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A DARKER DREAM

EL CORAZÓN DE LA OSCURIDAD

En la oscuridad de la luna llena


Su espíritu solo y perdido ha vagado durante siglos
Nunca bajo la luz del nuevo día
Siempre en las horas de la medianoche
Ha vagado.

La oscuridad reclama su alma atormentada


El pasado persigue sus horas de vela;
Entonces, como un rayo de sol
Ella vino a reclamarle
Conmoviendo sentimientos durante largo tiempo enterrados
Reviviendo esperanzas, prometiendo amor.

Solo si pudiera atreverse a creer.


Solo si pudiera alcanzarla
Tomar lo que necesitaba.
Alejando la tristeza, la vacuidad
Solo sentir por una noche
Su templada mano y sus dulces caricias
Podrían ahuyentar la noche interminable.

Podría el amor romper la oscuridad


¿Vivir en ella?
Cree, Lord Rayven, sólo cree
Y el amor, la felicidad, y la paz
Te encontrarán.

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PRIMERA PARTE

Prologo

Él siempre había amado la noche. Sus pasatiempos favoritos – la bebida, los juegos de azar, la
compañía de bellas mujeres- transcurrían preferiblemente durante las horas nocturnas.

Los mejores momentos de su vida los había pasado en salones débilmente iluminados, garitos
humeantes, o en dormitorios iluminados por la suave luz de las velas. Pero eso había sido mucho tiempo
atrás.

Apenas ahora empezaba a entender todo lo que había perdido cuando la luz le había sido arrebatada.
Porque ella era como la luz del sol, brillante, caliente, y bella. Y, como el sol, nunca podría ser suya.

CAPÍTULO UNO

Me escondo en las sombras


Y deseo la luz
Pues soy un Vampiro
Atrapado para siempre en la noche.

Valle De Millbrae, 1843

Rayven se recostó en su silla, tratando de disimular sin éxito su disgusto mientras presenciaba el
intento de Vincent McLeod de subastar a la mayor de sus cinco hijas.

Con la cabeza inclinada y los brazos colgando a ambos lados del cuerpo, la muchacha permanecía de
pie en silencio, como si de un animal a punto de ser llevado al matadero se tratara. El despeinado pelo
rubio, le caía desordenado sobre los hombros, ocultando su rostro de la misma forma que el sucio
vestido gris escondía su figura.

-"Vea Lord Rayven" dijo Montroy. “¿No podemos tener un poco más de luz?”

Rayven negó con la cabeza. El cuarto estaba oscuro, y le gustaba así, con las paredes revestidas de
madera oscura, alfombras de un color verde oscuro cubrían el suelo, gruesas cortinas a juego colgaban
de las ventanas, y como siempre, las lámparas iluminaban tenuemente el salón. Cualquiera que hubiera
compartido con él la trastienda de la taberna de Cotyer sabía que siempre evitaba la luz brillante. Era
una de sus muchas rarezas, que los jóvenes ricos del pueblo soportaban para poder permanecer en su
más bien dudosa compañía.

-"Entonces, si no podemos tener más luz, haremos que la chica se desnude" dijo Lord Tewksbury
desde el fondo del cuarto. -"Me niego a pujar por algo o alguien sin poder verlo suficientemente bien".

-"Tiene razón" coincidió Nevel Jackson. -"Dígale a la chica que se quite esos harapos para que
podamos ver lo que compramos".

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El comentario fue secundado por todo el cuarto. Vincent McLeod vaciló, y después murmuró algo a la
chica. Con la cabeza todavía inclinada, comenzó a desatarse el corpiño de su vestido.

Rayven la observaba con ojos entornados, notando la forma en que sus manos temblaban mientras
desabrochaban la andrajosa camisa. Aunque no podía ver su rostro, sabía que sus mejillas estaban
arreboladas por la vergüenza, y que su corazón latía tan rápido como el de un cervatillo atrapado en las
mandíbulas del lobo.

-"Suficiente". Fue una sola palabra, suavemente murmurada, pero que resonó en todo el cuarto.

-"Vea, Lord Rayven" protestó Tewksbury. -" Yo creo..."

Rayven le silenció con una mirada de reproche. -"La chica es mía" dijo, habiendo decidido comprarla
en ese mismo instante, aunque todavía no había visto su rostro.

-“¿Buscando una nueva amante?” preguntó Lord Montroy.

-"No".

-“¿Una criada, quizá?”.

Rayven miró fijamente a Montroy. Dallon Montroy era un hombre alto, guapo, casi tan rico como
Rayven. De todos los hombres con los que Rayven había estado jugando, Montroy era el que más se
parecía a un amigo.

Ignorando la pregunta del vizconde, Rayven hizo un gesto con la mano al viejo. -"Tráigala aquí".

-"Sí, milord". Vincent McLeod agarró precipitadamente a su hija por el brazo y la arrastró a través
del cuarto. -"No se sentirá defraudado milord. Ella le servirá bien”.

-"Sí" murmuró Rayven. -" Por supuesto que lo hará".

Metiendo la mano en su bolsillo, sacó un fajo de billetes y se los tendió al otro hombre. -“¿Tiene
nombre"?

-"Por supuesto, milord. Se llama Rhianna, pero responderá a cualquier otro con el que usted desee
llamarla”.

-“¿Sabe dónde vivo?”

-"Sí, señor".

Todo el mundo conocía el castillo de Rayven. Localizado en lo alto de la montaña del Árbol del Diablo,
era como una oscura sombra cerniéndose sobre el pueblo, alto y misterioso, como su dueño.

-"Llévela allí. Mi criado cuidará de ella”.

-"Sí, milord".

Rayven sacudió su mano con un gesto de despido. Retornando al juego, recogió sus naipes. -"Pierdes
de nuevo, Montroy" dijo murmurando suavemente, y esparció sus cartas sobre la mesa.

Dallon Montroy depositó sus naipes sobre la mesa. -“Parece que esta es tu noche de suerte" comentó
con buen talante.

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Rayven gruñó suavemente.-"Quizás tengas razón" filosofó mientras miraba a la chica que seguía al
viejo McLeod hacia la puerta. "Quizás.…”.

Rhianna se arrebujó en el estrecho asiento del carro al lado de su padre, incapaz de controlar los
temblores de su cuerpo, y tratando de aceptar el hecho de que su padre la había vendido a un hombre
como Lord Rayven, un hombre del cual se rumoreaba tenía muchas extrañas e inusuales costumbres.

Las torres del Castillo de Rayven surgieron amenazadoramente a lo lejos, un oscuro montículo se
alzaba sobre la niebla gris que envolvía la montaña del Árbol del Diablo tanto en verano como en
invierno.

Con cada milla que pasaba, los temblores aumentaban. Pensó en un instante en saltar del carro y
arriesgarse con los animales salvajes que acechaban en el bosque.

Estaba reuniendo coraje, decidiendo que la muerte sería preferible a una vida de servidumbre con el
misterioso Lord Rayven, cuando sintió una mano que le sujetaba el brazo.

-"Lord Rayven me pagó una sustanciosa suma por ti" le dijo McLeod, con tono suave en comparación
con la fuerza con que la sujetaba -" Te quedarás con él todo el tiempo que desee y harás lo que te pida
sin rechistar. –“¿Entiendes lo que te digo?”

-"Sí, padre".

McLeod asintió. Momentos más tarde, detuvo el carro frente al castillo. –“Vete, chica".

Rhianna miró a su padre, intentando no odiarle por lo que le hacía, intentado sentir algún tipo de
satisfacción al pensar que con el dinero que su padre había recibido compraría comida para su madre y
sus hermanas menores.

-"No había ninguna otra salida, muchacha" le dijo Vincent McLeod a modo de brusca disculpa.

Rhianna asintió. Probablemente, nunca volvería a verlo. Había vivido en el valle de Millbrae durante
toda su vida. Y no desconocía las historias que se contaban del oscuro señor del castillo.

-"Adiós, padre".

-"Adiós, muchacha". McLeod le devolvió la mirada por un breve momento, luego la desvió. Sabía que
muchos le condenarían por vender a alguien de su misma sangre, pero ella estaría mejor con Lord
Rayven. Al menos tendría lo suficiente para comer. -"Siempre me he sentido orgulloso de ti, Rhianna,"
dijo bruscamente. –“Ahora, sigue tú sola”.

Parpadeando para contener las lágrimas, Rhianna bajó del carro. Enderezando los hombros, subió por
las angostas escaleras de piedra hasta la gran puerta, inspiró profundamente, y levantó la pesada aldaba
de latón.

Momentos más tarde, la puerta rechinó al abrirse, y Rhianna se encontró cara a cara con un par de
ojos color café.

-"La señorita McLeod, supongo".

-"S... Sí, " tartamudeó, sobresaltada de que el desconocido supiera su nombre, y la hubiera estado
esperando. ¿Cómo había sabido que ella llegaría?

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-"Soy Bevins".

El hombre se apartó, haciendo un gesto para que entrara. Era un hombre alto, con canas, nariz más
bien afilada, y finos labios. Llevaba un par de pantalones de color café claro, una camisa blanca, y una
chaqueta de lana oscura. Parecía tan viejo como su padre.

Sintiéndose abandonada y muy sola Rhianna, atravesó el umbral. El recibidor era frío y oscuro.
Tembló mientras Bevins cerraba la pesada puerta detrás de ella.

-"Le tengo preparado un baño, señorita".

-"Gracias".

-"Sígame".

Con el pulso enloquecido por el miedo, le siguió por un amplio vestíbulo, subiendo un tramo de
escaleras hasta un cuarto grande iluminado con una gran vela blanca.

-"Encontrará la tina allí dentro" dijo Bevins, señalando una puerta al otro lado del cuarto. -"Por
favor deje sus ropas aquí, en el suelo. Se me ha ordenado que las queme”.

-“¡Quémarlas! Pero son las únicas que tengo".

-"Sin duda Lord Rayven la proveerá de un atavío adecuado, señorita. Hay sabanas limpias en la cama.
El cordón del timbre está allí, por si me necesita durante la noche".

Demasiado atontada para hablar, Rhianna asintió.

-"Buenas noches, señorita. Que duerma bien".

Esperó hasta que él abandonó el cuarto, luego fue hasta la puerta y la cerró. Desvistiéndose, dejó
caer sus ropas en el suelo, y entró en el otro cuarto. La luz de una docena de velas iluminaba una gran
tina de agua caliente, una barra de jabón perfumado, y una gran toalla.

Miró el agua humeante. Nunca en toda su vida había tenido ocasión de tomar un baño solo para ella.
En su casa, los baños eran infrecuentes. En verano, se bañaba en el río. Sólo durante el invierno se
bañaban dentro de la casa y entonces debía aguardar su turno. Y cuando por fin le tocaba, el agua
estaba casi siempre fría y sucia.

Entró cuidadosamente en la tina y se sentó, un suspiro de placer escapó de sus labios cuando se
sumergió en el agua deliciosamente caliente. Quizá no sería tan malo vivir aquí. Los cuartos que le habían
adjudicado eran mayores que toda la cabaña que compartía con sus padres y hermanas.

Se lavó el pelo tres veces, dos veces el cuerpo, y todavía permaneció un largo rato en el agua,
deleitándose con su calor, hasta que se enfrió.

Salió de la tina, se secó completamente, se envolvió en una toalla y entró en el dormitorio. La


primera cosa que notó fue que sus ropas habían desaparecido. Y luego vio el camisón. Destacaba sobre la
cama como una pincelada de blanco en contraste con la colcha azul oscura. Incapaz de resistirse tocó el
tejido. Dejando caer la toalla, se puso el camisón, suspirando con gusto mientras la prenda al descender
rozaba su piel desnuda.

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Pasó la mirada alrededor del cuarto, esperando encontrar un espejo, curiosa por ver cómo le sentaba
un camisón tan costoso, pero fue en vano.

Cruzando la habitación, apartó las pesadas cortinas de la ventana y miró su reflejo en el cristal. El
tejido se le adhería como una segunda piel, dibujando los pechos, y las curvas de sus caderas.

-"Seda" dijo incrédula, pasando una mano sobre el camisón.-"Parece como si fuera de seda".

-"Y lo es".Soltando las cortinas, Rhianna se giró abruptamente, con las manos sobre su pecho en un
femenino gesto de sobresalto. -"Señor, no le oí entrar”.

-“¿Te gusta a el camisón"?

-"S... Sí, " tartamudeó. -"M... Mucho".

Rayven la miró con ojos especulativos.

Limpia, con el pelo cayéndole en suaves ondas por su espalda, era la cosa más preciosa que había
visto en toda su vida.

Dando un paso adelante alzó su mano para tocar su suave mejilla.

Con un pequeño grito, ella se apartó contra la pared.

Rayven bajó su mano de inmediato. -"No te lastimaré" le dijo suavemente.

Rhianna tragó saliva, fascinada por su voz. Era profunda y suave, pero extrañamente autoritaria, al
igual que sus ojos. Ojos negros insondables que parecían viejos más allá de sus años. Ojos que parecían
capaces de ver el interior de su alma.

Caminando lentamente, cubrió la distancia que les separaba, deteniéndose a un soplo de distancia.
No se había dado cuenta de lo alto que era. Se elevaba sobre ella, con su pelo negro enmarcando su
rostro como si fuera una nube oscura. Iba todo vestido de negro a excepción de la camisa y de una
corbata roja como la sangre flojamente anudada. Una blanca y delgada cicatriz dividía en dos su mejilla
izquierda. Su nariz era recta y aristocrática, sus labios llenos y sensuales. Aparentaba tener alrededor
de unos treinta años.

Como a un ratón fascinado por la serpiente, siguió con la mirada el movimiento de su mano
ascendente, sintió como las yemas de sus dedos acariciaban su mejilla. Sus dedos eran suaves y frescos.

-“¿Cuántos años tienes muchacha?"

-“Quince, su Señoría".

Rayven juró por lo bajo. Aunque conocía a muchas chicas de su edad que ya estaban casadas y tenían
varios hijos, no había creído que fuera tan joven. No es que eso importara. Él no deseaba su cuerpo por
muy suave y atrayente que pudiera ser.

-"¿Debo... debo meterme en la cama, Su Señoría?”.

-"Sí, si lo deseas".

Observó subía el rubor por sus mejillas, mientras miraba hacia la cama.

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-"Yo, debería…" tragó saliva, el sonrojo en sus mejillas se propagó por su cuello. –“¿Debería
desvestirme?”.

Rayven alzó una ceja, luego negó con la cabeza.-" No tengo ninguna intención de llevarte a la cama,
muchacha".

-“¿No?”

El alivio en su voz causó un dolor punzante en lo profundo de un corazón el cual creía inmune a todo
tipo de sentimiento.- "No".

-" Entonces por qué... " Sus mejillas enrojecieron todavía más. -"Creí que…"

-"Te compré por mis propias razones, dulce Rhianna”contestó, su voz tan sedosa como el traje de
noche que llevaba puesto.

-“¿Puedo preguntar cuales son esas razones?”

-"No". Se volvió de espaldas, sus manos cerradas fuertemente a ambos lados. –“Puedes recorrer
todo el castillo, excepto los cuartos de la torre del este. Nunca debes ir allí”.

-"Sí, su Señoría".

-"Bevins te suministrará cualquier cosa que desees. Sólo tienes que pedírselo.”

-“¿Cualquier cosa?”, preguntó.

-"Cualquier cosa. Si quieres pintar, él te suministrara la tela y los cepillos. Si deseas tocar el piano,
te enseñará. Si quieres pasar el día leyendo, tengo una extensa biblioteca".

-"No sé pintar, ni tocar el piano, ni leer su Señoría". Desvió su mirada. -" No sé hacer nada.”

Él se volvió para mirarla de frente, una luz de curiosidad brillando en sus ojos. -¿Te gustaría
aprender"?

-"Sí, Su Señoría," dijo ansiosamente, -"Muchísimo".

-"Bevins te enseñará cualquier cosa que desees aprender.”

-"Gracias, Su Señoría".

Rayven se quedó mirando fijamente a la muchacha. Sus ojos eran azules, como un cielo de verano,
como el lago del pueblo donde había crecido. De un tono azul oscuro, llenos a la vez de temor y
excitación.

Ella le temía. Ese pensamiento le hería profundamente, aunque no podía culparla por ello.

-"Bevins te llevará mañana de compras. Compra cualquier cosa que necesites.”

-"Es usted muy generoso, su Señoría".

-"En modo alguno, dulce Rhianna simpática, la recompensa vale la pena.”

Sus ojos se agrandaron ante la amenaza disimulada en su voz. Se agarró fuertemente ambas manos
que temblaban violentamente.

-“No tienes nada que temer de mí" dijo él. -"Después de esta noche, no volverás a verme.”
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El miedo de sus ojos dio paso al desconcierto. –“¿Su Señoría?”

-“Ve a dormir, muchacha".

Rhianna se metió en la cama, con el corazón golpeando salvajemente bajo su pecho, mientras el la
arropaba con las mantas. Permaneció mirándolo fijamente, asustada y confundida, pero fascinada al
mismo tiempo. Qué hombre tan extraño era. Tenía el extraño pensamiento de que la había comprado
simplemente para salvarla de la vergüenza de desvestirse en un cuarto lleno de hombres la mitad de
ellos borrachos. Era educado y de buenos modales, pero notaba un indicio de violencia cuidadosamente
controlada acechando bajo su suave fachada y unas peligrosas y mortíferas emociones que ardían en su
interior, algo que no podía definir. Era eso lo que más la asustaba.

-"Descansa, dulce Rhianna" dijo Rayven.

Apagó de un soplo la vela y se fue.

CAPÍTULO DOS

La luna es mi sol

La noche es mi día

La sangre es mi vida

Y tú eres mi presa.

Rhianna se despertó lentamente, y en el momento en que abrió los ojos, creyó que todavía estaba
soñando.

Se incorporó, dejando las almohadas detrás de ella. Anoche, no había reparado en la habitación.
Ahora, contempló el cuarto con jadeante admiración. Un papel a rayas azules y blancas adornaba la
pared. Pesadas cortinas de damasco azul cubrían las ventanas; Una colcha a juego estaba doblada al pie
de la cama. Había una alfombra gruesa en el suelo, tejida a rayas azules.

Estaba a punto de salir de la cama cuando oyó un golpe en la puerta.

-“¿Señorita Rhianna…?”

-"Sí, adelante".

Subió las sabanas hasta su pecho, mientras Bevins abría la puerta y entraba en el cuarto.

-"Lord Rayven me ordenó que esta mañana después del desayuno la llevara de compras.”

Rhianna asintió. -"Sí, eso me dijo”.

-"Le he traído unas ropas para ponerse" dijo, depositando una gran caja encima de la mesita de
noche. -"Por favor baje a desayunar cuando este vestida.”

-"Así lo haré, gracias.”

-“¿Desea usted alguna otra cosa?”

Rhianna negó con la cabeza.

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-"Muy bien, señorita. La espero dentro de ¿digamos media hora?”

-"Esta bien.”

-"A menos que desee desayunar en la cama".

-“¿En la cama?, no estoy enferma.”

Una leve sonrisa titiló en sus labios. -"Dentro de media hora, entonces" dijo, y dejó el cuarto,
cerrando la puerta silenciosamente.

-"Desayunar en la cama" Rhianna murmuró sonriendo. "Imagínate eso…".

Levantándose, abrió la caja, maravillada al ver lo que había dentro. El vestido era de tafetán a rayas
marrones y naranja, un cuello a juego y mangas abolladas. Un ramillete de flores de seda amarilla
adornaba la cintura. Pasó sus manos sobre la ropa interior, incapaz para creer en su exquisitez. Era toda
de fino hilo de algodón con delicados bordados en rosa, tan bonita, que deseó poder llevarla puesta por
encima de la ropa. No había poseído unas prendas tan finas jamás en toda su vida.

Se vistió despacio, inspeccionando cada prenda. Pasó de nuevo la mirada alrededor del cuarto,
esperando con ilusión poder mirarse en un espejo. En su casa, un espejo se consideraba un lujo más allá
de su alcance, pero seguramente Lord Rayven debía tener muchos.

Era extraño, pensó mientras bajaba por las escaleras. Pero por otro lado, rumores de extrañas
actividades en el castillo de Lord Rayven corrían por toda la ciudad. Unos cuantos decían que el lugar
estaba embrujado; Otros que sabían de mujeres que habían ido allí y que nunca habían sido vistas de
nuevo. Pero eran sólo rumores, y ella nunca había dado demasiado crédito a las habladurías. Después de
todo, la gente decía que su padre bebía demasiado y que golpeaba a su esposa y a sus hijos, pero Rhianna
sabía que eso no era cierto. Vincent McLeod podía no ser el más amable y cariñoso de los padres, pero
tampoco era el monstruo que decían.

Cuando llegó a la planta baja, deambuló de habitación en habitación descubriendo: cielos rasos
abovedados, paredes cubiertas de oscura madera, pesadas cortinas en las ventanas, costosos tapices y
bellas pinturas en las paredes, numerosas estatuas y esculturas de plata, madera y bronce. Espadas
cruzadas sujetas encima de unas macizas chimeneas de piedra. Alfombras caras importadas de lugares
exóticos. Pero ningún espejo. Frunció el ceño. Tampoco había ningún reloj en la casa.

El comedor, como los otros cuartos de la casa, era grande, oscuro y costosamente amueblado.

Un gran mantel de fino lino cubría la gran mesa con un par de candelabros de plata situados en el
centro. Unas cuantas velas blancas y delgadas iluminaban tenuemente el cuarto. Verdes cortinas de
terciopelo cubrían las ventanas. Había una pintura de una escena de caza en una pared, era de una
puesta de sol con remarcados rayos de luz de un color rosado rojizo.

Sólo había un servicio de cubiertos sobre la mesa. El plato era de porcelana china ribeteado con oro,
el vaso para beber agua era de fino cristal, la cubertería era de oro. Asombrada ante tal opulencia, se
sentó.

Momentos más tarde, Bevins entró en el cuarto, con una bandeja tapada. Cuando la destapó, una
variedad de sustanciosos aromas llenó el cuarto. Había jamón cortado en rodajas, huevos escalfados,

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esponjosos panecillos, suave mantequilla, una jarra de mermelada de membrillo, un tazón de gachas de
avena, fresas frescas y melocotones cortados en rodajas, y una taza de té.

-"Espero que todo sea de su agrado, señorita," dijo.

-"Oh, sí". Ella nunca había visto tal cantidad de comida junta. -"¿Me acompañará…?. ¿Querrá Lord
Rayven acompañarme para desayunar?”

-"No, señorita".

Debería haberse sentido aliviada. En lugar de ello, sintió una oleada de decepción.

-“¿Desea alguna otra cosa señorita?”.

-"No, gracias".

-" Muy bien, señorita. Traeré el coche cuándo usted este lista para salir".

Rhianna asintió, abrumada por la riqueza de su alrededor, y la cantidad de comida presentada.

Desde luego, no se lo podría comer todo, pero probaría de todo un poco, y cuándo veinte minutos
después se reclino en la silla, le maravilló ver que no quedaba nada. Se lo había comido todo.

Pasó el resto de la mañana en casa de Madame Sofía. Sin saber que telas y estilos elegir, Rhianna se
sometió a los gustos de la modista, quién, después de tomar sus medidas, despidió a Rhianna con la
promesa de que tres vestidos de día iban a serle entregados a la siguiente tarde, y el resto dentro de
una semana, junto con toda la ropa interior necesaria, y todos los sombreros, zapatos, guantes, y
parasoles que una señorita necesitaba.

La cabeza de Rhianna daba vueltas mientras regresaban al castillo.

Bevins preparó una comida abundante, y después de que Rhianna le diera las gracias, le sugirió que
subiera a tomar una siesta.

Rhianna sonrió. ¡Una siesta en mitad del día! Nunca se había permitido ese lujo antes. Aunque sonaba
tentador, pero no estaba cansada.

-“¿Podría dar un paseo por la casa?”

-" Desde luego señorita. Ésta es ahora su casa. Puede explorar cuanto quiera. Todos los cuartos
están abiertos salvo los de la torre este”.

-"Gracias, Bevins".

-“¿A qué hora le gustaría cenar, señorita?”.

-"No lo sé. ¿A qué hora cena normalmente Lord Rayven?”.

-"Lord Rayven raramente cena en casa".

-"Oh". Sintió una nueva oleada de decepción al recordar que Lord Rayven le había dicho que no lo
volvería a ver. Si bien la asustaba, también creía que era el hombre más fascinante que había conocido
en toda su vida.

-“¿A las siete en punto, señorita?”

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-“¿Qué? Oh, sí, esta bien. Gracias”.

Pasó el resto de día explorando el castillo y creyó que nunca encontraría el camino de vuelta, tantos
eran los cuartos, escaleras y pasillos por los que anduvo.

Paseó por la parte más antigua, donde, en otros tiempos, había estado el granero y donde se
almacenaban las cajas y barriles de provisiones.

El segundo piso alojaba los aposentos de los habitantes del castillo y las salas comunes. La cocina de
Bevins estaba situada allí, junto a una despensa grande, y bien surtida.

Un pasillo conducía hasta un dormitorio donde dormían las doncellas del castillo. Se le ocurrió a
Rhianna que su habitación, que era el cuarto más grande de todos los que había visto, por lo que debía
de haber sido el aposento del Señor y la Señora del castillo. Esa seguridad le hizo preguntarse
nuevamente donde estaba la habitación de Lord Rayven.

Paseó por otro corredor, contenta de que se le hubiera ocurrido traer una lámpara, pues los pasillos
estaban muy oscuros. Nunca había sido dada a hacer volar la imaginación y no iba a comenzar ahora,
aunque, si uno no creyera en fantasmas y duendes, el castillo de la montaña del Árbol del Diablo sería el
lugar perfecto para empezar a hacerlo.

Hizo una pausa, admirando las pinturas y los suntuosos tapices que colgaban de las paredes.

El primer cuarto al que llegó era una biblioteca con más libros de los que podría leer en toda una
vida. Rhianna pasó sus dedos por los lomos. Cogió un pesado volumen de otro estante y lo abrió, mirando
fijamente y con admiración las letras delicadamente impresas en las brillantes paginas. Vio bellos
dibujos de querubines y caballos alados.

Pasando las páginas, encontró dibujos de lobos, cuervos, murciélagos, y una esquelética figura con
una capa negra, un ángel oscuro que sujetaba una calavera en una mano y un cáliz de plata en el otro.

Perturbada por las imágenes, cerró el libro y lo devolvió al estante.

Entró en un gran salón. Era un cuarto, dónde alguna vez debieron de haber cenado los dueños del
castillo, estaba provisto de una larga mesa y una sola silla alta de madera negra. Mirando con atención,
vio que el respaldo de la silla estaba labrado con formas que dibujaban la figura de un cuervo con las
alas extendidas. Armas de todos los tipos imaginables, decoraban las paredes.

Un solarium localizado en la parte este de la casa estaba invadido por las plantas salvajes.

Distraída explorando el castillo, pasaron más de tres horas, sin que apenas se diera cuenta.

Permaneció algunos minutos en el cuarto de música, rozando con sus dedos las teclas amarillentas de
un pequeño piano. A menudo había deseado saber tocar, pero no había tenido tiempo para aprender, ni a
nadie que le enseñara. Sonrió al recordar que Lord Rayven le había prometido que recibiría lecciones de
música. Una elegante arpa permanecía en una esquina del cuarto. Encontró un violín descansando en una
caja polvorienta encima de una mesa igualmente polvorienta.

En el tercer piso, contó doce cuartos que dedujo una vez habían sido dormitorios para los niños del
señor y sus sirvientes. Todos estaban vacíos, y cubiertos de una gruesa capa de polvo.

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Subió otro tramo de escaleras y se encontró en un cuarto redondo que era la torre del castillo,
desde donde se divisaba el río y el bosque a lo lejos.

Bajó varios estrechos y serpenteantes tramos de escaleras, y se encontró en una mazmorra.


Arrugando su nariz por el olor a humedad y a moho sujetó su lámpara más alto y caminó unos pocos
pasos, sus pisadas amortiguadas por el duro suelo de tierra. Largas filas de rejas de hierro delimitaban
celdas a ambos lados del corredor.

Mientras permanecía en silencio, notó una repentina sensación de maldad.

Muchos hombres habían muerto aquí. Casi podía oír sus gritos resonando entre las grises paredes de
piedra, saborear su miedo mientras encontraban una muerte violenta... .

Con un chillido de temor, cambió de dirección y salió de la mazmorra. Subió las escaleras de dos en
dos, su corazón latiendo alocadamente mientras fantasmales imágenes inundaban su mente, imágenes
grotescas de sangre y horror, de hombres siendo torturados, de terror y dolores intolerables.

Jadeaba cuando llegó a su cuarto. Cerró de un golpe la puerta, y echó la llave. Apagó de un soplo la
vela, y se metió en la cama, intentando que su corazón dejara de golpear alocado y su pulso volviera a su
ritmo normal.

No había nada malo en la mazmorra, nada de que temer. Solo era porque antes nunca había estado
lejos de su casa y que junto con su vivida imaginación, la habían hecho correr asustada. Tenía suerte de
estar aquí, en este lugar. Por primera vez en su vida, tenía un cuarto solo para ella, comida suficiente y
bellos vestidos. Y, si debía creer a Lord Rayven, entonces cualquier cosa que deseara, la tendría.

Confortada por ese pensamiento, se quedó dormida.

Rayven estaba sentado delante de la enorme chimenea que dominaba su dormitorio, sus codos
apoyados en los brazos del sillón, su barbilla descansando sobre sus manos dobladas. Estaba mirando
fijamente las llamas, pero era la imagen de la muchacha la que llena su visión. Vívidos ojos azules, de un
azul más profundo que el de cualquier océano. Bellos ojos azules, llenos de miedo. Pálidos labios rosados.
Su piel del color de la miel silvestre. El cabello rubio dorado, que le recordaba la luz del sol que no había
visto durante cuatro siglos.

Ella se había aseado muy bien, filosofó. Quizá demasiado bien. Nunca antes había traído a su casa a
alguien tan joven, bella e inocente. Por un instante, pensó en enviarla de regreso. Pero fue sólo por un
momento.

Miró hacia la ventana, pensando en la hora que era. A estas horas, seguro que ya estaría dormida.

Se humedeció los labios mientras se levantaba de la silla.

En un instante estuvo al lado de su cama. Por un momento, se quedó contemplándola, hechizado por
su belleza, su inocencia. Dormía de lado, su mejilla descansando sobre una mano. Su pelo esparcido a
través de la almohada como un rayo de luz, tentándolo a tocarlo.

Moviéndose lentamente, cogió un mechón de su pelo. Suave, pensó, era tan suave. Dejó que las finas
hebras se deslizaran por sus dedos y luego, incapaz de contenerse, acarició su mejilla, dejó que las
puntas de los dedos se deslizaran a lo largo de su delgado cuello rozando ligeramente el lugar donde su

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pulso latía acompasado y trago con fuerza. Un abrasador calor se filtro por las puntas de sus dedos. Ah,
sí, tendría que ser sumamente cuidadoso con ella. Le despertaba mucho más que su odiosa hambre.

Mascullando un juramento, apartó su mano.

Ella se movió en la cama en el momento en que él se sentó a su lado.

-"Duerme, dulce Rhianna" dijo. -"Duerme tus sueños de muchacha”. Apartó un mechón de pelo de su
cuello, posó sus manos ligeramente en sus hombros.

- "Descansa tranquila. No tienes nada que temer.”

Lentamente, dobló su cabeza hacia ella, su lengua acariciando su piel. Ella gimió suavemente cuando
sus dientes rasparon su garganta.

-"Sueña, sueña, pequeña" susurró. - "No tienes nada que temer. Es sólo un sueño... "

A la mañana siguiente, Rhianna se despertó hambrienta y extrañamente adormilada después de toda


una noche de sueño reparador. Al recordar que se había perdido la cena, atribuyo a ello la razón de su
hambre así como también de su cansancio.

Al levantarse, se sintió débilmente mareada. -"Demasiado sueño y poca comida" masculló mientras
deslizaba sus piernas sobre el borde de la cama y se levantaba.

Miró hacia el cordón del timbre, indecisa por llamar a Bevins, preguntándose si conseguiría alguna
vez acostumbrarse a tener alguien que cumpliera cada uno de sus deseos.

-"Ningún momento mejor que ahora, para empezar a acostumbrarse a ello” razonó, y estiró el
cordón.

Minutos más tarde, Bevins dio un suave golpe en la puerta.

-“Entre”.

-"Buenos días, señorita". La recorrió con la mirada, y Rhianna creyó ver una sombra de piedad en sus
ojos, pero desapareció enseguida, y pensó que había estado equivocada.

-"¿Yo podría... ?, Esto es, me gustaría darme un baño, por favor.”

-"Enseguida, señorita. El agua esta calentándose.” Salió el cuarto, solo para reaparecer un momento
más tarde, con una bandeja en sus manos.

-"Pensé que esta mañana le gustaría tomar el desayuno en su cuarto.”

-"Sí, me gustaría, gracias.”

-“¿Desea alguna otra cosa, señorita?”

Rhianna negó con la cabeza, preguntándose si él podía adivinar todos sus pensamientos

-"Su baño estará listo enseguida.”

-"Gracias, Bevins". Hizo una pausa, frunciendo el ceño. –“¿Cómo entró aquí"?

-"Por la puerta, por supuesto.”

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-"Pero, yo... ¿Estaba cerrada con llave, no es verdad?” Miró hacia la puerta.- "Estoy segura de que
anoche la cerré.”

-"Usted debe estar equivocada.”

Rhianna negó con la cabeza. -"No, estoy segura de que estaba cerrada con llave cuando me fui a la
cama.

-“¿Se le ofrece alguna otra cosa, señorita?”

-"No, gracias".

Sintiéndose un poco aturdida, Rhianna apartó la bandeja y se levantó de la cama. Anoche estaba muy
cansada. Tal vez no había cerrado con llave la puerta. Con una sacudida de cabeza, desechó pensar en
ello de nuevo.

Tomó lentamente su desayuno, se dio un largo baño, y pasó más de una hora probándose sus nuevas
ropas, deseando que hubiese algún espejo en la casa para poder ver como le quedaban.

Más tarde, le pidió a Bevins si podía conseguirle uno.

-"Lo siento, señorita," dijo Bevins, con expresión impasible, -"Su Señoría prohíbe tener ninguno en
casa".

Rhianna frunció el ceño.-“¿Pero, por qué?”.

-"Lo siento, señorita. Me temo que esto es algo que debe discutir con Lord Rayven”.

-“¿Cómo puedo hacerlo, si nunca le veo?”

-"Lo siento, señorita. ¿Hay alguna otra cosa que pueda hacer por usted?”.

-"Lord Rayven dijo que me enseñará a tocar el piano y a leer".

-"Estaría encantado de poder ayudarla, señorita".

Rhianna le sonrió. -"Gracias, Bevins. Me gustaría empezar esta tarde, si no le importa”.

-"Será un placer, señorita. Nos reuniremos en la biblioteca a las tres en punto.”

Durante las semanas siguientes, los días de Rhianna transcurrían en una placentera rutina.

Cuando el clima lo permitía, pasaba las mañanas paseando por el campo; si llovía, se quedaba en casa
bordando. Como todas las jóvenes, enseguida había aprendido a coser o a reparar un desgarrón, pero
nunca había tenido tiempo suficiente para sentarse y aprender lo que su madre llamaba "trabajo de
fantasía".

Almorzaba tarde, tomaba una siesta, y luego pasaba el resto de la tarde bajo la tutela de Bevins. Le
enseñó a tocar el piano; a leer, y a escribir. Y casi gritó de puro deleite la primera vez que escribió su
nombre sin ayuda ajena. Rhianna McLeod. Señorita Rhianna McLeod. R. McLeod. Lo escribió una y otra
vez, pensando lo bonito que se veía, lo maravilloso que era poder escribir su nombre. Después de cenar,
pasaba una hora repasando sus lecciones, y luego se retiraba a dormir.

Una tarde antes de irse a la cama, le dijo a Bevins que desearía tener un huerto; Al día siguiente,
encontró una gran variedad de semillas sobre un banco en el patio lateral.
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A medida que los días pasaron, se dio cuenta de que Bevins era un hombre notable. No había otros
sirvientes en el castillo. Bevins era el cocinero, el mayordomo, el ayuda de cámara, y el ama de llaves,
todos en uno. Además, efectuaba las compras y hacia la colada, cuidaba las tierras y atendía a los
caballos.

Nunca se entrometía en su privacidad, pero siempre estaba allí cuando lo necesitaba.


Verdaderamente, era el hombre más asombroso que jamás había conocido.

Ya llevaba varias semanas en el castillo cuando comenzaron las pesadillas, eran sueños oscuros llenos
de una sensación de inminente perdida, horribles sueños llenos de muerte y colmillos manchados de
sangre. Otras noches, se despertaba sintiéndose querida y deseada, con su corazón latiendo
alocadamente al recordar la imagen de una mano fantasma acariciando suavemente su mejilla, el
contacto era extrañamente erótico. Y siempre, después de esos sueños, se despertaba cansada y
hambrienta.

Expresó su preocupación a Bevins, preguntándole si debía ir a ver al doctor, pero él le aseguró que
estaba perfectamente bien, que sólo era los cambios en el régimen de comidas y la atmósfera del
castillo que le causaban desasosiego, y que pronto se adaptaría. Había piedad en sus ojos al decirle esto,
y evitaba mirarla directamente.

-“¿Ocurre algo? Ella le preguntó. –“¿Hay algo que usted no me dice?

-"Estoy siendo tan honesto con usted como puedo, señorita".

-“¿Volveré alguna vez a ver de nuevo a Lord Rayven?”.

-"No lo sé, señorita. Espero que no" le contestó, y salió del cuarto.

CAPÍTULO TRES

Anhelo lo que he perdido

Por algo que nunca podré ser.

Encubro el horror de lo que soy

Y rezo para que tú nunca me puedas ver.

Él estaba sentado en su silla favorita delante del fuego, contemplando las llamas, sin verlas. Ella
había invadido su casa, sus pensamientos, sus sueños. Nunca antes una mujer le había afectado de ese
modo, Atrapándolo durante cada instante de vigilia, atormentándolo con su cercanía. Pasaba sus noches
rodando cerca de su habitación, observándola, escuchando su respiración, los latidos de su corazón, el
sonido de la sangre fluyendo a través de sus venas. Siempre olía a flores. Aun cuando el hambre yacía
adormecida dentro de él, se sentía tentado más allá del límite de su control para poder resistirse a
tocar la suavidad de su mejilla, para pasar sus dedos sobre sus labios e imaginar su boca en ellos.

Ella era tan bella, esa niña-mujer que correteaba por su casa durante el día y le mantenía en vigilia
durante la noche. Conocía sus pensamientos, oía las lágrimas que algunas veces derramaba por la noche.
Le complacía satisfacer cada uno de sus necesidades, vestirla con ropas finas, proveerle las mejores

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comidas y vinos que pudiera comprar el dinero. Se enorgullecía de su habilidad para aprender, y ordenó
comprar los libros y la música que creía que le gustarían.

Era lo mínimo que podía hacer, pues ella le daba la vida, y no importa cuánto hiciera, nunca podría
recompensarla por eso.

Supo el instante en que se quedó dormida. Oyó el cambio en su respiración, sintió un cambio en la
casa misma, como si la vida se apagara mientras dormía.

No iría a ella esta noche. Iría a las calles y aliviaría allí su anhelo. En el mismo momento en que el
pensamiento le cruzó por la cabeza, supo la mentira que era. Ya se estaba encaminando hacia allí, su
inocencia llamándole, la única luz en la oscuridad de su existencia.

Silenciosamente, subió las escaleras y abrió la puerta de su cuarto. Cada noche cerraba con llave su
puerta, pero ningún cerrojo le impediría entrar.

Y al instante, estaba de pie al lado de su cama, contemplándola. Era una noche caliente, y había
apartado las sábanas. Su camisón se le había subido, exponiendo sus largos y delicados muslos.

Su cuerpo resucitó a la vida, el hambre y el deseo azotándolo mientras se sentaba a su lado en la


cama.

Estaba inclinándose sobre ella cuando se dio cuenta de que estaba despierta y le miraba fijamente.

Segura de estar soñando, Rhianna cerró sus ojos y los volvió a abrir. La figura alta y oscura todavía
estaba allí, cerniéndose sobre ella, como si fuera una sombra en la noche.

-“¿Lord Rayven?”. No podría ver su cara en la oscuridad, pero de alguna manera sabía que era él.

-“Duérme, Rhianna" dijo.-"Estas muy cansada. Tus párpados te pesan tanto, que ya no puedes
mantenerlos más tiempo abiertos.”

-" No."

-"Duerme, dulce Rhianna. Dormir es lo que necesitas”.

Su voz, era profunda y melódica, envolviéndola como si de un suave capullo se tratara.

Sus párpados cayeron pesadamente, y se encontró siguiendo un estrecho sendero a través de la


oscuridad. Trató de retroceder, pero sus pies no la obedecían. Su corazón latía velozmente; podía oír el
murmullo de su sangre corriendo por las venas mientras se acercaba, preguntándose quien la aguardaría
esta noche entre las sombras, el hombre que la estrechaba entre sus brazos y la sujetaba como si fuera
un precioso regalo, o el que devoraba su carne. ¿Se despertaría sintiéndose amada y protegida o
sollozando de terror? ¿O quizás sería ésta la noche de la que ya jamás despertaría? ...

Se despertó ante el sonido de sus propios sollozos. Desorientada, miró a su alrededor, su pulso
calmándose gradualmente cuando se percató de que la pesadilla había terminado y estaba a salvo en su
cuarto.

Miró hacia la puerta. La llave estaba todavía en el cerrojo. Sólo había sido un sueño, y pero
realmente había sido tan vívido, que habría jurado que Lord Rayven esta noche había entrado en su

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cuarto, que se había despertado y le había encontrado sentado a su lado en la cama, resplandeciendo sus
ojos con una luz siniestra mientras la contemplaba y se inclinaba sobre ella.

Rhianna negó con la cabeza para aclarar las imágenes de su mente. Simplemente había sido un sueño.
Eso era todo lo que había sido, simplemente un sueño. Apartó un mechón de pelo de su cuello cuando sus
dedos se detuvieron al encontraron algo parecido a la picadura de un insecto.

Pasó el día en su cuarto y trató de estudiar sus lecciones, pero no podía concentrarse. Trató de
tomar una siesta, pero el sueño la eludió. No tenía apetito para almorzar.

Bevins pasó por su cuarto varias veces, su frente arrugada con preocupación. Una vez, le pidió que le
mirase las marcas en su cuello. Una sombra pasó por encima de sus ojos mientras examinaba las
diminutas heridas. No es nada, señorita, le había asegurado. Una picad de algún insecto. Perfectamente
inofensivo.

Al atardecer, dejó a un lado su letargo, tomó un baño, y se vistió para cenar.

Bevins había terminado de servir el primer plato cuando Rhianna sintió un repentino hormigueo.
Mirando por encima su hombro, vio a Lord Rayven de pie en el umbral de la puerta, vestido como
siempre de negro impecable.

-"Su Señoría". Empezó a levantarse, sobresaltada por su inesperada aparición, inquieta por el hecho
de que él era un hombre que poseía títulos y propiedades, y ella no era nada más que su criada, no
importaba que nunca tuviera que servirle.

Hizo un ademán para que permaneciera sentada mientras él también se sentaba en el otro extremo
de la mesa frente a ella.-“¿Te importa si te acompaño?”.

-"Claro que no. Después de todo esta en su casa”.

Ella jugueteó con su servilleta mientras él reclinaba en su silla. Un momento más tarde, Bevins entró
en el cuarto con una jarra de cristal y una copa, que depositó frente a Rayven.

-"Gracias, Bevins," dijo Rayven.- "Eso es todo”.

-" Como usted guste, Su Señoría. Buenas noches, señorita”.

Cuándo estuvieron solos de nuevo, Rayven estudió la cara de la muchacha, notando las profundas
ojeras debajo de sus ojos.

-“¿Te encuentras bien?”.

-"Sí, Su Señoría".

-“¿Eres feliz aquí"?

Mientras desviaba su mirada dijo: -“No estoy descontenta, Su Señoría". Señalando las bandejas
llenas de carne y aves de caza en el centro de la mesa, dijo: -“¿Desea comer algo, Su Señoría? Bevins es
muy buen cocinero”. Sintió que sus mejillas se arrebolaban.-"Aunque supongo que no es necesario que yo
se lo diga".

Una sonrisa débil gravitó sobre sus labios.-“No, gracias. ¿Cómo van tus lecciones?”.

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-"Bastante bien, creo. Bevins dice que tengo un talento innato para la música, pero es la lectura lo
que más me gusta”.

-“¿De verdad?”.

-“¡Oh, sí! Los cuentos de valientes caballeros y bellas damas, de tierras lejanas, dragones y brujos”.

Las manos de Rayven se cerraron con fuerza en su regazo mientras observaba su rostro, tan lleno de
vida, tan expresivo. Tan joven. El calor fluyó a través de él mientras ella seguía hablando, con su voz
llena de excitación por sus muchos descubrimientos. ¿Alguna vez en toda su vida, había sido él, tan
joven, había estado tan hambriento por aprender?

Rhianna se mordió los labios, repentinamente consciente de la mirada de Rayven fija en su rostro.
Sus ojos, oscuros como la niebla de medianoche, parecían llegar hasta el mismo fondo de su alma.

-"Yo... Lo siento" tartamudeó.-"No quería cansarle con mis historias. Debo parecerle una tonta”.

-"De ningún modo. Quizá... " Él aspiró profundamente. "¿Querrías esta tarde leer algo para mí en voz
alta?".

-"Oh, yo... Todavía estoy aprendiendo. Me temo que usted pronto se aburriría".

-"Me complacería mucho, Rhianna".

-"Muy bien entonces, si está usted seguro”.

-"Muy seguro".

-“¿Querría tomar un vaso de vino, Su Señoría"?

Cuando asintió, ella levantó la jarra y llenó su vaso, notando, por primera vez, que el vino era rojo
oscuro. Como la sangre.

Las puntas de sus dedos rozaron los suyos cuando él tomó el vaso de su mano. Se sintió alarmada al
notar como saltaban pequeñas chispas de calor de su piel a la de ella, desordenadas imágenes llenaron su
mente, imágenes de un hombre contorsionándose por el dolor, sangrando, gritando.

Tan rápidamente como habían aparecido, se fueron, dejándola preguntándose si lo había imaginado
todo.

Rayven se reclinó en su silla, mirando fijamente su rostro. ¿También la había notado ella, la chispa
que había saltado entre ellos? Había vislumbrado un manantial de esperanza en su interior, un anhelo
por una casa y una familia propia, nostalgia por la casa que había dejado atrás. ¿Pero qué era lo que ella
había percibido de él?

Rhianna tomó un profundo aliento, insegura por la tensión entre ellos.

-“¿Le importa si comparto su vino?”.

-"Dudo que te guste".

Ella miró el oscuro líquido de la jarra, entonces cogió un vaso, y se lo llenó de agua.

-“Termina tu cena, Rhianna,"dijo. -"Necesitas mantener tus fuerzas".

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-“¿Por qué? Nunca hago nada más extenuante que tocar el piano”.

-"Pero tienes hambre”.

Obedientemente, cogió su tenedor y empezó a comer. Después de todo, realmente tenía hambre.

Más tarde, él se sentó en una silla ante el fuego, sorbiendo de su copa, mientras ella leía en voz alta.
Una y otra vez, ella miraba en su dirección, esperando que diera señales de estar aburrido o dormido,
pero siempre le encontraba observándola, sus ojos negros insondables ardiendo con un extraño fuego,
un calor más caliente y más penetrante que el que irradiaban las crujientes llamas de la chimenea.

-“Hablame de ti" dijo, asombrándoles a ambos.

-"Hay pocas cosas que contar, Su Señoría. Tengo a cuatro hermanas, todas más jóvenes que yo". Su
voz se volvió amarga.-"Mi padre me vendió. Seguramente eso le dice a usted todo lo que necesita saber".

-“Eso me dice que él necesitaba el dinero".

-"Pudo haber vendido su caballo".

Una sardónica sonrisa curvó los labios de Rayven. –“¿Y arrastrarías tú el arado en el lugar del
caballo?”.

Ella levantó su barbilla provocadoramente.-"Ya lo he hecho antes".

Su admisión pulsó una fina cuerda en su interior. Orgullosa, a pesar de su pobreza era orgullosa.

-"Nunca tendrás que hacerlo de nuevo".

-“¿Por qué me compró usted?

Rayven se encogió de hombros, incapaz de admitir la verdad.-“¿Tú por qué crees?”.

-"No lo sé". Su mirada se desvió de la de él. -"Creí que... creo... "

-“Sigue, ¿que fue lo qué creíste?”.

-"Nada".

-"Dímelo”.

Ella oyó la fría orden bajo sus palabras expresadas con delicadeza.

-"Creí que usted me compró para que no tuviera que desnudarme delante de los demás".

-"Eres muy perceptiva dulce Rhianna".

-“Si no fue por eso, ¿entonces por qué? Usted nunca... " El rubor subió por sus mejillas, y agachó su
cabeza mirando el libro.

-“¿Nunca voy a tu cama?”.

Ella no alzó la cabeza, pero asintió.

-“¿Y eso te molesta?

-"Oh, no," dijo rápidamente. No la molestaba, no realmente, aunque le tocaba un poco en su orgullo,
el pensar que la encontraba tan desagradable que le era completamente indeseable.

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-"Rhianna, mírame”.

Lentamente, alzo su mirada, fijándola en su rostro.

-"Eres una mujer muy bella " dijo quedamente. -"Pero eres muy joven. Demasiado joven para mí". Sus
manos se cerraron con fuerza en su regazo.-“Alégrate de que no vaya a tu cama". Un escalofrío la
recorrió mientras su mirada la atrapaba.

-"Si lo hiciera, no te gustaría lo que ocurriría".

Ella se quedó mirando sus ojos fijamente, atrapada en su oscuridad, en una helada oscuridad, pero
que a la vez era más caliente que una llama. Fue como investigar la eternidad, pensó en una oscura laguna
mental interminable llena de tal anhelo que quiso llorar.

Mascullando un juramento, Rayven se puso de pie.

-“Vete a dormir, Rhianna," dijo de manera concisa.

Asustada por el revuelo hirviente en su voz, se levantó y corrió hacia su cuarto. El pánico prestó alas
a sus pies, y subió rápidamente las escaleras hasta su dormitorio. Dentro, cerró con llave y se derrumbó
en la cama, sintiendo que había escapado, de algo, aunque no sabía a ciencia cierta de qué.

CAPÍTULO CUATRO

Se oscurece mi mirada en tu presencia

Y rezo para que nunca puedas formar parte

del hambre que da zarpazos a mis órganos vitales

del mal que ennegrece mi corazón.

Rayven la siguió con la mirada, sus manos en puños apretados. Había sido un error, unirse a ella
durante la cena. Antes nunca había pasado el rato con las mujeres que había traído. Las usaba tanto
como era seguro, luego les pagaba holgadamente y las despachaba lejos, con la advertencia de que nunca
más volvieran. Nunca había vigilado tan ávidamente a ninguna de las demás mientras dormían, o había
ardido con tanto anhelo por tocar su cuerpo.

Excepto con Rhianna. .. Ella le atraía de una forma que no entendía. No era diferente a las demás.
Todas habían sido jóvenes. Todas habían sido bellas. Aunque ninguna había sido tan joven ni tan bella,
como Rhianna. Todas habían nacido pobres e ignorantes. Pero ninguna había expresado tal ansia por
aprender.

Debería despacharla ahora, antes de que fuera demasiado tarde.

Pero sabía que no lo haría.

Cogió la capa de la silla, emitiendo un profundo suspiro. Clavó los ojos en el líquido granate durante
un largo momento, repentinamente se sintió enfermó por la mezcla de sangre y vino que le había
sostenido durante cuatrocientos años. Con un juramento, arrojó la copa a la chimenea y salió del cuarto.

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Rhianna se recostó sobre sus talones, con un sentimiento inmenso de satisfacción mientras
examinaba su trabajo. Le había costado horas de arduo esfuerzo, pero los jardines del castillo habían
florecido con un alegre colorido. Meses atrás, no había habido nada allí, solo tierra reseca y unos
cuantos rastrojos. Ahora, había flores de todas clases y colores, helechos y arbustos.

En su casa, había pasado muchas horas trabajando en la parcela de huerto, cavando con el azadón,
arrancando las malas hierbas de raíz, arando. No había tiempo ni sitio para desaprovecharlo plantando
flores.

Levantándose, presionó la espalda con su mano. Pero ahora... Cerró sus ojos, deleitándose en el calor
del sol, con la intoxicante fragancia que la rodeaba. Había sido un trabajo agradable. También había
plantado algunas verduras, pero sólo las que le gustaban a ella.

Quitándose el sombrero de ala ancha, anduvo por el estrecho sendero bordeado de flores. Además
de flores, había plantado árboles frutales, pensando que no solo añadirían belleza a los ojos, y un lugar
de sombra al sol, sino también obtendría una abundante cosecha.

Cuando arregló todo el jardín, se quedó mirando al laberinto que se levantaba cerca del muro del
castillo. Los setos de protección que formaban el laberinto eran lo único en el huerto que no había
necesitado cuidado. Había vagado por el borde del laberinto varias veces, pero nunca había encontrado
el valor para entrar. Había algo ominoso en el lugar, aunque no podía decir el qué. Quizá era su miedo a
perderse en su interior por muy irracional que fuera

Con un suspiro, se sentó en uno de los bancos de mármol esparcidos a través del jardín. Habían
pasado tres meses desde la noche en que Lord Rayven se unió a ella en el comedor. ¿Por qué la había
buscado esa noche? ¿Y por qué no había de nuevo buscado su compañía?

Hacia ya casi seis meses que vivía en el castillo. Cualquier cosa que deseaba era suya. Tenía todas las
ropas que podría necesitar en toda una vida. Se había convertido en una ávida lectora y había
descubierto que tenía un talento innato para tocar el piano, y pintar. En verdad, tenía todo lo que podía
querer en la vida, todo excepto alguien con quien compartirlo.

Cuándo estaba aburrida, Bevins la llevaba al mercado del pueblo vecino para hacer las compras y
luego, como una sombra silenciosa, la seguía a dondequiera que fuera. Había sido entretenido comprar
todo lo que quisiera y comer en las posadas, si no hubiera sido para las miradas atrevidamente curiosas
que le dirigían. A excepción de los tenderos, nadie más le hablaba, aunque quienes se cruzaban con ella,
la saludaban amablemente. Le asombraba que los chismes de su pequeño pueblo hubieran llegado al
pueblo vecino, ya que todo el mundo que encontraba parecía saber que vivía en Castillo de Rayven.
Algunas veces ella oía mencionar el nombre de Rayven, pero siempre en silenciosos susurros, siempre
seguido del signo de la cruz. Eso le producía una sensación de amarga soledad.

Una vez, había preguntado a Bevins si podía invitar a su madre y sus hermanas al castillo. Él había
contestado, -"No, señorita, no puede" en un tono tal, que no se lo pidió nunca más.

Ocasionalmente, se preguntaba si él le permitiría ir a visitar a su familia, pero nunca reunió valor


suficiente para hacer la pregunta.

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Algunas veces, se sentía como una princesa de un cuento de hadas, a la que se la encarcelaba en un
castillo mágico pero alejada del resto de mundo.

Y siempre, acechando en el fondo de su mente como una oscura sombra, estaba Rayven. Nunca le
veía, nunca oía su voz, solo en sus sueños. Se preguntaba qué era lo que hacía durante todo el día, incluso
si estaba en el castillo. Por lo que sabía, él podía haber abandonado el castillo hacía meses. Rayven. Era
como un acertijo sin respuesta, un misterio que no podía ser solucionado. ¿Por qué la había traído aquí?

Era un pensamiento que prevalecía en su mente durante todo el día, y la acompañó al acostarse esa
noche.

El estaba en uno de los cuartos en la torre este, mirando por la ventana, hacia el patio de debajo.
Bañadas por los rayos plateados de la luna, las blancas rosas resplandecían como flores etéreas
plantadas en algún místico jardín. Sentía un repentino anhelo por errar entre las plantas durante la luz
del día, por ver los innumerables colores de las flores que Rhianna había plantado, por tocar los pétalos
que sus manos habían tocado. En la oscuridad, los brillantes colores del arco iris parecían opacos, faltos
de vida.

Volviéndose de espaldas a la ventana, se puso la capa y los guantes. Quizá le apaciguaría un paseo a
medianoche; Si no lo hacía, iría a Cotyer y pasaría las horas restantes de oscuridad en las mesas de
juego y se mezclaría, aunque fuera por unas pocas horas, en una semblanza de normalidad.

Saliendo del cuarto, echó el candado a la puerta, luego pasó velozmente a lo largo del oscuro
vestíbulo y bajó las escaleras.

Sus pasos se detuvieron cuando se acercó a los establos. Abruptamente, dio media vuelta y fue
hasta el patio lateral. Lo envolvió la fragancia de centenares de flores, de tierra fresca recién arada,
de hierba y árboles, mientras caminaba lentamente por los estrechos senderos, parándose a veces para
acariciar la blandura aterciopelada de una rosa. Rhianna había hecho esto, había convertido la fealdad
en belleza. Se preguntó si en caso de que tuviera la oportunidad podría ella obrar el mismo milagro con
su vida.

Un susurro en el aire, el perfume de piel caliente, le alertó de su presencia. Se le acercó


rápidamente, su mirada fija perforando la oscuridad.

-“Sal fuera" dijo. -"Sé que estas aquí”.

Ella dio un paso adelante fuera de las sombras que la ocultaban, sus mejillas arreboladas, sus manos
sujetando los pliegues de su capa. La luz de luna provocaba reflejos plateados en su pelo, reflejando su
piel de alabastro.

-“¿Qué estas haciendo aquí afuera a estas horas de la noche"? Le preguntó.

-"Yo... "

-"Habla sin temor, muchacha. No tengas miedo".

-"Le vi desde mi ventana, y me pregunté que era lo que estaba haciendo aquí afuera a estas horas".

-"Pensaba en ti" admitió.

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Sus palabras enviaron una corriente de excitación por su columna vertebral. –-“¿Lo hacía, Su
Señoría"?

Él asintió, mirándola fijamente de arriba a bajo. Ella llevaba una gruesa capa de terciopelo de color
melocotón. Unas plumas blancas enmarcaban su rostro. Sus pies estaban descalzos y extrañamente
provocativos.

-“¿Por qué no estas durmiendo, dulce Rhianna?”.

-"Porque, pensaba en Su Señoría" contestó francamente

-“¿De verdad?”. Sorprendido por su candor, y contento por saber que había estado en sus
pensamientos, dio un pasó más cerca.-“¿Qué estabas pensando"?

-"Me preguntaba que es lo que había hecho para desagradarle”.

-"Me complaces mucho, Rhianna". Demasiado para la tranquilidad de mi espíritu, pensó, metiendo sus
manos en los bolsillos para abstenerse de tocarla, de tomar aquello de lo que estaba tan hambriento.

-"No le he visto durante meses, Su Señoría". Debería alegrarse por eso, pensó, pues él era
misterioso, y, algunas veces, un poco atemorizante. Pero los pocos momentos que habían pasado en su
presencia habían sido embriagadores.

-"Deberías alegrarte de no haber tenido que verme” contestó intempestivamente.

-“¿Debería?”.

Él miró en lo profundo de sus ojos, indagando sus pensamientos, sintiendo su aislamiento, su


confusión.

Ella era una joven al borde de la feminidad, anhelando algo que no entendía. Como un violín,
aguardando el toque de la mano del maestro para poner de manifiesto la música que había dentro de el.

Explorando en las profundidades de sus ojos, se acercó a ella. Necesitando tocarla, con el temor de
ser rechazado, se sacó los guantes y los tiró a un lado. Un jadeo ¿o era eso un suspiro? Escapó de sus
labios, cuando su mano acarició su mejilla.

-“¿Su Señoría?” Él oyó su incertidumbre en el estremecimiento de su voz.

-"No te lastimaré" dijo Rayven, rogando que fuera verdad.-"Solo quiero tocarte. Tu piel es tan
suave, dulce Rhianna. Tan suave... " Doblando su cabeza, cubrió sus labios con los suyos. -"Dulce" dijo
-"Tal como me imaginaba que serían".

Ella se quedó mirándolo fijamente, atrapada en el fondo de sus ojos, mientras un temblor de placer
la atravesaba. Había tal fuego en su toque, tal magia en su beso, que la hizo sentir cambiada para
siempre.

Con un suave gemido, él dio un paso hacia atrás, con el hambre y el deseo rugiendo en su interior.

Tomándola de la mano, se introdujo en el laberinto.

Un sentimiento de temor llenó el corazón de Rhianna al sobrepasar la entrada. Con un grito mudo,
tiró fuertemente en su mano.

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-“¿Qué ocurre?” Él preguntó.

-"El laberinto". Ella negó con la cabeza.-"Me asusta.”

-“No hay nada que temer".Ella lo miró, sus ojos iluminados por la luz de la luna. Su mano era pequeña
y caliente en la de él.

Él podía ver los latidos de su corazón corriendo a toda velocidad por su garganta.

-"Ven, Rhianna," murmuró, con voz baja y seductora.-“No tengas miedo.”

Como si estuviera hipnotizada, caminó detrás de él. Mirando nerviosamente de derecha a izquierda a
medida que se sumergían en las profundidades del laberinto. Pronto, los altos setos de protección se
levantaron por todas partes, envolviéndola en un mundo de verdor silencioso de.

Perdió la noción del tiempo hasta que le pareció que había caminado por el laberinto durante horas.
Rayven a su lado era una figura alta y oscura. La luna lanzaba rayos de plata que se reflejaban en su
pelo. Su capa negra flotaba sobre sus hombros como si de una gruesa capa de niebla se tratara. Nunca
había visto una capa como la de él. Parecía viva en cierta forma, se movía cuando él se movía, rodeándole
con sus pliegues protectores. Su perfil era afilado, todo él ángulos y duros planos, pero curiosamente
bello. Se preguntó, si era así como se percibía la muerte, oscura y seductora.

Le tomó un momento percatarse de que él había dejado de caminar. Echando un vistazo alrededor,
vio lo que una vez había sido un jardín de rosas, pero que sin embargo ahora todo lo quedaba de él eran
algunas plantas muertas. En el centro del pequeño jardín había una estatua de bronce representando un
lobo aullando, y a su lado, la figura de un cuervo esculpido en mármol negro.

Un temblor de ansiedad bajó por su columna vertebral. Una extraña elección para la ornamentación
de un jardín, pensó.

Consciente de la mirada fija de Rayven, volvió su rostro hacia él.-"Yo... Estoy segura de que alguna
vez esto fue un lugar muy hermoso".

Él arrugo su frente, sus labios curvados en sardónica diversión.-“¿Tu crees?”.

-"No lo sé. Creo que podría haberlo sido".

Él le dio la espalda y miró las estatuas, notó la oscuridad levantándose en su interior, oyó el instinto
de la fiera salvaje llamándolo en voz alta, urgiéndole a despojarse del fino barniz de humanidad y correr
desnudo y salvaje a través de la noche.

-“¿Su Señoría?”.

El miedo subyacente en su voz, le sacó del borde de la oscuridad. Sintiéndose como si también él
fuera frío como el mármol, se giró hacia ella.

-“¿Puedes hacer un milagro aquí, dulce Rhianna?”. Le preguntó suavemente. –“¿Puedes cambiar esta
fealdad en belleza?”.

Rhianna indagó en sus ojos, preguntándose si él hablaba del jardín, o de sí mismo.

Puso un dedo bajo su barbilla y le alzo el rostro. -“¿Podrías hacerlo, dulce Rhianna?”.

24
-"Lo intentaré, Su Señoría".

-“¿Querrías besarme, muchacha?”.

-"Si usted lo desea".

-"No, porque yo lo desee Rhianna. Quiero que me rodees con tus brazos y me beses por propia
voluntad”.

Él estaba solo, pensó, tan solo como ella.

El tiempo se detuvo, y tomo plena conciencia de todo lo que había a su alrededor. Sintió la fresca
humedad de la hierba bajo sus pies al acercarse a él, hasta que sus cuerpos casi se tocaron. Al poner
sus manos sobre sus hombros notó que su capa era suave bajo su tacto. Las aletas de su nariz se
llenaron de su esencia, un perfume salvaje, almizcleño que le recordaba a hierba húmeda y lluvia.

Entonces se puso de puntillas y le besó. Sus labios eran frescos y firmes. Cuando empezó a alejarse,
su brazo se curvó alrededor de su cintura y la sujetó más cerca de él. Notó los pequeños escalofríos que
sacudían su cuerpo, sospechando que él mantenía bien a raya sus emociones, sintiendo la fuerza
subyacente que moraba en él.

Sus ojos se cerraron, cuando pasó su lengua por su labio inferior, y luego la introdujo en su boca.
Calor y el fuego estallaron dentro de ella, irradiando hacia afuera, hasta que sintió como si se derritiera
entre sus brazos. Imágenes distorsionadas invadieron su mente, un lobo encorvándose sobre su presa,
un enorme pájaro negro bebiendo sangre oscura en una copa de cristal, una espesa niebla gris
moviéndose por las oscuras calles de un pueblo.

Oyó a Rayven jurar por lo bajo mientras la soltaba.

Las imágenes desaparecieron repentinamente, como si se tratara de una pizarra a la que hubieran
borrado totalmente se tratara, lo miró aturdida y como si la hubieran privado de algo.

-“¿Rhianna? ¡Rhianna!”.

-“¿Sí, Su Señoría"?

-“¿Estás bien?

-"Yo... no lo sé. Creí que vi... "

-“¿El qué?”.

Ella negó con la cabeza. -"No lo recuerdo".

Maldiciendo por lo bajo, la rodeó con sus brazos, su barbilla descansando ligeramente sobre su
cabeza.

-"Te ruego me perdones, dulce Rhianna" murmuró roncamente.

-“¿Perdonarle a usted, Su Señoría? ¿Pero por qué? ¿Qué es lo que ha hecho usted?”.

-"Espero que nunca te enteres" contestó, con voz angustiada.

La abrazó durante mucho tiempo, dejando que su poder fluyera sobre ella, calmándola. Ella cerró sus
ojos, apaciguada, como un niño por la constante pulsación del corazón de su madre bajo su mejilla.
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Viendo que el sueño se apoderaba de ella y murmurando su nombre, la alzó en brazos. Con los ojos
cerrados y la luz de luna brillando tenuemente en su rostro parecía una princesa de cuento de hadas.

Lo invadió una oleada de ternura mientras la sacaba del laberinto hacia la silenciosa oscuridad del
castillo.

En su cuarto, la acostó vestida en la cama y la arropó. Era la inocencia personificada, y por primera
vez durante en años, odió ser lo que era, porque le negaba toda esperanza de tener una vida normal, de
disfrutar del amor. Nunca tendría una esposa, nunca conocería la alegría de sostener a un hijo suyo.

La ternura dio paso al arrepentimiento, el arrepentimiento al enojo y el enojo ardió profundamente


en él. Después de ser transformado se había resignado a vivir en soledad. Sabía que este tipo de cosas
siempre le estarían prohibidas, y había dejado de albergar cualquier deseo en su corazón, de tener una
casa y familia propia.

Se había creído contento y feliz, hasta que conoció a Rhianna. El verla, abrazarla, había despertado
sentimientos y deseos que habían permanecido dormidos en su interior durante siglos.

Con un débil gruñido, se inclinó hacia ella, odiándola por el poder que ejercía sobre él, por la
debilidad que sentía cuándo la miraba. Su mano apartó un mechón de pelo de su cuello.

Su perfume llenó sus las ventanas de su nariz, enardeciendo su hambre, encendiendo su deseo. Si
esto era todo lo que él podría tener de ella, entonces que sólo fuera esto, y soltó a la bestia que moraba
en su interior.

CAPÍTULO CINCO

Investigo sus ojos

Y el perdón encuentro

Y por un momento

Un momento breve, dulce y brillante

Veo un fin a mi desesperación.

Había sido un error tocarla, besarla. Una vez había probado la dulzura de Rhianna, no podría pensar
en nada más. La buscó a la hora de cenar, él bebía de su copa mientras la observaba comer, la escucha
con arrobada atención mientras ella le explicaba como había pasado el día. Tenía una mente brillante, un
intelecto agudo, y un sentido del humor encantador. Bevins le había dicho que aprendía rápidamente y
que hacía notables progresos.

Rayven veía los resultados por sí mismo cada noche cuando le leía, tal y como lo estaba haciendo
ahora.

Él estaba sentado en su silla favorita, frente a las llamas de un fuego que poco hacía para calentar el
frío de su interior, escuchando como leía. El sonido de su voz ondulaba sobre él como el sedoso brillo de
sol, más suave y caliente que las llamas que bailaban en la chimenea. La observaba con los parpados
entornados, preguntándose cómo era posible que cada día que pasaba estuviera más bella. Sus mejillas

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florecían con fino rubor, sus ojos centelleaban, su piel resplandecía de juventud y de vida. La luz del
fuego lanzaba sombras doradas en su perfil. Fascinado como un adolescente lleno de amor, se deleitaba
en su cercanía, con el sonido de su voz.

Pasaron varios minutos antes de que él se diese cuenta de que ella había finalizado la lectura,
mientras ella se le quedó mirando.

-“¿Pasa algo, dulce Rhianna?”.

-"No, Su Señoría".

-“¿Por qué has dejado de leer?”.

Una débil sonrisa jugueteó en sus labios. -"Hace rato que me he detenido".

Él frunció el ceño. –“¿Por qué?”

-"Porque la historia ha terminado, Su Señoría".

Él la miró durante un largo momento, sintiéndose muy tonto, y luego se rió.

Rhianna clavó los ojos en él. Raramente le había visto sonreír, nunca le había oído reír. Era un sonido
maravilloso, profundo y enriquecedor. Y contagioso. Sintió una oleada de risa en respuesta a la suya,
hasta que las paredes se hicieron eco del sonido.

Y luego, sin saber muy cómo, él estaba arrodillado ante ella, y la risa murió en su garganta.

-"Rhianna". Le cogió sus manos con las suyas y las beso.

–“¿Sabes cuanto tiempo hacía que no me reía tan a gusto?”.

-"No, Su Señoría".

-"Muchísimo tiempo" contestó, con su mirada fija ardiendo en la de ella.- "Más tiempo del que
puedas imaginar”.

-"Entonces me alegro de haberle hecho reír".

-“¿Qué puedo yo hacer por ti, a cambio?”.

-"¿Su Señoría"?

-“¿Un nuevo vestido que haga juego con el color de tus ojos? ¿Un collar de oro?”.

-"No quiero nada, Su Señoría. Usted ya me ha dado demasiadas cosas. Y Yo... " Ella apartó la
mirada.-"No le he dado nada a cambio".

La culpabilidad, más afilada que las espinas de las rosas que ella tanto amaba, aguijoneó su
conciencia. Ella le había dado mucho más de lo que suponía. Más de lo que él tenía derecho a tomar.

-"Pide algo, dulce Rhianna. Sólo tienes que nombrarlo y es tuyo”.

-“¿Cualquier cosa que quiera? ¿De verdad?”.

-"De verdad".

-"Desearía enormemente, tener un espejo en mi cuarto".

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Él se recostó en sus talones, sus ojos oscuros vueltos repentinamente misteriosos y fríos.-“¿Un
Espejo"?

Ella asintió, con expresión ansiosa.-"Usted me ha dado tantas cosas bellas. Quiero ver cómo luzco”.

-"Muy bien" dijo, con fría voz.-"Tendrás uno".

-“¿Dije algo incorrecto?”. Le preguntó, con los ojos llenos de confusión.

Él negó con la cabeza, después se levantó. –“Vete a dormir, mi dulce".

Ella se puso de pie. Como siempre, su tamaño la asombraba. Él se movía con tal sigilo, hablaba con tal
quietud, que a menudo se olvidaba de lo grande que era. Se cernía sobre ella, alto y ancho de
hombros.-“¿Me dirá que es lo que he dicho o hecho para causarle tanto disgusto?”.

Se volvió de espaldas, mirando fijamente hacia el fuego.-“Vete a la cama”. Su voz era rasposa, fría
como el hielo.

-"Muy bien, Su Señoría".

Escuchó el sonido de sus pasos, amortiguados por la gruesa alfombra, mientras cruzaba el cuarto.

-"Buenas noches, Su Señoría".

Podía notar como lo miraba fijamente, esperando una respuesta, luego la oyó suspirar, abrir la
puerta y salir del cuarto.

Rayven se quedó con la mirando fijamente las llamas. Podía sentarse en este cuarto y fingir que era
un hombre como cualquier otro. Podía fingir que ella era suya, que estaba allí porque lo deseaba. Podía
rodearse de riquezas, pero no podía esconderse de la verdad más de lo que podía caminar bajo la luz del
sol, o ver su reflejo en un espejo. Estas simples cosas, le estaban negadas para siempre.

