalistas que se ocuparon del problema del esclarecimiento del delito, los criminólogos han concebido su tarea en el estudio de la conducta delictiva o criminal y algunos también de la conducta antisocial (Rodríguez Manzanera, 1986),

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así como del análisis de las cadenas, condicionantes y causales, y dentro de estas sus eslabones criminógenos y de los motivos en el nivel concreto individual; en el nivel de la delincuencia como fe- nómeno social global, los determinantes criminógenos, así como la definición «de las medidas de la reacción social» (Aniyar de Cas- tro, 1977) y también de la lucha contra la delincuencia, ante todo, sobre la base de la prevención (Kriguer, 1988). No obstante, la Criminología no ha sido considerada interna- cionalmente en su desarrollo, con una definición única, como ciencia. Un conglomerado de diferentes puntos de vista sobre su objeto y caminos de indagación aparecen representados en la bibliografía (García-Pablos, 1995). En la bibliografía revisada es posible encontrar muchas defini- ciones acerca del objeto de estudio de la ciencia criminológica. En algunos trabajos su definición es más estrecha, y en otros, más amplia, en dependencia de la Teoría y de la Escuela de las cuales se parta. Esta cuestión está relacionada, en gran medida, con que el objeto de cualquier ciencia es una categoría móvil que va cam- biando según se desarrolla la propia ciencia, y se precisa y com- plementa con nuevos elementos. A propósito exponemos algunas definiciones cronológicamente ordenadas:

Para Exner (1946) es una ciencia que estudia el delito «como aparición en la vida del pueblo y en la vida del particular». Niceforo (1954) pretende que se ocupe de examinar los resul- tados de la Sociología y de la Antropología criminales «coordi- nando sus resultados en un conjunto armónico». Hurwitz (1956) piensa que la Criminología «debe estudiar los factores individuales y sociales que fundamentan la conducta cri- minal mediante la investigación empírica». En opinión del profesor Quirós Cuarón (1956) tiene por objeto el estudio científico de la criminalidad, sus causas y medios para combatirla». Sesso Roco (1962) la cataloga como una especie de política criminal que valora críticamente el Derecho vigente para sugerir eventualmente al legislador las modificaciones que resulten ne- cesarias, sobre la base de las conclusiones de la Antropología y de la Sociología criminales.

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Para Lola Aniyar de Castro (1977) la Criminología debe ocupar- se de los procesos de creación de las normas penales, de las per- sonas que están en relación con la conducta desviada, de los procesos de infracción y de desviación de esas normas, y de la reacción social que aquellas desviaciones o infracciones hayan provocado. El profesor chileno Eduardo Novoa Monreal (1977) entiende que esta disciplina se aboca al «estudio general del comporta- miento humano de índole antisocial».

P. I. Grichaev (1985) definió la Criminología como la ciencia

que investiga las relaciones sociales vinculadas con la supervi- vencia de la delincuencia que la generan, como un fenómeno social masivo relativamente considerado que procede de la so- ciedad dividida en clases.

G. A. Avanesov (1985) plantea que la Criminología es un siste-

ma de conocimientos relativamente independiente que constitu- ye al mismo tiempo un elemento del sistema de la ciencia en general y una forma particular de la actividad de las personas que une a los científicos y a las investigaciones científicas para el estudio de la delincuencia como fenómeno jurídico social, sus tendencias y regularidades (características del pasado, presente y futuro), las causas de la delincuencia, la personalidad del delin- cuente, para elaborar las medidas preventivas y su profilaxis, con el fin de perfeccionar la teoría y la práctica en la lucha contra ella. García-Pablos de Molina (1988) considera como el objeto de la Criminología el crimen, el delincuente, la víctima y el control social del comportamiento desviado. Alfonso Reyes Echandía (1996) considera que la Criminología tiene por objeto el estudio de la criminalidad, de las personas a ella vinculadas y de la reacción social que pueda suscitar. Para nuestra asignatura, la Criminología es una ciencia espe- cial transdisciplinaria que comparte un objeto de estudio con otras ciencias, cuyo contenido es necesario relacionar con los procesos de formación de las ciencias especiales en la esfera de los conoci- mientos acerca de la sociedad. Sería un error señalar que la géne- sis de las Ciencias Sociales y sus procesos de formación ya han concluido. Por el contrario, con el mayor derecho podemos hablar

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acerca de unas u otras fases de establecimiento de distintas disci- plinas científicas, de su aparato conceptual, de su base empírica

y de su metodología (Antipov, 1988). De ejemplo puede servir la Criminología.

LA CRIMINOLOGÍA COMO DISCIPLINA CIENTÍFICA

La Criminología se incorpora al sistema de la ciencia moderna de la estructura social y se desarrolla como parte integrante de un proceso científico único. Asimismo, es preciso no olvidar el estudio de problemas que constituyen el contenido de una realidad ubicada en los espacios limítrofes, en las relaciones de campos pertenecientes a distintas

miradas de construcción de conocimientos e ideas complemen- tarias, y en espacios que constituyen vacíos compartidos por di- ferentes puntos de vista, creencias y representaciones no privilegiadas en ningún campo disciplinar determinado. Estos vacíos compar- tidos corresponden a problemas muy complejos, con muchas aristas

y concebidos en diversos niveles de la cognoscibilidad social. La

formación de conocimientos en el análisis de problemas sociales complejos no es sencilla, requiere en su proceso de construcción, no de conocimientos científicos en general, sino de conocimientos propiamente científicos en particular, pero estrechamente vincu- lados entre sí, a partir de la cooperación en equipos y comu- nidades de científicos, profesionales y técnicos de distintos campos. La criminalidad incluye muchos contenidos que requie- ren de dicha cooperación científica para su análisis y explicación. Todos los problemas, o la gran mayoría de carácter social, resul- tan muy complejos, dada su pluralidad de aristas. Es por esto que resulta imprescindible su solución transdisciplinaria. Así se evi- dencia también en el campo de los fenómenos criminales, delictivos y antisociales. Orientada a la comprensión integral de los fenómenos y la vida sociales, complementada por un conoci- miento interdisciplinario cada vez más profundo del ser humano

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y de las diversas instituciones, obliga a pensar en un espacio

metodológico común del que se pueden nutrir las diferentes cien-

cias sociales. F. González Rey indica que la definición disciplinaria no se da por la exclusividad del método, sino por la capacidad de cons- truir, en un nivel definido previamente, la información que este brinde (González Rey, 1996). Compartimos este criterio meto- dológico.

Naturaleza y contenido

La naturaleza de la Criminología ha resultado sometida a un inten- so debate desde hace muchos años y siguió modificándose a lo largo del siglo XX en dependencia de distintas conceptualizaciones de cada línea teórica. López-Rey considera esta ciencia como complementaria del Derecho Penal y su objeto lo atribuye a la explicación de la crimi-

nalidad y de la conducta delictiva individual (Mármol de León, 1997). Para José Ingenieros la Criminología es el estudio científico del delito examinado como una manifestación del delincuente en sus relaciones con el medio social. Comprende también en el objeto la etiología criminal, la clínica criminológica y la terapéu- tica del delito (Cardelli, 1999). Carmen García de Mármol de León apunta que la Criminología es la «ciencia que estudia el delito en

sí mismo, como hecho social y al delincuente como ser biológico,

como ser social, indagando y tratando de descubrir las causas que incidieron en la realización del hecho» (Mármol de León, 1997). Para Hans Goppinger es «una ciencia empírica e interdisciplinaria. Se ocupa de las circunstancias de la esfera humana y social, relacio- nadas con el surgimiento, la comisión y la evitación del crimen, así como del tratamiento de los violadores de la ley» (Mármol de León, 1997). Para Pavarini la Criminología se ocupa de «una plu- ralidad altamente heterogénea de conocimientos científicos, en ningún caso homogeneizables salvo por haber intentado ofrecer algunas respuestas a los problemas planteados por la violación de ciertas normas sociales, en particular de las jurídico-penales».

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Es preciso considerar la Criminología en distintas interacciones con otras ciencias. Las principales tesis científicas generales y las exigencias teóricas relativas a las ciencias especiales se aplican extensivamente también a la Criminología, que constituye un sis- tema de conocimientos específicos y abraza un conjunto de teo- rías e hipótesis relacionadas con la criminalidad (con sus problemas definidos y en desarrollo). Los sectores del saber en mayor medi- da vinculados con la reacción social, el control social formal e informal, la lucha contra la delincuencia y la prevención de los fenómenos antisociales son la Sociología y las Ciencias Jurídicas entre las Ciencias Sociales. La Criminología se plantea una gama muy amplia de problemas científicos relacionados con la sociedad, principalmente con los procesos y fenómenos antisociales y delictivos en lo cual no su- planta en absoluto a otras ciencias. Investiga un específico domi- nio y posee su problemática propia, que incluye el par dialéctico procesos criminógenos y anticriminógenos, procesos violentos y aspectos victimales de la realidad social. Consideramos incorrectos los juicios u opiniones acerca de la dependencia de esta ciencia que se han formado en relación con ciertos rasgos de los proble- mas que forman parte de su objeto y también constituyen materia

y aspectos problemáticos de otras ciencias. Estos juicios conducen

a la simple «traducción» de los conceptos de uno u otro sector del

saber al «lenguaje criminológico», y viceversa. Tal acción empobre- ce el contenido no solo de la Criminología sino también de cual- quier rama del saber en la que se trate, de «diluir» el criminológico. No se debe olvidar que los problemas científicos son complejos y su solución en el marco social, lo mismo que para otra disciplina científica, no constituye el resultado de una única ciencia, sino tam- bién un proceso de formación de conocimientos específicos (sin- gulares) acerca del problema de que se trate. Como ciencia especial hay que tener presente las circunstan- cias que caracterizan la Criminología, principalmente por su vin- culación con la práctica específica del análisis, comprensión y solución de los problemas de la criminalidad, la delincuencia y la antisocialidad en primer lugar, y en segundo lugar, su capacidad

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de explicar los acontecimientos, fenómenos y hechos de carácter criminógeno que aquellos tributan y con ello también prevenir- los, contribuir a sus pronósticos y desarrollar la investigación-ac- ción participativa así como la intervención, conforme a las recomendaciones de los científicos. Podemos concluir pues que la Criminología constituye un sis- tema relativamente independiente de conocimientos objetivos y un elemento del conjunto de las ciencias en general que realiza sus conclusiones en una esfera específica de actividad. Esta pue- de ser considerada una definición como punto de partida en re- lación con los problemas complejos de la criminalidad y de su prevención (Avanesov, 1985). La Criminología se construye históricamente sobre el desarro- llo de dos dimensiones de la realidad: la criminalidad y la reac- ción social. En ambas dimensiones se incluyen categorías que implican fenómenos y procesos de una gran complejidad, esto es, la delincuencia y la conducta delictiva, la criminalización como proceso, y con ello se relaciona la determinación y la causalidad y sus procesos implícitos; así también la prevención de la delin- cuencia y con esta categoría tan importante se encuentra muy relacionado el control social formal y el informal. La criminalidad se define como una categoría social muy am- plia y no muy precisa que incluye la delincuencia como fenóme- no social (o global) y la conducta delictiva grupal y concreta o individual. Como conjunto de conocimientos sistematizados, la Crimino- logía tiene ya muchos años de desarrollo, pero desde sus oríge- nes, su objeto de estudio y sus intereses han ido ampliándose, de modo tal que, en la actualidad y abarcando una puntualización sintética que no pretende ser completa, podemos indicar los si- guientes grandes temas (Navarrete, 1998):

• El estudio y la comprensión de la criminalidad, que abarca los fenómenos y procesos criminales, la delincuencia y ciertas for- mas de antisocialidad.

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• El estudio de la delincuencia como conjunto y/o sistema de delitos, contravenciones, transgresiones, ilegalidades, así como otros procesos y fenómenos que participan de su determina- ción, incluyendo también la dimensión cuantitativa (cantidad de delitos y transgresiones conocidos y no conocidos) y la di- mensión cualitativa (modalidades y tipos de delincuencia ob- servados espacio-temporalmente).

• El estudio de los transgresores, sus elementos personológicos y la relación con su modo de vida.

• El estudio de las víctimas que componen el par dialéctico con los transgresores. Para estos estudios hemos creado un mode- lo teórico-metodológico a partir de los procesos de influencia, actividad y participación social (meta, macro y microsociales), en la relación dialéctica entre transgresores con las víctimas, lo que se corresponde con los aspectos de interacción criminó- genos y victimales al comprender los mismos procesos en las instancias anteriormente indicadas.

• El estudio de las formas principales de reacción social institu- cional, incluyendo el control social formal e informal (medios más utilizados) de represión y prevención. La investigación se privilegia en cuanto al sistema de prevención legitimado por la voluntad política y la activa participación de los ciudada- nos. Por supuesto, que este tratamiento académico es eminen- temente intradisciplinario hasta ahora, pero pretendemos hacerlo cada vez más transdisciplinario.

En el decir de Olga Puente de Camaño la ciencia criminológica evolucionó un tanto linealmente en la medida en que fueron in- corporándose distintos objetos de interés; constituyen etapas en la evolución de la comprensión del «fenómeno criminal» que en la hora actual podemos designar como el concepto más abarcador (Puente, 1998). Entendemos que, efectivamente, el fenómeno criminal puede constituir la categoría más abarcadora, también así reconocida por Alfonso Reyes Echandía (Reyes, 1996). De acuerdo con Olga Puente (1998), «se requiere con una mirada estructural que supere las parcializaciones, lo cual significaría el

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reconocimiento solo de uno de aquellos objetos de interés seña- lados, cualquiera fuese, ya que todos estos aspectos al tratar los hechos concretos aparecen interrelacionados». De este supuesto parten las propuestas para ir adentrándose en el tema de la pre- vención que hace esta autora, con la cual en gran medida coinci- dimos en cuanto a su importancia científica trascendental cuando afirma: «La prevención es una preocupación permanente y actual de la Criminología, infaltable en los programas de la ciencia criminológica. Debemos considerar que cuando hacemos refe- rencia a la prevención y pretendemos definirla nos encontramos que es un concepto de larga tradición, bastante amplio y si se quiere ambiguo» (Puente, 1998). También señala que «al hablar de prevención, específicamente de la criminalidad, es necesario reflexionar que la criminalidad es un fenómeno de la vida social altamente complejo, tanto si pen- samos en sus causas, en su desarrollo, como en sus consecuen- cias» (Puente, 1998). Y como hecho de la vida social que es, toda la sociedad resulta destinataria, aunque sea de manera indirecta ante el conjunto de la criminalidad. Comprender el fenómeno criminal implica un en- foque estructural, es decir, la consideración de la interdependen- cia entre los distintos aspectos que lo componen, relacionados con el autor, la víctima y la sociedad en sus diversas modalidades de reacción frente al crimen. Cuando intentamos entender científicamente hacia dónde va dirigida u orientada la prevención de la criminalidad debemos partir del reconocimiento de la complejidad del fenómeno; como sabemos los hechos sociales no admiten explicaciones únicas, ni independientes de otros hechos, como son los históricos, políti- cos, económicos, psicológicos, etc. Al momento de intentar una explicación las distintas categorías mencionadas aparecen interre- lacionadas. Los ideales de la ciencia, que por supuesto implican a la Criminología, deben articularse a las más elevadas aspiraciones humanistas. El trabajo científico en Cuba está comprometido con la causa del desarrollo de nuestros pueblos. La referencia al

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criminológico implica la idea, subrayada por Núñez «de una cien-

cia por el pueblo y para el pueblo [

que ha alimentado el proyecto revolucionario cubano. »Cuba aspira al desarrollo entendido este como un proceso autosostenido e integral, cuidadoso de las variables políticas, cul- turales, ecológicas, educacionales entre otras, y cuyo primer ob- jetivo tiene que ser la satisfacción de las necesidades básicas de la población. Un desarrollo que se procura mediante la moviliza- ción de los propios recursos y medios y se consigue con la partici- pación del pueblo. En el interior de este esfuerzo las funciones sociales de la ciencia y la tecnología se multiplican y los compromi- sos de los actores implicados en ellas se potencian» (Núñez, 1994).

inmanente a la ideología

]

CONCEPTOS DE LA CRIMINOLOGÍA

La Criminología como disciplina científica, en el ámbito de trabajo académico, posee algunas categorías que han ido precisándose históricamente. Resulta conveniente referirnos ahora a algunos conceptos inclui- dos en el aparato categorial de la Criminología. Pero previamente indicaremos algunas de las definiciones del objeto de la ciencia criminológica. Para una comprensión más profunda del objeto de la Crimino- logía se precisa el plantear la definición de su contenido y delimi- tar las categorías principales. Resulta necesario dejar fijados los aspectos que integran el fe- nómeno objetivo específico de la criminalidad en sus dos dimen- siones esenciales, la delincuencia como fenómeno y procesos implícitos y las formas particulares de reacción social ante ella. De lo dicho anteriormente se desprende que el objeto de la Criminología abarca una serie de problemas interrelacionados que incluyen sus elementos. Los problemas estudiados por la Criminología, desde el punto de vista de su significación para esta ciencia y para la práctica social, no son equivalentes. Algunos de estos problemas constituyen el conte- nido esencial, son los problemas centrales, o el «núcleo» de la Crimi- nología.

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Otros problemas tienen un significado de aplicación auxiliar y sirven como medio para el conocimiento de algunas dimensio- nes del objeto, dada su esencia multifacética.

La criminalidad

Constituye un concepto en el que pretendemos incluir los proce- sos y fenómenos que evidencian la presencia de etapas en el de- sarrollo de la antisocialidad, algunas desviaciones sociales y comportamientos grupales e individuales asociales que pudieran o pueden transformarse en delictivos, y en transgresiones o in- fracciones de la legalidad en algún momento histórico concreto de su desarrollo y en algunos territorios (Navarrete, 1998). Son disímiles las explicaciones que aparecen en la bibliografía. Tam- bién se hace sinónimo la criminalidad de la delincuencia.

La delincuencia

Conjunto o sistema de conductas delictivas o determinadas in- fracciones grupales o individuales de la Ley Penal. En el plano sociológico puede examinarse como procesos y fenómenos que integran una forma particular de la conducta social humana que transgrede el funcionamiento de un sistema social dado y que re- presenta para él dañosidad de mayor o menor nivel. En el plano jurídico está integrada por relaciones sociales antagónicas a lo preceptuado por la Ley Penal y evidencia contradicciones socia- les, diferencias y desproporciones en el desarrollo social defini- dos como procesos y comportamientos de carácter delictivo (Navarrete, 1998). En la bibliografía criminológica se cuenta con una extensa se- rie de definiciones del concepto de delincuencia. El criminólogo cubano Silvino Sorhegui se ha referido a la Cri- minología indicando el análisis que con capacidad integrativa ha sido realizado en cuanto a los subsistemas o sistemas sociales superiores que incluyen el estudio de la delincuencia, visto tam- bién este fenómeno como un sistema (Sorhegui, 1989).

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A la luz del análisis en sistema, Sorhegui consideró la delin-

cuencia como expresión de un modo de vida antisocial caracte- rizante de sujetos portadores de procesos personológicos de carácter delincuencial. Se comporta como un gran sistema al in-

tegrarse por un conjunto de partes: los microambiente delictivos (Sorhegui, 1987).

El criminólogo cubano estimaba que como resultado de los lo-

gros alcanzados en el campo analítico y experimental la Criminología científica ha consolidado sus posiciones en la ac- tualidad y se proyecta con una clara visión y empeño por prose- guir investigando el fenómeno de la criminalidad. Asimismo estima que esa visión será más nítida en la medida en que el pro- greso de las ciencias en su conjunto y de una manera particular, las reconocidas como sociales, se acreciente en el conocimiento del ser humano, la sociedad y el Estado, sobre todo en su movi- miento e interacción recíproca incluidos los principios y leyes que lo rigen. El concepto delincuencia se utiliza en aquellos casos en que se refiere a un conjunto estadístico de delitos. Este es el más sencillo enfoque conceptual en relación con la definición de la delincuen- cia. Realmente la delincuencia se manifiesta a través de los delitos concretos. Debe aclararse que el fenómeno de la delincuencia no es una simple suma mecánica de delitos sin relación de unos con otros. Entre los diferentes actos delictivos existen multitud de inte- racciones: unos delitos son cometidos por determinados individuos, pero otros cometen cualquier delito. Además, algunos delitos resul- tan la consecuencia de otros —el homicidio por haberse cometido un robo— capaces de crear condiciones para otros delitos —simples hurtos en establecimientos desorganizan el sistema de control y con- tabilidad, en estos casos se producen robos y malversaciones—, y otros. La relación entre la delincuencia y el delito es una relación de lo general y lo particular. Por este motivo en el análisis de la de- lincuencia se deben estudiar las características de los delitos por separado, por tipicidades, y descubrir en ellos lo individual, lo irrepetible. Es importante al mismo tiempo considerar las inter- relaciones y las interdependencias de distintos delitos y sus

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comisores, pero también estimar que en estas interacciones apa- recen nuevas características de la delincuencia, que no se encuen- tran en el delito tomado aisladamente. La delincuencia es un fenómeno cualitativamente distinto al delito. La delincuencia como fenómeno social debe analizarse en el contexto de los vínculos y relaciones sociales, desde el re- gistro de los cambios sociales. En dependencia de esto, de las esferas de la vida social que se relacionan con la delincuencia, se diferencian los siguientes tipos:

la delincuencia en las relaciones sociopolíticas; la delincuencia en el marco de las relaciones económicas (de propiedad, de trabajo, de distribución y otras); la delincuencia en la esfera de la vida coti- diana (relaciones sociales en la familia, en la vida cotidiana, en el ocio o tiempo libre); y la delincuencia en la esfera de la dirección (la actividad del aparato estatal de la dirección, y otras).

El delito

Debe examinarse simultáneamente en sus aspectos jurídico-pe- nal y criminológico. El enfoque jurídico-penal está referido a la transgresión culpable de la norma penal. La atención aquí se mediatiza en el análisis jurídico de cuatro de sus elementos: del objeto, del lado objetivo, del sujeto y del lado subjetivo. El enfoque criminológico del delito implica su análisis en el contexto de las condiciones del medio exterior y al mismo tiem- po de la conciencia del individuo comisor, pero también de toda su actividad. El delito representa criminológicamente no un acto único momentáneo, sino un proceso determinado que se desa- rrolla en el espacio y en el tiempo (Figura 1). Estos dos aspectos tienen un significado teórico y uno práctico. Cualidades personológicas del ser humano y condiciones de su medio social en su interacción definen como consecuencia la motivación y la toma de la decisión de cometer un delito y la ejecución de la decisión tomada. Esto constituye el mecanismo de la conducta delictiva (Figura 2).

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Figura 1. Formación del motivo del delito.

Figura 1. Formación del motivo del delito.

Figura 2. Estructura general del proceso de toma de la decisión de la conducta delictiva.
Figura 2. Estructura general del proceso de toma de la decisión de la conducta delictiva.

Concepto de prevención de la delincuencia y el delito

La esfera de las relaciones sociales en cuanto a la realización de

la actividad preventiva constituye el tema clave de la Criminología

que define en mayor medida un conjunto de conocimientos como esencia de la utilidad de esta disciplina científica. La prevención de la delincuencia así como los métodos de su estudio compo- nen una parte independiente de esta ciencia en su consideración como disciplina académica. La prevención de la delincuencia, de las transgresiones legales

y de los comportamientos antisociales constituye la esencia de

una actividad estatal específica que se realiza jurídicamente pro- tegida en Cuba por el Decreto-Ley No. 95 de 1986. Se estableció un sistema en el que participan los órganos estatales, las organi- zaciones sociales y ciudadanos activistas para, de conjunto en la revelación y eliminación de las causas de la delincuencia y de los delitos, pero también con el fin de contribuir a la eliminación o al menos, disminución de las desfavorables condiciones de vida y de educación que pueden cimentar la base de procesos de socia- lización de carácter negativo en los niños, adolescentes y jóve- nes, podrían obstaculizar o crear dificultades para alcanzar el desarrollo sostenible. El concepto principal de la Criminología es el de prevención de la delincuencia. El origen de este concepto parte del sentido de «prevenir, que significa tomar medidas para hacer tempranamen- te que no continúen los procesos que desvíen negativamente y obstaculicen el desarrollo social y tomar la delantera en la reali- zación de nuestro proyecto social» (Navarrete, 2000). El concepto de prevención de la delincuencia es aplicable en estrecho y amplio sentido. En su sentido estrecho se considera la prevención de la delin- cuencia como la actividad dirigida hacia la prevención solo de la delincuencia en conjunto como un fenómeno social único. En su más amplio sentido la prevención de la delincuencia se puede examinar como un concepto general que incluye otros concep-

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tos acerca de todas las direcciones y tipos de estos procesos, lo que abarca la prevención de los delitos concretos y del compor- tamiento delictivo ilegal o antisocial concretos. Asimismo, impli- ca la consideración del fenómeno criminal en sus fuentes, modos de vida, condiciones de educación y en sus relaciones con fenó- menos de otro carácter. La significación amplia implica multitud de significados y se vinculan a la elaboración teórica insuficiente aun del aparato conceptual de la Criminología; no obstante, la efectividad de las medidas de unas u otras se logra con la utiliza- ción de las potencialidades del enfoque transdisciplinario. En re- lación con esto está planteada la necesidad de conocer los conceptos y vínculos que trascendiendo el objeto de la disciplina van más allá, hacia la solución de problemas de la práctica, pero partiendo del concepto principal de esta importante parte de la Criminología que es la prevención de la delincuencia. Muchos criminólogos definen la prevención de la delincuen- cia como «un amplio complejo de medidas interrelacionadas crea- das y aplicadas por los órganos estatales y las organizaciones sociales» (Colectivo de autores, 1977). La afirmación de la disciplina social existe como una de las di- recciones de la actividad de la sociedad para consolidar la regu- lación moral y jurídica, en cuanto a la educación de la conciencia moral y jurídica de la personalidad. Los criminólogos de nuestro país actualmente conceden atención al problema de las cuestio- nes teóricas de la prevención de la delincuencia, en correspon- dencia con las tareas de afirmación necesaria de nuestro sistema social, teniendo en su base el perfeccionamiento consecuente del modo de vida al que aspira nuestro modelo para asegurar que prevalezcan los intereses del país en el clima de justicia so- cial y solidaridad humana que han caracterizado estos años di- fíciles. El enfrentamiento consecuente y directo de las indisciplinas so- ciales es también una contribución importante en evitación de la más dañina y peligrosa de sus manifestaciones, la delincuencia como fenómeno social.

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Un primer acercamiento en la investigación criminológica ha presupuesto la proyección de la prevención en cuanto a los pro- blemas teóricos del control social y metodológico de sus meca- nismos en relación con el proyecto social de nuestro país. El control social opera tomando en consideración la realidad socioeconó- mica de nuestro sistema, pues resulta básica y tercero la obten- ción de mayor efectividad de los procesos de participación real de los representantes estatales y miembros de las organizaciones sociales en los territorios de los Consejos Populares. Algunas nociones sobre el análisis de los mecanismos informa- les de control social deben preverse. La revisión histórica nos lle- va a la definición del control social que más se ajusta a nuestro contexto de indagación y difiere en mucho al del resto de los países latinoamericanos, donde «la explotación del hombre» en la que se basan las relaciones de producción «generadoras de la desocupación, el analfabetismo, la mortalidad infantil, las gran- des masas de marginados son entre nosotros los medios útiles con que se mantiene el sometimiento, se fortalece el poder de ciertas minorías y el capital trasnacional obtiene cuantiosas ga- nancias. Y tal como la actualidad demuestra, salvo en contados casos, la violencia estatal y la represión han constituido las herra- mientas básicas» (Aniyar, 1977). El control existe como fenómeno social. En cualquier sociedad organizada estatalmente este refleja los intereses de clase, que constituyen una de las formas de dirección política, una de las funciones del Estado y de las relaciones sociales, uno de los atri- butos del poder estatal y social. Podemos definir el control social como un sistema complejo de actividad de los sujetos sociales y estatales en nuestra sociedad. Su principio más importante es la indisoluble unidad de los principios estatales y sociales que aseguran la amplia participación de los miembros de la sociedad en la dirección. Los esfuerzos conjuntos del Estado y de sus órganos, así como de las organizaciones socia- les y las amplias masas de trabajadores en el control; se utilizan como medio poderoso que asegura la dirección de los procesos sociales al mismo tiempo que la prevención de fenómenos negati- vos antisociales, perjudiciales para la sociedad.

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Teóricamente el control social coloca la acción de los sujetos en determinados marcos (o límites) correspondientes a las exi- gencias de la disciplina social que establece el nivel de la toleran- cia en cuanto a las transgresiones de las disposiciones de nuestra moral y nuestro derecho. El desarrollo del control social participa como premisa necesa- ria y como importante factor del perfeccionamiento consecuente de la actividad dirigida a la prevención de manifestaciones conductuales, inmorales y delictivas, lo que convierte al control social en uno de los más importantes medios de trabajo profilác- ticos de los delitos y contravenciones. Deseamos hacer énfasis en la inseguridad teórica y metodoló- gica que encontramos en el punto de partida del tema del con- trol social, atendiendo a los argumentos de los científicos U. Zvekic y M. Findlay, ambos del UNSDRI. 1 Los autores antes citados destacan que, aun cuando la ideolo- gía de los mecanismos formales basados en el estado ha sido analizada y descrita en alguna medida, hoy nos enfrentamos a suposiciones nuevas no confirmadas, lo que se aplica en relación con la omnipotencia de los mecanismos formales y de los infor- males de control de la criminalidad. La superioridad, eficiencia y ventajas de los mecanismos informales han sido presentadas como algo evidente y no problemático, por lo que se puede afirmar que los mecanismos informales tienden a autolegitimarse. Han llamado la atención acerca de una tentativa de establecer un marco de referencia que facilite el asomarse a la potencialidad real de su control para sociedades que se encuentran en distintos niveles del proceso de desarrollo. Muchas presunciones no debidamente fundamentadas giran en torno al debate conceptual. Resulta esencial la discusión acer- ca de los procesos de socialización que conforman la estructura de autoridad en cada contexto determinado. Los autores han pronosticado conflictos que se originan cuando los mecanismos

1 Siglas en inglés del Centro de Investigaciones Criminológicas de Naciones Unidas radicado en Roma, Italia (N. del E.).

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informales de control operan en un determinado contexto cultu- ral de desarrollo. Los criminólogos de tendencia crítica son quienes mayoritaria- mente se han ocupado del control social en forma explícita, como eje de reflexión en la Criminología latinoamericana. L. G. Gabal- dón ilustra en una revisión de las contribuciones bibliográficas dirigidas a conceptuar el control social cierta inespecificidad en- tre el nivel formal y el informal. Véase para una discusión detalla- da de los criterios de L. Aniyar, Sandoval Huertas, Pérez Pinzón y Bustos Ramírez a Gabaldón (1989). Gabaldón consideró en 1992 como materia de discusión si las agencias formales de control social en el estado moderno confor- man un sistema de justicia penal en sentido estricto, y al valorar el espacio social que ocupan en los tiempos modernos estima que ameritan una aproximación teórica para explicar patrones de acción y resultados. A pesar de que proposiciones específicas sobre el control formal no son postuladas usualmente, señala una distinción entre los que se ocupan del control social como fenó- meno general. «A pesar de algunos hechos bien establecidos por la investigación sobre la operación de las agencias formales de control, todavía falta un modelo teórico para explicar la activa- ción de las mismas». Las agencias formales de control deben enfrentar, en contraste con las informales, mayores requerimientos continuos para la in- tervención, a la vez que algunas limitaciones organizativas que determinan disposición y organización de recursos, aunque no siempre procedan en una forma racional. En suma, ellas enfren- tan un marco normativo que estructura de acuerdo con ciertos principios, los requerimientos y las respuestas para el control so- cial (Gabaldón, 1992). La actualidad internacional del tema se revela en los debates en el campo de la política criminal, donde se ha subrayado la importancia de los mecanismos informales de control para la pre- vención del delito, aunque por diversos motivos la efectividad de dichos mecanismos informales ha sido muy controvertida y cues- tionada, tanto en los países desarrollados como en aquellos en

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vías de desarrollo (Cappelletti, 1982). El hecho es que todos los sistemas de prevención y control del delito se enfrentan en dis- tintos niveles de problematicidad con una relativa ineficiencia de los mecanismos formales-estatales de control, y acerca de ello la bibliografía sobre control social informal, justicia informal alter- nativa y los temas con ellos estrechamente vinculados es de una gran magnitud. Además, se ha ido gradualmente tomando con- ciencia del hecho de que quizás una mayor eficacia para la pre- vención y control del delito podría derivarse también de los procesos macroestructurales de socialización y control, de los cuales solo una pequeña parte posee una estructura formal institucional o basada directamente en alguna de las agencias del aparato estatal (Zvekic, 1987). Mas, a pesar de las grandes esperanzas cifradas en los meca- nismos informales de control, no se ha desarrollado una teoría global convincente en Latinoamérica, y muy poco se ha estudia- do académicamente y en la práctica de su estructura interna, ya que la naturaleza y funciones de dichos mecanismos no han sido aún ni sistemáticamente descritas, ni en consecuencias aprehen- didas críticamente. Tampoco se ha logrado una metodología de análisis convincente. El control social informal se puede definir como denominador común de los sistemas normativos de procesos selectivos, de es- trategias de socialización, primaria o secundaria, para asegurar fidelidad, precediendo al control formal, al que le daría entrada si fallara (Aniyar de Castro, 1987). Para nosotros, la amplia participación del pueblo en diversas tareas es condición obligada del perfeccionamiento consecuen- te de las funciones de control social del sistema político. Tanto más completa y activamente participen los trabajadores y los ciu- dadanos en las organizaciones sociales y en la realización del con- trol social, tanto más sólidas serán sus bases democráticas y más efectiva su actividad de control. Esto se relaciona en particular con el problema de la afirmación de la disciplina social y la obser- vancia por todos los ciudadanos de sus obligaciones ante la so- ciedad. Estos planteamientos encuentran su reflejo en la Constitución de la República de Cuba, la cual fijó el rol del sistema

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político en el aseguramiento de la combinación de los derechos reales y sus obligaciones y responsabilidades ante la sociedad. Se destacan, entre otros, los Artículos 68 b); 16; 7; 39 l); e) y f) y el 40. En dependencia de los sujetos que realizan el control social y también del volumen y nivel de sus actividades, el sistema de control social puede ser diferenciado. En la bibliografía halla- mos distintos puntos de vista. Algunos autores distinguen tres tipos de control: estatal, político-social y popular. Otros consi- deran cuatro: estatal, partidista, masivo-social e interdeparta- mental. Los terceros, tres: estatal, social y personal. Nuestra Constitución protege legalmente el derecho de los sindicalizados, los jóvenes y los miembros de otras organizacio- nes sociales, así como también a los colectivos laborales, en re- lación con sus funciones de control social. Independientemente de las clasificaciones conceptuales par- timos del concepto de control social que anteriormente desta- camos, el cual toma en consideración la unidad económica, política, moral, jurídica, sociopsicológica y de otros aspectos de la actividad de control de la sociedad, dirigida a la prevención de manifestaciones antisociales. La utilización del concepto fi- losófico del control social en la ciencia criminológica significa la aplicación de una categoría del materialismo dialéctico al estudio histórico de la delincuencia y otras transgresiones lega- les, y también a la indagación científica de su prevención. Este concepto filosófico facilita, de una manera más completa y multi- lateral, el investigar la esencia social de finalidad y contenido de la dirección del control social como orientación de la activi- dad que asegura la prevención y profilaxis de los delitos, y el descubrir las particularidades de los medios y métodos de con- trol de la sociedad y el estado, utilizados para alcanzar dichos fines. El consecuente perfeccionamiento del control social en las con- diciones de construcción del socialismo en nuestro país está rela- cionado con la elevación de la efectividad de la actividad de control de los órganos estatales (formal) y no estatales (informal) en el sistema de dirección, y simultáneamente, en cuanto a la

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prevención de los elementos de desorganización del mecanismo de regulación jurídica, estatal y social. La categoría de la determinación de la delincuencia aparece considerada en su contenido por todas las escuelas y teorías criminológicas, por lo que estimamos la importancia de referir- nos a ella. Relacionada con la determinación se halla la categoría causalidad. Cuando analizamos los fenómenos y procesos que se produ- cen en la sociedad, el más complejo de todos los sistemas exis- tentes, es necesario considerar los rasgos generales de la causalidad y lo específico de la vida social. Lo específico indica que todas las regularidades sociales se realizan a través de la ac- tividad de las personas. Se puede por tanto relacionar una serie de particularidades de los vínculos causales en el medio social. En primer lugar, debe subrayarse que la sociedad representa un sistema para el cual resultan características regularidades di- námicas y estadísticas que implican vínculos entre sus elementos. Nuestro Proyecto social presenta diferencias en relación con otras formaciones económico-sociales. La originalidad de nues- tro desarrollo social requiere dirigir la mirada hacia los procesos probabilísticos que ocupan un espacio esencial amplio. En segundo lugar, la sociedad es un sistema siempre en desa- rrollo. En nuestro caso aspiramos todos, tanto científicos como docentes, profesionales, estudiantes y ciudadanos a contribuir al desarrollo sostenible como una cuestión ética fundamental, en la medida de las posibilidades. A través de las formaciones explotadoras, la humanidad va transitando hacia un proceso que implica el colectivismo y la actitud participativa que permita la satisfacción de las necesidades de los seres humanos que habi- tarán este planeta después de las generaciones contemporáneas. En este plano en el movimiento histórico participan regularida- des sociales que es preciso tomar en consideración también, al buscar a través de las investigaciones de los procesos sociales implícitos, los procesos internos del desarrollo en relación con fenómenos sociales y procesos que transcurren en niveles dife- rentes (Figura 3).

