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MAESTRIA EN CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN FAMILIAR PEDAGOGIA FAMILIAR

INDICE

Introducción a la materia Pág. 3


Currículum vitae-Presentación del tutor Pág. 3
Carta al alumno Pág. 3
Objetivos Generales Pág. 3
Bibliografía Pág. 4
Metodología Pág. 5

1. INTENCIONALIDAD EDUCATIVA Y AUTORIDAD.

1.1 Educación familiar y cosmovisión:


1.2 La intencionalidad, el amor y la autoridad como características de la
educación familiar:
1.3 Educación para y en la libertad:
1.4 Educación para el amor:
1.5 Educación para la felicidad, el dolor y la muerte:

2. ORIENTACIÓN FAMILIAR PARA CASOS ACTUALES EN LAS


RELACIONES FAMILIARES.

2.1 Relaciones con la familia extensa:


2.2 Matrimonios en crisis: infidelidad y divorcio.
2.3 Familias monoparentales (por muerte y abandono).
2.4 Violencia intrafamiliar y desorden en el ejercicio de la autoridad.
2.5 Hijos discapacitados y enfermos
2.6 Hijos únicos.

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INTRODUCCIÓN A LA MATERIA

Currículum Vítae

Mtra. Ma. Ofelia Pasquel A.

Ma. Ofelia Pasquel es Licenciada en Administración de Instituciones (ESDAI Universidad Panamericana),


Maestra en Ciencias de la Educación Familiar, (En la Comunidad de Encuentro, ENLACE), tiene una
Especialidad en Servicios de la Hospitalidad y ha cursado varios diplomados en las áreas de educación y
capacitación.

CARTA AL ALUMNO

En este curso estudiaremos con profundidad los temas centrales que forman los ejes de la Educación
familiar: Educación de la Libertad y Educación del Amor.

A lo largo del contenido se analizan diferentes aspectos que nos ayudarán a comprender, a través de
argumentos, que los padres son los responsables de dar a sus hijos un conocimiento profundo de los
criterios que deberán regir en sus vidas, para encauzar su comportamiento.

Para educar bien a los hijos se necesita saber qué intenciones tenemos; a dónde vamos; tener objetivos
claros; trazar un proyecto de familia; es decir, saber lo que se quiere.

Este curso, al ser continuación de Fundamentos de Pedagogía Familiar, pretende que el alumno realice la
aplicación de lo aprendido en el primer curso a través de la reflexión, a través de un viaje personal que
proponga soluciones a diferentes situaciones de la convivencia familiar.

OBJETIVOS

 Profundizar en el conocimiento de la realidad familiar actual con el fin de ofrecer propuestas


educativas para la práctica profesional.
 Despertar el interés específico por la persona, la familia y la sociedad
 Fomentar el desarrollo de sistemas y programas de prevención de problemas familiares y
sociales, con espíritu de servicio en México
 Detección, prevención y canalización de problemas familiares

COMPETENCIAS ESPECÍFICAS A DESARROLLAR:

 Sentido de la responsabilidad para vincularse y ser protagonistas de la prevención de problemas


familiares
 Elaboración de trabajo comunitario, que de respuestas efectivas a necesidades sociales
 Capacidad para desarrollar programas preventivos y propositivos

Competencias específicas Actividades que


refuerzan el
aprendizaje
Sentido de la responsabilidad para vincularse y ser protagonistas de la Ejercicios:
prevención de problemas familiares 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8,
10,
Prácticas:
1, 2
Elaboración de trabajo comunitario, que de respuestas efectivas a necesidades Ejercicios:
sociales 9
Prácticas:
3, 4
Capacidad para desarrollar programas preventivos y propositivos Ejercicios:
Prácticas:
5, 6

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BIBLIOGRAFÍA

 Stephen R. Covey, Los 7 hábitos de las familias altamente efectivas, Grijalbo, México, 1998.
 La educación personalizada en la familia: Tratado de educación personalizada, dirigido por
Víctor García Hoz, Ediciones Rialp, España, 1990.
 Bernabé Tierno, Ser buenos padres, escuela de padres I, Ediciones Paulinas, España, 1992.
 Oliveros F. Otero, Autonomía y autoridad en la familia, Editorial Minos, México, 2001.
 Aquilino Polaino Lorente, Pablo A. Carreño, Familia: locura y sensatez, Ediciones GER, México,
2000.
 Rafael Gómez Pérez, Familias a todo dar, Obra Nacional de la buena prensa, México, 1993.
 José Antonio López Ortega, La educación de la libertad, LOMA editorial, México, 1993.
 David Isaacs, La educación de las virtudes humanas, Ediciones Universidad de Navarra,
España, 1977.
 Antonio Vázquez, Educación familiar y sensatez, Ediciones Palabra, España, 1991.
 Carlos Llano Cifuentes, Las formas actuales de la libertad, Trillas, México, 2002.
 Elvia Marveya Villalobos Pérez-Cortés, Reflexiones para una educación responsable,
Ediciones Braga, Buenos Aires, 1994.
 Luis Gadea de Nicolás, Escuela para padres y maestros, CEDI, México, 1992.
 José Antonio López Ortega Müller, La educación para el amor, LOMA, México, 1994.
 Tomás Melendo y Lourdes Millán-Puelles, Asegurar el amor, Rialp, España, 2002.
 Carlos Díaz, La virtud del amor, Trillas, México, 2002.
 Ricardo Yepes Stork, Fundamentos de Antropología, Un ideal de la excelencia humana,
Ediciones Universidad de Navarra, España, 1977.
 José M. R. Delgado, La felicidad, Ediciones Temas de hoy, España, 1988.
 Miguel Ángel Monge Sánchez y José Luis León Gómez, El sentido del sufrimiento, Ediciones
Palabra, España, 1998.
 Virginia Satir, Relaciones humanas en el núcleo familiar, Editorial Pax-México, México, 1985.
 En la Comunidad Encuentro, Disfunciones estructurales en el núcleo familiar, Trillas, México,
1999.
 Mujer y familia, el amor como proceso vital, Trillas, México, 1996.
 Elsner, Montero, Reyes, Zegers, La familia: una aventura, Alfaomega, México, 2001.

METODOLOGÍA DE ESTUDIO

LECTURAS LECTURAS EJERCICIOS PRÁCTICAS

L1, L2, L3, L4 E1, E2


L5, L6, L7, L8 E3, E4
1.INTENCIONALIDAD EDUCATIVA
L9, L10, L11, L12 E5, E6
Y AUTORIDAD
L13, L14, L15, L16
P1, P2
L17, L18, L19, L20 E7, E8, E9

L21, L22, L23


L24, L25, L26, L27 P3
2. ORIENTACIÓN FAMILIAR PARA
L28, L29, L30, L31 E10
CASOS ACTUALES EN LAS
L32, L33, L34, L35 P4 P5 P6
RELACIONES FAMILIARES
L36, L37, L38
L39, L40

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 Tendrás a tu disposición todos los ejercicios y prácticas en la plataforma educativa, no es


recomendable que los realices sin haber repasado el contenido.
 Realiza los ejercicios poniendo tu mayor empeño ya que estos te servirán de base para cursos
posteriores.
 El número de veces que se puede realizar las actividades de aprendizaje son:

- Autocalificables: 3 veces
- Respuesta libre: 1 vez
- Prácticas y evaluaciones: 1 vez

 Todos los trabajos entregados deberán tener las siguientes características:


- Escritos con mayúsculas y minúsculas
- A espacio y medio.
- Alineados a la izquierda
- Letra: Fuente 12 puntos, Arial, Tahoma o Times New Roman (Regular).
- Cuidar la redacción y ortografía.

PORCENTAJES DE CALIFICACIÓN PARA ACREDITAR LA MATERIA

Sistema de evaluación

 Prácticas 50%
 Ejercicio 50%

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1. INTENCIONALIDAD EDUCATIVA Y AUTORIDAD

Objetivo: En esta unidad estudiaremos con profundidad los temas centrales que forman
los ejes de la Educación familiar: educación de la libertad y educación del amor.

Introducción

Hace cincuenta años un padre de familia podría proponerse con bastante claridad lo que quería
para sus hijos y generalmente lo conseguía. Pero hoy en día, no hay una relación tan estrecha
entre lo que quieren los padres y lo que hacen los hijos, debido a que las influencias externas
ahora son mayores y más poderosas. Los hijos, no sólo están influidos por su familia, sino
también por sus amigos, maestros, los medios de comunicación, el ambiente que los rodea,
etcétera.

No se trata de sobreproteger a los hijos para que no tengan ningún contacto con influencias que
puedan perjudicarlos, pero tampoco de abandonarlos, pensando que ya no se puede hacer nada.
Por eso, lo principal de un padre es su intención y su actuación congruente, pues de alguna
manera, siempre van a influir en sus hijos, y por ser la mayor influencia, deben ser el mejor
ejemplo.

Sin embargo, no podemos confiarnos en que sólo con un buen ejemplo los hijos saldrán bien.
Tampoco podemos imponerles una serie de reglas que únicamente los conducirían hacia un
encarcelamiento, y mucho menos abusar de la autoridad para dominarlos. El hijo, en estos casos,
tiende a ser más atraído por otras influencias buscando en ellas una sintonía con su estado
psíquico.

Si los padres no educan a sus hijos para que encuentren seguridad por sí mismos, todas sus
acciones no harán más que provocar lo contrario de lo previsto, pues si lo hijos no encuentran
seguridad en sus padres la buscarán en otro lugar. Por esto, es necesario profundizar sobre la
intencionalidad de los padres para la educación de los hijos.

Como se vio en la lectura 10, que estudiaste en el semestre de Pedagogía Familiar, en


“Condiciones de la edificación familiar”, la primera educación para que una acción educativa sea
eficaz es la constante preocupación de los padres de autoeducarse y así tener claro qué es lo que
quieren y cómo poder lograrlo.

1.1 Educación familiar y cosmovisión

Objetivo

 Comprender, a través de argumentos, que los padres son los responsables de dar a sus
hijos un conocimiento profundo de los criterios que deberán regir en sus vidas, para
encauzar su comportamiento.

 Encontrar que para educar bien a los hijos se necesita saber qué intenciones tenemos; a
dónde vamos; tener objetivos claros; trazar un proyecto de familia; es decir, saber lo que
se quiere.

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Introducción

La familia es una institución fundamental para la felicidad de los hombres y el bienestar social. El
fundamento de la familia son los padres, de aquí que su responsabilidad como educadores es tan
importante, pues al desarrollar hijos íntegros, que se conviertan a su vez en buenos padres,
aseguramos un buen futuro para la sociedad. La tarea no es fácil, ni tampoco existen las familias
perfectas.

La organización familiar dejará una huella impresa que acompañará a los seres humanos durante
toda su vida. Las primeras experiencias son como surcos que se abren en la mente de quien las
recibe. Después aparecerán otras, pero siempre quedarán las vivencias iniciales como patrimonio
de la personalidad.

Cualquier proyecto a futuro, está llamado a partir de la realidad de hoy. El conocimiento de la


situación actual es la base para diseñar una estrategia de actuación. Nuestros hijos pertenecen a
una época y una cultura determinadas, donde se han ido depositando torrentes de influencias. Por
eso es tan importante observar sobre que terreno nos movemos y cuales son los rasgos que
configuran el mundo que nos rodea.

La institución familiar es original y diferente de todas las demás instancias educadoras. Por eso no
se puede perfilar con nitidez un mapa de intenciones educadoras familiares, como se puede hacer
con la escuela, con la institución eclesial, o con cualquier movimiento artístico, político, cultural,
etcétera.

Por la misma naturaleza humana de la institución familiar, los padres se hallan interesados y
comprometidos en la configuración global y perfecta de sus hijos. En la medida en que esa
configuración constituye un ambicioso proyecto de integridad y de radicalidad, los padres no
pueden bastarse para cumplir todas las pretensiones de desarrollo y deben acudir a otras
instancias formadoras que compensen esta insuficiencia.

En la práctica no se puede pedir a los padres que sean plenamente conscientes de todos y cada
uno de los objetivos que deben orientar la formación integral de sus hijos. Pero sí es conveniente,
que de alguna manera, sean los hijos los protagonistas de las líneas básicas que configuran su
educación. La formulación de objetivos formativos en la familia tiene que fundamentarse más en
las leyes de la naturaleza y del sentido común que en taxonomías o leyes lógicas o científicas. La
misma naturaleza humana deposita en el alma paterna el deseo natural de perfeccionamiento de
los hijos; y en ese depósito es en el que hay que encontrar las líneas de fuerza de toda educación
acertada.

Con la finalidad de profundizar en este tema se proponen las siguientes lecturas; al terminarlas
realiza los ejercicios que se te indican.

Lectura L1

COMENZAR CON EL FIN EN LA MENTE; de Stephen R. Covey, Los 7 hábitos de las familias
altamente efectivas, pp. 79-93 y 104, Grijalbo, México, 1998.

Lectura L2

PONER PRIMERO LO PRIMERO; Stephen R. Covey, Los 7 hábitos de las familias altamente
efectivas, pp. 121-136, y 141-148, Grijalbo, México, 1998.

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Lectura L3

LA EDUCACIÓN DE LA FAMILIA; La educación personalizada en la familia: Tratado de


educación personalizada, dirigido por Víctor García Hoz, pp. 80-82, Ediciones Rialp, España,
1990.

Lectura L4

PRIMACÍA DE AL FORMACIÓN ÉTICA EN LA FAMILIA: VIRTUDES Y VALORES; La educación


personalizada en la familia: Tratado de educación personalizada, dirigido por Víctor García
Hoz, pp. 85-90, Ediciones Rialp, España, 1990.

Resuelve el ejercicio E1, E2.

Conclusión

La situación mundial es cada vez más desalentadora para la familia, pues las influencias que
recibe son, generalmente, más negativas que positivas, por eso es urgente que las familias se
fortalezcan a través de objetivos claros y acciones a favor de sus miembros.

1.2 La intencionalidad, el amor y la autoridad como características de la educación familiar

Objetivo

 Comprender la necesidad de los padres de tener objetivos claros para actuar de acuerdo a
algún criterio que implique ejercer la autoridad y practicar el amor en la familia.

 Demostrar que el amor y la autoridad son las características más importantes para una
buena educación.

Introducción

La educación en la familia, es un conjunto de objetivos, aquellos que los padres se proponen


respecto al desarrollo personal de cada uno de sus hijos. De la calidad de estos objetivos,
dependerá la calidad de la educación familiar.

Los padres, al educar a sus hijos, deben ser capaces de ejercer una autoridad, considerada como
un servicio, cuya calidad viene dada por el amor a los hijos, un amor comprensivo y exigente.

La autoridad–servicio esta relacionada con la responsabilidad de los padres como primeros


educadores y se manifiesta en detalles de ejemplo y de sugerencia; de buen humor y de firmeza.
Se apoya en diversas actitudes positivas y se ejerce con naturalidad, sin formalismos, ni
claudicaciones. Contribuye a crear un clima de seguridad interior en la vida de los hijos, porque es
manifestación de amor verdadero.

El mejor regalo para los padres es la felicidad de sus hijos. Esto no quiere decir que haya que
evadir el enfrentamiento, sino que se ha de equilibrar el amor a los hijos con la exigencia, que, en
definitiva, busca su bien. Toda educación se puede resumir en amor y autoridad. Para aclarar la
relación que hay entre la necesidad de los padres de plantearse objetivos para su familia y la
importancia de ejercer autoridad y amor a sus hijos te sugiero las siguientes lecturas; al
terminarlas, realiza los ejercicios que se te piden.

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Lectura L5

MISIÓN DE LOS PADRES IDEALES; Bernabé Tierno, Ser buenos padres, escuela de padres I,
pp. 13-21, Ediciones Paulinas, España, 1992.

Lectura L6

LA AUTORIDAD COMO UN SERVICIO EN LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS; Oliveros F. Otero,


Autonomía y autoridad en la familia, Editorial Minos, México, 2001, pp. 43-66.

Lectura L7

CRISIS DE AUTORIDAD; Aquilino Polaino Lorente, Pablo A. Carreño, Familia: locura y sensatez,
pp. 155-165, Ediciones GER, México, 2000.

Lectura L8

¿CÓMO EJERCER LA AUTORIDAD?; Rafael Gómez Pérez, Familias a todo dar, pp. 313-322, Obra
Nacional de la buena prensa, México, 1993.

Resuelve el ejercicio E3 y E4

Práctica 1

Conclusión

Un proyecto de familia busca la plenitud humana de todos sus miembros y para alcanzarla es
necesario que los padres comprendan que a ellos compete la determinación de las normas de
comportamiento y la preocupación por el bien familiar. La intencionalidad educativa de los padres
debe estar caracterizada por una actitud amorosa, que puede y debe mostrarse como autoridad.

Para saber más

PADRES PERMISIVOS: HIJOS INFELICES; Aquilino Polaino Lorente, Pablo A. Carreño, Familia:
locura y sensatez, pp. 181-186, Ediciones GER, México, 2000.

1.3 Educación para y en la libertad

Objetivo

Tener una noción clara de lo que significa ser libres, y de que la mejor manera de educar ésta
libertad, es a través de las virtudes humanas.

Introducción

La libertad, como algo propio de los seres humanos, debemos conquistarla, pero antes educarla,
pues es tanto un regalo, como una responsabilidad que implica aprender a pensar y a querer para
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decidir y hacer.

Cuanto más libre se es, más capaces de amar, más capaces de la vida familiar.

La libertad se basa en que somos seres libres porque tenemos inteligencia y voluntad, facultades
que es necesario educar a través de la lucha edificada sobre la educación de las virtudes
humanas.

Educar en la libertad es crear un clima de confianza y de respeto, de comprensión y de exigencia,


a base de vivir las correspondientes virtudes y de procurar que exista congruencia entre las ideas
y la conducta.

La importancia de educar para y en la libertad a través de las virtudes se explica en las siguientes
lecturas; al terminarlas, resuelve los ejercicios que se te piden.

Lectura L9

CÓMO SE EDUCA LA LIBERTAD; José Antonio López Ortega, La educación de la libertad, pp.
19-23, LOMA editorial, México, 1993.

Lectura L10

LA ACTUACIÓN DE LOS PADRES Y LAS VIRTUDES; David Isaacs, La educación de las virtudes
humanas, pp. 67-76 y 84-91, Ediciones Universidad de Navarra, España, 1977.

Lectura L11

VIRTUDES HUMANAS; Antonio Vázquez, Educación familiar y sensatez, pp. 87-91, Ediciones
Palabra, España, 1991.

Lectura L12

LIBERARSE Y PROYECTAR; de Carlos Llano Cifuentes, Las formas actuales de la libertad,


Trillas, México, 2002., pp. 41-46.

Resuelve los ejercicios E5 y E6

Conclusión

La libertad es un riesgo y su principal guía es la educación. La causa del éxito pedagógico


consiste en educar en la libertad para aprender a amar. Sin embargo, la cualidad de la
libertad es la voluntad y para educar la voluntad hay que practicar las virtudes humanas.

Para saber más

*Libertad: un juego de responsabilidades, de Elvia Marbella Villalobos Pérez-Cortés, en


“Reflexiones para una educación responsable”, pp. 39-47, Ediciones Braga, Buenos Aires,
1994.

*El problema de la libertad, de Luis Gadea de Nicolás, en “Escuela para padres y

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maestros”, pp. 217-222, CEDI, México, 1992.

1.4 Educación para el amor

Objetivo

 Estudiar el concepto de amor desde diferentes perspectivas, en relación con la educación.

Introducción

El amor es una realidad, no se puede vivir sin él, su necesidad es esencial. Es el primer impulso
natural que se encamina hacia la entrega y la acogida; un concierto de razonamientos,
sentimientos, deseos, decisiones que se encaminan a la formación de un “nosotros”. Cuando el
amor está ausente de la vida humana, es imposible concebir la felicidad, las personas sufren si no
aman y no son amadas.

El amor, aún cuando tiene una honda raíz sentimental, es el principal acto de la voluntad, es la
fuente de la que brotan las principales decisiones.

En su más profundo sentido, el amor es también, el acto supremo de la libertad del hombre, por el
cual elige querer el bien del ser amado. La educación para el amor ayuda a alcanzar, de manera
verdadera, buena y ordenada, su plenitud de amar, favoreciendo el desarrollo de las virtudes
humanas; de las capacidades de dar y de recibir; de la capacidad de sufrir, ya que el servicio
siempre se acompaña de renuncia, y cuando hay amor, esa renuncia significa felicidad.

Lectura L13

EDUCACIÓN PARA EL AMOR; José Antonio López Ortega Müller, La educación para el amor, pp.
42-45, LOMA, México, 1994.

Lectura L14

AMOR Y ENAMORAMIENTO; Tomás Melendo y Lourdes Millán-Puelles, Asegurar el amor, pp.


27-53, Rialp, España, 2002.

Lectura L15

NOS CASAMOS; Tomás Melendo y Lourdes Millán-Puelles, Asegurar el amor, pp. 74-91, Rialp,
España, 2002.

Lectura L16

MANTENER Y RENOVAR EL AMOR ENTRE LOS CÓNYUGES, Tomás Melendo y Lourdes Millán-
Puelles, Asegurar el amor, pp. 117-129, Rialp, España, 2002.

Resuelve el ejercicio E7

Realiza las prácticas 2 y 3

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Conclusión

Educar para el amor implica fomentar un desarrollo personal a partir de la libertad. Una buena
acción educativa busca una actitud de servicio, mediante detalles de afecto, de comprensión
exigente y respetuosa confianza como manifestaciones de amor. Sin embargo, en el matrimonio,
no basta el corazón, él y ella tendrán que construir cada día, para superar las dificultades de cada
etapa.

Para saber más

Soy amado, luego existo, de Carlos Díaz, en “La virtud del amor”, pp. 55-90, Trillas, México,
2002.

1.5 Educación para la felicidad, el dolor y la muerte

Objetivo

 Comprender que la felicidad se realiza en la totalidad del ser y que nunca es alcanzada en
plenitud.
 Analizar las consecuencias de aprender a dar sentido al sufrimiento cuando es inevitable.

Introducción

Si la educación familiar no consiste en prepararse para alcanzar la felicidad, no es educación. Por


lo tanto hay que educar a los hijos de modo que cada uno aprenda a superar los obstáculos para
ser feliz. Esto no implica evitarles cualquier oportunidad de sufrimiento.

Iniciar a los hijos en la vida, es también, introducirlos en el sentido del dolor. El dolor y la muerte
tienen una proyección trascendente de que todo cuando acontece en la vida tiene significado, más
allá de la vida misma, tal significado solo puede encontrarse desde el proyecto en el que el
hombre es hecho y por el cual alcanza la felicidad. El sufrimiento no tiene un fin por sí mismo, sólo
tiene sentido cuando lo trascendemos y lo convertimos en medio para ser felices. Lo que da
sentido al dolor es el amor, y el amor lleva a la felicidad.

Para comprender la relación entre felicidad, dolor y muerte, se proponen las siguientes lecturas; al
terminarlas realiza los ejercicios que se proponen.

Lectura L17

LA FELICIDAD Y EL SENTIDO DE LA VIDA; Ricardo Yepes Stork, Fundamentos de Antropología,


Un ideal de la excelencia humana, pp. 211-239, Ediciones Universidad de Navarra, España,
1977.

Lectura L18

LOS LÍMITES DEL HOMBRE: EL DOLOR; de Ricardo Yepes Stork, Fundamentos de


Antropología, Un ideal de la excelencia humana, pp. 439-465, Ediciones Universidad de
Navarra, España, 1977.

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Lectura L19

LA MUERTE FELIZ; José M. R. Delgado, La felicidad, pp. 243-251, Ediciones Temas de hoy,
España, 1988.

Lectura L20

Resuelve los ejercicios E8, E9 y E10

Conclusión

Todo hombre aspira naturalmente a ser feliz. La felicidad no es un objetivo único, sino que viene
dada por nuestros actos a través de un proyecto. Por eso, el dolor y el sufrimiento tienen sentido,
gracias a que los encaminamos hacia nuestra plenitud.

Para saber más

LA REALIDAD DEL SUFRIMIENTO HUMANO; Miguel Ángel Monge Sánchez y José Luis León Gómez,
El sentido del sufrimiento, pp. 9-16, Ediciones Palabra, España, 1

2. ORIENTACIÓN FAMILIAR PARA CASOS ACTUALES EN LAS RELACIONES FAMILIARES

Objetivo:
Profundizar en los problemas que atraviesan las familias actuales.

Introducción

Los adultos, al formar una nueva familia, inevitablemente incorporan su pasado, su presente y su
futuro, pues con frecuencia se repiten los modelos de experiencias anteriores y los problemas que
no fueron enfrentados en una etapa, resurgirán hasta ser superados. La forma de ser de cada
cónyuge será, en gran manera, reflejo de lo que vivió en su familia de origen y muchas veces
explicará el comportamiento con su nueva familia.

Por esto es importante que los cónyuges tomen conciencia de las formas de ser que provocan
insatisfacción en su familia, para que sean capaces de “cortar” y “reparar” esos patrones que les
estorban para el mejor desarrollo de sus hijos.

Con la pareja comienza la familia y termina el ciclo familiar. Son el soporte del hogar y
responsables de la formación de sus hijos, por eso es importante que sepan entretejer las alegrías
y las penas; la desgracia y la felicidad; lo constructivo y lo destructivo: y que sepan manejar el
paso de una etapa a otra, que siempre provoca dolor.

Al enfrentarnos a tensiones y conflictos podemos crecer mental y espiritualmente. Sin embargo,


hay dolores que son superiores a nuestras fuerzas, pero evadirlos no es la solución. Por esto es
importante reconocer el valor del sufrimiento, para afrontarlo y darle sentido.

El dolor no es lo más importante en el ciclo de vida familiar, sino la felicidad, pues la familia es
una experiencia de amor que hace trascender a sus miembros. Es ser, dejar ser y ser con otros. El
hombre crece a través de la vida en familia.

