Sei sulla pagina 1di 2

40.

Las almas debajo del altar

Si los muertos están inconscientes en el sepulcro, ¿por qué


dice Apocalipsis 6: 9-11 que "las almas de los que habían sido
muertos. . . clamaban a gran voz"?

Si deseamos usar este pasaje para sostener la doctrina según la cual el alma es inmortal,
encontraremos que el mismo texto contradice sus postulados, pues según tal doctrina,
los fíeles cristianos que "habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el
testimonio que tenían" (vers. 9), deberían estar en el cielo, sin embargo aparecen
alojados debajo de un altar reclamando "a gran voz" por las injusticias cometidas contra
ellos. Por lo demás, los que sufrieron el martirio por la Palabra de Dios, no necesitaban
clamar venganza, porque según esa misma doctrina, los martirizadores ya estarían en el
infierno purgando sus iniquidades. Además, un poco más adelante pedía a esas "almas"
que siguieran debajo del altar y soportaran su angustia "todavía un poco de tiempo,
hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también
habían de ser muertos como ellos" (vers. 11). Esto significaría que esas almas todavía
estarían esperando su redención, porque todavía no se ha completado la lista de los que
habrían de morir por la Palabra de Dios.

Por lo tanto, siendo que estos textos contradicen definidamente lo que enseña la doctrina
de la inmortalidad del alma, es un absurdo usarlos con tal propósito. Para entenderlos
bien, analicemos todo el capítulo.

Todo el libro del Apocalipsis es profetice y está por lo tanto cargado de símbolos con los
que se ilustran hechos históricos y experiencias de la iglesia cristiana. La mayoría de los
comentadores descubren en los siete sellos del capítulo seis, siete etapas de un aspecto
histórico de la iglesia desde su iniciación hasta la venida del Señor. Repasemos
rápidamente el capítulo seis.

El primer sello presenta a un caballo blanco y a su victorioso jinete, como admirable


representación de la iglesia apostólica en su triunfante trayectoria durante el primer
siglo de nuestra era (vers. 1, 2). Los caballos rojo, negro y amarillo, y los detalles
indicados en cada sello, representan la creciente contaminación espiritual dentro de la
iglesia, a medida que la misma se fue apartando de la Palabra de Dios para ajustarse a
tradiciones humanas. Este peligro lo advinieron el apóstol Pablo (2 Tes. 2: 7) y el
apóstol Juan (1 Juan 4: 3).

Ese "misterio de iniquidad" o "espíritu del anticristo" en acción, creó una época de
persecuciones por un lado, y propició la entrada de herejías en la iglesia por otro,
simbolizadas por el caballo rojo y su jinete (vers. 3,4), acontecimientos cumplidos en
los siglos II y III. A éste sigue un tercer período de escaso alimento espiritual y
consecuente oscurantismo, representado por el caballo negro y su jinete (vers. 5, 6), que
dominaron los siglos IV y V. La cuarta etapa profética, con símbolos que claramente
muestran el desarrollo de la decadencia espiritual de los siglos VI al XVI, está
representada por el caballo amarillo con la muerte como jinete (vers. 7, 8). Al término
de este largo período la profecía predice el levantamiento de una protesta, una
reclamación justa motivada por todas las acciones cometidas en los siglos anteriores
contra los que murieron acusados de herejía, cuando en realidad eran fíeles a la Palabra
de Dios.

Así llegamos al quinto sello (vers. 9-11) donde aparecen las almas debajo del altar. Esas
"almas" simbolizan o representan el clamor de aquéllos que por haber sido tratados
injustamente por su fidelidad a Dios, esperan justicia. En este caso se usa la figura de
lenguaje llamada ^personificación" por la que se atribuye vida, acción o inteligencia a
cosas inanimadas. Así se la usa al decir que la "sangre de Abel" clamaba ante Dios
(Gen. 4: 9,10), o que la piedra clamaba desde la pared y la viga le contestaba (Hab. 2:
11), o que el salario defraudado a los trabajadores clamaba ante Dios (Sant. 5: 4). En el
texto que nos ocupa, las personas o mártires llamados "almas", sacrificadas
injustamente en aras del fanatismo religioso equivocado durante los siglos anteriores,
clamaban a Dios por justicia. Y Dios contestó su clamor.

En la vida, esos cristianos perseguidos y martirizados habían sido considerados como el


apóstol Pablo lo dijera: "escoria del mundo" y "desecho de todos" (1 Cor. 4: 13). Pero
gracias a los movimientos espirituales de los siglos XII al XVI, esos muertos recibieron
"ropas blancas", desde que fueron reconocidos como mártires de la fe verdadera, y no
herejes. Hoy se comprueba que ellos murieron "por causa de la Palabra de Dios y por el
testimonio que tenían".

A esas "almas", o sea a los mártires, se pidió que "todavía reposaran un poco de tiempo,
hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también
habían de ser muertos como ellos". En verdad, desde los días de los reformadores,
millares de tumbas fueron abiertas para recibir nuevos mártires de la fe, y todavía
seguirán las fuerzas del mal luchando contra los que viven conforme a "la Palabra de
Dios", pues "el diablo ha descendido a vosotros con grande ira, sabiendo que tiene poco
tiempo" (Apoc. 12: 12).

Próximo está el día glorioso de la venida de Jesús, cuando por la resurrección de los
muertos, todos se levantarán para recibir juntos el galardón de la vida eterna (1 Tes. 4
13-18; Heb 11: 32-40). Esos mártires estarán en la magna congregación (Apoc. 7: 9,
10). porque fueron resucitados de acuerdo con la promesa del Señor (Juan 5: 29).