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Androcentrismo como ideología en las relaciones de poder.
Androcentrismo como ideología en las relaciones de poder.

Figura 3: Principales procesos de la criminogénesis.

El reconocimiento de las causas de los fenómenos sociales plan- tea el análisis tanto de los procesos internos del desarrollo de nuestra sociedad como de los vínculos de los fenómenos sociales con fenómenos y procesos de otros niveles y sistemas. La revela- ción de los procesos criminógenos unida a la construcción de un sistema profiláctico anticriminógeno desempeña un papel primor- dial como garantía del éxito del Sistema de Prevención Nacional en Cuba. Determinado papel de factores naturales, como el me- dio geográfico, el crecimiento de la población y otros permiten el

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análisis sobre un fundamento histórico-social propio. No es el clima, no son fenómenos cósmicos ni naturales, son las condicio- nes de vida y de educación de los seres humanos las que permi- ten alcanzar el desarrollo social, lo cual incluye también las condiciones de educación promovidas en nuestro país, dada la voluntad política consecuente, lo que va garantizando como re- sultado el tránsito hacia una sociedad más justa, en el enfrenta- miento y solución de las contradicciones a distintos niveles. Todos los sistemas presentan contradicciones internas entre la estabilidad y el cambio, entre las particularidades globales y sus elementos por separado, entre las aspiraciones del sistema y las influencias contrarias permanentes. En América Latina se ha desarrollado una fuerte corriente crítica en el campo teórico cri- minológico, que refleja el nivel de desarrollo académico que toma en consideración las relaciones entre las clases sociales, su tipo de interacción de las fuerzas productivas y de las relacio- nes de producción. Aun cuando muchos aspectos de dicha corriente crítica mantienen puntos comunes con nuestras con- cepciones, algunas de sus posiciones, principalmente en cuan- to al estudio del control social formal, no se ajustan al análisis que es preciso continuar desarrollando en la Criminología cu- bana. Las contradicciones antagónicas de la sociedad capitalis- ta se reflejan en los metaprocesos sociales, no tanto como en las sociedades de otros países latinoamericanos, lo que resulta un hecho en la delincuencia no convencional, más diferencia- da. En otras instancias que aparecen (ver figura 3, tales como la de los macroprocesos, microprocesos y en la conducta delictiva concreta (individual), se revelan particularidades diferentes. En el curso del desarrollo progresivo y permanente estos tres nive- les desempeñan un importante papel en el proceso histórico nacional, y por tanto no pueden aplicarse las consideraciones de los criminólogos críticos. En tercer lugar, lo específico de la causalidad social que como fenómenos sociales aspiramos a comprender, los niveles de micromedios (tercer nivel) y los elementos personológicos, subjeti- vos son casi procesos exclusivos, relaciones y estados muy diferentes

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a los contenidos en esos mismos niveles de otros países con un sistema social distinto al nuestro. Entre nosotros, un papel princi- pal desempeñan las relaciones sociales que se establecen en nues- tro pueblo. En cuarto lugar, existe una particularidad única de los vínculos causales, que es la siguiente: en la mayoría de los casos, a través de la conciencia del pueblo se refleja un modo de vida particular, en la forma de fines y motivos de la conducta de cada ciudadano. Hay un vínculo entre los fenómenos y procesos del primer nivel que atravesando el segundo se expresan como influencia, a ve- ces decisiva, en el nivel del micromedio social de las instancias familiar, laboral, educacional y comunitaria, y se torna en la parti- cipación y actividad que cada sujeto expresa, también en dichas fuentes y áreas de protagonismo, como influencia que puede modificarlas. En nuestro país la ciencia y la cultura aseguran un desarrollo progresivo de la sociedad, siempre en interacción de los cuatro niveles. A partir de lo supraseñalado no debe hacerse la conclusión de que la conciencia social es todopoderosa, dada la hegemonía planetaria unipolar que vive la humanidad. La transformación de la naturaleza y el desarrollo planificado de las fuerzas producti- vas son posibilidades objetivas, también alcanzadas por la influen- cia de los contenidos que indicamos en el primer nivel (ver figura 3). Las interacciones concretas entre los procesos y fenó- menos que transcurren en los distintos niveles se producen en muchos planos; ellas se encuentran en interdependencia sistémica de errores tanto del ser social como de sus representa- ciones ideales. Las particularidades de la determinación en el medio social de- finen lo específico de las causas de las conductas antisociales y delictivas. Las causas de la delincuencia poseen todos los rasgos generales de la causalidad social y, además, expresan lo específi- co, determinante de los fenómenos antisociales. Los fenómenos antisociales pueden examinarse como elemen- tos negativos de la vida social y como dificultades u obstáculos

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en el funcionamiento del sistema social. Las causas de dichas di- ficultades u obstáculos no son ni biológicas, ni físicas, ni cósmi- cas. Tienen también un carácter social, por ello no podemos buscarlas fuera de los marcos de la sociedad en la que se produ- cen los comportamientos antisociales. Por cuanto la delincuen- cia siempre es un fenómeno social, sus causas, como las de otras transgresiones legales, tienen un carácter social (Kuznetsova, 1969; Carpéts, 1969). Los fenómenos negativos que se desarrollan en el sistema social están vinculados con sus contradicciones internas y externas. En estas relaciones la naturaleza de los fenómenos negativos es esen- cialmente diferente en nuestro sistema si se compara nuestro país con los capitalistas. Los fenómenos negativos, en especial la delin- cuencia, es necesario examinarlos como una particularidad inter- na de la propia «construcción» de dicho sistema, que atraviesa crisis existenciales, clasistas, así como económicas y políticas. Los con- flictos internacionales que se generan por la esencia del capitalis- mo, por la globalización a nivel mundial, debemos incluirlos en el primer nivel de los metaprocesos que nos afectan. Entre ellos se encuentra el bloqueo al que hemos sido sometidos durante años. En nuestro sistema se producen interacciones y colaboraciones entre los miembros de distintas clases y grupos sociales. El carácter de las contradicciones es otro. En su base descansa la lucha entre lo nuevo y lo viejo, lo de avanzada con lo caduco. Como es conoci- do, algunos elementos en el sistema ya resultan conservadores y se corresponden con momentos históricos de nuestro país en los cua- les se aceleró el desarrollo económico. Esos elementos conserva- dores frenan el progreso, pero están presentes en nuestras percepciones y representaciones sociales en mayor o menor medi- da. Justamente es sobre la base de mitos y creencias que surgen en nuestro proyecto social los fenómenos antisociales y transgresio- nes legales y sociales, las cuales frenan el desarrollo de nuestro sistema y su consecuente perfeccionamiento (ver figura 3, pág. 42, segundo nivel). La presencia de elementos conservadores en nuestro sistema social obedece a una serie de causas objetivas. Estas se explican

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mediante elementos históricamente conocidos vinculados a las fuerzas productivas y a la cultura espiritual y material. En segun- do lugar, el proceso de desarrollo de nuestro sistema social es irregular y esto expresa desproporción de algunos de sus ele- mentos que no se corresponde con otros que se encuentran en una base necesaria; se deben analizar como defectos de funcio- namiento del Proyecto social. En tercer lugar, pueden observar- se adaptaciones incompletas al sistema en desarrollo dadas las condiciones externas e internas de la existencia del mismo. Esto quiere decir el desarrollo social, cultural y técnico puede corres- ponderse, en mayor o menor medida con las necesidades socia- les, espirituales o económicas que de pronto se manifiestan, en cuanto a su orientación, contenido y nivel de satisfacción. En conjunto, todo esto sirve de fuentes concretas de desarrollo de fenómenos negativos diversos. El desarrollo de nuestro sistema social se produce sobre la interacción de sus elementos componentes. Las interacciones entre ellos hacen crecer el papel de algunos elementos y disminuyen la función de otros. Algunas consecuencias de este desarrollo pue- den ser nuevas, no esperadas, no previstas, por lo que surgen fenómenos colaterales indeseados.

ESTRATEGIA METODOLÓGICA

El enfoque social de la ciencia que orienta su estudio desde una perspectiva contextual e histórica, al apelar al enfoque histórico- sistémico se esfuerza por revelar la totalidad de los factores actuantes en el desarrollo de la ciencia, en el decir de J. Núñez, insistiendo en su metabolismo con el todo social (Núñez, 1994). Un enfoque de este tipo implica necesariamente las potencialida- des de la Criminología la cual se ocupa de procesos que dificultan y obstaculizan el desarrollo. Este autor indica que la ciencia puede echar raíces solo en sociedades innovadoras globalmente que pro- porcionan contextos económicos, políticos, educacionales, cultura- les, valorativos, favorables al desarrollo de la ciencia, la tecnología y

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sus potencias creadoras. En nuestro criterio los estudios criminológi- cos cumplen una función esclarecedora y orientadora en línea con los presupuestos que este autor expone, «al contribuir al desarrollo de reguladores axiológicos y sociales importantes para el desarrollo de la actividad científica» en el campo de los estudios sociológicos y jurídicos, lo que implica su vinculación a la práctica social. Conse- cuentemente dichos esfuerzos deben ser incorporados de forma activa a nuestros programas docentes y de investigación. Rodríguez Manzanera incluye en la Criminología la descripción y explicación de la conducta antisocial, y la sitúa en un momento y lugar determinado, pero no la considera solo descriptivamente, sino buscando las causas que la producen y los factores que la favorecen y, asimismo, tratando de encontrar la forma de evitar- la. Por eso estima la Criminología como ciencia aplicada, y la ca- lifica de eminentemente práctica, no solo teórica; en su mirada puntualiza la solución de problemas al conocerlos mediante la proposición de medios para atacar aquellos factores y causas. Este autor, al entender la Criminología como cualquier otra ciencia moderna, subraya como lo más valioso en ella, ante todo, la pre- vención (Rodríguez Manzanera, 1990). En íntima relación con la creciente implicación de la ciencia con la práctica social y económica ha sido destacado cómo el proceso de acercamiento de la investigación científica genera dentro de la ciencia, la vinculación entre la investigación aplica- da y la orientada al desarrollo (Núñez, 1994). En la relación supraseñalada puede observarse el proceso de integración horizontal que tiene lugar y consiste en la interpene- tración y entrecruzamiento de distintas disciplinas, lo cual puede expresarse por medio de la articulación de distintos tipos de in- vestigación al abordar problemas complejos y, aún más, en la in- tegración interdisciplinaria.

J. Núñez menciona dos principales maneras de avanzar:

1. Integración alrededor de un problema. 2. Integración interdisciplinaria.

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La integración horizontal significa de conjunto que:

a) La importancia de los programas complejos crece constante- mente.

b) Aumenta la significación del trabajo en equipo, lo cual obliga a una reflexión sobre las relaciones sujeto-sujeto (inter- subjetivas) que se contraen en el curso del trabajo científico, con vistas a lograr una optimización tal de los vínculos que asegure una alta productividad científica, cuestión que es abor- dada por la sociología de la ciencia.

c) Las divisiones tradicionales entre disciplinas se borran, y se crean ramas nuevas de la actividad científica (Núñez, 1994).

Los procesos de integración interdisciplinaria han alcanzado las relaciones de la Criminología con otras disciplinas, de una for- ma más orgánica. Esto ocurre porque se necesitan varias discipli- nas para lograr la descripción y comprensión más completa de los fenómenos criminales delictivos y antisociales. Debemos in- terpretar la «interdisciplinariedad» como el encuentro y la coope- ración entre dos o más disciplinas, donde cada una aporte sus modelos y esquemas conceptuales, sus formas de definir los pro- blemas, así como sus métodos de integración. La idea de la interdisciplinariedad debe formar parte de los idea- les gnoseológicos de la cultura científica criminológica. El desa- rrollo de este conocimiento y la práctica social que la Criminología fecunda necesitan de la hibridación y copulación para la genera- ción de nuevos saberes, en nuestra disciplina. Como recurso necesario para generar nuevos conocimientos y tecnologías se han incrementado diferentes formas de integra- ción horizontal (trabajo en equipo, multidisciplinariedad, inter- disciplinariedad y transdisciplinariedad), lo que constituye una de las características del desarrollo científico del siglo XX. El desarrollo científico de vanguardia se está produciendo en los puntos de contacto entre diversas disciplinas, lo que se cono- ce como «recombinación genética» entre varias disciplinas, y la producción permanente de productos cognitivos híbridos. Algu- nos autores indican el estudio de procesos complejos como exi-

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gencia de las investigaciones complejas que promueven la multi, la inter y la transdisciplina (Morín, 1984; Núñez, 1994). J. Núñez advierte para el Tercer Mundo las pequeñas «masas críticas» de investigadores o personas que articulan un trabajo colectivo, pero al caracterizarse por su inferioridad numérica no alcanzan el conocimiento de sus obras aun cuando sean relevan- tes en los centros científicos de los países del Primer Mundo. En el campo criminológico de Cuba puede asegurarse de he- cho una causa material para la generación del nuevo conocimien- to, ya que hay una larga historia de trabajo científico consecutivo desde mediados del siglo XIX, y la docencia mantenida en varias universidades. Con posterioridad a la Revolución se ha acumula- do un cuerpo permanente de conocimientos auténticos deriva- dos de las investigaciones, no solo de la racionalidad humana. Lo que pudiera producirse como retroalimentación de la práctica social, dependerá de los recursos cognoscitivos de los que pueda disponerse y de las maneras en que se exploten dichos recursos para prevenir los fenómenos antisociales, antes de que se trans- formen en criminales. Es preciso examinar con seriedad la gene- ración del conocimiento criminológico, social, dentro de su contexto, como parte de la historia de nuestra sociedad y de su cultura. En diferentes culturas puede representarse la realidad criminógena de diversas maneras, incluso contradictorias. Los conocimientos criminológicos no están en la realidad. Son construidos por seres humanos, pero que viven en una comuni- dad, en una sociedad. El proceso del conocimiento puede ser concebido, en la Criminología, como un proceso de construcción social de conocimientos, que supone el diálogo académico con- juntamente con el diálogo comunitario, entre razón y experien- cia, entre teoría y vivencia (Navarrete, 2002). La complejidad de la delincuencia y los procesos de criminali- zación como fenómenos sociales, condicionan así mismo la com- plejidad de la elaboración y construcción de los métodos de investigación criminológica. La metodología general, así como los métodos particulares de investigación aplicados a los diferen- tes problemas (con mucho de carácter general al mismo tiempo),

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adquiere particularidades propias en cada dirección o tema de las investigaciones. Por esta razón, la elaboración, modificación, adaptación y perfeccionamiento de los métodos se desarrolla en nuestra práctica investigativa en cada dirección de la Criminología en el proceso de cada investigación concreta desde una posición transdisciplinaria y en sistema. Cuando el investigador aplica uno u otro método con el fin, por ejemplo, de conocer los determinantes de algunos tipos de mecanismos de conductas delictivas, al considerar en específico el objeto estudiado, delimita los elementos que constituirán uni- dades de observación y su volumen, los medios de selección de información, de su interpretación y análisis. De este modo, los métodos de investigación criminológica se encuentran vinculados estrechamente con la metodología y condicionados por ella. El método nunca es de elección absolutamente libre para el investi- gador, o sea, se determina atendiendo al carácter del objeto es- tudiado y a la arista del proceso sometida a investigación. Por método de la investigación criminológica debe entender- se, el conjunto de procedimientos, técnicas y medios regulados que, apoyándose en la teoría criminológica o en el modelo teóri- co construidos al efecto son aplicados con el fin de alcanzar un conocimiento más profundo acerca de la delincuencia, los deter- minantes criminógenos, los procesos y formaciones personoló- gicos de los sujetos que manifiestan los comportamientos delictivos o antisociales cuyo estudio se propone, así como los procesos de criminalización y los de diverso carácter que sobre ellos influyen, sin dejar de considerar la formulación de planes o medidas de prevención o profilácticas de dichas conductas. De la premisa acerca de que el problema científico está sujeto a la solución y del estrecho vínculo entre la teoría científica de la que ese parte y los métodos dependen, de cómo se organizará el curso de la investigación, qué se propondrá su programa y procedimien- to. De ello se deduce que los métodos de la investigación criminológica también se condicionan y se proponen por el pro- blema criminológico planteado, como en cualquier otra ciencia social los determinan sus problemas científicos específicos.

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Lo indicado significa que los métodos científicos utilizados en Criminología tienen con frecuencia un carácter científico general. No obstante, dado el objeto de esta ciencia se han ido desarrollan- do los orientados solamente a la búsqueda del conocimiento de problemas criminológicos específicos. La ejecución de una u otra investigación criminológica exige la formación de complejos (con- juntos) de métodos de acuerdo con los objetivos perseguidos para la solución de distintas tareas en el cronograma previsto por los investigadores. En dichos complejos (juegos, conjuntos) en cada investigación pueden introducirse algunos métodos científicos generales, y otros criminológicos, sociales, sociológicos, psicológi- cos, jurídicos, particulares. La aplicación de cada uno de ellos se determina en la etapa preliminar que es, del diseño, la elaboración (formulación) de la hipótesis científica que se concreta después en el transcurso del proceso de indagación y que ofrece la posibilidad de establecer la representación acerca del objeto de modo preciso y de los caminos para la solución del problema científico al definir muy concretamente cómo cumplir las tareas previstas. El enfoque complejo aplicado al estudio de los problemas cri- minológicos exige la utilización de diversos métodos de investi- gación. Una particularidad característica de la metodología de la investigación del problema de los procesos de criminalización y de la prevención y el control social consiste en que en casi la totalidad de las investigaciones se aplican por lo menos dos mé- todos distintos o más. El empleo de una serie de métodos de in- vestigación en la indagación concreta implica su interacción orgánica interna para asegurar los resultados esperados. En la actualidad se dividen los métodos de investigación en cuantitativos y cualitativos, aunque las investigaciones se reali- zan con la utilización de técnicas de ambos tipos. Tanto para la recogida de datos como para su análisis e interpretación se selec- cionan técnicas de ambos tipos en dependencia del rol que cum- plirán. Todo lo esencial de lo utilizado por los criminólogos en relación con los métodos de recogida del material empírico, de manera convencional se puede dividir en tres grupos: Los que ofrecen la posibilidad al investigador de modo inmediato unos u

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otros fenómenos de la vida social (la observación y el experimento social); aquellos que ayudan en la descripción de fenómenos de la vida social (análisis de documentos y de expedientes penales) o de evaluación de menores; los vinculados con la obtención de infor- mación muy concreta (la encuesta y la entrevista). Actualmente se está utilizando mucho el cuestionario, que es una técnica cuantitativa. También se están aplicando técnicas de carácter cualitativo, entre ellas la entrevista en profundidad, el grupo focal, la historia oral, la historia de vida, la observación participante y el diario de campo. Como técnicas de análisis de datos de carácter cuantitativo debe- mos señalar las de organización de los datos, de tabulación, de es- tudio comparativo y muchas de representación de los resultados. Como técnicas de análisis de datos de carácter cualitativo han ido desarrollándose el análisis de contenido, el análisis del dis- curso y otra tipología de análisis basada en la teoría de la argu- mentación. Estos métodos en su mayoría poseen un carácter interdisciplinario; no obstante, por lo específico del objeto criminológico estudia- do imprimen su sello en cualquier método interdisciplinario. En los últimos tiempos viene desarrollándose la investigación- -acción participativa, la cual ha sido muy utilizada, principalmente en estudios de prevención comunitaria con la fortaleza de las po- tencialidades de los grupos de prevención de los consejos popu- lares.

UTILIDAD DE LA CRIMINOLOGÍA

En los últimos años ha ido conformándose en distintos países la opinión de que la formación criminológica debe constituirse en una profesión. Son diversas las funciones que se estima en la bi- bliografía, debe cumplir la Criminología. Estas giran en torno al conocimiento científico del fenómeno criminal que queda deli- mitado en esta disciplina, así como al control de la criminalidad y a la legitimación o a la crítica del sistema punitivo (García-Pablos de Molina y Carbonell Mateu, 1996).

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César Beccaria propuso una transformación que debía produ- cirse en la concepción del Derecho Penal, desde el siglo XVIII. Su

obra fue prohibida por la Inquisición. A pesar de las trabas e im- posiciones, sus ideas sobre el planteamiento científico del crimen fueron acogidas en su tiempo. Los criminólogos españoles, a más de dos siglos de su muerte siguen luchando por un reconoci- miento profesional en su país. En distintas universidades se ha ido iniciando la profesión de criminólogo, entendiéndose como necesaria para el tratamiento del delito en la sociedad. Exner al considerar la Criminología como «teoría del delito, en cuanto fenómeno que se manifiesta en la vida de un pueblo y en

la vida de un ciudadano»; y Sutherland y Cresey que la estiman

como «la disciplina que se ocupa del proceso real de gestación de las leyes, de la infracción de estas y de la reacción frente a dicha infracción», son dos de las definiciones dadas por doctos en la materia que pueden suponer que la definición unánime de las ciencias es imposible dada su complejidad, pero no es nece- saria la definición unánime para plantear su utilidad, pues su fi- nalidad está directamente vinculada a la práctica (Chust, 1996). El criminólogo ha de ser un profesional que realice el examen detallado de la realidad criminal en cualquier sociedad. Con una sólida preparación puede realizar una aportación necesaria al me- joramiento de la convivencia social. La actividad práctica del criminólogo no está imaginada, es real, pero requiere la preci- sión del perfil profesional; labor de necesaria realización. Se ha manifestado que esta profesión investigue, trate, forme, preven- ga, informe sobre las causas, consecuencias y motivos del fenó- meno que es la criminalidad, y que es compañera inseparable de la humanidad históricamente condicionada hasta el momento. Además, se ha evidenciado que profesionales vinculados a la práctica criminológica pueden formar parte de grupos de traba- jo que ejerzan sus actividades en centros penitenciarios, insti-

tuciones públicas o privadas de asistencia social, oficinas de ayuda

a las víctimas de cualquier tipo de delito o mujeres víctimas de

violencia doméstica, trabajos de investigación de delitos, políticas

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criminales, composición y formación policial y muchas más, to- das ellas realidades constatables en cualquier país. Rafael Chust,

al subrayar lo anterior estima como «necesaria una profesión que

trate el delito en cuanto fenómeno que se manifiesta en la vida

de un pueblo y en la vida de un ciudadano». En nuestro país existen posibilidades laborales no precisadas

en calificadores de cargo y procede abrir nuevas vías, lo que será muy útil para nuestro proyecto preventivo social. Su principal atrac- tivo es la riqueza interdisciplinaria que presenta, así como sus potencialidades de hibridación, fertilización y copulación de co- nocimientos en la práctica profesional activa. La diversidad de especialidades que se interrelacionan propicia muchos espacios

a la práctica profesional; otros perfiles profesionales pueden en-

riquecerse a través de cursos más extensos y concretos sobre el tema. La Criminología debe ser un título universitario homologado a nivel estatal. El estado de la teoría criminológica puede reflejarse en la legis-

lación y en la práctica de la justicia social y la política penal. Por otra parte, su propio desarrollo se encuentra en dependencia de su ampliación gradual en la práctica. Una amplia introducción de las recomendaciones criminológicas en la práctica conduce hacia el mejoramiento de la legislación penal y procesal penal dada la idea de que se esclarecen los determinantes y las condiciones del delito, así como su preven- ción puede desarrollarse en el transcurso de años de experien- cia; se refleja en ella cada vez en mayor medida. La jurisprudencia penal en el presente, en correspondencia con la ley, debe ase- gurar un esclarecimiento cada vez mayor de los delitos, descu- brimiento de los culpables y una correcta aplicación de la ley, pero la capacidad de afirmación de la legalidad socialista, de la prevención de los delitos, de la educación de los ciudadanos en

el espíritu de una ejecución no desviada de la ley y del respeto a

las normas de la convivencia social, requiere de una calificación criminológica mayor en los operadores y trabajadores prácticos del sistema.

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Para la decisión de cuestiones acerca de la atracción de los cul- pables hacia la responsabilidad penal y de su sanción reclama una mayor atención a la valoración de las características personológicas de los culpables de las condiciones de su activi- dad vital y educacional de los determinantes criminógenos y con- diciones de la situación vital concreta y la toma de la decisión ante la situación criminógena. Las recomendaciones criminológicas deben ser consideradas en la bibliografía de Derecho Penal, procesal, criminalística, el derecho correccional laboral, con el registro que concreta el con- tenido de la prueba y la definición de particularidades de una serie de acciones procesales y toma de decisiones. La elevación de la cultura criminológica de los oficiales de procesamiento pe- nal y en el examen del expediente de fase preparatoria y la causa en relación con los delitos contribuye a una ejecución más com- pleta de las tareas de la legislación penal, procesal penal y peni- tenciaria. Un rol esencial de las recomendaciones criminológicas en cuan- to al análisis de la delincuencia en los niveles territoriales de mu- nicipio, ciudad, provincia, desempeña el establecimiento de aquellos cambios producidos por decisiones dirigidas a la pre- vención de la delincuencia, en cuanto a sistemas de medidas es- pecíficas, principalmente de carácter profiláctico. Estos se refieren en mayor medida a miembros de distintos grupos sociales, por ejemplo trabajadores urbanos o campesinos, residentes en ciu- dadelas o barrios marginales y otros. Si se habla acerca de la de- lincuencia en general, la revelación de sus regularidades sirve de base para el pronóstico. La pronosticación debe considerarse como una investigación sistemática de las perspectivas de desa- rrollo de uno u otro fenómeno o proceso con ayuda de la ciencia contemporánea. Los criminólogos cubanos hemos acumulado suficiente material acerca de las particularidades de la delincuencia y sus cambios en cuanto a algunos delitos, tales como el robo con fuerza, el robo con violencia, el fraude, la malversación, el desvío de recur- sos, el sacrificio ilegal de ganado mayor. Estos conocimientos

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pueden fundamentar distintas medidas y planes de acción con- tra los cambios criminógenos en la línea de tendencia de desa- rrollo o dinámica de esta delincuencia contra los derechos patrimoniales (Navarrete, 1998). El desarrollo de la teoría también se determina grandemente por el nivel de la cultura criminológica que poseen los trabajado- res prácticos. El análisis cualitativo de las condiciones en que se producen los fenómenos negativos de carácter delictivo arroja la necesidad de la presencia de datos multilaterales acerca del condicionamiento de los delitos concretos. Los datos del expe- diente de fase preparatoria requieren exactitud y calidad para garantizar un adecuado análisis judicial del expediente penal. Las conclusiones acerca de las medidas que se aplicarán se funda- mentan, en primer lugar, en las sanciones correspondientes que de hecho se aplican al decidirse el marco sancionador conforme al Código Penal; en segundo lugar, se valora sobre la evaluación por los operadores jurídicos de su resultatividad en los casos con- cretos en condiciones extraordinarias, por ejemplo, cuando se impusiera una sanción de privación de libertad perpetua debido a las características de esta pena, y cuando a los sancionados a privación de libertad temporal se decida concederles los benefi- cios regulados en el precepto trece de la Ley No. 87. Sería conveniente la consideración de poner en práctica el dic- tamen criminológico como una manera de recepcionar de forma práctica los conocimientos que puede aportar esta ciencia, y es necesario destacar que dicho dictamen sería conveniente porque ofrecería un enfoque integral del análisis del mecanismo de la conducta delictiva realizado por expertos para facilitar las deci- siones de los tribunales, que en esta esfera están referidos en muchos casos a bienes jurídicos muy apreciados por el ser huma- no, como son la vida y la libertad. No pocas veces se requiere de conocimientos criminológicos ante nuevas formas de aplicación de la responsabilidad, así como de nuevos métodos profilácticos. La teoría contempla estos fenó- menos, descubre sus regularidades, al mismo tiempo que su ca- rácter casual y entonces determina la efectividad de nuevas

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medidas ante la presencia de posibilidad de su ejecución. Pero la creación de lo nuevo en la práctica también en mucho se deter- mina por el grado de posesión de conocimientos teóricos de los oficiales de procesamiento penal, de los fiscales, los jueces y otros trabajadores estatales u operadores del sistema judicial, al ver y resolver problemas criminológicos, determinar correctamente la dirección de las acciones consecuentes, e introducir premisas importantes para el perfeccionamiento de la legislación y las in- vestigaciones científicas.

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EL DESARROLLO HISTÓRICO DEL PENSAMIENTO CRIMINOLÓGICO

DRA. TANIA DE ARMAS FONTICOBA

Los estudios sobre el delito y la conducta desviada que se han desarrollado hasta el momento han ido conformando, a su vez, la historia de la criminología. Las formas a las que se ha acudido para construir esta historia han sido diversas también: desde mos- trar la evolución y los avances de esta ciencia hasta presentar la historia intelectual misma, con sus transmutaciones científicas y conmociones de paradigmas, llegándose incluso a la pretensión de explicar los problemas contemporáneos con la contribución de pasajes teóricos ya pretéritos, pero que dejaron una insinua- ción para el futuro. Lo atractivo de hurgar en el pasado se ha encontrado en el hecho de que «nuestras decisiones actuales reproducen los con- flictos aparentemente más remotos… el diálogo entre el positi- vismo y el clasicismo del siglo XIX se sigue reproduciendo en prácticamente cada institución del sistema penal: los tribunales… los dictámenes psiquiátricos, la resocialización en la cárcel, la ideo- logía de la prevención general» (Cohen, 1991), todo lo que justi- fica que contar la historia de las ideas que revolucionaron el pensamiento criminológico puede constituir un formidable ejer- cicio reflexivo para tratar de explicar los enigmas de la criminali- dad del presente. Desde la perspectiva tradicional, la Criminología es entendida como la disciplina que estudia las causas del delito, dirigida ini-

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cialmente hacia el comisor de los delitos, de manera que la causa de la criminalidad tenía un carácter individual endógeno: bioló- gico, psicológico, sociológico, considerado así por los fundadores de esta ciencia: César Lombroso, Enrico Ferri y Rafael Garófalo, entre otros; o tenía un carácter exógeno: influencias de la familia, de la escuela, problemas económicos y otras fuentes. Esta perspectiva, que nos presenta un enfoque etiológico cen- trado en el estudio de las causas del delito, sean individuales o sociales, asombrosamente continúa siendo utilizada y ha sido pre- sentada en la actualidad con alguna ornamentación para mos- trarla más atractiva y actualizada. A partir de la perspectiva contemporánea se busca el origen del delito indagando en el proceso de criminalización: en primer orden se atiende a quien hace la ley (el legislador), escudriñando acerca de los intereses que pretende proteger; en segundo or- den, al que la aplica (policías, fiscales, jueces) examinando el ca- rácter selectivo de sus decisiones; y en tercer orden, a quien la ejecuta (el sistema penitenciario), explorando y cuestionando su verdadero sentido. En el mismo nivel de análisis, también se trata de explicar el origen de la criminalidad a partir del control social informal o formal. El primero mediante las imágenes o representaciones que van construyendo la familia, la escuela, el mundo mediático, en- tre otros, de manera casi consensuada acerca de personas con distintos atributos, con lo que se conforma el estereotipo de lo que es y debe ser un delincuente, y el segundo, con la elección que realiza el Estado y su poder punitivo para determinar las con- ductas que deben ser consideradas como delitos. De esta manera también al control social le es atribuido el germen de la crimina- lidad.

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LOS PRECEDENTES HISTÓRICOS DEL SURGIMIENTO DE LA CRIMINOLOGÍA

La historia de la civilización humana ha estado íntimamente vin- culada a la historia de la criminalidad y al interés del hombre por prevenirla, explicarla y controlarla. Sin embargo, no siempre las reflexiones alrededor de este fenómeno han gozado de todo el rigor científico, sino que en ocasiones, especialmente en las pri- meras explicaciones, el elemento religioso, filosófico, entre otros, ha primado en esta indagación. No podemos en este trabajo abarcar todas las preocupaciones del hombre alrededor de este tema, por lo que hemos preferido exponer las principales teorías que acumula el pensamiento cri- minológico, incursionando brevemente en los precedentes his- tóricos inmediatos al surgimiento de la criminología como ciencia. En este sentido algunos autores consideran que se puede hablar de criminología desde los inicios del siglo XIX cuando se estudia- ba el delito como fenómeno social 1 y otros, la gran mayoría, lo sitúan desde los estudios de Lombroso. Ciertamente, antes que Lombroso desarrollara su teoría sobre del delincuente nato y revolucionara toda la concepción acerca del estudio de la criminalidad haciendo recaer la atención sobre la persona que delinque, se habían iniciado algunas ideas con cier- tas pretensiones pseudocientíficas. Especialmente en la Edad Me- dia, cuando la Iglesia Católica ejercía un gran poder, algunas interpretaciones criminológicas adquirieron un matiz teológico y religioso. A partir de esta etapa vamos a comenzar nuestra historia.

La fisonomía y la frenología

Este período de indagación acerca del fenómeno de la criminali- dad se enriquece con los aportes de la fisonomía del abate Jean Gaspar Lavater (1741-1801); la frenología, de Francois Joseph

1 En este sentido W. Bonger y Luis Jiménez de Asúa sostienen en sus obras que la criminología se origina con la publicación de casos célebres a mediados del siglo XVIII.

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Gall (1758-1828); la estadística, de Quetelet, y las observaciones que fueron acumulando los médicos de las prisiones. Lavater, entre los fisonomistas, construyó una imagen acerca de los «hombres de maldad natural», que puede considerarse un precedente importante a la caracterización lombrosiana del cri- minal nato 2 (Lavarter, 1820; Manzanera, 1979). Se considera ade- más que esto significó una contribución para el sistema de identificación de Bertillón y para el retrato hablado, entre otros procedimientos y técnicas de claras bases fisionómicas. Lavater asociaba la fealdad y las deformidades del cuerpo hu- mano con la conducta delictiva, consideraba que la verdad em- bellece y el vicio desfigura, que la rudeza en el cuerpo es un signo negativo y que la fisionomía de los falsos es más fácil de leer. Tales especulaciones sirvieron especialmente a los jueces del si- glo XVIII y principios del XIX para observar con detenimiento a los acusados antes de juzgarlos y condenarlos. Incluso, hasta en las manifestaciones artísticas se representaban a los «buenos» bella- mente, dejando la fealdad y lo horrendo para los «malos», carac- terización que prevalece en algunas expresiones del arte en la actualidad. La frenología ha sido considerada como precursora de la neurofisiología y la neuropsiquiatría (García-Pablos, 1994) y tuvo realmente su desarrollo en el siglo XIX como continuación del que- hacer de los fisonomistas. Su aporte central radica en que sus autores trataron de explicar la conducta delictiva, partiendo de las anomalías cerebrales de esos individuos. Además de Francois J. Gall, se destacaron en esta vertiente Lauvergne (1797-1859) y Mariano Cubi y Soler (1801-1875), este último un significativo, aunque poco conocido, predecesor de la criminología.

2 «Tiene la nariz oblicua en relación con la cara, el rostro deforme, pequeño y color de azafrán; no poseen puntiaguda la barba; ellos tienen la palabra negligente… los ojos grandes y feroces…, las cejas rudas, los párpados derechos, la mirada feroz y a veces de través.»

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La Escuela Cartográfica o Estadística Moral

Los autores de la denominada Escuela Cartográfica o Estadística Moral desarrollaron la idea acerca de la periodicidad y regulari- dad de los fenómenos delictivos. L. A. Quetelet (1796-1874) en Bélgica y A. Guerry (1802-1866) en Francia trataron de relacionar el crimen, el sexo, la edad y la profesión con las condiciones económicas, la raza y el clima. La reflexión del autor francés se dirigió además a desarrollar la hipó- tesis acerca de la existencia de la criminalidad como presencia normal y originaria de la organización social, idea retomada más tarde por Durkheim. La relevancia que le concedió esta Escuela al análisis estadísti- co y a la periodicidad con que se repetían los hechos delictivos, al igual que los demás hechos humanos, hacía casi insignificante la importancia de analizar sus causas, para privilegiar la observa- ción de la magnitud regular y constante de su frecuencia.

