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apítulo

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LA ORACIÓN:

Escuchemos a Jesús

El uno por ciento importa

“¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve, y va por los montes a bus­ car la que se había descarriado? (Mat. 18:12).

Podemos preguntamos: ¿Será que Dios realmente se quiere comuni­ car con nosotros individualmente 7 . Y si es así, ¿de qué modo lo hace? Primero, tenemos la evidencia de que Dios tiene un interés personal en cada uno de nosotros.

• En la parábola de la oveja perdida de Lucas 15, el pastor se intere­

só en una sola oveja. ¡Eso es el uno por ciento! Para Dios, ¡el uno por ciento importa!

• Ezequiel 34 también usa una ilustración de las ovejas. Dios habla

de las débiles, perniquebradas, desterradas, perdidas (vers. 4). Reprende

a los pastores que descuidaron su trabajo (vers. 2-10) y luego declara los planes que tiene:

“Yo mismo iré a buscar mis ovejas

Yo buscaré a la perdida, y haré

volver al redil la descarriada; vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la

débil

Dios habló estas palabras por medio de Ezequiel seiscientos años an­ tes de Cristo. En esta profecía mesiánica que anticipaba la primera veni­ da de Cristo, quien fue conocido como el Hijo de David (Mar. 10:47, 48), Dios siguió diciendo: “Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor" (Eze 34:23).

Yo salvaré a mis ovejas, y nunca más serán rapiña” (vers. 11-22).

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• Cada frase de Hzequiel 34 sugiere que Dios se interesa grandemen­

te. El capítulo termina diciendo: “ ‘Y vosotras, ovejas mías, ovejas de

mi pasto, hombres sois, y yo vuestro Dios’, dice Jehová el Señor” (Eze.

34:31).

Por esto, no te equivoques. Dios está preocupado y se interesa por ti

de manera individual; está suficientemente interesado como para ha­

blarte, si estás dispuesto a escucharlo.

TU INVITADO PARA CENAR

Imagínate que Jesús estuviera contigo como tu invitado a cenar en

tu casa esta noche, y que después de la cena te dice que tiene planes de

pasar una hora conversando contigo en tu estudio. ¿De qué podrían hablar? ¿Qué diría él? En realidad, Jesús ya ha hablado. Sin embargo, no siempre somos buenos para escuchar. “¡Un momento!”, exclamas. “Nunca he oído que Dios me hable de

modo audible. No recuerdo nunca haber escuchado ni una sola palabra

de él”. Tampoco otras personas que conozco lo han oído. En un sermón acerca de cómo tomar una decisión, el pastor Jesse

Wilson dijo que él ha descubierto que Dios puede ayudamos a tomar decisiones de siete maneras diferentes. A tres las llama indicaciones me­ nores, a otras tres las llama indicaciones mayores y a una séptima la llama

la forma clave para damos consejo. Todas ellas pueden ser una forma de

escuchar. El sugiere que las indicaciones menores son: las señales, los sentimientos y el consejo de amigos de confianza. Las indicaciones ma­ yores son: la oración, las puertas que se abren o cierran y las impresiones que da el Espíritu Santo. La séptima y la mayor de todas las maneras de tomar una decisión es la Palabra de Dios.

¿CÓMO ESCUCHAMOS?

Pensemos por un momento en los métodos que sugirió el pastor Wilson. Las señales. Cuando Gedeón pidió una señal física, el vellón mojado, y luego el vellón seco (ver Juec. 6:36-40), Dios se dignó a atender su pedido. El pedido de una señal, sin embargo, a menudo surge de una fe débil. Dios generalmente habla de otras maneras.

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Los sentimientos. Ésta también, suele ser una evidencia menor. Los sentimientos pueden variar mucho. Pero a veces, si tenemos dos posibb lidades igualmente buenas, Dios acepta cualquiera que prefiramos. El consejo de otros. El libro de los Proverbios dice: “En la multitud de consejeros hay seguridad” (Prov. 11:14). En realidad, lo dice dos veces (ver también 24:6). Cuando consideramos el matrimonio, el consejo que pueden dar padres piadosos merece ser tomado muy en cuenta. En el libro El ministerio de curación, Elena de White escribió:

“Si gozáis de la bendición de tener padres temerosos de Dios, consul­ tadlos. Comunicadles vuestras esperanzas e intenciones, aprended las lecciones que la vida les enseñó, y os ahorraréis no pocas penas” (p.

