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BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS

CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS

T r a d u c c ió n y notas de

PEDRO PEDRAZA Y PAEZ

BARCELONA
R A M O N S O P E Ñ A , E ditor
PROVENGA, 93 A 97
ín d ic e :

río s .
PRIMERA PARTE
V II.— Muerte lúgubre........ ... ... 132
Lá FAZ
V III.—Funerales paganos.............. ...136
riw . IX .—La traición de un hermano. 130
X .—La ordenación de diciembre. 141
I.—La familia cristiana.............. 5 X I.—Las vírgenes............................146
II.—El hijo del mártir........ ........ 8 X II.—La quinta nomentana........ ...151
III .—La consagración............ ........ 12 X III.—El edicto..................................155
IV .—La familia pagana................. 16 X IV .—El descubrimiento................ ...160
V.—La visita.................................. 22 X V .—Aclaración............................ ...163
V I.—El banquete...................... . ... 25 X V I.—EL lobo en el aprisco............ ...166
V II.—Pobres y ricos.................. ... 30 XVII.-—La primera flor................... ...174
V III.—EL fin del primer día........... 36 X V III.—Recompensas............................181
IX.-—Las reuniones......................... 39 X IX .—Doble desquite...................... ...188
X .—Otras reuniones....................... 47 X X .—Las obras públicas.................104
X I.—Unos parrafitos con el lector. 55 X X I .—Las cárceles.......................... ...107
X II.—El lobo y la zorra.................. 59 X X I I .—El Viático............................ .. 201
X III.—La caridad............................... 62 X X I I I .—El combate........................... ...200
X IV .—Los extremos se tocan............. 65 X X I V .—El soldado cristiano............... 215
X V .—Continúa la obra da caridad. 70 X X V .—El rescate............................. .. 218
X V I.—El mes de octubre... ............. 72 X X V I.—Sebastián vuelve a la vida. 225
X V I I.—La comunidad cristiana........ 81 X X V II.—La segunda corona................ 230
X V III.—La tentación............................ 89 X X V III.—Día crítico íi) .................... 234
X IX .—La calda.................................. 63 X X I X .—Día crítico (ll) .................... 240
X X X .—Día crítico(m ) ............. ... 248
X X X I .—Dionisioy, Yatroy. presto-
SEGUNDA PARTE teroy.................................... 250
X X X n .—El sacrificio aceptado........ .. 263
EL COMEATE X X X II I.—Historia de Miriam............ .. 260
X X X IV .—Muerte.santa....................... .. 274
I.—Diógenes.............................. 101
II.—Los cementerios........ ........ 107
III.—Lo que Diógenes no podía TERCERA PARTE
decir acerca de las cata­
cumbas.............................. 114
LA VICTORIA
IV .—Lo que Diógenes podía de­
cir acerca de la» cata­
cumbas........... . .............. 119 I.—El extranjero de Oriente............ 283
V.—A la luz del sol.................. 124 II.—El extranjero en Rom a................ 287
V I.—Deliberaciones...................... 127 III.—Y último........................................ 290
FABIOLA
O

LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS

PRI MERA P A R T E
l_A RAZ
Marte (Campus Martius), que com­
prendía, en un principio, toda la llanu­
ra formada por aluvión situada entre
I las siete colinas de la antigua Boma y
el río Tíber. Este campo, que, antes de
LA FAMILIA CRISTIANA la caída de la Bepública, había estado
destinado a los ejercicios atléticos y mi­
Si el lector quiere acompañarnos, da­ litares del pueblo, fué invadido poco a
remos una vuelta por las calles de la poco por edificios públicos. Pompeyo
antigua Boma en una templada tarde construyó en él el teatro que lleva su
de septiembre del año 302. El sol de­ nombre, y poco después Agripa edificó
clina hacia bu ocaso y dentro de dos ho­ el Panteón y loa baños a él agregados;
ras habrá desaparecido del horizonte. pero en los primitivos tiempos del Im­
El día es espléndido y sereno y la bri­ perio, la parte llana de este campo fué
sa vespertina ha refrescado el ambien­ ocupada gradualmente por edificios par­
te invitando a los habitantes a salir de ticulares, mientras que la clase aristo­
bus viviendas y dirigirse unos a los jar­ crática levantaba en las colinas suntuo­
dines del César y otros a los de Salus- sas moradas. Así, el monte Palatino lle­
tio para gozar del paseo de la tarde y gó a ser pequeño para contener, des­
recoger las noticias del día. pués del incendio de Nerón, la impe­
En} pero nosotros, amigo lector, en­ rial residencia y su contiguo circo Máxi­
caminaremos nuestros pasos hacia la mo. Lo» baños de Tito, construidos so­
parte de la ciudad llamada Campo de bre las ruinas de la Casa Dorada, ocu-
6 (URDENAL NICOLÁS WI3EMAN

paron el Esquilm o; el Aventino quedó ha casa en que deseamos que pene­


cubierto con los baños de Caracalla; y tren nuestros lectores se halla precisa­
en el período en que escribimos, el em­ mente enfrente del lado oriental del
perador Diocleciano llenaba con sus edificio, extendiéndose por detrás hasta
Termas (1) un espacio del Quirinal su­ la falda del Quirinal, y comprendiendo
ficiente para contener muchos palacios en su área la iglesia de San Marcelo.
en sitio inmediato a los jardines de Sa- Ocupaba grande espacio, como suce­
lustio que acabamos de mencionar. día con todas las principales casas de
El sitio a que dirigimos nuestros pa­ Boma en la antigüedad; pero el exte­
sos se encuentra en el Campo de Mar­ rior es serio, monótono y triste, pues
te, y su situación es tan precisa, que le sus paredes son lisas, bajas, sin adorno
podremos describir con facilidad a los alguno arquitectónico y apenas tienen
quje se hallen enterados de la topo­ algunas ventanas. En el centro de uno
grafía antigua y moderna de Boma. En de los lados de este cuadrado hay una
tiempo de la República había en el puerta en antis, es decir, adornada con
Campo de Marte un espacio cpadrado un tímpano o cornisa .triangular soste­
llamado Septa u Ovile, por su semejan­ nido por dos medias columnas. Hacien­
za con un redil, circuido de estacas y do uso del privilegio propio de los no­
dividido en otros más pequeños a ma­ velistas, de andar sin ser vistos por to­
nera de jaulas, en el cual se celebraban das partes, entraremos con nuestro lec­
los Comicios o reuniones de las clases tor amigo o con nuestra sombra, como
plebeyas en las que emitían sus votos. en otro tiempo diríamos, y atravesando
Augusto realizó el plan de que habla el pórtico, en cuyo pavimento leemos
Cicerón en su carta a Atico (2) transfor­ con placer el agradable salve o bien ve­
mando esta grosera fábrica en un mo­ nido grabado en mosaico, nos hallare­
numento de tanta solidez como mag­ mos en el atrium, o primer patio, de la.
nificencia. El iSepta Julia, como desde casa, rodeado por un pórtico o gale­
entonces se llamó, era un magnífico pór­ ría (2).
tico de mil pies de longitud y de qui­ En el centro del pavimento, que es
nientos de anchura, sostenido por co­ de mármol, brota un saltador de agua
lumnas y adornado de pinturas. Por purísima traída de los collados T u q u ­
las ruinas, todavía visibles, se pue­ íanos por el acueducto de Claudio, que,
de tener idea de lo que era el edificio subiendo y bajando alternativamente,
que ocupaba el espacio en que se levan­ cae en una elevada taza de mármol ro­
tan hoy los palacios de Doria y Verospi, jo, de cuyos bordes se derrama en sua­
situados en el actual Corso, el Colegio ves ondas, y antes de llegar a otro pi­
Romano, la iglesia de San Ignacio y el lón más ancho y bajo, riegan con me-
Oratorio de Caravita (1).
liano, data del 1616. La iglesia de San Igna­
cio está unida al Colegio, que fué levantado
(1) BftSos ■— liontMi en 1582. N. del T.
(2) Lib. IV, epist. 16. (2) El que haya visto el patio de Pompe-
' (1) El palacio Doria fué construido en el yo en el Palacio de Cristal construido en Lon­
siglo xv j es obra de Pedro de Cortona. £1 de dres, habrá adquirido idea de lo que era
Verospi, que ahora pertenece al Crédito í ta­ casa romana antigua,
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS *

nuda lluvia las preciosas y brillantes que se halla cerrado con un espeso vi-
flores distribuidas alrededor en elegan- drio o talco (lopis specularis), a tra­
tes vasos. Debajo del pórtico se ven por vés del cual penetra un claro, si bien
todas partea varios muebles, ricos los suave rayo de sol poniente, nos permi-
unos, extraños los otros : lechos con in- te por primera vez cerciorarnos de que
crustacionea de marfil y aun de plata ; no nos encontramos en un salón encan-
mesas de madera orientales y sobre ellas tado, sino en una casa habitada,
candelabros, lámparas y otros objetos Cerca de una mesa, colocada en el
de adorno de bronce o de plata ; bustos exterior de las columnas de mármol fri-
primorosamente esculpidos, jarrones, gio, está sentada una matrona que aun
trípodes y otras obras artísticas. Cubren no ha llegado al comedio de su vida;
las paredes pintura© que, a pesar de su sus nobles y bondadosas facciones mues-
antigüedad, conservan la frescura del tran las huellas de pasados sufrimien-
colorido y la maestría de la composi- to s ; pero una influencia poderosa ha
ción, y están separadas entre sí por amortiguado sus recuerdos, o los ha
nichos con estatuas que. representan mezclado con un pensamiento más agra-
asuntos mitológicos e históricos, pero dable; de modo que ambos se ofrecen
que nada contienen que pueda ofender siempre unidos, y como si de largo
el pudor ni el más delicado guato, co- tiempo morasen juntos en su corazón,
sa que podría parecer hija del acaso, si La sencillez de su porte contrasta vi­
no se distinguieran algunos nichos va- vamente con la riqueza de todo cuanto
cíos y algunas pinturas cubiertas con la rodea: muéstrase su cabello al des-
un velo. cubierto sin artificio alguno que encu-
Sobre las columnas exteriores de la bra sus plateadas canas; su vestido del
galería presenta el techo abovedado más modesto color y del 'más simple te-
en su centro una espaciosa abertura Ua- jido, no ostenta otro bordado ni ador-
mada impluvium, a través de la cual se no que la franja de púrpura cosida en
extiende una cortina o toldo de lienzo él, denominada segmentum, que deno-
obecuro para impedir que penetren la ta el estado de la viudez. Ninguna de
lluvia o los rayos del sol. Por esta ra- las joyas u ornamentos, a que tan afi-
zón, sólo a favor de la luz de una espe- cionadas eran laB damas romanas, se
cié de crepúsculo hemos podido entre- descubren en su persona. Una pequeña
ver lo que hemos descrito ; pero en cadena o cordón de oro, del cual pendía,
cambio esta circunstancia da más gran- al parecer, un objeto guardado cuidado-
deza a lo que se halla en el interior, sámente dentro del pliegue superior de
Más allá de un arco opuesto al que su traje, era la única cosa parecida a
atravesamos al entrar, se ofrece a núes- joya que circuía su garganta,
tra viBta un patio interior todavía más En el momento que la observamos,
rico, embaldosado con mármoles lista- está cuidadosamente ocupada en una
dos de varios colores y adornado de do- labor que evidentemente no está desti­
radas molduras. El encontrarse en par- nada a un uso personal. Sobre una lar-
te entreabierto el toldo de la claraboya ga y rica tira de brocado borda con hilo
6 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

de oro todavía más rico, y, de vez en Tendrá como catorce años, y, sin embar­
cuando, de varias y distintas cajitas de go, es de elevada estatura, de elegan­
joyas que tiene Bobre la mesa, escoge tes formas y de arrogante porte. Su
ya una perla, ya una piedra engasta­ desnudo cuello y sus miembros están
da en oro para prenderla en el dibujo. perfectamente desarrollados por saluda­
Parece que los preciosos ornamentos de ble ejercicio; sus facciones revelan un
la juventud los ha querido dedicar a un corazón expansivo y sensible, mientras
ñn más elevado. que en su serena frente, a cuyo alrede­
Pero a medida que transcurre el dor caen naturalmente los rizos de sus
tiempo se echa de ver que un ligero blondos cabellos, brilla una clara inte­
malestar turba su alma, embebecida ligencia. Viste el traje propio de la ju­
hasta entonces, a lo menos aparente­ ventud, la corta pr&texta (1), que le
mente, en su trabajo. Ya aparta bub alcanza hasta la rodilla, y suspendida
ojos de él, dirigiéndolos hacia la entra­ de su cuello .se ve la bulla (2) o hue­
da ; algunas veces escucha atentamen­ ca esfera de oro. Un legajo de papelea
te, como si sintiera pasos, y se entriste­ y un rollo de pergaminos que lleva el
ce de haberse engañado; ya dirige sus anciano esclavo que le sigue, nos indi­
miradas hacia el sol, ya, en fin, las can que regresa de la escuela (3).
vuelve hacia una olepsydra o reloj de Entretanto que lo hemos bosquejólo,
agua colocada sobre una ménsula que ha recibido un abrazo de su madre y ha
tiene a su lado ; pero en el preciso mo­ tomado asiento a sus plantas. Contém­
mento en que su creciente ansiedad co­ plalo ella un momento en silencio, co­
mienza a pintarse vivamente en su sem­ mo bí quisiera descubrir en su rostro la
blante, un alegre golpe suena en la causa de su desusada tardanza, pues
puerta de la casa, y, al oírlo, radiante ha vuelto una hora más tarde que de
de gozo se inclina para recibir al bien costumbre ; pero él responde a sus mi­
venido huésped. radas con expresión tan franca y tal
sonrisa de inocencia, que se desvane­
ce al punto toda sombra de duda, y di­
0
rigiéndole la palabra le pregunta ama­
blemente :
II — ¿Cuál ha sido hoy, querido hijo
mió, la causa de tu tardanza? ¿Acaso
EL H IJ O DE L M Á R T IR
algún desagradable suceso ha detenido
tus pasos?

(1) Especie de toga orlada en la fimbria


Era el recién llegado un joven lleno con una franja de púrpura, que llegaba poco
de gracia, de vivacidad y candor, que más abajo de la rodilla. N. del T.
(2) Consistía en un anillo de forma de co­
cruza con tan ligero y rápido paso el razón que los hijos do los nobles llevaban al
atrio, dirigiéndose hacía el salón inte­ cuello nasta la edad de catorce añoe. N. del T.
(3) Esta costumbre sugiere a San Agus­
rior, que apenas tenemos tiempo para tín la peregrina ideH de que los judíos fueron
loa pcedagogi de la cristiandad, pues llevaban
bosquejarle antes que penetre en él. a la escuela libros que no podían entender.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 9

— j Oh ! no, la más dulce de las ma­ — Pues bien— contestó el jovencito,


dres, te lo aseguro ; muy por el contra­ — este día, por ser el último de mi asis­
rio, todo ha sido placentero : tanto, que tencia a la escuela, me parece que ha
apenas me atrevo a referírtelo. sido singularmente favorecido, y más
Una mirada acompañada de una son­ aún por extrañas circunstancias. En
risa de dulce reproche, hizo reir alegre­ primer lugar he sido coronado como
mente al niño, que continuó diciendo : vencedor en la declamación. Nuestro
— Bien, me parece que habré de re­ buen maestro Casiano nos señaló como
ferírtelo. Ya sabes que no soy feliz y trabajo, durante las primeras horas de
que no duermo tranquilo, e í dejo de de­ la mañana, una disertación sobre el si­
cirte lo malo y lo bueno que he hecho guiente tema : «El verdadero filósofo
en el transcurso del día. debe estar siempre dispuesto a morir
Sonrióse de nuevo la madre, no acer­ por la verdad». Esto dió lugar, como
tando qué podría ser el mal que hicie­ verás luego, a singulares descubrimien­
ra su hijo. tos. Jamás había oído cosa más fría e
— Leí días atrás que los Escitas depo­ insípida (me parece que no hago mal
sitan en una urna todas las noches una en decirlo así) que las composiciones
piedrecita blanca o negra, Begún ha leídas por mis compañeros. No era, por
sido el día feliz o desgraciado. Si yo hu­ cierto, culpa suya ; ¡ pobres compañe­
biera de seguir esa costumbre, sería pa­ ros ! ¿Qué verdad pueden ellos poseer
ra designar en blanco o en negro los ni qué aliciente para dar la vida por sus
días en que he tenido o no ocasión de falsas creencias? Pero a un cristiano,
referirte cuanto he hecho. Pero hoy, I cuán encantadoras ideas sugiere natu­
por la primera vez, abrigo una duda y ralmente este tema 1 Y así me aconte­
escrúpulo de conciencia sobre si habré ció a mí. Inflamóse mi corazón y pa­
de referírtelo todo. recía como que todos mis pensamientos
Sea que el corazón de la madre estu­ brotaban fuego mientras escribía mi en­
viese más oprimido de lo ordinario a sayo. No podía suceder de otra mane­
cauBa de b u ansiedad primera, o que re­ ra, educado como estoy en tus leccio­
velasen sus ojos una solicitud más dul­ nes y en los ejemplos domésticos que
ce, ello es que el niño, tomando entre presencio cada día. No de otro modo
las suyas las manos de su madre y lle­ podría sentir el hijo de un mártir. Pe­
vándolas con ternura a sus labios, re­ ro cuando me llegó la vez de leer mi
puso : trabajo, mis propios sentimientos estu­
— Está tranquila, madre m ía ; nada vieron fatalmente a punto de descubrir­
ha hecho tu hijo que pueda causarte me. En el calor de la declamación, la
sentimiento. Dime, ¿quieres saber todo palabra cristiano se escapaba de mis
lo que me ha acontecido hoy o sólo la labios en vez de la de filósofo, y la de
causa de mi tardanza? fe en lugar de la de verdad. A la pri­
— Cuéntamelo todo, querido Pancra- mera equivocación noté en Casiano un
cio—repuso la madie ;— nada de cuan­ movimiento repentino de sorpresa; a
to te atañe puede serme indiferente. la segunda vi desprenderse una lágrima
10 CABDENAL NICOLAS WlSEWAN

de sus ojos, y dirigiéndose afectuosa­ prendido que este es el último día que
mente a mí me dijo en voz queda : nos reuniremos aquí (y pronunció con
«Cautela, hijo mío, que escuchan aquí énfasis particular esta palabra), y tengo
oídos muy listos y recelosos». que ajustar contigo una cuenta larga.
— Pues qué— interrumpió la madre, En la escuela has hecho alarde de tu
— ¿ Casiano es también cristiano? Cuan­ superioridad sobre mí y sobre otros más
do elegí su escuela para ti, movióme su antiguos y mejores que tú. He notado
alta reputación de sabiduría y morali­ hoy que me lanzabas tus miradas alta­
dad ; doy ahora gracias a Dios porque neras, cuando declamabas tu hinchado
asi lo hice. Pero en estos días de peli­ discurso, y he alcanzado algunas frases
gros y sobresaltos nos vemos forzados que pagarás bien caro, y eso muy lue­
a vivir como extranjeros en nuestra go, que mi padre, bien lo sabes, es pre­
misma patria, sin conocer apenas los fecto de la ciudad (la madre se estre­
rostros de nuestros hermanos. Verdad meció ligeramente), y algo se prepara
es que si Casiano hubiera manifestado que podrá tocarte de muy cerca. Pero
su fe, muy luego su escuela habría que­ antes de separarnos menester es que to­
dado desierta. Pero prosigue, querido me el desquite. Si eres digno de tu
hijo ; ¿fueron fundados sus temores? nombre y no quieres que sea una pa­
— Así lo temo, porque mientras la labra despreciable (1) trabemos un com­
mayor parte de mié condiscípulos, sin bate más varonil que el del stilo y las
parar mientes en estas equivocaciones, tablillas (2). Lucha conmigo a brazo
aplaudían con entusiasmo mi apasiona­ partido o con el cestus (3). Ardo en de­
do discurso, vi que los ojos negros de seos de humillarte delante de estos tes­
Corvino se posaban en mí con expre­ tigos de tus insolentes triunfos.»
sión airada, y se mordía los labios con Al oir esto, la sobresaltada madre se
visible cólera. inclinó hacia él para no perder palabra
— ¿Y quién es, hijo mío, ese Corvino y respirando apenas exclamó :
que tan irritado se mostraba? — ¿Y tú qué le respondiste, hijo mío?
— Es el muchacho mayor y más ro­ —L e contesté con dulzura que se
busto, pero por desgracia el más torpe equivocaba; que jamás había hecho a
de la escuela : pero esto, como conoces, sabiendas cosa que pudiera ofender a
no es culpa suya* Ignoro el por qué de él o a cualquiera de mis compañeros,
la ira y mala voluntad que, al parecer, y que ni por sueño había pensado en
me ha tenido siempre, y no acierto a
adivinar su causa.
— ¿T e ha dicho o hecho algo? (1) £1 *panera tium» era el ejercicio que
los compradla iodos, la lucha a brazo parti­
— Sí, y éste es el motivo de mi tar­ do, el pugilato, etc.
(2) Se refiere a loa instrumentos UBados
danza. Cuando salimos de la escuela, al para escribir en las escuelas. Las tablillas es­
pisar el campo que está cercano al río, taban cubiertas con cera, sobre la cual se tra­
zaban las letras con un punzón, jíi/o, y se bo­
se me encaró con ademán insolente, en rraban con el extremo de éste, quo era acha­
presencia de nuestros compañeros, di- tado.
(3) Especie de cinto o de guante con que
ciándome : «Ven, Pancracio : he com­ se envolvían las manos en el pugilato.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAB CATACUMBAS H

arrogarme superioridad sobre ellos. «En adorador de la cabeza de un asno (1)-


cuanto a lo que me propones— añadí,— Nos has ocultado tu morada, pero yo
no ignoras, Corvino, que siempre he re­ daré con ella; en tanto recibe esta prue­
husado admitir combates personales, ba de mi firme resolución de vengar­
porque empiezan por mero ensayo de me.» Y diciendo esto me dió un furio­
destreza y terminan en una lucha san­ so bofetón en el rostro que me hizo va­
grienta, en odio y en deBeo de vengan­ cilar y casi desvanecerme, mientras que
za- ¿ Cómo quieres que los acepte cuan­ mis compañeros aplaudían y lanzaban
do confiesas paladinamente que ansias gritos de alegría salvaje.
empezarlos con esos depravados senti­ Prorrumpió el niño en copioso llanto
mientos con que ordinariamente aca­ que desahogó un tanto su corazón del
ban?» En esto nuestros condiscípulos peso que le oprimía y continuó.
habían formado círculo en torno nues- — ¡ Oh, cómo sentí hervir en aquel
tro, y conocí claramente que todos es­ momento mi sangre! ¡ Cómo me pare­
taban en contra mía, que deseaban go­ ció que estallaba mi corazón dentro del
zarse con el deleite de sus inhumanos pecho y sentía resonar en mi oído una
juegos, y, sin embargo, añadí cariñosa­ voz que escarneciéndome me decía:
mente : «Quedad con Dios, compañe­ / Cobarde i No podía ser otra voz que la
ros ; os deseo mil felicidades y me se­ de algún espíritu maligno. Y, sin em­
bargo, era bastante fuerte, ain contar
paro de vosotros, como entre vosotros
he vivido: en paz®. «No será así», re­ con el vigor que me prestaba mi na­
plicó Corvino encendido el rostro en ciente cólera, para asir de la garganta
furor, pero... a mi injusto agresor y derribarle en el
suelo sin aliento. Ya oía el clamor de
Al llegar aquí, enrojecióse el sem­
los aplausos que habían de saludar mi
blante del mancebo; conmovióse su
victoria y lias burlas que le dirigían al
voz, se estremeció su cuerpo, y, medio
vencido. Fué este el combate más pe­
sofocado por los sollozos, dijo : noso de mi vida : jamás tuvieron más
— No puedo más, madre mía ; no me fuerza ni mi carne ni mi sangre. |Ple­
atrevo a referirte lo restante. gue a Dios no vuelva a encontrarme en
— Yo te suplico, por el amor de Dios mis días en otro tan tremendo!
y por el que profesas a la memoria de — ¿Y qué hiciste entonces, hijo de
tu padre—dijo la madre colocando las mi alma?— preguntó suspirando la tré­
manos sobre la cabeza de su hijo,— que mula matrona.
no me ocultes nada. No tendría jamás — Mi ángel bueno arrojó al demonio
un momento de reposo, si me ocultaras de mi lado— repuso el joven ;— me acor­
¿Qué más dijo e hizo Corvino? dé de nuestro divino Señor cuando, ro­
El jovencito recobró su serenidad des­ deado, en casa de Caifás, de enemigos
pués de una corta pausa y de una si­ que le injuriaban y herían ignominiosa^
lenciosa plegaria, y continuó. mente sus mejillas, les contestaba con
— «No será así», exclamó Corvino; (1) Una de las muchas calumnias que los
«no te separarás de este modo, cobarde paganos propalaban contra los cristianos.
12 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

su humildad y perdón : ¿podía yo obrar respondido a la última pregunta de su


de otra manera? ¿Qué debía hacer sino hijo, dándole un beso en su abrasada
imitar el ejemplo de Jesús? Tendí la frente. No era sólo emoción maternal
mano a Corvino, diciéndole : Dios te la que agitaba su seno, ni ese inefable
perdón© como de todo corazón te per­ contento que experimenta una madre
dono y o ; que Él te colme de bendicio­ cuando, habiendo educado a su hijo en
nes (1). En aquel momento vino hacia ciertos principios elevados y de obser­
nosotros Casiano, que desde lejos lo ha­ vancia difícil, lo ve expuesto a la más
bía presenciado todo, y se dispersó rá­ dura prueba, y salir victorioso de ella;
pidamente la caterva de muchachos. ni tampoco el gozo de tener por hijo a
Supliquéis por nuestra fe común, cono­ uno que e,n tan tierna edad daba mues­
cida ya por ambos, que no castigase a tras de tan heroicas virtudes; pues con
Corvino por lo que acababa de hacer, y mayor motivo que el que tuvo la ma­
me aseguró lo haría así. Y ahora, dul­ dre de los Gracoa para presentar sus hi­
císima madre— murmuró el joven con jos a las atónicas matronas de la Boma
suave y blando acento reclinándose bo- republicana como sus únicas joyas, po­
bre su seno,— ¿no es cierto que tengo día esta madre cristiana jactarse ante la
razón para llamar feliz este día? Iglesia del hijo que había educado para
ésta.
Otro sentimiento más profundo, o di­
remos mejor, más sublime la dominaba
en aquel momento. Había llegado el día
esperado con tanta ansia desde muchos
años ; el instante por cuyo advenimien­
to había orado con todo el fervor de una
ni madre. Más de una madre piadosa, ha­
bía dedicado su hijo desde la cuna al
l a c o n s a g r a c ió n
más santo y noble de los estados que
existen sobre la tierra; ha suplicado y
anhelado verle un día, primero casto L e­
Mientras así conversaban había ano­
vita, y más tarde sacerdote santo; ha
checido rápidamente : una anciana cria­
estado observando con ansiedad sus
da entró en estos momentos, sin que lo
nuevas inclinaciones y ha procurado di­
advirtiesen la madre ni el hijo, encen­
rigir suavemente sus pensamientos ha­
dió las lámparas colocadas sobre cande­
cia el santuario del Señor : y si este hijo
labros de mármol y bronce, y se retiró
es único como Samuel lo era de Ana,
en seguida. Una brillante claridad bañó una consagración tal, la consagración
de luz el absorto grupo de Lucina y de
de todo lo que se ama con más ardien­
Pancracio, que permanecían en silen­
te ternura, con justicia puede ser con­
cio después que la santa matrona había
siderada como un acto de heroísmo ma­
ternal. ¿Qué no deberá, pues, decirse
(1) E&ta escena está tomada de un hecho
real. do las antiguas matronas Felicitas, Sin-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 13

forosa, o la madre incomparable de Iob imaginaba que un dosel de plata o ct-


Macabeos, que ofrecieron y entregaron borium , del peso de 287 libras había de
sus hijos, no uno, sino muchos y aun to­ ser colocado por el papa Honorio I (1)
dos, para algo más que sacerdotes, pa­ sobre la urna de pórfido que contendría
ra víctimas que habían de ser inmola­ sus cenizas. Ni abrigaba la menor idea
das en los altares de Dios? de que figuraría su nombre en todos los
Un pensamiento de esta especie era martirologios y que su imagen corona­
el que en aquella hora ocupaba el co­ da de rayos se veneraría en muchos al­
razón de Lucina, en tanto que con los tares, en memoria del niño mártir de
ojos cerrados, levantando su espíritu al la primitiva Iglesia, El era únicamente
Cielo, oraba pidiéndole fortaleza. Aun­ el jovencito y candoroso cristiano, que
que se conceptuase llamada a sacrificar consideraba como natural el cumpli­
generosamente cuanto había para ella miento de la ley de Dios y de su evan­
de más amado en el mundo, y aunque gelio ; y aquel día estaba satisfecho por­
lo tuviera previsto y deseado, no sin in­ que había cumplido con su deber, aun­
tensa agonía maternal veía llegado el que hubiese sido en circunstancias de
cumplimiento de su deseo. dolorosa prueba. No formaban parte de
¿Y qué pasaba en tanto en el alma sus reflexiones el orgullo ni la vanaglo­
del joven que tan silencioso y abstraído ria, que de otro modo su conducta hu­
lo tenía? No pensaba, seguramente, en biera dejado de ser heroica.
el alto destino que le esperaba, ni te­ Cuando levantó de nuevo sus ojo?,
nía la viaión de la venerable Basílica después de su serena meditación y apa­
que había de ser visitada 1600 años cibles pensamientos, a la nueva y bri­
después por el anticuario religioso y el llante luz que acababa de iluminar la
devoto peregrino, dando su nombre, estancia con vivísimos resplandores, se
que conservaría en adelante, a la inme­ encontró con el rostro de su madre, 1¿
diata puerta de Roma (1) : ni vislum­ cual le miraba radiante, con tal expre­
braba la iglesia que había de levantar­ sión de ternura y majestad, que no re­
se en honra suya en los siglos de fe, en cordaba haber notado en ella jamás.
las márgenes del apartado Támesis, y Parecióle hija de la inspiración aquella
que aun después de su profanación ha­ mirada de su madre; su rostro el de
bía de ser elegida por los corazones de­ una aparición celestial, y sus ojos los
votos, fieles aún a su querida Boma, que podía figurarse serian \os. de un án­
como último lugar de su reposo (2). Ni gel. Silenciosamente y casi sin advertir
lo, había variado de postura y arrodillá-
(1) _ Iglesia y puerta de San Pancracio. dose delante de ella : adoración bien na­
La primera fuó fundada por el papa San Fé­ tural, pues era para él un Angel Custo­
lix el 274, sobre las catacumbas de Calepodio,
uno de loo máa célebres cementerios citados dio que lo había escudado de todo mal
en las Actas de loa Mártires. Félix II la am­ y dádole en las virtudes de su santa vi-
plió, y S. Simaco la restauró en 498.—La
puerta do San Pancracio, situada al extremo
de la llamada hoy calle Garibaldi, sobre el
Janiculo> es la antigua Porta Aurelia, (No­ dres, fué el cementerio predilecto de los cató­
ta del T). licos ingleses, hasta que tuvieron uno propio.
(2) La iglesia de San Pancracio en Lon- (1) Anastasio Biblioth, *in vita Honori».
11 CARDENAL NICOLÁS WI9EMAN

da un modelo que seguir desde la in­ generosos sentimientos debe de estar tu


fancia. Rompió el silencio Lucina concorazón. Eres demasiado sincero y hon­
gravedad y acento profundamente con­ rado para escribir y expresar con tanto
movido. ardor que era un deber glorioso morir
por la fe, si no lo hubieras creído y sen­
— Por fin llegó el día, querido hijo
mío, que durante mucho tiempo ha sidotido así.
el objeto de mis fervientes oraciones, y— Y así lo creo y lo siento—replicó
vivamente el joven; — ¿qué felicidad
por el que he suspirado con toda la efu­
sión de mi amor maternal. Con la más mayor puede desear un cristiano en la
tierra?
exquisita solicitud he cultivado en ti la
naciente semilla de cada virtud cristia­— Sí, hijo mío, dices muy bien—pro­
na, dando gracias a Dios cuando co­ siguió L ucina; — pero yo no hubiera
menzaban a aparecer. He observado tu quedado por completo satisfecha con pa­
labras. Lo que acaeció después me ha
docilidad, tu dulzura, tu inteligencia, tu
piedad y tu amor a Dios y al hombre. demostrado que eres capaz de sufrir in­
trépida y resignadamente, no sólo el do­
Con satisfacción he visto tu fe viva, tu
indiferencia por las cosas mundanas, lor físico, B in o lo que comprendo ha de­
bido ser más duro para un patricio en
y tu ternura para con los menesterosos.
cuyas venas hierve la Bangre de la ju­
Pero esperaba con ansiedad la hora que
me demostrara decisivamente si sería ventud : la irritante ignominia de un
hastante para tu contentamiento el hu­vergonzoso bofetón y las palabras y bur­
milde legado de las escasas virtudes de
las insultantes de la despiadada muche­
tu madre y si eras el noble heredero de
dumbre. Más aún, has Bido fuerte para
las prendas de tu padre el mártir. Esta
perdonar y aun rogar por tu enemigo.
hora, a Dios gracias, ha llegado hoy. Hoy has subido, cargado con la cruz,
— ¿Qué he hecho, pues, para que asíhasta las altas sendas de la montaña...
se haya modificado la opinión en que un paso más y podrás plantarla en la
me teniaB?— preguntó Pancracio. cima. Has demostrado que eres el ver­
— Escúchame, hijo mío ; hoy, que era
dadero hijo del mártir Quintino; ¿de­
el último día de tu educación escolar,seas parecerte a él ?
creo que nuestro misericordioso Señor — ¡ Madre, madre' la más querida y
se ha dignado darte una lección que la más dulce de las madres—repuso el
vale por todas las que has recibido allí,
mancebo, conmovido, — ¿serla yo su
y revelar que has salido de la infancia,
verdadero hijo si no anhelase parecer-
que es menester tratarte en lo sucesivo
me a él? Aunque no he gozado la feli­
como hombre, porque de tal son ya tus cidad de verle, ¿no he tenido su imagen
palabras y tus acciones. siempre presente en mi alma? ¿N o ha
—¿Qué es lo que quieres decir, que-sido él, por ventura, el legítimo orgullo
íida madre? de mis pensamientos? Cuando cada año
— L o que me has referido acerca de se ha celebrado su solemne aniversario
tu discurso esta mañana—repuso Luci­ como el de uno de los bienaventurados
na,— me prueba cuán lleno de nobles y que rodea al Cordero, en cuya sangre
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS ^

han bañado sus vestiduras; j con qué ciosas : abrióla y sacó de ella una espon­
transportes se ha regocijado en su glo­ ja seca, pero con manchas muy obscu­
ria mi espíritu y mi corazón ! ¡ cuánto le ras.
he rogado con toda la efusión del amor — Esta también, Pancracio, es la
filial que obtenga para mí, no fama, ni sangre de tu padre—-dijo con voz tré­
distinciones, ni riquezas, ni goces mun­ mula por el llanto yo misma la reco­
danos, sino lo que vale más que todo gí mientras brotaba de la herida mor­
oso, a saber, que la única cosa que ha tal, cuando, disfrazada, presencié su
dejado en la tierra pueda aplicarse en martirio y le vi morir de las heridas qu©
lo que sé que considera él como más había recibido por amor a Jesucristo.
útil y más noble! Contemplóla Lucina enternecida, be­
— ¿Qué cosa es ésa, hijo mío? sóla fervorosamente, y sus copiosas lá­
— Su sangre— replicó el mancebo,— grimas, cayendo Bobre la esponja, la hu­
que todavía corre por mis venas; sólo medecieron de nuevo, haciéndole reco­
esto. Conozco, siento que ha de desear brar la apariencia primitiva, como si en
que esta sangre, como la que circuló aquel instante acabase de empaparla
por las suyas, se derrame por amor de en la sangre que manaba del corazón
su Kedentor y en testimonio de su fe. del mártir. *
— Basta, basta, hijo mío—exclamó la La santa matrona la aproximó a los
madre conmovida por una santa emo­ estremecidos labios de su hijo que se en­
ción ;— arranca de tu cuello el símbolo rojecieron al contacto de tan santo ob­
de la infancia; tengo que darte otra jeto. Con lks profundas emociones de
insignia mejor. cristiano y de hijo veneró Pancracio la
Obedeció Pancracio J se quitó la sagrada reliquia y sintió como si el es­
bulla de oro. píritu de su padre hubiera descendido
— Has heredado de tu padre— prosi­ sobre él y hecho vibrar hasta lo pro­
guió la madre con acento aún más pro­ fundo las fibras más delicadas de su co­
fundamente grave,— un nombre escla­ razón, para que circulase más rápida­
recido, una posición elevada, riquezas mente el liquido que contenía. Pareció­
y cuantas ventajas ofrece el mundo. le que toda la familia se hallaba de nue­
Mas había en su patrimonio un tesoro vo reunida. Lucina volvió a colocar el
que no podía entregarte hasta que es­ tesoro en su relicario y rodeó con la
tuviera persuadida de que eras digno áurea cadena el cuello de su hijo di­
de poseerlo. Te lo he ocultado hasta aho­ ciendo ;
ra, y, aunque lo aprecio más que el oro —'Cuando sea humedecida otra vez,
y las piedras preciosas, ya es tiempo que sea por un manantial más noble
de que lo ciña a tu cuello. que las lágrimas de una pobre viuda.
Con mano temblorosa se quitó del Mas no lo creyó así el Cielo y el fu­
suyo la cadena de oro que caía sobre su turo campeón fué ungido y el futuro
pecho, y por la primera vez vió su hijo mártir consagrado con la sangre de su
que pendía de ella una bolsita ricamen­ padre, mezclada con las lágrimas de su
te bordada y adornada con piedras pre­ madre.
10 CARDENAL NICOLAS WISKMAN

Fabio, el dueño de todos estos teso-


ros y de dilatadas haciendas, era la ver­
dadera personificación del romano, buen
vividor, resuelto a gozar a sus anchas
de esta vida, bien que jamás había so­
ñado pudiera existir otra. Y aunque en
nada creía, no dejaba, sin embargo, de
rendir culto, como cosa corriente, en
IV ocasiones oportunas, a la deidad que se
hallaba de turno, de suerte que era te­
LA F A M IL IA PAGANA nido por hombre tan bueno como sus
convecinos, y nadie tenía derecho para
exigirle más. Pasaba la mayor parte del
Mientras se desarrollaban las escenas día en alguno de los grandes estableci­
descritas en loa capítulos precedentes, mientos de baños, los cuales, además
verificábase otra muy diferente en una de lo que se desprende de au nombre,
casa situada en el valle que separa el contenían en su recinto numerosas de­
Quirinal-del Esquilmo. Pertenecía ésta pendencias que equivalían a nuestros
a Fabio, patricio de la orden ecuestre, casinos, gabinetes de lectura, juegos de
cuya familia había acumulado cuantio­ pelota y gimnasios. Allí tomaba su ba­
sas riquezas mediante el arrendamiento ño, conversaba, leía y pasaba alegre­
de las rentas de las provincias asiáticas. mente el tiempo, a menos que, para
Era su morada más grande y espléndi­ introducir una variante en su regalada
da que la que hemos visitado. Ocupaba existencia, fuera a espaciarse al foro
una vasta extensión de terreno y con­ oyendo los discursos de los tribunos o
tenía un peristilo o patio amplísimo, ro­ la defensa de algún abogado, o recorrie­
deado de muchas habitaciones, alhaja­ se alguno de los muchos jardines fre­
das todas no sólo con las obras más pre­ cuentados por la sociedad más escogida
ciosas del arte europeo, sino también de Roma. Regresaba después a su casa
con las más raras producciones del para disfrutar de una cena espléndida
Oriente. Los pavimentos estaban cu­ poco más o menos a la misma hora en
biertos de alfombras de Persia, sedas de que acostumbramos comer en la actua­
la China, telas de brillantes colores traí­ lidad, a la cual concurrían algunos hués­
das de Babilonia y tapices bordados en pedes convidados de antemano, y otros
la India y en Frigia revestían el mo­ que recogía en el transcurso del día en­
biliario, mientras que en todas partes tre la caterva de parásitos que se hallan
se veían esparcidas mil curiosidades en siempre al paso dispuestos a gozar de
marfil y metales preciosos, que se su­ los placeres de una mesa opíparamente
ponían labradas por los habitantes de servida.
las islas situadas allende el Océano de En su casa, cuya custodia y arreglo
la India, de formas monstruosas y fa­ estaban encomendados a una multitud
buloso origen. de esclavos, era señor bondadoso e in-
FABIOLA 0 LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 17

dulgente; y como lo que más aborre- para reflejar el cuerpo entero; bajo de
cía era el incomodarse, dejaba el cui- él y sobre una mesa de pórfido hay una
dado de todo a la dirección de sus liber- colección de innumerables y raros cos­
tos. méticos y perfumea, a los cuales eran
Pero más que con él deseamos poner tan aficionadas las señoras romanas, que
en relaciones al lector con otra per- empleaban en su adquisición cuantio-
sona de su casa, con la participadora de saB sumas (1).
sus sorprendentes magnificencias, la Sobre otra mesa de madera de sán-
única heredera de bus riquezas, su hi- dalo de la India, ostentábanse en bus
ja, que según la costumbre de Roma, preciosos estuches, ricos dijes y joyas
lleva el nombre de su padre, pero dul- para escoger entre ellas las que habían
cificado con el diminutivo, y la deno- de servir aquel día.
minan Fabiola. No entra en nuestros propósitos, ni
Como lo hemos hecho en parecidas nos incumbe, el describir las personaB
ocasiones, conduciremos al lector al apo- ni sua formas, sino el sondear bus cua-
sento de la joven. Se asciende a él por lidades chórales. Nos limitaremos, pues,
una escalera de mármol que arranca a decir que Fabiola, que contaría unos
en el segundo patio, a cuyos lados se veinte años, no cedía en belleza a las
extiende una serie de habitaciones que otras damas de au clase, edad y fortu-
van a terminar en una azotea, adorna- na, y que tenía numerosos aspirantes a
da con plantas exóticas y refrescada con gu mano. Pero su índole y carácter for-
una graciosa fuente. maban raro contraste con el de su padre.
En este aposento están reunidas las Orgulloaa, altiva, imperiosa y cólerica
obras más exquisitas y raras del arte sojuzgaba cual pudiera hacerlo una em-
romano y extranjero. El gusto más re- peratriz a los que la rodeaban, salvo
finado y ayudado por los medios que pro- una o dos excepciones, y exigía humil-
porcionan las riquezas y circunstancias de homenaje de cuantos se le aproxi-
especiales ha presidido evidentemente maban. Hija única, pues había perdido
a la reunión y colocación de todos estos su madre al nacer, había sido educada
objetos. En este instante, como Be apro- con demasiado mimo por su indolente y
xima la hora de la cena, vemos a la bondadoso padre. Instruida por afama-
dueña de esta primorosa estancia ocu- dos maesttos, poseía vastos conocimien-
pada en adornarse para aparecer con tos en el saber humano y estaba dota-
nuevo esplendor. da de no pocas perfecciones ; pero acos-
Hállase reclinada sobre un lecho cona- tumbrada a satisfacer sus más extrava-
truído en Atenas, incrustado de plata, gantes antojos, jamás había conocido lo
en un gabinete de forma cicena, esto que era contradecirle un deseo,
es, con ventanas de cristales hasta el Abandonada con frecuencia a sí mis-
suelo, que se abren por el lado de la ma habla leído mucho, y especialmente
azotea de las flores. En el paño de la -------------
pared que está enfrente, pende un es- (1) Sólo en la confección de na cosmético
_ . , para Popea, e&po&a de Nerón, o© consumía
p©]0 de plata pulimentada, suficiente 5iaxiamene la leche de 300 burras.
TABTOLA.— 2
1c CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

libros serios y profundos, y se había de­ Donatello. Y sin embargo, ¿en cuántos
clarado partidaria del epicureismo filo­ palacios italianos no se conservan aún
sófico refinado, es decir, intelectual e las obras de estos eminentes artistas,
incrédulo que a 1a sazón estaba en bo­ justamente admiradas ya que no imi­
ga en Boma. Del cristianismo sólo sa­ tadas? Pues exactamente lo mismo su­
bía que era algo bajo, material y vul­ cedía en aquellas casas pertenecientes a
gar, y lo despreciaba demasiado para las antiguas y opulentas familias de Bo­
tomarse el trabajo de estudiarlo en su ma.
fondo. En cuanto al paganismo con sus Encontramos, pues, a Fabiola recos­
dioses, sus ridiculas fábulas y su idola­ tada en su lecho, asido por el mango
tría, se burlaba de él para sus adentros, en la mano izquierda un espejo de pla­
aunque exteriormente lo profesaba. En ta, y en la derecha un instrumento im­
una palabra, nada existía para ella más propio de mano tan delicada. Era éste
allá de esta vida, ni pensaba en otra un lindo puñal primorosamente cince­
cosa que en los delicados goces de la lado, con puño de marfil, y una argo­
presente. Pero por fortuna su mucho lla de oro para sostenerlo ; instrumento
orgullo era égida de su virtud-; detesta­ favorito con que las damas romanas cas­
ba la perversidad de la sociedad paga­ tigaban a su b esclavos, y desahogaban
na, y despreciaba a loa frívolos jóvenes en ellos la cólera que la más leve con­
que le rendían a porfía sus aduladores tradicción las producía. Tres esclavas
homenajes y con cuyas necedades Be di­ rodean ahora a su señora : pertenecen a
vertía. Teníanla generalmente por fría diferentes razas, y han sido compradas
y egoísta, pero su conducta era moral­ a elevado precio, no ciertamente por
mente irreprensible. su agradable aspecto, sino por sus habi­
Desde el comienzo de esta historia lidades. Una de ellas era negra y no de
venimos haciendo largas descripciones, la raza degradada, sino de las de Abifli-
como si en ello tuviéramos especial com­ nia y Numidia, cuyas facciones son tan
placencia ; mas conviene decir que la« regulares como las de los habitantes de
consideramos, necesarias para enterar Iob pueblos asiáticos ; pasa por muy en­
mejor al lector del estado material y so­ tendida en el conocimiento de las plan­
cial de Boma en el período a que nos tas, en sus propiedades medicinales y
referimos, lo cual hará la narración más de tocador y otros usos tal vez más pe­
inteligible ; y si llegase a creer que exa­ ligrosos, como en la composición de fil­
geramos el esplendor y magnificencia tros y aun de venenos: sólo es conoci­
de algunas cosas en una época de deca­ da por su denominación nacional de
dencia en las artes y en el buen gusto, Afra. Era la otra griega, distinguida
le haremos presente que el tiempo en por su buen gusto en el vestir y por la
que suponemos estos vicisitudes a Bo­ elegancia y pureza de su acento; lla­
ma, distaba tanto de los mejores tiem­ mábase Grata. El nombre de la tercera
pos del arte romano, el de los Antoni- es Syra, que nos revela su procedencia
nos, por ejemplo, como la época presen­ asiática, la cual sobresalía por el primor
te dista del tiempo de Cellini, Bafael y de sus bordados y el esmero de sus ser-
19
FABIOLA 0 LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS

vicios; y eT& tan apacible, silenciosa y pir con mi deber contestó la m


tan exacta cumplidora de sus deberes, y sincera Syra.
como las otias locuaces, ligeras y jac- Me parece, esclava repu ,
tanciosas por la cosa más insignificante enojo, la» altiva señora, que
que hacían. Incesantemente dirigen muy dada a elogiar ; nunca se oye s
ambas a su señora las adulaciones más de tus labios palabras ísonj
serviles, y prueban a interceder por - ¿ Y qué valdrían-respondio Syra
aquel de loa candidatos a su mano que -la ® palabras de una pobre
las ha sobornado con más largueza o rigidas a tan noble ama, acos u
mayor elocuencia. a oirías todos loa d as de la t a , fin. * ; ,
— Cuánto gozarla, mi noble señora— elocuentes? ¿í>o as espr i ,
dijo la esclava negra,— si me fuera dado ventura-, cuando salen e n
hallarme esta noche en el tnclinium (1) Sus dos compañeras a anzar
cuando tú entres, para observar en los mirada de despecho; Fabola encole-
convidados el brillante efecto de este rizada también, quiso i m p o n e r ^
nuevo stibium (2>. Muchos ensayos me rrectivo. ¡ Un sen jmien o
ha costado antes de obtenerlo tan per- una esclava 1 , ...
fecto ¡ pero puedo asegura, que ¡amis -¿ C o u q u e rgnoras «
se ha visto en Roma c L que se le pa- altanería - que eres mía y que te he
Tezca comprado por una crecida suma para
- P u e s yo— añadió la astuta griega, que me sirvas según mis caprinos?
- n o me atreveré a aspirar a tan alta Tanto derecho tengo ai » » » ‘"
honra. Me daría por satisfecha con ad- lengua, como al de tus manos y si m
mirar desde el umbral de la puerta el agrada ser alabada, adulada y aun can-
efecto magnífico de esta preciOBo tú- tada por ti, habr s e acer
nica de seda que vino en ia última re- te pese. ¡ Seria
mesa de oro del Asia. Nada puede igua- te curioso, que nna esc!™ tu viera
lar su belleza ni elegancia, gracias a mi voluntad que la deausefiora, cuando
habilidad, que en nada desmerece de la ni aun e.u vida e pe ■
” . —-Es verdad— repuso Syra con cal-
U-Y tú Syra—preguntó Fabiola con ™ y dignidad ; - m i vida te pertenece
despreciativa^sonrisa,—¿qué es lo que C o l o q u e termma c o n m , ^ .
deseas y qué tienes que alabar de tu tiempo, sal ud, fuerza' y
* K■9 Todo esto lo compraste con tu oro y es,
r - N o deseo otra cosa, noble sefiora, I™ consiguiente, de tu Pr»P¡«d^ ^
... x. todavía me queda una que no bastarían
sino que seas siempre fe li z ; en cuanto 10(1 ¿
T u - j 3 ¿ IoV^ot- para comprarla todas las riquezas de un
a mi trabajo, de nada tengo que alabar- * * ni de ^ 6noadenada con
me, porque no he hecho m is que cum- ^ ^ ^ ^ m ence-

rrada en los límites de la vida.


( 1) El comedor.
jcji comeaor. —¿ Y qué cosa es ésa?...
(2) Antimonio negro que se aplicaba a los — U n alma.
párpados inferiores.
20 CARDENAL NICOLAS WJSEMAN

— ¡U n almaI— exclamó atónita Fa­ pira, y cuando sus confundidas cenizas


biola que por primera vez en su vida sean arrojadas a una fosa común, has
oía reclamar a una esclava semejante de resucitar volviendo a gozar de una
propiedad.— Permíteme que te pregun­ vida de ventura y de entera libertad ?
te, ¿qué entiendes tú por esa palabra? — Non omnis moriar (1) como dice
— No podré expresarme en sentencias uno de tus poetas—replicó la esclava ex­
filosóficas— contestó la esclava,— pero tranjera con modestia, si bien con res­
por esa palabra entiendo ese sentimien­ plandeciente mirada que llenó de asom­
to íntimo que vive dentro de mí, y me bro a su señora.— Sí, espero y estoy se­
inspira la certidumbre de que mi exis­ gura de sobrevivir a todo eso. Más aún :
tencia está unida a la tuya en medio creo y sé que de esa fosa que has pin­
de cosas mejores que las que me ro­ tado con tan vivos colores habrá una
dean ; que huye sensiblemente de la mano que recogerá cada pedazo carbo­
destrucción, y por instinto de todo lo nizado de mi cuerpo ; segura estoy de
que a ella está asociado, como la enfer­ que existe un poder que llamará a cuen­
medad lo está a la muerte, y por lo ta los cuatro vientos del cielo y hará
tanto aborrece la adulación y detesta la que cada uno de ellos restituya hasta el
mentira. Mientras que yo posea ese in­ átomo más imperceptible de mi polvo
visible don, no podré hacer jamás nin­ que haya arrebatado; y mi cuerpo se
guna de ambas cosas. formará de nuevo, no para ser tuyo, ni
Las otras dos esclavas, que compren­ de nadie, sino para ser rejuvenecido, li­
dieron muy poco de todo eBto, manifes­ bre, gozoso, lleno de gloria, amante y
taban su estúpido asombro por la pre­ eternamente amado. Esta esperanza
sunción de su compañera. También Fa­ cierta está grabada en mi corazón (2).
biola estaba admirada; mas recuperan­ — ¿Qué locas ilusiones de tu fanta­
do de nuevo su orgullo, dijo con visible sía oriental son esas que te impiden
en ojo: cumplir con tus deberes? Es preciso cu­
— ¿Dónde has aprendido todas esas rarte de ellas. ¿E n qué escuela has
locuras? ¿Quién te ha enseñado a pa­ aprendido todas esas necedades? Jamás
blar de esa manera? Por lo que a mí las he leído en los autores griegos ni
se refiere, yo, que he estudiado muchos romanos.
años, estoy persuadida de que todas esas — En una escuela de mi tierra en la
ideas de existencias espirituales no son cual no se conocen ni admiten diferen­
más que sueños de los poetas o de los cias entre el griego y el bárbaro, el li­
sofistas y como tales los desprecio. ¿Pre­ bre y el esclavo.
tenderás tú, esclava ignorante e ilite­ — i Cóm o! — exclamó furiosamente
rata, saber más que tu señora? ¿o su­ irritada la altiva señora.— ¿ Sin esperar
pones, en efecto, que cuando tu cadá­ siquiera esa futura existencia ideal des­
ver sea arrojado sobre el montón de los pués de la muerte, ya, en este momen­
esclavos muertos por el exceso de la to, osas suponerte igual a mí, si ya no
embriaguez o de resultas de los azotes
para ser quemados sobre ignominiosa (1) No todo muere.
(2) Job. X IX . 27.
* 91
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS

.superior? Ven, dímelo de una vez sin Fabiola, que por vez prim a.
ambages ni rodeos. vida se consideró r e p r e n d id a y hum dl£
Incorporóse Fabiola en la actitud del da por una esclava, t o z ó llamaxad^ ae
que aguarda con ansia la contestación ; ira por Iob ojos, y levan an o e P
cada palabra de réplica, por suave que to que tenía en a íes ra, o >
íuese, aumentaba bu irritación, y en su ciega de furor, a la impasi e y
interior padecía que se agitaban sus zó ésta instintivamen e e ,
más violentas pasiones, cuando Syra para resguardar su cuerpo, y
di- . en él la aguzada punta del arma quer
— Nobib'sima señora, eres muy supe- lanzada de arriba abajo, le icausó una
nor a mí en jerarquía, en poder, en ins- herida más profunda que todas las que
tracción, en genio, y en todo cnanto basta entonces había sufrido. L a pobre
enriquece y embellece la vida, así como joven no pudo contener as r
en la gracia de las formas, en los con- arrancadas por el intenso dolor que
tornos y en tus modales y en la delica- cansaba la herida, de la cual manaba
deza y elocuencia de tu lenguaje; es- abundantemente la sangre. A vergonj-
tás muy por encima de toda rivalidad se Fabiola al momento de su cniddad,
i -i . ± a a «nrtp ílft núes no había sido su ánimo llegar
y emulación, sobre todo de parte de p ., . , u
persona tan pequeña e insignificante co- tanto, y se consi ero mas umi
mo yo. Pero ai te he de responder la aún en presencia de su esclava,
verdad sencilla... — Anda, a n dv-dijo a Syra que esta-
Intemimpióse de pronto como si va<- ha restañando la sangre con su paüue
cilase, pero obedeciendo St una señal im- lo, ve a buscar a Bufrosina y que
periosa de su señora continuó : cure herida, No quería causarte tan-
— Entonces dejo a tu propio juicio el to daflo; pero aguarda un momento, que
decidir si una pobre esclava, que esté deseo compensante con B^S°*
plenamente convencida de poseer den- Entonces, y esputa e a er revue
i. j . • j. !■„ „>, * to las joyas que había sobre la mesa,
tro de sí misma una inteligencia espi- . J
ritual y viviente sin más limites que la con^ nu<^ *
inmortalidad, cuya verdadera morada - Tom a este te * * * * * > del
está en el cielo, y cuyo prototipo es la 8erv^ ° P°r es*a noc^e ‘
divinidad misma, puede considerarse Quedó Fabiola con la conciencia tran-
inferior en dignidad moral o en eleva- <luila- considerando había compensado
ción de pensamientos a quien, a pesar sobradamente el mal que causara, re
de estar adornada de tantos y preciosos Sa*an^° a su esclava una joya va íosa,
don es, no reconoce otros altoB destinos f 6™ ell domingo w guiente^ene
lo (1) del Santo Pastor, situado cerca
ni más sublime porvenir que el que es- Amll.
^ de su casa, entre las limosnas recogí
tá reservado a esos bonitos cantores irra, ^ ^ ^ eDCOntró un ani-
cionaíes que baten ais aias sin esperan- dfí eameraldaa de ^ valor, que el
za de libertad entre los dorados a la m -__________ _______________________ —
brea de esa jaula (1). esclavo imperial, al juez *** ac^as
_______ Justino, en Ruinart, tomo i.
' (1) Véa6e la noble respuesta de Evalpisto, (1) La iglesia.
22 * CARDENAL NICOLÁS WIBEMAN

buen sacerdote Policarpo supuso que se­ su persona. Veíanse en su semblante


na la ofrenda de alguna rica patricia ro­ reunidas la sencillez de la infancia y la
mana ; pero el que velaba con cente­ inteligencia de la edad madura. No bri­
lleantes ojos el cepillo de las limosnas llaba sólo en sus ojos aquella inocencia
de Jerusalén y notó el óbolo de la viu­ de la paloma que describe el sagrado
da, fué el único que vió que el anillo poeta (1), pues a menudo los ilumina^
había sido introducido en el cepillo por ba un rayo de amor tan intenso y puro
el brazo vendado de una esclava extran­ como si los tuviera puestos más allá de
jera. los objetos que la rodeaban, sobre uno
invisible para todos, presente sólo para
ella y tiernamente amado. Su frente
franca y despejada era el verdadero tro­
no de candor y el reflejo de la verdad.
Una sonrisa de bondad jugueteaba en
sus labios, y sus frescas y juveniles
V facciones cambiaban de expresión, pa­
sando rápidamente de un sentimiento
LA VISITA a otro, a medida que su corazón los iba
experimentando. Los que la conocían
tenían la creencia de que nunca se acor­
Durante la última parte del diálogo daba de sí misma, dividiendo entera­
al que puso fin tan trágico suceso, tuvo mente su pensamiento entre la bene­
lugar una, aparición en el mismo apo­ volencia hacia' los que la rodeaban y el
sento de Fabiola, la cual, si la hubiera afecto por el invisible objeto de su amor.
echado de ver, habría puesto término a Cuando vió Syra ante sí esta hermo­
aquél y evitado el otro. Las habitacio­ sa aparición como si fuera la de un án­
nes interiores en las casas de Boma, se gel, detúvose un momento. La niña le
hallaban ordinariamente separadas por tomó la mano y besándosela con respe­
cortinas más bien que por puertas, de to le d ijo :
modo que era fácil, sobre todo durante — Todo lo he visto; aguárdame en
una escena tan agitada como la que aca­ el aposento contiguo a la entrada has­
baba de desarrollarse, penetrar en ellas ta que yo salga.
sin ser advertido. Y así sucedió, en efec­ PresentÓBe de improviso la niña en
to, pues cuando Syra se volvía pora la habitación de Fabiola, la cual, ape­
abandonar el aposento, casi retrocedió nas la vió, enrojeció vivamente, temien­
sorprendida al ver destacarse ante la do que aquella criatura angelical, por
cortina de color carmesí obscuro, una la que sentía profundo cariño, hubiese
figura que reconoció al punto, y a la sido testigo de su injustificado arrebato
cual describiremos rápidamente. de cólera. Con un movimiento frío de
Era la de una joven, o más bien la su mano despidió a las esclavas, y en-
de una niña de doce a trece años, ves­
(1) Tus ojos eon como loe de la paloma.
tida de blanco y sin adorno alguno en Cántic. I.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 23

tonces saludó a au parienta, pues era nica una grande mancha colorada como
prima suya, con cordial afecto. Ya he­ si fuera sangre? Si lo es, déjame que
mos dicho que el carácter de Fabiola te dé otro vestido.
exceptuaba a pocas personas de los efec­ —No lo consentiré por el mundo en­
tos de su altanería; una de éstas era tero, Fabiola; ésta es la joya, el únioo
la nodriza y liberta Eufroaina, a quien adorno que he de llevar esta noche ; es
estaba encomendada la administración sangre, y sangre de una esclava, pero
de su fortuna particular y cuya única más noble y más generosa a mis ojos,
creencia era considerar a Fabiola como que la que circula por tus venas y las
el más perfecto de Iob aerea, la más dis­ mías.
creta, más cumplida y más admirable Comprendió Fabiola entonces toda la
dama de Eoma. La otra era la joveneita verdad. In éB lo había visto todo. Hu­
que acaba de entrar a visitarla, a quien millada entonces, y herida en lo más
amaba y trataba con tierno afecto y profundo de su amor propio, dijo con
cuya compañía la deleitaba siempre. marcado en ojo:
— Bondadosa eres por cierto, queri­ —¿Quieres, acaso, mostrar a todo el
da Inés— dijo ya la apaciguada Fabio­ mundo la prueba de mi arrebatado ca­
la,— viniendo presurosa apenas has re­ rácter castigando la audacia de una es­
cibido mi recado para acompañarnos a clava?
la mesa. Mi padre ha invitado a dos — No, querida prim a; deseo única­
nuevas personas y yo deseaba tener al­ mente guardarla como lección de forta­
guien que me excusara conversar con leza y grandeza de alma, dada por una
los demás. Por esta razón te he llama­ esclava como nos la podrían dar muy
do. Confieso, sin embargo, que tengo pocas jóvenes del patriciado Romano.
mucha curiosidad de conocer a uno de — ¡ Qué idea tan extravagante! Ver­
nuestros comensales, a un tal Ful vio, dad es, Inés, que he advertido a me­
cuya gracia, riquezas y esclarecido ta­ nudo que das mucha importancia a esa
lento me han encomiado sobremanera clase de gentes; y al fin y al cabo,
a pesar de que todos ignoran quién es, ¿quién son ellos?
lo que es y cuál es su procedencia* — Criaturas humanas como nosotras,
— Bien sabes, querida Fabiola—repli­ dotadas de la misma razón, los mismos
có Inés,— cuán feliz soy en visitarte, y sentimientos y la misma organización.
con qué guato me lo permiten mis bue­ A lo-menos en esto convendrás conmigo
nos padres ; por lo tanto, basta de apo­ en que es cierto; y añado que forman
logías. parte de la misma familia, y si Dios,
— Así te presentas como acostumbras de quien procede nuestra vida, es por
— dijo Fabiola chanceándose,— Bin más lo mismo nuestro padre, también lo es
joyas ni aderezos que tu vestido blan­ suyo, y, por consiguiente, son hermanos
co, como si todos los días fueras despo­ nuestros.
sada. Pero, ¡dioses inmortales! ¿qué — ¿Qué dices, Inés? i Una esclava
es esto? ¿Estás herida? ¿N o reparas hermana m ía ! |No lo permitan los dio­
que tienes ahí sobre el pecho en tu tú- ses. Son nuestra propiedad, parte de
*24 CARDENAL NICOLAS WI9EMAN

nuestra hacienda, y no acierto a com­ eres una pequeña hechicera y que en


prender que puedan moverse, obrar, aquella estancia misteriosa que siem­
pensar ni sentir, sino cuando les plazca pre tienes velada para mí, guardaB Jos
o venga a bien a sus señores 1 brebajes y filtros;con que te haces amar
— Vamos, vamos—repuso Inés con la de todo el mundo. Si fueras cristiana y
mayor dulzura,— evitemos una discu­ te expusieran en el anfiteatro, estoy se­
sión acalorada. Eres demasiado sincera gura que los leopardos irían a arrojarse,
y noble para no sentir y conocer que amansados, a tus plantas. Pero, ¿por
una esclava te ha vencido hoy en todo qué te pones tan seria, querida niña?
lo que más admiras : en la alteza de Bien sabes que todo es una broma.
ideas, en el razonamiento, en lealtad y Parecía que Inés estaba absorta, y
heroica fortaleza. Es innecesario que miraba delante de bí con aquella mira­
me contestes, pues leo tu réplica en esa da tierna y penetrante, de la que ya he­
lágrima ; pero, queridísima prima, pro­ mos hecho mérito, como si contempla­
curaré que no se repita una escena tan se u oyera lo que le decía algún ser en­
desagradable. ¿Quieres concederme un trañablemente amado ; pero en seguida
favor? volvió de su arrobo y exclamó con ale­
— Si está en mi mano... gría :
— El favor consiste en que me ven­ — Bien, bien, Fabiola; cosas extra­
das a Syra, me parece que éste es su ordinarias van a realizarse : de cualquier
nombre : supongo que no querrás te­ modo, si algo tan terrible hubiera de
nerla a tu lado. acontecerme, Syra sería únicamente la
— Te engañas, Inés ; quiero dominar persona que desearía tener a mi lado en
desde ahora mi orgullo, y te aseguro tan duro trance. Deja, pues, que me
que la estimaré más y aún quizá la pertenezca.
admiraré; sa ha despertado en mi — Por los cielos, Inés, que tomas mis
pecho un nuevo sentimiento de afecto pal ajaras muy por lo serio: te aseguro
hacia las personas de su condición. que he hablado en broma. No tengo tan
— Pero creo, Fabiola, que conmigo pobre idea de tu buen juicio para figu­
será más feliz. rarme que es posible semejante cala­
— Ciertamente, querida In és; tienes midad. En cuanto al cariño de Syra,
el poder de hacer dichosos a cuantos te tienes razón. Cuando el verano pasado
rodean. Jamás he visto familia como la te ausentaste, me vi mortal mente aco­
tuya. Sospecho que te has propuesto po­ metida de una fiebre contagiosa; sólo
ner en práctica esa singular filosofía de a latigazos podía lograr que las demás
que ha hablado Syra, en la que no se esclavas se aproximasen a mi lecho,
conoce diferencia entre el libre y el es­ mientras que no había medio de sepa­
clavo. Todos están siempre risueños en rar a esa pobre de mi lado : me velaba
tu casa, y deseosos de cumplir con sus y asistía de día y de noche, de tal mo­
deberes. Diríase que no hay allí nadie do, que contribuyó eficazmente a mi
que quiera mandar. Mira, dime tu se­ restablecimiento.
creto. (Inés Be sonrió.) Sospecho que — ¿Y esto no te la hizo amar?
FAEIQLA O LA IGLESIA Dfl LAS CATACUMBAS 25

'—¡ Amarla I ¿Amar a una esclava, que iban a participar, sino de la cena
Inés? Eso n o ; pero la recompensé con ordinaria de un romano opulento que
largueza, aunque ignoro qué hace con tiene siempre mesa dispuesta para cier­
lo que le regalo. Las otras esclavas me to número de amigos. Bástenos, por
dicen que nada ahorra, y es evidente tanto, decir que todo era allí exquisito
que nada gasta en su persona. Ha lle­ y elegante, tanto en los manjares como
gado a mi noticia que parte todos los en el servicio, y limitémonos a dar cuen­
días su comida con una muchacha cie­ ta de aquellos incidentes que puedan
ga y mendiga... ¡ Qué capricho tan ex­ arrojar alguna luz sobre nuestra histo­
travagante 1 ria.
Querida Fabiola— exclamó Inés ;— Cuando las dos jóvenes penetraron en
kyra debe Ber m ía ; me prometiste otor­ la exedra (1), Fabio, después de salu­
garme lo que pidiese, dime el precio y dar a su hija, exclamó :
permite que la lleve a mi casa esta no­ — ¿Cómo es, hija mía, que, a pesar
che. de bajar tan tarde, vienes de tal modo
— No hay pedigüeña tan irresistible desaliñada? ¿Has olvidado tus joyas de
como tú. Bien, te la ced o; pero déjate costumbre ?
ahora de contratos, manda mañana a Fabiola quedóse un momento confu­
quien te parezca para que se vea» con el sa, sin saber qué contestar. Sonrojábale
mayordomo de mi padre, y todo se arre­ el recuerdo del arrebato de cólera que
glar á. Ya que hemos concluido este gran no supo dominar, y más aún por el cas­
negocio, bajemos a donde se encuen­ tigo que neciamente se había impuesto.
tran nuestros convidados. Inés se apresuró a sacarla del apuro y
■—Pero, ¿te has olvidado de ponerte encendido el rostro dijo :
tus alhajas? — Culpa mía es, primo, si ha bajado
— 1 Bah ! las llevo Biempre ; j alguna tarde y viene vestida con tanta senci­
vez me he de presentar sin ellas! No llez ; la he entretenido con mis charlas,
tengo hoy gusto de acicalarme. y no ha querido acicalarse para que no
haga yo mala figura a su lado.
Tú, querida Inés—replicó Fabio,
tienes el privilegio de hacer lo que se
te antoje: pero, hablando con formali­
dad , debo decirte que tanta modestia en
el vestir se te podía dispensar cuando
VI eras una niña; pero ya que eres casa­
dera (2) debías poner más esmero en tu
EL BANQÜISTE atavio y presumir un poquito, a fin de
atraerte las simpatías de algún mozo
apueste y distinguido. Un hermoso co-
Cuando descendieron, hallaron reuni­ (1) Especie de pórtico con -Mientas que
dos en una sala baja a todos los comen­ servía de gabinete para la tertulia. N. del T.
(2) Según la ley romana, a los doce años
sales. No era un banquete de Estado del podía contraerse matrimonio.
26 CARDENAL NICOLAS WISEMAH

llar, por ejemplo, de los muchos que ta del diálogo, pues de lo contrario le
tienes, realzaría tus atractivos. Pero d o hubiera ofendido que Inés le ocultara
me escuchas ; vamos, vamos, apostaría el suceso más importante de su vida,
a que ya tienes puestos loe ojos en al- pues la consideraba como su mejor y
,guno. más querida amiga. Pero mientras que
Mientras le dirigía Fabio estas fra­ Inés la estaba disculpando, había deja­
ses con intención benévola, si bien en­ do a su padre, yendo a reunirse con los
teramente mundana, aparecía Inés en otros convidados. Uno- de éstos era un
uno de sus arrobamientos con la mira­ sofista romano, obeso y de robusto cue­
da inmóvil, hechizada, como la llamaba llo, esto es, un traficante eñ ciencia
Fabiola, y transportada en risueño éx­ universal llamado Calpurnio : era otro
tasis, como si escuchara a un ser más Próculo aficionado a la buena mesa y
agradable, sin perder por esto silaba de huésped obligado de la casa de Fabio.
las palabras de Fabio ni dejar de res­ Los dos restantes merecen una descrip­
ponder con acierto a lo que se le pre­ ción más minuciosa. El primero de
guntaba. ellos, favorito, a no dudar, de Fabiola y
— j Oh I sí, es mucha verdad—contes­ de Inés, era un tribuno u oficial supe­
tó— en uno que me ha dado ya en arras rior de la guardia imperial o pretoria-
su anillo, y me ha adornado con alha­ na. Aunque no contaba más de treinta
jas de inmenso valor (1). años ya se había distinguido por b u va­
— ¿D e veras?— preguntó Fabio...— lor, y gozaba de gran favor con los em­
¿Conque...? peradores Diocleciano en Oriente y Ma-
— Sí— respondió Inés, con mirada ra­ ximiano Hercúleo en Boma. Si bien de
diante pero con acento candoroso y sen­ hermosa figura no era afectado en sus
cillo ;— ha ceñido mis manos y mi gar­ modales y vestido, y aunque ameno en
ganta con piedras preciosas y ha pren­ la conversación, desdeñaba manifiesta­
dido de mis orejas aretes de inestima­ mente los necios lugares comunes que
bles perlas (2). eran tan del agrado de la sociedad de
— ¡ Magnífico! ¿ Y quién es él? Vaya, aquel tiempo. En una palabra, era el
Inés, algún día me confiarás tu secre­ modelo más perfecto del joven pundo­
to. Indudablemente es tu primer amor. noroso, de noble corazón y generosos
¡ Ojalá dure mucho tiempo y te haga sentimientos, esforzado y valiente, sin
feliz! sombra de altanería ni de vanagloria.
— Para siempre— replicó Inés mien­ Baro contraste con él, ofrecía el otro
tras volvía a juntarse con Fabiola para convidado de quien había hablado Fa­
entrar en el comedor. biola, el nuevo astro de la sociedad ro­
Por fortuna no se había enterado és- mana, Fulvio. Joven, algo afeminado,
vestido con estudiado esmero, cubiertos
(1) Annulo fidei ruae subarrhabit me, et sus dedos de brillantes sortijas, y su tra­
immentit monilibus ornavit me, (Oficio de
Santa Inés,) je de joyas, afectado en el lenguaje, en
(2) Dtxtemm meam et collvm méum cin- el que se notaba un ligero acento ex­
xint lapidibvs pretiotis, iradidi auribit* meu
incettimabiles margaritas. (Id). tranjero, de modales exageradamente
FABIOLA O LA IOLESIA DE LAB CATACUMBAS ■*'

corteses, pero, en apariencia, de índole que lo apacible de su exterior encubría


llana, y servicial, habíase introducido en una malignidad feroz.
muy poco tiempo en la sociedad más No tardaron los huéspedes en poner­
distinguida de Roma. Debíase eBto en se a la meaa, y como las damas estaban
parte a haberlo visto en la corte impe­ sentadas durante la comida y los hom~
bres reclinados en sus lechos, Fabiola
rial, y en parte a su educación exqui­
e Inés ocupaban juntas un lado ; los dos
sita. Había llegado a Boma acompaña­
convidados jóvenes últimamente descri­
do simplemente de un anciano que pa­
tos el del frente, y él dueño de la casa,
recía serle muy adicto, si bien todos
con sus dos antiguos amigos, el del cen­
ignoraban si el tal era esclavo, liberto,
tro, si es que pueden usarse estos tér­
o amigo suyo. Cuando se encontraban
minos para indicar la posición que cada
solos hablaban siempre en una lengua cual guardaba alrededor de las tres par­
extraña, y el atezado rostro, el mirar
tes de una mesa redonda, pues la otra
fiero y fogoso y la desagradable expre­
quedaba desocupada para la sigma (1)
sión del criado, inspiraban una especie o parte semicircular para comodidad del
de terror en loa demás sirvientes, pues que servía. Debemos observar de paso,
habiendo alquilado Fulvio una habita­ que la mesa, por costumbre generalmen­
ción en lo que entonces se llamaba ín­ te admitida, estaba cubierta con un
fula, o casa arrendada por partes, la mantel de lujó desconocido en los tiem­
había amueblado lujosamente, y tenía
pos de Horacio.
un número de esclavos excesivo para el Cuando hubieron satisfecho laa pri­
servicio de un soltero. Descubríase en
meras exigencias del apetito y del pala­
todo lo de su casa profusión más que
dar, se generalizó la conversación.
abundancia, y en el círculo corrompido
— ¿Qué se dice hoy en los bañoa?—
y degradado de la Roma pagana, muy preguntó Calpurnio.— Yo no tengo tiem­
luego se olvidaron la obscuridad de su po para ir a caza de esas fruslerías.
historia y su repentina aparición, des­ — Corren por cierto noticias intere­
lumbrando por b u s cuantiosas riquezas santes — respondió Próculo. — Parece
y por el fascinador encanto de su pala­ que se han recibido órdénes del divi­
bra.
no Diocleciano para que se terminen bu b
Un frío observador, sin embargo, hu­ Termas en tres años.
biera notado cierta vaguedad e inquietud — Imposible—exclamó Fabio.— Días
en su mirada y la reconcentrada aten­ atrás, durante mi paseo por los jardines
ción con que observaba cuanto pasaba de SaluBtio, examiné las obras y vi que
o veía en torno suyo, que revelaban b u en el año pasado no se ha -adelantado
insaciable curiosidad ; había momentos nada. Queda aún mucho que hacer, mu­
de descuido en que el fruncimiento de chos mármoles que labrar, y que escul­
sus cejas, el brillo sombrío de sus ar­ pir mtichaa columnas.
dientes ojos y la contracción de au labio
(1) Cama o m esa circular llamad* así por
superior, sobre inspirar cierto sentimien­ su semejanza con la letTa C, o la antigua for­
to de desconfianza, hacían recelar de m a de la. «sigma».
136 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

— Es cierto— repuso Pul vio,— pero, tarlos y apalearlos a menudo, y con


si no me engaño, se han expedido ór­ justicia, en verdad, pues es la volun­
denes a todas partes para que envíen y tad de los divinos emperadores que su
sean ocupados en las Termas todos los condición sea lo más .dura posible; y,
prisoneros y condenados a las minas de sin embargo, nunca se quejan.
España, Cerdeña y aun del Quersone- — No puedo decir que admiro esa jus­
so, que no sean allí absolutamente ne­ ticia—replicó Fabiola;—pero debe ser
cesarios. Unos cuantos miles de cristia­ una raza bien singular estos cristianos.
nos que se destinen a trabajar en esta Estoy ansiando que se me explique cuál
obra, acabarán muy pronto. pueda ser el motivo o la causa de la
— ¿Y por qué los cristianos mejor que estupidez y asombrosa insensibilidad de
otros criminales?— preguntó con algu­ esas gentes.
na curiosidad Fabiola. — Aquí tenemos a Calpurnio — res­
— A decir verdad—repuso Fulvio con pondió Próculo con burlona mirada,—
una de sus atractivas sonrisas,— difí­ que, a no dudarlo, nos lo dirá, pues es
cilmente acertarla a explicarlo; mas el filósofo y, por lo que tengo entendido,
hecho es cierto. Entre cincuenta de muy capaz de declamar una hora ente­
esos condenados a trabajos públicos me ra sobre cualquier tema, lo mismo sobre
atrevería a distinguir un solo cristiano los Alpes que Bobre un hormiguero.
que hubiese. Calpurnio, aludido así, y creyendo
— ¿D e veras?— exclamaron varios a que era autoridad indiscutible en la ma­
la vez.— ¿Y de qué modo? teria, dijo en tono grave y solemne :
— Los forzados, ordinariamente— res­ — Los cristianos son una secta ex­
pondió Fulvio,— Bienten, como es na­ tranjera, cuyo fundador floreció tres si­
tural, poco amor al trabajo, y se hace glos ha en Caldea. Sus doctrinas fueron
necesario el castigo del látigo para sa­ traídas a Roma en tiempo de VeBpasia-
cudir su pereza, y aun así, cuando el no, por dos hermanos, llamados Pedro
capataz no está a la vista, sueltan la y Pablo. Sostienen algunos que éstos
herramienta, sin contar con que son son los miBmos gemelos que los judíos
además rudos, torpes, pendencieros y llaman Moisés y Aarón, el segundo de
alborotadores. Por el contrario los cris­ los cuales vendió al otro su primogeni-
tianos condenados a esta clase de tra­ tura por un cabrito cuya piel necesita­
bajos, parecen estar contentos con su ba para hacerse chirosheca (1 ); pero
suerte y son obedientes y sumisos. En no admito esta identidad, pues se lee en
el Asia, he visto, ocupados en esos tra­ los libros místicos de los judíos que el
bajos, a jóvenes patricios, cuyas manos segundo, viendo que las victimas del
jamás habían manejado el pico y cu­ primero daban mejores agüeros que las
yos débiles hombros nunca hablan Bus- suyas, lo mató como nuestro Rómulo
tentado la más ligera carga, trabajando a Remo, aunque con la quijada de un
con ardor y tan felices, al parecer, co­ asno; por lo cual fué colgado por Mar-
mo cuando se hallaban en sus casas ; y
eso Que los vigilantes no dejaban de azo­ (1) Guantes.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS ^ ^9

doqueo, rey de Macedonia, de una hor- Y volviéndose de repente a su vecin


ca de cien codos de altura a instancias añadió, clavando sus escudriña ores
de su hermana Judith. Sea como quie- en su semblante -
ra, habiendo venido a Roma Pedro y Un esforzado soldado como »
Pablo, como ll^vo dicho, se descubrió Sebastián, debe hallarse en BU c
que el primero era un esclavo fugitivo con los nobles espectácu os e an e
de Poncio Pilatos, y fué crucificado en tro, sobre todo cuando se dirigen
el Janículo por orden de su señoT. Sus tra los enemigos de los augus os
secuaces, que no eran pocos, tomaron per adores y de la Bepública.
desde entonces la cruz por símbolo, y Incorporóse el oficial en su ec o,
la adoran y tienen a mucha honra el su- ró a su interlocutor tranqui a y maj
frir no bóIo los azotes, sino hasta la tuosamente, y respondió .
muerte más ignominiosa como el me- Fulvio, no sería digno e u
jor medio de hacerse iguales a sus maes- que me has dado si pudiera contemplar
tros, pues se imaginan que irán a re- con placer y sangre fría la luc a, si
unirse con ellos en un lugar situado más tal merece el nombre, entre una era
allá de las nubes (1). ^lvaje 7 un niñ0 0 una mujer inermes
Ésta lucida explicación del origen del y desamparados ; porque no son otra co-
cristianismo fué escuchada con admi- sa los espectáculos que tú llamas no es
ración por todos los comensales, excep- No, yo desenvainaré mi espada contra
to dos. E l joven oficial dirigió a Inés cualquier enemigo del príncipe o del Es-
una mirada compasiva que parecía de- tado, pero también la esgrimiré con no
cirle : «¿Contestaré a este necio, o sol- menos prontitud contra el león o el leo-
taré la carcajada?» Pero Inés se puso pardo que se lanzase, aunque fuera por
el dedo en los labios y se sonrió como mandato imperial r para despedazar al
- suplicándole que callase. inocente y al indefenso.
— Bien—impuso Próculo,— el resulta- Quedó Fulvio desconcertado al oír
do de todo esto es que las Termas que- tan inesperada respuesta, e hizo ade-
darán muy pronto terminadas y que se mán de levantarse, pero habiéndole
celebrarán grandes fiestas. ¿N o es cier- puesto b u fuerte mano sobre el brazo,
to, Fulvio, que el divino Diocleciano continuó Sebastián :
vendrá en persona a la inauguración? — Oyeme hasta el fin. Ni soy el pri-
— Asi es t en efecto; y con este mo- mero ni el más noble de los romanos
tivo habrá fiestas espléndidas y mag- que ha pensado así. Becuerda las pa-
, níficos juegos. Mas para esto no tendre- labras de Cicerón (1). «InduBablemen-
mos que esperar tanto; con otro objeto t e son magníficos estos e s p e c t á c u lo s ,
se han expedido ya órdenes a Numi- ¿pero qué deleite puede haber para^e
dia, para que se remitan antes del in- hombre culto en ver a un hombre
vierno todos los leones y leopardos que — - - ^ ^ negat: quae
puedan reunirse. potest cese homini polit» delectetioquam aut
E imbéciles a valentina bestia lama-
_______ tur, ant praecUra bestia veiiabiib tran^rer-
(1) Luciano: Be Morte TeregAnl veraur7 Epi&t. ad Fam.
80 CABDENAL NICOLAS WISEMAK

bil despedazado por una fiera, o a un mano ninguno que las poseyera; y en
noble animal traspasado por un vena­ los grandes establecimientos que reco­
blo?» No me avergüenzo de pensar co­ rría todos los días no había oído decir
mo el más grande de los oradores roma­ que se hubieran encargado. Ocurrióse-
nos. le de repente la luminosa idea de que
— ¿Conque no te veremos jamás en tan ricas dádivas sólo podían proceder
el anfiteatro, Sebastián? — preguntó de Fulvio, que ostentaba cada día nue­
Fulvio con dulzura no exenta de mofa. vas y magníficas piedras, traídas del
— Si me veis— replicó el soldado,— extranjero; y como alguna vez que otra
tened por seguro que será al lado del había sorprendido las miradas dirigidas
indefenso, no al de las fieras que quie­ a su prima por el apuesto joven, no le
ran despedazarle. quedó la menor duda que estaba perdi­
— Tiene razón Sebastián — exclamó damente enamorado de ella : cierto que
Fabiola batiendo las palmas, y terminó Inés parecía no haberlo notado, pero es­
la discusión con este aplauso.— Nunca te disimulo era sin duda hijo de su re­
he oído hablar a Sebastián sino ani­ serva. Convencido ya de conclusión tan
mado de sentimientos generosos y mag­ importante, determinó favorecer las in­
nánimos. clinaciones de ambos, dejando algún día
Mordióse Fulvio los labios y se le­ atónita a su hija, con la sagacidad que
vantaron todos para retirarse. había desplegado.
Pero dejemos a nuestros nobles hués­
pedes para presenciar escenas más hu­
mildes, y sigamos a Syra desde que
abandonó el aposento de Fabiola. Cuan­
do se presentó a Eufrosina, la bondado­
sa nodriza no pudo menos de exhalar
V II una compasiva exclamación a la vista
de la cruel herida; pero, reconociendo
POBBBS Y RICOS
al punto que había sido inferida por Fa­
biola, quedó perpleja entre encontrados
sentimientos.
Durante la última parte de esta con­ — ¡Pobre esclava!— decía a medida
versación, Fabio estuvo completamente que le lavaba la llaga, la curaba y le
abstraído, meditando sobre lo que ha­ aplicaba las hilas.— j Es una herida te­
bía dicho Inés, «j Qué guardado ha te­ rrible ! ¿ qué has hecho para merecer­
nido su secreto! Pero, ¿quién será el la? ¡ Cuánto debes haber sufrido, pobre-
afortunado mortal que ha conquistado cita 1 Muy mala habrás sido para atraer­
ya su corazón?» Recordó muchas per­ te semejante castigo. La herida es cruel,
sonas, pero ninguna le satisfacía. El pero ha sido causada por la más gentil
regalo de las ricas joyas era el motivo de las criaturas; me sorprende que no
principal de su perplejidad, pues no co­ estés desfallecida a consecuencia de la
nocía entre los jóvenes del patriciado ro­ pérdida de tauta sangre; toma este cor-
fa b io la o l a ig le s ia de la s ca ta c u m b a s

dial para reponerte : sin duda se veri» Syra al M u e f i o locutono a. aado en-
obliuada a hVrirte frente de las habitaciones del porta»,
—Seguramente— dijo Syra en tono donde los esclavos de “ “ “
risueño;— todo ha sido culpa m ia : no solían r e c t a a