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El ciclo de vida familiar nos deja un sentido de esperanza. Cada etapa representa nuevos desafíos
y siempre existe la oportunidad de mejorar.

2.1 Relaciones con la familia extensa

Objetivo

Conocer las relaciones que se dan con la familia extensa, a partir de que se inicia una nueva
familia para detectar conflictos y proponer soluciones.

Introducción

Como vimos en el primer semestre (L25, El desprendimiento) el abandono del hogar, por parte de
los hijos, en la busca de una pareja, siempre es doloroso, tanto para los padres como para los
hijos que se van a empezar una nueva familia. Este paso representa grandes retos y surgen
conflictos. La relación con los padres y hermanos cambia en forma radical. Ya no se es tan
dependiente de esta familia, como lo era antes. La relación con ella es más adulta y madura, pues
se cambiaron los papeles.

Este nuevo modo de relación significa llegar a sentirse pleno sin los padres, y a la vez poder
entrar y salir del seno familiar, sin sentirse culpables. Esta libertad emocional frente los padres no
se consigue gratuitamente. Se va logrando, poco a poco, en la medida en que se van
jerarquizando los afectos, pasando la pareja a ocupar un lugar predominante.

La separación de la familia de origen es un proceso psicológico. No es dejar la familia con una


huella de nostalgia, no tampoco imitar sus vidas o el tipo de relación de los padres. Separarse de
ellos es poder mirarlos como seres humanos que vivieron su propia realidad, sin calificarlos de
ídolos o tiranos. La separación verdadera de las familias de origen lleva a la pareja a poder
desarrollar tipos de relación propios, intereses y patrones de vida concordantes con la naturaleza
más íntima de los dos.

El poder lograr un matrimonio con más o menos posibilidades de éxito, depende, en gran medida,
del grado de separación que se tiene de la familia de origen.

Para ampliar los conocimientos sobre familia extensa, te recomendamos las siguientes lecturas; al
terminarlas realiza los ejercicios que se indican:

Lectura L21

LA FAMILIA EXTENDIDA; Virginia Satir, Relaciones humanas en el núcleo familiar, pp. 273-
284, Editorial Pax-México, México, 1985.

Lectura L22

PROBLEMAS FRECUENTES EN LA FAMILIA, HOY. CONFLICTOS SUEGRA–NUERA; En la Comunidad


Encuentro, Disfunciones estructurales en el núcleo familiar, pp.16-30, Trillas, México, 1999.

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Lectura L23

RELACIÓN CON LOS HIJOS CASADOS; EDAC, Mujer y familia, el amor como proceso vital, pp.
303-311, Trillas, México, 1996.

Resuelve la práctica 4

Conclusión

Cuando un hijo se casa cambian las relaciones familiares. El hijo empieza su propio camino y la
madre pasa a ocupar el papel de espectadora; en el padre termina su oportunidad de actuar y
ganarse el respeto de su hijo. Se empieza otra etapa en la que podrá crecer el cariño o disminuir,
pues las relaciones con la familia extensa son difíciles.

Para saber más

Relación con los padres que envejecen, El momento de ser abuelo y La Familia
Extendida de Elsner, Montero, Reyes, Zegers, en “La familia: una aventura, pp. 169-174,
Alfaomega, México, 2001.

2.2 Matrimonio en crisis: infidelidad y divorcio

Objetivo

 Conocer las principales causas de la separación en el matrimonio y sus efectos sobre la


familia.

Introducción

Las sociedades actuales de todo el mundo se ven amenazadas por la inestabilidad de la célula
familiar. Las crisis matrimoniales por infidelidad u otras causas tienden a acabar en divorcio
debido a que las parejas no saben enfrentar los problemas o no tienen una concepción correcta de
lo que es el matrimonio.

Basta con recorrer nuestra lista de parientes, amistades y conocidos para comprender la gravedad
de la crisis de la que hoy sufre la relación de pareja. La estabilidad del compromiso conyugal
significa una total exclusividad de esa relación (respecto de otras), y una radical indisolubilidad
(respecto del tiempo), en ese vínculo que no cesa respecto de la duración en su función unitiva,
puesto que el matrimonio es un compromiso.

En el panorama que presenta el siglo XX y XXI no tienen cabida los valores y las instituciones que
antes se consideraban permanentes o se respetaban como puntos de referencia para orientar la
conducta: la familia, el matrimonio, la fidelidad, el respeto a la autoridad, el amor de entrega, las
verdades eternas... no es extraño, entonces que la vida de pareja, de suyo difícil y exigente se
vea plagada de dificultades al enfrentarse a esta nueva mentalidad.

La importancia de conocer las dificultades que el matrimonio presenta pueden ser determinantes
para tomar una decisión de ruptura conyugal. Los matrimonios fracasan más por ignorancia sobre
el desarrollo de la relación de pareja que por el desconocimiento de fórmulas adecuadas; más por

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actitudes irreflexivas que por deficiencias en las técnicas, y más por defectos en el compromiso de
la pareja que por falta de buena voluntad. De hecho, los problemas que se presentan en el
matrimonio son previsibles y generalmente, tienen las mismas raíces para la mayoría de las
parejas.

Para comprender y reflexionar sobre las crisis del matrimonio y sus efectos, te proponemos las
siguientes lecturas.

Lectura L24

ESTABLECER SÓLIDOS CIMIENTOS; Tomás Melendo y Lourdes Millán-Puelles, Asegurar el amor,


pp. 92-112, Rialp, España, 2002.

Lectura L25

LAS CRISIS MATRIMONIALES; Gustavo Adolfo Escobar Isaza, Matrimonio imperfecto y feliz,
pp. 37-43, Trillas, México, 1998.

Lectura L26

HASTA QUE UN AMANTE LOS SEPARE; Gustavo Adolfo Escobar Isaza, Matrimonio imperfecto y
feliz, pp. 127-142, Trillas, México, 1998.

Lectura L27

LA COMUNICACIÓN EN LA PAREJA, Tomás Melendo y Lourdes Millán-Puelles, Asegurar el amor,


pp. 130-152, Rialp, España, 2002.

Conclusión

Actualmente, el matrimonio, célula social y fuente de vida, se ve especialmente amenazado por


numerosas dificultades que generalmente acaban en divorcio. Lograr un buen matrimonio requiere
gran madurez, adaptación y conocimiento de la dinámica matrimonial, sin embargo, ningún
matrimonio esta exento de cruzar graves crisis que no necesariamente significan una separación.

Para saber más

El divorcio, de Luis Gadea de Nicolás, en “Escuela para padres y maestros” pp. 30-34, CEDI,
México, 1992.

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2.3 Familias monoparentales (por muerte y abandono)

Objetivos

 Conocer los problemas que ocasiona la ausencia del padre o la madre.


 Analizar la realidad de las madres solteras.

Introducción

La ausencia de un modelo paternal o maternal, por muerte o abandono, supone casi siempre una
grave perturbación, puesto que junto con la privación afectiva que se sufre, surge en el niño, la
vivencia del abandono, a la que casi siempre se añaden reacciones emocionales frecuentemente
distorsionadas.

Los padres que no funcionan activamente en su familia son el resultado de matrimonios


separados, divorciados o que ya fallecieron. En el caso de madres o padres solteros/as la relación
con los hijos se vuelve totalmente disfuncional y son los niños, los que sufren las consecuencias.

Para comprender mejor los efectos que provoca la ausencia de alguno de los padres en los hijos te
recomendamos las siguientes lecturas; al terminar desarrolla la práctica 5.

Lectura L28

LA AUSENCIA DEL PADRE Y LOS HIJOS APÁTRIDAS; Aquilino Polaina Lorente, Revista española
de pedagogía, pp. 427-458, España, 1993.

Lectura L29

FAMILIAS ESPECIALES: DE UN SOLO PADRE Y MIXTAS; Virginia Satir, Relaciones humanas en


el núcleo familiar, pp.169-193, Editorial Pax-México, México, 1985.

Lectura L30

PATERNIDAD EN CRISIS; En la Comunidad Encuentro, Disfunciones estructurales en el núcleo


familiar, pp.38-60, Trillas, México, 1999.

Lectura L31

MADRES SOLTERAS: UNA DIFÍCIL REALIDAD; En la Comunidad Encuentro, Disfunciones


estructurales en el núcleo familiar, pp.65-85, Trillas, México, 1999.

Realiza la práctica 5

Conclusión

Es una triste realidad que actualmente muchas familias carecen de uno de los padres, pues la
educación no es una tarea fácil y los padres son los primeros educadores, los fundamentales. Si
uno de los dos falta, la educación de los hijos se vuelve todavía más difícil y se acompaña de
cierto dolor y sufrimiento.

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2.4 Violencia intrafamiliar

Objetivos

 Reflexionar sobre la necesidad de atender este problema de forma efectiva.


 Abundar en la investigación para ofrecer posibles vías de solución.

Introducción

Aproximadamente, una de cada cuatro mujeres en América Latina son víctimas de violencia física
en su hogar, de hecho, en algunos países corren más peligro en su casa que en la calle.

El maltrato y los hechos violentos, causados por la pareja afectiva de forma crónica, conforman lo
que se ha denominado síndrome de la mujer maltratada, y buscan ejercer el control sobre
pensamientos, actos y movilidad de la persona.

Sin embargo, la violencia intrafamiliar no sólo afecta a mujeres, es increíble ver cuantos son los
niños que aún, reciben golpes o maltratos, y esto sucede en todas las clases sociales.

El verdadero problema es que estos niños tienden a imitar estas conductas agresivas, otros caen
en una extrema timidez e inseguridad y se llena de temores y en el menor de los casos se
acostumbran a recibir golpes.

A pesar de que es un producto social histórico, la violencia doméstica afecta a la salud, provoca
elevación de gastos, pérdida de vidas y días de trabajo, bajo rendimiento productivo, marginación
educativa, disminución de habilidades productivas y traumatismos físicos, psicológicos y morales
de los miembros de la familia.

Para abundar en el conocimiento sobre violencia intrafamiliar, te recomendamos las siguientes


lecturas; al terminarlas elabora la práctica 6.

Lectura L32

PROGRAMAS EDUCATIVOS EN NIÑOS MALTRATADOS; La educación personalizada en la


familia: Tratado de educación personalizada, dirigido por Víctor García Hoz, pp. 275-299,
Ediciones Rialp, España, 1990.

Lectura L33

EL MALTRATO INFANTIL; Francisco J. Mendiguchía, Problemas psicológicos de los hijos, pp.


26-32, Ediciones palabra, España, 1993.

Lectura L34

VIOLENCIA DOMÉSTICA; Irma Saucedo González, Violencia doméstica. Modelo de


intervención en unidades de salud, pp.23-35, Banco Interamericano de Desarrollo, México,
2002.

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Lectura L35

MODELO DE INTERVENCIÓN; Irma Saucedo González, Violencia doméstica. Modelo de


intervención en unidades de salud, pp. 37-43, Banco Interamericano de Desarrollo, México,
2002.

Resuelve la práctica 6

Conclusión

La violencia doméstica tiene serias implicaciones sociales, culturales y psicológicas; tiene múltiples
causas e influyen diversos factores, es un problema complejo y de difícil solución, sin embargo, en
los últimos años se le ha dado mayor importancia y ya se está tratando.

Para saber más

LA VIOLENCIA EN LOS NIÑOS; Pablo Mier y Terán, Amo a mis hijos, pero... ¿cómo
educarlos?, pp. 11-15, Panorama editorial, México, 1997

2.5 Hijos discapacitados y enfermos

Objetivo

Analizar algunos de los problemas que plantean los hijos discapacitados o enfermos para mejorar
la calidad de las relaciones familiares, de tal manera que se puedan generar recursos pare
enfrentar positivamente el desafío que estos niños representan.

Introducción

En la educación de un hijo discapacitado o enfermo, rigen los mismos criterios generales que para
los demás niños, pues su educación se enfoca a un proceso de mejora, de perfeccionamiento
integral y de ayuda para que alcancen sus máximas posibilidades de desarrollo.

Aunque no es posible esperar el mismo rendimiento de quien tiene una discapacidad, que de quien
no la tiene, los padres pueden encontrarse con actitudes defensivas como sobreprotección,
rechazo, culpabilidad, desesperación y conformismo y limitar al niño más de lo que en realidad
está.

Es importante, que él, como cualquier otro niño, desarrolle en forma armónica, las virtudes
humanas, que aprenda a utilizar su libertad, que aumente su capacidad de amar y de relacionarse
socialmente, que participe y aporte a los demás en la medida de sus posibilidades.

Para profundizar más sobre hijos discapacitados y enfermos, te proponemos las siguientes
lecturas, que te ayudarán a diferenciar entre un niño enfermo y uno discapacitado.

Lectura L36

LA EDUCACIÓN DEL NIÑO DISCAPACITADO; En la Comunidad Encuentro, Los hijos


discapacitados y la familia, pp. 55-65, Trillas, México, 1998.

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Lectura L37

RETRASO MENTAL; Patton, Payne, Kauffman, Brown y Payne, Casos de educación especial, pp.
67-87, Limusa, México, 1991.

Lectura L38

IMPEDIMENTOS SEVEROS Y PROFUNDOS; Patton, Payne, Kauffman, Brown y Payne, Casos de


educación especial, pp. 91-107, Limusa, México, 1991.

Para comprender mejor te proponemos un cuento:

Dios estaba en el cielo mirando cómo actuaban los hombres en la tierra.

Entre ellos la desolación reinaba:

—¡Más de 5 mil millones de seres humanos son pocos para alcanzar la magnificencia divina del
amor!, suspiró el Señor.

El Padre vio a tantos hermanos en guerra, esposos y esposas que no completaban sus carencias;
ricos y pobres apartados; sanos y enfermos distantes; libres y esclavos separados, que un buen
día reunió un ejército de ángeles y les dijo:

—¿Veis a los seres humanos? ¡Necesitan ayuda!, tendréis que bajar vosotros a la tierra.

—¿Nosotros?, —dijeron los ángeles ilusionados, asustados y emocionados, pero llenos de fe.

—Sí, vosotros sois los indicados. Nadie más podría cumplir esta tarea. ¡Escuchad!: cuando creé al
hombre, lo hice a imagen y semejanza mía, pero con talentos especiales para cada uno. Permití
diferencias entre ellos. Unos alcanzarían riquezas para compartir con los pobres. Otros gozarían de
buena salud para cuidar a los enfermos. Unos serían sabios y otros muy simples para procurar
entre ellos sentimientos de amor, admiración y respeto. Los buenos tendrían que rezar, por lo que
actuarán como si fueran malos. El paciente toleraría al neurótico… En fin, mis planes deben
cumplirse para que el hombre goce, desde la Tierra, la felicidad eterna. Y para hacerlo, ¡vosotros
bajaréis con ellos!

—¿De qué se trata?, —los ángeles preguntaron inquietos.

Entonces el Señor explicó su deber.

—Como los hombres se han olvidado de que los hice distintos para que se complementasen unos
a otros y así formarán el cuerpo de mi hijo amado; como parece que no se dan cuenta de que los
quiero diferentes para lograr la perfección, bajarán ustedes con francas distinciones.

Y dio a cada uno su tarea:

-Tú tendrás memoria y concentración de excelencia: serás ciego; tú serás elocuente con tu cuerpo
y muy creativo para expresarte: serás sordomudo; tú tendrás pensamientos profundos, escribirás
libros, serás poeta: tendrás parálisis cerebral; a ti te daré el don del amor, habrá muchos otros

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como tú en toda la tierra y no habrá distinción de raza porque tendrás la cara, los ojos, las manos
y el cuerpo como si fueran hermanos de sangre: tendrás Síndrome de Down; tú serás más bajo de
estatura y tu simpatía y sentido del humor llegarán hasta el cielo: serás gente pequeña; tú
disfrutarás la creación tal como lo planee para los hombres: tendrás discapacidad intelectual y
mientras otros se preocupen por los avances científicos y tecnológicos, tú disfrutarás mirando una
hormiga, una flor; tú serás feliz, muy feliz, porque amarás a todos y no harás juicio de ninguno,
tú vivirás en la tierra, pero tu mente se mantendrá en el cielo, preferirás escuchar mi voz a la de
los hombres: tendrás autismo; tú serás hábil como ninguno: te faltarán brazos y harás todo con
las piernas y boca.

Al último ángel le dijo:

—Serás genio; te quitaré las alas antes de llegar a la Tierra y bajarás con la espada ahuecada; los
hombres repararán tu cuerpo, pero tendrás que ingeniártelas para triunfar. Tendrás
mielomeningocelle que significa: miel que vino del cielo.

Los ángeles se sintieron felices pero les causaba enorme pena tener que apartarse del cielo para
cumplir su misión.

—¿Cuánto tiempo viviremos sin verte?, ¿cuánto tiempo lejos de ti?

—No os preocupéis, estaré con vosotros todos los días. Además, esto durará sólo entre 60 y 80
años terrenos.

—Está bien, Padre. Será como dices. 80 años son un instante en el reloj eterno. Aquí nos vemos al
ratito, —dijeron los ángeles al unísono y bajaron a la tierra emocionados.

Cada uno llegó al vientre de una madre. Ahí se formaron durante 6, 7, 8 o 9 meses. Al nacer,
fueron recibidos con profundo dolor, causaron miedo y angustia. Algunos padres rehusaron la
tarea; otros la asumieron enojados; otros se echaron la culpa hasta disolver su matrimonio y
otros más lloraron con amor y aceptaron su deber. Sea cual fuere el caso, como los ángeles saben
su misión y sus virtudes son la fe, la esperanza y la caridad, además de otras, todas gobernadas
por el Amor, ellos han sabido perdonar, y con paciencia pasan la vida iluminando a todo aquel que
los ha querido amar.

Siguen bajando ángeles a la Tierra con espíritus superiores en cuerpos limitados y seguirán
llegando mientras haya humanidad en el planeta. Dios quiere que estén entre nosotros para
darnos la oportunidad de trabajar por ellos. Y, trabajar es servir; servir es vivir y vivir es amar,
porque la vida se nos dio para eso. El que no vive para servir, no sirve para vivir.

2.6 Hijos únicos

El hijo único se desarrolla en circunstancias aparentemente favorables, pero en realidad dificultan


su educación. Tiende a ser egoísta por naturaleza, y a la desadaptación social, pues exige el
mismo aprecio que se le tiene en el hogar.

El hijo único puede encontrar “pares” o iguales en compañeros de la escuela, con quienes puede
compartir afectividad o contrarrestar su egocentrismo enfrentándose al ridículo o menosprecio.

Por otro lado, está libre de rivalidades fraternas; puede recibir mayores y necesarias atenciones, y
suele estar más presionado y motivado por conseguir éxitos.

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Para comprender las ventajas y desventajas de los hijos únicos, te proponemos las siguientes
lecturas:

Lectura L39

EL HIJO ÚNICO; La educación personalizada en la familia: Tratado de educación


personalizada, dirigido por Víctor García Hoz, pp. 147-150, Ediciones Rialp, España, 1990.

Lectura L40

LOS HIJOS ÚNICOS; Francisco J. Mendiguchía, Problemas psicológicos de los hijos, pp. 85-87,
Ediciones palabra, España, 1993.

Conclusión

Requieren educación especial, aquellas personas que difieren significativamente de la mayoría en


cuanto a características mentales o habilidades psicológicas y/o físicas. Sin embargo, la educación
especial va más allá de los detalles insignificantes o las experiencias dolorosas, realza la íntima
satisfacción que proporciona el poder asistir a personas que requieren este tipo de educación.

Si te interesa mucho este tema te recomiendo leer el siguiente libro:

¡Dios ya lo sabía!, El don de un niño especial, Tere García de Ortiz, Obra Nacional de la Buena
Prensa, México, 2000.

Si terminaste tu curso manda un correo al docente que te calificó pidiéndole tu nota final ya que
no realizaras más cambios.

Realiza el ejercicio de valoración del curso

Lectura L1

COMENZAR CON EL FIN EN LA MENTE; de Stephen R. Covey, Los 7 hábitos de las familias
altamente efectivas, pp. 79-93 y 104, Grijalbo, México, 1998.

Hábito 2: Comenzar con el fin en la mente

Un joven padre de familia compartió esta experiencia sobre cómo su esposa pudo ser proactiva en
una situación desafiante con su hijo:

El otro día llegué a casa del trabajo y mi hijo Brenton de tres años y medio me encontró en
la puerta. Estaba radiante. Me dijo: “Papá, ¡soy un hombre que trabaja duro!”

Más tarde averigüé que mientras mi esposa estaba arriba, Brenton había vaciado un galón
y medio de agua del refrigerador, la mayoría estaba en el piso. La reacción inicial de mi

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esposa había sido gritarle y darle unas nalgadas. Pero en vez de eso se detuvo y dijo con
paciencia: “Brenton, ¿qué estabas tratando de hacer?”

"Estaba intentando ser un hombre que ayuda, mamá", contestó con orgullo.
“¿A qué te refieres?”
“Te lavé los platos.”
En la mesa de la cocina estaban todos los platos que él había lavado con el agua del
refrigerador.
“Bueno, cariño, ¿por qué usaste el agua del refrigerador?”
“Porque no alcanzo el agua de la llave.”
“Ah”, dijo ella. Entonces vio a su alrededor. “Bueno, ¿qué crees que podrías hacer la
próxima vez para que hubiera menos tiradero?”
Se quedó pensando un momento. Luego su carita se iluminó. “¡Podría hacerlo en el baño!”
exclamó.
“Los platos podrían romperse en el baño –contestó ella—. Pero, ¿qué te parece esto? ¿Qué
tal si yo te ayudo a poner una silla frente al lavadero de la cocina para que puedas hacer el
trabajo ahí?”
“¡Buena idea!” exclamó emocionado.
“¿Y ahora qué vamos a hacer con este tiradero?” preguntó ella.
“Bueno —dijo él pensando—, podríamos usar muchas toallas de papel”. Entonces ella le dio
toallas de papel y fue por el trapeador.
Mientras me contaba lo que había sucedido, supe lo importante que fue que mi esposa
hubiera podido detenerse entre el estímulo y la respuesta. Hizo una elección proactiva. Y
pudo hacerlo gracias a que pensó sobre el fin en la mente. Lo importante aquí no es tener el
piso limpio, sino educar a este niño.
Le llevó casi diez minutos limpiar el piso. Si hubiera sido reactiva, también hubiera llevado
diez minutos, pero la diferencia hubiera sido que Brenton me hubiera encontrado en la
puerta para decirme “Papá, soy un mal niño”.

Piense en la diferencia que hizo en esta familia el que la mujer actuara en vez de reaccionar. Este
pequeño pudo haber salido de esta experiencia sintiéndose culpable avergonzado y apenado. Pero
en vez de ello se sintió afirmado, apreciado y amado. Sus buenas intenciones y su deseo de
ayudar se nutrieron. Aprendió cómo ayudar de una manera mejor. Toda su actitud sobre sí mismo
y sobre ayudar en su casa fueron afectadas positivamente por esta interacción.

¿Cómo pudo esta mujer cambiar lo que podía haber sido una experiencia muy frustrante en un
depósito real en la Cuenta de Banco Emocional del niño? Como lo observó su esposo, tenía claro
en su mente lo que era más importante. No era tener el piso limpio; era educar a ese niño. Ella
tenía un propósito que era más grande que su problema. Y en ese instante entre lo que sucedió y
su respuesta a ello, pudo conectarse con ese propósito. Actuó con el fin en la mente.

El Fin en la Mente: Su “destino”

El Hábito 2, comenzar con el fin en la mente, es crear una visión clara y obligatorio del propósito
que usted y su familia tienen de existir. Volviendo a la metáfora del avión, el Hábito 2 define su
destino. Y tener un destino claramente en la mente afecta toda decisión en el camino.

El Hábito 2 está basado en el principio de visión, y ¡la visión es poderosa! Es el principio que
permite a los prisioneros de guerra sobrevivir. Las investigaciones muestran que es lo que da a los
niños exitosos el impulso para triunfar. Es un poder móvil detrás de las personas y organizaciones
exitosas en todo camino de la vida. La visión es más grande que la "carga", más grande que la
carga negativa del pasado e incluso la carga acumulada del presente. El adentrarse en esta
sensación de visión le da el poder y el propósito para levantarse por encima de la carga y actuar
con base en lo que realmente importa más.

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Existen muchas maneras de aplicar este principio de visión, comenzar con el fin en la mente, en la
cultura familiar. Puede empezar un año, una semana o un día con un fin en la mente. Puede
empezar una experiencia o actividad familiar con el fin en la mente. Puede comenzar una
temporada de baile o lecciones de piano, o una cena familiar, o la construcción de una casa, o la
búsqueda de una mascota familiar con el fin en la mente.

Pero en este capítulo nos vamos a enfocar en la aplicación más profunda, significativa y poderosa
de “comenzar con el fin en la mente” en la familia, la creación de un “enunciado de misión
familiar”.

Un enunciado de misión familiar es una expresión combinada y unificada de todos los miembros
de la familia sobre el propósito de existir de la familia, qué es realmente lo que quiere hacer y ser,
y los principios que elige para gobernar su vida familiar. Está basado en la idea de que todas las
cosas se crean dos veces. Primero viene la idea, o la creación mental; luego viene la realidad, o la
creación física. Es como hacer un plano antes de construir el edificio, escribir el guión antes de
representar la obra, crear el plan de vuelo antes de despegar el avión. Es como la regla del
carpintero: “medir dos veces, cortar una vez”.

¿Puede imaginarse las consecuencias de lo opuesto, de comenzar sin un fin en la mente?

Suponga que llega a una construcción y le pregunta a los trabajadores de ahí: “¿Qué están
construyendo?”

“No tenemos idea”, contesta uno de ellos.

“Bueno, ¿qué dicen los planos?”, pregunta usted.

El capataz contesta: “No tenemos planos. Creemos que si construimos con mucha habilidad y
destreza, al final tendremos un hermoso edificio. Debemos volver al trabajo ahora para poder
terminar nuestras labores. Quizá entonces podremos determinar qué es lo que estamos
construyendo”.