John Howard y Jeremías Bentham

John Howard y Jeremías Bentham fueron dos importantes figuras dentro del desarrollo del pensamiento jurídico-penal. Sus apor- tes en el tema penológico, en especial en el asunto de las cárce- les y el sistema penitenciario, suministraron otra arista al análisis del fenómeno delictivo, lo que los hace imprescindibles también para la criminología. John Howard (1726-1790), fue un jurista que logró significati- vamente con su obra un acercamiento mayor hacia el hombre delincuente, concretamente hacia el recluso. Conoció de cerca las prisiones, pues estuvo encarcelado y al ser nombrado juez de paz en Bedford comenzó a realizar visitas a las deprimentes cár- celes inglesas de entonces. Sensibilizado por transformar lo que había vivido, publica su estudio Situación de las prisiones en In- glaterra, en la que fustiga aquellas condiciones, a partir de en- tonces se promulga una serie de leyes que beneficiaron a los

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presos y en honor a este importante autor las denominaron Howard‘s Acts, es decir, las Leyes de Howard. Jeremías Bentham (1748-1832) contribuyó al desarrollo teóri- co del estudio de la concepción utilitaria de la pena y fue uno de los fundadores de la ciencia penitenciaria. Publica en 1791 su más conocida obra El Panóptico, donde sugiere la construcción de una prisión en que la arquitectura contribuya al control y al tratamiento del recluso. Este diseño consistía en una edificación circular, con una torre de vigilancia en el centro, desde donde el guardián podía lograr una gran visibilidad para controlar perma- nentemente a los sancionados. Tal proyecto no tuvo la repercu- sión suficiente en Inglaterra ni en Europa en general; sin embargo, en los Estados Unidos algunos centros fueron construidos con esta delineación, como la penitenciaría de Western State en Pittsburg y la de Attaville en Illinois. En Cuba tuvimos una prisión con este tipo de construcción, el Presidio Modelo de Isla de Pi- nos, cuya edificación fue autorizada el 31 de agosto de 1925, donde los reclusos, además de estar sometidos a una vigilancia constante, trabajaban en pésimas condiciones en las canteras de mármol.

César Beccaria

César Beccaria (1738-1794), italiano, se relacionó con algunas personas que en esa época se dedicaban a reflexionar acerca de diversos tópicos. Precisamente, debido a los razonamientos que se desarrollaban en las reuniones con la familia Verri, escribió a los 26 años su famoso opúsculo De los delitos y las penas, que conmocionó intelectualmente y causó gran repercusión interna- cional. Esta obra ha sido considerada como la fundadora del De- recho Penal en su sentido moderno (Manzanera, 1979). Sus principales aportes, significativos para la criminología, son sus reflexiones acerca del derecho de castigar, la arbitrariedad de las condenas, el carácter utilitario y prevencionista que debe prevalecer en la aplicación de estas, entre otras cuestiones que apuntaban hacia una humanización de las penas.

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Los aportes de la Ilustración francesa y los enciclopedistas

Los filósofos franceses, influenciados por el progreso del conoci- miento científico, se pronunciaron contra la tradición, la supers- tición y la crueldad de las penas; es por ello que sus ideas en este sentido los clasifican como precursores de la criminología. Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755) escribió en 1748 El espíritu de las leyes, donde formula la idea de la división de poderes, con la que se independizaría el poder ju- dicial del ejecutivo, y se pronuncia por la abolición de las penas inútiles, excesivas y la desaparición de la tortura. Su considera- ción acerca de la prevención del delito es de gran trascendencia para el diseño de toda política criminal. François Marie Arouet, más conocido como Voltaire, (1694- 1778), fue un gran estudioso del sistema penal y penitenciario. Propuso reformas para las cárceles y consideró inútil e innecesa- ria la pena de muerte, la que debía ser sustituida por trabajos forzados. Sus pronunciamientos a favor del principio de legali- dad se dirigían a reforzar la limitación del poder discrecional del poder judicial. Jean Paul Marat (1743-1793) también criticó el sistema penal de entonces. Elaboró un plan de legislación criminal en 1780 donde desarrolló este reproche. Consideraba que el fin de la pena no debe ser expiatorio sino que debe propender hacia la seguri- dad de la sociedad, por lo que debe aplicársele a la persona di- rectamente responsable del delito. Juan Jacobo Rosseau (1712-1778) publicó en 1755 el Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hom- bres, donde reconoce que existe la desigualdad natural o física que se encuentra en la naturaleza, la que considera normal y ne- cesaria, y la social o política creada por el hombre y genuino fac- tor criminógeno. En 1762 publica El contrato social, donde la idea de un pacto social hace que se considere al culpable de atacar al derecho como un enemigo en vez de como un ciudadano, pero critica la fre-

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cuencia de los suplicios y lo atribuye a la debilidad o a la pereza del gobierno, pues considera que «no hay hombre malo del que no se pudiera hacer un hombre bueno para algo»(Rosseau, 1969). Existieron ideas contrarias, como las de Thomas Hobbes (1588- 1679), quien en su conocida obra Leviatán afirmaba que «el hom- bre es el lobo del hombre», por lo que tiende a la guerra de todos contra todos. Sin embargo la concepción de Rosseau acerca de que el hombre es naturalmente bueno y quien lo pervierte es la sociedad fue retomada después por otros autores y nos deja un mensaje positivo acerca del mejoramiento humano.

Charles Robert Darwin

El famoso naturalista inglés Charles R. Darwin constituyó una gran inspiración para la construcción teórica criminológica desarrolla- da por C. Lombroso. Sus obras El origen de las especies por medio de la selección natural publicada en 1859 y dos décadas más tarde El origen del hombre revolucionaron la concepción científica acerca del hom- bre y la naturaleza. Darwin consideraba que existe una lucha por la existencia y que solo sobreviven los más aptos, los más dotados, a través de una selección natural. Su decisiva influencia en la Escuela Positi- vista se deja ver en la consideración de que algunos criminales son atávicos, no evolucionados y que con su conducta solo ha- cían expresar su naturaleza interna.

EL NACIMIENTO DE LA CRIMINOLOGÍA COMO DISCIPLINA CIENTÍFICA

El surgimiento de la criminología como ciencia está íntimamente ligado a la Escuela Positivista Italiana y significó un acontecer cien- tífico extraordinario por cuanto la mirada acerca del fenómeno cri- minal comienza a dirigirse hacia el comisor de los delitos; se inicia la utilización de un método diferente para ello, privilegiándose la

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observación empírica de los fenómenos sociales, y analiza sus cau- sas con el objetivo de proteger el orden, la sociedad y en especial los intereses de la burguesía. Este nacimiento estuvo también unido al auge de las ciencias que durante el siglo XIX comenzaron a desarrollarse de modo ver- tiginoso. El interés que despertaban en la sociedad contribuyó al progreso de entonces y llegó a considerarse incluso como una alternativa a la religión. Las teorías evolucionistas de Charles Darwin, los aportes filosó- ficos de Saint-Simon y fundamentalmente el método positivista de Augusto Comte influyeron decisivamente para encontrar una ciencia que esclareciera los males de entonces. De esta manera, se buscaron explicaciones a los fenómenos sociales bajo los mis- mos presupuestos científicos con que se interpretaban los fenó- menos naturales. Se pretendía entonces encontrar una perspectiva de análisis «apolítica» y desideologizada, aunque en la práctica resultó todo lo contrario. Las grandes desigualdades y otras dificultades sociales necesi- taban ser explicadas y neutralizadas con un enfoque científico que fuera neutral y universal, válido para la interpretación de es- tos fenómenos en cualquier espacio o tiempo. De esta manera nace la criminología, que en un principio no recibió esta denominación 3 y que quizás no sea la más apropia- da, pero es la que ha recibido mayor aceptación para agrupar un conjunto de conocimientos acerca del hombre y la sociedad en relación con el fenómeno criminal. El nacimiento de esta ciencia surge con el positivismo criminológico, que se caracterizó por su método positivo, empíri- co e inductivo, por la atención privilegiada que le otorgó al hom-

3 Algunas de las formas que adoptó el nombre de esta ciencia fueron antropología criminal (Lombroso) y sociología criminal (Ferri). Se le atribuye al francés Pablo Topinard la palabra criminología empleada por él en el II Congreso Internacional de Antropología Criminal celebrado en París en 1889 cuando expresó que «la Antropo- logía debía referirse solamente al estudio del hombre, y que cuando se estudiase al hombre delincuente, ese estudio correspondería a una ciencia que debía denomi- narse criminología». Sin embargo, ya en 1885 Rafael Garófalo había publicado su Criminología, obra a la que le imprimió su sello y su definitiva universalización.

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bre delincuente y por la prioridad que le confirió a la protección de la sociedad, a diferencia del liberalismo individual clásico. Los autores más importantes del positivismo criminológico fue- ron César Lombroso, Enrico Ferri y Rafael Garófalo y aunque to- dos respondían a esta dirección científica, siguieron diversos enfoques; el enfoque antropológico y el enfoque sociológico, son los más conocidos.

César Lombroso

El enfoque antropológico fue seguido por César Lombroso (1835- 1909). Fue un autor muy prolífico, se le conocen al menos más de 600 publicaciones. 4 Sus aportes criminológicos pueden clasificarse en tres aspec- tos: su tesis criminogenética, los factores del delito y los tipos delincuenciales. A través de su tesis criminogenética enfatiza acerca de la im- portancia de los factores biológicos. Los tres elementos que inte- gran su tesis, por lo tanto, son el atavismo, el morbo y la epilepsia. Planteaba que el delincuente es un ser atávico que reproduce las características del desarrollo evolutivo de la humanidad y que en su evolución fetal le habían quedado perjudicados los centros del «sentido moral», provocándole una epilepsia larvada que le produce la «locura moral» Inicialmente «Lombroso no busca una teoría criminogenética, sino un criterio diferencial entre el enfermo mental y el delin- cuente, pero al toparse con este descubrimiento principia a ela- borar lo que él llamaría «antropología criminal» (Manzanera,

1979).

«Los estudios expuestos nos muestran el criminal, el hombre salvaje y al mismo tiempo, al hombre enfermo […] el delincuente es una variante anormal atávica epiléptica o patológica de la es- pecie humana» (Viera, 1984).

4 Su obra más conocida e importante y la que funda la criminología es El hombre delincuente, publicada por primera vez en 1876.

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Los factores del delito para Lombroso eran los endógenos, que constituían la personalidad delincuencial, y los factores exógenos, que pueden desencadenar, potenciar o inhibir la conducta delictiva, pues en todos los individuos la tendencia delictiva no se manifiesta de la misma manera. La clasificación de los tipos delincuenciales realizada por Lom- broso trasciende como lo más conocido de su producción crimino- lógica. En la cuarta edición de El hombre delincuente quedaron definitivamente agrupados como delincuente nato, delincuente loco moral, delincuente epiléptico, delincuente loco, delincuente ocasional y delincuente pasional (ver anexo 1, pág. 367). Su tipificación del delincuente nato es citada por la mayoría de los autores que se refieren a su obra. Los antecedentes de esta categorización tienen como base su preocupación por encontrar diferencias antropológicas entre las personas salvajes y las civili- zadas, y en su publicación Diferencias entre el hombre blanco y el hombre de color. De esta forma comienza a considerar que puede existir una especie de hombre diferente: el delincuente. 5 Lombroso probablemente resulte el autor más conocido de la criminología y contradictoriamente el más criticado por sus teo- rías. Esto se debe en parte al gran desconocimiento de éstas y a un acercamiento simplista y superficial de su obra en general. Se debe reconocer que en obras posteriores y ya en su madurez crea- dora, valoró con mayor interés la influencia del medio, de la so- ciedad en el ser humano y por tanto en el hombre que delinque. La teoría lombrosiana ha sufrido una simplificación y una vulgarización sorprendentes y con una mayor profundización de sus estudios se puede reconocer su acierto en haber promovido y estimulado

5 Esta conclusión fue realizada por Lombroso al examinar el cráneo de Villella, famoso ladrón italiano que él había conocido en vida; le encontró «una larga serie de anoma- lías atávicas, sobre todo una foseta occipital media y una hipertrofia del verme, análoga a la que se encuentra en los vertebrados inferiores». Esta idea la reforzó con el examen de Verzeni, quien había asesinado a varias mujeres de las que bebió su sangre y descuartizó, y del soldado Misdea, el que había matado a siete personas por motivos fútiles y herido a trece; padecía de una epilepsia heredada y sufrida también por otros familiares. Para profundizar en estos detalles consúltese la obra de Luis Rodríguez Manzanera, p. 256.

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de modo sistemático la consideración científica de la criminali- dad y en reparar con mayor atención en el comisor de los delitos.

Enrico Ferri

Enrico Ferri (1856-1929 ) fue el representante del enfoque socio- lógico dentro de la corriente positivista, aunque valoró también como buen discípulo de Lombroso los factores antropológicos y su clasificación de los delincuentes —muy parecida a la de su maestro—, fue la versión adoptada por la Escuela Positivista. Publicó diversas obras jurídico-penales, de política criminal y de Criminología. Sus aportes en el plano metodológico contribuyeron a desarrollar el método positivo, experimental e inductivo. Negó el libre albedrío, línea central de su pensamiento; planteaba que el hombre está «determinado» por la naturaleza, la casualidad entre otros factores y debe responder ante la ley «porque vive en sociedad» (Ferri, 1887), con lo que sustituye la responsabilidad moral por la responsabilidad social. Ferri se pronunció por que la finalidad de la pena sea la defensa de la sociedad, y que ésta se debe imponer en correspondencia con la peligrosidad del autor y la reprochabilidad de su motivación. Pro- puso los sustitutivos penales demostrando que la represión y el rigor de la ley no son efectivos, con lo que se puede neutralizar las causas del delito a través de una estrategia preventiva científica en lo eco- nómico, familiar, educativo y en otros órdenes. Para Enrico Ferri los factores del delito se distinguen en facto- res antropológicos, factores físicos y factores sociales (ver anexo 2, pág. 369). Consideró que como resultado de la civili- zación, estos últimos predominan más que los dos primeros, de- sarrollando esta idea en su creación de una Ley de Saturación Criminal. A través de esta formulación, Ferri amplió la tesis acer- ca de la regularidad de la delincuencia elaborada por Quetelet, pero le añadió la posibilidad de que el hombre puede modificar su magnitud. «Se ha demostrado que la criminalidad aumen- ta en su conjunto, con las oscilaciones anuales más o menos graves, que se acumulan en una serie de verdaderas ondas

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criminales. Es por lo tanto evidente que el nivel de la criminalidad está determinado, cada año, por las diferentes condiciones del me- dio físico y social combinados con las tendencias hereditarias y los impulsos ocasionales de los individuos, siguiendo una ley que, por analogía con las de la química yo he llamado de saturación crimi- nal» (Ferri, 1891). Ferri profundizó que: «Del mismo modo que en un volumen dado de agua a cierta temperatura se debe disolver una determi- nada cantidad de sustancia química, ni una molécula más, ni una molécula menos, así en una ambiente social, con determinadas condiciones físicas o individuales, se debe cometer un determi- nado número de delitos, ni uno más ni uno menos» (Ferri, 1887). Añadió que del mismo modo que ocurre la saturación regular y constante, puede ocurrir una sobresaturación criminal producto de las condiciones del medio social.

Rafael Garófalo

Rafael Garófalo (1852-1934), jurista, magistrado del Tribunal de Casación, sistematizó los aportes de la Escuela Positivista y logró introducir la consideración de los factores sociales y criminológi- cos en la formulación del esquema de las penas y en las decisiones de los tribunales. A él se le debe la denominación de crimino- logía de esta ciencia y significó el equilibrio adecuado entre el antropologismo de Lombroso y el sociologismo de Ferri. Garófalo desarrolló la estrategia de la prevención para prote- ger la sociedad, en la que incluyó su defensa de la pena de muer- te, considerando que de la misma manera que existe una selección natural de las especies, esta pena puede constituir un mecanis- mo de selección artificial para eliminar a los que signifiquen un peligro para la sociedad. El enfoque biológico para explicar la criminalidad es seguido también por otros autores, como Charles Goring, E. A. Hooton, Vervaek, De Greef, Di Tullio. Los avances de las investigaciones de la ciencia genética propi- ciaron una nueva indagación acerca de la herencia criminal; la

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consideración de la existencia de familias criminales. El estudio sobre gemelos, las malformaciones cromosómicas y las anoma- lías electroencefalográficas y otras disfunciones cerebrales fue- ron distintas explicaciones que con un mismo sustrato biológico se trató de buscar la respuesta al fenómeno delictivo.

EL ENFOQUE PSICOLÓGICO PARA EXPLICAR LA CRIMINALIDAD

Las explicaciones precedentes no eran suficientes ni adecuadas para explicar la criminalidad, por lo que se comenzó a buscar esa respuesta en la psiquis del individuo. Aunque realmente existen tres vertientes de análisis: el psiquiátrico, el psicológico y psicoa- nalítico. 6 Por su trascendencia nos referiremos principalmente a esta última y a su más reconocido autor Sigmund Freud, psiquia- tra vienés, creador del psicoanálisis y sin dudas el más citado, elogiado o criticado de este enfoque. Aunque no fue un criminólogo y escasamente se ocupó del estudio del delito, sus postulados fueron utilizados para darle cuer- po a una explicación de corte psicológico a la criminalidad. Freud planteaba que la conducta del individuo está determina- da por los impulsos inconscientes y que la represión de estos im- pulsos o la mala canalización de éstos le provoca conflictos en la sociedad. Para resolver este problema e investigar la personalidad del in- dividuo creó una técnica de observación y de interrogación que permite explorar el inconsciente y que el paciente adquiera infor- mación acerca de sus impulsos inconscientes, con lo que le brin- da las herramientas para controlarlos. Esta técnica surgió cuando Freud comprobó que algunos sujetos no podían ser hipnotiza- dos o no podían acordarse de lo que habían contado en tal esta- do. Por esta razón, este reconocido psiquiatra comenzó a

6 Se distinguen los ámbitos «de la psicología, la psicopatología y el psicoanálisis». García-Pablos de Molina, Antonio: Criminología. Una Introducción a sus fundamentos teóricos para juristas. p.163.

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acomodar a sus pacientes en una habitación con las condiciones apropiadas y les pidió que hablaran acerca de lo que les preocu- paban o lo que desearan, lo que se conoce como asociaciones libres, mientras que el psicoanalista va anotando e interpretando tales pláticas. Las vivencias cotidianas, en las que olvidamos algunos nom- bres o palabras, o nos equivocamos cuando conversamos o en nuestra propia conducta, están ligadas al inconsciente de noso- tros, al que se puede llegar según este autor, interpretando esos errores diarios. Freud le confirió gran importancia a los sueños, los que constitu- yen para él la realización inconsciente de los deseos del hombre que no se han alcanzado, por lo que la interpretación de éstos, como creían los antiguos, puede ser útil para explorar el inconscien- te. Consideraba, además, que a través de la transferencia podía lograrse que el paciente se identificara con el analista, igualán- dolo con la persona con la que mantenía sus frustraciones, casi siempre la madre o el padre, consiguiendo que manifestara sus sentimientos y sus reacciones hacia ese sujeto (ver anexo 3). Freud estudió la personalidad del individuo realizando dos inte- resantes divisiones de la psiquis (Freud, 1948): desde el punto de vista topográfico (consciente, preconsciente e inconsciente) y desde el punto de vista dinámico (el ello, el yo y el superyo). La influencia positivista de las ciencias naturales, específicamen- te de los físicos de su época, lo llevó a considerar que el organis- mo humano es un sistema energético que se manifiesta a través de conductas que son descritas como descargas de energía, asi- milándola en el sentido físico de la palabra. De la misma manera en que la energía mecánica se transforma en térmica, la energía mental se vuelve energía sexual. Freud le confirió una excesiva importancia al elemento sexual (pansexualismo) como fundamento de la conducta humana. Plan- teaba que la libido constituye la energía que moviliza al ser hu- mano, por lo que todos sus actos, incluidos los antisociales, tienen una base sexual. La libido debe desarrollarse armónicamente con el propio individuo y tender a la heterosexualidad, porque si no

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puede traerle problemas. De esta manera también desarrolló el asunto de los instintos y los complejos. Desarrollando esta idea, Freud consideró que existen dos ins- tintos contrapuestos: el eros, esencialmente sexual, de base posi- tiva y que tiende a la vida, y el tánatos, de índole negativa y que tiende a la muerte. Así valoró cómo el ser humano se mueve en- tre estas tendencias y que posee una agresividad innata que lo conduce a la destrucción o a la autodestrucción, con lo que ex- plica algunas conductas delictivas. La cuestión sexual va a estar presente también en su considera- ción acerca del complejo de Edipo 7 y su vinculación con la neuro- sis y el sentimiento de culpa. Explica cómo algunas personas manifiestan odio hacia su padre y el sentimiento de culpa las con- duce a cometer delitos para ser castigados. Esto posee un conte- nido simbólico, por tanto no se requiere que dirija su acto mortal contra el padre, sino que su conducta usualmente desemboca en otras conductas delictivas. La relación que estableció Freud entre neurosis y criminalidad por una parte considera que ambos comportamientos siguen los mismos procesos, pues en los dos existe un gran conflicto mental en el que el yo reprime en el inconsciente al ello y se produce la conducta delictiva o el síntoma neurótico, según sea el caso. Sin

7 El complejo de Edipo tiene una inspiración en la tragedia griega de Sófocles en la que Layo, el rey de Tebas, conoce a través del oráculo que su hijo va a matarlo. De esta forma, Layo ordena asesinar a Edipo, recién nacido, pero éste es entregado finalmente a los reyes de Corinto, quienes lo adoptan. Siendo un hombre ya, Edipo consulta a un oráculo en Delfos y éste le augura que su destino será matar a su padre y casarse con su madre, por lo que Edipo trata de huir de Corinto y de su destino. En el camino pelea con unas personas y mata a tres de ellos, uno de los cuales es Layo. Se casa con Yocasta (su madre) en Tebas y después de unos años cuando es conocida la verdad, su madre y esposa se suicida; Edipo, después de sacarse los ojos, comien- za a vagar junto a sus hermanas. Aunque Freud solo desarrolló el complejo de Edipo, se explicaron otros como el complejo de Electra (atracción afectiva de la niña por su padre), el de Caín (donde rige el odio fraternal) por distintos autores que bautizaron, siguiendo su línea de pensamiento, otros sentimientos de esta índole: el complejo de Byron (conducta amorosa del hermano hacia la hermana), de Juan Marín en Ensayos freudianos, p. 175 y ss.; el complejo de Penélope (que explica la infidelidad reprimida), de Gusta- vo A. Rodríguez en El complejo de Penélope, p. 89 y ss.

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embargo, diferencia estas conductas alegando que mientras que el neurótico imagina los hechos, el criminal los realiza. Otros autores importantes de este enfoque fueron F. Alexander, H. Staub, T. H. Reik, A. Aichorn, Bowlby, entre otros. Es necesario aclarar que toda la extensión de la teoría psicoa- nalítica, especialmente el aporte freudiano, es imposible abarcar- lo en estas páginas, por lo que una valoración concluyente sería omisa en algunos aspectos; no obstante procuraremos realizar un resumen adecuado a nuestros intereses criminológicos. Freud le confirió a lo psíquico un sello espiritualista, causal y determinista. Reverenció lo individual desdeñando el peso de lo social en la conducta del hombre. Sus postulados carecen del de- bido respaldo empírico y poseen un sustrato especulativo. Sus con- clusiones acerca de la preponderancia del inconsciente son profundamente positivistas y etiológicamente generalizadoras. Debido a la dificultad metodológica de comprobar la cientifici- dad de las teorías psicoanalíticas, sea por la imposibilidad de ope- rativizarlas o por no haber sido confirmadas, presentan una fuerte coraza resistente a la crítica. No obstante, con estas teorías, más bien hipótesis, se produce una mayor atención hacia el hombre y su personalidad y se enri- quece el arsenal de respuestas a la interrogante del fenómeno criminal.

EL ENFOQUE SOCIOLÓGICO PARA EXPLICAR LA CRIMINALIDAD

La riqueza de este enfoque es infinita, por lo que resulta casi inabarcable su análisis de forma detallada. De todas formas intentaremos distinguir las facetas más importantes y dibujar un cuadro metodológico comprensivo de sus principales di- recciones.

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Los análisis plurifactoriales (factor approach)

Constituyen estudios sociológicos eclécticos, generalmente carentes de un marco teórico definido, en los que se utiliza el

método empírico inductivo y se justifica la conducta delictiva por

la presencia de una serie de disímiles factores relacionados con la

vida familiar del individuo, la influencia de la escuela, entre otros. En estas investigaciones predomina el análisis de la delincuen- cia juvenil y se destaca en esta temática el estudio realizado por los esposos Glueck (Sheldon y Eleonore) de la Universidad de Harvard, con quinientos menores que habían transgredido la Ley Penal, entre 11 y 17 años, comparándolos con igual número que no habían incurrido en tales actos. Desarrollaron así la tesis de la predicción de la delincuencia juvenil. Los resultados fueron pu- blicados en 1950 bajo el título Unraveling Juvenile Delinquency. Las limitaciones de estos enfoques no solo se observan en la ausencia consciente de un marco teórico, sino también en la falta de rigor científico al privilegiar la identificación de los factores cri- minógenos, con apenas correlaciones, atribuyéndole a todos sin distinción el comportamiento delictivo. La expresión tal vez más exagerada en la consideración de tantos y heterogéneos factores la constituye la valoración de Burton en The Young Delinquents publicada en 1944, de alrededor de ciento setenta condiciones que contribuirían a que un niño se comporte inadecuadamente.

El enfoque ecológico. La Escuela de Chicago

La Escuela de Chicago, influida sin dudas por el presupuesto posi- tivista de Spencer acerca de que la sociedad es un organismo que

a través de su desarrollo puede mantener cierto equilibrio y el

pragmatismo predominante en la cultura norteamericana de fines del siglo XIX, contribuyeron a orientar a la sociología hacia los pro- blemas particulares de forma empírica. Ante la imposibilidad de explicar los fenómenos sociales a par- tir de las ciencias naturales, como lo hacían las teorías preceden- tes, comenzaron a utilizar algunos de sus conceptos biológicos,

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por ejemplo «organismo», «función» y otros de evidente singula- ridad, como «contagio social». La posición teórica predominante de la Escuela de Chicago fue destacar y relacionar la importancia desde el punto de vista etiológico del factor ambiental con la delincuencia. Se planteaba que «las características físicas y sociales de determinados espacios urbanos de la moderna ciudad industrial generan la criminalidad y explican, además, la distribución geográfica del delito por áreas o zonas (García-Pablos, 1988). Dirigen su enfoque ecológico hacia el factor espacial, desta- cando la relevancia criminógena de la desorganización urbana y de la distribución geográfica del delito por áreas o zonas de la gran ciudad. Se preocuparon por numerosos problemas que se desencadenaron con la inmigración acelerada ocurrida a finales del siglo XIX en Norteamérica, como el crecimiento de la ciudad, el desarrollo de la industria, la integración de diferentes culturas provenientes de Europa y Asia a la sociedad norteamericana, en- tre otros. Algunos autores le cuestionan a la Escuela de Chicago la rele- vancia y la generalización del factor espacial, la distribución geo- gráfica de la delincuencia, la desatención de lo rural —solo analizan la gran ciudad— y el apego por la utilización de las cues- tionadas y en ocasiones discriminatorias estadísticas oficiales. No obstante, la Escuela de Chicago constituyó en los años veinte un importante y fuerte emporio intelectual que influyó decisiva- mente en la sociología criminal. Su proyección metodológica em- pírica inaugura una tradición de investigación de campo que continúa prevaleciendo en las investigaciones sociológicas norte- americanas. Sus autores principales se unieron alrededor del Departamen- to de Sociología de la Universidad de Chicago a partir de 1915, destacándose Robert Ezra Park y Ernest W. Burguess, quienes es- cribieron conjuntamente algunas de sus obras.

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La teoría estructural-funcionalista. Robert K. Merton y Emile Durkheim

Las explicaciones sociológicas y criminológicas imperantes en Es- tados Unidos en los años cincuenta se basaban en el funcionalismo de Talcott Parsons y se manifestaban a través de la teoría de la anomia y las teorías subculturales. A través de diferentes matices se construye una teoría para expli- car la «conducta desviada», en la que se considera el delito como un fenómeno social, normal y funcional al sistema y se utiliza el término «anomia» para explicar ciertos comportamientos extra- viados. La explicación de cómo la sociedad se mantiene unida a pesar de Hobbes con su consideración acerca de la condición egoísta del hombre y no se desintegra, contribuye a la construcción del fun- cionalismo, en el que se compara la sociedad con un organismo viviente, como un sistema en el que sus partes están interrelacio- nadas, por lo que la afectación de una de ellas influye en el cuerpo general. La sociedad a su vez posee una serie de subsistemas económi- cos, políticos, culturales que posibilitan el funcionamiento de aquella, representados por diversas instituciones, como la fami- lia, la escuela, entre otras, que cumplen determinadas funciones, «o bien se contribuye al mantenimiento (o al desarrollo del siste- ma), o bien es ‘disfuncional’ en lo que se refiere a la integridad y eficacia del sistema» (Parsons, 1957). Para que todas las instituciones sean funcionales, éstas deben coincidir en idénticos valores sociales, lo que facilita el consenso. Las normas regulan y socializan el comportamiento de los indivi- duos que componen esas instituciones, lo que se garantiza a tra- vés de la motivación (premios y castigos), que cuando no es efectiva funciona el control social (formal o informal). Emile Durkheim (1858-1917) uno de los máximos exponentes del funcionalismo, publicó importantes obras para el estudio cri- minológico: De la división del trabajo social (1893), Las reglas del método sociológico (1895) y El suicidio (1897).

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Para este autor el delito es un hecho social, normal, que no puede eliminarse con un simple acto de voluntad y se manifiesta en todas las sociedades. La utilidad del crimen para Durkheim consiste en que puede regular la vida de la sociedad y permite la

evolución histórica de las normas morales y jurídicas. La ausencia del delito en una sociedad sería por tanto «patológica», porque la conciencia colectiva ahoga el desarrollo individual y se cons- truye una sociedad uniforme que impide el avance y la transfor-

mación social: «El crimen

una parte integrante de toda sociedad sana

de la vida social» (Durkheim, 1978). Este autor fue el primero en utilizar el término anomia para des- cribir la situación de algunas personas que no poseen un freno, una guía, en medio del aumento de las aspiraciones que tiene el ser humano, que llevan al progreso y la civilización, que cuando se tornan excesivas y desmesuradas provocan la inseguridad y la cri- minalidad. Esto se produce cuando existe un vacío o por la inexis- tencia de normas que pueden conducir a la conducta desviada. Considera que las costumbres y las tradiciones pierden su im- portancia con el desarrollo, pues la prosperidad favorece la movi- lidad social y el individuo desencadena sus ambiciones, llegando en ocasiones al hundimiento moral y la frustración. Robert K. Merton (1972) retomó en su trabajo Estructura social y anomia, el vocablo acuñado por Durkheim (ver anexo 4), genera- lizándolo hacia otras formas de conducta además del suicidio, como el crimen, el alcoholismo, entre otras y analizó las contra- dicciones de las estructuras sociales norteamericanas que provo- caban la reacción normal de la conducta desviada. De esta forma, Merton apuntaba que la cultura define las me- tas, los objetivos que se desean alcanzar de manera igualitaria para todos los individuos (el éxito económico), pero las oportuni- dades estructurales son restringidas (medios legítimos limitados), por lo que surgen situaciones anómicas, entre las que puede en- contrarse el comportamiento delictivo, con lo que desarrolla una tabla donde establece cinco formas de adaptación individual:

un agente regular

constituye un factor de salud pública,

,

conformidad, innovación, ritualismo, rebelión y retraimiento (ver anexo 5, pág. 372).

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Merton cuestiona el sistema de valores de una sociedad que preconiza una cultura de éxito económico y que los medios no estén al alcance de todos para lograrlo, por lo que la sociedad norteamericana debe reformularlos para tal fin. Basado en la sociología empírica, neopositivista, describió los hechos sin explicarlos. Su teoría fue limitada, pues se concretó a su sistema social, lo que impidió utilizar su teoría en otros con- textos sociales y con otros modelos teóricos. Las teorías funcionalistas consideran que las causas de la des- viación no se encuentran en los factores bioantropológicos y na- turales, ni en una situación patológica de la estructura social. Como la desviación es un fenómeno normal de toda estructura social, según este enfoque, solo cuando se excedan determinados límites esa desviación es negativa para el desarrollo estructural de la sociedad, y es acompañada por un estado de desorganización en el que el sistema de normas pierde su valor. La cuestión ética y política, los asuntos individuales o colecti- vos y el tema etiológico se subordinan ante la importancia que le confiere a la funcionalidad del delito y de la pena. La teoría de la anomia contribuyó a desarrollar otras teorías diferentes como las subculturales de Cloward y Ohlin y las del aprendizaje de E. Sutherland.

Las teorías del aprendizaje social y las teorías subculturales

La teoría del aprendizaje social tiene entre sus máximos expo- nentes a Edwin Sutherland y a Donald Cressey, los que contribu- yeron a la teoría de las subculturas criminales especialmente en el análisis de las formas de aprendizaje de los contactos diferen- ciales que mantiene el individuo con otros individuos, por lo que también se conoce como «la teoría de los contactos diferencia- les» y tuvo su mayor aplicación en la delincuencia de «cuello blan- co» que rara vez había sido explicada por otras teorías precedentes.

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Esta teoría considera que un acto criminal se produce cuando existe una situación apropiada para un individuo determinado mediante el siguiente proceso:

• El comportamiento delictivo es aprendido, por lo que se des- carta el componente hereditario.

• El comportamiento delictivo se aprende en la interacción con otras personas en un proceso de comunicación (verbal o extra- verbal).

• Este aprendizaje se verifica dentro de grupos de individuos ín- timamente relacionados. Esta teoría niega la influencia impor- tante que ejercen los medios de comunicación.

• El aprendizaje incluye las técnicas de comisión del delito, in- cluso las de mayor complejidad, además de la orientación de los móviles, las actitudes.

• Una persona se convierte en delincuente cuando las interpre- taciones desfavorables al respeto de la ley superan las favora- bles; esto se conoce como principio de asociación diferencial.

• Las asociaciones diferenciales pueden variar en cuanto a la frecuencia, la duración, la prioridad e intensidad.

• El proceso de aprendizaje de la conducta delictiva por asocia- ción con patrones delictivos y no delictivos posee todos los mecanismos de cualquier aprendizaje, lo que representa que no está restringido al proceso de imitación.

• Aunque la conducta delictiva expresa un conjunto de necesi- dades y valores, no puede explicarse a través de ellas, pues son las mismas del comportamiento no delictivo.

Las teorías subculturales contribuyeron a combinar el enfoque macro acerca de los problemas creados por las estructuras con un enfoque micro, de dónde se localiza y cómo se aprende el com- portamiento criminal, pero se trataba entonces de indagar el ori- gen de los contactos diferenciales. Es por eso que Albert Cohen construyó su discurso a partir de la consideración de que el joven trabajador se ciñe a los valores do- minantes y cuando no los logra, sufre un problema de status al tener que competir en un entorno cuyos valores son los de la clase

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media. De esta manera se justifica cómo este joven se une con otros que poseen problemas similares formando las bandas juve- niles donde se desarrollan otros valores mediante los cuales se al- canza un nuevo status, esta vez negativo y destructivo. De hecho este autor considera que la delincuencia juvenil es una subcultura delincuente conformada por jóvenes de la clase trabajadora más joven. Cohen le confiere al grupo un rol importante, con el que se pro- duce una agrupación e interacción efectiva de un número de suje- tos con problemas similares de adaptación y ajuste al que denomina subcultura. Ésta es una forma de pensar, de comportarse de algu- nos grupos de la sociedad que se encuentran fundamentalmente en los barrios más pobres de la sociedad norteamericana. De la misma manera Cloward y Ohlin, representantes de las teorías subculturales, intentan una explicación que une la teoría de Merton y la de Cohen expresando que se puede explicar la delincuencia tanto por la carencia de status como de éxito eco- nómico. Consideran que la delincuencia juvenil, conformada por jóvenes que rechazan los valores de la clase media y desean dis- frutar; sin embargo, de su éxito, es desvalorado tanto por lo que rehúsan, como por lo que desean.

El nuevo paradigma del Labelling Approach o el enfoque de la reacción social

Se ha planteado con razón que la teoría del Labelling Approach constituye «una revolución en la sociología criminal» (Baratta, 1993), pues parte de presupuestos metodológicos diferentes y se despoja del sustrato etiológico de las teorías anteriores. El concepto de conducta desviada comienza a tener una valo- ración política, pues se relaciona con los procesos políticos. Comienza a desarrollarse en los años sesenta reflexionándose alrededor de los procesos de criminalización y acerca de la des- viación secundaria. Este enfoque tiene en cuenta la reacción social, es decir, cuándo se definen ciertos comportamientos y personas como criminales

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en el proceso social, donde interactúan los pares: conducta des- viada y reacción social. «La desviación no es una cualidad de la conducta, sino atribui- da a ella, a través de complejos procesos de interacción social. Como la belleza se halla en los ojos del observador, en las defi- niciones oficiales» (García-Pablos, 1994), por lo tanto, su naturaleza no es ontológica. El etiquetamiento que se produce sobre algunas personas con- sideradas como desviadas constituye un sello negativo que las acompaña durante mucho tiempo, a veces toda la vida. Consideran que el control social construye la criminalidad, por lo que los centros de atención abandonan al desviado para aten- der a los que lo definen como tal, cuestionándose su carácter selectivo y discriminatorio. Entre sus autores más representativos se encuentran H. Garfinkel, E. Goffman, H. Becker y F. Sack, entre otros.

