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ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL LENGUAJE

Carlos Gatti Murriel

1. Introducción

Estas líneas responden al propósito de plantear algunas breves y sencillas


reflexiones sobre el lenguaje y su importancia para el hombre y sus empresas. No
las anima ningún afán erudito, sino el simple deseo de mover a los lectores a
tomar conciencia de la utilidad de la palabra.

Para comenzar deseo citar un poema muy sencillo de Miguel Hernández 1. El


texto dice así:

Tristes guerras
si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.

Tristes, tristes.

1
Miguel Hernández, en Cancionero y romancero de ausencias [1938 – 1941], recogido
en su Obra poética completa, Madrid: Alianza Tres, 1988, p.482.
Deliberadamente he querido empezar esta reflexión con un poema de Miguel
Hernández, el poeta español muerto en los años inmediatamente siguientes a la
Guerra Civil Española. Y lo he hecho por dos razones. La primera, para
reforzar la sensación de irrealidad que a veces nos captura cuando cobramos
conciencia de nuestra condición de intelectuales en el Perú de fines del siglo
XX2. En efecto, ¿qué podría parecernos más irreal –quizás hasta falso– que una
especulación sobre el lenguaje si consideramos las urgencias de la acción
concreta y la transformación revolucionaria? Más radicalmente: ¿cuál puede
ser el sentido de escribir sobre la poesía, el lenguaje, o lo que sea? ¿Cuál es el
sentido de hablar, a secas, cuando nos cercan las balas y nos acosan las
estrecheces? La segunda razón se relaciona con la primera. Si nos fijamos en la
segunda estrofa del poema de Hernández, notaremos que allí se habla de las
palabras como armas (“Tristes armas si no son las palabras””). Me interesaría
explorar el sentido de esta frase y, a partir de su explicitación, tratar de la
posible relación entre lenguaje y violencia; y, al hacerlo, quisiera también
problematizar el tema del lenguaje en general, volverlo patente.

Dicho lo anterior, conviene entrar en materia y regresar a los versos de


Hernández: “Tristes armas si no son las palabras”. Creo que aquí podríamos
reconocer varias aseveraciones:

1. Las armas tristes existen;


2. Las palabras son armas;
3. Las palabras son armas no tristes.

Hay dos ámbitos, entonces, claramente delimitados: el de las armas tristes, que
generan dolor, muerte, guerras destructoras, y el de las armas no tristes, que
propician todo lo contrario: guerras no destructoras, vida. Dentro de este marco,
la palabra es, pues, un arma no triste. ¿En qué sentido puede tomarse esta
afirmación? Tal vez el mismo lenguaje nos puede ayudar a descubrirlo: se dice a
veces que alguien se encuentra inerme, es decir, ‘sin armas’ frente a una situación
dada que no tiene cómo resolver. También se oye decir lo contrario: que cuenta
con muchas armas para resolverla. Arma, entonces, puede entenderse como
medio, recurso, instrumento, útil para enfrentar una situación. Creo que el
lenguaje es arma en este sentido: es instrumento, es recurso, es medio. Es
instrumento para apropiarse del mundo, es un recurso para la articulación de la
conciencia y es un medio de comunicación social.

2
Originalmente, este artículo fue el texto de la lección inaugural del académico
1992 de la Escuela Superior de Filosofía, Pedagogía y Letras “Antonio Ruiz de Montoya”.
Luego, se publicó en Punto de Equilibrio (Centro de Investigación de la Universidad del
Pacífico); mayo, junio y julio de 1992. Conviene recordar que 1992 marcó el clímax de la
violencia terrorista en el Perú.
ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL LENGUAJE

Carlos Gatti Murriel

1. Introducción

Estas líneas responden al propósito de plantear algunas breves y sencillas


reflexiones sobre el lenguaje y su importancia para el hombre y sus empresas. No
las anima ningún afán erudito, sino el simple deseo de mover a los lectores a
tomar conciencia de la utilidad de la palabra.

Para comenzar deseo citar un poema muy sencillo de Miguel Hernández 3. El


texto dice así:

Tristes guerras
si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.

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Miguel Hernández, en Cancionero y romancero de ausencias [1938 – 1941],
recogido en su Obra poética completa, Madrid: Alianza Tres, 1988, p.482.
Deliberadamente he querido empezar esta reflexión con un poema de Miguel
Hernández, el poeta español muerto en los años inmediatamente siguientes a la
Guerra Civil Española. Y lo he hecho por dos razones. La primera, para
reforzar la sensación de irrealidad que a veces nos captura cuando cobramos
conciencia de nuestra condición de intelectuales en el Perú de fines del siglo
XX4. En efecto, ¿qué podría parecernos más irreal –quizás hasta falso– que una
especulación sobre el lenguaje si consideramos las urgencias de la acción
concreta y la transformación revolucionaria? Más radicalmente: ¿cuál puede
ser el sentido de escribir sobre la poesía, el lenguaje, o lo que sea? ¿Cuál es el
sentido de hablar, a secas, cuando nos cercan las balas y nos acosan las
estrecheces? La segunda razón se relaciona con la primera. Si nos fijamos en la
segunda estrofa del poema de Hernández, notaremos que allí se habla de las
palabras como armas (“Tristes armas si no son las palabras””). Me interesaría
explorar el sentido de esta frase y, a partir de su explicitación, tratar de la
posible relación entre lenguaje y violencia; y, al hacerlo, quisiera también
problematizar el tema del lenguaje en general, volverlo patente.

Dicho lo anterior, conviene entrar en materia y regresar a los versos de


Hernández: “Tristes armas si no son las palabras”. Creo que aquí podríamos
reconocer varias aseveraciones:

1. Las armas tristes existen;


2. Las palabras son armas;
3. Las palabras son armas no tristes.

Hay dos ámbitos, entonces, claramente delimitados: el de las armas tristes, que
generan dolor, muerte, guerras destructoras, y el de las armas no tristes, que
propician todo lo contrario: guerras no destructoras, vida. Dentro de este marco,
la palabra es, pues, un arma no triste. ¿En qué sentido puede tomarse esta
afirmación? Tal vez el mismo lenguaje nos puede ayudar a descubrirlo: se dice a
veces que alguien se encuentra inerme, es decir, ‘sin armas’ frente a una situación
dada que no tiene cómo resolver. También se oye decir lo contrario: que cuenta
con muchas armas para resolverla. Arma, entonces, puede entenderse como
medio, recurso, instrumento, útil para enfrentar una situación. Creo que el
lenguaje es arma en este sentido: es instrumento, es recurso, es medio. Es
instrumento para apropiarse del mundo, es un recurso para la articulación de la
conciencia y es un medio de comunicación social.

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Originalmente, este artículo fue el texto de la lección inaugural del académico
1992 de la Escuela Superior de Filosofía, Pedagogía y Letras “Antonio Ruiz de Montoya”.
Luego, se publicó en Punto de Equilibrio (Centro de Investigación de la Universidad del
Pacífico); mayo, junio y julio de 1992. Conviene recordar que 1992 marcó el clímax de la
violencia terrorista en el Perú.