El espejo que Bevins depositó en el cuarto de Rhianna la tarde siguiente era la cosa más exquisita
que había visto en toda su vida, un espejo de gran tamaño enmarcado en un marco dorado. Y en una
esquina, grabadas en el cristal, estaban sus iniciales.

-"Oh, es muy bonito" dijo pasando las manos sobre el marco, y sus iniciales grabadas.

-"Lord Rayven estará contento de que le guste".

-“¡Oh, desde luego que me gusta! ¿Está en casa? Debo darle las gracias".

-"No es posible verlo, señorita".

-"Nunca está aquí durante el día" dijo Rhianna, haciendo pucheros. –“¿A dónde va?

-"No sabría decírselo a ciencia cierta".

-“¿Usted no lo sabe?

-"No, señorita". La vacilación en su voz le hizo sospechar que mentía.

-“¿Bajará a comer, señorita?”.

-"Creo que no". Volvió la espalda al espejo.-"Creo que tomaré una siesta”.

-"Muy bien, señorita". Con una breve reverencia, Bevins salió del cuarto.
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Rhianna fue hasta la ventana y se quedó mirando al jardín. Llevaba aquí unos cuantos meses y hasta
ahora no se había dado cuenta de que nunca había visto a Rayven durante el día. ¿Por qué le había
mentido Bevins? ¿Estaba Rayven aquí? ¿Arriba, quizás?

Curiosa, abrió la puerta de su cuarto y caminó a hurtadillas. No había señales de Bevins. Andando de
puntillas se dirigió hacia abajo hasta el pasillo de la torre del este.

El sonido de pasos resonaba fuertemente mientras subía por la estrecha y serpenteante escalera.
Noventa y nueve escalones. Estaba jadeando cuando llegó al último.

Haciendo una pausa para recobrar el aliento, miró hacia el largo corredor. No había ninguna luz
filtrándose por los postigos de las ventanas de las gruesas paredes de piedra.

De puntillas, fue caminando por el oscuro corredor. Se detuvo en la primera puerta, con mano
temblorosa trató de alzar el picaporte. La puerta se abrió sin un solo sonido.

Mirando con atención hacia adentro, vio que el cuarto estaba lleno de muebles, los sofás tapizados
con brocados de descoloridos bordados. Había mesas de todos los tamaños y formas, sillas de roble
oscuro y caoba, taburetes delicados y cómodas cubiertas con mármol. Todo estaba cubierto de una capa
de polvo, como si no se hubiera utilizado durante décadas.

Cerrando la puerta, cruzó el pasillo hacia el cuarto de enfrente. También, estaba abarrotado con
todo tipo de mobiliario.

El siguiente cuarto estaba llenó de obras de arte: estatuas, pinturas, candelabros de bronce, jarros
de cristal y porcelana, figurillas de porcelana china, una escultura enorme de un cuervo tallada en
madera pintada de negro. También todas cubiertas de polvo y telarañas.

Más adelante estaba el propio cuarto de la torre. Aun sin saberlo, estaba segura de que era la
habitación de Rayven. Caminando con precaución, se acercó a la puerta. Presionó su oreja contra la suave
madera, y al no oír ningún sonido, puso la mano en el picaporte.

Con su corazón martilleando fuertemente, abrió la puerta y dio un paso al interior. No había ni una
sola luz en todo el cuarto. Pesadas cortinas de terciopelo negro cubrían las ventanas. Cruzando la
habitación, fue hacia las cortinas, y las apartó, después se giró y miró a su alrededor. El cuarto estaba
vacío.

Desconcertada, dejó de nuevo las cortinas en su lugar. ¿Por qué Rayven le había prohibido que
viniera aquí? ¿Qué razón podía tener, para no permitirle que viera todos estos cuartos llenos de viejos
muebles, o este otro vació de la torre?

De repente tuvo la fría sensación de que no estaba sola. Un pánico irracional surgió dentro de ella, y
salió precipitadamente del cuarto.

Pasó corriendo por el pasillo, bajó las escaleras con silenciosos sollozos en su garganta mientras
imágenes de oscuridad y muerte formaban remolinos en su mente.

Fue corriendo ciegamente por el castillo hasta que llegó a su habitación. Cerró la puerta y abrió las
grandes ventanas. Se echo en la cama sujetando una almohada fuertemente contra su pecho y clavó los
ojos en la luz del sol que se filtraba por la ventana, esperando que eso ahuyentara la oscuridad que

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parecía envolverla como humo negro, empapando su misma alma. Y en el centro de esa oscuridad, sintió
una soledad tan profunda, que rompió su corazón.

Rayven estaba sentado en la mesa frente a Rhianna, formando ociosos remolinos con el líquido de su
copa, observando como el cristal atrapaba la luz de las velas

-"La semana que viene iremos a la ópera. Quiero que salgas y compres algo adecuado que ponerte".

-"No necesito más trajes de noche, Su Señoría".

-"Hazlo para complacerme. Algo azul, que haga juego con tus ojos".

-"Muy bien, Su Señoría, como usted desee”.

-“¿Qué has estado haciendo hoy?”.

Rhianna tragó saliva, apartando su mirada de la de él. –“¿Hoy, Su Señoría"?

-"Sí, hoy".

-"Yo... Bevins me trajo una nueva pieza musical".

-“¿La tocarás para mí"?

-"Si usted lo desea, aunque todavía no la he ensayado”.

-"Eres una criatura muy obediente, dulce Rhianna".

-“¿Su Señoría?” Le miró de reojo, no sabiendo si la estaba alabando o quejándose.

Rayven la miro por sobre el cerco de su vaso. Nunca había conocido una mujer que fuese tan
complaciente, que no le pidiera nada, y que pareciese sentir genuino placer con su compañía. Complacía
su vanidad masculina el pensar que se interesaba por él, aunque solo fuera un poco. Las demás le habían
ofrecido sus favores, pero siempre había sido consciente del miedo en el fondo de sus ojos, del interés
por lo que su riqueza podría ofrecerles. Les había dado todo lo que le habían pedido, las había cubierto
de regalos – joyas, pieles, costosos vestidos – pareciéndole que era un precio pequeño a pagar por lo que
él tomaba.

Ladeó su cabeza, mirándola con los parpados entornados. Al despertarse esta tarde, había notado su
presencia en la torre, había olido la persistente fragancia de su perfume, de su mismo ser. Nunca había
conocido a una mujer que se hubiera atrevido a desafiarlo. Por ese acto de valor, le compraría un collar
de zafiros para que hiciera juego con su nuevo traje de noche.

-“¿Qué otras cosas has hecho hoy?” preguntó suavemente.

El miedo ascendió por su garganta. Él lo sabe, pensó frenéticamente. Él sabe lo que he hecho, y
ahora me castigará.

-"Ya hace algún tiempo que vives aquí" comentó en ese mismo tono de voz engañosamente suave.

-"Sí".

-"Seguro que ya has debido explorar el castillo".

-"Usted dijo que podía pasear por todo el castillo, Su Señoría" contestó, con un temblor en su voz.

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-"Así es. Excepto por la torre del este”.

Rhianna inclinó la cabeza, incapaz de emitir una sola palabra, mientras el miedo se enroscaba en su
interior.

-“¿Recuerdas mi advertencia?”.

Asintió, cruzando fuertemente los brazos sobre su regazo, para que no notara como temblaba.

-"De nuevo veo que haces caso omiso de mis deseos".

-"Sí, Su Señoría".

Él sonrió sobre el cristal de su copa mientras vaciaba su contenido de un trago. Levantándose, le


ofreció su mano. -"Ven" dijo.-"Deseo que toques para mí".

-"Gracias, Su Señoría".

Sus cejas alzadas en un gesto que ella había llegado a reconocer como de suave diversión. –“¿Por
qué, dulce Rhianna?”.

-"Por no estar furioso conmigo. Para ser tan amable".

-“¿Amable?”. Se rió suavemente, un sonido lleno, enriquecedor que la llenaba de un sensual placer.
-"Esa es una cualidad que nadie en toda mi vida me había adjudicado".

-“¿De veras, Su Señoría"?

-"De verdad, mi dulce".

-"Entonces se lo diré a menudo, si eso le complace”.

-"Tu me complaces" contestó. Agachó su cabeza y cubrió su boca con la suya, besándola con una
intensidad que le privo de toda la fuerza en sus extremidades al mismo tiempo que pareció sacarle todo
el aire de sus pulmones.

Cuando apartó sus labios, se lo quedó mirándolo fijamente, sintiéndose extrañamente mareada.

Rayven le sonrió, la oscuridad ardiendo en sus ojos.

-"Nunca dudes de lo mucho que me complaces".

Bastante tiempo después de que Rayven la hubiera dejado, todavía podía sentir el calor de sus
labios, la dureza de su cuerpo contra el suyo. Aunque nunca había conocido a un hombre, no era
completamente ignorante de la forma en la que los hombres y las mujeres se apareaban, pero jamás
soñó con que eso comportara tal placer. Las mujeres en el pueblo murmuraban sobre los bajos instintos
de los hombres, del tener que soportar el trato sexual entre casados. Pero nunca habían mencionado el
placer que ello comportaba, la conmoción que provocaba en su interior.

Mas tarde, la había escuchado mientras tocaba el piano, descartando sus errores con un gesto de su
mano. Era una partitura fácil; Normalmente, la habría tocado sin titubear. Pero no podía olvidar su beso,
sus manos no podían dejar de temblar al recordar como se había sentido entre sus brazos. Incluso
ahora, todavía le parecía tener la huella de su duro cuerpo impresa en el suyo.

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Moverse le parecía un gran esfuerzo, pero al mismo tiempo se sentía flotar mientras subía por las
escaleras.

En su cuarto, se quitó sus zapatos y las medias, dejó el vestido sobre una silla, y se metió
silenciosamente en la cama.

Soñó con él esa noche, soñó que estaba allí, en su cuarto, sentado a su lado en la cama, su capa
oscura flotando a su alrededor como un sudario mientras doblaba su cabeza hacia ella. En la luz incierta
de su cuarto, sus ojos parecían resplandecer como carbones ardiendo a fuego lento. Notó como sus
manos se posaban sobre sus hombros, sintió sus labios en su garganta, sintieron la familiar sensación de
debilidad cuando sus dientes rasparon la blanda piel de su cuello. Un sensual placer se unió al dolor.
Gimió suavemente mientras sus manos sujetaban sus brazos. Y luego oyó su voz, susurrando en su oído.

-"Sólo es un sueño, dulce Rhianna" dijo, su voz hipnotizándola con su poder. -"Sólo un sueño... "

Sus párpados se cerraron, pero no antes de que le viera levantarse de la cama como una niebla
oscura. Se encogió de miedo y él se fue como si nunca hubiera estado allí.

Pero, claro, solo era un sueño.

CAPÍTULO SEIS

Su toque me ha dejado indefenso

Su confianza diluye las cadenas del pasado.

¿Me atreveré a creer en el amor que ella me ofrece?

¿Al final, he encontrado un fin a esta oscuridad?

Los ojos de Rhianna se ensancharon cuando entró en el teatro de la ópera. Excepto por las ocasiones
en las que Bevins la había llevado de compras al pueblo vecino, era la primera vez que salía del valle en
donde había nacido, la primera vez que iba a la ciudad. No podría dejar de mirar a las bellísimas
mujeres, con sus ostentosos trajes de noche de seda y raso.

Levantó su barbilla desafiante, tratando de fingir que era una de ellas, que pertenecía a ese mundo.
Su traje de noche era igual de costoso e iba tan a la moda como ellas. Los zafiros en su garganta eran
adecuados para una reina. Pero, aunque lo intentaba, no podía evitar el sentirse como una criada vestida
con las ropas de su señora.

Una vez que su temor inicial pasó, se dio cuenta de que muchas personas miraban a Rayven. Oyó
retazos de conversación mientras Rayven la escoltaba subiendo por las escaleras hacia su palco privado.

-"Es Rayven... "

-"No lo había visto por aquí durante años... "

-"... Una nueva amante... "

-"... Tan joven... "

-"Es preciosa... "

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-"... no es obstáculo... Él nunca se altera... "

Estaba segura de que sus mejillas estaban rojas de vergüenza cuando llegaron al palco. Sentándose,
escondió su rostro detrás de su abanico.

-"No les hagas caso, dulce Rhianna" dijo Rayven sentándose a su lado con un gesto de aburrimiento
en su cara.

-"Hablan de nosotros".

-"Déjalos. ¿Te dije lo bonita que estas con este traje?”. Y ciertamente, lo estaba. El terciopelo azul
oscuro contrastaba con la suavidad cremosa de su piel y hacia parecer aún más oscuros sus ojos.

Rhianna inclinó la cabeza, deseando poder desaparecer. Nunca antes había sido objeto de tantas
murmuraciones y especulaciones. No tenía que oír las palabras, para saber que la gente estaba pensando
que era la amante de Rayven.

Miró hacia el palco que había enfrente, y se echó rápidamente hacia atrás cuando reconoció al
hombre alto y rubio. Él había estado en casa de Cotyer la noche en que su padre la subastó al mejor
postor.

Él también la había visto, con una sonrisa inclinó la cabeza en su dirección y luego le sopló un beso.

Oyó a Rayven mascullar algo por lo bajo y luego, para su alivio, se abrió la cortina del escenario y la
función comenzó.

Rhianna nunca había visto o ni había oído nada igual, los trajes, los actores, la música, el baile. Si
bien no podía entender el lenguaje, no tuvo ningún problema en seguir la historia que hablaba de un
joven rico enamorado de una campesina.

En el descanso, Lord Montroy apareció por su palco. Esbozó un saludo en dirección a Rayven y luego
se inclinó y besó respetuosamente la mano de Rhianna.

-"Buenas noches, querida" dijo, y ella noto el asomo de una sonrisa en su voz. -"Se la ve a usted muy
bien esta noche".

-"Gracias".

Montroy se sentó en una de las sillas, con sus largas piernas estiradas negligentemente ante él.

-"No puedo recordar la última vez que vi a Rayven en la ópera" comentó. -"Usted debe ser una buena
influencia para él".

-"Yo.. ." Ella negó con la cabeza. -"Fue idea de Lord Rayven, no mía". Una sonrisa iluminó su
cara.-“¿Pero no ha sido maravilloso?”.

-“¿Entonces esta usted disfrutándola?”.

-" Oh, sí, es una obra teatral maravillosa. Nunca he visto nada igual".

Rayven se recostó en su silla, con los brazos cruzados sobre su pecho mientras Montroy hablaba con
Rhianna. Su desinterés se volvió rápidamente en enojo, al ver como Montroy coqueteaba con Rhianna,
elogiando su peinado, comparando el azul de sus ojos con el del collar de zafiros que llevaba. Observó

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como Rhianna se ruborizaba, mientras le daba las gracias educadamente. Sus manos se cerraron con
fuerza en puños apretados, la cólera convirtiéndose rápidamente en furia al oírla reír suavemente sobre
algo que Montroy le había dicho.

-"Suficiente". La palabra, dicha con voz suave, terminó con los floridos cumplidos de Montroy como
si de un cuchillo se tratara.

Con perezosa gracia, Montroy se puso de pie, murmurando una despedida mientras se inclinaba para
besar la mano de Rhianna, luego se dirigió a Rayven. –“¿Le veré después en Cotyer, Su Señoría"?

-"No".

Montroy miró a Rayven con una sonrisa burlona.-“Ciertamente esa fue una tonta pregunta"
dijo.-"Buenas noches, Su Señoría".

-"Montroy".

Rhianna se abanicó, no atreviéndose a mirar a Rayven. No le había pasado desapercibido el indicio de


cólera en su voz, aunque no entendía la razón del mismo.

Cuando la obra se reanudó, se sintió agradecida.

Rayven había visto la ópera muchas veces, y era el rostro de Rhianna lo que observó durante los
últimos momentos de la función. Tal como había sospechado, ella lloró cuando la protagonista se suicidó
en vez de continuar viviendo sin el héroe, sin embargo el por qué una mujer podía llegar a amar a un
hombre tan débil de carácter como el héroe, era algo que estaba más allá de su comprensión.

Cuando bajó el telón, le ofreció su pañuelo. -"Sécate los ojos, dulce Rhianna. Después de todo, solo
es ficción”.

-"Pero es tan triste. ¡Se amaban tanto!".

-“¡Pamplinas! Si él la hubiese amado, habría desobedecido a su padre y se hubiera casado con ella en
lugar de con otra mujer a la que no amaba".

-"Sí" dijo Rhianna.-"Supongo que debería haberlo hecho".

Levantándose, Rayven puso su capa sobre sus hombros.

–“¿Lista?”.

Asintiendo, Rhianna se puso de pie y le tendió la mano. Con la cabeza bien alta abandonó el palco y
salió al exterior.

Era una noche iluminada por la luna llena. Una luna amarilla brillaba sobre el cielo infinito. Caminaba
al lado de Rayven, consciente de la gente a su alrededor, consciente de sus miradas de curiosidad, de
sus palabras murmuradas conjeturando sobre su relación con el oscuro Lord del castillo.

Se sintió aliviada al llegar Bevins con el carruaje.

Cuando Rayven la ayudó a subir al interior, notó su mano en su brazo. Su toque era firme y fresco.
Esparció sus faldas alrededor mientras él entraba por la otra puerta y se sentaba a su lado. Había algo

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muy íntimo en estar a solas con un hombre en un carruaje cerrado. El duro muslo de Rayven rozó el suyo,
mientras cambiaba de posición en el asiento. El perfume de su colonia invadió el aire.

Dio un golpe en el techo, y el carruaje arrancó. Permanecieron en silencio durante varios minutos.
Rhianna miraba por la ventana, admirando el campo iluminado por la luna.

-"Montroy te encuentra muy atractiva, mi dulce".

Rhianna giró su cabeza para mirarle, asombrada por su comentario.

-“¿Su Señoría?

-"No te hagas la tímida conmigo muchacha, vi. la forma en que te miraba. Y la forma que tú lo
mirabas".

-"No sé lo que quiere decir".

-“¿No lo sabes?”.

Rhianna le devolvió su mirada, sorprendida por la cólera en el fondo de sus ojos, por el borde afilado
de los celos en su voz.

-"Si tienes algún plan para verte con él a escondidas, olvídalo”.

-“¡Su Señoría, usted me juzga mal!” Rhianna exclamó, horrorizada de que él pensara tal cosa.

-"No tengo ningún interés en ese hombre".

-“¿No?”

-"No".

-"Discúlpame, dulce Rhianna" se quejó, asombrado por su reacción al pensar en ella con otro hombre.
Antes nunca había sido posesivo con las mujeres que traía a casa, pero antes ninguna había sido tan
preciosa o tan inocente como Rhianna McLeod.

-"Por favor no este enfadado conmigo, Su Señoría".

Rayven soltó de golpe el aliento y cogió sus manos besándolas una a una. “Nunca puedo estar furioso
contigo. Ni con Montroy supongo. No puedo culpar al hombre por sentirse atraído hacia ti".

Él besó de nuevo el dorso de su mano derecha; Y luego, muy lentamente, le sacó el guante, inclinó su
cabeza y lamió su palma. Rhianna se quedó sin aliento mientras un calor abrasador ascendía por su
brazo.

Con el corazón latiendo alocadamente, le miró a los ojos, sintiendo que el fuego que ardía en ellos la
engullía.-"Su Señoría..."

Lenta e inexorablemente, la atrajo hacia sus brazos hasta que su cara acaparó todo su campo de
visión. Inclinando su boca sobre la de ella, la besó, sus dientes raspando sus labios, su lengua explorando
la suave carne interior hasta que ella quedó jadeante, casi mareada por el tumulto de emociones que
formaban remolinos en su interior. Su piel estaba tensa, notando cada uno de sus terminaciones
nerviosas.

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Apenas consciente de lo que estaba haciendo, con un suave gemido se apoyó en él, apretando sus
pechos contra su torso masculino.

-"Rhianna, ah, Rhianna". Él gimió suavemente. –“¿Sabes lo que me estás haciendo?” Sus manos
deslizaron de arriba abajo por su espalda, erráticas como los latidos de su corazón.

La abrazó más fuerte, más próxima, su boca derramando besos en sus ojos, en su nariz, en la curva
de su mejilla. Su lengua lamió su cuello, sus dientes mordisquearon su lóbulo, después rasparon la carne
blanda bajo su oreja.

Un gemido retumbó profundo en su garganta y luego, abruptamente, la apartó a la fuerza.

Deslumbrada, ella le esquivó y se acercó a él, queriendo que la besara otra vez, para continuar con la
extraña magia que su toque aportaba a sus sentidos.

-"No hagas eso". El tono de su voz la golpeó como una bofetada.

Con un gemido amortiguado, se apartó hacia la esquina del asiento su corazón golpeando
salvajemente, no con deseo, sino con temor. ¿Qué había hecho? ¿Por qué la estaba mirando así, sus ojos
antes ardiendo ahora de repente fríos como el acero?

El resto del viaje pasó en silencio. Rhianna con la cabeza gacha, abatida, sus manos apretadas en su
regazo.

Cuando llegaron a casa, Rayven prácticamente salió volando del carruaje. Ella le siguió con la mirada,
deseando pedirle que volviera, pero él fue tragado rápidamente por la oscuridad, tan completamente
que parecía como si hubiera desaparecido en ella.

Bevins la ayudó a bajar del carruaje, luego la precedió hacia el castillo, iluminando las lámparas de
los cuartos de abajo.

-“¿Le apetecería tomar una taza de té, señorita?”. Preguntó.-"¿O quizás un poco de chocolate?”.

-"Chocolate, por favor. Tráigamelo al saloncito”.

-"Como usted desee, señorita".

Quitándose la capa y los guantes, Rhianna entró en el saloncito y se sentó en el sofá, tratando de
comprender lo que había sucedido en el carruaje. Era una novata en cuanto al deseo, pero no estaba
equivocada al pensar que Rayven la deseaba. El cielo sabía que ella también le había deseado, y que le
habría entregado su virtud allí, dentro el carruaje, si él se lo hubiera pedido. Había hecho algo que le
había disgustado, pero ¿el qué?

-“¿Desea que encienda el fuego, señorita?” le preguntó Bevins mientras le entregaba una taza de
chocolate caliente.

-"Sí, por favor. Hace mucho frío aquí dentro".

Bevins asintió, y fue a ocuparse del fuego.

-“¿Ha regresado ya Lord Rayven?”. Preguntó.

-"No, señorita. Yo si fuera usted no le esperaría”.

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-“¿Sabe usted a dónde ha ido?

Bevins vaciló.-"No, señorita. ¿Desea alguna otra cosa, señorita?”.

-"No, Bevins. Muchas gracias”.

-"Buenas noches, entonces".

-"Buenas noches".

Mirando fijamente las llamas, Rhianna bebió el chocolate, sintiéndose más relajada. Tenía gracia la
vida, filosofó. Le había dado miedo venir a este lugar, temerosa de alejarse de su casa, asustada de
Rayven, pero todos sus miedos habían resultado ser infundados. No había nada de lo que temer en el
castillo. Estaba bien alimentada y llevaba puestas bellas ropas. Había aprendido a leer y a escribir, a
apreciar la poesía, a tocar el piano, a pintar. Incluso el temor que le causaba Rayven había sido
injustificado. A excepción de estas últimas semanas, apenas lo había visto. Algunas veces, parecía como
si fuera él quien la temiera.

Apartando la taza, ocultó los pies bajo su falda. ¿Por qué la había traído Rayven aquí? ¿Si no la
deseaba como amante o criada, para qué la quería? Hasta ahora, no había hecho nada que justificase el
dinero que había pagado para ella.

Rayven. ¿Por qué no estaba casado? Era rico. Era guapo. Ni la cicatriz en su mejilla podía restarle
encanto a su apariencia. El recordar lo atractivo que era la hizo cobrar vida, calentó su sangre e hizo
temblar su estómago con anhelo. Seguramente no podría ser tan malo acostarse con él a pesar de lo que
su madre le había advertido sobre estas cosas... .

El calor que impregnaba sus mejillas por sus caprichosos pensamientos, no tenía nada que ver con el
calor producido por las llamas del fuego. Con un suspiro, cerró sus ojos, viéndolo en su imaginación, la
frente alta, la nariz perfecta, sus bellos ojos oscuros que la hacían arder con una sola una mirada, sus
labios llenos...

Sintió su cuerpo arder en los lugares que él la había tocado. Si no la hubiera apartado a la fuerza...

Rayven estaba de pie al lado del sofá, observándola mientras dormía. Su pelo se había soltado de los
alfileres y yacía esparcido por el brazo del sofá como un río de seda de oro. Suspiraba en sueños, sus
labios rosados dulcemente curvados en una sonrisa que era dulce y seductora. ¿Qué, o con quién, estaba
soñando?

Incapaz de evitarlo, se arrodilló a su lado, mirando fijamente los latidos lentos y constantes del
pulso en la base de su garganta. Cerró sus ojos y tomó un profundo aliento, aspirando su perfume. Olía a
jabón y a perfume, al rosbif y pudín Yorkshire que había tomado para cenar, a chocolate. Puso la punta
de su dedo encima del pulso que latía en su garganta, sintió la sangre corriendo a través de sus venas,
notó como se le hacía la boca agua al recordar el sabor caliente y dulce de su sangre.

Incluso antes de abrir los ojos, supo que ella estaba despierta y le estaba mirando. Percibió el
cambio en su respiración, el acelerar de sus latidos.

-"Su Señoría" dijo. "Lo siento si le ofendí en algo”.

-“¿Me ofendiste?”.
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-"En el carruaje".

-"No hiciste nada que pudiera ofenderme, dulce Rhianna".

-" Entonces por qué... "

-"No quiero lastimarte, Rhianna".

-"Usted no me estaba lastimando”. El rubor ascendió por su cuello y sus mejillas. -"Realmente fue al
revés, Su Señoría".

-"Ah, muchacha" se quejó Rayven, acariciando su mejilla. -"Si tú supieras".

-“¿Saber qué?”.

-"Nada. No te asustaré con mi pasado, ni te aburriré con mi presente”.

-"No entiendo".

-"No hay ninguna necesidad de que me entiendas. Todo lo que necesitas saber es que me gustas
mucho”.

-“¿Entonces, me besará de nuevo?” Vio la negativa en sus ojos y presionó las puntas de sus dedos
sobre sus labios. -"Sólo un beso, Su Señoría".

Cogiendo la mano de su boca, besó su palma. Cuando la miró de nuevo había un destello de diversión
en sus ojos oscuros. –“¿Te complacería mucho?”.

-"Oh, sí".

-"Un beso, y después te irás a la cama”.

Ella asintió, bajando sus párpados cuando sus labios encontraron los suyos. Había tanta dulzura en su
beso, tanto anhelo. Renuente a soltarlo, le rodeo el cuello fuertemente con sus brazos y profundizó el
beso, esperando que notara cuánto le deseaba.

La cogió entre sus brazos, la levantó del sofá y la depositó en su regazo, su boca arrasando la de ella
en la forma más dulce posible.

Ella se ahogaba de placer, derritiéndose en el deseo, y entonces, en su mente apreció un destello de


oscuridad, pero no era la oscuridad tal y como la conocía, sino una ausencia total de nada, y en medio de
la oscuridad un sentimiento de dolor y angustia tan vívido que lo sintió como si fuera suyo.

Se retorció en su abrazo, sintiendo que sus brazos la sujetaban herméticamente. Trató de abrir sus
ojos, pero la oscuridad aumentada, y se vio a sí misma absorbida en esa horrible negrura. .

-“¿Rhianna?”

-"No. No, no... Por favor”.

-"Rhianna, abre los sus ojos. No hay nada que temer”.

Ella le miró parpadeando, sintiéndose como si acabara de salir de una pesadilla.

-“¿Qué ha sucedido?”.

-"Nada".
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-"Pero... "

-"Fue sólo un sueño, mi dulce, nada más".

-“¡Pero estaba despierta!”.

-" No. Te quedaste dormida en mis brazos". La miró con una tensa sonrisa, en sus oscuros y
convincentes ojos. -"Te llevaré a la cama" dijo, y se levantó con ella en sus brazos como si no pesara
absolutamente nada.

-"Puedo caminar, Su Señoría".

-"No hay ninguna necesidad".

Sin esfuerzo alguno, la llevó escaleras arriba hasta su cuarto.

-"Descansa, mi dulce Rhianna".

-"Buenas noches, Su Señoría".

Él asintió, luego abandonó el cuarto, su capa negra formando remolinos alrededor de sus tobillos
como si fuera humo.

CAPÍTULO SIETE

Hundido en las profundidades de una negra y amarga desesperación, Rayven estaba de pie ante la
chimenea, mirando fijamente las llamas. Ya no la podía retener por más tiempo, no sin poner en peligro
su vida. Ya era suficiente con que tomara la misma esencia de su vida. No tomaría su alma, también.

¿Pero, como podía dejarla marchar? A menudo había invadido sus sueños, perdiéndose en su dulzura,
en su pureza. Gracias a sus sueños, podía caminar de nuevo a la luz del sol, sentir su calor en su rostro.
Podía ver el mundo iluminado por la luz, en lugar de la oscuridad. Caminando a su lado, podía fingir que
era humano de nuevo, un hombre.

Ahora estaba soñando y en sus sueños le llevaba por la orilla de un río azul brillante, deteniéndose
para recoger un ramillete de brillantes amapolas, pasando cuidadosamente a través del agua brillante
por el sol, y él caminaba a su lado, sintiendo la luz en su rostro como una bendición.

Apartó su mente de la de ella. Era peligroso dejar que sus pensamientos se mezclaran con los de ella.
Se le hacía cada vez mas difícil controlarse, mantener sujeta su hambre, separar su diabólica sed de su
deseo. No podía, no lo haría, no la profanaría

Con un suspiro, se volvió de espaldas al fuego.

Esta noche sería la última vez.

Estaba allí, al lado de su cama, la misma forma oscura que había venido a ella tantas veces antes. La
capa de terciopelo negro delineada en seda azul ondulaba a su alrededor, como las alas de un cuervo. No
podía ver su cara, pero reconoció su toque.

Notó como sus labios se movían por su frente, sus mejillas, su sien, rozándola con el calor de su
lengua, dejando un camino de fuego mientras se deslizaba hasta su cuello. Apartó su cabeza hacia un

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lado, sus manos asieron sus brazos, sus párpados se cerraron extáticos al raspar sus dientes su carne
blanda.

Oyó su gruñido bajo, como el de un lobo, sintió el doloroso mordisco de sus dientes, seguido por el
toque de su lengua acariciando su cuello. Y luego llegaron las palabras, palabras raramente familiares, la
voz agradable e hipnótica que la atraía profundamente hacia la oscuridad del sueño, del olvido... .

Rhianna se despertó con un grito, sentándose de golpe en la cama. Pasando su mirada alrededor del
cuarto.

Era el amanecer, y estaba sola.

Pero el sueño le había parecido real. Subió una mano temblorosa hasta su cuello, aterrada de lo que
encontrara. Su aliento salió de sus pulmones con un suspiro de alivio cuando sus dedos solo encontraron
suave piel.

Débil por el alivio, cayó hacia atrás sobre las almohadas. No había marcas de dientes en su cuello.

Después de todo, sólo había sido un sueño.

Despertó al oír el sonido de un golpe en su puerta. Su primer pensamiento fue que era Rayven pero
oyó a Bevins pedir permiso para entrar.

-"Sí, entre" dijo.

-"Buenos días, señorita," dijo Bevins con voz cuidadosamente modulada.

-"Buenos días. ¿Ocurre algo malo?”.

-¿Algo malo? No, señorita. He venido a informarle que Lord Rayven ha previsto que viaje a París”.

-“¿París? ¿Pero, para qué?”.

-"Debe estudiar allí. Parece que Lord Rayven cree que yo ya le he enseñado a usted todo lo que
podía. Desea que aprenda algo más que a leer y a escribir. Desea que aprenda etiqueta y otras artes
femeninas”.

Rhianna sólo podría clavar los ojos en él. Que ella supiera, ninguna mujer en su pueblo había recibido
una educación tan formal, sólo unas cuantas afortunadas sabían leer y escribir sus nombres.

Durante un momento, se permitió pensar en todas las posibilidades que eso le brindaría, pero luego
negó con la cabeza.-“No quiero salir de aquí".

-"Lo siento, señorita. Los planes ya están hechos”.

-“¿Cuándo partiré?”.

-"El domingo de la semana que viene, señorita. Lord Rayven me ha ordenado que la lleve al pueblo a
comprar lo que usted crea que pueda necesitar. Ha sido abierta una cuenta a su nombre en el banco
cerca de la escuela”.

-"Es muy generoso" dijo, parpadeando para contener las lágrimas.

-"A mí también siempre me lo ha parecido”.

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-"Gracias, Bevins".

-"El desayuno estará listo cuando usted desee".

Rhianna negó con la cabeza.-"No tengo apetito esta mañana".

-"Entiendo, señorita".

Se iba al extranjero para aprender. Era algo con lo que nunca se había atrevido a soñar. Pero el
pensamiento de abandonar este lugar, de dejar a Rayven, la llenó con una inexplicable tristeza.

Los días pasaron rápidamente, y de pronto llegó su última noche en el castillo. Después de la tarde
que pasaron en la ópera, había esperado que Rayven la fuera a buscar de nuevo, pero nunca lo hizo.

Esa noche, cenando, le preguntó a Bevins si Rayven estaba en casa.

-"Creo que sí, señorita".

-“¿Me llevaría ante él?

-"Me temo que eso es imposible".

-“¿Por qué?”.

-"Porque sí".

-"Pero me voy por la mañana. Quiero decirle adiós y... Y darle las gracias por su bondad”.

-"Lo sé, señorita. Lo siento mucho".

Él realmente lo sentía. Lo podía ver en sus ojos, oírlo en su voz.

Levantándose de la mesa, salió afuera. Echaría de menos este lugar, pensó mientras paseaba por el
jardín. Había sido feliz aquí. Mucho más feliz de lo que jamás hubiera esperado. Se preguntó cómo
estaría su madre, si sus hermanas pensaban alguna vez en ella. Sin duda habían perdido su ayuda en la
casa y los campos, ¿Pero creían que la habían perdido para siempre? Ella no los había echado de menos
tanto como había esperado. En realidad apenas había pensado en su familia en todos estos meses.
Pensar en ellos viviendo pobremente mientras ella vivía holgadamente, le resultaba muy doloroso. En el
mismo instante en el que se permitía pensar en su casa, sentía un abrumador cargo de conciencia,
aunque no entendía por qué. No había abandonado voluntariamente a su familia. Después de haber sido
vendida a Rayven su vida había dado un giro inesperado a mejor, y eso era más de lo que hubiera podido
imaginar en toda su vida. Hacia mucho tiempo que había perdonado a su padre por venderla. Rayven
había sido amable con ella, generoso, sin exigirle nada a cambio.

Apenas consciente de lo que estaba haciendo, se dirigió hacia el laberinto. Ya no le asustaba.


Pasando el chal alrededor de sus hombros, camino hasta el centro del mismo.

Rayven levantó la vista sobresaltado al ver a Rhianna contemplándolo.

Le dirigió una sardónica sonrisa. -"Ningún mortal se me ha acercado en toda la vida tan
inadvertidamente como tu lo has hecho" comentó.

-“¿Ningún mortal"? preguntó, confundida por su extraña elección de palabras.

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-"Gracias por esto" dijo, ignorando su pregunta. Señalando las rosas y las plantas que crecían con
profusión alrededor de las estatuas, de forma que el lobo y el cuervo parecían surgir de un mar de rojo
colorido.-"Es muy hermoso".

Rhianna asintió. Había pasado toda la semana pasada arreglándolo, queriendo dejar algo de sí misma
allí, algo que él recordara. Había plantado docenas de rosales de color rojo sangre intercalándolos con
delicados helechos. El resultado era espectacular y en cierta forma masculino. Pensó que entonaba a la
perfección con Rayven.

-"Me voy mañana," dijo quedamente.

-"Lo sé". Oh, sí, pensó, él claro que lo sabía. Incluso ahora el pensar en su partida le destrozaba por
dentro.

-“¿Por qué me está usted echando?”.

-"Es lo mejor".

-“¿Lo mejor para quién?”.

-"Para ti. Para mí”.

-"No quiero irme".

Él se levantó, cerniéndose sobre ella, sus ojos oscuros resplandeciendo. Era alto y delgado, de
anchos hombros, y brazos musculosos. Vio que la cicatriz en su mejilla tenia forma de V. Era curioso que
no lo hubiera notado hasta entonces.

Cediendo a un inexplicable deseo, trazó con la punta de sus dedos la fina línea blanca, sintiendo una
sacudida en su corazón cuando su mano cubrió la suya.

-"Rhianna".

-"Por favor, Rayven, por favor, no me eche”.

"Ah, Rhianna, si pudiera te conservaría conmigo para siempre".

-"Y yo me quedaría. Sólo digame que me quede, y lo haré”.

Él negó con la cabeza.-"No".

Su mano se cerró sobre la de ella, mientras las lágrimas fluían por sus mejillas. A la luz de la luna,
sus lágrimas centelleaban como diamantes perfectos, pero eran mucho más preciosas para él que las
joyas. Denotaban afecto, un afecto voluntariamente entregado, y por el cual él siempre la amaría. Y
porque la amaba, la dejaba partir.

-"Algún día me lo agradecerás, dulce Rhianna".

-"Nunca" dijo, sollozando.

Se apartó de él, sus ojos azules llenos de lágrimas. -"Nunca se lo perdonaré. Nunca!" lloró, y luego se
fue corriendo, llevándose con ella la luz de su vida, dejándolo en la vacía oscuridad de la noche, solo, tal
y como siempre había estado.

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Pensó en abandonar el castillo, ahora no podía quedarse allí, no podía caminar por los cuartos por los
que ella había caminado, respirar el aire que ella había respirado, y saber que nunca la volvería a verla.

De todos modos, pronto tendría que irse. Había oído en Cotyer sin querer a los hombres hablando de
él, preguntándose por qué nunca le habían visto durante el día, por qué nunca se les había unido para
cenar, por qué su apariencia nunca cambiaba, por qué no parecía envejecer.

Pero, incluso sabiendo que debería irse supo que no lo haría. El castillo estaba lleno de su esencia y
por muy doloroso que fuera recordar su presencia, eso era mejor que olvidarla.

Se rió suavemente, cruelmente. Como si alguna vez en toda la vida pudiera olvidarla.

SEGUNDA PARTE

CUATRO AÑOS MÁS TARDE

CAPÍTULO OCHO

Valle Del Millbrae, 1847

Parpadeando para contener las lágrimas, Rhianna se levantó de la tumba de su padre. Tan pronto
como recibió la noticia de que su padre se estaba muriendo, había abandonado la escuela de monjas,
pero había llegado tarde para darle el último adiós.

Permaneciendo de pié, recordó lo amable y alegre que siempre había sido cuando era una niña, antes
de que los tiempos se volvieran duros y la risa despareciera para siempre de sus ojos. Una vez, había
pensado que era duro e insensible. Y si bien había entendido sus razones, le había odiado por venderla a
Rayven, pero hacía mucho tiempo que le había perdonado por eso. Deseó habérselo podido decir.
Murmuró las palabras, esperando que las pudiera oír.

Recorrió con la mirada a sus hermanas, que estaban de pie en el lado contrario de la tumba. Desde la
última vez que las había visto, habían cambiado de lindas niñas a preciosas jóvenes. Aileen, lo mayor,
estaba comprometida para casarse en primavera. Rayven le había dado una abundante dote que le
permitiría a ella y a su futuro marido comprar un pedazo de tierra y construir una casa propia.

Le había sorprendido ver lo bien que se veían todos. Sus ropas eran nuevas y a la moda. La casa de
campo, antes no más que una pequeña casucha, estaba ahora en buen estado y ampliada. Se habían
agregado dos grandes cuartos. Un pequeño establo se había construido detrás de la casa, que alojaba
tres vacas de leche, una cabra, varias ovejas, y dos caballos.

Cuándo le había preguntado a su madre por los cambios en sus condiciones de vida, Ada le había
explicado que Lord Rayven había remodelado la casa de campo y construido el granero. Cada año les
pasaba una abundante pensión.

-"Ha sido tan amable de tu parte pensar en nuestras necesidades, Rhianna," su madre dijo,
-"Especialmente después de que tu padre te echara”.

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-"Yo no he tenido nada que ver con esto”, contestó Rhianna, aunque por supuesto en cierto modo sí lo
tenía.

-“¿Entonces por qué habrá hecho él todo esto?” Preguntó su madre.-"No somos nada para él".

Lo había hecho por ella, pensó Rhianna, y supo que nunca podría recompensarle por su bondad con su
familia, por la educación que le había proporcionado.

El servicio del funeral fue breve. Cuando la última oración fue dicha, su madre dejó caer un puñado
de tierra sobre el sencillo ataúd de madera, y luego cada hija, comenzando por la más joven, hizo lo
mismo. Rhianna pensó que ese era un sonido que jamás olvidaría.

Rodeando con el brazo los hombros de su madre, la apartó lejos de la tumba.

En la casa, Rhianna hizo té para las dos y luego se sentó en la mesa frente a su madre.

Rhianna sujeto con ambas manos su taza, esperando que el calor aliviara el frío que se había
instalado en su interior desde que había abandonado el convento.

-“¿Cómo esta Lord Rayven?”. Preguntó al cabo de un momento.

-“¿Qué sé yo? Oí que abandonó el castillo poco después de enviarte a París”.

-“¿No está aquí?”.

El frío que había invadido su cuerpo traspasó su corazón. Él se había ido. Hacía cuatro años, que
soñaba con verle de nuevo. Aunque habían pasado poco tiempo juntos, había estado en sus pensamientos
todas las horas de sus días y todas las noches en sus sueños.

-"Un hombre extraño, ese" su madre filosofó.-"Sólo le vi una vez". Ada tembló. -"Unos ojos tan
fríos. Nunca he visto unos ojos tan fríos".

-“¿Fríos?”. Rhianna negó con la cabeza. A ella no le había parecido frío en absoluto. Solo. Aislado, sí.
Pero no frío. Había visto calor en esos ojos. El calor del deseo. La llama de la pasión.

-“¿Dijo él a dónde iba? ¿Cuándo regresaría?”.

-"No que yo recuerde". Ada sorbió su té.-"El lo hizo... Perdóname, Rhianna. Te dije que no
preguntaría, pero debo saberlo. –“¿Te mancilló, hija?”.

-" No, madre. Fue muy amable conmigo".

-“¿Amable?”.

Rhianna asintió.- "Tuve lo mejor de todo mientras estuve con él. Me envió a la mejor escuela de
París, se aseguró de que cada año tuviera ropas nuevas. Era la única chica que tenía un cuarto para mí
sola. Me enviaba una pensión cada mes para que tuviera mi propio dinero para gastar. En verdad, ha sido
más que generoso conmigo. Y parece ser que también con usted".

-"Sí. Estoy contenta de que hayas regresado, hija. ¿Vas a quedarte en casa?”.

Rhianna pensó en como lo que sería vivir de nuevo en el pueblo. Perdería París, perdería a sus
compañeros de escuela. Pero ésta era la casa de Rayven. Seguramente un día él regresaría. Y ella
estaría aquí cuando lo hiciera.

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-"Sí" decidió -"He venido aquí para quedarme". Y supo que de todas formas habría tenido que
quedarse. Su madre que nunca había sido fuerte; Ahora se veía endeble.

Ada sonrió. Colocando su taza sobre la mesa, se levantó.-"Estoy cansada. Creo que iré un rato a
acostarme".

-"Que descanse bien, madre".

-"Bienvenida a casa, hija". Dando a Rhianna un cariñoso apretón en el hombro, salió del cuarto.

Luego entraron sus hermanas. Aileen, lo mayor, tenía ahora 17 años. Lanna 15, Brenna casi 14, y
Bridgitte acababa de cumplir los 12. Abatidas por el entierro, se sentaron a la mesa, recordando el
pasado y a su padre, recordando los buenos tiempos e ignorando los malos.

-"Él nunca se perdonó a sí mismo por lo que te hizo" Aileen comentó.-"Si bien el dinero Lord Rayven
puso comida en nuestra mesa". Hizo una pausa, sus dedos jugueteando con el borde de su vestido. –“¿Ha
sido horrible, vivir con Lord Rayven"?

-"No". Rhianna recorrió con la mirada la pequeña casa de campo. Pensó en lo diferente que parecía.
Pero incluso ahora, aunque estaba limpia y el pozo funcionaba, todavía parecía una casucha en
comparación con las opulentas estancias del castillo.

Pasó la tarde con su madre y sus hermanas, recordando el pasado y escuchando sus planes para el
futuro.

Más tarde, cuándo todos los demás se fueron a la cama, Rhianna ensilló uno de los caballos y fue
hasta el castillo de Rayven.

El castillo estaba tal como lo recordaba, un oscuro y solitario centinela gravitando sobre el pueblo.
La niebla constante, cubriendo como una túnica la montaña del Diablo, dejando solo las altas torres
visibles desde lejos.

Él no estaba allí. Ella lo sabía, pero necesitaba ver el castillo de nuevo, pasear entre los jardines, dar
el último adiós... .

Desmonto en la puerta lateral, ató al caballo en un árbol, abrió la portilla, y entró en el jardín.
Habían muerto las bellas flores que había plantado, los helechos, los rosales. Los árboles, una vez
florecientes, ahora eran secos esqueletos.

Con un peso en el corazón, vagó por los estrechos y serpenteantes senderos. Todo su arduo trabajo
para nada.

Sólo los arbustos que formaban los senderos del laberinto permanecían verdes en contraste con las
grises paredes de piedra.

Con un suspiro, regresó a la puerta lateral y tomó las riendas de su caballo. Era hora de irse. Todo lo
que había planeado, todo por lo que una vez había tenido esperanzas, se había evaporado, era como una
pesadilla.

Ella estaba aquí. Escondido entre las sombras de la noche, él la observaba andar por los caminos
iluminados por la luna. Había cambiado durante los últimos cuatro años. Las jóvenes curvas habían

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madurado. Se movía con gracia femenina y confianza en sí misma, él la observaba con un sentimiento de
orgullo, sabiendo que había sido, en parte, responsable de lo que ella se había convertido, aunque su
belleza interior siempre había estado allí.

Rhianna. Su nombre surgió en su mente, desterrando siglos de oscuridad. Rhianna... ¿Por qué has
regresado? ¿Vienes a atormentarme nuevamente? ¿A recordarme lo qué nunca pudo ser? Rhianna... Mi
bien amada... Cómo suspiro por ti... Sueño contigo... Rhianna...

-“¿Su Señoría?” Ella se dio la vuelta, esperando verle de pié detrás de ella, su capa oscura formando
remolinos alrededor de él como humo, pero allí no había nadie.

Confundida, miró con atención en las sombras. Había oído su voz tan claramente, que no la pudo
haber imaginado.

Soltando las riendas del caballo, corrió a lo largo del estrecho camino de piedra que conducía al
frente del castillo y llamó a la puerta.

Esperó. Escuchó. Luego llamó de nuevo.

Después de lo que pareció una eternidad, la puerta se abrió rechinando.

-"Buenas noches, señorita," dijo Bevins.

-“¡Bevins! ¿Qué hace usted aquí?”. Él estaba casi igual, pensó, aunque su pelo parecía más gris que
antes, mas fino con el paso del tiempo.

Alzó las cejas. -"Por qué me lo pregunta, vivo aquí, señorita".

-"Pero creí que Lord Rayven se había ido".

Bevins inclinó su cabeza hacia un lado, y tuvo la extraña impresión de que estaba escuchando una voz
que solo él podía oír.

-“¿Bevins? ¿Él se ha ido, no es verdad?”.

-"Sí, señorita. Se fue al poco tiempo de irse usted a París”.

-“¿Y usted no se fue con él?”.

-" No, señorita. Mi lugar está aquí".

-"¿Es que él... ?”¿Cree que él va a regresar?”.

-"No lo sé, señorita. ¿Puedo preguntarle porque abandonó París?”.

-"Mi padre murió. Volví a casa por el entierro”.

-"Lo siento, señorita Rhianna. Por favor acepte mis condolencias".

-"Gracias, Bevins". Con un suspiro, se volvió para irse, pero luego se detuvo.

-“¿Esta usted seguro de que no esta aquí?”.

-“¿Por qué me pregunta usted eso?·”.

-"Por nada. Quiero decir, que creí oírle llamando mi nombre”.

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Bevins la miró con evidente asombro en sus ojos. –“¿Usted oyó su voz?”.

Rhianna asintió.-"Por lo menos creo que lo hice. Él... Él parecía tan triste. Supongo que he debido
imaginarlo”.

-"Sí, señorita".

-"Pues bien, entonces, será mejor que me vaya. Si tiene noticias de Lord Rayven, por favor déle mis
recuerdos y mi agradecimiento, por ser tan amable con mi familia”.

-"Lo haré, señorita. Y debo decirle que París le ha sentado maravillosamente, pues se ha convertido
en una preciosa joven. Sé que Lord Rayven estaría encantado con ello".

-"Gracias, Bevins. Buenas noches".

-"Buenas noches, señorita".

Rhianna corrió hacia su caballo con los hombros caídos. Era una solemne tontería claro esta, pero
había creído oír su voz. ¡Le había extrañado tanto durante estos cuatro años! Extrañado, y soñado con
él.

Desde la puerta lateral, contempló las ventanas de la torre del este.-"Rayven," murmuró, -"Sé que
estas aquí".

Escondido entre las sombras de una solitaria habitación en la torre, un hombre escuchaba su súplica,
y oía derramar sus lágrimas.

Regresó la siguiente noche y otras, caminando por el huerto durante horas, esperando que él viniera
a su encuentro, esperando que sintiera su presencia y supiera que estaba allí.

Pero él no fue a buscarla.

Algunas veces, como ahora, se sentaba en uno de los bancos de piedra, contemplando ensimismada la
torre este, preguntarse donde estaba, lo que estaría haciendo, preguntándose por el deseo abrumador
que por la noche la atraía a este lugar, con la certeza de que él estaba cerca. Era extraño, que tuviera
pocas ganas de venir aquí durante el día. ¿Eso era porque nunca había visto Rayven cuando el sol estaba
en lo alto? Qué misterio se escondía en él, oscuro y misterioso como la noche misma.

Levantándose, se dirigió hacia el laberinto, los latidos de su corazón se aceleraban a medida que se
acercaba.

-“No hay nada que temer allí dentro”. Se dijo en voz alta esperando reforzar su flojo coraje. “No
hay nada en la oscuridad diferente a lo que hay en la luz del día”. Incluso, en el mismo momento en que
las palabras salían de sus labios se preguntaba si eso era cierto.

Enderezando los hombros, tomó un profundo aliento y avanzó lentamente hacia el laberinto. El
verdor se levantaba a su alrededor, envolviéndola, abrazándola. Sintiendo como si una mano invisible
guiase sus pasos, camino hacia delante con seguridad, apresurando sus pasos, hasta que alcanzó el
corazón del laberinto.

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Se paró repentinamente, y dio una mirada a su alrededor. Había esperado ver rosas dentro del
laberinto, pero estaban muertas, solo había arbustos verdes. Permaneció mucho tiempo mirando
fijamente las estatuas, el lobo de bronce y el cuervo negro esculpidos en metal y mármol.

Temblando, se rodeo la cintura con los brazos. Esta noche había algo malévolo en las estatuas. Tenía
el extraño sentimiento de que el lobo y el cuervo la observaban, esperando una oportunidad para
atraparla repentinamente.

Se estaba dando media vuelta para salir, cuando vio un destello de movimiento en una esquina. Miró
por encima su hombro, su mente diciéndole que de nuevo estaba imaginando cosas.

Pero esta vez no fue su imaginación.

Rayven se materializó entre las sombras cerca de la estatua del lobo, la luz de luna brillando en su
pelo negro, su capa envolviéndolo como si estuviera viva.

-"Su Señoría," dijo, jadeando de repente.

-"Buenas noches, Rhianna". Sus palabras pronunciadas con suavidad, demorándose en su nombre,
haciéndola temblar, como si la hubiera acariciado.

-"Esta usted aquí". Miró hacia la estatua del lobo. Parecía diferente en cierta forma.-"Bevins dijo
que no estaba aquí".

-“¿Por qué estas tú aquí, dulce Rhianna?”.

-"Mi padre... "

Él negó con la cabeza.-"Ya sé por qué has vuelto a casa. ¿Pero por qué estas tu aquí"?

-"Le añoraba, Su Señoría. Estar aquí, en el castillo, en su tierra, me hace sentirme mas cerca de
usted”.

-“¿Tú me añorabas?”.

Rhianna asintió. -“¿Por qué le parece eso tan difícil de creer?”.

Él se rió, pero no había humor en el sonido. -"Lo encuentro casi imposible de creer".

-“Pues es la verdad. Lo siento si eso le desagrada".

-"No me desagrada, dulce Rhianna" contestó quedamente. –“¿Cuánto tiempo estarás por aquí?”.

-“¿En el castillo?”.

-"En Millbrae".

" Oh. He venido para quedarme".

-" No. No debes hacerlo".

Rhianna le contempló, asombrada por la vehemencia en su voz. -"Parece que mi presencia le


desagrada tanto como mi lealtad, Su Señoría".

-"Nada en ti me desagrada, dulce Rhianna. Es sólo en tu bienestar en el que pienso”.

-“¿Su Señoría?”.
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-"Tu futuro, Rhianna. Me gustaría verte casada con un hombre digno de ti, no con algún campesino,
que te hará envejecer antes de tiempo, y que plantará un bebé en tu vientre cada año, y te conducirá
hasta una temprana tumba”.

-“¿Desea que me case?”.

-“¿No es ese también tu deseo?”.

-" Sí, claro, pero... "

Su intensa mirada sujetó la de ella.-“¿Pero?”.

-"No quiero casarme por dinero, Su Señoría, sino por amor".

-"Amor". La palabra era un susurro, un deseo no cumplido, un sueño de futuro.

-“¿Usted nunca ha estado enamorado, Su Señoría?”.

Negó lentamente con la cabeza, sus ojos oscuros llenos de un dolor y una soledad tan grandes, que
ella quiso llorar. ¿Era sólo su imaginación, o su capa parecía envolverlo más estrechamente,
confortándole?

-“¿Y tú?” Él preguntó. –“¿Has encontrado en tu corta vida, el amor?”.

-"Sí, Su Señoría, aunque me temo que él no me corresponde".

-“¡Entonces es un tonto"!

Una débil sonrisa curvó los labios de Rhianna. "Al menos en eso, estamos de acuerdo".

Rayven lucho contra su cólera. El deseo de destruir al miserable que no correspondía a su amor se
rebeló dentro de él, junto con unos celos posesivos.

-“¿Quién es ese hombre"?

-“¿No lo supone?”. Rhianna contestó, su voz apenas un susurro.

Rayven cerró sus ojos, el dolor atravesándolo. Si sobrevivía durante otros cuatrocientos años, nunca
podría olvidar este momento, el amor brillando claramente en sus ojos, la admiración por él.

Un trémulo suspiro escapó de su garganta y después abrió los ojos.

“Vete de aquí, Rhianna," dijo, con voz brusca, sus ojos fríos como el hielo. -"Abandona mi casa y no
regreses nunca”.

Ella dio un paso hacia atrás como si la hubiera abofeteado, el dolor en sus ojos abrasó su alma.

-“Vete" dijo.-"Y reza para que nunca vuelva a verte".

-"Como usted desee, Su Señoría" dijo Rhianna y dando media vuelta, huyó sin mirar hacia atrás.

Detrás de ella, un lobo negro aulló melancólico a la noche.

CAPÍTULO NUEVE

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Lloró durante muchas horas después de regresar y todo el tiempo se recriminaba a sí misma por ser
tan estúpida. Él nunca le había dado ninguna razón para creer que sentía algo más que un leve cariño
hacia ella. Le divertía con su inocencia, nada más. Había desnudado su corazón ante él, y la había
despreciado.

No se humillaría de nuevo. Se casaría por amor, o no se casaría con nadie.

Con este pensamiento en mente, se quedó dormida.

El laberinto surgía en la noche, una pared serpenteante de verdor que la apartaba del resto de
mundo. En su corazón, sintió un vuelco cuando se acercó a la estatua del lobo de bronce. Aspiro
profundamente y las ventanas de su nariz se llenaron con el perfume de las rosas. Sólo después percibió
que no eran rojas.

Las docenas de flores que crecían en los rosales eran negras.

Curiosamente, escogió una, jadeó al percibir el pinchazo de una espina en su dedo. Una gota de
sangre roja brillante apareció en la herida, y repentinamente Rayven estaba allí, cerniéndose ante ella,
sus ojos oscuros ardiendo con una luz malvada mientras cogía su mano y lentamente lamía la sangre de
su dedo...

“¡No!” El sonido de su atemorizado grito, la despertó de su sueño y se incorporó, recorriendo con


mirada asustada todo el cuarto. -"Sólo es un sueño," murmuró mientras se acurrucaba bajo las sabanas
de nuevo. -"Sólo es un sueño".

Las familiares palabras invadieron su mente.

-"Es sólo un sueño... "

Cerró sus ojos, pero el sueño la eludía. Con un suspiro de descontento, se levanto, caminó hasta la
ventana, con la mente llena de imágenes de Rayven tal y como lo había visto esta noche, sus ojos negros
insondables llenos de tormento. Él estaba solo, muy solo. ¿Por qué? Era un hombre bien parecido. Un
hombre rico. ¿Por qué no se había casado y formado una familia? ¿Por qué vivía en ese frío castillo frío,
solo? ¿Por qué la había apartado de su lado?

Había aprendido mucho durante los cuatro años que había estado ausente. En algunas ocasiones
había coqueteado con hombres jóvenes. En París, había aprendido el poder de una mirada, de una tímida
sonrisa, de una mirada insinuante. Sabía cuando un hombre la deseaba. Y Rayven la deseaba. La había
deseado desde el principio. ¿Entonces, por qué, la había rechazado? ¿Y en primer lugar, por qué la había
comprado? Había imaginado que para calentar su cama. Ahora se preguntaba si la había comprado solo
para hacerle compañía. Pero un hombre como Rayven seguramente no tenía ninguna necesidad de
comprar compañía femenina.

Pensó en todos los extraños rumores que había oído acerca de él, acerca de sus peculiares hábitos.
Desde su regreso a casa, había oído cosas, historias susurradas que hablaban del mal, de pactos con el
diablo. ¿Era posible que la gente del pueblo creyera en tales cuentos? Sus amigos y vecinos eran
personas humildes, supersticiosas, temerosas de lo que no comprendían, ni podían explicarse.

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Acurrucándose bajo las sabanas, cerró sus ojos de nuevo. Aunque había llegado a amar París, no iba a
regresar.

Ésta era su casa. Era aquí donde tenía un sitio, y no permitiría que nadie la echara, ni siquiera el
dueño del castillo.

Al día siguiente era día de mercado. Con la lista de su madre en la mano, Rhianna cogió el carruaje
que Rayven había comprado a su familia y se dirigió hacia el pueblo. Daba gusto ver de nuevo rostros
familiares. Gracias a la generosidad de Rayven, pudo comprar pan tierno, unas libras de carne, y una
botella de vino tinto.

Estaba sentada en un salón de té, preguntándose si Rayven absorbería para siempre sus
pensamientos cuándo vio Dallon Montroy. Él la vio al mismo tiempo. Inclinando la cabeza, cruzó la
carretera, con una amplia sonrisa en su cara. Seguía siendo tan bien parecido como recordaba. Varias
mujeres se fijaron en él con franca admiración en sus miradas. Llevaba un abrigo de terciopelo verde
oscuro, pantalones de color ante, y botas negras. Su camisa de lino blanco estaba impecable; Un alfiler
con un diamante centelleaba en su corbata.

-"Buenas tardes, Señorita McLeod". Se inclinó respetuosamente para besar su mano. ¿Puedo unirme
a usted?”.

-"Por supuesto".

-"Hacía mucho tiempo que no nos veíamos" dijo Dallon, recorriéndola con la mirada, con afecto y
aprobación. -"Su estancia en París parece haberle sentado muy bien".

-"Gracias, Señor" contestó Rhianna, consciente de la admiración en sus ojos.

-"Sentí mucho lo de su padre," dijo Montroy. “¿Hay algo que pueda hacer por usted o por su
familia?”.

-"No, gracias. Lord Rayven ha sido muy generoso”.

-"¡De veras!". Montroy se recostó en su silla. –“¿"Va usted a regresar pronto a Francia?”.

Rhianna negó con la cabeza. -"No. Aunque París me encantaba, he decidido quedarme aquí. Después
de todo, esta es mi casa". Y Rayven está aquí.

Una lenta sonrisa se extendió por la cara de Montroy. -"Son muy buenas noticias" dijo. -"Estrenan
una nueva obra de teatro. Me gustaría mucho llevarla".

-“¿De verdad?”.

Montroy se rió suavemente. -"Sí, si a usted le complace ir. Y si cree poder tolerar mi compañía
durante toda la tarde”.

-" Ciertamente me complacería mucho" contestó Rhianna. En verdad, no sería ninguna molestia pasar
la tarde con Montroy. Con sus trigueños ojos azules era realmente uno de los hombres más bien
parecidos que había visto en toda su vida y había visto muchos durante los últimos cuatro años.

-"Bien, entonces. La recogeré el sábado a las seis”.

-"Estaré lista”.
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-"Muy bien". Poniéndose de pie, cogió su mano y dijo. -"Siento dejarla, pero tengo una cita de
negocios".Besó su mano. -"Hasta el próximo sábado, entonces señorita McLeod"..

-"Hasta el sábado".

Montroy llegó a las seis en punto. Rhianna sonrió abiertamente mientras le presentaba a sus
hermanas. Todas y cada una de ellas, clavaron sus ojos en él y fueron incapaces de hablar
coherentemente mientras se inclinaba respetuosamente para besarles la mano.

Incluso su madre parecía impresionada.

-"Siento como se ha comportado mi familia," Rhianna comentó más tarde, en el carruaje. -"Es que
nunca han conocido a nadie como usted. Mi hermana menor me preguntó si era usted un príncipe”.

-“¿Y qué le dijo?”.

-"Que por supuesto que lo es".

Dallon se rió suavemente mientras le cogía la mano y le daba un apretón. -"Difícilmente puedo serlo".

Durante un rato, rodaron en silencio. Montroy estudiaba a la mujer que tenía a su lado. Era aún más
bella de lo que recordaba. Cuatro años en la escuela la habían pulido, le habían dado un aura de confianza
en sí misma de la que antes carecía. Se le ocurrió que ya era hora de casarse y tener un heredero.

Estuvo meditando durante toda la representación teatral. Ninguna de las mujeres que conocía podía
compararse con la joven sentada a su lado. Era verdad, que venía de una familia pobre, pero él era un
hombre rico y el hecho que no tuviera dote no importaba en absoluto. Solo podía encontrar un
inconveniente y era el hecho de que todo el mundo en el valle sabía que el padre de Rhianna la había
vendido a Lord Rayven, y que había tenido a que vivir en su casa. A Dallon no le importaba ni pizca lo que
la gente de Millbrae Valley pensara, pero probablemente sí causaría desasosiego en su familia si alguna
vez lo descubrían.

Pero ya se enfrentaría a ello cuando llegara el momento.

Después de la obra teatral, la llevó a tomar una cena tardía. Ella le continuaba hechizando con su
franqueza, con su candor. El coqueto era natural en ella; no era algo que hubiera aprendido en la escuela,
o estudiado delante de un espejo.

Cuando su carruaje se paro frente a su casa, su decisión ya estaba tomada.

-"Gracias por esta preciosa tarde" dijo Rhianna.

-"Ha sido un placer" contestó Dallon. Besó su mano y luego, incapaz de contenerse la estrechó entre
sus brazos y la besó.

Rhianna cerró sus ojos mientras sus labios tocaban los suyos. Fue un beso agradable, cortés, tierno.
Inesperadamente pensó que el beso de Montroy era apacible pero no tenía pasión. Comparar el beso de
Montroy con los de Rayven era como comparar la luz de una luciérnaga con la del sol.

Con los brazos a su alrededor, antes de soltarla, le preguntó. –“¿Puedo verla mañana por la noche"?

-"Si usted lo desea".

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-“¿A las siete?”

Rhianna asintió.

-"Buenas noches, señorita McLeod".

"Buenas noches, Señor".

Él llegó puntual a las siete, esa y todas las siguientes noches de la semana. Fueron juntos a cenar a
Tewksbury, a otra obra teatral y a la ópera.

Aunque disfrutaba de la compañía de Montroy, no podía dejar de pensar que no era de su misma
clase social. Cenaban con barones y marqueses. Una vez, se encontró bailando con un conde.
Exteriormente, sabía que parecía que era ese su sitio. El traje de noche que Rayven le había comprado
era igual de costoso y a la moda como los de todas las otras mujeres. Gracias a la educación que había
recibido en el convento, sabía cómo comportarse en la mesa, cuáles cubiertos usar, cuando hablar, como
responder, pero en su interior todavía era una campesina, insegura de sí misma, temerosa de las gentes
de alto linaje que eran de la misma clase social de Montroy.

Ella se lo dijo una noche, durante la cena.

-"Eso es absurdo" exclamó Montroy. No debes sentir vergüenza por haber nacido pobre".

-"Pero... "

-"No quiero hablar mas de eso" dijo Dallon firmemente. Cogiéndola por la mano dijo. –“Eres más bella
que cualquiera de ellas, Rhianna. No debes sentirse inferior porque tu padre fuera un campesino y no un
conde. Acuérdate de que Gaskell que no siempre fue un conde. No todos nacemos con títulos”.

Rhianna le sonrió, reconfortada, al menos por el momento. –“¿Te veré mañana por la noche"?
preguntó.

Dallon negó con la cabeza. -"Me temo que no. He quedado con Tewksbury y Rayven en Cotyer’s”.

La mera mención de su nombre causó un dolor punzante en su corazón.

-“¿Ocurre algo?”. Montroy preguntó. -"Te has puesto pálida de repente".

-"Me ha cogido jaqueca repentina" dijo Rhianna.-“¿Te importaría que regresáramos a casa?”.

-"Por supuesto que no". Llamó al camarero, se encargó de la cuenta, y le puso la capa alrededor de
los hombros.

Minutos más tarde, cuando estuvo acomodada en el coche con una manta en su regazo, cerró sus
ojos rechazando cualquier conversación mientras que en su mente volvía a recordar a Montroy
diciéndole que iba a encontrarse con Rayven mañana por la noche. Deseó tener el atrevimiento de seguir
a Montroy a Cotyer para poder verlo de nuevo, aunque solo fuera desde lejos.

Le dio las buenas noches a Montroy y entró en la casa. Mirando por la ventana, vio como su carruaje
se alejaba. Asaltada por una terrible tristeza, se quitó la capa y entró en el dormitorio que compartía
con Lanna. Montroy le gustaba pero aunque pidiera su mano en matrimonio, supo que nunca le amaría
como amaba a Rayven.

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¿Por qué la había echado? Después de vivir en el convento en París, entendía lo que era estar solo,
ser diferente a los demás. Conocía los rumores que había oído y recordaba cosas que Rayven había dicho
de sí mismo de que se sentía apartado de la sociedad, aunque no entendía el por qué. ¿Había habido
algún incidente en su pasado que le había hecho sentirse un marginado?

Se dijo a sí misma que no tenía importancia, que eso a ella no le importaba. Él la había echado,
primero a París, y luego fuera del castillo, la había expulsado y le había ordenado que nunca regresara.

Así sea, pensó, parpadeando para contener las lágrimas que se negaba a derramar. Si él no la quería,
entonces sabía de alguien que sí lo hacía.

La siguiente semana y por invitación de Lady Tewksbury, Montroy acompañó a Rhianna a un baile de
disfraces en Tewksbury House.

Dallon se vistió de Robin Hood, con arco y gorra con plumas. Por lo que parecía lógico que Rhianna
fuera disfrazada de una joven Marian.

Llegaron a las ocho y cenaron a las nueve. Fue pasadas las diez cuando Dallon la llevó al salón de
baile. Una enorme araña de cristal lanzaba luces suaves sobre los bailarines. La orquesta estaba medio
escondida detrás de una pared de helechos...

Bailó con Dallon, y con Tewksbury, y luego con Dallon de nuevo. Él coqueteó con ella
desvergonzadamente, diciéndole que era la mujer más bella del salón. Su mano acarició sus hombros
desnudos, sus labios rozaron sus mejillas y sus párpados.

Animada, por el vino, y solo porque Rayven la había rechazado dio a Dallon permiso par besarla. Ella
le devolvió el besó, diciéndose a sí misma que no tenía ninguna importancia. Rayven no la quería. Y le
había dicho que se casar con algún otro. ¿Por qué no se casaba con Montroy? Era joven y bien parecido,
rico, y la adoraba. Él nunca la rechazaría.

Al final del vals, Montroy la dejó sola durante un momento para ir a buscar una copa de champaña.

Repentinamente se sintió acalorada dentro del salón y salió afuera a la terraza en dirección al
exótico jardín. Una brisa ondulaba sus faldas y enfriaba sus mejillas excitadas.

Fuera a lo lejos, podía ver las altas torres del castillo de Rayven. A pesar de su resolución de no
pensar en él, se preguntó que sería lo que estaría haciendo Rayven en ese momento, si pensaría alguna
vez en ella.

Un repentino escalofrío acarició su nuca, y con él la sensación de que ya no estaba sola.

Se giró rápidamente, quedándose sin aliento al ver a un hombre alto en el portal. Iba todo vestido de
negro excepto por la mascara de esqueleto blanca con la que cubría su rostro. Llevaba un sombrero
negro de borde ancho adornado con una pluma negra rizada. Una capa de fino terciopelo negro ondeaba
a su alrededor.

Le tendió la mano.-“¿Me concede este baile, mi señora?”.

Su voz la acariciaba, evocando imágenes de rosas y noches iluminadas por la luna. Nunca se le habría
ocurrido rechazarlo, por lo que depositó voluntariamente su mano en la suya.

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La sostuvo cerca, con cada giro su cuerpo rozaba íntimamente el de ella. Atrapada en la red de su
mirada, siguió bailando el vals por la terraza. La música se desvanecía en la distancia. El amasijo de
personas dentro del salón de baile dejó de existir. Sólo estaban ellos dos, bailando bajo un cielo
tachonado por miles de estrellas, y la conciencia del otro, que crujía entre ellos, como una astilla al
rozar un vaso.

Miró fijamente a sus ojos, ojos negros insondables quedándose prendida en ellos, ojos en los que
ardían los mismos fuegos del infierno.

Con un repentino jadeo, murmuró su nombre.

Su brazo se apretado alrededor de su cintura, atrayéndola más cerca. Su cuerpo ardía con su
cercanía; Su corazón golpeaba furiosamente.

¿Era él?

Tenía que serlo.

Lentamente, él agachó su cabeza hacia la de ella, hasta que los ojos oscuros ocultos a medias por la
máscara borraron todo lo demás de su visión, hasta que no vio nada, no se dio cuenta de nada, excepto el
hombre que la sujetaba. Levantó su cara para recibir su beso, sintió el toque de sus labios frescos
formar un camino brillante hacia su corazón y su alma.

Cuando apartó su boca de la de ella, se quedó mirándolo fijamente, con sus extremidades flojas en
curioso letargo. De no ser por la fuerza de los brazos que la sujetaban, creyó que podía haberse
derretido a sus pies, como la mantequilla demasiado expuesta al sol.

No fue consciente de que la música había acabado hasta que vio a Montroy parado en el portal.

Su compañero se inclinó de modo respetuoso sobre su mano y luego, con su capa formando remolinos
a su alrededor se alejó para desaparecer en la oscuridad en el extremo más alejado de la terraza.

-“¿Quién era?” preguntó Rhianna aunque estaba segura, en su corazón, de que había sido Rayven.

Montroy busco con la mirada al hombre de la capa y sombrero negro.-"No lo sé".

-"Creí... "

-“¿Qué creíste?”.

-"Creí que era Rayven".

-“¿Rayven? ¿Aquí?” Montroy se rió suavemente mientras le entregaba su copa de champaña. -"Odia
los bailes de mascaradas. Odia las fiestas de cualquier tipo. Nunca he sabido que fuera a ninguna".

-“¿Le has visto recientemente en Cotyer?·.

Dallon asintió. -"¡Maldito hombre! Es imposible ganarle, sabes a veces pienso que conoce los naipes
que tengo antes incluso que yo mismo".

-“¿De veras?”. Estaba de puntillas tratando de ver por encima de las cabezas del gentío.

-"Ven" dijo Montroy. Dejó su vaso en el balcón, luego sujeto su mano y dijo: -“ Creo que éste es mi
baile".

