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Sinopsis

Leah tiene la vida que todas las chicas de la escuela secundaria


mataría por tener: popularidad, notas brillantes, un novio rico y
deportista. Entonces, ¿por qué siente como si no pudiera respirar? ¿Y
por qué no puede dejar de pensar en el chico del club de campo? El
que no es su novio, el que su madre nunca, nunca aprobaría, el que
ninguna de sus perfectas hermanas mayores nunca, nunca miraría dos
veces. El que siempre está devolviéndole las miradas a su vez.

Atracción irresistible, miradas ardientes, el chico malo y la niña buena:


Kiss Crush Collide tiene todo lo que un romance prohibido y sensual
debe tener, y algo más.

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Índice
Sinopsis ......................................................... 2
Capítulo 1 .................................................... 4
Capítulo 2 .................................................. 15
Capítulo 3 .................................................. 34
Capítulo 4 .................................................. 45
Capítulo 5 .................................................. 55
Capítulo 6 .................................................. 78
Capítulo 7 .................................................. 94
Capítulo 8 ................................................ 100
Capítulo 9 ................................................ 115
Capítulo 10 .............................................. 125
Capítulo 11 .............................................. 132
Capítulo 12 .............................................. 141
Capítulo 13 .............................................. 146
Capítulo 14 .............................................. 152
Capítulo 15 .............................................. 167
Capítulo 16 .............................................. 177
Capítulo 17 .............................................. 189
Sobre la Autora ....................................... 192

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Capítulo 1
Traducido por *ƸӜƷYosbeƸӜƷ* y Emii_Gregori
Corregido por Susanauribe

L
eah! —Mi madre pone los ojos en blanco, sonando
completamente exasperada mientras baja, con sus

—¡ tacones resonando, los tres gruesos escalones de piedra


de nuestra puerta frontal. Dejando abiertas las puertas
dobles detrás de ella, se agacha y examina uno de los rosales amarillos
que recubren cada centímetro de nuestro camino de entrada.

Shane lentamente gira el convertible junto a ella, y nos vamos


estacionando sobre la gruesa alfombra de grava, justo detrás de un
pequeño M3 rojo que no reconozco. Él levanta el freno de emergencia
con la manivela, y mi madre se detiene, pasando su mano por el borde
de su suéter, pétalos amarillos marchitos flotando a sus pies.

—Gracias a Dios, estás finalmente en casa.

—Sabes que tengo práctica hasta las cuatro —digo. Sus tacones se
hunden en el mar de piedras grises con un crujido, el brillante ruido
metálico de los tres brazaletes plateados que nunca se quita
arrastrándose detrás de ella mientras camina hasta la mitad de nuestra
entrada circular.

—Estábamos comenzando a preocuparnos —dice, levantándome su


ceja, ignorando mi ceño fruncido. Los brazaletes deslizándose uno por
uno en su brazo, tintineando, mientras se estira y le da a mi novio su
saludo regular, un beso en la mejilla izquierda que le deja una mancha
color coral.

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—Como siempre —murmuro para mí misma, y me inclino, abriendo la
pesada puerta del auto con un jadeo. Siento que parte de mi trasero se
ha convertido en uno solo con el asiento pelado y quemado por el sol
mientras salgo del auto. Pateo la puerta para cerrarla detrás de mí con
mi tacón antes de que Shane incluso pueda llegar a desenredarse de
mi madre y apresurarse alrededor de la parte delantera del auto para
ayudarme.

—Oh, Shane. —La risa de mi madre burbujea, flotando por encima del
sonido de sus tacones de doce centímetros que machacan la grava,
tratando de alcanzarme—. Eres muy bueno para ella. Sabes que nos
mantiene a todos esperando.

Me detengo. Sus pulseras se rozan de nuevo con un sonido refulgente,


mientras mi madre y mi novio pasan por delante de mí. Ella lo
acompaña a las escaleras frontales dentro de la casa, haciendo eco
con sus tacones a través del mosaico de azulejos blancos y negros el
cual llamamos vestíbulo. Aflojo mi mano lo suficiente como para apretar
el botón en el lado de mi teléfono para consultar la hora. Son las 4:12.

De pie en la acera frente a la entrada de la escuela exactamente ocho


minutos antes, ladeé la cabeza y batí mi pelo, maldiciendo a Shane en
voz baja.

—Vamos, vamos, vamos —respiré, incapaz de controlar mi frustración,


alcanzando un nuevo nivel, mientras rebotaba con impaciencia en la
pequeña sombra cuadrada proyectada por una señal amarilla de zona
escolar, mientras veía a todo el cuerpo escolar pasar en frente de mí
libres por lo que restaba del día.

No es que no pueda manejar. Simplemente no lo hago. Shane me invitó


a salir el segundo día de nuestro segundo año. Me deslicé en el asiento
del pasajero en nuestra primera cita. Shane se trepó detrás del volante,
sonrió, curvó dos dedos alrededor de la curva del volante, y llevó su

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mano a mi rodilla izquierda. Casi son dos años después, y no mucho ha
cambiado.

Obtuve un auto, igual que mi hermana, es una cosa típica cuando


cumples los dieciséis, pero el mío simplemente parece estar
permanentemente en nuestra entrada. Es lindo y divertido, un
resplandeciente escarabajo convertible azul brillante, y creo que está
en el mismo lugar que estaba cuando papá me dio las llaves, me
abrazó fuerte, y me deseó feliz cumpleaños.

A veces, amenaza con conducirlo él mismo cuando va al campo de


golf, y trato de imaginar sus palos de golf saliendo del minúsculo asiento
trasero, pero siempre termina eligiendo la camioneta de la compañía
en su lugar, “CONSTRUCCIONES JOHNSON CUSTOM: CONSTRUIMOS
GRANDES CASAS”, pasando por la ventana de la cocina mientras sale
en la temprana luz mañanera.

Mis padres han estado juntos desde siempre, novios de secundaria


destinados a la felicidad doméstica. Mi papá comenzó su negocio de
construcción justo después del instituto, construyendo una pequeña
casa para los dos. A través de los años el negocio se volvió más grande,
las casas se volvieron más grandes, y su camión se volvió inmenso.

Es tan grande que cuando retrocede emite un pitido, volviendo loca a


mamá si todavía no ha tomado su café con leche. Ella ladra alrededor
de la cocina como un perrito hasta que él cambia a conducir y se va.

No sé por qué mis padres no toman mi auto. No me importaría. Pero mi


madre dice que por supuesto que querré un auto cuando vaya a la
universidad. Mi hermana mayor, Yorke, lleva su auto a cualquier sitio del
campus. Puedo imaginármela, toda decidida y rubia, estacionando su
BMW en frente de cada aula, arrojando descuidadamente cajas de
cartón en sus asientos de cuero cuando acarrea cervezas para sus
hermanas de fraternidad, molestando a los policías todos los días. Estoy
segura de que mi padre tiene las multas para probarlo.

Mi celular decía las 4:04. Lo cual significaba que había salido de


práctica, había tomado mis cosas, y había salido en menos de cuatro
minutos. Es viernes, y eso significa otro viernes de cena familiar en el
club. Es una tradición que mi madre instituyó cuando estábamos

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pequeñas, cuando podía disfrazarnos con vestidos a juego en colores
pastel.

Esta noche vamos a celebrar que mi hermana Freddie es la primera en


su graduación. Freddie es menos estridente que Yorke, en color y
volumen. Ella es la perfección. Su gran fiesta de graduación en el
cobertizo, la banda y todo el mundo invitado es mañana. Esta noche es
sólo para la familia, y yo no puedo llegar tarde.

No es que nunca pueda llegar tarde, en realidad, con mi madre a


cargo de todo, pero especialmente no esta noche. Estoy segura que
ella me ha estado esperando desde hace cuatro minutos. Ella parece
creer que Shane maneja una máquina del tiempo, no un Mercedes
convertible.

Busco mi teléfono y veo a Dani y Len saludándome desde el


estacionamiento, con pompones rojos y dorados bajo el brazo, carteras,
bolsos y monederos colgados por todas partes. Sonreí y les devuelvo el
saludo.

Valerie Dickens, genio de matemáticas y seria contendiente para dar el


futuro discurso de último año, va deslizándose por el pavimento
caliente, acechando a unos pasos detrás de mis dos mejores amigas.
Valerie y yo solíamos ser cercanas. Hasta el cuarto grado, cuando la
geografía de nuestra nueva casa y su seria vena competitiva nos
separó.

Delgada, larguirucha, y ligeramente translúcida, se desliza alrededor de


los autos como algo que puedes meter en la parte inferior de una placa
de Petri. Ella me miró con el ceño fruncido.

Dejé caer mi mano tan rápido cuando sus ojos se encontraron con los
míos que mi bolso se deslizó de mi hombro de un tirón y prácticamente
jaló el pelo de mi cabeza.

Metió la llave en la puerta de un oscuro Volkswagen verde, parecido a


un enorme rallador de queso oxidado con llantas lisas y una horrible
abolladura en la parte trasera. La vi tratando de hacer palanca para
abrir la puerta. La pila de libros que había acunado en sus brazos se
deslizó y cayeron esparcidos a través del pegajoso asfalto, con los lomos
hendidos. No tuve que verla agacharse para recogerlos, sabía cuáles

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eran: Trigonometría, Matemáticas Aplicadas, y el Guardián Entre el
Centeno. Se puso de pie, el pelo muy rizado colgando en su cara, y me
dio la misma mirada conocedora que me había dado sólo una hora
antes.

La campana final apenas había sonado, despertando a la mitad de la


clase, cuando el Sr. Hobart se paró en mi escritorio y dijo:

—Johnson, quédate un momento. Tengo algo que discutir contigo.

No es una tentación tener clase avanzada de Cálculo como la última


clase del día. Y hacia el final del semestre, incluso el pensar en la clase
me ha estado dejando un nudo de ardor en el estómago.

Suelo no pensar siquiera en Cálculo. Solía ser como la mayoría de mis


clases: fácil, factible, sin un montón de esfuerzo. Entonces en algún
momento durante estas últimas semanas dimos un gran salto y entramos
en un mundo que no tiene ningún sentido para mí. Cero.

He estado arreglándomelas con un montón de conjeturas y copiando


las notas y trabajos antiguos de Freddie. Ella conserva todo, cada parte
del trabajo escolar, todas las pruebas, cualquier cosa que ha hecho
desde el jardín infantil. Es un poco triste.

Mis calificaciones por fin debían estar decayendo o, ¿por qué el señor
Hobart iba querer hablar conmigo? Luchando contra la tentación de
acurrucarme como un camarón y mecerme en mi escritorio, me
levanté, tomé mi bolso y mis libros, y caminé hacia la parte frontal de la
habitación, pensando:dile adiós al discurso de fin de año.

El Sr. Hobart tiene una mesa de metal enorme puesta en el frente de su


clase que utiliza como estación de comando. Con pilas y pilas de
documentos, probablemente remontándose a la década de 1970, su
sistema de organización es legendario. Puede llegar a ciegas a una pila
mientras habla y extraer exactamente el documento correcto.

Estuve tentada a abrir las ventanas y ver los documentos y su peluquín


aletear hacia la tierra. En lugar de eso mentalmente preparé un discurso
sobre que me iba a esforzar más, él siendo un gran maestro y lo mucho
que he aprendido, y luego planeaba terminar todo con una gran
sonrisa.

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—Entonces, Pequeña Johnson —dice el Sr. Hobart, con sus dedos gordos
y cubiertos de tinta moviéndose a lo largo del borde de su mesa de
estaño como si estuviera enviando un telegrama. Le sonreí a él y a sus
pilas de papeles colocadas perpendicularmente y recordé la primera
vez que había oído a alguien llamarme así.

Pasó la primera semana en la cual las tres (Yorke, Freddie y yo)


estábamos en la secundaria en el mismo momento. Acababa de
mostrarme en la clase de gimnasia para los alumnos de primer año: con
pantalones cortos, cola de caballo y un fresco bronceado de verano,
cuando escuché a unos chicos mayores en el balcón. Ellos estaban
inclinados sobre la barandilla, mirando a las chicas entrar en fila en el
gimnasio.

—Mira, es Pequeña Johnson —dijo uno de ellos con una voz profunda.

Alcé la mirada, y un chico al azar, el cual estoy bastante segura de


haber visto besando a Yorke en nuestro camino de entrada una noche,
me señaló.

—Oye, Pequeña Johnson —gritó, y miré a mi alrededor antes de alzar la


vista hacia él de nuevo, muy consciente de que yo estaba de pie fuera
del círculo de las chicas en el brillante piso de madera.

Otro chico con brazos grandes y robustos rió y dijo:

—Me gustas un poco Pequeña Johnson.

Me sentí halagada, avergonzada y confundida al mismo tiempo. Y de


repente, muy consciente de mis piernas expuestas y de lo apretada que
estaba mi camiseta.

Finalmente, la Sra. Kemp sonó su silbato y gritó:

—¡Alinéense, chicas!

Ella nos llamó por nuestros nombres y nos alineamos, igualando


pantalones cortos y camisetas en una hilera.

Cuando la Sra. K llegó a mí, alzó la mirada de su portapapeles, sonrió, y


gritó:

—¡Pequeña Johnson!

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Con una reverencia muy similar a la de Yorke, tomé mi lugar en la parte
delantera de la tercera línea en medio de silbidos y risas desde el
balcón de arriba. El nombre ha estado conmigo desde entonces.
Simplemente desearía que no me sonaracomo una “pequeñaidiota”.

El Sr. Hobart finalmente encontró el documento que estaba buscando y


me lo entregó.

—Tu capacidad para mostrar tu trabajo realmente ayudó a aumentar


tu nota —dijo.

Lentamente extendí mi brazo por el documento. Reconocí mi trabajo


deliberado y detallado. Era mi final de Cálculo con una gran A menos
escrita en la esquina superior derecha. Supongo que había estado
aguantando mi respiración, porque cuando finalmente respiré, salió en
un silbido que alborotó la pila más cercana pero no el cabello del Sr.
Hobart. Él sujetó los papeles con un pulgar grueso. Yo estaba un poco
aturdida.

—¿Una A menos? —pregunté. Estaba esperando una C. Para ser


honesta, realmente una C menos parecía más probable cuando
recordé que durante el examen todo lo que había hecho fue mirar por
la ventana y retorcer mi cabello. Le devolví el documento al Sr. Hobart,
para que fuera puesto en su lugar de descanso en la parte inferior de
una pila. No parecía mío para mantenerlo.

Tomó el examen, levantó todo un año de trabajos, como un mago


dividiendo una baraja de cartas, y lo insertó hábilmente en algún punto
intermedio. Apuesto a que podría encontrarlo de nuevo, incluso
después de barajar, con una venda en los ojos.

Se levantó y me miró fijamente a los ojos a través de sus gruesas gafas


de montura negras.

—Tu hermana Freddie también luchó un poco en el último semestre de


mi clase —dijo.

Puso su mano en la parte baja de mi espalda y habló en voz baja,


conduciéndome hacia la puerta del aula.

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—Considéralo como un adelanto, si quieres. Sal y disfruta tu verano,
Leah. Mantente confiada en que nuestras esperanzas por un tercer
discurso de despedida Johnson están intactas.

Él se detuvo abruptamente. Valerie Dickens estaba arremolinada en la


puerta, sus brazos cargados con libros, su expresión inestable,
obviamente después de haber oído todo. El Sr. Hobart me apresuró por
la puerta, y pasé a Valerie sin mirarla a los ojos.

Me dirigí hacia el gimnasio para mi última práctica del año. Estoy segura
que Valerie había estudiado mucho para esa prueba. De hecho, estoy
segura de que había estudiado mucho durante todo el semestre.
Reconocí esa mirada en su rostro. La he visto antes, en bailes, pruebas
de actitud, fiestas, baños de chicas, pasillos de la escuela y aulas; toda
mi vida en realidad.

Mi madre y mis hermanas dicen que es sólo envidia, pero tengo la


sensación de que es más que eso. Comprendo que las chicas como
Valerie puede que deseen algo para odiar sobre mí: herpes, caspa,
incluso una ocasional ruptura, porque mi vida en su mayor parte pasa
mientras sonrío y observo. Pero ellas aportan el tiempo. Aspiran por el
premio, se quedan en casa los viernes para estudiar, madrugan los días
de escuela para practicar. Leen, memorizan, ponen su corazón en ello y
sufren por los chicos que no les prestan atención. Acabo de llegar y
consigo todo lo que quieren lograr. Probablemente yo también me
odiaría.

Pero el verano ya casi llega. La graduación de los de último grado se


realizó hoy; el resto de nosotros tenemos tres largos días de exámenes,
resultados, y aulas calientes y cerradas por recorrer. Suspiro y abro la
gran puerta metálica del gimnasio para mi última práctica de
animadoras del año.

Un baile ruidoso y palpitante suena y el olor rancio de sudor me golpea


junto con el conocimiento de que Valerie iba pasar el verano
esperando y preguntándose sobre su posición en clase, pero al ser la
tercera en una línea muy fina de hermanas, yo estaba lista. Tenía tres
meses enteros de absolución soleada extendiéndose frente a mí. Así
que hice lo que cualquiera buena Johnson haría: alisé mi camisa, sacudí
mi cabello, y reboté en el piso del gimnasio con una gran sonrisa.

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El olor de pachulí me pega antes de que pueda llegar a la parte
superior de las escaleras.

—Freddie debe estar practicando para su año en el extranjero —le


susurro a Shane por encima de mi hombro, dejando de abanicar mi
mano frente a mi cara.

Nuestros cuerpos rebotan entre sí cuando me retraso y Shane avanza.


apresurándome desde atrás, presionando sólido y fuerte, instándome
hacia la parte superior de las escaleras y hacia la posibilidad de que va
a conseguir algo tan pronto como lleguemos a mi habitación.

—Si tienes suerte también estará cortando los largos pelos de su axila —
digo, retrasando lo inevitable con mis brazos, con mi peso suspendido
en las barandillas pulidas, sabiendo que Shane cree que Freddie es
ardiente. Todos lo creen. Ella lo es.

Él me sonríe, con sus dientes blancos y bien formados, indispuesto a


comentar y a correr el riesgo de molestar a una de mis hermanas.
Sacudiendo su cabeza, arruga su recta nariz un poco quemada por el
sol y desliza sus dedos fuertemente alrededor de mí mientras subimos el
escalón alfombrado.

—Oí eso —grita Freddie tan pronto como giramos hacia el pasillo—. Y
llegas tarde.

Dejo caer la mano de Shane y doy un paso hacia la puerta de Freddie.


Oliendo, sólo puedo distinguir un poco de esmalte de uñas girando por
encima de la nube de pachulí.Freddie está sobre su cama revuelta,
agazapada sobre los dedos de sus pies, con una botella abierta de
esmalte de uñas de intenso color frutal en la pequeña mesa cubierta
con un mantel a su lado.

Parece como si todo en la habitación de Freddie hubiera sido


recientemente cubierto de chal. O cubierto con una bufanda. Las
lámparas, todas queman ligeramente bajo pañuelos con flecos. Las

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sillas, tocador, escritorio, estanterías, incluso la cama… todo está
envuelto.

Ella está haciendo un buen inicio en su experiencia para el extranjero. El


próximo año estará viviendo en Francia, y este año supongo que todos
lo haremos. Los sonidos, elogios de un lazo sin fin de conversación en
francés tocando a través de sus altavoces para iPod, con un asalto
ocasional de Edith Piaf, los monumentos, incluso la esencia de París se
derrama de la habitación 24/7 de Freddie. J'aime Paris y todo eso, pero
no sé si lo lograré el próximo otoño.

—Llegué aquí en doce minutos —digo rotundamente, apoyándome


contra el marco de la puerta de Freddie, torciendo mi cabello
alrededor de mis dedos, frustrada. Doce, creo, mentalmente
navegando por el laberinto de pasillos, señales de alto y la agarrada de
culo que tuve que atravesar con Shane en ese corto período de
tiempo.

—¿Qué tan rápido quieres que conduzca Shane? —pregunto.

Freddie se deja de pintar y se recuesta contra la loca pila de


almohadas naranja, rosa, rojo y púrpura que amenazan con ocupar su
cama. Ella agita sus manos en torno a sus pies, como una reina del
baile, en lo que sólo puede ser un intento de acelerar el proceso de
secado. Tengo una pequeña escena retrospectiva, apoyada allí en el
borde de la apestosa habitación rosa de Freddie, el pasado otoño,
cuando ella estaba encaramada sobre un descapotable usando un
vestido verde brillante y una corona de plata, temblando con el fuerte
aire mientras transcurría por el desfile, agitando aquellas mismas manos
ahuecadas y rígidas hacia mí y hacia la multitud.

—Más rápido —dice mientras revisa una uña para ver si está pegajosa.
Me mira y añade, innecesariamente—: Obviamente.

—No es como si me perdiera algo —digo, descartando la abrumadora


cara de obviedad que está haciéndome desde su cama. Bajando la
mirada, separo algunos de los cabellos que están tejidos alrededor de
mis dedos como un hilo de oro, sintiendo cada tramo de hilos antes de
romperlos con un pequeño estallido. Shane llega a mí, tirando de mi
mano. Dejo que sus dedos cálidos se deslicen a través de los míos.

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—Eso es lo que crees —dice Freddie casi sabiamente, con su expresión
ilegible detrás de una cortina de largo y rubio cabello mientras toma el
pequeño pincel brillante, comienza nuevamente en su dedo meñique, y
me pregunto qué quiere decir.

Shane intenta su suerte una vez más, tirando más impacientemente esta
vez, y cedo, dejando que me aleje de Freddie, Edith y de cualquiera
que pudiera haber omitido. Enganchando mis dedos alrededor de los
suyos, arrastro mis dedos del pie a través de la gruesa alfombra color
crema hasta el fondo del pasillo, sintiendo su atracción cada vez más y
más fuerte cuanto más nos acercamos a mi puerta. Él sabe que los
nervios de mi madre pueden estar momentáneamente resueltos ahora
que estoy en casa a salvo, pero el sonido de sus tacones tensos
cliqueando a través del embaldosado vestíbulo abajo quiere decir que
nos estamos quedando sin tiempo.

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Capítulo 2
Traducido por Clau12345, Jo (SOS), Kathesweet (SOS) yGry
Corregido por Susanauribe

R
oger tiene el cabello oscuro, perfectamente recortado de
manera tal que se levanta en una perfecta línea recta a lo largo
del borde de su frente, como un seto. También es de los que usa
pliegues en la parte delantera de sus pantalones de tela y
mocasines brillantes haciendo juego con su correa de cuero. Sus brazos
están bronceados por el golf, su cara es color canela por esquiar en
invierno y hacer parrilladas en la casa del lago de sus padres durante el
verano. Así que, en pocas palabras, es como cualquier novio que Yorke
haya tenido, pero con un poco más de dinero, como descubríaquella
noche mientras esperaba con mis hermanas en los escalones delanteros
de nuestra casa por un aventón hasta el club y él se detuvo en su
pequeño y brillante BMW M3 rojo detrás del cual Shane y yo nos
habíamos estacionado ese mismo día.

Este hombre bien cuidado está ahora de pie envolviendo su brazo


fuertemente alrededor de la cintura de mi hermana mayor mientras el
suave tintineo de las notas del piano del bar del club llega a nuestra
mesa. Nuestra maestra de música de la escuela primaria trabaja de
noche por las propinas. Encorvada sobre el reluciente piano de cola
negro de la esquina, con su cabello rizado rebotando a veces sobre sus
ojos magnificados a la décima potencia por sus gruesos y manchados
anteojos, fijos sobre la vieja partitura fotocopiada. Ella hace una pausa
de un momento para recibir los aplausos al final de cada pieza, luego,
en silencio, truena sus nudillos e inicia otra melancólica canción.

Mi papá se sienta a la cabecera de la mesa, su sonrisa radiante


iluminando la sala. Mi madre, a su derecha, se toca los ojos, dejando

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manchas oscuras de su máscara de pestañas en toda la servilleta de
tela del club de campo.

Miro alrededor de la mesa, mi copa de vino medio llena. Se supone que


debemos estar celebrando la graduación de Freddie, sin embargo, sólo
Shane y Evan, el novio que Freddie planea botar al final del verano de
manera que pueda volverse salvaje durante su año en el extranjero,
parecen realmente sorprendidos de oír las noticias sobre el compromiso
de Yorke. Ellos se levantaron y aplaudieron, dejándose llevar como
observadores externos. El resto de nosotros ya lo sabía.

Yorke nunca podía guardar un secreto. Jamás. Ella siempre era quien
adivinaba donde se ocultaban nuestros regalos de navidad cada año.
Luego me convencía, o a Freddie, pero usualmente era a mí ya que
Freddie era la clase de persona con voluntad de hierro, como para
participar de la expedición para descubrirlos.

Si nos negábamos, Yorke encontraba los regalos por ella misma,


arruinándonos la sorpresa al decirnos lo que nos darían. Recuerdo estar
debajo de las escaleras en la oficina de papá una tarde de diciembre,
cuando tenía unos ocho años, sosteniendo una gran linterna amarilla,
mientras que Yorke pasaba cajas y gritaba todo lo que iba
encontrando: casa de muñeca, juego de mesa, vestidos, libros para
Freddie, juego de pintura.Mi corazón caía mientras la linterna se
balanceaba cada vez que encontraba otra caja.

Para otras ocasiones, ella te decía qué era tu regalo en el momento


preciso en que comenzabas a arrancarle el papel. Era como si alguien
apagara las velas de tu pastel de cumpleaños justo cuando estás a
punto de soplar, tus pulmones llenos de aire y tu mente llena de deseos,
y de pronto… todo se ha ido.

No importaba de quién era el regalo o para quién era: tenía que


decirlo. Y no sólo a nosotros. Recuerdo ir a fiestas de cumpleaños
cuando éramos niñas. Yorke nos invitaba a todo, ya que es y era en
aquel entonces, la persona más popular y social que he conocido.

Llegábamos a la puerta de entrada, vistiendo nuestros trajes iguales


pero de diferentes colores, y Yorke entregaba nuestro regalo
perfectamente envuelto mientras anunciaba sin rodeos: “Es una
muñeca”. Entonces se iba a ponerle la cola al burro o unirse al círculo

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de niñas con el pelo recién cepillado y vestidos rosa que se morían por
jugar con ella, y Freddie y yo nos quedábamos de pie, incómodas, en el
vestíbulo de entrada con una madre molesta y una pequeña
cumpleañera confundida.

Ella no maduró en eso.

—¡Leah, entraste al equipo! —gritaella sólo treinta minutos después de


haber terminado mi prueba para el equipo de primer año de la
secundaria. Se suponía que conoceríamos los resultados a la mañana
siguiente, por lo que tenía que mantener el secreto hasta entonces—.
¡Leah, escuché que serás la capitana! —chilla, gritando desde su
dormitorio el año siguiente, una infiltrada incluso cuando estaba fuera
de la escuela. Ella sabía antes que yo, antes que nadie y por supuesto
tenía que ser la primera en decirlo. Fue lo mismo con su compromiso,
tenía que incluso superarse a sí misma.

Habíamos estado conduciendo en el convertible rojo de Roger más


temprano esa noche, los suaves asientos de cuero tostado olían a
nuevo y costoso, su fuerte rock universitario apenas lo suficientemente
alto como para hacerse oír por encima del crepitar de los neumáticos y
el remolino de la cálida brisa de junio. Freddie y yo nos apretujamos
hacia atrás, nuestros vestidos negros cortos aleteando, las piernas en
ángulo hacia el centro, con las rodillas tocándose, mientras salíamos de
nuestro garaje para el corto recorrido hasta el club de campo. Yorke
bajó el volumen de la poderosa balada tan pronto como salimos a la
calle y se volteó hacia nosotras.

—¿Adivinen qué? —Se aventura a decir con demasiada efusividad, yo


me inclino hacia delante agarrando el lado del asiento con los dedos.
Roger se paraliza justo cuando ella chilló—:¡Roger y yo estamos
comprometidos!—Y luego se lanza de nuevo hacia atrás en su asiento,
momentáneamente inmovilizada por la fuerza del motor.

Aprovecho esa oportunidad para mirar a mi derecha a Freddie, que


estaba sentada en su asiento, sus cejas arqueadas. Ella me sonríe y
luego vuelve la cabeza para mirar pasar al paisaje. Me acomodo. Por
supuesto, ella ya lo sabía. Freddie y Yorke se parecen en muchos
aspectos, pero no en éste. Freddie puede guardar un secreto. Ella es
como una bóveda.

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Yorke da la vuelta y yo pongo una enorme sonrisa en mi cara mientras
Roger nos lleva a toda velocidad.

—Yo iba a esperar para hacer el gran anuncio esta noche en la cena,
pero no pude... —dice ella mientras se alisa el pelo hacia atrás con su
mano derecha, deteniéndose el tiempo suficiente para que yo viera el
pesado diamante resplandeciendo en su dedo—. No le digas nada a
mamá o papá, ¿de acuerdo? Quiero decir, ellos ya saben, pero aun así,
actúen sorprendidas, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. —Asiento, estando de acuerdo con el plan de Yorke,


como siempre—. Ahora —dije tomando un gran aliento—: Déjame ver
ese anillo.

Yorke me tiende la mano justo cuando Roger gira violentamente a la


derecha, haciendo que el movimiento del auto retire los dedos de ella
lejos de mí. Me agarro al asiento de Yorke y me estabilizo. Levanto la
mirada para ver a Roger sonriéndome con benevolencia en el espejo
retrovisor.

Parece un poco peligroso estar apretujados en el asiento delantero de


un auto con el diamante de Yorke, las rodillas de Freddie y la
testosterona de Roger, por lo que me recuesto y escucho los gritos de
Yorke con sus planes de boda: rosas color crema, cocteles de
champaña, vestidos color fresa. ¿O tal vez eran vestidos color crema y
cocteles de champaña con fresa?

Miro hacia el lago a medida que pasamos con rapidez por allí. Es suave,
el agua oscura, con toques de luz de sol detrás de un barco o dos. Hay
padres y niños afuera en los muelles, pescando peces dorados o
simplemente llegando después de pasar una tarde navegando.

Habíamos crecido en ese lago. Aprendimos a nadar, navegar y a


pescar allí. Pasamos nuestros veranos en el agua usando trajes de baño
iguales pero de diferentes colores.

Freddie era una excelente buza. Ella pasaba horas practicando afuera
de nuestro muelle, papá con el agua hasta el cuello, animándola. Yo
solía ver cómo Freddie doblaba sus piernas, cómo se tensaba justo
antes de empujar, la manera en que mantenía sus dedos en punta
mientras tocaba el agua.

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Ella tomó mi mano la primera vez que fui a bucear, nuestros pies
enroscados sobre el borde del muelle de madera. Cuando me soltó, me
embarqué en el agua. Sabía lo que debía hacer. Yo había aprendido
todo lo que necesitaba saber de solo mirarla.

Días y días pasaron en los que lo único que hacíamos era nadar y
encontrarnos en el muelle, envolvernos en las espesas toallas de playa
cuando el sol comenzaba a ponerse, nuestro pelo todavía goteando
por las puntas blanqueadas por el sol.

Mis hermanas eran mis mejores amigas. Compartimos secretos,


sándwiches, cada minuto de nuestras vidas, incluso el cuarto de baño.
Yo estaba celosa de que Yorke saliera sola a navegar en su pequeño
bote, de que Freddie fuera más alta que yo, de que ellas dos pudieran
hacer trenzas francesas y que pudieran hacer una voltereta perfecta.
Pasaba todo mi tiempo tratando de ponerme al día con ellas y estar a
la altura. Todavía lo hago.

Roger toma una curva cerrada. Extiendola mano, enredando los dedos
en mi pelo, y me recuesto de nuevo con las noticias de Yorke,
esperando a que el sentimiento familiar de celos me pateara.

Cada vez que pasábamos por nuestra antigua casa de camino hacia el
club, mi madre insistía en que redujéramos la velocidad para poder
maldecir a los nuevos propietarios.

—Geranios. Qué común. —Habría comentado, con sus ojos siguiendo la


casa, su cabeza inmóvil—. Mason —le diría a papá—:¿Has visto el color
de las persianas?

Con Roger detrás del volante, no hay ralentización frente a la casa del
lago, a pesar de los destellos que aparecieron entre los árboles y luego
desaparecieron tan rápidamente como pasaban los recuerdos por mi
mente. No hay ninguna ralentización y punto. Freddie y yo tendríamos
suerte de salir de este paseo con nuestras rodillas intactas. El verano ya
parecía tener prisa por irse y ni siquiera había comenzado oficialmente
todavía.

Roger se detiene violentamente en la entrada curva del club y mis


rodillas se estrellan contra las de Freddie con un ruido sordo. Nuestros
cuerpos se lanzan hacia adelante hasta que quedan atrapados por los

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cinturones de seguridad que nos detienen y aprietan de regreso hacia
atrás.

Roger sale en un segundo, sin decir una palabra en todo el camino.


Parece que prefería la comunicación no verbal a través de erráticos
cambios de marcha y frenazos sorpresivos y violentos.

Rodea el auto hasta el lado de Yorke con la mano en la puerta incluso


antes de que el motor se detuviera. La abre con gallardía, ella sale y lo
besa, luego él empuja el asiento hacia adelante y mantiene la puerta
para Freddie. Soy dejada a mi suerte.

Luchando con mi cinturón de seguridad y el viento azotando mi pelo,


no me doy cuenta de la mano extendida hacia mí, hasta que estaba
allí mismo, en mi cara. No era la mano grande y torpe de mi novio. Era
masculina, sí, pero de una manera más delgada, enérgica,
chasqueadora de nudillos.

Levanté la mirada hacia los ojos verdes con trocitos de marrón bailando
en ellos mientras sacudo mi cabello fuera de mi hombro, frotaba mi
rodilla adolorida, agarraba mi bolso y luego alcanzaba la mano
extendida.

—¿Un paseo suave? —pregunta. Una sonrisa se curvó a un lado de su


boca.

Me echo a reír. Cuando enredó sus dedos alrededor de los míos, una
cálida corriente eléctrica fluyó a través de mí. De pronto me
sientosólida, como si mi mundo hubiera rodado delante de mí y se
hubiera detenido, justo ahora, increíblemente nítido y enfocado como si
yo acabara de quitarme mis patines. No quería dejarlo ir.

Roger aparece frente a nosotros. Sus pliegues agudos y las líneas nítidas
no se vieron afectados por su forma de conducir. Su rostro era serio y las
llaves de su BMW M3 rojo estaban colgando de uno de sus dedos. Él las
cuelga y finalmente las deja caer. Esos dedos eléctricos atrapan la llave,
rompiendo nuestro agarre y mi corazón.

—Mantenlo cerca —pide Roger mientras se inclinaba para leer el


nombre bordado en la chaqueta de nylon de color rojo del club.
Palmea dos veces en el ancho hombro a mi lado y dijo—:Porter. —Con
una pequeña sonrisa y un billete doblado de cinco dólares.

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Luego se aclara la garganta, desliza su mano hacia arriba para
comprobar que su pelo estuviera lleno de atención, procedió a rodear
el auto entero, admirándolo y evaluándolo antes de llegar de nuevo a
Yorke y halarla a través del pavimento caliente hasta las escaleras que
conducen al club.

Puedo sentir los ojos verdes de Porter sobre mí, mientras cruzo el
estacionamiento, mis tacones afilados tratando de estabilizarse en la
brea blanda de haber pasado todo el día bajo el sol.

Mi rostro se sonroja y mi ritmo se acelera cuando me doy cuenta que en


este momento no estaba celosa de Yorke en absoluto. Ni de su
compromiso, ni de su enorme anillo de diamantes, ni de Roger, un
hombre cuyos zapatos y cinturón hacían juego con el interior de su
auto.

Llego a la escalera y me detengo, un recuerdo quemando mi mente,


uno que era todo mío, sin implicar a mis hermanas.

Sus ojos, ese verde tan brillante, la sonrisa de lado, la manera en que se
sintió cuando tomó mi mano. Mis dedos estremeciéndose cuando lo
envolví en un primer intento de agarrarlo fuerte.

—Date prisa. —Me gritanmis hermanas desde la entrada y sigo, un paso


detrás de ellas. Vamos Yorke, Freddie y luego yo, como siempre, arriba
por las escaleras de caracol y hacia el club.

Mis padres se apoyan entre ellos, viéndose como la imagen perfecta,


aunque un poco ebrios, de una pareja casada, y se dan un fugaz beso
en los labios antes de dejar sus servilletas en la abarrotada mesa y
levantarse de sus sillas.

Es hora de que ellos hagan las rondas, saludar a sus viejos amigos,
dándole a la gente una oportunidad de felicitarlos por la inteligencia de
Freddie. Tiempo de esparcir la noticia del compromiso de Yorke y Roger.

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Las luces son bajas en la habitación que mi madre reservó para esta
ocasión familiar especial, los paneles de pino nudoso, el pato real
enmarcado, las huellas de pato oscurecidas por la luz de las velas y las
ventanas tapadas con gruesas cortinas de terciopelo.

—Lista o no, Leah —dice Shane en voz baja. Bajo el largo mantel oscuro
agarra con su gruesa mano mi rodilla con tal fuerza que mis dientes
frontales chocaron contra mi copa de vino justo cuando estoy tomando
un sorbo. Me comienzo a preparar para el inminente acercamiento de
mi madre.

Se estaba abriendo camino a la mesa, besando a todos mientras


camina detrás de nuestros puestos. Mi padre le está dando apretones
de mano como un político a su brillante y rosada familia ahora llena de
costosos bistecs y vino tinto.

Bajo mi copa y alejo mi plato. La carne, roja en el medio porque así es


como mi familia la come, está sin tocar.

Tiras de calabaza de verano cuelgan de los dientes de mi pesado


tenedor de plata. Moví las zanahorias y las elegantes papas entubadas
alrededor del plato pero no me las pude arreglar para realmente
consumir nada de eso.

La mano de mi madre, fría y suave, presionó ligeramente mi hombro


derecho cuando llegó detrás de mi silla. Mi cabeza está pesada,
aguada por estar llena de vino, y me siento algo atrapada. Intento
cubrir mi plato con mi servilleta, tirando de las esquinas de la servilleta
hacia abajo de la gruesa carne. Estoy hecha un desastre.

Se acerca a mi oído. Es una mezcla embriagadora de Chanel No. 5,


carne asada y merlot.

—¿Y el próximo año? —pregunta, sus ojos mirando los míos llenos de
significado antes de terminar su pensamiento—. ¿Debería esperar estar
allá arriba de nuevo?

Levanta su copa hacia la cabecera de la mesa, donde mis hermanas,


la comprometida y la graduada, se sentaron envueltas en papel tapiz
oscuro a cuadros y acogedora luz de velas.

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Evitando su mirada, miro el vino en su copa arremolinándose. Cubre el
interior del cristal, como un buen vino debería, después de deslizarse
hacia abajo en el fondo.

—No nos adelantemos —dice mi papá con una estruendosa risa


cuando al fin llega a mi lado.

Me acerco a ella, y me da un rápido beso en la mejilla, despidiéndose.


Mi padre la agarra por dentro del brazo, su oscura chaqueta del traje
arrugándose contra ella mientras él la aleja.

Pasando por encima de Shane, agarro la cubeta de hielo mojada del


centro de la mesa y la sostengo por las asas al frente de mi cara. Allí
está: la temida impresión de labios coral. La borro con el dorso de mi
mano, mirando a través del reflejo curvo a mis padres en miniatura,
desapareciendo de la mano dentro de la multitud de caras
bronceadas, cabellos con reflejos y sonrisas amistosas.

Siento la mano de Shane deslizándose en mi muslo mientras me agacho


para bajar la cubeta de hielo y espiar a Freddie cerca del final de la
larga mesa, mirando por encima de las derretidas velas y pasteles a
medio comer. Faltan los gruesos bloques de chocolate pero las rosas
amarillas todavía están puestas remilgadamente en los bordes. Era justo
como nuestra entrada de autos, pero en forma de pastel. Freddie está
calmada y sorprendentemente compuesta, considerando que Yorke le
está robando su primicia bien merecida de graduación con su
sobrevalorado chico universitario con una mata de cabello y un anillo
de diamante. Creo que tiene un montón de práctica siendo la
segunda.

—Felicitaciones, Freddie —grito en su dirección. Levanta su sonrojada


cara y subimos nuestras copas hacia la otra. Tomo la mía de una, el vino
amplificando mi orgullo y volumen.

Shane se aleja de la mesa, su plato limpio de sobras, los adornos


decorativos y todo. Agarra una botella del medio de la mesa y rellena
mi copa con lo que queda. Tirando la botella terminada hacia el cubo
plateado con un chapoteo, agarra su copa vacía y la inclina hacia
adelante y atrás en mi dirección, sus dedos viéndose extrañamente
grandes en la delgada copa.

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—¿Vamos?—pregunta.

Sabiendo que necesitamos adultos para cualquier posible relleno, él


está entusiasmado de permanecer junto a mis padres. Asiento y me
pongo de pie muy rápido, mi cerebro lleno de alcohol hasta que me
apoyo de lado contra la silla de club de campo y me encuentro
sentada de nuevo, con las manos en mi regazo.

Shane me alcanza. Pongo mis dedos en los de él, sin sentir electricidad,
sin cosquilleo acogedor, solo los callos y la piel áspera que dejó su
temporada de campeonatos de béisbol. Dejo que me levante.

—Oye, Rog —grita Shane tan pronto estoy estable. Su mano presiona la
parte baja de mi espalda mientras caminamos hacia el final de la mesa
—. No había tenido la oportunidad de felicitarte personalmente
todavía.

Sus manos se encuentran como dos guantes de cuero de beisbol, y


Yorke parece a punto de reventar. Puedesdecir que se estánvalorando
el uno al otro. Mirando el esbelto traje a rayas de Roger y su flequillo
controlado, espero que Shane gane.

Yorke se estira sobre Roger para abrazarme, maniobrando su camino


para acercarse al comedor abierto y la multitud que todavía no haoído
acerca de su inminente matrimonio.

Me aprieta con poco entusiasmo en un brazo, y su bebida, rebosante


de menta y hielo, se derrama por mi espalda, empapando mi vestido y
mi cabello. Me suelta rápidamente, agarra a Roger, y lo aleja. Me sonríe
sobre un hombro, moviendo su bebida en una mano y Roger en la otra,
antes de hundirse en un mar de brillante vajilla de plata y familias bien-
alimentadas.

Siento mi cabello caer húmedo y pegajoso contra mi espalda. Gracias,


Yorke. Me inclino para limpiar mis dedos sobre el mantel de lino suave.

—Voy a… —empiezo a explicarle a Shane, pero él está ocupado


arrastrando una silla sobre la alfombra de tartán clásico, acercándose a
Freddie con una gran sonrisa en su cara, sus dientes manchados de
negro y gris por el vino. Extiende su copa vacía en frente de él como si

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fuera algún vaso de plástico rojo por el que pagó tres dólares para una
fiesta cualquiera1.

Freddie y Evan todavía están sentados al final de nuestra mesa.


Inclinándose cada vez más cerca uno contra el otro, hablando en
francés, están profundamente perdidos en una conversación.

Han estado en idiomas avanzados juntos desde el primer semestre de su


primer año, y saliendo formalmente desde el segundo semestre. Ajenos
a Shane y el hecho de que están acurrucados alrededor de la última
botella de vino y ésta al menos está medio llena, sus voces alegres
trinando sobre el estruendo. Le deseo suerte a Shane, sabiendo que lo
mejor que él puede hacer en francés es una versión masacrada de “Je
joue au tennis”, y desviarse al baño.