277).

La oración. Ésta es la primera de las mayores. Otra indicación mayor:

la convicción producida por el Espíritu Santo. Estas dos a menudo van juntas. Cuando hemos pasado tiempo con la Palabra de Dios, la ora­ ción nos abre la mente a la conducción del Espíritu. Las frases siguientes de la cita recién mencionada nos instan: “Sobre todo, haced de Cristo vuestro consejero. Estudiad su Palabra con oración”. Puertas abiertas o cerradas. Esto es lo que a veces llamamos una provi dencia. Si envías una solicitud a dos o más colegios, y uno contesta rápi­ damente, y los otros no contestan, eso podría ser una providencia. O alguno podría ofrecerte ayuda financiera. Si estás buscando una casa, ya sea para comprar o arrendar, una puerta abierta o cerrada puede guiarte. Jesús aprendió de las experiencias de la vida y de las providencias, y usó varias de' ellas en el Sermón del Monte: la sal que pierde su salinidad (Mat. 5:13), la visibilidad de una ciudad en un lugar elevado (vers. 11), la hipocresía de los fariseos (vers. 17-20; 6:1-4), la violencia (5:21-26), la tendencia de los hombres de mirar con deseos sexuales a una mujer con la que no están casados (5:27-30), la frecuencia del divorcio (5:31, 32), el odio por los enemigos (vers. 43-48),‘y así se puede seguir. Mucho de lo que Jesús dijo estaba basado en lo que había observado. El estudio de la Biblia. Ella ofrece lo que Wilson llama el “medio cla­ ve” por el cual Dios habla. Elena de White, repetidamente, nos dirige hacia la Biblia, en declaraciones como ésta: “Una frase de la Escritura tiene más valor que diez mil ideas o argumentos humanos” (joyas de los testimar.ios, t. 3, p. 110). Y “La Biblia es la voz de Dios, tan ciertamente como si pudiéramos escucharla con nuestros oídos” (Testimonies, t. 6,

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p. 393). La gente que escuchó la voz de Dios en el Sinaí probablemente nunca olvidó la reverencia y el asombro que le causó. Si recordáramos que Dios realmente habla cuando abrimos las Escrituras, ¿no las leería­ mos con asombro y admiración? ¿No consideraríamos a la Biblia como cien veces más interesante que cualquier otro libro o programa de la te­ levisión? Necesitamos dar prioridad a la Palabra y a la conducción del Espíri­ tu. El Salmo 119 nos habla acerca de la Palabra de Dios. En el versículo 9, David pregunta: “¿Con qué limpiará el joven su camino?” La respues­ ta: “Con guardar tu palabra”. Luego añade: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (vers. 11). Más tarde, indica cuál debería ser nuestra constante oración: “Abre mis ojos, y miraré las mara­ villas de tu ley” (vers. 18). Y, finalmente, declara: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (vers. 105). La Palabra de Dios fue dada por medio del Espíritu: “Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:21). Necesitamos la conducción del Espíritu para comprenderla, porque las cosas del Espíritu de Dios “se han de discernir espiritualmen- te” (1 Cor. 2:14). Y sí pedimos esa conducción, oiremos una voz que nos diga: “Éste es el camino, andad pór él” (Isa. 30:21). Finalmente, Dios también nos habla mediante la naturaleza. Mien­ tras Jesús crecía, María hacía de las Escrituras lo primero en su educa­ ción, pero él también aprendió mucho por su observación del mundo natural. Esto queda manifiesto por el uso frecuente de ilustraciones que él tomaba de las aves y las flores (ver, p. ej., Mat. 5:25-30). Los padres harían bien en ir con frecuencia al capítulo titulado “La enseñanza por la naturaleza”, en el libro Consejos para bs maestros, pa­ dres y alumnos. La siguiente verdad, por sí sola, podría valer millones para la futura felicidad de los niños: “La belleza de la naturaleza, por sí misma, aparta el corazón del pecado y de las atracciones mundanas, y lo lleva hacia la pureza, la paz y Dios” (p. 178).