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Durante la noche soñó con Rayven, soñó que entraba en su cuarto, que permanecía a su lado en la
cama, su capa negra envolviéndolo como en un abrazo, una máscara horrible escondía su rostro. No era
la máscara blanca que había llevado puesta durante el baile, era una máscara con ojos color rojo
llameante y con sangre goteando de sus colmillos.

Se despertó con un grito en sus labios. ¿Estaba de nuevo soñando? Se encogió con temor por la
oscuridad. ¿Estaba él allí, en la esquina, o era solo una sombra provocada por la luz de la luna?

Con el corazón martilleando fuertemente en su pecho, y la boca seca, se quedó mirando fijamente a
la oscuridad de su cuarto.

–“¿Su Señoría?”.

-“Duermete, dulce Rhianna".

-"Déjeme ver su cara".

-“A ti no te gustaría ver lo que hay en ella. Duerme ahora. Tienes tanto sueño, tanto sueño,
duérmete... "

Luchó por permanecer despierta, pero no pudo resistir el hipnótico sonido de su voz. Sentía las
extremidades pesadas; Sus párpados se cerraban voluntariamente.

-"Por favor venga a mí" imploró, aunque pensar y hablar constituían un gran esfuerzo.-"Sé que está
usted aquí”.

-" Es sólo un sueño, Rhianna. Sólo un sueño... "

¿Cómo puede ser un sueño, se preguntó, si él le estaba ordenando que durmiera?

¿Y luego estaba dormida realmente, o era que en realidad estaba soñando que dormía? Confundida,
trató de llamarlo por su nombre, intentando liberarse del letargo que la arrastraba hacia la oscuridad,
hacia adentro, a la nada.

Se despertó decidida a verle de nuevo.

A pesar de su resolución, le costó una semana reunir el suficiente valor para ascender por el
estrecho y serpenteante camino que llevaba hasta la montaña del Árbol del Diablo al castillo de Rayven.

Se vistió cuidadosamente para su viaje. El traje que escogió era de terciopelo azul marino. El corpiño
tenía un escote cuadrado, las mangas eran largas y ceñidas, la falda era acampanada. Sujetó su pelo con
dos peinetas adornadas con joyas.

Cubriéndose con su voluminosa capa de color café, dio un último vistazo al espejo para examinar su
apariencia antes de abandonar su cuarto.

No queriendo que su madre o sus hermanas la vieran, anduvo de puntillas hasta la puerta trasera,
ensilló uno de los caballos, y salió por el patio trasero.

Era un poco atemorizante, cabalgar por la noche hasta el castillo de Rayven. Los árboles emitían
ominosas sombras en el camino. Sintió un sobresalto en el corazón cuando un búho pasó volando cerca de
su cabeza.

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Oscuras nubes se cernían en lo alto del cielo, tapando la luna y las estrellas. Un viento frío bajaba de
la montaña, como si un fúnebre lamento barriera la tierra.

Temblaba cuando llegó al castillo. Desmontó y ató la correa del caballo a un árbol, subió las escaleras
y llamó a la puerta.

Minutos más tarde, la puerta se abrió con un chirrido.

-"Señorita McLeod" exclamó Bevins.-“¿Qué esta haciendo usted aquí?”.

-"Vine a visitar a Lord Rayven".

Bevins se quedó mirándola con estupor. -"Aquí nunca ha venido nadie a hacer visitas" comentó con
asombro. –“¿Está Lord Rayven esperándola?”.

-" No. ¿Esta él aquí "?

Bevins vaciló un momento, luego asintió.

-“¿Puedo verle?”.

Bevins frunció el ceño. -"En realidad señorita, no sé que hacer".

-“¿Ocurre algo?

Bevins dio un paso adelante. -"Él ha estado de muy mal humor últimamente, señorita" dijo, bajando la
voz conspiradoramente. -"No estoy seguro de que verle ahora, sea una buena idea".

-¡"Bevins"!

Rhianna con un respingó dio un paso hacia atrás, sus ojos agrandados por la sorpresa al ver a Rayven
entrar en el vestíbulo.

Muy lentamente, Bevins se dio la vuelta para confrontar a su señor.-“¿Señor?”.

-"Puede retirarse, Bevins" dijo Rayven, con voz fría como el hielo.

-" Sí, Su Señoría. Buenas noches, señorita Rhianna”.

-"Buenas noches Bevins".

-"Con permiso su Señoría" dijo Bevins. Luego le dirigió una mirada a Rhianna que quiso ser
reconfortante, y se encaminó apresuradamente hacia el vestíbulo.

Como dos estatuas, Rhianna y Rayven permanecieron mirándose fijamente el uno al otro, hasta que el
sonido de los pasos de Bevins desapareció.

-“¿Qué haces aquí?” preguntó Rayven con voz cuidadosamente controlada. Sus ojos, esos ojos negros
como pozos sin fondo, la mantenían cautiva de su mirada.

-“Yo... Esto es... yo... " Ella no podía hablar, no podía pensar coherentemente, con él mirándola de esa
forma.

Se humedeció los labios repentinamente secos. Parecía tan enojado, con esa posición tan rígida ante
ella. Iba de negro, siempre iba de negro, pensó. ¿Se había equivocado al venir hasta aquí? ¿Había estado
equivocada en el baile? Después de todo, quizá no había sido Rayven el de la mascara.

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Se acercó caminando por el vestíbulo, acortando rápidamente la distancia entre ellos, hasta que
quedaron separados solo por un pequeño espacio.

-"Te dije que nunca más regresaras".

Rhianna asintió. Metió las manos en los bolsillos de su capa y las cerró con fuerza para calmar sus
temblores

-"Sí, así lo hizo, Su Señoría".

-“¿Entonces por estas aquí?”.

Ella levantó su barbilla, rehusándose a dejarse intimidar. -¿Si no quería verme de nuevo, por qué vino
al baile de mascaras? ¿Por qué bailó conmigo?”. Tomó aliento profundamente.-“¿Por qué me besó?”.

Él se quedó rígido. Ella vio sus manos con los puños fuertemente apretados, y supo que no lo hacía
para calmar sus temblores sino para refrenar su cólera.

-"Sé que fue usted" dijo Rhianna. -"No trate de negarlo”.

-"Vete de mi casa" dijo Rayven, escupiendo las palabras. -"Sal ahora mismo, mientras puedas".

Rhianna le miró serenamente a los ojos. Bajo la cólera que acechaba en ellos, bajo el timbre rudo de
su voz, sintió la soledad que le rodeaba.

-"Le he extrañado, Su Señoría" dijo quedamente. -" Esperaba que también usted me hubiera
extrañado”.

Un músculo se movió en su mandíbula. Solo ese signo exteriorizó la tensión que subía
vertiginosamente a través de él. Inhaló profundamente, y su fragancia invadió las ventanas de nariz – el
jabón con el que se había bañado, la carne de cordero y el queso que había cenado, el perfume de su pelo
y de su piel. Podía oler el nerviosismo que hacía latir su corazón salvajemente, oler la sangre fluyendo
por sus venas.

Un frío soplo de aire hizo oscilar la capa de Rhianna, haciéndola temblar. Un momento más tarde,
cayó un relámpago enceguecedor, seguido por un fuerte trueno, y luego comenzó a llover.

Rayven juró bajo su aliento. Incluso los elementos parecían conjurarse en su contra. Se apartó para
que ella pudiera cruzar el umbral.

-“Entra" le dijo, aunque no hubo ningún calor en su voz, ninguna bienvenida en sus ojos.

-" Mi caballo... "

-"Bevins se encargará de el" dijo Rayven intempestivamente.-“Entra”.

Temerosa de que pudiera cambiar de idea, Rhianna rápidamente hizo lo que le pedía. Desabrochó su
capa, sintiendo las manos de Rayven en sus hombros al quitársela y colgarla en la percha, después cerró
la puerta.

Sin pronunciar ninguna palabra, caminó delante de ella.

Ella vaciló sólo un momento, luego le siguió por vestíbulo hasta la biblioteca. ¿Cuántas horas había
pasado sentada este cuarto, leyéndole? Se preguntó. ¿Cuántas veces lo había observado, deseando que

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la cogiera entre sus brazos, y la besara como deseaba ser besada? ¿Había sabido él cómo se sentía ella?
¿Era por eso por lo qué la había echado?

Se detuvo en la puerta cuando un horrible pensamiento le pasó por la cabeza. Quizá él estaba
enamorado de alguna otra mujer. Quizás no había querido dar importancia a su absurdo enamoramiento.
Diciéndose que lo que ella sentía por él era sólo un encaprichamiento de niña.

Él se sentó en su silla favorita, de espaldas a ella. –“Entra, Rhianna" la invitó suavemente.

Sintiéndose repentinamente asustada, cruzó la habitación y tomó asiento en una silla frente a él.
Parecía extraño estar sentada allí, como si ella fuera su igual. La mayoría de las noches, había estado
sentada sobre el suelo de espaldas a la chimenea.

Pasó la mirada alrededor del cuarto, encontrándolo igual que la última vez que lo había visto, cuatro
años atrás. Una antigua espada colgaba sobre la chimenea. La gran mesa del roble junto a las altas
vidrieras e cristal. Un estante de roble oscuro que contenía varias figurillas de peltre en forma de
cuervos volando y lobos aullando. No había ningún otro mobiliario en el cuarto excepto dos sillas
apartadas.

-"No deberías haber venido aquí". Su voz era baja y suave.

-"Lo siento si mi presencia le contraría”.

Ladeó una esquina de su boca en una fría sonrisa.-"No tienes idea qué lo que tu presencia me
provoca".

-"Estoy muy contenta de verle de nuevo, Su Señoría" dijo Rhianna francamente. -"Esperaba que
usted sintiera lo mismo".

-"Rhianna, te he añorado en estos pasados cuatro años de una forma en que ni siquiera puedes
suponer".

Ella negó con la cabeza. –“¿Entonces por qué está usted tan enojado con conmigo?”.

-"No estoy enojado”.

Él se veía disgustado, pensó. Sus manos apretaban los brazos de la silla, con los nudillos blancos por
la tensión. Su postura era rígida, inquebrantable. Casi podía sentir la tensión irradiar de él.

-“Entonces ¿qué es lo que ocurre?” preguntó.

-"Me temo que aquí no estás a salvo”.

-“¿Por qué no estoy segura?”

Él miró a lo lejos, oyendo la lluvia tamborileando en el techo. Iba a llover toda la noche, filosofó
desoladamente. No habría forma de poder enviarla de regreso a su casa, no ahora.

Su mirada descendió a su rostro y su figura. Era tan bella. Su piel era del color de la miel; Su pelo
caía sobre sus hombros en suaves ondas del color de los rayos del sol. Ella le observaba con sus directos
y cándidos ojos azules, su afecto por él reflejado en su mirada.

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No podía quedarse aquí. Los años pasados sin ella no habían disminuido su deseo. La deseaba, ardía
por ella, la ansiaba de mil formas todas desconocidas para el hombre mortal.

El hambre bramaba a través de él. Estaba sediento de su toque, del mismo ser de su vida.

Sentía la bestia rebelarse desde lo más profundo, pidiendo ser alimentada, sentía la sed dando
zarpazos en sus entrañas. Su cercanía, su recordada dulzura, exageraba su anhelo, su necesidad de esta
una mujer por encima de todas las otras.

Sus uñas se hundieron en los brazos de la silla, arañando la madera. Su respiración se volvió
superficial errática.

-"Rhianna".

-“¿Su Señoría"? Se inclinó hacia adelante, sus ojos se entrecerraron mientras estudiaba su
rostro.-“¿Está usted bien, Su Señoría? ¿Le puedo traer un vaso de vino?”.

-“Vete a tu cuarto".

-"Pero... "

-“¡Vete!”.

Ella no replicó, no perdió el tiempo dándole las buenas noches. Apartando su silla de golpe, salió
corriendo del cuarto y subió velozmente las escaleras hasta la habitación que una vez había sido suya.

Una vez dentro, cerró la puerta, y después apoyó su espalda en ella, con su aliento entrecortado.

Ya le había rehuido anteriormente. Lo recordaba claramente como si hubiera ocurrido ayer mismo en
lugar de años atrás. Recordaba el sentimiento como si hubiera escapado de un destino terrible.

Ahora se sentía de la misma forma.

Cuando su respiración volvió a la normalidad, vio que el cuarto estaba tal como lo había dejado.
Caminando hasta el armario, abrió las puertas elaboradamente dibujadas. Dentro estaban los vestidos
que había dejado, cuando partió con destino a París. Había lamentado dejar tantas prendas, pero Rayven
le había comprado más vestidos de los que cualquier mujer hubiera podido usar en toda una vida.
Cerrando las puertas, fue al tocador y abrió el cajón que había contenido sus camisones. Seleccionó uno,
se desvistió y se lo puso.

Estaba a punto de meterse en la cama cuando vio que el espejo de cuerpo entero que Rayven le había
regalado estaba cubierto por una tela oscura.

Era extraño, pensó mientras apartaba la tela y contemplaba su reflejo. Tenía quince años la última
vez que se había mirado en este espejo. Ahora, era más alta, su figura estaba más redondeada, más
femenina, pero aparte de eso, se veía casi igual. Deseó ser bella, tener el pelo rojo rizado como su amiga
del convento, Leanna, que sus ojos fueran verde esmeralda en lugar de este tono de azul común, que sus
pechos fueran más grandes y su cintura más estrecha. No era extraño que Rayven la hubiera echado.
¿Por qué la escogería cuando podía elegir entre muchas mujeres bellas?

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Dando la espalda al espejo, separó las cubiertas y se metió en la cama. Si los rumores eran ciertos,
él había tenido a muchas mujeres, pero no se había casado con ninguna. No podía dejar de
preguntándose por qué. Seguramente un hombre de su riqueza y situación desearía tener un heredero.

Un bebé, pensó soñadoramente, un hijo con los ojos y el pelo negro de Rayven. Cerrando los ojos, se
imaginó como la esposa de Rayven, la madre de sus hijos.

Tal como lo había hecho innumerables veces en el pasado, permaneció al lado de su cama,
observándola dormir. La pureza de su piel le tentaba a tocarla, pero cerró sus manos fuertemente para
evitar acariciar su mejilla. ¡Qué bella era! Y cómo la adoraba. Los años sin ella habían sido la peor
tortura de toda su vida. Había pensado en ella diariamente, a cada instante, recordando su rostro, su
risa, atormentándole más que cualquier dolor que el calor del sol pudiera ocasionarle. La dulzura de sus
labios, el néctar de su ser, había echado a perder para siempre el sabor de cualquier otra.

Ah, cómo ardía por ella, con un anhelo en su interior más doloroso que el hambre oscura que le
inundaba. Rhianna.

Él había visto a Montroy bailando con ella en el baile de mascaras de Tewksbury, y había deseado
matar al hombre, desgarrar el corazón de su pecho. Nunca durante sus cuatrocientos treinta y un años
había experimentado unos celos tan enceguecedores, tal odio, un deseo tan intenso de destruir. Había
sabido que sería un error ir al baile, del que se había enterado jugando en Cotyer una partida con
Montroy, éste había mencionado que irían. Había ido solo para verla. Pero verla no había sido suficiente.
Había querido, había necesitado, sostenerla entre sus brazos.

Su uñas se clavaron en las palmas de sus manos, mientras se resistía a rodearla con sus brazos y
besar la suave curva de su mejilla, a pasar su lengua a lo largo de su cuello...

Una niebla roja de deseo nubló sus ojos. El hambre subió por su estómago y corrió como lava
derretida a través de sus venas. Sintió que sus colmillos se alargaban, sintió el deseo aumentando en su
interior, la bestia voraz urgiendo ser liberada.

-"No". La palabra fue murmurada a través de sus labios. No lo haría. No podía.

El miedo le llevó hasta la puerta.

-“¿Su Señoría?”.

Él se detuvo, sus manos apretadas con fuerza a los lados.

-“¿Su Señoría? ¿Es usted?”.

-“Duermete, Rhianna" dijo. Lentamente, la miró por encima su hombro, con una mirada
devastadora.-“Vuelve a dormir, mi dulce, y sueña los sueños de una joven mientras puedas".

Ella contempló las profundidades oscuras de sus ojos y sintió extenderse la familiar laxitud a través
de ella. Sus párpados se volvieron insoportablemente pesados. Con un suspiro suave, cerró sus ojos.

Poco antes de que el sueño la reclamara, pensó que había oído el solitario aullido de un lobo.

CAPÍTULO DIEZ

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Por la mañana, como siempre, Rayven no podía ser encontrado en ningún lugar.

Bevins sonrió alegremente mientras cruzaba el comedor, sirviéndole su desayuno favorito, una taza
de chocolate. –“¿Ha dormido bien, señorita?”

-"Sí, gracias". Rhianna miró por la ventana. Bajas nubes grises cubrían el cielo, iluminadas por algún
ocasional relámpago. Siempre había amado las tormentas, los truenos, los relámpagos, el sonido
tranquilizador de la lluvia golpeando el techo, golpeando contra los cristales.

-“¿Bajará el señor a desayunar?”.

Bevins negó con la cabeza. -"Su Señoría le ha ofrecido el refugio de su casa," dijo mirándola
fijamente-"hasta que la tormenta pase".

-“¿De verdad?”. Era extraño, pensó, cuándo en realidad le había parecido ansioso porque se fuera.

-"Él nunca permitiría que usted se resfriara, señorita. Hay un fuego acogedor en la biblioteca, por si
desea leer, y también en el la sala de música, por si desea tocar".

-"Gracias, Bevins". Sorbió el dulce chocolate que le había servido, apreciando el sabor.

-"Usted me dijo que Lord Rayven no estaba aquí".

-“¿Lo hice?”.

-"Sabe que sí lo hizo. ¿Por qué me mintió?”.

Un rubor culpable subió por las mejillas del criado.

-"La ultima vez que vine aquí, me dijo que él había abandonado el castillo poco después de que me
enviara a París".

Bevins cambió de posición con inquietud. -"Sólo le dije lo que me fue ordenado que se le dijera"
contestó quedamente. -"Habría sido mejor para todos que usted me hubiera creído".

-“¿Mejor? ¿Por qué?”.

Bevins miró hacia la puerta; Luego, exhalando un suspiro, se sentó en la mesa frente a ella. Rhianna
le miró sorprendida. Nunca se había sentado a la mesa con ella, ni había cruzado la línea que separa el
criado del amigo.

"Señorita Rhianna, sé que usted se cree enamorada de Lord Rayven" dijo, hablando rápidamente,
como si temiera que lo atraparan hablando con ella.-“Es verdad que Su Señoría tiene una cierto encanto
que la mayoría de mujeres encuentran difícil de resistir ".

-"No creí que mis sentimientos fueran tan transparentes" Rhianna masculló secamente.

Bevins se recostó en su silla, con voz sombría dijo.-"Usted debe creerme cuándo le digo que no está
a salvo si se queda aquí".

Rhianna frunció el ceño. Rayven había dicho prácticamente lo mismo la noche anterior. -"No le
entiendo".

-"Lord Rayven es un hombre atrapado por oscuros apetitos, señorita. Apetitos que no siempre puede
controlar. Sería inteligente si abandonara este lugar y nunca regresara”.
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-“¿Oscuros apetitos?” Rhianna negó con la cabeza.-“¿De que esta usted hablando?”.

Bevins miró hacia la puerta otra vez, su expresión cautelosa. -"No puedo explicárselo, lo único que
puedo decirle es que Lord Rayven no es como otros hombres. Esta guiado por instintos que usted no
puede comprender. Es por eso qué él vive solo".

-" No le creo. ¿Si él es un monstruo, por qué nunca me ha hecho daño? ¿Por qué me envió a estudiar
y ayudó a mi familia?”.

Bevins aspiró profundamente. -"Ya he hablado demasiado, señorita". Levantándose, colocó una mano
paternal en su hombro.-"Váyase a su casa, señorita Rhianna. Tan pronto como la tormenta pase, váyase a
casa”.

Oculto en la oscuridad, Rayven sintió como la cólera salía burbujeante a la superficie. ¡Cómo se
atrevía Bevins a interferir en su vida personal! ¿Qué derecho tenía el hombre de advertir a Rhianna de
que se alejara de él?

Mascullando un juramento, aspiró profundamente, la cólera surgiendo entre cada aliento


entrecortado. Bevins no había dicho nada que él, no se hubiera ya dicho a sí mismo. Si Rhianna fuera
inteligente, abandonaría su casa y nunca regresaría.

No se hacía ilusiones acerca de lo que él era. Apestaba a maldad, a muerte. Había hecho cosas, cosas
horribles, atroces, actos que habían condenado su alma eternamente. No importaba que él no hubiera
escogido esta vida por sí mismo. Una vez que la acción había sido cometida, podría haber terminado con
ello. Podía haber caminado bajo la luz del sol y destruido a la criatura en la que se había convertido.

Miró fijamente la oscuridad que le rodeaba, recordando...

-“¡No quiero!”.

Gritó las palabras mientras luchaba contra ella, pero su fuerza era insignificante comparada con la
de ella.

-"Pero lo harás" le dijo, sus sabios ojos oscuros brillando con una sabiduría más allá de su
comprensión. -"Eres un luchador, Rayven de Millbrae. No te someterás. No te rendirás. Pelearás con
cada onza de la fuerza que posees para sobrevivir”.Se rió suavemente, con seguridad. -"Me dejarías
seca si te lo permitiera.

-“¡No! ¡Nunca!”.

-"Pero lo harás". La certeza de su voz junto con sus ojos irradiando una luz rojiza, lo llenaron de
terror.

Sin esfuerzo alguno, le acercó a ella mientras trazaba con la uña una línea sangrienta a través de su
mejilla.-"Te he marcado" le dijo, -"Para que siempre me recuerdes”.

Y luego lo presionó hacia atrás en el sofá, sujetándolo sin esfuerzo alguno a pesar de su violenta
lucha por escapar. Él gritó cuando sintió el mordisco afilado de sus dientes en la garganta. La revulsión
aumentó en su interior mientras se dio cuenta de que estaba bebiendo su sangre.

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Quiso luchar contra ella, pero no tenía fuerza suficiente. Le zumbaban los oídos, su corazón
palpitaba frenéticamente, y una niebla rojiza cubrió sus ojos.

-" No, no lo hagas... " La debilidad le engulló, los latidos de su corazón se desaceleraron lentamente,
y sintió una gran negrura descendiendo sobre él. Y con ella un miedo anónimo, peor que el miedo a la
muerte.

-"Por favor... " Formó la palabra pero ningún sonido emergió de su garganta.

-“¿Quieres vivir"? Sentía su aliento caliente contra la oreja.- "Entonces bebe".

Estaba demasiado débil para moverse y obedecer. Trató de verla, de enfrentarla, pero no vio
absolutamente nada. –“¡Bebe!”.

No quería someterse, pero la voluntad de vivir estaba fuertemente arraigada en su interior. Era,
después de todo, un luchador, nacido para pelear, para conquistar.

Abrió la boca, y ella presionó su muñeca sobre sus labios.- "Bebe".

Su boca se cerró sobre su carne. Un chorro de líquido caliente y ligeramente salado inundó su
lengua. Se deslizó hacia abajo por su garganta como fuego liquido, y repentinamente se adhirió su
brazo, sorbiendo la sangre en su boca, la repulsión y el deleite luchando en su interior. Sus latidos
retumbaban en sus oídos, robusteciéndose con la fuerza de la vida, palpitando al mismo ritmo que los de
ella. El poder se despertó en su interior, inflamándolo, anhelando más.

-“¡Suficiente!”. Ella apartó su brazo de su agarre. –“Dije suficiente”.

Él se quedó mirándola deslumbrado, su mirada atrapada durante mucho tiempo en el color rojo
carmesí alrededor de su boca, en la sangre que goteaba en el corte de su muñeca. Un corte que se
estaba cerrando rápidamente, cicatrizando, mientras lo observaba.

El horror descendió lentamente. Levantando la mano, se limpió la boca, luego clavó los ojos en las
manchas color escarlata en las puntas de sus dedos. Su sangre. Él había estado bebiendo de su sangre.

Lentamente, tentadoramente, le lamió las manchas rojas de sus labios. -"Ahora eres mío" dijo,- "Por
siempre y para siempre".

-"No". Él negó con la cabeza, atontado por el horror de lo que había hecho, en lo que se había
transformado.

-"Has muerto esta noche,"le dijo con voz calmada y tranquila, como si las palabras no significaran
nada. -"Cuando te despiertes mañana por la noche, serás como yo".

No había querido creerlo. Había rechazado hacerlo. Ni siquiera cuando los temblores devastaban su
cuerpo, ni cuando con la salida del sol, experimentó un gran deseó de refugiarse en la oscuridad que
nunca antes había sentido. Incluso cuando al despertar la noche siguiente y ver el mundo con ojos
diferentes, se negó a creérselo.

Pero era cierto.

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Se había convertido en un vampiro, destinado a pasar el resto de la vida en la oscuridad, a estar por
siempre atrapado en el lado oscuro, forzado a vivir en las sombras, a sobrevivir alimentándose de la
sangre de otros, o perecer...

Vampiro... La palabra resonó en su mente cuando la familiar oscuridad le envolvió de nuevo.

Cuando despertó, ella todavía estaba en la casa. Sintió su presencia con su primer aliento de
consciencia. ¿Por qué no se había marchado?

Levantándose, Rayven se bañó y vistió con ropa limpia. Abandonó la torre, apresurándose escaleras
abajo, sólo vagamente consciente de que todavía estaba lloviendo.

Rhianna estaba sentada en la biblioteca, con los pies enroscados debajo de su falda. Durante un
momento, permaneció en el marco de la puerta, observándola. Llevaba un traje de terciopelo verde
oscuro ceñido con una cinta también verde oscura. Sus zapatos eran del mismo color. Su pelo suelto
sobre los hombros, brillaba tenuemente como fina seda de oro a la luz del fuego. Una delgada cadena de
oro rodeaba su garganta. La lluvia golpeaba contra los cristales de las ventanas proporcionando un
agradable contraste con las crujientes llamas del fuego.

De repente consciente de su presencia, alzó la mirada, sus mejillas se cubrieron de un ligero rubor al
encontrarlo observándola.

-"Buenas noches, Su Señoría". Dejó a un lado el libro que había estado leyendo, deseando que su
mano no temblara, y que su voz sonara tranquila.

-"Buenas noches, dulce Rhianna". Entró en el cuarto con pasos silenciosos y se sentó en la silla
frente a ella. Su capa envuelta a su alrededor, envolviéndole como las alas de un gran pájaro negro.

-"Tenía intención de irme," dijo Rhianna, su cercanía poniéndola repentinamente nerviosa, -"Pero
Bevins dijo que debería esperar a que se dispersara la tormenta".

Rayven asintió. Todo su ser parecía querer tocarla, la anhelaba. Ardía de deseo por ella. ¿Realmente
quería que se fuera? ¿Por qué no dejar que se quedara? Ella podría vivir bien aquí. Su riqueza le podría
dar cualquier cosa que deseara. Se aseguraría de que nada le faltara...

Apretó con fuerza su mandíbula. Nunca podría darle las cosas que toda joven deseaba. Podía cuidarla
y protegerla, pero nunca le podría dar hijos. Podría quedarse a su lado, pero nunca compartir con ella la
vida entera. La podría cuidar cuando la edad y la enfermedad se cobraran su precio, pero él no
envejecería a su lado. Y al final, la acompañaría hasta su tumba, con el mismo aspecto que ahora tenía.

-"Puede echarme si lo desea" dijo Rhianna, enervada por su silencio, por el brillo agudo en las
profundidades de sus ojos negros como el infierno. -"Me puede echar, o puede usted irse, pero siempre
estaré aquí cuando regrese”.

-“¿No te doy miedo? preguntó, en su voz había un tono de admiración.

-“¿Darme miedo? ¿Usted?”. Ella negó con la cabeza. Algunas veces le hacía sentir cierta aprensión,
pero en realidad nunca le había tenido miedo. Sabía en lo más profundo de su ser, que nunca le haría
daño de forma intencionada.

-"Deberías tenerlo". Dijo serenamente, como si estuvieran hablando sobre el clima intempestivo.
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-“¿Quiere usted, que le tenga miedo?”.

-"Sería mejor que lo tuvieras".

-“¿Mejor para a quién? Habla en acertijos, Su Señoría”.

-"Reza para que nunca los entiendas”.

La miró fijamente, y ella, pesar de sus valientes palabras sintió un repentino escalofrío de ansiedad.
Juntando las manos sobre su regazo, suspiró profundamente. –“¿Tengo que marcharme?”.

-"Si deseas quedarte, eres bienvenida" dijo, con una mano acariciando ociosamente el terciopelo de
su capa, -"Hasta que termine la tormenta".

Le ofrecería un soborno, pensó, le ofrecería concederle cualquier cosa que deseara, cualquier cosa
que la alejara de este lugar. De su presencia.

La miró escrutadora mente. -" Voy a concederte un deseo, Rhianna. Un deseo. Pide algo que tu
corazón desee por sobre todas las cosas, y será tuyo”.

-“¿De veras puede darme cualquier cosa?”.

Una débil sonrisa apareció en la esquina de sus labios. -"Te sorprenderías de lo que puedo hacer".

Rhianna frunció el ceño, quizás imaginaba cosas, pero habría jurado que su capa se envolvió más
apretadamente alrededor de sus anchos hombros, como si eso lo confortara de algún modo.

-“¿Cualquier cosa?”. Preguntó.

-"Sólo dime lo que tu corazón más desee”.

-“¿Y usted me lo concederá? ¿Me lo promete?”.

Rayven asintió.

-“¿Qué es?”. Preguntó con curiosidad. –“¿Riquezas? ¿Una bella casa con sirvientes? ¿Regresar a
París? ¿Una gran dote para ti y tus hermanas? Sólo pidelo y es tuyo".

-"Deseo quedarme aquí con usted" contestó quedamente, -"Tanto tiempo como yo quiera. Deseo vivir
en su casa y pasar cada noche un rato con usted”.

Rayven clavó los ojos en ella. De todas las cosas que había supuesto que le pediría, lo más obvio
nunca se le había ocurrido.

-“Pide alguna otra cosa".

“No. Me ha dado su palabra". Mirándolo fijamente agregó. –“¿Intenta romperla?”.

-"No". Su voz le salió ahogada, ronca, como si estuviera haciendo un esfuerzo por poder hablar. -"Un
año. Te daré un año".

Con una triunfante y radiante sonrisa dijo.-"Gracias. ¿Le ordenará a Bevins que mañana por la
mañana vaya a recoger mis cosas? ¡Oh! Debo escribir una nota para mi madre informándola de que me
quedaré aquí. ¿Puede decirle que venga a recogerla antes de irse?”. Rayven asintió de forma concisa.

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Sintiéndose como una araña atrapada en su propia red, se puso de pie con expresión sombría mientras
miraba por la ventana como la lluvia golpeaba contra los cristales

-"Ruego, que no tengas que lamentar tu elección" dijo, y salió del cuarto, con su capa formando
remolinos alrededor de sus tobillos como si fuera agitada por un viento furioso.

CAPÍTULO ONCE

Bevins subió por las escaleras hacia la torre del este, consciente del desasosiego que molestaba a su
señor. Había estado trabajando para Rayven durante más de cincuenta años. Tenía catorce años cuando
el vampiro salvó su vida. A cambio, Bevins había declarado bajo juramento dedicar el resto de su vida al
servicio de Rayven.

Cruzando la habitación, se quedó en el umbral de la cámara interior de la torre del este, con
expresión cuidadosamente neutra observaba a Rayven quitarse la capa y depositarla encima de una silla.

Bevins miró a la capa con cautela. Era una prenda extraña, a menudo parecía como si poseyera vida
propia.

-“¿Qué voy a hacer?”. Rayven dijo con voz encolerizada. –“¡Ella no puede quedarse aquí! No lo podré
soportar".

Bevins permanecido silencioso, sabedor de él que no esperaba ninguna respuesta. Nunca había visto a
su señor en tal estado de agitación.

Rayven pasó sus manos a través de su pelo, una sarta de crueles juramentos se escaparon de sus
labios mientras caminaba incesantemente por el cuarto, sus piernas largas llevándole de un lado al otro
en unas pocas zancadas.

Hizo una abrupta pausa, cambió de dirección, y fue hacia a la ventana. Podría sentir la tensión
ascender desde su interior mientras miraba al jardín. ¿Cuántas noches se había levantado y
permanecido allí, contemplando los muros del castillo, deseando que ella estuviera aquí, deseando pasar
una noche más, o una hora más en su presencia? ¿Pero todo un año?

Gimió suavemente. La había despachado porque estaban perdiendo el control sobre su deseo, sobre
el hambre aguda que le corroía implacablemente, urgiéndole a tomar lo que necesitaba, a traerla a
través del abismo que los separaba a fin de que ella pudiera aliviar el aislamiento de su interminable
existencia. Siempre había sido arrogante y egoísta, pero nunca había sido cruel, y por ello la había
echado, para protegerla de su deseo.

Y ahora ella estaba aquí de nuevo, en el castillo, en su vida como si nunca se hubiera marchado. Su
perfume estaba en toda la casa, en su piel, en sus ropas, en el mismo aire que respiraba.

-“¿Deseará alguna otra cosa esta tarde?”. Preguntó Bevins.

-“¿Qué?” Rayven se giró rápidamente. Casi había olvidado que el otro hombre estaba en el cuarto.
-"No. Váyase a la cama. Espere un momento, mañana por la mañana irá a casa de Rhianna y recogerá sus
pertenencias. Ella también desea entregarle una nota para su madre".

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Bevins asintió.-"Me encargaré de ello”. Suspiró profundamente. –“¿Bajará mañana por la noche"?

-“¿Se lo prometí a ella, no?” Dijo Rayven, su voz en un tono lóbrego.

-"Sí, Su Señoría. ¿También cenará con ella?”.

-"Sí". Rayven cerró con fuerza sus manos en apretados puños, su expresión sombría.- "No olvide el
vino".

Bevins asintió concisamente, después salió del sombrío cuarto de la torre, cerrando la puerta. Oyó el
sonido del cerrojo que se pasaba.

Iba a ser un largo año, pensó. Para todos.

A la noche siguiente, ella le estaba esperando en la mesa para cenar. Vestida con un traje dorado,
haciendo juego con su pelo, estaba tan hermosa que le robaba el aliento.

-"Buenas noches, Su Señoría," dijo Rhianna sonriéndole. Él iba vestido de negro de la cabeza a los
pies. Se veía oscuro y peligroso, y aceleraba su corazón estremeciendo sus entrañas de deseo. -"Estoy
muy contenta de que haya decidido reunirse conmigo esta noche".

Él se sentó frente a ella. –“¿Te dije que lo haría, no es verdad?”.

-"Sí, pero pensé que a lo mejor podría haber cambiado de idea”.

Sus ojos se entrecerraron. "Válgame Dios, cuando doy mi palabra, la cumplo, tal y como hace
cualquier hombre".

-"Pero usted se siente como si yo le hubiera engañado de alguna forma".

-"Pensé que me pedirías algo beneficioso para ti o tu familia".

Él cogió la jarra de cristal y se sirvió un vaso de vino.

-"Sí, mi familia. Usted ha sido muy amable con ellos. Le agradezco eso, y la dote tan abundante que
ha entregado a mi hermana”.

Él hizo un gesto vago con su mano. –“¿Por qué insistes en quedarte aquí cuando sabes que quiero que
te vayas?”.

Rhianna le observó vaciar de golpe su vaso, preguntándose por qué se lo bebía tan rápidamente. ¿No
debería saborear el vino?

"Porque, en este caso, mi deseo significa más para mí que el vuestro".

Ella apartó su plato y se levantó, ofreciéndole su mano. –“¿Vamos a la biblioteca? Bevins ha


encendido el fuego, y tengo un nuevo libro que deseo leer”.

Levantándose, Rayven cogió su mano, sintiendo la rápida chispa que salto entre sus manos.

Ella se quedó mirándolo fijamente con sus francos ojos azules. -"Su Señoría" exclamó, y él supo que
ella también lo había notado.

Incapaz de contenerse, la rodeó con sus brazos. Miró atentamente sus ojos durante un eterno
momento, y luego la besó. Fue un beso brutal, violento, enojado, lleno de un agudo anhelo que nunca

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podría cumplirse. Sus manos apretaron sus hombros mientras profundizaba el beso, magullando sus
labios.

-"Deberías estar en tu casa, dulce Rhianna" gruñó. -"Vete ahora, mientras todavía puedo todavía
dejarte marchar".

Aturdida por la intensidad de su beso, sólo pudo negar con la cabeza.

Él la besó de nuevo, su lengua recorriendo la blandura de su boca. Sus brazos se movieron sobre ella,
ardiente e inquietamente, moldeándola contra su cuerpo para hacerle notar la prueba rígida de su
deseo.

Su cabeza cayó hacia atrás sobre su brazo, exponiendo la curva delgada de su cuello. Su mirada fija
se quedo clavada en el pulso que latía salvajemente en la base de su garganta. Podía oír las rápidas
pulsaciones de su corazón, oler la sangre caliente corriendo por sus venas. Y entonces sintió el pinchazo
de sus colmillos contra su lengua.

Abruptamente, la apartó con fuerza, sus manos cerrándose en puños apretados a sus lados.

-"Rhianna, te lo ruego, pideme cualquier otro deseo. Cualquier cosa".Murmuró, su voz llena de
desesperación. -"Te daré cualquier cosa. Este castillo, si lo deseas, toda mi fortuna, cualquier cosa”.

-"Solo quiero quedarme aquí, con usted, Su Señoría" contestó suavemente.-"Yo sé que cuando haya
pasado el año, me echara, pero quiero pasar este tiempo con usted".

-"Sólo espero que esto no sea tu perdición" masculló por lo bajo, y dándole la espalda, salió del
cuarto.

Cazó esa noche, fue en busca de una presa como no lo había hecho durante años, sabiendo que esta
noche, unos pocos sorbos de la preciosa sangre de Rhianna no serían suficientes para aquietar la
horrible hambre que su mera presencia agitaba en su interior.

Un año, filosofó mientras se cernía sobre su indefensa víctima. Comparado con los siglos que había
vivido, con la eternidad que se extendía ante él, doce meses eran menos que un momento en su vida,
pero temía que este sería el año en el que encontraría su fin, o el de ella.

Rhianna empezó su seducción a la noche siguiente, determinada a tenerlo en su cama antes de que el
año finalizara. Él había dejado claro que no la amaba, que nunca se casaría con ella, pero estaba resuelta
a que fuera él, el primer hombre que la llevara a la cama.

Había soñado y suspirado por él durante cuatro largos años y ahora tenía la intención de tenerle.
Había oído conversaciones susurradas sobre qué tan fácil era seducir a un hombre. No todas las chicas
en la escuela de monjas eran tan inocentes como ella, y esas que habían intercambiado su virtud con el
conocimiento habían estado más que ansiosas por compartir lo que habían aprendido. Le habían dicho
que los hombres se dejaban seducir fácilmente por una cara bonita y por la promesa de una conquista
fácil.

Para su pesar, Rayven parecía ser la excepción a la regla. No importaba cuán descaradamente
coqueteaba con él, no importaba cuán atrevidamente bromeaba y le tentaba, él se negaba a sucumbir a
sus tentaciones. Sabía que él la deseaba. Podía ver el hambre en sus ojos, oírla en su voz, sentirla en sus

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brazos en las contadas ocasiones en las que era débil y la rodeaba en un abrazo. Pero siempre, en el
último instante, él la rechazaba con fuerza y salía del cuarto.

El lo había hecho así durante muchas noches.

Esta noche no había sido una excepción.

Permaneció al lado del fuego, siguiéndolo con la mirada, preguntándose si carecía de algún encanto
femenino vital.

Con un suspiro, se sentó en la silla favorita de Rayven. Él había dejado su capa colgando en el
respaldo y ella la depositó en su regazo, acariciando ociosamente el terciopelo fino. Qué viva parecía
estar, al extenderla sobre sus piernas. De forma voluntaria parecía presionar contra de ella,
calentándola. Apaciguándola.

Repentinamente cansada, cerró sus ojos sintiéndose arrastrada hacia un mundo de oscuridad.

Sus manos se cerraron sobre el suave terciopelo mientras escenas desarticuladas llenaban su mente,
vio a Rayven andando por un camino polvoriento, oscuro, su capa flotando tras él ondeando en la
oscuridad de la noche; Vio una niebla gris oscura ahogando el débil grito de terror de un borracho y por
encima de todo un manto de oscuridad y el perfume de la sangre; Vio a un lobo negro sobre el esqueleto
de un ciervo muerto, oyó un largo y solitario aullido resonando en sus oídos...

Despertó con miedo, su frente perlada de sudor, su corazón golpeando salvajemente contra su
pecho.

Tirando la capa al suelo, se levantó y salió corriendo del cuarto.

Dallon Montroy vino a la siguiente tarde. Bevins le condujo al saloncito delantero, con una clara
expresión de desaprobación en su rostro cuando Rhianna le dio la bienvenida.

-“¿Bevins nos traerá un poco de té, por favor?" pidió Rhianna,-"¿Y quizá unos bollos?”.

-"Como usted desee" contestó Bevins. Le dirigió otra miraba reprobadora y salió del cuarto.

-“¿Y entonces, señor?" exclamó Rhianna suavemente,-"¿Qué le trae por Castle Rayven"?

-"Usted, claro está" Montroy dijo. -"Por qué si no haría un viaje tan arduo".

-“No tanto, seguramente”.Rhianna bromeó.

-"Habría escalado una montaña de dos veces esta altura para poder verla sonreír de nuevo" contestó
Dallon valerosamente.

-“¿De veras?”. Rhianna filosofó. –“¿Y también cruzaría aguas infestadas por cocodrilos, para poder
verme?”.

-"Pude estar segura de ello”. Su sonrisa se desvaneció mientras cogió sus manos entre las
suyas-“¿Por qué ha vuelto aquí, Rhianna?”. Preguntó, con su expresión grave. –“¿Le obligó Rayven? ¿Le
está amenazando de alguna forma?”.

-"Claro que no. Estoy aquí porque lo deseo".

-"No lo entiendo".

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-"Es muy simple, Lord Rayven me dijo que me concedería cualquier cosa que le pidiera, y le pedí vivir
aquí. Deja que me quede durante un año”.

Montroy clavó los ojos en ella como si hablara con un lenguaje que realmente no podía entender.
–“¿Usted le pidió quedarse aquí? ¿Con él? ¿Pero, por qué?”.

-"Me temo que no puedo explicárselo”.

Montroy pasó una mano a través de su pelo, pensando que por muchos años que viviera, nunca
entendería el funcionamiento de la mente femenina. –“¡Pues entonces inténtelo!”.

Rhianna negó con la cabeza. -"No puedo". Le miró durante un momento, luego frunció el ceño. –“¿Por
qué esta tan preocupado? Creí que era su amigo”.

-"Rayven no tiene amigos".

-“¿Por qué no?”.

-"Porque no desea ninguno. Es un hombre solitario”.

-"Usted juega con él a las cartas en Cotyer's".

Montroy asintió. -"Eso es verdad, pero mantiene las distancias con todos, y no permite ninguna
familiaridad. Nunca ha aceptado ninguna invitación, ni las ha propuesto a cambio”.

-"Encuentro eso muy extraño”.

-"Igual que yo, se lo aseguro.

Montroy soltó sus manos cuando Bevins entró en el cuarto llevando una bandeja de plata con el té.

Con la espalda rígida, Bevins colocó la bandeja en una mesa baja, dirigió una mirada de advertencia a
Rhianna y abandonó el cuarto.

Tomando asiento, Rhianna sirvió el té a Montroy, y luego a sí misma.

Después de un momento, Montroy se sentó en una silla frente a ella. -"Me temo que cortejarla aquí
va a ser realmente difícil".

Rhianna añadió leche y azúcar a las dos tazas, luego le pasó una a Montroy. –“¿Tiene usted la
intención de cortejarme, señor?”.

-"Creí que a estas alturas ya lo habría adivinado".

-"Pero... quiero decir... " Rhianna negó con la cabeza. -"Seguramente usted aspira a una mujer de
clase superior".

-"Lo hago, ciertamente". Él le sonrió, el hoyuelo en su profundización de la mejilla. Tenía la intención


de casarse con Rhianna, y se lo diría llegado su momento.-“¿Puedo venir a verla otra vez?”.

-"Dallon, debe saber que no puede haber nada entre nosotros, sólo amistad. Amo a Rayven".

Montroy asintió, convenció de que podría ganarse su corazón si le daba una oportunidad.

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Rhianna vaciló, preguntándose si Rayven se opondría, pero desecho el pensamiento. Él nunca estaba
durante el día. ¿Por qué debería importarle lo que ella hiciera? Le había dejado claro que no tenía ningún
interés en ella, que tenía intención de echarla cuando finalizara el año.

-“¿Rhianna?”.

Miró a Montroy un momento más, y luego asintió. -"Me dará mucho gusto recibir su visita”.

Montroy sonrió, obviamente complacido. -"Estrenan una nueva obra teatral. ¿Le apetecería ir?”

-"Sí, creo que sí". Sonrió amablemente. Nada había surtido efecto. Quizá los celos producirían los
resultados que buscaba.

-"Rhianna, para mí no tiene ninguna importancia, pero... " Montroy dejó su taza sobre la mesa y pasó
una mano a través de su pelo.-“¿No estás preocupada por lo qué dirá la gente del pueblo por vivir aquí,
con él?”.

-"No me importa en absoluto" dijo Rhianna. Y, ciertamente, no le importaba lo que la gente pensara.
Quería quedarse aquí, con Rayven, y estaba dispuesta a sacrificar su reputación por ello.

-“¿Esta usted segura de que es ésto, lo que realmente quiere?”. Montroy preguntó suavemente.

-"Estoy segura”.

-"Entonces, no hablaremos mas de ello".

Pasaron la siguiente hora conversando animadamente hasta que Montroy se fue.

Rhianna acababa de sentarse a cenar cuando Rayven entró en el comedor. Se quedó de pie a su lado
con un semblante feroz en su cara.

-“¿Qué hacía Montroy aquí?”. Preguntó Rayven intempestivamente. Había olido el perfume del
hombre incluso antes de abandonar la torre del este.

-"Vino a verme" Rhianna continuó intentando que su voz no sonara temblorosa. -"No creí que a usted
le importara, ya que es su amigo".

Los ojos de Rayven se estrecharon. –“¿Te dijo él eso?”.

-“¿Si me dijo qué?”.

-"Que éramos amigos".

Quiso mentir, pero supo que no podrían, cuándo los ojos oscuros de Rayven se clavaron en su rostro.

-“¿Qué dijo? Rayven preguntó, con voz baja y sedosa.

-"Dijo... dijo que usted no aceptaba ninguna amistad”.

Rayven miró por encima su hombro a Bevins mientras entraba en el cuarto. –“Nunca más permitirás
que Montroy o cualquier otro hombre entre en mi casa. ¿Esta claro?”.

-"Sí, señor" dijo Bevins.

Con un brusco asentimiento, Rayven volvió su atención a Rhianna. –“¿Esta también claro para ti?”.

-"Sí, Su Señoría, pero... "


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-“¿Pero, qué?”.

-“¿Pero, por qué? ¿Por qué se encierra usted en este castillo? ¿Por qué no deja que le visite Lord
Montroy aquí? Creo que él sería su amigo, si usted se lo permitiera".

-"No tengo porque darte explicaciones, Rhianna. Basta con decirte que nadie es bienvenido aquí”.

-“¿Incluyéndome?

-"Especialmente tu".

-"Es usted muy descortés, Su Señoría".

Él sonrió. Fue un gesto inesperado y bienvenido.

-"Me disculpo por mi comportamiento, dulce Rhianna, pero me temo que debes aprender a tolerar
mis estados de ánimo si insistes en quedarte aquí".

-"Ciertamente, lo haré, Su Señoría," Rhianna replicó. -"Pues ni su horrible temperamento ni sus


malos modales me ahuyentarán”.

Rayven se sentó en la silla frente a ella y trató de alcanzar la copa de vino que Bevins le había
preparado. Levantó la copa de cristal, estudiando su contenido durante un momento antes de vaciarla de
un trago.

Una mueca de placer cruzó su cara mientras depositaba la copa encima de la mesa. –“Termina tu
cena, dulce Rhianna, y luego desearía dar un paseo por el laberinto".

-"Como usted desee, Su Señoría".

-"Ciertamente, mi dulce. Esto es exactamente lo que deseo".

Era desconcertante cenar bajo sus ojos vigilantes. Sus manos temblaban, tiró el vaso lleno de agua y
derramó un poquito de salsa en su regazo. Y además mientras tanto, podría sentir su mirada fija sobre
ella, sin parpadear, oscura como el cielo de noche.

Cuando terminó de comer, él se puso su capa, luego le pasó un chal por los hombros.

El jardín estaba silencioso bajo la luz de la luna llena después del equinoccio de otoño. Tomó su mano
y caminaron hacia el laberinto. Rhianna trató de pensar en algo divertido que decir, un poco de
conversación intrascendente para aliviar el tenso silencio entre ellos, pero nada le vino a la mente.

-"Quizá, en primavera, crearás de nuevo tu magia en el jardín" comentó Rayven al cabo de un rato.

-"Si usted lo desea, pero debe prometerme que cuando me vaya, no dejará que de nuevo se muera
todo”.

-"Te lo prometo”.

-"Creo que esta vez plantaré margaritas cerca de la casa” dijo Rhianna, pensando en voz alta. -"Y
más rosas, por supuesto".

-“Rojas" dijo Rayven.

-"Y también amarillas”.

73
-"No, solo rojas. Y blancas". Rojo por la sangre que le alimentaba; Y blanco por la pureza de la mujer
a su lado.

-"Entonces plantaré margaritas amarillas”.

Él sonrió derrotado.

-“¿Por qué no cuidó las rosas del jardín, como lo hizo con las del laberinto?”. Preguntó Rhianna
mientras andaban por la sinuosa senda.

-"Le advertí a Bevins de las horribles repercusiones que habría si permitía que las rosas del
laberinto se marchitaran".

-“¿Pero, por qué se preocupó por esas y no por las otras?”.

Rayven se detuvo. Volviéndola hacia el, le cogió ambas manos. -"Plantaste las rosas del jardín para tu
placer" le explicó, sus pulgares trazando perezosos círculos sobre las palmas de sus manos. -"Pero las
rosas del laberinto las plantaste para mí".

La mirada en sus ojos hizo que de repente su corazón latiera aceleradamente. Su contacto enviaba
temblores por sus brazos. El sonido de su voz fluía sobre ella y a través de ella. Su voz. Nunca había
oído ninguna igual, profunda y rica, llena a la vez de arrogancia y poder.

-“¿Por qué vive usted tan solo?” preguntó. –“¿Por qué no deja que nadie se le acerque?”.

-"Soy una criatura solitaria por naturaleza" contestó.

-"Tiene una extraña forma de sobre sí mismo" dijo, -"como si fuera diferente a todos los demás".

-“¿Crees que no lo soy?”.

Y en ese momento, ella supo que él era diferente. Diferente a ella, diferente a cualquiera que
hubiera conocido en todo su vida, aunque no podía decir por qué. Y luego recordó un extraño comentario
que había hecho una vez.

-“¿Recuerda usted la noche antes de salir de aquí con destino a París?”.Le preguntó mientras
continuaban caminando.

-"La recuerdo". Había sido la peor noche de su vida.

-"Dijo algo aquella noche, algo que encontré muy extraño".

-“¿De verdad?”.

-"Sí. Dijo que nunca antes, en toda su vida, ningún mortal se le había acercado inadvertidamente".

Él vaciló un momento antes de contestar, y pareció como si se encerrara en sí mismo un poco


más.-“¿Dije eso?”.

Rhianna asintió. –“¿No cree usted que es extraño?”.

-"Explícate”. Dijo Rayven, a pesar de que sabía exactamente lo que quería decir.

-"Usó el término mortal como si se aplicara a mi, pero para no a usted".

-“¿De veras lo hice?”.

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-“¡Usted sabe que lo hizo!”.

Para distraerla, la estrechó entre sus brazos.

-"Eres la mujer más bella que he conocido en toda mi vida" dijo, con voz ronca. -"Tus ojos son tan
azules como un cielo de pleno verano. Tu piel es como alabastro iluminado por el sol. Y tu pelo... " Él pasó
los dedos por su pelo. -"Tu pelo es tan suave como la más fina seda".

Con un suspiro, se derritió contra de él, su rostro levantado hacia él, invitándolo a que la besara.

Sus labios rozaron los suyos. –“¿Estas enamorada de Montroy?”.

Rhianna pestañeó. –“¿Qué?”.

-“¿Qué si estas enamorada de Montroy?”. Preguntó. Sus manos apretando sus hombros, sus ojos
ardían con fría cólera.

-"No, Su Señoría".

-"No quiero que vuelvas a verle".

-"Creí que quería que me casara y tuviera hijos". Echó su cabeza hacia atrás para poder ver mejor su
cara. –“¿No fue eso lo que me dijo?”.

-"No con Montroy". Lo dijo como si le arrancaran las palabras a mordiscos, negándose a admitir que
estaba celoso de ese hombre, de cualquier hombre. -"No con Montroy" dijo de nuevo, y odió al hombre
porque podía darle a Rhianna todas las cosas que se merecía.

-"Muy bien, Su Señoría, no lo volveré a ver mientras permanezca en su casa".

Él quiso sacudirla, hacerle prometer que nunca volvería a ver a ese hombre de nuevo, no sólo ahora,
sino jamás.

-“Pero ocurre que…" dijo Rhianna. -"Le di permiso para visitarme”.

-"Bevins le despachará”.

Ella no lo pudo evitar. Sonrió, contenta, ante la idea de que estaba celoso de su afecto por Montroy.
Seguramente eso era una buena señal.

Cogiéndola de la mano, Rayven cambió de dirección y volvió hacia el castillo.

-"Pensé que íbamos a sentarnos un rato en el laberinto" dijo Rhianna, apresurando sus pasos, para
mantenerse a su mismo ritmo.

-"Esta noche no" dijo Rayven, con un gruñido en su voz. Esta noche no, pensó, cuando su negro
corazón ardía de celos, cuándo la furia corría a través de él encendiendo su hambre hasta sentirse casi
enloquecido ante la necesidad de cazar.

En la puerta del castillo, la estrechó entre sus brazos, su capa envolviéndoles a ambos como un
capullo de terciopelo exuberante y seda caliente. Temblaba cuando su boca cubrió la suya.

-"Eres mía, dulce Rhianna" se quejó. Sus ojos ardieron en los de ella, su aliento abanicó su mejilla
como una llama. -"Durante este año, me perteneces a mí y a nadie más".

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CAPÍTULO DOCE

La siguiente noche, no se reunió con ella para cenar. Rhianna picoteó su comida, saboreando apenas
el suculento rosbif que Bevins había preparado.

Alzó la cabeza, al oír el sonido de unos pasos, con la esperanza renaciendo en su corazón para
perderla al instante cuando Bevins entró en el cuarto.

-“¿No esta la comida a su gusto, señorita Rhianna"? preguntó Bevins solícitamente. -"Puedo
prepararle alguna otra cosa, si lo desea".

-"No, gracias". Apartó su plato. -"Esta noche no tengo demasiado apetito".

Bevins asintió, con una mirada de comprensión en sus ojos.

-“¿Me traería un vaso de vino?” preguntó. –“¿Quizás el vino que prefiere Lord Rayven?”.

Una expresión horrorizada cruzó por la cara de Bevins, y luego negó con la cabeza. -"Es de una
cosecha muy fuerte, señorita," dijo. -"Puedo recomendarle algo más... ¿Refinado?”.

-"No importa". Levantándose, depositó su servilleta sobre la mesa. –“¿Supongo que no sabrá donde
esta él?”.

-"En el jardín, creo".

-"Gracias, Bevins". Le sonrió. -"Si me lo pregunta, no le diré que me lo ha dicho.

-"Él igualmente lo sabrá," dijo Bevins, con una nota de resignación en su tono. -"Mejor tome un chal.
La noche es fresca".

Sus pies se sintieron repentinamente ligeros cuando cogió su chal y salió de la casa.

El laberinto, pensó. Él estaría en el laberinto.

Sus pasos se tornaron más lentos al acercarse a la entrada del laberinto.

¿Se atrevería? ¿Por qué no? Todo lo demás había fallado.

Sintiéndose de algún modo confortada por la oscuridad, comenzó a desvestirse y luego, envuelta
únicamente en su chal, corrió hacia el corazón del laberinto.

Rayven aspiró profundamente. Sabía que ella iría a buscarle, había sentido su presencia mucho antes
de que se acercara.

Pero no estaba preparado para la visión que apareció ante sus ojos. La luz de luna se reflejaba en su
pelo como polvo de estrellas, acariciaba su rostro, iluminaba sus esbeltas piernas. Un níveo chal de
encaje que revelaba mucho más de lo que escondía, la cubría desde los hombros hasta las rodillas.

Se levantó con el aliento atrapado en su garganta.

Ella dio un paso hacia él, luego se paró, su valor se había esfumado ahora que estaba en la guarida
del león.

El hambre y el deseo rugieron en su interior, más ardientes que las llamas del profundo infierno.

76
Era Venus salida del mar, Eva antes de probar la manzana.

-"Rhianna". Murmuró su nombre entre sus labios, suavemente como un suspiro. Como la última y
desesperada oración de un moribundo.

Su capa se envolvió más apretadamente entorno a él.

-"Buenas noches, Su Señoría," dijo, y dejó caer el chal.

Este se deslizó al suelo, quedando a enroscado alrededor de sus piernas, como una blanca nebulosa
de espuma, y él estuvo tentado de hacer lo mismo, ponerse de rodillas y adorar su belleza, implorar su
perdón. Seguramente esa diosa le podría absolver de sus pecados.

-"Déjame solo, Rhianna". No fue una demanda, sino una urgente súplica de salvación.

Lentamente, ella caminó hacia él, y pareció que la luz de luna la siguiera.

-" Rhianna... "

-"Le amo" dijo suavemente.

-"No lo hagas". Trató de apartar su mirada de su rostro, de la belleza y la perfección de su delgada


figura. Sus pechos eran altos y firmes, su vientre plano, su cintura tan estrecha que estaba seguro de
poder abarcarla entre sus manos.

Era la primera mujer completamente desnuda que había visto en cuatrocientos años, la primera
mujer que había manifestado amarle desde que se había convertido en Vampiro. La primera mujer, que
había suplicado por su contacto.

Mantuvo una silenciosa batalla interior, los últimos vestigios de honor y humanidad luchando con el
monstruo en que se había convertido.

-“¿Su Señoría?”, Su voz era suave y dulcemente suplicante mientras extendía una insegura mano
hacia él. –“¿Rayven?”

El sonido de su nombre en sus labios fue como música para sus oídos.

-"Rhianna, por favor". Él lucho por articular las palabras a través de su reseca garganta. -"Por favor
no me hagas esto, tengo miedo... "

Lentamente, ella bajó su mano. –“¿Usted? ¿Asustado ?· La incredulidad brilló en sus ojos.

Rayven cerró los ojos, la imagen de la primera y única mujer que en toda la vida se había llevado a la
cama desde había sido hecho Vampiro surgió en su mente. Solo había sido una ramera, una mujer cuyos
favores había comprado fácilmente para saciar el hambre de la carne. Era joven, pero sabia a pesar de
sus años. No había sentido nada por ella, había creído que podría satisfacer su lujuria sin despertar su
hambre.

Había estado equivocado, y su error en el juicio de su control, le había costado a la mujer su vida.
Eso había sido casi cuatrocientos años atrás, filosofó. Asustado de las repercusiones, desde entonces
no había vuelto a buscar el afecto de una mujer.

77
Había aprendido a dominar los deseos de la carne, a mantener su lujuria controlada, hasta que llegó
Rhianna. El saber que no se atrevería a poseerla le había facilitado sostener su pasión bajo control.
Nunca, ni en sus sueños más descabellados, había esperado que ella le deseara.

Ciertamente nunca había planeado verla desnuda ante él en una noche iluminada por la luna,
suplicando silenciosamente su contacto.

-"No puedo". Dio un paso hacia atrás, y su capa se enrosco más apretadamente a su alrededor, como
para escudarle de un posible mal. -"No puedo".

Quiso marcharse dar media vuelta, apartarse de ella antes de que fuera demasiado tarde, pero el
anhelo en sus ojos le tenía cautivado. Ninguna mujer en toda su vida lo había mirado con tal anhelo, con
tanta ternura.

Rhianna clavó los ojos en él, su anhelo dejando paso a la confusión. -"Está ,esto... ?" Ella sintió que un
fuerte rubor inundaba sus mejillas. "¿Es usted... ?" El fuego en sus mejillas ardió más caliente. -"Quiero
decir... " Aspiró profundamente y dijo a toda prisa. –“¿Es usted impotente, Su Señoría?”.

El pensamiento le divirtió al mismo tiempo que hirió su orgullo. ¿Qué era lo que ella había creído, que
él era un mequetrefe impotente? Si realmente lo fuera, entonces, pensó torcidamente, sería todo
mucho más fácil para los dos.

Una brisa batió la tierra, ondulando las hojas en los rosales. Rhianna tembló, no de frío, sino por la
conciencia de haberse ofrecido a él con toda su alma y haber sido rechazada.

Repentinamente tuvo frío por dentro y por fuera, se sintió desnuda hasta las mismas profundidades
de su alma. No se había sentido tan vulnerable, ni tan expuesta, desde esa horrible noche en el Tavern
de Cotyer cuando permaneció al lado de su padre delante de una multitud de hombres lascivos.

Realmente, nunca podría mirar de nuevo a Rayven a la cara, se inclinó para recuperar su chal.

Y sintió sus manos en los hombros; Manos firmes levantándola, acercando a él.

-"Rhianna, si pudiera obtener un deseo, ese sería hacer el amor contigo aquí y ahora. Pero no me
atrevo". Él vio la pregunta en sus ojos, la duda. -"No tiene nada que ver contigo. Créeme cuando te digo
que te deseo más de lo que nunca he deseado a ninguna otra mujer”.

Las lágrimas brillaron en sus ojos, sujetas en sus pestañas como gotas de rocío matutino. Lágrimas
de vergüenza y humillación. -"No le creo".

-"Rhianna, por favor... "

Ella negó con la cabeza. -"Estaba equivocada al venir aquí, equivocada al pensar que podría hacer que
usted me deseara". Se alejó de él, sintiéndose repentinamente vacía cuando sus dedos se deslizaron de
sus hombros. -"Me iré de aquí por la mañana, y no volverá a verme nunca mas".

Era lo que él quería, lo que sabía que era lo mejor para ella, pero sus palabras atravesaron las
regiones más profundas de su despreciable alma. Y en ese instante, supo que no podría enfrentar un
futuro sin ella. Cuatrocientos años de soledad ya habían sido suficientes.

-“¡Rhianna! No te vayas". Las palabras surgieron desde lo más profundo de su corazón.

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-“¿Su Señoría?”. Una diminuta llama de esperanza comenzó a arder en el pecho de Rhianna,
calentándola por dentro y por fuera.

-"Quédate conmigo, Rhianna. Dame el año que te prometí”.

-"Será un placer, Su Señoría". Con un solo movimiento, se agacho para recoger su chal, y se lo pasó
alrededor de sus hombros. -"Eres la mujer mas bella y deseable que he conocido en toda mí vida". Sus
manos apretaron sus hombros.-" Tendremos nuestro año, dulce Rhianna. Un año para conocernos".

Se situó detrás de ella. Lentamente, agachó su cabeza, sus labios raspando su cuello.-“ Vuelve a la
casa" dijo, su aliento moviendo el pelo en su nuca. -"Te veré durante la cena mañana por la noche".
Después de que haya alimentado a la bestia en mi interior.

-"Como usted desee, Su Señoría".

La observó marcharse dando media vuelta y en ese instante, se dijo que nunca podría dejarla
marchar.

Había temido no poder mirarlo de nuevo a la cara, pero se sintió sorprendentemente tranquila
cuando a la siguiente noche se reunió con él para cenar.

Se había vestido con esmero, con un vestido de lana azul suave. El color hacía juego con sus ojos. El
vestido, aunque era de corte sencillo, realzaba cada una de sus curvas. Llevaba el pelo suelto cayéndole
en suaves ondas por la espalda porque a él le gustaba de ese modo.

-"Buenas noches, dulce Rhianna".

-"Buenas noches, Su Señoría".

Se sentó frente a ella y cogió la copa de vino que Bevins le había preparado tan pronto como entró
en el cuarto.

Rayven tomó un sorbo, asintió con aprobación hacia Bevins, y luego se recostó en su silla.

-“¿Entonces?" dijo, mirándola por encima de su copa,-“¿Qué has hecho hoy?”.

Rhianna se quedo mirándolo fijamente, incapaz de apartar la sensación de que él sabía exactamente
cómo había pasado el día.

-"Aprendí una nueva pieza musical esta mañana" dijo, -"Y esta tarde, comencé a preparar el terreno
para plantar los nuevos rosales".

Asintió, con una ceja arqueada invitándola a continuar.

-"Tomé una siesta y luego leí durante un rato". Y mirándolo directamente le pregunto –“¿Qué hizo
usted hoy, Su Señoría?”.

-"Cómo paso mis días no asunto tuyo, mi dulce".

-"Perdone, Su Señoría" dijo, con voz fría.-"No tenía intención de curiosear".

-“¿No la tenías?”.

-"Nunca le he visto durante el día. Simplemente me pregunté que era lo que le mantenía ocupado
fuera del castillo desde el amanecer hasta la noche”.
79
-"Espero que nunca te enteres”.

Su respuesta debería haberla enojado, pero fue dicha tan suavemente, y con tal amargura, que solo
pudo sentir lástima por él, y desear poder hacer algo para borrar la repentina tristeza en sus ojos.

-“Hablame de Montroy," dijo Rayven.

-"No hay nada que decir. Él vino esta tarde, y Bevins le despachó”.

-"Sin duda me hablara de eso la próxima vez que visite Cotyer's" Rayven masculló.

-"Estoy segura de que Lord Montroy encuentra una descortesía, el ser echado como si fuera un
desconocido".

-"Puedes estar segura" Rayven acordó.

-"Pero a usted no le importa".

-"No, ni una pizca".

-"No le entiendo.

Dejando a un lado su vaso, se apoyó a través de la mesa para pasar sus nudillos amablemente sobre
su mejilla.

-"Nunca podrás Rhianna," dijo quedamente. -"Hay cosas que no puedo decirte, cosas que nunca debes
saber". Él sonrió, pero fue una sonrisa amarga. -"Cosas que ni siquiera querrías saber si te las pudiera
contar”.

Pero ella quería saber. Quería saber desesperadamente dónde estaba durante el día, que era lo que
había detrás de la tristeza que ensombrecía sus ojos, por qué vivía en ese aislamiento auto impuesto en
un enorme castillo sobre una montaña rodeada de niebla.

-“¿Puede decirme por qué nunca cena conmigo"?

Lentamente, él negó con la cabeza.

-“¿Está usted enfermo? ¿Es por eso que vive aquí solo, porque nunca lo veo durante el día "?

-“¿Enfermo?” Él sonrió de nuevo con esa sonrisa melancólica.-"”Supongo que podríamos llamarlo algo
así". Cogió su copa y tomó un trago. -"Termínate la cena, mi dulce, y luego desearía que leyeras para mi
algo triste y trágicamente romántico".

Un poco más tarde, se retiraron a su estudio. Rhianna estaba sentada sobre el suelo frente a la
chimenea con sus faldas esparcidas a su alrededor. Raramente venían aquí. El cuarto estaba revestido
con oscuros paneles de madera y estaba escasamente amueblado, solo había un gran escritorio y unas
cuantas sillas. Se preguntaba por qué él había preferido venir aquí esta noche.

Rayven se sentó en una silla al lado de la chimenea, su capa holgadamente envuelta a su alrededor.
Bevins había llenado su copa de nuevo, y estaba mirando fijamente sus profundidades de color rubí
mientras ella leía. Sabía que a Rhianna no le gustaba, pero esta noche la oscuridad le atraía.

Ocasionalmente, Rhianna le miraba, preguntándose el por qué de su sombrío estado de ánimo. Esta
noche parecía más abstraído de lo normal, sus pensamientos vagando en su interior sin compartirlos con

80
ella. Se preguntaba si quizás había sido marcado por alguna gran tragedia en su vida. ¿Había sido víctima
de alguna terrible enfermedad, o le había lastimado tanto una mujer, que le hizo volver la espalda a la
vida y jurar no volver a amar de nuevo?

Al cabo de una hora, cerró el libro y se puso de pie. -"Voy a pedirle a Bevins que me traiga una taza
de chocolate caliente" dijo. –“¿Querría usted un poco?”.

Rayven la contempló, una esquina de su boca curvándose sardónicamente con diversión. –“¿Tú que
crees?”.

-“Creí que le apetecería". Apartó el libro y señaló hacia su vaso vacío. –“¿"Le gustaría tomar un poco
más de vino?”.

Con aprobación, él le ofreció la copa de cristal.

Bevins estaba sentado en la cocina, puliendo una cazuela de té de plata. Se levantó al entrar ella en
el cuarto. –“¿Hay algo que pueda hacer por usted, señorita?”.

-"Sí. Me gustaría un poco de chocolate caliente, por favor”. Señalando el vaso vacío dijo: -"Y a Lord
Rayven le gustaría un poco más de vino".

Un indicio de algo –desaprobación, quizá – titiló en las profundidades de los ojos de Bevins mientras
tomaba la copa de su mano. -"Me encargaré de ello inmediatamente".

-"Esperaré" dijo Rhianna. Sentándose la silla que Bevins había desocupado, cogió la tela que había
estado usando y comenzó a pulir la tetera.

-"Señorita Rhianna... "

-¡¿Qué?”.

-" No creo... Esto es, usted no debería... "

Rhianna frunció el ceño. –“¿No debería qué?”.

Él sacudió con fuerza su barbilla hacia la plata. -"No debería hacer eso”.

-"No importa, quiero hacerlo. ¿Durante cuánto tiempo ha estado trabajando para Lord Rayven?”.

-"Durante mas años de los que puedo recordar”.

-“¿Sabe usted sabe por qué está siempre tan triste?”.

-“¿Triste, señorita?”.

Rhianna asintió. -"Nunca he visto antes reflejada tanta tristeza en los ojos de un hombre. Algunas
veces me dan ganas de gritar".

Bevins la miró de soslayó, con expresión al principio sorprendida y luego incrédula, como si ella
hubiera expresado simpatía por un animal salvaje. Y luego se volvió para llenar la cacerola con leche. -"A
pesar de ser tan joven, es usted muy perceptiva" comentó mientras encendía el fuego y ponía la
cacerola a calentar.

-“¿Sabe usted por qué está tan triste, verdad?”.

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Bevins negó con la cabeza. -"Me temo que no podría decirlo".

-“¿No podría o no querría?”.

-"No lo sé, señorita, realmente no lo sé”.

-“¿Ha estado enamorado alguna vez en su vida? ¿Ha estado casado?”.

-"No que yo sepa".

Rhianna dejó a un lado la tetera. Con los codos apoyados sobre la mesa, apoyó su barbilla sobre sus
manos dobladas. -"Desearía poder hacerle feliz”.

“Usted le hace feliz. Estoy seguro de eso”.

-“¿Usted lo cree realmente?”. Él le había rogado que se quedara, pero no había parecido feliz por
ello.

Bevins miró hacia la puerta de la cocina, con expresión cautelosa, como si temiera ser oído. -"Él la
necesita, señorita. La necesita, y a él no le gusta eso".

-“¿Le ha dicho él eso?”.

Bevins negó con la cabeza y luego evitando cualquier otra conversación, se giró para ocuparse de los
fogones.

Rhianna le miró asombrada mientras sacaba del fuego la cacerola de la leche y la dejaba a un lado,
para coger otra cacerola de la alacena, verter un poco de vino y ponerla a calentar al fuego.

-“¿Qué hace?” preguntó.

-"A Lord Rayven le gusta el vino caliente.

Bevins preparó su chocolate, luego vertió el vino en una copa de cristal y lo colocó en una bandeja.
–“¿Desea alguna otra cosa, señorita? ¿Una galleta, quizás "?

-"No, con esto tengo suficiente”. Trató de alcanzar la bandeja.

-"Yo se la llevaré, señorita".

-"No será necesario" dijo Rhianna sonriente, cogiendo la taza y la copa de la bandeja. -"Gracias,
Bevins. Buenas noches".

-"Pero, señorita Rhianna... "

-“¿Qué ocurre?”.

-"Nada".Echó un vistazo a la copa en su mano, luego apartó la mirada. -"Buenas noches, señorita".

Rhianna abandonó la cocina, regresando al estudio con pasos lentos. ¿Vino caliente? Se detuvo en el
vestíbulo, echó un vistazo alrededor para asegurarse de que estaba sola, y tomó un sorbo de la copa de
Rayven. Ni caliente ni frío, nunca había probado nada parecido a eso. Era más espeso que cualquier vino
que antes hubiera probado y con un extraño sabor que hizo que su estómago se revolviera.