Mientras paso el buffet cerca de la puerta frontal, tomo un puñado de


mentas de color pastel usualmente reservadas para alcohólicos y niños
pequeños. Saco las rosadas y boto el resto en una maceta.

Por años, al final de cada cena familiar de noche de viernes, las he


comido secretamente. La primera vez que aparecieron en el buffet
cerca al atril del anfitrión, amontonadas en esa bandeja plateada con
una cucharita de caviar, brillaron para mí como pequeños dulces de
diamantes. Yorke, audaz incluso a los ocho, caminó directo hacia allí y
recogió una pequeña cucharada para que todas las compartiéramos.
Eran de tres tonos perfectos de pastel, justo como nosotras.

Acurrucadas en un círculo estrecho en una fuente de luz en el


aparcamiento, extendimos nuestras manos y descubrimos que no eran
azules, amarillos y rosados, como nuestros vestidos. Eran, bajo inspección
más cercana, verde, azul y rosado, prácticamente perfectas pero no lo
suficientemente cerca para Yorke. Ella tiró la suya sobre el pavimento
con un fuerte “¡Esas son para bebés!”, y salió del auto, los tacones de
sus pequeños zapatos azules golpeando fuertemente el asfalto.

Los dulces verdes rebotaron lejos, fuera del círculo de luz que los había
mostrado como impostores, y rodaron hacia la oscuridad, perdidos
debajo de los autos de nuestros amigos y vecinos.

Keg party en el original:hace referencia a las fiestas comunes en Estados Unidos,


1

donde se reúnen en una casa y usualmente consumen cerveza de barril u otra clase
de licores baratos en vasos de plástico.

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Sabía que esos dulces no eran para bebés. También sabía que Yorke no
los comería sólo porque no eran azules, su color de firma, y no había
manera de que Freddie comiera los amarillos, no ahora.

Vi a Freddie tirar los suyos uno por uno en nuestro camino al auto, como
un camino de migas de pan sobre el asfalto. Sostuve los míos con fuerza
cuando mi papá me recogió y me metió en el auto, y me aferré a ellos
en todo el camino a casa. Aún cuando dejan tus dientes un poco sucios
y ponen tu aliento incluso peor, he estado comiéndolos a escondidas
desde entonces.

En buen momento el comedor en nuestro club abre a una terraza de


madera gigantesca que da al campo de golf y, más allá de eso, al
lago. Giro hacia la izquierda sobre la terraza cuando debería estar
girando a la derecha hacia el baño de mujeres.

Camino hacia el aire de la tarde, y el sol justo ahora está haciendo su


último intento del día, pintando el cielo del mismo rosado, naranja y rojo
brillante que inunda la habitación de Freddie.

Inclinándome contra la baranda, mi cabello todavía húmedo y mi copa


todavía casi llena, tomo un sorbo y me pregunto si París realmente se ve
como una puesta de sol o si esa es solo la interpretación de Freddie.
Supongo que lo averiguaré con el tiempo.

Probablemente iré al extranjero como Freddie. Mi francés no es ni de


cerca tan bueno como el de ella, pero Freddie tenía que exagerar
como siempre lo hace y dominar el idioma en un semestre. En realidad,
no tengo mucho interés en el francés. Cuando estaba escogiendo
clases para mi primer año, tuve que escoger un idioma, y mis hermanas
habían estudiado francés, así que parecía el camino a seguir.

No me di cuenta que eso podría llevarme a algo algún día, como


conversaciones en francés reales o un viaje a Francia. No estoy segura
de si incluso me gustan los franceses. Me gustan las axilas afeitadas.

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Detesto el queso apestoso. Y estoy bastante segura de que a mi cabello
no le van las boinas.

Yorke no fue al extranjero, pero se comprometió con Roger. Hmm…


nueve meses de axilas olorosas en las calles europeas atestadas o una
vida con un hombre que podría recortar su cabello con una tijera de
podar. Debe haber otra opción.

Me giro, descansando un codo sobre la baranda, y miro a través de las


ventanas de vidrio del techo al cielo que recorren el comedor a lo
largo, buscando entre la multitud a mis hermanas. La puesta de sol
rebota por todo el cristal y el vidrio. Estrecho mis ojos contra la
luminosidad.

Allí están, paradas lado a lado, hablándole a la mujer que vivía al lado
de nosotros en la casa del lago.

Me muevo a la derecha hasta que mi reflejo se ajusta y se une a ellas.


Allí está mi cabello, mi sonrisa, la manera en que mi mano cubre mi
boca cuando río, mi habilidad para hacer galletas de chips de
chocolate, mi mejor vuelta de espalda, el vestido que estoy vistiendo
ahora mismo, el orgullo que debería sentir cuando sea nombrada la
encargada del discurso de graduación, y el brillo que tendré cuando
lleve mi anillo de compromiso por primera vez.

Mirando a través de la ventana, veo a mis hermanas reflejando mi


pasado, presente, y el mapa pre-doblado de mi futuro. No
tengonecesidad de abrirlo y navegar. Simplemente puedo seguir el
camino que ellas han trazado para mí.

Tomo el resto de mi bebida, los taninos picando en la parte posterior de


mi lengua. Me muevo, luego me giro y me alejo, dejando a mis
hermanas y un vaso vacío detrás de mí.

En algún sitio alrededor del hoyo diecisiete, donde las curvas de la


calzada son bastante cerradas y casi abrazan la calle, veo el BMW M3

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acelerando suavemente en la distancia, su brillante color rojo
moviéndose por el cultivado campo de golf verde.

Andando despacio por la suave y corta hierba, mis sandalias


colgandosueltamente en mi mano, me paro y lo miro reducir la
velocidad antes de dar una vuelta en U rápida y dirigirse hacia el club.

Lo oigo rugiendo hacia mí sobre la última colina. Alineo mis dedos del
pie a lo largo del borde del asfalto y espero a Roger, esbelto y
presionado, para gritarle que pare delante de mí.

El auto gira y viene fácil, sin esfuerzo alguno me paro en la punta de los
dedos de mis pies. Es Porter. Su pelo castaño salvaje sobresale por todas
partes de su cabeza, denso y desordenado, y sus ojos verdes me miran
de arriba a abajo, quemándome, finalmente fijándose en mis pies
desnudos.

Inclino mi cabeza a un lado, mis dedos perdidos en mi pelo, ya


enroscándose mientras pregunto.

—¿Qué estás haciendo?

No es la más brillante de las líneas, pero estoy sorprendida de verlo allí,


sus manos parecen tan familiares mientras descansan a lo largo del
volante de Roger.

—Mantenlo cerca —dice como si fuera obvio. Sonríe con esa sonrisa
ladeada otra vez y estira sus brazos largos y amplios alrededor del
interior del auto, casi tocando la puerta de pasajeros con las yemas de
su dedo.

Me siento sujetada a la tierra.

—Umm... —Muevo mi pelo sobre mi hombro y observo la casa club, un


par de green2 detrás de nosotros—. Creo que él quiso decir cerca del
edificio.

Está bastante oscuro para que las velas de las mesas en el comedor
principal hayan sido encendidas. Ellas parecen luciérnagas atrapadas
en un tarro realmente grande.

2Green: área de unos 550 m² donde está situado el hoyo de los campos de golf.

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—Nop —dice, negando con su cabeza, muy seguro de sí mismo—. Sé lo
que él quiso decir. Mantenerlo cerca de mí.

—Muy poco probable —digo, dejando caer mi mano. Sacudiendo el


pelo suelto de todos mis dedos, miro directamentea aquellos ojos verdes
brillantes y hago la declaración del siglo—. Roger está bastante unido a
este auto.

—Puedo ver el por qué.

Él acelera el motor algunas veces.

—Este auto es caliente. —Él alarga la palabra con un leve sonido


vibrante del sur, entonces suena más comocaaaliente y se inclina
adelante para frotar el salpicadero de una manera muy posesiva.

Miro, hipnotizada, esperando ver una raya fosforescente arrastrándose


detrás de sus dedos.

—¿Quieres un paseo? —pregunta.

Me río, porque no soy tan fácil. Pero Dios, quiero decir sí.

Me doy cuenta que todavía miro sus manos. No sé lo que espero, pero
no puedo dejar de mirarlas fijamente. Levanto mi cabeza y alejo mi
mirada.

Sacudo mi cabeza y digo:

—He estado allí antes. —Con una cabezada hacia el asiento trasero.

—Verdad. —Él está de acuerdo. Descansa su barbilla en las puntas de


sus dedos como si solucionara una ecuación y aspira rápidamente, la
solución encontrada—. Pero no conmigo —dice.

Mi primer impulso es moverme hacia él como un zombi adolescente


privado de sexo, brazos abiertos, cuello expuesto. Pero no puedo. Miro
lejos de él, mis ojos retirados hacia el club y las luces que vacilan dentro.
Quiero hacerlo. Pero no puedo.

—Gracias —digo, rechazándole tan cortésmente como puedo con otra


sacudida de mi cabeza.

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Dejando caer mis sandalias sobre mi hombro derecho, sostengo
apretando las correas de cuero delgadas y comienzo a volver hacia la
casa club.

—Tu elección —dice con un encogimiento cuando pone el auto en


marcha y comienza a irse despacio. Súper despacio.

Tan despacio que sigue mi paso, una mano cómodamente lanzada


sobre el volante, sus ojos verdes mirando cada movimiento mientras
ando a lo largo del camino.

Doy vuelta y también lo miro, cruzando un brazo sobre mi pecho, mis


pies desnudos suaves y silenciosos en la hierba, tratando de parecer
que no estoy inmutada por el desafío.

Un lado de su boca se levanta, y me da esa sonrisa ladeada, haciendo


el rosa de mis mejillas aún más rosado. Él para el auto. Ando hacia la
puerta, mis pasos suaves, nuestros ojos atrapados. Mis dedos rozan
contra la plata fría de la manija, y de repente ésta es alejada. Jadeo y
tiro de mi mano cuando Porter acelera.

Él frena aproximadamente a un metro y medio de distancia y trata de


parecer despreocupado. Desliza su brazo a lo largo de la curva del
asiento de pasajeros, girado hacia mí, y espera con paciencia a que
cubra la tierra entre nosotros a pie.

Alcanzo la puerta otra vez, tensa, preparada para retirarme en la


primera señal de movimiento, mentalmente aceptando la posibilidad
de que mis dedos estén a punto de ser arrancados por la fuerza.

Porter acelera el motor, mirándome estrechamente. Oigo el sonido de


los cilindros que hacen su subida ascendente otra vez, y voy por ello,
agarrando la manija. La agarro, abro la puerta, sacudo mis sandalias en
el suelo, y me meto en el auto, todos mis brazos, el pelo rubio largo y mis
pechos escapando de mi vestido sin mangas mientras avanzo
lentamente en el asiento, respirando como una maníaca.

Alzo la vista de mi poco digno y bajo lugar y veo a Porter


enfrentándome, sonriendo apreciativamente, mis pechos
prácticamente en su cara, su brazo todavía descansando ligeramente
detrás de mi asiento.

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El auto nunca se movió. Maldito, él me atrapó.

—Buena entrada. —Sonríe, pasando su mano izquierda al volante, la


otra dejándola en la espalda de mi asiento para alcanzar la caja de
cambios y poner el auto en marcha.

—He estado trabajando en ello —digo jadeantemente, siguiendo sus


ojos verdes a mi escote, que sale por todas partes, prácticamente
llenando el autocon suave carne blanca.

Con una sonrisa débil, tiro de la parte de arriba de mi vestido al mismo


tiempo que tiro del dobladillo, y simultáneamente giro en mi asiento
para mirar hacia adelante. Porter acelera, y nos estamos yendo,
pasando como un rayo calle abajo, lejos de las luces persistentes del
club, y lejos, hacia la noche.

Más tarde, devuelta en el BMW M3 con mi cabeza apoyada contra el


reposacabezas de cuero, veo el campo de golf rodar alrededor. Estoy
rodeada por mis hermanas, el aire es cálido, por mi familia, sin embargo
me siento fuera de curso, fueradel mapa.

Mis ojos están pegados en el horizonte, en la subida leve del duodécimo


hoyo, a la izquierda del green. Espero con impaciencia, deseando que
Roger fuera más rápido, entonces poder ver el punto exacto.

Creo que podría sostener mi aliento, porque sé que allí, en el green,


invisible del camino pero quemado vivamente en mi memoria, bajo un
roble grande con ramas que nos cubrieron como un dosel, hay
impresiones, la hierba aplanada en círculos por nuestros cuerpos.

Bizqueando a través la oscuridad, sonrío cuando cruzamos. Cierro los


ojos y me hundo, recordando la hierba fría, suave y elástica bajo mi
cabeza cuando rodé sobre mi espalda. Porter extendido al lado mío. Mi
cara y labios estaban rojos, calientes, hinchados, y un poco magullados.
Él se inclinó en un codo y bajó su cabeza hacia la mía, listo para más.

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—Hueles a menta. —Había susurrado mientras sus labios pasaban
rozando apenas mi oído, provocándome.

Me arqueé cuando lo besé, su lengua se deslizó suavemente en mi


boca, y mi cerebro competía para mantenerse, quedarse con el
control. Fui tirada abajo otra vez, inundada en las sensaciones, perdida.

Mis dedos se habían rizado en la hierba bajo mí, ya que sus dedos se
arrastraron ligeramente bajo mi brazo, su toque dejándome una
corriente de palpitación, fluyendo suave desde el codo a la muñeca.

Yo respiraba rápido, caliente contra su cuello. Entonces eché mi cuello


hacia atrás mientras él besaba la curva de mi barbilla hasta el borde de
mi vestido, y su mano ya no descansaba firmemente en mi estómago,
sinoque suavemente presionaba, empujando lo que casi se caía de la
parte superior de mi vestido al mismo borde.

Sentí el roce de su lengua a lo largo de mi piel caliente, y luché contra


la corriente alta y salí por aire. Me elevé contra él y lo aparté. Porter
rodó sobre mí, y se acostó sobre su espalda, brazos arrojados a los lados
con su cara al cielo. Jadeando.

No soy el tipo de chica que hace algo así. No está en mi naturaleza. Yo


fui la reina de fiesta de promoción el año pasado. Seré la reina de
bienvenida en el otoño. Mis dos hermanas lo fueron. Salí con el capitán
del equipo de fútbol, justo como Yorke y mi madre también, cuando
ella estaba en la escuela. Me gustaría decir que tengo asegurado el
discurso de despedida del próximo año, pero con Valerie alrededor,
mantengo mis dedos cruzados.

Yo no tengo que irme en un auto sospechosamente prestado y terminar


besándome con un chico al azar. Pasó un año entero antes de que le
dejara a Shane poner su mano en mi camisa. Él lo intentó muchas,
muchas veces, y lo rechacé, protegiéndome contra lo que sabía sería
una marcha hacia delante. Están primero mis pechos, luego mis
pantalones, bragas fuera y después, luego de eso, todo es un juego
limpio.

Pasamos las últimas noches del viernes y la mayor parte de las tardes del
sábado peleando en mi cama, sobre las sábanas, con Shane ganando
lugar despacio. Pero lo que mi novio tardó más de doce meses en

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conseguir centímetro a centímetro en mi dormitorio, Porter lo consiguió
en unos sudorosos minutos en la calle cerca del duodécimo hoyo.

Me tumbe allí, alzando la vista a un cielo tan azul que era casi negro,
escuchando la respiración de Porter cuando volvía a la normalidad,
sintiendo la mía también calmarse. Todos aquellos fines de semana y los
encuentros especiales luego de la escuela con Shane, combinados,
sumados, y sacando el total, no se sentían tan bien como este breve
desastre cubierto de hierba con Porter. Sentí que sólo conseguí una
bebida grande de agua cuando no sabía que tuviera sed. Fue tan
bueno que me asustómucho.

—Leah... — dice Freddie suavemente desde el cómodo asiento al lado


mío, su voz devolviéndome al auto, al balanceo de la noche caliente
delante de mí, pero soy incapaz de volver a mi cabeza y arrastrar mis
ojos lejos de la calle hasta que siento su mano en mi hombro.

—Leah —dice otra vez, un poco más alto, con una risa pequeña,
sorprendida—. Tienes hierba en tu pelo.

Ella pasa sus dedos ligeramente por mi pelo y sostiene unas hojas. Las
deja caer, largas y verdes, en mi palma, y cierro mi mano alrededor de
ellas, dirigiendo mis nudillos suavemente contra mis labios magullados,
buscando el olor a menta entre mis dedos curvos.

Freddie me mira fijamente. Yorke mirasobre su hombro, echando un


vistazo atrás desde el asiento delantero con sus ojos enormes.

Abro mi mano. La hierba es impactantemente verde contra mi palma


pálida cuando pasamos bajo un farol de luz ámbar, tan verde como los
ojos de Porter. Roger cambia la marcha y una brisa cae,
arremolinándose en el descapotable. Esto levanta la hierba y se la lleva.
La veo desaparecer. Mis hermanas alejan sus miradas mientras bajo mi
mano y despacio la coloco en su lugar.

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Capítulo 3
Traducido por Vettina y Eve2707
Corregido por Lola_20

M
i familia, todos expertos en leer los estados de ánimo de mi
madre, desaparecen tan pronto como llegamos a casa del
gimnasio. Mis hermanas se dividen en diferentes direcciones,
seguidas de cerca por sus novios. Freddie, la primera a través
del vestíbulo, se desliza por las escaleras, aun en su toga y birrete,
dirigiéndose a su habitación Parisina con Evan.

Segundos después escucho “Pour aimer… pour avoir aimé… être


aimé…” mientras el sonido de Gérard, la voz bien modulada en las
cintas de Freddie, flota por las escaleras.

Freddie había estado con el francés todo el día. Toda la mañana


escuchamos la conjugación de los verbos franceses, mientras Yorke
cubría la mesa del comedor con revistas de novia y me arrojó (y a los
últimos cereales en mi plato) justo fuera de la habitación, y mientras
salía de la ducha y Freddie dejaba la puerta abierta del baño para
encontrar su brillo labial favorito, discúlpame, son brillan á lévre, luego
me dejó humeando en el tapete de la ducha.

Mi madre se había tensado junto con Gérard, su estado de ánimo


agujerándose lentamente desde el desayuno hasta el almuerzo, hasta
alcanzar un tono febril mientras nos apresurábamos de regreso a casa
después de la graduación de Freddie con, según ella, "mil cosas que
hacer antes de que llegaran los invitados" y la fiesta oficialmente se
puso en marcha.

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Yorke rodea la escalera del largo camino y echa un vistazo para unirse
a Roger y mi papá en la carpa blanca rentada, dejándonos a Shane y
a mí solos con mi madre, y ella se está acercando detrás de nosotros.

Tomo la mano de Shane y nos dirigimos escaleras arriba de dos en dos,


alejándonos del sonido de sus tacones sonando furiosamente a través
del azulejo italiano y su voz llamando:

—¡Estén aquí en quince minutos!

Catorce minutos y treinta segundos después estoy acostada sobre mi


espalda, suaves sábanas floreadas arrugadas contra mi piel, sin sostén, y
mis piernas retorciéndose alrededor del edredón.

—Shane —susurro mientras su cabeza baja y sus labios se alejan al cuello


de mi camiseta—. Shane… —digo de nuevo, sintiendo su mano,
demasiado cálida en mi vientre, lentamente haciendo su camino hacia
arriba. Respira de nuevo, su única respuesta es un ligero arqueamiento
de su cuello para acomodarse en un mejor ángulo.

Alcanzo alrededor de su cuello, apretando fuerte mientras trato de ver


el reloj en mi tocador detrás de su cabeza. Sus manos se sienten
pesadas, mi cabello es atrapado en algún lugar, y estoy toda caliente,
sofocada y cansada.

No sé qué estaba pensando, arrastrándolo aquí arriba, esperando sentir


algo de chispa, para revolcarnos caliente y duro como si estuviéramos
en el pasto verde y suave, con la noche abierta y ligera alrededor de
nosotros. Pensé que quizás algo había cambiado desde la última
noche. Que había despertado de alguna forma.

Empujo sus manos, deseando que dejen de moverse en los círculos


descuidados y errantes, queriendo nada más que aire y frialdad entre
nosotros.

—¡Shane! ¡Leah! ¡Vengan aquí! —grita mi madre, y casi puedo oír sus
pulseras contra la barandilla.

—Mierda —dice Shane en mi cuello antes de que su cabeza se mueva


bruscamente hacia arriba con los ojos abiertos, parpadeando
fuertemente contra el sol de la temprana tarde atravesando mis
ventanas—. Tanto por las lecciones de francés.

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Se gira lejos de mí y se para rápidamente, acomodando la parte
delantera de sus pantalones cortos color caqui y agitando su flequillo
hacia un lado.

—Vamos —dice impacientemente con los ojos en la puerta sin llave.

—No puedo ir así —digo, todavía acostada en la cama, señalando mi


camiseta azul, toda estirada y retorcida, mis senos libres y desnudos
debajo—. Julia no estará contenta.

Me siento y busco alrededor del edredón enredado. Encuentro mi


sostén y comienzo a ponérmelo, deslizándolo debajo de mi camiseta.

—Engancha esta cosa, Shane —digo con mi barbilla hacia abajo y mis
dedos perdidos y torpes en mi espalda.

Shane por supuesto elude mi sujetador completamente y alcanza mis


bienes.

—Jesús, Shane —juro a través de mis dientes apretados mientras me lo


quito de encima.

Arrodillándome, balanceo mi cabello sobre mis hombros y siento una


sección que se adhiere, aún húmeda y sudorosa, a la parte trasera de
mi cuello. Me alcanzo la parte trasera y trato de nuevo.

—Ella va a entrar por la puerta en cualquier segundo.

—Soy mucho mejor en la parte de desabrochar —dice Shane con


frustración, pero tuerce mi sostén de encaje rosa alrededor de sus dedos
de fútbol hasta que lo abrocha.

Shane y yo apenas hemos tocado el último escalón cuando ahí está


madre, empujando un gran florero rebosando de rosas amarillas en mis
brazos.

—Encuentra algún lugar para poner estas donde Freddie pueda


disfrutarlas —dice mientras camina hacia la cocina.

Proveedores de comida están cargando más de todo a través de la


puerta del garaje. Un constante flujo de trabajadores con manteles,
sartenes humeantes de plata, y platos con cubiertas plásticas pasan a
través de la puerta con forma de arco.

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Correcto, pienso, sosteniendo las flores fuera y tan lejos de mí como la
longitud de mi brazo lo permite, buscando por espacio para
acomodarlas. Estaba allí cuando Freddie tuvo un par de accidentes y
Yorke inventó amarillo como pipi en tu cama. Freddie ha evitado el
amarillo desde entonces, pero mi madre sigue tratando.

Pongo las flores abajo en una mesa de caballetes en nuestro salón


familiar y siento un resbalón y un chapoteo. Agua gotea sobre mis
dedos y la superficie pulida de la mesa de madera.

—Oh, Fred… Lee…Yorke —Mi madre llama impaciente.

Finalmente no tiene más opciones y aterriza en, —Leah.

Su cabeza aparece alrededor de la esquina, y me encuentra limpiando


mis manos mojadas en mi camiseta con apariencia de usada.

—Ve a cambiarte —dice, observándome de arriba a abajo con una


mirada inquietante—. Es casi la hora y te ves… desaliñada.

Dios, ella ni siquiera sabe cuál soy. Sólo sabe que no luzco lo
suficientemente bien.

Me retiro a través del pasillo de entrada acompañada de Shane. Está


tan cerca que prácticamente está en mi bolsillo trasero, mientras agarro
la barandilla en la base de las escaleras.

Los delgados dedos de mi madre se deslizan en su antebrazo,


deteniéndonos a ambos.

—Shane —dice con una suave sonrisa, las puntas corales de sus dedos
haciendo una marca en su piel—. ¿Me darías una mano en el bar?

Lo aleja de mí, y mi dirijo de regreso a mi habitación sola, sintiéndome


principalmente molesta con ella, pero también un poco agradecida,
porque por una vez puedo subir las escaleras sin Shane
persuadiéndome paso a paso.

Me arrodillo en mi cama y empujo la ventana abierta, dejando entrar


una brisa que hace flotar mis cortinas blancas transparentes.
Recargándome sobre los talones, respiro profundamente el olor de
Shane, una combinación de colonia picante y vestuario de gimnasio,
luego se desvanece.

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Abriendo las puertas de persiana de mi guardarropa, enciendo la luz y
doy un paso dentro para encontrar algo de vestir que mi madre
considere apropiado.

Paso los ganchos, vestidos de verano, blusas sin mangas, faldas, y


pantalones pasan por mi vista. Llego hasta el final, pasando las cosas
que no he utilizado desde el primer año y las cosas con una etiqueta de
precio que nunca usaré porque mi madre las ha elegido para mí
mientras compraba con sus amigas, y luego miro todo de nuevo,
deslizando las perchas acolchadas de terciopelo hacia el otro lado.

Nada parece correcto. Me quito la falda y la pateo en el fondo del


closet, luego dejo mi camiseta en el montón de la ropa sucia junto a mi
canasta de lavandería. Aterriza encima del vestido negro corto que usé
anoche.

Levanto el vestido y presiono el tejido oscuro y suave contra mi cara,


instantáneamente oliendo mi perfume y laca para el cabello. Respiro
incluso más profundo y huelo menta y, esto podría ser mi imaginación, el
olor del pasto verde y fresco.

Camino al enorme espejo apuntalado contra la pared. Sosteniendo el


vestido negro en frente de mí, el lado de mi boca se levanta y sonrío a
mi reflejo, sólo para ver cómo luce. Luego una sonrisa, una sonrisa real y
verdadera de Leah, se extiende sobre mi cara y mi elección es clara. No
está exactamente limpio, y sé que mi madre sabe que lo llevé puesto
anoche porque ella llevaba puesto la versión de mujer mayor del mismo
y mis hermanas tenían duplicados exactos, excepto que los suyos eran
un poco más cortos y apretados, pero ahora mismo realmente quiero
ponerme este vestido.

Corro hacia mi cama y observo fuera de la ventana, sosteniendo el


vestido negro apretado contra mi pecho. Me arrodillo, descansando mi
trasero en mis talones, y miro al patio.

El sol es brillante, resplandeciendo en ondulados diamantes en la parte


superior del agua de la piscina limpia, resaltando las curvas de los
cristales que están alineados cuidadosamente detrás del bar.

Pequeñas mesas redondas envueltas en lino blanco salpican el césped.


Un cuenco lleno de rosas amarillas de mi madre está encima de cada

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superficie plana lo suficientemente grande como para contener uno,
pasando mi vista de puesto a puesto y de mesa a mesa, un
resplandeciente punto a punto sobre nuestro patio recién cortado.

Serpentinas amarillas decoran la cerca. Globos amarillos están atados a


los postes de la carpa. Todo nuestro patio es amarillo como pipi en tu
cama.

Nuestra puerta trasera se abre. Un gran moño amarillo está atado en la


cima. Se balancea hacia delante y hacia atrás mientras los primeros
invitados llegan y la fiesta comienza.

Freddie y mi madre dan un paso al frente, con mi papá justo detrás de


ellas, saludan a los invitados. Observo a mi familia tomando sus lugares,
alineándose para decir: hola y ¿cómo estás?, es maravilloso verte, y
muchas gracias por venir.

Freddie obtiene besos y felicitaciones, por ahora, pero estoy segura que
Yorke atrapará eso tan pronto como pueda. Como una indicación, miro
a mi madre agitar un brazo hacia Yorke a la sombra de la carpa
rentada.

Los invitados están viniendo en masa, prácticamente alineándose


detrás de la puerta.

Las sandalias de Yorke suenan a través del patio mientras toma su lugar,
llevando a Roger, oscuro y delgado, a su lugar detrás de ella, arriba y un
poco hacia la derecha, como una llave plana de un piano.

Tengo la vista como los ojos de un pájaro, pero lo sé de corazón. Es lo


mismo en cada retrato que posamos, en las instantáneas que llenan el
grueso álbum de fotos de piel y en los retratos a blanco y negro dentro
de los fuertes marcos plateados que forran nuestras paredes y cubren
cada repisa de nuestra casa.

Es usual que mi madre nos guie a nuestro lugar, con mi papá esperando
pacientemente al lado con el trípode y el flash.

—Yorke es la primera porque es la más grande —diría mi madre—.


Después Freddie, y finalmente Leah.

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Las uñas de sus dedos se hundirían en nuestros hombros mientras nos
arregla, azul, amarillo y rosa, para sus satisfacción. Después se echaría
hacia atrás para admirar su trabajo y diría algo como:

—Éste es para nuestra tarjeta de navidad. —Mientras papá toma la foto.

Descanso mi frente contra el cristal de la ventana. Puedo ver donde se


supone que debo de ir. Hay un lugar esperándome al final de la línea.
Freddie y Yorke saben cómo acomodarse ahora, sin guía necesaria. Hoy
es la versión de fiesta de jardín. Mis hermanas son sombras de un verano
fresco, azul frío, y verde mar suave, y cabello rubio largo. Dejo caer el
vestido negro aplastándolo con mis rodillas, sabiendo lo que se espera
de mí, sabiendo que mi vestido no funcionaría.

Afuera, la pila de tarjetas y regalos continúa creciendo. La charla de los


invitados y el sonar de los vasos de vidrio se incrementan hacia mí como
un pararrayos sobre el patio mientras trato de ver más allá de nuestra
cubierta pulcramente recortada. Mi pulso se acelera, esperando un
flash de rojo brillante, un auto que pase y me lleve lejos de lo
cuidadosamente organizada que es mi vida. Pero sé que ese auto está
cuidadosamente estacionado frente a nuestra casa, en la sombra para
proteger los asientos de piel suave del sol.

Anoche fue la noche más divertida que hemos tenido el auto y yo, y
probablemente la más divertida que vayamos a tener. Salimos pulidos y
preparados para una noche de viernes común, un paseo tranquilo, sin
baches en el camino, pero regresamos diferentes. Nuestras máquinas
habían corrido. Acelerado. Roger sólo tenía que deslizar el asiento M3
del conductor para que las cosas regresaran a la normalidad. No sé lo
que me va a tomar a mí.

Debajo de mí, mi madre se inclina para besar en la mejilla a uno de los


amigos de mi papá del golf y nota la ruptura en la línea. Su línea. Su
infelicidad es inmediatamente evidente mientras se endereza,
endureciéndose, sus brazaletes brillando cuando se deslizan
silenciosamente de su brazo, el tintinear se pierde en los sonidos de la
fiesta.

Ella cruza sus manos fuertemente en su pecho, y su sonrisa desaparece


por una fracción de segundo, su boca volviéndose una fuerte barra de

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coral. Casi podía sentir sus manos en mis hombros, poniéndome en mi
lugar.

Mi garganta se aprieta, y lucho con la cama. Tomo el primer vestido


rosa que puedo encontrar, me lo pongo y me apresuro por las escaleras
para completar el juego de mi madre.

Puedes ver el sudor bajando en la cara de Evan, aunque ya está


bastante oscuro. Él está detrás de Freddie, haciendo alguna clase de
movimiento vulgar3, mientras ella se balancea con la música, sus ojos
cerrados, los cordones de honor de oro que recibió hoy temprano
deslizándose lentamente de su cuello.

Una bola de disco en miniatura cuelga encima de ellos. Da vueltas y


centellea, iluminando los sitios de hierba que brotan alrededor de los
bordes del piso alquilado.

Las luces de la mesa cubierta de negro del DJ tiñen la cara trabajadora


de Evan en colores desteñidos mientras hace sus movimientos, es el
centro de atención en la pista de baile. Está metido en el baile,
sacudiendo las caderas, brazos levantados, aplaudiendo al compás en
parte del tiempo, pero más que nada perdiéndose completamente.

Me siento un poco mal por Evan. Mayormente asqueada, por el sudor,


pero también un poco mal porque está en la lista de muerte y ni siquiera
se da cuenta. Si se diera cuenta, dudo que estuviera poniendo toda
esta energía en alguna canción de los ochentas.

Ninguna hermana Johnson se escapa a la universidad con su novio de


secundaria a su lado. Evan está de salida, de la misma manera en que
Dwight, el novio de la secundaria de Yorke, lo estaba el verano en que
ella se graduó. De la misma manera en que Shane lo estará el próximo
año.

3Bump and grinden el original. Un baile vulgar donde se frotan las partes del cuerpo
entre la pareja que baila.

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—Vamos a bailar —dice Shane, extendiendo su brazo a lo largo del
respaldo de mi silla, su aliento borracho y espeso en mi oreja mientras
frota mi hombro. Me ha estado manoseando y frotando todo el día.

—Vamos —dice, sus dedos pegajosos con cerveza haciendo un círculo


torpe en mi piel desnuda—. Vamos.

Calculando que Shane es como un perro y que si no hago contacto


visual eventualmente perderá atención y pondrá distancia, ni siquiera lo
miro. Dejo mis ojos pegados en Freddie y Evan.

Puedes decir que Evan sólo quiere meterse en los pantalones de


Freddie. Que sólo sabe que ella está muy borracha y que es una
ocasión especial, y que él está ahí. Bien, pienso, quitando los dedos de
Shane de mi hombro, uno por uno, con la esperanza que tome la
indirecta, hombre muerto bailando.

Un poco lento en la aceptación, como es usual, Shane mueve su brazo.


Él le da vueltas a su cerveza contrabandeada alrededor de una taza de
café delicada y blanca y se la termina de un gran trago, ajeno al hecho
de que me estoy retirando, mis tacones resonando en el piso mientras
escapo.

Ha habido una corriente de familiares y viejos amigos, y los aperitivos


extravagantes se habían regado como buenos deseos todo el día. Con
el brazo de Shane agarrado a mi cintura, el sol caliente derritiéndonos
juntos como chocolates, nos alineamos con mi familia, y yo sonrío y
contesto las mismas preguntas una y otra y otra vez.

—¿Te irás al extranjero el siguiente año como Freddie? —Me preguntan.

No sé, pensaba en mi cabeza.

—Claro que irá —contesta mi madre

—¿Podemos esperar otra encargada del discurso de graduación el año


que viene?

Yo asentí y sonreí, pensando: claro que pueden. El Sr. Hobart lo tiene


todo arreglado.

Después se inclinan uno al otro mientras se retiran, diciendo las mismas


cosas que todo el mundo dice:

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—Ella es como sus hermanas.

¿Podría la gente diferenciarnos? O ¿saben que soy yo porque estoy al


final de la línea?

Regreso a la carpa. Hay pequeñas niñas bailando a la derecha de los


imponentes altavoces negros del DJ, sus manos juntas, sus mejillas rosas
y brillantes.

La música se desvanece, y las niñas siguen balanceándose, sus


pequeños zapatos de vestir relucientes reflejando las luces. Mi madre se
encuentra en medio de la pista de baile. Mi padre, acomodándose su
corbata, se precipita para unirse a ella.

—Todos —dice mi madre, entrecerrando los ojos en la luz con su mano


sobre su frente, como el capitán de un barco buscando tierra—. Todos
—repite, más fuerte esta vez en un tono más alto mientras mira de los
parientes ancianos en el fondo hacia las pequeñas bailarinas a sus pies.

Ella espera por la calma.

Levanta su vaso, y el dobladillo de su vestido se sube un poco arriba en


su muslo mientras dice:

—Por favor únanse a nosotros en un brindis.

Miro a Freddie dar una vuelta hasta pararse en una esquina de la pista
de baile. Se estabiliza, acomodándose el cabello y ajustando los
cordones dorado alrededor de su cuello.

—Es nuestro honor — declara mi madre, volteando a ver a mi padre con


una expresión de absoluto orgullo.

—Nuestro placer —interviene él, su cabeza inclinada hacia la de ella, las


burbujas doradas en su vaso de cerveza levantándose.

—Anunciar el compromiso de nuestra hija Yorke —dice mi madre entre


jadeos encantados. El estruendoso sonido de aplausos se levanta a los
lados de la carpa y ahoga el resto de su brindis y cualquier mención de
Roger, quien está con atención al lado de Yorke.

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Veo la depresión de Freddie, pero sólo dura un momento. Se recupera
rápidamente, al estilo Johnson, guardando su enojo y suavizándolo con
una sonrisa y un abrazo del dientudo novio a su lado.

Ella se ve grandiosa, pero sé que se está cayendo a pedazos, su


momento en el sol siendo robado aplauso por aplauso y beso por beso
mientras Yorke comienza su vuelta de la victoria.

Es como el año en que Yorke recibió una bicicleta en el cumpleaños de


Freddie. El día era de Freddie, pero Yorke se lo llevó en una bicicleta
blanca perlada de tres velocidades con serpentinas plateadas
colgando del manubrio. Freddie también obtuvo una bicicleta, pero
nadie pareció notarlo.

Regreso dentro de la carpa y camino hacia Freddie, accidentalmente


paso muy cerca a una mesa llena de parientes. Antes de que pueda
eludirlos, comienzan una ronda fresca de “Debes de estar tan orgullosa”
y “Sólo piensa, el próximo año serás tú”, distrayéndome de Freddie y de
su pena.

En el poco espacio que me toma desenredarme de los abrazos corteses


y de los besos suaves, Freddie ha recuperado completamente su
compostura.

Mis hermanas están abrazándose y dando vueltas en medio de la pista


de baile, la sonrisa de Yorke y el anillo de compromiso brillando, el
cabello rubio de Freddie y sus cordones de honor dando vueltas en una
mancha dorada.

Me inclino un poco indecentemente pasando a un anciano que usa un


moño de corbata y un cárdigan que sólo alguien realmente viejo y
posiblemente cercano a la muerte podría usar en una noche calurosa
de verano como esta, y tomo un vaso, con suerte, con una cerveza sin
tocar. La levanto en un brindis silencioso. No es como si Freddie fuera la
primera encargada del discurso de graduación en esta familia, pero
considerando que en la clase de Yorke había muchos flojos, ella
realmente era la mejor.

Brindo por ella, sabiendo que con Yorke alrededor, nunca sería la
primera en nada. O bien, me doy cuenta del burbujeo de la cerveza en
mi cerebro, al final. Así que bebo por las tres.

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Capítulo 4
Traducido por Dark&rose (SOS) y Kathesweet
Corregido por Lola_20

L
os tres últimos días de la escuela acaban. Las fiestas, firmar
anuarios, incluso las fotos de la clase ocurren sin incidentes. Estoy
indiferente, marchita, mi pulso lento y goteando como el agua
en una manguera de jardín que se ha dejado en el sol.

No hay brisa ni espacio para respirar en casa, y nuestra mesa de la


cocina es la línea frontal de una guerra silenciosa, Francia frente a la
boda tradicional. Un bunker de revistas de novias flanquean el lado
izquierdo del rincón del desayuno, una guía de frases en francés y un
mapa desplegado del metro de París dominan la derecha, dejando el
salero plateado y el pimentero sin protección en el medio, la tierra de
nadie, en el mantel de flores.

Parece que la boda está ganando, por mucho. Tiene un fuerte apoyo,
siendo totalmente respaldada por mi madre. Es fácil para ella conseguir
una buena boda. Entiende un mundo lleno de hermosos vestidos y las
listas de invitados. Francia, sin embargo, no lo entiende. Ella nunca ha
estado allí.

Le llevó a Freddie meses de insistencia y convencimiento —además de


una inesperada llamada telefónica durante la cena una noche en la
primavera pasada de la señora Lesac sobre la fluidez y las habilidades
excepcionales de Freddie con el francés— para obtener el permiso
para un año en el extranjero.

Pero fue un comentario de nuestro nuevo vecino, que había pasado un


verano en Francia antes de la universidad, y en él declaró que era un
“lugar perfectamente civilizado”, lo que, finalmente, consiguió

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convencer a mi madre y sentó las bases para esta batalla en el
desayuno, donde aparentemente no hay escaramuzas, sólo un montón
de tensión. Sentada entre las facciones en guerra cada mañana, estoy
por lo general, en estado de tensión antes de que pueda terminar mi
zumo de naranja.

Son las 9 en punto del 5 de junio, mi primer día oficial del verano, y ya se
está a 31 grados. Llegué a la colina que conducía hacia el parque, la
parte más difícil de mi largo paseo a la piscina pública, y me ajusto la
mochila, sintiendo una burbuja de calor escaparse por debajo de ella,
aunque el sol sigue siendo bajo en el cielo.

Sigo el camino que rodea el jardín de flores, donde el aire huele a dulce
y zumba con regordetes abejorros. Las flores ya están tratando de evitar
el sol que las marchita y me hace inclinarme, golpeando la parte
superior de mi mochila.

Cuando éramos pequeñas, este parque era uno de nuestros lugares


favoritos en el mundo. Las flores eran tan altas y densas en ese entonces
que uno podría perderse y desaparecer entre ellas. Una vez, levanté la
vista de mi inspección de una mariquita de color rojo brillante y vi las
flores solamente. A ninguna hermana, ni padre, ni familia, ni siquiera un
perro, sólo tallos, hojas y pétalos que se elevaban por encima de mí,
encerrándome a cada lado.

Pensé que me había perdido para siempre, sola en un bosque de flores.


Me quedé inmóvil, en cuclillas junto a mi amiga mariquita, mi corazón
palpitando rápidamente y mis ojos abiertos por completo hasta que el
sonido de las risas de mis hermanas llegó hasta mí.

Seguí sus voces, mis pequeñas piernas palpitando hasta que me topé
de repente con la espalda de Yorke. Allí estaban, a la vuelta de una
curva en el camino, y yo estaba a salvo.

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Sigo la misma curva hoy, fuera del macizo de flores y de vuelta hacia la
calle. Enganchando la mochila hacia arriba de nuevo para evitar que
se deslice, miro hacia arriba y noto un Corvette de color verde oscuro
escabullirse a lo largo del lado de la carretera. Ralentizo el ritmo cuando
el auto rueda hasta parar. Casi puedo sentir a alguien observándome
desde detrás de las ventanas tintadas de oscuro. Miro a mi alrededor,
nerviosa, con la esperanza de ver a Freddie y Yorke saliendo de las flores
altas a sólo un paso, como siempre, pero el parque está desierto.

El auto disminuye la velocidad, casi inmóvil, y de pronto se precipita


colina abajo mientras estoy parada observando, con la cabeza
ladeada y mi pulso acelerado.

Aliviada y un poco avergonzada, silenciosamente me regaño por ser


una gallina y comienzo a caminar de nuevo. Mi madre es tan inquieta
con los extraños que creo que me he vuelto paranoica. Todos nos
conocemos en este sitio, por el amor de Dios. No hay sorpresas por aquí.

A excepción quizás de una, pienso mientras alcanzo la parte inferior de


las escarpadas colinas minutos más tarde, los frentes de mis muslos
doloridos. El Corvette verde oscuro está estacionado en la parte inferior
de la colina, las llantas delanteras apuntan hacia la calle, listo para una
escapada rápida, el motor todavía en marcha. Veo unas piernas largas
cubiertas por vaqueros gastados, una camiseta negra, el pelo castaño
desordenado y esos ojos. Ellos brillan verdes y nítidos incluso a la luz
resplandeciente de la mañana.

Me detengo, a medio paso. Estoy segura de parecer estúpida. Mi boca


está entreabierta, y mi pelo está recogido en una cola de caballo
sudorosa. Mi madre estaría muy enojada conmigo: ni siquiera me he
puesto lápiz labial. Dios, no puedo creer lo que he hecho con este chico
y ni siquiera lo conozco.