«rto” ^ ^ “ “ a dÍ8CU' aHranquear el um ^al ™


-¡D is c u tir con ella, discutir! ¡O h a una “ “ ^ “ ^ “ ^ ^ m u d ach a,

' Z Z Í Z t ^ ^ r r l l e O t a r ia de ^
noble señora y tan instruida como es siete años, estaba ,P°br" ~
la nuestra? Hasta Calpurnio se m ir - pero a ~ d » y ^ cueUo
ría muy mucho en disputar con ella. Ya có a byra Qw r ía tal
no me admira que la pusieras tan fuera con tan risuefm semb an e , a e.gr!a a
de si que en su arrebato no se diera que un observador difícilm entehulera
cuenta de que te habia herido. Pero supuesto ,o e ra. oios, nica_
esto que quede entre nosotros; nadie vista, jamás a an en
debe saber que has cometido tan grave ción con el mundo e x t e w .
falta. ¿N o tienes alguna banda o velo -S ién ta te, querida C“ ‘ ‘^ le dl!°
fino con que envolverte el brazo a mane- Syra cariñosamente y
ra de adorno? Ya sé que todas las demás una s i l l a . — Manjares de ica
tienen prendas compradas o regaladas ; go hoy . vas a cenar op par ,, o
pero t i jamis PJ e que pones mien- _ ¿ Pues n o l o hagoad t o d i t o s ?
tes en estas cosas : v e L o s . - S i . P^o hoy me ha
Y entrando en el dormitorio de las ñora de su mesa un plato muy
esclavas que estaba dentro de bu habi- y aquí te lo traigo, mj5B
tación, abrió la capsa o arca de Syra, y 1Cu¿ n b °nd 0851 e®’J ? ql3¿
después de haber revuelto en vano las l o e r e s tú, hermanara a 5 deeti-
pocas ropas que encerraba, sacó de lo no te lo has comí o o
hondo un pañuelo cuadrado de la más nado para mi. . ., i
preciosa tela, magníficamente bordado — Porque,hab n o e c o n ’
y aun adornado con perlas. Encendióse me complazco mas en ver •
de rubor el rostro de Syra y Buplicó a la una cosa que no is ru ar a
nodriza que no la obligara a usar aquel No, querida Syra. no ,
adorno que tan mal cuadraba cgn su así, pues he de cum pir a o ,
condición, sobre todo por ser un recuer- Dios, que ha queri o que yo
do de mejores días, conservado a tanta Ni pensaré en la comí a, m e ^
costa y por tanto tiempo. Pero Eufro- vestidos del rico, ml®n Tas ^
fiina, que sólo pensaba en ocultar la fal- pobre. Prefiero divi con *
ta de su señora, era inexorable, y en- mentum (1), porque o reci o
volvió en el rico pañuelo el brazo herí- ñdad de una tan pobre com
3 - 1 __ 1___ ______ —.
do de la esclava. -------- 1 . ,
Concluida esta operación, descendió (*) pecie
32 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

te modo te proporciono el mérito de la frío mortal recorrió todo su cuerpo, y


limosna y no me falta el consuelo de perlóse su frente de glacial sudor. Sus
pensar que soy ante Dios una pobre cie­ ojos, desmesuradamente abiertos, que­
ga. Creo que me ha de amar más así, daron fascinados como los del pájaro
que si comiese suculentos manjares. Es delante de la serpiente. Llevó la mano
preferible estar con Lázaro en la puer­ a su pecho, hizo sobre él la señal de
ta, que con Dives en la mesa. la cruz, y desvaneciéndose el encanto,
— ¡ Eres mucho más buena y discre­ huyó velozmente sin ser vista, y no
ta que yo, hija m ía ! Voy a complacer­ bien se hubo ocultado detrás de una cor­
te ; llevaré el plato a mis compañeras, tina que cerraba las escaleras, cuando
y aquí te dejo tu modesta comida ordi­ Fulvio llegó cabizbajo al sitio donde la
naria. esclava había estado escondida. De re­
— Gracias, gracias, querida hermana, pente, Fulvio dió un paso hacia atrás,
ve, te aguardo. como espantado de algo que hubiese
Marchó Syra a la habitación de las visto en el suelo : se estremeció violen­
criadas y colocó delante de las envi­ tamente, pero en seguida se rehizo,
diosas y voraces compañeras’ la fuente merced a un esfuerzo sobrehumano,
de plata. Como quiera que a menudo miró a su alrededor y se cercioró de que
solía darles su señora esta prueba de ca­ se hallaba solo. Nadie lo miraba, excep­
riño, no las sorprendió m ucho; mas la to Uno en que no pensaba, pero que
humilde esclava tuvo la debilidad de leía en aquellos momentos en su perver­
avergonzarse de que sus compañeras so corazón. Fijó la vista en el objeto y
pudieran ver el rico pañuelo que traía se inclinó para recogerlo, pero retiró
arrollado al brazo ; quitóse!o, al entrar, varias veces la mano. Por fin, como oye­
y volvió a ponérselo cuando había sali­ se el ruido de pasos que se aproxima­
do, con la mano que le quedaba libre, ban y reconociese en ellos el andar mar­
para no disgustar a Eufrosina. Hallá­ cial de Sebastián, levantó apresurada­
base a la sazón en el patio y en direc­ mente del suelo el pañuelo que se ha­
ción a donde se encontraba su amigui- bía caído del brazo do Syra, estreme­
ta la ciega, cuando divisó a uno de los cióse al doblarlo, y como observase con
nobles huéspedes, que, solo y abatido, horror en él manchas de sangre fresca,
avanzaba hacia la puerta; Syra se ocul­ que había pasado a través del vendaje,
tó prontamente detrás de una columna corrió a encerrarse en su casa.
a fin de evitar una descortesía, cosa Pálido, febricitante, manteniéndose
que no dejaba de ser común y aun po­ a duras penas en pie, penetró en su dor­
sible. El huésped era Fulvio, y ape­ mitorio, rechazando bruscamente los
nas le hubo conocido la esclava, perma­ oficiosos servicios de sus esclavos, y só­
neció inmóvil por un momento, como lo consintió que le siguiese su fiel cria­
si hubiese quedado clavada en el suelo. do, a quien indicó con un gesto que ce­
Latióle el corazón con inusitada violen­ rrase la puerta. Ardía brillantemente
cia, como si su acción fuese a quedar una lámpara sobre la mesa sobre la cual
paralizada ; tembláronle las piernas ; un arrojó Fulvio, sin despegar los labios,
FABIOLA O LA lOLESLA DE LA9 CATACUMBAS 33

el pañuelo bordado, señalando con el mirada el intranquilo sueño del joven,


dedo las manchas de sangre. Nada dijo como si a la vez que su guardián, fue-
el atezado anciano, pero inmutóse su ra su mal genio,
cobriza faz, y se tornó tan blanca, como Atormentaba a Fulvio i^na agitación
cenicienta y lívida estaba la de su amo. continua y se lamentaba y gemía, por-
— Es el mismo, no hay duda—dijo al que sus ensueños eran verdaderamente
fin el anciano en su lengua extranjera; angustiosos y terribles. Vió primero una
— pero ella murió. hermosa ciudad en un país lejano, atra-
—¿Estás seguro, Eurotas?—pregun- vesada por un río de cristalinas aguas,
tó el amo clavando en él su penetrante en las que había una galera que acaba-
mirada de gavilán. ha de levantar las anclas, y en su cu-
—Tan seguro como puede uno estar- bierta una figura, agitando hacia él un
lo de lo que ha visto con sus propios pañuelo bordado, en muestra de despe­
aos. ¿Dónde has encontrado esto? ¿y dida. Cambió de repente la escena; el
esta sangre de quién es? buque está en medio de los mares, lu-
—Todo te lo diré mañana: esta no- chando con una furiosa borrasca, y en
che me siento malo. Respecto a estaB lo alto del mástil, parecido a un gallar-
manchas de sangre, frescas aún c u a n - dete, flota el mismo pañuelo, agitado
do hallé el pañuelo, ignoro de dónde p o r e l v i e n t o . Choca luego la galera con­

proceden. De lo que estoy seguro es de tra una roca : un lamento desgarrador


que son presagios de venganza, y de resuena en los espacios, y nave y pasa-
una venganza tremenda y terrible como jeros se sumergen en lo profundo del
pueden las Furias concebirlas y ejecu- piélago. El mástil aparece, sin embaí -
tarlas. Esa sangre no ha sido vertida go, sobre las olas con su tranquilo y
ahora. brillante pabellón, y, por entre las aves
Bah 1 no es ésta ocasión de sue- marítimas que vuelan alrededor lanzan-
ños ni de fantasmagorías. ¿T e ha visto do sus agudos chillidos, discurre una fi-
alguno recogerlo? gura que, con una antorcha en la ma-
— Nadie, ©stoy seguro. rio y agitando sus negras alas, arranca
—Entonces nada hay que temer ; el pañuelo del mástil, y lanzando a Ful-
tnejor está en nuestras manos que en vio una mirada implacable, lo desplega
las de otro : una noche de descanso nos ante sus ojos deteniendo el vuelo. Ful-
suministrará algún saludable consejo, vio lee sobre el pañuelo, escrita en le-
— Dices bien, Eurotas ; pero es pre- tras de fuego, esta palabra : NEM E-
ciso que esta noche te quedes a dormir SIS (1),
en mi aposento. ■ Pero ya es tiempo que volvamos a
Echáronse ambos en sus respectivos nuestros convidados de la casa de Fa-
lechos, Fulvio en una hermosa cama, bio*
Eurotas en una camilla baja, desde la Luego que Syra oyó oerrar la puerta
cual, ligeramente incorporado, estuvo detrás de Fulvio, se detuvo uü instante
por largo rato observando a favor de la
luz de la lámpara con sombría y tenaz Venganza.
34 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

para serenarse, rezó una oración men­ gencia : ahora me revela que puede te­
tal y fué a unirse con su cieguecita, la ner corazón. Me sorprendió ha pocas ho­
cual había acabado su frugal comida y ras que me preguntases si no amaba a
aguardaba con impaciencia la vuelta de una esclava; ahora creo que casi po­
la esclava. Syra dió comienzo entonces dría amar a Syra. Casi me arrepiento
a sus deberes diarios de cariño y hos­ de habértela cedido.
pitalidad : trajo agua, lavóle tas manos Mientras Fabiola se dirigía al patio,
y los pies conforme a las prácticas cris­ penetró Inés en el aposento y dijo bod-
tianas y la peinó y arregló el cabello riéndose:
como si la pobre muchacha hubiera sido — Muy bien, Cecilia, al fin he descu­
su propia hija. Aunque era joven toda­ bierto tu secreto : ésta es la amiga cuya
vía, era tan tierna su mirada cuando la comida has dicho que es mejor que la
dirigía a su pobre amiga, tan suave su mía, y por eso no la has querido probar
acento, todas sus acciones tan mater­ nunca. Yaya, no será mejor la comida,
nales, que más semejaba una solícita pero, a no dudarlo, lo es quien te la
madre cuidando a su hija que una escla­ ofrece.
va que servía a una mendiga: y parecía — ¡ Oh, no digas eso, señora Inés—
tan feliz esta mendiga, hablaba con respondió la ciega : — la comida, en
tanto ardor y decía coBas tan bellas, que verdad, es la mejor. Tú tienes oca­
Syra suspendía su trabajo para oiría y siones infinitas de ejercer la caridad,
contemplarla. pero una pobre esclava ninguna, como
En aquel momento Be disponía Inés no sea cuando encuentra a una criatu­
a acudir a la entrevista convenida, y Fa­ ra, como yo, más pobre y necesitada
biola se empeñó en acompañarla has­ que ella; esta idea encarece para mí bu
ta la puerta. Levantó Inés suavemente comida.
la cortina, y al sorprender tan encanta­ — Tienes razón—repuBo Inés,—y me
dora escena, hizo señal a Fabiola para alegro que estés presente para que oi­
que mirara y guardase silencio. Tenía gas las buenas noticias que le traigo a
enfrente a la ciega y a su lado a su Syra, pues seguramente han de ale­
voluntaria criada, muy ajena a la ob­ grarte. Fabiola ha consentido en que yo
servación de que era objeto. Enterneció- sea tu señora, Syra, y en que te lleve
Be el corazón de Fabiola porque nunca conmigo. Mañana serás libre y una her­
se hubiera imaginado que pudiese exis­ mana querida para mí.
tir sobre la tierra un amor tan desinte­ Cecilia batió palmas de contento,
resado entre extraños ; la caridad era y echándose al cuello de Syra, excla­
todavía una palabra desconocida en Gre­ mó :
cia y Boma. Retrocedió lentamente y — ¡ Oh, cuánta bondad 1 j Qué feliz
con las lágrimas en los ojos, y al despe­ vaB a ser ahora, querida Syra!
dirse de Inés la d ijo : Pero ésta, profundamente turbada,
— Debo retirarme ; esta muchacha, replicó con voz balbuciente :
como sabes, me ha demostrado esta tar­ — ¡ Oh amable y cariñosa señora,
de que una esclava puede tener inteli­ cuánta bondad no ha BÍdo la tuva acor-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 35

dándote de ro l! Pero perdóname bí te vorecer tu interés propio ha de conven-


suplico que me dejes como estoy; te certe ; habré, puea, de emplear razones
aseguro, querida Cecilia, que vivo aquí más egoístas. Necesito tenerte a mi lado
completamente feliz. para perfeccionarme con tus consejos y
¿Pero por qué deseas seguir escla- tu ejemplo. Vamos, esta petición no me
va?—le preguntó Inés. la negarás.
—Porque el estado más perfecto— re- — Egoístar—replicó la esclavar—no lo
puso Syra—es aquel a que hemos sido serás jamás, y por eso apelo de tu peti-
Uamados por Dios (1). No quiero decir ción a ti misma. Conoces a Fabiola y
que nací esclava, pero he llegado a tal la amas. ¡ Qué alma tan noble, qué en­
astado porque a él me han traído. tendimiento tan claro es el suyo! ¡ Qué
Un raudal de lágrimas la interrumpió cualidades tan grandes posee y cuán elo-
por un momento, pero al fin continuó : vados serían sus conocimientos si úni-
— Esto mismo me prueba' que la vo- camente los iluminase la luz de la* ver-
1untad de Dios es que le sirva en este dad! j Con qué cJuidadoso esmero guar­
d a d o . ¿Cómo he de desear dejarlo? da en su corazón la perla de las virtu-
— Pues bien— dijo Inés con más em- des, cuya alta estima sólo nosotras co-
p e f i o t o d o puede arreglarse fácilmen- nocemos ! ¡ Qué verdadera y buena eris-
te : no te daré la libertad y serás mi es- tiana sería...!
clava. Supongo que viene a ser lo mis- — Prosigue, por amor de Dios, que­
mo. rida Syra— exclamó Inés con la más vi-
— No, no—repuso Syra sonriéndose, va ansiedad. — ¿Tienes esperanza de
— no es lo m ism o; las enseñanzas de conseguirlo ?
nuestro grande Apóstol son para nos- — Ese es, por lo menos, el objeto de
otros las siguientes: «Siervos, estad mis incesantes plegarias; es mi único
Bumisos con todo temor a los amos, no pensamiento, el fin principal que persi-
sólo a los apacibles y buenos, sino tam- guen mis afanes y la ocupación de mi
bién a los de recia condición» (2). Es- vida. Procuraré vencerla con mi pacien-
toy muy lejos de contar entre éstos a cia, mi constancia y aun con esas raras
mi ama; pero tú, noble señora, eres discusiones como la que hemos tenido
en extremo dulce y bondadosa conmi- hoy. Y cuando todo lo haya agotado,
go. ¿ Dónde estaría mi cruz si viviera a todavía me queda otro recurso,
tu lado? No sabes cuán orgullosa y obs- ¿Cuál? preguntaron ambas,
tinada soy por naturaleza; temería por ~ Daj mi vida por su conversión. Co­
mí misma si no sufriera algunas humi- nozco que una pobre esclava como yo
Ilaciones y penalidades. tiene muy escasas probabilidades de ser
Inés, estaba ya casi vencida, pero, de- » no obstante, dicese que nos
seando más que nunca adquirir tal te- amenaza una nueva persecución más te­
soro de virtud, dijo : rrible que las pasadas, y acaso no des-
—Veo, Syra, que nada que pueda fa- deñará víctimas tan humildes. Pero sea
— - ----- lo que Dios quiera; he puesto mi v^ a
(2) TI* 144 en 809 manoa Por Ia conversión de su
86 OABDENAL NIC WI9EMAN
alma. Y tú, la más querida y la mejor
de las señoras— exclamó Syra cayendo
a sus plantas y bañando con sus lágri­
mas la mano de Inés,— no vengas a in­
terponerte entre mi premio y yo.
— Has vencido, hermana Syra; de
hoy más no me llames señora— dijo
Inés ;—permanece en tu puesto. Tanta
sencillez de corazón y virtud tan acri­
solada tienen que triunfar necesaria­ VII [
mente. Esto es demasiado sublime pa­
ra esfera tan humilde como la de mi E li FIN DE!* P R IM E R DÍA
casa.
— Y yo, por mi parte— añadió Cecilia
con cómica gravedad,— digo que esta Si nos detenemos por algún tiempo
tarde has hecho una cosa muy mala y cerca de la puerta para ver partir a Inés,
dicho otra que no es cierta. y oímos la alegre conversación que sos­
— ¿Qué cosas, queridita mía?—pre­ tienen ella y Cecilia, oiremos que Inés
guntó Syra sonriéndose. suplica a ésta que se deje acompañar
— Dijiste que yo era más buena y más de uno de sus criados, por ser la noche
discreta que tú porque no quise comer obscura, y a la muchacha contestar rién­
manjares delicados que hubieran rega­ dose porque a la señora se le ha olvidado
lado mi paladar por unos pocos minu­ que para ella son una misma cosa, el día
tos, a costa de un pecado de gula, mien­ y la noche, y que por esta circunstancia
tras tú has sacrificado tu libertad, tu fué designada por guía de las catacum­
bienestar, el libre ejercicio de tu reli­ bas, cuyos intrincados laberintos reco­
gión y hasta has ofrecido tu vida por rría a todas horas con la misma seguri­
la salvación de quien es tu tirano y tu dad que las calles de Roma. Y si antes
tormento. ¡ Oh ! ¡ qué vergüenza! ¿ Có­ de volver a entrar, para enterarnos de
mo pudiste decirme tal cosa? la situación de Fabiola, después de las
En aquel momento vino un criado a aventuras día, dejamos transcurrir al­
avisar que la litera de Inés esperaba en gún tiempo más, hallaremos revuelta la
la puerta. Cualquiera que hubiese pre­ casa de arriba abajo. Esclavos con lám­
senciado la afectuosa despedida de las paras y antorchas andan corriendo en
tres, la noble señora, la esclava y la diversas direcciones registrando todos
mendiga, hubiera exclamado con razón, los sitios y escondrijos en que se figuran
como lo había hecho tantas veces el pue­ han de encontrar algo que se ha perdi­
blo : «Ved cómo estos cristianos se do. Eufrosina insiste en que lo deben
aman los unos a los otrosí. hallar, hasta que por fin, frustrada to­
da esperanza, se abandonan las inves­
tigaciones.
Probablemente el lector ha antioipa-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS »'

do ya la solución de este misterio : se dia (1), y a menudo se veía obligada a


había vuelto a presentar Syra, confor­ dejarla salir sola de noche bajo pretex­
me a lo que se le había ordenado, para to de que tenía que aprovechar la luz
que se le curase la herida, y el pañuelo del plenilunio a fin de recoger hierbas
había desaparecido de su brazo; no sa­ para bub cosméticos, como si cogidas
bía darse cuenta de su pérdida, pues en otra fase lunal no poseyeran las mis­
sólo recordaba que se lo había quitado mas virtudes. Sospechaba Eufrosina si
y se lo había vuelto a poner, aunque de sería para confeccionar venenos morta­
seguro no tan bien como lo había hecho les ; pero en realidad era para asistir a
Eufrosina, manifestando las razones las repugnantes orgías del Fetichis­
que había tenido, pues detestaba la men­ mo (2), con otros de su raza, o para
tira. Y era cierto que hasta aquel mo­ avistarse con algunoB que consultaban
mento no había echado de menos el pre­ su imaginaria ciencia.
cioso adorno. La anciana y bondadosa Dábase ya por perdido el pañuelo, y
nodriza deploraba en el alma esta pér­ cuando Syra se encontró sola, reflexio­
dida que consideraba de mucha impor­ nando más fríamente sobre los aconte­
tancia para una pobre esclava, pues cimientos del día, recordó la detención
probablemente guardaba el pañuelo pa­ de Fulvio al atravesar el patio en el
ra comprar su libertad. También Syra mismo sitio en que habla estado oculta,
lo sintió en extremo, pero por razones y después sus precipitados pasos hacia
que no hubiera podido hacer compren­ la puerta. Asaltóle entonces la idea de
der a la buena ama de llaves. que había perdido allí el pañuelo, y que
Eufrosina había preguntado a todos él podría haberlo recogido, pues le pa­
los esclavos, y muchos fueron registra­ recía imposible que lo hubiese dejado
dos con gran dolor y confusión de Sy­ con indiferencia. Persuadióse, por lo
ra, y en vista del resultado negativo or­ tanto, de que se hallaba en su poder, y
denó que se escudriñasen, sin dejar después de reflexionar sobre las conse­
uno, todos los sitios en que habla esta­ cuencias posibles de esta desgracia, y
do Syra. ¿Quién, ni en sueños, pudiera deduciendo una conclusión nada satis­
sospechar que un noble huésped de la factoria, determinó ponerlo todo en ma­
casa de su Beñor hubiera sido capaz de nos de Dios, y requirió el reposo que
hurtar un objeto fuese o no de precio? una conciencia tranquila no podía me­
La anciana nodriza vino en conclusión nos de hacer dulce y consolador.
a persuadirse de que sólo por algún pro­ Cuando se despidió de Inés, retiróse
cedimiento mágico podía haber sido Fabiola a su aposento, y después de los
substraído el pañuelo, y no fué de la servicios acostumbrados que le presta­
negra esclava Afra de quien menos sos­ ron las otras dos esclavas y Eufrosina,
pechó, pues sabía que detestaba cor­ las despidió con dulzura inusitada. Lue-
dialmente a Syra, y que, para atormen­
tar a la pobre muchacha, era capaz de
haberse servido de algún hechizo. (1) Hechicera famosa en tiempo de Au-
Creía que la mora era otra Cami- (2) Idolatría del interior de Africa.
Ob CARDENAL NICOLÁS WIBEMAN

go que se retiraron, fué a recostarse so­ pies en casa de Fabio, bí le era poBible,
bre el lecho, donde la encontramos la evitando y eludiendo sus convites.
primera vez, y vió con singular disgus­ Fabiola había conocido el carácter
to el puñalito con que habla herido de Fulvio, y sus penetrantes ojos habían
a Syra. Abrió una caja, lo arrojó en ella sorprendido la afectación de sus moda­
con honor, y no volvió jamás a usarlo. les y la perfidia de sus miradas, resal­
Tomó el libro que había dejado últi­ tando vivamente su contraste si se le
mamente y la había entretenido mucho, comparada con el franco y generoso Se­
pero parecióle en extremo frívolo e in­ bastián.— j Qué joven tan noble es eBe
sípido ; volvió, pues, a dejarlo, y dió li­ Sebastián !—se dijo.— |Cuán diferente
bre rienda a sus pensamientos Bobre los de los demás jóvenes que vienen a esta
sucesos del día. L o primero que la ocu­ caBa! Jamás se escapa de sus labios una
pó fué el recuerdo de su encantadora palabra indiscreta, ni sus serenos y bri­
prima Inés. ¡ Qué desprendida y pura, llantes ojos miran con intención malig­
qué sencilla y qué sensible y aun qué na. Es sobrio en la comida como debe
juiciosa era! Resolvió ser su protecto­ serlo un soldado, modesto como corres­
ra, su hermana mayor en todo. Co­ ponde a un héroe, al hablar de su valor
mo su padre, había observado también y hazañas que otros enaltecen. ] Oh, si
Fabiola las frecuentes miradas que le sintiese hacia mi lo que pretenden sen­
dirigía Fulvio, no esas miradas disolu­ tir otros... 1
tas, de que ella misma había sido obje­ No había aún terminado la frase,
to y había rechazado con desprecio, si­ cuando una profunda melancolía pare­
no llenas de intención y de perfidia, que ció que se apoderaba de toda su alma.
parecían revelar algún pensamiento o Ofrecióse de nuevo a su mente la con­
designio siniestro, del que Inés podía versación con Syra y sus consecuen­
llegar a ser la víctima. Se determinó, cias, y aunque este recuerdo le era pe­
pues, frustrarlos cualquiera que fuesen, noso, no podía desecharlo y sentía co­
llegando a una conclusión diametral­ mo si aquel día fuera crítico en su vida.
mente opuesta a la de su padre respec­ Su orgullo había sido humillado por una
to a él. Se propuso, ante todo, impedir esclava, y dulcificado su carácter sin sa­
que Fulvio se aproximase á Inés, al me­ ber cómo. Si sus ojoB se hubieran abier­
nos en su casa, y hasta se culpaba de to en aquel instante a la luz de la ver­
haber traído a una joven de tan tierna dad, y le hubiera sido posible apartarlos
edad al extraño círculo que con tonta del mundo, hubiese visto una nube
frecuencia concurría a la mesa de su transparente como de incienso, pero te­
padre, especialmente conociendo ahora ñida de riquísimo carmín, en la que,
que los motivos que la habían movido elevándose del lado de la cama de una
para obrar así, habían sido completa­ esclava, subían juntas la oración y el sa­
mente egoístas. Y se propuso esto casi crificio voluntario de la vida; nube que
en los momentos que Fulvio, agitándose al tocar en el cielo contra las gradas cris­
en su lecho, determinaba no poner los talinas del trono de la misericordia, yol-
89
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAB CATACUMBAS

vía’ a caer en rocío de purísima gracia con desesperación, le parecía que


sobre su árido corazón. P«rQÍ0 8aHa de las timeb ^
No podía verlo Fabiola, pero no era ban aquel claro espacio, ra^® eQ
menos cierto. Cansada al fin buscó el plegada una tosca y pes a >
reposo, pero su sueño fué desapacible la cual aparecían pm 08 unjdas
e intranquilo. Se le figuró hallarse en monstruos y homblea q u ie ra s , urndas
«n delicioso jardín, iluminado por una y e n l a j a s de una manera e ^ E
luz semejante a la del mediodía, pero negro velo se fué poco a poco e*U*
infinitamente más suave; alrededor es- <^endo hafita ocuHó de ^us o^ra la
taba todo obscuro. Hermosas flores ta- hermosa aparici n' ^a
piíaban el suelo, plantas con rica eflo- mentó e mayor e ’ ¿ i
rescencia ondeaban de árbol en árbol reciósele luego un
formando festones, de los cuales colga- te (como e a e ' Beme¡a.n-
ban frutas dorad». E n medio de este oionea creyó d e ^ u b r ^ g u o a ^ ^ n
, , non las de Sebastián, quien en uu
espacio Vió a la ciega mendiga sentada ^ Bparecido triste y apar-
sobre el césped con e x p r e s é de felici- P P im4ndoae ^ l6 aon-

“ J " suf ° 8U 8emblantte. ; ^ reía ’ y daba aire a su abrasada frente


que de un lado Inés, con toda la dulzu- 3^ ^ ^ ^ or<) Entoncea des-
ra de sus cándidas meadas, y del otro, Fabiola qued6 8U.
Syra, con su sonriBa suave y resigna- P • _ Hl]eño.
da, inclinadas sobre Cecilia, le prodiga- mergida en u ce y
ban sua caricias. Fabiola e x p e r im e n t ó
un deseo irresistible de unirse a ellas :
parecióle que estaban gozando de una
felicidad desconocida para ©lia y aún
creyó ver que le hacían señas paja que
se les reuniese. Corría a ejecutarlo cuan­
do, con espanto suyo, halló que la sepa- IX
raba de ellas un ancho y obscuro ba­
rranco, en cuyo fondo bramaba un to- la b R E U N ION ES

rrente; c r e c ie r o n las aguas por mo­


mentos hasta alcanzar la margen supe- .
rior del dique, y no obstante su pro- De todas laa colmas de Roma, la que
fundidad, corrían allí claras, brillantes mejor se distingue por todos sus o ,
y llenas de frescura. |Oh, si tuviera va- es el Palatino. Eligióla Augus o para su
lor para arrojarse a la corriente, que só- residencia, y sus sucesores en el impe­
lo por ella se puede atravesar el barran- rio le imitaron; pero la modesta man­
co, y llegar con seguridad a la opuesta Bión fué transform ándose en un
orilla 1 Y las de allá no dejaban de ha- nífico palacio, que
cerle señas, animándola a que lo in- na, y no satisfecho
tentase ; pero cuando estaba en el bor- mensiones incendió 1<»
de del precipicio, torciéndose las manos rodeaban para extender la residencia
40 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

imperial hasta el próximo Esquilmo, Todos éstos eran cristianos, como tam­
agregándole el espacio ocupado ahora bién todos los soldados de su cohorte;
entre laa dos colinas por el Coliseo. Ves- algunos por conversión, pero en su mar-
pasiano derribó aquella Casa dorada, yoría por el esmero que había puesto en
cuyas B u n tu osas bóvedas cubiertas de elegirlos entre los nuevos reclutas.
hermosas pinturas subsisten todavía, y Pocas noches después de las escenas
construyó con sus materiales el anfitea­ descritas en el capítulo precedente, y
tro ya mencionado y otros edificios. La como un par de horas después de ano­
entrada del palacio fué construida poco checido, subía Sebastián las gradas del
después de este período desde la Vid vestíbulo mencionado acompañado de
Sacra, o camino sagrado, junto al arco otro joven, de quien ya hemos hablado
de Tito. Después de atravesar el vestí­ en otro lugar. Pancracio admiraba y
bulo, se halla el viajero en un magnífi­ amaba a Sebastián con ese especial
co patio, cuya situación en la actualidad afecto que puede suponerse que profe­
puede exactamente apreciarse. Saliendo sa un oficial joven y entusiasta a un
de él, a la izquierda, se entraba en un militar esforzado y de más edad que
inmenso espacio cuadrado y dispuesto y lo recibe entre el número de sus ami­
consagrado a Adonis por Domiciano, gos. Contemplaba, sin embargo, no tan­
poblado de árboles, de arbustos y de to al soldado del César, como al cam­
flores. peón de Cristo, cuya generosidad, no­
Continuando siempre a la izquierda, bleza de alma y bravura, estaban uni­
se va a dar con una serie de aposentos, das a tanta sencillez y dulzura, a tan­
construidos por Alejandro Severo en ho­ ta circunspección y prudencia, que ins­
nor de su madre Mammíea, cuyo nom­ piraba confianza a cuantos le trataban.
bre llevan. Están situados enfrente de No amaba menos Sebastián a Pancra-
la colina Celia, precisamente en el án­ cio por el ingenuo entusiasmo y el can­
gulo que termina en el último arco triun­ dor y la inocencia de su alma ; pero en­
fal de Constantino y la fuente llamada treviendo los peligros a que podían con­
Meta Sudan* (1). Aquí estaba el de­ ducirle su impetuosidad y juvenil ardor,
partamento que ocupaba Sebastián en quería tenerle siempre a su lado para
calidad de tribuno u oficial superior de servirle de guía, y si necesario fuera,
la guardia imperial. Componíase su vi­ contenerle.
vienda de algunos cuartos modestísi- Entraban en palacio por la parte en
mámente amueblados como convenía a que daba la guardia la cohorte de Se­
un B oldado y a un cristiano. No tenía bastián cuando dijo éste a bu compa­
más servidumbre que dos libertos y a ñero :
una venerable matrona, que había sido — Cada vez que paso por aquí me
su nodriza y le quería como a un hijo. asalta la idea de que fué un acto de
bondad de la divina Providencia colo­
(1) La meta sudante, era un obelisco de
ladrillo, que aun existo, embutido en mármol, car casi a las mismas puertas del pala­
de cuyo remate brotaba agua, y descendiendo cio del César el arco que recuerda a un
como una cortina de cristal, a todo el rededor,
caía dentro de un pilón en la parte inferior. mismo tiempo la caída del primer gran
FABIOLA O LA. IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 41

sistema antagonista del cristianismo y frustradas? ¿Por qué, te preguntarían,


el cumplimiento de la mayor de Ub pro­ no habríamos de esperar hoy el mismo
fecías del Evangelio, la destrucción de resultado?
Jerusalén por los romanos (1). Creo que — Ix» sé muy bien, mi querido Pan­
algún día se ha de levantar otro arco cracio, y más de una vez he deplorado
en conmemoración, de una victoria no con amargura esas desconsoladoras mi­
naenos importante sobre el segundo ene- ras que enervan nuestra energía ; la re­
migo de nuestra religión, el mismo Im ­ celosa idea de que la venganza es per­
perio pagano de Boma. petua y la misericordia transitoria, y
¿Consideras, acaso, la ruina de es­ que la sangre del mártir y las oracio­
te grande imperio como medio de esta­ nes de las vírgenes no tienen eficacia
blecer el cristianismo? para acortan el tiempo de la prueba, y
— ] No quiera Dios ! Vertería por sos­ apresurar laB horas de la gracia.
tenerlo la última gota de sangre, como Hablando así llegaron al departamen­
he vertido la primera; pero ten por se­ to de Sebastián, cuyo aposento princi­
guro que cuando el Imperio se convier­ pal estaba iluminado y dispuesto evi­
ta, no será de la manera gradual y len­ dentemente para alguna reunión. Ha­
ta que presenciamos ahora, sino por me­ bía enfrente de la puerta una ventana
dios tan sobrenaturales, tan divinos, co­ abierta hasta el suelo y recaía a una
mo no llegaremos a prever nunca en azotea que se extendía a lo largo del
nuestros má8 ardientes deseos, y todos edificio. L a noche estaba tan clara, que
exclamarán : ¡ He aquí la obra de la instintivamente atravesaron los dos la
diestra del Altísimo 1 sala y fueron a detenerse en la azotea,
— Ciertamente ; pero tu idea del arco donde ofrecióse a bus o jo s una vista es­
triunfal cristiano supone en‘la tierra un plendente y bella. La luna estaba en lo
instrumento: ¿dónde imaginas que se alto de los cielos, nadando en ellos, co­
encuentre? mo nada la luna en Italia; no como
— Te confieso, Pancracio, que no sé una superficie plana, sino como una au­
extender mi» miradas fuera de la fami­ reola esférica que bañaba todo el espa­
lia de los Augustos, pues se revela un cio en su propia y brillante atmósfera.
ligero germen de mejores inclinaciones Las estrellas vecinas quedaban eclipsa­
Constancio Cloro. das, y parecía como que se habían re­
—Pero, Sebastián, ¿cuántos de nues­ plegado en apiñados y resplandecientes
tros sabios e instruidos varones te di­ grupos en las apartadas extremidades
rían, si les hablases en esos términos, del azulado firmamento. Era una no­
que k s mismas esperanzas se abriga­ che, en fin, como la que añOB después
ron en loe reinados de Alejandro, Gor­ contemplaron Mónica y Agustín desde
diano y Aureliano, y al fin quedaron una ventana de Ostia, mientras e sta b a n
discurriendo acerca de las cosas divi­
nas.
(1) El arco triunfal de Tito, en el que es­ Verdad .es que a sus pies y en derre­
tén. representados los despojos dol templo de dor todo era grandioso y bello. A un la-
Jerusalóiv.
42 CARDENAL NICOLAS WIBEMAN

do se levantaba el coliseo o anfiteatro perverso y pecador que Bea, es tan her­


Flaviano completamente terminado, y mosa y brillante, ¿qué no será la par­
el suave murmullo de la fuente, cuyas te superior donde mora el que es la
aguas formaban una brillante columna gloria infinita? Yo me la figuro como
de plata, semejantes al reflejo de la ola un velo ricamente bordado, a través de
del mar, deslizándose sobre la inclinada cuyo tejido sólo se ha permitido que par-
roca, llegaba apaciblemente a bus oídos. sen algunos puntos de hilo de oro, que
Al otro lado el soberbio edificio llamado son lo único que nos es dado divisar.
Septizonium de Severo, y enfrente los ] Cuánto más regia debe ser esa super­
suntuosos baños de Caracalla, que, por ficie superior, pisada sólo por los ligeros
encima del Celiano, reflejaban los cla­ pies de los ángeles y los bienaventura­
ros rayos de la luna de otoño, en sus dos !
muros de mármol y majestuosos pila­ — ] Hermoso pensamiento, Panera-
res. Empero todos estos colosales mo­ d o , y no menos verdadero! Conviertes
numentos de una gloria puramente en un velo sutil y fácil de penetrar ese
mundana no atraían la atención de los que se interpone entre nosotros que mi­
dos jóvenes cristianos que guardaban litamos en este mundo, y la Iglesia
silencio, el mayor de ellos rodeando con triunfante que está arriba en los cielos.
su. brazo derecho el cuello de su joven —Perdona, Sebastián— dijo Pancra-
compañero y apoyándose en sus hom­ cio dirigiendo a bu amigo aquella mis­
bros. ma mirada que pocas noches antes ha­
Al cabo de largo rato, tomando de bía puesto en él inspirado semblante de
nuevo Sebastián el hilo de su última su madre,— perdóname, si en tanto que
conversación, dijo en tono más Buave: tú discurres tan sabiamente sobre la
— Iba a señalarte, al salir de aquí, el existencia futura de un arco que recuer­
lugar donde he imaginado muchas ve­ de el triunfo del cristianismo, se ofrece
ces que podía levantarse el arco de ya ante mí el arco, a través del cual,
triunfo, al cual me refería (1 ); pero, nosotros, débiles como somos, podemos
¿quién puede pensar ahora en cosas tan conducir rápidamente la Iglesia a su
mezquinas teniendo sobre nuestras ca­ glorioso triunfo, y a nosotros mismos
bezas esa espléndida bóveda, tan bri­ a la bienaventuranza eterna.
llantemente iluminada, que parece co­ —¿Y dónde, querido amigo, dónde
mo que noe convida a levantar hacia ella está ese arco?
nuestros ojos y nuestros corazones? Pancracio extendió la mano hacia la
— Es cierto, Sebastián ; algunas ve­ izquierda, y sin moverla d ijo :
ces he pensado que si la parte inferior — Allí, noble Sebasiián. Cualquiera
de este firmamento, hasta la que pue­ de esos arcos abiertos del anfiteatro Fla-
den llegar los ojos del hombre, por más viano que conducen a su arena. Sobre
ella está el velo de que hablábamos, no
más denso, por cierto, que la extendi­
(1) El arco de Constantino so halla situa­ da lona que da sombra a nuestros es­
do exactamente debajo del sitio en que se des­
cribe esta « ce n a . pectadores. Pero escucha...
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 43

Es que rugo un león en eL Celia- — Algo bueno y virtuoso será sin du-
110 exclamó Sebastián sorprendido.— d a ; por lo tanto, te prometo ayudarte.
Han debido llegar algunas fieras al vi- — Pue© bien, Sebastián, pero no me
vanurri (1) del anfiteatro, porque 8é que vayas a tener por necio — prosiguió
ayer no las había. Pancracio vacilando y sonrojándose a
" S i —continuó Pancracio como si no cada palabra :— ya sabes que tengo en
hubiese oído la interrupción.— Son los casa una gran cantidad de plata labra-
boques de los clarines que nos llaman al da, objetos inútiles y meros obstáculos,
Embate, la música que nos acompaña- como sabes, dado nuestro sencillo mo-
en nuestro triunfo. do de vivir. Mi querida madre, por más
Guardaron ambos silencio, que rom- que le diga, no quiere ponerse sus an-
Ptó Pancracio, al cabo de unos instan- tiguas joyas, de modo que están arrin-
tes, diciendo : conadae Bin que las use nadie. No ten-
Esto me trae a la memoria un aeun- go sucesores ; soy y seré el último de mi
<lUe tengo que consultarte, mi fiel linaje. Con frecuencia me hae dicho que
consejero: ¿llegarán pronto tus ami- en semejantes circunstancias los here-
l?08? deroa naturales del cristiano, son la viu-
Todavía tardarán ; además irán en- da y el huérfano, el desamparado y el
trando uno a uno ; hasta que se reúnan, menesteroso. ¿Por qué han de esperar
vamos a mi cuarto, donde nadie nos a que yo muera para obtener desde lue-
mterrumpirá. go lo que por derecho les pertenece? Si
Atravesaron la azotea y entraron en sobreviniera una persecución, ¿para qué
el último aposento de aquella serie, si- correr el riesgo de que se apodere de
toado en el ángulo de la colina, en- ellas el fisco o los lictores? Ya que quie-
re>nte mismo de la fuente, e iluminado ren nuestras vidas, ¿por qué han do
Por los rayos de la luna que pene- privar de este tesoro a nuestros legiti­
maban por la ventana abierta por aquel mos herederos?
El soldado permaneció en pie — Pancracio—dijo Sebastián,— he es-
junto a ésta y Pancracio tomó asiento cuchado tu noble proposición sin hacer-
Bobre la estrecha cama de campaña. te observación alguna. Quería que fue-
■—¿Qué gran asunto es ése, Panera- se 8010 tuy° el mérito manifestarla.
Cl°> sobre el cual deseas te dé mi sabio Dime ahora, ¿qué puede hacerte dudar
Parecer ?— dijo el oficial sonriéndose. ° vacilar sobre lo que sé que deseas
Una bagatela seguramente—repli- 0011 vehemencia?
có c on timidez el joven—para un hom- —Hablando con verdad, temía que se
bre S u e lto y generoso como tú, pero tomase como alarde de presunción y so-
Para un muchacho ignorante y débil berbia el ofrecerme a hacer lo que en
como yo, és un asunto de la mayor concepto público es algo grande y gene-
1Inportancia. roso, cuando puedo asegurarte, querido
— _____ Sebastián, que no es a sí; pues nada
/jv pierdo desprendiéndome de esos objetos
118 ñ* no tienen valor alguno para m i, pe-
44 CARDENAL NICOLAS WIBEfcÍAN

ro pueden tenerlo para Iob pobres, espe­ Recogeremos, empero, no eBtas


fr a s e .
cialmente en los tiempos difíciles que palabras aisladas, sino todo el diálogo;
nos amenazan. pero antes permítasenos una digresión
—¿Consiente, por de contado, Lu­ acerca de los interlocutores.
cina? De la esclava sabemos bastante por
— ¡ Oh, ciertamente ! no tocaría yo ahora. Corvino, conforme dejamos di­
un grano de polvo sin que fuese de su cho en otro lugar, era hijo de Tértulo,
agrado ; pero mira para lo que neceBito primer prefecto del Pretorio. Este car­
especialmente de tu apoyo. Me sería go, desconocido en los tiempos de la
duro se creyese que abrigo la presun­ República y creado por los emperado­
ción de hacer algo considerado como ex­ res, habla, desde el reinado de Tibe­
traordinario, sobre todo en un mucha­ rio, absorbido gradualmente todo el po­
cho : ¿m e comprendes? Y así, espero der civil y militar, y aun hubo ocasio­
de ti y te ruego que ordenes se haga la nes en las que ejerció el cargo de juez
distribución de las alhajas en cualquie­ supremo criminal en Roma. Para des­
ra casa que no Bea la mía-,.como la de empeñar este cargo a satisfacción de
un... como la de una persona que ne­ sus despóticos e inexorables amos, era
cesita mucho de las oraciones de los fie­ menester una energía a toda prueba.
les y particularmente de las del pobre, Estar todo el día sentado en un tribu­
y desea permanecer incógnita. nal, rodeado de los repugnantes instru­
—L o haré con gusto, joven virtuoso mentos del suplicio ; permanecer impa­
cuanto noble; pero, silencio : ¿no has sible entre los lamentos y los gritos de
oído pronunciar el nombre de Fabiola? los ancianos, de los jóvenes y las mu­
Han vuelto a repetirlo y cón un epíteto jeres puestas en el tormento; dirigir un
que no indica por cierto muy buena frío interrogatorio a un desgraciado,
voluntad. que estaba sobre el potro, y en la con­
Aproximóse Pancracio a la ventana; vulsión de la agonía por un lado, mien­
dos personas estaban conversando jun­ tras que en el otro se ejecutaba a al­
to a las paredes del edificio, y a juzgar guno azotándole con correas forradas
por el metal de sus voces, eran un hom­ de plom o; dormir tranquilamente des­
bre y una mujer. A los pocos minutos pués de estas escenas y levantarse con
salieron a la claridad de la luna. ganas de verlas repetidas, era, a buen
— Reconozco esa mujer mora — dijo seguro, tarea de la que no se mostra­
Sebastián;— es Afra, la esclava negra ban muy aficionados los individuos del
de Fabiola. foro. Tértulo había sido llamado de Si­
— Y el hombre— añadió Pancracio— cilia para desempeñar este cargo, no
es mi condiscípulo Corvino. porque fuese cruel, sino porque era
Consideraron ambos deber suyo co­ hombre de corazón frío, incapaz de
ger, bí fuese posible, el hilo de lo que compasión ni de parcialidad. Fué, sin
terna visos de intriga; empero como los embargo, su tribunal la primera escue­
interlocutores paseaban de arriba aba­ la de Corvino, el cual, siendo aún niño,
jo, sólo podían percibir alguna que otra sentado a los pieB de su padre, pasaba
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 45

horas enteras gozando con aquellos crue­ planes de ambición y de avaricia. Cuá­
les espectáculos, e irritándose cuando les fueron éstos nos lo explicará su
alguno eludía el castigo. Creció, pues, conversación con la esclava negra.
torpe, brutal y grosero, y no había lle­ — Cuatro veces he venido a hora tan
gado a la pubertad, cuando ya su ros­ intempestiva a buscarte a la Meta Su­
tro, abotagado y pecoso, y sus ojos le­ dans. ¿Qué noticias me traes?
gañosos, uno de los cuales tenía a me­ — Ninguna—repuso Afra,— como no
dio cerrar, anunciaban la precocidad de Bea que pasado mañana parte mi seño­
su natural disoluto y disipado. Sin gus­ ra para su casa de campo de Cajeta (1),
to por nada delicado, sin habilidad para y, como es de suponer, tendré que acom­
aprender cosa alguna, cobró, sin em­ pañarla. Necesitaré, pues, más dinero
bargo, cierto valor y cierta fuerza pura­ para terminar mis operaciones en fa­
mente animales, pero unidos a una do­ vor tuyo.
sis considerable de baja y sórdida as­ — ¿Más aún? Te he dado cuanto he
tucia. Jamás había experimentado sen­ recibido de mi padre durante muchos
timiento alguno generoso, ni habla re­ meses.
primido ninguna de sus malas inclina­ —Pues qué, ¿no sabes quién es Fa­
ciones, y el que le ofendiera, debería te­ biola?
ner por cierta su aversión y que le per­ — Sé que es el partido más rico de
seguiría de muerte. A dos, sobre todo, Roma.
había jurado no perdonar en su vida : — La altiva y desdeñosa Fabiola no
al maestro de escuela que lo había cas­ se deja vencer con tanta facilidad.
tigado a menudo por su obstinada ter­ — No obstante, me has prometido que
quedad, y al condiscípulo que le había con tus filtros y sortilegios me alcan­
bendecido en pago de su brutal ultraje. zarías su consentimiento, o al menos su
La justicia y la misericordia, el bien y fortuna. ¿Qué pueden costarte tus pó­
b1 mal que ae le hacía, le eran igual­ cimas?
mente odiosos. — Más de lo que te figuras. Se ne­
Tértulo no poseía bienes de fortuna, cesitan los más preciosos ingredientes
y. aegún muestras, él carecía de dispo­ y es preciso pagarlos a muy alto pre­
sición para adquirirlos. Llegar a poseer cio. ¿Supones, acaso, que había yo de
glandes riquezas, era, con todo, a los salir a estas horas a buscar mis sim­
°]08 de Corvino, lo de más importan- ples entre los sepulcros de la Via Apia,
cía, porque riqueza, como medio de sa­ sin que se me pague con largueza? ¿E s
tisfacer sus deseos, era para él sinóni­ así como quieres secundar mis esfuer­
mo de suprema felicidad. Una herede- zos? Ya te he dicho que esto ha de
ra rica, o por mejor decir, su dote, pa­ apresurar el resultado.
recióle el medio más sencillo para ad­ — ¿Y qué puedo hacer? Bien sé que
quirirlo ; pero demasiado tosco y estú­ la Naturaleza no me ha favorecido, ni
pido para hacerse lugar en la sociedad, poseo prendas bastantes para grangear-
escogió otros caminos más adecuados a
®u carácter con objeto de realizar sus (1) Gaeta.
46 CARDENAL NICOLÁS WlSBMAN

me el afecto de nadie; y por eso lo he — Pero yo ni tengo habilidad para


fiado todo al poder de tu negra arte. fraguar ni para descubrir conspiracio­
— Entonces permíteme que te dé un nes, aunque bí para castigarlas.
consejo. Si careces de la gracia y ta­ — Hay, sin embargo, un medio fácil.
lento necesarios para granjearte el co­ —¿Cuál?
razón de Fabiola...
—Existen en mi país grandes aves,
— Su fortuna querrás decir,
que en vano te esforzarías en alcanzar
— Son inseparables : existe una co­
con los más veloces caballos; pero que
sa que, si la posees, te hará irresis­
si se les sigue calladamente la pista,
tible.
ellos mismos se entregan al momento,
— ¿Qué cosa es ésa?
pues sólo ocultan la cabeza.
— Oro.
— ¿ A quién quieres aludir con eso?
—¿Y de dónde quieres que lo saque?
— A los cristianos. ¿N o les amenaza
La esclava negra se sonrió malicio­
ya otra persecución?
samente y d ijo :
— Sí, y más terrible que todas las
— ¿Por qué no te lo proporcionas co­
que hasta ahora se conocen.
mo Fulvio?
— Entonces aprovecha mi consejo;
— ¿D e qué manera?
no te esfuerces por cazarlos, para no
— Con sangre.
cobrar a la postre más que piezas mi­
— ¿ Cómo lo sabes ?
serables. Ten los ojos abiertos y sigue
—He contraído relaciones con un vie­
las huellas de una o dos bien acomoda­
jo criado que tiene, el que bí no es de
das, de esas que tratan de ocultarse a
rostro más negro que yo, lo suple con
medias. Carga luego sobre ellas, hazte
la negrura de su corazón. Su idioma y el
con una buena porción de sus bienes
mío se parecen lo bastante para que
confiscados; ven entonces a buscarme
podamos entendemos. Me ha hecho in­
con una buena parte, que yo en cam­
finidad de preguntas sobre venenos, y
bio te daré dos.
pretende que alcanzará mi libertad y
— Gracias, gracias ; te comprendo :
me conducirá a bu país, donde se casa­
ya veo que no quieres bien a esos cris­
rá conmigo, pero tengo algo mejor en
tianos.
perspectiva y he procurado únicamen­
te sacarle cuanto necesitaba saber. — ¿Que si los quiero? Aborrezco bu
— ¿Y qué has sabido? raza entera. Los espíritus que yo adoro
— ¿Qué? Que Fulvio había descubier­ son enemigos mortales hasta de su nom­
bre.
to una grande conspiración contra Dio-
cleciano, conspiración que, por lo que Y sonriéndose de una manera horri­
me dió a entender un guiño de los te­ ble dejó entrever sus dientes y prosi­
rribles ojos del viejo, comprendí que la guió :
había fraguado antes él mismo, y ahora — Sospecho que una de mis compañe­
ha venido con fuertes recomendaciones ras lo es. ¡ Oh, y cómo la detesto 1 En
n Roma para que se le ocupe en el hon­ primer lugar por cuanto hay en el mun­
roso cargo de espía. do no diría una mentira, y con su absur­
FABIOLA O LA IQLBSlA DE LAS CATACUMBAS 47
da veracidad d o s hace caer en mil en­ mentos en una persona del carácter de
redos. Fabiola t
— Bueno, ¿ y qué más? Siguióle a cierta distancia; pero a po­
— No le importan los regalos ni el co penetró en el vestíbulo del palacio
dinero, e impide así que nos los ofrez­ con gran asombro de Sebastián, que no
can. lo esperaba. Entonces resolvió el vale­
— Mejor. roso oficial velar por Fabiola contra es­
—Y es además... ta nueva trama, pero esto no le era po­
La última palabra Be perdió en los sible hacerlo hasta que la joven regre­
oídos de Corvino que replicó : sase de su quinta de la Campania.
— I Magnífico! He salido hoy fuera
de puertas al encuentro de una carava­
na de tus compatriotas que ha llegado
y a ; mas en verdad te digo que leB lle­
vas ventaja a todos ellos. X
— ¿ De veras ?— exclamó Afra, —¿ Y
quiénes son?
OTRAS REUNIONES
— Africanos puros <1)— replicó Cor­
vino lanzando una carcajada; — leones,
panteras, leopardos. Cuando volvieron los jóvenes a la sa­
— ¡ Miserable! ¿ Te atreves a insul­ la por donde habían entrado en el de­
tarme de ese modo? partamento, hallaron ya congregada la
— V am os, vamos, cálmate. Los han reunión que esperaban. Sobre la me­
traído expresamente para desembara­ sa se veía preparada una comida frugal,
zarte de los aborrecidos cristianos. Se­ servida principalmente para alejar las
parémonos, pues, amigos. Afra, aquí sospechas de cualquiera intruso que pu­
tienes dinero, pero que sea el último, diera presentarse de improviso. Era la
y avísame en cuanto comiencen a obrar reunión numerosa y variada; compo­
tus filtros. No olvidaré tus indicaciones níanla clérigos y seglares, hombres y
respecto del oro cristiano, porque es pre­ mujeres. Tenía ésta por objeto el adop­
cisamente lo que más me gusta. tar algunas precauciones, exigidas por
Cuando Corvino se alejó por la Via ciertos sucesos que habían ocurrido re­
Sacra fingió Afra seguir las Carinas, cientemente en el palacio, de los que es
o sea la calle situada entre las colinas preciso que demos breves pormenores.
Calia y Palatina, pero retrocedió en se­ Sebastián, que gozaba de gran pri­
guida y exclamó, siguiéndole con los vanza con el emperador, había emplea­
ojos.— \N ecio! ¡ Imaginarte que por ti do toda su influencia en propagar den­
E&e iba yo a aventurar a hacer experi- tro del palacio la fe cristiana. Debían-
sele numerosas conversiones, entre ellas
una colectiva, poco tiempo antes de los
(1) Nombre genérico para designar las sucesos que venimos refiriendo, de la
>eras de oquul continente en contraposición
^ los osos y otras del Norte. que hacen mención especial las actas
48 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

originales de este glorioso soldado cris­ ciales, o por esperanza de perdón, o


tiano. En virtud de lo dispuesto en de­ por odio al cristianismo no le delatara
cretos anteriores, fueron muchos cris­ si se declaraba cristiano? ¿Podía des-
tianos puestos en prisión y sujetos a un conocer que semejante acusación era su
juicio que casi siempre terminaba con sentencia de muerte ?
una sentencia de muerte. Dos herma­ No, en verdad ; pero, ¿qué le impor­
nos llamado Marco y Marceliano habían taba? Tanto mejor, si en vez de dos,
sido acusados como tales y estaban se ofrecían a Dios tres víctimas ; lo que
aguardando el momento del martirio, él temía era que no hubiese ninguna.
cuando sus amigos, a quienes Be les ha­ La prisión era un comedor que por
bía permitido verlos, les suplicaron con estar cerrado casi todo el día necesita­
lágrimas en Iob ojos que salvaran sus ba de muy poca luz : la que tenía, re­
vidas por medio de la apostaaía. Co­ cibíala, como el Panteón, por una aber­
menzaron a vacilar y ofrecieron pensar­ tura del techo.
lo detenidamente. Sabedor de esto Se­ Deseoso Sebastián de que todos le
bastián, corrió a salvarlos. Demasiado viesen, fué a colocarse bajo los raye»
conocido para rehusarle la entrada, pe­ del sol, que penetraban a través de ella,
netró como si fuera un ángel de luz en claros y brillantes donde iban a caer;
la tenebrosa cárcel, que era a la sazón pero que dejaban casi a obscuras el res­
un seguro aposento de la casa del ma­ to del aposento. Quebrábanse esos ra­
gistrado a cuya vigilancia habían sido yos sobre el oro y las piedras preciosas
encargados. De ordinario, se dejaba a de la armadura del tribuno, y cuando
los magistrados la elección del lugar se movía, esparcíanse en destellos de
donde debían estar encarcelados los brillantes colores hasta los ámbitos más
reoB, y habiendo obtenido Tranquilino, obscuros de aquellas tinieblas, mientras
padre de los dos jóvenes, un plazo de continuaban descendiendo suavemente
treinta días para ver si podía vencer su sobre su descubierta cabeza, dejando ver
constancia, Be había ofrecido el magis­ sus nobles facciones, dulcificadas por la
trado Nicostrato a guardarlos en su pro­ emoción del tierno dolor que le causaba
pia casa, a fin de secundar sus esfuer­ la vacilación de los dos cautivos. Tardó
zos. Júzguese cuán peligrosa y arries­ Sebastián algunos momentos en expre­
gada era la empresa de Sebastián, pues sar con la palabra su intensa pesadum­
además de los dos cautivos cristianos bre, y al fin rompió el silencio en es­
había en el mismo local diez prisioneros tas sentidas frases :
gentiles, los padres de los infortunados — Santos y venerables hermanos, que
jóvenes, que con lágrimas y halagos se habéis dado testimonio de Cristo, que
esforzaban por salvarlos de la muerte habéis sido encarcelados por E l ; que
que les aguardaba, el carcelero, Clau­ por su causa vuestros miembros arras­
dio, Nicostrato, el magistrado y su eB- tran duras cadenas; que como El ha­
poBa Zoé. ¿ Podía esperar Sebastián que béis sufrido tormentos, yo debería caer
entre tantas personas no hubiese una de rodillas a vuestras plantas, rendiros
gue en cumplimiento de sus deberes ofi­ homenaje y demandar vuestras ora/'Q-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 49
oes, en vez de comparecer ante vosotros ¿Por qué han de dejar a sus infelices
para exhortaros, y mucho menos para padres en la miseria y el dolor? ¿Exige
reprenderos. ¿Seria cierto lo que he oí­ esto tu religión? Si es a3Í, ¿cómo la lla^
do? ¿Que, cuando los ángeles estaban mas santa?
poniendo la última flor a vuestras coro­ — Espera con paciencia, mi buen an­
las, les habéis pedido que se detengan, ciano — dijo Sebastián con mirada y
y hasta habéis pensado decirles que las acento ternísimo,— y déjame hablar pri­
destejan y esparzan al viento sus flo­ mero con tus hijos. Ellos comprenden
res? ¿Puedo creer que vosotros con un lo que les quiero decir, y tú aún no ;
pie ya en el umbral del Paraíso, pen­ pero, con la gracia de Dios, has de en­
séis retirarlo, retrocediendo de nuevo al tenderme y muy pronto. Vuestro padre
valle de destierro y de lágrimas? dice verdad : sólo por su amor y por el
Inclinaron los dos jóvenes sus cabe­ de vuestra madre habéis estado dudan­
zas y lloraron confesando humildemen­ do si los preferirías a aquel que os dijo :
te su fragilidad. «El que ama a su padre o a su madre
Sebastián prosiguió :. más que a éste no es digno de Mí» (1).
— No podéis resistir la mirada de un ¿ Podríais abrigar la esperanza de com­
pobre soldado como yo, el último de los prar la vida eterna para vuestros ancia­
siervos de Cristo; ¿cóm o resistiríais la nos padres, perdiéndola vosotros mis­
majestuosa y colérica del Señor, a quien mos? ¿Habríais de hacerlos cristianos,
habéis estado a punto de negar ante los abandonando vosotros el cristianismo?
hombres (aunque no lo pudierais hacer ¿L os hari&iB soldados de la cruz, deser­
en vuestros corazones) en aquel día te­ tando vosotros de sus banderas? ¿L es
rrible en que El os niegue delante de persuadiréis de que nuestras doctrinas
los ángeles, y cuando en vez de ofrece­ son más preciosas que la vida, prefirien­
ros ante sus ojos dignamente como sier­ do la vida a ellas? ¿Desearíais alcanzar
vos buenos y leales, como pudisteis har- para ellos, no la vida transitoria y pe­
cerlo mañana, tengáis que llegar a su recedera del cuerpo, sino la vida eterna
presencia, después de haber arrastrado del alma? Disponeos, pues, a adquirir­
unos pocos años más de infamia, divor­ la por vosotros mismos; arrojad a los
ciados con la Iglesia, despreciados de pies de nuestro Salvador la corona que
sus enemigos, y lo que es peor aún, roí­ recibiréis, y orad por la salvación de
dos por un gusano que nunca muere y vuestros padres.
víctimas de un perpetuo remordimien­ —Basta, basta, Sebastián, estamos
to? resueltos—exclamaron a la vez los dos
■—Cesa, i oh 1 cesa por piedad, joven, hermanos.
quienquiera que seas— exclamó Tran­ — Claudio— dijo uno de ellos,—vuel­
quilino ;— no hables con tanta severidad ve a ponerme las cadenas que me ha­
a mis hijos : si comenzaron a flaquear, bías quitado.
fué a causa de las lágrimas de su ma­ — Nicostrato— añadió el otro,— da ór-
dre, y de mis ruegos, no a los tormen­
tos que con tal fortaleza han sufrido. (1) San Mateo, cap. 37.
fabiola.—4
50 CARDENAL NICOLAS W1SEMAN

denos para que se ejecute la sentencia. — Vamos, Sebastián— dijo el archive­


Ni Claudia ni Nicostrato se movie­ ro de las actas (que tal era el empleo de
ron. Nicostrato);— ya es tiempo de que te
— Adiós, querido padre; adiós, que­ vayas. Admiro de todas veras la sinceri­
rida madre — dijeron ambos al mismo dad de creencias y la generosidad de
tiempo abrazando a sus padres. corazón que te hace obrar como lo has
— No— replicó Tranquilino ;— ya no hecho y que impulsan a esos dos jóve­
nos separaremos. Nicostrato, ve a decir nes a la muerte, pero mi deber es im­
a Cromado que desde este momento perioso y debo anteponerlo a mis senti­
soy cristiano con mis hijos ; quiero mo­ mientos.
rir con ellos por una religión que hace — Pues qué, ¿no crees tú como los
de loa niños héroes. demás ?
— Y yo — continuó la madre, — no — No, Sebastián, no cedo tan fácil­
quiero que me separen de mi esposo.y mente. Necesito pruebas más evidentes
de mis hijos. que tu virtud*
Siguióse a esto una escena imposible —¡ Oh, háblale, pues, tú—dijo Sebas­
de describir; todos estaban conmovi­ tián a Zoé,— habla, esposa fiel; habla
dos, todos lloraban; hasta los presos al corazón de tu marido, porque, o mu­
paganos se sentían arrastrados por el cho me engaño, o tuB miradas me di­
tropel de esos nuevos sentimientos. Se­ cen que tú al fin has creído.
bastián se vió rodeado de un grupo de Zoé se cubrió el rostro con las manoB
hombres y de mujeres tocados de la y prorrumpió en copioso y dulce llanto.
gracia, cuya influencia les ablandaba el — La has agitado en demasía, Sebas­
corazón y cuyo poder les subyugaba; tián— dijo su marido :— ¿n o sabes, aca­
pero todo estaba perdido si uno sólo re­ so, que es muda?
sistía a su impulso. Sebastián notó el — Lo ignoro, noble Nicostrato, pues
peligro que existía y temió no por sí, cuando la vi la última vez en Asia, ha­
sino por la Iglesia, y por aquellas almas blaba.
que eBtaban aún fluctuando en los con­ — Hace seis años—replicó el archive­
fínes de la vida. Unos se colgaban de ro con voz trémula—que su lengua, an­
sus brazos, otros se abrazaban a sus ro­ tes tan expedita, está paralizada, y de
dillas, otros besaban sus pies, como si entonces acá no ha vuelto a pronun­
fuera el espíritu de paz que visitó a Pe­ ciar palabra.
dro en su cárcel de Jerusalén. Sebastián guardó silencio un momen­
Sólo dos habían guardado silencio. to ; abrió luego de repente los brazos
Nicostrato estaba conmovido, pero no extendiéndolos hacia adelante, como
subyugado. Sus sentimientos se halla­ era costumbre entre los cristianos cuan­
ban agitados, pero no habían variado do oraban, y levantando los ojos al cie­
sus conviciones. Su esposa Zoé se lo prorrumpió en estas palabras:
arrodilló delante de Sebastián, con los — ¡ Oh D íob, padre de NueBtro Señor
brazos extendidos y la mirada suplican­ Jesucristo, el principio de esta obra es
te, pero sin decir palabra. tuyo, que sea tuyo también el fin ! Ma-
FABIOLA O LA IGLESIA be LAS CATACUMBAS

nifiesta tu poder, ya que ea n e c e s a r i o ; rado p o r el Bautismo. Cromacio era el


confíalo por una vez BÍquiera al más prefecto de la ciudad, a quien Nico&tra-
débil y pobre de tus instrumentos. Dé­ to tenía que r e s p o n d e r d e sus presos,
jame, aunque indigno, empuñar la es­ por lo cual eBte empleado no pudo ocul­
pada de tu victoreada cruz, para que tarle por mucho tiempo lo que había su­
huyan ante mi los espíritus de las ti­ cedido. Asunto de vida o muerte era
nieblas, y que tu gracia nos abrase a para todos : pero, fortalecidos ahora en
todos! Zoé, mírame otra vez. la fe cristiana, estaban preparados a
Reinaba un profundo silencio cuando c u a lq u ie r evento, Era Cromacio hom­
Sebastián, después de una corta oración bre de recto carácter y nada amigo de
mental, haciendo la señal de la cruz persecuciones y escuchó con interés la
sobre la boca de la muda, dijo : relación de lo ocurrido; pero cuando
— Habla, Zoé. ¿Crees? oyó lo de la curación de Tranquilino,
—Creo en Nuestro Señor Jesucristo quedó hondamente s o r p r e n d id o , porque
—replicó ella con voz clara y firme, y él era víctima de la misma dolencia, que
cayó a los pies de Sebastián. le hacía sufrir agudísimos dolores.
Nicostrato lanzó un grito y postrán­ — Si lo que dices es cierto— repuso—
dose de rodillas bañó con b u s lágrimas y yo puedo experimentar ese poder me­
la mano derecha de Sebastián. dicinal „ no podría resistir a prueba tan
La victoria fué com pleta; todos es­
evidente.
taban vencidos y al punto se adoptaron
Llamóse a Sebastián; pero adminis­
las medidas oportunas para no ser des­
trar el bautismo como prueba de su vir­
cubiertos. L a persona responsable de
tud curativa, sin que precediera la fe,
los reos podía llevarlos a donde fuese
hubiera sido una superstición.
de su agrado, y Nicostrato concedió a
Sebastián empicó otro medio, del que
todos, inclusos Tranquilino y au esposa,
hablaremos más adelante, y Cromacio
que dispusiesen libremente de su casa.
recobró completamente la salud, por lo
Sebastián se apresuró a confiarlos al
que recibió poco después el bautismo,
cuidado del santo sacerdote Policarpo,
con su hijo Tiburcio.
de la iglesia del Santo Pastor. El ca£0
No era ya posible a Cromacio conti­
era tan extraordinario y requería tanto
nuar desempeñando sus funciones ; re­
sigilo, loa tiempoB eran tan peligrosos,
nunció, pues, a su cargo, y el empera­
e importaba tanto evitar todo lo que pu­
dor le dió por sucesor a Tértulo, padre
diera encender nuevas persecuciones,
del aprovechado Corvino, a la sazón
que la catequesis o instrucción de los
prefecto del Pretorio. De aquí el lector
neófitos se hizo aceleradamente y con­
vendrá en conocimiento de que los su­
tinuó de día y noche haBta que todos
cesos que referimos, tomados de las ac­
recibieron el bautismo.
tas de San Sebastián, ocurrieron algún
Un nuevo milagro vino a confortar y
tiempo antes del principio de nuestra
alentar el nuevo rebaño de Cristo.
historia, pues en uno de los capítulos
Tranquilino, que padecía acerbamente
anteriores hicimos ya mención del pa-
de la gota, quedó, de repente, c u ­
52 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

dre de Corvino como prefecto de la ciu­ los detalles de la partida: en los díaB
dad. sucesivos los diversos grupos habían de
Retrocederemos ahora a la noche en salir por caminos diíerentes : uno por
que Sebastián y Pancracio hallaron en la Via Apia, otros a lo largo de la La­
el aposento del oñeial la mayor parte tina, otros dando la vuelta al Tibur,
de las personas mencionadas. Muchas por un sendero tortuoso a través del Ar­
de ellas vivían dentro del palacio o en piño, y todos se reunirían en la casa de
sus inmediaciones, y a más de éstos, <?mpo, poco distante de Capua.
estaban presentes Cástulo que tenía un Durante la discusión de estas disposi­
alto puesto en la corte (1) e Irene bu ciones, un tanto enojosas, se mostró no
mujer. Se habían tenido ya otras mu­ poco activo, impaciente e impetuoso uno
chas reuniones con objeto de adoptar de Iob presos, llamado Torcuato, con­
las medidas conducentes a asegurar la vertido por la visita de Sebastián. A to­
completa instrucción de los converti­ do ponia inconvenientes; parecía que
dos, y substraer de la atención de los estaba descontento de las instrucciones
suspicaces a muchos, cuyo cambio de que le daban : hablaba casi- con despre­
vida y renuncia de destinos pudiera ex­ cio de lo que él llamaba huir del peli­
citar sospechas e indagaciones. Sebas­ gro, y se jactaba de estar pronto por su
tián había obtenido licencia del empe­ parte a presentarse por la mañana en
rador para que Cromacio pudiera reti­ el foro a derribar un altar, o a desafiar
rarse a una casa de campo, situada en las iras de un juez, declarándose cris­
la Campania, y habían convenido en tiano. Se hizo y se le dijo todo lo posi­
que un número considerable de neófitos ble para templarle y sosegarle, y todos
fuera a reunirse allí con él, a fin de que, se persuadieron de que era de impor­
formando una sola familia, siguiesen su tancia suma que se retirase con los de­
instrucción religiosa, y se dedicasen en más a la casa de campo. E l, no obstan­
común a los ejercicios de devoción. Ha­ te, insistió en dirigirse a ella como tu­
bía llegado precisamente la estación en viera por conveniente.
que todo el mundo Be retiraba al cam­ Un solo punto restaba aún por deci­
po y hasta el mismo emperador había dir, a saber : ¿quién se pondría a la
partido hacia las costas de Nápoles, cabeza de la pequeña colonia para di­
para emprender desde allí un viaje al rigir sus trabajos ? Se promovió acerca
mediodia de Italia. Era, pues, el mo­ de esto una ligera discusión entre el
mento más favorable para llevar a cabo santo sacerdote Policarpo y Sebastián,
el plan concertado; y según se cuenta, pues ambos deseaban quedarse en Ro­
el mismo papa, el domingo después de ma para correr a la primera ocasión al
la conversión, había celebrado los divi­ martirio ; pero una carta del papa diri­
nos misterios en la casa de Nicostrato gida a su querido Policarpo, presbítero
y propuesto la salida de Roma. de la iglesia del Santo PaBtor, puBo fin
En esta reunión se acordaron todos al debate. En la epístola se le ordena­
ba que acompañase a los convertidos y
(l) No se dice cuál era. dejase a Sebastián la ardua tarea de
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 63

alentar a loe confesores y proteger a podrías decirme qué religión es la que


los cristianos de Roma. Oir fué obede- profesan esos africanos?
cer ; y la reunión bc disolvió, no 8in re- — L o ignoro, señor—replicó el legio-
zar antes, como de costumbre, en ac- nario,— a menos que sea la que Ila­
ción de gracias. man cristiana.
Después de despedirse afectuosamen- — ¿Qué te induce a creerlo así?
te de sus amigos, Sebastián se empe- —He oído decir que los cristianos se
ñó en acompañar a Pancracio a su car reúnen de noche y cantan detestables
aa; y en el momento que atravesabon canciones y cometen toda clase de crí-
la sala, dijo el últim o: menes y cuecen y comen la carne de
— No me gusta, Sebastián, eBe Tor- un niño que matan con este fin ( l ) ;
cuato. Temo que nos ha de dar que sen- precisamente lo que parece que están
tir. haciendo ahí.
— A decir verdad—respondió el sóida- — Buenas noches, camarada—dijo Se­
do,— quisiera que fuese muy de otra bastián.
manera; pero no debemos olvidar que Y al salir del vestíbulo añadió :
es neófito, y con el tiempo y la gracia — ¿N o es sorprendente, Pancracio,
de Dios se enmendará. que a pesar de todos nuestros esfuer-
A1 pasar por el patio de entrada del zos, nosotros, que adoramos a un solo
palacio, oyeron una babel de sonidos Dios en espíritu y en verdad ; que sa-
extraños, acompañados de descompues- bemos qué cuidado ponemos en preser-
tas carcajadas y aun de vez en cuan- varaos del pecado, y que moriríamos
do alaridos discordantes, que venían antes que pronunciar una palabra im-
del patio contiguo, donde tenían bus pura; no es sorprendente que, después
cuarteles los arqueros mauritanos. Por de trescientos años, seamos todavía con-
el humo y las chispas que se veían subir fundidos por el pueblo con los sectarios
por encima de los pórticos que le rodea- de las más degradantes supersticiones,
ban, les pareció que debía arder una ho- y veamos colocada nuestra religión al
güera en medio de aquel recinto. nivel de esa idolatría que aborrecemos
Aproximóse Sebastián al centinela sobre todas las cosas? \Hasta cuándo,
que estaba en el patio en que ellos se Señor, hasta cuándo!
encontraban, y le preguntó : — Hasta que...— dijo Pancracio, de-
— Amigo, ¿qué sucede entre nuestros teniéndose en las gradas del exterior
vecinos? del vestíbulo, y mirando a la luna que
■—Nbda—contestó el soldado,— sino comenzaba a ocultarse,— hasta que de­
que acaba de llegar, para celebrar los ri- jemos de caminar en esta pálida luz,
tos de media noche, la esclava negra, y el Sol de Justicia se levante sobre
que eB su sacerdotisa, y que está pro- nuestra patria con toda su belleza y la
metida a su capitán como esposa; y enriquezca con su esplendor. Dime, Se­
cada vez que viene se arma esa horrible _______
baraúnda. ■«. (1) Estas eran las ideas popularse acerca
•—¿D e veras?— dijo Pancracio.— ¿Y de la religión cristiana.
54 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

bastián, ¿ desde dónde te gusta ver sa­ namente> o mirarán sólo el estrecho
lir el sol? espacio que les rodee, y se cubrirán los
— La salida más hermosa del sol que ojos con las manos para no ser ofusca­
he visto en mi vida—replicó el soldado dos por el súbito resplandor? No lo sé,
como contestando por mera complacen­ querido Sebastián ; pero abrigo la espe­
cia a la caprichosa pregunta de su in­ ranza que tú y yo contemplaremos es­
terlocutor,— fué desde la cumbre del te grandioso espectáculo desde el único
monte Lalial (1), cerca del templo de lugar donde puede ser debidamente
Júpiter. Salió el sol detrás del Lalial, apreciado, desde una montaña más alta
y proyectó sobre la llanura y el mar le­ que la de Júpiter, ya sea el Albano, ya
jano la vasta sombra de tan gigantesco el Olim po; desde aquel monte santo
monte, semejante a una pirámide. En­ donde está el Cordero, de cuyos pies
tonces, a medida que fué subiendo, dis­ mana la fuente de la vida (1).
minuía la sombra, hasta que al ñn se Continuaron caminando en silencio
retiró. A cada momento bañaba la luz por las calles brillantemente ilumina­
nuevos objetos: primero las galeras y das (2 ); y cuando hubieron llegado a la
los esquifes que flotaban sobre las aguas, casa de Lucina, y se desearon afectuo­
luego el puerto con sus bulliciosas olas, samente las buenas noches, pareció co­
ya éste, ya el otro edificio blanco que mo que vacilaba Pancracio por un mo­
parecían despedir centellas de viva lum­ mento, y al fin dijo :
bre, hasta que al fin la majestuosa Bo­ — Sebastián, algo has indicado esta
ma, con sus elevadas torres, se vió ba­ noche que desearía mucho hubieses ex­
ñada con la claridad del día. Era, en plicado.
verdad, un espectáculo encantador, co­ — ¿Cuál?
mo no podrían imaginarlo aquellos que — Cuando disputabas con Policarpo
la han contemplado desde el pie de la Bobre ir a Campania o quedarte en Bo­
montaña. ma, prometiste que si te quedabas se­
— Precisamente lo que yo esperaba, rías más cauto y no te expondrías a
Sebastián — observó Pancracio. — L o riesgos innecesarios ; y añadiste que te­
mismo sucederá cuando ese sol, aun nías un proyecto que te contendría, se­
más brillante, se levante sobre este país guramente, pero que, una vez realizado,
sumido en las tinieblas. ] Qué hermoso te sería difícil refrenar tus ardientes de­
será ver retirarse las sombras y dibujar­ seos de dar tu vida por Jesucristo.
se a cada instante en la luz una tras — ¿Y por qué deseas, Pancracio, con
otra las bellezas, ahora recatadas, de
nuestra fe santa y religioso culto, has­
ta que la imperial ciudad resplandezca (1) tVidi oupra montem Agnum stantem
como tipo sagrado de la ciudad de Dios ! de enb cujus pede ions virus eraanat .» (Ofi­
cio de San Clemente).
¿L os que vivan en esos tiempos descu­ (2) Amniano Marcelino nos dice que en
la decadencia del Imperio las calles estaban
brirán esas bellezas y las apreciarán dig­ iluminadas de noche tan claramente como con
la luz del sol. «Et haec confidenter agebat
(Gallns) ubi pernocta ti um luminum cía ritudo
(1) Hoy monte Cavo, por cima de Albano. dierum solet imitari fulgorem. Lib. X IV , c. I.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 65

tal empeño conocer este loco pensa­ errónea del estado de los primeros cris­
miento mío? tianos. Puede esto suceder de doB ma­
— Siento viva curiosidad de saber neras.
cuál puede ser el objeto bastante eleva­ O bien podemos figurarnos que duran­
do para sofocar en ti la aspiración de te los tres primeros siglos la Iglesia su­
alcanzar lo que se reputa como el más frió sin tregua una persecución activa,
alto destino a que puede aspirar el cris­ de Buerte que los fieles no podían vivir
tiano. un momento tranquilos, y que el culto
— Lamento, querido amigo, no poder sólo se celebraba en el fondo de las Ca­
decírtelo ahora. Ya lo sabrás algún día. tacumbas, donde habitaban la mayor
—¿M e lo prometes? parte; que todo lo que a la religión le
■—Sí, y del modo más solemne. Dios era permitido se reducía a sola su exis­
te bendiga. tencia, sin que apenas pudiera gozar
de bu desenvolvimiento exterior y or­
ganización interior; y en este supues­
to consideramos que aquél era un pe­
ríodo de conflicto y de tribulación, sin
intervalo alguno de paz y de consuelo.
O bien podemos suponer que esos tres
siglos se dividieron en épocas por diez
XI diversas persecuciones, de más o me­
nos duración, pero separadas las unas
UNOS parrafitob con el lector de las otras por intervalos de una paz
completa.
Ambos modos de apreciar aquellos
Nos aprovecharemos de las vacacio­ tiempos son erróneos ; y por esta razón
nes de que goza Roma, cuyos habitan­ deseamos hacer una relación exacta del
tes han salido para las colinas vecinas, estado real de la Iglesia Cristiana bajo
o para las riberas que se extienden des­ las diversas circunstancias de esa par­
de Génova a Pcesto, con objeto de di­ te de su historia tan fecunda en acon­
vertirse por mar y tierra, a fin de su­ tecimientos de extraordinaria impor­
ministrar a nuestros lectores varios da­ tancia.
tos que pueden arrojar alguna luz so­ Desde que se desató la primera perse­
bre lo que hasta aquí llevamos escrito, cución contra la Iglesia, no puede en
y le Birvan de preparación para mejor verdad decirse que cesaron sus furores,
inteligencia de lo que sigue. hasta su pacificación definitiva en el rei­
Se ha estudiado, generalmente, en nado de Constantino. El edicto de per­
forma muy compendiada, la historia secución publicado por un emperador
primitiva de la Iglesia y leído sin orden se revocaba muy raras veces; y aun­
cronológico las biografías de los San­ que el rigor con que se ejecutaba se
tos ; circunstancias las dos que pueden suavizaba un tanto por el advenimien­
fácilmente hacer que se forme una idea to al trono de un soberano más benigno,
5b CARDENAL NICOLAS WI8EMAN

nunca se consideraba aquél como letra gase. Adriano, que tampoco promulgó
muerta, pues era a menudo arma peli­ edicto alguno de persecución, contestó
grosa en manos de un gobernador cruel casi en los mismos términos a Serenio
o fanático de una ciudad o provincia. (iraniano, procónsul de Asia, que le ha­
Y así se explica que en los intervalos bía dirigido una pregunta parecida. Y
de las grandes persecuciones generales, también vemos en su mismo reinado, y
ordenadas por nuevos decretos, baile­ quizá en virtud de sus propias órdenes,
mos muchos mártires que debieron sus que sufrieron crueles martirios en Ti-
coronas al furor popular o al odio que bur (hoy Tívoli) la intrépida Sinforosa
muchos gobernadores locales sentían y sus siete hijos. Una hermosa inscrip­
hacia el cristianismo. Por eso también ción hallada en las Catacumbas habla
leemoe esas persecuciones continuas en de Mario, joven oficial, que vertió su
ciertos puntos del Imperio, mientras sangre por Jesucristo bajo el mismo
que en otroB se gozaba de perfecta cal­ emperador (1). Finalmente, San Jus­
ma. tino el Mártir, el gran apologista del
Tal vez algunos pocos ejemplos de cristianismo, nos refiere que debió su
las diversas fases de la persecución conversión a la constancia de los már­
aclaren mejor que una mera descripción tires sacrificados durante el reinado de
las relaciones de la primitiva Iglesia Adriano.
con el Estado. El lector instruido pue­ Del mismo modo, antes que el em­
de pasar por alto esta digresión, bí no perador Séptimo Severo publicase sus
quiere hallar repetidos aquí Iob hechos edictos de persecución, fueron muchos
con que está familiarizado por sus co­ los cristianos que habían sufrido el tor­
nocimientos en la historia de aquella mento y la muerte, entre otros los cé­
época. lebres mártires Scillitas, en África, y
No fué Trajano, bajo ningún concep­ las Santas Perpetua y Felicitas con sus
to, uno de los emperadores crueles; compañeras. Las actas de su martirio
por el contrario, era de natural justo y que contiene el diario de la primera,
clemente ; y, no obstante, a pesar de noble dama de edad de veinte años, es­
no haber publicado nuevos edictos con­ critas por su mano hasta la víspera de
tra los cristianos, muchos nobles már­ su muerte, son uno de los más tiernos
tires, entre ellos San Ignacio, obispo y patéticos documentos que han llegado
de Antioquía, en Roma, y San Simeón a nosotros de la antigua Iglesia.
en Jerusalén, glorificaron al Señor du­ De estos hechos .históricos resulta
rante su reinado. Además, consultado claramente que si bien de vez en cuan­
por Plinio el joven sobre el modo con do las persecuciones eran activas, te­
que había de tratar a los cristianos que rribles y generales contra el nombre
le presentasen como gobernador de la cristiano en toda la extepsión del Im­
Bitinia, el emperador le ordenó (cosa perio, hubo períodos de diminución par­
demuestra cuán falsas eran las no- cial y local, y a veces se observó una
?s de justicia) que no los persiguie-
pero que si eran acusados los casti­ (1) Subterráneos do Roma, Lib, III, C. 22.
FABIOLA 0 LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 57

suspensión general de b u s rigores. Un Vemos, pues, por lo anteriormente


suceso de este género nos proporciona expuesto, cuánto dependía de la índole
noticias interesantes relacionadas con y tendencias de los jueces y goberna-
este asunto. dores la ejecución de los edictos ímpe-
Cuando la persecución de Severo co- ríales referentes a la persecución de los
menzaba a aplacarse en algunas par- cristianos. Y San Ambrosio nos dice
tes, aconteció que Scápula, procónsul que muchos gobernadores tenían a gala
de África, la prolongó con inflexible haberse retirado de sus provincias sin
crueldad en su provincia. Había con- que sus espadas se hubieran manchado
denado, entre otros, a Mavilo de Adru- en sangre.
meto a ser devorado por las fieras, Podemos, pues, comprender también
cuando fué presa de una enfermedad fácilmente cómo en un tiempo dado se
gravísima. Tertuliano, el escritor cris- efectuaba una persecución encarnizada
tiano más antiguo entre los latinos, le en la Galia, Asia o África, mientras go-
duigió una carta en que le suplicaba zaba de paz el resto de la Iglesia. Ro­
que aprendiese en este aviso y Be arre- ma, empero, era sin duda el lugar más
pintiese de sus crímenes, recordándole expuesto a las frecuentes explosiones
los muchos castigos que habían caído de odio contra el cristianismo, de tal
sobre los crueles jueces de las diferen- modo, que podía considerarse como pi i-
tes partes del mundo que se habían en- vilegio de sus pontífices, durante los
sañado en los cristianos, y añadía que tres primeros siglos, el sellar con su pro*
la caridad de estos santos varones ha- pia sangre la fe que predicaban. El ser
bía sido tanta, que hablan elevado a-1 elegido papa era equivalente a ser pro­
cielo fervorosas plegarias por la salud movido al martirio,
de sus enemigos. Añadía que podía muy En el período de nuestro relato se ha-
bien cumplir con sus deberes sin nece- lia Di- la Iglesia en uno de eso3 largos
sidad de ser cruel, haciendo lo que otros intervalos de pftz relativa, que le per-
magistrados, y le citaba como ejemplo mitía gran desenvolvimiento. Desde la
a Cincio Severo, que sugería a los acu- muerte de Valeriano, ocurrida el año
sados las respuestas que habían de dar 268, no había habido ninguna nueva
para ser absueltos; a VeBpronio Cán- persecución formal, aunque fueron mu-
dido que dió libertad a un cristiano, a chos los gloriosos confesores que alean-
pretexto que si le condenaba se origi- zaron en ese tiempo la palma del mar­
carían tumultos: a Asper que, viendo tirio. Durante este período los cristia-
a uno pronto a ceder a los más ligeros nos pudieron establecer con solidez y
tormentos que se le aplicaron, no quiso hasta con esplendor sus principios re-
continuar, y aun se lamentó de que ligiosos. La ciudad estaba dividida c*n
causa de tal naturaleza se hubiera lie- distritos o parroquias, cada una de lafi
vado a su tribunal; a Pudens, que al cuales tenía su titulo o iglesia, servida
leer un acta de acusación declaraba in- por presbíteros, diáconos y ministros
formal y calumnioso el documento y lo inferiores. Los pobres eran mantenidos,
bacía pedazos. visitados los enfermos, instruidos los
58 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

catecúmenos; administrábanse los Sa* circunstancias que demuestran que es­


cramentos; el culto se celebraba dia­ taban sobre el nivel del suelo, porque
riamente, y se cumplían rigurosamen­ los compara a las eras, que no son, por
te los cánones penitenciales por el cle­ cierto, subterráneas. La objeción que
ro de cada título ; y para subvenir a puede hacerse queda desvanecida al co­
todas estas atenciones, así como a otras nocer las costumbres de la vida social
que se referían a la caridad cristiana, de la antigua Roma. ¿Cómo podía re­
y de consiguiente a la hospitalidad* ae unirse en estos lugares número tan con­
hacían colectas periódicas. Se da como siderable de gentes sin llamar la aten­
cierto que en el año 250, durante el ción, y sin atraerse, por consiguiente,
pontificado de Cornelio, había en Ro­ la persecución de los paganos? Era u b o
ma 46 presbíteros, 154 ministros infe­ corriente el que los ricos tuviesen todas
riores y 1,500 pobres que se Bostenían las mañanas una especie de corte, a la
con las limosnas de los fieles (1). Este que acudían sus dependientes, clientes
número de presbíteros corresponde casi y mensajeros de sus amigos, esclavos o
exactamente al de las iglesias, que, se­ libertos, parte de los cuales eran reci­
gún nos dice San Optato, había en bidos en el patio interior por el mismo
Roma. dueño de la casa, mientras otros no ha­
Aunque los sepulcros de los mártires cían más que presentarse, y se retira­
en las Catacumbas continuaron siendo ban en seguida. Centenares de perso­
objeto de veneración en los intervalos nas podían entrar y salir en las grandes
de más calma, y a pesar de que estos casasj como si formasen parte de la tur­
asilos de los perseguidos se conserva­ ba de los esclavos de la casa, artesa­
ban en buen orden, siendo con frecuen­ nos y otras gentes que tenían en ella
cia reparados, no eran todavía los luga­ entrada, ya fuese por la puerta princi­
res destinados al culto divino. Las igle­ pal o por la falsa, sin que nadie repa­
sias que hemos mencionado eran, por rase en esta circunstancia.
lo general, públicas, espaciosas y has­ Hay que consignar, además, otro fe­
ta espléndidas ; y los gentiles solían asis­ nómeno importante en la vida Bocial de
tir a los sermones que se predicaban en los primitivos cristianos, fenómeno que
ellas, y a las ceremonias litúrgicas que difícilmente creeríamos, si no se hallase
los catecúmenos podían presenciar. Las demostrado hasta la evidencia en las
iglesias radicaban casi todas en las ca­ actas más auténticas de los mártires y
sas de los particulares, probablemente en la historia de la Iglesia: nos referi­
en los vastos salones o triclinia que te­ mos al secreto que entre sí guardaban.
nían las moradas de las familias patri­ No hay duda que eran cristianos mu­
cias. Sabemos que muchas iglesias de chos individuos que figuraban en lo más
Roma tuvieron en un principio este ca­ elevado de la sociedad, ocupaban altos
rácter. Tertuliano hace mención de los destinos públicos, y estaban cerca de
cementerios cristianos, con nombres y los emperadores ; no sospechaban, em­
pero, que lo fuesen, ni sus más íntimos
(1) Eusebia, Hist, Beles., libro VI, capí­
tulo X L III. r gentiles. Casos hubo en que aun los
FABIOLA. O LA IGLESIA DE LAB CATACUMBAS 59

más próximos parientes ignoraban es- y en su vulgar modo do ver conside-


ta circunstancia; y, no obstante, ni la raban estúpida y vil y aun antisocial la
mentira, ni la hipocresía, ni otra cual- nueva doctrina. De aquí que el odio
quiera acción opuesta a la moralidad o al cristianismo era, no sólo político, si-
a la verdad cristiana era permitida para no también social, considerándose el sis-
mantener el secreto ; pero sí se toma- tema como anti-romano, opuesto a la
ban todas aquellas precauciones que extensión y propagación del Imperio y
eran compatibles con la más completa sujeto a un poder espiritual invisible.
probidad, a fin de ocultar a los ojos del Habíase declarado a los cristianos wre-
público el cristianismo (1). ligiosi in Gcesares, desleales a los em­
Sin embargo, por necesaria que fuese peradores, y esto bastaba. Por esta ra­
esta conducta para evitar las persecucio­ zón, dependía mucho su seguridad y so­
nes, sus consecuencias caían a menudo siego del estado del sentimiento popu­
con todo su peso sobre loa que la guar­ lar. Cuando un demagogo o un fanático
daban. El mundo pagano, el mundo del llegaban a sobreexcitarlo, aunque nega­
poder, de la influencia y del estado, el sen los cristianos las acusaciones que
mundo que hacía las leyes como mejor les lanzaban, aunque su conducta fuera
le parecía y las ejecutaba; el mundo pacifica, nada, ni aun los clamores de
que amaba sobre todas las cosas los bie­ la civilización eran bastantes para po­
nes terrenales y aborrecía la fe cristiana, nerlos a cubierto de las medidas de per­
se sentía como cercado, lleno y pene­ secución, que impunemente se podían
trado por su sistema misterioso que se provocar contra ellos.
propagaba, sin que nadie supiera cómo, Hecha esta digresión reanudaremos
y ejercía una influencia que ninguno el hilo de nuestra historia.
acertaba a saber de dónde derivaba.
Los padres se quedaban atónitos al
ver que un hijo o una hija abrazaba la
nueva religión, pues ni sospechaban si­
quiera que tuviese con ella el menor
contacto; y el hecho les sorprendía tan­
to más cuanto que en su loca fantasía xn
EL LOBO I LA ZORRA
(1) Nada había más difícil en las relacio­
nes domésticas que una esposa pudiera ocul-
a su marido la religión que profesaba.
Con todo, Tertuliano nos dice que esto era No pasaron inadvertidas para la sór­
una cosa muy frecuente, porque hablando de
una casada que comulgaba en su casa, según dida avaricia de Corvino las indicacio­
i® práctica uaada en los tiempos de pewse- nes de la esclava africana, cuyo odio a
Gución, dice: «Que tu marido ignore lo que
Pistáis en secreto, ante» de cualquier otro ali­ los cristianos provenía de que, habién­
mento, y si sabo del pan, que ignore cómo se dose convertido al cristianismo su pri­
llama». Ad JJxor. lib. II., cap. 6. También
®n. otro lugar refiere que un matrimonio ca­ mer ama, había manumitido a todas sus
tólico se daba recíprocamente la comunión. De esclavas menos a ella, a quien había
Mottognuiiaj f^p. n .
CO CARDENAL NICOLAS WI8EMAN

vendido por no creer prudente dejar en — ¿Qué quieres? — preguntó el ex­


plena libertad un carácter tan peligro­ tranjero mirando con sorpresa y despre­
so como el de Afra, o más bien Juba-la, cio el desaliñado traje de Corvino.
que tal era au verdadero nombre. — Tener contigo una conferencia que
Corvino había visto con frecuencia a puede redundar en provecho común de
Fulvio en loa baños y otros lugares de ambos.
reunión pública; lo había admirado y — ¿Qué puedes tú proponerme que
envidiado por su porte, su elegancia en recaiga en mi provecho? Que sea bene­
el vestir y su conversación ; pero, da­ ficioso para ti no lo dudo.
do au carácter uraüo y rudo, jamáa se — Fulvio, yo soy hombre que hablo
había atrevido a dirigirle la palabra, sin lisa y llanamente y no abrigo preten­
duda por no haber descubierto aún que, siones a tu sabiduría y elegancia; pero
si bien más fino en los modales que él, como ambos tenemos una misma pro­
no dejaba de ser menos villano. El in­ fesión, debemos tener también un mis­
genio y la habilidad de Fulvio podían mo pensamiento, podemos llegar a un
suplir en su persona la falta de estas acuerdo.
cualidades ; al paso que su propia fuer­ — ¿Qué quieres decir, truhán?— pre­
za física y su cínica osadía podían ser­ guntó Fulvio despreciativamente, pero
vir de poderosos auxiliares a las altas encendido como la grana.
prendas de Fulvio* Corvino tenía en su — Si cierras el puño— dijo Corvino-r-
poder al joven extranjero, por el descu­ para enseñarme las ricas sortijas de tus
brimiento que había hecho de su ver­ delicados dedos, bien está; pero si es
dadero carácter. Determinó, pues, ha­ que quieres amenazarme, te aconsejo
cer un esfuerzo y trabar alianza con un que la vuelvas a meter entre los plie­
hombre que de otro modo podría ser un gues de tu toga.
rival muy peligroso. — Abreviemos ; te lo pregunto por se­
Unos diez días después de su entre­ gunda vez : ¿ Qué es lo que quieres de­
vista con Jubala, paseábase Corvino por cir?
los jardines de Pompeyo. Ocupaban és­ — Esto, Fulvio...— y aplicó los labios
tos todo el espacio arlededor del teatro a su o íd o :— que eres un espía y un de­
del mismo nombre cerca de la actual lator.
Piazza Fámese. Un incendio acaecido
Quedó Fulvio aterrado; pero reco­
en el reinado de Carino había destruido
brándose luego, d ijo :
últimamente la Escena de este edificio,
— ¿ Qué derecho tienes para dirigirme
y Diocleciano la restauró con grande
tan odioso cargo?
magnificencia. Los jardines estaban Be-
parados unos de otros por alamedas de —Tú descubriste — repuso Corvino
plátanos, que daban una deliciosa som­ con extremo énfasis— una conspiración
bra. Adornábanlos estatuas de fieras, en Oriente, y Diocleciano...
fuentes y arroyos artificiales. Vagando Interrumpióle Fulvio al instante y le
por ellos, Corvino divisó a Fulvio y se preguntó:
encaminó a su encuentro. —¿Quién eres? ¿cómo te llamas?
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS G1

— Soy Corvino, hijo de Tértulo, pre- cipal han penetrado personas de muy
fecto de la ciudad. diferente clase, a juzgar por las tra-
Esto pareció explicárselo todo. zas.
— Vámonos de aqui— dijo Fulvio en —¿Sabes quién habita ahí? Da casa
tono humilde,— pues veo que se acer­ parece antigua y espaciosa, pero está
can algunos amigos. Búscame mañana, muy descuidada.
disfrazado, al romper el día en la calle —Pertenece, según dicen, a un vie­
Patricia (1), bajo el pórtico de los ba­ jo patricio muy miserable. Pero mira,
ños de Novato. Allí hablaremos deteni­ por ahí vienen algunos más de los que
damente. te decía. *
Corvino volvió a su casa satisfecho en En aquel momento se acercaba un
extremo de su primer ensayo de diplo­ hombre sumamente débil, encorvado
macia : tomó un traje aún más desali­ por el peso de los años, apoyado en una
ñado que el suyo, perteneciente a uno muchacha risueña, que le hablaba ca­
de los esclavos de su padre, y se en­ riñosamente.
contró en el lugar de la cita a los pri­ — Ya hemos llegado— le d ijo ;— unoB
meros albores del día. Largo tiempo pocos pasos más y podrás sentarte a
hacía que aguardaba, y había ya casi descansar.
perdido la paciencia cuando vió avan­ ■
—Gracias, hija mía—replicó el po­
zar a su nuevo amigo. bre anciano.— ] Qué buena has sido vi­
Venía Fulvio envuelto en un ancho niendo a buscarme tan temprano 1
manto y la cara medio cubierta. — Sabía—respondió ella—que necesi­
-'B uenos días, camarada— dijo, sa­ tabas de apoyo, y como soy la persona
ludando a Corvino;— siento haberte he­ más útil de todos tus vecinos pensé en
cho esperar tanto tiempo, y más sien­ ir a buscarte.
do la mañana fresca y viniendo tú tan — He oído que los ciegos son siem­
poco abrigado. pre egoístas, y esto parece natural; pe­
— Confieso que me hubiera aburrido, ro tú, Cecilia, eres, a no dudarlo, una
a no haberme distraído y aun sorpren­ excepción.
dido lo que estaba observando. — No por cierto, esto es puro egoísmo
— ¿Qué ea ello? mío.
— Que desde hace una hora {sospe­ — ¿Egoísmo tuyo?
cho que antes que yo viniera a este si­ — S í ; en primer lugar, porque me
tio) han llegado aquí de todos lados y sirvo de tu vista, y luego porque me
han entrado en esa casa por la puerta ofreces la satisfacción de conducirte.
falsa que da a esa callejuela, la más Tú eres ojo para el ciego y yo un pie
rara colección de personas contrahechas para el cojo (1).
qne he viBto en mi vida: ciegos, cojos, Diciendo estas palabras llegaron a la
mancos, decrépitos, lisiados de todas puerta.
formas, mientras que por la puerta prin- — Esta muchacha es ciega— dijo Ful-

(1) El Vieus Patricius. (1) Job. X X I X . 15.


