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Olympia - Anita Shreve

Escaneado por Tamarisk

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Aquel verano de 1899,Olimpia Biddeford se sentia preparada por primera vez para participar en
las veladas literarias que su padre,un editor de prestigio,organizaba en Fortune’s Rocks,su
maravillosa casa en New Hampshire..En las tertulias acompañadas de exquisitas cenas y
sotisficados temas de conversación,Olimpia se instruia sobre lo humano y lo divino.Nada le
resultaria extraño,ni las materias sobre el liberalismo norteamericano o la reforma social
cristiana,ni la literaria mas compleja o la poesia mas delicada.

Pero su juventud inexperta estaba a punto de abrirse a experiencias sensoriales alejadas del
dominio de la razon.Todo comenzo cuando su admirado ensayista John Haskell,acompañado
por su hermosa esposa Catherine,acudio a una de las elitistas veladas de su padre.Rodeados de
un ambiente acogedor y unidos por la pasion hacia la literatura,Olimpia y John se enamoraron,en
un amor tan corto como rotundo que preparaba su pocima amarga,siempre lista para ser
desgustada,pesarosamente,en el futuro.Y con todas las mezquindades de un romance corto y las
veleidades de un largo olvido,Olimpia seria expulsada del paraíso.Para comprobar,una y mil
veces,las maldiciones del eterno femenino:Olympia,tan educada y refinada,pero esclava al fin y al
cabo de su epoca;Olimpia y su obligada renuncia al amor prohibido;Olimpia y su entrega al
sacrificio y Olimpia…. nunca,jamas,sin su hijo.

Primera parte

Fortune's 'Rocks

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CAPITULO I

Deja los botines sobre una roca y se despoja discretamente de las medias.
En lo que tarda en llegar desde el malecón hasta la línea que forman las
olas al lamer la arena de la orilla, descubre el significado del deseo. Un
deseo que corta el aliento, que interrumpe las palabras, que sólo le permite
mirar sus pies desnudos avanzando hacia el agua. Aun breve como es, la
conciencia de su propio deseo y, sobre todo, de ser deseada, se apodera de
ella con la brusquedad de lo completamente inesperado; el aire parece
comprimirse a su alrededor y siente el primer estremecimiento de su vida
adulta.
Se toca el ala del sombrero de lino en un gesto impropio de ella hace tan
sólo un año, hace tan sólo un día. Puede que también toque la larga cinta
de tul que rodea el sombrero. A su alrededor, los hombres conversan
vestidos con prendas de baño o en mangas de camisa con chalecos blancos.
Si alzara la mirada, vería sus semblantes pálidos inspirando la brisa del
mar como si estuvieran inhalando unas sales para deshacerse del letargo
de los largos meses de invierno. Hay hombres de todas las edades y,
aunque hablen entre sí, es a ella a quien miran.
Y, entonces, ella ralentiza su manera de andar. Con cada nuevo paso, sus
pies dejan una huella ligera y vergonzosa sobre la arena, rosada y
plateada. Al tocar el agua, el borde de su vestido de seda, de color
melocotón, se torna sepia y traslúcido. Aunque hace calor, el agua tiene
un tacto helado que hace que se vuelva a estremecer.
Se quita el sombrero y da pequeñas patadas a las olas. Inclina la cabeza
hacia atrás e inspira la brisa del mar. Al verla, puede que los hombres
comenten algo sobre la dicha que parece apoderarse de ella. Puede que se
muestren tan sorprendidos como lo está ella misma ante la facilidad con
la que ha aceptado su nueva condición. Pues, en lo que tarda en recorrer
los treinta metros que separan el malecón del mar, Olympia deja de ser
una niña, deseosa de disfrutar de los placeres de la playa, y se convierte en
una mujer.
Es el veinte de junio del último año del siglo y tiene quince años.
Con un traje blanco y el cabello pelirrojo despeinado por la brisa del mar, el
padre de Olympia la llama desde las rocas que hay en el extremo norte de la
larga playa en forma de concha. Esas rocas en las que tantos marineros han

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encontrado su fin y que, en un juego del destino, han llegado a ser conocidas
como Fortune's Rocks, las rocas de la fortuna, al igual que la playa y el
tramo de costa que la envuelven. Se rodea la boca con las ma nos y la llama,
pero el sonido de las olas impide que Olympia lo oiga. Ella tan sólo ve una
silueta blanca sobre un fondo gris. Su padre es un hombre bondadoso e
intachable en su comportamiento, aunque se crea en el deber de dirigir tanto
los actos como los sentimientos de su hija y con el derecho de decidir lo
que es mejor para ella en cada momento de su vida.
Unas horas antes, al llegar de Boston, Olympia y sus padres entraron en
la vieja casa de la playa. En el salón, las sábanas blancas que cubrían los
muebles dibujaban fantasmagóricas formas delante de los seis ventanales.
Detrás del salitre que impregnaba los cristales, se divisaba el océano
Atlántico bajo una corona de bruma. A lo lejos, unos pequeños islotes
parecían flotar sobre el horizonte.
La casa podría parecer modesta para un hombre de la posición del
padre de Olympia. Aun así, tiene unas proporciones singulares y a ella le
parece la casa más deliciosa del mundo. Es una casa de madera de dos
plantas rodeada por elegantes porches. Toda ella está pintada de blanco,
excepto las contraventanas, que son de color azul marino. El tejado, de
poca inclinación, tiene varias buhardillas, como los grandes hoteles de la
costa de Nueva Inglaterra. Pero esa casa nunca fue un hotel. De hecho,
antes era un convento de la orden de Saint Jean Baptiste de Bienfaisance,
en el que vivían veinte hermanas que habían hecho votos de pobreza y de
silencio. Eso explica la cantidad de pequeñas y austeras habitaciones que
todavía hay en la casa. Olympia y su padre ocupan dos de ellas y otras
tres han sido unidas para satisfacer las necesidades de su madre. En la
planta baja hay una pequeña capilla aneja a la estructura de la casa;
aunque ya hace años que no se usa para la oración, el padre de Olympia
prefiere no guardar ningún bien secular entre sus cuatro paredes. Excepto
por una docena de bancos de madera y la desnuda losa de mármol que
antaño hacía las veces de altar, el resto de la capilla permanece vacía.
La casa está rodeada de hortensias al pie de cada porche. Delante de la
fachada principal, una amplia explanada de césped desciende hasta el
malecón, un modesto obstáculo de rocas destinado a proteger la costa de
la furia del océano que, en esta época del año, está cubierto por frondosos
rosales en flor. Desde el porche, las hojas esmeraldas con pinceladas rosas
contrastan con un azul tan intenso que, más que un color, parece un mi-
lagro de la luz. Al oeste, el jardín está limitado por varias hileras de
manzanos. Al norte, está la playa, que se extiende a lo largo de más de
tres kilómetros. Fortune's Rocks no es tan sólo el nombre con el que se
conoce la media luna de tierra que acuna la playa, sino también la colonia
de verano que se alza frente a las dunas y las rocas.
El padre de Olympia agita los brazos, llamando a su hija desde las
rocas.
-Olympia, te he estado llamando —dice cuando ella finalmente llega a

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su lado.
Olympia imagina que estará enojado con ella. Impaciente por sentir el
mar en sus pies, ha ido a la playa durante las horas destinadas al baño de
los hombres, algo que, aun pudiendo resultar aceptable en una niña, no lo
es para una señorita. Olympia quisiera decirle que lo siente, que no se ha
dado cuenta de la hora que era, que, con la brisa, no lo ha oído llamarla,
pero, al ver que su padre evita su mirada, prefiere guardar silencio; sin
duda, debe de haber asistido a la escena desde el principio, debe de
haberla visto mientras caminaba hacia la orilla con las piernas desnudas.
Los ojos del padre de Olympia se humedecen con la brisa del mar. Parece
desconcertado. Incluso parece sentirse incómodo junto a su hija.
—Josiah ha subido unos sandwiches a la habitación de tu madre —dice él
en cuanto consigue recuperar la compostura. Se vuelve hacia Olympia—.
Os conviene comer algo después del viaje. -Mira la hora en su reloj de bol-
sillo—.Vaya desastre —añade.
Por supuesto, se refiere al estado de la casa.
—Parece que Josiah está llevando la crisis bastante bien —intenta animarlo
ella.
—Se suponía que todo debía estar listo para nuestra llegada —dice él
—.Y la cocinera ya debería estar aquí.
El padre de Olympia todavía lleva puesta la levita y las botas negras.
Debe de estar muerto de calor. Más que para la playa, parece vestido para
un día cualquiera en Boston.
Bajo el brillante sol, Olympia ve la cara de su padre con más claridad de
lo que la ha visto en todo el invierno. Es un rostro recio, lleno de
personalidad, una cara que heredó de su propio padre y que, después, con
el tiempo, y gracias a la rectitud de su comportamiento, ha llegado a
merecer. El rasgo más llamativo de su semblante es el azul de sus ojos, un
azul tan intenso que, aun mancillado por diminutas motas ocres, transmite
una sensación de rectitud moral que tan sólo es suavizada por el abanico de
arrugas que se dibuja en torno a sus ojos. Aunque su cabello empieza a
clarear sobre la frente y tiene algunas canas en las sienes, todavía conserva
toda la intensidad de su color; algo poco frecuente en los hombres
pelirrojos de mediana edad. Tiene la cara alargada, como también la tendrá
algún día Olympia, aunque no puede decirse que ninguno de los dos sea
delgado. Olympia no sabe cuánto mide su padre, pero es más alto que su
madre y que ella, algo que resulta acorde con el orden natural de las cosas.
-Cuando acabes de tomar el té, quisiera verte en mi estudio -dice él con
aparente naturalidad, aunque Olympia se da cuenta de que algo ha cambiado
entre ellos. El sol muestra ligeras imperfecciones en la piel del padre de
Olympia y, bajo esa luz inmisericorde, Olympia ve los diminutos reflejos
plateados y rojizos que cubren su mandíbula. Él entorna los ojos para
protegerse del sol-. Quiero hablar contigo de algunas cosas. Para empezar, de
tus estudios durante el verano -añade.
La idea de tener que estudiar durante el verano llena de angustia a Olympia.

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Hace tiempo que espera disfrutar de un descanso en su singular, aunque


intensa, educación. Tras perder la fe en las instituciones académicas, el padre de
Olympia ha decidido encargarse personalmente de la educación de su hija. Así,
ella es su única pupila y él su único profesor. Él está satisfecho con esta
situación, pues está convencido de que la educación de Olympia progresa a un
ritmo muy superior a como lo haría en ninguna institución académica de
Nueva Inglaterra, o, lo que es lo mismo, de todo Estados Unidos. Es posible que
sea verdad, pero Olympia no puede saberlo, pues ya hace cuatro años que dejó
de ir a clase con otras chicas.
—Por supuesto —contesta ella.
Él la contempla durante unos instantes antes de desviar la mirada hacia el
mar. Se da la vuelta y camina hacia la casa. Mientras lo observa caminar con la
espalda ligeramente encorvada, algo en lo que nunca se había fijado antes,
Olympia siente pena por su padre, por aquello que está perdiendo: la infancia
de su hija.
Olympia deambula por la casa admirando las formas que esculpen las sábanas
sobre los muebles. Un perchero se convierte en el fantasma de una doncella,
una larga mesa de comedor en una mesa de operaciones, varias sillas apiladas
en un gran trono... Sube la escalera del vestíbulo principal y entra en la
habitación de su madre.
La madre de Olympia mira el mar recostada en una chaise longue. No parece
advertir la presencia del hombre que hay subido a una escalera al otro lado de la
ventana. Josiah, el mayordomo del padre de Olympia, sujeta una botella de
vinagre en una mano y una hoja de periódico arrugada en la otra. Lleva puesto
un delantal sobre el chaleco a rayas. Cuando haya acabado de limpiar los
cristales, Josiah se quitará el delantal, se volverá a poner la levita, se ajustará los
puños de la camisa e irá al estudio del padre de Olympia para preguntarle si
desea que le sirva algo de beber. Y, después, Josiah, un hombre que lleva
diecisiete años al servicio del padre de Olympia, desde antes incluso que éste
contrajera matrimonio, y que, aunque limpiar cristales esté muy por debajo de
su categoría, lo hace gustosamente porque no quiere que las vistas del océano
se vean enturbiadas el primer día de estancia en la casa de verano, saldrá al
jardín, recorrerá el largo camino adoquinado de entrada e irá a la calle
Hampton para exigirle cuentas al hombre que tenía que haberse encargado de
tener la casa lista para la llegada de la familia.
Dado que la madre de Olympia tiene predilección por los tonos azules, hoy
lleva puesta una blusa de crep malva con botones de madreperla y largos puños
que ocultan los huesos de sus muñecas. Una ancha cinta de seda persa le rodea
la cintura. Su predilección por el azul también se ve reflejada en las telas de la
habitación:
el cojín aguamarina de satén que hay sobre la cama, el brocado verde y
azul de la chaise longue, las cortinas de terciopelo azul pálido... A Olympia
le parece que la habitación de su madre resulta excesivamente femenina; al
margen del resto de la casa, oculta a cualquier extraño, ajena a la austera
decoración de la planta baja, es una estancia donde los excesos estéticos no

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precisan justificación.
La madre de Olympia se lleva una taza de té a los labios.
-Tienes demasiado color en las mejillas —le dice a Olympia sin darle
demasiada importancia, aunque sus palabras no dejan de tener cierto tono
maternal de amonestación.
Olympia sabe perfectamente que no debería haberse quitado el
sombrero, pero no se sentía capaz de renunciar a la sensación del sol sobre
su rostro durante esos breves momentos de felicidad que acaba de pasar
junto a la orilla del mar. Además, sabe que, a pesar de la enorme
importancia que su madre le concede a la belleza, realmente no desaprueba
que ella se haya entregado a ese pequeño placer.
Con el tiempo, Olympia se ha dado cuenta de que la coquetería de su
madre la ha incapacitado hasta el extremo de arruinar su vida, pues ha
hecho que dependa por completo de personas deseosas de verla y de
servirla: su marido, su médico y el servicio. De hecho, preservar la belleza
parece ser el único afán de la madre de Olympia. Es como si el resto de las
cualidades de su espíritu —la laboriosidad, la curiosidad o la filantropía— se
hubieran atrofiado y únicamente hubiera sobrevivido su deseo estético. El
cabello de la madre de Olympia, teñido con gena y sujeto con peinetas, está
recogido en un complejo juego de bucles que sólo ella es capaz de con-
seguir. Tiene los ojos del pálido color gris de las perlas y su cara, atractiva y
enérgica al mismo tiempo, no refleja la condición de su espíritu, que es de
una fragilidad tal que la propia Olympia ha visto en más de una ocasión
cómo se astillaba en multitud de brillantes esquirlas.
—Josiah ha traído algo de comer —dice señalando hacia la fuente llena de
sandwiches.
Olympia se sienta en el borde de la chaise longue. Las rodillas de su
madre forman pequeños montículos en el paisaje añil de su falda.
—No tengo hambre —dice Olympia.
—Tienes que comer algo. Todavía quedan muchas horas para que sirvan
la cena.
Para complacer a su madre, Olympia coge un sandwich de la fuente.
Mientras come, observa la habitación evitando la atenta mirada de su
madre. El padre de Olympia no es partidario de tener muebles de calidad
en Fortunes Rocks, pues la brisa del mar y la humedad son terribles para la
madera. Aun así, a Olympia siempre le ha gustado el tocador con faldones
de su madre. Sobre el tocador, hay todo tipo de cajas de plata y recipientes
de cristal donde su madre guarda peinetas, cepillos, perfumes y finísimos
polvos blancos para la cara, además de tónicos y medicamentos. Desde
donde está sentada, Olympia puede ver la leche hidratante, las pastillas de
menta y el tónico de jengibre.
Desde que Olympia tiene uso de razón, todo el mundo trata a su madre
como si fuera una inválida; algo que no parece molestarla, sino que, al
contrario, es una imagen que ella misma parece cultivar. Sus dolencias son
ambiguas e imprecisas y Olympia no está segura de que hayan sido

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diagnosticadas por ningún médico. Supuestamente, sufrió algún tipo de


lesión en la cadera durante su infancia y Olympia lleva escuchando la frase
«dolencia cardíaca» desde que era una niña. En Boston, su médico la visita
con frecuencia. Quién sabe, puede que, en contra de lo que piensa el padre
de Olympia, no sea un charlatán. Aunque ella siempre ha pensado que las
visitas del doctor Ulysses Branch se deben a razones de índole social más
que a la salud de su madre. De hecho, nunca parece estar realmente
enferma y, con el tiempo, Olympia ha llegado a entender el término
inválida, in válida, como no válida. Es como si, además de no gozar de
buena salud, careciera de fortaleza de espíritu, incluso de autenticidad.
Como resultado de esas imprecisas dolencias, la madre de Olympia no
es quien cuida del resto de la familia, sino el objeto de los cuidados de los
demás. Olympia ha llegado a la conclusión de que esta situación debe de
satisfacer a sus padres, o al menos no debe de incomodarlos, pues ninguno
de ellos parece esforzarse por enmendarla. Con el paso del tiempo, y
puede que como resultado de un proceso real de atrofia, su madre ha aca-
bado por convertirse en una especie de inválida apta. Casi nunca sale de
casa, excepto durante el crepúsculo, cuando pasea con su marido hasta el
malecón. Ahí, ella se sienta y le canta hermosas baladas. Siempre ha man-
tenido que la brisa del mar tiene un efecto vigorizador, tanto para su
ánimo como para sus cuerdas vocales. A pesar de la humedad, en la planta
baja de la casa hay un piano, y, de tarde en tarde, la madre de Olympia
abandona su habitación y toca una pieza con destreza. Tiene unas manos
espléndidas, que Olympia no ha heredado, como tampoco ha heredado su
constitución física ni su fragilidad de ánimo.
La madre de Olympia conoció a su futuro esposo en Boston cuando tenía
veintitrés años, pero no se casó con él hasta cumplir los veintiocho. Aunque
era una mujer hermosa, se decía que sus nervios la sumían en un estado de
fragilidad próximo a la autodestrucción que desaconsejaba por completo su
matrimonio. Cautivado precisamente por esas circunstancias que parecían
hacer vacilar a otros posibles pretendientes, es decir, por la imprevisible
alternancia entre estados de intensa quietud y de caprichosa y soñadora
exaltación, el padre de Olympia, que siempre se ha crecido ante los desafíos,
la cortejó con una insistencia que él mismo suele mostrarse reacio a
reconocer. Olympia no sabe qué pensar sobre la convivencia de sus padres,
pues, aunque su madre parece la mujer menos sensual del mundo, cuando
cree que nadie la está observando, puede estremecerse plácidamente ante la
menor caricia de su marido. No obstante, la imaginación de Olympia se
resiste a traspasar ese umbral prohibido que le permitiría pensar
detalladamente en las relaciones íntimas de sus padres. Aun así, le parece
que han ido distanciándose con el paso del tiempo, hasta el punto de que,
en éste, el verano de sus quince años, sólo parece unirlos ella y la más
formal y superficial de las relaciones.
—Estás muy callada, Olympia —dice su madre, mirándola atentamente.
A pesar de su fragilidad, su madre no carece de astucia y a Olympia

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siempre le ha resultado difícil ocultarle sus pensamientos. Olympia estaba


pensando en su paseo por la playa, imaginándolo desde el punto de vista
de alguien que hubiera estado caminando a su lado, reconstruyendo la
figura ligeramente borrosa de una mujer joven, vestida con un traje de seda,
que se acerca a la orilladel mar ante la atenta mirada de varias docenas de
hombres. Y es ahora, en la habitación de su madre, cuando se sonroja.
Su madre se incorpora ligeramente en la chaise longue.
—Me temo que he tardado demasiado en hablarte de ciertas cosas —
empieza a decir con patente incomodidad—. No he podido evitar advertir
que... De hecho, tengo que reconocer que todo esto me coge por sorpresa.
Lo que quiero decir es que no he podido evitar fijarme en ciertos cambios en
tu cuerpo y creo que deberíamos hablar sobre posibles acontecimientos
futuros, sobre ciertos delicados acontecimientos a los que debe enfrentarse
toda mujer.
Aunque la elección de las palabras pueda haber sido confusa, su
intención no ofrece lugar a dudas. Olympia mueve la cabeza de un lado a
otro y levanta un poco la mano para indicarle a su madre que no es
necesario que continúe. Ya hace tiempo que Lisette, la doncella de su madre,
le ha explicado todo lo necesario sobre los cambios que acaba de
experimentar su cuerpo. Al principio, su madre parece sorprendida. De
hecho, adopta el ademán de alguien que lleva tiempo preparando un
discurso y a quien se interrumpe cuando empieza a enunciarlo. Aun así,
Olympia no tarda en observar cómo un gesto de alivio ilumina su rostro.
—¿Ya has hablado de esto con otra persona? —pregunta su madre.
—Sí, con Lisette —dice Olympia con la esperanza de poder zanjar el
asunto lo antes posible.
—¿Cuándo?
—Ya hace algún tiempo.
—Ah. No lo sabía.
Y Olympia se pregunta sobre el silencio de Lisette;
espera que la doncella de su madre no sea reprendida por su
comportamiento.
—¿Ya te has instalado? —pregunta su madre, satisfecha de poder cambiar
de tema—. ¿Estás contenta de estar aquí?
—Sí, mucho -contesta Olympia.Y es verdad. Además, es lo que su madre
desea oír y ella no quiere alterar su placidez.
Al otro lado de la ventana, Josiah empieza a limpiar una nueva ventana.
—Me estaba preguntando... —empieza a decir su madre-. ¿Te parece
Josiah un hombre apuesto?
Olympia mira hacia la ventana que enmarca la figura del mayordomo.
Parece suspendido en el aire. Su cabello castaño se mece ligeramente sobre
una frente alta y una cara alargada que corona armoniosamente su esbelta
y larga figura. Ligeramente sorprendida, como lo está cada vez que su
madre abandona inesperada y repentinamente su pose de indiferencia,
Olympia no sabe qué decir.

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—¿Crees que se verá con alguna mujer de Ely Falls? -pregunta su madre
con fingida maldad.
Tras un breve silencio, durante el que Olympia se imagina a su madre
anhelando una vida distinta, aunque rechaza inmediatamente la
posibilidad, ella se contesta a sí misma.
—No, supongo que no —dice.
Todo el mundo parece comportarse de forma inusual ese día. Aunque
Olympia no está segura de si se trata de conductas fuera de lo común o de
si, al contrario, es el resultado del cambio que ha experimentado ella, que
sin duda debe de reflejarse en la actitud que muestran los demás hacia
ella. ¿Cómo si no podrían explicarse la desacostumbrada dificultad de su
padre a la hora de expresarse o las incursiones de su madre en unos temas
de conversación que normalmente evitaría a toda costa?
—Podrías bajar la fuente a la cocina. Me temo que Josiah está desbordado
de trabajo.
Las palabras de su madre no sorprenden a Olympia, que está
acostumbrada a que cambie súbitamente de tema cuando el anterior ya no es
de su agrado. Olympia se levanta de la chaise longue y se agacha para
recoger la fuente de plata. Siente un sincero aprecio por Josiah y se alegra de
poder ayudarlo. También se alegra de que su madre haya dado por
finalizada la conversación.
—Ya no eres una niña, Olympia. A partir de ahora, debes tener más
cuidado con lo que haces -dice su madre a modo de despedida.

Después de dejar la fuente en la cocina, Olympia va al despacho de su padre.


El la espera sentado en una poltrona de caoba, disfrutando del primero de
los numerosos libros que leerá durante el verano. Su padre es un hombre de
letras, tanto por profesión como por vocación, y cree firmemente que la
disciplina es un arma necesaria para combatir la ociosidad; de ahí que no sea
partidario de cambiar su rutina diaria, ni tan siquiera en su primer día de
vacaciones.
Como acostumbra a hacer siempre, este verano, el padre Je Olympia alojará
en su casa a numerosos invitados, personas a las que conoce como
consecuencia de su condición de presidente del Atlantic Literary Club o de
editor de la Bay Quarterly, una publicación literaria que goza de una
consagrada reputación. Mantendrá largas conversaciones con sus invitados,
que en su mayoría serán poetas, ensayistas o artistas. Durante el día, se
encargará personalmente del entretenimiento de sus huéspedes, que
consistirá en bañarse en la playa o en jugar al tenis en el club de Ely o en
dar un paseo en barca al atardecer por las marismas teñidas de rosa. Las
cenas serán largas y no acabarán hasta bien entrada la noche, aunque la
madre de Olympia se retirará mucho antes. Las mujeres que asistirán a
esas cenas llevarán trajes de lino y chales de seda blancos.
El padre de Olympia mira el borde del vestido de su hija, que todavía

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está húmedo. Ella le pregunta por el próximo libro que quiere que lea. El se
quita las gafas y las deja sobre la mesa redonda de mármol verde que hay
junto a la poltrona, una réplica exacta de la mesa que tiene en su biblioteca
de Boston. Todas las ventanas están abiertas y el ambiente está impregnado
por ese peculiar olor a almizcle salado que llena la costa durante la marea
baja.
-Me gustaría que leyeras los ensayos de John Warren Haskell —dice él al
tiempo que le ofrece un libro—. Quisiera que comentáramos lo antes posible
su contenido, pues el autor nos honrará con su visita el próximo fin de
semana.
Esa es la primera vez que Olympia escucha el nombre de John Haskell.
-Vendrá acompañado de su mujer y sus hijos -añade él—. Espero que te
encargues de entretener a los niños.
-Estaré encantada de hacerlo —dice ella al tiempo que apoya la mano
sobre la oscura cubierta de seda del libro Y acaricia las letras estampadas
en oro-. Nunca he oído hablar de este autor.
—Haskell es médico. Ha dado algunas conferencias en la universidad.
Ahí es donde lo conocí. Pero, en mi opinión, para lo que realmente está
dotado es para escribir. El libro que tienes en la mano incluye algunos de
sus mejores ensayos. Haskell está muy interesado en las condiciones
laborales del proletariado, concretamente en mejorar las condiciones de las
mujeres que trabajan en las fábricas. De ahí su interés por Ely Falls.
—Entiendo —dice Olympia mientras hojea el libro.
Y, aunque no preste demasiada atención a las palabras de su padre, más
adelante rememorará una y otra vez ese momento, deleitándose con cada
detalle de la conversación.
—Haskell dirige un dispensario médico en Cambridge —dice su padre
—. Se ha ofrecido para suplir durante el verano a un médico del
dispensario de Ely Falls. —Se aclara la garganta—. Para Haskell ha sido un
auténtico golpe de fortuna, pues, además de permitirle supervisar la
construcción de la casa de verano que se está haciendo en la playa, le
permitirá observar personalmente las condiciones de los obreros. Para mí
su visita es una circunstancia afortunada, pues disfruto sinceramente de su
ingenio y de su compañía. Y estoy seguro de que la mujer de Haskell y sus
hijos te parecerán encantadores.
—¿Debo comportarme como si fuera su institutriz? -pregunta Olympia
en broma, pero su padre, que la toma en serio, adopta un gesto de
incredulidad.
—Por supuesto que no, querida —dice—. Los Haskell sólo serán nuestros
invitados durante el fin de semana. Después, él se alojará en el hotel
Highland hasta que finalicen las obras de la casa, que será
aproximadamente a finales de julio. Mientras tanto, Catherine y los niños
se alojarán en York con su familia. ¿Cómo puedes pensar que yo podría
abusar de esa manera de tu confianza, Olympia?
Aunque las contraventanas están abiertas, el estudio del padre de

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Olympia apenas tiene luz. Sus libros, recién sacados de las cajas por Josiah,
ya empiezan a combarse por la humedad. Durante el verano, todos los lu-
nes, Josiah los apilará en altos montones y colocará sobre ellos varios pesos
de hierro para devolverles su forma y grosor originales; aunque sólo sea
durante algunas horas.
Olympia se mueve por el estudio tocando algunos de los objetos que su
padre ha ido acumulando a lo largo de los años en la casa de Fortune's
Rocks: un pisapapeles de malaquita de África oriental; un crucifijo engar-
zado con gemas que compró en Praga cuando tenía diecinueve años; un
abrecartas de marfil de Madagascar; la caja de plata en la que guarda todas
las cartas que le escribió la madre de Olympia durante el año que él pasó
en Londres antes de casarse; una lámpara de mesa de ámbar que perteneció
a la abuela de Olympia... También colecciona conchas, como lo haría un
niño pequeño. De hecho, cuando pasea por la playa, nunca olvida llevar al-
gún tipo de recipiente para guardar las más hermosas. En la estantería hay
oscuras e iridiscentes conchas de mejillón, caparazones delicadamente
perfilados de vieira, y blancas e imperfectas conchas de ostra. Cuando
fuma, el padre de Olympia suele utilizar alguna de esas conchas a modo de
cenicero.
El observa a su hija mientras se mueve por el estudio. -¿Te lo has pasado
bien en la playa? —pregunta con tacto.
Ella coge el pisapapeles de malaquita. Incluso si quisiera hacerlo, no está
segura de poder describir lo que ha sentido en la playa.
—Ha sido maravilloso sentir el agua y la brisa del mar después de un
invierno tan largo —contesta ella, pero, al levantar la vista, ve que su
padre se ha puesto las gafas, dando a entender que desea estar solo.

Tras abandonar el estudio, Olympia sale al porche. Sujeta el libro que le


ha dado su padre, pero está demasiado distraída para abrirlo.
Durante el invierno, Olympia ha alcanzado su estatura de adulta. Ahora,
al sentarse en una de las mecedoras, alcanza a ver el césped del jardín por
encima de la baranda. Una flor que no es capaz de identificar impregna el
aire con un delicioso aroma que, combinado con el del mar, la envuelve
en una nube embriagadora. Se desabotona el cuello del vestido, se quita
el sombrero y lo deja en el suelo. El sombrero rueda empujado por la bri-
sa hasta detenerse contra la baranda. Olympia desliza la mano por debajo
de su vestido y se suelta las medias de las ligas, igual que lo hizo junto al
cobertizo del malecón antes de pasear hasta la orilla. Se baja las medias
enroscándolas hasta los tobillos y se levanta la falda, rígida por el agua
salada, hasta las rodillas. Al estirar las piernas, le sorprende su palidez;
algo a lo que, hasta ahora, nunca le había prestado atención. La brisa,
fresca y húmeda, le acaricia las piernas y el dorso de las rodillas. Aunque
no es difícil imaginar la cara de asombro que pondrían Josiah o su padre

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o su madre de sorprenderla en esa actitud, Olympia decide que merece la


pena arriesgarse a recibir una pequeña reprimenda a cambio de seguir
experimentando el exquisito placer de sentir el aire contra su piel.
Observa el horizonte, donde, al encontrarse el mar con el cielo, todo
movimiento parece quedar en suspenso. Hoy, Olympia se siente como si
ella también estuviera suspendida en el aire, se siente como si estuviera a
punto de ocurrir algo que ni siquiera es capaz de imaginar, algo para lo que
aún no está preparada.

CAPITULO 2

A Olympia le gusta imaginar cómo era la vida de las primeras moradoras


de la casa, las hermanas de la orden de Saint Jean Baptiste de Bienfaisance,
veinte monjas canadienses de la provincia francófona de Quebec. Aunque
todas las hermanas habían hecho voto de pobreza, y dependían para su
sustento de la parroquia de Saint Andre, vivían rodeadas de belleza en la
casa de Fortune's Rocks. Olympia se imagina a las monjas sentadas en el
porche, mirando el mar con ademán contemplativo; o en sus celdas,
tumbadas en estrechos colchones de pelo de caballo, con un solitario
crucifijo sobre una austera mesilla de madera; o rezando en latín en la
pequeña capilla; o deslizándose silenciosamente sobre los brillantes suelos
de la casa; o atravesando las marismas para poder acudir a los oficios
religiosos con el resto de los emigrantes de Quebec. A Olympia siempre le
ha sorprendido el contraste que existe entre la exuberante naturaleza que
rodea la casa y la austeridad de las mujeres que habitaban en ella. Aunque,
al no ser católica, carece del conocimiento necesario para juzgar los
principios teológicos de los que se deriva esa aparente paradoja. De hecho,
Olympia no conoce a una sola persona que profese la fe católica; una
carencia que le incomoda, pues no es más que otro síntoma de la vida
excesivamente protegida que ha llevado hasta el momento.
Sólo ha estado una vez en Ely Falls, el verano anterior, cuando su padre la
llevó para enseñarle la cascada que convierte esa población en el lugar
idóneo para abrir una fábrica textil. Viajaron en un coche tirado por dos
caballos hasta llegar a la inmensa fábrica de ladrillo rodeada por las
estrechas y oscuras hileras de edificios, a modo de barracones, en las que
viven los obreros. Al llegar al corazón de la ciudad, Olympia se sintió como
si hubiera viajado a un mundo completamente distinto del suyo, donde los
Whittier o los Howell de Fortune's Rocks, miembros de esa clase social
acomodada que viaja desde Boston a la costa cada verano, hubieran dado
paso a los Hull o los Butler de Ely, miembros de las viejas familias locales a

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las que pertenecen la fábrica y los comercios de la ciudad, y después a los


Cadorette o los Beaudoin de Ely Falls, familias francófonas de Quebec que
emigraron a Maine y a New Hampshire hace una o dos generaciones. Los
residentes de Fortune's Rocks, donde, como consecuencia de los rigores del
clima de la costa, no vive prácticamente nadie en invierno, llevan años
intentando separarse administrativamente de Ely, pero la administración
local no está dispuesta a renunciar a los impuestos que obtiene de las
familias acomodadas que veranean en Fortune's Rocks. El padre de
Olympia, que es moderadamente progresista en sus opiniones políticas, no
apoya esta pretendida secesión. A lo largo del tiempo, le ha dicho una y otra
vez a su hija que considera un deber moral contribuir al bienestar de los
obreros de Ely Falls, incluso aunque el gobierno municipal alcance un nivel
de corrupción difícil de imaginar.
Aunque aquel día el protagonismo de la visita recayera inevitablemente en
los más de veinte millones de litros de agua que descienden cada minuto por
la majestuosa cascada de casi veinte metros que impulsa los telares de las
fábricas de Ely Falls, lo que realmente captó la atención de Olympia fueron
las viviendas, oscuras y funcionales, de los obreros. Mientras atravesaban la
ciudad en el coche, el padre de Olympia, un hombre cuyo abuelo había
hecho su fortuna gracias a la producción industrial de zapatos, le explicó a
Olympia en qué consistía la economía de explotación; una explicación que,
al igual que las obras de Ovidio y de Hornero, formaba parte del proceso
educativo de Olympia. A ella le hubiera gustado que su padre detuviera el
coche para poder contemplar mejor las fachadas de esos edificios, para
acercarse a esas ventanas en las que a veces se veía un libro solitario o un
sombrero con un par plumas o una jarra llena de leche. Hubiera deseado ver
cómo eran las vidas de las personas que se ocultaban tras ese libro, tras ese
sombrero o tras esa jarra de leche, pues tras esas ventanas vivirían chicas no
mucho mayores que ella, chicas cuyas vidas Olympia anhelaba conocer,
incluso compartir, vidas que sin duda gozarían de esa independencia y de
esa aventura de las que carecía por completo su vida. Olympia no sabe si esa
inquietud que siempre parece acompañarla es consecuencia de las
comodidades y la rigurosa disciplina en las que se ha criado o si, por el con-
trario, está destinada, por la misma herencia biológica que provoca los
episodios de intolerancia de su madre, a cargar con un temperamento poco
complaciente. Pero, aquel día, Olympia no le pidió a su padre que se detu -
viera, pues, de haberlo hecho, él la habría mirado con preocupación y habría
estimado necesario reconsiderar el concepto que tenía sobre la madurez y el
buen juicio de su hija.
En 1892, tras decidir que sería más conveniente que las hermanas
vivieran en Ely Falls, donde podrían ocuparse personalmente del hospicio y
el orfanato, el obispo Fierre Bellefeuille le vendió el convento al padre de
Olympia, que resultó estar en la sala de fumadores del hotel Highland
cuando el obispo mencionó su intención de vender el convento. El padre de
Olympia se ofreció inmediatamente a comprarlo, sin tan siquiera haberlo

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visto antes, y le entregó al obispo un cheque por el importe total de la


compra. Las obras de acondicionamiento duraron un mes. A grandes
rasgos, las reformas consistieron en transformar veinte diminutas celdas en
ocho modestas habitaciones, además de una de mayor tamaño para la
madre de Olympia, y en instalar un sistema de cañerías; un lujo que las
hermanas no se habían concedido a sí mismas.
Olympia está sentada en uno de los bancos de madera de la vieja capilla
aneja a la fachada septentrional de la casa. Es un pequeño edificio de
madera con un tejado a cuatro aguas y vidrieras transparentes que permiten
disfrutar de la belleza del paisaje exterior. Además de los bancos, el único
otro objeto que alberga en su interior es la pesada losa de mármol blanco
que antaño hacía las veces de altar; una losa que luce desnuda, sin crucifijo
ni candelabros, ni ningún otro avío de la liturgia católica.
Es el día del solsticio de verano. La mañana toca a su fin mientras Olympia
intenta capturar en su cuaderno de dibujo la imagen del barco de pesca con
el casco sin pintar y las velas de color marfil que se ve a través de una de las
vidrieras. Olympia sabe que no está especialmente dotada para las artes
plásticas. De hecho, sus esfuerzos por dibujar el barco resultan más bien
impresionistas. Pero eso no es algo a lo que le dé importancia, pues no
pretende mejorar su técnica como dibujante, sino que tan sólo busca una
actividad que le permita dejar vagar sus pensamientos. Porque, en este
momento de su vida, Olympia pasa horas enteras entregada a sus
pensamientos; no necesariamente a razonamientos, sino a pensamientos
desordenados, caóticos, que, como los sueños, cambian sin orden aparente,
como cuando alguien en una tienda coge algo y lo observa durante unos
instantes y vuelve a dejarlo donde estaba antes de fijarse en otro objeto
cualquiera. Cuando pasea por la playa, cuando se sienta en el porche o
cuando, sentada a la mesa para cenar, observa cómo las sombras de la cálida
luz amarillenta de las velas juegan en los rostros de los comensales, sus
pensamientos siempre parecen vagar sin rumbo por paisajes continuamente
cambiantes. Aunque, cuando está sentada a la mesa, también hay veces que
juega a intentar relacionar lo que está diciendo un comensal con lo que
supone que estará pensando realmente en ese momento, un juego que ha
hecho que Olympia se muestre especialmente atenta a la personalidad de
cada nueva persona que conoce.
Así, su dibujo sólo es un excusa para dejar que fluyan sus pensamientos.
Pero, aunque ése sea el caso, por mucho que Olympia sólo desee poder
permanecer sentada a solas en uno de los bancos de la capilla, no puede
evitar sentirse ligeramente frustrada por su incapacidad para reflejar,
aunque sólo de forma aproximada, la perspectiva del barco y los islotes que
se alzan al fondo. De repente, oye unas apremiantes voces infantiles. Se
levanta y mira por la vidriera. Hay unos niños en el porche. Aunque, a
juzgar por el alboroto, parezca que ha venido a visitarlos un colegio entero,
Olympia sólo ve cuatro figuras delgadas. Deben de ser los hijos de
JohnWarren Haskell. Sin duda, el padre de Olympia esperará que salga a

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recibirlos.
Resulta evidente que los cuatro niños están emparentados. Las tres niñas
tienen el cabello liso y oscuro y edades que oscilarán entre tres y doce años.
El niño, que parece un poco mayor que la más joven de sus hermanas,
también tiene el cabello lacio, aunque de un amarillo sorprendentemente
intenso. Al ver llegar a Olympia con el cuaderno de dibujo debajo del brazo,
los niños se asoman por encima de la baranda del porche y la miran con
curiosidad. Todos, incluso el niño, tienen las cejas oscuras y las mismas bocas
plenas y generosas. Las dos niñas mayores son delgadas. La mayor
probablemente alcanzará una estatura notable, pues tiene los hombros muy
anchos y las piernas largas. Está de pie, con los pies ligeramente separados y
las manos en la cintura. Su vestido, de color azul claro, con el cuello blanco y
delicadamente bordado, parece reñido con el aire atlético de su postura, en el
que Olympia cree advertir cierto ademán de desafío. La segunda niña, más
tímida, se lleva una mano a la boca. Incapaces de permanecer quietos, la niña
más pequeña y el niño no paran de moverse por el porche. Observan el
jardín y las rocas y el mar y a la chica que se acerca a ellos con un vestido-
blanco de lino con la misma ansiedad con la que Olympia absorbió las pri -
meras bocanadas de aire estival el día anterior.
Al subir al porche, Olympia se detiene a saludar a los dos niños pequeños.
Ellos bajan la cabeza con timidez. Después saluda a la segunda hermana,
que acepta tímidamente su apretón de manos sin decir nada, y, finalmente, a
la mayor, que le dice que se llama Martha.
-Yo me llamo Olympia, Olympia Biddeford —dice ella. La chica le da la
mano sin mirarla a los ojos.
-Y yo soy John Haskell -oye decir Olympia a su espalda.
Olympia se da la vuelta. Ve su cabello castaño claro, sus ojos de color
avellana. A modo de saludo, el hombre asiente de forma casi imperceptible.
Tiene la camisa arrugada y el borde de los pantalones manchado con arena
de la playa. Está de pie, con las manos en los bolsillos. Los tirantes se le
clavan en los hombros. Lleva desabrochados los puños de la camisa, aunque
no se ha subido las mangas. Su alta estatura atenúa su robustez. Olympia
piensa que la ropa que lleva debe de resultarle opresiva.
En el breve período de tiempo que tarda John Haskell en acercarse a
Olympia y tenderle la mano, ella calcula que tendrá aproximadamente la
edad de su padre, aunque puede que sea uno o dos años más joven. Sí, ten -
drá unos cuarenta años.
Puede que los dedos de Olympia tiemblen ligeramente cuando John
Haskell toma su mano.
Él inclina ligeramente la cabeza para protegerse del resplandor del sol y
observa durante unos instantes las dos manos entrelazadas antes de volver a
mirar a Olympia a los ojos. Permanecen en silencio durante varios segundos,
mirándose sin decir una sola palabra, sin una frase de bienvenida, sin un solo
cumplido. Y Olympia piensa que su madre, que acaba de salir al porche,
tiene que notar ese silencio que los une.

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—Me alegro de conocerlo —dice Olympia finalmente.


—El placer es mío —dice él al tiempo que le suelta la mano—.Veo que ya
ha conocido a mi hija Martha. Olympia asiente.
—Ésta es Clementine —dice señalando a la tímida hermana de Martha.
Después, se da la vuelta, buscando a los otros dos niños—. Y esos dos que
no paran de moverse son Randall y May.
Una mezcla de vergüenza y confusión que nunca ha sentido antes se
apodera de Olympia.
—¿Te gusta nadar? —pregunta Martha a su lado y su pregunta rompe la
extraña calidez del momento.
—Sí, claro que sí —dice Olympia.
—¿Hay conchas en la playa?
—Muchas —contesta ella.
De repente, Olympia siente la necesidad de huir de la atenta mirada de su
madre, que permanece en silencio junto a la puerta.
—¿Qué tipo de conchas?
—¿Cómo? —pregunta Olympia distraídamente.
—Las conchas. ¿De qué tipo son? —dice Martha sin ocultar cierta
impaciencia.
—Hay ostras y mejillones. También hay almejas.
—¿Tienes una cesta?
—Estoy segura de que habrá alguna dentro -dice Olympia.
John Haskell se aleja un par de pasos, se inclina sobre la baranda del
porche y observa el paisaje.
—¿Dónde? —pregunta Martha.
—Supongo que habrá alguna en la cocina —dice Olympia.
—¿Qué estás dibujando? -pregunta Martha, señalando hacia el cuaderno
que Olympia sigue sujetando debajo del brazo.
—Nada. Sólo es un esbozo. No es muy bueno.
—Déjame verlo.
Aunque preferiría no enseñárselo, a Olympia no se le ocurre ninguna razón
convincente para rechazar la petición de Martha.
—No, la verdad es que no es muy bueno -dice Martha con franqueza.
—¡Martha! —amonesta John Haskell a su hija—.Ya hemos entretenido
suficiente a la señorita Biddeford.Vamos. Ven conmigo.
Olympia observa cómo padre e hija bajan los escalones del porche y se
alejan por el jardín. La cabeza de Martha ni siquiera alcanza la altura de los
hombros de su padre. Olympia se da la vuelta y mira a su madre, que la
observa pensativamente. Se acerca a ella y, con un tono de voz que ella
misma advierte como falso, pregunta si puede enseñarles el malecón a los
niños.
—Voy a cambiarme de botines y a coger un chal. Vuelvo en seguida —
continúa diciendo antes de que su madre pueda protestar.
Después, se da la vuelta y entra en la casa; si su madre dice algo,

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Olympia ya no lo oye.
A Olympia le gusta su habitación. A menudo busca el refugio que le ofrecen
esas cuatro paredes empapeladas en un suave color azul celeste que parece
reflejar el color del cielo salpicado por diminutos ramos de rosas de color
marfil. La habitación es lo suficientemente grande para albergar una cama,
una pequeña mesilla, un tocador, un buró y una silla. El buró está colocado
junto a la ventana, de tal manera que Olympia pueda ver al mismo tiempo el
mar y el jardín; una vista de la que nunca se cansa, ni siquiera en los días
más brumosos de la costa de New Hampshire. Unas cortinas blancas de mu-
selina recogidas por sendos lazos enmarcan la vista del mar. Olympia piensa
que quizá sea esa luz difusa que atraviesa la gasa blanca lo que la llena de
sosiego cada vez que entra en su habitación.
Pero hoy no encuentra ningún sosiego, ni en su habitación ni en ningún
otro lugar. Se acerca a la ventana, se aleja, se tumba en la cama y se vuelve a
levantar. Se acerca al espejo que hay sobre el tocador y gira la cabeza hacia
un lado y hacia el otro, intentando imaginar el aspecto que tendrá para
alguien que la ve por primera vez. Se coloca de perfil y observa su figura,
fijándose en la caída del vestido, desde el pecho hasta los pies. Se acerca al
espejo hasta casi llegar a tocarlo y contempla minuciosamente la piel que
surge por encima del cuello festoneado de su vestido. Tiene las mejillas
encarnadas por el sol; está segura de que su madre lo habrá advertido.Y
entonces recuerda que su madre está esperando que ella vuelva a bajar para
ir a la playa con los niños, tal y como ha prometido. En ese preciso
momento, como respondiendo a sus pensamientos, alguien llama a la
puerta.
Con toda la compostura que es capaz de reunir, Olympia se acerca a la
puerta y la abre. Su madre la mira desde el otro lado del umbral con los
brazos cruzados y los labios entreabiertos en una pregunta que no llega a
pronunciar. Sin el menor pudor, Olympia le dice a su madre que se siente
indispuesta, posiblemente por algo que ha comido. Y realmente es una
suerte que su aspecto confirme el malestar que dice sentir. Añade que no
tiene fiebre y que sólo estaba descansando unos minutos.Y, entonces, antes
de que su madre pueda decir nada, ella le pregunta si ya le ha mencionado
el paseo a los niños, pues duda que pueda acompañarlos a la playa.
—Entiendo —dice la madre de Olympia, aunque ella percibe un rastro de
duda en su voz.
No es la primera vez que miente; pequeñas mentiras sin maldad
destinadas a proteger a su madre de algún hecho insignificante que pueda
preocuparla innecesariamente. Pero Olympia no recuerda haber mentido
nunca para protegerse a sí misma. Y entonces se da cuenta de que, aunque
su madre viva apartada en un mundo en el que raramente es necesario
tomar alguna decisión, en ese momento acaba de tomar una y que, a su
manera, debe de sentirse tan desconcertada por el patente estado de
agitación de su hija como lo está la propia Olympia.
-Entonces no bajarás a cenar -dice la madre de Olympia. No es una

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pregunta, sino una afirmación.


Cuando su madre la deja sola, Olympia se tumba en la cama. Mira el
techo sin verlo e intenta tranquilizarse con el sonido de las olas rompiendo
sobre la arena. Al cabo de cierto tiempo, su esfuerzo es recompensado con
una respiración más pausada. Se incorpora y mira a su alrededor buscando
algún tipo de ocupación. Ve sus agujas de punto asomando de la bolsa de
costura junto al tocador. Su cuaderno de dibujo yace olvidado sobre el buró.
En la mesilla de noche está el libro que su padre le dio el día anterior. Lo
coge y acaricia el suave relieve de las letras doradas del título. Se sienta en
la silla y empieza a leer.
Olympia termina el libro de John Haskell esa misma tarde, aunque no lo lee
para ilustrarse, ni tampoco para asimilar su contenido, que, tan sólo un día
antes, le hubiera parecido tedioso. Lee las combinaciones de palabras
intentando hallar en ellas un reflejo del modo de pensar del hombre que las
ha escrito, como si la estructura de las oraciones y las palabras que
contienen esas páginas fueran fórmulas que, una vez descifradas, pudieran
revelarle pequeños secretos sobre John Haskell. Pero, a pesar de sus
intenciones, a medida que va leyendo, se sorprende a sí misma
interesándose más y más por el contenido de los ensayos. La tesis del libro
resulta engañosamente sencilla e inusual, al menos desde la limitada ex-
periencia de Olympia. En Las márgenes del río, John Warren Haskell
presenta al lector siete historias, o, más bien, siete retratos, de personas que
trabajan en fábricas de Lowell, Holyoke y Manchester; cuatro mujeres y tres
hombres retratados con extraordinario detalle y aparente objetividad. La
retórica destaca por su ausencia y el autor en ningún momento entra a
valorar a ninguno de los hombres o las mujeres que retrata. Al contrario, le
ofrece al lector una descripción de un modo de vida que, precisamente por
la neutralidad y la ausencia de juicios de valor por parte del autor, transmite
los sufrimientos de los obreros con mayor elocuencia de la que podría
lograrse nunca mediante la retórica. Los retratos son crudos e incluyen
pasajes que resultan iluminadores al tiempo que difíciles de leer, no por el
lenguaje empleado, sino por las imágenes que transmiten, pues los
conocimientos del autor sobre cuestiones médicas y domésticas son
extraordinariamente precisos. Olympia medita brevemente sobre los
motivos que pueden haber llevado a su padre a darle a leer un libro así,
aunque ésta no es la primera vez que él la expone a temas que a ojos de
otras personas podrían parecer poco apropiados para una chica de su edad.
En sus lecciones, el padre de Olympia nunca ha sido partidario de darle la
espalda a lo doloroso o lo desagradable, al menos no cuando se trata de
letra impresa.
Esa tarde, sentada en la silla de su habitación, Olympia se sumerge en
términos como hilador, esquirol o cardadora, se estremece ante la descripción
de una intervención quirúrgica para extraer un tumor, asimila fascinada los
detalles del sistema de cañerías de los bloques de viviendas de los obreros y
se pregunta cómo puede saber tanto John Haskell sobre temas tan dispares

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como la industria textil y el dolor que experimenta una mujer durante el


parto. Página a página, Olympia se sumerge hasta tal punto en el espíritu de
la obra que llega a sentirse como si hubiera conversado largamente con el
autor sobre la anatomía y la naturaleza humana.
Al levantar la vista del libro, observa que la luz ha alcanzado ese
momento del día en el que la naturaleza parece adquirir una mayor claridad.
Y, entonces, Olympia se da cuenta de que, de alguna manera, ha conseguido
convertir una serie de sensaciones incoherentes en sentimientos positivos,
pues su confusión se ha tornado en respeto y su turbación en admiración.
Hasta tal punto se siente cambiada que incluso es capaz de contemplar la
posibilidad de bajar a cenar con los demás.

CAPITULO 3

Con el tiempo, Olympia aprenderá lo que es obsesionarse por otra mujer,


por esa mujer que es objeto del hurto, ya sea la esposa, la amante o la
prometida. Conocerá esa implacable lascivia que convierte a otra mujer en
objeto de una curiosidad casi imposible de soportar. Sabrá hasta qué punto
puede llegar a atormentar la fascinación por la rival. Ese verano, deseará
conocer hasta el más íntimo de los detalles de la vida de Catherine Haskell:
si duerme sola o entrelazada con su marido, si le susurra palabras tiernas, si
ella también le provoca esas pausas momentáneas que preceden al gemido
sofocado y estremecedor que sólo el amor puede engendrar. Se preguntará
si ella y Catherine comparten experiencias, similares y distintas al mismo
tiempo, con John Haskell. Se preguntará si sus recuerdos realmente le
pertenecen a ella o si tan sólo son meras repeticiones de los de Ca therine. Y,
de ser así, se preguntará si no habrán sido ambas igualmente traicionadas.
Y, en años sucesivos, Olympia se preguntará hasta qué punto no llegaría a
inventar una especie de idilio con Catherine Haskell. Se preguntará si su
interés por ella, por conocer cada detalle del tiempo que compartió con John
Haskell, cada detalle de su matrimonio, del nacimiento de sus hijos y del
amor que ambos sintieron por ellos, no sería una forma retorcida de amor,
de un amor que, por su misma naturaleza, nunca podría ser correspondido,
ni mucho menos saciado.

Antes de bajar a cenar, Olympia se sienta ante el espejo del tocador. Aunque
hay una mujer encargada de lavar y planchar, Olympia no tiene una
doncella personal en Fortune's Rocks. Tampoco la tiene en Boston, pues su
padre considera que la autosuficiencia en el vestir y la higiene personal es

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parte esencial de la educación de una mujer. Su padre no aprueba la


vanidad en las chicas. De ahí que siempre haya intentado que Olympia se
aseara y vistiera con sencillez, oponiéndose a cualquier mínima
excentricidad. No obstante, esta opinión no es aplicable a su mujer. Al
contrario, a su padre parecen complacerle las sedas color lavanda, los linos
azul marino y los caprichosos bucles de su esposa. La madre de Olympia,
por supuesto, sí tiene doncella personal: Lisette.
A Olympia nunca le ha molestado no tener ayuda, y con el tiempo se ha
acostumbrado a cuidar de sí misma. De hecho, la idea de compartir las
intimidades de su cuerpo con una doncella le parece de mal gusto. Aun así,
la media hora que pasa en su habitación, descartando un vestido tras otro,
incapaz de decidir cómo debe recogerse el pelo, acaba convirtiéndose en
una tortura para ella. ¿Es una niña o una mujer? ¿La cena es formal o infor-
mal? ¿Preferirá su padre que lleve el pelo suelto? ¿Preferirá su madre que lo
lleve recogido? Finalmente, opta por recogerse el pelo con un sencillo lazo y
por ponerse un vestido blanco de lino con un canesú y una blusa con un
cuello que recuerda al de un marinero. Pero, cuando está a punto de
abandonar la habitación, al ver su reflejo en el espejo, se da cuenta de que,
más que una joven mujer a punto de acudir a una cena, parece una colegiala.
Se despoja frenéticamente del ofensivo vestido y elige una blusa con el cuello
cerrado y una larga falda negra con la cintura entallada. Se suelta el lazo y se
recoge el cabello en un peinado que requiere numerosas peinetas. En esta
época del año, antes de adquirir los reflejos del verano, su cabello es del color
del roble. Para no llegar tarde a la cena, se ve obligada a dejar que al gunos
mechones caigan sueltos sobre sus hombros. Prudentemente, decide no mirar
su reflejo en el espejo al salir de la habitación.

Al oír las voces sofocadas que proceden del porche, Olympia entra en el
comedor, pues, por el momento, prefiere no participar en ninguna
conversación. Es la primera cena formal del verano y la mesa ha sido dis-
puesta con más esmero de lo acostumbrado. Contempla la vajilla de
porcelana doisonné, las copas de cristal tallado y la enorme cantidad de
pálidas y diminutas rosas esparcidas aparentemente al azar sobre el
adamascado mantel blanco, aunque realmente hayan sido colocadas por
Lisette bajo la atenta supervisión de la madre de Olympia.
La luz de docenas de velas se refleja en los espejos que cuelgan sobre los
aparadores de caoba que hay a ambos extremos del comedor, de tal
manera que toda la habitación queda inmersa en el parpadeo de infinitas y
cálidas luces. Todavía no ha anochecido. A través de las mosquiteras que
cubren las ventanas, pueden verse los arbustos de rosas silvestres que
separan el jardín de los árboles frutales. El aire que atraviesa las
mosquiteras acaricia el cuerpo de Olympia como un espíritu afable que
cruzase la habitación. Ella sigue el rastro del espíritu por las llamas de
las velas. Detrás de la puerta que da a la antecocina se oyen voces y el

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sonido de objetos de metal chocando entre sí. Y, entonces, Olympia oye


otro sonido: un susurro de faldas en la entrada del comedor.
-¿Olympia?
Lo primero que llama la atención de Olympia son sus grandes ojos
verdes, transparentes como un cristal de mar. Catherine Haskell es más baja
que ella y camina con una leve cojera, prácticamente imperceptible.
-Qué comedor tan encantador -dice Catherine al tiempo que se despoja
del sombrero. Su cabello es inusual: los mechones de pelo rubio se
entremezclan con hilos plateados, creando un efecto vaporoso que recuerda
la delicada gasa de un vestido.
-Sí, soy Olympia -responde ella finalmente—.Y usted debe de ser la
señora de John Haskell.
-La belleza de Fortunes Rocks nunca deja de sorprenderme —dice
Catherine al tiempo que intenta colocarse un mechón rebelde detrás de la
oreja. A Olympia le sorprende su sonrisa, que parece reflejar un genuino
bienestar-. He estado paseando por el malecón -continúa diciendo.
Lleva puesto un vestido verde de tafetán con numerosas enaguas que a
Olympia le parece una extraña elección para salir a dar un paseo. Aunque
puede que la impaciencia le impidiera cambiarse antes de salir a pasear,
igual que le ocurrió a ella misma el día anterior. Olympia observa que tiene
los botines y el borde de la falda manchados de arena.
—Pensaba que me estarían esperando para sentarse a la mesa —dice
Catherine.
Olympia niega con la cabeza.
—Espero que los niños no le hayan molestado —dice Catherine—. ¿Los
ha conocido? Estoy segura de que Martha querrá hacerle todo tipo de
preguntas.
—Casi no he visto a sus hijos. He estado toda la tarde en mi habitación.
—¿De verdad? ¿En un día tan bonito? ¿Cómo es posible?
Olympia se arrepiente inmediatamente de haber confesado su reclusión.
Desde luego, no puede decirle a esa mujer que ha pasado toda la tarde
leyendo el libro de su marido. Aunque en ese momento no podría explicar
exactamente por qué, la idea le resulta indecorosa, como si hubiera estado
leyendo un diario a escondidas.
—He estado descansando —dice.
—Espero que no esté indispuesta.
—No, me encuentro bien, señora Haskell —contesta Olympia mirando
hacia el suelo.
—Catherine -dice la mujer pronunciando su nombre lentamente-. Por
favor, llámeme Catherine.
Olympia levanta la mirada e intenta sonreír. Catherine parece estar
estudiando su aspecto. Primero mira la cintura de Olympia, después su
peinado y, finalmente, su rostro. Sus miradas se cruzan durante un breve
instante.
—¿Cree que todavía tengo tiempo para cambiarme? —pregunta

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Catherine—. Me gustaría ponerme un vestido limpio.


Realmente no es una pregunta, pues tiene que saber que la hora de la
cena no es algo que dependa de Olympia. La señora Haskell abandona la
habitación conel mismo susurro de faldas con el que entró hace unos
instantes.
Olympia mira por la ventana. En la playa, una foca se tumba sobre una
roca.
Son siete a la mesa. Además de los Haskell, están Rufus Philbrick, el dueño
de varios hoteles y bloques de viviendas de Rye, y Zachariah Cote, un
poeta de Quincy que está pasando las vacaciones en el hotel Highland. A
última hora ha sido necesario añadir un cubierto para Olympia, con cuya
presencia no se contaba. Los niños ya han cenado. Para que no molesten a
los adultos durante la cena, la institutriz de los Haskell se los ha llevado a
dar un paseo por la playa. El señor Philbrick, un hombre grueso con
grandes bigotes blancos y una barba del mismo color, lleva una chaqueta a
rayas y unos pantalones de color crema. Olympia piensa que, además de un
hombre de éxito, debe de ser un dandi. Cote, cuyos poemas no son del
agrado de Olympia, pues sus versos le parecen demasiado empalagosos y
melodramáticos, es un hombre excepcionalmente apuesto, con el pelo rubio
y los dientes sorprendentemente blancos, lo cual debe de alimentar su
vanidad, pues sonríe continuamente. (¿Realmente es posible que tenga los
ojos del color de la lavanda?) Con su vestido lila de chiffon y sus peinetas
adornadas con perlas, la madre de Olympia parece inusitadamente alegre.
Algo que alarma ligeramente a Olympia y, probablemente, también a su
padre, pues ambos saben que esos momentos de brillante jovialidad suelen
dar paso a estruendosos desmoronamientos. Aun así, Olympia no puede
evitar sentirse embriagada por la deslumbrante belleza del comedor, con sus
siete comensales y la dulce luz de las velas que, mecida por la brisa que
atraviesa las ventanas, se refleja una y otra vez en los espejos.
Al sentarse a la mesa, Olympia intercambia palabras de bienvenida con el
resto de los comensales. Una vez que los invitados le han hecho las
preguntas de rigor y la crema de pescado ha dado paso al plato de ostras
gratinadas, Olympia permanece en silencio mientras escucha la
conversación de los adultos; sin duda, la parte de la cena que resulta más de
su agrado.
Olympia no tarda en observar que, en sus comentarios y sus gestos,
Zachariah Cote se muestra demasiado ávido por complacer a su padre,
quien todavía no ha decidido si publicar o no los versos del poeta. No
obstante, ese afán por complacer resulta más patético que cautivador.
Olympia prefiere la actitud algo brusca de Rufus Philbrick, con su llamativa
chaqueta a rayas y sus incisivos comentarios, pues al menos él garantiza que
la velada no carecerá de cierto grado de ingenio. La madre de Olympia
prácticamente no toca la comida, aunque bebe una considerable cantidad de
champán. Cada cierto tiempo, el padre de Olympia mira a su esposa, o le
toca brevemente la mano con las puntas de los dedos, con la esperanza de

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que se retire de la mesa antes de desmoronarse. Con un vestido de crep


verde que realza con dramatismo el color de su cabello, Catherine Haskell
participa con perfecta moderación cuando su opinión es solicitada por los
hombres y gravita de forma protectora hacia la madre de Olympia,
felicitándola por la belleza de las diminutas rosas que cubren la mesa y
preguntándole si le parecería apropiado que las niñas mayores pasearan en
barca por las marismas.
A Olympia le cuesta oír lo que dice John Haskell, que está sentado en el
extremo opuesto de la mesa. Al parecer, el padre de Olympia, Haskell y
Philbrick le están contando a Cote, que aún no está familiarizado con For-
tune's Rocks, la historia de la poetisa Celia Thaxter, de cuya obra, además de
un ferviente admirador, el padre de Olympia es el editor. Olympia sabe que
Thaxter estuvo involucrada en un asesinato hace unos veinticinco años,
aunque no fue directamente partícipe del crimen. Aun así, como ya ha oído
la historia y, además, la encuentra estremecedora, Olympia prefiere sumirse
en sus propios pensamientos hasta que Josiah sirva los medallones de
cordero y las croquetas de arroz, momento en el que sabe que las buenas
formas obligarán a los caballeros a volver a incluir a las mujeres en la
conversación. Este verano, Olympia se siente lo suficientemente instruida
como para participar en la mayoría de las conversaciones de los adultos;
siempre que sea invitada a ello, claro está. Además, no le extrañaría que su
padre decidiera alardear de la instrucción de su hija haciéndole participar en
un debate sobre el liberalismo norteamericano o la reforma social cristiana.
Pero esa noche, el padre de Olympia también parece sentirse más animado
de lo normal. De hecho, incluso parece algo sofocado. Olympia sospecha
que dicho estado debe de ser atribuible de alguna manera a la belleza de
Catherine Haskell y de su madre y al desdoblamiento de esa belleza en los
espejos que hay a ambos extremos del comedor. De hecho, al fijarse mejor,
Olympia observa que todos los hombres están situados de tal manera que
puedan disfrutar de la infinita multiplicación de los encantos femeninos que
ofrecen los espejos: decenas de leves inclinaciones de una cabeza femenina,
esbeltos cuellos que conducen a vaporosos peinados salpicados de hebras de
plata, rápidas sonrisas, perlas acunadas por tersos lechos de piel, mechones
desprendiéndose de decenas de peinetas... Olympia también se muestra
atenta a estos encantos femeninos, como lo haría un aprendiz ante un
maestro herrero o carpintero. Pero, cuando mira hacia el otro extremo de la
mesa, ve que John Haskell no está mirando los encantos de su mujer ni los de
Rosamund Biddeford. Es a ella a quien mira.
No es una de esas miradas que dan paso a un gesto de reconocimiento o a
una leve inclinación de la cabeza. Tampoco es el resultado de un estado
ausente de concentración. Al contrario, es una mirada que carece de límites,
de cualquier barrera. Es una mirada que busca a Olympia como nunca lo ha
hecho antes ninguna otra, una mirada que hace que se sienta como si el
tiempo se hubiera detenido mientras ella es perforada por la insoportable
intensidad de esos ojos de color avellana.

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Olympia baja la cabeza, pero sus sentidos parecen haberla abandonado.


Es incapaz de percibir nada: ni el tenedor que sujeta su mano ni el encaje de
la manga de su blusa ni los medallones de cordero de su plato. Y, cuando
vuelve a alzar la mirada, los ojos de Haskell siguen fijos en ella. Hasta que,
finalmente, Olympia es incapaz de ocultar su desconcierto. Y puede que sea
esa confusión lo que hace que él se gire bruscamente hacia su anfitrión,
como si deseara decirle algo. Es entonces cuando, sorprendido por la brusca
atención de Haskell, el padre de Olympia comenta que le ha dado a leer sus
ensayos a su hija.
El silencio que sigue es peor que una tortura para Olympia. Pasados unos
segundos, su padre se ve obligado a insistir.
-¿No es así, Olympia? Aunque quizá todavía no hayas tenido tiempo de
empezar la lectura —dice con el tono de amonestación propio de un
maestro.
Temiendo decepcionar a su padre, ella levanta la barbilla, intentando
aparentar una resolución que no siente.
-He leído casi todos los ensayos. Me han gustado mucho -dice
dirigiéndose a John Haskell.
Respira tan superficialmente que no consigue llenarse los pulmones de
aire. Se produce un nuevo silencio que, finalmente, acaba por irritar al
padre de Olympia.
-Sin duda, podrás extenderte un poco más al respecto, Olympia —dice.
Ella respira hondo y deja su tenedor sobre el plato.
-La forma de sus ensayos resulta engañosamente sencilla, señor Haskell
—dice Olympia—. A primera vista uno parece estar frente a siete historias
carentes de juicios o comentarios, pero a mí me parece que el detalle con el
que narra los retratos los hace más persuasivos de lo que la retórica podría
hacerlo nunca.
-¿A qué se refiere exactamente cuando dice persuasivos? -pregunta
Philbrick, que no ha leído los ensayos.
-Persuasivos respecto a la necesidad de mejorar las condiciones de vida
de los obreros —contesta Olympia.
John Haskell mira un momento a Philbrick, quien, después de todo, es
dueño de varios bloques de viviendas en Rye, como si quisiera asegurarse
de que el tema de conversación no le resulta ofensivo. Pero Haskell debe
observar la leve sonrisa que se ha dibujado en los labios de su anfitrión,
una sonrisa que indica que su insistencia en que Olympia hablara del libro
pudiera deberse a una estrategia preconcebida para provocar un debate
abierto entre los comensales. Haskell vuelve a mirar a Olympia. Ella espera
que no diga que ha sido muy amable por su parte alabar así su libro, pues
hacerlo sería como despreciar su opinión.
-Los retratos están llenos de crudeza e incluyen fragmentos iluminadores,
aunque su lectura a veces me haya resultado dificultosa -continúa diciendo
Olympia antes de que pueda intervenir él-. Y no por el lenguaje, sino por
las imágenes, sobre todo por las relacionadas con accidentes y cuestiones

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médicas.
-Estoy completamente de acuerdo, Olympia —dice su padre, que parece
haber recuperado su orgullo paterno.
-Creo que son pocos los lectores que no se sentirían conmovidos por
esas páginas -añade Olympia.
-Sin duda, sus comentarios delatan su juventud -interviene
repentinamente Rufus Philbrick al tiempo que la observa fijamente.
Olympia se sorprende al descubrir que la intensidad de esa mirada no la
altera lo más mínimo.
-En absoluto -dice el padre de Olympia-. Me enorgullezco de la
madurez de las opiniones de mi hija.
-¿Y en qué colegio ha recibido una educación de tan alta calidad?
-pregunta Zachariah Cote, dirigiéndose a Olympia.
A ella no le agrada la repentina sonrisa del hombre. Tampoco le agrada
su bigote, desproporcionadamente grande. Pero lo que más desagrada a
Olympia es el giro que ha tomado la conversación, alejándose de la obra de
John Haskell.
-Mi padre se ocupa personalmente de mi educación —dice.
-¿De verdad? -pregunta Rufus Philbrick sin poder ocultar cierta sorpresa
—. ¿No va al colegio?
-Mi hija fue al Commonwealth Seminary de Boston durante seis años
-contesta su padre por ella-. Desafortunadamente, transcurrido ese período,
resultó dolorosa-mente patente que los conocimientos de Olympia supe-
raban con creces los de sus supuestos instructores. Desde entonces, me he
encargado personalmente de su educación y tengo la esperanza de que el
año que viene ingrese en la Universidad de Wellesley.
-¿Y no le ha importado estar separada de otras chicas de su edad?
-pregunta Catherine Haskell al tiempo que se vuelve hacia Olympia.
—Mi padre es un gran profesor —contesta Olympia con diplomacia.
—Deduzco que usted debe de ser un gran conocedor de las condiciones
de trabajo en las fábricas -dice Rufus Philbrick, dirigiéndose a John Haskell.
-No tanto como quisiera —contesta él—. Una de las desventajas de contar
la historia a través de los propios personajes es que el escritor no puede
aportar una visión histórica. Me temo que ése es uno de los mayores
defectos de mi libro, pues, en mi opinión, la correcta comprensión de los
precedentes históricos de cualquier situación es un requisito básico para
entender su condición actual. ¿No están de acuerdo?
—Desde luego —dice el padre de Olympia.
-Durante la primera época -continúa Haskell-, cuando la mano de obra
estaba formada principalmente por chicas venidas de granjas de Nueva
Inglaterra, los dueños de las fábricas demostraban una actitud benévola res-
pecto a ellas. De ahí que les proporcionasen viviendas decentes y
dispensarios médicos en condiciones. Sólo se alojaba a dos chicas en cada
dormitorio y se les proporcionaba alimento tres veces al día en los
comedores. De alguna manera, las viviendas eran como un hogar lejos del

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hogar; algo así como los dormitorios en una universidad. Había bibliotecas y
sociedades literarias y conciertos y obras de teatro... Incluso podría decirse
que las chicas ampliaban sus horizontes al ir a trabajar a las fábricas.
-Incluso así, tengo entendido que trabajaban diez o incluso doce horas al
día, seis días a la semana -dice Rufus Philbrick-. Y que no era extraño que
se arruinaran la vista o que contrajesen graves enfermedades.
-Tiene usted toda la razón, Philbrick. Pero la cuestión es que, cuando
esas chicas volvieron a sus pueblos, cuando fueron reemplazadas por
emigrantes irlandeses y canadienses francófonos, las condiciones no
tardaron en deteriorarse. Para empezar, estos inmigrantes venían en
grupos familiares que tenían que hacinarse en habitaciones concebidas para
dos personas. Los alojamientos iniciales demostraron ser incapaces de
sostener una población tan amplia y las condiciones sanitarias se vinieron
abajo. Ya hace algunos años que los grupos progresistas están reclamando
una mejora en la vivienda, la atención sanitaria y el cuidado de los niños.
-Sí, ya he oído hablar de esos grupos progresistas —dice Zachariah Cote.
-El pasado mes de abril —dice Haskell—, varios médicos de Cambridge
viajamos a Ely Falls para realizar un estudio sobre la salud de los obreros.
El reclamo que ofrecimos para animar a los obreros a colaborar, siete dólares
por familia, resultó lo suficientemente seductor como para que pudiéramos
examinar a quinientas treinta y cinco personas. De todas ellas, tan sólo
sesenta gozaban de lo que puede llamarse buena salud.
-Pero eso es realmente terrible -dice la madre de Olympia.
-Desde luego. Descubrimos que las viviendas eran un foco de
infecciones: tuberculosis, sarampión, cólera, tisis, escarlatina, pleuresía... La
lista es interminable.
-Si no me equivoco, John -dice el padre de Olympia-, uno de los problemas
es que la tradición cultural de los inmigrantes no los predispone en contra
de la explotación laboral de los menores. Los canadienses francófonos
entienden que todos los miembros de la unidad familiar deben contribuir a
su manutención. De ahí que intenten eludir las leyes existentes para
prevenir la explotación de menores instando a los niños a realizar pe-
queñas labores remuneradas. A veces, dependiendo del grado de pobreza
de la familia, los niños pueden llegar a trabajar hasta catorce horas al día
encerrados en una habitación en la que apenas hay luz ni ventilación.
-¿Haciendo qué? -pregunta Catherine Haskell.
-Cosiendo o hilvanando prendas de vestir o arrancando botones -le
explica su marido-. Trabajos simples y repetitivos. -Mueve la cabeza de un
lado a otro-. No puede imaginarse cómo viven esos niños, Philbrick.
Muchos están enfermos. Otros sufren atrofias. Algunos ya están
prácticamente ciegos antes de cumplir los doce años.
Durante unos instantes, todos parecen considerar en silencio lo que
acaba de exponer Haskell. Olympia clava varias veces el tenedor en una de
sus croquetas de arroz.
-Y, además, señor Haskell -dice Olympia con el arrojo de quien se siente

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partícipe de la conversación-, sus retratos transmiten el afecto que ha


llegado a sentir hacia esos trabajadores.
John Haskell la obsequia con una breve pero abierta sonrisa.
-Tenía la esperanza de poder transmitir ese afecto al lector -dice-.
Aunque mucho me temo que los responsables de las reseñas de mi libro
han pasado por alto ese detalle.
-Todos sabemos que el crítico Benjamín Harrow es más conocido por su
severidad que por su buen ánimo -dice el padre de Olympia sin ocultar
una sonrisa.
-Me pregunto hasta qué punto sus ensayos cumplen, estrictamente
hablando, con las normas de ese género literario -dice Zachariah Cote
intentando participar en una conversación que, hasta ese momento, no ha
parecido requerir de su intervención.
-Desde luego, no son ensayos en el sentido estricto de la palabra -dice
John Haskell-. Se trata tan sólo de una serie de perfiles. Pero quisiera
pensar que una sucesión de pinceladas referentes a una forma de vida
determinada puede crear un mosaico que transmita al lector algo que, a
su vez, trascienda la mera descripción de esa forma de vida. No sé si he
mencionado que también tengo dibujos realizados por los propios obreros.
Me hubiera gustado incluirlos en el libro, pero mi editor me convenció de
que no lo hiciera, pues, en su opinión, le restarían seriedad al libro.
Aunque la verdad es que me arrepiento de haber seguido su consejo.
-Desde luego, es una lástima -dice Olympia-. A mí me hubiera gustado
mucho ver los dibujos de las personas de las que habla en su libro.
-Si lo desea, se los mostraré con sumo gusto, señorita Biddeford -dice
John Haskell.
Y al ver cómo su madre gira la cabeza hacia ella, Olympia se da cuenta
de que su comportamiento ha sido demasiado atrevido.
-Pero ¿no relegarían esos dibujos a un segundo plano el retrato
literario? -pregunta Philbrick-. Las imágenes siempre tienen más fuerza
que las palabras.
-Yo creo que una cosa complementaría la otra. Hay muchas cosas que una
imagen no puede transmitir —dice John Haskell-. Los hechos históricos,
por ejemplo. O la dicha del matrimonio. El dolor que produce la muerte
de un hijo. O, simplemente, un espíritu afligido.
-Yo siempre he dicho que la cara de una persona refleja su auténtico
modo de ser -dice Philbrick-. En mi trabajo, uno tiene que guiarse por lo
que ve en una cara: lealtad, honestidad, astucia, debilidad...
-Entonces estamos de suerte -dice Catherine Haskell-. Mi marido ha
traído su cámara fotográfica. Mañana podría hacernos un retrato a cada
uno de nosotros y después podríamos ver si esos retratos realmente reflejan
nuestras verdaderas personalidades.
-¡De ningún modo! -exclama la madre de Olympia, que parece haber
tomado al pie de la letra la sugerencia de su invitada-. Nunca permitiré

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que me retraten con una de esas horribles máquinas.


Y una nota de alarma, sin duda inapropiada, aunque tan significativa
como una nota falsa en un piano que, casualmente, añade una atractiva
variante a la melodía, reverbera durante unos instantes en el comedor.
-No te preocupes, querida -dice su marido al tiempo que estira el brazo
y toca la mano de su esposa para calmar su agitación-. Jamás permitiría
que nadie fotografiara tu belleza. Enloquecería de celos, tanto del fotógrafo
como de quien pudiera ver la fotografía después.
Y, ya sea por la leve sospecha de peligro o por el reconocimiento de la
generosidad del amor matrimonial, todos los comensales permanecen en
silencio mientras Lisette se acerca a la mesa para servir el pudín de
Sunderland.
Las notas de la Fantaisie-Impromptu de Chopin atraviesan los diminutos
orificios de las mosquiteras y salen al porche, donde los hombres fuman puros
y saborean brandis en grandes y delicadas copas de balón. Como de cos -
tumbre, la madre de Olympia se ha excusado y se ha retirado a su
habitación al acabar la cena. Catherine Haskell toca el piano con una
sensibilidad que resulta muy del agrado de Olympia. Algunas polillas se
agitan en torno a los faroles del porche. Olympia está sentada sola, a varios
metros de los hombres. Al no haber ninguna otra mujer en el porche, no
puede unirse a los caballeros, pero tampoco desea permanecer dentro de la
casa en una noche tan agradable.
La luna dibuja un gran cono sobre el mar, que, con el sosiego de la marea
alta, recuerda un inmenso lago. El continuo susurro del agua sobre la arena
acompaña la conversación y las notas del piano. Aunque Olympia no oye
bien lo que dicen los hombres, reconoce las distintas voces: las afirmaciones
serenas y airosas, aunque a veces algo pedantes, de su padre; las cortas y
entusiastas intervenciones de Rufus Philbrick; el tono grave de Zachariah
Cote; y, por último, las frases pausadas de John Haskell. Por mucho que se
esfuerza, Olympia sólo consigue captar palabras sueltas: Mercancías...
Manchester... Carruajes... Beneficios... Palabras masculinas con sabor a humo
y a alcohol. De vez en cuando, los hombres bajan la voz y se inclinan hacia
adelante con ademán conspirador antes de volver a separarse con sonoros
estallidos de risa. En esas ocasiones, Olympia piensa que quizá debería
dejarlos solos, pero su estado de plácida languidez le impide levantarse. Se
siente tan a gusto que podría permanecer en el porche toda la noche, hasta
ver amanecer sobre el mar. Sumida en esos pensamientos, no advierte que
Catherine Haskell ha dejado de tocar el piano hasta que oye su voz a su lado.
—¿Sabía que, históricamente, casi todas las civilizaciones le atribuyen
poderes místicos a la noche del solsticio de verano? —dice Catherine.
Olympia hace ademán de incorporarse, pero Catherine la detiene
apoyando una mano sobre su hombro. Se sienta en la mecedora de al lado
y mira hacia el mar.
—Toca muy bien el piano -dice Olympia. Catherine Haskell sonríe y
mueve la mano con gesto disuasorio, como alejando un cumplido

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inmerecido.
—Por lo que tengo entendido, no tan bien como tu madre -dice. En la
oscuridad, su vestido apenas se ve y, bajo la débil luz de los faroles,
Catherine Haskell se convierte en dos brazos, una cara y cabello—. ¿Y sabía
que, originalmente, las piedras de Stonehenge estaban alineadas
exactamente con el punto por donde sale el sol el día del solsticio de
verano? Por lo visto, realizaban sacrificios ese día. Algunos dicen que
incluso realizaban sacrificios humanos.
—Esta noche cualquier cosa me parece posible —dice Olympia.
—Sí. Así es.
Catherine Haskell se mece en su asiento. El mimbre del respaldo cruje
bajo su peso. Olympia se fija en sus botines blancos, que destacan bajo la luz
de la luna.
—Espero que su madre no se encuentre indispuesta—dice Catherine.
—Se fatiga con facilidad —explica Olympia. Después duda durante unos
instantes—. Es de constitución frágil—dice finalmente.
—Entiendo —dice Catherine Haskell volviéndose hacia Olympia-.
Entonces, Olympia, su carácter debe de parecerse más al de su padre -añade.
—¿Por qué lo dice?
—Parece más decidida, más fuerte que su madre.
Los hombres ríen de nuevo. Catherine y Olympia se vuelven hacia ellos y
observan la escena bajo la débil luz de los faroles.
-Aunque sin duda ha heredado la belleza de su madre -dice Catherine al
tiempo que se alisa la falda invisible con sus manos de alabastro—. Siempre
he pensado que hay un momento en la vida de una joven mujer... —empieza
a decir pero, de repente, se detiene al oír la voz de su marido elevándose
sobre la del resto de los hombres. «Se han deteriorado con la llegada de...» No
consigue entender nada más-. Cuando digo momento -continúa Catherine—,
me refiero a un período de tiempo, a una semana, o incluso puede que a
varios meses. Pero, en cualquier caso, a un período de tiempo que tiene
principio y fin. Es ese momento para el que el cuerpo lleva años
preparándose, por así decirlo. —Catherine hace una pausa, como si estuviera
buscando las palabras exactas—.Y, en ese momento, la niña se convierte en
mujer. O puede que tan sólo en el capullo de la mujer que llegará a ser algún
día. Pero, igual que una flor, nunca ha sido, ni será, tan hermosa como en ese
período de tiempo, por breve que sea.
Olympia agradece la oscuridad que impide que Catherine vea su rostro,
pues sabe que sus mejillas deben de haberse encendido.
-Lo que quiero decir, querida —añade Catherine—, es que creo que usted
está viviendo ese momento. Olympia se mira el regazo.
—Se nota en su boca —continúa diciendo Catherine—. Por supuesto,
también se advierte en el resto de su cara, pero sobre todo en su boca, en la
plenitud de sus labios. Sí, realmente, su boca merecería ser retratada.
En la oscuridad, la antepuerta de la cocina cruje repetidarnente antes de

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cerrarse con un sonido seco. Probablemente sea la cocinera, que regresa a su


casa después de recoger la cocina. Olympia se siente turbada por los co-
mentarios de Catherine Haskell, una mujer a la que apenas conoce. Aunque
después, con la perspectiva que ofrece el paso de los años, pensará que, más
que a ella, las palabras de Catherine iban dirigidas a sí misma. Es como si,
describiendo a Olympia, Catherine intentara disminuir su poder de
seducción.
—Realmente, toda usted es encantadora —dice Catherine Haskell con
tono desenfadado—. Y estoy segura de que este verano vivirá su momento
de esplendor.
—Me halaga en exceso, señora Haskell.
—Catherine.
—Catherine.
—Merece ser halagada. Ya verá cómo tengo razón. Olympia, me gustaría
pedirle un favor —dice al cabo de unos instantes.
Olympia asiente.
—Me pregunto si le importaría llevar a pasear en barca a las niñas antes
de que nos marchemos. Sé que a Martha le encantaría.
—Lo haré encantada —dice Olympia.
—Creo que lo mejor será que lleve sólo a Martha y a Clementine. Los
demás son demasiado pequeños.
—Tenemos salvavidas —dice Olympia.
—Incluso así. No sé cómo reaccionaría Millicent en una barca. ¿Conoce a
la institutriz de los niños? Es una mujer muy responsable, pero no puede
decirse que tenga mucha experiencia en cuestiones acuáticas.
Una voz masculina surge, engatusadora e insistente, por encima de las
demás. De forma instintiva, Catherine y Olympia se giran al mismo
tiempo.
—Cote es un verdadero cretino —susurra Catherine-. ¿No le parece?
Y Olympia ríe con alivio al reconocer sus propios pensamientos en las
palabras de Catherine. Aun así, mientras ríe, cree observar cómo la cara de
Catherine Haskell se contrae en una mueca, aunque puede tratarse de
un efecto óptico provocado por la luz de la luna.
—No tarde demasiado en acostarse —dice Catherine maternalmente al
tiempo que se levanta apoyando la mano en la muñeca de Olympia.
El gesto hace que Olympia recuerde la cojera de Catherine.
—Qué caliente tiene la mano —dice Catherine.
Las caras de las dos mujeres están tan cerca que Olympia puede oler
el dulzor de la menta en el aliento de Catherine. Y, por un momento,
Olympia llega a pensar que Catherine va a darle un beso de despedida.