En su boca se forma una gran sonrisa, y pregunta:

—¿Por qué estás saliendo a caminar tan temprano en una mañana tan
agradable?

Me acerco, a pesar de mí misma.

—¿Por qué estás fuera acechándome tan temprano en una mañana


tan agradable? —respondo, creyendo, como mi padre siempre dice,

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que una buena defensa es la mejor ofensiva, o lo que sea. Estoy segura
de que puede funcionar para los niños, así como para el fútbol.

—No te estoy acechando —dice, con un énfasis definitivo en el "no".

—¿Estás seguro? —pregunto, alzando las cejas antes darme la vuelta a


echar un vistazo a arriba de la colina—. De alguna manera se siente así.

—No estaba seguro de que fueras tú —dice, y luego agacha la cabeza


para mirarse los pies.

En realidad parece un poco avergonzado cuando levanta su mano y


pasa sus dedos por el pelo.

Él vuelve a levantar la mirada hacia mí.

—Te ves diferente —dice. Sonríe de nuevo, y los cielos se abren—. Muy
brillante.

—Gracias —digo, mientras extiendo uno de mis brazos para que lo


admire. Está, al igual que el resto de mi cuerpo, cubierto de una gruesa
capa de Factor 30. Parece como si hubiera estado sumergida en
mantequilla, pero huele a playa—. Es para trabajar —digo.

—¿Dónde está eso?

—Arriba, en la piscina —digo, asintiendo con la cabeza en la dirección


de la piscina. No se puede ver el agua desde donde nos encontramos,
sólo la parte superior de la valla metálica. Sus ojos siguen a los míos a
través del parque mientras continúo—. Soy salvavidas.

—¿En serio? —pregunta con una sonrisa de alguna forma traviesa. Se


detiene por un instante—. ¿Estás segura de que no estás trabajando sólo
en tu bronceado?

Ahora bien, esto me molesta, porque una gran cantidad de personas,


Yorke, la mayoría de mis amigos, incluso este chico, al parecer creen
que sólo voy a trabajar de salvavidas para poder tomar algo de sol. ¿Si
lo fuera no llevaría puesto, al menos, un bikini? O, mejor aún, ¿no
tomaría sol en casa?

El asunto es que mis padres me hicieron salir del equipo de natación el


verano antes de empezar la escuela secundaria. Bajé el primer día de

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vacaciones, lista para las pruebas, sabiendo que iba a formar parte del
equipo, sabiendo que era sólo una formalidad para mí ya que había
estado en el equipo el verano anterior, y luego mi padre, sentado a la
mesa, comiendo un huevo con una cuchara pequeña, comentó sobre
mis hombros, lo grandes que eran por toda la brazada de espalda.

Mi madre apareció, me dio vuelta para echar un buen vistazo a mis


dorsales, y estuvo de acuerdo. Mis hombros se estaban pareciendo a los
de un chico.

Lo siguiente que sé, es que ya no nado más. Estoy sentada en una silla
de metal alta con un silbato, observando a los niños pequeños nadar a
estilo perrito y a la gente gorda con flotador.

Eso me dolió de manera exponencial. Ser salvavidas era un compromiso


que hice con mi padre. Creo que él sabía que me rompió el corazón, o
por lo menos mi espíritu de nadadora, cuando me obligaron a dejarlo,
por lo que llegamos a un acuerdo.

—Sí, estoy segura —digo con un suspiro de exasperación, plantando mi


mano en mi cadera—. No me darían un silbato para eso.

Encogiéndose de hombros, pone sus manos frente a él como si,


claramente, no hubiera querido ofender.

—Cierto —dice—. Pero tú eres una chica de club de campo. Sin duda,
puedes ver cómo podría haber llegado a esa mala conclusión.

—Cierto —digo, retorciendo mi dedo del pie entre los tallos altos de la
hierba a la orilla de la carretera—. Pero sólo en las noches de los viernes.
El resto del verano estaré visitando los barrios bajos en la piscina pública.

Se ríe, calmado y bajo.

—Bueno —dice mientras da la vuelta y tira de la puerta del auto para


abrirla—. Tal vez pararé alguna vez y diré hola.

Me inquieto, no queriendo que se vaya.

Debería haberme callado y besarlo o algo así. Él me mira de nuevo.

Sonrío y asiento, levantando mi barbilla hacia la pequeña colina donde


está la piscina.

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—Seré la que está en la silla alta —digo—. En un traje rojo. En caso de
que no estés seguro de nuevo.

—Buscaré el silbato —dice con una sonrisa. Entra en el auto,


hundiéndose en el asiento bajo, y apoya el codo en la ventana
abierta—. Pero —dice—, no contestaste mi pregunta original.

—¿Cuál era? —digo.

—¿Por qué estás caminando?

—Fácil —digo, levantando mi mochila sobre mi hombro mientras él


acelera el motor. Éste retumba bajo y profundo—. No conduzco.

Él aleja su mirada mientras deja caer el auto en el impulso, se detiene, y


se gira hacia mí para aclarar.

—¿No conduces o no puedes conducir? —pregunta, sus cejas


juntándose.

—¿Cuál es la diferencia? —pregunto.

Extiende su brazo sobre la ventana abierta, su palma hacia arriba,


mientras piensa. Su mano cae y descansa ligeramente contra la puerta
del auto.

—Una es una aversión —dice, finalmente—. La otra, una falta de


habilidad.

Medito sobre eso, nunca había pensado mucho en eso antes. Todas las
opciones necesarias cuando estás detrás del volante aparecen en mi
cabeza. ¿Derecha o izquierda? ¿Arriba o abajo? ¿Rápido o lento? Ugh.
Es más fácil dejar que alguien más conduzca, para que tome esas
decisiones por mí.

—Mi falta de habilidad causa una aversión —decido.

Él asiente.

—Tendremos que ver si podemos arreglar eso.

Mi corazón corre más rápido que el motor V-8 al ralentí bajo él.

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—¿Quieres que te lleve? —pregunta. Me encojo de hombros—. Es tu
decisión —dice.

Me da una última sonrisa y se va, dejándome parada en medio de la


calle, girando en una nube de euforia, cansancio y confusión.

La vista desde mi silla de salvavidas es buena. Puedo ver el parque


entero, que es el centro social de éste pequeño pueblo en meses de
verano, desde aquí arriba. Puedo ver la delgada calle de dos carriles
que se ensancha en un aparcamiento al lado de la tienda. La calle
rodea el borde del campo de béisbol y llega de nuevo a las mesas de
picnic con sombra y a los juegos de madera desgastada, antes de subir
por la empinada colina de nuevo en su camino para salir del parque.
Una curva larga y pavimentada de esta calle conecta los deportes de
verano (beisbol, t-ball, tenis, y natación) en una cadena de asfalto
negro y caliente.

La multitud en el parque es bastante ligera hoy, pero es temprano, en el


día y en la temporada. Ni siquiera espero ver realmente a alguien que
conozco aquí, ya que ellos pasan sus veranos en el lago, el club o algún
campamento de inmersión educativa.

Incluso la piscina está bastante vacía, a pesar del calor. Una pareja de
nadadores jóvenes están cruzando el ancho de la piscina con golpes
vacilantes, sacando sus caras del agua cada pocos centímetros para
farfullar y respirar.

Troy, el salvavidas principal, cansado a tiempo completo y


rompecorazones serio, los mira con atención, el borde de su
portapapeles balanceándose sobre su estómago apretado. Él se pone
de cuclillas, alentándolos y halagándolos a lo largo mientras
comprueba que ningún dedo esté tocando el fondo de la piscina. Si
ellos pueden cruzarla, de escalón a escalón sin tocar, pasan la prueba y
pueden nadar solos en la parte menos profunda, sin un adulto
necesario.

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Mi primer turno del verano es en el extremo final de la piscina en forma
de L, a la izquierda de los trampolines de color aguamarina, donde el
agua es de tres metros de profundidad, y todos quieren pasar el rato.

Estoy acompañada por la banda rubia de hermanos de Troy. Todos los


otros salvavidas, menos uno, son pequeños Troys en entrenamiento.
Iguales a Troy, sólo que más jóvenes, más rubios y más bronceados, son
los futuros vendedores de seguros de nuestro hermoso pueblo, con una
excepción. Margo, la única chica, si puedes llamarla así, es bajita y
gorda y tiene los dorsales que mis padres temerían. Su voz es como un
trombón con la vara hasta el tope.

La losa caliente de cemento que rodea los tres lados del pozo para
bucear es el lugar para estar. Es suficientemente lejos de la oficina de la
piscina para un poco de privacidad, pero lo suficientemente cerca al
aparcamiento para que los chicos coqueteen desde el otro lado de la
valla y amigos sin necesidad de pases de temporada pasen por allí y
me pongan al día con lo último.

Golpeo mis pies contra las patas largas de mi silla alta y giro mi silbato
entre mis dedos, ansiosa de adquirir mi rutina de verano. Al menos un
nadador en el pozo estaría bien.

Reviso la calle sobre mi hombro derecho. No hay autos. El campo de


beisbol vacío. Forzando mis ojos detrás de la cubierta de mis gafas
oscuras, trato de ver todo el camino bajando hacia la parte inferior de
la colina. Han pasado sólo un par de horas, pero quiero verlo de nuevo.

Una toalla de playa ondeándose llama mi atención. Una bañista


solitaria está sacudiendo su toalla y creando un campamento al otro
lado de donde estoy. Miro la piel pálida y los miembros delgados
mientras éstos se ponen sobre una toalla de playa vieja de rayas del
único lugar de por aquí que renta habitaciones por hora, el Towne’s Tiki
Motel. Buen Dios, Valerie Dickens está en la piscina.

Ella está leyendo Moby Dick junto a la piscina, sin aparente ironía. Sus
brazos delgados parecen como si nunca hubieran visto el sol y apenas
pudieran sostener el libro de tapa dura. Descansa el libro sobre su
estómago cóncavo y gira la página.

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Definitivamente está preparándose para un enfrentamiento académico
el próximo año. Tiene que ser. ¿Por qué más sentiría la necesidad de leer
un clásico americano en mi presencia? Nunca ha estado en la piscina
antes. Ni siquiera estoy segura de que pueda nadar.

Agarro la Coca-Cola que dejé en la sombra bajo mi asiento en el inicio


de mi turno y doy un gran sorbo. Trato de ignorar a Valerie. Observo los
autos verdes en su lugar.

—Leah.

Salto cuando una mano toca mi tobillo. Troy ríe.

—Te perdiste el silbato —dice, golpeando sus dedos sobre los dedos de
mis pies—. Tiempo de moverse.

Mis pies crepitan sobre el cemento mientras hago mi camino a través


del mar separado de chicas preadolescentes al lado de la siguiente silla
de salvavidas. Puedo sentirlas observándome, mirándome de arriba a
abajo, mientras giro la primera esquina en la base del trampolín alto.
Aliso mi cola de caballo sobre mi hombro y las miro directamente. Las
más valientes me sonríen, las otras alejan la mirada rápidamente, como
si yo no notara que acababan de mirarme fijamente. Se podría pensar
que estaría acostumbrada a eso ahora. Si yo fuera Yorke, sonreiría y les
haría una mueca, o al menos, les mostraría el dedo.

Girando la segunda esquina, la de salto bajo, me detengo por un


segundo, entrecerrando los ojos a través del color dorado que mis gafas
arrojan sobre el mundo mientras un auto se detiene en el aparcamiento,
el conductor saluda en mi dirección. Pero es sólo un Mini de color azul
brillante. No devuelvo el saludo, y el Mini gira a la derecha mientras
alejo mis ojos y me encuentro atrapada en la mirada malvada de
Valerie Dickens.

—Espero que estés disfrutando tu verano, Leah —dice, apoyándose en


un codo afilado para dejar caer uno de esos marcapáginas de anciana
completo con un hilo bordado dentro de las páginas abiertas de Moby
Dick. Su sarcasmo no se me escapa. Es tan denso como los dedos
regordetes del Sr. Hobart.

Camino lentamente hasta pasarla, sonriendo ante la pila de libros de la


biblioteca que caen de su bolso de playa y la quemadura de sol en su

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nariz. La página bajo ella está goteando en neón, casi cada línea
resaltada. ¿Quién trae un resaltador a una piscina? Debería dejarla
ahogarse.

—Déjame darte un adelanto —digo, levantando mis gafas y dándole mi


sonrisa más dulce mientras me inclino más cerca a ella—. El capitán
muere —susurro, y el resaltador se afloja en su mano. Subo sobre mi silla,
muevo mi cabello sobre mi hombro, y soplo mi silbato mucho más alto a
nada en particular.

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Capítulo 5
Traducido por Konyxita,Little Rose y Ro0.
Corregido por Maia8

L
eah —dice mamá, finalmente, tomado asiento en la
cabecera de la mesa con un gesto de aprobación, al

— parecer sin sentir la necesidad de quejarse de la


colocación de las servilletas, vasos y tenedores—. Por favor
pásame los guisantes.

Entonces, mirando hacia donde esta mi papá que sigue perdiendo el


tiempo en la barbacoa, un plato de pollo a la brasa en la mano y el sol
hundiéndose en el cielo detrás de él, le pregunta:

—Mason, ¿está listo eso?

Volviendo a la mesa, alisa la servilleta colocándola en su regazo y


anuncia lo suficientemente fuerte para que mi papá escuche sobre las
llamas chisporroteantes de la parrilla:

—Vamos a ir de compras mañana por la tarde por el vestido de novia.

El sonido metálico de las pinzas de la barbacoa es seguido por la


confusión rápida de las zapatillas de casa de mi padre a través del
patio.

—Aquí está —dice, poniendo una fuente ovalada en el centro de la


mesa—. Estaba quemando uno para Freddie.

Estamos sentados en nuestra antigua mesa de teca en el patio cerca


de la parte más profunda de la piscina. La mesa es una de las pocas
cosas que hicieron la transición de la antigua casa del lago, mi madre
insistía que todo lo demás debía ser nuevo en su flamante casa.

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Echo de menos nuestra antigua casa. Echo de menos los árboles. Echo
de menos el lago. Incluso extraño estar hacinados en la pequeña
cocina con el papel pintado de tetera, las charlas de libros y chicos y los
suéteres prestados sin permiso rodando alrededor de la mesa redonda
desgastada en la cena. Nuestra estrecha relación parece haberse
disuelto de alguna manera en el material extra cuadrado y techos
abovedados de este nuevo lugar. Puede ser el doble del tamaño, pero
es la mitad de lo que era estar en casa.

—¿Cuándo te casas? —pregunta Freddie, con su dedo índice


deslizándose por la última página del libro en su regazo.

Curiosa acerca de por qué está leyendo a escondidas, me inclino hacia


atrás y leo el título: “Francia: Dura y Lista”. No es de extrañar. No creo
que mi madre esté a favor de que cualquiera de nosotros sea violenta
por cualquier cosa, en cualquier lugar, en cualquier momento.

Yorke está sorbiendo su té helado. El vaso está tan lleno de hielo que se
precipita en el borde, amenazando con caer.

—A final del verano — responde mi madre por ella, poniendo el tazón


de papas devuelta a la mesa.

Yorke traga de forma rápida y confirma con un gesto.

—A final del verano.

Sirvo puré de papas en mi plato desde el pesado tazón y lo dejo abajo,


situado junto al codo de mi padre.

—¿Tan pronto? —pregunto, girando la cuchara hacia él.

—Tenemos que hacerlo… —dice Yorke mientras hace una pausa para
examinar cada pieza de pollo en el plato antes de llegar a una y
dejando caer una n muy quemada en el plato de Freddie y otra menos
quemada para ella.

—Tú sabes —continúa, chupándose los dedos—, antes de que Freddie


se vaya para Francia.

Ella me pasa el plato. Todas las que estaban bien quemadas se han ido.

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—Freddie es mi dama de honor, después de todo —dice Yorke—. Así
que tiene que estar allí.

—¿Yo tengo que estar allí? —pregunto, apuñalando un pedazo de


pollo.

Sintiendo los ojos de mi madre perforándome, me doy cuenta de mi


error y lo arreglo rápidamente.

—Quiero decir, para las compras —le digo, y añado con claridad—, no
a la boda.

—Por supuesto, que necesitas estar allí —dice mi madre.

A Yorke se le cae el tenedor en su plato con un tintineo fuerte y se


reclina en la silla dramáticamente.

—Cuando te comprometas —continúa mi madre—, Yorke y Freddie


estarán más que felices de ir de compras contigo.

Vaya, pienso, una hermana a la vez, por favor.

Apuesto a que tiene pequeños modelos de tortas ya realizados para


todos nosotros. Probablemente los ordenó por volumen. Una porcelana
de mí en un vestido rosa y un hombre de porcelana con un traje blanco
y corbata de color rosa en un arco están a la espera para el gran día,
envuelto en papel de seda y guardado lejos en el pecho de la
esperanza, al pie de su cama.

—Es sólo que tengo que trabajar —digo, mirando por encima la cara de
poca simpatía de Yorke.

—¿No puedes tomarte el día libre o cambiar con alguien o algo así? —
pregunta ella, dando vueltas con el tenedor en el aire. Para ella, es tan
fácil como un pastel. Lo creas o no, Yorke no ha tenido nunca un
empleo. Imagínate.

—Ese trabajo —resopla mi madre mientras sirve más Chardonnay en su


vaso medio lleno— da más problemas de lo que vale la pena.

Es tan sólo una semana corta en verano, y ya se está quejando de mi


trabajo.

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Ajustando la botella con demasiada fuerza, me pregunta, aunque sé
que es para mi papá también:

—¿Pensé que habíamos acordado que ibas a trabajar al principio del


día en la piscina, así todavía podrías disfrutar de nuestros veranos en
familia?

Junto a mí, Freddie está cortando su pollo quemado con un cuchillo


con mango de madera grueso. Si no la conociera, creería que no
estaba prestando atención a nada. Pero conozco a Freddie. Ella
siempre está escuchando.

—¿A qué hora quieres comprar? —pregunta papá, deslizando la botella


de Chardonnay fuera del alcance de mi madre.

—A las cuatro —dice Yorke. Ella se inclina hacia atrás y se cruza de


brazos, lista para un enfrentamiento.

—Y, ¿a qué hora tienes que estar en la piscina? —me pregunta mi


papá, con los ojos diciendo: Ayúdame aquí, Leah.

—Seis y media.

—Bueno, ahí lo tienes —dice mi papá con una sonrisa, orgulloso de su


capacidad de tomar una situación y simplificarla. Es un hombre. Coge
el tenedor—. Un montón de tiempo —dice—. Problema resuelto.

Pero nada es tan sencillo para mi madre. Se podría pensar que mi


papá, de todas las personas, debería saberlo a estas alturas.

Frunce los labios y ajusta la posición de su copa de vino antes de que


complicara las cosas al decir:

—Salvo que Leah tendrá que irse más temprano para caminar hasta la
piscina. —Ella levanta su copa y drena el Chardonnay de un sólo trago
de oro.

—Oh —continúa—, uno de nosotros tendrá que salir temprano para


llevarla. De cualquier manera —dice con un movimiento de su
cabeza—, al parecer difícilmente vale la pena.

—¿Tal vez ella podría conducir? —dice Freddie, rompiendo su voto de


silencio, con una contribución más inútil.

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Le doy una mirada lamentable.

—Por una vez. —Yorke está de acuerdo con énfasis—. No sé por qué se
le compró el auto de todos modos.

—Obtuviste un auto —dice mi madre.

—Sí, el que conduzco—dice Yorke.

Mi padre levanta las manos.

—Leah conduce su auto cuando ella quiere —dice con calma.

Dudoso, pero agradezco su apoyo. Mi madre alcanza más allá de Yorke


la botella de vino y vuelve a llenar su vaso. Temerosa de que se acabe
añadiendo más leña al fuego, levanto mis manos y admito la derrota.

—Le diré a Shane —digo, mirando alrededor de la mesa para


asegurarme de que todos entiendan los términos de mi renuncia—.
Shane me llevará.

—¿Qué pasa con su “dos al día”4? —pregunta mi padre, que necesita


asegurarse de que todas las bases estén cubiertas antes de que cierre
este tema.

—Estarán realizados para entonces —dice Freddie.

Sé que Freddie conoce el calendario de las prácticas de verano,


porque Evan jugó al fútbol a pesar de que era sólo el ejecutor del tiro,
pero creo que en realidad está tratando de compensar su comentario
sobre el auto.

—Está bien, entonces —dice mi papá, frotándose las manos con fuerza
y dando una pequeña palmada. Parece satisfecho—. ¿Está bien? —
pregunta, mirando a cada uno de nosotros, expectante.

—Está bien. —Yorke está de acuerdo con una inclinación de cabeza.

Freddie asiente con la cabeza también, pero sabemos que todo


depende de mi madre. Ella acepta de mala gana, señalándome con el
tenedor, acentuando cada palabra.

4Two-a-days:Se refiere a una temporada del año donde los equipos de fútbol
americano entrenan dos veces al día.

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—Mañana. Cuatro de la tarde. En punto—dice ella.

Asiento con la cabeza. Parece que esta comida, como todo lo demás
en mi vida, empieza y termina con su aprobación.

Yorke está buscando algo de princesa con cintura de imperio.

—No está demasiado recargado, pero sin duda con pedrería —dice
ella, levantando la falda de seda de un vestido de muestra lánguido
entre sus dedos—. Y blanco. Definitivamente blanco —añade. Las
señoras de la tienda de novia se dispersan en todos los sentidos,
empeñadas en ser una para encontrar el vestido perfecto para la novia
perfecta, y por la comisión, también.

Mi madre y yo estamos sentadas en una especie de sillón de color


crema zaraza con una cosa como una columna vertebral, curvada de
madera que presiona en la espalda justo donde quieres apoyarte y
sentirte cómodo.

En la tienda de novias todo es de color blanco, marfil y crema. Las


paredes están cubiertas con una tela floreada en blanco sobre blanco,
o tal vez es papel tapiz de terciopelo, si es que hay tal cosa.

No hay bordes cortantes o ángulos difíciles, todo es curvo o suave o


acolchado. Una mesa de café recargada, llena de lirios y cualquier otro
tipo de flor blanca imaginable, se establece entre nosotras y los vestidos
que Freddie y Yorke están hojeando indiscriminadamente.

—Explícame, por favor, Leah —dice mi madre, suavizando su mano


suavemente sobre mi espalda y bajando la voz—. ¿Por qué estás
usando el traje de baño debajo de tu vestido?

Ella pasa los dedos por el bulto entre mis omóplatos donde se retorcían
los tirantes de mi vestido de baño rojo con una banda elástica para que
sea más corto, de corte menos infantil, y más fácil de usar.

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—No me gusta cambiarme en la piscina —le digo, deslizándome por
debajo de su alcance y desarrollo un repentino interés en los vestidos de
novia—. Todas las chicas miran.

—Acostúmbrate a eso —dice Freddie, con la cabeza asomándose


sobre un vestido largo, de satén súper escotado.

—¿Por qué no estás acostumbrada a eso? —pregunta Yorke.

Ella está de pie sobre un estrado que está cubierto de espesa y cremosa
piel y se sienta frente a tres espejos dorados de cuerpo entero. Gira
lentamente, comprobando su reflejo en cada espejo antes de que me
mire.

—Tienes mucho para que te vean—dice ella.

Freddie se ríe desde algún lugar detrás de metros de tul, y Yorke vuelve
a los espejos. La miro con su escote en doble A reflejado en el espejo.
Incluso, por triplicado, no son gran cosa.

—De todos modos, no estoy tratando con vestidos hoy —le digo—. Tú lo
estas.

—Pero si encontramos un vestido de dama de honor que me guste,


tendrás que probártelo —dice Yorke, buscando a mi madre en los
espejos. Asienten al mismo tiempo.

—Freddie puede hacerlo —digo, inspeccionando el lazo de un vestido


particularmente horrible con una falda plisada y una especie de tul—.
Pueden fingir que soy yo, pero, ya saben, sin tetas. —Sonrío.

Freddie deja caer el vestido que está sosteniendo y camina hacia mí.

—Además —le digo a Yorke, mirando a las asistentes marchando por el


pasillo hacia nosotras, llenas de vestidos blancos en fundas de plástico—
, te tomará un siglo encontrar tu vestido.

Freddie se vuelve hacia mí.

—Ella no tiene un siglo —dice.

—Chicas, chicas. —Nos calma mi madre en voz baja. Se aclara la


garganta y se sienta recta en el pequeño sillón.

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Sonríe hacia las asistentes.

Los vestidos han llegado.

Es triste pero cierto, Yorke tiene que comprarlo enseguida. La fecha está
muy cerca para hacerle el vestido perfecto. Me siento y miro a mi
madre y a Yorke entendiendo el verdadero significado de esto y
después me reclino, lista para el espectáculo.

Yorke se sube al pedestal, usando su primera opción, con una mirada


educada de asco reflejada en todos los espejos.

—Oh Yorke —dice mi madre, alejando la vista del vestido, horrorizada.


Levantando la mano para no verlo dice—: es muy “Lo que el Viento se
Llevó”.

Tiene hombreras increíblemente grandes. Mi madre despide a Yorke y al


vestido, con un gesto de la mano, y Yorke desaparece en el vestidor
para probarse otro.

Freddie ocupa el lugar de Yorke en el pedestal, forzada por mi madre a


probarse algo, dado que todas las decisiones en vestidos las toma ella.
Se para frente a los tres espejos, hundiendo los hombros y quitándome el
aliento.

Sé cuál fue mi crimen. Soy culpable de llevar un traje de baño bajo un


vestido, y aquí estoy cumpliendo condena, sentada en el sofá más
pequeño del mundo con mi madre. No estoy segura de la ofensa de
Freddie, pero el castigo es claro. Lleva el vestido de satén más feo del
mundo, con un moño en la cintura y tacones de satén, para combinar.

Ahogándome en mi té, me las arreglo para decir:

—Sólo necesitas un corsé de claveles y la respiración de un bebé.

Mi madre me arquea las cejas y bebe de su té. Sólo hay una marca de
labial, siempre le acierta al mismo lugar.

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—Te ves como una chica que va al baile de graduación de 1982 —dice
Yorke mientras vuelve al cuarto con un vestido corte sirena, con una
larga cola—. Quítatelo.

—Jinny tiene ese vestido disponible en una gama de colores —explica


mi madre, sonriéndole a Jinny, la dueña de la tienda con cabello negro,
quien está orquestando a sus asistentes discretamente desde una
esquina.

Mi madre aplaude y sugiere:

—Leah podría usarlo en rosa, y Freddie en amarillo.

Freddie parece una mancha cítrica en los espejos mientras se vuelve a


mi madre y le grita:

—¡No!

—Madre —dice Yorke, mientras entra—, ¡no!

Sabiendo que seguramente estoy prologando mi sentencia al sillón de


terciopelo, me vuelvo hacia Jinny, y dulcemente le pregunto:

—¿Tendrás ese vestido en particular en celeste?

Sus asistentes están listas para intervenir, ansiosas por romper la tensión
del cuarto, felices de buscar un vestido, ya sea azul o cualquier color.

Mi madre le sacude la cabeza a Jinny, admitiendo la derrota,


cancelando la boda multicolor y a las asistentes sin decir una palabra.
Presiona sus dedos en mi pierna, apretando

—Yorke llevará algo prestado, y algo azul, y un hermoso vestido


blanco—le explica al cuarto como si Yorke, que acaba de pararse en el
pedestal usando el vestido más ajustado de la historia, con su pecho
inexistente apretado y levantado como para tocar su barbilla, fuera el
epítome de la novia virgen perfecta.

—Pero no ese —suspira fuertemente mi madre—. Es demasiado ajustado


—dice—. Se acaricia el vientre con las manos para expresarse—.
Prácticamente veo tu almuerzo.

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Una jarra de té y quince vestidos más tarde, seguimos buscando “el
indicado”. Bueno, en realidad mi madre, Freddie y Yorke lo están
buscando. Yo estoy mirando por la vidriera de la tienda, tomando mi té
y observando la calle en espera de un auto que me rescate. El cuarto
está tan lleno de aire caliente y té concentrado que no puedo respirar.

Veo a Shane conduciendo calle arriba hacia nosotras, justo a tiempo,


para variar.

El sol brilla en el metal cromado de su guardabarros, mientras se acerca


a toda velocidad casi chocando con la acera. Se mira en el espejo
retrovisor antes de salir del auto. El ruidito de la campana de la puerta y
el movimiento de los brazaletes de mi madre anuncian su llegada.

—Bueno, aquí llegó —dice mi madre riendo y abriendo los brazos para
recibirlo.

—¿Hubo suerte? —pregunta Shane mientras se inclina para besar a mi


madre.

Yorke sale del vestidor, sin hacer ruido por la alfombra, llevando sólo un
corpiño sin breteles bajo una bata de satén blanca suelta.

—Nop —dice.

Los ojos de Shane saltan de sus cuencas cuando la bata se abre un


poco más al sentarse Yorke en el sofá, quitándome espacio.

—Estoy lista —digo abruptamente interponiéndome en la vista de


Shane.

—¿Y Fred? —pregunta esperanzado, recorriendo el cuarto con la vista.

Señalo a sus pies, visibles bajo la puerta del cambiador.

Shane mira la puerta, imaginando mucho. Supongo que esperaba a las


tres hermanas Johnson semi desnudas hoy. Me está molestando, por lo
que tendrá suerte si ve a dos.

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—¿Entonces, nos vamos? —pregunta Shane, sin mirarme, y
comprobando con mi madre como siempre, antes de agacharse a
tomar mi bolso.

—Puedes llevártela —responde mi madre—. Hemos terminado con ella.

Meterse en el auto de Shane es como nadar en agua caliente un día


de verano. Se siente pegajoso e incómodo. Empieza a conducir y
automáticamente pone su mano en mi rodilla. Reclino la cabeza y
cierro los ojos para rechazar esa sensación, pero aumenta más y más,
sin importar cuánto luche.

Me paro con las rodillas bloqueadas, mis piernas desnudas presionando


contra el asiento de metal detrás de mí, mis ojos sobre los estudiantes de
primaria.

Han pasado la tarde navegando en las aguas atestadas y agitadas de


la piscina, y ahora cuelgan inertes de la valla metálica mientras el sol se
pone sobre sus hombros pecosos. Se ven cansados. Puedo decirlo.

Balanceándose sobre sus tres reductores de velocidad oxidados en


trajes de baño húmedos, se sientan una hora mientras cierran la piscina
entra los momentos de nado de la tarde y la noche. Viven aquí todo el
verano, como refugiados. No es sólo una piscina; es un servicio de
niñera con cloro gratis.

Finalmente Troy se sube sobre su silla, y las bicicletas caen al suelo como
moscas. Los refugiados están listos, bien para otra oportunidad. Yo, sin
embargo, no estoy segura de que lo tenga en mí.

Cuando el sonido agudo del silbato de Troy finalmente divide el suave


aire de la tarde, quedo allí. Pongo mis piernas cerca a mi cuerpo y me
reclino, sin nada más que hacer que ver a unos niñitos y sus padres

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chapoteando por allí durante las dos próximas horas mientras el sol baja
y la temperatura cae.

Las chicas mojadas de la tarde, acostadas lado a lado en toallas


playeras gruesas con las tiras de sus bikinis bajas, se han ido. Los chicos
en mezclilla oscura y vistiendo gorras de beisbol que sudan en el sol
mientras coquetean y conversan con las bañistas hace mucho han
desaparecido. Saltaron a sus autos por un cigarrillo antes de desviarse a
una noche en el lago.

Esta noche hay más familias, niños pequeños y padres que han ganado
algunas libras desde sus días de citas. Hacen esto (lo recuerdo del
verano pasado) donde dan sus primeros pasos avergonzados, los que
terminan en la toalla playera pero antes tocan el agua, con las puntas
de sus pies. Como si eso los hiciera lucir más delgados o algo así.

Una brisa levanta las ramas que cuelgan por encima de la valla, y tomo
una respiración profunda. Se siente como la primera del día.

Las luces se encienden sobre el parque. Círculos brillantes de luz blanca


repentinamente aparecen sobre los subibajas astillados, las bases de
bateador empolvadas, y los terrenos de hierba vacíos, haciendo que la
noche parezca instantáneamente más oscura, el cielo más índigo.

Las luces superiores del perímetro de la piscina zumban y parpadean a


la vida justo mientras Valerie Dickens sale del vestidor,
momentáneamente atrapada toda rosa y con libros, en su propio foco
fluorescente.

Después de la excursión de ayer creí que necesitaría quedarse en la


sombra y administrarle bebidas frías. En su lugar ha regresado, está
vistiendo alguna clase de caftán brillante estilo Ravi Shankar que oscila
alrededor de sus tobillos mientras lentamente camina del vestidor a mi
lado de la piscina.

Freddie atravesó esa fase Beatles totalmente molesta, así que sé quién
es Ravi Shankar. Freddie y Evan se sentaban en su habitación con una
lámpara de lava encendida y escuchando Yellow Submarine una y otra
vez. York le dijo que valía la pena sólo si iba llegar alto, o al menos
escuchar Sgt. Pepper’s, pero en ese momento Freddie no estaba

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dispuesta a arriesgar células cerebrales o cambiar su oportunidad de ser
quien diera el discurso en su graduación.

Apostaré que de eso se trata el próximo año: drogas ilícitas y sexo en el


extranjero. Sin embargo sé que Freddie y Evan ya lo hacen. Supongo
que él habló sobre ello en el vestidor después de las prácticas, así que
todo el mundo lo sabe, pero la idea me asquea totalmente.

Simplemente no creo que Evan sea lindo, aunque eso realmente no


tiene sentido ya que él sólo es una versión más desgarbada de Shane,
que es sólo una versión más joven de Evan, quien luce como mi papá, y
Roger luce como ellos pero sólo un poco más delgado. Merde.

Valerie camina a mi silla, un bolso de lienzo rayado y raspado pesado


con libros cuelga de un hombro huesudo y el borde de la toalla playera
de rayas se desliza detrás de ella como cubierta. No puedo resistirme.

Me inclino hacia abajo, sonriendo falsamente, mis senos cubiertos con


lycra presionando cálidamente sobre la parte superior de mis rodillas
mientras pregunto:

—¿Puedo esperar este placer todos los días?

—Compré un pase de temporada —responde, disminuyendo su


velocidad por un momento para sonreírme con una sonrisa tan falsa
como la mía, antes de continuar, tira de la toalla playera en una pelea
continua para ponerla sobre su hombro libre de libros y caminar al
mismo tiempo.

La veo irse, la toalla arrastrándose de su hombro como una boa de


felpa, me reclino y pienso, Bien, ahí va su dinero de la feria de ciencias.

Troy pone la radio de la oficina, y rock clásico rueda sobre la superficie


de la piscina, llenando el espacio entre las salpicaduras perezosas, las
risas suaves y el extraño comentario ocasional de Valerie.

—Ese hombre es absolutamente rotundo —dice repentinamente, a


nadie, aparentemente, y reviso para verla examinar a un hombre gordo
caminando sobre la superficie cerca de la parte poco profunda en un
traje de madrás preocupantemente apretado.

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Prácticamente puedo escuchar los huesos de ella crujiendo contra el
cemento hasta aquí cuando rueda sobre su estómago, saca un
rotulador rosado de entre sus dientes frontales, y observa el arco de
buceo del pozo de bucear.

—No es un buen ángulo —comenta como una jueza olímpica, bajando


sus ojos de nuevo a su libro.

El buzo está todavía bajo agua, haciendo su camino a través del agua
brillante del pozo de bucear, así que estoy adivinando que el diálogo
en curso es para mí.

Cuando grita:

—George Washington Carver era un nadador excelente. —No tengo


duda. Está tratando de llevarme por el mal camino educativo y
llenarme de mierda al mismo tiempo.

Decido ignorarla completamente. Primero porque no creo que su punto


de vista respecto a las habilidades de natación del inventor por
excelencia de la ciencia agrícola del maní sea cierto o de alguna
manera verificable, pero mayormente porque creo que debería
costarle a alguien, y especialmente a ella, más que cincuenta y cinco
dólares lograr torturarme durante todo el verano.

Al llegar las nueve, la mayoría empaca y se dirige a la salida, cansados


y húmedos, todos excepto por Valerie.

Está intentando meter toda una biblioteca llena de libros,


probablemente de acuerdo al sistema decimal de Dewey, de vuelta en
su bolso y está temporalmente sin aire por el esfuerzo.

Estoy limpiando mi lado de la piscina, estirándome tanto como puedo


para alcanzar la mitad con la espumadora de mango largo, colando el
insecto, curita o algo que está flotando justo más allá de mi alcance,
cuando justo a mi lado, Valerie pregunta:

—Entonces… ¿Shane recibió un auto nuevo?

Salto y hundo el insecto o lo que sea en las oscuras profundidades. Miro


sobre mi hombro, luchando por ver más allá de los faros brillantes

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mientras un auto se estaciona justo sobre la ladera de hierba al lado de
la piscina.

Es una camioneta negra, grande y brillante, con ventanas tintadas y


esos rines lujosos que ruedan. Me muevo hacia la valla, arrastrando la
espumadera detrás de mí.

Las luces parpadean una vez. Dos veces. Se apagan. Me estiro para
alejar la espumadera, bizqueando hacia la profunda oscuridad, y
atrapo mi dedo en el cierre de la espumadera. Inhalo rápido y fuerte.

—Ese no es Shane. —Respiro mientras la puerta del conductor se abre.

—Hola, salvavidas.

Él viene hacia la piscina, su cabello alborotado, una camiseta azul que


dice RAY’S MIDTOWN CYCLES medio metida en unos vaqueros sujetos
por un cinturón grueso y gastado. Su cinturón da una pequeña vuelta al
final en vez de comportarse y quedarse plano.

—Hola, Porter.

Me mira de arriba a abajo mientras enreda sus dedos en la cerca justo


arriba de su hombro izquierdo y luego dice:

—Lindo silbato.

Mi pulso se acelera. Estoy vibrando. Como los pequeños insectos


volando en círculos alrededor de las lámparas sobre nuestras cabezas.
Sé que estoy a punto de quemarme, pero aún así sigo viendo el
chisporroteo.

—Gracias —logro decir mientras el sonido de un bolso siendo levantado


hacia un afilado hombro detiene el zumbido de mi cabeza y vuelca mi
atención hacia Valerie.

Trato de ignorarla, pero puedo sentir su mirada quemando mi espalda


mientras se va, midiendo, diseccionando, analizando minuciosamente.
Troy apaga las luces bajo el agua, y el agua tranquila de la piscina se
vuelve dramáticamente oscura.

Porter se aleja de la cerca y mete sus manos en sus bolsillos.

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—¿Has terminado aquí? —pregunta.

—Supongo —digo encogiéndome de hombros.

Puedo escuchar a Troy detrás de mí, excavando alrededor del


escritorio, maldiciendo y arrastrando periódicos y hojas de inscripciones
con sus grandes manos masculinas, buscando sus llaves, de la manera
en que lo hace al final de cada noche de nado, para así poder cerrar.

—Bien —dice Porter, y no sé a qué se refiere con eso.

¿Es como un, Bien, te veré pronto, o un Bien, te espero, o un Bien, tengo
que irme, porque mi novia me espera en el auto?

—Bien —digo.

Sus labios se deslizan hacia arriba, y siento sus ojos seguirme mientras me
alejo, solamente mis pies resonando suavemente contra el cemento.
Me alegro de estar usando este traje de baño, feliz de que pueda
llenarlo, feliz de no estar usando un caftán y trayendo un libro
prehistórico en mi bolso como Valerie.

Ella está fulminándome con la mirada todo el camino desde la piscina


mientras atraviesa la puerta lateral. Agito mi mano hacia Troy mientras
él apaga las luces de la oficina, cierra la puerta tras él y luego se da la
vuelta para ponerle llave a la cerradura.

Porter está sentado encima de una mesa de picnic llena de grafitis, con
sus botas gastadas apoyadas en la banca, con los codos apoyados en
sus rodillas, mirándome caminar a través de la ladera cubierta de pasto.
El auto de Valerie resuena detrás de mí mientras se va.

Cuando me acerco, él se levanta lentamente, estirándose, y desliza sus


manos por sus muslos antes de ponerse completamente de pie. Me
detengo, mis sandalias parando abruptamente mientras él camina de
vuelta hacia la camioneta negra.

—Exactamente, ¿cuántos autos tienes? —pregunto, paralizándome


porque sepa que simplemente me subiré al auto con él y que espero
impacientemente hacerlo.

—¿Yo? —Jala suavemente la manija metálica de la puerta del


conductor.

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La camioneta está completamente lustrosa, tan limpio que bajo las
luces ambarinas de la calle puedo ver el sendero de árboles en lo alto
reflejándose en el brillante capó.

—Cero.

En mi cabeza cuento los autos en los que lo he visto conducir mientras él


se desliza sobre el asiento de cuero. Puedo contar al menos tres.

—¿Quieres que te lleve? —pregunta, una gastada bota de trabajo


colgando casualmente sobre la esquina del estribo gris y negro.

Mi cerebro trabajando intensamente. ¿Ningún auto? Espera. ¿Cuenta el


primer auto rojo en que lo vi? Porque técnicamente, el auto rojo se lo
había pedido prestado a Roger, y si no usas la definición exacta de
prestado, entonces mi total serían dos. ¿Verdad?

Porter da vueltas a las llaves de la camioneta una y otra vez en la palma


de su mano. Su pierna aún cuelga de la puerta abierta.

—No lo sé —digo, insegura.

—Está bien. —Asiente y cierra la puerta con un golpe deliberado y caro.


Me alejo unos pasos del auto, lenta y cautelosamente. Él pone las llaves
en el contacto y lo enciende.

Descansando su brazo en el borde de la ventana abierta, mira hacia la


piscina, luego pasa por la valla hacia el oscuro y solitario parque. Sus
ojos verdes están interrogantes e inseguros cuando se encuentran con
los míos.

—¿Estás segura? —pregunta.

Me encojo de hombros y bajo la mirada, doblando mi dedo del pie en


el pasto grueso, mientras espero que me pregunte de nuevo, esperando
que me hable de la misma manera que Shane o cualquier otro chico
haría. En vez de eso él pone el auto en reversa, desliza su brazo sobre la
parte trasera del asiento del pasajero al tiempo que se gira para mirar
hacia atrás, y me deja parada ahí con la boca abierta mientras se
aleja.

En ese pequeño segundo entre reversa y primera marcha, ya sabes, esa


pequeña calma después de apoyarse pero antes de que en realidad el

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auto se mueva hacia delante, mientras la maquinaria está trabajando y
los engranajes se voltean o lo que sea que hagan, en ese segundo, él se
da vuelta y me mira, de pie sobre la loma cubierta de pasto, pasmada.
Él agita su mano, la apoya en el volante y se pone en marcha.

Mi bolso se resbala de mi hombro, agito mi mano de vuelta cinco


segundos demasiado tarde. Pensé que él iba a rogar un poquito.
Enrosco mis dedos fuertemente en mis sandalias y bajo de un salto la
colina, sin respirar, sin pensar, agarrándome contra el rocío del pasto y
esperando que no sea demasiado tarde.

—¡Porter! —grito hacia el montón de gravilla en mis pies mientras las


ruedas golpean la orilla del camino. Corro unos pasos hasta la mitad de
la calle y me detengo para gritar a la parte trasera de la camioneta de
nuevo—. ¡Porter!

