Sei sulla pagina 1di 6

Guiones de vida y muerte

Sentado en frente de la ventana que daba a pleno Uriburu, me di cuenta, de


forma repentina, que había abandonado la máquina de escribir. “Me frustra
esperar la inspiración” pensé intranquilo.
Me gustaba decirle inspiración a lo que en realidad no era
inspiración. Es sólo un trabajo más, alguien me sabrá entender. A veces me
repito que es el canto de las musas lo que oigo antes de escribir. Pero no sin
cierto nivel de ironía.
Es curioso como los sonidos de la muerte pueden a veces llegar a ser
incluso más vivaces que los que profieren los vivos.
Muchos hacen lo que yo hago. Todos buscamos una forma de matar
el tiempo. Por ejemplo: Gomez filma, cree que algún día será reconocido.
Bertiolli, sin embargo, sólo observa sin hablar. Como disfrutando de la
vista.
“Nunca entendí a Bertiolli” pero no me dejaba satisfecho mi pensamiento.
Nunca entendí a nadie. No lo hacía ni siquiera antes de comenzar mi
trabajo. Menos lo hago ahora.
Siempre escribo sobre muertes, pero a veces me gustaría escribir
sobre vida, sobre amor, sobre finales felices sin un verdadero final. Pero es
pura hipocresía. La hipocresía no vende.
“Al fin y al cabo nunca vendí nada. Apenas leen lo que escribo.
Pensé amargamente”.
Alcé el vaso repleto de whisky en mi mano derecha y le di un buen
sorbo. Siempre amé el alcohol. Quizás ahora más. Pensé en la gente que lo
toma con hielo. “Puros maricas” sonreí.
La noche estaba desierta, no se veía un alma en la calle y comencé a
pensar que me habían mandado tiempo antes de tiempo.
En vista de la espera que me aguardaba encendí un cigarrillo y
contemplé la belleza de Buenos Aires en la noche. Es increíble como la
gente teme a una de las cosas más bellas que se puede observar en vida.
“Vida, por eso temen”. Quizás me endurecí con la escritura morbosa,
natural de mi trabajo. Yo más que nadie conocía los peligros de la noche,
pero seguía pareciéndome bellísima.
Es increíble la necesidad de echarle la culpa a otro, nunca nadie
mata. Todos tienen una razón. “Me iba a dejar, no podía verlo con otro,
entonces cuando dormía lo ahogue. Parecía un niño durmiendo
placidamente”. Justificaciones. “No me di cuenta de lo que hacía, cuando
sospeché que me había delatado, la comencé a golpear. No podía parar, no
fue culpa mía. Ella hizo que lo haga”. Quizás la más hermosa de las
excusas que escuché fue la de un loco de mierda más. “No los quería matar,
pero el perro de mi vecino me dijo que lo haga, y era un perro tan lindo…”
Reí por dentro. “Qué animal” pensé. Todos hablan de la muerte como un
ente aparte, como un ser de ultratumba que cosecha almas y actúa
injustamente. Pero al fin y al cabo nunca hace nada esa tal Muerte. Somos
nosotros, o más bien ellos, los que matan. O quizás ellos son las manos de
la Muerte, arrastrados a hacer lo que no deben por ese destino irrefutable
que nos aguarda a todos...
Pero no pude pensar mucho, al fin algo se movía en la calle.
Una mujer, bella mujer, caminaba desolada por la vereda. Inquieta,
atenta, como si supiera que algo malo iba a pasar. Otra fuente de
inspiración.
Tranquilo me puse a escribir:

Destino paradisíaco.
Uriburu no estaba desierta. Y como un piano que camina notas nostálgicas
en una serenata lúgubre, ella caminó sola y cansada por las calles de
Buenos Aires.
Su destino, incierto, imprudente, que al fin y al cabo no tiene punto
aclarar permanecerá para siempre incógnito.
“Siempre salgo tarde, no me dan descanso”- me sentí identificado
con mi protagonista- pero, por una de esas malas pasadas del destino, no
entendió la ironía de sus palabras.
El ruido enfermo de la ciudad pareció volverse más insano todavía,
cuando el fino metal del cuchillo atravesó la espalda de la muchachita.
No había sido finamente calculado, ni siquiera había sido
vagamente planeado. Ella aparentaba elegante y él necesitaba plata.
Un romance nada más, distinto a los otros. No todos comprenden el
amor del asesino y el asesinado. Un amor que se parece más al odio, por
más que los interpretes no se conozcan, deja entrever la verdadera
naturaleza de los que muchas adoran y anhelan. Un asesinato es un
amorío. Ambos vienen de muchas formas. Los hay cortos, los hay largos.
Planeados y espontáneos. Amores-Asesinatos a primera vista.
Después de todo él le hizo un favor. Ella no volvería a salir tarde,
agobiada de su trabajo. Él no volvería a necesitar robar para ganar su
dinero, pues justo antes de matarla ella profirió un desgarrado grito y el
patrullero (cargado, de casualidad, por gente dispuesta a hacer su trabajo)
fue en dirección del asesino.
El no sabía que moriría en prisión, ella no sabía que moriría sin ver
su solitario departamento otra vez. Ninguno de los dos sabía, en ese
entonces, que no volverían al aburrido destino cotidiano. La muerte,
después de todo, es un destino seguro, injustamente difamado a favor de su
hermana retrasada, la vida. Una vida de dolores, aburrimientos,
desesperanzas y de seguro fin. La muerte es, después de todo, un destino
paradisíaco.
“¿¡Todo esto por ver a una mujer caminando sola en la calle!?”
Orgulloso de mi mismo fui al baño, me lavé la cara. Sin darme cuenta sudé
mientras escribía. Cuando me miré al espejo no me reconocí. En mi lugar
estaba el asesino. En mi lugar había un niño flaco, casi famélico, con
mirada desesperada y sangre en las manos.
No me asusté, sin embargo. Es normal, siempre que escribo me meto
en mis historias. Siempre soy el asesino. Pero la culpa es de ellos, no mía.
Oí el crepitar del tabaco al darle la última seca a mi cigarrillo, y
observé orgulloso la calle. Yacía allí, muerta, la joven mujer.
No me gusta mentir, por eso, quizás, todo lo que escribo se hace
realidad. O sólo escribo lo que va a pasar, que es lo mismo. Nunca me lo
pregunté mucho a decir verdad.
Sé que muchos no me sabrán entender, otros, en mi lugar, se
asustarían al ver lo que hago, lo que hicieron. Pero yo no soy el asesino,
nunca lo fui, nunca lo seré. Sólo escribo. Y después de escribir por más de
50 años, tal vez 90, ya no recuerdo, uno se acostumbra.
Al rato escuché el golpeteo en la puerta, y abrí, como era lógico.
Entró Grasso, con la mujer muerta, todavía confundida, y se sentó en
mi sillón favorito. Automáticamente le pedí que esperase afuera.
Hacía tiempo que no escribía sobre una mujer, y me sentía jovial.
Mucho menos pensé que sería tan hermosa y ni siquiera recordaba la última
vez que me llevé a alguien a la cama.
Ella, toda una dama, sin embargo se presentó reticente a mis…
¿encantos? Como siempre hago, le entregué el escrito, Grasso se la llevo, y
nunca más la ví, como de costumbre.
Le podía decir que nunca murió, que todo fue una confusión, que
nada de todo eso había pasado y que ahora estaba a salvo, viva, junto a
alguien que la protegía. Pero no me gusta mentir, y eso no era más que una
vil mentira. A la pobrecita no le esperaban más que desconciertos.
Me justifiqué con que estaba viejo, con que ya había perdido la
práctica, pero no me convencí.
“Nunca la pongo” pensé enojado. Y era así, el sexo es, según parece,
para los vivos nada más. No hay vuelta que darle
Decidí darme una siestita, nada raro. Hice mi trabajo y merecía una
recompensa, por más que sea auto-otorgada. Pero justo cuando me propuse
a pegar los ojos sentí la casa moverse.
Siempre que tengo que escribir pasa lo mismo, la casa se mueve, la
ventana me da una preciosa vista de lo que acontecerá y tengo que escribir,
porque si no la inspiración se me va y el muerto se retira aún más
confundido.
Otra vez, me sentí identificado con la protagonista de mi anterior
historia.
Me termine de un sorbo lo que quedaba del vaso. Apuré el volverlo a
servir, encendí mi cigarrillo y propuse a dirigirme hacia la ventana.
Pero ahí, ahí es cuando todo se puso raro.
Cada quien hace su labor en el mundo. Grasso guía a los muertos a
su nuevo destino, alguien lo tiene que hacer. Es como un panadero, que le
vende pan a la gente, sin más razón que porque alguien lo tiene que hacer.
Bertiolli, Bertiolli es mi relevo. Y yo, yo mato. O es lo más cercano a lo
que hago. Yo siempre escribí la muerte de las personas. Siempre a través
del mismo proceso. Las cosas suceden, me inspiran, escribo, entrego mi
escrito al muerto, y comprenden que murieron.
Por eso me sorprendió ver, frente a mi ventana, a mi propia ventana.
Como un mundo paralelo. Un mundo idéntico al mío, conmigo sentado en
frente de la ventana, fumando, al lado de la máquina de escribir, mirando
por la ventana para ser inspirado.
Como es de esperarse por mi actual confusión, nunca había pasado
esto. Siempre maté, bah, más bien mataron, a otras personas. Nunca me
mataron a mí.
Pero, pensándolo bien, todo tiene sentido. La puerta que se abre,
Bertiolli que entra, sonriendo, con esa cara de porteño pajero que tiene todo
el tiempo. Sin decir una palabra, yo, tranquilo, escribiendo, mirando,
viendo el bloque que sostiene en la mano derecha cuyo destino es mi
cráneo lleno de canas. Escribo sobre mi mismo, porque voy a morir. ¿Pero
cómo puede morir la muerte?
Disfruté, sin embargo, la ironía de la situación, mientras veía en la
ventana contigua como él levantaba el brazo y lo estrellaba contra mi
cabeza, manchándolo todo de sangre.
Ahora espero impaciente al lado de Grasso que, como siempre, no
dice ni una palabra. Espero que cuando Yo me entregue el escrito, todo
quede más claro.