¿Por qué escuchar?

Los jóvenes que rehúsan escuchar el “consejo de un instructor detrás del volante” probablemente no obtendrán su licencia para conducir. De forma similar, el no hacer caso a un supervisor en el trabajo, o el dar oí-

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dos sordos a un instructor de computación, o ignorar a un oficial de tránsito sólo nos producirá pérdidas o daños. En la Biblia, la palabra bienaventurado, en el Sermón del Monte, significa “dichoso”. Las bienaventuranzas tratan de cómo encontrar la felicidad. De la misma autora, considera lo siguiente: “Por el estudio de las Escrituras obtenemos un conocimiento correcto de cómo vivir con el fin de disfrutar la mayor felicidad sin sombra” {Joyas de tas testimo-

nios, t. 1, p. 357). Recientemente pedí a mis alumnos en una clase que hicieran una lista de cuáles consideraban ellos que eran los beneficios del cristianis­ mo bíblico. Sus sugerencias incluyeron:

• Saber que uno es amado.

• Tener esperanza para el futuro.

• Recibir ayuda para tomar decisiones.

• Comprender por qué existe el mal.

• Saber qué ocurre cuando uno muere.

• Aprender cómo tener éxito.

Esto es sólo una tercera parte de lo que estos tres varones y cuatro niñas sugirieron. Sin duda, podrías añadir muchos más, como lo hace la Escritura. A veces, les pido a mis alumnos que memoricen Proverbios 3:13 al 18. La sabiduría, dice allí, es más preciosa que el oro o los rubíes. “Todo lo que puedas desear no se puede comparar a ella” (vers. 15). Ella ofrece largura de días, verdaderas riquezas, honor, deleites y paz. “Bienaventu­ rados son los que la retienen” (vers. 18). Un capítulo de Patriarcas y profetas, que lleva por título “Las escuelas de los profetas”, habla de lo que ofrece la verdadera sabiduría, la reli­ gión de Cristo:

“La verdadera religión pone al hombre en armonía con las leyes de Dios, físicas, mentales y morales. Enseña el dominio de sí mismo, la se­

renidad y la templanza. La religión ennoblece el intelecto, purifica el gusto y santifica el juicio. Hace al corazón participante de la pureza del cielo. “La fe en el amor de Dios y en su providencia soberana alivia las cargas de ansiedad y cuidado. Llena de regocijo y de contento el corazón de los encumbrados y los humildes. La religión tiende directamente a fomentar la salud, alargar la vida y realzar nuestro goce de todas sus bendiciones. Abre al corazón una fuente inagotable de felicidad

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“No se puede hallar gozo verdadero en la senda prohibida por Aquél que sabe en qué consiste lo mejor, y procura el bien de sus criaturas. El sendero de la transgresión lleva a la miseria y la perdición; pero los ca- minos de la sabiduría ‘son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz’ (Prov. 3:17)” (pp. 649, 650). ¡Considero esto como un resumen maravilloso! Junto con una refe' renda a Proverbios 3:13 al 18, yo lo incluyo en cada compendio para mis clases. ¿Qué más podría alguien pedir? ¿No sería necio decir que no? En las palabras de Cristo, “¿Qué aprovechará al hombre si ganare to­ do el mundo, y perdiere su alma?” (Mar. 8: 36). Colosenses 2:10 lo dice de esta manera: “Y vosotros estáis completos en él”.