(V2 C AR D E N AL N IC O L Á S W I3E M A N

vio a Corvino;—¿ no has observado con Fulvio guardó silencio un momento :


qué soltura anda, sin mirar a derecha una sospecha extraña cruzó por su al­
ni a izquierda? ma, sospecha demasiado sutil e impor­
—Así ee—respondió Corvino.—¿ Si tante para comunicarla a su rudo com­
será ese el lugar de que tanto se habla, pañero ; no obstante, dijo a Corvino :
donde se reúnen los mendigos, y los — Si estás seguro que toda esa gen­
ciegos ven, y loa cojos andan, y todos te no es conocida en la casa, pon en eje-
se sientan juntos al festín? No obstan­ cución tu plan. Yo conozco a la seño­
te, observo que esta gente es muy di­ ra y me aventuraré a entrar por la puer­
ferente de los mendigos del puente Ari­ ta principal. Así serán dobles las pro­
do (1), pues aparecen respetuosos y babilidades.
contentos, y ninguno me ha pedido li­ —¿Sabes lo que pienso, Fulvio?
mosna. —Algo luminoso, sin duda.
—Es en verdad extraño, y quisiera —Que cuando tú y yo nos unamos
descubrir ese misterio. ¡ Quién sabe si para alguna empresa tendremos siém-
nos resultaría de aquí un buen negocio I pre dos probabilidades de salir bien.
¿Dices que el viejo patricio es muy —¿Cuáles?
rico? —La del lobo y la zorra cuando se
—Inmensamente. unen para asaltar un rebaño.
— ¡ Hum ! ¿ Y cómo podríamos entrar Lanzó Fulvio sobre
t Corvino una mi-
en su casa ? rada de desdén, a la que respondió éste
—¿Cómo? Me quito los zapatos, en­ con otra verdaderamente horrible, y
cojo una pierna, me finjo lisiado, me ambos se separaron para sus puestos
incorporo al primer grupo de lisiados respectivos.
que se aproxime, y entro descarada­
mente haciendo como ellos hagan.
—Puedes verte en un aprieto, por­
que todos esos pobres serán muy cono­
cidos en la casa.
—Supongo que no, pues muchos de XIII
ellos me preguntaban si era ésa la casa
de la señora Inés. LA CARIDAD
—¿ De quién ?—preguntó Fulvio con
sobresalto.
—¿Qué te admira?—dijo Corvino.— Como no nos gusta entrar en casa de
Esa es la casa de bus padres ; pero Inés In éB ni con el lobo ni con la zorra, lo
es más conocida que ellos, por ser una haremos con la imaginación, y nos en­
heredera rica, casi tanto como su pri­ contraremos en el interior.
ma Fabiola. Los padres de Inés eran representan­
tes de noble y antigua familia. No era
(2) El sitio notable y concurrido dela que ellos constituían de las recien­
las cercanías de Roma por los muchos men­
digos importunos quo allí andan, temente convertidas, pues durante al-
FA B IO L A O LA IG L E S IA DE L A S C ATACUM BAS 63

gunas generaciones profesaba ya la fe zón reconcentrados en una sola perso­


cristiana. Así como en las de los gen­ na cuyo nombre conocen ya nuestros
tiles se estimaba en mucho la memoria lectores : Inés, hija única de aquel no­
de los antepasados que habían alcanza­ ble matrimonio. Venida al mundo cuan­
do un triunfo, o desempeñado altos em­ do sus padres comenzaban a perder la
pleos en el Estado, así en esta como en esperanza de tener descendencia, desde
otras casas cristianas, se conservaba su infancia había revelado una Indole
con piadosa reverencia y afectuoso or­ tan pacífica, un carácter tan ingenuo
gullo el recuerdo de aquellos que en los e inocente, que creció en medio del
últimos ciento cincuenta o más años, amor y aun diría del respeto de sus pa­
habían alcanzado la palma del martirio dres y de cuantos la rodeaban. Nada
u ocupado elevadas dignidades en la pudo jamás, no diré vencer ni aun ha­
Iglesia. cerla vacilar, la pura y serena virtud de
Pero aunque desde este punto de vis­ su alma ; sus buenas cualidades habían­
ta era muy noble, sólo las ramas late­ se desarrollado continuamente en igual
rales habían sido regadas con la sangre medida, y en los tiempos en que em­
derramada sin cesar y en abundancia pezamos a conocerla había aumentado
por Jesucristo ; los tallos principales no en gracia y saber. Participaba de todos
habían sido desgajados, antes habían los buenos sentimientos de sus padres
sobrevivido a deshechas y repetidas tem­ y despreciando, como ellos, los bienes
pestades. Esto podrá parecer sorpren­ terrenales, vivía retirada en un departa­
dente, pero si consideramos cuántos sol­ mento de la vasta morada, amueblado
dados sufren los riesgos de una larga con cierta elegancia, pero sin lujo, sufi­
campaña y sus frecuentes combates sin ciente para todas sus necesidades. Allí
recibir una sola herida, o cuántas fami­ recibía, juntamente con sus padres, a
lias salen ilesas del contagio en una los pocos amigos con quienes se rela­
epidemia, no nos admiraremos de que cionaban, y decimos pocos porque la fa­
la Providencia, velando por la existen­ milia no solía hacer visitas. Fabiola la
cia de la Iglesia, quisiera conservar por visitaba d$ vez en cuando; pero Inés
medio de las sucesiones de antiguas prefería ir a casa de su prima, la cual
familias las nunca rotas cadenas de tra­ le había expresado su deseo de que,
diciones, para que los fieles pudieran una vez casada aquélla, devolviese su
decir: «Si el Señor de los ejércitos no antiguo esplendor a la sombría mansión
nos hubiere dejado una semilla, hubié­ de sus austeros padres ; pues a despecho
ramos corrido la misma Buerte de So- de la ley Voconiana, ya en desuso, que
doma, hubiéramos sido en todo seme­ desheredaba a las mujeres (1), la for­
jantes a Gomorra» (1). tuna de Inés había aumentado conside-
Todos los honores y todas las espe­
ranzas de esta familia estaban a la sa­
(1) «Ne quis Imredem virginem noque
mulierem faceret. * (Que nadie nombre here­
dera suya a mujer o doncella.) Cicerón con­
(1) U. I. 9. tra V erre.
04 C AR D E N AL N IC O LÁ S W ISE M A N

rablemente con legados de bus parien­ familia, de ordinario aislado y sito en


tes colaterales. medio del corredor que ponía en comu­
Generalmente, los paganos que fre­ nicación los patios interiores, servía de
cuentaban aquella casa atribuían a es­ oficina de registros y correspondencia de
píritu de avaricia el género de vida aus­ este establecimiento benéfico, y en ella
tera que llevaban sus moradores ; calcu­ se conservaban todos los documentos re­
lando los inmensos tesoros que la codi­ ferentes a aquel lugar y las actas de los
cia hubo de acumular en sus arcas, mártires recopiladas por los siete nota­
censuraban a los padres de Inés porque rios instituidos por San Clemente con
dejaban que se derrumbase la parte del este objeto en cada distrito.
edificio oculta por el ala del muro que La familia podía entrar y salir en es­
encerraba el segundo patio. tos aposentos por una puerta excusada,
Sin embargo, ¡ cuán engañados esta­ e Inés habíase acostumbrado desde su
ban t La parte interior de la casa, que infancia a asistir a los enfermos y a los
comprendía un vasto patio, un jardín necesitados que acogían su presencia
y un comedor o triclinio, había sido con­ como la de un ángel.
vertida en iglesia; y los departamentos Aquella casa podía llamarse con jus­
superiores, a los que se entraba por las ticia el centro de beneficencia del dis­
puertas que hemos descrito, estaban des­ trito, el lugar donde se ejercía la cari­
tinados a la administración de la copio­ dad y se dispensaba la hospitalidad cris­
sa caridad que la Iglesia consideraba co­ tiana ; y para mayor comodidad, la en­
mo el asunto más importante de la vi­ trada habíase practicado en el pórtico,
da. Dicha administración había sido que daba a un callejón poco frecuen­
confiada al diácono Beparato y al exor- tado.
cista Segundo, destinados por el Sumo No es de admirar, pues, que por cuan­
Pontífice a la asistencia de los enfermos, tiosas que fuesen las riquezas de los
de los pobres y de los forasteros en uno dueños de la casa, apenas bastasen pa­
de los siete distritos en que, cinco años ra tan grandes obras de misericordia.
antes, había dividido a Boma el papa Oímos a Pancracio rogar a Sebastián
Cayo. Coda distrito estaba gobernado que distribuyese entre los pobres e l im­
por uno de los siete diáconos de la Igle­ porte de sus vajillas y de sus joyas, sin
sia Romana. que éstos conociesen el nombre del do­
En el mismo edificio había preparados nante. El tribuno no había olvidado el
varios aposentos para hospedar a los ruego de su joven amigo, y eligió la
cristianos que llegasen de lejanas tie­ casa de Inés como el lugar más ade­
rras recomendados por otras iglesias; cuado para semejante acto dé caridad;
otro departamento estaba destinado a y precisamente aquella mañana debía
hospital de enfermos y heridos, en el efectuarse la distribución. Los demás
que desempeñaban las funciones de en­ distritos habían enviado sus pob reB ,
fermeros las diaconesas y los fieles que acompañados de sus respectivos diáco­
gustaban de consagrarse a estas obras nos. Sebastián, Pancracio y otros per­
de caridad. El Tablinio, o archivo de la sonajes de las clases elevadas habían
FA BIO LA O L A IG L E S IA DE LAS CATACUMBAS 65
entrado en el edificio por la puerta prin­ cantidad que ofrecían, para ser distri­
cipal con objeto de asistir a la distribu­ buida en seguida a los pobres.
ción do los bienes del segundo, y algu­ La codicia de Corvino se encendió a
nos de ellos fueron vistos por Corvino. la vista de tantas riquezas. De buena
gana se hubiera apoderado de aquellos
preciosos objetos y huido con ellos ; pe­
ro comprendió que semejante atentado
hubiera sido una locura tremenda, y re­
solvió esperar su turno, examinando,
entretanto, todo lo que le rodeaba, para
XIV referirlo fielmente a Fulvio. Promto,
empero, tuvo ocasión de echar de ver
LOS EXTREMOS SE TOCAN cuán comprometida era su situación.
En un principio, como todos los pobres
estaban confundidos, nadie reparó en
Un grupo de pobres que llegó oportu­
é l ; pero no habla de suceder lo misino
namente a la puerta del callejón, pro­
cuando se hallase frente a ciertos jóve­
porcionó a Corvino la oportunidad de
nes que, pese a su extremada afabilidad,
confundirse con ellos, y fingiéndose li­
conservaban todo el prestigio de la au­
siado y pordiosero, los imitó perfecta­
toridad de que estaban revestidos. Ves­
mente a todoe menoB en la modestia y
tían éstos un traje llamado dalmática,
compostura exterior. Habiéndose colo­
por traer su origen de Dalmacia, con­
cado lo suficiente cerca de ellos, pudo
sistente en una túnica corta y cerrada,
oir el Deo gratias, contraseña que, se­
ajustada al cuerpo, con mangas anchas,
gún dice San Agustín, usaban los cris­
aunque no mucho ni de excesiva longi­
tianos de aquel tiempo y los paganos ri­
tud : eran los ornamentos que usaban
diculizaban, fundados en que no era
los diáconos en las solemnes ceremo­
salutación sino respuesta al saludo,
nias de la Iglesia y cuando ejercían su
práctica piadosa que aun subsiste en
Italia. Merced a estas místicas pala­ ministerio, cumpliendo los deberes se­
bras, que Corvino pronunció a su vez, cundarios con el enfermo y el meneste­
pudo penetrar con los mismos cuyos roso. Cada diácono conocía perfecta­
gestos y actitudes remedaba, y se halló mente a los pobres de su distrito y, por
en el patio interior de la caBa, que es­ lo tanto, les era fácil llamarlos por bus
taba ya lleno de pobres y enfermos, nombres y conducirlos a lugares distin­
colocados en dos grupos, las mujeres de tos debajo de los pórticos. Naturalmen­
un lado y los hombres del otro. Al ex­ te, cuando se realizó esta operación,
tremo, debajo del pórtico, había unas ninguno conoció a Corvino como pobre
mesas cubiertas de rica plata, y junto a suyo y, en consecuencia, le dejaron solo
éstas otras llenas de resplendecientes en medio del patio, Bin que nadie le
joyas, que los plateros iban pesando y llamara. Entonces co m p re n d ió el intru­
evaluando, y entregaban al punto la so, a despecho de su estupidez, lo anó-
KARIOI.A.— 5
66 CAB D E N AL NIC )LÁ3 WISEMAN

malo de la situación que él mismo Be Al decir esto, observó con sorpresa


había creado. que Corvino se había puesto intensa­
El, Corvino, el hijo del prefecto de la mente pálido y que, con la mirada ex­
ciudad, que estaba obligado a castigar traviada, tambaleábase como si fuera a
a loa violadores del hogar doméstico, caer, y fijaba luego los ojos en la puerta
había penetrado abusivamente en la ca­ que comunicaba con la parte habitada
sa de un noble, disfrazado de mendigo y de la casa. Miró también Reparato en
mezclado con los pordioseros, como si aquella dirección, y vió a Pancracio que
persiguiera algún ñn ilícito o siniestro. acababa de entrar y conversaba con Se­
Miró, sobrecogido de espanto, hacia la gundo, el cual parecía darle cuenta de
puerta, con ánimo de escapar sin ser lo que ocurría. Desvanecióse la última
visto, pero la guardaban Diógenes y sus esperanza de Corvino cuando se halló
dos hijos, los cuales a duras penaB po­ frente a frente con Pancracio—el cual
dían contener la irritación que tamaña
rogó a Reparato que Be retirara,—casi
osadía les causaba, pero la manifesta­
en la misma posición en que se había
ban elocuentemente con bus miradas
encontrado anteriormente, con la dife­
iracundas, la impaciencia de sus gestos
rencia de que, en vez de la caterva de
y el fruncimiento de sus cefioB. Corvi­
muchachos que en aquella ocasión le
no echó de ver entonces que era objeto
aplaudían y le alentaban, ahora se ha­
de la conversación de los diáconos, los
llaba rodeado de personas que, sin nin­
cuales le lanzaban escudriñadoras mi­
gún género de dudas, estaban de par­
radas ; figuróse que hasta los ciegO B le
te de su rival. No pudo por menos Cor­
veían y que loa cojos y lisiados levan­
vino de observar con sorpresa el porte
taban sus muletas para maltratarlo. Só­
varonil y gracioso desarrollo que en el
lo abrigaba una esperanza : la de poder
transcurso de pocas semanas había ad­
salir de bu comprometida situación mer­
quirido su condiscípulo. Esperaba el
ced a un pretexto cualquiera, puesto
mezquino, como era natural, un alu­
que de nadie era conocido.
vión de cargos y punzantes imprope­
Al fin se le acercó el diácono Repara­
rios, si ya no el castigo desapiadado que
to, y le preguntó con la mayor cortesía :
— Amigo mío, seguramente no perte­ él, en semejantes circunstancias, le hu­
neces a ninguna de las regiones invita­ biera impuesto; es de imaginar, por lo
das hoy aquí: ¿dónde vives? tanto, su admiración cuando, dirigién­
—En la región de la Alta Semita (1). dole Pancracio la palabra, le dijo con
Contestó según la división civil de Ro­ dulzura:
ma, no la eclesiástica. Sin embargo, Re­ — Corvino, ¿estás realmente reducido
parato continuó diciéndole : a tal extremo de miseria, y cojo por al­
— La Alta Semita está enclavada en guna desgracia reciente? ¿Has aban­
mi región, y, no obstante, ésta eB la donado, acaso, la casa de tu padre?
primera vez que te veo. —Ni una cosa ni otra, aunque esto
(1) Es la parte superior del Quirinal, que sea para ti motivo de disgusto—replicó
conduce a la puerta Nomentaoa (ahora P o r ­
ta F ia ),
el fanfarrón, alentada su insolencia por
FA B IO L A 0 LA IG L E S IA DE LA S C ATACU M BAS 67
la dulzura con que Pancracio se había dicho que todo lo he olvidado. Todos
expresado. los que en este momento te rodean, ex­
—Te engañas, fce lo aseguro, porque cepto los ciegos, son testigos de tu ul­
no te guardo rencor. Si estás necesita­ traje : hay más de cien pruebas en con­
do, dímelo con franqueza, pues aunque, tra tuya; por lo tanto, si hablas una
indudablemente, este lugar no es el. tu­ sola palabra de esta reunión o intentas
yo, te conduciré adonde puedas ser so­ molestar a alguno de los que aquí se
corrido, Bin que nadie pueda recono­ encuentran, te conduciremos inexora­
certe. blemente ante el tribunal de tu padre,
—Pues bien, te diré la verdad : vine para que te juzgue y sentencie; ¿has
aquí por mero capricho, por broma, y comprendido, Corvino?
me daré por satisfecho con que me ha­ — Sí—respondió el cuitado con acen­
gas salir, si puedes, tranquilamente. to de compunción ;—mientras yo viva
—Corvino — replicó Pancracio ' con no saldrá de mis labios una palabra re­
cierta severidad,—esto es ya una ofen­ ferente a mi intromisión en este sitio
sa grave. ¿Qué diría tu padre si eBtos terrible. Lo juro por...
jóveneB, los cuales me obedecerían sin —No prosigas, Corvino; aquí no he­
replicar, te condujesen por orden mía mos menester de juramentos : toma mi
al Foro, ante su propio tribunal, tal co­ brazo y ven conmigo.
mo estás, disfrazado de esclavo y con Y volviéndose hacia los demás
tu falsa cojera, y te acusaran pública­ agregó :
mente de un delito del que se avergon­ —Conozco a este individuo; ha ve­
zaría todo romano, de haber allanado nido aquí por mera equivocación.
el domicilio de un patricio? Loa espectadores de esta escena, que
— ¡ Por amor de los dioses, buen Pan­ hablan tomado los geste» y ademanes
cracio, no me impongas tan terrible cas­ de súplica del miserable como una re­
tigo I lación de su estado, exclamaron a una
—Comprendes perfectamente, Corvi­ voz :
no, que tu propio padre Be vería forza­ — Pancracio, ¿despedirás a ese hom­
do a obrar contigo como Junio Bruto, o bre necesitado sin darle algún socorro?
a renunciar a su cargo. —Eso corre de mi cuenta—contestó
—Por lo que más ames, por lo que el joven.
reconoceB de más sagrado en este mun­ Los que espontáneamente se habían
do, te suplico, Pancracio, que no nos colocado junto a la puerta para guar­
deshonres de manera tan cruel: mi pa­ darla, dejaron expedito el paso a Pan­
dre y mi casa, no yo, caerían en la cracio, el cual puso en la calle a Cor­
ignominia y la desgracia para siempre. vino, que continuaba fingiéndose cojo,
Si quieres concederme la gracia que te y al despedirle le dijo :
pido, me arrastraré a tus plantan e im­ —Estamos en paz, Corvino; no olvi­
ploraré tu perdón por las pasadas in­ des, pues, tu promesa.
jurias... Entretanto, Fulvio, según hemos di'
—i Basta, basta, Corvino 1 Ya te he cho, probaba fortuna por la puerta prin­
08 C ARDEN AL N ICO LÁS W ISE M A N

cipal que, conforme a la costumbre de se hacía cargo de que podía compro­


los romanos, estaba abierta. Nadie, en meterse desagradablemente. En tan
verdad, podía imaginarse que osara en­ crítica coyuntura, vió venir, caminando
trar a semejante hora quien no perte­ con ligero paso, a la dueña de la casa,
neciese a la familia. En vez de portero, risueña, alegre y hermosa como la pri­
encontró guardándola una muchacha de mavera y brillante como el sol. Al ver­
unos doce a trece años, vestida de al­ le, se detuvo Inés como para recibir un
deana, y como a nadie más viese por mensaje, y Fulvio adelantó entonces
allí, creyó que la ocasión era excelente hacia ella y con su dulce sonrisa y cor­
para averiguar lo que podía haber de teses maneras le d ijo:
cierto en las sospechas que había con­ —Como he venido más temprano de
cebido repentinamente. Así, pues, in­ la hora en que se acostumbra recibir vi­
terrogó a la muchacha: sitas , temo, Beñora Inés, paBar a tus
— ¿Cómo te llamas y quién eres, ni­ ojos por importuno; pero estaba impa­
ña? ciente por inscribirme como humilde
— Soy Emerenciana, la hermana de cliente de tu noble familia.
leche de la señora Inés. —Mi familia—replicó Inés sonrien­
—¿Eres cristiana? — añadió Fulvio do,—ni tiene clientes ni los desea, por­
pérfidamente. que no aspiramos a ejercer poder ni in­
La pobrecita aldeana abrió desmesu­ fluencia en la sociedad.
radamente los ojos con el estupor de la —Perdóname, señora; con semejan­
ignorancia, y repuso: te señor se ejerce la mayor de las in­
—No, señor. fluencias y el poder más irresistible :
Era imposible resistir a la evidencia el que reina sin esfuerzo en el corazón
que tanta sencillez demostraba, y Ful­ que se siente feliz con Ber su esclavo.
vio quedó convencido de que se había — i Oh, cuán ciertas son tus pala­
engañado. La verdad es que Emeren­ bras I — exclamó Inés, muy ajena de
ciana era hija de la labriega que había que tales palabras aludiesen a sí mis­
sido nodriza de Inés. Acababa de morir ma.—El Señor de esta casa es, real­
su madre, y la generosa patricia había mente, el soberano de los afectos de
mandado por la huérfana, con objetó cuantos en ella habitan.
de instruirla y bautizarla; y como bó Io —Mas yo—repuso vivamente Fulvio
hacía dos días que había llegado, igno­ —me refería a un dominio dulce y be­
raba por completo lo que era el cris­ nigno que sólo los encantos de la her­
tianismo. mosura pueden ejercer sobre los que la
Fulvio no sabía qué partido tomar: contemplan de cerca.
la soledad le colocaba en la misma falsa Inés parecía como arrobada; ante sus
situación que a Corvino la muchedum­ ojos tenía una imagen muy distinta de
bre. Trataba de retirarse, pero en s e g u i­ la de su malvado adulador, y, dirigien­
da pensaba que aquello hubiera desva­ do su mirada apasionada hacia el cielo,
necido sus esperanzas ; quería, por el exclamó :
contrario, Beguir adelante, pero al punto — Sí, Aquel cuya hermosura conten)-
FABIO LA O L A IG L E S IA DE L A S C ATACU M BAS 69

plan y admiran en el alto firmamento guntó,—y qué es lo que te ha traído a


el sol y la luna; a El únicamente per­ esta casa?
tenecen mi amor y mi servicio (1). —Supongo — repuso el interpelado,
Fulvio quedó confundido y perplejo. recobrando aliento,—que habiendo co­
Aquel mirar inspirado, la actitud ex­ nocido a la señora de esta casa en el
tática, la melodía del acento trémulo mismo lugar que tú, en la mesa, de su
con que fueron pronunciadas estas palar- noble primo, tengo tanto derecho a vi­
bras, su misterioso Bentido, lo extraño sitarla como cualquier otro de b u s clien­
de toda aquella escena le sellaron los la­ tes.
bios y quedó como petrificado hasta que, —Pero no a hora tan intempestiva.
conociendo que estaba perdiendo la oca­ — Si la hora no es intempestiva para,
sión más favorable que podía ofrecérse­ un apuesto oficial, no puede serlo para
le para exponer su pensamiento (pues un ciudadano—repuso Fulvio con in­
no se podía llamar afecto), dijo con el solencia.
mayor descaro : Sebastián tuvo que hacer poderosos
— Eres tú de quien yo hablaba, y te esfuerzos para dominar su indignación.
ruego que creas en la verdad de mi más —Fulvio—contestó,—medita lo que
sincera admiración hacia tu persona y dices y no olvides que dos personas pue­
de mi más acendrado amor. den ocupar en una casa distinta posi­
Al decir esto, cayó Fulvio de rodillas ción. Además, ni la más íntima familia­
ante Inés y trató de tomarle una ma­ ridad, cuanto menos una simple rela­
no ; pero la doncella retrocedió viva­ ción contraída en un banquete, pueden
mente estremeciéndose y volvió la ca­ autorizar o justificar la audacia de tu
beza encendido el rostro de rubor. El conducta hace un instante con la señora
extranjero se apresuró a levantarse, de esta casa.
pues en aquel momento vió venir a Se­ —Parece que estás celoso, bravo ca­
bastián, cuya ausencia empezaban a pitán—replicó sarcásticamente Fulvio.
echar de menos los pobres. —Tengo entendido, empero, que eres
■—Sebastián—le dijo Inés, tan luego el candidato aceptable, bí ya no acep­
como se hubo aproximado, observando tado, a la mano de Fabiola. En la ac­
la actitud indignada del soldado,—no te tualidad se halla ésta en el campo y,
enfades ; eBte señor ha entrado aquí por por lo visto, quieres probar fortuna cer­
equivocación, seguramente, y se retira­ ca de otra rica heredera. No está de más
rá en seguida. tener dos cuerdas para el mismo arco.
Y diciendo esto se marchó. Este grosero y cruel sarcasmo hirió
Sebastián, con ademán suave pero en lo más hondo Io b bellos sentimien­
enérgico, se dirigió entonces al intruso, tos del noble soldado que, a no estar
Que parecía anonadado por su mirada. acostumbrado a la mansedumbre cris­
■—¿Qué haces aquí, Fulvio—le pre- tiana, su razón no hubiera bastado pa­
ra dominar el ardor de su sangre.
— A ninguno de los dos conviene, Ful­
(1) Cujus pulcJi-ritvdinem Sol et Luna
tnirantur, Ipti ¿olí servo fidem. vio, que permanezcas aquí un instante
70 C AR D E N AL N IC O LÁ S W ISE M A H

más. Si no te ha bastado la cortés des­ el brazo para descargarla sobre la nuca


pedida de la noble señora que acabas de Sebastián ; pero en el mismo instan­
de insultan, fuerza será que cumpla yo te sintió que se la arrancaban de la ma­
rudamente su mandato. no y que, fuertemente asido por una
Y esto diciendo, asió con fuerza pormano de hierro, le arrojaban y tendían
el brazo al intruso, le condujo a la puer­ en medio de la calle cuan largo era.
ta de la calle y> sin soltarlo, añadió, a —Temo que hayas hecho daño a ese
guisa de despedida: pobre hombre, Cuadrado—dijo Sebas­
—Ve en paz, Fulvio, y no olvides ja­ tián a su hercúleo centurión, que en
más que hoy te has hecho merecedor aquel momento venia a reunirse con sus
del castigo qne imponen las leyes del compañeros cristianos.
Estado a quienes como tú proceden. Te —Bien merecido lo tiene, mi tribuno,
perdono, empero, si sabes oir la voz de por bu cobarde y traidora acometida—
tus propios intereses ; pero bueno es que replicó Cuadrado, volviendo a entrar en
tengas entendido que estoy al corriente la casa.
del oficio que ejerces en Roma y que el Confusos y escarmentados los dos ex­
castigo de la insolencia de este día lo tranjeros, se alejaron del campo de su
tendré constantemente suspendido so­ derrota, y cuando volvieron la esquina
bre tu cabeza, como prenda de tu dis­ descubrieron a Corvino que, sin cojear
creción. Ahora, repito, ve en paz. ya sino corriendo como un desespera­
No bien Sebastián habla soltado a do, huía también del lugar donde ha­
Fulvio, sintióse a su vez asido por de­ bía sido vencido. Con frecuencia encon­
trás por alguien a quien no veía pero tráronse después de estos lances, pero
que evidentemente estaba dotado de ninguno de ellos sacó a colación los su­
fuerzas atléticaB, Era éste Eurotas, a cesos de aquella, para ellos, aciaga ma­
quien Fulvio no ocultaba nada y tenía, ñana, pues conocían el uno y el otro
de consiguiente, conocimiento de la ci­ que habían salido burlados y escarne­
ta dada a Corvino. Temiendo alguna cidos y con el convencimiento de que
traición por parte del hijo del prefecto, existía en Roma un redil que en vano
había seguido los pasos de Fulvio, y en tratarían de asaltar el lobo y la zorra.
cuanto vió en la puerta de la casa lo
que le pareció lucha, se deslizó caute­
losamente hasta colocarse detrás de Se­
bastián, a quien confundió con el nue­
XV
vo aliado de su pupilo, y ae lanzó sobre
¿1 con la brutal acometida de un oso.
CONTINÚA LA OBRA DE CARIDAD
Mas en vano se esforzó, aunque ayu­
dado por Fulvio, en derribar al suelo al
soldado, y cuando desconfiaba ya de lo­ Restablecida la calma después del do­
grarlo, sacó de su cinturón un arma ble disturbio que acabamos de referir,
mortal si bien pequeña, un hacha de continuó tranquilamente la buena obra
acero fino labrada en Siria, y levantó de aquel día. Además de la distribución
FABIOLA. O LA IG L E S IA DE L A S C ATACUM BAS 71
de cuantiosas limosnas, tal como la que menesterosos. No obstante, la mano de-
verificó San Lorenzo, sucedía con fre- recha que hacía la limosna se ocultaba
cuencia, en los primeros tiempos de la cuidadosamente de la izquierda para
Iglesia, que repartían de una vez su que no viera ni supiera lo que hacía;
fortuna los que querían retirarse del y tanta humildad y modestia tanta no
mundo (1); y era de esperar que no fue- eran conocidas sino de Aquel en cuyo
se perdido para Roma el ejemplo de la seno se depositaban estos tesoros terre-
noble caridad de la Iglesia Apostólica nales para recobrarlos después con usu-
de Jerusalén. Pero esta caridad extra- ra, convertidos en eternos bienes,
ordinaria se excitaba y ejercía princi- Tal era el ejemplo que se ofrecía a
pálmente en los tiempos en que la Igle- nuestros ojos. Preparado todo lo nece-
8Ía estaba amenazada de nueva perse- sario, se presentó Dionisio, sacerdote y
cución, y cuando los cristianos que, por médico a la vez, a cuyo cuidado esta-
su posición y circunstancias, presentían ban los enfermos, y sucesor de Policar-
el martirio, querían, según una expre- po en la iglesia de San Pastor. Sentóse
Bión generalmente usada, tener desem- en una silla, colocada en un extremo del
barazada para la lucha su casa y su co- patio, y se dirigió a los circunstantes
razón, separando de sí todo lo que pu- en los siguientes términos :
diera unirlos a la tierra, y evitando de — Amados hermanos míos : nuestro
este modo que fuese despojo y botín Dios misericordioso ha tocado el cora-
de los impíos soldados lo que debía ser zón de un hermano caritativo para que
herencia de los pobres (2). Ni era posi- se compadeciera de los pobres y se des­
ble tampoco que estuviesen olvidados pojara de sus bienes terrenales por amor
los grandes principios de hacer brillar a Jesucristo. Ignoro su nombre y no
ante los hombres la luz de las buenas trataré de averiguarlo; baste con saber
obras, sin manifestar, empero, cuál es que es uno que no quiere tener sus ri­
la mano que la alimenta la lámpara quezas donde el moho las destruya o los
sino ante Aquel que penetra lo más re- ladrones las arrebaten y prefiere, como
cóndito de los corazones. La tasación y el bienaventurado Lorenzo, que, lle-
venta pública de las alhajas de una fa- vadas por los pobres, sean depositadas
milia patricia y la distribución de todo en las arcas celestiales. Aceptad, pues,
bu importe a los pobres, debía ser un como un don del Señor, que ha inspi-

admirable ejemplo de caridad que con- rado este acto caritativo, el reparto que
solaba a la Iglesia, animaba a los esfor- os vamos a hacer y que os puede servir
zados, avergonzaba a loe avaros, movía de auxilio en los días de tribulación que
el corazón de los catecúmenos y atraía se aproximan. Lo único que, comoprue-
l&s bendiciones y las plegarias de los ba de agradecimiento, se desea de vos-
~__. otros, es que recéiB ahora todos la ora-
(1) Nepoeiaito distribuyó, ni convertirse, ción de costumbre por los que nos ha-
°No“ .PObrra’ y *° mkm0 c e n b ie n -
(2) Dahis impío militi qvod non vis daré Durante esta breve plática, el joven
qval nm Pancracio no sabia dónde dirigir sus mi-
72 C AR D E N AL NICOLAS W JB E M A K

radas y permanecía retirado en un rin­ quien tampoco pudo explicárselo; pero


cón detrás de Sebastián, el cual, com­ ambos hubieran aclarado el misterio, de
padecido de su turbación, se colocó de­ haber visto a Cecilia que, al volver la
lante de él para ocultarlo con su cuer­ esquina, iba riendo a carcajadas, como
po; sin embargo, su emoción estuvo a si hubiese hecho una travesura, y ligera
punto de delatarlo cuando toda la con­ como bí hubiese soltado una pesada
gregación, de rodillas, con las manos carga.
juntas y los ojos levantados al cielo, re­
citó con fervor y como una Bola v o z :
Retribuere dignare, Domine f ómnibus
nobis bona facientibus propter nom&n
tuum, vitam cetemam. Amen (1).
Acto seguido se distribuyó la limos­ XVI
na, que fué más abundante de lo <Jue
se esperaba, y servidos manjares para EL MES DE OCTUBRE
todos terminó con un agradable convite
la edificante escena. Mas era temprano
todavía y muchos se abstuvieron de pro­ El mes de octubre es en Italia una
bar alimento, porque en la inmediata estación deliciosa: el sol ha perdido bu
iglesia titular tenían preparado un con­ calor pero no su brillo, y aunque menos
vite espiritual mucho más delicioso. abrasador, B igue siendo refulgente. Al
Concluido ya todo se empeñó Cecilia aparecer en el horizonte derrama es­
en acompañar a su pobre amigo cojo plendorosa luz sobre la soñolienta Na­
hasta su casa, llevándole, además, su turaleza, a la manera que un príncipe
pesado saco ; y le habló por el camino indio arroja puñados de piedras precio­
tan alegremente que el anciano quedó- sas a sus cortesanos al entrar en el sa­
se sorprendido al ver lo pronto que ha­ lón en que tiene su solio; y las monta­
bía llegado a la puerta de su mísero pe­ ñas parece que adelantan bus erguidas
ro aseado albergue. Su cieguecita guía cabezas de granito y que los bosques
le puso entonces la bolsa en la mano, y, extienden sus soberbios brazos como
despidiéndose de él apresuradamente, para recibir sus regios presentes. Cru­
desapareció al punto de su vista. El sa­ za después por un cielo sereno y cuan­
co estaba extraordinariamente lleno, do, al llegar a su término, halla las olas
tanto, que el buen anciano contó el di­ del mar occiduo que le ofrecen lecho
nero en él guardado y halló, sorprendi­ de oro fundido cubierto con espléndido
do, que contema el doble de lo que ha­ dosel de púrpura guarnecido de franjas
bía tocado a cada cual. Refirió cuando más relucientes que el oro de Ofir que
tuvo ocasión este hecho a Repáralo, adornaba el lecho de Salomón, extien­
de su inmenso disco y esparce más sua­
ves resplandores, como para despedir­
(1) Dignaos, Señor, conceder la vida eter­ se del espacio recorrido; y apenas ha
na a los que nos hacen bien por amor de
vuestro Nombre. Ahí sea. desaparecido por completo cuando ya
FA BIO LA O L A IG L E S IA DE L A S C ATACU M BAS 73

nos envía radiantes mensajeros del he­ les; los áridos rastrojos y el melancó­
misferio que visita, para recordarnos lico pino (que es en Italia lo que la pal­
que volverá pronto a alegrarnos con sus mera en Oriente) dominando con su
destellos. Si menos poderosos sus rayos, elevada copa el humilde boj y el ma­
son, de seguro, más activos y fecundos. droño ; los laureles de las quintas dise­
Algunos meses han sido necesarios para minadas en los montes y collados o en
que el arrugado tronco de la vid, lle­ la dilatada llanura, con sus fuentes en
nándose de savia, produzca, lentamen­ forma de elevados Burtidores y anchas
te, primero verdee hojas, después riza­ cascadas, sus pórticos de brillantes már­
das y tiernas tijeretas y, por último, pe­ moles y sus estatuas de piedra o de bru­
queños grumos de duros agraces; mas ñido bronce; las abigarradas fachadas
ahora ya son las hojas anchas y exten­ de las casas rústicas, los innumerables
didas, llegando a ser dignas de tener un jardines y diversas especies de césped,
nombre propio en las comarcas vinífe- y tendréis una débil e imperfecta idea
ras (1); los antes separados y peque­ de los atractivos que en este mes invi­
ños granos forman magníficos racimos, taban, entonces como ahora, al patri­
dorados ya los unos como el ámbar, y cio y al caballero a alejarse de lo que
pasando Iob otros a su espléndido color llamaba Horacio el bullicio y el humo
purpúreo desde el brillante rojo, no me­ de Boma para ir a recrear la vista en
nos hermoso. las tranquilas bellezas de la campiña.
Es entonces muy delicioso estar sep- Así es que al aproximarse este her­
tado en un lugar umbrío, en la ladera moso mes, se advertía inusitado movi­
de una colina y pasear, alternativamen­ miento en las casas de campo ; abríanse
te la mirada desde el libro que nos en­ puertas y ventanas para que el aire ven­
tretiene a la amena y variada campiña. tilase las habitaciones ; multitud de es­
Al soplar la brisa sobre los olivos de la clavos se ocupaban en fregarlas y qui­
ladera, vuelve las hojas y saca de ellas tarles el polvo, en recortar los setos,
luz y sombra, por ser ligeramente di­ haciéndoles formar fantásticas figuras,
verso el color que sus lados presentan ; en limpiar los cauces de los arroyos ar­
y, según que el sol alumbra en todo su tificiales y arrancar laB hierbas de los
esplendor o las nubes ocultan su dis­ arenosos vialeB. El billicus o capataz
co, el brillante tejido de los inmóviles vigilaba los trabajos, y ya con duras pa­
pámpanos extiende sobre los redondos labras, ya con fuertes latigazos, hacía
surcos intermedios las más bellos gra­ que sufriesen muchos tal vez para que
daciones desde el verde más obscuro gozara uno solo.
hasta el pardo y el amarillo. Mezclad Finalmente, veíanse los polvorientos
ahora con éstos los otros coloreB infi­ caminos cubiertos de toda clase de ca­
nitos que animan el paisaje : el del obs­ rruajes, desde el enorme carromato car­
curo ciprés, el de la severa encina, del gado de muebles y tirado por bueyes,
rico castaño y los rojoB árboles fruta­ hasta el ligero coche arrastrado por fo­
gosos caballos árabes ; y como los mejo­
(1) Pampinvs (pámpano). res caminos eran demasiado estrechos
74 C AR D E N AL N IC O L A S W ISE M A N

y los aurigas de entonces no Berían me­ ban dispuestos los ricos objetos que la
nos parlanchines y vocingleros que Iob alhajaban, aunque no con tanta profu­
de nuestros dias, fácil es imaginar cuán­ sión. Desde el terrado de esta elegante
ta gritería, cuántas pendencias y dispu­ mansión se divisaban las tranquilas y
tas y cuánta confusión habría en los ca­ azuladas aguas del golfo, encerrado en­
minos. Y no se crea que era un camino tre las más ricas de las playas, como
más preferido que otro : las colinas Bar espejo de esmaltado y riquísimo marco,
bina, Tusculana y Albana estaban sem­ y surcado por las blancas velas, dora­
bradas de espléndidas villas o de hu­ das por el sol, de multitud de trirre­
mildes cabañas, tales como las podían mes, barcos de recreo y lanchas pesca­
ocupar un Mecenas o un Horacio; hoy doras, de donde salían estrepitosas car­
día, al recorrer la extensa campiña de cajadas de Iob excursionistas, Iob armó­
Boma, desde la embocadura del Tíber nicos sofiidos del arpa o los groseros di­
por Laurento, Lanuvio y Anzo hasta chos y cantos de los rudos marineros.
Gaeta y Bayas y otros puntos muy con­ Una galería de celosías de alambre,
curridos en tiempos de baños, alrededor cubierta de enredaderas, conducía a los
del Vesubio, se ven numerosas ruinas baños situados en la playa, y a la mi­
que indican la existencia de una larga tad del camino había una puerta que
calle de casas de campo. No bastaba, daba a un delicioso prado, cuyo verdor
empero, este espacio para satisfacer la mantenía constantemente fresco el agua
fiebre que periódicamente Be apoderaba de un arroyuelo que, brotando de una
de los romanos de pasar en el campo los roca y detenido momentáneamente en
calores de estío : las márgenes del Be- un remanso, donde burbujeaba y se agi­
nacuB, hoy Lago Mayor, al norte de taba, deslizábase a lo largo del enreja­
Milán, así como las deliciosas riberas do hasta perderse en el mar. Dos gigan­
del Brenta, eran visitadas, no ya sólo tescos plátanos semejantes a los que da­
por los habitantes de las ciudades veci­ ban sombra a Platón y a Cicerón, mien­
nas y los viajeros de origen germánico tras se entregaban a sus tareas filosó­
sino también por los ciudadanos de la ficas, adornaban este ameno recinto,
capital del Imperio. donde crecían además las más raras y
Uno de esos ojillos de Italia (1), co­ hermosas plantas exóticas, aclimatadas
mo Plinio llamaba a bub quintas, por­ a fuerza de cuidados y a despecho del
que constituían su más encantadora be­ helado invierno y del.estío abrasador.
lleza, fué adonde apresuróse Fabiola a Fabio, por razones que más adelan­
trasladarse, al día siguiente de la en­ te expondremos, visitaba raras veces la
trevista de Corvino con la esclava ne­ quinta, y aun entonces no se detenía en
gra. Su quinta estaba situada a la fal­ ella más allá de un par de días, de paso,
da de la colina que domina la bahía de casi siempre, para algún punto donde
Gaeta, y era notable, como su casa de hallara mayores distracciones, so pre­
Boma, por el buen gusto con que esta­ texto de negocios urgentes e importan­
tes. Su hija, sin embargo, gozaba casi
(1) Occlli Italia. , aislada de una deliciosa soledad. Ade-
FABIOLA O LA IG L E 8JA DE L A S CATACUM BAS 75

más de una buena biblioteca, que había rigor cruel (1); pero estos diez o doce
en la quinta y contenía, especialmen­ casos de afecto referidos como raras ex­
te, obras de agricultura y de intereses cepciones en algunos siglos, ¿qué valor
locales, la joven solía tener gran núme­ podían tener al lado de los millares de
ro de libros traído# de Roma : unos, que odio que presenciaba diariamente? Sin
ya de antes miraba como predilectos, y embargo, el ejemplo que a la vista te­
otros, que eran obras ligeras, propias nía le llamaba fuertemente la atención ;
de la estación, de las cualeB se procu­ esperó algún tiempo y espiaba disimu­
raba, comúnmente a elevado precio, ladamente a Syra, procurando descu­
una primera copia. Con los libros le lle­ brir en su conducta o en su aspecto al­
vaban también pequeños objetos de ar­ guna señal que indicara hallarse persua­
te que, distribuidos en las habitaciones dida de haber realizado una grande ac­
ción y deseosa de que no pasara inad­
de la casa, deleitaban su imaginación.
vertida a su ama. Pero fué en vano : su
Pasaba la mayor parte de las horas de
la mañana en el delicioso retiro antes esclava continuó desempeñando sus obli­
gaciones con la misma sencilla diligen­
descrito, con un cesto a su lado, del que
cia de siempre y no dió la menor mues­
sacaba ya uno, ya otro libro; pero si
tra de haberse imaginado que era me­
cualquiera de sus amistades la hubiera
nos sierva que antes. El corazón de Fa­
visitado este año, se habría admirado de
biola fué ablandándose de día en día,
verla casi siempre acompañada de...
y comenzó a Bentir que no era tan difí­
una esclava.
cil lo que, en bu conversación con Inés,
Podemos figurarnos cuán admirada había juzgado imposible : amar a una
había de quedar Fabiola el día después esclava. Y descubrió más aún : que
del banquete en casa de su padre al sa­ existía en el mundo un amor verdade­
ber que Syra no había querido dejar su ramente desinteresado, un cariño que
servicio, a pesar de la promesa que se no espera ser correspondido.
le hiciera de concederle la libertad; y Sus pláticas con Syra, después de la
aun mayor fué su asombro cuando supo memorable que hemos referido, habían
que la razón de esta negativa era el convencido a Fabiola de que la esclava
afecto a su persona. No creía haber me­ poseía una educación esmerada; pero
recido este cariño por ningún acto de la delicadeza le impedía preguntarle
bondad, ni aun por haber gratificado con acerca de su propia historia, y más sa­
largueza a su sierva por el cuidado con biendo que algunos amos educaban a
que en su enfermedad la había asisti­ sus esclavos jóvenes para aumentar su
do, y durante algún tiempo eBtuvo in­ valor. Pronto descubrió que Syra leía
clinada a creer que Syra no estaba en y escribía perfectametne el griego y el
Bu cabal juicio ; pero rechazaba bien latín, y en mérito de esto mejoró gra­
pronto esta idea que no le satisfacía. dualmente su situación, con gran des­
Cierto es que había leído u oído referir contento de las envidiosas compañeras
ejemplos fieles y abnegados hasta para (1) Tales son los ejemplos citados por Sa­
con los amos que les habían tratado con turnal», lib. I, y por Valerio Máximo.
76 C ARDEN AL N IC O L A S W ISE M A N

de la esclava. Mandó a Eufrosina que monía con todo lo justo y lo bueno y


le diese cuarto separado, lo que conBti- que sonaba desagradablemente cuando
tuía para la pobre sierva la mayor de las la herían el mal, el vicio y aun lo in­
comodidades, y la empleó cerca de si exacto y lo poco delicado. Fabiola an­
como amanuense y lectora. Mas ni aun siaba descubrir este misterio, cuya exis­
así pudo observar en ella cambio algu­ tencia conocía más por intuición que
no en su conducta ni en su carácter, ni por lo que hasta entonces había obser­
pretensiones ni orgullo; por el contra­ vado : no se hallaba aún en estado de
rio, cuando se le presentaba alguno de saber que el más bajo y el último en
los quehaceres serviles, que antes des­ el reino de los Cielos (¿y quién más
empeñaba, pero que ya no le correspon­ bajo que una esclava?) es mayor en sa­
dían, se ocupaba en ellos con la ma­ biduría espiritual, en luz intelectual y
yor naturalidad sin que ni remotamente en privilegios celestiales que el miBmo
manifestase deseos de encomendarlos a Bautista precursor (1).
otra. Era, pues, una deliciosa mañana de
La lectura a que de ordinario se de­ octubre cuando, reclinadas la señora y
dicaba Fabiola era, como antes hemos la esclava cerca del murmurador arro-
dicho, de carácter abstracto y delicado, yuelo, pasaban el tiempo leyendo. Can­
de literatura filosófica. Sorprendíale a sada la primera de la pesadez del libro
menudo ver cómo Syra, con una sen­ que las entretenía, buscó algo de estilo
cilla observación, refutaba un argumen­ más ligero y nuevo, y sacando del ces­
to aparentemente incontrovertible, re­ to un manuscrito, dijo :
bajaba alguna hinchada declamación —Deja, Syra, ese estúpido libro ; lee
que ensalzaba las virtudes paganas, o éste que me han asegurado que conti-
sugería una idea más elevada de moral ne cosas muy divertidas. Como está re­
o un modo más práctico de ejercer la cién publicado, será nuevo para entram­
justicia que los que proponían los escri­ bas.
tores más autorizados. Y observaba que La esclava obedeció, pero al leer el
esto no obedecía a una aparente sutile­ título del libro se puso encendida como
za de ingenio ni tampoco procedía de la grana. Continuó, empero, ojeando los
la instrucción que da una intensa lec­ primeros renglones y vió confirmados
tura, o la profundidad de juicio o una sus temores. Se trataba de una de esas
elevada educación ; pues aunque las par- abominables producciones que, a pe­
labras, las ideas y el proceder de Syra sar de ser groseramente inmorales y de
manifestaban todo esto, los libros y doc­ mofarse de todas las virtudes, se deja­
trinas que leía eran para ella entera­ ban circular libremente, según refiere,
mente nuevos. Parecía que tenía dentro lamentándose de ello, San Justino, al
de sí un infalible criterio de verdad; paso que todos los escritos de Iob cris­
una llave maestra que abría fácilmen­ tianos estaban prohibidos o desacredi­
te todos los depósitos cerrados de cono­ tados. Syra dejó el manuscrito y diri-
cimientos morales; una cuerda bien
templada y que vibraba en perfecta ar­ (1) Mat. X II, 11.
F ABIO LA O LA IG L E S IA DE L A S CATACUM BAS 77

giéndose a su ama con firme resolución, — Eso es imposible, puesto que para
le dijo: que haya iniquidad es necesaria la ac­
— N o m e p id a s q u e te lea e ste lib r o , ción.
mi b u e n a se ñ o r a . Ni eBtá b ie n que tú — Cierto, señora mía; ¿pero qué es
lo o ig a s ni q u e y o lo le a . el pensamiento sino un acto del alma?
Quedó atónita Fabiola ante seme­ Cuando se desea asesinar a uno se ve­
jante petición, pues jamás había soña­ rifica una acción de e se poder invisible,
do siquiera en que alguien pretendiese acción tan invisible como el mismo po­
poner coto a sus lecturas o restricción a der ; el golpe que mata no es más que
sus estudios, y mucho más teniendo pre­ el acto mecánico del cuerpo, tan per­
sente que, según afirman todos los au­ ceptible como su origen. ¿Qué poder es
tores clásicos, desde Horacio hasta Au- el que manda y cuál el que obedece?
sonio, lo que hoy se tendría como in­ ¿Quién Berá responsable del acto final?
conveniente para la lectura común, for­ —Te comprendo — repuBo Fabiola,
maba entonces parte de la literatura co­ tras una breve pausa, algo mortificada;
rriente y de buen tono. Y, en efecto, —pero queda en pie una dificultad. Se­
¿en virtud de qué regla de moral po­ gún dices, hay responsabilidad por los
drían declararse perniciosos los libros actos internos lo mismo que por los ex­
que sólo describían con la pluma lo que ternos. ¿Ante quién? Cuando hay un
el pincel y el buril habían expuesto acto externo, comprendo que se incurra
constantemente? Fabiola no tenía más en responsabilidad para con la sociedad,
alta regla para distinguir lo bueno de lo ante las leyes, ante los principios de
malo que el, mismo sistema en que ha­ justicia, porque engendran esos actos
bía sido educada; así es que preguntó, otros males; mas si la acción es pura­
sonriendo, a su esclava : mente interna, ¿ante quién puede ca­
—¿Qué daño puede ocasionarnos la ber la responsabilidad? ¿Quién ve se­
lectura de ese libro ? No dudo de que se mejante acción? ¿Quién podemos pre­
describirán en él acciones perversas y sumir que la juzgue? ¿Quién puede
crímenes abominables ; mas esto no ha comprobar su existencia?
de inducirnos a cometerlos, mientras —Dios—contestó Syra con sencilla
que es divertido Baber los de los demás. gravedad.
—¿Los ejecutarías tú por algún mo­ Esta respuesta desconcertó a Fabio­
tivo? la, la cual esperaba alguna nueva teo­
—¡ Por nada del mundo 1 ría o un principio extraordinario, y en
— Sin embargo, oyéndolos leer, ocu­ vez de esto se engolfaban en lo que
pan tu imaginación, y tu pensamiento siempre había juzgado ser una supers­
se fija en elloB, pueBto que sientes pla­ tición, aunque ahora no lo creía ya co­
cer en leerlos. mo en otro tiempo.
— Cierto. ¿Y eso qué importa? — I Cómo, Syra! ¿Crees, por ventu­
—Más de los que puedas sospechar, ra, en Júpiter, en Juno o en Miner­
pues esa imagen es impureza y esa com­ va, que es, tal vez, la familia más res­
placencia iniquidad. petable del Olimpo? ¿Supones que al­
78 C AB D E N AL N ICO LÁS W 19E M A N

guno de elloB tiene que ver con nuestros vivas y graves. i¡ Qué inflamables y en­
asuntos ? tusiastas son estos orientales 1—dijo pa­
—Lejos de eso, aborrezco hasta bus ra sí Fabiola contemplando a Syra.—
nombres y detesto las maldades que sus No me admiro de que el Oriente sea
fábulas simbolizan. No, no hablo de considerado como la tierra clásica de la
dioses ni de diosas, sino de Dios, Dios poesía y la inspiración.! Y cuando vió
único y todopoderoso. que Be había calmado un tanto la exal­
—¿Y cómo le llamas en tu sistema? tación de la esclava, le dijo con el to­
—No tiene otro nombre que el de no más dulce que pudo :
Dios, y éste se lo han dado los hom­ —¿Puedes creer, Syra, que un ser
bres únicamente para poder hablar áe como el que has descrito, superior a las
E l ; pero no expresa su naturaleza, su más altas concepciones de la mitología,
origen ni sus atributos. pueda ocuparse en vigilar constante­
—¿Y cuáles son éstos? — preguntó mente las acciones y ruines pensamien­
Fabiola con inquieta curiosidad. tos de millones de criaturas?
— Su naturaleza es simple como la —No es ocupación para El, señora,
luz, es una e indivisible en todas par­ ni aun elección ni molestia. Le he lla­
tes, indefinible e inmaculada; penetra mado luz : ¿es ocupación o trabajo para
en todo, eBtá siempre presente doquie­ el sol enviar sus rayos al través del cris­
ra y es infinito. Existía antes que hu­ tal de este arroyuelo hasta los guijarros
biera algún ser finito, y existirá des­ de su lecho? Repara cómo por sí mis­
pués eternamente; poder, sabiduria, mos alumbran y descubren lo bello y
amor, justicia e infalibilidad son inhe­ lo feo que ahí se alberga: no sólo las
rentes a su naturaleza y tan ilimita­ burbujas que se levantan como perlas,
dos y omnímodos como su naturaleza brillan por un momento, y se deshacen
misma. Sólo El puede crear, sólo El en la tersa superficie ; no sólo los dora­
puede conservar, sólo El puede destruir. dos pececillos que vienen a buscar en
Fabiola había leído mucho acerca de ellos el calor y la vida ; no sólo las chis­
las miradas inspiradas de las sibilas y pas que al caer despide cada gota, sino
pitonisas cuando pronunciaban sus también los obscuros, sucios y repug­
oráculos, pero nunca hasta ahora las nantes sapos que procuran en vano
había visto. El semblante de la escla­ ocultar su fealdad en Las concavidades,
va resplandecía, brillaban apaciblemen­ pues la luz loe persigue y descubre.
te 8U8 ojos, inmóvil estaba su cuerpo, ¿Hay en todo esto molestia ni ocupa­
brotaban las palabras de sus labios co­ ción para el sol ? Seguramente que n o ;
mo si fuesen únicamente la boca de un más parecería haberla si tuviese que de­
instrumento musical al que diese Bonido tener sub rayos en la superficie de las
el aliento de un tercero.. Su expresión aguas transparentes y no iluminase sus
recordaba involuntariamente a Fabiola profundidades. Y lo que hace aquí lo ve­
las extáticas y misteriosas miradas de rifica igualmente en el arroyo inmediar
Inés, pues si en la niña eran más tier­ to, y en el que está de aquí a mil le­
nas y graciosas, en la esclava eran más guas de distancia, sin que, aunque au­
FA BIO LA O LA IG L E S IA DE L A S CATACUM BAS 79

mentáramos hasta donde puede llegar serpiente, sujetando a su amilanado


la imaginación el número o la exten­ enemigo, más con la vista que con el
sión de los objetos, podamos figurarnos pico y las garras. Después de este com­
ni creer que faltan rayos al sol para ilu­ bate, visible en su rostro y en su ges­
minarlos todos. to, entró en completa calma y le pa­
—Tus teorías son siempre bellas, Sy­ reció sentir por vez primera la presen­
ra, y serían maravillosas si fuesen ver­ cia de un Ser superior a ella, a quien
daderas—repuso Fabiola después de un temía y, sin embargo, deseaba amar.
corto silencio, durante el cual contempló Humilló su espíritu, puso su inteligen­
atentamente el arroyuelo como si qui­ cia a los pies de este Ser invisible, y su
siera comprobar que era cierto lo que corazón confesó, también por vez pri­
Je decía su esclava.—Y parecen verda­ mera, que tenía un dueño y un señor.
deras—añadió,—pues la ficción no pue­ Syra, entretanto, con intensa inquie­
de ser jamás tan bella como la verdad. tud, observaba en silencio la lucha que
Mas j qué terrible idea la de que no sé verificaba en el alma de su señora, y
baya estado nunca sola, la de que nun­ conociendo cuánto dependía su conver­
ca haya sentido un deBeo, ni formado sión de las evoluciones de su entendi­
en secreto un pensamiento, ni tenido miento y cuán importante paso se daba
un arrebato de la loca fantasía ni un en la instrucción religiosa de su incons­
infantil capricho que no haya sido co­ ciente pupila, oraba fervorosamente pa­
nocido y observado por Aquel que es la la que Dios le concediese esta gracia.
perfección misma! Terrible es pensar, Al fin levantó Fabiola la cabeza, que
si tu teoría es cierta, que está una vi­ parecía haber humillado al mismo tiem­
viendo bajo la mirada constante de un po que su espíritu, y dijo con encanta­
ser ante cuyos ojos los rayos del Bol no dora dulzura:
son más que sombras, puesto que pene­ —Estoy Begura, Syra, de que no he
tran hasta el alma! Eso sería bastante penetrado aún la profundidad de tu doc­
para arrastrar a una al suicidio con obje­ trina y de que tienes todavía mucho
to de librarse de tan insoportable vigi­ más que enseñarme...
lancia. Y, sin embargo, Syra, lo que La pobre esclava se sonrojó al oir es­
dices parece verdad, to y por sus mejillas se deslizó una ar­
Fabiola miraba casi con fiereza al de­ diente lágrima.
cir estas palabras. Su orgulloso corazón —Pero hoy has abierto ante mi vis­
pagano se rebelaba contra la suposición ta un nuevo horizonte— prosiguió Fa­
de no poder eBtar nunca sola con sus biola ;—ya has dado a mis pensamien­
propios pensamientos, o de que existie­ tos nueva dirección : una esfera de vir­
se un poder que registrase sus más ín­ tud independiente de las opiniones y de
timos deseos y sus ideas o caprichos. Y, los juicios de los hombres ; me has da­
no obstante, continuaba repitiendo: do a conocer un poder que examina,
«parece verdad». Su elevado entendi­ que aprueba y recompensa lo bueno...
miento sostenía empeñada batalla con Syra asintió con un movimiento de
su orgullo, como lucha el águila con la cabeza y su señora continuó :
80 C AB D E N AL N IC O LA S W ISE M A N

—Que está presente con nosotros truosa tu proposición, cuando la formu­


cuando nadie nos puede ver, ni dete­ laste, que me dejó dominar del orgullo
nernos, ni alentarnos ; plena convicción y de la cólera. ¿Te acuerdas, Syra?
d© que, aun cuando estuviésemos en — ¡ Oh, no, n o !—replicó la bondadosa
perpetua soledad, seríamos siempre los esclava.—Te suplico que no lo recuer­
mismos, puesto que su presencia entre des.
nosotros, para guiamos, sería superior a —¿HaB olvidado lo que te hice aquel
la de todos los principios humanos y no día? — interrogó Fabiola con emoción
nos podría abandonar; tal es, si te he completamente nueva para ella.
comprendido bien, la elevada posición La pobre esclava no pudo resistir más,
moral en que tu doctrina coloca a cada y, arrojándose a los pies de su señora,
individuo. Descender de ella, aun vi­ quiso cogerle la mano para besársela;
viendo exteriormente una vida virtuosa pero se lo impidió Fabiola que, por pri­
e irreprensible, es mera apariencia y po­ mera vez en su vida, abrió los brazos a
sitiva iniquidad, ¿no es cierto? • una esclava y lloró copiosamente, mien­
—¡ Oh, mi querida señora, cuán me­ tras la estrechaba contra su pecho. Su
jor que yo sabes expresarlo !—exclamó corazón iba sobreponiéndose a su. inte­
Syra conmovida. ligencia, lo cual no podía obedecer si­
—Nunca me has adulado, Syra—re­ no a sus crecientes emociones. Por fin
plicó Fabiola sonriendo ;—no empieces logró serenarse poco a poco, y dijo, des­
ahora. Pero ya que has arrojado nueva prendiéndose de los brazos de Syra :
luz sobre lo que estaba para mí envuel­ —Una pregunta más: ¿podemos
to en las más densas tinieblas, dime si atrevernos a dar culto al Ser que has
era esto lo que quisiste darme a enten­ descrito? ¿No es demasiado grande y
der cuando en una ocasión me dijiste sublime para ser adorado por nosotros?
que no había, a tu parecer, diferencia —No, por cierto, querida señora mía
entre una esclava y su señora; o, mejor —repuso la esclava;—no está tan dis­
dicho, que esta diferencia es meramen­ tante de nosotros como su p on es, y, de
te exterior, social y corpórea, y no pue­ la misma manera que en la luz del sol,
de, por consiguiente, ser puesta en pa­ vivimos todos y nos movemos en el es­
rangón con la igualdad que existe ante plendor de su poder, de su bondad y de
ese Ser supremo de que me has habla­ b u sabiduría. Podemos dirigirnos a El,

do, ni con esa superioridad moral que no como a un ser que está fuera de
El podría ver en uno sobre otro, contra­ nosotros, sino como un ser que, en vir­
ria a la posición aparente en la socie­ tud de su omnipotencia, está cerca y
dad. aun dentro de nosotros mismos, como
— Así es en gran parte mi pensa­ estamos nosotros dentro de E l : no oye,
miento, noble señora; pero van envuel­ propiamente hablando, nuestras súpli­
tas en la idea otras consideraciones que cas, B in o que caen desde luego en su
tienen al presente poca importancia pa­ seno, y los deseos de nuestros corazo­
ra ti. nes pasan directamente al abismo de su
—No obstante, me pareció tan mons­ eterna bondad*
FA BIO LA 0 LA IG L E S IA DE L A S CATACUM BAS 81
—Pero—objetó Fabiola tímidamen­ acabas de decirme, aunque no se me al­
te,—¿ea posible que haya actos, como canza su sentido.
por ejemplo, los sacrificios, por medio —La tiene, en efecto, y esto es tan
de los cuales conozcamos nosotros su po­ cierto como que todos mis pensamientos
der y le adoremos? y cada una de mis palabras los ve y las
Syra vaciló, porque la conversación oye la Divinidad.
tomaba un giro misterioso y sagrado y —No me siento con fuerzas, en este
la conducía a un terreno en que la Igle­ momento, para proseguir; mi espíritu
sia no permite que entren en él Iob necesita descanso, Syra.
profanos; así es que bo limitó a dar
una contestación afirmativa, pero do un
modo general.
—¿Y no podría yo—preguntó en to­
no aún más humilde su señora—ins­
truirme todavía más en tu escuela para XVII
llegar a ejecutar esos actos de adora­
ción? LA COMUNIDAD ÜBISHANA
—Temo que no, Befiora mía—repuso
Syra.— Se necesita una víctima digna
de la divinidad a quien se ofrece el sa­ Retiróse Fabiola a su aposento, ter­
crificio. minada la precedente conversación, y
—1Tienes razón — contestó Fabiola; pasó el resto del día ora en extremada
—un toro puede ser bastante para Jú­ agitación, ora en apacible calma. Cuan­
piter, o un cabrito para Baco; ¿pero do consideraba detenidamente la exten­
dónde habrá un sacrificio digno del Dios sa perspectiva de vida moral que en su
que me has enseñado a conocer ? mente se desenvolvía, abismábase dul­
—Debe ser, en todos conceptos, dig­ cemente en su contemplación, como bí
no de su inmaculada pureza, de su gran­ hubiera descubierto un fenómeno ex­
deza sin igual, e infinito en bondad y traordinario cuyo conocimiento la ele­
gracia. vase a una altísima y desconocida re­
—¿Y cuál puede ser, Syra? gión, desde la cual podía sonreírse de los
—Solamente El mismo. errores y desvarios de la humanidad.
Fabiola se cubrió el rostro con am­ Mas cuando reflexionaba Bobre la res­
bas manos, y, después de unos instantes ponsabilidad que este conocimiento im­
de meditación, Levantó Los ojos hacia su ponía, la exquisita vigilancia que recla­
esclava y dijo en tono grave y solemne : maba, las secretas y no recompensadas
—No te comprendo, Syra; pero des­ luchas que exigía, la desolación en que
pués de haberme explicado con tanta suponía había de encontrarse al practi­
claridad la grave responsabilidad que car una virtud que carecía de estímulo
pesa constantemente sobre nuestras ac­ y no granjeaba aplausos ni aun simpa­
ciones y palabras, estoy segura de que tías, se estremecía espantada de la vi­
encierra una significación real lo que da que tendría que pasar sin auxilio ni
FABIOLA,— 6
82 CAR D E N AL N IC O LÁ S W ISE M A N

socorro alguno, puesto que no podía bía demostrado desde la niñez extraor­
servirse de los que ella conocía; e ig­ dinario afecto, decidió Fabiola visitar­
norando cuál era la verdadera causa, Be lo y ver por sí misma lo que, según los
figuraba que carecía de los medios y rumores que había oído, calificaba de
disposición necesarios para poner en platonismo y que hoy denominaríamos
práctica tan bella teoría. Comparábala utopía.
con una brillante lámpara, puesta en Salió, pues, Fabiola, muy de ma­
medio de un vasto y desmantelado sa­ ñana, en un ligero coche tirado por un
lón, iluminando sólo el espacio. ¿Para tronco de briosos caballos, y atravesó
qué eervía tan inútil resplandor? alegremente la hermosa llanura de la
Había determinado emplear la ma­ feliz Campania. Un chaparrón, de los
ñana siguiente en hacer a Cromacio, que tan frecuentes son en otoño, había
ex prefecto de la ciudad, una de las asentado el polvo del camino y salpi­
visitas anuales que en el campo acos­ cado de brillantes perlas las hojas de las
tumbraban hacerse los romanos/ vides que en forma de guirnaldas pren­
El lector recordará, seguramente, didas de los árboles festoneaban las ori­
que este magistrado, despuéB de su con­ llas del camino a manera de setos. No
versión y de haber renunciado al car­ tardó en llegar a una hermosa loma,
go que desempeñaba, habíase retirado pues de colina no merecía el nombre,
a su quinta de la Campania, llevándose cubierta de boj, madroños y laureles,
consigo a varios de los convertidos por entre los que descollaban las altas pi­
el tribuno Sebastián, y con ellos al san­ rámides de los melancólicos cipreses ro­
to sacerdote Policarpo, para que com­ deando las blancas paredes de la exten­
pletase su instrucción religiosa. Aun­ sa quinta que destacaba en la cima. Ob-
que Fabiola ignoraba estos pormeno­ servó desde luego que allí se había ve­
res, habían llegado a sus oídos los rumo­ rificado un cambio del que al pronto no
res que corrían referentes a la quinta, pudo darBe cuenta; pero cuando, al pa­
donde se suponía que pasaban cosas sar la verja, vió vacíos gran número de
singulares. Decíase que Cromacio reci­ nichos y de pedestales, advirtió entonces
bía y hospedaba multitud de personas que la quinta había perdido sus más
que antes no se veían en ella; que no notables y característicos adornos, pues­
daba fiestas ni banquetes; que había to que las bellísimas estatuas que en
manumitido a sus esclavos, aunque mu­ ella había, contrastando con el color
chos preferían continuar en su compa­ siempre verde de los bien recortados se­
ñía, y, por último, que, a pesar de no tos, daban a la quinta el nombre, aho­
tolerarse regocijadas fiestas ni bullicio­ ra ya sin significación, de Ad Statúas.
sas reuniones como en años anteriores, Cromacio, a quien la última vez ha­
la numerosa concurrencia parecía feliz bía visto atormentado terriblemente por
y contenta. Movida de la curiosidad, a la gota y estaba ahora transformado en
la vez que deseosa de llenar un deber un robusto y ágil anciano, la recibió
de cortesía hacia una de las personas cortésmente y Le preguntó con afecto
que, como el antiguo magistrado, le ha­ por la salud de bu padre y si eran cier­
FA B IO L A O LA IG L E S IA DE L A S C ATACUM BAS 83
tas las nuevas que corrían acerca de su fragua. Los dioses y las diosas han si­
próximo viaje a Asia. Disgustada y mor­ do destruidos, pulverizados; pero, no
tificada pareció Fabiola al oir la última obstante, si te obstinas en tener una
pregunta, pues nada de esto Le había in­ pierna o una mano de ellos, con algu­
dicado Fabio, y en vista de su aflicción, nos dedos menos, quizá pueda todavía
añadió Cromacio que esperaba que eL recogerlos para complacerte; pero no
rumor carecería de fundamento, y la respondo de hallar una cara con narices
invitó a dar una vuelta por los jardines. o una cabeza entera.
Los halló Fabiola tan bien conserva­ —¡ Qué c r u e ld a d f— e x c la m ó F a b io la
dos como siempre y adornados de her­ m á s a d m ir a d a a ú n .— A p e s a r d e tu e x ­
mosas plantas; pero echaba de menos p e r ie n c ia y B abid uría h a s c o m e t id o un
las antiguas estatuas. Llegaron, al fin, a c t o d e b a r b a r ie , p u e s , ¿ q u é s o m b r a d e
a una gruta en cuyo centro había una razón puede ju s t ific a r d e t e r m in a c ió n
fuente, llena antes de ninfas, náyades ta l?
y otras divinidades acuáticas, y ahora —¿Qué quieres? A medida que voy
solitaria y presentando una obscura y li­ envejeciendo aprendo algo más y he lle­
sa superficie. gado a sacar la conclusión de que el se­
—¿En qué pensabas, Cromacio, al ñor Júpiter y la señora Juno no son
quitar las estatuas y destruir la fisono­ más dioses que tú y que yo ; por lo tan­
mía especial de tu hermosa quinta?—le to, los he despedido sencillamente.
preguntó la joven, sin poder contenerse. —Muy bien; yo, aunque no soy vie­
—No te enfades, hija mía — repuso ja, tiempo ha que soy de tu parecer;
Cromacio en tono afectuoso,—pero di- pero aun así, ¿por qué no las has con­
me, ¿de qué utilidad eran para nadie servado siquiera como obras de arte?
esas estatuas? —Porque las estatuas no fueron colo­
— Otros pueden pensar de manera cadas aquí en tal concepto, sino en el
muy distinta que tú ; mas, ¿qué has de divinidades. Como impostores esta­
hecho de ellaB? ban aquí bajo falsos pretextos, y así,
—Si he de decirte la verdad, han sido como tú lanzarías de entre los bustos
víctimas del martillo. de tus antepasados al que nada tuviese
— ¡ Cómo I — exclamó Fabiola. — j Y que ver con tu familia, he echado yo a
sin advertírmelo antes! ¿ No sabes que esos que pretendían tener conmigo re­
yo te hubiera comprado algunas de laciones mucho más superiores ; y no
ellas? podía consentir que continuara en otra
Cromacio soltó una estrepitosa carca­ parte la misma impostura.
jada, y con la familiaridad que le per­ —Pero dime, mi querido y rigorista
mitían sub relaciones con Fabiola oon- amigo, ¿no es también impostura con­
testó : tinuar llamando a esta quinta Villa ad
—Querida mía, tu imaginación vuela Statúas, cuando ni una tan sólo ha que­
sin esperar a que se explique mi vieja dado en ella?
y cansada lengua. No me he referido al —Tienes razón—replicó Cromacio, a
martillo de la subasta, sino al de la quien hizo gracia el chiste ;—y por eso
84 C AR D E N AL N ICO LÁS W ISE M A N

he dispuesto plantar alrededor palme­ medio que, pudiendo Bervir para con­
ras ; y en cuanto vean asomar sus co­ vencerle de la excelencia del cristianis­
pas por encima de los setos, está segu­ mo, no ofreciera el grave inconveniente
ra de que dejará la quinta el título que de recibir por interesadas mira-s el agua
hoy tiene para tomar el de Villa ad Pal­ regeneradora. Tenía fama Cromacio
mas , por el número extraordinario de esta­
—Y será un bonito nombre—dijo Fa­ tuas, pertenecientes al paganismo, que
biola sin comprender que ese título tu­ poseía, y Sebastián le aseguró que al
viese una significación más alta y apro­ punto sanaría de su dolencia si man­
piada. daba que las hiciesen pedazos. Consin­
Ignoraba la joven que la quinta Be tió Cromacio, a pesar de que la condi­
hallaba convertida en una escuela prác­ ción impuesta le parecía demasiado du­
tica en la que muchos neófitos se esta­ ra ; pero su hijo Tiburcio se enfureció
ban preparando, a la manera de los atle­ de tal suerte que juró, si su padre no
tas y gladiadores, al gran combate de sanaba, que había de arrojar a un horno
la fe : al martirio. Los que en aquella encendido a Sebastián y a Policarpo,
casa entraban y de ella salían, podían cosa ciertamente facilísima para el hi­
considerarse en camino de conquistar jo de un prefecto.
la palma del martirio, para llevarla an­ En un solo día fueron destruídaB dos­
te el tribunal de Dios en Beñal de bu cientas estatuas, entre las del palacio
victoria sobre el mundo, y muchos eran de Roma y las de la quinta, y, sin em­
las que en breve tiempo se iban a des­ bargo, Cromacio no curaba. Llamado
gajar de aquel temprano plantel de cris­ de nuevo Sebastián, Be le increpó seve­
tianos. ramente, pero el tribuno permaneció
Mas debemos referir aquí la historia impasible y repuso con la mayor calma :
de la demolición de las estatuas de Cro­ —Estoy seguro de que no han sido
macio, que constituye en las actas de destruidas todas.
San Sebastián un episodio de los más Y, en efecto, así era : algunos peque­
importantes. ños objetos, considerados como obras
Cuando Nicostrato dió cuenta a Cro­ de arte, habían sido separados y conser­
macio, como prefecto que era de la ciu­ vados cuidadosamente como el botín de
dad, de haber dado libertad a los presos Achan (1). Mas, presentados que fue­
y de que Tranquilino había curado de ron y destruidos, Cromacio curó instan­
la gota por medio del bautismo, el pre­ táneamente, con lo cual no sólo Be con­
fecto, que padecía del mismo mal, se virtió él, sino también bu hijo Tibur­
informó minuciosamente de la verdad cio, que desde entonces fué uno de los
del hecho y mandó llamar a Sebastián, más fervorosos cristianos y acabó su vi­
a quien manifestó su propósito de ha­ da gloriosamente en el martirio, legan­
cerse cristiano, a fin de obtener el mis­ do bu nombre a una de las catacumbas.
mo beneficio que Tranquilino, Mas, co­ Accediendo a los deseos que manifestó
mo no era posible acceder en esta for­
ma a su pretensión, se le propuso otro (1) Josué, VIL
FABIO LA O LA IG L E S IA DE LAS CATACUMBAS 85
después de bu conversión, se le permi­ —j Oh, ciertamente 1— exclamó Fa­
tió que quedase en Boma para auxiliar biola riendo a carcajadas.
y animar a sus hermanos en la fe, en — Son muy amables—continuó Cro­
la próxima persecución, encargo que macio, en el mismo tono de buen hu­
podía llenar fácilmente a causa de sus mor.— Ellos, quiero decir todo el pú­
relaciones con la corte imperial y del blico, se interesan mucho por mis asun­
extraordinario valor y actividad de que tos particulares. ¿No es bien extraño,
estaba dotado. Entonces fué cuando querida mía, que cuando en mi quinta
contrajo íntima amistad con Sebastián todos comían, bebían y divertíanse a
y con Pancracio. sus anchas, entregados a los transpor­
Hecha esta pequeña digresión, reanu­ tes propios de una juventud alegre, mo­
demos el hilo de nuestra historia, refi­ lestando a los vecinos (y perdona que
riendo el final de la conversación de recuerde estas cosas), en una palabra,
Fabiola y Cromacio, que continuó aqué­ cuando mis huéspedes y familiares no
lla en los siguientes términos : eran sobrios ni de conducta irreprocha­
—¿Sabes, Cromacio—pero sentémo­ ble, nadie se ocupase en censurar mis
nos en este delicioso sitio, donde re­ acciones ni se tomase por nosotros el
cuerdo que había un hermoso Baco,— menor cuidado? Y ahora que unos cuan­
sabes, digo, que corren por la comarca tos hombreB nos hemos retirado del tu­
extraños rumores acerca de la vida que multo de los negocios y frivolidades de
ee hace en esta quinta? la sociedad, desterrando de nuestros dis­
— ¿Qué dicen, querida, qué dicen? cursos la política, para vivir tranquila
—Que tienes aquí multitud de perso­ y sobriamente en pacífica ocupación,
nas que viven contigo, gentes a quien despiértase al punto la maligna curio­
nadie conoce ; que no visitas ni recibes sidad del vulgo por saber todo lo que
a nadie y que ese filosófico modo de vi­
pensamos y hacemos y dan los desocu­
vir se asemeja a una república eminen­ pados en el prurito de averiguar nues­
temente platónica. tros actos y lanzar falsos rumores y ne­
— No podíaB decirme nada más lison­
cias sospechas sobre nuestra conducta y
jero, y por ello te doy las graciaB—in­
sobre los motivos que tendremos para
terrumpió Cromacio riendo,
seguirla. ¿No es esto un fenómeno sin­
—Pero no es eso todo—prosiguió Fa­
gular?
biola.—Dicen que os reunís a horas
—Así es, en efecto, Cromacio; mas,
muy intempestivas, que carecéis de di­
¿a qué lo atribuyes?
versiones y que sois tan auBteros en la
comida que casi os matáis de hambre. —A la propensión que tienen las al­
—Confío, empero, en que nos harán mas mezquinas a estar siempre envi­
la justicia de añadir que pagamos to­ diosas de todo acto o intento más ele­
dos nuestros gastos y que no tenemos vado que los suyos; tanto, que, hasta
cuenta pendiente con el panadero ni sin quererlo, desprecian todo lo que
con el especiero—observó en tono jovial juzgan superior a sus aspiraciones,
el anciano. —Pero dime, amigo mío, ¿cuál es el
86 OA EDEN A L N IC O LÁ S W ISE M A N