La llanta plateada da vueltas al revés mientras él se detiene. Ajusta el


espejo retrovisor y mira hacia mí, como diciendo, ¿qué demonios? Pero
por lo menos se detiene.

Recorro las pocas zancadas entre la camioneta y yo a paso torpe y


toco el vidrio tintado de la puerta del pasajero, sin aliento y llena de
vergüenza. Porter se apoya en el asiento y me abre la puerta con una
sonrisa torcida.

Pongo mi cola de caballo hacia atrás con manos temblorosas y el pulso


acelerado, porque no quiero que piense que estoy apurada o algo, y
trato de recomponerme mientras me subo.

Aire tibio del lago atraviesa las ventanas abiertas, una mezcla entre una
tormenta de sudor de labios y aliento, revolviéndose en el interior de la
camioneta aparcada mientras maldigo al inventor del traje de baño de
una pieza. La mano de Porter se desliza hacia arriba en el resbaladizo
tejido de mi traje de salvavidas de lycra mientras me siento a
horcajadas sobre él.

Casas punteando la costa en el lado más alejado del lago; el


resplandor amarillo de las luces del porche y las estrellas rociando el
cielo iluminan sus rápidos y hábiles movimientos.

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—Qué demonios —dice Porter mientras golpea un grueso tirante rojo—.
¿Cómo me meto en esta cosa? —Desliza sus manos por mi espalda—. Es
como un traje de castidad.

Me río mientras me inclino para besarlo.

—Mi padre estaría tan orgulloso.

—El mío también —dice.

Me echo hacia atrás con la comprensión de que aparte de esta


mención de la familia, no sé absolutamente nada de este chico.
Excepto que conduce muy rápido, siempre usa botas, huele como a
playa y bosque de alguna manera todo mezclado con menta, y que
tiene los ojos verdes más peligrosos.

Sé que puede conducir y besar al mismo tiempo (pero solo lo hicimos


por un rato), puede sacar mi camiseta en cinco segundos, y aún así se
enreda con un apretado traje de baño rojo. No habla mucho. Dejaría a
una chica gritando en la calle. No me presiona más allá de lo que
quiero ir pero me lleva justo al borde y de alguna manera me deja
queriendo más. Pero ¿cómo sabe lo que quiero? ¿Siquiera me conoce?

—¿Por qué estoy aquí ahora? —pregunto abruptamente, sintiendo el


volante en mi espalda al tiempo que me alejo de él.

Él me devuelve la mirada directamente mientras sus pulgares hacen


círculos suaves en mis hombros.

—Oye —dice, sus ojos suavizándose, brillando incluso en la oscuridad—,


tú me perseguiste, ¿te acuerdas?

—Oh, cierto —digo, y me sumerjo, perdiéndome otra vez en el pulso


caliente de la base de su cuello. Lo hice.

Mis padres están secretamente lejos en nuestra acogedora habitación


familiar cuando llego finalmente a casa, tarde y luciendo

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absolutamente maltratada. Una mirada en el espejo de la puerta
delantera revela que mi cabello esta suelto y salvaje, cayendo sobre mis
hombros. Mis labios están hinchados y raídos. Ni siquiera estoy usando
una camiseta sobre mi traje de baño.

Mi madre esta enroscada en la esquina del sillón, sus pequeños pies


metidos debajo de las piernas de papá. La cabeza de papá está
echada hacia atrás, y un suave ronquido sale de su boca mientras una
película se reproduce en la pantalla gigante a través de la habitación,
el sonido está apagado y tranquilo.

—¿Shane no pudo venir? —pregunta mi madre mirando hacia arriba. La


fuerte luz del televisor parpadea en su cara, haciéndola lucir de su edad
por una vez.

—Nop —digo en la entrada en forma de arco, con mis pies desnudos


sobre las baldosas frías, deteniéndome lo suficiente para que se dé la
vuelta y me mire, y preguntándome cuando no lo hace, qué cosa
puedo tener que no haya notado.

Me dirijo a las escaleras, sintiéndome un poco robada, como si hubiera


pasado todos estos años rechazando a Shane para nada ya que ella ni
siquiera se molestaba en notar cuando me las arreglaba para
perderme. Nunca entendí realmente por qué todo el mundo, en
especial Yorke, estaban tan enamoradas de los chicos y siempre se
escapaban por la noche para besarse. Ahora lo entiendo.

Tirando de mí por la baranda para subir la lustrosa escalera hacia mi


habitación, me hago la promesa de nunca usar el traje de baño rojo de
nuevo, al menos no como ropa interior, incluso si estoy segura de que mi
virtud fue salvada esta noche por su apretada e impenetrable tela de
lycra.

¿Quién sabe lo que pudo haber pasado sin éste? Tiemblo al pensarlo.
Pude haber sido seriamente saqueada, tomada en lugares que Shane
ni siquiera hubiera pensado. Larga vida al traje de baño, como hubiera
dicho Freddie, pero me siento un poco decepcionada y un poco
atrapada por el típico final de esta rara noche de sábado, así que
prometo, segura y sonando dentro de mi propia casa, nunca volver a
confundir el traje de baño con ropa interior. Eso, y siempre usar brillo
labial. Puedo garantizar que mi madre notará el brillo labial.

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Hay voces que vienen de la habitación de Freddie. Asumo que es
Freddie y su amigo francés Gérard, teniendo una conversación de
madrugada. Pero no, no hay entonación, hay mucho más farfullaos y
susurros que se esperarían de una lección de idiomas.

Yorke esta tendida en la cama de Freddie. Está usando una pequeña


camiseta y ropa interior a rayas, cepillando su cabello con sus dedos,
inspeccionando cualquier punta que tengo bajo el oscuro y brillante
chal en la cabecera de la cama.

Freddie está ahí también, mirando a otra dirección, acostada sobre su


espalda con un grueso libro descansando en su estómago.
Deteniéndome en el pasillo oscuro, exactamente fuera del manto
rosado junto a la lámpara de Freddie, me pregunto qué habrá pasada
para que estén aquí, de la cabeza al dedo y del dedo a la cabeza,
todas hermanables y acurrucadas.

En la vieja casa del lago, en la habitación de paredes azules que


compartían, los mejores juegos y fiestas de té y las ceremonias secretas
parecía hacerse en la alfombra trenzada. Sin mí. Las recuerdo
caminando de la mano con calcetines por los tobillos a juego en el
campamento de verano, mientras que yo me quedaba en casa con
mis calcetines por los tobillos con mi madre, consolada por una nueva
muñeca que tenía una mochila llena de pequeñas cosas de
campamento.

O después, su cabello dorado y suelto, cuando las dos pasaron de


trenzas y broches a la escuela secundaria dejándome a mí sola y a la
deriva en el mundo lleno de espinillas de octavo grado. Mi papá
siempre dice que estas chicas trabajan mejor en tríos. Yo pienso que el
trío siempre deja a una fuera.

Freddie me mira. Yorke sigue la mirada de Freddie y se detiene en la


mitad de la oración. Yorke me da una mirada fría, como si estuviera
atrapada en algo privado y secreto. Instantáneamente me siento como
de seis años. Freddie se da vuelta sobre su costado y se apoya en un
codo.

—Shane llamó —dice.

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Buscando en el fondo de mi bolso, encuentro y reviso mi teléfono. Dos
mensajes. Esos son de Dani y Len, de seguro. Y cuatro llamadas
perdidas. Mierda.

—¿A la casa también? —pregunto.

Freddie mira a Yorke para confirmar.

—Sip. —Asiente.

Me da otra mirada antes de rodar sobre su espalda y cruza una pierna


larga sobre la otra, su pie balanceándose impacientemente mientras
agarra su libro.

Yorke suspira y amontona su pelo arriba de su cabeza con un giro


descuidado.

—En caso de que te estés preguntando —dice, sonando muy molesta


mientras cruza sus brazos y se acurruca en su pequeña camiseta
ajustada contra su pequeño pecho— le dije a Shane que habías salido
con las chicas.

¿Chicas? ¿Cuáles chicas? Seamos honestos, realmente no tengo


muchas amigas, y mis hermanas lo saben. Solamente Dani y Len. En el
último par de años Dani ha estado a mi izquierda y Len a mi derecha,
en un orden descendiente por la altura, clases avanzadas, práctica de
animadoras y almuerzo. Incluso en los pasillos. Pensarías que las
extrañaría, considerando que se han ido por el verano, pero ni siquiera
he pensado mucho en ellas. Los ojos de mi hermana se posan en mí,
presumiendo y un poco entusiasmada.

Están esperando que les cuente mi historia, mi excusa por haber


desaparecido por un par de horas, ignorando mi teléfono, a mi familia y
a mi novio. Sé lo que quieren. Quieren que les cuente todo, de la forma
que siempre he hecho, para que así puedan comparar y contrastar mi
conducta actual con lo que debería ser, como siempre ha sido. Tomo
un respiro hondo y me preparo para tener mi cerebro limpio. Exhalo y no
digo nada. No estoy lista para que cada detalle de esta noche quede
expuesto, examinado y marchito. O que se decolore como huesos al sol.
Me alejo, dejándolas esperando, frunciendo el ceño juntas en el rosado
resplandor de la habitación de Freddie. Sé que tendré que pagar por

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esto más tarde. Pero por ahora todo lo que necesito es conservar esta
parte de mi vida para mí.

—De nada —grita Yorke, toda molesta y enfurruñada, mientras


desaparezco en el pasillo oscuro.

Abro la ventana sobre mi cama, dando la bienvenida al olor húmedo


del verano dentro de mi habitación con aire acondicionado al tiempo
que me subo a mi cama. No me molesto en escuchar mis mensajes. Ni
siquiera en sacarme el traje de baño. Tiro mi edredón sobre mi cabeza y
me escabullo a mis sueños.

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Capítulo 6
Traducido por alexiia☮♪, Lalaemk y Carol93
Corregido por Maia8

E
l parque está nublado y en silencio, el césped a lo largo del
borde de la carretera sigue durmiendo bajo una gruesa capa de
rocío. Las mesas de picnic de tablones sólidos y los cobertizos
industriales verdes de las mismas están resbaladizos con el agua
que se secará cuando el sol salga.

Un motor retumba en mis talones, el sonido de la gravilla suelta debajo


de los fuertes neumáticos se estrella en mis oídos cuando mi interés en
mis pies y la capacidad para dar un paso delante del otro se vuelve
algo sin importancia.

¿Cuán estúpida soy para pensar que iba a aparecer todos los días?
¿Cualquier día? Estoy segura de que tiene otras cosas que hacer, chicas
que ver, autos que conducir. Sea lo que sea que haga con su vida que
no conozco. Como todo.

Pero, ¿cómo hago para que mi corazón deje de perder el ritmo cada
vez que oigo un auto acercándose? No lo sé. Lo único que sé es que
después de casi una semana me siento como si poco a poco estuviera
retrocediendo, como si no hubiera más sorpresas en mi vida, nunca.
Conozco el siguiente paso que debo dar, y el siguiente y el siguiente.

Sólo tengo que seguir a Yorke y a Freddie, pasar, y recoger mis


doscientos dólares. Pero lo que realmente quiero hacer es encender ese
pequeño auto plateado, dar la vuelta y alejarme, pasar por encima del
zapato y el perro escocés, aplastar los pequeños hoteles de plástico y
las casas a medida que avanzo.

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Doy un par de pasos lentos mirando hacia el suelo, cambio mi bolso de
un hombro a otro con el más mínimo movimiento de mi cabeza, sólo
percibo el cromo pulido de un parachoques por el rabillo de mi ojo.

Mantengo la cabeza hacia abajo, finjo que estoy caminando a través


de una barra de equilibrio al igual que lo hice en el jardín infantil, talón a
punta, talón a punta. Pero Dios, ya sé que es él. Lo supe tan pronto
como sentí la falta de ruido del motor por la calle, vibrando a través de
las suelas de mis sandalias, zumbando justo en mi pecho y luego
desatándose hasta las puntas de mis dedos.

Además, ¿quién subiría tan cerca y tan lento? ¿Sin saludar, sin tocar la
bocina, sin ninguna advertencia en absoluto? Nadie más que Porter, así
que es él.

—¿Esto se va a convertir en un hábito? —pregunta.

No tienes ni idea, pienso mientras me doy la vuelta, girando hacia él


con mis pies en la profunda gravilla suelta.

Él está aproximadamente a dos metros de mí, estacionado


insensatamente en medio de la calle unidireccional, con un auto
verdaderamente grande que bloquea la posibilidad de cualquiera de
hacer un paseo rápido por la colina. Brillante y azul medianoche, el
auto tiene dos rayas negras gruesas de carreras en el capó y una línea
negra elegante que fluye a lo largo de los lados antes de terminar en un
rizo en los neumáticos traseros. Todo el cromo está pulido en una
dimensión más allá de brillante.

Es el tipo de auto que nunca se ve en la vida real, no conducido por la


calle, de todos modos. Ves los autos de este tipo sólo en los calendarios
que cuelgan en el taller mecánico donde mi padre lleva su camioneta
para el arreglo, o en los casilleros apestosos llenos de basura de los
aficionados a los autos en la escuela. Parece como si estuviera a la
espera de una modelo en bikini que se suba en el capó, arquee la
espalda, y sonría para la cámara.

—¿Qué hay de en una adicción? —digo, y luego me congelo,


sintiéndome transparente. Mi entusiasmo y el interés en él son tan fáciles
de leer como el adorno del capó bien pulido mirándome. Todo
plateado y brillante, dice desesperada, eh, dice Dodge.

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—De cualquier manera —dice él, dejando caer su mano sobre el
exterior de la puerta del conductor, mientras me mira con las cejas
levantadas—, es posible que necesites ayuda profesional.

Cuando me sonríe con esa sonrisa se le ilumina toda la cara, me siento


alerta, zumbando. Mierda. Al parecer, mi deseo no tiene hora fija. Esa
sonrisa tiene tanto efecto en mí al amanecer como en la oscuridad.

—¿Trabajas hoy? —pregunta.

Una podadora ruge a la vida cerca de la línea de los árboles mientras


un chico con un mono trabajando por la ciudad enciende los grandes
círculos enlazados necesarios para dominar temporalmente la capa de
hojas espesa que cubre el parque.

Lucho con mi respuesta, ponderando mi deseo de no parecer


desesperada en contra de mi desesperación por verlo de nuevo.

—Nop —respondo, las escalas mentales, obviamente, inclinadas a su


favor.

Mira inquisitivamente el bolso que descansa a mis pies.

—Bueno —le digo, sonriendo tímidamente—, no hasta más tarde.

Miro para otro lado, avergonzada, y moviendo las manos alrededor de


la dirección general de la piscina. Sé que tengo un grave problema con
Porter. Me gustaría dar pruebas de lo contrario, pero en realidad, aquí
estoy a punto de que amanezca, con los labios pintados, toda envuelta
en encaje de color rosa, mi traje de baño empacado en mi bolso con
mi silbato. Y ni siquiera tengo que trabajar esta mañana.

—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí? —pregunta.

Mi cerebro piensa: Duh, esperando por ti. Pero de alguna manera me


las arreglo para mantener los labios cerrados mientras retuerzo los dedos
en mi cabello e inclino la cabeza. Mi cerebro va de cero a cien,
tratando de eludir lo evidente. Soy como ese experimento científico que
aprendimos en el octavo grado con la campana y los perros, no
importa lo mucho que odie la comparación. El sonido del motor de un
auto hace que gire la cabeza. Ni siquiera puedo imaginar lo que

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sucedería si alguien moviera los faros hacia mí. Probablemente correría
descalza por una calle pavimentada de vidrio.

Evitando su mirada, me conformo con:

—Ya sabes, no mucho.

Sé que soy una mentirosa de mierda. Uno pensaría que habría


aprendido un poco viviendo con la maestra, pero mientras Yorke puede
hacer girar las mentiras en proporción evangélica, yo nunca conseguí
agarrarle el truco. Avanzo, vacilo, me pongo en ridículo y pierdo la
noción de lo que he dicho o pensado, y después vuelvo atrás y meto la
pata de nuevo. Nada bien. Ahora robo una página del libro de Freddie
y guardo silencio, dejando que mi pobre explicación penetre en su
interior.

La tapicería de cuero clásico chilla ligeramente por debajo de sus


pantalones vaqueros cuando Porter se inclina y levanta el bloqueo de
la puerta del pasajero. Me sonríe de nuevo y le da un gran impulso a la
puerta pesada, balanceándola para que se abra.

—Vamos a cambiar eso —dice.

Alzo las cejas, mis ojos preguntando sí, y sus ojos diciendo sí como
respuesta, así que lanzo mi bolso en la pequeña caja del asiento trasero
antes de que él cambie de opinión y me deje parada en la orilla de la
carretera, una vez más. Por lo menos me gusta pensar que estoy
aprendiendo.

Tiro de la puerta para cerrarla con un golpe sólido, y Porter prende la


radio. El auto está impecable por dentro, los asientos de cuero cosidos
son suaves, y todo está pulido y cuidado.

Porter se ve seriamente fuera de lugar detrás del volante de cuero. El


que tenga el cabello sucio, una camiseta blanca arrugada y jeans
raídos me hace dudar que este sea su auto.

El interior se llena con los sonidos de rock clásico. Me siento bien y veo a
Porter manejando, su muñeca descansando fácilmente a lo largo de la
parte superior del volante.

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Pasamos al chico de la podadora. Se remanga su mono, preparándose
para un día caluroso. El mono se balancea mientras él camina, las
mangas atadas a la cintura como un cinturón. Nos da un guiño y un
saludo con dos dedos antes de dirigirse a la dirección opuesta.

—¿A dónde vamos? —pregunto sobre el motor, la radio y la podadora.

Aquellos ojos verdes parpadean para mí un segundo antes de que él


diga:

—A obtener ayuda profesional. —Luego se estira, se mueve sin


problemas, y hace gruñir el motor tan fuerte que vuelvo a dejarme caer
en mi asiento.

Cuando mis padres estaban en secundaria, antes cuando la primavera


era seca y el agua estaba todavía clara y fría, solían venir aquí, a la
cantera, para aparcar y nadar. Ahora es sólo un agujero cubierto de
grafitis en el suelo. Las excavadoras todavía están estacionadas en la
parte inferior, oxidadas y podridas. Si entrecierras los ojos, se ve como un
modelo a pequeña escala del Gran Cañón, sólo que de una forma
menos colorida y mucho, mucho más pequeña.

Porter se gira hacia mí, levanta las manos con las palmas hacia fuera, y
trata de verse como la imagen de la inocencia, mientras dice:

—Déjame empezar por decir que no soy realmente un profesional.

—Está bien.

—Pero sí creo que puedo ayudarte con tu problema.

Me recuesto, ligeramente ofendida.

—¿Tengo un problema? —Él asiente.

—Ya sabes, dicen que el primer paso es admitirlo.

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Dios, pienso, retrocediendo y envolviendo mis brazos apretados sobre mi
pecho, sabe que soy una adicta a él. Bueno, tal vez es obvio, pero no es
como si eso garantice una intervención o algo así.

—Vamos a cambiar —dice Porter repentinamente. Él sale del auto,


dejando su puerta abierta mientras corre alrededor hacia mi lado.

De repente su camiseta blanca está allí, al nivel de mi ventana abierta.


Él mueve su dedo en el aire impacientemente.

—¡Cambio! —ordena y abre mi puerta, y apenas tengo tiempo de salir


antes de que se siente en mi asiento y mueva su dedo alrededor otra
vez, señalándome que vaya hacia el asiento del conductor. Me dirijo
hacia el frente del auto, mirando sospechosamente a Porter por el
rabillo de mi ojo mientras camino. El sonido de mi puerta cerrándose
hace eco a través de la calle vacía conforme me deslizo dentro del
asiento de Porter. Busco para ajustar el espejo retrovisor. Verifico mi
cabello.

Me dirijo a Porter y pregunto:

—Perdón, pero exactamente, ¿cuál es mi problema?

—Un paso a la vez —dice calmadamente, y si conociera a este chico


mejor y de verdad, pensaría que está siendo condescendiente.

—Primero —dice y se acerca, su mano envolviendo cálidamente mis


dedos—, vamos a conseguir que estés cómoda con el manejo de la
palanca.

Levanta mi mano, lentamente jalándola hacia él, y la coloca


cuidadosamente sobre la palanca de cambios de cuero y cromada.
Deja mi mano por un segundo y simultáneamente se derriten mis dedos
y mi cerebro. Le da a mis dedos un apretón y retira su mano.

—Sostenla —dice orgullosamente con una inclinación de cabeza hacia


el palo plateado envuelto en mis dedos palpitantes.

—¿Es enserio? —pregunto con incredulidad, dándome cuenta hacia


donde está yendo.

Él asiente hacia mí con una sonrisa.

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—Sabes, tengo una licencia.

—¿Es enserio? —pregunta, y su sonrisa se amplía.

—Sí —jadeo—. ¿Quieres verla? —Ya estoy girándome, dejando la


palanca mientras me estiro hacia el pequeño asiento trasero por mi
bolso.

Ahora, no sé por qué le molesta que no maneje o por qué me molesta


que le moleste a él. Aparte de mi papá, quien me compró un auto
nuevo que sólo está en nuestro camino, recogiendo polvo y miradas
celosas de todos los adolescentes del pueblo, mi falta de habilidad
para manejar no parece molestarle a nadie. Bueno, tal vez a Yorke y a
mi madre, y probablemente un poco a Shane. Pero realmente, eso es
todo.

Finalmente alcanzo la correa acolchada de mi mochila y la coloco


sobre mi regazo. Empiezo a buscar conforme Porter se inclina hacia
atrás, relajándose en el pequeño espacio entre el asiento y la puerta del
pasajero.

En algún lugar en el fondo de mi bolso, junto al silbato y algunos


tampones, la encuentro, embarrada con un poco de bálsamo para los
labios. La prueba legal y laminada de que puedo conducir.

La sostengo para que él pueda verla, empujándola hacia su cara


dudosa, y digo:

—¿Ves?

La toma y la estudia como si no pudiera creer que sea real. La limpia


con la pierna, dejando una mancha de cereza de bálsamo en su
pantalón, antes de volver a mirarme.

—Linda fotografía —dice, golpeando el plástico.

Se la quito y la vuelvo a meter en el interior de mi bolso.

—Muy gracioso —digo entre dientes, sintiendo inesperadamente el


rubor subiendo en mis mejillas.

Mantengo mi cabeza agachada, sin encontrar sus ojos mientras reúno


las cosas que aterrizaron en mi regazo durante la búsqueda. Llaves,

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cepillo, una botella de barniz azul oscuro que mi madre había prohibido
tan pronto como vio las uñas de mis pies pintadas, ligas de cabello.
Arrojo todo en mi bolso y lo tiro al asiento trasero.

Porter se sienta derecho y silencioso. La carretera en la distancia, el


camino que tomamos para llegar aquí, es el único sonido que puedo
escuchar sobre mis inhalaciones cortas y cálidas. Cada otro sonido
parece apagado y absorbido por la cantera frente a nosotros.

Es como si Porter supiera, de alguna manera, que si esperaba, yo


olvidaría esta rabieta momentánea de ira y enojo. Que es sólo
temporal, porque sé que él estaba bromeando, pero estoy nerviosa y
asustada, y no me gusta hacer cosas en las que apesto. Y tengo el
presentimiento de que voy a apestar en esto. A lo grande.

Exhalo.

—¿Realmente vamos a hacer esto? —pregunto.

—Sólo pisa el embrague —dice.

¿Embrague? No estoy realmente segura de dónde está eso. Miro abajo


hacia mis pies, escondido en algún lugar bajo el salpicadero pulido.

Muevo mis dedos del pie para mostrarme a mí misma de que todavía
existen y pregunto:

—¿No puedo mostrar mi talento con, ya sabes, una palanca de


cambios normal

—¿Una automática? —pregunta, y en ese segundo se que ha perdido


toda su fe en mí, o al menos en mi profesada capacidad para conducir.

Lo miro con cautela y lo veo metiendo su mano por su cabello,


revolviéndolo.

—Vamos a ver de lo que realmente eres capaz —dice calmadamente


mientras me sonríe—. Luego el resto será fácil.

Exhalo de nuevo, fuerte esta vez, alejando el cabello de mi cara


mientras me volteo hacia él, mis manos todas tensas y húmedas, con la
esperanza de que cambie de opinión y de alguna manera encuentre su

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camino de vuelta al asiento del conductor, esperando que mis nervios
no se muestren en mi cara, pero de seguro lo hacen.

—Sólo muéstrame lo que puedes hacer —pide—. Tú me lo dijiste. —Pone


su mano sobre su corazón como si estuviera recitando el juramento de
fidelidad y dice en un ridículo falsete—: Tú incapacidad provoca una
aversión.

—Para que conste —digo—, no sueno así. Y… —continúo mientras me


estiro hacia abajo, mis dedos sintiendo cautelosamente el borde de mi
asiento con mi mano izquierda—. Necesito estar más cerca.

Busco a tientas alrededor de la palanca para ajustar las cosas, pero no


hay nada ahí.

—En un auto real —dice Porter mientras se acerca y se inclina cerca,


con su brazo entre mis piernas—, lo mantenemos aquí.

Inhalo su olor mientras encuentra la parte correcta en el lugar exacto, y


me deslizo hacia delante, mientras él se reclina.

—Gracias —digo.

Me ajusta el asiento bien y cerca, para que mis brazos puedan estar en
las requeridas diez y dos5, con el codo ligeramente doblado y un firme
agarre en el volante. Ya saben, lo suficientemente firme como para
poner mis nudillos blancos y brillantes.

Porter levanta las cejas.

—Es común practicar para conducir con los brazos y piernas, no con tus
pechos.

No soy una conductora segura. Y tampoco soy una conductora que


tenga grandes pechos, estoy sentada tan cerca que prácticamente
están tocando el volante. Separada por pocos centímetros, mis pechos
empujarían justo a través del volante y limpiarían el clásico tablero
limpio.

—Oye —digo claramente a Porter sin mirar en su dirección general —.


Pasé mi prueba de esta manera.

5Se refiere a la forma de tomar el volante.

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—Apuesto que lo hiciste —concuerda, y me giro para darme cuenta de
que está mirando hacia mi pecho.

Es raro escuchar comentarios acerca de tus bienes de alguien que


realmente los ha tocado. Quiero decir, sé que los ha tocado, puedo
recordarlo vívidamente, pero se siente extraño pensar en ello cuando él
está sentado allí mismo, y estoy segura de que recuerda que los ha
tocado y probablemente está recordándolo en este momento, y tal vez
ahora no es el mejor momento para estar pensando en ello. Estoy a
punto de manejar después de todo.

Considero deslizar hacia atrás el asiento, pero entonces no seré capaz


de ver claramente por encima del gigantesco capó a rayas al hoyo
con escombros de la muerte frente a nosotros.

—Puedo conducir, sabes —digo, deslizando mis manos alrededor del


volante.

—Sigues diciendo eso —replica Porter, asintiendo hacia el terreno


abierto a nuestro alrededor—. Ahora vamos a verlo.

Me resulta imposible agarrarle el tiro al embrague. Aparentemente es un


sentimiento, o al menos es lo que Porter continúa diciéndome,
repetidamente, mientras avanzamos dando tumbos sólo para terminar
parados de nuevo, a metro y medio del último lugar en que dimos
tumbos y paramos.

Levanto mis manos, rechazando cualquier sonido que Porter podría


hacer, cualquier instrucción, cualquier comentario, crítica o útil perla de
sabiduría. No quiero escucharlo. Miro detrás de mí para ver mi último
grupo de derrapes en las piedras. Puedo seguir mi vergonzosa
trayectoria a través del terreno con bastante claridad desde un punto a
otro.

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Temerosa de que una de esas veces vaya a dar tumbos justo sobre el
borde y dentro de la cantera, ajusto el espejo retrovisor y me siento
derecha. Dios, ¿Qué tan difícil puede ser?

Enciendo el auto. Aprieto el embrague. Puedo escuchar a Porter en mi


cabeza, repitiendo calmadamente las instrucciones, paso por paso,
mientras lo intento de nuevo. Lentamente suelto el embrague, y
despacio piso el acelerador.

Siento el tirón del acelerador antes de que realmente hubiera soltado el


embrague. Después todo el auto vibra un poco así que presiono el
acelerador fuertemente, más fuerte de lo que lo había hecho nunca,
tan fuerte que escucho la grava floja soltarse debajo de nosotros
mientras el motor ruge y nos movemos, y estoy tan emocionada de que
realmente nos estemos moviendo y de que no fallé y continúo andando
y andando, manteniendo el acelerador hasta que entro en pánico y
grito:

—¡Porter!

El borde de la cantera estaba justo ahí, justo encima del salpicadero, así
que piso el freno con los dos pies y paramos en una violenta sacudida
con la frenada, una frenada que nos arroja como maniquís de prueba
de choques y me deja perdida en una nube de cabello rubio. Puedo
sentir la vergüenza sonrojar mis mejillas mientras tiro mi cabello hacia
atrás, luchando por salir debajo del enredo de los largos hilos de oro.

No mucha gente me ve así. Desordenada. Fuera de lugar. Totalmente


fuera de mi elemento. Fracasando. Normalmente participo sólo en
actividades que sé que puedo dominar, actividades que mis hermanas
han dominado antes y que he observado y memorizado y he sido
propiamente preparada. Es más fácil de esa manera.

—¿Te das cuenta de que ese no es mi nombre? —pregunta Porter en


voz baja mientras me agacho, evadiendo sus ojos, y aprieto el
embrague, encendiendo el auto de nuevo.

Escuchando sus instrucciones en mi cerebro y no su voz de verdad,


lentamente suelto el embrague mientras piso un poco el acelerador.

—¿Qué?

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Por encima del rugido del motor, con el embrague apretado y mi pie
derecho acelerando, lo escucho decir claramente:

—Mi nombre no es Porter.

La sorpresa hace que mi pie salga del embrague, y apago el motor, de


nuevo. Descansando mi frente contra el volante, pregunto:

—¿Qué me estás diciendo?

Se inclina hacia adelante y apaga la radio de un golpe.

—Te estoy diciendo —repite— que mi nombre no es Porter.

Pero esta vez lo dice realmente lento y fuerte, como si fuera sordo o
retardado. O yo lo fuera.

Me imagino la noche que nos conocimos. Veo su chaqueta roja. Porter


está cosido ahí, sobre su corazón, con hilo brillante que parpadea
dorado en mi memoria. Incluso Roger lo llamaba Porter, lo recuerdo, y
estoy bastante segura que él respondió cuando Roger lo llamó así.
Considero la posibilidad de que quizás me dijo su nombre esa noche y lo
olvidé, que sólo se arremolinó fuera de mi cerebro con todo el vino, los
besos y el rodar sobre el pasto suave.

Me siento todavía demasiado confundida como para alterarme por su


tono. El auto, la cantera, incluso mi cerebro están muy tranquilos, y
entonces comprendo todo. Aquí estoy con este chico de nuevo, este
chico con el que he pasado tiempo serio e íntimo, y no sé ni siquiera su
nombre. Dios, podría simplemente morir. Llevarnos a ambos por ese
acantilado justo ahí, sumergiéndonos delante de las rocas puntiagudas
y la pintura en aerosol desgastada del 87, grafitis y basura pasando
sobre nosotros, las últimas cosas que veríamos en nuestro camino al
fondo dentado y sedimentado, hacia nuestras muertes aseguradas. Y ni
siquiera sabía el nombre del chico. Mierda.

Cuando envíen a alguien del diario local para cubrir la tragedia, el


titular dirá: LA FUTURA ENCARGADA DEL DISCURSO DE FIN DE AÑO, LEAH
JOHNSON Y ALGÚN CHICO DESCONOCIDO MURIERON EN UN TRÁGICO
ACCIDENTE DE AUTO. Va a haber una foto obligatoria del enorme auto
destrozado en el fondo de la cantera, con un espiral de humo de hollín

Página 89
negro. “Si, ella estaba conduciendo” va a decir la gente mientras
admiran la matanza. “¿Tuviste al menos que preguntar?”

Dejando mi fuerte apretón sobre el volante, me inclino hacia atrás y


sacudo mi cabeza, tratando de despejarla.

Suspirando, me doy por vencida completamente y pregunto:

—¿Cuál es tu nombre entonces?

—Duffy. Jon Duffy. JD.Túeliges.

¿Duffy?

Mis ojos se hacen más grandes, y tomo un respiro mientras me giro hacia
él, pero antes de que pueda siquiera preguntar, Porter continúa en una
voz larga, cantarina.

—Sí, soy Jon Duffy, hijo de Don Duffy, Gran Duff, como probablemente lo
conoces.

Bueno, claro que lo conozco. Todos lo conocen. Gran Duff es casi tan
notorio como Sam, Sam, el hombre de UPS, por salir con cada mujer
recientemente separada o divorciada en el pueblo. Mientras Sam se
mueve por la ciudad en su camión marrón con sus pantalones cortos
marrones, haciendo "entregas especiales,” Gran Duff se mueve en el
club de campo con un palo de golf y una sonrisa perversa. Él es el
profesional del golf en nuestro club y un integrante permanente sobre
los campos y en la casa club.

Mi papá juega al golf con él a veces si necesita a alguien para llenar un


grupo de cuatro personas durante las últimas horas de la tarde. Él es un
hombre grande y fuerte, con un backswing 6 potente y una risa
escandalosa. Puede ser llamado Gran Duff pero mi padre dice:
“Todavía no lo he visto darle una paliza7 a alguien.” Le creeré en eso,
pero en secreto me pregunto cómo alguien puede balancearse
alrededor de un estómago tan grande. Personalmente, dejé el golf para
siempre cuando mis pechos comenzaron a interponerse en el camino.

6
Backswing: cuando se mueve el palo hacia atrás para tomar impulso, justo antes de
dar el golpe.
7Juego de palabras entre el apodo (Gran Duff) y dar una paliza (to duff).

Página 90
Lo he visto en el bar del club en las noches sociales, hablando sobre golf
y riendo en alto, sus mejillas coloradas y su línea de cabello con
entradas. Normalmente tiene un brazo alrededor de una rubia
bronceada que viene complementada con adornos en diamante,
patas de gallo hidratadas y dos hijos adolescentes, mientras su otra
mano remueve los pedazos de limón dentro de su bebida alta y clara.

—Tus rodillas están temblando —dice el hijo de Don Duffy, inclinando la


cabeza hacia mis piernas.

Miro hacia ellas. Se ven algo graciosas, como si no pertenecieran a mi


cuerpo. Porter, Duffy, Jon Duffy, JD, Gran Duff, embrague, acelerador,
freno, embrague. Hay muchas opciones.

Mirando fijo hacia la cantera, digo:

—Creo que tuve suficiente de esto.

—Tienes razón.

Abre su puerta, salta hacia afuera, y hace su camino por delante del
auto, sus dedos arrastrándose sobre el capó azul mientras camina.

Llega a mi lado.

—Huele un poco a caliente —dice.

Eso no es realmente lo que quise decir, pienso mientras olfateo al aire,


tratando de oler la diferencia entre un motor caliente y un chico
caliente. No quise decir que he tenido suficiente de este asunto de
conducir, quise decir más bien que creo que he tenido bastante de este
asunto de quién rayos eres tú, pero él ya está aquí, tirando mi puerta
para abrirla como un caballero, y realmente no quiero meterme con él,
ya que es prácticamente un extraño y casi nos lanzamos sobre un
agujero oscuro y rocoso perfecto para arrojar chicas adolescentes
muertas por el desafío con el embrague. El hijo de Don Duffy ha
decidido que él debería conducir, y entonces así será.

Salto sobre la grava hacia el lado del pasajero. Él enciende el motor


mientras me deslizo por mi asiento, y entonces lo siento, como un fuerte
tirón en mis tripas, el tirón y el cambio mientras el embrague se suelta y
el acelerador toma su lugar en una transición absolutamente suave

Página 91
bajo el control de Porter, sin pausa, tambaleo o reticencia. Entonces,
pienso mientras me relajo, deslizándome en el acolchonado cuero, así
es como se debería sentir.

Apenas nos estamos moviendo, pero necesito saber antes de que


vayamos más lejos o más rápido, así que lo miro y pregunto:

—¿Sabes mi nombre?

Gira el auto lentamente, la grava chocando y saltando gentilmente


debajo de las ruedas. Él se gira y se desliza hasta que nuestras frentes
casi se tocan.

—Sí —dice, sonriendo—, claro que sí. —Me besa en la frente—. Eres
Leah.

No sé cómo lo sabe. ¿Se lo dije? Pensé que si, pero no. Pensé que no
sabía, pero lo sabe.

—¿Entonces por qué tu chaqueta dice Porter? —Mi dedo bordea


alguna seda invisible en mi camiseta, directamente encima de mi
corazón.

—Es porque soy un portero8 —dice simplemente mientras gira el volante


bruscamente, poniéndonos fuera de las rocas y el peligro y hacia el
zumbido de la autopista—. En el club. Es mi trabajo. Estacionar los autos,
lavarlos, cuidarlos. Y ya sabes, ocasionalmente —Sonríe hacia mí
mientras gira hacia la izquierda en la autopista y finalmente golpeamos
el asfalto con un graznido y dejamos la grava polvorienta para bien—,
conducir los autos.

—Asumo que eso explica los autos.

—Sí, supongo que lo hace —responde mientras da un cambio más alto


y salimos.

La cantera se ha hecho una pequeña tira de rayas púrpuras y de


bronce en el brillante espejo ovalado fuera de mi ventana abierta
cuando finalmente lo entiendo. Ah, pienso mientras me dejo caer de
nuevo en mi asiento, un poquito impresionada.

8Porter: portero, maletero, valet parking.

Página 92
—Miraste mi licencia —le digo.

Él se ríe y toma mi mano, frotando su pulgar suavemente sobre mis


nudillos.

—Inteligente y atractiva —dice—. Justo mi tipo.

Sonrío abiertamente, bizqueando en la luz del sol. Eso es exactamente lo


que yo pensaba.

Página 93
Capítulo 7
Traducido por loveliilara y Dangereuse_
Corregido por Micca.F

R
ecuerdo la hierba en nuestra vieja casa del lago. Era como una
alfombra verde, fresca y espesa todo el verano. Era buena para
correr con los pies descalzos, y teníamos un montón de árboles.
Robles. Algunos enormes que hacían grandes sombras y casas en
los árboles que podían albergarnos a las tres tumbadas en una hamaca
sin problema.

Aprendí golf en ese césped inclinado en la delantera. Con sus grandes


brazos envueltos alrededor de los míos, mi papá me ayudó a alinear mi
tiro con mi putter pequeño9, y luego veíamos a la bola blanca con
hendiduras girar lejos en la distancia, y más y más, hasta que casi era
demasiado oscuro para ver en la hierba espesa.

Pero esta casa es demasiado nueva, la hierba comenzó como semilla,


los árboles son demasiado pequeños para proporcionar alguna sombra.
Algunos de ellos todavía están estacados, pero estamos esperando que
crezcan durante el calor del verano. No ayuda que no haya llovido en
lo que se siente como una eternidad.

Salgo de la casa temprano por la mañana. Mi madre mira sobre el


borde de su latte, con la cuchara descansando sobre el borde de su
plato, porque siempre debe haber un plato, me da una rápida
inspección visual, y se complace de mi brillo labial antes de volver a su
revista de bodas. Una lamida corta a su pulgar y me despide mientras
ella hojea la siguiente página brillante, y yo me pongo en mi camino.

9Putter: Tipo de palo de golf con el que se ejecuta el tiro llamado putt.

Página 94
El césped cruje y se aplana bajo mis pies mientras yo corto un ángulo de
pendiente interminable a través de nuestro patio, ignorando el zumbido
que sale de mi bolso mientras Dani y Len llaman nuevamente,
probablemente después de pasar toda la noche en vela. Evito nuestro
largo camino negro tanto como sea posible y, con eso, la inminente
llegada temprana de Roger.

Como un reloj, reduce la marcha mientras hace su giro estilo militar


exactamente a las 8:15 a.m. cada día. Exactamente.

Una vez me quedé dormida —creo que fue después de una dura noche
de rechazar a Shane— y ahí estaba yo, todavía medio dormida,
recostada en el desayunador con mis hermanas, tomando un poco de
leche con chocolate espeso, cuando sonó el timbre. Oí los tacones de
mi madre sonando a través del vestíbulo y luego su voz sonó en la
cocina: “Oh, Roger, eres casi de la familia ahora... no hay necesidad de
tocar el timbre”. Roger se metió en desayunador, prácticamente me
exprimió, y se inclinó para rodear con sus brazos el estómago de Yorke y
darle lo que yo pensaba que era un beso muy descuidado, para ser tan
temprano, o incluso para no serlo. Casi vomité.

Ahora me aseguro de escapar temprano, y después de semanas de


práctica puedo hacer todo el camino por el patio y el borde de la
calzada antes de que aparezca la gran sonrisa y el falso saludo de
Roger justo mientras hace un ángulo de noventa grados con su auto
rojo y detiene el avance.

Libre por el día, hondeo mi bolso y balanceo las caderas a lo largo de la


ruta del parque, nunca segura de cuándo y cómo aparecerá Porter,
pero segura de que lo hará. Resulta que él estaba en lo cierto, se ha
convertido en un hábito.

Cada vehículo es diferente. Cada día es nuevo. Él sólo llega, frena, y mi


vida cambia. Cuando mi trasero se instala en la urdimbre de algún otro
asiento, se siente como si Porter y yo estuviésemos empezando otra vez,
frescos y nuevos.

El olor del perfume de un extraño, la sensación de la tapicería, las


envolturas y los mapas, lápices y guantera, cada vez son un
descubrimiento. Es muy parecido a mi relación, si se le puede llamar así,
con él.

Página 95
Son trozos y piezas que se pegan en mi mente para hacer un todo. Dos
horas aquí y luego diez minutos allí. Parte de una historia sobre su padre
que es cortada porque el auto en el que estamos dando vueltas es
devuelto, o una larga descripción de la cicatriz que me di cuenta que
tiene en su mano y cómo la obtuvo cuando tenía doce años y quería
pintar su habitación y trató de abrir una lata de semi-brillante negro con
un destornillador plano gigantesco que optó por deslizar fuera de la
ranura y lo apuñaló en la mano que estaba tratando de mantener todo
estable.

Sé que él y Gran Duff no se llevan exactamente bien, pero se toleran


mutuamente. Que Gran Duff abandonó a Porter y a su mamá cuando
Porter tenía cinco años y que empezó a beber. Que Gran Duff ahora
está limpio y sobrio (me sorprende) y tiene un horno tostador con el que
le gusta cocinar pizzas personales. Que Porter le tiene que enseñar
cómo hacerlas cada vez. Que Porter piensa que los cigarrillos de Gran
Duff o el horno tostador van a quemar la casa una noche.

Nunca la he visto, la casa a punto de arder en llamas por un horno


tostador, pero me imagino un sillón de cuero y un sofá a juego cubierto
con una cinta de vinilo descuidada para esconder las quemaduras de
cigarrillos y las áreas desgastadas. Éste es un hombre muy decorado y
tiene un ligero olor, probablemente la sobre-exposición de la colonia de
Gran Duff mientras él se va a sus citas.

Sé que Gran Duff hace tres cosas religiosamente: las reuniones de AA los
miércoles por la noche, la hora del té a las 6 a.m. los jueves, y el servicio
los domingos por la mañana, y no es feliz si Porter no se une a él en
alguna de las tres.