Volviendo a la metáfora del avión, suponga que alguien le preguntara a usted que es el piloto: "¿A
dónde va a volar hoy?”

¿Sería ésta su respuesta? “En realidad no lo sé. No tengo un plan de vuelo. Vamos a subir a los
pasajeros y despegaremos el avión. Hay muchas corrientes del aire allá arriba. Soplan en
diferentes direcciones en diferentes días. Agarraremos la corriente más fuerte e iremos a donde
nos lleve. Cuando lleguemos ahí, sabremos al donde nos dirigimos”.

En mi profesión, si estoy trabajando con una organización o cliente en particular, especialmente


con altos ejecutivos, con frecuencia les pido que escriban una respuesta en una oración que
conteste esta pregunta: “¿Cuál es la misión esencial o propósito de esta organización, y cuál es
su estrategia para lograr ese propósito?” Luego les pido que lean estos papeles en voz alta a los
demás y, por lo general, se quedan impresionados por las diferencias. No pueden creer que todos
lo ven de manera diferente, particularmente sobre un asunto de tan extrema importancia. Y esto
en ocasiones sucede incluso cuando el enunciado de misión de la compañía está sobre la pared en
todos los salones.

Podría considerar intentar lo mismo en su familia. Esa noche, pregunté a cada miembro de la
familia: “¿Cuál es el propósito de nuestra familia? ¿Para qué existe esta familia?” Pregunte a su
cónyuge: “¿Cuál es el propósito de nuestro matrimonio)? ¿Cuál es la razón esencial de ser?
¿Cuáles son las metas de más alta prioridad?” Se sorprenderá de las respuestas que reciba.

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El punto es que es vital tener toda la cultura alineada, dirigiéndose hacia un destino mutuamente
acordado. Es vital que todos en la cabina sepan que van al mismo lugar, más que si el piloto está
pensando que van a Nueva York y el ingeniero de vuelo esté pensando que van a Chicago.

Como dice el proverbio: “Sin visión las personas perecen”. El opuesto del Hábito 2 en la familia es
no tener una creación mental, no es visualizar el futuro, sólo dejar que la vida pase, ser
arrastrado con el flujo de los valores y las tendencias de la sociedad sin tener una sensación de
visión o propósito. Es simplemente vivir los guiones que se le han dado. De hecho, realmente es
no vivir; es ser vivido.

Como todas las cosas se crean dos veces, si no se hace cargo de la primera creación, alguien o
algo lo hará. Crear un enunciado de misión familiar es hacerse cargo de la primera creación. Es
decidir qué clase de familia realmente quiere ser e identificar los principios que le ayudarán a
llegar ahí. Y esa decisión dará contexto a todas las demás decisiones que tome. Se volverá su
destino. Actuará como un imán enorme y poderoso que lo impulsa hacia su objetivo y lo ayuda a
mantenerse ahí.

Creando nuestro enunciado de misión familiar

Espero que me disculpe por la larga referencia personal que sigue, pero aprendimos el poder de
todo esto no en la lectura, observación, enseñanza o escritura, sino en el hecho de hacerla. Por
favor entienda que es algo muy íntimo compartir nuestra vida personal y familiar. Refleja nuestros
valores y creencias. Pero sepa que reconocemos y honramos el principio de respeto por todos,
incluyendo aquellos que lo crean de manera diferente.

Si nos preguntara a Sandra ya mí: “¿Cuál ha sido el evento más transformador en la historia de su
familia?”, contestaríamos sin titubear que fue la creación del enunciado de misión de nuestra
familia. Nuestro primer enunciado de misión fue creado en una ceremonia sagrada de matrimonio
hace más de 41 años. Nuestro segundo enunciado de misión se desarrolló por etapas durante un
período de 15 años y varios niños. A través de los años estos enunciados de misión han creado la
sensación común de destino y forma de viaje que ha representado la voluntad social, la cultura en
la familia. Y ya sea directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, casi todo lo demás
en nuestra familia ha surgido de ahí.

El día que nos casamos, inmediatamente después de la ceremonia, Sandra y yo fuimos al parque
Memory Grove. Nos sentamos juntos y hablamos sobre lo que la ceremonia significaba y cómo
íbamos a tratar de vivir nuestras vidas de acuerdo con ella. Hablamos de las dos familias de las
que veníamos. Discutimos qué queríamos continuar haciendo en nuestra familia recién formada y
qué cosas queríamos hacer de manera diferente.

También reafirmamos que nuestro matrimonio era mucho más que una relación contractual; era
una relación de pacto. Y nuestro compromiso el uno con el otro era total, completo y para
siempre. También reconocimos que nuestro pacto no era sólo entre nosotros; sino también con
Dios. Determinamos que nos amaríamos más si primero lo amábamos a él.

Así, tomamos la decisión de poner principios por encima de nosotros mismos y de nuestra familia.
Sentimos que esa decisión, más que cualquier otro factor, nos ha dado fuerza para disculpamos,
perdonar, ser amables y seguir regresando al curso del vuelo una y otra vez. Descubrimos que
mientras más pudiéramos centrar nuestras vidas en estos principios, podríamos acceder a más
sabiduría y fuerza, especialmente en situaciones donde sería más fácil estar centrado e incluso
controlado por otras cosas, como trabajo, dinero, posesiones o aun la familia misma. Sin esa
decisión, estamos convencidos, habríamos sido mucho más dependientes del estado de ánimo del
otro o de nuestra popularidad con los hijos por la sensación de seguridad, más que de nuestra
propia integridad.

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Poner los principios primero ha dado sensación de prioridad adecuada a todo lo demás. Ha sido
como unos cristales a través de los cuales vemos la vida. Se nos ha dado sensación de
“mayordomía”, una sensación de que ambos somos responsables por la manera en que
manejamos todas las cosas, incluyendo la familia. Nos ha ayudado a damos cuenta de que la
familia misma es un principio universal, eterno autoevidente.

Ese día que Sandra y yo nos sentamos en Memory Grove, también comenzamos a hablar de los
hijos que tendríamos. Tomamos muy en serio las palabras de Daniel Webster:

Si trabajamos en mármol, perecerá. Si trabajamos en bronce, el tiempo lo afectará.


Si levantamos templos, se volverán polvo, pero si trabajamos en las mentes inmortales, y les
inculcamos principios, estamos entonces grabando esa tableta que ningún tiempo afectará,
sino que brillará y brillará por toda la eternidad.

Comenzamos a identificar algunos de los principios que queríamos usar para educar a nuestros
hijos. Entonces y durante los siguientes años, conforme empezaron a llegar los hijos, con
frecuencia nos preguntamos: “¿Qué clase de fuerza y habilidades necesitarán tener nuestros hijos
para triunfar cuando sean grandes?” Y de esas discusiones surgieron diez habilidades que
pensamos eran vitalmente importantes, diez cosas que sentimos estos niños necesitarían para
poder hacerla cuando se volvieran independientes y emprendieran familias propias. Estos incluían
la habilidad para trabajar, aprender, comunicar, resolver problemas, arrepentirse, perdonar,
servir, rendir culto, sobrevivir en un ambiente salvaje y jugar y divertirse.

Parte de nuestra visión era reunimos a la hora de la cena al final del día y compartir experiencias,
reír, filosofar y discutir valores. Queríamos que nuestros hijos se disfrutaran y se apreciaran
profundamente, para hacer cosas juntos y que les encantara estar juntos.

Cuando los chicos crecieron, esta visión dio dirección a muchas discusiones y actividades
familiares. Nos ocasionó planear todos los veranos, nuestras vacaciones y los tiempos de descanso
de manera que nos ayudaría a realizar nuestro sueño. Por ejemplo, una de las diez cosas de la
lista era la habilidad de sobrevivir en condiciones adversas, entonces, para ayudar a los hijos a
desarrollar esta habilidad, iniciamos programas de supervivencia en la familia. Fuimos capacitados
y dejados en territorio salvaje durante varios días con nada más que nuestras agallas para
sostenemos. Aprendimos a sobrevivir a través de nuestra ingenuidad y a través del conocimiento
que habíamos obtenido sobre qué podíamos y no podíamos comer y beber. Aprendimos técnicas
que nos permitirían sobrevivir en condiciones congelantes, condiciones extremadamente calientes
y condiciones donde no había agua.

Otro punto se refería al valor de la educación. Queríamos que nuestros hijos trabajaran en la
escuela y que obtuvieran toda la educación posible, y no que solamente lograran recibir diplomas
o grados. Así que leíamos juntos como familia. Organizamos nuestro hogar de manera que los
hijos tenían tiempo y lugar para hacer sus tareas. Nos interesamos en lo que los chicos estaban
aprendiendo en la escuela, y les dimos oportunidades de enseñamos lo que estaban aprendiendo.
Nos enfocamos principalmente en aprender, no en los grados, y casi nunca tuvimos que
recordarles que hicieran sus tareas. Rara vez vimos una calificación menor a nueve.

Con los años, el enfoque en éstos y otros “fines en la mente” hicieron una diferencia poderosa en
la dirección de nuestra familia y en la cultura familiar. Pero entonces, comenzando hace unos 20
años, desarrollamos un nuevo nivel de unidad y sinergia familiar. En ese momento empezamos a
desarrollar y organizar el material de los 7 Hábitos. Empezamos a damos cuanta de qué las
organizaciones exitosas de todo tipo tienen enunciados de misión. Muchas eran sinceras y se
convertían en la fuerza principal de toda la toma de decisiones; muchas se escribían sólo para
propósitos de relaciones públicas. Comenzamos a ver que los estudios más recientes claramente
muestran que el enunciado sincero es un ingrediente absolutamente vital de las organizaciones de
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alto desempeño, fundamental no sólo para la productividad y el éxito de la organización, sino
también para la satisfacción y felicidad de las personas que trabajan en ella.

Aprendimos que aunque la mayoría de las familias empiezan con una ceremonia sagrada de
matrimonio (la cual representa una especie de “comenzar con el fin en la mente”), las familias no
tienen el enunciado de misión tan vital para el éxito organizacional. Aun así, la familia es la
organización más importante y fundamental del mundo, la base literal de la sociedad. Ninguna
civilización podría haber sobrevivido sin ella. Ninguna otra institución puede cumplir su propósito
esencial. Ninguna otra institución ha tenido su impacto en lo bueno y en lo adverso. Sin embargo,
la mayoría de los miembros de familia no tienen una sensación profunda de visión compartida
alrededor de su significado y propósito esencial. No han pagado el precio para desarrollar una
visión compartida y un sistema de valores, lo cual es la esencia del carácter y la cultura de la
familia.

Así nos convencimos de que necesitábamos desarrollar un “enunciado de misión familiar”.


Teníamos que crear una visión de cómo queríamos que fuera nuestra familia, por qué viviríamos,
incluso por qué moriríamos. Sería una visión que estaba compartida y aceptada por todos los
miembros de la familia, no sólo dos de nosotros.

Así, comenzamos el proceso de crearla. Nos reuníamos una vez por semana para hablar de ella.
Teníamos diferentes actividades divertidas para los niños que les ayudaban a poner sobre la mesa
sus cuatro dotes humanas y sus ideas. Hacíamos tormentas de ideas. Entre las reuniones
familiares privadamente ponderábamos estas cosas. A veces las discutíamos una a una a la hora
de la cena. Una noche preguntamos a los niños: “¿Cómo creen ustedes que podríamos ser
mejores padres?” (Después de veinte minutos de ser bombardeados con las ideas y sugerencias
que fluían libremente, dijimos: “Está bien, ¡parece que ya entendimos!”)

Gradualmente empezamos a dirigir todo el rango de asuntos más profundos, Preguntamos a los
miembros de la familia:

¿Qué clase de familia queremos ser realmente?


¿A qué clase de hogar les gustaría invitar a sus amigos?
¿Qué les avergüenza sobre su familia?
¿Qué les hace sentirse cómodos aquí?
¿Qué les hace querer venir a casa?
¿Qué les hace sentirse abiertos a nosotros, sus padres, para que puedan aprovechar nuestra
influencia?
¿Qué nos hace sentimos abiertos a su influencia?
¿De qué manera queremos que nos recuerden?

Pedimos a todos los chicos que escribieran su lista de cosas que eran importantes para ellos. La
siguiente semana llegaron con sus ideas y tuvimos una discusión abierta sobre por qué estos
rasgos eran tan importantes o deseables. Eventualmente, todos los niños escribieron sus
enunciados de misión sobre lo que sentían que era importante y por qué. Juntos leímos y
discutimos todos. Todos eran especiales y profundos. Tuvimos que sonreír cuando leímos la de
Sean. Viniendo de un adolescente con el fútbol en la mente en ese momento, decía: “Somos una
gran familia, y pateamos a todos”. No muy refinada, pero al grano.

Nos llevó ocho meses desarrollar nuestro enunciado de misión. Todos participamos. Incluso mi
madre estuvo involucrada. Hoy tenemos nietos que también se han convertido en parte de ella,
así que ahora hay cuatro generaciones involucradas en nuestro enunciado de misión familiar.

Un destino y una brújula

Es casi imposible comunicar el impacto que el crear un enunciado de misión familiar ha tenido en
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nuestra familia, directa e indirectamente. Quizá la mejor manera de describirlo es en términos de
la metáfora del avión: Crear un enunciado de misión familiar nos ha dado un destino y una
brújula.

El enunciado de misión mismo nos ha dado una visión clara y compartida del destino a donde
queremos llegar como familia. Ha sido una guía para nuestra familia ahora, y por más de una
década y media. La tenemos en una pared en la sala de la casa. La vemos con frecuencia y nos
preguntamos: “¿Qué tan bien estamos viviendo lo que decidimos ser y hacer? ¿Es nuestro hogar
realmente un lugar en donde se encuentran los sonidos del amor? ¿Estamos siendo cínicos y
críticos? ¿Usamos el buen humor? ¿Hablamos entre sí pero sin comunicamos? ¿Estamos dando o
solamente recibiendo?”

Al comparar nuestras acciones con este enunciado, obtenemos retroalimentación que nos dice
cuándo estamos fuera del camino. De hecho, es este enunciado, esta sensación de destino, lo que
hace la retroalimentación significativa. Sin él, la retroalimentación se vuelve confusa y
contraproducente. No hay manera de decir si es relevante. No hay nada contra qué medirla. Pero
una sensación clara de visión y valores compartidos nos permite evaluar la retroalimentación y
usarla para hacer correcciones continuas en el camino, para poder eventualmente llegar a nuestro
destino.

Nuestra sensación de destino también nos permite entender mejor nuestra situación presente y
saber que los fines y los medios son inseparables; en otras palabras, el destino y la manera de
viajar están entretejidos. Cuando el destino representa una cierta calidad de vida familiar y de
amor en la relación, ¿es posible imaginar cualquier separación entre ese destino y la manera de
viajar para llegar ahí? En realidad, los fines y los medios, el destino y la jornada, son lo mismo.

Ciertamente nuestra familia no está libre de problemas, pero muchas veces, al menos, los
miembros de la familia realmente sentimos que nuestro hogar es un lugar de fe, orden, verdad,
amor, felicidad y relajación. Tratamos de actuar de manera que seamos responsablemente
independientes y efectivamente interdependientes. Intentamos servir a propósitos valiosos en la
sociedad. Y estamos agradecidos de ver estas cosas manifestarse en las vidas de nuestros hijos
casados, quienes ahora tienen familias propias y han desarrollado sus propios enunciados de
misión.

El proceso de crear nuestro enunciado de misión también nos ha permitido convertir nuestras
cuatro dotes humanas en una “brújula” para ayudamos a seguir en el camino correcto. Hemos
sido conscientes de algunos de los principios por los que queríamos vivir, principios como aquellos
mencionados en los depósitos de la Cuenta de Banco Emocional en el Hábito 1, pero cuando nos
reuníamos a hablar de ellos como familia, llegamos a un nivel totalmente nuevo de comprensión y
compromiso para vivirlos.

Mientras interactuábamos, la autoconciencia se convirtió en conciencia familiar; nuestra habilidad


de vemos como familia. La conciencia se volvió conciencia familiar; la unidad de la naturaleza
moral compartida de todos en la familia y la claridad que vino de discutir estas cosas juntos. La
imaginación se convirtió en sinergia creativa al repasar los temas y llegar a algo en lo que todos
estaban de acuerdo. Y la voluntad independiente se volvió voluntad interdependiente o voluntad
social mientras todos trabajamos juntos para lograr que sucediera.

Esto fue lo más emocionante que surgió de nuestro enunciado de misión familiar, la creación de
esta voluntad social, esta sensación de “nosotros”. Ésta es nuestra decisión, nuestra
determinación. Esto es lo que hemos decidido que vamos a ser y hacer. Representaba la
conciencia colectiva y la imaginación colectiva que se unían sinérgicamente para producir este
compromiso colectivo, esta promesa o expresión colectiva y voluntad colectiva.

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Nada acerca más que el hecho de que todos estén involucrados en el proceso de interacción y
comunicación sinérgica, hasta que esta voluntad social se diseñe y se forme. Cuando creamos una
voluntad social, producimos algo que es mucho mil sinérgico que sólo una colección de voluntades
individuales. Y esto da una dimensión enteramente nueva al concepto de sinergia. Sinergia es
producir no sólo una solución de tercera alternativa, sino un espíritu de tercera alternativa, el
espíritu de la familia.

En nuestra familia, combinando nuestras dotes humanas de esta manera, pudimos crear una
brújula familiar que nos ayudó a determinar nuestra dirección. Esa brújula sirve como un sistema
de guía interna para ayudamos a tener claro nuestro destino y movernos continuamente hacia él.
También nos permite interpretar la retroalimentación y nos ayuda a seguir regresando al plan de
vuelo una y otra vez.

Creando su propio enunciado de misión familiar

Nuestra experiencia familiar, más mi experiencia con miles de familias en todo el mundo, nos ha
llevado al desarrollo de un proceso sencillo de tres pasos que cualquier familia puede dar para
crear un enunciado de misión familiar.

Paso uno: explore cuál es el propósito de su familia

La meta aquí es poner sobre la mesa los sentimientos y las ideas de todos. Dependiendo de su
situación, puede elegir cualquiera de una variedad de maneras para hacer esto.

Un enunciado de misión para dos

Si su familia es sólo usted y su cónyuge en este momento, puede desear ir a algún lado donde
puedan estar solos un par de días o incluso algunas cuantas horas. Disfrutando momentos de
relajación y estando juntos. Cuando la atmósfera es correcta, querrán visualizar juntos cómo
quieren que sea su relación dentro de 10, 25 ó 50 años. Pueden buscar inspiración reflexionando
en las palabras dichas como parte de su ceremonia de matrimonio. Si no pueden recordarlas,
pueden escucharlas cuando asistan a bodas de parientes y amigos. Pueden oír palabras como
éstas:

Apegarse el uno al otro y a nadie más.


Observar todas las leyes, convenios y obligaciones que pertenecen al santo estado del
matrimonio.
Amarse, honrarse y respetarse por todos los días de su vida.
Ser bendecidos con alegría en su prosperidad.
Tener una larga vida de felicidad juntos.

Si palabras como ésas resuenan en su corazón, pueden convertirse en la base de un enunciado de


misión poderoso.

O podría encontrar otras palabras que lo inspiren. En nuestro matrimonio, Sandra y yo


encontramos inspiración en el proverbio cuáquero: “Tú me levantas y yo te levantaré y
ascenderemos juntos”.

También podrían discutir juntos preguntas como éstas:

¿Qué clase de compañeros queremos ser?


¿Cómo queremos tratamos?

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¿Cómo queremos resolver nuestras diferencias?
¿Cómo queremos manejar nuestras finanzas?
¿Qué clase de padres queremos ser?
¿Qué principios queremos enseñar a nuestros hijos para ayudarles a prepararse para la edad
adulta y llevar vidas responsables y amorosas?
¿Cómo podemos ayudar a desarrollar el talento potencial de cada niño?
¿Qué clase de disciplina queremos usar con nuestros hijos?
¿Qué roles (administración financiera, manejo de la casa, etc.) tendrá cada uno de nosotros?
¿Cómo podemos relacionamos mejor con las familias de cada uno?
¿Qué tradiciones traemos con nosotros de las familias en las cuales fuimos educados?
¿Qué tradiciones queremos conservar y crear?
¿Con qué rasgos o tendencias intergeneracionales estamos contentos o no contentos, y cómo
hacemos cambios?
¿Cómo queremos devolver lo que recibimos?

Cualquier método que use, recuerde que el proceso es tan importante como el producto. Dedique
tiempo a estar juntos. Construya la Cuenta de Banco Emocional. Interactúe profundamente sobre
los temas. Asegúrese de que el producto final represente todo lo que está en su mente y en su
corazón.

Una mujer dijo esto:

Cuando conocí a mi esposo hace 20 años, ambos teníamos mucho temor de las relaciones
porque ya habíamos fracasado en matrimonios antes. Pero una de las cosas que me
impresionó de Chuck desde el principio es que realmente había hecho una lista con todo lo
que quería de una relación matrimonial y la puso en la puerta de su refrigerador. Así, cada
mujer que pasara por su apartamento tenía la opción de decir: “Sí, eso es lo que yo quiero”
o “No, eso no es lo que yo quiero”. Estaba realmente, claro y firme al respecto.

Así que desde el principio pudimos trabajar con esa lista. Yo agregué algunas cosas que me
parecían importantes y trabajamos juntos para refinar lo que queríamos de nuestra relación.
Dijimos: “No guardaremos secretos del otro”, “No guardaremos resentimientos”, “Estaremos
completamente conscientes de las necesidades del otro”, y así sucesivamente.

Al elaborar esa lista hicimos una enorme diferencia en nuestro matrimonio. Estaba escrita
en nuestros corazones. No tenemos que voltear y decir: “Esta persona no está haciendo esto
o aquello”, porque cuando sentimos resentimiento o cuando sentimos que algo que no nos
gusta, inmediatamente lo hablamos. Y esto hace surgir lo que originalmente teníamos
acordado.

La razón por la que un enunciado de misión es tan importante en un matrimonio es que no hay
dos personas completamente iguales. Siempre existen diferencias. Y cuando pone a dos personas
juntas en esta relación tierna, sensible e íntima llamada matrimonio, si no dedica tiempo a
explorar estas diferencias y crear una sensación de visión compartida, entonces estas diferencias
pueden separarlos.

Considere dos personas que llamaremos Sally y Paul. Paul viene de una familia muy apoyadora.
Cuando Paul estaba en secundaria y dijo: “Hoy perdí la carrera en la escuela”, su madre podría
haber respondido (en espíritu, no con las palabras exactas): “Ay, Paul, ¡qué lástima! Debes estar
muy desilusionado. Estamos orgullosos de tu esfuerzo. Te queremos mucho”. Si él hubiera dicho:
“Mamá, acabo de ganar las elecciones escolares”, su madre podría haber contestado: “Ay, Paul,
¡qué felicidad! Te queremos mucho. Estamos orgullosos de ti”. El éxito o el fracaso de Paul no
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hacía diferencia. Sus padres eran incondicionalmente cariñosos y apoyadores.

Sally, por otro lado, viene de una familia que no es apoyadora. Sus padres son, por lo general
desinteresados, poco afectivos y condicionan su amor. Si Sally hubiera dicho a su madre: “Hoy
perdí la carrera en la escuela”, su madre hubiera contestado: “Bueno, ¿qué pasó? Te dije que
deberías ejercitarte y practicar más. Tu hermana fue una gran corredora y se ejercitaba y
practicaba mucho más que tú. ¿Qué le voy a decir a tu padre?” Pero si Sally hubiera dicho:
“Mamá, acabo de ganar las elecciones estudiantiles en la escuela”, su madre habría contestado:
“Oh, ¡perfecto! Estoy muy orgullosa de ti. Me muero por decírselo a tu padre”.

Ahora, son dos personas con experiencias familiares totalmente diferentes. Una ha aprendido el
amor incondicional. La otra ama condicionalmente. Se conocen y empiezan a salir. Después de un
tiempo se dicen “Te amo”. Se casan. Pero después de unos meses de vivir juntos, de interactuar
íntimamente a diario, están en problemas. Con base en las expresiones condicionales de amor de
Sally, Paul finalmente le dice: “Tú ya no me amas”.

“¿A qué te refieres con que no te amo?” demanda ella. “Cocino, limpio, ayudo al mantenimiento
de la casa. ¿Cómo que ya no te amo?”

¿Puede imaginar los problemas que podrían acumularse con el tiempo si estas personas nunca
desarrollaran un entendimiento común del “amor”?

Además de esta diferencia, ¿qué tal si las personas en la familia de Paul nunca aprendieron a
discutir los problemas reales o confrontar los asuntos? ¿Qué tal si implemente los ponían bajo el
tapete, pretendiendo que no existían, esencialmente metiendo la cabeza en la arena? ¿Qué tal si
nunca aprendieron a comunicarse realmente porque las cosas eran tan positivas y apoyadoras? Y
¿qué tal si la familia Sally manejaba los problemas y las diferencias peleando (gritando, culpando
o acusando) o “luchando” (saliéndose, azotando puertas, etc.)? Por encima de estas dos
experiencias diferentes, habrían aprendido dos enfoques diferentes para resolver sus problemas.

¿Puede ver por qué Sally y Paul podían fácilmente tener pleitos en su matrimonio? ¿Puede ver
cómo cada diferencia importante compone un problema? ¿Puede ver cómo los sentimientos
negativos producidos por manejar mal esas gerencias podían alimentarse, y cómo la relación de
Sally y Paul pronto podía deteriorarse para convertirse finalmente en algo hostil?

En medio de su conflicto, la sociedad puede decir que deberán terminar su relación. Y en algunos
casos donde hay abusos extremos, tal vez sea lo mejor. Pero romper puede aportar sufrimiento
incluso mayor que el sufrimiento que acabamos de describir. ¿Puede ver la diferencia que haría a
esta pareja tener una sensación de visión compartida, particularmente si estuviera basada en
principios que proporcionaran un fundamento sólido para resolver e incluso levantarse de estas
diferencias?