Se limpio los labios, para que Rayven no supiera que había saboreado su bebida. Una vendimia
especial, ciertamente, pensó, haciendo una mueca. Pues bien, si le gustaba así, pues que se la tomara.

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Él estaba de pie frente a la chimenea, mirando fijamente las llamas, cuándo ella regresó al estudio.
Estaba de espaldas a ella con una mano sujetando su capa. La capa le caía en suaves pliegues por su
espalda, y reparó de nuevo en que parecía que el grueso terciopelo negro se pegara a él por propia
voluntad.

No se volvió cuando ella entro en el cuarto. Parecía estar ensimismado en sus pensamientos, y se
preguntó si sabía que estaba allí.

Por supuesto que lo sabía. Estaba sintonizado con cada aliento que ella emitía, con cada uno de sus
movimientos. Sin mirar, sabía exactamente en qué lugar del cuarto estaba. Podía sentir su mirada en su
espalda, podía saber el momento en que dejó su copa en la mesa al lado de su silla, supo que estaba
exactamente cinco pasos detrás de él, ligeramente a su izquierda. Supo que había estado hablando de él
con Bevins.

-“¿Aprendiste algo? preguntó, con voz engañosamente suave.

-“¿Su Señoría?”

-"De Bevins. ¿Te dijo algo que no supieras?”.

-"No sé de lo que me esta hablando”.

-“¿No lo sabes?” Se giró lentamente hacia ella, su capa formando remolinos alrededor de sus
tobillos.

-"Yo... le pregunté si sabía por qué está usted tan triste" Rhianna contestó, y luego le miró
ceñudamente. –“¿Cómo sabe que pregunté sobre usted? ¿Estaba espiándome? ¿Escuchando a
escondidas?”.

Negó con la cabeza. No tenía necesidad de espiarla. Su audición sobrenatural le había permitido oír
cada una de las palabras que habían intercambiado ella y su criado.

-“¿Por qué está usted tan triste?”. Preguntó Rhianna.

Sus ojos se convirtieron en rendijas ominosas mientras la miraba fijamente.

-"Bevins me dijo que usted me necesitaba" siguió, determinada a no dejar que la asustara con su
silencio. –“¿Es eso cierto?”

Te necesito, pensó. Te necesito de más formas de las que tú puedes suponer. Formas que si
supieras, te causarían profunda repugnancia.

Observó como sus ojos se abrieron alarmados mientras él acortaba la distancia entre ellos. Tomando
la taza de su mano, la dejó sobre la mesa, luego la rodeó con sus brazos.

-"Esto es lo que necesito" dijo, y aplastando su cuerpo contra el de él, la besó, su lengua entrando
atrevidamente en su boca.

Casi inmediatamente, se apartó. Se la quedó mirando fijamente, suspiró profundamente. No, no se


había equivocado. Ella sabía a su vino. Y a sangre.

-“¿Qué has hecho?”. Le preguntó con voz suave, pero no por ello menos intimidante.

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-“¿Qué qué he hecho?” se quedó mirándolo con el corazón latiendo aceleradamente.

Rayven aspiró profundamente y luego acercó de nuevo su cabeza saboreando el sabor de su vino en
su lengua. Cerró sus ojos mientras profundizaba el beso. Ella sentía lástima por él, creía que había
sufrido alguna horrible tragedia en su vida.

Sus brazos la apretaron más fuertemente mientras la besaba de nuevo, y luego otra vez. Le
enseñaría a sentir lástima por él.

Rhianna gimió suavemente cuando su boca la castigó con brusquedad. Trató de apartar su cabeza,
pero sus manos sujetaron su cara. Una neblina roja flotó ante sus ojos y luego, dentro de la niebla vio a
un hombre escapando de una sombra oscura. Oyó su grito de terror mientras la oscuridad le engullía, vio
unos ojos en los que ardía la misma furia del infierno...

El miedo del hombre se apoderó de ella. Sintió la muerte gravitando sobre ella, acaparando su
aliento, su vida, y comenzó a luchar salvajemente por liberarse del abrazo de Rayven. Tenía que
escaparse, lejos de esos horribles ojos rojos.

-“¡Su Señoría! ¡Rayven! ¡Me esta lastimando!”.

Lentamente, sus palabras penetraron en la roja neblina que se había establecido sobre él.
Mascullando un juramento, la soltó.

Rhianna tropezó hacia atrás, con su corazón latiendo frenéticamente mientras miraba fijamente a
Rayven. Su capa ondeó, como si tuviera vida propia, y supo, supo, que la capa de Rayven había sido la
sombra oscura que había visto en su mente.

-“¿Qué ha sucedido?” preguntó sin aliento. –“¿Quién era ese hombre? ¿Qué ha hecho usted?”

Él la miró, sus negros ojos brillando intensamente, como trozos de cristal roto. -"Ahora ya sabes lo
que necesito" dijo.

Clavó los ojos en él, sus pensamientos agitándose mientras intentaba descifrar su significado. Trató
de apartar su mirada, pero sólo podía permanecer allí, débil e indefensa como un ratón en las mandíbulas
de un león.

Atrapada en la trama de sus ojos hipnóticos, incapaz de pensar o hablar, sólo pudo quedarse
mirándolo, silenciosa, vulnerable.

Abruptamente, él giró sobre sus talones, su capa formando remolinos como humo negro alrededor de
sus tobillos, y se fue.

Rhianna cayó de rodillas, sus brazos envueltos alrededor de su cuerpo para calmar sus temblores.

No entendía lo que había ocurrido, pero sabía, que por primera vez estaba realmente asustada.

CAPÍTULO TRECE

A la siguiente noche no se reunió con ella para cenar. Rhianna no pudo evitar sentirse aliviada. No
estaba preparada para afrontarlo de nuevo, no hasta que entendiera lo que había sucedido entre ellos,

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no hasta que pudiera encontrar algún sentido a la extraña visión que la había invadido mientras Rayven
la besaba.

Después de pasar unos minutos jugueteando con la comida, apartó a un lado su plato y abandonó el
comedor, vagando por el primer piso hasta llegar a la biblioteca.

Con un suspiro, miró los libros alineados en las paredes, pero ninguno le atrajo. Y luego, como si no
pudiera evitarlo llegó a su estudio. Antes nunca había ido hasta allí sin él y no pudo evitar sentir que
entraba a hurtadillas mientras se paseaba por el cuarto.

Y entonces lo vio, un pequeño libro sobre su escritorio. Lo cogió con curiosidad y hojeó las páginas.
La mayoría estaban en blanco, pero unas cuantas estaban escritas.

Fascinada por las palabras, se sentó, apenas consciente de que un momento más tarde Bevins entró
en el cuarto y encendió el fuego de la chimenea.

El libro estaba escrito con una letra elaborada y supo, sin saber cómo, que Rayven había escrito las
palabras, palabras oscuras, palabras afligidas... .

Durante la noche

Soy un hombre ante ti

Pálido, alto y estático

Con mis oscuros y encendidos ojos te acecho

Analizando, controlando

Soy el silencio y el poder

Un campo de nieve suave, sin mácula, iluminado por la luna

Pero él

Sí, él, el otro yo

Oh, él temblaría ante tu toque

Su inocente mano se desmoronaría ante tu contacto

Haría cualquier cosa por sentir tus labios sobre los suyos

Acariciaría tu mejilla sedosa

Y deslizaría sus labios corroídos sobre los tuyos

Por tu inocente cuello.

Pero no yo, entiéndeme, el otro yo

El que mira de soslayo

Y vacila

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Y flaquea

A la luz del día.

Su corazón golpeaba irregularmente en su pecho mientras pasaba la página para leer el siguiente
poema.

Lo puedo sentir llegando

A través de las lágrimas en la oscuridad

Rápidamente acercándose mientras yo me escondo

Temblando interiormente

Las sombras en la luz.

Escalofríos atraviesan mi húmeda piel

Una apremiante comezón llega a la superficie

Atormentándome

Manteniéndome prisionero.

Paso mi lengua por mis labios

Y soy yo, como siempre.

Luego comienza

Mi resistencia se desmorona

Y estoy lleno de ello

La vacuidad de mi existencia.

Mi conciencia está llena de ello.

La dura prueba ha concluido

Saciado por la destrucción

Sin conciencia

Por qué permanezco vivo

Para la siguiente visita

La oscuridad ha tomado un pedazo de mi alma.

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Cerró el libro y se quedó mirando fijamente las llamas bailando alegremente en la chimenea mientras
trataba de entender lo qué había leído.

Lord Rayven es un hombre impulsado por oscuros apetitos, señorita. Oyó las palabras de Bevins en el
fondo de su mente. Actúa compelido por Fuerzas que usted no puede comprender. Sería usted
inteligente, si abandonara este lugar y nunca más regresara.

Anoche, pensó que Bevins había tenido razón. Había tratado de abandonar el castillo por la mañana
temprano, sólo para encontrarse con todas las puertas cerradas. Había ido en busca de Bevins, pero no
pudo encontrarlo por ninguna parte.

Ahora, sentada delante del fuego, su cuerpo entero se tensó mientras un escalofrío recorría su
columna vertebral.

Él estaba aquí.

No había oído ningún sonido que dejara traslucir su presencia, ningún ruido de pasos mientras
entraba en el cuarto, pero de repente él estaba allí ante ella, una figura alta toda vestida de negro.
Permaneció frente a la chimenea, el fuego crepitando detrás de él. Como un demonio resurgiendo de las
profundidades del infierno.

Alzó una negra ceja con diversión. –“¿Un Demonio, Rhianna?”. Oyó el tono doloroso en su sonrisa.
-"Estas más en lo correcto de lo que crees".

Trató de pensar en algo ingenioso para responder, pero no le vino nada a la mente. Como un pájaro
atrapado por un gato hambriento, sólo pudo clavar los ojos en él, esperando que la atacara al mismo
tiempo que se preguntaba cómo sabía él lo que estaba pensando.

Miró el libro que sostenía en las manos, preguntándose cuánto había leído, y si había entendido la
conexión entre sus oscuras palabras y la negrura de su alma.

-“¿Ahora te doy miedo?”. Preguntó, sabiendo que su miedo no tenía nada que ver con lo que había
leído y todo con lo que había pasado entre ellos la noche anterior.

No podría hablar pues se le había formado un nudo en su garganta.

-“¿No es verdad?” Su voz era cortante, exigiendo una respuesta.

-"Sí, Su Señoría". Cruzó los brazos sobre su pecho. -"Ahora debería marcharme a mi casa".

-“¿Deberías irte?”

Asintió vigorosamente. “Sí, por favor. Por favor..." Las lágrimas llenaron sus ojos y se derramaron
por sus mejillas. -"Por favor déjeme ir a casa”.

La visión de sus lágrimas apagó su cólera. Murmurando su nombre, llego hasta ella, la levantó de la
silla y la envolvió entre sus brazos. El libro olvidado, cayó al suelo.

-"Nunca te haré daño, Rhianna" dijo quedamente. -"Por favor cree en mí".

-" No. Quiero irme a casa. Por favor, Su Señoría, por favor déjeme ir a casa”.

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-" Rhianna... Dulce Rhianna". Amablemente, acarició su mejilla.

Ella se sobresaltó ante su toque, como si temiera que la golpeara. Una vez, él había deseado que ella
le temiera, que fuese cautelosa por su bien. Ahora, el saber que le temía atormentaba su alma, tan
dolorosamente como la quemadura del sol en su carne sobrenatural.

-"Rhianna, una vez te advertí que te fueras mientras podías. Ahora me temo que es muy tarde".
Negó con pesar. -"Lo siento, que no puedo dejarte marchar".

Ella le miró, su rostro nublado por sus lágrimas. Aun así, pudo ver el aislamiento que expresaban sus
ojos, la tristeza que una vez había ansiado borrar.

Lentamente, él agachó su cabeza, y ella sintió el toque de sus labios, frescos, amables. Sus brazos la
sujetaron ligeramente, con afecto. ¿La soltaría si ella se apartaba?

Con el corazón martilleando, echó un paso hacia atrás. Y él la dejó ir, sus brazos cayeron a los lados,
con un tormento interior en sus oscuros ojos, que ella no podía penetrar.

-"Una vez me rogaste que te dejara quedar" dijo, su voz deslizándose sobre ella como un viento
oscuro. -"Ahora te lo ruego yo”.

Sintió las lágrimas resbalando por sus mejillas. -"He cambiado de idea”.

-" Demasiado tarde, Rhianna. -¿Tendré que arrodillarme y suplicarte, mi dulce?”.

-“¡No!”. No podría soportar el verlo arrodillado a sus pies, su arrogancia humillada, su orgullo
arruinado.

-“¿No te apiadarás de mí, dulce Rhianna? Un año no es tanto tiempo, después de todo”.

-“¿Si me quedo, me dejará marchar cuando el año haya finalizado?”.

-"No tienes otra alternativa, Rhianna. Te quedarás".

-“¿Entonces por qué me lo esta pidiendo? No lo entiendo".

-"Quiero que te quedes conmigo por tu libre voluntad. Quiero que me acompañes durante la soledad
de mis noches. Quiero ver tu sonrisa, oír tu voz, tu risa”. Sonrió arrepentido, como si hubiera
descubierto una verdad acerca de sí mismo, que no le gustaba en absoluto.-"Te necesito”.

Él la necesita, señorita. Él la necesita, y eso no le gusta en absoluto. Oyó el eco de la voz de Bevins
en su mente de nuevo.

“¿Te quedarás conmigo, Rhianna?”.

Ella quería decir que no. Quería irse a su casa. Pero no pudo rechazarle. -"Sí".

-“¿Por qué así lo deseas?”.

Asintió, asombrada al descubrir que realmente quería quedarse.

Entrando en la cámara interior de la torre del este, Bevins dejó una muda de ropa limpia para
Rayven, luego recogió la sucia.

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-"Gracias, Bevins. Eso es todo". Mientras salía Bevins vaciló en el portal. Suspirando profundamente,
se dio la vuelta. -"Antes nunca me había parecido que fuera deliberadamente cruel".

-"Nunca he creído que antes eso te importara".

-"Ella es una buena muchacha. No me gustaría verla destrozada".

-"¿Eso es lo que crees que voy a hacer?”.

-“¿No lo es?”.

-“¿He destruido a alguna de las otras?”.

-"Ella no es como las demás, y usted lo sabe. No podrá esconderle por siempre lo que usted es, Su
Señoría. Ella se preocupa demasiado por usted, para ser engañada durante mucho tiempo".

-"Sí, lo hace". Rayven se volvió de espaldas ante la acusación en los ojos del otro hombre. Aunque le
había rogado que se quedara, no había esperado que ella estuviera de acuerdo. Anoche, había estado
aterrorizada de él, de las imágenes oscuras que la habían inundado mientras se besaron, una visión
atraída por su contacto, y por el vino que había ingerido de su vaso. Podría acabar con todos sus miedos,
ligándola a él a fin de solo le deseara a él. Solo tenía que iniciarla, y ella haría cualquier cosa que le
pidiera, se quedaría con él durante el resto de su vida, y sería desgraciada cuando estuvieran separados.

-"Déjeme llevarla a su casa, Su Señoría".

-"No".

-"Está mal retenerla aquí".

Lentamente, Rayven se dio la vuelta, mirando fijamente a su criado.

El miedo invadió a Bevins, el mismo frío y paralizante miedo que le había invadido la primera vez que
había visto los ojos del vampiro unos cincuenta años atrás. Qué claramente recordaba esa noche. Había
sido acuchillado en una pelea callejera y lo habían abandonado para que muriera en una calle trasera de
los garitos de juego, su vida se escapaba en una mancha acarminada cuando una nube oscura le rodeó.
Había sentido una fina punzada de dolor en su cuello, y luego una voz, baja, seductora, se había ofrecido
a salvarle.

Desesperado por vivir, Tom había visto, sin comprender, como el desconocido gravitando sobre él
había cortado su muñeca, y luego había presionado su carne sangrante sobre los labios de Tom. Unas
pocas gotas de la oscura y gruesa sangre del desconocido le habían revivido milagrosamente. A cambio
de su vida, Tom había declarado bajo juramento servir a Rayven para siempre. La mayoría de las veces
había sido una buena vida. Nunca había estado hambriento de nuevo, ni pasado frío y se le había
concedido cualquier cosa que había pedido. Pero Rayven lo poseía, en cuerpo y alma. Y eso era un hecho
que en algunas ocasiones olvidaba.

Pero no había ningún olvido ahora.

-"No interfieras" le avisó Rayven.

Y en su mente, Bevins oyó la tácita amenaza: T e di la vida. También puedo quitártela.

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-“¿Es esto todo, Su Señoría?”. Bevins preguntó. Tras la brusca inclinación de cabeza de su maestro,
se dirigió hacia la puerta.

-"Bevins".

-“¿Sí, Su Señoría?”.

-"No le haré daño”.

Bevins asintió. Era a la vez una promesa y una disculpa.

-"No te entiendo" dijo Ada. Mirándola por encima de la masa con la que trabajaba. –“¿No puedo
creer que hayas decidido quedarte con ese horrible hombre?”.

-"Me pidió que me quedara" contestó Rhianna, distorsionando ligeramente la verdad. -"Ha sido muy
amable conmigo, con todos nosotros. ¿Cómo podía rehusar?”.

Desvió la mirada desde su madre hacia el portal donde estaba Bevins de pie, con los brazos cruzados
sobre su pecho. Había insistido en acompañarla. Para protegerla, había dicho, pero ella no lo creía.
Estaba allí para asegurarse de que al anochecer regresara al castillo.

Ada clavó los ojos en la masa del cuenco. -"Cuándo regresaste de París, pensé que te quedarías aquí,
con nosotros, con tu familia".

-"Les visitaré a menudo" prometió Rhianna.-"Después de todo, solo va a ser durante un año". Sólo un
año, pensó, y ya había pasado un mes.

-“¿Te dejará venir a la boda de tu hermana?”.

-"Por supuesto" contestó Rhianna alegremente, sin embargo interiormente, no estaba segura.

Ada miró fijamente a su hija, preguntándose qué era lo que Rhianna ocultaba.

-"Tengo que marcharme" dijo Rhianna. Levantándose, rodeó la mesa y le dio un abrazo a su madre.
-"Dígale a las muchachas que lo siento, me hubiera gustado verlas, que las echo de menos. La veré en la
boda".

Ada colocó su mano sobre las de su hija, maravillándose de lo suave y refinadas que las tenía. Una
vez, habían estado ásperas y llenas de callos, con las uñas quebradas y disparejas por el arduo trabajo.

Ahora, Rhianna tenía las manos de una señora. Quizá estaba equivocada al preocuparse tanto.

-"Adiós, Mama". Rhianna dio a su madre un último abrazo, luego abandonó la casa.

Fuera, Bevins la ayudó a subir al carruaje. Tomando su lugar en el pescante, alzó las riendas y azuzó
al caballo.

-"Su madre es preciosa" comentó Bevins.

Rhianna desvió la mirada en su dirección, sorprendida por su observación, y más asombrada de que lo
pudiera expresar en voz alta.-“¿Usted cree?”.

Bevins asintió mientras dirigía el caballo por la carretera.-"Usted se parece a ella".

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-"Gracias". Dijo Rhianna, cruzó las manos sobre su regazo y se recostó, disfrutando la belleza del
campo mientras pasaban por el camino.-“¿Ha estado usted casado alguna vez?”.

-"No, señorita".

-“¿Cuánto tiempo ha estado trabajando para Lord Rayven?”.

Bevins vaciló. -"Durante mucho tiempo".

-"Seguramente él no tendría ningún inconveniente en que usted forme su propia familia".

-"Me temo que eso no será posible”.

No será posible, filosofó. Qué forma tan extraña de expresarlo. –“¿Por qué nunca lo veo durante el
día"?

-"No podría decirlo, señorita".

-“¿Pero usted lo sabe?”.

-¿Le gustaría que nos detuviéramos en el pueblo para comprar algo?”. Bevins preguntó, cambiando
manifiestamente de tema.

-"Sí," contestó Rhianna. -"Me gustaría parar en la pastelería".

Viajaron en silencio hasta llegar al pueblo. Rhianna compró una pequeña bolsa de caramelos de menta
para ella, y otra, una bolsa mayor, para repartirla entre su madre y sus hermanas en su siguiente visita.
Cuando salió de la tienda, vio a una niña de unos siete años sentada cerca de la puerta. El pelo de la niña
estaba sucio y despeinado, su vestido descolorido y andrajoso.

-“¿Estas perdida, pequeña?”. Preguntó Rhianna.

La niña la miró con sus grandes ojos color café, luego, tímidamente, sacó un puñado de prímulas.
–“¿Quiere comprar una flor, señora?”.

-"Por supuesto" dijo Rhianna, y luego se percató que no tenía dinero. –“¿Bevins?”.

-“Vamos, señorita".

-"Quiero darle algo de dinero".

Bevins negó con la cabeza. -"A Lord Rayven no le gustará”.

-"Entonces, no se lo diga. Rhianna sonrió a la niña.-"Me las llevaré todas”.

Un músculo vibró con fuerza en la mandíbula de Bevins mientras introducía la mano en el bolsillo del
abrigo y sacaba un puñado de monedas. Él no tendría que decirle nada a Rayven. El vampiro lo sabría.

La cara de la niña se iluminó cuando le dio el ramillete a Rhianna, luego cogió las monedas de Bevins.

-"Gracias, señora" exclamó, apretando firmemente el dinero contra su pecho. –“¡Oh, gracias!”.

Rhianna sonrió abiertamente al observar a la niñita bajar corriendo por la calle. –“¿Vamos?”.

Casi habían alcanzado el carruaje cuando oyó a Montroy llamándola por su nombre. Cambiando de
dirección, le vio caminar a grandes pasos hacia ella.

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-“Vamonos, señorita" urgió Bevins.

-"En un minuto". Sonrió a Montroy mientras le tendía las manos. -"Hola, Dallon".

-"Rhianna". Levantó una de sus manos y la besó. -"Qué bonito se ve".

-"Usted también se ve muy bien”.

Montroy sonrió abiertamente, a su respuesta, y a su acogedora sonrisa. –“Venga," dijo. -"Tomaremos


una taza de té".

-"Por supuesto".

Bevins se aclaró la voz. -"Lo siento señorita Rhianna, pero tenemos que irnos".

-"Más tarde" dijo, posando su mano en el brazo de Montroy.

-"Le recuerdo su promesa, señorita" dijo Bevins severamente.

-“¿Qué promesa es esa?”. Preguntó Montroy. Desvió la mirada del rostro de Rhianna al de Bevins
sucesivamente.

-"Nada". Apartó la mano de su brazo y dio un paso hacia atrás. -"Prometí estar en casa a las... “A
las...." Su voz se desvaneció. No tenía ni idea de qué hora era.

-"A las tres, señorita" dijo Bevins rápidamente. -"Ya estamos retrasándonos".

-"Sí, es verdad. Lo siento, señor, pero debo irme".

-"Seguramente tendrá un momento para tomar una taza de té" urgió Montroy.

-"No puedo. Lo siento mucho".

-"Muy bien, no la entretendré. Montroy se inclinó de modo respetuoso sobre su mano, seguramente
Rayven la había hecho prometer que no volvería a verle. -"Si alguna vez se cansa de él, si le hace algún
tipo de daño, recurra a mí".

-"Gracias, Señor. Es usted muy amable".

-“Tenga cuidado, Rhianna" dijo Montroy seriamente. -"Rayven es... Simplemente tenga cuidado".

-"Lo haré. Realmente debo irme".

Él la ayudó a entrar en el carruaje, mirando vigilante a Bevins mientras azuzaba al caballo. Qué
poder tenía Rayven sobre ella, se preguntó. De alguna manera, se enteraría.

-“¿Es muy rico Lord Rayven?” preguntó Rhianna. Había permanecido sentada en silencia durante un
rato observando el campo al pasar. Los campos estaban verdes y dorados. Las ovejas pastaban en las
laderas.

Bevins asintió. Rico no era suficiente para describir la riqueza de su señor.

-"Él debería hacer algo con su dinero" filosofó Rhianna. -"Podría aliviar el sufrimiento de mucha
gente".

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Bevins sonrió a pesar de sí mismo mientras imaginaba a Lord Rayven caminando por entre los
campesinos del pueblo, su capa negra ondulando alrededor de él esparciendo monedas de oro como
confeti.

-“¿No lo cree usted?”. Preguntó Rhianna.

-"No me corresponde a mí decir a Lord Rayven lo qué debe hacer con su dinero, señorita Rhianna".
Bevins se volvió hacia ella.. -"Ni a usted".

Un poco picada, Rhianna se recostó en su asiento con los brazos cruzados sobre su pecho. De alguna
forma, encontraría la manera de convencer a Rayven para aliviar la pobreza en el pueblo.

Más tarde esa misma noche, Rhianna estaba sentada en la mesa, mirando fijamente su plato de
estofado de cordero sin verlo. Todos sus pensamientos de auxiliar a pobres se esfumaron en cuanto
volvió a ver de nuevo a Rayven. ¡Qué extraña era la vida! Cuando ella había querido quedarse, él quería
que se fuera. Cuando quiso irse, él le pidió que se quedara.

¿Lo había imaginado todo, se preguntó, la desconcertante visión de ese hombre siendo perseguido
por la oscuridad, por el sentido del mal? Su miedo había sido lo suficientemente real, pero ahora parecía
tonto. Rayven no la dañaría.

Ahora tú sabes lo que necesito. ¿Qué era lo que había querido decir con esas extrañas palabras?

Y ahora estaba aquí, llenando el cuarto con su presencia. Vestido con una camisa blanca holgada,
remetida en calzones negros, y botas suaves de cuero, cruzó silenciosamente el cuarto para tomar
asiento frente a ella.

-"Buenas noches, dulce Rhianna".

Ella asintió en su dirección. -"Su Señoría".

-“¿No tienes apetito esta noche?”. Dijo señalando el plato de estofado sin tocar frente a ella.

Rhianna suspiró. -"No tengo mucha hambre”.

Una sombra de interés pasó por su rostro y luego desapareció. –“¿Te encuentras bien?”.

-" Bastante bien. ¿Puedo preguntarle algo?”.

-"Puedes preguntarme lo que quieras".

-"Pero usted no me responderá".

-“¿Qué es lo quieres, Rhianna?”

-"Pedirle un Favor".

Él levantó una ceja negra. –“¿Otro deseo?”.

-"Quiero ayudar a la gente del pueblo. Muchos de ellos han tenido un mal año".

-“¿Y tu quieres ayudarles? ¿Cómo?”

-"Hay un almacén vacío en las afueras del pueblo. Me gustaría convertirla en un refugio para alojar a
los pobres”.

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-“¿De veras?”.

Rhianna asintió, exponiendo con entusiasmo. -"No sería nada complicado. Solo algunas camas".

-“¿Y también quieres que yo los alimente?”.

-"Por supuesto. Pensé que podríamos pedirle a John Duns si puede llevar la comida por la noche. Y
leche para los más pequeños".

-“¿Y tu quieres que yo financie esa misión?”.

-"Sí".

Él sonrió débilmente, divertido por la idea de alimentar a esos que en algunas ocasiones habían
alimentado su hambre.

-"Deja que Bevins se encargue de ello" dijo. -"No quiero que te involucres directamente".

-“¿Por qué no?”.

-"Porque te quiero aquí".

-"Pero no tengo nada que hacer durante todo el día".

-"Creí que ibas a volver a cuidar el jardín".

Había olvidado eso momentáneamente, pero no podía pasarse todo el tiempo entre las flores.

-"Te quiero aquí" repitió con firmeza. -"Tu te encargas del jardín, Rhianna, y yo haré que Bevins
consiga el almacén y lo aprovisione de camas o de cualquier otra cosa que creas necesaria".

-"Es usted muy amable, Su Señoría".

-"No debes explicarle nada a nadie acerca de esto" dijo Rayven. -"Dame tu palabra”.

-"Se lo prometo”.

-“¿Vas a terminar tu cena?”.

Rhianna negó con la cabeza. -"No".

-"Ven, vamos" dijo, levantándose. -"Deseo que demos un paseo”.

Bevins les estaba esperando en la puerta. Le dio a Rayven su capa, y pasó un ligero chal de algodón
alrededor de los hombros de Rhianna.

Frunció el ceño al salir fuera. ¿Cómo había sabido Bevins que saldrían?

La noche era fresca, pero no fría. Una luna amarilla brillaba en el cielo. Millones de estrellas
brillaban intermitentemente centelleando como diamantes diminutos contra un techo de terciopelo
color añil.

Uno al lado del otro, fueron andando por los estrechos caminos estrechos. De alguna forma supo que
terminarían en el laberinto, y se preguntó qué había allí que atraía tanto a Rayven.

-“¿Cómo esta tu madre?” pregunto Rayven después de un largo silenció.

-"Está bien”. Quiere que vuelva a casa. Me temo que no entiende por qué he decidido quedarme aquí”.

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Él no dijo nada.

-"Mi hermana se casa pronto. ¿Vendrá a la boda?”.

-"No he sido invitado”.

-"Yo le invito”.

-“¿Cuándo tendrá lugar el feliz acontecimiento?”.

-"El domingo por la tarde, después de misa".

-"Dudo ser bienvenido".

-"Claro que sí, será mi acompañante". Le sonrió. -"Estoy segura de que a Bevins le gustaría tener una
noche libre".

-"Lo pensaré”.

-"Como usted quiera".

Ahora estaban en el laberinto. Como siempre, el lugar la llenó de aprensión, aunque no podía decir
por qué. No había nada a que temer.

Cuando alcanzaron el corazón del laberinto, Rayven se sentó deprimido en uno de los bancos de
hierros forjado y le indicó que se sentara a su lado.

Rhianna repentinamente nerviosa, se sentó, alisando sus faldas.

Rayven se recostó contra el banco, con los brazos cruzados sobre su pecho. -"Hoy has visto a
Montroy".

A Rhianna se le secó la boca de repente. -"Sí, Su Señoría".

-"Dime qué pasó".

-“¿Por qué no me lo dice usted? Que parece saber todo lo que digo y hago". Le miró con ojos
entrecerrados. -"Me gustaría saber cómo lo hace".

-“Puedo leer tu mente, mi dulce".

-"Eso es imposible”.

-“¿Lo es?”

-“¿No lo es?” Clavó los ojos en él, preguntándose si le decía la verdad.

-"Me prometiste no reunirte con él mientras vivieras aquí, con conmigo".

-"Nosotros no nos reunimos.' Le vi. en la calle, y me saludó".

-"Y te invitó a tomar el té".

-“¿Se lo ha dicho Bevins?”.

Rayven negó con la cabeza. -"Puedo oler a Montroy en ti" dijo quedamente. -"Montroy huele a
caballo, a tabaco caro y a una fuerte colonia”.

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Rhianna sintió que su corazón se saltaba un latido mientras Rayven la estudiaba, las aletas de su
nariz ensanchándose al aspirar profundamente.

-"Tu hueles a té, a las tostadas que tomaste en el desayuno, y al jabón de lavanda con el que te has
bañado" dijo, su voz deslizándose sobre ella como si fuera una caricia. -"Comiste carne de cordero y
patatas. Tus manos huelen a prímulas y a menta. Hay también un débil aroma a polvo y a perfume. Y tu
olor propio” siguió, con voz baja intima -"Esa fragancia única que es tuya y solo tuya".

Rhianna sólo pudo clavar los ojos en él, estupefacta ante sus palabras. ¿Cómo podía saber algo así?

Él no se lo contó todo, que podía oír el rumor de su sangre fluyendo en sus venas, o que si
concentraba su mente, podía oír las voces del pueblo, sus risas, sus lágrimas, la respiración ruda de los
enfermos, las oraciones de lo esperanzados, los desesperados, los moribundos.

Podía oír sus pensamientos, sentir su presencia. Conocer sus miedos.

Y a pesar de todo, él estaba para siempre alejado de la vida, asomándose.

Cerró los ojos, y sus sentidos se llenaron de la mujer a su lado. Le recordaba el brillo de sol y el
color de las rosas en un día caluroso de verano. Su pelo, su piel, llevaban miles de perfumes que le
atraían, despertando a la bestia en él al mismo tiempo que al hombre.

Rhianna. Con un gemido bajo, trató de alcanzarla, deseando poder atravesar las barreras que los
separaban, deseando poder ser parte de su vida durante las veinticuatro horas del día. Murmuró su
nombre mientras la rodeaba fuertemente con sus brazos. Su beso teñido de desesperación. Rhianna,
Rhianna.

Ella luchó contra él, asustada por la necesidad que saltaba de sus labios a los de ella. Un sentimiento
desesperación, de desolación, se derramaba sobre ella.

La soltó abruptamente. Levantándose, le dio la espalda y envolvió su capa más estrechamente a su


alrededor. El pesado terciopelo se amoldó suavemente a su figura. -"No quise asustarte”.

-"Hace poco, le rogué que me hiciera el amor" le recordó. -"Me ofrecí a usted libremente. No
necesita tomarme por la fuerza".

-"Perdóname, Rhianna. Algunas veces olvido quién soy. Lo que soy”.

-“¿Qué es usted?”.

-"Tu peor sueño hecho realidad".

-"Habla de nuevo con acertijos".

-“¿Te diré las respuestas?”, Se preguntó en voz alta. –“¿Te diré verdades que no podrás creer y me
miraras con ojos llenos de repulsión? ¿Me quitaré la máscara que traigo puesta y te observaré gritar
ante mi presencia?”.

Él se dio la vuelta para enfrentarla. Sus ojos brillaban, incluso en la oscuridad. Su capa cambiaba de
posición y se ondulaba, como sin intentara apartarle.

-"Te necesito, Rhianna".

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Con un solo y elocuente movimiento, se arrodilló delante de ella y cogió su mano. Su piel era firme y
fresca, desmintiendo el fuego que refulgía en sus ojos.

-"Te necesito" dijo otra vez, más fervientemente esta vez.-“Ten paciencia conmigo, Rhianna". Su
fija mirada oscura atrapaba la de ella, silenciosa, implorante. -"Te juro por lo que más quiero, que no te
lastimaré”.

-"Usted me preocupa, Su Señoría" se quejó. –“¿Por qué no puede explícame lo que le perturba
tanto?”.

-"Ojala pudiera". La carga del secreto que había soportado durante más de cuatrocientos años le
pesaba demasiado. Qué alivio supondría decírselo todo. Como cualquier hombre que se libera de sus
pecados confesándoselos a un sacerdote; Se preguntó si podía aliviar su la tristeza, el aislamiento de
siglos confiando en Rhianna. ¿Podría ella entenderle? ¿Podría perdonarle por las vidas que había tomado
en los primeros tiempos en que había sido transformado, cuándo el hambre le había atormentando,
cuándo había estado asustado y confundido?

-“Mírame" dijo. “¿Qué es lo que ves?”.

Ella miró fijamente sus ojos, sintiendo el dolor en su corazón, el dolor que invadía su alma,
provocando que sus ojos se llenaran de lágrimas. -"Oscuridad, tristeza, soledad".

Su mirada fija ardió en la de ella. –“¿Qué más ves?”

-"No me lo pregunte" imploró. -"No puedo soportarlo”.

-"Rhianna... "

-"Veo muerte envuelta de oscuridad. Y sangre. Tanta sangre. En sus manos... "

Agachó su cabeza para clavar los ojos en sus manos entrelazadas, luego lentamente alzo su rostro.
–“¿Quién es usted? ¿Qué es usted?”.

-“Júrame por la vida de tu madre que no me abandonaras si te lo digo”.

-"Ya le he prometido quedarme durante año".

Él negó con la cabeza, sus dedos cerrados herméticamente alrededor de su mano. -"Júralo”.

-“Juro por la vida de mi madre que no le abandonaré”.

-"Entonces mira en lo profundo de mis ojos, Rhianna, y ve la verdad por ti misma".

Sus ojos profundos y negros, llenos con los misterios del universo la atrajeron a su interior, hasta
que no vio nada más, y luego emergiendo de una oscura niebla vio a Rayven. Parecía el mismo de ahora,
pero no había ninguna cicatriz en su mejilla. Sus ojos, a pesar de ser también oscuros, parecían más
vivos; Su cara y brazos estaban bronceados por el sol.

Y luego vio a una mujer. Sintió la mano de Rayven apretando la suya y en el fondo de su mente supo,
que estaba viendo su pasado. ¿Pero cómo era posible?

-"Su nombre es Lysandra". Oyó la voz de Rayven, susurrando en su mente.

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La había visto por primera vez en la corte. Él había sido un caballero durante esos días, un guerrero
conocido por su orgullo y valentía en el combate. Era el más atrevido y valiente, y estaba orgulloso de
ello. Nunca había sido derrotado en combate, ni en ningún torneo.

Lysandra había estado casada con un conde, Rayven ya no podía recordar su nombre. Se había
quedado prendado de Lysandra la primera vez que la había visto. Vestía un traje de noche de seda
blanca, su pelo negro recogido sobre su cabeza cayéndole sueltos algunos suaves rizos, era la mujer más
bella que había visto en toda su vida.

No había estado preparado para la corriente de electricidad que fluyo entre ellos cuando sus
miradas se cruzaron. Sus ojos eran profundos lagos negros como de ébano líquido. Su piel era pálida,
casi translúcida, un poco fresca al contacto.

Como un loco entontecido, había asistido a cada uno de los bailes organizados con la esperanza de
encontrarla de nuevo. Recordó la primera noche que había hablado con ella, que habían bailado, que la
había besado. Sus labios habían sido tan suaves y frescos como el más fino raso.

Había estado embrujado por su belleza, fascinado por el misterio que acechaba en las profundidades
de sus ojos. Nunca había estado enamorado de ella, pero su lujuria había ardido, alimentada por sus
seductoras sonrisas. Sus besos, robados en oscuras esquinas y jardines iluminados por la luna, le habían
atrapado como si de una droga se tratara y se había sentido desesperado deseando más.

Ella había estado jugando y tentándolo durante meses, jugando a un juego en el que él nunca había
tenido ninguna oportunidad de ganar. Demasiado tarde, él había sabido que no era un romance lo que ella
deseaba, sino su vida.

-"Y así es como fui hecho Vampiro... "

Su voz todavía era baja. Ella le oyó en su mente, pero se negó a aceptar lo que él le decía. No
existían tales criaturas. No era posible.

-"Ella me abandonó la noche en que me transformó" Rayven siguió, su voz carente de emoción.
-"Cuando a la siguiente noche me desperté tenía un hambre voraz”.

-“¡Detengase!” dijo Rhianna tapándose los oídos. -"No quiero oír más".

Él siguió como si ella no hubiese dicho nada. Sus palabras sonando claramente en su mente. Incapaz
de expulsarlas, cruzó las manos sobre su regazo.

-"No tenía a nadie que me explicara lo qué me estaba ocurriendo, nadie que me enseñara como ser un
vampiro. Nunca la perdonaré por eso" dijo, su voz teñida de cólera. -"No me di cuenta de los
impresionantes poderes que poseía. Solo estaba invadido por un hambre atormentadora”.

-"Al principio, creí que enloquecería. Todo lo que sabía era que la sangre aliviaba el dolor, y que la luz
del sol que una vez había amado ahora significaba la muerte. Aun así, no podía creerlo. Y luego, una
noche, me miré en un espejo"

Él nunca olvidaría el intenso horror que le invadido al mirar fijamente al espejo esperando ver su
imagen reflejada y solo ver el cuarto de detrás.

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-"Me alejé de mi casa, de todo el que me conocía. Había esperado poder vivir en otra parte algo
parecido a una vida normal, que podría casarme y tener hijos. Ahora cuan vanas eran esas esperanzas,
pero al principio no me di cuenta de que había perdido toda posibilidad de vivir como un hombre. Con el
tiempo, me enteré de que no era un hombre del todo”.

Inquieto, se levantó, su mirada perdida, viendo algo que sólo él podía ver.

-"Estaba en Italia cuando me encontré con otro vampiro. Salvatore era uno de los más antiguos. Me
enseñó lo que era ser Vampiro, me contó que podía elegir ser un monstruo, aterrorizando los corazones
de los mortales, o podía aislarme de la gente y vivir con la sangre de los animales, y podía vivir en algún
punto entre medias, ni hombre ni monstruo.

-"Y esto es lo que he hecho. Nunca me he quedado más tiempo que quince o veinte años en cualquier
un lugar. Aquí ya he permanecido demasiado tiempo. Pronto me iré a alguna de mis otras moradas y me
quedaré allí hasta que las personas empiecen a hablar de mi extraña forma de vivir, hasta que
comiencen a darse cuenta de que no envejezco, y que luego me trasladaré de nuevo".

-“¿Me esta usted diciendo la verdad? ¿O solo inventa esto para asustarme?”.

Rayven asintió.

-“¿Y Bevins? ¿Sabe él lo que usted es?”

-"Por supuesto. Somos algo más que amo y criado. Mi sangre corre por sus venas”. Había habido
veces, cuando el tomar la sangre de Bevins había marcado la diferencia entre la vida y la muerte. Pero
nunca había tomado la suficiente como para pasar la oscura herencia a su criado. Durante sus
cuatrocientos años, nunca había transformado a otro ser humano en Vampiro.

-“¿Se alimenta de él?”. No le pasó desapercibida la sombra de repulsa en el fondo de sus ojos.

Asintió de manera concisa, preguntándose si le haría la pregunta que tanto temía.

-“¿Cuándo usted me compró a mi padre, pensaba alimentarse también de mí?”.

Bien, pensó, allí estaba. Él tomó un aliento profundo y luego, muy lentamente, asintió.

-“¿Pero usted no lo hizo?” Subió sus manos hasta su cuello, sus dedos explorando. No había marcas.
El alivio inundo sus pulmones con un profundo suspiro.

Y luego frunció el ceño. Una vez había habido marcas, al poco tiempo de llegar al castillo. Le había
pedido a Bevins que las mirara, y él le había asegurado que no había nada por lo que preocuparse.

-"Raramente bebí de tu cuello" dijo Rayven quedamente -"Y cuando lo hice, pasé mi lengua por tus
heridas para que no quedara cicatriz”. Pero una noche se había olvidado de hacerlo.

-“¿Usted bebió de mi sangre?” Ella clavó los ojos en él, preguntándose por qué la idea no la repelía.
La hacía desfallecer o gritar histéricamente. Debería estar horrorizada. En lugar de eso, se sentía
notablemente tranquila, como si estuviera escuchando una historia que no tenía nada que ver con ella.

-"No más de unas gotas cada vez". Él dio un paso hacia atrás. Su capa a su alrededor, envolviéndole.
-"Si intercambiara tu sangre con la mía, estaríamos aligados".

-“¿Qué quiere decir aligados?”


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-"Quiere decir que podrías leer mis pensamientos como yo puedo leer los tuyos".

-“¿Eso es lo que usted ha hecho con Bevins, no es verdad? ¿Es él su esclavo?”

-"No. Sólo compartimos un lazo”. Un lazo nacido de la sangre y de un juramento.

Eso no parecía tan malo, Rhianna filosofó. Ahora desearía poder leer sus pensamientos. Entonces
quizás podría entenderlo mejor.

Hay otra clase de aligación" dijo Rayven. "Una Aligación más profunda, una atadura más fuerte".

-“¿Oh…?”.

No estaba segura de querer oírlo.

-"Es una aligación que solo puede ser quebrada por la muerte. La mía, o la tuya. No sabes cómo he
deseado hacerte mía, Rhianna, atarte a mí. Pero no he podido hacerlo, sería coartar tu libertad, y no
podía hacerte eso".

-“¿Por qué me ha explicado todo esto?”.

Rayven aspiró profundamente. -"Necesitaba contárselo a alguien. Después de cuatrocientos años,


quería que alguien me entendiera". Lentamente, negó con la cabeza. -"Ahora sé que eso es imposible".

-“¿Usted ha vivido durante cuatrocientos años?”.

Él negó con la cabeza, con una sonrisa de arrepentimiento en sus labios. “Estuve vivo veintisiete
años. He sido Vampiro durante cuatrocientos tres”.

-"Lo que quería decir es que usted nació en…"

-"Mil cuatrocientos doce, mi dulce".

-"No es posible”.

Él no dijo nada, solo se la quedó mirando con sus negros e insondables ojos.

-“¿Y usted debe beber sangre humana para sobrevivir?”.

-"Raramente, y sólo un poco cada vez".

-“¿Cómo puede hacer eso?” preguntó, asqueada.

¿Cómo explicarle, cómo hacerle entender que eso no eran tan horrible? Negó con la cabeza y luego
suspiró, sabiendo que merecía una respuesta, aunque fuera abominable.

-"No sé cómo describírtelo, Rhianna. No hay nada en tu experiencia que pueda compararse con esto.
Cuando bebo sangre, es como si me convirtiera en una parte de esa persona. Puedo sentir las pulsaciones
en su corazón; Sé sus pensamientos, sus miedos. No puedes imaginar algo parecido, el poder, el hambre.
Antes de que aprendiese a controlarla, cuando creí que tenía que tomar una vida para poder sobrevivir...
" Negó de nuevo con la cabeza. -"No te lo puedo explicar”.

-“¿Si ya no bebe sangre humana, qué bebe? ¿Qué es eso que Bevins le trae por las tardes?”.

-"Es vino mezclado con sangre. Normalmente es de oveja, aunque cualquier otra clase de sangre
puede servir". Pero también necesitaba sangre humana, aunque no se lo dijo. Fue por eso para lo que en

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un principio había comprado a Rhianna. Había un frescor, una fuerza, en la sangre pura y dulce de una
virgen que no podía ser encontrada en ninguna otra parte.

-“¿Usted bebe la sangre de las ovejas?”.

-"Mantengo un rebaño en el lado del norte del castillo más allá de los muros".

-“¿Oh…?”. Clavó los ojos en él, con expresión aturdida.

-“¿Te he provocado repugnancia?”.

-"Un poco" admitió. Pero, en su mayor parte, sentía lástima por él. Cuatrocientos años de vida
solitaria, no siendo nunca capaz de confiar en otro ser humano. Hacía cuatrocientos años que él no había
podido ver el sol, ni sentir su calor en su rostro. Cuatrocientos años sin saborear una comida, sin beber
un vaso de agua fresca. Cuatrocientos años sin un amigo en quien confiar, o una mujer a quien amar.

Le imaginó doblado sobre ella, sus dientes perforándole la carne, bebiendo de su sangre. Intento
imaginar lo que era vivir como el vivía, para siempre maldito obligado a morar en la oscuridad, a privarse
de los placeres simples de la vida.

Queriendo reconfortarle de alguna forma, miro a las profundidades de sus ojos y allí, en el oscuro
fondo, percibió una imagen de Rayven tal y como había sido cuatrocientos años atrás. El dolor y el miedo
y la furia que había experimentado cuando fue primero convertido en Vampiro, los siglos de soledad que
había sufrido, y por encima de todo la interminable esencia de sangre y muerte. Él era un vampiro. El
señor de la oscuridad. Un no muerto...

La oscuridad la engulló, más intensa que el infierno, más oscura que el negro más profundo. Con un
sollozo estrangulado, sintió como se hundía en una espiral sin principio ni final.

Capítulo Catorce

Rayven la atrapó antes de que cayera del banco. Sosteniéndola con facilidad entre sus brazos, la
recorrió con la mirada, fijándose instintivamente en el pulso que latía en su garganta. Quizá no debería
habérselo dicho. Si quería, podría pasar un paño sobre su mente, haciendo que olvidara todo lo que le
había dicho.

Y a pesar de todo, se sentía bien, decirle la verdad le había purificado de alguna forma. Había
querido que lo supiera, no quería que existieran mentiras entre ellos durante el tiempo que les quedaba.
Y cuando su año juntos hubiera pasado, abandonaría este lugar, y no tendría ninguna importancia si ella
se lo contaba a alguien. Nadie la creería. A pesar de todas las historias y rumores que circulaban entre
los aldeanos, en realidad, ninguno de ellos creía que el fuera un monstruo.

Rhianna tampoco lo había creído, pero ahora ya sabía la verdad.

Mañana descubriría si era lo suficientemente fuerte como para aceptarlo, para vivir con eso. Y con
él.

Y si no lo era...

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Apartó el pensamiento como si no fuera más que un molesto insecto. Mañana ya habría tiempo
suficiente para preocuparse por ello. Esta noche, la sostendría mientras dormía y simularía por un
momento, que a pesar de saber lo que él era, ella le amaba.

Sin esfuerzo alguno, la llevó de regreso al castillo, y subió por la escalera de caracol hacia su
cámara. Suavemente, la depositó sobre la cama, la descalzo y desvistió. Luego, quitándose las botas y la
capa, se sentó en la cama con la espalda apoyada en el cabezal. Doliente de necesidad, la rodeó con sus
brazos y los cubrió a ambos con su capa.

Pasó la noche allí sentado, observándola dormir, escuchando el suave y parejo sonido de su
respiración. La ternura le envolvió cuando ella se acurrucó contra él, sus brazos enroscados alrededor
de su cintura.

¿Lo sabes? Él se preguntó. ¿Sabes que soy yo?

Él levantó una mano, para acariciar ligeramente con sus nudillos la curva blanda de su mejilla,
maravillándose de la suavidad de su piel, caliente comparada con el frescor de sus dedos. Con su dedo
índice, resiguió la línea de su boca, suave y dulce. Sus labios se entreabrieron ligeramente y emitió un
pequeño y somnoliento gemido a través de su garganta.

-"Rhianna". El deseo se despertó a través de él, doloroso en su intensidad. -"Abre los ojos para mí,
mi dulce," murmuró.

-"Rayven... " Sus párpados se agitaron al abrirse. Había estado soñando con él, y ahora estaba allí,
contemplándola con sus profundos ojos negros, que anunciaban a grandes titulares el profundo fuego
interior que los consumía.

-"Bésame. Agachó su cabeza hasta la de ella. -"Bésame... "

Echó la cabeza hacia atrás, soltando un suave gemido mientras sus labios la reclamaban en un beso
abrasador que alejó todo pensamiento racional de su mente haciendo que los dedos de sus pies se
curvaran de placer.

Cambió de posición para situarse frente a él, sus cuerpos unidos desde los hombros hasta los muslos.
El deseo se enroscó dentro de ella con el contacto de su cuerpo duro moldeado tan íntimamente contra
el de ella.

Su lengua resiguió sus labios. Oyó los rápidos latidos de su corazón, sintió rugir el hambre en su
interior, sintió que sus colmillos emergían ante la necesidad de beber, beber y beber, para llenarse de
su dulzura, de su mismo ser.

Rhianna gimió suavemente. Instintivamente, se presionó a sí misma contra él, queriendo estar más
cerca. Sus manos se deslizaron bajo su camisa, acariciando la línea suave de su espalda. Sintió como si
estuviera ardiendo. Su piel era fresca bajo las puntas de sus dedos, pero sabía que él estaba tan
excitado como ella. Su respiración era ruda y errática, sus manos inquietas se deslizaban arriba y abajo
por sus lados, sus dedos rozando contra la curva de sus pechos.

Sintió que sus dientes raspaban su garganta, y apartó el pelo de su cuello, queriendo sentir su lengua
contra su piel.

102
Su mano se cerró sobre sus muslos, acercándola contra él, dejándole sentir la prueba visible de su
deseo. El hecho que sus besos y su proximidad tuvieran el poder de excitarle, la fascinaba. Nunca antes
había sentido una pasión así, un anhelo tan intenso, una necesidad tan imperiosa.

Murmuró su nombre, queriendo que él la tocara a la vez en todas partes. Tiró de su ropa, queriendo
sentir su piel desnuda la de ella.

-"Rhianna". Su voz sonó pesada, drogada. -"Tenemos que detenernos".

-"No". Ella se pegó a él, los dedos acariciando su espalda, sus hombros, sus caderas moviéndose
contra él, urgiéndole a aliviar la dolencia que se propagaba por todo su cuerpo. -"Bésame," murmuró.
"Tócame”.

-"Rhianna... " La imagen de la última chica con quien se había acostado emergió en su mente. Tenían
que esperar, esperar hasta que su hambre estuviese saciada y bajo control.

Pero ella no quería esperar. Sus ágiles dedos apartaron su capa y su camisa hasta que nada les
separó sólo la suave tela de su camisón. Él podía sentir el calor dulce caliente de sus pechos contra su
torso.

Un gruñido bajo surgió de su garganta mientras su atrevida mano acariciaba su muslo.

“Rayven, por favor... " Ella se retorció en la cama, movida por una urgencia que no entendía, y a la que
no podía resistirse.

Sentía su necesidad como si fuera la suya propia. Su cuerpo estaba ardiendo por ella. Noto el filo de
sus colmillos contra su lengua, sintió el hambre rugiendo dentro de él mientras la despojaba de su ropa
interior y se quitaba los pantalones.

Era bella, su tentador cuerpo era terso e inmaculado, con piernas delgadas y caderas suavemente
redondeadas, una sirena con pechos que habían sido modelados para las manos, solo las suyas.

Temblando de necesidad, se movió sobre ella, su peso sostenido por sus brazos mientras enterraba
su cara en el hueco de su hombro. –“¿Rhianna, estás segura?”.

Notó como ella asentía y enlazaba sus brazos alrededor de su cuello atrayéndolo más cerca.

El hambre y el deseo rugían en su interior y con ello el conocimiento de que la espera de


cuatrocientos años estaba a punto de finalizar. Y luego, como si fuera una súbita explosión, sintió la
salida del sol por el horizonte.

Con un gemido se levantó, con su mirada fija en la ventana. A través de una fina rendija en las
pesadas cortinas, podía ver la luz trémula del sol, sentir el calor de un nuevo día.

-“¿Qué pasa?”. Rhianna preguntó. “¿Qué es lo que va mal?”.

-"Debo irme".

-“¿Irte..?” Le contempló con los ojos llenaros de confusión. –“¿A dónde? ¿Por qué?”.

-"Ha llegado el amanecer". Con gráciles movimientos, saltó de la cama. Agarró su capa, se la echó
sobre los hombros. -"Hasta esta noche, dulce Rhianna" dijo con voz ronca por el deseo no cumplido.

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-"Rayven, espera... "

Pero él ya se había ido.

Esa tarde, estaba sentada frente a su tocador, pasando distraídamente el cepillo por su pelo. Él era
un vampiro. Se decía a sí misma que debería estar agradecida de que el amanecer le hubiera apartado
de su lecho antes de que le hubiera arrebatado su inocencia.

Un vampiro. Anoche, narcotizada por sus besos, a merced de la pasión que había fluido a través de
ella como si fuera miel liquida, había sido incapaz de tener un solo pensamiento racional. Solo había
sentido una urgente necesidad que la había dejado ciega y sorda a cualquier otra cosa.

Ahora, a la luz del día, se preguntaba cómo pudo haberlo olvidado ni siquiera por un momento.

Vampiro... Imágenes de monstruos esqueléticos con sangre goteando de sus colmillos poblaron su
mente.

Vampiro... Horrendas criaturas sobrenaturales que acechaban en la noche en busca de presas,


bebiendo la sangre de los niños.

Vampiro... Demonios necrófagos que dormían en ataúdes durante el día porque no podían soportar la
luz del sol.

Vampiro... ¿Cómo podía ser cierto? ¿Si él era verdaderamente un vampiro, por qué no le producía
repulsa? ¿Por qué estaba todavía viva? ¿Se convertiría ella en lo que él era?

Levantándose, fue hacia la ventana y apartó las pesadas cortinas. El sol se notaba caliente sobre su
rostro.

Nunca había visto a Rayven durante el día. Nunca le había visto comer.

Apoyó su frente sobre el cristal. ¿Estaba ahora durmiendo en su ataúd?

El pensamiento la hizo estremecer.

La torre del este. Allí era donde él dormía. Por eso era por lo qué le había prohibido ir hacia allí.
Frunció el ceño. No había encontrado nada cuando fue allí, sólo un cuarto vacío.

Estaba atravesando el cuarto, su mano girando el picaporte, antes de que se diera cuenta de lo que
hacía. Hizo una pausa en el vestíbulo, escuchando, preguntándose lo que Bevins estaría haciendo.

Levantando sus faldas, pasó corriendo por el corredor hasta la escalera que conducía a la torre del
este.

Su corazón latía ruidosamente cuando llegó al cuarto de la torre. Aspirando profundamente, abrió la
puerta y entró. Igual que antes, no había nada que ver ningún mueble, ningún cuadro, sólo una ventana
cubierta por gruesas cortinas de terciopelo negro.

Apartó las cortinas, y permaneció en el centro del cuarto, girando lentamente. Al principio no vio
nada, pero luego encontró un pequeña hueco en la pared de piedra frente a la ventana.

El corazón le latía aceleradamente, le sudaban las palmas de las manos, su boca estaba seca,
mientras presionaba su mano por la pared, moviéndola gradualmente sobre la superficie.

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Se quedó sin aliento al sentir que la pared se movía y luego un trozo de ella se deslizaba, revelando
un cuarto al fondo.

Dudando entre escapar o quedarse permaneció en el quicio de la puerta y miró hacia adentro
atentamente. En este cuarto no había ninguna ventana. El brillo de sol del cuarto detrás de ella se
introducía a través del abierto portal. Aunque la luz era débil, podría discernir la forma de un gran
armario de madera de color cereza en la pared en frente a ella. La imagen de una cabeza de lobo estaba
tallada en una puerta, y la de un cuervo en la otra.

En la esquina del cuarto había una gran chimenea.

Dio otro paso adelante y miró hacia su derecha. Un tapiz enorme cubría la pared. Tejido en tonos de
verde oscuro y negro, mostraba varias escenas. En una había un cuervo posado sobre la rama de un
árbol. Debajo un lobo negro con ojos sanguinarios estaba sentado, aullando a la luna. Otra escena
retrataba a varios hombres armados con lanzas persiguiendo a un lobo. Una tercera escena ilustraba un
lobo levantado sobre sus patas traseras con sus dientes al descubierto en una cruel amenaza.

Apartando su mirada del tapiz, giró su cabeza hacia la izquierda, y sintió que se le subía el corazón a
la garganta. Una enorme cama cubierta con un negro dosel estaba situada sobre un estrado. Y
descansando sobre la cama, con los brazos cruzados sobre su pecho, estaba Rayven. Sólo pudo
permanecer mirándolo fijamente mientras las imágenes se grababan en su mente. Las sabanas y la
almohada eran negras. Una colcha, también negra, estaba doblada a los pies de la cama. Su capa le
cubría, envolviéndolo como si de un abrazo cariñoso se tratara.

Su cara, enmarcada por su pelo negro, se veía muy pálida. No parecía que respirase.

La alarma la atravesó. ¿Había muerto durante el día? La urgencia de acercarse para comprobar si
todavía seguía vivo surgió fuertemente en su interior al mismo tiempo que los recuerdos sobre las
historias escuchadas acerca de cómo destruir a un vampiro.

Cortar totalmente su cabeza. Llenar su boca de ajos. Hundir una estaca a través de su corazón y
sepultarlo bajo tierra a fin de que no pudiera levantarse de nuevo.

Anoche, él le había revelado lo que era y ella le había creído. Pero el oír sus palabras no le había
preparado para esto.

Los aldeanos habían estado en lo correcto todo el tiempo, filosofó. Había un vampiro en su pueblo, y
ella sabía donde dormía.

-"Oh, Rayven" murmuró. –“¿Oh, Rayven, qué debo hacer?”.

-" Rhi... ana".

Su voz, apenas audible, sonaba en sus oídos fuerte como un trueno.

Estaba despierto. Despierto y observándola con ojos pesados, oscuros y profundos como negras
piscinas de ébano líquido.

Permaneció en la puerta, hipnotizada por su mirada fija, incapaz de moverse.

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-“¿Has venido a destruirme?”. Había una nota de amarga resignación en su voz, pero era el perdón
que asomaba en sus ojos lo que llegó hasta su corazón.

-"No". Negó con la cabeza, la piedad fluyendo a través de ella. -"No".

-“Ven a mí". Su voz era muy suave, llena de un profundo anhelo.

No podía. No lo haría. Pero sus pies se movieron por propia voluntad, llevándola a través del cuarto,
subiendo los escalones del estrado, hasta que quedó al lado de su cama.

-"Rhianna... Por favor no... " Su voz era baja, como si hablar fuese todo un esfuerzo. Sus párpados
revolotearon cerrándose, luego se abrieron de nuevo. "No me odies”.

-"No lo hago”. Levantó una mano, queriendo tocarle, pero asustada al mismo tiempo. –“¿Te sientes
mal?” preguntó. –“¿Puedo traerte algo?”.

El fantasma de una sonrisa jugó sobre sus labios. -" Es el sol... La luz del día... No la puedo soportar”.

-"Es verdad" dijo asombrada. -" Todo lo que me dijiste. Todo era verdad".

Él asintió brevemente. –“Acuéstate conmigo".

Ella recorrió la cama con la mirada. No era un ataúd, después de todo, solo una gran cama de madera
tallada.

Vampiro... ¿La envolvería él en su abrazo maligno y bebería de ella hasta dejarla seca?

Era un tonto pensamiento, y lo apartó de su mente. Si él hubiera querido matarla, ya lo habría hecho,
pues había tenido un montón de oportunidades anteriormente.

Con un suspiro, se sentó en el colchón, luego se echo a su lado, y apoyo la cabeza sobre su hombro.

Él le sonrió, pasando su brazo alrededor de ella, acercándola a su lado. Hubo un sonido suave como un
silbido cuando el panel se deslizó y se cerró. Después sus párpados se cerraron y se durmió de nuevo.

Estaba en la guarida del monstruo.

Dio un respingo cuando sintió como su capa se deslizaba sobre ella, notando la suave seda subir por
sus brazos desnudos hasta que les cubrió a ambos.

Paneles escondidos que se cerraban solos y una capa de terciopelo negro que parecía casi viva.
Estaba todo más allá de su comprensión, más allá de la realidad.

Repentinamente cansada, cerró sus ojos. Y se durmió.

Él era consciente de que ella había estado allí a su lado durante todo el día. Su pelo rozaba su mejilla
como un ovillo de seda dorada. Su brazo descansaba a través de su pecho, el calor de su carne
penetraba el frío que lo envolvía en su sueño cadavérico. El perfume fresco, limpio de su piel lo envolvía,
el sonido de los lentos latidos de su corazón era tan reconfortante como una canción de cuna. Sus
muslos presionando íntimamente contra los suyos, proporcionaron sueños eróticos a alguien que nunca
soñaba.

Se despertó cuando el sol se puso y su rostro fue lo primero que vio. Las emociones brotaron en él,
calientes, veloces y poco familiares. Durante más de cuatrocientos años, se había despertado solo en la

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oscuridad de su cuarto y ahora un ángel estaba durmiendo a su lado, su pelo esparcido por la almohada
reflejando los rayos del sol, sus pestañas parecían oscuros abanicos contra sus mejillas.

Y él supo en ese momento que nunca podría amarla más.

Se movió entre sus brazos, sus parpados revoloteando y una incierta sonrisa en sus labios.

-"Pareces sorprendida" se quejó. –“¿Creíste que mientras dormías bebería de ti hasta dejarte
seca?”.

Ella negó con la cabeza, pero aun a oscuras, podía ver el revelador rubor que subía por sus mejillas.

-"Rhianna, no tienes idea de lo que significa para mí despertarme y encontrarte a mi lado".

-"Me alegro de que esto te complazca".

-"Muchísimo” dijo.

-"Hay aquí... ¿Hay alguna vela por aquí dentro?”. Echó un vistazo a su alrededor, inquieta por la
oscuridad. No había ventanas en el cuarto, ningún indicio de luz. -"Esta todo tan oscuro".

Sintió como se giraba y un momento después oyó un suave sonido, mientras en la chimenea brotaba
espontáneamente el fuego. Una suave luz dorada llenó el cuarto, creando sombras danzarinas sobre las
paredes y el techo.

Rhianna clavó los ojos en las llamas como si se hubieran surgido del mis infierno de Satán. -"Cómo...
¿Cómo lo has hecho?”.

-"Un poquito de magia vampírica" contestó. Bevins insistía en guardar un suministro de madera en la
chimenea, aunque a menudo Rayven le había dicho que era innecesario. Pero por esta vez, estaba
agradecido de que el hombre no le hubiera hecho caso.

-"Oh". Se quedó mirando fijamente la chimenea durante un momento, luego frunciendo el ceño dijo,
-"Había esperado... Esto es... No es... ¿No se supone que los vampiros deben pasar la noche dentro de
ataúdes?”

-"Unos cuantos lo hacen".

-“¿Pero tú no?”.

-"Los encuentro estrechos y limitantes". Él podía sobrevivir durante el día fuera de un ataúd, pero
una gruesa capa de su tierra natal estaba esparcida bajo el colchón.

Un músculo ondeó en su mandíbula mientras se levantaba. La capa resbaló, posándose en su regazo.


-"Tienes alguna otra pregunta acerca de mi... ¿Enfermedad?”.

Rhianna se enderezó, su hombro rozando el de él. -"Hay alguna forma de... ¿Matar a un vampiro?”.

-“¿Estas tramando mi destrucción?”.

-"Por supuesto que no".

-"Una estaca de madera clavada en el corazón dicen que es efectiva. Creo que sería efectiva de
cualquier madera. El fuego ciertamente me destruiría. Otro método seguro de destruir un vampiro es
cortar totalmente su cabeza”.
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Ella tragó la bilis que le subía por la garganta, disgustada por las imágenes que sus palabras hacían
surgir en su mente. –“¿Y qué hay del agua sagrada?”.

-“El agua bendita tiene un efecto más bien desagradable, aunque dudo que sea fatal a menos que
caiga en un estanque lleno de ella".

Rhianna fruncido el ceño, buscando en su mente retazos de leyendas populares sobre el tópico del
vampiro que había oído a largo de los años. –“¿Y el ajo?”.

Rayven sonrió abiertamente. -"El olor me es muy desagradable, pero no me disuadirá”.

-“¿Y las cruces?”

-"Una de plata me quemaría si la tocara”.

-“¿Y las de madera?”.

-"No te salvarán”.

Las palabras le produjeron escalofríos, pero no había ninguna amenaza en su voz, sólo una suave
diversión.

Rhianna frunció el ceño profundamente. –“¿Por qué me estás explicando cómo destruirte?”.

-"Porque puede que algún día necesites saberlo".

No quiso profundizar en lo que eso significaba. Intentando encontrar algún otro tema de
conversación, miró fijamente su capa. Se extendía por la cama como una ondulante piscina de ébano.
Clavó los ojos en eso con prevención durante un momento, recordando cómo la había cubierto la noche
antes.

Extendió su mano tentativamente, como si temiera que la atacara. Como siempre, el grueso
terciopelo estaba caliente al tacto, pareciendo pulsar con vida de su propio.

-"No te morderá," comento Rayven, una ceja alzada con sardónica diversión.

-“¿Estás seguro?”. Es la prenda más extraña que he visto en toda mi vida. Esta tarde... " Se calló con
un encogimiento de hombros. -"No importa".

-“¿El qué?”, urgió. -"Dímelo”.

-“¡Sé que eso es imposible!” exclamó Rhianna. -"Pero juraría que se movió. Oh, sé que lo he debido de
haber imaginado, pero pareció cubrirme por propia voluntad”.

Negó con la cabeza, sus ojos agrandados con temor e incredulidad. -"Y el panel en la pared, se cerró
solo".

Le miró, esperando que le dijera que eso era imposible. –“¿Cómo es eso? ¿Me estoy volviendo loca?”.

Rayven acarició su mejilla el dorso de su mano. -"Estas muy cuerda, mi amor. Hice que el panel de la
pared se cerrara y también hice que se abriera cuando supe que estabas en el otro lado".

-“¿Tú hiciste eso? ¿Pero, cómo?”.

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-“Así" dijo, y un momento más tarde, el panel se deslizó y cerro de nuevo, no dejando ninguna señal
de su existencia.

Rhianna le miró con el miedo reflejado en sus ojos. –“¿Te importaría abrir de nuevo el panel?”

-"Como quieras" dijo amablemente, y la puerta se abrió de nuevo. –“¿Así esta mejor?”.

-"Sí, gracias". Ella miro hacia la puerta, y luego de nuevo hacia él. –“¿También hiciste que la capa se
moviera?”.

-"No".

-“¿No?” Dirigió una cautelosa mirada hacia el charco de terciopelo negro en su regazo.

Con un suspiro, Rayven acarició el suave terciopelo. -"No sé cómo explicar lo de mi capa.
Ciertamente, no sé si puede explicarse. La diseñe yo, aunque no puedo recordar de que estaba hecha, ni
de donde saqué el material. La noche posterior después de que fui hecho vampiro, mis manos la crearon
por propia voluntad. Mi sangre, el mismo ser de mi vida, esta tejida en la tela. Y porque la sangre de mi
madre está en mí, una parte de la suya mora dentro de la capa".

-“¿Y es esa parte de ella lo que te reconforta, no es eso?” Ella sonrió, como si hubiese solucionado el
misterio. -"He visto la forma en que la capa te envuelve cuando estás enfadado, o cansado, como para
consolarte.

Él asintió, asombrado por su percepción, y por su llana aceptación de lo que en la mayoría de los
casos, era completamente incomprensible.

-"Tienes una bella alma, Rhianna McLeod," dijo quedamente. –“¿Me crees tan cruel como para
conservarte aquí en contra de tu propia voluntad? ¿Hacerte vivir con un monstruo cuándo tu mereces
mucho más?”.

Un hombre como Montroy, pensó, enfermo de celos. Eso era lo que ella merecía. Un marido que
pudiera darle hijos, que pudiera ofrecerle una casa llena de luz y risas.

-“¿Es así como te ves? ¿Como un monstruo?”.

-“¿No me ves tu así?”.

-"No".

-“¿Cómo me ves, dulce Rhianna?”.

-"No estoy muy segura. Pero tu eres demasiado amable como para ser un monstruo".

-“¿Amable?” Emitió un sarcástico sonido por su garganta. "Nadie en toda mi vida me ha acusado de
ser amable".

-"Has sido amable conmigo, amable con mi familia. Y ahora también has manifestado bondad para con
los habitantes del pueblo".

-"Esa fue tu idea, no la mía".

-"Me podrías haber dicho que no”.

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-"A ti no". Él ahuecó su mejilla en su palma, el calor de su piel calentándole. -" Rhianna, desearía... "
Apartó la mano de su rostro y se levantó, girándose para quedar de espaldas a ella.

-“¿Qué es lo que deseas?”.

-"Nada. Desear es de tontos".

Levantándose, se situó a su espalda. Él era tan alto, tan fuerte, y a pesar de ello tan vulnerable.
Temiendo ser reprendida, deslizó sus brazos alrededor de su cintura y presionó su mejilla contra su
espalda. –“¿No me dirás qué es lo que deseas?”

Él cubrió sus brazos con sus manos y bajo la cabeza. -"Deseo poder ser mortal por ti, Rhianna, poder
amarte, poder hacer el amor contigo, como un hombre mortal. Deseo poder levantarme a tu lado en una
caliente mañana de verano y observar la salida del sol, poder compartir tus días y también tus noches.
Quererte con cada aliento de mi alma, cubrirte con todas las riquezas del mundo. Deseo que poder ser
el padre de tus hijos y poderlos ver crecer, poder trabajar a tu lado, y envejecer junto a ti".

Suspiró profundamente, apartando las imágenes que sus palabras habían creado en su mente. -"No
puedo hacer ninguna de esas cosas". Se dio la vuelta para enfrentarla. -"Si no fuera un monstruo,
entonces mi dulce, te libraría de tu promesa. Te sacaría de aquí intacta. Pero toda mi vida he sido un
egoísta y siento que no puedo dejarte marchar. No ahora. No después de la alegría de verte descansar a
mi lado". Sus ojos oscuros ardían mientras la miraba. -"Quizá jamás".

Ella le contempló con expresión serena. –“¿He pedido ser liberada de mi promesa?”.

-"Deberías hacerlo".

-“¿Por qué? Dijiste que no me dejarías marchar".

Él resiguió la curva de su mejilla con su dedo índice. -"Es verdad” convino –“Y a pesar de ello dudo de
que pueda negarte nada. Incluso tu libertad, si me lo pidieras".

-"Te prometí un año y a menos que me eches, tengo la intención de cumplir esa promesa".

-"Rhianna... " Él no tenía palabras para expresar sus sentimientos, ninguna palabra para decirle lo
preciosa que era para él en ese momento mientras le miraba con ojos llenos de aceptación, y confianza.
-"Qué extraña criatura eres" se quejó.

-"Te ves muy pálido, mi señor" meditó. –“¿Llamo a Bevins?”.

-"No". Él se giró de nuevo de espaldas, para que no se diera cuenta del hambre que ardía en sus ojos.
–“¿Por qué no vas a refrescarte para la cena? Me reuniré contigo más tarde".

-“¿No me darás un beso antes de irme?

-"No ahora no". Su voz sonó ronca.