Catherine no es la única que sabe cosas sobre el solsticio. Olympia sabe que esa
noche la luna se encuentra en Gé-minis y que, a las doce en punto de ese día, en

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Asuán, ochocientos kilómetros al sur de Alejandría, los rayos del sol caen en
una línea perfectamente vertical sobre la tierra. Sabe que existen cultos cuyos
seguidores, durante el solsticio de verano, se pintan símbolos en el cuerpo y
saludan al sol con lamentos hasta que caen agotados o tienen las visiones
deseadas. Sabe que durante el solsticio de verano tienen lugar las mareas más
altas del año, especialmente si coincide con la luna llena. Esta noche la luna no
está llena del todo, pero faltan pocos días para que lo esté y Olympia sabe que
eso será una fuente de preocupación para las personas cuyas casas estén
demasiado cerca de la playa.
Olympia baja al jardín y se refugia en las sombras para no atraer la
atención de los hombres. Al llegar al malecón, busca una roca seca en la que
sentarse y observa cómo el agua cubre una y otra vez las brillantes algas que
se acumulan sobre las rocas más bajas. Olympia se levanta y se acerca al agua.
Al remangarse la falda, siente el frescor de la noche en las piernas. A su
espalda, la casa de su padre se alza a poco más de treinta metros. El porche
está bañado por la parpadeante luz amarilla de los faroles que se mecen en la
suave brisa. Aunque ve a los hombres, el rumor de las olas no le permite oír
sus voces.
Se quita los botines y las medias, los deja sobre una roca y apoya los pies
sobre una de las resbaladizas rocas. Tras la impresión inicial, piensa en todas
las formas de vida que deben de ocultarse en ese preciso momento bajo la
superficie del mar. El verano anterior, el padre de Olympia insistió en que
ella debía aprender a nadar si quería salir sola en la barca. Su propio padre le
dio las lecciones en la bahía. La sensación del fango entre sus dedos y el
posible contacto con alguna criatura resbaladiza la aterrorizaban hasta tal
punto que aprendió a nadar de forma sorprendentemente rápida; al menos,
lo suficientemente bien como para poder salvarse si la barca naufragaba
cerca de la orilla. Y todo ello a pesar del aspecto insólito, por no decir cómico,
que tenía su padre en traje de baño. Y, al pensar en ello ahora, Olympia se
pregunta si, además de a la posible presencia de criaturas viscosas y
desconocidas, la rapidez con la que aprendió a nadar no pudo" deberse
también a la prisa que demostraba su padre por envolverse en un atuendo
más adecuado.
Olympia no sabe cuánto tiempo ha permanecido en el malecón. Cuando
empieza a pensar que ya es hora de regresar, una solitaria ola alcanza la roca
sobre la que está sentada y le roba un botín antes de volver a desaparecer
en la noche. Sorprendida por el gélido tacto del agua, Olympia se
incorpora de un salto. Cuando se agacha para coger el botín, recibe el
impacto de una segunda ola que, además de empaparla por completo, se
lleva el otro botín y las medias. Retrocede un par de pasos y vuelve a
incorporarse. Está claro que no va a recuperar ni los botines ni las medias.
Observa cómo los botines se alejan lentamente de las rocas hasta que
pierde de vista el primero. Temblando ligeramente y con las enaguas em-
papadas, se da la vuelta y camina hacia la casa. Llega al jardín, cuya
oscuridad sólo se ve salpicada por el brillo del rocío. Espera que nadie

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oiga el ruido de la puerta cuando entre en casa.


Ya ha atravesado la mitad del jardín cuando distingue una figura
solitaria entre las sombras del porche. Su corazón parece retroceder hasta
algún lugar helado de su pecho. Irritado por su tardanza, su padre debe
de estar esperándola. Sin duda, estará furioso con ella. Pero, un par de
pasos después, se da cuenta de que no es su padre. No, la postura de ese
hombre no es la de su padre. La ansiedad de Olympia se torna en alivio,
aunque esa sensación da paso inmediatamente a un sentimiento de
inquietud.
Se detiene un instante. No hay duda de que él la ha visto. Ya es
demasiado tarde para retroceder. Camina hacia él con una naturalidad
fingida. John Haskell se levanta de su mecedora, se acerca a los escalones
del porche y le tiende la mano a Olympia.
—Ha olvidado los botines -dice.
—Los he perdido en el mar —contesta ella.
—Mucho me temo que el mar no se los devolverá. Le he dicho a su padre
que creía que ya se había ido a acostar —añade tras un breve silencio-. Pero
veo que estaba equivocado.Ya es muy tarde. Tendría que estar en la cama.
—Sí —dice ella.
—Está pálida —dice él—. Seguro que le vendría bien beber algo caliente.
—No es necesario —dice ella acompañando las palabras con un ademán de
la mano—. Sólo necesito sentarme un momento para recuperar el aliento.
Olympia nota una mano bajo su codo. Haskell la conduce hasta una de
las mecedoras.
—Está empapada -dice él al tiempo que le ofrece una taza de té—. Beba
un poco. Todavía está caliente.
Olympia rodea la taza con las dos manos y se la acerca a los labios.
Cuando el líquido caliente llega hasta su estómago, un agradable cosquilleo
le recorre el cuerpo. Bebe un nuevo sorbo y le devuelve la taza a Haskell.
Él lleva abierto el cuello de la camisa. Su chaqueta cuelga de una de las
mecedoras de mimbre. Olympia, que se siente embarazosamente consciente
de la desnudez de sus tobillos, intenta ocultarla levantando un poco los pies
bajo la mecedora.
John Haskell deja la taza sobre su plato y se reclina en su asiento. Está tan
cerca de ella que si extendiera el brazo podría tocarle la rodilla.
—Ha estado demasiado tiempo en el malecón —dice.
—Es la noche del solsticio de verano -contesta ella como si eso bastara
para explicar su comportamiento.
—Ha sido muy amable conmigo al hablar así de mi libro —dice él.
Ahí está, piensa ella, finalmente, el desprecio. Pero está confundida.
—Ningún escritor podría esperar más de un lector —añade él.
-Me valora usted en exceso -dice Olympia-. Cualquiera advertiría el
propósito de sus ensayos.
-Mucho me temo que me he equivocado al escribir un libro -dice él-, pues

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así sólo he conseguido llegar a un escaso grupo de lectores. Hubiera sido


mejor editar un panfleto, como me sugería originalmente mi instinto. Pero
me temo que, en esta ocasión, mi vanidad haya podido más que mi instinto.
-Sí, con un panfleto conseguiría llegar a un público más numeroso —dice
ella.
-Y es necesario que lo consiga —dice él—. Las condiciones de vida de esa
pobre gente son realmente atroces. Mucho me temo que ya nadie recuerde
los ideales de la Ilustración.
-Creo que entiendo a qué se refiere —dice ella y, aunque sabe que debería
subir a su habitación y ponerse algo de ropa seca, no desea abandonar el
porche—. Usted quisiera recuperar alguno de esos ideales. ¿No es así? —
pregunta.
Él niega con la cabeza.
-No aspiro a tanto -dice-. Tan sólo intento mejorar la situación de los
obreros. Su salud, las condiciones sanitarias, la atención médica...
-¿Y por eso va a trabajar eri el dispensario?
-Así es. De hecho, ya estoy trabajando en Ely Falls. Un breve silencio
ocupa el espacio que los separa.
-Fue muy amable por su parte mostrar tanto interés por los dibujos —dice
él.
-Me encantaría verlos —insiste ella.
-Entonces pediré que me los traigan.
-No quisiera causarle ninguna molestia.
-No es ninguna molestia.
-Debo irme -dice Olympia al tiempo que se levanta. Pero, al hacerlo,
varios mechones de cabello se desprenden de una de sus peinetas y ésta
cae al suelo y rebota varias veces antes de detenerse junto a la mecedora.
John Haskell, que se ha levantado al hacerlo Olympia, se agacha para
recogerla.
-Gracias -dice ella con la peineta en la palma de la mano.
-Realmente tiene usted una compostura admirable para una joven de su
edad —dice él sin previo aviso. Después inclina ligeramente la cabeza hacia
un lado, como si quisiera ver a Olympia desde otro ángulo-. Supongo que
será el resultado de la singular educación que le ha proporcionado su
padre.
Olympia no sabe qué decir.
-Yo estaba ahí ayer -dice él-. En la playa. La vi caminar hasta la orilla.
Ella sigue sin decir nada. De repente mueve la cabeza de un lado a otro,
se da la vuelta y entra en la casa.

CAPITULO 4

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Tras el encuentro con John Haskell, Olympia sube a su dormitorio sumida


en un singular estado de agitación. Abre la ventana, apoya las manos en el
alféizar y deja caer la cabeza sobre el pecho, sintiendo la humedad de la
noche en la cara, en el cabello, en el cuello.
Se pone un camisón blanco de lino que no ha usado desde el verano
pasado. Aunque el suave tacto de la tela le resulta tan placentero como de
costumbre, Olympia advierte que las mangas le quedan al menos tres centí-
metros por encima de la muñeca. Un delicado encaje de lanzadera cubre los
puños del camisón. Lo ha hecho su madre, que se entrega asiduamente a
esta actividad, aunque, a pesar de sus esfuerzos, no haya conseguido trans-
mitirle esa pasión a su hija. Olympia se sienta en la cama y, con los pies
desnudos apoyados en el suelo de madera, se recoge el pelo en una trenza.
Hace años que se ha acostumbrado a la humedad de Fortune's Rocks,
donde las sábanas siempre están húmedas y los vestidos pierden la forma si
permanecen demasiado tiempo guardados en los armarios.
Una vez acostada, no tarda en conciliar el sueño. Esa noche, sus sueños son
distintos de todos los que ha tenido antes, distintos tanto en su textura
como en su naturaleza.Y esos sorprendentes sueños le proporcionan las
sensaciones físicas más privadas y placenteras que ha experimentado a lo
largo de toda su corta vida.
Olympia se despierta al amanecer, inmersa en un revoltijo de sábanas
que aumenta su desconcierto. Tiene la sensación de haber hablado con
John Haskell hace tan sólo unos instantes, aunque, por supuesto, sabe que
no es así. Se pregunta si no estará enferma, si no habrá sufrido una
alucinación, si, después de todo, no estará empezando a parecerse a su
madre. Pero no tarda en liberarse de esos pensamientos, pues las
sensaciones que embargan su cuerpo son cálidas y acogedoras como una
bañera llena de agua caliente y, aunque dude de su bondad, no puede
evitar deleitarse en ellas. Hasta tal punto que odia ver cómo se diluyen
con la llegada del amanecer.
Las sesiones fotográficas empiezan inmediatamente después del desayuno.
Sabiamente, Haskell decide comenzar con los niños, evitando así su
impaciencia y permitiendo que emprendan otras actividades sin tener que
esperar demasiado tiempo. La cámara, de fabricación inglesa, viene en una
funda de caoba con abrazaderas de latón. Haskell explica que dentro de la
cámara hay una cavidad de metal, con forma cilindrica y forrada de ter-
ciopelo negro, en la que se introduce la película. Una vez expuesta, la
película se extrae por el lado contrario de la cavidad. La cámara contiene
película para cuarenta exposiciones; más que suficiente como para fotogra-
fiar varias veces a cada uno de ellos. Olympia observa con satisfacción que la
cámara puede sujetarse con las manos y que, por tanto, el proceso no será
tan arduo como cuando era necesario que la persona retratada per-
maneciera inmóvil en una silla mientras la cámara, anclada en un trípode,
inmortalizaba su rígida expresión en un proceso tedioso en el que una mera

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sonrisa o el menor movimiento podía arruinar el resultado final.


Para aprovechar la abundante luz de ese hermoso día, Haskell decide
realizar las fotografías junto a los escalones del porche. Mientras cada uno
de ellos es retratado, los demás ocupan su tiempo leyendo o conversando o,
sencillamente, mirando el mar, una actividad que puede ocupar
placenteramente muchas horas del día. Olympia se sienta en una silla y
observa cómo trabaja Haskell. Y, mientras lo hace, descubre que la falsa
intimidad que existe en un sueño puede perdurar una vez acabado éste,
como si determinadas palabras que no han sido dichas o determinados
actos que no han acontecido realmente sí lo hubieran hecho. Así, la persona
del sueño puede convertirse en alguien familiar cuando, de hecho, esa fami-
liaridad nunca ha existido.
Con su traje blanco de lino, su chalina y un sombrero de paja que apenas
tarda en quitarse, Haskell le sugiere a la persona que esté posando en cada
momento que incline un poco la cabeza o que coloque el brazo de esta u otra
manera. A veces sé acerca y le obliga a mover mínimamente un hombro.
Como es de esperar, los niños apenas consiguen estarse quietos durante
unos segundos. A Olympia le impresiona la paciencia que demuestra
Haskell al fotografiar a sus dos hijos pequeños, Randall y May. Haskell
espera y espera hasta que los niños divisan un barco de pesca que navega
cerca de la costa y hace la fotografía justo cuando sus dos hijos observan la
embarcación con los ojos abiertos de par en par y la boca entreabierta.
Cuando el laboratorio de Rochester le devuelva las fotografías a Haskell,
Olympia se sentirá impresionada por la precisión de los contornos y por la
nitidez de esos gestos faciales que tendemos a no observar en la vida co -
tidiana, cuando los rasgos suelen estar ocultos tras alguna sombra o cuando,
por razones de educación, las miradas suelen ser demasiado breves.
Sentada en los escalones del porche, Martha parece una niña que, ante
todo, desea que la tomen en serio. A Clementine, sin embargo, incluso
levantar la cabeza para mirar hacia la cámara parece suponerle un gran
esfuerzo. Las dos hermanas llevan vestidos blancos, a modo de delantales,
con blusas de color azul claro y sendos lazos en el pelo. Cuando le llega el
turno a su esposa, Haskell le pide que se siente de perfil y que se levante
mínimamente la falda para dejar a la vista uno de sus botines con botones de
perlas. Olympia observa el encantador perfil de Catherine, con los pómulos
marcados, el esbelto cuello y una barbilla ni demasiado delicada ni dema-
siado pronunciada. Aunque parece relajada, su postura es impecable. Lleva
puesto un sombrero de paja con un gran lazo y numerosas flores en el ala.
Debajo del sombrero, su abundante cabello cae, recogido en numerosos
bucles. Pero lo más sorprendente es su hermoso traje blanco de delicado lino,
con una falda de cintura alta y ajustada y una chaqueta rematada por un
volante que cae hasta las caderas. Es un traje que transmite elegancia y
desenfado al tiempo que rechaza cualquier tipo de ornamentación excesiva.
Mientras fotografía a Catherine, Haskell se comunica con ella mediante
monosílabos y gestos distendidos, compartiendo un lenguaje íntimo que sólo

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ellos conocen.
Philbrick muestra un gran interés por el funcionamiento de la
cámara.Vestido con la misma chaqueta a rayas de la noche anterior, se
levanta una y otra vez para mirar por el visor. Pregunta por qué se ve
invertida la imagen y se maravilla ante la habilidad que demuestra Haskell a
la hora de elegir las expresiones y las posturas que más favorecen a cada
persona. Cote lleva puesta una levita azul marino y una camisa blanca de
seda que acentúan las planicies de su rostro. Como es de esperar, el padre de
Olympia, que es de la opinión de que ni siquiera en la playa es conveniente
demostrar demasiada informalidad, hace que Haskell lo fotografíe de pie y
con el sombrero puesto. Finalmente, la madre de Olympia también accede a
ser fotografiada, aunque, eso sí, oculta tras un velo y sin mirar hacia la
cámara. Aun así, se estremece cada vez que oye el sonido del obturador,
como si, en vez de estar delante de una cámara fotográfica, la estuvieran
apuntando con una pistola.
—Ha prestado tanta atención que creo que sería capaz de hacer las
fotografías usted misma —le dice Haskell a Olympia después de acabar los
retratos de su madre.
—Desde luego, resulta fascinante -contesta ella y, tras una breve pausa,
decide que es preferible no añadir que, en su opinión, puede aprenderse
tanto o más sobre una persona observándola posar que a través de los gestos
aislados que capturan las fotografías.
—Es su turno —dice Haskell, dirigiéndose a Olympia con la familiaridad
de un pariente, al igual que lo hizo Catherine la noche anterior-. Siéntese
aquí. En los escalones —añade señalando el lugar con la mano.
Olympia se sienta, se alisa la falda y, tal y como le pide él, coloca las piernas
de lado. Aunque quiere cooperar, hay algo en su postura que no es de su
agrado. Tampoco debe de agradarle a Haskell, pues éste la observa con gesto
pensativo. Y, durante unos segundos, Olympia se siente como si Haskell
estuviera repasando mentalmente todos sus defectos, aunque piensa que eso
explica hasta cierto punto su interés por la medicina y la fotografía. ¿Acaso
no requieren ambas actividades un profundo interés por el cuerpo humano?
Al levantarse esa mañana, Olympia se ha puesto un vestido camisero de
lino blanco con una banda azul marino que le oprime la cintura. Un chai del
mismo color que la banda le rodea los hombros bajo un sombrero blanco de
amplias alas al que a Olympia le hubiera gustado añadir unas rosas
silvestres o la flor de una hortensia. Haskell se acerca a ella y vuelve a
alejarse, da unos pasos hacia la derecha y después hacia la izquierda, ob -
servándola a través de la cámara.
—Olympia, levante un poco el hombro, por favor —dice—. Así. Gire un
poco la cara hacia mí. Despacio. Sí. Ya es suficiente. Perfecto. Ahora no se
mueva.
Ella obedece.
Él aprieta el obturador y hace avanzar la película.
—No —dice para sí mismo con tono de decepción.

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—A mí me parece que está muy bien así —opina Philbrick, que está
deseando que acabe la sesión para poder ir a la playa y disfrutar del picnic
que sin duda los espera allí.
—Está encantadora —dice Catherine, que hace punto sentada en una de
las mecedoras.
—Creo que debería sentarse más erguida —opina la madre de Olympia
—. Mi hija tiende a dejar caer los hombros.
—Olympia, deje caer el brazo. Incline un poco la cabeza. Así —dice
Haskell al tiempo que hace una demostración Molesta ante tantas
opiniones, Olympia levanta los brazos, extrae la horquilla que sujeta el
sombrero a su cabello, se lo quita y lo arroja sobre un escalón.
—De ninguna manera —oye decir a su madre-. Ninguna mujer ha sido
fotografiada sin sombrero, ni tan siquiera las niñas.
Haskell guarda silencio durante unos instantes. Después se acerca
lentamente a Olympia. Por un momento, ella piensa que va a decirle algo,
pero él se limita a levantarle la barbilla con la punta de los dedos. Más y
más arriba, hasta que ella se ve forzada a mirarlo a los ojos. Haskell estudia
su rostro durante unos segundos y luego baja lentamente la mano por el
cuello de Olympia. El contacto es tan breve, tan suave, como el de un
mechón de cabello que roza por un instante la piel.
Esa fugaz caricia, el primer contacto íntimo de su vida, hace que Olympia
recuerde sus sueños de la noche anterior. Su mirada se relaja y sus ojos se
llenan de brillo. El color de sus mejillas delata su confusión. Olympia piensa
que no será capaz de ocultar las escenas que flotan detrás de sus ojos.
Teme oír algún comentario escandalizado, pero las palabras impacientes
que escucha confirman que nadie ha advertido nada fuera de lo normal en
el gesto de Haskell. Y entonces se pregunta si realmente ha ocurrido o si se
lo ha imaginado.
Algún tiempo después, cuando vea las fotografías por primera vez, se
sorprenderá al observar la aparente serenidad de su rostro, la firmeza de su
mirada, la corrección de su postura. En la fotografía, sus ojos estarán ligera-
mente entornados y una sombra cruzará su cuello. El chal rodeará sus
hombros y sus manos descansarán sobre su regazo. En esa engañosa
fotografía no se advertirá suturbaciól. Y Olympia pensará que la fotografía
se parece al mar, que es capaz de ocultar todo tipo de corrientes y
profundidades bajo una superficie aparentemente afable.
—Bueno —dice Philbrick al tiempo que se levanta de su asiento-. Yo me
voy a la playa.

Cumpliendo con lo previsto, llegan a la playa a las doce. Todos menos la


madre de Olympia y Catherine, que se queda en la casa haciéndole
compañía a su anfitriona.Jo-siah ha preparado un elaborado picnic en una
cesta de mimbre tan grande que hacen falta dos niños para transportarla. El
sol sigue luciendo con fuerza y, aunque las olas se muestran enérgicas, todos

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se aventuran a entrar en el agua. Todos menos Olympia y Haskell. Olympia


ha olvidado deliberadamente su traje de baño, pues, dada la compañía, se
sentiría profundamente incómoda en ese estado de desnudez. Ocupado con
la cámara, Haskell no ha tenido tiempo de cambiarse. De hecho, la cámara
todavía lo acompaña en su funda de caoba.
La bonanza del día parece haber atraído a la playa a la práctica totalidad
de los vecinos de Fortunes Rocks. Olympia observa los grupos de niños que
juegan bajo la atenta mirada de sus institutrices. No demasiado lejos, una
mujer cuida de ocho bebés colocados en sendos cestos de mimbre. Desde
donde están sentados, Haskell y Olympia sólo pueden ver sus pequeñas
cabezas asomándose por encima del borde de cada cesto. Realmente es una
escena cómica. Pequeños grupos de mujeres con incómodos vestidos negros
de tafetán, elaborados sombreros, guantes, botines y sombrillas con volantes
salpican la playa evitando cualquier contacto con la arena o el sol.
A Olympia le sorprende que no se derritan. Los hombres pasean de un
lado a otro o conversan en grupo, ataviados con unos trajes de baño que,
más que cualquier otra cosa, parecen pijamas de una sola pieza; mojada, la
tela de los trajes de baño cuelga o se pega de forma ridicula en torno a sus
cuerpos. ¿Aunque dónde si no en la playa podrían concederse una licencia
así?
Después de extender la comida sobre el mantel, Philbrick, Cote y, muy a
su pesar, el padre de Olympia acompañan hasta la orilla a Martha y a los
demás niños, que llevan trajes de marinero y medias oscuras. Haskell y
Olympia permanecen junto al mantel, que está colocado a unos quince
metros de la orilla. Haskell se quita la chaqueta, la chalina, los zapatos y los
calcetines, se remanga los pantalones de lino blanco hasta justo debajo de
las rodillas y se recuesta, apoyándose sobre un codo.
Olympia sirve en un plato unos huevos duros, unas lonchas de lengua,
pan y mantequilla y se lo ofrece a Haskell. Él no duda en aceptarlo.
Después, Olympia se sirve un plato para ella. Comen en silencio, Haskell
recostado y Olympia sentada a su lado en un pequeño taburete. De vez en
cuando, la brisa obliga a alguno de ellos a anclar una esquina del mantel o a
sujetarse el sombrero. Olympia llena dos vasos de limonada y le da uno a
Haskell.
—¿En qué consiste exactamente su trabajo en el dispensario? —
pregunta con voz forzada, o al menos eso le parece a ella.
—Hago un poco de todo —dice él—. Arreglo fracturas, amputo dedos y trato
casos de difteria, de neumonía, de tifus, de disentería, de sífilis... -Hace una
pausa—. Pero no creo que éste sea un terna de conversación adecuado para
una joven de su edad —dice después de limpiarse la boca con la servilleta.
El ala del sombrero de paja le ensombrece los ojos.
-¿Por qué no? —pregunta ella.
-¿Ha estado alguna vez en Ely Falls?
-Sólo una vez —confiesa ella—. El verano pasado. Fui con mi padre,
aunque ni siquiera me dejó bajar del coche.

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-Precisamente a eso me refiero. Es un lugar espantoso, Olympia. Un


lugar mugriento, plagado de enfermedades.
La brisa levanta la falda del vestido de Olympia y ella se apresura a
colocársela bien. El sol se refleja con tanta fuerza sobre el agua que, a
pesar de llevar sombrero, Olympia tiene que entornar los ojos.
-¿Cree que podría acompañarlo algún día al dispensario? —pregunta—.
Me gustaría ver personalmente la pobreza de la que habla. Quizá pueda
ayudarlo en algo.
-La pobreza no es algo agradable, Olympia. No me malinterprete. Los
obreros de Ely Falls son buenas personas, pero el dispensario no es un
lugar apropiado para una joven de su condición.
-Entonces, al menos dígame una cosa -dice ella sin darse por vencida—.
¿Trabajan chicas de quince años en la fábrica?
Olympia sabe perfectamente que sí.
-Sí -contesta él-. Pero eso no significa que deban hacerlo.
-¿Y va alguna vez alguna de esas chicas al dispensario? Él vacila durante
unos instantes.
-Sí -dice finalmente—. Pero sólo como paciente o acompañando a algún
pariente.
-Pues, entonces...
—No creo que sea una buena idea —insiste él—. En cualquier caso,
tendría que pedirle permiso a su padre y, sinceramente, dudo que se lo
diera.
—Puede que mi padre le sorprendiera -dice Olympia—. A veces sus
puntos de vista sobre mi educación no son nada ortodoxos.
Haskell coge un puñado de arena y observa cómo desaparece entre sus
dedos. Se quita el sombrero, se tumba sobre el mantel y cierra los ojos.
¿Sabrá que ella lo está observando? Parece tranquilo. Incluso parece estar a
punto de quedarse dormido. Las líneas de su rostro son alargadas. Olympia
se sorprende al ver lo tersa que es la piel de sus velludas pantorrillas. Mira
un momento hacia la orilla. Después vuelve a mirar a Haskell. Sabe que los
demás volverán de un momento a otro, mojados, envueltos en sus toallas,
con una costra de arena en los pies, hambrientos, sedientos, llenos de vigor
después del ejercicio. Sin hacer ruido, saca la cámara de la funda y mira a
través del visor. A lo largo de la mañana, ha visto tantas veces cómo lo hacía
Haskell que sabe perfectamente cómo funciona el mecanismo.
Detrás de Haskell, la cámara encuadra un cobertizo de pescadores. Un
grupo de bañistas descansa frente a la modesta construcción. Olympia se da
cuenta de que la están mirando. Supone que será una familia de Ely Falls,
pues su picnic es más bien modesto. Son once o doce personas. Por lo que
puede ver Olympia, todos deben de haberse bañado en el mar. Incluso las
mujeres tienen el cabello mojado. Miran a Olympia abiertamente, con una
deliberada falta de modales. Por la delgadez de sus caras, Olympia piensa
que al menos dos de los niños deben de estar desnutridos.
Aprieta el obturador.

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Sorprendido, Haskell abre los ojos. Olympia vuelve a colocar la cámara en la


funda.
—Olympia —dice él al tiempo que se incorpora.
Ella cierra la tapa de la funda y ajusta las abrazaderas. Al mirar hacia el
mar, ve a su padre salir del agua y ponerse el albornoz que ha dejado junto
a la orilla para ocultar lo antes posible su vergonzosa condición de se-
midesnudez. Mientras lo observa, Olympia se pregunta si la habrá visto
haciendo la fotografía. Cuando su padre llega hasta donde están ellos,
Olympia piensa que debe de advertir la tensión, una tensión que Haskell y
ella intentan ocultar prestándole una atención exagerada al recién llegado.
Haskell se levanta y le ofrece una toalla seca mientras Olympia le prepara un
plato. Pero el padre de Olympia no pregunta qué han estado haciendo
mientras ellos se bañaban. No lo pregunta ni entonces ni en ningún otro
momento.
Los demás no tardan en seguir los pasos del padre de Olympia.
Zachariah Cote tiene un aspecto bastante cómico con el traje de baño, que
revela unas caderas demasiado anchas. Desde luego, tiene mejor aspecto
con la levita. ¿Aunque acaso no lo tendría cualquier otro hombre? Sin la
menor muestra de pudor, Philbrick se sienta en el mantel y procede a
consumir un copioso almuerzo con evidente placer. Olympia, incapaz de
mantener la compostura delante de los recién llegados, se levanta, coge
unas toallas y se las lleva a las niñas, que se envuelven en la tela seca como
si se introdujeran en un capullo. Incluso Martha parece alegrarse de verla.
Las medias se le han llenado de arena y, al salir del agua, los granitos de
tierra forman extraños bultos en sus pantorr illas.
Precedidas de Olympia, las niñas se unen a los demás junto al mantel.
Haskell se ha ido.

Esa tarde, Haskell no baja a cenar. Cuando Olympia pregunta por él,
Catherine le dice que ha tenido que ir al dispensario. Olympia
prácticamente no prueba la comida. Nunca podría haber imaginado hasta
qué punto nota su ausencia. Esa será la primera de las muchas noches en
las que se sentirá como si su vida, que hasta ayer mismo le parecía
razonablemente completa, careciera de una pieza vital para su felicidad.
A mitad de la cena, un trueno retumba en la casa. Olympia llega a
sentir las vibraciones a través del suelo de madera. Un rayo corta el cielo
detrás de las ventanas.
-¡Una tormenta! -exclama Catherine.
-El hombre que nos trae los bogavantes dijo que esta noche habría
tormenta —interviene la madre de Olympia.
-Me he dejado abierta la ventana de mi cuarto -dice Olympia, feliz de
tener una excusa para abandonar la mesa.
-¿Saben que, con la tormenta, muchos bogavantes perderán sus pinzas?
-comenta el padre de Olympia.

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-Resulta fascinante —dice Catherine.


Y entonces llega la lluvia, una lluvia intensa que golpea las ventanas
como si deseara que la dejasen entrar.
Olympia sube a su dormitorio y se deja caer sobre la cama sumida en un
estado de confusión para el que nadie la ha preparado nunca. Un estado
de ansiedad que ni siquiera se siente capaz de describir. Algo de lo que no
se atreve a hablarle a nadie; ni siquiera a Lisette, que podría haberle
ofrecido algún consejo práctico. ¿Cómo iba a decirle a alguien que alberga
unos sentimientos tan extraordinarios e inapropiados hacia un hombre al
que apenas conoce? Hacia un hombre que casi triplica su edad. Hacia un
hombre que está felizmente casado con una mujer a la que Olympia admira.
Al cabo de unos minutos, se sienta en el borde de la cama, coge el libro de
Haskell, que sigue sobre su mesilla de noche, y lee hasta que la vista se le
nubla y los sentidos se le embotan; lee hasta que por fin se siente capaz de
conciliar el sueño.
Más adelante sabrá que Haskell no fue al dispensario, sino que estuvo
paseando por la playa, intentando ordenar sus ideas, hasta que la tormenta
lo obligó a volver a la casa en busca de refugio.

Antes de rayar el alba, un sonido ronco despierta a Olympia. Al principio


piensa que debe de ser parte de algún sueño del que no consigue escapar,
pero no tarda en darse cuenta de que el sonido procede de fuera de la casa.
Se levanta y se acerca a la ventana. La playa está llena de hombres.
Para protegerse del frío, se rodea los hombros con el chal que encuentra
sobre la silla. La playa de Fortunes Rocks está salpicada de hogueras.
Olympia no entiende el porqué de las hogueras hasta que ve a varios
hombres con flotadores de corcho en la cintura. Junto a la hoguera más
cercana, distingue a Rufus Philbrick y a su padre y a John Haskell, todavía
con sus camisones de noche. Al ver que señalan hacia el mar, Olympia mira
en esa dirección hasta descubrir lo que llama la atención de los hombres: a
menos de cien metros de la orilla, un barco con el palo de mesana caído
está a punto de hundirse. Con la proa hecha añicos, el navio cabecea una y
otra vez contra las rocas.
Las puertas de la caseta del equipo de salvamento, construido tan sólo
hace un año, están abiertas de par en par. Media docena de hombres
ataviados con impermeables y unas botas que les llegan hasta las ingles,
empujan hasta la orilla la larga y estrecha barca de salvamento. A estas
alturas, la operación de salvamento ha atraído a multitud de vecinos.
Olympia sale de la casa y se detiene en la oscuridad, justo fuera del
alcance de la luz de las hogueras. El viento levanta chispas del fuego y
amenaza con extinguir las luces rojas de las linternas con las que los
miembros del equipo de salvamento se comunican con los tripulantes del
barco. El navio, lleno de hombres y mujeres encaramados a los aparejos, se
inclina a merced de las espumosas corrientes.

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Olympia nota una mano en el hombro. Asustada, se da la vuelta.


—La he visto desde el porche -dice Catherine Haskell al tiempo que la
cubre con una capa—. No debería estar aquí fuera.
Olympia agradece el calor de la capa.
—¿Qué ha pasado? —le pregunta a Catherine.
—Es terrible, querida. Terrible. Si al menos el equipo de salvamento
consiguiera llegar hasta el barco.
—¿Cuánta gente hay en el barco? —pregunta Olympia.
—No lo sé —contesta Catherine—. Por lo visto, el barco zarpó de
Liverpool. Tenía que amarrar en Gloucester, pero la tormenta lo alejó de su
rumbo.
La tormenta dificulta el intercambio de palabras. El pelo de Catherine se
agita en torno a su cara y el borde del camisón de Olympia la golpea una y
otra vez en los tobillos. Las dos mujeres observan cómo sacan un pequeño
cañón del cobertizo de salvamento.
—¿Qué van a hacer? —pregunta Olympia.
—Es para lanzar el cabo del andarivel de salvamento -contesta
Catherine.
Una bengala ilumina el buque. Una mujer cae al mar. Alguien grita en la
playa. Catherine abraza a Olympia contra su cuerpo, como si quisiera
protegerla de la escena. Se separan justo cuando un hombre es arrastrado
por una inmensa ola.
—Dios mío —exclama Catherine.
Olympia nunca ha visto la muerte de cerca. Cierra los ojos al oír el
disparo del cañón. Al volver a abrirlos, ve cómo una bola atada a un cabo
sobrevuela las olas y cae detrás del buque. Inmediatamente, el equipo de
salvamento tensa el cabo, uniendo el buque a la costa. Uno de los miembros
del equipo se sube al andarivel, una especie de arnés que parece un
inmenso pantalón. Mientras sus compañeros hacen avanzar el mecanismo
mediante unas poleas, el andarivel se acerca lentamente al buque,
balanceándose a escasos centímetros de las olas.
En la orilla, John Haskell y el padre de Olympia ayudan a introducir la
barca de salvamento en el agua. El padre de Olympia hace un gesto de
intensa concentración. Tiene la parte baja del camisón abierta. Olympia
observa la palidez de sus delgadas piernas. Aunque el cuerpo de su padre
la avergüenza, su determinación la llena de orgullo.
Más tarde, Olympia y Catherine sabrán que el buque, que se llamaba Mary
Dexter, y cuyo pasaje estaba formado por inmigrantes noruegos, había
sufrido ciertos daños al atracar en Quebec. No obstante, impaciente por
llegar a su destino, el capitán había decidido abandonar el puerto antes de
que pudieran acabarse las reparaciones.
Catherine y Olympia observan cómo el andarivel de salvamento regresa
a la orilla transportando a una mujer que, a su vez, lleva a una niña en
brazos.
—Se van a caer —exclama Catherine.

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Las personas que observan la escena desde la orilla deben de compartir


su temor, pues Haskell se adentra entre las olas para ayudar a la mujer.
Alcanza el andarivel y lo lleva hasta la orilla, donde, con la ayuda de Rufus
Philbrick, desatan a la mujer y la acercan hasta una de las hogueras. Un
nuevo miembro del equipo de salvamento se sube al andarivel y es
transportado hacia el navio moribundo.
-Tengo que ir a ayudar a John —dice Catherine.
Olympia observa cómo Catherine Haskell corre hacia su marido.
Mientras el padre de Olympia atiende a la mujer que acaban de rescatar,
rodeándola con una de las mantas que Josiah ha traído de la casa, John
Haskell tumba a la niña junto a la hoguera e intenta reanimarla. Al llegar
junto a su marido, Catherine apoya una mano en su espalda. Él levanta la
mirada y le dice algo y Catherine acude a ayudar al padre de Olympia.
Cuando la niña vuelve a respirar, Haskell la coge en brazos y camina
apresuradamente hacia la casa. Olympia respira hondo, pues sabe que
Haskell tiene que pasar por donde está ella.
El cabello de Olympia se agita con tanta fuerza bajo el viento que tiene que
sujetárselo con las manos para poder ver a Haskell. Él lleva a la niña sujeta
por la espalda y por las piernas. No se detiene. No puede detenerse. Pero,
aun así, mira fijamente a Olympia al pasar junto a ella. Sus miradas se
cruzan fugazmente y puede que ella diga su nombre, no John, sino Haskell,
que es como piensa en él. Y, un momento después, Haskell ya no está junto a
ella.
Olympia permanece inmóvil, como paralizada, hasta que oye la voz de su
padre llamándola. Levanta un brazo para hacerle saber que lo ha oído.
Quiere ayudar. Claro que quiere ayudar. Quiere correr hacia él, pero sus
piernas no le responden. Su padre vuelve a llamarla. Cuando Olympia por
fin consigue moverse, la arena parece pegarse a sus pies, ralentizando sus
pasos, como en ocasiones sucede en los sueños. Intenta correr, pero se pisa el
camisón y cae al suelo.
Al levantar la cabeza, ve que su padre se está acercando a ella. Sigue
llamándola. Olympia agita una mano. No quiere que la vea en ese estado. El
se agacha y apoya una mano sobre su hombro. A Olympia, la mano de su
padre le resulta extraña, ajena, pero, de alguna manera, ese contacto la
devuelve a la realidad. Se frota los ojos con la manga del camisón.
-¿Olympia?
Aunque torpemente, ella consigue levantarse. Está a punto de amanecer y
el drama del naufragio cada vez se distingue con mayor nitidez.
-Estoy bien, padre —dice ella—. He tropezado con el camisón.
Se rodea los hombros con la capa de Catherine.
-Dime qué puedo hacer. Quiero ayudar -dice Olympia.
En la madrugada del 23 de junio de 1899, setenta y cuatro pasajeros y el
capitán del Mary Dexter mueren ahogados y cincuenta y ocho pasajeros y
siete miembros de la tripulación son rescatados con vida. También muere
un miembro del equipo de salvamento. La barca de salvamento, con una

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docena de hombres a bordo, se aleja del Mary Dexter justo antes de que el
barco, reducido a astillas por las rocas, sea engullido definitivamente por el
mar. A pesar de la magnitud del desastre, los vecinos de Fortunes Rocks no
pueden evitar sentir cierto orgullo por el éxito del andarivel de salvamento,
que nunca había sido utilizado con anterioridad.

El viejo convento todavía conserva multitud de pequeñas habitaciones, a


modo de celdas, en la segunda planta. Dos de ellas están ocupadas por
Josiah y Lisette, pero la mayoría permanecen vacías. La casa se convierte in-
mediatamente en una especie de hospital militar de campaña regentado
por la familia de Olympia, sus invitados y el servicio. El padre de Olympia
es el general al mando; John Haskell es el médico jefe, con todas las
responsabilidades que ello implica; Catherine Haskell es la enfermera;
Josiah, el curtido sargento, siempre dispuesto a resolver cualquier posible
crisis y con una capacidad de organización qué está fuera de toda duda;
Philbrick, el responsable de intendencia; Zachariah Cote, una especie de
desertor que, tras fingir estar dormido durante el rescate de los náufragos,
ahora considera que su única responsabilidad consiste en hacer compañía a
la madre de Olympia; y Olympia, una recluta que ha sido admitida
temporalmente entre las filas de los adultos.
Dado que ninguno de los inmigrantes noruegos habla inglés, esa mañana
Olympia recibe el encargo de descifrar los ruegos de los náufragos; una
tarea para la que sólo dispone de gestos faciales y movimientos de las ma-
nos. Las mujeres lloran desconsoladamente la pérdida de sus maridos. Una
de ellas, con el pelo rubio y los ojos grises, está acompañada de cinco niños
pequeños. Cuando entra en la casa, la expresión de su rostro es salvaje,
como si todavía temiera por su vida. El pánico la domina hasta tal punto
que Olympia y Catherine tienen que encargarse personalmente de los
niños. Olympia se siente frustrada por su incapacidad para consolar a la
mujer noruega, aunque espera que al menos su tono de voz y sus gestos le
resulten reconfortantes. Al igual que la mayoría de los náufragos, la mujer
está en un estado físico lamentable. Algo que hace que Olympia se
pregunte por las condiciones en las que deben de haber vivido en el barco
los inmigrantes noruegos.
Los pasillos de la casa están sumidos en un mar de sonidos: niños
llorando, mujeres hablando excitadamen-te en un idioma incomprensible,
gente corriendo de un lado a otro... Llevan una bañera de cobre a la cocina
y cuelgan una tela delante a modo de cortina. Mientras baña a los niños,
Olympia se sorprende al darse cuenta de que incluso la más estricta de las
morales puede abandonarse fácilmente en momentos de crisis.
A media mañana, han conseguido establecer el orden en la casa. Olympia
está bañando a una niña con rizos plateados que puede, o no, llamarse
Anna. Aunque apenas se comunica verbalmente con la niña, consigue ha-
cerlo esculpiendo un barco de jabón y haciéndolo navegar y sumergirse en

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el agua turbia de la bañera. La niña parece haber olvidado los trágicos


acontecimientos de la noche, como sólo un niño podría hacerlo. De hecho,
incluso parece disfrutar del baño hasta que Olympia procede a lavarle el
pelo. Mientras lo hace, Olympia oye un ruido a su espalda. Es John
Haskell, que acaba de entrar en la cocina.
-No se preocupe por mí. Siga bañando a la niña —dice él mientras se
pellizca el puente de la nariz entre el índice y el pulgar. Se apoya contra la
mesa de madera de pino y cruza los brazos. Parece cansado.
Protegiendo los ojos de la niña con una mano, Olympia vierte una jarra
de agua sobre su cabeza plateada. La niña se queja amargamente. Olympia
observa las costillas del desafortunado navio a través de una de las
ventanas. La escena le hace pensar en el esqueleto de una ballena varada.
La caseta de salvamento, que hace unas horas era el centro de una actividad
frenética, se alza silenciosa junto a la orilla. Iluminada por el sol, incluso
parece hermosa. Es una sólida estructura con multitud de ventanas y una
gran torre con una azotea de vigilancia. Los aleros del afilado tejado rojo
están decorados con bellos relieves. Alrededor de la caseta, la naturaleza
luce espléndida e indiferente a la tragedia.
-Hemos hecho todo lo que hemos podido -dice Haskell.
-Sí, así es —dice Olympia.
-Sesenta y cinco almas a salvo y tan sólo un muerto en el equipo de
salvamento. Eso es un poco menos del cincuenta por ciento del pasaje y
unas bajas de tan sólo el ocho por ciento entre el equipo de salvamento —
añade después de una breve pausa.
Ella sopesa las cifras.
-Si yo estuviera casada con uno de los hombres que han fallecido, esos
porcentajes no me brindarían ningún consuelo. Para mí la pérdida habría
sido absoluta.
Haskell la observa durante unos instantes.
—Sus palabras demuestran una madurez sorprendente para su edad —
dice.
Feliz, Olympia se sonroja.
—¿Qué tal están los náufragos? —pregunta rápidamente.
—Tenemos varias fracturas y un hombre con una herida en el cuello que
podría dejarlo paralítico. Philbrick estaba preparándolo todo para
transportar a los enfermos y a los heridos al hospital de Rye, pero Masón, el
inspector de sanidad de Ely Falls, ha declarado la casa en cuarentena.
Haskell se acerca a la bañera y saca a la niña del agua. Olympia le acerca
una toalla. Él envuelve a la niña en la toalla, la tumba sobre la mesa y la
examina. Olympia permanece inmóvil junto a la bañera. No sabe si debe
irse o quedarse. Al final, la indecisión hace que permanezca donde está.
Haskell coge uno de los paños secos que Josiah ha traído en una cesta y
envuelve a la niña. La apoya sobre su brazo y le habla y, aunque ella no
pueda entender el significado de sus palabras, el parpadeo de sus ojos de-
muestra la cualidad tranquilizadora de los arrullos de Haskell.

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—¿Ha dicho el señor Masón cuánto tiempo durará la cuarentena? —


pregunta Olympia, pensando en los inconvenientes de no poder abandonar
la casa.
—No. Es como todos los burócratas. No ha dicho nada. Catherine y los
niños tenían que viajar a York esta misma tarde.
Olympia se mantiene ocupada recogiendo los trapos mojados del suelo.
—¿Por qué a York? —pregunta.
—La madre de mi mujer vive en York. Por supuesto, Catherine y los
niños vendrán a verme todos los fines de semana y, si la casa está acabada a
tiempo, se mudarán definitivamente a Fortune's Rocks en agosto.
Olympia deja los trapos en la cesta que hay en una esquina de la cocina y
se acerca a John Haskell.
-Déjeme que lo ayude -dice mientras coge a la niña.
Y, al hacerlo, Olympia piensa que coger a una niña de los brazos de un
hombre es un gesto lleno de belleza.

CAPITULO 5

La cuarentena se levanta al cabo de tres días. Olyrnpia se pregunta qué será


de los inmigrantes noruegos. Al haber perdido todos sus bienes, los adultos
no tendrán más remedio que incorporarse a trabajar en la fábrica de Ely Falls,
pero Olympia nunca sabrá qué ha sido de los niños.
Catherine viaja a York con sus hijos y Haskell vuelve al hotel Highland.
Transcurrirá algún tiempo hasta que Olympia vuelva a verlo, pues él pasa la
mayor parte del día en el dispensario.
Olympia dedica su tiempo a la lectura de los libros que escoge su padre para
ella: El valle de la decisión, Historia de dos ciudades y La letra escarlata.
Novelas que describen el mundo en un siglo distinto al que han sido escritas
y sobre las que su padre y ella conversan ampliamente. Él argumenta que las
pautas morales de una época pasada hacen más patentes los dilemas morales
del presente, mientras que Olympia mantiene que es posible que Edith
Wharton o Charles Dickens o Nathaniel Hawthorne simplemente se
sintieran atraídos por el lenguaje barroco y el sugerente colorido de esas
épocas. Dada su escasa pericia a la hora de dibujar, Olympia recibe clases
particulares del pintor francés Claude Legny, que está pasando el verano en
las islas Shoals y que accede gentilmente a tomar el ferry cada viernes por
la mañana para viajar a Fortune's Rocks. Aunque Olympia ha demostrado
tener talento en varias actividades, el dibujo desde luego no es una de ellas.
Tiene capacidad de observación. Es capaz de describir algo nítidamente
empleando palabras, pero su mano se muestra incapaz de plasmar lo que

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observa sobre una hoja de papel. Por mucho que lo intente, se siente como
un adulto dándole instrucciones a un niño que es incapaz de entender lo
que le dicen.
Otra cosa totalmente distinta es la equitación y el tenis. Monta a caballo
asiduamente en la granja Hull, aunque, al tratarse de una actividad que ya
domina, tampoco puede decirse que se trate de un logro de ese verano. El
tenis, sin embargo, sí es una actividad nueva para Olympia. De hecho, es
una de las pocas actividades que, al exigir toda su concentración, le
brindan momentos de respiro durante los que consigue olvidarse de sus
sentimientos.
Pues, ante todo, Olympia está sumida en un estado de suspensión que de
alguna forma se asemeja a una pausa en una pieza musical, a un preludio
interrumpido. Se siente incapaz de concentrarse. Se siente aturdida ante el
peso de unos sentimientos encontrados de los que no es capaz de liberarse.
Incluso llega a preguntarse si no estará poseída, pues analiza una y otra vez
cada momento que ha compartido con Haskell, cada palabra que han
intercambiado, cada mirada, cada gesto, reviviéndolos e interpretándolos
de forma obsesiva. Da igual que esté cenando, sentada a la mesa,
escribiendo una carta en el porche o leyéndole un libro a su madre,
Olympia siempre está inventando un nuevo diálogo con Haskell o
pensando una frase ocurrente que él pudiera apreciar. De hecho, su rutina
diaria sólo tiene un fin: darse a conocer a un hombre al que apenas conoce.
Y, aunque repase mentalmente una y otra vez las mismas escenas, nunca
agota sus posibilidades. Es como si bebiera con una sed insaciable de un
vaso que se rellena continuamente. En algunas ocasiones, los recuerdos de
los breves momentos que ha compartido con Haskell pueden llegar a
convertirse en una agonía, pues Olympia es incapaz de imaginar un
desenlace feliz. Ella sólo tiene quince años. Haskell tiene casi la edad de su
padre. Además, está casado y tiene cuatro hijos. Olympia todavía depende
de su padre para su sustento. No es más que una niña, puede que incluso
una niña trastornada. En cualquier caso, una niña obsesionada por una
fantasía que se cimenta en un par de breves encuentros que, por lo que ella
sabe, incluso puede haber mal interpretado. Aun así, su incansable
imaginación no deja de torturarla y no hay ningún momento del día o de la
noche durante el que Haskell no domine sus pensamientos. Algo que hace
que Olympia se pregunte si el tormento y la angustia no irán siempre
unidos a un profundo, aunque extraño, placer. Al margen del hecho de que
parece estar permanentemente alejada del universo que habita su cuerpo,
estos últimos días se le antojan más llenos, más intensos y más reales que
ningún otro momento de su vida. Los colores parecen más vivos. La música,
que antes sólo era placentera o dificultosa, ahora es capaz de penetrar hasta
lo más profundo de su alma.Y el mar se cubre de una grandeza épica y de
una infinita capacidad de seducción que hacen que Olympia se irrite
profundamente ante cualquier interrupción mientras observa su
inmensidad en silencio, dejando que sus pensamientos floten incansa-

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blemente por su superficie.


La playa de Fortunes Rocks, que siempre ha sido una playa democrática, lo
es todavía más el Cuatro de Julio, cuando todos los vecinos de la comunidad
de veraneantes, muchos de los habitantes de Ely e incluso algunas familias
de Ely Falls se reúnen para la tradicional mariscada. La playa entera se llena
de veraneantes, de comerciantes y de familias trabajadoras de origen
francófono e irlandés. Se enciende una enorme hoguera y se cubre con algas
mojadas hasta que el vapor parece salir de la propia arena. Alrededor del
fuego se reúnen hombres de todas las clases sociales, algunos con ropa
formal, otros con una vestimenta más festiva, pero casi todos ellos dis-
frutando del licor que se sirve de grandes cántaros de barro. A intervalos
periódicos, los pescadores traen grandes cestos llenos de almejas y patatas y
vierten su contenido sobre las algas. Cuando la comida está lista, se retira de
las algas y se sirve en grandes bandejas de estaño. Mientras tanto, las
mujeres, con las sombrillas de volantes abiertas, descansan en banquetas de
madera y los niños esperan sentados sobre grandes manteles. El festejo está
estrechamente asociado a una actitud de desenfado que permite que muchos
de los hombres y las mujeres jueguen en la orilla sin más vestimenta que sus
trajes de baño. De vez en cuando, algún-criado carga con un bañista hasta
dentro del agua y lo sumerge de golpe para mitigar el impacto del frío. La
temperatura del agua casi nunca supera los veinte grados. El hotel Highland
la anuncia cada mediodía con tantas salvas como grados tenga el agua.
Desde donde está, cerca de los bañistas, Olympia puede ver que han
organizado unas carreras en la playa; con la marea baja, la arena está tan
dura junto a la orilla que incluso se podría jugar al tenis. Hay coches de todo
tipo junto al malecón. Hasta hay un par de modernos automóviles que
atraen la atención de los niños, aunque, a pesar de su curiosidad, no se
atreven a tocarlos, pues temen que arranquen solos. Un oscuro presagio,
pues, al verano siguiente, un joven arrancará sin querer uno de los
automóviles, que avanzará hasta caer sobre la playa, donde permanecerá
semienterrado durante años.
Olympia se siente a gusto con la ropa que lleva: una blusa de color gris
perla ajustada a la cintura y una falda de lino azul marino. Por alguna razón
que no acaba de comprender, aunque probablemente esté relacionada con el
aire licencioso que se respira ese día, ha decidido no llevar sombrero. Eso sí,
ha traído un chal azul marino, aunque no lo va a necesitar, pues el día es tan
caluroso que Olympia no tarda en desabotonarse los puños de la blusa y
remangarse las mangas hasta los codos. Al pensar en ello, Olympia decide
que lo que le gusta de su atuendo es su sencillez y la libertad de
movimientos que le permite. Pues lo que más desea ese día es pasar inad -
vertida mientras observa a la gente que la rodea. En cuanto al ambiente de
permisividad, Olympia ha oído que ese día nacen más idilios, se hacen más
proposiciones y se reconcilian más matrimonios que ningún otro día del año.
Algo de lo que deja constancia el número inusualmente elevado de
nacimientos que se produce durante la primera semana de abril.

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Rosamund Biddeford, cuya tolerancia para con los festejos públicos es


prácticamente nula, acompaña a Olympia durante unos minutos, come
exactamente una almeja, menciona algo sobre el dolor de cabeza que le
produce el sol y llama a Josiah para que la acompañe a casa. Olympia, a
quien la actitud de su madre no sorprende lo más mínimo, permanece
sentada en su banqueta de lona, comiendo almejas y galletas saladas
mientras observa el ir y venir de la gente. Aunque, eso sí, no pierde de vista a
su padre, que parece estar bebiendo una cantidad inusual de alcohol delante
de la hoguera. De vez en cuando, algún vecino se acerca a saludar a Olym -
pia. Algunos incluso la invitan a unirse a ellos, pero ella rechaza las
invitaciones alegando falsamente que está esperando a su madre.
Al cabo de cierto tiempo, Olympia empieza a sentirse impaciente. Es una
lástima permanecer ahí sentada en un día tan hermoso. Se levanta y pasea
por la playa, sorteando familias que han levantado auténticos campamentos
en los que no faltan ni tiendas de lona, ni finos manteles ni cubiertos de
plata. Otras familias, más modestas, se conforman con los platos de estaño y
las limonadas que les han sido proporcionados para la ocasión. Olympia
pasa al lado de una familia en la que, hasta los niños, parecen vestidos para
ir a la iglesia. A su lado hay una familia de obreros francófonos. Al igual que
la anterior, visten su mejor ropa, aunque sus ademanes son menos estirados.
Olympia piensa que ya deben de haber bebido algunas de las botellas de
vino que sin duda habrán comprado para celebrar la ocasión. Forman un
grupo alegre, aunque el volumen de sus voces todavía no es escandaloso.
Como manda la tradición, en los porches de las casas más cercanas a la playa
se celebran fiestas informales. La familia de Olympia está invitada a varias
de ellas. Este es el primer año en el que se le permite salir con amigas sin la
supervisión de sus padres, por lo que Olympia tiene pensado ir a casa de los
Farragut.Victoria Farragut es una joven de cuya compañía suele disfrutar.
Pero, mientras pasea por la playa, se da cuenta de que ese día no desea la
compañía de nadie. Pasa de largo la casa de los Farragut, observando con
disimulo la jovialidad de las personas que llenan el porche, pues no desea
que nadie pueda reconocerla e instarla a unirse a la fiesta.
Al cabo de un rato, se quita los botines y continúa andando descalza. Se
los volverá a poner antes de volver junto a la hoguera, pues sabe que, si la
viera, su padre la reprendería por su conducta. Pero ahora juega descalza
con el agua, levantándose la falda justo lo suficiente para que el agua
acaricie sus pies desnudos y retirándose de un salto cada vez que una ola
amenaza con mojarla.
A medida que se acerca al hotel Highland, sus pasos se tornan inseguros.
El hotel comparte la grandiosidad de muchas de las mansiones que
salpican esa zona de la costa, aunque a Olympia le parece que ningún otro
edificio es tan elegante como el Highland, con sus amplios porches, sus
barandas de una blancura prístina y sus mecedoras negras, alineadas en el
porche como atentos centinelas. Olympia se cruza con un jovial grupo de
hombres que sale del hotel. Después observa un grupo de empleados que

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posa delante de un fotógrafo en la escalinata que conduce al porche. Detrás


de los empleados, varias camareras ofrecen bandejas rebosantes de ostras.
Los inmensos y ornamentados sombreros que llevan algunas mujeres hacen
que parezcan exuberantes flores sobre un tallo demasiado fino. Un grupo
de hombres espera, raqueta en mano, a que llegue el momento de empezar
su partido de tenis.
La mirada de Olympia se posa sobre una figura sentada en una mecedora.
El hombre, que no lleva sombrero, parece concentrado en la lectura de un
folleto. Olympia se detiene y, de alguna manera, su repentina inmovilidad
debe de llamar la atención del hombre, pues éste mira en su dirección. Ella
se da la vuelta y se aleja apresuradamente del hotel. Sólo es capaz de oír sus
propios reproches. ¿En qué estaña pensando? ¿Cómo puedo haberme acercado
sola al hotel? Sabía perfectamente que podía encontrarse con Haskell. Sabía
perfectamente que tal encuentro resultaría violento, por no decir
absolutamente inadecuado. Y, en ese estado de confusión, no oye cómo él la
llama ni se detiene hasta que siente la mano sobre su hombro.
—Olympia —dice Haskell jadeando por la carrera—. La he visto desde el
porche -añade al tiempo que apoya las manos en las caderas, luchando por
recuperar el aliento—. He sentido mucho no poder visitarlos —dice—. Real-
mente, Catherine y yo disfrutamos inmensamente de su amabilidad durante
el fin de semana que pasamos en casa de su padre.
—Para nosotros también fue un placer tenerlos como huéspedes —dice
ella educadamente. Haskell se incorpora.
—¿Cómo están sus padres?
—Bien, gracias -responde ella-. ¿Y Catherine y los niños? ¿Están en
Fortunes Rocks?
—No, me temo que no —dice él—. Debo volver al dispensario dentro de
una hora y me pareció que no tenía sentido pedirles que vinieran cuando no
iba a poder acompañarlos durante las festividades. En cualquier caso,
mañana iré a verlos a York.
Olympia se lleva una mano a la frente para protegerse los ojos del sol.
—Entonces, ¿tiene mucho trabajo en el dispensario?
—Sí, la verdad es que sí. Las cosas no van tan bien como yo quisiera —dice
él sin dudarlo—. No he tenido tiempo para reestructurar el personal y sigo
esperando que lleguen las medicinas y los distintos suministros que he
pedido que trajeran de Boston. Realmente no entiendo cómo pueden tardar
tanto en llegar.
—Siento oír eso.
-No pasa nada. Todo se solucionará. Aunque realmente no sé cómo me
las voy a arreglar esta tarde. Falta personal —dice al tiempo que mete las
manos en los bolsillos de los pantalones-. Pero la estoy aburriendo con mis
problemas. ¿Puedo acompañarla? —se ofrece tras una breve pausa—. Me
encantaría saludar a su padre. Si está en la playa, claro está.
Olympia se da la vuelta y los dos caminan hacia la hoguera. La
inclinación de la playa hace que Olympia parezca casi tan alta como

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Haskell. Ella piensa que su manera de andar debe de parecer forzada, que
sus movimientos deben de resultar poco naturales, pues ha perdido toda su
serenidad ante la presencia de Haskell. Él, en cambio, parece tranquilo. De
hecho, se detiene un par de veces para coger alguna concha que llama su
atención o para lanzar una piedra sobre la superficie del mar. Al cabo de un
rato, Haskell le pide que se detenga un momento, pues las botas se le están
llenando de arena. Se quita las botas y las deja en la playa, fuera del alcance
de la marea. Cuando Olympia le pregunta por ellas, él dice que las recogerá
de vuelta al hotel. A ella le parece que ese gesto demuestra más confianza
en la naturaleza humana de la que quizá resulte prudente. Olympia quisiera
hacerle mil preguntas, pero se mantiene en silencio; por muy locuaz que se
muestre en sus ensueños, en el mundo real, la presencia de Haskell parece
dejarla muda.
Ese día, el agua tiene un tono aguamarina, un color que apenas se ve en la
costa de New Hampshire, donde el océano suele ser o de un intenso azul
marino o de un plomizo color gris. De hecho, la luz que refleja el mar es tan
hermosa que, por un momento, Olympia piensa que la propia naturaleza
debe de querer lucir sus mejores galas para la celebración del ciento
veintitrés aniversario de la independencia de la nación.
—¿Ha comido ya? —pregunta Olympia.
—No. Mucho me temo que la calidad de la comida no esté a la altura del
resto de los servicios del hotel -dice él-. Sin duda, necesitan cambiar de
cocinero.
-Entonces éste es su día de suerte. En la hoguera hay comida para todos.
¿Conoce la tradición?
-Algo he oído decir durante el desayuno. Desde luego, las almejas
representarán un cambio a mejor en mi dieta. Además, estoy seguro de que
todos los camareros habrán desertado de sus puestos en el comedor. Tiene
la cara un poco colorada —añade Haskell después de observarla durante
unos instantes—. Debería haberse puesto un sombrero.
Continúan andando sobre la arena, uno al lado del otro, con pasos lentos
e irregulares. Cada cierto tiempo, una manga o un hombro rozan entre sí. El
calor calienta el aire hasta el punto de distorsionar ligeramente la visión. De
repente, son sorprendidos por una ola. Haskell grita al sentir el frío tacto
del agua, al que pocas personas llegan a acostumbrarse en esta zona de la
costa de Nueva Inglaterra.
Desde la distancia, Olympia observa que los festejos se han animado
considerablemente durante su ausencia. Varios hombres juegan al tenis en
una pista improvisada en la playa. Más cerca de la orilla, donde la arena
está más dura, varias parejas juegan al croquet, luchando con la inclinación
natural del terreno, que hace que las bolas siempre rueden hacia el mar.
Detrás del malecón, junto a los cobertizos de los pescadores, los vendedores
arnbulantes ofrecen sus mercancías: refrescos, cestas indias, cucuruchos de
helado y todo tipo de prendas de vestir.
Olympia se detiene. Todavía no desea unirse a los demás. Haskell da un

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par de pasos antes de darse cuenta de que ella se ha quedado atrás. Se da la


vuelta y retrocede hasta ella.
-¿Ocurre algo? -pregunta.
Olympia está sudando. Sus ojos recorren los hombros de Haskell hasta
detenerse en las hondonadas que marcan los tirantes sobre su camisa. De
repente, un inmenso globo a rayas azules y naranjas surge detrás del hombro
derecho de Haskell. El globo asciende lentamente. A medida que gana
altura, también parece acercarse a ellos. Dos hombres se sujetan al trapecio
que cuelga del globo, saludando a quienes los observan desde la playa.
Olympia se imagina la vista panorámica de Fortune's Rocks de la que
deben de estar disfrutando los dos hombres. Desearía poder estar con ellos.
-¿Se encuentra bien, Olympia? -insiste Haskell.
Está tan cerca de ella que Olympia puede ver los poros de su piel. Incluso
puede oler el aroma de su cuerpo mezclado con el almidón de la camisa.
Haskell tiene sendas manchas de sudor debajo de los brazos. Olympia
desearía tumbarse sobre la arena y seguir la trayectoria del globo, que
empieza a dejarlos atrás en su constante ascenso. Y, de repente, los dos
hombres se sueltan del trapecio y caen hacia la playa en paracaídas. Al
principio, apenas parecen moverse suspendidos en el aire. Olympia oye el
murmullo de admiración de la gente.
Entonces, sin previo aviso, coge la mano de Haskell, la acerca a su cuello y
la aprieta contra su piel.
Haskell y Olympia comparten un largo silencio.
-Hay algo que quiero decirle, Olympia —comenta altiempo que aparta la
mano—. Dentro de un momento llegaremos a la hoguera y, entonces, ya
no será posible. Los pulmones de Olympia parecen olvidar cómo se
respira.
—Desde la última vez que nos vimos, me he reprochado mil veces las
libertades que me tomé en casa de su padre —dice Haskell—. Me refiero a
cuando le hice las fotografías. En ese momento fui incapaz de contenerme,
aunque escudarme en mi debilidad sería una cobardía por mi parte.
Olympia lo observa, incapaz de decir nada.
—Fue un acto imperdonable por mi parte. Imperdonable —repite
acaloradamente—. Y, por eso, le pido sinceramente que me perdone. Aunque
tengo que reconocer que también lo hago por egoísmo, pues, desde aquel
día, no consigo concentrarme en mi trabajo. Sólo soy capaz de pensar en
el daño que le pude infligir con mi comportamiento.
Ajenos a la escena que tiene lugar a su lado, un grupo de niños corre de
un lado a otro a escasos metros de ellos. Siempre atentas a cualquier trozo
descartado de comida, las gaviotas descienden peligrosamente cerca de sus
cabezas. Haskell abre la boca y vuelve a cerrarla sin decir nada. Mueve la
cabeza de un lado a otro. Se vuelve un momento hacia el mar y vuelve a
mirar a Olympia. Los paracaidistas aterrizan en la arena y el globo se aleja
hacia el horizonte.
—Tengo que irme -dice Haskell-. Si su padre nos ha visto juntos, dígale

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que tenía que acudir urgentemente al dispensario. Es la verdad. No


volveremos a vernos nunca, Olympia —añade tras un largo silencio.
La idea de no volver a verlo nunca hace que Olympia se aferré al brazo
de Haskell.
—Iré con usted —dice con serenidad y no es una aseveración temeraria.
Olympia sabe perfectamente lo que dice y es consciente de las repercusiones
que puede tener su decisión-. Usted mismo ha dicho que necesitaba ayuda en
el dispensario.
—El dispensario no es lugar para... —empieza a decir él, pero
inmediatamente se interrumpe, consciente de que ya han tenido esta
conversación.
—Soy tan capaz de ayudarlo como cualquier otra persona. ¿O acaso no lo
demostré la noche del naufragio?
—Se arrepentiría de hacerlo, Olympia -dice él con gravedad.
Olympia mira hacia el horizonte, donde el globo se ha convertido en una
simple mota. Se pregunta dónde aterrizará.
—Si tengo que arrepentirme, al menos permítame que sea yo quien lo decida
-dice ella con absoluta tranquilidad.
Haskell parece vacilar durante unos instantes.
—No. No lo permitiré —dice finalmente. Se da la vuelta y se va.
Olympia lo observa hasta que su figura se convierte en un punto borroso
sobre la arena. Entonces corre tras él.

CAPITULO 6

Como han acordado, Olympia espera detrás del hotel Highland mientras él va a
los establos en busca de un coche. Olympia espera no encontrarse con nadie
conocido, pues no sería fácil explicar lo que está haciendo sola detrás del hotel.
Espera que su padre se eche una larga siesta en la playa, como es costumbre
que lo hagan los hombres en esta fecha tan señalada y democrática.
Haskell aparece conduciendo una calesa verde con las ruedas amarillas y las
palabras HOTEL HIGHLAND pulcramente escritas en uno de los laterales. La
capota se balancea de forma amenazadora con cada bache. Antes de ir a los
establos, Haskell ha subido a su habitación a por su maletín, su chaqueta y su
sombrero. A Olympia le agrada tanto su aspecto que, a pesar de su nerviosismo,
no puede evitar sentirse feliz al pensar que dentro de unos segundos estará
montada con Haskell en esa calesa. Él detiene el pequeño coche y se baja para
ayudarla a subir.
La carretera avanza, sinuosa, entre mansiones y muros de piedra. Se cruzan con
otros coches, que, al igual que la calesa, avanzan a trompicones sobre la dura e
imperfecta superficie de tierra, y con varios hombres en bicicleta, que saludan

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haciendo sonar sus timbres o llevandose una mano al sombrero. Una familia
de gitanos les pide unas monedas. El paisaje es llano. Aquí y allá se levanta
un valla, una casa de madera, algún árbol solitario, un pequeño bosque de
pinos retorcidos... Antes de que la carretera se aleje de la costa, pasan junto a
la caseta de salvamento. Olympia se pregunta si el equipo de salvamento
también participará de los festejos. Supone que no, pues los caprichos de la
naturaleza no tienen días festivos. Además, tendrán que mantenerse atentos
ante posibles bañistas atrapados por alguna corriente.
Detrás de la caseta de salvamento, el sol se refleja cegadoramente sobre el
océano. El resplandor es tan intenso que Olympia no consigue distinguir la
casa de su padre, que debe de alzarse sobre las rocas en el otro ex tremo de la
playa, aunque, en ese momento, lo último que desea es pensar en su padre.
Observa la bahía, que ofrece una imagen idílica con su pequeña flota de ba -
landros y yolas fondeados junto al puerto. Ve la torre marrón de la iglesia
congregacionalista, el viejo edificio de la cooperativa de pescadores y el largo
muelle, que atrae tanto a barcos comerciales como a buques de recreo. Aguas
adentro, dos o tres caballeros reman acompañados por damas con parasoles
en pequeños esquifes.
La calesa deja atrás Fortune's Rocks y se adentra en las marismas, un
laberinto de canales poblado por cañaverales, aves acuáticas, lirios y
azucenas. A Olympia le gusta remar por las marismas al ponerse el sol,
cuando la luz oxidada incendia los cañaverales y tiñe la superficie del agua
de un tono rosado con tintes metálicos. A veces, durante esas excursiones,
Olympia se pierde deliberadamente por los canales, atraída por la emoción
silenciosa del color jengibre de las cañas. Después tiene que encontrar el
camino de regreso a través del laberinto de agua. Olympia sólo recuerda
haber fracasado en una ocasión, cuando, al acabar en un callejón sin salida,
tuvo que pedirle ayuda a un chico que pescaba desde tierra firme.
Atraviesan Ely, con sus imperturbables casas de madera, construidas hace
un siglo por hombres que rehuían cualquier tipo de ornamentación. Pasan
por delante de la carnicería, con el carro para transportar las reses muertas
aparcado en la fachada lateral, frente a un taller de herrero, una botica, un
surtidor de agua... Al ser un día festivo, las calles están vacías. De hecho, hay
algo inquietante en esa absoluta quietud. Aunque Olympia sabe que no es
así, se siente como si estuviera atravesando una ciudad donde una plaga
hubiera diezmado la población.
Siguen el camino del tranvía hasta llegar a Ely Falls, donde son recibidos
por edificios ennegrecidos por el hollín de los telares. Olympia intenta
concentrarse sin éxito en el espectáculo que la rodea, pues la belleza de las
marismas y el bullicio de la ciudad no son más que una especie de decorado
en el drama que protagonizan Olympia y Haskell en silencio.
En la calle principal de Ely Falls, engalanada para la ocasión con cientos
de banderines, los comercios se suceden sin interrupción: boticas, sastrerías,
cervecerías, relojerías, casas de comidas... Pasan frente a una zapatería. Cote
& Reny. Hay muchos nombres franceses y también algunos irlandeses:

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Lettre, Dudley, Croteau, Harrigan, La Brecque... Al girar en una esquina, se


encuentran con un desfile. Olympia observa la banda musical, a los hombres
vestidos de Napoleón, las brigadas de bomberos montando en bicicleta... El
desfile termina en una carpa bajo la que parece estar reunida al menos la
mitad de la población de la ciudad.
Los grandes edificios de la fábrica dominan la ciudad a ambos lados del río
Ely. La mayoría de ellos son oscuros edificios de ladrillo con grandes
ventanas. A su sombra se alzan las viviendas de los obreros: hileras e
hileras de largos y estrechos edificios de dos o tres plantas donde no hay
espacio para nada que no sea la más estricta funcionalidad. Puede que
los edificios de viviendas parecieran nuevos en algún momento, pero
ahora lucen con las fachadas sucias y abandonados a merced del clima y el
paso del tiempo.
Haskell detiene la calesa delante de un lúgubre edificio de ladrillo.
Ayuda a bajar a Olympia y coge su maletín. Ella lo sigue hasta la puerta.
Haskell apoya la mano en el picaporte, pero antes de abrir, mira a su
alrededor. Parece querer decir algo.
Olympia niega con la cabeza, anticipándose a sus palabras.
—No se preocupe por mí —dice—. Estoy bien. Todo irá bien.
Pero los dos saben que no es así.
Lo primero que llama la atención de Olympia es el ruido. Unos niños se
persiguen gritando por el pasillo de entrada. En una pequeña habitación,
que Olympia supone que será la sala de espera, una mujer alterna gritos de
dolor con maldiciones. Junto a ella, varios hombres tosen ruidosamente y
una madre reprende con voz ronca a los tres niños que intentan subirse al
mismo tiempo a una báscula. Los pacientes que se encuentran peor no
pueden contener algún gemido de dolor. Una mujer llora y otra, más joven,
emite un sonido inarticulado mientras se sujeta el vientre hinchado. La
mayoría de los pacientes están sentados, o tumbados, en los bancos de
madera que hay dispuestos en fila, al modo de una iglesia. De hecho, la
escena le hace pensar a Olympia en una extraña y ruidosa congregación que
espera impacientemente la llegada del pastor que salvará sus almas. Cuando
Haskell entra en la habitación, una sensación de alivio parece apoderarse de
sus pacientes, como si la mera presencia del médico bastara para aliviar sus
dolencias. Haskell se acerca a una joven enfermera. La mujer lleva una cofia
almidonada de muselina blanca y un vestido azul con las mangas manchadas
de sangre y otras sustancias en las que Olympia prefiere no pensar. Sujeta un
fajo de papeles en una mano y un reloj de bolsillo en la otra. Con su ademán,
parece estar reprendiendo a Haskell por su tardanza.
—El Cuatro de Julio es todavía peor que un sábado por la noche —dice la
enfermera con un fuerte acento local—. Media ciudad está borracha. Tenemos
siete pacientes con vómitos y diarrea. Por lo visto han comido una lata
caducada de carne. Tres niños se han caído de la cascada. No me pregunte
por qué intentaban cruzar el río a esa altura. Están muy mal. Y encima nos
falta personal. Ah, se me olvidaba. La señora Verdennes trajo a su hijo hace

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una hora. Tenía síntomas de difteria. Ha muerto.


«Y todo por mi culpa —piensa Olympia—. Por la media hora que he
entretenido a Haskell en la playa.»
Pero ése no es más que el primero de los muchos golpes que tendrá que
soportar Olympia esa tarde.
Haskell parece preocupado, aunque en ningún caso sorprendido. Quizá
piense que el niño hubiera muerto de todas formas.
—Le presento a la señorita Olympia Biddeford —le dice a la enfermera-.
Olympia, ésta es la enfermera Graham.
La enfermera Graham, que tendrá unos veinticinco años, examina a
Olympia de arriba abajo. Pero su escrutinio es pasajero. Tiene cosas más
importantes en las que pensar.
-He prometido que volvería a casa antes de las dos —le dice a Haskell.
-Sí, claro -dice él-. Hay alguien dentro.
-Sí. Está Ivonne Paquet.Y también Malcomí.
-Entonces puede marcharse. Páselo bien con su familia -dice Haskell.
Los pacientes lo observan atentamente. Él respira hondo y expulsa el aire
con un largo suspiro.
-Bueno -le dice a Olympia-. Ya es hora de empezar.
El dispensario ocupa la planta baja de lo que, hasta hace poco, era un
almacén textil. Consta de varias habitaciones. Una de ellas es la consulta de
Haskell. Por todo mobiliario hay un escritorio, un catre y varias vitrinas de
metal llenas de medicamentos. A medida que avanza la tarde, Olympia irá
familiarizándose con los medicamentos: quinina, alcohol, mercurio,
estricnina, arsénico... También hay un tablón para comprobar la vista de los
pacientes, una balanza, un atomizador, un vial graduado, una gran jarra
abombada, un microscopio, varias bolsas forradas de franela, cuya misión
Olympia nunca llega a descubrir, y varias bandejas metálicas llenas de
cuchillos, agujas y tijeras de distintos tipos y tamaños. Sobre un hornillo,
hay varias cacerolas llenas de agua hirviendo. La enfermera Paquet, una
chica cetrina y adusta que no puede ser mucho mayor que Olympia, recibe
a los pacientes y ayuda a Haskell. Olympia hace las veces de ayudante de
enfermera, llevándole vendas y medicamentos y tónicos a Haskell,
limpiando el instrumental antes de volver a sumergirlo en una de las
cacerolas de agua hirviendo o sujetando el brazo o la pierna de algún pa-
ciente mientras Haskell lo atiende.
El primer paciente es un hombre que se ha amputado el brazo con una
máquina hiladora hace una semana. Haskell le quita el vendaje con sumo
cuidado mientras le habla con tono tranquilizador, intentando distraerle
con chanzas y preguntas. Olympia aprende que lo primero que debe hacer
un médico es conseguir la confianza y la cooperación del paciente. Haskell
es un médico cuidadoso y trata a sus pacientes con afecto.
—Olympia, por favor, tráigame gasas y vendas nuevas —le pide—. Están
en la vitrina.
Ella encuentra lo que le ha pedido Haskell y se lo lleva.

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—Al contrario de lo que piensan muchos, el pus no tiene ningún valor


terapéutico —dice Haskell, señalando la supuración del muñón, que
produce un olor tan nauseabundo que Olympia no puede evitar cubrirse la
nariz y la boca—. El pus sólo sirve para saber que el paciente está sufriendo
y que la herida está infectada -continúa Haskell—. He dado órdenes precisas
de que cualquier paciente que entre en el dispensario con un vendaje ma-
loliente sea enviado inmediatamente a mi consulta para que le limpie la
herida. Pero no siempre resulta fácil conseguir la cooperación de las
enfermeras, especialmente si les han enseñado lo contrario.
Olympia mira a la enfermera Paquet, pero ella no parece inmutarse. Haskell
extrae varios instrumentos de una de las cacerolas. Primero limpia la herida
con fenol y después procede a raspar la infección. A pesar de sus palabras
tranquilizadoras y de la precisión y la rapidez con las que trabaja, el
paciente no puede contener un grito de dolor. Cuando el dolor se hace
insoportable, Haskell le administra un poco de láudano en una cuchara.
Milagrosamente, el líquido parece hacer efecto de forma inmediata y el
paciente deja de gritar y de temblar mientras Haskell acaba de limpiarle la
herida y le pone un nuevo vendaje.
Esa tarde, Haskell entablilla una pierna fracturada, pone decenas de
inyecciones, atiende a un hombre que se queja de sequedad en la lengua, de
episodios nocturnos de fiebre y de dolores en los pezones, diagnostica un caso
de escarlatina en base a una reveladora mancha grisácea en el paladar, golpea
suavemente la espalda de un niño buscando síntomas de pleuresía y
administra todo tipo de tónicos. Uno de los niños que cayó de la cascada
muere como resultado de sus heridas, y la mujer embarazada de la sala de
espera da a luz una niña sana.
Olympia observa el trabajo de Haskell como si éste le estuviera enseñando un
nuevo idioma cuyo aprendizaje precisara de toda su atención. Aunque siente
náuseas en varias ocasiones, está decidida a no mostrar el menor síntoma de
debilidad. Cuando Haskell tiene que atender a algún paciente con una
enfermedad infecciosa, le pide a Olympia que se ponga una mascarilla.
Además, le recuerda constantemente que se lave las manos; hasta tal punto
que, al final del día, Olympia tendrá las manos prácticamente en carne viva.
Por mucho que ella intenta mantener la compostura, le resulta imposible
asistir impasible al sufrimiento de los pacientes y, en varias ocasiones, se
sorprende a sí misma al borde del llanto. A última hora entran en la consulta
un niño y una mujer con las manos llenas de costras. Haskell les diagnostica
sarna, pero Olympia se da cuenta de que su verdadera enfermedad es la
pobreza, una pobreza que Olympia no sabía que pudiera llegar a alcanzar esos
extremos. Los dos están ebrios, aunque el niño no puede tener más de diez
años. La mujer lleva puesta una vieja blusa verde y un pañuelo negro de lana.
El cabello le cuelga lacio bajo un sombrero canotier lleno de manchas de grasa.
La vieja camisa de algodón, los pantalones y el chaleco que lleva el niño le van
tan grandes que tiene que llevarlos remangados y sujetos con trozos de cuerda.
Los botines negros de la madre están rotos y el niño va descalzo.

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Al fijarse en sus mugrientos pies, Olympia siente vergüenza. De repente, el


hecho de haber disfrutado de la desnudez de sus propios pies sobre la arena de
la playa le parece un acto de injusticia. ¿Cómo puede haber despreciado
aquello de lo que otros carecen?
Haskell la mira. Olympia piensa que debe de estar pálida, porque esa tarde,
Haskell la mira una y otra vez y sus ojos siempre reflejan satisfacción. Y, aunque
él no altere nunca su expresión, aunque no deje de hablar a los pacientes, cada
una de esas miradas reconforta a Olympia y, al mismo tiempo, la llena de
ansiedad. En varias ocasiones, Olympia teme venirse abajo, pero siempre
consigue dominarse, pues, a su alrededor, hay personas enfermas que
necesitan a Haskell mucho más que ella.
Por alguna extraña razón, ninguno de los pacientes cuestiona la presencia de
Olympia. Puede que sea por su blusa gris y su falda azul marino. Puede que la
tomen por una aprendiz de enfermera, incluso por una novicia. Lo que no
pueden saber es que, además del trabajo de Haskell, Olympia también observa
sus manos, sus brazos, el movimiento de su cuello, su espalda... Sí, es una
aprendiz, pero no sólo en el arte de la medicina.
Esa tarde, cuando abandona el dispensario, Olympia ya no es la misma
persona. En el breve intervalo de cinco horas, ha aprendido más sobre el
dolor y el sufrimiento humano que durante toda su vida. Su padre le ha
hablado muchas veces del sufrimiento y ella misma ha leído acerca del
dolor, incluso han conversado sobre ello durante educadas veladas en torno
a la mesa, pero siempre desde una distancia segura. Esa tarde, Haskell le ha
enseñado el verdadero significado del dolor, ha abierto las costuras de la
realidad para ella y la ha obligado a mirar dentro.

Después de atender a un niño con sarampión, cuando las cosas empiezan a


tranquilizarse, Haskell le dice a Malcolm que va a llevar a Olympia a casa y
que volverá en cuanto haya cenado algo.
—Por supuesto, señor —contesta Malcomí, que, aunque parece ser el
encargado de mantenimiento, maneja con evidente fluidez los nombres del
instrumental médico-. Ah, antes de que se me olvide, la señora Bonneau
necesita que la ayude con una parturienta. Me ha dicho que le pida que lleve
el láudano. Por lo visto el niño viene de nalgas.
Haskell mira a Olympia.
—Todavía es pronto —dice ella—. Mi padre seguirá en la playa. Además,
cree que estoy con los Farragut.Y los Farragut pensarán que estoy con mis
padres. Podría decirse que, por el momento, estoy en una especie de limbo.
Aunque eso no es del todo cierto. Olympia sabe que lo más probable es
que su padre la esté buscando en ese preciso instante. Pero también sabe que
ese día está rodeado de especial permisividad y que, si juega sus cartas con
inteligencia, podrá inventar alguna excusa que justifique su ausencia de
modo satisfactorio.
Haskell se quita la bata, la enrolla en un ovillo y la tira a la cesta que hay

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en una esquina. Se lava las manos y se las seca con el trapo que le ofrece
Malcolm, antes de bajarse las mangas de la camisa y ajustarse los puños
con los gemelos que guarda en el bolsillo. Tiene una mancha de sangre
cerca del hombro y parece cansado. Más tarde, Olympia se dará cuenta de
que Haskell está midiendo las consecuencias de llevar a Olympia consigo,
pues sabe que, de hacerlo, Olympia presenciará algo para lo que nadie está
nunca preparado, algo que jamás podrá borrar de su memoria.
—Olympia, hay un maletín lleno de sábanas y paños esterilizados en el
armario del cuarto de enfrente —dice Haskell finalmente al tiempo que
descuelga su chaqueta del gancho que hay detrás de la puerta—. No pesa
mucho. Por favor, cójalo y sígame.

La luz es más suave y las calles se han llenado de sombras. Una ligera brisa
refresca la ciudad. El cielo, sin una sola nube, tiene un intenso color azul
celeste. La noche sin duda será espléndida. El sol llena las ventanas de re-
flejos plateados y tiñe las hojas de los árboles de un tembloroso color rosa.
Olympia y Haskell caminan intentando ignorar la basura que se acumula a su
alrededor. Las calles no sólo están cubiertas de los deshechos cotidianos de la
ciudad, sino también de los propios de los festejos: botellas rotas, orines,
prendas desechadas de ropa, charcos del agua de la colada que los vecinos
arrojan por la ventana, restos de comida, jarras rotas de loza que apestan a
cerveza... Finalmente llegan al bloque de viviendas. Suben la escalera hasta la
habitación donde vive la parturienta y Haskell abre la puerta sin llamar.
La habitación no es mayor que el dormitorio de Olympia en Fortune s
Rocks. La única ventana da a un muro que no debe de estar ni a cuatro
metros de distancia. Aunque todavía es de día, los ojos de Olympia tardan
unos segundos en adaptarse a la penumbra. La mujer que yace sobre la
cama se retuerce de dolor, apretando los dientes con fuerza. De repente,
expulsa sonoramente una bocanada de aire y grita algo en un francés tan
torturado que Olympia es incapaz de entender una sola palabra. Alguien le
ha levantado el camisón hasta las caderas y, aun desde el umbral de la
puerta, Olympia puede ver la sangre que le cubre los muslos y la almohada
que tiene debajo del cuerpo. Sus piernas, desnudas y en constante
movimiento, le hacen pensar a Olympia en unos gusanos transparentes
agitándose al ser descubiertos bajo una roca. Olympia desearía salir
corriendo de esa habitación, pero permanece inmóvil, luchando contra las
náuseas.
Haskell se quita la chaqueta. No hay agua corriente en la habitación, ni
tampoco tiempo para buscar un sitio donde lavarse las manos. Se sienta en la
cama y sus dedos desaparecen bajo la tela que oculta las partes más íntimas
de la mujer. Después de palparla durante unos segundos, le dice algo en
francés a la señora Bonneau, la mujer mayor que está de pie al lado de la
cama. Ella, a su vez, le dice que la parturienta se llama Marie Rivard y que
uno de sus hijos, que temía por la vida de su madre, ha ido a avisarla.