Si considera detenidamente los problemas que las personas enfrentan en el matrimonio,


encontrará que casi en todos los casos surgen de expectativas conflictivas o de roles, que son
acentuadas por estrategias conflictivas de solución de problemas Un esposo puede pensar que el
rol de su esposa es cuidar las finanzas; después de todo su madre lo hizo. Y la esposa puede
pensar que es el rol de su esposo, ya que su padre representaba todos los roles. Este puede no
ser un gran problema hasta que tratan de resolverlo y sus guiones de solución de problemas salen
a la superficie. El es un “agresivo pasivo”. Lentamente arde por dentro y no dice nada, pero
continuamente está juzgando y se pone muy irritable. Ella es una “agresiva activa”. Quiere hablar
las cosas, pelearlas. Se meten en un estado de colusión, incluso con dependencia, entre ellos,
donde cada uno necesita las debilidades del otro para validar su percepción y justificarse. Ambos
se echan la culpa. Así, un problema pequeño se vuelve grande; una colina se vuelve una
montaña. Puede incluso convertirse en una montaña gigantesca porque los guiones conflictivos de
solución de problemas exageran todo problema y magnifican toda diferencia. Estudie los desafíos
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problemas de su matrimonio para ver si tampoco están fundamentalmente arraigados en
expectativas de roles conflictivos y con guiones conflictivos de solución de problemas.

Los guiones conflictivos con frecuencia se revelan en dos áreas relacionadas de cerca y el don de
la autoconciencia es la clave para entender ambas. La primera está en el área de valores y metas,
o la forma en que deben ser las cosas, y la segunda está en el área de las suposiciones sobre la
manera en que son las cosas. Estas dos áreas están interrelacionadas, ya que por lo general
definen la manera en que están las cosas en términos de la manera en que las cosas deberían
estar. Cuando decimos que tenemos un problema, básicamente estamos diciendo que las cosas no
están como deberían estar. Para un cónyuge el problema puede ser trágico; para el otro,
inexistente.

Un cónyuge puede pensar en “familia” como un “núcleo” de dos generaciones que son padres e
hijos, mientras que para el otro cónyuge el concepto de “familia” es intergeneracional implicando
mucha comunicación abierta, interacción y actividades con tíos, sobrinos, abuelos y así
sucesivamente. Una persona puede tener guiones donde cree que el amor es un sentimiento,
mientras que otra persona ve el amor como un verbo. Uno puede resolver problemas peleando y
gritando, mientras que el otro quiere comunicar y hablarlos. Uno puede ver las diferencias como
debilidades, mientras que el otro-ve las diferencias como fuerzas. La opinión de las personas en
estos respectos tiende a ser un producto de sus experiencias con los modelos significativos de sus
vidas, y en cualquier matrimonio, estas cosas necesitan hablarse y arreglarse.

Esta manera de compartir y acordar las expectativas, las estrategias de solución de problemas, la
visión y los valores en una relación se llama “comisionar”. En otras palabras, es una unión de
misiones o propósitos. Es unirlos para que tengan el mismo destino. Y el poder de esto es que
literalmente trasciende a “tu manera” o “mi manera”, Crea una nueva manera, una manera más
alta, “nuestra manera”. Permite a los compañeros trabajar juntos para explorar diferencias y
resolver problemas en formas que crean la Cuenta de Banco Emocional y aportan resultados
positivos.

Estas co-misiones entre marido y mujer son tan vitales, tan esenciales en una relación y en la
familia como un todo, que incluso cuando tiene un enunciado de misión familiar que incluye a sus
hijos, también quiere tener un “enunciado de misión matrimonial” que refleje la relación única
entre usted y su cónyuge.

Si los dos son ya mayores y sus hijos ya crecieron, puede hacer diferentes preguntas, tales como
éstas:

¿Qué podemos hacer para promover el crecimiento y la felicidad de nuestros hijos y nietos?
¿Qué necesidades tienen que podamos ayudar a cumplir?
¿Qué principios deberán gobernar nuestra interacción con ellos?
¿En qué maneras podemos involucrarnos adecuadamente en sus vidas y sus familias?
¿Cómo podemos ayudarles a desarrollar los enunciados de misión de sus familias?
¿Cómo podemos motivarlos a tratar con sus desafíos y problemas dentro del contexto de ese
enunciado?
¿Cómo podemos ayudarlos a dar?

También puede considerar planes para crear un enunciado de misión de tercera generación.
Piense en actividades que me podrían incluir a las tres generaciones (vacaciones, días festivos,
cumpleaños). Recuerde que nunca es demasiado tarde para empezar a ser un buen padre para
sus hijos mayores, Todavía lo necesitan. Lo necesitarán siempre. Cuando criamos hijos, también
estamos criando nietos. Los patrones tienden a persistir. De hecho, con frecuencia tenemos una
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segunda oportunidad al ayudar a criar a nuestros nietos.

El poder de un enunciado de misión familiar

Muchas familias hablan de cómo, con el tiempo, el enunciado de misión tiene un impacto profundo
en los hijos, particularmente cuando sienten que sus ideas son bienvenidas y que afectan
genuinamente la dirección que la familia tomará, y tiene un profundo impacto en los padres
también. Con la participación adecuada en el proceso de crear un enunciado de misión, encontrará
que superará el temor de ser padre, de ser decidido. No caerá en la trampa de intentar ganar un
concurso de popularidad con sus hijos. Tampoco tomará la rebelión o el rechazo como algo
personal sólo porque es emocionalmente dependiente de la aceptación de sus hijos. No entrará en
el estado de confabulación que muchos padres hacen y se sienten validados por las debilidades de
sus hijos y buscan aliados amistosos que los aprueben y estén de acuerdo con ellos, les abracen el
corazón y los hagan sentir que tienen la razón y que sus “malvados hijos” están mal.

Con un sentido claro de misión y valores compartidos puede ser muy demandante cuando se trata
de estándares. Puede tener el valor de hacer a sus hijos responsables y dejarlos experimentar las
consecuencias de sus acciones. Irónicamente, también se volverá más amoroso y empático al
respetar individualmente a cada niño y permitir que sus hijos sean autorreguladores, tomen sus
propias decisiones dentro del alcance de su experiencia y sabiduría.

Además, un enunciado de misión creará un lazo poderoso entre padres e hijos, entre esposos y
esposas, que simplemente no existe donde no hay visión y valores compartidos. Es como la
diferencia entre un diamante y un pedazo de grafito. Ambos se forman del mismo material, pero
un diamante es la más dura de todas las sustancias mientras que el grafito se puede partir. La
diferencia radica en la profundidad de los vínculos entre los átomos.

Lectura L2

PONER PRIMERO LO PRIMERO; Stephen R. Covey, Los 7 hábitos de las


familias altamente efectivas, pp. 121-136, y 141-148, Grijalbo, México,
1998.

Hábito 3: poner primero lo primero

Muy bien, ya sé que me van a decir: "No tenemos tiempo". Pero si no tienen tiempo para, una
noche o al menos una hora a la semana, reunirse todos como familia, entonces la familia no es la
prioridad.

— Oprah Winfrey

En este capítulo vamos a ver dos estructuras de organización que le ayudarán a dar prioridad a su
familia en el mundo turbulento actual y a convertir su enunciado de misión en la constitución de
su familia.

Una de estas estructuras es un "tiempo familiar" a la semana. Y como dijo la animadora de


televisión Oprah Winfrey a su público cuando hablaba conmigo sobre este libro en su programa:
"Si no tienen tiempo para, una noche o al menos una hora a la semana, reunirse todos como
familia, entonces la familia no es la prioridad".

La segunda estructura es momentos de acercamiento uno con uno, con cada miembro de su
familia. Sugiero que estas dos estructuras crean una manera poderosa de dar prioridad a su
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familia y mantener "primero lo primero" en su vida.

Cuando las cosas importantes no están en primer lugar

Uno de los peores sentimientos en el mundo es cuando nos damos cuenta de que "las cosas
importantes" en la vida, incluyendo a la familia, están en segundo o tercer lugar, o incluso más
abajo de la lista. Esto se vuelve aún peor cuando vemos qué está sucediendo.

Recuerdo vívidamente el doloroso sentimiento que tuve una noche al ir a la cama en un hotel en
Chicago. Mientras yo estaba dando presentaciones todo el día, mi hija Colleen había tenido su
ensayo final con vestuario de una obra en la que participaba: Amor Sin Barreras. No había sido
elegida como protagonista, pero era importante. Yo sabía que en la mayoría de las
presentaciones, posiblemente todas ella no sería la estrella.

Pero ésta era su noche. Hoy iba a ser la estrella. La llamé para desearle suerte pero el sentimiento
en mi corazón era de arrepentimiento. En realidad quería estar ahí con Colleen. Y, aunque éste no
es siempre el caso, esta vez podía haber arreglado mi programa para estar ahí. De alguna forma
la obra de Colleen se me había perdido en las presiones de trabajo y otras demandas, y
simplemente no la tenía en mi calendario. Aquí estaba, solo, casi a dos mil kilómetros de
distancia, mientras que mi hija cantaba y actuaba con toda el alma ante un público que no incluía
a su padre.

Aprendí dos cosas esa noche. Una fue que no importa si su hijo tiene el papel principal en el coro,
es el número uno de su clase o cualquier otra cosa. Lo que importa es que usted esté ahí para ese
niño. Y yo pude estar ahí para muchas de las representaciones cuando Colleen estuvo en el coro.
La afirmé. La alabé. Y sé que ella estaba feliz de tenerme ahí.

Pero la segunda cosa que aprendí es que si realmente quiere dar prioridad a su familia,
simplemente tenga un plan por anticipado y sea fuerte. No es suficiente decir que su familia es
importante. Si la "familia" realmente va a ser su principal prioridad, tiene que "decidirlo,
demostrarlo y hacer que suceda".

La otra noche después de las noticias de las diez hubo un anuncio en la televisión que he visto con
frecuencia. Presenta una niña pequeña acercándose al escritorio su padre. El está trabajando, con
papeles por todas partes y escribiendo en su organizador. Ella se queda junto a él, sin hacer ruido
hasta que finalmente dice "Papi, ¿qué estás haciendo?"

Sin siquiera voltear, él responde: "Oh, no importa cariño. Estoy tratando de planear y
organizarme. Estas páginas tienen nombres de todas las personas que necesito visitar y llamar, y
todas las cosas importantes que tengo que hacer".

La pequeña titubea y luego pregunta: "¿Yo estoy en ese libro, papi?"

Como dijo Goethe: ''Las cosas que importan más nunca deben estar a merced de las cosas que
importan menos". No hay manera de tener éxito en nuestras familias si no damos prioridad a la
"familia" en nuestra vida.

Y de eso trata el Hábito 3. En cierto sentido, el Hábito 2 nos dice cuáles son las “cosas
importantes". El Hábito 3, entonces tiene que ver con nuestra disciplina y compromiso para vivir
con esas cosas. El Hábito 3 es la prueba de la profundidad de nuestro compromiso con las "cosas
importantes" y de nuestra integridad ya sea que nuestras vidas estén verdaderamente integradas
alrededor de principios o no.

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¿Entonces por qué ponemos primero lo primero?

La mayoría de las personas siente claramente que la familia es la prioridad principal. La mayoría
incluso pone a la familia por encima de su propia salud, llegado el momento. Pondrían a la familia
por encima de su vida. Incluso morirían por su familia. Pero cuando les pide que realmente
observen su estilo de vida y a dónde dan su tiempo, atención y enfoque principales, casi siempre
verá que la familia está subordinada a otros valores: trabajo, amigos, pasatiempos privados.

En nuestras encuestas a más de un cuarto de millón de personas, el Hábito 3 es, de todos los
hábitos, en donde las personas consistentemente se dan las calificaciones más bajas. La mayoría
de las personas sienten que hay una brecha real entre lo que realmente es importante para ellas,
incluyendo a la familia, y la manera en que viven sus vidas diarias.

¿Por qué sucede esto? ¿Cuál es la razón de la brecha?

Después de una de mis presentaciones recibí la visita de un caballero que dijo: “Stephen, no sé si
soy feliz con lo que he hecho en mi vida. No sé si el precio que he pagado para estar donde estoy
ha valido la pena. Estoy en línea ahora para la presidencia de mi compañía, y no estoy seguro de
quererla. Tengo casi 60 años y fácilmente puedo ser presidente durante varios años, pero me
consumiría. Sé lo que requiere.

“Me he perdido la infancia de mis hijos. No estuve ahí para ellos e incluso cuando estaba, no
estaba en realidad. Mi mente y mi corazón estaban enfocados en otras cosas. Traté de dar tiempo
de calidad porque sabía que no tenía cantidad, pero con frecuencia me sentí desorientado y
confundido. Incluso traté de comprar a mis hijos dándoles cosas y proporcionándoles experiencias
emocionantes, pero el acercamiento real nunca se dio.

“Y mis hijos sienten esa enorme pérdida. Y lo que acabas de decir, Stephen... yo subí la escalera
del éxito, y al llegar al último escalón me di cuenta de que la escalera estaba recargada contra la
pared equivocada. No tengo este sentimiento en nuestra familia, esta hermosa cultura familiar de
la que hablaste. Pero siento como si ahí estuviera la riqueza. No en el dinero; no en las
posiciones. Está en esta relación familiar.”

Entonces abrió su portafolios. “Déjame mostrarte algo”, dijo al sacar un pedazo de papel. “¡Esto
es lo que me emociona!” exclamó, extendiendo el papel. Era el plano de una casa que estaba
construyendo. Le llamaba el “hogar de tres generaciones”. Estaba diseñada para ser un lugar
donde los hijos y los nietos pudieran venir a divertirse y disfrutar interactuando con sus primos y
otros parientes. Estaba construyéndola en Savana, Georgia, justo en la playa. Al explicarme los
planes, Dijo: “Lo que más me emociona de esto es cómo emociona a mis hijos. También ellos
sienten que se perdieron su infancia conmigo. Extrañan ese sentimiento y lo quieren y lo
necesitan.

“En este hogar de tres generaciones tenemos un proyecto común para trabajar juntos. Y al
trabajar en este proyecto, pensamos en sus hijos, mis nietos. En cierto sentido estoy llegando a
mis hijos a través de sus hijos, y les encanta. Mis hijos quieren que me involucre con sus hijos”.

Al enrollar el papel y volverlo a poner en su portafolios, dijo: "Esto es tan importante para mí,
Stephen. Si aceptar esta posición significa que tengo que mudarme, o que no tendré tiempo para
invertir realmente en mis hijos y nietos, he decidido no tomarla".

Noté cómo, por muchos años, la “familia” no fue la prioridad más importante para este hombre. Y
él y su familia perdieron muchos años de experiencias familiares preciosas por ello. Pero en este
momento de su vida se dio cuenta de la importancia de la familia. De hecho, la familia se había
vuelto tan importante para él que se eclipsó incluso la presidencia de una compañía internacional
importante, el último escalón de la escalera del “éxito”.
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Claramente, poner a la familia en primer lugar no significa necesariamente que tiene que comprar
una nueva casa o renunciar a su trabajo. Pero significa que "haga lo que dice"; que su vida
realmente refleje y alimente el valor supremo de la familia.

En medio de las presiones, particularmente respecto a trabajo y carrera, muchas personas están
ciegas ante la prioridad real de la familia. Pero piénselo: Su rol profesional es temporal. Cuando se
retire de ser vendedor, banquero o diseñador será reemplazado. La compañía continuará. Y su
vida cambiará significativamente al salir de esa cultura y perder la afirmación inmediata de su
trabajo y su talento.

Pero su rol en la familia nunca terminará. Nunca será reemplazado. Su influencia y la necesidad de
su influencia nunca termina. Incluso después de muerto, sus hijos, nietos y bisnietos seguirán
contemplándolo como su padre o abuelo. La familia es uno de los pocos roles permanentes en la
vida, quizá el único rol permanente.

Así, si está usted viviendo su vida alrededor de un rol temporal y permitiendo que su cofre del
tesoro permanezca cerrado en términos de su único rol permanente entonces se está permitiendo
ser seducido por la cultura y robado por la verdadera riqueza de su vida; la satisfacción profunda
y duradera que sólo viene a través de las relaciones familiares.

Al final, la vida nos enseña lo que es importante, y eso es la familia. A menudo para muchas
personas en su lecho de muerte, las cosas no hechas en la familia son la fuente del más grande
arrepentimiento. Los voluntarios en los asilos reportan que en muchos casos los asuntos no
resueltos, particularmente con miembros de la familia parecen hacer que las personas continúen
viviendo, apegándose a la vida hasta que haya una resolución: reconocimiento, disculpa, perdón,
que les dé paz y tranquilidad.

Entonces, ¿por qué no captamos el mensaje de la prioridad de la familia cuando somos atraídos
por alguien, cuando nuestro matrimonio es nuevo, cuando nuestros hijos son pequeños? Y ¿por
qué no lo recordamos cuando llega el desafío inevitable? Para muchos de nosotros, la vida fue
bien descrita por Rabindranath Tagore cuando dijo:"La canción que aprendí a cantar sigue sin
cantarse. He pasado mis días envolviendo y desenvolviendo mi instrumento". Estamos ocupados,
increíblemente ocupados. Pasamos por muchas emociones. Pero parece que nunca llegamos al
nivel de vida donde se da la música.

La Familia: ¿Complemento secundario o primer lugar?

La primera razón por la cual no ponemos a la familia en primer lugar nos lleva al Hábito 2.
Realmente no estamos conectados con nuestras prioridades más profundas. ¿Recuerda la historia
sobre el hombre y la mujer y sus cónyuges en el Hábito 2 que tenían dificultad para crear sus
enunciados de misión familiar? ¿Recuerda cómo no podían lograr la victoria que querían en sus
familias hasta que real y profundamente dieron prioridad a la "familia" en sus corazones y mentes,
de dentro hacia fuera?

Muchas personas tienen el sentimiento de que la familia debe ser lo primero. En realidad quieren
poner a la familia primero. Pero hasta que llega esa conexión con la prioridad, y se hace un
compromiso con ella de que es más fuerte que todas las demás fuerzas que juegan en nuestras
vidas diarias, no tendremos lo que se necesita para dar prioridad a la familia. En vez de ello,
seremos manejados e impulsados por otras cosas.

En abril de 1997, una revista de noticias publicó un artículo titulado "Las mentiras que los padres

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de familia se dicen sobre por qué trabajan" que realmente desafiaba a muchos padres a pensar
seriamente y a conciencia en trabajar en esta área. Los autores Shannon Brownlee y Matthew
Miller dicen que pocos temas son tan importantes, e implican tanta decepción y deshonestidad,
como encontrar el equilibrio adecuado entre los hijos y el trabajo. Señalan cinco mentiras que los
padres se dicen para racionalizar (crear mentiras racionales) sobre sus decisiones de preferir el
trabajo. En resumen, sus hallazgos son como sigue:

Mentira núm. 1: Necesitamos más dinero. (Pero las investigaciones muestran que es tan
probable que los norteamericanos acomodados trabajen por las necesidades básicas como
aquellos que viven cerca de la pobreza.)

Mentira núm. 2: Las guarderías son excelentes. (“La mayoría de los estudios recientes
conducidos por investigadores de cuatro universidades encontraron que mientras el 15 por
ciento de las instalaciones de las guarderías eran excelentes, el 70 por ciento eran ‘apenas
adecuadas’ y el 15 por ciento era abismal. Los niños en esa vasta categoría del centro
estaban físicamente seguros pero recibían apoyo emocional inconsistente y poca
estimulación intelectual.”)

Mentira núm. 3: Las compañías inflexibles son el problema clave. (La verdad es que las
políticas que favorecen a la familia, implementadas actualmente, por lo general se ignoran.
Muchas personas quieren pasar más tiempo en la oficina. “El hogar se ha convertido en un
lugar de trabajo más eficiente pero menos divertido, mientras que el lugar real de trabajo,
con su nuevo énfasis en facultamiento y trabajo en equipo, es más como una familia”.)

Mentira núm. 4: Los papás con gusto se quedarían en casa si sus esposas ganaran más
dinero. (En realidad, pocos hombres contemplan con seriedad esta posibilidad. “Los hombres
y las mujeres definen ‘masculinidad’ no en términos de poder atlético o sexual sino por la
habilidad de ser un buen proveedor' para sus familias”.)

Mentira núm. 5: Los altos impuestos nos fuerzan a trabajar. (Incluso las reducciones en
impuestos han hecho que muchas personas se lancen al mercado del trabajo.)

Es fácil ser adicto a la estimulación del ambiente de trabajo y a cierto estándar de vida, y tomar
todas las demás decisiones con base en la suposición de que ambos padres trabajan tiempo
completo. Como resultado, los padres están presos de esas mentiras, violando su conciencia pero
sintiendo que en realidad no tienen alternativa.

El lugar para comenzar no es con la suposición de que el trabajo no es negociable; es con la


suposición de que la familia no es negociable. Este cambio de mentalidad abre la puerta a todo
tipo de posibilidades creativas.

En su exitoso libro El refugio de Cada Uno, la psicóloga Mary Pipher comparte la historia de una
pareja que estaba atrapada en un estilo de vida agitado. Tanto él como ella trabajaban largas
horas, tratando de que sus horarios compaginaran. Sentían que no tenían tiempo para intereses
personales, para su pareja o para sus gemelos de tres años. Se angustiaban porque eran los
empleados de la guardería quienes habían visto los primeros pasos de sus pequeños y habían
escuchado sus primeras palabras, y que ahora estaban reportando problemas de conducta. Esta
pareja sentía que esencialmente se habían desenamorado y la esposa también se sentía
destrozada por no poder ayudar a su madre quien tenía cáncer. Estaban atrapados en lo que les
parecía a ellos una situación imposible.

Pero a través de consultoría pudieron hacer algunos cambios que crearon una diferencia dramática
en sus vidas. Comenzaron a separar las noches de los domingo para dedicadas a su familia y
ponerse atención, dando masajes de espalda y expresando palabras de afecto. El esposo dijo a su
jefe que ya no podría trabajar los sábados. La esposa eventualmente renunció a su empleo y se
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quedó en casa con los niños. Pidieron a la madre de ella que se mudara a vivir con ellos, juntando
los recursos financieros y proporcionando una contadora de cuentos para los niños. Se recortaron
en muchas áreas. El esposo compartía su auto para ir al trabajo. Renunciaron a comprar cosas,
excepto por las esenciales. Dejaron de salir a comer.

Como dijo Mary Pipher: "La familia tuvo que hacer algunas elecciones. Se dieron cuenta de que
podían tener más tiempo o más dinero, pero no ambos. Eligieron el tiempo". Y esa elección hizo
una gran diferencia en la calidad de su vida personal y familiar. Fueron más felices, más
completos, menos tensos y más enamorados.

Desde luego, ésta puede no ser la solución para todas las familias que se sienten fuera de
sincronía. Pero el punto es que hay opciones, hay alternativas. Puede considerar recortar gastos,
simplificar su estilo de vida, cambiar empleo, cambiar de un empleo de tiempo completo a uno de
medio tiempo, trabajar más cerca de casa, participar en compartir empleos o crear una oficina
virtual en su hogar. La base es que no hay necesidad de dejarse atrapar por estas mentiras si la
familia es realmente su prioridad principal. Y hacer de la familia una prioridad lo llevará a la
exploración creativa de las alternativas posibles.

Paternidad: Un rol único


No hay duda que más dinero puede significar mejor estilo de vida no sólo para usted, sino
también para sus hijos. Pueden ir a mejores escuelas, tener programas educativos de
computadora e incluso mejor cuidado de la salud. Estudios recientes también confirman que un
chico cuyo padre o madre está en casa y lo resiente, es peor que si los dos se van a trabajar.

Pero no hay duda de que el rol de los padres es único, algo sagrado en la vida. Tiene que ver con
nutrir el potencial de un ser humano que se confió a su cuidado. ¿Existe algo en cualquier lista de
valores que supere la importancia de cumplir con ese rol social, mental y espiritual, así como
económico?

No hay sustituto para la relación especial entre padre e hijo. Hay veces en que quisiéramos creer
que lo hay. Cuando elegimos poner a un niño en una guardería, por ejemplo, queremos creer que
es bueno y así lo hacemos. Si alguien parece tener una actitud positiva y disposición de cuidado,
fácilmente creemos que tienen ¡carácter y la competencia para ayudamos a educar a un hijo. Esto
es parte del proceso de racionalización. La realidad es que la mayoría de las guarderías son
inadecuadas. Parafraseando al experto en desarrollo de hijos, Urie Bronfenbrenner: "No se puede
pagar a alguien porque haga lo que los padres hacen gratis". Incluso una excelente guardería
nunca podrá ser tan buena como uno de los padres.

Entonces, los padres necesitan hacer su compromiso con los hijos con su familia, antes de hacer
su compromiso con el trabajo. Y si necesitan ayuda de guarderías, necesitan escoger ese lugar
con mucho más detenimiento que cuando están buscando una casa o un auto. Necesitan examinar
los registros de la persona que estén considerando para asegurar que tiene carácter y
competencia y que puede pasar la “prueba del olor”, el sentido de intuición e inspiración que los
padres adquieren para cuidar de sus hijos. Necesitan crear una relación con esa persona para que
se establezcan las expectativas correctas y la confiabilidad.

La buena fe es absolutamente insuficiente. Las buenas intenciones nunca reemplazarán el mal


juicio. Los padres necesitan dar confianza, pero también necesitan verificar la competencia.
Muchas personas son confiables en términos de carácter, pero simplemente no son competentes,
carecen de conocimientos y habilidades, y con frecuencia están completamente inconscientes de
su incompetencia. Otros pueden ser muy competentes pero carecer de carácter, madurez e
integridad, cuidado sincero y la habilidad para ser amables y valientes.