La criminología crítica

La criminología crítica surge en los años sesenta y constituye un movimiento heterogéneo del pensamiento criminológico que sur- ge en Inglaterra, los Estados Unidos y se afianzó en América Lati- na. Comienza a gestarse a partir de la publicación del libro La nueva criminología, de Taylor, Walton y Young. Tratan de construir una teoría materialista de la desviación y de la criminalización, operando con conceptos del marxismo. Sus postulados teóricos se dirigen a derrumbar ciertos mitos positivistas y a analizar las condiciones objetivas, estructurales y funcionales que originan la desviación. Por otra parte, se examinan los meca- nismos mediante los que se crean las definiciones de la criminali- dad y se desarrollan los procesos de criminalización. Retomaron el concepto de «cuello blanco» utilizado por Sutherland, y lo desa- rrollaron. La criminología crítica pasa del análisis ontológico a la valora- ción de cómo se realiza la asignación del status a ciertos indivi- duos mediante la selección de los bienes protegidos penalmente

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y de los comportamientos ofensivos a estos bienes por una parte, y

por otra la selección entre todos los individuos que cometen in- fracciones a normas penalmente previstas en la ley y sancionadas. Su cuestionamiento lo dirigen no solo hacia el positivismo de las teorías precedentes, sino también hacia el Derecho Penal, las estadísticas oficiales y hacia las estructuras de poder.

Desarrollan novedosos temas y adentran su análisis hacia diver- sos conflictos de la sociedad como los guettos, las minorías indíge- nas y étnicas, el control social, la delincuencia organizada, entre otros. Resulta interesante cómo las ideas de la Criminología Crítica alcanzaron desde su inicio una amplia aceptación y divulgación, pero en los años ochenta comenzó a acusar cierto «cansancio»,

y se empezaron a cuestionar sus postulados, incluso por sus pro-

pios autores. 8 A modo de conclusión, queremos destacar cómo el desarrollo histórico del pensamiento criminológico ha discurrido por innu- merables sendas, las cuales a su vez poseen variadas ramificacio- nes que hacen prácticamente infinita su exposición sucinta y detallada. En la actualidad se reorienta el discurso criminológico afianzando el rechazo del modelo positivista, se amplía el objeto de estudio de esta ciencia desde una perspectiva transdisciplinaria, incluyén- dose cuestiones tales como la víctima, la reacción social, los meca- nismos del control social, la política criminal, entre otras, con lo que se transforma y se complejiza radicalmente el esquema metodológico para explicar la criminalidad, lográndose un mayor dinamismo y diversificación en la valoración y la investigación cri- minológica. De esta forma se independiza cada vez más del Dere- cho Penal, al que considera como importante referente, pero se incluyen también otros comportamientos previos o concomitantes al crimen, lo que enriquece el panorama de esta ciencia.

8 Para profundizar en este aspecto, consúltese La herencia de la Criminología Crítica, de Elena Larrauri.

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EL DELITO Y EL DERECHO PENAL EN CUBA DESPUÉS DE 1959

DR. RAMÓN DE LA CRUZ OCHOA

No pretendo hacer la historia de lo acontecido en Cuba con la delincuencia y el Derecho Penal durante más de 40 años; sería im- posible en tan breve tiempo, especialmente por el proceso revolu- cionario que ha vivido Cuba, uno de los procesos sociales y políticos más radicales del siglo XX y donde el Derecho Penal ha desempeña- do un papel importante en el enfrentamiento político y social ocu- rrido durante estos tempestuosos años como «sistema legítimo de represión del Estado» al decir de un conocido penalista de estos primeros años. Antes de pasar breve revista histórica, creo imprescindible ha- blar de estos temas durante la etapa anterior. Ningún proceso social y específicamente en el terreno penal del que estamos ha- blando puede desconocer el pasado y por supuesto el caso cuba- no no es una excepción. Para adentrarnos en la Cuba después de 1959 se hace necesario abordar algunos años atrás; mucho de lo ocurrido tiene que ver con la herencia no sólo económica y social sino también cultural. Sin ser tema del que se hayan ocupado demasiado los penalistas y los criminólogos cubanos y basándonos especialmente en tra- bajos realizados por el licenciado Guillermo Milán Acosta 1 trata- remos de esbozar brevemente la realidad de la delincuencia en

1 Milán Acosta y otros. Tendencia de la actividad delictiva en los umbrales del siglo XXI. No publicado.

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Cuba en los años anteriores al 1ro. de enero de 1959, así como en las etapas sucesivas. En esta división podría parecer dudoso el rigor científico de su clasificación, pero aclaramos que sólo tiene como propósito utilizar los parámetros estadísticos comparativos utilizados por este autor.

PERÍODO 1948-1958

La actividad delictiva en Cuba se caracteriza en esa etapa por un alto porcentaje de los llamados delitos violentos, las lesiones con una tasa de 700 hechos, y 30 homicidios por cada 100 000 habitantes que la hacían una de las más altas para la época den- tro de América Latina, constituyendo además el 30 % del total

de delitos conocidos 2 de acuerdo con las estadísticas policíacas.

A esto se une la peculiaridad del auge de la entonces incipiente

industria del turismo que traía a la Isla unos 500 000 visitantes,

especialmente norteamericanos, una cifra que hoy nos parece de escasa importancia pero para la época no es nada desprecia- ble si se tiene en cuenta que es el momento del nacimiento de la industria mundial del turismo. Como es conocido, una parte de este turismo estaba vinculada estrechamente con el juego, la droga y la prostitución que en gran medida controlaba la mafia norteamericana. Sólo téngase presente que para un país con

escasamente seis millones de habitantes, existían en 1958 unas cien mil prostitutas y se radicaban 10 000 delitos de juegos pro- hibidos a pesar de que buena parte de esta actividad era legal y la otra funcionaba en condiciones de semilegalidad. Los llamados delitos contra la propiedad alcanzaban el 15 % del delito conocido, y los llamados delitos económicos presenta- ban prácticamente una radicación despreciable, a pesar de que

la entonces legislación penal vigente, con sucesivas reformas en

los años cuarenta, contemplaba muchos delitos de esta índole.

2 Delito conocido es para Milán Acosta el conjunto de todos los hechos que se conocen por la Policía por cualquier vía.

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La legislación penal cubana de la época —recordemos que Cuba alcanza su independencia formal en 1902— tiene su anteceden-

te en el Código Penal Español de 1870, el que fue objeto de múl- tiples modificaciones y de muchos proyectos de los cuales sólo se convirtió en ley el muy conocido Código de Defensa Social en

1936.

El Código de Defensa Social es decididamente positivista, toma su nombre según su ponente, el importante penalista Diego Vi- cente Tejera, de lo que él llamó un nuevo concepto; no se trata de un Código de penas escrito para castigar al delincuente, sino inspirado en el principio de defensa social contra el delito. En el Código se acogían criterios de peligrosidad para las san- ciones y por supuesto de las medidas de seguridad por la cual debía atenderse ante todo al carácter más o menos antisocial del

agente, sin abandonar sus condiciones personales. Expresamen- te se recoge en la exposición de motivos el criterio de Ferri de que un delito puede ser cometido por un delincuente poco peligroso

y un delito leve por el contrario puede revelar el síntoma de una personalidad anormal o sumamente peligrosa. Los jueces frente

a un hecho objetivo cualquiera adecuarán la sanción teniendo

en cuenta dos aspectos fundamentales: el hecho y la personali- dad del presunto delincuente. Estos principios fueron consecuentemente aplicados por la ju- dicatura cubana, ejemplo de ello son algunas sentencias de la Sala Penal del Tribunal Supremo de Cuba: sentencia 204 de 22 de

julio de 1939 —se sanciona por la peligrosidad y no por el resul- tado del delito—; sentencia 244 de 22 de septiembre de 1939, el nuevo Código ha establecido dos innovaciones sustanciales con relación al antiguo al considerar sancionable el hecho intentado

y al desistido y al haber comprendido en la general denomina-

ción del delito imperfecto los cuatro grados primeros de la legis- lación derogada y los llamados actos preparatorios, dejando al amplio arbitrio judicial la facultad de adecuar en base esencial- mente a criterios de peligrosidad.

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AÑOS DEL PERÍODO REVOLUCIONARIO

(1959-1962)

Estos primeros años se caracterizan por un incremento en la per-

secución de la actividad delictiva, que alcanza sus niveles históri- cos más altos hasta ese momento, influido por la denuncia y radicación de miles de hechos violentos cometidos durante la ti- ranía batistiana y la actividad contrarrevolucionaria que en esta etapa llega a alcanzar niveles altos. La estructura del delito común denunciado no cambió respecto a la etapa anterior, manifestán- dose bajas tasas de delito económico y contra la propiedad. Se desarrolla en estos años una amplia represión contra los de- litos de drogas, juego y los asociados a la prostitución que tiene su punto más alto en la próxima etapa. En la legislación penal de este período se utiliza la institución del estado peligroso y las medidas de seguridad, previstas en el Código de Defensa Social para la llamada conducta antisocial predelictiva. En esta etapa también comienzan modificaciones importantes a dicho Código. La Ley 425 de 7 de julio de 1959 representó el endurecimiento legal de la definición de los delitos

y sanciones y el comienzo de la política criminal del Gobierno

Revolucionario en la esfera de las actividades contrarrevolucio- narias. A esos efectos dispuso en su artículo 1 que se considera- ban contrarrevolucionarios los delitos comprendidos en el Capítulo

I, III y IV del Título I del Libro II del Código de Defensa Social; la propia Ley 425 en su artículo 9 derogó la disposición general del artículo 161 de este Código, que consideraba delitos políticos todos los comprendidos en el citado Título I. También se autorizó la aplicación de la pena de muerte y se dispuso abreviar los trámites para juzgar a los acusados sin privarlos en modo alguno de las debidas garantías procesales mínimas a cuyo efecto se utilizaría el procedimiento especial re- gulado por el Título III del Libro IV de la Ley de Enjuiciamiento Criminal vigente en aquellos momentos. Previamente, en enero 1959, el Consejo de Ministros del Go- bierno Revolucionario haciendo uso de la potestad legislativa y

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constituyente que le otorgara la Ley Fundamental en vigor —la Constitución de 1940 con varias modificaciones— había aproba- do la aplicación de las antiguas leyes de 1896 promulgadas por la República en Armas cuando la Guerra de Independencia con- tra España, como la Ley Penal y también el Reglamento No. 1 de la legislación penal del Ejército Rebelde en lucha contra la dicta- dura de Fulgencio Batista. Esta legislación (Ley 33 de enero de 1959) era aplicable a los militares o civiles que cometieron delitos de asesinato, homici- dio, lesiones a detenidos o prisioneros, violación, incendio, da- ños, robo y saqueo. Se declara además en concepto de derecho —positivo supletorio— cualquier ley penal sustantiva y procesal que rigiera durante la Guerra de Independencia en los territorios ocupados por las tropas que combatían al colonialismo español. El creciente enfrentamiento político dio lugar el 29 de octubre de 1959 a una Reforma Constitucional en la que los delitos califi- cados por la Ley como contrarrevolucionarios fueran juzgados por los Tribunales Revolucionarios conforme a lo establecido en el Libro I, Título IV de la Ley Procesal de la República de Cuba en Armas de 28 de julio de 1896. Se dicta también la Ley No. 664 que autoriza la «confiscación de bienes» en todos los casos de delitos contrarrevolucionarios y de actividades conspirativas contra la Revolución Cubana en el ex- tranjero por parte de personas que hubieran abandonado el país. En 1960 se promulgan las leyes 732 de 17 de enero y la 858 de 11 de julio que agravan los límites de las sanciones aplicables a los delitos de malversación de caudales públicos, fraude, exaccio- nes ilegales, agio y especulación; además, los considera compren- didos en la jurisdicción de los tribunales revolucionarios. En enero de 1961 (Ley No. 923 de 4 de enero) se modificaron los preceptos del Código de Defensa Social con relación a los delitos contra la seguridad colectiva; de manera así se decía en sus por cuantos que en cada caso pueda ser impuesta la sanción condigna de los actos criminales y antipatrióticos con los que inú- tilmente se pretende entorpecer el desarrollo de la Revolución Cubana.

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Con posterioridad a la invasión de Playa Girón, conocida en el exterior como Bahía de Cochinos, se promulgó la trascendente Ley revolucionaria No. 988 de 29 de noviembre de 1961, que extremó el rigor de la justicia penal, para lo cual dispuso: «Mientras por parte del imperialismo norteamericano persista la amenaza de agresión desde el exterior o la promoción de actividades con-

trarrevolucionarias en el país se sancionará con la pena de muerte

a los que de cualquier forma se infiltren o invadan el territorio

nacional u organicen o formen parte de un grupo armado, los responsables de incendios u otros estragos o delitos de asesinato, consumados o imperfectos, cuando sean perpetrados con fines contrarrevolucionarios». Igualmente dispuso la confiscación de las

fincas rústicas y demás bienes de los que «faciliten abastecimientos, albergue o de cualquier otra forma colaboren o encubran a los saboteadores, terroristas, asesinos, grupos armados o elementos contrarrevolucionarios de cualquier índole, sin perjuicio de la responsabilidad criminal en que pudieran haber incurrido». La Ley No. 992 de 19 de diciembre de 1961 modificó la en- tonces vigente Ley de Ejecución de Sanciones y Medidas de Se- guridad Privativas de Libertad fundamentada en que el avance progresivo de la Revolución ha creado las condiciones propicias para la aplicación de nuevos métodos dirigidos a reeducar y re- habilitar a los delincuentes, y la Ley 993 de la propia fecha, au- torizó al Consejo Superior de Defensa Social (órgano que se adscribió al Ministerio del Interior) la facultad de conceder y revocar la libertad condicional de los sancionados reduciendo

el cumplimiento mínimo de una cuarta parte de la sanción im-

puesta y además modificó los artículos pertinentes del Código de Defensa Social respecto al proxenetismo o a la explotación de cualquier forma de prostitución con el objetivo de viabilizar la adopción de medidas legales que posibiliten la reeducación y rehabilitación en su caso de las personas afectadas. Durante este período se utilizó profusamente la legislación pe- nal como un instrumento del poder revolucionario para enfren- tar las actividades llamadas contrarrevolucionarias y la delincuencia común; desde entonces la opinión que esta última representaba

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los rezagos ideológicos del pasado ganó terreno, y se llegó a di- vulgar por los medios masivos de comunicación de que se estaba produciendo una fusión entre la criminalidad común y la con- trarrevolucionaria.

Período 1963-1973

Se mantiene el aumento de la represión contra las llamadas la- cras de la sociedad anterior, como el juego, la droga, la prostitu- ción y el proxenetismo; comienzan a juzgarse también delitos que se incrementan como la especulación y el acaparamiento relacio- nados con la escasez de abastecimiento que se manifestaba en el país. Estos hechos constituyen entre el 70 % y el 80 % de los de- litos conocidos. Es importante señalar que en esta etapa cambia radicalmente la tendencia histórica de la estructura del delito; los hechos vio- lentos constituyen ahora cerca del 40 % de los hechos denuncia- dos y las tasas de homicidio y asesinato disminuyen a menos de diez por cada 100 000 habitantes. Durante esta etapa se produce una radicalización del proceso revolucionario, especialmente a partir de 1966. En 1968 se adopta un conjunto de medidas que propician la desaparición de la pe- queña propiedad mercantil. Una de estas medidas fue la nacio- nalización de una amplia gama de comercios y servicios que permanecían en manos privadas. Como sector privado sólo so- brevive la pequeña propiedad rural, aunque en rápido proceso de cooperativización; debe señalarse como característica del pro- ceso socialista cubano que un sector pequeño de la agricultura quedó en manos privadas aún en los momentos más radicales del proceso revolucionario. Así también debe subrayarse que es- pecialmente en los años 69 y 70 desapareció prácticamente la circulación mercantil, entregándose de forma regulada por el Es- tado prácticamente todos los artículos de consumo. Esta situa- ción no es ajena a la baja importante de las tasas de delitos en este período.

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Delitos denunciados según etapas 3

Años

Índice

1948

a 1958

100

1959

a 1962

116

1963

a 1973

5 1

1974

a 1980

8 8

1981

a 1984

6 1

1985

a 1988

8 7

1989

a 1994

169

En la legislación penal resulta de importancia la Ley 1098 de

1963 que agravó las sanciones de los delitos contra la propiedad

y comenzó a calificarlos como delitos contrarrevolucionarios, cuya competencia para su juzgamiento pasó a los tribunales revolu- cionarios. De importancia también es la Ley 1155 de 17 de abril de 1964, la cual declaraba necesario como medio de fortalecer la lucha contra elementos antisociales, que aún existen como rezagos de la sociedad capitalista, facultar al Consejo Superior de Defensa So- cial, como ya dijimos, un órgano administrativo para decomisar bienes muebles propiedad de personas que sean declaradas en estado peligroso, autorizaba el comiso de ciertos objetos, efec- tos, materiales o mercancías cuyo uso, comercio o tenencia pue- da estimarse perjudicial al orden social o idóneo para la ejecución de un delito. En 1973 se aprueba la importante Ley No. 1249 que práctica- mente redactó de forma nueva los llamados delitos contra las buenas costumbres y el orden de la familia que pasaron a de- nominarse delitos contra el normal desarrollo de las relaciones sexuales y contra la familia, la infancia y la juventud, la cual ade- más aumentó las sanciones por los delitos de violación, pederas- tia, abusos lascivos, escándalo público y proxenetismo. También

3 Por delito denunciado Milán y otros estudiosos del tema entienden los denunciados por los ciudadanos ante las autoridades.

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aumentó las sanciones y creó nuevas figuras en los delitos contra la propiedad y contra la economía nacional y popular.

Período 1974-1980

Esta etapa se encuentra directamente relacionada con el cam- bio de política ocurrido con posterioridad a 1970; se hizo im- prescindible corregir errores económicos del período anterior, donde la búsqueda de la utopía llevó a la eliminación casi total de los mecanismos de mercado y la desaparición de la actividad privada en la economía, con la excepción de un pequeño sector de campesinos individuales que abarcaba aproximadamente un 20 % de la tierra cultivable y una parte reducida del transporte que permanecía en manos privadas. Todo ello conllevó a la adopción de un modelo económico bastante similar al vigente en la llamada Europa del Este Socialista y la Unión Soviética. En este período se manifiesta el crecimiento de los casos detec- tados de malversación y otros delitos económicos asociados a la propiedad socialista estatal. Se mantiene la tendencia decrecien- te en la proporción de hechos violentos, dentro de los delitos denunciados cerca del 30 % del total, y los delitos contra la pro- piedad ascienden. En el campo de la legislación penal lo más significativo de esta etapa es la aprobación de la Ley No. 21 del Código Penal, pro- mulgada el 30 de diciembre de 1978 publicada en la Gaceta Ofi- cial el 15 de febrero de 1979 y que entró en vigor el 1ro de noviembre de 1979. Según reconocen los ponentes en su expo- sición de motivos tuvo una fuerte inspiración en los Códigos de los países socialistas. Este nuevo Código derogó al antiguo Códi- go de Defensa Social que había sido objeto de múltiples enmien- das; sus innovaciones más importantes en relación con éste son las siguientes:

• Ofrece un concepto del delito de acuerdo con la llamada cien- cia penal socialista.

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• Describe las figuras delictivas de forma más genérica, en con- traste con las formulaciones casuísticas del Código de Defensa Social. Esto en nuestra opinión hace que el Código incurra en lo que fue duramente criticado de los tipos penales abiertos.

• Incrementa la protección penal de los intereses políticos y eco- nómicos fundamentales de la República.

• Establece los fines de la sanción que son reparación del delito, corregir y reeducar a los sancionados en los principios de acti- tud hacia el trabajo, de estricto cumplimiento de la ley y de respeto a las normas de convivencia socialista, así como preve- nir la comisión de nuevos delitos, tanto por los propios sancio- nados como por otras personas.

• Incorpora mayor clase de sanciones aumentando las alternati- vas a la privación de libertad; se ampliaron asimismo las san- ciones accesorias.

• Incorpora nuevos delitos y prescinde de algunos que eran pro- pios de una estructura económica capitalista.

• Prescinde de las contravenciones, aunque incorpora algunas de sus conductas como formas atenuadas de delito.

• Ratifica toda la regulación del estado peligroso y las medidas de seguridad provenientes del Código de Defensa Social.

En fin, el Código Penal de 1979 consolidó la política criminal practicada durante los veinte años anteriores y que puede resu- mirse en un Derecho Penal instrumental que tiene el propósito de resolver los problemas de confrontación aguda dentro de la sociedad y encaminada a lograr la máxima seguridad posible para la sociedad y el Estado.

Período 1981-1989

Dentro de esta etapa el período 1981-1984 se caracteriza por el aumento de la represión y de sanciones severas, especialmente contra los hechos delictivos contra la economía y la propiedad con niveles que alcanzan entre el 65 % y el 70 % de los delitos

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conocidos. En 1984 comienzan a ascender los delitos contra la propiedad y a partir de 1987 comienza el crecimiento en exponencial. La proporción de los hechos contra la propiedad al- canza el 80 % de los delitos denunciados y las dos terceras partes de los conocidos. Esta alta incidencia de los delitos económicos y contra la propiedad tiene que ver con los problemas funcionales del modelo económico cubano hasta entonces vigente. Por primera vez se escucha en Cuba acerca del Derecho Penal mínimo, de última ratio y de la posibilidad de llevar a cabo un proceso de despenalización y de reforma del Derecho Penal. Todo este proceso culminó en un gran y polémico proceso de reforma penal que trajo como resultado importantes debates en la Asamblea Nacional del Poder Popular en diciembre de 1987. En estas discusiones los ministros del Interior y de Justicia tuvie-

ron a su cargo presentar las propuestas de modificación. El Mi- nistro del Interior expresó: «El criterio de penalización no sólo no nos hizo avanzar hacia el objetivo de reducir el delito, sino gene- ró dificultades adicionales, esencialmente complejas y de gran impacto social como el crecimiento de la población penal del país y la sobrecarga inmanejables de actuaciones y procesos; y peor aún, les impide concentrar las fuerzas de las instituciones especializadas en la lucha contra las tipicidades verdaderamente

graves y socialmente peligrosas de la actividad delictiva [

] fue

un error de apreciación pensar que con sólo aplicar más sancio- nes de prisión y penas más largas el delito retrocedería». Por su parte el Ministro de Justicia apuntaba: «Teníamos un serio atraso en las concepciones jurídicas para enfrentar la problemática del delito y la respuesta penal con que veníamos actuando ante esta problemática, sobre la base única de la represión, no nos permi- tiría superarla». La reforma aprobada tuvo los siguientes rasgos:

• Despenalización de conductas insignificantes que constituían incumplimientos de deberes laborales, administrativos, funcio- nales o profesionales sancionables con más eficiencia y me- nos costo social por las vías no penales.

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• Introducción de sanciones nuevas como sustitutivas de la pri- vación de libertad que no excedan de tres años como el traba- jo correccional con internamiento o sin él.

• Ampliación del uso de la multa.

• Se amplía el arbitrio de los tribunales en el sentido de conside- rar con carácter facultativo y no obligatorio la imposición de sanciones accesorias y la consideración o no de la reincidencia y multirreincidencia.

• Eliminación, dentro de lo posible, de las sanciones privativas de libertad de corta duración.

• Se reducen los delitos en que se penalizan los actos preparato- rios.

• Se disminuyen los límites mínimos y máximos en muchos deli- tos en que se consideraba la sanción excesiva.

• Se amplía para ciertos delitos la confiscación y se crean nuevas figuras para combatir la corrupción como el enriquecimiento ilícito.

Las modificaciones de 1987 constituyeron un hito importante en la modernización del Derecho Penal en Cuba y una toma de conciencia en la sociedad, sobre lo equivocado de una política que tenía su base en la utilización del Derecho Penal como ins- trumento para terminar con las lacras de la sociedad capitalista y la utilización del mismo instrumento en la creación de la nueva sociedad. No podemos dejar de mencionar otras legislaciones importan- tes de esta etapa, como son el Decreto-Ley No. 64 de 1982 que establece una legislación para los menores que no hayan cumpli- do 16 años de edad y presentan trastornos de conducta, mani- festaciones antisociales o participen en hechos que la ley tipifique como delitos. Se establece un procedimiento administrativo, in- dependiente de lo judicial y separado del Derecho Penal, con fi- nalidades pedagógicas y de terapia social para estos menores bajo la actuación de los ministerios de Educación y del Interior. Otra legislación adoptada es el Decreto-Ley No. 80 de 28 de mar- zo de 1984 que establece nuevas regulaciones para las infracciones

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administrativas, que posibilitó posteriormente que muchos delitos de escasa relevancia se convirtieran en contravenciones administra- tivas. En 1986 se promulga el Decreto-Ley No. 95 de 29 de agosto por el cual se crean las Comisiones de Prevención y Atención Social para asumir la importante tarea de coordinar las actividades de prevención del delito, para ello se integran comisiones a nivel na- cional, provincial y municipal con organizaciones que de una for- ma u otra realizan control social formal e informal.

Momento actual

El deterioro de la situación económica en Cuba en los últimos años tiene entre sus causas fundamentales las consecuencias del recrudecimiento del bloqueo económico norteamericano contra Cuba, la desaparición del campo socialista, de sus principales so- cios comerciales y los problemas estructurales y de dirección acu- mulados de la economía cubana, que produjo entre otros la disminución del PIB en un tercio, el cual a partir de 1995 comien- za un lento ascenso. Esta situación económica se ha reflejado en la estructura del delito y en la política criminal, así como en toda la vida económi- ca-social y política del país, dando lugar a un cauteloso proceso de reformas que ha comprendido una amplia gama de medidas. En esta situación, la sociedad se ha caracterizado por un au- mento de la conflictividad y tensión social, reflejada entre otros aspectos en el crecimiento de diversas modalidades delictivas. La reacción temprana por parte del poder estatal permitió una mo- dificación de la legislación penal que ha tenido su punto culmi- nante en las reformas aprobadas recientemente. Existen cuatro modificaciones importantes, el Decreto-Ley No. 140 de 13 de agosto de 1993, el Decreto-Ley No. 150 de 6 de junio de 1994, el Decreto-Ley No. 175 de 17 de junio de 1997 y las leyes Nos. 87 y 88 de febrero de 1999. El Decreto-Ley No. 140 despenaliza la posesión de moneda ex- tranjera, con lo cual legalizó la tenencia de esta, dando con ello

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entrada a la libre circulación de todas las monedas extranjeras, pero especialmente el dólar norteamericano. Esta modificación fue trascendente en el inicio de las reformas económicas, el Esta- do no tenía otra opción para lograr sobrevivir en el difícil mo- mento histórico al que se enfrentaba. El Decreto-Ley No. 150 tiene como objetivo insertar nuevas conductas no contenidas en el Código Penal y perfeccionar el tra- tamiento a comportamientos delictivos relacionados con las dro- gas, lo cual se preveía como un delito en incremento teniendo en cuenta la apertura de la sociedad cubana al turismo y a la inver- sión extranjera. La modificación de 1997 creó nuevas figuras a tono con las nuevas modalidades delictivas surgidas con la reforma económi- ca. Se crearon las figuras de tráfico de influencias, exacción ilegal y negociaciones ilícitas, insolvencia punible; se aumentaron las sanciones a los delitos de cohecho, malversación y el abuso en el ejercicio del cargo. A fin de contrarrestar el desarrollo posible del turismo sexual se creó la figura del proxenetismo, trata de perso- nas y los delitos de ultraje sexual, tales como pornografía o au- mentando las sanciones a delitos como la corrupción de menores. Sin embargo, junto a estas modificaciones del Código Penal se crearon nuevas figuras delictivas o se aumentó la severidad en las sanciones en delitos ya existentes; el Decreto-Ley 175 dio posibili- dades para que las sanciones alternativas a la privación de libertad se pudieran aplicar hasta cinco años en lugar de tres años que estaba entonces vigente. Asimismo, también se aprobó una polé- mica modificación al artículo 8 del Código Penal, lugar donde se define el delito y que expresamente dice: «En aquellos delitos en los que el límite máximo de la sanción aplicable no exceda de un año de privación de libertad o multa no superior a 300 cuotas o ambas, la autoridad actuante está facultada para, en lugar de re- mitir el conocimiento del hecho al Tribunal imponer al infractor una multa administrativa, siempre que en la comisión del hecho se evidencie escasa peligrosidad social tanto por las condiciones per- sonales del infractor como por las características y consecuencias del hecho». Esta posibilidad abrió en una forma importante el uso

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de la facultad discrecional por parte de la Policía para un número importante de delitos, si bien ha estado fuertemente regulada por lo mandos policíacos, su uso ha provocado una fuerte polémica sobre lo acertado o no de dar estas facultades a la Policía en medio de una sociedad fuertemente tensionada por la crisis y subsiguien- tes reformas económicas. Como vemos hasta esta reforma si bien se retomó, ante las cir- cunstancias difíciles en que vive el país, cierta tendencia al reforza- miento a la severidad y utilización del Derecho Penal, en nuestra opinión se mantuvo una utilización discreta de lo que fue la po- lítica criminal de severidad llevada a cabo durante los primeros veinte años de la Revolución Cubana. Sin embargo la situación siguió agudizándose y en un discurso pronunciado el 5 de enero de 1999, en ocasión del 40 aniversa- rio de la Policía Nacional, el Presidente del Consejo de Estado Comandante Fidel Castro hizo una larga intervención sobre la si- tuación delictiva, de la cual resumimos algunos aspectos:

• Tendencia creciente de la prostitución y el proxenetismo, es- pecialmente en los polos turísticos del país. Se aprecian nive- les de organización y vinculación con otras actividades delictivas como la droga, el contrabando y la corrupción de menores.

• Persistente interés del narcotráfico internacional de utilizar a Cuba como tránsito para el tráfico de drogas duras e ir estimu- lando el consumo interno. Incidencia creciente de estas activi- dades en hechos de carácter violento, cuyo móvil fundamental es la droga, en los cuales está presente la extorsión, el ajuste de cuentas, el débito o simplemente la estafa, con el empleo de armas blancas o de fuego.

• Tráfico ilegal de personas con fines lucrativos incrementando la utilización de Cuba aprovechando el desarrollo del turismo; uso del país como tránsito hacia terceros países, especialmen- te Canadá y Estados Unidos. Además, se desarrolla el tráfico ilegal de ciudadanos cubanos hacia Estados Unidos, preferen- temente con lanchas rápidas.

• Aumento del delito convencional, especialmente robo, viola- ción y homicidios, que crean sentimientos de temor y obligan a tomar medidas de seguridad más estrictas.

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• La tarea fundamental de enorme trascendencia económica y política, de combate y de vencer el delito no significa el sueño de que el delito desaparezca de la faz de nuestra sociedad, sino reducirlo a la mínima expresión que resulte incapaz de golpear de manera grave económica y políticamente a la Re- volución.

• Para contrarrestar esta situación se tomaron un número im- portante de medidas para reforzar el sistema penal (con espe- cial énfasis en la Policía y los órganos de la Fiscalía y los Tribunales), además de otras reformas legislativas que modifi- can el Código Penal, como son incluir la sanción de privación perpetua de libertad, entre las sanciones posibles del Código Penal; permitir sanciones mayores de 30 años de privación de libertad (límite fijado en el Código antes de las modificacio- nes) si en el hecho concurren circunstancias que producen la agravación extraordinaria de la sanción, en cuyo caso el Tribu- nal puede aumentar la sanción a imponer hasta en la mitad del límite máximo o si se aprecian circunstancias relativas a la reincidencia o multirreincidencia, el Tribunal puede aumentar el límite superior hasta en un cuarto, en un tercio o en la mitad según el caso, o al formar una sanción conjunta que puede ser igual a la suma de todas las impuestas (anteriormente no po- día ser mayor al delito sancionado más severamente.) Otras medidas fueron:

• A los acusados reiterantes, de forma preceptiva (era facultati- va hasta el momento) se le aumentan hasta el doble los límites mínimo y máximo previstos cuando el autor haya cometido el hecho durante el cumplimiento de una sanción o medida de seguridad, o encontrándose sujeto a medida cautelar de pri- sión provisional, evadido de un centro penitenciario o duran- te el período de prueba correspondiente a la remisión condicional de la sanción.

• Se establece la obligatoriedad para el Tribunal de adecuar la sanción para los casos de reincidencia o multirreincidencia. Hasta ese momento era discrecional para el Tribunal.

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• Se elevó la cuantía máxima de cada cuota de multa, estable- ciéndose el límite máximo de cada cuota en cincuenta pesos, el máximo hasta entonces era de veinte pesos.

• Se crean las nuevas figuras delictivas de tráfico de personas y el lavado de dinero.

• Aumento de las sanciones en el delito de robo con fuerza en las casas, robo con violencia o intimidación en las personas, el hur- to, violación, proxenetismo, corrupción de menores y drogas.

• Crear la figura delictiva de venta y tráfico de menores para aque- llos casos que se venda o transfiera a un menor de 16 años de edad a cambio de recompensa, compensación financiera o de otro tipo.

• Mayor protección a los bienes del patrimonio cultural con ma- yor severidad en las sanciones y creación de nuevas figuras.

• Mayor severidad en las sanciones para los que sin poseer la licencia correspondiente adquieran, porten o tengan en su po- der armas de fuego.

• Se duplicaron los límites mínimos y máximos de la sanción pre- vista en el Código Penal para el sacrificio ilegal de ganado ma- yor. Se aumentan las sanciones para el que venda, transporte o en cualquier forma comercie con carne de ganado mayor. Es de significar que este es uno de los delitos de mayor inciden- cia estadística en la tasa delictiva cubana.

• Se aumentan las sanciones de los delitos de violación y de pe- derastia con violencia.

• Se aprobó asimismo la Ley No. 88, una Ley penal especial que crea figuras delictivas para todos aquellos que cooperen con el gobierno de Estados Unidos en la aplicación de la conocida Ley Helms-Burton. Estas figuras son: suministro de información, búsqueda de información clasificada, acumular, reproducir, di- fundir material de carácter subversivo del gobierno de EE.UU., sus agencias, dependencias, representantes o cualquier otra entidad extranjera directamente relacionada con el gobierno de Estados Unidos pero que persigan los mismos objetivos po- líticos. También se sancionan introducir al país los materiales descritos anteriormente, colaborar con emisoras de radio o te-

100

levisión o cualquier otro medio de difusión que persigan los objetivos políticos descritos en la ley.

• Perturbar el orden público.

• Organizar o promover acciones para perturbar el orden públi- co.

• Realizar cualquier acto dirigido a impedir o perjudicar las rela- ciones económicas del Estado cubano o entidades cubanas o extranjeras de cualquier tipo, siempre que tengan o hagan ne- gocios con Cuba.

• Incitación a cometer algunos delitos previstos en la ley.

• Distribuir medios financieros, materiales o de otra índole pro- cedentes del gobierno de EE.UU. o entidades privadas de ese país con el propósito de lograr los objetivos descritos en la ley.

Para concluir podemos resumir que el Derecho Penal durante estos cuarenta años se desarrolló tomando como orientación una política criminal de utilización de éste como instrumento de lu- cha política para destruir el viejo orden capitalista, defender y construir el nuevo modelo socialista. El Derecho Penal ha sido una herramienta de esta confrontación, sus paradigmas han sido un Derecho Penal de la severidad como vía para lograr en un primer instante la utopía de la erradicación del delito y en una etapa más madura la disminución de la criminalidad a mínimos aceptables. Ha sido un Derecho Penal de defensa social con la connotación que debemos dar a este término. Toda esta historia tuvo un intervalo de apenas diez años en que trató de imponerse un Derecho Penal de ultima ratio, míni- mo y garantista. Puede atribuirse la frustración de esta experien- cia entre otras razones a la crisis económica social de los años noventa que obligó a tomar medidas que de una forma u otra tensaron a la sociedad, rompieron su homegenidad, provocando con ello un aumento de la delincuencia no sólo cuantitativo sino también con la aparición de nuevas e importantes modalidades delictivas.