-"Muy bien, mi señor".

El dolor en su voz fue como una bofetada. -"Rhianna, espera". Aspiró profundamente; Luego, cuando
estuvo seguro de tener el hambre bajo control, la rodeó con sus brazos y la besó. -"Te veré tan pronto
pueda".

110
Ella notó el cambio en él cuando entró en la biblioteca dos horas más tarde. Su cara parecía menos
pálida, sus ojos menos brillantes, su actitud más relajada.

Vaciló en el portal, consciente de su escrutinio. –“¿Tendré que irme?”.

-"No". ¿Por qué nunca se había dado cuenta de que había veces en que se le veía más pálido, y otras
en que su color era más –tragó- normal? Trató de analizar sus sentimientos ahora que sabía lo que él
era, lo que tenía que hacer para sobrevivir. Esperó sentir repulsión; En lugar de eso, solo sintió
compasión.

Él cruzó el cuarto y se sentó frente a ella. Ella llevaba un vestido rosa pálido ribeteado con un lazo
blanco. Su pelo le caía suelto por su espalda como una cascada de oro refulgente. Y sus ojos... Miró
fijamente sus ojos de azul oscuro y en ellos vio reflejado el cielo diurno que no había visto durante
cuatrocientos años.

Deseó estar junto a ella, pero no hizo ningún movimiento hacia ella por miedo de asustarla.
Necesitaría tiempo para adaptarse, para aceptarlo.

-“¿Cómo lo soportas? Le preguntó después de un largo silencio. -"Cómo puedes beber... No entiendo
cómo puedes hacerlo, como puedes beber la... la sangre de animales”.

Habían discutido esto antes, pero él entendía su necesidad intentar entenderlo. -"Es necesaria para
mi supervivencia" contestó pacientemente.

-"Necesitas... ¿Beberla todas las noches?”.

-"No".

-“¿Cuánto tiempo puedes pasar sin ella?”.

-"Cómodamente, durante una semana poco más o menos. El estar más tiempo, se convierte en algo...
estresante".

-“¿Te has alimentado bien esta noche? Tu piel parece casi... "

-“¿Humama?”.

Asintió, pensando en lo extraña que esa conversación era. Sabía lo que él era, sabía que era verdad
pero algo en el fondo de su mente todavía se negaba a aceptarlo.

-"Me constaste que normalmente bebes sangre de animales. ¿Me estabas mintiendo?”.

-"No". Vaciló, preguntándose cuánto decirle, cuánto más podría aceptar. -"Puedo sobrevivir con
sangre de animales, como tu podrías sobrevivir comiendo langostas y hormigas, si fuera necesario. ¿Pero
querrías hacerlo? No es más natural para ti comer cosas así, lo que es para mí beber la sangre de los
animales. Necesito sangre humana".

Necesito tu sangre. Él no dijo las palabras, pero ella las oyó en su mente, y en su corazón.

Rhianna clavó los ojos en él. -"Todas esas otras chicas," dijo lentamente. -"Las que estuvieron aquí
antes de mí. ¿Tú no las profanaste del modo en que creían los aldeanos, verdad? Bebiste de ellas".

111
Rayven asintió, con expresión impasible. Vio el rechazo en sus ojos, sintió como si una profunda
brecha se abría entre ellos, un abismo que nunca podría cruzar.

-“¿Y para eso fue por lo qué me compraste? Para... Para alimentarte de mí".

-"La sangre de los animales satisface mi hambre" dijo, con voz cuidadosamente neutral, -"Pero eso
no me da placer, ni me sostiene indefinidamente. De vez en cuando, necesito sangre humana. Algunas
veces lo deseo ardientemente. Pasar sin ella durante largas temporadas me debilita". Aspiró
profundamente y soltó el aire en un largo suspiro, cansado. -"No puedes imaginar el dolor que conlleva la
abstinencia".

Recorrió con la mirada el pulso latiendo en su garganta. La sangre de animales era vil, pero la sangre
de Rhianna era como el más fino vino, el más dulce néctar.

-“¿Qué les sucedió a las otras chicas que estuvieron aquí antes que yo?”.

-"Las despaché.

Rhianna tragó saliva. –“¿Vivas?”

-“¿Tú que crees?”.

-"No quiero pensar que las mataste. Si me dices que no lo hiciste, entonces aceptaré tu palabra”.

-"No les hice daño. Pero he matado en el pasado, Rhianna. Y lo haría de nuevo si fuera necesario. No
trates de imaginar que soy noble. O amable. Soy un vampiro y somos, por propia naturaleza, asesinos. No
confiamos en nadie, especialmente en otros de nuestra clase, y guardamos nuestro territorio
celosamente".

Oyó el énfasis en la palabra "nosotros" pero no podía hacerse la idea de que podía haber otros como
él viviendo cerca. No ahora, no cuando estaba haciendo un esfuerzo tan grande para entender lo que el
hacía y lo que él era.

-“¿Todavía estas intentando asustarme, mi señor?” Preguntó, obteniendo a la fuerza su sonrisa.

Rayven negó con la cabeza. -"Solo quiero que te des cuenta con lo que te estas enfrentando.

Él se puso de pie. -"Piensa en lo que te he dicho, Rhianna. Si todavía sigues aquí mañana por la noche,
entonces sabré que has decidido a quedarte hasta que se cumpla el año. Si te vas, cuidaré de ti y tu
familia mientras vivas".

Ella quiso decirle que todavía le amaba, que no importaba lo que pudiera decir o hacer que nada podía
cambiar eso, pero no podía formar las palabras.

-"Buenas noches, dulce Rhianna". Su voz la rozó como un viento frío de invierno, y luego se fue como
si nunca hubiera estado.

Capítulo Quince

No se fue. Pasó la noche insomne, recordando todo lo que le había dicho, todo lo que había pasado
entre ellos desde esa noche desafortunada en Cotyer's, y cuando llegó el amanecer, supo que no podía
abandonarle.
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Había esperado que él se alegrara, que pasara cada momento de vigilia en su compañía. En lugar de
eso, tenía la sensación de que la evitaba. Aunque durante la cena se reunía cada noche con ella, parecía
distanciado. Creía que después de lo que le había dicho, después del día que había pasado durmiendo a su
lado, la llevaría a su cama. En lugar de eso, la mantenía apartada de sus brazos, con la advertencia en su
mirada de que mantuviera las distancias. Era muy confuso.

Esta noche, se retrasaba. Picó un poco de su comida, preguntándose si lo había soñado todo. A la luz
del día, todo lo que él le había dicho le parecía un cuento – el poder de leer la mente, su capa mágica,
vivir de la sangre de las ovejas mezclada con vino, verse forzado a vivir por siempre en la oscuridad-.
Era inconcebible.

Noto su presencia antes de que entrara en el comedor. Alzó la mirada encontrando sus ojos fijos en
ella, y supo que todo era verdad. Él era un vampiro. Vivo y a pesar de ello muerto. Eso lo explicaba todo:
la desesperación que algunas veces veía en sus ojos, el por qué nunca le había visto durante la luz del
día, por qué nunca le veía comer, por qué su piel estaba siempre fría, siempre fresca al tacto.

Sintió una risa histérica desbordándola. Había tenido miedo de que la hubiera comprado para
avergonzarla, violarla, cuando todo lo que él quería, era beber su sangre.

-“¿Hambriento, mi señor?”. Preguntó cruelmente. Reclinándose en su silla, dejando lenta y


deliberadamente al descubierto su garganta a su mirada fija mientras todos sus sueños de un futuro
con Rayven se disolvían en un rojo océano de imposibilidad. Él no se casaría con ella. Nunca llevaría a sus
hijos en su vientre.

-"Rhianna, no hagas eso". Se volvió de espaldas ante la repulsa en los ojos de ella, apartando la vista
de su garganta que había dejado al descubierto, su pulso palpitando salvajemente. El aroma de su
desesperación, de su sangre, inundó sus sentidos.

-"Lo siento. Perdóname" murmuró y se echó a llorar. Dejaría este lugar dentro de unos pocos meses.
Algún día se casaría. Tendría hijos y nietos, pero Rayven todavía estaría aquí, encerrado en sus cadenas
de oscuridad eterna, por siempre solo y triste.

-“¡Rhianna!” Mascullando un juramento, se arrodilló delante de ella y le cogió las manos. -"Rhianna, no
llores. Por favor no llores. No puedo soportar tus lágrimas. No tienes por que quedarte durante más
tiempo aquí. Te mandaré a casa mañana. Esta noche, si lo deseas. Pero por favor no llores".

-"No lloro por mí”, dijo.

Él se quedó mirándolo fijamente estupefacto al darse cuenta de que ella estaba llorando por él.

-“¿Hay algo que pueda hacer por ti?”. Preguntó, sorbiendo sus lágrimas.

-“¿Hacer lago por mí?” preguntó, frunciendo el ceño.

-“¿Puedes ser mortal de nuevo?”.

Lentamente, él negó con la cabeza. -"No".

-"Me quedaré contigo" prometió. -"Me quedaré mientras me quieras”.

113
-"Ah, Rhianna, no tienes ni idea cómo me tienta eso”. No estar solo nunca más. Tener a alguien con
quien compartir su vida. Le mostraría el mundo, la cubriría de diamantes y esmeraldas, le concedería
todo lo que deseara. Nunca le faltaría de nada. Podría dormir durante el día a su lado. Vería su cara al
dormirse y le daría la bienvenida cuando se despertara...

Lentamente, negó con la cabeza. No la podía condenar a la clase de vida que él llevaba, esperar que
rehuyera la luz del día, que pasara su vida con un hombre que no era hombre del todo, simplemente para
aliviar su aislamiento. Podía ser un monstruo, pero incluso él no podía ser tan cruel.

Su soledad, la tristeza completa y absoluta en las profundidades de sus ojos, le llegaron hasta lo
profundo de su corazón e hicieron llorar su alma. –“No me eches" imploró suavemente. Inclinándose
hacia adelante, le beso en la frente.

La abrazó por la cintura, y presionó su rostro contra sus pechos. Su calor le engulló, ahuyentando el
frío que era su constante compañero como la luz del sol ahuyentaba el frío de la noche.

-"No lo haré". Aspiró un tembloroso aliento. -"Que Dios me perdone, pero no lo puedo hacer".

Un sentimiento de paz, de sentirse en casa, lleno su alma mientras ella acariciaba su pelo.

-"Mi hermana se casa mañana" le recordó. -"Dijiste que vendrías conmigo a la boda".

-"Si lo deseas". Parecía que ya no tenía voluntad propia, pensó con sardónica diversión. Ella hablaba,
y él solo aspiraba a obedecerla.

-"Lo deseo". Él alzo la vista, para verla sonriéndole. -"Eres muy complaciente, mi señor".

-"Parece ser que no puedo negarte nada".

-“¿Nada, mi señor Rayven?”

-“¿Qué deseas ahora, Rhianna? ¿Un broche de zafiros para rivalizar con el color de tus ojos? ¿De
oro para hacer juego con el color de tu pelo?”.

-"Lo que quiero es infinitamente más valioso, mi señor".

-"No puedo imaginarme lo que debe ser".

-“¿No puedes imaginarlo?”.

Ella coqueteaba con él, meditó. Y muy descaradamente, por cierto. -"Pide lo que quieras mi amor y es
tuyo".

-"Un Beso" dijo Rhianna, pronunciando la palabra como si fuera una caricia. -"Un beso".

-“¿Sólo uno?”.

-"O dos".

-“¿O veinte?” murmuró Rayven, cubriéndole la boca con la suya.

Rhianna emitió un bajo sonido de aceptación a través de su garganta, mientras pasó sus brazos
alrededor de su cuello. Esto era lo que quería, pensó cuando su tacto nubló sus sentidos. Estar aquí,
entre sus brazos durante el resto de su vida.

114
El tiempo quedo en suspenso mientras su lengua acariciaba su labio inferior, mientras sus manos se
deslizaban por sus lados, sus pulgares acariciando ligeramente sus pechos.

-"Rayven... por favor. .."

Él se apartó mirándola con atención. Su respiración era dificultosa, sus ojos llameando con
incandescentes fuegos interiores.

-“No me rechaces de nuevo" imploró suavemente.

-"Rhianna, te deseo más de lo que puedes imaginar... "

-“¿Pero?”.

-"Tengo miedo de lastimarte, eso... "

-“¿Qué?”.

-"Rhianna, no siempre puedo separar mi deseo del hambre que me corroe. Temo que, en el calor de
pasión, la lujuria por la sangre venza mi autocontrol".

-“¿Siempre ocurre así?”.

-"No lo sé. Sólo he llevado a una mujer a mi cama desde que fui hecho Vampiro".

-“¿Sólo una? ¿Durante cuatrocientos años?”.

-"La lujuria por la sangre es aun más poderosa que el deseo sexual". Hasta que encontró a Rhianna,
pensó. Hasta que llegó e introdujo esperanza en su solitaria vida.

-“¿Qué le sucedió a esa chica?”.

-"Murió entre mis brazos".

Rhianna se recostó en la silla, incapaz para suprimir el estremecimiento de temor que le recorría la
columna vertebral.

-"Rhianna, no podría vivir con la culpabilidad de haber hecho algo que pueda dañarte".

-"Has... ¿Te has alimentado esta tarde?”.

-"Sí". Sabiendo que la vería, y recordando lo que había sentido cuando se despertó a su lado, se
había alimentado, y se había alimentado bien.

-¡¿Tienes hambre ahora?”.

Él negó con la cabeza, con la certeza de lo que iba a venir excitándolo tanto como lo atemorizaba.

Él la deseaba, la deseaba tanto como ella a él. Con la seguridad que le proporcionaba ese
conocimiento, apartó su miedo. Poniéndose de pie, tomó su mano conduciéndolo tras ella. -"He esperado
por ti demasiado tiempo, mi señor".

Las palabras fueron dichas tan suavemente, que dudaba de las hubiera podido oír un simple mortal.

Rayven negó con la cabeza. -"No puedo, Rhianna. Por favor no me pidas eso".

-"No tengo miedo”.

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Sus dedos apretaron sus hombros. -"Pero yo sí".

-“¿Amabas a esa chica?”.

-"No".

-“¿Me amas a mí?”.

Asintió, incapaz de negarlo.

Su sonrisa era tan brillante como la luz del sol que él nunca vería de nuevo, tan calida como el amor
de una madre.

-“¿Estas segura de que es esto lo que quieres, Rhianna?”.

Por toda respuesta, cogió su mano y se dirigió hacia la puerta.

Incapaz de resistirse, la siguió hacia arriba por la escalera de caracol hasta su cuarto.

Una vez dentro, su coraje pareció abandonarla y se quedó mirándolo fijamente, con ojos inseguros.

-"No tenemos por qué hacer esto" dijo Rayven.

-"No, quiero hacerlo. Pero no se que es lo que esperas de mi”.

-"Podríamos comenzar con un beso" propuso Rayven, esperando que eso les hiciera sentir más
cómodos.

La atrajo entre sus brazos, sintiendo los pequeños temblores de ansiedad que la recorrían de pies a
cabeza.

-"Rhianna". Murmuró su nombre mientras reclamaba sus labios.

Era más dulce que la miel, más caliente que un día de verano. Era como estar expuesto a los
brillantes rayos del sol, pensó. Estrecharla entre sus brazos expulsaba el frío que parecía perseguirlo
siempre, la sujetó más cerca, absorbiendo su calor, su blandura. Sus pechos estaban aplastados contra
su torso; Podía sentir los rápidos latidos de su corazón, la pasión floreciendo dentro de ella.

Ella respondió a su beso apasionadamente, apretándose más contra él, sus brazos deslizándose
alrededor de su cuello. Gimió suavemente cuando sus labios se deslizaron por su garganta, a lo largo de
su hombro.

-“¿Rhianna, Rhianna, sabes cuántas veces he soñado con este momento?”.

Ella hizo un sonido mudo de asentimiento, apartándose para poder ver su rostro. El calor en sus ojos
amenazaba con abrasar su propia alma y pensó en lo maravilloso que era que una joven inocente como era
ella pudiera despertar tal pasión en un hombre.

Él la soltó solo lo suficiente para quitarse su capa. Ella le observó mientras la depositaba sobre la
silla, y se quedó sin aliento al verse en el espejo.

Por un momento, fue como si el mundo se hubiese detenido: su reflejo, su pelo ligeramente
desordenado, sus mejillas rosadas, sus labios ligeramente hinchados por sus besos. Vio su capa,
extendida como un río de negro terciopelo sobre la silla. Vio la cama detrás de ella. Pero no a Rayven,
quien estaba a su lado, no se reflejaba en el espejo.
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Sobresaltada, le recorrió con la mirada para asegurarse de que estaba allí. Miró de nuevo el espejo,
sintió que la sangre desaparecía de su rostro.

-“¿Qué ocurre?”. Rayven la miró de reojo y luego, lentamente, siguió su mirada. Su imagen le miraba
fijamente desde el espejo, sus ojos azules agrandados, su cara cenicienta. –“¿Rhianna?”.

-"Yo... Tu... " Aspiró una bocanada de aire, y luego lo dejo escapar con un largo y tembloroso suspiro.
-"El espejo... Tu no... ¿Por qué no puedo verte?”.

Él estaba repentinamente silencioso. -"No estoy seguro" contestó rígidamente. -"Hay muchas
teorías acerca de ello, la más extendida es que los vampiros no se reflejan en el espejo, porque están
compuesto de carne sobrenatural".

Vampiro... Ella sabía lo que él era, pero había rehusado profundizar en ello, había intentado
pretender que eso no tenía importancia, que era como algún tipo de rara enfermedad, no una forma de
vida. Ahora sabía por qué no había espejos en el castillo, sabía porqué que las pesadas cortinas estaban
extendidas sobre las ventanas, no solamente para impedir que pasara la luz.

Dando un paso hacia atrás, le contempló. Con un inconsciente gesto de protección, cruzó los brazos
sobre sus pechos.

Rayven entendió el significado de su gesto. Enderezándose en toda su altura, se apartó hasta rincón
del cuarto. -"Te expliqué lo que soy" dijo, su voz de repente a la defensiva.

-"Lo sé, pero creo que hasta ahora no me había realmente dado cuenta de lo que significaba. No me
importa. Realmente me da igual. Solo me sobresalté por un instante”.

-“¿Sobresaltada?” Alzó una negra ceja con amarga diversión.

-"Parece que estés a punto de desmayarte".

-“¿De verdad lo parezco?” Ella sonrió débilmente. -¿Puedes culparme por ello?”.

-"No. Esto no va a funcionar, Rhianna. Por la mañana haré que Bevins te lleve a casa".

-“¡No!” Corrió a través del cuarto y colocó las manos en sus hombros. -"No tiene importancia". Señaló
al espejo. -"Solo era que no lo sabía. Tu nunca me dijiste... " Cruzó los brazos sobre su pecho de nuevo,
recordando repentinamente que se lo había dicho cuando le habló de Lysandra y de cómo se había
convertido en un vampiro. -"Lo siento, lo olvidé".

Pensó en todas las otras cosas que le había contado acerca de los vampiros. Parecían todas tan
irreales, tan improbables. Ahora sabía que a pesar de su habilidad para abrir y cerrar puertas, de leer
sus pensamientos, de su necesidad de beber sangre, realmente en lo más profundo de su ser no había
creído que él era un vampiro. –“¿Hay alguna otra cosa que deba saber? Es decir, he oído historias acerca
de vampiros, pero... "

Se mordió el labio inferior para detenerle sus absurdos balbuceos. Incluso después de todo lo que
había visto, después de todo lo que le había contado, no podía creer que fuera cierto. Las lágrimas
inundaron sus ojos mientras le contemplaba, esperando que él le aclarara que todo había sido un
tremendo error.

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-"Ah, Rhianna, eres tan joven, y yo me siento tan viejo".

-"Dímelo”.

-"Creo que te he dicho todo lo que necesitas saber". Su mirada fija se desplazo hasta la delgada
columna de su cuello, donde latía su pulso tan apetitosamente. El perfume de su sangre inundaba las
aletas de su nariz.

Lleno de ternura, le cogió las manos y besó a cada uno de sus dedos, sus labios fríos contra su carne.
-"Creo que será mejor que me vaya".

-"Pero... Creí que... "

-"En otro momento, Rhianna".

Él se sintió al mismo tiempo aliviado y decepcionado cuando ella no le replicó.

-“¿Te veré mañana por la noche, mi señor?”

-"Si lo deseas".

-“¿Me acompañarás a la boda de mi hermana?”.

-“¿Crees que es eso prudente?”

-"No lo sé. Quizá sería bueno que pasaras más tiempo con seres humanos y menos encerrado dentro
de este castillo”.

Él parecía escéptico. –“¿A qué hora es la boda?”.

-"A las siete, en la capilla de Millbrae". Rhianna se mordió el labio inferior. -" Puedes... Quiero decir,
podrás... ?"

Él se rió suavemente. -"Te aseguro, que la iglesia no se derrumbara si entro, mi dulce. Ni me


desintegraré en un montón de cenizas al rojo vivo". Agachándose presiono sus labios sobre su cabeza.
-"Hasta mañana por la noche".

CAPÍTULO DIECISÉIS

Rayven esperaba al pie de la escalera, mudo, mientras veía como Rhianna descendía la escalera, una
visión de raso rosado y marfil la hacían parecer un ángel con una nube flotante de pelo dorado y ojos del
color de un cielo de medio día en verano. El traje revelaba la delgada curva de su cuello y un pequeño
trozo de su satinada piel. Unos bellos y diminutos zapatos rosados apuntaban por el borde de su traje.

-"Qué bella eres, mi dulce" dijo Rayven. Cogiendo su mano con la de él, la presionó contra sus labios.

Una oleada de color arrasó sus las mejillas de Rhianna cuando vio la admiración en sus ojos.

-"Tu también estas muy guapo mi señor" contestó, sintiéndose repentinamente tímida.

Vestido con unos ceñidos pantalones negros, suaves botas negras de cuero, una camisa blanca, y un
abrigo negro de fino paño, cada pulgada de él demostraba que era un caballero de calidad y riqueza.

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La palabra "vampiro" susurró en su mente. Resueltamente, la apartó a la fuerza. Ahora no pensaría
en eso.

-“¿Todavía crees que esto es una buena idea?”. Preguntó mientras pasada el chal de lana blanca por
sus hombros y luego le recogía su capa.

-"No tienes que acompañarme si no quieres" dijo.

Sus nudillos acariciaron su mejilla. -"Sólo pensaba en ti, en tu reputación".

-"No me importa lo que los demás piensen" contestó, -"Siempre que este contigo".

Un poquito de calor, como el toque de la luz del sol, se enrosco alrededor de su corazón. -"Como tu
quieras" le dijo, y le ofreció su brazo.

La iglesia, hecha de piedra y de madera tallada, se erigía al pie la colina. La luz de varias docenas de
velas blancas inundaba el cuarto, bañando las pintadas caras de los santos de madera con una suave luz.

Los bancos de iglesia estaban llenos de amigos y familia, y Rhianna sonrió a su madre y hermanas
mientras ocupaba su lugar entre ellas. Por un momento, contuvo el aliento, esperando. ¿Esperando qué?
filosofó. ¿Qué la iglesia se derrumbara? ¿Qué el sacerdote se acercara con una cruz en lo alto y Rayven
fuera expulsado de la iglesia?

-"Relájate, mi dulce". Murmuró Rayven. Cogió su mano y la palmeó reconfortadoramente. -"Mi


presencia no hará arder la capilla. El sacerdote no renegará de mi como si fuera Satán".

Rhianna sintió que sus mejillas ardían mientras él expresaba sus miedos con palabras. A pesar de sus
burlonas palabras, Rayven no estaba tan tranquilo como quería hacerle creer a ella. Su mirada era
atraída una y otra vez hacia el crucifijo de madera grande que estaba detrás del altar. Hacia
cuatrocientos años que no había pisado una iglesia. La última vez que había entrado en una iglesia había
sido poco tiempo después de ser hecho Vampiro. Se había refugiado dentro de una pequeña capilla para
escapar de la luz del sol. Agazapado dentro de uno de los diminutos confesionarios, había implorado
perdón por la sangre que había derramado, por las vidas que había tomado.

Ahora, sentado al lado de Rhianna, tenía aguda conciencia de los susurros detrás de él mientras los
ciudadanos expresaban su sorpresa al verle allí. Raramente abandonaba el castillo, excepto en las
ocasiones en las que iba a Cotyer.

-“ Parece que nunca envejece... "

-“¿Qué crees que hace en ese castillo?”.

-"... descaro, traerle aquí... "

-"... no es natural, la forma en que vive... "

Los susurros y las especulaciones cesaron abruptamente cuando el sacerdote y los novios tomaron
sus lugares en el altar. Momentos más tarde, la hermana de Rhianna entró andando por el pasillo.

Era una bonita muchacha, meditó Rayven, radiante en el día de su boda. Llevaba un traje color marfil
con un velo y un ramillete de prímulas y delicados helechos.

El novio, Creighton York, era alto y más bien delgado, con pelo de color café oscuro y ojos marrones.
119
Rayven deslizó una mirada hacia Rhianna cuando el sacerdote comenzó a hablar. No tuvo que indagar
en su mente para saber lo qué pensaba, para saber que se imaginaba de pie en el altar, repitiendo los
votos que la unirían al hombre que amaba. Una sola lágrima se deslizó por su mejilla cuando el nuevo
marido de su hermana levantó su velo y besó a su prometida.

Un dolor punzante perforó el corazón de Rayven. Algún día, Rhianna estaría en un altar parecido y
diría las palabras que la unirían por siempre a otro hombre. No podía soportar el pensamiento. La
angustia de saber que ella sería de otro sería su fin.

Ese día, cuando supiera que la había perdido para siempre, saldría al encuentro del sol.

Hubo una fiesta después de la ceremonia. Creighton York era el único hijo de una familia de clase
media. Su padre, Langston, era el platero del pueblo. La recepción fue en el salón municipal.

Rayven permaneció en el fondo, aliviado de que no hubiera espejos en el gran edificio de madera. Se
quedó en una esquina, en la sombras mientras veía como Rhianna iba de un lado a otro del cuarto,
haciendo bromas con los invitados, riéndose con sus hermanas, haciendo una pausa para hablar con su
madre, ayudando a la señora York con la mesa.

Era una visión, su Rhianna, una reina de las hadas con un remolino de faldas rosadas. Había otras
mujeres presentes – una cierta cantidad de ellas más jóvenes, otros con más curvas – pero ninguna más
bella, ninguna tan vibrante y viva como ella. En un cuarto lleno de seres vivos, su perfume, su sangre, le
atraían como si de un brillante faro a través de un mar de medianoche se tratara, tentando sus
sentidos.

Rhianna miró hacia atrás, su mirada escrutadora buscándolo como una abeja el polen. Rayven se
quedó mirándola fijamente, la oscuridad de sus ojos atrayéndola. Antes de que se diera cuenta de lo que
estaba haciendo, se dirigió hacia él, ignorando a la gente que le hablaba mientras pasaba de largo.

Ella le miró con ansiedad. –“¿Mi señor?”

-“¿Puedes concederme este baile, dulce Rhianna?”.

-“¿Bailar?” Sólo luego vio que los músicos tocaban, que otros bailaban.

Dio un paso hacia él, con un suspiro de satisfacción saliendo entre sus labios mientras él la condujo
entre sus brazos haciéndola girar alrededor del salón. Nunca había bailado con un hombre tan ágil, quién
con su solo contacto le hiciera surgir anhelos tan profundos y prohibidos. Investigó en sus ojos, ojos
negros insondables que la atraían obsesivamente, hasta que no vio nada mas y a nadie salvo al oscuro
señor de Castle Rayven.

Vampiro.

El brazo alrededor de su cintura se tensó cuando la palabra le pasó por la cabeza. Él lo sabe, pensó,
sabe lo que estoy pensando. Una vez le había dicho que podía leer su mente, y se había resistido a
creerlo, pero ahora lo creía.

Echándose un poco hacia atrás, contempló las profundidades de sus ojos. Bésame, mi señor, bésame
ahora.

Y, muy lentamente, él agachó su cabeza y posó sus labios sobre los de ella.
120
Se regocijó con su beso al mismo tiempo que sopesaba lo que significaba vivir con un hombre que
podía conocer cada uno de sus pensamientos. Un hombre que no era un hombre del todo.

Cuando el baile acabó, la escoltó a través del vestíbulo y le alcanzó un vaso de vino, luego se sentó a
su lado mientras ella comía un pedazo de pastel de boda. Más tarde, hubo un brindis por los novios y
luego Aileen y Creighton se fueron. Poco después de eso, Rhianna se despidió de su madre y sus
hermanas.

-“Vuelve a casa con nosotros" le rogó Ada. Miró en dirección a Rayven y se estremeció cuando sus
ojos negros como el infierno atraparon los suyos. -"Por favor, hija, vuelve a casa donde tienes un sitio".

-"No puedo. Mama. He prometido quedarme con Lord Rayven durante un año”.

Ada negó con la cabeza. -"No te entiendo, hija. ¿Qué poder tiene sobre ti?”.

-"Le amo" Rhianna dijo quedamente. -"Ese es el poder que tiene sobre mí. Él me ha concedido un año
para estar junto a él, sólo un año, y no le dejaré ni un solo día antes".

Ada negó con la cabeza de nuevo. -"Me temo que te ha hechizado”.

Rhianna contuvo una sonrisa. -"Le aseguro madre que no es ningún brujo".

-"Apostaría a que tampoco es un simple hombre" dijo Ada. -"Es malo, Rhianna. ¿Por qué no te das
cuenta?”.

-"Él no es malo, mama. Ha sido amable conmigo, con nuestra familia. ¿Ha olvidado que Aileen no
habría tenido ninguna dote de no ser por la generosidad de Lord Rayven? ¿Ha olvidado que restauró
nuestra casa, que él es el que hizo posible que conserváramos nuestra tierra después de que papa
muriera, que pone comida en nuestra mesa y paga nuestros vestidos?”.

-"No lo he olvidado" contestó Ada en tono apaciguador. -"Pero temo que su generosidad no nace de
la bondad, Rhianna. Temo que solo sea cuestión de tiempo el que conozcamos sus verdaderos
propósitos".

Rhianna negó con la cabeza. Comenzó a explicar a su madre acerca del refugio en el pueblo, pero
cerró su boca, recordando que había prometido a Rayven que no se lo diría a nadie.

-"Me tengo que ir, madre" dijo. Le dio un abrazo rápido a su madre y un beso de despedida a sus
hermanas. -"Os volveré a ver pronto".

Ella guardó un largo silencio en el carruaje mientras regresaban al castillo. Rayven miró sus ojos
entrecerrados, preguntándose que sería lo que la molestaba. ¿Era la desaprobación de su madre? ¿Un
poco de melancolía porque su hermana parecía felizmente casada? ¿O estaba tratando de encontrar una
forma de decirle que había cambiado de opinión acerca de pasar un año en compañía de un vampiro?

-“¿Rhianna?”.

Ella giró su rostro hacia él, su cara en las sombras. –“¿Sí?”

-“¿Qué es lo que te molesta?”.

-"Mi madre. Cree que eres malo, y que hay alguna oscura razón por la que estas siendo tan amable
conmigo y mi familia".
121
-“¿Y que es lo que piensas tú?”.

-"Pienso que me moriré si no me besas enseguida”.

-"Ah, Rhianna... "

-“¿Es que nunca vamos a hacer el amor, mi señor?”

-“¿Te casarías conmigo, Rhianna?”.

-"¿Casarme contigo?" se quedó sin aliento.

-“¿Es eso tan repugnante?”.

-"No, pero... "

-"Sólo durante lo que queda de nuestro año, Rhianna. Si permaneces conmigo el tiempo que me
prometiste, me gustaría que fueras mi esposa".

-“¿Y luego?”.

-"Luego te liberaré de tus votos".

Su propuesta la dejó sin habla. ¿Casarse con él?

-"Dejaré que lo pienses durante un tiempo, mi dulce". Le cogió las manos, deleitándose con el calor
de su piel. -"Te quiero, Rhianna, más de lo que en toda mi vida haya querido a alguien. Más de lo que
anhelo ver el sol de nuevo".

-"No necesitas casarte conmigo" dijo suavemente. -"Creía haberte dejado claro que te amo sin
condiciones".

-"Ah, Rhianna, para mi sorpresa, acabo de descubrir que todavía conservo dentro de mí un cierto
sentido del honor. No tomaré tu virginidad, ni tu inocencia, sin el respaldo del matrimonio". Besó la
palma de su mano con su lengua acariciando la carne sensitiva, enviando escalofríos de deleite a través
de ella. -"Di que sí, dulce Rhianna".

No podría ver su rostro en la oscuridad, pero podía sentir sus ojos fijos en ella, esos ojos oscuros,
profundos encendidos con un feroz fuego interior.

Vampiro.

-"No te lastimaré, Rhianna McLeod".

-"Lo sé". Miró sus manos, enlazadas con las de él. Manos fuertes, pero que siempre habían sido
gentiles con ella.

Lord Rayven es un hombre gobernado por oscuros apetitos. Las palabras de advertencia de Bevins,
dichas con seriedad, le advertían que tuviera fuera cuidadosa.

Él es malo, Rhianna. ¿Por qué no puedes verlo? Oyó su el eco de la voz de madre en el fondo de su
mente.

Indagó en los ojos de Rayven y supo que sabía de sus pensamientos, sus dudas.

-"Rhianna... "

122
-"Me casaré contigo, mi señor, cuando tú digas".

-"Mañana por la noche".

-“¿Tan pronto? Esperaba... "

-“¿Qué esperabas, mi dulce?”

-"Casarme en una iglesia, con un traje de seda blanca y velo, con mi madre y mis hermanas a mi lado”.

-"Las tendrás”.

-“¿Para mañana por la noche? No lo creo".

-“Haz los preparativos para la boda que siempre soñaste, Rhianna" dijo. -"Todo lo que te pido es que
no me hagas esperar demasiado tiempo, y que la ceremonia se realice aquí en la capilla del castillo".

-“¿Hay una capilla aquí?”

Rayven asintió. -“¿Cuánto tiempo necesitas?”.

-"Dos semanas deberían bastar".

Bevins estaba asombrado por las noticias. La madre de Rhianna estaba horrorizada, sus hermanas
mudas.

Montroy se quedó aturdido.

Sentado frente a Rayven en Cotyer varias noches más tarde, Dallon negó con incredulidad. –“¿Ella
aceptó casarse con usted?”.

Rayven asintió. Podía sentir los celos emanar del otro hombre, la cólera, ver la mano de Montroy
apretando fuertemente la taza que sostenía. -"Nunca creí... Nunca creí que usted se casaría".

-"Ni yo" contestó Rayven. Pasó la mirada alrededor del vestíbulo, saludando con un asentimiento a
Tewksbury y Jackson, que estaban jugando una interminable partida a las cartas.

-"Supongo que la mantendrá encerrada en ese maldito castillo" dijo Dallon con voz tensa. –“¡Maldita
sea Rayven, no puede mantenerla prisionera!”.

Rayven no se movió, no cambió de expresión, pero Montroy supo que había ido demasiado lejos.

Dallon se aclaró la voz. -"Solo quise decir que ella merece algo mejor que eso".

-"No será una prisionera" dijo Rayven. -"Será mi esposa. Y como tal, estará en libertad de entrar y
salir cuando quiera".

Dallon asintió de nuevo. Sin pasar por alto la advertencia en los ojos de Rayven, o el borde afilado de
su voz, y supo que sería sabio cambiar de tema.

-"Ella quiere casarse en la iglesia con su familia a su lado" Rayven comentó. Aspiró profundamente, y
las aletas de su nariz se llenaron del olor a whisky fuerte y al humo de sus cigarros puros y por encima
de todo a la gruesa y cálida esencia de su sangre.

Montroy se recostó en su silla. Respiró profundamente, esforzándose en tranquilizarse. -"No puede


culparla por ello".

123
-"Les ha pedido a sus dos hermanas mayores que la acompañen al altar".

Rayven despejó su garganta y pasó la mirada alrededor del cuarto. Durante sus cuatro siglos de
existencia, nunca había pedido un favor a otro hombre.

Con un suspiro, miró a Montroy de nuevo. -"No tengo ningún otro amigo a quien pedírselo" dijo sin
matices. -"Pero consideraría un honor si usted me acompañara".

Dallon le miró de soslayó, obviamente sin palabras y luego asintió.

-"Será un placer para mi, Su Señoría" contestó Montroy seriamente, aunque se preguntó cómo
podría soportar estar presente mientras Rhianna entregaba su corazón a otro. –“¿Cuándo se celebrará
el matrimonio?”.

-"Dentro de diez días".

Diez días, Montroy pensó, y se preguntó si habría algo que pudiera hacer para convencer a Rhianna
de que no se casara, antes de que fuera demasiado tarde.

Durante la semana siguiente, el castillo de Rayven estuvo más agitado de lo que había estado
durante cuatrocientos años. La madre de Rhianna y las hermanas venían a menudo a ayudarla con la
confección del traje de boda y a planear el banquete de bodas.

Debería haber sido una ocasión feliz, Rhianna filosofó. Deberían haber habido sonrisas y risas
mientras se sentaban por las tarde a trabajar en su traje de novia, pero cualquiera que mirara el rostro
de su madre habría pensado que se preparaban para un velatorio. Ada masculló repetidamente que nada
bueno saldría de este matrimonio, que había maldad dentro del castillo, que Lord Rayven no era el
hombre noble que parecía. Rhianna hizo lo mejor que pudo para ignorar las horrendas advertencias de su
madre, sin embargo algunas veces, cuando estaba sola, se preguntaba qué de bueno podría salir al
casarse con un vampiro.

Sus hermanas pensaron que era romántico que se casara con el oscuro señor del castillo. Lanzaron
grandes exclamaciones de asombro mientras les mostraba el castillo, maravillándose de los tapices que
pendían de las paredes, de las enormes chimeneas en los salones, de las pesadas espadas que colgaban
cruzadas sobre la chimenea. Atravesaron corriendo los jardines; Estaban encantadas con el laberinto.

Bevins, por su parte, estaba encantado con la madre de Rhianna. Utilizaba cualquier excusa para
entrar en el cuarto cuando Ada estaba allí, hacia una pausa en el portal cada vez que pasaba por allí,
deteniéndose para preguntar si deseaban algún refresco. Ada fingía estar ajena al interés de Bevins,
Rhianna se daba cuenta de que le gustaba por la forma en que los ojos de su madre brillaban cuando
Bevins estaba junto a ella, de la forma en que sus mejillas se sonrojaban cuando sus manos
accidentalmente se rozaban.

Bridgitte fue la primera en mencionarlo en voz alta. Estaban en el cuarto, cosiendo el borde del
vestido de novia de Rhianna, cuando Bevins entró en el cuarto con una bandeja de té y unos panecillos.
Le sirvió uno a cada una, sonrió a Ada, y salió del cuarto.

-"Creo que le gustas, mama" comentó Bridgitte. -"Siempre le da la galleta más grande, y sus ojos
sonríen cuando te mira”.

124
-"No sé de que me hablas" replicó Ada.

-"Es cierto”. Brenna sonrió abiertamente a su hermana menor. -"Tal vez pronto tengamos un nuevo
padre".

-"Cállate, Brenna" la amonestó Ada.

-"Parece simpático, mama" agregó Lanna. -"Y sus ojos sonríen cuando te mira”.

-“¡Tonterías!”.

-"No son tonterías, mama" dijo Rhianna. -"Él me dijo que pensaba que eras era una mujer hermosa".

-“¿Cuándo?” preguntó Ada, con sus mejillas ardiendo. –“¿Cuándo te dijo eso?”.

-"La primera vez que me trajo a casa”.

Ada azorada y halagada, agacho la cabeza sobre su costura para que sus hijas no pudieran ver sus
mejillas arreboladas. Habían pasado años desde que un hombre la había mirado así. Más años de los que
podía recordar. Podría haber encontrado el interés de Bevins halagador si hubiera sido cualquier otro,
pero ella no quería tener nada que ver con cualquiera que trabajara para Rayven. Ya era suficientemente
duro estar ahí viendo a su hija a punto de cometer lo que Ada creía que era el error más grande de su
vida. Pasó la aguja a través del tejido, maldiciendo silenciosamente a su marido. Si no hubiera sido por
Vincent, Rhianna y Rayven nunca se habrían conocido.

Al atardecer, la madre de Rhianna y las hermanas se fueron. Rhianna todas las noches las invitaba a
cenar, pero Ada siempre rehusaba. Daba todo tipo de excusas, pero Rhianna sabía la verdad, sabía que a
su madre le daba miedo estar en el castillo después del anochecer. Había demasiadas historias de
extraños pasos por el castillo de Rayven, demasiados rumores de fantasmas y merodeos de vampiros
por la zona. Cada noche antes de irse, Ada dibujaba la señal de la cruz en la frente de Rhianna y le
recordaba que rezara sus oraciones y dejase su rosario al alcance de la mano.

Esta noche no era diferente. Rhianna permaneció en el quicio de la puerta, sintiendo todavía en la
frente la huella de los callosos dedos de su madre mientras observaba como se alejaba el carruaje.

Con un suspiro, Rhianna cerró la puerta y se dirigió hacia el comedor. Se sentó en su lugar habitual,
sonriendo a Bevins mientras colocaba un plato frente a ella.

Un momento más tarde, Rayven entró en el cuarto. La besó en la frente y luego tomó su asiento
acostumbrado frente de ella. Instantes después Bevins le puso delante una jarra y su copa.

Rhianna miró la jarra, el oscuro líquido rojo que brillaba tenuemente dentro del cristal. Apartó la
mirada mientras Bevins llenaba la copa y se la entregaba a Rayven.

Sangre de ovejas y vino. ¿Cómo había podido sobrevivir tomando eso durante más de cuatrocientos
años?

Clavó los ojos en su plato, en la carne de cordero, las patatas y el pan recién horneado e intentó
imaginar como se sentiría si no pudiera comer comida sólida nunca más, si se viera forzada a beber
sangre de personas o de animales para sobrevivir.

125
Pensó en todas las cosas que adoraba, el pan, queso y el chocolate. El brillo del sol, la hierba recién
mojada por el rocío. Nadar en el lago en un caluroso día de verano. Trabajar en el jardín con el sol en su
espalda y el perfume de la tierra fresca recién cavada llenando las aletas de su nariz. Vigilar a los niños
jugando... Las cosas perdidas para siempre para el hombre sentado frente a ella.

Así sería cuando estuvieran casados, pensó. Nunca compartirían una comida, o caminarían de la mano
por las mañana en el jardín cuando el rocío brillaba sobre la tierra. Nunca conocería la maravilla de la
maternidad. Cambiaría su vida para adaptarse a la de él. La luna se convertiría en su sol, la noche su día.

Repentinamente se dio cuenta del silencio en el cuarto. Podía sentir su mirada ardiendo en ella.
Aspirando profundamente, se obligo a mirarlo.

Vio un gran dolor. Un dolor sombrío, implacable. Y bajo todo eso, el aislamiento de cuatrocientos
años. ¿Cómo lo había podido soportar?

Él no dijo nada, sólo se la quedó mirando y supo que había adivinado cada uno de sus pensamientos,
que había sentido su repulsión, su piedad. Sintió la furia burbujeante bajo la superficie, su cólera, su
amargura.

Su corazón saltó una pulsación mientras él se levantaba. Por un momento, se quedó mirándola
fijamente y luego, con un revuelo de su capa alrededor de sus tobillos, salió del cuarto. Un momento más
tarde, oyó el fuerte golpe de una puerta al cerrarse y supo que había abandonado el castillo para vagar
por el jardín y también supo que tarde o temprano, iría al laberinto. Se sentaría a la sombra del lobo y el
cuervo y se quedaría mirando a la oscuridad que era una parte de sí mismo. ¿Cómo había sobrevivido a
siglos de oscuridad?

Se quedó sentada durante un momento y luego, lentamente, se puso de pie para seguirle.

-"No lo haga, señorita".

-"Bevins, no le vi.”.

-"Déjelo, señorita Rhianna".

-"No puedo. Él sufre... "

Bevins asintió. -"Sí, señorita, pero está acostumbrado a ello desde hace mucho tiempo".

Clavó los ojos en Bevins como si le viera por primera vez. -"Todo este tiempo, usted ha sabido lo que
él era y nunca me lo ha dicho”. Y luego un nuevo pensamiento cruzó su mente. –“¿Usted, también es uno
de ellos?”.

En el mismo instante en el que hacia la pregunta, supo que era imposible. -"¿Lo ha hecho... ?". Trató
de encontrar una forma de expresarlo delicadamente, y no encontró ninguna.

-"Él ha bebido de mí en el pasado, señorita, cuándo no había nadie y nada más disponible".

-"Su lealtad es muy fuerte".

-"Salvó mi vida, señorita. ¿Qué menos podría hacer?”.

Rhianna miró hacia la ventana. Más allá solo pudo ver la oscuridad. Rayven estaba allí fuera, solo y
triste y era por su culpa. Le había conducido afuera, a la noche.
126
-"Debo ir con él". Se encaminó hacia la puerta mientras hablaba. –“¿Está en el laberinto?”.

-"No, señorita".

-“¿No?”. Se detuvo y se giró. -¿Ha abandonado las tierras del castillo?”.

-"No, señorita".

-“¡Bevins!”.

-"Lo siento, señorita Rhianna".

-"Entonces lo encontraré yo sola" exclamó, y salió del castillo.

Fuera, se quedo quieta temblando en la oscuridad. Y luego, repentinamente, supo dónde estaba.

Le costó veinte minutos encontrar el camino hacia la portezuela en la pared del norte. Temblaba de
frío, pero había llegado demasiado lejos para regresar a buscar un chal. Una fría niebla humedecía su
pelo.

La portezuela se abrió fácilmente sobre goznes bien engrasados y se cerró cuidadosamente tras
ella. La hierba húmeda amortiguó el ruido de sus pasos y mojó sus zapatos. Y luego lo vio, un pequeño
rebaño de ovejas amontonadas contra una roca. Mientras se acercaba no le hicieron el menor caso. Miró
atentamente en la oscuridad, tratando de ver qué era lo que acaparaba su atención.

Al principio no vio nada pero luego vislumbró un tono de blanco contra la hierba húmeda de rocío, y
por encima del cuerpo de las ovejas un par de ojos. Unos ojos que brillaban intensamente en la oscuridad
con una luz roja sobrenatural.

Y luego una forma oscura se alzó detrás de la oveja muerta.

El lobo tenía el pelo negro. La sangre goteaba de sus colmillos. Un gruñido bajo retumbó profundo en
su garganta, recorriéndole un escalofrió de terror por su columna vertebral.

¡Fuera! La voz de Rayven hizo eco en su mente. ¡Vete!

Lentamente, dio un paso atrás, y luego otro, y otro hasta que embargada por un horror sin nombre,
se giró y corrió hacia la seguridad del castillo.

Bevins la estaba esperando en la puerta. No le hizo ninguna pregunta, simplemente le envolvió una
caliente manta de lana alrededor de sus hombros y la acompañó hasta su cuarto. Como si fuera una niña,
le ayudó a quitarse la ropa y ponerse el camisón. Le trajo una taza de té caliente y se sentó a su lado
mientras bebía. Cuando la taza se hubo vaciado, se la quitó de las manos, y la metió en la cama.
Enderezándose, apagó todas las candelas excepto una, y luego, se sentó en una silla al lado de la cama,
Bevins le cogió la mano y se dispuso a acompañarla durante la noche.

CAPÍTULO DIECISIETE

Rayven estaba en la ventana de la torre del este, clavando los ojos en el cielo. Podía sentir el
amanecer acercándose, sentir el sueño cadavérico tratando de alcanzarle, sentirse traspasado por la
oscuridad que pronto le envolvería como un sudario.

127
Tocó su capa, sintió como se enroscaba más fuertemente a su alrededor, envolviéndolo como si fuera
un capullo en vueltas de seda y terciopelo.

Rhianna le había visto en forma de lobo en el campo, el pelo erizado en su lomo, sus colmillos dejados
al descubierto y ensangrentados. La imagen de su horror, su asco, había quedado grabada en su mente, y
cada vez que cerraba los ojos la veía de nuevo.

Pues bien, meditó, volviendo la espalda a la ventana, eso era lo que había. Ahora no querría casarse
con él. Sin duda abandonaría el castillo tan pronto como se despertara y no la detendría.

Sabiendo que nunca volvería a verla, abandonó la torre y logró llegar gracias a su tesón hasta su
habitación.

Bevins se levantó de inmediato cuando su señor entró en el cuarto.

-“¿Cómo está?”. Preguntó Rayven.

-"Durmiendo tranquilamente, su Señoría".

Rayven asintió. -"Cuando hoy le pida salir de aquí, quiero que la ayude a empacar sus cosas, luego
llévela a su casa, a donde pertenece".

-“¿Su señoría?”.

-"Fui un estúpido al pensar que podría haber algo entre nosotros".

-"Ella lo ama, su Señoría, estoy seguro de eso".

Rayven negó con la cabeza. -" Ella tiene un corazón blando. Me temo que solo es piedad lo que siente
por a mí y no puedo vivir con eso. No me casaría con ella, sabiendo que solo siente lástima por mí, o teme
lastimarme". Negó con la cabeza otra vez. -"Es hora de seguir adelante. Me iré de aquí la próxima
semana”.

-“¿Va a marcharse?”.

-"Ya he permanecido aquí durante demasiado tiempo. Comience a empacar sus cosas, y las mías,
también”.

-"Como Ud. desee, su Señoría, pero... "

La cabeza de Rayven se alzó rápidamente, mirando fijamente hacia la ventana. –“Esta amaneciendo"
dijo, con voz apremiante. -"Hablaremos más tarde".

Bevins suspiró mientras veía a su señor abandonando la habitación. Era una pena, que esa horrible
maldición le negara la única cosa que anhelaba lo único que podía hacerlo feliz. Y nunca había habido
felicidad en la vida de su señor ni en la suya. Y probablemente, nunca la habría, filosofó tristemente.

-"Nunca quise hacerle daño”.

Bevins se giró abruptamente. -"Creí que estaba dormida, señorita".

-"Sentí su presencia y me desperté. Por qué él... ¿El lobo, era él? Me dijo que podía transformarse
en un lobo, pero realmente no lo creí".

-"Sí, señorita, es la pura verdad".


128
Rhianna se incorporó y sujetó las mantas bajo sus brazos. –“¿Por qué lo hizo? ¿Matar a esas ovejas,
quiero decir?”.

-"Es en esta forma en lo que se convierte cuando todo se vuelve demasiado doloroso para soportarlo.
Hubo un tiempo en el que descargaba su cólera contra los mortales, pero no ha matado a nadie desde
que estoy con él".

-"No quise lastimarle" dijo Rhianna de nuevo. -"Había olvidado que podía leer mi mente".

-"Es natural que le cause repulsión lo que él es".

-"Supongo que sí”.

-“¿Se marchará esta mañana?”.

-"No lo sé". Se quedó mirando hacia fuera de la ventana. Las cortinas estaban abiertas, y podía ver
el comienzo de un nuevo día. El cielo era azul claro, salpicado con matices vívidos de oro, rosa y carmesí.

Él no había visto el sol desde hacía cuatrocientos años...

-"Bevins, necesitaría que me llevara al pueblo. Necesito algunos pinceles nuevos.

Ése despertó como siempre lo hacia., instaneamente, sus sentidos alerta explorando el castillo.
Bevins estaba preparando la cena en la cocina. Un estofado condimentado con cebollas y tomillo.

¿Se había marchado? Incorporándose, buscó su presencia. Su fuerza vital le atrajo como una vela
brillando en la oscuridad. Durante un momento, cerró sus ojos, sintiendo un alivio casi doloroso por su
intensidad al saber que todavía estaba allí. Perversamente, se preguntó por qué no se había ido cuando
tuvo la oportunidad.

Levantándose, se vistió rápidamente, luego bajó las escaleras apresuradamente, no siendo su paso
más que un borrón de movimiento en la oscura escalera.

Cuando llegó abajo, hizo una pausa y aspiró profundamente.

Estaba en el comedor.

Sujetó su capa, frotando el suave terciopelo entre su pulgar y su dedo índice, preguntarse cómo
podría enfrentarla después de lo de anoche. Aún no le había visto derrotado, cuándo la lujuria por la
sangre le vencía, cuándo sus ojos estaban hundidos y ardiendo por la necesidad. No le había visto
después cuando se parecía más a monstruo que a un hombre, cuándo su piel estaba estirada en capas
delgadas y el hambre arañaba sus órganos vitales, pidiendo ser saciada.

Pero lo que había visto la pasada noche ya era suficientemente malo. Con sus emociones heridas a
flor de piel y su profundo anhelo había tomado la forma de un lobo y había matado una de las ovejas.
Había arrancado la garganta del animal, esperando así aliviar su frustración en un despliegue de
violencia y derramamiento de sangre. En toda su vida, hasta esa anoche, nadie, salvo Bevins, le había
visto hacer eso.

Aspiró profundamente, regañándose a sí mismo por su cobardía. En algún momento tenía que
enfrentarla.

129
Alzó la vista cuando él entro en el cuarto. Su sonrisa era forzada y sus ojos reflejaron un tumulto
de emociones: miedo, lástima, compasión, ansiedad.

-"Buenas noches, señor" dijo Bevins, quebrando el pesado silencio.

Rayven saludó con la cabeza de manera concisa, y Bevins salió del cuarto. Volvió un momento después
llevando una pesada jarra de plata y una copa de cristal.

La mirada de Rhianna fue atraída hacia el grueso líquido rojo mientras Bevins llenaba la copa y la
dejaba frente a su señor.

Rayven la miró mientras lentamente levantaba el vaso, deliberadamente, tomó un largo trago,
saboreando el grueso sabor, ligeramente salobre del líquido caliente.

Aunque lo intentó, Rhianna no podo dejar de sentir un estremecimiento de repulsión mientras él


bebía de golpe el contenido de la copa y depositaba el vaso vacío sobre la mesa.

Sin pronunciar una sola palabra, Bevins alzó la jarra y rellenó la copa.

Rayven levantó su vaso, su mirada atrapando la de Rhianna mientras clavaba sus ojos en ella sobre el
cristal tallado.-“¿Por qué estás todavía aquí?”. Preguntó intempestivamente.

-"Porque deseo estar aquí, mi Señor" contestó, con voz apenas audible. -"Porque tu me necesitas”.

-"No te necesito a ti, ni a tu piedad" dijo, con voz afilada. -"No necesito a nadie".

-“¿No lo necesitas?”.

Él levantó la copa y consumió el contenido en un largo trago. –“Vete de aquí" dijo intempestivamente.
-"Retirate de mi presencia. ¡Fuera de mi casa!”.

Rhianna se lo quedó mirando durante un momento, asombrada por la dureza en el tono de su voz, por
la furia apenas reprimida que resplandecía en las profundidades de sus ojos de ébano. No se detuvo a
preguntarse si su cólera estaba dirigida a ella o a sí mismo. Asustada y confundida, se levanto y huyo del
cuarto.

El leve sonido de sus pasos subiendo rápidamente las escaleras resonó en sus oídos como si fuera un
trueno.

-“¿Qué he hecho? murmuró roncamente.-” ¿Qué he hecho?”

-"Su Señoría, la boda tendrá lugar mañana por la noche".

Rayven se quedó mirando absorto su copa vacía. Unas pocas gotas del brillante líquido se habían
quedado adheridas al cristal, recordándole a las lágrimas ensangrentadas. -"No puedo casarme con ella"
dijo tristemente. -"No puedo permitirle que se case conmigo".

-"Su familia va a venir esta tarde".

-"Ocúpate de que se vaya con ellos".

-"Como Ud. desee, Señor".

130
Lentamente, Rayven se levantó y se dirigió hacia la ventana. Apartando a un lado las pesadas
cortinas, miró con atención hacia fuera, a la oscuridad. Nunca la noche le había parecido tan oscura, tan
vacía.

-"No puedo seguir sin ella". En respuesta a la pena en su voz, su capa se enroscó más apretadamente
a su alrededor, pero por esta vez, la suave caricia de la prenda no logró calmarlo. –“¿Bevins, qué debo
hacer?”.

-"Sobreviva, Señor, como siempre".

Lentamente, Rayven negó con la cabeza. -"No puedo". El recuerdo del único día en que ella había
dormido junto él, emergió en su mente atormentándolo. Recordó que cuando se despertó, fue su dulce y
sereno rostro lo primero que había visto. No podía soportar el pensar que nunca volvería e experimentar
esa felicidad de nuevo.

Se giro. Con su capa formando remolinos a su alrededor y luego posándose suavemente sobre él de
nuevo.

-"No puedo" murmuró roncamente, y salió del cuarto.

Mezclándose con las sombras, buscó abrigo en la oscuridad de la noche, y supo que nunca más
volvería a encontrar refugio en las sombras.

Viajando a velocidad sobrenatural, dejó Millbrae Valley atrás, dirigiéndose hacia la ciudad. Vago en
la oscuridad durante horas. Errando entre las calles de Londres llenas de niebla, se torturó observando
a las parejas paseando. Escuchó su risa, se asomó a la ventana de una acogedora casa para ver a una
madre cuidar a su bebé, vio a un padre consolando a un niño lloroso.

Siguiendo adelante, vio una joven pareja abrazarse a la luz de la luna. El perfume de su sangre, su
pasión naciente, enardeció sus sentidos.

Paseó a lo largo de una tranquila calle residencial, haciendo pausas delante de una casa tras otra
para escuchar las conversaciones de sus habitantes. Escuchó a niños riendo, a un marido riñendo con su
esposa por el precio de una nueva gorra, oyó a una madre cantando una dulce nana a su hijita recién
nacida.

Sonidos comunes.

Sonidos ordinarios.

Sonidos humanos.

Y sobre todo y por encima de todo, vio el rostro de Rhianna, oyó el suave tono de su voz.

Nunca antes había anhelado tanto ser mortal como esta noche. Nunca su existencia le había
parecido tan vacía.

Paseó por las calles del East End, las fosas nasales llenas del perfume de seres humanos, el perfume
empalagoso de una ramera, el hedor de cuerpos sin lavar cerca del muelle, la fragancia a polvo, jabón y
tabaco fino mientras caminaba hasta la parte rica de la ciudad.

131
Fue a Park Lane, odiando a los ricos habitantes que comían y dormían en sus mansiones, esos
miembros de la alta sociedad que pasaban sus días en la caza del zorro o yendo de compras por Bond
Street. Despreciándose por ello, envidió a los jóvenes ricos que se levantaban por la mañana temprano
para ir a pasear a caballo por Hyde Park, pasaban la tarde en sus clubs, y sus noches en la ópera en
compañía de otros jóvenes igualmente ricos y mimados y bellas mujeres.

Y siempre la sangre llamándolo, tentándolo, gruesa, sustanciosa y caliente, llena de vida. Pero se
rehusó a cazar, se rehusó a ceder a la necesidad vibrando a través de él. Dio la bienvenida al dolor, que
le recordaba quien era, que hacia ya mucho tiempo que había perdido el derecho de amar a una mujer
mortal.

Y luego olió el amanecer.

Juró por lo bajo, maldiciendo su estupidez, su cólera, que le había mantenido apartado de su casa
durante demasiado tiempo.

El sol le persiguió a través de las calles, su calor burlándose de él, llenándolo de terror mientras
pensaba lo que le sucedería si alcanzaba refugio antes de que la luz le encontrase.

Por un instante, pensó en rendirse al amanecer. ¿Si no podía tener a Rhianna, entonces para qué
vivir? Pero un rayo de brillante y caliente luz dorada abrasó su mejilla izquierda, chamuscando la piel. El
dolor, el hedor de su carne quemada, le espoleó.

Sintió el calor abrasador del sol en su espalda mientras atravesaba la puerta del castillo cerrándola
de golpe tras él, luego corrió a gran velocidad subiendo las escaleras hacia la torre del este.

Respiraba pesadamente cuando llegó a su santuario. El lado izquierdo de su cara y su mano izquierda
le abrasaban como si estuvieran ardiendo a fuego lento.

Con señales de dolor en su rostro, cerró la puerta tras él. Y luego lo vio, la salida del sol sobre un
lago en la montaña. Los listones de brillante color salpicando el cielo del amanecer, brillantes tonos
anaranjados, ocres y escarlatas. El lago, su superficie lisa como un espejo, reflejaba los colores del
cielo. Muchas flores bordeaban el agua. Blancas, rojas y amarillas, rosadas y de color violeta, puras y
frescas. Un pájaro azul estaba posado sobre la rama de un sauce, sus ojos oscuros tan brillantes que
parecían vivos.

Clavó los ojos en la escena, olvidando la agonía en su carne chamuscada. Ella le había regalado la
salida del sol, una de la que podría disfrutar sin temor.

Rhianna... Alzó la mano hasta su mejilla, asombrado cuando las puntas de sus dedos notaron la
humedad. Clavó sus ojos en esa única lágrima roja en su dedo. Rhianna...

-“¿Mi señor?”.

¿Había atraído mágicamente su presencia con sus lágrimas? Tapó el lado izquierdo de su cara con su
mano derecha y escondió la izquierda en los pliegues profundos de su capa. –“¿No te dije que te
fueras?”.

-"No puedo dejarte" contestó quedamente. -"Prometí quedarme contigo durante un año y tu... " Se
movió hacia él. -"Tu has prometido casarte conmigo".

132
Pasó silenciosamente por su lado, con la mano cubriendo su cara. –“¿Estás loca? ¿Por qué no te has
ido?”.

-“¿Qué le ha ocurrido a tu rostro?”

-"Nada". Se giró de espaldas. Vete, Rhianna".

-"No te dejaré”.

-"Vete, ahora". Su mano izquierda se cerraba con fuerza bajo los pliegues de su capa. Cerró sus ojos
y aspiró profundamente. El dolor de sus heridas aumentaba su hambre. Necesitaba sangre para
cicatrizar sus heridas y la sangre de las ovejas no lo saciaría. Rhianna. –“¡Vete!”.

Se sobresaltó ante el contacto de su mano en la espalda. Podía sentir la oscuridad envolviéndolo.


Pronto, sucumbiría al sueño oscuro de los no muertos.

-"¡Estas sufriendo!" exclamó. Presionando la mano contra su espalda. -"Lo puedo sentir”. Le sujetó
por el hombro, tratando de girarlo hacia ella. Fue como intentar mover una montaña. –“¿Qué te ha
ocurrido?”.

-"Nada. Sal, Rhianna. El amanecer... Debo descansar".

Decidida a saber lo que le ocurría, giró a su alrededor hasta quedar frente a él. Sus ojos ardían
mientras la miraba, pero no se resistió cuando le aparto la mano de su cara.

-“¡Rayven!”. Un lado de su rostro estaba horriblemente quemado. Su piel estaba roja y en carne viva.
–“¿Qué ha sucedido?”.

Soltó un largo suspiro que parecía contener todos los pesares del mundo. -"Anduve sin cuidado”.

-“¿Sin cuidado?”. Cerró con fuerza las manos para evitar tocarle.

-"Iba retrasado para llegar a casa. El sol... " Sus palabras se desvanecieron y se encogió de hombros.

-“¿El sol te hizo esto?”.

Él asintió, cansadamente.

-“¿Qué puedo hacer?”.

-"Déjame solo, Rhianna. Cicatrizará solo".

-“¿De veras lo hará?” Le miró dudando.

Él asintió de nuevo. Se desabrochó la capa y la lanzó sobre el colchón. –“Vete, Rhianna". Caminó
ciegamente hacia la cama, su fuerza debilitándose mientras el sol se levantaba más alto en el cielo. Cayó
sobre el colchón y cerró los ojos. -"Dile a Bevins que lo necesito”.

-"Si me dices lo que necesitas, te lo proporcionare yo misma”.

Gimió como si sufriera un gran dolor y luego negó con la cabeza. -"Trae a Bevins".

-“¿Necesitas sangre, para curarte, verdad? No supo qué la impulso a hacer esa pregunta, pero sabía
que era la verdad.

-"Rhianna... Por favor. Ve a buscar a Tom".

133
Era la primera vez que le había oído usar el nombre de pila del otro hombre. En cierta forma, eso
hizo que su necesidad pareciera aun más urgente. Él necesitaba sangre, y repentinamente necesitó darle
la suya, ser ella la que aliviara su sufrimiento.

Fue hacia la cama y se sentó en el borde. Amablemente, apartó un mechón de su frente y luego
acarició su mejilla ilesa.

Los párpados de Rayven se abrieron de repente. Por un momento, creyó que la despediría y luego,
con un suspiro se giró hacia ella y tomó su mano. Sus movimientos fueron lentos, sus ojos con los
parpados entornados mientras besaba su palma. Sus labios estaban fríos y secos, enviando escalofríos
que recorrían su columna mientras lamía la suave piel de su muñeca. La contempló, sus ojos oscuros
encendidos con un fuego interior, y luego la rodeó con sus brazos sujetándola, inmovilizándola como si
fueran fríos barrotes de acero.

Sintió una repentina aprensión mientras sus labios rastrearon su cuello, tembló incontroladamente
cuando su boca se cerró sobre la carne blanda. Hubo un dolor repentino, bien definido, pero antes de
que pudiera emitir un solo gemido, el dolor fue absorbido de golpe por una oleada de placer raramente
sensual.

Él estaba bebiendo su sangre. Debería sentirse asqueada, conmocionada, disgustada. En lugar de


eso, sintió una corriente de satisfacción. Estaba necesitado y ella satisfacía su necesidad de la forma
más íntima posible.

Una extraña languidez se apoderó de ella. Su boca era calida, extrañamente erótica, y se apretó mas
a él, queriendo estar más cerca. Su lengua acarició su piel, una vez, dos veces. Ella gimió suavemente
cuando la apartó.

-“¿Rhianna? ¡Rhianna"! La sacudió ligeramente. –“¡Contéstame!”.

-"No te detengas" se quejó.

El temor por su vida, le sacó del letargo que lo arrastraba hacia la oscuridad. Con un esfuerzo, se
levantó sujetando a Rhianna contra él. Se quedó mirando fijamente con horror las dos marcas iguales
que arruinaban la perfección de su garganta. ¿Qué había hecho?

¡Bevins! Su mente gritó el nombre.

Unos momentos más tarde, Bevins apareció en el portal.

-"Tráele algo para beber. ¡Apúrate!”.

Bevins salió tan rápidamente como había llegado. Minutos más tarde, regresó llevando una taza de té
caliente con un buen chorro de brandy.

-"Rhianna, bebe esto". Rayven sujetó la delicada taza de porcelana china contra sus labios, su frente
arrugada con preocupación mientras observaba como tragaba el contenido.

Rhianna se quedó sin aliento mientras tomaba un sorbo de coñac. Nunca había probado el alcohol, y el
brandy dejó un rastro ardiente en su garganta hacia su estómago.

-"Bebe todo" urgió Rayven.

134
El calor la invadió mientras obedientemente se bebía el resto.

Rayven sonrió al regresar el color a las mejillas de Rhianna. –“¿Estás bien?” preguntó ansioso.

Ella hipó, luego le sonrió. –“¿Qué ha sucedido?”.

-"Me temo que he tomado más de la cuenta".

Bevins miró indignado a Rayven, sus ojos color café destellando coléricos mientras comprendía por
qué Rhianna se veía tan pálida cuando había entrado en el cuarto, del por qué se mostraba desorientada
y débil.

-“¡Usted no debió!” exclamó Bevins. –“¡Dígame que usted no usó a esta niña para apagar su diabólica
sed!”.

Rayven apartó la mirada, incapaz de enfrentar la censura en el rostro de su criado. Por primera vez
durante sus cuatrocientos años de vida, se sintió avergonzado por lo que había hecho.

-“¿Por qué no me llamó?”. Bevins preguntó, su voz con tono acusador. Miró las arreboladas mejillas
de Rhianna. -"Una cosa es tomar un poco de vez en cuando. Eso, lo puedo entender. Pero esto, usarla
como si fuera una de sus malditas ovejas"

La cabeza de Rayven se alzó de repente, sus ojos oscuros llenos de advertencia. -"Cállate" dijo
concisamente -"O te silenciaré por siempre".

Bevins se tragó la aguda réplica que estaba a punto de surgir por su boca.

-"Fue idea mía" dijo Rhianna, alarmada por la tensión que vibraba entre los dos hombres. -"Me pidió
que lo llamara, pero no lo hice".

-"Vea lo pálida que esta". Bevins dio un paso adelante, con la preocupación arrugando su frente.
-"Usted ha tomado con demasiado".

Rayven negó con la cabeza. Él no había tomado lo suficiente como para ponerla en peligro. Solo era,
que esta era la primera vez que había tomado un poco más de unas gotas.

Mascullando un juramento, volvió la cama, incapaz de oponerse durante más tiempo a la oscuridad
que lo envolvía. -"Encárgate de ella... " ordenó, y luego la negrura le reclamó.

CAPÍTULO DIECIOCHO

Ella estaba durmiendo a su lado cuando el crepúsculo le liberó de su prisión de oscuridad. Su pelo
estaba extendido por la almohada, un charco de oro contra la negra seda. Su brazo descansaba sobre su
pecho, su cabeza sobre su hombro como si fuera una almohada. Una delgada pierna se enroscada entre
las suyas.

El calor de su suave carne contra la suya, la fragancia de su pelo, el perfume de su sangre, le


despertó con dolor entre un aliento y el siguiente.

¿Qué iba a hacer con ella? Rehusaba a dejarse intimidar por él, rehusaba abandonarlo cuando le
daba la oportunidad. Anoche, cuando debería haber salido huyendo de su presencia, le había ofrecido el

135
mismo ser de su vida. En toda su vida, ninguna otra mujer había ido a él voluntariamente, ni lo había
mirado con amor. Ninguna había visto más allá del monstruo, solo al hombre que ansiaba liberarse de la
oscuridad que se había apoderado de él.

Rhianna... Había buscado en su corazón y su alma y le había dado un regalo que no podía comprarse,
el sol al que no se había atrevido a mirar durante cuatro siglos.

Girando la cabeza, Rayven estudió la pintura. Incluso en la oscuridad, podía verla; Los matices de
tonos calientes que reflejaban la salida del sol, el azul del lago, los brillantes y atrevidos colores de las
flores, los pájaros posados sobre las ramas de los árboles. Hacía tanto tiempo que no había visto las
flores a la luz del día, el agua de un lago centelleando a la luz del sol. Había visto pinturas creadas por
artistas magistrales, pero ninguno más bello que esta.

Rhianna...

Beso suavemente su mejilla. Le había regalado una nueva visión del sol. Si quedaba alguna pizca de
honradez en su ser, a cambio le daría su libertad. La dejaría ahora, mientras dormía. Se marcharía y
nunca la volvería a ver.

Pero no lo haría. No podía. En todos estos cuatrocientos años, ella era su única oportunidad de ser
feliz. Esta noche sería su esposa. La mimaría y la amaría durante todo lo que quedaba de año, y luego la
enviaría de regreso a su mundo, donde tenía su sitio. Su corazón, que creía tener duro como las paredes
de piedra de su castillo, parecía desmoronarse de solo de pensarlo.

Con un somnoliento suspiro, se movió entre sus brazos, abrió sus ojos, y le sonrió. Tenía unos ojos
tan bellos, meditó, de un azul como un cielo de verano.

-"Buenas noches, mi señor" dijo. Su voz áspera por el sueño le acarició como si fuera suave
terciopelo.

-"Buenas noches, Rhianna".

-“¿Podemos tener un poco de luz?”.

Con un gruñido suave aquiescencia, miró fijamente hacia la vela al lado de la cama, la cual
instantáneamente resplandeció con una suave luz. –“¿Así esta mejor?”.

-"Sí, gracias".

-"No te he dado las gracias por la pintura".

-“¿Te ha gustado?”.

-"Muchísimo". Las puntas de sus dedos acariciaron la suave curva de sus mejillas. –“¿Por qué no te
has ido, cuando te pedí que lo hicieras?”.

-"Porque me necesitas, mi Señor, no importa cuánto lo niegues”.

-“¿Y por qué todavía estas aquí, a mi lado?”.

-"Una vez me dijiste que te había encantado ver que estaba a tu lado cuando despertaste”. Replicó
cándidamente.-“¿Debería marcharme?”.

136
-"No". Su brazo se apretó mas fuertemente a su alrededor. –“¿No te asusta mi sueño cadavérico?”.

-"Un poco".

-"Eres una niña asombrosa".

-"No soy una niña, mi señor". Aunque supuso que comparada con sus años, realmente debía parecerle
muy joven. -"Tu cara". Posó su mano sobre su mejilla, sus ojos agrandados por la extrañeza. Su piel,
aunque todavía roja, no se veía tan mal como la noche anterior. –“Esta mucho mejor".

Rayven miró su mano. La horrible rojez de la quemadura había desaparecido, aunque la piel todavía
no se había regenerado completamente. Otras lesiones cicatrizaban totalmente durante la noche,
mientras dormía, pero las quemaduras siempre tomaban más tiempo.