Incluso con un buen cuidado, la pregunta que todo padre debe preguntar: “¿Con qué frecuencia es

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correcto ese cuidar en mi situación?” Sandra y yo tenemos amigos que dicen que cuando sus hijos
eran pequeños, sentían que tenían toda clase de opciones y libertades para hacer lo que querían.
Sus hijos estaban sujetos a ellos y dependientes de ellos, y esencialmente podrían tener padres
sustitutos en forma de guarderías y cuidadoras cuando querían. Así, ambos se involucraron en
otras cosas. Pero ahora que ya los chicos están creciendo, están empezando a cosechar la
tormenta. No tienen relación. Los hijos tienen estilos de vide destructivos y los padres están muy
alarmados. “Si tuviéramos que volver a hacerlo -dijeron-, pondríamos una prioridad más alta en
nuestra familia, en esos niños particularmente cuando eran pequeños. Hubiéramos hecho una
inversión más grande”.

Como escribió Jobo Greenleaf Whittier: "De todas las palabras tristes que existen, éstas son las
más tristes: 'Hubiera podido ser"'.

Por otra parte, tenemos otra amiga que dijo: "He aprendido que estos años en que he estado
criando niños mis otros intereses (intereses profesionales, de desarrollo, sociales) se volvieron
secundarios. Mi enfoque mas importante es estar aquí con mis hijos, invertirme en ellos en esta
etapa tan crítica". Continuó diciendo que esto es difícil para ella porque tiene muchos intereses y
capacidades, pero está comprometida porque sabe que es vitalmente importante.

¿Cuál es la diferencia en estas dos situaciones? Prioridad y compromiso, una sensación clara de
visión y el compromiso de vivir con integridad hacia él. Así que si no estamos dando prioridad a la
familia en la vida diaria, el primer lugar donde buscar respuestas es en el Hábito 2: ¿El enunciado
de misión es lo suficientemente profundo?

"Cuando la infraestructura cambia, todo tiembla"

Suponiendo que ya hicimos el trabajo del Hábito 2, el siguiente lugar que debemos ver es el
ambiente turbulento en el que tratamos de navegar.

Dimos un breve vistazo a las tendencias principales del Capítulo Uno. Pero ahora vamos a ver más
de cerca la sociedad en la que vivimos. Vamos a examinar algunos de los cambios de los pasados
40 ó 50 años en las cuatro dimensiones: cultura, leyes, economía y tecnología, y veamos cómo
estos cambios impactan a usted y a su familia. Estos hechos que voy a compartir vienen de
encuestas realizadas en los Estados Unidos, pero reflejan tendencias de crecimiento en todo el
mundo.

Cultura popular

En los años cincuenta en los Estados Unidos, el niño promedio veía poca o nada de TV y lo que
veía en la televisión eran familias estables con dos padres que generalmente interactuaban con
respeto. Actualmente, el niño promedio ve siete horas de televisión al día. Al final de la escuela
primaria ha visto alrededor de ocho mil asesinatos y cien mil actos de violencia. Durante este
tiempo pasa un promedio de cinco minutos al día con su padre y veinte minutos con su madre, y
la mayor parte de ese tiempo es comiendo o viendo televisión.

Piénselo: siete horas de TV al día y cinco minutos con su padre. ¡Increíble!

También tiene cada vez más acceso a videos y música que presenta pornografía, sexo ilegal y
violencia. Como notamos en el Capítulo Uno, va a escuelas donde la mayor preocupación ha
cambiado de la goma de mascar y correr en los pasillos a abuso de drogas, embarazos en
adolescentes, suicidio, violación y asaltos.

Además de estas influencias, muchos hogares han realmente empezado a adoptar el tono del
mundo de negocios. En su impresionante análisis, El Lazo del Tiempo, la socióloga Arlie Hochschild

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señala cómo, para muchas personas, el hogar y la oficina han cambiado lugares. El hogar se ha
convertido en un ejercicio frenético que va "contra reloj" donde los miembros de la familia tienen
quince minutos para comer antes de correr a un juego de fútbol y tratar de comentarIo en la
media hora que tienen antes de ir a la cama para no desperdiciar el tiempo. En el trabajo, por otra
parte, puede socializar y relajarse en un descanso. Por comparación, el trabajo parece como un
refugio, un paraíso de socialización con adultos, competencia y libertad relativa. Como resultado,
algunas personas incluso permiten que su carga de trabajo se alargue porque disfrutan más el
trabajo que el hogar. Hochschild dice: "En este nuevo modelo de vida familiar y trabajo, un padre
cansado se aleja de un mundo de pleitos no resueltos y ropa no lavada, en un mundo confiable de
orden, armonía y alegría del trabajo".

Y esto no es sólo el tono cambiante del ambiente del hogar. Hay enorme afirmación en el trabajo.
Hay muchas recompensas extrínsecas, incluyendo reconocimiento, compensación y promoción,
que alimentan nuestra sensación de autovalía, nos confortan y ejercen un empuje poderoso lejos
de la familia y el hogar.

Crean una visión seductora de un destino diferente, una utopía idílica y cálida que o combina la
satisfacción del trabajo duro con la aparente justificación de cumplir con horarios y demandas
increíbles, rechazando lo más importante.

La recompensa del hogar y la familia, por otra parte, casi siempre es intrínseca. En la sociedad
actual no está en el guión sentir orgullo afirmación en su rol como padre o madre. No se le paga
por hacerlo. No obtiene prestigio por hacerlo. Nadie lo anima en este rol. Como padre, su
compensación es la satisfacción que viene de jugar un rol importante en influenciar una vida para
bien que ninguna otra cosa puede llenar. Es una elección preactiva que puede surgir sólo de su
corazón.

Leyes

Estos cambios en la cultura popular han llevado a cambios dramáticos en la voluntad política y en
la ley resultante, por ejemplo, siempre el "matrimonio" ha sido reconocido como fundamento de
una sociedad estable. Hace años la Suprema Corte de los Estados Unidos lo llamó "el fundamento
de la sociedad, sin el cual no habría ni civilización ni progreso". Era un compromiso, un convenio
entre tres partes: un hombre, una mujer y la sociedad. Y por muchos años se incluyó a una cuarta
parte: Dios.

El autor y maestro Wendell Berry dijo:

Si tuvieran que considerarse sólo ellos mismos, los enamorados no necesitarían, casarse,
pero deben pensar en otros y otras cosas. Dicen sus votos a la comunidad igual que entre
ellos, y la comunidad se reúne a su alrededor para escucharlos y desearles lo mejor, por su
bien y el de todos. Se reúnen a su alrededor porque entienden lo necesario, lo alegre y lo
temible de esa unión. Estos enamorados jurándose amor hasta que “la muerte los separe",
se están dando y se están uniendo como ninguna ley o contrato podría unirlos. Los
enamorados, entonces, "mueren en su unión, como su alma "muere" en su unión con Dios. Y
así aquí, en el corazón de la comunidad, encontramos no algo que vender como en el
mercado público sino este momento de dar. Si la comunidad no puede proteger este
momento de dar, no puede proteger nada...

El matrimonio es dos enamorados que se unen ante sí, ante sus familiares, ante la
comunidad, ante el Cielo y la tierra. Es la conexión fundamental sin la cual nada, se sostiene,
y la confianza es su necesidad.

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Pero hoy en día, el matrimonio con frecuencia ya no es un convenio o un compromiso. s


simplemente un contrato entre adultos con voluntad, un contrato que a veces se considera
innecesario, fácilmente se rompe cuando ya no se ve conveniente y en ocasiones incluso se
establece con la anticipación de un posible fracaso a través de un acuerdo prenupcial. La sociedad
y Dios ya no son parte de él. El sistema legal ya no lo apoya; en algunos casos, de hecho, lo
desalienta penalizando la paternidad responsable y alentando a las madres que reciben ayuda
económica a que no se casen.

Como resultado, de acuerdo con el historiador de la Universidad de Princeton, Lawrence Stone:


"La escala de rupturas maritales desde 1960 no tiene antecedente histórico que yo conozca, y
parece único... Nunca hubo nada igual en los últimos 2,000 años, y probablemente más". Y en
palabras de Wendell Berry: "Si desprecia la santidad y solemnidad del matrimonio, no sólo como
un lazo entre dos personas sino como un lazo entre esas dos personas y sus familiares, sus hijos y
sus vecinos, entonces ha preparado el camino para el divorcio, rechazo a los hijos, ruina de la
comunidad y soledad".

Economía

Desde 1950 el ingreso medio en los Estados Unidos ha aumentado diez veces, pero el costo del
hogar promedio ha aumentado quince veces y la inflación se ha elevado el 600 por ciento. Estos
cambios solos están forzando a más y más padres a salir de su hogar y trabajar. En una revisión
vital de El Lazo del Tiempo, Betsy Morris hace una excepción a la opinión de Hochschild de que los
padres pasan más tiempo en el trabajo porque lo encuentran más placentero que manejar los
desafíos del hogar. "Es más probable —dice ella—, que los padres se estén matando porque tienen
que conservar sus empleos".

Para cumplir con sus fines y por otras razones, incluyendo el deseo de mantener cierto estilo de
vida, el porcentaje de familias donde hay un padre que trabaja y uno en el hogar con los hijos ha
bajado del 66.7 por ciento en 1940, al 16.9 por ciento en 1994. Actualmente unos 14.6 millones
de niños viven en la pobreza; el 90 por ciento de quienes viven en hogares con un solo padre.
Sencillamente hay mucho menos involucramiento de los padres con los hijos, y la realidad es que
por mucho, la familia tiene el "segundo lugar”.

La estructura misma del mundo económico en el cual vivimos se ha redefinido. Cuando el


gobierno asumió la responsabilidad de cuidar a los ancianos y destituidos en respuesta a la Gran
Depresión, el vínculo económico entre las generaciones familiares se rompió. Esto ha tenido un
efecto impresionante en todos los otros vínculos familiares. La economía se define como
supervivencia, y cuando este sentido económico de responsabilidad entre generaciones se rompe,
empiezan a cortarse los otros tendones y lazos que juntan las generaciones, incluyendo el social y
el espiritual. Como resultado, la solución a corto plazo se ha convertido en un problema de largo
alcance. En la mayoría de los casos la "familia" ya no se ve como una familia intergeneracional y
con extensiones que cuida de sí misma. Se ha reducido a la familia nuclear de padres e hijos en el
hogar e incluso eso está amenazado. El gobierno se ve como el primer recurso más que como el
último.

Ahora vivimos en un mundo que valora la libertad personal y la independencia más que la
responsabilidad y la interdependencia; en un mundo con gran moviIidad en el cual las
comodidades (especialmente la televisión) propician el aislamiento social y el entretenimiento
independiente. La vida social se está fracturando. Las familias y los individuos se están aislando
cada vez más. En todos lados encontramos escape de las responsabilidades.

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Tecnología

Los cambios en la tecnología han acelerado el impacto de los cambios en todas las demás
dimensiones. Además de la comunicación global y el acceso instantáneo a las enormes fuentes de
información valiosa, la tecnología actual también proporciona acceso inmediato, gráfico y a
menudo no filtrado, de un espectro completo de imágenes visuales con alto impacto, incluyendo
pornografía y escenas vívidas de sangre y violencia. Apoyada y saturada por la publicidad, la
tecnología nos pone en una sobrecarga materialista. Ha ocasionado una revolución en las
expectativas. Ciertamente aumenta nuestra habilidad de llegar a otras personas, incluyendo
miembros de la familia, y estableciendo conexiones con personas en todo el planeta. Pero también
nos separa y nos impide interactuar y relacionamos de manera significativa con miembros de
nuestra familia en nuestro propio hogar.

Podemos investigar estas respuestas, pero hay una fuente mejor en donde buscarlas. ¿Qué le dice
su corazón sobre los efectos de la televisión en usted y sus hijos? ¿Ver mucha televisión lo ha
hecho más amable? ¿Más profundo? ¿Más cariñoso? ¿Le ayuda a construir relaciones en su hogar?
¿O lo hace sentirse tonto? ¿Cansado? ¿Solo? ¿Confundido? ¿Malo? ¿Cínico?

Cuando pensamos en los efectos de los medios de comunicación sobre nuestra familia, debemos
damos cuenta de que los medios pueden literalmente manejar la cultura en el hogar. Para tomar
en serio lo que está sucediendo en los medios (romance improbable, promiscuidad, robots que
pelean" relaciones cínicas, luchas y brutalidad violenta), debemos estar dispuestos a meternos en
una "suspensión de no creencia". Debemos estar dispuestos a suspender nuestra no creencia en
acciones que sabemos como adultos que no son reales y durante treinta o sesenta minutos
permitimos ser llevados en una jornada para ver si nos gusta.
¿Qué nos sucede? Empezamos a creer que incluso las noticias de la TV son la vida normal. Los
niños especialmente lo creen. Por ejemplo, una mamá me dijo que después de ver las noticias de
las 6 en la televisión, su hijo de seis años le dijo: "Mami, ¿por qué todos matan a todos?" Ese niño
creía que lo que estaba viendo ¡era la vida normal!

Es cierto que hay muchas cosas buenas en la TV, buena información, entretenimiento agradable y
cultivador. Pero para la mayoría de nosotros y nuestras familias, la realidad es más como tratar de
preparar una rica ensalada con basura. Puede haber algunas buenas ensaladas ahí, pero es muy
difícil separadas de la basura, la mugre y las moscas.

La contaminación gradual puede desensibilizamos no sólo sobre lo espantoso de la contaminación,


sino también sobre lo que estamos intercambiando. Se necesita una gran cantidad de beneficio de
la televisión para intercambiar el tiempo que podríamos dedicar a aprender, amar, trabajar y
compartir con los miembros de la familia.

Una encuesta reciente del U.S. News & World Report informó que el 90 por ciento de los
encuestados sentían que la nación estaba declinando su moral cada vez más. En esas mismas
personas se encontró que el 62 por ciento sentía que la televisión era hostil para los valores
morales y espirituales. Entonces, ¿por qué tantos ven tanta televisión?

Mientras que los indicadores de crimen, uso de drogas, placeres sexuales y violencia van en una
escalada rápida, no debemos olvidar que el indicador más importante en cualquier sociedad es el
compromiso de amar, cuidar guiar a las personas más importantes en nuestras vidas: nuestros
hijos. Los hijos aprenden las lecciones más importantes no de los “Power Rangers", ni siquiera de
Plaza Sésamo, sino de una familia amorosa que lee con ellos, habla con ellos, trabaja con ellos,
los escucha y pasa momentos felices con ellos. Cuando los hijos se sienten amados, realmente
amados, pueden triunfar.

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Reflexione por un momento: ¿Cuáles fueron los momentos familiares más memorables en su
vida? Suponga que estuviera en su lecho de muerte. ¿Desearía realmente haber dedicado más
tiempo a ver televisión?

En su libro Tiempo para la Vida, los sociólogos John Robinson y Geoffrey Godbey reportaron que
en promedio, los norteamericanos pasan quince de las cuarenta horas de tiempo libre a la
semana, viendo televisión. Sugieren que tal vez no estamos tan ocupados como parece.

Como dijo Marilyn Ferguson en su libro La Conspiración Acuario: "Antes de elegir nuestras
herramientas y tecnología, debemos elegir nuestros sueños y valores, ya que algunas tecnologías
servirán a esos sueños y valores, mientras que otras los harán inalcanzables".

Se vuelve cada vez más aparente que los cambios en estas mega estructuras están fracturando
todo. Casi todos los negocios se están reinventando y reestructurando para hacerlos más
competitivos. La globalización de la tecnología así como la de los mercados está amenazando la
supervivencia no sólo de los negocios sino de los gobiernos, hospitales, centros de salud y
sistemas educativos también. Toda institución, incluyendo la familia, está siendo afectada hoy
como nunca antes.

Estos cambios representan un cambio profundo en la infraestructura, el marco fundamental de


nuestra sociedad. Como dijo Stanley M. Davis, amigo y colega en varias conferencias de desarrollo
de liderazgo: "Cuando la infraestructura cambia todo se tambalea". Estos cambios en la mega
estructura representan las ruedas de un engrane principal, el cual a su vez hace girar un engrane
más pequeño y luego uno más pequeño y eventualmente a los pequeñitos en el otro extremo del
sistema. Toda organización está siendo afectada, incluyendo la familia.

Al movernos de la infraestructura industrial a la informativa, todo se fractura y debe encontrar de


nuevo su posición original. Muchas personas no están conscientes de todo lo que está sucediendo.
Aunque lo ven y les crea ansiedad, no saben qué esta sucediendo y por qué, o qué pueden hacer
al respecto.

Un acto en trapecio... ¡sin Red de Seguridad!

Donde la infraestructura cambia nos afecta a todos, personal y profundamente, en nuestras


familias, en nuestros hogares. Tratar de tener éxito en criar una familia hoy en día es como tratar
de realizar un acto en trapecio, un acto que requiere tremenda habilidad y casi interdependencia,
y ¡no hay red de seguridad!

Había una red de seguridad; había leyes que apoyaban a la familia. Los medios la promovían, la
sostenían. La sociedad la honraba, la mantenía. Y la familia, en cambio, sostenía a la sociedad.
Pero ya no hay red de seguridad. La cultura, la economía y las leyes la han rechazado. Y la
tecnología está acelerando su desintegración.

En un enunciado de 1992, el Departamento de Justicia Juvenil y Prevención de la Delincuencia de


los Estados Unidos resumió literalmente cientos de investigaciones de cambios ambientales en los
años recientes:

Desafortunadamente, las circunstancias económicas, las normas culturales y la legislación


federal de las últimas dos décadas han ayudado a crear un ambiente que apoya menos a las
familias fuertes y estables... y al mismo tiempo que estos cambios económicos han ocurrido,
el sistema de apoyo a la familia con extensión se ha terminado.

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Todo esto ha sucedido tan gradualmente que muchos ni siquiera están conscientes de ello. Es
como la historia que el autor y comentarista Malcolm Muggeridge cuenta sobre unas ranas que
murieron sin resistencia al ser hervidas vivas en una olla de agua. Normalmente, una rana que se
pone en agua hirviendo inmediatamente salta, salvando su vida. Pero estas ranas no saltaron. Ni
siquiera se resistieron. ¿Por qué? Porque cuando las pusieron en la olla, el agua estaba tibia.
Luego, poco a poco la temperatura fue aumentando. Se puso más caliente, más caliente... hasta
que hirvió. El cambio fue tan gradual que las ranas se acostumbraron a su nuevo ambiente hasta
que fue demasiado tarde.

Esto es exactamente lo que sucede con todas estas fuerzas en el mundo. Nos acostumbramos a
ellas y se vuelven nuestra zona de confort; aunque literalmente nos estén matando y a nuestras
familias. En palabras de Alexander Pope:

El vicio es un monstruo muy temible,


que no necesitamos ver para odiarlo,
aunque lo vemos y conocemos su cara,
primero nos resistimos, luego sentimos pena, luego lo abrazamos.

Es un proceso gradual de desensibilización. Y esto es exactamente lo que sucede cuando


gradualmente subordinamos principios a valores sociales. Estas poderosas fuerzas culturales
fundamentalmente alteran nuestro sentido moral o ético de qué es, de hecho, lo correcto. Incluso
empezamos a pensar en los valores sociales como principios y llamamos "malo" a lo "bueno" y
"bueno" a lo "malo". Perdemos nuestras bases morales. Las ondas de aire se contaminan con
mugre. La estática hace difícil tener un mensaje claro de la torre de control.

Y, usando de nuevo la metáfora del avión, sentimos vértigo. Esto es lo que sucede a veces a un
piloto que está volando sin usar los instrumentos y entra a un banco de nubes, por ejemplo. Ya no
puede percibir las referencias terrestres y no puede incluso describir su sensación (la respuesta de
terminaciones nerviosas en los músculos y las coyunturas), no puede decir hacia dónde está la
tierra, porque estos mecanismos de retroalimentación dependen de la orientación correcta para
tener gravedad. Entonces, mientras el cerebro lucha para descifrar los mensajes enviados de los
sentidos sin las claves normalmente proporcionadas por la visión, puede resultar en
interpretaciones incorrectas y conflictivas. Y el resultado de dicha confusión sensorial es una
sensación de mareo conocida como vértigo.

Similarmente en la vida, cuando encontramos fuentes de influencia extremadamente poderosas,


como una cultura social poderosa, personas carismáticas o movimientos de grupos,
experimentamos una especie de vértigo de conciencia o espiritual. Nos desorientamos. Nuestra
brújula moral no funciona y ni siquiera lo sabemos. La aguja que en tiempos menos turbulentos
señalaba fácilmente hacia el "norte verdadero", o los principios que gobiernan todo en la vida, no
está funcionando debido a los campos eléctricos magnéticos de la tormenta.

¿Quién va a criar a nuestros hijos?

En ausencia de una conexión interna con las cuatro dotes humanas y una fuerte influencia
familiar, ¿qué impacto va a tener la clase de cultura que hemos descrito en este capítulo (poder
dominado por la tecnología) en el pensamiento de un niño? ¿Es realista pensar que los niños van a
ser impenetrables a los asesinatos y a la crueldad que ven siete horas al día en la televisión?
¿Realmente podemos creer en los directores de programas de TV que dicen que no hay evidencia
científica sólida que muestra una correlación entre la violencia y la inmoralidad en nuestra
sociedad y las escenas gráficas que eligen mostrar en la pantalla de televisión, y luego citan que
la evidencia científica sólida muestra cuántos anuncios de veinte segundos impactarán la conducta
de quienes los ven? ¿Es razonable pensar que los adultos jóvenes expuestos a una dieta de TV
visual y emocional de placeres sexuales pueden crecer en cualquier parte, cerca de un sentido
realista u holístico de principios que crean relaciones buenas y duraderas, y una vida feliz?
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En un ambiente tan turbulento, ¿cómo podemos pensar que es posible continuar "como siempre"
dentro de nuestras familias? Si no construimos hogares mejores, tendremos que construir más
prisiones porque los padres sustitutos crearan bandas. Luego el código social se rodeará de
drogas, crímenes y violencia. Las cárceles y las cortes estarán sobrepobladas. "Atrapar y liberar"
será la orden del día. Y los niños emocionalmente hambrientos se volverán adultos iracundos,
sedientos de amor, respeto y "cosas".

En un estudio épico histórico, uno de los historiadores más grandes del mundo, Edward Gibbon,
identificó las cinco causas principales de la caída de la civilización romana:

1. La ruptura de la estructura familiar.


2. El debilitamiento de la sensación de responsabilidad individual.
3. Impuestos excesivos y control e intervención gubernamental.
4. Búsqueda de placeres que eran cada vez más hedonistas, violentos e inmorales.
5. La caída de la religión.

Sus conclusiones proporcionan una perspectiva estimulante e instructiva por medio de la cual
podríamos ver bien la cultura de hoy. Esto nos lleva a la pregunta fundamental sobre la cual
depende nuestro futuro y el futuro de nuestros hijos:

¿Quién va a criar a mis hijos, la cultura actual alarmantemente destructiva, o yo?

Como dije en el Hábito 2, si no asumimos responsabilidad por la primera creación alguien o algo lo
hará. Y ese "algo" es un ambiente poderoso, turbulento, amoral y áspero para la familia.

Esto es lo que formará a su familia si usted no lo hace.

"De fuera hacia dentro" ya no funciona

Como dije en el Capítulo 1, hace cuarenta años se podía criar una familia con éxito de "fuera hacia
dentro". Pero esto ya no funciona. No podemos depender del apoyo social de nuestras familias
como lo hacíamos antes. El éxito actualmente viene sólo de dentro hacia fuera. Podemos y
debemos ser agentes de cambio y estabilidad en crear las estructuras de apoyo para nuestras
familias. Debemos ser sumamente proactivos. Debemos crear. Debemos reinventar. No podemos
ya depender de la sociedad ni de sus instituciones. Debemos desarrollar un nuevo plan de vuelo.
Debemos esquivar la turbulencia y llegar al camino del "norte verdadero".

Considere los efectos de estos cambios en la cultura del hogar y el ambiente como se presentan
en estas páginas. Piense en el impacto que estos cambios están teniendo en la familia. El objetivo
de comparar hoy con el pasado no es sugerir que volvamos a alguna noción idealizada de los años
cuarenta o cincuenta. Es reconocer que como las cosas han cambiado tanto, y debido a que el
impacto en la familiar tan devastador, debemos responder de la misma manera al desafío.

La historia claramente afirma que la familia es el fundamento de la sociedad. Es la piedra angular


de toda nación. Es el núcleo de la civilización. Es la goma por medio de la cual todo está unido. Y
la familia misma es un principio construido profundamente dentro de cada persona.

Pero la situación familiar tradicional y el antiguo desafío de la familia se han ido. Debemos
entender que, más que nunca en la historia, el rol de ser padre es absolutamente vital e

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irremplazable. Ya no podemos depender de roles modelos la sociedad que enseñen a nuestros
hijos los principios del norte verdadero que gobiernan todo en la vida. Agradeceríamos si lo
hubiera, pero no podemos depender de ello. Debemos proporcionar liderazgo a nuestras familias.
Nuestros hijos necesitan desesperadamente. Necesitan nuestro apoyo y consejo. Necesitan
nuestro juicio y experiencia, nuestra fuerza y decisión. Más que nunca necesitan que les
proporcionemos liderazgo familiar.

¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo damos prioridad y dirigimos a nuestra familia una en una manera
significativa y productiva?

Creando estructura en la familia

Piense de nuevo en las palabras de Stanley M. Davis: “Cuando la infraestructura cambia, todo lo
demás tiembla”.

Los cambios tecnológicos profundos y otros cambios de los que hemos hablado han impactado a
las organizaciones de todas clases en nuestra sociedad. La mayoría de las organizaciones y las
profesiones se están reinventando y reestructurando para adaptarse a esta nueva realidad. Pero la
misma clase de reestructura no se ha dado en la familia. A pesar del hecho de que de fuera hacia
dentro ya no funciona, y a pesar del impresionante reporte de que hoy sólo del 4 al 6 por ciento
de los hogares norteamericanos están formados por el “tradicional” esposo que trabaja, la esposa
en casa y sin historia de divorcios en ninguno de los dos, la mayoría de las familias no se están
reestructurando efectivamente. Están tratando de continuar igual, como funcionaba con los
desafíos en el pasado, o están tratando de reinventar formas que no están en armonía con los
principios que crean felicidad y relaciones familiares duraderas. Como un todo, las familias no
están subiendo el nivel de respuesta que el, desafío demanda.