101

BREVE ESBOZO HISTÓRICO DE LA CRIMINOLOGÍA EN CUBA

DR. RAMÓN DE LA CRUZ OCHOA

No es posible abordar la historia de la criminología en Cuba sin ha- blar primero de las ideas positivistas. Aquí, como en otras partes, la criminología da sus primeros pasos al compás del positivismo. Las ideas positivistas, tanto en el plano filosófico como jurídi- co, no irrumpen en Cuba prematuramente. Para el despótico poder colonial español el positivismo se pre- sentaba como una filosofía revolucionaria, por lo que realizó to- dos los esfuerzos para frenar su introducción en el ambiente intelectual cubano en la primera mitad del siglo XIX. Sus ideas eran demasiado audaces y sólo hasta después del Pacto del Zanjón es cuando se abre una etapa de reforma y de ciertas libertades en que el positivismo toma fuerza en el ambiente cultural y se pre- senta como una filosofía optimista, llena de confianza en la cien- cia, en la industria, en la cultura, en el proceso social, aliado al liberalismo, a la defensa de la democracia y a la independencia nacional. Sin embargo, una de sus limitaciones fundamentales, que pone su sello en la criminología, es la tendencia descriptiva en sus trabajos, una especie de renuncia a encontrar los nexos necesarios, estables y esenciales que existen entre los fenóme- nos, no se percataban de la verdadera naturaleza de las leyes del mundo objetivo. Felipe Poey, sabio cubano nacido el 26 de mayo de 1799 y fallecido el 28 de enero de 1891, fue el primer antropólogo que relacionó esta ciencia con el Derecho Penal, pues además de gran

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naturalista fue abogado. Presentó una tesis en 1819 sobre im- portantes temas, que al decir del Dr. Arístides Mestre «forman parte de la antropología jurídica». El propio Mestre al enjuiciar la obra de Felipe Poey expresa: «Este problema cae de lleno dentro de la antropología de los criminales, sólo puede resolverse y hacer bue- na obra la administración de justicia a la luz de la psicología, psiquiatría y con el auxilio de la medicina legal». Esto no fue un hecho aislado, tres años después de publicado El hombre delincuente, de Lombroso, en Italia, el Dr. José R. Montalvo dicta una conferencia acerca de la «Antropología de los asesinos» (1879); José Miguel Céspedes publica un artículo titulado «La antropología y el derecho penal» (1885); en 1898 otro titulado «Delincuentes natos y razas criminales», y por últi- mo tradujo Las anomalías del criminal, de Garófalo. En 1899, el conocido penalista González Lanuza logró que se aprobara la propuesta de una Real Orden del Gobierno Interven- tor norteamericano creando en la Universidad de La Habana un curso de Antropología General, la cual ya se venía estudiando de manera aislada bajo la cátedra del Doctor Felipe Poey, que había fundado en 1877 la Sociedad Antropológica de Cuba. Montané fue el primer profesor de Antropología en Cuba. Al curso de Antropología General y de Ejercicios Antropo- métricos asistían estudiantes de Derecho, de Ciencias y de Peda- gogía, lo que motivó que se impartieran dos cursos, comenzando así a funcionar una Cátedra de Antropología Jurídica para estu- diantes de Derecho y otra de Antropología General para las Cien- cias y Pedagogía. En 1906 se produce una impronta de la literatura criminológica en Cuba, la revista Derecho y Sociología publica escritos de José Ingenieros, donde ataca fuertemente a la Escuela Clásica y expo- ne con grandes loas los méritos del positivismo. En este mismo año, 1906, se publica en Madrid una obra cime- ra de la criminología cubana, Los negros brujos, encabezada por el título Hampa afrocubana (apuntes para un estudio de etnolo- gía criminal), de Fernando Ortiz, con una carta-prólogo del Doc- tor Cesare Lombroso. Ésta fue precedida por un artículo del mismo

103

Ortiz en 1905 sobre la «Criminalidad del Negro en Cuba», publi- cada en la revista italiana Archivos de Psiquiatría, Medicina Legal y Antropología Criminal. Resultan interesantes algunos párrafos de la carta-prólogo de Lombroso que expresan: «He recibido su manuscrito y lo juzgo

de

un interés extraordinario, debo rogarle se digne cederme para

mi

revista Archivos de Psiquiatría

su estudio acerca del suicidio

en

los negros, el de la criminalidad afrocubana y también el del

Nada tengo que sugerirle

respecto a sus futuros estudios de etnografía criminal, como no sea la adquisición de datos acerca de las anomalías craneales

fisonómicas y de la sensibilidad táctil en un determinado número

de delincuentes brujos y en un número igual de negros».

Me permito extractar un párrafo de la obra que ejemplifica el pensamiento criminológico de Ortiz en ese momento: «El brujo afrocubano, desde el punto de vista criminológico, es lo que Lom- broso llamaría un delincuente nato, y este carácter de congénito puede aplicarse a todos sus atrasos morales, además de a su de-

lincuencia. Pero el brujo nato no lo es por atavismo, en el sentido riguroso de esta palabra, es decir, como un asalto atrás del indivi- duo con relación al estado de progreso de la especie que forma el medio social al cual aquel debe adaptarse; más bien puede decirse que al ser transportado de África a Cuba fue el medio social que para el salto improvisadamente hacia delante, deján- dolo con sus compatriotas en las profundidades de su salvajismo,

en los primeros eslabones de su psiquis. Por esto, con mayor pro-

delito de violación de sepultura [

].

piedad que por atavismo pueden definirse las características del brujo por la primitividad psíquica, es un delincuente primitivo. El brujo y sus adeptos son en Cuba inmorales y delincuentes por- que no han progresado, son salvajes traídos a un país civilizado.» Y continúa expresando: «La observación de este tipo demues-

tra por contraste, lo acertado de la teoría lombrosiana del atavis-

mo, como explicación de la delincuencia. Si el brujo es primitivo

es porque su ambiente se hizo de repente superior, sin que pu-

diera en su evolución dar un salto que estableciera la truncada adaptación al medio; el delincuente de la sociedad civilizada es

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otro primitivo porque ha sido incapaz de mantenerse en un su- perior nivel de progreso moral». Don Fernando Ortiz, el más eminente de los científicos sociales del siglo XX cubano puede considerarse el fundador de la Crimi- nología cubana y el que más contribuyó a la introducción en la Isla del positivismo en la Ciencias Penales. Este comenzó su voca- ción como penalista en Italia, en los primeros años del siglo XX, donde estudia criminología y se relaciona con Cesare Lombroso y Enrico Ferri. Es, pues, uno de los primeros discípulos hispanoame- ricanos de los pensadores más importantes en la fundación de la criminología y del positivismo penal. Otra obra suya fue Los negros curros sobre la delincuencia en la ciudad de La Habana a principios del siglo XVII, donde se inicia el estudio metódico y positivista de la poliétnica delincuencia cubana. Como decía Ortiz, Cuba es un campo fértil para el estudio del fenómeno de las razas y de su vinculación con la criminalidad. No podemos desconocer que aun Don Fernando, que en su madurez intelectual se convirtió en uno de los grandes defenso- res de la igualdad racial, al principio estuvo de acuerdo en consi- derar la existencia de las razas «atrasadas» o menos evolucionadas, y este pensamiento está presente en esta etapa de sus estudios criminológicos. Pero, sin duda, su obra fundamental en las Ciencias Penales es el proyecto de Código Criminal cubano que presentó el 26 de febrero de 1926. Se llamó Código Criminal y no Penal, ya que él lo entendía como la organización social contra la criminalidad. Es en esencia un ordenamiento de los procedimientos preventivos y represivos que debe adoptar la defensa social contra la peligrosidad del de- lincuente y su responsabilidad estrictamente legal. Fue el primer proyecto positivista que se publicara fuera de Italia, suscitando por su toma de posición un gran interés y vivaces discusiones. El proyecto suscitó una reacción favorable de Ferri, quien en carta a Ortiz en 1926 apuntó: «Estoy orgulloso de que las normas princi- pales de mi proyecto hayan merecido la confirmación en el pro- yecto de usted y si su patria acepta como Ley su referido proyecto,

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Cuba se pondrá a la vanguardia de todos los países civilizados en la reforma de la justicia penal y dará el ejemplo de una justicia penal severa para los delincuentes peligrosos, y humana y cle- mente para los menos peligrosos. Mi revista Scuola Positiva pu- blicará un artículo resumen de su proyecto, poniendo de relieve su gran superioridad sobre los proyectos de otros Estados europeos (Alemania, Suiza, Polonia, Yugoslavia) y sobre los recientes códi- gos penales de Perú y Argentina». Finalmente, el proyecto de Código Criminal no fue aprobado, pero se le consideraría el primero en lengua española que plas- maría las ideas positivistas y el tercero en el mundo con el proyec- to Ferri y el Código Penal soviético de 1926, que expresaba diversas formas de represión de la actividad delictiva. Otros importantes criminólogos cubanos de la etapa anterior a la Revolución fueron Israel Castellanos, Ricardo Oxamendi y Evelio Tabío. Castellanos fue director del Laboratorio de Antropología Peni- tenciaria y director del Gabinete de Identificación y es el máximo exponente de la Escuela Antropológica en Cuba. También incur- sionó con éxito en la criminalística. Uno de sus trabajos más va- lioso fue el correspondiente análisis criminológico sobre el ñañiguismo y la brujería en Cuba, donde, siguiendo a Fernando Ortiz, diferencia desde el punto de vista criminológico al brujo, el cual, según dice, es un profesador activo del curanderismo, del sacerdocio por fe o por convicción primitiva; mientras que el ñáñigo es un miembro de una sociedad criminal organizada por sujetos de mala vida, por los más virulentos del mundo criminal cubano, comparándola con la mafia italiana. Establece que el ñáñigo es más violento que el brujo, pues este carece de odio colectivo y el ñañiguismo conduce al delito de sangre, al homicidio y al asesinato. Los demás trabajos de Israel Castellanos son puramente antropo- lógicos; se destacan: «La delincuencia femenina en Cuba», estu- dio de las mujeres recluidas en centros penitenciarios, en los que se describe su carácter racial y antropométrico; «Los jóvenes de- lincuentes en Cuba», en el que se hace una reflexión antro-

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pológica-médica de los jóvenes recluidos, y el que concluye que a los médicos le corresponde guiar esos centros de jóvenes como centros físicos y morales, somáticos y psíquicos, anatómicos y mentales. Debe destacarse también «El atlas de la criminología», un trabajo que analiza antropológicamente la población peni- tenciaria cubana. El libro Peso corporal de los delincuentes en Cuba trata de demostrar que los criminales pesan más que los hombres normales, en relación con la talla. Ricardo Oxamendi, en 1933, publica su libro Criminología. En este libro el autor se declara fundador de la Escuela Sociológica Cubana de Criminología, difunde con ahínco el principio que el delito es un fenómeno social e intenta tratar de quitar a la criminología la fuerte carga antropológica y de etnología criminal que hasta el momento la había caracterizado. Su pensamiento es decididamente sociológico cuando afirma que no hay delincuen- tes ni autores, ni hombre en el drama criminal, sólo hay ambientes criminales. Desarrolla las medidas de seguridad contra el delito, basado sobre el principio de función social que lleva el derecho en gene- ral. Dice Oxamendi: «La teoría nuestra sustituye el concepto de responsabilidad criminal y hasta los conceptos de delitos y pena por el de función social.» Evelio Tabío fue un importante penalista cubano; Magistrado del Tribunal Supremo, fallecido en 1960, es el criminólogo de esta etapa que más analiza los problemas macrosociales que de una forma u otra tienen que ver con la situación del delito en la Isla. Sin abandonar totalmente el psicoanálisis criminal y la endocriminología, hace especial énfasis en los factores ambien- tales, económicos, educacionales y sociológicos que influyen en el delito, lo que propicia que niños, adolescentes y adultos por «su especial constitución» puedan ser fuertemente influenciables por el medio y puedan caer en el delito. A continuación transcribiremos un párrafo de su obra titulada Criminología, publicada en 1960: «La miseria, con toda la enor- me gama de horrores, desgracias y calamidades influyen podero- samente en la conducta del hombre, que bajo influjo del hambre,

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de la falta de los elementos esenciales para la vida termina por desequilibrarse realizando actos en contra de la sociedad, que no remedian las grandes injusticias que azotan los pueblos. No puede negarse que hay una desigualdad económica enorme, que hay millones de seres que pasan hambre. Los desheredados de la fortuna buscan el salidero del delito para satisfacer sus perentorias necesidades o para vengarse de la injusticia, o por choques físicos que inhiben su voluntad y sus frenos morales o psicológicos». El contenido del texto es similar al anterior, estudia los factores causales de la delincuencia y los considera como individuales, en los cuales comprende los morfológicos o anatómicos, fisiológi- cos y psicológicos; analiza los factores sociales en los cuales in- cluye las profesiones, las razas, el alcoholismo, religión e ideas supersticiosas, la educación moral, el medio familiar, económico y social; y los factores naturales, que engloban el clima, estacio- nes, temperatura y lugar. Otro aspecto que analiza es la delincuencia femenina, la juve- nil y la de las clases pobres, donde se hace especial énfasis en factores antropológicos, médico-psicológicos y en menor medi- da, sociales. No podemos finalizar este esbozo de la etapa prerrevolucionaria sin reseñar la enseñanza universitaria de la Antropología Jurídica que por supuesto, incluía la Criminología. El primer texto del que existe referencia es de 1926, escrito por el Doctor Carlos M. Morán, que se presenta como una versión taquigrafía de las explicaciones dadas en la cátedra, en la Univer- sidad de La Habana. El curso comprendía Criminología y Criminalística. En Crimino- logía se distingue entre patogenia de la criminalidad, así se lla- maba, y terapéutica de la criminalidad. Se define la criminología como la ciencia que tiene por objeto el estudio de los delitos y delincuentes en todos sus aspectos, a través del tiempo y del es- pacio, en forma comparativa, con el fin de aminorarlos. Estudia las causas endógenas, somáticas o corporales, los llamados estig- mas anatómicos, cráneo, cara, extremidades y cerebro. Asimis- mo, la talla, braza, peso y la fuerza en los delincuentes; la fisiología,

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anomalías encontradas. Fisonomía y mirada y psicológicas, en- tendiendo por esta última el funcionamiento del cerebro del individuo o del funcionamiento patológico de dicho cerebro. Es- pecial atención se presta a la inteligencia, imaginación, faculta- des afectivas, vanidad, valor, estado de voluntad y tatuaje. Por causas exógenas entiende el medio físico, en el cual com- prende los factores naturales, factor racial, a través de la etnolo- gía criminal, presentando especial atención al ñañiguismo y la brujería y a los factores sociales, a través de la sociología criminal. En Criminalística se estudia la prevención, investigación, la Po- licía Judicial Científica, la inspección del lugar del delito, cadáver, huellas digitales y profilaxis de la delincuencia. Se dedica tam- bién atención a la Penología y Ciencia Penitenciaria. Otro texto importante, el más valioso de los textos editados de Antropología Jurídica, fue el del doctor Arístides Mestre, publica- do en 1934. Este libro toma la tesis de Lombroso, proclamando que los cri- minales forman una variedad humana con caracteres patológi- cos especiales y con tendencia al crimen, como producto atávico. El autor considera que esto representa la ciencia positiva frente al viejo criterio metafísico. El texto hace especial énfasis en el crá- neo de los criminales, la talla y proporciones, fisiología de los criminales, psicológica de los criminales, factores de la criminali- dad, herencia, alcoholismo, educación, instrucción, medio social, vagancia, clases pobres, degeneración morfológica, degeneración fisiológica, degeneración psíquica, epilepsia e histeria, clasifica- ción psicopatológica, clasificación clínica, la criminología. Abar- ca también profilaxis y reeducación de los criminales, reforma y reeducación de los criminales, represión de la criminalidad, Poli- cía Judicial Científica y Sistema Bertillón. Además, dedica varios capítulos a la Dactiloscopia y Medicina Legal y contiene un apéndice con el tema brujería y criminalidad en Cuba. Otro texto que estuvo vigente hasta 1960 fue el de Morales Coello, sin grandes méritos científicos; seguía la tendencia de los anteriores. Con la Reforma Universitaria de la época revolucionaria

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se elimina la asignatura Antropología Jurídica y se sustituye por Criminología. Antes de concluir esta etapa, quisiéramos esbozar lo siguiente:

1. El positivismo tuvo en el siglo XX cubano un fuerte impacto en las Ciencias Sociales, y desde los primeros años de este siglo su presencia en las Ciencias Penales dio lugar al desarrollo de la antropología criminal y de la criminología. Debemos tener pre- sente que el positivismo cumplió un papel favorable en el de- sarrollo del pensamiento filosófico y social en Cuba, fue progresista e independentista.

2. El énfasis de la criminología fue puesto en definir los orígenes de la delincuencia, la explicación aparece dentro de los estre- chos conceptos «causales» de ésta y con ello su tergiversación al tratar de explicar la criminalidad y su origen, al margen de las estructuras sociales y de poder y amparándose bajo el ro- paje de las llamadas diferencias naturales, las cuales ideológi- camente otorgaron un andamiaje seguro para explicar los males del delito, afianzándose en los hallazgos científicos del momento.

3. La explicación «causal» estuvo impregnada por puntos de vis- ta antropológicos y etnológicos y en menor medida sociológi- cos. La influencia de las ciencias naturales y especialmente de la medicina es decisiva en la criminología cubana. Las investigaciones criminológicas de esta etapa se limitan a las antropológicas. Es de subrayar la presencia en la crimino- logía del Psicoanálisis Criminal y la Endocriminología Crimi- nal.

4. Existe, sobre todo en las primeras décadas de este siglo, racis- mo en el análisis «causal» de la delincuencia en Cuba. Se con- sidera a los negros, mestizos y chinos como estratos de la población más proclive al delito y de donde se nutren los con- tingentes de peligrosos. Con ello surge la «peligrosidad», de influencia perniciosa en el Derecho Penal cubano, de la cual aún hoy no nos hemos podido desembarazar completamente.

5. La criminología, salvo el Sistema Penitenciario, que es objeto de análisis por algunos criminólogos, es ajena al funcionamien-

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to del Sistema de Justicia Penal y al papel que le corresponde al Derecho Penal y los procesos de criminalización.

Después del gran cambio revolucionario del 1959, la crimino-

logía necesita unos años para resurgir. Es a partir de 1964, aproxi- madamente, cuando surgen los centros de Evaluación de Menores

y en ella está presente la psiquiatría con fuerza evaluando la con- ducta de los menores y utilizando su vocabulario, argot, métodos

y técnica para evaluar la conducta criminal, lo cual se extiende

después a la población criminal adulta. Simultáneamente, la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana envía a sus estudiantes y profesores al Centro de Evaluación de Menores y al Centro de Evaluación Penal, ambos del Ministerio del Interior, e introduce alumnos en la práctica pro- fesional de estas dependencias, los que fueron formados por pro- fesores que tenían orientación psicológico-psiquiátrica para evaluar la conducta criminal. La Facultad de Derecho tenía textos como los de Antonio Ce- jas, Vega Vega y Guzmán, cuyo contenido era fundamentalmen- te un compendio de posiciones de autores sobre la criminología con críticas al lombrosianismo. Durante esta década, la enseñanza de la criminología se desa- rrolló en estrecha coordinación con los Departamentos de Medi- cina Legal y Antropología de la Universidad de La Habana y del Instituto de Medicina Legal del Ministerio de Salud Pública. Se comienzan a desarrollar también algunas investigaciones criminológicas en provincias del país. Lo que caracteriza esta década es la influencia importante de la psiquiatría y la psicología social en el análisis de la cuestión criminal; de ahí que propiamente la Facultad de Derecho y los juristas no tuvieran ninguna o muy poca influencia en la crimino- logía en esta etapa. No es casualidad que conocidos criminólogos cubanos surgen de este círculo de profesionales de la psiquiatría, el Dr. Barral y psicólogos y pedagogos como: Margarita Viera y Caridad Na- varrete.

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Estos y otros profesionales vinculados a la psiquiatría y a la psi- cología se desmarcan del grupo psiquiátrico que sustentaban la opinión de que la delincuencia tenía raíces patológicas, y comien- zan a evaluar la conducta delictiva fuera del marco psiquiátrico, aun cuando admitían aspectos psicológicos del ambiente fami- liar y el microambiente social. Estos criminólogos se desarrollan profesionalmente en un pri- mer momento desde el Ministerio del Interior (en la Policía y Pe- nitenciaría) y comienzan a llevar conceptos nuevos sobre la evaluación psicológica del preso. Margarita Viera se expresa así sobre esta etapa. «Llevé al D.T.I. (Policía de Investigaciones) con- ceptos nuevos sobre la evaluación psicológica del convicto, com- batí el concepto de personalidad antisocial y disocial por ser antimarxista e intervine en peritaje donde tuve que combatir este concepto frente a los tribunales y obligar a numerosos juristas a reconocer su equívoco en cuanto a la llamada «personalidad an- tisocial». Entre los años 1970 y 1980 comienza la influencia de la crimino- logía socialista o soviética, o como también se le llamó crimi- nología marxista-leninista, que llega a nuestro país mediante algunos profesionales que viajan a la URSS a realizar estudios de doctorado (entre ellos también Margarita Viera, Caridad Navarrete y Silvino Sorhegui). Esta etapa coincide con cierto florecimiento de la criminología en los países socialistas, donde estuvo franca- mente estancada durante el período stalinista, que como se sabe sentía fobia ante cualquier papel, aunque fuera mínimamente cuestionador de las Ciencias Sociales. En esta época se editaron en la URSS y en la República Democrática Alemana los primeros tratados de criminología, los cuales fueron traducidos al español en la década del ochenta. Por ejemplo, la criminología en la RDA, fue traducida y editada en español a finales de los ochenta y Los fundamentos de la criminología de Avanesov fue editado en ruso de 1981 y en español en el 1985. En esta década la criminología comienza a salir, (aunque aún no lo ha logrado completamente) de la influencia psiquiátrica y psicológica caminando hacia la Ciencia Jurídica. Se abre paso en postulados tales como la teoría «del rezago» (o sea, los rezagos

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del capitalismo son los que producen delito en el socialismo) que si bien nunca tuvieron mucho valor e influencia académica, no por ello dejó de tener cierta audiencia. Otros postulados que lle- garon a tener influencia fue la llamada «obligatoriedad de la dis- minución de la criminalidad y la desaparición de la delincuencia organizada» por deducir que en el sistema socioeconómico del socialismo, a diferencia de la sociedad burguesa, no existe la inevitabilidad de la delincuencia ni mucho menos su auge. Algu- nos combatieron estas opiniones con posiciones tales como que el nuestro era un país subdesarrollado, que a pesar de la gran obra de justicia social que la Revolución significaba, existían microambientes delictivos que, incluso, reproducían la delincuen- cia. Transcribo, por su interés, el punto de vista del criminólogo Silvino Sorhegui:

«El socialismo como sistema económico se ve urgido a utilizar, como resorte de estímulo e impulso a la producción, la relacio- nes monetario-mercantiles. La aplicación de esta ley conlleva una desigualdad justa en la apropiación de los bienes materiales pro- ducidos, cuya distribución está en correspondencia con aquellos que han aportado más en su trabajo, a recibir por ello mayor sa- lario. Esta desigualdad objetiva pone de relieve al propio tiempo que no todos los individuos producen ni aportan a la sociedad en la misma medida y que, en algunos casos incluso, tratan de eludir su responsabilidad ante el trabajo. En consecuencia se hace evidente que el desarrollo de una nueva conciencia social acorde con los intereses de la clase trabajadora obedece a todo un pro- ceso de transformación de la estructura y superestructura de la sociedad.» Esto explica las causas del desarrollo desigual de los agentes socializadores en el proceso de construcción del socialismo, de ahí que no resulte contradictorio en tales circunstancias del in- cremento de la delincuencia y del crimen organizado como «par- te de los fenómenos negativos». Sorhegui apuntaba que «no ha sido fácil despojarla (a la criminología) de todo el oropel concep- tuoso, apologético e idealista, por lo que se impone como obje- tivo priorizado en función de la criminología científica, poner sus principios en orden y llamar las cosas por su nombre».

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Continuó expresando el hecho de que la criminología científi-

ca pertenezca a las ciencias sociales y tenga, en general, un ca-

rácter clasista, no es óbice para que no sea auténticamente objetiva

y veraz en sus juicios y conclusiones. Tampoco los perjuicios dog-

máticos pueden ayudar a su desarrollo. Sorhegui concluye seña- lando que la criminología tenía que conocer con profundidad la naturaleza, origen, causas y comportamiento histórico del delito, así como sus perspectivas que permitieran contribuir con eficacia

a su prevención y profilaxis (artículo publicado en la Revista Jurí-

dica No. 27, abril de 1990. El artículo lleva el título «Carácter cien- tífico de la criminología»). La década del ochenta es decisiva en la maduración de una criminología que se separa en cierta medida del positivismo, y es donde comienza a influir la criminología radical o criminología crítica. Pienso que el contrapunteo entre la criminología socialista

y la criminología radical constituye un punto importante en el de- sarrollo de la criminología en Cuba. La criminología radical llega a nuestro país a través de crimi- nólogos latinoamericanos que expusieron entre los profesiona-

les cubanos una forma distinta de analizar el fenómeno criminal.

Esta década fue importante en la celebración de eventos, espe- cialmente a partir de 1983 con la celebración del I Simposio

sobre la Política y la Ideología en sus relaciones con el Derecho,

IV Encuentro de la Criminología Crítica, al seminario auspiciado

por la Sociedad Internacional de Criminología, cursos de

Criminología auspiciado por ILANUD, por el UNSDRI y otras ins- tituciones, las que fueron actualizando el pensamiento crimi- nológico cubano a las tendencias más importantes que se desarrollaban en el mundo. No podemos dejar de mencionar que todo este movimiento culmina con una importante reforma del Código Penal en 1987,

que se despenalizó un número importante de figuras delictivas y

disminuyeron las sanciones mínimas de otras, la celebración del

VIII Congreso de la ONU en materia de Prevención del Delito y

tratamiento al delincuente, y sobre todo la formación de una nue- va mentalidad entre los principales operadores del sistema pe-

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nal, lográndose que triunfaran criterios como el Derecho Penal Mínimo, el Derecho Penal como «última ratio» y percibir el fenó- meno delictivo con profundas raíces sociales y económicas. Otros aspectos importantes en esta década fueron la salida de los me- nores del Derecho Penal, la redefinición y la evaluación de la de- lincuencia económica, cuestionando aspectos importantes del funcionamiento del sistema empresarial cubano y la existencia, por tanto, de condiciones que de una forma u otra propician el delito; en fin, prácticamente los más importantes espacios de la delincuencia en Cuba fueron objeto de investigaciones y especu- laciones criminológicas. En sentido general, comenzó a desarro- llarse una criminología no apologética y sí cuestionadora de todo aquello que no contribuyera a un enfoque progresista del fenó- meno criminal. En cuanto a la influencia de la criminología radical hubo posi- ciones contrapuestas, ya que algunos criminólogos, como Anto- nio Cejas, en su trabajo denominado «Nuevo enfoque de la criminología», publicado en 1984, parten de que la criminología socialista defendía postulados tales como:

• La criminalidad como fenómeno social es ajena al socialismo y consecuentemente llegará a desaparecer gradualmente.

• La valoración científica de sus causas debe ser dinámica, com- pleja y multilateral, distinguiendo las causas y condiciones (ge- nerales, específicas y concretas) «de la causa social básica».

• El antropologismo y demás teorías biosicológicas y sociológi- cas de la criminalidad deben rechazarse.

• La vinculación de las Ciencias Sociales, Penales y Criminológicas con el principio de la legalidad socialista y la Teoría del Estado y el Derecho para la formulación científica de la política penal.

• El reforzamiento del carácter de la criminología como ciencia jurídica y social.

• La participación de las masas en la tarea de prevención y lucha contra los delitos y las violaciones de la legalidad socialista.

115

• La utilización de los métodos de investigación social, la esta- dística criminal, la criminalística y otras ciencias y técnicas com- plementarias.

Terminaba afirmando que «la criminología crítica no resulta apli- cable en la sociedad socialista, en primer lugar por la propia na- turaleza clasista del Derecho Penal, que el socialismo deja de ser útil para mantener los intereses de la explotación y la desigual- dad pero, además, por su propia definición etiológica; al supri- mirse la ‘causa social básica’ de la criminalidad resulta imprescindible el estudio y la investigación criminológica sobre las causas y con- diciones que inciden en la subsistencia del delito y las conductas antisociales en las condiciones concretas de la nueva sociedad, lo que no significa la negación de la revisión sistemática y disci- plinaria vigente, pero sobre bases políticas-ideológicas esencia- les distintas». Sin embargo, otros autores, como Margarita Viera, defendían otras posiciones argumentando que existían puntos de contac- tos importantes entre la criminología crítica y la criminología so- cialista, ya que el objeto de la misma los hace similares al ocuparse de procesos de criminalización, despenalización y otros, tales como la remodelación del sistema carcelario; así como existen semejanzas en la incorporación del enfoque macro-social y las estructuras del poder sociopolítico (Viera, 1987). La relación entre la criminología y la cuestión criminal en el período de los años setenta al noventa se desarrolló bajo las premisas de que la criminología, salvo excepciones, asumió una visión mecanicista de la relación entre el modo de producción y la criminalidad; y se concebía la transición al socialismo, como no conflictual y por tanto la extinción gradual de la delincuencia, como consecuencia de ello, la desaparición teórica, aunque gra- dual del control y la represión penal. En la práctica, sin embargo, se acentúo el control penal bajo el principio de que el papel del Estado no se limitaba a la lucha contra la peligrosidad social, sino que se concibió como «educa- dor» precisamente porque tendía a crear un nuevo tipo o nivel de civilización, adquiriendo muchas veces la represión, carácter

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paternalista y «didáctico» y presentando una justicia empeñada en promover en sujetos desviados propósitos de autoenmienda, de expiación y de adhesión a los paradigmas ético-sociales. La práctica criminológica cubana se movió dentro de estas de- finiciones conceptuales; fue de la apología hasta cierta incipien- te posición cuestionadora. Su principal mérito en esta etapa es haber contribuido a un mayor entendimiento del fenómeno cri- minal, su complejidad y a la multiplicidad de causas presentes en el delito; si no logró desembarazarse totalmente del fantasma «etiológico» hizo todo lo posible por hacer más abarcadora e in- tegral la explicación del delito, del funcionamiento del sistema penal y de toda la problemática penal.

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EL DELITO CONCRETO. LA ACCIÓN DELICTIVA EN EL NIVEL INDIVIDUAL

DRA. NORMA VASALLO BARRUETA

Cuando hablamos de delito concreto nos estamos refiriendo al delito cometido por un individuo, a la expresión en el nivel indi- vidual de todos aquellos aspectos que dan origen a la conducta que viola la norma legal por contraposición a la delincuencia como fenómeno no solo de origen, sino también de expresión social. El análisis del delito como conducta que es decidida y realiza- da por el individuo, resulta de una complejidad tal que su expli- cación requiere de un abordaje transdisciplinario, es decir, del concurso articulado de diversas disciplinas; sin embargo, este tipo de estudio es bien escaso en la literatura científica especializada; tal vez porque las barreras subjetivas de los científicos resulten más difíciles de sobrepasar que las objetivas derivadas de la pro- pia complejidad del problema. No obstante lo anterior, desde diferentes ciencias afines a la criminología es posible realizar aportes importantes al esclareci- miento o comprensión de la conducta que viola la norma legal, siempre que éstos sean interpretados como tal y no como dato último y terminado. En esta dirección es intención de este capítu- lo mostrar las posibilidades que brinda la psicología social al es- tudio de la conducta delincuencial y de ningún modo explicarla más allá de los aspectos sociopsicológicos que en ella participan; otra intención implicaría la psicologización de un problema que se refleja en la subjetividad individual y social, pero que la tras- ciende en su origen.

118

Dentro del objeto de estudio de la psicología social podemos encontrar aquellos aspectos referidos al estudio de las particula- ridades psicológicas del individuo que surgen en su relación con los «otros» dentro de los diferentes grupos humanos, los proce- sos psicológicos que se dan al interno de éste; la relación dialéc- tica individuo-grupo que está en la base de estos procesos; las particularidades de los mecanismos y procesos psicológicos que caracterizan los grandes grupos y los fenómenos psicológicos masivos, y su expresión en los grupos y los individuos, así como su relación dialéctica con los determinantes macrosociales. De esta forma la subjetividad del individuo que expresa todo el complejo entretejido de su sistema vincular con el macro y el micromedio social, queda incluido como aspecto importante a estudiar por la psicología social, como sujeto de toda la realidad social y que resulta imposible excluir de cualquier análisis que se realice de los fenómenos sociales en una determinada época y sociedad. La conducta que viola la norma legal en tanto conducta de una persona podemos entenderla como expresión de la subjeti- vidad individual que se encuentra determinada por las particula- ridades que asume la relación del individuo en los diferentes grupos humanos en su historia y en la contemporaneidad y que resulta a su vez un reflejo del macromedio social que se confor- ma a partir de una realidad económica, social y política que ca- racteriza una determinada etapa y es en este sentido entonces legítimo considerarla parte del objeto de estudio de la psicología social. Lo anterior significa que existe una relación del individuo con los diferentes grupos humanos y con la sociedad, que se refleja en su subjetividad y en ese sentido participa en la decisión de violar o no una norma legal. Para comprender por qué una persona actúa de determinada forma, es decir, las causas de esta conducta, hay que partir de considerar que el comportamiento humano tiene un condiciona- miento social, de lo cual no resulta una excepción la conducta que viola la norma legal. Una orientación marxista en el análisis

119

de las causas de este comportamiento requiere una búsqueda en tres niveles:

• La sociedad.

• El micromedio social en el que el individuo se desarrolló y en el que vive.

• La personalidad del individuo.

Estos tres niveles de análisis, que se recogen en la literatura cri- minológica de orientación marxista, se corresponden con el análi- sis que hace la psicología de la relación sociedad-grupo-individuo.

Esta relación no es lineal y simple, sino compleja y contradictoria; en tal sentido F. González, señala:

responde a una compleja

determinación de múltiples factores político-sociales, determina- dos por el nivel de desarrollo socio-económico del sistema social que actúa sobre el hombre concreto. La relación necesaria entre el carácter de las influencias actuantes, sensibles a la conciencia individual y colectiva, y su determinismo socio-económico, es com- pleja y profundamente contradictoria. Sus efectos permanecen fuera de la capacidad intencional y anticipatoria de los hombres que forman parte del proceso de vida material» (González, F; Machado, D.; Martín, J. l. y Sánchez, E., 1988). Lo anterior significa que las condiciones políticas, sociales y económicas de la sociedad no constituyen una abstracción supraindividual, ellas tienen una expresión en la actividad vital de cada individuo que puede resultar diferente para cada uno porque resultan refractadas por las particularidades de su micromedio social y también porque pueden ser «vivenciadas» de forma diferente de acuerdo con la historia personal de cada individuo. Lo que acontece en el nivel social influye sobre cada individuo, pero no de forma directa, sino refractada por la multiplicidad de pertenencias y relaciones grupales y por las particularidades sociopsicológicas de cada grupo humano al que los individuos se integran a lo largo de sus vidas y a los cuales pertenecen en cada momento particular.

«El desarrollo de la personalidad [

]

120

En tal sentido se reconoce que la relación dialéctica del indivi- duo con la sociedad, en la diferenciación social de estos manifes- tada en su vínculo grupal e institucional y en las diferentes formas de su participación social y del lugar que ocupa en el sistema de organización social, es un aspecto importante del principio de la personalidad como principio metodológico que no ha sido suficien- temente estudiado en la psicología (Abuljanova-Slavskaia, 1983). Todo lo anterior resume la complejidad y la importancia de los factores sociales en la formación y desarrollo de la personalidad y su consecuencia en la conducta individual y grupal. Expliquémoslo ahora con mayor detenimiento. Los elementos económicos, sociales y políticos relacionados con la formación económico social influyen sobre el medio social (ma- nifestación del tipo de relaciones sociales predominantes) de for- ma directa, donde se activan por la relación con diversos aspectos como pueden ser demográficos, étnicos, psicológicos e indivi- duales; influyen sobre los grupos que conforman el entretejido social y a través de éstos sobre los individuos que lo componen. El modo de vida de toda sociedad presupone un determinado ordenamiento de las variadas formas de conducta de las perso- nas en la esfera de la vida cotidiana. La sociedad no puede existir sin orientar y coordinar el comportamiento de sus miembros, sin ordenar las relaciones entre ellos. Esto significa que el individuo no puede estar al margen del orden establecido en la sociedad. Ahora bien, esta exigencia social llega al individuo mediatizada por los diferentes grupos humanos en los cuales se inserta a lo largo de toda su vida (familia, escuela, organizaciones, centros de trabajo, comunidad y otros) y que son portadores de sus parti- cularidades que lo identifican como grupo y lo hacen diferente a otros permitiéndoles una relativa independencia de la sociedad. Esta relativa independencia de todos los grupos humanos de- termina que la influencia de lo social sobre cada individuo no sea idéntica, ni lineal y que dependa además de las condiciones histó- rico-concretas en las que se encuentre su desarrollo como grupo, así como de todas sus particularidades y procesos psicosociales que lo caracterizan y le dan vida. Permite también comprender

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por qué pueden subsistir grupos con características sociopsico- lógicas que se alejan de las exigencias sociales, aun cuando reci- ben el apoyo material para su desarrollo en una adecuada dirección. La existencia de estos grupos garantiza un importante conjun- to de condiciones que permiten la reproducción de las conduc- tas desviadas dentro de la sociedad, sobre todo cuando ellos resultan ser agentes de socialización. En los grupos, a través de los procesos sociopsicológicos que allí se producen se da la transmisión de la influencia sociedad-individuo, es decir, las influencias grupales intervienen como mediadora entre la sociedad y la persona y es en esa relación donde el hom- bre encuentra su máxima expresión como sujeto y objeto de la interacción social. De lo anterior se desprende la significación del grupo y su estu- dio en el proceso de formación de la personalidad y en el análisis de las causas de la conducta violadora de la norma legal. Las con- diciones históricas, sociales, económicas y políticas contemporá- neas al presente y a la historia del individuo, influyen sobre éste a través de los grupos e instituciones con los cuales mantiene rela- ciones vinculares de uno u otro tipo, pero esta es una influencia compleja y contradictoria, imposible de identificar linealmente. La personalidad resultante de su interrelación dialéctica con el grupo y la sociedad, donde se interceptan todas esas influencias, es la que decide la conducta a seguir, comportamiento que pue- de estar orientado a la solución de un problema, necesidad o conflicto vivenciado por el sujeto. Aquí resulta importante subra- yar la expresión «vivencia», porque de lo que se trata no es de la evaluación externa que hagan los otros de la conflictividad o no de la situación; sino cómo es «sentida» por el individuo, que se orienta a la solución de ese conflicto, problema o necesidad que él percibe. Cuando hablamos de influencias grupales, lo hacemos en plu- ral, porque el individuo pertenece simultáneamente a diversos grupos y se relaciona también con otros, aun cuando no se inser- te en ellos; de todos simultáneamente recibe su acción, por eso

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hablamos de sistema vincular y de entretejido de relaciones por- que mediatizadas por el individuo convergen todas en él. La ac- ción de un grupo no puede «observarse puramente» en el individuo, porque su efecto depende de la relación de éste con los otros grupos. Lo anterior explica la complejidad de la acción del grupo sobre los individuos, en particular sobre su subjetivi- dad y permite fundamentar el criterio de que la conducta huma- na y en particular la conducta que viola la norma legal solo puede ser explicada a partir de un complejo de circunstancias que fun- cionan como determinantes del comportamiento y no a partir de una sola de ellas. Cuando a lo anterior se suma la refracción que producen los grupos de la influencia social, a partir de sus propias particulari- dades, como ya señalamos, confirmamos que la influencia de lo social sobre el individuo es compleja y su efecto en la subjetivi- dad individual, difícil de predecir, sin un estudio de ese proceso desde un enfoque histórico-social transdisciplinario, donde el hombre, portador de una subjetividad que expresa su historia anterior, actúa en el presente no como un receptor pasivo de esa influencia, sino como una personalidad activa que le permite o no trascender el presente de forma desarrollada y creadora.