Porter es difícil de definir, por lo que sé cómo se siente Gran Duff. Él


cambia de autos de la forma en que yo cambio de ropa o de brillo
labial. Puede aparecerse en el auto prestado de alguien que está en
una clase de tenis, o en un jeep de un aficionado a la cera fresca,
incluso en un Mercedes dorado, propiedad de una esposa trofeo que
está pasando el día en el spa del club. Yo salto dentro y Porter desliza el
brazo a lo largo de la parte posterior del asiento, con los dedos
precipitándose a través de la tapicería antes de caer sobre mis hombros
bronceados y después nos vamos.

Página 96
Nunca sé hacia dónde vamos. Podría ser el parque, o la cantera, tal vez
el lago, o incluso la carretera con curvas que pasa por el acantilado.
Con Porter parece que nada está fuera de camino o es demasiado
lejos de los límites. Es tan impredecible que es perfecto.

Una vez pasamos la mañana aparcados frente a la gran pantalla del


auto-cine abandonado a dos pueblos de aquí. El parabrisas estaba
dañado, pero el Porsche blanco era completamente nuevo.
Curiosamente, el salpicadero, y prácticamente toda la superficie visible
desde el asiento del conductor, estaban cubiertas de notas post-it10 de
color neón, de las pequeñitas, tan pequeñas que es prácticamente
imposible escribir en ellas. Estaban pegadas al cuentarrevoluciones 11, a
la pantalla de la radio y a los posavasos. Estaban por todas partes.

Puse los pies en el salpicadero y eché la cabeza hacia atrás, riendo


mientras Porter despegaba cada nota, entrecerraba los ojos, e
intentaba descifrar la diminuta escritura, leyéndola en voz alta si podía,
antes de poner la nota en un lugar completamente diferente. Más tarde
ese día encontré un Post-it rosa pegado a la suela de mi sandalia.
Rayado y sucio, simplemente decía: “Lavar en seco”. Lo doblé y lo metí
en el bolsillo delantero de mi mochila. Quizá las camisas de alguien
pueden ser olvidadas, pero nunca olvidaré ese día.

Ocho días después conducimos durante muchísimo tiempo en un


Cadillac totalmente sucio y repugnante que tenía lentejuelas verdes y
moradas del Mardi Gras colgando del espejo retrovisor y migajas de
origen desconocido esparcidas por todo el suelo. Salimos corriendo,
dejamos las puertas abiertas, sumergimos los pies en un río que estaba a
tres condados de casa, frío y cubierto de musgo, para simplemente
volver corriendo al banco y volver a casa a tiempo con los tobillos
goteando para que Porter le devolviese el auto a un hombre mayor que
llevaba unos pantalones de golf a cuadros. Porter me dijo al día
siguiente que el hombre le dio quince dólares de propina por cuidar tan
bien de él.

Algunas veces se pasa por allí con sólo un minuto disponible y tomamos
zumo de naranja y donuts con azúcar espolvoreado y lo hacemos sobre

Notas post-it: Pequeñas notas adhesivas de papel. Su color y tamaño pueden variar.
10

Cuentarrevoluciones: Aparato que sirve para medir la velocidad de rotación de un


11

motor, o de otro mecanismo, expresada en número de vueltas por unidad de tiempo.

Página 97
el capó de algún auto al azar en el aparcamiento del Supervalue. Él es
dulce y pegajoso, y quiero tragármelo entero.

No me imagino cómo explicarle ésta confusión, anticipación e


inesperado placer a alguien, especialmente a algún miembro de mi
familia. Así que por ahora no lo hago. Sé que estoy a salvo porque mi
madre está enterrada en ejemplos de invitaciones y opciones de
caligrafía y Shane está escondido bajo un casco, sudando en el campo
de cincuenta yardas12 que está a unas cuantas cuadras.

Se podría pensar que a estas alturas estoy acostumbrada a ello, pero


Porter todavía me deja sintiéndome completamente despierta y
temblando. Antes, sabía exactamente lo que iba a pasar, cómo, con
quién y cuándo. Pero la vida con Porter pasa muy rápido, una fiesta de
besos y productos de supermercado horneados y andar a escondidas.

Con Shane es como si alguien estuviese frenando, duro. Pasamos


nuestras noches pegados el uno al otro, viendo películas o jugando al
minigolf, donde siempre gano porque sus manos son demasiado
grandes para maniobrar el palo pequeño. Comemos hamburguesas y
patatas fritas en los autoservicios, con las bandejas apoyadas en la
puerta de su auto, los vasos de vidrios que gotean llenos de soda, y la
mano húmeda y pesada de Shane en mi muslo.

Ya no encajo en el auto de Shane. Y solía pensar que estaba hecho


para mí. Sé que si inclino la cabeza hacia la derecha, puedo verme en
el espejo retrovisor y el espejo lateral al mismo tiempo. Uno de mis
tampones está guardado, en caso de emergencia, en la parte posterior
de la guantera. Mi cepillo para el pelo está tirado en el asiendo trasero.
El interior huele a mi perfume. Soy dueña de este chico.

Pero ahora me encuentro tironeando del cinturón de seguridad,


apartándolo de mí. Me está rozando el cuello, apretando y
presionándome demasiado contra el asiento. Forcejeo, y Shane se
inclina, tocándome el cuello, intentando inclinarse y besarlo,
preguntando:

—¿Aquí?

Lo alejo, quejándome.

12 Referencia a los campos de entrenamiento de fútbol americano.

Página 98
—Me hace daño.

Es una arena movediza. Cuanto más lucho, más me hundo. Me siento


acorralada y confusa. Al final me rindo y cierro los ojos.

Veo campos y granjas pasando por mi mente, la tierra es blanda y


oscura al tiempo que pequeñas plantas verdes salen al sol de la
mañana, una sonrisa brillante y unos ojos brillantes al volante a mi lado,
con el camino abierto y desconocido ante nosotros.

Éste camino existe en un espacio que es todo mío. No tengo que


compartirlo con nadie. Es la parte más importante de mi vida pero está
completamente separada de mi vida actual. No se trata de una pieza
de un conjunto a juego, no se ha hecho antes, simplemente no
memoricé los pasos mientras observaba el tap tap tap de Freddie
mientras la cortina se levantaba.

Cuando los labios de Shane rozan mi oreja, abro los ojos de golpe y
todo se detiene. Enfoco la realidad, y sé exactamente a dónde va a ir a
parar esto, tanto si quiero como si no: más viernes por la noche, más
movimientos torpes en los asientos traseros, más besos descuidados y
sentimientos que no son nada del otro mundo y cogernos de las manos
constantemente en los pasillos.

Me siento como el último auto del desfile del Cuatro de Julio, el que está
atascado detrás de los caballos y la banda de la escuela secundaria,
entorpecido por las marchantes, las chicas de tercer año que giran
bastones y que, año tras año, no parecen aprender a girar bastones.
Estoy dando marcha atrás.

Página 99
Capítulo 8
Traducido por Selene, dark&rose y Cami.Pineda
Corregido por Micca.F

V
alerie está oficialmente del color del café mañanero de mi
madre. Sí, en seis semanas se ha convertido en una luz
cancerígena marrón, la aproximación humana de un mocca
doble bajo en calorías con extra crema y dos paquetes de
edulcorante de color rosa.

Lo admito, tenía mis dudas de que pudiera broncearse cuando entró a


la piscina el primer día, toda frágil, pálida y blanca, y después salió toda
rosada y quemada, pero hoy, mientras la observo a través del reluciente
vidrio de la ventana de la oficina, con el nido de abejas sobre la valla
metálica de la piscina y el cielo gris como su telón de fondo, sin duda se
ve un poco menos enferma. ¿Quién sabe? Al final del verano podría
asemejarse a una persona real. Tal vez.

Agarro un lápiz y garabateo rápidamente mis iniciales en el borde


arrugado donde está anotado todo el personal de la piscina en la
manchada hoja. Dice ¡MANTÉNGASE SEGURO, SALGA DE AHÍ! Y alguien
convirtió el punto del signo de exclamación en la cabeza de un
nadador, ahogándose en un mar de olas azules. En marcador negro un
tiburón nada a morderle los tobillos.

Saco mi toalla enrollada, silbo y me detengo para verme en el espejo


que cuelga al lado del marco de la puerta descascarada. Ignoro a los
chicos de primer año que me miran boquiabiertos observando todos mis
movimientos y a Margo con su voz de hombre, paso por la cubierta, mi
traje de nadar me hace ver más alta, voy dando pequeños pasos.

Página 100
Valerie hace un giro, se tropieza y después sincroniza su ritmo al mío por
lo que estamos caminando juntas. Lleva calcetines blancos hasta las
rodillas y sandalias de ejercicio con una malla ancha de rayas. Ouch. Y
se pregunta por qué no puede conseguir una cita. En realidad, no sé si
se lo pregunta o no, ya que nunca hablamos de ese tipo de cosas. Pero,
por favor, ahí tiene su respuesta. Ella se ve como un pollo tostado con
los zapatos puestos. Se desliza y hace ruido metálico, los calcetines y las
sandalias son una combinación endemoniada y está tratando de
seguirme.

—Shane te estaba buscando —dice sin aliento.

Hago como si no me importara y al mismo tiempo me pregunto si en


realidad recuerda como yo los detalles del auto, los besos y la tienda de
café donde compramos el pastel de canela esta mañana.

—Le dije que no sabía dónde estabas —dice.

Recuperando el aliento, extiende su mano y me quita la toalla. Me


impulso hacia arriba en el primer peldaño de la silla de salvavidas roja.
Me inclino para tomar mi toalla de regreso y le pregunto:

—Sí, ¿qué te dijo?

—Me preguntó quién era yo.

Sonrío, y ella se aleja con el mismo ruido metálico.

Troy hace sonar su silbato largo y fuerte, y la piscina abre con una bala
de cañón espectacular. Siempre es una bala de cañón. Un anillo de
ondas agudas marca el punto de impacto cuando el primer niño sale a
la superficie, su sonrisa y chapoteo son recibidos con gritos y aplausos
de un grupo de niñas flacas de tercer grado. Se chocan las cinco entre
sí y hacen fila para tomar turnos y lanzarse como cañones otra vez. Uno
tras otro, suben sus rodillas prominentes y las abrazan contra sus pechos
huesudos, pum, pum, pum. Sus salpicaduras vuelan alto, rociándose
sobre mis muslos desnudos. Me instalo en mi turno bajo un problemático
cielo de verano. La comprensión de que ahora estoy en deuda con
Valerie aparece lentamente, mientras las salpicaduras de las balas de
cañón gotean por mis piernas y se juntan en un charco caliente a mis
pies.

Página 101
Las nubes se acercan cada vez más y más hasta casi rozar la parte
superior de mis hombros. Miro alrededor de la piscina. Los padres están
mirando nerviosamente hacia el cielo, atrapados entre unos pocos
minutos más de paz o arrastrar a un niño llorando fuera del agua. La
regla oficial es sacarlos si llueve, pero los truenos y relámpagos van a
despejar la piscina de inmediato, sin excepciones.

Troy está de pie al otro lado de la piscina. Se pone a horcajadas sobre


el marcador rojo, sus dedos se encrespan en el borde mientras observa
cómo el cielo es cruzado por un rayo. Prácticamente puedo ver sus
dedos cruzarse y descruzarse desde aquí. Él está esperando, deseando,
pidiendo aunque sea por un rayo o un trueno. Luego podrá descansar,
fumar un porro, o tal vez ver la televisión. A su alrededor, incluso los
esperanzados se dan por vencidos, atando las cuerdas de los bikinis,
tirando de las camisetas, y empacando el protector solar. No va a
suceder hoy.

En alguna parte detrás de mí, en la luz rápidamente oscurecida, Valerie


se encuentra en una toalla de playa raída de Fingerhut, continuando su
asalto sobre la anemia y nuestra lista asignada de lecturas de verano.
Me giro para ver qué es lo que se esfuerza por leer, el libro está a
escasos centímetros de su cara. April Morning. Bien. Algo acerca de un
niño y una guerra, tal vez incluso algunos tambores. No lo he leído y no
planeo hacerlo. ¿Por qué habría de hacerlo? Tengo dos hermanas
mayores. Vivimos en una ciudad pequeña con un sistema de escuelas
pequeñas. Los mismos maestros han estado enseñando las mismas
clases y asignan los mismos textos desde los albores del tiempo. Mi
copia, con reflejos amarillos desteñidos de Yorke y notas meticulosas de
Freddie están cuidadosamente escritas en los márgenes, sólo esperando
por mí en casa. Estoy lista.

Sin embargo, Valerie está arrasando a través de él, página por página,
moviéndolas de un tirón. Este libro y también toda la lista de lectura
para el verano. Tiene un ritual. Cada día desempaca los libros y los apila
hacia arriba. Los terminados los coloca a su izquierda con una
palmadita. A continuación, los que va a leer están ordenados,
probablemente en orden alfabético, a su derecha.

No hay manera de que yo lea todos esos libros durante el verano, pero
Valerie puede. Quiero admirar su espíritu. Lo hago, pero me resulta difícil

Página 102
ver más allá de su columna vertebral que se mueve y se curva entre esa
montaña de material de lectura.

Ha hecho una gran apuesta para ser la encargada de dar el discurso


de despedida, ha trabajado duro, todo está ahí, impreso,
encuadernado y apilado para que yo lo viera. Casi puedo ver uno de
los títulos desde aquí: La Culpa. ¡Ahora disponible en tapa blanda! Me
giro, para ver el agua de nuevo.

Al primer sonido de un trueno, me levanto, doblo las rodillas, y soplo el


silbato, uniéndome a los otros cuatro estridentes salvavidas que
despejan la piscina. Las madres entran en pánico y agarran a los niños.
Es un poco como Tiburón, pero sin los gritos o el tiburón mecánico.

El lugar queda despejado en unos cinco minutos. ¿Toallas de rayas? Se


fueron. ¿Gradas de bicicletas? Vacías. ¿Piscina? Plana y quieta. Es
increíble lo rápido que la gente se mueve cuando está a punto de
llover, sobre todo cuando la mayoría de ellos ya están mojados. Por el
rabillo del ojo veo a Troy estirar los brazos hacia el cielo y aplaudir con
sus manos sobre su cabeza. Dios, él es tan tonto.

Por supuesto, Valerie es la última en salir. Yo ya estoy fuera de la cerca,


sentada en la colina, sin zapatos, con la barbilla apoyada en las rodillas
mientras espero para irme, mientras tanto ella se entretiene, de rodillas
en el borde de la piscina de hormigón, frenéticamente guardando
muchos, muchos libros, en su bolso de tela a rayas.

Siempre es la última en los pasillos de la escuela cuando la campana


final suena, molestando al conserje y al profesor que sólo quieren dejar
de contestar a sus preguntas y volver a casa. En este momento está
molestando a Troy.

Yo bajo mi frente para descansar con mis brazos cruzados y


acurrucarme en contra del viento. Eones pasan, y finalmente escucho
las pisadas discordantes de Troy, el sonido de la cerradura y el cierre de
la puerta. La piscina está cerrada.

—¡Ay! Aquí podemos ver a nuestra honorable Leah. Que se queda


atrás, esperando pacientemente, siempre fiel, siempre con esperanza, a
su caballero de brillante armadura.

Página 103
Yo levanto la barbilla para encontrar a Valerie de pie frente a mí,
orando como si fuera un coro griego. La cosa es que realmente no
necesito el resumen. Puedo sentir la hierba fría, áspera por debajo de mi
culo ahora mismo, así que lo entiendo. Lo estoy viviendo.

Tal vez Valerie ha estado leyendo demasiado a Shakespeare. La ignoro


y sigue caminando hacia su auto. Busco cada juego de luces en la
distancia por si alguien viene por mí.

Con un gesto excesivamente dramático con su mano libre hace la


reverencia menos grácil de la historia, ya que se ve obstaculizada por su
mochila pesada, Valerie se detiene al lado de su auto alemán oxidado
y dice:

—¿Necesitas que te lleve?

Lindo, pero sí, claro. Puedo vernos juntas, Valerie detrás del volante y yo
empujando su auto.

—Umm... gracias, pero estoy segura que Shane vendrá.

—Shane? —dice, haciéndosele una joroba cuando se apoya contra la


puerta con su delgada cadera y tira su mochila al asiento con las dos
manos, al estilo abuelita. Un resorte chilla con fuerza cuando se sienta.
Después de subir al asiento del conductor, tira de la puerta y la
cerradura cruje. Se asoma por la ventana abierta con una sonrisa

—¿Estás segura que ese es a quien estás esperando? —pregunta antes


de retroceder en una serie de sacudidas, por un momento me ciega
cuando enciende sus faros durante la segunda sacudida. Me saluda y
se aleja de la tormenta que se avecina. Tengo los pies fríos, me duele el
trasero y el cielo es tan oscuro como la noche. Me aparto, no la saludo
de vuelta. Sólo veo manchas.

El aire de hoy es aún más opresivo que mi estado de ánimo. Puedo


sentirlo a mí alrededor mientras me doy por vencida y empiezo a

Página 104
caminar a casa atravesando el parque. El pasto alto y verde en el
borde de las pendientes de la carretera desaparece, y luego regresa
de vuelta a la vista. Los árboles meciéndose con la fuerza del viento
parecen demasiado frágiles, se inclinan hacia mí en un ángulo
imposible, y los faros que de repente deslumbran sobre la cresta de la
colina son muy intensos y penetrantes en el horizonte gris verdoso.
Aumento el ritmo. Un grito corto y ahogado suena en la distancia, y mi
corazón se detiene y retrasa el ritmo de mis pies por un segundo. Estoy
segura de que era alguien llamando a un perro o a un niño o, ya sabes,
advirtiéndome que el final está cerca. Me inclino hacia adelante por el
viento, mi corazón palpitando rápidamente, maldiciendo a mis padres,
a mis hermanas, a Shane, incluso a Porter un poco, por dejarme aquí. A
la deriva.

Hago mi camino a través del jardín de flores y paisaje exuberante, alto y


húmedo, cuando el viento cambia de repente, levantando mi pelo y
arremolinándolo en mi rostro. Me tropiezo, perdiendo mi paso y mi lugar.
Me tropiezo con una losa de la acera desigual y aterrizo con un
patinazo corto en el camino de cemento, mi mochila plantada a mi
costado, el talón de mi mano derecha en carne viva, mi pelo todavía
en mi rostro. Alzo una mano, por instinto, buscando una mano que me
sostenga, a alguien que tire de mí hacia arriba, que me empuje y me
muestre el camino a seguir. No hay ninguna mano, sólo la aguda
punzada de mi piel en carne viva por el aire helado.

Las flores se elevan sobre mí, flotando y ondeándose. Echándome hacia


atrás, las observo, delicadas y brillantes contra el cielo oscuro, y
descubro que estoy protegida bajo un dosel de flores azules, amarillas y
rosas. Éstas bailan por encima de mí, llenando este pequeño enclave en
calma, en el que he aterrizado, con el olor del verano. Aspiro,
respiraciones largas y constantes que llenan mis pulmones con el
perfume de las picnics y parques y piscinas, de paseos en bicicleta y
entrenamientos de béisbol, ramos de flores de diente de león, del sol y
mis hermanas. Manteniendo presionada abajo mi mano raspada para
eliminar el último vestigio de dolor. Me enderezo a mí misma y a mis
cosas, y me encamino de nuevo a casa. Conozco el camino de
memoria.

Página 105
En la parte superior de nuestro camino, alineados en una fila ordenada,
segura y seca, los veo: RGR DGR, LHS BUG, SHN ROX 13. Qué molesto. Con
razón la gente nos odia. Paso mi dedo a lo largo de los troncos
encerados, brillantes y profesionalmente detallados, burlándose de los
amenazadores cielos para que se abran y hagan lo peor.

A unos metros de distancia, nuestra ventana de la cocina es un gran


cuadrado brillante. Me detengo, mirando la escena del otro lado del
vidrio grueso. Al igual que una actriz en un televisor con el sonido
apagado, Yorke conversa con su boca grande y ancha, sus manos
animadas. Lo que ella tiene que decir es siempre la cosa más
importante en ese momento.

Mi madre y Freddie están en la mesa del rincón, perdidas entre una


avalancha de tarjetas de “Se ruega contestación” y mirando las formas
de acomodación. Freddie tiene una carpeta y un bolígrafo. Levanta
una tarjeta gruesa y grabada de la pila, hace una marca de
verificación, y luego pone la tarjeta en otro montón. Repite la acción. Mi
madre parece no estar haciendo nada más que organizar la pila
grande, pasándola a pilas más pequeñas y mejor definidas,
probablemente así las tarjetas no se marcarán a través de los grabados
de las copas de champán. Y Yorke sigue hablando.

Hay una silla vacía junto a Freddie, esperándome. Estoy segura de que
podría ayudar a Freddie con esa lista. Podría marcar los nombres,
mientras ella los lee de las tarjetas, o al revés. De cualquier manera
siempre hacemos un buen equipo.

Los remolinos de viento se aquietan, y el aire repentinamente se calma,


tan quieto y silencioso que el vello de mis brazos se pone de punta. Me
detengo, mirando por la ventana a mi vida dentro de un año, dos años
a partir de ahora, veinticinco años a partir de ahora. Se ve perfecto
desde aquí.

13Placas para autos con mensajes.

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Yorke está planeando la boda perfecta, y luego se mudará lejos con
Roger. Freddie analizará gramaticalmente algunos verbos franceses
más, perfectamente, será dama de honor, y se irá a Francia durante un
año. Pero, ¿qué hay de mí?, pienso, ¿qué voy a hacer? Nada con
Shane, eso es seguro.

Él también está allí, hundido en el sofá de cuero de color crema, los pies
sobre el diván, de visita, su “dos al día”, obviamente, cancelado debido
al mal tiempo. Shane es parte del grupo perfecto de actores de reparto:
hombres de pelo oscuro, fuertes y bronceados, con dientes blancos y
camisas blancas, viendo un partido que no puedo oír, la televisión
brillando silenciosamente.

Doy unos pasos hacia atrás, alejándome de la casa, sintiéndome obvia


y fuera de lugar en la calma muerta y oscura. Todo lo que tengo que
hacer es abrir la puerta y pasar al interior, pero estoy confundida. ¿Por
qué estoy parada en el exterior mirando hacia el interior?

Quiero ir y tomar mi lugar, seguro y firme, al final de la línea, justo al lado


de Freddie, azul, después amarillo, y luego rosa. Pero también quiero
alejarme. Justo más allá de esta casa, fuera del patio, bajando por la
calle, más allá de la escuela secundaria y de la reina de las fiestas y las
noches cubierta de sudor en el asiento trasero de Shane. Más allá del
discurso de despedida completo con la mirada de condena de Valerie
y el orgullo de mis padres. Más allá de mi viaje al extranjero, Francia lo
más probable, y mi dormitorio de la universidad con una colcha
brillante, alegre, mis futuras hermanas de hermandad, y el muchacho
desconocido, con el pelo oscuro y un futuro brillante creciendo en
algún momento, quién me quitará de las manos de mis padres en,
según lo previsto, exactamente tres años.

Freddie alza una mano y desliza su largo pelo rubio detrás de la oreja
con un movimiento ligero, un movimiento familiar. Inconscientemente
hago lo mismo y me freno a mí misma, recordando de pronto un día
como éste, con la misma quietud extraña, el aire tan espeso, cuando
éramos pequeñas y estábamos tomando clases de equitación.

Nuestra lección se vio interrumpida cuando el clima cambió, así que nos
pusimos a cepillar a los caballos marrones y brillantes y los encerramos
con seguro en sus establos. Mientras las nubes de tormenta sonaban
fuera del establo, los caballos normalmente tranquilos se volvieron

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volubles e inquietos. Sus ojos se agrandaron. Sus colas se movían. Dando
vueltas en sus puestos cada vez más rápido, golpeándose contra las
tablas, desesperados por un camino para salir. Yo estaba asustada.
Yorke estaba indignada. Freddie fue inteligente y ese día se había
quedado en casa.

Sintiéndome tan inquieta e inestable como los caballos encerrados,


observo el relámpago iluminar la oscuridad del cielo y pienso: abran las
escotillas, algo de mierda está a punto de caer. Las primeras gotas de
lluvia empiezan a caer rápido e intensas, y antes de que siquiera
puedan chocar contra el suelo y ser absorbidas por la tierra seca, antes
de que puedan romper el silencio sordo y hacer plaf, convertirse en
barro y humedad en la acera, haciendo girar cabezas y mirando hacia
mí con ira, preocupación o sorpresa, me apresuro a moverme.

Hago mi camino de vuelta al parque, abriéndome paso a través de los


charcos y las parcelas de oscuridad. Está lloviendo tan fuerte que la
tierra me impide mantener el ritmo. Ríos de ramas, hierba y hojas que se
mezclan y caen encima del polvo antes de que el agua caiga sobre los
bordillos y toda la mezcla se deslice a la calle. La lluvia llena los
desagües y parece hervir como un puré. Mis pies luchan contra la
corriente que serpentea hacia un drenaje pluvial en alguna parte detrás
de mí, mientras camino por la orilla de la carretera.

Por favor, por favor, por favor, aspiro, por favor, por favor, por favor. Este
golpeteo llena mi cabeza entre los estruendos de un trueno
tamborileando como timbales. Entrecerrando los ojos contra los rayos
de luz, me estremezco cada vez que una gota de lluvia cae sobre mi
rostro, frío y helado. Paso a paso, parpadeo, me estremezco, suplico. Es
peor que bajar la mirada a una multitud desagradable tirando
monedas de cinco centavos, peniques y monedas variadas desde las
gradas durante el medio tiempo. Ouch. Al menos sobre el campo
puedes esconderte detrás de un conjunto de pompones o un

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estudiante de primer año con mala suerte. Aquí, estoy sola. Soy sólo yo,
nerviosa, helada y húmeda. Y llorando. Dios, espero que nadie me vea.

El sonido de los neumáticos sobre el asfalto mojado detiene mi marcha


hacia adelante. Luces brillantes, pintura blanca. Mi corazón se tensa,
seguro de que es Shane. Bajo mi cabeza para enjugar mis lágrimas y me
doy cuenta de que no tiene sentido. Está lloviendo, ¿cierto? Levanto la
mirada y entre mis pestañas oscuras y llenas de gotas, lo veo. Mis mejillas
se ruborizan, y mi corazón palpita el doble de rápido. Echando la
cabeza hacia atrás, me río y me trago las lágrimas. Mis pequeñas
plegarias empapadas por la lluvia han sido respondidas. Por un chico
sexy con una gran camioneta blanca. Un extra.

Cruzo el río de agua de lluvia entre nosotros y me acerco de puntillas


hacia la camioneta. Juro que el vapor asciende de mí cuando paso a
la ventana del conductor y me aferro a la cornisa de caucho mojado.
Elevándome sobre mis dedos de los pies, me inclino dentro, con los
labios fruncidos. Entonces cambio de opinión, cambio la marcha, y
decido hacer las cosas bien esta vez.

—Duffy —digo, y dejo salir la respiración con una sonrisa tímida, casi
avergonzada de estar utilizando su nombre por primera vez.

Él inclina la cabeza hacia atrás contra el asiento y se ríe mientras la lluvia


repiquetea contra el metal sólido de la camioneta.

—Tú decidiste —dice. Un “por fin” está de alguna forma implícito.

—Sí.

Levanto mi mano y alejo el pelo mojado de mi frente para parar el


goteo que cae en mis ojos mientras nerviosamente divago.

—Y fue difícil.

Contando con los dedos arrugados, paso a través de las opciones para
él:

—Jon: demasiado simple, no como tú. Y Jon Duffy, bueno, es un poco


formal para nosotros… ¿No crees? —Miro a sus ojos para ver si
realmente es así, antes de continuar. Si, lo es—. Y Porter, bueno, sabes
cómo va eso. —Él asiente porque lo sabe—. Y JD… —Suspiro y niego

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con mi cabeza antes de rápidamente agregar—. Bueno, JD suena
como algo sacado de Los Duques de Hazzard. —Su mirada burlona me
mantiene explicando, y dibujo una línea imaginaria con mi dedo a
través de la lluvia justo encima de mi cintura y aclaro—: Ya sabes, por
debajo de la línea de Mason-Dixon14. —Él sonríe.

—He estado ahí —dice, mirando hacia abajo.

—Sí, bueno… —Agarro su mentón y arrastro sus ojos de nuevo a los


míos—. El Norte gana.

Sostiene sus manos en alto y lo reconoce con una sonrisa, luego se


inclina más allá del resplandor verde de las luces del tablero y casi
desaparece por un segundo cuando se estira para agarrar el pestillo de
la puerta del pasajero, dejándome entrar.

Resbaladiza, mojada, y temblando, me revuelvo hacia el otro lado del


auto, me tropiezo y me deslizo en el gran escalón. Miro a través de la
cabina, y esos intensos ojos verdes me derriten como flujo mientras él
observa cada movimiento que hago, mi camiseta pegada, mi pantalón
corto ajustado, cada pequeña parte de mí mojada. Su mano se
extiende para estabilizarme, y me deslizo en mi asiento, sobre un charco
de agua y anticipación.

Duffy se ocupa, jugando con la calefacción, girando el dial


rápidamente para poner el aire caliente, ajustando todos los listones y
respiraderos para que apunten directo a mí, mientras tomo una larga
mirada al interior, gris a cuadros, de la camioneta. Una colección de
lápices de líneas cortas en la grieta de bruma en medio del tablero y el
parabrisas y una difusa cubierta gris del club de golf se esconde en la
caja de cambios.

Tengo el presentimiento de que esta puede ser la camioneta de Gran


Duff. Huele exactamente como el pasillo de colonias en la droguería del
pueblo, amaderado y un poco barato, pero potente, justo como el
Gran Duff. Saco un pedazo medio mojado de papel de debajo de mi
nalga izquierda y la suavizo con mis manos húmedas. Es el boletín de la

14Mason-Dixon Line: Línea que dividía a Estados Unidos en Norte y Sur durante la guerra
de Secesión. También es usada para separar la parte de arriba de la de debajo del
cuerpo humano tomando como referencia la cintura.

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iglesia de la semana pasada. Eso y el cenicero repleto me hacen
pensar. Sip, tiene que ser.

—Esta es-es… —tartamudeo porque no me atrevo a decirlo, a usar las


palabras Gran Duff, porque eso haría que el chico ardiente a mi lado se
convirtiera en el Pequeño Duff, lo cual tiene muchas implicaciones
negativas y es, honestamente, muy cercano a mi propio apodo de
Pequeña Johnson. Así que en vez de eso, con un poco de castañeo en
los dientes, pregunto—: ¿Esta es la camioneta de tu padre?

Él levanta la tapa de la consola de cuero falso entre nosotros, se estira y


saca una manotada de toallas de papel grueso, y color crema súper
suave.

—Sip —dice. Me las pasa y cambia a segunda con los parabrisas


puestos al máximo.

Limpio la lluvia y los últimos rastros de rímel de mis mejillas, dejando una
mancha negra a través de la escritura dorada que pasa a través del
borde de la toalla: CORTESÍA DEL CLUB CAMPESTRE HILLPOINT.

La esencia de tabaco se desvanece mientras conducimos a través del


parque vacío, pasando la secundaria y el club de campo, bajando por
las interminables carreteras del campo, mojadas y tormentosas, una
zanja de espesa lluvia cayendo en nuestro camino.

Tengo el presentimiento de que esta noche vamos a estar más lejos de


lo que hemos estado antes. Los parabrisas van a tiempo con el rock
clásico de la radio de Gran Duff. La calefacción funcionando tan
fuertemente y ruidosa que apenas podemos hablar. Apoyo la cabeza
contra mi ventana. La lluvia cae sobre el vidrio, pasando por mis ojos y
desapareciendo detrás de mí, de vuelta al pueblo, donde estoy segura
que alguien, quizás todos, están buscándome, preguntándose donde
estoy, preocupados, sabiendo que la piscina está cerrada y yo en este
momento debería estar en casa.

Ellos siempre pueden llamar si están tan desesperados. Estoy segura que
mi celular está en algún lado en el fondo del bolso empapado. No me
molesto en revisarlo. En vez de eso, dejo que la lluvia me calme. Se
esquiva y se desliza hacia el pasto mientras manejamos, llevándose con
ella cualquier pensamiento de culpa por Shane o mi familia que

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aparece en mi cabeza y creo que podría estar así por siempre, envuelta
en un seno seguro de calidad en movimiento, música, y Porter. Um,
quiero decir, Duffy.

La lluvia finalmente se detiene, disminuyendo a una espesa niebla que


se aferra a todo y deja las ventanas tan turbias que tengo que abrir la
mía sólo para ver afuera mientras Duffy empieza a bajar la velocidad,
llevando la camioneta a un claro en algún lugar en la cima de una
colina baja y amplia. Se detiene justo en la base de unas escaleras de
madera. Se inclina y mira hacia arriba. Las escaleras se arremolinan
alrededor de los lados de una torre alta, cuadrada y de madera con
cuatro plataformas, la de la parte superior es tan alta que se pierde en
el cielo oscuro.

—Quiero mostrarte algo —dice Duffy mientras apaga el motor y las


luces.

Alcanza mi mano, y yo me deslizo fuera de la camioneta alta. Me


empuja cerca de él mientras atravesamos la hierba extensa y mojada y
empezamos a subir los escalones de tablones gruesos. Cruza por mi
mente que escalar una gran torre en medio de la nada justo después
de una tormenta probablemente no es algo seguro de hacer, pero no
me siento asustada con su mano en la mía, tirando de mí.

Arriba y arriba, sus botas suenan en las escaleras, marcando el ritmo en


la penumbra. Un paso detrás, dependo de su sonido y el posterior rose
de la chaqueta de nylon rojo atada alrededor de su cintura para liderar
el camino.

Me detengo en seco cuando llegamos a la cima de la escalera y la


plataforma final. Suelto su mano. Mi mundo se despliega ante mí, un
horizonte amplio de árboles altos y pequeños pueblos separados por
espacios oscuros, abiertos. ¿Cómo es posible que nunca haya visto esto
antes? ¿Nunca había estado aquí? Me volteo, sin palabras, y me
pregunto por la vista en cada lado de la torre. No podemos ser más que
un par de condados.

—Mi madre solía traerme aquí —dice Duffy y doy un paso hacia él—,
cuando era pequeño. —Se voltea hacia mí con una pequeña sonrisa,
sus ojos verdes reflejando el rayo luminoso que atravesaba el cielo en
algún lugar detrás de mí.

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Lo observo muy de cerca. Esta es la primera vez que ha mencionado a
su madre. Me está dejando entrar, poco a poco a la vez, primero con el
auto y ahora esto. No estoy segura de qué decir. Camino hacia el
borde de la plataforma y me sostengo fuertemente de la barandilla de
madera. Bajo mis dedos puedo sentir los arañazos y rasguños de las
iniciales y otros grafitis arrancados en la madera astillada.

Levanto la cara y observo el cielo, brillando con las luces de las casas
en algunos lugares, nuboso y con rayas de los relámpagos lejanos en
otros lados. Duffy se mueve detrás de mí con cuidado, cerca y cálido.
Sus manos extendiendo las mías en la barandilla, su cuerpo bloqueando
el viento y haciéndome echar raíces en el puesto, sin aliento. Miramos
por encima de los retazos de la lluvia los pueblos pequeños por debajo
de nosotros. Mi sangre corre rápido y caliente a través de mis venas,
pulsando en mis sienes y en la base de mi cuello.

Me apoyo en él, y siento sus brazos envolverme fuertemente mientras


lentamente me voltea para enfrentarme a él, el aire es tenso y pesado
entre nosotros. Levanta mi mentón con su mano y luego… llueve, fuerte
y de repente. Vertiéndose sobre nosotros.

Duffy agarra mi mano y tira de mí a través de la plataforma y hacia


abajo a un tramo de escaleras tan rápido que ni siquiera siento los pasos
de mis pies. Jadeando y riendo, me apresuro y lo beso, cálido y
húmedo, nos tropezamos y caemos al suelo, seco como leña bajo el
amparo de la plataforma de arriba. No hay música o un asiento de un
auto suave debajo de mí, sólo pura madera, el sonido del tren, y besos
fuertes y hambrientos.

Estoy temblando. Duffy se detiene, inclinándose en un codo, sus dedos


se arrastran ligeramente a través de mi frágil estomago y pregunta:

—¿Tienes frío?

Sí, eso es, pienso mientras asiento con la cabeza, sabiendo que no lo es,
porque en todas esas noches con Shane nunca había hecho algo así.
De verdad, ni siquiera cerca. Busca detrás de mí y agarra su escurridiza
chaqueta roja. Me siento, y él la pone debajo de mí, Porter se desliza, el
tejido lanoso blanco frota suavemente contra mi espalda desnuda
mientras me relajo en él. Se estira, presionándose en contra de la
longitud de mi cuerpo. Se siente como si nuestra fricción pudiera lanzar

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chispas al aire y sé lo que quiero hacer. La tormenta nos aprisiona juntos,
silenciando nuestros sonidos y separándonos del mundo de abajo,
mientras los bordes de cielo proyectan iluminación con un rayo que se
extiende como dedos largos, abrazando la tierra oscura y húmeda.

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Capítulo 9
Traducido por ZAMI y Carol93
Corregido por Haushiinka

E
l aire de la mañana deslizándose por las cortinas se siente frío
contra mis dedos cuando extiendo la mano para tocar un
dobladillo moviéndose. La lluvia suena suave y gentil, como un
ligero palpitar contra el patio y la azotea. La tormenta ha
pasado y huele a lombrices.

Me doy la vuelta, desenredando mis piernas del edredón, y froto mis


dedos sobre el rasguño en mi hombro, haciendo una pequeña mueca.
Cierro los ojos, sintiéndome segura y cómoda en el apretado tejido de
algodón de mi camiseta, alentándome a dormir, para poder soñar con
Duffy e ignorar a mis molestos padres y al inevitable castigo que sé que
me espera abajo.

—Leah, trae tu trasero aquí ahora mismo. —Resuena la voz de Yorke


desde la planta baja. El olor a café revolotea por mi puerta. Estoy
despierta.

No era tan tarde cuando llegué a casa. En serio. Solo se sintió como si
fuera tarde porque había estado oscuro prácticamente desde el
desayuno.

—¿Dónde está? —pregunté, mientras dejaba caer la empapada


mochila al suelo con un sonido de chapoteo.

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Yorke y Freddie estaban sentadas alrededor del desayunador de
nuestra cocina, sus codos sobre el granito, los taburetes muy cerca,
llenando pequeñas bolsas de encaje con confeti. Recogían un puñado
y las llenaban, entregándoles las bolsitas repletas a Roger para que las
atara y las apilara. Roger ataba los pequeños lazos blancos, mucho más
rápido de lo que cualquier hombre debería ser capaz de atar pequeños
lazos blancos.

Yorke apuntó hacia el techo, y mis ojos viajaron a lo largo del yeso
blanco, imaginando el tintineo de los brazaletes de mi mamá mientras
caminaba por el pasillo hacia su cuarto.

—Shane está allá afuera buscándote —dijo Yorke excavando en el


confeti, sin dejar de mirarme.

—¿Por qué? —pregunté actuando toda indiferente—. Estoy aquí.

—Porque tu turno terminó y supuestamente podrías necesitar un


aventón a casa —dijo removiendo los brillos del tazón con su aliento.

—Umm. —Miré por la ventana—. Ha estado lloviendo por horas.

—¿En serio? —preguntó Yorke sonando sorprendida.

—Mucho, de hecho —dije, y ella estiró el cuello para mirar hacia afuera,
al cielo gris y el goteo de la mampara de la ventana.

Freddie no miró. Ella sabía que estaba lloviendo, de la misma manera en


que sabía todo. Roger parecía demasiado ocupado enrollándose el
dedo con una cinta resbaladiza como para notar que estábamos
hablando, y aún menos para darse cuenta del clima.

—Oh, cierto —dijo Yorke—. Miren eso. —Se giró hacia mí con un brillo de
enojo en sus ojos y preguntó—: ¿Dónde estuviste entonces?

Mierda. Delatada por mi propia competitividad. No debería haber


señalado el clima. Debería haber caminado, escapando a la soledad
de mi habitación y la comodidad de mi cama. Ellos ni siquiera hubieran
notado que había desaparecido.

—Sí, señorita Leah —dijo mi madre a medida que entraba a la cocina,


usando una túnica amarilla brillante bordada y un capri blanco. Juro

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que la mujer no tenía una arruga. Una nube de Channel Nº 5 la seguía—
. ¿Dónde estuviste?

Me paré allí, con la boca abierta, no del todo preparada para el


ataque. Una buena excusa o un plan de escape nunca cruzaron por mi
mente.

Había estado en problemas antes pero por cosas como llegar tarde a
cenar o por no limpiar antes de que Silvia, la señora de la limpieza, lo
hiciera, pero nunca había sentido la ira. No realmente, no de la forma
en que Yorke la había sentido. Miré a Yorke con ojos suplicantes:
Ayúdame. Yorke sólo sonrió y continuó llenando las pequeñas bolsas. Al
parecer estaba por mi cuenta.

—Sé que sabes cómo usar un teléfono —dijo mi madre mientras


rebuscaba en su bolso y sacaba una pequeña barra plateada de lápiz
labial—. Pero aun así, no llamaste.

La verdad es que ya no le presto mucha atención a mi celular. La única


persona que me interesaría llamar no cree en lo celulares, solo en
encuentros personales. Pero no le podía decir eso a ella.

—Ahora, el pobre Shane está buscándote —continuó, juntando sus


labios recién pintados, y lanzando el labial de regreso a su bolso. Miró
hacia la ventana—. Y al parecer está lloviendo.

Dios, ¿alguien en mi familia alguna vez mira más allá de sí mismos, para
tal vez dar vistazo por la ventana o a cualquier otra cosa, de vez en
cuando? Puedo aceptar que tal vez no me hayan extrañado mucho,
¿pero cómo pueden no haberse dado cuenta que afuera se
desarrollaba la tormenta más importante de todos los tiempos?

—¿Y bueno? —preguntó mi madre, taconeando la baldosa, y con los


brazos cruzados—. Estoy esperando.

—Ruega por piedad —dijo Yorke.

—Sálvate a ti misma —bromeó Freddie, mientras le entregaba otra bolsa


centelleante a Roger con los dedos brillosos.

—Aprende a manejar —dijo Roger sin rodeos, mientras ataba y


agregaba otra bolsa llena a la pila tambaleante. Yorke le dio un

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manotazo, sin mucho entusiasmo. Él se corrió de su camino y rió de
forma irritantemente profunda y alta.

—¡Yo sé manejar! —grité.

—¡Leah! —gritó mi papá mientras entraba camino al cuarto, recién


afeitado palmeando distraídamente sus bolsillos, en busca del siempre
desaparecido juego de llaves del auto.

—Ustedes tres no hablen —dijo mi madre. Colocó su juego de llaves en


la mano abierta de mi papá y se colgó el bolso al hombro antes de
voltearse a mí con el rostro tenso en espera de una respuesta.

Inhalé profundamente y lo dejé salir con un silbido.

—Sí, bueno. —Me detuve cuando pasé junto a ella—. También estuve
esperando y nadie apareció. —Tiré de la banqueta junto a Yorke y
alcancé una bolsa vacía—. Tuve que pedirle a Valerie que me trajera.

—¿Quién es Valerie? —preguntó Yorke. Ella estiró el nombre a medida


que lo decía, como alargando las vocales y arrugando la nariz, como si
las palabras olieran mal.