Así que debemos reinventar. La única respuesta verdaderamente exitosa al cambio estructural es
la estructura.

Cuando considere la palabra “estructura”, piense detenidamente sobre su respuesta a ella. Al


hacerlo, esté consciente de que está tratando de navegar a través de un ambiente donde la
cultura popular rechaza la idea de estructura como limitante.

Pero consulte con su brújula interna. Piense en las palabras de Winston Churchill: "Durante los
primeros 25 años de mi vida quise libertad. Durante los siguientes 25 años de mi vida quise
orden. Durante los siguientes 25 años de mi vida me di cuenta de que orden es libertad". Es la
estructura misma del matrimonio y la familia lo que da estabilidad a la sociedad. El padre de un
programa muy popular de la televisión durante la era de fuera hacia dentro, dijo: "Algunos
hombres ven las reglas del matrimonio como una prisión; otros, los felices, las ven como líneas
fronterizas que encierran todas las cosas que quieren". Es el compromiso con la estructura lo que
construye confianza en las relaciones.

Piénselo: cuando su vida es un desastre, ¿qué dice? “Tengo que organizarme. Tengo que poner las
cosas en orden”. Esto significa crear estructura y prioridad o secuencia. Si su habitación es un
desastre, ¿qué hace? Organiza sus cosas en las gavetas y en los cajones. Organiza con estructura.
Cuando decimos de alguien: “Tiene la cabeza bien atornillada”, ¿a qué nos referimos?
Básicamente queremos decir que sus prioridades están en orden. Está viviendo por lo que es
importante. Cuando decimos a una persona con una enfermedad terminal: “Pon en orden tus
asuntos”, ¿a qué nos referimos? Queremos decir: “Asegúrate de que tus finanzas, seguros y
relaciones estén en orden”.

En una familia, orden significa que la familia tiene prioridad y que alguna estructura está

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establecida para que esa prioridad se dé. En el mega sentido, el Hábito 2, la creación de un
enunciado de misión familiar, proporciona la estructura fundamental para el enfoque de dentro
hacia fuera en la vida familiar. Además, hay dos estructuras principales de organización o
procesos que le ayudarán a poner a la familia primero en forma significativa en su vida diaria: un
“tiempo familiar” semanal y lazos de uno a uno con los miembros de la familia.

Como dijo el prominente terapeuta matrimonial y familiar, William Doherty: “Las fuerzas que
arrastran a las familias son demasiado fuertes en el mundo moderno. Debemos decidir si girar o ir
a donde nos lleve la corriente. La clave para girar con éxito es ser intencional respecto a los
rituales de nuestra familia”.

Tiempo familiar semanal

Además de hacer y honrar el convenio básico del matrimonio, siento que probablemente ninguna
estructura le ayudará a dar prioridad a su familia más que un tiempo específico especial cada
semana sólo para la familia. Podría llamarle "tiempo familiar", "hora familiar", "consejo familiar" o
"noche familiar" si lo prefiere. Como sea, el propósito principal es tener un tiempo durante la
semana donde se concentre en estar con la familia.

Una mujer de 34 años, de Oregon, compartió esto:

Mi madre era la promotora de una actividad familiar semanal donde los niños podíamos
escoger lo que quisiéramos. A veces íbamos a patinar. A veces a jugar boliche o al cine. ¡Nos
encantaba! Siempre terminábamos la actividad en nuestro restaurante favorito en Portland.
Esos días siempre me dejaban una sensación de gran cercanía y de que realmente éramos
una familia muy unida.

Tengo recuerdos maravillosos de esas ocasiones. Mi madre murió cuando yo era adolescente
y fue algo muy traumático para mí. Pero papá se aseguró de que cada año desde su muerte
todos nos reunamos durante al menos una semana, políticos, hijos, todos, para revivir esos
sentimientos.

Cuando todos los miembros de la familia se fueron a sus hogares en diferentes estados, me
sentí triste pero extrañamente contenta. Hay tanta fuerza dentro de una familia que ha
vivido junta bajo el mismo techo. Los nuevos miembros de nuestro familia sienten lo mismo,
también se han enriquecido.

Mi madre dejó un gran legado. Yo no me he casado, pero mis hermanos y hermanas tienen
su actividad familiar semanal con sus hijos. Y ese restaurante particular en Portland es
todavía nuestro lugar de reunión.

Note los sentimientos que esta mujer está expresando sobre los recuerdos de esos tiempos
familiares. Y vea el impacto que tiene en su vida ahora, en sus relaciones con sus hermanos, y en
sus relaciones con los miembros de sus familias. ¿Puede ver la clase de acercamiento que crea un
tiempo familiar semanal? ¿Puede ver la manera en que crea la Cuenta de Banco Emocional?

Una mujer de Suecia compartió esta historia:

Cuando tenía 5 ó 6 años, mis padres hablaron con alguien que les dijo lo valioso que es tener
reuniones familiares con su familia. Entonces, empezaron a hacerlo en casa.

Recuerdo la primera vez que papá compartió con nosotros un principio de vida. Fue muy
poderoso para mí porque nunca lo había visto en el papel de maestro formal y me
impresionó. Mi papá era un hombre de negocios exitoso y muy ocupado, y realmente no

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tenía mucho tiempo para los niños. Recuerdo lo especial e importante que me hizo sentir que
nos valorara lo suficiente para salirse de su oficina y sentarse a explicamos lo que sentía
respecto a la vida.

También recuerdo una noche en que mis padres invitaron a un famoso cirujano de los
Estados Unidos a nuestro tiempo familiar. Le pidieron que compartiera sus experiencias de
medicina con nosotros y cómo había sido capaz de ayudar a personas en todo el mundo.

El cirujano nos contó cómo las decisiones que había tomado en la vida lo habían conducido a
alcanzar sus metas y ser más de lo que había imaginado. Nunca olvidé sus palabras y la
importancia de tomar los desafíos "uno a la vez". Pero más importante, su visita me dejó el
sentimiento de que realmente era fantástico que mis padres invitaran visitas a compartir sus
experiencias con nosotros.

Hoy en día tengo cinco hijos y casi cada mes traemos a alguien" externo" a nuestro hogar
para conocerlo, para que comparta y de quien podamos aprender. Sé que es el resultado
directo de lo que vi hacer en el hogar de mis padres. En nuestros trabajos o en la escuela,
tenemos la oportunidad de conocer personas de otros países, y sus visitas han enriquecido
nuestras vidas y han resultado en amistades en todo el mundo.

Esta mujer fue influenciada profundamente por un tiempo familiar regular de niña y pasó el legado
a sus hijos. Piense en la diferencia que esto hará a sus hijos cuando su familia se enfrente a
ambientes turbulentos y poco amables.

Una noche familiar a la semana es algo que hemos tenido siempre como familia desde el principio.
Cuando los niños eran muy pequeños, lo usábamos como un tiempo de comunicación y planeación
para nosotros dos. Al crecer, usamos el tiempo para enseñarles, para jugar con ellos e
involucrarlos en actividades divertidas y decisiones familiares. Ha habido veces en que uno de
nosotros o uno de los hijos no pueda estar presente. Pero la mayor parte del tiempo hemos
tratado de separar siempre al menos una noche a la semana para la familia.

En una noche familiar tradicional revisamos el calendario de los eventos que vienen para que
todos sepan qué está sucediendo. Luego hacemos un consejo familiar y discutimos los problemas.
Todos tenemos sugerencias y juntos tomamos decisiones. A menudo tenemos una presentación
de talento donde los niños nos muestran cómo van con sus clases de música o de baile. Luego
tenemos una lección corta y una actividad familiar, y algo de comer. También siempre rezamos
juntos y cantamos una de nuestras canciones favoritas, "Amor en el Hogar" de John Hugh
McNaughton.

Así logramos sentir lo que son los cuatro ingredientes de un tiempo familiar con éxito: planear;
enseñar; resolver problemas y divertirse.

Note cómo esta estructura puede cumplir las cuatro necesidades: física, social, mental y espiritual,
y cómo puede convertirse en un elemento principal de organización en la familia.

Pero el tiempo familiar no tiene que ser tan formal, especialmente al principio. Si quiere, puede
sólo comenzar con algunas de estas cosas en una cena familiar. Use su imaginación. Hágalo
divertido. Después de un tiempo, los miembros de la familia comenzarán a ver que están
recibiendo cosas positivas en diversas formas y será más fácil tener un tiempo más formal. Las
personas, particularmente los niños, ansían tener experiencias familiares que los hagan sentirse
cerca unos de los otros. Quieren una familia en la que se demuestre que todos se preocupan por
todos. También, mientras más seguido haga cosas como ésta en su familia, se volverá más fácil.

No se imagina el impacto positivo que tendrá en su familia. Un amigo mío hizo su disertación
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doctoral sobre el efecto que tiene en la autoimagen de los niños el hecho de celebrar reuniones
familiares. Aunque su investigación mostró que el efecto positivo era importante, un resultado no
anticipado y sorprendente fue el enorme efecto positivo que tenían esas reuniones en los padres.
Comenta que un padre sintió que era inadecuado y al principio no quería esas reuniones. Pero
después de tres meses el hombre dijo esto:

Al crecer, mi familia no hablaba mucho excepto para regañar a alguien o discutir. Yo era el
más pequeño y parecía como si todos en la familia me dijeran que no podía hacer nada bien.
Pienso que les creía, entonces no hacía mucho en la escuela. Ni siquiera tenía suficiente
confianza para intentar algo que requería de cerebro.

Yo no quería tener esas noches familiares porque sentía que no podía hacerlo, Pero después
de que mi esposa dirigió la reunión una semana, y mi hija otra semana, decidí intentarlo.

Necesité mucho valor para hacerlo, pero una vez que comencé, fue como si algo se hubiera
liberado dentro de mí, algo que estaba anudado desde mi infancia. Las, palabras fluían de mi
corazón. Dije a mi familia por qué estaba tan contento de ser su papá y por qué sabía que
podían hacer muchas cosas buenas en su vida. Luego hice algo que nunca había hecho. Les
dije a todos, uno a uno, lo que los quería. Por primera vez me sentí un verdadero padre, la
clase de padre que siempre quise que fuera mi padre.

Desde esa noche me sentí mucho más cerca de mi esposa e hijos. Es difícil explicar lo que
siento, pero para mí se abrieron muchas puertas nuevas y las cosas en casa parecen
diferentes ahora.

El tiempo familiar semanal proporciona una respuesta poderosa y preactiva para el desafío de la
familia actual. Proporciona una manera muy práctica de dar prioridad a la familia; el compromiso
de tiempo mismo dice a los hijos lo importante que es la familia. Crea recuerdos. Crea Cuentas de
Banco Emocional. Le ayuda a crear su red de seguridad para la familia. También le ayuda a
satisfacer varias necesidades familiares
fundamentales: física, económica, social, mental, estética, cultural y espiritual.

Pienso en esta idea ahora después de 20 años y que muchas parejas y padres solteros han dicho
que el tiempo familiar es una idea enormemente valiosa y práctica para llevar a casa. Dicen que
ha tenido el efecto más profundo en la prioridad, la cercanía y la alegría de la familia, que
cualquier otra idea familiar.

NOTAS:
1
OTERO F. Oliveros, Qué es la orientación familiar. p.18
2
Idem
3
GARCIA HOZ, Víctor., et.al., La educación personalizada en la familia. , p. 350
4
Cfr. TYLER, Leona., La función del orientador familiar. p.32
5
GRAN ENCICLOPEDIA RIALP., Tomo XVII., p.438
6
Ídem
7
vid infra, p.69
8
cfr, ibidem., p.29
9
GARCIA HOZ, Víctor., et.al., El concepto de persona., p.611
10
Cfr, OTER. O F. Oliveros., ¿Qué es la orientación familiar?, p.76-78
11
Ibidem., p.165
12
GARCIA HOZ, Víctor, La educación personalizada en la familia, p.36
13
ibidem. p360
14
Ibidem., p.367.
15
WOJTYLA, Karol., Amor y responsabilidad., p.86
16
MIER MAZA, Miguel., El amor o es diálogo o no es amor., Revista "La Cruz", p.36, febrero 1995.
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17
Hernández Sampieri Roberto, Fernández Collado Carlos, Baptista Lucio Pilar: Metodología de la
Investigación. 4ª. edición McGraw Hill, 2006
18
Rojas Soriano Raúl. Guía para realizar investigaciones sociales. Plaza y Valdés editores,40ª
edición, México 2005.
19
Rojas Soriano Raúl. Guía para realizar investigaciones sociales. Plaza y Valdés editores,
40ª.edición, México 2005.

Lectura L3

LA EDUCACIÓN DE LA FAMILIA; La educación personalizada en la


familia: Tratado de educación personalizada, dirigido por Víctor García
Hoz, pp. 80-82, Ediciones Rialp, España, 1990.

José María Quintana Cabanas

La educación de la familia

En los dos últimos parágrafos nos hemos estado ocupando de lo que, de un modo genérico,
podríamos llamar la educación en la familia. Ahora vamos a hablar de algo distinto: la educación
de la familia, es decir, de los diversos miembros de la familia. Se trata de su educación para que
lleguen a su plenitud humana en tanto que personas pertenecientes a la comunidad familiar, y
para que lleven a ésta también a un alto grado de desarrollo.

Al oír la expresión «educación familiar» muchos entienden la educación de los hijos. Pero la
educación familiar, aun siendo sobre todo esto, es más que esto: es la educación de todos y cada
uno de los miembros de la familia. No sólo los padres educan, aunque a ellos corresponde el crear
las condiciones para que el hogar sea campo de educación; son los primeros responsables de la
educación familiar, y «segundos responsables, los hijos. De la familia y, por consiguiente, de la
educación familiar. Los hijos necesitan aprenderlo. No nacen responsables» (Otero, 1985, pp. 39 y
65).

Entre todos los componentes de la familia se ejerce una acción educadora recíproca. «De este
modo, surge en la vida familiar algo así como la mutua ayuda educativa. ¿En qué consiste? No
sólo en ayudar, sino también en buscar y aceptar ayudas. Así, se evita la posibilidad de dos tipos
de personas en una familia: los que sólo ayudan y los que sólo son ayudados. Esto debe ser
aprendido por todos. En primer lugar, por los padres, porque muchos sólo saben dar y no enseñan
a dar. Y, sin embargo, la educación requiere, centralmente, aprender a dar y a recibir» (Otero,
1985, p. 51).

Esta capacidad doble y simultánea de dar y de recibir constituye la regla de oro de la buena
realización personal humana, tanto a nivel individual (madurez de la personalidad) como social
(relaciones humanas satisfactorias). Como en todas las polaridades, ahí está lo difícil; pero, como
en todas ellas, la educación que consigue situar a la persona en un buen término medio es la
educación adecuada, acertada. Entendemos el grupo doméstico como un centro de intimidad y, a
la vez, de apertura; ha de tener una dimensión centrífuga y una dimensión centrípeta, entre las
que debe establecerse el equilibrio.

Tan importante es la educación familiar, que para ocuparse de la misma existe nada menos que
una rama de la Pedagogía, una Pedagogía especial: la llamada Pedagogía Familiar. Sin duda que
una de sus partes esenciales es lo que llamamos «la orientación familiar», que puede ser definida
como un servicio de ayuda para la mejora personal de quienes integran una familia, y para la
mejora de la sociedad en y desde las familias. No es más que una ayuda relacionada con la
dimensión educativa de la familia: «se entiende la orientación como proceso de ayuda a personas,

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para que se conozcan a sí mismas y a su entorno a fin de crecer en libertad y en capacidad de
querer; de desarrollar su personalidad; de resolver sus problemas; de asumir sus
responsabilidades; de alcanzar —en definitiva— un alto nivel de madurez personal». «La
orientación familiar es un proceso de ayuda a personas, en cuanto miembros de una familia, para
que mejoren precisamente como personas (...). Es un arte que se pone a disposición de las
personas que tienen alguna responsabilidad familiar, con finalidades de mejora personal, familiar
y social» (Otero, 1985, pp. 17 Y siguientes, y 28).

Vista con esta amplitud, la educación familiar posee un carácter totalizador y vitalicio. Es lo que
nos explica Ana Navarro con estas palabras: «Así como el período de escolaridad tiene unos
plazos, aquí podemos hablar con toda propiedad de educación permanente. Tiene también el
carácter de rotatoria. Aunque los padres nunca dejarán de serlo, no es extraño descubrir que
pueden llegar a ser orientados y aconsejados por sus propios hijos, incluso en edades anteriores a
la vejez de los padres» (Navarro, 1982, p. 89).

Lectura L4

PRIMACÍA DE AL FORMACIÓN ÉTICA EN LA FAMILIA: VIRTUDES Y


VALORES; La educación personalizada en la familia: Tratado de
educación personalizada, dirigido por Víctor García Hoz, pp. 85-90,
Ediciones Rialp España 1990

Escuela Universitaria de Fomento

Influencias de la familia

Entrando en el estudio de los aspectos concretos de la vida y la educación en los que la familia in-
fluye, conviene distinguir, como se hace frecuentemente, entre la influencia generalizada y las
influencias específicas.

La influencia generalizada es aquel tipo de acción en el que intervienen todos los elementos y
factores de la familia, el ambiente moral de la casa, el padre, la madre, los hermanos, otros
parientes, las relaciones sociales... Este influjo familiar alcanza a todos los miembros de la familia
y especialmente a los hijos por su mayor plasticidad educativa, de tal suerte que van adquiriendo
poco a poco, de un modo imperceptible, una forma de ser y de reaccionar, que viene a constituir
eso que corrientemente se llama «aire de familia». Entrelazada con la influencia generalizada, la
familia influye también en determinados aspectos concretos de la vida y la educación. Son las
influencias específicas, tales como la adquisición del lenguaje, los hábitos de la vida diaria, los
criterios morales, la formación religiosa.

Influencia generalizada: el sentido de la vida y la actitud ante ella

La influencia generalizada tal vez se pudiera expresar en síntesis como el descubrimiento del
sentido de la vida y la actitud, también generalizada, respecto de ella.

Sobre esta idea, el profesor García Hoz (1978) realizó una experiencia a fin de poder llegar a con-
firmar o abandonar el supuesto de que la influencia generalizada de la familia se manifiesta en la
actitud ante la vida, que se inicia ya en los primeros años de la existencia y se mantiene a lo largo
de toda ella.

El problema que se planteó en concreto es el de ver si hay evidencia empírica de una relación
consistente entre la experiencia que uno tiene de su propia vida familiar en la infancia y la
valoración que se hace de la vida general. La experiencia se realizó con 134 adultos. Las pre-
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guntas y las respuestas sugeridas fueron las siguientes:

a) Mi vida familiar en la infancia ha sido:

Predominantemente feliz
Bastante satisfactoria.
Más bien insatisfactoria.
Muy desgraciada.
b) La vida en conjunto es:
Algo estupendo.
Bastante aceptable.
Más bien triste.
Muy triste.

Se calculó la relación existente averiguando el índice de asociación correspondiente (en este caso
el coeficiente de contingencia) que resultó claramente significativo: C = 0,526.

De acuerdo con el coeficiente de contingencia obtenido y su significación, se puede dar una con-
testación afirmativa a la pregunta planteada, es decir, que por lo que se puede inferir del grupo
estudiado hay una asociación positiva entre la experiencia de la propia vida familiar en la infancia
y la valoración de la vida en general. El recuerdo de una infancia feliz se halla asociado al con-
cepto positivo, optimista, de la vida en general.

En los resultados de la exploración se pudo apreciar que la evidente asociación entre la


experiencia de la vida familiar en la infancia y la valoración de la vida en general es un elemento
condicionante que no quita la posibilidad, aunque sea remota, de que tras de una infancia
desgraciada se puede llegar a la valoración de la vida en su sentido más positivo, y,
recíprocamente, el recuerdo de una infancia feliz puede coexistir con la valoración pesimista de la
vida. Estos hechos parecen indicar que la vivencia de la vida infantil de ningún modo ahoga la
libertad del hombre.

También ha puesto de relieve la experiencia que son mucho más frecuentes los casos en los que la
infancia se aprecia como una vivencia más bien feliz y la vida como una realidad más bien
satisfactoria, que los casos r" de experiencia desgraciada y actitud negativa.

Dentro de la apreciación positiva general más frecuente se puede también advertir que no es la
posición extrema la que alcanza mayor frecuencia, sino una posición intermedia, la identificación
en uno y otro con el número 3, es decir, la de una experiencia bastante satisfactoria de la vida
familiar y una actitud de la vida en general como bastante aceptable. Un optimismo moderado
parece ser la actitud generalizada entre los que participaron en la investigación. Aunque un
coeficiente de asociación, tal como el de contingencia, nada dice respecto de la posible causalidad
en la relación de los factores asociados, dado que la experiencia de la vida familiar es anterior al
concepto y valoración de la vida en general, ya que ésta es un conocimiento y actitud al que se
llega después de unos años de experiencia, se puede suponer que la vida familiar satisfactoria es
causa o factor de que se haga una valoración positiva de la vida en general.

En el supuesto anterior, y dado que una actitud positiva resulta siempre estimulante, fluye
espontáneamente la consecuencia de que es muy importante en la vida familiar que los niños se
sientan felices. Claro está, que la interpretación correcta de esta conclusión implica a su vez la
interpretación correcta de lo que es una infancia feliz.

Fácilmente se comprende que la actitud generalizada de que se acaba de hacer mención se halla
estrechamente relacionada con lo que se llama «sentido de la vida», que da carácter humano a
nuestros actos justificándolos ante nuestra conciencia y haciendo posible nuestra «alegría de
52
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vivir».

Influencias específicas

Entre las influencias específicas se deben contar en primer lugar la adquisición de los primeros
elementos cognitivos y su expresión en el lenguaje; el ámbito familiar es el lugar donde
normalmente se adquiere el lenguaje, este instrumento universal de comunicación humana. Debe
advertirse que no sólo se ha de considerar el lenguaje verbal en su sentido estricto, sino también
el lenguaje no verbal, especialmente aquel que se llama lenguaje corporal, en el cual los gestos
tienen un gran valor por sí mismos y como acompañantes y modificantes de la expresión verbal.

Los hábitos de la vida diaria, tanto en la manipulación de objetos cuanto en el trabajo con las
personas, son igualmente adquisiciones de la vida familiar. Dentro de las relaciones con las cosas
podemos considerar el espíritu de trabajo y la satisfacción en la obra bien hecha, que tiene
multitud de ocasiones de alcanzarse dentro de la vida en la familia. En el marco de la relación
interpersonal, la amabilidad o aspereza en el trato, manifestaciones externas del respeto o su
falta, la tolerancia ante las diferentes manifestaciones y actitudes que los otros pueden tomar, el
aguante de las dificultades, son otras tantas adquisiciones específicas típicas de la vida familiar.

En el marco de las influencias específicas, estrechamente relacionadas con las que se acaban de
señalar, adquieren particular relieve el desarrollo de la afectividad, la afirmación personal y el fluir
de la vida como totalidad; se trata de vivencias más propias de la comunidad familiar que de
cualquier otra ocupación humana.
Volviendo a hacer referencia a los trabajos del doctor García Hoz (1953), podemos justificar las
anteriores afirmaciones fijándonos en el vocabulario típicamente familiar. En él encontramos que
«alegría», «tristeza», «gusto», «disgusto», «agradecer», «querer» son palabras que en léxico
familiar alcanzan frecuencias muy altas y muestran claramente que ese húmedo y sabroso mundo
de los sentimientos tiene su marco adecuado en la familia, lo cual vale tanto como decir, traducido
al idioma pedagógico, que es la familia el medio natural para cultivar este jugoso campo de la
intimidad humana y, por lo mismo, es la comunidad familiar el más adecuado marco para el
establecimiento de relaciones personales directas.

Los pronombres personales, expresión directa de la persona, y los posesivos, afirmación


igualmente de la persona humana como sujeto de derechos, también alcanzan frecuencia más
elevada en el vocabulario familiar que en cualquier otro tipo de vocabulario. Si al lado de esto
situamos el hecho de que también en el léxico de la familia son más frecuentes que en ningún otro
las palabras que expresan actitudes claramente definidas, como «así», «sí», «no» inferiremos
igualmente que es en la vida familiar donde la personalidad se afirma de un modo más patente.
Propio del mundo de la cultura, de las comunidades docentes, será desarrollar la vida intelectual,
que al ser humano le hace capaz de reconocer muchas relaciones y posibilidades; pero es en la
vida familiar donde se hará hombre para elegir su camino. Si el contenido más propio de la
institución escolar es la vida y la educación intelectual, el más propio contenido de la vida familiar
es la educación moral. Precisamente porque el carácter moral es lo que, en definitiva, constituye
la personalidad.

Con la afirmación de la personalidad parece que choca otra característica de la vida familiar,
puesta de manifiesto por su vocabulario propio; la que pudiera llamarse vivencia del fluir de la
vida y que está expresada por la elevada frecuencia de palabras como «pasar», «seguir», «venir»,
«ir». Más que de una contradicción, pienso que se trata de una demostración a posteriori de la
anterior característica, ya que quien ahonda en su propia personalidad se halla en mejor
disposición para encontrarse con la radical insuficiencia del hombre individual, cuya vida se desliza
y se escapa por la herida del tiempo que metafísicamente se vive desde la adolescencia
(Spranger, 1946).

53
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MAESTRIA EN CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN FAMILIAR PEDAGOGIA FAMILIAR


La vivencia del fluir de la vida es, quizá, la mejor condición natural para que el hombre mire a lo
sobrenatural, esto es, a lo permanente y eterno. De aquí el que, aun cuando la familia no sea
capaz por sí misma de elevar a sus miembros al orden sobrenatural sea, sin embargo, la mejor
plataforma de la naturaleza para que el hombre salte hasta Dios.