-"Sin duda cuando vea mi rostro, todavía asustaré mas a tu madre".

-“¡La boda!”. Rhianna se irguió de golpe. –“¿Qué hora es?”.

-"Cerca de las seis".

-"¡Las seis! ¡Debemos estar casados a las siete! ¡Por qué no me despertaste más pronto!" exclamó, y
luego se sonrojó furiosamente.

Rayven se rió suavemente cuando el color inundó sus mejillas. –“¿Así que, no has cambiado de
opinión?”.

-"No, pero me tengo que ir". Se levantó y pasó una mano por su pelo.-"No podré estar lista a tiempo.
Todavía tengo que bañarme, vestirme, peinarme... " Se agachó para depositar un suave beso en sus
labios. -"Tengo que irme".

-"Tómate todo el tiempo que quieras, dulce Rhianna. Todavía no ha habido ninguna boda en la que no
se haya tenido que esperar a la novia”.

La capilla estaba ubicada al otro lado del castillo. Estaba construida con piedra blanca y brillaba
tenuemente a la luz de la luna llena. Una cruz de madera tallada estaba situada al un lado del arco de las
dos puertas de entrada. Los sauces agitados, murmuraban secretos en la noche, mientras las sombras
jugaban al escondite con la luna.

Permaneció en la oscuridad, su mirada fija en la capilla. Durante todos los años que había poseído el
castillo, solo había estado una vez en su interior

Se giró rápidamente cuando un familiar perfume inundó su nariz. -"Señora". Se inclinó


respetuosamente.

-“¿No puedo decir nada para persuadirle de que suspenda esta boda?”.

Rayven negó con la cabeza. -"Nada. Ella será mía".

-“¿Qué es usted?”.

Él apartó la mirada, para luego volver a mirarla fijamente. -"Amo a su hija, señora McLeod. Le juro
que no le haré ningún daño".

-"No le creo”.

137
Él se encogió de hombros. -"Encuentro su preocupación bien intencionada, pero más bien tardía".

-“¿Por que?”.

-“¿Ha olvidado que su padre me la vendió?”.

Un rubor ardiente subió por las mejillas de Ada McLeod. –“¡Por supuesto que no lo he olvidado!”.

-"Podría conservarla conmigo por el resto de su vida" dijo Rayven quedamente. "No me escatime un
solo año". Levantó su cabeza, sus sentidos examinando la brisa. -"Está aquí" dijo, y pasando rápidamente
por el lado de la madre de Rhianna, desapareció en la oscuridad.

Entró en la capilla por una puerta lateral y tomó su lugar en el altar. La luz de una docena de altas
velas llenaba el edificio de una suave luz anaranjada.

Dallon Montroy permanecía a su lado, con expresión solemne. Montroy, quien prefería llevar abrigos
con matices brillantes de verde y oro, se veía casi apagado con un abrigo azul oscuro, una corbata a
rayas, y pantalones de color ante.

Tom Bevins, estaba solemne y muy apuesto con su oscuro traje de color café con corbata de
terciopelo negro, estaba sentado solo en el lado izquierdo del primer banco. La madre de Rhianna estaba
sentada a la derecha. Brenna y Bridgitte, vestidas con trajes de de color lavanda y azul, estaban
sentadas a ambos lados de su madre.

A Rayven no le pasaron desapercibidas las miradas furtivas que Bevins dirigía a Ada, o el débil rubor
que cubrió sus mejillas cuando atrapó a Bevins mirándola.

El sacerdote tomó su lugar en el altar. Unos momentos más tarde, Aileen llegó caminando por el
pasillo central, seguida por Lanna. Ambas llevaban vestidos de color rosa, ribeteados de oscuro
terciopelo rojo.

Luego vio a Rhianna. El marido de Aileen, Creighton, la conducía hasta el altar, pero Rayven solo
tenía ojos para Rhianna.

Llevaba un vestido de brocado de seda blanca. El corpiño era de corte cuadrado, las mangas largas y
ceñidas. Un fino velo cubría su cara. Parecía un ángel, pensó, la misma esencia de la pureza y la luz.

Él era consciente de las lágrimas de Ada McLeod, de los celos que irradiaba Montroy en ondas de
calor fuera que parecían arena ardiente del desierto. Sentía los deseos de felicidad de Bevins, las
dudas del sacerdote.

La pequeña capilla parecía resonar con el sonido combinado de sus latidos y los pensamientos de los
demás, retumbando en su cabeza, como un coro de voces no deseadas.

-“¿Por qué estás haciendo esto, hija? ¿En qué te fallé?”

-“Te quiero, Rhianna. Rezo para que seas feliz”.

“¿Sabe lo que está haciendo? ¿Es muy tarde para advertirla?”

-“Te perdí, Rhianna. Por favor ven a verme a menudo.

138
Sintió la preocupación de Ada McLeod, el corazón roto de Montroy, la ansiedad de Bridgitte, la
sensación de pérdida del sacerdote, la curiosidad de Brenna mientras se preguntaba que es lo que le
había sucedido en su mejilla, la esperanza de Aileen de que su hermana mayor fuera feliz, la certeza de
Lanna de que ni por toda la riqueza en el mundo viviría en el castillo de Rayven, con su oscuro señor.

Aspiró profundamente y su nariz se llenó del perfume de la sangre fluyendo por sus venas.

Pero esta noche se había alimentado bien y el hambre estaba dormida en su interior.

Y entonces Rhianna estaba allí, a su lado, y bloqueó su mente a todo lo que no fuera la belleza de la
joven que estaba a punto de convertirse en su esposa. Podía oír los rápidos latidos su corazón mientras
le miraba. Su piel era suave y caliente, sus ojos brillaban con amor cuando colocó su mano sobre la de él.

Juntos se giraron hacia el sacerdote.

La ceremonia fue breve. Escuchó las palabras que los unían y pensó que en toda su vida nunca había
oído palabras más bellas.

Luego finalizó la ceremonia y ella era suya. No pudo evitar el temblor en sus manos cuando apartó el
velo de su cara. Nunca, en todos sus cuatrocientos años, había imaginado un momento como este. El
tiempo perdió todo significado mientras la contemplaba, grabando su imagen en su mente y en su
corazón para así poder recordar la serena belleza de su rostro cuando se hubiera ido.

-"Puede besar a la novia" repitió el sacerdote con un fuerte susurro.

Rayven inclinó la cabeza. Y luego, con un profundo sentimiento de adoración, rodeó a Rhianna con sus
brazos y la besó. Te amo, dulce Rhianna. Juro amarte y respetarte mientras seas mía.

Rhianna le miró cuando él finalizó el beso. ¿Había imaginado su voz en su mente?

-"Te amo, dulce Rhianna" le dijo quedamente. -"Juro amarte y respetarte mientras seas mía”.

Repitió las palabras con serena intensidad, las mismas palabras que ella había oído en su mente.
Antes de que pudiera reflexionar sobre lo que quería decir, su madre y sus hermanas la rodearon.

-"Felicitaciones, Su Señoría" dijo Dallon, ofreciéndole la mano a Rayven. -" Espero que usted y su
esposa sean felices juntos".

-"Gracias, Montroy" Rayven contestó sinceramente. -"Sé lo duro que esto es para usted".

-"Ciertamente". Montroy fijó su mirada en Rhianna. Nunca la había visto más bella ni más joven. Ni
más deseable. –“¿Le importa que bese a la novia?

-“Esa es la tradición, creo".

Con un asentimiento, Dallon se encaminó hacia Rhianna. -"Te deseo mucha felicidad" dijo, cogiéndola
de las manos.

-"Gracias, Dallon".

Su mirada sostuvo la suya. –“¿Eres feliz? ¿Es esto lo que tu quieres, o lo que quiere él?”.

-"En verdad, Dallon, es lo que yo quiero. Nunca he sido tan feliz”.

139
-"Entonces me alegro, por tu bien". Se inclino para besar su mejilla y luego murmuró "si alguna vez
necesitas algo, solo tienes que enviarme un mensaje y estaré aquí al instante".

-"Gracias, Dallon".

Tras un breve asentimiento, se giró y abandonó la capilla.

Bevins había preparado una cena para los invitados. Si alguien pensó que era extraño que el novio no
comiera nada, nadie hizo ningún comentario.

Cuando la comida hubo finalizado, Aileen insistió en enseñarle el castillo a Creighton y le rogó a
Rhianna, su madre y sus hermanas que les acompañaran, aunque estas ya lo habían visto.

Con un indefenso encogimiento de hombros, Rhianna se fue con ellos.

Sólo en el comedor, Rayven se recostó en su silla, una mano sujetando su copa de cristal. La vació de
un solo trago, la llenó y se la bebió de nuevo.

Ella era su esposa. Pronto, la haría su esposa en el más íntimo sentido de la palabra. La sola idea lo
asustaba como ninguna otra cosa nuca lo había hecho.

Llenó su copa por tercera vez, determinado a ahogar su hambre en un mar de sangre con la
esperanza de que así su esposa estuviera segura entre sus brazos. –“¿He hecho lo correcto, Tom?”.

Bevins se quedó quieto en la puerta. Algunas veces, incluso después de cincuenta años, todavía le
asombraba que su señor pudiera leer sus pensamientos, y sentir su presencia antes de entrar en el
cuarto.

-·” ¿Su Señoría?”.

-"Estoy... " Aspiró profundamente mientras contemplaba las gotas rojas que brillaban tenuemente en
el fondo de su copa -"... asustado".

-"Ella le ama. Confía en usted".

Rayven inclinó la cabeza. –“¿Pero, puedo yo confiar en mí mismo?”.

Bevins cruzó la habitación. Se arrodilló ante su señor y se arremangó la manga de su camisa


extendiendo el brazo. -"Tome todo lo que usted necesite, Su Señoría".

Rayven señaló la copa vacía. -"Esto debería ser suficiente”.

-"Esta noche, la sangre de las ovejas puede que no sea lo suficientemente fuerte como para
mantener su hambre bajo control".

Rayven inclinó silenciosamente la cabeza, admitiendo la verdad de las palabras de su criado. Y luego,
humillado por la comprensión en los ojos de Bevins, avergonzado por la necesidad que le controlaba, sus
dedos se cerraron alrededor de la muñeca del hombre.

-“¿Se han ido todos?” Rayven se levantó cuando Rhianna entró en el estudio.

-"Sí. ¿Por qué no saliste a despedirles?”.

Él bufó suavemente, recordando cómo le había mirado la madre de Rhianna, como si fuera un insecto
que necesitara ser aplastado. -"Dudo que me echaran de menos”.
140
-“¡Rayven, qué cosas dices!”.

-"Tu madre no me soporta, mi dulce, y tus hermanas se apartan de mí como si fuera una mezcla de
ogro y hechicero. Pensé que sería mejor, ahorrarles el tener que soportar mi odiosa presencia".

Ella quiso replicar, pero supo que sería inútil. Su madre se había pasado los últimos diez días
intentando hacerle cambiar la decisión de casarse con el Señor del castillo; Sus hermanas aunque habían
admitido que era realmente guapo, también temían que estuviera cometiendo el mayor error de su vida.

-"Te ves maravillosa, mi dulce Rhianna. El blanco te sienta perfectamente, ¿Pero que otro color
podría llevar un ángel?”

-"Y el negro también te sienta bien a ti" contestó ella.

Sonrió mientras lo miraba. Su abrigo de fino paño negro acentuaba la anchura de sus hombros; Las
solapas de terciopelo añadían un toque de elegancia. Llevaba una corbata negra, pantalones negros, y
botas negras. El blanco de su fina camisa de lino hacía un maravilloso contraste.

-"En realidad, nunca en toda mi vida, he conocido a un hombre tan apuesto como tú".

Él se rió ahogadamente, suavemente mientras la levantaba en brazos y la llevaba escaleras arriba


hasta la torre del este. –“¿Has conocido a muchos hombres en tu corta vida?”.

-"No, ni lo deseo. Tu eres lo suficientemente hombre para mí, mi señor".

-"No soy un hombre del todo" dijo quedamente, y enfatizó ese hecho abriendo la puerta de la torre
con el poder de su mente.

Rhianna puso la mano sobre su boca mientras entraba en su dormitorio, y la depositaba en el suelo.
-"No nos obsesionaremos pensando eso esta noche, mi señor marido".

Aparto la mano y la reemplazó con sus labios, besándole profundamente, apasionadamente. Ahora no
necesitaba ser cuidadosa. Era su marido, y podía conmoverle con el contenido de su corazón. Para
demostrárselo se presionó contra él, la seda de su traje crujiendo contra su ropa.

Suaves gemidos subieron por la garganta de Rayven cuando su lengua rozó su labio inferior,
quedándose sin aliento ante la sorpresa cuándo le mordió.

-"Ten cuidado, amor" le aviso. -"No te gustaría lo que mi sangre te podría hacer".

Ella se apartó un poco para poder ver su cara. –“¿Qué me haría?”.

-"Suficiente cantidad te haría lo que yo soy, una criatura maldita para la eternidad, condenada a
vivir por siempre en la oscuridad. Y tu no quieres ser eso, mi dulce”.

No le mencionó que para transformarla en lo que él era, primero tendría que beber de ella, llevarla
hasta el borde de la muerte, o que luego tendría que beber su sangre maldita para regresar de la
eternidad.

-"Seguro que un poco no me hará daño" comentó, repulsada pero intrigada por el pensamiento de
degustar su sangre inmortal.

141
-"No". Un pequeño temblor de excitación le recorrió por la espalda mientras imaginaba sus dientes
en su cuello.

-“¿Me ayudas a quitarme el vestido, mi señor?”.Pidió, sus ojos brillando con travesura.

-"Será un placer".

-"Eso espero" le replicó, y le dio la espalda para que pudiera desabrochar los diminutos botones de
su cuello y bajárselo hasta la cintura.

Le sorprendió notar que sus dedos temblaban mientras empezaba con la tarea. Agachó la cabeza,
besando su nuca, la suave cavidad entre sus hombros, mientras le quitaba el vestido y la ropa interior
hasta que quedo de pie ante él con solo sus medias y sus zapatos.

Arrodillándose le quito los zapatos y luego deslizó sus manos sobre la curva de su pantorrilla. Hizo
una pausa para masajear el hueco detrás de su rodilla, luego deslizó su mano hasta su muslo,
demorándose allí un momento antes de sacarle lentamente la media. Luego hizo lo mismo en con su otra
pierna.

Rhianna se estremeció de placer mientras sus manos acariciaban sus pantorrillas y sus muslos. Sus
manos, aunque frías, hicieron rugir el deseo en sus entrañas.

Cuando se puso de pie, comenzó a desnudarlo con manos ansiosas y curiosas, mientras le quitaba el
abrigo, el chaleco, la corbata y la camisa.

Sonrió al notar que su respiración se aceleraba con cada pieza de ropa que iba quitándole. Temblaba
visiblemente cuando se quedó desnudo ante ella.

Con la cabeza ladeada, estudió al hombre que ahora era su marido. Era alto y delgado, de anchos
hombros y estrechas caderas. Su piel era del color de la crema pálida, inmaculada, excepto por las
quemaduras medio curadas en la mano y su mejilla izquierda. Sus piernas eran largas y su estómago liso
y musculoso. Su aliento quedó atrapado en su garganta, y sintió sus mejillas arder cuando su mirada
examinó rápidamente la parte que hacía de él un hombre. Por alguna razón, no había esperado que
estuviera tan bien dotado.

Rayven se deleitó con el calor de la mirada de Rhianna en su carne desnuda. El toque de sus ojos era
como el fuego, desterrando el frío y la oscuridad. Habían pasado más de cuatrocientos años desde que
una mujer le había mirado con anhelo en lugar de terror... .

Dirigió su mirada hacia la cama, y le vino a la mente la imagen de la última mujer que había llevado
allí. Incluso ahora, después de más que cuatrocientos años, podía ver sus ojos color café abiertos de par
en par, llenos de terror. Su cuerpo, sin sangre, había estado casi tan blanco como las sabanas sobre las
que yacía. Las gotas de sangre roja, brillante que habían caído de sus labios añadían una nota de color a
la macabra escena.

Su deseo perdió vitalidad al recordarlo.

-“¿Por qué esto? “Rhianna preguntó. -¿Qué ocurre?”

Él miró, la miró, sus ojos atormentados, llenos de pánico. -" Rhianna... No puedo... "

142
Ella supo inmediatamente de lo que tenía miedo. Pasando sus brazos alrededor de su cuello, atrajo su
cabeza y le besó.

-"Estaré bien, esposo mío" dijo. -"No tengo miedo”.

-" Rhianna... "

Le besó de nuevo, sus manos deslizándose sobre su pecho, cada caricia un poco más atrevida, hasta
que él estuvo dispuesto para ella, hasta que su temor fue ahogado por el amor que sentía por esta mujer
que le había recibido en su corazón y en el santuario de su alma.

La llevó a la cama y la depositó respetuosamente. Durante un eterno momento, se quedó mirándola


fijamente, grabando su imagen en su mente para recordarla a través del tiempo, cuando ya se hubiera
ido y luego suavemente se situó sobre ella y se sumergió en el abrazo que le brindaba. La sentía entre
sus brazos como el más suave y dulce vino, era como el vino, calida, intoxicante y dulce, supo que aunque
viviera durante mil años, nunca olvidaría esta noche.

Rhianna susurró su nombre cuando todo pensamiento, toda razón, la abandonó, sumergida en un
remolino de sensaciones. Se sintió amada, protegida, e incluso más que eso y supo que lo que compartía
con Rayven iba más allá de cualquier experiencia que pudiera sentir en los brazos de un hombre mortal.

El amor y el deseo se mezclaban. Notó que se contenía, supo que le daba miedo lastimarla. Cerrando
sus ojos, sintió como su alma se emparejaba como la suya y como su pasión florecía, dejó que su corazón
hablara asegurándole su amor, prometiéndole que nunca más estaría solo.

Por un momento, se sintió sobrecogida por un alud de sentimientos que sabía eran los de él, el miedo
a causarle dolor, la soledad de cuatro siglos, el constante anhelo por eso que le estaba prohibido, y
luego, todo fue barrido por el mar de necesidad que surgió en ella, zambulléndose en ese abismo de
éxtasis, gritando su nombre mientras se convulsionaba bajo él.

Después, sintió también el cuerpo de Rayven convulsionarse, le oyó murmurar su nombre mientras
enterraba su rostro en el hueco de su cuello.

Segundos después sintió el rápido y afilado mordisco de sus dientes en su garganta, sintió una
oleada de calor en su interior que la hizo estremecer de placer en cada fibra de su ser. Nunca había
sentido un éxtasis tan exquisito. El calor se propagaba a través de ella. Iba a la deriva, flotando en un
mundo nebuloso de sensaciones, ahogándose en un mar de seda acarminada...

-“¿Rhianna? ¿Rhianna?”.

Su voz la trajo de regreso a la realidad. Negó con la cabeza, queriendo hundirse más profundo en el
capullo de larva de color escarlata.

-“¿Estás bien?”. Rayven preguntó ansiosamente. –“¿Te lastimé? ¿Rhianna? ¡Rhianna, háblame!”.

Lentamente, sus párpados se abrieron y le sonrió, sus ojos azules resplandecientes de placer.
-"Mejor que en toda mi vida, mi señor esposo".

Débil de alivio, clavó los ojos en las dos diminutas heridas de su cuello. El hambre no le había
avasallado. Él había tratado dulcemente su garganta, no la había agotado hasta el extremo de la muerte.
Había tomado sólo un poco, un pequeño sorbo, y eso había sido suficiente. Un solo sorbo de su dulce ser
143
había sido suficiente para apaciguar su sed infernal, al igual que hacerle el amor había satisfecho su
deseo.

El alivio fluyó a través de él. Quizá había esperanza para ellos después de todo. Tiernamente, pasó
su lengua sobre las diminutas heridas de su cuello. Desaparecerían por la mañana.

Rodando a su lado, abrazó a Rhianna, sosteniéndola contra él. El perfume almizcleño del amor
inundaba el cuarto.

Rhianna suspiró con satisfacción mientras trazaba perezosos círculos en su pecho. -"Dime como fue
al principio" le dijo -"Cuando fuiste hecho Vampiro”.

-"Ya te dije como fui hecho".

Ella se movió en sus brazos, dejando al descubierto sus senos que rozaban contra su pecho. -"
Quiero saber más. Quiero saberlo todo".

Distraídamente, su mano acarició su pelo. -"Al principio, el hambre me poseyó. Estaba aterrorizado
por el hambre, del dolor que me engullía cuando me abstenía. Maté y maté, una y otra vez".

Miró a Rhianna sin verla, recordando el comienzo como si hubiera sido ayer, lamentando las vidas que
había tomado, las que podría haber ahorrado.

-"Una vez fui un caballero, un hombre de honor. Entonces, no era sino un monstruo absorbido por el
miedo. Cada vida que tomé añadía una carga de culpabilidad a mi alma, o a lo que quedaba de ella. Odiaba
en lo que me había convertido, odiaba asesinar, al hambre que era mi dueña. Anhelé la muerte, pero tuve
miedo”. Él se rió suavemente, cruelmente. -"Yo, que una vez había sido un caballero sin igual, carecí del
coraje para salir al sol y acabar con el infierno en el que vivía.

-"No fue hasta unos años más tarde, cuándo encontré Salvatore, del que aprendí que no tenía que
matar para sobrevivir, que podía tomar sangre de un mortal sin acabar con su vida. Lysandra nunca me
había contado eso, nunca se había tomado la molestia de explicarme que no hay que matar para
apaciguar el hambre. Ella disfrutaba la cacería, el olor del miedo. La matanza”.

Sintió vieja cólera surgir en su interior cuando mencionó su nombre. Ella podía haberle explicado
mucho más, haber hecho su transición de mortal a inmortal más fácil de soportar.

-"Me alegro de que te transformara en vampiro" susurro Rhianna acurrucándose más cerca de él.

-“¿Te alegras?” preguntó, con evidente sorpresa en su voz.

-"Sí". Rhianna le miró sus ojos y se vio reflejada en las negras profundidades. -"Si no te hubiera
hecho lo que eres, habrías muerto hace mucho tiempo, y nunca te habría conocido”.

-"Te amo, Rhianna" murmuró, su voz llena de emoción. -"Nunca podrás imaginarte cuánto significas
para mí".

-"Podrías demostrármelo, mi señor esposo" le dijo con sonrisa seductora.

Sus brazos se apretaron a su alrededor, como si tuviera miedo de que pudiera desaparecer de su
vista.

-"Lo haré lo mejor que pueda" musitó, rozando sus labios. "Siempre que sea capaz".
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CAPÍTULO DIECINUEVE

Rhianna se despertó poco después de las cuatro a la siguiente tarde, sus labios curvados en una
sonrisa al recordar la noche anterior. Hacer el amor con Rayven había sido todo, y más, de lo que había
esperado.

Rayven. Su marido. Después de encender la vela sobre la mesita de noche, se giró y sintió la sonrisa
desvanecerse cuando le vio durmiendo a su lado.

Apenas respiraba, yacía como si estuviera muerto bajo las sabanas. La piel de su mejilla izquierda,
una vez devastada por la luz trémula del sol naciente, casi estaba curada.

Lo miró durante un largo rato, una parte de su alegría disminuida al darse cuenta de lo que
significaba estar casada con un vampiro. Nunca madrugarían por la mañana, ni verían salir el sol juntos;
Nunca holgazanearían durante el desayuno; Nunca compartirían la alegría de ver a sus hijos crecer.
Nunca podría acompañarla cuando fuera de compras al pueblo, o a pasear por una calle céntrica en mitad
de la tarde.

Desde este día en adelante, tendría que pasar las horas diurnas sola, y ajustar sus días a los de él.

Inclinándose hacia adelante, presionó sus labios sobre su mejilla. Su piel, siempre fría, ahora todavía
lo parecía más.

Apartándose, miro a su alrededor. No había ventanas en el cuarto, ninguna clase de luz, excepto la
solitaria vela ardiendo inconstantemente en su mesa de noche.

Sintiéndose repentinamente prisionera Rhianna, se deslizó de la cama y se dirigió hasta donde


pensaba que podría estar la puerta. Pasó sus manos sobre la suave piedra, sus movimientos se volvieron
espasmódicos por la desesperación cuando no pudo encontrar la salida. ¡Tenía que estar allí! ¿Sino
donde? Sintió una oleada de pánico cuando se dio cuenta de que no podía salir, que si bien la cámara
contenía una cama y una mesa, era no más que una cripta.

Miró a Rayven, inmóvil como la muerte cubierto por una sabana de seda negra.

Vampiro. No muerto.

Sabía que nunca la lastimaría, sabía que no tenía nada que temer. Se recordó cuánto le amaba, el
éxtasis que había encontrado en sus brazos la noche anterior, pero fue en vano. Un pánico irracional
surgió en su interior, y no pudo pensar en nada más salvo en escapar.

-“¡Ayúdame!”. Golpeó con sus manos la fría pared. –“¡Ayúdame! ¡Bevins, por favor, quiero salir fuera!”.

La histeria subyacente en su voz, el rápido golpeteo de su corazón, penetró en el sueño cadavérico


de Rayven. ¡Rhianna! Ella tenía miedo, estaba en peligro...

-" Rhianna... "

Se giró rápidamente al oír su voz, asustada al preguntarse cómo podía estar despierto cuando el sol
estaba en lo alto. –“¡No puedo salir!”.

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Con un esfuerzo, enfocó la atención en la trémula luz de la vela, peleando a través de estratos de
oscuridad hacia la conciencia. Reuniendo toda la energía que pudo enfocó su mente hacia la puerta, y oyó
su suspiro de alivio cuando ésta se deslizó abriéndose, y luego ella se fue.

Durante un eterno momento, clavó sus ojos en la puerta abierta y al cuarto vacío de más allá. Y luego
la oscuridad le envolvió de nuevo.

Más tarde, sentada en su cuarto después de un relajante baño, Rhianna se dio cuenta de lo tonta que
había sido al escapar de su presencia. El cuarto donde él pasaba el día, era sólo un cuarto, después de
todo.

Con un sentimiento de timidez, se puso un camisón de seda de azul claro, se envolvió en una bata a
juego, y subió por la escalera hasta la torre del este. Pasaría todo lo que quedaba del día a su lado, así
estaría allí cuando se despertara.

Sonreía con anticipación al entrar, pensando en lo contento y asombrado que estaría al encontrarla
allí, pero la puerta que conducía a la cámara interior estaba cerrada.

Cruzando el cuarto, encontró la señal en la pared y colocó su mano sobre ella, pero nada ocurrió.
Empujó y luego golpeó suavemente, esperando que él la oyese, y luego lo llamó por su nombre.

-“¿Rayven?”. Presionó su oreja sobre la pared, pero solo pudo oír los latidos de su propio corazón.

Frunciendo el ceño, le llamó varias veces. Desalentada, fue hasta la ventana y observó las llamas
carmesí del sol poniéndose. El color le recordó la sangre y la muerte, al color del vino tinto en su copa.
Se había casado con un vampiro. Ese pensamiento, que debía haberle repelido, en realidad la llenaba de
alegría. Era suya y pronto se despertaría para estar con ella de nuevo. La anticipación revoloteó
profundamente en su corazón.

Se giró velozmente, cuando oyó abrirse la puerta. Rayven apareció en el portal. Iba vestido todo de
negro desde la camisa hasta las botas, y su capa caía formando pliegues a su alrededor.

Rhianna sonrió cuando le vio, su corazón saltando un latido mientras lo inspeccionaba atentamente.
¡Qué bien parecido era, y cuánto le amaba!

-"Buenas noches, mi señor". Avanzó hacia él, pero se le congeló la sonrisa en los labios al percibir su
helada expresión.

Su mirada la recorrió fríamente, como si fuera una desconocida. –“¿Qué haces aquí?”.

-"Quería estar contigo cuando despertaras".

Alzó una negra ceja, en un gesto de incredulidad. -"Lo encuentro tan difícil creer, señora,
considerando su ansia de esta mañana por escapar de mi presencia".

Rhianna levantó su barbilla, determinada a hacérselo comprender. -"No era de ti de lo que quería
huir”.

-“¿De veras? ¿Necesito recordarte que no había nadie más en la habitación?”.

-"Era de la habitación de lo que quería escapar, no de ti".

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Él la estudio durante un momento, luego giró la cabeza, para mirar sobre su hombreo al cuarto tras
él.

-“¿Qué fue lo que te asustó?”. Le preguntó, con voz sarcástica. “¿La cama? ¿El armario?”. Su mirada
era dura y fría mientras la analizaba. –“¿La mesa, quizá?”.

-"Fue el cuarto" repitió. -"Me sentí atrapada porque no podía salir. No podía encontrar la puerta, y
no hay ventanas, y... yo... Fue una estupidez, lo sé, pero no lo pude evitar".

El cruzó los brazos sobre su pecho, sus ojos como pozos oscuros clavados en los de ella. Cuando
habló, su voz fluyó sobre ella como una amarga ola de oscura agua. –“¿Estás segura de que no fue el
cadáver que había en la cama lo que te asustó tanto?”.

Lo estudió durante un momento, desalentada por su cólera, y luego se percató de que no era cólera
lo que veía, sino un fuerte sentimiento de decepción y de agravio. –“¡Rayven, no lo hagas! Por favor, no lo
hagas”.

-"No puedo cambiar lo que soy, señora, ni siquiera por ti".

-"No te he pedido que cambies".

-"Mírame, Rhianna. Esto es lo que soy".

Quiso apartar la mirada, salir del cuarto, alejarse del dolor que ella le había causado. En lugar de
eso, se mantuvo firme y le devolvió su mirada.

Y le dejó ver como se veía a si mismo, como un hombre que vivía pero no envejecía, lo que era y lo que
no era. Durante cuatrocientos años había sido un vampiro, y el hambre era todavía su dueña. Había
aprendido a controlarla, pero no a doblegarla. Ahora la desató, dejó que surgiera dentro él hasta que
supo que sus ojos ardían por la necesidad. Apartó hacia atrás sus labios para que pudiera ver los
colmillos blancos afilados que había mantenido hasta ahora cuidadosamente escondidos de su visión.

Era una visión que había aterrorizado a muchos. Y también aterrorizó a Rhianna. Cada instinto que
poseía la urgió a correr, a escapar de su presencia, de su casa y nunca regresar.

En lugar de eso, apretó los puños a ambos lados y se mantuvo firme, determinada a probar que no le
tenía miedo, para así convencerlo de una vez por todas de que lo amaba, que no importaba lo que él
fuera, siempre que también la amara.

Un sonido estrangulado que podría haber sido un gruñido o un sollozo retumbó profundo en su
garganta. Avanzó un paso hacia ella, preguntándose si escaparía del cuarto. Vio sus ojos agrandarse
mientras acortaba la distancia entre ellos, sintió su desasosiego. Podía oír los acelerados latidos de su
corazón, veía el pulso latiendo en el hueco de su garganta, pero ella permaneció firme. Todo lo que
sentía se reflejaba en las profundidades azules de sus ojos.

Aspirando profundamente, Rayven dominó la bestia voraz de su interior. Había dejado que ella lo
viera tal como era. ¿Le abandonaría ahora? Una parte de él, esa que temía por su seguridad, deseaba
que se fuera, pero al mismo tiempo la parte más egoísta de su naturaleza esperaba que se quedase.
Podrías hacer que se quede. Descartó el pensamiento antes de que se formase completamente. No la
retendría contra su voluntad.

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-“¿Rhianna, vas a venir a mí?”.

-"Siempre, mi señor" le contestó trémulamente.

Apenas atreviéndose a creerlo, le tendió sus brazos y esperó.

Con más valentía de la que creía que ella poseía, avanzó los pasos que la situaron dentro de sus
brazos.

Le miró, con el amor y la confianza brillando en sus ojos mientras él la rodeaba con sus brazos y
luego, con un suspiro que parecía surgir de las mismas profundidades de su alma, descansó su mejilla
contra su pecho y cerró sus ojos.

-“¿Me dejarías tener la puerta de la habitación abierta?” Le preguntó al cabo de un momento.

Tiernamente, acarició su pelo. -"Si lo deseas, que así sea mi dulce. Haré que Bevins instale una
cerradura a ambos lados de la puerta de la torre, y tú tendrás las únicas llaves. Debes prometerme que
cerraras con llave la puerta exterior si abandonas la cámara interior durante el día”.

-"Como quieras".

Él la sostuvo entre sus brazos por un interminable momento, deleitándose de su cercanía,


reprendiéndose a sí mismo por su anterior arranque de furia. Le había costado muchos años adaptarse a
ser Vampiro; Era un estúpido al pensar que Rhianna podría adaptarse a lo que él era en solo unos días.
Pero tenían tan poco tiempo...

Sonrió cuando oyó su estomago gruñir. -"Ven" le dijo, tomando su mano, bajemos y veamos qué ha
preparado Bevins para tu cena".

-"Tengo hambre" admitió. ¿No has comido nada durante todos estos años?”

-"Nada".

-“¿Lo has intentado?”.

Él asintió concisamente. Solo lo había intentado una vez. Esa había sido suficiente. Al poco tiempo
después de haber sido transformado, antes de haber aceptado completamente lo que era, había entrado
en una taberna y había ordenado una comida. Se había forzado a comer, aunque el olor de la carne
guisada le disgustaba. Y luego había vomitado y se había sentido muy enfermo. No se había empeñado en
comer comida sólida nunca más.

Rhianna suspiró y se encogió de hombros. -"No tiene importancia".

-“¿Preferirías cenar sola?”.

-"No" dijo rápidamente. -"Por favor no pienses eso. Es simplemente que Bevins es tan buen cocinero,
que me gustaría que pudieras disfrutar lo que prepara".

Cuando llegaron al comedor, Rayven apartó su silla y luego tomó su lugar habitual frente a ella.

Pocos minutos más tarde, Bevins entró en el cuarto llevando una gran bandeja de plata que contenía
un plato tapado, una jarra, una copa de cristal, una tetera de plata, y una taza de delicada porcelana
china. Puso delante de Rayven la jarra y la copa, luego le sirvió la cena a Rhianna.

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-"Gracias, Bevins" le dijo Rhianna sonriéndole. -"Huele de maravilla".

-"Gracias, señora".

-"Bevins, quiero que instales un cerrojo en la puerta de la torre, por ambos lados y le des la llave a
Rhianna".

-"Sí, Su Señoría. Lo haré mañana a primera hora".

Rayven había esperado que su esposa introdujera cambios su vida, y así lo hizo. Durante las semanas
siguientes, transformó el interior del castillo, de un lugar oscuro, lúgubre, a una casa acogedora.

La chimenea de su habitación, que raramente era usada, ardía alegremente cada tarde, añadiendo
calor e iluminando el cuarto que siempre había sido frío y oscuro.

Quitó el negro dosel y las oscuras sabanas de la cama. El nuevo dosel era de terciopelo azul oscuro
con adornos de oro. Las sabanas nuevas eran de fino lino blanco, los almohadones del mismo terciopelo
azul oscuro del dosel.

Puso una delicada lámpara de aceite con cristal de color ámbar para así poder leer en la cama.

Compró una pequeña mesa de madera de color cerezo y dos sillas alegremente tapizadas para poder
sentarse delante de la chimenea por la tarde.

Gradualmente, sus ropas fueron depositadas lado de las suyas en el armario, al igual que sus zapatos,
encontraba alegres medias de seda mezcladas con sus guantes y corbatas.

Su dormitorio, una vez frío y solitario como una tumba, pronto se convirtió en un cuarto vibrante
lleno de vida como lo estaba su esposa.

Un anochecer sentando delante de la chimenea, esperando a Rhianna, se dio cuenta de nuevo de cuan
solo y aislado del resto de la humanidad había vivido.

Y se preguntó si alguna vez en toda su vida podría dejarla marchar.

Ella había expresado el deseo de visitar Londres, donde nunca había estado, alojarse en un lujoso
hotel, ir a ver una obra de teatro y cenar en uno de los restaurantes más de moda de la ciudad. Y
Rayven, más profundamente enamorado con cada día que pasaba, no pudo negárselo.

Decidiendo que harían de ello unos días de vacaciones, empacaron unas pocas pertenencias y dos
noches más tarde abandonaron el castillo.

Ella estaba emocionada ante la idea de pasar unos días en Londres. Rayven le había dicho que podía
pasar el día yendo de compras, siempre que llevara a Bevins con a ella, y que podía comprar cualquier
cosa que deseara para sí misma o para su familia.

Era el más generoso de los hombres, pensó mientras observaba el paisaje pasar como un borrón de
árboles moteados de gris por la luna y las redondeadas colinas. El refugio del pueblo alojaba ahora a
cinco mujeres, dos bebés, un viejo lisiado, y un niño huérfano de diez años, dándoles un techo donde
vivir, camas limpias y comidas decentes. Porque Rayven había declarado que no creía en los indigentes,
Rhianna había encontrado la forma en que todos aquellos que vivían en el refugio se ayudaran los unos a

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los otros. Las mujeres se turnaban para lavar y planchar, los viejos cuidaban de los bebés cuando sus
madres estaban ocupadas, y el niño mayor recogía leña. Era un arreglo que satisfacía a todo el mundo.

Dejando a un lado, los pensamientos sobre el refugio, miró a su marido. La estaba observando con
una sonrisa ladeada.

-“¿Por qué me miras así?” le preguntó.

-“¿Así, cómo, mi dulce?”.

-"Como si yo fuera un ratón, y tu un gato hambriento".

-"Quizá porque tengo hambre, y te ves muy sabrosa".

Un temblor de anticipación bajó por su columna, seguido por un pequeño escalofrío de aprensión.
–“¿No comiste nada antes de salir de casa?”.

-"Un vaso de vino".

-“¿Y eso no te satisfizo, mi señor?”.

Negó lentamente con la cabeza. Ella podía sentir su mirada clavada en el pulso que latía en su
garganta, podía sentir como su corazón comenzaba a palpitar más rápido al imaginarlo inclinado sobre
ella, sus dientes clavándose en su tierna carne.

-"Rhianna... " Su voz era baja y ronca, y por debajo, como una sombra oscura, sintió un débil indicio
de dolor.

-“¿Mi señor?”. Escondió sus manos en los pliegues de su falda para disimular su temblor.

Su mirada oscura encontró la suya. Vio el ruego implícito en las profundidades de sus ojos, supo que
él no tomaría lo que ella no le ofreciera libremente. Habían hecho el amor a menudo durante las dos
semanas de su matrimonio, pero no había bebido de ella de nuevo. Recordando que una vez le había dicho
que necesitaba ocasionalmente sangre humana para sobrevivir, se preguntó si había buscado la nutrición
en algún otro sitio. El pensamiento de Rayven recurriendo a otra mujer para satisfacer su necesidad de
sangre la llenó de celos. Después de todo, ella era su esposa. Si él necesitaba sostenimiento, entonces
ella se lo daría.

Inclinó su cabeza hacia un lado, concediéndole acceso fácil a su garganta.

Suavemente, sus dedos se cerraron sobre sus hombros mientras la rodeaba con sus brazos. Suspiró
con deleite mientras sus labios rozaron la sensitiva piel a lo largo de su cuello. Cerró los ojos cuando
sintió el afilado pinchazo de sus colmillos, se abandonó al placer sensual que fluía a través de ella.

Se apartó antes de tiempo, sus oscuros ojos llenos de preocupación. –“¿Rhianna?”.

Ella le miró con ojos nublados por el deseo. -"Seguramente no has podido tomar la suficiente en tan
poco tiempo".

-"La suficiente". Acarició su mejilla, amándola por su voluntad de darle lo que necesitaba,
despreciándose a sí mismo por estar a merced de lo que era, por tener que tomar la misma esencia de su
vida para sobrevivir. -"Rhianna... " Quiso decirle lo preciosa que era para a él, cuánto significaba su
generosidad, pero no había palabras suficientes como para expresar lo que sentía.
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Se acurrucó contra él. -"Te amo, Rayven" le dijo y con un suspiro, se quedó dormida en sus brazos.

La observó mientras dormía, acariciando su pelo. Nunca antes se había dado cuenta de la enorme
responsabilidad que acarreaba el amor.

Rhianna miró a su alrededor, incapaz de creer el esplendor que le rodeaba. Rayven había alquilado
dos suites contiguas en el hotel más lujoso de Londres.

Mientras Bevins desempacaba sus pertenencias. Se paseó, admirando las pinturas, las lujosas
alfombras, los ostentosos cortinajes. Rayven estaba sentado, mientras la observaba, con su boca
torcida en sardónica diversión.

-“¿Te gusta?”. Le preguntó.

-"Oh, sí. Es precioso. ¿Qué haremos primero?”.

-"Lo que tu quieras, mi dulce".

-“¿Podemos dar un paseo?”.

-"Sí, si así lo deseas". Levantándose, se echo la capa sobre sus hombros, luego le ayudó a ponerse su
abrigo. Era nuevo, hecho de terciopelo de un profundo color Borgoña.

Rhianna se miró en el espejo, complacida con su imagen. Parecía una mujer de la alta sociedad. Nadie,
viéndola ahora, sospecharía jamás que había nacido en un pueblo pequeño y remoto, o que era la hija de
un pobre campesino que había tenido que subastarla poder mantener al resto de su familia.

Estaba repentinamente ansiosa por salir de compras, por comprar regalos a su madre y sus
hermanas. Vestidos nuevos, sombreros y quizá alguna pequeña fruslería. Lo único que arruinaba su
excitación era el hecho de que Rayven no podría ir con ella.

De pie, detrás de Rhianna, Rayven sintió su corazón lleno de unas emociones que no había
experimentado durante siglos –amor, celos, ternura y un deseo casi abrumador por protegerla-. Cerró
fuertemente sus manos en puños dejándolas caer a ambos lados de su cuerpo, con el conocimiento de
que de lo más necesitaba protegerla, era de sí mismo.

-“¿Listo?” Se le aproximó, con las mejillas encendidas y sus ojos resplandeciendo.

Con aprobación, él le ofreció su brazo y abandonaron el hotel.

Pasaron las siguientes dos horas deambulando por las calles de la ciudad. La mayor parte de las
tiendas de Knights estaban cerradas por la noche, por lo que ella se sorprendió enormemente, cuando,
cada vez que Rayven se daba un golpe en la puerta de una tienda, eran invitados a entrar.

-"Envié a Bevins con anterioridad a hacer algunos preparativos" le aclaró Rayven.

Se sentía como la realeza mientras paseaba por las tiendas más exclusivas de Londres. Solo tenía
que mirar algo, preguntar lo que costaba, si a su madre le gustaría, o lo que su hermana pensaría, y era
suyo. Compró un vestido para su madre a rayas de color marrón y oro, un sombrero para Aileen, un
parasol para Lanna, una muñeca para Brenna y un osito de peluche para Bridgitte.

-"Pero no has comprado nada ti". Le comentó Rayven.

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-"Ya tengo todo lo que necesito".

-"Te escogeré algo para ti" dijo, y guiándola hasta una joyería, le compró un pequeño corazón de oro
con un relicario colgado de una fina cadena.

-"Es bello" Rhianna exclamó suavemente. Se giró mientras él le colgaba la cadena al cuello.

Sus labios rozaron su nuca. -"Esto es para recordarte que mi corazón te pertenece" le susurró. Su
aliento abanicó su piel, haciéndola estremecerse con anticipación deseando estar solos de nuevo.

Los dedos de Rhianna abrieron el relicario. -"Me gustaría tener un retrato nuestro para ponerlo
dentro" le comentó al abandonar la tienda.

Rayven estuvo a punto de rehusar categóricamente, pero entonces vio el ansia en sus ojos. -"Quizás
algún día".

Bevins les estaba esperando cuando regresaron al hotel.

-"Mi esposa ha hecho numerosas compras" comentó Rayven. Ayudó a Rhianna a quitarse el abrigo y a
sentarse, luego se quitó la capa y la depositó a los pies de la cama. -"Deberían llegar mañana por la
mañana".

-"Sí, su Señoría. Me encargaré de todo. ¿Desea alguna otra cosa?”.

-"No. Puede retirarse, no lo necesitaré más en toda la noche”.

-"Sí, Su Señoría". Con una leve reverencia en dirección a Rhianna, Bevins se marchó.

Rayven se situó detrás de Rhianna y comenzó a desabrochar su vestido. Ella se estremeció de placer
cuando sus dedos rozaron su piel.

-"Eres tan bella" gimió, depositando suaves besos en sus hombros. Su vestido cayó al suelo. -" Tan
cálida, tan viva... " Le quitó su ropa interior hasta que quedó desnuda ante él. -"No puedo creer que
estés aquí, que seas mía”.

Ella se giró, pasó sus brazos alrededor de su cuello y acercó su rostro.

-"Puedes creerlo, mi señor Rayven" murmuró con voz ronca, y cubrió su boca con la suya.

Los brazos de Rayven rodearon su cintura, atrayéndola más cerca, deleitándose con el calor de su
cuerpo, el fresco aroma de su piel, la suavidad de su pelo. Su pulsó latía lleno de calor y vida,
embriagándolo con su cercanía. Sus latidos aumentaron cuando él profundizó su beso. El perfume de su
deseo inundó sus fosas nasales; Podía oler la sangre dulce y caliente fluyendo por sus venas.

Sus manos temblaron de ansia cuando ella le quitó la ropa hasta que no hubo nada entre ellos
excepto el deseo.

-"Rhianna... " Sólo pronunció su nombre, pero ella oyó las palabras que no podía decirle, percibió el
amor en su voz, la necesidad, el miedo. Siempre el miedo, pensó, entristecida de que su amor estuviera
manchado por eso.

Con una tranquila sonrisa, lo tomó de la mano y lo guió hasta la cama. Apartó las cubiertas y se sentó
en el colchón atrayéndolo a su lado.

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-"Ámame, mi amor". Le acarició la mejilla.-"Creo que moriré si no me besas”.

Lamentó la elección de las palabras tan pronto como estas salieron de sus labios. Aunque en silencio,
oyó el eco de su respuesta en su mente: -“ Y podrías morir si lo hago”.

Se acercó mas a él, amando el tacto de su piel desnuda contra la suya. Él se recostó en el colchón,
llevándola con él, sus brazos rodeando su cintura en un abrazo desesperado, su boca cerrándose sobre
la de ella, su lengua rozando la suya.

El deseo surgió dentro de ella, como una flor abriéndose al sol. Hundiendo sus dedos en su pelo, lo
besó con todo el amor y la pasión de su corazón. Sus manos exploraron su cuerpo atrevidamente,
tocando, aprendiendo lo que le hacía sonreír, lo que le hacía gemir con deleite.

Miró en las profundidades de sus ojos, sintió el calor de su deseo calentar hasta el mismo centro de
su ser. Con un suave gemido, se dio la vuelta, llevándola con él hasta que ella yació debajo.

Con los ojos resplandeciendo con negros fuegos, se sepultó dentro de ella. El mundo pareció girar
cuando sus cuerpos se unieron. Sus manos la acariciaron, encendiendo ascuas de placer dónde la
tocaban. Él murmuró su nombre, con voz ronca.

Gritó al ser absorbida por una vorágine de sensaciones, – el frio tacto de las sabanas debajo de ella,
el calor de los besos de Rayven, la suavidad de su piel, el fuego en su toque, el sonido ronco de su voz
mientras murmuraba en su oído palabras en una lengua que no entendía-. Y siempre tenía la sensación de
que él se contenía, que le daba miedo abandonarse al placer por miedo a lastimarla.

Gritó su nombre cuando las ondas de éxtasis la llevaron a la cúspide en una explosión de calor y
color, cerró sus ojos cuando ríos de placer ondearon en su interior.

Sintió los dientes de Rayven raspando su garganta, sintió su última convulsión de placer. Una
ferviente alegría surgió dentro de ella mientras estremecimientos de placer recorrían su cuerpo. El
suspiró profundamente, y ella sintió como se relajaba.

-“¿Te lastimé?” .Le preguntó bruscamente.

-"No, mi señor". Le obligó a mirarla. -"Te amo, Rayven. Por favor no dejes que tu miedo a lo qué
pueda ocurrir arruine lo que tenemos".

-"Rhianna, tu no lo entiendes... " Cómo podía explicarle cómo era, qué tan estrechamente ligada con
su deseo iba su lujuria por la sangre, que nunca se libraría del miedo que le mortificaba, que durante
toda la vida temería que el hambre dominara su autocontrol, que una noche su control se rompiera y él
bebería y bebería hasta que la hubiera destruido.

-"Te quiero con todo mi corazón y mi alma" Le dijo de nuevo, mas enérgicamente esta vez. -"Por
favor cree en eso".

Él se incorporó sobre sus codos y se quedó mirándola fijamente. ¿Era posible que su amor por ella
fuera más fuerte que el hambre, que su amor por Rhianna la protegiera de su lujuria por la sangre? Tal
vez ella estaba en lo cierto, filosofó. Un pequeño sorbo de su preciosa sangre aquietaba el hambre que
su deseo enardecía.

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-"No me da miedo lo que tú eres, mi señor. Creo en el poder de nuestro amor, pero tú también tienes
que creerlo".

Sus palabras apaciguaron su alma atormentada, como ninguna otra cosa pudo hacerlo. Rodando sobre
ella, la acunó entre sus brazos y la sujetó fuertemente.

-"Rezo para que tengas razón, mi amor" gimió.

-"Sé que la tengo. Te amo”.

-“Y yo a ti”. Cubrió a ambos con su capa, y la rodeó con sus brazos de nuevo.

Habían pasado varios siglos desde que se había atrevido a rezar, pero ahora cerró sus ojos y le
imploró al Dios de su juventud que protegiera a la mujer que descansaba tan confiadamente entre sus
brazos, aunque ello significara protegerla de sí mismo.

CAPÍTULO VEINTE

Hacía ya dos semanas que estaban en Londres la noche en que Rayven alquiló un carruaje y fueron a
pasear por Hyde Park, Rotten Row. Una vez había sido conocida como la ruta del rey, le explicó Rayven.
El camino del rey. El parque una vez había pertenecido a la abadía de Westminster, agregó, pero Henry
VIII lo había cerrado al público, lo había llenado de venados, y lo había utilizado como lugar de cacería
real. El rey Charles, lo había abierto de nuevo al público en 1635.

Rhianna inclinó la cabeza mientras contemplaba el gran espacio verde. Rayven había estado vivo
durante el reinado de Henry VIII. Y también había estado vivo cuándo Charles abrió Hyde Park.

-"Rhianna. ¿Rhianna?”.

-“¿Hmmm?”.

-“¿Te gustaría ir a cenar?”.

-“¿Qué?”.

Rayven giró su rostro hacia ella. -"Pareces ausente, mi dulce. ¿Ocurre algo malo?”

-"No, no pasa nada”.

Incapaz de evitarlo, Rayven dejó que su mente encontrara la suya. Reprimió un suspiro cuando siguió
el camino de sus pensamientos, preguntándose si alguna vez aceptaría totalmente lo que él era.

-“¿Qué es eso que te molesta tanto?”. Le preguntó quedamente.

-“¿Molestarme?” Negó con la cabeza. -"Nada mi señor. Pero debes comprender, cuanto me asombro
al darme cuenta de cuanto tiempo has vivido, y lo mucho que has visto".

Rayven asintió. Los reyes y las reinas habían llegado y se habían marchado, pero él había
permanecido igual.

-“¿Qué me habías preguntado antes?”

-"Te pregunté si tenías hambre”.

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-"Sí, un poco".

La llevó a cenar a The King’s Arms. Era un restaurante elegante, el más lujoso que ella había visto en
toda su vida. Las mesas estaban cubiertas de finos mantelerías de lino blanco. Cristalerías ribeteadas
en plata destellaban, añadiendo un toque de opulencia a todo. Cortinas de oscuro terciopelo rojo
colgaban de las ventanas; Las sillas estaban tapizadas del mismo rojo oscuro.

Al recorrer con la mirada a su alrededor fijándose en los hombres y mujeres elegantes que
ocupaban las mesas circundantes, Rhianna se preguntó lo que su madre pensaría si pudiera verla ahora.

Sentada allí, esperando ser servida, se dio cuenta de la mirada fija de Rayven sobre ella.
Sintiéndose cohibida, paso su mano por su pelo, luego manoseó el relicario de oro de su garganta. ¿Pasa
algo?

-"No". Negó con la cabeza, pensando en lo preciosa que era. El traje de noche de color malva que
llevaba puesto hacia juego con el color de su pelo y su piel. El cuarto estaba lleno de mujeres vestidas a
la última moda, pero ella las eclipsaba a todas.

-"Me estas mirando fijamente".

La esquina de su boca se curvó en una sonrisa mientras se le acercó a través de la mesa. -"Me temo
que no puedo evitarlo. Eres la mujer mas encantadora de toda la sala".

Un débil rubor ascendió por sus mejillas. -"Gracias".

Él levantó su mano y sus labios besaron las puntas de sus dedos, y se preguntó cómo había podido
vivir durante cuatro siglos sin ella. Ella le sonrió, y ya no echó de menos el sol. Ella se rió, y olvidó que la
soledad había sido su constante compañera. Ella le tocó, y aquietó el hambre que le había atormentado
durante tanto tiempo que apenas podía recordar cuando no lo había hecho. Rhianna.

Nunca había sido tan consciente del paso del tiempo, como lo era ahora. Cada día le acercaba más al
momento de perderla, le acercaba más al momento en que él retornaría a su vida vacía, su cama vacía.

Y a pesar de ello, del mismo modo en que cada día hacía que su separación futura fuera más
dolorosa, sabía que debía dejarla marchar. Sería cruel arrastrarla a una vida con él. Ella ya empezaba a
cambiar su vida, para adaptarla a la suya. Se mantenía levantada hasta el amanecer para poder estar
con él hasta que el sueño cadavérico le reclamaba. Aunque una vez fue madrugadora, dormía hasta más
tarde cada día, perdiendo las horas preciosas de la luz del día. No quería obligarla a pasar su vida en la
oscuridad. No quería privarla de la belleza del mundo diurno. Ella amaba el brillo del sol, las flores. No
había luz del sol en la oscuridad de su mundo; Las flores de brillantes colores que amaba se desvanecían
en oscuros tonos grises a la luz de la luna.

Rhianna pidió la cena; Él ordenó un vaso de vino tinto.

Justo había acabado de cenar cuándo Rayven oyó una voz familiar. Mirando hacia arriba, vio a Dallon
Montroy abriéndose camino hasta su mesa.

-"Rayven" dijo el vizconde, inclinando su cabeza.

-"Montroy".

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-"Rhianna". Dallon tomó la mano que ella le ofrecía y pasó sus labios sobre sus nudillos.

-“¿Cómo está, Dallon?” le preguntó, sonriéndole. Como siempre, él iba vestido impecablemente, negra
levita con oscuros pantalones a rayas en un tono gris.

-"Muy bien, gracias. No necesito preguntar como esta usted" Dallon dijo, mirándola con admiración.
-"Parece que la vida de casada le sienta admirablemente bien, y también a usted" dijo, dirigiendo su
mirada a Rayven. –“¿Les importa que me siente con ustedes?”.

-"Claro que no" Dijo Rhianna.

Montroy se sentó en la silla al lado de Rayven. -¿Qué les trae a Londres?”.

-"Hemos venido de compras" dijo Rhianna dijo con una abierta sonrisa. -"Me temo que Lord Rayven
estará arruinado cuando regresemos a casa”.

-"No se preocupe en absoluto por ello" dijo Dallon, riéndose ahogadamente. -"Estoy seguro de que
podría comprar toda la ropa de la mitad de tiendas de la ciudad. ¿No es eso cierto, Su Señoría?”.

Rayven gruñó suavemente. -"Quizás".

-¿Qué le trae a Londres?”. Le preguntó Rhianna.

-"Negocios" contestó Montroy con una mueca de disgusto. -"Afortunadamente, pronto estarán
concluidos. Planeo ir al teatro más tarde. Si no están ocupados, podrían venir conmigo a mi palco".

Rhianna miró interrogativamente a Rayven.

-"Lo que tu desees, mi dulce" contestó serenamente.

-"Creo que no", dijo Rhianna -"Pero muchas gracias por la invitación".

Dallon asintió, muy consciente de los celos de Rayven. Estaba a punto de irse cuando la melodía de un
vals llenó el cuarto. Con un repentino sentimiento de imprudencia y curiosidad por ver si podía alterar la
conducta eternamente fría de Rayven, dijo, -"Con su permiso” se dirigió a Rayven, -“Me gustaría bailar
con Rhianna".

Un músculo se movió en la mandíbula de Rayven mientras luchaba por reprimir su temperamento.


-"Quizá debería preguntárselo a ella”.

Rhianna miró a su marido. La tensión crepitaba entre los dos hombres como un tenso alambre. –“¿Mi
señor?”

-"Como tu quieras, mi dulce" dijo Rayven.

-"Me encantaría bailar, si a ti no te importa".

Con una brusca inclinación de cabeza, Rayven dio su consentimiento. No quería que bailara con otro,
especialmente no con Montroy, pero no podía bailar con ella, no aquí, dónde el pequeño salón de bailable
estaba forrado con espejos dorados de arriba a bajo.

Montroy se levantó y le ofreció a Rhianna su brazo. Con una media sonrisa a Rayven, ella se puso de
pie y colocó su mano en el brazo de Dallon.

156
Con las manos cerradas fuertemente en puños, Rayven les observó ir hacia la pista de baile. Los
celos atenazaban su estomago mientras vigilaba cómo Montroy hacia girar a Rhianna alrededor de la
sala. Las faldas de Rhianna formaban remolinos alrededor de sus tobillos; La luz de las lámparas hacia
brillar su pelo como si fuera de oro. Qué bien se veían juntos, dos mortales en la flor de la vida, su piel
enrojecida rebosante de salud, jóvenes corazones latiendo al unísono mientras giraban con el cuarto. No
le pasó desapercibía la admiración en los ojos del vizconde, o la forma en que el hombre sonreía a
Rhianna.

Está enamorado de ella, pensó Rayven. El saberlo lo llenó de un profundo deseo de matar, arrancarle
el corazón a Montroy y tirarlo a un pozo profundo.

Aspiró profundamente, abriendo y cerrando sus manos, mientras observaba como volvían caminando
hacia la mesa. Las mejillas de Rhianna estaban rosadas, sus ojos brillaban, cuando tomó asiento frente a
él.

Con expresión neutra, Rayven levantó su copa y la vació de un solo trago.

-"Gracias, Dallon" dijo Rhianna.

Sonrió a Montroy, y Rayven fue consumido por el deseo de golpear al otro hombre, agarrar a Rhianna
del brazo y gritar a todo el mundo que ella le pertenecía.

-"Ya me voy" dijo Dallon. Besó la mano de Rhianna y luego esbozó una reverencia en dirección a
Rayven. -"Buenas noches, Su Señoría".

-"Montroy".

Dallon sintió un escalofrío repentino, como si una capa de fino hielo se hubiera formado en su
columna vertebral, cuando su mirada encontró la de Rayven. Durante momento, no pudo moverse, no
pudo respirar, apenas pudo pensar.

Después Rayven apartó la mirada, y el mundo estuvo de nuevo en su sitio.

Dallon negó con la cabeza, preguntándose si había imaginado el frío, o la advertencia tácita que había
en los oscuros y diabólicos ojos de Rayven.

-"Buenas noches" dijo otra vez. Dando media vuelta, reprimió el deseo de escaparse corriendo del
salón.

-“¿Disfrutaste de tu baile?”. Preguntó Rayven.

-"Sí, muchísimo" contestó Rhianna. -"Aunque hubiera preferido bailar contigo".

-"Otra vez será" dijo él. –“¿Estás lista para irnos?”.

Rhianna asintió, asombrada por su tono cortante y sus bruscas formas. Seguramente no podía estar
furioso porque había bailado con Dallon.

Bevins les estaba esperando afuera con el carruaje. Echó un vistazo a la expresión en el rostro de
Rayven y rápidamente abrió la puerta del carruaje. Sintió un atisbo de compasión por Rhianna mientras
las ayudaba a subir al coche, inclinó la cabeza hacia Rayven y luego cerró la puerta tras ellos.

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Fueron en silencio hasta el hotel. Rhianna permaneció mirando por la ventana, preguntándose qué
había hecho para que él estuviera tan enojado.

-"Está enamorado de ti".

-“¿Qué? ¿Quién?”.

-"Montroy".

-" Eso es absurdo. Él no sabe nada de mí”.

-"El amor no se basa en el conocimiento" contestó Rayven quedamente. "Si así fuese, no estarías
sentada aquí conmigo".

Rhianna se giró para enfrentarle. A pesar de la luz tenue, podía leer claramente su expresión. Sus
ojos se llenaron de confusión y compasión. Qué tonta era, al pensar que le conocía porque le había
contado algunas pocas cosas acerca de su vida, porque habían hecho el amor. Había hecho cosas de las
que estaba avergonzado, cosas por las cuales su alma estaría para siempre condenada.

Su mirada se posó en ella, su corazón doliente por la gran distancia que les separaba. Ella no tenía ni
idea del mal que subyacía en él. Si la hubiera tenido habría salido huyendo, gritando antes de permitirle
que la tocara por primera vez. Era el epítome de la inocencia y de la bondad.

Lleno de auto-repulsión, cerró sus manos en puños apretados. Nunca debería haberla manchado con
su contacto, nunca debería haber interferido en su vida.

Rhianna trató de alcanzar su mano y la apretó. -"Lo siento, mi señor, no quise hacerlo".

Rayven frunció el ceño. –“¿El qué?”

-"Lo que sea que haya hecho para contrariarte tanto".

-"Me has interpretado mal, Rhianna".

-“¿Qué es lo que ocurre entonces? ¿No me lo dirás?”.

Él contempló la confusión en sus ojos, llenos de un amor que vio reflejado en sus profundidades
azules cristalinas apaciguando su cólera, sus dudas. Era suya. Durante un año. Y ya habían pasado más de
tres meses. Nunca antes había pasado el tiempo tan rápidamente.

-"Dímelo" le urgió suavemente. -"Explícame cuanto me amas”.

Ella se acerco a él, rodeándole la cintura con sus brazos mientras le miraba fijamente. -"Te amo" le
dijo fervientemente. -"Nunca lo dudes, mi señor. Te amo más de lo que nunca creí que poder amar en
toda mí vida".

Con un silencioso gemido, la aplastó contra su pecho, su boca cerrándose sobre la de ella en un beso
furioso que le dejó los labios amoratado. Su lengua se introdujo profundamente en su boca, mientras
sus manos acariciaban su pelo, sus muslos, se demoraban sobre las curvas dulcemente redondeadas de
sus pechos.

-"Desnuda tu alma" murmuró roncamente. -"Dime que eres mía para siempre”.

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-"Tu sabes que lo soy" ella contestó, apenas capaz de hablar por los rápidos latidos de su corazón.
-"Rayven, por favor, dime qué es lo que tanto te molesta.

-"Ahora no". La recostó sobre el asiento, sus manos explorando bajo sus faldas, levantando sus
enaguas, apartando sus calzones.

-"Mi señor... Rayven... " Se quedó sin aliento cuando las puntas de sus dedos rozaron la sensitiva
carne a lo largo de su muslo interior. -"El hotel... Pronto llegaremos".

-"No me hagas esperar, Rhianna. Te necesito. Ahora". Él se echó hacia atrás buscando su mirada,
esperando que le rechazara.

Ella, con silenciosa aceptación, atrajo su cabeza y le besó. No sabía que demonios le atormentaban;
sólo sabía que no podía rechazarle.

Se desabrochó nerviosamente sus pantalones, y al instante estaba encima de ella, su peso


descansando sobre sus codos mientras se zambullía en su interior. Su aliento rozó su cara y su lengua
barrió su boca, adentrándose en sus profundidades.

Fue rápido y feroz. Ella gimió una sola vez y luego se agarró firmemente a sus hombros como cuando
el placer la barrió por entero. Sus manos y sus labios eran como relámpagos, dejaban brasas ardientes
donde quiera que tocaran, hasta que la tormenta que había desatado en su interior, culminó en un
éxtasis que la dejó sin aliento.

Él sintió la misma tormenta interior que ella, sus labios acariciándola, su voz llenada de adoración
mientras le murmuraba palabras de amor. Ella sintió el pinchazo afilado de sus dientes como un si fuera
una caricia, la repentina dulzura sensual explotó en su interior, mientras él se estremecía
convulsivamente, luego yació inmóvil, su respiración rasposa y dispareja contra la curva de su garganta.

Acarició su pelo llena de ternura, con un sentimiento de plenitud. Era suave y sedoso. Le sintió
temblar mientras sus manos acariciaban su nuca, le oyó mascullar algo ininteligible por lo bajo mientras
se enderezaba.

Se abrochó los pantalones y reajusto su ropa interior, rápidamente y eficazmente, como si todos los
días hiciera eso.

-"Lo siento” dijo bruscamente. -"Perdóname”.

-“No hay nada que perdonar".

-"Te tomé como un bruto".

Enderezándose, alisó su falda. -"Siento mucho que no lo hayas encontrado satisfactorio, mi señor
esposo".

Él clavó los ojos en ella. –“¿A ti te satisfizo?”.

Rhianna asintió. Miró por la ventana hacia fuera, asombrada por el descubrimiento de que estaban en
un camino vecinal. –“¿Dónde estamos?”.

-"Fuera de la ciudad".

-"Pero... " Sintió que el color subía por su rostro. -"Cómo sabía Bevins... "
159
-"Le hablé a su mente, mi dulce, y le dije que deseábamos dar un rodeo hasta casa".

-"Oh". Sus mejillas ardiendo con un rubor encendido al descubrir que Bevins sabía lo que habían
hecho.

Una sonrisa jugueteó sobre los labios de Rayven mientras golpeó el techo del carruaje. Momentos
más tarde, el coche dio media vuelta, regresando a Londres.

Rayven pasó los brazos alrededor de los hombros de Rhianna, y ésta se acurrucó contra él, suave y
confiada como una niña. Un momento más tarde ya estaba dormida.

Cuando alcanzaron el hotel, la llevó hasta su suite. Ella murmuró algo ininteligible pero no se
despertó mientras la desnudaba y la acostaba.

Por un momento, la observó como dormía, admirando el espesor de sus pestañas, la sensualidad de su
boca, el halo dorado de su pelo.

Se desvistió, con la intención de unirse a ella en la cama; Luego, reacio de acostarse cuando estaba
tan próximo el amanecer se acerco a la ventana y se quedó mirando la noche. Una vez, la oscuridad había
sido su única compañera. Le había dado la bienvenida, sabiendo que su silenció escondía su fealdad del
mundo. Y luego Rhianna había llegado a su vida, expulsando la oscuridad y la soledad, haciéndole desear
una forma de vida que estaba para siempre perdida para él, arrebatada desde hacia siglos.

Cerrando sus ojos, presionó su frente contra el frió cristal e imaginó como sería ser mortal de
nuevo. En su imaginación, se vio caminando de la mano de Rhianna a la luz del sol, la vio amamantando a su
hijo, rodeado de niños.

Un fuerte dolor atravesó su corazón mientras daba la espalda a la ventana y golpeaba la mesa
fuertemente con su mano. La mesa se derrumbó destrozada. Y una astilla se clavo profundamente en su
palma.

-“¡Rayven!” Rhianna se incorporó en la cama, las sabanas fuertemente agarradas sobre su pecho
mientras escudriñaba en la oscuridad. –“¡Rayven!”

-"Estoy aquí" contestó. –“Vuelve a dormir".

-“¿Qué ha sido ese ruido?”.

-"Nada".

Encendió la lámpara, luego se deslizó de la cama y se le acercó apresuradamente. Miró con


preocupación la línea tensa de su mandíbula, luego se quedó sin aliento al ver la astilla de madera
incrustada en su carne.

-“¿Qué ha sucedido?”. Se quedó mirándolo fijamente esperando una explicación.

Él negó con la cabeza, no queriendo decir nada, ciertamente no podía explicárselo.

-"Déjame ayudarte" dijo ella, tratando de alcanzar su mano.

-“¡No!” Mascullando un juramento, sacó bruscamente la astilla de su carne. La sangre roja, oscura
fluyo abundante por la palma de su mano.

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Sangre maldita. Sangre malvada.

No sabiendo qué fue lo que le imbuía a hacer tal cosa, ahuecó su mano y bebió la sangre de su palma,
sintiendo un placer perverso al ver la expresión de horror que se reflejaba el rostro de ella.

Rhianna dio un paso hacia atrás, mirando fijamente. Él trataba de conmocionarla, asustarla. ¿Por
qué?

Dando media vuelta, fue hasta la cómoda y remojó un paño en el agua, luego regreso hasta él. Sin
ningún comentario, cogió su mano herida y presionó la tela fría contra su palma, sujetándola con fuerza
entre sus manos.

-“¿No me dirás que ha sucedió?” Le preguntó quedamente.

Mientras la miraba, sintió como se diluía su cólera, vencida por el amor que vio brillando en sus ojos.

-"Estaba deseando" dijo bruscamente, “Deseando cosas que nunca podrán ser". Acarició su mejilla
con su otra mano, sus nudillos rozando su carne. -"Deseando poder estar a tu lado a la luz del día, poder
darte... " Él suspiró profundamente. -"Deseando poder darte un hijo".

"Oh, Rayven" susurró, -"Eso es lo que yo también espero con ilusión".

Lentamente, él negó con la cabeza. -"Eso nunca ocurrirá, Rhianna. No puedo tener hijos".

-“¿Por qué no?” Le preguntó con perplejidad. -"Tu puedes... " Un débil rubor ascendió por sus
mejillas. -"Tu ya sabes".

-“¿Tú todavía no lo entiendes, mi dulce?”.

Él negó con la cabeza. -"Los muertos no pueden crear vida".

Ella le contempló, entristecida por el amargo pesar que había en las profundidades de sus ojos.
Ciertamente no había ninguna palabra que pudiera consolarle, le llevo de regreso hasta la cama, lo
envolvió entre sus brazos y lo acunó hasta que el amanecer lo absorbió en su profundo sueño.

No salió en todo el día. No le apetecía ir de compras, ni le apetecía encontrarse con otras personas.
Siempre había dado por sentado la vida que tendría, asumiendo que se casaría, tendría hijos y los vería
crecer y tener a sus propios hijos. Observaría el paso de las estaciones, contaría los años pasar, hasta
que su vida finalizara.

¿Cómo era para Rayven, permanecer siempre igual mientras cambiaba el mundo a su alrededor, al
igual que las personas? ¿Qué haría cuando Bevins se fuera? ¿Quién cuidaría de él? ¿Quién guardaría su
casa mientras dormía su sueño cadavérico? Le había dicho que pronto tendría que abandonar el valle,
que ya se había quedado demasiado tiempo. ¿Cómo se debía sentir, viendo a los otros hacerse viejos y
morir, no atreviéndose a permanecer demasiado tiempo en un mismo sitio, no fuera que las personas se
dieran cuenta de que él nunca cambiada, que los años que pasaban no hacían mella en él?

Sabía sin ninguna duda que la gente del valle destruiría a Rayven si supieran lo que era. Un vampiro.
No muerto. Se suponía que era un monstruo, pero solo la había tratado con bondad. Ante sus ruegos,
había provisto un refugio para los pobres y los sin hogar, insistiendo que no lo dijera a nadie lo que había
hecho. Podía haber cazado en los aldeanos sin piedad, tomando lo que necesitaba para sobrevivir, pero

161
sobrevivía con la sangre de las ovejas mezclada con vino, tomando sangre humana sólo cuando le era
necesario, y sólo en pequeñas cantidades.

Debería estar asustada de él, estar consternada por lo que era, pero solo sentía piedad y compasión,
y un abrumador sentimiento de amor que desafiaba la lógica o la razón. Le amaba y quería pasar el resto
de su vida con él.

Pasó el día en su cuarto, observándole dormir, pensando en lo bello que era, necesitando tocarlo se
recostó a su lado en la cama, su cabeza apoyada sobre su hombro.

Rayven se despertó al atardecer y encontró a Rhianna dormida en sus brazos. Todavía se asombraba
por encontrarla allí cuando despertaba, especialmente después de lo que había sucedido la noche
anterior. Durante siglos, no había habido nadie a su lado cuando despertaba de su sueño cadavérico.
Nadie en su cama. Nadie en su vida que realmente le importara, excepto Bevins. Y entonces había
comprado a su padre una joven de sucio rostro, y su mundo entero se había alterado. Había llevado
otras mujeres al castillo. Ninguna que hubiera dejado huella alguna en su mente. Se habían convertido
en un borrón sin cara en su memoria. No había movido nada en su interior, ni el afecto y menos el amor.
No habían hecho que nada cambiara en su vida, no habían despertado ningún interés en él, a parte del
sustento que sin darse cuenta le había provisto.

Rhianna. No había sido la primera joven que había llevado a su castillo, pero sabía que sería la última.

CAPÍTULO VEINTIUNO

Rhianna caminaba lentamente, ensimismada, por la calle.