—Una amiga —mentí—. De la piscina —agregué, y Freddie inclinó la


cabeza hacia mí, su cuchara pausada sobre el recipiente. Por supuesto
que ella recordaba a Valerie. Secretamente Freddie mantenía un ojo
encima de cualquiera con un coeficiente intelectual súper alto.

Me encogí, dándome cuenta de que no debería haber agregado eso


ultimo sobre la piscina. Mi historia hubiera sido más creíble sin esa parte.

—¿Y las horas entre eso y ahora? —preguntó mi madre.

—Estudiando. —Sacudí la pequeña mochila abierta—. La lista de lectura


para el verano.

Vi a Freddie poner los ojos en blanco, e incluso Yorke parecía sospechar.

—En serio —dije sonando tan convincente como pude, y mi madre


suspiró pareciendo resignada.

—Llegaremos tarde —dijo cuando mi papá hizo sonar la bocina desde


afuera. Me tensé cuando ella se inclinó hacia mí. Levantó mi barbilla y

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me miró a los ojos—. Lidiaré contigo en la mañana —dijo. Entonces me
dio un beso rápido y seco en la mejilla y salió por la puerta.

—Muy astuta, hermanita —dijo Yorke entrando al baño que Freddie y yo


compartimos más tarde esa noche. Freddie y yo estábamos en el doble
lavamanos, con el cabello atado en una cola de caballo, y la cara
recién lavada.

—¿No tienes tu propio baño? —pregunté mirando hacia su reflejo


mientras giraba la tapa de la pasta dental.

—Sí —suspiró—. Pero no tiene ni la mitad del drama y el entusiasmo que


llena este.

—No hay drama, no hay entusiasmos —dije, apretando el tubo de la


pasta dental justo por el medio, porque sé que enloquece a Freddie. A
ella le gusta que lo haga desde el final, centímetro a centímetro.

Yorke me sonrió en el espejo

—Buen intento. Ahora escúpelo.

Me encogí de hombros.

—Salí.

—¿Con quién?

—Con alguien.

—¿Un chico?

Puse los ojos en blanco, presionando una línea de pasta dental a lo


largo de mis cerdas.

Freddie levantó la vista de las burbujas que estaba haciendo.

Cepíllate los dientes, deja de hablar, pensé, deteniéndome con la boca


abierta. El cepillo estaba a centímetros de mis dientes, pero estaba
reacia a cepillar su sabor de mi lengua.

Podía sentir a Yorke observándome intensamente en el espejo.

—Eso es todo, ¿cierto? —concluyó.

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—Un chico —confirmó Freddie suavemente.

Con los ojos mirando abajo, concentrándome en el remolino de agua


del fregadero, asentí.

Son un buen equipo. Pueden sacarme todo, y lo saben.

—¿Alguna aventurita con otro? —Yorke rió, las mangas de su corta bata
moviéndose mientras ponía sus manos sobre sus labios, e
inmediatamente quise recuperar mi confesión. El arrepentimiento
quemaba en mi cabeza.

Me paré derecha. Hablar sobre él sólo por unos pocos segundos con mis
hermanas ya estaba arruinando la experiencia, sacándole el brillo y
dejando una capa de corrosión detrás.

—No pensé que harías eso —me dijo Yorke, como si fuera algo para
estar orgullosa.

Cuando Yorke estaba en la secundaria, cuando estaba saliendo con


Dwight, su primer amor, vinimos a casa una noche de viernes de cenar
en un restaurante oscuro y lleno de humo. No sé por qué Yorke no tuvo
que sufrir las dos horas de bebidas, aperitivos, cena, postre, y café, pero
no lo hizo. Probablemente había salido del apuro mintiendo,
conociéndola.

Mi papá fue a nuestra entrada y casi chocó de reversa una camioneta


con falsos lados de madera que estaba aparcada con las luces
apagadas. Seguimos adelante, y los ojos azules de Yorke destellaron
amplios desde el asiento del pasajero. Al segundo mi madre estaba
afuera del auto. Tiró de la puerta de panel para abrirla y jaló a Yorke del
brazo. York se tambaleó y salió. Mi madre esperó tiesa y la guió a la
entrada mientras Freddie y yo mirábamos horrorizadas desde el asiento
de atrás, la escena completa iluminada por nuestras luces delanteras.

Vimos a Yorke darse la vuelta y despedirse del chico de la otra ciudad


con lágrimas en sus ojos, como si estuviera devastada. Ella y Dwight
fueron a la fiesta de graduación la noche siguiente. Recuerdo que los
ojos de Yorke todavía estaban un poco hinchados. Lo puedes ver en las
fotos.

Página 120
—¿En dónde estabas? —me preguntó Yorke ahora, reclamando, como
siempre—. ¿Qué hiciste? ¿En qué estabas pensando?

—¿Quién es él? —preguntó Freddie, sus ojos clavados en los míos en el


espejo.

Yorke hacía más preguntas, pero Freddie iba a ir directamente al punto.

Levanté la vista, sorprendida. Creo que ni siquiera lo notaron a él en el


club. ¿Cómo era eso posible? Se sintió como si hubiera chispas
disparándose entre nosotros. En mi mente él prácticamente brilla.

—Nadie.

Yorke puso sus ojos en blanco.

—No lo conoces.

—Hmm… —Yorke reflexionó sobre ello, tirándome una toalla de mano—.


Entonces él apenas parece valer el infierno que vas a pagar.

Freddie se secó las manos, puso su cepillo de dientes en el porta-cepillos


de cerámica, y dobló su toalla en tres antes de colgarla prolijamente en
el perchero por la puerta.

—Lo vale —dije y Freddie se frenó mirándome de nuevo por un segundo


con cara solemne, antes de girarse, pasar a Yorke, y caminar fuera de
la habitación.

—Sólo espera —dijo Yorke, moviendo su cabeza de una forma que


envió escalofríos hacia abajo por mi columna. Se levantó y desapareció
por el marco de la puerta, apagando la luz.

—Lo vale —me repetí a mi misma en la oscuridad, queriendo creer.

—Lo sé, lo sé, estoy completamente retrasada —digo mientras me


arrastro a través de la cocina.

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—Y completamente castigada, apuesto —dice Yorke desde el
desayunador.

—Totalmente —agrega Freddie, sonando muy como chica cursi y


presumida. Está apoyada contra la barra, lamiendo miel desde la
esquina de su boca mientras la paso.

El desayuno ha terminado. Me lo perdí. Todo lo que queda es el olor de


los huevos fritos de mi papá y algunas migas tostadas en el mostrador.

Me deslizo de costado en la barra, empujando a Yorke. Ella está


envolviendo su taza diaria de café color caramelo, sólo descafeinado.
Las envolturas rosadas rasgadas de dos paquetes de edulcorante están
arrugadas encima de una pila delante de ella.

—Jesús, Leah —dice cuando choco contra ella.

Agarro la pesada daga esterlina color plata de un cortapapeles de la


mesa y abro un sobre en un movimiento rápido.

El total acumulado es 233. Y cada mañana el cartero trae una pila


fresca de "Se ruega confirmación".

Freddy se sirve un tazón de café caliente, se desliza en un lugar cerca


de mí, y levanta la pluma rosa oscuro reservada sólo para esta ocasión,
tachando con una raya a otro doctor, amigo de secundaria,
compañero de habitación de la universidad, o un viejo vecino de la
casa del lago de la larga lista.

—¿Valerie Dickens? —digo, anonadada, leyendo la carta de respuesta


en mi mano. Dios, esta es una pequeña ciudad. Ella quiere el pez.

—Es la prima segunda de Roger —dice Freddy—. Pensé que sabías eso,
siendo amigas y todo eso.

Escucho un golpe metálico cuando la mano de mi mamá golpea la


baranda en la cima de las escaleras, y mi pulso se acelera. Yorke ladea
su cabeza, escuchando atentamente, como si fuera completamente
obvio, por el sonido de los pasos de mi mamá, qué tan en problemas
estoy.

Página 122
—Ella está enojada —susurra, y adivino que debe saber, ella ha estado
en más problemas que cualquier otra en esta familia. También tiene un
aliento terrible a café.

Levanto de la pila una de las últimas bolsitas atadas de anoche y la tiro


sin fuerzas dentro de una caja al final de la mesa. Dos puntos. Freddie
agarra uno y consigue un triple, incapaz de resistirse a la urgencia de
superarme a cada rato, incluso en mi momento de necesidad.

Mi madre entra, todavía en sus pantuflas satinadas pero, por alguna


razón, el pelo con un perfecto alisado de peluquería. A veces pienso
que debe dormir parada, recostada sobre gigantes almohadas y
diminutos perros, como los Tudor. Se detiene al final de la mesa,
bloqueando todo lo que existe, y levanta sus manos defensivamente.

—No quiero escucharlo —dice bruscamente.

Mi boca, recién formándose alrededor de una súplica, se cierra


callándose tan fuerte que mis dientes hacen un pequeño sonido duro
de chasquido.

Noto que Yorke está repentinamente concentrada, toda su atención


dedicada a doblar y desdoblar uno de las envolturas de edulcorante.
La alisa contra la mesa con su pulgar antes de arrugarla y empieza todo
otra vez, dejando un diminuto montoncito de edulcorante en su estela.
La cabeza de Freddie está hacia abajo, y está lanzando bolsitas dentro
de la caja con tal concentración que podría estar atiborrando por un
final.

—Vas a ir derecho a tu trabajo y después vas a volver directamente a


casa — dice mi madre mientras extiende un dedo perfecto con
manicura en mi dirección—. Sin pérdida de tiempo —continúa—, nada
de viajes de estudio o ausencias sin justificación.

No es desagradable. Su voz nunca se eleva, nunca se torna fuerte, pero


con certeza es dolorosa. Cada mandamiento, cada palabra, aterriza
con fuerza, un ruido sordo de martillo, golpeándome abajo y más abajo
en el desayunador. Estoy pasmada en sumisión.

Me deslizo debajo de la superficie de la mesa y veo los pies de Yorke


mecerse frenéticamente hacia atrás y hacia adelante, su sandalia
colgando de un pie pulido. Freddie está envolviendo sus piernas como

Página 123
un pretzel, retorciéndolas en el banco, metiendo los pies hacia dentro,
los dedos moviéndose nerviosamente.

—A dondequiera que necesites ir —Mi madre hizo una pausa y nos miró
a cada una de nosotras por turno—, Yorke o Freddie, o Shane pueden
llevarte.

Yorke gime fuerte, pero tiene mucho miedo de la tempestad que se


arremolina para quejarse en serio. Freddie se queja, también,
obviamente un miembro más de la unión de hermanas mayores
abusadas.

Mi mamá las calla con una mirada y agrega:

—O voy a llevarte yo, si es necesario.

Levanta sus cejas hacia mí y, con una inclinación de cabeza en mi


dirección, sale aireada, indicando claramente que no va a haber una
discusión o negociación de términos.

—Estarás aquí cuando yo quiera que estés, Leah —dice sobre su


hombro mientras se dirige hacia la cocina—. Tendrás tus prioridades en
orden —continúa, atacando el grifo ya brillante con una toalla
almidonada blanca—. Shane fuera en una exploración inútil con una
lluvia torrencial, buscándote. Que disparate.

Me hubiera quejado, pero no puedo convocar la angustia o la energía.

—Actúas como si no tuviéramos una boda en pocas semanas —dice,


volviéndose a mirarme, por delante de la brillante mesa de granito,
sobre las cimas de los frascos pulidos. En algún lugar entre el azúcar, la
sal, el té, y mis perfectas hermanas, me encuentra. Estoy tan abajo que
prácticamente estoy paralela al piso.

Agita la toalla hacia mí.

—¡Y por Dios, siéntate derecha! ¡Las damas de honor no se dejan caer!

Al menos no las de esta familia, pienso mientras engancho mis codos


pesadamente en el borde de la mesa y me levanto despacio, hasta
que estoy decente y derecha, rodeada por mis hermanas, como sujeta-
libros a ambos lados.

Página 124
Capítulo 10
Traducido por Susanauribe
Corregido por Haushiinka

L
a temperatura sufrió un revés ayer después de la tormenta y no
muestra signos de terminar la oscuridad. Sin embargo, Shane
encuentra la manera, como siempre.

—¿No es esa tu amiga? —pregunta, agarrando la parte trasera


de mi asiento y forzándose a mirar por encima de mi cabeza mientras
hace un giro en U ilegal y se aparca en un espacio de discapacitados.

Las tardes usualmente son tiempo de chapoteo en esta mitad del


verano, pero no hoy, aparentemente. Troy está en una silla cerca a la
oficina, una rodilla saltando hacia arriba y abajo para mantenerse
alerta.

—¿Quién? —pregunto, mis ojos escaneando la multitud rápidamente,


buscando a la misma persona que siempre estoy buscando.

—¿Penny…? —dice, adivinando completamente.

Como si yo tendría una amiga llamada como una moneda15.

Alzo una ceja hacia él.

—Era algo con Y —dice.

—¿Valerie? —pregunto.

—Sí.

15Penny en inglés es el nombre de la moneda de un centavo.

Página 125
Ese es mi Shane, héroe del fútbol, rompecorazones y campeón de
deletreo.

—No es mi amiga —digo. Agarro mi bolso y abro la puerta.

Shane me agarra, empujándome por un beso que es todo manos y


producto para el cabello. De mala gana, me inclino, rígida e incómoda,
y sus dedos rozan mi omóplato, deslizándose por el punto adolorido por
anoche. Aprieto mis ojos fuertemente, y escenas al azar, iluminadas por
brillantes explosiones y destellos de luz, aparecen en mi cabeza. Un
profundo estremecimiento comienza en mi estómago. Baja por mi
columna y se apresura dentro de mí, abrasando mi piel, haciendo el
beso aún más incomodo, pero al menos eso lo mantiene breve. Con
una boca seca y un pulso tembloroso, me alejo.

—Pensé que estabas estudiando con ella ayer —pregunta Shane,


levantando su mentón hacia Valerie, sus labios hinchados—, durante la
tormenta.

—Oh, claro.

Ella está recostada contra la reja de alambre. Un libro abierto está


apoyado en su estómago, presionando su vestido más apretado contra
su delgado pecho.

—Aún así no es mi amiga —digo. Ni siquiera cerca. Ella es más como


una archi-enemiga y una secretaria social en el papel de una.

Valerie se mueve, la brisa agarrando la bufanda amarilla atada en su


cabello. Mira hacia arriba, me encuentra mirándola, y saluda como si
fuéramos viejas amigas. Como un idiota, Shane saluda de vuelta, su
sonrisa poco sincera, enorme y blanca incluso en éste frío día gris.

Los brazos de Valerie caen, y en ese mismo instante mi corazón también


lo hace. En la cuesta, recostado contra el capó del la furgoneta
granate alemana que probablemente pertenece a alguna mamá de
fútbol consentida, con sus largas piernas extendidas delante de él,
brazos cruzados encima de una camiseta desgastada y un mar de
césped entre nosotros, está Duffy.

Página 126
Salgo del auto de Shane y a penas lo noto alejándose con una
despedida de mano. Él se va, esparciendo grava y piedras hacia mis
pies.

Escalo la pendiente con mi cabeza baja, moviéndome tan rápido


como puedo. Paso la piscina, paso a Valerie, el pánico pulsando mis
nervios. Deseo que el chico con el mono y el registro del reformatorio
pase ahora mismo con su gran cortacésped y limpie un camino para mí.
Miro alrededor por él, esperanzada, y en cambio veo a Duffy. Está
apoyado, preparándose para irse.

Me deslizo bajando la pendiente con una velocidad precipitada,


confundida, sofocada, y a un ritmo endemoniado. Tropiezo en mi
camino hacia el auto, tratando de descifrar la expresión de Duffy y
respirar al mismo tiempo.

—¿Quién es el chico, Leah?

Me detengo. En silencio.

—¿Deportivo blanco de chica? —sugiere, y trago el nudo en mi


garganta, mirando sus nudillos blancos agarrando fuertemente el
volante.

—Shane —digo lenta y suavemente.

—Claro —dice y mira hacia afuera por su ventana abierta, no


mirándome a mí sino al piso o el césped o algo así—. ¿Y quién es
Shane? —pregunta.

—Mi novio.

—Tienes novio.

No fue una pregunta. Él no preguntó. Él simplemente medio lo dijo.

Asiento.

—Ya veo. Y Shane es sensacional.

Página 127
Imagino el suave asiento de cuero dentro del interior del auto de Shane,
las molestas llantas plateadas brillantes, y la caja de cromo pulido
alrededor de la vanidosa placa, SHN ROX16. Me encojo de hombros.

—¿Lo es? —pregunta, su voz ronca y enojada ahora—. ¿En verdad es


sensacional?

—No en realidad.

Él sólo me mira.

—¿Entonces qué estás haciendo?

—No lo sé —digo. Y en verdad, no lo sé. Es como si acabara de


descubrir que el mundo es redondo. Sigo sintiendo las esquinas.

—Entonces, lo estás engañando.

No estoy engañándolo, pienso. ¿Puedo engañar a alguien con quien no


estoy, técnicamente, siquiera saliendo? Miro una pareja de viejitos
montando en bicicletas rojas con cascos relajándose en la colina del
parque como manzanas de dulce.

—No estoy engañándolo —digo claramente. Estoy segura de eso. Pero


con una larga e irregular respiración busco lo que en verdad estoy
haciendo—. Estoy indecisa —respondo.

—¿Cuál es la diferencia? —pregunta sarcásticamente, mirando hacia


arriba así finalmente puedo encontrarme con sus ojos.

—La intención.

Duffy mueve su pelo hacia atrás, negando con su cabeza, asimilando


esto. Finalmente se aclara la garganta y pregunta:

—¿Cómo es que nunca hablaste sobre él?

¿Por qué hablaría sobre Shane? ¿Qué hay que decir? Él es un trozo de
queso. Delgado y cuadrado, tallado de la misma losa que Roger y Evan.

—Bueno, realmente nunca hablamos sobre algo, ¿no es así? —


pregunto—. Nosotros sólo… seguimos —digo, tragando fuertemente,

16SHN ROX:Diminutivo para Shane rocks, que traduce Shane es sensacional.

Página 128
tratando de explicar, y mi corazón empieza a separarse, rompiéndose
en los bordes, y mis manos vuelan hacia el horizonte, demostrando
nuestros éxodos, temblorosos y nerviosos al darme cuenta de lo que esto
podría ser.

No puedo respirar adecuadamente. Y siento como si no pudiera ver. El


sol pasa por las ramas encima de mí, brillando entre las hojas en
pedazos y partes, un rayo dorado en mi brazo, pero no calienta mi piel.
Estoy entumecida.

Dejo caer mis manos. Lágrimas ruedan por mi rostro, y pregunto en voz
bajo:

—¿No podemos sólo seguir?

Él asiente, cediendo.

Un rastro de canela y azúcar brilla en el tablero. Duffy conduce,


mirando hacia el frente, tomándose su tiempo, masticando lentamente
un paquete de seis rosquillas entre nosotros en los asientos delanteros,
hasta que las palabras finalmente se apresuran a salir en una
inundación.

Resulta que él va a hacer su último año este otoño. En mi escuela.


Incluso aunque él ya tiene dieciocho. Perdió un año.

—¿Un año entero? —pregunto, él asiente, voltea a la izquierda en un


camino sin señalizar y agarra otra rosquilla de la caja abierta.

No por estupidez o holgazanería, sino porque su mamá estaba enferma.


Él pasó todo el año con ella, y por eso es que está atrasado. Y por eso
vive con Gran Duff, su papá, ahora, porque su mamá murió.

—Cáncer —dice él, cortante y breve, deteniendo mi corazón y


respondiendo mis preguntas con una palabra.

Página 129
Pone la camioneta en parqueo. Sentándose derecho y quieto, mira por
el parabrisas, el músculo en su mandíbula trabajando silenciosamente
debajo de su piel. Se voltea hacia mí con una sonrisa que conozco muy
bien y dice:

—Entonces, ¿cuál es tu historia?

Pero estoy poco dispuesta a meterme de lleno. Nada que yo tenga


puede compararse con lo que él acaba de decir. Además, ya todos
conocen mi historia de corazón.

La rubia ambiciosa, la lista de amplias dotes, los puntajes de examen


esperados, los chicos perfectos y atuendos que acentúan la figura, los
puños altos y la sonrisa constante (no te olvides de esa), todo ha sido
conseguido, primero por Yorke y luego por Freddie. Soy una del montón.

Duffy se estira, y sus dedos hormiguean en mi rodilla, meneando mi


pierna hacia atrás y adelante, incitándome.

Niego con mi cabeza y digo:

—Ya ha sido dicho.

Él alza sus cejas, poco convencido.

—Al menos dos veces —digo—. Sólo mira a mis hermanas.

—Eso no puede ser verdad —me dice. Suavemente. Gentilmente.

—Se siente de esa manera —digo y me muevo en mi asiento.

—De alguna manera pareces diferente.

—¿En serio? —pregunto, envolviendo mis brazos apretadamente


alrededor de mi cuerpo.

Página 130
¿Qué sabe él? ¿Y qué ve? Porque yo no veo nada. Sólo me veo a mí,
exactamente como soy ahora. Esto. No lo que podría ser o de lo que
podría ser capaz o esas babosadas que los profesores siempre llaman
potencial.

—Bueno —dice, volteándose hacia mí—, estás aquí, ¿cierto?

Él se inclina, dulce y cálido, como una panadería a las 5:00 A.M. Su


cabello me da cosquillas pasando por mi frente y planta un ligero beso
allí. Cierro mis ojos con un suspiro y sonrío.

—Necesitas escoger, Leah. —Duffy respira en mi oído mientras arrastra


sus labios ligeramente por mi mejilla. Él descansa su frente contra la
mía—. No seré tu segunda opción.

Dios, no quise engañar. Porque todo éste asunto con Duffy, bueno,
medio sucedió. Él sólo sucedió. Se aparece, y mi sangre se vuelve
caliente, y así, por supuesto, estoy girando. Él nunca había sido parte del
plan.

Página 131
Capítulo 11
Traducido por Jo, Elena Vladescu y SOS por Paaau
Corregido por ZAMI

—T
ienes que estar bromeando —murmuro mientras me
abro paso hacia la piscina. Han pasado cuatro días
desde que me salté el trabajo y la vi por última vez, pero
el sentido de la moda de Valerie no ha mejorado en el
intermedio. Como si fuera una bañista de 1940, está tendida sobre una
vieja manta, en un traje de baño blanco atado al cuello y con unos
lentes de sol oscuros estilo ojo-de-gato. Apuesto a que se los prestó su
abuela, o el Smithsonian17.

La observo con una sonrisa desdeñosa mientras ella cierra su libro,


levanta sus lentes con un meñique, y me observa, intentando atrapar mi
mirada mientras paso.

—Tu amiga Val —dice Troy, deteniéndose frente a mí y señalando con


su dorada barbilla sin afeitar hacia Valerie—, dijo que estuviste enferma
el viernes pasado.

Estira sus brazos hacia arriba, pone sus codos hacia afuera, y descansa
un portapapeles de aspecto maltratado en la parte superior de su
cabeza. Se balancea hacia atrás sobre sus talones, esencialmente
bloqueando mi camino con su excesivo vello en las axilas. Asqueroso.

—Te cubrimos —dice, melodioso y un poco demasiado dulce,


asintiendo hacia la pandilla de chicos rubios que nos observan
fijamente desde las sillas de metal puestas alrededor de la piscina—. De
nada.

Con un imperceptible giro de mi cabeza alcanzo a ver a Valerie, a un


par de pasos detrás de mí, los libros dispersos por la manta, sus piernas
de pollo estirándose bajo el esfuerzo, siguiéndome hacia mi primera silla.

Smithsonian: El museo más grande del mundo, que cuenta con 19 cedes, y 9 centros
17

de investigación.

Página 132
—Ella no es mi amiga —le digo a Troy—. Sólo es molesta.

Me subo a la silla junto al tobogán y me giro, sintiendo los peldaños de


metal calientes quemar mi espalda mientras me deslizo hacia el asiento.
Desearía que no estuvieran tan calientes. Exhalo y observo una fila de
chicos de tercer grado empujándose entre ellos, subiendo los escalones
curvos, luego deslizándose por el tobogán, y aterrizando con un
disparejo chapuzón a un par de metros de mí.

—¿Terminaste La Tempestad? —pregunta Valerie luego esa tarde, con


un libro bajo su brazo y la manta a cuestas.

Su sombra, fue creciendo y creciendo a medida que pasaba el día,


apareciendo junto a la mía aproximadamente dos minutos después de
cada vez que cambiaba de silla.

Al principio ella guardaba todas sus cosas, y luego las instalaba otra vez
en su nueva posición, pero el último par de veces que Troy sopló
agudamente su silbato, sólo arrastró todo lo que llevaba —libros, manta,
y todo— alrededor de la cubierta de la piscina conmigo.

—Lo hice.

Reboso de emoción. Adoro La Tempestad. Adoro todo lo relacionado


con una buena tormenta por estos días. Obviamente.

Le sonrío por encima de mi hombro.

—¿Y tú?

—No completamente. —Levanta su libro. Su marcador de páginas


cuelga a solo un cuarto del ancho.

—¿Qué piensas hasta ahora? —pregunto, instándole a responder.

—¡Leah! —grita una voz desde afuera del cerco, y mi corazón se


acelera, apretándose, mientras miro mas allá de los pantalones extra
cortos y los vientres redondeados de escuela primaria en tankinis, para
encontrar a Dani, con nuevos reflejos color cobrizo destacándose entre
su cabello castaño y su piel tan morena como un bolso Vuitton oscuro,
caminando a través de la verja, saludándome. Len, nuestra pequeña
rubia, que se ubica en la punta de la pirámide, va rebotando dos pasos
detrás de ella. Maldición. Les devuelvo el saludo, sintiéndome
derrotada. Estaba esperando a Duffy.

—¿Mucho bronceado? —pregunto, acelerando mis pasos. Dani pone


sus ojos en blanco.

Página 133
No estuvieron prácticamente en todo el verano, quedándose con el
papá de Dani en Fénix. Mi madre nunca me habría dejado hacer algo
así, aún si se divorciara, cosa que nunca haría en millones de años.

Dani ríe mientras me subo a mi silla de salvavidas.

—Fue tan caliente.

—Como un horno —confirma Len.

Su voz se desvanece, cuando Valerie capta su atención, al colocarse


junto a mí, con su toalla en las manos, llegando un poco tarde para la
fiesta, como siempre.

Se sitúa en la esquina entre la reja y yo, desenrollando su toalla junto a


los arreglados pies de Dani y Len.

Todas observamos cómo endereza su pila de libros, ordenándolos


impecablemente, y desenrolla su cuerpo, apoyándose contra el cerco.
Estira sus largas y delgadas piernas, cruza sus brazos en su pecho, y nos
asiente, dejándonos saber que ahora tenemos toda su atención.

Como si la quisiéramos.

¡Dios! ni siquiera está leyendo un libro, o pretendiendo que se broncea,


o intentado de cualquier manera, esconder el hecho de que está total
y completamente pendiente de nuestra conversación.

Alejando sus ojos del espectáculo que es Valerie, Dani dice:

—Vimos a Shane anoche en Keltie.

—¿Dónde estabas? —pregunta Len en broma—. Se veía tan solitario.

Claro, como si Shane pudiera estar solo en el autocine, rodeado de


camareras en faldas cortas e ilimitadas hamburguesas. No es posible.

—Así que nos acercamos —dice Dani.

—Sólo para saludarlo —dice Len rápidamente como si yo pudiera


pensar que se metieron en el asiento trasero del auto con él. Sé que
Shane no me engaña. Ese es mi departamento.

—He estado muy ocupada —digo, mirando el agua.

—¿Si? ¿En qué has estado? —pregunta Dani.

Contando autos, pienso.

Página 134
—Tú sabes, no mucho —digo, usando el eufemismo del siglo o al menos
de mi vida.

Valerie suelta una risita.

—¿Cosas para la boda? —pregunta Dani.

—Ooh, cierto—chilla Len—. Yorke es taaan suertuda.

Valerie tose y se retuerce en su manta mientras se acomoda.

—Bueno… —dice Dani, soltando la palabra, apoyándose contra el


cerco, frunciendo el ceño hacia Valerie.

Bienvenida a mi verano, pienso.

—Deberíamos irnos —dice finalmente, pinchando a Len con un dedo—.


¡Dile a Yorke que le mando felicitaciones!

—Lo haré —interviene Valerie, sorprendiendo a Len y Dani más que un


examen sorpresa en álgebra. Sus ojos lo dicen todo: no pueden creer
que Valerie esté invitada al evento social de la temporada y ellas no.

Presioné mucho para meter a mis amigas en la corta lista, pero fui
vetada por Yorke, quien no quiere a nadie muy lindo y pequeño cerca
de ella en su gran día, y por mi madre, a quien no le gustan los
vegetarianos y la dificultad que presentan para una empresa de
catering. Len es ambas.

—Yo también —dice Len insegura, despidiéndose de mí mientras ambas


retroceden al unísono, más que impacientes por irse.

Valerie se despide de ellas distraídamente, agarrando un libro a su lado.

Dani y Len miran con curiosidad a Valerie y a mí, como si me hubiera


unido a su club secreto, mientras ellas no estaban. Tan no cierto.

—Las llamaré —les digo con una débil sonrisa.

Dani asiente, y luego nos dan la espalda y caminan alejándose con sus
brazos bronceados estirados y rígidos a sus costados. Estoy tan
avergonzada.

—Así que… ¿La Tempestad? —pregunta Valerie, de pronto parándose


junto a mí.

Ajusto mi visor y me pongo tan cómoda como puedo en mi silla alta


calentada por el sol. Ese barco ya zarpó.

Página 135
—En serio, Valerie —digo, con mis ojos escaneando a la multitud en el
agua—, no te molestes.

Supongo que ella no sabe cómo funciona esto, creo. Estudia y estudia y
estudia y yo ni siquiera debo intentarlo. Si no me cayera tan mal en este
momento, casi me sentiría mal por ella.

Se ajusta la cosa en su pelo. Presiona los labios. Empuja la cosa en su


cabello. Prácticamente puedo ver al hámster dentro de su cabeza
corriendo a toda potencia en su rueda cada vez más y más rápido,
intentando decidirse si me refiero a su incesante estudio, o a su
sorprendente apariencia de estrella de cine de antaño junto a la
piscina.

—No hagas esto —digo, manteniendo mis ojos en el agua todo el


tiempo.

—¿Qué?

—Esto —apunto rápidamente de ella a mí, luego de nuevo a ella—.


Hablar. —Suspiro pesadamente y digo—: Tratar de fingir que somos
amigas o lo que sea.

—¿Por qué? —pregunta con un aire de confusión.

—¿Por qué? —digo enojada y con incredulidad. Genial, ahora intentará


actuar como si no supiera de lo que hablo. Sé que es más inteligente
que eso, más inteligente de lo que yo soy.

Me mira, sus cejas arqueándose por encima del borde superior de sus
redondos lentes, curiosa.

—¿De verdad? —pregunto incrédula.

—Ahora veo claramente por qué nunca te uniste al club de debate —


me responde con condescendencia—, tus argumentos son
verdaderamente lamentables.

¿Será posible que no esté captando mis ondas malvadas? Yo puedo


sentirlas saliendo de mí en oleadas.

—El equipo de debates es para miopes —digo, mirando a unos niños


haciendo clavados en la parte menos profunda.

—Yo estoy en el equipo de debate —dice con voz seca.

Ya sé eso.

Página 136
Ella solo sigue ahí, a mis pies, con el pelo desordenado y alborotado, y
me quiebro. La rabia y la frustración desaparecen, y aliso la ajustada
coleta en la parte superior de mi cabeza, sintiendo el picor de mi cuero
cabelludo bajo el sol abrasador. Estamos a finales del verano. Hay
humedad. Siento que no he soltado una profunda respiración desde
que mi madre me metió con la ley, restringiendo todos mis movimientos
y mi vida.

No he visto a Duffy en varios días. No desde que me dio su ultimátum.


Ningún encuentro, nada. Siento como si alguien hubiera desconectado
la cosa más brillante en mi vida y ahora me estuviera desvaneciendo
rápidamente.

Aún me quedan boutonnieres18 , horquillas y un sinfín de sandalias por


probar. Si sumas eso a la serie de lecciones de baile de salón
completamente innecesarias, estoy totalmente agotada. ¿Acaso no
sabe mi familia que tengo cosas más importantes de las que
preocuparme? ¿Cómo de mi corazón traicionero? Sé que está en algún
lugar en el suelo, hirviendo en una piscina a fuego lento, pisoteado por
pies y ocasionalmente aplastado.

Lanzando mis manos en frustración hacia ella, le espeto:

—¿Qué quieres de mí, Valerie? ¿Además de entrometerte en todas mis


conversaciones, asustar a mis amigas y meter tu nariz en mis asuntos, en
cada oportunidad que tienes y generalmente ser tan molesta como es
humanamente posible?

Toma una profunda respiración, se arregla el cuello de su camiseta sin


mangas y mira hacia su montón de libros ordenado, y la lista de cosas
por hacer.

—Bueno, al menos por una vez me gustaría que tuvieses que esforzarte
—dice con naturalidad.

Mi nariz se arruga.

—¿Qué tiene que ver eso?

Al otro lado de la piscina, Troy está mirando su reloj, asegurándose de


que vamos según el horario. Él mira hacia donde estamos, dándonos a
Valerie, a mí, y a nuestra extensa conversación una severa mirada.

Boutonnieres: Ramilletes que utilizan los hombre a modo de adorno en los bolsillos de
18

sus sacos.

Página 137
—Tiene que ver con todo —dice Valerie, con su cabeza gacha mientras
se abanica con las arrugadas páginas de Shakespeare en sus manos de
adelante hacia atrás.

La palabra USADO, escrita con un grueso marcador negro a lo largo de


las páginas, aparece, desaparece, y luego aparece de nuevo como si
estuviese jugando con un libro animado hecho en casa.

—Todo lo que alguna vez has querido —dice, dejando quieto el libro en
sus manos antes de mirarme—, simplemente cae justo sobre tu regazo.

Eso es cierto. Me sonrío a mí misma.

—No tienes que esforzarte. Nunca. Ni siquiera con Jon Duffy.

Respiro rápidamente ante la mención de su nombre. Eso es lo que tú


piensas, grito en mi cerebro, pero no puedo decirlo.

—Lo que sea. —Levanto mi mano, deteniéndola.

Acabé. Ni siquiera quiero saber que de qué está hablando. No me


importa. Miro hacia la piscina, mi mandíbula apretada, decidida a
salvar a una posible persona ahogándose.

Troy se levanta, alto y bronceado, y se estira hacia el cielo. Escucho el


corto sonido de su silbato, y es tiempo de avanzar. Tomo mi botella de
agua y alcanzo mi toalla.

Valeria se inclina, sus uñas pintadas de rojo, aferrándose a mi silla


mientras pregunta:

—¿Te das cuenta de lo que apesta el trabajar así de duro y siempre salir
segunda? ¿Siempre?

Obviamente, no lo sé.

Miro hacia afuera, más allá de la cerca y las colinas con espesos
árboles, manchas amarillas de los dientes de león surgen a través de la
hierba mientras se mueven por el parque y digo fríamente:

—Para mi suerte, Valerie, mi vida no es uno de tus experimentos de


ciencia de segundo lugar.

Me bajo de la silla de salvavidas y aterrizo suavemente sobre el


pavimento caliente justo frente de ella. Me encojo de hombros y muevo
mi cola de caballo, intentando crear una brisa al pasar junto a ella y
caminar hacia la siguiente silla caliente, esperándome bajo la brillante
luz del sol.

Página 138
Pero cara a cara, de cerca, con su cabello derritiéndose bajo el sol y su
lápiz labial desgastado, difuminado en los bordes debido a ese hábito
nervioso de presionar su boca, recuerdo a Valerie, pequeña y sonriendo
orgullosamente, deletreando año tras año, suplente permanente en las
obras de clases, que nunca llegó a subir a un escenario a pesar de que
sus líneas estabas perfectamente memorizadas, incluso fue segunda silla
en un sombrío cuarteto de clarinete de Solos y Acompañamientos.

Ella siempre ha sido tan inteligente, demasiado para su propio bien.


Cuando fuimos al museo de ciencias en segundo grado, todos teníamos
nuestros almuerzos empacados, puestos sobre nuestros regazos durante
el largo viaje en autobús. Los niños con padres neuróticos como los míos
tenían jugos en caja, saludables y económicos. Los consentidos y los
olvidados tenían sodas. Yo estaba tan celosa, una lata completa de
soda, envuelta en papel aluminio para mantenerla fría.

Valerie dio un discurso largo y tartamudeante acerca de cómo el papel


aluminio no mantendría las sodas frías, sino que en realidad sacaría el
frío desde la lata.

Probablemente era algo que pensó que todos debíamos saber ya que
estábamos de camino al museo de ciencias.

Se sentó sola por el resto del viaje. No tuvo un compañero para escalar
dentro de la oreja gigante. Nadie compartió una soda con ella durante
el almuerzo, y posó sola en la fotografía de recuerdo dentro del Modelo
T19, aunque su cabeza aparecía junto a la de todos los demás. Ella
nunca sabía cuando detenerse.

—Muévete —le digo impacientemente. Ahora mismo la cinta ganadora


está entre yo y hacia donde quiero ir.

—Sólo quiero que te esfuerces por una vez —dice mientras da un paso
atrás, su talón aterrizando junto al borde de la piscina, en el pequeño
cuadrado blanco marcado como 6MT, permitiéndome pasar, y sé que
esto tiene que ver con algo más que con Duffy o nuestra amistad de
primaria fallida.

—Esfuérzate —dice ella—, limpiamente. —Su voz se pierde tras de mí


mientras camino a través del laberinto de toallas y tumbonas.

¿Limpiamente? Mis oídos zumban de vergüenza. ¿Lo dice en


serio?¿Acaso tiene ocho años? Dios, sería mucho más fácil odiarla si no
fuera tan Chica Exploradora. Entonces lo recuerdo, por supuesto, que lo
fue. La chica es un campo minado.

19
Modelo T:Modelo de automóvil de la marca Ford.

Página 139
Y aunque solo tenías que ir a las reuniones con la cosa puesta, y no para
ir a la escuela, Valerie se presentaba en clases al menos una vez a la
semana en su triste uniforme verde. Tenía todas las insignias. Se
alineaban en su chaleco y en su banda, probándole al mundo que ella
era inteligente, servicial, y podía cocinar una olla con frijoles.

Cuando llegué a casa un día en tercer grado y anuncié que también


quería unirme a las Exploradoras, mi mamá, completamente
exasperada, dijo: De verdad, Leah, nadie se ve bien en un traje verde.

Siento la condensación deslizándose hacia abajo por mi botella de


agua y goteando por mis dedos. No miro hacia atrás para ver a Valerie,
pero sí considero, algo aterrada, que quizás mi madre sabía mejor. Me
lanzo hacia arriba y tomo mi lugar sobre las mesas de bronceado con
una sonrisa temblorosa.

Página 140
Capítulo 12
Traducido por Vannia
Corregido por ZAMI

T
ráeme un macchiato de caramelo —ordena Yorke desde
el pequeño sofá curvo en el salón nupcial mientras

— retuerce su cabello recientemente pintado con reflejos


súper-rubios en lo alto de su cabeza—. ¡Descafeinado! —
grita detrás de mi madre, quien, a pesar de que Jinny, la señora de la
tienda nupcial se ofreció a hacerlo, ya está desapareciendo
rápidamente por el abarrotado pasillo.

Soy la única que realmente necesita esta última prueba de vestido ya


que tengo estos pechos con los que lidiar. Freddie, por supuesto, es una
perfecta talla seis. Y Yorke tomó la sorprendente decisión de último
minuto de usar el vestido de boda de nuestra madre. Es un hermoso
vestido de seda blanca, simple y elegante, con una cintura imperio y
delicada pedrería en el dobladillo del cuello. Con sólo unos pocos
cortes y pliegues, le encaja perfecto a Yorke.

—Una bonita tradición —canturrea Jinny mientras ayuda a Yorke a


entrar en el remolino de seda blanca apiñándose alrededor de sus
tobillos tras las puertas de estilo taberna del largo vestidor sólo para
novias.

—Una necesidad. —Escucho la observación de Freddie desde detrás de


la puerta blanca de su vestidor considerablemente más pequeño.

Empujando la puerta del vestidor para abrirla con una mano, con el
brillante dobladillo de su vestido tras de ella, Yorke entra al salón
principal y pasa junto a mí para subirse al pedestal elevado y quedarse
frente a los espejos dorados.

—No he visto mucho a Shane últimamente —dice casualmente mientras


se echa hacia atrás para que Jinny pueda fijar el largo velo
transparente en su lugar en la coronilla de su cabeza.

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—Sí —digo ásperamente mientras Zuska, la señora eslava que he
llegado a conocer muy bien, se mueve alrededor de mis axilas una vez
más, para colocar estratégicamente los pasadores finales.

Siento una pequeña punzada y podría jurar que Yorke eligió un vestido
sin tirantes sólo para fastidiarme.

—Hay una razón para eso —digo estirando la mano hacia mi axila,
palpando para buscar al puntiagudo agresor.

Levanto la vista con un punto de sangre en el dedo y me encuentro con


la expectante mirada de Yorke sobre mí en los tres enormes espejos.

—Terminé con eso —digo. Y es en serio. Mentalmente he roto con él,


una y otra vez. Es sólo que aún no se lo he dicho.

—¿Terminar con qué? —pregunta Freddie cuando da un paso enfrente


de los espejos, su pecho pequeño y perfectamente plano envuelto en
satén.

—Con Shane —se burla Yorke.

—Cla-ro. —Freddie pone los ojos en blanco hacia Yorke.

Observándolas riéndose juntas, decido que tal vez mi vestido pudo


haber tomado mucho más trabajo y que tiene que ser sujeto con un par
más de pasadores, pero que aún así se ve mejor en mí. Definitivamente.

—Hablo en serio —digo.

—Vamos… —increpa Yorke mientras se da la vuelta para admirar su


costado, ajustándose su poco cooperativo velo sobre un hombro—. Tú y
Shane no van a romper.

—¿Quiénes van a terminar? —pregunta mi madre cuando entra de


pronto, cerrando su teléfono celular y dejándolo caer dentro de su
bolso. Un café helado y el brebaje carameleado de Yorke se
balancean en una bandeja de cartón reciclado en su mano libre. No
hay nada para las no comprometidas.

—Aparentemente Shane y Leah —dice Yorke, mientras se gira y alcanza


la bandeja—. ¡Sí! —exclama mientras agarra el café con avidez y mi
madre se aleja, el hielo cruje fuertemente cuando aprieta el vaso.

—No oficialmente —le digo a Freddie en voz baja—. No es oficial


todavía.

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—No seas tonta —dice mi madre, desviándose fuera del alcance de
Yorke—. Leah y Shane no van a terminar.

Deja la bandeja, acomodándola entre las revistas para novias y el


abundante ramo de flores frescas sobre la mesa. Se endereza y nos
mira.

—Ellos están bien. —Sonríe—. Están perfectamente.

Mi madre camina hacia Yorke, inclinando la cabeza a un lado mientras


avanza. Levanta el velo de Yorke expertamente y lo deja caer, poco a
poco, de modo que se desplaza hacia abajo para quedar sobre los
hombros de Yorke. Pasa detrás de Freddie, se detiene y coloca un dedo
índice en cada hombro, tirando hacia atrás suavemente, haciendo el
corpiño de Freddie tan apretado que el satén silba.