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También le dice que la joven parturienta sólo lleva unos meses en Ely Falls.
Por lo visto, el marido la abandonó al poco de llegar a la ciudad y, en su
estado, Marie Rivard ha sido incapaz de encontrar trabajo.
Marie Rivard debe de tener unos treinta años, aunque resulta casi imposible
estimar la edad de esa mujer que se retuerce sobre la cama. De repente,
Olympia advierte la presencia de tres niños sentados en el suelo, con la
espalda apoyada contra la pared. El mayor no debe de tener ni nueve años.
Los tres están descalzos y visten prendas sucias y oscuras y llenas de
remiendos. Es evidente que ninguno se ha bañado últimamente. A Olym-
pia le parece que la habitación cada vez huele peor.
Las paredes, sin empapelar, están llenas de grasa. No hay ningún
armario, ni tan siquiera un baúl. Tan sólo una pequeña despensa.Y, al
abrirla, Olympia observa con sorpresa que está prácticamente vacía. Una
chaqueta de hombre cuelga de un gancho como única presencia masculina.
Una esquina de la habitación está quemada, como si alguien hubiera
encendido una hoguera en el suelo. Sobre el mugriento hornillo hay un
escurridor, un cuchillo y una cacerola. En la pared de la puerta, varias
prendas de vestir cuelgan de clavos. No hay ningún juguete. Debajo de la
ventana hay un paquete de ropa vieja envuelta en papel de estraza. En el
alféizar hay una fotografía enmarcada de una pareja de novios. Ella luce un
largo vestido de satén y una delicada mantilla. Él lleva un pesado traje de
lana y está tan erguido que parece estar en posición de firmes. Olympia
observa a la mujer de la foto. Después mira a la mujer de la cama. ¿De ver-
dad puede ser la misma persona? Aunque ni siquiera eso podría explicar
que no haya empeñado el marco de plata de la fotografía, como parece
haberlo hecho con el resto de sus pertenencias.
Haskell le da una cucharada de láudano a la parturienta.
Inmediatamente, ella deja de retorcerse y sus gritos se tornan leves
gemidos.
—Déme el maletín —le dice escuetamente Haskell a Olympia.
Ella le acerca el maletín y observa cómo Haskell coge una sábana, la
sujeta bajo un lado del colchón, estira la tela y, con un gesto ágil y mil
veces practicado, la desliza por debajo de la mujer antes de sujetarla al otro
lado. Después tapa a la parturienta con otra sábana limpia y, con la ayuda
de la señora Bonneau, la desnuda.
-Necesito agua, Olympia. ¿Podría averiguar dónde está la bomba? —
dice Haskell con la misma naturalidad con la que pediría un lápiz para
hacer una corrección en uno de sus ensayos-. Llévese la cacerola. Tengo que
lavar a esta pobre mujer.
Olympia coge la cacerola y sale al pasillo. Intuye que la bomba de agua
debe de estar en el patio trasero, pero no sabe cómo llegar. Hasta que
descubre una puerta en el sótano que conduce a la pequeña extensión de
tierra reseca. Ve la bomba, oxidada, en el centro del patio. Tras varios
intentos fútiles, consigue que mane un fino chorro de agua. El olor de las
letrinas que hay en una esquina del patio es insoportable; está claro que

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nadie las ha vaciado en varios días. Respirando entre dientes, consigue


llenar de agua la cacerola y, volviendo sobre sus pasos, sube hasta la
segunda planta, donde está la habitación. Pero, cuando llega, encuentra la
puerta cerrada. Los tres niños están sentados en el suelo del pasillo, arran-
cando botones de la ropa vieja que hay en el paquete roto de papel de
estraza. Con una destreza que sólo puede dar la práctica, cortan los
botones con sus pequeñas navajas y los lanzan a la lata que hay apoyada
en el suelo delante de ellos. Si la escena no resultara tan patética, Olympia
probablemente se admiraría ante la velocidad de los niños, pues sus gestos
son tan rápidos que ella apenas puede seguirlos con la vista. Pero Olympia
sólo siente pena.
Se oye un grito sofocado al otro lado de la puerta. El más pequeño de los
niños, que no puede tener más de tres años, deja de arrancar botones y se
chupa el pulgar. Su hermano mayor le saca el dedo de la boca.
Olympia permanece inmóvil, con la cacerola en la mano, sin saber qué
hacer. Finalmente llama a la puerta. La señora Bonneau abre
inmediatamente, coge la cacerola y la pone sobre el hornillo. La parturienta
está medio incorporada, con el peso del cuerpo apoyado sobre los codos.
Haskell está agachado entre sus muslos. Al ver que tiene las manos dentro
de la mujer, Olympia siente cómo se le contrae el abdomen. Aun así, es
incapaz de dejar de mirar.
Olympia, cuyos conocimientos de anatomía, en el mejor de los casos,
podrían tacharse de imprecisos, sólo tiene una noción abstracta de lo que es
un parto. Al fin y al cabo se trata de algo sobre lo que ninguna persona
educada hablaría nunca. Ni siquiera Lisette, que le ha abierto los ojos a
determinadas realidades de la vida, aunque limitándose a la información
que Olympia necesitaba para afrontar el momento de convertirse en mujer.
De ahí, el pánico y la emoción que se mezclan en su interior al ver a esa
mujer con las piernas abiertas y las partes más íntimas de su cuerpo
dolorosamente dilatadas. De ahí el estupor que siente al ver cómo esa mujer
es profanada por las manos de Haskell, que lucha por extraer de su seno a
ese hijo que pugna por nacer, haciendo gemir de dolor a la parturienta a
pesar del láudano. Si Olympia fuera capaz de pensar en algo durante ese
asombroso momento, se hubiera preguntado por la crueldad de un Dios que
necesita de la violencia, del dolor y del sufrimiento para ofrecer el regalo de
la vida a los seres humanos.
Prácticamente hipnotizada, observa cómo Haskell forcejea con el bebé,
tirando de él como se tira de un nabo testarudo que se resiste a ser
arrancado de la tierra. La mujer vuelve a gritar. Las sábanas vuelven a estar
cubiertas de sangre. Pero Haskell parece satisfecho con el devenir de los
acontecimientos. Saca una mano de dentro de la mujer y presiona su vientre
con fuerza, como si quisiera amasar a la criatura que yace bajo esa carne. De
repente, saca la otra mano de dentro de la parturienta y junta las dos manos
como un sacerdote vertiendo agua bendita y la criatura, escurridiza y
morada, sale a este mundo que ahora es el suyo.

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Es una niña. Haskell coge un paño del maletín y le limpia los ojos, la
nariz y la boca. Su primer llanto no se hace esperar y, en cuanto empieza a
respirar, su piel pierde el tono azulado y se vuelve más rosada. Y, de repen-
te, Olympia rompe a llorar. Llora de alivio y de emoción. Llora por todas
las sensaciones que se acumulan en su interior. No sabe por qué llora.
Haskell examina cada centímetro de la niña mientras la limpia con agua
hervida. Después vuelve a concentrarse en la madre y le saca algo
sanguinolento del útero. Exhausta, ella cae en un sueño profundo.
Siguiendo las órdenes de Haskell, la señora Bonneau tumba a la niña junto
al pecho de su madre. Tras escuchar atentamente la respiración de Marie
Rivard, Haskell le da nuevas instrucciones a la señora Bonneau. Es la
primera vez que su voz deja traslucir alguna irritación. Olympia piensa que
debe de ser consecuencia del cansancio o quizá de la frustración que debe
de sentir al ver las condiciones en las que se verá obligada a vivir esa pobre
niña.
Mientras se lava las manos y los brazos con el agua que queda en la
cacerola, Haskell le dice a la señora Bonneau que Malcolm vendrá lo antes
posible con gasas y paños limpios para contener la hemorragia. Después
extrae un par de billetes del bolsillo interior de su chaqueta y se los da a la
señora Bonneau. Le dice que compre naranjas y leche y pan para los niños,
que no le dé el dinero a ningún hombre y que no se lo gaste en bebida. La
señora Bonneau le promete que hará exactamente lo que le ha dicho. Pero, al
mirar a Haskell, Olympia observa una expresión agria, por no decir
sardónica, en su rostro. Al parecer, no confía demasiado en la señora
Bonneau.
Haskell le dice a Olympia que lo siga. Fuera de la habitación, los tres
niños siguen arrancando botones. Olympia se pregunta si sabrán que tienen
una nueva hermanita, aunque los niños no demuestran el menor interés
por lo que pueda haber sucedido al otro lado de la puerta. Haskell se
agacha delante del más pequeño, le sostiene la cabeza en alto con una
mano y le levanta el párpado del ojo derecho con la otra.
—¿Por qué no estáis jugando fuera? —dice en francés.
El niño se encoge de hombros. Haskell se saca un puñado de caramelos
del bolsillo y los reparte entre los niños. Se levanta, vuelve a abrir la puerta
de la habitación y le dice algo a la señora Bonneau.
—Oui, oui, oui —oye decir Olympia.
Haskell ayuda a Olympia a subir a la calesa, se monta en su asiento y coge las
riendas. El sol está a punto de ponerse y un intenso manto añil parece cubrir
el cielo. La calesa empieza a avanzar, de vuelta a Fortune's Rocks, que está a
más de diez kilómetros de la ciudad. Al pensar en la escena a la que acaba de
asistir, Olympia siente un escalofrío. Se pregunta cómo podrá convivir Has-
kell a diario con la enfermedad y la miseria. Aunque puede que, a ojos de
un médico que, como Haskell, está acostumbrado a las vicisitudes de la
vida y la muerte, los acontecimientos de esa tarde no tengan nada de extra-
ordinario. Aun así, le parece imposible que alguien pueda asimilar, como si

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de algo normal se tratara, una situación física tan extrema como la del parto
al que acaba de asistir. Haskell tiene las mangas de la camisa manchadas de
sangre y despide un olor inconfundiblemente masculino, aunque a Olympia
no le desagrada.
—No debe tener miedo a dar a luz —dice Haskell al cabo de algunos
minutos—. Lo que acaba de ver no es algo terrible, aunque, desde luego,
puede ser difícil. A veces, la vida empieza con una gran conmoción, pero no
siempre tiene por qué ser así. Me temo que tal vez haya herido
terriblemente su sensibilidad al permitir que asistiera al parto.
—Estoy bien —dice ella—. No puedo negar que me siento algo aturdida,
pero lo superaré. No soy tan frágil como se imagina. De hecho, le estoy
profundamente agradecida por ofrecerme la oportunidad de contemplar el
milagro de un nacimiento. Y, además, ¿no es siempre mejor conocer la
verdad?
—Ahora mismo tengo algunas dudas al respecto —dice Haskell.
—¿Qué ventaja puede tener desconocer la realidad? Antes o después,
toda mujer tendrá que enfrentarse a esa realidad. Realmente, creo que mi
padre me ha protegido en exceso.
—Y así debe ser -dice Haskell-. Pues así su padre ha conseguido que
creciese y se desarrollase en un entorno saludable. Desde luego, si la
alternativa a un exceso de protección es crecer arrancando botones, rodeado
de inmundicia y de degradación, me declaro a favor del exceso de
protección, por asfixiante que pueda parecerle a quien, como usted, es
objeto de ella —añade Haskell al tiempo que agita las riendas para que el
caballo acelere el trote—. Esos niños deberían estar en un orfanato —concluye
acaloradamente.
—¿Y separarlos de su madre? -pregunta Olympia.
—¿Por qué no? ¿Cómo va a cuidar de sus hijos una madre que carece de
medios? Al menos en el orfanato las monjas bañarían a esos niños y los
alimentarían y les proporcionarían ropa limpia y aire fresco y una educa-
ción, por limitada que fuera. Lo que acaba de ver, Olympia, no ha sido un
nacimiento sino una forma de infanticidio.
—No puede culpar a esa mujer por su pobreza —argumenta Olympia—.
¿Qué me dice del padre? Él es quien ha abandonado a sus hijos y a su mujer
embarazada.
—Estaría de acuerdo con lo que dice si no conociera a tantas mujeres
obreras, tanto francófonas como irlandesas, que pasan la mayor parte del
día borrachas. Aunque, afortunadamente, algunas de ellas tienen el sufi-
ciente sentido común como para entregar a sus hijos a un orfanato si no son
capaces de cuidar de ellos.
—Debe de ser terrible separarse de un hijo —dice Olympia.
Se siente confusa. Ella misma acaba de ver las condiciones de abandono en
las que viven los hijos de Marie Rivard.Y, aun así, no se siente capaz de
criticar a esa mujer. Aunque fuera abandonada por su marido y se en-
contrara en grandes dificultades, nadie le pediría a una mujer de la posición

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de la madre de Olympia que renunciara a sus hijos; ni tan siquiera si ello la


llevara a beber en exceso. ¿Acaso tiene la sociedad derecho a pedirle a una
mujer sumida en la más absoluta miseria que renuncie a lo único que tiene?
Aun así, a Olympia no se le ocurre nada más bajo en la vida que aceptar
dinero para alimentar a unos niños y gastárselo después en emborracharse.
Al final, Olympia llega a la conclusión de que es un problema que puede
juzgarse desde distintos puntos de vista.
El cielo cada vez está más oscuro y Olympia cada vez está más
preocupada por lo que pueda ocurrir cuando llegue a casa. Puede que su
padre pasara por alto su ausencia durante el día, pero en ningún caso lo hará
una vez que haya oscurecido.
-Nunca he sido partidario de ocultarle a una mujer en edad de casarse
ciertos particulares a los que sin duda tendrá que enfrentarse en un futuro no
muy lejano -retorna la conversación Haskell—. En algunos casos, y desde
luego traer un niño al mundo es uno de ellos, la ignorancia puede resultar
fatal. A lo largo del tiempo me he encontrado con más de una mujer joven
que ha empezado a sufrir los dolores de parto sin tan siquiera saber que
estaba encinta.
A Olympia le cuesta creer que una ignorancia tan extrema sea posible.
Atraviesan Ely, donde las primeras luces ya alumbran el interior de
algunas casas. Las calles, antes vacías, se han llenado de hombres y mujeres
que regresan de la playa. Alguien canta una canción y un borracho grita algo
incomprensible, pero la mayoría de los transeúntes caminan tranquilamente
hacia sus casas. Olympia se sorprende a sí misma pensando que todas esas
personas han venido al mundo del mismo modo que la hija de Marie Rivard.
Sabe que no hay nada sorprendente en ello,
pero, aun así, la idea se aferra insistentemente a su cabeza. Aunque,
realmente, lo extraño no es el hecho de nacer, sino que ella no fuera
consciente de cómo es un parto hasta esa misma tarde.
-¿Asistió a su mujer cuando dio a luz a sus hijos?-pregunta después de un
largo silencio.
Haskell parece sorprendido por la pregunta. Llegan a las marismas. La
luna dibuja rizos de luz perlada sobre el agua, creando una escena mágica
que hace pensar a Olympia en la guarida subterránea de un dios mitológico
o en la puerta de un reino de hielo.
-Asistí los nacimientos de mis tres hijos menores—dice Haskell-
Desafortunadamente, no estuve ahí cuando nacieron los dos mayores.
-Creía que sólo tenía cuatro hijos —comenta Olympia.
-Nuestro último hijo nació muerto —dice él—. Hace menos de cuatro
meses.
-Lo siento —dice ella.
-Eso también forma parte de la sabiduría de la naturaleza —dice él—.
Hubiera nacido con grandes deformaciones.
La cabeza de Olympia se llena de inquietantes imágenes. Se imagina a
Haskell agachado entre las piernas de su mujer y a un niño con las

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extremidades deformes que lucha ferozmente por venir al mundo y que,


cuando por fin lo consigue, muere a causa del esfuerzo.Y entonces recuerda
la fotografía de la habitación de Marie Rivard, esa pequeña fotografía con
un gran marco de plata. Recuerda la belleza y la juventud de la pareja de
novios, el vestido de satén y la mantilla. No puede evitar pensar en el
contraste que existe entre la postura del día de la boda y la postura, casi
animal, en la que ha dado a luz en esa mísera habitación. Y entonces piensa
que si Marie Rivard hubiera sabido lo que le esperaba habría huido
aterrorizada de la iglesia. Haskell detiene la calesa.
—No puedo seguir así -dice inesperadamente al tiempo que se vuelve
hacia Olympia.
Ella respira el aire de las marismas como si fuera láudano y deja caer la
cabeza hacia atrás. Un murciélago traza varios círculos alrededor de la
calesa.
—Quiero decirle algo, Olympia, pero no lo haré si no me da su permiso.
Ella levanta la cabeza, pero sigue sin mirarlo.
—Sabe que tiene mi permiso —dice con voz pausada.
—Nuestras circunstancias no son normales —dice él.
—Pero son todo lo que tenemos —dice ella. Haskell posa una mano sobre
la barbilla de Olympia y la obliga a girar el rostro. Ella no se resiste.
—Olympia, desde el día que la vi en la playa sólo pienso en usted.
Ella cierra los ojos.
—Al hablarle así, al hablarle de unos sentimientos que nunca deberían
ser manifestados, le estoy infligiendo el mayor daño que un hombre
adulto puede causarle a una mujer joven.
Olympia abre los ojos. Cuando mira a Haskell, cree ver el reflejo de la
luna en sus pupilas.
—Esta última semana ha sido la más larga de mi vida -añade él.
Olympia siente el aliento de Haskell en la cara. Quisiera acercarse
todavía más. Quisiera acercarse hasta apoyar la cabeza en su pecho.
—Doctor Haskell —dice—.Yo...
—¿Es que todavía no soy John para usted? ¿Ni siquiera en sus más íntimos
pensamientos me tutea?
—En mis pensamientos siempre será Haskell —contesta ella sin vacilar. Y
su confesión le provoca un placer desconocido.
—Esto no puede continuar —dice él—. No puedo creer que haya
permitido que esto llegue a ocurrir.
—Sólo yo soy culpable de mis sentimientos —dice ella.
—No debemos volver a hablar de nuestros sentimientos.
—No, no debemos.
—Nunca volveremos a hablar de nuestros sentimientos. Nunca. ¿Lo
entiende?
—Sí —dice ella.
—A partir de este momento, nunca volveré a hablarle así. De hecho, ya he
abusado con creces de su bondad y su juventud. Algo que para un hombre

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de mi edad y mi posición representa la peor clase de oportunismo posible.


Sólo puedo traerle desgracias, Olympia.
—Yo no me siento desgraciada -dice Olympia. El aire está cargado de
humedad.
—¿De verdad no tiene miedo? —pregunta Haskell tras un breve silencio.
—No —contesta ella sin dudarlo.
Haskell coge las muñecas de Olympia y desliza los dedos lentamente por
sus brazos.
—Olympia —dice mientras le aprieta los brazos con desesperación. La
suelta y busca su cuello con una mano. Le abre el primer botón de la blusa y
posa los labios en la hendidura de su terso cuello.
Y, por primera vez en su vida, el cuerpo de Olympia parece tornarse en una
sustancia líquida mientras ella se entrega al deseo. Es un beso largo y
pausado. De repente, Olympia recuerda las piernas abiertas de la partu-
rienta, la vida que luchaba por salir de sus entrañas y sabe que ella estará
preparada cuando llegue el momento. Apoya la mano sobre la nuca de
Haskell. Él apoya la frente en la de Olympia y, como si no pudiera ser de otra
manera, sus cuerpos se encuentran en un abrazo.
Permanecen abrazados mientras la luna asciende en su arco celeste. A su
alrededor, los grillos empiezan a entonar su canción. A lo lejos, se oye el
ruido de un coche que se acerca.
—Es tarde —dice Olympia-. Tengo que volver a casa. Déjeme en el
malecón.Volveré andando a casa desde ahí. —Y, luchando contra sus deseos,
se separa de Haskell.
El coche se acerca a la calesa y su conductor saluda antes de pasar de largo.
Haskell toma las riendas. Se ponen en camino. Al llegar al malecón, Haskell
ayuda a Olympia a bajar del coche y se despide de ella con un ademán tan
formal que ninguno de los bañistas que se han demorado en la playa podría
sospechar nunca que hace tan sólo unos minutos estaban unidos en un
abrazo.

El padre de Olympia la está esperando en el porche. Al acercarse, ella sólo ve


su silueta sentada en una de las mecedoras y el ascua del puro.
—¿Eres tú, Olympia?
—Sí, padre —dice Olympia justo antes de subir al porche. Cuando se
acerca, él enciende una vela y la levanta para ver mejor a su hija. Observa
la cara de Olympia, su ropa.
—Estábamos preocupados -dice—. Son más de las diez.
—Me encontré con Julia Fields en la playa y me invitó a cenar —dice
Olympia.
—No estoy seguro de conocer a Julia Fields —dice él sin ocultar cierta
confusión—. Al ver que se estaba haciendo de noche y todavía no habías
vuelto, fui a buscarte a casa de los Farragut.
Olympia se alegra de no haber recurrido a la mentira más obvia, la de la

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fiesta de los Farragut.


-Pasé por casa de los Farragut, pero al ver a Zachariah Cote en el porche,
preferí pasear sola por la playa. La verdad es que no me apetecía nada hablar
con él.
Es una mentira inteligente, pues el padre de Olympia comprenderá su
reticencia a compartir su tiempo con un hombre tan falso y adulador como
ha demostrado ser Zachariah Cote. Pero, entonces, al acercarse a él para coger
la vela, Olympia ve que su padre le está mirando el cuello. Ha olvidado
abotonarse la blusa. La sonrisa del padre de Olympia se desvanece y una
vaga expresión de alarma ocupa su lugar.
-Estoy agotada, padre -dice ella sin darle tiempo a reaccionar-. Buenas
noches.
Pero no se agacha para darle un beso, como acostumbra a hacer, pues sabe
que su cuerpo está impregnado del aroma de John Haskell. Es como si sus
poros hubiesen absorbido la esencia de Haskell y, aunque teme que su padre
pueda advertirlo, Olympia no puede evitar sentirse feliz por ello.

CAPITULO 7

Durante una semana, la costa permanece cubierta por una inmensa nube
gris que, aunque nunca llega a convertirse en tormenta, no deja ver un solo
rayo de sol. Durante una semana, la lluvia impide emprender cualquier
actividad al aire libre, aumentando la sensación de aislamiento de Olympia,
su distanciamiento de todos aquellos que la rodean. Durante una semana,
Olympia se siente como si viviera dentro de un capullo, cálido e im -
penetrable, donde la vida es húmeda e insustancial.
Da igual que esté observando el mar desde el porche, paseando bajo la
lluvia, conversando distraídamente con su padre, leyendo la obra de John
Greenleaf Whittier o jugando al backgammon con su madre, cada instante
del día pertenece a John Haskell, pues Olympia sólo piensa en él.
El aire abstraído de su hija no le pasa inadvertido al padre de Olympia,
aunque desconoce cuál puede ser la causa. A medida que transcurren los
días, Olympia cada vez se muestra menos dispuesta a ocultar sus sentimien-
tos y en varias ocasiones está a punto de revelar la razón de su extraño
comportamiento. Dándole la espalda a la prudencia, menciona
continuamente el nombre de Haskell mientras conversa con su padre y se
remite con demasiada frecuencia a sus ensayos y a la labor que desempeña
en el dispensario de Ely Falls. Durante una cena en la que están presentes
Rufus Philbrick y Zachariah Cote, Olympia dirige la conversación hacia la
cuestión de las condiciones de vida de los obreros y las reformas propuestas
por los sectores progresistas de la sociedad, pues el solo hecho de

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pronunciar en voz alta la palabra «fábrica» o «progresista» resulta


gratificante para ella. Después, al ver, o al creer ver, que Zachariah Cote la
observa con una sonrisa irónica, se pregunta si su inexperiencia será tal que
incluso un extraño como Cote puede leer en su rostro sus verdaderos
sentimientos.
Olympia es consciente de que sus padres la observan atentamente. Su
padre la trata cuidadosamente, inquiriendo con tacto, pues difícilmente
podría acusarla de algo que ni siquiera sospecha. Y, aunque está segura de
que su padre notó algo extraño en ella aquella noche en el porche, él parece
haber olvidado ese encuentro. En cuanto a la madre de Olympia, aunque
sin duda observa a su hija con más atención que antes, apenas tiene ocasión
de hacerlo, pues pasa la mayor parte del día en su habitación. En última
instancia, Olympia está segura de que sus padres atribuirán su extraño
comportamiento a los vaivenes temperamentales que suelen apoderarse de
las chicas de su edad. O puede que incluso imaginen un romance inocente
con algún chico de su edad.
Durante esos días, Olympia empieza a fijarse en determinadas pautas del
comportamiento varonil que hasta entonces le han pasado inadvertidas.
Observa atentamente a su padre y a Josiah, fijándose en los detalles más
insignificantes: cómo se les mueve el puño de la camisa, dejando expuesta la
piel de la muñeca, cuando levantan la mano para abrir una puerta; la grácil
languidez con la que caminan con las manos en los bolsillos; la manera en la
que su fuerza, el centro de su ser, parece residir justamente entre sus
hombros...Y, aunque haya presenciado esos gestos cientos de veces antes,
aunque los haya absorbido con los ojos, hasta ahora no ha sido realmente
consciente de todas esas pequeñas cosas que caracterizan y diferencian a los
hombres.
La tarde del sexto día, Olympia está haciendo punto en su habitación,
sumida en una especie de letargo ensoñador. Decide prepararse una taza
de té para desperezarse. Al bajar por la escalera, oye voces en el estudio de
su padre. Se detiene y escucha atentamente, intentando identificar las
voces. Una de ellas, por supuesto, es la de su padre. La otra es una voz que
jamás podrá olvidar. Los dos hombres están hablando de unas fotografías.
Olympia respira hondo, continúa su descenso y, adoptando una postura
engañosamente despreocupada, entra en el estudio. Al verla, el padre de
Olympia interrumpe sus palabras a media frase. Haskell, que está de
espaldas a Olympia, se gira y, tras un breve momento de indecisión, se
acerca a ella y besa su mano como un perfecto caballero.
—Señorita Biddeford —dice—. Es un verdadero placer verla de nuevo.
—Estoy seguro de que a mi hija no le molestará que la llame Olympia —
dice el padre de Olympia sin sospechar la ironía que se esconde tras su
comentario.
—Entonces la llamaré Olympia —dice Haskell educadamente.
Tiene las botas mojadas y todavía sujeta su bombín en la mano. Olympia
observa las diminutas gotas de lluvia que se acumulan sobre su gabardina.

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La lluvia le ha aplastado un poco el pelo y tiene las mejillas encendidas,


como si hubiera estado corriendo. Bajo el brazo sujeta un libro. Olympia se
dice a sí misma que el libro debe de ser la excusa de la que se ha servido
para visitar su casa. Cual maestros en el arte del engaño, Olympia y Has-
kell interpretan su papel como si lo hubieran ensayado durante toda la
semana, separando las manos exactamente en el momento preciso y
girándose después hacia el padre de Olympia para incluirlo en su
intercambio de cumplidos. El padre de Olympia, que parece alegrarse
sinceramente de ver a Haskell, un hombre de cuya compañía siempre ha
disfrutado, insiste en que se quede a tomar una taza de té.
—Precisamente, yo iba a la cocina —dice Olympia.
-No se hable más -dice el padre de Olympia dirigiéndose a Haskell—.
Lleva el té al salón, Olympia. Aquí estamos demasiado apretados y mucho
me temo que en el porche hace demasiado frío.
Olympia sale del estudio y cruza el comedor con paso decidido, pero, en
cuanto la puerta de batiente de la cocina se cierra a su espalda, apoya las
manos sobre la gran mesa de madera y deja caer la cabeza hacia adelante
con un gran suspiro. Todavía no puede creer la facilidad con la que ha
interpretado su papel, la falsedad con la que se ha comportado delante de
su padre.
Respira hondo y se incorpora. Coge la tetera, la llena de agua y la coloca
sobre el hornillo, que todavía está caliente del almuerzo. La cocinera, la
señora Lock, que no volverá hasta la hora de preparar la cena, ha dejado un
plato de dulces de arándano sobre la encimera. Olympia encuentra
mantequilla y mermelada en la despensa y lo dispone todo sobre una
bandeja de marquetería. Después se sienta en una silla y espera a que el agua
empiece a hervir mientras lucha por controlar el temblor de sus manos.
La amplia cocina, pintada de un pálido color verde, está atravesada
longitudinalmente por un ribete blanco. En una de las paredes se abren
varias ventanas que dan a un enrejado en el jardín. En la pared de enfrente
hay un hogar de ladrillo tan alto que un niño podría ponerse de pie dentro
de él. El suelo es de anchos tablones de madera. Al mirar a su alrededor,
Olympia comprueba que la señora Lock no ha dejado ni una sola mota de
polvo en toda la cocina. Los alimentos y los platos están perfectamente
ordenados en las vitrinas acristaladas, al igual que la reluciente hiciera de
madera de roble.
Al mirarse el regazo, Olympia se sorprende al ver que lleva puesto un
vestido beige de percal, una prenda nada apropiada para recibir a cualquier
visita. Pero cuando se puso ese vestido por la mañana, no tenía intención de
salir, ni mucho menos esperaba recibir una visita como ésta. Sujeta la
modesta tela con las dos manos mientras busca frenéticamente una solución.
Pero sabe que no puede cambiarse de vestido pues, aunque podría subir a su
habitación por la escalera de atrás, el mero hecho de hacerlo resultaría
todavía más inadecuado que el vestido de percal. Y, por si eso fuera poco, al
tocarse el cabello se da cuenta de que debe de tener un aspecto abierta mente

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descuidado.
La puerta de batiente se abre a su espalda.
—Olympia.
Ella se levanta y se da la vuelta. Al mirarlo, no consigue leer los
sentimientos que se esconden tras la expresión de Haskell. Tan sólo ve las
profundas ojeras que rodean sus ojos.
—No podía esperar más —dice él. Olympia apoya una mano en el respaldo
de la silla. Haskell se acerca lentamente a ella.
—Su padre está buscando un libro en su estudio —dice con el cuidadoso
pragmatismo de un amante—. Le he dicho que venía a ayudarla. Sólo
tenemos un minuto. Dos a lo sumo.
Olympia toca la pechera de la gabardina de Haskell. Sigue húmeda.
Haskell rodea a Olympia con los brazos y la atrae hacia su cuerpo. Ella se
deja llevar por su vigor, perdiéndose en su abrazo. En un acto tan natural e
instintivo como puede serlo espantar a un insecto, Olympia levanta un
brazo, apoya la mano en la nuca de Haskell y lo atrae hacia sí. El abre la
boca, buscando la de Olympia. Ella nunca ha recibido un beso como ése.
Con la cabeza inclinada y el cuello girado y expuesto, saborea la lengua de
Haskell, el interior de sus labios, y se estremece al sentir la presión de su
cuerpo contra el suyo.
No hay tiempo para más.
Él retrocede un paso, aunque sus brazos siguen rodeando un cuerpo
invisible. Intenta decir algo. Tiene suelto el lazo de la chalina. Incapaz de
hablar, Olympia señala hacia la chalina para hacérselo saber y, al notar que
su peinado está a punto de venirse abajo, cambia apresuradamente de sitio
un par de horquillas. El rostro de Haskell tiene un tono exageradamente
rosáceo y ella se siente como si tuviera la boca en carne viva.
El padre de Olympia abre la puerta.
—Veo que la ha encontrado —dice sin prestarles demasiada atención—. Éste
es el libro que quería enseñarle, John. Como verá, las fotografías son dignas de
admiración.
Al no obtener respuesta, mira a Haskell. Después mira a Olympia. La
inmovilidad de su hija parece sorprenderle.
—¿Puedo ayudar en algo? —pregunta.

CAPITULO 8

Finalmente deciden tomar el té en el porche. Se sientan rodeados por el


implacable manto gris de las nubes y conversan educadamente. Olympia se
pregunta cómo es capaz de hacerlo, cómo pueden comer dulces de arán-
dano y hablar tranquilamente de fotografía y del siglo que está a punto de
comenzar cuando, hace tan sólo unos minutos, Haskell y ella se estaban

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besando en la cocina. Y, como tantas veces le sucederá ese verano, sólo es


capaz de sentir perplejidad. Al recordar el beso, el estómago se le encoge y
las mejillas se le encienden. Pero, a pesar de ello, revive la experiencia una y
otra y otra vez, y en cada ocasión experimenta las mismas sensaciones.
¿Cómo puede haber ocurrido? ¿Qué derecho tienen ellos a transgredir el
orden establecido de las cosas? Y, aun así, sabe que no podían hacer otra
cosa, que tenían que responder al anhelo de sus cuerpos, un anhelo que se
ha convertido en algo tan natural para ella como el mero hecho de respirar.
Cuando Olympia se despierta al día siguiente, el mar tiene un aspecto
verdoso y opaco; más que un océano, parece un estanque cubierto de
suciedad. Olympia ha dormido mal. De hecho, ni siquiera está segura de
haber dormido. Y se pregunta si su percepción del color del mar no se
deberá más a su cansancio que a los caprichos de la naturaleza.
Es domingo y, como todos los domingos, irán a la iglesia. Olympia
tiene los sentidos tan embotados que tarda prácticamente el doble de lo
normal en asearse y vestirse. Baja a la planta baja y coge la capa y el som-
brero que le ofrece Josiah. Josiah le dice que cree que va a despejar. Él
mismo está vestido para ir a la iglesia, pues Josiah siempre los acompaña los
domingos.
-Sus padres están esperando en el coche -dice Josiah mirándola
atentamente—. ¿Se encuentra bien, señorita?
-Sí. Estoy bien, Josiah. Gracias —dice ella al tiempo que cubre su cabello
con el sombrero, esperando ocultar también la agitación de su espíritu.
Josiah le ofrece su brazo y Olympia lo acepta inmediatamente. Esa mañana
necesita algo en lo que apoyarse.
Es una modesta iglesia de madera pintada de color marrón. Una alta
aguja rematada por una cruz, que puede verse desde todo Fortunes Rocks,
se alza sobre el solitario tejado dos aguas de la iglesia. A sus quince años
de edad, Olympia nunca ha sufrido una crisis de fe, aunque tampoco
puede decirse que demuestre una gran devoción. A ojos de Olympia, Dios
y sus mandamientos son fundamentalmente una cuestión social, además
de una obligación familiar. Aunque en ocasiones pueda disfrutar de la
música, o incluso de la sensación de paz que envuelve a la congregación, la
mayoría de las veces, ese oscuro templo le produce una sensación de
impaciencia e inquietud.
Los caminos están embarrados y el coche avanza con extrema lentitud.
Olympia, sus padres y Josiah se hacen un ovillo dentro del coche,
protegiéndose del frío y de la lluvia. Entran en la iglesia y se sientan en el
banco de costumbre, rodeados del olor a lana mojada y del sonido de las
capas que los recién llegados agitan para deshacerse de la lluvia. Las
vidrieras, con forma de arco, son rojas y doradas y aunque hay varios cirios
encendidos en los muros, la luz es tan escasa que Olympia apenas puede
distinguir a la gente que la rodea. El pulpito, de madera de cerezo, cuelga
de una cadena sujeta a la bóveda del techo. Cuando era niña, Olympia
solía imaginar que los eslabones de la cadena cedían y el pulpito y el

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pastor se desplomaban estrepitosamente sobre el suelo.


Los parroquianos permanecen en silencio, entregados a sus
pensamientos. Olympia nunca ha pensado en sus padres como personas
especialmente devotas, aunque ¿quién puede saber hasta qué punto
alcanza la fe de otra persona? ¿No es acaso la fe una de las posesiones más
íntimas y mejor guardadas que existen en este mundo? El coro entona el
primer himno. Y, entonces, al mirar a su derecha, los ve. Puede que deje
escapar un breve sonido, pues su padre se vuelve hacia ella.
Afortunadamente, el comienzo de un nuevo himno evita que la
interrogue sobre su proceder.
Sólo es una breve imagen: un sombrero que prácticamente oculta el
cabello plateado, una mano enguantada de niña, un pie que se balancea
adelante y atrás, el borde mojado de un pantalón y, sobre todo, ese
perfecto perfil masculino, sin mancillar por barba ni bigote. Olympia piensa
que él también tiene que haberla visto. Tiene que saber que está ahí. ¿Por
qué si no se iban a sentar en un banco tan cercano al que ocupa la familia
de Olympia? No puede ser una casualidad. Olympia piensa que, sin duda,
intercambiarán saludos cuando acabe el sermón.
A partir de ese momento, Olympia permanece tan quieta como si
estuviera hecha de madera, pero la excesiva rigidez de su postura debe de
delatar su ansiedad, pues, aunque la etiqueta no le permita hablar, su
padre se gira una y otra vez hacia ella.
Si alguna vez Olympia ha sido consciente de una presencia física, de la
presencia de una persona en concreto, es esa mañana, durante esa hora y
media que debería emplear en rezar, en pedir consejo, en rogar por que
Haskell desapareciera de su vida. Pero, aunque intenta hablar con Dios,
no puede pedirle eso, no puede renunciar a ese sentimiento que acaba de
conocer. Y aunque anhela la visión de Haskell, se conforma con ver de
soslayo la tela que cubre su pierna o el movimiento de su pie.
Mucho tiempo después, Olympia pensará que fue en ese momento,
durante esa hora y media, en esa oscura iglesia, rodeada de su familia y
de la de Haskell, cuando supo por primera vez que, algún día, el futuro los
uniría y que, cuando llegase ese momento, ella no haría nada por evitarlo.
Cuando Catherine los invita a almorzar al hotel Highland, incluso la madre
de Olympia parece agradecer la perspectiva de escapar por unas horas de
esa claustrofóbica reclusión que les ha sido impuesta por los rigores del
clima. De hecho, Catherine, que sin duda tenía pensada la invitación con
antelación, sugiere que vayan directamente al hotel. Mientras sus padres
conversan con el matrimonio Haskell, Olympia hace como si contemplara
una representación especialmente escabrosa de La ultima cena. Haskell no se
dirige a ella, pues no sería correcto hacerlo en ese momento. Ella tampoco
se dirige a él. Pero, mientras avanzan hacia la puerta, sus miradas se
cruzan, y ese breve contacto está tan lleno de intimidad que Olympia no
puede evitar sonrojarse.
Durante el tiempo que han estado en la iglesia, un viento de poniente ha

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barrido la masa de nubes hacia el mar. A Olympia le parece un buen


presagio que el sol haya salido precisamente entonces, mientras Haskell y
ella compartían el mismo techo. Cada hoja, cada brizna de hierba, cada
rosa silvestre reluce con la temblorosa humedad de miles de diminutas
gotas de lluvia. De hecho, de camino al hotel, el resplandor del mar es tan
feroz que Olympia es incapaz de mirar hacia la orilla.
Cruzan las puertas acristaladas del Highland, atraviesan el cavernoso
vestíbulo presidido por el inmenso mostrador de caoba y entran en un
comedor tan amplio que podría alojar fácilmente a mil comensales.
Dispuesto como lo está todo para el almuerzo del domingo, con manteles
almidonados, brillantes platos de plata y vajillas blancas de loza, en
comparación con la iglesia, el comedor parece un océano de luz. Olympia
se pregunta por qué los hombres que construyen lugares de oración
siempre parecen querer ocultar el calor de la luz.
Cumpliendo con su papel de anfitriona, Catherine sienta a Olympia entre
su madre y Martha, como si Olympia no fuera ni una mujer ni una niña,
sino un miembro de algún mundo intermedio e indefinido. Haskell preside
la mesa. Las posturas y los gestos son formales, como corresponde a un
domingo, pero el almuerzo transcurre en un ambiente cálido, incluso
jovial. Y Olympia piensa que es posible que todo el mundo se haya
contagiado de la energía que fluye entre ella y Haskell. Catherine invita a
Josiah a unirse a ellos, pero él se excusa alegando educadamente que no
quiere desaprovechar la oportunidad que se le ofrece para dar un paseo por
la playa después de una semana de continua reclusión. De no haber estado
presente Haskell, a Olympia le hubiera gustado ir con él.
Olympia escucha los comentarios que cruzan de un lado a otro de la
mesa:

Catherine, tiene muy buen aspecto. Mucho mejor ahora que ha


salido el sol. ¿Se ha ido Josiah?
Madre, ¿tengo que sentarme al lado de Randall? ¿Y dice que todavía no
lo ha recibido? Unas perlas preciosas. Me ha parecido un sermón
brillante. ¿Quién era el solista?
Tengo entendido que preparan un cordero exquisito.
¿De verdad?

Por un momento, Olympia se siente como si Haskell, sentado


formalmente a la cabeza de la mesa, fuese un atractivo desconocido. Y
piensa que es sorprendente lo dispuestas que se muestran las personas a
entregar sus corazones, la esencia de su ser, a otras personas a las que
apenas conocen.
Catherine, que ya no oculta su belleza bajo un sombrero, le alisa
cariñosamente un mechón de pelo a su marido. Olympia baja la mirada,
incapaz de soportar la intimidad de ese gesto. Sin duda, Haskell también

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debe de sentirse incómodo al ser objeto de una caricia así en su presencia.


A su alrededor resuenan incansablemente el agradable tintineo de los
cubiertos y el murmullo de las conversaciones de los comensales. Detrás de
las relucientes ventanas, el omnipresente rumor del mar sólo se ve
interrumpido por el ocasional graznido de alguna gaviota.
Para tranquilidad de Olympia, su padre monopoliza la atención de
Haskell. Catherine conversa con la madre de Olympia, que parece haberse
contagiado del buen humor general. Martha intenta atraer la atención de
Olympia con todo tipo de comentarios, aunque en la mayoría de las
ocasiones no lo consigue. Aun así, después del postre, cuando Martha le
pregunta si quiere subir a ver su habitación, Olympia se siente obligada a
aceptar la invitación; lo último que querría es parecer arisca delante de
Haskell. Se levantan y se excusan. Martha tira de la manga de Olympia,
ansiosa por abandonar la compañía de los adultos.
—El postre estaba malísimo -dice Martha cuando salen del comedor—.
Odio las frambuesas. ¿Tú no? Se pegan a los dientes.
—Sí —dice Olympia distraídamente.
—Esta mañana he ido a la playa antes de que se despertaran mis padres.
La tormenta ha llenado la orilla de conchas. He recogido algunas. Tienes
que decirme cómo se llaman.
—Puede que no lo sepa —dice Olympia.
Suben la escalera hasta la cuarta planta, donde la familia Haskell tiene
alquiladas varias habitaciones con vistas al mar. Olympia observa con
agrado las paredes azul claro y los altos techos blancos de los pasillos. A tra-
vés de algunas puertas abiertas puede ver el mar, que parece suspendido
justo al otro lado de las ventanas. Entran en una sala de estar con dos
puertas que Olympia supone que darán a los dormitorios. En lo que sin
duda es un acierto decorativo, las hermosas ventanas no están tapadas por
pesadas cortinas. Al contrario, están enmarcadas por visillos de delicada
muselina que permiten disfrutar de toda la belleza de las vistas. La gasa
baña la habitación con una delicada luz. Aunque su efecto tenga cierta
cualidad sedante, los sentidos de Olympia están completamente despiertos,
en una mezcla de curiosidad y aprehensión, ante lo que está a punto de ver.
Martha dispone sus preciadas conchas sobre una mesa mientras Olympia
busca algún indicio de la presencia de Haskell en la habitación.
En una esquina, sobre un escritorio, hay varios libros y lo que parece ser
un libro de cuentas abierto con anotaciones escritas en tinta de color añil. A
su lado, unas gafas. Olympia nunca ha visto a Haskell con gafas. Sobre un
sofá de un pálido color malva hay una pequeña manta de ganchillo que
alguien parece haber usado para cubrirse las piernas y en el suelo, al lado
del sofá, un libro, Espigas del mar, de Joseph W. Smith, con una cinta de
seda marcando la página.
Martha la interroga incansablemente y, aunque Olympia intenta
identificar sus tesoros, algunos, como una concha opalina tan fina que
amenaza con deshacerse al menor contacto, se resisten a sus esfuerzos.

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-Falta la mejor de todas -dice Martha-. Seguro que la ha cogido Randall,


pero sé dónde puede haberla escondido.
Martha entra en uno de los dormitorios. Olympia contempla el mar por
la ventana. Después de una semana de lluvia, la playa se ha llenado
rápidamente de bañistas.
Sin saber exactamente por qué, se acerca a la otra puerta. Quizá quiera
sentirse más cerca de Haskell, entender mejor cómo vive. Abre la puerta y se
asoma a la habitación.
No hay duda de que es la habitación de un hombre. Aunque el baúl de
Catherine está presente, más que un objeto permanente, parece algo que está
de paso. Sobre la cómoda, debajo de un espejo, hay un cepillo y un peine de
concha de tortuga. La colcha que cubre la cama está un poco arrugada, como
si alguien se hubiera sentado sobre ella para ponerse los zapatos. Sobre una
mesa de mármol, delante de la ventana, hay varios frascos de porcelana y
distintos artículos para el afeitado: brocha, taza y cuchilla. Al lado de la mesa,
una levita cuelga de los hombros de un galán de madera.
Animada por la ausencia de Martha, Olympia entra en la habitación. Ve una
segunda cómoda, esta vez de roble. Su superficie está cubierta de fotografías.
Desde donde está, sólo puede distinguir parcialmente algunas imágenes: un
perfil, un trozo de sombrero, una baranda que podría pertenecer a un
porche...Al acercarse a la cómoda descubre que son las fotografías que hizo
Haskell en casa de su padre. Están dispuestas en forma de abanico. En un
extremo, parcialmente oculta detrás de la foto anterior, ve la pernera de un
pantalón. Al mover un poco la fotografía, ve que es la que ella le hizo a
Haskell en la playa: un rostro que reposa; las perneras remangadas, dejando a
la vista unas pantorrillas cubiertas de arena; y, al fondo, una familia de
obreros. Olympia cierra los ojos. Al volver a abrirlos, se da cuenta de que hay
una última fotografía detrás de la de Haskell. La desliza hacia un lado con el
dedo índice hasta descubrir que es ella la persona retratada. Pero lo que
realmente le sorprende no es la fotografía, sino las huellas de dedos que llenan
toda su superficie.
Martha entra en la habitación; parece desconcertada. Olympia suelta la
fotografía e intenta aparentar hastío e indiferencia.
-Estaba buscando un sitio para lavarme las manos -dice.
-El aseo no está aquí —dice Martha, frunciendo el ceño.
-Has encontrado la concha -dice Olympia, acercándose a ella.
-No es una concha —replica Martha. Abre la mano y mira fijamente a
Olympia-. Es un cristal de mar.
-Déjame verlo -dice Olympia mirando a Martha fijamente a los ojos.
-No deberíamos estar aquí —dice Martha.
-No. Tienes razón. Vamos a la sala de estar. Cerca de la ventana se verá
mejor el cristal.
Salen del dormitorio. Al acercarse a la ventana con el cristal que Martha
finalmente le ha cedido a regañadientes, un fragmento azul pálido con la

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superficie acelajada después de meses, o, quién sabe, quizá años, sometida a la


erosión de las olas y la arena, Olympia se da cuenta de que ha alterado el
orden de las fotografías.

Cuando vuelven a bajar, Olympia encuentra a sus padres conversando con los
Haskell en el vestíbulo. Al principio rehuye la mirada de Catherine. Tampoco
se atreve a mirar a Haskell. Le preocupa que Martha comente que ha entrado
en la habitación de sus padres. Pero Martha permanece en silencio, como si se
sintiera confusa ante algo que, aunque intuye, no acaba de comprender.
El padre de Olympia, que parece haber bebido más vino de lo que es
prudente, invita a Catherine y Haskell a cenar en casa el próximo martes.
Catherine agradece cordialmente la invitación, aunque no le será posible
asistir, pues vuelve a York con los niños esa misma tarde. Comenta algo
sobre dejar a su marido abandonado y le coge la mano. Olympia no puede
evitar mirar a Haskell y, al hacerlo, ve en sus ojos una dolorosa mezcla de
angustia y remordimiento; por su mujer y por Olympia y por él y por esas
transgresiones de las que, aun no habiendo sido cometidas todavía, sabe
que algún día tendrán que responder.

Olympia espera toda la tarde y toda la noche, hasta el alba, hasta esa
hora del día en la que el mundo parece detenerse durante unos
minutos en un silencioso recogimiento. Se asea y se viste
apresuradamente, atenta al menor sonido en las habitaciones de su padre
o de su madre o de Josiah o de Lisette, pues cualquiera de ellos puede
haberse levantado antes de lo acostumbrado. Finalmente baja la escalera
de puntillas y sale al jardín.
La marea, en su punto más bajo, ha dejado al descubierto una inmensa
explanada de arena cubierta por desechos marinos. Las rocas están
cubiertas de algas que caen hacia el agua como largos mostachos de
morsa. Los primeros recolectores de almejas ya están trabajando en la
playa. A pocos metros de la costa, un solitario barco con las velas de
color marfil navega en paralelo a la orilla. Olympia camina despacio
para no llamar la atención. Lleva los botines en una mano y con la otra se
sujeta la falda. Pero la cautela no tarda en abandonarla y, entonces, se
lanza a correr. La decisión está tomada.
En lo que sin duda es el acto más atrevido de su corta vida, corre hasta el
hotel, se sienta en los escalones del porche, vuelve a calzarse las medias y
los botines y entra en el vestíbulo. El recepcionista del turno de noche está
leyendo los resultados de las carreras mientras fuma en pipa. Levanta la
vista. Al ver a una chica de la edad de Olympia, su rostro adopta un gesto
de sorpresa.
-Vengo a buscar al doctor Haskell —dice Olympia sin darle tiempo a
reaccionar-. Lo necesitan urgentemente en el dispensario -añade inventando

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una coartada sobre la marcha—. Un parto.


El recepcionista se endereza tras el mostrador.
—Por supuesto, señorita —dice sin pedir más explicaciones—. Se lo haré
saber inmediatamente. Espere aquí, por favor.
Olympia asiente. Mientras espera, da vueltas de un lado a otro del
vestíbulo, tocando la tapicería de pelo de caballo de los sofás, mirando los
retratos al óleo de las paredes, rodeando los pilares... El recepcionista tarda
demasiado. Mientras espera, Olympia empieza a dudar de lo acertado de su
decisión. ¿Y si Catherine y los niños no se han marchado? ¿Y si Haskell se
enfada con ella por ir a verlo? Seguro que se enfada. Aunque, puede que no.
La verdad es que Olympia apenas lo conoce. Sin duda, él pensará que está
completamente loca.
Presa del pánico, Olympia mira a su alrededor. No le ha dicho al
recepcionista cómo se llama. Sin duda, Haskell adivinará de quién se trata,
pero, aun así, no tiene que quedarse a esperarlo en el vestíbulo. Se dirige
hacia la puerta de entrada. Cuando está a punto de salir, oye la voz del
recepcionista a su espalda.
—Ahí está, doctor Haskell. Que tenga un buen día.
Haskell atraviesa el vestíbulo con la chaqueta en una mano y el maletín
en la otra. Olympia se siente incapaz de avanzar hacia él. Haskell llega a su
altura.
—¿La envía la señora Rivard? —pregunta en un tono de voz que no
denota ninguna emoción. Olympia sólo es capaz de asentir.
—Está bien. Vayamos afuera.
Obedientemente, Olympia cruza la puerta detrás de Haskell. Una vez
fuera, rodean el porche en silencio, hasta llegar a la parte trasera del hotel.
Ella tropieza con algo y él la sujeta del brazo en un gesto reflejo.
—Escúcheme bien. Olympia. Ella lo mira a los ojos.
—A partir de ahora quiero ser yo quien acuda a usted -dice Haskell
inesperadamente-. ¿Lo ha entendido? Ella asiente.

Él sube primero. Ella debe entrar por la entrada trasera del hotel
transcurrido un tiempo prudencial.
Ya ha amanecido y el sol inunda el pasillo a través de las ventanas,
sumiendo a Olympia en un estado de perpetua ceguera mientras pasa de la
sombra a la luz y de nuevo a la sombra. Aunque no se cruza con ningún
huésped, oye sonidos detrás de varias puertas. En una ocasión cree oír unas
pisadas a su espalda, pero no se da la vuelta. A través de las ventanas puede
ver la línea que dibujan las olas en la playa.
Por fin llega a la habitación. Haskell está de pie junto a la ventana. Tiene los
brazos cruzados. Su cuerpo traza una oscura silueta frente a la luminosa
muselina de los visillos. Olympia se quita el sombrero y lo deja sobre una
mesilla. Haskell ladea ligeramente la cabeza y la contempla en silencio.
Olympia se siente como si estuviera posando para un retrato, como si Haskell

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estuviera estudiando cada plano y cada curva de su rostro, sin llegar a ver
realmente a la persona que se oculta tras la apariencia física.
Sólo que el rostro de Haskell expresa una gran emoción.
-Olympia —dice por fin.
Abre los brazos y avanza hacia ella. Posa una mano sobre su nuca y atrae
su cabeza hacia su cuerpo. Agradecida, inmersa en una maravillosa
sensación de alivio, Olympia apoya la cabeza sobre el pecho de Haskell.
-Si realmente te amara no te hubiera permitido subir —dice él tuteándola
por primera vez.
-Sé que tu amor es verdadero -dice ella.
Haskell acaricia la espalda de Olympia con las yemas de los dedos. Ella lo
rodea con sus brazos. Nunca ha abrazado así a un hombre, nunca ha palpado
los músculos de la espalda de un hombre. Ya no siente miedo, aunque
tampoco siente el intenso deseo que conocerá más tarde. Se siente como si se
estuviera deslizando dentro del cuerpo de otra persona, como si su cuerpo
fuese líquido. Levanta la cabeza y apoya las manos contra el pecho de
Haskell.
El parece estremecerse. Su cuerpo es más robusto de lo que Olympia había
imaginado. Su presencia física es todavía más intensa de lo que ella
recordaba. Todo lo que la rodea parece más grande, más atrevido, más
intenso incluso que en sus sueños.
-No podemos... —empieza a decir Haskell.
-Ya es demasiado tarde —dice ella.
-No. Todavía podemos evitarlo. Yo puedo evitarlo.
—Pero no deseas evitarlo -dice ella y en sus pensamientos sabe que sus
palabras son ciertas. Tienen que serlo.
—Soy un hombre casado. Tú todavía eres casi una niña.
—¿Realmente importa eso? —pregunta ella.
—Tiene que importar —dice él.
Haskell retrocede un paso. Las manos de Olympia caen al vacío y, de
repente, siente pánico ante la idea de perderlo.
—No importa lo que hagamos —dice Olympia—. Sólo importan nuestros
sentimientos. El cierra los ojos.
—No nos lo perdonarán —dice al volver a abrirlos—. Nunca nos lo
perdonarán.
—¿Quién no nos lo perdonará? -exclama ella-. ¿Acaso no nos perdonará
Dios?
—Tu padre no nos lo perdonará —dice él—. Catherine no nos lo
perdonará.
—No -dice ella-. Ellos no nos lo perdonarán. Una sombra de
resignación oscurece el rostro de Olympia. ¿O acaso es de felicidad?
—Al principio, te resultará extraño -dice él-. Puede que incluso sientas
dolor.
—No me importa —dice ella.
Haskell intenta desabrochar los botones de madreperla de la blusa de

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Olympia. Ella se aparta un poco para ayudarlo. Está impaciente por


volver a adentrarse en ese mundo líquido que no es un preludio ni una
secuela ni una distracción, sino un universo que la absorbe hasta hacer
que todo lo demás desaparezca.
Cuando se unen en un nuevo abrazo, algo parece despertar en sus
cuerpos. Olympia se golpea con el sofá. Él se quita la chaqueta con un
movimiento sinuoso de los hombros. Ella ya tiene abierto el cuello de la
blusa.
-Prefiero tumbarme -dice ella.
Aunque nadie se lo haya enseñado nunca, el cuerpo de Olympia parece
saber lo que debe hacer. Piensa que será una especie de instinto. Nunca ha
oído describir el acto del amor, nunca ha visto dibujos ni cuadros ni tam-
poco ha leído libros que lo ilustren. Incluso la campesina más ignorante
debe de saber más que ella sobre el acto del amor.
Olympia entra primero en el dormitorio, esa habitación en la que
Haskell yacía con su mujer hace tan sólo un día. La cama está sin hacer. No
hay ningún objeto que recuerde la presencia de Catherine. Las fotos ya no
están sobre la cómoda. Olympia se quita la blusa, se quita las medias, se
quita el corsé y la enagua. Se tumba en la cama con sus prendas más
íntimas y se cubre con la sábana y la colcha.
Haskell no tarda en entrar. Se detiene al pie de la cama.
-Si pudieras verte a través de mis ojos —dice.
Por primera vez en su vida, Olympia ve desnudarse a un hombre. Le
sorprende el modo en que lucha con los gemelos, la brusquedad con la que
se desabotona el cuello de la camisa. Se siente extraña debajo de la colcha
de satén, pero, sobre todo, le asusta la idea de contemplar la desnudez de
un hombre. Como si adivinara sus pensamientos, Haskell se acuesta junto
a ella sin quitarse la ropa interior.
Ella apoya la cabeza sobre su brazo y espera, nerviosa, expectante, sin decir
nada. Los gestos de Haskell son suaves. No hay ninguna impetuosidad en
sus movimientos. Todavía no. Ahora, cada gesto de acercamiento, cada
pequeño movimiento, está lleno de dulzura. Haskell rueda sobre el cuerpo
de Olympia.
—Te vi en la playa ese día. ¿No me viste tú a mí? -dice.
—No estoy segura.
—Creo que me enamoré de ti en aquel instante.
—¿Cómo es eso posible?
—No lo sé —dice él—. Sólo sé que ocurrió. Y después, cuando te vi en el
porche por la tarde, me sentí... —Hace una pausa, como si buscara las
palabras exactas-. Me sentí como si ya te conociera, como si supiera que
algún día estaríamos juntos.
—Sí —dice Olympia.
—No puedes imaginar lo hermoso que es lo que tenernos —dice él—.
Pensarás que el amor siempre es así, pero no lo es.
Haskell está apoyado sobre los codos. Inclina la cabeza y besa el cuello de

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Olympia con ternura, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.


—Te envidio —dice—. Envidio tu inexperiencia.
Ella siente cómo el cuerpo de Haskell desciende sobre el suyo. El la
desnuda lentamente y, durante unos segundos, parece no saber qué hacer
con algo que tiene en la mano, algo que ya debía de tener en la mano al me -
terse en la cama, algo que, aunque Olympia no llegue a ver ese día, con el
tiempo sabrá que es una forma de precaución.
No siente dolor. Al menos no un dolor intenso. Siente el peso de Haskell.
Siente su cuerpo anhelando el suyo.
—¿Te hago daño? —pregunta él.
—No —contesta ella luchando por llenar sus pulmones de aire—. No te
preocupes.
Y entonces se estremece, trémula, y el sol avanza hasta dibujar un cálido
rectángulo de luz sobre la colcha de satén. El algodón de las sedosas
sábanas contrasta con los austeros muebles de caoba de la habitación: el
armario, la cama, las mesillas de noche... La ropa de Haskell descansa sobre
la estera del suelo. Olympia observa el techo verde salvia.
Sólo al final, justo al final, siente un ligero estremecimiento, pero no es
más que una leve insinuación del placer que inundará su cuerpo algún día.
Y es entonces cuando oye por primera vez el quejido de Haskell, la rápida
exhalación de su aliento, y comprende que todo ha acabado.
El peso de Haskell parece aumentar sobre Olympia. Él rueda hacia un
lado, arrastrándola consigo, acunándola en la coma que dibujan su pecho y
sus piernas, acunándola como se acuna a un niño. Olympia descansa entre
sus brazos y, durante unos minutos, escucha respirar al hombre que
dormita junto a ella, velando su sueño intranquilo, esa forma de dormir que
ella aprenderá a amar con el tiempo.
Haskell se despierta, sobresaltado.
—¡Olympia!
—Estoy aquí.
—Dios mío. Ha sido maravilloso.
—Sí —dice ella.
—No puedo decir que me arrepienta.
—No, no debemos decir eso.
Olympia se gira entre los brazos de Haskell para poder verle la cara.
—Me siento diferente —dice.
—¿De verdad? ¿No lo dices sólo por...?
—No -lo interrumpe ella, que sabe que ya nunca volverá a ser la niña que
era hace tan sólo unos días—. Antes no imaginaba cómo podría ser. Ni
siquiera pensaba en ello.
—¿Estás preocupada?
—No. Es algo maravilloso, que dos cuerpos se conviertan en uno.
—Es maravilloso contigo —dice él—. Contigo.
—Debería irme antes de que vengan las camareras —dice ella.

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Y él parece entristecerse al comprobar lo rápido que ha aprendido


Olympia el arte del engaño.
—Todavía tenemos tiempo -dice.
Permanecen abrazados en la cama hasta que oyen las primeras pisadas en
el pasillo. Haskell se levanta y acaricia el brazo de Olympia, retrasando
hasta el último instante ese momento en el que sus cuerpos dejarán de ro-
zarse. Se viste despacio, sin dejar de mirar a Olympia ni un instante. Al oír
las voces de las camareras en el pasillo, sale apresuradamente del
dormitorio y regresa casi inmediatamente con una pequeña toalla. Al verlo
vestido, de repente Olympia siente vergüenza de su propia desnudez.
—Necesitarás esto —dice él al tiempo que le da la toalla.
Se agacha para besarla, vuelve a incorporarse y sale discretamente de la
habitación. Olympia se levanta. Al mirarse las piernas entiende la razón de
la toalla. También hay sangre sobre las sábanas. Olympia se asusta. No sabia
que fuese a pasarle eso. Pero Haskell sí lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Es
médico.
Haskell vuelve a entrar cuando Olympia se está atando los botines. Ella se
levanta y rodea la cama para acercarse a él. Al hacerlo, se da cuenta de que
no ha tapado la mancha de la sábana. Él empieza a decir algo, pero ella
levanta una mano, como pidiéndole silencio. Sabe que debe comportarse de
cierta manera, que debe seguir ciertos pasos, aunque no esté segura de
cuáles son. No se siente avergonzada, pero tampoco quiere hablar de ello.
Se agacha y tapa la mancha con la colcha de satén. Está segura de que él
también está pensando en el parto de Marie Rivard.
Se acercan juntos a la puerta. Resulta difícil hablar. Olympia agradece
que él no diga nada sobre el próximo encuentro. Sabe que habrá un
próximo encuentro y con eso es suficiente; ya nada podrá separarlos.
Haskell la besa antes de abrir la puerta. Ella sale al pasillo y camina entre
el rumor de las conversaciones que salen de detrás de las puertas. Una voz
aguda e insistente de mujer, una risa de hombre... El pasillo huele a té y a
café y a naranjas recién exprimidas. No se da la vuelta al oír cómo se cierra
la puerta de la habitación de Haskell.
Las piernas le tiemblan mientras baja la escalera. Se pregunta qué hará
Haskell con la sábana ensangrentada. Al mirar su reflejo en un espejo, su
boca le parece borrosa, como si tuviera los contornos difusos. No quiere
salir por la puerta de atrás. Ella no es una ladrona. Pero, al llegar al
vestíbulo, al menos una docena de ojos se posan inquisitivamente en su
figura. Supone que el recepcionista se sorprenderá al verla ahí, pues
supuestamente debería estar en Ely Falls con el doctor Haskell. Los
huéspedes que esperan junto a la puerta del comedor la observan. Una
camarera cargada con sábanas limpias vuelve la cabeza al cruzarse con ella.
Cuando finalmente llega al porche, se apoya en una de las mecedoras ne-
gras. Necesita descansar unos segundos. Necesita hacer acopio de todas sus
fuerzas si no quiere que sus piernas cedan ante el peso de su cuerpo. Aunque el
sol cada vez está más alto, la luz todavía no es muy intensa. En el mar, los

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pescadores recogen las trampas para los bogavantes.


—¿Señorita Biddeford?
Olympia, sorprendida, se da la vuelta. Debe de parecer asustada, pues
Zachariah Cote extiende la mano con ademán tranquilizador.
—No pretendía asustarla —dice.
La visión del poeta, con su chaleco de seda gris y esa sonrisa furtiva que
siempre parece contradecir la expresión de sus ojos, es como una aparición
de un mundo olvidado, de un mundo al que Olympia no desea regresar.
—Realmente, siempre nos encontramos en los lugares más insospechados
—continúa diciendo él.
—¿Por qué lo dice? —pregunta ella al tiempo que retrocede un paso. Él se
acerca a ella.
—¿No me diga que no era usted? La noche del Cuatro de Julio. En la
calesa que había detenida junto a la carretera. En las marismas —dice Cote.
Apoya el codo sobre la palma de la mano y se acaricia el mentón con los
nudillos mientras observa a Olympia con abierta impertinencia.
Y, durante unos segundos, Olympia se siente más desnuda de lo que lo
estaba en la cama con Haskell. La mirada de Cote es tan franca, su sonrisa
tan calculadora, que desearía abofetearlo por su atrevimiento.
—Debe de haberme confundido con otra persona -dice Olympia
finalmente.
—Sí, es posible que así sea —dice él sin ocultar cierta ironía-. Pero,
dígame, ¿qué hace a estas horas en el hotel? —añade después de consultar su
reloj de bolsillo—.Yo me dispongo a desayunar. Vengo de dar un paseo.
¿Quiere acompañarme?
-No. Lo siento, pero no puedo.
Cote arquea una ceja. Olympia se da la vuelta, desciende los escalones
del porche y camina hacia la orilla. Las nubes, cada vez más espesas, tiñen
el mar de un color gris plomizo.

CAPITULO 9

El padre de Olympia acostumbra a desayunar solo o, en el peor de los casos,


inmerso en la lectura de un libro que lo aisle de los demás. Pero esa mañana
observa atentamente a su hija cuando Olympia entra en el comedor y
continúa haciéndolo mientras ella se sienta y se coloca la servilleta sobre el
regazo. Ella no puede pedirle que deje de mirarla, pues, si lo hiciera, estaría
reconociendo que ocurre algo fuera de lo normal. De ahí que se limite a darle
los buenos días sin mirarlo a los ojos y a servirse una taza de té. Pero cuando

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finalmente se arma del valor necesario para mirarlo, descubre que su padre
no está enojado con ella; más que enfado su mirada refleja desconcierto, como
si necesitara confirmar que la joven que tiene delante realmente es su hija y
no una impostora.
-Estás pálida, Olympia. ¿Te encuentras bien? A veces me preocupas. Ayer
ni siquiera bajaste a cenar.
-Estoy bien -dice ella sin apartar los ojos de la comida. Está hambrienta y
los pasteles de frambuesa tienen un "aspecto delicioso—. Te preocupas
demasiado por mi. Si me pasara algo te lo diría.
Él bebe un poco de té.
-La verdad es que siempre has sido una persona sensata —dice—. Me gusta
el traje que llevas.
—Gracias, padre —dice ella.
—Por cierto —continúa él—, he pensado que podríamos celebrar una fiesta
por tu cumpleaños. No se cumplen dieciséis años todos los días.
—¿Una fiesta?
—Tu madre y yo nos sentimos orgullosos de ti, Olympia. Tenemos puestas
grandes esperanzas en tu futuro.
Aunque la palabra futuro hace que se sienta incómoda, Olympia asiente.
—Gracias.
—He recibido una carta del reverendo Edward Everett Hale. Es muy
posible que venga a visitarnos por esas fechas. Podríamos celebrar un baile.
Yo había pensado en el diez de agosto. No sé... Unos ciento veinte invitados.
Por supuesto, invitaremos a las familias de la colonia de veraneantes y a
Philbrick y a Legny. ¿Has empezado ya a leer los sermones de Hale que te di
la semana pasada? Tendrás que acabar el libro antes de la fiesta.
—Sí, padre.
—También invitaré a los Haskell. Sé que a John le gustará conocer a Hale.
Además, tengo entendido que su casa estará acabada por esas fechas. Por
buena que sea, nadie puede disfrutar de la cocina de un hotel durante tanto
tiempo.
—El diez es dentro de cuatro semanas —dice Olympia.
—Sí, la verdad es que no tenemos mucho tiempo. Las invitaciones
deberían salir, como muy tarde, pasado mañana. Podríamos hacer la lista
de invitados esta misma tarde. Estoy seguro de que tu madre estará
encantada de escribir las invitaciones.
—Claro —dice Olympia.
El proyecto de una gran fiesta resulta emocionante, aunque, al mismo
tiempo, aterrador. Aterrador porque, sin duda, Haskell asistirá a la fiesta con
Catherine y emocionante porque asistirá.
—¿Te gustaría invitar a alguien en especial? —pregunta su padre
mirándola fijamente. Una vez más, Olympia espera que no vea nada extraño
en sus ojos.
—No, a nadie en especial —dice ella. Él asiente.
—Tengo que escribirle una nota a Haskell para preguntarle si la fecha le

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viene bien. Le pediré a Josiah que se la lleve esta misma mañana. No creo
que me perdonara que invitara a Hale en una fecha en la que él no pudiera
asistir. Tengo entendido que John y el reverendo comparten una profunda
pasión por los automóviles.
—Si quieres, se la puedo llevar yo —espeta Olympia impulsivamente—.
Me gustaría dar un paseo por la playa.
Padre e hija se vuelven simultáneamente para mirar por la ventana.
Aunque el tiempo está empeorando, Olympia sabe que su padre accederá a
su petición, pues es un firme partidario del ejercicio físico.
—Es una gran idea -dice él-. Un paseo siempre es aconsejable después de
un desayuno copioso. Pero deja la nota en recepción. No quisiera que
Haskell pensara que me veo obligado a recurrir a mi hija como recadera.
—Claro -dice ella mientras unta mantequilla en un segundo pastel de
frambuesa. Esta mañana su apetito parece insaciable.
—Es un hombre admirable. ¿No te parece? -pregunta su padre.
—Desde luego —responde ella—. Además, es muy agradable.
—Me refiero a Hale —dice él.
Las nubes impiden la proyección de sombras, dándole al paisaje una
cualidad plana y monótona. Mientras camina por la playa, Olympia piensa
que la costa debe de ser el paisaje natural cuya apariencia cambia más con el
clima. Hace tan sólo dos días, el agua tenía un intenso color azul marino y
las rosas silvestres salpicaban la playa de pinceladas de color rosa. Pero
hoy, ese mismo lugar parece privado de color y, alrededor de Olympia,
sólo hay lugar para distintas tonalidades de gris.
Mientras camina con la nota de su padre en el bolsillo y un botín en cada
mano, piensa en la sorpresa que se llevará Haskell al verla aparecer de
nuevo en su habitación. Espera que no esté ocupado, que su visita no re-
sulte inoportuna.
Apenas hay huéspedes en el porche del hotel. Una mujer hace punto
sentada en una mecedora. A su lado, una institutriz cuida de un niño
pequeño. Olympia entra en el vestíbulo, saca la nota del bolsillo y se la da
al recepcionista, que, afortunadamente, ya no es el mismo.
—¿Dice que es para el doctor Haskell? —pregunta el recepcionista—. Se
la haré llegar inmediatamente. Está desayunando en el comedor.
El recepcionista llama a un mozo y le entrega la nota.
—Gracias.
Olympia sale al porche y se apoya en la baranda. Aunque fija los ojos en el
mar, realmente no llega a verlo. Oye los pasos de Haskell a su espalda.
—Esto es más de lo que podría haber soñado —dice él con voz pausada.
Tiene el pelo mojado, perfectamente peinado, y viste una camisa azul y un
chaleco gris de lino.
Cuando Olympia se da la vuelta, Haskell da un paso hacia ella y adelanta
una mano, como para acariciarle la cara, aunque, en el último momento,
interrumpe su gesto. Aun así, Olympia piensa que se delata cuando, inme-
diatamente después, mira a la mujer que hace punto.

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-Olympia —dice.
Ella, en cambio, no lo llama por su nombre, por ese nombre que tantas
veces, y de manera tan entrañable, ha oído pronunciar a Catherine para
dirigirse a su marido.
-¿Ibas a salir? -pregunta formalmente Olympia, que no ha pasado por
alto el maletín de Haskell.
-Tengo que ir al dispensario -aduce-. Desde que te has ido, no he dejado
de pensar en ti —añade bajando la voz-. No soy capaz de pensar en otra
cosa. Es una agonía. Aunque es una agonía que yo mismo he provocado.
¡Olympia quisiera decirle tantas cosas! Pero no encuentra las palabras.
Haskell malinterpreta su silencio.
-Te arrepientes de lo ocurrido —dice—. ¿Por eso has vuelto?
-No -dice Olympia con las mejillas encendidas por la turbación que se
ha ido apoderando paulatinamente de ella. Baja la mirada, repentina y
dolorosamente consciente de su juventud, de su inexperiencia. No quiere
analizar lo que ha ocurrido esa mañana en la habitación de Haskell, pues,
de alguna manera, siente que si lo hiciera estaría mancillando el amor que
los une—. No —repite— , no me arrepiento de nada.
Haskell mira de nuevo a la mujer que hace punto a pocos pasos de ellos.
Coge a Olympia del codo y descienden los escalones del porche. Ella se deja
llevar complacientemente. Rodean el hotel y, al llegar a la fachada trasera,
se detienen junto a un banco. Junto a ellos, una bicicleta descansa apoyada
contra el porche. Aunque están solos, alguien podría verlos desde el hotel.
Se sientan en el banco.
Haskell apoya una mano sobre la rodilla de Olympia y recorre la
superficie de la tela hasta el interior de sus muslos. Ella apoya una mano
sobre la de Haskell. Una camarera pasa andando frente a ellos.
—Esto es una locura —dice Haskell apartando la mano. Permanece en
silencio hasta que recuerda la nota—. ¿Así que tu padre va a celebrar una
fiesta? —dice sacándose la nota del bolsillo-. ¿Es tu cumpleaños?
—No es ese día —dice Olympia—. Pero sí, es para celebrar mi cumpleaños.
Él vuelve a leer la nota y la guarda de nuevo en su bolsillo. Ella piensa
que a Haskell no debe de agradarle que le recuerden su edad.
—No puedes... -empieza a decir Olympia.
—Tendré que decírselo a Catherine —la interrumpe él—. Si no es por
mí, acabará enterándose a través de cualquier otra persona. Y, sin duda,
querrá asistir.
—Todavía falta mucho tiempo para la fiesta -dice Olympia—. Mi padre
dice que tu casa estará acabada para entonces.
Haskell asiente.
—Algún día me gustaría verla -dice ella. Él la mira a los ojos.
Parece confuso.
—Me siento extraño hablando de estas cosas contigo -dice-. Es como si,
de repente, las cosas normales, las cosas cotidianas, me hubieran dejado de

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interesar. Me siento como si hubiera perdido el hábito de la normalidad.


Tan sólo deseo hablar de ti, pensar en ti. ¿Por qué tenernos que hablar de
una casa en la que me veré obligado a vivir sin ti?
—Porque es real -dice ella-. Precisamente porque tendrás que vivir en
ella.
—Si me quedara el más mínimo honor —dice él-, no volvería a verte
nunca más. Si de verdad me importaras, te obligaría a alejarte de mí.
—¿Qué importa el honor cuando existe un amor como el nuestro?
-pregunta Olympia, asustada por las palabras de Haskell.
—Nada, no importa nada —dice él—. Nunca dejas de sorprenderme,
Olympia.
Ella mira hacia lo lejos. Un manto de niebla empieza a cubrir el jardín.
—Te he escrito una carta —dice Haskell—. La he escrito para mí mismo,
para aclarar mis pensamientos. No está acabada. Sólo son pensamientos
sueltos. Nunca pensé en dártela, pero ahora quisiera que la leyeras, por im-
perfecta que pueda parecerte.
Haskell saca un sobre de su maletín y lo observa durante unos
segundos antes de dárselo a Olympia.
—Tengo que irme. Me esperan en el dispensario.
Un chico joven se acerca al porche y coge la bicicleta. Olympia piensa
que debe de tratarse de un mozo de recepción. O puede que trabaje en las
cuadras. Deben de estar en una zona reservada para los empleados del
hotel.
Haskell se levanta bruscamente.
—No sabes cuánto desearía que las cosas no fueran así, Olympia -dice
acaloradamente-. Quisiera poder ser yo quien acudiera a ti.
Olympia también se levanta.
—¿De qué sirve desear lo que no se puede tener? —pregunta ella.
Rodeada de una niebla cada vez más densa, Olympia camina lentamente
hasta su casa. Al llegar, sube a su habitación, cierra la puerta intentando
hacer el menor ruido posible y se deja caer sobre la cama. Pasados algunos
años, recordará la escena como algo ciertamente cómico: ella tumbada en la
cama, abriendo el sobre apresuradamente, sin tan siquiera tomarse el tiempo
necesario para quitarse el sombrero.

14 de julio de 1899

Mi amada Olympia:

Si alguna vez un hombre ha sentido que su espíritu se derretía hasta


fundirse con otro, ese hombre soy yo. Aunque quisiera explicar la razón, no
consigo entenderla. Lo que hemos empezado es desastroso y lo es por más

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razones de las que podría enumerar. Tú eres tan joven. Yo ya no lo soy. Tú


tienes toda una vida por delante y yo la he dañado de forma irreparable.
Perdóname, Olympia. No, no lo hagas. No se puede pedir perdón por algo
de lo que uno no se arrepiente y, como hombre y como amante, yo no
puedo arrepentirme de esos maravillosos momentos que he compartido
contigo.
Siempre he pensado que yo no era una de esas personas que experimentan
grandes pasiones. Siempre he pensado que esos estados de ánimo sólo
pertenecían a la imaginación de personas deseosas de conferirle a la pasión
más significado del que realmente tiene, incluso del que es recomendable
que tenga. De hecho, siempre me he enorgullecido de mi ecuanimidad
respecto a esas cuestiones. Y debo decir que lo mismo es cierto en el caso de
Catherine, pues en ningún momento de nuestra vida en común se ha
comportado de una forma excesivamente pasional. Te ruego que me
perdones si la franqueza de mis palabras te ofende. Dios sabe que, si
pudiera, también le pediría perdón a Catherine por exponer su intimidad
de esta manera, aunque tengo la absoluta certeza de que ella no me
concedería ese perdón, igual que sé que nunca perdonaría mi traición.
Amada Olympia, mi vida carece de cualquier tipo de equilibrio desde
que te encontré aquel día en la playa. Tú no me viste a mí, pero yo sí te vi
a ti: una chica joven con un vestido claro que apenas parecía capaz de
contener la vida que pugnaba por salir de su interior. Caminaste descaí/a
hasta la orilla y todos los hombres te seguimos con la mirada y con el
deseo. Después, cuando nos conocimos en el porche de la casa de tu
padre, tuve la sensación de que ya te conocía.
Hasta ese momento, mi vida se había regido por la dedicación a mi
trabajo, por el servicio a la comunidad, por el orgullo que se experimenta
ante el deber cumplido, por la gratificación de los pequeños placeres de la
vida en familia. Pero nada de eso me basta ya. No, eso ya nunca bastará
para saciar mi sed. No puedo explicar por qué, sobre todo a ti, que eres
tan joven y que acabas de comenzar tu trayecto por el mundo, pues ni tan
siquiera yo soy capaz de comprenderlo.
Antes solía enorgullecerme de comprender de forma intuitiva las
cuestiones carnales y ahora me doy cuenta de que desconocía lo que era
realmente la pasión. Creía que me conocía bien a mí mismo, pues mis
hábitos siempre han gozado de regularidad y constancia, pero hoy me en-
cuentro con que soy un absoluto desconocido para mí mismo. Qué
satisfecho me sentía de mí mismo, con cuánta autocomplacencia vivía.
Todo en ti es desconocido para mí. Sabes cómo darle placer a un hombre
y creo que sabes sentir ese mismo placer; algo que desgraciadamente no
puedo decir de Catherine. A pesar del amor que me profesa y de su deseo
de complacer a quienes la rodean, Catherine no sabe lo que es
complacerse a sí misma. Aunque no creo que eso ses algo que le importe.
Cuando uno se comporta naturalmente de una forma, no puede echar de
menos aquello a lo que renuncia, pues lo desconoce. Como yo, que no he

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sabido hasta hoy lo importante que es para un hombre el placer de una


mujer, o para una mujer el de un hombre.
No debes arrepentirte de lo que has hecho, Olympia. No debes
avergonzarte. Aunque creo que no lo haces, que no lo harás. De hecho, ésa
es una de tantas cosas que me impresionan de ti. ¿Me estaré engañando a
mí mismo? ¿Pienso así tan sólo porque es lo que deseo pensar? Sin-
ceramente, creo que no. Creo que eres plenamente consciente de tus actos.
¿O acaso llega mi delirio hasta tal punto que sólo veo lo que deseo ver?
¿Acaso creo que eres más madura de lo que corresponde a tu edad
simplemente porque deseo que así sea?
(No pretendo insinuar que hoy estuvieras pensando en tu propio placer,
ni tan siquiera que nuestra unión pudiera provocarte placer. Aunque algún
día sentirás ese placer; de eso estoy seguro.)
Perdóname, Olympia. Perdóname por haberte robado lo que no me
correspondía a mí tener.
Cuan imprudente resulta todo esto. Cuan peligroso.
Conocí a Catherine durante mi segundo año de prácticas de medicina. Su
tranquilidad de ánimo y su ternura me cautivaron. Su padre es un pastor-
metodista, un hombre de escasos medios, aunque culto y agradable, al que
respeto sinceramente. (¡Cuánto me odiaría si conociera la verdad! Entre dos
hombres, entre un padre y un pretendiente, existe una especie de acuerdo
tácito sobre determinadas cuestiones que no pueden expresarse
abiertamente, y menos aún en presencia de la mujer pretendida. Por eso
debe existir una confianza mutua. Una confianza que le ofrezca la seguridad
absoluta al padre de que el hombre que algún día se convertirá en su yerno
nunca le hará daño a su hija.Y aunque nunca se haga explícito, es, por así de-
cirlo, un pacto sagrado. Yo he traicionado ese pacto y haberlo hecho me llena de
angustia.)
No puedo seguir escribiendo sobre esto.
Tan sólo quería que tú, a quien deseo contártelo todo, supieras cómo empezó
mi relación con Catherine, por qué decidí hacerla mi esposa. Tuve la
oportunidad de observarla cuidando de sus sobrinas, cuya madre, Gertrude,
murió prematuramente de tuberculosis. Admiraba cómo se comportaba
Catherine con los niños; sin duda sería una buena madre. Te parecerá que me
comporté de manera oportunista, y probablemente tengas razón, pero ella tam-
bién debió de verme a mí como un buen partido, pues no creo que me amase
con gran pasión cuando nos casamos. Pero sí me amaba de una forma
placentera, como placentero ha sido siempre nuestro matrimonio. Yo, por mi
parte, creía no haberla decepcionado hasta ahora.
(Aunque ahora sí lo haré. Porque ahora, cada momento que esté con
Catherine, desearé que ella fueras tú.Y por eso, y por el terrible secreto que
escondo, me aterroriza volver a verla cuando regrese el viernes, pues no soy
una persona que disfrute del engaño.)
¿Por qué, me pregunto, tiene que resultar tan perverso el amor cuando surge
fuera del seno del matrimonio? Es algo que no logro comprender. ¿Cómo es

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posible que algo tan natural, tan verdadero, tan puro como el amor que siento
por ti, resulte al mismo tiempo tan condenable y sea la causa de tanto dolor? Y
lo que es peor, ¿cómo es posible que un amor como el nuestro esté condenado a
terminar de una manera infeliz? Porque es imposible que nuestro amor acabe
bien.
No puedo negar que he conocido a Catherine de todas las maneras que un
hombre puede conocer a una mujer, ni tampoco que ella ha sido generosa
conmigo. Entonces, ¿por qué no puedo conformarme con la compañía de mi
mujer? ¿Por qué? Busco una respuesta racional cuando esto nada tiene que
ver con la razón. Busco una respuesta científica cuando esto es algo que nada
tiene que ver con la ciencia. ¿O acaso es posible que una unión como la
nuestra tenga sus propias leyes, como las tienen todas las ciencias? ¿Será
posible que algún día seamos capaces de detectar y cuantificar la pasión
amorosa, salvándonos así de esta agonía?
¿Y, si fuera posible, realmente desearía salvarme? ¿Es posible que alguien
pueda querer dominar una pasión como ésta?
No tiene sentido seguir con este discurso delirante. Es peligroso. Es
agotador.
No soy escritor. Sólo soy un médico que sufre una enfermedad de la que no
desea ser curado.

Olympia deja caer las hojas al suelo. Se sienta en la cama y se cubre el


rostro con el borde de la falda.
Nunca ha leído algo parecido. Nunca. Nunca ha leído algo cuyo
significado comprendiera de una forma tan completa. Es casi como si ella
misma hubiera escrito la carta.
Deja caer la falda y, con un gesto lleno de impaciencia, se suelta las cintas
del sombrero.
«Dios mío —piensa—. ¿Qué hemos hecho?»
Porque no hay duda de que Olympia ha puesto en marcha un engranaje
que ya no puede detener. Olympia ha entrado violentamente en la vida de
un hombre, arruinando la vida de un padre de familia y de una mujer
bondadosa. Sólo cabe una posibilidad. Tiene que conseguir que Haskell
la olvide, tiene que curarlo de su enfermedad, de una enfermedad que
ella también padece, de una enfermedad de la que ella es culpable.
Se promete a sí misma que nunca volverá a ver a Haskell.
¿Cómo puede haber sido tan insensata, tan egoísta? ¿Cómo puede
haber pensado sólo en su propia felicidad, ignorando todo lo demás?
Además, Olympia sabe que perdería a su padre para siempre, que nunca
podría volver a ganarse su confianza si él averiguara algún día lo
ocurrido.
Se tumba boca arriba y se cubre los ojos con las manos. Mira hacia el
techo sin pensar en nada y, cuando el cansancio por fin la vence, se
duerme.
Se despierta agitada. Se acerca a la palangana que hay sobre una

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mesilla, coge la jarra y vierte un chorro de agua fresca sobre la cara. Se


seca y se mira al espejo.
Y, con la misma facilidad con la que prende una rama seca, olvida su
decisión. Desea ver a Haskell. Tiene que verlo. Al menos una última vez,
aunque sólo sea para responder a las preguntas que Haskell le ha
transmitido en su carta. Es lo menos que pueden hacer. Sí. Aunque también
podría escribirle una carta. Sí, eso es lo mejor. Sí. Le escribirá una carta.
Ahora mismo.
Y, mucho tiempo después, Olympia pensará en lo fácil que resulta
engañarse a sí misma, pues la necesidad de obtener respuesta nunca acaba
y Haskell querrá contestar la carta de Olympia y ella la de él y así
interminablemente.
No sabe qué hora es. No hay ningún reloj en su habitación y no se atreve
a salir por temor a que alguien pueda verla en ese estado de excitación.
Mira por la ventana, intentando averiguar la hora por la luz del cielo, pero
sólo ve el mismo cielo plomizo. ¿Será ya por la tarde? ¿Se habrá perdido el
almuerzo? Aunque de ser así, alguien habría subido a preguntar por ella. Se
cepilla el pelo y se lo recoge con unas peinetas. Saca papel y plu ma del cajón
y se sienta a escribir.

Querido señor:

Todavía no he empezado a escribir y ya me encuentro muda, incapaz de


articular palabra, pues no puedo llamarte señor, ni tampoco John, que es
como te llaman otras personas; sí, estoy pensando en Catherine. Para mí
siempre serás Haskell. Así que permíteme enmendar el encabezamiento
de esta carta, pues, aunque suene demasiado formal, te aseguro que no lo
es en mis pensamientos.