Durante las tres semanas anteriores, Bevins la había llevado de excursión a varios lugares de
interés. Habían ido al museo de cera de Madame Tussaud. A Rhianna le había sorprendido enterarse de
que el museo había sido fundado en 1776. Había quedado fascinada por la semejanza que tenían las
figuras de cera con los personajes reales y repelida ante la cámara de los horrores que reflejaba
horripilantes episodios de la batalla de Trafalgar.

Bevins la había llevado a la catedral de St. Paul, que tenía cien años de antigüedad. La cúpula era
impresionante, la nave de una belleza exquisita.

Se había quedado mirando con admiración la abadía de Westminster. Era allí, en ese magnífico
edificio donde todos los reyes y reinas de Inglaterra habían sido coronados.

Habían ido a visitar la Torre de Londres, donde habían sido ejecutadas dos de las esposas del rey
Enrique VIII, y Sir Thomas More y William Penn. Rhianna había temblado al imaginarse arrestada
dentro de la Torre de Londres aguardando su ejecución. Había imaginado el miedo de estar arrodillada
en la horca, esperando caer el hacha.

Habían pasado por el puente de Traitor, habían visto la Torre Sangrienta y la Wakefield Tower.

Habían ido de excursión a Trafalgar Square, a ver los cambios de guardia en Buckingham Palace, y
todo el tiempo había deseado que fuese Rayven el que caminara a su lado, mostrándole los lugares.

162
Londres era una ciudad asombrosa, completamente diferente del tranquilo pueblo donde había
pasado la mayor parte de su vida. Llena de actividad y bullicio –los sonidos incesantes de ruedas y
cascos de caballos sobre el pavimento, las campanas de los panaderos, los gritos de los vendedores
ambulantes, que vendían de todo, huevos, cuchillos, muñecas, veneno para ratas, libros etc.-. Los niños
de la calle estaban por todos los sitios, transportando paquetes, sujetando los caballos a elegantes
caballeros, yendo a buscar carruajes o haciendo rodar ruedas de carreta en la calle siempre con la
esperanza de ganarse algún penique.

Hizo una pausa para mirar uno de los escaparates. Le parecía extraño estar sola, sin Bevins
acompañándola silenciosamente. Había salido para efectuar un encargo, y aprovechó esa oportunidad
para salir sola. Sin duda Bevins estaría furioso con ella cuando regresara al hotel, pero no había ido muy
lejos y no planeaba alejarse demasiado.

Inclinó su cabeza hacia un lado, admirando uno de los sombreros exhibidos en el escaparate de la
sombrerería. Era muy lindo, hecho de paja, adornado con flores de diversos colores, ribeteado con una
cinta de color lavanda. No necesitaba otro sombrero; había comprado varios en las últimas semanas.
Pero quería éste, y no había ninguna razón por la que no pudiera tenerlo. Rayven le había dado carta
blanca para comprar cualquier cosa que deseara.

Estaba a punto de entrar en la tienda cuando vio a Dallon Montroy avanzando por la calle hacia ella.
Las mujeres de ambos lados de la calle se detenían a mirarle mientras pasaba y no podía culparlas por
ello. Mayores y jóvenes por igual le observaron mientras caminaba hacia ella. Presentaba una estampa
realmente elegante con su abrigo de color verde y pantalones color ante. El sol formaba reflejos
dorados sobre su pelo, haciéndolo parecer un príncipe de cuento de hadas.

-"Rhianna!" exclamó, cogiendo sus manos entre las suyas. -"Dichosos los ojos. Qué bella estas". Le
sonrió, con ojos brillantes. -"Llevas un bonito vestido".

Ella se sonrojó con placer, mientras él la miraba con admirado atrevimiento. -"Gracias, Dallon. Yo
también me alegro de verte".

Miró hacia el escaparate.-“¿Ves alguno que te guste?”.

Rhianna asintió. "Aquél" dijo, señalándolo. -"El de paja con los ribetes y las flores. Es muy lindo".

-"Pues entonces deberías tenerlo”. Le sonrió mientras le ofrecía su brazo.

-"En realidad no necesito otro sombrero" dijo, pero no protestó cuando la condujo al el interior de la
tienda.

Dallon cogió el sombrero del escaparate, y se quedó a su lado cruzado de brazos mientras ella se lo
probaba.

La tendera, una mujer con mucho busto y cara rojiza, resplandecía ante la perspectiva de una nueva
venta, mientras Rhianna se miraba en el espejo.

-"Es perfecto, señora. Importado de Francia". La tendera miró a Dallon, y Rhianna pensó que la
mujer creía que era su marido. –“¿Le sienta de maravilla a la señora, no cree usted?”.

-"Ciertamente" dijo Dallon. -"Nos lo llevamos”.

163
Rhianna miró su reflejo en el espejo, y negó con la cabeza. -"No, Dallon".

-"Quiero comprártelo" dijo, e ignorando sus protestas, pagó el sombrero, insistiendo en que se lo
llevara puesto.

Contenta, Rhianna se ató las cintas bajo su barbilla.

-"Vamos" dijo Dallon, tomándola del brazo. -"Vamos a tomar un té, para que todo el mundo pueda ver
lo bonita que te ves con tu nuevo sombrero".

Rhianna negó con la cabeza. -"De verdad, me gustaría mucho, pero no puedo".

-"Claro que puedes".

-"Tengo que volver a casa”. Miró hacia el sol poniente. Rayven se despertaría pronto y esperaría que
estuviera allí. -"Rayven estará... "

-“¿Rayven estará qué?”.

-"Esperándome".

-"Déjale que espere, Rhianna. Tener uno poco de celos es bueno para un hombre".

-“¿Tu crees?”. Preguntó dudosamente.

-"Una sola taza de té" urgió. –“¿Qué mal puede hacer?”.

-"No puedo Dallon. Por favor, debo irme".

-“¿Qué ha hecho contigo Rhianna?” preguntó Montroy con voz preocupada. -"Eres su esposa, no su
esclava. Tienes derecho a una vida propia, a amigos propios”.

-"Tu no lo entiendes"

-"Esperaba ser algo mas que un amigo para ti, Rhianna" dijo Dallon quedamente. -"Pero ahora eso es
imposible".

“Dallon, no debes decirme estas cosas. No es correcto".

-"Lo sé y lo siento. Pero no puedo evitar sentir lo que siento". Sujeto su mano, deslizando su pulgar
sobre sus nudillos. -"Por favor no me niegues el placer de estar unos pocos minutos en tu compañía".

Supo que debería rechazarlo, supo que Rayven estaría enojado si se enteraba, pero no podría ignorar
la súplica en los ojos de Montroy, ni ignorar su oferta de amistad.

-“Esta bien" dijo. -"Pero debo estar de regreso al hotel antes de que oscurezca".

-"Lo estarás te lo prometo" dijo Dallon.

Pasaron una hora agradable hablando de cosas triviales. Le contó a Dallon sus excursiones por la
ciudad; Él le habló del nuevo carruaje que había comprado, junto con un par de bellos caballos grises
para arrastrarlo.

Sintiéndose feliz y relajada en su presencia, Rhianna se olvidó de la hora, hasta que se dio cuenta de
que el sol ya se había puesto.

-"Es muy tarde" exclamó.


164
-"Te llevaré de regreso al hotel".

-“¡No! Adiós, Dallon. Gracias por el sombrero, y por el té". Poniéndose rápidamente en pie, agarró su
bolso y salió del café.

Su corazón golpeaba aceleradamente y su frente estaba perlada de sudor, cuándo llegó al hotel.
Forzándose a tomar un profundo aliento para tranquilizarse abrió la puerta de su dormitorio y entró.

Rayven estaba de pie en la ventana, mirando hacia afuera. Se dio la vuelta mientras ella cerraba la
puerta. Su oscura mirada la recorrió de la cabeza a los pies.

-"Siento mucho haberme retrasado" dijo Rhianna. Dejando su bolso sobre una silla, alisó su falda y
se quitó los guantes. –“¿Dónde está Bevins? Me gustaría pedirle algo de cenar".

-"He hecho el encargo por ti".

-“¿Oh?” Cruzó sus manos para calmar su temblor. -"Gracias".

-“¿Dónde has estado?”

-"He ido de compras... Me he comprado un sombrero nuevo. ¿Te gusta?”.

Asintió, su oscura mirada concentrada en su cara.

-"Creo que me refrescaré un poco”.

-"No me digas mentiras, Rhianna".

Ella tragó saliva, sus dedos apretaron los pliegues de su falda. -¿Mentiras, mi señor?”.

-"Has estado con Montroy de nuevo".

No había forma de negarlo. -"Sí. Tomamos el té juntos".

-“¿Dónde?”.

Él la observaba fijamente, sus ojos oscuros sin parpadear. Su frialdad la intimidaba.

-"En un salón de té calle abajo. Frente a la sombrerería".

Sus ojos se estrecharon furiosamente mientras cruzaba el cuarto hasta ella, tan cerca que podía
sentir el calor de su aliento. –“¿Te compró él el sombrero?”.

Tragó, el miedo agarrotándole la garganta. -"¿Por... Por qué me dices eso?”.

-"Su perfume está en el sombrero, en tus manos. ¿Te lo compró, Rhianna?”.

-"Me vio admirándolo en el escaparate y lo compró para mí. Yo no quería pero él insistió”.

Un músculo se movió en su mandíbula. Había pasado la tarde con Montroy. Solos.

-"No pasó nada" dijo Rhianna. Posó su mano sobre su brazo para aplacarle. -"Tomamos té, eso es
todo. Siento no haber estaba aquí cuando te despertaste. Por favor perdóname".

Él se volvió de espaldas, no queriendo que viera los celos que carcomían su alma. -"No hay nada que
perdonar. No estas prisionera aquí, Rhianna. Es injusto por mi parte esperar que estés encerrada hasta
el anochecer".

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-"Oh, Rayven". Se acercó a él. Rodeando con los brazos su cintura, y recostando su mejilla contra su
espalda, deseando poder aliviar el daño que le había causado.

-"Lo siento" dijo rígidamente.

-"No hay nada por lo que debas disculparte”.

-"Quisiera matarle" dijo bruscamente. -"Estoy celoso de cada hora, cada minuto, que puedas pasar
con cualquier otro hombre".

-"No hay nada por lo que debas estar celoso. Dallon es simplemente un amigo, nada más. Y eso es lo
que será toda mi vida".

-"Lo sé". Rayven aspiró profundamente y soltó el aire en un suspiro largo, lento. -"Nunca había
estado enamorado antes" dijo, como si confesara un terrible secreto. -"Miró a Montroy y veo lo que yo
podría ser si no hubiera deseado a Lysandra. ¿De qué vale vivir durante cuatrocientos años si uno tiene
que vivir solo?”.

Una de sus manos cubrió la suya, su pulgar rozando suavemente su dorso.

-"Cuando fui joven, tuve sueños de gloria. Era el mejor del lugar. Tenía un nombre que los hombres
respetaban y temían. Tenía tierras y riquezas, podía tener todas las mujeres que deseaba. Podría haber
tenido una buena vida, una esposa e hijos. Pero lo arrojé todo por la borda por perseguir a una mujer
que parecía un ángel y resulto ser el diablo".

-"Lo siento tanto, Rayven". Le beso el hueco en medio de su espalda. -"Pero te lo dije antes, y lo diré
otra vez. Me alegro de que seas un vampiro. Si no hubieses encontrado a Lysandra, habrías muerto hace
cientos de años y nunca te habría conocido".

Le rodeó y le enfrentó de cara, -"Te amo, mi señor marido" le dijo fervientemente. -"Me alegro de
que me compraras a mi padre. Me has dado una maravillosa educación, ayudado a mi madre y a mis
hermanas muchos mas de lo que hizo mi padre. –“Te amo" le dijo de nuevo. -"No hay nadie más, solo tú".

Con un suspiro, él la atrajo a sus brazos. -"No tienes ni idea de cuánto significas para mi, Rhianna" se
quejó, -"Y me temo que no tengo suficientes palabras para explicártelo. Perdóname por mis celos. No
tengo ninguna excusa excepto que nunca he amado antes a nadie".

Estaba de puntillas, queriendo besarlo, reconfortarlo, pero se apartó rápidamente, cuando oyó que
golpeaban la puerta.

-"Tu cena ya está aquí" dijo Rayven.

-"Yo la cogeré”. Dándole un apresurado beso en la mejilla, fue a abrir la puerta.

Un joven vestido de camarero llevaba una bandeja cubierta. -¿Desea alguna otra cosa, señora?”.

-"No, gracias". Cerrando la puerta, llevó la bandeja hasta la mesa. –“¿Te sentarás conmigo mientras
como?”.

Asintiendo, Rayven cruzó la habitación y se sentó frente a ella.

-"No me has dicho donde esta Bevins".

166
-"Me pidió la noche libre".

-“¿Oh?” Levantó la bandeja, y el aroma de carne de cordero asada y patatas llenó el cuarto.

-"Rhianna".

-Le miró y al instante se desvaneció su sonrisa. –“¿Qué?”.

La miró durante un largo momento y luego lentamente negó con la cabeza. -"Haces que me
avergüence de lo que soy".

-“¿Avergonzarte? ¿Por qué?”.

Negó con la cabeza. ¿Cómo podía explicárselo cuando ni él lo entendía? Hacía tiempo que se había
resignado a ser lo que era. Se forzaba a beber sangre de las ovejas, aun cuando no obtenía ningún placer
de ello, negándose aquello que deseaba fervientemente, negando lo que él era. Se encerraba en su
castillo, o en alguna otra de sus propiedades, manteniéndose alejado de los mortales, para protegerlos
de sí mismo, permaneciendo así encerrado en su propia prisión. Se enorgullecía de sí mismo por haber
aprendido a controlar el hambre aguda que le poseía, que le impelía a matar para alimentarse, habiendo
así encontrado una cierta paz consigo mismo.

Y luego había comprado a Rhianna y se había dado cuenta nuevamente de lo profundo que era el
abismo que lo separaba del resto del mundo. Su bondad y su luz hacían aun mayor el contraste con la
oscuridad que moraba en su interior.

Se avergonzaba de las vidas que había tomado, la sangre que había derramado, del mal que habitaba
en su interior, bajo control pero nunca completamente vencido. Aun no podría creer que ella le amara,
sabía que no merecía su amor.

Sólo este año. Por favor, solo permíteme tener este año, y luego la dejaré ir.

-"Rayven, di algo”.

-“No hay nada que decir”.

-“¿Estas pensando en ello de nuevo, preocupándote por mí, por nosotros?”.

-"Creo que estás empezando a conocerme demasiado bien".

-“¿Has tenido algún momento de felicidad en tu vida durante estos cuatro siglos?”.

Él se recostó, recapacitando y luego asintió. -"Por supuesto".

-"Háblame de ellos".

Con un suspiro, comenzó a hablarle de su pasado.

Al principio, después de que hubo aprendido a controlar el hambre, cuando se había reconciliado con
lo que era, había dado la vuelta al mundo. Viajado a las selvas africanas, las pirámides de Egipto. Había
visitado Francia, España y Grecia, pasado un año en Sudamérica errando entre las ruinas de antiguas
culturas. Durante todos esos años había aprendido a leer y se había aficionado a apreciar las palabras
escritas.

167
También había aprendido a apreciar las bellas artes, había desarrollado afición por la música y por el
teatro. Había cortejado a muchas mujeres bellas, aunque no se había permitido intimar con ninguna. Y
cuando se cansó de ser un vagabundo, había regresado aquí, a la tierra donde había nacido, al lugar en
que una desafortunada noche, su vida había cambiado para siempre.

Hacía cien años que era Vampiro cuando había comprado el castillo en lo alto de Devil Tree Mountain
y se había apartado del resto de mundo. Y cada veinte o treinta años, cuando las personas empezaban a
preguntarse acerca de él, se iba a otro sitio. Pero siempre regresaba.

Rhianna se recostó, suspirando. -"Has vivido tanto" se quejó. -"Hecho tantas cosas". Negó con la
cabeza. -"Creía que estarías contento por todas las oportunidades que has tenido".

Él gruñó suavemente. -"¿De veras?". Cómo ella lo hacía, pensó que debería ser capaz de ver lo bueno
e ignorar el resto. Quizá había vivido demasiado tiempo. Quizá era hora de terminar con su existencia,
antes que la amargura que crecía en su interior le devorara.

Con la mandíbula fuertemente apretada, se levantó y trató de alcanzar su capa.

-“¿A dónde vas?”.

-"Afuera". Señaló su plato. -"Tu ya has tenido tu cena, y ahora yo debo ir a cazar la mía. Algo denso
y caliente".

-"Lo estas haciendo de nuevo" dijo Rhianna acusadoramente. -"Estas tratando de impresionarme,
haciéndome creer que eres un monstruo. ¿Por qué? ¿Por qué continuas haciendo eso?”.

-"Porque eso es lo que soy". Pasó una mano por su pelo, mientras la culpabilidad, el arrepentimiento y
los remordimientos crecían en su interior. Ella sacaba lo mejor de él, pensó arrepentido, y también lo
peor. Quería ser digno de su amor y por alguna oscura razón que no llegaba a entender, estaba tratando
de provocar su odio.

-"Muy bien, mi señor" dijo coléricamente. Apartando la bandeja, se levantó y permaneció frente a él.
-"Te crees un monstruo". Ladeó su cabeza y le mostró su cuello, exponiendo la curva de su garganta.
"Demuéstralo”.

Él la miró como si hubiera perdido la razón. –“¿Qué estás haciendo?”.

-"Quiero que me demuestres la clase de monstruo que eres. Adelante, arráncame la garganta. Bebe
hasta que no puedas más".

Se quedó mirándola fijamente, las ventanas de su nariz llenándose del aroma de su cólera. Podía oír
la sangre circulando por sus venas, caliente y espesa, oír los rápidos latidos de su corazón.

Su mirada se quedo clavada en el hueco del pulso que latía en garganta. Se lamió los labios,
recordando el dulce sabor de su sangre en su lengua.

-"Estoy esperando". Se quedó mirándolo, sus ojos azules desafiándolo a tomar lo que le ofrecía.

Sintió como sus colmillos se alargaban, sintió su rasposidad contra su lengua. Su respiración se hizo
áspera, sus manos apretadas en fuertes puños mientras sentía como el hambre surgía en su interior,
urgiéndole a envolverla en sus brazos, para beber y beber y beber.

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Eso es lo que tú eres, le urgía su hambre. ¿Por qué luchar más?

Sus manos trataron de alcanzarla. Como si pertenecieran a otro, observó como sus dedos se
curvaban sobre sus hombros. Ella era tan frágil, fácilmente la podría romper en dos. Lentamente, la
atrajo más y más cerca, hasta que su rostro ocupó toda su visión. Sus ojos eran grandes, profundas
piscinas azules llenas de amor, compasión y aceptación.

Aspiró profundamente, y olió el aroma de su miedo. Eso le golpeó duramente, venciendo el hambre en
su interior.

-"Rhianna". Se sentó con un abrupto sollozo.

Atrayéndola hacia su regazo, la aplastó contra de él. -"Eres una muchacha insensata".

-"Solo me has demostrado que tengo razón, mi señor" le dijo, con su mano acariciando su mejilla.
-"No eres un monstruo en absoluto".

Miró por encima su hombro cuando la puerta se abrió y Bevins entró en el cuarto.

-"Ah" dijo, aclarándose la voz. -"Perdónenme. No tuve intención de molestarles.

-"No pasa nada" dijo Rayven. Depositó a Rhianna en el suelo y se puso de pie. -"Iba a salir".

-“¿Necesitará usted alguna otra cosa esta tarde?”.

-"No, Bevins. Buenas noches".

-“Buenas noches, Su Señoría. Señora Rhianna”. Con una reverencia entró en el pequeño cuarto junto
a su suite y cerró la puerta.

-"Has dicho que no te gusta la sangre de las ovejas" comentó Rhianna. –“¿Por qué no tomas de mí lo
que necesites en lugar de eso?”.

Rayven negó con la cabeza. -"No". Su voz era ronca, no por la cólera, sino por la gratitud.

-“¿Y si insistiera?”.

-"No, Rhianna. Nunca te usaría así". Podría ocurrir que alguna vez necesitara su sangre para
sobrevivir, un tiempo cuando él podría necesitar más que la pequeña cantidad de la que se daba el gusto
cuando hacían el amor, pero no bebería de ella como bebía de otros, no la usaría para satisfacer su
hambre, incluso aunque estuviera tentado a hacerlo.

Colocó sus manos sobre su pecho. –“¿Me permitirías que comiera langostas y hormigas si fuera
innecesario?”.

-"No es lo mismo, mi dulce," dijo con arrepentimiento.

-"Por favor no me rechaces, Rayven. Es algo que quiero hacer por ti. Algo que necesito hacer".

Sin poder emitir ni una sola palabra, él negó con la cabeza.

-" Rayven... "

-"No, Rhianna. Agradezco tu oferta, estoy más agradecido de lo que puedas imaginar, pero no puedo
aceptar".

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Estudió su rostro, preguntándose por qué era tan terco. –“Muy bien, mi señor" dijo. -"Pero la oferta
sigue en pie".

Él asintió. -"Estaré un tiempo fuera" dijo y recogiendo su capa, salió del cuarto.

Estaba dormida cuando regresó. Le había costado mas de lo usual encontrar a alguien adecuado para
sus propósitos; Después de que hubo apagado su hambre, había paseado por Hyde Park, cómodo con la
oscuridad.

Ahora, permaneció al pie de la cama, observándola durante un largo rato, maravillándose nuevamente
por su generosidad de espíritu. Ninguna otra mujer en todo el mundo habría hecho tal oferta pensó y la
amó más por ello. En ocasiones desesperadas había tomado sangre de Bevins, pero eso era en pago de
una vieja deuda. Rhianna se la había ofrecido por amor.

Con un suspiro, permaneció delante de la chimenea, arropado en su capa mientras mirada fijamente
la apagada chimenea. Un fuego nació a un parpadeo de sus ojos y permaneció con la mirada clavada en
las llamas sin verlas.

¿Quién habría pensado que una joven podría efectuar tales cambios en su vida en tan poco tiempo?

¿Cómo podría alguna vez en toda su vida, dejarla marchar?

Capítulo veintidós

Permanecieron en Londres otras dos semanas, y luego regresaron a Millbrae.

Rhianna sentía una creciente anticipación mientras el carruaje ascendía por la alta colina rodeada de
niebla hacia el castillo. Una vez, la casa se había erigido como algo amenazador, frío y prohibido; Ahora
era su casa.

Rayven la ayudó a bajar del carruaje, su mirada recorriendo las altas torres. Había tenido gran
cantidad de residencias durante los últimos cuatro siglos; De todas ellas, Devil Tree Mountain y su
sombrío castillo siempre habían sido su morada favorita, pero nunca había pensado en Castle Rayven
como su casa hasta ahora. Hasta Rhianna.

Llevando a Rhianna en brazos, abrió la puerta principal y la depositó en el vestíbulo. -"Bienvenida a


casa, Lady Rhianna".

Rhianna reía suavemente mientras la llevaba hasta el estudio.

Las semanas que habían pasado en Londres habían sido maravillosas. Las mejores de toda su vida.
Había dormido al lado de Rayven durante el día, e ido a teatros y conciertos con él por la noche.

Dos veces le había pedido que tomara su sangre, no solo un sorbo, sino la suficiente como para
apaciguar su hambre. Él no había querido, había discutido en contra, pero, al fin, le había convencido de
que era algo que necesitaba hacer, que quería hacer. Y porque odiaba negarle nada, había accedido. La
experiencia la había dejado débil como un bebé recién nacido, pero había encontrado una profunda
satisfacción en poder alimentarle con la propia esencia de su vida.

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Dejándola en el suelo, Rayven depositó un beso en su frente; Luego, con una mirada, encendió las
lámparas y el fuego de la chimenea.

Podía oír a Bevins moverse por la casa, llevando sus cosas y las maletas de Rhianna al cuarto de la
torre, haciendo otro viaje al carruaje para descargar las cosas que ella había comprado para su familia.

Rhianna permaneció delante de la chimenea, temblando en el frío cuarto hasta que Rayven pasó sus
brazos a su alrededor, atrayéndola bajo los sedosos pliegues de su capa.

Con un suspiro de satisfacción, descansó su cabeza contra de su pecho y cerró sus ojos. Aquí era
donde ella quería estar, donde tenía su sitio.

-“¿Cansada?”. Le preguntó.

-"En realidad, no". Le rodeó con sus brazos, queriendo estar más cerca, deseando con toda su alma
penetrar en su interior y descubrir los secretos que rehusaba compartir.

-“¿Hambrienta?”. Le acarició el pelo ligeramente, sus sentidos vibrando por su cercanía.

-"No". Se apartó un poco para poder ver su rostro. –“¿Y tu?”.

Él le sonrió, sus ojos llenos de tanto amor que hizo su corazón se salta un latido.

-"No". Había tomado dos veces su sangre en las últimas dos semanas. No se atrevía a tomar más tan
pronto, ni había ninguna necesidad.

Al principio, había rehusado beber de ella. Una cosa era saborear su dulzura en el cenit de la pasión,
otra era utilizar su preciosa sangre para aquietar el hambre que ardía en su interior. Al fin, porque no
podía negarle nada que estuviera en su poder, lo había hecho cuando ella se lo suplicó. Saborear la
dulzura de su sangre había hecho que se percatara de nuevo de cuanto odiaba la sangre de las ovejas.

Ahora, le era difícil recordar que la había comprado para el solo propósito de aplacar su hambre.
Milagrosamente, unos pocos sorbos de su preciosa sangre apaciguaban su hambre mucho más
eficazmente de lo que habían hecho las incontables otras mujeres, mujeres cuyos nombres y caras ya no
podía recordar.

-“¿Necesita usted alguna cosa esta noche?”, preguntó Bevins.

Rayven negó con la cabeza.

-"Le importaría a usted que yo…" Bevins se aclaró la voz. –"¿Le importaría si utilizo el carruaje esta
tarde?”.

-"Claro que no," Rayven dijo, luego frunció el ceño. –“¿A dónde vas?”.

-"Yo... " Bevins se aclaró la voz. -"Creo que pasaré a ver a Mistress McLeod".

Rhianna miró por encima su hombro. –“¿Va usted a ver a mi madre?”.

-“¿Si usted tiene no tiene ninguna objeción, sí señora?”

-"No, claro que no" dijo Rhianna.

-" Yo, e... " Bevins pasó un dedo alrededor del interior de su cuello. -"Pensé que quizá a ella le
gustaría saber que está usted bien".
171
-"Por supuesto" dijo Rhianna. -"Déle todos mis recuerdos. Y dígale que iré a verla pronto".

-"Así lo haré" dijo Bevins. -"Buenas noches, Su Señoría. Señora Rhianna". Con una leve reverencia,
salió del cuarto.

-“¿Y bien?" dijo Rhianna -"¿Qué piensas de esto?”.

Rayven negó con la cabeza. Por primera vez, se le ocurrió que desconsideradamente, había
condenado a Bevins a vivir la misma vida en soledad que él.

-"Nunca tuve intención de privar a Tom de llevar una vida normal" comentó. -"Y en realidad eso es lo
que he hecho. He pasado tanto tiempo preocupándome por proteger mi existencia, que nunca me he
dado cuenta de lo solo que ha debido sentirse durante todos estos años”.

-"Tenías buenas razones para preocuparte, mi señor" dijo Rhianna.

Rayven negó con la cabeza. -"Ha sido un abuso de mi parte. ¿Porqué no me he dado cuenta de ello
antes?”.

Ada McLeod se apartó asustada ante la sorpresa cuándo vio a Tom Bevins en el umbral de su puerta.
Su primer pensamiento fue que algo le había ocurrido a Rhianna.

-“¿Qué es lo que ocurre?”. Preguntó ansiosa. –“¿Qué es lo que ese monstruo le ha hecho a mi hija?”.

-"La Señorita Rhianna está muy bien, señora".

-"Gracias a Dios”. Miró atentamente por encima del hombro de Bevins. –“¿Vino con usted?”.

-"No, señora McLeod. Yo, justamente quise hacerle una visita y asegurarle que esta bien y... " Él tiró
de su cuello, luego se aclaró la voz. -"Bastante bien".

-“¿Le gustaría entrar y sentarse un momento, Mr. Bevins?”. Preguntó Ada, alarmada por el repentino
rubor de sus mejillas.

-"Sí, gracias, señora".

-“Entonces, entre".

Bevins la siguió hasta la cocina, sentándose en la mesa ante su invitación.

-“Le gustaría tomar una taza de té, Mr. Bevins?”.

-"Sí, gracias".

Sacando el bote del fuego, Ada llenó dos tazas. Puso una adelante de Bevins, y luego se sentó frente
a él. No se encontraba a gusto teniendo al hombre en su casa, pero estaba ansiosa por oír noticias de su
hija. –“¿Azúcar?”. Preguntó. –“¿Leche?”.

-"No, gracias, señora".

-“¿Entonces señor, qué le trae por aquí a estas horas?”.

-"Me preguntaba si usted podría darme permiso para, uh... "

-“¿Para qué?”.

-"Me gustaría muchísimo poder visitarla, señora McLeod".


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-“¿Hácerme visitas?”. Ada clavó los ojos en él con incredulidad. Tenía cuarenta años y era la madre
de cinco hijos. Hacia tiempo que había sobrepasado la edad en que los hombres la cortejaban.

-"Sí, señora".

Ada cruzó las manos en su regazo, sus mejillas ardiendo por la vergüenza. -"No sé qué decirle".

-"Diga que sí, señora McLeod".

Ada negó con la cabeza. -"No puedo darle permiso para visitarme, señor. Bevins".

-"Lo entiendo". Él negó con la cabeza. -"No, no lo entiendo. Creí que, esto es... ¿Por qué no?”.

Ada levantó su barbilla y lo miró directamente a los ojos. -"No me gusta el hombre para el que
trabaja. No confío en él. Es malo. Ha hechizado a mi hija”.

Bevins negó con la cabeza. "Señora McLeod, yo le aseguro que los rumores que ha oído acerca de mi
señor son falsos".

-"No le creo. Hay algo raro en él”. Negó con la cabeza. -"Desconozco lo que es, pero sé que no es
como los demás hombres".

Bevins dejó escapar un suspiro de resignación.

-“¿Entonces usted también lo admite?”.

-"Las costumbres de Su Señoría pueden parecerle extrañas, señora McLeod, pero es un buen
hombre”.

-"Nunca he escuchado nada acerca de su bondad".

-"Las historias que se cuentan en el pueblo son mentiras" dijo Bevins, preguntándose como evitar
hablar de su señor.

-"No pueden ser todo mentiras" replicó Ada. -"E incluso si lo son, sé por experiencia que la mayoría
de las mentiras están basadas en algún elemento de verdad. Hay algo extraño en él, algo que no parece
de verdad. Yo he vivido en el valle toda mi vida, y ni una sola vez he visto a ese hombre en el pueblo a la
luz del día, ni se de nadie que lo haya hecho. Es un mal hombre el que rehuye la luz, el que no tiene
amigos". Se quedó mirando tristemente su taza de té. -"Temo por el bienestar de mi hija.

Bevins se movió nerviosamente en su silla. -"Señora McLeod, puede que mi señor Rayven no pueda
vivir como otros hombres, pero ama a su hija, y mientras esté con él no sufrirá ningún daño. Puedo
prometérselo".

-"Usted le es muy leal".

-"Él salvó mi vida hace muchos años".

-“¿De veras?”.

-"Sí, señora". Bevins se puso de pie. -"Siento mucho haberla molestado, señora McLeod".

-"Buenas tardes, señor".

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Bevins caminó hacia la puerta, luego se volvió, sabiendo que si no lo decía, nunca tendría el valor de
hacerlo otra vez.

-"Señora McLeod, vine aquí esta noche porque... " Tomó un profundo aliento y concluyó rápidamente
-"Porque estoy solo, y pensé que tal vez, si usted también esta sola, podría agradarle mi compañía. Sé
que usted no aprueba a mi señor, pero ¿no puede dejar eso aparte y juzgarme a mí por lo que yo soy?”.

Ada se apartó asustada, sorprendida por su apasionada declaración. -"No sé qué decirle".

-"Volveré" dijo Bevins su coraje abandonándole tan rápidamente como le había llegado. -"Mi señora
me pidió que le dijera que vendría a visitarla muy pronto".

-"Gracias" dijo Ada. Levantándose, siguió a Bevins hasta fuera de la cocina a la puerta principal de la
casa. -"Déle a Rhianna mis recuerdos”.

-"Así, lo haré".

-“¿Sr. Bevins?”

-“¿Sí, señora?”.

-"Me sentiría muy honrada si que viniera a visitarme”.

Bevins se inclinó respetuosamente. -"Será un placer, señora".

Ada lo siguió estudiándolo con la mirada. El señor Bevins sabía muchas cosas de Castle Rayven y su
oscuro señor. Si era cuidadosa y lista, podría saber los misterios que se ocultaban dentro de las paredes
cubiertas de niebla del castillo.

-"Él está en casa" dijo Rayven.

Rhianna desvió la mirada de la labor que estaba bordando, sus ojos llenos de de curiosidad. -"No he
oído nada".

Rayven sonrió; Un momento más tarde, Bevins entro en el estudio.

-“¿Sí, Su Señoría?”.

-"Creo que Rhianna desea hacerte una pregunta”.

“¿Sí, señoría?”.

Rhianna miró a su marido. La estaba observando, sus ojos oscuros brillando traviesa mente.

-"Me preguntaba si todo iba bien”.

Bevins asintió. -"Muy bien, señora".

-“¿Quiere sentarse, Tom?”. Le preguntó Rhianna señalando la silla frente a Rayven.

-"No, gracias, señora".

-“¿Fué bien la visita que le hizo a mi madre?”.

-"Sí, señora. Ella dijo... " El hombre se aclaró la voz. -"Dijo que podría visitarla de nuevo".

Rhianna se encontró con la divertida mirada de Rayven.

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-"Eso, si usted no tiene ninguna objeción, señora".

-"No, claro que no". Rhianna sonrió a Bevins. -"Creo que usted y mi madre hacen una buena pareja".

-"Gracias, señora. ¿Necesitará alguna otra cosa esta tarde?”.

-"No", contestó Rayven por los dos. - "Puede retirarse".

-"Gracias, Su Señoría". Bevins se inclinó respetuosamente y salió del cuarto.

-“¿Siempre es tan formal?”. Preguntó Rhianna.

Rayven asintió. –“¿Por qué me lo preguntas?”.

-"Como habéis estado juntos durante tanto tiempo, me perece un poco extraña tanta formalidad,
eso es todo. A estas alturas pensaba que erais amigos".

-"Le aclaré desde el principio que su amistad no era bienvenida".

-“¿Oh? ¿Por qué?”.

-"No he dejado que nadie se acerque a mí desde que me convertí en Vampiro", contestó quedamente.
-"Nadie, excepto tu".

Levantándose de su silla, Rhianna fue a sentarse en su regazo. -"Me gustaría poder lograr que
olvidaras el pasado" murmuró, acariciando su mejilla. -"Deseo poder hacerte feliz”.

-"Tu me haces feliz, mi amor" contestó. -"No lo dudes ni un momento".

-“¿Cómo puedo ayudarte, cuándo siempre pareces tan triste?”.

Sonrió débilmente. –“¿Parezco triste?”.

Rhianna asintió. -"Tratas de escondérmelo, pero puedo verlo en tus ojos, incluso ahora. ¿Qué es lo
que tanto te preocupa mi señor marido?”.

Con un suspiro, la envolvió entre sus brazos y la acercó más a él, apoyando su cara sobre su pecho.
¿Qué era lo que más le dolía? Se preguntó. ¿El pensar que pronto tendría que liberarla de su promesa?
¿La certeza de que algún día se casaría con otro? ¿O el saber que se haría vieja y moriría mientras el
permanecía igual para siempre?

-“¿Mi señor?”.

Aspiró profundamente, las ventanas de su nariz llenándose con el dulce aroma de su perfume, de su
pelo, de su piel, de la sangre que era la misma esencia de su ser. El hambre y el deseo se agitaron en su
interior.

-“¿Rhianna? Susurró su nombre suavemente, como un suspiro.

Ella depositó un beso para la parte superior de su cabeza. –“¿Sí, mi señor?”.

La soltó de entre sus brazos mientras maldecía la oscuridad de su interior, el hambre que le hacía
ser débil. Se preguntaba como podía amarle, cuando pedía tanto de ella y a cambio, le devolvía tan poco.

Rhianna se apartó un poco para poder ver su rostro. –“¿Rayven?”.

-"Te necesito”.
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Sonriendo, inclinó su cabeza hacia un lado, luego apartó su pelo sobre su hombro, dejando al
descubierto su garganta. -"Toma lo que necesites, mi señor”.

Él se levantó de la silla en un ágil movimiento, llevándola en sus brazos como si ella no pesara nada.

-"Necesito más que eso, mi dulce Rhianna" contestó con voz ronca de emoción.

Posó sus labios sobre los de ella, luego la llevó velozmente arriba por la oscura escalera de caracol,
su capa ondulando tras él como si fuera el mismo diablo.

Pronto fue obvio que Bevins estaba enamorado de la madre de Rhianna. Su paso era más ligero, y
sonreía frecuentemente sin ninguna razón aparente. Y cada viernes por la tarde le preguntaba a Rayven
si podía prestarle el carruaje el sábado por la noche.

-"Quizás pronto tendremos otra boda" Rayven filosofó mientras permanecían en la mesa después de
cenar.

-"Tal vez" contestó Rhianna. Bevins había estado viendo a su madre todas las semanas desde hacía
tres meses.

-“¿No piensas lo mismo?”.

Rhianna hizo un gesto vago con su mano. -"Yo creo... Es decir, parece como si... " Negó con la cabeza,
no sabiendo como explicar exactamente lo qué pensaba.

-“Sigue”.

-"Creo que ella lo esta usando”.

Rayven frunció el ceño. –“¿Usando a Bevins? ¿Para qué fin?”.

-"No me hagas caso".

-"Dímelo, Rhianna".

No había forma de ignorar ese tono de voz, o la mirada en sus ojos.

-"Pues bien, ambos sabemos que nunca le has gustado. Ni confía en ti. Ha oído todas las habladurías.
Creo que ve a Bevins porque espera que le cuente... " Miro hacia la delicada copa delicada de cristal en la
mano de Rayven. -"Tu sabes".

-"Ya veo" comentó Rayven y se preguntó por qué esa posibilidad no se le había ocurrido antes.

Dejó la copa sobre la mesa, se echó hacia atrás, sus codos apoyados en los brazos de la silla, su
barbilla descansando sobre sus manos dobladas. Él escruto a Rhianna pensativamente durante un largo
momento. –“¿Qué crees que debería hacer al respecto?”.

-"No sé. Quizá deberíamos irnos de aquí".

-“¿Quieres marcharte?”.

Rhianna negó con la cabeza. -"No".

Su familia estaba aquí, la única familia que tenía. La única familia que tendría en toda su vida,
¿debería Rayven permitir que se quedara cuando el año finalizara?

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-“¿Y si Bevins traiciona mi confianza, piensas que tu madre le creería?”.

Una leve sonrisa jugueteó sobre los labios de Rhianna. -"Creo que mi madre creería que eres el
mismo demonio, mi señor marido".

-“¿Y tu qué piensas, mi dulce?”.

La sonrisa se desvaneció de los labios de Rhianna. –“¿Acerca de que?”.

Él se odió a sí mismo por preguntar, odió las continuas dudas que lo asaltaban. -"Has vivido conmigo
aquí durante seis meses. He tomado tu inocencia, el mismo ser de tu vida. ¿Si te permitiera marcharte,
te irías?”.

Lentamente, negó con la cabeza. -¿Todavía dudas de mí, mi señor? ¿Por qué no puedes creer en mi
amor y en mí?”.

Una fugaz imagen de Rhianna y Montroy bailando juntos apareció en la mente de Rayven, dos jóvenes
mortales, vibrantes de vida, salud y fuerza.

Él bajó sus brazos, sus manos cerradas fuertemente en su regazo mientras imaginaba a su esposa y
al vizconde juntos, aborreciendo la idea del mismo modo que admitía que le parecía que estaban hechos
el uno para el otro. Montroy amaba a Rhianna. Podría darle todo lo quisiera y necesitara, todo lo que
merecía. Una casa, una familia, y un título todo envuelto en un manto de riqueza y respetabilidad.

Rhianna miró como las emociones hacían mella en el rostro normalmente impasible de Rayven. Vio las
dudas que continuamente le asaltaban. Le había amado sin reservas, se le había ofrecido con toda su
alma, incluso la misma sangre que corría por sus venas y eso no era suficiente. ¿Cómo podían pasar toda
la vida juntos si se negaba a aceptaba el amor que le ofrecía?

Levantándose, dejó su servilleta sobre la mesa y abandonó el cuarto y salió del castillo.

Fuera, se quedó un instante mirando la oscuridad, luego echo a correr por el camino del jardín que
conducía al laberinto.

Nunca creería que ella le amaba, nunca se creería digno de su afecto. Cuando llegara el momento, la
echaría. Había esperado conseguir que la amara tan profundamente que le permitiera quedarse toda la
vida. Apenas ahora se daba cuenta de lo tonta que era esa esperanza. ¿Por qué querría él ver como
envejecía? Su piel se arrugaría, su pelo se pondría gris, pero él permanecería para siempre tal como era
ahora, joven y viril, con los deseos de un joven.

Estaba jadeando cuando llegó al corazón del laberinto, sintiendo un fuerte pinchazo en su costado al
respirar. Sin aliento se sentó en el banco de piedra y enterró la cara entre sus manos.

-"Rhianna".

Alzó súbitamente su rostro, sobresaltada al encontrarlo de pie ante ella, una silueta alta vestida de
negro en la oscuridad de la noche. " Cómo... Cómo lo has hecho... Venir así... tan rápido?”.

Alzó una oscura ceja con gesto divertido.”¿De verdad quieres saberlo?”.

Por supuesto, pensó. Era un Vampiro. Una criatura de la noche. Capaz de trasladarse a velocidad
sobrenatural.

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Se arrodilló ante ella, su capa ondulando a su alrededor. -"Te amo, Rhianna," dijo, cogiendo sus
manos. -"Con cada fibra de mi ser, con cada aliento de mi cuerpo, te amo”.

-"Pero sin embargo no crees que yo también te amo".

-"No merezco tu amor".

-"Pero lo tienes de todos modos".

-"Lo sé". Sonrió amargamente. -"Y es una pesada carga que soportar".

-“¿Una carga?”. El dolor que se reflejaba en sus ojos, destrozaba su corazón.

Asintió. -"Nunca debí traerte aquí, nunca debería haberte tocado”. Acarició su mejilla, dejó que las
yemas de sus dedos se deslizaran por la graciosa curva de su garganta. -"Me atormenta el amarte tanto,
el saber que pronto tendré que dejarte marchar". Aspiró profundamente. –“El saber que algún día te
casarás con un hombre que sea digno de tu amor y darás a luz a sus hijos".

Rhianna negó con la cabeza. -"No tiene porque ser así”.

-"Ah, pero lo es, mi dulce. Tu proximidad me tienta enormemente. Está mal que te mantenga aquí,
haciendo que vivas en las sombras. Necesitas vivir tal como debe ser y yo…". Miró el pulso que latía en el
hueco de su garganta. -"Me he negado durante demasiado tiempo a ver lo que en realidad soy”.

-"Rayven, nos hagas esto". Acerco sus manos a su pecho, asustada por la desesperación que veía en
sus ojos, por la resignación en su voz.

Ella es una mortal. Tómala. Toma lo que quieres. Lo que necesitas.

Se apartó, oponiéndose al hambre que aumentaba en su interior, oponiéndose al anhelo de beber y


beber y beber, hasta emborracharse con su sabor, admitiendo, por primera vez, que había estado
jugando a un juego peligroso. Se había engañado a sí mismo pensando que había vencido el hambre.

Había bebido la sangre de las ovejas y se había dicho a sí mismo que todo estaba bien.

Había comprado mujeres jóvenes y las había conservado en el castillo, bebiendo de ellas mientras
dormían, enviándolas de regreso cuando ya había tomado todo cuanto podían darle.

Había tomado frugales sorbos de la sangre de Rhianna y se había felicitado a sí mismo por su
autocontrol.

Y durante todo el tiempo se había estado engañando, diciéndose a sí mismo que ya no era un
monstruo porque ya no mataba para sobrevivir.

Miró a Rhianna, con ojos ardiendo a fuego lento en la oscuridad de su mente. La necesidad y el
hambre rugiendo en su interior, caliente y veloz como lava ardiente. Trató de luchar contra eso, y supo
que, esta vez, no sería lo suficientemente fuerte. Supo que si la tomaba ahora, la destruiría y al hacerlo,
se destruiría a sí mismo también.

-“¿Mi señor? ¿Rayven? ¿Estás bien?”.

-"Necesito a Bevins".

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-“¿Estas enfermo, mi señor?”. Miró su rostro, alarmada por el brillo febril en sus ojos, su dificultosa
respiración, la línea tensa de su mandíbula.

-"Bevins". Contrayendo el rostro con un gesto de dolor, se meció hacia atrás en sobre sus talones,
sus manos cerradas en puños con fuerza. –“¡Bevins!”.

Rhianna clavó los ojos en él, su corazón latiendo aceleradamente con temor. Su capa se enrollaba
fuertemente a su alrededor, como un capullo de terciopelo negro grueso. A la pálida luz de la luna, podía
ver que el tejido ondeaba suavemente sobre su espalda y sus hombros, como si intentara confortarle.

Asustada por lo que veía, se levantó. Se giró rápidamente al oír pasos que se acercaban, dio un
suspiro de alivio cuando vio a Bevins corriendo hacia ellos.

-“¿Qué ha ocurrido?”. Le preguntó.

Rhianna negó con la cabeza. -"No lo sé".

Bevins miro a Rayven, luego se arrodilló a su lado.-“Vuelva a la casa, señora" dijo mientras se
arremangaba la manga de su camisa. “Váyase. Ahora".

-"No". Negó con la cabeza. -"Quiero ayudarle".

Bevins alzó la mirada hacia ella y vio su mirada preocupada. -"Es lo que él quiere" dijo Bevins
quedamente.

Quiso replicarle, rogarle a Rayven que recurriera a ella para ayudarle. Si necesitaba nutrición,
entonces ella quería ser quien se la proveyera. Quiso gritar ante lo injusto que era todo, ante lo que él
era.

-"Rhi... ana. Vete". Su voz era áspera, debido al dolor que le atravesaba como finos puñales. -"Por
favor vete".

-"Sí, mi señor". Se dio media vuelta y se marcho, su vista nublada por las lágrimas que ni siquiera se
había dado cuenta que derramaba.

Bevins esperó hasta que Rhianna estuvo fuera de su vista, luego acercó su antebrazo a Rayven, hizo
una mueca cuando sintió el afilado mordisco de los colmillos del vampiro que perforaron su muñeca.
Apretó con fuerza su puño, preguntándose, como siempre lo hacía cuando la locura invadía a su señor, si
Rayven podría dejar de alimentarse antes de que fuera muy tarde.

Vislumbrado la lujuria de la sangre que ardía como un fuego infernal en los ojos del vampiro, Bevins
se marchó dando media vuelta, sabiendo que a su señor no le gustaba que lo observara, no le gustaba que
nadie le viera cuándo el hambre le vencía, cuando el barniz de humanidad se diluía bajo la poderosa
necesidad, el anhelo por sobrevivir.

Era una visión que Tom Bevins ya había visto con anterioridad, cuándo estuvo a punto de morir en un
callejón oscuro cincuenta años atrás.

Una visión, imposible de olvidar.

Capítulo veintitrés

179
Rhianna se arrebujo bajo las cubiertas, escuchando el reloj dar la hora. Eran las cuatro y cuarto de
la mañana, y Rayven todavía no había venido a la cama.

A medianoche, había bajado, esperando encontrarle en el estudio, pero el cuarto estaba oscuro y
vacío.

Había encontrado a Bevins en la cocina. Sentado en la mesa, con una manta sobre sus hombros y un
gran vaso de brandy en sus temblorosas manos. Sintiendo su mirada, había alzado la cabeza y luego
apartado la mirada. Pero su expresión había silenciado las preguntas que pugnaban en sus labios. Era la
expresión de un hombre que había vislumbrado las insondables profundidades del infierno, se había
acercado lo suficiente como para sentir el calor de las llamas.

Se giró y se dirigió corriendo hacia la torre. Eso había sucedido hacía cuatro horas.

¿Dónde estaba Rayven?

Pronto amanecería.

¿Por qué no venía a la cama?

Levantándose, se envolvió una colcha alrededor de los hombros y abandonó la torre. El piso estaba
frío bajo sus pies desnudos mientras bajaba por la escalera de caracol hasta el primer piso.

No había ninguna luz encendida.

Asiendo fuertemente la manta alrededor de sus hombros, fue lentamente hacia el estudio.

Supo que él estaba dentro tan pronto como puso su mano sobre el picaporte.

-“¿Mi señor?”. Abrió la puerta y miró atentamente hacia la oscuridad. –“¿Rayven?” Entró en el cuarto
y cerró la puerta tras de sí. -"Sé que estas aquí adentro".

-“Regresa a la cama, Rhianna".

-"Estoy sola sin ti".

-"No puedo estar contigo esta noche".

-“¿Estás enfermo?”.

Él se rió suavemente, cruelmente. -"Nunca estoy enfermo, mi dulce. Sólo estoy enfermo de mente y
espíritu".

Ella dic otro paso hacia él. -"Déjame ayudarte”.

-"No hay nada que puedas hacer, Rhianna".

-"Pero... "

-"Si de veras te importo tanto como dices, regresara a la cama". Aspiró bruscamente y luego soltó el
aire poco a poco. -"Vete ahora, que estoy dispuesto, y soy capaz de dejarte ir".

-"Rayven, por favor... "

-"Déjame”.

180
Él habló con los dientes apretados fuertemente, su voz rasposa por el esfuerzo en mantener el
control en su interior.

Con un grito estrangulado, se dio la vuelta y huyó del cuarto.

A la mañana siguiente su lado de la cama estaba vacío. Alarmada, se puso la bata y bajó
corriendo.-“¡Bevins! ¡Bevins!”.

-“¿Sí, señora?” Salió de la cocina, visiblemente mejorado con respecto a la noche anterior.

-“¿Dónde está? No vino a la cama. El sol... " Negó con la cabeza, sus ojos agrandados ante el miedo a
algo que no se atrevía ni a mencionar.

-"Está bien, señora".

-“¿Dónde está? Él no ha... " Aspiró profundamente. -¿No ha abandonado el castillo, verdad?”. No me
ha abandonado. Las palabras, tácitas, parecían estar en el aire entre ellos.

-"No, señora".

Frunció el ceño.-“¿Pero si no está aquí, entonces dónde está?”.

Bevins vaciló un minuto, como si se preguntara si debía o no decírselo.

-"Dígamelo”.

-"Está en el sótano".

-“¡En el sótano!”.

La mirada de Bevins se aparto de la suya. -"A veces descansa allí".

-“¿En el sótano? ¿Pero por qué?”.

-"Me temo que eso sólo su señoría puede explicárselo".

Se dirigió hacia la puerta, pero entonces sintió la mano de Bevins sujetándola. -"A él no le gustará
que vaya hasta allí”.

-"Soy su esposa y la señora del castillo" dijo Rhianna, sorprendida por el tono imperioso de su voz.
-"No permitiré malentendidos entre Rayven y yo".

Bevins apartó la mano de su brazo y se inclinó respetuosamente. -"Como usted guste, señora
Rhianna".

Le miró arrepentida, con una disculpa a punto de salir de su boca. Nunca había tratado a Tom como
un criado y se avergonzaba de haberlo hecho ahora.

Bevins negó con la cabeza. -"No necesita disculparse, mi señora". Sacó una gran vela de un cajón y la
encendió para ella. -"Necesitará esto". Metió la mano en su bolsillo y sacó una gran llave de latón. -"Y
esto otro".

Tomando la vela y llave, Rhianna se marchó, su corazón latiendo acelerado en su pecho mientras
bajaba el estrecho tramo de escaleras que conducía hasta el sótano.

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Una oleada de aire frío la invadió cuando abrió la puerta. Durante un instante se paró en seco,
mirando la oscuridad reinante. ¿Por qué prefería descansar allí abajo? ¿Qué es lo que encontraría allí?

Reuniendo coraje y recordándose que él era su marido, descendió los últimos escalones. Sujetando la
vela en lo alto, vio varios botelleros bien surtidos, docenas de barriles y cajas, y una enorme caja
cubierta de polvo.

Levantando la punta de su camisón con una mano, entro en el sótano. El aire estaba viciado, húmedo y
mohoso. Las polvorientas telarañas colgaban de las paredes. El suelo era de dura tierra apisonada, y
estaba frío bajo sus pies. Imágenes de peludas arañas y ratas surgieron en su mente.

Cuando llegó al extremo más alejado del cuarto, se detuvo. Y luego vio eso, una estrecha puerta de
hierro a su izquierda.

Él estaba allí.

Con una temblorosa mano deslizó la llave en el cerrojo. Guardándola luego en el bolsillo de su bata,
aspiró profundamente y abrió la puerta.

Reuniendo coraje, atravesó el umbral.

El cuarto estaba vacío excepto por el ataúd contra la pared al fondo. Un ataúd negro, con la tapa
cerrada. Esculpido en la parte superior de la tapa había la imagen de un cuervo volando.

La bilis subió por su garganta cuando clavó los ojos en el ataúd.

¿No se supone que los vampiros deben pasar las noches dentro de un ataúd? Había preguntado ella
una vez.

Y él había contestado que los encontraba estrechos y limitantes.

El terror se enroscó en su estómago como un trozo de hielo en invierno. Esto es lo que él era. Se lo
había dicho de forma suficientemente explicita. Le había dejado ver su rostro desprovisto de toda
humanidad. Y aun así no lo había entendido completamente, ni se lo había podido creer hasta ahora.

Con una determinación que nunca hubiese creído poseer, se forzó a sí misma a cruzar el cuarto y
levantar la pesada tapa para poder ver dentro.

Estaba acostado sobre un lecho de blanco terciopelo. Su capa envuelta a su alrededor, el negro de su
capa y de su pelo formaban un vívido contraste con el forro del ataúd.

Su marido. Un vampiro.

Él se movió, como si fuera consciente de su presencia, y su capa se enrosco más firmemente a su


alrededor, como para protegerle.

Un gesto de dolor cruzó su cara, y luego una sola palabra murmurada salió de sus labios.

-"Rhianna".

Las lágrimas afluyeron a sus ojos y bajaron por sus mejillas. Provocadas por un desgarrado
sentimiento de pesar y piedad, lágrimas de compasión por la profunda angustia de su alma. Las lágrimas

182
fluyeron abundantemente, mojando su bata, goteando encima de la capa de Rayven. Las lágrimas
rehusaban detenerse. Un río de lágrimas silenciosas que temió les ahogara a ambos.

Tenía la sensación de que él sabía que estaba allí. Podía sentir sus esfuerzos en la oscuridad,
peleando por salir del sueño cadavérico que le atrapaba y ella supo que ahora no podría enfrentarle.

Al momento Bevins estaba allí a su lado, ofreciéndole su brazo, llevándola lejos de allí.

Él se despertó cuando el sol se ocultó, las ventanas de su nariz se llenaron de su perfume. Salió del
ataúd, sus manos cerradas en puños con enojo. Ella había estado aquí. No había soñado su presencia
mientras yacía indefenso a oscuras, el nunca soñaba. Ella había estado allí.

¡Bevins! ¡Ven aquí! ¡Ahora!

Se paseaba ansiosamente por el cuarto mientras esperaba a su criado, con la certeza de lo que debía
hacer, atormentándolo en su interior como si de un afilado cuchillo se tratara. Cruzó rápidamente la
puerta abierta del sótano.

Bevins le miró con aprensión. –“¿Su Señoría?”.

-"Me voy de aquí. Esta noche".

-"Empacaré sus cosas".

-"No. No me llevo nada". Miró atentamente a Bevins. -"Nada".

-“Muy bien. Enseguida estaré listo".

Rayven negó con la cabeza. -"No. Quiero que te quedes aquí, con... Con ella". No podía decir su
nombre en voz alta, no ahora.

-"No entiendo".

-"No soy como los demás hombres, y ya no puedo engañarme a mí mismo durante más tiempo".

-"Su Señoría, quizá si no se mantuviera tan apartado. Quizá si fuera al pueblo alguna tarde y pasara
más tiempo junto a la demás gente, si les dejara tratarle. Quizá si supieran que usted es el que financia
el refugio, ayudaría a ahuyentar los rumores”.

-"No. Será mejor para Rhianna y para todos nosotros, si me voy". Rayven se marchó dando media
vuelta, con los brazos cruzados sobre su pecho. -"Quiero que te quedes con ella mientras te necesite.
Cuando ella ... " Suspiró profundamente. -"Cuándo haya encontrado a otro, te reunirás conmigo".

Algún otro, pensó cruelmente. Alguien como Montroy.

-"Sí, Su Señoría". Bevins se aclaró la voz. –“¿Le explicará todo esto usted mismo?”.

-"No". Rayven negó con la cabeza, despreciándose a sí mismo por su cobardía. -"Necesitaré lápiz y
papel".

-"Sí, Su Señoría".

Rhianna alzo la vista del libro que estaba leyendo, sonriendo impacientemente, pero no era Rayven el
que había en el portal. Era Bevins.

183
-“¿Qué ocurre?”- Preguntó alarmada por la sombría expresión en el rostro de Bevins. –“¿Ha ocurrido
algo malo?”.

Bevins le tendió una hoja de papel. -"Esto es para usted, señora".

-“¿Una carta?”. Se levantó mientras caía el olvidado libro de su regazo,

Cogió rápidamente la misiva de la mano de Bevins. Recibir una carta por la noche sólo podía indicar
malas noticias.

Clavó los ojos en el papel como si nunca antes hubiera visto una carta, luego lentamente la abrió, su
corazón cayó en picado cuando vio el sello de Rayven.

Con una reverencia, Bevins salió del cuarto.

Cruzando el cuarto, Rhianna se sentó en el borde de la cama, la cama que había compartido con
Rayven, y permaneció mirando en el blanco sobre, con la cabeza de un cuervo impresa con lacre rojo
como la sangre.

Finalmente, con manos temblorosas rompió el sello.

Rhianna

No puedo fingir más. Estos pasados seis meses contigo han sido los más felices de mi existencia.
Nunca sabrás la alegría que has traído a mi existencia, pero no puedo quedarme más tiempo contigo. Tu
proximidad apacigua mi alma del mismo modo que enardece la demoníaca hambre dentro de mí, un
hambre que temo ya no puedo controlar.

El castillo es tuyo. Haz con él lo que quieras. Bevins se quedará contigo mientras le necesites. Es mi
deseo que me olvides y encuentres a otro hombre. Montroy sería un buen marido, un hombre que puede
darte la clase de vida que mereces.

Perdóname por decirle esto en una carta, pero soy tan cobarde, que no puedo decírtelo
personalmente por temor a que me convenzas de quedarme. Hacer eso podría poner tu vida y tu alma, en
peligro, y esto es algo que nunca haría.

Sé que te recordaré siempre y te amaré hasta mi último aliento.

Siempre tuyo, Rayven

Ella clavó los ojos en las palabras, borrosas por las lágrimas, incapaz de creer que la había
abandonado, que nunca le volvería a ver.

No supo cuánto tiempo estuvo sentada allí, mientras silenciosas lágrimas corrían por sus mejillas,
manchando el escrito que tenía en sus manos. Se había marchado.

-“¿Señora?”.

Le costó gran esfuerzo levantar la cabeza. Bevins estaba esperando en el vano de la puerta, su
expresión sombría, sus ojos llenos de comprensión.

-"El barón Montroy está abajo, señora".

-"Ahora no puedo verle".

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-"Me temo que él insiste".

-“Echalo”.

-"Él no se irá". Bevins aspiró profundamente. -"Dice que Rayven le pidió que viniera".

¡Rayven! Quizá Montroy sabría a dónde había ido. -"Esta bien".

Se levantó, una mano sujetando fuertemente la carta. Siguió a Bevins por las escaleras, sin
importarle que sus ojos estuvieran rojos e hinchados por las lágrimas. Estaba más allá de la vergüenza,
de que le importara lo que cualquiera pudiera pensar.

Montroy estaba en el saloncito delantero, de espaldas a la chimenea. Juró por lo bajo cuando
Rhianna entró, luego velozmente cruzó el cuarto y la sostuvo entre sus brazos.

Ella no se resistió, simplemente se quedó allí, desesperada como una niña perdida.

-"Rhianna". Tomándola de la mano, la condujo hasta una silla cerca de la chimenea. Aun sabiendo que
iba contra las normas del decoro se sentó y la depositó en su regazo, acunándola como si fuera un bebé
que necesitara consuelo.

Ella se acurrucó contra de él, su cara sepultada en el hueco de su hombro.

Los amortiguados sollozos sacudieron sus delgados hombros; Sus lágrimas mojaron su abrigo.
Murmurando suaves palabras de consuelo, acariciaba su espalda, maldiciendo interiormente a Rayven por
su cruel abandono.

Había encontrado a Rayven en Cotyer la noche anterior.

-"Abandono Millbrae" le había dicho sin ningún preámbulo. -"Quiero que usted cuide de Rhianna".

Le había costado un instante encontrar la voz para preguntarle. –“¿A dónde vais?”.

-"Eso no importa".

-“¿Cuándo volveréis?”.

-"No lo sé. Quizá nunca".

-"No lo entiendo".

Un brillo de sardónica diversión había cruzó por los ojos de Rayven. -"No se lo puedo explicar,
Montroy, pero quiero que me de su palabra de que cuidará de ella".

Dallon se había quedado mirando los ojos de Rayven, esos oscuros ojos que le habían inquietado
tanto durante años. No había ningún indicio de peligro acechando ahora, ninguna arrogancia, sólo un
profundo dolor que no podía ocultar. -"Usted sabe que lo haré".

Rayven había inclinado la cabeza. -"Sea bueno con ella" le había dicho, y luego, con su capa ondulando
a su alrededor había abandonado el cuarto.

Dallon asombrado se había preguntado si todo eso era real.

-"Me ha abandonado”.

La voz de Rhianna trajo de vuelta a Montroy al presente. -"Lo sé".

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-“¿Por qué?”. Le miró, el dolor de sus ojos le recordaba la angustia que había visto reflejada en los
de Rayven.

-"No lo sé" Montroy contestó suavemente. Sacando un pañuelo de lino de su bolsillo del abrigo, secó
las lágrimas de sus mejillas.

-"Creí que me amaba”. Miró la carta todavía fuertemente apretada en su puño. -"Me dijo que me
amaba”.

-"Él lo hace" dijo Montroy. -"Estoy seguro de ello".

Le miró como si le viera por primera vez. –“¿Por qué estas aquí?”.

-"Rayven me pidió que viniera. No quería que estuvieras sola".

-“¿El te envió? ¿Tu le viste?”. La esperanza brilló en sus ojos. –“¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Dónde está
ahora?”.

-"Se ha ido, Rhianna. No me dijo a donde o por qué, sólo que se iba".

Sufrió al observar como la esperanza moría en sus ojos, y la desesperación la inundaba de nuevo.
Sufrió por saber que amaba otro.

-“¿Rhianna, qué puedo hacer?”.

-“¿Hacer?”. Clavó sus ojos en él inexpresivamente.

Se estremeció en sus brazos cuando una nueva oleada de lágrimas inundó sus ojos. La observo llorar
con impotencia, vio como las silenciosas lágrimas inundaban de nuevo sus ojos y caían por sus mejillas.

Al cabo de un rato, se desmayó contra él, y él la sostuvo, sus manos acariciando su pelo, su espalda,
preguntándose si en toda su vida volviera alguna vez a sonreír de nuevo.

Escudriñando las sombras que se alzaban en el exterior, Rayven miró por la ventana, vigilando. Un
dolor le atravesaba el corazón como si le hubieran clavado una estaca mientras escuchaba sus lágrimas y
sabía que él era la causa.

-"Te amo, mi dulce Rhianna" gimió.

Y había sido el amor lo que le había hecho marchar, escapar a través de la noche lejos de la única
mujer que había amado en toda su vida.

Los días pasaron, pero Rhianna apenas se daba cuenta de ello. Los pasaba caminando por el jardín,
recordando las noches que había paseado a la luz de la luna con Rayven. Comió ante la insistencia de
Bevins, aunque no tenía apetito. Tomaba largas siestas y se acostaba temprano porque solo era allí y en
sueños cuando su marido venía a ella.

Montroy iba a visitarla cada día, evidentemente preocupado ante el aspecto de sus ojos, su voz, el
toque distante de su mano. No se entrometía en su pena, no le decía que no llorara ni se acongojara.
Aceptaba sus deseos cuándo quería estar sola, la abrazaba cuando le pedía consuelo, enjugaba sus
lágrimas cuando lloraba. Y durante todo el tiempo, esperaba a que aceptara su amor, solo rogaba que
llegara un día en que le amara tan profundamente como había amado al oscuro señor del castillo.

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Y algunas veces cuando lloraba, cuando el dolor en sus ojos hacía que su corazón se contrajera de
angustia, sabía que con gusto aceptaría verla reunida de nuevo con Rayven si eso la hacía sonreír de
nuevo.

Capítulo veinticuatro

Cazaba entre las sombras de la noche, desahogando su furia y su pena en el derramamiento sin
control de sangre inocente. Acechaba su presa implacablemente, alimentándose de su miedo, dejando
que su presa viera lo que era, dejándole ver el deseo de matar en sus ojos, sonriendo mientras dejaba al
descubierto sus colmillos. Sufría, como nunca lo había hecho durante los cuatro siglos de su existencia,
y quería lanzar un golpe tras otro, esperando que al infligir dolor en los otros, poder aliviar él suyo
propio.

Cazó presas como no lo había hecho desde que fue hecho Vampiro, cazó hasta que el aroma a sangre
y miedo se pegó a su piel, a su ropa, se infiltró en cada uno de sus poros.

Había olvidado cuan embriagador era, beber y beber y beber, hasta que se saciaba de la sangre de
la vida, hasta que su corazón latía al mismo ritmo que la desafortunada alma en su abrazo, hasta que su
cuerpo se alzaba pletórico por la fuerza vital del otro. Ah, el beber hasta no poder más, beber la vida
de alguien, sus esperanzas y sus sueños y sus memorias, su mismo ser.

Se negaba a considerar los principios morales de ello. ¿Qué necesidad tenía él de tener principios
morales? No era humano, era un Vampiro, una raza aparte. Las leyes de los hombres no significaron nada
para él. Los hombres apresaban y mataban animales indefensos para alimentarse. Los vampiros hacían
de los hombres sus victimas. Nadie hacía presa del Vampiro.

Durante demasiado tiempo había intentado negar lo que era, negar la necesidad que ardía en su
interior, negar el exquisito placer que sólo podía obtener al beber la sangre de los mortales. Cuan
cercano se sentía a todos aquellos que cazaba cuando los acunaba en su abrazo oscuro. Qué agradecido
se sentía por la fuerte oleada de energía que fluía por sus venas, llenándolo de vitalidad, haciéndolo
sentir de nuevo como un vampiro joven, recién hecho.

Y a pesar de que bebía hasta saciarse, nunca agotaba a sus víctimas hasta el extremo de la muerte.
Aunque era fuerte su sed, no podía hacerlo. Rhianna tenía la culpa. Ella podría entender su necesidad de
sangre; pero nunca aprobaría el que tomara una vida. Y aunque nunca la volviera a ver, no podía ser peor
de lo que ella creía que era.

Se deleitaba en la oscuridad que lo inundaba, todos sus sentidos alertas, sonidos de la noche que los
mortales nunca oían – la suave salpicadura de una gota de lluvia cayendo sobre la hierba húmeda por el
rocío, el sonido de un ratón andando sigilosamente entre las sombras. Veía la belleza escondida en la
oscuridad de la noche, las sombras y formas cambiantes de un mundo dormido.

Durante semanas, vagó por las sombras de la noche, una figura obsesiva silenciosa haciendo presa de
cualquiera lo suficientemente incauto como para cruzarse su camino.

Ahora estaba cazando. Nubes oscuras cubrían la luna y las estrellas, prometiendo lluvia antes del
amanecer. Había poca gente en las calles, una pareja de ancianos dirigiéndose a su casa, un padre y un

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hijo parados en un portal, una joven pareja caminando de la mano, mirándose fijamente a los ojos
ignorantes de la tormenta que se avecina.

Y entonces vio una joven que bajaba corriendo por una oscura calle, su pelo ondeando al viento, los
tacones de sus zapatos golpeando los guijarros.

Voló con las alas de la noche, silencioso como un búho acechando su presa, hasta que estuvo a su lado
su mano tapando el grito que se escapaba de su boca.

El aroma de su miedo se entremezclaba con el de su esencia misma. Podía oír los frenéticos latidos
de su corazón, oír como la sangre fluya a través de sus venas.

Se dobló sobre ella, su capa envolviéndolos, como las alas de un gran pájaro negro. Y entonces vio sus
ojos. Ojos azules llenos de un indecible terror. Ojos de un azul como el cielo de verano, azules como los
de Rhianna...

Con un juramento, se apartó, sacudido en lo más profundo de su ser. Se vio tal como Rhianna le vería,
no mejor que un monstruo enmascarado en forma humana, una bestia salvaje incapaz de controlar el
anhelo horrible de su interior.

Lleno de vergüenza y odiándose a sí mismo, borró su memoria de la mente de la joven, luego


desapareció de su vista como si fuera un borrón de terciopelo negro.

Después de esa noche ya no cazó a ningún humano más. Se refugió en una cripta llena de un
pestilente olor a carne putrefacta y flores secas. Acurrucado en un rincón, con la capa envolviéndolo
permaneció mirando fijamente la oscuridad.

Era un Vampiro. Un no muerto. Estaba en donde pertenecía.

Los días pasaron en un sueño sin discernimiento, las noches parecían más largas de lo que recordaba.
Las noches cuando el hambre ardía en sus venas, cuando desgarraba sus órganos vitales, cuando,
buscando alivio, cortaba profundamente su carne buscando nutrición.

En el mundo exterior, el tiempo seguía su curso. Las estaciones pasaban una tras otra. Los mortales
nacían y morían. Pero él siempre permanecía igual.

El dolor se convirtió en su constante compañero, dañándolo en su interior, urgiéndolo a salir a cazar.


Los fantasmas surgían a su lado en la tumba con agudos gritos de dolor que desgarraban su alma, sus
rostros distorsionadlas por el miedo cuando miraban sus ojos y solo veían la muerte en ellos. Muchos
fantasmas vinieron a atormentarle, con sus ojos vacíos llenos de acusación. ¿Realmente había matado a
tantos en tiempos pasados?

Sus rostros hacía mucho tiempo que habían sido olvidados, todos menos el del primer mortal que
había matado. Entonces era un vampiro joven dominado por el hambre aguda que le urgía ser saciada,
ignorante del modo de existir de los de su clase. Había encontrado a la mujer caminando
apresuradamente por una calle oscura. Ella había notado su presencia mucho antes de que su mano se
cerrada alrededor de su brazo. Nunca olvidaría el horror que vio en sus ojos, o el sonido de su voz,
desesperada por el miedo cuando le rogaba por su vida. Él no había querido lastimarla, no había querido
matarla, pero el hambre le había dominado, produciéndole un dolor insoportable. Torpe en su prisa, sus

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colmillos se habían clavado en la carne blanda de su garganta. Su sangre había fluido a chorros hacia su
boca, caliente con vida. Y junto con la sangre, había saboreado una de sus lágrimas. Horrorizado y
avergonzado, había depositado su cuerpo en el suelo. La expresión de sus ojos le había atormentado
durante más de un siglo.

Se envolvió mas fuertemente entre los pliegues de su capa, buscando escapar, buscando paz. Maldijo
el hambre que carcomía sus órganos como si estuvieran ardiendo bajo las llamas del mismo infierno, se
maldijo por lo que él era, maldijo a Rhianna por hechizarle, para darle a saborear lo que nunca podría
tener. Y, por encima de todo, maldijo a Lysandra...

¡Lysandra!

Durante todos estos años, ella se había mantenido apartada, pero siempre próxima. A menudo había
notado su presencia pero como todos los vampiros, ella era desconfiada con otros de su clase. Nunca le
había buscado, ni él tampoco había ido a buscarla, pero en los primeros días después de que él había sido
hecho, a menudo había pensado en encontrarla, en destruirla por lo que le había hecho. Lysandra... Ella
le había transformado en lo que era; Si había alguna cura, entonces ella la conocería. En caso de que no
la hubiera, buscaría su destrucción en manos de la que le había transformado.

Mascullando un juramento, cerró sus ojos y envió sus pensamientos a la noche.