fin del género de vida que hacéis eD tir a los enfermos. Ya ves que así no
este sitio? se pueden hacer economías.
—Escucha : empleamos el tiempo en —Es, en verdad, un proyecto muy ge­
t\ cultivo de nuestras más nobles facul­ neroso y, sobre todo, nuevo en estos
tades. Nos levantamos temprano, tan­ tiempos; pero tened por seguro que
to, que apenas me atrevería a decirte vuestra recompensa será la burla y el
la hora; dedicamos algunas al cumpli­ escarnio. Hablarán de vosotros quizá
miento de nuestros deberes religiosos peor, bí cabe, que no lo creo,
y nos ocupamos luego en muchas c o s &b —Pero veamos, ¿ qué es lo que dicen ?
diferentes : unos en leer, otros en es­ — No te ofendas, pero se han atrevido
cribir y algunos en labores de jardine­ a sospechar que sois cristianos. Huelga
ría ; y lo hacen con tanto celo que se­ decir que siempre he rechazado, indig­
ría imposible encontrar quien trabajase nada, semejante calumnia.
más y mejor. Nos reunimos varias ve­ —¿Y por qué indignada? — replicó
ces al día y entonamos juntos preciosos Cromacio sonriendo.
himnos que sólo respiran virtud y pu­ —Porque conozco demasiado a ti, a
reza. Leemos libros edificantes y reci­ Tiburcio y a Nicostrato y a mi querida
bimos lecciones orales de elocuentes muda Zoé para creer, ni por un mo­
maestros. Nuestras comidas son real­ mento, que hayáis abrazado ese con­
mente frugales, pues nos alimentamos junto de estupidez y de maldad que pe
de vegetales ; mas he descubierto, al fin designa con aquel nombre.
de mis años, que el buen humor no es —Permíteme una pregunta : ¿te has
incompatible con las lentejas t y que no tomado alguna vez la molestia de leer
son los delicados manjares precisamen­ un libro cristiano por el cual pudieras
te los que dan salud y vigor al cuerpo. enterarte de lo que realmente cree y
—¿De modo que os habéis vuelto hace esa comunión tan despreciada?
completamente pitagóricos? Yo creía —No, por cierto; ni malgastaría el
que nadie se acordaba ya de semejante tiempo en ello ni tendría paciencia pa­
escuela. Supongo—afiadió Fabiola con ra leer nada de lo que a esa comunión
burlona sonrisa—que el sistema es bas­ se refiere. Desprecio demasiado a esa
tante económico... secta, formada por enemigos de todo
—I Ah, pícamela! — interrumpió el progreso intelectual, por ciudadanos sos­
bondadoso anciano.—¿Supones que to­ pechosos, extremadamente crédulos y
do esto no es más que un plan de eco­ capaces de loe mayores crímenes, para
nomía? Pues te engañas, porque hemos no evitar con todo cuidado el menor
tomado la más inverosímil resolución. trato y relación con ellos.
—¿De qué se trata? —Lo mismo exactamente pensaba
—Nada menos que de lo que vas a yo, querida Fabiola; pero, de algún
oir. Hemos resuelto que no haya un tiempo a esta parte, he cambiado diame­
menesteroso en todo nuestro término; tralmente de opinión.
vestir a los que están desnudos, dar de —Cosa sorprendente, sobre todo en
comer a los que padecen hambre y asis­ ti que, como prefecto de la ciudad, has
FABIO LA 0 LA IG LE B IA DB L A S CATA C U M BA S 07

te n id o q u e im p o n e r c a s t ig o s a m u c h o s señora desea enviar una caria a su pa­


d e e s o s d e s g r a c ia d o s p o r su s c o n t in u a s dre, que está en Boma.
in fr a c c io n e s d e la s le y e s d e l I m p e r io . —Tendré especial satisfacción en ser­
Anublóse al oir esto el plácido roBtro vir a la noble Fabiola y a su ilustre pa­
del buen anciano, y una lágrima rodó dre—repuso el joven.
por sus mejillas recordando que tam­ —¿Asi, pues, los conoces?—pregun­
bién San Pablo habla sido, como él, per­ tó el ex prefecto, gratamente sorpren­
seguidor de la Iglesia de Jesucristo. Fa­ dido.
biola notó su aflicción, y añadió con — Siendo muy joven, tuve el honor
tono afectuoso: de servir en Asia al noble Fabio. Una
—Perdona, querido amigo, si he di­ enfermedad me obligó a abandonar su
cho algo que despierte recuerdos nada servicio.
gratos a tu bondadoso corazón ; perdó­ Había sobre la mesa varias hojas de
name y hablemos de otra cosa. Uno de vitela fina, todas del mismo tamaño,
los motivos de mi visita era preguntarte dispuestas, sin duda, para la copia de
bí sabías de alguien que salga pronto algún libro. Tomó el buen anciano una
para Boma y pueda llevar una carta a de ellas y la puso, con tinta y caña, de­
mi padre : por diferentes conductos he lante de Fabiola, que escribió a su pa­
sabido lo de su proyectado viaje y quie­ dre pocas pero cariñosas líneas. Dobló
ro escribirle (1), no sea que, para evi­ luego la vitela, ató alrededor un hilo,
tarme el dolor de la separación, se mar­ puso sobre éste un pedacito de cera e
che sin despedirse de mí, como lo hizo imprimió en ella su sello, que sacó de
la última vez. una bolsa delicadamente bordada. De­
—Sí, precisamente hay un joven que seosa al mismo tiempo de recompensar
ha de salir mañana muy de madrugada al portador, cuando hubiese ocasión, es­
para la ciudad ; ven a la biblioteca, don­ cribió el nombre y las señas de Tor­
de podrás escribir y hallarás quizá al cuato en otra vitela, y, plegándola del
portador. mismo modo, la guardó cuidadosamen­
Volvieron a la quinta y entraron en te en su seno. Aceptó luego un ligero
una habitación de la planta baja que es­ refrigerio que le ofreció Cromacio, su­
taba llena de estantes con libros. Sen­ bió a su coche y se despidió afectuosa­
tado ante una mesa que había en el mente del anciano, en cuyas paterna­
centro, se encontraba un joven que co­ les miradas había algo que delataba el
piaba un voluminoso libro y lo cerró y presentimiento de que no había de vol­
puso aparte al ver entrar a una persona ver a verla. Así lo pensó Fabiola, pero
extraña. otro sentimiento muy distinto era el
—Torcuato— le dijo Cromacio,—esta que* en aquel momento, agitaba el co­
razón de Cromacio. ¿ Debía la bella jo­
ven permanecer siempre en su actual
(1) En aquellos tiempos no existía aún el estado? ¿Debía dejarla continuar en su
servicio de correos, y el que deseaba mandar obstinada ignorancia? ¿ Su generoso co­
alguna carta tenía que hacerlo por medio de
propios, o «perar alguna coyuntura. razón y bu elevada inteligencia—se de-
0g C A R D E N A L N IC O LÁ S W IS E M A N

cfa—se han de arrastrar en el lodo del trar un medio de trasladarme a Boma


miserable paganismo, cuando el uno, a poca costa, y emplearé algunos días
por la delicadeza de sua sentimientos, y en el camino.
la otra, por las brillantes dotes de que Fabiola vaciló un instante, y al fin
está enriquecida, podrían levantar a la dijo:
verdad el más bello monumento? «Esto —¿Sería tomarme demasiada liber­
no puede Ber—continuaba diciéndose; tad si ofreciera pagar los gastos de un
—esto no debe ser.» Y, sin embargo, viaje más rápido?
mil motivos detenían en sus labios una —De nigún modo—contestó vivamen­
declaración que, necesariamente, había te Torcuato,—puesto que ha de redun­
de ser por entonces rechazada, sirvien­ dar en el mejor servicio de tu noble
do sólo para alejarla más de la verda­ casa.
dera fe. Fabiola le entregó una bolsa con di­
— A d ió s , h ija m ía — e x c la m ó .— El te nero suficiente no sólo para los gastos
b e n d ig a y c o n d u z c a t u s paBOB p o r la s de viaje sino para que se pudiese dar
sen da s que no c o n o c e s to d a v ía . por recompensado con largueza. Beci-
Al decir esto, estrechó la mano de Fa­ bióla Torcuato con inequívocas mues­
biola ; pero no pudiendo disimular su tras de satisfacción y desapareció por
honda emoción, volvió rápidamente el una de los alamedas laterales. Había al­
rostro y desapareció. También se sin­ go en sus maneras que produjo en Fa­
tió conmovida la joven, tanto por el to­ biola una impresión desagradable; así
no misterioso como por la ternura que es que no pudo por menos de penBar
envolvían las palabras del anciano. Iba que la compañía de semejante indivi­
pensando en ellas, cuando, de pron­ duo era poco a propósito para su viejo
to, al llegar a la puerta del cercado, vió y querido amigo Cromacio. Si éBte hu­
que Torcuato detenía su carruaje. La biese presenciado el hecho, de seguro
impresionó no poco el notable contras­ hubiera recordado a Judas al ver el an­
te que observaba entre los modales fran­ sia con que el joven agarró la bolsa. Fa­
cos y casi familiares, pero respetuosos, biola no estaba, sin embargo, pesarosa
del joven, y la dulce gravedad mezcla­ de haber satisfecho y de una vez por
da de benevolencia del anciano ex pre­ todas, mediante una cantidad de dinero,
fecto. la deuda que pudiese haber contraído
—Perdona que te detenga en el ca­ con su mensajero; por tanto, sacó del
mino, señora—dijo Torcuato ;—quisie­ pecho ei pergamino en que había apun­
ra saber si deseas que esta carta sea en­ tado las señas de Torcuato, y se dispo­
tregada cuanto antes. nía a romperlo cuando notó que el otro
—Ciertamente, quisiera que llegase lado de la hoja estaba escrito, como si
a manos de mi padre lo más pronto po­ el copista del libro que ella había visto
sible. poner aparte, hubiérase puesto a conti­
—Entonces temo no poder servirte nuar en ella su interrumpida'tarea. Só­
como sería mi deseo, porque habré de lo habían sido escritas algunas senten­
hacer el viaje a pie, a menos de encon­ cias, y las leyó. Y por primera vez en
RABIOLA O L A IG L E S IA DE L A S CATACUM BAS 89

su vida dió con palabras como laa que imposibles de comprender para mi co­
siguen, tomadas de un libro para ella mo fáciles, al parecer, para ella. Mi es­
desconocido : píritu necesita descanso ; el mejor modo
«Pero yo os digo: amad a vuestros de conseguirlo es deshacerme de la cau­
enemigos ; haced bien a los que os abo­ sa de mi incertidumbre, y asi olvidaré
rrecen, y rogad por los que os calum­ sub desoladoras palabras. Abandoné­
nian y persiguen. Para que seáis hijos mosle, pues, al viento, para que al­
de vuestro Padre que está en los cielos, guien que pase por el camino lo recoja
el cual hace que salga el sol sobre los y se entretenga descifrando el enigma...
buenos y los malos y llueva sobre los ¿Pero qué be hecho?... Formio, detén
justos y los pecadores» (1). el carruaje y recógeme una hoja de per­
Imaginémonos el asombro de un al­ gamino que se me ha caído.
deano indio que ha recogido del cauco Obedeció el cochero, aunque creyó
de un arroyo un guijarro blanco y trans­ ver que Fabiola había arrojado la hoja
parente, áspero e informe por la super­ de intento» y ésta la guardó de nuevo
ficie, pero que arroja chispas de luz por en su pecho, para que le sirviese de es­
donde está descantillado, y no sabe si cudo a su corazón, que desde aquel mo­
posee un espléndido diamante o una pie­ mento empezó a sosegarse; y cuando
dra sin valor, una cosa digna de ser llegó a su casa estaba completamente
colocada en la corona de un rey o sólo tranquilo.
de que la pisotee el pie de un mendigo.
¿Acabará, al fin, por arrojar el guijarro
lejos de sí o lo llevará a un lapidario
para que lo evalúe, exponiéndose a que
se rían de él ? Tal era la perplejidad de
Fabiola mientras se dirigía a su quinta. XVIII
—¿ De quién pueden ser estas senten­
cias?—se decía. — Indudablemente no LA TENTACIÓN
son de filósofo alguno griego o romano,
O son muy falsas o muy verdaderas; o
de una moralidad sublime o de una de­ A la madrugada del día siguiente, es­
gradación abominable. ¿Practicará al­ taban ya a la puerta de la quinta de
guien esta doctrina o no será más que Cromacio una muía con su conductor.
una soberbia paradoja? No quiero fati­ Sobre ella había dos alforjas que con­
g a r m e más pensando en esto ; consul­ tenían todo lo perteneciente a Torcua-
taré acerca de él a Syra, pues tiene mu­ to. Muchos de sus amigos habían ma­
cha semejanza con sus hermosas pero drugado para despedirle y recibir de él
impracticables teorías. Pero n o ; no es el ósculo de paz antes de su partida,
eBto lo que debo hacer ; Syra me abru­ i Dios quiera que no sea este beso como
ma con sus Bublimes c o n c e p to B , tan el de Gethsemaní! Decíanle unos, en
voz muy queda, las palabras más dul­
(l) $ * » Mateo, V, 44. ces y cariñosas exhortándole a perma-
00 C AB D E N A L N IC O L Á S WISEMAN

necer fiel a la gracia que había recibi­ pleta bolsa que le había entregado Fa­
do ; otros, compadecidos de su pobreza, biola.
le ponían algún regalito en la mano, El camino que seguía nuestro viaje­
rogándole que no volviese a sus guari­ ro ofrecía variada y bella perspectiva.
das de otro tiempo ni a sus antiguas re­ Corría durante algún tiempo a orillas
laciones. Policarpo, director espiritual del Liris, a las que daban vida y ale­
de la comunidad, le llevó aparte, y, con gría multitud de quintas y casa rústi­
frases ardientes y abundantes lágrimas, cas ; perdíase otras veces en los peque­
le rogó que corrigiese las faltas que se ños valles formados al pie de los Ape­
habían notado en su conducta, faltas ninos, donde pasaba entre rocas ma­
de poca monta, pero no menos temi­ tizadas de mirto, áloes y vides silves­
bles ; le instó a que reprimiese la lige­ tres, en medio de las cuales destaca­
reza con que de ordinario obraba y que ban cabras que por su blancura seme­
practicase las virtudes cristianas. Tor­ jaban grandes montones de nieve, mien­
cuato, también con los ojos arrasados tras a un lado murmuraba bullicioso
en lágrimas, prometió obedecerle, arro­ un pequeño arroyo que parecía darse
aires de torrente : tal era el ruido y es­
dillóse luego, besó la mano del buen sa^
truendo con que descendía y la espu­
cerdote, recibió su bendición y después
ma que arrojaba al formar cascadas en­
varias cartas de recomendación y una
tre las piedras y caer en un abismo ocul­
modesta suma en metálico para sus mo­
to bajo una ancha hoja de acanto. Sa­
derados gastos.
lía luego el camino a gozar de la vasta
Listo ya todo, se pronunció el úl­
perspectiva de los frondosos jardines de
timo adiós de despedida y eL último
la Campania y la azulada bahía de Gae-
«buen viaje», y Torcuato, jinete ya so­
ta, que los cerraba por la espalda, Bal-
bre su muía, que el guía conducía por
picada de las blancas velas de las naves
la brida, adelantó lentamente por la
que, vistas a distancia, parecían ban­
recta alameda que iba a parar a la puer­
dadas de gaviotas que estaban asoleán­
ta. Tiempo hacía ya que habían vuelto dose y flotando sobre un lago,
a entrar todos en la quinta cuando Cro­ ¿Cuáles eran los pensamientos del
macio, en pie en el umbral, le seguía viajero entre esas variadas escenas del
aún con sus ojos húmedos, como segui­ nuevo acto del drama de su vida? ¿Le
ría al hijo pródigo su padre en el mo­ divertían? ¿L e deleitaban? ¿L e eleva­
mento de la partida. ban o le oprimían? Apenas se habían
No estaba la quinta en el camino detenido en ellas. Tenía los ojos fijos
real, y por eso se había alquilado para más allá y creía verse transportado a
Torcuato una modesta cabalgadura pa­ los sombríos pórticos y tumultuosas ca­
ra que le condujese a Fundi (hoy Fon- lles de Boma. Los jardines llenos de
di), como el lugar más inmediato a la polvo, las fuentes artificiales, los ba­
carretera, y donde se proveería de lo ños de mármol y las pintadas bóvedas
necesario para continuar el viaje, cosa, eran más hermosas para él que los fres­
en verdad, nada difícil llevando la re­ cos pámpanos del otoño, el cristalino
FA BIO LA O LA IG L E S IA DE L A S CATACUM BAS 91
arroyuelo, el verde mar y el azulado quemarse! |Pobre mariposa, se imagi­
firmamento. Entonces, por supuesto, naba que podía revolotear junto a la
no pensaba en los obscenos hechos, en llama sin quemarse las alas!
las impías costumbres de la corte im­ Absorto en estos pensamientos iba
perial, ni en su proceder impío, ni en caminando por un alto y estrecho des­
sus disipaciones ni impurezas. ¡ Oh, filadero, cuando se halló de improviso
no! ¿Qué relación podían tener todas ante una ensenada, y vió en las aguas
estas cosas con un cristiano? Cuando del mar un esquife inmóvil y solitario.
se dejaba, sin embargo, llevar de la Trájole al punto a su memoria un c u e n ­
imaginación, veía, en algún rincón de to que, fuera verdadero o falso, había
unas de las Termas, una mesa, y en bu oído en su niñez y se figuró que tenía
alrededor una turba de desconocidos la escena ante bus ojos.
pero embriagados jugadores que hacían Vivía en otro tiempo en las costas de
rodar los dados formados de tabas o la Italia meridional un pescador joven
coyunturas de huesos, y sentíase en­ y arrojado. Una noche obscura y tem­
tonces trémulo y afanoso por gozar de pestuosa, viendo que ni su padre ni sus
un placer que durante tanto tiempo le hermanos se atrevían a lanzarse en su
había estado prohibido ; mas, de repen­ grande y bien construida barca, deter­
te, veía asomar, por detrás de la me­ minóse a ir solo en el frágil bote que la
sa, dos ojos dulces como los de Poli- seguía, desoyendo las más cuerdas re­
carpo y se detenía al punto. Transpor­ flexiones. Soplaba un viento recio, pero
tábale otras veces bu fantasía al medio lo resistió sin atemorizarse, con su dé­
de un festín, y veíase sentado ante una bil barquichuelo, hasta que salió el sol
mesa de alerce con un vaso en el que derramando bus claros y ardientes rar-
brillaba como el rubí el vino de Faler- yos sobre las ya apacibles y cristalinas
no ; y, dominado ya por la embriaguez, olas. Hendido de calor y de cansancio
cantaba y discurría, dando vueltas oon se durmió tranquilamente, pero a poco
la copa en la mano, cuando le parecía le despertaron unos gritos que resona­
tener delante el austero rostro de Cro­ ban a lo lejos- Miró a su alrededor y
macio, prohibiéndole, con el ceño frun­ vió la barca de su familia, cuya tripu­
cido, que tomase parte en la orgía. lación estaba dando voces y le hacía
Acordábase momentos después única­ señas para que retrocediese, pero sin
mente de los inocentes recreos de la que hiciera el menor esfuerzo para al­
ciudad imperial, de sus paseos, sus mú­ canzarle. ¿Qué le querían? ¿Qué signi­
sicas, sus pinturas, su magnificencia y ficaban aquellas señales? Cogió los re­
sus bellezas; empero olvidaba que to­ mos y empezó a bogar con todas sus
das estas coeas no eran sino incentivos fuerzas hacia la embarcación ; pero que­
para encender las pasiones e inflamar dóse asombrado al observar que, no
los malos deseos, su codicia y su ambi­ obstante dirigir hacia ella la proa de
ción, y detener las buenas resolucio­ su esquife, se le presentaba de popa:
nes. j Pobre joven, llegaba a suponer en vano miraba de nuevo; siempre la
que podría pasar ¿ través del fuego sin dejaba al lado opuesto. Había descri-
02 C AR D E N AL N ICO LÁS W IB E lfA N

to evidentemente un círculo y comen­ rando y murmurando contra la taca­


zaba a hacer otro aún más pequeño. ñería del viajero. Torcuato preguntó en
Asaltóle una idea terrible, despojóse de seguida por las señas de la casa de Ca­
la túnica y se arrojó frenético a sus re­ siano, el maestro de escuela, a quien
moa. Pudo, en uno que otro punto, encontró en ella y le entregó la carta.
romper el círculo; mas, arrastrado co­ Fué recibido con la misma cordialidad
mo por una fuerza invisible, volvió a que si se tratase de un miembro de la
entrar en él, lanzando de nuevo al cen­ familia, y mientras participaba de la
tro, donde descubría un remolino de frugal comida de bu huésped, le refi­
agua agitada y espumosa. Desesperado rió éste su historia, que era la si­
ya, soltó los remos y, puesto en pie, ex­ guiente ;
tendió los brazos y batió palmas con Natural de Fundi, Casiano había
fuerza. Un ave marina pasó entonces puesto una escuela en Roma (donde le
sobre su cabeza y le dejó oir entre sus conocimos al comienzo de esta histo­
gritos el nombres de / Carybdis! (1). ria) y con la cual había hecho algunas
Ya el círculo que el bote recorría era economías ; mas conociendo que se ave­
poco más ancho que el bote mismo, y cinaba una persecución y siendo públi­
el desgraciado Be dejó caer en el fondo cas sus creencias religiosas, cedió su es­
de su frágil embarcación, tapóse los oí­ cuela y se retiró a su país natal, don­
dos, cerró Iob ojos y, conteniendo el de tenía ya prometido que, después de
aliento, sintió arremolinarse las olas, las vacaciones, se le confiaría la ins­
arrastrándole al fondo del abismo. trucción de los hijos de los principales
—¿ Será cierto — se dijo Torcuato — vecinos. Como en cada cristiano sólo
que ha perecido alguien de esta mane­ veía un hermano, el maestro habló lar­
ra horrible, o se tratará de una mera gamente con Torcuato de sus pasadas
alegoría? ¿Podrá uno de igual modo aventuras y de bub proyectos para el
llegar gradualmente a la completa per­ porvenir. Entonces una idea infame
dición de su alma? ¿Recorrerán acaso cruzó por la mente de Torcuato : la de
mis pensamientos de ahora otro círculo si llegaría el día que semejantes noti­
que me abrace y ...? cias le pudieran producir algún dinero.
—] Fundi 1—exclamó el guía, seña­ Era aún temprano cuando Torcuato
lando con el dedo una población ; y al se despidió de Casiano, al cual no le
poco rato la muía marchaba sobre las permitió que le acompañara, so pretex­
losas de su pavimento. to de que tenía que hacer algo en la
Examinó Torcuato las cartas de re­ ciudad. Compróse un traje más decente
comendación que llevaba, y sacó una del que llevaba, se hospedó en la mejor
que le habían dado para aquella ciudad. posada y dió orden de que se buscara un
Conducido a la posada, que era la de postillón y un buen par de caballos,
los pobres, pagó a su guía generosa­ pues para cumplir el encargo de Fa­
mente, a pesar de lo cual salió éste ju­ biola, decía él, era necesario viajar ve­
lozmente, mudar de caballos con fre­
(1) Un escollo terrible de Sicilia, cuencia y caminar día y noche. Así lo
FA BIO LA O L A IG L E S IA DE LA S C ATACU M BAS 09

hizo, en efecto, hasta llegar a Bovilla, ban escenas que no quería que presen­
en las vertientes de las colinas Alba- ciase la joven. Hombres de vida diso­
nas. Allí se detuvo, cambióse de traje luta se sentaban a su mesa y perma­
y comenzó a andar alegremente por en­ necían en ella repitiendo las libaciones
tre las hileras de sepulcros que condu­ y conversando sobre asuntos escanda­
cen a las puertas de la ciudad que en­ losos o entregados a ruinosos juegos
cerraba dentro de sus muros más vir­ hasta las altas horas de la noche en
tudes y vicios que cualquiera provincia que, por lo general, terminaban sus es­
del Imperio. pléndidos banquetes.
Como había convidado a cenar a Tor­
cuato, salió en busca de otros huéspe­
des que le acompañaran. No tuvo mu­
cho que andar para encontrar una tur­
XIX ba de parásitos, que paseaban por los
sitios que él acostumbraba frecuentar
LA CAÍDA
y que se hacían los encontradizos para
tener ocasión de ser convidados. Vol­
Vestido con elegancia, Torcuato se vía ya a su casa, desde los baños de Ti­
dirigió en seguida a la morada de Fa­ to, cuando, en un pequeño bosque si­
bio, a quien entregó la carta, contes­ tuado alrededor de un templo, vió a
tó a las preguntas que le hizo y, sin dos hombres que conversaban grave­
hacerse mucho rogar, aceptó la invita­ mente. Fabio los contempló un instan­
ción de cenar con él aquella misma no­ te y después se dirigió hacia ellos ; mas
che. Fué luego a buscar cómodo aloja­ se detuvo a prudente distancia, espe­
miento, que correspondiese a su posi­ rando una pausa del diálogo que le per­
ción actual, y encontró, al fin, uno a mitiese acercarse más y realizar su in­
su guato. tento.
Hemos dicho ya que Fabio no acom­ -—¿No cabe, pues, la menor duda res­
pañó al campo a su hija y que la visi­ pecto a esas noticias?—preguntaba uno
taba sólo de tarde en tarde. La cau­ de ellos.
sa de esto era que no sentía mucha pa­ —Ninguna. Es rigurosamente cierto
sión por los verdes campos y los cris­ que el pueblo se ha amotinado en Nico-
talinos arroyuelos, sino que gustaba so­ media e incendiado eso que llaman igle­
bremanera de la frívola charla y de las sia los cristianos, que estaba situada na­
libres costumbres de la sociedad roma­ da menos que enfrente del palacio. Mi
na. Durante el año, la presencia de Fa­ padre lo ha oído eBta mañana de boca
biola era para él un verdadero freno; del mismo secretario del emperador.
pero cuando ésta se marchaba a su ca­ —¿Qué idea han tenido esos locos
sa de campo de la Campania, frecuen­ cristianos de edificar un templo en uno
taban su morada personas que jamás hu­ de los sitios más públicos de la metró­
biera permitido que se pusiesen en re­ poli? ¿No se hacían cargo que, más
laciones con bu hija, y se representa­ tarde o más temprano, el espíritu reli-
94 C AR D E N A L N IC O LA S W IS E M A N

gioao se levantaría contra ellos y con­ Corvino — añadió señalando al joven,


cluiría con ese insultante espectáculo, que saludó de un modo extraño,—se
que forzosamente había de ofender al dignará también acompañarnos.
Imperio, como toda manifestación do —Gracias — repuso Fulvio, — estoy
una religión extraña? comprometido de antemano.
—Realmente, si esos cristianos tuvie­ —Esas son excusas, amigo mío—re­
ran, como dice mi padre, un poco de plicó el bonachón Fabio,—porque, ex­
juicio, se ocultarían y arrinconarían du­ cepto yo, no ha quedado nadie en la ciu­
rante el tiempo que se los tolera con dad con quien puedas cenar. ¿Hay pes­
excesiva condescendencia por parte del te en mi casa, que no te has atrevido a
más humano de los príncipes. Mas ya volver desde la noche que cenaste en
que, por el contrario, prefieren edificar compañía de Sebastián y disputaste con
sus templos en parajes públicos, en vez él ? ¿ O es que te ha ahuyentado de ella
de tenerlos, como antes, en calles soli­ algún encanto mágico?
tarias y apartadas, no me importa que Fulvio se puso intensamente pálido,
les den su merecido. Nos ofrecen oca­ y llamando aparte a su interlocutor le
sión de ganar honra y provecho persi­ dijo en voz queda:
guiendo a esa casta aborrecida, y aun — Si he de decirte la verdad, algo hay
exterminándola, de eso.
— Ciertamente. Pero volvamos a —Espero—contestó Fabio, un tanto
nuestro asunto. Es cosa convenida que desconcertado,—que no te habrá jugado
bí descubrimos cristianos entre los ri­ la esclava negra ninguna de sus malas
cos, que no sean demasiado poderosos, tretas. Deseo vivamente que salga de
por ahora a lo menos partiremos bue­ mi casa. Pero, vamos—prosiguió con
namente lo que posean. Debemos ayu­ buen humor,—¿sabes lo que creo real­
darnos el uno al otro. Tú eBtás por Los mente? Que otro hechizo más agrada­
medios bruBCOs y atrevidos, y yo no ble fué el que te hirió aquella noche :
me opongo a ellos, pero me reservo no estoy mal de la vista y noté que es­
obrar según mi carácter y temperamen­ tabas apasionado por Inés, mi joven
to ; pero no olvides que cada cual se prima.
quedará con todo el provecho de Lo que Miróle Fulvio fijamente, un tanto
descubra por si solo, y que dividire­ sorprendido de lo que acababa de oir, y
mos únicamente lo que resulte de los tras un corto silencio replicó :
descubrimientos que hagamos en co­ —Y aunque así fuera, vi a tu hija
mún. ¿N o es esto lo convenido? decidida a impedir que saliese bien de
— Exactamente. mi empresa.
Adelantóse entonces Fabio, y dijo —¿Qué me dices? ¡ Ah 1 esto me ex­
con cordial franqueza : plica el por qué no has querido volver
—¿Cómo estás, Fulvio? j Hace un si­ a mi casa. Mas Fabiola es una filóso­
glo que no te veo [ Ven a cenar conmi­ fa y no entiende de estos achaques. De­
go esta noche : tengo convidados algu-. seo vivamente que tire de una vez los
nos amigos y espero que tu compañero libros y piense en colocarse, en lugar
FA BIO LA O LA IG L E S IA DE L A S CATACUM BAS 95

de impedir que los otros lo hagan. Inés y excitadísimos. Sólo Fulvio se conser­
siente por ti tanta inclinación como tú vó sereno.
por ella. Giró la conversación sobre las noti­
—¿Es posible? ¿Cómo has podido sa­ cias de Oriente. Lia destrucción de la
berlo? iglesia de Nicomedia había sido acom­
—Tiempo ha que te lo hubiera dicho, pañada de varios incendios en el palacio
a no haberte mostrado tan huraño con­ de los emperadores. Era indudable que
migo : ella misma me lo confió. todo esto había sido obra del mismo
— ¿A ti? emperador Galeno; mas los atribuyó a
— Sí, a mí. Eaas tus joyas han con­ los cristianos incitando así a Dioclecia-
quistado por completo su corazón. Me no a que se convirtiera en uno de los
lo confesó ella misma. No me cabe du­ más fieros perseguidores de la Cruz.
da de que sólo a ti podía referirse. Todo el mundo presentía que no trans­
Fulvio entendió que su interlocutor curriría mucho tiempo sin que llegase
aludía a las joyas que solía llevar sobre a Boma el edicto para comenzar la des­
sí, mientras que Fabio se refería a las trucción y encontrase en Maximiano un
que imaginaba que Inés había recibido. instrumento decidido a ejecutarlo (1).
Persuadióse Fulvio, en consecuencia, Los convidados de Fabio estaban, ge­
de que la conquista era más fácil de neralmente, inclinados a remachar el
lo que prometía la gazmoñería de la clavo contra los cristianos, pues la ge­
doncella; veía ya en perspectiva una nerosidad con los que son objeto de las
posición y una fortuna, si sabía condu­ iras populares exige un heroísmo de
cirse con tino. que aquéllos carecían en absoluto. Aun
—Vamos — le dijo Fabio interrum­ los más humanos hallaban razones para
piendo su dorado sueño,—ya no tieneB que no se guardase a los cristianos con­
más que estrechar atrevidamente el cer­ sideración alguna. Unos no podían su­
co, y te aseguro que triunfarás, a des­ frir el misterio en que se envolvían;
pecho de Fabiola. Mas por ahora nada otros se lamentaban de sus supuestos
tienes que temer por su parte, pues es­ progresos ; éste los creía enemigos de la
tá ausente con todas sus esclavas y ce­ verdadera gloria del Imperio, y aquél
rrados sus departamentos; de manera los consideraba como un elemento ex­
que tenemos que entrar por la puerta traño que a toda costa debía ser exter­
falsa en los aposentos más agradables minado. Durante todo este debate, si
de mi palacio. así puede llamársele cuándo todos con­
—Iré sin falta»—replicó Fulvio. vienen en lo mismo, Fulvio, después de
—Y Corvino contigo—observó Fabio. haber paseado su mirada por todos los
Presentáronse todos los convidados a (1) Téngase en cuenta que, a la sazón, el
la hora señalada, y no diremos del ban­ gobierno del Imperio romano era tetrárqui-
co, esto es, tenía cuatro emperadores: dos
quete sino que corrían con la mayor (Diocleciano y Maximiano), con el titulo de
Augustos, dirigían a los otros dos, titulados
abundancia los más exquisitos vinos, de
Césares (Galerio y Constantino Clord) que go­
suerte que todos los comensales, cuál bernaban como lugartenientes de los prime­
ros, Galerio en Grecia y Tracia y Maximiano
más, cuál menos, estaban embriagados en Occidente. N, del T.
96 CAB D E N AL N ICO LÁS W IS E M A l?

comensales, la detuvo maliciosamente Torcuato dió tan tremendo puñetazo


en Torcuato. sobre la mesa que hizo entrechocar co­
El joven guardaba silencio, pero cam­ pas y botellas, al mismo tiempo que ex­
biaba a cada instante de color. El vi­ clamaba con voz ronca :
no le había prestado bríos, pero enfre­ — ¡ Eso es mentira I ¡ Una infame ca­
nábalos por miedo de cometer una im­ lumnia I
prudencia. Ya abría su mano y la apre­ —¿Cómo lo sabes, amigo?—dijo Ful­
taba contra el pecho, ya se mordía los vio con dulce tono y amable sonrisa.
labios; unas veces deshacía el pan en —Lo sé—replicó Torcuato—porque
migajas entre sub dedos, y otras apu­ soy cristiano y estoy dispuesto a morir
raba maquinalmente una copa de vino. por mi fe.
—Esos cristianos — dijo uno — nos Si la hermosa estatua de alabastro,
aborrecen y nos destruirían de buena con cabeza de bronce, situada detrás
gana si les fuera posible. de la mesa en una hornacina, se hu­
Inclinóse Torcuato hacia delante y biese caldo y hecho añicos contra el pa­
movió los labios, pero no replicó pala­ vimento de mármol, no hubiera produ­
bra. cido tan tremenda sensación como es­
— ¡ Vaya si lo harían I—apoyó otro.— ta revelación inesperada. Quedaron to­
¿N o fueron ellos, acaso, los que incen­ dos asombrados y sin despegar los la­
diaron a Boma en tiempos de Nerón? bios, hasta que, tras un largo silencio,
¿ No han prendido ahora fuego al pala­ cada cual empezó a revelar en su sem­
cio imperial en Asía? blante y en sus gestos los sentimien­
Incorporóse Torcuato en su lecho, tos que le animaban. Fabio estaba con­
extendió la mano como si fuera a re­ fuso y turbado como si a sabiendas hu­
plicar y la retiró en seguida sin decir biese pu eB to a sus comensales en tan
nada. odiosa compañía. Calpurnio estaba rojo
—Lo infinitamente peor—añadió un de cólera, creyéndose verdaderamente
tercero, — es que sustenten doctrinas ofendido por haber allí un huésped a
tan antisociales, que toleren excesos tan quien pudiera suponerse que sabía más
abominables y se hayan degradado has­ que él acerca de los cristianos. Un jo­
ta el punto de adorar la cabeza de un ven, con la boca abierta, miraba sin
asno. pestañear a Torcuato, mientras un vie­
Torcuato no podía dominar más bu jo irascible vacilaba, evidentemente,
despecho y tenía levantado el brazo entre descargar sus iras sobre cualquie­
cuando Fulvio, midiendo fríamente el ra de los que tenía a sus lados o sobre
tiempo y las palabras, repuso con el algún objeto de los que le rodeaban.
mayor sarcasmo: Corvino miraba al pobre cristiano con
— Sí, y degüellan en cada una de sus la salvaje fruición con que un campe­
reuniones un niño y devoran su carne y sino ve preso en su trampa al animal
beben bu sangre (1 ). largo tiempo perseguido. Tenía frente
a él a un hombre a quien podía pren­
(1) Tal era la idea que los pagano» se
habían formado de la Sanísima Eucaristía. der fácilmente, ponerlo en el tormento
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 97
o asarle en las parrillas, Begún le pin- nuevamente excitado. — Moriré al pie
guiese. Lia mirada de Fulvio, empero, de mi bandera.
valía por todas. Si un observador aten­ —j Silencio, silencio I — dijo Fulvio
to ha tenido alguna vez oportunidad de interrumpiéndole.—Los esclavos te pue­
examinar la mirada de la araña que den oir y venderte. Yen conmigo a otro
después de prolongado ayuno ve aproxi­ aposento y allí podremos hablar dete­
marse a su fina y delgada tela una mos­ nidamente y sin temor.
ca repleta de la sangre ajena, y cómo Diciendo esto, lo condujo a una sala
sigue con avidez cada movimiento de elegante, donde Fabio había dispuesto
sus alas, estudiando la manera de echar­ que llevasen copas y botellas del más ge­
le alrededor el primer hilo, Begura de neroso vino de Falerno para los que,
que entonces no se le podrá escapar, conforme a la moda romana, quisieran
sólo el que haya hecho esa observación, gozar de una comessatio o reunión de
es el que se formará idea exacta de las bebedores. Pero sólo lo siguió Corvino,
a instancia de Fulvio.
miradas de Fulvio y de sus intenciones.
Apoderarse de un cristiano, que pudie­ Sobre una mesa con hermosas ia-
ra ser traidor, habla sido por largo crustaciones, se velan unos dados. Ful­
tiempo el objeto de sus deseos y de sus vio, después de haber hecho apurar a
trabajos. Allí tenía indudablemente uno Torcuato Bendas copas de licor, tomó
los dados varias veces y los echó como
que no se le escaparía, con tal que su­
al descuido, hablando al mismo tiem­
piese manejarlo con tino. ¿Cómo po­
po sobre asuntos de escaso interéB.
dría, sin embargo, conocerlo? Sabia
— ¡ Por Júpiter! — exclamó. — ¡ Qué
muy bien lo que eran los cristianos pa­
suerte la mía I ¡ Qué jugadas! Afortu­
ra estar convencido de que uno que lo
nadamente no me he puesto a probar
fuera de veras, ni habría consentido en
fortuna esta noche, pues me hubiera
beber con exceso, ni se hubiera jactado
arruinado. Si quieres, Torcuato, ensa­
imprudentemente de estar dispuesto a
yaremos algunas jugadas.
sufrir el martirio.
Conforme hemos indicado en otro lu­
Disolvióse luego la reunión. Todos gar, el juego habla sido antes la ruina
fueron apartándose del descubierto cris­ de Torcuato. Por una disputa promovi­
tiano como de un hombre atacado de da mientras jugaba, Be hallaba en las
peste. Torcuato, entretanto, sentíase prisiones donde lo convirtió Sebastián.
agobiado y abatido cuando Fulvio, que En cuanto tomó los dados, sin inten­
habla murmurado algunas frases a los ción de jugar, según él mismo pensaba,
oídos de Fabio y de Corvino, se acercó Fulvio comenzó a observarle como un
a él y estrechándole la mano le dijo lince a su presa. Brillaron vivamente
con la mayor cortesía: en aquel momento los ojos de Torcua­
—Temo haber hablado inconsidera­ to, estremeciéronse sus labios y tembló
damente arrancándote una confesión su mano. Reconoció Fulvio en todo es­
que te puede comprometer. to, asi como en la manera de manejar
—Estoy tranquilo—replicó Torcuato, los dados, en el diestro movimiento de
t a b i o l a .— 7
98 C AR D E N A L N ICO LAS W IS E M A N

la muñeca y en la rapidez con que de Conoció que esto era lo que deseaba
una ojeada parecía conocer la exten­ saber su amigo, y así logró aquietarle.
sión y el valor de La tirada, reconoció, Torcuato respondió :
decimos, la fuerza de una primera ten­ —Vive... dejadme que lo recuerde...
tación para volver a un vicio al que ha- No, n o ; no quiero ser traidor. Prefie­
bía renunciado. ro ser quemado vivo, sufrir el tormen­
—Me parece qu© tienes mejor mano to y morir por mi fe a vender a nadie.
que yo en este estúpido juego—dijo Ful­ — Déjame ocupar tu puesto, Corvino
vio con indiferencia;—pero me atrevo —dijo Fulvio, viendo el interés con que
a asegurar que tendrías en Corvino un jugaba Torcuato.
digno rival, sin arriesgar, por supues­ Desplegó entonces la habilidad sufi­
to, grandes cantidades. ciente para avivar la atención de bu
—Muy pequeñas han de ser—replicó competidor, poniéndole más en guardia.
Torcuato,—Jugaré meramente por pa­ Luego arriesgó una cantidad mayor.
satiempo, porque he renunciado a este Torcuato vaciló un instante, pero acep­
vicio. En otro tiempo es verdad,., pero tó el envite : ganó, y Fulvio pareció
eso no importa. mortificado. Torcuato retiró ambas can­
Empezaron a jugar, cantidades insig­ tidades y Fulvio, fingiendo que titutea-
nificantes y ganaba, generalmente, ba, colocó otra suma semejante y vol­
Torcuato que, como seguía bebiendo, vió a perderla. El juego continuó des­
a instancias de Fulvio, se iba haciendo de entonces en el mayor silencio, per­
por momentos más locuaz. diendo y ganando alternativamente uno
— Corvino, Corvino—murmuró, como y otro, pero Fulvio llevaba la ventaja
si s© tratara de coordinar sus ideas.— porque conservaba su serenidad.
¿ No fué éste el nombre que mentó Ca­ Levantó Torcuato una vez los ojos
siano? del juego y se estremeció parecióle ver
—¿Quién? — preguntó el otro, sor­ al buen Policarpo detrás de la silla de
prendido. su competidor. Frotóse los ojos y vió
— Sí, lo era—continuó Torcuato, ha­ que era Corvino que le miraba obsti­
blando consigo mismo.—¡ El bestia, el nadamente. Desplegó entonces todas
grosero Corvino 1 ¿Eres tú, acaso—aña­ bus habilidades. Conciencia no tenía y a ;

dió, mirando fijamente al joven,—el que la fe estaba vacilando y la gracia ha­


abofeteó a ese buen cristiano que se lla­ bía huido y a de él, porque el demonio
ma Pancracio? de la avaricia, del robo, de la desho­
Corvino estaba a punto de estallar nestidad, de la negligencia, había vuel­
en ira, pero le contuvo Fulvio con un to a su purificada pero mal custodiada
gesto y dijo, variando el tema de la alma, con otros siete demonios peores
conversación: que él mismo; y no bien habían entra­
—Ese Casiano a quien acabas de do en ella, cuando todo lo santo y bue­
nombrar es un eminente maestro de es­ no había desaparecido.
cuela, y me gustaría saber dónde vive Al fin, habiendo caldo a consecuen­
ahora. cia de repetidas pérdidas y libaciones,
FABIO LA O L A IG L E S IA DE L A S C ATACUM BAS 99

en una especie de frenesí, después de abrigar el consuelo d© que te veneren


haber ido apurando la bolsa que le en­ los tuyos como a uno de sus mártires.
tregó Fabiola, arrojó sobre la mesa la Eres un hipócrita y nada más, Torcuato.
bolsa misma. Abrióla Fulvio con la ma­ —¿Quién me está atormentando así?
yor sangre fría, la vació, contó el di­ —exclamó éste, levantando los ojos.
nero y puso enfrente un montón igual Fulvio estaba enfrente de él en pie
de monedas de oro. Uno y otro estaban y con Iob brazos cruzados sobre el pe­
preparados para la jugada decisiva. Los cho.
fatales dados cayeron y cada cual contó
—Y aunque todo esto sea cierto, ¿qué
sus tantos en silencio. Recogió Fulvio
te importa?—continuó.—¿Qué tienes
el dinero y Torcuato ocultóse el rostro
que decirme?
entre las manos apoyadas en la mesa.
Su competidor hizo seña a Corvino de — Mucho más de lo que te imaginas,
que saliese de la estancia. Torcuato. Estás completamente en mi
Golpeaba Torcuato el suelo con los poder: te has entregado tú mismo.
pies, gemía, murmuraba, rechinaba los Soy dueño de tu dinero — añadió Ful­
dientes y se mesaba los cabellos con ra­ vio, mostrándole la bolsa de Fabiola,
bia. Entonces una voz le susurró al oí­ — de tu reputación, de tu paz y de
d o : «¿Eres cristiano?! ¿De cuál de tu vida. Con decir a tus compañeros
los Biete espíritus serla esta voz? Del los cristianos lo que has hecho, lo que
peor, seguramente. has dicho y lo que has sido esta noche,
— Deja toda esperanza—continuó la no irás, seguramente, a buscarlos. No
misma voz.—Has deshonrado tu reli­ tengo más que soltar contra ti a ese
gión y la has vendido. grosero, a eBe brutal Corvino, como lo
— ¡No, no!—murmuró con desespe­ haa llamado, que es hijo del prefecto de
ración el desgraciado. la ciudad, y nadie sino yo es capaz de
— Sí, en medio de tu embriaguez lo detenerle después de tal insulto, para
has revelado todo, o a lo menos lo bas­ evitar que comparezcas mañana ante el
tante para que te sea imposible volver tribunal de su padre y mueras por esa
a los que has vendido. religión que ha* vendido y deshonrado.
— \Apártate!—gimió el atormentado ¿Te hallas realmente dispuesto a pre­
pecador.—Todavía me perdonará Dios. sentarte ahora en el Foro y ebrio como
—¡ Silencio ! ¡ No pronuncies ese estás, sin poder tenerte en pie, soste­
nombre ! Estás degradado, eres un per­ ner que eres cristiano?
juro y tu pérdida es irremediable. Eres El desgraciado pecador no se sentía
un mendigo ; si quieres comer mañana con fuerzas para imitar al hijo pródigo
tendrás que pedir el pan de limosna. en su arrepentimiento después de ha­
Eres un proscripto, un jugador pródigo berlo seguido en el pecado. Toda espe­
y arruinado. ¿Quién te ha de amparar? ranza había muerto en su corazón, pues
¿Tus amigos los cristianos? Mas sien­ que había vuelto a caer en su vicio ca­
do cristiano, serás despedazado por el pital y apenas era sensible al remordió
más cruel de los tormentos, sin poder miento. Guardó, por lo tanto, silencio,
TOO CABDENAT. N IC O LÁ S W ISE 1ÍA N

hasta que Fulvio le excitó preguntán­ a duras penas pudo calmarlo. Tenía ya
dole : Corvino casi olvidado a Casiano, a cau­
— Vamos, has elegido ya, ¿no es cier­ sa de nuevos rencores; pero volvieron
to? ¿Te irás esta misma noche con los a encenderse sus odios y ardía en sed
cristianos, exponiéndote a los peligrOB de venganza. Prometióle Fulvio averi­
que pueden sobrevenirte, o comparece­ guar dónde residía el maestro y consi­
rás mañana ante el tribunal? ¿Qué pre­ guió así impedir que el joven tomara
fieres? medidas inmediatas y violentas.
Levantó los ojos Torcuato y, mirando Luego que despachó a Corvino, el
de hito en hito a su interlocutor, dijo cual se retiró a su casa agitado y des­
con voz apagada: contento, volvió Fulvio al lado de Tor­
— Ni una cosa ni otra. cuato, pues deseaba acompañarlo a su
— ¿Qué vas a hacer, pues?—le pre­ domicilio, para saber dónde vivía. Cuan­
guntó Fulvio dominándole con una mi­ do el asiático dejó la sala, se había le­
rada de halcón. vantado su víctima y hecho poderosos
—Lo que tú quieras—repuso Torcua­ esfuerzos para recuperar el dominio so­
to,—con tal que no sea ninguna de las bre sí mismo. Pero fué en vano, porque,
dos cosas. ya fuese por su embriaguez, ya por las
Fulvio se sentó a su lado y le dijo fuertes emociones que había experimen­
con voz dulce e insinuante : tado, sentía vértigos, y el corazón le la­
—Conformes; oye, Torcuato, lo que tía con inusitada violencia. La vergüen­
te voy a decir, y todo quedará arregla­ za, el remordimiento, el desprecio de
do. Tendrás casa y plato y dinero para sí mismo, el odio de aquellos que aca­
jugar, si obedeces mis órdenes. baban de perderlo, la desolación del
—¿Qué es lo que quieres? proscripto, la negra desesperación del
—Te levantarás mañana a la hora de réprobo, invadían su alma con ese flujo
costumbre, imitarás en lo exterior las y reflujo con que las sombrías olas Be
formas cristianas, te reunirás con tus sobreponen unas a otras. No pudiendo
amigos como si nada hubiera ocurrido, sostenerse por más tiempo en pie, de­
y luego me lo contarás todo, respondien­ jóse caer desplomado sobre un diván de
do a mis preguntas. seda, cubrió con sub heladas manos su
— ¡ Traidor, al fin !—murmuró Tor­ ardiente rostro y exhaló profundos ge­
cuato. midos. Y la sala, con todo lo que con­
— Llámalo como quieras, i Esto, o la tenía, seguía dando vueltas en su alre­
muerte! Sí, y una muerte lenta, ho­ dedor, y un rugido incesante y pavoro­
rrible. Ya oigo a Corvino que se pa­ so atronaba sus oídos.
sea con impaciencia por el patio. ¿Qué HaJlóle Fulvio en eBte estado, y al
determinas? tocarle en el hombro para que se le­
— \La muerte, no I ¡ Todo menos vantase, Torcuato se estremeció con­
eso I vulsivamente y exclamó con voz angus­
Salió Fulvio y encontró a su amigo tiosa :
ebrio y saltando de cólera, tanto, que —¿Será éste el abismod« Carlybdis?
SEGUNDA PARTE

EL eO M B A T E

cristiana a torrentes mayores y más


crecidos que los que hasta ahora han re­
gado el Paraíso de la nueva ley. La
Iglesia, siempre tranquila y previsora,
no puede desentenderse de tantos indi-
I cios de un eminente combate, ni de
los preparativos necesarios para hacer
D1ÓGENES frente al enemigo. La segunda parte
de esta nuestra historia comienza pre­
Las escenas que llevamos descritas se cisamente en el momento que la ve­
desarrollaron en uno de esos periodos de mos vestir sus armas para la lucha,
tregua, no de paz, de que gozaba la o sea en los preludios del conflicto.
Iglesia en los intervalos entre una y otra A fines de octubre, un joven a quien
persecución. En nuestros oídos han re­ ya conocemos, embozado en su capa,
sonado ya los rumores de la guerra, y los pues era ya de noche y arreciaba el
signos de su proximidad los hemos per­ frío, recorría los estrechos callejones del
cibido distintamente. El rugido de los distrito llamado Saburra, región cuyos
leones del anfiteatro, que hizo estreme­ límites y posición no están aún defini­
cer a Sebastián aunque sin acobardarlo; dos, aunque sin duda alguna se exten­
las noticias de Oriente, las indicaciones día por las inmediaciones del Foro. Co­
de Fulvio y las amenazas de Corvino, mo el vicio es con frecuencia aliado in­
todo nos ha dado a conocer que pronto separable de la. pobreza, uno y otro ha­
han de reaparecer los horrores de las llaban allí un asilo común. No parecía
persecuciones y que correrá la sangre Pancracio muy familiarizado con esta
102 C ARDEN AL N ICO LÁS W ISE M A N

parte de la ciudad, pues tuvo que dar E1 otro hijo trazaba con carbón so­
no pocos rodeos antes de entrar en la bre una tabla un tosco dibujo, que que­
calle que buscaba. Como las casas no ría representar a Jonás tragado por la
tenían número, encontrar aquella a la ballena y a Lázaro resucitando. Cuando
que él se dirigía era un problema, aun­ llegó Pancracio a la puerta estaba Dió­
que no insoluble. Buscó la que ofrecie­ genes ocupado en poner un mango nue­
se un aspecto más limpio, y llamándole vo a una azada vieja. Tan variados tra­
particularmente la atención una entre bajos en esta familia hubieran llamado
todas por su aseo y buen orden, llamó sin duda la atención a un hombre de
con fuerza a la puerta. Abrióla un an­ nuestros días, pero no al joven que iba
ciano, cuyo nombre ba figurado ya en de visita, pues sabía que pertenecía a la
nuestra historia, Diógenes. Era éste al­ honrada y religiosa clase de fossores o
to y ancho de espaldas, como el que sepultureros de los cementerios cristia­
acostumbra llevar pesadas cargas, lo nos. Diógenes era, en efecto, el jefe o
cual le hacía andar algo encorvado. Sus director de tan piadosa cofradía. Con­
cabellos eran tan blancos como la plata forme al aserto de un escritor anóni­
y le caían en rizoB por ambos lados de mo contemporáneo de San Jerónimo,
la cabeza ancha y robusta; la expre­ muchos modernos anticuarios han con­
sión de su rostro, profundamente me­ siderado a los fossores como constitu­
lancólico, formaba singular contraste yendo una de las órdenes menores de
con la gravedad de su continente. Ase­ la Iglesia primitiva, como la de Lector.
mejábase al que, habiendo vivido por Pero aun cuando esta opinión sea in­
largo tiempo entre los muertos, se sien­ sostenible, es indudable que los debe­
te feliz entre ellos. Vivían en su com­ res anejos a este cargo desempeñában­
pañía sus dos hijos Mayo y Severo, ro­ los personas nombradas y reconocidas
bustos y fornidos mocetones. Ocupába­ por la autoridad eclesiástica. El siste­
se el primero en grabar o más bien en ma uniforme que se observa en las ex­
delinear un tosco epitafio sobre una an­ cavaciones, el orden y disposición de los
tigua losa de mármol, en cuyo reverso numerosos cementerios abiertos alrede­
se veía aún la huella de una inscrip­ dor de Roma, sistema tan completo des­
ción sepulcral pagana, borrada ruda­ de su principio, que no hay prueba al­
mente por su nuevo poseedor. Miró guna positiva de que se haya verificado
Pancracio la obra y se sonrió al no ver en él mejora ni mudanza en el trans­
en ella ni una palabra bien escrita, ni curso del tiempo, nos autoriza para afir­
una frase correcta. El epitafio era como mar que estas obras venerables y sor­
sigue : prendentes fueron realizadas bajo una
misma dirección y probablemente por
Di BIArtOBA
POLLEClA QVE OftfttV 8ÍND6T D( »IAKOBA<l>
alguna corporación asociada con tal ob­
jeto, un gremio o cofradía.

(1) El joven qui*o escribir: Tk vía Nova.va.—Poliecla, que vende cebada en la calle
—Poüeela, qvce hordevm vendit in vía Nova, Nuera. (Se conserva «ata losa en el cemen­
que significa en castellano: De la calle Nue- terio de San Calixto).
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 108

Una serie de inscripciones interesan­ quiera, parécenos que hemos instruido


tes halladas en el cementerio de Sonta al lector sobre cuanto necesitaba Baber
Inés, demuestra que esta profesión era acerca de la profesión de Diógenes y
hereditaria en ciertas familias : abue­ sus dos hijos.
los, padres e hijos aparecen empleados Dejamos a Pancracio distraído en el
en la misma localidad (1). Sólo así po­ examen de los toscos ensayos de Ma­
demos comprender la grande habilidad yo, en el arte de la Clyptica (1). Lo
y uniformidad que se nota en las Ca­ primero que hizo fué dirigirle la pala­
tacumbas. Pero los fossores ejercían un bra en estos términos :
cargo más alto, o si se quiere jurisdic­ — ¿ Eres tú el que ejecuta siempre es­
ción más elevada en aquel mundo sub­ tas inscripciones?
terráneo. Aunque la Iglesia procuraba —¡ Oh, no!—respondió el artista le­
dar espacio para la sepultura de sus hi­ vantando los ojos y sonriendo,—las ha­
jos, natural era que hiciera pagar al­ go para los pobres que no pueden pa­
go a los que elegían un Bitio privilegia­ gar otra mano más hábil. Esta es pa­
do, como por ejemplo al lado del se­ ra una pobre viuda que tenía una tien-
pulcro de un mártir. Los sepultureros decita en la Vianova, y ya podrás su­
eran en este caso los encargados de fijar poner que no se habrá hecho rica, pues
el precio, que suele estar consignado en era muy honrada. No obstante, se me
las lápidas de los antiguos cementerios. ha ocurrido una idea curiosa al tallar el
La siguiente inscripción se encuentra epitafio.
en el Capitolio: —Dimela, Mayo.
—Pues es que tal vez de aquí a mil
años, o quizá más, leerán los cristianos
CMPTY AB AMlHIJIVM VMOMVM HOC BS T con reverencia mis garrapatos en la pa­
ET PtAíTtVM OforvM HILADO IMJT
■OI NOOD P U tO N TIA JtVEV FOSJ ET U Y t t N J l red, y recordarán con interés a la po­
bre anciana Pollecla y su tienda de ce­
bada, mientras que la inscripción de
Es decir : Esta es la tumba compra­ cualquiera de los emperadores que ha­
da por Artemisio para dos cadáveres, y yan perseguido a la Iglesia, no será leí­
el precio fué dado al enterrador Hila­ da ni quizás conocida.
rio, esto es, bolsas...... (2). En presen­ —Bien, pero me cueBta trabajo creer
cia de Severo el enterrador y de Lo­
que los soberbios mausoleos de los so­
renzo.
beranos puedan llegar a completa rui­
na, y que se conserve por muchos si­
Probablemente el nombre último es glos la memoria de una pobre vende­
el del testigo del comprador, y el dora de cebada. ¿Qué razón tienes pa­
primero el del vendedor. Sea como ra pensar así?
— La sencilla de que mejor transmi­
(1) Noticias suministradas por Marchi en
*u «Arquitectura de Boma Subterránea Cris­ tiría yo a la posteridad el recuerdo de
tiana». (1844).
(2) La cantidad es ininteligible y está es­
crita en cifras. (1) Grabado.
104 C A R D E N A L N ICO LAS WI8EMAN

una pobre honrada, que no el de un ri­ in s c r ip c ió n ; — a c u é r d a te ta m b ié n de


co lleno de vicios. Y mi tosco grabado m i , e n t u s p le g a r ia s , que he le íd o eBta
bien puede ser leído, cuando los arcos in s c r ip c ió n .
de triunfo hayan sido demolidos. Y, sin — Amén— contestó la piadosa fami­
embargo, está pésimamente ejecutada lia.
la inscripción, ¿no es asi? Pero Pancracio, atraído por cierta al­
— No hay que reparar en eso. Su teración que observó en la voz de Dió­
sencillez vale seguramente tanto como genes, volvió rápidamente la cabeza y
si estuviera bien escrita. ¿Qué lápida es vió al buen anciano que trabajaba vi­
aquella que está apoyada contra la pa­ gorosamente para cortar la extremidad
red? de una cañita que había introducido en
—Ah, ésa es una hermosa inscripción el mango del azadón para asegurar más
que nos han traído para colocarla; el el hierro. Pero sin duda no podía con­
grabador y el escritor, como ves, per­ seguir su objeto, quizá por impedírselo
tenecen a clase distinta. Está desti­ algún defecto en la vista, pueB se lle­
nada para el cementerio de la quinta vaba con frecuencia a Iob ojos su callo­
de la señora Inés, en la vía Nomentana. sa mano como para quitárselo.
Creo que está dedicada a la memoria de —¿Qué te pasa, mi buen amigo?—di­
un niño muy querido, cuya muerte ha jo el joven bondadosamente.—¿Te ha
causado suma aflicción a sus virtuosos conmovido, por ventura el epitafio del
padres. joven Dionisio?
Tomó Pancracio una luz, y a su favor —No es precisamente el epitafio lo
leyó lo siguiente, escrito en caracteres que me conmueve, sino que me recuer­
griegos : da tanto lo que ha pasado y me pre­
senta vivamente lo que ha de ocurrir
que, lo confieso, me hallo casi sin fuer­
AIOÑYCIOCNHTIIOCI zas para pensar en unas y otras cosas.
—¿Qué pensamientos sen eaos que
TCU€TATÍ»NA J
le atormentan, Diógenes?*
ntuMUNWfécefc J
— Llevar en brazos a un buen niño
keKAlHU&íKeVW l
como Dionisio, envuelto en su sudario,
perfumado con aromas, y depositarlo
en su sepulcro es cosa bien sencilla que
cualquiera puede sobrellevar, querido
Pancracio. Sus padres le llorarán, pe­
Esto es : Aqui descansa entre los ro su tránsito del dolor al consuelo será
Santos el inocente niño Dionisio. Acuér­ muy breve. Cosa es muy diferente y se
date en tus oraciones del que ha escri­ necesita un corazón como el mío endu­
to y del que ha grabado este epitafio. recido por la costumbre (y el buen an­
ciano volvió a restregarse los ojos con el
—Querido y venturoso niño—conti­ dorso de su mano), para recoger apre­
nuó Pancracio, cuando hubo leído la suradamente las desgarradas carnes y
FABIO LA O LA IG L E S IA DE L A S CATACUM BAS 105
los rotos miembros de otro joven como escribiste—añadió sacando un pergami­
éste, y envolverlos con rapidez en una no de entre otros muchos.
pobre mortaja, cubrirlos con otra sá­ — Lo recuerdo perfectamente — dijo
bana llena de cal en vez de esencias, Pancracio, examinándolo y leyéndolo
y con precipitación depositarlos en su tal como las transcribimos a continua­
tumba (1). ¡ Cuán de otro modo quisie­ ción sin corregir más que los errores
ra uno tratar el cuerpo de un mártir! de ortografía, no los de gramática :
—Verdad es, Diógenes; pero un ofi­
cial valiente, prefiere la tumba del sol­
aeuo fabo hktvto
dado en el campo de batalla, al mejor FILIO PIIUIMO Pm N
1 » FEWPNT QVWl
cincelado sarcófago en la Vía Apia. ¿ Pe­ WT ANrtt s XVII MENS
ro Eon frecuentes en los tiempos de per­ vil
secución esas escenas?
— Sí, por cierto, mi buen Beñor. Es­
toy seguro que un joven piadoso como A Elio Fabio Rtttituto, su muy pia­
tú habrá visitado en su aniversario la doso hijo, sus padres erigieron (este se­
tumba de Bestituto en el cementerio de pulcro). Vivió 18 años y 7 meses. E n
Hermes. paz.
—Ciertamente, y no pocas veces le
he envidiado su temprano martirio. ¿L o Pancracio continuó :
enterraste tú? — ¡ Qué gloria para este joven haber
— S í; y sué padres le mandaron ha­ confesado a Jesucristo en tan tierna
cer un hermoso sepulcro ; el arcotolium edad 1
de su cripta (2). Mi padre y yo lo cons­ — Así es la verdad—replicó el ancia­
truimos con seis losas de mármol que no ;—pero me atrevería a segurar que
recogimos apresuradamente, y yo gra­ has creído siempre que reposa su cuer­
bó la inscripción que ahora se lee en él, po solo en su sepultura. Así se deduce
y estoy seguro de que entonces traba-- de la inscripción.
jaba yo mejor que mi hijo Mayo—aña­ —Cierto, así -o he creído siempre.
dió el anciano algo más alegre y ani­ ¿Estaré quizá engañado?
mado. — Sí, noble Pancracio; descansa a su
—No es alabarte mucho, padre—re­ lado un compañero todavía más joven.
plicó au hijo también sonriéndose,—que Ibamos a cerrar el sepulcro de Besti­
aquí está la copia de la inscripción que tuto cuando nos trajeron el cuerpo de
un muchacho que apenas tendría doce
(1) En el oemenerio de Santa Inés, se han o trece años, j Oh ! no olvidaré jamás el
encontrado en las tumbas pedazos de cal, que
ínodelaban perfectamente las diferentes par- espectáculo. Le habían colgado sobre
fes del cuerpo, con la impresión de »tia tela una hoguera, y su cabeza, tronco del
interior más fina, y de otra más basta exte­
rior. Teruliano observa que «los árabes y sa­ cuerpo y miembros, hasta los huesos,
beos, conocen muy bien que los cristianos con­ habían sido abrasados por las llamas,
sumen cada ano para sus difunto* más que
los paganos para sos dioses». y había quedado tan desfigurado que era
(2) Detos términos se explicarán más ade­
lante imposible reconocer ninguna de sus fac­
106 C AR D E N A L N IC O LÁ S W I3E M A N

ciones. ¡ Pobrecito hermano! [ Qué para hablar acerca del arreglo de los ce­
muerte tan horrible ! Pero, ¿a qué com­ menterios en vista de la persecución
padecerle? Ahora bien, como nos falta­ que nos amenaza. El Santo Padre irá
ba tiempo y supusimos que al joven allí también con los presbíteros de las
de diez y ocho años no repugnaría dar iglesias titulares, los diáconos regiona-
un lado de su sepultura al soldado de rios, los notarios, cuyo número está ya
doce, su compañero, antes bien lo reci­ completo, y tú, como cabeza de los fos-
biría gustoso como a su hermano me­ sores, a fin de obrar todos de concierto.
nor, lo depositamos a los pies de Elio ■—No faltaré, Pancracio—replicó Dió­
Fabio. Pero no teníamos una redoma genes.
llena de sangre para indicar que yacía —Pues ahora—replicó el joven—qui­
allí un segundo mártir, porque el fue­ siera pedirte un favor.
go había consumido toda la que circu­ —¿Un favor?—preguntó el anciano
laba por sus venas (1). sorprendido.
—Noble muchacho; si el primero era — S í; supongo que tendrás que em­
mayor, el segundo era más joven que pezar inmediatamente los trabajos. He
yo. ¿ No te parece, Diógenes, que el día visitado con frecuencia por devoción
menos pensado es posible que tengaB nuestros santos cementerios, pero nun­
que desempeñar el mismo deber con­ ca Iob he estudiado ni examinado, y qui­
migo? siera hacerlo contigo, que los conoces
.—Oh, no, espero que no—dijo el an­ tan bien.
ciano sepulturero con voz alterada .de — Nada puede proporcionarme mayor
nuevo.—Te suplico que no pienses en placer—respondió Diógenes, un tanto
semejante cosa. Más cerca está, a buen lisonjeado por el cumplido, pero más
seguro, mi hora. ¡ Qué lástima que contento, si cabe, de ver que otros ama­
sean respetados los árboles viejos mien­ ban lo que él tanto quería.—En cuan­
tras se siegan las tiernas plantas! to haya recibido las instrucciones, iré
—Vamos, vamos, mi buen amigo, no al cementerio de Calixto. Espérame
estaba en mi ánimo afligirte. Casi ha­ fuera de la puerta Capena media hora
bía olvidado ya el objeto que me ha traí­ antes de tas doce e iremos juntos.
do aquí, y es invitarte a que mañana, —Te prevengo que no estaré Bolo—
al amanecer, vayaB a casa de mi madre continuó Pancracio.—Dos jóvenes, bau­
tizados recientemente, desean también
(1) El 22 de abril de 1823 esta tumba serecorrer nuestros cementerios, que casi
encontró intacta. Al abrirla se encontraron
loa huesea blancos, brillante» v bruñidos como no conocen, y me han pedido que se les
el marfil, correspondientes a la estructura de den a conocer.
un joven de diez y ocho años Al lado de su
cabeza estaba la botellita de sangre. A bdb —Tus amigos serán bien recibidos.
pies, y tooando en ellos con la cabeza, prin­ ¿ Cómo se llaman, para que no nos equi­
cipalmente el tronco y la parte superior del
tronco, basta la mitad del hueso ael mnslo, voquemos?
desde el cual hasta los pies los huesos iban
gradualmente blanqueando. Los dos cuerpos, —El uno es Tiburcio, el hijo de Cro­
ricamente envueltos, reposan juntos debajo macio, el anterior prefecto; el otro es
del altar del Colegio de los Jesuítas en
Loreto. un joven llamado Torcuato.
FA BIO LA O LA IQ L E 9 IA DE LAB C ATACUM BAS 107

—¿Estás, Pancracio, enteramente B e - — Pues bien, apenas hube entrado


guro de este último?—díjole Severo. en los baños—continuó Severo,—no fué
—Bastante seguridad es para nos­ poca mi sorpresa al encontrar en un
otros que venga en compañía de Pan­ rincón tan de mañana a ese Torcuato
cracio. en conversación íntima con Corvino, el
—Confieso— repuso éste— que no lo hijo del prefecto, aquel cojo fingido que
conozco tan bien como a Tiburcio, que se introdujo en casa de la señora Inés,
eB realmente un compañero valiente y como recordarás, cuando una persona
noble. Torcuato está, sin embargo, im­ caritativa y desconocida (bendígala
paciente por informarse en nuestros ne­ Dios), dió tan abundantes limosnas pa­
gocios, y me parece que de buena fe. ra los pobres. Mala compañía, en ver­
¿Cuál es la causa de tu temor, Severo? dad, a tal hora para un cristiano.
— Sólo una bagatela. Pero cuando iba —Es cierto, Severo—repuso Pancra­
esta mañana al cementerio, entré en cio, sonrojado vivamente,—pero él es
los baños de Antonino... (1). un joven novicio en la fe y acaso sus
— ¡ Hola 1 — interrumpió Pancracio antiguos amigos ignorarán b u conver­
riendo,—¿ frecuentas tú eBOS paseos co­ sión. Abriguemos mejores esperanzas.
mo los elegantes ? Levantóse Pancracio paTa marcharse
—No, por cierto—replicó el honrado y los dos jóvenes se ofrecieron a acom­
artista ;—¿ ignoras que Cucunio el cap- pañarle, hasta dejarlo con toda seguri­
sano (2) y bu mujer son cristianos? dad fuera de aquel barrio pobre y peli­
—¿Es posible? ¿Quién hubiera sos­ groso. Aceptó Pancracio con placer el
pechado que en semejante sitio había ofrecimiento y dió al viejo sepulturero
hermanos nuestros? las más expresivas «buenas noches*.
—Así es, en efecto; y como han man­
dado construir una tumba en el cemen­
terio de Calixto, tenía que enseñarles la II
inscripción que les ha hecho Mayo.
—Mírala—añadió éste mostrándola : LOS CEMENTERIOS

M AtfTONL
VS- M j r i r v T V
S- FEÍIT YPO
GtVSIBI ET
WIS. FIDtNfi
—I Magnifico!—exclamó Pancracio,
*VJ. IN- POMINO
divertido por los disparates del epitafio,
pero nos olvidamos de Torcuato.

(1) Más conocidos por de Caracalla. Parece que nos hemos olvidado por
(2) La persona encargada do la ropa de
los bafiistas, de «capsa», cofre. completo de la piadosa Lucina, de cuyo
Í3) «Cucumio y Victoria hicieron (el se-
S ulcro) para ellos en vida. «Capsarios* de los carácter y pensamientos hemos dado
e Antonio (bafios). > Encontrada en el ce­
menterio de Calixto. (1) «Marco Antonio Restituto hizo pora sí
106 C A R D E N A L N IC O L Á S W IS E M A N

noticia al principio de esta historia. Co­ teles para el altar, y la instrucción de


mo la vida pacífica y retirada que lle­ los niños y mujeres convertidas que se
vaba y sus acrisoladas virtudes no le preparaban para el bautismo, a cuya
permitían brillar en el teatro del mun­ ceremonia tenía que asistir, eran otras
do, ni tomar parte en los negocios pú­ tantas atribuciones de laB Diaconisas,
blicos, su casa, a pesar de ser, o más que, unidas a las labores domésticas, ab­
bien de contener una pequeñita iglesia sorbían todo su tiempo. En la práctica
parroquial, estaba a la sazón honrada de ambas clases de deberes pasaba Lu­
por habitar en ella el Supremo Pontífi­ cina tranquilamente bu vida. Parecía
ce. Amenazando de un momento a otro estar ya satisfecho el objeto de sus as­
una violenta persecución, en la que los piraciones, pues su hijo se había consa­
jefes del rebaño espiritual de Cristo se­ grado a Dios, y vivía preparado a derra­
rían probablemente las primeras victi­ mar su sangre por la fe. Velar y orar
mas y las más buscadas, como enemi­ por él era su mayor contento.
gos del César, hacía necesario trasladar En la madrugada del día convenido
la residencia de la cabeza visible dé la verificóse la reunión mencionada en el
Iglesia, de su estancia habitual, a un capítulo precedente. Bástenos decir que
asilo más seguro, y se eligió al efecto la en ella se dieron amplias instrucciones
casa de Lucina, donde permaneció con para aumentar cuanto fuera dado las
gran placer de ella, en eBte y en el si­ limosnas, que habían de invertirse en el
guiente pontificado, hasta que se orde­ ensanche de los cementerios y enterrar
nó se trasladaran a ella las fieras del a los muertos; socorrer a los que tuvie­
anfiteatro para que las cuidase y diera sen que ocultarse huyendo de la perse­
de comer el papa Marcelo, bárbaro y re­ cución ; alimentar a los encarcelados,
pugnante espectáculo que le ocasionó ponerse en comunicación con ellos, y
bien pronto la muerte. por último rescatar o adquirir los cuer­
Admitida Lucina a los cuarenta pos de los mártires. Nombróse en cada
años (1) en la orden de las Diaconisas, región un notario para recoger las actas
no le faltaba quehacer cumpliendo con y registrar los sucesos de mayor impor­
los deberes anejos a su cargo : el cui­ tancia. Los cardenales o presbíteros de
dado y vigilancia de las mujeres en la las iglesias recibieron instrucciones re­
Iglesia, la asistencia de los enfermos y ferentes a la administración de los Sa­
pobres de su sexo, el arreglo y conser­ cramentos, particularmente el de la
vación de las vestiduras sagradas y man­ Santa Eucaristía, durante la persecu­
ción, designándole a cada uno el núme­
y gu familia este subterráneo, que cotílían en ro de cementerios, en cuyas iglesias sub­
el Seflor.» E&ta lápida fué descubierta no ha
mucho tiempo en el cemenerio de loe Santos terráneas habían de celebrar los Sagra­
Nereo v Aquileo. Es singular que tanto en dos Misterios. El Santo Pontífice eligió
este epitafio como en el del santo mártir Ree-
tituto, dado en el capítulo precedente, se omi­ para sí el de Calixto, no sin grande
ta en el nombre una sílaba, que al pronun­ satisfacción e inocente orgullo de Dió­
ciarla se deslizaba fácilmente.
(1) La edad de 60 aflos era la exigid a ; genes, que así quedó elevado a la ca­
pero algunas Teces era concedida la admisión
a los 40. tegoría de sepulturero mayor.
FACIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 109

El buen anciano sepulturero más cían sino que, de vez en cuando, daba
se mostraba alegre que pesaroso con los explicaciones breves, si bien lumino­
presentimientos de una persecución pró­ sas, acerca de aquellos objetos que po­
xima. Ningún ingeniero hubiera desple­ dían llamar la atención de los tres jó­
gado más actividad ni energía para la venes. Compendiando en una narración
defensa de una plaza de armas confia­ más ordenada el minucioso relato de
da a su pericia que Diógenes dió las Diógenes, referiremos de paso al lector
suyas a los superintendentes, sus subor­ la historia de las posteriores excavacio­
dinados, de todos los cementerios que nes, adonde hemos conducido a nues­
rodeaban a Roma, convocándolos pri­ tros jóvenes peregrinos.
mero y reuniéndolos después para co­ La historia de los primitivos cemen­
municarles las determinaciones toma­ terios cristianos, a los que se les da co­
das en la asamblea superior. múnmente el nombre de Catacumbas,
La Bombra del cuadrante de la Puer­ puede dividirse en tres partes : la pri­
ta Capena (1) indicaba ya el mediodía, mera comprende desde su origen hasta
cuando salió por ella Diógenes con sus el período que abraza nuestra narra­
dos hijos al encuentro de los treB jó­ ción, o unos cuantos años después ; la
venes, que ya estaban aguardando. Si­ segunda desde este término hasta el b í-
guieron de dos en doB la Vía Apia, y glo vin, y la tercera hasta nuestros dias>
a la distancia de unas dos millas de en la que presumimos con razón que se
la puerta, se dirigieron por diversos sen­ ha inaugurado una nueva era.
deros (deslizándose por los diferentes De intento, hemos evitado usar el
sepulcros que lindaban con el camino) nombre de catacumbas para que nues­
a una misma quinta situada a mano de­ tros lectores no incurrieran en el error
recha. Allí encontraron todo lo necesa­ de creer que tal era el nombre primi­
rio para bajar a los cementerios subte­ tivo o genérico de aquellas primeras
rráneos : blandones, linternas y útiles criptas cristianas. Boma pnede decirse
para encender luz. Siendo igual el nú­ que estaba circunvalada de cerca de
mero de los guias y visitantes, propuso sesenta cementerios, conocido cada cual
Severo que siguiesen de dos en dos, to­ por el nombre de algún santo o santos
mando él por compañero a Torcuato, cuyos cuerpos reposaban bajo sus bóve­
por razones que adivinará fácilmente el das. Así tenemos los cementerios de los
lector. Santos Nereo y Aquileo, de Santa Inés,
Como sería enojoso a nuestros lecto­ San Pancracio, de Pretextato, Priscila,
res seguir paso a paso la conversación Hermes, etc. A veces estos cementerios
de nuestra pequeña comitiva, única­ tomaban el nombre del sitio que ocupa­
mente diremos que Diógenes no sólo ban (1). El cementerio de San Sebas­
respondía a cuantas preguntas se le ha- tián, que también solían llamar Gas-

(1) Ahora de San Sebastián. La antigua (1) Como Ad Nymphas, Ad Uraum pilea-
Puerta Capena estaba cerca de una milla dis­ t u m , Inter ditas laurvs, Ad Sextum Philip •
tante de la actual pi, etc.
110 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

menterium ad Santam Coeciliam (1), turaa de cristianos, ni sirvieron de ce­


entre otros muchos nombres tenía el de menterios.
ad Catacumbas (2); y aunque se igno­ El que desea arena del suelo, hace
ra completamente la significación de es­ sus excavaciones a flor de tierra, para
ta palabra, podría muy bien atribuirse que sean más fácil y cómodos la extrac­
a la circunstancia de haber estado en­ ción y el acarreo de los materiales, y al
terradas por algún tiempo las reliquias efecto las ensancha en cuanto lo permi­
de San Pedro y San Pablo, en una te la consistencia de la bóveda, y b u
cripta que existe aún en aquel cemen­ deseo de encontrar en abundancia lo
terio. Este término se aplicó en un prin­ que busca. Y todo esto es lo que vemos
cipio solamente a este cementerio; pe­ hoy en esos arenaria que aun abundan
ro fué generalizándose más tarde hasta en los alrededores de Boma. Pero las
convertirse en la frase común con que Catacumbas están construidas muy de
se designa todo este vasto sistema de otro modo.
excavaciones subterráneas: Las Cata­ La Catacumba, generalmente, des­
cumbas. ciende desde su boca misma por medio
Su origen fué motivo en el siglo pa­ de una rápida escalinata, practicada más
sado de controversia. Apoyándose en abajo de las capas de menuda y move­
dos o tres citas tan vagas como equívo­ diza arena (1) hasta la ya endurecida en
cas, muchos eruditos opinan que las Ca­ forma de piedra, no muy dura pero con­
tacumbas habían sido originariamente sistente, y en cuya superficie se dis­
excavaciones gentílicas, hechas con ob­ tingue aún la huella del pico y del aza­
jeto de extraer arenas para los edificios dón. Al llegar a este punto nos encon­
de la ciudad. Estos pozos de arena fue­ tramos en el primer piso del cemente­
ron llamados arenaria, y con este nom­ rio, pues se sigue bajando por escalo­
bre se designaron algunas veces cemen­ nes que conducen al segundo y tercero,
terios cristianos. Pero el examen dete­ más profundo aún, si bien construidos
nido y minucioso del celoso F. Marchi según el mismo plan.
ha demostrado completamente lo infun­ Una Catacumba puede Ber dividida
dado de esta suposición. La entrada de en tres partes: pasadizos o calles, ha­
las Catacumbas está abierta, como aun bitaciones o plazas e iglesias. Los pa­
puede verse, por esas minas de arena sadizos son galerías largas y angostas-,
que formaban ya por sí mismaB subte­ cortadas con tal regularidad, que el pa­
rráneos, y eran, indudablemente,un me­ vimento y el techo forman ángulos rec­
dio excelente para encubrir cemente­ tos con los lados, Biendo por algunos si­
rios ; pero varias circunstancias prue­ tios tan estrechas a veces, que con di­
ban que no se usaron jamás para sepul- ficultad pueden marchar dos persopas
de frente. Suelen prolongarse hasta una

(1) Cementerio del Sepulcro de Santa Ce­


cilia. (1) Esto es, la arena roja y volcánica lla­
(2) Palabra formada, eegún parece, de mada «puzzolana», estimado en alto precio
una proposición griega y un verbo latino. por hacerse con ella la argamasa romana.
FABIO LA O LA IG L E S IA DE L A S CATACUM BAS 111

grande distancia, pero Biempre cruza­ Pero, preguntará, y con razón, el lec­
das por otras que a su vez lo están por tor : ¿ En qué período fijo se introdujo
otras, de modo que forman un labe­ la costumbre de enterrar a los difuntos
rinto completo y una verdadera red de en las Catacumbas y cuáles eran sus
pasadizos subterráneos. El perderse en verdaderos límites? Con la posible bre­
ellos es tan funesto como fácil. vedad procuraremos satisfacer esta pre­
Pero estos pasadizos no están cons­ gunta.
truidos, como el nombre parece indi­ No existe prueba alguna de que Los
carlo, para conducir a alguna otra par­ cristianos enterrasen a sus muertos en
te : son el cementerio, la Catacumba un punto determinado antes de la cons­
misma. Sus paredes, así como las que trucción de las Catacumbas. Dos prin­
rodean la escalera, son verdaderas col­ cipios, tan antiguos como el cristianis­
menas funerarias, cóbrenlas hileras de mo, les sirvieron de norma respecto al
excavaciones grandes y pequeñas, de modo de sepultar a los difuntos : el pri­
longitud bastante para contener el cuer­ mero era el entierro de Jesucristo, cuyo
po humano, desde el niño hasta el adul­ cuerpo, después de perfumado y envuel­
to, tendido paralelamente a la galería. to en un sudario blanco, fué deposita­
A veces se encuentran unas sobre otras do en un sepulcro abierto en una roca
hasta catorce hileras de sepulcros, a ve­ dentro de una caverna, que cerraron
ces sólo tres o cuatro. Encuéntranse es­ luego con una losa. Como San Pablo
tas excavaciones tan amoldadas a la me­ nos propone tan a menudo a Jesucris­
dida del cuerpo tjue encierran dentro to como modelo de nuestra resurrección,
de sí, que es casi seguro que el cadá­ y nos dice hemos sido sepultados con El
ver yacía al lado de la sepultura mien­ en el bautismo, era muy natural que,
tras la abrían. a semejanza suya, quisieran ser ente­
Depositado el cuerpo amortajado, se­ rrados sus discípulos, para estar pron­
gún explicó Diógenes, en su reducido tos a resucitar con El en la vida eterna.
nicho, cerrábanlo por el frente hermé­ Este reposo en la esperanza de la re­
ticamente con una losa de mármol o surrección fué el segundo pensamiento
con anchas tejas puestas de canto, en­ que inspiró a los cristianos la construc­
cajadas en una muesca hecha en la ro­ ción de los cementerios. De aquí que
ca y cubiertas de «oementum», lo cual todas las palabras que se refieren a es­
era más frecuente. Las inscripciones se tos lugares de reposo aluden a la nueva
esculpían en la losa, o se escribían bo- resurrección. La palabra enterrar es
bre la argamasa antes que se endure­ desconocida en las incripciones cristia­
ciese. De las primeras se conservan a nas. Depuesto en paz o aquí está de­
millares en las iglesias y museos; y positado, son las palabras usadas, co­
multitud de las segundas han sido co­ mo queriendo indicar que los muertos
piadas y publicadas, bien que ma­ se dejan aquí por tiempo limitado, has­
yor parte de las tumbas son anónimas, ta que se les venga a llamar, como una
y no conservan en su exterior el más prenda o cosa preciosa puesta bajo la
insignificante recuerdo. guarda de los fieles temporalmente. El
112 CARDEN AL N IC O L A S W ISEM AM

mismo nombre de cementerio hace con­ do se cerraba alguno de ellos, los pa­
cebir la idea de un lugar en que yacen rientes y amigos, a fin de distinguirla,
muchos entregados al sueño por un mo­ introducían en yeso, blando aún, ya
mento, como si estuvieran en un dor­ una moneda, ya una piedra preciosa
mitorio, hasta que el sonido de la trom­ grabada, ya un camafeo y a veces, los
peta los despierte al rayar el día de los más pobres, una piedra, una concha u
eternos resplandores. De aquí que a la otro objeto de ningún valor, los cuales
sepultura se le designe tan sólo con el se dejaban pegados para conocer la se­
nombre de lugar o en términos más pultura, cuando en ésta no se habían
técnicos la pequeña mansión (1) de los esculpido inscripciones. Pues bien, mu­
muertos en Cristo. chos de estos objetos siguen todavía en­
Estas dos ideas que se presentan com­ contrándose, y se forman con ellos co­
binadas en el plan de las Catacumbas, lecciones. Pero no dejaba de ser fre­
no eran nuevas en la mente ni en el cuente que la moneda, o hablando cien­
corazón de la cristiandad, antes hablan tíficamente, la medalla, que se despren­
predominado en los primitivos tiempos. día de la sepultura, dejando, sin embar­
Los fíeles aborrecían la costumbre pa­ go, un molde tan claro y distinto en la
gana de quemar los cadáveres y, en argamasa, que podía leerse en ella la
efecto, no existe indicio de que este uso fecha, que se remontaba, a veces, al
fuera en tiempo alguno adoptado por reinado de Domiciano y a otros de los
los cristianos. primeros emperadores.
Pero las mismas Catacumbas nos su­ Se preguntará, sin duda, que de dón­
ministran las más satisfactorias prue­ de nacía esa ansiedad de los cristianos
bas acerca de su origen. El estilo de las por descubrir con certeza la sepultura.
pinturas que aun se conservan perte­ A más de los motivos de piedad natu­
necen al período en que florecía el arte. ral, hay uno constantemente recordado
Sus símbolos, y hasta el gusto en ele­ en las inscripciones sepulcrales. Si en
girlos caracterizan una época bastante Inglaterra, por ejemplo, no pudiera con­
remota, pues con el transcurso del tiem­ signarse por falta de espacio la fecha
po vemos que va desapareciendo. Aun­ en que una persona había fallecido, pre­
que las inscripciones con fecha son bas­ feriríamos hacer constar el año más
tante raras, no obstante, las diez mil bien que el día del mes en que aquél
que ha coleccionado y está para publi­ ocurriera. Esto sería lo más natural,
car el erudito caballero de Bossi, unas pues de nada serviría saber el día en
trescientas llevan fechas consulares, en que muere un individuo si se ignora el
los diversos períodos, desde los prime­ año de su fallecimiento ; mas el año,
ros emperadores basta el comedio del aunque se ignore el día, es un recuerdo
cuarto siglo (año 350). Otra costumbre importante. No sucedía, sin embargo,
no menos curiosa que interesante nos lo mismo entre los primeros cristianos ;
revela la fecha de los sepulcros. Cuan­ mientras que son pocas las antiguas
inscripciones que nos indican la ¿poca
(1 ) L o cu s, ló c a la s .
de la muerte de las personas, miles nos
F ABIO LA O LA IG L E S IA DE LA S C ATACUM BAS 113
refieren el día en que fallecieron con la Este último nos recuerda una ins­
esperanza de los fieles o en la bien­ cripción singularísima encontrada ras­
aventuranza de los mártires. Esto nece­ guñada en la argamasa al lado de una
sita explicación. Como de unos y otros sepultura en el cementerio de Practes-
se hacía anualmente conmemoración el tato, a pocas varas de distancia del de
día mismo en que habían fallecido, era Calixto.
necesario un conocimiento exacto de es­ Es notable, primero, por estar escri­
ta fecha, y la consignaban con prefe­ to en latín con caracteres griegos ; se­
rencia al año. gundo, por contener un testimonio de
En un cementerio inmediato a aquel La divinidad de Nuestro Señor, y ter­
en que hemos dejado a nuestros jóve­ cero, por expresar una oración en su­
nes con Diógenes y sus hijos (1) se en~ fragio de los difuntos. Tenemos que bu -
contraron últimamente inscripciones plir las palabras que faltan por haber­
pertenecientes a ambas categorías de se caído parte de la argamasa.
difuntos (mártires y confesores). Una
en griego, después de mencionar «Lia 8£HE MMENTf JORORI BOtf
V I KAL NOB
deposición de Augenda en el día 13 an­ Al
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tes de las calendas, o 1.° de junio, aña­ O re
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de este sencillo epitafio: Tcrrc
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(Vive en el Señor y ruega por nosotros). (A la benemérita hermana Bon ... el


Otro fragmento es como sigue : día 8 de las calendas de noviembre.
Cristo Dios Todopoderoso refrigere tu
espíritu en Cristo) .