Probemos nuestra capacidad de percibir

“Estad quietos” (Sal. 46:10). Considera esto con el versículo con que comienza este capítulo. Piensa en silencio acerca de ello. ¿Qué te dice Dios en este versículo? De acuerdo con el Yearbook [Anuario] de 1999, la Iglesia Adventis­ ta del Séptimo Día tiene más de 5.000 instituciones educativas (uni­ versidades, colegios superiores, escuelas secundarias y primarias), con una inscripción total de unos 900.000 alumnos. Además, hay probable­ mente más de dos millones de niños y jóvenes adventistas que asisten a escuelas públicas o privadas. ¿Qué te dice Mateo 18:12 con respecto a ellos? Permíteme compartir contigo lo que me dice, en relación con los niños que fueron asesinados en la Escuela secundaria de Columbine, en Littleton, Colorado, en abril de 1999. Tal vez, una nota periodísti­ ca puede ayudamos:

“Tenemos que actuar como si estos niños fueran nuestros niños”. 1 Esta decisión provino de dos equipos deportivos de Denver, Colora­ do, cuando cancelaron un encuentro deportivo después del incidente. “Actuar como si estos niños fueran nuestros niños”. ¿Podemos pensar en nuestros niños y jóvenes en la iglesia local de ese modo? ¿Le inte­ resa a Dios cada uno? ¿Te importa cada uno de ellos? Siendo que la oración puede hacer una gran diferencia, aquí hay- una paráfrasis: Tenemos que orar como si todos estos niños fueran nues­ tros niños”. La página de tapa del diario Tribune, de South Bend, Indiana, del

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8 de marzo de 1999 tenía este título: “Los niños en peligro diario”. El artículo informaba que después de una investigación sobre la muerte de 59 niños menores de 18 años, las autoridades estimaron que “más o menos la mitad de las muertes podría haberse evitado”. ¿Podría haber un paralelo con los niños y jóvenes adventistas en relación con su muerte espiritual? ¿Podría evitarse la mitad de las apostasías si los compañeros y los padres fueran más persistentes en rodearlos con un cerco de fe y oración? En mis propias oraciones en favor de los jóvenes, y para tener un millón de personas entregadas a Dios y llenas del Espíritu, uso una y otra vez Lucas 11:9 y el comentario de El conflicto de los siglos (p. 580) acerca de la oración. Muchas veces por día le digo a Dios: “Pa- dre, es parte de tu plan concedemos, en respuesta a las oraciones de fe, bendiciones que de otro modo no nos darías. Con confianza te pi­ do, por lo menos, medio millón de jóvenes llenos del Espíritu y com­ pletamente entregados a ti, y otro medio millón de creyentes mayo­ res”. Pablo nos insta a orar con confianza (Heb. 4:16). Como mencio­ né antes, algunos significados de confiadamente incluyen: “sin te­ mor”, “con fuerza”, “seguros”, “realmente insistiendo”. ¿No necesita­ mos hacer esto cuando oramos para que haya personas llenas del Es­ píritu y totalmente entregadas a Dios?

El interés de Cristo en todos

¿Qué diría Jesús si estuviera sentado contigo esta tarde en tu sala de estar o en tu estudio? Recuerda lo que dijo acerca de la oveja per­ dida de la parábola. “Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se descarriaron. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños” (Mat. 18:13, 14). Mientras trabajaba con el libro More and Still More [Má? y aún más], encontré dos frases que incluyo en mis oraciones casi conti­ nuamente: “Cristo quería salvar a todos. No podía soportar que se perdiera uno solo” (A fin de conocerle, p. 69). “Cristo quería a todos". ¿Los quiero yo? ¿Los quieres tú? A Jesús le gustaba asegurar a su pueblo: “Al que a mí viene, no le

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echo fuera” (Juan 6:37). “Una dependencia confiada en Jesús hace que la victoria no sólo sea posible, sino segura” (In Heavenly Places, p.

17).