—Perfectamente —repite Freddie a su reflejo, casi silenciosamente.

Las manos de mi madre pasan rozando por mis hombros cuando


camina detrás de mí, pasando ligeramente sobre mis líneas de
bronceado desvanecidas y roza mi omóplato. He estado trabajando
duro, con una variedad de trajes de baño y una gran cantidad de
autobronceador, para estar libre de marcas.

Me alisa el cabello hacia atrás, ajustando su caída sobre un hombro.


Chanel Nº 5 llena mis pulmones mientras sus ojos se encuentran con los
míos en el espejo.

—Tu hermana no necesita más estrés en este momento —susurra, y me


desanimo bajo el peso de mi vestido. ¿Cómo puede ser que la mayoría
de las personas que se supone que me aman estén aquí, tan cerca,
alineadas radiantemente y prometedoras, y aún así me sienta tan sola?

—No se ve estresada —digo, observando a Yorke deslizándose fuera de


su vestido detrás del sofá curvo.

—No seas idiota —dice Yorke pesadamente, sorbiendo el café caliente


y acurrucándose sobre el sofá satinado en su ropa interior, su vestido de
novia hecho una bola a sus pies—. Estoy totalmente estresada.

Mi madre levanta una ceja hacia mí antes de recoger el vestido de


Yorke y dirigirse a buscar a Jinny, un perchero cubierto con satén y una
bolsa protectora.

—¿Por qué terminarías con Shane un par de días antes de mi boda? —


pregunta Yorke—. ¿Eres retardada?

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Ella me mira como si yo fuera lo suficientemente tonta para dignarla
con una respuesta.

—Él tiene que estar ahí, Leah. Roger le pidió que fuera un acomodador,
por el amor de Cristo. ¿Qué vas a hacer al respecto? —Sacude un
paquetito rosa de edulcorante antes de romperlo para abrirlo—. ¿Y qué
hay del baile de bienvenida del próximo año? ¿Y el baile de
graduación? —Coloca el vaso en su pierna mientras se estira por el
paquetito número dos.

«¿En qué estás pensando? —pregunta, sacudiendo la cabeza,


haciendo una pausa sólo para revolver—. No vas a terminar con él. —
Vacía el último paquete en su café y deshecha toda la idea, con un
movimiento de su palito mezclador marrón y el movimiento de su
cabeza.

«Aunque ¿sabes lo que pienso? —dice, mirando a Freddie con una


sonrisa peligrosa—. ¿Sabes quiénes deberían terminar? —Se levanta
lentamente y se pasea hasta quedar detrás de Freddie. Todos sabemos
que de acuerdo al calendario, Evan debería haberse ido ya. Su tiempo
habría terminado a principios de verano.

«Corta a ese perdedor ya —dice Yorke a la espalda abotonada de


Freddie—. Me preocupo por ti.

La observo mientras remueve el agitador del café juguetonamente en


su vaso, esperando por una reacción, su reflejo claro en los dos espejos
no bloqueados por Freddie. Su estómago es tirante, la piel se extiende
por una pequeña y baja protuberancia en el medio. Es algo obvio
ahora, pero estuvo bien escondido por sus vestidos de verano y el
recién ajustado vestido de novia. Mis ojos están pegados a ella, mi boca
abierta, mi cerebro devanándose, sumando los días y los meses desde
que Roger apareció por primera vez.

Doy un paso atrás, mis pies amortiguados en la espesa alfombra color


crema, con los ojos abiertos de par en par. No estoy del todo
sorprendida de encontrar a Freddie observando mi reacción, asintiendo
con la cabeza a sabiendas, porque, como siempre, ella sabía pero
mantuvo la boca cerrada.

Cuando nosotras éramos muy, muy pequeñas, antes de que fuéramos


niñas buenas y hubiéramos aprendido a comportarnos, nuestra madre
solía sobornarnos para cosas aburridas, como ir a la iglesia, con la
promesa de dulces.

—Quien esté en silencio más tiempo se lleva un pedazo —decía ella en


voz baja, sosteniendo su bolso abierto para que pudiéramos asomarnos

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y ver los premios de dulces que estaban ahí esperando por nosotras, a
sabiendas de que Freddie podría cerrar la boca para siempre si se
trataba de una competencia.

Yorke se rendía a mitad del sermón y comenzaba a susurrarle a quien


tuviera la mala suerte de estar sentada junto a ella, usualmente yo, o a
canturrear para sí misma, algunas veces incluso pellizcaba a Freddie
con la intención de conseguir dejarla fuera. Nunca funcionó.

Freddie era tan buena que incluso sabía cómo desenvolver el caramelo
que se había quedado de la semana anterior sin hacerle una arruga a
la envoltura, sin más que un susurro o un crujido. Ella se sentaba atrás,
con los pies balanceándose alegremente bajo el banco, con una
sonrisa satisfecha en sus labios acaramelados.

—¿Sabes lo que pienso? —dice Freddie claramente, con un marcada


mirada por encima del hombro en dirección a Yorke mientras camina
de regreso al vestidor—. Creo que ya tienes suficiente por lo que
preocuparte.

Bueno, creo que le dio a esa chica un caramelo ácido. Freddie gana
de nuevo.

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Capítulo 13
Traducido por LizC
Corregido por Angeles Rangel

N
o creo que de hecho me hubiera sentido así antes. Estoy casi
hirviendo, me siento traicionada, y creo que podría estar
amargada. Sobre Duffy, cuya madre murió y apenas pudo
siquiera molestarse en decírmelo. ¿Por qué no querría decirme?
Supongo que nunca le agradé. Sin duda nunca confió en mí realmente.

Y sobre Yorke, quien logró quedar embarazada y mantenerlo en


secreto, una hazaña monumental para ella, y Freddie, por fidelidad,
hasta el final, mantuvo su parte del trato, incluso si eso significaba
dejarme fuera.

Puedo manejar lo de Yorke y Freddie, tengo toda una vida entera


siendo la última en la fila con ellas. Pero Duffy es desconocido y nuevo,
la herida toda mía, amenazando y cociéndose justo debajo de la
superficie de mi piel.

—Sólo rózalo, Leah —dice Troy, caminando detrás de mí con un


candado que cuelga de su dedo mientras me estiro, deslizando elgran
poste a lo largo del pozo de la piscina—. No apuñales y empujes.

Después de limpiar la piscina, me lleva dos intentos subir mi pierna sobre


el primer peldaño de la silla para mi último turno nocturno de la
temporada. Es la segunda semana de agosto, y la idea de que éste
puede ser mi último turno nocturno para siempre, si mi madre se sale
con la suya, llena mis venas con plomo.

La piscina ha sido siempre mi lugar, separada de mis hermanas y mi


madre, un lugar brillante en forma de L lleno de cloro y soledad. Apenas
algunas veces me mojo por encima de los tobillos, pero al menos es

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todo mío. Y no quiero que desaparezca, de la forma en que Duffy lo
hizo.

No lo he visto en mucho tiempo. He estado evitando a Shane todo este


tiempo, pero, ¿por qué molestarme si Duffy ni siquiera se va a aparecer?

Dijo que la decisión era mía. En realidad, creo que sus palabras exactas
fueron: “Tienes que elegir, Leah,” mientras apoyaba su cabeza tan
suavemente contra la mía, pero, ¿cómo diablos puedo elegir cuando
va por delante y lo hace por mí? Entre él y mi madre, es como si ni
siquiera hubiera tenido la oportunidad.

Oigo el chasquido de un bate, y un aplauso distante llena el aire. El olor


de los perros calientes chisporroteando en una parrilla flota enla brisa, y
luego hacia arriba y sobre el balcón de árboles. Algunos padres nadan
en la piscina escasamente llena, flotando en la superficie, perezosos y
relajados. Los pequeños salvajes, los niños que suelen llenar la piscina
con gritos y salpicaduras, están cruzando la calle hacia el refugio del
gran parque, jugando en un torneo de Pequeñas Ligas.

El sol se está poniendo, y Troy enciende algún clásico del rock. Las
primeras notas, creo que son de una vieja canción de Boston, rebotan a
través del agua y se funden en mí, suelta y cómoda. Me deslizo hacia
abajo, apoyando la cabeza contra el respaldo de mi silla, y espío a Troy
en la oficina de la piscina, tocando una guitarra imaginaria como un
demonio.

Él me ve, sonríe tímidamente, y termina con un riff salvaje y apaleando


su guitarra contra las paredes de bloques de cemento. Aplaudo en
silencio y muevo un teléfono celular invisible sobre mi cabeza en
homenaje a nuestro dios del rock de la piscina. Troy hace una
reverencia, sale de la oficina, y vuelve a subirse en su silla, todo
profesional de nuevo.

El sonido familiar de páginas siendo pasadas me devuelve de un tirón a


la realidad. Sacudo las piernas y golpeo mi tobillo contra el acero
afilado de la silla. Me siento con la espalda recta, esperando encontrar
a Valerie viniendo hacia mí, con un buen pedazo de literatura en la
mano, diciendo algo estúpido como: “Es una gran noche para discutir
el verso,” o “me encuentro pérdida en un sueño de una noche de

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verano”. Pero es sólo una revista que alguien ha dejado en la terraza,
abierta y susurrando en la brisa.

Exploro el perímetro de la piscina, en busca de un traje de baño de


época y unas piernas flacas. Parece que Valerie no está aquí. Reviso
dos veces, porque no puedo imaginar que ella no esté aquí, porque
esta es la primera vez que he estado en la piscina, durante todo el
verano, sin Valerie a mi lado.

Nop. Realmente no está aquí. Hmm. Probablemente tuvo que llevar


esos lentes de sol y ese traje de baño entero de vuelta al museo para
una datación por carbono.

Mi cerebro se reduce a fuego lento. Sin Valerie y su zumbido constante


de hechos, cifras, estadísticas históricas y cuestiones que aquejan, sin
eso, por primera vez en mucho tiempo, hay mucho espacio en mi
cabeza. Creo que en realidad puedo pensar, ¿pero eso es algo bueno?

Sé de inmediato, con una caída miserable de todo mi cuerpo, que


cualquier vacío en mi cerebro ahora mismo se va a llenar
inmediatamente con pensamientos de Duffy, o mejor dicho, mi falta de
Duffy.

Empiezo a fantasear con nosotros juntos el año que viene, saliendo,


felices, y siempre andado de aquí para allá. Vamos a ser el rey y la reina
del baile de graduación, porque bueno, yo soy yo, y mi madre y
hermanas han sido todas las reinas del baile de graduación antes que
yo. Es una tradición. Y Duffy será el rey. Vamos a pasear a lo largo del
desfile encaramados en la parte trasera de un convertible, sonriendo y
saludando a las multitudes que bordean las calles. Excepto que Duffy
probablemente no va a querer sentarse en la parte de atrás y dejar que
alguien más conduzca.

Y cuando tengamos nuestras cenas familiares los viernes por la noche


en el club, ¿estacionará nuestro auto primero y luego irá al interior para
sentarse a mi lado, con su cabello oscuro y salvaje en un mar rubio
resplandeciente de brillante barniz y espuma?

Apuesto a que puedo hacerlo encajar en el molde, cincelarlo un poco,


y desgastar los bordes ásperos. Sin embargo, la cosa es que me gustan

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los bordes ásperos. Me hacen sentir tosca, estremecida, y con vida. Y
eso me gusta.

El sol se pone detrás de las copas de los árboles, las luces se encienden
suavemente bajo la superficie del agua, y los nadadores parecen brillar.
Puedo escuchar las conversaciones del juego.

—Oye, bateador, bateador... Oye, bateador, bateador...

Otra canción suena en la radio, una que recuerdo haber escuchado el


día en que Duffy y yo fuimos al río. Es lenta al principio, la guitarra suena
a lo largo en un discreto segundo plano, luego se fortalece, zumbando
con energía a medida que corremos hacia el agua, y de repente se
abre, se estrellan los tambores, y el choque del agua nos golpea, fría y
cortante, quitándonos el aliento. Un escalofrío recorre mi columna
vertebral cuando la canción termina, la guitarra retrocede a distancia,
cayendo en el suave aire de la noche como un susurro metálico.

Llego a mi espalda, buscando a tientas la capucha de la sudadera que


sé que está ahí, sintiendo la suavidad. Me la pongo, acomodando mi
cabello a lo largo de la capucha y deslizando las mangas hacia abajo
sobre la punta de mis dedos.

Me resisto a la tentación de tirar de la gruesa capucha por encima de


mi cabeza y pensar en cosas tristes. ¿Qué pasa si termino sola? Sin Duffy,
sin Shane, e incluso sin Valerie.Por lo menos cuando ella está cerca,
tengo a alguien con quien hablar en la piscina.

No me molesta tanto como lo hizo al comienzo del verano. He


construido mi inmunidad. Estoy inoculada.

Supongo que siempre está Troy, pero nunca ha sido un gran


conversador. Lo observo mientras las luces parpadean a la vida en
torno a la línea de la cerca. Sus brazos en silencio golpean al ritmo de la
canción de rock en la radio, sus rodillas rebotan, los dedos de sus pies
trabajan el bombo, y me doy por vencida.

Estiro la sudaderaa mi alrededor, apretando las rodillas contra mi pecho,


y construyo una tienda de campaña. Envuelvo mis brazos
apretadamente, descanso mi barbilla en las rodillas y miro fijamente
sobre el agua casi vacía.

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Un solo nadador se desliza silenciosamente por ella, vuelta tras vuelta.
Un aleteo de agua lo sigue, luego se aleja, absorbido por el silencio que
lo rodea. Es como si nunca hubiera estado allí, nunca pasó por ese
lugar. Él es invisible, fugaz, un cambio sutil, y luego se ha ido.

Lo veo pasar cerca de nuevo y me aprieto más firme en mi cálido


mundo de lana, decidida a no dejar ir a Duffy, deseando que él
protestara con más vehemencia. No voy a dejar que simplemente
desaparezca a la deriva.

¿Por qué Duffy no quiere hablar conmigo? ¿Por qué desapareció, puf,
se fue tan repentina y misteriosamente como apareció? Pensé que le
gustaba, pero supongo que estaba equivocada. Nunca le gusté. Y
renuncié a todo por él —a Shane, ser reina del baile, el lugar
garantizado en la pista de baile, un último año tranquilo— todos por
esto, ido, para nada, y él no puede ni siquiera molestarse en conducir
cerca y saludar. Bueno, lo habría dado todo por él de todos modos. Es
sólo que nunca tuve la oportunidad de hacérselo saber.

—El último, cierra la puerta cuando se vaya —grita Troy desde la silla,
oscurecida en las sombras desde el interior de la oficina de la piscina.
Soy la última.

Estoy guardando mis cosas, y la noche se asienta tranquila y en silencio


a mí alrededor. El juego de pelota ha terminado. Las familias están
conduciendo sus minivans y camionetas deportivas, sus luces
desaparecen de la colina, a medida que se dirigen a celebrar en el
Keltie con copas de helado y hamburguesas de tres pisos.

Cierro la puerta, escuchando el ruido metálico del cierre metálico


hermético detrás de mí. La luz se ilumina en la oficina cálida y suave,
reflejando un recuadro brillante en el agua. Miro hacia atrás, veo a Troy
en su chaqueta de natación de los Diablos y su traje rojo ajustado, con
el viejo teléfono de la oficina en su oreja, y ondeo mi mano para
despedirme de él.

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Escucho el crujido de los neumáticos contra la grava cuando llego al
final de la pendiente, el camino de asfalto frío y remoto menos
pegajoso en la noche. Paso el último de los árboles en la parte inferior
de la senda, ansiosa de ver quién me está recogiendo. Es como la
lotería, con mi madre eligiendo los números. Y el número de Duffy nunca
aparece.

Me detengo, momentáneamente atrapada en los faros. Mierda. Ella


envió a Shane.

Mi madre es el diablo, y mi vida es como uno de esos paseos en carritos


para niños en el parque de diversiones. Por supuesto, el carro se ve muy
bien, todo reluciente y brillante, pero en realidad no puedes conducirlo.
Está en una pista. Simplemente apenas te sientas allí como un tonto y
sonríes todo grande para que así tus padres te puedan saludar y tomar
fotos. En un principio podrías pensar que vas a tener la oportunidad al
volante, pero luego descubres que ni siquiera gira.

Cuando eres pequeño, parece divertido, y tal vez las montañas por las
que ruedas se sienten grandes y dan miedo y tú estómago se levanta un
poco cada vez. Pero ahora mi estómago sólo se hunde cuando me
subo al auto al ralentí de Shane y su mano descansa pesadamente en
mi muslo.

Me presiono contra el suave cuero, y sé que este auto no va a ninguna


parte. No hay desvíos, no hay descubrimientos por la luz del tablero, no
más precipitarse, de un lugar a otro, de un auto a otro. Estoy atascada.

Página 151
Capítulo 14
Traducido por sooi.luuli, gaby828 y Aaris
Corregido por Angeles Rangel

B
ueno, ¿tienes todo? —mi madre pregunta por billonésima
vez mientras revuelve en mi mochila, desconfiando de mis

— habilidades para empacar.

—Sí.

—Tu vestido, tus zapatos, todas tus… —Ella se detiene para alisar el
encaje de ropa interior que acaba de replegar en un cuadrado rosa.
Las esconde en el costado de la mochila porque aparentemente la
ropa interior no pertenece a donde la puse, en la parte superior de todo
lo demás.

Levanta la vista, sus ojos deteniéndose por un segundo justo en mis


pechos antes de continuar.

—¿Ropas interiores?

Yorke y Frederique tienen los nombres de la familia. Yo tengo los grandes


pechos.

Espera por una respuesta, como si yo pudiera de alguna manera olvidar


un sujetador para el ensayo de bodas de mi hermana. No he salido de
casa sin esas cosas amarradas y levantadas desde que tengo doce
años. Ella sabe eso.

Apoyo la cadera contra la encimera, cruzo los brazos, y respiro.

—Sí.

—Quiero estar segura. No podemos pasar por alto nada.

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Hurga por toda la mochila nuevamente, hasta el fondo.

—No puedo creer que tengas que trabajar hoy, de todos los días. Tú y tu
padre —resopla, nerviosa.

Mi papá también está hoy en el trabajo. Él se fue esta mañana


temprano, habiendo llenado su tazón de viaje de café caliente,
conduciendo en un camión cubierto de rocío mucho antes del
demente comienzo de la boda.

—¿Y tú les has dicho del ensayo?

Mi madre parece pensar que hay una gran empresa dirigiendo la


piscina pública, no sólo Troy y su portapapeles.

—Sí.

—¿Estás segura? —Ella se detiene de nuevo y arquea perfectamente las


cejas delineadas, impugnando los contenidos de mi mochila una última
vez mientras sus dedos se ciernen sobre la cremallera, temerosa de tirar
de él para cerrarla y cerrar su última oportunidad de mortificarse y
preocuparse.

Lo creas o no, he empacado un bolso antes.

—Sí, está todo allí —digo, con un asentimiento de seguridad.

Finalmente cierra la cremallera y yo tiro de las correas de bambú de su


agarre y las engancho en mi brazo.

—Voy a poner el bolso en tu baúl del lado correcto, cerca de tus palos
de golf, y colgar los vestidos, en la bolsa de plástico, en la parte
posterior del asiento del pasajero —digo, recitándole las instrucciones
de vuelta exactamente como me fueron impuestas cuando me
encontró hace quince minutos parada en la cocina y se dio cuenta de
que ella estaba apurada para darme un paseo hasta la piscina por mi
turno de tarde.

—Y, por ninguna razón, mojes tu cabello. —Mi madre se cierne detrás de
mí mientras caminamos por el porche y el recibidor hasta la puerta
principal, las llaves del auto tintineando desde sus dedos, el acolchado
bolso sobre mi brazo, la mochila sobre mi otro hombro, el vestido, en la
mochila, colgando de mi mano.

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—¡Incluso si alguien se ahoga! —grita Yorke por encima de su hombro
mientras desaparece por las escaleras detrás de nosotras con ruleros del
tamaño de latas de sopa en su pelo. Cierro la puerta con un golpe.

—Sólo no sé si esta cosa de socorrista fue la mejor decisión para ti —dice


mi madre mientras hace presión sobre el acelerador, tomando la
dirección del parque con un giro a la derecha. Ella me examina, sus ojos
inescrutables bajo sus lentes de sol Jackie O—. No sé lo que tú y tu
padre estaban pensando.

Agarro el asiento, preparándome para el descenso contra-reloj,


sabiendo que no es necesario responder. Mi madre no es la conductora
más atenta en el mejor de los casos, ¿pero un día antes de la boda de
su hija? Olvida eso. Somos un borrón de oro blanco, pasando zumbando
a las bicicletas de diez velocidades y a los paseadores y perros de paso.

—¿Hablaste con Shane hoy?

—No. —Suspiro.

Sé lo que ella quiere. Puedo sentirla presionándome todo el tiempo. La


incesante propaganda a favor de Shane no es realmente necesaria.

Ella quiere que yo me ponga mis anteojeras rosas y siga el camino que
ha planeado para mí. Quiere que yo pretenda que no vi todas esas
cosas y que haga todas esas cosas y que sienta todas esas cosas que
sentí con Duffy. A veces desearía poder. Sería mucho más fácil.

—Su esmoquin debería estar listo —dice mi mamá, su tono afilado


compitiendo con el bing, bing, bing de su señal de giro—. Recuérdale
recogerlo muy temprano mañana.¿Te acuerdas de su ramillete? ¿Roger
le consiguió un regalo?

Las preguntas se ponen en mi dirección como una ráfaga de


ametralladora maternal mientras acelera el motor y hace el giro final
sobre el estacionamiento de la piscina, dirigiéndose al azar sobre los

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cuatro espacios, dispersando a un grupo de chicos en pequeñas
bicicletas. Ellos se alejan como Skittles, mirándonos desde debajo de las
alas de sus gorras de béisbol.

Empujo la puerta.

—Él tal vez sea sólo un acomodador —continúa—, pero es parte de la


fiesta del casamiento después de todo. Se sentará a tu lado en la mesa
principal. Tiene sentido.

Agarro mi bolso y salgo del auto.

—Alguien te recogerá —me advierte mi madre, sin esperar mi respuesta.


Ella ya se está alejando con el auto, yéndose, abriendo su celular de un
tirón mientras se va zigzagueando.

Echo un vistazo a través de los campos de golf de la valla en mi camino


hacia la piscina, esperando un público cuidadoso, una tarde fácil, y tal
vez una oportunidad de que Duffy podría estar en algún lugar del lado
sombreado, descansando en alguna capota, esperándome.

No tengo tanta suerte.

La mayoría de la escuela secundaria está arremolinándose fuera de la


valla. Toallas envueltas en torno a sus cuellos como boxeadores
profesionales, esperan a que las puertas se abran.

El calor resplandece, olas de él elevándose del vacío suelo de cemento


mientras aprieto mi bolso contra mí y me muevo contra la oleada
aromatizada de Coppertone20, deteniéndome en mi camino más allá
de la piscina de niños para dejar a dos niñas con agua cayendo en
pequeños chorros de agua por sus espaldas tomar su camino con los
pies descalzos por el pasaje asfaltado en frente de mí.

Ellas pasan de manera cuidadosa, equilibrándose de puntillas mientras


yo me muevo más allá de un puñado de chicos en bermudas con los
labios superiores esporádicamente velludos. De trece años totalmente.
Puedo sentir sus ojos arrastrándose por mí mientras me escabullo hacia
la puerta lateral señalada con SÓLO PERSONAL en pintura esparcida de
espray.

20Coppertone: Marca de bronceador.

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Es tan diferente estar aquí durante el día después de trabajar un turno
de noche tranquilo y silencioso. El agua me mira en el sol de la tarde,
enceguecedor y brillante. Masilla blanca llena las grietas en el suelo.
Rezuma, cálida y suave, como malvavisco llenando a una Pop-Tart de
concreto.

Valerie está afuera de la puerta, sus piernas delgadas asomando por la


abertura en un sarong de azafrán que podría estar casi a la moda si no
se viera como si saliera directo de Goodwill.

Está sentada con su usual postura perfecta, sus piernas cruzadas sobre
sus tobillos. Se ve expectante, pero no de la manera como se ve Yorke.
La veo lamer un Drumstick derretido, el papel envoltorio, a su lado sobre
el piso, definido y cuidadosamente doblado como un origami, y estoy
impresionada por su tranquilidad. Se ve casi hermosa desde aquí, de
una manera delgada, con cabello marrón y libresca.

Mirando el reloj por encima de la entrada de la oficina, me subo en mi


silla. Es el mismo reloj que cuelga al lado de la bandera en todas y cada
una de las clases en mi escuela.

Me siento y lo veo fijamente haciendo tic tac por unos segundos,


disfrutando la ironía de que este mismo reloj es el único al que
observamos desesperadamente durante las tres estaciones del año.
Todos los días desde las ocho hasta las tres, deseamos que acelere y
que el día de escuela pase tan rápido como sea posible. Aquí está,
robando silenciosamente el verano en salpicados y segundos.

Marca la una en punto.

Entonces Troy hace sonar el silbato, largo y fuerte, y desencadena el


frenesí. Valerie entra, tres minutos después, con su manta y su bolso de
mano demasiado lleno, y se instala a mi lado. La veo estirarse, y mi
calma, temporalmente sacudida la noche anterior con su inesperada
ausencia, vuelve a la normalidad.

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—¿Conoces al señor Ridley? —pregunta Valerie saliendo de la nada en
algún momento de la tarde. Ella deja de leer y sostiene la enciclopedia
abierta que esta ojeando. Sus gafas de sol —no las de ojos de gato de
antes, estas son redondas— se posan en la punta de su nariz. Mira por
encima de ellas para ver si tiene mi atención.

—¿El que tiene el Porsche? —agrega.

Oh, sí, conozco ese Porsche.

—¿Si?—pregunto, mis ojos en el reloj, preguntándome a donde va esto.

—Bueno, parece que el señor Ridley estaba ejercitándose en el


gimnasio del club, tu club, ya sabes, levantando pesas, haciendo
levantamientoso sentadillasmuertas o como sea que se llamen.

Levantamiento de peso muerto. Shane las hace para el fútbol.

—¿De qué estás hablando? —Está ahí mismo, la rudeza en la punta de


mi lengua, pero me detengo.

—Bueno. —Hace una pausa dramática—. Toda la parte frontal de ese


gimnasio es de vidrio, una gran ventana, ya sabes. —Me mira, y
asiento—. Así que, el señor Ridley está levantando —Pantomima
levantar una barra pesada sobre su cabeza, sus brazos en realidad
esforzándose bajo el peso imaginario—. Cuando, de repente, justo en
frente de él, ya sabes cómo es —Se detiene de nuevo—, su Porsche se
va chillando. Y él no está en él.

—Oh, no.

—Oh, sí. Simplemente se va. Corriendo hacia el lago. Adiós —dice,


entornando los ojos y ondeando a la distancia.

Se inclina hacia atrás contra el muro, y espero que se ajuste. Cuando


está segura de que es cómodo, obviamente disfrutando de mi interés
frustrado, continúa:

—Y todo el tiempo el Porsche se está alejando, se supone que debe


estar en el patio trasero del club obteniendo un lavado y detallado,
pero de alguna manera está rugiendo por la carretera del lago. —Ella
se escabulle hacia adelante—. O al menos eso oí.

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Imagino el Porsche, el alerón elevándose a medida que gana
velocidad, apareciendo en las pequeñas colinas que salpican el
campo de golf.

—¿Entonces qué pasó?

—Oh —dice, con voz ahogada mientras mete la cabeza bajo el brazo y
se estira para agarrar el libro que estaba leyendo cuando comenzó la
historia—, dejó caer las pesas. —Mirando hacia abajo, continúa—:
Escuché que se rompió un dedo del pie. —Deja caer el pesado libro en
el bolso con un golpe seco—. Amenazó con demandar al club.

Troy golpea su reloj, mirando sobre su hombro para asegurarse de que


el reloj de la pared es correcto. Son las 4:59. Mira a su alrededor a cada
silla, captando la atención de cada socorrista con una pequeña
elevación de la barbilla, y yo me levanto, distraídamente, queriendo
que Valerie termine la historia antes que la conmoción de la hora de
cierre se inicie.

Yo sé que está jugando conmigo, que sabe lo que quiero saber.

—¿Y? — pregunto con urgencia.

—Ah, y Jon Duffy fue atrapado —dice, deteniéndose de guardar su libro


el tiempo suficiente para hacer comillas molestas en el aire alrededor
de la palabra “atrapado”.

Troy sopla el silbato y me coge completamente por sorpresa. Trato de


exhalar, pero todo mi aire se ha ido, mis pulmones vacíos igual que mi
cabeza se llenan con el metálico chirrido de la piscina a la hora de
cierre. Mi pito cae de mis labios.

Valerie se acerca a mí y cuelga su bolso en la base de la silla. Éste se


golpea contra la pata de metal con un sonido metálico. La miro, mis
ojos vidriosos, no puedo enfocar.

Sé en mi corazón que Valerie está tratando de redimirse. Está en la


forma en que ella se inclina hacia delante, mirándome suplicante,
hablando con urgencia y tan en privado como sea posible en este lugar
público mientras las personas se arremolinan a nuestro alrededor,
gritando y saludándose unos a otros, haciendo planes y diciéndose
adiós.

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—Así que —continúa, apoyando el codo en la plataforma cerca de mis
tobillos— Gran Duff llegó a un acuerdo. Jon Duffy todavía puede
aparcar los autos en el club, pero no puede conducir más allá de las
líneas pintadas en el borde del aparcamiento.

Se levanta sobre sus puntillas, haciendo un gesto para que me acerque.

Susurra en mi oído:

—Estoy segura de que a él no le gusta hablar de ello. —Se acomoda de


nuevo sobre sus talones y le dice—: Pero probablemente estará
castigado durante el resto de su vida.

Mi cerebro está zumbando. Tambaleándose. Me recuesto sorprendida.


Dios, ¿sabes lo que esto significa? Él no ha desaparecido. No me
dejó.Simplemente condujo el auto equivocado.

Miro a Valerie, con la comprensión naciendo a mis ojos.

Ella me sonríe, luego se agacha para coger su bolso.

Hace una pausa. Respira.

—¿Vas a recuperarlo? —pregunta con timidez, y comprendo que no


está siendo mezquina o vengativa.

Está siendo genuina y verdadera, a diferencia de todos los demás en mi


vida, los que piensan que saben exactamente lo que van a conseguir,
Valerie en realidad podría esperar algo más de mí. Está levantando la
barra.

—Voy a intentarlo —le digo, y ella me sonríe, audaz y brillante.

La valla detrás de mí se sacude, regresándome al tiempo presente.

—¿Llamas a esto un trabajo? —La voz de Yorke me reprende, y yo salto,


retorciéndome en la silla, sorprendida de ver a mis dos hermanas,
demasiado vestidas para casi cualquier ocasión en vestidos cortos de
verano y sandalias de tacón alto, de pie sobre la hierba desgastada
bajo el árbol de los fumadores.

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Bajo de mi silla para hacerles frente, y Valerie se escabulle fuera del
camino, como un insecto. Se mueve alrededor de un metro de
distancia, pero no se va.

—No puedo creer que estén aquí —le digo a Yorke.

—Ni yo —responde ella con frialdad, levantando las gafas de sol para
mirar a Valerie, dándole una mirada de muerte.

Valerie balbucea sin decir una palabra y se inclina para recoger sus
cosas. Se cruza entre Yorke, Freddie y yo, con los ojos clavados en los
míos. Estoy inmóvil y observándola irse,tratando silenciosamente de
detenerla.

Estoy rota, odiando y amando a Valerie, desesperada por ir tras ella y


cavar en busca de detalles, y muriendo por escapar, por deshacerme
de mis hermanas y encontrar a Duffy.

—Tenía que salir de la casa —dice Yorke, con los ojos siguiendo a
Valerie—. Roger me está volviendo loca. —Me ve con una mirada de
dolor en su rostro—. Literalmente loca.

—O en sentido figurado —añade Freddie—. ¿Qué fue todo eso?

—¿Qué hace ella en todo esto? —Yorke olisquea con un movimiento de


su pelo largo y rubio. Los hombros de Valerie se arrastran en torno a sus
orejas protectoramente, y se detiene, encorvada, y nos da a las tres,
una última mirada antes de desaparecer en el vestuario de chicas.

No respondo.

Me da vergüenza que mis hermanas sólo vean el traje de baño gastado


y los hombros huesudos, el mal color de esmalte para uñas y la sonrisa
menos que perfecta. No se dan cuenta de que su sonrisa ligeramente
sobre mordida esconde una increíble risa y que el cerebro de Valerie
podría ser incluso más grande que el de Freddie.

Me pongo a desconectar la manguera verde oscuro de la cerca.

Yorke pone en blanco sus ojos grandes y pregunta con impaciencia:

—¿Podemos irnos?

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—Has llegado temprano —le digo, con una inclinación de cabeza
hacia el reloj que cuelga sobre la oficina. Un pequeño murmullo filtra
agua caliente desde la punta de la manguera—. Todavía tengo trabajo
que hacer.

Yorke inclina la cadera y se cruza de brazos. Su pie levanta una


pequeña bocanada de polvo. Evidentemente está disgustada con la
idea de esperar.

—¿Ese es tu jefe? —pregunta Freddie, levantando la barbilla hacia Troy


y la oficina.

Asiento, mirando el cartel apoyado en la esquina de la ventana de la


oficina que dice: NO NADAMOS EN TU ESCUSADO. NO ORINES EN
NUESTRA PISCINA.

—Sea quien sea, será mejor que no me retrase —dice Yorke, actuando
como si ni siquiera conociera a Troy, como si el año de universidad que
tiene en su haber de alguna manera borró su memoria.

Es trágico, ya que Troy y Yorke estaban en la misma clase. Es probable


que durmieran la siesta uno junto al otro en el jardín de infantes o
compartieran un baile lento con los nudillos flexionados en el gimnasio
de la escuela media. Probablemente se cruzaron en los pasillos todos los
días.

Yorke y Freddie no reconocen su presencia en ninguna forma. Mis


hermanas están hombro con hombro al otro lado de la cerca,
mirándolo desde la distancia, sus gafas de sol de diseño, no lo
suficientemente grandes o lo suficientemente oscuras para ocultar su
indiferencia.

—Sólo váyanse —digo, la pesada manguera colgando en mi mano, el


peso de las palabras que me gustaría poder decir se sienten como
plomo en la boca.

Freddie se aleja, su rostro sorprendido.

—Bien —dice Yorke, con un dramático empujón de la valla—. Puedes


encontrar tu propio camino por una vez.

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—Bien —digo, por primera vez tan resuelta como ella, respirando
profundamente, llena de orgullo, hasta que se dan la vuelta y se alejan.
Con un movimiento final de Freddie, siento mis hombros empezar a
sacudirse.

—La tengo. La tengo.

Los pies descalzos de Troy están golpeando el suelo hacia mí. Parece
preocupado, algo que no sabía que él supiera cómo hacer.

—La tengo —dice de nuevo mientras trota hasta mi lado y coge la


manguera de mi mano.

Creo que quizás esta es la única cosa que puede pensar para decir,
que tal vez su cerebro está atascado en repetir, que él está asombrado
por la visión de mí rompiéndome.

Ambos nos detenemos y observamos el auto de Yorke saliendo hacia


abajo en la carretera. Debe haber visto todo el asunto.

Me acerco a la silla para reunir mis cosas, sacudiendo la cabeza porque


no sé qué piensa de mí. Bueno, en realidad lo sé. Piensa que soy
igualque ellas.

—Gracias Troy —finalmente tropiezo y digo.

Él sonríe, y me siento un poco perdonada mientras el agua fría de su


manguera danza a través de los dedos de mis pies mientras me voy.

—¿Me ayudarás?

La puerta del auto ya está cerrándose cuando llego a su nivel. Me paro,


sola en el césped, sabiendo que la chica que ha pasado el verano
intentando derrotarme es la única en la que puedo confiar.

Se vuelve y contesta:

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—¿Ayudarte a intentarlo?

Asiento.

Sus ojos se iluminan, y abro la puerta del pasajero y me deslizo en una


desgastada butaca.

—¿Qué tenías en mente exactamente? —pregunta Valerie mientras


cruje el motor a la vida.

—Encontrar a Duffy —digo, mirando al frente cuando salimos haciendo


un estruendo a la calle. Es así de simple.

—Una búsqueda —dice Valerie con entusiasmo, haciendo rechinar las


marchas.

Puedo vivir con eso.

—Tengo cosas que decir —explico.

—No sólo serás noble en pensamiento, sino en acción. —Valerie me


adula mientras dejamos el aparcamiento.

Claro, pienso, intentando mirar más allá de los restos de bichos


petrificados del parabrisas. Pero tiene razón.

Intentamos en el mini mercado primero, luego el Gas n Go, seguido de


la panadería Fosdal’sen la calle principal, básicamente cualquier lugar
que destella con azúcar, lugares que Duffy frecuenta por dosis de
dulces y litros de zumo. Considero intentar la tienda de piezas de autos,
sabiendo que es una forma de alargarlo, pero mi conocimiento de su
vida fuera de los confines de un auto es bastante limitada.

—¿Qué estamos buscando? —pregunta Valerie, sus ojos explorando la


calle.

El semáforo cambia. Me doy cuenta de que lo tenemos todo mal. Hay


sólo un lugar en el que puede estar.

—Dirígete al club —digo, determinada, mientras Valerie conduce y nos


dirigimos a la carretera.

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El VW de Valerie se sacude y oscila a un poco más desesenta. No
puedes oír la radio, el camino o los libros bailando en el asiento trasero,
sólo chirridos y metal y el motor viniéndose abajo.

—¿Es esta la velocidad máxima? —pregunto, mirando la palanca de


cambios menearse entre nosotras.

—Este es el auto del pueblo —contesta Valerie altivamente mientras gira


a la carretera del lago.

—Bueno, dile al pueblo que se dé prisa —digo, ignorando el zumbido de


mi teléfono por quingentésima vez. Mis hermanas obviamente han
llegado a la iglesia y mi madre está en modo pánico.

El aparcamiento del club está bastante vacío. Unos pocos autos


reunidos en el sol, pero es muy tarde para una buena hora de salida y
muy temprano todavía para la cena.

Cuando nos estremecemos con una parada en un lugar de


estacionamiento, un valet de pelo negro, un hombre mayor que creo
que reconozco, vacila, su mano bronceada extendida, inseguro de si
debe abrir la puerta o enviarnos de vuelta a la salida.

Se inclina y mira a la ventana abierta.

—¿Está Jon Duffy aquí? —pregunto, y él sonríe, feliz de ver a alguien


rubio y capaz de aparcar.

—No, no, señorita Johnson, todavía no.

Me dejo caer hacia atrás y su sonrisa se tambalea.

—Creo que estará aquí más tarde —dice—, aparcando para la cena.

De algún modo estoy demasiado tarde y demasiado pronto todo al


mismo tiempo. Valerie me mira por encima y me encojo de hombros.

—Gracias. —Valerie agita el brazo hacia el valet, y da la vuelta a través


del estacionamiento.

—¿A dónde? —pregunta, recogiendo su sarong entre sus rodillas para


cambiar a segunda.

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—No tengo idea —digo.

—No podemos parar ahora —dice Valerie, traqueteando por el camino


de regreso, lejos del club—. Acabamos de empezar.

Admiro su espíritu. No del tipo de un club vocal, sino del maldito tipo de
levantarse y seguir adelante. No sé de dónde viene eso. Quiero
arrastrarme debajo de una roca y morir.

—Dame un respiro —digo, hundiéndome en mi asiento, mirando el


paisaje pasando velozmente, al menos tan rápido como este auto lo
permite, y suspirando—. Soy sólo una principiante.

—¿Qué hay de su casa? —pregunta Valerie optimistamente.

—Claro. —Asiento, lista para el siguiente giro.

Ella reduce la velocidad.

—¿Sabes dónde está?

—No. ¿Y tú?

—No.

—Pero tú lo sabes todo —digo.

Valerie pone los ojos en blanco.

—¿En serio no sabes dónde vive? —pregunta.

Está asumiendo que Duffy y yo teníamos alguna clase de relación


normal, con citas para cenar y largas llamadas de teléfono y besos de
buenas noches en la puerta principal. Suspiro, regañándome a mí
misma mentalmente por usar el tiempo pasado.

—Vive en la casa del Gran Duff.

—¿Que es dónde?

Me encojo de hombros, sintiéndolos pesados. Estaba esperanzada y


esperanzada y ahora estoy desesperada. No importa lo mucho que
quiero seguir adelante, cambiar lo que ya ha sucedido, decir lo que
debería haber dicho, mi madre está esperando. Siempre está eso.

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—Sólo llévame a la iglesia —digo.

Valerie asiente y da una vuelta a la izquierda.

Está silencioso cuando nos detenemos en frente de la iglesia, el silencio


que se obtiene una noche de verano cuando todo el mundo está
sentándose para cenar, cuando el sol golpea una última nota alta,
iluminando el mundo en oro. Nos sentamos por un segundo y nos
empapamos de él.

Salgo y tiro de mi bolso en el asiento trasero.

—Siempre hay un mañana —canta Valerie.

Y río un poco para hacerla sentir bien.

Dejo que la puerta se cierre, el peso de la misma encargándose de


todo el trabajo.

—Te veré entonces —digo.

Valerie me sonríe y luego se aleja.

Página 166
Capítulo 15
Traducido por flochi y CyeLy DiviNNa
Corregido por kathesweet

L
a iglesia estaba decorada a medias. Bueno, hecha las tres
cuartas partes, ya que todo está aquí a excepción de las flores.
Llegarán mañana en la mañana, ramos de flores rosadas,
frescas, justo antes de la ceremonia. La tela de seda blanca,
cubriendo cada banco y cada baranda pulida, brilla en el
caleidoscopio de luz que se enfoca a través de las vidrieras de colores
alineadas a ambos lados de la iglesia.

El altar tiene una alfombrilla brillante de satén rosa sobre las escaleras, y
velas altas y gruesas con monogramas Y & R se encuentran listas,
esperando para ser encendidas con cerillos largos y delgados. Y me lo
perdí todo.

En vez de estar aquí, decorando y haciendo a mi madre feliz, he estado


atravesando el campo con la chica más inteligente del pueblo,
tontamente creyendo, persiguiendo a un chico que probablemente ni
siquiera quiere ser encontrado. Traté. Fallé. Estoy condenada.

Me deslizo por las escaleras, dirigiéndome al baño de mujeres en el


sótano de la iglesia para cambiarme a un vestido libre de arrugas.
Golpeo el primer escalón con un olfateo. Huele de la manera que todas
las iglesias hueles, como a ancianitas. ¿Por qué los sótanos de las iglesias
siempre huelen como la abuela de alguien? Y no, no me refiero a mi
abuela. Ella usa Guerlain. Esto huele mas como a café rancio y husos
frágiles.

Me visto a empujones y con rapidez en el lugar hacinado y subo las


escaleras que llevan directamente al altar, usando la vía secreta que

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mis hermanas y yo descubrimos durante las horas de monótonos oficios
religiosos y años de educación religiosa aburrida después de la escuela.

Camino silenciosamente junto al brillante altar, enfrentando las filas y


filas de bancas de madera vacías que serán llenadas mañana por la
tarde con señoras con ojos llorosos, y señores de trajes oscuros.
Prácticamente cualquier persona que alguna vez haya conocido a mis
padres estará aquí para ver a Roger y Yorke decir Acepto.