LA INFLUENCIA SOCIAL Y LA NORMA LEGAL

Las normas sociales —dentro de las que se encuentran las lega- les— son las que permiten la organización armónica de la vida social, tanto en el macro como en el micromedio. Las normas sociales, las costumbres y las tradiciones se trasmiten de genera- ción en generación, las más generales a través de los diferentes grupos humanos y en éstos, las suyas propias, claro está, renova- das y enriquecidas en cada nueva época por las circunstancias, histórico-sociales en que se trasmiten y matizadas por la propia cultura que le dio origen, todo lo cual hace que las normas socia- les no sean idénticas en su contenido ni en su carácter regulador, en diferentes momentos y lugares. Es por eso que lo que nos pa- rece bien a unos a otros puede resultarle desagradable; lo que

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puede resultar sancionable en un lugar, no tiene gran significa- ción en otro. De manera general las normas sociales son relativas en tanto lo son para unas personas y para otras no; pero también son absolutas para el grupo que las establece; es decir, ellas tie- nen sentido pleno en el contexto donde se producen. Podemos decir entonces que, para cada pueblo, para cada te- rritorio más o menos amplio, hay un comportamiento esperado por parte de los grupos y sus integrantes sancionan a través de sus propios mecanismos a los violadores, esto es, que tanto a ni- vel del macro como del micromedio social encontramos exigen- cias de un comportamiento a seguir y medios para que se cumplan o para sancionar al que no lo hace. Hay normas que se cumplen sin que las personas sean muy concientes de ellas; estas son las llamadas normas implícitas, y existen las evidentes o explícitas de las que sí son concientes. Al- gunas se expresan de forma escrita, como es el caso de las leyes y reglamentos; pero la mayor parte de ellas no aparecen así; sin embargo, se conocen, se interiorizan y pueden llegar a convertir- se en verdaderos motivos morales que permiten la regulación del comportamiento individual, sin necesidad de la presión social. Comparto el criterio de que es en la educación de la personali- dad, en su formación y desarrollo donde podemos encontrar las causas más profundas de la conducta desviada, y que ellas, uni- das a los conflictos actuales del sujeto, derivados de su relación con los otros (incluidos los diferentes grupos), hacen el conjunto de causas psicosociales de este fenómeno.

EL PROCESO DE SOCIALIZACIÓN Y LA CONDUCTA DELICTIVA

En la literatura se encuentran otros términos afines al de sociali- zación, que resultan utilizados indistintamente: desarrollo de la personalidad y formación de la personalidad. Prefiero, tal vez por- que soy psicóloga social, utilizar el término socialización, que des- de su significado semántico parece analizar el proceso desde la

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perspectiva grupal más que desde la individual (personalidad). No obstante, es un proceso que incluye ambas dimensiones y se

refiere a la interiorización de las normas, valores sociales y la apro- piación de toda la experiencia social que se da en el individuo, a través de la comunicación y las relaciones interpersonales, que le proporciona la posibilidad de integrarse a la vida social y estable- cer los vínculos sociales necesarios para ello. Los hombres tienden a tener una vida en común basada en la dependencia de unos hacia otros para garantizar su supervivencia. En esta búsqueda de la relación con los otros se van constituyendo los grupos y las culturas, que tienen en común creencias, valores, costumbres, entre otros. La relación con los otros es inherente al ser humano y privarlo de esta posibilidad constituye para él una sanción. El hombre nace apto para su relación con los otros y a lo largo de su vida, materializa esta aptitud a través de la cual alcanza su socialización, es decir, la interiorización del legado cultural y hu- mano que lo precedió; sin esto su vida sería una marcha tortuosa, llena de obstáculos y dificultades. «La práctica confirma […] privado de vida social, apartado de la sociedad humana, el hombre pierde rápidamente sus cualida- des característicamente humanas. Individuos altamente desarro- llados, por no mencionar los niños, que han vivido apartados de la sociedad por períodos prolongados, devienen especímenes la- mentables de ser humano; no sólo pierden pronto su lenguaje y son incapaces de hablar, sino que también pierden su capacidad

para razonar

En la interacción con los otros el hombre asimila y se apropia de la cultura humana y de toda la experiencia acumulada en el

devenir histórico de la humanidad y que se expresa en todo el

sistema de conocimientos, el lenguaje, las normas, las costum- bres y las tradiciones.

experiencia social primera y más inmediata de la humani-

dad es la que ocurre en el grupo pequeño. Desde la infancia en adelante somos miembros de familias, equipos, etc., y cuando

»

(Pariguin, s/a)

la «

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adultos, el grupo sigue siendo la más común y la más familiar de las unidades sociales» (Homans, 1982). El hombre vive y actúa en diversos grupos, los cuales influyen sobre él de determinada forma y tienen para él un valor particu- lar que experimenta y expresa de forma diversa, por lo cual cada uno de ellos presenta particularidades psicológicas diferentes. Al interno del grupo, las interrelaciones que se establecen en- tre las personas, participan en la modificación o aparición de nuevas opiniones, valoraciones, puntos de vista e incluso afec- tos. Cuando el grupo se mantiene estable y va conformando sus normas, este afecto se va haciendo perdurable, es decir, se produ- cen cambios en la personalidad de los individuos (González, O., 1982). Esta idea apunta hacia la importancia de la estabilidad en la relación del individuo con un grupo para que éste tenga una in- fluencia efectiva en su socialización. El hombre puede considerarse fruto de la intersección de los diferentes grupos humanos de los cuales forma parte; en él se cruzan la influencia de todos y éste tiene dos importantes conse- cuencias: define el lugar del hombre en el sistema de la actividad social, y en segundo lugar se expresa en el contenido de la con- ciencia del mismo, es decir en su subjetividad (Andreeva, 1984). La influencia de un grupo sobre el individuo no es ajena a la que ejercen otros grupos, ni a la que sobre ellos mismos ejerce toda la sociedad, conformando un sistema de influencias que en la historia individual va configurando su subjetividad y a través de ella se actualiza en el presente en su vínculo con la realidad, transformándola y transformándose para dar lugar a un indivi- duo siempre renovado y enriquecido, fruto de su actuar creador. La socialización es un proceso bidireccional, por una parte está toda la influencia social que se ejerce sobre el individuo y por la otra está la recepción y reproducción activa por parte del hom- bre, de toda esta influencia, reproducción que se expresa en su actividad social a través de valores, orientaciones y disposiciones propias. Es decir, que el hombre es objeto y sujeto de las relacio- nes sociales.

126

El proceso de socialización se realiza a lo largo de toda la vida

del individuo comenzando desde que nace, a través de diferen- tes agentes socializadores como la familia, la escuela, compañe- ros de trabajo, grupos de amigos, entre otros. Los medios masivos también son considerados agentes de socialización, aunque con un carácter más impersonal. Los primeros agentes de socialización (la familia y la escuela), pueden tener un papel más destacado, por las propias caracterís- ticas del niño que lo hacen más sensible a las influencias que recibe, dejando estas agencias en él, una huella más profunda que otras con las que se vincule más adelante en la vida, cuando su relación con el mundo sea más compleja (Munné, 1971). Otro aspecto importante dentro del proceso de socialización es el referido al contenido mismo de este proceso. En este sentido Andreeva señala tres como fundamentales: la actividad, la comunicación y la autoconciencia. La socialización debe significar una ampliación de las posibilidades del individuo como sujeto de la actividad; una ampliación y profundización de la comunicación con los otros y el establecimiento de la imagen de su yo en el hombre, es decir, la autoconciencia (Andreeva, 1984). Autores como G. S. Batenin y S. V. Sojan enfatizan la comunica- ción como aspecto importante del proceso de socialización; y otros como Pariguin consideran que la comunicación no agota el con- tenido de la socialización y propone considerar además premisas

biológicas, la actividad y la propia transformación cualitativa del hombre (Pariguin, s/a).

A partir de lo anterior, la comunicación, la actividad y las rela-

ciones interpersonales son contenidos importantes del proceso de socialización, que tienen su expresión en la autoconciencia del individuo, la cual participa también como su contenido, por su papel en la reproducción de la influencia recibida. En calidad de elementos que frenen o faciliten el proceso de socia- lización podemos encontrar las condiciones económicas de exis- tencia que posibilitan el acceso a la cultura y la educación o la marginan de ella; la propia cultura en la que se desarrolla, que puede significar un estímulo o un obstáculo para el contacto con

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determinados aspectos de la vida social o laboral. Por ejemplo, las culturas profundamente patriarcales son un obstáculo para el vínculo amplio de la mujer con la educación y la vida laboral.

LAS INSTITUCIONES O AGENTES DE SOCIALIZACIÓN Y SU IMPLICACIÓN EN EL DELITO CONCRETO

Ahora nos ocuparemos de la primera dimensión de la socializa- ción, es decir, lo que algunos autores llaman instituciones (An- dreeva, 1984) y otros, agentes de socialización (Munné, 1971);

esto es, los grupos, organizaciones o instituciones, en su senti- do estricto, que sirven de mediadores a la influencia educativa que ejerce la sociedad sobre los individuos cuando se vinculan

o insertan en ellos. Los individuos aportan a ese proceso sus

valores, necesidades, normas, intereses y costumbres de modo que toda la influencia que le llega de los agentes o institucio-

nes de socialización la reciben de manera activa, creadora; la reproducen de forma novedosa y dejan su impronta en ese pro- ducto, constituyéndose así la propia subjetividad individual en mediadora de toda la influencia social.

La familia

Considerado el primer grupo humano con el que se relaciona el

hombre desde su nacimiento, a ella se le atribuye la más importan-

te función socializadora, por las posibilidades de influencia desde

edades muy tempranas, cuando el sujeto es más dúctil en su re- cepción. A la familia se le señalan diferentes funciones, por ejemplo:

una función sexual, una procreativa, una socializadora y una eco- nómica. Al respecto Munné considera que las dos primeras pue- den estar unidas y que pueden agregarse además otras funciones que la relacionan con otras instituciones como: religiosa, política

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y recreativa; comparte el criterio que la más importante es la de socialización. Patricia Arés al analizar las funciones atribuidas a la familia se- ñala que estas cambian en contenido y jerarquía de una forma- ción económico social a otra, y propone agruparlas en tres categorías: función económica, función biológica y función edu- cativa (Arés, l990). Este parece ser un adecuado criterio clasifi- catorio de las funciones fundamentales de la familia, coincidente con otros autores. En nuestro estudio centraremos la atención en la función educa- tiva de la familia, la cual se desarrolla sobre la base del proceso de socialización. Es en la familia donde se modelan las primeras orien- taciones al niño, donde recibe las primeras influencias del mundo, donde se supone que ha llegado para ser bien acogido (Leija, l985). Pero lo que acontece en la familia no es sólo importante para el niño, también para el joven y el adulto, porque como señalamos antes, el proceso de socialización transcurre a lo largo de la vida del individuo, de ahí que el análisis de la influencia de la familia en el proceso de socialización del individuo deba realizarse a lo largo de su historia, en su familia de origen y en la que él mismo ha creado. Hay autores que privilegian la etapa infantil en este análisis porque consideran que hay problemas en los que el niño partici- pa, que permanecen latentes hasta que algún acontecimiento posterior los hace evolucionar, pudiendo llegar hasta el crimen (Leija, l985). Este autor llega incluso a señalar una relación directa entre desavenencias familiares y gravedad del comportamiento. Caridad Navarrete señala, por su parte, que los adolescentes son altamente sugestionables e imitadores, y que perciben de la familia su modo de vida a través del lenguaje y de sus actitudes y que esto tiene su expresión en la conducta del adolescente (Navarrete, l987). Es, sin dudas, en el marco familiar donde se va modelando el estilo de relación con los otros, precisamente en el desarrollo del quehacer cotidiano de la vida familiar, donde van formándose las potencialidades individuales para ello. En esta labor educativa no es sólo importante la intención de los padres

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de lograrla, sino la preparación de que dispongan y de las posibi- lidades materiales para llevarla a cabo. Señala Navarrete que el nivel cultural de los padres influye en la formación de intereses valiosos en los hijos y en la autoridad sobre ellos; en este sentido, cuando los hijos superan a los pa- dres, ella puede afectarse. También el nivel cultural tiene un im- portante papel en la comprensión de los problemas que enfrentan los hijos y en la eficiencia de la orientación que se les brinda. Un aspecto interesante que consideran los distintos autores

acerca de las funciones socializadoras de la familia es la que tie- ne que ver con la relación afectiva y la llamada «atención» o «con- trol familiar»; así se señala que las deficiencias en la relación afectiva con los hijos pueden crearles desajustes emocionales que pueden intervenir de manera significativa en la aparición de con- ductas desviadas, al mediatizar de manera errónea la realidad. Wolf Middendorff señala en su Criminología de la Juventud:

«Los factores más importantes de la educación paterna son un

permanente amor y solicitud, constante dirección

men una atmósfera familiar equilibrada y libre de tensiones» (Leija,

y, en resu-

1985).

Y más adelante, al referirse al déficit en estos aspectos expresa:

«La consecuencia es que el joven carece de vínculos afectivos con la sociedad y siente, por el contrario, repugnancia, desprecio y odio contra sus educadores, que materializan la autoridad y el orden vigente» (Leija, 1985). Al hablar de la relación afectiva padres-hijo, prefiero incluirla en la comunicación que entre ellos se establece y analizar su ca- lidad a partir de sus tres funciones: informativa, regulativa y afectiva. En este sentido señala Lomov (1989):

«Los datos acumulados (entre ellos los obtenidos en los experi- mentos de laboratorio), atestiguan cada vez con más nitidez que la dinámica de los procesos y estados psíquicos del hombre de- penden en esencia de las condiciones, los medios y los métodos de comunicación con otras personas. Además, la comunicación es la principal esfera de la manifestación de las emociones espe- cíficamente humanas y la condición necesaria de la formación de

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las propiedades psicológicas de la personalidad, de su concien- cia y autoconciencia.» Al estudiar la comunicación como parte de la función sociali- zadora de la familia, se puede conocer el carácter de los vínculos

que se establecen, afectivos o no, la «atención» o «control» sobre los hijos y el contenido más importante de la socialización, valo- res, normas, costumbres. El tipo de comunicación condiciona otro aspecto importante, el carácter de las relaciones interpersonales que se establece entre los miembros, contribuye a la conforma- ción de un determinado clima sociopsicológico y todo esto tiene su expresión en el individuo (reproducción de la socialización), en su personalidad. González Rey, F. al referirse a estudios realizados sobre la co- municación en familias de menores comisores de hechos delictivos,

«no sólo se manifiesta una total ausencia

de comprensión mutua y de orientación a los hijos por parte de los padres, sino que existe un ambiente de total hostilidad, don- de la violencia ocupa un valor central como medio de interacción de sus miembros» (González Rey, 1989). La violencia se convierte así en un estilo de relación con «los otros» que se generaliza, trascendiendo la familia para llegar a otros grupos humanos y a diferentes situaciones que la desencadenan. González Rey (1989) señala al respecto: «Cuando las contra- dicciones y la violencia percibidas por el niño en su vida familiar llegan a una representación del papel de sus modelos principales (padre y madre) tan deteriorada y dañina para ellos, podemos afirmar que la familia comienza a desempeñar un papel total- mente negativo en la vida del menor, cuyo final sólo puede ser la inadaptación y la desviación social». Todo esto avala la importancia del estudio de la comunicación como uno de los contenidos más importantes del proceso de so- cialización, lo cual aparece claramente expuesto, como ya anali- zamos, por los autores que lo explican; sin embargo, en los trabajos criminológicos referidos al papel de la familia en la for- mación de la personalidad este análisis está ausente o insuficien- temente tratado.

señala que en éstas

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En relación con la atención o el control sobre los hijos, los ex- tremos son siempre inadecuados y los métodos que se empleen son también un aspecto importante para analizar. Se ha consta- tado en el caso de menores delincuentes en Cuba que los méto- dos educativos empleados por las familias no se caracterizan por el uso de la coerción ni la persuasión, sino por la inconsistencia y la negligencia, es decir, el uso incongruente de los métodos en relación con la situación que los demanda y la falta de sistemati- zación en su aplicación y control. Los métodos educativos como se conoce son importantes me- dios para el estímulo o la sanción al comportamiento de las per- sonas; representan una de las vías a través de las cuales los padres ejercen su autoridad, por lo que a su vez contribuyen, en depen- dencia de su uso, adecuado o no, a la reafirmación de su autori- dad o al deterioro de la influencia de los padres sobre sus hijos. La «atención» o «control» sobre los hijos (niños y adolescentes) es también un aspecto importante que tiene relación estrecha con los métodos educativos y en particular con la comunicación. Se expresa en el conocimiento de los intereses de los hijos y su forma de realización y en la influencia sobre ellos para que se lleven a cabo en la forma y momento adecuado. El control se expresa en el conocimiento de las personas con las que los hijos se relacionan, las actividades que prefieran realizar, dónde y cuándo las realizan y de qué forma. Y no sólo tiene que ver con su conocimiento, sino con la participación orientadora del padre en la decisión de los hijos. Cuando el control sobre los hijos resulta insuficiente o nulo, los padres llegan a conocer de sus actividades, cuando éstas han resultado tan graves que su connotación ha trascendido hasta ellos; por supuesto, un momento bien tardío para emprender cual- quier medida educativa al respecto. Un importante papel de la familia dentro de su función sociali- zadora es el que tiene que ver con su «rol de modelo», es decir, de ejemplo, de conducta a imitar por los hijos, en particular la figura de los padres; esto condiciona la necesidad del estudio de lo que hemos dado en llamar «indicadores de desajuste social»,

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donde se incluyen: presencia de alcoholismo, drogadicción, con- ducta sexual desorganizada, antecedentes delictivos, escándalos, golpes y desvinculación laboral, entre otras. Los efectos del consumo de alcohol y drogas puede condicio- nar la presencia de escándalos y agresiones en el seno de la fami- lia que va conformando un clima nocivo para los hijos, lo que contribuye al aislamiento de la misma y a la pérdida de autoridad de los padres sobre los hijos. Por otra parte, muchas veces se con- vierte en la «salida» o alternativa que buscan los hijos para alejar- se de esa realidad, es decir, se reproduce como medio de evasión de los problemas que debe enfrentar la persona. Carrancá y Trujillo al respecto consideran que el «alcohol» es un condicionante indirecto de la criminalidad de las familias, por las reacciones de ésta a la presencia sostenida de sus consecuen- cias y también un condicionante directo para el propio consumi- dor al demandarle económicamente más allá de sus posibilidades

o al servir de obstáculo en la toma de decisiones acertadas en su

vida cotidiana, pudiendo esto llevar a la elección de una decisión delictiva (Leija, 1985). Al igual que el alcoholismo y la drogadicción, el resto de las conductas referidas —conducta sexual desorganizada, conduc- tas delictivas en los padres, presencia de escándalos y agresio- nes y la desvinculación laboral— tienen la posibilidad de una doble influencia sobre los hijos. En primer lugar, como variante de conducta a imitar en sus vidas, como la vía idónea para la

solución de sus problemas (ocio y delincuencia) y como mode- lador de un estilo de relación con las demás personas que se traslada a diferentes situaciones contextuales y los distintos gru- pos humanos, como pueden ser las agresiones y la conducta sexual desorganizada. En segundo lugar, la conducta moral de los padres cuando re- sulta inadecuada contribuye a un distanciamiento de los hijos, muchas veces víctimas ellos mismos de estos comportamientos,

al surgimiento de carencias en lo afectivo y lo moral que le hacen

difícil su relación y adaptación a otros grupos e instituciones, lo

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cual va condicionado su acercamiento a personas con historias comunes a la suya. Navarrete, C. encontró en sus estudios que el 75 % de las fami- lias de los menores comisores de delitos graves presentaban pun- tos de vista, hábitos y costumbres antisociales. Otro aspecto importante dentro de la familia tiene que ver con su estructuración, en particular la presencia o no de ambos pa- dres y de varias generaciones en ella o no. La presencia de ambos padres es un aspecto importante en la educación de los hijos, en primer lugar de orden afectivo y en segundo en la propia realización de la función educativa. Cuan- do uno de los padres está ausente, se debilita el control sobre los hijos y se condicionan carencias en el orden afectivo, pudiendo llegar hasta el orden material si la ausencia de uno de ellos es total. Si el niño se educa en ausencia de ambos padres todo lo anterior se intensifica. Es importante esclarecer que cuando hablamos de ausencia no hablamos directamente de divorcio entre los padres. Como sabe- mos esto muchas veces puede resultar más sano para los hijos, pero no quiere decir que se pueda abandonar la responsabilidad material y afectiva que se tiene con ellos cuando se produce el rompimiento del vínculo matrimonial. De lo anterior se desprende que nuestro análisis va a la partici- pación o no de los padres en la educación de los hijos, no impor- ta el vínculo que exista entre los primeros. Cuando se trata de familias extensas, es decir, cuando encon- tramos la presencia de varias generaciones de una familia nos encontramos ante puntos de vista y métodos educativos hetero- géneos, que influyen de forma contradictoria sobre los hijos, pu- diendo esto reflejarse en el ajuste o no de su comportamiento dentro de la familia y fuera de ella. El carácter de las relaciones entre los miembros de la familia es un importante indicador del clima que existe al interno de ella; resultan ellas mismas condicionadas por la comunicación, pero tienen una expresión directa en el estilo de relacionarse con los demás que se va conformando en su yo interior.

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La escuela

El desarrollo cultural de una época implica la participación de la escuela, depositaria y transmisora de toda la experiencia cultural acumulada por la humanidad. En ella el proceso de educación que se realiza se encuentra impulsado por la comunidad y esti- mulado por toda la sociedad; es una actividad intencional y orien- tada que esta última mantiene para su propia conservación, en tanto significa la adaptación del sujeto a sus exigencias a la vez que su crecimiento como individuo y su socialización en sentido general. La labor educativa de la escuela debe realizarse de forma para- lela en todos los grupos sociales, es decir, debe trascender el marco de la escuela para dirigirse a toda la comunidad (familia, institu- ciones culturales y organizaciones de masas). En este sentido un papel fundamental lo tiene la relación hogar escuela. Una edu- cación eficiente supone la coherencia de las diversas acciones educativas. Las reuniones de padres, las organizaciones de pa- dres son acciones que responden a la necesidad de reunir la fuer- za de la familia y la escuela para ayudar al individuo en su desarrollo. Desdichadamente la realidad muestra que no siempre hay una clara comprensión de estos presupuestos y la escuela no busca el apoyo de la familia y la comunidad o, por el contrario, pretende que ellas asuman toda la responsabilidad en un proceso en el que aquella debe ser compartida. Sucede también lo contrario, es decir, que no siempre la familia y la comunidad comprenden el papel que les corresponde en la educación de las jóvenes ge- neraciones, abandonando la escuela en este empeño. La escuela debe influir en el desarrollo del espíritu crítico y de la autonomía de juicios en el individuo, debe enseñarle a distin- guir entre el bien y el mal y a ser capaz de tener un criterio perso- nal y objetivo. Para esto la escuela debe desarrollar una labor educativa en la que se estimula la participación del niño en la construcción de su conocimiento, o sea, donde desempeñe un rol activo y no pasivo como mero receptor de información. Esta

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no es tampoco una realidad generalizada de la que podamos enorgullecernos en ninguno de los niveles de la educación. El papel del educador no se limita a la transmisión de conoci- mientos, sino que implica el ayudar al individuo a construir su saber personal integrado a la realidad de su entorno familiar y ambiental y con suficiente flexibilidad como para ampliarse pro- gresiva y constantemente. La escuela como agente primario de socialización, además de

transmitir conocimientos debe contribuir al bienestar psicosocial del alumno, proveerlo de los recursos que le permitan desarro- llarse adecuadamente desde el punto de vista psicosocial. La es- cuela puede en alguna medida suplir deficiencias educativas de

la familia, ahora bien, ¿cuál es el contenido de la función socializa-

dora de la escuela?, ¿cómo se realiza este proceso? El maestro debe realizar una acción pedagógico-democrática, (democratizar la enseñanza es dar a cada niño iguales oportuni-

dades de éxito escolar y social) es decir, debe esforzarse por adap- tar sus prácticas educativas a cada niño con el objetivo de hallar la mejor solución para él (Mialaret, 1975). Esto es lo que se cono- ce como trabajo educativo individualizado, que implica el cono- cimiento por parte del educador de las causas de las dificultades

o de un determinado comportamiento en el niño o adolescente y

que es bien deficiente en nuestras escuelas. En este sentido resul- ta muy importante la comunicación. Una adecuada comunicación tiene lugar cuando existe un diá- logo interpersonal sobre la base de la comprensión del «otro», es decir, de sus dificultades y limitaciones y esto depende de los mé- todos que emplee el profesor, autoritario, permisivo o democráti- co, este último es el óptimo para lograrla. Cuando analizamos el proceso de socialización vimos que la comunicación es uno de los contenidos más importantes y su papel en la familia es fundamental; en la escuela un aspecto im- portante que se debe analizar es precisamente la comunicación maestro-alumno, la cual sirve de base para el acercamiento afec- tivo entre ambos, para el conocimiento de los problemas que en- frenta el alumno, no sólo los académicos, sino también los

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familiares, que muchas veces los condicionan. A través de la co- municación el maestro puede, en consecuencia, orientar al alum- no, prestarle la ayuda que necesita y que la escuela puede ofrecerle. Todo esto es el trabajo educativo individualizado. En investigaciones realizadas en Cuba con menores comisores de hechos delictivos se han encontrado deficiencias en el trabajo pedagógico de las escuelas donde estuvieron insertados estos menores (Navarrete, 1987). Cuando la escuela resulta deficiente en este aspecto de su fun- ción socializadora, no contribuye a que el alumno erradique sus dificultades y esto puede influir en la formación y estabilidad de los intereses cognoscitivos de los mismos y puede influir en el incremento de las carencias que en el orden afectivo traen, debi- do a insuficiencias en la labor educativa de la familia. Otro aspecto importante dentro de la función socializadora de la escuela es referido a los métodos educativos que se emplean, de qué forma se controla la disciplina. En lo personal el maestro ejerce su autoridad a través de la persuasión para promover la reflexión y el aprendizaje del alumno o de forma impositiva, sin tener en cuenta al estudiante, sus problemas —en muchos casos funcionan como causales de indisciplina— y sin fomentar el aná- lisis de lo sucedido. Las deficiencias en el ejercicio de la autori- dad por parte del maestro contribuyen a disminuir su papel como modelo a imitar, propician el distanciamiento con el alumno y en consecuencia hacia la escuela, además de constituir una barrera en la comunicación entre ambos. La inserción del niño en la escuela trae un cambio; las normas fundamentalmente afectivas que predominaban en la familia son sustituidas por normas más objetivas; esto enriquece su vida pero le hace más necesario afirmar su individualidad frente a los de- más, buscar su autonomía moral. La adecuación de este proceso depende del papel socializador de la escuela, la cual dispone de la disciplina para su consecución. La disciplina se encuentra vinculada a aspectos psicológicos, sociológicos y pedagógico-organizativos de la escuela. La con- ducta del individuo en ella es expresión de la interrelación de su

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personalidad, el ambiente familiar, de su entorno más amplio y el sistema organizativo de la escuela, al que se supone debe adap- tarse y este es un objetivo importante. La disciplina como medio para que el niño alcance su autonomía moral, su responsabilidad individual no puede concebirse de forma coercitiva, sino racional, garantizándose la interiorización de las nor- mas y la conciencia de la responsabilidad en su conducta. Una adecuada disciplina requiere un conocimiento de las par- ticularidades de los educandos; no se les puede exigir por enci- ma del nivel de madurez que han alcanzado, sino adecuar las exigencias para que sientan una libertad en la que ellos son res- ponsables de sus acciones. Las medidas disciplinarias que emplea la institución tienen una estrecha relación con los métodos educativos y tienen que ver con su uso justo, es decir, proporcional a la indisciplina cometida y esta debe ser valorada no sólo en sus efectos, sino también en sus causas, para que el alumno sienta que se es «justo» en el aná- lisis; claro está, que esto requiere un acercamiento del profesor al educando para conocer los problemas que pueden estar en la base de un comportamiento indisciplinado. Cuando lo anterior no se produce y se aplican medidas formal- mente (actas de compromiso que el alumno no elabora, trasla- dos de escuelas) el alumno siente que no ha sido tenido en cuenta, que sus problemas no interesan, se incrementan sus carencias afectivas y su distanciamiento de la vida escolar, lo que puede influir en que se repita o incluso se intensifique la indisciplina; por ejemplo, si antes tenía fugas de la escuela, ahora puede au- sentarse injustificadamente y consecuentemente debilitarse aún más sus intereses cognoscitivos. Un papel importante en la diversificación de intereses en el alumno lo tiene el desarrollo de actividades extraescolares, enri- quecedoras espiritualmente. Cuando la escuela no realiza activi- dades de esta naturaleza pierde la posibilidad de participar con más amplitud en el desarrollo de la personalidad del alumno, circunscribiéndose solamente a estimular intereses cognoscitivos hacia las materias concretas que imparte si el resto de sus funcio- nes las realiza adecuadamente.

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Cuando los niños que llegan a la escuela provienen de medios carenciales material y afectivamente y no encuentran en la es- cuela el clima de afecto y aceptación por parte de profesores y alumnos, no es raro que empiecen a manifestarse los primeros síntomas de inadaptación. Busca entonces el niño, cómo salir de esta situación. De la actitud del grupo de coetáneos para con el niño: valora- ción, aceptación o rechazo, depende que este se integre al grupo y tenga un desarrollo normal o una experiencia traumática que puede traducirse con el tiempo en hostilidad y aislamiento res- pecto de sus semejantes, y en esto tiene un importante papel la dirección del maestro. Cuando la escuela presenta deficiencias en su función sociali- zadora no puede suplir las carencias educativas y afectivas que el alumno trae de su seno familiar, donde también se han dado de- ficiencias en su educación; no ayuda a formar intereses cognosci- tivos y espirituales en sentido general y con ello contribuye a un distanciamiento también del alumno con la institución escolar, que lo acerca en la adolescencia y juventud con más fuerza a los grupos informales.

El centro laboral

El centro laboral y en particular el colectivo de trabajo tiene una función educativa en el proceso de socialización, como señala Andreeva; pero esto es posible si el joven que se inserta en la vida laboral es bien acogido en él, recibe la preparación necesaria para el desempeño de sus funciones y su actividad es controlada ade- cuadamente, todo lo cual contribuye a la formación de la dis- ciplina laboral. Si a lo anterior se une un buen trabajo de las organizaciones del Centro, sobre la base de una adecuada comunicación, es pro- bable que el joven fortalezca sus intereses hacia la actividad que realiza y esta la desarrolle eficientemente y con satisfacción per- sonal.

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No contribuye a la disciplina y a formar intereses laborales, las instituciones que se caracterizan por el descontrol, donde el am- biente moral es nocivo y donde las organizaciones funcionan for- malmente y resultan «protectoras» de las indisciplinas de los trabajadores. Tampoco resultan educativos, aquellos centros altamente puni- tivos que no producen un acercamiento al trabajador, no conocen sus problemas y, sin embargo, acuden al rechazo y la estigma- tización con la primera indisciplina que puede ser expresión del proceso de adaptación del joven a la vida laboral, o porque co- nozcan que la persona que ingresa al centro laboral ha recibido alguna sanción legal previamente o quizás simplemente porque por su apariencia personal elicite prejuicios (por ejemplo, los hom- bres con pelo largo son homosexuales o delincuentes). La reac- ción social de repudio y aislamiento puede convertirse en el caso del centro laboral, en la última puerta que se cierra a la posibili- dad de una vida integrada a las relaciones sociales; por esta ra- zón este es un importante elemento a considerar en el conjunto de circunstancias que favorecen u obstaculizan un adecuado pro- ceso de socialización. En el centro laboral resulta también importante para el desa- rrollo de la personalidad, la propia actividad que el destacado psicólogo alemán Uwe Schaarschmidth subdivide en característi- cas de la estructura de la actividad y condiciones de ejecución de la tarea. En la primera incluye los contenidos de trabajo, las premisas de formación profesional que se requieren para su rea- lización y la valoración social de sus resultados. En la segunda analiza las condiciones socioeconómicas en las que tiene un peso importante las relaciones de producción y la situación del am- biente laboral, tanto físico como de organización de la actividad. Se reconoce la influencia de todos estos aspectos en la formación y desarrollo de la personalidad, por supuesto en las condiciones de permanencia y estabilidad en la realización de la actividad; sin embargo, la relación entre esta influencia y los cambios que se producen en la personalidad, no pueden precisarse, en lo que

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tiene un peso importante limitaciones que se presentan en el pla- no metodológico según refiere el propio autor. No es posible aislar las condiciones de la actividad laboral de otras condiciones de vida del individuo para determinar su peso

y su papel en la formación y desarrollo de la personalidad; al res- pecto el propio autor señala tener en cuenta las propias particu- laridades psicológicas del individuo al iniciarse en la actividad laboral; el tipo de actividad que desempeña en su tiempo libre (más o menos desarrolladoras), la preparación que la escuela y la familia realizaron de la tarea, el fortalecimiento de sus intereses en esa área y consecuentemente su permanencia y disciplina en el centro (Schaarschmidth, 1980).

A lo anterior hay que adicionar que la relación de las condicio-

nes externas de vínculo con lo social no influye de manera pun- tual y directa sobre uno u otro contenido de la subjetividad individual, que esta misma se ha construido históricamente y ha ganado una cierta autonomía que la convierte en una media- tizadora activa de esa influencia, haciendo más compleja la rela- ción entre la influencia social y la subjetividad (González Rey, 1993).

Los grupos informales

El grupo informal puede ser visto como parte de la organización

del tiempo libre; pero también es expresión de las necesidades psicológicas de los adolescentes y jóvenes para los cuales el gru- po tiene un lugar central en sus afectos y en su pensamiento, lo que se expresa claramente en las decisiones que toman y en las conductas que asumen.