Mi querido Haskell:

Qué lejos hemos viajado en tan sólo unas horas, unas horas que ni
siquiera hemos
compartido, sino que hemos pasado solos con nuestros pensamientos y
nuestras palabras, por inadecuados que puedan ser. Al leer tu carta, que
aprecié todavía más por su espontaneidad y su carácter inconcluso, decidí
que nunca más volveríamos a vernos, que nunca más volveríamos a
comunicarnos ni a compartir un mismo espacio físico, por formal que
pudiera ser el acontecimiento que nos obligara a hacerlo. No iba a
contestar tu carta, pues mi intención era cortar drásticamente todo lazo
que pudiera unirnos. Pero no soy capaz de hacerlo. Me resulta imposible
mantenerme fiel a una decisión así, pues deseo tu presencia más que
ninguna otra cosa en el mundo.
Tengo que confesarte que la más profunda angustia se apoderó de mí al

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darme cuenta de lo que habíamos hecho, y no me refiero sólo a nuestra


unión, a ese momento durante el cual compartimos nuestros cuerpos, sino
también, y sobre todo, a lo espiritual, a esa pasión que se ha apoderado
irremediablemente de nosotros. Quiero que sepas que yo soy al menos tan
culpable de lo ocurrido como tú. Quiero que sepas que, pase lo que pase
entre nosotros, por terribles que sean las consecuencias, pues necesariamente
serán terribles, nunca te culparé de lo ocurrido. Sé que soy muy joven, pero
también sé que tengo suficiente voluntad y entendimiento como para
responder de mis actos. Puedo asegurarte, con plena conciencia de lo que
implican mis palabras, que el recuerdo de lo que aconteció me llena de placer
y es un tesoro que guardo con el mayor de los cuidados. Tu imagen ha
quedado grabada en mí como la luz queda grabada en el papel fotográfico.
Sé que nunca conoceré a ningún hombre que me sea tan querido como tú.
(Y sí, fui yo quien descolocó las fotos que tenías sobre la cómoda, aunque
estoy segura de que ya lo sabías.)
Tuya es la mayor angustia, pues estás casado con una buena mujer. Y
aunque yo comparta esa angustia cada vez que pienso en ella, sé que no
puedo aliviar tu carga, pues a mí no me es posible saber todo lo que tú
sabes, todo lo que tú y ella habéis compartido durante vuestros años de
matrimonio.
El pecado consiste precisamente en saber que hacemos daño. No sólo en
estar juntos, sino en el hecho de que, incluso al escribir estas palabras, somos
conscientes del daño que hacemos.
Admiro sinceramente tu trabajo.Yo nunca podría hacer lo que haces tú, pues,
aunque me interesa el cuerpo humano, carezco del valor necesario para
enfrentarme a tanto dolor. Los médicos de la mente no me merecen el mismo
respeto, pues siento que el alma humana es un lugar demasiado privado
como para ser invadido. A veces pienso que me gustaría escribir novelas o
poemas, aunque carezco del don necesario para ello. Además, no estoy segu-
ra del bien que puede derivarse de una actividad así. Tampoco estoy
convencida de la superioridad del arte sobre otros oficios menos admirados
pero que, igualmente, requieren de gran destreza y dedicación. ¿Acaso no
hay mayor valor, y por lo tanto mayor bien, en la construcción de una mera
silla o de un simple abrigo? Sin duda, la pobre señora Rivard pensaría que
sí. Te admiro como escritor, pero te admiro más como médico, pues he
tenido la oportunidad de comprobar en persona el oficio y la humanidad
con la que te entregas a tus pacientes.
Sí, ven a la fiesta de mi padre. Ven. Escríbele a mi padre diciéndole que
vendrás. Con estas palabras acabo de sellar mi destino pues te pido que
continuemos lo que ya hemos empezado y, lo que es peor, que lo hagamos en
presencia de Catherine y de mi padre, cuya confianza hemos de traicionar
necesariamente. Pedirte que no vinieras sería todavía peor, pues entonces
estaría traicionando mis sentimientos. No hablaré contigo más de lo
estrictamente correcto, ni le causaré la menor aflicción a Catherine. Me
bastará con poder verte, aunque sea desde la distancia, mientras recuerdo

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cómo, una vez, estuvimos juntos. Ya disfruto de las palabras silenciosas que
intercambiaremos.
Nunca olvides que soy tuya.

Lee la carta una y otra vez, añadiendo nuevos signos de puntuación en


un intento fútil por ordenar su discurso. Introduce las hojas en un sobre
y lo sella. Ya sólo le queda encontrar la manera de hacérselo llegar a
Haskell. Finalmente, decide que lo mejor será pedirle a Josiah que la
lleve al hotel. Así, si Josiah le mencionase el encargo a su padre,
Olympia siempre podría decir que, sintiéndose indispuesta, le había
pedido que llevara en su lugar la invitación.
Se detiene un momento ante el espejo para comprobar que su aspecto
es el adecuado y acude en busca de Josiah. Mientras baja la escalera,
vuelve a preguntarse qué hora será. Su padre debe de estar durmiendo o
trabajando en su estudio. Olympia camina hacia la cocina y abre la puerta.
Durante un decisivo segundo, ese segundo durante el cual todavía
podría haber vuelto sobre sus pasos sin ser vista, Olympia no distingue
con precisión la escena. Ve una criatura indescifrable, medio de pie medio
sentada, que rodea otro cuerpo en una postura inverosímil. Ve prendas
de vestir, aunque no sabría decir si puestas o quitadas. Ve trozos de piel
desnuda, una cabeza inclinada hacia atrás, una mueca retorcida... Y
entonces, transcurrido ese segundo, cuando la puerta se cierra detrás de
ella, se da cuenta de que la figura que le da la espalda, esa figura cuya
cara empieza a volverse hacia ella, es Josiah y de que las piernas que lo
envuelven son las de Lisette. Incapaz de moverse, observa las nalgas
desnudas de Josiah, los senos de Lisette, la mueca de placer que contrae su
rostro de mujer...
El acto del amor, tal y como Olympia lo ha experimentado con Haskell,
es algo delicado y fluido. Pero, en el caso de Josiah y Lisette, más bien
parece algo cómico, o incluso brutal. Pues en esa unión no hay lugar para
la ternura, sino tan sólo para los deseos de la carne. Olympia recuerda el
parto de Marie Rivard, un acto animal donde tampoco tenía cabida la
hermosura.
Sale corriendo de la cocina y se apoya contra la pared del comedor,
sintiendo la vergüenza que siempre invade al testigo involuntario. Se siente
confusa y, al mismo tiempo, agradecida por haber conocido el acto del amor
con Haskell, por que la visión de esos dos cuerpos salvajemente retorcidos
no haya sido su primera imagen de la unión entre un hombre y una mujer.
Pues sabe que, de haberlo sido, el impacto y la brutalidad de la escena, la
hubieran llenado de aversión hacia el amor físico.
Se guarda la carta bajo una manga de la blusa y sale al porche. Su padre no
debe de estar en casa, pues, sin duda, Josiah no se arriesgaría a ser
sorprendido por él en esa actitud. Y es entonces, mientras observa el
horizonte, cuando, por primera vez en su vida, se da cuenta de que su
madre y su padre también deben de compartir una relación física como la

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de Josiah con Lisette, como la de Haskell con ella. Es entonces cuando se da


cuenta de que la habitación de su madre es tan femenina porque a su padre
le agrada que lo sea. Y, de repente, todo tiene sentido: el camisón de seda de
su madre, las sábanas violetas de satén, las velas en la mesilla de noche, el
incienso, las flores, los elaborados peinados de su madre, las largas ausencias
de su padre cuando la acompaña a su habitación después de la cena... Sí,
todo tiene sentido. Pero no quiere pensar en eso.
No debe pensar en eso. Y, mientras observa a los niños que juegan en la
playa, intentando deshacerse de esos pensamientos, de repente, se le ocurre
algo. Sube a su habitación, coge unos centavos de su bolso, vuelve a salir al
porche y camina hasta la playa. Al llegar a la altura de los niños, llama al
más alto de ellos, que se acerca corriendo. Lleva pantalones cortos, y la sal y
la brisa marina han esculpido todo tipo de extrañas formas en su cabello.
—¿Podrías llevar una carta al hotel Highland? —le pregunta Olympia.
Claro, señorita.
—Es importante que la lleves ahora mismo y que se la entregues
personalmente al doctor Haskell. Toma unas monedas.
—Gracias, señorita.
Olympia le da la carta y las monedas y observa cómo su mensajero corre
hacia el hotel. Sus movimientos tienen la ligereza de los del propio dios
Mercurio.

CAPITULO 10

—Anoche hubo un incendio en Rye. Por lo visto fue algo terrible.


---¿Un incendio? -pregunta Olympia.
De cuclillas en el porche, está intentando abrir la funda de caoba del
telescopio que su padre ha hecho traer desde Nueva York por su
cumpleaños. Supuestamente lo ha comprado para que Olympia pueda
observar el océano y las aves marinas, aunque ella sospecha que su padre y
sus invitados lo usarán más a menudo que ella y que, cuando lo hagan,
dirigirán el instrumento hacia las mansiones veraniegas que se alzan
dibujando una media luna a lo largo de la playa de Fortune's Rocks.
Olympia no consigue abrir las abrazaderas.
—Déjame que te ayude —se ofrece su padre al tiempo que se agacha
junto a ella.
-¿Has dicho que hubo un incendio? -insiste Olympia, desentendiéndose
de la funda del telescopio.
—Sí, en el hotel Centennial. La verdad es que ya hacía tiempo que se
estaba viniendo abajo. Por lo visto, los clientes no abrían las ventanas por
miedo a romperlas y los botones acostumbraban a darle martillazos a las ca-

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ñerías para que los huéspedes creyeran que la calefacción volvía a funcionar.
Ya está —exclama triunfalmente.
Abre la funda y Olympia extrae un telescopio de latón y madera con un
trípode plegable y varias extensiones. El padre de Olympia, que suele
despreciar los objetos materiales, parece un niño que acaba de abrir un
regalo de Navidad. Empieza a ensamblar el instrumento.
-Estaba tan viejo que ha ardido hasta los cimientos en menos de dos
horas -dice-. Como si fuese una caja de fósforos. Es el cuarto hotel que se
incendia este año. Esos edificios están en tan mal estado que basta con que
un huésped se quede dormido fumando para que todo el hotel arda en
llamas.
-¿No sería uno de los establecimientos de Philbrick? -pregunta Olympia.
-No -dice él-. Pero deja de mirar el mar y ayúdame con esto.
Puede que ella suspire o que emita algún sonido que denote
exasperación.
-Sinceramente, Olympia, no alcanzo a comprender qué te ocurre
últimamente. Estás tan... tan... No sé. Tan distraída. Por favor, dime que
sólo es algo pasajero.
-Vas a necesitar una llave inglesa —dice ella.
Olympia va a por la caja de herramientas, que está en un arcón en el
vestíbulo trasero. Es cierto que está distraída. No sólo no ha obtenido
respuesta a la carta que le ha mandado a Haskell, sino que ni tan siquiera
puede estar segura de que él la haya recibido. Es posible que aquel niño la
tirara al mar y se quedara con las monedas.
-Creo que deberíamos instalar un teléfono —dice cuando vuelve con la
caja de herramientas.
-¿Un teléfono? ¿Para qué? -pregunta él-. Precisamente, una de las ventajas
de las vacaciones consiste en liberarse de esos artilugios.
-Pero podría haber una emergencia. Acuérdate del naufragio. Podríamos
haber pedido ayuda.
-Si no recuerdo mal, tuvimos ayuda más que de sobra. No veo qué hubiera
cambiado de haber tenido teléfono. De hecho, creo que, dadas las
circunstancias, nos las arreglamos bastante bien.
Olympia se apoya en la mecedora y observa cómo su padre, que no se
caracteriza precisamente por su destreza manual, intenta ensamblar las
distintas piezas del telescopio. Aun así, es mejor que ella no intervenga, pues,
con dos personas ineptas para las manualidades, las cosas irían todavía peor
que con una sola. Cuando su padre finalmente acaba de montar el telescopio,
mueve unos ajustes con el ojo pegado a la mirilla.
-Ya está —exclama con satisfacción.
Olympia se agacha y mira por el telescopio, pero no consigue distinguir
nada. Levanta la cabeza y comprueba que el instrumento está apuntando
hacia un poste de la baranda del porche. Vuelve a agacharse, eleva un poco el
telescopio y, al hacer girar el ajuste que le indica su padre, unos brillos azules
se convierten en el mar, una mancha blanca en una gaviota y un borrón rojo

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en un barco de pesca balanceándose sobre las olas. Olympia tarda en


acostumbrarse a ver las cosas aisladas de la realidad, encerradas en una
circunferencia, sin contexto. Piensa que debe de ser necesario algún tipo de
ajuste adicional que ella ha omitido, pues las imágenes tiemblan ante sus
ojos, perdiendo y recuperando una y otra vez la nitidez, hasta el punto de
hacer que Olympia se sienta un poco mareada. Mueve el telescopio hasta la
costa y lo detiene al ver la casa de los Farragut. Puede ver el tejado, las
mecedoras de mimbre, incluso las mosquiteras de las ventanas. La madre de
Victoria está sentada en una esquina del porche, delante de una ventana
abierta. Las cortinas blancas se mecen en la brisa. A un lado, unas sábanas
tendidas se hinchan y deshinchan rítmicamente, obedeciendo los caprichos
de la brisa. Olympia vuelve a mover el telescopio y avanza lentamente por
la costa, de casa en casa, observando detalles que hasta ahora había pasado
por alto, como la forma o el número de los tejados, hasta que, finalmente,
tiene ante sí la fachada principal del hotel Highland. Observa el porche y
el jardín antes de dirigir el telescopio hacia las ventanas de la cuarta planta.
Pero aunque ve a numerosas personas, no ve al huésped que está
buscando. Supone que Haskell habrá ido al dispensario. O puede que
todavía esté en su habitación. Pero cuál no será su asombro cuando oye
decir a su padre:
—John, qué agradable sorpresa.
Haskell está delante de los escalones del porche. Lleva un traje de color
trigo y sujeta un sombrero canotier en la mano. Durante un terrible
instante, Olympia cree que ha venido a confesárselo todo a su padre y que
ha traído la carta como prueba de sus palabras. Pero todos sus temores se
disipan en cuanto ve la angustia y la emoción que refleja su mirada. Haskell
se acerca a ella y le toma la mano educadamente.
—Es un verdadero placer volver a verla, Olympia.
—El placer es nuestro -contesta ella. Él suelta su mano
lentamente.
—Veo que su padre la mantiene ocupada.
—Acabo de decirle a Olympia que este verano la encuentro
extrañamente distraída —comenta el padre de Olympia.
—Pero ¿qué tenemos aquí? -dice Haskell interesándose por el telescopio
como exigen las buenas costumbres.
-Acaba de llegar de Nueva York —dice el padre de Olympia sin disimular
cierto orgullo.
-Es un instrumento realmente hermoso -dice Haskell—. ¿Puedo mirar?
Se agacha y ajusta el foco.
-Tiene una resolución magnífica —comenta con admiración. Después
mueve el telescopio, como buscando algo en concreto. Cuando lo encuentra,
ajusta una palanca y se incorpora—. Permítame que le muestre una cosa,
Olympia.
Ella se acerca a Haskell y se agacha para mirar por el telescopio. Al
hacerlo, las piernas de Haskell rozan levemente las suyas. Olympia tarda

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unos segundos en enfocar la imagen. Cuando finalmente lo consigue, ve la


estructura de madera de una casa junto a la playa. Se alza en lo alto de una
elevación del terreno, rodeada de césped recién cortado, a escasos metros de
la playa. Resulta patente que será una gran mansión y que tendrá un
profundo porche. Un amplio tejado a dos aguas tiene en el centro una
inmensa ventana circular. Olympia se pregunta quién dormirá en esa
habitación cuando la casa esté terminada. ¿Martha? ¿O acaso será el
dormitorio de Haskell y Catherine?
Olympia se incorpora y se hace a un lado para que su padre ocupe su
lugar delante del telescopio.
-Va a ser una casa realmente hermosa, John -comenta el padre de
Olympia-. Parece que la construcción avanza a buen ritmo. ¿Sigue pensando
que estará terminada para el uno de agosto?
-Es posible que se retrasen una semana -dice Haskell mientras hace girar el
sombrero canotier entre las manos—. Me gustaría que la viera de cerca. Si
tiene tiempo, podríamos ir ahora mismo. Quisiera pedirle su opinión sobre
unas dudas que tengo.
Adulado, el padre de Olympia se siente feliz. De repente, frunce el
ceño.
—Qué mala suerte —dice—. Me encantaría acompañarlo, John, pero acabo
de recordar que tengo una cita con el dentista. Realmente es mala suerte.
Si hubiera alguna forma de avisarlo...
—La habría si tuviéramos teléfono —dice Olympia, incapaz de
contenerse, al tiempo que esboza una pequeña sonrisa.
Su padre se aclara la voz.
—Mi hija cree que deberíamos instalar un teléfono en Fortune's Rocks
-dice-. Yo he intentado explicarle que una de las razones de estar de
vacaciones consiste precisamente en huir de esos instrumentos. -Mueve la
cabeza de un lado a otro-. No, me temo que no podré acompañarlo, John.
—Entonces lo dejaremos para otra ocasión —dice Has-kell educadamente.
—Pero estoy seguro de que a mi hija le encantaría ver la casa -dice el
padre de Olympia de forma completamente inesperada—. De hecho,
sería una excelente distracción para ella -añade como si Olympia no
estuviese presente-. Como le he dicho antes, últimamente la noto muy
abstraída. Seguro que dar un paseo le sentará bien.
Las miradas de Haskell y Olympia se cruzan durante un breve instante.
—Estaré encantado de enseñarle la casa a Olympia, aunque mucho
me temo que pueda aburrirse.
—Lo acompañaré encantada -dice ella, intentando no mostrar
demasiado entusiasmo.
—Entonces, no se hable más -confirma el padre de Olympia-. Espero,
John, que, además de para invitarnos a ver su casa, haya venido para
confirmar su asistencia a la fiesta. No sé si le he comentado que la fiesta se
celebra en honor al decimosexto cumpleaños de Olympia.
—Sin duda es un momento importante en la vida de una joven —dice

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Haskell—. Dieciséis años —repite como hablando para sí mismo-. Tendré que
consultarlo con Catherine antes de poder confirmar nuestra asistencia.
—¿Le he dicho que vendrá el reverendo Hale? —anuncia el padre de
Olympia con evidente orgullo.
—Hale —dice Haskell mirando a Olympia, como si no consiguiera
recordar cuándo ha oído antes ese nombre—. Hale -repite-. Sí, claro, el
reverendo Hale. ¿Nos vamos ya, Olympia?

—No podía permanecer más tiempo lejos de ti —dice en cuanto se sienta


a su lado en la calesa verde del hotel—. He leído mil veces tu carta. Si
pudiera, te pediría que me escribieras una carta todos los días.
-Entonces te escribiré todos los días —dice Olympia—. Pero tienes que
prometerme que las destruirás después de leerlas.
—No sé si podría prometerte eso. No creo que fuera capaz de hacerlo.
—Entonces no te escribiré. No podemos arriesgarnos a que Catherine
descubra las cartas.
-Entonces te prometeré que las destruiré, aunque no lo haga —dice él.
Ella no puede evitar sonreír.
En vez de ir por el camino de la costa, Haskell se desvía hacia la carretera de
Ely. La marea está tan baja que las marismas, prácticamente secas, más bien
parecen un sinuoso laberinto de canales de barro. En cuanto pierden de vista
la casa del padre de Olympia, Haskell detiene la calesa a un lado de la
carretera.
—Tengo algo para ti.
Antes de que Olympia pueda decir nada, saca una cajita forrada en
terciopelo del bolsillo de la chaqueta y la abre. Olympia no puede contener
un leve suspiro. Es una hermosa cadena de oro con un medallón ovalado
que lleva las iniciales de Olympia delicadamente grabadas sobre su
superficie.
—No puedo aceptarlo —dice ella.
—Claro que puedes, Olympia. Y quiero que lo hagas. El medallón y la
cadena brillan cálidamente bajo el sol.
—Por favor, acepta este modesto regalo —sigue diciendo él—. Dame la
satisfacción de saber que lo llevas puesto.
Haskell gira suavemente los hombros de Olympia y le rodea el cuello
con la cadena.
—Siempre lo llevaré puesto -dice ella mirando a Haskell fijamente a los
ojos.
—Nadie debe vértelo, pero puedes llevarlo así —dice él al tiempo que
introduce el medallón por debajo del cuello de la blusa de Olympia.
Ella siente cómo el oro se desliza por su piel hasta posarse entre sus
senos. Haskell acaricia la tela de la blusa con el dorso de la mano, justo a
la altura del medallón. Y puede que sea ese gesto de intimidad, un gesto
aparentemente insignificante, lo que hace que los ojos de Olympia se

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llenen de lágrimas.
—Pretendía hacerte feliz —dice Haskell al tiempo que estrecha a
Olympia entre sus brazos. Permanecen unos segundos en silencio-. Esto es
una locura, Olympia —añade de repente—. No deberíamos estar haciendo
esto.
Ella se deshace de su abrazo y se seca las lágrimas de los ojos.
—No me importa si lo que estamos haciendo está bien —exclama ella,
incapaz de juzgar sus propios sentimientos—. Probablemente estará mal —
continúa—, pero creía que habíamos decidido dejar de castigarnos con
juicios morales.
El sombrero de Olympia cae hacia atrás y rueda sobre la hierba. Haskell
mesa su cabello y empuja su frente hacia atrás. El cuello de Olympia se
arquea seductoramente. Haskell le levanta la falda hasta las rodillas. Ella no
ofrece ninguna resistencia. Pero, así, sentados el uno junto al otro en la
calesa, no pueden abrazarse como quisieran. Haskell baja de un salto y le
tiende la mano a Olympia. Así, cogidos de la mano, se adentran en los ca-
ñaverales.
Al encontrar una pequeña explanada, se dejan caer de rodillas,
aplastando la hierba mojada bajo el peso de sus cuerpos. Se tumban de
costado, el uno frente al otro. Haskell se quita la chaqueta, y los tirantes, y
desabotona la blusa de Olympia mientras ella le saca la camisa de los
pantalones. Olympia recorre el torso de Haskell con la mano.
Oyen el sonido seco de las alas de una ave chocando contra el agua al
remontar el vuelo. El sol es cegador. Olympia quisiera llamar amado mío al
hombre que yace a su lado. Duda un momento, pero después lo hace; una
vez, dos veces, tres veces. Las palabras surgen de su garganta con una
dulzura desconocida para ella.
—Olympia —suspira él mientras le besa el cabello. Después le muerde con
ternura el lóbulo de la oreja y apoya una mano sobre su seno.
Algo desconocido se acelera dentro de Olympia. Levanta las caderas,
buscando el cuerpo de Haskell en un gesto instintivo. Poseída por una
urgencia que nunca ha sentido antes, abre las piernas y se aprieta contra el
cuerpo de Haskell. Es una urgencia afilada, irreprimible. Clava los hombros
contra la hierba y arquea la espalda. Haskell entierra la cara entre su cabello.
—Nunca me había sentido así -dice Olympia.
Quisiera hablarle de esa pasión que agita su cuerpo como una niña agita
una muñeca de trapo, de ese deseo que palpita en su interior. Anhela el
cuerpo de Haskell, anhela que él vuelva a poseerla, como la poseyó aquella
mañana en la habitación del hotel. Y, a pesar de ese anhelo, su atrevimiento
no deja de sorprenderla.
—¿Es esto? —pregunta—. ¿Es éste el secreto que comparten los hombres y
las mujeres?
—No todos —dice él—. La mayoría de los hombres sí, pero muchas
mujeres nunca llegan a sentir esta sensación; no se lo permiten a sí mismas.
¿Y Catherine? Olympia no deja de preguntarse cómo se sentirá

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Catherine cuando está íntimamente con Haskell.


—No podemos hacerlo aquí —dice él. Se levanta, ayuda a incorporarse a
Olympia y la besa—. Te enseñaré la casa. Nos sentaremos al sol para que se
nos seque la ropa.
A Olympia le tiemblan las piernas. Suben a la calesa. Haskell toma la
mano de Olympia y la mantiene sujeta sobre su regazo durante todo el
trayecto.
—A veces pienso que te gusta jugar con el riesgo —dice ella.
—Te aseguro que no es algo normal en mí —responde él—. A veces me digo
que todo esto tiene que acabar, que no deberíamos vernos nunca más.
El corazón de Olympia se encoge al oír esas palabras.
—Pero después me doy cuenta de que no puedo renunciar a ti.
Unos minutos después, Haskell detiene el coche delante del esqueleto de
madera de lo que pronto será su casa de verano. Está tan cerca de la orilla,
que prácticamente tiene el océano Atlántico por jardín. Haskell la ayuda a
bajar de la calesa. Olympia se pregunta si su padre no estará observándolos
a través del telescopio. Caminan hacia la casa en construcción. Al hacerlo,
Olympia intenta imaginar cómo sería la casa si la estructura se cerrara
exclusivamente con cristales. Sería como vivir en un mundo de luz y de
agua y de arena.
—Creo que es la primera vez que veo una casa a medio construir —dice.
Entran en la casa y avanzan por habitaciones que tan sólo existen en la
imaginación. Olympia se pregunta cómo se construirá una casa, cómo
sabrán dónde debe ponerse exactamente cada poste, cada viga, cada tablón.
Haskell va guiándola por las distintas estancias. «Aquí estará la cocina.»
«Aquí la despensa.» Pero Olympia casi no le presta atención. Prefiere ver la
casa como algo efímero, como algo sin futuro ni pasado.
—Aquí estará el comedor —dice Haskell al entrar en un espacio
parcialmente cerrado por listones de madera de pino.
Olympia no puede evitar pensar en las cenas que Catherine y Haskell
compartirán dentro de poco en ese espacio vacío. Puede que incluso ella
misma almuerce algún día con ellos y con sus padres en la mesa que ocu-
pará el centro de la estancia. Baja la cabeza, luchando contra las lágrimas.
—¿Qué te pasa, Olympia? —pregunta Haskell.
—Nada. No tiene importancia.
-No debería haberte traído aquí.
-¿Cuántos años tiene Catherine? —pregunta Olympia.
-Treinta y cuatro.
-¿Y tú?
-Cuarenta y uno.
-¿Tienes hermanos? ¿Están vivos tus padres?
-Mi padre murió hace varios años. Mi madre vive con rni hermana en
Cambridge. Mi otro hermano es pastor metodista.
De repente, Olympia se siente como si algo le oprimiera el pecho. ¿Por
qué tendrá que ser tan doloroso el amor? ¿Por qué tendrán que ir seguidos

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siempre de dolor los momentos de mayor felicidad? Imagina a Haskell con


otra mujer, a Haskell hablándole con ternura a otra mujer, a Haskell
amando a otra mujer. ¿Por qué no es capaz de dejar de pensar en las
veladas que compartirá Haskell en ese comedor con Catherine? ¿Por qué
no puede ser ella quien comparta esos momentos con él? En su carta,
Haskell decía que había conocido a Catherine «de todas las maneras que
un hombre puede conocer a una mujer». Las implicaciones de esas palabras
pesan como una losa sobre Olympia. Cuando él coge su mano, ella lo
imagina cogiendo la mano de Catherine y, aunque la insistencia de
Haskell acaba por devolverla a la realidad, sigue habiendo algo dentro de
Olympia que impide que sea plenamente feliz.
Esa segunda vez lo hacen con más premura, como si el padre de Olympia
o algún carpintero pudiera sorprenderlos en cualquier momento. Lo
hacen con urgencia, de pie, apoyados contra la pared. Olympia no podía
sospechar que el deseo pudiera volver a surgir tan rápido. Al acabar, se
siente culpable. Culpable por su traición a Catherine y culpable por haber
amado a Haskell en la casa que Catherine compartirá con él. Pero la culpa se
mezcla con una dulce sensación de sosiego, con un detenerse del tiempo, con
una sensación de triunfo. Aunque la casa no sea suya, el momento sí lo es, y
eso nadie podrá arrebatárselo jamás.
Cuando están a punto de salir, Olympia desliza un dedo bajo la cadena de
oro y saca el medallón de debajo de su blusa.
—Es precioso —dice después de besar a Haskell en los labios.
—Sólo es un medallón —confiesa él.
—No. Es mucho más que eso.

CAPITULO 11

Durante algún tiempo, Olympia será capaz de recordar cada momento que
ha pasado con Haskell: cómo vestía Haskell el día que se conocieron, cómo
vestía el día que almorzaron en el hotel, lo que comieron ambos aquel día,
cada palabra que se han dicho en cada encuentro. Recordará la tarde que
pasearon en barca por las marismas, perdiéndose entre los numerosos
ramales del laberinto de agua. Recordará la noche que abandonó su ha-
bitación justo antes del amanecer y, sumida en una especie de frenesí, corrió
descalza por la playa, sin importarle que alguien pudiera verla, hasta el
hotel. Recordará cada palabra de amor y cada lágrima derramada cuando
Haskell se castigaba a sí mismo por haberla seducido y ella intentaba
convencerlo sin éxito de que era tan culpable de lo sucedido como él.
Con el paso de los años, esos recuerdos se convertirán en imágenes
borrosas, en sensaciones sin un contenido preciso: una cara ligeramente
ladeada; la piel sudorosa de Haskell, cuyo aroma permanecía en Olympia

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cada vez que se separaban; la blusa beige de crep que tanto le gustaba a
Haskell; ella sentada en la arena, riéndose del aspecto de Haskell en traje de
baño; la mano de Haskell subiendo por su pantorrilla, por su rodilla, por
elinterior de sus muslos; el plato de ostras que comieron debajo de las
sábanas en la habitación del hotel; la melancolía que se apoderaba de
Haskell cada vez que se despedían en el umbral de la habitación...
A veces, Olympia tiene la sensación de que Haskell y ella siempre se están
diciendo adiós. Mientras Haskell trabaja en el dispensario, ella inventa
excusas para ausentarse en cuanto él vuelva a Fortune's Rocks. A menudo
necesita de todo su ingenio para justificar sus ausencias. Ha inventado un
amplio reparto de amigas y de actividades imaginarias y, a ojos de su padre,
se ha convertido en una verdadera apasionada del golf. Olympia ha elegido
ese deporte porque su padre no lo practica, lo cual, sin duda, es una ventaja,
pues si la retara a jugar unos hoyos, no tardaría en darse cuenta de que su
hija jamás ha golpeado una pelota de golf. En un par de ocasiones, sus
padres están a punto de descubrir una de sus mentiras y, en otras, ella se
avergüenza de la maestría con la que se desenvuelve en el mundo del
engaño.
El padre de Olympia, que no oculta su sorpresa ante el repentino ajetreo
social de su hija, no cesa de evaluar su comportamiento. A sus ojos, Olympia
ya no es esa niña afable a la que mimaba a comienzos del verano, sino una
criatura desconocida que vive sumida en un estado de continua distracción
que le impide incluso prestar la debida atención durante sus lecciones.
Olympia pone continuamente a prueba su paciencia y cada vez son menos
las ocasiones en las que él puede sentirse orgulloso de su hija. La madre de
Olympia está prácticamente segura de que su hija tiene un pretendiente. In-
cluso intenta abrirse a ella para que la haga partícipe de sus confidencias. De
hecho, en varias ocasiones, al sorprender a su madre mirándola fijamente,
Olympia tiene la sensación de que está repasando mentalmente los nombres
de las familias de veraneantes que tienen hijos de su edad.
Y, a pesar de todo, Olympia sabe que tiene suerte, pues sus padres
dedican la mayor parte de su tiempo a sus propias preocupaciones: el
mundo intelectual en el caso de su padre y el modo de mantenerse al
margen del mundo en el caso de su madre. En ocasiones, Olympia se ve
obligada a modificar su rutina por un repentino cambio de horario en el
dispensario que le permite ver a Haskell en un momento desacostumbrado
del día. Pero Olympia siempre acaba encontrando la manera de justificar
cada nueva ausencia. Sus encuentros cada vez son más temerarios, aunque,
eso sí, Haskell no ha vuelto a visitar al padre de Olympia y jamás se ven
cuando Catherine y los niños vienen a pasar el fin de semana.
Van a menudo a la casa en construcción. Acuden pronto por la mañana o a
última hora de la tarde, cuando los obreros o aún no han llegado o ya se
han ido. A medida que la construcción progresa, cada vez les resulta más
fácil encontrar refugio entre las gruesas vigas y los tablones de madera.
Hacen el amor en el espacio que pronto será un mirador acristalado, en el

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comedor, en la buhardilla, en el duro suelo de la estancia que albergará la


cocina. En una ocasión, Haskell trae unas lonchas de beicon y las cocinan en
el hogar junto a unas rebanadas de pan. Muchos años después, Olympia
recordará ese sandwich de beicon como uno de los manjares más exquisitos
que ha probado en toda su vida. Su romance con Haskell le produce un
apetito voraz. En sus encuentros casi siempre hay comida, en ocasiones
cantidades abundantes de comida, e incluso, algunas veces, champán.Y,
como si quisiera estar a la altura de los acontecimientos, el cuerpo de
Olympia está adquiriendo las curvas de una mujer madura.
Olympia observa cómo las ventanas van cobrando forma, hasta ser tapadas
por sus correspondientes cristales; cómo el vestíbulo se va cerrando, hasta
que una inmensa puerta de madera impide el paso del último rayo de luz;
cómo los suelos son acuchillados y barnizados y finalmente quedan cubiertos
con esteras de colores; cómo el techo oculta las estrellas; cómo los dormitorios
adquieren sus molduras... Y, a medida que la construcción avanza, Olympia y
Haskell van siendo separados gradualmente de la realidad exterior, cada vez
más libres para entregarse a su amor.
A Olympia le parece una casa preciosa, con sus tejados a dos aguas y su
amplio porche y la tracería delicadamente tallada de los aleros. En los
dinteles de algunas ventanas hay paneles fijos de cristal de color azul lavanda
con forma de diamante y las paredes del salón y el comedor están revestidas
con finas láminas de madera de cerezo. Situada, como está, directamente
sobre la playa, la casa ofrece una vista inmejorable de la arena y del mar. Es
una casa para crear recuerdos, una casa para ser transmitida de generación
en generación, una casa en la que Haskell vivirá con su mujer.

Están tumbados en el suelo, enredados entre mantas, con la barbilla


manchada por el jugo de los melocotones que acaban de comer. Olympia
lleva puesto el medallón, el medallón y nada más. Equilibra precariamente
sobre un muslo un plato de queso con galletas saladas y mermelada
agridulce de mango. La mermelada ha dejado una mancha ambarina en una
de las mantas.
—Ollie es nombre de chico —protesta ella—. Es el diminutivo de Oliver.
—No necesariamente -dice él—. También podría venir de Olivia.
—O de Olaf-insiste ella, diciendo otro nombre masculino.
—Olive -dice él, aceptando el reto.
—Olney.
—Olinda -añade él rápidamente. Olympia piensa durante unos
instantes.
—Olin —dice por fin.
—No —dice él—. Olin no es un nombre.
—Ole —insiste ella.
—Vale —dice él—. Ése sí lo acepto. —Pero Haskell no está dispuesto a

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perder en un juego que ha empezado él-. Olwen -exclama satisfecho.


—Olwen es masculino —protesta Olympia.
—No, de hecho no lo es. Olympia entorna los ojos.
—¡Oleksandr!
El parece meditar durante unos segundos. Finalmente la besa.
—Está bien. Me rindo. Has ganado -concede con caballerosidad.
—¿Acaso lo dudabas? -dice Olympia al tiempo que se arrima a él—.
¿Crees que el amor que siento yo por ti es igual al que sientes tú por mí? —
pregunta al cabo de unos segundos.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, me imagino que tus recuerdos, las imágenes que guardas de
nosotros, no serán tanto de ti mismo como de mí, igual que yo sólo te veo y
te siento y te hablo a ti. Pero no sé si, al ser un hombre, al tener la
sensibilidad y el cuerpo de un hombre, tendrás sensaciones distintas de las
que tengo yo. Porque si es así, también tus recuerdos serán distintos.
-Los amantes siempre anhelan convertirse en una sola persona -contesta
él—. Pero tienes razón, el amor es algo que, por encima de todo, existe en la
mente.
-¿De verdad lo crees?
-Por supuesto que lo creo. Están los momentos que compartimos
físicamente —dice Haskell—. Esos momentos en los que expresamos el amor
que sentimos el uno por el otro. ¿Pero qué hacen esos momentos sino ali-
mentar la voracidad insaciable de nuestras mentes? El amor no es sólo una
suma de dulces encuentros y dolo-rosas separaciones, de besos y abrazos.
Amar es rememorar incesantemente cada encuentro e imaginar todos esos
encuentros que aún no se han producido.
-Pero, si eso fuera así, no necesitaríamos estar juntos —dice ella—.
Bastaría con que imagináramos que lo estábamos. Aunque al menos así no
tendríamos que preocuparnos de que alguien descubriera nuestro secreto.
-Bueno... Supongo que la imaginación necesita combustible —dice él—.
Necesita material para los recuerdos. Al principio, cuando nos veíamos,
siempre me sorprendía que nunca retomáramos las cosas donde las
habíamos dejado la última vez. Al contrario, siempre parecíamos haber
avanzado desde nuestro último encuentro. La mente es algo terriblemente
impaciente. Es capaz de vivir un romance entero en tan sólo unos
segundos.
Durante unos breves instantes, ambos guardan un tenso silencio.
-¿Has hecho eso? -pregunta ella finalmente-. ¿Has imaginado cómo
acabará nuestro romance?
-Sí. Y estoy seguro de que tú también lo has hecho.
Olympia se levanta y se acerca a una ventana.Ya hace mucho que ha dejado
de avergonzarse por su desnudez ante Haskell.
—¿De verdad crees que la casa estará terminada para el fin de semana?
—Sí.
—Entonces, Catherine y los niños ya no volverán a York -expresa en voz

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alta, aunque más para sí misma que para Haskell.


—No —dice él—, ya no volverán a York. —Se acerca a la ventana y rodea a
Olympia con los brazos-. ¿En qué estás pensando? -pregunta, aunque lo sabe
perfectamente.
A los dos les aterra pensar en la vuelta de Catherine, pues no sólo
perderán la casa, su casa, la casa que Haskell y Olympia han bautizado con
su amor, sino que, además, Haskell tendrá que abandonar la habitación del
hotel y no tendrán ningún sitio donde encontrarse. Para Olympia, el 10 de
agosto no es la fecha en la que tendrá lugar la fiesta de su padre, sino el día
en el que se ejecutará su terrible sentencia.
—Apenas nos queda tiempo —dice ella.
—Si nos dejamos llevar por el dolor, estaremos malgastando el poco
tiempo que nos queda —dice él—. Fuiste tú quien me lo enseñó.
—La fiesta de mi padre va a ser una farsa. Diré que estoy enferma.
Pero los dos saben que no puede hacer eso.
Al otro lado de la ventana, la playa está llena de bañistas. Haskell y
Olympia observan cómo un hombre con un bombín monta una elaborada
carpa de lona alrededor de una mujer que contempla el mar sentada en una
silla plegable de madera. A pesar de la bruma amarillenta que se extiende
sobre la costa, el día es caluroso. La mujer lleva un pesado traje negro de
tafetán que resulta del todo inadecuado para la ocasión. Aunque sujeta una
sombrilla de volantes para protegerse del sol, no se ha quitado el sombrero.
Su actitud, fría y arrogante, contrasta cruelmente con la buena disposición
de su marido, sugiriendo la existencia de un claro desequilibrio en el
matrimonio, si es que, como todo parece indicar, se trata de un
matrimonio.
Olympia desearía poder correr hasta el mar y bañarse con Haskell a su
lado. Apoya la cabeza en el hombro de Haskell. Conoce cada pelo que
crece en las manos de Haskell, conoce cada fibra de sus nudosas
pantorrillas, conoce esa pausa ahogada, en la que el mundo entero parece
contener la respiración antes de exhalar con placer, con la que culmina
cada unión entre ellos. Pero a veces la duda se apodera de ella y no puede
evitar preguntarse si Catherine conocerá cosas de Haskell que ella aún no
ha tenido tiempo de aprender.
-Qué mujer tan ridicula -comenta Haskell mientras observa la absurda
comedia que interpretan el dócil marido y su arrogante esposa. Se coloca
detrás de Olympia y le rodea el pecho con ambos brazos—. Al menos esa
otra pareja parece estar disfrutando de la playa -añade señalando a un
hombre y una mujer que se cogen de la mano junto a la orilla.
La mujer lleva un vestido blanco subido hasta las rodillas. Parece
tranquila, aunque nunca pierde de vista al niño que juega con el agua a
pocos metros. El marido tiene el traje de baño mojado. Está sentado al lado
de su esposa. Y Olympia piensa con amargura que Haskell y ella nunca
tendrán lo que tiene esa pareja: un hijo, un matrimonio, la posibilidad de
demostrar su amor en público.

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Se gira hacia Haskell y, al abrazarlo, nota el trueno que surge en su cuerpo,


ese resplandor que ilumina cada una de sus fibras, esa urgencia que sólo
Haskell puede aliviar.
—Todavía nos queda mañana —le dice a Haskell. Haskell acaricia la
espalda de Olympia.
-En nuestra imaginación, nos queda toda una vida —dice él.

Sabe que llega tarde y, mientras camina por la playa, piensa posibles
excusas. «La madre de Victoria me invitó a tomar el té. Había una partida de
croquet en el hotel. Estaba tocando duetos al piano con Julia y me olvidé de
la hora.» La arena está dura. Olympia tiene la ropa arrugada. Camina
aterrorizada ante la perspectiva de enfrentarse a su padre y, cuando por fin
llega, encuentra a su madre sentada en el porche. A su lado están Zachariah
Cote y Catherine Haskell.
«No puede ser. Catherine está en York», se dice Olympia a sí misma.
En un gesto reflejo, Olympia se da la vuelta y se agacha, como si hubiera
dejado caer algún objeto.
«Dios mío —piensa—. ¿Nos habrán descubierto?»
Se incorpora lentamente y se alisa la falda. Sus dedos buscan el cuello de
su blusa para comprobar que está correctamente abotonada y que el
medallón sigue oculto entre sus senos. Al darse la vuelta, su madre levanta
la manó, invitándola a unirse a ellos en el porche. Olympia sube los
escalones.
—Olympia —dice Catherine cuando llega a su altura-. Cuánto me alegro
de verla. ¿Qué tal está? Debe de estar aburridísima con este tiempo tan
horrible.
—De un tiempo a esta parte, Olympia parece tener una vida secreta
-contesta la madre de Olympia antes de que ella pueda decir nada.
—Desde luego —dice Cote, esbozando una sonrisa.
—Tiene que contármelo todo, Olympia —dice Catherine—. ¿Está saliendo
con algún chico?
—Claro que no —dice Olympia sin poder ocultar su turbación.
—Pero siéntate con nosotros, cariño —dice la madre de Olympia.
—Es que tengo muchas amigas este verano —dice Olympia con un
nerviosismo que difícilmente puede pasar inadvertido-. Por eso estoy tan
ocupada.
—Olympia ha aprendido a jugar al tenis —dice su madre.
—Qué bien -dice Catherine.
—Catherine ha llegado un día antes de lo esperado —explica la madre
de Olympia—. Quiere darle una sorpresa a John.
—Pero antes quería ver a su madre para que me contara cómo va a ser
esa maravillosa fiesta que se va a celebrar en su honor -dice Catherine. Se
inclina hacia Olympia y apoya una mano sobre su rodilla—.Ahora mismo

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me estaba hablando de su vestido.


—Yo también he vuelto antes de lo previsto -interviene Cote—. Me he
escapado un día antes de la ciudad para no tener que viajar en ese horrible
tren de los viernes. De hecho, espero quedarme algún tiempo en Fortune's
Rocks. —Hace una pausa—. Estoy convencido de que aquí encontraré la
inspiración que busco —añade sonriéndole a Olympia. Acepta el vaso de
limonada que le ofrece la madre de Olympia y vuelve a reclinarse sobre el
respaldo de la mecedora.
-Yo también solía jugar al tenis -dice la madre de Olympia.
Olympia apenas se atreve a mirar a Catherine.
-De hecho, no lo hacía nada mal -añade-. Antes de conocer a Phillip tuve
como pretendiente a un jugador de tenis.
Olympia intenta concentrarse en las palabras de su madre. Se pregunta si
debería avisar a Haskell de la llegada de Catherine, aunque no sabe cómo
podría hacerlo. Se pregunta si se habrán dejado algún objeto comprometedor
en la casa.
-Era hijo de un fabricante de calesas de Rowley -continúa diciendo la
madre de Olympia.
-¿Cómo se conocieron? —inquiere Cote.
-Venga, Rosamund, tiene que contárnoslo todo -insiste Catherine.
La madre de Olympia se mira las manos durante unos segundos.
-Lo conocí un día que acompañé a mi padre a hacer una reparación en una
calesa -empieza a decir Rosamund-. Yo todavía era muy joven. Puede que
tuviera diecisiete años. Sólo llevábamos veraneando en el norte cinco o seis
años. Mi padre entró en el taller y yo me quedé esperando en la calesa.
Recuerdo que estaba de muy mal humor. Hacía calor y yo tenía sed y mi
padre tardaba mucho en volver. Mientras esperaba, un joven se acercó a la
calesa -sigue diciendo al tiempo que se lleva una mano al cabello para
comprobar el estado de su inmaculado peinado.
-¿Qué aspecto tenía? -pregunta Catherine.
-Tenía las cejas y las pestañas muy rubias.
-¿Cómo se llamaba? -pregunta Cote.
-Gerald. Se llamaba Gerald. Solía decir que era gales, pero mi padre insistía
en que era irlandés. Era muy simpático. Estuvimos hablando mucho tiempo.
Cuando mi padre salió del taller, ya habíamos quedado en vernos al día
siguiente en el club de tenis. -La madre de Olympia guarda silencio durante
unos instantes—. A lo largo de las siguientes semanas nos vimos prácticamente
todos los días. Un día decidí decirle que me gustaba. Estaba convencida de que
yo también le gustaba a él. —Vuelve a guardar silencio, pensativa, como si ese
silencio pudiera cambiar el desenlace de la historia-. Ese día habíamos ido de
picnic a la playa de Hampton. Cuando llegamos a la playa, mientras
caminábamos por la arena buscando un sitio para sentarnos, él se acercó a mí y
me dijo algo que no pude oír. Durante meses, intenté reconstruir sus palabras.
Pero antes de que él pudiera repetirlo, un hombre que había contratado mi
padre para vigilarnos se acercó a él, lo cogió del brazo y se lo llevó.

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—No —exclama Catherine.


—Y yo pasé el resto del verano castigada en mi habitación -añade la madre
de Olympia.
-Pobre -dice Cote.
-Nunca volví a saber nada de Gerald -dice la madre de Olympia—. No me era
posible verlo, ni tampoco conocía a nadie que pudiera hacerle llegar noticias
mías. Ni siquiera sabía su dirección para escribirle. Al final del verano, mi
padre me levantó el castigo y fuimos a ver un partido de tenis en Exeter.
Supongo que, como estaban conmigo, mis padres no pensaban que pudiera
pasar nada. Pero, durante un descanso, al ir a por un vaso de agua, pasé junto
a una vitrina en la que se exponían todo tipo de trofeos. Había medallas y
copas y fotografías de los ganadores. Y una de ellas era de Gerald. Abrí la
vitrina, cogí la fotografía y la escondí entre mi ropa. Todavía la tengo.
—Tiene que enseñárnosla —comenta Cote.
—Puede que algún día lo haga —dice ella mientras se lleva el vaso de
limonada a los labios.
Al hacerlo, a Olympia le parece que su madre está distinta. Es como si la
imagen que tenía de ella de repente hubiera cambiado de forma radical.
Piensa que todas las personas deben de tener una faceta desconocida
como la que acaba de mostrar su madre. Piensa que, cuando conocemos a
alguien, nos formamos una imagen de esa persona pero que, con el
paso del tiempo, ese retrato imaginario va modificándose, adquiriendo
nuevas pinceladas. Piensa que el retrato no deja de cambiar hasta que
muere esa persona. O puede que ni siquiera entonces.
—Es una historia preciosa -dice Catherine. Olympia no deja de pensar
en lo injusto que es que alguien te niegue arbitrariamente tu destino.
—Nunca supe lo que dijo aquel día en la playa -añade la madre de
Olympia-. Cuántas veces habré deseado retroceder en el tiempo para oír
lo que me dijo.
Catherine se incorpora hacia delante y sujeta brevemente la mano de
su anfitriona.
—Sin duda, usted también habrá echado de menos a su apuesto
marido —le dice Cote a Catherine.
—Sí, realmente lo echo terriblemente de menos —admite Catherine-.
Estoy impaciente por mudarme a nuestra nueva casa. De hecho, tengo la
intención de ir a verla en cuanto me vaya de aquí.
Olympia nota cómo unas gotas de sudor le resbalan por la espalda.
—¿Y dónde está el buen doctor esta tarde? -pregunta Cote.
—Supongo que estará en el dispensario —dice Catherine-. John no sabe
que estoy aquí. Quiero darle una sorpresa.
—Estoy seguro de que lo hará —dice Cote. Después se da la vuelta y mira
por encima de la baranda del porche—. Qué vista tan hermosa. Parece que se
está levantando una ligera brisa. Desde luego, es una suerte poder estar
aquí. Sobre todo después de haber estado en Ely Falls.

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—¿Ha estado en Ely Falls? -pregunta la madre de Olympia.


—Necesitaba ver a mi sastre para que me hiciera unos arreglos en el frac
que llevaré a la fiesta.
—Entiendo.
—Realmente, el comportamiento de esos francófonos es absolutamente
intolerable —dice Cote.
—¿Por qué lo dice? -pregunta la madre de Olympia al tiempo que cruza
una mirada con su hija.
—Por mi sastre. Es un hombrecillo impertinente con un horrible bigote.
Pero lo peor de todo son sus aires de grandeza. Se comporta como si fuese
alguien. De hecho, todos ellos lo hacen.
—Olympia, cariño, ¿sabes qué hora es? —le pregunta su madre.
—Todo el mundo sabe que son libertinos y corruptos —continúa
diciendo Cote—. Además de unos zopencos y unos borrachos.
—¡Señor Cote! —exclama con desaprobación la madre de Olympia,
recordándole lo poco adecuado de esas expresiones en presencia de una
joven.
—Perdóneme, Rosamund. Mucho me temo que me he dejado llevar por el
acaloramiento. Pero estará de acuerdo conmigo en que esos francófonos
son una verdadera plaga. Están invadiendo nuestras ciudades. Si hasta
resulta prácticamente imposible pasear por la playa sin encontrarse con
alguno de ellos.
A Olympia le parece un comentario sorprendente en boca de alguien
que ni siquiera reside en Fortune's Rocks. Y, entonces, mientras observa
el rostro de Cote
-su amplia frente, su nariz aguileña, sus ojos de color azul lavanda-,
recuerda uno de los carteles que vio cuando acompañó a Haskell al
dispensario de Ely Falls: Cote & Reny.
—Me sorprende la aversión que muestra hacia los emigrantes
francófonos -dice, incapaz de resistir la tentación-. Creía que Cote era
un apellido de origen francés
-añade pronunciando el apellido con acento francés.
La astuta deducción de Olympia, de una grosería inexcusable, hace
que Cote se enderece en su mecedora y junte los labios en una acida
sonrisa.
—No. De hecho es un viejo apellido inglés -dice y, de alguna manera,
Olympia sabe que está mintiendo.
La madre de Olympia mira a su hija con gesto de desaprobación.
—Es una pena que John no pueda estar aquí, Catherine —añade Cote-.
Sé que siente un afecto especial por Olympia. Y también por Rosamund,
por supuesto.
Catherine no parece advertir la intención de Cote al incluir a su
marido y a Olympia en una misma frase. Tampoco parece darse cuenta
de lo inapropiado que resulta mencionar el nombre de Olympia antes

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que el de Rosamund.
—Sí. Claro. Por supuesto. Mi marido tiene en gran estima tanto a
Rosamund como a Olympia -dice Catherine.
—¿Ha llegado ya el reverendo Hale? —pregunta entonces Cote, delatando
la verdadera razón de su visita.
-No -dice la madre de Olympia-. Phillip me ha dicho que no llegará
hasta el mismo día de la fiesta.
Una sombra de decepción cruza el rostro del poeta.
-¿Viene desde Boston o desde Exeter? —pregunta.
-Desde Boston. ¿Conoce usted al reverendo Hale?
-Conozco a su familia -dice Cote-. Sobre todo a los Hale de Nueva
York. El primo del reverendo se casó con una Plaisted, ¿verdad?
-Sí, así es. Con Lavinia.
-Lavinia es prima segunda de mi tía -dice Cote-. Aunque, claro, mis
primos ven a Hale como una especie de oveja negra. Al fin y al cabo, no
todo el mundo ve con buenos ojos que haya un escritor en la familia. -Al
no obtener la reacción deseada por parte de su audiencia, Cote bebe un
poco de limonada y se gira hacia Olympia-. La echamos de menos en la
fiesta de los Farragut el Cuatro de Julio.
Olympia piensa que el hecho de haber mencionado primero a Haskell
y, pocos minutos después, la fiesta de los Farragut no puede ser una
coincidencia. Respira pausadamente para no dejar traslucir su
desasosiego, pues sabe que Cote olfatearía la menor señal de inquietud
por su parte.
-Tenía otro compromiso —aduce Olympia.
-Sí, ya me lo imagino -dice Cote-. Este verano he tenido el placer de
encontrarme con Olympia en los lugares más insospechados -añade
dirigiéndose a su anfitriona.
-¿Sí? -pregunta la madre de Olympia, mirando a su hija-. ¿Dónde?
Realmente me gustaría saberlo. Verdaderamente, Olympia está de lo más
misteriosa este verano.
-No me diga -interviene Cote. Después señala hacia los sandwiches—.
¿Puedo?
—Por supuesto -dice Rosamund—. Olympia, ¿no quieres un sandwich?
—No, gracias. No tengo hambre -contesta ella-. De hecho, tengo que
irme. Le he dicho a Julia que iría a montar con ella.
—¿Con este calor? -pregunta Cote—. Sería un suplicio para los caballos.
Realmente, Cote se está convirtiendo en un verdadero incordio.
—Sin duda, la fiesta en honor de Olympia va a ser uno de los
acontecimientos de la temporada —dice Cote después de limpiarse una
gota de mahonesa de la comisura de los labios-. ¿Cuántos años cumple,
Olympia?
—Dieciséis —dice ella.
—Una edad realmente encantadora —comenta Cote-. ¿No le parece,

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Catherine?
—Desde luego —dice ella—. Una edad encantadora. Precisamente estábamos
hablando de eso antes de su llegada. Cote mira a Olympia con abierta
impertinencia.
—¿A qué se debe ese desánimo, criatura? —dice-. Debería estar sonriente.
Al fin y al cabo, tiene todo lo que puede desearse en la vida.
Y Olympia, a quien no le gusta que le digan que sonría, y mucho menos
tratándose de Zachariah Cote, se levanta, se excusa y entra en la casa. Está
harta de tantas insinuaciones, de tanta palabrería malintencionada. Una
vez dentro, cruza la planta baja y vuelve a salir por la puerta trasera. Al
llegar a la playa, se quita los botines y las medias, los deja abandonados
donde han caído y corre, corre con todas sus fuerzas sobre la arena
apelmazada que se extiende junto a la orilla.

CAPITULO 12

Olympia está sentada en la cama, mirando por la ventana. Esa mañana no se


siente capaz de pensar ni de leer, ni mucho menos de hablar. Por mucho que
intente pensar en otras cosas, no es capaz de hacerlo, pues, justo en ese mo-
mento, Catherine y los niños deben de estar mudándose a la nueva casa. Sí,
en ese preciso instante, la señora Has-kell debe de estar recorriendo esas
mismas habitaciones en las que Olympia ha compartido su amor con
Haskell. Olympia intenta imaginar lo que estará haciendo Haskell. Desde
luego, no podrá compartir el entusiasmo de su mujer. Pero ¿será capaz de
fingir interés? ¿O estará, como lo está Olympia, sumido en un estado de
ansiedad que apenas le permite reaccionar ante ningún estímulo externo? Y,
de ser así, ¿sospechará Catherine lo que ocurre?
Al despedirse el día anterior, ni Haskell ni Olympia hicieron alusión
alguna al futuro, pues eso sólo hubiera aumentado su dolor; Olympia no
puede liberarlo de su compromiso con Catherine, pero tampoco puede re-
nunciar a su amor. Se separaron en la puerta de la habitación del hotel. Se
miraron, bajaron los ojos y volvieron a mirarse. La carga más pesada
descansaba sobre los hombros de Olympia, pues era ella quien tenía que
alejarse de aquella habitación.
Bajó la escalera lentamente y, al llegar al vestíbulo, tuvo que apoyarse
durante unos segundos contra uno de los pilares antes de encontrar las fuerzas
necesarias para salir al porche. Algo se estaba rasgando en su interior y no era
sólo el hilo que la mantenía unida a Haskell, sino el propio verano, el romance
que había marcado ese verano. Pues Olympia sabía que, aunque Haskell y ella
consiguieran encontrar la manera de volver a estar juntos, ya nada sería nunca
igual.
Durante las últimas semanas, Olympia ha imaginado cientos de veces cómo

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sería su vida si la compartiera con Haskell, ya fuera en Ely Falls o en


Cambridge. Ella podría ayudarlo en el dispensario o podría trabajar como
maestra. Tendrían hijos y formarían una familia. Pero sus sueños siempre se
interrumpen en cuanto se da cuenta de que sólo podrían llegar a convertirse en
realidad a costa de la infelicidad de una mujer abandonada y de unos hijos
privados de su padre. Además, Olympia sabe que ningún hombre de bien
podría ser feliz a costa de un precio tan alto. Incluso suponiendo que Haskell
pudiera convivir con el dolor que le causaría a su mujer, nunca sería capaz de
renunciar a Martha, a Clementine, a Randall y a May. Y en el peor de sus
sueños, Olympia se imagina comiendo con un Haskell derrumbado por los
remordimientos, con un Haskell cuya conciencia ni siquiera le permite mirarla a
los ojos. Sin duda es preferible anhelarse a acabar odiándose.
La planta baja está sumida en una actividad frenética. Unos repartidores gritan,
alguien mueve un mueble de sitio, los miembros del servicio entran y salen
continuamente, alguien pregunta dónde debe dejar unas flores... El padre de
Olympia ha hecho traer de Boston sus mejores vajillas, sus mejores cuberterías
de plata y sus mejores cristalerías y el porche está lleno de cajas de madera
rellenas de paja para embalar. Además, el padre de Olympia ha encargado que
se monte una carpa blanca en el jardín para resguardar a los ciento cuarenta
invitados. A medianoche, se servirá una cena a base de bogavantes, champán,
ostras y dulces de arándano. Incontables hortensias azules cubren la baranda
del porche y el césped ha sido cortado con tanto esmero que recuerda al green
de un campo de golf. Normalmente, Olympia hubiera disfrutado de los
preparativos, especialmente durante la hora inmediatamente anterior al inicio
de la fiesta, cuando el tiempo parece detenerse y, una vez dispuesto todo, la
casa espera en silencio la llegada de los primeros invitados.
Se levanta de la cama y se acerca al armario, de cuya puerta cuelga el
vestido que lucirá en la fiesta. Es blanco, como blancos serán todos los vestidos
esa noche. Acaricia las diminutas perlas del corpino de satén y la gasa blanca,
tan ligera y efímera que más que a una prenda de vestir debería pertenecer a
una nube. Su madre ha hecho traer el vestido desde París. Es un vestido digno
de un cotillón de verano, o incluso de una fiesta de compromiso. Olympia se
acerca al tocador y busca unos pendientes en su joyero; su madre le ha
sugerido que lleve perlas. De repente, alguien llama a la puerta.
Es Josiah, que le trae algo de comer. Aunque Olympia no tiene hambre, le
conmueve que Josiah haya pensado en ella.
Josiah y ella se han cruzado en infinidad de ocasiones desde aquel día en que
Olympia lo sorprendió en la cocina con Lisette. Aunque, hasta ese día,
Olympia nunca había advertido nada que pudiera sugerir que existiera una
relación entre Josiah y Lisette, desde entonces ha observado multitud de
pequeños gestos y miradas de complicidad entre los dos. Al principio,
Josiah parecía nervioso cada vez que veía a Olympia, pero, con el tiempo,
resultó evidente que ella no iba a decirles nada a sus padres. A Olympia
le hubiera gustado decirle a Josiah que no se preocupara, que no le
parecía mal, que ella también sabe lo que es amar, que ella también sabe

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lo que es tener que robar momentos para compartirlos con la persona


amada, pero hacerlo hubiera sido completamente inapropiado, además
de terriblemente embarazoso. Aun así, Olympia no puede evitar verlo de
forma distinta y Josiah, sin duda, es consciente de ese cambio.
—Gracias, Josiah —dice al tiempo que coge la bandeja con la comida.
Él no se retira inmediatamente, como acostumbra hacerlo. Olympia deja
la bandeja sobre el tocador. Con la ventana y la puerta abiertas, una
corriente de aire arroja al suelo las hojas que hay sobre el escritorio y
levanta las cortinas hacia el techo.
—Parece haber un gran revuelo abajo —dice Olympia, agachándose
junto a Josiah para ayudarlo a recoger las hojas del suelo.
—Estamos levantados desde las cuatro de la mañana, señorita
Olympia.Y no creo que nos acostemos antes de las cuatro o las cinco de la
madrugada. Pero va a ser una gran fiesta y su padre parece feliz con los
preparativos.
Olympia mira a Josiah sin decir nada y, al hacerlo, se da cuenta de que,
en toda su vida, sus miradas nunca se han cruzado durante más de un
segundo.
—¿No se encuentra bien, señorita? —dice él.
—No, la verdad es que no -responde ella con sinceridad.
—Siento oír eso, señorita —al tiempo que le da las hojas que ha recogido
del suelo, se levanta y permanece en silencio, con las manos entrelazadas
detrás de la espalda.
-Gracias -dice ella.
Josiah tiene el chaleco manchado, posiblemente de limpiar la plata.
-Lisette y yo... -empieza a decir él—.Vamos a casarnos. Se lo
anunciaremos a su padre mañana, cuando las cosas estén más tranquilas.
-Estoy segura de que se alegrará de oírlo -dice Olympia.
-No quería que usted se llevara una impresión equivocada.
-No se preocupe por eso, Josiah. No pasa nada.
-¿Quiere que avise a su madre para que venga a ayudarla? ¿O a Lisette?
-No -dice ella-. No hace falta. Estoy bien. Sólo es un resfriado.
Obviamente, está mintiendo, pero a Josiah no se le ocurre qué decir.
-Cuando acabe, puede dejar la bandeja en el pasillo, señorita. Así no
tendremos que volver a molestarla.
-Eso haré. Gracias, Josiah.
-Espero que disfrute de la velada.
-Lo intentaré, Josiah. Lo intentaré.
Olympia está sumida en tal estado de melancolía que hasta levantar los
brazos para recogerse el pelo le supone un gran esfuerzo. Se pregunta
cómo sobrevivirá a la velada. Lisette se ha ofrecido a peinarla cuando
acabe de ayudar a su madre, pero Olympia no se siente con fuerzas como
para comentar los acontecimientos de la velada con alguien que está a
punto de obtener la felicidad conyugal que a ella le está prohibida.

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Cuando por fin acaba de vestirse, se mira en el espejo. La mujer que ve


reflejada parece mucho mayor que hace tan sólo un par de meses. Tiene la
cara y los brazos más rellenos y los senos más plenos. Su cabello ha
adquirido algunos reflejos dorados como consecuencia de una exposición
imprudente al sol y ni siquiera los polvos que se ha aplicado en el rostro
consiguen disimular las pecas que le han salido en la frente. Se ha recogido
el pelo en un doble moño sujeto con peinetas adornadas con perlas. La
seda del vestido se ciñe de forma reveladora a su cuerpo.
Aunque su aspecto es el adecuado, Olympia no se encuentra hermosa,
pues su mirada carece de brillo y a sus labios les falta una sonrisa. Y
Olympia sabe hasta qué punto es importante la felicidad para estar bella.
Sabe que la belleza necesita del bienestar o, mejor aún, del saberse amada. Si
es verdaderamente feliz, una mujer poco agraciada puede ser el centro de
todas las miradas, mientras que, sin felicidad, la mujer más elegante puede
convertirse en un mero objeto ornamental al que la gente no presta la
menor atención.
Olympia se sienta en la cama y, aunque intenta contener las lágrimas, no
lo consigue. Si al menos pudiera hablar con Haskell. Si al menos pudiera
apoyarse en él durante unos segundos. Con eso sería suficiente. Él sabría
qué decirle. Él encontraría las palabras exactas para calmar su dolor.
Haskell cuidaría de ella. Pero no lo hará. Olympia sabe que no puede
hacerlo. No puede cuidar de ella, pues está obligado a cuidar de otra
mujer. Se arranca las peinetas y su peinado se deshace sobre sus hombros.
Le da igual. No bajará a la fiesta. Se encerrará en su habitación y nadie
podrá obligarla a salir. Al menos puede hacer eso. Nadie puede obligarla a
asistir a la fiesta. Nadie puede obligarla a conversar cortésmente,como si
nunca hubiera ocurrido nada, con John Haskell y su esposa.
Hasta que las lágrimas dejan de fluir de sus ojos y Olympia levanta la
cabeza que apoyaba entre las manos. No tiene alternativa. Sabe que tiene
que bajar. Bajará. Por supuesto que lo hará. Su padre nunca la perdonaría si
no lo hiciera. ¿Cómo puede haber sido tan egoísta? ¿Acaso es tan débil, tan
infantil, que ni tan siquiera puede compartir un mismo espacio con John
Haskell y su esposa? Al pensar en el sufrimiento que soportan a diario
personas como Marie Rivard y sus hijos, Olympia se avergüenza de sí
misma. Es tan poco io que se pide de ella. ¿Acaso no es capaz ni tan siquiera
de eso? Sabe de sobra que éste no será el único acontecimiento social en el
que coincidirá con Catherine y con Haskell. ¿Acaso pretende ausentarse de
todo acto social?
Tarda tanto en volver a arreglarse el cabello que, cuando acaba, ya han
llegado los primeros invitados. Al abrir la puerta de su habitación oye esos
primeros saludos que anticipan el rumor de voces que irá en aumento a
medida que avance la noche. Al asomarse desde el rellano de la escalera ve
a unas veinte o treinta personas en el vestíbulo; las mujeres con vestidos
blancos de seda y de gasa y de crinolina y de moaré y de satén y de voi-le, y
los hombres con elegantes fracs. Al pie de la escalera, sus padres reciben de

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uno en uno a los invitados. Su madre, que lleva el pelo recogido en una
serie de complejos bucles sujetos con hilos de perlas, recibe a cada invitado
con una cálida y abierta sonrisa que tan sólo Olympia y su padre saben que
es forzada. Aun así, su interpretación es magnífica y Olympia permanece
observándola, como hipnotizada, desde lo alto de la escalera.
De la madre de Olyrnpia se dice que es capaz de recordar el nombre de
pila de cada invitado, así como el de sus hijos y el de sus amistades más
íntimas. Cómo es capaz de hacerlo, cuando sólo se deja ver en sociedad en
contadas ocasiones, es algo que Olympia no alcanza a comprender. A veces
se imagina a su madre encerrada en su habitación, memorizando largas
listas de nombres, como una colegiala preparándose para un examen. El
padre de Olympia reúne las dos cualidades esenciales de un anfitrión:
elegancia y afabilidad. Al contrario que su mujer, él sí conoce
personalmente a todos los invitados al ser quien ha elaborado la lista. Y, al
contrario que su mujer, él sí siente un aprecio genuino hacia la mayoría de
los invitados. Ha pasado horas enteras pensando en las distintas
presentaciones que tendrá que hacer esta noche y en el lugar más adecuado
para sentar a cada invitado. La mayoría de los invitados pertenecen a los
distintos ambientes en los que se mueve su padre: literatura, periodismo,
arte, música y arquitectura. Pero también ha tenido cuidado de incluir a un
buen número de hombres de negocios, como Rufus Philbrick, para
asegurarse de que la velada no resulte aburrida.
Olympia observa que, manteniéndose fiel a unos hábitos que rayan en lo
obsesivo, su madre lleva puesto un vestido con leves insinuaciones de color
aguamarina y unos pendientes de ópalos con un intenso brillo azulado.
Tanto el padre como la madre de Olympia irradian una sensación de
bienestar, riqueza y elegancia que, a su vez, transmite a los invitados una
sensación de seguridad y despreocupación. Y todo ello contribuye a crear la
impresión de que, esa noche, nadie podría desear estar en otro sitio que no
fuera esa casa.
Olympia se llena los pulmones de aire y lo expulsa lentamente antes de
empezar a descender por la escalera. Al oír sus pasos, primero su padre, e
inmediatamente después su madre, se giran en su dirección. Siguiendo las
miradas de sus anfitriones, uno tras otro, los invitados observan el descenso
de Olympia. Aunque hubiera preferido una entrada más discreta, Olympia
sabe que su padre estará disfrutando inmensamente del momento, algo que,
sin duda, merece. Olympia ve a Philbrick entre los invitados. Sonríe tan
abiertamente que cualquiera pensaría que Olympia es su hija y no la de su
anfitrión. Al lado de Philbrick, ve a varios chicos que no conoce, jóvenes de
Newburyport, de Exeter y de Boston, cuyas familias llevan veraneando toda
la vida, o incluso desde hace varias generaciones, en Fortune's Rocks.
Jóvenes que, dentro de un año o dos, serán vistos como posibles
pretendientes de Olympia. A punto de llegar al vestíbulo, Olympia vuelve a
dudar de sus fuerzas. ¿Será capaz de enfrentarse a la velada?
Se imagina a todo tipo de jóvenes visitándola insistentemente, incluso

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pidiendo su mano, y se imagina a sí misma rechazándolos debido al secreto


que esconde en su corazón. Y es entonces cuando comprende que nunca se
casará, que tampoco tendrá hijos, que nunca tendrá una familia. Al llegar al
último escalón, se detiene y respira hondo. Al ver el desconcierto de su
padre, se dice a sí misma que no puede permitirse pensar ese tipo de cosas.
No, no puede permitírselo. Ahora no. Recupera la compostura y desciende
el último escalón.
Su padre se acerca a ella, la toma de la mano y le da un beso en la mejilla.
-Estás preciosa, Olympia -dice delante de todos los invitados.
La madre de Olympia, que, aun siendo menos efusiva, parece igualmente
satisfecha con el aspecto de su hija, sonríe y le coloca un mechón de pelo
detrás de la oreja.
-Haces que me sienta orgulloso de ti —añade el padre de Olympia, esta
vez de forma más privada, y Olympia ve en sus ojos lo que podría ser el
principio de una lágrima.
Pero, un instante después, el padre de Olympia ha recuperado la
compostura y se dispone a saludar a Zachariah Cote.
Cote saluda a su anfitrión y se gira rápidamente hacia Olympia.
Demasiado rápido, piensa Olympia.
-Señorita Biddeford -saluda el poeta tomando su mano enguantada e
inclinándose cortésmente a modo de saludo. Levanta la cabeza, pero no
suelta la mano de Olympia. Ella se siente como un animal acorralado-. Está
usted encantadora —añade con una amplia sonrisa que, una vez más, no
se corresponde con el brillo de su mirada-. Me atrevería a decir que parece
una enamorada en su fiesta de compromiso, o incluso en el día de su boda.
Horrorizada ante la coincidencia entre los impertinentes comentarios
del poeta y sus propios pensamientos de hace tan sólo una hora, Olympia
libera bruscamente su mano, con un gesto que recuerda al de un pescador
deshaciéndose de alguna criatura viscosa que ha quedado atrapada en el
anzuelo.
-¿Cómo puede ni tan siquiera pensar algo así? -interviene la madre de
Olympia—. Realmente, Zachariah, creo que el carácter festivo de la velada
se le ha subido a la cabeza. Como sabe perfectamente, Olympia sólo tiene
dieciséis años. Todavía no tiene, ni mucho menos, edad de casarse —
añade con el tono desenfadado que se espera de ella en una ocasión como
ésta.
Aun así, antes de alejarse, Cote mira a Olympia con gesto amenazador,
como diciendo: «Como insista en continuar con esta farsa...».
Olympia permanece junto a sus padres, pues debe ayudarlos a recibir a
los invitados, que cada vez llegan en mayor número. Cuando ya no puede
soportarlo más, se excusa y sale al porche.
La luz que se filtra a través de la bruma que cubre la costa tiñe los
vestidos de las mujeres de un ligero tono salmón. Por un capricho de la luz
que Olympia no acaba de entender, bajo la bruma rosácea, la espumosa su-
perficie del mar ha adquirido un tono aguamarina. Es como si la naturaleza

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quisiera brindar su mejor espectáculo, un espectáculo que resulta incluso


más conmovedor por su carácter efímero, pues pronto desaparecerá y
nunca se repetirá exactamente con los mismos matices. Olympia piensa
que su padre debe de sentirse dichoso al ver que incluso la naturaleza se ha
puesto sus mejores galas para su fiesta.
La belleza de la noche no tarda en borrar los recuerdos del
desafortunado encuentro con Cote. Olympia se acerca a la carpa y merodea
por su interior, deleitándose en la contemplación de las mesas, de las
elegantes vajillas de Limoges, de los cubiertos de plata con las iniciales de
su madre grabadas en oro, de las copas con un leve brillo azulado, de los
espléndidos candelabros... Los primeros invitados empiezan a acercarse a
la carpa. Los camareros esperan listos para servir las ostras y el champán.
—Olympia.
En cuanto se da la vuelta, Victoria Farragut extiende una mano envuelta
en un guante blanco y la coge del brazo.
---¡Qué fiesta tan maravillosa! Está todo precioso -dice-. Y tú estás
maravillosa. Por mucho que haga, no consigo que mi peinado se quede en
su sitio. Es esta terrible humedad.
Olympia mira el cabello de Victoria, que se riza de forma encantadora.
-Qué va. Estoy horrible —exclama Victoria cuando Olympia alaba su
aspecto-. Tú, en cambio, estás increíble. Sé que el vestido que llevas es de
París. Me lo ha dicho mi madre.
Ante la sorpresa de Olympia, un camarero les ofrece champán. Olympia
ya había probado algún sorbo aislado en otras fiestas, pero hasta que
conoció a Haskell, nunca había bebido una copa entera. La sensación de las
burbujas corriendo por su garganta la sumerge en sus recuerdos.
-Me hace cosquillas en la garganta -dice Victoria tosiendo-. No conozco
ni a la mitad de los invitados. ¿Son todos de Fortunes Rocks? No, claro
que no. No pueden serlo.
-También hay invitados de Boston y de Newburyport -dice Olympia-.
La verdad es que yo tampoco conozco a la mayoría.
-Tenías que haber visto el alboroto que ha armado mi madre con su
vestido -dice Victoria-. Cualquiera diría que está buscando marido. No, no
debería decir eso.
Olympia sonríe.
-Aunque espero que lo encuentre. Desde luego, hay muchos caballeros
-añade mirando a su alrededor. Los hombres, de todas las edades, superan
claramente en número a las mujeres—. Pero nadie quiere casarse con una
mujer que tiene una hija de mi edad -confiesa Victoria con un ligero
suspiro-. Sobre todo si la mujer no tiene demasiados recursos.
—No creo que los hombres elijan a sus esposas en función de su dinero
-comenta Olympia-. Tampoco creo que pierdan interés por una mujer
atractiva sólo porque tenga una hija. ¿O acaso no importa el amor?
—No creo que mi madre espere tanto -dice Victoria—. Se conformaría
con encontrar un buen marido con una buena renta. ¿Bailarás si alguien te

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lo pide?
—Supongo que tendré que hacerlo —dice Olympia.
—Hablas como una de esas mujeres mayores que están aburridas de la
vida.
—Lo siento —dice Olympia-'. Estoy algo fatigada.
Bebe un nuevo sorbo de champán y observa a Rufus Philbrick, que se
aproxima a ellas con la botonadura de la camisa a punto de explotar bajo
la presión de su orondo abdomen.
—Creo que vienen a pedirte el primer baile -dice Victoria con tono
jocoso.
—Por Dios,Victoria. Ese hombre es mayor que mi padre -exclama
Olympia e, inmediatamente, se da cuenta de lo irónico que resulta ese
comentario en su situación.
Rufus Philbrick toma la mano de Olympia. Ella le presenta a su amiga.
—Tengo el gusto de haber conocido a su padre —se dirige Philbrick a
Victoria tras obsequiarla con una leve inclinación de cabeza—. Hicimos
algunos negocios juntos. Era una gran persona. Espero que su madre y us-
ted estén disfrutando del verano —añade tras una breve pausa.
—Sí, muchísimo -contesta Victoria-. Gracias. Y, ahora, si me perdona,
debo reunirme con mi madre.
Philbrick y Olympia observan cómo Victoria se abre camino entre los
invitados, que ya llenan el jardín.
—Una joven encantadora -dice Philbrick-. Pero, digame, Olympia, ¿ha
conocido a algún chico este verano?-le pregunta él, y Olympia se acuerda
de la noche que conoció a Philbrick, la misma noche que se conocieron
Haskell y ella.
—De hecho he estado ocupada con otras cosas -contesta Olympia.
—Espero que no haya ocurrido nada malo.
—No, al contrario.
De repente, siente la apremiante necesidad de contar lo que
verdaderamente ha ocurrido ese verano, de decirlo todo en voz alta, de dar
vida al secreto que guarda en su interior. Es un impulso temerario, como
cuando uno se acerca al borde de un precipicio y siente un deseo
irreprimible de saltar al vacío.
—A su salud, querida -dice Philbrick al tiempo que un camarero rellena
su copa—. Sin duda, el chico que consiga alejarla de sus padres será un
hombre con suerte.
Mientras observa a Philbrick, Olympia piensa en lo distinto que es de
Cote y agradece que sus comentarios sean francos y carezcan de todas esas
insinuaciones perniciosas que siempre envuelven las palabras del poeta.
—Espero que nadie me aleje nunca de mis padres—dice Olympia con
aparente ligereza.
—Usted parece una joven aventurera, señorita Biddeford. -Philbrick
guarda silencio durante un instante—. Sí, conocerá a un vaquero y viajará al

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Oeste y tendrá una ganadería propia y comprará hoteles y tendrá ocho


hijos.
Olympia ríe.
—Por mi bien, espero que no sea tan buen oráculo como hombre de
negocios —dice.
Él sonríe y mira a Olympia por encima de las gafas. A su alrededor, el
rumor de las conversaciones parece elevarse súbitamente. Olympia y
Philbrick se vuelven hacia el porche.
-He estado mirando por su telescopio —dice Philbrick-. Tengo entendido
que se lo ha regalado su padre por su cumpleaños.
Olympia asiente.
-Un instrumento admirable —continúa diciendo él—. Y de gran
precisión. Debe de ser maravilloso contemplar las estrellas a través de él.
-Me temo que esta noche no sería posible —dice ella.
-No, así es. Hay demasiada bruma. ¿No le parece que la bruma tiene
algo misteriosamente atractivo?
Olympia se pregunta por qué nunca habrá visto ni a la mujer ni a los
hijos de Philbrick. ¿O acaso vive solo? ¿En uno de sus hoteles? Vuelve a
mirar hacia el porche, donde los invitados parecen converger en un racimo
cada vez más denso y, una vez más, piensa que todas esas elegantes
personas han llegado al mundo como lo hizo la hija de Marie Rivard y que,
en algún momento de su vida, o, mejor dicho, en muchos momentos de su
vida, todas esas mujeres habrán abierto sus bocas y sus piernas y sus
cuerpos desnudos a los hombres que aman y habrán gozado y habrán
dejado escapar todo tipo de gemidos indecentes. Piensa que algunas de las
parejas que hay en el porche habrán compartido un lecho ese mismo día y
se sorprende del contraste que existe entre sus trajes de gala y la desnudez
que las envuelve en sus momentos más íntimos. Piensa en todas las horas
que habrán dedicado esas personas a ocultar lo físico, lo corporal, lo
animal, y en lo inútil que resulta a veces ese esfuerzo.
-¡Ah! -se sorprende Philbrick-. Ha llegado el reverendo Hale. Nuestro
invitado de honor.
-Creía que el invitado de honor era usted -dice Olympia.
Philbrick sonríe con gratitud.
El reverendo Hale acaba de salir al porche. Rodeado corno está por
invitados que desean hablar con él o que simplemente quieren estar cerca
de él, Olympia y Philbrick sólo pueden verle la cabeza. Olympia sabe que
su padre no tardará en acudir en su busca para que conozca al reverendo
personalmente. Desde luego, ella no espera el momento ni mucho menos
con impaciencia, pues aún no ha leído los sermones del reverendo. Duda
que a Hale le importe, pero sabe que su padre se sentirá dolido. Aunque es
posible que, con las distracciones de la noche, su padre se olvide de
interrogarla al respecto delante del reverendo.
Lo que todavía no sabe Olympia es que no llegará a ser presentada a Hale,
ni esa noche ni en ningún otro momento de su vida.

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-Ahí están John y Catherine Haskell -dice Philbrick.


Olympia busca entre los invitados hasta verlos en el porche. No tarda en
darse cuenta de que ocurre algo inusual entre ellos. Catherine camina
ligeramente separada de Haskell. En vez de avanzar en la dirección de
Hale, se alejan de él, buscando el perímetro de la reunión. Se detienen en
una esquina del porche y Haskell se apoya en la baranda.
Philbrick se dirige hacia ellos. Olympia permanece donde está, incapaz
de moverse.
Haskell está ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado
distraídamente los dedos por el cabello, y lleva la pajarita pobremente
anudada. Catherine toca el brazo de su marido con una mano enfundada
en un largo guante blanco. Haskell no parece ver a Olympia. Al contrario,
su mirada parece perdida en algún lugar indefinido, como si estuviera
sumergido en alguna profunda reflexión. Philbrick sube al porche y besa
la mano de Catherine. Haskell se gira hacia el recién llegado, pero sólo
intercambian un breve saludo.
Algo le ocurre, piensa Olympia. ¿Estará enfermo? No sabe qué hacer.
Debería acercarse a saludar. Aunque quizá fuera mejor mantenerse alejada
de ellos. Philbrick, que parece sorprendido por la actitud de Haskell, enta-
bla conversación con un hombre de Rye al que Olympia cree reconocer
vagamente. Haskell apoya las dos manos en la baranda y mira hacia el
suelo. Parece un hombre a punto de enfermar. Catherine se gira hacia su
marido para cerciorarse de que está bien. Más que otra cosa, parece
sorprendida. Preocupada, sin duda, pero sobre todo desconcertada por el
comportamiento de su marido.
Catherine ve a Olympia mientras se acerca al porche.
-Olympia -exclama y una gran sonrisa se dibuja en sus labios—. Está
preciosa. ¿Verdad que está maravillosa, John?
Haskell vuelve la cabeza en la dirección de Olympia. Aunque está a
varios metros de distancia, Olympia puede ver su rostro con claridad.
Espera alguna señal que pueda indicarle cómo debe comportarse, pero
Haskell se limita a inclinar levemente la cabeza. -
—Pero, suba con nosotros —pide Catherine con el tono exageradamente
entusiasta de quien desea interrumpir la tensión del momento-. Déjeme
que la vea bien. Ya había oído decir que su vestido era maravilloso, pero
no me imaginaba que pudiera serlo hasta tal punto. Aunque es la mujer
que lleva el vestido quien lo hace hermoso. ¿No te parece, John? Pero ¿qué
hace aquí tan sola, Olympia? Estoy segura de que no hay un solo joven en
la fiesta que no desee hablar con usted.
Haskell aprieta los labios.
¿Acaso lo sabe Catherine? ¿Se lo habrá dicho Haskell? Olympia no es
capaz de reprimir las dudas que surgen en su interior. ¿Qué habrá
ocurrido esa tarde en la nueva casa de los Haskell? Olympia busca alguna
indicación en los ojos de Haskell, pero no encuentra ninguna.

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Y, entonces, Haskell parece recobrar la compostura.


-Buenas noches, Olympia -saluda, incorporándose junto a la baranda-.
Le ruego que me perdone.
«¿Perdonarte? ¿Por qué? -Olympia quisiera gritar-. ¿Por qué debo
perdonarte?»
El cambio de actitud de su marido parece tranquilizar a Catherine.
-Pero ¿a qué espera? -dice-. Únase a nosotros, Olympia.
Olympia se levanta un poco la falda y sube los escalones del porche,
esos mismos escalones en los que vio por primera vez a Haskell. Pero, en
esta ocasión, es Catherine quien la recibe en lo alto de los escalones. Olym-
pia se ve envuelta en un abrazo de esencia de gardenias y jabón de oliva.
El traje de Catherine se ciñe bajo su pecho, perfilando atractivamente su
cintura y sus caderas al estilo imperio. Lleva un collar y pendientes de
ópalos y su cabello, que flota libremente alrededor de su rostro, transmite
tal sensación de liviandad que parece a punto de disolverse en el aire.
Catherine sujeta el brazo de Olympia como una tía soltera sujetaría el de
su sobrina favorita. Haskell inclina la cabeza y besa la mano enguantada
de Olympia. Ahora que están más cerca, Olympia advierte la tensión que
contrae los músculos faciales de Haskell.
—¿Ha ido bien la mudanza? —le pregunta educadamente Olympia a
Catherine.
Haskell se da la vuelta y mira hacia el mar.
—La casa es maravillosa —comenta Catherine con evidente placer—. Nunca
he visto nada parecido —añade juntando las manos, como si deseara
aplaudir-. Se ve el mar desde todas las ventanas. Tiene que venir a verla. Me
muero de ganas de enseñársela. Cada niña tiene su propia salita de estar.
Como se imaginará, están absolutamente encantadas.
Catherine hace una pausa para que Olympia pueda intervenir, pero ella no
encuentra las palabras. A su alrededor, los invitados conversan animadamente,
haciendo aún más patente su silencio. Olympia se siente como si algo le
oprimiera en el pecho.
—No sé qué le pasa a John esta noche -dice finalmente Catherine,
intentando disculpar el comportamiento de su marido—. Me temo que ha
estado trabajando demasiado.
—Siento oír eso —dice Olympia.
Ni siquiera Catherine, con todo su don de gentes, es capaz de mantener
viva la conversación. El tenso silencio de Haskell resulta sofocante y Olympia
sólo piensa en la manera de escapar. No se siente capaz de permanecer junto a
ellos ni un segundo más. La tensión es tal que teme que, en cualquier
momento, Haskell o ella misma estallen y confiesen la verdadera razón de ese
silencio torturado.
—Si me perdona, Catherine, debo reunirme con mi padre —dice Olympia
apresuradamente—. Quiere presentarme al reverendo Hale.
Antes de que Catherine pueda decir nada, Olympia se da la vuelta y avanza,
inclinando la cabeza educadamente al toparse con alguna persona conocida,

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aprovechando los espacios abiertos que dejan los invitados, eludiendo cualquier
intercambio de palabras. Entra en la casa y cruza el salón, abarrotado de
personas conversando animadamente. Continúa avanzando, sin dirigirse a
ningún sitio en concreto. Tan sólo quiere aumentar la distancia que la separa de
Catherine Haskell.
Y, mientras avanza, se castiga por su torpeza. Nunca, nunca jamás, bajo
ninguna circunstancia, debe volver a hablar con Catherine. Debe evitar a toda
costa que Catherine vuelva a visitar la casa de sus padres. No debe acudir a
ninguna reunión social en la que ella pueda estar presente. Es más, lo que tiene
que hacer es abandonar Fortune's Rocks. Sí, eso es. Tiene que volver a Boston.
Inventará alguna excusa, alguna razón convincente para que su padre la envíe
de vuelta a Boston. Lo hará mañana mismo. Mañana por la mañana. Avanza por
un pasillo, alejándose de los invitados. En el jardín, los músicos de la orquesta
afinan sus instrumentos. El baile no tardará en comenzar.
Al llegar al pasillo que une la casa a la capilla, se apoya contra la pared, deja
caer la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Permanece inmóvil, intentando
tranquilizarse. A lo lejos oye una viola, el principio de un vals. ¿Bailará Haskell
con Catherine? Olympia se lleva las manos a la cabeza, se arranca las peinetas y
las mira durante unos segundos antes de apretarlas con fuerza en sus puños.
Al oír las pisadas, no tiene que girarse para saber quién es. De alguna manera,
sabía que él la seguiría. Olympia observa la expresión de su rostro, esa mezcla
de angustia y expectación que conoce tan bien. Él se acerca a ella, hasta que
Olympia siente su aliento en la cara. El se inclina hacia ella y aprieta los labios
contra su hombro desnudo. Por un instante, al notar cómo los dientes de
Haskell se clavan en su piel, Olympia siente miedo. Haskell nunca ha hecho
eso antes. Algo húmedo recorre su piel y, entonces, Olympia sabe que Haskell
está llorando. Llora como lo hacen los hombres, en silencio, aunque buscando
aire ruidosamente. Y ese llanto de hombre despierta el deseo. O quizá sea el
deseo lo que provoca el llanto. Olympia quiere levantarle la cabeza, acercarla a
la suya, calmar su dolor, pero él baja la boca hasta su pecho y la abraza con
tanta fuerza que ella apenas puede respirar. Avanzan, o más bien se tambalean,
por el pasillo, buscando la oscuridad, buscando algún refugio, cualquier sitio
donde ocultarse. Olympia choca contra la pared, haciendo caer un cuadro. Se
pisa el borde del vestido y oye cómo la tela se rasga a la altura de la cintura.
Entran en la capilla y permanecen en silencio frente al altar, delante de los
bancos de madera. Olympia oye cómo la puerta se cierra a su espalda. Haskell
cierra el pestillo. Olympia se sienta sobre la losa de mármol. Haskell se acerca a
ella. De pie, frente a ella, Olympia no consigue verle la cara.
-¿Qué le has dicho a Catherine? -pregunta ella.
-No le he dicho nada -la tranquiliza él. Olympia le rodea las piernas con los
brazos y apoya la cabeza sobre su cintura.
-No puedo vivir en esa casa —susurra él entre sollozos-. No lo puedo
soportar.
Olympia también está llorando.
-Tengo que irme de esa casa -dice él-. Inventaré cualquier excusa. No puedo

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quedarme más tiempo en Fortune's Rocks.


