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El corazón de la Iglesia no son sus templos, sus finanzas, sus dignos ni sus ritos, sino la

Palabra del Señor.

Es la Palabra la que hace ser Iglesia a la comunidad. La Iglesia, por tanto, o predica la
Palabra, o deja de ser Iglesia.

La Iglesia no solo debe comer de la Palabra, sino que debe darla a otros también. Si no
cumple este proceso, no puede ser Iglesia.

Podemos ser vasos de barro, como dice Pablo, pero lo que cuenta es el tesoro que se ha
colocado dentro: la Palabra.

Es importante que el vaso de barro esté lleno del único tesoro que vale: la Palabra de
Dios. Es necesario meter cada vez más de este tesoro, porque el vaso no vale por sí
mismo, sino por su contenido.

Nuestro valor no depende de lo que tenemos o de lo que dice el mundo, sino cuánto
hay de Evangelio en nosotros. Mientras tengamos más Palabra, nuestro valor aumentará.

Somos vasos de barro que vamos aumentando nuestro valor en la medida que vamos
metiendo más Palabra de Dios. Eso es lo que Dios valora de cada quien: cuánto hay de
Evangelio.

Podríamos ser vaso de oro para los hombres, pero no vale nada para Dios si no estamos
llenos del Evangelio.

La Palabra tiene fuerza creadora; así fue en Génesis, Dios ordenó todo por su Palabra; así
debe ser también para la Iglesia, Dios la funda con el poder de su Palabra.

El crecimiento de la Palabra no tiene que ver con técnicas de mercadeo, sino con el
compromiso de comer y dar de comer la Palabra.

Si queremos ser creyentes sólidos y cimentados, debemos estar metidos con la Palabra.
Quien no lo haga, será volátil y temporal.

La Palabra hace que echemos raíces, nos da fortaleza y nos ayuda a perseverar para
siempre. Nadie más puede hacer esta tarea más que la Palabra.

Cuando comenzamos a fijarnos en lo que dicen de nosotros o lo que hacen los demás
es porque no estamos cimentados en la Palabra.

Los árboles que no se caen no es porque no atraviesan fuertes tormentas, sino porque
tienen buenas raíces. ¿Cómo está la raíz de los cristianos? Si no están cimentados en la
Palabra, pronto caerán.
A muchos cristianos les gusta crecer solo para arriba, nunca para abajo; es decir, no
quieren echar raíces en la Palabra. Por eso, cualquier cosa los desanima, cualquier viento
los derriba.

Es necesario que crezcamos en dos direcciones: hacia arriba, pero también hacia abajo.
Quien quiera crecer mucho hacia arriba sin preocuparse por crecer hacia abajo, cualquier
cosa lo derrumbará.

El servicio visible debe sostenerse de lo invisible, es decir, de la Palabra. Cualquiera que


crezca hacia arriba debe invertir mucho tiempo en crecer hacia abajo; pero, como eso
no se ve, nadie quiere hacerlo.

¿Quién ve los fundamentos de un edificio? Nadie. Pero, si una casa no se cae con ningún
terremoto, es porque tiene buenos fundamentos. Si un cristiano no se cae ante todas las
tempestades de la vida, es porque ha crecido en la Palabra.

Los cristianos que no han querido crecer en los fundamentos de la Palabra, andan como
casa agrietada, a punto de caer. Basta un pequeño temblor para derrumbarse.

Muchos tienen un déficit severo de la Palabra. Creen que basta con servir y ser visibles,
se les olvida que la Palabra nutre toda la vida.

La Palabra tiene la capacidad de irnos nutriendo poco a poco a tal punto que, a la hora
del terremoto, no nos derrumbamos.

¿Cómo es que muchos hermanos han atravesado fuertes tempestades y siguen firmes en
el servicio? Es que dedicaron tiempo a crear fundamentos en su continua búsqueda de
la Palabra.

La tarea de la Iglesia es predicar de tal manera que la gente crea. ¿Pero cuál es esa
manera? No solo tiene que ver con el estilo o la oratoria con que se haga, sino con la
perseverancia, la valentía y el respaldo de Dios.

Aunque el predicador debe crecer en su oratoria y que sea agradable al oído, debe luchar
porque su predicación impacte el corazón de los demás y crean en el Señor.

Más que buena oratoria, debemos tener la capacidad de predicar con una buena
contundencia espiritual que viene de la perseverancia, de la valentía en el servicio y del
respaldo divino en nosotros.

Muchos hermanos quizá no tuvieron las oportunidades para estudiar y tener grandes
capacidades oratorias, pero tienen una contundencia espiritual que hace que las personas
crean en el Evangelio.
La Palabra que produce fe es la del que persevera en el Evangelio. Muchos quisieran
grandes resultados cuando apenas van comenzando, no quieren perseverar.