El grupo informal al igual que el resto de las instituciones so-

cializadoras constituye un mediador entre la sociedad y el indivi- duo, lo que hace que tenga un importante papel en la reproducción de la influencia socializadora (en la conformación de su subjeti- vidad). Se constituyen a partir de la propia comunidad, de la escuela o sobre la base de otros intereses comunes que deriven en motiva- ciones para la conformación del grupo y éste es una característica

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de los grupos informales, es decir, no poseen fines y metas sino una coincidencia de necesidades psicológico-emocionales. Toda la organización interna del grupo (roles y status), así como los procesos dinámicos que lo caracterizan (formación de normas y me- dios de controlar su cumplimiento, (actividades conjuntas) son deri- vados de la satisfacción de esas necesidades psicológico-emocionales. En el proceso de la actividad de los grupos informales donde se satisfacen esas necesidades e intereses van surgiendo otras nuevas que permiten la permanencia del grupo y hasta su desarrollo, de ahí que lo que hoy resulta importante para el grupo, no fue lo que le dio origen, por lo que se debe buscar en su historia, las causas de su surgimiento y sus primeras necesidades e intereses. El papel de los grupos informales para la sociedad viene dado por la coincidencia o no de las necesidades de los miembros de estos grupos, con los fines y metas de los grupos formales con los cuales también se vincula. Cuando hay correspondencia entre am- bos, los grupos informales contribuyen al desarrollo de los grupos formales, cuando no hay coincidencia, pueden frenarlo. Un ejemplo de lo anterior puede ser para el primer caso, un gru- po de coetáneos que se reúnen para satisfacer necesidades de or- den cultural, que contribuyen a su desarrollo espiritual, como resultado, sus miembros pueden tener una participación más rica en su grupo escolar, y no presentan contradicciones con los objeti- vos de este. En el segundo caso, el grupo de coetáneos se reúne para satisfacer necesidades afectivas no satisfechas en la familia ni en el grupo escolar; su participación en aquel grupo contribuye a un mayor distanciamiento de estos. Krutova al analizar los grupos informales refiere que en estos falta el control, la responsabilidad, y la interacción entre sus miem- bros no está claramente definida; apunta, además, la posibilidad de que este tipo de grupo pueda ser contenedor de actitudes y conductas antisociales por las razones señaladas. El hecho de que en ellos esté ausente una cierta dirección educativa es lo que hace posible que sus miembros puedan recibir tanto una influencia positiva como negativa, en dependencia de lo que el grupo ge- nere espontáneamente.

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Al analizar el grupo informal como agente socializador que ha tenido responsabilidad en la aparición de la conducta desviada, resultan importantes no solo aquellos integrados por comisores de hechos delictivos, sino también los que no han llegando a este tipo de comportamiento y constituyen un riesgo por el po- bre vínculo con otros grupos humanos; por ejemplo, aquellos cuyos miembros se encuentran sin vinculación escolar o laboral; los que se caracterizan por historias de vida condicionadoras de carencias afectivas y distanciamiento social; los que presentan con- ductas que expresan una cierta inadaptación social, o sea, todos los grupos cuya membresía no se encuentre en condiciones de ser contenedora de las demandas afectivas del individuo y canalizador adecuado de sus inquietudes, contribuyendo a que mantenga su vínculo con otros grupos y con la sociedad en sen- tido general. En nuestro país se ha constatado que «cuando en ocasiones las deficiencias educacionales se convierten en causa del comporta- miento negativo (debido a una ruptura entre el joven y el medio escolar) hallamos grupos cuyos integrantes poseen características negativas comunes (bajo rendimiento académico, indisciplinas, pobres intereses) que encuentran en este tipo de agrupación una fuente de reconocimiento, en contraposición al fracaso con esfe- ras tan importantes de la vida en esa etapa» (Socarrás y Alejan- dro, 1987). En el caso de los grupos compuestos por sujetos comisores de hechos delictivos, estos no participan íntegramente en la realiza- ción de los delitos. Este es un hecho constatado en diferentes paí- ses y que así se recoge en la literatura criminológica. Por otra parte, no siempre los delitos que se comenten en grupo sus autores inte- gran un mismo grupo, sino que ha resultado una agrupación oca- sional para llevar a cabo el hecho. A los adolescentes y jóvenes les resulta difícil hablar de sus gru- pos, sobre todo de aquellos que aunque tienen un importante pa- pel en la explicación de su conducta delictiva no han tenido participación en esa acción; este hecho condiciona las dificultades

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para su estudio y permite explicar por qué apenas aparece en la bibliografía científica. En la literatura criminológica se encuentran referencias a este tipo de grupo, algunos como en EE.UU. con la denominación de «gang», en otros como en América Latina «pandillas»; de manera general los caracterizan como grupos conflictivos que no llegan a constituir una banda criminal (Dalgova, 1982). Autores búlgaros señalan que estos grupos no surgen con el objetivo de cometer delitos y que sus normas se transforman en criminogénicas (propiciadoras de delito), solo en determinadas circunstancias. Algunos autores polacos le atribuyen a tres facto- res fundamentales la aparición de este tipo de grupo: la apropia- ción por parte de sus miembros de la subcultura delincuencial del medio del cual proceden; la ausencia de control por parte de los padres y otros educadores y una deficiente influencia positiva por parte de sus familiares (Dalgova, 1981). En el grupo informal, sus miembros encuentran la compren- sión necesaria; sus problemas son escuchados por otros, con vi- vencias similares a las suyas, por lo que la reacción de los otros para con él resulta ser sincera. Cuando esto ocurre los miembros son tolerantes con las conductas que en el grupo se producen y a pesar de sus circunstancias de vida se sienten estimulados expre- sando un estado de ánimo alegre y optimista. En la antigua URSS encontraron que los grupos de menores con conductas delictivas sirven de apoyo psicológico a sus miem- bros, representan para ellos el papel de «mecanismo de defensa» a sus acciones, estimulándolas y determinando el carácter de las mismas; su influencia se expresa en la conducta delictiva indivi- dual y grupal, aunque esta última es la tendencia que predomina en el caso de los menores (Dalgova, 1981).

La comunidad

Aunque la comunidad es vista como un nivel diferente al de los grupos y las instituciones, por autores como Seidman y Rappaport, por sus posibilidades de vínculo directo con el individuo y las

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funciones que le son inherentes decidimos analizarla como agente de socialización, aunque ella misma contiene otros agentes (fa- milia, escuela y grupos informales) e interactúa con ellos en este proceso. Por otra parte, atendiendo a las características que se le confie- ren: tendencia a seguir pautas organizativas microsociales y rela- tivamente tradicionales, poca movilidad geográfica, social y de contactos externos, predominio de relaciones directas y durade- ras, reducido y poco especializado número de roles (Sánchez Vidal, 1991), podemos decir que guardan algún parecido con gru- pos humanos más pequeños como los hasta aquí analizados como agentes de socialización y en consecuencia funciones similares. En la comunidad como conglomerado humano, cercano al in- dividuo, encontramos una psicología que se conforma por la con- currencia de los condicionantes (sociales, económicos, políticos, ideológicos y culturales) del macrocontexto, la propia psicología de los grupos e instituciones que forman parte de ella y toda la subjetividad individual de sus miembros que emergen de la rela- ción entre ellos, todos en una interrelación dialéctica. Esa subje- tividad social de la comunidad influye sobre los individuos que la integran, participando de su socialización. Ahora bien, esta influencia de la comunidad sobre el individuo no viene dada solamente por la territorialidad compartida entre sus miembros, es necesario que exista además interacción social, relaciones y lazos comunes, comunicación y derivado de esto un afecto espontáneo, normas, valores, intereses y objetivos, que identifican a sus miembros desde el punto de vista psicológico y condicionan el vínculo que los hace sensibles a la influencia que ella genera; influencia derivada de su propia dinámica interna y resultante de mediatización de toda la que proviene de un con- texto macrosocial. Una comunidad que desarrolla en su interior procesos genera- dores de un clima sociopsicológico tenso debido a pautas de comportamiento caracterizadas por el individualismo, la agresivi- dad, la ilegalidad o de manera general la no-consideración de las exigencias sociales, expresada en las normas, es una comunidad

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generadora de una influencia nociva sobre sus miembros que pue- de propiciar, junto a otras circunstancias, la formación de una subjetividad individual que oriente y regule el comportamiento en una dirección que no responde a las exigencias macrosociales. Este tipo de comunidad influye sobre el resto del sistema vin- cular del individuo: la familia, la escuela y los grupos informales. No participa en la estimulación de la función educativa de las dos primeras y propicia el surgimiento de grupos informales con características negativas, dentro de las que se encuentran representadas las propias de la comunidad. Es bien frecuente en comunidades marginales, la presencia de grupos informales de conductas desviadas y delictivas. Este tipo de comunidad mediatiza la influencia macrosocial a través de su propia subjetividad, que llega al individuo matizada de las particularidades que le son inherentes a ella como contex- to social, lo cual tiene una influencia negativa sobre el individuo que se incrementa o decrece en dependencia del resto del siste- ma vincular de este, el cual también participa como mediatizador de lo social y del tipo de relación que establece con él. La comunidad debe cumplir diferentes funciones; por ejemplo, Warren (1965 y 1972) las agrupa en cinco categorías: económi- ca, de socialización, control social, participación y ayuda mutua. La función de socialización es la que nos ocupa en el presente, como medio para garantizar la adecuada inserción del individuo en la vida social; pero cuando esta no funciona adecuadamente puede ser importante la de ayuda mutua, que se ejerce a través de instituciones de bienestar social o de la familia y la escuela, y también puede ser decisiva la de control social. El control social es el que se ejerce para garantizar que los miembros se conduzcan de acuerdo con las exigencias y valores que la comunidad establece a través de sus normas. Este control puede ser por parte de las instituciones encargadas de mantener el orden y la legalidad y entonces es un control formal; puede ser también a través de la familia, la escuela y las propias organiza- ciones de la comunidad, y es entonces un control informal.

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Para la realización del control informal las organizaciones de la comunidad, al igual que la familia y la escuela, deben acercarse al individuo a través de la comunicación, para garantizar el vínculo informativo, regulativo y afectivo. Este acercamiento permite in- fluir positivamente sobre los miembros de la comunidad. Cuando lo anterior no se produce y las organizaciones, al igual que la escuela y muchas veces la familia, tienen una reacción so- cial de rechazo y estigmatización, contribuyen al alejamiento del individuo y a su paulatina marginación, impidiéndole el contac- to psicológico necesario para mantenerse integrado al sistema de vínculos sociales que propician su desarrollo como individuo y en especial de su subjetividad. Cuando se produce una reacción social de rechazo al desviado por parte de la comunidad, cesa su función socializadora, de par- ticipación social y de ayuda mutua; pierde entonces la comuni- dad el sentido psicológico que debe tener para el individuo y que al decir de Sarason no es más que «el sentimiento de que uno es parte de una red de relaciones de apoyo mutuo en que se podría confiar y como resultado del cual no experimenta sentimientos permanentes de soledad que lo impulsan a actuar o a adoptar un estilo de vida que enmascara la ansiedad y predispone a una an- gustia posterior más destructiva» (Sánchez, A., 1991). La comunidad resulta, pues, un importante agente de sociali- zación, mediatizador entre la sociedad y el individuo.

LA REPRODUCCIÓN ACTIVA DE LA SOCIALIZACIÓN, LA PERSONALIDAD Y EL DELITO CONCRETO

Nos corresponde referirnos ahora a la segunda dimensión del pro- ceso de socialización; se trata de la recepción por parte del indivi- duo de toda la influencia social, directamente la de los grupos e instituciones con los cuales se vincula y mediatizada por las propias particularidades de ellos, la influencia de un contexto macrosocial donde se incluyen los grandes grupos, la cultura, la historia, la

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ideología que los identifica con ese contexto, así como las parti- cularidades económicas y políticas que les son contemporáneas.

A diferencia de otros enfoques acerca del proceso de socializa-

ción que consideran al individuo como un receptor pasivo de toda esa influencia, desde nuestra orientación marxista destacamos el carácter activo del sujeto en todo el proceso de relación con los otros y la realidad social, con lo cual no se niega el carácter de reflejo de la realidad de lo psíquico, por el contrario, es precisa- mente en la vida social del hombre donde se forma lo psíquico y este proceso de formación de lo psíquico abarca la historia del individuo y el presente. Cuando hablamos del carácter activo del sujeto nos referimos a la

mediatización que realiza de toda esta influencia, mediatización que pasa por toda la construcción psicológica surgida en su relación con

la realidad, con anterioridad al momento que se analiza.

El carácter activo del sujeto se expresa no sólo en cómo él inter-

preta la realidad con la cual se vincula, sino también en su com- portamiento en relación con ella, el cual no es mera respuesta «mecánica» ante el estímulo que representa la realidad. La visión del hombre de la realidad que le es contemporánea se encuentra matizada por toda su historia anterior que ha quedado plasmada en su subjetividad a través de formaciones psicológicas que se expresan en mecanismos y funciones con un nivel de autonomía

y especificidad en relación con lo social, y es esto precisamente lo que define el carácter regulador y activo de la personalidad sobre la actividad (González, F. 1985). Sobre este aspecto señala Rubinstein:

«Las condiciones de la vida, por sí solas, no son capaces de determinar el desarrollo psíquico del niño, puesto que la influen- cia de cualquier acción se ve mediatizada por las características psicológicas anteriormente formadas» (Bochkarieva, 1976). Lo anterior permite explicar por qué ante una misma situación, sujetos diferentes tienen también una vivencia diferente, siendo para unos «natural» y para otros «conflictiva», pues su historia anterior puede matizar su visión con una fuerte carga emocional,

y por supuesto la reacción comportamental variará también en función de la diferente vivencia que tenga para cada uno.

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La complejidad psicológica de la personalidad deviene así un producto de la relación del individuo con la sociedad, a través de sus múltiples vínculos con su historia; pero un producto que gana en autonomía en su relación con el presente y se convierte así en un elemento cualitativamente distinto, imposible de identificar en una relación lineal historia individual-personalidad y es esto un aspecto importante que permite explicar por qué en individuos que han tenido historias semejantes, como pueden ser algunos hermanos, el producto psicológico expresado en su personali- dad no resulta semejante y puede incluso ser bien diferente. La personalidad, pues, recibe toda la influencia socializadora que la va formando, pero al pasar por ella la mediatiza y la expre- sa de forma cualitativamente distinta, y es a ésto a lo que Andreeva (1984) llama «reproducción activa del sistema de vínculos socia- les por el individuo a cuenta de su actividad». La personalidad se convierte así en un contenido importante a estudiar cuando se pretende dar una explicación del comporta- miento delictivo, porque su papel en ese proceso no es el de sim- ple depositario de la influencia social como ente pasivo, como puede aparecer en algunas aproximaciones iniciales al estudio de la conducta delictiva que privilegian los factores biogenéticos en sus análisis; pero tampoco su rol es el de reflejo directo del contexto macrosocial, como es vista por las teorías que enfatizan lo social en su análisis. El carácter activo del sujeto y el papel regulador de su persona- lidad han estado ausentes en la mayoría de las aproximaciones al estudio de la conducta desviada, en particular a la delictiva, con excepción de algunos representantes de la criminología socialis- ta, como V. N. Kudriavtsev y de la criminología en Cuba, como Caridad Navarrete. En el campo de la psicología han aparecido estudios sobre la personalidad del delincuente que han permiti- do mostrar la importancia de su abordaje para una mayor aproxi- mación a la comprensión del comportamiento desviado. V. N. Kudriavtsev (1987) al referir los aspectos esenciales que conforman cada uno de los niveles de análisis para la compren- sión de la conducta desviada (sociedad, grupos e individual)

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privilegia el estudio de la personalidad en el nivel individual, ya que considera que las transgresiones de la ley son el resultado de deformaciones en algunos de los eslabones del proceso psicoló- gico individual de la motivación y la toma de decisión. Considera este autor como básico el estudio del mecanismo de la conducta delictiva por el cual entiende «la relación e interacción de los factores externos de la realidad objetiva y de los procesos psíquicos internos y estados que determinan la decisión de co- meter un delito y dirigen y controlan su ejecución». Dentro del estudio del mecanismo de la conducta delictiva enfatiza los intereses, necesidades y motivos de la conducta de las personas, sus fines y aspiraciones, y subraya la imposibilidad de abordar el estudio de la conducta delictiva solo desde las con- tradicciones del desarrollo social, y afirma que «el análisis de sus causas exige de la explicación de los elementos subjetivos de la conducta del transgresor de la ley, y el estudio de las particulari- dades de su personalidad» (Kudriavtsev, 1987). Bochkarieva (1976) ha destacado el papel de la psicología en el estudio de la conducta delictiva enfatizando el lugar que le corresponde a la personalidad. En tal sentido señala: «Para poder establecer el lugar que la psicología debe ocupar dentro de la ciencia criminológica es necesario partir de un enfoque correcto de la psicología de la personalidad. La personalidad del delin- cuente debe ser analizada desde la posición de la psicología materialista contemporánea, ya que la cuestión sobre la forma- ción de las cualidades del individuo de comportamiento antiso- cial es parte del problema general de la formación de la personalidad. Y el proceso de la formación de la personalidad debe ser analizado teniendo en cuenta el papel que desempe- ñan en dicho proceso las necesidades y los motivos. La teoría de las necesidades es el punto de contacto más importante entre la criminología y la psicología.» Esta autora señala con acierto la importancia del estudio de la personalidad desde una perspectiva materialista contemporánea, y critica el análisis del comportamiento desviado que privilegia al individuo considerándolo un ser pasivo, sometido a las fuerzas

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de la herencia y a los factores biogenéticos en la determinación del comportamiento humano, descuidando así los factores sociales. Por otra parte, Bochkarieva deja claro, desde su punto de vista, qué es lo central en el análisis de la personalidad que comete delitos, en este caso las necesidades y motivos, por el papel que ellas desempeñan junto a las aspiraciones y deseos en la orienta- ción de la personalidad. De manera general hemos visto que el proceso de socializa- ción tiene dos direcciones: de lo macro y microsocial hacia el in- dividuo en una influencia que no se expresa en él de forma directa porque resulta mediatizada por su propia subjetividad formada con anterioridad en una relación similar, lo cual quiere decir que este es un proceso continuo que comienza desde que el indivi- duo nace y se mantiene mientras exista un vínculo con la reali- dad social. Lo anterior también significa que la influencia externa que el individuo mediatiza aparece de una forma particular, según los sentidos que su subjetividad le imprime, y su reacción ante ellos variará en relación con esta; esto es, el individuo no es un ser pasivo ante las influencias externas, las conoce, las interpreta y puede participar en su transformación y es esta la otra dirección del proceso de socialización, del individuo hacia lo macro y microsocial. Esta posición acerca del hombre en vínculo con lo social y con un rol activo y su lugar en el análisis del comportamiento delictivo difiere de otras corrientes criminológicas no marxistas, y es justa- mente una diferencia sustancial con el positivismo criminológico, ya que nos referimos a los determinantes del comportamiento que funcionan como causas, tal y como es visto por el materialis- mo dialéctico e histórico. La no-consideración del hombre, que es quien decide el com- portamiento a seguir en cualquier análisis de la desviación de conducta, incluyendo la delictiva, es un análisis parcial que no permite un acercamiento a la comprensión cabal de este fenó- meno, que es esencialmente social, pero que se refleja en la sub- jetividad individual de quien decide cometer un delito.

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LA CONDUCTA DELICTIVA: UN MODELO PARA SU ESTUDIO

Antecedentes

Después de analizar el proceso de socialización del individuo, la participación de los diferentes agentes en él y el resultado del proceso, que es precisamente su reflejo en la subjetividad indivi- dual y su expresión en la regulación conductual en su vínculo con la realidad, estamos en condiciones de proponer un modelo para el abordaje de la conducta delictiva que tome en considera- ción todos estos presupuestos. Existe una tendencia a considerar los estudios de causas del comportamiento delictivo dentro de la criminología positivista, porque fueron positivistas los primeros en hacerlo y porque se encuentran en la contemporaneidad muchos trabajos que su abor- daje epistemológico puede incluirse dentro de esta orientación filosófica. Sin embargo, resultan una excepción los trabajos de criminólogos socialistas que consideraron el tema de las causas dentro del objeto de estudio de la criminología, pero lo aborda- ron desde la consideración de este fenómeno como esencialmente social y con una orientación marxista en su concepción del hom- bre, es decir, como ser activo. Dentro de esta última orientación quiero referirme a V. N. Kudriavtsev (1987), quien propone una forma de abordar las cau- sas del delito concreto que señala los momentos más importan- tes de este proceso al que denomina cadena causal, por su concatenación histórica necesaria y denomina eslabones a los momentos que él destaca para su estudio. Al respecto señala:

«Cada delito concreto de determinada persona generalmente es provocado no por una causa aislada, sino por el conjunto de una serie de circunstancias que actúan en diferentes momentos y condiciones distintas. No obstante, dada la complejidad de estos factores influyentes pueden calificarse y dividirse en distintos es- labones de la cadena causal.»

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Cuando realiza su análisis de la cadena causal lo hace retros- pectivamente, ya que no pueden estudiarse las causas del delito concreto hasta tanto este no se expresa conductualmente; así co- mienza su abordaje desde el mismo, que es el final del proceso, buscando el conjunto de circunstancias que se concatenan dan- do lugar a la acción delictiva. Coincido con esta forma de abor- dar el problema, lo cual resulta válido también para la conducta desviada, no delictiva. Al referirse al primer eslabón de la cadena, lo sitúa en lo que él denomina acto volitivo subjetivo, y lo relaciona con la decisión de cometer el delito, donde según él aparecen las causas más cercanas de la acción del hombre. Este momento de análisis, aunque acertado desde el punto de vista metodológico, no aparece suficientemente tratado desde el punto de vista psicológico. En trabajos de la criminóloga socialis- ta Dubovik se analiza ampliamente este tema, sobre todo desde el punto de vista criminológico (Dubovick, 1977). Seguidamente, Kudriavtsev señala que en el primer eslabón no se agotan las causas de este comportamiento y es necesario bus- car qué lleva al hombre a ese acto volitivo, señalando entonces el segundo eslabón como la interrelación de la personalidad y las condiciones objetivas en las que se encuentra, es decir, la situa- ción vital concreta. 1 Enfatiza el hecho de que a la decisión delictiva siempre le preceden «constantes premisas psicológicas», donde destaca intereses, necesidades y costumbres que determinan sus fines y motivos. Privilegia el papel de la personalidad, sin absolutizarlo, pero habla de una tendencia antisocial en diferentes grados como tí- pico de las personalidades de los sujetos que cometen delitos, lo cual analiza en otros momentos de su obra. Creo que se produce en el momento subjetivo del proceso una contradicción entre lo que ha sido la esencia de su abordaje, es

1 Por situación vital concreta, como concepto criminológico, V. N. Kudriavsetv conside- ra «el conjunto de circunstancias en la vida de determinada persona, que contribuye al surgimiento en el individuo en determinadas condiciones de la decisión de come- ter un delito».

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decir, la consideración de que es un conjunto de circunstancias relacionadas dialécticamente las que determinan el fenómeno, y

su referencia a la «tendencia antisocial», que se aprecia como un

resultado estable de la personalidad.

Como vimos, la subjetividad individual se va formando como producto de la relación del individuo con su realidad a lo largo

de su historia, y ella se expresa en formas psicológicas que son la

esencia de su funcionamiento, pero que adquieren una indepen-

dencia de esa historia que hace que su relación con la actualidad y su expresión conductual no pueda anticiparse desde el análisis

de una relación directa subjetividad-realidad actual.

Considero que hablar de tendencia de la personalidad es ne-

gar el carácter activo del sujeto y la relación dialéctica que la per- sona establece con su medio, lo cual hace difícil de predecir con exactitud su comportamiento. Al referirse concretamente a la situación vital, considera en ella problemas que lo afectan emocionalmente, tanto pueden ser mo- mentáneos como más estables. Este momento del eslabón, desde

mi

punto de vista aparece insuficientemente tratado; él represen-

ta,

y el autor lo reconoce, la influencia de la realidad actual sobre

el individuo, y la percepción subjetiva de esta tiene una gran signi- ficación desde el punto de vista psicológico, sobre todo si se trata

de una realidad que en su relación con la personalidad da lugar a

una decisión delictiva, conducta con una alta repercusión en la vida futura del hombre por lo que ella determina o no en su reali- zación. Tampoco con este segundo eslabón se agotan las causas que permiten explicar la conducta delictiva, y al respecto se pregunta Kudriavtsev: «¿Qué es lo que origina la tendencia antisocial de la personalidad?» y responde más adelante «La desfavorable for- mación de la personalidad es la causa principal del origen de las costumbres y puntos de vistas antisociales»; en este sentido enfatiza la educación moral. Aunque privilegia el papel de la personalidad en el análisis de la conducta delictiva, no la sobredimensiona, dando un peso impor- tante a las circunstancias de la realidad objetiva; pero vistas en su

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relación con la primera. Este, desde mi punto de vista, es un análi- sis importante que refleja una concepción materialista dialéctica del fenómeno, poco frecuente en la literatura científica sobre el tema. Al referirse al tercer eslabón, es decir, a las condiciones de for- mación de la personalidad, el autor analiza la familia, la escuela, la esfera laboral y las características del barrio. En este sentido señala la importancia de los grupos humanos en la educación de

la personalidad y ofrece características encontradas en investiga-

ciones sobre el tema; sin embargo, no aborda el problema de cómo se produce esa influencia educativa, es decir, el proceso

sociopsicológico que le sirve de base (socialización) ni las varia- bles psicosociales que intervienen en él; así mismo, está ausente

el papel de los grupos informales y de la comunidad en este pro-

ceso, lo cual sin dudas es reflejo del estado de los estudios de esos ámbitos en el contexto de la psicologia social de la URSS en ese momento.

Propuesta

A partir de una integración que incorpore los presupuestos crimi-

nológicos que considera Kudriavtsev y los sociopsicológicos ana- lizados en este propio trabajo, podemos proponer un modelo para el estudio de la conducta delictiva, el cual es posible avalar con los resultados empíricos de nuestras investigaciones realiza- das a lo largo de casi 20 años de ejercicio profesional, labor do- cente e investigativa. La expresión conductual resulta esencial para abordar el estu- dio de la conducta delictiva, porque esta no puede ser analizada como proceso, ni tampoco sus causas si el fenómeno no se ha expresado. No podemos estudiar la conducta delictiva en jóve- nes estudiantes que no la han manifestado. Esta realidad condi- ciona la necesidad de investigar el fenómeno de forma retrospectiva, después que el mismo apareció y lleva implícito el sesgo que in- troduce la experiencia acumulada después de su aparición, tanto para el individuo como para la sociedad.

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Esta realidad condiciona también el tipo de técnica que puede ser empleada para su estudio. Si se trata de aproximarnos al co- nocimiento de los procesos reales que antecedieron al compor- tamiento objeto de estudio, es sin dudas la entrevista el método

básico para ello, por las posibilidades que brinda, si se establece una buena empatía con el sujeto en un clima de confianza y co- municación, de reconstruir la historia del individuo, por supues- to, con el sesgo que significa, y ya apuntamos, la mediatización reflexiva del sujeto sobre ella y que forma parte de su experiencia individual.

Si queremos aproximarnos al conocimiento de los procesos psi-

cológicos que explican este fenómeno, a partir de la inferencia que se deriva de las respuestas a circunstancias semejantes, pue- den utilizarse las situaciones conflictivas, sobre todo presentadas de forma indirecta, a través de terceras personas, lo que permite que el sujeto proyecte su subjetividad en el análisis de las cir- cunstancias y en las respuestas conductuales que propone para otros. Las técnicas abiertas, como las composiciones, donde el sujeto puede expresarse libremente a través de lo cual emerge su mundo interior, facilitándose el análisis del mismo, también re- sultan técnicas de gran utilidad, sobre todo cuando los sujetos poseen un buen nivel cultural que le posibilita una expresión ver- bal adecuada. Elementos tan importantes como la personalidad y la relación de esta con su realidad (situación vital concreta) que precede al momento de la decisión delictiva y la condicionan, escapan a una

aproximación cercana a su conocimiento, tal y como se presenta- ron en la realidad, por el tiempo y las circunstancias (control for- mal e informal) que median entre ese momento y el del estudio y su consecuente reflejo en la subjetividad del individuo que apor- ta la información. No obstante, las técnicas que permiten la re- flexión del individuo y las que elicitan su proyección brindan una rica información al respecto.

A pesar de las limitantes metodológicas que señalamos, pro-

ponemos el estudio de la conducta delictiva siguiendo el siguiente modelo psicosocial:

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A cualquier conducta humana le antecede un proceso de toma

de decisión para realizarla; este puede ser un proceso simple, breve

y prácticamente automático que lo hace casi imperceptible para el individuo; pero puede también ser elaborado, complejo, que movi-

lice las potencialidades de la personalidad de este al máximo y den- tro de estos dos extremos se mueve una diversidad de procesos de toma de decisión que responden a complejidades circunstanciales diferentes. Desde mi experiencia, estudiar el proceso de toma de decisión es válido para las acciones que implican la violación de una nor- ma legal, por el impacto que sus consecuencias anticipadas de- ben tener en la subjetividad del individuo, pues ocasionan un daño social que genera rechazo y por el castigo que la sociedad puede imponer, en este caso representada por su sistema jurí- dico-penal. En este grupo podemos incluir las conductas que pue- den ser sancionadas a través de contravenciones o aquellas tipificadas como delitos y que pueden ser objeto de cualesquiera de las medidas que se expresan en el Código Penal.

El proceso de toma de decisión delictiva es el resultado de la vi-

vencia de un problema, necesidad o conflicto actual por parte de la persona que toma la decisión. La actualidad del conflicto viene dada por su presencia en el presente, en la contemporaneidad de su com- portamiento, aunque este haya tenido su origen y desarrollo a lo largo de un período prolongado de su vida. El valor de actualidad viene dado por la vivencia que tiene el individuo de él y su no reso- lución. Aquí volvemos a significar que lo importante es cómo el indivi- duo vivencia la situación, cómo se refleja en su subjetividad y no cómo un observador externo la evalúa, porque este no puede comprender la significación movilizadora que tiene para el suje- to que toma la decisión delictiva, ya que él la aprecia como situa- ción aislada desprovista de la historicidad que tiene para el otro. Al respecto expresa F. González (1993):

«Lo social tiene una configuración histórica en la integración del sujeto psicológico real que se expresa en su personalidad, pero tiene una configuración actual permanente que se perpetúa día a

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día en la relación sujeto-sociedad. El sentido de esta relación mo- dificará la personalidad desde una perspectiva histórica, y a la vez la personalidad será uno de los determinantes esenciales del sentido de esta situación en cada momento actual.» La historia de su relación con los otros puede quedar expresa- da en la subjetividad individual en forma de carencias, necesida- des que tienen una significación conflictual para el individuo y que pueden actualizarse en su relación con los otros en la con- temporaneidad, dando lugar junto a otras circunstancias al com- portamiento delictivo. Al proceso de toma de decisión delictiva se llega por la rela- ción que establece la personalidad con la situación real en que se encuentra, tal y como es percibida por ella. Kudriatsev señala la importancia de la relación, en el sentido de no atribuir el peso en la decisión delictiva a la personalidad o a la situación vital con- creta de forma independiente, y en este sentido señala que nin- guna personalidad por sí sola puede llevar a la comisión de un delito, ni tampoco ninguna situación vital concreta; sólo la rela- ción entre ambas es lo que lleva a la decisión. Kudriavtsev (1987) entiende por situación vital concreta en el sentido criminológico: «el conjunto de circunstancias en la vida de determinada persona, que contribuyen al surgimiento en el indivi- duo, en determinadas condiciones, de la decisión de cometer un delito». Al referirse a ella el autor le señala un contenido objetivo que viene dado por las condiciones reales en las que el individuo se encuentra, y un contenido subjetivo que es la percepción que el individuo tiene de ella. Como he señalado con anterioridad, prefiero hablar de cómo vivencia el individuo la situación en que se encuentra, porque es precisamente la carga emocional relacionada con su experiencia pasada la que participa con mayor fuerza, dando una determina- da significación más o menos relevante a la situación objetiva en la que se encuentra, la que a su vez da lugar a que el sujeto tome una u otra decisión en relación con ella.

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Una persona que ha vivido en un contexto familiar caracteriza- do por un estilo de relación agresivo, donde la humillación al otro sea parte de la cotidianidad, puede percibir en una persona que se opone o contradice su opinión en un grupo cualquiera, un intento de agresión, algo humillante y responder en conse- cuencia agresivamente. Son los casos de personas que reaccio- nan violentamente ante un hecho que para los observadores no tiene gran relevancia y «no pueden explicar por qué sucedió así». La situación en la que se encuentra la personalidad es una para todos los individuos, su reflejo en la subjetividad de ellos puede ser diverso en dependencia de la historia individual de cada suje- to, la que le aporta la carga afectiva y el sentido a la situación y da lugar a decisiones diferentes. Por lo anterior, en el estudio de la conducta delictiva lo impor- tante no es el estudio de manera aislada de la situación o de la personalidad, sino de la relación que se establece entre ambas. Para el estudio de la situación vital concreta es importante el conocimiento de la presencia para el sujeto de problemas a re- solver, necesidades o conflictos no resueltos y que movilizan al individuo en la dirección de encontrar una respuesta a los prime- ros o los medios para satisfacer las segundas o resolver los terceros. ¿Cómo se da respuesta a los problemas, qué vías o medios se escogen para satisfacer las necesidades o resolver los conflictos? Esto depende de la personalidad del individuo. Con relación a la personalidad resultan importantes las forma- ciones psicológicas que tienen un papel relevante en la regula- ción del comportamiento, como puede ser el sistema de necesidades y motivos; la autovaloración, los ideales y los objeti- vos futuros; los que, en el vínculo establecido por el individuo con la realidad, para él conflictiva, problemática o carencial, par- ticipan como mediadores orientando su comportamiento en una u otra dirección. En el nivel individual del análisis del comportamiento desvia- do, el estudio de la personalidad tiene un lugar privilegiado por constituir el nivel superior de regulación del comportamiento; pero su estudio desde mi punto de vista no debe constituir un objetivo

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en sí mismo para explicarlo; sino como producto y mediadora de

la realidad exterior con la que el individuo se vincula.

Fuera de su vínculo con la realidad, la personalidad del sujeto desviado no nos dice nada acerca del comportamiento actual o

futuro. Creo que hablar de personalidad del delincuente o perso- nalidad del desviado o de tipos de personalidades delincuenciales, sólo tiene un valor estigmatizante y en nada aporta al pronóstico

o a la prevención del comportamiento. El valor funcional de la

personalidad, como nivel superior de regulación del comporta- miento, está dado en su vínculo con la realidad, fuera de ella es una abstracción que nada permite predecir de un individuo en particular. El estudio de la personalidad para la comprensión del compor- tamiento desviado posee un valor funcional, tanto en la explica- ción general del proceso como en un caso individual específico y esto es lo que le concede un lugar en el complejo causal explica- tivo de este tipo de comportamiento. Ahora bien, el lugar de la personalidad en el complejo causal hay que analizarlo en dos momentos, como mediador en la orien- tación y regulación del comportamiento del individuo en la deter-

minada situación vital concreta o conflictiva actual, y como producto de una historia que la ha configurado. En este sentido señala F. González, (1993): «En ambos momen- tos, el histórico, configurado en la categoría personalidad, relati- vamente autónomo de lo social actual, y el actual, característico de la relación sujeto-sociedad, son objeto de la investigación cien- tífica y no deben ser simplificados subsumiendo uno dentro del otro». Lo anterior nos lleva a plantearnos ¿cuál ha sido la historia a través de la que se ha ido formando esta personalidad? La respues-

ta a esta pregunta nos conduce precisamente al estudio del proceso

de formación de la personalidad, a la socialización del individuo, ya analizado con anterioridad en este propio trabajo. Aquí pre- tendemos detenernos a señalar los aspectos esenciales que en cada agente de socialización deben ser analizados como indi- cadores del proceso.

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En relación con la familia consideramos importantes:

• La comunicación.

• La estructura.

• El clima sociopsicológico.

• Los métodos educativos.

• Indicadores de desajuste social.

En la escuela:

• La comunicación.

• Los métodos educativos.

En el centro laboral:

• La comunicación.

• Los métodos educativos.

En los grupos informales:

• La actividad que los sustenta.

• Las particularidades de sus miembros.

• Indicadores de desajuste social.

• Significación del grupo para el individuo.

En la comunidad:

• La comunicación con las organizaciones.

• El clima sociopsicológico.

• Indicadores de desajuste social.

• Métodos educativos.

La comunicación, como ya señalamos al analizar la socializa- ción, es uno de los contenidos más importantes de este proceso, pues a través de ella este se realiza; ello explica por qué es común en el análisis de todos los agentes de socialización. Andreeva (1984) considera la comunicación: «como la condi- ción más importante de asimilación por el individuo de los logros del desarrollo histórico de la humanidad, sea ello en un micronivel, en el ambiente circundante, inmediato, o en el macronivel, en todo el sistema de vínculos sociales».

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La comunicación tiene dos niveles, uno personal y otro imperso- nal, que se realizan en la relación con los otros; el primero, en el vínculo concreto que se establece; y el segundo por la significa- ción que le imprime su pertenencia a otros grupos humanos, pe- queños o grandes, es decir, como representante de esos grupos,

y esto, quiéralo o no, se expresa en la comunicación; aunque,

sobre todo, el segundo nivel no siempre sea objeto de estudio. Tradicionalmente en la psicología social se abordan los proble- mas de la estructura y de la función de la comunicación. Al anali- zar la estructura se señalan tres aspectos:

• El comunicativo como intercambio de información.

• El interactivo como organización de las acciones en la interacción.

• El perceptivo como los procesos de percepción entre sí de los que se comunican, y la comprensión mutua que se establece sobre esta base.

