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DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

En décimo primero del tiempo ordinario, encontramos textos que nos ayudan a profundizar
sobre la remisión del pecado y la justificación en Jesucristo.

En la primera lectura encontramos a Natán declara, que el hombre que David había
condenado era él mismo; su proceder con Urías no se diferencia del rico con el pobre. Pasa
luego Natán a enumerar los grandes beneficios que Dios ha hecho a David. Y, a pesar de
todo, David le ha vuelto las espaldas, matando a Urías, cometiendo dos pecados: que en la
legislación mosaica eran castigados con la pena de muerte (en el libro de Levítico nos dice:
la pena de muerte es el castigo merecido para el que se haya atrevido a lanzar maldiciones
contra su progenitor). Todo pecado merece su sanción, siendo cada pecador castigado en
aquello en que ha cometido. Por haber matado a Urías, no se apartará la espada de su casa
durante toda su vida; a espada morirán sus tres hijos, Amnón, Absalón y Adonías. El
pecado no es únicamente la violación de un determinado orden moral o social, sino ante
todo la ruptura de una relación personal entre el hombre y la divinidad, que solo Dios
restablece.

En la segunda lectura San Pablo nos presenta en su carta a las Gálatas, como predicador del
Evangelio de Cristo. Ahora bien, según éste, el hombre no es justificado sino por la fe en
Jesucristo, no por las obras de la ley (Gál 2,16; Rom 3,28). El alcance de este principio es
doble. Por una parte denuncia Pablo la inutilidad de las prácticas cultuales propias del
judaísmo, circuncisión (Gál 6,12) y observancias (4,10); la ley así entendida se reduce a las
instituciones de la antigua alianza. Por otra parte, se enfrenta Pablo con una falsa
representación de la economía de la salvación, según la cual el hombre merecería su propia
justificación por su observancia de la ley divina, siendo así que en realidad es justificado
gratuitamente por el sacrificio de Cristo no dice,(Rom 3,21-26; 4,4s); aquí se trata incluso
de los mandamientos de orden moral.

Se aplica ante todo al conjunto legislativo que la tradición del AT hacía depender de
Moisés. El NT, fundándose en este sentido del término, clásico en el judaísmo, llama "la
ley" a toda la economía cuya pieza maestra era esta legislación (Rom 5,20), por oposición
al régimen de gracia inaugurado por Jesucristo (San Pablo y San Juan nos presentan
claramente; Rom 6,15 Pues ¿qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley sino bajo la
gracia? ¡De ningún modo!; Jn 1, 17 Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia
y la verdad nos han llegado por Jesucristo.); sin embargo, habla también de la ley de Cristo
(Gál 6,2). Así el lenguaje de la teología cristiana distingue los dos Testamentos,
llamándolos (“ley antigua” y “ley nueva”).

En la Carta a los Gálatas, Pablo discute con ciertas tendencias judaizantes en el seno de la
comunidad cristiana. San Pablo es muy radical en hablar de la ley “Sabemos sin embargo
que el hombre no es justificado por las obras de la ley”; “obra, trabajo, acción”; sino
solamente por la fe de Jesucristo. Nos presenta como dos momentos importantes para tener
en cuenta en nuestra vida:

 Las Escrituras atestiguan que Abrahán fue justificado por la fe y no por las obras. Los
que practican la ley están bajo la maldición, ya que están obligados a cumplirla en su
conjunto y porque la ley los encierra en el hacer. Para el que cree, Cristo ha tomado
sobre sí la maldición de la ley a fin de que, sin exclusividad de ningún género, la
bendición de Dios llega a los paganos.

 Otro punto importante es la economía de la salvación, la ley sirve de pedagogo,


manifestando la revuelta del hombre contra Dios. La venida de Cristo hace inoperante la
ley y sus prescripciones para el creyente. Así pues, el cristiano está liberado del yugo de
la ley. La libertad cristiana se concreta en el mandamiento del amor, resumen de la ley
entera.

La Iglesia nos presenta el evangelio de San Lucas en donde nos habla de la mujer pecadora,
es interesante el texto porque hay una relación con la primera lectura. El evangelio nos
presenta una mujer muy conocida en la ciudad, con mala fama, pecadora pública, sin haber
recibido la invitación entra en el banquete al que asisten persona de alta categoría
(digamos). Pero ésta mujer busca algo, pues conoce la gravedad de su enfermedad y se
acercaba quien la podía curar. Como todas las personas buscaban una persona auténtica,
podemos relacionar con el buen pastor que sale en busca de la oveja descarriada, la
encuentra, la cura y lo apacienta. Pues bien la mujer se acerca a los pies de Jesús, no a la
cabeza, y la que durante mucho tiempo había andaba extraviada, busca una huella auténtica.
Esta pecadora derramó sobre sus pies un frasco de perfume y los regó con sus lágrimas, los
besó y los enjugó con sus cabellos.

Simón, al ver esta escena, pensó que Cristo no fuese profeta, porque no sabía qué clase de
mujer era. La conclusión no era muy lógica, pues los profetas no tienen por qué saber todas
las cosas. Piensa posiblemente en ciertos antiguos profetas, como se lee en los libros de los
Reyes. Pero Cristo le va a demostrar, no sólo que es profeta, pues lee en su corazón y en el
de la pecadora, sino que se va a presentar con misericordia. San Agustín nos dice algo
importante “si tal mujer si hubiera acercado a los pies de fariseo, hubiera dicho las palabras
que Isaías pone en boca de esa gente: Apártate, no me toques, que estoy limpio. No
obstante, la impura se acercó al Señor para regresar limpia; se acercó enferma, para volver
sana; arrepentida, para convertirse en seguidora de Cristo”.

Jesucristo hace la comparación más es sencilla. Dos personas deben a otra, una 500
denarios y otra 50. El denario era normalmente el sueldo diario de un trabajador. Como
ninguno los puede pagar, el prestamista se los perdona a ambos. La respuesta era lógica:
más lo deberá “amar” aquel a quien le condonó más. Este no le ofreció los signos de
hospitalidad; pero, en cambio, esta pecadora lo hizo con creces. Simón, le dijo, refiriéndose
a la pecadora, que le eran perdonados sus muchos pecados porque amó mucho. Esta mujer
es testigo de los prodigios y doctrina de Cristo. Pero va a Él con un ansia de regeneración
en el alma. Era un intenso amor a Cristo, en lo que El significaba como legado de Dios. Por
eso le dijo a ella: “Tus pecados te son perdonados.

Podemos concluir pidiendo que tenga misericordia de nosotros, si Cristo le perdona ahora
mismo los pecados, es que antes no estaban perdonados. En el primer caso, el amor le
habría causado el perdón; en el segundo, estos signos de amor le van a traer el perdón.