La siembra de la Palabra implica lamento y llanto con mucha perseverancia. A su tiempo,


dará su fruto.

Muchos predicadores se desaniman al mes de hacerlo porque no vieron los frutos que
esperaban. Se les olvida que sembrar la semilla es cuestión de perseverancia.

El Evangelio y sus frutos no son cuestión de magia, sino de muchos procesos. Se requiere
mucho tiempo para que la predicación de la Palabra comience a dar sus resultados de fe
en los demás.

Todos los procesos de Dios requieren de mucho tiempo. Así fue para Abraham, así
también para David. Pero la gente cree que la unción les salta todos los procesos y los
sienta de una sola vez en el trono.

La unción de Dios no es para transportarnos directo al trono, sino para darnos el carácter
y aguante que nos permita superar todos los procesos.

La gente quiere llegar a la tierra prometida, pero no quiere pasar por el desierto; quieren
llegar al trono, pero no quieren atravesar los procesos.

A veces podemos ver cómo a otros las cosas les salen bien, y nos preguntamos por qué
no a nosotros. Lo que no vemos son todos los procesos que ya atravesaron y que están
cosechando resultados.

No hay un método milagroso que haga que las cosas salgan bien, solo hay procesos.

Hoy quizá estás atravesando la época de la fatiga sin ver resultados consoladores de
tanto trabajo. ¿Qué puede darte perseverancia en este momento? Lo primero es la
certeza de que estás sembrando. Quizá no notes diferencia con quien solo anda
fregando, pero no estás desperdiciando el tiempo.

Hoy podemos ver cómo otros disfrutan la vida y no tienen nada y que nosotros que
estamos invirtiendo en servicio o estudios tampoco tenemos nada. Entendamos que eso
solo es por hoy, porque pasará el tiempo y veremos los frutos de tanto sacrificio.

No existen los cristianos instantáneos, solo los que pagan el precio de los procesos. Este
tipo de cristianos, los que perseveran en los procesos, alcanzan a sentarse en el trono
que Dios les ha prometido.

Son décadas las que debemos servir y sembrar pacientemente para poder ver los
resultados ministeriales y personales.
Si queremos que la Palabra haga efecto en nosotros, debemos entender que, antes, hay
que atravesar procesos largos, difíciles y oscuros.

A veces, en el caminar hacia la tierra prometida, no entenderemos para qué continuar,


nada tendrá sentido. Pero es el momento en que más debemos perseverar sabiendo que,
si estamos sembrando, al terminar los procesos, veremos resultados maravillosos.

El Señor, tanto en la prueba como en la bendición, no pondrá más de lo que podamos


sobrellevar. No solo por los problemas se aparta la gente del Señor, sino también por
una bendición que no pudieron manejar.

|A veces, en lugar de estar pidiendo al Señor que nos bendiga, pidámosle que nos
permita echar raíces; así, cuando Dios vea que hemos crecido, ni tendremos que pedirle,
Él nos dará lo que sabe que podemos manejar.

Hay una manera de servir a Dios con entrega, convicción y osadía. De esta manera vamos
al frente de la batalla sin desanimarnos. Eso provoca que nuestra predicación sea
contundente espiritualmente.

Se puede debatir cualquier idea, pero no el respaldo de Dios.

Muchos pastores creen que Dios los respalda como personas, pero en realidad, Dios
respalda la Palabra. Si no predican, ¿Qué va a respaldar el Señor?

Cuando comenzamos a ser parte del mover de Dios en Betania se dijeron muchas cosas
en contra, pero nos apegamos a la Palabra y vimos el respaldo del Señor a esa Palabra.
A partir de eso, empezaron a suceder cosas maravillosas del Señor que muchos
reconocieron que no era locura del pastor, sino algo que venía de Dios.

Entendamos que cuando estemos predicando la Palabra, muchas personas se pondrán


a hablar de nosotros y buscarán contaminar el alma de los demás. Pero esto también es
parte del ministerio.

La gente anda tan afligida porque “su nombre” lo andan por los suelos, ya se les olvidó
que “su nombre” no importa, importa más el Nombre sobre todo nombre: el de Jesús. Si
nos preocupamos por el Nombre del Señor, Él levantará nuestro nombre.

Lo que importa en el camino del Señor es que veamos su Mano acompañándonos.

Siempre nos daremos cuenta que son los inútiles los que andan hablando de los útiles.
¡Ay de nosotros si ponemos atención a los inútiles! Así nos quedaremos también. Mejor
sigamos sirviendo y luchando, porque el Señor siempre estará con nosotros.
Lo verdaderamente preocupante es que el Señor no nos acompañe. De allí, que la gente
ande hablando de nosotros, no importa nada.

Mientras el Señor nos anime y camine a nuestro lado, dejemos a los que solo andan
queriendo contaminar el alma de los demás.