Si nos hacemos cargo de que el carácter personal y ético confiere su principal y definitivo sentido
a la educación y que la educación a su vez se halla al servicio de la vida, veremos con claridad que
lo que importa verdaderamente, es decir, la finalidad fundamental de la educación, está en que el
conocimiento no sea un simple saber cómo son las cosas sino que llegue a convertirse en un
«saber vivir». Hablar de saber vivir es tanto como entrar en el mundo de los valores, es decir,
percibir, con conocimiento y sensibilidad, «lo valioso», en otras palabras, «el bien» que hay en el
mundo que nos rodea, en nosotros mismos y en la vida que vivimos.

Lectura L5

La misión de los padres ideales

EDUCAR es un proceso de aprendizaje absolutamente necesario para la indeterminación biológica


del hombre, que carece de respuestas adecuadas a las situaciones vitales que se le presentan. A
los animales, su misma estructura biológica les proporciona los patrones de conducta adecuados.
Los hombres, sin embargo, necesitamos de la educación para la supervivencia. Precisamos
aprender las respuestas para vivir en un contexto sociocultural determinado y adecuar y
armonizar nuestra realidad personal a la realidad social.

¿Qué es y en qué consiste?

En preparar a nuestros hijos para que vivan en libertad con respeto y autonomía y aprendan a ser
felices ellos y hagan felices a los demás en la medida de lo posible.

Una definición válida podría ser: «La educación es la ciencia, la técnica y el arte con que los
adultos (padres, profesores y educadores) ejercen su acción sobre el niño para desarrollar
adecuadamente sus aptitudes físicas, intelectuales, psíquicas, afectivas y morales, ayudándole a
integrarse bien en el medio social en el que vive y facilitándole el logro de una adecuada
autoestima, determinación y autonomía».

Llegado a este punto es importante contemplar la figura del educador, ya que es la persona que
con sus conocimientos, sus ideas, sus palabras, dedicación y amor, trata de orientar, conducir y
guiar al niño durante todo el proceso de aprendizaje hasta la adquisición y perfeccionamiento de
una personalidad capaz de dar respuestas adecuadas a las distintas situaciones vitales en las que
pueda encontrarse.

Todo buen educador ha de partir de las posibilidades reales de cada niño, educar y aplicar las téc-
nicas de educación de una manera personalizada para el mejor desarrollo de cada individuo.

Amor y principios básicos

En este primer capítulo es importante dejar bien definidos los soportes básicos —principios y
directrices— sobre los que deberá apoyarse el educador. Fundamentalmente se podrían concretar
en dos y ambos habremos de aplicarlos desde la cuna.
Bertrand Russelll expresó como nadie: «No hay más que un camino para el progreso en la educa-
ción y es el de la ciencia guiada por el amor. Sin ciencia, el amor es impotente; sin amor, la
ciencia es destructiva».

54
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MAESTRIA EN CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN FAMILIAR PEDAGOGIA FAMILIAR

Desempeñar bien nuestro oficio de padres y educadores consiste precisamente en saber


armonizar y conjugar perfectamente la ciencia educativa y el amor. Los padres que evitan a sus
hijos todo tipo de dificultades y esfuerzos, les consienten los caprichos y no les enseñan a ser
responsables, respetuosos, ordenados y exigentes consigo mismos desde los primeros años y con
la necesaria firmeza, confunden lo que es el verdadero amor de padres. Les privan de las
múltiples posibilidades de ir adquiriendo seguridad, confianza en sí mismos y autoestima. Las
distintas habilidades físicas, intelectuales y sociales sólo es posible adquiridas enfrentándose con
las dificultades.

La educación con amor, denominador común en cada una de nuestras afirmaciones,


recomendaciones y principios, implica en padres y educadores una permanente actitud
comunicativa, afectuosa y entusiasta de entrega y servicio.
El amor, sentido y vivido desde la infancia, proporciona al niño la seguridad y firmeza necesarias a
lo largo de las distintas etapas evolutivas hasta culminar en la juventud.

Importancia de la ciencia educativa

Para educar con amor es imprescindible un largo aprendizaje de equilibrio afectivo, emocional y
psíquico que nos permita desempeñar el oficio de padres y educadores, armonizando la firmeza y
la necesaria exigencia con la comprensión, la tolerancia y el entusiasmo contagioso. Resulta
especialmente estimulante para el niño comprobar que la satisfacción de sus padres y educadores
se incrementa en la medida en que es más responsable y eficaz.
Pero el amor sin la ciencia es impotente. Una buena pregunta sería, ¿quién educa a los padres? No
basta obtener una brillante licenciatura o doctorado en letras o en matemáticas, ni el casarse y
tener hijos para recibir, como por «arte de magia», los conocimientos necesarios para ser un
educador bien preparado. La educación es, sobre todo, una, ciencia. Para llenar, en parte, ese
vacío educativo de los padres y educadores, resulta imprescindible conocer los principios
fundamentales de la ciencia educativa, la psicopedagogía. Si partimos de la base de que el papel
fundamental de educadores corresponde a los padres, a ellos va dirigido de manera más directa
este trabajo.

Directrices a tener en cuenta

1. El contacto humano y directo del educador con el niño influye en la formación de su


personalidad, ya que en muchas ocasiones actúa como modelo a imitar.

2. El educador debe saber transmitir al niño para que adquiera una personalidad propia y
singular. No hay que olvidar que el fin último de la acción educativa es el logro de la
individualidad, de la autonomía.

3. La educación debe poner los medios adecuados para una mayor perfección y mejora de las
habilidades y aptitudes que van a hacer posible la formación integral del niño.

4. El proceso educativo es siempre gradual, lo cual significa que sólo es posible aspirar al
logro de unos niveles superiores si previamente han sido alcanzados los que son
inmediatamente anteriores.

5. La educación es un proceso completo que no admite partes, ya que abarca a la persona


como unidad y no a ciertas dimensiones exclusivamente.

6. Es el propio sujeto quien se educa o construye día a día, mediante un proceso activo. El
educador propicia, interviene, orienta, promueve y se las ingenia para despertar la
actividad del sujeto, pero en sentido estricto, no educa; si la persona que pretende

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educarse no activa el proceso educativo, no hay educación. La actividad del sujeto es
fundamental.

7. La realidad de la educación tiene su razón más profunda en la capacidad del ser humano
de ir adquiriendo nuevas conductas a lo largo de su existencia. El hombre, como ser
permanentemente inacabado, con una compleja estructura biológica, es capaz de cambiar,
aprender y adquirir nuevas conductas a lo largo de su existencia. No existen, por tanto,
límites reales ni por la edad, ni por la cantidad de conocimientos adquiridos.

8. La educación del ser humano ha de iniciarse ya desde el nacimiento adecuándose al


proceso evolutivo y de madurez natural del niño.

Los padres ideales

Tener autoridad y firmeza es fundamental para conseguir que la personalidad infantil y juvenil se
reafirme y adquiera plena solidez. Pero debe quedar claro que la autoridad que necesitan nuestros
niños y adolescentes no se parece en nada a la disciplina del «ordeno y mando» que no aporta
razones. Precisamente la firmeza en las decisiones, en las exigencias y en la disciplina, que ha de
iniciarse ya en los primeros años de la vida del niño, obtiene toda su fuerza educativa y
credibilidad en el hecho de ser razonable, de estar apoyada en actitudes de comprensión y diálogo
con los padres.

Los padres dialogantes inician a los hijos en el aprendizaje de la vida, les informan para que com-
prendan el mundo en que van a vivir y aprendan técnicas y habilidades sociales. Los hijos aprove-
chan las experiencias y consejos de sus padres hasta que alcanzan la madurez. Es en este
momento crucial cuando los padres que han mantenido una actitud de autoridad y exigencia
deben soltar amarras y dejar que, poco a poco, los hijos vuelen solos y se responsabilicen por
completo de sus actos. Hay que dejarles crecer psicológicamente, cuando su cuerpo ya lo ha
hecho físicamente.

Nuestros hijos además deben tener confianza en las decisiones que los padres tomemos con
respecto a ellos. Lo que más contribuye a que los hijos admitan y deseen la autoridad de sus
padres es comprobar la tolerancia y el respeto al punto de vista de los demás.

Dialogante y con autoridad

Si fuera posible reunir en un solo hogar a los padres ideales los vestiríamos de las siguientes cua-
lidades:

El padre no es demasiado severo y ejerce la autoridad con cierta seriedad y, sobre todo, con soli-
dez; pero tiene muchos momentos de simpatía, de ternura y de diálogo abierto. Por eso, sus hijos
saben que pueden contar con él, que no les va a fallar. Antes de exigir cualquier conducta, él dará
ejemplo con su actitud.

Es exigente con amor y comprensión y sabe estar cerca para echar una mano en los estudios,
hablar con el tutor o asistir a las reuniones de padres del colegio. Exige a los hijos ser
responsables, guardar disciplina, ser respetuosos con los demás y consecuentes consigo mismos.
Por eso siempre apela al razonamiento, a la coherencia y al diálogo, pero jamás permite
conductas caprichosas, debilidad, abandono y actitudes inconsecuentes e irresponsables.

A este padre con autoridad no se le «caen los anillos» en colaborar como el primero en las tareas
del hogar, junto a su esposa e hijos. Ofrece garantía de estabilidad a los suyos desde la sencillez y
las actitudes de servicio sin perder su papel de figura representativa de la autoridad y del respeto.

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Es consciente de que los argumentos autoritarios e impositivos desde posiciones de dominio sólo
sirven para provocar en los hijos conductas desajustadas y rebeldes, abriendo un abismo de
incomprensión y separación que agravará, sin duda, las rotaciones entre ellos. De ahí que sólo
ejerza la autoridad desde la comprensión y el diálogo.

Apacible pero enérgica

La madre es una mujer enérgica, animosa, trabajadora y activa, pero sobre todo enseña a los
hijos con la práctica diaria.

Desde muy pequeños, en cuanto tienen capacidad para valerse por sí mismos, les anima a
vestirse solos, a comer, a ordenar su habitación... Ella les enseña cómo hacerlo todo, pero
inmediatamente después les invita a que lo realicen por sí mismos, a superarse y a que colaboren
con ella en todas las tareas del hogar, desde bien pequeñitos. Representa una energía y una
exigencia afectuosa que no llega casi nunca a la severidad, no se enfada ni hace un drama por un
pequeño alboroto, descuido o falta.

Está muy lejos de ser una madraza demasiado pródiga en mimos, que todo lo tolera. Es vital y
enérgica, y sabe conjugar perfectamente la firmeza con la ternura, y por supuesto no permite ni
accede a los caprichos y chantajes de los hijos.

Permisividad y autoritarismo

Para conseguir un término medio entre permisividad y autoritarismo debes seguir estos once
puntos:

1. Intenta orientar las actividades de los hijos de una forma racional, alentándolos a confiar,
hablar y compartir todo.

2. Valora sus deseos de autonomía, su trabajo, sus estudios y su necesidad de diversión.

3. Consigue aunar, armonizar y sintetizar en la labor educativa el equilibrio de fuerzas


opuestas como innovación y asimilación, cooperación e independencia.

4. Utiliza adecuadamente la razón para alcanzar los objetivos propuestos. Por lo cual, las
decisiones no se fundan sólo en el consenso social o en los deseos de los hijos, ni
tampoco considerándose seres infalibles o mágicamente inspirados.

5. Alaba y refuerza las conductas independientes y autónomas facilitando el desarrollo de la


competitividad y la propia confianza.

6. Sé firme, cuantas veces sea necesario, pero sabiendo cambiar a actitudes de flexibilidad
y cariño siempre que sea preciso.

7. Procura ser coherente al enseñar a los hijos a distinguir entre acciones apropiadas e
inapropiadas o desaconsejables.

8. No cedas jamás para que el niño se calle y no dé la lata ante conductas problemáticas o
reprochables.

9. Presta atención a su buen comportamiento, no le atiendas únicamente cuando sea


travieso y necesite un correctivo.

10. Escucha cuidadosamente a los hijos explicándoles con razonamientos por qué les corriges

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y exiges disciplina.

11. Finalmente, enséñales a imponerse a sí mismos una disciplina y llegar a un compromiso


entre lo que desean y proyectan y lo que la sociedad les exige y reclama.

Lectura L6

La autoridad como un servicio en la educación de los hijos

Autoridad-servicio

En el proceso educativo de cada hijo la autoridad de los padres es un servicio imprescindible si se


ejerce correctamente.

Vimos, en el capítulo anterior, las dificultades —internas y externas— con las que se enfrenta
actualmente la autoridad paterna. Perseverar, a pesar de todo, en su ejercicio supone considerarla
como un servicio en la mejora de la autonomía y de la responsabilidad de los hijos.

La autoridad-servicio está relacionada también con la responsabilidad de los padres como prime-
ros educadores.

Pensar, informarse, decidir, comunicar claramente y hacer cumplir son fases sucesivas en el
ejercicio de esta autoridad. Prescindir de algunas de ellas puede llevar a la improvisación y, por
consiguiente, al autoritarismo —ejercicio arbitrario de la autoridad—; o al «ceder en todo» y, en
consecuencia, al abandonismo —no ejercicio de la autoridad—. Ni el autoritarismo ni el
abandonismo educan, porque en ambos casos falta un ejercicio correcto de la autoridad que se
tiene.

Y la autoridad se tiene —la tienen los padres— para terminar de ser autores; para no detener la
paternidad y la maternidad en la procreación.

Los padres tienen la autoridad como una posibilidad de servicio y no sólo como una posibilidad de
poder. Algunos estudiosos del tema suelen contraponer poder y autoridad. Lo que realmente se
está enfrentado —al hablar así— es el afán de servicio y el afán de dominio.

Los padres tienen, entre otros poderes, el de tomar decisiones influyentes y el de sancionar
positiva o negativamente —premios y castigos—. Cuando utilizan estos poderes al servicio de una
verdadera educación de los hijos, autoridad y poder no se contraponen. El poder, sobria y
correctamente ejercido, forma parte de la autoridad-servicio.

El afán de dominio es lo incompatible con la autoridad así entendida. El poder se utiliza, entonces,
para dominar, no para servir. Puede seguir hablándose de autoridad, pero ya no lo es: han
cambiado sus fines.

Este afán de dominio puede darse en la autoridad de los padres por inmadurez o por
esclerotización. Se da cuando los padres consideran a sus hijos como sujetos de su propiedad o
cuando se proyectan en ellos o cuando los lucen como cosas que se tienen.

Cuando los padres mandan algo deben pensar antes —es cuestión de segundos— por qué lo
hacen: ¿por el bien de los hijos o por capricho o manía personal?; cuando dejan de mandar algo
deben también pensar por qué no lo hacen: ¿por sobriedad o por no complicarse la vida? La
expresión «porque haya paz» quiere decir a veces «porque haya comodidad».

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Dominar y ser dominados son, con frecuencia, aspectos de una misma realidad personal. Por un
mal entendimiento de las relaciones conyugales uno de los cónyuges termina siendo dominado por
el otro y lo compensa, a su modo, ejerciendo dominio —no autoridad— sobre sus hijos. Otras
veces, uno es dominado en el trabajo o en sus relaciones sociales y quiere dominar en las rela-
ciones familiares.

Esto no debe entenderse como si se tratara de una especie de mecanismo psicológico. Hay algo
más profundo en todo ello. Después del pecado original, en cada uno de nosotros coinciden afán
de servicio y afán de dominio. Se trata de que, en toda ocasión, a pesar de esa interna situación
conflictiva, sepamos servir.

Queremos servir y queremos que nos sirvan según nuestro apetecer del momento. A veces,
manda el cariño; otras veces, manda la pereza. En ocasiones, nos sentimos modestamente
héroes; en otras, nos sentimos víctimas. Nos falta un motivo de peso que nos mantenga
ecuánimes, libremente servidores.

Para un ser libre servir es responder a valores. Un ser libre, en el fondo, sólo sirve cuando cree y
ama a Dios. El servicio a los demás, sin Dios, termina en el escepticismo o en el desprecio o en el
afán de dominio1. Por eso, los padres que quieren mucho a sus hijos y no tienen fe deberían
pedirla —aunque sólo fuera por amor a los hijos—, y poner todos los medios para no obstaculizar
este don de Dios.

Para quienes tienen fe habría que destacar la unidad de vida: saber enlazar su lucha ascética y su
tarea educativa. «Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa
unión; cometerían por eso un grave error si edificaran su conducta espiritual a espaldas; al
margen de su hogar»2. También se podría decir que cometerían un grave error, desde el punto de
vista de la educación familiar, si quisieran educar a sus hijos a espaldas y al margen de su
conducta espiritual.

No quiero decir que la falta de fe y la educación de los hijos sean incompatibles. Me limito a
afirmar que quienes viven vida de fe tienen muchas más posibilidades en su tarea de educadores.
Un enfoque cristiano de la educación —si no entiende la educación como un refrito de
espiritualidad— dispone de muchos más recursos para superar las dificultades con que el educador
y el educando se enfrentan.

Por consiguiente, la autoridad-servicio es un servicio de más calidad si quienes la ejercen tienen fe


y la manifiestan congruentemente en su conducta. El servicio se amplía: abarca zonas mucho más
amplias en el desarrollo de la personalidad de los hijos. Por otra parte, nunca se insistirá bastante
en que la unidad de vida es una exigencia fundamental para la persona —y, por lo tanto, lo
sobrenatural no es un añadido en su vida—.

El quehacer educativo puede realizarse a distintos niveles, de acuerdo con las posibilidades reales
del educador, derivadas, en buena parte, del nivel y de las circunstancias de su propia educación.
No obstante, puede afirmarse que educar en función del fin sobrenatural es llegar al fondo de la
cuestión y el mejor modo para suministrar al hombre la orientación única que debe tener la vida,
siendo esta orientación la que da sentido a la existencia, incluso desde el punto de vista natural.

Convendría advertir, en síntesis, que la autoridad-servicio armoniza aspectos que aparentemente


se contraponen: tal es el caso de las actitudes de respeto y de exigencia o la posibilidad de es-

1
“No hay mejor prueba psicológica de la existencia de Dios que ese desprecio con el que los ateos como Nietzche
o Sartre hablan de hombre. Los que quieren eliminar a Dios en beneficio del hombre son luego lo que menos
perdonan al hombre el no ser Dios”. (THIBON, G.: Nuestra mirada ciega ante la luz, Col. Patmos. Ed. Rialp, Madrid,
1973, pág. 33).
2
J. ESCRIVÁ DE BALAGUER: Es Cristo que pasa, Ed. Rialp, Madrid, 1973, Pág. 66.
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timular a otro en su comportamiento y a la vez respetar su libertad. La autoridad-servicio se ma-
nifiesta en mil detalles de ejemplo y de sugerencia, de buen humor y de firmeza. Se apoya en di-
versas actitudes positivas y se ejerce con naturalidad, sin formalismos ni claudicaciones. Contribu-
ye a crear un clima de seguridad interior en la vida de los hijos porque es manifestación de amor
verdadero.

Autoridad-prestigio

Los padres tienen autoridad por el hecho de ser padres. Pero la autoridad se mantiene, se pierde o
se recobra por el modo de comportarse.

La autoridad es un servicio —como acabamos de ver— si quien la ejerce tiene afán de servir no de
dominar. Este afán de servicio —con las actitudes positivas que supone— es necesario, pero no
suficiente en el ejercicio de la autoridad. Para servir con autoridad es necesario el prestigio. La
autoridad se mantiene o se recobra por el prestigio.

¿Cómo se tiene prestigio con los hijos? Este prestigio se tiene, sobre todo, por el modo de ser. A
este respecto podrían destacarse el buen humor, la serenidad y la naturalidad. Hay diferentes
estilos personales de buen humor, pero se apoyan todos en el optimismo —en saber descubrir
primero lo positivo de cada persona y de cada situación— y en la confianza —en saber esperar,
porque hay razones suficientes para esperar—. El malhumor permanente, por el contrario, aparte
de infundado, es perjudicial: envejece y desprestigia.

La serenidad se apoya en los mismos fundamentos: optimismo y confianza. Asegura las mejores
condiciones para actuar con sensatez y con flexibilidad. El nerviosismo, por el contrario, sólo sirve
para empeorar la situación y, desde luego, desprestigia. De los padres —y, en general, de los
educadores— se espera que utilicen inteligentemente su inteligencia —la propia y un poco de la
ajena— y que no pierdan los nervios ante una situación difícil —en otras palabras: capacidad de
aguante—.

La naturalidad se apoya en la coherencia de conducta que requiere, con alguna frecuencia, saber
ir contra corriente. Tienen prestigio los padres que son muy comprensivos y muy flexibles, y a la
vez capaces de mantener en lo sustantivo una línea de actuación, sin dar bandazos, graduando la
exigencia según las circunstancias, sin dejar nunca de exigir —y de exigirse—. Se oponen a la
naturalidad —y desprestigian— la solemnidad y el dramatismo, la voz engolada, el echar en cara,
el lamentarse, los falsos juicios.

Se tiene prestigio por el modo de reaccionar ante el propio trabajo. Deberían preguntarse los
padres si están contentos con su trabajo; si lo hacen bien, sin quejarse, evitando el malhumor
ante las contrariedades —grandes o pequeñas— de su mundo laboral; si cuentan algo relacionado
con su trabajo. En todo caso, se trata de reflexionar acerca de cómo entiende cada uno de los
cónyuges el trabajo en general y, particularmente, su propio trabajo. También influye en el
prestigio la consideración del trabajo del otro cónyuge.

Es muy amplia la gama de posibilidades, desde la reducida visión de quien valora el trabajo sólo
por su remuneración económica hasta quien, sin quitarle su valor de profesionalidad al sueldo jus-
to, descubre en su actividad profesional una oportunidad diaria de enriquecimiento interior y de
servicio a los demás, es decir, de desarrollo de su libertad personal —y cuando se tiene fe, esta
misma oportunidad también a nivel sobrenatural: santidad y apostolado—.

Por otra parte, es muy diverso el grado de coherencia entre lo que se piensa del trabajo y el modo
de realizarlo, día a día.
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Desprestigia la falta de coherencia entre un entendimiento acertado y profundo del trabajo —del
hombre y de la mujer— y una realización pobre, sin garra. Desprestigia una actividad laboral rea-
lizada exclusivamente en función de los ingresos, sean éstos excesivos o insuficientes para el
sostenimiento de la familia. Desprestigia un trabajo realizado sin ilusión profesional, sin alegría;
un trabajo sin intensidad y sin calidad; un trabajo rutinario, sin objetivos, sin imaginación, sin de-
talles, sin constante afán de mejora, sin un cierto orden. Desprestigia la falta de honradez en el
trabajo, que puede manifestarse de diversos modos, especialmente en forma de pasividad —
abierta o soterrada; egoísta o abúlica; centrada en los derechos o en las compensaciones; de tipo
«refugio» o de tipo agresivo—.

Huelga decir que lo anterior es válido para el padre y para la madre. En el caso de las madres que
trabajan fuera de casa pudieran destacarse algunas peculiares formas de prestigio ante los hijos
—aunque no lo parezca— respecto a ese trabajo de la mujer fuera del hogar. Por ejemplo, cuando
no tienen visión de conjunto o no se responsabilizan —obedecen pasivamente— o se limitan a
quejarse o se mantienen al margen de las exigencias de prioridad en la dinámica de una
organización de trabajo o buscan preferentemente el lucimiento personal —a veces, como
compensación a una real o supuesta injusticia de trato— o acuden al trabajo con la misma
mentalidad que a una reunión de amigas (para cultivar la amistad o un hobby o para evadirse del
hogar por unas horas).

Por otra parte, cabe advertir que el trabajo de la mujer fuera de casa, superadas las deficiencias
que acabo de citar y otras, cuando se realiza con responsabilidad, competencia y afán de servicio,
sin desatender la dirección del hogar, puede aumentar su prestigio ante los hijos.

Se tiene prestigio con los hijos por el interés con que se sigue su trabajo, principalmente sus
estudios. No me refiero a sus estudios en el hogar —en los que a veces los padres llegan a ser, de
hecho, profesores particulares excepto en los casos en que buscan un profesor particular—, sino a
su lugar habitual de estudio —es decir, de trabajo—: el centro educativo. Los padres que desean
mantener o mejorar su autoridad-prestigio no debieran descuidar este aspecto de la cuestión;
deberían preguntarse: ¿visito su lugar de trabajo —el centro educativo y, en particular, el aula o
las aulas en que se desarrolla su actividad laboral—? ¿Hablo con los profesores? ¿Sé, exacta o
aproximadamente, cómo dirige cada profesor el trabajo de éste o aquél hijo? ¿Puedo aportar al-
guna información que sirva para mejorar la calidad del trabajo realizado? ¿Comparo mi trabajo y
el de mi hijo, como proceso, no como resultado? ¿Llegará a ser tan bueno o mejor profesional que
yo?

Así enfocada la cuestión, la conversación de padres e hijos sobre el trabajo no se reduce a unas
vagas exigencias en función de unos vagos e idealizados recuerdos de lo que nosotros hacíamos a
su edad —es decir, a unos quehaceres de niños de hoy y de ayer—, sino el trabajo como ejercicio
de libertad responsable de personas humanas, aunque sean distintas la edad, las circunstancias y
algunos de los fines.

Los éxitos y las dificultades de los padres en su trabajo deben ser paulatinamente conocidos por
sus hijos —informados de ello en un clima de buen humor y de sentido deportivo— como un punto
de referencia para hablar los hijos de sus éxitos y de sus dificultades en su trabajo —en sus
estudios y, si la edad lo permite, en sus actividades laborales complementarias—.

Desprestigia a los padres en el ejercicio de su autoridad —mucho más de lo que se figuran—todo


intento, consciente o inconsciente, de puerilizar la educación —que paradójicamente es un proceso
de carácter vitalicio— o de puerilizar el estudio —tarea también vitalicia para quien desee ser, por
lo menos, un buen profesional—.