-"Rayven". Lysandra sonrió precavidamente, gratamente sorprendida al encontrarlo esperándola en


su saloncito después de levantarse. –“¿Qué es lo que te trae por aquí?”.

Sintió una ondulación en el aire mientras ella reunía todo su poder. -"No quiero hacerte daño".

Cruzando el cuarto, cogió sus manos. Ella era el vampiro más viejo que conocía, pero se veía
exactamente igual que la última vez que la había visto, su lustroso pelo negro recogido en gruesos
mechones rizados sobre su cabeza, su mirada oscura como negras piscinas de ébano bajo gruesas
pestañas, su piel pálida como el alabastro, con una resplandeciente translucidez.

-"Siempre tan bella" murmuró.

-"Como tu" ella contestó. Alzó una pálida mano hasta su pelo, alisándolo por encima de su frente. -
¿Pero por otro lado, nosotros nunca cambiamos, verdad?”.

-"No" dijo él secamente. -"Nunca".

-" Pero sin embargo... estas muy delgado, mon petit. ¿Qué te ha ocurrido?”.

-"Nada". Soltó sus manos rápidamente, y metió las suyas en los bolsillos de sus pantalones. -"Quiero
saber si hay una cura para lo que somos".

-“¿Una cura?”. Alzó una delicada ceja en signo interrogante. -"Haces que esto parezca una atroz
enfermedad".

-"Es una maldición y quiero liberarme de ella".

Lysandra frunció el ceño. –“¿Para qué? Te ves suficientemente próspero, si exceptuamos esa
pequeña cuestión de tu alimentación". Sus ojos se estrecharon. –“¿No te has alimentado
recientemente?”.

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-"Ese no es un asunto de tu incumbencia" dijo agudamente. Aspiró profundamente. -"Dime" dijo.
–“¿Hay alguna forma de acabar con esto?”.

“¿Quizás un paseo a la luz del sol?”. Ella sugirió, con el asomo de una sonrisa bordeando sus labios.

-"No juegues conmigo, Lysandra. Quiero una respuesta".

-"No sé de ninguna cura".

Sus manos se cerraron en apretados puños mientras ella hablaba. -"Entonces quiero que me
destruyas”.

Ella pasó un dedo sobre su mejilla. –“¿Realmente ha llegado a ser tan desagradable la vida?”

-"Ya no puedo soportar lo que soy. Me ha costado demasiado".

Ella le estudió con una directa mirada y luego sonrió. -"Te has enamorado de una mortal".

No era una pregunta, sino una afirmación sin ninguna aprobación ni condena.

Él no se molestó en negarlo. -"Sí".

-"No hay necesidad de acabar con tu existencia, Rayven. Simplemente transfórmala".

-"No".

-“¿Abandonarías la inmortalidad por esa mujer?”.

-"No te burles de mí, Lysandra. ¿Tu nunca has estado enamorada?”.

-"Me dejas asombrada, Rayven. No creía que nuestra especie fuese capaz de sentir nada semejante
a una emoción humana".

-"Ojala fuera eso cierto”. Pasó una mano por su pelo. -"Ya no puedo soportarlo más. Quiero que
acabes conmigo. Ahora".

-“¿En vez de eso, por que no te quedas aquí conmigo?”. Le sugirió. -"Podríamos cazar juntos". Puso las
manos sobre su pecho y le contempló con ojos ardientes y oscuros. Sus manos se deslizaron
tentadoramente hasta su cintura. -"Y juguetear juntos".

El apartó lenta y deliberadamente sus manos de su cuerpo. -"No vine aquí a buscar un compañero de
caza ni de cama, sólo una forma de acabar con lo que soy".

Clavó los ojos en ella, observando la diversidad de emociones que cruzaron por su rostro, la
decepción porque él no cazaría por la noche con ella, enojo porque había despreciado su afecto y una
pizca de confusión porque no podía entender su deseo por acabar con su existencia.

Y también la lujuria por la sangre aumentando en sus ojos, superando todas las otras emociones. Sus
labios se retrajeron con una fiera sonrisa, exponiendo sus colmillos.

Pensó en un repentino instante de temor y arrepentimiento, que nunca volvería a ver a Rhianna, y
luego mostró su garganta, preguntándose como sería sentir los dientes de Lysandra rasgando su carne
de nuevo después de tantos años.

-“¡No!” Rhianna se despertó gritando. –“¡Rayven, no lo hagas!”.

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Un instante después Bevins irrumpió en el cuarto con una vela enfocando el rostro de Rhianna. En
estas últimas semanas, desde que Rayven la había abandonado había perdido mucho peso. Tenía sombras
oscuras bajo los ojos, ojos llenos de tristeza. Bevins temía por su salud, pero nada de lo que él ni
Montroy hicieran o dijeran, había podido apaciguar su pena.

-“¿Qué ocurre?”. Le preguntó, escudriñando las sombras del cuarto, buscando la causa de sus gritos.

-“Rayven... " Le miró con grandes ojos aterrorizados. -"Él está en peligro”.

Bevins depositó el candelabro sobre la mesa al lado de la cama. –“Ha sido solo una pesadilla, señora".

-"No". Negó con la cabeza. -"No, era real”.

-"No es nada. Estoy seguro de que él está bien".

-"No". Negó con la cabeza otra vez. –“¿No puedes sentirlo?”

-“¿Sentir el qué?”.

-"Él quiere morir". Gritó el nombre de Rayven en voz alta. -"No viviré sin él". Se quedo mirando la
noche con ojos vacíos, sus puños cerrados fuertemente. –“¡Me has oído Rayven, no viviré sin ti!”.

Sollozó su nombre una vez más y luego se desmayó sobre la cama.

-"Señora". Bevins se acercó asustado por la falta repentina de color en su cara, la palidez de su piel.
La sacudió ligeramente, la sacudió de nuevo al no obtener respuesta. –“¡Rhianna!”.

Tembló cuando una fría brisa barrió el cuarto y supo en su corazón, que ella tenía razón. Rayven
trataba de acabar con su existencia.

Y Rhianna iba a encontrarse con él.

-"Aquí no" dijo Lysandra. Pasó sus largas uñas a lo largo de su cuello. -"Ven".

Él siguió a Lysandra hasta su guarida, se tendió en el sofá de terciopelo rojo que era el único adorno
del cuarto exceptuando el ataúd de caoba pulida.

Lysandra se sentó a su lado, sus colmillos al descubierto, respirando con dificultad y anticipación.
Bebería su sangre, reduciéndola drásticamente hasta el extremo de su muerte, y al hacerlo obtendría la
fuerza que él había acumulado durante los últimos cuatro siglos. Y cuando estuviera demasiado débil
para poder resistírsele le llevaría afuera y lo dejaría allí. El sol haría el resto, consumiendo con llamas
cualquier prueba de que él hubiera existido jamás.

Él se quedó mirando fijamente a Lysandra. Sus ojos negros ardían con hambre. Su capa se ciño más
cuando sintió la mano de Lysandra sobre su pelo, acariciándolo ligeramente e imaginó que era otra mano,
la mano de Rhianna.

Rhianna... Rhianna...

Notó el suave aleteo del aliento de Lysandra contra su mejilla, sintió sus labios, fríos como un viento
de invierno, cuando lo besaron. Fríos pensó, cuando los de Rhianna siempre habían sido tan cálidos.

Se sobresaltó cuando las manos de Lysandra se cerraron sobre sus hombros, inmovilizándolo. Se
había olvidado de lo fuerte que era ella.

191
Rhianna... Rhianna...

-"Hazlo" dijo cerrado sus ojos.

Aguantó el temor que se alzó en su interior cuando sintió el pinchazo de los colmillos de Lysandra en
su garganta. Hubo un dolor punzante, la sensación de la sangre siendo extraída de su cuerpo. Se forzó a
relajarse. Esto era lo que quería, un fin para su miserable existencia, el dulce olvido de la eternidad.

Sintió como se hundía en un remolino de niebla roja, como se iba debilitando más y más. La oscuridad
le iba envolviendo placenteramente y agradeció el que ella hubiera decidido ser amable y no cruel.

Era justo, que él encontrara el olvido en los brazos de quien le había hecho lo que era.

Pequeños temblores atravesaron su cuerpo. El frío le devoró. Rhianna... Rhianna... Nunca la vería de
nuevo, nunca volvería a sentir su calor, ni a verla sonreír. Empezó a luchar contra del instinto de
conservación que quería asumir el control de su cuerpo. Sintió que las manos de Lysandra se cerraban
fuertemente sobre sus hombros cuando trató de escapar de su agarre, sintió su capa envolviéndose más
a su alrededor, acunándolo y supo que el fin estaba cercano.

¡Rayven! ¡Rayyen! No viviré sin ti. Su voz, se abrió paso en su mente, gritando. Rayven, regresa a mí.

Trató de abrir sus ojos, trató de abrirse paso a la fuerza a través de las capas de sofocante
oscuridad que le arrastraban hacia la eternidad, pero carecía de la fuerza suficiente. Sus latidos eran
lentos y pesados en su pecho. Desde lejos, oyó voz de Lysandra.

-"Espero que al otro lado encuentres la paz que buscas".

Quiso hablar con ella, decirle que había cambiado de opinión, que Rhianna le necesitaba, pero estaba
exánime, indefenso. Tuvo la sensación de estar en movimiento y supo que Lysandra le llevaba afuera. Le
llevó sin esfuerzo alguno, trasladándose a velocidad sobrenatural a través de las oscuras calles.

Sintió el viento frió en su rostro como la misma muerte, mientras ella le llevaba lejos de su casa,
fuera de la ciudad, a un cementerio abandonado hacía mucho tiempo. El sol le encontraría allí, le
encontraría y le destruiría, no dejando ninguna huella.

Se dio cuenta de que Lysandra se agachaba sobre el, sintió el roce de sus labios por última vez. Pudo
oír el sonido de sus pasos cuando se giró y se alejó dejándolo solo en la quietud de la noche, para
encontrar el amanecer en soledad.

Rhianna...

Flotaba ingrávido, indefenso, en un mar de oscuridad que no tenía ni principio ni fin. El perfume de la
tierra húmeda invadía las ventanas de su nariz, recordándole la esencia de la vida, todo aquello que
ahora estaba perdido para siempre.

¡Rayven! Vuelve a mí.. No viviré sin ti... .

La voz de Rhianna hizo eco en su mente, repetidas veces, llenando su alma de un profundo
arrepentimiento al comprender que al tratar de acabar con su vida, le había fallado.

192
Las horas pasaron. Empezó a temblar incontrolablemente. Se enrosco sobre sí mismo, envolviéndose
más apretadamente en su capa. La voz de Rhianna martillada en su cabeza, rogándole que no la
abandonara.

Rayven, no me dejes... . Por favor... . Vuelve a mí.. ..

Los latidos de su corazón retumbaban en su mente, haciéndose cada vez más débiles, hasta que
latieron a su mismo ritmo y supo que cuando la muerte le llegara, también le llegaría a ella.

Rhianna... Rhianna... -"Perdóname... "

CAPÍTULO VEINTICINCO

Durante un tiempo, pareció como si ella fuera a recobrarse. Su apetito había aumentado. Se
levantaba de la cama durante periodos de tiempo cada vez más largos; Le pidió a Montroy que la
acompañara hasta el laberinto donde pasaba horas contemplando los rosales, y las estatuas del cuervo y
el lobo.

Allí parecía que se sentía en paz y durante un tiempo, Montroy creyó que ella había aceptado el
hecho de que Rayven se había ido. Ahora, pensaba, ahora vendrá a mí y podemos empezar nuestra vida
juntos.

Pero no fue así.

Sin razón aparente, y repentinamente empezó a debilitarse cada vez más. A medida que pasaban los
días cada vez estaba más débil. Su madre y sus hermanas vinieron a verla, le traían dulces que tentaran
su apetito, haciéndole te caliente, sonriendo sin ganas mientras le contaban noticias sobre el embarazo
de Aileen, esperando que el pensar en una nueva vida la sacaría de las profundidades de su
desesperación.

Pero todo fue en vano. Ella los miraba con ojos sin vida al mismo tiempo que les aseguraba que pronto
estaría mejor.

Montroy llamó a su médico, pero el hombre sólo negó con la cabeza, afirmando que su mal no era
físico.

Ada llamó al sacerdote, quien primero puso una mano sobre la cabeza de Rhianna, y luego se apartó
prometiendo que encendería una vela y rogaría por el bienestar de su alma.

-"Ella desea morir". Ada se levantó del lado de la cama de su hija, mirando fijamente su pálido
rostro.

Montroy asintió. -"Me temo que tiene usted razón, señora". Maldijo suavemente, preguntándose si
cuando Rayven la abandonó había previsto que esto ocurriría.

-"Todo es por culpa de ese monstruo," dijo Ada cruelmente. -"Le ha echado una maldición.

Montroy iba a empezar a objetar algo. No creía en la magia fuera blanca o negra. Pero pensó en
todos los rumores que había oído acerca de Rayven, las habladurías, las especulaciones. Alguna vez, se
había reído de todo eso no haciéndoles caso. No había seres monstruosos acechando en la noche,

193
bebiendo la sangre de otros. Pero entonces miró el pálido rostro de Rhianna en el oscuro cuarto, con
sombras bajo sus ojos, sus mejillas hundidas y se preguntó si después de todo no podrían ser ciertos
todos esos rumores.

Se sentó sobre su cama, sujetando su mano, mientras Ada McLeod urgía a su hija para que tomara
un poco de té, sintió como su odio aumentaba hasta convertirse en algo con vida propia cuando vio el
vació en la una vez brillante mirada de Rhianna. La oyó susurrar el nombre de Rayven, con voz apenas
audible, antes de que cayera desplomada sobre las almohadas.

Reprimiendo un sollozo, Ada se volvió de espaldas a la cama. Bevins se materializó entre las sombras.
Durante un momento, la observó llorar y luego, necesitando consolarla, se adelanto para abrazarla. Por
un instante se quedo rígida entre sus brazos, pero luego se hundió en ellos desconsolada. Sintiéndose un
poco avergonzado, le acarició el pelo y limpio las lagrimas de su rostro.

Montroy sintió un nudo en su garganta cuando escuchó a Ada McLeod llorando por su hija.

Se llevó la mano de Rhianna a los labios y le besó palma, temiendo en lo más profundo en su corazón,
que ella nunca se recuperara.

-"Maldito seas Rayven" masculló. -"Espero que tu alma arda en el mismísimo infierno”.

Él se despertó cuando el sol se ocultó. Quedándose mirando la oscuridad de la cripta, recordó cómo
había salido a buscar su muerte y cuando casi ya lo había conseguido, había descubierto que quería vivir.

Había estado gravitando al borde de la muerte su piel empezando a ponerse rígida. Próximo a la
eternidad, había sentido el nuevo amanecer, había oído la voz de Rhianna, cada vez más débil, haciendo
eco en su mente, rogándole que no la abandonara y había sabido que, si moría, ella también lo haría. Y
era una carga demasiado pesada para soportar. Había estado preparado para acabar con su vida, pero no
podía acabar con la de ella, no cuando ella apenas había empezado a vivir.

Con una fuerza de voluntad que creía no poseer, se había arrastrado hasta la cripta en la cual ahora
yacía. La puerta estaba parcialmente abierta y había pasado con dificultad a través de la estrecha
rendija. Los goznes oxidados habían rechinado ruidosamente, gritando como un alma atormentada,
mientras arrastraba la puerta para cerrarla por dentro y luego al respirar las ventanas de nariz se
llenaron de un mohoso olor a muerte, había gateado hasta una esquina y había caído en un sueño
profundo.

¿Cuántas veces habría salido el sol desde que se había refugiado aquí?, Se preguntó. ¿Diez?
¿Veinte? Había perdido la cuenta.

Su estómago rugió hambriento cuando vio los pequeños cuerpos peludos de ratas y ratones que
yacían esparcidos en el suelo de la tumba. Su sangre, con lo repulsiva que pudiera ser, le había
mantenido vivo, eso y su necesidad en continuo aumento por ver a Rhianna de nuevo.

Ella se estaba muriendo. Podía sentirlo, su vitalidad perdiéndose junto con su voluntad por vivir, y
supo que él era el culpable. Estaban vinculados por la sangre que compartían. Pero, a diferencia de él,
ella estaba sometida a la debilidad de la carne.

Salvatore, ayúdame...

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Cerró sus ojos, y vio la imagen del Vampiro en su mente. Salvatore. Delgado, con pelo negro peinado
hacia atrás, sus ojos color café oscuro llenos de la sabiduría que da la edad.

Rayven sonrió débilmente. Salvatore no se parecía en absoluto a lo que uno se espera debe ser un
Vampiro. Un hombre tranquilo, con un fino bigote y rasgos distinguidos. Un hombre que sabía lo que era
y lo aceptaba.

Ser Vampiro no es para los débiles, le había dicho Salvatore una vez. La eternidad puede ser muy
aburrida si uno no conserva su buen humor. Debes mantenerte al mismo paso que el mundo, o te querrás
anclado en el pasado. Puedes ser un monstruo, beberte toda la sangre y quitar la vida de otros, o no. La
elección depende de ti... .

Con un esfuerzo, se levantó, pasó una mano por su pelo, sujetó su capa alrededor de sus hombros.

Esta noche, por primera vez desde que había buscado la muerte, cazaría por las calles de la ciudad.
Y luego volvería a ella y le rogaría su perdón.

Si no llegaba demasiado tarde.

CAPÍTULO VEINTISÉIS

Las torres del Castillo se alzaban amenazadoras ante él, cubiertas como siempre con una espesa
capa de niebla gris. Oscuras nubes se deslizaban en el cielo, prometiendo tormenta antes de que la
noche llegara a su fin.

Durante un momento, descansó entre las grises sombras. Antes había cazado por las calles del
pueblo, pero había sido en vano. Por primera vez en cuatrocientos años, sus poderes le habían fallado.
Desesperado por conseguir alimento, se había nutrido de una cabra flaca y huesuda que había
encontrado atada detrás de una de las casas de campo.

Demasiado débil para usar sus poderes sobrenaturales, había ido andando a paso lento por la
carretera sinuosa hasta la cima de la montaña de Devil Tree, cuando llegó a la cima apenas le quedaba
nada de la poca fuerza obtenido al beber de la cabra.

Cerrando sus ojos, apoyó la cabeza contra la húmeda pared de piedra del castillo. Por un momento,
pensó en salir de nuevo al campo y matar algunas ovejas, pero el deseo de ver a Rhianna, cerciorarse de
que todavía vivía, era mayor que su hambre.

Apartándose de la pared, subió las escaleras hasta la puerta del castillo. La puerta se abrió al
golpearla.

Entró en el oscuro vestíbulo, sus sentidos buscando en los cuartos. Bevins estaba en la cocina.
Rhianna estaba arriba. Aspiró un profundo aliento y su perfume lo envolvió con una sensación
confortable y familiar, al igual que hacían los pliegues de su capa.

Y luego oyó las voces. De Montroy. De Ada. La voz de un hombre que no reconoció.

Caminando silenciosamente, subió las escaleras pasando por el corredor tenuemente iluminado hasta
la habitación que Rhianna había usado antes de mudarse a su cuarto de la torre.

195
Se paró ante la puerta. Se sintió decepcionado, al ver que ella ya no dormía en su cama en el cuarto
de la torre, y al mismo tiempo agradecido de que no hubiera revelado su lugar de descanso a los demás.

-"No va a mejorar". Era la voz de Montroy, llena de una fría desesperación.

-"Quizá deberíamos llevarla al hospital de Londres". La voz de Ada estaba enronquecida por las
lágrimas.

-"No pueden hacer más por ella allí, de lo que nosotros estamos haciendo aquí" dijo el desconocido.
-"Podría ser peligroso moverla, especialmente con la tormenta al caer. Si no está mejor por la mañana, la
sangraré de nuevo".

¡Desangrarla! Mascullando un juramento, Rayven puso su mano en el pomo y abrió la puerta.

Las conversaciones terminaron abruptamente al entrar en la cámara. De un simple vistazo se hizo


cargo de la situación: Ada McLeod de pie a un lado de la cama, pasaba el rosario con gesto preocupado;
Montroy y otro hombre que Rayven asumió debía ser el médico estaban a los pies de la cama.

Rayven cruzó la habitación, su atención enfocada en Rhianna. El hedor a ajo, con el que se creía
ahuyentaba a los malos espíritus, inundó las ventanas de su nariz mientras se acercaba a la cama. Se
creía que también ahuyentaba a los vampiros, pero pensó que nada podría alejarle de su lado.

Ella yacía como si ya estuviera muerta, su rostro tan pálido como la almohada en la que reposaba. Su
pelo esparcido sobre la almohada como si fueran rayos de sol. Había sombras púrpuras bajo sus ojos;
Sus mejillas estaban hundidas. Un fuerte olor a sangre se desprendía de un tazón que había sobre la
mesa al lado de la cama. La sangre de Rhianna, todavía caliente. Su estómago rugió dolorosamente
cuando el hambre aumento en su interior.

-“¡Es él!”. Ada exclamó, con voz llenó de repulsa. -"Es el quien le ha hecho esto".

El médico colocó su mano sobre el hombro de Ada. -"Señora McLeod... "

-“¡Brujo!”. Apartó la mano del doctor de su hombro e hizo el signo de la cruz para prevenir el mal.
–“¡Hijo del demonio! ¡Sal fuera de aquí!”.

Demasiado tarde, Rayven se dio cuenta de que Montroy se había colocado detrás de él. Al intentar
girarse, sintió un fuerte golpe sobre su cabeza cuando el vizconde le golpeó con el atizador de la
chimenea. Gruñó mientras caía de rodillas.

Montroy lo golpeó de nuevo con el atizador, tirándolo al suelo y forcejeando logró inmovilizarlo con
la ayuda del doctor.

Sabiendo que era inútil, Rayven luchó contra el vizconde que lo sujetaba. Con una fiera mueca en sus
labios, maldijo salvajemente cuando su vista comenzó a empañarse, hasta que no hubo más que
oscuridad, una oscuridad interminable que le llevaba a la inconsciencia.

Despertó en una profunda oscuridad como una tumba. Durante un momento, no supo dónde estaba y
luego se dio cuenta de que era su ataúd. El sentimiento de alivio fue rápidamente seguido por un
profundo miedo cuando trató de levantar la tapa y no pudo. Empujó la tapa de nuevo, con el pánico
dándole más fuerza, pero la tapa permaneció fuertemente cerrada. Arrugó su nariz ante el fuerte olor
a ajo.
196
¡Bevins! ¡Ven a mí!

Cuanto lo siento, Su Señoría, pero no puedo.

Explícate.

Saben lo que es usted. Durante su enfermedad, Lady Rhianna sufrió una fiebre muy alta. Mientras
estuvo inconsciente, habló de usted, de lo que usted es. Traté de decirles que eso era absurdo, delirios
de una mente febril, pero la señora McLeod la creyó. Quiere destruirlo cuando llegue la mañana.

¿Y Montroy?

Rayven maldijo interiormente, recordando cómo el vizconde le había golpeado con el atizador de la
chimenea.

No parece que este demasiado convencido de ello.

¿Rhianna? Háblame de Rhianna.

No le han dicho nada de su regreso, Su Señoría.

¿Está Montroy, contigo?

Sí, Su Señoría.

Debes convencerle para que me suelte. Dile que Rhianna morirá sin mi ayuda.

Lo intentaré, Su Señoría. ¿Está usted bien?

Rayven gruñó suavemente. Necesito alimentarme un poco, contestó, pensando que ese era
seguramente el eufemismo más grande de todos los tiempos.

Cortó la aligación entre ellos, después cerró los ojos. Suspiró profundamente varias veces, tratando
de reprimir el pánico que aumentaba en su interior. Nunca le habían gustado los lugares oscuros y
pequeños; Era una de las razones por las que nunca descansaba en su ataúd. El pensar que podría estar
atrapado para siempre dentro de el, le llenaba de terror, pero después sonrió con arrepentimiento, si
Ada McLeod se salía con la suya, entonces lo de para siempre acabaría con la llegada de amanecer por la
mañana.

Sus ojos se abrieron de golpe cuando oyó el sonido de pasos que se acercaban mientras bajaban por
las escaleras del sótano. ¡Montroy! Hubo una pausa ante la puerta, y el crujir de la madera contra la
piedra cuando puerta se corrió quedando abierta.

-“¿Rayven, me puedes oír?

-"Te oigo”.

-“¿Entonces es verdad?”.

-“¿Tu que crees?”.

-"Creo que esto explicaría muchas cosas" dijo Dallon concisamente.

-"Debes dejarme salir”.

-"Creo que no”.

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-"Vamos, Dallon, en verdad no puedes creer que sea un vampiro". Rayven apretó sus puños en un
esfuerzo al intentar que su voz sonara tranquila. -"Seguramente, si fuera el monstruo que crees,
entonces nada que lo que tu pudieras hacer me detendría”.

-"Nunca te he visto comer" dijo Montroy. -"Nunca te he visto a la luz del día".

-"Lo puedo explicar fácilmente".

-"¿Y esto... ?" Montroy se estremeció mientras clavó sus ojos en la negra y brillante superficie del
ataúd, con el cuervo a tamaño natural esculpido en la madera. ¿Era su imaginación, o eran los ojos del
pájaro que le seguían? –“¿Me puede también explicar fácilmente lo de este ataúd?”.

-"Debes liberarme, Montroy. Rhianna me necesita".

-"El doctor dice que se está muriendo. La voz del vizconde vaciló en la última palabra. -"Que ha
perdido las ganas de vivir".

-"Yo la puedo ayudar" dijo Rayven con voz llena de desesperación. -"Pero debes dejarme salir de
aquí. Ahora".

-“¿Cómo?” Dallon preguntó. –“¿Cómo la puedes ayudar cuando el médico dice que está desahuciada?”.

Rayven maldijo la debilidad que le quitaba sus poderes. Si estuviese lo suficientemente fuerte,
fácilmente podría haber dominado la voluntad de Montroy a la suya. Pero en primer lugar si el hubiera
estado lo suficientemente fuerte, el hombre no le habría derrotado en la lucha anterior.

-"Dallon, debes soltarme antes de que sea demasiado tarde. Antes de que el sol se alce en el
horizonte. Antes de que Ada McLeod venga a por mi cabeza. –“Escúchame," dijo, conservando la calma.
-"Hace años que me conoces. Has hablado con Rhianna muchas veces. ¿Se ha quejado alguna vez de mí?
¿Me ha acusado de maltratarla? ¿He dicho o hecho en toda mi vida cualquier cosa para hacerte pensar
que la dañaría a ella o a cualquier otra persona?”.

-"No" Dallon contestó lentamente. -"Ella siempre te ha alabado”.

-"Ella me necesita" dijo Rayven incapaz ya de ocultar mas la urgencia en su voz. -"Necesita saber
que estoy aquí".

Se tensó cuando oyó a Montroy cruzar la habitación, vacilando con cada paso que daba.

-"Nadie más puede ayudarla" dijo Rayven. -"Por favor, te lo ruego. Debes dejarme salir de aquí antes
de que sea muy tarde".

Contuvo el aliento cuando sintió la mano de Montroy sobre la tapa de su ataúd. Sí, pensó. ¡Hazlo,
maldita sea!

Dallon se quedó mirando fijamente el ataúd. Era un hombre instruido. No había lugar en sus
pensamientos para nada que no pudiera ser explicado por los hechos o por la lógica. Nunca había creído
en las habladurías que corrían por el pueblo sobre vampiros, nunca había creído ni en fantasmas ni en
duendes. En algunas ocasiones, había sentido escalofríos al mirar directamente los ojos de Rayven, una
sensación de poder controlado, de peligro esperando ser desatado. Pero eso no tenía nada que ver con

198
que Rayven fuera un monstruo y todo con el hecho de que el señor del castillo fuera un hombre rico,
poderoso, confiado y arrogante.

Dallon tomó un aliento profundo, deseoso de arriesgar su seguridad, si con ello había alguna
oportunidad de salvar la vida de Rhianna.

-"Quiero tu palabra, Rayven, júrame que no le harás daño”.

-"La tienes”.

-"O cualquier otra cosa”.

Rayven vaciló sólo un momento. –“Te doy mi palabra”. Esperó, abriendo y cerrando las manos
nerviosamente mientras Montroy tomaba una decisión.

Después de unos minutos que parecieron horas, oyó el ruido inconfundible de pesadas cadenas
arrastrándose y el crujido de los clavos al arrancarlos de la madera.

Habían sellado bien su lugar de descanso, Rayven filosofó. Habían enrollado el ataúd con pesadas
cadenas, luego habían clavado la tapa sellándola con clavos de plata, sin duda. Él sonrió torcidamente.
¿También lo habían rociado con agua sagrada?

Rayven entrecerró los ojos ante el brillante resplandor de una vela al levantar Montroy la tapa.

Dallon juró suavemente, cruzándose frente a Rayven cuando este se levantó.

Sintiéndose como si hubiera sido rescatado del mismo infierno, Rayven salió del ataúd.

Gruñó suavemente cuando el olor a ajo llenó sus ventanas de nariz. Mirando hacia abajo, vio el suelo
lleno de ellos.

Dallon Montroy se apartó, sintiendo cómo el color abandonaba su rostro cuando los profundos ojos
negros de Rayven encontraron su mirada.

-"Es verdad" exclamó Montroy, su mano cerrándose alrededor del martillo.-“Todo es verdad".

-"Ciertamente" convino Rayven. Miró la gruesa cruz de oro colgando alrededor del cuello de
Montroy. -"Eso no te protegerá”.

-"Me diste tu palabra”.

-"Así lo hice". Rayven pasó su capa alrededor de sus hombros, luego se acercó amenazante a
Montroy. Podía oír la sangre fluyendo en las venas del hombre, oír los rápidos latidos de su corazón.

Aspiró profundamente, oliendo el aroma de la sangre, despertándose su hambre.

Montroy se apartó hacia atrás hasta que rozó la pared. -"Me diste tu palabra" repitió, con su pulso
latiendo salvajemente mientras escrutaba los ojos de Rayven. Ojos enrojecidos como carbón ardiendo
con fuegos infernales, ardiendo en su mente, consumiendo en llamas sus esfuerzos por resistirse. Trató
de apartar la mirada, trató de alzar su brazo para golpearlo con el martillo. Pero no podía apartar su
mirada ni reunir la fuerza necesaria para levantar su brazo.

-"Perdóname" gimió Rayven y sujetando el brazo izquierdo de Montroy, hundió sus colmillos en la
blanda carne de la muñeca del vizconde.

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Montroy indefenso, cerró los ojos, sorprendido de apenas sentir dolor. El martillo se deslizó
inadvertidamente de su mano.

El hambre bramó en el interior de Rayven, pero reunió la suficiente fuerza de voluntad para
dominarla. Tres largos tragos, una cantidad suficiente para apaciguar el hambre antes de ir hasta
Rhianna.

Aspiró profundamente, tranquilizado al disminuir su hambre. Después de lamer la herida en la


muñeca del vizconde, y unas pocas gotas de sangre caídas, soltó el brazo de Montroy y se marchó.

Subiendo las escaleras del sótano de dos en dos, se apresuró hasta la cámara de Rhianna.

Bevins estaba allí, atado de brazos y manos a una robusta silla de madera. Recibió con una sonrisa a
Rayven cuando entró en el cuarto. -"Me alegro de verle, Su Señoría".

-"Y yo también a ti" contestó Rayven de manera concisa. Con un movimiento de muñeca, puso en
libertad a Bevins. -“Desházte de Montroy y luego tráeme un vaso de vino".

-"Sí, Su Señoría".

Alzando a Rhianna en sus brazos Rayven abandonó el cuarto, subiendo velozmente por la escalera
que daba a la torre del este. Había adelgazado mucho, pensó. Sus latido eran lentos, su pulso disparejo.

Entró en el cuarto cerrando la puerta tras de sí, luego depositó cuidadosamente a Rhianna en su
cama. La cubrió con las sábanas, su corazón desgarrado por el dolor mental y físico que le había
causado.

-“¿Rhianna? ¡Rhianna!”.

Ella gimió suavemente, luego sus párpados se levantaron. –“¿Rayven?”.

-"Estoy aquí, mi amor".

Ella trató de sonreír, pero el esfuerzo fue demasiado grande. -"Quédate... Por favor... "

-"Nunca te abandonaré de nuevo. Te lo juro". Sentado sobre el borde de la cama, acercó su muñeca a
su boca y abrió su vena con los dientes. -"Toma debes beber esto".

Ella clavó los ojos en él, sin comprender.

Mascullando un juramento, presionó la muñeca sangrante sobre su boca. -"Bebe, Rhianna".

Sus ojos se agrandaron cuando se dic cuenta de lo que él quería, y luego negó con la cabeza.

-"Bebe, Rhianna. Es la única manera".

Su voz la envolvió, suave como algodón, exigiendo su conformidad. Ella no quería obedecerle, pero
estaba indefensa contra el oscuro poder de sus ojos. Cuando acercó su muñeca a sus labios de nuevo,
trago varias veces.

Lo suficiente para restaurar su salud, sin embargo él ansiaba darle más, para pasarla por el camino
de la mortalidad a la inmortalidad, para conservarla a su lado para siempre. Pero en el mismo momento
en que cruzó el pensamiento por su mente, supo que ella le odiaría por ello. Y a pesar de ello... Cerró sus
ojos, al sentir el calor de su boca en su carne, la sensación de su sangre fluyendo a través de ella. Qué

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éxtasis sería beber de ella hasta llevarla al extremo de la muerte y hacerle luego beber la suya a
cambio, para así ser suya para siempre. Con un gemido, apartó su muñeca y pasó su lengua sobre la
herida para cerrarla. -"Ahora duerme".

-"No".

-"Estaré aquí cuando despiertes".

-"Tu... ¿Me lo prometes?”.

-"Te lo prometo".

-"Abrázame”.

Con un gemido estrangulado, la rodeó con sus brazos y la sostuvo hasta que se durmió. -"Perdóname"
susurró. Una sola lágrima ensangrentada cayó sobre su mejilla, y se la enjugó, despreciando todo lo que
él era, el dolor que le había causado. -"Por favor, mi amor, perdóname”.

Cuando estuvo dormida, la recostó de nuevo sobre la cama y la tapó con su capa.

Un momento más tarde, Bevins entró en el cuarto llevando una jarra y una copa. Sin palabras, llenó el
vaso y se lo dio a su señor.

-“¿Dónde está Montroy?”. Preguntó Rayven.

-"Le envié a su casa. Pero no quiso irse".

-“¿Está bien?”.

-"Parecía un poco aturdido".

Rayven asintió. -"Hablaré con él más tarde. ¿Dónde está Ada?”.

-"Se fue a su casa temprano esta tarde”. Dijo que volvería mañana para, ah... ". Bevins pasó un dedo
por su garganta. -"He cerrado las puertas del castillo, Su Señoría. Nadie le molestará”.

-"Bien hecho”. Rayven bebió un sorbo de la copa, miró fijamente el vaso, y luego tomó otro trago.
–“¿Qué es?” preguntó.

Bevins aclaró su garganta, preguntándose si había cometido un grave error. -"Un poco de vino, Su
Señoría". Vaciló, mientras un escalofrió lo recorría cuando le devolvió la mirada a su señor. –“Mezclado
con una gran cantidad de sangre".

-“¿De quien?”

-"De la señora Rhianna. El doctor me pidió que me deshiciera de ella".

Rayven se quedó mirando fijamente la copa durante un largo momento y luego, lentamente, casi
respetuosamente, bebió el líquido rojo y caliente. Él sintió como su fuerza y sus poderes regresaban,
mientras su sangre se dispersaba en su interior, llenándole de un familiar calor. Pero eso no era
suficiente para reemplazar las semanas de pasadas sin alimentarse.

Su mirada se concentró en Bevins, Rayven depositó la copa sobre la bandeja.

-“¿Su Señoría?”.

201
-"Lo siento”.

Con aprobación, Bevins se arremangó su manga de la camisa y tendió su brazo.

Estaba soñando, soñando con Rayven. Soñando que él estaba allí a su lado, sosteniéndola cerca. Podía
sentir su aliento sobre su mejilla, oír su voz murmurando que la amaba, mendigando su perdón.

Con un suspiro, se acurrucó bajo las cubiertas, esperando que el sueño nunca acabara.

-“¿Rhianna?”.

Sonrió mientras el sonido de su voz la acariciaba. Había soñado con él todas las noches desde que la
había abandonado, pero nunca como ahora. Parecía tan real.

Pasó la manta sobre su cabeza para bloquear la luz, frunció el ceño cuando sus dedos tocaron
terciopelo y seda.

Se quedó sin aliento mientras sus ojos se abrieron repentinamente y se quedó mirando fijamente su
rostro. –“¡Rayven!”.

Él le sonrió, sus bellos ojos oscuros llenos de amor.

-“¿Estas aquí? ¿Estas realmente aquí?” Tentativamente, pasó la mano por su mejilla. Su piel era
fresca y suave bajo las yemas de sus dedos. -"Dime que no estoy soñando.

-"No estas soñando, mi dulce". Cogió su mano y la llevó a sus a sus labios.

-"Estabas en peligro”. Atrapó su mano entre las suyas y la presionó sobre su corazón. -"Lo podía
sentir, aquí dentro. Querías morir. Te estabas muriendo".

-"Y tu decidiste morir conmigo".

Rhianna asintió. -"No quiero vivir sin ti, mi amor".

El cerró sus ojos como si estuviera sufriendo profundamente.

-“¿Rayven? ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que ocurre?”.

-"Nada, mi dulce. Tengo la intención de asegurarme de que hagas todo lo que desees, todo lo que
mereces”.

-“¿Mi señor?” Ella le contempló, preguntándose por qué sus palabras de seguridad la habían dejado
repentinamente inquieta.

-“Duermete, Rhianna".

-“¿Me abrazarás?”.

Ocultó el dolor que lo embargaba mientras la atrajo entre sus brazos y la sujetó hasta que se
durmió, con la certeza de que en breve debería dejarla marchar.

En la última hora antes del amanecer, Rayven logró llegar por medio de voluntad hasta la hacienda de
Montroy.

202
Un trueno retumbó en el cielo; la lluvia empezó a caer con intensidad. Se apretó más su capa a su
alrededor, deseando estar de regreso a su cuarto, sosteniendo a Rhianna entre sus brazos. Pero ya
tendría tiempo suficiente, cuando hubiera terminado con el asunto que le traía hasta allí.

La casa de Montroy estaba oscura, todas las puertas ventanas cerradas.

-"No me dejaras entrar fácilmente" Rayven masculló. Sonriendo abiertamente, fue a la parte de
atrás de la casa dónde, con un movimiento de su mano, hizo saltar el cierre de la puerta trasera.

Andando silenciosamente, subió por las escaleras hasta la habitación donde dormía Montroy y entró.

Durante un momento, contempló a Montroy y luego, usando su poder, habló en la mente de Dallon,
ordenándole que olvidara todo lo que había ocurrido con Rhianna, que olvidara que Rayven había tomado
su sangre, y que alguna vez en la vida hubiera creído que Rayven era un vampiro.

Recuerda sólo que somos amigos, y que amo a Rhianna, ordenó Rayven. Si alguien te pregunta, me has
visto cenar en tu mesa, me has invitado a tu casa, y nos hemos encontrado en el club, y nunca me has
visto hacer nada diferente a los demás hombres.

Se sintió momentáneamente arrepentido al asegurarse de borrar todo lo necesario en la mente del


vizconde, pero no había otra opción. La otra alternativa era destruir al hombre, y no podía hacer eso.

Dejó la casa de Montroy tan silenciosamente como había llegado. Su siguiente parada fue en la casa
de Ada McLeod. No era tan fácil manipular la mente de Ada. Su odio y su desconfianza levantaban una
barrera que fue difícil de derribar, pero, al final, Rayven lo consiguió, borrando de su memoria la
enfermedad de su hija y su intención de destruirle.

Satisfecho con haber hecho lo correcto, dejo la casa y regresó al castillo.

Hizo una pausa antes de alcanzar la cima de la montaña. El castillo se levantaba como una alta mole
de piedra gris oscura y madera envejecida, la niebla siempre presente gravitaba sobre él como si fuera
el aliento de un hada, brillando la luz de luna sobre las torres de color plata.

Cerró la puerta de la habitación, se desvistió, y se deslizó en cama al lado de Rhianna. La atrajo


hasta sus brazos, su corazón rebosando de emoción cuando ella murmuró algo ininteligible y luego se
acurrucó confiadamente junto a él, el calor de su cuerpo calentando su cuerpo, alejando el frío de la
noche.

Ah, Rhianna, pensó mientras acariciaba suavemente su pelo. ¿Sabes cuánto te amo? ¿Cuánto te
necesito?

Gimió suavemente mientras ella se acercaba más a él. Su cercanía excitó su deseo, enardeció su
hambre, el hambre maldita, que cada vez surgía con más fuerza desde que había regresado a su lado.
¿Estaba perdiendo el control porque le había dado su sangre, o era que el monstruo ya controlaba su
alma?

Depositó un beso en su mejilla y sintió como sus colmillos se alargaban. Sería tan fácil tomarla
mientras dormía y beber y beber, para transformarla en lo que él era. Entonces sería realmente su
compañera por siempre, para siempre.

¡No! Gritó la palabra en su mente. No podía, no la condenaría a una vida de oscuridad.


203
Con gran esfuerzo, aquietó el hambre, preguntándose, como lo había conseguido y por cuánto tiempo
más podría mantenerla bajo control.

CAPÍTULO VEINTISIETE

Rhianna se despertó lentamente, con una maravillosa sensación de bienestar en su interior cuando
abrió los ojos y vio a Rayven yaciendo a su lado. Anteriormente el verle yaciendo a su lado, como si
estuviera muerto la había asustado un poco. Pero nunca más. Él no estaba muerto, sólo durmiendo.

Una sonrisa calentó tiernamente su corazón cuando acarició su mejilla con las yemas de sus dedos, y
luego se inclinó y besó sus labios. Él estaba aquí, y eso era todo lo que importaba.

Le miró placidamente durante un rato, su visión la llenaba de una alegría inexpresable. Apartó de su
frente un negro mechón de pelo, resiguió la línea de sus cejas, la débil y pálida cicatriz de su mejilla.

Él no se movió, pero, en su corazón, sabía que se daba cuenta de su toque, de su presencia.

-"Duerme tranquilo, mi señor marido" murmuró.

Levantándose, se puso una bata sobre su camisón y abandonó el cuarto, deteniéndose antes de salir
de la torre para cerrar la puerta por fuera.

Encontró a Bevins abajo, sentando en la mesa de cocina, sorbiendo una taza de té.

-“¡Señora!”. Sobresaltado al ser tomado por sorpresa, Bevins se levantó inmediatamente. -"Lo siento,
no me di cuenta de que usted estaba arriba. ¿Le preparo el baño?”.

-"Luego. Por favor, siéntate, Bevins. ¿Te importa si te hago compañía?”.

Bevins frunció el ceño. -"No es correcto señora".

-"Oh". Con los hombros hundidos se giró para marcharse.

-“¡Señora, espere!”. Bevins acercó una silla. -"Por favor, siéntese. ¿Le gustaría tomara a una taza de
té? ¿Un bollo?”.

-"Sí, gracias". Le sonrió mientras le preparaba el té con azúcar y le añadía leche. –“¿Crees Bevins
que son realmente necesarias tantas formalidades entre nosotros?

-“¿Perdóne, señora?”.

-“¿Por qué no me llamas solo Rhianna?”.

-"Me temo que eso no sería lo correcto" contestó Bevins, sentándose frente a ella. -"Lord Rayven... "
Cogió su taza y se quedó mirando su contenido. -"Me temo que a él no le gustaría”.

-"Tal vez podrías llamarme Rhianna cuando estemos solos”.

-"No lo creo, señora".

-"Esta bien, Tom. No quiero que te sientas incómodo".

Rhianna terminó su té y luego se levantó.-“¿Te importaría prepararme el baño?”.

-"Será un placer, señora. ¿Querrá desayunar después?”.

204
-"Sí, gracias".

Más tarde, Rhianna le pidió a Bevins que la llevara a ver a su madre.

Ada los recibió en la puerta de su casa. -"Rhianna, qué bien te ves" le dijo. Le dio un abrazo a
Rhianna y sonrió calurosamente a Bevins. –“Entrad, entrad”.

Rhianna miró a Bevins y que frunció el ceño desconcertada por el alegre estado de ánimo de su
madre.

Ada los llevó al saloncito. -"Siéntense los dos. ¿Puedo traerte algo de beber? ¿Limonada, una taza de
té?”.

-"La limonada estará bien, mama. ¿Dónde están las chicas?”.

-"Han ido al pueblo a visitar a Aileen. Sentirán no haber estado. ¿Sr. Bevins, puedo traerle algo de
beber "?

-"Sí, muchas gracias, señora McLeod. Limonada también estaría bien”.

-“¿Quieres que te ayude, mama?” Preguntó Rhianna.

-"No, hija. Solo será un minuto".

Rhianna miró a Bevins y negó con la cabeza. -"Creí que estaría enfadada”.

Bevins asintió. Era obvio que algo extraño estaba pasando. Y cada vez que ocurrían sucesos
extraños, Lord Rayven siempre estaba detrás de ellos.

Pasaron una hora con Ada, charlando del clima, del embarazo de Lanna y del nuevo enamoramiento de
Aileen. Ada preguntó por Rayven, expresando su pesar de que no hubiera podido acompañar a Rhianna,
urgiéndola a que lo trajera la próxima vez.

-"No lo entiendo" comentó Rhianna cuando Tom y ella se marcharon a su casa. Mi madre nunca ha
ocultado el hecho de que Rayven le desagrada. ¿A usted que le ha parecido todo esto?”.

-"No lo sé, señora" Bevins contestó. -"Quizá Lord Rayven sepa algo".

-“¿Por qué habría de saberlo?”.

-"Quizá debería preguntarle”.

-"Esta usted muy misterioso Tom".

-"Sí, señora".

-“¿Qué es no lo que no quiere decirme?”.

Una expresión afligida se reflejó en su rostro. -"Señora, por favor".

-"Oh, esta bien" mascullo Rhianna y luego lo miró astutamente. –“¿Le ha dicho él algo?”.

Bevins emitió un profundo suspiro. -"Él tiene poderes, señora".

-“¿Poderes para hacer qué?”.

-"Creo que quizá Lord Rayven ha borrado ciertas cosas de la memoria de su madre”.

205
Rhianna se echo hacia atrás con asombró. –“¿Puede él hacer eso?”

Bevins asintió. -"Por favor no le diga que yo se lo conté”.

-"No lo haré. ¿Lo hace muy a menudo?”.

-"No podría decirlo, señora".

Rhianna se recostó sobre el asiento ensimismada, hasta su casa.

Se puso un traje de terciopelo verde oscuro para cenar. Era uno de sus vestidos favoritos, con un
profundo escote en uve y mangas acampanadas ribeteadas con fino hilo irlandés. La falda era suave y
acampanada y oscilaba graciosamente a su alrededor cuando se movía.

Antes de salir de su cuarto, se miró al espejo estudiando su imagen. Ante la expectativa de


encontrarse con él, sus ojos brillaban de excitación y sus mejillas estaban suavemente sonrosadas.
Había dejado su pelo suelto porque una vez Rayven le había dicho que lo prefería de ese modo.

Volviendo la espalda al espejo, salió corriendo de su cuarto y subió por las escaleras de la torre. Él
se despertaría en un momento, y quería estar allí.

Entró corriendo en su cuarto. Todavía estaba dormido. Se sentó al borde de su cama y cogió su
mano.

Los latidos de su corazón se aceleraban al medida que el sol se ponía y ella sintió como la fuerza de
la vida fluía a través de él, fuerte y segura como un río rugiente. Un momento más tarde, sus párpados
se abrieron.

Rhianna le sonrió. -"Buenas noches, marido mío” le dijo suavemente, y se inclinó para besarle.

Su mano pasó alrededor de su nuca, acercándola mientras él profundizaba su beso. Con un suspiro,
Rhianna se derritió contra él, sus manos rozaron su pecho desnudo, deslizándose lentamente por su
vientre hacia abajo.

Él se quedó sin aliento mientras su mano le acariciaba y al instante siguiente sin saber exactamente
cómo podía haberlo hecho tan rápido, ella yacía desnuda debajo de él sintiendo el roce de las frías
sabanas bajo su espalda y su aliento acariciando su mejilla.

-"Rhianna... Rhianna... " Repetía una y otra vez su nombre, incapaz de detenerse, incapaz de resistir
el deseo de enterrarse profundamente en su interior, de hacerla suya. El aroma de su sangre le
tentaba, inflamando su hambre.

Ella gimió suavemente, sus manos moviéndose desasosegadamente sobre su espalda y sus hombros
mientras él se movía en su interior. Sintió que sus labios acariciaban sus pechos, y luego el afilado
pinchazo de sus dientes en su piel.

Experimentó una oleada de placer sensual y cuando él no se detuvo, y bebió y bebió de nuevo, ella se
enfrió de repente con temor.

-"Rayven... "

-“¡Rhianna, pídeme que me detenga!”.

206
Él la contempló a través de una niebla roja mientras el hambre y el deseo se mezclaban como una
sola cosa, rugiendo en su interior como si surgieran del mismo infierno amenazando con arrasar todo lo
que encontrara en su camino.

Rhianna se echó hacia atrás para mirarle, indefensa y vulnerable. Miró sus ojos, negros como la
noche, refulgiendo sobre los suyos y supo en ese momento, que estaba mirando a la muerte frente a
frente.

-“¡Rhianna!”.

Oyó el miedo en su voz, el dolor subyacente mientras el hambre se enroscaba en su interior,


amenazando con consumirlos a ambos. Temiendo por su propia vida, retrocedió al ver la agonía en su
rostro.

-"Rhianna... ¡Ayúdame!” Ahora el respiraba pesadamente, aterrorizado por que el hambre le venciera
y la destruyera.

-"Te amo”. Murmuró repetidamente las palabras, sabiendo que nunca habían significado tanto.
Sabiendo él que nunca había necesitado tanto oírlas y creer en ellas.

Con un grito ronco, la apartó de él, agarró su capa, y salió del cuarto.

-“¡Rayven!”.

El sonido de su voz le siguió escaleras abajo. Hizo una pausa para pasar la capa alrededor de sus
hombros, y luego salió corriendo, más rápido de lo que los ojos mortales podían apreciar, escapando de
la única mujer a la que había amado en toda su vida, del aroma de su sangre, de la confianza de sus ojos.

-“¡Estúpido!” Gritó al viento la palabra que le perseguía a través de la noche. –“¡Estúpido!”.

Era un tonto al pensar que podría tenerla, que podía tomar su sangre y darle a ella la suya y a pesar
de ello podría negar lo que era. Qué idiotez, al pensar que podría vivir como un mortal, que podría
mantener el hambre siempre a raya. No era un hombre, no había sido un hombre desde hacía casi
cuatrocientos años. Era un vampiro, y todos los deseos del mundo no podrían cambiar eso.

Ahora sabía lo que tenía que hacer. Sólo había una forma de mantener a Rhianna a salvo del
monstruo. Sólo una forma de protegerla de lo que él era. Se levantaría temprano mañana por la noche.
Se alimentaría bien para que la dulzura de Rhianna no le tentara. Borraría la memoria de su mente, y
luego saldría al encuentro del sol. Ante la imposibilidad de vivir sin ella, daría la bienvenida a la muerte.

Buscó cobijo en una profunda cueva al lado de la montaña del árbol del Diablo. Cubierto con su capa,
permaneció mirando al vacío. Al atardecer, saldría a buscar a Rhianna. Pasaría una última noche en su
compañía, la sostendría entre sus brazos y luego mientras ella estuviera durmiendo borraría su
memoria. Montroy le daría todas las comodidades que el dinero podía comprar. La cuidaría y la amaría;
Con el tiempo, le daría un hijo. El pensar en Rhianna acariciando a Montroy le causó un profundo dolor en
el fondo de su corazón. Pero era la única manera de asegurarse de no destruirla. Ya no confiaba en sí
mismo, no se sentía lo suficientemente fuerte para resistirse al deseo de pasarla al lado oscuro.

Con la llegada del amanecer, se acomodó en la tierra húmeda, pasó su capa sobre su cabeza, y esperó
a que la oscuridad lo envolviera por última vez.

207
-“¿Salvatore?". Pensó al borde del sueño, -"¿Cómo has sobrevivido durante tanto tiempo sin perder
la razón?”.

Se despertó una hora después de la puesta del sol e inmediatamente supo que no estaba solo en la
caverna.

-"Nunca hubiera creído que fueses tan dormilón".

La voz, despreocupada y familiar, fluyo sobre él.-“¿Salvatore? ¿Eres tu?”.

Una suave risa llenó la cueva. -"Rayven, amigo mío, ha pasado demasiado tiempo".

Rayven se levantó y tapó su desnudez con la capa. Ahora podía ver al otro vampiro apoyado
negligentemente contra la pared de la cueva, sus brazos cruzados sobre su pecho. –“¿Qué te trae por
aquí?”.

-"Tu, por supuesto. ¿Qué otra cosa me traería hasta este lúgubre lugar?”.

-"No te entiendo".

-“Tu me llamaste, ¿no es verdad?”.

Rayven frunció el ceño y luego asintió.

-"Habría venido antes, pero….” Salvatore se encogió de hombros enfáticamente. -"Estaba


descansando cuando oí tu llamada". Sonrió. -"Tu ya me entiendes, me tomó algún tiempo para recuperar
mis fuerzas".

Rayven asintió. Eso era lo que hacían los más viejos, reposar en la tierra cada cien años más o menos.

-"Entonces, amigo mío, dime que es lo que tanto te perturba”.

Con pocas palabras, Rayven le habló de Rhianna a Salvatore, de su temor por su seguridad, de su
deseo creciente de transformarla en lo que él era, y la seguridad de saber que ella le odiaría si lo hacía.

-"Para ella ya no es seguro estar a mi lado". Miró a su amigo con ojos atormentados. -"Y tengo pocas
ganas de seguir viviendo sin ella".

-“¿Así que tienes la intención de destruirte?”.

-"Es la única forma".

-"No" Salvatore contestó suavemente. -"Hay otra".

-“¡Explicamela!”.

-“¿Deseas renunciar a la oscuridad, ser mortal de nuevo?”.

Ser mortal otra vez. ¿Era eso posible? ¿Realmente quería serlo? ¿Todavía le amaría Rhianna si él
fuera mortal? Ella conocía la seducción de su sangre de vampiro, el poder subyacente que envolvía todo
lo que hacía y decía. ¿Sería posible que le quisiera si sólo fuera un hombre?

-"Sí, si tú verdaderamente lo deseas”.

Él pensó en su vida sin ella, y luego en como sería compartir una vida entera con ella, cada uno de sus
días. –“¿Cómo? ¿Cómo puedo hacerlo?”.

208
-"Es muy peligroso, amigo mío, y a menudo fatal".

-"Es un peligro que estoy dispuesto a correr".

-“¿En verdad deseas abandonar la inmortalidad por esa mujer?”.

Rayven asintió. -"Por favor, Salvatore, dime lo que debo hacer".

-"Primero me gustaría conocer a esta mujer".

-" Salvatore... "

-"No puede hacerse ahora mismo, amigo mío. Tenemos tiempo".

Rhianna bajó corriendo las escaleras para reunirse con él. Le pasó los brazos alrededor de su cuello,
acercándolo, sin darse cuenta de la presencia del otro hombre.

-“¿Dónde estabas? ¿Dónde has estado? He estado tan preocupada".

-"Estoy bien, mi dulce" le dijo Rayven. Miró por encima de su hombro a Salvatore. -"Por favor, sigan,
como si no estuviera".

-"Disculpe" dijo Rhianna mirando fijamente al hombre de pie entre las sombras del portal. -"No le
había visto".

Salvatore se inclinó respetuosamente. -"Señora".

-"Rhianna, éste es Salvatore. ¿Recuerdas que te hablé de él?”.

Ella asintió, mientras un repentino escalofrió le recorrió la columna. Salvatore era un vampiro, se lo
había dicho Rayven, un vampiro muy viejo y muy poderoso.

Una débil sonrisa jugueteó en los labios de Salvatore. -¿Le molesta que esté aquí, mi señora?”.

-"No". Era una mentira, y todos lo sabían.

-"Ven conmigo, Rhianna" dijo Rayven. -"Salvatore si nos disculpas, solo será un momento”.

Rhianna siguió a su marido escaleras arriba, con mil preguntas en su mente.

Se sentó en el borde de la cama, mirando a Rayven mientras él se vestía. –“¿Por qué esta aquí?”.

-"Le necesito. Se vistió rápidamente, luego se arrodilló a sus pies y la cogió de las manos. –“¿Rhianna,
me amarías igual si yo fuera mortal?”.

-“¿Qué es lo que quieres decir?”.

-“¿Si yo pudiera ser humano de nuevo, todavía me amarías, querrías entonces pasar toda la vida
conmigo?”.

-"Por supuesto". Ella le miró ceñudamente. –“¿Por qué no habría de hacerlo?”.

-"Hay un cierto poder intangible e inherente en los vampiros. Tú no puedes darte cuenta, pero allí
está. A algunas mujeres les atrae el poder, pero no el hombre en sí".

-“¿Rayven, qué es lo que estas tratando de decirme?”.

-"Salvatore me ha explicado que hay una forma de poder volver a ser mortal de nuevo".

209
Ella clavó los ojos en él por un momento, luego le paso los brazos alrededor de su cuello y lo abrazó
fuertemente. –“¡Eso sería maravilloso! ¿Cómo puede hacerse?”.

-"No lo sé". Él ahuecó su cara entre sus manos y la besó dulcemente, sintiendo agitarse el hambre en
su interior ante el olor a la vida. –“Vamos a enterarnos”.

-"En realidad es sorprendentemente simple" dijo Salvatore. "Unas pocas palabras, un derramamiento
de sangre... " Sus oscuros ojos color café se posaron con hastío en Rayven. -"La fe es la que lo hace
posible".

-"Parece demasiado fácil".

-"Aquí es donde entra la fe, amigo mío”.

-"Debemos hacerlo ahora, esta noche" dijo Rayven. Ya no podía esperar más. No sabía por qué el
hambre le atormentaba tan fuertemente. ¿Era porque le había dado su sangre a Rhianna? Había creído
que, después de cuatrocientos años podía controlar el hambre, pero ahora sabía que eso nunca había
sido cierto. El hambre siempre sería su dueña. Podía detenerla, podía ser saciada, pero nunca sería
dominada.

-"Debe hacerse en una iglesia, tan cerca del amanecer como sea posible" dijo Salvatore.

Rayven asintió, aunque no pudo evitar pensar que un cementerio sería un lugar más adecuado en
donde llevar a cabo un ritual para un no muerto.

Salvatore colocó su mano sobre el hombro de Rayven. -"Debo hacer unos pocos preparativos. Nos
encontraremos en la capilla una hora antes de la salida del sol". Miró a Rhianna. -"Debes venir tú solo".

-"No" dijo Rhianna. -"Yo también quiero estar allí”.

-"Lo siento, señora, pero ningún mortal puede estar presente”.

-"Pero... "

-"Ustedes seguramente querrán pasar juntos estas horas".

-“¿Quiere decir, que podrían ser las últimas, no es verdad?”.

-"Cabe esa posibilidad, mi señora". Salvatore puso la mano sobre su hombro, en un gesto de simpatía
y afecto, luego miró a Rayven. -"Una hora antes del amanecer, amigo mío. No te retrases".

-"Allí estaré.

Rhianna esperó hasta que estuvieron a solas, luego cogió a Rayven de la mano. -"No hagas esto".

-"Debo hacerlo".

-"No. Transfórmame en lo que tú eres. Hazlo ahora".

-"No, Rhianna. Tu no lo deseas, y me odiarías por ello".

-"Entonces sigamos como hasta ahora. Por favor, Rayven, estoy muy asustada”.

-"No podemos continuar tal como estamos" dijo Rayven con la fuerte convicción en su interior. -"Ya
no puedo seguir controlando mi hambre". Incluso ahora podía sentirla creciendo, alzándose en su

210
interior, urgiéndole a pasarla al lado oscuro, a beber de su dulzura hasta que se hubiera saciado de ella.
Sentía a la bestia rugiendo profundamente en su interior, sentía sus garras arañando por su libertad.

-"No permitiré que lo hagas" dijo Rhianna. -"Ha dicho que es peligroso”.

-"Tu también estas en peligro, Rhianna".

Ella se quedó mirándolo fijamente, sus ojos brillaban enrojecidos con una luz infernal. -"No lo
entiendo. ¿Quién te ha hecho esto?”.

-"Esto es lo que soy, Rhianna, lo que siempre he sido. No puedo resistirme a ello por mucho tiempo
más".

-"Rayven... "

Él levantó su mano, rozó con sus labios la palma. Hubiera deseado hacerle el amor, pero no se atrevía
a aprovechar esta última oportunidad. El hambre siempre se despertaba con mayor intensidad en los
momentos de pasión.

-"Ve a buscar a Bevins" dijo, con su voz ronca. -"Quédate con él. Él te cuidará”.

-"No. Por favor déjame quedarme contigo hasta que llegue la hora".

-"Vete, Rhianna. Te lo ruego, si me amas lo suficiente, déjame solo".

-"Te amo. Siempre te amaré" lloró ella.

-"Entonces vete. Por Favor, Rhianna".

Odiándose por su cobardía, asustada por lo que podría ocurrir si lo desafiaba, abandonó el cuarto.

Salvatore le estaba esperando dentro de la capilla. Llevaba puesta una capa de un profundo azul
oscuro con una gran capucha. Sujetaba una pequeña taza de madera entre en sus manos.

-"Debes confiar en mí para poder hacer esto" dijo Salvatore. -"Cualquier duda por tu parte puede
ser fatal".

Rayven asintió.

-"Bebe todo esto".

-“¿Qué es?”.

-"Una antigua mezcla hecha de ajo, un poco de dedalera, un pellizco de musgo, los pétalos secos de
una rosa blanca, milenrama y lavanda y unas gotas de acónito. Y suficiente cantidad de vino tinto para
poder hacerlo sabroso".

-¿Esperas que lo beba?”.

Salvatore asintió con expresión solemne.

Rayven tomó la taza, la olisqueó, arrugó su nariz con desagrado, y bebió de un trago el contenido.
–“¿Ya está?”.

-"Esto es sólo el comienzo. La poción debe purificar tu sangre. Ahora viene la parte mas dura.
Quítate la camisa, y acuéstate sobre el altar".

211
Con el corazón latiendo desbocado, Rayven hizo lo que le pedía. El altar, de mármol blanco, estaba
frío debajo de él. Las palabras, frías como una tumba, revolotearon en el fondo de su mente.

Con rapidez, Salvatore encendió todas las velas de la iglesia. Un débil resplandor rosado llenó la
capilla. La luz de luna pasaba a través del cristal sobre el altar, reflejando puntos de luz rojiza sobre
los brazos y pecho de Rayven. Salvatore se situó al lado del altar. –“¿Estas seguro de que es ésto lo que
deseas hacer?”.

-“Sí. ¡No, espera un momento!” Rayven se levantó, sus manos agarrando fuertemente la túnica de
Salvatore. -"Antes debo ver a Rhianna, debo borrar mi memoria de su mente".

-"Si esto tiene éxito, no será necesario. Si no lo logras, yo mismo haré que ella no recuerde nada de
ti ni de esta noche".

Con aprobación, Rayven se recostó sobre el altar de nuevo.

Introduciendo la mano entre los pliegues de su capa, Salvatore sacó una fina daga. La empuñadura
estaba hecha de madera, el filo de plata maciza brillaba a la luz de las velas.

Rayven clavó los ojos en la daga. –“¿Un sacrificio de sangre, viejo amigo?”.

-"Sí. ¿Cómo te sientes?”.

-"Débil".

-"Es por las hierbas. Limpian tu sangre".

Rayven clavó los ojos en el cuchillo, incapaz de apartar su mirada de la afilada hoja plateada. La
plata. Mortal para los vampiros. Un pequeño temblor de ansiedad le recorrió la columna vertebral.
–“¿Vas a herirme?”.

-"Aquí es donde entra tu fe. Cuando llegue el momento oportuno, voy a desangrarte hasta el
extremo de la muerte, y luego voy a devolverte a la vida, tu vida verdadera".

Rayven negó con la cabeza. Trató de levantarse, pero sentía sus extremidades pesadas,
abotargadas. -"No... "

-"Debes confiar en mí, amigo mío. Las hierbas son la primera parte del proceso. Neutralizarán el
componente vampírico de tu sangre y te permitirán resistir la llegada del amanecer”.

-"Mencionaste la fe... "

-"Ciertamente. Si, en lo profundo de tu corazón, tienes verdaderamente el deseo de dejar de ser


inmortal, entonces te levantarás con el amanecer siendo un mortal en todos los aspectos. Si tienes
alguna duda, el sol te destruirá".

Multitud de preguntas inundaron su mente, pero carecía de la fuerza suficiente para expresarlas en
voz alta. Su cuerpo estaba entumecido; No podía mantener los ojos abiertos. Su sangre circulaba
lentamente, caliente y pesada por sus venas.

-"Relájate". La voz de Salvatore parecía llegarle desde muy lejos.

212
Sintió un repentino dolor, bien definido en su muñeca izquierda y supo que Salvatore le había
cortado la vena. Podía sentir la sangre como abandonaba su cuerpo, podía oír los latidos de su corazón,
palpitando rápidamente por el miedo, desacelerándose a medida que la sangre era reducida
drásticamente de su cuerpo.

Rhianna...

Salvatore acercó que una taza a los labios de Rayven, forzándolo a beber. Él supo que era sangre, su
sangre, pero sabía como agua fresca y cristalina. Bebió de la taza una y otra vez, hasta que la nada le
absorbió, flotando en estratos de blancas y brillantes nubes. Había esperado sentir los fuegos del
infierno, perderse en la oscuridad. La luz quemó sus ojos y chamuscó su alma.

Esto es como lo debe sentirse al nacer, pensó. Rhianna...

Rhianna se paseaba de un lado a otro de la habitación, su mirada desviándose hacia la puerta una y
otra vez. Miró a Bevins, pero él negó con la cabeza. Y entonces oyó la voz de Rayven llamándola por su
nombre. El sonido de su voz era cada vez más débil, hasta que despareció.

Con un grito, salió del castillo, y corrió hacia la capilla.

La luz del sol se reflejaba en el edificio, iluminándolo con tonos dorados y rojizos, dándole un
aspecto sobrenatural.

Se detuvo abruptamente, el miedo hacía que se corazón latiera aceleradamente y su boca se secara.
Dio un paso adelante, y luego otro. La puerta estaba abierta. La luz del sol se filtraba a través de los
cristales, reflejándose sobre el cuerpo que yacía inerte sin moverse sobre el altar. Rayas rojas
manchaban el mármol blanco.

-"Rayven... " Su nombre salió como un murmullo de su boca. -"Oh, no... "

No supo como se había acercado, pero de repente estaba allí, a su lado. Su mirada escudriño su
cuerpo. Había sangre en el altar. Tenía que ser su sangre, pero no podía ver ninguna herida.

Puso una temblorosa mano sobre su pecho. Su piel estaba suave y fresca. Pero no podía detectar
ninguna latido en su corazón.

-“¡Rayven! Me prometiste que no me abandonarías. ¡Me lo prometiste!”.

Se arrojó sobre su pecho, las lágrimas ardiendo en sus ojos. -"Lo prometiste".

Se echó a llorar, las lágrimas cayendo sobre su pecho, mezclándose con la sangre del altar. -"Por
favor no me dejes”.

-"Rhianna... "

Su voz, retumbo en su mente. Pero era real. Lentamente, levantó su cabeza, abrió sus
ojos.-“¿Rayven? ¡Estas vivo!”.

-"Parecer ser que sí". Él supo instantáneamente que había perdido sus poderes. Los colores eran
menos brillantes. No podía oír nada más allá de las paredes de la capilla. Aspiró profundamente, y las
ventanas de su nariz se llenaron del aroma de las velas de cera, del roció y del perfume de Rhianna.

213
Ningún rastro de sangre enardeció sus sentidos. Las pulsaciones de su corazón no retumbaban en sus
oídos.

Se levantó lentamente. Se sintió extrañamente ligero, tranquilo. Y luego sonrió. El hambre se había
ido. Por primera vez en cuatrocientos años, era libre... Libre de la oscuridad que había sido su constante
compañera, libre del hambre que le había dominado. Miró a Rhianna. Ella era bella, la visión mas hermosa
que había visto en toda su vida. Por primera vez desde que la había encontrado, su sangre no le tentó.

Rhianna le observaba cuidadosamente. –“¿Estás bien?”.

-"Soy mortal de nuevo" contestó. -"Parece que no puedo prometerte ya nunca más la eternidad".

-"Nunca quise “un para siempre"” dijo, la felicidad brillando en sus ojos. -"Sólo el tiempo de toda una
vida con el hombre que amo".

-"Y eso tendrás, mi dulce Rhianna". Él recorrió con la mirada el portal, mirando más allá a la brillante
la luz dorada. La luz le atraía, tentándolo con su calor, su pureza. El mundo que él quería, estaba afuera
esperándolo más allá de esa puerta. Un mundo que podría compartir con la mujer que amaba.

-"Rayven... "

La rodeó con sus brazos y besó las lágrimas de sus ojos. -"Ah, mi dulce Rhianna, Salvatore afirma
que ha sido la poción y mi fe lo que han hecho el milagro, pero yo tengo mejor criterio. Ha sido tu amor,
el que me ha liberado de la oscuridad".

La felicidad burbujeaba en su interior y la besó de nuevo con alegría, levantándose tomó de la mano
a Rhianna y salió andando a la luz del sol de un nuevo día, a una nueva vida.

EPÍLOGO

El Castillo de Rayven

Un año más tarde

Se asomó a la ventana, mientras observaba como salía el sol. Era una vista de la cual nunca se
cansaba, un milagro por el que nunca se sentiría lo suficientemente agradecido.

Durante los primeros días después de haber recobrado su humanidad, había pasado largas horas
gozando del calor del sol, sintiendo su calidez en su rostro mientras paseaba por los jardines, o se
sentaba en el banco en el centro del laberinto, reflexionando sobre su pasado, esperando con ansia el
futuro.

Observó como el cielo se iluminaba por la luz del día, venciendo a la noche. El sol, tan brillante y
bello. Su calor había desterrado las últimas oscuridades de su alma.

Habían cambiado muchas cosas durante el último año. La hermana de Rhianna, Aileen, había dado a
luz a gemelos. Montroy había decidido efectuar un viaje alrededor del mundo. Bevins se había casado
con la madre de Rhianna y se había mudado a su casa.

Un suave arrullo distrajo a Rayven de su observación del amanecer. Volviéndose de espaldas a la


ventana, cruzó la habitación.

214
-"Shh, pequeña. Tu mamá necesita dormir". Sonrió mientras levantaba de la cuna a su hija recién
nacida. –“¿Cómo amaneciste, mi bella Alisha? ¿Has dormido bien?”.

Ella era otro milagro, pensó con su corazón rebosante de amor mientras estrechaba con suavidad al
bebe entre sus brazos. Todavía no podía creer que fuese suya, que después de cuatrocientos años de
oscuridad, hubiera podido engendrar una niña fuerte y saludable, con el pelo rubio y ojos azules como un
cielo de verano.

Cuántos milagros en su vida, reflexionó. Ciertamente, su vida era el mayor milagro de todos. Se
recordó yaciendo sobre el altar, ahogándose en la oscuridad, oyendo la voz de Rhianna llamándole de
regreso desde el mismo borde de la eternidad, el sentir sus lágrimas como si fueran lluvia sobre su
cuerpo.

El milagro de su amor. Todavía le asombraba que ella pudiera amar al hombre que había llegado a ser.
No echaba de menos la oscuridad, pero sí algunas veces el haber perdido la habilidad de leer los
pensamientos de Rhianna, el poder saber qué era lo que ella estaba pensando. Ahora era un misterio
para él, como cada mujer era un misterio para el hombre que la amaba.

Rhianna. Su amor era para él el mayor milagro de todos.

Con una sonrisa, depositó a su hija dormida en su cuna, luego cogió el diario en el cual una vez había
escrito sus oscuros pensamientos. Era hora de escribir una nueva entrada:

La redención

Los siglos de oscuridad


Habían cubierto mi alma como un manto
Había olvidado el calor
Y la belleza del sol;

En soledad
Vagué por la tierra
Esperando
Deseando
Soñando
La redención;

Yendo en busca de un solo fin


Mitigar el hambre
Sólo eso
Engullido por el dolor
Sóo eso
Atormentado;

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Durante siglos
La noche fue mi día
El día fue mi noche
No había nada más
Ese era todo mi mundo;
Hasta que llegaste tú...

En tu sonrisa encontré esperanza


En tu amor
El perdón

Y ahora la luz
Que una vez me fue negada
Brilla para siempre
En tus ojos

FIN

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