-Deja... -empieza a decirle Olympia al tiempo que levanta la cabeza
buscando su mirada—. Deja que sea yo quien me vaya. A ti te necesitan aquí. A
mí, no. Volveré mañana mismo a Boston.
Haskell se se acerca aún más y posa las manos en el cabello de Olympia.
—No —dice—. No puedo vivir en esa casa. Todo me recuerda a ti. Todo me
hace anhelar tu presencia.
Haskell une sus labios a los de Olympia. Es un beso, pero al mismo tiempo
es algo más, un ahogarse el uno en el otro.
Pero sus cuerpos no pueden conformarse con un beso. Olympia se deja
caer hacia atrás y descansa la cabeza sobre la losa de mármol mientras sus
piernas abrazan la fría piedra. El mármol es duro, incómodo. Haskell se
arrodilla y apoya la mejilla mojada de lágrimas sobre el muslo de Olympia. Le
suelta una media. Ella levanta la cabeza para poder verle la cara. Lo llama,
pero él está perdido en su deseo, en ese deseo irrefrenable que surge cuando
ya no queda esperanza. Olympia sabe que ya nada puede detener ese deseo.
Y es entonces cuando, al mirar por la ventana abierta de la capilla, ve a
Zachariah Cote en el porche, apartándose del telescopio, y a Catherine
Haskell ocupando su lugar, agachándose para contemplar la escena que Cote
se ha asegurado de enfocar.

CAPITULO 13

Olympia imagina cómo habrá ocurrido todo:


Catherine se habrá incorporado con la boca ligeramente abierta y una mano
enguantada apretada contra el pecho. Con fingida curiosidad, Cote habrá
mirado por el telescopio y se habrá incorporado aparentando sorpresa.
«Querida -puede que haya dicho-, lo siento tanto. Es horrible.» Puede que
Catherine lo haya mirado un momento, puede que haya visto las arrugas en su
ceño, incluso la sonrisa maliciosa que se habrá insinuado en sus labios. Y puede
que Catherine haya retrocedido un paso y haya encontrado las fuerzas
necesarias para abofetearlo. Olympia espera que lo haya hecho.
Cuando Olympia llega al vestíbulo, sujetándose el vestido para disimular el
descosido de la cintura, sólo se oyen gritos: una estridente cacofonía que la hace
sentirse como si todos los relojes del mundo hubieran perdido la sincronización.
¿Realmente han podido provocar Haskell y ella ese caos? ¿Esa locura? A su
alrededor, los invitados se arremolinan en un torbellino enloquecido. Haskell se
ha adelantado a Olympia. Ella lo busca con la mirada. La madre de Olympia
permanece inmóvil, en silencio. Sus facciones parecen congeladas en una
mueca de incredulidad. El padre de Olympia se acerca a su hija y la interroga

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con la mirada. ¿Cómo has podido hacer algo así, Olympia?, parece decir. Ella le
responde, pero él no parece comprender el significado de sus palabras. Ni si-
quiera parece oírla. Y es entonces cuando el padre de Olympia parece tomar
plena conciencia de lo ocurrido. Su cuerpo se estremece en un escalofrío. Ve la
ruina, la pérdida de todo aquello que más valora: su hija, su reputación, la
posibilidad de regresar alguna vez a Fortune's Rocks, a esa casa que tanto
quiere, a esa vida que tanto aprecia.Y, a ojos de Olympia, el momento más triste
de toda la noche es cuando su padre se yergue, luchando por recuperar el
control de sí mismo, e intenta tranquilizar a sus invitados, confortándolos,
cumpliendo con su papel de afable y capaz anfitrión incluso mientras el barco
se hunde irremediablemente en la negrura de las aguas.
Intenta coger a su hija de la mano, pero Olympia forcejea, forcejea hasta
soltarse y corre. Corre de un cuarto a otro mientras los invitados llaman a sus
cocheros, compitiendo por ser los primeros en abandonar la escena del
naufragio. Tiene que ver a Haskell. Tiene que encontrar a Catherine. Tiene que
hablar con ella.
Finalmente, los encuentra en el pasillo. Catherine está llorando, gritando,
diciéndole a su marido que no la toque. Haskell ve a Olympia, pero no dice
nada. Tiene el rostro desencajado.
«No es posible que hayamos hecho algo así -quisiera gritar Olympia—.
¿Cómo hemos podido?»
Marido y mujer salen juntos por la puerta trasera. Haskell tiene que seguir a su
mujer. Tiene que acompañarla hasta su nueva casa. Olympia se pregunta qué
pesadilla los estará esperando en esa casa, qué llantos llenarán la noche cada
vez que Catherine se despierte y se vuelva a dormir y vuelva a despertarse en
una implacable y cruel repetición de los hechos.
Y Olympia observa cómo Haskell se aleja, dejándola sola en el pasillo. La
orquesta ya hace rato que ha dejado de tocar. Olympia se deja caer al suelo y,
de rodillas, observa cómo Haskell desaparece detrás de la puerta. Y es
entonces cuando entiende el significado real de lo que creía saber desde un
principio: Haskell nunca le ha pertenecido.

Segunda parte

EL exílío

CAPITULO 14

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Olympia y sus padres abandonan Fortune's Rocks en el tren de la mañana del


II de agosto, dejando a Josiah y a Lisette, que no han tenido la oportunidad de
anunciar su compromiso, al mando de un ejército de criados contratados con
el fin de eliminar cualquier rastro de la desastrosa fiesta. La madre de Olympia
no pronuncia ni una sola palabra en todo el trayecto y recurre continuamente a
su frasco de sales. El padre de Olympia no le dirige la palabra a su hija hasta
que llegan a la casa de Boston. Entonces anuncia que Olympia ha arruinado el
futuro de la familia, que los ha condenado a todos a vivir en un estado de
eterna desgracia, que su total indiferencia hacia las consecuencias de sus actos
ha destrozado por completo su futuro y que, aunque el principal culpable de
lo ocurrido sea ese hombre sin escrúpulos que la ha seducido, ella deberá
sufrir las consecuencias de su comportamiento durante el resto de su vi da. Y
espera que entienda, añade escupiendo las palabras con toda la cólera de la
que es capaz un padre cuya peor pesadilla se ha convertido en realidad, que
no sólo ha arruinado la vida de Catherine Haskell, una mujer inocente, sino
que también es culpable del daño causado a sus hijos. En cuanto a John
Haskell, el padre de Olympia tan sólo dice que desearía poder infligirle un
severo castigo corporal.
Olympia permanece sentada en silencio mientras escucha su condena. Al
menos durante un mes, mientras sus padres consideran las medidas a
adoptar para salvar lo poco que pueda quedar de su futuro, no se le
permitirá salir de su habitación. Permanecerá encerrada allí sin ninguna
compañía, sin comunicación alguna con el mundo exterior y sin libros que
puedan servirle de distracción. El servicio le llevará las comidas en una ban-
deja. El propósito de estas medidas, le explica su padre, es proporcionarle
tiempo suficiente para que reflexione sobre la gravedad de lo acontecido y
de su actual situación. Y, de repente, al acabar de pronunciar la sentencia, el
padre de Olympia rompe a llorar. A Olympia eso le causa más dolor que
cualquiera de sus reproches. Cuando su padre se deja caer sobre una silla,
ella se levanta y se arrodilla junto a él, implorándole que deje de llorar, pues
no puede soportar el dolor que le provoca su tristeza. Él le ordena a
Olympia que se levante y le dice que, durante los próximos meses, no
aceptará la menor teatralidad en su discurso y que sólo intercambiará con
ella las palabras estrictamente necesarias entre dos personas que conviven en
una misma casa. Y, sin más, ordena a Olympia que suba a su habitación y
empiece a reflexionar sobre lo acontecido.
Por mucho que lo hubiera intentado, el padre de Olympia nunca podría
haberle infligido un castigo peor a su'hija. Para Olympia, permanecer hora
tras hora sentada en una silla pensando en su desgracia es terriblemente
doloroso. Nunca se casará ni tendrá una familia; no podrá proseguir con su
educación, ni con su padre ni en ninguna institución; se verá relegada
inevitablemente a la condición más baja de una mujer, la de una solterona
sin recursos propios; durante el resto de su vida, el escándalo la seguirá allí
a donde vaya y su vida será mostrada como ejemplo de los estragos que
causa el pecado. En suma, será objeto del sentimiento más despiadado y

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despreciable que existe: la lástima.


Pero todo ello resulta insignificante al lado de la culpa que le produce
saber que es la responsable de la desgracia y la ruina de personas
inocentes; una noción de la que se deriva un dolor prácticamente inso-
portable.
De vez en cuando, el padre de Olympia llama a la puerta de su hija y le
revela nuevos datos que hacen todavía más doloroso el castigo. En una de
esas ocasiones, le dice que Catherine Haskell y sus hijos viajaron a York la
misma mañana del n de agosto y, a continuación, abandona la habitación
sin atender a sus preguntas. En otra ocasión le comunica que ese hombre
ha sido expulsado de la universidad y que ha perdido su trabajo en el
dispensario, pero no le dice nada sobre su paradero actual. En una tercera
ocasión le hace saber que la casa que el infeliz matrimonio sólo llegó a
ocupar durante un día ha sido puesta en venta.
Día tras día, semana tras semana, Olympia permanece sola en su
habitación, con sus remordimientos I y sus reflexiones. Hasta que aprende
que la capacidad I de sufrimiento no es infinita, que el espíritu no se so-1
mete fácilmente a su propia aniquilación y que, por muy complejos y
dolorosos que sean los caminos que se ve obligado a recorrer, al final
encuentra el alivio I que requiere y aprende a sanar sus propias heridas.
Olympia encuentra ese alivio en sus recuerdos. Porque nada puede
quitarle esos recuerdos que, aunque sólo hayan originado desgracias,
albergan pequeñas pepitas cuyo dulzor es tal que nada ni nadie pueden agriarlo
por completo. Y, así, el pasado se convierte en su mejor aliado.

Hacia mediados de octubre, Olympia empieza a sentir náuseas. El 29 de


octubre finalmente consigue reunir el valor necesario para comunicarle su
malestar a Lisette y pedirle que llame al doctor Branch. Al oír los síntomas de
Olympia, Lisette deja escapar un largo suspiro. Es entonces cuando Olympia
toma conciencia de la naturaleza de su malestar. Al principio, la turbación y la
incredulidad le provocan un ligero mareo, pero, cuando se recupera, se lleva la
mano a la frente sin poder evitar una sonrisa. Pues, aunque es plenamente
consciente de lo desafortunado de su situación, Olympia siente una semilla de
felicidad en su interior.
Aunque Lisette se ha ofrecido a hacerlo, Olympia decide que será ella misma
quien le comunique la noticia a su padre. A la mañana siguiente, se pone un
sobrio vestido azul y entra en el comedor, donde su padre está leyendo La letra
escarlata de Nathaniel Hawthorne, una coincidencia tan desconcertante que
Olympia piensa en darse la vuelta y volver a su habitación. La lluvia choca con
un sonido afilado contra las ventanas. El aroma del café le provoca náuseas.
Olympia lucha contra su malestar, decidida a no mostrar la más mínima señal
de debilidad en presencia de su padre.
Él se mantiene imperturbable, aunque Olympia intuye que su presencia lo
incomoda. Por lo general, ella no suele desayunar con su padre. Con toda la

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tranquilidad que es capaz de reunir, Olympia llena una taza de leche caliente y
se sirve unos huevos y unos panecillos, pero, al sentarse frente a su desayuno,
se da cuenta de que, si permanece mucho tiempo delante de la comida, termi-
nará por vomitar. Así pues, sin más demora, comienza el discurso que ha
estado ensayando toda la noche.
-Padre, tengo algo importante que decirte. Es algo que no puedo ocultar
por más tiempo y no quiero que te enteres por los comentarios de otras
personas.
El padre de Olympia baja el libro y la mira a los ojos.
-Lo siento tanto... -exclama ella.
-¿Qué ocurre, Olympia?
-Voy a... -empieza a decir-. Estoy... Finalmente se lleva una mano al
vientre.
-No.
Su padre pronuncia el monosílabo casi de forma imperceptible y, de
repente, empalidece. Mira fijamente hacia la ventana sin soltar el libro.
Olympia nunca ha visto a nadie luchar tan denodadamente por mantener el
control de sí mismo. Al cabo de unos segundos, su padre se moja los labios con
la lengua y bebe un poco de agua.
-Dime que no es cierto. Olympia permanece en silencio. Él bebe más agua.
Olympia observa que la mano le tiembla al sujetar el vaso.
-Habrá que prepararlo todo -propone al fin con un tono de voz
sorprendentemente ronco. Ella asiente.
-¡Por Dios! -explota finalmente el padre de Olympia-. ¿En qué estaría
pensando ese hombre? ¿Cómo pudo ser tan ruin?
-Lo último que deseo es hacerte más daño -dice Olympia.
-Nunca más podré confiar en ti -le dice con engañosa tranquilidad. Ella cierra
los ojos.
-Esta noticia va a matar a tu madre. Y puede que sea lo exagerado de la
afirmación lo que hace que Olympia pierda finalmente la calma.
-¡Esto no tiene nada que ver con madre! -grita-. ¡Soy yo quien está
embarazada! ¡Soy yo quien ha perdido al hombre que ama! ¡Soy yo quien está
sufriendo!
-Basta ya -exclama él. Se limpia los labios con la servilleta y la deja sobre la
mesa-. No quiero que te equivoques, Olympia -continúa diciendo sin apenas
abrir la boca por la tensión-. Pienso en ti cada minuto del día, pero sí, claro que
tiene que ver con tu madre. Tiene que ver con tu madre y conmigo y con la
vida que compartimos. Tiene que ver con la criatura inocente que llevas en tu
seno. Tiene que ver con Catherine Haskell y con sus hijos. Tiene que ver con
Josiah y con Lisette, que han tenido que compartir esta pesadilla con todos
nosotros. Y, por mucho que me cueste pronunciar su nombre, también tiene
que ver con John Haskell, un hombre cuya vida, aunque merecidamente, ha
quedado arruinada. Esto no tiene que ver solamente, y lo repito, solamente con
Olympia Biddeford.

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Y, tras pronunciar su nombre, el padre de Olympia se levanta, coloca


cuidadosamente la silla en su sitio y coge el libro de la mesa. Al darse cuenta
de la extraña ironía que encierra su lectura, deja caer el libro ruidosamente y,
sin decir una palabra más, abandona el comedor.
A partir de ese día, el padre de Olympia se comunica con ella mediante notas
que deja en la mesa del comedor por las mañanas o que envía por medio de
Lisette a su habitación. Una de ellas dice: «Tu madre y yo estaremos fuera dos
semanas». Otra dice: «El electricista va a venir el viernes. Ten tu habitación
lista». Al menos ahora su padre le permite leer y, dado que ya no hay inocencia
que salvaguardar, Olympia tiene acceso a otro tipo de lecturas: Walt Whitman y
Jack London, incluso algunos versos de Christina Rossetti.Y, por supuesto, La
biblioteca familiar de la salud, un texto médico destinado a aumentar los
conocimientos de Olympia sobre el embarazo y el parto. Ella lee el libro con tal
avidez que, muchos años después, será capaz de recitar de memoria algunos de
sus párrafos:

La paciente deberá subirse el camisón hasta la altura de la cintura para


evitar que se manche... Los gritos se caracterizan por ser prolongados
sonidos inarticulados que cualquiera que esté familiarizado con las
peculiaridades de la situación distinguirá fácilmente... La depresión
puerperal es una forma de demencia, proclive a manifestarse a la semana o
a los diez días del parto, que frecuentemente da lugar a sentimientos de
aversión hacia el hijo y, en algunas ocasiones, también hacia el esposo.
También puede desembocar en un deseo de suicidio que exige una
vigilancia continua de la paciente...

Pero, a pesar de tan alarmantes explicaciones, Olympia no está tan asustada


como cabría esperarse.
Olympia nunca deja de pensar en Haskell. Descubre que nadie puede ser
obligado a dejar de amar y, aunque no cree que vuelva a verlo nunca, no puede
dejar de pensar en lo que habrá sido de él ni dejar de preguntarse si él seguirá
pensando en ella igual que ella piensaen él. Sólo sabe que, como le dijo su
padre en otra de sus atormentadoras visitas, su casa de Cambridge también ha
sido vendida. Imagina que Catherine y los niños siguen en York hasta que un
día lee sus nombres en la lista de pasajeros del SS Lundgren, con destino a La
Haya, que aparece publicada en el periódico. Desde su confinamiento,
Olympia intenta imaginar lo que ocurriría en casa de los Haskell la mañana del
n de agosto. ¿Qué le dijo Haskell a Catherine? ¿Qué le dijo ella a él? ¿Habría
abandonado Haskell a su mujer y a sus hijos? ¿O habría sido ella quien se
habría llevado a los niños a York?

El 31 de diciembre de 1899, Olympia está sentada delante del ventanal del


salón, mirando los jardines públicos de la plaza de enfrente. A través del cristal
teñido de color azul lavanda, contempla los coches y a los transeúntes que

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abarrotan las calles vestidos con sus mejores galas. La nevada adelanta la
oscuridad del crepúsculo. Para poder ver mejor por la ventana, Olympia no ha
encendido la luz eléctrica del salón. Como consecuencia, la oscuridad de la
habitación es casi completa. Su padre, su madre, Josiah y Lisette deben de estar
en alguna parte de la casa, aunque no se oye ningún ruido. Josiah y Lisette, que,
después de contraer matrimonio durante la festividad de Acción de Gracias,
viven juntos en el piso de arriba, pronto saldrán a celebrar la última Nochevieja
del siglo. El padre y la madre de Olympia se quedarán en casa.
Olympia y sus padres han pasado juntos unas Navidades empañadas por su
inmediato e incierto futuro. Al no poder salir a comprar regalos, Olympia ha
tejido un chal para su madre y una bufanda para su padre. Ella, por su parte, ha
recibido unos patines de hielo y una capa de terciopelo azul, como si sus padres
quisieran olvidar, aunque sólo fuera por un día, la reclusión en la que vive
desde hace más de tres meses. El regalo de Lisette es el único que hace alusión a
la situación real de Olympia: una preciosa caja amarilla con sábanas bordadas a
mano con diminutas flores amarillas para la cuna del bebé. Olympia no pudo
contener el llanto al ver lo que contenía la caja.
El fuego de la chimenea disminuye la sensación de frío del salón, aunque no
consigue deshacerse del todo de la humedad. Olympia se envuelve los hombros
con el chai. Cuánto desearía poder salir esa noche, aunque sólo fuera para
formar parte de las celebraciones que se han preparado para dar la bienvenida
al nuevo siglo. Aunque la fecha le parece arbitraria, pues nadie puede saber en
qué día empieza exactamente un milenio. No puede evitar sorprenderse ante la
histeria y la profusión de profecías que parecen haberse apoderado del país
ahora que el siglo toca a su fin. Sin duda, esa noche se permitirán más licencias
que en cualquier Nochevieja anterior. Olympia ha leído en los periódicos que
hay quienes incluso han llegado a construir refugios subterráneos con el objeto
de sobrevivir a las profecías que supuestamente se harán realidad el primer día
del año 1900. Otros pasarán la noche entera encerrados en iglesias, aunque la
mayoría de las personas asistirán a los elaborados festejos que durarán hasta el
alba. En circunstancias normales, los padres de Olympia se estarían preparando
en ese preciso instante para asistir a una de esas fiestas. O quizá incluso
hubieran celebrado su propia fiesta. Pero, después de lo sucedido el II de
agosto, todo es diferente. Los padres de Olympia no han asistido a un solo acto
social desde que abandonaron apresuradamente Fortune's Rocks.
Mientras escucha el tictac del reloj de pared, no puede dejar de pensar que la
juventud se le está escapando encerrada en esa opresiva habitación decorada
con pesadas cortinas de damasco, ornamentados muebles de caoba y alfombras
persas. Una vez más, siente ese movimiento en su interior que le gusta
comparar con las burbujas del champán. Entre ella y Lisette han arreglado
todos sus vestidos, aunque ya ni siquiera eso basta para proporcionarle un
vestuario digno. Sin hacer apenas ejercicio, Olympia engorda semana tras
semana. De hecho, ya hace tiempo que ha dejado de disimular su estado. Se
estira el vestido de franela sobre el vientre y piensa en el inminente nacimiento
del niño. Cuando oscurezca por completo, Olympia tendrá permiso para pa-

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sear por los jardines acompañada de Josiah o de Lisette. Será la única


oportunidad que tenga para salir de casa en todo el día.
Una luz se enciende en la habitación y el reflejo que se crea en la ventana
oculta inmediatamente todo aquello que pueda haber al otro lado del cristal.
-¿Lisette? -pregunta Olympia sin darse la vuelta-.Vamonos ya. Las piernas
me van a estallar como no haga un poco de ejercicio.
-No soy Lisette.
Es la voz de su padre.
Ella se gira en su silla.
-No te levantes -dice él. Se acerca hasta donde está ella, coge una silla y se
sienta a su lado.
Es la primera vez que el padre de Olympia le dirige la palabra voluntariamente
desde el día que ella le anunció su embarazo. Durante los últimos meses, su
padre ha perdido peso y su aspecto ha pasado a ser el de un hombre
envejecido; otra de las muchas circunstancias por las que Olympia se culpa a sí
misma. Lleva puesta su levita de lana de diario. Se ha afeitado el bigote.
Como, además, ha perdido algo de pelo, parece más bajo que hace tan sólo
unos meses.
—Tenemos que hablar —dice él y, aunque sus palabras estén imbuidas de
formalidad, su tono de voz es suave y contiene una calidez que Olympia no
recuerda en él desde hace mucho tiempo. Después de todo, puede que hasta el
enfado de su padre tenga un límite—. Has aceptado tu castigo con entereza,
Olympia. Creo que he sido demasiado duro contigo.
—Padre... —empieza a decir ella. Él levanta una mano.
—Quiero que sepas que ya está todo organizado -dice al tiempo que baja los
ojos hacia el vientre hinchado de su hija.
—¿A qué te refieres?
El rehuye la mirada de Olympia.
—Como sabrás, es imposible que te quedes con el bebé -dice
apresuradamente-. Te garantizo que recibirá todos los cuidados necesarios.
Aunque Olympia siempre ha sabido que existía esa posibilidad, hasta ahora
ha evitado pensar en ello.
—Pero, padre -dice inclinándose hacia adelante-, quiero quedarme con el
bebé.
—Eso es del todo imposible -repite él-. Tu madre nunca lo permitiría. Ni yo
tampoco, y sabes perfectamente que no podrías mantenerlo sin nuestro apoyo.
—Pero... —intenta protestar ella.
—Escúchame bien, Olympia. Debes confiar en mí. Algún día, esta horrible
pesadilla pertenecerá al pasado. El próximo otoño estarás completamente
recuperada y, aunque el daño nunca podrá ser reparado, creo que todavía
existe la posibilidad de que disfrutes de una vida propia. Después de todo,
estamos casi en el siglo veinte. El mundo está cambiando. Una mujer joven
puede abrirse su propio camino. Aunque, para ello, tendrás que proseguir con
tu educación.

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-¡Es mi hijo! -grita Olympia-. ¡Es mío! ¡Mío y de John Haskell! Somos
nosotros quienes debemos decidir lo que será de él.
Las mejillas del padre de Olympia se cubren de manchas rojas.
-¿Cómo te atreves a mencionar a ese hombre en mi presencia? —exclama.
Ella abre la boca para responderle, pero él levanta la mano exigiendo silencio.
-El próximo otoño irás al Hastings Seminary. Es un internado para señoritas
—ordena con un tono de voz que no admite réplica—. Está en el extremo oeste
del estado. Lo mejor que puedes hacer, lo único que puedes hacer si quieres
tener una vida propia es hacerte maestra. Siempre hacen falta buenos maestros,
especialmente en las zonas rurales de Nueva Inglaterra. Además, así tu vida
podrá serle útil a otras personas.
-No me hagas esto, padre.
El la mira intensamente. Olympia se imagina lo que deben de revelarle sus
ojos: a una chica embarazada de dieciséis años en cuyo buen juicio ya no se
puede confiar.
-Está decidido -dice él-. No quiero volver a hablar de este asunto.
Ella se muerde los labios y se agarra a los brazos de la butaca para contener los
gritos que claman por salir de su garganta.
Está decidida a no obedecerlo. Aceptará el reto implícito en sus palabras y
criará sola a su hijo. Aunque, ¿cómo va a hacerlo? ¿Cómo podría sobrevivir sin
el apoyo económico de su padre? Y, si ella no puede sobrevivir sola, ¿cómo va a
proporcionarle entonces las atenciones necesarias a su hijo?
El padre de Olympia mira por la ventana, aunque ella sabe que lo único que
puede ofrecerle ésta es el reflejo de sus dos figuras, padre e hija, enmarcadas
por las cremosas molduras de la ventana. No parece gustarle lo que ve, pues se
vuelve bruscamente hacia ella.
-Cuando acabes con tu educación, Olympia, intentaré encontrarte un puesto
de maestra en algún lugar donde la gente no conozca tu pasado —dice y,
entonces, Olympia se da cuenta de que su padre debe de llevar semanas
planeándolo todo-. Incluso así, tienes que estar preparada para enfrentarte a tu
pasado, pues lo más probable es que las noticias de lo ocurrido lleguen a cono-
cerse en cualquier lugar en el que te instales. A no ser que te cambies de
nombre. -Durante unos segundos, parece considerar las ventajas y los
inconvenientes de esa opción-. No -dice finalmente-. No, no te cambiarás de
nombre. Lo último que necesita esta familia es dar muestras de cobardía. No
creo que el sueldo de una maestra alcance para mucho, pero, por supuesto, yo
me aseguraré de proporcionarte todo lo necesario. No hablo de grandes lujos,
tan sólo de lo adecuado para una mujer joven. A pesar de todo -añade su padre
con calidez-, debes saber que tu madre y yo te queremos.
Olympia apenas consigue contener las lágrimas, pues es la primera vez que
recuerda oírlo decir esas palabras.
Su padre levanta ligeramente el mentón y respira hondo, como si esa
confesión hubiera sido más dura de lo que había previsto.
—Coge tu capa y tu sombrero —dice cambiando de tema súbitamente,

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pues nunca se ha sentido cómodo en el terreno de los sentimientos—. Esta


tarde te acompañaré yo en tu paseo. Cuando volvamos, prepararemos un
poco de chocolate caliente y celebraremos con modestia la llegada del nuevo
siglo. Ya que no puedes aspirar a la felicidad, espero que al menos puedas
tener una vida libre de tormento.
Olympia intenta ponerse de pie. Cuando su padre se acerca para ayudarla,
ella observa su desconcierto ante el tamaño de su vientre, pues ya habían
transcurrido meses desde que estuvieran tan cerca.
Olympia se suelta de su padre.
—Te equivocas en una cosa, padre —dice con aparente tranquilidad.
—¿En qué? —pregunta él de forma ausente, pues ya ha dado por zanjada la
conversación. Ella lo mira fijamente a los ojos.
—Dices que en otoño me habré recuperado, pero te equivocas. Nunca lo
superaré, padre. Si me quitas a mi hijo, nunca superaré el dolor.
Él la observa en silencio durante unos segundos.
—Todavía eres muy joven, Olympia -dice finalmente.
Pasada la medianoche del 14 de abril, Olympia se despierta con una sensación
de humedad en el cuerpo. Al mirarse, descubre que su camisón y las sábanas
están empapados en un líquido caliente. Se levanta de la cama y se pone un
camisón limpio. Sabe lo que está ocurriendo por lo que ha leído en La biblioteca
familiar de la salud. Sale al pasillo y llama sin hacer demasiado ruido a la puerta
de la habitación de Josiah y Lisette. Todavía no quiere despertar a sus padres.
Josiah tarda en abrir la puerta.
-Necesito ver a Lisette -dice Olympia.
Lisette entra en la habitación de Olympia en camisón. Las dos mujeres se
abrazan. Lisette parece tan emocionada como si fuese ella misma quien
estuviera a punto de dar a luz. Olympia, que no está tan asustada como cabría
esperar, se contagia de su buen humor. Lisette cambia las sábanas y Olympia
vuelve a acostarse. La noche es cálida. Mientras esperan, Olympia le pregunta a
Lisette si ha asistido alguna vez a un parto. Lisette le dice que sí, que lo ha hecho
en varias ocasiones. Le dice que es la mayor de siete hermanos, que su madre
los «echaba como si fueran panecillos».
-Yo también he visto nacer a un bebé -dice Olympia.
-¿De verdad? ¿Cuándo?
-Con el doctor Haskell -dice Olympia y se sorprende al oírse mencionar ese
nombre. Nunca ha hablado con nadie, ni siquiera con Lisette, del tiempo que
pasó con Haskell—. Lo acompañé un día que él tuvo que atender a una
parturienta en Ely Falls.
-¿Y entró en la habitación?
-Sí. Lo vi todo. El niño venía de nalgas y la pobre mujer, una obrera
francófona con otros tres hijos pequeños, sufría horriblemente, tanto, que el
doctor Haskell tuvo que darle láudano. Eso la calmó un poco. Todavía nie
acuerdo de cómo el doctor intentaba dar la vuelta al bebé. Tenía las manos
dentro de ella y...
Pero Olympia no puede acabar la frase, pues en ese momento siente su

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primera contracción. Sorprendida por el dolor, aguanta la respiración


hasta que la contracción desaparece. Después expulsa el aire en un largo
suspiro.
Lisette está de pie junto a la cama.
-No debe aguantar la respiración -dice-. Tiene que respirar con fuerza
cada vez que le venga el dolor.
Olympia asiente, asustada por la intensidad del dolor.
-¿Van a ser siempre así? -pregunta, asustada.
—Escúcheme bien —dice Lisette. Acerca una silla a la cama, se sienta y
coge la mano de Olympia-. Usted está acostumbrada a mantener las
formas. Siempre se comporta con propiedad. Casi nunca se enfada y,
cuando lo hace, está acostumbrada a guardárselo todo dentro. Pero ahora
tiene que olvidarse de todo eso. Tiene que olvidarse de las formas. No
son buenas ni para el bebé ni para usted. Grite todo lo que quiera y no se
preocupe por lo que pueda pensar nadie. ¿Quiere que avise ya a su
madre?
—No —dice Olympia—. No hace falta.
Las contracciones se suceden dolorosamente. Después de la primera hora,
Olympia no se cree capaz de soportarlo durante más tiempo.
Al poco tiempo de amanecer, la madre de Olympia entra en la habitación
con una bata de seda azul y el pelo recogido con infinidad de lazos.
—Llame inmediatamente al doctor Branch —le ordena a Lisette.
Después humedece un paño en la palangana, se acerca a la cama y lo
coloca sobre la frente de Olympia.
-Y traiga también unos caramelos. A Olympia le sentará bien tener algo en la
boca. Tengo algunos en mi dormitorio. En el frasco de plata que hay encima
del tocador.
Olympia se sorprende al ver la facilidad con la que su madre asume el
control de la situación. Lisette vuelve a los pocos minutos. Por lo visto, el
doctor ha salido a hacer unas visitas. Vendrá en cuanto consigan localizarlo.
Cuando Olympia sufre una nueva contracción, su madre se inclina sobre la
cama y le sujeta los brazos contra el colchón y, aunque Olympia no
entienda por qué, eso le hace más llevadero el dolor. Una vez pasada la
contracción, la madre de Olympia se deshace los lazos del pelo, bebe un
poco de té de la taza que le ha traído Lisette y examina los pequeños
tesoros que contiene la caja amarilla. Por una vez, parece renunciar a su
acostumbrado distanciamiento, sumergiéndose en los pormenores de la
situación de su hija. Se muestra valiente y compasiva al mismo tiempo;
cualidades ambas que Olympia no había advertido anteriormente en ella.
En una ocasión, al despertar de un breve sueño, Olympia oye a su madre
conversando animadamente con Lisette. Incluso la oye reír. La felicidad de
las dos mujeres resulta reconfortante. Si ellas no están aterrorizadas,
entonces ella tampoco debería estarlo.
A mediodía, cuando el doctor Branch entra en la habitación, el aliento le
huele a alcohol. Olympia se pregunta si su padre lo habrá invitado a tomar

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un brandy en el estudio, aunque, dada la hora del día, le parece bastante


improbable. Pero a estas alturas, Olympia apenas tiene fuerzas para pensar
en nada que no sea el horrible y recurrente dolor de las contracciones. Lo
peor es saber que el dolor todavía se repetirá una y otra vez y que no se
puede hacer nada para detenerlo. Implora que le den láudano hasta que,
finalmente, el doctor Branch le da tres cucharadas de un líquido ambarino
que hace que se sumerja en un estado de seniiinconsciencia interrumpido
una y otra vez por nuevos episodios de dolor.
A las dos de la tarde del 14 de abril, las contracciones son prácticamente
continuas. Olympia lleva trece horas de parto. El doctor Branch le pide a
la madre de Olympia y a Lisette que la incorporen un poco y le ata los
pies a los postes de la cama. La madre de Olympia le habla incansablemente
con voz tranquilizadora.
—¡No puedo hacerlo! —grita Olympia—. ¡No puedo hacerlo!
Y, entre gritos de dolor, da a luz un hijo varón.

Cuántas veces se arrepentirá Olympia de haberle rogado al doctor Branch


que le administrase el láudano. Pues, si hubiera estado más despierta, quizá
hubiera podido impedir que se llevaran a su hijo después de nacer. Olympia
sólo recordará algunas imágenes aisladas y difusas de su hijo. Recordará la
sorpresa que sintió al despertar y sentir un pequeño bulto envuelto en una
sábana junto a su cuerpo. Recordará cómo se dio la vuelta lentamente hasta
ver esa carita arrugada. Recordará cómo apartó la sábana hasta liberar una
de sus delicadas manitas. Pero no recordará nada más, pues, agotada,
terminó por caer en un profundo sueño.
Con el tiempo, acudirá a esos recuerdos cientos y cientos de veces,
buscando cualquier minúsculo detalle que haya podido omitir
anteriormente. Recordará el pelo negro y mojado del niño. Recordará sus
ojos azules, llenos de inocencia. Recordará su exquisita y diminuta boquita.
Pero también recordará que nunca llego a apretarlo contra su pecho, que
nunca llegó a ver sus pie-cecitos, que nunca llegó a oírlo llorar. Y, sobre todo,
recordará que, cuando la droga por fin abandonó su cuerpo, cuando por fin
despertó de su sueño, su hijo ya no estaba a su lado.

CAPITULO 15

El 27 de septiembre de 1900, Olympia llega al Hastings Seminary, una


institución educativa para señoritas situada en una pequeña ciudad industrial
del extremo occidental del estado de Massachusetts. Los edificios de la fábrica de
calzado se extienden por toda la ciudad, apoderándose de viviendas y

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comercios, hasta tal punto que resulta imposible determinar dónde empieza y
dónde acaba realmente. La mayoría de los edificios, incluso las viviendas más
acomodadas, son de ladrillo oscuro. La fábrica produce todo tipo de calzado y
hay tantos talleres de curtidores que hasta las hojas de los árboles huelen a
despojos. Sin duda, el padre de Olympia no ha visitado la institución, pues, por
grandes que hayan sido sus crímenes, ningún padre sometería conscientemente
a su hija a una condena tan ejemplar.
En el futuro, Olympia conservará recuerdos aislados y una imagen borrosa de
su estancia en Hastings, aunque no tendrá una sensación real del tiempo que
pasó en la institución. Carne fría en un plato azul. Una colcha sobre una cama.
Chicas que ven el amor como algo que temer. Oscuros edificios de ladrillo bajo
la lluvia. Una ventana con la madera del larguero hinchada por la humedad.
Una chica con un vestido estampado vigilando el comedor. Una tarta de cien
huevos. Pupitres de madera de cerezo con el tablero pintado de verde. Una lata
llena de lapiceros. Un porche de madera rodeado de olmos. Una chica llorando
encerrada en un armario. Ásperas sabanas blancas tendidas a secar. Alfombras
marrones y sillas azules. Una hora de sermón seguida de otra de oración.
Pálidos pastores metodistas que observan a las chicas jugando con aros en los
ejercicios de calistenia. Los Elementos de Worcester y la Inglaterra de Goldsmith. Jó-
venes mujeres que viajan a trabajar a países lejanos.
Olympia no tarda en saber que Hastings fue fundado en 1873 por un
filántropo metodista con el objeto de proporcionar una educación a las chicas
que trabajaban en la fábrica. Algunos años después, cuando los fundadores se
dieron cuenta de que las chicas de la fábrica apenas tenían horas libres y de que,
las pocas que tenían, preferían dedicarlas a actividades distintas de la educa-
ción, Hastings empezó a reclutar a sus pupilas entre las clases medias: hijas de
pastores, comerciantes y maestros. El principal objetivo de la institución consiste
en educar a esas chicas para que, después, ellas, a su vez, le brinden una
educación cristiana a otras chicas en lugares tan remotos como Turquía,
Sudáfrica o Indiana. Así pues, además de cumplir con su labor didáctica, se es-
pera de las chicas que ejerzan como modelos de virtud cristiana para las chicas
de todo el mundo. El estado de apatía en el que vive Olympia hace que no
sienta ni temor ni entusiasmo ante la perspectiva de un nuevo exilio, pues para
ella no existe diferencia alguna entre un sitio u otro.
Entre otras materias, Olympia estudia latín, geografía, matemáticas y biología,
además de composición, calistenia, canto, corte y confección y labores del
hogar. Como ni el programa académico ni los profesores son especialmente
exigentes, ante la sorpresa de todos, la institución ha florecido de forma
espectacular, hasta tal punto que las solicitudes de admisión superan con
creces las plazas disponibles. A Olympia le sorprende la cantidad de chicas
que están dispuestas a abandonar sus casas, o, mejor dicho, sus pueblos,
para viajar a tierras desconocidas donde lo más probable es que sucumban
ante la soledad o ante alguna virulenta enfermedad. Y Olympia se pregunta
en cuántos casos esa indolencia colectiva será consecuencia de desastres
personales que, como el suyo, convierten a las chicas en mujeres no aptas

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para el matrimonio y en cuántos casos se deberá simplemente a la ausencia


de otras perspectivas de futuro.
Partiendo del edificio central, la escuela ha ido creciendo como un borrón
de tinta, incorporando a su seno un edificio tras otro, hasta llegar a competir
en extensión con la propia fábrica de calzado. Durante la estancia de
Olympia, es decir, entre 1900 y 1903, la institución consta de diecisiete
edificios, incluyendo un gimnasio y un observatorio astronómico donados
por una antigua alumna que contrajo matrimonio con un hombre de gran
fortuna. Por norma general, la mayoría de las alumnas de Hastings que
tienen la suerte de contraer matrimonio lo hacen con hombres mucho más
pobres. Aunque siempre hay excepciones. Sin ir más lejos, una compañera
de Olympia acabará convirtiéndose en una importante hostelera en el
Oeste, lo cual hará que Olympia recuerde con una sonrisa lo que Rufus
Philbrick predijo una vez sobre su futuro.
Olympia tiene una habitación para ella sola. Consta de una estrecha cama
con unas vastas mantas de lana, una estufa, un escritorio, una silla y una
gran ventana con vistas a la gran explanada de césped que hace las veces
de plaza central de la institución. Y, ya que Olympia no posee el menor
deseo de ir a ninguna otra parte, con el tiempo, esa habitación deja de
parecerle una cárcel y pasa a convertirse en un refugio. Cuando tiene que
ausentarse, cuando asiste a sus clases o a las sesiones de calistenia o cuando
va al comedor, sólo piensa en regresar lo antes posible al austero consuelo
que le brinda su habitación. Ahí pasa la mayor parte del tiempo sumida en
sus recuerdos. Irónicamente, ha abandonado el antiguo convento de
Fortune's Rocks para adoptar los hábitos de una monja: contemplación,
meditación y reflexión.
Pero Olympia nunca reza. Para rezar hay que albergar alguna esperanza
y para albergar alguna esperanza hay que renunciar al dolor de la
desesperanza.
Así, no resulta sorprendente que Olympia pronto se gane la reputación
de ser una chica esquiva. No está dispuesta a compartir ni el más mínimo
detalle de su pasado con sus compañeras, pues, a su juicio, si lo hiciera,
también acabarían saliendo a la luz todos esos detalles que desea mantener
en secreto. Sus compañeras sospechan de su silencio. Olympia no es
popular, aunque tampoco cree que nadie le desee ningún mal. Más bien es
como un vecino al que uno ve todos los días sin llegar a conocerlo nunca.
Aun así, hay una persona, un profesor, por el que Olympia siente una
particular admiración: el señor Ben-ton. Su despacho está lleno de libros y
de todo tipo de objetos, incluyendo la fotografía de una mujer. ¿Su esposa?
Durante su segundo año en Hastings, Olympia acude a menudo a ese
despacho. Puede que Benton, con su pálida tez, le recuerde a su padre.
Tendrá unos cuarenta años y le habla a Olympia de anatomía, de píaquetas
y de la geografía del cerebro. Sin duda, Benton debe de intuir que el carácter
reservado de Olympia se debe a alguna herida oculta, igual que ella sospecha

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que, tras la palidez del rostro de Benton, se oculta algún terrible secreto;
después de todo, puede que la mujer de la fotografía no fuera su esposa. Hablan
de la vida empleando las células y las especies a modo de metáforas; un idioma
que impide cualquier incursión peligrosa en el mundo de los sentimientos. De
alguna manera, Olympia sabe que son almas afines. En el futuro, Olympia
recordará a menudo al señor Benton. Incluso pensará en escribirle, aunque, de
hacerlo, tendría que hablarle de su vida en un lenguaje corriente;
probablemente sea ésa la razón por la que nunca llega a escribirle.
Olympia sólo ve a sus padres durante las vacaciones de verano y de
Navidad, pues el viaje a Boston es demasiado largo para los breves recesos de
Acción de Gracias y Pascua. Su padre ha vuelto a emprender algunas de sus
antiguas actividades, aunque, como un anillo que pierde su diamante
engarzado, éstas ya no le proporcionen el gozo de antaño. De tiempo en tiempo,
Olympia recibe una carta de su padre:

No estoy convencido de que la Biología sea la mejor opción para tu


especialización. Creo que la Historia te ofrecería una visión más amplia... He
mandado veinte dólares a la directora para que te compres ropa para el
invierno. Me han dicho que la señora Monckton, de Hadley Street, es" una
buena costurera... Tu madre insiste en que vayamos a París; espero que no esté
demasiado débil para hacer un viaje así.

El padre de Olympia nunca habla del pasado, nunca le pregunta a su


hija cómo está, nunca menciona nada que pueda provocar una reacción
emocional. No se interesa por si Olympia está contenta, si tiene amigas.
No le pregunta si ha conseguido superar su pasado.
Si lo hiciera, Olympia le contestaría que no, que sigue pensando en su
hijo y en Haskell todos los días, a todas horas.
Su padre predijo que Olympia se recuperaría. Estaba equivocado.
No pasa un solo día sin que Olympia se pregunte cómo estará su hijo,
dónde estará su hijo. Vive su ausencia como si le hubieran arrancado un
trozo del cuerpo, un trozo que ni la lectura ni los estudios, ni tan siquie-
ra el paso del tiempo, pueden hacerle olvidar.
Un día, de camino a clase, al cruzar una calle, ve a una madre con un
niño de unos tres años de edad. Tiene un remolino en el pelo y los
calcetines caídos hasta los tobillos. Madre e hijo están rodeados por la
luz dorada que se filtra a través de las finas hojas amarillas de los arces.
Olympia observa cómo cruzan la calle embarrada. El niño va cogido de
la mano de su madre. Sabe que mientras no suelte esa mano no puede
ocurrirle nada malo. Y mientras caminan, una hoja cae lentamente de
una rama. El niño la coge en el aire y se la enseña a su madre.
Olympia se da la vuelta y vuelve a su habitación. Apenas ha cerrado la
puerta a su espalda cuando es arrastrada por el remolino de
sentimientos que le ha provocado la escena. Se deja caer sobre la cama y

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llora. Llora con tanta fuerza que la señora Cowper, la encargada de los
dormitorios, no tarda en llamar a la puerta de su habitación. Para que la
deje sola, Olympia le dice que acaba de enterarse de que su madre está
muy enferma; todavía es capaz de mentir con brillantez cuando lo
considera necesario.
Y si Olympia piensa todos los días en su hijo, piensa incluso más a
menudo en Haskell. Recordar los momentos pasados con él, imaginar lo
que puede estar haciendo en cada momento se convierte en un hábito
cotidiano. A veces no consigue recordar su aspecto y ya hace mucho que
ha dejado de recordar el timbre de su voz. La mayoría de las fantasías
de Olympia tienen un trasfondo especulativo. A menudo imagina que se
encuentran por casualidad en un lugar público. Por ejemplo, en una
estación de tren. Olympia reconoce su manera de andar o el gesto de su
mano al comprobar la hora en su reloj de bolsillo. Haskell lleva puesto un
traje oscuro. Puede que sujete su maletín en la mano. Se quita el
sombrero de fieltro y se aparta un mechón de cabello de la frente. Ella se
acerca a él por la espalda. Intuyendo su presencia, Haskell se da la vuelta.
«Olympia», dice, como si ella hubiera regresado de entre los muertos.
¿Se atreverá a tocarla? ¿Ahí, en la estación, delante de todo el mundo?
Olympia imagina la sorpresa en su ojos, ve la culpa y la emoción.
Imagina su gesto cuando le dice que tiene un hijo. Después suben juntos
al tren.
Y esas fantasías le brindan a Olympia sus momentos de mayor
felicidad en Hastings.
Olympia no tarda en descubrir el innovador programa de verano de
Hastings, que, según dicen los maestros, es algo único en todo el país. Dado
que la mayoría de las alumnas proceden de familias con escasas
posibilidades económicas, la escuela acostumbra a buscarles puestos de
institutriz durante los meses de verano. Así, al tiempo que mejoran su
educación y ayudan a personas necesitadas, tienen la oportunidad de
ganar algo de dinero para ayudar a sus familias.
A medida que se aproxima el final de su tercer año en Hastings, Olympia
empieza a preguntarse adonde la enviarán al acabar su educación. Sabe
que las alumnas más emprendedoras pueden elegir su destino. De hecho,
la mayoría de ellas solicitan alguno de los puestos en los que han trabajado
durante los programas de verano. Por supuesto, los más solicitados son los
de Boston. Pero Olympia no desea volver a Boston, aunque eso significara
que podría volver a vivir en casa de sus padres, o puede que precisamente
por eso. Boston ha sido su destino durante sus dos programas de verano y
Olympia no cree que pudiera soportar una nueva estancia en una de esas
sofocantes casas de Bacon Hill donde la cercanía le haría rememorar una y
otra vez lo ocurrido en Fortune's Rocks: hoy, hace un año, vi por primera
vez a Haskell en el porche; hoy, hace dos años, observamos juntos el globo
que ascendía al cielo sobre el mar; hoy, hace tres años, nos amamos por
primera vez en la casa de la playa.

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Para no tener que volver a enfrentarse a esos dolorosos aniversarios,


Olympia solicita un puesto en el extremo opuesto del estado. «Familia con
tres hijos necesita institutriz. Agradable granja en los Berkshires. Generosa
remuneración», dice la nota colgada en el tablón de anuncios.
Solicita el puesto por escrito y se lo conceden. La carta está firmada por una
mujer que se presenta a sí misma como la hermana de un hombre viudo
que busca una institutriz para sus tres hijos. La mujer le asegura a Olympia
que encontrará la vida en la granja muy edificante.
Olympia le comunica su decisión por carta a su padre y éste decide que
Olympia volverá a casa inmediatamente después de los exámenes finales y
que, tras unas breves vacaciones, viajará en tren a la granja.
Olympia pasa dos semanas en Boston, leyéndole novelas de Emily
Bronté a su madre, que escucha sentada en una butaca, acunando una taza
de té entre las manos mientras su hija le lee historias sobre las grandes
pasiones del páramo. El padre de Olympia pasa la mayor parte del tiempo
encerrado en su estudio.
Aun breve como es su visita, Olympia espera con ansiedad el momento
de abandonar esa casa en la que el olor de la vergüenza todavía impregna
cada esquina, cada trozo de tela, cada mueble. Olympia tiene diecinueve
años, una edad a la que la mayoría de las chicas de su posición pasan los
meses de verano en la costa, donde acuden a cotillones y a fiestas y juegan
al tenis y tienen citas y se comprometen con jóvenes apuestos. En su caso,
no obstante, su padre ha decidido que es preferible que ocupe su tiempo de
otra manera.
El viaje hasta la granja es largo y pesado. Cuando el tren deja atrás las
poblaciones industriales, el paisaje se abre en una sucesión de suaves
colinas azules. Una vez en las montañas, Olympia se apea del tren en lo
que parece ser un cruce de caminos con un pequeño edificio de piedra y
una modesta tienda de ultramarinos. Tras 'asegurarse de que no se ha
confundido de parada, Olympia se sienta a esperar en el cruce hasta que
Averill Hardy, el padre de sus futuros pupilos, llega a recogerla.
El señor Hardy es un hombre robusto de unos treinta y cinco años. Habida
cuenta de su edad, tiene el cabello salpicado por una sorprendente cantidad
de canas, que a la vez clarean una barba que le llega prácticamen te hasta el
pecho. Tiene dos dientes de madera y su piel parece quemada por el sol. Su
esposa, Mary Catherine, le dio cuatro hijos, tres de los cuales aún viven con
él en la granja. El cuarto vive en Springfield. Antes de llegar a la granja,
Averill Hardy le explica a Olympia que, al no haber ninguna otra mujer en la
casa, espera que, además de enseñar a leer y a escribir a sus hijos, se ocupe
de las comidas, de la colada y de otros menesteres similares. Olympia le dice
al señor Hardy que eso no es lo que había acordado con su hermana,
aunque, después, al constatar personalmente las condiciones en las que vive
la familia, decide que tendrá que acceder a la petición del señor Hardy, pues,
de no hacerlo, se vería obligada a vivir rodeada de miseria y sordidez o, peor
aún, a renunciar a su puesto y a volver a Boston.

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De hecho, a Olympia no le desagrada el trabajo. En Hastings ha aprendido


todo lo necesario para llevar una casa y no tarda en averiguar que la
repetición automática de las labores del hogar tiene un efecto tranquilizador
sobre su espíritu. La casa es igual que todas las casas de las granjas de la
comarca: un edificio de madera de dos plantas con las fachadas pintadas de
blanco, las contraventanas pintadas de negro y un cobertizo anejo en la parte
posterior. La verdad es que no resulta especialmente desagradable, aunque,
eso sí, está demasiado cerca de la granja donde duermen las vacas, que, en los
días de calor, desprenden un olor extremadamente desagradable. La
habitación de Olympia está en la parte trasera de la casa. Es un cuarto
pequeño con una ventana que da a un robledal.
Los chicos, tímidos y robustos, tienen edades comprendidas entre los doce y
los diecisiete años. Al principio, Olympia se sorprende al descubrir que no
saben ni leer ni escribir. Cada mañana, cuando ella se levanta, los cuatro
hombres de la casa ya están cuidando de los animales o atendiendo las
cuarenta hectáreas dedicadas al cultivo de maíz. La cocina es espaciosa.
Todas las mañanas, Olympia prepara un desayuno a base de salchichas,
gachas de avena y huevos. Ella nunca come con los hombres, sino que espera
a que ellos vuelvan al trabajo. Después del almuerzo, los días que el señor
Hardy puede prescindir de la ayuda de sus hijos, Olympia les da clases en el
salón. Los chicos son educados y, por lo general, se muestran agradecidos,
aunque el mayor, Seth, aprende con mayor dificultad que sus hermanos. Al
ver hasta qué punto alcanza la ignorancia de esos tres chicos, Olympia se
siente feliz de poder ayudarlos.
A veces, el señor Hardy vuelve a casa un poco antes que sus hijos, le
dedica algún cumplido a Olympia y va al salón, donde, cuando cree que ella
no lo está observando, abre la alacena y se sirve un vaso de la botella de
aguardiente que guarda en su interior. Así, Olympia no tarda en darse
cuenta de que el color de las mejillas del señor Hardy no se debe únicamente
a las largas horas que pasa trabajando al aire libre.
Un día, cuando Olympia lleva tres semanas en la granja, el señor Hardy no
vuelve a trabajar con sus hijos después del almuerzo. Por lo general, después
de servir el almuerzo, Olympia acostumbra retirarse a la segunda planta,
donde aprovecha para zurcir la ropa, sentada en una mecedora en la
habitación del señor Hardy, esa habitación que en otro tiempo compartiera
con su esposa y que todavía alberga su máquina de coser. Es una habitación
agradable, sin duda la más agradable de la casa pues, de hecho, es la única
en la que entra un poco de sol. Resulta evidente que la señora Hardy no
carecía de habilidades domésticas, pues el dormitorio está decorado con
todo tipo de labores hechas por ella. Olympia no puede evitar sentirse
impresionada por las coloridas esteras y por las colchas con ricos bordados
que esperan los rigores del invierno guardadas en un arcón.
Al oír pisadas en la escalera, Olympia se levanta con la camisa que está
remendando en la mano. Puede que el señor Hardy se sienta indispuesto y

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quiera tumbarse un rato en la cama. Él se detiene en el umbral de la puerta.


Al ver cómo le brillan los ojos, Olympia piensa que debe de estar llorando la
pérdida de su mujer. Hace calor en la habitación. El sol dibuja un perfecto
rectángulo sobre los tablones de madera del suelo.
—Eres una buena chica, Olympia —dice el señor Hardy.
Olympia cree que está sonriendo, aunque tampoco está segura, pues
nunca lo ha visto sonreír antes y los dos dientes de madera hacen que su
boca siempre parezca algo torcida.
Olympia permanece de pie. No sabe qué decir. No entiende por qué ha
subido el señor Hardy. De hecho, incluso se siente un poco avergonzada de
su torpeza. Finalmente, da un paso hacia adelante, suponiendo que él se
echará hacia un lado para dejarla salir. Pero él interpreta su gesto de otra
manera. Durante un instante, Olympia ni siquiera sabe dónde debe apoyar
el pie.
El señor Hardy, que sin duda se encuentra bajo los efectos de una ingestión
excesiva de aguardiente, rodea a Olympia torpemente con los brazos y la
atrae contra su pecho. Ella intenta resistirse, pero no lo consigue; ni siquiera
está segura de que él se dé cuenta de que se está resistiendo. El inclina la
cabeza, buscando la cara de Olympia, y la besa. Es un beso húmedo,
repugnante. Olympia nota los bordes de los dientes de madera contra la piel.
Huele el rancio aliento del señor Hardy, que, ella mejor que nadie, sabe que
es una combinación de aguardiente, salchichas y queso curado. Y entonces,
antes de que Olympia pueda recuperarse de la sorpresa inicial, él apoya una
de sus manazas sobre su pecho y aprieta como si quisiera aplastárselo. Ella
intenta deshacerse de su abrazo.
-¡Basta ya! -grita-. ¡Suélteme!
Él la suelta. Parece sorprendido. Ella retrocede torpemente un par de pasos.
—¿Es que no te ha gustado? —pregunta él con voz ronca.
Olympia permanece de pie, inmóvil, incapaz de contestarle, con la camisa
en la mano. Y, de repente, él se da la vuelta y sale de la habitación.
A Olympia le tiemblan las manos. Deja caer la camisa.
—¡Dios mío! —exclama en voz alta mientras se sienta en la mecedora—.
¡Dios mío! Esto no me puede estar ocurriendo a mí.
Se mira las manos, mira el arcón con las colchas, mira las esteras en el suelo.
¿Cómo ha podido llegar a verse envuelta en una situación así? ¿Cómo ha
podido caer tan bajo? ¿Cómo ha podido resignarse a vivir así? ¿Cómo ha
podido dejarse convencer de que es indigna de una vida mejor? ¿Cuál es su
culpa? ¿Haber amado? ¿Haber tenido un hijo como fruto de ese amor?
Mueve bruscamente la cabeza de un lado a otro.
-¡No!
Mira las colinas azuladas que se alzan detrás de la mosquitera remendada de la
ventana. Se levanta, abre la ventana, asoma la cabeza y se llena los pulmones de
aire. Y, con cada nuevo aliento, sus ideas parecen cobrar mayor nitidez, mayor
claridad, y Olympia se siente como si llevara años bajo los efectos de alguna
droga y, ahora, por fin, estuviera saliendo de ese letargo. Y el aire que respira

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contiene una promesa, pues donde antes sólo había vacío ahora ve la
posibilidad de una nueva vida.
Se irá inmediatamente de la granja. Acabará con su exilio. Volverá al único sitio
donde ha sido realmente feliz.

Tercera parte

El regreso a Fortune's

CAPITULO 16

Viaja en carruaje de los Berkshires a Springfield, en tren de Springfield a


Rye, en tranvía de Rye a Ely y en calesa de Ely a Fortune's Rocks. Durante
todo el trayecto, Olympia no deja de pensar en el estado en el que en-
contrará la casa. Por lo que ella sabe, el antiguo convento permanece
cerrado desde hace cuatro años. ¿Estarán tapadas con tablones las puertas
y las ventanas? O, por el contrario, ¿estará abierta la casa a cualquier
vagabundo que busque cobijo entre sus cuatro paredes? Al fin y al cabo,
dada la premura con la que tuvieron que abandonar la casa, es posible que
Josiah y Lisette se dejaran alguna puerta sin cerrar, permitiendo así la
entrada a cualquier curioso que quisiera ver de cerca el escenario del
mayor escándalo que probablemente haya habido nunca en Fortune's
Rocks.
El paisaje le resulta familiar y, al mismo tiempo, desconocido. Donde antes
había grandes extensiones de arena y rocas, ahora hay casas de distintos
estilos y tamaños; tantas que, en el caso de Rye, Olympia no sabe si habría
sabido dónde estaba de no ser por el viejo muelle de madera. Pasa frente a
una galería comercial que parece una meretriz entre dos viejos hoteles. Es
la segunda semana de julio y todos los alojamientos están ocupados por
veraneantes. En la playa, los bañistas llevan unos trajes mucho más
atrevidos que hace tan sólo cuatro años.
En cuanto la calesa sale de Rye, una sensación de calma empieza a
apoderarse de la costa y, también, del agitado espíritu de Olympia. Aquí
son muchos menos los cambios; tan sólo se observan algunos armazones de
madera que algún día se convertirán en nuevas casas.
Al desabrocharse la capa de lana, Olympia se da cuenta de que apenas
tiene ropa adecuada para el clima de la costa, mucho más cálido que el de
las montañas. Sentado al lado de Olympia, el conductor de la calesa, un
hombre delgado y anguloso con una poblada barba de chivo, espolea el
caballo. Al torcer en la carretera de Fortune s Rocks, Olympia se plantea
por primera vez la posibilidad de que la casa ya no exista. ¿Y si ha habido
un incendio? O tal vez ya no pertenezca a su familia. ¿Y si su padre ha

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vendido la casa y al llegar encuentra a un grupo de desconocidos tomando


un refresco en el porche?
Pero antes de que pueda seguir torturándose, la calesa gira en un recodo
y Olympia ve esas casas que conoce tan bien. Ve las rocas, que, con la marea
baja, sobresalen del agua como si fueran focas asomando la cabeza, y ve la
playa, esa playa que tantos recuerdos le trae. Y, cuando la carretera vuelve a
girar, ve la casa de su padre, antes un convento, ahora abandonada.
Deja escapar un suspiro. El cochero, sorprendido, vuelve la cabeza y la
mira.
Con las ventanas y las puertas tapadas con tablones, la casa parece una
cara esforzándose por ocultar algún secreto.
—Debe de haberse equivocado de casa, señorita —dice el conductor. Su
tono de voz denota cierta intranquilidad.
Al principio, Olympia es incapaz de responder. ¿Puede ser ésta realmente
su casa? ¿Puede ser ésta la misma casa en la que las mujeres cenaban
vestidas con largos trajes de lino, la misma casa en la que el comedor res -
plandecía bajo la luz de decenas de velas reflejadas en los espejos, la misma
casa en la que las notas de Chopin amenizaban las veladas? ¿Realmente es
ésta la misma casa en la que John Haskell y su familia pasaron un fin de se-
mana aquel fatídico verano de 1899? La pintura cuelga descascarillada de la
fachada y la hierba del jardín tiene casi un metro de altura.
—Es aquí —le dice finalmente al conductor.
Olympia se pregunta por qué no habrá ninguna nueva construcción en
los alrededores de la casa. ¿Acaso pertenecerá a su padre todo el terreno
que se extiende en torno a la casa? ¿Acaso pertenecería originalmente al
convento todo ese terreno? La construcción más cercana sigue siendo la
caseta de salvamento, cuya reluciente pintura blanca contrasta de forma
desoladora con el aspecto del antiguo convento. En la playa, los bañistas me-
rodean junto a la orilla en distintos grados de desnudez. Mientras los
observa, Olympia recuerda aquel día que recorrió descalza el espacio que
separa el malecón de la orilla, aquel día que sus pasos despertaron el deseo
de un hombre al que todavía no conocía.
Le paga el trayecto al cochero y espera mientras él baja el baúl de la
calesa. Olympia le dice que lo deje junto a la puerta trasera y se dirige hacia
el porche. Cuando el cochero vuelve a subirse a la calesa, ella levanta una
mano y hace como si saludara a alguien en el jardín.
Pero no hay nadie en el jardín, no hay nadie que pueda dejarla entrar en la
casa. Cuando está segura de que el cochero ya no puede verla, Olympia
rodea la casa, buscando alguna manera de acceder a su interior. Salió con
tanta prisa de los Berkshires que, durante el viaje, se ha visto obligada a
saltarse varias comidas. Además, apenas ha dormido. Prueba a abrir las
contraventanas, pero, tal y como esperaba, además de estar tapadas con
tablones, están cerradas desde el interior. Lo mismo ocurre con la trampilla
que conduce a la bodega y, por supuesto, con las cuatro puertas. Si pudiera,
no dudaría en romper el cristal de una ventana, pero no encuentra la más

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mínima brecha en las espléndidas defensas de la casa. No quiere buscar


ayuda, pues, si lo hiciera, anunciaría su presencia y, aunque sabe que no
podrá mantener su estancia en secreto durante demasiado tiempo, al menos
le gustaría estar dentro de la casa antes de enfrentarse a la curiosidad de los
vecinos.
Al llegar a la capilla, se aleja unos pasos para observarla mejor. La hierba
del jardín roza contra sus pantorrillas. Olympia observa que se han
desprendido algunas tablas del tejado y que la baranda del porche tiene
algunos balaustres rotos. Probablemente se hayan roto durante una
tormenta de invierno; puede que durante la misma tormenta que ha
dañado los tejadillos de algunas de las buhardillas. Son muchos los
desperfectos de la casa: una tabla suelta en los escalones del porche, una
puerta con el marco combado por la humedad, varios ladrillos caídos en
una de las chimeneas... Mientras repasa los desperfectos, Olympia se da
cuenta de que, por primera vez en su vida, está mirando la casa como lo
haría un propietario. Y es entonces cuando ve la bisagra suelta.
Busca algo sobre lo que subirse, pues la ventana está justo fuera de su
alcance. En un lateral de la capilla, encuentra una vieja mesa que supone
que en algún momento se usaría para guardar herramientas de jardinería.
No sin un considerable esfuerzo, consigue arrastrarla hasta debajo de la
ventana. Se encarama a la mesa y, tras tirar varias veces de la contraventana,
por fin consigue desencajar la otra bisagra. Deja caer la contraventana al suelo
y se limpia el óxido de los dedos. Golpea la ventana con el puño y, cuando
por fin consigue desencajarla del marco hinchado por la humedad, no puede
reprimir un grito de triunfo. Se alza hasta el borde de la ventana y, tras
balancearse durante unos segundos sobre el alféizar, se deja caer sobre el
suelo de piedra de la capilla. En cuanto se levanta, una irresistible melancolía
anega su corazón. Recuerda esos últimos y desesperados momentos que
compartió con Haskell en la losa de mármol. Recuerda a una niña que dibuja
un barco sin otra preocupación en la cabeza que su incapacidad para plasmar
la escena sobre el papel. Imagina a un niño pequeño que algún día podría
haber jugado en esa capilla. Se sienta en un banco y se entrega a su pesar. Las
lágrimas dibujan pequeños regueros sobre el polvo que cubre sus mejillas. Se
limpia la nariz con el borde de la falda, se levanta y se desabotona el cuello de
la blusa. Y ese gesto, ese movimiento inocente de los dedos, desencadena un
recuerdo tan dulce y tan intenso, que su cuerpo vuelve a estremecerse por la
añoranza.
Unos minutos después, cuando por fin deja de llorar, levanta la cabeza de las
manos y mira a su alrededor. Algún vándalo ha entrado en la capilla y ha
garabateado con tinta negra las paredes. En un rincón de la capilla hay un
montón de hojas de papel encerado, como las que se usan para envolver el
pescado. Un trozo de tela cuelga de uno de los bancos. Olympia se levanta y
coge el trapo. Es una camisola de mujer. La arroja al suelo, indignada. Se
siente como si alguien hubiera profanado un lugar que, a sus ojos, nunca
dejará de ser sagrado. Aunque, ¿acaso no fueron Haskell y ella los primeros

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en profanar la capilla? No, aquello no pudo ser una profanación, aquello fue
algo sagrado. Aunque Olympia no está segura. Lleva años pensando en ello,
debatiéndose entre ambos opuestos. Pero, de cualquier forma, este caso es
mucho peor, pues lo que están profanando esos trozos de papel encerado,
esos garabatos y esa camisola es lo más precioso que posee Olympia: sus
recuerdos.
Mientras avanza por el estrecho pasillo que une la capilla a la casa, va
abriendo las ventanas y las puertas, dejando paso a una luz que, aun brillante
como es, tarda en deshacerse de la indignación y la melancolía que convi ven
en su interior. Entra en la cocina. Los aparadores están vacíos, la mesa
desnuda. El fregadero está oxidado y se ven huellas de ratones sobre el polvo
que cubre la en-cirnera. Abre la puerta de batiente y recorre el pasillo en el
que vio a Haskell por última vez. Cruza el comedor, donde cenó con Haskell
por primera vez, y entra en el salón. Intacta, sin profanar, la gran sala tiene
un aspecto fantasmal, llena de recuerdos que, como las sábanas que cubren
los muebles, parecen esperar que Olympia los destape. La capa de salitre que
cubre las ventanas es tan gruesa que más bien parece hielo y, aunque
Olympia oye el rumor de las olas, no alcanza a ver el mar con clari dad. Se
detiene en el centro del salón, se quita el sombrero y deja que caiga flotando
hasta el suelo. Después se quita la capa y se agacha para desatarse los botines
cuarteados que lleva usando todo el verano. Se desabotona los puños de la
blusa y se la remanga hasta los codos.
Con ademán teatral, levanta una sábana, descubriendo una butaca
tapizada en suaves tonos cremas y rojos. Los ratones parecen haber estado
mordisqueando la tapicería.
¿O ya estaba deshilachada? Levanta otra sábana, descubriendo una mesilla de
caoba con garras a modo de patas. Rodeada de todas esas sábanas blancas, la
mesilla parece demasiado pesada, demasiado oscura, demasiado masculina.
Olympia va al vestíbulo, se acerca a la puerta principal, corre el cerrojo y la
abre. La ráfaga de aire que choca contra su rostro es tan fresca, tan intensa, que
todas las dudas de Olympia parecen despejarse de golpe. Antes de acercarse a
la baranda, se lleva una mano a la frente para protegerse de la súbita claridad.
En cuando sus ojos empiezan a acostumbrarse a luz, busca con avidez los
viejos frutales, el malecón, la playa...Y entonces sabe que vivirá en esa casa y
que en ella por fin será libre.

—¿Señorita?
Es la voz del cochero. Está de pie, delante del porche, mirándola con gesto
intranquilo mientras sujeta la gorra en una mano.
—¿Está bien? —dice arrastrando lentamente las palabras—. Me
preocupaba dejarla sola en una casa abandonada.
—Se lo agradezco, pero estoy bien —dice ella.
—Veo que ha conseguido entrar.
—Así es.

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—¿Funciona el agua?
—No lo sé —dice ella.
—Seguro que la bomba de agua necesita un buen repaso.
—Sí, supongo que sí.
Olympia observa que el cochero tiene un hombro de la chaqueta rasgado.
Sus brazos, excepcionalmente largos, cuelgan como apéndices sin vida junto
a sus costados.
Sus ojos, de un gélido color azul, brillan rodeados del polvo que le cubre la
cara.
—Veo que tampoco ha encendido la luz —insiste él-. ¿No pensará usted
pasar la noche aquí?
—Sí, así es —dice ella.
Él se rasca la barba con una mueca de escepticismo.
—No parece un sitio apropiado para una señorita de su condición —dice
sin más rodeos.
¿Qué edad tendrá ese hombre? ¿Treinta y cinco? ¿Cuarenta años? Su cara,
curtida por la continua exposición al aire libre, no saca de dudas a Olympia.
—Se está haciendo tarde —continúa diciendo él—. Creo que debería buscar
algún sitio donde alojarse antes de que oscurezca. Por estas fechas, la
mayoría de los hoteles están llenos, pero mi hermana Alice tiene una
habitación que podría alquilarle.
Olympia considera las palabras del cochero. Aunque sea a regañadientes,
tiene que reconocer que no le falta razón. Sin agua ni luz no puede quedarse,
por mucho que desee hacerlo.
—Supongo que tiene razón —dice finalmente—. Gracias.
—¿Lista para irse?
Olympia vacila durante unos instantes. No puede soportar la idea de irse
ahora que acaba de llegar.
—La verdad es que preferiría...
—Volveré a recogerla en una hora —la interrumpe él.
—Gracias —dice ella—. Es usted muy amable. ¿Cómo se llama?
—Ezra Stebbins. Solía traerle bogavantes a su padre.
—Ya veo -dice ella—. Entonces, ¿es usted pescador?
—Sí, señorita.
—¿Vive cerca?
—En Ely, señorita.
Olympia mira por encima de la baranda del porche. Se pregunta si ese
hombre sabrá lo que ocurrió en esa casa hace cuatro veranos. Sabe que
éste no es más que el primero de los muchos encuentros a los que tendrá
que hacer frente si realmente pretende quedarse a vivir en Fortunes
Rocks. Se vuelve hacia el cochero, pero Ezra ya se ha ido.
No hay ninguna mecedora en el porche, tan sólo un viejo taburete caído
contra la baranda. Olympia coge el taburete, lo coloca en el centro del
porche, se sienta y se levanta la falda hasta las rodillas. Hace cuatro años,

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Has-kell y ella se conocieron en ese mismo porche. Recuerda cómo se


saludaron, recuerda a Martha y a Clementine y a Randall y a May, recuerda
el nerviosismo, la vergüenza y la confusión que se apoderaron de ella al
conocer a John Warren Haskell, recuerda cómo intuyó que esos
sentimientos, aparentemente inocentes, eran el preámbulo de otros, que aun
siendo desconocidos para ella, algún día se harían realidad. Y Olympia se
pregunta si no existirán momentos en la vida de toda persona en los que el
destino toma un giro inesperado, un giro completamente imprevisible, del
cual depende su futuro. Cuatro, quizá cinco momentos que llegan cuando
uno menos los espera, a menudo bajo circunstancias aparentemente tan
insignificantes como el vuelo de un pájaro que se detiene en la rama de un
árbol cercano; sólo que ese pájaro no vuelve a retomar el vuelo tras un
breve descanso. Puede ser una simple palabra o el encuentro de dos
miradas, pero, cuando ocurre, es como si la vida girase y se apartara
bruscamente del rumbo que ha seguido hasta ese momento.Y Olympia
piensa que lo más extraordinario de todo es que esos momentos esperan
inamovibles en un punto cualquiera del continuo temporal en el que
transcurre la vida de una persona y que, por mucho que alguien desee
borrarlos, hacerlos desaparecer de su vida, siempre estarán ahí.
Ella sabe que cuando conoció a Haskell en el porche fue uno de esos
momentos, igual que lo fue ese terrible instante en el que Catherine se
agachó para mirar por el telescopio. Y también sabe que, en algún otro
momento, Haskell y ella concibieron una vida, aunque no puede saber
cuándo. ¿Sería aquella primera mañana, en la habitación de Haskell? ¿O
sería en la casa que se estaba construyendo Haskell en la playa? ¿Sobre la
cálida arena, bajo la protección de la noche? Haskell le enseñó en una oca-
sión uno de esos pequeños globos que usaba para prevenir un posible
embarazo, pero también le dijo que eso podía fallar y le preguntó por su
período. Ahora, Olympia se siente conmovida al pensar que alguna vez
habló con un hombre de algo tan íntimo, al pensar en lo fácil, en lo natural
que resultaba hacerlo. Un nuevo torbellino de tristeza se apodera de ella, un
pesar que la obliga a levantarse del taburete, una nostalgia que la empuja
hacia la playa.
Pasa diez días en la habitación que le alquila Alice Stebbins. Olympia tiene
una pequeña habitación en la última planta y Alice le sirve tres comidas al
día. Como la casa está en Ely, Olympia no puede visitar Fortunes Rocks con
la asiduidad que desearía. Aun así, con la ayuda de Ezra, que parece haberla
tomado bajo su protección, consigue contratar todos los servicios necesarios
para hacer los arreglos que necesita la casa. El agua del pozo vuelve a fluir
libremente por las cañerías y, aunque el cableado eléctrico necesita extensas
reparaciones, eso no constituye un grave impedimento, pues en la casa de
Fortune's Rocks abundan las lámparas de queroseno. Cuando por fin se
traslada, encuentra sobradas razones para agradecer los años que ha pasado
en Hastings, pues ahí es donde ha aprendido todo lo necesario para
acondicionar la casa. Barre los suelos y sacude las alfombras. Lava las sábanas

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y las colchas y limpia las ventanas. Se deshace de varias generaciones de


polillas, quita las telarañas, limpia el polvo de los muebles, ventila la ropa
abandonada en los armarios y, cuando es necesario, incluso la remienda.
Forra los cajones con papel. Saca los colchones al porche y los golpea con un
palo. Friega los platos y las cacerolas y los suelos, encera la madera de los
muebles y limpia los morillos del hogar. Hasta que, poco a poco, la casa
emerge de su estado de abandono y vuelve a brillar bajo el sol. Todas las
noches, Olympia se acuesta exhausta y feliz entre sábanas limpias que huelen
a brisa marina.
Con el poco dinero que aún conserva, compra comida y algunos suministros
básicos en el pueblo. Como la tienda está a una distancia considerable, sale a
primera hora de la mañana para evitar cualquier encuentro indeseado. Pero,
aunque son muchas las personas que conocen su historia, son muchas menos
las que la conocen a ella personalmente y menos aún las que la reconocerían
cuatro años después del escándalo. Ahora, Olympia tiene la frente más
amplia y la barbilla más marcada y, de día, usa unas gafas oscuras que
compró cuando estaba en Hastings. Pero, aun así, sabe que, antes o después,
alguien la reconocerá, igual que sabe que su presencia en la casa no puede
pasar inadvertida durante demasiado tiempo. De hecho, ya ha observado
cierta curiosidad por su presencia —un transeúnte que se detiene a
observar la ropa tendida, un niño que la observa mientras rastrilla las
hojas secas del jardín— y sabe que sólo es cuestión de tiempo que su
padre se entere de su presencia. De ahí que, una tarde, al poco tiempo de
instalarse, se siente a escribirle una carta frente a su viejo escritorio.
En la carta le dice a su padre que está en Fortunes Rocks, que no
volverá a Hastings y que, si insiste en hacerla abandonar la casa de
Fortunes Rocks, está dispuesta a cortar definitivamente todos los lazos
que la unen a él y a su madre. Expresa su deseo de no hacerle daño, lo
único que quiere es poder decidir su propio futuro. Finalmente, le dice
que necesita algo de dinero, pues la casa requiere numerosas
reparaciones, y procede a enumerarlas. Además, añade, apenas le queda
dinero para su sustento.
Espera la respuesta durante días y, como ésta no llega, supone que su
padre habrá decidido acudir personalmente a hablar con ella. Cada vez
que oye un coche, anticipa aterrorizada el momento del encuentro. Pero
el duodécimo día el cartero le entrega una carta de su padre.

3 de agosto de 1903

Mi querida Olympia:

Me ha sorprendido saber que estás en Fortune's Rocks. No me parece un lugar


apropiado para ti. Además, lamento sinceramente que hayas decidido
abandonar tus estudios. Confieso que albergaba esperanzas de que encontra-

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ras alguna satisfacción personal en la docencia y de que la independencia del


trabajo de maestra te proporcionara cierta paz de espíritu. Pero, aun así, no me
siento capaz de prolongar tu castigo. Puede que la paz de espíritu no sea lo
que anhelas. Tengo que confesar que, a tu edad, tampoco era lo que deseaba
yo, aunque ahora sea una condición que valoro sobremanera.
Deberías haberme escrito en cuanto tomaste la decisión de ir a Fortune's
Rocks, Olympia. Recibí una carta de la directora de Hastings al poco
tiempo de que abandonaras tu acomodo en los Berkshires. Como puedes
imaginar, tu desaparición fue causa de gran preocupación para ella. Aunque,
en su carta, la directora decía que habías abandonado tu puesto de forma
voluntaria, imaginarás que tu madre y yo estábamos preocupados por tu
paradero. Al principio, incluso llegué a pensar que, de alguna manera, ese
hombre había conseguido ponerse en contacto contigo y te había conven-
cido para que te marcharas con él. Porque doy por supuesto que has sido
sincera en tu carta, que no estás con él.
Me preocupo por ti, Olympia. No sé cómo conseguirás arreglártelas sola
en esa casa, pero, si estás decidida a convertirla en tu hogar, yo no me
interpondré en tu camino. Personalmente, no albergo el menor deseo de
volver ni a esa casa ni a ningún otro lugar de la costa de New Hampshire.
Antes o después tendré que vender la casa, pero no tengo intención de
hacerlo de forma inmediata, pues, con el actual clima financiero, dudo que
obtuviera un buen precio por ella.
Aunque tu madre y yo no podamos acompañarte en tu cumpleaños,
queremos que sepas que pensaremos en ti, como, por otra parte, lo
hacemos todos los días. Por favor, escríbeme alguna vez. Necesito saber
que estás bien.
Tu padre, que te quiere

P. D. Adjunto cheque por valor de ciento cincuenta dólares. Me


encargaré personalmente de pagar las reparaciones que necesite la casa.
Haz que me envíen directamente las facturas.

Al acabar de leer la carta, Olympia apoya la frente sobre la mesa de la


cocina. Imaginar triste a su padre le inunda el corazón de pena. Piensa en
todo el tiempo que él dedicó a su educación, en todo el esfuerzo que invirtió
en su futuro. Por un momento, incluso piensa en hacer el equipaje y viajar
inmediatamente a Boston para darle un abrazo.
Unos minutos después, está arrodillada delante del hogar, limpiando las
viejas manchas de carbón con un cepillo de cerdas. La piedra está tan
ennegrecida que tiene que cambiar continuamente el agua de la palangana.
Frota con fuerza, pues el esfuerzo físico parece ser lo único capaz de mitigar
su dolor.
¡Con cuánto placer se entrega a esas simples tareas! A menudo, al final del
día, Olympia se pasea por la casa admirando el resultado de su esfuerzo. Le
encanta ver cómo brilla el pasamanos de la barandilla, cómo relucen las

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ventanas que ha limpiado con vinagre. A veces, después de limpiar una


habitación a fondo, mueve los muebles de sitio. Al principio, sólo los cambia
de posición, pero pronto empieza a llevar a la capilla los muebles que puede
transportar sin ayuda. El salón se queda más y más vacío y el ánimo de
Olympia parece mejorar con cada mueble que almacena en la capilla. No
puede mover el piano, ni tampoco el sofá ni el gran escritorio inglés, pero se
deshace de una lámpara de cristal, de un escabel de felpa, de la peluda piel
de animal que hace las veces de alfombra, de un reloj de mármol y hierro, de
un elaborado candelabro; de varias mesillas con sus correspondientes faldo-
nes, de una butaca de mimbre, de los tapices que han colgado de las paredes
desde que ella tiene uso de razón, de las pesadas cortinas doradas, de una
mampara, de un elaborado espejo dorado y de varias plantas que ya hace
tiempo que han perdido su verdor. Le gusta sentarse en una silla de estilo
Windsor que coloca en el centro del salón y mirar el océano o bordar o leer
algún libro. Aunque cada vez lee menos, pues hace tiempo que ha des-
cubierto que la lectura puede liberar todo tipo de emociones en su interior a
las que no desea enfrentarse. Lleva semanas apuntalando los cimientos de su
nueva vida y no está dispuesta a dejar que una simple frase escrita sobre
papel tire por tierra todo su trabajo.
Olympia suele vestir con sencillez, pues ésa es la actitud más práctica
teniendo en cuenta las tareas a las que dedica la mayor parte del día. Aun así,
en ocasiones, se pone uno de los vestidos de piqué o de tafetán que ha
encontrado en los armarios de su madre. A veces piensa que no necesita
nada más que eso, que le basta con vestirse y sentarse en su silla y mirar el
mar, y entonces entiende a lo que se refiere la gente cuando habla de una
cura de reposo. Está convencida de que, de no haber abandonado la granja
de los Berkshires, nunca habría acabado de recuperarse y, con el tiempo,
habría desarrollado más de una de esas dolencias nerviosas que parecen
incapacitar a las mujeres a partir de determinadas edades.
Olympia siempre parece estar hambrienta. Come maíz dulce y arándanos y
bizcochos y queso fresco. Todos los días le traen leche fresca y pan recién
horneado y Ezra le proporciona bogavantes o pescado fresco una vez a la
semana. Y es precisamente uno de esos días, mientras está cubriendo de
hielo el bacalao fresco que acaba de traerle Ezra, cuando un brillante
automóvil negro aparca detrás de la casa. Al mirar por la ventana, Olympia
observa con incredulidad cómo Rufus Philbrick se baja del moderno
vehículo. Se mira el modesto traje de percal que lleva puesto y se lleva las
manos al cabello, que no se ha lavado desde hace al menos una semana.
Pero ya no hay nada que pueda hacer para mejorar su aspecto. Por primera
vez desde su llegada, lamenta no tener un criado que pueda recibir a las
visitas. Aun así, se dirige inmediatamente a la puerta trasera para cumplir
con sus deberes de anfitriona.
—Espero no haber venido en mal momento —dice Philbrick al tiempo
que le besa la mano.
-No, por supuesto que no -dice ella, todavía confusa ante lo inesperado

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de la visita.
Philbrick ha ganado mucho peso desde la última vez que Olympia lo vio,
aunque eso no debería sorprenderla, pues recuerda que, además de un
dandi, es un epicúreo declarado. De hecho, Philbrick está tan gordo que
necesita ayudarse de su bastón para subir los escalones del porche.
Olympia observa que uno de sus zapatos es considerablemente más grande
que el otro. Puede que padezca de gota. Su bigote, perfectamente recortado,
deja a la vista unas mejillas sonrosadas y una considerable papada. Al
pensar en su peinado y en el vestido de percal que lleva puesto, Olympia se
da cuenta de que, a ojos de Philbrick, ella también debe de parecer bastante
cambiada. Lo invita a pasar.
Philbrick la sigue hasta la cocina, que, aun siendo espartana, no deja de ser
acogedora. Sobre la mesa hay un jarrón de rosas silvestres y, junto a la
ventana, una maceta con hortensias. Al principio, Olympia no sabe adonde
llevar a su invitado. Al margen de Ezra y de los repartidores, es la primera
persona que entra en la casa desde su llegada. Finalmente, lo invita a
compartir con ella una limonada, unos sandwiches y unas pastas a modo de
merienda improvisada. Y, aunque Philbrick le dice que no es necesario que
se tome ninguna molestia, el brillo de sus ojos denota que la perspectiva de
degustar unas pastas recién horneadas resulta claramente de su agrado.
—Tiene buen aspecto -comenta cuando se sientan a disfrutar de la
merienda en el salón.
Philbrick ocupa la silla Windsor mientras que Olympia se ha acomodado
en una mecedora que en otro tiempo estuvo en la habitación de su madre.
Las ventanas están abiertas al magnífico día de verano y el rumor de las
olas sólo se ve interrumpido por los gritos ocasionales de los niños que
juegan en la playa.
—Gracias -dice ella al tiempo que le ofrece un vaso de limonada.
—¿Lleva mucho tiempo en Fortune's Rocks? —pregunta Philbrick,
mirando a su alrededor con evidente sorpresa ante lo escaso del mobiliario.
—He estado interna en una escuela para señoritas hasta este verano —dice
Olympia—. Llevo en Fortune's Rocks desde mediados de julio.
—¿Están bien sus padres?
—Sí, muy bien. Gracias por preguntar. ¿Le apetece un sandwich de paté
de arenque?
—Muchas gracias.
Olympia le acerca la fuente.
—¿Cómo sabía que estaba aquí? —pregunta.
—Me temo que las noticias vuelan, querida. Me lo han dicho varias
personas. No pretendería mantener su presencia en secreto, ¿verdad?
Porque, de ser así, me temo que ha juzgado mal la naturaleza de una
pequeña comunidad como la nuestra.
Olympia se fija por primera vez en la ropa de Philorick: un chaleco de seda
amarilla, una pálida camisa amarilla y un espléndido traje de lino. Se
pregunta dónde encontrará un sastre capaz de confeccionar una ropa de esa

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calidad en New Hampshire.