No obstante la presente digresión so­


bre las oraciones inscritas en los sepul­
cros, esperamos que el lector no habrá
olvidado que estamos probando nues­
(Nonas de Junio... Vive y ruega por tro aserto de que los cementerios cris­
nosotros). tianos de Boma traen su origen de los
siglos primeros de La Iglesia. Ahora de­
Este es el tercero : bemos fijar hasta qué época estuvieron
en uso. Después que gozó de paz la
VICTORIA • AEFRKEREFL f5T]
Iglesia, la devoción hizo nacer en Iob
ISSP1R1TVS TVS IW BONO
fieles el deseo de ser seputados junto a
los sepulcros de los mártires y santos
( Victona , refrigérate y que tu espí­
de los siglos anteriores ; pero, por lo ge­
ritu esté en gozo).
neral, mostrábanse satisfechos con re­
(1) El de San Nereo y Aquileo. posar bajo el pavimento de las galerías.
fabiola.—8
114 C AR D E N A L N IC O L A S W ISE M A N

De aquí proviene que se hayan encon­ habría visto próxima una época que re­
trado losas sepulcrales entre los escom­ gocijara su corazón, seguida de otra que
bros de las Catacumbas, con fechas con­ le habría afligido en extremo. A pesar
sulares del siglo iv, las cuales son más de que el asunto de este capítulo no tie­
gruesas, más anchas, mejor labradas y ne relación directa con nuestra histo­
presentan inscripciones menos sencillas ria, servirá, no obstante, de enlace en­
que las que se refieren a tiempos más tre la narración y la posición topográ-
antiguos y que están colocadas en las ca del punto donde se desarrollan los
paredes. Pero a fines de aquel siglo, acontecimientos que vamos relatando.
estos monumentos iban siendo bastan­ Cuando se devolvió a la Iglesia la
te raros, y en el siguiente cesaron ya las paz y la libertad, fueron los cemente­
inhumaciones en estos santos lugares. rios lugares muy frecuentados por los
El papa San Dámaso, que falleció en fieles. A cada uno de ellos se le dió el
el año 384, se abstuvo, como nos lo de­ nombre de uno o de varios de los más
clara su epitafio, de faltar al respeto ilustres mártires, cuyos cuerpos descan­
debido a los santos, sepultando entre saban allí, y en los aniversarios de su
ellos su cadáver. muerte corría la inmensa muchedum­
He aquí por qué razón Restituto, con bre de ciudadanos y de peregrinos a eub
cuya lápida sepulcral hemos comenza­ sepulcros, sobre los cuales se celebra­
do este capítulo, hablaba en nombre de ban los oficios divinos, pronunciándose
los primeros cristianos, y reclamaba co­ panegíricos en recuerdo de sus virtudes.
mo obra y propiedad exclusivamente su­ De estas oraciones fúnebres compiladas
ya esas trescientas leguas de ciudad sub­ se comenzaron a formar los martirolo­
terránea con sus seis millones de habi­ gios o calendarios de los mártires, y
tantes que, confiando en el Señor y es­ por su medio se indicaba a los fieles loa
perando la resurrección, en ellas repo­ puntos a donde debían dirigirse, tales
san (IX como a Roma por la vía Salaria o la
Vía Apia o la Ardeatina. Estas indica­
t
ciones se leían diariamente en el Mar­
tirologio romano de esa gavilla mística
a la que cada BÍglo ha añadido nuevas
m espigas (1).
sido exquisita en eete examen, ascienden a
LO QUE DIÓGENES NO PODlA DECIR ACERCA este número, y debemos afLadir que para cons­
DE LAS CATACUMBAS truir estos cementerios, se extraía la arena de
una galería para arrojarla en otras ya
abiertas, por lo cual todavía se encuentran
muchas completamente llenas.
(1) Una o dos anotaciones del antiguo
Si Diógenes, que vivió a fines del pri­ •Kalendarium romanum» servirá para acla­
mer período de la historia de los ce­ rar lo que acabamos de decir.

menterios, hubiera podido prever la •III. non. Mar. Lucii in Calisti.


V I. Id. Dec. Eutichiani in Calisti.
suerte futura que lea estaba reservada, X II I. Kal. Feb. Fabiani in Calisti, et Se­
bastian! ad Catacumbas.
(1) Según F. Marchi, cuya diligencia ha V III. Id. Aug. Systi in Calisti*.
FAB10LA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 115

Una persona vulgar que lea el Mar­ abertura hecha en el sepulcro se intro­
tirologio* difícilmente podrá compren­ ducían pañuelos y cintas, llamadas bran­
der la importancia de estas indicacio­ den para tocar las santas reliquias y»
nes ; y, sin embargo, han servido para transportadas después a largas distan­
determinar el lugar que ocupaban al­ cias, para ser objeto del mismo piado­
gunos cementerios, que sin ellas serla so culto y reverencia en las más apar­
dudosa. Tenemos también en nueBtro tadas regiones. No es de extrañar, pues,
apoyo otra clase de escritos notables; que San Ambrosio, San Gaudencio y
pero antes de citarlos veamos qué al> otros obispos encontrasen tantas difi­
teración produjo en los cementerios la cultades para obtener cuerpos o reli­
devoción de los fieles, Al principio se quias grandes de mártires con que en­
construyeron cómodas entradas y esca­ riquecer sus iglesias. Había otras cla­
leras ; más adelante paredes para soste­ ses de reliquias consistentes en lo que
ner el techo de las galerías que ame­ se llamaba vulgarmente óleo del már­
nazaban ruina ; luego tragaluces, en for­ tir, que era el aceite, aromatizado, por
ma de embudos, en lo alto de las bóve­ lo general, que alimentaba la lámpara
das que dieran paso al aire y a la lu z; que ardía ante el sepulcro. Contiguo a
y por último se erigieron en b u b entra­ los monumentos se ve, a veces, un pi­
das basílicas e iglesias por las cuales se lar de piedra de unos tres pies de al­
pasaba al sepulcro principal, que se lla­ tura, cuya parte superior termina en
maba entonces la confesión de la igle­ forma cóncava ; y es de suponer que el
sia. De esta manera el peregrino que hueco serviría, bien para colocar la lámT
entonces, como ahora, llegaba a la Ciu­ para o bien para receptáculo del mismo
dad Santa y visitaba estas iglesias, des­ aceite. San Gregorio el Grande escri­
cendía directamente y sin rodeos por bió a la reina Teodolinda anunciándole
galerías bien construidas al sepulcro del que le enviaba una colección de los
mártir principal, y desde allí a otros óleos de los papas que habían sufrido
igualmente dignoB de reverencia y de­ el martirio; la lista que los acompa­
voción. ñaba fué copiada por Mahillon en la
Durante este^período no era permiti­ tesorería de Monza, y publicada de nue­
do abrir ninguna sepultura, ni menos vo por Ruinart (1), y aun existe con
aún exhumar ningún cadáver. Por una loa mismos frascos que contenían los
óleos, dentro de tubos de metal, sella­
dos.
Hemos extractado estas anotaciones, corres­
pondientes a la colocación de lo» cadáveres en
el cementerio de Calixto, porque, mientras es­ El respeto que impide a los fieles tur­
cribimos este capítulo, hemos recibido la no­bar el lugar de reposo de los santos, se
ticia de haberse descubierto los sepulcros y
epitafios de estos Papas, juntamente con los halla patentemente demostrado por un
de San Antero, en una capilla del que ahora suceso que refiere San Gregorio de
Be afirma ser el cementerio de Calixto, con
una inscripción en verso, compuesta por San T outb. L os santoB Crisanto y Daría
Dámaso:
■^rid. Kal. Jan. Sylvestri in PrisciUae. eran los mártires más venerados en la
(Aug.) Laurentii in Tiburtina.
Kal. Dec. Saurnini in Thrasonis». (1) Acta Martyrum, Veronoe, 1731, pá­
(Publicado por Ruinart. Acta, tomo m ). gina 643.
11G C ARDEN AL N ICO LAS W IS E M A N

antigua Iglesia romana, y su sepulcro que les informase de los que deseaban
tenía tanto renombre por las milagro­ visitar ; así como, al regresar a sus bo­
sas curas verificadas en ellos, que los gares, quisieran, para edificación de sus
cristianos construyeron sobre él una ca­ compatriotas, poder referirles lo que
pilla cubierta de preciosa bóveda, en habían visto. Y a esta circunstancia de­
donde se reunían multitud de devotos. bemos la fortuna de poseer varios es­
Descubierta esta capilla por los genti­ critos de esta naturaleza, entre los cua­
les, el emperador mandó cerrar a los les figuran, en primer lugar, los catá­
que ella se hallaban, tapiando la en­ logos compilados en el siglo rv que con­
trada y arrojando por arriba, probable­ tienen : el uno, la indicación de los si­
mente por el luminare, o tubo ventila­ tios donde estaban las sepulturas de ios
dor, una enorme cantidad de tierra y sumos pontífices, y el otro, las de los
de piedras con lo que quedaron ente­ mártires; y además de estos catálogos,
rrados vivos, como lo habían sido an­ tres distintas guías de las catacumbas,
tes los dos santos mártires. Después muy interesantes, porque, conducien­
del restablecimiento de la paz de la do cada una por distinto camino al cu­
Iglesia, se ignoraba el sitio de esta ca­ rioso explorador, todas tres concuer-
pilla, hasta que la Divina Providen­ dan, sin embargo , admirablemente en
cia se dignó manifestarlo. Desde enton­ sus relatos.
ces no volvió a permitirse a los peregri­ Para demostrar la importancia de es­
nos entrar en aquel lugar santificado, tos documentos, y al objeto de descri­
consintiéndose únicamente que lo vie­ bir las alteraciones ocurridas en las ca­
sen a través de una ventana abierta tacumbas en el segundo período de su
en la pared, de suerte que no sólo po­ historia, referiremos en pocas palabras
dían contemplar el sepulcro de los pri­ un descubrimiento hecho en el cemen­
meros mártires sino también los cuer­ terio donde no habrá olvidado el lector
pos de loe que fueron enterrados vi­ que dejamos a nuestros seis conocidos.
vos. Y como esa bárbara ejecución se Entre los escombros, y cerca de la
habla llevado a cabo en el momento entrada de una catacumba que todavía
mismo en que se estaba preparando lo era de dudosa denominación,,aunque
necesario para celebrar el misterio de algunos creían que debía ser la de Proe-
la Sagrada Eucaristía, se veían aún, textato, se halló un fragmento de una
caídas por el suelo, las vinajeras de pla­ lápida de mármol, partida oblicuamen­
ta en que se había llevado el vino para te, en la cual había grabadas laB siguien*
el incruento sacrificio (1). tes letras :
Natural era que las personas que
iban en peregrinación a Roma se pro­
curasen una guía de los cementerios

(1) 8. Greg. Turón. Dt Ohria Mart.,


lib. I, cap. X X V I I I , ap. Marchi, pAg. 81.—
Léase también el epigrama de San Dámaso
referente a este hedió. Carm. X V III.
FA B IO LA 0 LA IG L E S IA DE LA S CATACUM BAS 117

El joven caballero de ítossi asentó en


seguida que este fragmento era una par­
te de la inscripción sepulcral del papa
San Cornelio ; que probablemente se
encontraría debajo el sepulcro con ca­
racteres que lo manifestasen de mane­
ra indudable; y que, como todos los Debajo de esta piedra había en el
mencionados itinerarios convenían en suelo una losa de mármol con una ins­
colocarlo en el cementerio de Calixto, cripción ; la loBa estaba destrozada ca­
era éste y no el de San Sebastián, si­ si toda y sólo quedaba la extremidad
tuado a unas cincuenta varas de dis­ izquierda. Encima del sepulcro había*
otra lápida encajada en la roca, de la
tancia, al que por derecho correspon­
cual únicamente quedaba la parte dere­
día la honra de llevar aquel nombre.
cha y algunos fragmentos recogidos en­
Todavía dijo más aquel eminente ar­
tre los escombros, bastantes para de­
queólogo, y predijo que, como dichaB
mostrar que la inscripción que osten­
guías declan que San Cipriano estaba
taba era una de las compuestas por el
sepultado cerca de San Cornelio, algo
papa San Dámaso, pero no suficientes
se descubriría en la sepultura que vi­ para descifrar los renglones. Pero, ¿có ­
niese en apoyo de esta idea, pues va mo, se dirá, es posible conocer con sólo
ae sabía que el cuerpo del primer san­ esto quién era el autor? Muy fácilmen­
to estaba en Africa. Pronto se vieron
te. Se sabe que este santo Pontífice se
cumplidas sus predicciones. Descubier­
complacía en componer versos que ha­
ta la gran escalera, se vió que condu­
cía grabar en los sepulcros de los már­
cía directamente a una vasto espacio tires (1), y, además, todas las inscrip­
reforzado con paredes de ladrillo, co­ ciones que de él nos quedan distínguen-
rrespondiente a la época de la paz de se por el carácter especial y elegante
la Iglesia, y con una claraboya en 'a de las letras, conocidos entre los ar­
parte superior, por donde recibía aire queólogos con el nombre de damasia-
y luz. A la izquierda habla un sepulcro Tias. En los fragmentos de que antes
excavado, como los demás, en la roca, hablamos se ven verso9 escritos con es­
sin arco exterior que lo cubriese, pero ta clase de letra.
desahogado y ancho, y, a excepción de Pero continuemos. En la pared, a la
otro colocado a grande altura sobre él, derecha del sepulcro y a la misma al­
no se descubría ningún otro sepulcro. tura, habla pintadas dos figuras en pie,
Dentro de aquél se encontró el pedazo de cuerpo entero, con vestiduras sacer­
que faltaba a la lápida primeramente dotales y aureolas alrededor de sus ca­
hallada: trájose el otro pedazo, que es­ bezas, obra, a no dudar, de estilo bi­
taba depositado en el museo Kircheria- zantino hecha en el siglo vn. Debajo y
no, y, habiéndose juntado perfectamen­
te los doa, resultó que se completaba (1) Estos epitafios constituye^ la mayor
parte de las obras poéticas que se conservan de
la inscripción en la siguiente forma: aquel Pontífice.
118 C AR D E N A L N IC O L A S W IS E M A N

a la izquierda de las figuras estaban, riaciones posteriores por las construc­


unas sobre otras, las letras de sus nom­ ciones primitivas ; más difícil serla es­
bres que, aunque en parte borradas, *<e to que confundir una pintura de Ru-
pueden leer de esta manera : bens con otra del Beato Angélico, o
juzgar una figura bizantina como he­
cha en uno de los primeros siglos.
£ 0 9 taMÉLr pp s a # ciPVUAAft í1) Vengamos ahora al tercer período de
estos santos lugares, o sea al de bu de­
Preciso es convenir en que un ex­ solación, cuando los lombardos prime­
tranjero, al ver estas inscripciones y re­ ro, y más tarde los sarracenos, princi­
tratos, y sabiendo que la Iglesia cele­ piaron a devastar los alrededores de Ro­
bra en un mismo día la conmemora­ ma y a cada momento estaban expues­
ción de ambos mártires, supondrá, se­ tas las catacumbas a la profanación.
guramente, que fueron depositados jun­ Entonces los papas extrajeron de los se­
tos. Finalmente, a la derecha del se­ pulcros en que yacían los cuerpos de
pulcro se levanta un trozo de columna, los más ilustres mártires y los deposita­
como de unos tres pies de alto, cónca­ ron en las basílicas de la ciudad. Sin
va la parte superior, como los pilares embargo de esto, leemos que hasta el
que antes hemos descrito, y que contie­ siglo vin o ix, continuaron los pontí­
ne el óleo de San Comelio, lo cual vie­ fices haciendo algunas reparaciones en
ne en confirmación del uso a que supu­ los cementerios hasta que, poco a po­
simos se destinaban en la lista de los co, fueron dejando de ser objeto de de­
óleos enviados por San Jerónimo a la voción para los fieles y las iglesias cons­
reina de los lombardos : oleum Sancti truidas sobre sus entradas fueron de­
Cornelii, óleo de San Comelio. molidas o se derrumbaron, quedando
De todo lo dicho se deduce que du­ únicamente las que por su solidez e^an
rante el segundo periodo se introduje­ susceptibles de defensa, como las basí­
ron mayores comodidades, a la par que licas situadas extramuros : San Pablo,
nuevos adornos, propios del respeto y en la Vía Ostiana; San Sebastián, en
veneración que los cementerios inspi­ la Vía Apia; San Lorenzo, en la Ti-
raban. Mas no por esto se crea que es burtina o Ager Véranos; Santa Inés,
fácil tomar equivocadamente estas va­ en la Nomentana; San Pancracio, en
la Aureliana ; y la mayor de todas, San
Pedro, en el Vaticano. La primera y la
(1) «Retratos de San Comelio, Papa, y do
San Cipriano.» En «1 lado opuesto, en lina última estaban rodeadas de barrioB o
parad que sobresale formando ángulo recto, arrabales separados, de cuyas fuertes
se ven otros dos retratos semejantes; pero
lólo se puede descifrar el nombre de uno, que murallas aun quedan vestigios que exa­
es el do San Siito. Sobre las imágenes de al­
gunos santos se observan aún, trazados so­ mina el viajero con interés.
bre el yeso en caracteres del siglo vri, los nom­ Sorprende, empero, que el joven ar­
bras de los peregrinos que han visitado el se­
pulcro. Dos sacerdotes firmaron «sí : queólogo de quien hemos hecho repe­
♦ lio fKi JOAifrtis tidas veces honrosa mención, haya des­
cubierto recientemente doB basílicas ca-
FABIOLA 0 LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 119

si enteros que servían de entrada al ce­ un trabajo acabadísimo, empresa ver­


menterio de Calixto y que servían de daderamente digna de un emperador.
cuadra la una, y de taberna la otra. Pero ya es tiempo de que volvamos
TJna de éstas será, probablemente, la a recorrer estas maravillosas ciudades
erigida por el papa San Dámaso y que subterráneas, guiados por nuestros ami­
hemos mencionado varias veces. La tie­ gos los sepultureros.
rra que las aguas fueron introduciendo
en esos cementerios por sus respirade­
ros; las substracciones verificadas por
personas que desde Iob viñedos pene­
traban furtivamente por numerosas
aberturas y la acción aun más devas­
tadora del tiempo, apenas nos han de­ IV
jado restos informeB de las antiguas ca­
tacumbas. Queda, con todo, lo bastan­ LO QUE DIÓGENES PODÍA DECIR ACERCA
te, afortunadamente, para comprobar DE LAS CATACUMBAS
lo que sabemos de tiempos más felices
y reconstruir las venerandas ruinas* El
actual pontífice (1) ha realizado más Todo lo que hemos referido a nues­
en pocos años en estoB santos lugareB tros lectores en el nada poético capítulo
que lo que se había hecho en siglos an­ precedente, respecto al primer período
teriores. La comisión mixta nombrada de la historia de la Boma subterránea,
por él ha hecho verdaderos prodigios y, que es como suelen llajnar a las cata­
aunque con escasos recursos, continúa cumbas los arqueólogos eclesiásticos, lo
progresivamente sus trabajos dejando, relató, seguramente, mucho mejor Dió-
a medida que se adelanta, terminadas genes a sus jóvenes oyentes mientras
las restauraciones. Ni una piedra si­ que, a la luz de sus antorchas, fueron re­
quiera se separa ya del sitio que se ex­ corriendo pausadamente una larga y
plora ; se sacan copias de las pinturas estrecha galería, cruzada por otraB va­
y planos y, para conseguir tan bellos rias, pero acompañando su verídica na­
resultados, el Santo Padre ha compra­ rración con muchas detenciones y re­
do, de bu peculio particular, las viñas petida lectura de las inscripciones que
y campos, especialmente en Tor Ma- veían al paso.
rancia, donde está situado el cemente­ Por fin Diógenes torció a la derecha,
rio de los santos Nereo y Aquileo, y y Torcuato, mirando con ansiedad en
quizá también el de San Calixto. su alrededor, preguntó :
El emperador de los franceses (2) ha —¿Cuántas galerías laterales hemos
enviado también a Boma varios artistas pasado antes de dejar la principal?
que han realizado sobre las catacumbas —Muchas—respondió Severo con se­
quedad.
—¿Pero como cuántas? ¿Diez o
(1) Pío IX .
(2) Napoleón III. veinte?
120 C ARDEN AL N ICO LÁB W ISE M A N

— Creo que ai; nunca las he contado, son simpleB sepulturas de familia ; perc
Torcuato las había contado perfec- las más contienen el sepulcro de algún
tamente, y lo que deseaba era asegu- mártir, en cuyo aniversario nos oon-
rarse de que no se habia equivocado, gregamos en ella. Aquel sepulcro que se
—¿Cómo conoces, entonces, la gale- ve enfrente y que, aunque está al nivel
ría por donde debe torcerse? ¿Qué es de la pared, tiene un arco encima, se
esto?—añadió en seguida haciendo ade- convierte en ocasiones en un altar don-
mán de examinar un pequeño nicho en de se celebran los divinos misterios. Se-
una esquina. guramente estaréis ya familiarizados
Mas Severo, que no le perdía un mo- con esta práctica y sabréis cómo se ve-
mento de vista, observó que estaba ha- rifican estas ceremonias,
ciendo una señal en la pared. —Quizá mis dos amigos—interrum-
—Date prisa—le dijo—si quieres que pió Pancracio — no la conozcan, pues
veamos lo demás y vayamos juntos pa- hace poco que fueron bautizados ; pero
ra no extraviarnos. Ese pequeño nicho yo sé muy bien cómo se practican. Y
sirve para colocar una lámpara y hay por cierto que es privilegio de los más
muchos iguales en todos los ángulos ; gloriosos mártires que se verifique so­
pero nosotros conocemos todaB estas ca- bre sus cenizas la oblación del Sagrado
lies y encrucijadas y andamos seguros Cuerpo y de la preciosa Sangre (1).
en ellas, como vosotros por las de la Mas examinemos con atención las pin-
ciudad. turas que hay en esta cripta.
Torcuato se tranquilizó algún tanto —Pues precisamente con este obje-
con la noticia de las lámparas, que eran to-—dijo Diógenes—os he traído a esta
pequeñas y de barro cocido y construí- pieza con preferencia a cualquiera otro
das a propósito paTa las catacumbas, lugar del cementerio; esta cripta es de
donde todavía se encuentran en gran las más antiguas, y hay en ella, como
número. Pero no contento por comple- veréis, una completísima serie de pin­
to, llevaba la cuenta de las vueltas y turas, desde los más remotos tiempos
revueltas qne iban dando y, ora con una hasta nuestros días, pues mi hijo ha
excusa, ora con otra, deteníase a cada ejecutado algunas,
momento, y examinaba las esquinas y —Pues bien—respondió Pancracio,—
cuantos objetos encontraba a su paso, explicádselas por orden a mis amigos;
Severo seguía mirándolo con ojos de yo también, aunque en su mayor par-
lince, y no perdía el más ligero de sus ———r.
. . , Ti i (1) ” IC venerari osea libet
movimientos. Llegaron, al fin, a un ar- Owibus altar et impoflituto ¡
co que daba entrada a una pieza, cua- J}1* 8ub pe<Ubu&
. . . . . , . . Proepicit haec, populosque suos
drada, ricamente adornada con pintu- Carmine propitíata fovet.
rae. Prvdentino, III, 43.
—¿Qué es esto?—preguntó Tiburcio.
. ,. A bí se ha permitido honrar sus cenizas: se
— Una de las muchas criptas O cubi- ha levantado un altar sobre sus hueaoe y dec-
cula que abunandan en nuestros cemen- caBfia ©lia bajo loe piee de Dios, desde donde
^ se ve este homenaje, a quien se ha hecho pre­
terios— contestó Diógenes. — Algunas picia con cantos de alabanza.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 121

te me son conocidas, tendré gran placer vador bajo el símbolo de Orfeo para pre­
en oiros su descripción. servar b u Sagrada Imagen de las pro­
—Bien que no sea inteligente—con­ fanaciones y blasfemias de los paganos.
tinuó Diógenes con modestia ,—como de Mira ahora en este arco una represen­
niño y de hombre he vivido entre ellas tación más moderna del mismo asunto.
por espacio de sesenta años, las conoz­ — Veo— dijo Torcuato—un paBtor con
co bastante mejor que otros porque les una oveja sobre sus hombros. El Buen
he tomado cariño. Supongo que todos Pastor : eso lo entiendo porque recuer­
estaréis ya iniciados. do la parábola.
—Todos—contestó Tibureio,—y aun­ —¿Y por qué se representa tan a
que no poseemos la instrucción com­ menudo este asunto?—preguntó Tibur-
pleta que se da a los convertidos, Tor- cio :—ya lo he v í b í o en varios cemen­
cuato y yo hemos recibido la gracia sa­ terios.
crosanta del bautismo. —Si miras sobre el arcosolium (1)—
—Está bien—dijo el anciano fossore: respondió Severo,—verás una represen­
—escuchad. Las pinturas del techo Bon, tación más acabada de la escena ; pero
naturalmente, las más antiguas, por­ juzgo que es mejor continuar lo empe­
que fué construido, cuando se excavó zado y concluir con la bóveda. ¿Veis
la cripta, antes de adornar las pare­ esa figura de la derecha?
des, y mientras se abrían nuevoB sepul­ —Sí — respondió Tibureio, — es un
cros. Como veis, hay pintado en la bó­ hombre sentado, a lo que parece, den­
veda una especie de emparrado con ra­ tro de una arca y una paloma que vue­
cimos, para representar la verdadera la hacia él. ¿Representa quizá el dilu­
viña cuyos sarmientos somos los fíeles. vio?
Aquí veis un Orfeo sentado y encan­ —Justamente — dijo Severo, — pero
tando con los armoniosos dulces sonidos como emblema de la regeneración por
de su lira, no bóIo a su rebaño sino a las el agua y el Espíritu Santo y de la sal­
fieras del desierto que yacen amansa­ vación del mundo. Este es nuestro prin­
das a sus pies. cipio : nuestro fin se halla representa­
— Esa es una pintura enteramente do por aquella otra figura, donde se ve
pagana—interrumpió Torcuato, cón to­ a Jonás tragado por la ballena y sen­
no sarcástico y burla -—¿ qué tiene que tado después gozoso en su cabaña, lo
ver con el cristianismo? cual significa la resurrección con Nues­
— Es una alegoría—respondió Pan- tro Señor, y por consiguiente el descan­
erado,—y muy bella en verdad, y de so eterno.
las más favoritas. El uso de las imáge­ —¡ Cuán propias de eBte lugar son
nes pagansb que son completamente in­ esas representaciones !—exclamó Pan-
ofensivas, ha sido permitido. En este
techo, por ejemplo, ves máscaras y otros (1) Designábanse con « t e nombre los se­
adornos gentiles porque pertenecen, por pulcros en figura de arco, parecidos a un ho­
gar en forma de arco, relleno con obra de fá­
lo común, a tiempos muy antiguos; brica hasta la altura de una* vara, y las pin­
así era representado nuestro divino Sal­ turas en el interior sobre la pared.
122 CARDENAL NICOLAS W1SEMAN

cracio.—Pero ved allí otro tipo de la to por el bautismo (1). Por esto vemos
misma consoladora doctrina. la figura o el nombre del pez esculpido
—¿Dónde?—preguntó Torcuato ne­ en los sepulcros. Pero continúa, Se­
gligentemente ; — yo no veo más que vero.
una figura en pie, y vendada de arriba —La multiplicación de los panes y
aba-jo como un niño gigante y otra fi­ los peces, nos enseña cómo en la Sa­
gura enfrente. grada Eucaristía se da Jesucristo en
—Precisamente—contestó Severo,— alimento para todos (2). Enfrente está
así representamos siempre la resurrec­ Moisés haciendo brotar agua de la roca,
ción de Lázaro. Mira aquí y verás una de la que bebió el pueblo elegido, lo
patética alegoría de la esperanza de cual significa que nuestro Señor e9 nues­
nuestros padres en la persecución : los tra bebida, así como nuestra comi­
tres jóvenes de Babilonia en el horno da (3).
encendido. — Al fin llegamos &\ Buen Pastor—
—Está bien — dijo Torcuato, — creo dijo Torcuato, deteniéndose.
que podemos pasar al arcosolium. ¿Qué —Con efecto—continuó Severo,—ahí
significan las pinturas que hay en su al­ le veis en el centro del arcosolium con
rededor? su sencilla túnica y sus sandalias. Tie­
—Si miras a la izquierda verás la ne sobre sus hombros un cordero, que
multiplicación de los panes y de los representa la oveja descarriada y vuel­
peces. Ya sabes que el pez (1) es un ta al rebaño; y otros dos se ven a sus
símbolo de Cristo. lados, el vagabundo carnero a la dere­
—¿Y por qué?—volvió a preguntar cha y el manso cordero a su izquierda ;
Torcuato, con visible impaciencia. en el sitio preferente está el arrepenti­
Severo se dirigió en demanda de res­ do. A su lado van, además, dos perso­
puesta a Pancracio, por juzgarle más nas, enviadas evidentemente por Aquél
instruido» y éste contestó sin vacilar. pora predicar su doctrina. Indínanse
—Hay dos opiniones acerca de es­ hacia adelante y dirigen la palabra a
to : una, que halla el origen de esta sig­ ovejas que no pertenecen al rebaño.
nificación está en la palabra misma, Junto al Buen Pastor hay una oveja pa­
porque sus letras forman el principio de ciendo tranquilamente, sin hacer caso
•otras palabras que componen esta sen­ de las palabras que se le dirigen, al
tencia : Jesucristo, Hijo de Dios Salva­
(1) Asi lo explica Tertuliano (de fiaptis-
dor Í2 ); mientras que otros piensan mo, lib. II. cap. 2).
que así como el pez nace y vive en el (2) En el mismo cementerio se ve otra
pintura muy interesante: en una mesa cetán
agua, también el cristiano nace y per­ colocados un pan y un pez ; un sacerdote ex­
tiende sus manos sobre ellos, y enfrente una
manece sumergido en ella con Jesucris­ mujer, en actitud de adorarlos. El sacerdote
es el mismo que eet¿ representado en una pin­
tura inmediata administrando el bautismo.
(1) La palabra se escribe generalmente En otro aposento recientemente descubierto
en priego, y Cristo es llamado comúnmente hay muchos adornos antiquísimos, m¿sca~
Jchiyt. ras, etc., y peces nadando y llevando can u ­
(2) Esta es la interpretación de San Op­ tillos de pan y copas de riño.
tate (adv. Parm. lib. m ), y de San Agustín (3) El tipo de la figura es el de San
{de Civ. Dei, lib. xv m . c. 23). Pedro.
FABIOLA O LA IGLESIA. DE LAS CATACUMBAS 123

paso que otra, levantando su cabeza, —Pero supongamos—dijo Torcuato,


mira y presta suma atención. Sobre conmovido,—que uno, después de ha­
ambas cae una copiosa lluvia; es la gra­ cerse cristiano y recibir el don sagrado
cia de Dios. Fácilmente puede inter­ se hundiese de nuevo en el vicio y apos­
pretarse esta pintura. tase y...
—Mas, ¿por qué dar la preferencia a Pareció faltarle la voz, mas reponién­
ese símbolo?—insistió Tiburcio. dose prosiguió :
—Creemos que ésta y otras pinturas
—Y estuviese a punto de hacer trai­
de su género, son del tiempo en que la ción a sus hermanos. ¿No le rechaza­
herejía novaeiana conmovió profunda­
ría la Iglesia de su seno? ¿No le cerra­
mente la Iglesia—contestó Severo. ría la puerta de la esperanza?
—¿Y qué herejía fué ésa?—preguntó
— De ningún modo—respondió Pan­
Torcuato con indiferencia, como si cre­
cracio ;—esos son precisamente los pe­
yese que estaba perdiendo el tiempo.
cados que dan pie a Io b novacianos para
—Fué, y es todavía—replicó Pancra-
fundar su acusación contra los cristia­
cio,—la que pretende que hay pecados
nos, pues no creen dignos de perdón a
que la Iglesia no tiene poder para ab­
los que en aquéllos incurren. La Igle­
solver, poniendo de este modo límites
sia es a la manera de una madre que
a la misericordia de Dios, que no po­
tiene siempre abiertos los brazos para
dría perdonar delitos monstruosos.
recibir y perdonar a sus hijos extravia­
Pancracio no reparó en el efecto que
dos.
sus palabras produjeron ; pero Severo
vió a Torcuato palidecer repentina­ Una lágrima asomó a los párpados de
mente. Torcuato, y sus labios casi balbucearon
— ¿Y es eso una herejía?—preguntó la confesión de su delito, pero de pron­
confuso el traidor. to, cual si un nudo oprimiese su gar­
—Y de las más horrendas—respon­ ganta, quedó mudo, con la mirada ex­
dió Pancracio,—pues limita, como he traviada, y conteniendo sus sollozos di­
dicho, la misericordia de Aquel que vi­ jo con serenidad afectada :
no al mundo para llamar al arrepenti­ —En verdad que esa doctrina es muy
miento, no al justo, sino al pecador. consoladora para los que se encuentren
La Iglesia católica ha sostenido cons­ en el caso de necesitarla.
tantemente que un pecador, aunque sea Unicamente Severo observó que se
contumaz y sus crímenes muy gran­ había extinguido el rayo de gracia que
des, si se arrepiente de corazón, pue­ tocara a Torcuato, y que algún pensa­
de obtener perdón de b u s culpas me­ miento siniestro había ahogado en su
diante la oportuna penitencia. He aquí corazón la llama de la esperanza. En
por qué profesan los fieles tan grande este momento volvieron Diógenes y
afecto a ese tipo del Buen Pastor, dis­ Mayo, que se habían ausentado poco
puesto siempre a correr al desierto a antes de la cripta, para elegir allí cer­
fin de devolver al redil la oveja extra­ ca un lugar a propósito para abrir una
viada. nueva galería.
124 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

Torcuato, dirigiéndose entonces al bre, porque su buen padre había infor­


anciano sepulturero, le dijo : mado inadvertidamente a Torcuato de
—He visto las galerías y las habita­ lo que deseaba saber, pues llamándole
ciones ; deseo ver ahora la iglesia en la atención tan de cerca sobre un se­
que debe verificarse la reunión. pulcro que se distinguía tan señalada­
El buen anciano, que no había con­ mente de los demás, le suministraba
cebido la menor sospecha contra Tor­ de un modo seguro el medio de llegar a
cuato, iba a encaminarse hacia la igle­ la iglesia.
sia, cuando se interpuso Severo. Cuando todos partieron, comunicó
—Creo, padre—observó,—que es ya Severo a su hermano todo lo que ha­
demasiado tarde; bien sabes que- aun bía observado y añadió:
queda mucho que hacer. EBtos jóvenes — Muchas inquietudes nos va a cau­
nos dispensarán si tienen en cuenta que sar ese hombre; sospecho que es ca­
verán la iglesia en tiempo más oportu­ paz de todo.
no y más adornada, pues el santo pon­ Y preocupados los dos jóvenes con es­
tífice piensa oficiar en ella. ta idea, borraron apresuradamente las
Conformáronse todos con la obser­ señales que Torcuato había hecho en
vación de Severo, y cuando llegaron a las esquinas; sin embargo, no pare-
la esquina que habían doblado para se­ ciéndoles suficiente, determinaron va­
guir por la primera galería que condu­ riar el camino, cerrando el actual y
cía a la cripta>Diógenes los detuvo, dió abriendo otro en distinto punto. Al efec­
unos pasos hacia un pasadizo que ha­ to, hicieron acarrear la arena proceden­
bía enfrente y exclamó : te de las últimas excavaciones a los ex­
—Siguiendo por este corredor y vol­ tremos de una galería que atravesaba 'a
viendo a la derecha, se llega a la igle­ principal, por la parte más baja, y la
sia. Os he conducido aquí con el único dejaron amontonada allí hasta que loa
objeto de enseñaros un arcosolium que fieles estuviesen informados de la va­
contiene una pintura muy bella. Mi­ riación intentada.
radla; es la Virgen Madre, que tiene
en su regazo a su divino Hijo, al que
están adorando los magos de Oriente,
representados aquí en número de cua­
tro, y no de tres, como generalmente
se los presenta (1). V
Todos admiraron la pintura ; pero Se­
vero experimentaba la mayor pesadura- A LA LUZ DEL SOL

(1) So han sacado bastantes copias de es­


ta pintura una de las cuales ha sido encon­ Con el objeto de reponer al lector de
trada, si mal no recordamos, en el cemente­
rio de Nereo y Aquileo. Es anterior al conci­ las fatigas de su excursión por la ciu­
lio de Calcedonia, de cuya época Be hace da­ dad subterránea, vamos a emprender
tar de esta manera de representar a Nuestro
Señor. con él una expedición por la feliz Cam-'
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAB CATACUMBAS 125
pania o bienaventurada Campania, co­ fundamente conmovida por la emoción,
mo un escritor antiguo la ba llamado. que pasó inadvertida a su dueña, es­
Hemos dejado allí a Fabiola perpleja forzóse por aparecer tranquila y serena
por no saber qué interpretación dar a mientras leía el escrito.
las máximas contenidas en una hoja de —Esas líneas—dijo su señora—han
vitela. Parecíale tenerla en sus manos venido a mi poder en casa de Cromacio
como carta venida- del otro mundo, y donde pedí una hoja para hacer una
que estuviese escrita en caracteres que apuntación, y, sin duda distraídamen­
apenas conociera. Deseaba entender su te me dieron ésta. No puedo apartar de
significado y no se atrevía a consultar mi imaginación su contenido, que me
a nadie. Muchas fueron las visitas de llena de confusión e inquietud.
aquel día y de los sucesivos, y mucho —¿Y cómo es eso, mi noble señora?
también pensó en mostrar a alguna Su sentido me parece bien claro.
aquellas sentencias, pero todo en vano,
—Precisamente su sencillez es lo que
pues al fin no se resolvió a ello.
me confunde. Mi razón natural se opo­
La primera que la visitó fué una Be-
ne a esas ideas; yo aborrecería a un
ñora que, como ella, bacía una vida
hombre a quien no hiciese mella una
irreprochable desde el punto de vista
injuria y que no devolviese ultraje por
filosófico, pero fríamente virtuosa; y
ultraje. Paso, aunque mucho lo dudo,
ambas conversaron de los asuntos que
porque se pueda olvidar una ofensa;
llamaban principalmente la atención de
pero devolver el bien a quien nos oca­
todos. Fabiola trató de enseñarla su vi­
siona el mal, me parece que es exigir
tela, pero temió cometer una profa­
un imposible a la naturaleza humana,
nación. Días después recibió una larga
Y mientras lo siento así, conozco que
visita de un hombre tenido por erudito
he llegado a estimarte al observar en ti
y muy versado en los diferentes ramos
de ciencias y literatura, y hablóla ad­ una conducta tan en armonía con esas
máximas.
mirablemente Bobre las ideas sublimes
de las antiguas escuelas. Tentada estu­ — ¡ Oh ! no hablemos de mí, querida
vo Fabiola a consultarle acerca de su señora ; piensa sólo en la sencillez de la
descubrimiento; pero contúvose en la máxima; ten presente que tú miBma
creencia de que se trataba de algo muy respetas a los que obran con arreglo a
superior a la comprensión de aquel sa­ ella. Y sino, dime, ¿te inspira despre­
bio y que tal vez no la entendería. Ex­ cio o respeto la generosa conducta de
traño era, por cierto, que cuando la no­ Arístides cuando inscribió él mismo su
ble y altiva señora romana necesitaba nombre en la concha en que se ano­
que la ilustrasen o aconsejasen recurría taban los votos que debían condenarle
instintivamente a su esclava cristiana. a destierro, y todo por complacer a un
Y lo mismo sucedió entonces ; en cuan­ cobarde que se lo pidió ? Como patricia
to Be hallaron solas, y libres de hués­ romana que eres, ¿no es verdad que
pedes y visitas, sacó Fabiola su perga­ honras a Coriolano que perdonó genero­
mino y enseñólo a Syra, la cual, pro­ samente n su ingrata patria?
126 CABDENAL NICOLÁS WISEMAN

—Tienes razón, Syra, venero a am- ción con lo que me dices: el odio, la
boB ; pero ten presente que Arístides y ira, la ambición, la venganza y la ava­
Coriolano eran héroes y no hombres ricia, son monstruos tan temibles como
vulgares. las serpientes y los dragones. ¿No aco­
—¿Y por qué razón no habíamos to­ meten del mismo modo a los hombres
dos de ser héroes?—exclamó Syra. grandes que a los vulgares? ¿Por qué
— Porque entonces la vida se nos ha­ no hemos de procurar todos vencerlos,
ría insoportable ; mucho nos agrada leer como lo hicieron Arístides, Coriolano y
los grandes hechos de esos hombres ex­ Cincinato? ¿Por qué dejar únicamente
traordinarios ; pero dejarían de serlo a cargo de los héroes lo que todos pode­
desde el momento que los imitasen dia­ mos hacer tan bien como ellos ?
riamente a todos los hombres. —¿ Y no crees que erigiendo esa doc­
—¿Y por qué?—insistió la esclava. trina en principio moral universal se­
—Dime, Syra: ¿a qué mujer agra­ ría exigir del común de los hombres ele­
daría encontrarse, cuando menos lo pen­ varse a demasiada altura?
sara, con que su inocente hijito se en­ —De ninguna manera, querida seño­
tretenía estrangulando serpientes en su ra ; mucho te sorprendiste cuando me
cuna, como Hércules en su infancia? atreví a sostener que la virtud interior,
A mí me horrorizaría tener en mi mesa y de nadie vista, es tan necesaria como
un convidado que refiriese con indife­ la- exterior y visible... Más aún podría
rencia haber dado muerte a un mino- sorprenderte, pero...
tauro o ahogado una hidra. ¡ Líbrenme —Prosigue y no temas, Syra.
I o b dioses de una generación de héroes ! —Puesto que así lo quieres, te diré
Y Fabiola prorrumpió en una sinee-que la doctrina que yo profeso nos man­
ra carcajada. da practicar, no sólo como virtud co­
Con el mismo tono festivo, continuó rriente, sino como una obligación ne­
Syra: cesaria, lo que en cualquier otro código
— Es mucha verdad, pero supón que de leyes pueda haber de más sublime,
tuviésemos la desgracia de habitar un de más heroico, de más puro y que más
país plagado de semejantes monstruos, pruebe una virtud trascendental.
de centauros y minotauroB, de hidras y — Sublime regla, a fe mía, de perfec­
dragones. ¿Cuánto mejor no seria hallar ción moral ; pero advierto la diferencia
en todas partes héroes que los destru­ que media entre uno y otro caso. Las
yesen, que no tener que correr por to­ alabanzas del mundo dan aliento y es­
do el mundo en busca de un Teseo o timulan ai héroe: cuando reprime sus
de un Hércules? Y con franqueza te di­ pasiones y ejecuta una acción grande,
go que los que tal hicieren no serían verdaderamente excepcional, su memo­
más héroes que los cazadores de leones ria es transmitida a la posteridad y su
de mi país. recuerdo es siempre grato. ¿Pero quién
—Es cierto, Syra; pero aun no veo estima ni recompensa a la obscura y
la explicación de tu idea. pobre criatura que humildemente los
— Ya verás como tiene mucha rela­ imite en secreto?
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 127

Levantó Syra sus ojos y brazos al nos de Maximiliano el decreto de co­


cielo, y en esta solemne y reverente ac­menzarla con igual furor en Occidente.
titud, exclamó: No era aquélla una persecución ordina­
— Su Padre, que está en los Cielos, ria : la campaña emprendida no había
de ser de represión, sino de exterminio
que hace salir el sol para el bueno y pa­
ra el malo, y llover sobre el justo y bo-
total del nombre cristiano, no dejando
bre el pecador... con vida ni a uno de ellos, empezando
Guardó silencio Fabiola por un mo­ por los jefes de la religión, y descendien­
mento, como si la embargase un res­ do con su horrible carnicería a la clase
petuoso temor, y dirigiéndose luego a más ínfima y miserable. Con este objeto
Syra, le dijo con amabilidad : era necesario tomar medidas, a fin de
—De nuevo has triunfado de mi fi­ que los varios instrumentos de destruc­
losofía. Practicar la virtud todos los ción funcionasen en cruel armonía,y que
días, a todas horas, sin ser de nadie se empleasen todos los medios conocidos
visto, es el más alto grado de perfec­ para asegurar una completa victoria.
ción que concebirse puede. Pero para Era necesario que la pompa del man­
que el género humano obrase así, sería dato imperial acompañase, imponente
menester que los hombres se convirtie­ y solemne, al golpe que debía aniquilar
ran en seres superiores a los dioses. Esa los cristianos y al cristianismo.
tan elevada esa filosofía, que el enten­ Con esta idea, el emperador, aunque
dimiento humano nó puede compren­ impaciente por dar principio a su obra
derla mayor; y no obstante, Syra, de destrucción, había accedido a la sú­
¿ puedes transportarme a más altas re­ plica de sus consejeros, de tener reser­
giones? * vado el .edicto hasta el día en que se
— ¡ Oh ! sí, por cierto, a mucho má^ pudiera publicar simultáneamente en
altas. todas las provincias y gobiernos de Oc­
—¿Y en qué punto me dejas? cidente. De este modo, la nube, pre­
— En aquel en que tu propio cora­ ñada de odios y de venganzas, debía
zón te diga... encontré la paz. permanecer suspendida sobre las ca­
bezas de las inocentes victimas, velada
entretanto por el misterio, hasta que,
estallando de repente, descaígase sobre
ellas sus mezclados y confusos elemen­
tos : fuego, granizo, nieve, hielo y ful­
gores.
VI
En el mes de noviembre convocó Ma-
ximiano Hercúleo la asamblea en que
d e l ib e r a c io n e s
se debían adoptar definitivamente sus
planes. Estaban llamados a ella los al­
Algún tiempo hacía que rugía ya en tos oficiales de la corte y principales
Oriente la persecución lanzada por Dio- dignatarios del Estado, entre éstos el
cleciano y Galerio, cuando vino a ma­ prefecto de la ciudad, que llevó consigo
128 CARDENAL NICOLAS WlSEMAN

a su hijo Corvino, el cual había sido de esmalte de cipreaea y laureles. Por


propuesto para el mando de una partida las tardes, extasiábase la vista con la
de exploradores armados, que debía purpúrea cadena de las colinas sobre
componerse de los hombres más bru­ que se extienden, como en un lecho,
talmente salvajes y más enemigos de Alba y Túsculo, con sus hijas, recreán­
los cristianos ; el objeto de esta partida dose al sol poniente, como dirían los
debía ser averiguar su paradero y per­ orientales. A la izquierda del espectador
seguirlos incesantemente. Loe prefec­ las escarpadas montañas Sabinas osten­
tos y gobernadores de Sicilia, Italia, tan sus pétreas crestas, y a su derecha
España y las Galias, habían concurri­ la extensa y dorada superficie del mar,
do también para recibir sus órdenes. El completaban este magnifico paisaje.
emperador había invitado, además, a Concederíamos, sin embargo, a Maxi­
buen número de eruditos, sofistas, filó­ miano una cualidad de que carecía, su­
sofos y oradores, entre los que se en­ poniendo que habitase esta encantado­
contraba nuestro antiguo conocido Cal­ ra mansión por su buen gusto artístico.
purnio : y muchos sacerdotes venidos El esplendor del edificio, al que había
de todas partes a solicitar la severidad añadido más adornos, y la facilidad de
de la persecución, habían recibido orden salir de la ciudad a la caza de lobos y
de intervenir en las deliberaciones im­ osos, fueron los motivos de su preferen­
periales. cia. Natural de Birnio, en Esclavonia,
El Palatino era, como hemos dicho, y, por consiguiente, nacido en la bar­
la residencia ordinaria de los emperar- barie, en la más baja condición, solda­
dores. Pero habla otra mucho más es­ do aventurero, sin educación alguna, y
timada por ellos a la que Maximiano sin otra cualidad más que la de una
Hercúleo daba la preferencia. Duran­ fuerza brutal a la que debió el sobre­
te el reinado de Nerón, el opulento se­ nombre de Hercúleo, fué elevado a la
nador Plaucio Laterano fué acusado de púrpura por su hermano en barbarie,
alta traición y condenado a muerte ; Diocles, conocido por el emperador Dio-
sus inmensas propiedades fueron confis­ cleciano*
cadas por el emperador y entre ellas Avaro hasta la miseria como éste, y
su palacio, descrito por Juvenal y otros del mismo modo pródigo, entregóse a
escritores, como el modelo más refinado 8U8 mismos groseros vicios y espantosos
de suntuosidad y magnificencia. Estaba crímenes, que la pluma de un cristiano
situado pintorescamente en la colina se niega a trazar; sin freno a sus pa­
Coelia, en la parte sur de la ciudad, do­ siones, sin sentimiento alguno de jus­
minaba majestuosamente la pintoresca ticia ni de humanidad, jamás cesó este
campiña romana sembrada aquí y allá monstruo de oprimir, perseguir y aplas­
de palacios y de gigantescos acueduc­ tar a cuantos le estorbaban en su ca­
tos, surcada de caminos bordeados de mino. La presente persecución era pa­
sepulcros de mármol, y esparcidas en ra él lo que el banquete y la orgía para
todas direcciones relucientes cual viUas„ un glotón que en su brutalidad insa­
piedras preciosas arrojadas sobre el ver­ ciable espera hallar así distracción en
FABIOLA O LA IQLE9IA DE LAS CATACUMBAS 129

la monotonía de la vida ordinaria : la vando su nombre de Basílica Laterana,


expectativa de una orgía. De proporcio­ se convertiría en la catedral de Bo­
nes gigantescas, con Iob rasgos distinti­ ma (1), «madre y cabeza de todas las
vos de svt raza, el cabello y barba más iglesias de la ciudad y del mundo». Ni
bien amarillo que rojo, híspido, enmara­ podía tampoco imaginar que en el mis­
ñado, girando siempre su inquieta mira­ mo sitio en que estaba colocado su tro­
da, en la que se marcaba la sospecha, no había de levantarse una cátedra,
la incontinencia y la ferocidad, eBte ti­ desde la que se dictarían órdenes que
rano, el último casi de Eoma, inspira­ debían transmitirse a países no conoci­
ba con su presencia terror y e s p a n t o , dos aún de los romanos, expedidas por
excepto a los cristianos. No era, por una raza inmortal de soberanos espiri­
tanto, de admirar que aborreciese en tuales y temporales.
ellos au nombre y su raza. Abierta la sesión, se concedió, en pri­
En la basílica o sala de recepciones mer lugar, la palabra a los sacerdotes,
de la Mdes Laterancee (1) habla reuni­ por deferencia al ministerio que ejer­
do Maximiano su consejo, compuesto de cían. Cada uno tenía algún desastre
elementos tan diversos, y antes de em­ que relatar : éste, que un río Be había
pezar exigió a cada uno de ellos el se­ salido de curso, causando enormes da­
creto bajo pena de muerte. El empera­ ños en las llanuras contiguas; aquél,
dor tomó asiento bajo la ábside o semi­ que una ciudad había sido en parte des­
círculo, sobre un rico trono de marfil, truida por un terremoto; esotro, que
y delante de él fueron colocándose sus los bárbaros amenazaban con una in­
obsequiosos y cobardea consejeros que vasión las fronteras del Norte y que la
temblaban con sólo verlo. Una guar­ peste diezmaba las poblaciones del Me­
dia de Boldados escogidos custodiaba la diodía, fieles todas al culto de Iqs dio­
entrada; y el oficial que la mandaba, ses. Consultados Iob oráculos, todos ha­
Sebastián, estaba recostado sobre una bían respondido, con sorprendente una­
columna de la puerta, distraído e indi­ nimidad, que estas calamidades eran
ferente al parecer, pero en realidad es­ ocasionadas por los cristianos, cuya
cuchando atentamente para no perder existencia, demasiado tiempo tolerada,
ni una sílaba de lo que allí iba a tra­ había irritado a los dioses, y cuyos he­
tarse. chizos atraían la desventura sobre todo
Bien ajeno estaba, por cierto, el em­ el Imperio. Además, no pocos de estos
perador, de que la sala en que se ha­ oráculos habían declarado abiertamente
llaba actualmente y que después había que no volverían a hablar hasta que
de ceder, con el inmediato palacio a los odiados nazarenos fuesen extermi­
Constantino, como parte de la dote de nados por completo; y, finalmente, el
bu hija Fausta, sería entregado por és­ gran oráculo de Delfos había asegura­
te al jefe de la religión que se prono- do «que el Justo no consentía ya hablar
nía destruir; y que dicha sala, conser­ a los dioses».

(1) Tal es la inscripción del frontispicio


(1) Casa o palacio Latornno y medallas de la Basílica del Laterano.
J’ABIOI.A — 0
130 OAfiDENAL NICOLÁS WISEMAN

Después tocó el turno a los filósofos Examinó éste la cuestión desde un


y retóricos, cada uno de los cuales venía punto de v iB ta muy elevado, y dejó
provisto de un largo y estudiado discur­ asombrados con su erudición a bu s com­
so, que Maximiano no pudo oir Bin dar pañeros, los sofistas.
marcadas señales de aburrimiento y de ■
—Yo —decía—he leído los libros ori­
impaciencia. Pero como los emperado­ ginales, no sólo de los cristianos, sino
res de Oriente hablan celebrado su con­ también de bu s predecesores los hebreos.
sejo en la misma forma, resignóse a su­ Estos se introdujeron en el Egipto du­
frir el fastidio. Las ordinarias calum­ rante el reinado de Tolomeo Filadel-
nias fueron repetidas por la diezmilé- fo, a fin de huir del hambre que asola­
sima vez, con grande aplauso de la ba su tierra, y por medio de las astu­
asamblea, que gozaba oyendo hablar de cias de su caudillo José consiguieron
niños asesinados y comidos en mons­ apoderarse de todo el trigo que había,
truosos banquetes, de delitos vergonzo­ y lo remitieron a sus casas. Por estos
sos e innominables, de cuerpos de már­ delitos, Tolomeo, los redujo a prisión
tires adorados y de altares levantados y les manifestó que, habiendo ellos con­
para rendir culto a la cabeza de un as­ sumido todo el trigo, se alimentarían
no. Los cristianos eran, por lo tanto, en adelante con paja, y les hizo traba­
a su juicio, gente sin ley, sin fe y sin jar en la fabricación de ladrillos para
Dios. Semejantes fábulas fueron acep­ edificar una gran ciudad. Entonces De­
tadas firmemente, a pesar de que los metrio Falerio, que leB había oído con­
que las narraban, quizá sabían muy tar varias historias muy curiosas de sus
bien que eran todas imposturas de los antepasados, hizo prender a Moisés y
gentiles, inventadas con objeto de au­ a Aarón, que eran los más instruidos,
mentar el horror al cristianismo. y habiéndoles rasurado media barba,
Llegó al fin su vez al hombre que de­ los tuvo encerrados en una torre hasta
cíase haber analizado con más profun­ que escribiesen en idioma griego toda?
didad las doctrinas del enemigo, y co­ sus leyendas. Estos libros raros y cu­
nocía al dedillo sus peligrosas intrigas. riosos los he visto yo, y de entre las
Suponían todos que había leído sus pro­ muchas páginas que podría citaros, dig­
pios libros y que estaba componiendo nas de merecer vuestra atención, ele­
una refutación que haría se desvane­ giré la que tiene relación más directa
ciesen como humo todos sus errores. con el objeto de nuestras deliberacio­
Por tanto, tenían tal peso sus afirma­ nes. Esta raza, hizo la guerra a todos
ciones y se concedía tal crédito a sus pa­ los reyes y pueblos que encontró a su
labras, que si cuando sostenía que los paBO y los destruyó, pues era su princi-
cristianos profesaban principios mons­ pió, cuando conquistaba una ciudad, de­
truosos se hubiese presentado para des­ gollar a todos sus habitantes ; y bub aa-
mentirlo el propio pontífice supremo, cerdotes ambiciosos y fanáticos la go­
hubiéranle acogido con burlonas y com­ bernaban sin más norma que su capri­
pasivas sonrisas, no considerándole ca­ cho. He aquí por qué cuando Saulo,
paz de discutir con Calpurnio. o Pablo, quiso salvar a un desgraciado
FABIOLA O LA IQLESlA DE LAS CATACUMBAS 131
monarca, llamado Agag, al que habían Este discurso, pronunciado con dura
hecho prisionero, loa sacerdotes le orde­ y áspera voz y con acento vulgar y ex­
naron comparecer a su presencia y le tranjero, fué acogido con vivas demos­
hicieron pedazos. traciones de entusiasmo, e inmediata­
«Ahora—continuó,—los cristianos es­ mente se presentaron varios proyectos
tán bajo el dominio de esos mismos sa­ para la publicación simultánea del edic­
cerdotes, y, del mismo modo que antes, to en todo el imperio de Occidente, y
tratan, bajo su mando, de derrocar el para su completa e inexorable ejecu­
poderoso imperio romano, quemarnos ción.
a todos vivos en el Foro, y aun poner Después, dirigiéndose rudamente a
bus sacrilegas manos sobre las sagra­ Tértulo, dijo el emperador :
das y venerables personas de nuestros —Me dijiste, prefecto, que iban a
divinos emperadores. proponerme una persona que tomase a
A estas palabras, estremecióse horro­ bu cargo dirigir las operaciones, y que
rizada toda la asamblea; pero calmóse sería desapiadado para con los traido­
y guardó silencio tan luego como el em­ res.
perador hizo señas de que iba a hablar. — Aqui le tienes, señor, es mi hijo
—Por mi parte — dijo, — tengo otra Corvino.
razón más poderosa aún para aborrecer Y Tértulo, tomando de la mano al
a los cristianos. Han osado establecer joven candidato, le condujo a las gradas
en el corazón del Imperio, y aun en es­ del trono del sañudo tirano, donde se
ta ciudad, una suprema autoridad reli­ prosternó. Miróle detenidamente Maxi­
giosa, desconocida hasta ahora, inde­ miano, y prorrumpiendo luego en una
pendiente del gobierno imperial, y no brutal carcajada añadió ;
menos fuerte que ésta a los ojos de los —En verdad, me parece que he da­
cristianos. Hasta aqui todos han reco­ do con el hombre que necesitaba. No
nocido al emperador como jefe supre­ suponía, prefecto, que fueses padre de
mo de la religión y del Estado, y por un Ber tan terrible. Tiene impresas en
esta razón Be titula Pontifex Maximus. sus facciones todas las señales instin­
Pero esos hombres han dividido la po­ tivas del verdugo sin corazón, sin con­
testad, y por consecuencia, bu lealtad ciencia y sin piedad.
está también dividida. Aborrezco, paes, Volviéndose en seguida a Corvino,
tanto como una usurpación de mis do­ que habia enrojecido de rabia, terror y
minios, esa autoridad sacerdotal que me vergüenza, le d ijo:
usurpa el poder que tengo sobre mis —Vamos, bribón, espero que cumplí-
vasallos, de tal manera que preferiría
Baber que tenia un rival que me dispu­ la cátedra de San Pedro. «Cum multo patien-
tius audiret levari adversura. se aemulum prin­
tase el trono, que la elección de uno cipen!, qu&n constituí Romoe Dei sacerdo-
de esos sacerdotes en Boma (1). trái». (S. Cypr. Ep. III ad. Antoniamim
p. 60. ed. Msur.) No puede darse prueba ma­
yor de que aun bajo el imperio romano, la
potestad de los Papas era visible y extema,
(1) Estas mismas palabras dijo Decio, hasta el punto de excitar los celos de los Em­
cuando supo la elección de San Comelio para peradora.
132 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

rás con tu deber, puea no me gusta que público a su presumido aliado tan ru­
se hagan laa cosas a medias. Fago bien damente como a él, hablándole en los
a quien bien me sirve, y no dejo sin au términos siguientes :
merecido al que me sirve mal. Ahora —No te acerques a mí con tus gestos
márchate, y ten presente que tus es­ afectados e hipocresías. Obras quiero y
paldas responderán de las faltas lige­ no sonrisas. Me has sido enviado como
ras, y de las graves tu cabeza. Las ha­ famoso descubridor de conjuras, como
ces del lictor contienen entre sus va­ sabueso que levanta a los conspirado­
ras una hacha. res de sus camadas y les chupa los tué­
Levantóse el emperador y disponía­ tanos. Hasta ahora, no me has dado
se a partir cuando divisó a Fulvio, que ninguna prueba de tu habilidad, y, sin
había sido mandado llamar como espía embargo, bastante dinero me ha costa­
de la corte y que hasta entonces había­ do. Esos cristianos te darán buena oca­
se esforzado por permanecer lo más sión de hacerlo; conque así, prepárate
oculto posible. a demostrarnos lo que vales. Demasia­
—Holb, buen oriental — gritóle,— do me conoces ; aBÍ, pues, sutiliza tu in­
aproxímate. genio, o de lo contrario probarás una
Obedeció Fulvio de mala gana, aun­ cosa muy bien afilada en tu garganta.
que fingiendo estar satisfecho, como si Las propiedades de los condenador se
hubiese sido invitado a acercarse a un dividirán, como de costumbre, entre Iob
tigre atado a una cadena, en cuya se­ acusadores y el tesoro; a no ser en el
guridad no tuviera confianza. Había caso en que yo encuentre razones es­
observado desde un principio que su ve­ peciales para hacerlos todoa míos. Aho­
nida a Boma no había sido del agrado ra puedes marcharte.
de Maximiano, aun cuando no podía Todos comprendieron que aquellas ra­
adivinar el motivo. Mas la causa de es­ zones especiales serían en la práctica la
ta ojeriza no era solamente el número regla general.
de favoritos a quienes el tirano podía
enriquecer y el de buenos espías que
pagar, sin que Diocleciano tuviese que
enviárselos de Asia; obedecía también
a otras y poderosas razones. Estaba V II
persuadido de que Fulvio había Bido en­
viado principalmente con objeto de es­ IfCEBTB LÚUÜBRB

piarle y comunicar a Nicomedia todo


cuanto se pensaba y acontecía en su
corte. Por esto, aun cuando se veía for­ Hacía varios días que Fabiola estaba
zado a tolerarle y darle empleo, des­ de regreso en la ciudad, cuando la visi­
confiaba de él y lo miraba con aversión, tó Sebastián para informarla de la con­
lo cual era equivalente a aborrecerle. versación habida entre Corvino y la es­
Por lo demás, fué una compensación clava negra, cosa que podía hacer sin
para Corvino que el tirano tratase en ocasionar un mal inútil. Ya hemos he­
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 133
cho observar que, de todos los jóve­ más bien físicos que morales, que pu­
nes que concurrían a casa de Fabio, diesen producir los filtros de la esclava
uno solo supo cautivarse la admiración Afra, creyóse en el caso de participar
y el respeto de la jovencita: Sebastián. a Fabiola el pacto criminal de los dos
Franco, generoso, valiente, bondadoso cómplices, pacto que, por lo demás, no
y dulce en sus palabras y en sus moda­ debía tener otro objeto que el de ali­
les, nada exigente en lo que a sí pro­ gerar la bolsa de aquel miserable sim­
pio se refería, amable y abnegado para plón. Sebastián no dijo palabra de la
con los demás, hermanaban en él la parte del diálogo que hacía referencia
nobleza y con sencillez, la profunda sa­ a los cristianos; le bastaba poner en
biduría con el juicio recto de la prácti­ guardia a Fabiola, la cual le prometió
ca, y considerábale Fabiola como el ti­ impedir en lo sucesivo las nocturnas ex­
po más perfecto de las virtudes varoni­ pediciones de su esclava. En cuanto a
les. En efecto, Sebastián era uno de lo que ésta se había obligado a hacer,
esos privilegiados que se hacen querer dijo que no la consideraba capaz de eje­
cada vez más y cuyo trato íntimo au­
cutarlo, sobre todo, porque de lo que el
menta el cariño que inspiran.
joven le había referido se desprendía
No es, por tanto, de extrañar, que
fácilmente que la intención de la su­
cuando se le anunció que el oficial Se­
puesta maga habla sido burlarse de su
bastián quería hablarla a solas, su co­
víctima; y que su ciencia sólo le me­
razón latiese con violencia, y se le ocu­
recía el más profundo desprecio. Sin em­
rriesen multitud de ideas sobre el ob­
bargo, no podía menos de indignarse
jeto de la entrevista solicitada. Aun no
al verse objeto de un trato mercenario
se había calmado su agitación cuando,
entre seres tan viles, y que la reputaban
excusándose el joven por la molestia
como una mujer avara susceptible de
que la ocasionaba, dijo, sonriendo ama­
ser comprada con oro.
blemente, que, sabiendo cuán importu­
—Agradezco—dijo a Sebastián—tu
nada se hallaba por los muchos preten­
bondad por prevenirme del peligro ; y
dientes a su mano, sentía venir a aña­
admiro la delicadeza con que has obra­
dir otro más, que aun no se había atre­
vido a declararse. Sorprendida por la do en este desagradable suceso, y la
ambigüedad de semejante preámbulo, benevolencia que has manifestado para
entristecióse bien pronto cuando supo con loe que en él han intervenido.
que el candidato era el vulgar y estú­ — Solamente he hecho—replicó el tri­
pido Corvino. Su mismo padre, habíale buno—lo que haría por cualquiera cria­
calificado así, a pesar de que no era na­ tura humana para evitarle, si posible
da escrupuloso en la elección de bus co­ fuera, un disgusto o un peligro.
mensales ; y precisamente en el último — Supongo que te refieres a personas
banquete la joven había experimentado amigas—exclamó Fabiola sonriendo,—
cierta repulsión al observar la actitud porque de otro modo, tendrías que de­
del hijo del prefecto. dicar tu vida a estos actos de gratuita
Temeroso Sebastián de los efectos, benevolencia.
134 CáBDENAL NICOLÁS WIBEMAN

—Y aunque así fuera, creo que no estar cumpliendo con nuestros deberes,
podría emplearla mejor. aunque no pudiésemos llenarlos todos?
—Indudablemente te chanceas, Se­ —Por mi parte—observó Fabiola,—
bastián ; y bí no, dime : si vieras a una soy del parecer del antiguo poeta Epi­
persona que te ba odiado siempre y pro­ cúreo. Este mundo es un banquete, el
curado causarte toda, clase de daños, si que estaré dispuesta a abandonar tan
la vieras, digo, en peligro, que para pronto como esté saciada ut conviva so-
siempre te pudiera librar de ella, ¿co­ tur (1), pero no antes. Deseo leer des­
rrerlas a salvarla, a socorrerla? de el principio en el libro de la Vida, y
— Seguramente que si... Cuando Dios cerrarle tranquilamente cuando haya
hace que brille el boI y caiga la lluvia leído su última página.
lo mismo sobre sus amigos que sobre Sebastián movió la cabeza y repuso
sus enemigos, ¿cómo ha de intentar el con amarga sonrisa:
débil mortal establecer otra regla de —La última página del libro de la vi­
justicia? da no pasa de su mitad y a veces en la
Fabiola se estremeció al oír estas pa­ portada se encuentra escrita la palabra
labras, tan semejantes a las del perga­ muerte; pero en la página siguiente em­
mino misterioso y tan idéntica su mo­ pieza el libro de la segunda vida, que
ral a la de las teorías de su esclava. no tiene fin.
—I Oh I te entiendo—replicó Fabiola
— Me parece recordar, Sebastián—di­
en tono jovial;—eres un valiente sol­
jo con viveza,— que has estado en Orien­
dado y como tal hablas. Vosotros te­
te. ¿Aprendiste allí esas doctrinas? Por­
néis precisión de estar siempre dispues­
que tengo aquí en mi casa una'escla­
tos a la muerte, que cualquiera casua­
va, que sólo por su gusto continúa sién­
lidad puede acarrearos ; mas a nosotras
dolo, adornada de cualidades muy ex­
nos ataca rara vez de repente \ se acer­
traordinarias y que profesa ideas idén­
ca misteriosamente con las debidas con­
ticas a las tuyas, y esa mujer es asiá­
sideraciones a nuestra debilidad. Vos­
tica.
otros anheláis, sin duda, hallar muer­
— Aunque es verdad que traen su ori­
te gloriosa cuando ob exponéis a la llu­
gen de Oriente—replicó Sebastián,—yo
via de ñechas lanzadas por el enemigo;
no las he aprendido en lejanas tierras :
bí sucumbís es cubiertos de honor, y
las he mamado con la leche de mi ma­
por tumba tenéis la hoguera funeraria
dre.
del soldado coronado de trofeos. Des­
—Consideradas en abstracto—repuso pués de vuestra muerte se abren para
Fabiola,—me parecen bellísimas esas vosotros las brillantes páginas del libro
teorías; pero la muerte nos sorprende­ de la gloria.
ría antes que las hubiéramos podido po­ — Me has comprendido mal, señora
ner en ejecución, si las admitiésemos —exclamó Sebastián con énfasis.—No
como norma de nuestras accioneB. es así como yo pienso. No me cuido de
—¿Y cuándo mejor podría sorpren­
dernos la muerte que en el momento de (1) Como un huésped satisfecho.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 135

esa gloria de que sólo se goza imagina­ es quien nos ha de premiar, no sólo por
riamente. Hablo de la muerte común, nuestro modo de vivir, sino también
que tanto puede sorprenderme como al por la manera de morir. |Dichosos aque­
más pobre esclavo, de la que puede llos cuyos corazones, en los que El e?tá
consumirme por medio de una abrasa­ siempre leyendo, los hayan conservado
dora y lenta fiebre, aniquilarme por una puros e inocentes y cuyas acciones ha­
larga tisis o roerme poco a poco con La yan sido virtuosas I |Oh, para é B to s ,
gangrena, o lo que es aún más cruel, aparecerá radiante y glorioso y será el
que me extermine la cólera de los hom­ principio de su verdadera recompensa!
bres. Pues bien, bajo cualquiera de esas Creemos inútil advertir cuán iguales
formas que se me aparezca, viene de a las de Syra parecieron estas doctrinas
unas manos que bendigo. a Fabiola; pero antes de que pudiese
—¿Y te seria grata la muerte bajo preguntar a Sebastián en qué fuente
cualquiera de esos terribles aspectos con las había bebido, levantóse la cortina
que la has representado? de la sala, apareció un esclavo, se de­
—Tan grande sería mi alegría como tuvo en el umbral, y desde allí, con el
el gozo del epicúreo cuando advierte mayor respeto, dijo:
que se abren las puertas del banquete — Señora, acaba de llegar un correo
y ve la mesa iluminada por el resplan­ de Bayas (1).
dor de las lámparas, mostrando sus de­ —Dispénsame — dijo a Sebastián.
liciosas viandas, rodeada de los que han Después, dirigiéndose al esclavo :—Que
de servirlas con el semblante risueño y entre inmediatamente—añadió.
coronados de rosas. Tan inefable como El mensajero, cuyo caballo acababa
lo es para la desposada el anuncio de de caer rendido de cansancio en la puer­
su prometido que, cargado de ricos pre­ ta de la casa, entró cubierto de polvo y
sentes, llega para conducirla a su nueva de fango y entregó a la joven un pa­
morada; tal será la alegría de mi cora­ quete sellado*
zón cuando, cualquiera que Bea el mo­ Sus manos temblaron apenas sintie­
mento en que me sorprenda, separe d.e ron b u contacto, y mientras desataba
este lado la puerta de hierro y del otro convulsivamente las fajas que lo envol­
la de oro, que conduce a la mansión vían, murmuró :
eterna donde se disfruta de una vida —¿Es de mi padre?
enteramente nueva y sin fin. Poco me —Al menos te dará noticias suyas, se­
importa que sea horrible el mensajero ñora.
que venga a anunciarme la cercana lle­ Al oir esta respuesta de mal augu­
gada de Aquél, que es celestialmente rio, Fabiola palideció intensamente,
hermoso. rompió con mano trémula los sellos,
— ¿ Y quién es ése?—preguntó Fabio- abrió el pergamino, tendió por él la vis­
la con ansiedad.—¿No puede ser visto ta, lanzó un grito y cayó desplomada.
sino a través de los descarnados dedos Sostúvola Sebastián antes que tocase el
de la muerte? (1) Baños de las cercanías de Ñipóles don*
—No—replicó Sebastián,—porque El de se daba cita el mundo elegante.
186 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

suelo, la depositó sobre un lecho, y des­ Campania. Entregóse, como de costum­


pués de recomendarla solícitamente al bre, a sus excesos de intemperancia, y
cuidado de bus esclavas, que acudieron un día, al salir del baño, después de
presurosas al oir el grito, se retiró con­ una copiosa cena, fué acometido de un
tristado. escalofrío mortal que a las veinticuatro
Una sola mirada bastó a la joven para horas le privó de la vida. Tuvo, empe­
comprenderlo todo. ro, tiempo de hacer testamento, e ins­
Su padre había muerto. tituyó como única y universal heredera
a su hija. En fin, a la salida del correo
conductor de tan desgraciada noticia,
estaban embalsamando su cuerpo para
transportarlo a Ostia en su galera.
Al oir Sebastián tal relación, apesa­
dumbróse de haber hablado a Fabiola
vin de la muerte en los términos en que lo
hizo, y retiróse de la casa entristecido.
FUNERALES PAGANOS Tan inesperada como súbita desgra­
cia sumergió a la joven en un dolor tan
inmenso que la hizo perder la razón.
Cuando Sebastián pasó por el patio de Cuando la fuerza de la juventud y su
la casa, encontró un grupo de esclavos carácter enérgico la volvieron a la rea­
apiñados en derredor del correo, que les lidad, le pareció que la vida habíase
daba pormenores de la muerte de su convertido para ella en un vasto océa­
señor. no de aguas negras y cenagosas entre
La carta, de la que Torcuato había las que ella sola se agitaba. Parecíale
sido portador, produjo el efecto desea­ su desventura completa, desmesurada ;
do : Fabio se trasladó a su casa de cam­ cerró los ojos estremecida y cayó por
po, en la que pasó algunos días en com­ segunda vez en una especie de letargo
pañía de su hija, antes de partir para al que la arrancó de nuevo la violencia
el Asia; y durante su breve permanen­ de su dolor. En estas incesantes agita­
cia dió pruebas a Fabiola de inusitada ciones pasó todo el día luchando entre
ternura; mas a su despedida asaltó a la vida y la muerte, mientras sus escla­
ambos el triste presentimiento de que vas la aplicaban los remedios que juzga­
quizás no se volverían a ver. A pesar ban oportunos para prevenir sus largos
de esto, pronto recobró Fabio su alegría desmayos y terribles convulsiones. Por
en Bayas, donde era esperado con an­ fin incorporóse en el lecho, pálida, con
siedad por agunos aficionados a la bue­ los ojos hundidos, desencajados e inmó­
na vida. Allí se vió precisado a detener­ viles, rechazando con su descarnada
se mientras se disponía su galera, pro­ mano las medicinas que se la presen­
vista, con anticipación, para el viaje, de taban para devolverle la salud. Así per­
los vinos más delicados y de los man­ maneció varios días, sumida en letárgi­
jares más exquisitos que produce la co sopor, con las pupilas casi insensi­
FABIOLA O LA IOLESIA DE LAS CATACUMBAS 187
bles a la luz, y presa su espíritu de an­ dio de su desolación, y que un ángel
gustias mortales. iluminase la densa nube que entenebre­
Uno de los médicos que habían sido cía el espíritu de su humillada señora?
llamados para asistirla resolvió hacer la A medida que cedía el pesar, fué dan­
última prueba, y acercando la boca a su do cabida a la reflexión. Presentóse és­
oído, murmuró: ta a Fabiola bajo una forma tenebrosa
—¿ Sabes, Fabiola, que ha muerto tu y lúgubre. ¿Qué habría sido de su pa­
padre? dre? ¿Dónde habría ido a parar? ¿Ha-
Estremecióse violentamente la joven briase reducido a polvo o habría sido
al oir estas palabras, pero recayó en se­ aniquilado? ¿Todas sus acciones ha­
guida en la postración ; un torrente de brían sido juzgadas por Aquel cuya vis­
lágrimas se agolpó a bus párpados, y co­ ta alcanza hasta lo invisible? ¿Habría
rriendo por s u b mejillas aliviaron su co­ sido sometido al severo juicio que le ha­
razón y despejaron su cabeza. Habló bían descrito Sebastián y Syra? j Im­
entonces de su padre, y preguntó por posible 1 ¿ Entonces qué había sido de
él en medio de sus angustiosos sollozos, él? Estremecíase la joven a este desga­
profiriendo palabras y fraBes incoheren­ rrador pensamiento y lo rechazaba de
tes, pero afectuosas, que parecían dirigi­ su cerebro para substraerse a tan horro­
das a él. A veces parecía olvidar momen­ rosas angustias.
táneamente su desventura, mas bien ¡ Ah I ¡ Quién hubiera podido hacer
pronto la recordaba y lloraba, hasta que llegar al corazón de la joven un rayo
el sueño, reemplazando a las lágrimas, de luz que, penetrando en la sepultura,
prestaba algún consuelo a su quebran­ le hiciese ver la realidad ! La poesía ha
tado espíritu. pretendido iluminar aquellos abismos y
Eufrosina y Syra eran las únicas sir­ aun glorificadlos ; pero sólo ha conse­
vientas que la asistían. Aquélla de vez guido llegar a la puerta, donde, seme­
en cuando trataba de consolarla con las jante al genio de la melancolía, se ha
fútiles frases de los gentiles, recordán­ visto precisada a detenerse con la an­
dole cuán bondadoso como amo y cuán torcha inclinada al suelo. La ciencia
honrado como ciudadano era el amoro­ también ha querido sondarlos, pero ha
so padre que había perdido. Mas la es­ retrocedido con bus alas manchadas y
clava cristiana guardaba silencio, y si su antorcha apagada por aquel aire fé­
abría sus labios era sólo para proferir tido : la ciencia no ha visto más que
palabras de esperanza y consuelo, sir­ corrupción y podredumbre. La filosofía
viéndola con un celo y delicadeza tales, se ha aventurado únicamente a girar en
que llamaron la atención de Fabiola aun torno do ella y dirigirle una mirada de
a pesar de su dolor. ¿Y qué podía hacer terror, para retroceder súbitamente, y
la pobre esclava más que orar? ¿Qué después de perder el tiempo en digre­
otra esperanza podía tener más que la siones declarar que el problema aún no
de que una nueva gracia descendiese está resuelto y que el misterio perma­
sobre la desconsolada huérfana para nece todavía oculto bajo un denso velo.
hacer brotar una flor inmortal en me­ ] Oh, qué no daría ella por hallar algo
138 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

o alguno que la sacase de tan angustio­ noche y apareció entre los esplendores
sas incertidumbres! de la aurora; porque fué depositado,
Mientras que estos pensamientos envuelto en un lienzo embalsamado, y
oprimían y hacían palpitar, en el silen­ de allí se elevó revestido de bu incorrup-
cio de la noche, el corazón de Fabiola, tibilidad luminosa y celestial. Y desde
su esclava Syra contemplaba extasiada ese día la sepultura dejó de ser objeto
la visión de la luz, revestida de una for­ de horror para el alma cristiana; por­
ma inmortal, radiante, esplendidísima que es aún como El la hizo; es decir,
que salla de una sepultura, como de un el surco en que ha de sembrarse nece­
crisol en el que habían quedado las cua­ sariamente la semilla de la inmortali­
lidades impuras de la materia, sin al­ dad.
terar la esencia de la naturaleza. Des­ No era llegado aún el momento de ha­
prendíase del centro mismo de la co­ blar de semejantes cosas a Fabiola, que
rrupción, libre y espiritualizada, aman­ continuaba en la misma tristeza y des­
te y gloriosa. Esta visión no es única, consuelo en que yacen los que han per­
se repite y se multiplica; ora sale de dido la esperanza : días y más días pa­
las profundidades de la tierra, ora de saron sin que apartase su imaginación
los abismos del mar, ya del mefítico del misterio de la muerte, hasta que
cementerio, ya del altar consagrado, o otros cuidados vinieron oportunamente
bien del fondo de la maleza umbría en a distraerla. Llegó a Boma el cadáver
cuya soledad se había cometido el ase­ de su padre; y se dispusieron tales pom­
sinato del justo, y de los antiguos cam­ pas fúnebres, que Boma recordaba muy
pos en que el pueblo de Israel sostuvo pocas parecidas. En procesión nocturna,
cien batallas en honra de su Dios. To­ a la luz de lúgubres antorchas, acom­
das esta# imágenes radiantes a la ma­ pañado de las estatuas en cera de sus
nera de surtidores de cristalinas aguas mayores, y seguido de sus amigos y
que saltan del suelo o de brillantes me­ plañideros, fué conducido el cadáver y
teoros atravesando el zafir del firma­ colocado sobre una gran pira compues­
mento, hasta que millones y millones ta de maderas aromáticas, rociadas de
de ellas, unas junto a otras, llenaban de los perfumes más delicados de la Ara­
nuevo la creación de seres gozosos y do­ bia ; y el puñado de cenizas de huesos
tados de imperecedera vida. ¿Y cómo calcinados a que quedó reducido, en­
podía Syra penetrar en estos prodigios? cerróse en una urna de alabastro que
Porque Uno, más grande y más sabio fué depositada en un nicho del sepulcro
que los poetas, los hombres de ciencia de su familia. Un nombre grabado en
y los filósofos, había hecho el experi­ una losa de mármol era todo lo que que­
mento de descender primero a la lú­ daba del opulento Fabio.
gubre morada de la muerte, y la ben­ Calpurnio pronunció la oración fúne­
dijo, como bendijo la cuna y consagró bre, en la que, ensalzando las falsas
la infancia y santificó la muerte, ha­ ideas de aquellos tiempos, esforzóse por
ciendo de su estancia un santuario; por­ hacer resaltar el contraste de las virtu­
que El se internó en las tinieblas de la des y hospitalidad del industrioso ciu­
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 130
dadano que acababa de perder la pa­
tria, con la falsa moralidad de los que
se titulaban cristianos, los cuales dedi­
caban todo el día al ayuno y la oración,
y trabajaban incesantemente en difun­
dir sus perniciosas máximas en las fa­
milias nobleB y en esparcir la malicia y
la inmoralidad en todas las clases de
la sociedad. «Si es cierto—prosiguió el
orador—que existe una vida futura, so­ IX
bre lo que no están de acuerda los filó­
sofos, Fabio, sin género de duda al­ la traición de un hermas o
guna, eBtaría en aquellos instantes re­
creándose al sol, Bentado en una verde
ribera del Elíseo embriagándose de pu­ N obvemos precisados a hacer retro­
rísimo néctar. ¡ Ah I—concluyó en to­ ceder al lector para encontrar a Tor­
no patético el viejo impostor, que segu­ cuato.
ramente no hubiera cambiado un vaso La mañana siguiente a la noche fu­
de Falerno por un ánfora de aquella nesta de su caída, halló a Fulvio, al
divina bebida,—¡ o h ! ¡ dichoso mil ve­ despertarse, sentado junto a su lecho.
ces yo si los dioses se dignasen apresu­ Asemejábase éste al halconero que ha­
rar el día en que deba este su humilde biendo cogido un buen gavilán, venía
servidor marchar a compartir con Fa­ a domesticarlo y amaestrarlo con el ob­
bio el reposo y sobrios banquetes de que jeto de que abatiese a bus pies a la tí­
actualmente goza I» Esta nobleza de mida paloma, en pago del buen ali­
sentimientos arrancó a la asamblea mento con que debía sostenerle duran­
atronadores aplausos. te su esclavitud. Con la impasibilidad
A este cuidado sucedió otro. Debía del hombre ducho en semejantes asun­
Fabiola desplegar un gran vigor en exa^ tos, recordóle Fulvio todas las circuns­
minar y arreglar los complicados nego­ tancias de su incontinencia en la pre­
cios de su padre. Esta ocupación le cau­ cedente noche, su total ruina, y el úni­
só honda pena, por parecerle injusticia co recurso que le quedaba para salvar­
y fraude, usura y opresión, las opera­ se ; con finísima astucia reforzó los hi­
ciones de aquel a quien había rendido los de la red con que le había envuelto
el mundo un tributo como al más hon­ y añadiéndole, al mismo tiempo, mu­
rado y desprendido de los contratistas chas mallas.
públicos. La situación de Torcuato era la bí-
Transcurridas algunas semanas, F:v guiente : si daba algún paso en favor de
biola, vestida de riguroso luto, comen­ los cristianos (lo que por otro lado le
zó a visitar algunas de sus amigas. La aseguraba Fulvio ser imposible), Beria
primera visita dedicóla a su prima Inés. entregado al punto a un juez y castiga­
do con una cruel muerte; bí por el con­
140 CARDENAL NICOLAS W ISEUAN