¡Esto es maravilloso! ¡No rechaza a ninguno, aunque tú seas el único que va a él! Una dependencia confiada en Jesús hace que la victoria no sób sea posible, sino segura. Esto es no sólo para ti o para mí, sino para cada persona sobre la que tienes influencia, cualquiera sea su edad. ¿Te importan tanto ellos? ¿Sería tal vez eso, de lo que Jesús quisiera hablar contigo si pudieras conversar con él cara a cara? ¿Y tendría él preocupación por los miles de millones de niños y jóvenes secularizados y no cristianos? Permítanme contarles de un grupo de niños musulmanes, de primer grado, por los cuales oro vez tras vez, usando promesas de Isaías 49. Cuando en la primavera de 1994 los seminaristas de la Universi­ dad Andrews pasaron tres semanas estudiando en el Centro de Estu­ dios de Jerusalén, los acompañé a visitar partes de Jordania, Egipto e Israel. Cuando visitamos el Museo de El Cairo, volví a la entrada unos pocos minutos antes que nuestro grupo. Un bondadoso maestro musulmán del primer grado se unió conmigo, y pronto un grupo de unos 25 niños de primer grado se reunieron donde él estaba sentado. Todos los varoncitos vestían pantalones oscuros, camisas blancas y corbata, mientras las nenas vestían faldas oscuras y blusas blancas. El maestro sugirió que cantaran un canto en inglés para este turista. Lo hicieron, y luego cantaron el mismo canto en árabe. Cuando llegó el momento de subir al ómnibus de ellos, todos los niños querían darme la mano. Se pusieron en fila, y durante varios mi­ nutos le di la mano a cada uno. Eran los niños más dulces que he visto alguna vez. Nunca los olvidaré, como tampoco a su maestro. Todos merecen una oportunidad de conocer a Jesucristo como su Salvador y Amigo. En ese tiempo, El Cairo tenía una población de 15 millones de habitantes. Si el 40 por ciento tenía menos de 15 años de edad, eso significa unos 6 millones de niños y jóvenes musulmanes. Aunque no conozco a esos jóvenes, las promesas de Isaías 49 me hacen creer que el nombre de cada uno está esculpido junto a las cicatrices en las manos de Jesús (49:16). ¿Puedo decirlo de nuevo? Oremos como si to­ dos estos niños fueran los nuestros. Y recuerda: El plan de Dios ordena que cuando oramos, él hará cosas que no haría si no oráramos. El mismo

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hecho de que me tomo tiempo para orar por estos niños repetida­ mente significa que tal vez pueda ver a algunos de ellos en la Nueva Jerusalén. Otra indicación acerca de cómo escuchar puede encontrarse en la sugerencia: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46:10). Muchas veces yo mismo uso la pregunta: “¿Qué?” durante los mo­ mentos de quietud. Lo hago de este modo. Tomo media hoja de un cuaderno de apuntes, y en la mitad del frente escribo “Ayer”. Bajo ese encabezamiento escribo “Qué”. Luego registro cosas que necesito vigilar, tendencias que podrían causarme problemas, pecados que debo evitar. Luego uso el resto de la página para otros asuntos de Ayer: breves menciones de errores, oraciones contestadas, providencias, conducción, pecados que necesitan ser confesados, etc. En la parte de atrás de la media página escribo: “Vigilar”. Allí re­ gistro preguntas como: “¿Cuál es el siguiente paso en mi relación contigo, Señor?” “¿Cuál es el siguiente paso en mi relación con mi cónyuge (o niños)?” “¿De qué modo, con tu ayuda, puedo manejar las tentaciones?” Nunca olvides, y no permitas que los ángeles malos te hagan olvi­ dar, que cada persona es importante para Dios. En Lucas 15, el pastor salió buscando el uno por ciento. ¡El uno por dentó le importa a Dios! En el capítulo “¿Podemos comunicamos con Dios?” de El camino a Cristo, se señala que Dios toma un “interés inmediato” en cada una de nuestras necesidades, en cada uno de nuestros gozos, en cada per­ plejidad (p. 101). ¡Un interés inmediato! Como poderoso Ayudador, Dios nos da el Espíritu Santo, mencionado ocho veces en Romanos 8, y esto es para darte ánimo:

“Asimismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudamos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras” (Rom. 8:26, Nueva versión internacional).

Aplicación

Durante tu tiempo de oración lee unos pocos versículos de la Escritu- ra. Considera que Dios te habla mediante ella tan ciertamente como si él

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usara una voz audible. • Lee Romanos 7 y 8. Nota la frustración en la batalla con el yo que está registrada en Romanos 7 ■ Luego señala cada mención del Espíritu en Romanos 8. Considera especialmente los versículos 14 al 17, y 26.

Referencias

1 Tribune, de South Bend, Indiana, del 22 de abril de 1999, pág. Bl.

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