—No, no pretendía mantener mi estancia en secreto —dice ella—. Pero
tampoco deseaba anunciarla. Aun así, me alegro sinceramente de verlo. Es
usted la primera persona que me honra con su visita.
—Veo que se ha convertido usted en una auténtica ermitaña. Tan sólo he
venido para ponerme a su disposición. No sé si lo sabrá, pero hubo un
tiempo en el que consideré a su padre como el mejor de mis amigos.
—Agradezco sus intenciones —dice ella con calidez-, pero por ahora no
necesito nada. —Olympia mira a su alrededor—. Aparte de un sistema de
calefacción, claro está.
Él parece sorprendido.
—¿No irá a decirme que pretende pasar aquí el invierno?
—Es muy posible que lo haga —dice ella al tiempo que le ofrece un nuevo
sandwich.
—Pero... ¿Con qué objeto? —pregunta él—. Los inviernos son terribles en
New Hampshire.
—Espero tener la casa acondicionada antes de que llegue el frío. Por
supuesto, tendré que cerrar algunas habitaciones.
—Incluso así...
—Si quiere saber la verdad, deseo vivir sola durante algún tiempo —lo
interrumpe ella. Él la observa con atención.
—Hubo una época durante la cual fui muy feliz en Fortune's Rocks
-añade Olympia con sinceridad.
Philbrick deja el vaso de limonada sobre la mesa y descansa las manos
sobre su orondo abdomen. Se produce un largo silencio.
—Aunque no lo crea, Olympia, siento una gran simpatía por usted —dice
él finalmente—. Por regla general, intento no entrometerme en la vida de los
demás, pero créame cuando le digo que conozco bien las dificultades de un
amor prohibido. —Permanece en silencio durante unos instantes y Olympia
no puede evitar preguntarse cómo podrá saber él lo que es un amor
desdichado—. También creo entender lo que debe de haber sufrido como
resultado de su primera incursión en el terreno del amor, pues no me cabe
la menor duda de que su relación con John Haskell nació del amor.
Pensándolo bien, ahora me doy cuenta de que incluso pude ver algunos
indicios de ese amor.
Olympia permanece en silencio.
-Me refiero a esa corriente eléctrica que llenaba el aire cuando ustedes dos
estaban juntos en la misma habitación -añade él, gesticulando ampliamente
con ambas manos.
Aunque Olympia siempre ha deseado hablar de Haskell con otra
persona, sabe que hacerlo con Rufus Philbrick resultaría absolutamente
inadecuado, por no mencionar que comprometería peligrosamente la
imagen, ya de por sí dudosa, que él pudiera tener de ella.
—De hecho —prosigue Philbrick mientras se limpia una miga que le ha
caído en el chaleco-, tengo que admitir que, al enterarme de su presencia en

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Fortune's Rocks, pensé que había venido a por el niño.


Y, de repente, Olympia se siente como si el mundo entero estuviera
conteniendo la respiración, como si el suelo se abriera bajo sus pies y ella
cayera en una sima sin fondo.
Mucho tiempo después, al recordar ese momento, se preguntará cómo fue
capaz de mantener las formas, cómo consiguió reprimir el grito que luchaba
por salir de su garganta, cómo fue capaz de no desmayarse ahí mismo.
—Es una institución verdaderamente encomiable —continúa diciendo él.
Ella se pasa la lengua por el paladar, que, de repente, ha cobrado la
textura de una hoja de papel. Aun así, no se atreve a levantar el vaso para
beber un poco de limonada, pues terne que el temblor de su mano delate su
nerviosismo.
—Algunos de esos orfanatos son realmente espantosos
—prosigue—, pero hay que reconocer que la madre Mar-guerite sabe cómo
dirigir una institución de esas características. Además, los padres de Saint
Andre nunca parecen darse por vencidos en su incansable búsqueda de
donativos. Supongo que por eso acabaron haciéndome miembro del
patronato. —Se encoge de hombros—. Aunque yo, por supuesto, estoy
encantado de poder contribuir. Verdaderamente, es una institución
intachable.
Olympia asiente. Al darse cuenta de que está conteniendo la respiración,
intenta expulsar el aire lentamente para no delatarse. Pero, cuando abre la
boca, las palabras se niegan a salir de su garganta.
Philbrick se inclina hacia adelante.
—¿Está bien, querida? Se ha puesto pálida. No debería haber dicho nada.
A mi edad tendría que saber que es mejor no remover el pasado. Le ruego
que me perdone por mi absoluta falta de tacto. A veces me comporto como
un viejo sin modales.
Olympia niega con la cabeza.
—En absoluto —dice—. Siempre he admirado su osadía-añade con
sinceridad.
Philbrick se limpia la boca con la servilleta.
—Creo que ya es hora de que me vaya, querida. No quisiera seguir
importunándola. Por favor, llámeme con toda libertad si alguna vez
considera que puedo ayudarla en algo. Créame cuando le digo que, para mí,
sería un verdadero placer serle útil. Ambos se levantan.
—Siento haberla disgustado —insiste él.
—Al contrario —lo tranquiliza Olympia—. Su visita me ha brindado un
delicioso respiro —añade—. Espero que vuelva a visitarme pronto.
Philbrick saca una tarjeta de visita de su billetero de cuero y se la ofrece a
Olympia.
—Puede escribirme a esta dirección a su entera libertad. Y, por favor,
transmítale mis saludos a su padre. Y a su madre, por supuesto.
Ella lo acompaña hasta la puerta.
—Gracias por la limonada —dice él a modo de despedida—.Y dele mi

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más sincera enhorabuena a la cocinera.


—No tengo cocinera.
—Por Dios, Olympia. Realmente está usted demasiado sola.
—Así es, aunque debo confesarle que eso es lo que deseo en este momento
de mi vida.
Philbrick desciende los escalones, pero, antes de subirse al automóvil, se
da la vuelta por última vez.
—Siempre pensé que le esperaba un futuro extraordinario.
Olympia cierra la puerta y espera hasta que oye el sonido del motor del
automóvil. Tiene la vista nublada y un dolor agudo en la sien. Se lleva las
manos a la cabeza, pero el dolor se concentra en una punta de alfiler que sus
dedos no pueden alcanzar. «Esa corriente eléctrica que llenaba el aire cuando
ustedes dos estaban juntos en la misma habitación», ha dicho Philbrick.
Aprieta la frente contra el frío cristal de la puerta. Necesita aclararse las
ideas. Se da la vuelta y empieza a andar, pero tiene que apoyar un brazo en
la pared para mantener el equilibrio. De repente, se dobla sobre sí misma.
Teme estar a punto de vomitar. «Pensé que había venido a por el niño...» Se
seca el sudor de la frente con el borde de la falda. Tiene que conseguir llegar
hasta su dormitorio. El dolor cada vez es más intenso. «Algunos de esos
orfanatos son realmente espantosos...» Todo da vueltas a su alrededor. Su
hijo está en Ely Falls.

CAPITULO 17

Durante días, Olympia es incapaz de levantarse de la cama. Ni siquiera se


molesta en bajar a recoger la leche y el pan y los bogavantes que se
acumulan frente a la puerta de la cocina. Llueve sin cesar. En varias
ocasiones oye a alguien llamar a la puerta. Supone que será Ezra, pero,
aunque no quiere que el pescador se preocupe innecesariamente por ella, no
se siente con fuerzas para levantarse y bajar a hablar con él.
Cuando por fin se levanta, apenas puede mantenerse en pie. Hace cuatro o
cinco días que no come nada. Abre las ventanas para deshacerse del
desagradable ambiente que se respira en la habitación, se asea, se cambia de

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ropa y se cepilla el cabello. Al bajar a la cocina, tira a la basura los alimentos


que se acumulan empapados frente a la puerta. Todos menos una barra de
pan rancio que corta en rebanadas y tuesta antes de comérsela acompañada
de un poco de té. No puede creer que su padre pudiera llevar a su hijo al
orfanato de Ely Falls. Ahora entiende la inquietud que sintió al saber que
ella estaba en Fortune's Rocks. Ahora entiende su temor. Se pregunta hasta
qué punto le seguirá preocupando la posibilidad de que ella pueda llegar a
descubrir el paradero de su hijo. Se imagina a su padre en su casa de
Boston, dando vueltas impacientemente de un lado a otro en su estudio.
Olympia sabe que irá a buscar a su hijo. Lo sabe desde el instante en el
que Philbrick abandonó la casa. Durante todos esos días no ha tenido un
solo momento de duda; tan sólo ha estado intentando reunir las fuerzas
necesarias para enfrentarse a todo aquello que pronto averiguará. ¿Será
capaz de superar los obstáculos que la esperan? ¿Qué ocurrirá cuando
encuentre a su hijo? ¿Podrá recuperarlo? ¿Le devolverán a su hijo? Y, de ser
así, ¿será capaz de proporcionarle el amor y los cuidados que necesita? Su
hijo ya tiene más de tres años. ¿Habrá estado bien atendido durante todo ese
tiempo? Olympia ni siquiera sabe cómo se llama. ¿Con qué nombre lo
bautizarían? ¿Qué apellido le habrán dado? ¿Le daría su padre el apellido
Biddeford? Olympia no lo sabe y, desde luego, no puede preguntárselo a su
padre, pues, si lo hiciera, correría el riesgo de que éste trasladase al niño a
otro orfanato.
La mañana del séptimo día, se pone un vestido azul lavanda de moiré y
un sombrero que ha encontrado en uno de los armarios de su madre. Frente
al espejo, descubre que, inclinando un poco el ala del sombrero, la mayor
parte de su rostro queda oculto por la sombra. No es que tema que alguien
la reconozca. Simplemente no se siente con fuerzas para admitir a nadie en
el frágil universo que ha creado para sí misma.
El tranvía a Ely Falls se coge en Ely, a unos cinco kilómetros de la playa
de Fortune's Rocks. Al principio, Olympia piensa en ir andando, pero
después cambia de opinión, pues, de hacerlo, sin duda se mancharía de ba-
rro los botines y el borde del vestido, y lo último que desea esa mañana es
parecer desaliñada. Al final, es Ezra quien la lleva en la calesa.
—¿Su padre también era pescador? —pregunta ella al poco tiempo de
emprender el trayecto.
—Desde luego. Y mi abuelo también.
—¿Le gusta ser pescador?
—Tengo doscientas trampas en el agua. Con eso basta para mantener
ocupado a un hombre —afirma—. Cada mañana, antes de que salga el sol,
compruebo las doscientas trampas. Tengo tres hijos y no me extrañaría que
los tres siguieran mis pasos, aunque preferiría que buscaran algo distinto.
No es una vida fácil -acaba diciendo.
Al mirar las manos de Ezra, Olympia ve las señales de una vida repleta
de incidentes. Sin pensarlo, estira una mano y toca una de las cicatrices.
Sorprendida por su propio comportamiento, Olympia se excusa por su

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atrevimiento. Ezra le dice que no tiene importancia y le explica que son


cortes de pinzas de bogavantes. Olympia quisiera preguntarle a ese
hombre, que ahora sabe que aún no ha cumplido los cuarenta años, por su
mujer, por su vida. Quisiera preguntarle si quiere a su mujer, si ella lo ama
a él, si son felices juntos... Pero no lo hará, pues, aunque su experiencia es
limitada, sabe que el amor es insondable, sabe que es inexplicable para
quienes no forman parte de la pareja.Y, aun así, es precisamente esa
intimidad lo que anhela penetrar. Cuando llegan a la parada del tranvía,
Ezra se despide y le dice que irá a recogerla a las cuatro en punto.
El tranvía está abarrotado de viajeros. No hay ningún asiento libre en el
polvoriento vagón, que parece concentrar todo el calor del verano entre sus
cuatro paredes de madera. Los pasajeros son zarandeados de un lado a
otro por el irregular trazado de las vías. El olor de todas esas personas
sudorosas resulta tan desagradable que, si no fuera necesario sujetarse con
ambas manos para mantener el equilibrio, Olympia sin duda se cubriría la
nariz con su pañuelo perfumado.
Ely Falls parece haber crecido considerablemente en los últimos cuatro
años. En las casas, los carteles anuncian la naturaleza de los distintos
negocios: MEDICINAS PATENTADAS, LIBRAIRIE FRANCAISE, H. P. POISSON:
FOTÓGRAFO, CASA DE TABACO, BOTICA BOYNOINS O,
simplemente, LEWIS POLAKEWICH. Muchos comercios tienen toldos a rayas y
hay grandes galerías comerciales que Olympia no recuerda haber visto en
sus anteriores visitas. El bullicio de las calles, abarrotadas de coches y de
peatones, parece contagiar a los pasajeros del tranvía. Finalmente, Olympia
se baja en la parada en la que parece hacerlo la mayoría de la gente.
Un policía le indica el camino al orfanato. Mientras camina, el cielo
adquiere un tono cada vez más plomizo. Se oyen los primeros truenos en la
distancia. Cuando Olympia por fin se decide a correr, ya es demasiado tarde.
La tormenta la obliga a refugiarse en la entrada de un banco. Incapaz de
dominar su impaciencia, vuelve a salir en cuanto la tormenta parece amainar
durante un instante, pero la lluvia vuelve a sorprenderla a una manzana de
su destino. Está a punto de pasar de largo frente a la gran estructura de
granito que se alza en la esquina de Merton y Washington, cuando ve el cartel:
ORFANATO DE SAINT ANDRE.
El suelo del vestíbulo es de piedra. Olympia, empapada, se acerca a la
puerta que una pequeña placa indica que es la oficina y, tras unos instantes
de duda, llama.
Le abre una mujer diminuta vestida con hábito y griñón. Tiene los ojos
pequeños y negros, abundantes patas de gallo y los labios fruncidos y
rodeados de arrugas. Al principio, parece sorprendida al ver a Olympia.
Después, la examina con atención, sin perder el menor detalle de su
sombrero, sus botines embarrados y el vestido azul la-vanda que se le pega
mojado a las pantorrillas. Su examen es tan intenso, tan severo, que
Olympia llega a pensar que va a cerrarle la puerta en las narices.

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-Perdone que la moleste —dice Olympia—. Quisiera hablar con la


directora del orfanato.
-¿Para qué? —pregunta la hermana. Lo dice rápido, como un maestro
que le exige una respuesta a un alumno. Tiene un fuerte acento francés.
Olympia ha ensayado tantas veces lo que va a decir que no creía que
nada pudiera impedirle hacerlo. Pero el gesto de la hermana es tan severo
que no puede evitar tropezarse con las palabras.
-Quería... preguntar por... -dice-. Lo que quiero decir es que... Vengo a
interesarme por la situación de un niño. Llegó a su institución hace algo
más de tres años. En primavera.
-¿A qué se debe su interés por ese niño?
-Es que... —Olympia respira hondo—. Es mi hijo. La hermana suspira
y se aparta de la puerta.
-Pase -dice.
La hermana rodea un escritorio y se sienta en la silla que hay detrás.
-Todas las chicas jóvenes son iguales -dice-. Abandonan a sus hijos y
después se creen que pueden volver a por ellos cuando quieran, como si no
hubiera ocurrido nada. Pero las cosas no son así de fáciles, señorita.
Olympia no dice nada.
La hermana le indica que se siente con un severo gesto de la cabeza.
Olympia piensa que va a empapar la silla. El sombrero le pesa tanto que
se ve obligada a quitárselo. Los bucles de su esmerado peinado cuelgan
pegados a su cabeza.
—¿Cómo se llama? —pregunta la hermana.
—Olympia Biddeford.
Nada cambia en la expresión impertérrita de la hermana.
-¿Cómo se llama el niño?
—No lo sé —dice ella.
La hermana tiene los dedos rojos y brillantes. Lleva una alianza en la mano
izquierda.
-¿Y sólo quiere saber cómo está?
—Quiero... —Olympia se mira el regazo. Lleva una cantidad considerable de
dinero en el bolso. No le atrae la idea de comprar a su hijo, pero, si es necesario,
está dispuesta a hacerlo-. No estoy segura de lo que quiero -miente.
—¿Está usted casada? Olympia niega con la cabeza.
La hermana adelanta la barbilla en un punzante gesto de desaprobación.
—¿Y, entonces, cómo pretende mantener al niño?
-Tengo medios económicos -dice ella-. Y tengo una casa.
-¿Dónde?
-En Fortune's Rocks.
La hermana la mira con el desprecio con el que los rectos juzgan a los
privilegiados.
—¿Vive con su familia? ¿Tiene a alguien que se ocupe de la casa?
-No. Por el momento no. Mis padres viven en Boston.

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-Entiendo. ¿Y tenía ya esos medios económicos cuando abandonó al niño?


—Yo no abandoné a mi hijo —dice Olympia—. Me lo quitaron. Yo era muy
joven.
-Eso salta a la vista. -La hermana vuelve a examinarla en silencio-. ¿Qué
edad tiene ahora?
—Veinte años.
—Hay que ajustarse al procedimiento —le explica la hermana-. En el
orfanato no acostumbramos a entregar a los niños a cualquier persona que
nos lo pida. Supongo que lo entenderá.
—Sí.
—¿Cómo se apellida el niño?
—No lo sé.
—Veo que esto no va a resultar fácil. ¿Sabe al menos quién nos entregó
al niño?
—No estoy segura. Mi padre lo apartó de mi lado al nacer. No creo que
lo trajera él personalmente, pero puede que usara su apellido para la...
transacción.
La hermana abre un cajón del escritorio, saca una carpeta llena de papeles
y examina cuidadosamente el contenido.
—No veo ningún Biddeford —dice finalmente—. ¿Se le ocurre algún otro
apellido?
Olympia vacila durante unos instantes.
—Haskell —dice bajando la mirada. La hermana, cuyo nombre sigue
desconociendo Olympia, la mira fijamente.
—Ya veo —dice, pero no vuelve a consultar sus papeles—. ¿Y el nombre
de pila?
—John.
—¿Por qué cree que nos podría haber sido entregado bajo ese nombre?
—Era... Es el nombre del padre —dice ella.
—Entiendo. —La hermana vuelve a observar a Olympia—. ¿Fue él quien
nos trajo al niño?
—No —dice Olympia—. No pudo ser él. Mi padre no se habla con el
doctor Haskell. Ni tan siquiera permite que se pronuncie su nombre en su
presencia.
—¿Y dónde está John Haskell ahora?
—No lo sé.
La hermana mueve la cabeza de un lado a otro.
—Entenderá que esto va a llevar algún tiempo -dice. El corazón de
Olympia le da un salto en el pecho. ¿Significa eso que van a devolverle a su
hijo?
—Sí, claro —afirma e incluso es posible que sonría.
—Puede que el niño ni siquiera siga aquí —dice la monja.
—He rezado por que no sea así —dice Olympia, aunque supone que la
hermana no le dará demasiado valor a sus oraciones protestantes—. Al menos

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quisiera saber si está bien —implora Olympia—.Y cómo se llama.


La hermana asiente de forma pausada.
Mientras la observa, Olympia se pregunta cómo será su vida, cómo será
una vida entregada al celibato y a la oración y a la ayuda al prójimo.
¿Añorará esa mujer el amor? ¿Será capaz la devoción religiosa de acabar inclu-
so con ese anhelo?
—La mayoría de nuestros niños abandonan el orfanato antes de que sus
madres naturales vengan a reclamarlos -dice la hermana-. En algunos casos
son adoptados legalmente por sus nuevos padres. ¿Por qué ha esperado tanto
tiempo en venir a por su hijo?
—Hasta hace unos días ni siquiera sabía que mi hijo estaba aquí —dice
Olympia.
—Un hijo es un regalo de Dios —dice la hermana-. ¿Cree que una chica
que ha pecado debería ser recompensada con un tesoro así?
Olympia no sabe qué decir.
La hermana se levanta.
—Espere aquí —dice. Después sale de la habitación.
Olympia espera el regreso de la monja sin moverse de su asiento. Hace frío y
ella está mojada, aunque no sabe si su temblor se debe a la temperatura o a su
ansiedad. No tiene ninguna prenda seca con la que abrigarse. La lluvia golpea
las ventanas. Bajo la luz eléctrica, la pintura marrón de las paredes brilla
intensamente. En la pared de detrás del escritorio hay un gran crucifijo con un
Cristo sufriente.
La carpeta permanece abierta sobre el escritorio, llena de papeles de
distintos tamaños y colores. ¿Estará el nombre que busca Olympia entre esos
papeles?
Se levanta y camina de un lado a otro de la habitación, intentando entrar
en calor. El vestido sigue pegándose a sus piernas. El temblor de su cuerpo
cada vez es más intenso. Se pregunta por qué tardará tanto la hermana.
¿Adonde habrá ido?
No es la primera vez que la hermana oye el nombre de John Haskell; de
eso está segura.
Se acerca a uno de los ventanales y observa la lluvia. Se da la vuelta y
estudia la oficina. En una pared hay un gran archivador de roble. En otra,
una estantería llena de libros. Además de la austera silla de la hermana, sólo
ve la que ha ocupado ella.
Aprieta la boca para detener el castañeteo de sus dientes.Ve un radiador
detrás del escritorio, pero al acercarse descubre que sólo está templado. Aun
así, templado es mejor que nada. Se apoya contra el radiador. Tiene tanto frío
que ya no le importa lo que pueda pensar la hermana si la sorprende en esa
actitud.
Escucha, buscando alguna voz de niño, pero lo único que oye son unas
pisadas sobre el empedrado del vestíbulo. Vuelve rápidamente a su silla,
pero, pasados unos minutos, la hermana sigue sin regresar. De nuevo,
apoyada contra el radiador, se pregunta dónde estarán los niños. ¿Vivirán en

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ese frío edificio de granito? Imagina un montón de literas alineadas a lo


largo de una interminable pared, como las de un barracón de soldados.
La hermana tarda tanto en volver que Olympia empieza a pensar que se
ha olvidado de ella. Se pregunta si debería salir a buscarla. Vuelve a mirar la
carpeta que descansa abierta sobre el escritorio. Desde donde está, consigue
leer algunas palabras manuscritas: «el bebé que fue abandonado» o «terrible
separación». Se acerca al escritorio. Ve una carta en la carpeta.

24 de mayo de
1897

A las hermanas del orfanato:


Soy la madre del precioso bebé que fue abandonado hace dos noches
en la puerta de su orfanato. No puedo describir el dolor que siento al
verme obligada a separarme de mi querida niñita, pero nadie me
contrataría para trabajar con una niña recién nacida y no tengo ni un ma-
rido ni un padre que puedan ayudarme. Por favor, cuiden bien de ella y,
cuando pueda entenderlo, díganle que su madre se llama Francine.
Ahora no puedo decirles nada más, pero espero poder hacerlo cuando
vuelva a por ella y ruego a Dios que ese día no esté muy lejos. Aunque
tiene cuatro semanas de edad, no he podido pagarle el bautismo, así que
les rogaría que, de ser posible, se encargaran de proporcionarle ese
Santísimo Sacramento. Se llama Marie Christine. Espero que conserven
ese nombre. Así, algún día podré encontrarla. Y si Dios no permite que
así sea, entonces volveremos a reunimos en el cielo.
Una
madre.

Olympia cierra los ojos. 1897. ¿Qué edad tendrá Marie Christine ahora?
¿Siete años? ¿Ocho? ¿Volvería su madre a por ella?
Otra carta.

15 de
diciembre de 1899

Hermana Marguerite:
El niño es producto de un asalto sobre una chica joven que ha
recalado bajo mi cuidado. Es una chica decente, pero demasiado
pobre para cuidar de su hijo. Habiendo asistido en el parto, puedo
asegurarle que el niño goza de perfecta salud. Aun así, la madre me ha
hecho saber que respiró con dificultad durante los días
inmediatamente siguientes a su nacimiento. El niño no ha sido
bautizado. De surgir la oportunidad, creo que sería aconsejable
entregarlo en adopción, pues dudo sinceramente que su madre acuda
algún día en su busca. El asalto que tuvo como resultado la concepción

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del niño es una fuente de gran sufrimiento para la madre que, como
resultado de ello, se ha visto obligada a abandonar la casa que
compartía con su madre y su padrastro. Estoy seguro de que entenderá
lo que quiero decir.
Atentamente,
Doctor
R. Martin.

Olympia ya no siente el frío. La próxima hoja está en blanco, excepto


por el encabezamiento, dirigido a la madre Marguerite. Olympia supone
que debe de tratarse de la diminuta mujer de ojos negros a la que sigue
esperando. La próxima hoja es una lista de los miembros del patronato de
la institución. Olympia apenas tarda en encontrar el nombre de Rufus
Philbrick. A continuación, encuentra una nota escrita en un trozo de papel
de estraza.
4 de febrero
de 1901
Queridas hermanas:
Sé que cuidarán bien de mi pequeño Charles y que, en su bondad y
misericordia, perdonarán a una madre soltera con el corazón roto. Si
fuera posible, me gustaría que lo entregaran a una familia católica, pues
no quisiera que mi hijo fuera rechazado en las puertas del Paraíso por no
conocer la verdadera fe. Perdónenme si no me atrevo a decirles mi
nombre.

Olympia vuelve a sentarse en su silla. ¿Serán igual de angustiosas todas


las cartas? Se lleva las manos a la cara. Ella ni siquiera pudo escribir una
carta. Ella no es pobre, ni tampoco fue víctima de un brutal asalto. Su hijo
fue concebido en el seno del amor. ¿Cómo pudo permitir que le
arrebataran a su hijo?
Oye cómo la puerta se abre a su espalda. La hermana pasa junto a ella
y ocupa su silla detrás del escritorio. Aunque no le dice dónde ha estado,
parece contemplar a Olympia con mayor indulgencia. De hecho, incluso
la trata con amabilidad.
—¿Tiene frío? -pregunta. Olympia permanece en
silencio.
—¿Quiere que le traiga una manta? ¿O quizá prefiera una taza de té?
Olympia niega con la cabeza.
—He recibido autorización para decirle cómo se llama el niño.
Orympia aprieta las manos, como si estuviera rezando, y apoya la
barbilla sobre la punta de los dedos.
—Se llama Fierre. ¡Fierre!
—Pero me temo que tengo que darle malas noticias —continúa diciendo la
hermana—. El niño ya no está en el orfanato.
—¿Qué quiere decir? —pregunta Olympia, incapaz de controlar su

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angustia.
—Ha sido acogido por una familia —explica la hermana.
—¡No puede ser! —exclama ella.
—Mucho me temo que sí.
—No puede ser —repite Olympia. Apoya las manos sobre el escritorio
—.Tiene que haber alguna manera de recuperarlo. Dígame que la hay.
Dígame que podré recuperar a mi hijo. Es mi hijo. Es mío —dice con
creciente desesperación.
—Ya hace demasiado tiempo que fue acogido —dice la hermana dando el
tema por zanjado. Olympia se siente mareada.
—¿Se encuentra bien? —pregunta la hermana al verla palidecer.
—Al menos dígame dónde vive.
La hermana frunce los labios y el ceño.
—No puedo decírselo. Es nuestra política. Nunca...
—Tiene que decírmelo -la interrumpe Olympia-. Tengo que saber dónde
está mi hijo. Se lo ruego.
—Lo siento, pero no puedo. Lo único que puedo decirle es que vive con
una familia que cuida de él como si fuese su propio hijo. Los conozco
personalmente y puedo asegurarle que al niño no le falta nada.
—¿Viven aquí? ¿En Ely Falls?
—No puedo decirle nada más. Tiene que entender que esto ocurre con
bastante frecuencia. Y, además, piénselo bien. ¿No cree que el niño estará
mejor con unos padres que pueden proporcionarle todo el calor de un ho-
gar que con una madre soltera que, además de llevar el estigma del pecado,
carece de la experiencia necesaria para cuidar de un niño pequeño?
—Yo no llevo ningún estigma.
—¡Señorita! —exclama la hermana-.Viene aquí pidiendo ayuda y se atreve
a decirme a mí, a una madre supe-riora de la Iglesia Católica, que no ha
pecado. ¿Es que no tiene conciencia?
—Sí, claro que tengo conciencia —dice Olympia sin levantar la voz—. Si no
tuviera conciencia no sentiría el daño que le hice a otra mujer y a sus hijos. Y
lo siento con toda mi alma. Pero no puedo arrepentirme de haber amado ni
de haber sido amada. Y, sinceramente, no creo que sea demasiado inexperta
para cuidar de mi hijo. Habría sido perfectamente capaz de cuidar de él
desde el mismo día que nació.
—Pero no lo hizo —dice la hermana con una desagradable sonrisa—.Y si
se molestara en hacer algunas averiguaciones aprendería que tanto las leyes
de los hombres como las leyes de Dios discrepan frontalmente con usted.
Una madre soltera, cuya conducta es inmoral a ojos de la sociedad, y, lo que
es peor, pecadora a ojos de Dios, es la persona menos indicada para criar a
un niño.
—Eso no es verdad —exclama Olympia acaloradamente—. ¿O acaso cree
que un padre que ha violado a su propia hija está más capacitado para criar a
un niño que una mujer joven y sana cuyo único pecado es haber concebido
un hijo sin estar casada?

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—Los hijos no son concebidos por obra del Espíritu Santo~ —dice la monja
—. Es necesario que exista una unión corporal entre un hombre y una mujer
y cuando esa unión no se realiza en el seno del matrimonio es un pecado
contra la naturaleza y una ofensa contra Dios. Que el Señor se apiade de su
alma.
-Amar no es un pecado —grita Olympia. La monja se levanta.
-Hasta que no se arrepienta de sus pecados y suplique perdón no podrá
volver a vivir en el seno de la comunidad cristiana.
Olympia también se levanta.
-Suplicaré perdón -dice—. Puede estar segura de ello. —Se agacha para
coger el bolso que descansa junto a la silla, ese bolso que contiene el dinero con
el que estaba dispuesta a comprar a su hijo. Quizá debería haber empezado
por ahí, pero ya es demasiado tarde-. Puede estar segura de que suplicaré.
Suplicaré y lucharé hasta que no me queden fuerzas —añade con una extraña
frialdad—, pero le aseguro que algún día volveré a tener a mi hijo a mi lado.
La madre superiora se santigua en un gesto que a Olympia le produce un
escalofrío.

16 de agosto de
1903

Querido señor Philbrick:

No hace mucho tiempo me dijo que podía acudir a usted si necesitaba su


ayuda. Le aseguro que no lo molestaría si no se tratara de una cuestión de
extrema importancia. Por eso espero que tenga la amabilidad de permitirme
que lo visite para hablarle personalmente.
Si le parece bien, podría ir a su casa el próximo martes a las once de la
mañana. Le ruego que hasta que hayamos hablado no le diga nada a mi padre
sobre esta carta ni sobre la visita con la que tuvo usted la amabilidad de ob-
sequiarme. Ahora que he cumplido veinte años, quisiera hablar con usted
como una mujer adulta que no debe someterse a la continua tutela de su
padre.
Espero impaciente su respuesta.
Olympia
Biddeford.

17 de agosto
de 1903
Querida señorita Olympia:

Estaré encantado de ayudarla en todo lo que me sea posible. La


espero en mi casa el martes 21 a las once de la mañana. Confío en que
todavía guarde la tarjeta con mi dirección.

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Atentamente,
R.
Philbrick.

El martes amanece con un sol espléndido que Olympia quiere interpretar


como un buen augurio. Aunque la perspectiva de relatarle a Philbrick la
situación en la que se encuentra la llena de inquietud, cada vez que siente
flaquear su determinación le basta con pensar en la felicidad con la que
sería premiada de tener éxito su búsqueda para recuperar todo su arrojo. Se
imagina a sí misma sentada en el porche con su hijo sobre su regazo. Se
imagina hablándole del mar y de las mareas y del sol, que siempre sale por
el este, del solsticio de verano y de esas extrañas criaturas prehistóricas que
son los bogavantes. Juntos, pasearían por la playa y buscarían conchas y él
las metería en un cubo.
Olympia se pone un vestido camisero de color melocotón que antes ha
planchado y almidonado hasta la extenuación para demostrar que es más
que capaz de llevar una casa. Está tan nerviosa que acaba de vestirse casi
una hora antes de que venga a recogerla Ezra. Ensaya una y otra vez un
discurso con el que pretende lograr un delicado equilibrio entre razón y
sentimientos, pues sabe que la colaboración de Rufus Philbrick es vital para
su causa.
Ezra llega a la hora prevista. Tal es la ansiedad de Olympia que se siente
prácticamente incapaz de hablar con el pescador. Y, dado el carácter
taciturno de Ezra, el trayecto transcurre prácticamente en silencio. Al
llegar a la municipalidad de Rye, Olympia le enseña a Ezra la tarjeta con
la dirección de Philbrick. Aunque conoce el lugar, Ezra parece
desconcertado. Tras desviarse varias veces por caminos cada vez más
angostos, finalmente la calesa se detiene delante de una pequeña casa.
-¿Está seguro de que es aquí? —pregunta Olympia con incredulidad.
-Sí, señorita.
-Tiene que haber algún error —insiste ella mientras contempla el
refugio que se alza entre frondosas madreselvas con el mar de fondo.
Es una modesta estructura de madera de una planta coronada por un
ático abuhardillado. Con sus dos grandes ventanales en la fachada
principal y el porche acris-talado con barrotillo inglés en uno de los
laterales, realmente es una casa encantadora, aunque más que el hogar de
un próspero hombre de negocios parece la casa del jardinero. Sin duda,
debe de tratarse de un error. O al menos eso piensa Olympia hasta que
ve salir a Rufus Philbrick del porche acristalado. Lleva puesto un ele-
gante traje azul claro de lino.
Olympia desciende de la calesa y se reúne con su anfitrión.
-Señor Philbrick.
-Señorita Biddeford.
Antes de llegar, Olympia ha quedado con Ezra en que él la esperará
para volver a llevarla a Fortune's Rocks. Olympia acepta el brazo que le

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tiende Philbrick y se acercan a la casa.


-Aunque sus buenos modales no le permitan hacer ningún comentario
al respecto, supongo que le sorprenderá que viva en una casa como ésta
-dice Philbrick de forma jovial.
-Tengo que reconocer que tiene usted razón —dice ella—. Imaginaba...
-La verdad es que, dejando al margen mis pequeñas vanidades, soy un
hombre de gustos sencillos -la interrumpe él-. Prefiero vivir en una casa
pequeña. Además, así evito la continua invasión de mi intimidad a la que
inevitablemente me someterían los criados necesarios para mantener una
mansión. Ya hace algunos años que cambié la opulencia por la libertad y,
sinceramente, debo decirle que nunca me he arrepentido de haberlo hecho.
Eso sí, dada mi absoluta incapacidad para manejarme con los fogones,
tengo una cocinera que viene dos veces por semana. Pero ¿en qué estaré
pensando? No paro de hablar y usted sin duda estará sedienta.
-Estoy bien, gracias. No es necesario que se tome ninguna molestia por
mí.
-No es ninguna molestia. Apenas recibo visitas. Además, la señora
Marsh ha tenido la amabilidad de preparar una tarta a base de frutos
locales. Antes de la tarta, si quiere, podemos tomar unos sandwiches en el
salón. ¿O prefiere que nos sentemos en el porche?
Olympia mira el porche acristalado, los balaustres blancos que suben
hasta el pasamanos detrás de los arbustos de rosas silvestres, los ventanales
con barro tillo inglés... Uno de ellos permanece abierto, dejando que la
brisa atraviese libremente las mosquiteras. Dentro del porche, una puerta
entreabierta deja ver parte de una cocina con muebles de madera pintada
de amarillo.
-La verdad es que hace un día precioso fuera -dice Olympia.
Philbrick la acompaña hasta el porche y le pide que tome asiento en una de
las mecedoras que hay dispuestas junto a una pequeña mesa redonda de
mimbre. Después desaparece dentro de la cocina. Al no verlo cojear,
Olympia supone que su pie estará mejor. Al cabo de unos segundos, se
levanta, entra en la cocina y le pregunta a su anfitrión si hay algún sitio
donde pueda asearse.
-Por supuesto, querida. Encontrará todo lo necesario en la habitación que
hay al final del pasillo.
Olympia atraviesa una pequeña habitación que, por su disposición, se
asemeja más al estudio de un hombre que a una sala de estar. Sobre un
barroco escritorio de madera de nogal ve media docena de fotografías en
marcos de plata. Supone que se tratará de fotos familiares.Varias de ellas
muestran a jóvenes apuestos. En una esquina hay un magnífico piano,
demasiado grande para el modesto tamaño de la habitación, y, sobre el
piano, un aromático ramo de flores recién cortadas en un jarrón rosado de
cristal. Junto al piano hay un pequeño sofá de seda y una elaborada
poltrona que le recuerda a Olympia a la que usaba su padre en el estudio de

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la casa de Fortune's Rocks. El suelo está cubierto enteramente por una al-
fombra persa cuyos flecos llegan a rozar las paredes. Todo parece demasiado
grande para esa casa.
A lo largo del pasillo, empapelado con una tela con elegantes franjas verdes
y negras, hay varias pinturas al óleo. Olympia reconoce una de Childe
Hassam y otra de Claude Legny. Al final del pasillo hay dos puertas cerra-
das. Olympia abre la de la derecha, pero, en vez de un cuarto de aseo, lo
que encuentra es el dormitorio de Philbrick. Durante unos segundos,
observa la cama de matrimonio, el tocador de madera de cerezo con varios
cepillos de hombre y un humidor para los puros, la cómoda de madera de
pino sobre la que descansa una palangana acompañada de su
correspondiente jarra... Se da la vuelta, pero, cuando está a punto de cerrar
la puerta, algo que ha visto hace que se vuelva y observe la habitación con
más detenimiento. Y es entonces cuando ve el segundo juego de cepillos de
cerdas de jabalí, las dos batas de hombre con idénticos estampados de
cachemira, los dos pares de pijamas a rayas, uno debajo de cada almohada,
entre las dos mesillas de noche, con sus correspondientes ceniceros. Se
acerca a una de las mesillas y observa una fotografía enmarcada en una
moldura de marquetería. Es un retrato de un joven apuesto con altos y
atractivos pómulos.
Aunque no puede evitar sentir un ligero desconcierto, Olympia no se
siente aturdida, ni mucho menos escandalizada, como sin duda se habría
sentido hace cuatro años. No puede estar segura, y, aunque lo estuviera, no
sería capaz de entender realmente la naturaleza de lo que acaba de ver. Aun
así, a partir de ese momento no puede evitar ver a Philbrick de manera
distinta de como lo hacía hace tan sólo unos minutos. Y mientras piensa en
las fotografías del escritorio de nogal, recuerda lo que dijo Philbrick sobre el
amor, esas palabras que, por extrañas que pudieran parecer en su momento,
ahora resuenan llenas de sentido: «Créame cuando le digo que conozco bien
las dificultades de un amor prohibido».
«Retratos —piensa mientras cierra la puerta del dormitorio—. Todos
somos retratos inacabados.»
Cuando regresa al porche, Philbrick la está esperando con una fuente llena
de sandwiches y una jarra de té con hielo. La visión de Philbrick, con su
elegante traje azul, la conmueve hasta tal punto que, durante unos
instantes, lo mira fijamente, olvidando por completo sus buenos modales.
Al despertar de su ensueño, abre la boca, como queriendo decir algo, pero
Philbrick la interrumpe con un gesto de la mano.
—Sé que ha venido para decirme algo de suma importancia -dice-, pero
soy de la opinión de que nunca debe discutirse ninguna cuestión de
importancia con el estómago vacío, pues eso sólo conduce a conclusiones
erróneas, cuando no provoca también una sensación de desesperanza.
Olympia no desea contrariar a su anfitrión. Además, tiene un apetito
voraz. Con el tiempo, recordará ese almuerzo como uno de los más

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exquisitos de toda su vida, pues la sencillez de la comida y lo inusual de las


circunstancias despiertan en ella el apetito que había perdido desde que
Philbrick le dijo que su hijo había sido llevado al orfanato.
Hablan de comida, del lamentable aspecto que tienen los hombres con
esos nuevos trajes de baño y de la estridente galería comercial que han
construido entre los dos hoteles más señoriales de la ciudad.
—Me alegra observar que conserva su apetito -dice, una vez que han
dado buena cuenta de los sandwiches—. Y, ahora, tiene que probar la tarta
de la señora Marsh. Realmente es algo de otro mundo.
Va a la cocina y vuelve con dos platos de loza con sendos trozos de tarta.
—Es un tipo de fruto autóctono —le explica a Olympia al tiempo que le
alcanza uno de los platos y un tenedor de postre-. Un híbrido entre la
frambuesa y el arándano.
Olympia prueba la tarta. Una espesa gota de color burdeos se derrama
sobre su vestido. Philbrick se inclina hacia adelante y le limpia la pequeña
mancha con la servilleta. Comen el postre en silencio, rodeados del
agrádable murmullo de las abejas que se afanan en los arbustos de rosas
silvestres.
—Está realmente deliciosa —dice Olympia al acabar su porción de tarta-.
El sabor es dulce y agrio al mismo tiempo. No sabía que existiera nada así.
—Es un secreto bien guardado -comenta él con jovialidad.
Olympia deja el plato sobre la mesa.
—Señor Philbrick, sé que es usted un hombre ocupado y no quisiera
robarle más tiempo del necesario. Quisiera explicarle la razón de mi visita.
—La escucho —dice él.
—Como usted bien sabe, en abril del año 1900 di a luz un niño —dice
sorprendida ante su propio atrevimiento, pues es la primera vez que habla
con alguien de lo ocurrido.
Philbrick deja su vaso sobre la mesa y se reclina en la mecedora.
—El niño me fue arrebatado inmediatamente después de nacer. Al
parecer, mi padre lo tenía todo preparado. No sé a quién pudo
entregarle al niño. Sólo sé que mi padre no abandonó la casa, ni ese día ni
al día siguiente.
—Entiendo —dice él.
—El otro día, cuando vino usted a mi casa, yo ignoraba que mi hijo
hubiera sido llevado a Ely Falls —sigue diciendo. Antes de ir, Olympia ha
tomado la decisión de mostrarse completamente franca con Philbrick, pues
sabe que es un hombre que detecta fácilmente la falsedad—. Al enterarme,
decidí acudir al orfanato para interesarme sobre él.
—¿Ha ido al orfanato? -pregunta Philbrick, estudiándola con atención.
—Sí. Hablé con una de las hermanas.
—Sin duda sería la madre Marguerite Pelletier -dice él—. ¿Una mujer
pequeña, aunque de gran personalidad?
—Así es.
—Bueno, al menos veo que consiguió sobrevivir a la entrevista.

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—Apenas, si le soy sincera.


—Pero, por favor, continúe. Olympia respira hondo.
—La hermana me dijo que mi hijo se llama Fierre y que ha sido acogido
por una familia.
—¿No sabía cómo se llamaba su hijo?
—No. Mi padre nunca me lo dijo. Mi padre nunca me dijo nada sobre mi
hijo.
—Entiendo -dice él al tiempo que se limpia la comisura de los labios con la
servilleta-. Y supongo que ahora usted querrá saber dónde está su hijo. ¿O
me equivoco?
—No, no se equivoca. Quiero saber dónde está. Quiero saber cómo se
apellida. Quiero saber con quién vive. Quiero saber si está bien. Necesito
saberlo. Quiero...
—¿Sí?
Olympia cruza las manos sobre su regazo.
—Supongo que podría mentirle, que podría decirle que sólo quiero
asegurarme de que esté bien, pero no es así. Quiero recuperar a mi hijo.
Philbrick la observa atentamente, como si quisiera traspasar la fachada
corporal y adentrarse en lo más profundo de la esencia de Olympia. Se
pellizca la barbilla entre el pulgar y el índice.
—Supongo que es consciente de las implicaciones de lo que dice.
—Lo soy -dice ella—. Pero no puedo renunciar a mi hijo. Lo apartaron de
mi lado al nacer y yo me siento como si me lo hubieran robado. He vivido
tres años con este insoportable dolor. Sinceramente, creo que he pagado
con creces por todos los errores que haya podido cometer en el pasado.
Philbrick permanece en silencio. Se ajusta el lazo de la chalina y se mira
el estómago, como si esperase encontrar algún consuelo en su robustez.
Finalmente, se inclina hacia adelante en un ademán que parece hacer hin-
capié en la gravedad de lo que está a punto de decir.
—Siempre he pensado que es usted una joven dotada y responsable,
Olympia, aunque debo reconocer que lo que sucedió hace cuatro veranos
me sorprendió y me entristeció profundamente. Parecía algo tan poco
propio de usted. Por supuesto, sentí lástima por su padre, a quien, como
ya le he dicho, siempre he considerado un buen amigo, y por la señora
Haskell y por sus hijos. Siento recordarle aquel acontecimiento, pero soy
de la opinión de que es mejor hablar de las cosas que huir de ellas. Le
confieso que mi sorpresa fue mucho menor cuando me enteré de que iba a
tener un hijo —continúa diciendo tras un breve silencio—. Por triste que
sea, es algo que ocurre con relativa frecuencia. De ahí la exis tencia del
orfanato. Pero permítame que le haga una pregunta. ¿Realmente cree que
es conveniente separar a un niño de tres años de su familia, de la única
madre a la que ha conocido?
Olympia ya ha pensado en eso y tiene una respuesta ensayada.
—No es su verdadera madre —dice. Philbrick mueve la cabeza
lentamente de un lado a otro.

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—Sé que perdonará mi franqueza si le digo que ya ha destrozado una


familia.Y créame que siento hablarle así.¿Está segura de que quiere volver a
hacerlo? ¿Está segura de que quiere infligirle ese dolor a la madre que ha
acogido al niño? Pues se dará cuenta de que ella no renunciará fácilmente a
su hijo.
-No es su hijo -insiste Olympia.
-Dudo mucho que ella lo vea así.
-Pero ¿y si esa mujer no lo está cuidando bien? —pregunta Olympia-. ¿Y
si tiene más hijos y no le presta la atención necesaria? ¿Y si no tiene
suficientes medios como para darle todo lo que necesita? A juzgar por el
nombre del niño, sin duda es una mujer francófona. ¿Debe criarse mi hijo
en una cultura distinta de aquella a la que pertenece por nacimiento?
-¿Y si es una buena madre que le brinda al niño el amor y los cuidados
que necesita? —pregunta a su vez Philbrick—. ¿Acaso importa la condición
social o el dinero o la cultura cuando hay amor? Olympia, debe usted
pensar en lo que es mejor para el niño, no en lo que es mejor para usted.
-Eso es lo que hago —exclama ella—.Y créame cuando le digo que creo
que estaría mejor conmigo. Tengo dinero. No tengo ninguna otra
responsabilidad que pueda robarle tiempo a mi hijo. Sé que estoy
capacitada para cuidar de él. Sé que puedo ser una buena madre para mi
hijo. —Olympia intenta dominar la agitación que se ha apoderado de ella
—. No sé cómo defender mi caso con palabras, señor Philbrick. Sólo puedo
decirle que es algo que llevo en la sangre, un argumento que pertenece a
los sentimientos, no a la razón.
Philbrick se levanta y se acerca a uno de los ventanales, dándole la
espalda a Olympia.
-¿Realmente cree que merezco ser castigada eternamente? ¿Ni siquiera
tengo derecho a saber dónde está mi hijo? —pregunta ella—. ¿Es que ni
siquiera tengo derecho a saber si mi hijo se encuentra bien? ¿Cómo puede
condenarme nadie a vivir el resto de mi vida con esa incertidumbre?
Philbrick se da la vuelta.
-Necesito algún tiempo para pensar en ello, Olympia. No es una decisión
fácil.
-Lo sé —dice ella.
-Aunque al menos creo poder contestar a una de sus preguntas -dice él—.
No sé cómo se llama el niño ahora, pero sé que antes llevaba el apellido de
John Haskell.
-¿Mi padre le dio ese apellido? -pregunta Olympia con incredulidad.
-Fue John quien llevó el niño al orfanato —dice él pausadamente.
Olympia gira bruscamente la cabeza. Philbrick se acerca a ella, pero
Olympia lo detiene con un gesto de la mano.
-No lo sabía —dice sin mirar a Philbrick—. Suponía que mi padre se
habría encargado de todo.
-Y así fue -dice Philbrick-. Sólo que John ayudó en los preparativos.
Olympia niega con la cabeza. No puede creer que su padre hablara con

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Haskell durante su embarazo. No puede creer que Haskell estuviera


dispuesto a entregar a su propio hijo a un orfanato. Pero entonces, al sacar
su pañuelo del bolso, Olympia recuerda lo que le dijo Haskell después de
asistir al parto de Marie Rivard. Recuerda que, al volver a Fortune's Rocks,
Haskell le dijo que, antes que dejar a un niño al cuidado de una mujer sin
marido y sin medios, era preferible entregarlo a un orfanato.
-Entonces, ¿nunca ha vuelto a saber nada de John? —pregunta Philbrick
con calidez.
-No.
Philbrick se aclara la garganta.
-Estoy seguro de que su hijo estará bien, Olympia—dice—. Aunque tengo
que reconocer que hace tiempo que no pregunto por él en el orfanato. De
hecho, ni siquiera sabía que había sido acogido por una familia.
-¡Mi padre y Haskell conspiraron para arrebatarme a mi hijo! -exclama
Olympia de repente. La ira ha reemplazado la sorpresa.
-No diga eso, querida -intenta tranquilizarla Philbrick-. Seguro que
hicieron lo que creyeron que era mejor para usted.
-¿Cómo pueden saber ellos lo que es mejor para mí?-pregunta ella y, sin
previo aviso, se levanta-. Tengo que irme. Gracias por el almuerzo. Todo
estaba realmente delicioso. Créame si le digo que lo envidio por vivir en
una casa tan encantadora. No le dirá nada a mi padre, ¿verdad? -pregunta
tras un breve silencio.
-No —dice él—. No se preocupe por eso. Le prometo que lo que hemos
hablado quedará entre nosotros. Salen al jardín. Ezra espera en el camino
de entrada.
-Intentaré averiguar el paradero de su hijo —dice Philbrick—. Tendrá
noticias mías en cuanto haya podido comprobar personalmente cuál es su
situación. No me agrada convertirme en el arbitro de su futuro, pero mu-
cho me temo que ya no tengo elección.
-No sabía qué otra cosa podía hacer -dice Olympia.
-Le escribiré —y, para no prolongar la despedida, se inclina hacia ella y
la besa en la mejilla, justo al lado de la boca; un gesto que casi sorprende
tanto a Olympia como todo lo que acaba de averiguar.
mi hijo? —pregunta ella—. ¿Es que ni siquiera tengo derecho a saber si mi
hijo se encuentra bien? ¿Cómo puede condenarme nadie a vivir el resto de
mi vida con esa incertidumbre?
Philbrick se da la vuelta.
—Necesito algún tiempo para pensar en ello, Olympia. No es una
decisión fácil.
—Lo sé —dice ella.
—Aunque al menos creo poder contestar a una de sus preguntas —dice
él—. No sé cómo se llama el niño ahora, pero sé que antes llevaba el
apellido de John Haskell.
—¿Mi padre le dio ese apellido? —pregunta Olympia con incredulidad.

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—Fue John quien llevó el niño al orfanato —dice él pausadamente.


Olympia gira bruscamente la cabeza. Philbrick se acerca a ella, pero
Olympia lo detiene con un gesto de la mano.
—No lo sabía —dice sin mirar a Philbrick—. Suponía que mi padre se
habría encargado de todo.
—Y así fue —dice Philbrick—. Sólo que John ayudó en los preparativos.
Olympia niega con la cabeza. No puede creer que su padre hablara con
Haskell durante su embarazo. No puede creer que Haskell estuviera
dispuesto a entregar a su propio hijo a un orfanato. Pero entonces, al sacar
su pañuelo del bolso, Olympia recuerda lo que le dijo Haskell después de
asistir al parto de Marie Rivard. Recuerda que, al volver a Fortunes Rocks,
Haskell le dijo que, antes que dejar a un niño al cuidado de una mujer sin
marido y sin medios, era preferible entregarlo a un orfanato.
—Entonces, ¿nunca ha vuelto a saber nada de John? —pregunta
Philbrick con calidez.
—No.
Philbrick se aclara la garganta.
—Estoy seguro de que su hijo estará bien, Olympia—dice—. Aunque
tengo que reconocer que hace tiempo que no pregunto por él en el
orfanato. De hecho, ni siquiera sabía que había sido acogido por una
familia.
—¡Mi padre y Haskell conspiraron para arrebatarme a mi hijo! -exclama
Olympia de repente. La ira ha reemplazado la sorpresa.
—No diga eso, querida -intenta tranquilizarla Philbrick—. Seguro que
hicieron lo que creyeron que era mejor para usted.
—¿Cómo pueden saber ellos lo que es mejor para mí?—pregunta ella y,
sin previo aviso, se levanta—. Tengo que irme. Gracias por el almuerzo.
Todo estaba realmente delicioso. Créame si le digo que lo envidio por
vivir en una casa tan encantadora. No le dirá nada a mi padre, ¿verdad?
-pregunta tras un breve silencio.
—No —dice él—. No se preocupe por eso. Le prometo que lo que hemos
hablado quedará entre nosotros. Salen al jardín. Ezra espera en el camino
de entrada.
—Intentaré averiguar el paradero de su hijo —dice Philbrick—. Tendrá
noticias mías en cuanto haya podido comprobar personalmente cuál es su
situación. No me agrada convertirme en el arbitro de su futuro, pero mu-
cho me temo que ya no tengo elección.
—No sabía qué otra cosa podía hacer —dice Olympia.
—Le escribiré —y, para no prolongar la despedida, se inclina hacia ella y
la besa en la mejilla, justo al lado de la boca; un gesto que casi sorprende
tanto a Olympia como todo lo que acaba de averiguar.

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CAPITULO 18

Olympia está sentada mirando el mar, como lo ha estado la mayor parte


del tiempo desde que visitó a Rufus Philbrick hace once días. A veces
busca la compañía de un libro, otras veces borda, aunque la actividad a la
que verdaderamente está entregada es el ejercicio de la paciencia. Mira el
mar y espera que llegue la carta de Philbrick.
Observa el barco de pesca que faena a unos veinte metros de la orilla. El
barco se balancea sobre las olas mientras el pescador iza las trampas de
madera del fondo del mar. La embarcación parece un balandro, o quizá
sea una goleta. La escena está imbuida de una extraña belleza. Antes de
conocer a Ezra, Olympia nunca se había detenido a pensar en cómo sería
la vida de un pescador. Ha pasado decenas de veces junto a los toscos co-
bertizos donde trabajan los pescadores, pero, hasta que conoció a Ezra,
esos cobertizos, esas barcas, incluso esos hombres, no eran más que una
especie de telón de fondo que entorpecía la visión de los verdaderos
protagonistas del escenario de Fortune's Rocks: los miembros de la
privilegiada colonia de veraneantes. Aunque ahora entiende que realmente
es al revés, pues esos granjeros del mar son los legítimos herederos de la
costa. Una vez más, Olympia se sorprende de lo fácil que resulta no ver lo
que tenemos delante.
Deja en el suelo el libro que tiene en las manos, un aburrido tratado sobre
pintores paisajistas italianos. Lo hace con brusquedad, incapaz de dominar
su impaciencia. Los mismos pensamientos vuelven una y otra vez a su
cabeza. Es esa maldita inactividad, esa horrible espera a la que parece estar
condenada.
Se acerca al buzón de la puerta trasera siete, ocho, a veces incluso diez
veces al día y siempre lo encuentra vacío. Conoce a la perfección la rutina del
cartero y, en más de una ocasión, se sorprende a sí misma esperando su
llegada en el jardín.
Se levanta y camina impacientemente de un extremo a otro del porche.
¿Por qué estará tardando tanto la carta de Philbrick? ¿Acaso es posible que,
después de meditarlo, haya preferido no hacer ninguna averiguación?
Aunque, de ser ése el caso, Olympia está segura de que Philbrick le hubiera
escrito comunicándole su decisión. Además, Philbrick siempre ha sido un
hombre de palabra y, si le ha dicho que se enteraría de cómo está su hijo,.sin
duda lo hará.
Ten paciencia, se dice a sí misma. Pero ya no le queda más paciencia.
Vuelve a sentarse, coge el libro y vuelve a dejarlo en el suelo. Sin duda, tiene
que poder encontrar algo más ameno que la impenetrable prosa de un
historiador del arte. Va al estudio de su padre, donde aún quedan algunos li-
bros combados por la humedad. Apenas ha entrado un par de veces en el
estudio desde su regreso, pues la presencia de su padre es tan intensa entre

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esas cuatro paredes que Olympia casi cree poder verlo sentado en su
poltrona. Y, en su imaginación, él siempre la mira con severidad.
Entra en el estudio y busca apresuradamente entre los estantes casi vacíos.
Tratado de biología marina, Breve historia de la nación zulú, Nepos De Vita
Excellentium Imperatorum... No tarda en perder las pocas esperanzas que pu-
diera haber albergado. Pero, cuando se da la vuelta, dispuesta a salir del
estudio, ve un libro en el suelo, justo delante de la poltrona. Y, al agacharse
para cogerlo, al leer el título, le parece un milagro que sea precisamente ese
libro y que su padre no lo arrojara a las llamas en un arrebato de ira, pues se
trata del libro de Haskell.
Olvidando por una vez la presencia fantasmal de su padre, Olympia se
sienta en la poltrona. Y, al deshacer el nudo del cordel que rodea el libro, unas
cartas caen sobre su regazo. Olympia conoce a la perfección esa letra
manuscrita, y no es la de su padre. Aun así, tarda algún tiempo en abrir la
primera carta.

10 de junio
de 1899

Estimado Biddeford:
Gracias por su amable invitación. Estoy seguro de que a Catherine y a
los niños les encantará pasar el fin de semana del próximo día 21 en su
casa de Fortune's Rocks. Yo, por mi parte, espero con impaciencia la
oportunidad de conocer a su mujer y a su hija...

26 de junio
de 1899

Estimado Biddeford:
¿Cómo podría expresar cuánto hemos disfrutado del fin de semana que
pasamos en su maravillosa casa? Siento haber tenido que dejarlo solo a
cargo de esos pobres náufragos. Catherine se encuentra feliz, pues siente
que ha encontrado una amiga y una futura confidente en la persona de
Rosamund. Como siempre, disfruté inmensamente conversando con
usted y con Philbrick.Y los niños están hechizados con su maravillosa
hija...

2 de julio
de 1899

Estimado Biddeford:
Me temo que no comparto su entusiasmo respecto a la obra de
Zachariah Cote y, menos aún, respecto a su posible publicación. Me
parece que Cote carece de la fuerza necesaria para atemperar sus versos.
Además, incurre en un exceso de descripciones y de sensiblería barata.

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Aunque, por supuesto, puedo equivocarme, pues no soy más que un


hombre de ciencias...

11 de julio
de 1899

Estimado Biddeford:
Gracias por su amable invitación a cenar. Mucho me temo que el 14
espero la visita del eminente doctor Dwight Williston, de Baltimore. Por
tanto, me será imposible...

18 de julio de
1899

Queridos Rosamund y Phillip:


John y yo estaremos encantados de asistir a la fiesta que celebrarán el 10
de agosto. Con afecto,
Catherine Haskell.
Olympia estruja las cartas entre las manos. Inmediatamente, se arrepiente de
haberlo hecho e intenta alisarlas sobre su regazo. Le parece extraordinario que,
al mismo tiempo que ella vivía su romance con Haskell, éste mantuviera una
correspondencia con su padre. Aunque sabe que Haskell admiraba
profundamente a su padre y que esa admiración era recíproca. Imagina que
su padre debe de haberse sentido doble, no, triplemente traicionado: por su
hija, por su amigo y por esa fraudulenta correspondencia. ¿Releería su
padre estas cartas después de aquella fatídica velada? No, está segura de
que no lo hizo, pues, si lo hubiera hecho, sin duda, las habría hecho
pedazos.
Olympia abre la cubierta del libro y lee la dedicatoria: A mi admirado Phillip
Biddeford, un hombre de gran intelecto. Humildemente, John Haskell.
Vuelve a guardar las cartas en el libro y lo cierra. Se pregunta si Haskell
estará trabajando en algún otro pueblo cercano. ¿O acaso habrá tenido que
renunciar a la medicina? ¿Habrá dejado también de escribir? Quién sabe.
Olympia piensa que es posible que algún día entre en una librería y
encuentre un ensayo escrito por él en alguna revista. Mira por la puerta
abierta del estudio. Al fondo se ve el comedor, esa elegante sala de bellas
proporciones, con su pareja de aparadores y espejos y sus ventanales
abiertos al mar. Sus ojos se detienen en la lámpara del techo, una araña de
cristal que recuerda un collar colgando profusamente del cuello de una
mujer.
Olympia se toca el medallón que cuelga de su cuello, ese medallón que le
regaló Haskell, ese medallón que nunca se ha quitado; ni durante su
embarazo ni durante el tiempo que pasó en Hastings, ni tan siquiera cuando
nació su hijo, el hijo de los dos.

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Cierra los ojos y se entrega a sus recuerdos, como lo ha hecho tantas veces
antes. Al cabo de unos minutos, deja el libro sobre una mesilla de mármol y
se levanta. Tiene que salir de esa casa.
La arena se hunde bajo sus botines. Los pocos bañistas que hay en la playa
parecen observar el mar con tristeza. Desde que Olympia tiene uso de
razón, todos los veranos hay una semana en agosto durante la cual el mar
se cubre de medusas enredadas entre compactas masas de algas. Y, durante
esa semana, nadie se atreve a bañarse. Casi todo el mundo ha oído alguna
vez la historia de Tommy Yeaton, en tiempos el único policía de Fortune's
Rocks, que fue atacado por un banco de medusas una tarde de agosto.
Murió a la mañana siguiente. Olympia recuerda cómo su padre solía
contarle la historia de Tommy Yeaton mientras paseaban por la playa en
días como éste.
Pronto, la playa estará desierta. Sólo queda una semana para que termine la
temporada de verano y, entonces, las casas de Fortune's Rocks se quedarán
vacías. Olympia anhela la llegada del otoño, cuando sólo las gaviotas y las
olas romperán el silencio de la playa. Los días se tornarán más fríos y, tierra
adentro, las hojas de los árboles cambiarán de color. Olympia se abastecerá
de fruta y verduras enlatadas y de bacalao en salazón y comprará carbón
para las estufas. Después, cuando llegue el invierno, puede que tenga que
mudarse a la planta baja. Sí, seguro que tendrá que hacerlo. Se imagina a sí
misma sentada en el salón una fría tarde de noviembre, mirando el trozo de
playa que enmarcan los .ventanales, rodeada de casas vacías que
permanecerán cerradas hasta la llegada del nuevo verano. Y esa imagen le
produce una intensa sensación de melancolía. No tarda en darse cuenta de
que, sorprendentemente, es por su padre por quien siente tristeza, pues,
por primera vez en todos estos años, entiende la intensidad del dolor que
debe de haber sentido al perder a su hija, al ver cómo caía en deshonra
delante de sus propios ojos, al tener que renunciar a todas las esperanzas que
había depositado en ella. ¿Acaso no era ella su obra, su mayor orgullo? Se
acuerda de aquella primera cena con Haskell y Philbrick y Cote y del orgullo
con el que hablaba su padre de ella, de su singular educación, de su futuro.
Pero ¿de qué sirvió esa educación?
Olympia se pone en cuclillas, se rodea las piernas con ambos brazos y
descansa la frente sobre las rodillas. El sombrero se desliza sobre su cabeza
hasta caer sobre la arena. Piensa en todas esas horas que su padre pasó ins-
truyéndola, en todos esos días de lecciones y debates. ¿En qué ocupará ahora
él todas esas horas?
—¿Está bien, señorita? -oye decir Olympia a su lado.
Levanta la cabeza. Un niño la observa con el ceño fruncido. Parece confuso
ante lo inusual de la postura de Olympia. Ella se sienta y apoya las manos en
la arena.
—Sí —dice—. Estoy bien.
Él la mira sin moverse del sitio, con su traje de baño azul marino y las manos
entrelazadas detrás de la espalda. Tiene el pelo rubio y las mejillas cubiertas de

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pecas. Sus ojos son tan claros que más que azules parecen del color del mar en
un vaso.
—¿Está triste?
—Un poco —contesta ella.
—¿Por las medusas? Olympia sonríe.
—No, no es por eso.
—¿Cómo se llama?
—Olympia.
—Ah.
—¿Y tú? ¿Cómo te llamas tú?
—Edward, y tengo nueve años.
Olympia le ofrece una mano y él la estrecha como lo haría un niño que
quiere parecer mayor de lo que es.
—¿Está de vacaciones? —pregunta él.
—No. Vivo aquí.
—Tiene suerte.
Olympia vuelve a rodearse las piernas con los brazos.
—Aunque éste va a ser el primer invierno que pase aquí. Dicen que en la
costa hace mucho frío en invierno.
—Yo vivo en Boston —dice él—. ¿Puedo sentarme con usted?
—Claro.
El niño se sienta a su lado.
—¿Tienes hermanos? —pregunta Olympia.
—Una hermana, pero sólo es un bebé -dice dando a entender que un bebé
no es algo que sirva de mucho.
Olympia mira a su alrededor, pero no ve a nadie que parezca estar
buscando a un niño.
—¿No estarán preocupados tus padres?
—No creo. Están en Francia. Me está cuidando mi institutriz.
—¿Y no estará preocupada tu institutriz?
—Cuando me fui, estaba dormida en el porche de casa -dice el niño,
señalando hacia una gran casa de madera con el tejado blanco que se alza
detrás del malecón.
Olympia asiente.
—Sabes que no puedes bañarte si no te acompaña una persona mayor,
¿verdad?
—Claro. Pero hoy no me bañaría ni con una persona mayor.
—Tienes razón.
El niño estira las piernas, largas y delgadas, y clava los talones en la
arena.
—¿Duelen mucho las picaduras de medusa?
-Nunca me ha picado ninguna -dice ella—, pero dicen que sí.
-¿Y te mueres si te pica una?
-No. Tienen que picarte muchas. Y, aun así, no siempre te matan. Una

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vez muchas medusas picaron a un policía. Se llamaba Tommy Yeaton. Estaba


nadando y se encontró con un banco de medusas. Le picaron cientos de
medusas. Le picaron tantas que se murió al día siguiente.
El niño parece meditar sobre lo que acaba de decir Olympia.
-¿Echamos una carrera? —dice de repente.
-¿Una carrera? -se sorprende, riendo.
-Sí -dice él mientras mira a su alrededor-. ¿Ve ese parasol a rayas?
-Sí.
-El que llegue primero al parasol gana.
-Una carrera -repite Olympia. No recuerda la última vez que corrió por
la playa. Desde luego, tuvo que ser hace muchos años. Pero el niño lo ha
dicho con tal convicción que Olympia no se siente capaz de defraudarlo-.
Por qué no —dice y empieza a desatarse los botines.
El niño dibuja una línea en la arena, se inclina hacia adelante y estira
una pierna hacia atrás, adoptando la postura de salida de un corredor.
Olympia deja los botines y las medias junto al sombrero, se coloca al lado
del niño y se levanta un poco la falda de su vestido a cuadros amarillos y
blancos.
-¿Está preparada? —dice él.
-Sí, creo que sí.
-Cuando cuente hasta tres.
El niño empieza a correr con la barbilla adelantada, como si en el colegio
le hubieran enseñado que ésa es la mejor manera de hacerlo. Olympia
corre detrás de él.
Su peinado se deshace y el cabello le flota libre en el viento. El niño mira
hacia atrás. Al ver que Olympia lo sigue de cerca, aumenta el ritmo de sus
zancadas. Los pies de Olympia se hunden una y otra vez en la arena. Sus
músculos se tensan. Se levanta un poco más la falda para poder estirar las
piernas. Aunque al principio siente un poco de vergüenza, el pudor no
tarda en convertirse en gozo y, unos segundos después, en una
maravillosa sensación de vértigo. Levanta la cara hacia el sol. «Dios mío,
-piensa-. Hace tanto tiempo que no me sentía así.» A medida que se
acercan al parasol, Olympia se da cuenta de que puede ganar. El niño corre
con estilo y determinación, pero sus delgadas piernas empiezan a notar el
esfuerzo. Olympia simula un falso cansancio para poder reducir un poco el
ritmo. Al verse cerca de la meta, el niño corre con tanto ímpetu que, al
llegar al parasol, tropieza y cae sobre la arena. Cuando Olympia llega a su
altura, él niño está tumbado, luchando por recuperar el aliento.
-¡Has ganado! —exclama ella con las manos apoyadas en las rodillas.
Él tiene la cara cubierta de arena. Está tan cansado que ni siquiera es
capaz de sonreír.
-No se habrá dejado ganar, ¿verdad? —dice con gesto preocupado en
cuanto consigue recuperar el aliento. Olympia se incorpora.
-Por supuesto que no -dice-. Yo nunca haría eso. El se levanta y se limpia

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la arena de la cara y de los brazos.


-Podríamos echar otra carrera mañana —propone entre jadeos.
-Eso me gustaría.
-Puede que mañana me gane -añade él tímidamente.
Olympia sonríe.
—Sí, mañana te ganaré.
—Bueno —dice él, pero parece reacio a marcharse—. ¿Tiene hijos? —pregunta
de repente.
---Sí -dice ella.
---¿Muchos?
—No, sólo uno.
-—¿Cómo se llama?
---Fierre.
—Puede que él también quiera venir.
---Todavía es demasiado pequeño. Sólo tiene tres años.
---Ah -dice el niño con evidente decepción.
—Pero estoy segura de que le gustaría conocerte —añade Olympia—. Le gusta
mucho estar con niños mayores, como tú.
---¿Sí?
---Sí.
El niño sonríe. Después mira hacia el malecón.
—Creo que deberías volver a casa —dice Olympia—. Volveremos a vernos
mañana.
Él asiente. Empieza a andar hacia el malecón. Se detiene un momento, se da
la vuelta y agita una mano en señal de despedida. Ella le devuelve el saludo y el
niño corre hacia su casa. Olympia observa cómo recorre el trayecto de la carrera
en dirección contraria, como si estuviera entrenándose para el día siguiente.
«Sí —se dice a sí misma—.Tengo un hijo de tres años.»
Olympia tiene los pies y el borde del vestido cubiertos de arena y el pelo
suelto y enmarañado. Además, está sudando. Intenta recogerse el cabello en un
moño improvisado, pero su peso hace que vuelva a caer sobre su espalda.
No quiere volver a casa, todavía no; volver a casa es volver a esperar la carta. Se
acerca a la orilla y camina alejándose aún más de la casa. Ya recogerá sus cosas
más tarde.
Camina hasta llegar a la altura del hotel. Es la primera vez que se acerca
tanto desde su vuelta a Fortune's Rocks. Nada parece haber cambiado en el
edificio, aunque hay más actividad en el porche de la que Olympia recuerda.
Observa las ventanas de la cuarta planta, sobre todo esa en la que el visillo se
balancea mecido por la suave brisa, y recuerda un mar de sábanas, un libro
abierto, una mirada, su blusa cayendo sobre la estera... Recuerda las palabras:
«Si pudieras verte a través de mis ojos...». Casi puede sentir la suave caricia de
las sábanas, casi puede oír el eco de las palabras.
Un numeroso grupo de huéspedes se reúne en el extremo sur del porche.
Probablemente sean los preámbulos de algún tipo de celebración. Y, de repente,

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los ojos de Olympia se detienen en una figura conocida y sus músculos se


tensan al reconocer la afectada inclinación de la cabeza y la falsa sonrisa. Lleva
puesto un chaleco a cuadros amarillos y negros y se ha dejado crecer el bigote y
las patillas. Incluso lleva monóculo. Zachariah Cote alza el mentón y ríe
sonoramente. Incluso desde la distancia, Olympia puede apreciar que el gesto
resulta excesivo y artificial. Ha oído que Cote se ha convertido en un hombre de
éxito, que sus versos se han hecho muy populares. Publica en revistas
femeninas y, por lo visto, es especialmente popular entre las mujeres casadas.
Olympia ha tenido la oportunidad de leer algunos de esos poemas y sigue
pensando que son excesivamente efectistas y sentimentales. Y no puede evitar
sentir cierta rabia al ver que es precisamente Cote, y no su padre o su madre o
John Haskell o Catherine quien es objeto de tanto agasajo en el porche del hotel.
Olympia sonríe.
-Sí, mañana te ganaré.
-Bueno —dice él, pero parece reacio a marcharse—. ¿Tiene hijos?
-pregunta de repente.
-Sí —dice ella.
-¿Muchos?
-No, sólo uno.
-¿Cómo se llama?
-Fierre.
-Puede que él también quiera venir.
-Todavía es demasiado pequeño. Sólo tiene tres años.
-Ah -dice el niño con evidente decepción.
-Pero estoy segura de que le gustaría conocerte -añade Olympia-. Le
gusta mucho estar con niños mayores, como tú.
-¿Sí?
-Sí.
El niño sonríe. Después mira hacia el malecón.
-Creo que deberías volver a casa -dice Olympia-. Volveremos a vernos
mañana.
Él asiente. Empieza a andar hacia el malecón. Se detiene un momento, se da
la vuelta y agita una mano en señal de despedida. Ella le devuelve el saludo y el
niño corre hacia su casa. Olympia observa cómo recorre el trayecto de la carrera
en dirección contraria, como si estuviera entrenándose para el día siguiente.
«Sí -se dice a sí misma-. Tengo un hijo de tres años.»
Olympia tiene los pies y el borde del vestido cubiertos de arena y el pelo
suelto y enmarañado. Además, está sudando. Intenta recogerse el cabello en un
moño improvisado, pero su peso hace que vuelva a caer sobre su espalda.
No quiere volver a casa, todavía no; volver a casa es volver a esperar la carta. Se
acerca a la orilla y camina alejándose aún más de la casa. Ya recogerá sus
cosas más tarde.
Camina hasta llegar a la altura del hotel. Es la primera vez que se acerca
tanto desde su vuelta a Fortune's Rocks. Nada parece haber cambiado en el
edificio, aunque hay más actividad en el porche de la que Olympia recuerda.

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Observa las ventanas de la cuarta planta, sobre todo esa en la que el visillo se
balancea mecido por la suave brisa, y recuerda un mar de sábanas, un libro
abierto, una mirada, su blusa cayendo sobre la estera... Recuerda las
palabras: «Si pudieras verte a través de mis ojos...». Casi puede sentir la
suave caricia de las sábanas, casi puede oír el eco de las palabras.
Un numeroso grupo de huéspedes se reúne en el extremo sur del porche.
Probablemente sean los preámbulos de algún tipo de celebración. Y, de
repente, los ojos de Olympia se detienen en una figura conocida y sus
músculos se tensan al reconocer la afectada inclinación de la cabeza y la falsa
sonrisa. Lleva puesto un chaleco a cuadros amarillos y negros y se ha dejado
crecer el bigote y las patillas. Incluso lleva monóculo. Zachariah Cote alza el
mentón y ríe sonoramente. Incluso desde la distancia, Olympia puede
apreciar que el gesto resulta excesivo y artificial. Ha oído que Cote se ha
convertido en un hombre de éxito, que sus versos se han hecho muy
populares. Publica en revistas femeninas y, por lo visto, es especialmente
popular entre las mujeres casadas. Olympia ha tenido la oportunidad de leer
algunos de esos poemas y sigue pensando que son excesivamente efectistas y
sentimentales. Y no puede evitar sentir cierta rabia al ver que es
precisamente Cote, y no su padre o su madre o John Haskell o Catherine
quien es objeto de tanto agasajo en el porche del hotel.
¿Pues no fue Cote la única persona involucrada en los sucesos de aquel
verano que se comportó con verdadera malicia? ¿Acaso no fue Cote quien
invitó a Catherine Haskell a mirar por el telescopio? Aunque Olympia sabe
que eso no la absuelve de su propia responsabilidad, no puede evitar que
un sentimiento de rabia se apodere de ella mientras observa la felicidad de
Cote. Recuerda el día que Catherine dijo que era un cretino. Entonces le
pareció un calificativo acertado y ahora se lo parece todavía más. Se
pregunta si la propia Catherine se habrá topado inesperadamente en
alguna ocasión con un poema de Cote. Y, de haberlo hecho, se pregunta
cómo habrá reaccionado.
Y es entonces, mientras Olympia permanece inmersa en sus
pensamientos, con su vestido a cuadros amarillos y blancos y el cabello
suelto y alborotado, cuando Cote, que sigue actuando ante su público, la
ve. Aunque quisiera darse la vuelta y alejarse lo antes posible de ese
hombre, Olympia le devuelve la mirada sin permitirse el más leve
parpadeo. Un gesto de sorpresa se dibuja en el rostro de Cote y, por un
momento, deja de sonreír.
La mujer que está junto a él le dice algo, pero Cote no deja de mirar a
Olympia. La mujer mira en esa dirección, sin duda preguntándose qué
puede ser lo que ha captado así la atención de Zachariah Cote, pero no pa-
rece reconocer a Olympia.
Olympia permanece inmóvil.
«Qué sangre fría», piensa al ver cómo él baja los escalones del porche y
se dirige hacia ella. Cote se detiene a dos pasos de Olympia. Durante un
breve instante, ninguno de los dos dice nada.

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—Señorita Biddeford —rompe el silencio finalmente Cote. La observa


largamente, como si intentara adivinar cuál será el desenlace de ese
encuentro. De repente, sus labios dibujan una pequeña sonrisa, como lo
harían los de un jugador de ajedrez que cree haber encontrado un camino
hacia el jaque mate—. Qué sorpresa tan agradable.
—No veo qué puede tener de agradable —contesta ella secamente.
—Por supuesto, ya sabía que se encontraba usted en Fortune's Rocks —
dice él, ignorando el comentario de Olympia-. Como podrá suponer, es un
secreto a voces.
Olympia permanece en silencio.
—Pero, dígame, ¿es verdad que pretende establecer aquí su residencia? —
pregunta apoyando el mentón sobre los nudillos de la mano.
—No creo que eso sea de su incumbencia -responde ella.
El se lleva las dos manos al pecho en un ademán teatral.
—Sus palabras me ofenden.
—Aun así -continúa diciendo Olympia—, me alegro de que nos hayamos
encontrado, pues así tengo la oportunidad de decirle personalmente que es
usted la persona más despreciable con la que he tenido la desgracia de
cruzarme en toda mi vida.
Cote observa los pies desnudos de Olympia, su pelo alborotado, el
modesto vestido a cuadros.
—Resulta sorprendente oír esas palabras viniendo precisamente de usted.
Aunque supongo que debo pasar por alto su impertinencia, pues, al fin y al
cabo, debe de ser usted la más desgraciada de las mujeres.
—No —dice ella-, la más desgraciada de las mujeres sería la que se viera
obligada a compartir su vida con usted. ¡Dios quiera que nadie tenga que
pasar por algo así! Pero, dígame, ¿cuántas mujeres le han rechazado ya?
—Vaya, vaya. Veo que ha cambiado, Olympia Biddeford. Ya no es usted la
joven dulce y educada de antes. No imaginaba que fuese capaz de escupir
tanta basura.
—Le aseguro que esto no es nada comparado con lo que me gustaría
decirle —dice ella.
—¡Maldita impertinente! —exclama de repente Cote con los labios blancos
por la rabia—. ¿Cómo se atreve a hablarme así? Usted, que ha cometido el
más sucio de los pecados. Usted, que ha mostrado públicamente su na-
turaleza lasciva. ¿O acaso creía que podría ocultar sus repugnantes
encuentros con John Haskell? Desde el primer momento supe lo que estaba
ocurriendo. Lo supe desde que los vi abrazados en esa calesa. Y no dije nada.
Mantuve mi silencio durante semanas, señorita Biddeford. Pero usted...
Usted se creía tan superior a mí que ni siquiera se dignaba dirigirme la
palabra. ¿Acaso pensó que no me daba cuenta de la condescendencia con la
que me trataba? ¿Acaso creyó que guardaría silencio eternamente, que sería
tan insensato como para pasar por alto su pecaminosa relación con John
Haskell? ¿De verdad pensó que iba a permitir que arruinara la vida de
Catherine Haskell, que arruinara la vida de su padre y de su madre, por

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quienes debo decirle que he perdido mi pasada admiración? Por Dios,


Olympia Biddeford, ¡cómo se atreve a hablarme así! ¡Usted, una niña que ha
fornicado en este mismo hotel con un hombre casado! —escupe Cote.
En el porche, los huéspedes del hotel se vuelven hacia ellos, sorprendidos
por los gritos.
Olympia se mira las manos, desolladas por el trabajo. Sabe que Cote
pronto volverá al porche y, rodeado de un círculo de mujeres, se deleitará
contando los detalles de su escandalosa historia y de la deshonra de su
familia.
—Todo lo que hice fue por amor -dice ella tras un largo silencio—. Usted,
sin embargo, sólo se guía por lo que le dicta su corazón de serpiente.
Y, sin más preámbulos, le da la espalda y se aleja lentamente, con toda la
dignidad que puede mostrar una mujer descalza y despeinada que viste un
traje a cuadros amarillos y blancos. Las sienes le van a estallar y apenas
puede respirar, pero, aun así, se obliga a seguir avanzando sin mirar atrás.
Cuando tiene la certeza de que él ya no puede verla, se acerca a la orilla y,
olvidando la amenaza de las medusas, se adentra en el mar hasta que el agua
le cubre las rodillas, intentando mitigar el temblor que se ha adueñado de su
cuerpo. Una vez en el agua, no es capaz de moverse, ni hacia adelante ni
hacia atrás. Permanece inmóvil hasta que el frío hace que deje de sentir las
piernas.
Edward la está esperando junto a los botines, las medias y el sombrero.
—Estaba preocupado —dice el niño—. Tardaba mucho en volver.
Olympia le acaricia el suave cabello rubio.

1 de septiembre de 1903

Querida señorita Biddeford:


Ante todo, le pido perdón por haberme demorado tanto, pero he tardado
más de lo que esperaba en llevar a cabo las gestiones que me pidió y todavía
más en decidir si debía transmitirle el resultado de dichas averiguaciones.
Como usted sabe, la madre Marguerite es una persona de firmes
convicciones. Incluso en mi calidad de miembro del patronato, he
necesitado desplegar toda mi capacidad de persuasión para poder acceder a
la información que buscaba. Y, ahora, Olympia, preste atención a lo que voy
a decirle. He escrito los datos que me pidió en una hoja separada y la he
guardado en el sobre lacrado con el que acompaño esta carta. Quisiera
pedirle que intentara reunir el valor necesario para romper ese sobre y
arrojarlo a las llamas sin leerlo, pues lo que hay escrito dentro puede ser
causa de gran dolor, no sólo para usted, sino también para muchas otras
personas.
Si necesita algo más de mí, tenga relación con éste o con cualquier otro
asunto, le ruego que no dude en hacérmelo saber.
Atentamente,
R. Philbrick.

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Olympia deposita el sobre lacrado sobre la mesa y lo observa largamente,


en parte por respeto a Philbrick y en parte por miedo a lo que puede
desvelarle su contenido. Pero apenas tarda unos instantes en darse cuenta de
que carece tanto del valor como del buen juicio necesarios para renunciar a
saber el nombre completo y el paradero de su hijo. Con manos temblorosas,
abre el segundo sobre.

El niño se llama Fierre Francis Haskell. Goza de buena salud desde su


nacimiento. Fue bautizado el 20 de mayo de 1900 en la parroquia de Saint
Andre. Posteriormente fue acogido por Albertine y Telesphore Bolduc, con
domicilio en el número 137 de Alfred Street, en Ely Falls, ambos empleados
en la fábrica textil.

Olympia cierra los ojos y aprieta la hoja de papel contra su pecho. «Tengo
un hijo y está bien —se dice a sí misma—.Tengo un hijo y se llama Fierre
Francis Haskell.»

CAPITULO 19

Olympia se baja del tranvía en la esquina de Alfred y Washington Street.