trario permanecía fiel a su pacto de plicaciones con frases de tal género,


traición, nada había de faltarle. que no son para referidas. En medio
—Te abrasa la fiebre—díjole Fulvio de su entusiasmo juzgó a Torcuato co­
al concluir;—un buen paseo y el aire mo a propósito para hacer un ensayo
fresco te harán mucho bien. práctico de sus descripciones, y estuvo a
El pobre miserable no tenia valor pa­ punto de arrancarle las orejas con unas
ra resistir; accedió, pues, y cuando lle­ cortantes tenazas, y otra vez pasó a
garon al Foro, salió Corvino al encuen­ muy corta distancia de su barbilla un
tro de ellos como por casualidad. enorme mazo.
—Celebro haberos encontrado — les El potro, unas grandes parrillas, un
dijo, después de saludarlos ;—tenía de­ sillón de hierro colocado sobre un hor­
seos de que vieseis el arsenal de mi par nillo para enrojecerlo, calderas enormes
dre. para baños de aceite y agua hirviendo,
—¿El arsenal? — preguntó con sor­ cucharones para verter plomo derreti­
presa Torcuato. do en las bocas de las victimas: pin­
—Sí, donde tiene reunidos aua ins­ zas, ganchos y cardas de diferentes for­
trumentos ; acaban de ser restaurados mas pora separar la carne de las cos­
y presentan un golpe de vista admira­ tillas, escorpiones o látigos, provistos
ble. Aquí es ; mirad a Cátulo, capataz en su punta de una bola de bronce o de
de los operarios, que está abriendo las hierro ; collares de lo mismo, esposas y
puertas. cadenas para el tormento; en fin, es­
Entraron los tres en un patio espa­ padas, cuchillos y hachas de varias cla­
cioso, rodeado de galerías llenas de ins­ ses ; todos estos horribles instrumen­
trumentos de tortura de todas formas tos se los fué mostrando uno por uno
y dimensiones. A su vista retrocedió el complaciente Cátulo, comentando su
Torcuato horrorizado. uso como si realmente se estuviera pre­
—Señores míos, pasad adelante, no senciando, en medio del deleite que le
tengáis temor—dijo el viejo verdugo.— producía calcular sus fectos sobre las
Aun no se ha encendido el fuego y no duras cabezas y la flexible piel de loa
sufriréis daño, a no ser que pertenez­ cristianos (1).
cáis al número de los malvados cristia­ Sufría Torcuato de tal modo, que es­
nos : acaban de limpiarlos y afilarlos tuvo a punto de desplomarse al suelo
para que puedan prestarles buen servi­ desvanecido. Condujéronle luego a los
cio. baños de Antonino, donde fué reconoci­
— Ahora—dijo Corvino a Cátulo,— do por Cucumio, jefe del guardarropa o
explica a este joven, que es extran­ capsarius, y por su mujer Victoria,
jero, el uso de los lindos juguetes que quienes le habían visto en la iglesia.
ahí tienes. Después de un buen almuerzo dirigié-
Cátulo, con marcadas muestras de
júbilo, les hizo recorrer el espantoso
(1) En las Actaa de lew mártires y en los
museo, mostrándoles sus diferentes par­ historiadores eclesiástico* m hace mondón de
tes, y acompañando sus minuciosas ex­ estos instrumentos.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 141

ronse a una casa de juego en las Ter­ su compañero a la primera función en


mas. Torcuato hizo algunas jugadas y que se reuniese mayor número de pres­
las perdió todas; y aunque Fulvio le bíteros y diáconos alrededor del papa:
prestó algún dinero, exigióle prenda allanó cuantos obstáculos le opuso Tor­
por cada óbolo que le entregaba. cuato y disipó bub temores asegurándo­
De este modo a los pocos días esta­ le que, una vez que él conociese la con­
ba completamente subyugado. traseña, se portaría tan bien como cual­
Los tres amigos se reunían con fre­ quier cristiano. Al cabo de unos días,
cuencia para tramar sus conjuras. De­ le comunicó Torcuato que iba a pre­
jábanle libre el día para que Torcuato sentarse una oportunidad, en la cere­
hiciese su servicio y no despertase sos­ monia de la ordenación, que se cele­
pechan entre los cristianos. Había re­ braría aquel mismo mes de diciembre.
suelto Corvino descargar un tremendo
golpe sobre ellos tan luego como se pro­
mulgase el edicto imperial; y al efecto
exigió de Torcuato se informase minu­
ciosamente acerca del cementerio prin­
cipal, donde debía celebrar el pontífi­
ce. Bien pronto cumplía Torcuato su X
cometido, pues su visita al cementerio
de Calixto no tuvo otro objeto. Enton­ LA ORDENACIÓN DE DICIEMBRE
ces fué cuando Severo vió marcada en
el rostro de aquel desdichado la lucha
que se agitaba en su interior entre la El que haya leído la historia de los
gracia y el pecado; pero el recuerdo de primeros papas, conocerá perfectamen­
Cátulo y de sus innumerables instru­ te un hecho que Be repite sin cesar en
mentos de tortura, y de Fulvio con sus el pontificado de cada uno de ellos, es­
prendas de crédito, inclinó la balanza to es, que anualmente, en el mes de
por el lado de la perdición. Corvino re­ diciembre, tenían ordenaciones gene­
cibió, por lo tanto, un informe minu­ rales en las que se creaban tantos pres­
cioso de todo, con arreglo al cual deci­ bíteros, diáconos y obispos como exi­
dió invadir el cementerio el día siguien­ gían las necesidades de las diversas
te al de la publicación del decreto. iglesias. Los presbíteros y diáconos se
Fulvio siguió otro plan, consistente destinaban al servicio de las iglesias
en conocer personalmente a los sacer­ o títulos de Boma, mientras los obis­
dotes y principales cristianos residen­ pos iban a cubrir las sedes vacantes de
tes en Boma. Una vez conseguido, es­ las otras diócesis. En tiempos poste­
taba segurísimo de que ningún disfraz riores fueron las témporas de diciem­
podría ocultarlos a bu penetrante mira­ bre—arregladas por la festividad de San­
da, y que le sería bien fácil apoderarsa ta Lucía,— las preferidas por los 80-*
de ellos uno por uno. Con este objeto, beranos pontífices para tener sus con­
exigió a Torcuato le condujese como a sistorios, en los cuales nombraban sus
142 CARDENAL NICOLÁS W I9EMAN

cardenales, presbíteros y diáconos y indagar dónde estaban, deseemos que


preconizaban, como se decía entonces, no nos extravíe preocupación alguna
los obispos de todas las partes del mun­ nacional ni loeal, y para lograrlo segui­
do. Y aunque actualmente esta fun­ remos a un docto arqueólogo, todavía
ción no coincide con el período de las viviente, el cual, en las investigacio­
ordenaciones, continúa con el mismo nes de otro género que ha practicado,
objeto respecto a su esencia. ha reunido todos los datos que para
Marcelino, durante cuyo pontificado nuestro intento se requieren (1).
ocurrieron los sucesos que vamos a na­ Hemos dicho que la casa de los pa­
rrar, celebró dos ordenaciones, preci­ dres de Inés estaba situada en la calle
samente en diciembre, y una de éstas Patricia ( Vicus Patricius), que se lla­
fué la que, como hemos dicho, iba pron­ maba también de los Comelios ( Vicus
to a efectuarse. Comeliorum), porque en ella tenía su
El lugar donde Be verificaría el so­ vivienda la familia de este nombre. A
lemne acto era lo primero que pregun­ ésta pertenecía el centurión convertido
tó Pul vio, y la respuesta interesará, por San Pedro (2) y a él se debió, pro­
seguramente, al anticuario cristiano. bablemente, la amistad del apóstol con
En efecto, no podríamos conocer bien el jefe de ella, Cornelio Pudente. Este
la antigua Iglesia romana si ignoráse­ senador habíase casado con una noble
mos el sitio elegido sucesivamente por dama británica, llamada Claudia, y es
todos los pontífices para predicar y ce­ muy de notar que un poeta tan libre
lebrar los divinos misterios y en el que como Marcial compitiese en decencia
tenían también sus concilios y las glo­ con Iob escritores más puros en el epi­
riosas ordenaciones de las que salían talamio que cantó en honor de los vir­
no sólo los obispos sino también los tuosos cónyuges. En casa de éstos pa­
mártires destinados a gobernar e ilus­ só San Pedro algunos años de su vida;
trar las otras iglesias; donde fué orde­ el apóstol San Pablo cuenta a sus mora­
nado de diácono San Lofenzo y de pres­ dores entre sus amigos más íntimos,
bíteros un San Novato y un San Timo­ según se desprende de una de bub epís­
teo ; donde un Policarpo y un Irineo tolas : cEbulo y Pudente, y Lino y
visitaron al sucesor de San Pedro; don­ Claudia, y todos Iob hermanos te sa­
de, finalmente, recibieron su misión ludan) (3). De esta casa salieron, pues,
apostólica los que convirtieron a la fe los obispoB enviados por el príncipe de
al rey británico Lucio. los apóstoles en todas direcciones para
La casa que habitaron los romanos propagar la fe de Cristo y morir por
pontífices y la iglesia en que oficiaron ella. Muerto Pudente, la mansión pa-
hasta que Constantino los estableció en
la basílica de Letrán, residencia y ca­
(1) Sopra Vantichisimo altare di legno,
tedral de la ilustre sucesión de pontí­ rinchiuso neWaltare papale della ¡anta Ha*
fices mártires que gobernaron la Igle­ tilica dn iMterano, por Mons. D. Bartolini.
Boma, 1852.
sia por espacio de trescientos años, no (2) Acta* de los Apóstoles, cap. X.
pueden ser un lugar desconocido. Al (3) S. Pablo, II a Timoteo, Ij 21.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 143
só a ser propiedad de sus hijos o nie­ de mañana, tomó Id piedra que había
tos, dos varones y dos hembras (1), puesto debajo de su cabeza y la erigió
de loa cuales las dos últimas son más como un monumento de su visión, de­
conocidas por haber alcanzado un lu­ rramando óleo encima (1).
gar en el calendario de la Iglesia y da­ La iglesia u oratorio en el que se ce­
do sus nombres a dos basílicas, las igle­ lebraban los sagrados misterios era real­
sias más ilustres de Boma, la de San­ mente para los cristianos la casa de
ta Práxedes y la de Santa Pudenciana. Dios ; y el altar de piedra allí erigido se
La iglesia de Santa Pudenciana, que consagraba con el óleo derramado so­
Albano Butler califica la más antigua bre él, como se hace aún, pues la ley
del mundo, señala a la vez el lugar que de Evaristo está todavía en vigor; y
ocupaba la casa de Pudente en la ca­ así se convirtió la iglesia en titulo o mo­
lle Patricia. numento (*2).
En Roma, como en todas las demás Dos hechos se desprenden de lo que
ciudades, el sacrificio de la Eucaristía acabamos de referir. El primero, que
se ofrecía sólo en un sitio y por un hasta aquella época existía en Boma
obispo; y aun después de haber sido sólo una iglesia con un altar único; na­
construidas varias iglesias, donde los die ha puesto en duda jamás que aque­
fieles se congregaban, la comunión se lla iglesia, sola o primitiva, fuese la co­
leB llevaba dd aquel altar único por los nocida después, y aun hoy día, bajo la
diáconos, y los sacerdotes se las admi­ advocación de Santa Pudenciana. El
nistraban. El papa Evaristo, cuarto su­ segundo hecho es que el único altar
cesor de San Pedro, multiplicó las igle­ usado hasta entonces no era de piedra,
sias en Boma, con circunstancias alta­ pues, en efecto, era de madera el al­
mente interesantes. Dispuso, en pri­ tar en el que celebraba San Pedro y
mer lugar, que los altares se constru­ que se conservó en aquella iglesia has­
yesen con piedra y que todos fueran ta que San Silvestre lo hizo trasladar
consagrados ; después distribuyó los tí­ a la basílica de San Juan de Letrán,
tulos, o sea dividió a Boma en parro­ en donde está hoy el altar mayor (3).
quias, a las que dió este nombre. La Dedúcese, además, que el mandato no
conexión entre estas dos disposiciones tuvo efecto retroactivo y el altar de ma­
la comprenderá fácilmente el que lea dera de los primeros pontífices se con­
el capitulo XXVIII del Génesis, en el servó en aquella misma iglesia donde
qne se dice que después de haber teni­ fué erigido, por más que en algunas oca-
do Jacob una visión angélica mientras
dormía teniendo por almohada una pie­
(1) Vere. 17 y 18.
dra, añade el sagrado escritor : «¡ Cuán (2) Creemos innecesario explicar las in­
terrible es este lugar I Verdaderamen­ terpretaciones clásicas de 1a v o z título.
(3) En este altar sólo puede celebrar la
te esta es la casa de Dios y la puerta misa el Papa, o un cardenal en virtud de una
bula especial. No ha mucho Be cotejó la ma­
del Cielo!» Y cuando se levantó muy dera de este ol^ar con la tabla que del mismo
se dejó en la iglesia de Santa Pudenciana,
(1) Se habla también de otro Pudente,en el altar llamado de San Pedro, y se ha vis-
hermano, quizá, del primero. de que son de la misma madera.
144 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

siones se haya trasladado y empleado que vengo a Boma y no conozco otro


provisionalmente en otros lugares. lugar que el mencionado.
La iglesia del Vicw Patricius, por Los baños de Timoteo, o Timotinos,
consiguiente, como existía antes de la formaban parte de la casa de la fami­
creación de los títulos, no pasó a ser un lia Pudente, y son donde dijimos que
titulo sino que continuó siendo iglesia se habían citado una mañana muy tem­
episcopal, o sea pontificia. prano Fulvio y Corvino.
El pontificado de San Pío, que duró Novato y Timoteo eran hermanos de
desde el 142 al 157, constituye, por las santas vírgenes Práxedes y Puden­
dos razones, uno de los más interesan­ ciana y por eso aquellos baños fueron
tes periodos de la historia de aquella denominados sucesivamente Novacia-
iglesia, pues este papa, sin alterar su nos o Timotinos. San Justino, pues, vi­
carácter, le añadió un oratorio del que vía en aquella casa, y como no conocía
creó un titulo (1) y confió su dirección a ningún otro lugar en Boma, es eviden.
bu propio hermano Pastor, por lo que te que allí debió celebrar los divinos ofi­

el oratorio tomó el nombre de Titulus cios. Los deberes de la hospitalidad,


Pastons, y esta denominación ha con­ por otra parte, lo hubieran exigido así.
servado durante mucho tiempo el car­ Describiendo en su Apología la litur­
denalato anejo a dicha iglesia, lo cual gia de los cristianos, tal como la pre­
demuestra también evidentemente que senciaba, habla San Justino del sacer­
la iglesia misma era algo más que un dote celebrante en términos que no pue­
titulo. Además, durante este pontifica­ de menos de aludir al obispo o supremo
do fué cuando llegó a Boma por segun­ pastor del local, pues no sólo le aplica
da vez y sufrió el martirio el digno y un título que sólo se daba a los obispos
justo apologista San Justino de cuyos antiguamente (1), sino que le designa­
escritos, comparados con sus actas, sa­ ba, además, como la persona que tenia
caremos algunas interesantes conclu­ a su cuidado la asistencia de los huér­
siones referentes al culto de los cris­ fanos y de las viudas, a los enfermos e
tianos en aquellos tiempos de persecu­ indigentes y a los extranjeros que re­
ción. clamaban hospitalidad ; en fin, que en­
—¿En qué sitio Be reúnen los cristia­ tendía en proveer a las necesidades de
nos?—le preguntó el juez. todos. ¿Y quién podía ser este sacer­
—¿ Supones, acaso, que nos reunimos dote sino el obispo o el papa mismo?
todos en un mismo lugar? Te engañas. Debemos también observar que San
Y cuando le preguntó en dónde vivíaPío erigió una fuente bautismal en esta
y en dónde tenía sus reuniones con s u b misma iglesia, que es otra prerrogativa
discípulos, respondió: de catedral, que fué transferida a la
—Hasta ahora he vivido en casa de basílica de Letrán. La historia nos di­
un tal Martín, cerca de los baños lla­
mados de Timoteo. Es la segunda vez (1) Fr&poiitvj, Hfeb. X III, 17, Víctor,
obispo de los romanos ; y Eusebio, ííist. Ecle­
(1) La. capilla Cartani ocupa hoy el área siástica 1, v. 24. Lu palabra griega es la mis­
do este tita lo. ma quo emplea San Justino.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 145
ce, además, que el santo papa Esteban De un exorcista:
bautizó el año 2G7, en el título de Pas­
tor (1) al tribuno Nemesio y a toda su
MACÍDOWIVJ
familia, con otros muchos; y allí fué, fXOftCl&IA Dt CATOLICA (1 )
finalmente, donde el bienaventurado
diácono Lorenzo distribuyó los ricos va­
sos de la Iglesia a los pobreB. Existía, empero, la diferencia entre
En el transcurso del tiempo, fué re­ aquellos tiempos y los nuestros, de que
emplazado este nombre con otro; pero una orden no era necesariamente un es­
el sitio es el mismo y no cabe dudar de calón para subir a otra, pues los orde­
que la iglesia de Santa Pudenciana fué, nados permanecían a veces toda bu vida
en los primeros tres siglos, la humilde en estas órdenes menores. Por lo de­
catedral de Roma. más, no se conferían con tanta frecuen­
Allí fué, por consiguiente, donde Tor­ cia, ni probablemente en público, ni al
cuato, a pesar suyo, consintió en con­ mismo tiempo que las órdenes mayores.
ducir a Fulvio para que presenciase la Provisto Torcuato de la necesaria con­
ordenación de diciembre. traseña, entró en la iglesia acompaña­
En las inscripciones sepulcrales, en do de Fulvio, que bien pronto demostró
los martirologios y en la historia ecle­ cuán hábil era en imitar las acciones
siástica, hallamos copiosas noticiaB de de los que le rodeaban. No era nume­
todas k s órdenes que se confieren aún rosa la congregación, y se había reuni­
en la Iglesia católica; y como las ins­ do en una sala de la casa convertida en
cripciones mencionan más comúnmente oratorio y ocupada principalmente por
las de lector y exorcista, daremos un individuos del clero y los aspirantes al
interesante modelo de cada una de ellas. sacerdocio. Encontrábanse entre los úl­
De un lector : timos Marcos y Marcelino, los dos her­
manos gemelos convertidos al mismo
tiempo que Torcuato, quienes fueron
«NNUUUVS OPAS LFCTOft TTTVU FAStiOLe AMKVS ordenados de diáconos, y su padre,
PAW'RVM QVJ VM T AKN. XLV). M£WS. MI. 0. V » / g )
KPOSIT IC PACS X . KAL- M te l. Tranquilino, de presbítero.
Fulvio examinó detenidamente sus
facciones para retenerlas en la memo­
(1) EL erudito Biavechini conjetura con ria y con mayor cuidado las de los
fundamento que la estación del domingo de
Pascua de Resurrección no esti en la cate­ pertenecían al clero que se hallaba allí1
dral de Letrán ni en San Pedro, aunque pa­
rezca natural que se conserve en una u otra, congregado y era el más eminente de
sino en la basílica Liberiana, porque ee ser­ Boma. En uno, especialmente, se detu­
vían ordinariamente de ella para la admi­
nistración del Bautismo en la iglesia de San­ vo más su penetrante mirada, no sepa­
ta Pudenciana, que distaba sólo algunos pa- rándola de él hasta que hubo estudiado
®os de aquélla.
(2) Ciíinamio Opas, Lector del título de minuciosamente su fisonomía, sus ges­
Faicinla (hoy iglesia de San Nereo y San tos, la expresión de sus ojos, el acen-
Aquileo), amigo de lo» pobres, el cval vivió
cuarenta y seis años, siete meses y ocho días.
* vé enterrado en paz el día 10 antes de las (3) Macedonio, exorcista de la Iglesia Ca­
calenda * de marzo. tólica.
146 CABDENAL NICOLÁS WISEMAN

to de su voz y su porte. Era éste el pon­


tífice que oficiaba.
Hacia cerca de seis años que Marce­
lino gobernaba la Iglesia y era ya de
edad avanzada. Su rostro benigno y apa­
cible apenas revelaba aquella fortaleza
que requiere el martirio y de la que,
sin embargo, dió tan señaladas pruebas
en su muerte por Cristo. Como en aquel
tiempo se tenía sumo cuidado en ocul­
XI
tar todas las señales que pudiesen ser­
vir a los lobos para descubrir al pas­
LAS VÍRGENES
tor, vestían ordinariamente los papas
el traje sencillo de los hombres respeta­
bles ; pero cuando oficiaban delante del — ---------------------^
altar revestíanse de una blanca túnica, PRC IVN PAVtft
V(T MIAUIQSA
precursora de la amplia casulla, a la ANNOftVM PVUA

que el obispo añadía una corona o ín­ v i s c o m TANiyM


AMOLLA DEI i r 'xPI
fula, de donde tomó su origen la mitra, F i. W KÍN TK ) ET
y tenía en la mano el báculo, emblema FWV»TO.T7t COMO

de su autoridad y oficios pastorales.


El espía no separaba, pues, bu vista
del sacerdote que, colocado delante del Si el docto Tommasini hubiese co­
altar de San Pedro, oficiaba dando el nocido esta inscripción, recientemente
frente a la congregación (1). Examiná­ descubierta, cuando con tanta riqueza
bale escrupulosamente, medía con la de erudición demostró que en la pri­
mente su estatura, definía el color de mitiva Iglesia se podía hacer voto de
su rostro y el de sus cabellos, los mo­ virginidad a los doce años, la hubiera
vimientos de su cabeza y cuerpo, sus citado, sin duda (2). Porque, ¿se pue­
gestos, el metal de su voz y hasta su de dudar de que la muchacha virgen,
respiración, y no cesó en tan minucio­ tan sólo de doce años y Bierva de Dios
so espionaje hasta que pudo decirse a y de Cristo, lo era por haberse consa­
sí mismo ; grado al Señor? De no ser así, cuanto
—Por mucha que sea su habilidad más tierna hubiese sido su edad, me­
para disfrazarse le reconoceré en todas nos de admirar hubiera sido su virgi­
partes y le echaré la mano encima, pues nidad.
vale la pena. Ya sé cómo me he de apo­
derar de él. (1) «El día antes del 1.° de junio dejó
de vivir Preciosa, muchacha virgen, tan sólo
de 12 anos, sierra de Dios y de Cristo. En el
consulado de Flavio Vicendo y Fravito, va­
rón consular». (Hallada en el cementerio de
(1 ) En la A ntigua y grande Basílica deSan Calixto).
Roma «1 celebrante oficiaba dando ©1 frente (2) Ve tus et nova E ehsia disciplina circa
a los fíeles. beneficia. Part. I, lib. III. (Luc. XXVII,27).
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 147

Mas, si bien la Iglesia permitía que siones excepcionales. El conflicto que


las doncellas se dedicasen a Dios en se temía le sirvió de motivo para soli­
esta edad, que es la nubil, con arreglo citar con vehemencia que se acortase el
a la ley romana, reservaba para otra plazo de diez años, prefijado por la ley,
época posterior la más solemne consa­ que aun le faltaban para ver realizado
gración, o sea el acto de poner el velo su más ardiente deseo. Y al propio tiem­
de la virginidad, ceremonia que cele­ po que Inés se presentó otra doncella
braba el obispo, generalmente el do­ solicitando la misma gracia.
mingo de Pascua de Resurrección. La Ea fácil imaginar que desde la pri­
primera de estas ceremonias consistía mera entrevista que medió entre Syra
únicamente en recibir de manos de sus e Inés, las unió una santa amistad, que
padres o parientes más cercanos un sen­ creció por gradoB a causa de los conti­
cillo traje negro; pero cuando amena­ nuos elogios que hacia Fabiola de su
zaba algún peligro, la Iglesia anticipa­ esclava favorita. Así, por lo que le de­
ba el segundo periodo, o sea el de la cía su prima y por lo que, con mayor
consagración, y fortificaba a las espo­ humildad, le refería la propia Syra,
sas de Cristo en su santo propósito ben- Inés estaba persuadida de que podía de­
diciéndolaa de manera más solemne. jarse exclusivamente al cuidado de ia
Como de un momento a otro se espe­ esclava la obra que había comenzado de
taba que estallase la más fiera de las convertir a su señora, obra que prospe­
persecuciones, de la que no escaparían raba a ojos vistas, merced a la gracia
las tiernas ovejitae de la grey del Se­ y prudencia con que era dirigida. En
ñor, no es de sorprender que Las que las frecuentes visitas que hacía a Fa­
en su corazón se habían consagrado al biola, contentábase Inés con elogiar y
Cordero para ser a perpetuidad sus cas­ aprobar lo que ésta le refería de Syra,
tas esposas, desearan que se anticipase procurando siempre no proferir expre­
la hora de sus virginales desposorios an­ sión alguna que pudiese suscitar sospe­
tes de morir. Suspiraban, como es na­ chas de que obraban de común acuerdo.
tural, por entrelazar la blanca azuce­ Desde la muerte de Fabio, Inés y Sy­
na de la virginidad con la palma del ra hablan vestido Biempre de luto, ésta
martirio. como sirvienta y aquélla como parienta
Inés había elegido desde su infancia del difunto; y gracias a esta circunstan­
un estado tan Banto y sublime. La dis­ cia no tuvieron que hacer alteración al­
creción y prudencia sobrenatural que guna en sus trajes, con*lo cual se evi­
revelaban sub palabras y sus acciones, taba que pudiese cruzar por la mente
y, por otra parte, la graciosa inocencia de Fabiola el menor recelo acerca de la
y el candor de bu niñez, hacíanla me­ existencia de algún plan concertado en­
recedora de que, a pesar de sus cortos tre ambas. Seguras en cuanto a esto,
años, se anticipase el momento de sus solicitaron ser admitidas a recibir la
castos desposorios y de que se conce­ solemne consagración de virginidad per­
dieran, al efecto, las dispensas necesar­ petua. OtorgóseleB, desde luego, lo que
ia s que solía otorgar la Iglesia en oca­ pedían, aunque por razones obvias tú­
148 CABDENAL NICOLAS VVISEMAN

vose reservada la concesión. Sólo la cho tan preguntona, querida niüa?—


antevíspera de su desposorio espiritual añadió luego en tono jovial. — ¿Sabes
fué cuando la prudente Syra comunicó que te vas aficionando demasiado al
la fausta noticia, con el mayor sigilo, a mundo?
su amiga la cieguecita. —Está tranquila—respondió Cecilia.
—¿De manera—le dijo Cecilia, fin­ — Además, si a mí se me guardan se­
giendo estar enojada,—que guardáis to­ cretos, yo puedo hacer lo mismo.
do lo bueno exclusivamente para vos­ RiÓBe Syra del afectado enojo de bu
otras? ¿Y llamaríais a esto caridad? amiguita, pues conocía a fondo el cora­
—No te enfades, querida mía—re­ zón sencillo y humilde que atesoraba, y
puso Syra, acariciándola; — no tienes abrazándola cariñosamente se separó de
razón para ofenderte, pues era preciso ella.
guardar el secreto. Cecilia se encaminó sin pérdida de
— Siendo así, supongo que tampoco momento a casa de Lucina, que, como
me será dado asistir a la ceremonia... todas las viviendas cristianas, estaba
—¡ Oh, sí 1—interrumpió vivamente siempre abierta para ella. Pero, en
la esclava;—te prometo que irás y lo cuanto se halló en presencia de la pia­
verás todo, dosa matrona, precipitóse en sus bra­
—Eso de verlo... — replicó Cecilia zos y prorrumpió en sollozos. Lucina,
sonriendo.—Pero dime, ¿ qué vestido lle­ con su habitual dulzura, la consoló y
varás? ¿Qué tienes ya preparado? colmó de caricias, y pocos instantes
Cuéntamelo todo. después la cieguecita estaba de nuevo
Deseando complacer a su amiguita, alegre y gozosa y en animada conver­
hízole Syra una descripción minuciosa sación con la bondadosa señora, tratan­
de su vestido y velo, de su color y su do de algún proyecto que la deleitaba.
forma. Cuando se despidió estaba contenta y
—¡ Cuán interesante es todo eso!— bulliciosa. De allí se dirigió a casa de
exclamó la cieguecita. — ¿Y después, Inés, en la que vivía el santo sacerdote
qué tienes que hacer? Dionisio. Hallóle en bu aposento y arro­
Divertida Syra con una curiosidad jándose a sus plantas le habló con tal
verdaderamente inusitada en Cecilia, la fervor que le hizo verter lágrimas y pro­
enteró punto por punto del breve cere­ digarle frases de consuelo. El Te Deurn
monial. no había sido escrito aún, pero, a juz­
—Una pregnnta más—añadió Ceci­ gar por el semblante de la pobre cie­
lia, cuando Syra hubo terminado su re­ guecita, una cosa muy parecida a ese
lato ;—¿ dónde y cuándo se celebrará i& canto divino salía de su corazón cuan-
fiesta? ¿No dices que podré asistir a do se retiró a su humilde morada.
ella? ¿Cómo lo haría ignorando el sitio Al fin llegó el suspirado día, y antes
y la hora? de que luciese el crepúsculo, habíanse
—En el titulo del Pastor, de aquí a celebrado los más solemnes misterios
dos días, al romper el alba—repuso Sy­ y la mayor parte de los fieles habían re­
ra.—Pero dime, ¿por qué te has he­ gresado a sub domicilios. Sólo queda-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 149
ron loa que tenían que intervenir en la conduciéndolas, los presbíteros y diáco­
ceremonia o fueron invitados como tes­ nos que las tenían a su cuidado, y en
tigos a la misma. De este número eran medio de ellas se distinguían dos por
Lucina y su hijo, loa padres de Inés y sus blancas vestiduras que resaltaban
Sebastián. Mas en vano buscaba Syra con deslumbrante brillo entre los ne­
con la vista a la cieguecita; pensó que gros hábitos de las demás. Eran éstas
se habría retirado con Iob demás fieles, las novicias, las cuales, cuando la pro­
resentida, quizá, por la reserva que con cesión se abrió en dos filas, a derecha
ella había guardado el día de su última e izquierda del altar, fueron a proster­
entrevista, y esto fué un motivo de pe- narse, acompañadas cada una de dos
sadumbre para la amable esclava. profesas, a los pies del pontífice. Sus
Aun eBtaba la sala medio a obscuras, madrinas permanecieron a su lado para
débilmente iluminada por la dudosa luz asistirlas.
crepuscular, si bien fuera del recinto A cada una se le preguntó solemne­
parecía, en los arreboles del Oriente, mente qué deseaba, y respondieron que
que se irradiaba un día claro y brillan­ su único anhelo era tomar el velo y
te de diciembre. Ardían sobre el altar cumplir con las obligaciones que le im­
enormes blandones de perfumada cera, ponía, bajo el cuidado de los guías que
y en derredor del mismo las lámparaB se habían elegido, pues aun cuando en
de plata y de oro que inundaban de suave aquel tiempo habían principiado a vivir
resplandor el santuario. Dando frente en comunidad las vírgenes consagradas
al altar había colocada una silla tan ve­ al Señor, muchas continuaban residien­
nerable como él mismo, que aun se con­ do en sus propias casas, a causa de no
serva como una reliquia en el Vatica­ ser posible la clausura por la persecu­
no : la silla de San Pedro; y sentado ción. Sin embargo, había un lugar en
en ella veíase al pontífice con el báculo la iglesia, separado por un tabique de
en la mano y una corona en la cabeza, madera, destinado a las vírgenes, y allí
rodeado de sus ministros, casi tan res­ se reunían solas para sus devociones e
petables y piadosos como él mismo. instrucción particular.
Del obscuro fondo de la capilla co­ Seguidamente, el obispo pronunció
menzaron a salir primero, como si fue­ una plática en la que manifestó a las
sen de ángeles, dulcísimas voces que jóvenes aspirantes, con palabras dulces
entonaban en armonioso coro un himno y expresivas a la vez que fervorosas,
que expresaba ya los sentimientos des­ cuán elevada era la vocación que las
arrollados luego en el de iba a poner en estado de vivir en la tie­
rra como viven los ángeles en el oielo
Jesu corona Virginum. y a subir por la misma senda de casti­
dad que eligió el Verbo encamado para
Después, iluminada por el resplandor su propia Madre a las moradas celestia­
que proyectaban las luces del santua­ les, donde serían recibidas en las filas
rio, apareció la procesión de las vírge­ de la escogida hueste que sigue al Cor­
nes ya consagradas, a cuyo frente iban, dero por doquiera que va. Se extendió
150 CARDENAL NICOLAB WISEMAN

sobre la doctrina de San Pablo, que gracias, que no advirtieron un pequeño


en una carta a los corintios escribió movimiento que se produjo en la igle­
acerca de la superioridad del estado vir­ sia, por un incidente, al parecer, ines­
ginal sobre los demás estados, y des­ perado.
cribió con sentida emoción la felicidad De pronto oyeron la voz del pontífi­
de no tener en la tierra más que un ce que preguntaba:
solo amor que, lejos de marchitarse y — ¿Qué deseas, hija mía?
entibiarse, se desarrolla y aumenta en Y antes de que pudiesen volver la ca­
la inmortalidad de ios Cielos. Conclu­ beza, se sintieron asidas de las manos,
yó diciendo que la bienaventuranza no y una voz, igualmente querida de am­
es otra cosa que el perfecto desarrollo bas, murmuró :
de la flor que el Amor Divino hace bro­ — Santo Padre, deseo recibir el velo
tar en la tierra. de laB vírgenes consagradas a Jesucris­
Después de este breve discurso y del to, mi único amor en la tierra, bajo la
examen de las aspirantes a tan grande custodia de estas dos piadosas vírgenes,
honor, procedió el santo pontífice a ben­ sus ya bienaventuradas esposas.
decir las diferentes prendas de bub há­ Sobrecogidas de júbilo y de ternura,
bitos religiosos, empleando oraciones, reconocieron en la que hablaba a la po-
probablemente idénticas a las que hoy brecita ciega.
se usan en estos casos. Das madrinas Cuando supo Cecilia la felicidad que
colocaban a las vírgenes los hábitos, a iba a gozar Syra, corrió, como ya he­
medida que el pontífice los iba bendi­ mos visto, a casa de Lucina, que cal­
ciendo. Acto continuo, las dos nuevas mó su aflicción haciéndole concebir la
religiosas reclinaron las frentes sobre esperanza de que tal vez alcanzaría pa­
el altar en señal de que se ofrecían en ra ella la misma gracia y prometiéndole
holocausto. Como no se había adoptado suministrarle cuanto necesitase; y la
aún en Occidente la costumbre de Orien­ ciega aceptó el ofrecimiento, a condi­
te de cortar el cabello a las profesas, co­ ción, empero, de que su traje había d*
locóse sobre la cabeza de cada una de Ber de tela grosera, cual convenía a una
ellas una corona de frescas y fragantes joven mendiga. El sacerdote Dionisio,
flores que, a pesar de ser invierno, se por su parte, presentó su súplica al pon­
encontraron en abundancia en el bien tífice y obtuvo la gracia que esperaba;
cultivado jardín de Fabiola. Todo pa­ mas como ella deseaba tener por madri­
recía concluido. Inés, arrodillada ante nas a sus dos amigas, quedó convenido
el altar, permanecía inmóvil y arroba­ en que no se la conduciría al altar has­
da, con la vista fija y levantada, en éx­ ta que aquéllas estuviesen consagradas.
tasis divino. Syra, postrada a su lado, Por lo demás, Cecilia guardó cuidado­
tenia inclinada humildemente la cabe­ samente su secreto.
za, admirada de que se la hubiese con­ Procedióse a la bendición de bus há­
siderado digna de tan señalado favor. Y bitos, y luego que los tuvo puestos le
tal era su enajenamiento y tan absortas preguntaron si llevaba alguna corona
estaban en sus oraciones de acción do de flores. La cieguecita sacó entonces
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 151

tímidamente de entre sus ropas una co­ resco y de forma circular, inmediato a
rona de espinas tejida en forma de la hermosa basílica dedicada a Santa
círculo, y la presentó diciendo : Inés. Allí estaba situada su quinta, a
—No tengo flores que ofrecer a mi milla y media de distancia de Boma.
Esposo, ni El tampoco las llevó para Después de la ceremonia de la con­
m í; y como no soy más que una pobre sagración, a la cual hemos hecho asis­
muchacha, espero que mi Señor no se tir al lector, decidieron las tres vírgenes
ofenderá si le suplico que me corone reunirse en la quinta de, Inés para pa­
del mismo modo que a El le plugo ser sar en el sosiego y el retiro uno de
coronado. Las flores, además, repre­ los pocos días felices que quizá les que­
sentan virtudes en quienes las llevan, y daba que disfrutar en la tierra.
mi estéril corazón no ha producido has­ No es nuestro ánimo describir esta
ta ahora más que estas espinas. residencia campestre; únicamente di­
La pobre jovencita, a causa de su ce­ remos que en ella respiraba todo ale­
guera, no pudo ver la prontitud con que gría y bienestar.
bus dos compañeras se arrancaron sus El día era de esos despejados y sere­
guirnaldas para depositarlas en su ca­ nos con que suele brindar el invierno en
beza ; pero una señal del pontífice las Boma. Las cimas de los escapados Ape­
contuvo, y en medio de una multitud ninos estaban ligeramente cubiertas de
conmovida, la venturosa ciega fué apro­ nieve ; la tierra, árida y seca, comenza­
ximada al altar, radiante de júbilo, con ba a endurecerse; la atmósfera, trans­
su corona de espinas, emblema de la parente ; el cielo, sin nubes. Sólo al­
doctrina que la Iglesia ha sostenido gunas blancas espirales de humo que
siempre: que la virtud suprema es la se desprendían de las casas de campo
inocencia coronada por la penitencia. contiguas y las cepas despojadas de
pámpanos podían indicar que se esta­
ba en el mes de diciembre. Todo ser
viviente parecía conocer y amar a la
dulce señora de aquella morada: las
tórtolas iban a posarse en s u b hom­
bros o manos; los corderos en el prado
X II triscaban y corrían hacia ella cuando
la veían acercarse, para comer con evi­
LA QUINTA NOMENTANA dente placer en sus propias manos las
frescas y olorosas hierbas que les lle­
vaba. Pero ninguno de aquellos seres
El camino Nomentano parte desde se sometía con tan manifiesto gusto a
Boma hacia Oriente, y entre aquél y su benigno dominio como el viejo me­
la Vía Salaria existe un profundo ba­ loso, el perrazo que guardaba la entra­
rranco, más allá del cual se extiende un da y cuya ferocidad era tal que nadie
terreno ligeramente ondulado en me­ se atrevía a arrimársele, cómo no fue­
dio del cual se eleva un templo pinto­ ra algún que otro criado que le daba
152 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

de comer. Mas no bien divisaba a Inés, le pareció ver en esta escena, la reali­
meneaba la cola aullando lastimeramen­ zación de sus ensueños. Y no queriendo
te hasta que le desataba, y entonces ya sorprenderlas sin anunciarse, además
podía acercársele todo el mundo sin te­ de que deseaba hablar a solas con Inés,
mor. Jamás Be apartaba del lado de su retrocedió antes que pudiera ser vista
ama ; si ella se sentaba, tendíase a sus y se dirigió a un paraje más apartado
pies y la miraba satisfecho de sentir en del jardín, preguntándose a sí misma:
su abultada cabeza las caricias que le —¿Por qué no he de estar yo tan
hacía la delicada mano de la jovencita* alegre y ser tan dichosa como ellas?
Era, en verdad, un día de paz, de ¿Por qué parece que se interpone en­
calma y quietud, de amor y ternura. tre ellas y yo un profundo abismo ?
Las tres vírgenes reunidas hablaban Empero aquel día hubiera sido de­
de la felicidad que aquella mañana ha­ masiado feliz de no haber obscurecido
blan gozado, y de aquel otro mañana, alguna nube su brillo. A la vez que Fa­
aún más venturoso, que no tendría ja­ biola, otra persona había salido de Ro­
más noche y de la cual tenían ya pren­ ma para hacer una visita a Inés, no
da segura. Otras veces, alegres y risue­ tan agradable como la de bu prima. Ful­
ñas, recordaban la inesperada presen­ vio no había olvidado un momento las
cia de Cecilia en el momento de la con­ seguridades que le diera Fabio de que
sagración y el inocente chasco que les sus modales distinguidos y sus valiosas
había dado a Inés y Syra, y reían sin­ alhajas habían trastornado la ligera ca-
ceramente, reprochándole en tono jo­ becita de Inés. Esperó, pues, a que
vial su habilidad para no dejar traslu­ transcurriesen algunos días después del
cir su secreto. Cecilia reía también, co­ duelo, contenido, además, por cierto
mo siempre, y dijo que les tenía reser­ respeto a la casa de la ciudad en que
vada otra sorpresa aún más grata, cuan­ con tanta sequedad había sido recibido
do llegase el suspirado día en que pu­ y tan violentamente expulsado. Sabe­
diera anticiparse a ambas, pues espera­ dor de que por vez primera había ido
ba ser la primera y no la última en re­ Inés a su casa de campo sin padres ni
cibir la palma del martirio. criados, creyó que la ocasión era opor­
En esto llegó Fabiola a la quinta pa­ tuna para presentarse a ella y mani­
ra hacer a Inés su primera visita, des­ festarle sus sentimientos. Salió, pues,
pués de la muerte de su padré, y a a caballo, de Roma, por el camino No-
darle gracias por la participación que mentano y hallóse pronto ante la quin­
había tomado en su desgracia irrepara­ ta. Apeóse prontamente y dijo al por­
ble ; pero al acercarse al sitio en que tero que tenía necesidad de hablar con
Be hallaba el dichoso grupo, detúvose su ama sobre un asunto urgente y con­
de pronto, porque ante las dos jóvenes siguió así, no sin dificultad, que se le
que podían gozar de la luz del sol, in­ permitiese entrar y le indicase una ala­
clinadas y contemplando a la que pa­ meda donde encontraría a la joven pa­
recía encerrar dentro de su alma la cla­ tricia.
ridad del firmamento, recordó y vió, o En efecto, al extremo de aquella alar-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 153
meda divisó Fulvio a Inés, que en aquel —¿Y quién es el afortunado mortal?
momento estaba sola, sentada en un Yo tenia esperanzas, a las que no he
banco de piedra bañado por los últimos renunciado, de ocupar un lugar prefe­
rayos del sol. El moloso se hallaba ten­ rente en tus pensamientos, y tal vez en
dido a sus piea. Un sordo gruñido del pe­ tu corazón.
rro, cosa rara en él cuando estaba junto Parecía que Inés no oía las palabras
a su ama, hizo suspender a ésta el tejido de Fulvio, pues ni en su semblante ni
de la corona que estaba formando con en su actitud se notaba señal de timi­
las ñores que Cecilia y Syra la habían dez o siquiera de turbación.
llevado, y levantar los ojos hacia el pun­
to por donde avanzaba Fulvio. Aproxi­ Spotless without, and innocent within,
móse éste respetuosamente, si bien con She feaué no danger, fot she knew no
más familiaridad que de costumbre, co­ [sin (1).
mo quien está seguro de conseguir lo
que solicita. Su rostro de niña conservaba la ha­
—He venido, noble señora—dijo,— bitual expresión de bu ingenuidad y
a ofrecerte de nuevo mis reppetos y ex­ candor ; y con sus ojos entreabiertos
presarte lo que por ti siento; y, en miraba de frente a Fulvio con tan ino­
verdad, no podría haber escogido dia cente obstinación, que el libertino que­
más a propósito, pues difícilmente lu­ dó confuso en su presencia. Por último,
cirá otro más brillante y hermoso en levantóse Inés y con graciosa dignidad
el estío. le d ijo:
—Bello ha sido, en verdad, para mi, —Miel y leche tomé de sus labios, y
muy bello—replicó Inés, recordando las bu sangre tiñó mis mejillas (2).

escenas de aquella mañana. Fulvio sospechó que la preciosa joven


Fulvio, lisonjeado con la idea de que había perdido el juicio; mas advirtió
esto era un cumplido que aludía a su en seguida que su rostro parecía transfi­
presencia en la quinta, contestó : gurado y que su brillante mirada estaba
— Seguramente hablas del día de tus fija en algún objeto que sólo ella veía,
desposorios con aquel que haya tenido y no pudo menos de admirarse y sentir
la dicha efe merecer tu amor. una fuerte emoción que desarmó su osa­
— Eso ha sucedido ya—repuso Inés día. Pasados algunos momentos salió
distraídamente ;—hoy ha sido ese ven­ de su éxtasis la joven, y Fulvio se re­
turoso día. solvió a perseverar en su demanda.
— ¿Y has colocado en tu cabeza ese — Señora—le dijo,—estás burlándote
velo y esa guirnalda esperando este fe­ de un corazón que sinceramente te ad­
liz momento?
— Sí, es la señal que mi Amado ha nvllvm prceter eum ümatorem admittam.
(Oficio de Santa Inés).
puesto en mi roBtro para que no admita (1) El soplo del mal no había tocado aún
aquel corazón virgen ; su alma no podía te­
otro amante que El (1). mer lo que el corazón ignoraba.
(2) Mel et lae ex ejus ore auscepi, et sa-n-
^uis e^us ornavit <jina$ metía, (Oficio de San-
(1) Poiuit aignum in facien & mwin, v t
154 CABDENAL NICOLÁS WISEMAN

mira y te ama. Sé por conducto autori­ voz indignada a bus espaldas, — quién
zado... eres tú que osas pronunciar con desdén
La joven hizo un movimiento de sor­ el nombre de uno que jamás manchó
presa, y Fulvio continuó : su honor y cuyas virtudes son recono­
—Sé por conducto autorizado, por bo­ cidas por todos, como por todos es reco­
ca de un amigo de ambos y pariente tu­ nocido su valor?
yo que ya no existe, que he tenido la Volvióse súbitamente Fulvio y halló­
dicha de agradarte y que tú misma has se frente a Fabiola, la cual, después
manifestado que no te opondrías a que de haber dado algunas vueltas por el
yo pidiese tu mano de esposa. Vengo, jardín, creyó encontraría ya sola a su
por consiguiente, a pedírtela, presa de prima y volvió a donde ésta se encon­
la más cruel ansiedad. Tal vez te pare­ traba, precisamente a tiempo de oír las
cerá mi petición, hecha de esta forma, últimas palabras del extranjero.
brusca e informal; pero, perdóname, Confundido Fnlvio, bajó la vista y
te amo y soy sincero. guardó silencio.
— 1 |Apártate de mí, foco de corrup­ — ¿Quién eres tú—prosiguió Fabio­
ción—repuso la joven con majestuosa la, poseída de noble indignación ; —
calma,—porque ya pertenezco a otro quién eres tú que, no satisfecho de ha­
Amante. A El sólo guardo mi fe y a berte introducido arteramente en casa
El sólo me entrego con entera confian­ de mi prima para insultarla, osas venir
za. Su amor es casto, sus caricias son aqui a turbarla en su retiro?
puras y sus abrazos no empañan mi
—Y tú, señora—replicó Fulvio, en
virginidad!» (1).
quien el orgullo había reemplazado ya
Fulvio, que cuando acabó de hablar
a la vergüenza, — quién ereB tú para
se había postrado de rodillas, levantóse
apropiarte la facultad de mandar como
prontamente rojo de furor y despecho
ama en casa ajena?
al verse de tal modo burlado, y gritó,
—Yo—repuso Fabiola,—soy quien
casi fuera de s í :
consintió en que mi prima te conocie­
—¿No te contentas con rechazarme,
se en mi mesa, y la que, habiendo des­
después de haber alimentado mis espe­
cubierto tus malvados proyectos acerca
ranzas, sino que también me has de in­
de esta niña inocente, mó impuse el de­
sultar y decir en mi propia cara que
ber, que me dictaba el honor, de frus­
amas a otro y que ese otro acaba de
trarlos y defenderla de ellos.
ganarme por la mano? Supongo que ese
Y asiendo a Inés de la mano la llevó
hombre feliz será Sebastián...
consigo, conteniendo al mismo tiempo
—¿Y quién «res tú — exclamó una
al meloso con cariñosos golpecitos, para
que el fiel animal se contentase con gru­
(1) Diacede a me pabulum mortiat guia ñir y no demostrase de otra manera !a
jam, ab alio amatore prceventa sum. Ipsi aoli instintiva aversión que sintió por el in­
aerro fidem, ipsi me tota devoiione committo,
—Quem cum arruivero caata cum teti* truso.
gero munda *um, cum accep^ro virgo
(Oficio do Santa Inés). Fulvio, rechinando los dientes, exclo-
FABIOLA O LA IGLESIA DB LAS CATACUMBAS 155

mó con voz bastante alta para poder Ber horror todos los ciudadanos al leerlo en
oído: la mañana siguiente.
—¡ Altiva romana I Te baa de arre- Para impedir todo atentado nocturno
pentir amargamente de este día y de contra el precioso documento, Corvino,
esta hora. |Ya sabrás por experiencia con igual astucia que la empleada por
cómo se venga un hijo de Asia I los judíos para estorbar la resurrección
de Cristo, pidió y obtuvo una cohorte
Panonia, para custodiar aquella noche
el Foro. Componíase dicha cohorte de
soldados de las razas más fieras del Nor­
te : dacios, panonios, sármatas y ger­
manos, cuyas rudas facciones, Balvaje
XIII aspecto, largos cabellos y espesos bigo­
tes rojos hacíanlos singularmente repug­
EL EDICTO nantes y horriblemente feroces a los
ojos de los romanos. Aquellos hombres,
que con dificultad entendían y habla­
Llegó, por fin, el día señalado para ban el latín, eran mandados por oficiar­
publicar en Roma el edicto de persecu­ les de sus respectivos países, y en Iob
ción. Conociendo Corvino la importan­ últimos tiempos de la decadencia del
cia de la comisión que se le había con- Imperio constituían la guardia de loef ti­
fiado de fijar en el Foro la sentencia ranos reinanteB, por lo común compa­
dada para el exterminio total del nom­ triotas suyos, dispuesta siempre a per­
bre cristiano, y Babedor de que en Ni- petrar todo exceso o crimen que se le
comedia un valiente soldado de Cristo ordenase, por monstruoso que fuera.
había arrancado y hecho pedazos el de­ Corvino distribuyó buen número de
creto imperial, por lo cual había sufri­ estos salvajes por las avenidas del Foro
do valerosamente la muerte, tomó laB con orden de pasar a cuchillo a todo
medidas necesarias para que en Boma el que intentara acercarse sin dar la
no Be repitiese el hecho, que podía te­ contraseña o symbolum. Esta la daban,
ner para él terribles consecuencias. El generalmente, los tribunos y centurio­
edicto había sido escrito en grandes ca­ nes a sus tropas por orden del general
racteres sobre hojas de pergamino pe­ en jefe; mas, para impedir la posibili­
gadas unas a otras y clavadas en una ta­ dad de que algún cristiano la llegase a
bla suspendida y sólidamente asegura­ saber y la usara aquella noche, el pre­
da en un fuerte pilar, a corta distan­ visor Corvino eligió una que estaba Be-
cia del Puteal Libonis, o silla del ma­ guro no pronunciaría ninguno de aqué­
gistrado en el Foro. Mas esta operación llos : Numen Imperatorum, la divini­
no se verificó hasta bien entrada la no­ dad de Iob emperadores.
che, cuando el Foro estuvo ya desier­ Antes de retirarse a descansar, Corvi­
to, con objeto de que, apareciendo el no, como última precaución, recorrió
edicto repente, se sobrecogiesen de los puestos, dando a cada centinela, y
156 CABDENAL NICOLAS WISEMAN

especialmente a loe que habla situado na unos golpecitos dados en la puerta y


cerca del edicto, las órdenes más preci­ el ligero ruido producido por el pestillo
sas y terminantes. El soldado elegido al levantarse, y en el umbral aparecie­
para guardar aquel sitio era deudor do ron dos jóvenes a quienes reconoció al
tal honor a su fuerza hercúlea, a au punto y saludó afectuosamente.
gigantesca estatura y a su feroz aspec ­ —Pasad, pasad, mis queridos seño­
to. Corvino le dió las más rígidas ins­ res. j Cómo extremáis vuestra bondad
trucciones, recomendándole que no res­ honrando mi pobre casa con vuestra pre­
petase a nadie que pretendiera acercar­ sencia I No me atrevo a ofreceros nues­
se al sagrado edicto, le repitió varias tra frugal cena, pero si queréis partici­
veces la palabra de orden y le dejó me­ par de ella tendremos una verdadera
dio atontado ya por los vapores de la fiesta cristiana.
sobaja (cerveza) (1), pero consciente de —Gracias de todo corazón, padre Dió­
lo que era más agradable para é l : de genes—repuso el de más edad de los re­
que tenia que matar sin compasión al cién llegados, Cuadrado, el robusto cen­
que se pusiese al alcance de su espada turión de Sebastián.—Pancracio y yo
o de su lanza. hemos venido precisamente para cenar
La noche era fría y tempestuosa; la con vosotros. Pero no ha llegado aún el
lluvia, que no cesaba de caer, azotaba momento; tenemos que despachar un
el rostro de los centinelas. Envuelto en asunto en esta parte de la ciudad antes
su manto, paseábase el soldado docio de aceptar la invitación. Entretanto,
de un lado a otro con paso acelerado, uno de tus hijos puede ir a buscar algu­
dando frecuentes arremetidas a un fras­ nos manjares ; es necesario que nos re­
co que contenía un licor destilado, se­ galemos hoy y que, para tomar ánimos,
gún decía, de-las cerezas silvestres de bebaB con nosotros una copa de vino ge­
los bosques de Turingia. En los inter­ neroso.
valos más lúcidos, transportábalo su Y diciendo esto entregó su bolsa a
pensamiento no a los bosques y los ríos uno de los hijos de Diógenes, encargán­
en que había jugado siendo niño, sino a dole que trajese manjares más suculen­
la ¿poca más cercana en que su cohorte tos de los que ordinariamente servían
tendría ocasión de degollar al actual de alimento a su familia. Tomaron lue­
emperador y saquear la ciudad. go asiento, y Pancracio, para promover
Mientras se desarrollaban en el Fo­ la conversación, dijo al anciano:
ro las escenas que dejamos descritas, —Buen Diógenes, he oído referir a
Diógenes y sub hijos estaban en su ca- Sebastián que recuerdas haber presen­
sucha de la Suburra preparando bu fru­ ciado la muerte que sufrió por Cristo el
gal cena. bienaventurado diácono Lorenzo. Cuén­
De pronto, interrumpióles en su fae­ tanos algo referente a su martirio glo­
rioso.
(1) La sabaja es una bebida compuesta de
— Con mucho gusto—repuso el ancia­
cebada y trigo convertidos en licor, que no. — Han transcurrido ya cuarenta y
usan los pobres en Iliria. ( Ammian. Ataree-
llinut). cinco años, pero como a la sazón tenía
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 167
yo más edad que vosotros ahora, recuer­ gemido ; entonces, enfurecido el juez,
do perfectamente el hecho. Era Loren­ mandó preparar y poner al fuego las pa­
zo un joven hermoso, dulce, afable, de rrillas. \Oh, ver aquella tierna carne
maneras distinguidas, y de lenguaje tostarse y abrirse sobre las brasas, y las
afectuosísimo, sobre tqdo cuando habla­ heridas profundas que las barras trans­
ba con los pobres. |Oh, cómo le ama­ versales le producían hasta llegar a sus
ban todos 1 Yo le seguía a todas partes huesos que se calcinaban; ver el humo
y estaba a su lado cuando el venerable denso que se desprendía de su cuerpo
pontífice Sixto iba al suplicio, y al en­ como de urta caldera de agua hirviendo
contrarle Lorenzo se quejó tan tierna­ y oir el chisporroteo de las ascuas, con­
mente como puede hacerlo con su pa­ forme caía sobre ellas su derretida car­
dre un hijo cariñoso, por no permitirle ne ; observar las contracciones de sus
que le acompañase en el holocausto de nervios y las convulsiones que agitaban
su persona como le había asistido en el todos sus miembros... confieso que to­
sacrificio del cuerpo y de la sangre de do esto ha sido el espectáculo más ho­
Nuestro Señor. rrendo que he visto en mi larga vida E
—¡ Qué tiempos tan gloriosos eran Pero cuando la mirada se detenía en su
aquéllos 1 ¿No ee cierto, Diógenes? — rostro, se olvidaba todo. Tenia la ca­
exclamó Pancracio. — |Cuánto hemos beza levantada cual si estuviese viendo
degenerado y qué raza tan distinta es extasiado una encantadora visión, co­
la nuestra! ¿No es verdad, Cuadrado? mo la de su compañero el diácono Es­
Sonrióse el valiente soldado al oir la teban, Como es natural, su cara esta­
generosa sinceridad de su compañero, ba enrojecida por el excesivo calor del
e invitó a Diógenes a que continuara. fuego y gruesas gotas de sudor corrían
—Yo estaba presente cuando distri­ por ella; mas el resplandor de la ho­
buyó a los pobres los vasos sagrados de guera, reflejándose en los bucles de su
la Iglesia. Jamás se ha visto otra esce­ dorada cabellera, formaba en derredor
na tan espléndida: lámparas y cande­ de su cabeza una aureola de gloria que
labros de oro, incensarios, cálices y pa­ le bacía aparecer tan radiante como bí
tenas, y una gran cantidad de plata fun­ se hallase ya en el Cielo. Entonces sus
dida ; y al repartirla daba la preferen­ facciones, apacibles y serenas como
cia a los ciegos, a los lisiados y a los siempre, expresaban, a la vez que sus
ancianos indigentes. miradas dirigidas hacia arriba, un de­
—Pero dime — interrumpió Pancra­ seo tan ardiente de trasladarse a la mo­
cio,—¿cómo soportó tan cruel martirio? rada de los bienaventurados, que cual­
Porque hubo de ser horroroso... quiera se hubiera colocado voluntaria­
—Lo presencié también—contestó el mente en su lugar.
anciano, — y quizá cualquiera otro no —j Así lo hubiera hecho yo 1—excla­
hubiera podido ser testigo de tan horri­ mó Pancracio. — |Dios me conceda
ble espectáculo. Le extendieron prime­ pronto esta gracia I No me atrevo a es­
ro en un potro donde le atormentaron perar que soportaría semejante Buplicio
de mil maneras, 8m que profiriese un con el mismo valor, ya que él era un no­
168 CABDENAL NICOLÁS WI9EMAN

ble y generoso Levita y yo no soy más siedad a Diógenes si había visto a Pan-
que un joven débil y Ueno de imperfec­ cracio y a Cuadrado, pues conocía bu
ciones; ¿pero no crees tú, Cuadrado, proyecto y estaba sumamente inquieto.
que en esos momentos de prueba Dios El anciano le contestó que acababan de
nos concede fuerzas proporcionadas a salir y que no tardarían en volver.
los sufrimientos que hemos de experi­ En efecto, no había transcurrido un
mentar? Sé que tú soportarías con fir­ cuarto de hora cuando se oyeron pasos
meza todos los suplicios, porque eres precipitados que se aproximaban; la
soldado valeroso, habituado a los pade­ puerta se abrió violentamente y se cerró
cimientos y a las heridas; pero, por lo de la misma manera acababan de en­
que a mí hace, no puedo contar más que trar Cuadrado y Pancracio.
con mi buena voluntad. ¿Crees qu© se­ —] Aquí está!—dijo este último rien­
rá suficiente? do a carcajadas y mostrando un puña­
—Indudablemente, mi querido nifio do de destrozados pergaminos.
—repuso el centurión hondamente con­ —¿Qué es eso?— le preguntaron to­
movido y mirando con fijeza a Pancra- dos vivamente.
cio que, con los ojos animados por el —¿Qué queréis que sea? |E1 gran
entusiasmo, se levantó y puso las ma­ edicto!—replicó Pancracio sin dejar de
nos sobre el hombro del oficial.—Dios reir.—Escuchad ; Domini Nostri Dio-
te dará la fortaleza como te ha dado el cletianus et Maximianus, Invicti, Sé­
valor. Pero es menester que no olvide­ niores, Augiisti, Paires Imperatorum
mos lo que tenemos que hacer esta no­et Gmarum, etc., etc. PueB bien, mi­
rad lo que hago yo con esto.
che. Envuélvete bien en tu manto y cú­
brete la cabeza con la toga, porque har­Y así diciendo lo arrojó al fuego,
ce mucho frío y está lloviendo. Y aho­
mientras los robustos hijos de Diógenes
ra, buen Diógenes, echa más lefia en el
añadían a la alegre lumbre un haz de
hogar y termos preparada la cena parasecos sarmientos para impedir que se
percibiera el chisporroteo del pergami­
cuando volvamos, que Berá pronto. Con­
no que ardía, se abarquillaba y retor­
viene que dejes la puerta entreabierta.
—Id en paz, hijos míos, y que Dioscía entre laB llamas, dejando ver a in­
os acompañe, porque estoy bien segurotervalos alguna que otra palabra, un
de que cualquiera que sea vuestro pro­
elogio del emperador o una blasfemia
yecto será grato a sus ojos. anticristiana. En breve todo quedó re­
Envolvióse Cuadrado aturdidamente ducido a un puñado de negras cenizas.
en su clámide o capa militar, y los dos ¿Y a qué otra cosa podían quedar
jóvenes se internaron en las obscurasconvertidos, al cabo de algunos años,
los que habían expedido aquel insolen­
calles de la Suburra, con dirección al
Foro, y apenas hubieron salido, la puer­
te documento cuando, quemados sus ca­
ta volvió a abrirse y se oyó el conocido
dáveres sobre una pira de cedro, sólo
saludo: se recogería de ellos un montoncito de
— Deo gratias. cenizas que apenas bastarla para llenar
Entró Sebastián y preguntó con an­ una pequeña urna? ¿Y qué más había
FABIOLA O LA IGLESIA DE LA 9 CATACUMBAS 159

de quedar también, algunos años más morir se agitarían en larga y cruel ago­
tarde, del paganismo que con semejan­ nía en medio de un montón de cadáve­
tes decretos querían los tiranos mante­ res*
ner en pie, sino una cosa parecida a Vuelto en sí de sus meditaciones, Se­
los inútiles restos del decreto que yacía bastián no tuvo valor para reprender a
en el hogax el viejo sepulturero? Y el los autores de hecho tan audaz; por el
mismo Imperio que estos Invencibles contrario, sentíase inclinado a reirse
Augustos tiranizaban con tanta insolen­ del asombroso efecto que en la mañana
cia y crueldad, ¿no Be asemejada, no próxima debía producir la desaparición
mucho tiempo después, a aquel decre­ del edicto imperial. Al cabo, dejó a un
to destruido por el fuego? ¿Y los mo­ lado la seriedad, conociendo cuán in­
numentos de su grandeza? Todo había quieto estaba Pancracio, que "no apar­
de quedar convertido en montones de taba la vista de su semblante, mientras
escombros, en polvo y ruinas que pro­ Cuadrado, bu centurión, parecía estar
clamarían la existencia única de un ver­ completamente desconcertado. Asi,
dadero Señor, el Señor Dios, que es pues, con una sonora carcajada devol­
más fuerte que los Césares, que es Rey vió la tranquilidad a todos y se senta­
de los Reyes y Señor de los Señores, y ron alegremente a la mesa. Aun no era
contra el cual se estrellan las fuerzas media noche y, por consiguiente, no
y las astucias de los hombres. había llegado la hora de que comenzase
Estos eran, sin duda, los pensa­ el ayuno para los que debían recibir la
mientos que cruzaban por la mente de Sagrada Eucaristía el día siguiente.
Sebastián mientras, sentado junto al El objeto de Cuadrado al mandar dis­
hogar, contemplaba con mirada distraí­ poner la cena fué, por una parte, ex­
da los restos del pomposo y cruel de­ cusar su presencia en casa de Dióge­
creto que los jóvenes habían arrancado nes a semejantes horas y, por otra, ani­
de la tablilla en que fué expuesto no pa­ mar a aquél y a sub hijos, así como a
ra hacer alarde de valor sino a causa de su compañero, si llegaban a alarmarBe
las blasfemias que contenía contra Dios del temerario golpe que acababan de
y las sublimes verdades de su religión. dar; pero ya no había motivo para te­
Bien sabían ellos que si eran descubier­ mer que tal cosa sucediese. Pronto re­
tos hallarían la muerte en medio de los cayó la conversación sobre los recuer­
más atroces tormentos; pero los cris­ dos de la juventud de Diógenes y sobre
tianos de aquellos tiempos no se dete­ los antiguos tiempos de virtud y de fer­
nían ante consideraciones de este géne­ vor, como Pancracio insistía en deno­
ro. Morir por Cristo era su más glorio­ minarlos. Terminada la cena, Sebastián
so destino ; poco importaba que la muer­ acompañó a su joven amigo hasta su
te fuese pronta y fácil o lenta y dolo- propio domicilio, y al volver dió un gran
roBa : a la manera de valientes soldados rodeo para no pasar por laB inmediacio­
que van a la guerra, no pensaban si nes del Foro.
serían heridos por flechas o espadas, si Si alguien hubiese podido ver a Pan­
perderían pronto la vida o si antes de cracio aquella noche cuando, solo en
160 CARDENAL NICOLAS W lSEM AN

su aposento, Be disponía a acostarse, —Poco a poco Herr Kotnwetner (se­


habría sorprendido la sonrisa burlona ñor Corvino)—contestó el imperturba­
que de vez en vez se dibujaba en sus ble hijo del Norte,—esto está tal como
labios, como si celebrara la extraña y lo dejaste.
agradable aventura en que había toma­ —¿En dónde, desgraciado? Ven y
do parte. míralo.
Acercóse el dacio, miró por vez pri­
mera de frente a la tablilla y, al cabo
de algunos instantes, exclamó :
—Y bien, ¿no es esa tablilla la que
colgaste anoche de ese pilar?
XIV —La tabla ai, imbécil; ¿pero dónde
ha idu a parar el escrito que había cla­
KL DESCUBRIMIENTO vado en ella y que era lo que tenías
obligación de guardar?
—Entendámonos, capitán ; en cuan­
Con los primeros albores de la ma­ to a lo escrito, ya comprenderás que no
ñana se levantó Corvino, y a pesar de Bé nada, porque nunca he ido a la es­
la densa niebla que envolvía a la ciu­ cuela. Pero como ha estado lloviendo
dad, encaminóse directamente al Foro. toda la noche, puede ser que el agua
Encontró a los centinelas de los pues­ lo haya borrado.
tos avanzados sin novedad, y corrió ve­ —Y como hacía viento, ¿querrás su­
lozmente a examinar el objeto que en poner también que habrá arrancado el
tan gran cuidado le tenía. En vano tra­ pergamino?
taríamos de describir bu asombro, su — Sin duda, Herr Korntoeiner; no
rabia y furor, cuando únicamente vió la ha podido ocurrir de otra manera.
tabla desnuda, con algunos restos de —Vaya, dejemos a un lado las bro­
pergamino alrededor de los clavos, y mas, y dime quién estuvo aquí ano­
en pie, inmóvil como una piedra e ig­ che.
norante de lo que había ocurrido, al —Vinieron dos.
centinela dacio. —¿Pero dos qué?
El primer pensamiento de Corvino —Dos brujos o dos duendes, o algo
fué arrojarse sobre él como un tigre y peor.
estrangularlo; pero se contuvo al ver —¿De modo que lo tomas a broma?
en la mirada estúpida y salvaje del sol­ —bramó Corvino en un arranque que
dado un relámpago de ferocidad, seme­ provocó otra de aquellas miradas torvas
jante al de la hiena, lo que le hizo pen­ y feroces que daban en seguida al tras­
sar que era mejor estarse quietecito. te con toda la indignación del joven.
Sin embargo, con encolerizado acento, .— Bien—agregó cambiando de tono,
exclamó: —dime qué clase de gentes eran y qué
—¿Cómo ha desaparecido de allí el hicieron.
edicto? ¡ Dímelo al punto, bribón I —Eso ya es otra cosa; uno de ellos
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 101

era un muchacho alto y delgado. Este Señaló el dacio con el dedo la cúpu­
fué el que se colocó detrás del pilar y la de la inmediata basílica y dijo :
el que se llevó, sin. duda, el pergami­ —Allí está, ¿ no la ves cómo brilla so­
no de que hablas, en tanto que yo es­ bre las tejas, a los rayos del sol?
taba ocupado coa el otro. Corvino siguió con la mirada la di­
—¿Y quién era el otro? ¿a quién se rección indicada y vió, en efecto, un
parecía? objeto reluciente, que parecía una es­
Abrió el soldado desmesuradamente pada ; pero no queriendo dar crédito a
los ojos y la boca, y despuéB de mirar sus propios ojos, preguntó, sorpren­
a Corvino durante un largo rato, dijo dido :
con una especie de estúpida solemni­ —¿Y cómo pudiste lanzarla a seme­
dad : jante altura, estúpido?
—¿Que a quién sp parecía? A fe mía El soldado no contestó, pero se puso
que si no era el propio dios Thor en per­ a atusarse el bigote con aire tan ame­
sona, le andaba muy cerca. En mi vi­ nazador, que obligó a Corvino a repe­
da he sentido fuerzas iguales. tir la pregunta en tono más cortés.
— ¿Pues qué hizo para que aBÍ ha­ —El hombre o dios—contestó el da­
bles? cio,—o quienquiera que fuese, sin ha­
—En un principio se me acercó y cer esfuerzo alguno y quizá valiéndo­
empezó a hablarme amigablemente del se de algún conjuro, me la quitó de las
mucho frío que hacía y de otras cosas manos y la envió adonde la estás vien­
por el estilo. Le contesté sin sospechar do, con tanta facilidad como yo pudie­
nada, pero en seguida recordé que de­ ra lanzar una caña a veinte pasos.
bía degollar a quienquiera que se me —¿ Y después ?
aproximase... —Después salió el muchacho de de­
—Exactamente—le interrumpió Cor­ trás del pilar y ambos desaparecieron.
vino.—¿Y por qué no lo hiciste? —] Extraña cosa, en verdad!— mur­
—Sencillamente porque me lo impi­ muró Corvino. — Y no obstante todo
dió. Primero le dije que se alejara, pues prueba que es cierto cuanto dice, y que
de lo contrario le atravesaría con mi no es un cualquiera el que ha consu­
lanza; eché hacia atrás y ya iba a en­ mado el hecho.—¿Pero, imbécil—aña­
sartarle, cuando Bin que yo sepa cómo dió en voz alta,—por qué no diste la
sucedió, la arrancó de mis manos, rom­ señal de alarma y llamaste a los demás
pióla sobre sus rodillas, cual si fuese, guardias para perseguirlos?
una espada de madera de un payaso, —En primer lugar, Herr KoTweiner,
y después arrojó el hierro, dejándole has de saber que en mi* país nos bati­
clavado en tierra a más de cien pasos mos con hombres de carne y hueso, sea
de distancia; míralo, allí está. quienes sean, pero jamás corremoB tras
—Y por qué no te lanzaste sobre él los fantasmas; y en segundo término,
con tu espada y le atravesaste el cora­ ¿con qué objeto lo había de hacer? Me
zón? Mas, ¿dónde la tienes, que está la dijiste que guardara eaa tabla, y. me pa­
vaina vacía? rece que está intacta en su sitio.
FAMOLA.— n
162 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

—Bárbaro, estúpido — dijo Corvino, emperador del modo con que te has
pero cuidando que su interlocutor no conducido, y ya sabes que no es nada
oyese una exclamación tan peligrosa; blando cuando se trata de faltas gra­
y en seguida añadió:—Este aconteci­ ves.
miento va a tener para ti fatales resul­ —Escúchame, Herr Komweiüer—re­
tados. Demasiado sabrás que es un de­ puso el soldado con una mirada de in­
lito que se castiga con la pena de solente provocación,—en cuanto a la
muerte. responsabilidad, corremos ambos igual
—¿Pero qué delito? riesgo.
—El que has cometido permitiendo Corvino se puso intensamente pálido,
que, cuando estabas de centinela, se te comprendiendo que el soldado tenia ra­
aproximase y hablase una persona sin zón.
pedirle la contraseña. —Por lo tanto — prosiguió éste — es
—¿ Y quién ha dicho semejante cosa> preciso que busques un medio de sal­
capitán? La pedí y se me dió. varme, si quieres salir bien librado y
—Pues en ese caso no serían cris­ con el pellejo sano. Fué a ti a quien
tianos. el emperador hizo responsable de la ta­
—No sé si era o no cristiano ; lo cier­ blilla, conque...
to es que vino directamente y con voz — Es cierto, amigo; yo diré que he
clara dijo : Nornen Imperatorum (1). sabido fuiste atacado por gran número
—¿Cómo?—exclamó Corvino. de gente armada, y que te asesinaron
— Nomen Imperatorum,. en tu puesto. Es indispensable que te
— Numen Imperatorum era la con­ escondas, y yo te enviaré cerveza en
traseña, miserable...—gritó enfurecido abundancia, hasta que todo se haya ol­
el romano. vidado.
— Nomen o Numen, me parece. Una El soldado partió entonces a ocultar­
letra más o menos no constituye dife­ se. Algunos días después, apareció en
rencia. Tú me llamas Arminio y yo las orillas del Tíber, arrojado por el
me llamo Hermann y los dos nom­ agua, el cuerpo de un soldado dacio,
bres tienen la misma significación. ¿Có­ con señales evidentes de haber sido ase­
mo quieres que yo entienda las sutile­ sinado. Supúsose que el hecho habla si­
zas de tu idioma? do el resultado de alguna riña entre bo­
Corvino estaba irritado consigo mis­ rrachos, y no Be hizo averiguación de
mo más que con el soldado, porque co­ ningún género; pero Corvino hubiera
noció, aunque tarde, que hubiera debi­ podido dar una explicación minuciosa
do poner de centinela a un pretoriano de lo ocurrido.
inteligente y avispado y no a un extran­ Antes de abandonar el Foro, hizo el
jero estúpido y salvaje. joven un escrupuloso registro a fin de
—Está bien — dijo esforzándose por ver si por casualidad podía hallar al­
dominar su cólera;—responderás ante el gún indicio que le pusiese sobre la piB-
ta de Iob autores del sacrilegio; y en
(1 ) El nombre de Iob Emperadores. efecto, junto al pilar en que estuvo co-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 163

locado el edicto, encontró un cortaplu- especialmente, un grupo de asiduos con­


mas, que estaba seguro de haber visto currentes discutía sobre el mismo te-
eñ la escuela en manos de uno de sus ma. Encontrábanse allí Scauro el juris-
condiscípulos. Recogiólo con la espe- consulto, Próculo, Fulvio y Calpurnio
ranza de haber dado con el instrumento el filósofo, que parecía muy atareado
de una futura venganza, y corrió a pro- en examinar unos viejos volúmenes, y
porcionarse otra copia del decreto. algunos otros ociosos.
—¿ Sabéis — dijo uno — que es- una
ocurrencia bien extraña la desaparición
del edicto?
— ¡ Di más bien que es un ultraje de
lesa majestad a los divinos emperado­
res !—contestó Fulvio.
XV —¿F oto cómo ha sucedido? — pre­
guntó un tercero.
aclaración —¿ No lo sabéis aún ?—dijo Próculo.
—El soldado dacio que estaba de centi­
nela en el Puteal, ha sido hallado muer-
Apenas fué de día, compacta multi- to con veintisiete puñaladas, diez y
tud afluía por todas direcciones al Fo- nueve de la« cuales tan profundas y
ro, ávida de leer el tremendo edicto con bien dirigidas que cualquiera de ellas
tanta anticipación anunciado eoino ame- hubiera sido suficiente para privarle ins-
naza de muerte y exterminio. Pero tantáneamente de la vida,
cuando los ciudadanos, en vez del de- — No tal—interrumpió Scauro,—es-
creto, hallaron sólo una tabla desnuda, tás mal informado. No ha habido vio-
quedaron hondamente cohmovidos y lencia, sino sortilegio. S© aproximaron
asombrados. Unos admiraban el valor dos mujeres al soldado, quien acometió
de los cristianos, que eran tenidos ge- a una con su lanza, y la atravesó sin
neralmente por cobardes; otros se in- causarle herida alguna, clavándose
dignaban al considerar tan audaz vio- aquélla en la tierra a gran distancia,
lación; y los más ridiculizaban a los Sorprendido pero no atolondrado, aco-
funcionarios encargados de la promul- metió a la otra con su espada, pero las
gación del edicto que habían colocado estocadas botaban en su pecho, cual si
acá y allá inútiles centinelas, y no fal- fuese duro mármol. Entonces las dos
tó quien se lamentara de que se difi- le arrojaron al rostro puñados de polvo
riese una vez más la apertura de esta mágico, que produjeron el efecto de ha-
caza de seres humanos. cerle ir a parar volando a la cúpula de
Desde las primeras horas de la ma- la basílica Emilia, donde ha sido ha-
fiana era este suceso el objeto de las Hado esta mañana dormido y sin daño
conversaciones en todos los sitios don- alguno. Un amigo mío que pasó tem-
de solía reunirse el mundo elegante* prano por allí, vió puesta todavía la
En las grandes Termas dé1 Antonino escala por donde le bajaron.
1G4 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

—¡ Es maravilloso !—exclamaron al­ diestro, se reducen después a polvo en


gunos.— ¡ Qué gente tan extraordinaria un mortero hecho de un aerolito, que
deben ser esos cristianos 1 es una piedra que ha subido al aire y
—Por mi parte—observó Plóculo,— bajado después, todo lo cual hecho como
no creo una palabra de todo eso. La conviene, no hay duda que da el resul­
magia no posee tal poder ; y ciertamen­ tado de hacer volar a un hombre, aun
te no comprendo cómo esos malvados contra su voluntad. Nadie ignora, en
cristianos puedan poseerla, cuando otros efecto, que las hechiceras de Tesalia,
mejores que ellos no lo han consegui­ viajan por los aires cuando lo tienen
do. Ven, Calpurnio—continuó,—cierra por conveniente de unos puntos a otros,
ese libro viejo y responde a mis pre­ y aun a través de las nubes, lo que no
guntas. Recuerdo que un día, después podrían hacer sino valiéndose de seme­
de comer, aprendí de ti cosas tan estu­ jantes encantos. Pero, vengamos a los
pendas acerca de esos cristianos, como cristianos. Recordarás, excelente Prócu-
jamás las había oído en toda mi vida. lo, que en el discurso a que me has he­
¡ Qué memoria tan prodigiosa la tuya, cho el honor de aludir y que pronun­
para recordar, con tanta exactitud, la cié, si no me engaño, en la mesa del
genealogía e historia de ese pueblo bár­ ya divino Fabio, afirmé que esa secta
baro 1 Dinos, pues, si es posible lo que trae su origen de Caldea, país famoso
Scauro acaba de contarnos. en todas épocas por sus ciencias y ar­
Tomó Calpurnio aires de gran doctor, tes ocultas. Pero la historia nos ofrece
paseó sobre sus oyentes una mirada de un ejemplo notable que comprueba y
vana seguridad, y repuso con acento so­ da mayor fuerza a este hecho. Todos es­
lemne : tán acordes en afirmar que un cierto Si­
—No hay razón para suponerlo im­ món, que unas veces se llamó Simón
posible, porque el poder de la magia no Pedro y otraB Simón Mago, voló públi­
reconoce limites. Para preparar polvos camente, aqui, en Roma, elevándose a
que puedan hacer a un hombre volar, una altura prodigiosa; pero habiéndo­
sólo es preciso encontrar cierta clase sele salido el polvo mágico del ceñidor,
de hierbas en las que el aire predomina cayó y se rompió ambas piernas, por
a los otros treB elementos. Tales son cuya razón le crucificaron con la cabe­
las legumbres o lentejas, según Pitágo- za hacia abajo.
ras, cogidas cuando el Sol se halla en —Según eso, ¿todos los cristianos
la constelación de Libra, que entonces son necesariamente hechiceros?—pre­
tiene la propiedad de sostener en el ai­ guntó Scauro.
re aún los cuerpos más pesadoB en el —Necesariamente ; eso forma parte
momento de su conjunción con Mer­ de su superstición. Creen que sus sa­
curio, que, como sabéiB, es un poder cerdotes ejercen un poder extraordina­
alado; y aumentada la virtud de estas rio sobre la Naturaleza. Así, poi ejem­
hierbas y de estos influjos meteoroló­ plo, están convencidos de que, lavan­
gicos por medio de ciertas palabras mis­ do los cuerpos humanos con agua, ad­
teriosas, pronunciadas por un mágico quieren sus almas, por ese medio, dones
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 165

maravillosos, y superioridad sobre sus ma— que si los cristianos son tales co­
dueños si son esclavos, y aun sobre los mo los ha descrito Calpurnio, deberían
mismos divinos emperadores. ser barridos de la faz de la tierra. Pero
— i Horror 1 ¡ horror 1—exclamaron a aun en ese extremo, yo les daría un re­
coro todos los circunstantes. curso para salvarse.
—Pero hay más—dijo Calpurnio;— —¿Cuál? — preguntó Fulvio son­
todos conocemos el horroroso crimen riendo.
que han consumado algunos de ellos la —No permitiría que tomase parte en
pasada noche, arrancando el supremo su exterminio, sino al que demostrase
edicto de nuestras divinidades imperia­ previamente que estaba limpio de to­
les ; supongamos ahora, que—no lo per­ do delito. No consentirla que levanta­
mitan los dioses—avanzasen más allá se la mano en su contra el que no pro­
esos traidores y atentasen contra la sa­ bara antes que jamás había sido adúl­
grada vida de nuestros emperadores ; tero, ladrón, embustero, borracho, mal
en ese caso saben muy bien que con esposo, mal padre, mal hijo, libertino
sólo buscar a uno de sus s a c e r d o t e s , o concusionario ; porque ninguno que
confesarle su delito y pedirle dspués el sea culpable de alguno de estOB delitos
perdón, si aquél se lo concede se con­ puede convertirse en acusador de los po­
sideran inocentes y limpios de toda bres cristianos (1).
culpa. Inmutóse Fulvio al oir tan larga enu­
— ¡ Horror! \Horror 1—volvió a repe­ meración de Sebastián; y cuando éste
tir el coro de oyentes. pronunció la palabra ladrón su conmo­
—Semejante doctrina—dijo Scauro, ción fué más visible. ¿L e habría visto
—es incompatible con la seguridad del el oficial recoger y guardar el pañuelo
Estado. Un hombre convencido de que en casa de Fabio? De todos modos, la
otro le puede absolver de cualquier cri­ aversión que le inspiró Sebastián en su
men que perpetre, es capaz de come­ primera entrevista en casa de Inés, tro­
terlos todos. cóse en ésta, que era la segunda, en
—Y a no dudarlo—observó Fulvio,— inexorable odio, que desde entonces
ésa es la causa principal del nuevo y te­ quedó grabado en su corazón con ca­
rrible edicto, promulgado en contra de racteres de sangre. Tenía aún otro mo­
ellos. Después de lo que Calpurnio nos tivo, y era verse por el pronto obliga­
acaba de referir acerca de esos hom­ do a devorarlo en silencio.
bres feroces, ninguna medida puede pa­ Retiróse Sebastián ; la escena que
recer bastante severa. acababa de presenciar había llenado de
Fulvio, al decir esto, fijó su mirada amargura su puro corazón, y no podía
en Sebastián, que había entrado duran­ boportar por más tiempo tanto dolor.
te la conversión, y le preguntó direc­ —¿Hasta cuando, Señor, hasta cuan-
tamente :
—¿Y tú serás del mismo parecer, (1) Véase el informe de Luciano al juez
que condenó a Tolomeo, en el principio de la
Sebastián, no es así? segunda « Apologii» de San Justino, o m
—Yo creo-—replicó el tribuno con cal­ Kuin¿ft vol. . p, 120
166 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

do?—exclamó.— ¿Qué esperanzas po­ sea la primera flor de la primavera que


dremos abrigar de convertir a la ver­ empieza.
dad, no ya a este dilatado Imperio, si­ Y se dispuso a proseguir su camino
no a algunos de sus hijos, cuando ve­ canturreando alegremente. Mas Sebas­
mos que los hombree probos y doctos tián la suplicó que aún lo escuchase al­
prestan fe a cuantas calumnias se in­ gunos instantes.
ventan en contra de ella, acumulando,
de edades en edades, cual otros tantos
tesoros, todas las fábulas y ficciones
imaginables para hacernos odiosos y re­
husando analizar nuestras doctrinas,
porque sientan por principio que Bon
falsas y dignas de desprecio? XVI