Mi madre se acerca a mí al instante que llego al pasillo, agarra mi brazo,


y me lleva a un costado como a un niño pequeño, maniobrando dentro
de un ábside 21, lejos de la elegante familia de Roger, sus dedos
apretados y blancos sobre mi hombro.

—Estoy contenta de que puedas honrarnos con tu presencia —dice en


voz baja en mi oído justo cuando Shane camina por las puertas, justo a
tiempo para el ensayo, llenando mi estómago con una mezcla de terror
y alivio.

—¿Por qué está aquí? —le siseo a mi madre, retorciéndome de su


agarre, lamentando las palabras tan pronto como dejan mis labios.

—Roger lo invitó —susurra mi madre discretamente, ocultando sus


palabras detrás de una mano.

Resoplo, alejando un cabello extraviado de mi rostro.

No es como si necesitara estar aquí. Es sólo un acomodador, por Dios


santo. ¿Realmente necesita ensayar el dirigir a las tías abuelas y a los
agentes de bienes raíces a sus asientos? Estoy bastante segura de que
solo tiene que meter sus dedos con tranquilidad debajo de la parte
interior del codo de sus marcados bíceps y arrastrarlos a lo largo del
siguiente banco disponible. Listo. Ninguna práctica es necesaria.

—Silencio. —Ella me regaña casi silenciosamente sobre su hombro, sin


querer llamar la atención a nuestro desacuerdo—. No me avergüences,
Leah —dice, su sonrisa fina y peligrosa.

21Ábside: es la parte de la iglesia situada en la cabecera.

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Inclina su cabeza, esperando mi consentimiento. Soy un ácaro de polvo,
tan diminuta, tan impotente, su aliento puede lanzarme volando.

Un prisma de luz, más brillante que cualquiera de los colores manando


de las vidrieras de colores en cada lado de la iglesia, titila hacia mí. El
enorme diamante de compromiso de Yorke parpadeando en la luz del
sol desde el altar. Asiento con la cabeza y tomo mi lugar en la fila
nupcial, evitando los ojos de Shane.

Volviendo a los viejo hábitos de las lecciones de baile, me muevo a


través del ensayo sin realmente intentarlo, mis ojos siempre sobre
Freddie, siguiéndola, los mismos movimientos, las mismas expresiones, y
el mismo silencio.

Siempre supe que odiaba a Roger.

Los autos avanzan sigilosamente a lo largo del camino al club en el


abrasante sol de un atardecer de verano. Shane y yo somos los últimos,
lentamente serpenteando desde el ensayo de la boda en la iglesia, a
través de la ciudad, hacia la cena de ensayo. Estamos en el extremo
final del desfile de vehículos de lujo, avanzando lentamente, uno a la
vez, para descargar en la puerta del club. El valet es una silueta
pequeña contra el llameante fondo.

Mi pierna izquierda está adormecida bajo la presión del agarre espiral


de campeonato estatal de Shane. Mantengo mis ojos enfocados en el
club, buscando un vistazo de Duffy, viendo a Yorke adelante, saliendo
del auto rojo de Roger, viendo el cabello erizado de Roger junto a la
puerta del conductor mientras le da instrucciones excesivas e
intrincadas al valet sobre el procedimiento adecuado para aparcar.

Mis ojos están ampliamente abiertos, parpadeando de lado a lado, de


escena a escena, sin enfocarse nunca realmente en algo, intentando
mantener despierto mi cerebro mientras lo procesa todo. Un borrón de
olores veraniegos, sonidos, y lugares, los que se pueden experimentar

Página 169
solo mientras navegas en un convertible, chocando contra mi cuerpo.
Estoy alerta, pasando todos los neumáticos, esperando ver a Duffy en
algún lugar, en alguna parte. Estoy muriendo por una oportunidad más.

Estoy segura de que no ha renunciado a mí completamente. Estoy


segura de que el verdadero motivo por el que no ha aparecido por
tanto tiempo es porque no pudo. Ha estado castigado. Tal y como dijo
Valerie. Todavía está dispuesto. Simplemente él… no tiene auto.

Respiro un enorme suspiro de alivio y soplo el último aire viciado de la


iglesia de mis pulmones. No es de extrañar que no lo haya visto. No
tieneauto. No pudo encontrarme. Pero pienso, entrecerrando los ojos
ante la vista del Benz plateado justo en frente de nosotros, de lo que
recuerdo, el chico tiene dos piernas.

Mis dedos golpean nerviosamente sobre el reposabrazos de piel de


gamuza, tensa, cada revolución de las brillantes llantas de Shane
llevándome más y más cerca de mi destino.

Tengo una vista perfecta del lago, el club, los campos. Gran Duff está
afuera en el campo en unos zapatos de golf muy elegantes, de color
marrón y blanco. Está entrando en un carrito, saliendo del noveno hoyo
con una mujer de más o menos la edad de mi madre.

Miro, mis ojos hambrientos y esperanzados, mientras ellos ríen y ella


mueve su cabello con reflejos, obviamente disfrutando de las bromas
de Gran Duff. Me hundo en el asiento, temiendo que Duffy podría estar
allí también, en torno al campo de golf, conduciendo como su papá,
pero en un auto más grande, con una chica mucho más joven.

Mi cerebro es un pequeño pegote de materia que se sacude en mi


cráneo cuando nos detenemos, parándose a la distancia de un par de
autos de la puerta principal.

Los familiares de Roger están saliendo de un Cadillac dorado como


payasos de un circo. Siguen llegando y llegando, algunos con el cabello
igual de rojo e igual de grande que los verdaderos payasos. Todo lo que
necesitan son esas narices grandes, zapatos de payaso enormes para
frenar esta procesión incluso más.

Estiro mi cuello, intentando ver más allá de ellos y sus enormes cabellos.

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—Tengo tanto calor —digo, encendiendo el aire acondicionado en el
auto abierto, tirando de la rejilla de ventilación frente a mí, re
direccionando su caudal, tirando del visor para bloquear la puesta de
sol.

—Tienes razón22 —dice Shane en un tono bajo y sexy.

Le frunzo el ceño, pero en realidad no le estoy prestando atención.


Estoy desplomada con impaciencia, pesada en mi asiento de baja
altura, mis ojos pasando por encima del cuero del tablero, temiendo el
momento en que la puerta se abra y Duffy esté allí, parado junto a mí, y
deseando que sucediera ahora mismo. De repente Shane se inclina,
aprovechándose de la calma momentánea, y empieza a tocarme
completamente. Sus manos, sus ojos, sus labios, están por todas partes,
frotándose contra mí, tirando de mi vestido, moviéndose por mi piel.

—Vamos —dice, deslizando una mano a lo largo de mi muslo y bajo el


dobladillo de mi vestido, su respiración echando vapor sobre mí rostro.

Lo empujo, el enojo disparándose a través de mí desde la cima de mi


cabeza hasta la punta de mis pies. Aprieto las piernas y cierro las
rodillas. Este es oficialmente el infierno sobre ruedas.

—Yorke y Freddie lo hacen —dice Shane con un mohín, avanzando


lentamente el auto.

Disgustada, levanto mis cejas hacia él.

Se encoje de hombros.

—Los chicos hablan.

—Señalar la ligereza de mis hermanas no es la mejor manera de meterse


en mis pantalones.

—Entonces, ¿cuál es? —pregunta, colocando el auto en el espacio de


estacionamiento con una sacudida mientras finalmente llegamos a la
base de los escalones curvados.

22Juegode palabras. Ella dice Tengo tanto calor, que también puede ser traducido
como Soy tan atractiva.

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—Shane —digo, pateando la puerta para abrirla con mi pie calzado en
sandalias, dejando una huella enorme en el panel de cuero suave—,
eres un idiota.

No espero por un valet o por Duffy o por cualquiera para que sostenga
mi puerta abierta y me ayude. Quiero salir.

Sin embargo alguien aparece, una chaqueta roja borrosa detrás de mí


cuando salgo disparada, la ligera caricia de unos dedos rozándose
contra mí cuando me alejo un paso y camino por las escaleras lejos de
Shane, sintiendo, o quizás imaginando, un sendero ligero de electricidad
hormigueando sobre mi piel.

Lo encuentro, horas más tarde, de pie en las sombras del antiguo


granero que se utiliza como garaje del club. Lleno de cortadoras de
tractor y equipos de campo de golf, está escondido en el edificio
principal, detrás de unos árboles altos en la parte posterior del
estacionamiento.

Hay una vieja mesa de cocina hecha de madera en la losa de


hormigón junto a la masiva puerta corrediza. El valet de cabello negro
de antes y un par de otros chicos están sentados alrededor de la tenue
luz de las sillas no coincidentes, los codos sobre la superficie rayada,
jugando gin con un golpeteo sobre las cartas de la baraja.

Un tablero está clavado en la pared sobre una mesa de trabajo detrás


de la mesilla, con las llaves de los autos numeradas colgando de clavos
de diez peniques. Una chaqueta roja cuelga en la parte posterior de
una de las sillas vacías en la mesa.

El fuerte golpeteo de mis tacones en el pavimento desvía la atención


del juego mientras camino hacia el granero, pero al menos eso ahoga
los salvajes latidos de mi corazón. Me detengo en la puerta cuando veo
a Duffy de pie afuera, parcialmente oculto en la sombra del techo.

Da un paso hacia mí, con las manos metidas en los bolsillos.

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—¿Por qué no me lo dijiste? —dejo escapar.

He esperado este momento durante mucho tiempo, y sale de prisa,


antes de que esté lista para decirlo.

—¿Decirte qué? —pregunta, su voz y sus ojos tan planos como el agua
del lago en una mañana fría.

—Sobre el Porsche del Señor Ridley, sobre lo de ser atrapado. Sobre por
qué no te volví a ver nunca más —le susurro.

Sobre todo, pienso, mientras me detengo un segundo para ponerme al


día con mis pensamientos, la lista sigue en mi cabeza, una desesperada
divagación demasiado vergonzosa cada vez que hablo en voz alta.
Quiero saberlo todo. Todo acerca de ti. Quiero saber que te gustaba, si
estabas realmente interesado en mí, que significaba algo para ti. Quiero
que saber que no lo he jodido todo para nosotros.

—¿Por qué no me dijiste sobre tu novio? —pregunta Duffy, levantando la


barbilla hacia el estacionamiento, donde Shane y Roger están
tropezando, borrachos y hablando en voz alta hacia el auto de Shane,
su pintura blanca brillando bajo la luz de una farola.

Puedo ver a Shane llegar al lado del acompañante ya abierto y


excavar alrededor. Veo que está de pie y luego descuidadamente
choca los nudillos con Roger, haciéndome sentir mareada y
avergonzada. Las luces de Roger se ven como dos cigarras, y el humo
de las brasas se desprende, ahuyentando a los insectos de verano
girando alrededor de la lámpara que zumba sobre sus cabezas.

—Eso no fue nada —le digo, descartando a Shane, pero contenta de


estar escondida bajo el manto de la oscuridad.

—Entonces, ¿qué fui yo? —pregunta Duffy.

Sus ojos brillan verdes y enojados mientras él sale de las sombras.

—¿Qué fuiste tú? —pregunto, el vapor creciendo detrás de mis


palabras—. Tú fuiste el chico que dejó de aparecer, el que pretendía
que yo le gustaba y luego desapareció. Tú fuiste el chico que me dejó
esperando y preguntándome, el chico que nunca me dijo lo que pasó.
Tuve que escucharlo todo de Valerie Dickens, la chica que recibe la

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mayor parte de su información de viejos libros de la biblioteca y el club
de ciencias forenses. Al menos yo no le dije a Valerie que le dijera a tu
papá que te dijera que yo tenía un novio. Eso es tan de séptimo grado.

—No, me dejaste verlo en acción. Eso es mucho mejor.

—Yo no quería que eso ocurriera —farfullo—. Esa no fue mi elección.

—Ni yo lo fui, al parecer —dice Duffy solemne, con las manos en frente
de él, deteniendo mi aproximación, sus ojos ardientes en los míos.

Deja caer las manos, en silencio, y luego se vuelve y se aleja, por la


pendiente hacia el campo de golf y hacia la noche oscura. No mira
hacia atrás.

Doy unos pasos y me hundo sobre la espesa hierba verde, los hombros
encogidos, un sollozo atraviesa en mi garganta.

—Déjalo ir, Leah. —La voz de mi madre deja astillas por mi espina dorsal.

Me dirijo, volviéndome hacia ella, sorprendida de encontrarla allí, medio


escondida en la oscuridad bajo los árboles.

—Los corazones rotos siempre se pueden reparar —dice, caminando


lentamente hacia mí, y me pregunto cuánto ha oído, lo mucho que
sabe, y por qué suena como una vieja canción de amor, difusa, pero
reconocible de alguna manera.

—¿Qué sabes al respecto? —digo mientras me paro, no confiando en la


calidez de su voz, para ello, saboreándola en el borde.

—Más de lo que crees.

—Claro —me burlo.

—Es así —insiste—. Yo sólo quiero lo mejor para ti.

—Tal vez no sabes que es eso —le digo.

Estoy sofocada y saliéndome de mi piel, desesperada por perseguir a


Duffy, por tenerlo de vuelta, tener esa parte de mi vida, aquí y ahora
mismo, pero estoy clavada en el lugar.

—Tal vez eso es él —le digo.

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—No lo es —dice ella simplemente, como si no hubiera ninguna duda.

Me mira, un poco exasperada, pero con paciencia.

—Déjame vivir mi propia vida —le digo sin pensar.

—Lo hago —dice en voz baja, dando un paso hacia mí—. Y tienes una
vida perfecta.

—No, no la tengo. —Niego con la cabeza. Retrocedo, los puños


apretados a mis costados—. Tengo la vida de Freddie y la vida de Yorke
y la tuya también. Nada de esto es realmente mío. Y nada de esto es
perfecto. Al menos no para mí.

Ella asiente con la cabeza junto a mí, levantando una ceja, como si
quisiera fingir que entiende de lo que estoy hablando. Sé que no lo
hace.

—¿Por qué no quieres más para mí? ¿Por qué no puedo obtener algo
diferente, algo que sea sólo para mí? —le pregunto, años de frustración
salen en una carrera desigual, desafiante.

Ella inclina la cabeza, tensa.

—¿Cómo qué? —pregunta, cruzando los brazos sobre el pecho, un


destello de ira quemando su voz.

—Cómo él —digo, sumergiéndome hacia adelante, haciendo caso


omiso de las señales que apuntan hacia el desastre. Peligro. Más allá de
aquí hay dragones.

Respira y habla despacio y con claridad.

—Es del personal contratado, Leah. Él es un error.

—Bueno, entonces —contrarresto—, déjame cometer mis propios


errores.

—Tú no sabes lo que estás pidiendo. —Suspira, suena cansada e


inesperadamente sabia—. No te das cuenta de los errores que puedes
cometer a tu edad.

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—¿Cómo Yorke? —le pregunto en silencio, trayendo el tema prohibido,
sintiéndome de pronto audaz y valiente aquí en la oscuridad con el
corazón roto.

—Sí, Leah —dice tranquilamente, frotándose la frente, las pulseras


haciendo una tintineo lento y suave cuando se mueve—. Cómo Yorke.

Página 176
Capítulo 16
Traducción SOS por Vannia y Pimienta
Corregido por kathesweet

¿D
ónde está el rosa? —murmura el fotógrafo luciendo
cansado mientras va al luminoso vestuario lleno de

— flores, unos calcetines blancos asomando debajo


de sus oscuros y arrugados pantalones. Se mueve a
una velocidad vertiginosa, tratando de capturar la multitud de fotos
naturales que York quiere como un recordatorio de este bendito
evento—. ¿Dónde está el rosa? —dice otra vez, casi a gritos en esta
ocasión, sonando frenético, ajustando la gruesa correa de la cámara
alrededor de su cuello mientras sus ojos se detienen en cada una de mis
hermanas, aparentemente incapaz de distinguirnos.

Se podría pensar que el hecho de que una de nosotras esté llevando un


vestido de novia le daría al menos algo por dónde empezar, pero él
parece perdido y aturdido, sin humor para el proceso de eliminación.
Levanto mi ramo rosa para ayudarlo.

Los ramos de flores son un compromiso que Yorke aceptó a


regañadientes, una manera de incluir el esquema de colores favoritos
de mi madre, de algún modo, en la boda totalmente rosa. Mi ramo es
una combinación de rosas de té color rosa claro y blanco atadas con
una cinta de raso color rosa. Freddie tiene margaritas amarillas y rosas
de té blancas con un listón amarillo, y Yorke, un ramo enorme de lirios
blancos atado con una gruesa cinta azul celeste.

El fotógrafo chasquea los dedos encima de su cabeza para conseguir


atención, como si yo fuera un perro o una niña chiquita. Chasquea,
repitiendo las palabrassonríe, y sonríe ligeramente, un hombre loco con

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el dedo sobre el botón de la cámara mientras poso con una sonrisa
forzada en los labios, sin sentirme dócil para nada.

Me giro de nuevo al espejo ovalado en la parte superior del tocador.


Quiero acurrucarme y dejar pasar este día, pero cada vez que cierro los
ojos veo a Duffy alejándose de mí, desapareciendo a lo lejos hasta que
no puedo distinguir la piel bronceada del cielo oscuro.

De camino de regreso a casa ayer por la noche con mis hermanas,


después de que todo el mundo se hubiera ido, después de que todas
las bebidas se acabaron y después de que todos los brindis fueron
hechos, me hice un ovillo y me apretujé en el asiento de atrás, con la
voz de Duffy abrumándome.

La niebla flotaba sobre la superficie del lago mientras nuestros


neumáticos salpicaban en el asfalto húmedo. Las delgadas ramas
rozaban contra el auto en la estrecha carretera del lago. Los muelles y
diques se extendían dentro del agua oscura como dedos de madera.
Esperaba que de alguna manera perdiéramos nuestro camino o al
menos el control y chocáramos contra el agua, inundando los secretos
de Yorke y el silencio de Freddie, para que así yo pudiera escapar de
todo y de todos y poco a poco me hundiera en el fondo, ligera como
una pluma, pesada como una roca, porque resultó que yo nunca le
gusté a él. Tenía razón. Eso es todo. El hechizo se rompió. No más
destellos, ni calor, ni prisa.

Al presionar la frente contra el frío espejo del vestidor, siento a mi piel


erizarse, a mis huesos convertirse en polvo, a mi sangre drenándose. Mi
vida ha terminado.

—Es hora —anuncia el fotógrafo, y alzo la vista para verlo chasqueando


los dedos suspendidos en la puerta abierta, su cuerpo ya está fuera en
el vestíbulo, en movimiento.

Levanto mi ramo de flores y echo una última mirada al espejo. Me


pellizco las mejillas, luego me doy por vencida y sigo a Freddie hacia la
entrada de la iglesia.

Los candelabros están encendidos, hay flores por todos lados, y el


corredor de satén rosa ha sido extendido a lo largo del pasillo central
ahora que todos los invitados se han sentado.

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Mi madre, fue escoltada a su asiento de primera clase al frente de la
iglesia por Shane en su esmoquin, nos saluda con la mano por encima
del mar de primos susurrantes y los amigos de la familia, cualquier
sentimiento áspero o retribución de la noche anterior ha sido silenciado
temporalmente por la emoción del día.

Doy un vistazo a Betty, nuestra organizadora regordeta, abanicándose


a sí misma y a las estaciones de la cruz con uno de los programas de
diseño personalizado de la boda. Ella estará moviéndose hasta que los
tres arpistas, quienes están tocando suave y hermosamente desde un
balcón, empiecen con la marcha nupcial al primer vistazo de Yorke.

Freddie y yo nos alineamos, con ramos de flores amarillas y rosas en la


mano. Yo estoy justo frente a las puertas dobles cerradas. Primera en
salir por las puertas, por una vez, mi señal son las primeras notas de
“Largo” de Handel.

Mi papá deja de pasearse en el césped frente a la iglesia y arrasa con


los escalones subiéndolos con una amplia sonrisa en el rostro. Me da un
fuerte abrazo y luego a Freddie, un abrazo nostálgico que huele a aire
fresco y a colonia dulce.

Limpiándose los ojos, nos dice:

—Tengo algo que enseñarles. —Y mete la mano en el bolsillo oculto de


su chaqueta de esmoquin negro y saca una billetera plateada
sobrecargada y una fotografía que está desgastada de los bordes.

Inclinándome, veo a mis padres, en miniatura, el día de su boda. El


cabello de mi papá está muy oscuro. Las líneas de la sonrisa que me
encantan en el contorno de sus ojos todavía no estaban marcadas en
ese momento. Mi madre se ve tan joven, más joven de lo que Yorke se
ve en este momento mientras holgazanea en el vestidor de novia,
decidida a mantener al mundo en espera por el mayor tiempo posible.

—Yorke se ve justo como su madre en nuestro gran día —dice mi papá,


sonriendo.

Es increíble. Parecen gemelas, o al menos hermanas muy parecidas, a


excepción de que mi madre tenía un tocado muy de los años 80 con
perlas y algún delineado de ojos oscuro a lo Madonna que Yorke nunca
toleraría.

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Los ojos de Freddie parpadean de la fotografía hacia los míos. Vuelvo a
ver. Reconozco el volumen de la figura de mi madre y el ligero
abultamiento de la cintura imperio de su vestido. Freddie da un paso
detrás de mí, tomando su lugar en la línea.

—Justo la semana pasada fueron veintidós años —remarca mi papá


con una nota de asombro en su voz. Desliza la foto de nuevo en su
chaqueta y tira del dobladillo, planchándolo, preparándose para su
viaje por el pasillo—. ¿Puedes creerlo? —me pregunta antes de que se
retire al vestidor para ir por Yorke.

No puedo. Ellos se casaron en agosto. Yorke nació en enero. Estoy


restando, haciendo cuentas rápidamente en mi cabeza cuando las
primeras notas de “Largo” se cuelan por debajo la puerta.

Me giro, mis flores rosas se balancean frente a mí en un ángulo


incómodo, mientras le pregunto a Freddie frenéticamente:

—Entonces, ¿mamá…

—Dios —interrumpe Freddie rodando los ojos indiferentemente mientras


las puertas se abren y me vuelvo hacia la música aumentando de
volumen—, tú siempre con las jodidas matemáticas.

El intenso flash del fotógrafo ciega mis ojos con un brillante plop,
dejándome chamuscada en el lugar. Vacilo, ciega. Freddie me empuja
con su ramo color amarillo pipi, y doy mi primer par de pasos cortos por
el pasillo de satén rosa con las piernas temblorosas. No hago otra cosa
más que avanzar y poner una sonrisa falsa.

Sigo parpadeando, tratando de enfocar las cosas. Como la pequeña


celebración de aniversario que mis padres tuvieron la semana pasada
en torno a la mesa de la cocina. Soplando velas sobre la tarta favorita
de mí papá de tres niveles de chocolate, con el 22 escrito en la parte
superior con chantillí.

Mi madre había bromeado, mientras cortaba la tarta, que Yorke


debería estar contenta. Roger siempre tendría un recordatorio del
aniversario de su boda ya que ambas fechas estaban muy cerca.

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—Y… —Mi madre se había reído, con el chantillí aferrándose a la punta
de sus dedos mientras nos mostraba su nuevo anillo de aniversario de
zafiro— tu padre está bien entrenado.

O la foto de la boda en la repisa de la chimenea en la sala de estar del


dormitorio de mis padres. Es la única que yo conocía en toda nuestra
casa. Es un brillante marco plateado curveado de ocho por diez, un
acercamiento de sus jóvenes rostros sonrientes y nada más.

Supongo que siempre he pensado que Yorke sólo había nacido antes
de tiempo, ansiosa de comenzar la fiesta como siempre. Es una de esas
cosas que sabes en el fondo de tu mente, pero que no quieres creerlo,
de la misma forma que existen pequeños microbios en cada bocado
de mantequilla de maní, que a Cristóbal Colón pudo haberle
preocupado menos si el mundo era redondo, o que tu madre hubiera
sido un poco loca y tuviera que casarse.

De alguna forma, logro llegar hasta el altar, no estando segura de si


alguna vez toqué el suelo en el camino, y tomo mi lugar, girándome
hacia la multitud. Mientras Freddie da sus últimos pasos mesurados, doy
un vistazo a nuestros amigos y familiares reunidos que se remueven con
impaciencia en sus asientos, esperando la inminente aparición de Yorke.

Me enfoco en el halo bailando alrededor de la vela encendida junto a


mí y tomo respiraciones pequeñas y superficiales, asombrada de cómo
un espacio tan grande como este, lleno con casi todas las personas que
amo, pueda sentirse tan apretado y estrecho. Me pregunto cuántos de
ellos estaban aquí para presenciar la última vez que el mismo vestido
hizo su viaje por este mismo pasillo bajo casi las mismas circunstancias.

Estoy mareada y decepcionada. Con mis padres, mi hermana y


conmigo misma por pensar y creer que su camino era el único. Ahora sé
que esto no es amor verdadero ni perfección ni felicidad para siempre.
Ni siquiera pretende serlo. Esto es un condón roto al final de una noche
de borrachera. Esta es una caminata generacional de vergüenza con
doscientos espectadores.

La marcha nupcial inunda la iglesia, y Yorke aparece en la puerta. La


novia perfecta. Su bronceado es monumental. Pasó el verano tumbada
en un diván junto a la piscina, ladrándonos órdenes y untándose
Coppertone 8. Su piel bronceada contrasta con el blanco pulcro de su

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vestido. Roger la espera en el altar en su esmoquin oscuro y camisa
almidonada blanca, su cabello bien fijado, sus ojos nebulosos. La
música se eleva hasta el techo pintado, elevándose hasta llenar la
habitación.Las notas son fuertes y claras, resuenan en mi cabeza. Esto
no es lo que yo quiero.

La recepción está llena de flores frescas y luces diminutas. Una lámpara


de araña de cristal antigua de imitación cuelga del techo del salón de
baile, y lámparas de cristales pequeños en cada mesa, arrojan luz
moteada sobre la pista de baile de madera y sobre los grupos de
personas felices.

Un surtido de corbatas de seda y pajaritas negras cuelgan de los


respaldos de las sillas cubiertas de damasco mientras todo el mundo
entra en calor, divirtiéndose, y el bar bien surtido es instalado bajo un
cenador reluciente justo afuera en el patio. El fotógrafo está haciendo
rondas. Todos y todo son presas fáciles para una foto espontánea,
incluyendo la mesa del pastel y las ocho capas de algodón y pasta de
azúcar que él está comiendo mientras trabaja.

Escondo la cabeza y camino a través de la multitud de amigos de la


escuela primaria perdidos hace mucho tiempo y chicos al azar a los que
mi padre les vendió su primer barco o lo que sea. Mi cabeza está hacia
abajo, y yo estoy tratando de no rozarme con nadie demasiado viejo ni
demasiado amable para poder alejarme de la mesa principal, hacia la
plaza azul cielo que me llama desde la pared del patio a través de las
puertas abiertas.

Estoy haciendo un intento sincero de abandonar a Shane, mi


compañero de mesa. Mi progreso es lento porque parece que cada
dos o tres pasos tengo que parar cuando alguien me da un golpecito
en el hombro o alza la mano con una sonrisa y dice: "Va a ser tu turno
pronto", o "Debes estar tan orgullosa de tu hermana" o, mi favorita,
"Oh,Leah, lo siento, pensé que eras tu hermana. "

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Una vez fuera me detengo a descansar. Doy un suspiro de alivio, me
apoyo contra el edificio, los ladrillos tiran de mi pelo rizado. He estado
agarrando mi ramo de color rosa muy fuerte contra mi pecho, usándolo
casi como un escudo, así que cuando bajo la guardia y lo libero
lentamente, los pétalos de rosas triturados bañan mis pies. La fiesta
zumba detrás de mí.

—¿No te cansas de las constantes comparaciones? —pregunta una voz


femenina mientras un par de pétalos rosas caen hasta los dedos de mis
pies.

Me obligo a sonreír antes de mirar hacia arriba, pero no es un pariente


entrometido ni una amiga de mi madre que se entera de todos los
chismes sobre nosotros en el salón de belleza local durante un lavado
de champú semanal. Es Valerie. Me trago comentario de cortesía que
tenía listo y le doy una sonrisa. Mi resentimiento es innecesario.

Lleva un vestido color azul marino y blanco de punto, con mangas


abullonadas, un gran lazo en el cuello y un sombrero enorme blanco, el
tipo de sombrero que sólo las mujeres británicas pueden llevar en las
bodas británicas. Ella ha confundido, obviamente, una boda de verano
sencilla con un día en el hipódromo, pero parece gustarle.

Da un paso hacia mí, tambaleándose un poco sobre sus zapatos


elegantes. Sus ojos escudriñan a los juerguistas en el interior de la
habitación. Se detiene, revierte el borde frontal de su sombrero con la
mano para una mejor visión de mi cara, y dice con escepticismo:

—Francamente, yo no lo veo.

Conociendo a Valerie, estoy segura de ha hecho un cuadro, un gráfico


o alguna otra investigación científica antes de hacer ese comentario,
pero me pregunto si realmente puede ver algo más allá de ese
sombrero. Es monstruoso.

Sigo su mirada y recorro los rostros enrojecidos en la barra, los tres


camareros con chalecos de color rosa pican hielo y mezclan bebidas
tan rápido como les es posible. Paso por las mesascon invitados que
están terminando la costilla con papas hasta mis hermanas que están
acurrucadas junto a la mesa de honor, separadas del resto del mundo

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por una plataforma elevada envuelta en satén, con actitud de
superioridad.

Es extraño, pero cuando estaba en el interior de la fiesta, en la mesa


con mis hermanas, mezclada, todas cálidas y apretujadas, ellas se
veíantiernas, sonrientes y benévolas para mí. Ahora, desde aquí, se ven
crispadas, brillantes y tensas. Y tal vez incluso un poco terroríficas.

—A veces —digo, suspirando, mientras le doy la vuelta al ala de su


sombrero hacia abajo—, yo tampoco.

Valerie asiente con la cabeza y desaparece en la pista de baile. La miro


por un instante y luego doy un pequeño paso hacia el suelo de parquet,
perdiéndome en la nube de aire húmedo y alientos borrachos de
personas de cuarenta años de edad.

Todo el mundo parece estar moviéndose hacia la barra mientras


empujo y me esfuerzo por llegar a la mesa principal en el extremo
opuesto de la habitación. Me subo a la plataforma, levanto mi
dobladillo para despejar mis pasos. Algunas grapas hábilmente
irregulares que comenzaron el día escondidas y ocultas en la tela de
color rosa, surgen sueltas, dejando el lado izquierdo flojo y torcido.

Me dejo caer en mi asiento, me alegro de que mis hermanas se hayan


movido y de que Shane y los otroschicos de la boda estén actualmente
batiendo una botella de champán en una mesa en la esquina.

Dejo caer mi ramo entre una tarjeta del local y una copa de vino vacía.
Pétalos caen a la deriva cuando aparto los platos sucios y servilletas
manchadas de mi camino para hacer espacio para mis codos.

La banda está tocando desde que la cena ha terminado oficialmente.


Un viejo de pelo gris, creo que es el abuelo de Roger si no recuerdo mal
desde la línea de recepción, se inclina hacia sus compañeros, todos de
cabellos grises también, y se lleva una mano al oído, en un intento de oír
sobre la música.

El personal de eventos contratado está esforzándose. Hay chalecos de


color rosa por todas partes, los platos sucios desaparecen a contra reloj
mientras los ayudantes de los camareros limpian las mesas cerca del
centro de la sala y las llevan lejos, desapareciendo a través de una

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puerta convenientemente escondida en una de las paredes laterales
para hacer más espacio para la pista de baile.

Busco por la mesa abarrotada media copa de champán o, por lo


menos, una con un poco de algo en ella.

Freddie irá a Francia a finales de mes, y Yorke se irá esta noche, tan
pronto como la recepción empiece a declinar y mi madre considere
aceptable que ella y Roger desaparezcan. Un elegante auto negro,
con cintas de color rosa y blanco en la parte de atrás y RECIÉN
CASADOS pintado en la ventana trasera, está aparcado frente a la sala
de recepción, listo y esperando su salida hacia su luna de miel.

Quizás los extrañe. Tal vez he estado resentida durante todo el verano
porque es más fácil que dejarlos ir. Tal vez Valerie tiene razón.

Bebo el champán del fondo de la copa de alguien más, con la


esperanza de ahogar todos mis pensamientos o al menos hundirlos
profundamente en la parte posterior de mi cabeza. Me estremezco
cuando el líquido caliente choca con mi lengua. Ugh, asqueroso. Espero
que no sea de Roger.

Pongo el vaso sobre la mesa con un estremecimiento y miro a mis


hermanas socializando con la multitud. Apretones de manos y abrazos,
felicitaciones y generosos ofrecimientos, parando en todas las mesas
por las que pasan.

El orgullo se precipita a través de mí, ruborizando mis mejillas más rápido


que el champán, mientras Yorke se mueve por la habitación,
descarada y desvergonzada. La larga serie de perlas de su vestido de
novia estáolvidada por su emoción y deja un rastro barrido de
destrucción a su paso.

Encantada de ser el centro de atención, como siempre, esta noche


Yorke es la novia finalmente, encantada de estar aquí, rodeada de su
familia, amigos y admiradores, feliz de ser exactamente lo que es,
incluso si eso resulta ser sólo una versión más fuerte y más exagerada de
mi madre.

A dos metros de distancia Freddie casi está volando bajo el radar, una
un reflejo de Yorke, deslizándose entre la multitud con una sonrisa
tímida, tranquilamente encontrando su camino sin interrupción o

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vergüenza, sin pretensiones y sin esfuerzo, como siempre, agradeciendo
a todos los buenos deseos que vierten sobre ella por todos lados.

¿Y yo? Creo que estoy en un punto intermedio. No soy exactamente


Freddie, pero absolutamente tampoco Yorke. No sé quién soy, pero sé
que no soy. No soy la chica de rosa ni la tercera en la línea.

Siempre he estado luchando contra el hecho de que somos muy


parecidas, pero es cierto, Yorke, Freddie y yo, somos similares. Sólo que
tienes que mirar muy de cerca para ver las diferencias. Ahora lo
entiendo.

Fuera, el sol se ha puesto sin duda, tragado por un cielo negro salpicado
de estrellas, y el patio está lleno de un montón de gente realmente
borracha. Me deslizo a través de ellos, en busca de un lugar para
descansar, para quitarme mis sandalias asesinas y recuperarme de un
ataque muy intenso de baile en la pista negra de madera, de Shane y
de su frente sudorosa y de su movimiento de caderas.

Al pasar por las mesas que han sido arrastradas lo suficientemente lejos
para evitar graves golpes, me deslizo fácilmente más allá de mis tías
mayores, tíos y sus apretones de manos y abrazos y los recordatorios de
que "Pronto será tu turno" con una sonrisa, porque sé que es no es cierto.
Ellos pueden pensar lo que quieran.

Acercándome a un jardín lleno de rosas, me inclino, y tiro de mis


sandalias de una en una. Estiro los pies, alcanzando con los dedos de los
pies el borde del patio del jardín que se inclina en todas direcciones,
profundo y exuberante.

Shane camina detrás de mí, brusca y desigualmente, con las mejillas


calientes y de color rosa, unos cuantos botones superiores de su camisa
de esmoquin desabrochados y las mangas blancas enrolladas dejando
sus gruesos antebrazos en el aire. Envuelve su mano sobre la mía.

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—¿Qué pasó esta noche, Leah? —pregunta, con su voz gruesa y
alcoholizada.

Me mira a los ojos, un poco triste y arrepentido y me doy cuenta que he


estado huyendo de él toda la noche, durante todo el verano en
realidad, no tiene sentido, y estoy cansada.Él sólo va a seguir. Y eso no
es culpa suya.

No he hecho una elección. Jamás. Siempre he esperado a que alguien


lo hiciera por mí: Shane, Yorke, Freddie, mi madre, incluso Duffy. Por fin
es mi turno, esté lista o no.

Aprieto con mis dedos su mano y me preparo para el adiós porque


estoy asustada de renunciar a todas las cosas que tendré que renunciar
si renuncio a Shane.Mi último año completo, toda mi vida, todo será
diferente, y me preocupa no ser lo suficientemente valiente.

Y no hay nada malo con Shane. Él es bueno. Está en forma. Es


agradable. Huele bien. De vez en cuando es divertido. Lo que tengo es
bueno. Lo entiendo. Pero toda mi vida he estado avanzando, viviendo
con lo que se me ha dado, es un poco difícil de quejarse, porque me
han dado mucho, pero eso no significa que tenga que conducir a su
alrededor el resto de mi vida con el peso de su mano sobre mi pierna,
¿verdad?

—Esa fui yo rompiendo contigo —le digo, bajo y sólido.

—Pero —dice Shane, un poco aturdido y muy borracho—, pero, ¿qué


pasa. . . —Se tambalea.

Me alejo, preparándome para lo que sé que él va a decir, lo que todos


esperamos que diga por el orden lógico de los acontecimientos.
Semestres llenos de noches de viernesperdidos en su asiento trasero, la
corte real del baile de bienvenida, seguido por el baile de graduación,
fiestas y la graduación en sí.

Agarro mis zapatos y me separo de él, tratando de mantener la calma.


A mi madre no le gustan las escenas, y Shane nunca ha hecho nada
malo, excepto encajar en su molde.

—Lo siento, Shane —digo, con mi voz firme y seca, ya que estoy
segura—, lo siento, pero tú estás por tu cuenta. —Se tambalea, a un

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paso de mí, y libera mi mano. Dejo caer mis zapatos en el patio y me
alejo.

Pasoa los niños pequeños con corbatas a rayas de prendedores y


camisas de vestir manga corta bailando con niñas con flores en el pelo,
a Yorke luciendo pesada, acarreando el único secreto que ha sido
capaz de mantener, el que sella su destino. A Freddie, bailando mejilla a
mejilla con Evan, juntos y felices en el centro de la pista de baile, ella no
queriendo renunciar a él. A mi madre, con los brazos alrededor de mi
padre, envuelta, segura y protegida en su pequeño mundo de familia y
amigos. No me siento excluida o dejada atrás. Me siento libre.

Paso el gran sombrero blanco de disco y a la amigaen la que Valerie se


ha convertido con una sonrisa. No hay duda de que se repondrá de lo
que ha presenciado esta noche.Muy pronto Duffy sabrá todo.

Llamo su atención y la saludo antes de desaparecer por un tramo de


escalones de piedra hacia la noche. Camino por el césped. Mis huellas
brillan detrás de mí bajo la luz de la luna en la hierba espesa y húmeda.

Estoy descubriendo mi propio camino.

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Capítulo 17
Traducido por dark&rose
Corregido por kathesweet

E
l primer día de escuela está pegando fuerte y caluroso afuera de
la ventana de mi clase, y todavía se siente como el verano para
mí.

Los días han sido húmedos y largos. La vida se ha movido en


cámara lenta. La única cosa que parece estar moviéndose del todo es
mi corazón. Corre, apurado en mi pecho. Estoy contando hacia atrás
para no sé el qué.

La infelicidad de mi madre conmigo es evidente. La marca de coral en


sus labios está agrietada y estirada al máximo. Ella no entiende cómo
pude dejar marchar a Shane, ni por qué. Le preocupa lo que todos
pensarán.

No entiende que yo no tengo que vivir su vida, ni la de Yorke o Freddie,


para conseguir todo lo que quiero. Ella quiere mantenerme atada
firmemente, porque mis hermanas se han ido y porque no tiene a nadie
más. Nuestra casa está muy limpia.

La campana final todavía está sonando, y yo salgo, cruzando la calle


en mi camino hacia el aparcamiento, llenando mis pulmones de aire
puro y buscando mis llaves, que siempre parecen hundirse sin remedio
en el fondo de mi bolso.

Levanto la mirada, y mis ojos se quedan pegados en él. Mis pies


tropiezan sobre sí mismos en el pavimento caliente y agrietado. Una
raída camiseta se extiende a través de su pecho. La leo, mis ojos se
mueven hacia arriba hasta alcanzar los suyos. CAMPAMENTO
KEWAUNEE.

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―¿Así que, es ahí donde has estado? ―pregunto.

Su boca forma una sonrisa, y sé que, en ese mismo momento, mi


corazón ha estado latiendo alocado por una razón.

Mis pasos finales hacia él son más largos y rectos, la evolución con la
práctica, antes de que me precipite justo a sólo una respiración de
distancia.

Las puntas de sus botas de trabajo desgastadas apuntan hacia el cielo


mientras él se apoya contra el auto. Desliza sus manos por sus largas
piernas. A continuación levanta la mirada hacia mí.

―Oí algo ―dice.

―¿Qué oíste? ―pregunto, colocándome junto a él, el auto caliente al


instante calienta la parte trasera de mis piernas.

―Sólo una historia. ―Se encoge de hombros.

―¿Sí?

―Una historia de una chica ―dice con una risita satisfecha y una
sonrisa―. Ella es rubia, tiene estas hermanas...

―Bueno ―lo interrumpo―, yo no soy esa chica. Esta no es esa historia.

―Lo sé ―dice, asintiendo con la cabeza hacia el aparcamiento. Valerie


está ahí, observándonos a escondidas, haciendo un baile alocado de
alegría entre los autos aparcados en la parte de atrás, preparándose
para añadir Cupido a las actividades extracurriculares en sus solicitudes
de de universidad.

―¿Cómo terminará todo esto? ―pregunto, examinándolo.

Él se mueve, sus vaqueros deslizándose un poco en su cuerpo delgado,


los músculos de su espalda flexionándose mientras se vuelve hacia el
auto y abre la puerta del acompañante.

Él se desliza dentro de un Camaro del 69 hermosamente restaurado de


color gris bronce, con un interior de cuero blanco cremoso. El cromo
brilla, la pintura pulida refleja el cielo abierto flotando sobre nuestras
cabezas, y las placas rojas y blancas dicen PORTER. Es perfecto.

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―Sube ―dice―, vayamos a averiguarlo.

Lo miro a él, y al auto, con desconfianza. Él me observa, esperando


silenciosamente, sus ojos verdes danzando.

―Sí ―admite finalmente, pasando sus manos a través de su maraña de


pelo grueso y oscuro―, es mío.

Su boca se abre en una gran sonrisa, y me derrito ahí mismo como un


charco de soldadura, resplandeciendo en la calle. Me subo,
dejándome caer primero, deslizo mi mano en la suya, y pongo mi pie en
el suelo. Ten cuidado con las chispas.

Fin

Página 191
Sobre la Autora

Christina Meredith siempre se ha preguntado: "¿Qué hay de divertido en


conducir si siempre sabes exactamente a dónde vas a parar?" Ella vive
en Sausalito, California. Este es su primer libro.

Página 192
Créditos
Staff de Traducción:

Moderadoras:

Dark&rose
Pimienta

Traductoras:

*ƸӜƷYosbeƸӜƷ* Ro0. Elena Vladescu


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Konyxita Pimienta
Carol93
Little Rose Susanauribe

Staff de Corrección:
Susanauribe Haushiinka
Lola_20 Angeles Rangel
Maia8 ZAMI
Micca.F Kathesweet

Revisión y Recopilación:
Kathesweet
Angeles Rangel

Diseño:
Vannia

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Para más lecturas visita:
www.bookzinga.activoforo.com
www.purplerose1.activoforo.com

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