Con relación a las funciones de la comunicación se señalan

tres: la informativa, la reguladora y la afectiva. Sherkovin consi- dera que la comunicación tiene funciones sociales y psicosociales,

y Andreeva (1984) considera que la psicología social se ha ocu-

pado de las propiamente psicosociales. Personalmente considero que esto fue así hasta que comienza

a desarrollarse la psicología política, como disciplina (lo cual se

ubica por la década del setenta) dentro de la cual la función so- cial de la comunicación ocupa un lugar importante dentro de su objeto de estudio. En nuestro modelo para el análisis del comportamiento desvia- do hemos centrado la atención en las funciones de la comunica- ción en el nivel psicosocial, que se expresa en la relación entre los individuos en el micromedio social. La función informativa se refiere a la transmisión-recepción de información; la función regulativa, al control del comportamien- to que hacen los individuos atendiendo a la relación que estable- cen con los otros y la función afectiva tiene que ver con la expresión auténtica de la esfera emocional de la personalidad en

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su relación con los otros cuando considera al otro también como sujeto de la comunicación y no como un mero receptor pasivo. En la práctica estas tres funciones están integradas en el proceso de comunicación real; aunque cuando esta no se produce ade- cuadamente, puede quedar una de ellas privilegiada, lo cual ten- drá su consecuente expresión en el proceso de formación de la personalidad en el contexto de su socialización, en particular en la configuración de su subjetividad. Lo anterior condiciona la necesidad de su estudio para la iden- tificación de los determinantes del comportamiento individual en tanto modeladores de su personalidad. Su estudio resulta importante, como ya señalamos, en todos los grupos humanos en los cuales el individuo se inserta. En vínculo con el proceso de comunicación y como forma de expresión de esta, se estudia el carácter de las relaciones interper- sonales que se establecen al interno de los grupos humanos que funcionan como agentes de socialización. Al respecto señala Lomov (1989):

«La comunicación siempre posee un carácter concreto- situacional y transcurre en dependencia de cómo se forman las relaciones entre sus participantes.» Entre comunicación y relacio- nes interpersonales se produce un mutuo condicionamiento en el que la primera determina el carácter de la segunda y esta la efectividad de aquella, resultando difícil delimitar cuál determi- na a cuál, si se analiza como producto y no como proceso desde su ontogénesis. La comunicación es un indicador importante y común a estu- diar en los diferentes grupos humanos como señalamos, por eso hemos querido comenzar por ella. La estructura es otro indicador dentro de la familia como agen- te socializador y se refiere a su composición; se establecen dos tipos: familia nuclear y familia extensa. La familia nuclear, que está constituida por los esposos y sus hijos no casados, y la fami- lia extensa incluye a esta, pero además se encuentran otros pa- rientes como abuelos, tíos, primos y otros.

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Dentro de la estructura de la familia existen dos elementos muy importantes dentro del análisis que permite el modelo propues- to: la presencia de ambos padres o no en la educación de los hijos y la coexistencia de varias generaciones participando con sus métodos y sus valoraciones, no siempre coincidentes, en la educación del sujeto, como resultado de lo cual se producen afec- taciones en la función socializadora de este agente. Los métodos educativos son los procedimientos a través de los cuales se ejerce la autoridad sobre el sujeto en el proceso de edu- cación. Se reconocen varios tipos: impositivo, permisivo, incon- sistencia, racional y negligente. Impositivo. También se denomina coercitivo o autoritario. Se trata a través de la fuerza, moral o física, de que el otro asuma el comportamiento que se le exige, sin que medie un conocimiento de las posibilidades con que cuenta para hacerlo y sin explicarle el porqué es necesario que se conduzca así. No se tiene en cuen- ta al otro como personalidad. Permisivo. Es la ausencia total de autoridad que sirva para esta- blecer límites y contener el comportamiento del sujeto dentro de los cauces exigidos institucional, grupal o socialmente. Se carac- teriza por el enunciado o pronunciamiento de la exigencia, pero sin respaldo autoritario real para que el sujeto lo cumpla, aun cuando se le puede explicar el porqué. Inconsistencia. Es el uso de los dos anteriores en diferentes mo- mentos y ante una misma circunstancia. También se incluye la poca sistematicidad en el control del cumplimiento por parte del sujeto de lo que de él se exige. Racional. También se conoce como persuasivo. Se basa en la utilización de argumentos racionales que expliquen la necesidad de un comportamiento que se le exige al individuo en un mo- mento determinado y de la posibilidad de que él participe en la decisión. Resulta el más adecuado para el desarrollo de la perso- nalidad en condiciones normales, pues en situaciones críticas, de emergencia, el impositivo puede ser el adecuado, lo cual es ex- cepción y no regla en la vida cotidiana.

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Negligente. Se caracteriza por la despreocupación por parte de los otros (padres, maestros, dirigentes) con relación al comporta- miento de los sujetos (hijos, alumnos, trabajadores o vecinos), lo cual se expresa en una ausencia total de exigencias a sus compor- tamientos. El problema de los métodos educativos como indicador dentro del modelo que proponemos abarca la esfera familiar, la escolar y también la laboral y comunitaria, estas dos últimas en lo que se refiere a las funciones educativas de las organizaciones que for- man parte de ellas y a las cuales el individuo se encuentra inte- grado. La utilización de métodos educativos inadecuados en la escue- la puede llevar a un insuficiente control de la disciplina, que se expresa en fugas, ausencias injustificadas y la paulatina desvin- culación hasta llegar a la deserción, lo que propicia un insufi- ciente desarrollo de intereses cognoscitivos. En el centro laboral las insuficiencias de este indicador se ex- presan en descontrol de la disciplina laboral, el establecimiento de débiles vínculos laborales, lo cual tiene también su expresión en la personalidad del individuo; no contribuye a fomentar inte- reses en esta área, a formar el sentido de responsabilidad y a una mayor integración social. En la comunidad, cuando las organizaciones que actúan en ella no hacen un uso adecuado de métodos educativos, desem- peñan un papel importante en el incremento de la marginación social del individuo y en su estigmatización. El clima sociopsicológico en un grupo se forma a partir de las ex- periencias de sus miembros, las percepciones que tienen de los otros, de sentimientos, valoraciones y opiniones que emergen ante de- terminadas circunstancias en el medio circundante. En su con- junto expresan un estado de ánimo del grupo relacionado con las expectativas que tienen del desempeño de los roles de sus miembros y del grupo en su conjunto. El clima sociopsicológico influye sobre el individuo en tanto favorece o no las acciones individuales y condiciona el estilo de comunicación y relación de los miembros del grupo entre sí y

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fuera de él, lo cual puede resultar positivo o negativo en depen- dencia del tipo de clima que prevalezca. En el micromedio social donde prevalece la lucha de todos con- tra todos, surge un clima sociopsicológico tensional y estilos de comunicación y relación entre las personas cargados de agresivi- dad, que pueden expresarse fuera de los contextos que le dieron origen. Las familias que se caracterizan por relaciones interpersonales

«difíciles» de frecuentes discusiones, donde el «otro» no es consi- derado, generan climas tensos que influyen sobre el individuo, man- teniéndolo altamente dispuesto a responder cualquier agresión y matizando su percepción de la realidad, la cual se deforma resul- tando para el individuo «agresiva», aún cuando realmente no sea así, y reaccionando en consecuencia con esta percepción.

la comunicación resul-

ta un medio funcional para la creación del clima psicológico-social sobre cuyo marco se manifiestan las necesidades del grupo y los niveles de las pretensiones; surgen y se solucionan los conflictos interpersonales e intergrupos, se forman los estados de ánimo y las opiniones con determinada orientación, intensidad y estabilidad» (Predvechni y Sherkovin, 1981). El clima sociopsicológico nos interesa en la propuesta de mode- lo que analizamos, tanto al interno de la familia como de la comu- nidad. El de la primera no está ajeno al de la segunda; muchas veces nos encontramos una coincidencia entre ambas, pero des- graciadamente en un sentido negativo, que favorecen la aparición de conductas desviadas en sus miembros por el clima tensional que promueve la conducta de irrespeto al otro, aun fuera de esos contextos. Esta situación es bastante común en las historias de vida de personas que han llegado a cometer delitos. Cuando hablamos de indicadores de desajuste social nos refe- rimos a la expresión de inadaptación social de adultos que tie- nen una influencia educativa a lo largo de la vida del individuo por su papel como modelo (padre, madre, otros familiares de más edad), o de grupos concretos con los cuales tiene un vínculo a lo largo de su vida y funcionan por tanto como agentes de sociali- zación, como es el caso de la comunidad.

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En relación con esto señala Predvechni: «

Los indicadores que hemos escogido por su impacto directo en la subjetividad individual, como medios para la solución de pro- blemas (real o no) que el individuo aprehende en su vida cotidia- na y su relación con los otros son: el alcoholismo, la conducta sexual desorganizada y los antecedentes delictivos. Estos aspectos fueron analizados cuando vimos la familia como agente de socialización y puede extenderse su análisis a los gru- pos informales y a la comunidad, por la inserción estrecha del individuo en ellos. Debemos referirnos ahora a los indicadores que apuntamos para los grupos informales. En primer lugar señalamos la actividad grupal, es decir, lo que caracteriza al grupo y que dio lugar o mantiene su existencia como grupo; puede ser una actividad con- creta, específica o no, por ejemplo algunos de estos grupos sur- gen a partir de su interés común por la música rock, acuerdan objetivos en esta dirección, como pueden ser: mayor conocimiento y actualización en relación con el género, sus intérpretes y sus vidas privadas, y derivado de esto surgen acciones conjuntas: asis- tencia a conciertos, intercambio de vídeos, revistas y otros mate- riales que permiten cumplimentar sus objetivos y satisfacer sus intereses. Por supuesto todo esto funciona tan íntimamente inter- relacionado que el individuo no tiene plena conciencia de cada uno de los momentos de este accionar del grupo. Cuando señalamos la actividad o acción del grupo como uno de los indicadores a estudiar dentro de los grupos informales en nues- tro modelo, nos estamos refiriendo a los intereses comunes de los miembros que dieron lugar al surgimiento del grupo, los objetivos que como grupo se proponen y las acciones conjuntas que desarro- llan para su consecución. Las particularidades de los miembros del grupo pretenden iden- tificar su homogeneidad o no, si es el grupo que se corresponde con el desarrollo del sujeto estudiado o no, es decir, cuál es el in- tervalo de edades en que se mueve, si hay predominio de uno u otro sexo; el nivel cultural e integración a una actividad social (es- tudio o trabajo); con estos datos se pretende conocer cuán cerca- no o lejano se encuentra el sujeto de su grupo informal y las

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posibilidades de este de ejercer una influencia positiva o no sobre sus miembros. La acción que desarrolla el grupo y las particularidades de sus miembros indican la orientación de su influencia como agente de socialización, lo cual unido a la significación que este posee para el individuo va consolidando el carácter de esta influencia. La significación del grupo para el individuo no es más que las expectativas que tienen los miembros de lo que para ellos puede representar, en el orden afectivo y material. En edades tan impor- tantes para el proceso de socialización como la adolescencia y la juventud, la hiperbolización de las funciones del grupo puede influir negativamente sobre sus miembros, en tanto le confieren un espacio de contención afectiva y emocional que no puede desempeñar por la propia madurez de los miembros del grupo o por sus características, similares en cuanto a necesidades y caren- cias al del sujeto que se estudia. Lo que el individuo refiere acerca de lo que para él representa el grupo es un indicador que orienta hacia las insuficiencias de otros agentes en el proceso de socialización del individuo.

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PREVENCIÓN SOCIAL

M.SC. MARISOL SÓÑORA CABALEIRO

Responder a toda una serie de interrogantes planteadas al tema de la criminalidad en el actual orden mundial configurado por un proceso de globalización neoliberal que se traduce en pobre- za y exclusión social de enormes sectores de la población mun- dial, constituye uno de los desafíos de la ciencia. Según el concepto de desarrollo humano empleado en el Pro- grama de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), una de las dimensiones del desarrollo es precisamente el desarrollo de la gente, para la gente y por la gente. En correspondencia con esta concepción, el diseño e introducción en las estrategias naciona- les de desarrollo, de un componente preventivo que articule la participación ciudadana, son perspectivas de creciente recono- cimiento ante tendencias observables a escala internacional: creci- miento y rejuvenecimiento de la delincuencia, conjuntamente con el incremento de su peligrosidad y del sentimiento de inseguridad. No obstante, el llamado de la Organización de las Naciones Unidas dirigido a los gobiernos para que incrementen sus inver- siones en materia de prevención y dispongan de una política pre- ventiva a largo plazo, capaz de garantizar logros a corto plazo, no siempre se ha traducido en acciones nacionales concretas. Estrategias nacionales e internacionales que promuevan un de- sarrollo sostenible con base en la erradicación de la desigualdad y exclusión social, la pobreza, la discriminación racial, la xenofo- bia, el desempleo y en la extensión del acceso de las mayorías a la educación, la salud, la cultura, vivienda y seguridad social,

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constituirían un sólido cimiento para la paulatina disminución del flagelo de la delincuencia: trata de personas, tráfico de emi- grantes, de armas de fuego y de drogas; corrupción, delitos rela- cionados con la informática y el terrorismo de Estado. En atención a estos y otros muchos argumentos, el tratamiento del tema de la prevención del delito por la criminología debe asumirse con un enfoque integrador de diversos saberes sobre una realidad social compleja que requiere para su transforma- ción de la voluntad y las acciones de todos. Aproximarnos al marco teórico metodológico de la prevención del delito como punto referencial tanto para su estudio como para la instrumentación práctica de las acciones, constituye el pro- pósito de este capítulo. Las intervenciones preventivas incorpo- ran un diverso conjunto de objetivos, métodos y actuaciones, y disponer de un marco teórico es esencial. Es innegable el camino recorrido en Cuba durante estos años. De un período en el cual la investigación científica era práctica- mente desconocida, se ha llegado a una etapa en el desarrollo de la actividad científica en la cual el país ya cuenta con un po- tencial de profesionales preparados para el desempeño de esta actividad. Entre los autores consultados para la elaboración de este capítulo el lector encontrará por tanto referencias a los tra- bajos de estudiosos cubanos cuyas investigaciones enriquecen y contextualizan la criminología a la realidad cubana. Prevenir el delito significa actuar, transformar, cambiar, sociali- zar, en fin, globalizar solidaridad, justicia, igualdad, educación, salud, empleo, dignidad y desarrollo, y lograrlo reclama de los profesionales una activa y responsable posición ante la realidad social, económica y política de sus respectivos países.

¿PARADIGMA CUBANO DE PREVENCIÓN?

¿Existe en Cuba un sistema de prevención social?, ¿podemos re- ferirnos a un paradigma cubano de prevención? Estas son interrogantes a las cuales el lector podrá encontrar respuesta al examinar no sólo la evolución de la prevención so- cial en correspondencia con las características propias de la so-

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ciedad cubana en cada etapa histórica, sino también al analizar todo un conjunto de normativas jurídicas que legitiman e insti- tucionalizan la prevención. Tomando como punto de referencia el triunfo del 1ro. de ene- ro de 1959 nos referimos a una etapa prerrevolucionaria que com- prende la Cuba colonial y la república neocolonial, y a una etapa revolucionaria al interior de la cual se perfilan algunos períodos. La sociedad colonial se caracterizó, utilizando palabras del estu- dioso cubano Don Fernando Ortiz, por la corrupción, la violencia y la criminalidad existentes entre gobernantes y gobernados. Más que de prevención comunitaria se trató entonces de concentrar determinados «delitos y delincuentes» en barrios reservados para los excluidos de la gran sociedad de entonces. La república neocolonial mantuvo males similares a los arras- trados desde la colonia; las condiciones miserables de vida del pueblo, los bajos salarios, el desempleo, el analfabetismo, la

insalubridad, la falta de atención médica, la discriminación racial

y

de la mujer, la corrupción político-administrativa, la violencia,

el

juego y la prostitución fueron rasgos significativos de ese pe-

ríodo histórico. El impacto que tuvo el triunfo revolucionario de enero de 1959 en todas las esferas de la sociedad sentó las pautas de la praxis preventiva comunitaria cubana, paradigma expresado en la ins- trumentación práctica, inmediatamente después del programa tra- zado en La historia me absolverá. Hoy en Cuba la prevención social descansa en los logros y ven- tajas socioeconómicos, políticos e ideológicos del proyecto so- cial cubano, y en los principios y valores que lo sustentan. La década de los años sesenta, particularmente sus primeros años, se caracterizó por ser un período de intensas transformaciones en todos los órdenes. Se desarrollaron importantes programas con la amplia y masiva participación de la población. En el campo de la educación por ejemplo, se llevó a cabo la Campaña de Alfabeti- zación (1961); se estableció la enseñanza gratuita, se realizaron campañas de vacunación y de higienización. Tiene lugar un pro- ceso de integración de diversas organizaciones, principalmente

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los Comité de Defensa de la Revolución y la Federación de Muje- res Cubanas (entre agosto-septiembre de 1960); se adopta una Ley contra la mendicidad (459/59); y se construyeron nuevos pue- blos rurales. Las tareas de atención social fueron asumidas primero, por el Mi- nisterio de Bienestar Social, creado en febrero de 1959, y más tarde por el Departamento de Servicio Social del Partido, hasta el año 1967 que se crean en el país las primeras Comisiones de Prevención y Aten- ción Social dirigidas por la Secretaría de Trabajo Social del Partido. En la década del setenta tiene lugar el proceso de institu- cionalización del país, el deslinde de las tareas partidistas de las de gobierno. Se desarrolla un proceso de reorganización del sis- tema judicial. Se crean los Órganos del Poder Popular (1973) cu- yos antecedentes remiten al Poder Local, que ayudaron a desarrollar líderes locales; se organiza la atención primaria de salud, como parte de un proceso de descentralización del poder; se instaura una nueva división político administrativa (1976); ocu- rren nuevos cambios estructurales en el sistema de prevención (se disuelven las Comisiones y esta actividad es asumida por el Poder Popular) y se promulga un importante cuerpo jurídico re- gulador, de alguna forma, de la actividad de prevención: la Cons- titución (1976) reformada en 1992; el Código de la Familia (1975); Código de la Niñez y la Juventud (1978). En los años ochenta se inicia un proceso de rectificación de errores y tendencias negativas que repercute en toda la sociedad y que conllevó al retorno del protagonismo de las masas popula- res, a la revitalización del movimiento de microbrigadas con la creación de contingentes de constructores. Se aprueba el Decre- to-Ley 95 de 1986, que crea el sistema de prevención y atención social vigente hasta la actualidad. Haciendo énfasis en el trabajo comunitario de las instituciones se emprendieron acciones de animación cultural (casas de cultura, Centro de Cultura Comunitaria); se crean por la FMC las casas de atención a la mujer; en la capital del país se organizan (1988) los primeros talleres de Transformación Integral Barrial, enclavados en determinados barrios de la ciudad (Atarés, Cayo Hueso, La Güinera,

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Pogolotti) estimulando la integración armónica de los ambientes natural, construido y social, que con un estilo diferente de trabajo exploran nuevas formas de promoción de la participación social. La década del noventa se distingue fundamentalmente por el impacto en la sociedad cubana de la crisis económica y de todo un conjunto de medidas adoptadas por el Estado para contra- rrestarla que, obviamente, repercute también en la estructura y dinámica de la criminalidad, en el sentido de la vida de las perso- nas, en su ideología (entendida en el más amplio sentido del tér- mino) y entre otras, en la actividad de prevención. No obstante las dificultades generadas y derivadas de la crisis económica, ya en esta década la experiencia práctica y el desa- rrollo teórico acumulados permitieron consolidar la perspectiva comunitaria en el plano académico. En la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana se incorpora la asignatura Psicología de las Comunidades y se orga- niza una maestría sobre la temática; el plan de estudio del depar- tamento de Sociología incluye una disciplina sobre los problemas sociológicos de la prevención, en el Instituto Superior del Minis- terio del Interior se desarrolla una maestría sobre Desarrollo y Planeación de la Prevención, y la Facultad de Derecho de la Uni- versidad de La Habana inicia la primera maestría en Criminología, que incluye en su programa la problemática de la prevención. Se observa un resurgimiento y renovación de la perspectiva co- munitaria en Cuba, que se corresponde plenamente con su con- texto socioeconómico actual y se diferencia sustancialmente de las condiciones que promovieron el interés por lo comunitario en los países latinoamericanos. El cambio social en el ámbito de de- terminadas comunidades cubanas es desarrollado por el propio Estado, interesado en mejorar sus condiciones y calidad de vida, aunque en esta década emergen nuevos actores sociales, gesto- res también de este movimiento comunitario. La política social y criminal del Estado cubano y el sistema de pre- vención se desarrollan en la actualidad bajo el impacto de múltiples cambios operados a escala internacional, que, trascendiendo las

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fronteras nacionales repercuten en determinada medida en to- dos los estados. Cuba ha reaccionado a ello con la adopción de una serie de medidas que han propiciado la reactivación económica del país y han provocado también cambios a nivel macrosocial, comunita- rio y familiar. En la estructura y dinámica de la delincuencia también se han operado cambios. Por ejemplo, las implicaciones para Cuba del narcotráfico internacional son más graves: incremento de los recalos, de los tipos de drogas introducidos en el país y de la utilización de Cuba como trampolín para introducir la droga en terceros países; el tráfico ilegal de personas; el terrorismo y el aumento de la peligrosidad de delitos, como el robo con fuerza en viviendas habitadas y el uso de armas son otros ejemplos de estos cambios. El asedio al turista extranjero por niños, la prostitución en am- bos sexos, el incremento del uso indebido de drogas y la indisci- plina social son fenómenos vinculados con el rejuvenecimiento de la delincuencia que conforman el escenario comunitario ac- tual en materia de prevención, en determinados territorios. Todos estos cambios requieren ser tenidos en cuenta al diseñar una acción, programa, estrategia o intervención comunitaria, pues obviamente repercutirán en la actividad preventiva. Tal escenario requiere de los sujetos preventivos mayor preparación teórica, metodológica y práctica; un estilo de trabajo renovado; asumir la comunidad como un importante sujeto del cambio y la transfor- mación, y explorar nuevas vías de promoción de la participación comunitaria. En la actualidad son diversos los programas de trabajo social o comunitario que se desarrollan rectorados por el Estado, por Mi- nisterios como el de Educación o el de Salud Pública, o por la Unión de Jóvenes Comunistas: Programa de Educación Comuni- taria «Para la vida», Programa «Educa a tu hijo», Programa de Aten- ción Integral Preventiva a menores en situación de desventaja social, Programa Audiovisual, Programa de Computación, Progra- mas de Formación de Trabajadores Sociales y de Instructores de

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Arte, Programa «Curso de superación integral para jóvenes», Pro- grama de divulgación y consejería orientado a la prevención del uso indebido de drogas, y otros muchos. El camino teórico pero sobre todo práctico, recorrido en Cuba en materia de prevención y atención social, avala la existencia de un paradigma cubano de prevención en permanente renovación y fortalecimiento.

PREVENCIÓN SOCIAL Y PREVENCIÓN DEL DELITO

Durante algún tiempo el concepto de prevención estuvo asocia- do a la medicina como un complemento a la asistencia indivi- dual (López y Chacón, 1997). Entre los primeros autores que dirigieron su atención a las in- tervenciones preventivas ante problemas psicosociales estuvieron Erich Lindemann (1994) y Caplan. La clasificación de la preven- ción de este último, en primaria, secundaria y terciaria, aun cuan- do ha sido cuestionada, continúa siendo una de las más difundidas

entre los especialistas. Lofquist en 1983, por ejemplo, definió pre-

proceso activo y asertivo de crear condicio-

nes y/o atributos personales que promueven el bienestar de las personas» (López y Chacón, 1997). Etimológicamente el vocablo prevención, proveniente del la- tín praeventio, indica la acción o efecto de prevenir, preparar, co- nocer, disponer, organizar, prever, impedir o vencer un riesgo, inconveniente o dificultad. El carácter proactivo y la función pronóstica de la prevención se pueden inferir desde el simple análisis semántico del término prevenir. Considerando la prevención como una proyección estratégica en la lucha contra la criminalidad, se observa, en ocasiones, un enfoque reduccionista de tal concepto al circunscribirla única- mente a la evitación de la comisión de delitos. Actuar anticipadamente a que el problema se produzca, evo- lucione y cristalice implica por una parte presumir el surgimiento y/o

vención como «

un

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evolución futura de determinados problemas sociales a partir del reconocimiento de señales presentes, con base en las construc- ciones teóricas erigidas sobre los fenómenos sociales; por la otra atender al escenario o contexto social, económico y político en que estos se producen. Ante el concepto de prevención y su clasificación existen diver- sas posiciones en dependencia no sólo de la ciencia social desde la cual se construye, sino también en correspondencia con los presupuestos teórico-metodológicos que asumen los autores. Desde la sociología, el trabajo social, la psicología social y la pedagogía por ejemplo, se trabaja con la categoría prevención so- cial para abarcar un amplio conjunto de problemas sociales inclui- do el delito. Es en el campo de la criminología donde se puede encontrar una mayor producción científica y difusión del tema es- pecífico de la prevención del delito, al constituir ambas categorías —prevención y delito/delincuencia— objeto de estudio de esta dis- ciplina. Sin embargo, la ineludible relación existente entre las catego- rías prevención social y prevención del delito se expresa, de algún modo, en las conceptualizaciones de unos y otros profesionales. Desde el enfoque de la sociología y el trabajo social las bús- quedas bibliográficas apuntan a la conformación del concepto de prevención social como un proceso construido conscientemen- te desde la política social, cuyo desarrollo comporta el compro- miso de accionar transformadoramente sobre la realidad social. Como actividad social regida por la política social y criminal del Estado en función de proteger los valores e intereses fundamentales de la sociedad, el término, desde nuestro punto de vista, cobra sig- nificado como una función social de toda intervención comunitaria, se trate de la esfera de la educación, la salud, la cultura o la crimina- lidad, y su contenido lo determinarán los problemas concretos a iden- tificar y revertir en —por y con— cada comunidad en particular. Se define la prevención social comunitaria como «un proceso sociocultural y educativo dirigido a garantizar la reproducción efectiva de relaciones sociales estables y armónicas, la reducción de la vulnerabilidad social y la evitación de problemas sociales criminógenos a partir de la organización, preparación y participa-

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ción de la propia comunidad en la transformación de su realidad teniendo en cuenta sus

ción de la propia comunidad en la transformación de su realidad teniendo en cuenta sus recursos y potencialidades» (Sóñora, 2000). Tal concepción de esta categoría supone:

• Un enfoque multidisciplinario, integral y sistémico de la pre- vención.

• La consideración de varias instancias.

• El carácter predominantemente educativo y sociocultural de las acciones.

• La formación de valores como una clave del éxito del trabajo preventivo.

• La conjugación de los intereses más generales de la sociedad con los específicos de determinados grupos sociales, enfocando a la comunidad como un todo a la vez que focaliza las acciones preventivas en los sectores poblacionales más vulnerables.

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• La concepción de la comunidad como parte de un sistema so- cial mayor —la sociedad— con el cual se interrelaciona e interactúa.

• La búsqueda de consensos representativos que legitimen las normas sociales establecidas.

Analizando la categoría prevención desde un ángulo sociológi- co la Dra. Campoalegre (1998) la definió como un tipo de actividad social enfocada sistémicamente; una institución social reguladora del sistema de relaciones sociales; una función social orientada a contribuir con la organicidad y viabilidad del sistema; y un proce- so ideológico de formación, conservación y promoción de valo- res socialmente aceptados. El nexo existente entre la prevención social y la prevención del delito no es desconocido por la criminología, ciencia que distin- gue un nivel de prevención social general y uno de prevención criminológica especial. A la primera se le atribuye un carácter in- directo al abarcar las directrices de la sociedad en materia de di- fusión de la educación y la cultura, para elevar el bienestar material y espiritual de las personas; y la segunda abarcaría la actividad de aquellos organismos que enfrentan directamente la actividad delictiva, como son los tribunales, la fiscalía y la policía, entre otros. Por otra parte, no son pocos los autores —criminólogos y penalistas— que han examinado el tema de la prevención desde su relación con la política social, la política criminal y los meca- nismos de control social. Considerando que el desarrollo de principios válidos para el con- trol social del delito constituye uno de los objetivos de la criminología, y estimando la prevención como un particular meca- nismo de control social, se haría necesario hablar de los meca- nismos de control social formal e informal del delito y sus definiciones, e introducirnos en la polémica existente en torno a la distinción entre ambos tipos o formas de control. Aquellos que ubican las acciones preventivas dentro del con- texto de una determinada política social consideran que se trata

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de intervenir integralmente en todo un conjunto de relaciones sociales. En la figura B se grafica la interrelación entre la prevención social y la prevención del delito a partir del reconocimiento de la articulación que debe existir entre las políticas social y criminal.

que debe existir entre las políticas social y criminal. PREVENCIÓN DEL DELITO. APROXIMACIÓN CONCEPTUAL Las

PREVENCIÓN DEL DELITO. APROXIMACIÓN CONCEPTUAL

Las definiciones coinciden en suponer que la prevención del de- lito constituye una acción anticipada para evitar «algo», aunque las posiciones difieren al determinar qué se pretende evitar: el comportamiento criminal, la victimización, las oportunidades para delinquir o las causas que generan la delincuencia. Hay quienes postulan que no hacer nada constituye la mejor manera de prevenir la delincuencia, pues cualquier medida que se adopte aumentará la tasa de delitos; otros, incluso, descono- cen la legitimidad de la prevención argumentando para ello la posible violación, por algunas medidas de este corte, de dere- chos ciudadanos.

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El proceso de conceptualización, por tanto, también depende de la posición axiológica que asuma el autor ante los fenómenos sociales que generalmente anteceden la comisión de delitos. Entre los criminólogos del desaparecido campo socialista se uti- lizó el término «profilaxis social» contenido y derivado de otro concepto más amplio: lucha contra la delincuencia. Estos autores definieron prevención de la delincuencia como un conjunto de medidas estatales y sociales de diversa índole (mo- rales, psicológicas, jurídicas) dirigidas a erradicar las causas y con- diciones que engendran el fenómeno social de la delincuencia. 1 En el X Congreso de Naciones Unidas sobre Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente celebrado en Viena en el año 2000, en el documento de trabajo preparado por la Secreta- ría para discutir el Tema 5 del Programa Provisional «Prevención eficaz del delito: adaptación a las nuevas situaciones», se definió el concepto de prevención de la delincuencia destacando los ele- mentos siguientes:

• Se refiere a estrategias e iniciativas que no recurren a sancio- nes oficiales de justicia penal y procuran promover la seguri- dad individual y la seguridad material.

• Debe abarcar todas las formas del delito, la violencia, la victimización e inseguridad y tener en cuenta la internaciona- lización del delito.

• Puede enfocarse en los delincuentes potenciales, las víctimas potenciales y las situaciones.

En este mismo documento se reconoce que la forma de pre- vención del delito más utilizada en los últimos veinte años ha sido la prevención situacional, es decir, la reducción de las opor- tunidades para delinquir a través del incremento de las policías privadas, de la industria de la seguridad también privada, y/o mediante la adopción de una arquitectura de espacio defendi- ble. Todo ello, por supuesto, desarrollado en los países del llama-

1 G. Avanesov, K. Igoshev (1983); Colectivo de autores alemanes (1989), citado por M. Sóñora en «Prevención comunitaria: Investigación-Intervención», tesis de maestría, ISMI, 1999.

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do Primer Mundo, donde se intenta privatizar también los cono- cidos mecanismos de control social informal. Entre los principios a observar en el diseño e instrumentación de la prevención de la delincuencia, recogidos en igual docu- mento, se mencionan:

• El papel directivo de los Gobiernos en el reconocimiento de la prevención como componente esencial del desarrollo social.

• El carácter multisectorial que debe caracterizar las estrategias de prevención del delito, incluyendo a la comunidad en todas las fases de la planificación y aplicación de dichos programas.

• La necesidad de que las estrategias ataquen el problema de la delincuencia en sus raíces a través de políticas de índole so- cial, económica, educativa y de salud.

• La promoción de un diagnóstico riguroso, un plan de acción, una estrategia de aplicación y una evaluación de su eficacia.

Considerando el largo período que suele transcurrir entre los intentos preventivos y la posibilidad de constatar sus efectos, al- gunos estudiosos del tema han propuesto el término de promo- ción. Conceptualizándolo como una noción positiva sus afiliados plantean que a diferencia de la prevención, que se dirige a las necesidades de déficit, la promoción se propone alcanzar las ne- cesidades de desarrollo, es decir, las aspiraciones. Martínez, et al. (1988) proponen la siguiente definición del con- cepto de promoción: «Estrategia mediadora entre la gente y sus ambientes, sintetizando la elección personal y la responsabilidad social de manera que se cree un futuro mejor». 2 Las características de las actividades de promoción son: no están orientadas al déficit, implican a la población en su conjunto en lugar de enfocarse a grupos de riesgo, se proponen la participa- ción de la comunidad en todas las fases del proceso, se relacionan directamente con las condiciones de vida y combinan enfoques y estrategias diversos pero complementarias.

2 Citado por M. Sóñora en «La prevención social y la prevención del delito. Niveles de la prevención», conferencia impartida en el Curso de Formación de Trabajadores Sociales, La Habana, 2000.

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El Programa Director de Promoción y Educación para la Salud en el Sistema Nacional de Educación Cubano también se inscribe en esta línea y define el concepto de Promoción de Salud, como

la manera de «propiciar a hombres y mujeres los medios necesa-

rios para mejorar su salud y ejercer un mayor control sobre ella»,

donde la «salud» es concebida como «el bienestar físico, psíqui- co y social del hombre como resultado de la equilibrada interacción con el medio ambiente en que se desarrolla». 3 Entre los ejes temáticos fundamentales que se tratan en el programa se encuentra la educación antitabáquica, antialcohólica y antidroga. R. León (2000) se afilia a aquellos que utilizan la categoría prevención Integral para contextualizar las estrategias preventi- vas al medio social en el que están inmersos los sujetos sociales.

Esta línea de pensamiento centra su atención en las potenciali- dades y capacidades de las personas más que en sus debilida- des y se apoya en una estrategia de desarrollo cultural alternativo

a aquellos factores socioculturales asociados a los problemas

objeto de la prevención. El modelo de prevención de riesgo psicosocial en la adolescen- cia «Chimalli» M. E. de Castro (1998), también subraya el rol de los factores de protección y del desarrollo de habilidades de comuni- cación e interrelación. El contenido de la prevención del delito usualmente se ha vincu- lado con las diversas clasificaciones existentes de la prevención.

CLASIFICACIÓNCLASIFICACIÓNCLASIFICACIÓNCLASIFICACIÓNCLASIFICACIÓN YYYYY NIVELESNIVELESNIVELESNIVELESNIVELES DEDEDEDEDE LALALALALA PREVENCIÓNPREVENCIÓNPREVENCIÓNPREVENCIÓNPREVENCIÓN DELDELDELDELDEL DELITODELITODELITODELITODELITO

Al planificar las acciones de prevención del delito se deben consi- derar las instancias en las cuales se ejecutarán los programas y pro- yectos preventivos diseñados en función de determinados objetivos y coherentes con las estrategias seleccionadas. De estas instancias dependerán, en gran medida, los sujetos involucrados, las vías y

3 Colectivo de autores, Programa director de Promoción y Educación para la Salud en el Sistema Nacional de Educación, La Habana, 1999.

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medios a utilizar y, hasta el propio contenido de las acciones. La integración o no de estas instancias o niveles en un sistema incidi- rá en la eficacia e impacto de la estrategia preventiva. Los niveles guardan una estrecha relación con la clasificación que se haga de la prevención del delito. Los niveles de la prevención desde la perspectiva del trabajo social o la psicología social, por citar un ejemplo, pasan por los niveles societal, comunitario, grupal e individual. El primero nos remite a procesos y fenómenos macrosociales, a toda la sociedad como contexto global, como organización social mayor; el se- gundo constituye un nivel intermedio entre lo grupal y lo macro- social, se refiere a las relaciones sociales que establecen una red social más próxima a la persona, al interior de la cual los procesos psicosociales influyen directamente; y el nivel individual repre- senta un sistema estable de contenidos y funciones psicológicas que caracterizan la expresión integral del individuo.

A estos niveles se le puede añadir otro, el nivel metasocial, es-

trechamente relacionado con el fenómeno de la globalización, característico del mundo de hoy que hace alusión a la influencia de determinados fenómenos sociales, económicos, políticos, ideo-

lógicos y culturales más allá de las fronteras nacionales, es decir, a problemas globales de la contemporaneidad que pasando por la globalización neoliberal relacionan la delincuencia con el de- sarrollo, la pobreza o la exclusión (Navarrete, 1999). Los niveles de la prevención han sido homologados de los uti- lizados en el ámbito de la salud pública.

A continuación examinaremos tres de las clasificaciones más

difundidas, reseñadas por Miguel López y Fernando Chacón.

Clasificación de Caplan (1964)

Esta es una clasificación clásica, introducida por Caplan en la déca- da del sesenta, a partir de su utilización en el campo de la salud pública. Este modelo establece una distinción entre prevención pri- maria, secundaria y terciaria a partir del momento procesal (proceso de origen y desarrollo de un problema o trastorno determinado) en

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el que se instrumenten las acciones preventivas (antes, durante o

después del problema).