Hablaba en voz alta creyendo que es­


EL LOBO EU EL APRISCO
taba solo, pero de pronto, y a sus es­
paldas, murmuró una voz :
—Quienquiera que seas, buen joven Después de los varios sucesos de aque­
que así te expresas, y cuyo acento co­ lla noche, poco tiempo pudieron entre­
nozco, recuerda que el Hijo de Dios dió garse al descanso nuestros jóvenes ami­
vista a los ciegos ojos del cuerpo, apli­ gos Pancracio y Cuadrado, pues debían
cándoles nn poco de barro sobre ellos, congregarse, como los demás cristianos,
remedio que en las manos del hombre antes de amanecer en sus respectivos
hubiera privado de ella al sano. Seamos títulos, y una vez celebrados los sagra­
humildes como el polvo que pisa, si que­ dos misterios, dispersarse antes de la sa­
remos que se sirva de nosotros para lida del sol. Era la última reunión a que
abrir los ojos de las almas que aun ya­ asistirían en aquel lugar. Los oratorios
cen en las tinieblas. Dejémosnos opri­ iban a cerrarse, y el servicio divino co­
mir por más tiempo, sobrellevando con menzaría desde este día en las subte­
paciencia el infortunio. Tal vez brota­ rráneas iglesias de los cementerios ; y
rá de nuestras ceniza* la llama de vida no se podía pretender que todos se tras­
que ablandará los corazones máB endu­ ladasen, ni aun los domingos, a algunas
recidos. millas de distancia de la ciudad (1).
—Gracias, gracias, Cecilia, por tu En su consecuencia se concedió co­
bondadosa y justa reprensión—exclamó mo un gran privilegio a los fieles, en
Sebastián, aproximándose a la joven. tiempo de persecución, conservar la sa­
— ¿Adónde te diriges, tan contenta, grada Eucaristía en sus propios domici­
hoy, primer día de peligro? lios, y comulgar privadamente por la
— Sin duda ignoras que he sido nom­
brada guía del cementerio de Calixto. (1) Había un cementerio llamado «Ad
Voy a tomar posesión de mi cargo, y aBoxtum Philíppii, situado, según ae supone,
scíb millas de Roma ; pero otros distaban
quiera Dios concederme la dicha de que sólo tres millas do la ciudad.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 167

mañana antes de tomar ningún alimen­ y con más razón el sacerdote que las
to, según dice Tertuliano (1). recita, en el mismo idioma que hablaba
Los fieles se consideraban a b í mis­ entonces la Iglesia Romana de las Ca­
mos, no como corderos que debían ser tacumbas, puede juzgarse en comunión
conducidos al matadero, ni como crimi­ activa y viviente con los mártires que
nales preparados para la ejecución, si­ celebraban y con los que asistían a es­
no como soldados que se apercibían para toa sublimes misterios.
la batalla. El banquete con que se les Cuando, en la función solemne que
brindaba era el altar del Señor, en el estamos describiendo, fué llegado el
que habían de hallar su alimento y sus momento de darse el ósculo de paz, ver­
armas, su fuerza y su valor: hasta los dadero abrazo de fraternidad cristiana,
tímidos y débiles se reanimaban y ad­ resonaron por todas partes los sollozos
quirían nuevos bríos y ardor con el pan y por más de un rostro corrieron abun­
de vida. En las iglesias, como aun pue­ dantes lágrimas, presintiendo todos que
de verse en los cementerios, había colo­ aquel abrazo sería para muchos el adiós
cadas sillas para los penitenciarios, an­ postrero, la solemne despedida de los
te los cuales se arrodillaban los pecado­ que iban a partir. Algunos hijos perma­
res, confesaban sus culpas y recibían necían colgados del cuello de sus padres,
la absolución. En tiempos de persecu­ no sabiendo si aquel mismo día se sepa­
ción como los que ya hemos menciona­ rarían en la tierra para reunirse pn el
do, el código de la penitencia se suavi­ cielo, agitando juntos sus victoriosas
zaba un tanto y se acortaba la duración palmas. \Cuántas madres oprimían con­
de la expiación pública. El celoso cle­ tra su seno a sus hijas, movidas por el
ro pasó toda aquella noche preparando temor de verse separadas de un momen­
a sus feligreses para la comunión públi­ to a otro de aquellos seres tan queri­
ca, que para muchos debía ser la última dos! Entonces se administró la comu­
en la tierra* nión más solemnemente que de ordina­
No creemos necesario recordar a nues­ rio, y recibida también con más devo­
tros lectores que la misa que entonces ción y recogimiento. «Este eB el cuer­
se celebraba era, tanto en su esencia po de Nuestro Señor Jesucristo*, decía
como en sus detalles, la misma a que el sacerdote a cada uno de los fieles
diariamente asisten en los altares cató­ mientras le ofrecía el celestial manjar
licos. Entonces, lo mismo que ahora, de las almas. «Amén», respondía el que
se consideraba como el sacrificio del comulgaba con penetrante acento de
Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Je­ amor y f e ; y extendiendo al mismo
sucristo ; no sólo el ofertorio, la consa­ tiempo en sus manos un ovasium de
gración y la comunión se verificaban blanco y delicado lienzo, recibía en él
de igual manera, sino que muchas de cierta porción de pan de vida, con el
las oraciones son las mismas, de ma­ que tendría lo suficiente hasta la próxi­
nera que el católico que las oye recitar ma fiesta. El sagrado depósito lo envol­
vían cuidadosamente en otro paño más
(1) Uxorem, lib, II. cap. 5. precioso y aun lo colocaban en una caja
168 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

de oro, que guardaban entre la ropa y lo necesario para la celebración de los


el pecho (1). Entonces, por primera vez, oficios divinos.
sintió Syra la pérdida de b u pañuelo Tan luego como Corvino se hubo reco­
bordado, que mucho antes lo hubiera brado de su primer asombro, y tuvo en
dado a los pobres, a no haberlo reser­ su poder otra copia del edicto, aunque
vado para usarlo en ocasiones como de menores dimensiones, con la preste­
aquélla; no habiendo podido conseguir za posible, se puso a reflexionar sobre
de ella Fabiola que aceptase algunos ob­ las funestas y posibles consecuencias de
jetos de gran valor, sino con la condi­ la terrible cólera del emperador su se­
ción de que podría disponer de ellos se­ ñor. El soldado dacio tenía razón : so­
gún su agrado, a fin de distribuirlos des­ bre él pesaba la inmensa responsabili­
pués en limosnas. dad de lo sucedido. Erale necesario, por
Las diferentes congregaciones ha­ lo tanto, consumar en aquel mismo día
bíanse disuelto antes de que se tuviese un hecho notable, que hiciese olvidar la
noticia de la violación del edicto; pero desgracia en que había incurrido, an­
inmediatamente debían reunirse en los tes de arrostrar la airada mirada del
cementerios. Las frecuentes entrevistas emperador; y resolvió, en consecuen­
de Torcuato con sus dos asociados en cia, anticipar el ataque del cementerio
los baños de Caracalla habían llamado que estaba fijado para el siguiente día.
la atención del capsario y Victoria a cu­ Con este objeto, encaminóse bien
yos oídos habían llegado algunas pala­ temprano a los baños, donde Fulvio,
bras referentes al plan que tenían de recelando de la fidelidad de Torcuato,
invadir el cementerio de Calixto el día habíale retenido consigo, esperando que
después de la publicación del edicto. Los llegase Corvino para consultarle. En
cristianos, por consiguiente, se creían efecto, entre los tres quedó concertado
seguros durante el primer día y aprove­ el plan, Corvino, guiado por el aun inde­
charon la circunstancia de la desapari­ ciso apóstata, debía ponerse a la cabe­
ción del edicto, para inaugurar, con los za de una cohorte de soldados escogidos,
divinos oficios, las iglesias de las cata­ penetrar en el cementerio de Calixto,
cumbas, desiertas desde hacía muchos sembrar la alarma y caer como alud
años, que habían sido restauradas y arrollador sobre el clero y los cristianos
adornados con pinturas por los foesores, más notables q u e allí encontrasen. En-
quienes las proveyeron además de todo tretanto Fulvio quedaría afuera con otra
compañía para interceptarles el paso e
impedir la retirada, apoderándose de loa
más importantes, y sobre todo del pon­
(1) Cu n u d o fué explorado el cementerio
del Vaticano, en 1571, enconráronse en los se­ tífice y clero superior, a quienes le B e -
pulcros dos vamtofl de oro do forma cuadra­ ría fácil conocer, pues I o b había exami­
da, con un anillo en la cubierta. Bottarí cree
estoa antiquísimos vaso» de oro loe usaban los nado atentamente cuando asistió a la
fieles para llevar la Sagrada Eucuri«tfa pen­ ceremonia de la ordenación. Al realizar
diente del cuello. (liorna subterránea, tom. I.
fig. I I ) ; y Pellicia confirma la misma idea su proyecto, dijo para su coleto : «De­
con diferentes argumentos. (Christianiz Eccl.
Folitia. t. n i. p. 20). jemos hacer a estos imbéciles las vecea
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 109

del hurón en la gazapera; yo haré laa retirarse, disgustado de lo que había


de cazador y les echaré mano, según va* oído, sintió el soldado algo que le pin­
yan saliendo...» chaba en el pecho; examinó su vestido
Pero Victoria, sospechando de que y encontró el pergamino. Sebastián en­
tramaban alguna nueva infamia, se in­ tendió lo suficiente para comprender la
trodujo en la habitación en que se ha­ necesidad de regresar por la Vía Apia,
bían reunido los tres cómplices, y so en vez de seguir hacia el Palatino, y po­
pretexto de limpiarla y ponerlo todo en ner en guardia sin pérdida de tiempo a
orden, logró, sin infundir recelos, des­ los cristianos congregados en el cemen­
cubrir su horrible proyecto y corrió a terio.
referirlo todo a Cucumio, el cual, des­ Mas como encontrara en el camino
pués de haber puesto en prensa su ma­ un mensajero más seguro y veloz que
gín durante largo rato, ideó el medio él mismo, en la pobre ciega que no lla­
de participar inmediatamente a sus her­ maría tanto la atención, detúvola para
manos el grave riesgo que corrían. entregarle el escrito, y después de aña­
Sebastián, después de haber asistido dir en el pergamino algunas palabras
en la madrugada al oficio divino, no pu- con la pluma y tinta que llevaba con­
diendo detenerse más a causa de sus de­ sigo, la suplicó lo llevase a su destino
beres en palacio, había ido, según su inmediatamente.
costumbre, a los baños, con objeto de Apenas había salido de la casa de
dar vigor al cuerpo con su saludable re­ baños, recibió Fulvio la noticia de que
frigerio y de alejar al miBmo tiempo Corvino y sus huestes atravesaban rá­
cualquier sospecha que hubiera podido pidamente los campos con objeto de ale­
suscitar b u ausencia de las Termas en jar las sospechas, dando un rodeo para
aquella mañana. Mientras se bañaba, dirigirse al sitio convenido. Al punto
el anciano capsarius, con la misma ele­ montó a caballo y se puso en camino
gancia de estilo que había empleado en por la carretera, mientras Sebastián es­
su epitafio, escribió en una hoja de per­ taba en un atajo dando sus instruccio­
gamino todo lo que su mujer le habla nes. a la ciega mensajera.
referido acerca de la inminente invasión Cuando acompañamos a Diógenes y
del cementerio y del arresto del santo a sus hijos, a Pancracio y a sus ami­
pontífice, y seguidamente prendió la ho­ gos, a las catacumbas, nos detuvimos
ja con un alfiler en el interior de la antes de llegar a la iglesia subterrá­
túnica d© Sebastián, mientras la tuvo nea, porque Severo no consintió en que
en su guardarropa, a fin de no tener Torcuato conociese el camino. Allí era
que hablarle en presencia de todos. donde, en aquellos momentos, estaban
A su salida del baño, dirigióse el tri­ reunidos los cristianos presididos por
buno a la sala en que con tanto calor se su pastor. La iglesia estaba construida
disputaba B o b r e loa acontecimientos de como todas las excavaciones de su gé­
aquel día y en la que Fulvio aguarda­ nero, pues verdaderamente no puede
ba la llegada de Corvino, el cual le dársele el nombre de edificios.
anunció que todo estaba dispuesto. Al Imagínese el lector do5 de las cubica-
170 ' CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

la o cámaras que eo otro lugar hemos éste era el lugar reservado para la cla­
descrito, situadas cada una al lado de se de penitentes públicos llamados ilu­
una galería o pasadizo, de modo que dientes u oyentes, y para los catecúme­
sus puertas, o por mejor decir, bus an­ nos, que aun no eBtaban iniciados pa­
chas entradas, estuviesen una enfren­ ra el bautismo.
te de otra. Al ñnal de una de estas cá­ La basílica en que los cristianos se
maras había un arcosolium o altar se­ hallaban reunidos cuando Sebastián en­
pulcro ; y es muy probable que los hom­ vió su mensaje, era semejante a una
bres se reuniesen en esta primera divi­ descubierta en el cementerio de Santa
sión bajo la custodia de los ostiarii (1), Inés. Cada una de las dos divisiones
y en la otra las mujeres dirigidas por era doble, esto es, constaba de dos
las diaconÍBas. Esta división de los dos grandes aposentos, separados entre sí
sexos en la celebración de los sagrados por medias columnas, lo que podemos
misterios, He observó rigurosamente en llamar iglesia de las mujeres, y otro
loa primeros tiempos de la Iglesia. por pilastras para los hombres; entre
Muchas de estas iglesias subterrá­ cada una de estas pilastras había un ni­
neas no carecían de ornamentaciones ar­ cho destinado a contener una imagen o
quitectónicas. S u b paredes, especial­ lámpara. Pero la particularidad más
mente las próximas al altar, estaban re­ notable de esta basílica es la gran pro­
vocadas y pintadas, y muchas colum­ longación del edificio, para dejar sufi­
nas, con sus bases y capiteles artística­ ciente espacio destinado a coro o pres­
mente esculpidos, formaban las divisio­ biterio, que tiene casi las mismas di­
nes de que se componían y adornaban mensiones sobre la mitad de las de ca­
también los pórticos. En una de estas da uno de los otros departamentos, de
iglesias, que es la basílica de mayores los que está separado por dos colum­
proporciones que hasta el día se ha des­ nas apoyadas en la pared. El coro es
cubierto en el cementerio de Calixto, también más bajo que el resto de la
hay una cámara, sin altar alguno, que iglesia, como se observa hoy en los san­
se comunica con la iglesia por medio tuarios modernos.
de un agujero en forma de embudo que
atraviesa la pared de barro de unos do­
ce pies de espesor, y que va a parar
al aposento cuyo nivel es más bajo que
el de la iglesia, a una altura de cinco
o seis pies, en dirección oblicua; de
manera que los que se hallaban reuni­
dos en la cámara podían oir todo lo que P l a n o i >e l a i g l e s i a subterránea del
CEMENTERIO D E SA N TA I n ÉS
se decía en la iglesia, pero no ver lo
A Coro o santuario con la c&tedra cp lucopal (a) y
que en ésta pasaba. Y por esta razón alguno» ejeaflo* para el clero (b)<
B División para lot nombren, separada del coro
es muy natural la suposición de que por dos pilares que sostienen un arco.
C Corredor de la catacumba. que conduce a la
Iglesia.
(1) Porteros: una de las órdenes meno­ D División para lai mujeres, con un sepulcro a la
derecha. Cada división estA gubdividida por
res de la Iglesia. roedlas columnas que sobresalen de la pared.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 171

Cada una de las dos divisiones de la traron libre el paso,, tomaron al punto
iglesia contiene en el muro un sepul­ (posiciones : Fulvio, con diez o doce
cro coronado por elevados arcos, y so­ hombres, guardaría la entrada, y se apo­
bre él cuatro o cinco hileras de nichos ; deraría de los que tratasen de entrar o
la elevación del presbiterio es poco ma­ salir. Corvino y Torcuato, con ocho
yor que la de esos arcoíolia o sepulcros soldados, dispusiéronse a bajar*
altares. En el centro de la pared de fon­ —No me gusta poco ni mucho esta
do del presbiterio hay una silla con el expedición subterránea—dijo un viejo
respaldo y brazos tallados en piedra só­ legionario de barba canosa.— Soy sol­
lida, y de cada lado sale un banco, tam­ dado y no cazador de ratones. Que me
bién de piedra, que se extiende a lo lar­ pongan frente al enemigo, pero a la
go del coro. Como la mesa del arco- luz del día, y yo daré cuenta de él, pe­
tumba, detrás de la silla, está más ele­ leando cuerpo a cuerpo; pero detesto
vada que el respaldo de éBta y no se morir asfixiado o envenenado, como
puede mover, es evidente que los divi­ sabandija en un sumidero.
nos misterios no podían celebrarse so­ Este discurso fué aplaudido en extre­
bre este sepulcro. Había, por tanto, ne­ mo por los soldados. Unos decían :
cesidad de colocar otro delante del tro­ ■—Esos bribones de cristianos pue­
no, en una posición aislada, en el cen­ den estar escondidos a centenares, y
tro del santuario; y según la tradi­ nosotros no somos más que media do­
ción, ese altar portátil de madera era cena.
el de San Pedro. —Y que no nos pagan para que nos
Esta es, pues, la misma distribución empleen en estas faenas—añadió otro.
dada a las iglesias edificadas después de —Lo que yo temo son bus hechizos
la paz, y que aun puede verse en to­ —continuó un' tercero,—no su valor.
das las antiguas basílicas de Boma; la Fué precisa toda la elocuencia de Ful­
silla episcopal colocada en el centro de vio para animarlos y hacerles descen­
la ábside; el presbiterio o bancos para el der a aquellos laberintos subterráneos
clero, a ambos lados ; y el altar entre el llenos, según decían, de trampas y pe­
trono y los fieles. De este modo los ligros. Aseguróles que nada había que
primeros cristianos establecieron, con temer ; que los cristianos eran seres tan
sus santuarios subterráneos, las reglas cobardes que bóIo al verlos huirían des­
que habían de regir en los siglos poste­ pavoridos como liebres, y que encon­
riores para la arquitectura eclesiástica. trarían en la iglesia más plata y más
En una de estas basílicas estaban re­ oro que el valor de la paga de un año.
unidos los fieles cuando Corvino y bus Esto último pareció decidirlos, porque
satélites llegaron a la entrada del ce­ comenzaron a bajar lentamente la es­
menterio, guiados por Torcuato, per­ calera de caracol, a cuyo final distin­
fecto conocedor del camino, que partía guieron, aunque lejos y por intervalos,
de un edificio en ruinas, casi oculto por las lámparas que esparcían una clari­
sus escombros, y que conducía al inte­ dad opaca a lo largo de aquellas obscu­
rior formando escalones. Como encon­ ras encrucijadas.
172 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

—¡ Silencio!—exclamó un soldado,— edicto imperial. ¡ Adelante, amigos!—


prestad atención : ¿No oía una voz? dijo;—prometo una soberbia recompen­
En efecto, oíanse, aunque amorti­ sa al que me lo presente vivo o me lo
guados por la distancia, los acentos de entregue muerto.
una voz sonora y vibrante como la de —1 Alto!—exclamó uno de los sol­
un joven, a quien sin duda no bacía dados. — Encendamos antes nuestras
temblar el miedo, y tan clara que Be antorchas.
distingnían perfectamente en medio del —Callad—recomendó otro, en tan­
silencio todas las silabas de los siguien­ to que los demás lo ejecutaban así;—
tes versículos: ¿ qué extraño ruido es ese que se oye a
Dominus iüuminatio mea, et sa­ lo lejos, semejante al de picos y aza­
las m ea; quem timS'bo ? ¿ Dominus pro- dones? Largo rato hace que lo oigo.
tactor vitos m ea ; a quo trepidabo ?» (X). —¡ Y mirad !—añadió un tercero;—
Entonces resonó un coro de voces las luces que se divisaban en el fondo
que, parecido al ruido de un torrente, han desaparecido y la música ha ce­
cantaron : sado. Seguramente se han dado cuen­
« Dum appropiant super me nocen­ ta de nuestra presencia.
tes, ut edant carnes meas; qui tribulant —No hay peligro alguno-—dijo Tor­
me, inimici meir ipsi infirmati sunt et enato, fingiendo un valor que de se­
ceciderunt* ( 2 ). guro no poseía.—Ese ruido lo hacen el
Al escuchar estas frases de tranqui­ viejo Diógenes y los topos de sus hi­
la confianza y de desprecio al peligro, jos, que preparan sepulturas para los
invadió a todos aquellos hombres un cristianos de que nos vamos a apoderar.
sentimiento de cólera y vergüenza. La En vano había advertido Torcuato
voz cantó de nuevo, pero sola y con a los soldados que no se sirviesen de
más grave acento. las antorchas, sino que se proveyesen de
*Si consistant adversas me castra non linternas, iguales a la que llevaba Dió­
timebit cor meum (3). genes, en el retrato que de él hemos
— No es la primera vez que oigo esa hecho, o cuando menos cerillos, como
voz—se dijo Corvino.—¡ La reconoce­ los que él tenia para su uso; pero los
ría entre m il! Sí... es la de mi aborre­ legionarios juraron por los dioses que
cido enemigo, el autor de lo sucedido en no bajarían sino provistos de tan grue­
la pasada noche y el causante de los sas antorchas> que no pudieran apagar­
tumultos de esta mañana. Sí... es la las una corriente de aire o un golpe
voz de Pancracio, quien arrancó el dado en el brazo. Los resultados no se
hicieron esperar, A medida que avan­
(1) El Seflor es mi luz y mi salvación. ¿ A zaban en silencio y cautelosamente por
quién podré temer t El Seflor es el protector
de mi vida. ¿ Quién me hará temblar ? la estrecha y baja galería, las resinosas
(2) Mientra» que Ice malvados se aproxi­
man para devorar mi carne, loe enemigos que teas chisporroteaban y lanzaban hacia
me atribulan, han desfallecido y se han pos­ sus rostros espesas mangas de humo ne­
trado. Psalmo X X V I.
(3) Si se reúnen ejércitos para acometer­ gro y nauseabundo que les cegaba, ca­
me, mi corazón no temerá. Psalmo X X V I. si asfixiándolos, a la vez que los envol­
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 173

vía en densa niebla que hacía inútiles el obstáculo que se interpuso entre las
las luces que llevaban. Torcuato iba a lámparas, impidiendo así el paso a la
la cabeza del pelotón, contando las en­ luz y al sonido de las voces de los que
crucijadas a derecha e izquierda, con­ cantaban.
forme a lo que recordaba de la visita Torcuato, continuaba tan aturdido,
que pocos días antes había hecho a las que no podía oir siquiera la sarta de in­
catacumbas, aunque las señales que hi­ jurias, denuestos y maldiciones de bus
zo para por ellas guiarse, habían des­ acompañantes, que le acusaban de es­
aparecido por completo- Mas luego que túpido y traidor.
hubo contado poco más de la mitad —Esperad un poco—les dijo, al fin,
de las esquinas cuyo número conocía, reponiéndose.—Tal vez me he equivo­
y halló el camino completamente cega­ cado en mis cálculos, pero conozco la
do, quedóse mudo de estupor, confuso esquina que debemos doblar, señalada
y tembloroso, y poco faltó para que ca­ por un gran sepulcro que hay a pocos
yes© desmayado. pasos de ella. Voy a examinar uno o
Otros ojos más perspicaces que los su­ dos de estos corredores y veréiB,..
yos habían estado observándolo. Seve­ Y así diciendo dió algunos pasos ha­
ro, que sospechando las malvadas ideas cia atrás, internóse en una galería que
de Torcuato le vigilaba incesantemen­ cruzaba a su izquierda y desapareció.
te, resuelto a no dejarse sorprender, es­ Aunque sus compañeros le siguieron
taba apostado cerca de la entrada baja hasta la entrada, no pudieron compren­
del cementerio, cuando los soldados po­ der la causa de su repentina desapari­
nían bus plantas en la primera grada de ción. Aquello parecía obra de encanta­
la escalera, e inmediatamente corrió al miento y los soldados eran propensos
lugar en que estaba preparada la are­ a creer en sortilegios : Torcuato y su
na para cerrar el camino, y en el que antorcha habíanse desvanecido miste­
su hermano y otros muchos robustos riosamente.
trabajadores estaban esperando la se­ —No daremos un paso más—excla­
ñal del peligro. En un instante, con el maron ;—una de dos, o Torcuato es un
silencio y rapidez a que estaban habi­ traidor, o ha sido llevado por arte de
tuados, pusieron manos a la obra acu­ magia.
mulando la arena por ambos lados en Extenuados de fatiga, asfixiados en
el centro del corredor angosto y bajo, la densa atmósfera producida por el hu­
mientras que con certeros golpes de pi­ mo que arrojaban sin cesar sus antor­
co hacían caer de la bóveda grandes chas, abrasados por el fuego de sus lla­
masas de piedras que concluyeron de mas, y ahogados por la ira, retrocedie­
obstruir la entrada. Terminado su tra­ ron abatidos y con el mayor desalien­
bajo, colocáronse detrás de esta fuerte to ; y como el camino seguía directa­
muralla, haciendo poderosos esfuerzos mente a la entrada, arrojaron sus en­
para que la risa no les delatara a sus cendidas teas, el uno aquí, el otro allí,
perseguidores que se aproximaban y cu­ para correr con más soltura. Cuando
yas imprecaciones oían. Este muro era miraron atrás, parecióles que una ilu-
174 CARDENAL NICOLÁS W ISEUAN

minación triunfal inundaba de luz to­ —Una bruja—replicó uno.


das las obscuras bóvedas. —El genius loci (1)— añadió otro.
De la entrada de aquellas cavernas — Un duende—observó un tercero.
salían ramalazos de luz rojiza que te- Y, cosa rara, a medida que se iban
filan de púrpura las amarillentas pare­ acercando, aunque con lentitud, hacia
des, mientras que las columnas de hu­ ella, que parecía no notar su presen­
mo, condenaadas en la parte superior, cia, advirtieron que sus ojos estaban
las hacían asemejarse a nubes de ám­ apagados y sin vista y que permane­
bar suspendidas a lo largo de las gale­ cía inmóvil„ insensible. Al fin, dos sol­
rías cual fantástica decoración. Los ce­ dados se aproximaron lo suficiente pa­
rrados sepulcros, al recibir aquel refle­ ra asirla de los brazos.
jo en sus amarillas cubiertas o marmó­ —¿Quién eres?—la preguntó Corvi­
reas lápidas, brillaban como planchas no con voz que la cólera hacia temblo­
de plata u oro engastadas en el obscu­ rosa.
ro damasco de sus paredes. Parecía un — Una cristiana — contestó Cecilia
homenaje tributado a los mártires por con dulce acento.
las furias del paganismo el primer día — Maniatadla—gritó ; y dirigiéndose
de la persecución. Las antorchas que después ella, añadió :— \tú pagarás por
aquellos desalmados habían encendido todos t
con objeto de descubrir a los cristianos Y dió orden de partir.
que se proponían exterminar, servían
únicamente para hacer brillar aquellos
monumentos de virtudes que han sal'
vado siempre a la Iglesia.
Pero antes de que, con el rabo entre
las piernas, llegasen aquellos perros a XVII
la entrada del cementerio, detuviéronse
sorprendidos ante una singular apari­ LA FRIMEBA FLOR
ción. Creyeron en un principio divisar
a lo lejos la luz del día; mas bien pron­
to conocieron que era sólo la trémula Cecilia, advertida del peligro, había­
luz de una lámpara sostenida en alto se introducido en el cementerio por una
por una ñgura inmóvil, B o b re la que entrada distinta, aunque cercana a la
proyectaba sus reflejos. Era una mu­ que utilizaron los soldados. Apenas des­
jer vestida con una túnica negra, que cendió sintió el desagradable y pene­
semejaba una de esas estatuas de bron­ trante olor de las resinosas teas.
ce, cuyas cabezas y extremidades son —No es este olor el de nuestro in­
de blanco mármol, y que a primera vis­ cienso—dijo para s i;—luego el enemi­
ta infunden pavor ; tanto se parecen a go está ya dentro.
las personas vivas. Corrió al lugar de la reunión y entre-
—¿Qué podrá ser? — preguntáronse
los soldados reciprocamente. (1) Genio tutelar de la nuniBióii.
FABIOLA O LA IGLESIA d e LAS CATACUMBAS 175

gó al ostiario el aviso de Sebastián, aña­ bre su cabeza, para servirles de guía.


diendo además cuanto acababa de ob­ Ya sabemos lo que sucedió después.
servar al entrar en las catacumbas. Cuando salieron los soldados del ce­
Aconsejábales el oñcial en aquél que menterio, sin más presa que la infeliz
se dispersasen al punto y buscasen su cieguecita, Fulvio se puso furioso. Aque­
salvación en los subterráneos más pro­ llo era peor que una derrota, era una
fundos, y suplicaba al pontífice que no tentativa ridicula : ¡ habían huroneado
saliese hasta que enviase por él, pues las entrañas de la tierra para sacar un
el objeto principal de los perseguidores mísero ratoncillo! ¡ Y para ello haberse
era apoderarse de su persona. reunido tantos hombreB y rodeádoBe de
Pancracio instó también a la ciega tantas precauciones! Burlóse de Corvi­
mensajera a que se ocultase. no hasta el extremo de hacerle echar
— No—replicó ella,—mi deber es per­ espumarajos de rabia. Entonces pre­
manecer en la entrada para guiar a los guntó repentinamente ;
fieles a la iglesia de Dios. —¿Y Torcuato dónde está?
—Pero el enemigo va a apoderarse Los soldados le refirieron su miste­
de ti—objetó aquél. riosa desaparición t añadiendo comen­
•—¿Qué importa—contestó la ciegue- tarios tan absurdos y explicaciones tan
cita riendo,—si antes de que me pren­ necias como las que se habían hecho
dan puedo salvar otras muchas vidafl, por la mañana referentes a la aventu-
más preciosas que la mía? Dame una ,ra del centinela dacio. El relato exa­
lámpara, Pancracio. cerbó aún más la cólera de Fulvio, pues
se convenció de que había sido el ju­
—¿Qué vas a hacer con ella? ¿La
guete del que él creía su víctima; y sos­
quieres para ver más claro?—interrogó
pechando que Torcuato habíase evadi­
el joven en tono de broma.
do por alguna salida secreta del cemen­
—Tienes razón, yó no la necesito;
terio, resolvióse a interrogar a la pri­
pero dará luz a otros.
sionera, la cual debía conocer, a su jui­
—¿Y si a quien Birve es a nuestros
cio, todos los secretos de las catacum­
enemigos? bas. Colocóse delante de ella, y envol­
— ¡ Mejor! — replicó Cecilia, — no viéndola en dura y aviesa mirada le
quiero que me prendan en la obscuri­ d ijo:
dad. Por otra parte, si mi Esposo lle­ —Mírame, joven, y dime la verdad.
gase de noche a este tenebroso cemen­ —Te la diré—respondió la pobre mu­
terio a visitarme, ¿no sería mejor que chacha, con inocente y amable sonrisa,
me hallase con la lámpara encendida y —pero es inútil que te mire, porque
llena de aceite? soy ciega.
Diciendo así partió, y luego que — ¡ Ciega! — exclamaron todos a la
llegó a su puesto, oyendo rumor de pa­ vez.
sos de personas que caminaban silen­ Mas en el semblante de Fulvio sólo
ciosa y cautelosamente, creyó que Be- denunció este descubrimiento una emo­
rían amigos y le^ntó la lámDara bo ­ ción apenas visible, semejante a la im­
176 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

presión que la que causa la fresca bri- —No tengo historia que referirte.
8a ai deslizarse suavemente entre las Mis padres eran pobres y me trajeron a
doradas mieses. Una idea había germi­ Roma de edad de cuatro anos. Venían
nado en su mente; ya tenia un hilo que a cumplir una promesa que habían he­
debía guiarlo en aquel intrincado labe­ cho para conseguir, por la intercesión
rinto. de los santos mártires Crisanto y Daria,
— Sería ridículo — dijo — que veinte mi curación de una grave enfermedad.
soldados atravesasen la ciudad, custo­ Mientras entraron ellos a rezar sus de­
diando a una pobre ciega. Volved a vociones, dejáronme confiada a una an­
vuestroB cuarteles, que yo me encargo ciana enferma, que estaba en la puer­
de que seáis recompensados con largue­ ta del titulo de Fasciola. Esto aconte­
za. Y tú, Corvino, monta en mi caba­ ció aquel día memorable en que multi­
llo y ve a referir a tu padre todo lo ocu­ tud de cristianos quedaron sepultados
rrido ; yo te seguiré en un carruaje con vivos, bajo la tierra y piedras que caye­
la ciega. ron sobre ellos. Mis padres tuvieron la
—¡ Cuidado con traicionarme, Ful­ dicha de ser de aquel número.
vio !—contestó aquél mortificado por su —¿Y cómo has vivido desde enton­
humillación.—Que la lleves al punto, ces?
porque es indispensable que no conclu­ —Desde aquel momento, Dios fué
ya este día sin un sacrificio. mi único padre y la Iglesia católica mi
—Puedes estar tranquilo—fué la úni­ única madre. El alimenta a las aves
ca respuesta de Fulvio. del aire ; Ella cuida las ovejas más
Y se quedó solo, pensando de qué tiernas y débiles del rebaño; así, pues,
manera podría proporcionarse un es­ jamás me ha faltado nada.
pía, ya que había perdido el otro. Mas —Pero tú paseas con libertad y sin
la plácida alegría de la desgraciada men­ temor por las calles, como si no fue­
diga no podía corromperse tan fácil­ ras ciega.
mente como la avaricia del jugador ; — ¿Cómo sabes eso?
aquellos ojos privados de vista, hacían —Porque te he visto. ¿ No recuerdas
más daño a Fulvio que las inquietas mi­ que una mañana del pasado otoño ibas
radas del bebedor. Sin embargo, esta­ muy temprano conduciendo a un viejo
ba decidido a avanzar cuanto pudiese cojo por el Vicus PatriciuB?
en su propósito. Cuando se halló solo Ruborizóse Cecilia y guardó silencio.
en el carruaje con ella, seguro de que La pobre niña temió que la hubiese sor­
Cecilia no había oído las palabras que prendido mientras colocaba dentro de
cambió con Corvino, dijola en tono afa­ la bolsa del mendigo la parte de limos­
ble. na que la había tocado.
—¿Cuánto tiempo hace que estás —¿Conque tú misma confiesas que
ciega, pobre niña? eres cristiana?—preguntó Fulvio con
—Toda mi vida—contestó Cecilia. negligencia.
—Dime de dónde vienes y cuéntame — Sí, por cierto. No podría negarlo.
tu historia. — Según eso, la reunión a que asís-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 177

tisteis aquella mañana era de cristia­ guno y sin que se tuviese noticia algu­
nos. na de los perseguidores y perseguidos,
—Ciertamente; ¿qué querías que la ma-yoi parte de los curiosos se habían
fuera? retirado y sólo quedaban los más per­
No necesitaba Fulvio saber más ; sus severantes paseando por Io b jardines pú­
sospechas se habían realizado. Inés, de blicos, aunque habla pasado ya la hora
quien Torcuato no había querido o no de costumbre.
pudo saber nada, era cristiana. Este Mas, poco antes de que llegase la pri­
descubrimiento le llenó de júbilo, pues sionera, un nuevo grupo de curiosos
favorecía sus infames proyectos sobre vino a colocarse cerca de una de laB
la joven patricia. O Inés cedía o que­ puertas laterales, desde donde podían
darla vengado. presenciarlo todo.
Después de una pausa, y mirándola Habiendo preparado Corvino a su pa­
con fijeza, la dijo : dre para recibir a la víctima esperada,
—¿SabeB a dónde te voy a condu­ Tértulo, movido a compasión e imagi­
cir? nando que no serla difícil vencer la obs­
— Supongo—contestó ella—que a la tinación de una pobre mendiga, ciega
presencia de un juez de la tierra, que e ignorante, rogó a la concurrencia que
me enviará al cielo a reunirme con mi guardase el más profundo silencio, con
celestial Esposo. objeto de que, creyendo hallarse a solas
—¡ Con qué calma lo dices!—excla­ con él, pudiesen producir sus persuasio­
mó Fulvio, admirado, al no observar en nes el efecto apetecido.
el rostro de Cecilia ningún síntoma de Sucedió lo que el prefecto había cal­
emoción que no fuese de placidez y ale­ culado ; Cecilia no se pudo dar cuenta
gría. de que estaba rodeada de gente, cuan­
—¡ Con calma! ¡ Di mejor con jú­ do Tértulo le preguntó bondadosa­
bilo !—fué su concisa respuesta. mente :
Enterado ya de lo que quería saber, —¿Cuál eB tu nombre, hija mía?
Fulvio entregó a Corvino la prisionera —Cecilia.
en la puerta de la basílica Emilia y la —Es un nombre ilustre. ¿ Le has re­
abandonó a su suerte. El día era frío cibido de tu familia?
y nebuloso, como la precedente noche, —N o ; yo no soy noble, pero mis pa­
lo que contribuyó a que moderasen su dres alcanzaron el altísimo honor de
entusiasmo los aficionados a presenciar morir gloriosamente por Cristo. Como
espectáculos de persecuciones y tor­ soy ciega, los que se encargaron de mi
mentos. El prefecto Be vió obligado, a me llamaban C&eca (1), y el afecto que
causa del mal tiempo, a trasladar su me profesaban convirtió este nombre
tribunal a una de las habitaciones in­ en el de Cecilia.
teriores, que sólo podía contener un cor­ — Bien, pero ahora renunciarás SÍ
to número de espectadores. Además, co­ esas fábulas que te han hecho creer los
mo habla transcurrido la mayor «parte
del día sin que se verificase arresto al- (1) Ciega.
FABIOLA .—12
178 CABDENAL NICOLAS WI9EMAN

cristianos, quienes te han dejado vivir dedico mi exclusivo amor, y por todo
pobre y ciega. Disponte a acatar los el oro del mundo no quisiera que loa ra­
decretos de los divinos emperadores y yos de otro sol eclipsaran los resplan­
sacrifica a los dioses; si asi lo haces dores de esta visión, ni que su suprema
tendrás ricos vestidos y exquisitos man­ hermosura se confundiese con la de
jares, y los más famosos médicos te cu­ otro semblante, ni que mis miradas se
rarán de la dolorosa enfermedad que te apartasen de El, para fijarse siquiera
impide gozar de la luz. un instante a contemplar algo que fue­
—Busca mejores razones para con­ se terrenal. Le amo lo bastante para
vencerme ; pues lo que intentas es pri­ no desear ver a otro más que a El.
varme precisamente de las cosas por — Calla, calla y no profieras más ne­
las que no ceso de tributar alabanzas cedades. Obedece sin replicar a los
a Dios y a s u divino Hijo, que se dig­ mandatos del emperador, o de lo con­
naron concedérmelas. trario me veré obligado a someterte al
—¿Qué quieres decir? tormento. Te aseguro que producirá b u
—Que todos los días doy gracias a efecto sobre tu obstinación.
Dios por ser pobre, estar mal vestida y — ¡ El tormento I—exclamó con inge­
peor alimentada, porque así puedo ase­ nuidad.
mejarme mejor a Jesucristo, mi único — Sí, el tormento. ¿No lo has proba­
Esposo. do nunca? ¿No te lo ha hecho sentir
—¡ Locuela!—exclamó el juez, que hasta ahora ninguna persona?
comenzaba a perder la paciencia. — — 1 Oh, no 1 Los cristianos no se mal­
¡ Cuántas necedades y fábulas ridicu­ tratan jamás unos a otros.
las! ¿Querrás acaso darme a entender El potro estaba, como siempre, dis­
que das gracias a tu Dios por haberte puesto. El juez hizo una sefial a Cá-
hecho ciega? tulo para que tendiese a la joven sobre
— Sí, por eso precisamente, más que él. Arrastróla el ejecutor asiéndola de
por cualquier otro de sus muchos bene­ sus brazos, y como ella no opuso resis­
ficios, le doy gracias todos los dias \qué tencia, pudo tenderla con facilidad so­
digol a cada momento, y de todo co­ bre tan duro lecho. Los corredizos nu­
razón. dos de las cuerdas pasaron al punto en
—j Qué locura I derredor de sus tobillos y muñecas; y
—No es locura, noble señor. Porque después estiráronle bruscamente los bra­
en medio de eBO que crees obscuridad, zos sobre su cabeza. La pobre ciega no
yo contemplo un punto brillante que veía al que ejecutaba todo esto; creía
llamo luz, por el gran contraste que le que era la misma persona con quien
distingue de cuanto le rodea. Eso es acababa de hablar. Reinaba un profun­
^para mí lo que para vosotros el sol, el do silencio; el terror se habla apode­
CTual sé que se mueve por las distintas rado de los espectadores. Cecilia mo­
direcciones de sus rayos. El objeto que vía los labios, rezando, sin duda, una
yo veo es incomparablemente bello y fervorosa oración.
siempre me sonríe, y sé que a El Bolo —Por última vez, antee de avanzar
FABIOLA O LA 10LESIA DE LAS CATACUMBAS 179
más, te ordeno que sacrifiques a los tí n estremecimiento de disgusto y
dioses, y te evitarás sufrir un honroso horror conmovió a todos Io b espectado­
tormento—dijo el juez con voz ronca. res, que no habían podido menos de
—Ni los tormentos ni la muerte— sentir simpatía por la pobre criatura.
replicó animosamente la víctima, atada De todos los ángulos del aposento ele­
ya al altar, — podrán separarme del vóse un murmullo de mal contenida in­
amor a Jesucristo. Sólo al verdadero dignación.
Dios ofreceré sacrificio, y el holocausto Entonces se dió cuenta Cecilia, por
seré yo misma. vez primera, que se hallaba rodeada de
El prefecto hizo señal al verdugo de gente. Su rostro, de blanco como el
que diese una rápida vuelta a las dos mármol, se tiñó de púrpura. El irrita­
ruedas del torno ; con esto, aunque no do prefecto se apresuró a reprimir aquel
descoyuntó los miembros de la virgen, movimiento general de compasión ; res­
como hubiera sucedido sin duda con tablecióse el silencio y todos pudieron
otra vuelta más, fué lo suficiente para oir esta fervorosa plegaria de la humil­
hacerlos crujir causándola atroces dolo­ de mártir:
res, tanto más terribles cuanto que ig­ —¡ Amado Esposo y Señor 1 siempre
noraba la causa que los producía. Sin Te he sido fiel. Por Ti sufriré dolores y
embargo, sólo la palidez mortal de su tormentos. Pero ahórrame la vergüen­
rostro denunciaba su sufrimiento. za y la confusión de las miradas de los
— ¡ A h ! \ah 1— exclamó el juez, — hombres. Déjame llegar a Ti al punto
¿empiezas a sentir el dolor? Basta, por a fin de que no tenga que cubrir mi
ahora; obedece y seráa puesta en liber­ rostro con mis manos para ocultar mi
tad. vergüenza en Tu presencia.
Ceoilia, sin prestar atención a lo que Dejóse de nuevo oir otro murmullo
decían, continuaba orando: de compasión.
—Gracias te doy, Señor mío Jesucris­ —¡ Cátulo I—gritó el enfurecido pre­
to, porque has permitido que mi primer fecto.—Cumple con tu deber, misera­
dolor sea por Ti. Te he amado en la ble. ¿Qué haces dando vueltas con esa
paz, te he amado en el consuelo, te antorcha inútil?
he amado en la alegría, y ahora en Avanzó el verdugo y extendió su bra­
el dolor te amo más todavía. ¡ Cuánto zo para levantar la ropa y demostrar
más dulce es estar como Tú, extendida desnuda la parte en que debía aplicar el
en tu Cruz, que descansar sobre el duro tormento; pero retrocedió en seguida,
lecho de la mesa del pobre t y dirigiéndose al juez dijo tranquila­
—¿ Te burlas de mí ? — exclamó el mente :
juez exasperadQ por tanta mansedum­ —Es ya demasiado tarde ; ha
bre.—¡ Abusas de la compasión que me muerto.
inspiras ! Bien, vas a sentir un tormento
mayor. Aquí, Cátulo, aplícale al costa­ rao un tormento directo, y como un medio de
mantener el cuerpo exendido para la aplica­
do una antorcha encendida (1). ción de otros tormentos. Este del fuego era
uno de los que se empleaban con más fre ­
(1) El potro se usaba de dos maneras. Co­ cuencia.
180 CARDENAL NICOLAS W lS£M A K

— ¡ Muerta 1— exclamó Tértulo; — caer, pero el soldado le detuvo, dicien­


muerta a la primera vuelta de la rue­ do al propio tiempo :
da. |Imposible I — Espero que no te habrás hecho da­
Cátulo hizo girar la rueda hacia atrás, ño, Corvino.
y el cuerpo quedó inmóvil. Era cierto : — No, n o ; déjame, Cuadrado, dé­
la mártir había pasado desde el potro jame.
al trono inmortal * de las manos del —¿Pero a dónde vas hecho una fu­
juez cruel e inflexible a los abiertos bra­ ria? ¿Puedo servir de algo?—pregun­
zos de su amante y celestial Esposo. tóle, teniéndolo en tanto sujeto.
¿Había exhalado su alma pura, envuel­ —Déjame, te digo, que se me va a
ta cual suave aroma en el incienso de escapar.
su plegaria, o bien habíase roto en pe­ —¿Pero quién?
dazos su corazón, bajo la violencia de —Pancracio — contestó Corvino, —
aquella primera emoción de pudor vir­ Pancracio que acaba de insultar a mi
ginal? (1). padre.
Sucedió un momento de silencio, pro­ — ¡ Pancracio ! — dijo Cuadrado mi­
ducido por el asombro y el terror. rando alrededor para cerciorarse de que
De pronto, y del centro del grupo de el joven había tenido tiempo de poner­
espectadores que estaban cercanos a la se en salvo;—no lo veo—añadió, y sol­
puerta, una voz fresca y vibrante gritó : tó a Corvino.
— ¡ Impío tirano! ¿ no ves que una po­ Mas ya era demasiado tarde. Pan­
bre ciega cristiana ejerce más poder so­ cracio habíase refugiado incólume en
bre la vida y la muerte, que tú y tus casa de Diógenes, en la Suburra.
crueles amos? Mientras se desarrollaba esta esce­
— ¡ Oh ! ¡ Es la tercera vez, en el es­ na, el prefecto, humillado y furioso, or­
pacio de veinticuatro horas, que te per­ denó a Cátulo que arrojase al Tíber el
mites insultarme e interponerte en mi cuerpo de la virgen. Pero un oficial,
camino I j Esta vez no escaparás! envuelto en su capa, se aproximó al
Y Corvino acompañó estas palabras verdugo y le puso una bolsa bien reple­
con una furiosa imprecación y horribles ta en la mano, sin que nadie lo advir­
blasfemias; saltó del asiento que ocu­ tiera.
paba al lado de su padre, salvó como — Fuera de la Porta Capena, en la
un felino la verja del tribunal, y dirigió­ quinta de Lucina, una hora después de
se hacia el grupo de donde había par­ haberse ocultado el b o I— díjole Sebas­
tido la voz. Pero, en su precipitación, tián.
chocó con un oficial de atlética estatu­ —Allí te lo entregaré intacto—res­
ra, que, casualmente, sin duda, se di­ pondió Cátulo.
rigía hacia él. Vaciló cual si fuese a —¿De qué supones que ha muerto
esa desgraciada criatura? — preguntó
(1) Muchos ejemplos se ven en las vidasuno de los espectadores a otro cuando
de los mártires de haber conseguido con fer­
vorosas plegarias una pronta muerte, como se retiraban.
Santa Práxedes, Santa Cecilia, Santa Ague­
da, etc,, etc. —Creo que de miedo—contestó éste.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 181
—No fué de miedo sino de vergüen­ tas del emperador, quien le arrojó ro­
za cristiana—dijo sin detenerse un ex­ dando de un puntapié al centro de la
tranjero que pasaba cerca de ellos. habitación, cual a un perro castigado.
Las muecas y contorsiones del desdi­
chado Corvino resultaron tan cómicas,
que el divino emperador lanzó una car­
cajada que mitigó algún tanto su furor.
—Levántate, imbécil—le dijo,—ven
acá, e infórmame de lo que ha sucedi­
XVIII
do. ¿Cómo desapareció el edicto?
Turbado Corvino, soltó tal serie de
RECOMPENSAS
disparates, que de vez en cuando pro­
movía la hilaridad del emperador, in­
Cuando el prefecto de la ciudad se clinado a creer en brujerías y sortile­
trasladó al palacio imperial para dar gios.
cuenta de los acontecimientos del dia —Buen síntoma—se dijo Corvino al
y justificar, en lo posible, las torpezas observar la jovialidad del soberano;—
de su hijo, encontró al emperador de puesto que se ríe nada tengo que temer.
tal modo irritado, que si aquella maña­ —Está bien—exclamó al fin el César.
na hubiera comparecido Corvino a bu —Quiero por primera vez dispensarte
presencia, no habría estado segura so­ una merced. Lictores, desatad vuestras
bre sus hombros su cabeza. Cuando Tér­ haces.
tulo entró en la sala de audiencias el Obedecieron éstos y sacando sus ha­
César estaba aún más enfurecido a cau­ chas examinaron los filos. Corvino, ate­
sa del ridículo resultado de la invasión rrado, arrojóse de nuevo a los pies del
del cementerio. Sebastián había con­ emperador y exclamó :
seguido que le hicieran montar la guar­ —Hazme gracia de la vida; tengo
dia en el palacio aquel día. importantes revelaciones que hacerte si
—¿Dónde está tu estúpido hijo? — vivo.
fué el primer saludo con que fué reci­ —¿Y de qué me sirve ni tu vida ni
bido el prefecto. tu muerte?—respondió Maximiano.—
—Espera humildemente los manda­ Lictores, dejad las hachas. Las varas
tos de tu divinidad, ansiando desarmar son suficientes para este miserable.
tu ira, por los reveses con que la For­ En un momento cuatro lictores le ata­
tuna ha destruido sus celosos esfuerzos. ron las manos, despojáronle de la túni­
— j La Fortuna!—exclamó el tirano. ca, dejándole las espaldas desnudas, y
— Conque la Fortuna... su propia estu­ sobre ellas descargaron una enorme gra­
pidez y cobardía, querrás decir : buen nizada de golpes, suministrada con gran
principio, a fe m ía; pero ya hallará la maestría, regularizada por la práctica,
recompensa debida. Hazle entrar. en tanto que bu s bramidos y contorsio­
El infeliz fué introducido, sollozando nes hacían destornillar de risa a su im­
y tembloroso, y se precipitó a las plan­ perial amo.
182 CABDENAL NICOLÁS WISEMAN

Rato hacía que duraba el suplicio, —¡ Muy bien ! ¿De manera que tam­
cuando el emperador le ordenó que se bién Cromacio se ha hecho cristiano?
levantara. — Sí, señor; y vive en la Campania
— Ahora*—le dijo,—veamos esas re­ en compañía de otros muchos secuaces
velaciones importantes. de la misma secta.
—Consisten en que sé quién es el que — ¡ Pérfidos ! j Traidores I ¿ En quién
ha perpetrado el ultraje la pasada no­ podrá uno confiar? Prefecto, haz arres­
che, arrancando tu edicto imperial. tar al punto a todos esos hombres, al
—¿Quién fué? maestro de escuela y a Torcuato.
—Un joven llamado Pancracio, cuyo —Torcuato no es ya cristiano—ob­
cortaplumas hallé al pie del pilar donde servó el juez.
se fijó el edicto. —¿Y qué se me importa?—replicó
—¿Y por qué no te apoderaste de él con sequedad el emperador.—Arresta a
cuantos puedas, y, 8Ín tener compasión
y le condujiste ante el juez?
— Dos veces he oído su voz en este a ninguno, aplícales el tormento. ¿L o
día y he estado a punto de prenderle, has entendido? Ahora marchaos todos,
pero las dos veces se me ha escapado. que ya es tiempo de que yo cene.
Retiróse Corvino a su casa; y a des­
—Pues cuida de que no se te escape
pecho de cuantas medicinas le suminis­
la tercera, porque, de lo contrario, tú
traron, pasó toda la noche presa de al­
serás quien ocupe su lugar. Mas ¿de
ta fiebre y .agitado por el dolor y la có­
qué le conoces y, sobre todo, cómo sa­
lera ; la mañana siguiente suplicó a
bes que era suyo el cortaplumas?
su padre le confiriese el mando de la
—Ha sido mi condiscípulo en la es­
expedición a Campania, para rehabili­
cuela de Casiano, quien, según he Babi-
tar su honra, satisfacer su sed de ven­
do después, también era criBtiano.
ganza y substraerse a las burlas y sar­
— jCómol ¿Un cristiano ha osado casmos de que le haría objeto la socie­
enseñar a mis súbditos a ser los enemi­ dad romana.
gos del Imperio, desleales a sus sobe­
ranos, y sacrilegos para con sus dioses? Tan luego como Fulvio entregó a bu
Supongo que él será quien ha impulsa­ prisionera en el tribunal, se apresuró a
do a ese joven reptil Pancracio a arran­ volver a bu domicilio para referir sus
car nuestro imperial decreto. ¿Y sabes aventuras a Eurotas, como tenia de
dónde vive eee Casiano? costumbre. Escuchóle el viejo con im­
—Lo sé ; Torcuato, que ha abjurado perturbable serenidad, y después dijó­
la superstición cristiana, me lo ha di­ le con frialdad ;
cho. —Poco provecho tendrás de todo eso,
—¿Y ese Torcuato quién es? Fulvio.
— Un joven que ha vivido durante ■—Por el pronto, es verdad; pero ten­
cierto tiempo con Cromacio y una por­ go en perspectiva un triunfo colosal.
ción de cristianos en la quinta del ex —¿Cómo?
prefecto. «—La bella y rica Inés está ya en mi
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 183

poder. Estoy bien seguro de que es ten forjarse ilusiones; creo, por lo tan­
cristiana; por lo tanto, o secunda mis to, Fulvio, que ha llegado la ocasión de
proyectos, o la pierdo irremisiblemen­ que sepas quién soy.
te. En ambos casos me pertenecerá to­ —Pues qué, ¿no eres el fiel criado a
do cuanto posee. cuyo cuidado me dejó confiado mi pa­
— Opta por la segunda alternativa— dre?
dijo el viejo asestándole su torva mi­ — Soy el hermano mayor de tu padre,
rada, pero sin alterarse su rostro lo más Fulvio, por consiguiente el jefe de la
mínimo. — Es el camino más corto y familia hoy. El único pensamiento, el
más seguro. solo objeto que me ha dominado toda
—Pero en este asunto está empeñado mi vida, ha sido devolver a nuestra ca­
mi honor, y no puedo envilecerme has­ sa toda la grandeza y poderío de que la
ta el extremo que quieres. privaron la negligencia y prodigalidad
— Cierto es que has sido despreciado de mi padre. Convencido de que el tu­
y eso pide venganza. Además recuerda yo tendría más habilidad que yo para
que no puedes perder el tiempo en ba­ lograrlo, le hile cesión de mis derechos
gatelas. Tus arcas se van vaciando y no y de todo lo que poseía bajo ciertas con­
entra dinero en ellas por ninguna parte. diciones ; una de ellas fué que yo se­
Es, por tanto, necesario dar pronto el ría tu tutor y quedaría exclusivamente
golpe decisivo. encargado de dirigir tu entendimiento.
■—Con todo, Eurotas, me parece que Bien sabes cuánto he trabajado, sin es­
preferirías que yo adquiriese esas ri­ catimar medios ni reparar en escrúpu­
quezas de un modo honrado. los con tal de ver realizada nuestra co­
Sonrióse Eurotas, como admirado de mún empresa.
que tal idea pudiese caber en la mente Fulvio, que había escuchado con aten­
de ninguno de los dos. ción y asombro a su tío mientras
—Lo que necesitamos eB dinero, y te hablaba, enrojeció de vergüenza al ver­
lo has de procurar a toda costa sin pér­ le descubrir de aquella manera su per-
dida de tiempo. Demasiado conoces verso corazón. El anciano fijó en él su
nuestro pacto; una de dos, o la familia mirada sin expresión y continuó :
adquiere su antiguo brillo y esplendor, —¿Recordarás el horroroso y compli­
o concluye en ti. Jamás se arrastrará en cado crimen por cuyo medio logramos
el fango, quiero decir, en la pobreza. poner en tus manos los divididos restos
—Lo sé, lo sé ; es inútil que me re­ de la riqueza de la familia?
cuerdes a cada instante tan dura con­ Cubrióse Fulvio el rostro con ambas
dición— dijo Fulvio retorciéndose las manos, cual si quisiese alejar una terri­
manos y con un estremecimiento que ble visión, y estremeciéndose de terror,
pasó a todo su cuerpo.— Dame al me­ díjole en ademán de súplica:
nos algún tiempo y todo marchará bien. —j Oh 1 no evoques tales recuerdos,
— Pues te concedo todo el que nece­ Eurotas ; j por los dioses te lo pido I
sites mientras dure esta última espe­ —Bien. Entonces—dijo el tío con bu
ranza. Los cosas, como ves, no permi- acostumbrada impasibiladad—seré bre­
184 CABDENAL NICOLÁS W I8EMAN

ve. Ten presente, sobrino, que quieo no gastados ya y redondeados por el conti­
titubea en cometer un. crimen para con­ nuo piso, y la bajada era rápida. Tor­
quistarse un brillante porvenir, es ne­ cuato, que caminaba apresuradamente
cesario que no titubee al recuerdo del sin mirar más que laa paredes, a las que
ya perpetrado para abrirse el camino. dirigía la luz de bu lámpara, cayó ro­
Pues lo que hoy es futuro, mañana se­ dando por la entrada y fué a parar al
rá el pasado. Cúmplase, pues, nuestro fondo, donde quedó desmayado hasta
pacto con prudencia y honradez, pues mucho después de haberse retirado del
también en el crimen existe cierta hon­ cementerio sus compañeros. Cuando
radez. La Naturaleza nos ha concedi­ volvió en sí, permaneció confuso algún
do, a ti egoísmo y valentía, a mi una tiempo porque no tenía idea del sitio
alma que no conoce freno ni remordi­ en que ae hallaba. Se levantó y co­
mientos para dirigir y aplicar tus do­ menzó a dar vueltas a tientas por to­
tes. Nuestra suerte tiene que ser la mis­ dos lados sin conseguir resultado algu­
ma ; o los dos nos hacemos poderosos, no, hasta que recordó que estaba en las
o moriremos ambos. catacumbas, pero sin comprender la
Fulvio maldijo desde lo más profun­ causa de encontrarse solo y sin luz,
do de su corazón el día en que vino a cuando de pronto le vino a la memoria
Boma, y en el que se ligó a tan inexo­ que llevaba algunas candelas y medioa
rable amo, con un lazo tanto más fuer­ con qué encenderlas. Hízolo así y ale­
te cuanto que hasta aquel momente no gróse de ver nuevamente la claridad;
lo había conocido. Hubiera querido se­ más como se había alejado de la esca­
pararse de él, pero se sentía atraido co­ lera, de cuya existencia no tenía noti­
mo por un maleficio, impotente para lu­ cia, volvió a extraviarse caminando por
char, cual tímido corderillo en laa ga­ aquel intrincado laberinto.
rras del león. Retiróse a su habitación Aun tenía la esperanza de hallar al­
con el corazón más oprimido que nun­ guna salida, antes que se agotasen bub
ca, aunque todas las noches las pasaba fuerzas o se le acabara la luz; pero po­
presa de terribles sueños que le presa­ co después comenzó a alarmarse seria­
giaban un fin desastroso... mente. Las candelas se fueron consu­
El lector deseará saber, tal vez, qué miendo una tras otra y empezaba a des­
había sido del tercer miembro de tan fallecer, pues desde aquella mañana no
despreciable triunvirato, el apóstata había tomado ningún alimento, y por­
Torcuato. que siempre volvía al mismo paraje,
Cuando en medio de su aturdimiento después de horas enteras de vueltas y
y confusión Be introdujo por la galería rodeos. En un principio no reparó en
en busca del sepulcro que debía servirle las inscripciones sepulcrales que tenía
de guía en el laberinto del cementerio, ante sus ojos, pero a medida que iba
sucedió que tropezó en una escalera debilitándose y perdiendo gradualmen­
abandonada y que, hecha en la misma te la esperanza de ser socorrido, aque­
piedra, oonducía a un piso más bajo de llos solemnes monumentos de la muer­
las catacumbas. Los escalones estaban te parecían hablar a bu alma en un len-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 185
der, Depositado en paz, era el epita­ más de luz, tanto estimaba aquella lu­
fio de uno; Reposando en Cristo, era» cecilla, que era, para él, lo único que
el de otro : y muchos que yacían des­ a las alegrías de este mundo le unía;
conocidos y ein nombre en aquellas lar­ tanto deseaba dirigir una última mirada
gas galerías, manifestaban elocuente­ a los objetos exteriores para no verse
mente con su inalterable silencio, la ma­ forzado a mirar los que ocupaban su
ternal solicitud con que la Iglesia ha­ imaginación, que sacó bu pedernal y es­
bía depositado sus restos en aquella labón y por espacio de un cuarto de ho­
mansión, en cuyo interior esperaban ra trabajó para encender un trozo de
el cabo de vela, empapado en los fríos
los embalsamados cadáveres el Bonido
vapores del subterráneo. Consiguiólo al
de la angélica trompeta, llamándolos a
fin, pero en vez de aprovechar la luz
una bienaventurada resurrección. El ha­
para buscar una salida, fijó sobre la lla­
bría muerto también al cabo de pocas
ma su mirada de idiota, considerándola
horas : la última candela estaba próxi­
como el hilo de que pendía su vida, que
ma a extinguirse, y cayó desfallecido
debía expirar con ella. Pronto elevóse
sobre un montón de escombros. ¿Pero
de la mecha la última chispa que bri­
sería depositado en paz por piadosas
lló por un momento y se extinguió por
manos, cual lo habían sido los cristia­
completo, volviendo a reinar las tinie­
nos? No, moriría solo, sobre la fría tie­
blas y el silencio sólo interrumpido por
rra, abandonado, sin que nadie lo com­
el ruido que producía la gota de agua
padeciese ni le consolase, y desconoci­
al estrellarse en el pavimento.
do de todo el mundo, allí Bería bu cuer­ ¿Habíase extinguido él también?
po presa de la podredumbre; y si en
A lo menos así lo penBÓ. ¿Y por qué no
loe siglos venideros se encontraban sus habría sido así? Sumergido en aquella
restos insepultos, serían designados por
completa y perpetua obscuridad, sepa­
la tradición como los malditos de un rado del todo de los vivos, su boca no
apóstata perdido en el cementerio, y volvería a probar alimento, bu s oídos
aun serían lanzados de aquel paraje ben­ no escucharían ningún sonido, sus ojos
dito, como él lo había sido de la comu­ no deberían ver m á B la luz. Habitaba
nión de los cristianos. ya en la morada de los muertos, sólo
En tanto percibía los apresurados que bu fosa era más ancha que la de
pasoB de la muerte; su cabeza era pre­ ellos; por lo demás era igualmente te­
sa de vértigos y la sangre comenzaba a nebrosa, solitaria y cerrada para siem­
paralizarse en bu s venas ; oscilaba la ya pre. ¿Sería aquello la muerte? ¿Qué
expirante luz de la candela, y, no pu- otra cosa podía ser?
diendo retenerla en su mano, la colocó N o ; aun no había llegado. A la muer­
sobre una piedra, donde hubiese durado te debía preceder otra cosa, que se acer­
algunos segundos m á s; pero una gota caba y a ; el gusano del remordimiento
de agua que filtraba por la roca cayó que comenzaba a roer su conciencia,
Bobre ella y Ja apagó. Tanto era el apre­ y cual víbora mordía en su corazón. Se
cio con. (jyg .miraba aquellos segundoB esforzó por fijar su pensamiento eñ re­
186 CARDENAL NICOLÁS WI8EMAN

cuerdos más agradables, en la pacífi­ nía llegó de nuevo a sus oídos. Levan­
ca vida que disfrutaba en la quinta de tóse y la distinguió mejor. Tan dulce y
Cromacio y Policarpo, bub bondadosas melodiosa era, que se asemejaba a un
palabras y bu último abrazo de despe­ coro de angelicales voces, pero en otra
dida. De pronto desaparecía esta bella esfera, y entonces se dijo :
visión, y obscurecíase el horizonte; él —¡ Quién hubiera creído que el cielo
les había hecho traición, los había ven­ estaba tan cerca del infierno! ¿ Serán
dido.,, ¿ y a quién? ¡ A Fulvio y a Cor­ ésos los coros de los ángeles que acom­
vino I Una vez tocada esta cuerda do- pañan al terrible Juez que me ha de
lorosa, transmitió los tormentos de la condenar?
agonía a su cerebro, cual el nervio lo co­ Y entonces divisó una tenue claridad
munica a la muela dañada. Los excesos que partía del mismo punto de donde
de la embriaguez, la intemperancia, la provenían las voces, y escuchó las si­
deshonestidad, la baja hipocresía, la vil guientes palabras :
traición, los sacrilegios espantosos de •In pace, in idipsum, dormían et re-
los últimos días, la infame tentativa de quiescatn» (1).
homicidio consumada aquella misma —Esas palabras — dijo — no pueden
mañana, todo se agolpó a su mente, dirigirse a mí. Parecen adecuadas al
cual tremendas legiones de demonios entierro de un mártir, no al de un ré-
que, danzando furiosamente en su al­ probo.
rededor, en medio de las tinieblas, gri­ La claridad iba aumentando gradual­
taban, aullaban y reían mezclando en mente como el crepúsculo de la ma­
desacordes sonidos sus saltos, sus ge­ ñana. Penetraba por la galería y, cru­
midos, sus lloros y el rechinar de los zando a través de ella, reflejaba como
dientes ; lenguas de fuego salían de to­ en un espejo una visión demasiado dis­
das las grietas de los muros, luego se tinta para no ser cierta. Aparecieron
convertían en antorchas y le parecía que primero, vírgenes con lámparas en las
aquella turba de demonios las blandían manos y envueltas en sus túnicas; se­
sobre su cabeza con gestos amenazado­ guíanlas otras cuatro que conducían un
res y risas espantosas. Cubrióse el ros­ cadáver cubierto con un blanco lienzo
tro con ambas manos y cayó desplo­ y ceñida a sus sienes una corona de es­
mado. pinas. Después de ellas seguía el joven
—¿Habré muerto ya? — dijóse a sí acólito Tarcisio, que llevaba en su ma­
mismo.—|El averno no es posible que no un incensario del que se despren­
encierre horrores como estos I dían espesas y aromáticas nubes de hu­
Demasiado débil ya para irritarse, mo ; tras él, precedido de muchos sa­
sólo sintió en su interior la impotencia cerdotes, venía el venerable pontífice
de la desesperación. Ya empezaban a asistido por Reparato y otro diácono.
abandonarle de un todo las fuerzas, Diógenes y sus hijos, sumamente tris­
cuando creyó oir el vago sonido de un tes, y algunos otroB fieles entre los que
canto Lejano. Desechólo, teniéndolo por (1) Dormiré y descansaré en paz en el
ilusión ; mas el eco de una lejana armo­ miemo. Ps. IV, 3.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 187

se distinguía Sebastián, cerraban la pro­ uno de los espectadores, y en voz ape­


cesión ; y como loa más llevaban lám­ nas perceptible preguntó :
paras o cirios encendidos, parecía que —¿De quién es ese funeral?
se movían en una encantada atmósfe­ —Es — contestó el interpelado, — la
ra de brillantes resplandores. deposición de la bienaventurada ciega,
Cuando pasaban cerca de él, entona­ virgen y mártir, Cecilia, de quien se
ron el siguiente versículo del Balmo : apoderaron esta mañana los soldados
i Quoniam Tu, Domine , aingulariter que invadieron el cementerio, y cuya
in spe constituisti me* (1). alma llamó Dios a sí.
— «Esto—exclamó poniéndose preci­ —Entonces — exclamó el infeliz,
pitadamente de pie,— esto es para mi.* exhalando un agudo gemido,—yo soy
Y al expresar este pensamiento, ca­ su asesino.
yó de rodillas, y por un instinto de la Y con paso vacilante fué a proster­
gracia, aquellas palabras que acababa narse a los pies del pontífice. En aque­
de oir resonaban constantemente en sus lla postura permaneció largo rato sin
oídos cual si fuesen un eco, y de pro­ que su garganta pudiese articular so­
nunciarse por sus trémulos labios ; tan nido alguno; al ñn pudo murmurar :
aplicables eran a su situación. Débil y — ¡ Padre! He pecado contra Dios y
aniquilado como se hallaba, arrastróse contra ti y no soy digno de que me lla­
a lo largo de la galería por la que pasa­ mes tu hijo.
ba la funeral procesión y siguióla a cor­ Inclinóse hacia él el pontíñce con
ta distancia ocultándose para no ser ademán bondadoso, y ayudándole a le­
descubierto. La comitiva entró en una vantar, le estrechó contra su pecho, di­
Bala, iluminándola instantáneamente ciendo :
de claridad, y entonces vió Torcuato el —Bien venido seas, hijo mío, quien-
cuadro que representaba la alegoría del quieras que seas : tu llegada a la casa
Buen Pastor, el cual parecía mirarle de tu padre es un día de júbilo. Pero
compasivamente. Pero él no pasó del observo que estás débil y necesitado
umbral, donde quedó golpeando su pe­ de alimento y descanso.
cho e implorando la misericordia divina. Procuráronle en seguida lo que había
El cadáver fué depositado en el pa­ de menester. Mas Torcuato negóse a
vimento ; y después de recitar' otros sal­ admitirlo, hasta tanto que hizo públi­
mos y oraciones, entonaron algunos ca confesión de todos sus crímenes, in­
himnos, en todos los que sobresalíanse clusos los de aquel día. Para todos fué
tono alegre e impregnado de esperanza ocasión de regocijo la vuelta del hijo
con que la Iglesia ha saludado siempre pródigo, el feliz hallazgo de la oveja
a la muerte. Finalmente, se le colocó extraviada...
en la sepultura que le estaba prevenida Diógenes y sus hijos se encargaron
debajo de un arco. Mientras se ejecuta­ de asistir a Torcuato, proporcionándo­
ba eBta operación, acercóse Torcuato a le un humilde aposento en la casa de
(1) Porque Tú, o señor, confirmaste sin­ una familia cristiana que estaba próxi­
gularmente mis esperanzas. Sulfilo Y, ma a la suya para preservarle, tanto de
188 CARDENAL NICOLAS WIBEBÍAN

sus propias tentaciones, como de la La residencia ordinaria del pontífice


venganza de sus enemigos, donde fué no ofrecía ya seguridad, y el intrépido
alojado en calidad de penitente, y allí soldado, el Protector de los cristia­
permanecería algunos años en expia­ nos (1), concibió la atrevida idea de sal­
ción de sus pecados, hasta que por in­ varle alojándole donde nadie pudiese
tercesión de los confesores se abreviara sospechar que podría encontrarle, don­
este plazo; los futuros mártires se en­ de a nadie pasaría por la mente prac­
cargaron de prepararle el camino para ticar un registro : ¡ en el mismo palacio
ser admitido nuevamente a gozar de los de loa Césares! El santo obispo, con­
privilegios que había perdido pecan­ venientemente disfrazado, salió del ce­
do (1). menterio y, escoltado por Sebastián y
Cuadrado, fué conducido a los departa­
mentos de Irene, noble matrona cris­
tiana que moraba en una parte retirada
del Palatino y estaba casada con uno
de los principales funcionarios de la
corte imperial. ‘
XIX El día siguiente, muy de mañana,
fué Sebastián a visitar a Pancracio.
DOBLO DESQUITE —Amigo mío—le dijo,—es necesario
que salgas inmediatamente de Roma y
te vayas a la Campania, He mandado
Sebastián no había ido al cemente­ preparar caballos para ti y Cuadrado;
rio con el único objeto de asistir al en­ no hay que perder tiempo.
tierro de la primera mártir, sino para —Dime, al menos, et motivo, Sebas­
hablar también con Marcelino acerca tián.
de las medidas que era preciso tomar —I Ah ! es un secreto.
para su seguridad. En efecto, la vida —] Cómo ! ¿otro secreto?
del pontífice era demasiado preciosa a —No, es el mismo y lo sabrás a su
la Iglesia para dejar que se le sacrifi­ debido tiempo. Por ahora te diré úni­
case prematuramente, y Sebastián co­ camente lo que deseo de ti, y creo que
nocía con qué empeño le buscaban y bastará para dejarte satisfecho. Cor­
cuán inminente era el peligro. Torcua­ vino ha recibido ya orden de prender a
to confirmó estos temores revelando los Cromacio y a toda la comunidad cris­
proyectos de Fulvio y los motivos por tiana que vive con él, y no todos ellos
los cuales quiso presenciar la ordena­ están muy firmes en la fe, como nos lo
ción de diciembre. ha demostrado recientemente el caso de
Torcuato, Además, Corvino ha recibi­
(1) Según el sistema penitenciario de la
irimitiva Iglesia, loa que se mostraban débi- do también orden de prender y dar
fm en la fe en tiempo de prosecución, eran muerte a tu anciano maestro Casiano,
sometidos a una penitencia pública, cuya du­
ración podía acortarse mediante la interce­
sión de loa confesores o de los fíl’ (1) Así se le llama en las actas de este
carociadoe por la fe. Santo.
f a b io l a o la iq l e s ia de las catacu m bas 189

que reside en Fundí; por lo tanto, es que fué escuchada con respeto y since­
indispensable que te adelantes a sus sa­ ra alegría, y hechas las preces de cos­
télites, si es que no va en persona el tumbre, pusiéronse a deliberar y se
hijo del prefecto, y los adviertas a to­ adoptaron resoluciones importantes.
dos del peligro. Marcos y Marcelino, con su padre
El rostro de Pancracio se reanimó al Tranquilino, hablan vuelto a Boma
ver que Sebastián seguía teniendo con­ para ser ordenados, y a ellos siguieron
fianza en él, y repuso sonriendo : Nicos trato, Zoé y varios otros. Croma­
—Aunque tu deseo es paTa mi moti­ do, que no eBtaba designado para reci­
vo más que suficiente, iría, sin embar­ bir la corona del martirio (si bien ha
go, hasta la fin del mundo para salvar merecido que la Iglesia haga conmemo­
la vida del buen Casiano y de todos mis ración de él y de su hijo el 11 de agos­
hermanos en Cristo. to), se refugió en la quinta do Fabio-
En pocos momentos tuvo hechos b u s la, que la había puesto, por carta, a su
preparativos, despidióse afectuosamen­ disposición, accediendo al ruego de su
te de su madre, y antes de que Boma anciano amigo, aunque sin saber el mo­
despertase de su Bueño, trotaban a paso tivo de su demanda. En suma, la quin­
largo él y Cuadrado, jinetes en dos vi­ ta de las Estatuas quedó confiada al
gorosos potros, por la campiña, siguien­ cuidado de algunos criados fieles de to­
do el camino menos frecuentado pero da confianza.
más seguro de la Via Latina. Tan luego como los dos mensajeros
Decidido Corvino a ponerse al fren­ descansaron un rato y b u s caballos to­
te de la expedición que consideraba maron un pienso, se dirigieron a Fun­
honrosa, grata y lucrativa, tuvo que re­ dí por el mismo camino que siguió Tor­
tardarla dos días, tanto para reponerse cuato, y, llegados a la ciudad, se hos­
de los palos que le propinaron Iob licto- pedaron en un obscuro mesón de la
res, cuanto para hacer aus preparati­ Vía Bomana. Pancracio encontró sin
vos. Había alquilado un carro y asol­ grandes dificultades a su maestro y le
dado una compañía de corredores nú- abrazó con la mayor ternura, le expuso
midas, capaces de seguir a un carruaje el objeto de su viaje y le suplicó que
que marchase velozmente; mas este re­ huyese con él o, a lo menos, que se
traso permitió a los cristianos tomarles ocultase.
la delantera, aunque siguieron aqué­ —No—contestó el bondadoso ancia­
llos el camino más corto y más cómodo no ;—ya soy demasiado viejo y estoy
de la Vía Apia. cansado de mi estéril profésión. Mi
Cuando llegó Pancracio a la quinta criado y yo somos los únicos cristianos
de las Estatuas, encontró a la comuni­ que hay en la ciudad, y aunque es cier­
dad cristiana presa de la mayor inquie­ to que las familias más distinguidas de
tud a causa del edicto imperial. Beci- la población han enviado s u b hijos a mi
biéronlo, sin embargo, con las mayo­ escuela, porque en ella Be enseña la mo­
res demostraciones de afecto, y, termi­ ralidad que se permite al paganismo,
nada la lectura de la carta de Sebastián, no lo es menos que no tengo un amigo
190 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

entre todos mis discípulos, por causa — ¡ Cuidado con burlarte de mí, im­
de esa misma moralidad. Carecen has­ bécil! ¿Qué camino tomaron él y bub
ta de la cultura natural de los paganos compañeros?
de Roma, y creo que aun atentarían —Salieron por aquel portal.
contra mi vida, si pudiesen hacerlo im­ —¿Y después?
punemente- — Mirar aquella alameda—repuso el
— Desdichada situación la tuya, que­ esclavo.—'¿Ver tú la puerta? muy
rido Casiano, y deploro, sobre todo, bien ; tú no ver nada más. Yo traba­
que no puedas recoger ningún fruto de jar aquí, yo ver la puerta y nada más.
esas almas infelices. —Dime, a lo menos, cuándo se mar­
—¿Cómo quieres que lo logre, ama­ charon.
do Pancracio, obligado como estoy a en­ —Después que dos llegar de Roma.
señarles a leer en esos libros corrupto­ — ¿ Quiénes eran esos dos ? |Siempre
res, atestados de las fábulas que con­ dos 1
tienen las literaturas griega y romana? —Un joven estar bueno, hermoso y
Pero ya que mis palabras son insu­ cantar muy bien; otro estar grande,
ficientes, tal vez mi muerte sea pro­ grueso, y estar muy fuerte, muy fuer­
vechosa. te. ¿Tú ver ese arbolillo arrancado? El
Insistió Pancracio, suplicó a Casiano arrancar de raíz tan fácil como mi sa­
que se ocultase, pero todo fué en va­ car fuera espada.
no ; y tal vez se hubiera unido a su — ¡ Los mismos I — exclamó Corvino
venerable maestro para morir juntos, furioso.—Ese bribón de Pancracio ha
de no haber prometido a Sebastián que dado al traste con mis proyectos y mis
no expondría su vida en aquel viaje. esperanzas. Si llega a caer en mis ma­
Sin embargo, determinó permanecer nos, me las pagará muy caro.
en los alrededores de Fundi hasta ver Luego de descansar un instante vol­
el resultado. vió a emprender la marcha, decidido a
Llegó Corvino con su gente, ai rom­ desahogar su rabia en su anciano maes­
per el alba, a la quinta de las Esta­ tro, a no ser que aquél a quien creía
tuas, derribó las puertas y_ penetró en su genio maléfico, no le h u b ie B e ya to­
la casa, que encontró vacía; hizo un mado la delantera. Durante el viaje no
minucioso registro, pero s u b pesquisas hizo otra cosa que discurrir la clase de
resultaron infructuosas : ni una perso­ venganza que adoptaría para el m a e s ­
na, ni un libro, ni un símbolo cristia­ tro y su condiscípulo; y su alegría no
no pudo hallar. Desconcertado y furio­ reconoció límites, cuando, llegado a
so, repitió la misma operación en los Fundi, supo que, a lo menos una de
jardines, y habiendo encontrado allí un sus victimas no se le escaparía de las
esclavo que los cultivaba, le preguntó manos. Mostró al gobernador la orden
dónde estaba bu señor. de arrestar y castigar con la muerte a
— Mi amo no acostumbrar decirme a Casiano, denunciado como uno de los
dónde va— contestó el esclavo estro­ cristianos más peligrosos; pero aquel
peando el lenguaje. oñcial, que era un hombre de senti-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 191

mientes humanitarios, se excusó dicien­ perseguidor. Entonces los alumnos sal­


do que aquella comisión excedía a bus taron por encima de los bancos y se
atribuciones y dejó al cuidado de Cor­ dirigieron a él en actitud amenazadora.
vino la ejecución del mandato impe­ —¡ Poco a poco, amiguitos!—excla­
rial. Ofrecióle, empero, el auxilio del mó Corvino.—Es indispensable proce­
verdugo y los instrumentos necesarios der con orden en este negocio.
para el tormento, pero Corvino lo re­ En aquel momento acudió a su me­
husó todo, pues iba bien provisto de moria el recuerdo de los días que ha­
fuerza y de crueldad con los númidas bía pasado en la escuela, en ese tiempo
que le acompañaban ; llevó, sin embar­ en que todos los hombres, cuando pien­
go, consigo un empleado público. san en él, experimentan una dulce sen­
Inmediatamente dirigióse Corvino a sación que los goces posteriores no pue­
la escuela de Casiano, que estaba toda­ den borrar jamás. Pero en esos recuer­
vía llena de discípulos ; cerró la puerta dos de los años juveniles, que para to­
y con las frases más soeces insultó al dos lo son de felicidad y de alegría sin
maestro que avanzaba hacia él con los nubes, Corvino no encontraba más que
brazos abiertos y la sonrisa en los la­ alicientes para su venganza, estimula­
bios. El joven le acuBÓ de cristiano y ban sus bárbaros instintos, y reconcen­
de conspirar contra el Estado. Elevóse traba su mente para escogitar el medio
entre los alumnos una descomunal gri­ más feroz que sugeriría después a los
tería, que parecía exclamaciones de jú­ muchachos que le rodeaban. El que
bilo, y Corvino comprendió al punto juzgó más adecuado fué hacerle pagar,
que se hallaba rodeado de cachorros con azote por azote, cada correctivo que le
corazones de hiena como el suyo. había impuesto, y escribir con letras
— i Muchachos!—gritó.—¿ Amáis a de sangre todas las amonestaciones que
vuestro maestro? También lo fué mío le había dirigido. ¡ Pensamiento deli­
y tengo muchas y muy poderosas ra­ cioso que iba a poner al punto en eje­
zones para odiarlo; he venido para que cución 1
saldemos cuentas, lo que a la vez sa­ No es nuestro ánimo lastimar los
tisfará vuestra venganza. buenos sentimientos de nuestros lecto­
Un vocerío general y feroz atronó la res describiendo las lentas y crueles tor~
estancia. turas que nuestros perseguidores hicie­
— ¡ Muy bien!—prosiguió Corvino.— ron padecer a los primitivos cristianos ;
Os traigo buenas noticias; ved el per­ mas pocos fueron los tormentos tan ho­
miso del divino emperador Maximia- rribles y que estén tan auténticamente
no, para que hagáis de vuestro maes­ comprobados como los que infligieron al
tro lo que tengáis por conveniente. mártir Casiano. Colocáronle atado en
Siguió a estas palabras una lluvia medio de aquellos pequeños y feroces
de libros, de tablas de escribir y otros tigres y dejáronle allí como la víctima
enseres de la escuela que caían sobre que debía ser el blanco de su crueldad.
Casiano, el cual permanecía inmóvil Unos, según nos refiere el poeta cristia­
con los brazos cruzados delante de su no Prudencio, escribieron sobre b u s
192 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

carnes los temas que lea había señala­ Reconoció Casiano a su querido dis­
do, sirviéndose de los punzones que cípulo, le dirigió una sonrisa, y expiró
usaban para escribir en las tablas cu­ apaciblemente al amanecer, teniendo
biertas de cera; otros, con precoz fe­ entre las suyas las manos del joven.
rocidad, inventaban nuevos medios de Diéronle cristiana sepultura en la mis­
agravar el tormento ensanchando sus ma casa que habitaba, que era de su
sangrientas heridas. La pérdida de la propiedad, y abandonó Pancracio aquel
sangre y la intensidad de tan agudoB lugar donde tan terrible escena se ha­
doloreB aniquilaron sus fuerzas y ca­ bía desarrollado, llevando desgarrada
yó, al fin, desplomado e inerte sobre el alma por el dolor y conteniendo a
el pavimento. Un grito de alegría sa­ duras penas los impulsos de su indig­
ludó entonces tan señalada victoria, y, nado corazón contra la sangrienta ñe­
después de proferir nuevos insultos, los ra que había ideado y sido testigo de
alumnos ensañáronse en el destrozado tragedia tan horrorosa.
cuerpo de bu maestro hasta que, can­ Engañábase, sin embargo, pues en
sados, se retiraron a sus caBas para re­ cuanto hubo Baciado su sed de vengan­
ferir el divertido espectáculo. za, comenzó a' comprender Corvino
No p&BÓ por las mientes de Iob per­ cuán infame y vilmente había obrado;
seguidores la idea de dar sepultura de­ temió que llegase bu fechoría a noti­
cente a los cadáveres de los cristianos cia de bu padre, que estimaba a Casia­
que eran víctimas de su crueldad; y no, y aún más la cólera de los padres
Corvino, que estuvo presente hasta el de aquellos niños a quienes había des­
fin, para saborear su venganza, cuan­ moralizado completamente excitándo­
do sus instigaciones no podían animar les a cometer poco menos que un pa­
ya a sus instrumentos, que estaban des­ rricidio. Mandó, pues, enganchar los
fallecidos de cansancio, alejóse a su vez caballos y como le dijesen que aun ne­
dejando expirar abandonado a su an­ cesitaban muchas horas de descanso,
ciano maestro. Pero su fiel servidor lo aumentó su disgusto y se sentó a be­
levantó del suelo y después de colocar­ ber para ahogar los remordimientos que
lo en su lecho fué, según lo convenido, le atormentaban.
a comunicar a Pancracio el triste suce­ Era ya bien entrada la noche, cuan­
so. A los pocos instantes, el joven se do, al fin, emprendió de nuevo el via­
encontraba al lado del moribundo, je de regreso, viéndose obligado a de­
mientras que Cuadrado hacía los pre­ tenerse con frecuencia. El camino es­
parativos para partir. Horrorizóse Pan­ taba poco menos que intransitable, a
cracio de los crueles tormentos que ha­ causa de las incesantes lluvias, y cos­
bía padecido bu anciano amigo, y que­ teaba la orilla del gran canal en que
dó ediñcado de la paciencia con que desaguan las lagunas Pontinas por me­
loa soportara, pueB de sus labios no ha­ dio de una alameda.
bía salido ni una queja, ni una palabra Corvino, que seguía bebiendo en c&-
de indignación ; bus pensamientos sólo da parada, tenía trastornada la ca­
se habían dirigido al Cielo. beza por el vino, la cólera y los remor-
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAB CATACUMBAS 193

dimientos. La lentitud con que camina­ —Calla, Cuadrado; un cristiano no


ban los fatigados caballos le exaspera­ puede hablar así. Dame la mano... así
ba más y más, y no cesaba de casti­ —añadió el joven inclinando el cuerpo
garlos con tremendos latigazos. Cuan­ sobre la orilla y agarrando por el bra­
do corrían excitados, a galope tendido, zo a su enemigo en el momento que
oyeron ruido de otros caballos que ve­ éste, asido desesperadamente a un seco
nían trae de ellos y se desbocaron, de­ arbusto que se había roto con el peso,
jando a la comitiva a gran distancia. iba a sumergirse otra vez para no vol­
En su espantada carrera se salieron del ver a parecer.
camino, atravesaron por entre los ár­ Sacáronle entre ambos y le deposita­
boles y entraron, desenfrenados, en la ron en el camino, donde presentaba tan
senda del canal, sacudiendo y hacien­ lastimosa ñgura que, movidos a com­
do dar saltos al carruaje. Los jinetea pasión, le rociaron el rostro y comen­
que galopaban detrás oyeron los gri­ zaban a frotarle las sienes y Corvino a
tos de los númidas y el estrépito de las volver en sí cuando llegaron algunos de
herraduras y de las ruedas, y aguijo­ los que le acompañaban. Dejáronle a
neando a sus cabalgaduras avanzaron su cuidado, entregándoles la bolsa que
rápida y decididamente. Ya se habían se le había caído de la cintura cuando
adelantado bastante a los demás cuan­ le sacaron del canal, pero Pancracio se
do, de pronto, llegó a sus oídos un rui­ guardó su cortaplumas, que Corvino
do semejante al que produce un cuer­ llevaba siempre consigo y se le había
po al caer en el agua. En efecto, una caído junto con la bolsa. Cuando éste
de las ruedas había chocado violenta­ se recobró, hiciéronle creer los númi­
mente contra un árbol, y el carruaje das que ellos le habían sacado del pan­
volcó, lanzando al conductor, medio tano y que el bolsillo Be había perdido
ebrio, que fué a caer de cabeza en la en el lodo, donde estaría enterrado; y
comente. Veloz como el relámpago, mientras componían el carruaje le trans­
saltó Pancracio de su caballo y, segui­ portaron una casita inmediata, yen­
do de su compañero, se acercó a la do después a embriagarse con el dine­
orilla del canal. A la tenue claridad de ro del cruel hijo del prefecto.
la luna vió a Corvino, a quien recono­ Dos venganzas quedaron satisfechas
ció por la voz, que hacía desesperados ese día: la diferencia que existía en­
esfuerzos para salir de las fangosas tre ambas era que la una fué la ven­
aguas. Las márgenes no eran profun­ ganza de un gentil y la otra la de un
das, pero si resbaladizas, y cada vez cristiano.
que intentaba trepar por ellas Be le es­
currían los pies y volvía a precipitarse
en el canal; comenzaba, pues, a per­
der las fuerzas y los sentidos.
—Merecido tiene que le dejemos en­
terrado en el fango—murmuró el cen­
turión.
f a b io l a .— 13
194 CARDENAL NICOLÁS W1SEMAN

pensable alimento para no morir de


hambre y escaso abrigo para proteger­
los de las inclemencias de las estacio­
nes. Los grillos que sujetaban sus pies
y las cadenas que se les ponían para
imposibilitar la fuga, aumentaban sus
padecimientos; sin embargo, aun era
peor la crueldad de los capataces, a los
XX cuales se les consideraba con relación
a su tiranía; estaban siempre a la vis­
LAS OBRAS PÚBLICAS ta de las cuadrillas con la vara o el
látigo en la mano, dispuestos a añadir
el dolor a la fatiga, ya para desahogar
Si antea de la publicación del edicto su mal humor, ya para dar rienda suel­
imperial de persecución estaba decidi­ ta a sus feroces instintos sobre víctimas
do emplear a los cautivos cristianos en indefensas, ya, también, para agradar
las obras de construcción de las Ter­ a sus amos, más inhumanos que ellos.
mas de Diocleciano, no debe sorpren­ Pero los cristianos de Roma procu­
dernos que el número de forzados y raban mejorar, en lo posible, la triste
sus padecimientos aumentasen desde situación de aquellos santos confesores.
que aquél se puso en vigor. Se espera- Los diáconos los visitaban, ganando a
ba que llegase aquel emperador para sus guardianes, y muchos jóvenes de
inaugurar su edificio predilecto, y a fin esforzado corazón lograban confundirse
de que estuviese concluido cuanto an­ entre ellos con objeto de distribuirles co­
tes se duplicaron los operarios. No pa­ midas más substanciosas o ropas de
saba día ain que llegasen nuevas cuer­ abrigo y facilitarles los medios de gran­
das de supuestos culpables, proceden­ jearse la benevolencia de sus carceleros
tes de Luni, de Cerdeña y aun de la o de aplacar su natural ferocidad; y,
Crimea o del QuersoneBO, donde los al despedirse, encomendábanse a sus
empleaban en la explotación de las can­ oraciones y besaban las cadenas y las
teras y de las minas y los ejercitaban heridas que llevaban y padecían por
en los trabajos más difíciles de cons­ Cristo.
trucción. Los sentenciados, a c a u B a de Esta multitud de hombres convictos
su fe religiosa, debían transportar los y confesos de haber servido 'fielmente
materiales, cortar y tallar las piedras a bu divino Maestro, era útil, además,
y los mármoles, mezclar la argamasa y a sus opresores bajo otro aspecto. A la
levantar las paredes, trabajos serviles manera de estanque donde el desorde­
a los que no estaban, en b u mayoría, nado Lúculo cebaba sus lampreas pa­
acostumbrados. La recompensa que re- ra hacer ostentación de ellas en sus
cibían era la misma que la de las mu- orgías ; como las jaulas en que se guar­
las v bueyes empleados en igual B e r v i- daban las aves más raras, y los corra­
cio : un establo para dormir, el indis­ les en que se alimentaba el ganado des-
FADIOLA. O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 195

tinado a Iob sacrificios o fiestas impe­ —No puedo complacerte—contestó el


riales ; al modo de las cavernas conti­ empleado,—pues tengo que concluir las
guas al anfiteatro que contenían las fie- obras en un plazo determinado y me
ras más atroces, para presentarlas en faltan brazos.
loa juegos públicos, así eran laa obras —¿Qué importa? Si te desprendes de
públicas el depósito de donde en cual­ unos se te darán otros. A bí , pues, con­
quier momento podían sacarse materia­ dúcenos, a Cátulo y a mí, al sitio don­
les para una sangrienta hecatombe, o de trabajan, y déjanos escoger los que
para satisfacer la insaciable afición del más nos convengan.
populacho a Io b más crueles espectácu­ Rabirio cedió, aunque a regañadien­
los en los dias de rogocijo o festividad. tes, y les guió a una vasta sala que
Aproximábase una de estas ocasio­ acababa de ser abovedada, en la cual
nes. La persecución no había tomado se entraba por un vestíbulo semicircu­
aún incremento; no había sido arres­ lar que, a semejanza del Panteón, reci­
tada ninguna persona notable, y el mal bía luz por una claraboya. De allí se
éxito de las últimas tentativas no esta­ pasaba a otro de los brazos más cortos
ba reparado todavía; el pueblo espe­ de otro salón en forma de cruz y de
raba algo más ruidoso, y clamaba por grandes dimensiones, con el que se co­
que se le dieran espectáculos. El pró­ municaban gran número de habitacio­
ximo aniversario del emperador ofrecía nes más reducidas, pero no menos her­
ocasión oportuna de proporcionárselos ; mosas. En cada uno de los ángulos de
las fieras que oyeran Pancracio y Se­ la sala de donde arrancaban los brazos
bastián esperaban su presa legal, y Iob de la cruz, debía elevarse una enorme
gritos de la multitud : Christianos ad columna de granito de una sola pieza;
leones / manifestaban claramente la dos estaban colocadas ya en su lugar
suerte que aguardaba a los cristianos. y otra en el suelo, rodeada de maro­
Una tairde de fines de diciembre, di­ mas atadas a varios cabrestantes, dis­
rigióse Corvino a los baños de Diocle- puesta para levantarla a la mafiana si­
ciano acompañado de Cátulo, quien te­ guiente. Algunos trabajadores se ocu­
nia la habilidad de conocer al primer paban diligentemente en los últimos
golpe de vista los combatientes más a preparativos. Cátulo señaló a Corvino
propósito para el anfiteatro, a la mane­ dos jóvenes que, desnudo el cuerpo has­
ra que un tratante en ganado conoce ta la cintura, como los esclavos, mos­
con una sola ojeada en el mercado las traban sus formas atléticas.
mejores resea. — Necesito esos dos, Rabirio—-dijo el
—Rabirio — dijo al superintendente proveedor de victimas para las fieras ;
de los penados, a quien hizo llamar,— —me convienen y, sin duda, son cris­
de orden del emperador vengo a escoger tianos, a juzgar por el ardor con que
cierto número de esos perversos cris­ trabajan.
tianos que tienes a tu cargo, para que — Me es imposible deshacerme por
en la próxima fiesta tengan el alto ho­ ahora de ninguno de ellos : los dos va­
nor de Juchar en el anfiteatro. len por seis hombres y más que por
106 CARDENAL NICOLAS WI3EMAN

dos caballos. Espera a que se haya ter­ gar. Temió Rabino que Cátulo los eli­
minado lo más importante de los traba­ giese, pero no había llegado aún su ho­
jos y entonces loa pondré a tu disposi­ ra, pues antes de sufrir el martirio fue­
ción. ron ordenados de diáconos en el si-
—Bueno, dime cómo se llaman, y guíente pontificado.
entretanto procura conservármelos eu Había muchos otros cautivos tendi­
buen estado de salud y fuerzas. dos en el suelo junto al anciano que,
— Se llaman Largo y Esmaragdo, y sentado en un pedazo de mármol, les
aunque trabajan como plebeyos perte­ dirigía la palabra con tan dulce gra­
necen a familias distinguidas y te se­ vedad que llamaba la atención de to­
guirán sin resistencia. dos y parecía hacerles olvidar sub pa­
— Pues no tardaré en satisfacer sus decimientos. ¿Qué les decía? ¿Recom­
deseos, y aun algo más—repuso Cor­ pensaba, acaso, la caridad de Ciríaco
vino con acento de júbilo. prediciéndole que ima parte de aquel
Los dos verdugos siguieron la ins­ vasto edificio que estaban forzados a
pección de los trabajos, eligiendo de levantar, se dedicaría a Dios bajo su
paso cierto número de forzados. Rabi- advocación y se convertiría en iglesia
rio trataba en vano de oponerse a ca­ cuyo último titular llevaría un nombre
da nueva demanda. Al fin llegaron a glorioso? (1). ¿O les comunicaba otra
una de las secciones que daban al Me­ visión aún más gloriosa, en la que ha-
diodía, a derecha del brazo principal bíasele revelado que aquel modesto ora­
de la sala, donde hallaron un grupo de torio seria reemplazado por un templo
condenados (si es licito valerse de esta suntuoso erigido en honor de la. Reina
frase) que descansaban un momento, de los Angeles (2), que aquel templo
y en medio de ellos un anciano de ve­ ocuparía toda la vasta extensión de la
nerable aspecto y luenga barba platea­ sala y del vestíbulo, bajo la dirección
da que le llegaba al pecho. Su apacible del mayor genio artístico que han co­
mirada, su palabra dulce y cariñosa y nocido los siglos? (3). Y ¿qué idea más
sus reposados ademanes, revelaban, a consoladora podía inspirar al espíritu
pesar de su extremada flaqueza, la ener­ de aquellos oprimidos prisioneros que
gía y la tranquilidad de su alma. Era la de que no estaban construyendo so­
el confesor Saturnino, que había al­ lamente unos baños para los placeres
canzado ya la edad de ochenta años de una ciudad pagana y por la prodiga­
y, sin embargo, arrastraba su cadena lidad de un emperador perverso, sino
como sus jóvenes y robustos compañe­ uno de los templos más admirables don­
ros. A sus lados estaban Ciríaco y Si- de sería adorado el verdadero Dios y
sinio que, según nos refiere la tradición, amorosamente reverenciada la Virgen
al propio tiempo que hacían su traba­
(1) El último titular de la iglesia de San
jo, sostenían cada uno por un lado las Ciríaco construida en parte de loe Termas de
cadenas del anciano y, una vez conclui­ Diocleciano, fué el cardenal Bembo.
(2) La iglesia de Santa María de loa An­
das sus faenas, ayudaban a sus herma­ geles, que comprende el vestíbulo y la gran
sala central descrita.
nos más débiles trabajando en su lu­ (3) Miguel Angel.
FABIOLA O LA IG LESIA DE LAS CATACUMBAS 107