Está ligeramente mareada. La intensa claridad del cielo parece sumir las
calles en una especie de película blanquecina, convirtiendo los olmos en ní-
quel y los rostros en porcelana. Es uno de esos horribles días en los que la
costa de New Hampshire atrapa a sus moradores en una sofocante burbuja
de calor en la que no se mueve ni una sola brizna de aire. Probablemente
haya tormenta por la tarde.
Con la carta de Philbrick en la mano, comprueba los números de hierro que
hay clavados junto a cada puerta. Alfred Street resulta ser una de esas calles
en las que los edificios de viviendas comparten espacio con todo tipo de
locales comerciales. La mayoría de los locales situados a pie de calle están
ocupados por comercios, mientras que las plantas altas se destinan a
viviendas. Hoy, todas las ventanas están abiertas y en muchas de ellas
pueden verse a hombres y mujeres sudorosos que buscan el posible
consuelo de una brisa inexistente. Al encontrar los números 135 y 139,
Olympia deduce que el 137 debe de corresponder al estrecho edificio de la-
drillo cuya planta baja está ocupada por la consulta de un dentista. Vuelve a
leer la dirección en la nota de Philbrick, la guarda en el bolso y mira a su
alrededor, buscando algún lugar que le permita observar el portal sin
llamar demasiado la atención.
Tiene dos posibilidades: el banco de madera que hay bajo un olmo, unos

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veinte metros hacia el norte, o el café, con pastas de té y dulces rellenos de


mermelada en el escaparate, que hay justo enfrente del portal. Al pensar en
el calor que debe de hacer dentro de la pastelería, Olympia se acerca
lentamente al banco.
Los peatones buscan la sombra que ofrecen los toldos de los locales
comerciales. Los hombres llevan camisas sin cuello y los tirantes caídos
junto a las piernas. Las mujeres llevan las blusas remangadas. Un grupo de
niños se amontona frente al local de un vendedor de helados y refrescos.
Olympia está sedienta, y le gustaría comprar uno de esos refrescos, aunque
finalmente decide que, de hacerlo, atraería demasiadas miradas.
Debería haberse puesto un vestido más ligero y un sombrero menos
llamativo, pero ya es tarde para lamentarse. El vestido se le pega a los
muslos y el sudor le desciende hasta los botines. Lee los carteles que cuelgan
del dispensario del dentista: DENTADURAS POSTIZAS, $8. EMPASTES DE PLATA, 50
CENTAVOS. Junto al dentista, la pizarra que cuelga en el escaparate de una
mantequería anuncia: ZARZAPARRILLA FRÍA. Todos los comercios tienen las
puertas abiertas. Desde donde está sentada, Olympia puede ver a los
tenderos limpiándose el sudor con algún pañuelo sucio mientras fuman en
el umbral de la puerta. La mayoría de ellos llevan puesto un mandil blanco.
Pero, a pesar del asfixiante calor, a pesar de las muchas distracciones que
ofrece la calle, Olympia nunca pierde de vista el pequeño portal con los tres
escalones de piedra y la puerta azul que hay entre el dispensario del dentista
y la botica. Un hombre con un traje a cuadros beige y marrones se sienta a su
lado en el banco. El rancio olor corporal, mezclado con el empalagoso aroma
de la colonia barata y el humo del puro que fuma el hombre, está a punto de
hacer vomitar a Olympia. Se separa unos centímetros del hombre, pero, ante
su asombro, él se acerca a ella y le pregunta cuándo llegará el próximo
tranvía. Olympia le dice que lo siente, pero que no lo sabe.
—Me voy a la playa —anuncia él sin el menor recato—. No puedo soportar
más este calor.
Olympia guarda silencio. Lo último que desea en este momento es
entablar una conversación con ese hombre.
—Permítame que me presente —dice él—. Lyman Fogg, proveedor
comercial de Fármacos Boston. «Dos gotas en el café por la mañana y se
sentirá como si nunca hubiera bebido.» Es nuestro eslogan publicitario.
Extiende el brazo y, Olympia, que acaba de quitarse los guantes, se ve
obligada a estrechar su mano sudorosa.
El proveedor comercial tiene un aspecto absurdo con su traje de lana y su
bombín, que lleva inclinado con desenfado hacia un lado y del que sobresale
un grasicnto mechón de pelo que se le pega a la frente. Sin soltar la mano de
Olympia, el hombre se lleva el puro a la boca y le da una larga calada; la
hedionda nube de humo permanece suspendida entre ambos.
—¡Hacía mucho que no pasaba tanto calor! —insiste él a pesar del silencio
de Olympia. Después se quita el sombrero. Un oscuro círculo de sudor le
rodea la frente.

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Olympia mira hacia el portal.


—¿Está esperando el tranvía? —pregunta él.
—No —dice ella sin mirarlo—. Sólo estaba descansando un momento.
—Realmente, soy un hombre de suerte —y sonríe con abierta jovialidad
—.Al verla, me he dicho, Lyrnan, ahí tienes a una hermosa mujer sentada en
un magnífico banco. ¿A qué esperas para presentarte?
Olympia puede oler el alcohol en el aliento del hombre. Él se recuesta
sobre el respaldo del banco. Al hacerlo, aprovecha para acercarse unos
centímetros más a Olympia.
Ella saca su pañuelo perfumado del bolso y se lo acerca a la nariz.
Pero él ignora la insinuación que contiene el gesto de Olympia.
—Yo diría que no es de por aquí -continúa diciendo el hombre—. No
puedo evitar preguntarme, y perdone mi atrevimiento, qué hace una
mujer como usted en Al-fred Street. Desde luego, no parece el sitio más
apropiado para una dama de su categoría.
De repente, la puerta azul se abre y una mujer con un delantal negro y
un vestido malva sale al portal y alarga la mano hacia el interior del
edificio, como si estuviera esperando a otra persona.
—No, no creo que me equivoque si digo que usted es de Fortunes Rocks
—sigue diciendo el hombre—. Seguro que veranea en una de esas
elegantes chozas que hay delante de la playa. Dígame, ¿me equivoco?
La mujer de la puerta se agacha y parece decir algo.
—¿Señorita? ¿Me está escuchando?
—Eh. Sí -dice Olympia—. No, no se equivoca.
—Lo sabía —se reafirma el hombre, encantado con su propia perspicacia
—. ¿Podría preguntarle cómo se llama?
La mujer de la puerta se levanta y se palpa el cabello, peinado con
incontables bucles que le caen incluso sobre la frente a modo de flequillo.
Satisfecha, se alisa el corpiño del vestido malva: tres pliegues
perfectamente planchados que descienden desde el canesú hasta la cintura.
Olympia supone que tendrá unos treinta años. De repente, la mujer entra
en el edificio. Un instante después, vuelve a salir con un niño cogido de la
mano.
—Perdóneme si he sido demasiado atrevido —le dice el hombre a
Olympia.
La madre y el niño permanecen unos segundos frente a la puerta azul.
Olympia puede ver al niño con claridad.
Cabello castaño claro. Ojos avellana. El parecido es inconfundible.
Olympia aprieta los nudillos contra su boca.
—¿Se encuentra bien, señorita? —pregunta el hombre.
El impulso es abrumador. Con el tiempo, Olympia reconocerá esa
extraña sensación que se apodera de ella como un doble anhelo: por el
niño y por el padre al que tanto se parece.
La madre y el niño descienden los tres escalones de piedra. Él lleva
puestos unos pantalones que le llegan a la altura de las rodillas y una

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chaquetita azul a juego. La ropa parece vieja. Al llegar a la acera, empiezan


a andar en dirección contraria al banco. Olympia sólo puede ver la espalda
del niño: el pelo cuidadosamente cortado, los viejos zapatitos de cuero
marrón, las piernas cortas y regó rdetas...
Olympia se levanta.
—Pero... señorita —exclama el hombre, que también se ha levantado-. Le
aseguro que esto no es necesario. No pretendía ofenderla. Créame que lo
lamento si he sido demasiado atrevido. Le ruego que me perdone. Es este
calor.
La madre y el niño están a punto de desaparecer entre los peatones que
llenan la acera. Presa del pánico, Olympia da un paso hacia adelante.
—Permítame empezar de nuevo —dice el hombre—. ¿Podría sugerirle que
vayamos a esa tienda que hay enfrente y nos tomemos dos de esas
zarzaparrillas que anuncian en la pizarra? Conozco al dueño y estoy seguro
de que estará encantado de invitarnos.
-Déjeme en paz -le espeta Olympia y empieza a caminar.

Cruza la calle y avanza buscando el vestido malva entre los peatones que
llenan la acera. Cada vez camina más rápido. Alguien choca contra ella.
Ya está prácticamente corriendo cuando ve entrar a la mujer y al niño en
un comercio. PASTELERÍA, dice el cartel que hay sobre la puerta.
Olympia se detiene delante del escaparate, abre el bolso y hace como si
estuviera buscando algo en su interior. Incluso frunce el ceño fingiendo
concentración.
«Esto es una locura —se dice a sí misma mientras remueve los artículos
del interior del bolso—. Ni siquiera sé si es él.»
Pero no tarda en cambiar de idea.
«Claro que es él.»
Un grupo de chicos con los tirantes caídos pasa junto a ella. Olympia oye sus
voces, pero no oye lo que dicen. La mujer y el niño salen de la tienda. Él
sujeta un cucurucho de helado en una mano. El helado, que ya empieza a
derretirse, chorrea hasta su diminuta muñeca. El parece asustado, incluso
parece a punto de echarse a llorar. La mujer se agacha y chupa el borde del
cucurucho. El niño mira el resultado con una sonrisa en los labios.
Olympia está tan cerca de él que, si estirase el brazo, podría tocarlo. El
parecido es realmente sorprendente; ese niño podría ser el propio John
Haskell a su edad.
La mujer coge al niño de la mano y se alejan un par de metros de
Olympia. Ella permanece donde está, con el bolso abierto, incapaz de
moverse. Apenas puede respirar. La mujer coge al niño en brazos y le da un
beso en la mejilla. Olympia mira sus zapatitos marrones, viejos, con el
cuero cuarteado.
Los celos que se apoderan de Olympia son tan intensos que el bolso se le
cae de las manos. Varias monedas y una peineta ruedan por la acera.

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Olympia, paralizada, ni siquiera se agacha a recoger el bolso. A través de


una especie de bruma, ve llegar al hombre del banco.
—Desde luego, no se encuentra bien —dice él al tiempo que se agacha. Le
devuelve el bolso con las monedas y la peineta y apoya la mano en el
antebrazo de Olympia—. La he seguido. Espero que no se moleste, pero me
pareció que no se encontraba usted bien. —La conduce dentro de la
pastelería y le dice que se siente en un taburete de metal. Ella lo hace. El se
sienta al otro lado de la mesa redonda de cristal—. Debe de haber perdido
usted algo muy importante. Cuando abrió el bolso y no encontró lo que
buscaba se puso más blanca que esta taza —dice levantando la taza usada
que hay sobre la mesa.
Olympia lo mira. Ve unas cejas despeinadas, unos ojos verdes, una boca
gruesa con una hebra de tabaco pegada al labio inferior... Pero, por mucho
que lo intenta, no consigue ver una cara completa, una cara coherente. Do-
cenas de pequeñas luces blancas parpadean en sus ojos.
El hombre se inclina hacia ella. Olympia huele el alcohol en su aliento.
—Dígame, ¿qué es eso tan valioso que ha perdido? -pregunta él.
Las luces crecen de tamaño hasta llegar a borrar por completo el rostro
del hombre. De repente, Olympia empieza a reír y, mientras cae, despacio,
muy despacio, como una pluma que desciende hacia el suelo, sólo piensa en
lo que ha perdido. Desde luego, es algo de muchísimo valor.

El aire está imbuido de una extraña luz amarilla. El cielo está quieto,
demasiado quieto, casi sulfuroso, más quieto incluso que el día anterior. Al
llegar a la bahía, se descalza y camina por el fango negro que todos los días
queda al descubierto con la marea baja. Olympia tiene los pies blancos y
suaves. Sin duda son la parte más sensible de su cuerpo. Cada vez que pisa
una piedra o una concha enterrada en el fango piensa que es extraño que las
raíces del cuerpo sean tan vulnerables cuando el tronco es tan fuerte y
musculoso.
La bahía está cubierta de algas de distintos colores y texturas. Cientos de
medusas han quedado atrapadas entre el fango. Olympia camina
cuidadosamente para evitar su desagradable textura gelatinosa y su
doloroso escozor. Las algas secas parecen tiras de papel. Olympia ha oído
que hay gente que hace sopa con esas algas; está segura de que no le gustaría
su sabor.
Remueve el fango con el rastrillo que le ha dejado Ezra, dejando al
descubierto todo tipo de moluscos. Una hora después, tiene el cubo lleno de
almejas. Se sienta en una roca que sobresale del agua y se limpia el fango de
los pies y del borde del vestido. Espera a que se le sequen los pies antes de
ponerse las medias y calzarse los botines.
Ayer, cuando se desmayó en la pastelería de Ely Falls, Lyman Fogg la
cogió justo antes de que se cayera del taburete. Ella apenas tardó unos

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segundos en recuperar el conocimiento. Lymann Fogg le hizo beber un


poco de agua y la acompañó hasta Ely. Al bajarse del tranvía en Ely,
Olympia le dio las gracias y, a pesar de la insistencia de Fogg, se despidió
de él y volvió sola a Fortune's Rocks. Al llegar a la casa, fue directamente
a su habitación y se dejó caer sobre la cama, sumiéndose inmediatamente
en un sueño profundo del que no ha despertado hasta el mediodía de
hoy.
Olympia está decidida a no volver a Ely Falls. Ya ha visto a su hijo. Ya
ha comprobado con sus propios ojos que está bien. Con eso debería
bastarle. Le escribirá una carta a Philbrick, agradeciéndole todo lo que ha
hecho por ella; sin duda, él se alegrará de saber que ha decidido dar el
asunto por zanjado.
Olympia coge el cubo lleno de almejas y camina hacia la casa. El calor
hace que hasta respirar resulte dificultoso. Cuando llegue a casa, cocinará
las almejas al vapor y, con un poco de leche, se preparará una crema para
cenar.
Al llegar, limpia las almejas a conciencia, como le ha enseñado a
hacerlo Ezra, hasta que no queda el menor rastro de arena. Llena una
gran cacerola de agua y la pone al fuego. El calor resulta insoportable.
Olympia abre todas las ventanas, pero, al ver que con eso no es suficiente,
va al salón y abre los ventanales para que se forme corriente.
La playa está prácticamente desierta, en parte como consecuencia del
bochorno y en parte porque muchos de los veraneantes de Fortune's
Rocks ya han dado por concluidas sus vacaciones. El primer trueno coge a
Olympia por sorpresa. Asustada, al principio piensa que algún objeto
pesado debe de haberse caído en el piso de arriba. Y, entonces, el cielo
parece descender sobre la costa, anticipando la oscuridad del crepúsculo.
El viento no tarda en levantarse.
La temperatura desciende precipitadamente. Olympia cierra todas las
ventanas que acaba de abrir y se envuelve con el chai de lana que
encuentra en una silla. A pesar de su aspecto amenazador, el cielo tiene
una misteriosa belleza que hace que Olympia se pregunte por qué será que
los desastres suelen ir acompañados de escenas de gran hermosura. Como
un gran incendio, cuya majestuosidad hipnotiza incluso a las personas a las
que deja sin casa. Por extraño que pueda parecer, de alguna manera,
incluso el trágico naufragio de hace cuatro veranos fue un espectáculo
imbuido de una sobrecogedora belleza.
Olympia rememora la noche del naufragio. Recuerda el momento en el
que se cruzó con Haskell, que volvía de la playa con una niña en brazos.
¿Qué sintió ella en ese momento? ¿En qué pensó? Recuerda que, a pesar de
su vestimenta, se alegró de que Haskell la viera. Recuerda permanecer
inmóvil en la playa, incapaz de moverse, con los pies enterrados en la
arena, fresca y blanca. Recuerda que, aunque deseaba ayudar en las tareas
de rescate, no podía dejar de mirar a Haskell.
Pero ¿qué fue realmente lo que ocurrió esa noche cuando Haskell y ella

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se cruzaron en la playa? No pudo ser a'mor lo que sintieron, pues el amor


necesita más tiempo para surgir. No, no fue amor. Fue una especie de
reconocimiento, una sensación de afinidad. Fue como si, al mirarse,
compartieran los recuerdos de unos encuentros que todavía no se habían
producido.
El viento arroja la lluvia contra los ventanales. En el porche, una
mecedora se vuelca y Olympia recuerda demasiado tarde que tiene ropa
tendida.
Pero también fue amor, se dice a sí misma. Claro que fue amor. ¿O
acaso no se habían adentrado ya Haskell y ella en ese peligroso juego que
la gente llama amor, o romance u obsesión o delirio, dependiendo del
papel que cada uno interprete en la obra? ¿Acaso no estaban destinadas
a unirse inevitablemente sus almas?
El mar empieza a encresparse, hundiendo sus garras en la costa,
devorando la arena de la playa. Olympia se acerca a un ventanal y apoya
la frente en el cristal. La vibración se extiende por su cuerpo.
¿Realmente no se daba cuenta de lo que acabaría ocurriendo si se
entregaba a ese amor? ¿De verdad era tan inconsciente? ¿Acaso pensaba
que era intocable, que nada podía afectarla, que sería capaz de eludir
cualquier dificultad, como una gaviota que elude la ira del mar volando
justo por encima de las olas, jugando arriesgadamente con ellas, alzando
el vuelo en el último momento, justo cuando la ola está a punto de
alcanzarla?
Olympia se aleja un poco del cristal y se ciñe el chai alrededor de los
hombros. Se pregunta dónde estará el niño en ese momento. ¿Adonde lo
llevaría la mujer después de comprarle el helado? ¿Por qué llevaría la
mujer un delantal negro? Olympia recuerda los viejos zapati-tos
marrones del niño. Sin duda, pertenecieron antes a otro niño, pues él no
puede haberlos gastado hasta ese punto.
Olympia sabe que sólo puede haber un gran amor en la vida, pues, por
definición, su singularidad lo convierte en algo que no puede darse más
que una vez. Sabe que ese gran amor perdura en los recuerdos y en la
boca y en los ojos de quien lo ha vivido. Sabe que es algo que no se puede
olvidar jamás.
Se lleva las manos a la cara.
¿Por qué tiene que ser tan doloroso el amor?

La tormenta golpea la costa con tanta fuerza que la casa parece estremecerse
en sus cimientos. Olympia, sobrecogida, observa cómo el viento levanta la
espuma de las crestas de las olas. Las algas y la arena vuelan dibujando
remolinos sobre la playa. Una gaviota permanece suspendida sobre el agua,
incapaz de avanzar contra el viento. De repente, vira bruscamente y
desaparece arrastrada por el aire. El viento arranca una plancha de metal
del techo de uno de los cobertizos donde los pescadores guardan sus

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aparejos. Las mecedoras resbalan por el porche y chocan ruidosamente


contra la baranda. Un cristal se rompe en la planta alta.
El huracán azota la costa durante toda la noche. Olympia se resguarda en la
cocina, escuchando los crujidos de la madera, los quejidos del mar, los
ensordecedores gemidos del viento... Un pino cae a menos de un metro de
la casa. En dos o tres ocasiones, cuando la tormenta cobra su mayor
ferocidad, Olympia se resguarda debajo de la mesa. Se acuerda de Ezra.
Espera que el huracán no lo haya sorprendido en el mar. No cree que
ningún barco pueda permanecer a flote en una noche así.
De vez en cuando, Olympia se acerca a alguna ventana y observa la playa.
La caseta de salvamento tiene la señal luminosa encendida. La bocina del
faro del cabo Granite llama insistentemente a quien pueda oírla. El viento
tensa las vigas de la casa hasta hacerlas crujir. Más que en una casa,
Olympia se siente como si estuviera en un navio a punto de naufragar.
El huracán no amaina hasta el amanecer. Trozos enteros de playa
parecen haber sido devorados por el mar. Hay casas levantadas de sus
cimientos, casas con los tejados rotos y porches enteros arrancados de
cuajo. El jardín de la casa de Olympia está cubierto de ramas y tablones de
madera. La mayoría de las mansiones de Fortune's Rocks tienen los
cristales rotos. Donde la playa no ha sido devorada por el mar, la arena está
cubierta de hierros y maderos rotos. Tan sólo el mar permanece im-
pertérrito, como si hubiera salido victorioso de alguna heroica batalla. Sus
enormes olas rompen, majestuosas, a lo largo de la nueva línea de la orilla.
Poco a poco, los vecinos empiezan a salir de sus casas para evaluar los
daños. Olympia sale al porche y respira el aire fresco, purificado por la
tormenta. Camina hasta el malecón y se da la vuelta para ver el estado de
la casa. Una de las chimeneas se ha derrumbado. Pero aunque observe la
casa, sus pensamientos están muy lejos de Fortune's Rocks. Se pregunta,
como lo hará cientos de veces en el futuro, por el niño. Y, de alguna forma,
Olympia entiende que nunca podrá liberarse de esa preocupación y que,
por tanto, debe hacerla suya, pues, si no lo hace, acabará por volverla loca.
Aunque el impacto de la tormenta habrá sido menor tierra adentro, no
puede dejar de preguntarse si las viviendas de Ely Falls habrán sido
capaces de resistir la fuerza del huracán. Se pregunta si el tendido eléctrico
habrá aguantado, si tendrán agua potable, si el niño, cuyo nombre todavía
no se siente capaz de pronunciar, estará a salvo.
Diez días después de la tormenta, Olympia coge el primer tranvía que sale
de Ely. Tarda una hora y media en llegar a Ely Falls, tres veces más de lo
que dura normalmente el viaje. A lo largo del trayecto, observa atónita los
daños causados por el huracán: los postes del teléfono y de la luz siguen
caídos, hay numerosos coches volcados y los tejados de varias casas han sido
aplastados por grandes pinos arrancados de cuajo por el viento.
Tras el huracán, el tiempo ha cambiado. Empieza a hacer frío.Ya hace
varios días que Olympia ha sacado del baúl los vestidos de lana. Para hoy ha
elegido su mejor traje de día, un conjunto gris de falda y chaqueta que le

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gusta llevar con una blusa blanca de cuello alto y un lazo de terciopelo.
Como sombrero lleva un sencillo tocado de color violeta. Al mirar a los
demás pasajeros del tranvía, se da cuenta de que la moda ha cambiado
mientras ella estaba en Hastings. Las faldas se llevan más largas y las
mangas más anchas. En conjunto, ahora la ropa tiene un aspecto menos
exuberante.
Al apearse en la esquina de Alfred y Washington ve a unos hombres
reparando el tejado de una casa subidos a un andamio. Ha leído en el Ely
Falls Sentinel, el diario local, que diecisiete obreros fallecieron durante el
huracán al derrumbarse una máquina hiladora; al parecer, el patrón se negó
a cancelar el turno de noche a pesar de las insistentes peticiones de los
obreros. Al llegar a la lista de fallecidos, Olympia la leyó como una esposa
leería la lista de bajas de una batalla, intentando abarcar toda la información
con una sola mirada, rogando por que ningún nombre empiece por la letra
temida. A diferencia del día de su anterior visita, cuando, a pesar del calor,
las calles parecían transpirar jovialidad, hoy se respira un ambiente solemne,
casi sombrío, en Ely Falls. Olympia camina por Alfred Street. A su alrededor,
las vitrinas rotas de muchos comercios aún están tapadas con tablas de
madera.
A mitad de camino oye el sonido de un silbato que le recuerda al de los
revisores que anuncian la salida de un tren. Casi inmediatamente, la calle
se llena de hombres y mujeres que regresan a sus casas. Olympia mira el
reloj de la torre que hay en la esquina de Alfred y Washington: las doce y
cinco. Debe de ser la hora del almuerzo.
Llega a la altura del portal. Permanece inmóvil durante unos segundos,
sin saber qué hacer, hasta que decide sentarse en el banco que hay en la
acera de enfrente. Varias mujeres entran en el edificio, pero ninguna de
ellas es la que busca. Olympia medita sobre la posibilidad de acercarse a
una de esas mujeres y preguntarle sobre la familia Bolduc, pero finalmente
decide no hacerlo. Tampoco cree que sea aconsejable permanecer
demasiado tiempo en el banco, pues, con el frío, hay poca gente en la
calle, y su presencia acabaría por llamar la atención.
Exactamente a la una menos diez, la calle vuelve a llenarse de gente.
Olympia observa cómo las mujeres se enfundan los guantes y se sujetan el
sombrero con la mano mientras caminan apresuradamente hacia el trabajo.
Diez minutos después, la calle vuelve a estar vacía.
Olympia entra en el café que hay enfrente del número 137. Una chica
con un vestido negro y un delantal azul la mira con gesto sorprendido,
como si le sorprendiera ver entrar a un cliente a esa hora.
—¿Podría ponerme una taza de té? -pregunta Olympia.
—Ya no servimos almuerzos —dice ella—, pero sí, supongo que podría
prepararle una taza de té.
—Gracias —dice Olympia.
Se sienta junto a la vitrina, en una mesa que le ofrece una excelente visión de
la puerta azul. Se quita los guantes y los guarda en uno de los bolsillos de la

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chaqueta del traje. Cuando la chica le trae el té, Olympia le pregunta si


conoce a la familia Bolduc.
—Desde luego —dice ella con un marcado acento irlandés-. Conozco a
muchas familias Bolduc. Hay docenas de familias Bolduc por aquí. ¿A cuál
de ellas busca?
—A la de Albertine y Telesphore -dice Olympia.
—Está usted de suerte —dice la chica mientras se limpia las manos en el
delantal—.Viven justo enfrente. Olympia sonríe ante su aparente golpe de
suerte.
—Si busca a Albertine, me temo que no vuelve hasta las cuatro, cuando
acaba el primer turno de la fábrica. Telesphore, en cambio, sí estará en casa.
Él no entra a trabajar hasta las cuatro. Es ese portal de ahí -añade señalando
hacia la puerta azul—. No parece usted pariente de Albertine ni de
Telesphore. ¿Es una amiga de Albertine?
—Sí, así es —miente Olympia.
—Supongo que conocerá al niño.
—Sí —dice Olympia.
—¿Verdad que es una preciosidad? Olympia asiente.
—No sé cómo encuentran tiempo para verse. Me refiero a Albertine y a
Telesphore. Con los turnos que tienen, cuando uno llega a casa el otro ya se
ha marchado. Son como dos barcos que se cruzan en la noche. Si quiere,
supongo que podría traerle un poco de estofado de ostras. ¿Tiene hambre?
Olympia le dice que sí, pues no desea contrariarla.
El estofado está aguado. Olympia come lentamente, intentando ganar
tiempo, retrasando todo lo posible el momento de levantarse y volver a salir
a la calle. La chica le trae unas galletas saladas y unas pastas para tomar de
postre y le dice que, si necesita algo, estará en la habitación de atrás; ella
también tiene que almorzar.
Olympia termina el estofado y permanece sentada a la mesa, que ahora
calienta el sol de la tarde. Ha comido tanto que está a punto de quedarse
dormida. Hasta que ve entrar en el portal a Albertine, que hoy lleva un
austero vestido negro de algodón debajo del delantal del mismo color.
Cinco minutos después, un hombre con una camisa azul y una gorra negra
de tela sale del portal y empieza a andar por la acera de enfrente. Con la
gorra, Olympia apenas puede verle la cara. Confusa, incapaz de decidir qué
hacer, permanece sentada.Y, al poco tiempo, su paciencia obtiene
recompensa. A las cuatro y veinte, Albertine Bolduc vuelve a aparecer en el
portal. Olympia se rodea el pecho con los brazos, preparándose para lo que
está a punto de ver. Pero cuando el niño aparece junto a Albertine, cuando
el niño se detiene delante de la puerta, parpadeando para protegerse de la
súbita intensidad de la luz, Olympia se da cuenta de que nunca podrá hacer
nada para mitigar esa sensación que le oprime el pecho, obligándola a
morderse los nudillos.
El flequillo del niño, cortado justo por encima de las cejas, realza sus ojos
de color avellana. Olympia observa su boca arqueada, su naricita, su

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barbilla regordeta... El niño busca instintivamente la mano de su madre y,


juntos, bajan los tres escalones de piedra. Hoy lleva unos pantalones algo
más largos, un jersey gris tejido a mano y una gorra de lana del mismo
color. Sólo los zapatos, esos viejos zapatitos de cuero marrón, son los
mismos del otro día.
Olympia deja unas monedas sobre la mesa, sale a la calle y los sigue a
cierta distancia. Sabe que está obsesionada, que su comportamiento no tiene
sentido ni jusInmersa en sus pensamientos, cuando finalmente se detiene,
Olympia no sabe dónde está. Mira a su alrededor. Ve una sucursal del Banco
de New Hampshire y las oficinas del Ely Falls Sentinel. También ve una
funeraria y las oficinas de una correduría de seguros, que parecen ocupar la
totalidad de un inmenso edifico de piedra. En la acera de enfrente, un cartel
negro capta su atención: TUCKER & TUCKER, ABOGADOS. Vuelve a mirar hacia la
sucursal del banco. No se ve a nadie en el vestíbulo. Ya debe de estar
cerrado. Olympia se pregunta qué hora será.
Se dice a sí misma que el despacho de abogados también estará cerrado,
que, aunque llamara a la puerta, nadie la abriría. De ser así, sería como una
señal, como un augurio, piensa Olympia. Si no la abren se irá a Fortune's
Rocks y nunca más volverá a Ely Falls. Sí, sería una señal, un augurio que
ella no ignoraría.
Y, así, el 14 de setiembre de 1903, Olympia cruza Dover Street y llama a la
puerta del despacho de Tucker & Tucker, abogados. Cuando le abren la
puerta, Olympia dice que ha venido a recuperar a su hijo, Fierre Francis
Haskell.

Cuarta parte

El proceso

Capitulo 20

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---¿Y dice usted que lo conoció en casa de su padre?-pregunta Payson


Tucker.
El joven abogado tiene apoyado en la pierna un cuaderno cuya cubierta
imita la textura del mármol, igual que los cuadernos que solía usar
Olympia para mejorar su caligrafía. De vez en cuando, hunde la pluma en
un tintero de cristal y anota algo en el cuaderno. La habitación es pequeña.
Los paneles de madera y el cuero marrón y las tachuelas de las butacas le
recuerdan a Olympia la biblioteca que tiene su padre en la casa de Boston.
Y puede que sea esa asociación de ideas, o simplemente la actitud grave y
atenta de Tucker, lo que le confiere autoridad a la pregunta.
—Sí. Nos conocimos el 21 de junio de 1899 en la casa que tiene mi padre
en Fortunes Rocks —dice Olympia—. Recuerdo la fecha porque era el día
del solsticio de verano.
—¿Qué edad tenía usted?
—Quince años —contesta Olympia y, al hacerlo, observa a Tucker con
atención, buscando un gesto de sorpresa en su rostro, pero el abogado
permanece impertérrito.
—¿Qué edad tenía el señor Haskell?
—Cuarenta y un años.
—¿Y qué edad tiene usted ahora?
—Tengo veinte años.
Tucker se ajusta las gafas de montura dorada y observa a Olympia.
—¿Y dice que John Haskell había ido a su casa invitado por su padre?
—Así es. Él, su mujer y sus hijos.
—Entiendo -dice Tucker, y Olympia se pregunta qué será exactamente
lo que entiende.
Olympia supone que Tucker tendrá veinticinco o veintiséis años,
aunque intenta parecer mayor, algo a lo que sin duda contribuyen sus
amplias entradas. Es un hombre delgado con bigote y la tez pálida. Cada
vez que inclina la cabeza para escribir algo en el cuaderno, un sedoso
mechón de pelo negro cae sobre su mejilla.
—¿Puede decirme sus nombres? —pregunta.
—Su mujer se llama Catherine -dice ella-. Bueno, ya no es su mujer,
aunque no sé si están divorciados legal-mente. Sólo sé que ya no viven
juntos. Tengo entendido que se separaron ese mismo verano. Los niños se
llaman Martha, Clementine, Randall y May.
Unos minutos antes, cuando Olympia entró en el despacho de Tucker &
Tucker, Payson Tucker estaba recogiendo sus cosas para marcharse a casa.
Ella se presentó y, con voz temblorosa, le dijo que necesitaba que la
ayudara a recuperar a su hijo. Sin conseguir ocultar su sorpresa, Tucker le
pidió que tomase asiento. Desde entonces, ella ha estado respondiendo a
sus preguntas.
—¿Qué edad tenían los niños entonces?
—Martha tenía doce años. Los demás eran más pequeños, aunque no sé

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qué edad tenían exactamente.


—¿Sabe dónde reside actualmente John Haskell?
—No.
—Creo que lo mejor será que me cuente lo que ocurrió desde el principio
—dice Tucker.
Olympia contempla la inmensa estantería de roble. Sus estantes albergan
cientos de pesados volúmenes encuadernados en cuero. Vacila durante
unos instantes. La perspectiva de compartir los detalles más privados de su
vida con un desconocido la llena de inquietud. Además, sabe que ni
siquiera el mejor orador podría expresar con exactitud lo que ocurrió aquel
verano. Sabe que no existe ninguna combinación de palabras que pueda
describir la dicha que compartió con Haskell. Al contrario, teme que sus
palabras puedan reducir la más sublime de las experiencias humanas a una
serie de movimientos mecánicos; escenas que sin duda escandalizarán a un
hombre que está a punto de abrir un telón tras el cual sorprenderá a dos
amantes compartiendo el más íntimo de los momentos. Y, además, ¿no
estará mancillando el amor que compartió con Haskell al contarle los
detalles de esa unión a un desconocido?
—Le contaré lo que ocurrió -dice Olympia—, pero primero hay algo que
quisiera dejar claro.
—Por supuesto.
—Aunque yo fuera muy joven y desconociera muchas cosas acerca de la
vida, no fui seducida por John Haskell. Bajo ninguna circunstancia puede
decirse que yo fuera seducida. Yo tenía voluntad propia y era plenamente
consciente de lo que hacía. Si yo lo hubiera deseado, nuestra relación habría
terminado de inmediato. ¿Comprende lo que le digo?
—Creo que sí —dice él.
—¿Y me cree?
Tucker la estudia con atención, haciendo girar la pluma entre el pulgar y el
índice. Olympia se pregunta si el otro Tucker será su padre o un hermano.
—Sí -dice finalmente él-. Sí, la creo. No creo que dijera algo así si no
fuera verdad.
Hace calor en el despacho. Olympia se quita los guantes.
—Después de ese fin de semana, John Haskell y yo no volvimos a vernos
hasta el cuatro de julio. Nos conocimos... de manera íntima
aproximadamente dos semanas después. Tan sólo pudimos compartir siete
semanas de nuestras vidas.
—¿Residían John Haskell y su familia en Fortune's Rocks?
—Él se alojaba en el hotel Highland. Catherine y los niños vivieron en
York, en casa de los padres de Catherine, hasta que acabaron las obras de la
casa que se estaban construyendo en Fortune's Rocks.
—Conozco el hotel Highland. ¿Y dice usted que...? —Tucker se limpia
una pelusa imaginaria de la manga de la levita mientras busca las palabras
exactas-. ¿Dice usted que se conocieron íntimamente en el hotel Highland?

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¿No acudía él nunca a su casa?


—Normalmente nos veíamos en el hotel -dice Olympia, y al recordar el
tiempo que compartió con Haskell en el hotel Highland la palabra normal
le parece indigna—. El sólo fue a casa de mi padre en tres ocasiones. Una de
ellas fue la última vez que lo vi.
—¿Cuándo fue eso?
—El 10 de agosto de 1899.
—Cuénteme lo que ocurrió aquel día.
Olympia se mira las manos, entrelazadas con tanta fuerza sobre su regazo
que la sangre ha dejado de circular por los nudillos. Piensa en la última vez
que vio a Haskell, en los momentos que condujeron a ese último
encuentro. Piensa en todas las oportunidades que tuvo para evitar que
Haskell y Catherine acudieran a la fiesta que celebraba su padre en su
honor. Pero no lo hizo y ahora sabe que no lo hizo porque estaba inmersa
en esa fase de un romance en la que, por formales o violentas que puedan
ser las circunstancias, cualquier encuentro con la persona amada es algo
deseado. Olympia recuerda cómo cada momento que compartía con Has-
kell no sólo le permitía ver a la persona amada, sino que también le ofrecía
la oportunidad de experimentar ese delicioso estremecimiento que se
apoderaba de su cuerpo cuando se comunicaba en silencio con Haskell, ro-
deada de personas que ignoraban el amor que los unía. Olympia podría
decirle a Payson Tucker que intentó que su padre no invitara a los Haskell
a la fiesta, pero hacerlo sería poco sincero, por no decir completamente
falso.
—Mi padre celebraba una fiesta y los Haskell estaban invitados.
Catherine Haskell nos descubrió juntos aquella noche.
Él moja la pluma en el tintero y escribe algo en el cuaderno.
—¿Los descubrió ella personalmente? Olympia evita la mirada
del abogado.
—Si esto resulta demasiado doloroso... -empieza a decir él.
—La indujeron a ello —dice Olympia.
—No la entiendo.
—Nada hubiera ocurrido de no ser por Zachariah Cote —matiza ella.
Payson Tucker levanta la mirada del cuaderno. Olympia ve un reflejo
luminoso en las lentes de sus gafas.
—¿Se refiere al poeta?
—Sí —responde ella, sorprendida de que Tucker sepa quién es Cote—. Ésa
fue la última vez que vi a John Haskell —añade.
—¿Sabe qué fue de él?
—Sé que pasó aquella noche en la casa que acababan de construir en la
playa. No sé adonde fue después, pero creo que se marchó de Fortunes Rocks.
No sé si vendría a Ely Falls.
—¿A Ely Falls?
—Sí. Trabajaba en el dispensario de Ely Falls.
—Entiendo. Pero, dígame, ¿cuándo supo usted que estaba encinta?

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Tucker lo dice como si fuera una pregunta más, una mera frase entre otras
muchas posibles. Olympia abre los labios, pero no consigue hablar. Nota cómo el
calor se extiende por su cuerpo. Tucker se inclina hacia ella. Un mechón de pelo
le cae sobre la mejilla. El joven abogado se lo recoge detrás de la oreja en un
gesto automático.
—Sé que todo esto debe de ser terriblemente doloroso para usted, señorita
Biddeford. Ha mostrado un gran coraje respondiendo a mis preguntas, pero
debe entender que son necesarias si quiere que la represente legal-mente.
Además, si vamos a trabajar juntos, necesito saber si tiene el valor suficiente
para enfrentarse a ciertos hechos de su pasado. Créame cuando le digo que esto
no es nada comparado con lo que tendrá que soportar si finalmente decide
emprender acciones de curso legal.
Olympia respira hondo. Después asiente.
—Mi padre, mi madre y yo abandonamos Fortunes Rocks la mañana del
once de agosto.Volvimos a Boston, a la casa de mi padre, en Beacon Hill.Yo
descubrí que estaba encinta el veintinueve de octubre.
—¿La examinó un médico?
—No, al principio no.
Tucker se reclina sobre el respaldo de su asiento. Detrás de él, sobre la mesa
de trabajo, hay una foto enmarcada de una apuesta mujer de unos treinta y
cinco años; Olympia supone que se tratará de la madre de Tucker cuando
todavía era una mujer joven.
—Lo que voy a preguntarle ahora puede parecerle fuera de lugar, incluso
insultante, pero es necesario que me responda -dice él-. ¿Existe alguna
posibilidad, por remota que sea, de que John Haskell no sea el padre del niño?
A pesar de la advertencia de Tucker, Olympia se siente escandalizada,
aunque no tanto por la pregunta en sí como por la idea de poder haber tenido
una relación de esa índole con otra persona que no fuera Haskell.
—No —responde con vehemencia—. Por supuesto que no.
—Bien -asiente él con patente alivio—. Está bien. Veamos... ¿Se puso usted, o
intentó ponerse usted, en contacto con el doctor Haskell cuando supo que estaba
encinta?
—No.
—Cuénteme lo que ocurrió el día que dio a luz al niño.
—No estoy segura de lo que ocurrió. El médico me administró láudano
hacia el final del parto y cuando me desperté el niño ya no estaba junto a
mí.
—Pero supongo que recordará el momento en el que dio a luz, ¿no?
—Por supuesto.
—¿Por eso sabe que fue un niño?
—No. Sé que fue un niño porque me lo dijeron.
—¿Y dice que contó con la asistencia de un médico durante el parto?
—Sí. El doctor Ulysses Branch.
—¿Fue él quien se llevó al niño?
—No lo sé. Pero, quienquiera que fuese lo hizo a petición de mi padre.

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Antes de nacer el niño, mi padre me dijo en varias ocasiones que ya se había


encargado de todo lo necesario. Aunque nunca mencionó en qué consistían
exactamente esos preparativos, ni entonces ni después.
—¿Le pidió usted alguna vez que lo hiciera?
—No -dice ella-. No lo hice. -Y, al pensar ello, le sorprende no haberlo
hecho, le sorprende haber aceptado la decisión de su padre sin oponer la más
mínima resistencia.
—¿Salió su padre de casa aquel día?
—No.
—Entonces sería lógico deducir que le entregó el niño a otra persona.
—Sí, aunque no sé a quién. Pero tengo razones para creer que el niño
recayó al poco tiempo en manos de John Haskell.
—La razón de insistir en este tema es que creo que puede ser importante
para nuestra línea de argumentación —dice él.
—Sí, lo entiendo —dice ella.
—¿Cómo descubrió el actual paradero del niño?
—Me enteré de dónde estaba por casualidad. Al poco tiempo de llegar a
Fortunes Rocks, mejor dicho, de volver a Fortune's Rocks, el pasado mes de
julio, vino a visitarme Rufus Philbrick, un viejo amigo de mi padre. El
señor Philbrick es...
—Sé quién es el señor Philbrick -la interrumpe Tucker.
—Durante su visita, mencionó que el niño había tenido suerte al ser
acogido por las hermanas del orfanato de Saint Andre. Philbrick creía que
yo ya lo sabía.
-¿Cómo lo sabía él?
-Es miembro del patronato de esa institución —dice ella-. Al enterarme
fui al orfanato y hablé con una de las hermanas, creo que era la madre
Marguerite Pelletier. Me dijo que aunque, en efecto, el niño había estado en el
orfanato, había sido acogido por una familia. También me dijo cómo se
llamaba, aunque no quiso decirme su apellido.
-Pero usted me ha dicho que el niño se llama... Fierre Francis Haskell —
dice Tucker tras consultar sus notas.
-Así es —dice Olympia—. Después de hablar con la madre Marguerite fui a
ver al señor Philbrick y le pedí que me ayudase a averiguar el paradero del
niño. Fue él quien me dijo que, al menos cuando fue entregado al orfanato,
el niño se llamaba Fierre Francis Haskell. Luego pudo confirmarme que no
había cambiado de nombre.
-¿Qué más le dijo el señor Philbrick?
-Ese día no me dijo mucho más, pero, tras hacer algunas averiguaciones,
me escribió diciéndome que había sido acogido por Albertine y Telesphore
Bolduc. Son emigrantes francófonos. Viven en el 137 de Alfred Street, aquí
mismo, en Ely Falls, y trabajan en la fábrica. En su carta, el señor Philbrick
también decía que el niño gozaba de buena salud. Después, he podido verlo
y, en efecto, parece un niño sano. Eso es todo lo que sé. Ah, y que fue
bautizado en la fe católica.

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-¿Ha hablado con el niño?


-No, sólo lo he visto desde cierta distancia. Tucker se quita las gafas y
limpia las lentes con su pañuelo.
-¿Hay algo en la apariencia del niño que pueda hacer pensar que es hijo
de usted o de John Haskell?
Olympia nunca olvidará la emoción que sintió cuando vio al niño por
primera vez.
—Desde luego que sí. Es igual que su padre. Cualquiera se daría cuenta del
parecido. Tucker vuelve a ponerse las gafas.
—¿Ha hablado con Albertine o con Telesphore Bolduc?
—No.
—¿Le ha mencionado a alguien su deseo de recuperar al niño?
—Sólo a Rufus Philbrick.
—¿Y dice que ha vuelto a ver al niño esta misma tarde?
—Sí.
Tucker se reclina en su asiento y entrelaza las manos.
—Necesitaré estudiar su caso durante algunos días antes de tomar una
decisión.
—Entiendo -dice Olympia.
—Tendré que investigar ciertos detalles. Ella asiente.
—Será necesario contratar a un detective privado. Es un procedimiento
corriente en estos casos.
—Claro —dice Olympia.
—Siento tener que mencionar mis honorarios, pero me temo que...
—El dinero no es problema —lo interrumpe Olympia.
—Está bien —dice él al tiempo que se levanta. Olympia también se
levanta.
—¿Puedo avisar a su cochero? -pregunta Tucker-. ¿O conduce usted un
automóvil?
—Vivo sola, señor Tucker —dice Olympia—. No tengo ni coche ni
automóvil y me temo que he perdido el último tranvía a Ely. Si fuera usted
tan amable de conseguirme un coche que me lleve hasta Fortune's Rocks...
Tucker consulta la hora en su reloj de bolsillo.
—Por supuesto —dice. Se da la vuelta y busca algo en la mesa-. ¿Puedo
localizarla en algún número de teléfono?
—No.
—Entonces necesitaré su dirección.
—Sí, claro.
—Puede que tenga que ir a visitarla a Fortune's Rocks para profundizar en
algunas cuestiones —dice Tucker al tiempo que se da la vuelta con una
agenda en la mano. Al cruzarse sus miradas, Olympia cree advertir un claro
interés por ella en los ojos del joven abogado. Durante unos segundos, se
pregunta si debería servirse de esa atracción para conseguir su objetivo.
Y entonces se acuerda del niño, de su hijo, y de sus viejos zapatitos

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marrones.
—Puede ir a visitarme cuando quiera —dice.

Al llegar a Fortune's Rocks, Olympia le escribe una carta a Rufus Philbrick


diciéndole que ha contratado a un abogado para intentar recuperar a su hijo.
Después escribe a su padre pidiéndole más dinero, aunque no le dice para
qué lo necesita. Mientras espera la respuesta de su padre, medita sobre las
posibles maneras de conseguir algunos ingresos extras, pero no se le ocurre
ninguna, a no ser que ofrezca sus servicios como institutriz, algo que,
sinceramente, no desea hacer. Para que el tiempo transcurra más de prisa,
Olympia lee libros y periódicos, aunque las noticias del mundo exterior le
resultan ajenas, especialmente ahora que los veraneantes han abandonado
Fortune's Rocks. Los días se tornan más y más fríos, y Olympia empieza a
preguntarse si podrá aguantar todo el invierno en esa casa.
El 28 de septiembre recibe una carta, pero no es ni de Rufus Philbrick ni de
su padre.

27 de septiembre
de 1903

Estimada señorita Biddeford:


El próximo día 2 de octubre pasaré la noche en el hotel Highland.
Sería un honor para mí poder invitarla a cenar. Si la idea le resulta
embarazosa, estaré encantado de aceptar cualquier arreglo alternativo.
Sea como fuere, le ruego me permita ir a visitarla a su casa el
mencionado día 2 de octubre a las seis de la tarde. Tengo algunos datos
que estimo serán de su interés.
Respetuosamente,
Payson Tucker.

Olympia se sienta delante de la mesa de la cocina y lee la carta por


segunda vez. El hotel Highland. Casi puede ver sus altos techos, su gran
vestíbulo, su largo mostrador de caoba. Nunca pensó que volvería al hotel.
Pero Olympia desea impresionar a Tucker para que acepte el caso y, sin
duda, el joven abogado se sentiría decepcionado si ella le dijera que no se
siente con fuerzas para afrontar una situación así. Saca papel y pluma del
cajón de la mesa y empieza a escribir.

28 de septiembre de
1903

Estimado señor Tucker:

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Estaré encantada de acompañarlo a cenar en el hotel Highland el próximo


día 2 de octubre. Lo espero a las seis en mi casa. Espero con impaciencia la
información que dice tener para mí.
Atentamente,
Olympia
Biddeford.

Seca la hoja, la introduce en un sobre y sella la carta. «Ya no hay vuelta atrás»,
piensa.

La tarde del 2 de octubre, Olympia se pone un vestido de terciopelo


esmeralda con pliegues negros en el talle y bellos alamares del mismo color.
Aunque está pasado de moda, el vestido realza sus hombros y perfila adula-
doramente su cintura. Para acompañar el vestido, elige una blusa amarfilada
de seda con el cuello alto que su madre dejó olvidada en uno de sus armarios
hace cuatro años. Finalmente se pone un collar, una pulsera y unos
pendientes de perlas. Pasa casi una hora peinándose, hasta quedar satisfecha
con las amplias ondas laterales que descienden desde el doble moño. Al
observarse en el espejo de la cocina, se sorprende al ver el reflejo de una
mujer adulta. Además, Olympia está más delgada, o puede que sólo sea una
ilusión provocada por el vestido. No, sin duda ha adelgazado. Tiene la
sensación de estar mirando a otra persona, a una persona extraña y conocida
al mismo tiempo, extraña por la madurez de sus rasgos y conocida de otra
época, cuando era normal vestirse con terciopelo y adornarse con perlas y
pasar una hora arreglándose ante el espejo.
Payson Tucker llega a las seis en punto, tal y como dijo que lo haría. Conduce
un automóvil negro y amarillo. Ayuda a subir a Olympia y pasa por delante
del automóvil. La pechera de su camisa blanca brilla, inmaculada, bajo la luz
de los faros.Tucker parece más grande, más digno de respeto de lo que
recordaba Olympia. Dado que sólo es la segunda vez que monta en un
automóvil, Olympia no puede evitar sentirse un poco nerviosa mientras
avanzan por las sinuosas carreteras de Fortune's Rocks a una velocidad
mayor de lo que aconseja la prudencia. Por supuesto, no le dice nada a
Tucker.
—Debe de ser usted una de las últimas personas que quedan en Fortunes
Rocks —dice él.
—Sí, así es.
—¿No le asusta estar tan aislada?
—No —contesta ella—. De hecho he de confesarle que me agrada.
Al llegar al hotel, un mozo se encarga de aparcar el automóvil. Tucker
sujeta a Olympia caballerosamente del codo mientras suben los escalones
que dan al porche. Aunque Olympia se ha repetido una y mil veces que no
flaquearía, al entrar en el vestíbulo no puede evitar unos instantes de
vacilación, aunque disimula el breve traspiés retomando rápidamente la

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conversación.
—Y, dígame, ¿qué le trae a Fortune's Rocks? —le pregunta a Tucker.
—Tengo que atender ciertos asuntos, tanto hoy como mañana -dice él
mientras atraviesan el vestíbulo-. He preferido no hacer cuatro veces el
trayecto a Exeter en un período tan breve de tiempo. Ahí es donde vivo. En
Exeter. Además, pernoctar en Fortunes Rocks me ha ofrecido la posibilidad
de volver a verla.
Entran en el comedor. Todo está exactamente como lo recuerda Olympia.
Como es de esperar, tratándose de un martes de principios de octubre,
apenas hay mesas preparadas. El maítre acompaña a Olympia y a Tucker
hasta una mesa decorada con velas y rosas blancas, no lejos de la inmensa
araña de cristal que cuelga en el centro de la sala. Olympia observa las
brillantes copas de delicado cristal, la cubitera de plata para el champán, los
pesados cubiertos de plata... El menú consiste en cordero con alubias, pavo
con salsa de ostras, sopa de tortuga y tarta de manzana. Cada segundo que
transcurre, Olympia es más consciente de que hace cuatro años que no
aparece en sociedad. Hace tan sólo cuatro años, el lujo, los muebles, la
comida, incluso el servicio, era algo que ella daba por supuesto, como si le
correspondiera por derecho de nacimiento. Sentada a la mesa con Tucker,
Olympia piensa que, una vez perdida la candidez, ya nunca podrá disfrutar
de ese lujo como lo hacía antes.
—Es la última semana que permanece abierto el hotel esta temporada
-dice Tucker.
—Desde luego, no parece haber demasiados huéspedes.
—Si me permite decírselo, y espero no ofenderla con mis palabras, está
usted encantadora esta noche —dice Tucker. Se quita las gafas y las deja
junto a su plato. Olympia observa el intenso color negro de sus ojos, en-
marcados por largas y sedosas pestañas.
—Si me sintiera ofendida por sus palabras, no podría seguir adelante con
la demanda. Por lo que recuerdo, tratamos asuntos bastante más delicados
en su despacho.
Esta noche, Tucker lleva el pelo peinado hacia atrás con algún tipo de
ungüento. Olympia piensa que debe de tratarse de otra nueva moda y se
lamenta de su vestido, pues, por mucho que intente convencerse de lo
contrario, sin duda debe de resultar anticuado a ojos de Tucker.
—¿Vive solo en Exeter?
—No. Vivo con mis padres y con mi hermana —contesta él-. Trabajo con
mi padre, que ha tenido la bondad de aceptarme como su pupilo. Si hubiera
llegado usted media hora antes al despacho, hubiera sido él quien la habría
atendido.
—Por una vez en mi vida me alegro de haber llegado tarde -dice Olympia.
—Soy yo quien debe alegrarse —dice Tucker con excesiva calidez.
Un camarero trae champán. Al beber el primer sorbo, Olympia tiene la
sensación de que las burbujas le suben hasta la frente.
—¿Le gustan las ostras? —pregunta él.

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—Por supuesto.
—Quiero que sepa que tan sólo hace un año que me gradué por la
Facultad de Derecho de la Universidad de Yale —se sincera
inesperadamente Tucker cuando el camarero los deja a solas—. Se lo digo
porque no quiero comprometer su causa. He hablado de su caso con mi
padre y, si usted juzgara más oportuno que fuese él quien la representara,
quiero que sepa que yo no tendría ninguna objeción que hacer. De hecho,
quisiera que meditara cuidadosamente sobre esa posibilidad. Como puede
imaginar, mi padre tiene mucha más experiencia que yo, aunque me temo
que él tampoco se ha enfrentado nunca a una demanda de estas
características. No sé si se dará cuenta de lo extraordinario de su caso. De
hecho, por lo que tengo entendido, la suya sería la primera demanda de
esa naturaleza en la historia del condado.
—¿De verdad? No sabía que fuese tan inusual —dice Olympia.
—Por lo que sé, sólo se han presentado dos demandas similares en toda
la historia de Nueva Inglaterra.
—¿Y cuál fue el resultado?
—Mucho me temo que ninguna de las dos prosperó.
—Ya -dice Olympia.
—He leído la historia de su casa y debo decirle que la encuentro
fascinante -dice Tucker cambiando de tema-. El otro día, cuando me dijo
dónde vivía, creí reconocer la dirección. Hace seis meses, trabajando en una
causa relacionada con la Diócesis Católica de Ely Falls, tuve la oportunidad
de leer varios documentos relacionados con el antiguo convento. ¿Sabía
usted que la Iglesia se vio obligada a cerrar las puertas del convento?
—No —dice ella—. Siempre pensé que se cerró con el propósito de
trasladar a las hermanas a Ely Falls para que regentaran el hospicio y el
orfanato. Al menos eso es lo que me dijo mi padre.
—Al parecer, se consiguió que el escándalo no trascendiera. Como sabrá,
la Iglesia Católica tenía y sigue teniendo una considerable influencia en Ely
Falls. —Tucker permanece en silencio mientras el camarero sirve las ostras
que acaba de traer en una gran bandeja de plata con una cama de hielo,
limones y salsa picante de rábano—. A finales de la década de 1870, el
convento empezó a hacerse cargo de jóvenes mujeres que se habían
apartado del buen camino —explica Tucker—. Las más jóvenes tenían doce
años y ninguna superaba los veinte. Algunas habían sido víctimas de
brutales asaltos físicos. Otras eran simples doncellas que habían sido
seducidas por los señores de la casa en la que servían.
Olympia deja el tenedor sobre el plato.
—Me sorprende usted, señor Tucker.
—Créame que lo siento, señorita Biddeford —dice él—. Le ruego que me
perdone si la he ofendido de alguna manera.
—No es la historia lo que me ha ofendido, sino el claro paralelismo que
existe entre la situación de esas chicas y la mía. Porque supongo que
estamos hablando de madres solteras. ¿O acaso me equivoco?

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—No pretendía... No sé cómo puedo haber sido tan... Créame cuando le


digo que no me había dado cuenta. Le ruego que me perdone.
—No se preocupe —dice Olympia al tiempo que da el tema por
concluido con un gesto de la mano—. Como comprenderá, mi situación me
coloca en una posición especialmente sensible. Pero tengo que reconocer,
señor Tucker, que encontrar a alguien con quien poder compartir mi
situación ha sido un gran alivio para mí. Durante todos estos años he
guardado un escrupuloso silencio sobre lo ocurrido. Y cuando alguien no
puede hablar de algo, ese secreto crece en magnitud y se distorsiona hasta
tal punto que, al final, acaba por convertir a quien lo guarda en una especie
de tullido cuyo pasado le impide seguir adelante con su vida. Realmente, si
he de ser sincera, el pasado es lo único que ha existido durante los últimos
cuatro años de mi vida.
—Lamento sinceramente que haya sido infeliz —dice Tucker con
evidente consternación tras un largo silencio-. Me honra usted al depositar
su confianza en mí.
Olympia se limpia los labios con la servilleta.
—Le aseguro que no suelo ser tan melindrosa —dice-. Pero, por favor,
cuénteme lo que ocurrió en el convento. Ha conseguido despertar mi
curiosidad.
—Realmente es una historia muy desagradable. Los niños eran enviados al
orfanato en el momento de nacer. De hecho, esos niños eran la principal
razón de ser del orfanato. Pero no todas las jóvenes del convento eran
madres solteras. Algunas simplemente eran chicas demasiado rebeldes para
el gusto de sus padres, que las enviaban al convento con la esperanza de
que ahí reconsiderasen su actitud, de que fueran domesticadas, por así
decirlo. La disciplina era absolutamente férrea. De hecho, esas pobres chicas
tenían que mantener el voto de silencio que habían hecho las monjas. —
Hace una pausa—. Imagínese.
-Resulta difícil imaginar que algo así pudiera ocurrir en la casa de mi
padre. Yo había imaginado algo completamente distinto, algo bastante más
armonioso y contemplativo.
El camarero retira las ostras y sirve el pavo.
—No se supo lo que ocurría hasta que una chica que había sido recluida
en el convento por su comportamiento desenfrenado y lascivo acusó a un
cura de abusar de ella —continúa diciendo Tucker—. De hecho, lo
denunció ante los tribunales. Durante el juicio, se descubrió que el cura,
cuyo nombre, como podrá imaginar, ha sido borrado de las actas del
proceso, tenía por costumbre someter a las recién llegadas a un reconoci-
miento médico con el objeto de... —Tucker busca las palabras apropiadas.
Olympia observa cómo se le encienden las mejillas—. Bueno, digamos que,
en función de los resultados de dichos reconocimientos, las chicas eran
aisladas en una zona u otra del convento, pues se consideraba que las que
no habían sabido permanecer... intactas podían corromper a las demás.

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—Entiendo.
-Al final se alcanzó un acuerdo fuera de los tribunales.Y una de las
condiciones de dicho acuerdo fue el inmediato cierre del convento. Las
monjas, que en su mayoría desconocían lo ocurrido, fueron trasladadas a
Ely Falls. Las dos hermanas que colaboraban con el cura fueron enviadas a
Canadá. Como sin duda sabrá, ahora las hermanas de la orden de Saint
Jean Baptiste de Bienfaisance tienen un admirable historial de ayuda a la
comunidad. Además, han renunciado al voto de silencio.
-Desde luego, no resultaría nada práctico trabajando con la comunidad.
—Así es. Además, se consideró que el silencio fue uno de los factores que
permitieron que el cura llevara a cabo sus escandalosas prácticas.
—¿Qué fue de las chicas?
—Ni las actas ni la sentencia mencionan nada al respecto —concluye
Tucker.
Olympia intenta imaginar el destino de esas pobres chicas.
—¿Cree que volverían a sus casas? —pregunta.
—No lo sé.
—Las ostras estaban deliciosas —dice Olympia tras un largo silencio.
—Desde luego, tiene usted un magnífico apetito, señorita Biddeford —
dice él con una amplia sonrisa.
Olympia, avergonzada, alisa la servilleta sobre su regazo.
—Es la segunda vez que me lo dicen este otoño —confiesa.
—No es nada de lo que deba avergonzarse —interviene él—. Al contrario,
tengo que confesarle que nunca he entendido por qué algunas mujeres se
sienten obligadas a disimular su apetito para mantener las buenas formas.
No hay ninguna razón para que una mujer no disfrute tanto de la comida
como un hombre. ¿Por qué no iba a hacerlo? Sin duda, es uno de los
grandes placeres que nos ofrece la vida.
Tucker guarda silencio mientras el camarero rellena las copas.
—Hay ciertas cuestiones que quisiera comentar con usted, señorita
Biddeford. Si pudiera, preferiría no mencionarlas, pero me temo que es
necesario hacerlo si está decidida a seguir adelante con su demanda. Pero,
antes de seguir adelante, quiero que sepa que estoy disfrutando
enormemente de su compañía y que espero que algún día podamos
compartir una velada sin que sea necesario tratar cuestiones profesionales.
—Me adula usted, señor Tucker.
—¿Me permite que hable con franqueza? —pregunta él.
—Por favor —lo anima Olympia.
—No pretendo desanimarla -empieza diciendo Tucker-, pero debe saber
que su demanda no tiene ni mucho menos el éxito garantizado. Como ya le
he dicho, en los únicos dos precedentes que existen, la sentencia favoreció a
los padres de acogida, desestimando los derechos naturales de las madres
biológicas. Usted, por supuesto, es la madre biológica, y Albertine Bolduc la
madre de acogida.
Por mucho que sepa que legalmente es así, a Olympia le desconcierta que

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Tucker se refiera a otra mujer como la madre de su hijo.


—Además, debe saber que, en opinión de los tribunales, una madre
soltera es la persona menos indicada para recibir la guarda y custodia de un
niño. Legalmente, una mujer soltera que ha abandonado a su hijo no tiene
ningún derecho sobre él.
—Entiendo —asiente ella de nuevo.
—Sé que esto tiene que ser difícil para usted. Por favor, hágamelo saber si
cree que me estoy excediendo.
Olympia lucha por mantener la compostura. Sabe que tendrá que
enfrentarse a cosas mucho peores, que no puede darse por vencida al toparse
con el primer obstáculo. Y es entonces cuando se da cuenta de que la men-
ción de lo ocurrido en el convento no ha sido casual, sino una manera de
prepararla para lo que Tucker quería decirle a continuación.
—No se preocupe por mí. Estoy bien. Bueno, la verdad es que no lo estoy.
Por supuesto que no. Pero, aun así, quiero oír lo que tiene que decirme. De
hecho, quiero saber todo lo que sepa usted, pues, si no, me faltarían
elementos de juicio para tomar una decisión.
Tucker asiente. Tiene la mano apoyada sobre el mantel, tan cerca de la de
Olympia que ella piensa que, si las circunstancias fueran distintas,
intentaría rozarla. Pero sabe que hoy no lo hará.
—Es fundamental que consigamos demostrar que usted no abandonó a
su hijo, sino que éste le fue sustraído —continúa Tucker—. Además, hay
otra cosa que quisiera mencionarle. Claro está, si usted me da su permiso.
—¿Tan terrible es?
—Digamos que no es agradable.
—Éste es tan buen momento como cualquier otro —dice Olympia.
—Al nacer, su padre entregó el niño a Josiah Hay.
—¿A Josiah? —exclama Olympia, incapaz de contenerse. Tucker levanta una
mano.
—Sólo para que se encargara de llevar al niño a Ely Falls —dice—. El
señor Hay y su esposa, Lisette, llevaron a su hijo a Ely la misma tarde de su
nacimiento.
Olympia no puede creer lo que acaba de oír. ¡Lisette! ¿Cómo es posible?
Olympia intenta recordar lo que ocurrió aquel día. ¿No se quedó Lisette
con ella después de dar a luz? No consigue acordarse. No, es posible que
Lisette no estuviera en la habitación. No, no estaba. Fue su madre quien la
acompañó durante todo el día, mientras ella permanecía sumida en un
estado de semiin-consciencia.
—El señor y la señora Hay le entregaron el niño a John Haskell en un hotel
de Ely Falls. Por lo que tengo entendido, el doctor Haskell examinó
detenidamente al recién nacido. El señor Hay y su esposa regresaron a
Boston al día siguiente. Fue el doctor Haskell quien llevó personalmente al
niño al orfanato de Saint Andre.
—Pero... No puedo creer que hiciera algo así —dice Olympia—. No
entiendo cómo pudo deshacerse de su propio hijo.

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—¿Quiere que me detenga? -se ofrece Tucker. Olympia niega con la


cabeza. Tucker vuelve a ponerse las gafas.
—Albertine y Telesphore Bolduc se hicieron cargo del niño al poco tiempo
de llegar éste al orfanato —continúa diciendo Tucker—. La única razón por
la que no lo han adoptado formalmente es que John Haskell no firmó los
documentos oportunos autorizando una futura adopción. Además, el
matrimonio Bolduc no cuenta con los fondos necesarios para pagar las tasas
que requeriría el proceso de adopción. Pero, aunque no haya sido posible
hasta ahora, si usted presentara y perdiera la demanda, los Bolduc recibirían
automáticamente la tutela legal del niño, convirtiéndose así en sus padres
adoptivos.
—Pero entonces, ¿es posible presentar la demanda? —pregunta ella.
—Legalmente sí, ya que el doctor Haskell se encuentra en paradero
desconocido.
—Pero, si pierdo, el niño será dado en adopción a los Bolduc, ¿no?
—Así es.
—Entiendo -dice Olympia-. ¿Y usted no ha conseguido averiguar el
paradero del doctor Haskell?
—Si supiera dónde se encuentra, le aseguro que no se lo ocultaría. Hemos
escrito a quien fuera la señora Haskell, que se divorció de su marido hace
dos años, pero no hemos obtenido ninguna respuesta y, sinceramente, por
mucho que esperásemos, dudo que la obtuviéramos.
Eso sí, hemos podido localizar a su abogado, quien nos ha dicho que el
doctor Haskell le envía una pensión todos los meses a la señora Haskell. Al
parecer, ella recibe el dinero en una cuenta abierta en el Banco de New
Hampshire.
Olympia cierra los ojos. No puede creer que la propia Catherine se haya
visto involucrada en todo esto. Y es entonces cuando se da cuenta de que ha
empezado algo que escapa de su control, algo en cuyas consecuencias
prefiere no pensar.
—Albertine y Telesphore comparten una única habitación con el niño
-continúa diciendo Tucker—. Albertine trabaja como cardadora, peinando y
limpiando el algodón, seis días a la semana, de cinco y media de la mañana
a cuatro de la tarde. Es un trabajo con una alta incidencia de tuberculosis.
Supongo que conocerá el desenlace que suele tener esa enfermedad.
—Sí —dice ella.
—Su trabajo le proporciona unos ingresos anuales de 336,96 dólares.
Olympia mira fijamente a Payson Tucker.
—El matrimonio parece cuidar adecuadamente del niño, a pesar de las
dificultades a las que debe enfrentarse como consecuencia de su situación
laboral y financiera. No quiero engañarla, señorita Biddeford. Su sacrificio,
su laboriosidad y los atentos cuidados que le proporcionan al niño sin duda
serán valorados positivamente por el juez.
Olympia asiente.
—Hay una última cosa que debo decirle. Olympia lo mira a los ojos con

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gesto inquisitivo. Tucker apoya los antebrazos sobre el mantel y se inclina


hacia Olympia.
—Creo que lo más razonable sería que desistiera de su propósito —la
insta Tucker con gesto grave—. Permítame que le explique lo que ocurrirá si
no lo hace. El proceso será agotador. La parte contraria sin duda hará
hincapié en su condición de madre soltera. De hecho, hará que se sienta
como si perteneciese a la más baja de las condiciones humanas. Su
comportamiento se aireará en público. Es más que probable que toda su
historia aparezca publicada en los periódicos; incluso en los periódicos de
Boston. Para que se haga una idea de hasta qué punto resultará doloroso y
humillante el proceso para usted, una de las chicas de las demandas que
he mencionado anteriormente se suicidó a los pocos días de dictarse la
sentencia.
Olympia aprieta las manos sobre el regazo para ocultar su temblor.
—Siento hablarle de una forma tan franca, señorita Biddeford —añade
Tucker—, pero es importante que entienda que si sigue adelante,
independientemente del desenlace de la demanda, usted perderá su
reputación. Puedo asegurarle que el abogado de los Bolduc no tendrá en
cuenta sus sentimientos ni se preocupará por su buena reputación. Y lo
más irónico es que tampoco yo lo haré, pues tendré que mostrarme tan
despiadado como la parte contraria.
—¿Tengo alguna alternativa? —pregunta Olympia.
—Sí que la tiene, señorita Biddeford. Puede desistir de su intención. No
presente la demanda.
Olympia observa a Payson Tucker, observa sus gafas de montura
dorada, su brillante cabello, su amplio bigote.
—Si hiciera lo que me dice, nunca volvería a ver a mi hijo.
—Así es.
—Nunca podría sujetarlo entre mis brazos. Tucker guarda silencio.
—Nunca podría vestirlo —dice Olympia, cada vez con mayor vehemencia
—. Nunca podría hablar con él. Nunca oiría su voz.
—Así es.
—Entonces, señor Tucker, me temo que no tengo otra alternativa que seguir
adelante.
Tucker respira hondo y se reclina en el respaldo de la silla.
—¿Está absolutamente segura?
—Sí.
—Entonces presentaré su demanda —dice Tucker.

Las nubes ocultan la luna. Sólo se ve aquello que ilumina


momentáneamente los faros del automóvil: la tierra en continuo
movimiento, un muro de piedra, la esquina de una casa de madera, un
solitario poste telefónico...
—Es la segunda vez en toda mi vida que subo en un automóvil

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-confiesa Olympia-. La otra vez fue en el colegio. Un mecenas vino a ver las
instalaciones.Yo fui una de las estudiantes elegidas para ir en su automóvil
hasta el pequeño observatorio que tenía el colegio en lo alto de un
monte.
—¿A qué colegio fue? —pregunta Tucker.
—Al Hastings Seminary, un modesto internado para seño'ritas en
Fairbanks, al oeste de Massachusetts.
—¿Le gustó?
—¿El colegio o el paseo en automóvil? Tucker sonríe.
—Ahora que lo menciona, las dos cosas.
-Pasé un miedo horrible en el automóvil. Estaba convencida de que nos
íbamos a despeñar. De hecho, cuando llegamos al observatorio sólo
podía pensar en que tenía que volver a montarme en esa horrible má-
quina. En cuanto al internado, no, no me gustó. De hecho, me desagradó
profundamente.
Mientras observa cómo Tucker cambia de marcha, piensa que algún día
le gustaría aprender a conducir un automóvil. Sería maravilloso poder ir y
venir por la costa a su antojo.
Al llegar a la casa, Tucker detiene el automóvil, abre la puerta de
Olympia y la ayuda a bajar. Una espesa bruma los envuelve.
-Qué noche tan oscura —comenta ella.
-Sí —dice él al tiempo que la sujeta suavemente del codo—. ¿Quiere que
espere hasta que encienda la luz? —se ofrece mientras la acompaña hasta el
porche.
—No es necesario. Pero gracias de todas formas.
La oscuridad es tan espesa que Olympia apenas puede ver la cara de
Tucker. Extiende una mano. Tucker la sujeta de forma delicada y firme al
mismo tiempo.
—No sabe cuánto siento haber tenido que decirle esas cosas mientras
cenábamos, pero creo que tiene usted derecho a conocer la verdad, por
dolorosa que pueda ser. Debe saber usted que la admiro y la estimo
sinceramente —añade tras un breve silencio.
Ella retira la mano. El aire huele a colonia. Hace mucho tiempo que
Olympia no estaba tan cerca de un hombre.
—¿Todavía lo ama? —pregunta Tucker.
Y a Olympia no le sorprenden sus palabras, pues sabe que Tucker lleva
queriendo hacerle esa pregunta toda la noche.
—Sí. No puedo concebir que algún día pueda dejar de amarlo —responde
ella con sinceridad.

Olympia escucha el ruido del automóvil hasta que sólo oye el rumor de
las olas. Sin quitarse ni los guantes ni el sombrero, recorre la casa como si
no la conociera, pensando en el impenetrable silencio en el que vivirían
esas pobres chicas cuando la casa todavía era un convento. Resulta

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increíble que esa misma casa en la que ella conoció el lujo y el amor, esa
casa en la que fue besada por Haskell, esa casa en cuya cocina sorprendió a
Josiah y a Lisette entregados a su amor, esa casa en la que han sonado todo
tipo de hermosas melodías, en la que han bailado elegantes mujeres,
escondiera un pasado tan terrible. Sube la escalera, entra en una de las
habitaciones que antes usaba el servicio y se sienta en la cama. Es una ha-
bitación agradable, con delicadas cortinas y pequeñas flores azules en el
papel de las paredes. La luz de una lámpara revela varias marcas de tazas
en la mesilla de noche de caoba. Olympia recuerda el lujo que rodeaba a su
familia cuando vivían en esa casa. Después intenta imaginar el sufrimiento
de las chicas recluidas a la fuerza entre esas mismas cuatro paredes y,
mientras lo hace, mientras intenta reconciliar ambas imágenes, de repente
sabe lo que hará algún día con el antiguo convento de Fortune's Rocks.

CAPITULO 21

Los pasos de Olympia resuenan sobre el empedrado de los juzgados. El


oscuro pasillo está flanqueado por bustos de bronce que se alzan sobre altos
pedestales. Olympia se sienta a esperar a Payson Tucker en uno de los
bancos. Se siente pequeña, insignificante, como sin duda era la intención del
arquitecto. La ley es más grande que los hombres, parecen declarar esos
impasibles bustos de bronce. La ley es más grande que quienes se someten a
ella.
Olympia observa cómo la nieve de sus botines se derrite sobre el
empedrado. Oscurecidas por el tiempo y la suciedad, las altas ventanas que
se abren en la pared de enfrente apenas dejan pasar algo de luz. Detrás de
esas ventanas, nieva incesantemente. Olympia piensa que, si no deja de
nevar, tendrá que pasar la noche en Ely Falls, pues las carreteras pronto
estarán intransitables.
Ha sido un invierno muy frío en Fortune's Rocks. Ha nevado prácticamente
sin interrupción durante todo enero y febrero. Mientras Olympia esperaba
que se fijase la fecha para la vista oral, la nieve se iba acumulando alrededor
de la casa. Algunas semanas, ni siquiera podía salir de casa, aunque tuvo
que ir varias veces a Ely para comprar víveres y a Ely Falls para preparar la
demanda con Payson Tucker. Cada vez que salía de casa oía los mismos
comentarios: «No recuerdo la última vez que nevó tanto en la costa. ¿Dejará
alguna vez de nevar?». Está claro que Olympia no podría haber elegido un
invierno peor para residir en Fortune's Rocks.
Tucker se acerca a ella por el largo pasillo; una silueta delgada que parece
emerger de una especie de crepúsculo. Y, como si un tranvía acabara de
detenerse delante del edificio de los juzgados, de repente, el pasillo se llena
de personas. Tucker tiene el abrigo cubierto de nieve y las gafas empañadas.
Olympia piensa que parece una cara desprovista de ojos.

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—Señorita Biddeford -dice al tiempo que deja sus dos maletines en el


suelo. Se quita las gafas, saca un pañuelo del bolsillo y limpia las lentes.
—Señor Tucker.
El joven abogado se suelta la bufanda. Un radiador se queja a su espalda.
—¿Está lista?
—Eso espero -dice ella.
—Será usted la primera persona que llame a declarar. Es posible que Sears
interponga antes algún recurso.
—Sí, ya me lo ha dicho.
—Parece que el tiempo no mejora. Espero que no vuelvan a aplazar la vista
oral. —Tucker mira a su alrededor para asegurarse de que nadie puede oírlos
—. Hay algo que debe saber antes de entrar en la sala. Voy a llamar a declarar
a su padre.
El rostro de Olympia debe de reflejar su desconcierto, pues Tucker apoya
una mano sobre su hombro.
—Hace varias semanas que le escribí —dice Tucker-, pero, por lo visto, él y
su madre han estado fuera del país.
—Sí, en Italia -dice Olympia-. Pero ¿por qué quiere que declare mi padre?
—Necesito el testimonio de su padre y de Josiah Hay para apoyar mi
línea argumental.
—¿También va a venir Josiah? —pregunta Olympia al tiempo que se
desabotona el cuello del abrigo—. ¿Cómo puede haber hecho algo así sin
consultármelo antes?
—Usted me ha contratado para representarla ante el juzgado, señorita
Biddeford —dice Tucker mientras se quita el abrigo.
—Sí, pero...
—Y es mi obligación hacer todo aquello que crea que puede ser
beneficioso para su causa, aunque eso implique tomar decisiones que tal
vez no sean de su agrado.
—¿Va a venir hoy mi padre?
—Eso espero —dice Tucker—. Si es que lo permite la nevada, claro está.
De hecho, espero que tuviera la precaución de venir ayer.
Olympia baja la mirada. No le ha dicho a su padre que conoce el
paradero del niño, ni mucho menos que ha interpuesto una demanda para
obtener su guarda y custodia.
—Si pensaba usted que podría representarla sin recurrir a la declaración
de testigos, me temo que no me he sabido explicar durante nuestras
anteriores reuniones —dice Tucker.
—Pero mi padre no sabe nada sobre la demanda —se queja ella.
—Ahora sí.
—¿Cómo reaccionó cuando se lo dijo? Tucker reflexiona durante unos
instantes antes de responder.
—Parecía desconcertado -dice finalmente-, aunque no tanto como
esperaba. Supongo que le sorprenderá saber que se puso inmediatamente
a mi entera disposición. Es más, al final de la conversación incluso me dio la

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sensación de que se alegraba de lo ocurrido.


—¿Habló usted con él?
—Sí. Me llamó por teléfono ayer por la mañana.
—¿Mi padre tiene teléfono?

Es una sala pequeña con paneles de madera, una pequeña sala de vistas
pensada para juicios sin público. Sus reducidas dimensiones desconciertan a
Olympia. Albertine y Telesphore Bolduc no tardan en llegar. Siguiendo las
indicaciones de un ujier, se sientan frente a la mesa de la parte demandada,
separados tan sólo por un estrecho pasillo de la mesa que ocupan Olympia y
Payson Tucker. Aunque Olympia ya ha visto a Albertine en dos ocasiones,
ella nunca ha visto a Olympia. Ambas mujeres se observan durante unos
instantes. A pesar de su desconcierto, Olympia se obliga a sí misma a no
apartar la mirada; si quiere que su demanda salga adelante tiene que ser ca-
paz de mirar a Albertine a los ojos.
Albertine tiene los rasgos duros, pronunciados, y una mirada muy intensa. El
cabello le crece demasiado cerca de las cejas. La sombra de un bigote oscurece
su labio superior. Tiene las mejillas y los labios rojos, aunque de forma
natural, pues no lleva ningún tipo de maquillaje. Su cara refleja abiertamente
sus emociones y no hay duda de que Albertine Bolduc está furiosa. Pero su
cara también refleja cierta curiosidad. ¿Estará buscando algún parecido entre
Olympia y su hijo? ¿Estará buscando algo que pueda explicar por qué ha
presentado Olympia una demanda para arrebatarle a su hijo? ¿O
simplemente estará midiendo las fuerzas de su rival? Lleva un traje negro de
lana de dos piezas que, una de dos, o ha sido confeccionado por un sastre
inexperto o pertenece a otra mujer. Aun así, Albertine adopta una postura
orgullosa. Está tan erguida que los volantes del cuello de la blusa apenas le
rozan el mentón. De repente, su marido, sentado a su lado, se inclina hacia
adelante para ver qué está mirando Albertine. Al hacerlo, parece recordar
que todavía lleva puesta su gorra de tela, pues se la quita con un brusco
ademán. Telesphore tiene el bigote mojado y las mejillas encendidas por la
nieve y el frío. Le dice algo a su mujer. Ella le contesta sin apenas mover los
labios.
Un hombre bajo y robusto, con poco pelo, grandes patillas y un
monóculo, se sienta junto a Albertine, interponiéndose entre ella y Olympia,
y apoya un maletín de cuero sobre la mesa. Antes de que Olympia pueda
preguntarle por él a Tucker, el ujier del juzgado anuncia la entrada del juez.
—En pie. Preside el honorable juez Levi Littlefield.
El juez entra en la sala con paso decidido. Es un hombre bajo, pequeño,
con el pelo entre rubio y pelirrojo. No tiene ni barba ni bigote y es bastante
más joven de lo que había imaginado Olympia. Tan sólo su toga le confiere
cierta autoridad.
—Parece muy joven —le dice Olympia a Tucker.
—No es tan joven como parece —dice Tucker—.Y no se deje engañar por

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su aspecto -añade—. Es un hombre recto y firme.


—Señor Tucker —demanda el juez sin levantar la mirada de los
documentos que tiene sobre el estrado—. Como letrado de la parte
demandante, tiene una reclamación que exponer ante este juzgado.
Tucker se levanta y avanza hasta el atril que hay dispuesto entre las mesas
de las dos partes. El joven letrado es tan alto que tiene que encorvar la
espalda para consultar sus notas. Aunque acaba de cortarse el pelo, sigue
peinándoselo hacia atrás. Desde donde está sentada Olympia, a la izquierda
del atril, sólo puede ver el perfil de Tucker. Aun así, advierte el ligero
temblor de sus manos. Por su nerviosismo, se diría que es el primer juicio
en el que participa. Y, por todo lo que sabe Olympia, puede que lo sea.
Nunca se lo ha preguntado.
—He interpuesto una demanda para solicitar que la guarda y custodia de
Fierre Francis Haskell, varón de tres años diez meses y trece días de edad,
que actualmente reside con Albertine y Telesphore Bolduc, en Ely Falls,
New Hampshire, sea otorgada a su madre natural, Olympia Biddeford.
—Continúe, señor Tucker.
—Que Albertine y Telesphore Bolduc, residentes en el 137 de Alfred
Street, Ely Falls, New Hampshire, han limitado la libertad de dicho menor
durante aproximadamente tres años y diez meses. Que dicha limitación de
su libertad es el resultado de la sustracción clandestina, ilícita y en contra de
la ley del menor que tuvo lugar el 14 de abril de 1900, y de su posterior
retención. Que dicha sustracción ilícita fue llevada a cabo siguiendo las ór-
denes del padre de la demandante, Phillip Arthur Biddeford, residente en
Boston, Massachusetts, privando consecuentemente al recién nacido de su
libertad y a su madre de sus legítimos derechos maternos. Que el 14 de abril
de 1900, el menor fue entregado ilícitamente a su padre, el doctor John
Warren Haskell, actualmente en paradero desconocido. Que, el 15 de abril de
1900, el mencionado John Warren Haskell entregó de forma ilícita al menor
al orfanato de Saint Andre, en Ely Falls, New Hampshire, que asumió de
forma ilegal la guarda y custodia del menor.
-¿Está presente el menor, señor Tucker? —pregunta Littlefield.
-Señoría —dice Tucker—, el letrado de la parte demandada ha solicitado
autorización para que el menor permanezca con los padres de su
representada, Albertine Bolduc, que viven a una manzana de estos
juzgados, durante el tiempo que dure el presente juicio.
-¿Y usted está de acuerdo con dicha solicitud?
-Sí, señoría —contesta Tucker-. Consideramos que es preferible no
someter al menor al trance de tener que permanecer durante tanto tiempo
en un entorno desconocido para él y que, dada su edad, puede parecerle
hostil.
-Este juzgado no pone ninguna objeción a dicha solicitud. ¿Están
presentes Phillip Biddeford y el representante legal del orfanato de Saint
Andre?

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-Phillip Biddeford ha renunciado a su derecho a la defensa y prestará


testimonio a solicitud de la parte demandante. Tengo entendido que el
orfanato de Saint Andre también ha renunciado a su derecho a defenderse
y que declarará a solicitud de la parte demandada, a la que representa mi
ilustre compañero, el señor Sears.
-¿Es así, señor Sears?
-Sí, señoría. Lo es.
Tucker deja de consultar sus notas y se dirige al juez con una actitud
menos formal.
-Señoría —prosigue—, dado que las acciones ilícitas que acabo de
mencionar tienen como consecuencia que actualmente el menor se
encuentre bajo la guarda y custodia de Albertine y Telesphore Bolduc, y
dado que no estamos ante un procedimiento de índole penal, sino ante
una solicitud de guarda y custodia, la parte demandante sólo puede actuar
contra el señor y la señora Bolduc por la limitación de libertad del menor.
Nos reservamos el derecho de entablar las acciones penales que
consideremos oportunas en el futuro.
—¿Debo entender que actualmente no es posible encontrar al padre del
menor? —pregunta Littlefield.
—Así es —dice Payson Tucker.
—Está bien —dice el juez.