Madre que llevó en sus entrañas al Ver­ tigre se precipita sobre su presa, y
bo Encamado? asiéndole por un brazo exclamó enaje­
Corvino se detuvo a cierta distancia nado de gozo :
de aquel grupo y preguntó al superin­ —¡ Cargadlo de cadenas ! ¡Ah, Pan­
tendente los nombres de todos los con­ cracio, esta vez no te escaparás 1
denados. Eabirio le complació y añadió
en seguida:
— Si te conviene, puedes llevarte a
ese viejo, puesto que no gana ni el pan
que se .come.
— Muchas gracias — repuso Corvino
XXI
desdeñosamente.—¡ Bonita figura haría
en el anfiteatro! El pueblo no gusta de
LAS CÁRCELES
ancianos decrépitos que a la primera
acometida de un oso o al zarpazo de
un tigre muere instantáneamente; Si el cristiano de nuestros días de­
quiere ver correr la sangre joven, que sea verdaderamente conocer lo que sus
luchen con Laa fieras hombres en toda antepasados hubieron de sufrir por la
la plenitud de la vida y que, a despe­ fe durante los tres siglos de persecu­
cho de las heridas y de los golpes, con­ ción, no debe contentarse con visitar las
tinúen disputando a bu enemigo la vic­ catacumbas, que hemos procurado des­
toria hasta el último instante... Pero cribir lo mejor posible, ni formarse
allí veo uno que no has nombrado, aquel una idea general de la vida que lleva­
que está vuelto de espaldas y no viste ban : le aconsejamos que lea laB Ac­
como los prisioneros : ¿quién es? tas de los Mártires, anales imperece­
—Ignoro su nombre—contestó Ra­ deros de las diferentes formas de su­
birio ;—sólo sé que es muchacho exce­ plicios en que se les hacía morir. A
lente que se pasa casi todo el día en­ excepción de las Sagradas Escrituras,
tre los presos, que los anima y con­ no conocemos ningún libro tan conmo­
suela y a veces les ayuda también en vedor y que inspire tanta esperanza
el trabajo. Como puedes suponer, le cristiana como esos venerables monu­
hacemos pagar caro el permiso de sa­ mentos de la Iglesia primitiva. Y ai
tisfacer tan raro capricho, pero no nos acaso faltase tiempo al lector para de­
creemos autorizados para dirigirle pre­ dicarse a esta tarea, lea, a lo menos,
guntas acerca de sus proyectos. como muestra preciosa, las actas au­
—¿Quién sabe? Quizá esté yo auto­ ténticas de las santas Perpetua y Feli­
rizado para ello—dijo vivamente Corvi­ citas. Ciertamente, las personas inte­
no, y se adelantó para mirarle en la ligentes las leerán con más gusto en
cara. el latín africano original; pero confia­
El forastero le oyó y volvió la ca­ mos poseer en breve una traducción dig­
beza. na de este como de otros documentos
Corvino se abalanzó a él como un preciosísimos de las primeras edades
198 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

del cristianismo. Las Actas que hemos fin, a la cárcel Mamertina (1), en la
indicado, son las mismas que conoció que los encerraron brutalmente, y ha­
San Agustín y que es imposible leer llaron allí otras víctimas de uno y otro
sin experimentar el mayor enterneci­ sexo, que aguardaban la hora de que
miento. Compare el lector la febril sen­ los llevasen al suplicio. Nuestro joven
sibilidad y la exagerada exaltación que aprovechó el momento de ponerle las
un escritor francés contemporáneo nues­ esposas en las muñecas para deslizar
tro procura inspirar en la imaginaria unas monedas en la mano de un guar­
descripción del Ultimo dia de un reo de dia y rogarle que comunicase a Sebas­
muerte, hasta el momento inmediato a tián y a su madre lo sucedido.
la ejecución, con la sencilla elocuencia Las cárceles de la antigua Boma no
y encantadora verdad que resaltan en eran lugares donde el desvalido pudie­
la análoga narración de Santa Perpe­ ra desear que le encerraran con la es­
tua, joven distinguida de veintiún años, peranza de hallar comida y alojamien­
y no vacilará en reconocer cuánto me­ to. Todavía existen dos o tres de estas
jores Bon por su naturalidad, gracia e horribles tumbas, y una breve descrip­
interés a las más atrevidas ficciones de ción de la que hemos nombrado dará
la imaginación. Cuando la tristeza in­ una idea aproximada de los padecimien­
vade nuestro ánimo y el débil corazón tos que costaba a los fieles confesar a
se queja de las pequeñas persecuciones Jesucristo, independientemente del
de la época presente, nada mejor pode­ martirio.
mos hacer que repasar esas verídicas La cárcel Mamertina consta de dos
historias, o las de las nobles mártires estancias cuadradas, subterráneas, una
de Viena o de Lyón, u otras de las mu­ debajo de la otra, con una abertura
chas crónicas semejantes, seguros de circular en el centro de ambae bóvedas,
que lograremos reanimar nuestro valor a través de la cual pasaban únicamen­
contemplando lo que fueron capaces de te el aire, la luz, el alimento, los en­
sufrir por Jesucristo sin exhalar una seres y las personas; podemos, por lo
queja, los niños y las mujeres, los ca­ tanto, imaginarnos cuánta ventilación
tecúmenos y los esclavos. y claridad disfrutarían los presos del
Pero volvamos a nuestra narración. piso bajo cuando el superior estaba lle­
Pancracio y otros veinte, cargados de no, supuesto que no habla más medio
cadenas, fueron conducidos, formando que el indicado, incluso para la lim­
cuerda, y paseados por la ciudad, a la pieza. Las paredes, formadas con enor­
cárcel. Durante el trayecto, largo y pe­ mes peñascos, tenían, como se ven aún
noso, sus conductores no sólo los apa­ en la actualidad, gruesas argollas em­
leaban sin piedad cuando, desfallecidos, potradas para aherrojar a los presos ;
tropezaban a cada instante, sino que muchas destinadas a sujetarlos tendi-
permitían a los transeúntes que los mal­
(1) Era esta cárcel un calabozo hecho por
tratasen arrojándoles piedras e inmun­ Anoo Mario en la roca del Capitolio; en ella
dicias, abofeteándolos y prodigándoles eatuyo encerrado San Pedro y aun ee ye el
surtidor de agua con la que bautizó a los car­
las injurias más soeces. Llegaron, por celeros, que murieron después en el martirio.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 199

dos en el suelo y con los pies metidos venta años de edad, al preguntarle:
en el cepo. Por un refinamiento de «¿Quién es el D íob de los cristianos?»,
crueldad, los bárbaros opresores au­ respondió con sencilla dignidad : «Si
mentaban a veces la incomodidad del fueses digno, lo conocerías». A veces
áspero y húmedo piso, esparciendo por el juez quería entrar en discusión con
él pedazos de vasijas rotas que contri­ el acusado y, naturalmente, solía que­
buían a hacer más y más insoportable dar vencido, aunque éste se limitase a
el único lecho en que pudieran exten­ exponer sencillamente la franca profe­
der sus llagados miembros los atormen­ sión de su fe cristiana. A veces tam­
ta-dos cristianos. No es de extrañar, bién, como en el proceso de un cierto
pues, que, en Africa, varios mártires, a Tolomeo, admirablemente contado por
cuyo frente estaban San Saturnino y San Justino, y en el de Santa Perpe­
San Daterio, exhalasen su último sus­ tua, el juez se limitaba a preguntar:
piro en la prisión, víctimas de sufri­ «¿Eres cristiano?», y al oir la respuesta
mientos crueles antes de que los some­ afirmativa pronunciaba en el acto la
tieran al tormento, y que las actas de sentencia de muerte.
los mártires de Lyón nos refieran que Pancracio y sub compañeros compa­
muchos de los recién llegados perecían recieron ante el juez ; era preciso con­
en Iíjb calabozos, mientras que otros que denarlos cuanto antes porque sólo fal­
volvían del suplicio casi sin vida reco­ taban tres días para el munus o juegos
braban la Balud sin asistencia del médi­ circenses en que debían ser arrojados
co (1). Podían, no obstante, los cris­ a luchar con las fieras.
tianos, proporcionarse, mediante el so­ —¿Qué eres tú?—preguntó el juez
borno, la entrada en aquellas moradas a uno de ellos.
del sufrimiento, mas no de tristeza, y —Cristiano, por la gracia de Dios—
facilitaban a sus hermanos consuelos es­ contestó.
pirituales y lo necesario para restaurar —¿Y tú?—interrogó el prefecto, di­
sus fuerzas. rigiéndose a Rústico.
La justicia romana exigía, a lo me­
— Un esclavo del César—respondió ;
nos, las formas exteriores del juicio y
—pero, al hacerme cristiano, he recibi­
por eso eran conducidos siempre los
do la libertad del mismo Jesucristo, y
cristianos de la mazmorra al tribunal,
por su gracia y misericordia soy parti­
donde se les sometía a un interrogato­
cipante de las mismas esperanzas de
rio, del que nos quedan preciosas mues­
todos los que tienes delante.
tras en las actas de mártires, tomadas
Volviéndose entonces el juez a un
de las notas que redactaba el que lle­
presbítero, llamado Luciano, venerable
vaba el registro del tribunal proconsu-
lar. por su edad y por sus virtudes, le dijo :
En el interrogatorio de Potino, obis­ —Vamos, sé obediente a los dioses
po de Lyón, venerable anciano de no­ y a los edictos imperiales.
—Nadie — replicó el anciano — debe
(1) Ruínart, pég. 146. ser reprendido ni condenado porque
200 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

obedezca, a los preceptos de Jesucristo nombre, soy viuda y profeso la misma


Nuestro Salvador. fe salvadora.
—¿A qué estudios te dedicas? Por último, después de haber dirigi­
—He procurado poseer todas las cien­ do la misma pregunta a todos y reci­
cias y conocer todas las doctrinas; pe­ bido idéntica respuesta — a excepción
ro finalmente he aceptado las doctri­ de un desgraciado que, con gran sen­
nas del cristianismo, por más que des­ timiento de los demás, se prestó a sa­
agraden a loa secuaces del error. crificar a los dioses,—tocóle el tumo a
— Pero, desgraciado, ¿qué placer Pancracio.
puedes hallar en semejantes doctrinas? —Y tú, joven insolente—le dijo el
—El mayor de todos, pues sólo los prefecto,—que tuviste la temeraria osa­
cristianos poseen la verdadera. día de arrancar el edicto de los divinos
—¿Y cuál es esa doctrina? emperadores, sabe que también habrá
—Creer en un solo Dios, autor y para ti piedad y completo perdón si
creador de todas las cosas visibles e in­ quieres sacrificar a los dioses. Da mues­
visibles y confesar a Nuestro Señor Je­ tras de cordura y de compasión para
sucristo, vaticinado en remotas edades contigo mismo, puesto que eres tan jo­
por loe profetas, que vendrá un día a ven...
juzgar a todos los hombres, que es el Pancracio se persignó tranquilamen­
que predica y concede la salvación a te e interrumpió:
todos los que aprendan y sigan sus man­ — Soy siervo de Jesucristo : le con­
datos. Yo, sin embargo, como débil e fiesan mis labios, reina en mi corazón
insignificante criatura, no soy capaz de y le adoro incesantemente. La juven­
explicar nada que sea grande y digno tud que en mí adviertes tiene la sabi­
de §u Deidad infinita: esto corresponde duría de la edad madura al creer en un
a los profetas. solo D ios; mientras que vuestros dio­
—Lo que tú eres» a lo que parece, es ses, con todos b u s adoradores, están
uno de esos que enseñan el error a los condenados a la eterna destrucción (1).
otros, y mereces, por consiguiente, ma­ —Dad a ese muñeco una bofetada en
yor castigo. Poned a este Luciano en la boca en castigo de su blasfemia y
el potro con los pies estirados hasta el azotadle con varas—exclamó, enfure­
quinto agujero (1). ¿Quiénes sois vos­ cido, el prefecto.
otras? ¿Cuál es vuestro nombre y cuál —Te agradezco el castigo-—repuso el
vuestra condición? — añadió, dirigién­ joven con modestia, — porque de ese
dose a dos mujeres que habla entre los modo sufriré algo de lo mucho que pa­
presos. deció el Señor (2).
— Soy cristiana, no tengo otto Espo­ Entonces pronunció el prefecto la
so que Cristo y me llamo Segunda— sentencia en la forma de costumbre :
contestó una de ellas.
—Yo — repuso la otra, — Rufina de
(1) Ruinart. Actas de Santa Felicita* y
(1) La mayor dilatación del potro de que sus hijos , pág. 66.
ae hace mención. • (2) Actas de Santa Perpetua, píg, 220.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 201
— «Condenamos a Luciano, Pancra­ ba, alternando los versículos de los sal-
cio, RÚBtico y demás compañeros, y a mos apropiados a las circunstancias.
las mujeres Segunda y Rufina, que se En la víspera del combate, esto es,
han declarado cristianos y se han ne­ el día antes de ser despedazados por las
gado a obedecer al sagrado emperador fieras, gozaban siempre los presos de
y a ofrecer sacrificios a los dioses de mayor libertad : tenían sus amigos per­
Boma, a ser arrojados a las fieras en miso para visitarlos, y los cristianos se
el anfiteatro Flavio.» aprovechaban de este permiso para acu­
Las turbas aplaudieron con gritos dir en tropel a la cárcel y encomen­
destemplados y acompañaron con de­ darse a las oraciones de los bienaventu­
mostraciones de desenfrenado y feroz rados confesores de Jesucristo. Por la»
júbilo a los confesores a su vuelta, a la noche los sacaban de la prisión y se les
cárcel; pero fueron poco a poco cal- servía una cena libre, que era más bien
mándo3e, como vencidos al contemplar un banquete en el que abundaban los
la modesta dignidad de los cristianos y manjares y los vinos exquisitos. Los
por su sereno continente, no faltando paganos rodeaban la mesa, atraídos por
quien afirmase que se habían perfuma­ la curiosidad de examinar a su sabor el
do, porque la atmósfera que los rodea­ aspecto y maneras de los que habían de
ba despedía suavísima fragancia. luchar al día siguiente ; pero cuando los
combatientes eran cristianos, no veían
en ellos los curiosos ni laa bravatas in­
solentes y furiosas ni el abatimiento y
tristeza de los criminales ordinarios.
Para los futuros mártires era esta co­
mida un verdadero agape o festín de
amor, en el cual conversaban tranqui­
XXJ[ la y jovialmente. Pancracio censuró,
sin embargo, una o dos veces, la insen­
EL VJÁTICO sible curiosidad y crueles observacio­
nes de la multitud, diciendo :
— ¿ No os basta la fiesta de mañana,
La escena de furor y de tumulto que sino que os complacéis en contemplar
reinaba fuera formaba notable contras­ los objetos de vuestro odio futuro?
te con la que se desarrollaba en el in­ ¿ Sois hoy nuestros amigos para ser ene­
terior de la cárcel, donde todo era paz, migos mañana?... Examinad despacio
serenidad, ternura y alegría, y en las nuestros semblantes y así podréis re­
toscas piedras de las paredes y de las conocernos el día del juicio (1).
bóvedas resonaba el canto de los him­ Muchos se retiraron avergonzados de
nos dirigido por Pancracio. Al abismo aquella severa reprensión, y en no po­
contestaba el abismo, pues los que es­ cos despertó los sentimientos que en
taban recluidos en el calabozo inferior
(1) Actas de los mártires de Lyón, pá­
respondían a los cánticos de los de arri­ ginas 146 y 219.
SX)2 <'ARDENAL NIC ÍLAS WI9EMAN

breve habían de operar su conver­ ces por las calles sin ir perfectamente
sión (1). disfrazados.
Pero en tanto que loa perseguidores Preparado ya el Pan celestial, Be vol­
preparaban el festín para fortalecer el vió el sacerdote hacia los circunstantes
cuerpo de sus víctimas, )a Iglesia, co­ buscando una persona que pudiese en­
mo cariñosa madre, disponía un man­ cargarse, con seguridad de cumplirlo,
jar más precioso para el alma de sus de aquel peligroso deber, cuando reparó
hijos. Los diáconos no habían dejado en el joven acólito Tarcisio arrodillado
un solo instante de asistirlos, especial­ a sus pies, con las manos extendidas
mente Keparato, quien, a no estorbár­ en ademán de recibir el sagrado depó­
selo por entonces el cumplimiento de sito, y el semblante animado por una
sus deberes, habríase unido a ellos para expresión atractiva de angelical inocen­
sufrir el martirio. Después de haber cia, no ya que solicitaba una preferen­
provisto el santo varón en lo posible a cia sino que reclamaba un derecho.
las necesidades corporales de los encar­ — EreB todavía muy niño, hijo mío—
celados, dispuso, de acuerdo con el pia­ dijo el buen sacerdote, admirado del
doso sacerdote Dionisio, que aeguía ha­ tierno cuadro que tenía ante sus ojos.
bitando en casa de Inés, enviarles por — Mis pocos años— conteBtó— serán
la noche suficientes porciones del Pan mi mejor protección : no me rehúses,
de vida, para fortalecer en la mañana padre mío, tan grande honor.
del combate a los campeones de Jesu­ Y al decir estas palabras las lágrimas
cristo. Aun cuando, según la práctica rodaron por las encendidas mejillas del
establecida, eran los diáconos los en­ muchacho, que volvió a extender los
cargados de trasladar las especies con­ brazoa hacia el sacerdote y Buplicó con
sagradas desde la iglesia matriz a las tanto fervor y ánimo, que la súplica fué
filiales, en donde las distribuían los ti­ irresistible. El sacerdote tomó el San­
tulares, se confiaba a los ministros in­ tísimo Sacramento, le envolvió en un
feriores el cargo de llevarlas a los már­ blanco lienzo, y, cubierto con otro exte­
tires que estaban en la cárcel y aun a rior, lo puso en las manos del joven
loa moribundos. En aquellos días, más acólito, diciéndole :
que en ningún otro, era peligrosísimo —Ten presente, Tarcisio, que se con­
el desempeñar tal cometido, pues esta­ fía a tu debilidad un tesoro divino ; evi­
ba sobreexcitado el odio de loa gentiles ta los sitios públicos en tu camino y
por la proximidad de la cruel carnice­ advierte que las cosas santas no deben
ría que en los cristianos se iba a ejecu­ ser alimento de los perros, ni las pie­
tar. AdemáB, reveladas por Torcuato a dras preciosas han de ser arrojadas a
Fulvio y por éste a b u s numerosos es­ los puercos. ¿Guardarás fielmente es­
pías las señas de los ministros del Se­ tos celestiales dones?
ñor, apenas se atrevían a salir enton- — Antes moriré que entregarlos—res­
pondió el santo niño.
Y ocultando el sagrado manjar en
(2) Acta* de los mártires de Lyón, p. 810. bu pecho, debajo de su túnica, hizo una
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 203
profunda reverencia y salió para llenar dando con paso rápido y entró en una
b u arriesgado cometido. Cruzó rápida­ plaza donde había una porción de mu­
mente las calles, con gravedad de con­ chachos escapados de la escuela , que se
tinente impropio de su corta edad, evi­ disponían a jugar.
tando cuidadosamente los sitios dema­ — Nos falta uno para completar la
siado públicos, como los muy solitarios. partida—gritó uno de los muchachos,
Al pasar por delante de una gran ca­ —¿dónde podremos encontrarlo?
sa, con paso rápido y con los brazos — Aquí viene Tarcisio—contestó otro,
cruzados delante del pecho, la señora, —a quien por cierto hace mucho tiem­
que era una matrona rica y sin hijos, po que no he visto y que es muy hábil
prendada de su belleza y de la dulzura en toda clase de juegos. V.en acá, Tar­
de su semblante, salió a su encuentro cisio, ¿a dónde vas tan de prisa? Qué­
y le d ijo: date a jugar con nosotros.
—Detente un momento, querido ni­ —Te ruego — insistió Tarcisio, con
ño, y dime cómo te llamas y dónde vi­ suplicante ademán,—que me dejes con­
ven tus padres. tinuar mi camino.
— Me llamo Tarcisio, soy huérfano— —Ahora no puedo, Petilio ; voy a un
respondió sonriendo,—y no tengo más negocio de mucha importancia.
casa que una, cuyo nombre quizá no —Pues has de jugar, quieras o no—
oirás con agrado. exclamó agarrándolo violentamente el
—Entonces entra y descansa, porque primero que había hablado, y que era
quiero hablar contigo. ¡Ah, si yo tu­ un mozuelo forzado y pendenciero :—
viera un hijo como tú ! yo no aguanto terquedades cuando quie­
—Ahora no puede ser, noble señora, ro una cosa. Quédate, pues, con nos­
tengo un sagrado deber que cumplir y otros, y a jugar.
no puedo detenerme un instante. —Déjate de tonterías—replicó el otro.
—Prométeme entonces venir maña­ —Pero dime, ¿qué llevas ahí en el pe­
na : ésta es mi casa. cho oculto con tanto cuidado? ¿Es una
—No faltaré, si vivo—respondió el carta? ¡ Bah 1no se echará a volar mien­
niño con cierta inspiración en la mira- tras jugamos. Dámela y yo la pondré
da que le asemejaba a un mensajero de en sitio seguro.
la celeste esfera. T así diciendo pugnaba por sacarle
Acompañóle la matrona con la vis­ del pecho el sagrado depósito.
ta, y, después de algunas vacilaciones, — ¡ Oh ! ¡ Jamás, j a m á s —exclamó
se determinó a seguirle ; pero al punto el pobre niño, levantando al cielo sus
oyó un gran tumulto con horrible gri­ hermosos ojos.
tería que la obligó a detenerse hasta — Pues yo lo quiero— insistió el otro
que, calmado el alboroto, prosiguió su con rudeza, y comenzó a forcejear con
camino. él para separarle el brazo :—be de sa­
Entretanto Tarcisio, con el pensa­ ber en qué consiste tu misterioso se­
miento fijo en objeto más alto que la creto.
herencia de la rica matrona, seguía an- El ruido de la contienda atrajo al pun-
£04 CABDENAL NICOLAS W ISEM AN

to multitud de curiosos y vieron un ni­ tido, y de la boca y las narices del po­
ño cruzado de brazos, resistiendo con bre niño brotaron chorros de sangre;
una fuerza que parecía sobrenatural, otro y otros imitaron al cobarde agre­
los terribles esfuerzos de otro más ro­ sor, hasta que, lleno de contusiones,
busto para hacerle descubrir lo que ocul­ Tarcisio cayó al fin en tierra, aunque
taba, Puñetazos, bofetadas, violencias sin separarse del pecho sus cruzadas ma­
de todas clases, nada podía con é l; su­ nos. Sobre él se arrojó la desalmada
fríalo todo sin exhalar queja alguna, turba y ya estaban a punto de apode­
ni intentaba defenderse; pero conti­ rarse del sacratísimo depósito> cuando
nuaba firme en su propósito de no sol­ he aquí que de repente se sintieron
tar su tesoro. violentamente separados y arrojados
—¿Qué podrá ser?—se preguntaban a derecha e izquierda por una fuer­
unos a otros. za hercúlea: éstos iban rodando a un
En esto acertó a pasar por allí Ful­ extremo de la plaza, aquéllos voltea­
vio, y, al reunirse al corro que rodeaba ban por el aire, sin saber quién les ata­
a los combatientes, reconoció a Tarci­ caba, y caían medio reventados en el
sio por haberlo visto en la ordenación mismo lugar que ocupaban, mientras
de diciembre. que otros escapaban por pies al ver al
—¿Qué será esto?— le preguntaron atlético soldado autor de tal zafarran­
al verle bien portado. cho. Este, tan luego como hubo sepa­
—¿Qué ha de ser?—respondió en to­ rado la infantil canalla, se arrodilló ba­
no de desprecio :— un asno cristiano que ñado el rostro en lágrimas, levantó el
lleva a cuestas los misterios (1). doliente y desfallecido niño, y con la
No fué menester más : Fulvio, aun­ ternura de una madre amante le pre­
que desdeñaba una presa para él tan guntó con cariñoso acento:
insignificante, sabía bien el efecto que —¿Te han hecho mucho daño, Tar­
sus palabras habían de producir exci­ cisio?
tando la curiosidad de los gentiles que —No te aflijas por mí, Cuadrado—
querrían apoderarse a toda costa de los respondió, abriendo sus ojos y con plá­
misterios cristianos para violarlos y es­ cida sonrisa.—Iba a llevar los Divinos
carnecerlos. Efectivamente, cuantos ro­ Misterios... No puedo ya... cuida tú de
deaban a Tarcisio comenzaron a instar­ ellos.
le y obligarle a que manifestara lo que Tomó entonces el soldado en sus bra­
llevaba oculto; pero el nifio seguía ca­ zos al nifio con doble respeto, como
da vez más fuertemente defendiéndose quien no sólo conducía la tierna vícti­
y exclamaba: ma de un temprano martirio, sino al
— ¡ Jamás, jamás 2 ¡ antes me arran­ mismo Señor y Rey de los mártires, Di­
caréis la vida! vina víctima inmolada por la reden­
Un terrible puñetazo que le propinó ción de la humanidad. La cabeza del
un herrero le aturdió y dejó casi sin sen­nifio descansaba dulcemente reclinada
sobre el hombre del atlético soldado,
il) Aainug portan a myatería: Provebio
latino- pero sus brazos y manos cruzadas con-
FABIOLA O LA IULESIA DE LAS CATACUMBAS 205

tinuaban guardando cuidadosamente el


. , , Tarcumm sanctum Christi Sacramenta ge-
precioso don a ellas confiado. AI esfor- [rentem
zado centurión parecíale ligera la do- Cum male Mna mailus vulga^ J ^ ‘
blemente sagrada carga y con ella si- Ipse animam potius voluit dimitiere csesus
guió caminando sin que nadie le detu- Prodere ^ am "*nibu“ ™bidis
viera a no ser una señora, que, llena
de asombro, examinó con cuidado al El martirologio romano hace men-
que traía en sus brazos y exclamó ho- ción de este santo niño en 15 de
rrorizada : agosto y su fiesta conmemorativa se ce-
—¿Es posible que sea ese Tarcisio, lebra en el cementerio de Calixto, de
aquel niño que hace pocos momentos donde fueron trasladados sus restos a
he visto pasar por aquí tan bello y gra- la iglesia de San Silvestre del Campo,
cioso? ¿Quién lo ha puesto de ese mo- según refiere una antigua inscripción,
do? La noticia de este suceso no llegó
— Señora—respondió Cuadrado,—lo afortunadamente a conocimiento de los
han asesinado porque era cristiano. presos hasta después del banquete, pues
La señora entonces contempló un la duda de carecer del alimento espiri-
momento el rostro del niño, el cual tual, en el que cifraban su principal
abrió los ojos, los fijó en ella con ange- fortaleza y su mayor consuelo, era lo
lical sonrisa y expiró. De aquella mi- único que podía turbar, aunque ligera-
rada debió brotar la luz de la fe, pues mente, la serenidad de su alma. En es-
la noble matrona abrazó apresurada- te momento entró Sebastián en el ca-
mente el cristianismo. labozo, y al punto comprendió que sa-
E1 venerable sacerdote Dionisio no bían ya la deplorable nueva que les re-
pudo contener las lágrimas cuando, se- firiera su centurión Cuadrado ; y para
parando las manoB del niño, encontró reanimar a los confesores de Jesucristo
intacto e inviolado el glorioso depósito, les aseguró que no carecerían de su ape-
el Santo de los Santos. Ahora que dor- tecido espiritual manjar, y murmuró al-
mlft el sueño de los mártires, le pare- gunas palabras al oído del diácono Re-
ció que el niño se asemejaba más a un parado, quien salió al instante cam-
ángel que cuando hacia una hora es- biando con él una sonrisa de inteligen-
casa lo había visto lleno de vida y son- eia.
riente. Cuadrado mismo lo llevó al ce- Sebastián, que por su elevada posi-
menterio de Calixto, donde fué sepul- ----------
, ... -j i l ^ (1) Queriendo la desatentada multitud
tado entre la admiración de otros fie- profanar el Santísimo Sacramento, que San
les más antiguos de la fe : después el Tarcisio llevaba, quiso ése mejor perder la vi-
, da bajo loa golpee, que entregar los celestia-
papa San Dámaso compuso para él un miembros, a loe (rabiosos perros.—Car-
epitafio, que por cierto es imposible leer XVIII.
, ^ x Véanse también Ira notas ae Baromo al
sin convencerse de que entonces, como martirologio: las palabrae (Christi) «cceles-
ahora, era de fe la presencia real del
cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo en pero concluyente, de la general creencia de la
la Sagrada Eucaristía. 5 d ^ * t a £ ¡ 1" pudienm h‘ ” rl°
¿06 CARDENAL NICOLAS W lBEM AN

ción social era conocido de todos Iob que me encuentro esta noche en una
guardias, podía entrar y salir libremen­ cárcel obscura, fría y triste, estaré an­
te de la cárcel, a todas horas, e iba a tes que el sol de mañana haya termina­
menudo para consolar y fortalecer a los do su carrera, escuchando embelesado
futuros mártires; pero esta vez llevó­ el sonido de las arpas seráficas, forman­
le, además, el deseo de tener la última do parte de la inmensa cohorte de san­
entrevista con bu amadísimo amigo Pan­ tos vestidos de blanco, aspirando el per­
cracio, que ardientemente ansiaba tan fume del celestial incienso y refrigerán­
grata visita. Apartados de los demás co­ dome con las purísimas aguas del ma­
menzó el ilustre joven de esta manera : nantial de la vida? Se cree en semejan­
—¿Te acuerdas, Sebastián, de aque­ tes prodigios cuando uno los lee o los
lla noche en que oíamos desde tu ven­ oye referir a otro; pero que dentro de
tana los rugidos feroces de las fieraB, pocas horas me esté reservada tan ine­
y veíamos los arcos del anfiteatro como fable felicidad ¡ oh, eso apenas me atre­
abiertos para dejar paso al triunfo de vo a suponerlo!
los cristianos? —¿Y nada más que eso experimen­
— Sí, querido m ío: lo recuerdo per­ tas, amigo querido?
fectamente y me parece que tu corazón — Ah, sí, más, mucho más que esto ;
presentía entonces las escenas que te mucho más de lo que se puede decir sin
esperan mañana. presunción ni orgullo, j Que un niño co­
— Es verdad : presentí que debía ser mo yo,' que apenas acaba de salir de
yo uno de los primeros que saciarían la la escuela y que nada ha hecho todavía
voracidad de aquellos salvajes ministros por Jesucristo, pueda decir : «Mañana
de la crueldad humana; pero ahora que le veré cara a cara. Le adoraré y re­
el momento se acerca, apenas puedo cibiré de El no sólo una palma y una
creerme digno de tan inmenso honor, corona, sino un amoroso abrazo!» Se
porque, ¿qué he hecho yo, no digo para me figura esta esperanza tan deliciosa,
merecer, sino para obtener tan señalada que casi me estremezco al pensar qoe
preferencia? en breve dejará de Berlo. ¡Y , sin em­
— Ya sabes tú bien, amigo mío, que bargo, Sebastián—continuó fervorosa­
no el que la desea ni el que corre en mente, estrechando las manos de su
pos de ella, sino aquel a quien Dios amigo,-—es verdad, es verdad !
quiere concedérsela, es el que logra es­ —¿Y todavía más, Pancracio ama­
ta suprema dicha. Pero dime, dime ¿qué do?
experimentas ahora ante el glorioso des­ — Sí, Sebastián, más, muchísimo
tino que te aguarda mañana? m ás: j cerrar los ojos a la vista de los
—Hablándote con'verdad, me parece hombres para abrirlos a la faz de Dios ;
tan magnífico y tan superior a cuanto cerrarlos ante miles y miles de especta­
pudiera desear, que a veces creo que dores que, desde todas las gradas del
sueño, tan bella y seductora me parece anfiteatro, te miran con ojos llenos de
la realidad. Y aun a ti mismo, ¿no te odio, de rencor y de desprécio, y des­
parece un milagro casi increíble que yo, pertar instantáneamente ante aquel sol
FABIOLA O LA lü L E S L k DE LAS CATACUMBAS 207
de inteligencia cuyo ardiente esplendor que no hará vacilar la firmeza que Dios
nos abrasaría y nos deslumbraría, si me infunde.
b u s rayos no nos penetraran, nos rodea­ Al decir esto contuvo el valeroso jo­
sen y nos vivificasen ! j lanzarse súbita­ ven una lágrima furtiva, y con alegre
mente en el encendido seno del amor tono prosiguió :
de Dios, y sumergirse en el inmenso y — Pero recuerdo, Sebastián, que no
eterno océano de b u caridad y de su mi­ me has cumplido tu reiterada promesa
sericordia !... i Ah, Sebastián, amigo de descubrirme los secretos que me
m ío! ¿no parece presunción en mí el ocultabas, y como esta será la última
decir que mañana...—qué digo, maña­ ocasión, preciso será que me loa refie­
na... ¿no oyes al vigilante del Capito­ ras.
lio anunciar la media noche?...—que —¿Recuerdas de qué secretos se tra­
hoy mismo gozaré ya de tanta dicha? taba?
—Perfectamente, porque me han da­
—¡ Feliz Pancracio!—exclamó el sol­
do mucho que pensar. En primer lugar,
dado :—ya gozas anticipadas las deli­
la noche que juntos estuvimos en tu .ha­
cias inefables que dentro de breves ho­
bitación, me dijiste que había un pode­
ras te esperan.
roso motivo que contenía tu ardiente
— ¿Pues sabes, mi querido Sebas­ deseo de morir por Jesucristo; y más
tián—continuó el joven, como si no hu­ tarde no me quisiste manifestar la cau­
biera advertido la interrupción,—sabes
sa de enviarme apresuradamente a la
qué es lo que principalmente me sor­ Campania. E bí© era el segundo secreto
prende y admira? Que es Dios doble­
que, según me advertiste, está relacio­
mente bondadoso y misericordioso con­
nado con el primero, y no alcanzo a
migo al concederme una muerte seme­ comprender...
jante. ¡ Cuán dulce debe ser. a mi edad, — Y, sin embargo, ambos no son más
abandonar la tierra cuando la muerte que uno : había prometido velar por tu
pone fin a todos los odios que nos per­ verdadera felicidad, querido Pancracio,
siguen y nos libra de la vista de horri­ y éste era un deber que me imponía el
bles fieras y de hombres perversos no cariño y la amistad. Veía tus ardientes
menos espantosos que ellas y acalla deseos de dar la vida por la fe, y co­
tan sólo los diabólicos aullidos de los nociendo el entusiasmo de tu juvenil
unos y de las otras! |Cuánto más dolo­ corazón, temía que te comprometieses
roso sería dejar el mundo contemplando con alguna acción temeraria que pu­
la dulce mirada de una madre amorosa diese empañar, aunque tan ligeramente
como la mía, y tener que cerrar los oí­ como el aliento al bruñido acero, la pu­
dos a los tristes lamentos de su resig­ reza de tus anhelos, o manchar, siquie­
nado llanto! Es cierto, no obstante, ra fuese con pasajero tinte, una sola
que he de verla antes del combate se­ hoja de tu palma gloriosa. Determiné,
gún hemos convenido ; pero estoy tam­ en consecuencia, moderar mis propios
bién seguro de que su vista no debili­ deseos, hasta verte enteramente segu­
tará mi valor, ansio esta entrevista, por­ ro. ¿He obrado mal?
208 CARDENAL NICOLAS W ISEM AN

—¡ Oh, cuán bueno, cuán noble eres en los brazos de su amigo.—Prométeme


para conmigo, Sebastián... 1 ¿pero qué —le dijo luego—una cosa más ; asegú­
relación tenia eso con mi viaje a la rame que cuidarás hoy de mí hasta el
Campania? último momento y que entregarás des­
— Si no te hubiere alejado de Boma, pués a mi madre mi postrer recuerdo.
habrías sido preso por tu osado atreví* —Te lo prometo aunque me cueste la
miento de arrancar el edicto o por tus vida : por otra parte, no estaremos mu­
vehementes palabras contra el juez que cho tiempo separados, Pancracio.
torturaba a Cecilia. Entonces hubie- El diácono avisó entonces que se iba
ras sido condenado y sufrido la muer­ a ofrecer el santo sacrificio en el mis­
te por Cristo ; pero la sentencia habría mo calabozo. Los dos jóvenes miraron
sido fundada en otro motivo, en un de­ alrededor y Pancracio quedó sorpren­
lito de lesa majestad. Por otra parte, dido. El santo presbítero Luciano ya­
considerada tu acción, hijo mió, por los cía en el suelo, con las piernas doloro­
mismos gentiles como un rasgo de te­ samente aprisionadas y extendidas en
merario valor, te habrían ellos mismoB el cepo o catasto y sin poder levantar­
honrado como a un joven brioso y arro­ se. Reparato había extendido sobre su
jado, y quién sabe si aun en medio de pecho los tres paños de lienzo necesa­
los tormentos hubieras experimentado rios para el altar, y sobre ellos había
el terrible aguijón del orgullo ; de todos colocado el pan sin levadura y el cáliz
modos habrías carecido de la ignominia con el vino y el agua, que el diácono
que forma el mayor mérito y la espe­ sostenía con su mano. El anciano sa­
cial gloria del que muere tan sólo por cerdote recitó las preces con los ojos
ser cristiano. levantados al cielo, hizo las ceremo­
—Es verdad — respondió Pancracio nias prescriptas para el ofertorio y la
ruborizado. consagración, y después todos se fueron
—Pero cuando supe—continuó Se­ aproximando devotamente y recibien­
bastián—que habías sido preso ejercien­ do, con lágrimas de gratitud, de sus sa­
do un generoso acto de caridad para gradas manos, el místico manjar de las
con los confesores de Jesucristo ; cuan­ almas (1).
do te vi arrastrado por las calles, enca­ ] Ejemplo bello y maravilloso del po­
denado como un criminal vulgar, ape­ der concedido a la Iglesia de Jesucris­
dreado y escarnecido como los demás to de acomodarse a las circunstancias!
creyentes ; cuando por fin oí tu senten­ Aunque sus leyes son inmutables, su
cia pronunciada por ser cristiano y na­ ingeniosa caridad encuentra medios de
da más que por eso, consideré termina­ demostrar más y más sus principios
do mi compromiso, y ni un solo paso aun en los momentos de intensa emo­
hubiera dado para salvarte. ción ; más aún, la emoción misma se
—¡ Oh, cuán bueno y previsor, cuán
(1) En las actas del martirio de un sacer­
generoso y cuán semejante al de Dios dote del irmmo nombre en Antioquía, se re­
ha sido tu amor para conmigo!—excla­ fiere la celebración de los Divino» Misterios
de un modo semejante. (V. Ruina rt. t. n i,
mó sollozando Pancracio, y Be arrojó página 182, nota).
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 209

manifiesta, como sublime aplicación de también comenzó a circular temprano


la ley. Hubo allí un ministro de Dios, por las calles, ataviado oon sus mejores
dispensador de sus misterios, que go- galas y en dirección al anfiteatro de
zó por esta vez el privilegio de ser a Mavio, conocido ahora con el nombre
un tiempo mismo y más que otroB co- del Coliseo. Cada cual dirigíase hacia
mo Aquel a quien representa, el sacer- la puerta señalada en b u billete de en-
dote y el altar. La Iglesia prescribía trada y el enorme monstruo iba reci-
que el Santo Sacrificio sólo podía ofre- biendo en su seno poco a poco todas
cerse sobre las reliquias de los márti­ aquellas olas de seres vivientes que fue­
res, y he aquí un mártir a quien se per­ ron poblando en apretadas filas las gra­
mitió la singular prerrogativa de hacer das hasta que su interior estuvo com­
altar de su propio cuerpo, que, todavía pletamente tapizado de rostros huma­
vivo, «yacía bajo los pies de Dios». Su nos. Aguel mar de cabezas que se agi­
pecho respiraba todavía y bu corazón la­ taban incesantemente animaba el edi­
tía bajo los Divinos MiBterios, es ver­ ficio, cuyos gruesos muros parecían tre­
dad ; pero esto sólo era parte de la ac­ pidar con el continuo movimiento y on­
ción del Ministro, porque podía conside­ dulación de la apiñada multitud. Cuan­
rársele ya muerto, a lo menos de in­ do, después de haberse embriagado de
tención, toda vez que había hecho el sangre y de furor, el pueblo vuelva a
sacrificio de su vida : dentro y fuera precipitarse en continuas corrientes sa­
del santuario de aquel pecho sólo vivía liendo por las numerosas puertas por
Jesucristo (1). ¿Podría haberse prepa­ donde entraran, merecerán éstas con
rado de un modo más digno el viático toda propiedad su exacto nombre de
para los mártires? Vomitoria, porque jamás depósito algu­
no de inmundicias arrojó de sí una co­
rriente más asquerosa y contaminada
que aquel populacho de Boma saciado
con la sangre de los mártires, que fluía
copiosamente al través de los huecos
del soberbio monumento.
XXIII
El César b o presentó en el circo ro­
deado de toda su corte, con toda la pom­
EL COMBATE
pa y magnificencia propias de una fies­
ta imperial, y ansioso como sus vasa­
El día amaneció sereno y frío : el sol, llos de presenciar aquellos espectácu­
hiriendo con sus rayos loa dorados ador­ los terribles de crueles luchas y atroz
nos de los templos y demás edificios pú­ carnicería. Su trono estaba en la parte
blicos, parecía engalanarlos con sus es­ oriental del anfiteatro, en un espacio lla­
plendores para una fiesta. El pueblo mado Pulvinar, suntuosamente adorna­
do para la imperial comitiva.
(1) Y vivo, ya no y o ; mas vive Cristo en Varios juegos se sucedieron unos a
mí. (San Pablo, ep, ad Galataa, cap. n ,
versículo 20). otros, y más de un gladiador muerto o
FABIOLA.— 1 4
210 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

herido había regado con su sangre la paz mi corazón y había jurado entre-
brillante arena*del circo, cuando el pue­ garte a los dioses infernales ; te he mal­
blo» ávido de más fieros combates, em­ decido, te he anatematizado; pero hoy
pezó a pedir con frenéticos gritos que ha llegado el día de mi total venganza.
fuesen arrojados los cristianos a las fie­ — Me parece—replicó Pancracio son­
ras. Pero ya es tiempo de ocuparnos en riendo— que no ha existido semejante
nuestros sentenciados. lucha, porque el odio y las persecucio­
Antes de que el pueblo se hubiera nes partían únicamente de ti y nada
reunido en el anfiteatro, habían sido puedes reprocharme.
trasladados, con numerosa escolta, des­ —¿Cómo que no? ¿Pretendes que
de la prisión a un seguro aposento lla­ te crea cuando te he visto siempre co­
mado 8poHatorium, donde se les quita­ mo una víbora entre miB pies para mor­
ron los grillos y las cadenas. Quisieron derme ?
vestirlos con los fastuosos trajes de los
—¿ En dónde? te vuelvo a preguntar.
sacerdotes y sacerdotisas gentiles, pe­
—En todas partes, repito : en la es­
ro ellos se resistieron alegando que ya
cuela, en casa de Inés, en el Foro, en
que aceptaban sin resistencia la lucha,
el cementerio, en el tribunal de mi pa­
hubiera sido monstruosa exigencia obli­
dre, en la quinta de Cromacio : sí, si,
garlos a presentarse revestidos de or­
en todas partes.
namentos que detestaban. Durante la
—¿ Y en ninguna otra parte más que
mayor parte del día permanecieron jun­
tos en esta habitación animándose mu­ las que has nombrado? ¿Cuándo tu ca­
tuamente y cantando sagrados himnos, rruaje se hizo pedazos en la Vía Apia,
aunque el tumulto exterior ahogaba de y faltó poco para que murieses ahoga­
cuando en cuando sus voces. do en el canal, no oíste el galope de
Mientras así se preparaban devota­ unos caballos que corrían para alcan­
mente para el martirio, entró Corvi­ zarte?
no, y con aire de insolente triunfo se —¡ Miserable ! — exclamó enfurecido
dirigió a Pancracio y le dijo : el hijo del prefecto :—¿conque pusis­
—Al fin, gracias a los dioses, ha lle­ te, de intento, tu caballo al galope pa­
gado el día que tanto ansiaba: la lu­ ra espantar a los míos y me estrella­
cha ha sido larga y obstinada, querido sen?
condiscípulo, pero yo he vencido. —No, Corvino: óyeme con calma,
—¿Qué dices, Corvino? ¿Cuándo y supuesto que es la última vez que nos
dónde he luchado yo contigo? hablamos. Volvía yo pacíficamente a
— Siempre y en todas partes : has Boma, acompañado de un amigo, des­
sido la fantasma de mis sueños y siem­ pués de haber cumplido con nuestro
pre te be tenido ante mi vista como una maestro Casiano los últimos deberes
aparición a-érea y luminosa, que en va­ (Corvino dió un salto de sorpresa al
no trataba yo de extinguir ; has BÍdo oir tal noticia, que ignoraba), cuando
mi verdugo y mi genio fatal: te he sentimos el ruido de un carruaje que
odiado con todo el odio de que eB ca­ parecía precipitarse; entonces metí es­
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 211
puelas a mi caballo y de ello debea fe­ tenecía : míralo otra vez. ¿ Me crees
licitarte. ahora? ¿He sido siempre, como dices,
—¿Por qué razón? una víbora dispuesta a morderte en to­
—Porque llegué precisamente a tiem­ da ocasión?
po de salvarte, cuando, casi agotadas tus Corvino no era bastante generoso pa­
fuerzaB y medio helado por haberte su­ ra confesarse vencido por Pancracio;
mergido varias veces en el torrente, sólo sentía el verse avergonzado y des­
tus entumecidas manos estaban a pun­ honrado ante bu antiguo condiscípulo,
to de soltar su último asidero, e ibas a que le había salvado la vida, y de quien,
caer en el agua para no volver a salir; en cambio, era el verdugo. Estaba atur­
entonces te vi, te conocí, y asiéndote dido, desconcertado. Sentía el fuego de
por el brazo tuve en mis manos al ase­ la vergüenza abrasar su rostro, y para
sino de una de las personas para mí no dejar ver que estaba derrotado com­
más queridas. La. divina justicia pare­ pletamente, bajó la cabeza y escapó
cía haber extendido el brazo sobre é l ; maldiciendo los juegos, el emperador,
entre el asesino y la eternidad sólo yo la algazara del pueblo, las ñeras, bus
estaba de por medio. Aquel fué el día caballos y su carruaje, a sus esclavos y
de mi venganza, y, en verdad, quedé a su padre, a sí mismo, a todo el mun­
satisfecho. do, excepto a Pancracio, a quien no le
—¿Y cómo? fué posible maldecir.
— Sacándote y poniéndote a la ori­ Había llegado ya a la puerta del spo-
lla ; dándote friegas y prestándote to­ liatorium cuando el noble joven le lla­
dos los auxilios necesarios hasta que tu mó. Se volvió y le miró con respeto y
corazón volvió a latir y entregándote casi con amor. Pancracio se le acercó,
a tus criados libre ya de la muerte. y poniéndole una mano en el hombro,
— Mientes — gritó Corvino : — misle dijo con dulzura :
criados me dijeron que ellos me habían —Corvino, yo te he perdonado sin­
Bal vado. ceramente, pero hay allá arriba Uno
—¿ Y te dieron ellos también mi cor­ que no te perdonará sin que te arre­
taplumas y tu bolsa de piel de leopar­ pientas ; pídele perdón humildemente.
do que yo encontré en el suelo después Si así no lo haces, te vaticino en este
de haberte sacado del canal que iba a día que morirás de la misma muerte
Ber tu tumba? que a mí me espera.
— No : me dijeron que la bolsa se ha­ Corvino se escabulló y no volvió a
bía caído en el agua, y en efecto que vérsele en todo el día, sin presenciar
era una buena bolsa de piel de leopar­ por lo tanto lo que su ánimo vengativo
do, regalo de una hechicera africana. se había complacido en imaginar, y ve­
¿Pero qué decías del cortaplumas? nía preparando durante tantos me3es.
— Aquí lo ves, míralo todavía oxidar- Cuando terminó la fiesta lo halló su pa­
do por la humedad. La bolsa era tuya dre completamente embriagado : así
y la entregué a tus esclavos, pero me ahogaba Corvino bus remordimientos.
guardé el cortaplumas porque me per­ Cuando salía éste del spoliatorium„
212 CARDENAL NICOLAS WISEMAN

entró el lanista o jefe de los gladiadores ducia a la arena, divisó a Sebastián en


a avisar a los presos que era la hora pie al lado de la puerta; acompañado de
del combate. Los cristianos se apresu­ una señora cuidadosamente envuelta en
raron 'a abrazarse y a darse el último su manto y cubierta con un velo. Pan­
adiós sobre la tierra, y seguidamente cracio la reconoció al punto, se arrodi­
fueron entrando en el circo, por la puer­ lló y tomándole la mano la besó cari­
ta situada frente al palco del empera­ ñosamente diciéndole:
dor, pasando por entre las filaa de ve- —Dame tu prometida bendición, ma­
natores o cazadores que tenían a su dre mía, en esta hora suprema.
cuidado las fieras, cada uno de los cua­ —Hijo mió—respondió la noble ma­
les, con su pesado látigo, azotaba bár­ trona,— mira los cielos donde Jesu­
baramente a los mártires. Seguidamen­ cristo con todos sus santos te están es­
te fueron arrojados a laB fieras, uno a perando. Combate la batalla del Señor
uno o en grupos, según lo pedia el pue­ por la salvación de tu alma y sé fiel
blo o disponían los directores del es­ y constante en el amor a nuestro Sal­
pectáculo. Algunas veces la víctima era vador (1). Acuérdate de aquel cuya pre­
colocada en un sitio elevado para que ciosa reliquia pende de tu cuello.
se viese mejor; otras Be la ataba a una —Dentro de una hora esta reliquia
estaca para que no pudiera moverse ; y tendrá para ti doble precio, amadísima
a veces, también, se metía a una mu­ madre mía.
jer en una red exponiéndola así para —Vamos adentro y dejémonos de
complacerse en verla aporreada, des­ tonterías—exclamó el lanista, dando
trozada y atravesada por los cuernos con un palo a Pancracio.
de un toro bravo (1). Comúnmente bas­ Lucina se retiró, y Sebastián, apre­
taba una fiera para acabar con un már­ tando la mano del joven, le susurró al
tir ; pero, en ocasiones, era preciso sol­ oído:
tar tres o cuatro sucesivamente, has­ — j Valor amigo! j Dios te bendiga!
ta que la víctima quedase mortalmente Yo estaré detrás del emperador : en­
herida. Entonces, o se volvía al confe­ víame allí tu última despedida y tu
sor a la cárcel, destinándole a nuevos bendición cuando subas al Cielo.
tormentos, o se le llevaba al spoliato- — t Muy bien !—exclamó detrás de él
rium , donde los aprendices de gladia­ una irónica voz, acompañada de una
dores se divertían en acabar con él. carcajada diabólica.
Pero debemos limitarnos a acompa­ Volvió Sebastián la cabeza y sólo pu­
ñar en sus últimos momentos a nues­ do ver los pliegues de una capa que
tro héroe Pancracio, desaparecía detrás del pilar. Era Ful­
Al atravesar por el corredor que con- vio, que había sorprendido las últimas
palabras del tribuno y encontrado el
último eslabón de la larga cadena de
(1) Véanse las actos de loe mártires de
Ly¿n en «Rui&art» htora. I., pág. 162, donde
se l e e 1a relación del martirio de un joven d e
quince afios, y las de Santas í'c-rpetua y Fe­ (1) Véanse las acias de £ania Felicitas y
licitas, pág. 221. sus siete hijos. Rninart. ton», 1, pág. 56.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 213
pruebas que desde tanto tiempo iba Los venatores soltáronle un toro bra­
buscando : ya no había duda de que Se­ vo, que corrió velozmente hacia el már­
bastián pertenecía a la secta cristiana. tir ; pero, en el momento de bajar la
Salió al fin Pancracio a la arena : se cabeza para embestirle, se detuvo re­
le había dejado el último esperando que pentinamente, vaciló sobre sus extre­
el espectáculo del suplicio de los demás midades como si hubiera chocado con
fieles quebrantase su constancia pero violencia contra un muro, y, en vez de-
sucedió precisamente lo contrario. Co­ avanzar, se puso a escarbar la arena,
locado en el sitio que se le designó, lanzando espantosos mugidos.
contrastaba notablemente su delicada —Provócale, cobarde—exclamó con
complexión con los miembros vigoro­ ronca voz el emperador enfurecido.
sos y atléticos de los verdugOB que le Pancracio, como quien despierta de
rodeaban. Al fin se retiraron éstos y un sueño, inclinó sus brazos y se diri­
quedó solo el joven mártir. Para dar gió hacia el animal (1); mas el toro
una idea de lo que sucedió después, na­ echó a correr como si un león le per­
da mejor podemos hacer que copiar lo siguiera, y dirigiéndose hacia la puer­
que dice Eusebio, teBtigo ocular del ta donde estaba el guarda, le embistió
martirio de un joven de poca más edad lanzándolo por los aires. El asombro
que nuestro héroe : era universal: sólo el valiente mance­
«Veíase allí un tierno joven que aun bo había vuelto a orar en su primera
no había cumplido veinte años, en pie, actitud. En esto uno de los concurren­
sin grillos, con los brazos extendidos tes gritó :
en forma de cruz y dirigiendo a D ío b —Es un hechicero: lleva un talis­
una fervorosa plegaria desde el fondo mán al cuello.
de su corazón valeroso e insensible al Repitió el mismo grito el feroz po­
peligro, mientras los osos y leopardos pulacho, y el emperador entonces, des­
bufando de furor, se lanzaban para ha­ pués de imponer silencio extendiendo
cerlo pedazos; pero, he aquí que, de una mano, dijo a Pancracio :
pronto, bajan las garras, ya levanta­ —Arroja ese talismán, si no quieres
das, como si un poder misterioso las que te lo arranquen por fuerza.
contuviera, y se retiran sin acometer a — Señor—respondió el joven levan­
la victima» (1). tando la voz, que resonó como dulce
Tal era la actitud e idéntico el pri­ armonía en el silencioso anfiteatro,—
vilegio de Pancracio. Enfurecióse el no es un talismán lo que llevo al cuello,
pueblo al ver que una fiera tras otra B in o un recuerdo de mi padre, que en
daban vueltas rugiendo y azotándose este mismo sitio confesó gloriosamente
los costados con la cola, sin atreverse su fe, como yo ahora humildemente la
a acercarse al joven que parecía estar confieso. Soy cristiano y doy alegre-
en el centro de un círculo encantado.

(1) Euseb. «ibid.» Véase también. la car­


ta de San Ignacio a loe romanos, en bdb ac­
(1) Hiat. Eccles., lib, VIII, o. 7. tas, Ruínart, t_.m. 1, pág. 40.
2Í4 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

mente mi vida por amor de Jesucristo, do de un huracán desencadenado (1).


Dios y Hombre: no me arranquéis el Apareció entonces en medio del cir­
precioso y único legado que conservo co como por arte mágico una jaula, y
de mi padre, pues quiero dejarlo a otra cayendo sus puertas sobre la arena,
persona, aumentado de valor. Probad quedó en libertad el prisionero rey del
nuevamente: una pantera fué la que desierto (2). Dió un gracioso salto el
proporcionó a mi padre su corona in­ hermoso animal alegrándose de verse
mortal ; quizás me proporcione a mí la libre, y aunque irritado por el encierro,
misma dicha. la obscuridad y el hambre, parecía tan
Un profundo BÍlencio siguió a las pa­ contento de poder moverse a sus an­
labras del mártir : el agraciado aspec­ chas, que se revolcaba en la arena y
to del gallardo joven, su rostro inspira­ saltaba describiendo pequeños circuios.
do y radiante, el agradable encanto de Divisó al fin su presa y despertóse a su
su dulce voz* la valentía de su lengua­ vista la traidora astucia y pérfida cruel­
je y el heroico sacrificio que hacia por dad que se manifestaban en sus cau­
su fe, parecían haber amansado y en­ telosos movimientos. Un profundo si­
ternecido a aquella multitud tan cobar­ lencio reinaba en todo el anfiteatro ; to­
de como cruel. dos los espectadores tenían la vista fija
Advirtió Pancracio la impresión que en la hermosa fiera que lentamente y
había producido, y temió la compasión casi arrastrándose se acercaba a su in­
que inspiraba, mientras había perma­ defensa víctima. Pancracio, en tanto,
necido impasible ante las imprecacio­ erguido y mirando hacia el emperador,
nes y el furor del populacho. ¡ Le es­ parecía tan absorto en el éxtasis de la
pantaba la idea de que se desvanecie­ oración, que no advertía la proximidad
se la esperanza con tanto ardor abri­ ni loe movimientos de su fiero enemigo.
gada de morir aquel día por su fe t Así, La pantera dió una vuelta alrededor de
derramando abundantes lágrimas, ex­ él, y, colocándose enfrente como bí des­
tendió de nuevo sus brazos y volvió a deñara acometerle por la espalda, Be
exclamar con una voz que estremeció agachó primero, fué deBpués adelantan­
todos los corazones : do poco a poco primero una pata y des­
pués otra, y estando ya a la distancia
—¡ Hoy, Señor, hoy, divino Salvador
conveniente, se detuvo así algunos mo­
mío, es el día señalado para tu venida I
mentos, de angustiosa ansiedad para
¡ No la dilates más tiempo! ] Ya que
los espectadores, y de repente oyóse un
no has manifestado suficientemente tu
sordo aullido, ee vió a la fiera dar un
poder a los que no creen en ti, mues­
terrible salto, y quedar con las garras
tra ahora tu misericordia para conmi­
clavadas en el pecho, y los agudos dien­
go, tu humilde confesor!
tes en el cuello del ilustre mártir.
—¡ La pantera!—gritó una voz.
(1) El Anfiteatro podía contener 160,000
— \La pantera!—repitieron ciento. «Imas.
(2) Esto ee hacía con frecuencia y Be Kan
— ¡ La pantera! — exclamaron cien encontrado en el Coliseo galerías subterráneas
mil con estrepitoso acento, cual rugi­ con tal destino.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAB CATACUMBAS 2lO
Pancracio permaneció aún en pie un el número de víctimas se multiplicaba
momento, llevó a la boca la mano de­ diariamente. Buen número de loa per­
recha, y mirando con dulce sonrisa a su sonajes que hemos mencionado en las
amigo Sebastián, le dirigió su último páginas precedentes y especialmente
saludo... y cayó. La fiera había desga­ de los que formaban la comunidad de la
rrado las arterias del cuello y ana ojos casa de campo de Cromacio habían pa­
se cerraron con el sueño de los márti­ gado con la vida su constancia en la fe
res. Su sangre se mezcló con la de su cristiana. La primera fué Zoé, a quien
padre, reanimándola y duplicando el Sebastián había restituido la palabra.
valor del relicario que Lucina le había Mientras .oraba delante del sepulcro
colgado al cuello : el Altísimo había de San Pedro fué sorprendida por una
aceptado el sacrificio de la madre cris­ cuadrilla de gentiles, quienes la arras­
tiana (1). traron al tribunal ; fué colgada de los
pies encima de una hoguera hasta que
ahogada por el humo expiró. Su esposo
y otroa tres compañeros fueron presos,
atormentados con diversos suplicios y
por último degollados. Tranquilino, pa­
dre de Marcos y Marcelino, deseoso de
alcanzar la misma corona que Zoé, fué
XXIV
en pleno día a orar ante el sepulcro de
San Pablo, donde fué aprehendido y la­
EL SOLDADO CRISTIANO
pidado en el acto : sus dos hijos gemelos
expiraron también en medio de los más
crueles tormentos. La traición de Tor­
El cuerpo del joven mártir fué de­
cuato, que dió las señas de sus anti­
puesto en paz en el cementerio de la
guos compañeros (especialmente del
Vía Aurelia, la cual tomó su nombre,
valiente joven Tiburcio, que fué dego­
que más adelante se dió también, se­
llado) (1), contribuyó en gran parte a
gún ya dijimos, a la puerta inmediata
esta horrorosa carnicería.
de la ciudad. En los tiempos de paz que
Sebastián, en tanto se agitaba entre
siguieron se edificó la basílica que to­
tamaña destrucción, no como un arqui­
davía existe perpetuando la memoria
tecto que ve derribada su obra por el
de tantas virtudes.
huracán, ni como un pastor a quien
Después del martirio de Pancracio
van arrebatando su rebaño, sino como
aumentó la furia de la persecución y
experto general que, atento en medio
del campo de batalla a alcanzar la vic­
(1) £1 mártir Saturio, destrozado por un
toria, contaba como otros tantos hé-
leopardo, dirigió ya moribundo algunas pa­
labras al soldado Frudens, que todavía no
era cristiano: le pidió una sortija que lle­
vaba y se 1a devolvió tefiida en su propia san­ (1) Se celebra su fiesta con la de en pa­
gre, dejándole así un legado y un recuerdo, dre Cromacio, el 11 de agosto, según ya he­
mos dicho.
(Ruinart, tom. i, pág. 223).
216 CARDENAL MIC o l A s w i s e m a n

roes a los que entregaban su vida, y dor concedió pública audiencia, a la que
se hallaba pronto a perder la suya, si concurrieron, desde luego, todos los que
tal debía ser el precio del triunfo de tenían alguna gracia que pedir o desea­
su fe. Cada amigo sacrificado era un ban ganarse su favor. Tampoco faltó
lazo menos aquí abajo, y un nuevo ali­ Fulvio y fué, como siempre, recibido
ciente allá arriba. Deteníase muchas con notable frialdad ; mas después de
veces o recorría pausadamente los si­ haber sufrido con impasible calma los
tios en que había conversado con Pan­ ultrajes de la fiera imperial se adelantó
cracio, recordando la alegre vivacidad y resueltamente y, puesta una rodilla en
la ingenua virtud del amable y bello tierra, le habló de este m odo:
mancebo; pero no se creía más sepa­ — Señor, Tu Divinidad me ha repro­
rado de él que cuando le envió comi­ chado muchaá veces que mis descubri­
sionado a la Campania. Habíale acom­ mientos no han correspondido digna­
pañado, por decir así, hasta la puerta mente a tu benevolencia y liberalidad ;
del Cielo, y presentía que ya bo acerca­ mas ahora he descubierto la más horri­
ba su hora; sentía derramarse en su ble conjura, la más ruin ingratitud en
alma la gracia del martirio y con tran­ sujetos que están cerca de tu sagrada
quila seguridad la aguardaba. Sus pre­ persona.
parativos fueron muy breves : todo Be —¿Qué estás diciendo, mentecato?
redujo a vender cuanto poseía y distri­ —exclamó impaciente el tirano.—Ex­
buirlo a los pobres, evitando así que plícate de una vez o haré que te saquen
fueran confiscados. las palabras del cuerpo con un garfio.
Fulvio había hecho magnífico botín Fulvio se levantó y señalando con la
con los despojos de los cristianos; pe­ mano al tribuno, dijo con melosa a la
ro no tanto, ni con mucho, como lo que par que pérfida entonación :
calculaba; y aunque no se hallaba en — Sebastián es cristiano.
el caso de pedir subsidios al empera­ — Mientes, villano— exclamó el em­
dor, cuya presencia evitaba, no había perador encolerizado, poniéndose en pie
reunido crecidas sumas, y por tanto, vivamente ;—o pruebas tu acusación, o
no podía llamarse rico. Todas las noches morirás ahora mismo en medio de los
tenía que sufrir un largo interrogato­ tormentos más horribles que ningún
rio y las duras reprensiones del bur­ perro cristiano ha sufrido.
lón Eu rotas, que investigaba los suce­ —Tengo aquí pruebas suficientes—
sos del día. Una noche, por fin, anun­ respondió el delator, alargándole de ro­
ció a su implacable amo (pues en tal dillas un pergamino,
habíase convertido el anciano) que iba Iba el emperador a rechazarle indig­
a dar un buen golpe denunciando a un nado, cuando Sebastián se puso delante
oficial favorito del emperador, que de­ de él y con aspecto sereno, noble con­
bería haber reunido una buena fortu­ tinente y tranquilo acento dijo :
na en su larga carrera. — Señor, es inútil molestarse en bus­
No tuvo que esperar la ocasión mu­ car pruebas: soy cristiano y me glorio
cho tiempo : el día 9 de enero el empera­ de serlo.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 217
Maximiano, soldado dieBtro y valien­ fieras, entrégales las armas y ponlos a
te, pero tosco e ineducado, &i a p e n a B tu lado, en la completa seguridad de
podía expresarse en un latín decente que hallarás en esta cohorte más leal­
cuando estaba sereno, en los momentos tad y fidelidad, más adhesión y arrojo
de cólera su lenguaje era un conjunto que en todas las legiones de Dacia y de
de frases cortadas, mezcladas con los Fanonia. Les has hecho derramar la
epítetos y dichos más soeces que se mitad de su sangre y ellos darán de
pueda imaginar. Así, pues, la generosa buen grado la otra mitad en tu servicio.
y franca confesión de Sebastián le puso — ¡ Locura, delirio!—replicó el em­
fuera de sí y descargó sobre él un to­ perador en tono despreciativo :—antes
rrente de improperios, imputándole to­ me rodearía de lobos que de cristianos :
da clase de crímenes y agotó todo su tu traición me prueba lo que de ellos
extenso vocabulario de insultos e infa­ podía esperar,
mantes dicterios. Los dos en que p r i n ­ — ¿ Y quién me habría estorbado pro­
cipalmente insistió fueron los de ingra­ ceder como traidor si lo hubiera sido?
titud y traición : le dijo que había es­ ¿No estuve siempre al lado de tu per­
tado alimentando en su seno una víbo­ sona tanto de día como de noche? ¿Y
ra, un escorpión, u n pérfido demonio y te he hecho acaso traición? No, señor :
que únicamente se admiraba de verlo nadie te ha servido con más fidelidad
todavía vivo. que y o ; pero tengo otro Señor más po­
El oficial cristiano resistió la violen­ deroso que tú a quien servir, que nos ha
ta descarga de injurias con el mismo de juzgar a todos y cuyas leyes debo
valor que oponía a los ataques del ene­ obedecer primero que las tuyas.
migo en Iob campos de batalla. —¿Y por qué has ocultado tu reli­
—Escúcham e> señor — dijo,—siquie- gión como un cobarde ? ¿ Acaso por evi­
ra sea por última vez : he dicho que tar la dura muerte que has merecido?
soy cristiano y esta confesión debiera — No, señor ; ni soy traidor ni co­
ser para ti la más preciosa prenda de barde : nadie lo sabe mejor que tú.
seguridad.. Mientras que mi vida podía servir de
—¿Qué estás diciendo, ingrato? algo a mis hermanos, no he buscado la
—Me explicaré, noble señor—conti­ muerte y he vivido asistiendo afligido a
nuó Sebastián.—Si quieres tener una su destrucción ; pero desde que he per­
guardia dispuesta a derramar hasta la dido toda esperanza, agradezco cordial­
última gota de su Bangre por defender mente a Fulvio el haberme ©vitado con
y proteger tu persona, manda sacar de su acusación la duda en que estaba en­
las cárceles a los cristianos que en ellas tre optar por el suplicio de vivir o el
están Bujetos con cadenas y con argo­ de buscar la muerte.
llas ; ordena a los tribunales que arran­ —Yo decidiré esto por ti : morirás,
quen del potro o de las parrillas a I ob pero con una muerte lenta, para que
descoyuntados confesores ; ordena que puedas saborearla. iPero esto— siguió
vengan de los anfiteatros los que toda­ en voz baja como hablando consigo mis­
vía queden vivos entre las garras de las mo—no debe decirse sino ejecutarlo
¿1 8 CARDENAL NICOLÁS WISEMAN

aquí mismo para que no se propague el La idea de que Be hallaba tan cerca de
contagio de la traición. ¡Hola, Cua- un cristiano le Uenaba de horror y de
drado ! prende a ese tribuno cristiano... repugnancia : ¡ él, que adoraba toda cla-
¿No me oyes, bestia? ¿Por qué no te se de abominaciones, que creia en los
mueves? mayores absurdos, que tenia por hábi-
—Porque también soy cristiano. to la licencia y la crueldad por ejerci-
A1 oir tan inesperada respuesta, des- ció I
atóse ya sin freno la cólera imperial en Maxi miaño continuó hablando y el
rabiosas imprecaciones de sorpresa, capitán de ‘ los númidas subrayaba ca-
despecho e ira, terminando con la or- da una de las palabras del emperador
den de conducir inmediatamente al su- con una feroz mueca que a él le pare-
plicio al fiel centurión. En cuanto a cía dulce sonrisa.
Sebastián, tenía ya decidida el empera- —Llevarás a Sebastián a tu cuartel,
dor la muerte que debía dársele. y mañana de madrugada, no eBta no-
—Que venga Hyphax—mandó el ti- che, ¿entiendes? porque por la noche
rano. sé que todos estáis borrachos, mañana,
A los pocos minutos se presentó un que tendréis la cabeza despejada y la
númida medio desnudo y de elevada puntería certera, lo ataréis a un árbol
estatura. Un enorme arco, una aljaba del bosque de Adonis y allí lo asaeteáis
pintada con vivos colores y llena de poco a poco, hasta que muera. Poco a
emplumadas flechas y una espada cor- poco te digo : no le dirijáis ninguna fle­
ta eran los únicos arreos militares del cha al corazón o a la cabeza; quiero
capitán de los arqueros africanos. Al que eBte miserable expire transido de
llegar frente al emperador permaneció dolor y a consecuencia de la pérdida
inmóvil como una estatua de bronce, de sangre. ¿Me has. entendido? pues
de brillantes y esmaltados ojos. bien, ] llévatelo al punto y silencio, si-
—Hyphax—dijo Maximiano,— tengo lencio te digo, pues de lo contrario...!
que hacerte un encargo para mañana
por la mañana, y lo has de cumplir
con exactitud.
— Muy bien, señor—contestó el ne­
gro con una sonrisa que dejó ver dos hi­
leras de blanquísimos dientes.
—¿Ves al capitán Sebastián? XXV
El negro asintió bajando la cabeza.
—Pues bien, acabamos de saber que el rescate
es cristiano.
Si Hyphax hubiera pisado en bu país
natal un venenoso áspid o hundido su A pesar de las precauciones toma-
pie en un nido de escorpiones, no ha- das para guardar el secreto, se difundió
bría sido mayor su terror que el que en breve entre los cortesanos la noticia
experimentó al oir aquellas palabras, de que Sebastián había sido descubier-
FABIOLA. O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 219

to como cristiano y que sería ejecuta­ ría lo que ella imaginaba por no haber­
do en la mañana del siguiente día : pe­ lo estudiado detenidamente
ro en nadie hizo la doble nueva tanta —Estoy segurísima — proseguía di­
impresión como en Fabiola. ciendo—que Sebastián jamás cometió
—¡ Sebastián cristiano l—decía en su ninguno de esos abominables crímenes
interior,—¡el más noble, el más puro, que a I o b cristianos se imputan. Y, sin
el máB sabio de todos los patricios de embargo, ¿cómo es que todo el mundo
Boma pertenece a una secta tan estú­ acusa a esa secta de cometerlos? ¿No
pida... ! i Es imposible ! ¡ Y, sin embar­ podrá ser que esa religión posea tal vez
go, el hecho parece indudable...! ¿Con­ una forma vulgar y abyecta y otra más
que he sido engañada? ¿conque no era refinada y pura, como sucede con nues­
lo que aparentaba, sino un miserable tras dos especies de epicurismo, uno
impostor que, afectando virtud, se en­ grosero y sensual y el otro noble, inves­
tregaba secretamente al libertinaje? tigador y reflexivo? Siendo así, Sebas­
Imposible también : imposible. tián pertenecrá a la más elevada clase
Y, en efecto, para ella, que tenía prue­ del cristianismo, y abominará y des­
bas de lo contrario, para ella, que a la preciará las supersticiones y loa vicios
menor indicación del noble soldado le de los cristianos vulgares.
habría entregado enajenada de gozo su Esta hipótesis no dejaba de ser hala­
mano y bu fortuna, la idea de que fue­ güeña y soBtenible; sin embargo, Fa­
ra un villano o un miserable, bí no era biola no acertaba a comprender cómo
imposible, debía presentársela y se la un hombre de tan noble carácter, cómo
presentaba como tal. un espíritu tan perspicaz hubiese podi­
— No, no—se repetía.—¡ Tanta de­ do afiliarse en una secta tan odiosa y
licadeza, tanta generosidad, bondad, despreciada. Y con todo, ¡ Sebastián es­
talento y valor no pueden ser simple taba dispuesto a morir por su f e !
oropel, sino oro, oro purísimo... Mas, De Zoé y de los demás nada sabía,
¿cómo explicarme el fenómeno de que porque el día antes había regresado de
un cristiano pueda Ber el tipo de lo bue­ un viaje hecho a la Campania con objeto
no, de lo virtuoso y lo amable?... de arreglar los negocios de su padre.
No podía ocurrírsele a Fabiola que — Siento no haber hablado más a me­
b í Sebastián poseía tan bellas cualida­ nudo con Sebastián acerca de este asun­
des, las debía precisamente a su condi­ to, pues seguramente hubiera disipado
ción de cristiano. Consideraba la cues­ mis dudas ; pero ya es- tarde ; mañana
tión únicamente desde el punto de vis­ no existirá.
ta pagano y no cesaba de preguntarse : Ante esta última idea sentía Fabio­
—¿Por qué es así perteneciendo a la la que la pena le deBgarraba el corazón
secta cristiana ? como una aguda saeta. Parecíale que
Tanto revolvió en su mente este pen­ había de Bufrir el mismo suplicio con
samiento, que al fin principió a refle­ Sebastián, como bí un vínculo miste­
xionar si tal vez tendría razón el ancia­ rioso y secreto le tuviese íntimamente
no Cromacio, y si el cristianismo no se­ ligada a él.
2-20 CARDENAL N ICO LAB WISEMAN

Sus pensamientos eran cada vez más mo si nada hubiera dicho. Al fin le pre­
tristes y sombríos a medida que pro­ guntó su señora:
fundizaba más estas ideas én medio de —¿Qué has querido darme a enten­
las tinieblas de la noche. Interrumpió­ der, Afra?
la de pronto la entrada de una esclava —¿Yo, señora? Nada, nada. ¿Qué
con una vela encendida. Era la negra puede saber una pobre esclava, y so­
Afra, que venía a preparar la mesa pa­ bre todo qué es lo que puede remediar?
ra la cena de bu Beñora, quien cenaba —Afra, me ocultas algo que debo yo
sola aquella noche. saber. Habla con franqueza.
— Señora, ¿sabes la noticia?—le dijo Dió la esclava una vuelta alrededor
mientras disponía lo necesario. de la mesa y se acercó al lecho en que
—¿Qué noticia? descansaba Fabiola. Después paseó en
—La de que mañana temprano va a su alrededor una mirada recelosa y la
ser muerto a flechazos Sebastián, ¡ Qué preguntó en voz baja al oído :
lástima! ¡ Un joven tan hermo&o I — ¿Te interesa que Sebastián no
—Calla, Afra, a menos que puedas muera?
darme pormenores de este suceso. Fabiola saltó de su asiento y respon­
dió :
— Sí puedo, mi ama ; y pormenores
— j Seguramente 1
que te harán estremecer. ¿Creerás, se­
Afra se llevó un dedo a los labios pa­
ñora, que era uno de esos malvados
ra indicarle que bajase la voz, y dijo:
cristianos ?
—Costará muy caro.
—Silencio, Afra, y no hables de lo
—¿Cuánto?
que no entiendes.
—Unos cien sestercios (1) y mi li­
—Lo haré así, puesto que me lo man­ bertad.
das. Supongo, sin embargo, que la — Acepto las condiciones. ¿Qué se­
muerte del joven te es indiferente, co­ guridades me ofreces?
mo también lo es para mí. No será el — Que no he de recibir el dinero ni
primer oficial a quien mis paisanoB ha­ recobrar la libertad sino en el caso de
yan asaeteado. Muchos murieron de que Sebastián viva aún veinticuatro
ese modo.,, pero también han salva­ horas después del suplicio.
do alguno, según las circunstancias. —Bien. Y tú, ¿qué seguridades exi­
Revelábase en las palabras y en el ges?
acento de la negra tan marcada inten­ — Me basta tu palabra, señora.
ción, que no pudo pasar infcdvertida a — Anda, Afra, y no pierdas un mo­
la perspicaz inteligencia de Fabiola. mento.
Levantando entonces la vista, y quizá — No corre tanta prisa—replicó tran­
por vez primera, examinó atentamente quilamente la negra, y siguió haciendo
el semblante de su esclava, en el que los preparativos de la cena.
no descubrió emoción alguna; parecía Poco después se encaminaba con li-
exclusivamente ocupada en colocar so­
bre la mesa algunos frascos de vino, co­ (1) Unas 20.000 pesetas.
FABIOLA O LA IGLESIA DE LAS CATACUMBAS 221

gcro paso al palacio imperial, y entran­ cado tú todo ese dinero? ¿A quién has
do en el cuartel de los mauritanos, se robado? ¿A quién has envenenado, mi
dirigió al aposento del jefe. adorable sacerdotisa? Pero entonces, ¿a
—¿Qué buscas a estas horas, Juba- qué hemos de aguardar a mañana para
la?—le dijo éste.—No hay función es­ casarnos? Hagámoslo esta noche, si tú
ta noche. quieres.
—Ya lo sé, Hyphax ; pero traigo un —Poco a poco, Hyphax : el dinero lo
asunto muy importante que tratar con­ he ganado honradamente, pero con al­
tigo. gunas condiciones. Ya te he dicho que
—¿De qué se trata? venía a hablar contigo también del
—De ti, de mi y del preso. preso.
—Mírale allí—díjole el bárbaro se­ — ¿Pero qué tiene que ver el preso
ñalando al patio a que daba la venta­ con nuestro casamiento?
na de su habitación. ¿Quién diría que —Me explicaré: es preciso que el
mañana va a morir asaeteado al con­ condenado no muera.
templar su profundo Buefio? No dormi­ El capitán númida envolvió a su in-
ría de seguro más sosegado si se fuera terlocutora en una mirada furiosa y le­
a casar. vantó la mano para castigar su osadía,
—Qué es lo que haremos tú y yo ma­ pero la esclava, permaneciendo intré­
ñana mismo. pida e inmóvil ante él, parecía domi­
— ¡ Alto ahí! Antes de casarnos es narlo con la fascinación de au mirada,
preciso concertar ciertas condiciones, a la manera que las serpientes africa­
amiguita. nas fascinan al cruel gavilán.
—¿Cuáles? —¿Estás loca?—exclamó por fin el
—La primera tu libertad, porque sa­ capitán.—¿Por qué no me pides que me
bes muy bien que no puedo casarme deje cortar la cabeza? Si hubieras vis­
con una esclava. to el rostro del emperador cuando me
—Eso está allanado; mi libertad es impuso sus órdenes, sabrías perfecta­
ya segura. mente que no se chanceaba.
—La segunda, que traigas una bue­ — j Bah, bah !... j Qué pronto te aco­
na dote, ¿entiendes? una buena dote, bardas ! No se trata de dejar escapar al
pues nunca me hallé más escaso de di­ preso; la sentencia Be cumplirá y, si es
nero que ahora. preciso, le enterraremos; lo importan­
—También traeré la dote. ¿Cuánto te es que no muera antes de veinticua­
necesitas? tro horas.
—¿Qué menos que Biete mil pese­ —¿Y si luego se restablece?
tas? (1). — Sus hermanos cristianos cuidarán
—Te traeré quince mil. de ocultarlo.
—Perfectamente. ¿Y dónde has pes- — Me has dicho que debe estar vivo a
las veinticuatro horas, y yo querría más
bien que te hubieses limitado a doce.
(1) Empleamos, para mayor claridad, la
nomenclatura de nuestra moneda. —Eb verdad, pero ya sé yo bien que
222 CARDENAL NICOLÁS W ISEM AN

no hilas muy delgado y no eres nada un soldado. Al cabo de algunas horas


escrupuloso ; por lo tanto, ea impres­ de descanso despertó, y observando que
cindible que no muera hasta que hayan le rodeaban el silencio y la obscuridad,
transcurrido veinticinco horas. se levantó con sigilo y extendiendo los
—Imposible, Jubala, imposible : na­ brazos se puso a orar.
da podemos hacer, es el preso demasia­ La oración de un mártir no es pre­
do importante. paratoria para la m