Addison Sears se levanta, avanza lentamente hasta el atril y se ajusta el


monóculo. Es incluso más bajo que Olympia y lleva, no uno, sino varios
anillos de diamantes en la mano izquierda. Su levita, de excelente corte,
contrasta con la ropa de sus clientes. Bebe un largo trago de agua.
—Buenos días, señoría —se dirige en un tono de voz que da a entender
que conoce personalmente al juez.
—Buenos días, señor Sears —devuelve amablemente el saludo el juez.
—Con la venia, estamos ante un proceso muy simple, señoría —empieza
su alegato Sears al tiempo que mira sus notas sin prestarles demasiada
atención—. No existe ninguna ley en nuestro país que pueda obligar a un
juzgado a concederle la guarda y custodia de Fierre Francis Haskell a la
joven que está sentada a mi izquierda. —Hace una pausa para que las
implicaciones de la palabra joven tengan el efecto deseado—. Pero
analicemos los hechos—continúa diciendo—. Una joven frivola de quince
años de edad, con las facultades mentales y el juicio propios de una niña,
fornica con un hombre que prácticamente triplica su edad, provocando que
dicho hombre cometa adulterio y abandone a su mujer y a sus cuatro hijos.
—Una nueva pausa, para que el impacto de la transgresión moral de
Olympia haga su efecto en el juez Littlefield-. Y, después, da a luz a un niño
que inmediatamente abandona. A lo largo de los años, no muestra ningún
interés por la situación del niño. No se ocupa de él, ni moral ni
financieramente. No se interesa por su salud ni tampoco por su paradero. En

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ningún momento visita al niño. ¿Y, de repente, decide reclamar la guarda y


custodia del menor?
Sears mueve lentamente la cabeza de un lado a otro, con evidente
perplejidad.
—De hecho, señoría, si no se tratara de algo tan grave, todo este asunto
resultaría irrisorio.
Pero el juez Littlefield no se ríe. Sears introduce los pulgares de ambas
manos en los bolsillos de su chaleco.
—Sin tener que recurrir a la confusión propia de la terminología de
nuestra estimada profesión, quisiera solicitar la venia de su señoría para
exponer la línea argu-mental de la parte demandada en unos términos que la
joven sentada a mi izquierda pueda comprender —dice Sears mientras mira
con una amplia sonrisa a Tucker, quien no ha tenido la ocurrencia de
renunciar a la ofuscación propia de la terminología legal.
—Está bien, señor Sears —asiente el juez—. Continúe.
—Hoy, mi labor tiene una doble vertiente —plantea Sears—. Probaré que
Olympia Biddeford no está capacitada para cuidar ni de éste ni de cualquier
otro niño. Y, además, probaré que lo mejor para el niño es permanecer bajo
el cuidado de Albertine y Telesphore Bolduc, sus padres de acogida y las
personas que se han encargado de proporcionarle todo lo necesario
prácticamente desde el día de su nacimiento.
Sears vuelve a beber. Se aclara la garganta.
—Probaré, señoría, que, cuando tenía quince años, una edad en la que la
personalidad de una mujer todavía se está forjando, la demandante,
Olympia Biddeford, participó de una relación sexual deshonesta con un
hombre casado. Probaré que Olympia Biddeford no sólo es culpable de un
comportamiento disipado y lascivo, sino que también es una joven
depravada, ordinaria y vil.
Sears se vuelve hacia Olympia, cuyas mejillas se encienden, como
confirmando las palabras de Sears. El abogado le da bruscamente la
espalda, como si no pudiera soportar la visión de tanta depravación.
—Señoría, como los tribunales de nuestra nación han demostrado de forma
consistente, si un niño queda bajo el cuidado de una madre inmoral,
entonces, ese niño corre el peligro de convertirse a su vez en un adulto in-
moral. En prácticamente la totalidad de los procedimientos en los que han
tenido que decidir sobre los derechos de una madre soltera, los tribunales
no sólo le han negado la guarda y custodia de su hijo, sino también
cualquier derecho de visita al menor. Olympia Biddeford nunca se ha
interesado por el bienestar de su hijo -continúa diciendo Sears-. Lo
abandonó el mismo día de su nacimiento, nunca se interesó por su
paradero y nunca contribuyó económicamente a su manutención. Hasta el
otoño pasado ni siquiera sabía dónde estaba el menor. Y, lo que es peor,
nunca ha estado ni ha hablado con el niño. Según las leyes de nuestra
nación, una madre que abandona a su hijo, una madre que permite que su
hijo sea criado por otra familia, pierde cualquier derecho sobre él. Dado

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que no existe ningún precedente en el estado de New Hampshire, me


gustaría remitirme a otros procesos similares a los que se hace mención en
el escrito de contestación a la demanda. Según la sentencia del Tribunal
Supremo de Connecticut, Hoxie contra Potter, 1888, y cito textualmente:
«No es competencia de los tribunales romper los lazos ya establecidos.
Además, este tribunal estima que la felicidad del menor y los derechos y los
sentimientos de sus padres de acogida deben prevalecer sobre cualquier
otro derecho y serán mejor preservados manteniendo la guarda y custodia
de quien la ostenta».
Olympia mira a Tucker, pero el abogado no aparta los ojos de sus notas.
—Olympia Biddeford puede ser madre biológicamente, pero no lo es por
responsabilidad —sentencia Sears—. E, incluso si fuese una mujer de un
firme comportamiento moral, lo cual, desde luego, no es el caso, tendría que
ser declarada no apta para la guarda y custodia del menor por la edad que
tenía cuando éste fue concebido, que recuerdo que era de tan sólo quince
años, por su estado civil, que sigue siendo el de soltera, y por su
incapacidad para proporcionarle al niño una adecuada educación moral y
religiosa. Olympia Biddeford no pertenece a ninguna congregación religiosa
ni tampoco asiste con regularidad a ninguna iglesia.
Y, de repente, Sears se gira hacia Olympia y la señala con la mano. El
gesto es tan violento que ella no puede evitar estremecerse en su asiento.
-Es posible que Olympia Biddeford busque lavar su imagen ante la
sociedad al solicitar la guarda y custodia del niño —espeta Sears como si la
idea acabara de ocurrírsele-. De hecho, en el pasado, ésa fue una opinión
común, aunque errónea, de algunos tribunales. Y cito una sentencia de 1873
del Tribunal Supremo de Tennessee: «Que si una mujer fuese madre soltera,
la restitución de su hijo será de gran valor para su posible rehabilitación
moral a través del afecto materno. El amor por su hijo y el temor a verse
separada de él pueden convertirse en su salvación».
Sears mira al juez y levanta las manos con las palmas hacia arriba.
—Pero lo que nos atañe, señoría, no es la rehabilitación de la madre. Lo
que atañe a este juzgado, lo que realmente le importa a nuestra comunidad,
es el bienestar del niño.
Olympia aprieta los puños. Quisiera gritar que a ella también le importa
el bienestar de su hijo, que el bienestar de su hijo es lo que más le importa
en el mundo.
—Pero dejemos a un lado la moralidad de Olympia Biddeford —continúa
diciendo Sears—, y pensemos tan sólo en lo que es mejor para el niño. -En
esta ocasión, Sears se vuelve hacia la derecha y mira a Albertine y a
Telesphore Bolduc, que, inmediatamente bajan la cabeza, como si también
fueran a ser reprendidos por el letrado. El matrimonio francófono parece
sentirse tan incómodo como la propia Olympia-. Cito de Chapsky contra
Wood, Nueva York, 1881: «Cuando la reclamación no se solicita hasta
transcurrido cierto lapso de tiempo, cuando ya se han formado nuevos
lazos entre el niño y sus padres de acogida, cada vez resulta más

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improbable que un cambio derive en el beneficio del niño. Es un hecho


irrefutable que, con el tiempo, los lazos de sangre se debilitan y los lazos de
convivencia se fortalecen, y la prosperidad y el bienestar del menor
dependen precisamente de la fortaleza de dichos lazos».
Sears consulta sus notas durante unos instantes.
—El señor y la señora Bolduc han sido los padres de acogida de Pierre
Francis Haskell desde que éste tenía diez días de edad, o lo que es lo
mismo, durante toda su vida. Albertine y Telesphore Bolduc son los únicos
padres que el niño conoce. Los Bolduc le han brindado Codos los cuidados
y el amor que le hubieran dado a su hijo biológico si Albertine no fuera
estéril. El señor y la señora Bolduc tienen una edad apropiada para cuidar
de un niño: treinta y dos años. Su matrimonio es estable, pues llevan
conviviendo once años. Ambos son feligreses de la parroquia de Saint
Andre, ambos acuden a la iglesia con regularidad y ambos han
demostrado la intención inequívoca y el deseo apasionado de
proporcionarle al niño una educación cristiana. Y, lo que es más, ambos
están profundamente arraigados en la comunidad francoamericana de Ely
Falls y gozan de una extensa familia, con numerosos primos y tíos y
abuelos. Como su señoría sin duda sabe, la comunidad francoamericana
es conocida por la fortaleza de sus lazos familiares y culturales, a los que
suelen referirse como lafoi.Y, por si todo eso fuera poco, Albertine y
Telesphore Bolduc son excelentes trabajadores. Ambos están empleados en
la fábrica de Ely Falls y han proporcionado al niño en todo momento los
cuidados necesarios. Pero su señoría tendrá ocasión de oír en boca de la
propia Albertine Bolduc hasta qué extremo llega su amor y su devoción
por su hijo.
Sears se desprende del monóculo y lo deja caer sobre su pecho.
—Señoría —continúa diciendo—, sería un crimen, y repito, un crimen,
apartar al niño de los únicos padres que ha tenido. Y, dado que el estado
de New Hampshire no tiene por costumbre cometer crímenes contra los
ciudadanos, solicito que la demanda de solicitud de guarda y custodia
interpuesta en su día ante este juzgado por la demandante no sea
admitida a trámite.
Sears se sienta junto a sus clientes y se pellizca el puente de la nariz con el
índice y el pulgar, como si ya conociera la respuesta del juez.
—Se desestima la solicitud —sentencia el juez.
Es entonces cuando Olympia comprende que el alegato de Sears no
pretendía convencer al juez para que no admitiese a trámite la demanda,
sino tan sólo hacer hincapié en los argumentos de la parte demandada.
Algo que, por mucho que le pese, tiene que reconocer que ha realizado con
maestría.
Al lado de Olympia, Tucker se levanta.
-Señoría —dice—, quisiera llamar a declarar a Olympia Biddeford.

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Olympia y Tucker han acordado que ella vestiría de forma conservadora, sin
ocultar su clase ni su condición de privilegio, pero sin alardear tampoco de
ella. Olympia se ha comprado un traje gris de dos piezas que acompaña con
una blusa blanca de cuello alto y un lazo negro de terciopelo. Para rematar el
conjunto, lleva un sombrero a juego con el traje y unos sobrios pendientes de
perlas. Ignorando sus notas, Tucker se levanta y se acerca lentamente al
estrado.
—Señorita Biddeford —empieza a decir con una amable sonrisa que,
como pretende el joven abogado, tranquiliza a Olympia-, ¿puede decirnos
cuántos años tiene?
—Tengo veinte años.
—¿Dónde reside?
—Actualmente, en Fortune's Rocks.
—¿Dónde residía antes?
—En Fairbanks, Massachusetts, en el Hastings Seminary -contesta ella
haciendo hincapié en la palabra seminary, tal y como le ha aconsejado
Tucker.
—¿Puede decirnos cuánto tiempo estuvo estudiandoen Fairbanks?
—Tres años.
—¿Y cuál es el objetivo de esa institución educativa?
---El objetivo del Hastings Seminary es educar a señoritas para que viajen al
extranjero con el propósito de inculcar los valores de la moral cristiana y
proporcionar una educación a niños con escasas posibilidades.
—¿Y está usted de acuerdo con esos objetivos?
—No estoy en contra de ellos —dice cuidadosamente Olympia.
-¿Entonces, tenía usted la intención de convertirse en misionera? —
pregunta Tucker haciendo hincapié en la palabra misionera.
—Así es —dice Olympia—. Pensé que ése sería mi futuro.
—Y, díganos, ¿cómo le fue académicamente en el Hastings Seminary?
-Bien.
-¿Sólo bien? ¿No es cierto que, dependiendo del curso, fue usted la
primera o la segunda mejor alumna entre las doscientas setenta señoritas
que componían su clase?
—Sí, así es.
-¿Y no es cierto que, si lo deseara, podría conseguir un puesto de maestra
sin necesidad de proseguir con su educación?
-Sí -dice Olympia-. Creo que sí.
-Entonces, por favor, díganos por qué ha decidido no hacerlo.
-Porque quiero estar con mi hijo.
Albertine Bolduc se lleva una mano enguantada a la boca, intentando
sofocar un grito. Su marido le rodea los hombros con el brazo.
—Dígame -prosigue Tucker—, ¿me equivoco si afirmo que el personal
docente del Hastings Seminary, cuyos valores cristianos están fuera de
toda duda, no la consideraba ni disipada, ni lasciva ni depravada ni
vulgar ni vil?

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—Protesto, señoría —interrumpe Addison Sears poniéndose de pie.


El letrado le está pidiendo a la demandante que especule.
—Señor Tucker —lo amonesta el juez.
—Señorita Biddeford, ¿puede decirnos cómo se mantiene? —pregunta
Tucker sin perturbarse.
—Mi padre es un hombre de posición acomodada.
—Entonces, ¿sería correcto decir que el dinero no es un problema del
que deba preocuparse, ni ahora ni en el futuro?
—Siempre se debe ser prudente con el dinero —dice Olympia eligiendo
cuidadosamente las palabras-, pero, sí, supongo que sería correcto decir
eso.
—Entonces, en el caso de recibir la guarda y custodia de su hijo, no
tendría que dejar al niño para ir a trabajar, ¿verdad?
—No, no tendría que hacerlo.
—¿Podría dedicarle entonces todo su tiempo a su hijo?
—Sí, eso es lo que haría.
Tucker se da la vuelta y mira fijamente a Albertine Bolduc, como si
quisiera remarcar la diferencia que existe entre su cliente y esa mujer
trabajadora. Se acerca lentamente a la mesa y consulta algo en sus notas.
—Señorita Biddeford, sé que esto es doloroso para usted, pero quisiera
retroceder hasta el día que nació su hijo.
Olympia respira hondo. Por muchas veces que haya repasado el
interrogatorio con Tucker, no consigue acostumbrarse a ciertas preguntas.
-¿Dónde dio a luz a su hijo? -pregunta Tucker.
-En la casa de mi padre, en Boston.
-¿Puede decirme qué día y a qué hora?
-A las dos de la tarde del 14 de abril de 1900.
-¿Fue un parto normal?
-Sí.
-Y, dígame, ¿qué ocurrió inmediatamente después de nacer el niño?
-Me quitaron a mi hijo.
-¿Quién?
-No lo sé. Pero quienquiera que fuese lo hizo siguiendo las instrucciones
de mi padre.
-¿Cómo es que no lo sabe?
-El médico de mi madre me administró láudano durante el parto.
-¿Se refiere al doctor Ulysses Branch, de Newbury Street, Boston?
-Sí.
-¿Sabe cuánto láudano le administró?
-Creo que me dio tres cucharadas.
-Entonces, se quedaría usted dormida.
-Sí, así es.
-¿Recuerda el aspecto de su hijo? Cada vez que Tucker le ha hecho esa
pregunta en su despacho, los ojos de Olympia se han llenado de lágrimas.

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-Sí —dice—, aunque sólo vagamente.


-Díganos lo que recuerda.
-Alguien me dijo que era un niño. Estaba tumbado a mi lado, envuelto
en una sábana. Tenía unos ojos preciosos y el pelo muy oscuro... —Olympia
se muerde el labio inferior.
—Está bien —dice Tucker, que ya ha conseguido el efecto que buscaba-.
¿Quería usted separarse de su hijo? ¿Quería que lo apartaran de su lado al
nacer?
—No, por supuesto que no.
—¿Le expresó ese deseo a alguien?
—Sí, se lo dije a mi padre.
—¿Y qué le dijo él?
—Que ya estaba decidido y que si insistía en mi actitud me desheredaría.
—Pero, señorita Biddeford, ¿acaso le importaba más el dinero que su hijo?
—No, por supuesto que no —dice ella "con convicción-. Pero si me oponía
a los deseos de mi padre no podría mantenerme a mí misma. Por aquel
entonces, yo no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir sin su ayuda. Y si
yo no sobrevivía, ¿cómo iba a hacerlo el niño?
—Señorita Biddeford, díganos por qué se ha decidido a presentar esta
demanda precisamente ahora.
Olympia mira a Tucker. Después mira al juez, al ujier, a Albertine, a
Telesphore, a Sears... Sabe que su respuesta puede resultar clave para el
desenlace del juicio.
—Hace casi cuatro años que me robaron a mi hijo —dice Olympia—.
Nadie puede saber lo que he sufrido durante todo este tiempo. He pensado
continuamente en mi hijo y no ha pasado un solo día en el que no haya
anhelado estar a su lado. Pero, hasta hace poco tiempo, ni tenía la edad
necesaria ni contaba con los medios necesarios para poder pedir que me
devolvieran a mi hijo. De hecho, ni siquiera sabía dónde estaba, pues mi
padre me ocultó su paradero.
Tucker asiente, dándole ánimos. Entonces, Olympia se da cuenta de que falta
algo en el proceso. Es el niño. Su hijo. Aunque se alegra de que no esté ahí,
aunque se alegra de que no tenga que escuchar todo lo que se está
diciendo en esa sala, no puede dejar de pensar que el proceso resulta
vacío sin su presencia.
-Pero no quiero que me devuelvan a mi hijo por mi sufrimiento ni
porque ése sea mi derecho legal —prosigue—. No, quiero estar con mi
hijo porque sé que seré una buena madre para él, porque sé que podré
proporcionarle el amor y los cuidados que necesita, además de una
posición y una educación con la que no todo el mundo tiene la suerte de
contar.
Olympia mira fijamente a Tucker para no tener que enfrentarse al odio
con el que la observa Albertine Bolduc.
-La separación de mi hijo ha sido lo más doloroso que me ha ocurrido
en la vida, señor Tucker —afirma Olympia con sincera pasión—. Sólo

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espero que este juzgado corrija el daño que se nos ha hecho, tanto a mi hijo
como a mí, y que algún día podamos volver a estar juntos, como fue la
intención de Dios y de la naturaleza.
Albertine Bolduc cierra los ojos. Telesphore, que sigue abrazando a su
mujer, mira a Olympia con odio. Tucker guarda silencio mientras las
palabras de Olympia resuenan en la sala.
-No haré más preguntas, señoría —dice Tucker. Vuelve a la mesa y se
sienta. Addison Sears se levanta.
-Señoría, quisiera interrogar a la demandante.
-Proceda, señor Sears.
Sears se acerca lentamente al estrado, consultando sus notas.
-Buenos días, señorita Biddeford -dice Sears sin levantar la mirada de
sus notas.
-Buenos días -dice ella en apenas un susurro.
Sears levanta bruscamente la cabeza y clava los ojos en Olympia.
-Tendrá que hablar un poco más alto. Apenas puedo oírla.
Olympia se da cuenta inmediatamente de lo que pretende Sears con ese
reproche. Quiere hacer que parezca una niña.
-Buenos días -repite Olympia subiendo la voz y la barbilla al mismo
tiempo.
-Señorita Biddeford, ¿está usted o ha estado usted alguna vez casada?
-No.
-Entonces, de recibir la guarda y custodia del menor, se vería obligada a
criarlo sin la ayuda de un padre. ¿No es así?
-Sí —contesta ella escuetamente.
-Señorita Biddeford, ha dicho usted que antes de instalarse en Fortunes
Rocks estaba interna en el colegio Hastings. Pero ¿acaso no es cierto que
inmediatamente antes de venir a Fortune's Rocks estaba trabajando en casa
de Averill Hardy, en Tetbury, Massachusetts, y no, como ha dicho, en el
colegio Hastings?
Olympia advierte cómo Sears ha cambiado deliberadamente el nombre
de Hastings. Sin duda, el juez tampoco lo habrá pasado por alto.
-Sí —dice-. Es cierto. Pero, al formar parte del programa de verano del
Hastings Seminary, esa ocupación también formaba parte de mi educación.
-Sí, claro -dice Sears-. Fue contratada usted en calidad de institutriz de
los tres hijos del señor Hardy, ¿verdad?
-Sí.
-¿Y no es cierto que el pasado doce de julio abandonó su puesto, dejando a
esos niños sin institutriz, y que ni tan siquiera avisó de su marcha al señor
Hardy?
—Las circunstancias eran tales que...
—Díganos -interrumpe Sears-. ¿Es o no es cierto que abandonó su
puesto de trabajo sin avisar al señor Hardy?
—Señoría -dice Tucker al tiempo que se levanta-. El letrado de la parte

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demandada está presionando a mi cliente.


—Señor Sears —lo amonesta el juez.
Addison Sears inclina teatralmente la cabeza ante el juez y se vuelve
hacia Olympia con una amplia sonrisa en los labios.
—Le ruego me perdone por haberla interrumpido, señorita Biddeford.
Sin duda, es consecuencia de mi avidez por sacar a la luz la verdad. Por
favor, continúe.
Pero Olympia no puede hacerlo, pues el ujier del juzgado se acerca a
abrir la puerta de la sala, a la que alguien llama insistentemente. Phillip
Biddeford entra en la sala con el abrigo cubierto de nieve y un bombín en la
mano. Parece incómodo, incluso desconcertado. Y entonces ve a su hija
sentada en el estrado, a un lado del juez, y esa imagen debe de parecerle
tan inusitada, tan incorrecta, que empalidece y se lleva una mano al pecho.
Olympia se inclina hacia adelante, como si deseara acudir a él, pero el
estrado se lo impide. No puede acercarse a su padre, ni siquiera puede
hablar con él.Y, lo que es peor, tendrá que seguir contestando las preguntas
de Sears delante de su padre.
El ujier conduce a Phillip Biddeford a un banco. Tucker, que se ha dado
la vuelta en su asiento en un intento fútil por llamar la atención de Phillip
Biddeford, vuelve a girarse hacia el estrado.
—¿Señorita Biddeford? Si no le importa... –continúa Sears-. Creo que la
pregunta era si abandonó a esos tres jóvenes sin comunicárselo a su padre.
De forma instintiva, Olympia se toca el medallón que esconde bajo la
blusa.
—El señor Hardy intentó abusar de mí. No tuve más remedio que
abandonar la granja, pues mi integridad personal se hallaba en peligro. En
cuanto a los tres hijos, corno comprenderá usted, no era algo que pudiera
explicarles.
—Ya veo. Así que, una vez más, se ha visto involucrada en una relación
ilícita.
Tucker se levanta de un salto.
—¡Protesto! —exclama, furioso.
—El carácter moral de la señorita Biddeford es una cuestión pertinente
para el juicio -dice tranquilamente Sears, como si hubiera anticipado la
reacción de Tucker.
—Señoría, al llamar relación a lo que realmente fue un acoso por parte de
Averill Hardy, el letrado está dando una imagen engañosa del carácter
moral de mi cliente —dice Tucker acaloradamente—. El señor Hardy
intentó abusar de la señorita Biddeford y ella lo rechazó. No existió ningún
tipo de relación.
—¿Supongo que estará de acuerdo conmigo en que la señorita Biddeford
es quien mejor puede aclarar lo sucedido? —interviene Sears.
—Así es -dice el juez Littlefíeld-. Pero, en el futuro, señor Sears,
absténgase de emitir juicios de valor.

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—Sí, señoría.
Se'ars se rasca la punta de la nariz con un nudillo, como si estuviera
inmerso en una profunda reflexión. De repente, se vuelve hacia Olympia.
—Señorita Biddeford, ¿cuándo empezó a mantener relaciones sexuales
con el doctor Haskell?
El carácter inesperado y directo de la pregunta no sólo sorprende a
Olympia, sino también a Tucker, que levanta bruscamente la mirada de sus
notas. No pensaban que Sears se atreviera a realizar un ataque tan frontal. A
pesar de los reiterados consejos de Tucker, Olympia baja la mirada hacia su
regazo. Mi padre no puede oír esto —piensa—. No puedo contestar esa
pregunta delante de mi padre. Mira a Tucker, implorándole con la mirada.
Al ver la angustia de Olympia, Tucker vuelve a levantarse.
—Señoría —dice—, como letrado de la demandante solicito que el padre de
la misma, el señor Phillip Biddeford, se ausente de la sala durante esta fase
extremadamente delicada del interrogatorio.
Littlefield asiente.
—Ujier, acompañe al señor Biddeford a una sala donde pueda esperar a
que finalice el interrogatorio de su hija.
El padre de Olympia tiene que apoyarse un momento en el brazo del
ujier, haciendo acopio de sus fuerzas, antes de salir de la sala.
—¿Cuándo empezó a mantener relaciones sexuales con el doctor Haskell?
-vuelve a decir Sears en cuanto el padre de Olympia desaparece tras la
puerta.
—El 14 de julio de 1899.
—¿Podría describir la naturaleza de dichas relaciones sexuales?
—¡Protesto! -exclama Tucker, aunque en esta ocasión no se levanta-.
Señoría, ¿realmente cree necesario que mi cliente responda a una pregunta
tan aborrecible?
—Se acepta la protesta —dice Littlefield—. Señor Sears, este juzgado no
aceptará más preguntas de ese tipo.
—Señorita Biddeford -dice Sears-, ¿dónde tuvo lugar dicho encuentro
sexual con el doctor Haskell?
-En su habitación del hotel.
-¿Se refiere al hotel Highland, en Fortune's Rocks?
-Sí.
-¿Fue usted a su habitación?
-Sí.
-¿Compartía el señor Haskell esa habitación con su esposa cuando ella iba
a visitarlo los fines de semana?
-Creo que sí -responde Olympia, que no alcanza a comprender cómo
puede saber eso Sears.
-¿Me equivoco si digo que fue usted quien dio el primer paso para
comenzar ese encuentro sexual?
Olympia reflexiona durante unos instantes. Es una pregunta que se ha
hecho muchas veces a sí misma.

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-No, creo que no. No se equivoca —dice finalmente.


-¿Sabía usted que el doctor Haskell estaba casado y que tenía hijos?
-Sí.
-¿Conocía usted a su mujer y a sus hijos?
-Sí.
-De hecho, tengo entendido que la familia Haskell al completo pasó un fin
de semana invitada en la casa que su padre tiene en Fortune's Rocks. ¿No es
así?
-Sí.
-¿En cuántas ocasiones mantuvo relaciones sexuales con el doctor
Haskell?
-No lo sé.
-¿Más de diez veces?
-Es posible.
-¿Y siempre tenían lugar en el hotel esos encuentros?
-No.
-¿Puede decirme en qué otro lugar mantuvo relaciones sexuales con el
doctor Haskell?
-En la casa que se estaba construyendo en la playa.
-¿En una casa en construcción? -pregunta Sears con aparente
incredulidad. Se da la vuelta y mira a Albertine y a Telesphore Bolduc.
-Sí.
-¿En Fortune's Rocks?
-Sí.
-¿Y usted mantuvo relaciones sexuales con el doctor Haskell en una casa
a medio construir? —insiste Sears.
-Ya le he dicho que sí -dice Olympia con impaciencia. Cada vez le duele
más la cabeza. Se pregunta cuánto tiempo más tendrá que soportar esa
tortura.
-Señorita Biddeford, ¿era usted consciente de que lo que hacía estaba
mal?
-Sin duda, hacerle daño a Catherine Haskell estaba mal —contesta
Olympia—. Pero nunca pensé que hubiera nada malo en amar a John
Haskell.
-¿Catherine Haskell era la mujer del doctor Haskell?
-Sí.
-Entonces, ¿no cree usted que su conducta fuese pecaminosa?
-No, no lo creo.
-Ya veo. ¿Acude usted con regularidad a la iglesia? —pregunta Sears tras
un largo silencio.
-Solía acudir con regularidad.
-¿Cuándo fue la última vez que fue a la iglesia?
-En junio —dice ella.
-De eso hace ocho meses. Dígame, ¿si recibiera usted la guarda y custodia

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del niño, estaría dispuesta a admitir entonces que su conducta fue


pecaminosa?
-¡Protesto! -interviene Tucker al tiempo que vuelve a ponerse en pie—. El
letrado le está pidiendo a mi representada que especule. Mi cliente no
puede saber lo que pensará en el futuro.
—Señor Sears.
—Permítame que formule la pregunta de otra forma, señoría. Señorita
Biddeford, ¿cómo le explicará las circunstancias de su nacimiento al niño
cuando éste tenga suficiente edad como para comprenderlas, si es que es
posible explicar un comportamiento tan reprobable como el suyo?
—De la misma manera que imagino que lo haría Al-bertine Bolduc. Le
diría la verdad.
Albertine mueve la cabeza de un lado a otro y le dice algo a su marido.
—Señorita Biddeford, ¿ha estado alguna vez con el niño? —pregunta
Sears.
—No.
—¿Se ha interesado alguna vez por su bienestar?
—Ésa es precisamente la razón por la que estoy aquí.
—¿Y antes de presentar la demanda?
—He tenido a mi hijo presente en mis pensamientos desde el día que nació.
—Ya. Pero, dígame, ¿alguna vez compartió esa preocupación con otra
persona antes de trasladarse a Fortune's Rocks el pasado mes de julio?
—No.
—¿Y dice que nunca ha estado con el niño?
—No.
—Señorita Biddeford, ¿quiere usted todavía al doctor Haskell?
La pregunta es tan fría y certera como una puñalada. Olympia no duda a
la hora de responder.
—Si —dice inmediatamente y, por primera vez, el gesto de sorpresa de
Addison Sears parece genuino. El letrado bebe un poco de agua.
—¿Sería capaz de renunciar a su amor por John Haskell si eso beneficiara
al niño? —pregunta.
Tucker se levanta, pero Olympia ya ha empezado a contestar.
-No —dice Olympia—. No veo en qué podría beneficiar al niño que yo
renunciara a mi amor por John Haskell.
—No haré más preguntas, señoría.

Durante el receso del almuerzo, Olympia se reúne con su padre en una


pequeña habitación aneja a la sala. Al verla entrar, él tiene que apoyar una
mano en el borde de la mesa para incorporarse. Aunque sólo han pasado
ocho meses desde la última vez que Olympia vio a su padre, se siente como si
apenas conociera al hombre que tiene delante. Tiene la piel cetrina y su figura
transmite fragilidad, aunque Olympia no puede saber si eso se debe al golpe

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moral que acaba de recibir, a la visión de su hija en el estrado, o al paso de los


años. Puede que esté enfermo. Olympia se abraza a él y, aunque no sea
costumbre entre ellos, lo besa.
—Hija mía.
Dejándose llevar por el torrente de emociones que parece haberse
apoderado del momento, entrelazan las manos y se sientan en las sillas de
cuero que hay junto a la solitaria mesa de la habitación. Tucker permanece
discretamente junto a la puerta.
—¿De verdad crees que es necesario pasar por todo esto, Olympia?
—Conseguiré que me devuelvan a mi hijo, padre —dice ella—. Lo único
que me preocupa es que eso te haga sufrir.
—No sufriré si tú no sufres —dice él—.Ya hace tiempo que he dejado de temer
los escándalos. Deberías saber que tu madre siempre se opuso a que te
apartase del niño. Nunca la he visto tan enfadada conmigo como aquella
horrible tarde. Y ahora... Ahora ya ni siquiera sé qué decir.
—¿Lo sabe ella? —pregunta Olympia.
—Sí. Era mi obligación decírselo. Y, en cualquier caso, antes o después, se
habría enterado. Quiero ayudarte, Olympia. Quisiera intentar enmendar parte
del daño que te he hecho. Me quedaré contigo todo el tiempo que haga falta.
Sabes que tendré que prestar testimonio, ¿verdad?
—Hazlo, padre. Di la verdad. La verdad no puede perjudicarme.
—Supongo que necesitarás dinero. Olympia mira a Tucker.
—El señor Tucker ha sido tan amable como para aplazar el cobro de sus
honorarios hasta que yo consiga reunir el dinero necesario para cubrirlos.
—El señor Tucker y yo arreglaremos ese problema de inmediato —dice
el padre de Olympia—. No deberías ser tan independiente, Olympia. No es
bueno para el corazón.
Y, mientras observa a su padre, Olympia piensa que, a pesar de todo lo
ocurrido, sigue siendo un hombre sabio.
—Padre... —empieza a decir, pero en ese momento se abre la puerta.
—Lo siento —dice apresuradamente el juez Littlefield-. No sabía que
hubiera alguien.
Y, de repente, Littlefield, que, sin su toga, parece todavía más pequeño,
se acerca al padre de Olympia.
—Phillrp.
El- padre de Olympia se levanta de su asiento.
—Levi —dice al tiempo que le tiende la mano al juez.
—Siento que haya entrado en un momento tan incómodo -dice Littlefield—.
¿Cuándo ha llegado?
—Esta mañana.
—Espero que la tormenta no lo haya sorprendido en el viaje.
—No, he tenido suerte.
—Bueno, será mejor que los deje solos. Littlefield se despide de Olympia
con una inclinación de la cabeza y sale de la habitación.
—¿Conoce al juez Littlefield? —pregunta Tucker en cuanto la puerta se

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cierra.
—Sí. Si no recuerdo mal, nos conocimos a causa de unos cerdos que
destrozaron mis frutales —dice el padre de Olympia-. El juez Littlefield
resolvió el conflicto con diligencia y sentido común.
Olympia recuerda el día que unos cerdos de una granja vecina
invadieron el jardín de la casa de Fortunes Rocks. Fue hace seis o siete
años.
Tucker sonríe.
—Me hubiera gustado poder estar presente en ese juicio -dice-. Supongo
que sería divertido.
—Puede estar seguro de que lo fue —dice el padre de Olympia.
—Padre —dice ella—, ¿por qué no invitamos al señor Tucker a almorzar?
Además, tendrás que reservar una habitación en el hotel. No estoy
dispuesta a permitir que vuelvas a Boston hasta que el tiempo mejore.
—No puedes imaginarte cuánto te he echado de menos, Olympia -dice
él y, al mirarlo, Olympia observa que el rostro de su padre ha recuperado
parte de su color.

El letrado de la parte demandante llama a declarar a Phillip Arthur Biddeford.


---Señor Biddeford, ¿conspiró usted la tarde del 14 de abril de 1900 para
sustraer ilícitamente al recién nacido Fierre Francis Haskell de manos de su
madre, Olympia Biddeford?
—Sí, lo hice.
—¿Fue usted quien separó físicamente al niño de su madre?
—No. Le pedí a la doncella personal de mi esposa que lo hiciera. Cuando
me trajo al niño, le encargué a mi mayordomo, Josiah Hay, que se lo llevara
a su padre natural, el doctor John Haskell.
—¿Usted y el doctor habían acordado previamente que ése sería el modo
de proceder?
—Sí, así es.
—¿Puede decirnos mediante que vía?
—Nos comunicamos por carta.
—¿A iniciativa de usted o del doctor Haskell?
—Mía. Le escribí una carta y se la envié a su abogado.
—¿En qué consistía exactamente ese acuerdo con el doctor Haskell?
—Acordamos que él se encargaría de entregar al niño a un orfanato. A él
no le resultaría difícil hacerlo, pues, dada su profesión, había colaborado
profesionalmente con diversas instituciones dedicadas a la caridad, tanto en
Ely Falls como en otros lugares.
—Señor Biddeford, ¿podría decirnos por qué actuó como lo hizo? ¿Por
qué conspiró para sustraer al recién nacido de manos de su propia hija?
—Quería proteger la reputación de mi hija.
—¿Se arrepiente ahora de haber obrado como lo hizo?
—Sí, constantemente. Sólo espero que algún día mi hija pueda

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perdonarme.
El letrado de la parte demandada desea interrogar a Phillip Arthur Biddeford.
-Señor Biddeford, ¿podría decirnos qué pensó cuando descubrió que su
hija estaba encinta?
-Estaba horrorizado.
-¿Pensó que su hija era demasiado joven como para tener un hijo?
—Sí, señor Sears, lo pensé.
-¿Pensó que su hija era demasiado joven para criar a un niño?
-Sí.
—Si no me equivoco, su hija sólo tenía dieciséis años en aquel momento.
-Así es.
-¿Y no pensó usted también que su hija todavía era una niña?
—Sí, lo pensé.
—Dígame, ¿tuvo en cuenta alguna vez el futuro bienestar del niño?
—Sí, por supuesto que sí.
—¿Podría decirnos qué pensó al respecto?
—En aquel momento pensé que estaría mejor en una institución de
caridad, pero ahora me arrepiento de...
—Limítese a contestar las preguntas, señor Biddeford.
-Sí.
-¿Además del bienestar del niño,_ qué otras cosas le preocupaban?
—Me preocupaba el futuro de mi hija. Me preocupaba que su vida
quedara arruinada.

El letrado de la parte demandante llama a declarar a Josiah Hay.

—Señor Hay, según el testimonio del señor Biddeford, el 14 de abril de 1900


éste le encargó que viajase a New Hampshire con el hijo recién nacido de
Olympia Biddeford y que se lo entregara al doctor Haskell. ¿Es eso cierto?
—Sí, señor. Es cierto.
—¿Puede decirnos qué hizo exactamente cuando el niño le fue
entregado?
—Lisette, mi mujer, hizo una maleta con las cosas del bebé y fuimos a
North Station, donde tomamos el tren a Rye.
—¿Su esposa lo acompañó en el viaje?
—Sí, señor. Y puedo asegurarle que no dejó de llorar en todo el viaje.
Tendría que haberla visto.
—¿Sabía usted que el traslado del niño se estaba realizando sin el
conocimiento ni el consentimiento de Olympia Biddeford, que yacía en su
lecho, sumida en un estado de semiinconsciencia provocado por las drogas
que le había administrado el médico durante el parto?
—Sí, claro que lo sabía. Por eso lloraba tanto mi mujer.
—Díganos, ¿qué hizo cuando llegó a Rye?
—Alquilamos un coche y fuimos directamente a Ely Falls. El señor

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Biddeford nos había proporcionado dinero más que suficiente para cubrir
todos los gastos.
—¿Al llegar a Ely Falls, fueron a ver al doctor Haskell?
—Claro. Fuimos directamente a verlo.
—¿Puede decirnos dónde se produjo el encuentro con el doctor Haskell?
—En el hotel Ely Falls.
—Díganos qué ocurrió.
—Subimos a la habitación del doctor Haskell.Ya lo conocíamos, pues antes
solía visitar al señor Biddeford con cierta periodicidad. Y le entregamos al
niño.
—¿Y qué ocurrió después?
—El doctor Haskell soltó una especie de aullido. Realmente fue terrible.
Tendría que haberlo visto.
—¿Y?
—Bueno, como ya le he dicho, cuando cogió al niño el doctor Haskell se
puso a gritar como si le estuvieran desgarrando las entrañas. Después tumbó
al niño sobre la cama, lo desnudó y lo examinó cuidadosamente. Mi mujer se
alegró muchísimo cuando nos dijo que el niño estaba sano.
—¿Y qué ocurrió después?
—Mi mujer y yo estábamos junto a la puerta. El doctor Haskell se acercó a
mí y me dio la mano. Entonces mi mujer le dijo que se asegurara de que al
niño no le faltara nada. El doctor Haskell dijo que lo haría.
—¿Y después?
—Después, él nos preguntó por la señorita Biddeford. Quería saber cómo
estaba, si se encontraba bien, cómo había sido el parto... Mi mujer, que había
estado presente, pudo informarle de todo. Entonces el bebé se puso a llorar.
Yo le di la maleta con sus cosas al doctor. Él dejó la maleta en el suelo y cogió
al niño en brazos y, mientras intentaba tranquilizarlo, mi mujer y yo salimos
de la habitación. Ya era demasiado tarde para volver a Boston, así que
pasamos la noche en el hotel.

El letrado de la parte demandante llama a declarar a la madre Marguerite Pelletier.


—¿Es usted madre superiora en la orden de Saint Jean Baptiste de
Bienfaisance?
—Sí, así es.
—Y, como tal, ¿es usted la persona encargada de dirigir el orfanato de Saint
Andre?
—Sí.
—¿Había hablado usted alguna vez con el doctor Has-kell antes del día 15
de abril de 1900?
—Sí. El doctor Haskell y yo nos habíamos visto en multitud de ocasiones.
Dada su posición, a menudo nos traía niños recién nacidos cuyas madres o
bien habían fallecido en el parto o bien carecían de los medios necesarios
para cuidar de sus hijos.

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—Entiendo. Pero, dígame, ¿le mencionó algo el doctor Haskell sobre el


asunto que nos concierne con anterioridad a la fecha que he mencionado
anteriormente?
—Sí. Aunque no me dijo quién era la 'madre del niño. Tan sólo me dijo que
a lo largo del mes de abril me traería un bebé. Quería estar seguro de que
tendríamos sitio para él. Por supuesto, hubiéramos acogido al bebé en
cualquier caso, pues el doctor Haskell siempre atendía a nuestros niños
cuando enfermaban y nunca nos cobraba por sus servicios.
—Está bien. Díganos, ¿llevó el doctor Haskell al niño en cuestión al
orfanato la mañana del día 15 de abril de 1900?
—De hecho, trajo al niño por la tarde. Vino directamente a mi despacho.
—¿Puede decirnos qué ocurrió entonces?
—Parecía realmente preocupado por el bienestar del niño. Insistió una y
otra vez en que cuidáramos bien de él. Aunque no me dijo nada sobre la
madre ni sobre el padre del niño, y yo, por supuesto, tampoco se lo pre-
gunté. Pero recuerdo que pensé que, de alguna manera, debía de
concernirle personalmente, pues, además de su evidente preocupación, le
había dado su apellido al niño. Aunque ha habido otros casos similares,
desde luego no es algo común. Además, el doctor Haskell donó una
importante suma de dinero para la manutención del niño e insistió en que
intentáramos encontrarle una familia lo antes posible.
—¿Qué ocurrió después?
—Besó al niño en la frente y me lo entregó.
—¿Y encontró usted una familia para el niño?
—Sí. Entregamos al niño a Albertine y Telesphore Bolduc.

El letrado de la parte demandada desea interrogar a la madre Marguerite Pelletier.

—Dígame, madre Marguerite, ¿tuvo usted ocasión de conocer a la


demandante el pasado mes de agosto?
—Sí, señor Sears, así es.
—¿Podría describirnos ese encuentro?
—Vino al orfanato preguntando por un niño. No tardé mucho en darme
cuenta de que se trataba de su propio hijo. Después me explicó cuál era su
situación.
—¿Cómo supo que el niño en cuestión era el niño que le había entregado el
doctor Haskell el 15 de abril de 1900?
—Ella me dijo el apellido del padre.
—Entiendo. Y, dígame, ¿qué ocurrió después?
—Le pedí que esperara en mi despacho y fui a consultar con el obispo
Louis Giguere, como suelo hacer cuando se presenta un caso de esas
características.
—¿Y qué decidieron usted y el obispo Giguere?
—Decidimos decirle que su hijo había estado en el orfanato, pero que ya
hacía tiempo que había sido acogido por un joven matrimonio. También

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decidimos decirle el nombre del niño, aunque no el apellido.


—¿Por qué decidieron no decirle el apellido?
—Para proteger la intimidad del niño. Y la de los padres de acogida.
—¿Cómo reaccionó Olympia Biddeford?
—Se entristeció mucho, como era de esperar.
—Dígame, madre Marguerite, ¿hubo algo que le sorprendiera durante su
conversación con Olympia Biddeford?
—Sí.
—¿Podría decirnos qué?
—Desafortunadamente, señor Sears, he tratado con muchas jóvenes que se
encuentran en circunstancias similares a las de la señorita Biddeford. AF dar
a luz a sus hijos, se imaginan que pueden abandonarlos y vivir una vida
normal y, después, cuando la culpa y los remordimientos se apoderan de
ellas, se presentan en el orfanato pidiéndonos que les devolvamos a los
niños. Al principio pensé que Olympia Biddeford era como todas las demás,
pero luego me di cuenta de que estaba equivocada
—¿A qué se refiere?
—La señorita Biddeford no mostraba ninguna señal de arrepentimiento.
Le pregunté si se arrepentía de sus pecados y ella me dijo que no
consideraba que hubiera cometido ningún pecado y que no estaba dispuesta
a pedir perdón por algo de lo que no se arrepentía.
—¿Recuerda cuáles fueron exactamente sus palabras?
—Sí. Yo le dije que nadie concibe un niño fuera del seno del matrimonio
sin pecar, que el acto implica voluntad y que, por tanto, había pecado contra
Dios y contra la naturaleza. Ella dijo que amar no era un pecado contra la
naturaleza y que nadie la convencería nunca de lo contrario. No sólo se
comportó con insolencia, sino que incluso tuvo el descaro de decirme, a mí,
una madre superiora de la Iglesia Católica, que no se arrepentía de haber
amado y haber sido amada en una relación ilícita.
—¿Y qué hizo usted entonces?
—Recé por la salvación de su alma.

El letrado de la parte demandada llama a declarar a la señorita Bardwell.


—Buenas tardes, señorita Bardwell. ¿Podría decirnos en qué trabaja?
—Soy la directora del Hastings Seminary.
—Le agradezco que haya venido desde el oeste de Massachusetts. Todos
sabemos que es un viaje largo y lleno de incomodidades.
—Así es, pero cuando usted se ofreció a pagarme los gastos pensé que
me vendría bien descansar unos días en la costa.
—Sí, muy bien. Pero, díganos, señorita Bardwell, ¿recuerda usted a
Olympia Biddeford?
—Sí, señor Sears, por supuesto que la recuerdo.
—¿Qué puede decirnos del tiempo que pasó en su colegio?
—Siempre obtuvo unas notas magníficas. Todos sus profesores coincidían

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en que era una chica con muchas posibilidades.


—¿Y qué puede decirnos de su relación con sus compañeras?
—La señorita Biddeford era lo que yo llamaría una re-clusa. Siempre
estaba sola. Que yo sepa, no tenía ninguna amiga. Realmente, su caso era
de lo más inusual. Lo normal es que, a lo largo de tres años, una chica
joven, como la señorita Biddeford, establezca algún tipo de lazo de amistad.
—¿Diría usted que el comportamiento de la señorita Biddeford era
antisocial?
-Sí, así es.
-¿Diría usted que la señorita Biddeford está preparada académicamente
para desempeñar la labor de una maestra?
—Sí, no me cabe la menor duda.
-Entonces, dígame, ¿la recomendaría usted para ocupar un puesto de esa
naturaleza?
-No, no lo haría. No puedo recomendar a una persona que ha
abandonado de forma injustificada su puesto de trabajo anterior.
—¿Cómo se enteró de que la señorita Biddeford había abandonado su
puesto de institutriz?
-Recibí una carta del señor Hardy. Por lo visto, la señorita Biddeford no
estimó necesario comunicarnos su decisión personalmente. El señor Hardy
decía en su carta que se alegraba de que se hubiera ido, pues, al parecer, la
señorita Biddeford le había hecho lo que podrían considerarse
proposiciones poco honestas a uno de sus hijos.
—¿Permitiría que Olympia Biddeford volviera a ingresar en Hastings?
—No, después de esa carta, no podría hacerlo.

El letrado de la parte demandada llama a declarar a Zachariah Cote.


—Señor Cote, es usted un poeta de éxito y reputación dentro de la
comunidad literaria. ¿No es así?
—Así es, señor Sears. He tenido suerte.
—¿Podría decirnos cómo conoció a Olympia Biddeford?
-Fui invitado en varias ocasiones a la casa que tiene su padre en
Fortune's Rocks.
-¿Qué opinión le mereció Olympia Biddeford cuando la conoció por
primera vez?
-Sin duda, era una joven muy bien educada. Parecía agradable, aunque
quizá se mostrara demasiado segura de sí misma.
-Y, dígame, ¿cambió de opinión a lo largo del verano?
-Sí, desde luego que sí.
-¿Podría decirnos por qué?
-El 4 de julio, yo volvía de Rye. Había asistido a la quema de los carros.
¿Conoce esa costumbre popular? Los granjeros llevan sus carros al centro
del pueblo y les prenden fuego...

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-Sí, señor Cote. Estoy seguro de que todos los presentes conocen esa
tradición. Pero, por favor, continúe.
-Como le decía, volvía de Rye. El cochero decidió tomar la carretera
que atraviesa las marismas, pues es el camino más corto.
-Sí.
-Al llegar a una curva, vi a un hombre y a una mujer abrazándose en
una calesa detenida junto a la carretera.
-¿Y pudo reconocerlos?
-Sí, por supuesto que sí. Eran Olympia Biddeford y el doctor John
Haskell.
-¿Está usted completamente seguro?
-Sí. El farol de mi calesa iluminó sus caras.
-Y, díganos, ¿cuál fue su reacción?
-De sorpresa e indignación, por supuesto. El doctor Haskell era un
hombre casado y Olympia Biddeford sólo tenía quince años.
—¿Le habló a alguien de lo que había visto?
—No, no lo hice. Aunque pensé que en algún momento tendría que
decírselo a Phillip Biddeford.
—¿Fue ésa la única vez que vio a Olympia Biddeford en circunstancias
comprometedoras?
—No. Un día, cuando volvía de dar un paseo antes de desayunar, me
encontré con Olympia Biddeford en el porche del hotel Highland.
—¿Recuerda qué hora era?
—No podían ser más de las ocho de la mañana.
—¿Qué aspecto tenía ella?
—Tengo que decir que su aspecto me sorprendió. Parecía... ¿Cómo
podría decirlo? ¿Desaliñada?
—¿Habló usted con ella?
—Sí. Incluso la invité a desayunar conmigo en el comedor del hotel.
—¿Y?
—Ella rechazó mi invitación de forma insolente y se fue.
—Señor Cote, ¿conocía usted a Catherine Haskell?
—Sí, de hecho la conocía bastante bien. Era una mujer realmente
encantadora, además de una excelente madre y esposa.
—¿Sorprendieron Catherine Haskell y usted a Olympia Biddeford y a
John Haskell en una actitud comprometida?
—Sí, mucho me temo que sí.
—¿Podría describirnos lo que ocurrió?
—La verdad es que es un asunto muy delicado. Fue el diez de agosto,
durante la fiesta que celebraron los Biddeford en ocasión del cumpleaños
de la señorita Biddeford. Yo me encontraba en el porche con la señora Has-
kell. Ella miró por el telescopio que había en el porche y al apuntarlo
casualmente hacia una de las ventanas de la capilla aneja a la casa... Bueno,
digamos que vio algo realmente terrible.

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-¿Lo vio también usted?


-Sí, mucho me temo que sí. Al ver la reacción de la señora Haskell, me
agaché y miré por el telescopio.
-¿Y qué vio?
-Vi a Olympia Biddeford y al doctor John Haskell en actitud de... ¿Cómo
podría decirlo? En flagrante delito.
-¿En una capilla, señor Cote?
-Sí, así es. Y no sólo eso. Sobre el altar.
-¿Sobre el altar?
-Sí.
-¿Cómo reaccionó la señora Haskell?
-Ya puede usted imaginarlo. Pensé que se iba a desmayar.

El letrado de la parte demandante desea interrogar a Zachariah Cote.

-Señor Cote, es usted poeta, ¿verdad?


-Sí, señor Tucker.
-¿Diría usted que es un poeta de cierto renombre?
-Así es.
-¿Y lo era ya en el verano de 1899?
-Quisiera creer que sí.
-Señor Cote, dígame, ¿es verdad que en junio de 1899 le envió media
docena de poemas al señor Phillip Biddeford, editor del The Eay Quaterly,
con la esperanza de que fueran publicados en dicha revista?
-Es posible que lo hiciera, pero no veo qué importancia puede tener eso.
-El juez Littlefield es quien debe decidir la relevancia de las preguntas, señor
Cote. Usted limítese a contestarlas.
—No estoy seguro.
—Haga memoria, señor Cote.
—Ya le he dicho que es posible.
—¿Es cierto que el señor Biddeford rechazó la publicación de sus poemas?
—No sé si ése sería el término más apropiado.
—No soy poeta, señor Cote. Me limito a llamar las cosas por su nombre.
—No lo recuerdo con exactitud.
—Puede que esto le refresque la memoria, señor Cote -dice Tucker al
tiempo que le entrega una hoja-. Dígame, ¿es ésta una copia de la carta que le
envió el señor Biddeford rechazando la publicación de sus poemas?
—No estoy seguro.
—Tómese su tiempo.
—Puede que lo sea.
—¿Podría leernos la fecha de la carta?
—El cuatro de agosto de 1899.

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—Lo cual significa que debió de recibirla usted inmediatamente antes de la


noche de la fiesta, pues ésta tuvo lugar el diez de agosto. ¿No es así?
—Es posible.
—Señor Cote, ¿tendría usted algún inconveniente en leer la carta en voz
alta?
—¿Es esto realmente necesario, señoría?
—No lo sé, señor Cote —dice Littlefield—. ¿Lo es, señor Tucker?
—Señoría, pretendo demostrar que el señor Cote no es un testigo
imparcial.
—De acuerdo —asiente Littlefield—. Proceda, señor Tucker.
—Señor Cote -dice Tucker dirigiéndose al poeta.
—¿Sí?
—Lea la carta, por favor.
—Está bien. Leeré la carta si es necesario, pero antes quiero dejar claro
que considero que se está invadiendo mi intimidad.
—Señor Cote, la invasión de la intimidad es algo inevitable en un
proceso.
—«Estimado señor Cote: Le devuelvo sus poemas, pues finalmente he
desestimado su publicación. Aunque su estilo y su contenido sin duda son
singulares, siento decirle que no los juzgo apropiados para mi revista
literaria. En el futuro, le recomendaría que se refrenase en sus
descripciones. Así conseguiría unos versos menos sentimentales. Lo saluda
atentamente, Phillip Biddeford.»
—Señor Cote, ¿se sintió usted herido en su orgullo al recibir esta carta?
—Tengo que admitir que me sentí desilusionado. Además, creo que las
críticas del señor Biddeford no eran acertadas.
—Pero, aun así, asistió a la fiesta que se celebró en casa del señor
Biddeford el diez de agosto de 1899.
—Sí. Había confirmado mi asistencia, y soy un hombre de palabra.
—No me cabe duda. Pero, díganos, señor Cote, ¿se mostró en alguna
ocasión la señorita Biddeford excesivamente disipada en público?
—¿A qué se refiere?
—¿Demostraron públicamente sus sentimientos alguna vez el doctor
Haskell y mi representada?
—No, excepto aquella noche en la capilla.
—¿Podía verse la capilla desde alguno de los salones en los que tenía lugar
la fiesta?
No.
-¿Vio alguien más juntos esa noche, además de usted y Catherine
Haskell, a Olympia Biddeford y al doctor Haskell?
-No lo sé.
-Señor Cote, ¿no es cierto que Catherine Haskell no dirigió el telescopio
hacia la capilla aquella noche? ¿No es cierto que fue usted quien la instó a
mirar por el telescopio?
-Por supuesto que no.

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-¿No es cierto que usted llevaba toda la velada observando a Olympia


Biddeford y al doctor Haskell y que, por tanto, los había visto dirigirse a la
capilla?
-No, claro que no.
-Entonces, ¿tampoco es cierto que fue usted quien dirigió el telescopio
para que mostrara la escena que tenía lugar en ese momento dentro de la
capilla?
-¡Por supuesto que no! ¡Y debo decirle que sus insinuaciones resultan
difamatorias e insultantes!
-No tengo más preguntas, señoría.
-Señor Cote, puede usted retirarse del estrado -dice el juez Littlefield.
-Pero, señoría, me gustaría poder responder a las infundadas
insinuaciones del señor Tucker.
-Estoy seguro de ello, señor Cote. Pero, ahora, retírese.
-Está bien, señoría, pero debe usted saber que no estoy en absoluto
conforme con el trato que he recibido.
-No me cabe la menor duda, señor Cote -dice el juez Littlefield al tiempo
que mira la hora en su reloj de bolsillo—.Ya es muy tarde. Se levanta la sesión
hasta mañana por la mañana. Creo que ya es hora de que todos nos vayamos
a casa y descansemos un poco; si es que este horrible tiempo lo permite.
Señor Sears, ¿tiene usted intención de llamar a declarar a alguien mañana?
—Sí, señoría, llamaré a declarar a la señora Bolduc.
—Está bien —concede el juez—.Y, ahora, creo que ya es hora de cenar.

CAPITULO 22

Olympia se abre camino a través de la nieve medio derretida. Los juzgados


están a tan sólo tres*manzanas del hotel. El sol brilla con fuerza, dándole un
aire primaveral a la mañana, aunque todavía faltan veintidós días para que
comience la estación. Después de todo, parece que conseguirá sobrevivir al
invierno. De repente, Olympia siente un intenso deseo de estar en Fortune's
Rocks. La nieve se estará derritiendo en el jardín de su casa y es posible que
hasta pudiera ver algo del césped que lleva meses enterrado bajo un manto
blanco.
La noche anterior, Olympia y su padre cenaron en el hotel Ely Falls.
Aunque el comedor era bastante modesto, su mutuo afecto les brindó una
velada llena de alegría y la oportunidad de volver a conversar sobre sus in-
quietudes. El padre de Olympia le preguntó su opinión sobre Teddy
Roosevelt y sobre los sucesos de Filipinas y ella se burló de él por haber
accedido finalmente a instalar un teléfono. Él le confesó que, además, había
comprado un fonógrafo y que estaba convencido de que nada había
contribuido tanto a la mejoría de la madre de Olympia como una grabación

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francesa del violonchelista Pau Casáis.


—Deberías volver a casa, padre —le dijo Olympia cuando se sentaron en la
salita del hotel para tomar un café después del desayuno—. No sabes
cuánto te agradezco que hayas venido, pero creo que, ahora, madre te
necesita más que yo.
-¿No quieres que esté contigo en el juicio?
—No es necesario. Estaré bien.Y, por cierto, gracias por haberte encargado
de los honorarios del señor Tucker. Te prometo que iré a visitaros en cuanto
acabe el juicio.
Iremos a visitaros. Yo y el niño, se dice a sí misma.
—Está bien —dijo él—. Pero con una condición. Que dejes que Charles
Knowlton se encargue de todas las reparaciones que necesite la casa de la
playa. Si estás decidida a seguir viviendo en Fortunes Rocks, será necesario
hacer algunas reformas. La verdad es que no sé cómo puedes haber
sobrevivido todo el invierno en esa casa.
-Si quieres saber la verdad, me he mudado a la cocina —le confesó ella a
su padre.
Él sonrió. Al verlo así, Olympia pensó que su padre parecía haber
rejuvenecido durante el día que había pasado en Ely Falls. De hecho,
cuando finalmente se despidió de ella, antes de volver a Boston, parecía
gozar de un sincero buen humor.
Pero el buen humor de Olympia se desvanece a medida que se acerca a
los juzgados, dando paso a una ansiedad cada vez mayor; daría casi
cualquier cosa por no tener que volver a entrar en esa sala. Es una sala
oscura, claustrofóbica, demasiado pequeña para albergar tantas emociones,
tantas esperanzas, tanto rencor. Además, el hecho de haberse visto obligada
a revelar unos sentimientos y unas pasiones que nadie debería mencionar
jamás en público, le han dejado un poso de amargura. Y, por mucho que
desee obtener la custodia de su hijo, no puede evitar sentir cierta simpatía
por Albertine Bolduc.
Pero la ansiedad se convierte en incredulidad en cuanto Olympia dobla
una esquina y ve la entrada de los juzgados. Una multitud se amontona
esgrimiendo pancartas en la escalinata de piedra. LA SURVIVANCE!, ve escrito
en un tablón de madera. JE ME SOUVIENS!, dice otro. Uno de los hombres de
la escalinata ve a Olympia en la esquina.
—Id la jeune filie! —grita.
Olympia, aterrorizada, permanece inmóvil mientras la multitud se acerca
a ella con sus pancartas. Antes de que pueda hacer nada, se ve rodeada por
un grupo de hombres. «Ou est le docteur?» «¿Cómo se atreve á pedir la cus-
todia de ese niño?» «Ou est la justice?» Alguien empuja una pancarta
contra la cara de Olympia. Ella levanta la mano para evitar ser golpeada.
Alguien la coge del brazo y tira de ella. Olympia se resiste hasta que oye la
voz de Payson Tucker. Se da la vuelta y ve al joven abogado a su lado, en
medio del gentío.
—¡Déjenla en paz! —ordena Tucker con una autoridad sorprendente—.

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¡Déjennos pasar!
Tucker se abre camino entre la multitud sin soltar a Olympia del brazo.
Al llegar a la escalinata, suben los escalones corriendo y entran en los
juzgados, cuya puerta sólo está abierta para ellos. Tucker no se detiene
hasta que entran en una de las antesalas de los juzgados.
—¿Se encuentra bien? —se interesa volviéndose hacia ella.
—Sí —dice ella intentando controlar el temblor de su voz—. Estoy bien.
Pero no entiendo por qué...
—¡Es lo peor que podía ocurrir! —exclama Tucker buscando el interruptor
de la luz. Finalmente se da por vencido y corre las cortinas de una ventana
—. ¡Lo peor! —Abre su maletín—. ¿No ha leído los periódicos?
—No.
—Mire.
Tucker le muestra dos periódicos: el Ely Falls Sentinel y L'Avenir, el diario
de la comunidad francófona. HIJA
DE POTENTADO DE BOSTON PIDE LA CUSTODIA DE
NIÑO FRANCÓFONO, dice el titular del primer periódico. ESCÁNDALO EN FORTUNE'S
ROCKS, exclama el periódico francófono. Olympia traduce rápidamente:
PRETENDEN ROMPER A UNA FAMILIA DE NUESTRA COMUNIDAD.
Ambos periódicos incluyen dibujos de Olympia. El del Ely Falls Sentinel, de
forma ovalada, al modo de un camafeo, muestra a una hermosa joven con
aspecto respetable. En cambio, el dibujo de L'Avenir presenta a una joven
con la blusa escotada y los senos descubiertos. La chica tiene los labios
entreabiertos y varios mechones de cabello ondean voluptuosamente en
torno a su cara. Ninguno de las dos mujeres se parece a Olympia. Ella se
sienta sin decir nada.
—Esto es precisamente lo que no queríamos que ocurriera —dice Tucker al
tiempo que coge uno de los periódicos y lo golpea ruidosamente contra la
palma de su mano-. La opinión pública se está polarizando. La comunidad
francófona ya se ha movilizado en defensa de los Bolduc.Y los anglosajones,
que se sienten amenazados por la survivance, no tardarán en demostrar sus
prejuicios, que le aseguro que no son pocos. Es un odio que lleva años
latiendo oculto y que, en ocasiones como ésta, sale a relucir con toda su
sordidez. No me cabe duda de que es cosa de Sears. El no tiene nada que
perder. Y sí mucho que ganar. De hecho, ahora que lo pienso, ya debía de
tener esto en mente cuando aceptó el caso. ¿Por qué iba a haberlo aceptado si
no? Lo que busca es la publicidad. Desde luego, no está en esto por dinero.
Pero Olympia está pensando en otra persona.
—También podría ser obra de Zachariah Cote -dice—. Sería su manera
de vengarse por lo que le hizo usted ayer en el estrado.
Tucker mira fijamente a Olympia.
—Perdóneme, señorita Biddeford —dice al cabo de unos segundos—. Es
usted la que está sufriendo las afrentas.
—Usted ya me previno. Me dijo que esto podría ocurrir.

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—Sí, pero la realidad siempre supera nuestras peores sospechas —dice


él.
Tucker guarda los periódicos en su maletín.
—¿Está segura de querer seguir adelante? —pregunta—. Todavía estamos a
tiempo de retirar la demanda.
—Me alegro de que mi padre no esté aquí para ver esto -dice Olympia. Se
levanta y se acerca a la ventana-. ¿Qué es exactamente la survivancé? —
pregunta mientras observa a la multitud que cada vez se acumula en mayor
número frente a los juzgados—. Sé que significa supervivencia.
—Es el grito de guerra de la comunidad francófona. Algo así como la
bandera bajo la que luchan por mantener intacta su cultura frente a la
influencia de los anglosajones. Es un esfuerzo condenado históricamente al
fracaso. Aunque quizá sea precisamente eso lo que hace que se aferren con
tanta vehemencia a sus valores. Usted y yo sabemos que este proceso no
tiene nada que ver con ckses sociales ni con tradiciones, pero ellos lo ven de
otra manera.
—¿Está seguro de lo que dice? —pregunta Olympia—. ¿Está seguro de que
este juicio no tiene nada que ver con clases sociales ni con tradiciones?
—Eso he creído siempre —dice Tucker—, aunque es posible que estuviera
equivocado.

Los gritos de la multitud se oyen con nitidez desde la pequeña sala de


vistas. Albertine sujeta la mano de su marido con fuerza. Parece asustada.
Incluso el juez Littlefield parece nervioso.
-Esperaba poder resolver esta causa sin demasiada publicidad —dice
Littlefield en cuanto toma asiento-, pero, en algunas ocasiones, un
procedimiento legal se convierte en una cuestión de interés público, y el
pueblo exige estar presente en la vista oral. El juicio ha llegado a las
primeras páginas de los periódicos. Espero no enterarme nunca de que
alguna de las partes presentes tiene algo que ver con lo ocurrido —añade
Littlefield al tiempo que mira fijamente a Sears.
El letrado proclama su inocencia levantando ambas manos.
—Cuando una causa se hace de dominio público y los ciudadanos
piensan que se les está negando su derecho a asistir a ella, una de las
partes, cuando no ambas, pueden verse gravemente perjudicadas. De ahí
que, muy a mi pesar, haya decidido trasladar la vista oral a una sala más
amplia. Para evitar cualquier problema, yo saldré primero y seremos
escoltados por el ujier y por un agente judicial.
Littlefield se levanta y, en cuanto Sears y el matrimonio Bolduc se unen a él,
sale por la puerta que hay junto al estrado. Tucker y Olympia los siguen a
algunos metros de distancia. Avanzan por un oscuro laberinto de pasillos
y pequeñas salas que hace que Olympia se sienta como si formara parte de
un rebaño de ovejas camino al matadero. Tucker coge a Olympia del brazo.
Ella se acerca instintivamente a él. Al llegar a una sala completamente

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oscura, Tucker le rodea los hombros con el brazo. Olympia se siente


incómoda bajo el abrazo protector de su abogado. A medida que se acercan a
la puerta de la nueva sala de vistas, empiezan a oír gritos de apoyo a los
Bolduc. Tucker coge la mano de Olympia y la aprieta con fuerza.
—Estoy asustada, señor Tucker —confiesa ella.
—Hay algo que quisiera decirle, señorita Biddeford. En la penumbra,
Olympia apenas puede distinguir la expresión de su rostro.
—Sé que esto debe de ser muy duro para usted —continúa diciendo
Tucker.
—Por favor, señor Tucker.
—Sólo quiero que sepa que admiro su coraje y su entereza y que espero
que algún día tengamos la oportunidad de vernos en unas circunstancias
más agradables.
Olympia retira la mano.
—No creo que éste sea el momento más apropiado para expresarme su
admiración, señor Tucker.
—Tiene usted razón, señorita Biddeford. Pero me pregunto si alguna vez
habrá un momento apropiado.
—No lo sé, señor Tucker —dice Olympia al tiempo que lo mira fijamente a
los ojos—. No quisiera privar a nadie de esperanza, y menos aún cuando yo
estoy tan necesitada de ella —dice eligiendo cuidadosamente sus palabras
—.Y, desde luego, no deseo defraudarlo, pues le estoy profundamente
agradecida por todo lo que ha hecho por mí. Aun así, no puedo ofrecerle
aquello que no estoy en disposición de dar.
—Lo entiendo, señorita Biddeford.
—Llámeme Olympia, por favor. Es absurdo que sigarnos recurriendo a un
trato tan formal en la situación en la que nos encontramos.
-Olympia —dice él.
-Es intolerable -exclama indignado el juez Littlefield, que los espera en la
puerta—. Corno descubra que Sears es el causante de este pandemonio le
prometo, señor Tucker, que me encargaré personalmente de que no
vuelva a ejercer como letrado en toda su vida. Porque supongo que
usted no tendrá nada que ver con lo ocurrido. ¿Verdad, señor Tucker?
-No, señoría —dice Tucker aguadamente—. Como usted comprenderá,
una sala abarrotada de miembros de la comunidad francófona es lo último
que le conviene a mi cliente.
-En efecto -dice Littlefield.
-Y si me permite decirlo —añade Tucker—, tampoco podemos estar
seguros de que haya sido el señor Sears.
-No, no podemos estar seguros. Pero, dígame, ¿quién si no puede ser el
responsable?
-¿Un testigo contrariado? —sugiere Tucker, mirando a Olympia.
-Tendré en cuenta lo que dice, señor Tucker. -Littlefield parece estudiar
al abogado—. Por cierto, dígale a su padre que me debe un barril de

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manzanas —añade finalmente.


-¿Perdón?
-Es una vieja apuesta, señor Tucker. Una vieja apuesta.
Littlefield abre la puerta para que Olympia y Tucker entren en la nueva
sala de vistas.
---Mucho me temo que nuestros partidarios estarán en minoría en la
sala —le dice Tucker a Olympia cuando se disponen a entrar—. Intente no
pensar en nada más que en nuestro objetivo y recuerde que el público no
es quien dictará la sentencia.
—De eso pueden estar seguros —dice Littlefield.
Al entrar en la sala, Tucker y Olympia son recibidos con un coro de gritos
a favor de la survivance. Decenas de hombres con camisas de faena y gorras
de tela gritan y levantan los puños al ver entrar a Olympia. Ella se pregunta
cómo es que todos esos hombres no están trabajando en la fábrica. El juez
Littlefield entra inmediatamente después de ellos. Ocupa su lugar en el
estrado y golpea la mesa insistentemente con el mazo.
—¡Silencio! —exclama—. No toleraré ningún comportamiento de este tipo.
¡Silencio! Expulsaré de la sala a la próxima persona que se atreva a decir una
palabra. —Littlefield espera hasta que sus amenazas empiezan a surtir efecto
—. Proceda, señor Sears —insta al cabo de unos segundos y, ya sea por la
tensión del momento o porque sigue pensando que Sears es el responsable de
lo ocurrido, sus palabras resuenan en la sala con una gravedad inusitada.
—El letrado de la parte demandada llama a declarar a Albertine Bolduc —
dice Sears al tiempo que se levanta.
Un murmullo ahogado se apodera de la sala mientras la señora Bolduc
ocupa su lugar en el estrado; Albertine parece aterrorizada. Lleva el mismo
peinado con flequillo, el mismo traje y la misma blusa que el día anterior.
Las manos le tiemblan visiblemente.
—Señoría —dice Sears, que hoy viste una levita azul de raya diplomática—,
quisiera presentar varias pruebas documentales. —Bajo la luz eléctrica, los
diamantes relucen en sus fofos dedos.
El juez Littlefield asiente.
La nueva sala es lo suficientemente grande como para albergar numerosas
filas de bancos y una galería, que, al igual que los bancos, está abarrotada de
público. En las paredes cuelgan numerosos retratos de hombre con gesto
grave.
—Tengo en mi poder sendas certificaciones del estado de New Hampshire
y del orfanato de Saint Andre, otorgando temporalmente la guarda y
custodia del menor, Fierre Francis Haskell, a Albertine y Telesphore Bolduc.
También tengo varias fotografías que quisiera presentar ante este juzgado.
—El ujier numerará los documentos y las fotografías como pruebas —
ordena Littlefield.
Sears le entrega todo al ujier, que, tras realizar las pertinentes
numeraciones, se lo devuelve al letrado. Sujetando los documentos y las
fotografías contra su pecho, como si fueran objetos de gran valor sentimental

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para él, Sears se acerca al estrado.


—Buenos días, señora Bolduc —dice.
—Buenos días -dice ella con un marcado acento francés.
—Quisiera que examinara estos documentos y que me dijera si los
reconoce.
Albertine coge el primer documento con manos temblorosas.
—¿Podría decirnos qué es el documento que acabo de entregarle? -dice
Sears.
—Sí —dice ella, su voz apenas audible—. Es la certificación de custodia que
nos dio el orfanato.
—¿Y este otro?
—Es la certificación de custodia del estado —dice ella con voz
entrecortada.
—¿Reconoce estas fotografías, señora Bolduc? —le pregunta Sears tras
entregarle los documentos al juez Littlefield.
—Sí. Ésta es una fotografía del pequeño Fierre conmigo. Tenía cinco
meses. En esta otra, la del carro con las gallinas, Fierre tenía un año.
—Díganos quién hizo las fotografías -pregunta Sears.
—Un supervisor de la fábrica, amigo nuestro.
—Está bien —dice Sears. Después le entrega las fotos al juez Littlefield.
A Olympia le sorprende la brusquedad con la que Sears trata a su cliente.
Piensa que quizá se deba a la humilde condición de Albertine, que su
marcadísimo acento francés hace todavía más patente.
—Señoría —dice Tucker-. ¿Podría ver e?as fotografías?
—Sí, señor Tucker. Ujier, muéstrele las pruebas documentales al letrado
de la parte demandante.
Al acordarse de ese momento, bastante tiempo después, Olympia
pensará que hay cosas en la vida para las que nadie está preparado nunca.
La primera fotografía muestra a una mujer sujetando en brazos a un bebé
con un vestido blanco. Los brazos de la mujer están ocultos bajo el largo
vestido del niño. La mujer sonríe ampliamente, mostrando los dientes.
Lleva puesta una blusa blanca con amplias mangas y una falda de un tono
cremoso. El niño, que lleva una cadena con un medallón en el cuello, mira
hacia la cámara con una sonrisa desdentada. Olympia casi puede oír su risa.
La madre también mira a la cámara y su gesto de satisfacción parece decir:
¿A que es maravilloso mi tesoro?
En la segunda fotografía, el niño está sentado en un carrito de madera,
inclinado hacia adelante con un brazo extendido, como si quisiera tocar al
gran gallo que tira del carro. A su alrededor, todo son hojas caídas y hierba
verde.
Olympia piensa que era un niño precioso. Piensa que se ha perdido tres años
de la vida de su hijo y que, pase lo que pase, ya nunca podrá recuperarlos.
Al ver la tristeza que refleja el rostro de Olympia, Tucker le dice al ujier
que ya puede llevarse las fotografías.
—Señora Bolduc —dice Sears-, por favor, descríbanos de forma que todos

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podamos comprenderla cómo recayó el niño bajo sus cuidados.


—¿De forma que todos puedan comprenderme? -pregunta Albertine, que
no comprende lo que quiere decir su abogado. Después mira al juez,
buscando su ayuda.
—En inglés —dice Littlefield. Un rumor contrariado se apodera de la sala.
Albertine Bolduc parpadea para protegerse del rayo de sol que de repente
ilumina el estrado. Inclina un poco la cabeza para escapar de la luz.
—Llevaba ocho años casada, pero nunca había estado embarazada —
empieza a decir—. Cuando el doctor me dijo que no podía tener hijos, fui al
orfanato y hablé con las hermanas. Ellas me dijeron que me darían un niño.
Telesphore y yo queríamos tener hijos.
—Continúe —dice Sears.
—En abril del año 1900, la mere Marguerite vino a nuestra casa y nos dijo
que tenía un niño para nosotros.
—¿Se refiere a la madre Marguerite Pelletier?
—Sí.Vino a casa un domingo por la tarde. Me dijo que había un niño para
nosotros y me preguntó si todavía lo queríamos. Yo le dije que sí, que daba
igual lo que tuviéramos que hacer, que queríamos ese niño. El lunes por la
mañana, pedimos permiso en la fábrica y fuimos a recoger al niño en el
orfanato.
—¿Recuerda la fecha exacta?
—Sí. El 23 de abril de 1900.
—¿Y fue entonces cuando firmó las certificaciones que le he enseñado antes?
—Sí.
—Dígame, señora Bolduc, ¿cómo se sintió cuando recogió al niño?
—Mi corazón se llenó de amor en cuanto lo vi. Era tan pequeño. Y
Telesphore sintió lo mismo. Se veía en su cara. Llevamos al niño a casa y le
preparamos una cunita y estuvimos todo el día cuidándolo y queriéndolo.
Tucker mira a Olympia.
—¿Era un niño sano? —pregunta Sears.
—Sí, muy sano. Creció muy rápido.
—Y, díganos, señora Bolduc, ¿cómo pudieron cuidar al niño si usted y su
marido tenían que trabajar en la fabrica?
—Fuimos a ver al supervisor y le pedimos que nos pusiera en turnos
distintos. Somos buenos trabajadores. El supervisor nos cambió los turnos
para que uno de nosotros pudiera cuidar siempre del bebé.
—¿Dónde está el niño ahora?
—Está con mi madre.
—Señoría —dice Sears—, tengo en mi poder una declaración jurada ante
fedatario público de la hermana Thérése Bracq, una enfermera del orfanato
de Saint Andre. La hermana Thérése padece una enfermedad crónica que le
impide presentarse en la vista. En su declaración, la hermana Thérése
asegura que, a lo largo de las repetidas visitas que realizó al hogar de los
Bolduc, pudo comprobar que el niño goza de todas las atenciones necesarias.
Añade que casi siempre está con su padre o con su madre de acogida y que

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la familia de Albertine Bolduc también participa en los cuidados del niño.


Sears le muestra la declaración jurada al juez Littlefield, quien la examina
brevemente.
-Díganos, señora Bolduc —continúa con el interrogatorio Sears-, ¿cómo
se sintió el pasado otoño cuando supo que Olympia Biddeford quería
obtener la custodia del niño?
-Non! -grita un hombre al fondo de la sala. Littlefield deja caer el
mazo con fuerza.
-Ujier —ordena el juez—, expulse a ese caballero de la sala.
Olympia observa cómo el ujier se acerca a un hombre que sujeta una
pancarta y lo acompaña hasta la puerta.
Al darse la vuelta, la mirada de Olympia se cruza con la de Albertine.
Ambas se observan durante unos instantes, como midiendo sus fuerzas.
-No podía creerlo -dice Albertine y Olympia tiene la sensación de
que se lo está diciendo a ella—. No podía creerlo —repite Albertine—. Es
nuestro niño. No nos pueden quitar a nuestro niño. Telesphore se enfadó
muchísimo. Se puso a gritar. Yo le dije que no lo hiciera, que iba a
asustar al niño. Después cogí a Fierre en brazos y le dije que no se
preocupara, que nunca le íbamos a dejar solo. Entonces alguien nos
habló de usted, señor Sears, y de cómo a veces ayuda a las familias
pobres.
-Sí, claro. Gracias, señora Bolduc. Dígame, ¿cómo la llama el niño? —
pregunta Sears, que parece disgustado con la declaración de su
representada.
Olympia se da cuenta de que no apremia a Albertine por falsa
modestia, sino para deshacerse lo antes posible del eco de la palabra
pobre, un atributo que ningún abogado desea oír aplicado a su cliente en
una demanda de solicitud de guarda y custodia.
---Me llama maman.
---¿Y a su marido?
—Papa.
—Dígame, señora Bolduc, ¿por qué no han adoptado legalmente al
niño?
—Queremos hacerlo, pero las hermanas no saben dónde está el padre. Y
sin el padre tenemos que esperar cinco años.
—¿Tienen pensado llevar al niño al colegio?
—Sí, queremos que tenga una educación.
—Gracias, señora Bolduc. Eso es todo.
Sears regresa lentamente a su mesa, se levanta los faldones de la levita y se
sienta. En el estrado, Albertine saca un pañuelo del bolso y se seca el sudor
3el labio superior.
—Señoría —dice Tucker—, quisiera hacerle algunas preguntas a la
demandada.
El juez Littlefield, que está escribiendo algo en sus notas, tarda algunos
segundos en contestar. En un gesto impulsivo, Olympia extiende el brazo

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y apoya la mano sobre la de Tucker, como queriendo darle ánimos. Él la


mira, sorprendido.
—Adelante, señor Tucker —dice finalmente Littlefield.
Tucker se incorpora lentamente, como si no quisiera separar la mano de la
de Olympia. Se acerca al estrado y observa a Albertine en silencio durante
varios segundos. Incómoda, Albertine se mueve en su asiento.
—Señora Bolduc —dice finalmente Tucker—, quisiera hacerle algunas
preguntas.
—Sí —dice ella con evidente nerviosismo.
—¿Es usted ciudadana americana?
—Sí.
—¿Nació usted en Estados Unidos?
—Sí.
—¿En Ely Falls?
—Sí. Mi madre lleva cuarenta y siete años trabajando en la fábrica.
—¿Cuarenta y siete años? -dice Tucker con aparente sorpresa—. Eso son
muchos años.
—Sí -dice ella-. Y ha criado a siete hijos.
—¿De verdad tiene tantos hijos?
—No son tantos —dice Albertine-. Es algo normal en nuestra comunidad.
Las familias trabajadoras tienen muchos hijos.
—¿Podría darme otro ejemplo?
—Mi hermana. Lleva veinticuatro años trabajando en la fábrica y tiene
cuatro hijos. Además del que murió —añade Albertine al tiempo que se
santigua.
—¿Y qué edad tiene su hermana?
—Tiene treinta y dos años.
—Eso quiere decir que entró a trabajar en la fábrica cuando tenía... ocho
años.
—Sí, con ocho años. Sears se levanta.
—Señoría —dice—, no entiendo qué relación pueden tener las preguntas
del letrado con la causa que nos atañe.
—¿Señor Tucker? —dice Littlefield.
—Señoría, pretendo establecer el contexto social en el que se criará el
niño si permanece bajo la custodia de Albertine y Telesphore Bolduc —
explica Tucker.
—Está bien —dice Littlefield—. Continúe.
—¿Y usted, señora Bolduc? ¿A qué edad entró a trabajar en la fábrica?
—A los ocho años, como mi hermana.
—Entiendo. ¿Fue usted al colegio?
Sears, que acaba de sentarse, vuelve a ponerse en pie.
—Protesto, señoría. No creo que el hecho de haber ido
o no al colegio tenga ninguna relación con la capacidad de mi cliente para
cuidar adecuadamente del niño.

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—Señoría —interviene Tucker acercándose al estrado—. Como ya le he


dicho, intento establecer el contexto social en el que se criará el niño. En mi
opinión, se trata de un factor determinante para la causa, pues nadie puede
criar a un niño al margen de su entorno. Un niño no sólo es criado por sus
padres, sino también por la comunidad en la que viven éstos. ¿Cómo puede
nadie decidir quién debe tener la guarda y custodia de un niño sin conocer
las características de las distintas comunidades en cuyo seno puede crecer?
Littlefield observa en silencio al joven abogado. La sala se sume en un
tenso silencio mientras aguarda la decisión del juez.
—Está bien, señor Tucker. Puede continuar -dice Littlefield finalmente—.
Señor Sears, no volverá a interrumpir a su colega hasta que haya concluido
su interrogatorio.
—Señora Bolduc —dice Tucker acercándose a ella-. ¿Fue usted al colegio?
Albertine agacha la cabeza.
—No. Mi madre no tenía dinero para pagarnos una educación.
—¿Estoy en lo cierto al suponer que, si su madre hubiera podido
pagarlo, habría ido a un colegio católico?
—Sí. Al colegio de Saint Andre.
—¿Llevaría al niño a ese mismo colegio?
—Sí, claro.
—Dígame, señora Bolduc, ¿no es cierto que en ese colegio el niño recibiría su
educación en francés?
Gritos de «la langue!» y «je me souviens!» surgen entre el público. Littlefield,
visiblemente enojado, deja caer el mazo varias veces.
—Ujier. Desaloje de la sala a los responsables de esos gritos. Si oigo una
sola palabra más —continúa diciendo con tono amenazante—, haré desalojar
la sala. ¿Está claro? —Permanece unos instantes en silencio mientras observa
el impacto de sus palabras-. Señora Bolduc, puede contestar a la pregunta del
señor Tucker.
—Sí —dice ella sujetando su bolso con fuerza—. Es importante para
nosotros. Es la langue.
—¿Podría explicarme por qué es importante para usted? —pregunta
Tucker.
—Si olvidamos el franjáis, si hablamos inglés, perderemos nuestro modo de
ser, nuestra esencia... La culture —dice finalmente.
—Entiendo. ¿Acude usted con regularidad a la iglesia de Saint Andre?
—Claro.
—¿Podría decirnos con qué frecuencia?
—Todos los domingos.
Olympia no entiende qué pretende Tucker con sus preguntas, pues
parece estar confirmando la aptitud moral de Albertine. ¿O acaso no es la
religión uno de los argumentos que Sears ha intentado emplear en su
contra?
—Señora Bolduc —continúa Tucker—. ¿En qué consiste exactamente su

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trabajo en la fábrica?
—Soy cardadora. Limpio y peino el algodón.
—¿Y cuántas horas trabaja al día?
—Diez horas y media.
—¿Podría decirnos cuál es su salario?
—Gano más de trescientos dólares al año.
—¿Me equivocaría si dijera que usted se siente orgu-llosa del trabajo que
realiza en la fábrica? —preguntaTucker con una amable sonrisa.
—Claro que me siento orgullosa. Soy una buena trabajadora. Superviso a
muchas otras mujeres.
—¿Cree que debe inculcársele una ética del trabajo a los niños?
—No entiendo lo que quiere decir -admite ella con evidente confusión.
—¿Cree que los niños deben aprender que el trabajo es algo bueno?
—Claro que sí -dice ella-. Todo el mundo tiene que trabajar.
—Así es —dice Tucker—. Y, dígame, ¿qué otros valores quisiera enseñarle a
Fierre?
—Le enseñaré a ser honesto. A ser bueno con los demás. También a ser
obediente.
—Si la he entendido bien, usted desea que la lengua de Fierre sea el
francés. ¿No es así?
—Sí.
—Y tiene intención de educarlo en la fe católica, ¿verdad?
—Mais oui.
—Y lo enseñará a ser honesto y bondadoso y obediente.
—Por supuesto.
—Y le inculcará esa moral del trabajo que tan importante es para la
comunidad francófona.
—Claro que sí. Es mi deber.
—Entonces, ¿desea que Fierre empiece a trabajar en la fábrica a los ocho
años, como lo hicieron usted y su hermana?
—No —dice ella.
—¿Cuándo empezaría a trabajar entonces Fierre? ¿A los diez años?
Albertine parece reflexionar durante unos segundos.
—Sí, a los diez años -dice finalmente.
—¿A los diez años? -insiste Tucker-. ¿Está segura?
—Sí, a los diez años. Sí.
Un grave silencio se apodera de la sala. Y, aunque Sears se levanta de su
asiento y protesta enérgicamente, el daño ya está hecho. Olympia observa
cómo el rostro de Albertine Bolduc se ensombrece al darse cuenta de lo
ocurrido. En la mesa de la parte demandada, Telesphore inclina la cabeza y
se tapa la cara con las manos.
—Siéntese, señor Sears —dice Littlefield.
—Pero, señoría —protesta Sears.
—He dicho que se siente, señor Sears.
El silencio es absoluto. Es como si algo oscuro y pesado se hubiera

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apoderado de todos los presentes, impidiéndoles el más mínimo


movimiento.
—No haré más preguntas, señoría —dice Tucker finalmente.
—¿Desea llamar a declarar a alguien más, señor Tucker?
—No, señoría. Con la venia, quisiera proceder a realizar mi alegato final.
—Señoría —dice Sears, cuyo rostro ha adquirido un tono
preocupantemente rosado—, eso sería del todo improcedente. El señor
Tucker no puede presentar sus conclusiones en este momento del proceso.
Littlefield reflexiona durante unos, instantes.
—Puede que no sea corriente, señor Sears, pero, desde luego, existen
múltiples precedentes. En mi opinión, el señor Tucker puede poner en
peligro la línea argumen-tal de la parte demandante al exponer sus
conclusiones sin saber si usted presentará o no alguna prueba adicional.
Pero si el letrado desea hacerlo, no seré yo quien se lo impida.
—Pero, señoría, esto es totalmente improcedente.
—Le repito, señor Sears, que existen amplios precedentes. Proceda, señor
Tucker.
Sears se sienta, negando una y otra vez con la cabeza.
Albertine permanece inmóvil, incapaz de reaccionar, sorprendida ante el
modo tan abrupto con el que ha concluido el interrogatorio de Tucker,
atónita ante el daño que sabe que le ha hecho a su propia causa. Littlefield le
pide amablemente que se retire del estrado. Confusa, Albertine acepta la
mano que le ofrece Tucker para ayudarla a levantarse. Sears, furioso, se
acerca al estrado, coge el brazo de su representada y la acompaña hasta la
mesa de la parte demandada.
Tucker saca unas hojas de su maletín. Mientras lo hace, mira a Olympia
como si fuera a decirle algo, pero no lo hace. Ella ob