La ley de la unidad —que no tiene nada que ver con la ley del uniformismo— es la fuente principal
de prestigio en la relación educativa. Hay una serie de cuestiones en las que todo el empeño ha
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girado en destacar lo que separa y no lo que une. Por ejemplo, en el trabajo de los padres frente
al trabajo de los hijos. Pero lo mismo podría decirse de su proceso de mejora; de su preocupación
por los demás; de sus relaciones sociales; de su lucha interior; de su sobriedad de vida, etcétera.

La autoridad-servicio requiere de los padres un conocimiento profundo y sucesivo de los hijos. La


autoridad-prestigio requiere que los hijos conozcan mejor a sus padres en aquello mismo en que
ellos están luchando —estimulados por la autoridad paterna—: en su trabajo; en sus relaciones
sociales; en su vida de fe; en una serie de virtudes humanas; en su orientación profesional —que
es también, y aún dentro del propio trabajo, una tarea de toda edad, excepto para quienes se
hayan aburguesado profesionalmente—; en sus diversiones —entendidas en su sentido correcto,
amplio y positivo—.

Se tiene prestigio con los hijos también por el modo de cuidar las relaciones con los amigos. Los
padres que desean fomentar su autoridad-prestigio debieran hacerse algunas preguntas del
siguiente estilo: ¿procuro no hablar mal de nadie?; si no puedo alabar, ¿me callo?; ¿defiendo la
buena voluntad de mis amigos —porque me consta—, sin alargar mi defensa a cuestiones de tipo
técnico o de tipo decisorio en las que pueden haber cometido errores?, ¿soy persona que vive la
lealtad?; ¿persona de la que se pueden fiar los demás?

Si a estas preguntas —o a otras similares— se contesta negativamente, un padre o una madre


corre el serio peligro de desprestigiarse ante sus propios hijos. Es lógico. Si los hijos captan su
apreciación injusta con los demás deducen, consciente o inconscientemente, que lo mismo harán
con ellos en alguna ocasión. Al menos, su autoridad queda en entredicho.

Es quizá —para quienes desean mantener su autoridad-prestigio— un aspecto central de su lucha


interior para mejorar. Si se trata de personas que tienen fe deben saber que «la humildad es la
virtud que lleva a descubrir que las muestras de respeto por la persona —por su honor, por su
buena fe, por su intimidad—, no son convencionalismos exteriores, sino las primeras manifes-
taciones de la caridad y de la justicia»3. Y si no respetan así a los demás —sean o no amigos
suyos— tampoco vivirán la caridad —el cariño— y la justicia con sus propios hijos en cuanto las
cosas no marchen a su gusto. De algún modo, los hijos lo intuyen. Otras veces, se limitan a
comparar el sentido de la amistad en sus padres y en gente joven, y los adultos pierden con
alguna frecuencia.

Han sido señalados tres ámbitos de esfuerzo por mejorar —tres áreas en que es posible ganar en
prestigio—: el propio modo de ser en general y, particularmente, en la familia; el modo de re
accionar ante el propio trabajo y el de los hijos; el modo de comportarse en las relaciones
sociales, especialmente con los amigos.

También se gana prestigio con los hijos dedicando algún tiempo a saber más acerca de la edu-
cación familiar. Algunos padres pueden pensar lo contrario, a saber: que sus hijos dudarán de su
valía cuando vean que necesitan recibir lecciones de otras personas en lo que se refiere al modo
de educarles a ellos. Pensar así sería creerse infalibles a los ojos de los niños o encerrarse en el
orgullo de no reconocer sus propios límites o no distinguir entre un supuesto poder y una
autoridad real.

Pero también sería erróneo creer que saber más de educación familiar significa leer libros sobre el
tema —hay muchos e, incluso, algunos buenos— o asistir a ciclos de conferencias o, en general,
recibir lecciones.

Las conferencias sirven para sensibilizar respecto a una problemática o para introducir en un área
de estudio, pero no son un método aconsejable de trabajo para quienes, a partir de su experiencia
personal, quieren saber más. Hay algunas cuestiones de fondo en las que la conferencia puede ser

3
J. ESCRIVÁ DE BALAGUER: Es Cristo que pasa, Ed. Rialp, Madrid, 1974, 8ª edición, Págs. 159-160.
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ventajosamente sustituida por la nota escrita. Hay otras muchas cuestiones en las que resulta
inadecuada, porque no se trata de informar en una sola dirección, sino de dialogar metó-
dicamente, aportando ideas —unos y otros— basadas en la experiencia y en la reflexión personal.
Me estoy refiriendo, por ejemplo, a cursos de orientación familiar con metodología participativa —
que están realizándose cada vez en mayor número en nuestro país, y en otros muchos—.

La orientación familiar se encuentra en un momento de pleno desarrollo. Naturalmente, los padres


se encontrarán con dos escollos a la hora de participar en uno de estos cursos: a) con personas
cuya preparación —científica o de contenido y metodológica o de comunicación— es muy defi-
ciente, porque embarcadas en la acción se han olvidado qué significa un perfeccionamiento profe-
sional continuo —un estado de reflexión—; b) personas que, teniendo un cierto dominio de las
técnicas y siendo víctimas y hasta portavoces de una confusión doctrinal generalizada, aprovechan
la orientación familiar para desorientar en cuestiones de fondo.

Cuando los padres poseen esa salud del entendimiento llamada sensatez, su olfato les permite
captar algunas incongruencias que les ayudarán a no aceptar indiscriminadamente cualquier tipo
de planteamientos mal llamados de orientación familiar.

La autoridad-prestigio se mantiene y se incrementa en el esfuerzo personal, en cuestiones y hasta


en ámbitos aparentemente ajenos al tema de la autoridad. En general, la autoridad-prestigio del
educador se apoya en su constante empeño de seguir educándose, poniendo en ello —diariamen-
te, en zonas prioritarias de lucha— esfuerzo personal. «El esfuerzo es, en definitiva, lo heroico en
la vida cotidiana»4.

Un padre de familia, en el ejercicio de su autoridad, encontrará suficientes dificultades —supuesto


su prestigio y su afán de servicio— para seguir esforzándose. Y «cuando le falten las dificultades
en su contorno, las ha de encontrar en sí mismo, en esa necesidad vital, entrañable, de ser más
perfecto, que siente todo hombre cuando no se degrada en la molicie y se disuelve en una quietud
conservadora»5.

Autoridad condicionada

Si la autoridad consistiera sólo en una especie de cualidad personal o fuera únicamente el


resultado de un esfuerzo personal, en ámbitos diversos, que prestigia y que, mediante ese
prestigio, sirve a la educación de la libertad de otros, cabría esperar siempre éxito. Pero la
autoridad es una relación en la que, por lo menos, han de ser considerados tres elementos: a) los
padres; b) los hijos; c) el ambiente. Por lo tanto, a pesar del esfuerzo personalizado por hacerla
mejor los resultados pueden ser inferiores a lo esperado.

El que la autoridad sea también una relación no quita ningún valor a cuanto se haya dicho sobre el
prestigio y el afán de servicio. Por el contrario, sin ese permanente estado de lucha para mejorar
personalmente, los padres abordarían en pésimas condiciones los problemas que esta relación
implica.

Pudiera decirse de otro modo: la autoridad de los padres es una autoridad condicionada por sus
propias limitaciones, las de sus hijos y las del ambiente.

Cada cónyuge, en el ejercicio de su autoridad se encuentra con una serie de limitaciones internas
que, indudablemente, le perjudican. Pueden faltarle reflexión, decisión, oportunidad,
perseverancia, generosidad o cualquier otra cualidad necesaria, en cierto grado, para que su
autoridad no sea condicionada.

4
J. J. LÓPEZ IBOR: Rebeldes, Ed. Rialp, Madrid, 1966 (2ª edición), Pág., 121.
5
Ibídem, Pág. 120-121.
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Por si fuera poco, el otro cónyuge puede ofrecer una serie de limitaciones personales,
complementarias o no de las anteriormente citadas. La autoridad resulta así doblemente
condicionada, antes de entrar en la relación autoridad-obediencia.

Cada uno de los cónyuges puede estar luchando, con mayor o menor fortuna, en los ámbitos en
que se gana o se pierde la autoridad-prestigio. Por esta vía podríamos encontrarnos con dos
autoridades prestigio en competencia: la del padre y la de la madre.

La autoridad-servicio debe gastarse, en primer lugar, en fomentar el prestigio del otro cónyuge.
Cualquier delicadeza es poca en este sentido. Hay silencios inoportunos. Hay sugerencias que
ayudan a los hijos a descubrir valores en su padre o en su madre que les habían pasado
inadvertidos. Hay cosas dichas como de paso que ayudan a quererse más, es decir, a establecer
una base más sólida para el ejercicio de la autoridad.

Aprovechar toda ocasión para destacar, discretamente, en una conversación privada con cada
hijo, los puntos fuertes del otro cónyuge es una forma de potenciar la autoridad del otro. De un
modo sugerente: —«Te has fijado en...?». Y, a continuación, pasar a otra cosa.

Esta potenciación de la autoridad del otro cónyuge sólo es posible cuando puede hacerse since-
ramente, sin mentir, ni siquiera sin exagerar. Ello supone un buen conocimiento mutuo a partir,
en cada cónyuge, no sólo del amor, sino también del optimismo, de la confianza y del afán de
mejorar. Se supone también en ambos afán de servir, no de dominar. Y, por supuesto, un deseo
eficaz de respetar y de respetarse.

Hay algo muy perjudicial para el ejercicio armónico de estas dos autoridades —la paterna y la
materna—: me refiero al afán de dominio en uno de los cónyuges o a la lucha por el dominio en el
ámbito de las relaciones conyugales. Cada cónyuge debe reflexionar acerca de esta tendencia a
dominar —o, en algunos casos, a ser dominado—. Hay personas que tienden a dominar como
reacción al temor de no ser respetadas.

La autoridad de los padres está condicionada por esta doble fuente de limitaciones personales.
Además de que uno y otro se propongan seriamente superar —intentarlo, al menos— algunas de
sus limitaciones, se trata de ponerse de acuerdo acerca de cómo y para qué educar a los hijos y,
en consecuencia, de cómo armonizar, con su prestigio —en parte, común; en parte,
complementario—, las autoridades paterna y materna en servicio de una mejor educación de cada
hijo.

La autoridad de los padres viene condicionada por la existencia de otras personas con autoridad
respecto a esos hijos. Por ejemplo, los profesores. Hay profesores que tienen más autoridad sobre
sus alumnos que los padres de esos alumnos.

En teoría puede decirse que los profesores son delegados de los padres o, más bien, colaborado-
res cualificados. De hecho, serán colaboradores si existe colaboración centro educativo-familia.
Esta colaboración, centrada en tareas concretas de orientación familiar, de gestiones, de
orientación profesional, etc., sirve, respecto al tema que estamos tratando, para establecer
objetivos educativos comunes y, de este modo, armonizar el ejercicio de la autoridad de unos y de
otros. Sirve también para comprobar en qué se basa cada autoridad- prestigio y hasta qué punto
existe, en cada caso, autoridad-servicio.

Hay muchos centros educativos, hoy, que resultan atractivos a los padres, porque en ellos se
ejerce claramente una autoridad-servicio, aunque no sea óptima la calidad técnica de la docencia.

Hay muchos centros educativos que promueven la colaboración con las familias con una perspec-
tiva cuasi-heroica. Hay centros de reciente creación en que esa colaboración se exige a los padres
como una condición necesaria para aceptar el ingreso de los hijos.
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Es un tema —el de la colaboración entre ambas instituciones educativas— en el que nunca se


insistirá bastante. Bastaría observar que, en ausencia de colaboración, siempre se produce
enfrentamiento, consciente o inconscientemente. Los padres enfrentan a alumnos y profesores.
Los profesores enfrentan a alumnos y padres.

Hay centros de enseñanza o, en otros casos, profesores que utilizan su autoridad-prestigio para
otros fines bien alejados de un servicio de mejora. Por ejemplo, para enfrentar a hijos y a padres
en nombre del respeto a la libertad; para organizar una exhaustiva y erótica información sexual,
llevada a extremos inadmisibles para el más despreocupado de los padres; para hacer perder la
fe.

La autoridad de los padres resulta condicionada en este caso a un nivel intermedio entre la ar-
monización de autoridades incidentes en la misma persona —el hijo— y los condicionamientos am-
bientales.

Aparte de lo que veremos más adelante respecto a la relación autoridad-virtudes, convendría


poner de relieve la necesidad de que los padres procuren contrarrestar, de algún modo, este
condicionamiento intermedio entre la familia y la sociedad. Es insensato a todas luces dejar que
un centro educativo no sólo no colabore, a veces, en el proceso de mejora de los hijos sino que,
en ocasiones, esa mejora resulte gravemente entorpecida.

Si los padres en cuestión son cristianos, podrán contrarrestar esas influencias negativas
fomentando en sus hijos las virtudes cristianas, viendo en cada caso cómo educar —con el
ejemplo y con la palabra; con el estímulo y con la información adecuada— cada virtud (o, al
menos, algunas de ellas). Su amor de padres, su experiencia reflexionada, su sentido común y su
sentido sobrenatural les permitirá actuar oportunamente, poniendo al alcance de sus hijos los
medios sobrenaturales y humanos para vencer frente a las dificultades —a la desorientación— que
encuentren en cada caso.

La autoridad de los padres encuentra dificultades peculiares en los medios urbanos, en buena
parte relacionadas con la ley del suelo y con las improvisaciones urbanísticas. La ciudad, aquejada
de imprevisión en su desarrollo, construida a partir de móviles ajenos a su función primordial de
convivencia, se gobierna con un cierto desconocimiento de las necesidades de su recurso humano
y con un cierto olvido, en concreto, de la educación familiar.

La autonomía y la autoridad requieren un marco adecuado de intimidad familiar. Son muchos los
factores que influyen en la protección y en la educación de la intimidad, pero no es la vivienda el
menos importante, si la consideramos como proyección espacial de la intimidad. «Vivir con otras
personas, en la misma casa, es, por consiguiente, vivir en otras personas, compartir la intimidad.
Considerando la casa desde este punto de vista como proyección espacial de la intimidad, se echa
de ver que cuidar el buen aspecto interior de la misma —la decoración, la limpieza, el orden, et-
cétera— es eo ipso cuidar el carácter armónico y acogedor de la propia intimidad. Cuidar la casa
en forma que resulte acogedora para los demás tiene el mismo sentido que el esfuerzo ascético
encaminado a obtener una intimidad armónica y grata para el prójimo. Así, el carácter hosco y
cordial, armónico o distorsionado, suave o estridente de la propia intimidad se proyecta
especialmente en la disposición acogedora o fría, armónica o desordenada de los elementos
decorativos y funcionales de la vivienda. Cuando alguien ha decorado y amueblado personalmente
su casa ha realizado, de un modo más o menos perceptible, un test proyectivo»6. Por tanto, la
vivienda está relacionada con el desarrollo de la intimidad personal de cada uno de los miembros
de una familia. Puede contribuir la vivienda a ese desarrollo en función de su exterior y de su
interior. El interior —como se advierte en la larga cita del profesor J. Choza— depende, en buena

6
J. CHOZA ARMENTA: “La supresión del pudor, signo de nuestro tiempo”, en Rev. Nuestro Tiempo, núms. 205-206,
julio-agosto, 1971, Págs. 9-10.
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parte, de cómo sea la propia intimidad de cada cónyuge. El exterior depende de otros muchos
factores, en gran parte ajenos a la educación. Me gustaría, sin embargo, insistir en la importancia
del interior de la vivienda como situación material óptima de relación humana, y como vehículo de
influencia en la relación padres-hijos.

La autoridad de los padres resulta condicionada por la vivienda. En otras palabras, el ejercicio
óptimo de la autoridad de los padres se realiza en una situación óptima de vivienda, en la que
padres e hijos se encuentran a gusto: en familia. Pero la vivienda agrupa, normalmente, una serie
de condicionamientos de diverso tipo. Se trata, en general, de carencias ambientales, derivadas
de que las autoridades, los arquitectos, las empresas constructoras, los responsables del
crecimiento de la ciudad, etc., no siempre centran sus objetivos en la familia como entidad
educativa ni en la vivienda como protección de la intimidad familiar.

Por otra parte, muchas veces falta una intimidad familiar que proteger, porque uno o los dos
cónyuges no han cultivado su intimidad personal —muy relacionada, a su vez, con el desarrollo de
la propia libertad—.

El tema está muy relacionado con el pudor. Por otra parte, «la supresión del pudor es un signo de
nuestro tiempo, porque implica la supresión de la intimidad: la masificación, la disolución de la
persona»7.

La autoridad de los padres resulta condicionada —y hasta anulada— por esta falta de pudor y la
consiguiente falta de intimidad —en muchos de ellos y en los demás—. El problema debe ser
atacado aquí, en su raíz: en el cultivo y en el respeto a la propia intimidad y a la ajena. Y si «la
intimidad puede quedar protegida o desamparada en función del lenguaje, del vestido y de la vi-
vienda»8, es evidente que son tres aspectos a cuidar en la educación propia y ajena, mediante el
servicio de la autoridad y de la autoexigencia.

Si somos conscientes de cuanto supone la supresión de la intimidad personal en orden a la


degradación de la persona humana y, por el contrario, cómo esta intimidad, sólo si existe y se
protege puede ser educada, es decir, puede crecer y trascenderse, cada uno sacará consecuencias
respecto a la relación entre su autoridad-servicio y el lenguaje, el vestido y la vivienda.

La autoridad es condicionada por carencias ambientales (en relación con la vivienda, con la ciu-
dad, con los pueblos) unidas a deficiencias personales (falta de estilo propio, de gusto, inhibición
en la decoración y en la distribución interior de la vivienda, no distinguiendo zonas de intimidad
familiar, zonas de juego, zonas de visitas) y a algunas presiones ambientales (arbitrariedad, mo-
das, exhibicionismo, negocios relacionados con la vivienda).

Antes de seguir refiriéndonos a los condicionamientos de la autoridad paterna convendría hacer


notar que una autoridad condicionada no deja de ser autoridad, y en consecuencia debe seguir
ejerciéndose si los padres son conscientes de que es una influencia positiva y poderosa en el
proceso de mejora de los hijos. Las propias limitaciones, las del otro cónyuge, las carencias
ambientales, las presiones del ambiente, son condicionamientos cuyo conocimiento es necesario
para ser realistas, para saber cuáles son las principales dificultades; para establecer prioridades
en la lucha personal. Nunca para dimitir, ni para desanimarse.

Después de las propias limitaciones, si falta esfuerzo y afán de superación personal, y después de
la falta de armonía conyugal, el mayor condicionamiento de la autoridad de los padres lo consti-
tuyen las presiones del ambiente. Anteriormente fueron destacadas dos: la manipulación publicita-
ria y la escalada del erotismo, enlazada con ideologías de tipo materialista. No pretendo volver
sobre ellas ni tampoco referirme a un confusionismo de tipo doctrinal, desorientador y desconcer-

7
Ibídem, Pág. 19.
8
Ibídem, Pág. 7.
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tante para quienes no sepan que con todo ello se trata —desde la porno-teología hasta cualquier
tratado de mística socializante o de mística dionisíaca— de «conseguir la liberación purificadora
por disolución de la intimidad personal».

La autoridad de los padres es una autoridad rodeada de condicionamientos —algunos gravemente


perniciosos para la educación de los hijos—. Pero esta autoridad condicionada será eficaz si la
mueve un afán de servir y si los padres procuran mantener —y hasta incrementar— su prestigio
en su modo de ser, en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales y en su conducta
espiritual, por una parte, y si saben mantenerse vigilantes para no ser influidos negativamente,
por ósmosis, por esas presiones ambientales, que habrán de contrarrestar con su influencia.

Lectura L7

Crisis de autoridad

A nadie puede extrañar que hablemos de crisis de autoridad porque, en la actualidad constituye
un tópico, una estereotípica cultura, y no por eso menos verdadero. Hablar de crisis de autoridad
es algo que resulta tan obvio como hablar de lo mal que está el tráfico, una realidad, esta última,
bien percibida y padecida por todos.

Por consiguiente, no parece que estemos en situación de tener que demostrar que la autoridad
está en crisis. El hecho de que nadie quiera ser autoridad o quiera constituirse en autoridad es
otra afirmación de la que tampoco se puede dudar, y que abona, de manera evidente, la crisis a la
que nos referimos, aunque cabría realizar ciertas matizaciones. Sin duda, todo esto obedece a
algo. Entendemos que nuestro diagnóstico psicosocial es correcto y está bien hecho: hay una
crisis de autoridad en nuestra sociedad. Ésta es la causa de que la sociedad occidental se nos
ofrezca como un tejido deshilachado, como una especie de realidad invertebrada, como algo que
no funciona y se tambalea, amenazante en cierto modo, sobre nosotros.

Actualmente, no parece que haya ninguna institución social a la que, en alguna forma, no le esté
afectando dicha crisis. Existe en la universidad, en los gobiernos, en los partidos políticos, en la
administración de justicia, en el ejército, incluso en la Iglesia y también la hay en la institución
que aquí nos ocupa: la familia. En ella disponemos de un laboratorio personal y doméstico, al
alcance de todos donde estudiar y verificar —cuando no, padecer—cuanto aquí se afirma. Pocos
padres y madres de familia pueden hoy afirmar lo siguiente: “En mi casa puedo mandar;
realmente mando y se me obedece”. “Tengo y soy la autoridad en mi casa; mi hijo hace lo que yo
le enseño, oriento y dirijo”.

La autoridad, por otra parte, se nos aparece hoy como un concepto muy endeble, además de
desfigurado y casi roto. Esta tergiversación y resquebrajamiento de la autoridad tiene una causa
que, probablemente, muy pocas personas conocen y que casi nadie explica. No profundizaremos
en esta cuestión, que exige cierta extensión, porque nos interesa más hablar del tratamiento de
este problema que de sus causas. De todos modos, resulta insoslayable hacer cierta referencia a
su etiología. La causa de esta crisis de autoridad habría que datarla al comienzo de este siglo y
situarla en la Escuela de Franckfurt —fue en esta ciudad donde nació—, una escuela integrada por
sociólogos, psicoanalistas y filósofos alemanes que trató de hacer una síntesis entre el marxismo y
el freudismo (freudomarxismo), como dos jinetes que cabalgasen juntos sobre el mismo caballo.
Pertenecen a esta orientación personas ilustres con una poderosa influencia social. Éste es el caso,
por ejemplo, de Eric Fromm, Marcuse, Adorno, Luckacks, Habermas, etc. Estos autores dedicaron
su esfuerzo, en principio, a estudiar el autoritarismo o, por mejor decir, la personalidad
autoritaria. Y en sus prolongadas investigaciones, parten de un error inicial: confundir la autoridad
con el autoritarismo, tal vez por contemplar aquélla desde la óptica del freudomarxismo. Al partir
de categorías marxistas y freudianas, construyen una teoría en la que quien manda, en realidad

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reprime y los que obedecen son siempre explotados. Por tanto, quien manda lo hace debido a su
personalidad autoritaria. Semejante concepción ha llevado a destruir la idea de autoridad, que
queda así confundida y desprestigiada.

Autoridad y personalidad

Al estudiar la personalidad de quienes mandan, estos autores llegan a la errónea conclusión de


que lo común a todos ellos es su pertenencia a un tipo psicológico bien definido: personalidad
autoritaria. De aquí la explicación final que ofrecen: si la relación entre mandar y obedecer es tan
negativa que provoca un altísimo costo humano por parte de quienes obedecen, es porque,
sencillamente, el que manda tiene una personalidad autoritaria. Es más, probablemente, no se
trata de un asunto moral. Tan sólo, la personalidad de quien manda no es normal.

Estas teorías no se han visto confirmadas por la experiencia clínica. Hay, en efecto,
personalidades autoritarias, que deberían ser estudiadas y tratadas por los psiquiatras por ser,
algunas de ellas, realmente patológicas. Pero son muy poco frecuentes y, desde luego, en modo
alguno permiten sostener que la mayoría de las personas que detentan y ejercen una cierta
autoridad o están revestidas de ella son patológicas y deben consultar con un psiquiatra. Sin
embargo, la teoría hizo fortuna, llegando a instalarse culturalmente —como un tópico más—, en la
mente de muchos. Acaso por ello, son muy pocos los padres que hoy se atreven a razonar como
el del siguiente ejemplo:

“He estudiado detenidamente este problema y, en mi opinión, lo que hay que hacer es esto.
También tu madre coincide en esta opinión. Queremos oír tu parecer. Si después de dar tus
razones no cambiamos de opinión, esto debe hacerse”.

En el ámbito de la empresa, quienes mandan, tampoco se atreven a gobernar y a tomar


decisiones, en muchos casos, sino que parecen haber dulcificado su discurso de forma innecesaria.
¿Qué sucedería en un ejército en que el que está al mando de la operación y ha de determinar la
estrategia que es preciso seguir en un combate, pensara que si él y sus oficiales tomaran una
determinación serían considerados como explotadores? ¿Deben abrir un turno de consultas entre
sus soldados? ¿Tendrían que preguntarles si creen que desde tal punto puede alcanzar otro punto,
con la batería número cuatro, para realizar una maniobra envolvente por la derecha y llegar con
éxito a la meta establecida? Supongamos que sus subordinados contestan que no, que hay que
andar mucho. ¿Deberían asumir quienes mandan que es conveniente la entrega de ese fortín al
enemigo, sólo porque ésta sea la voluntad popular de los que debieran obedecer? Aunque esto
parezca un poco caricaturesco, ¿se ganaría así una guerra? ¿Para qué serviría un ejército en el
que la autoridad, la relación mandato-obediencia, se viviera de esta forma?

Pero detengámonos en un ejemplo más cercano y, sobre todo, más real. ¿Qué hacen los padres
los viernes por la tarde cuando su hija quinceañera les anuncia que se va de “reventón”? Ella ha
decidido que se tiene que ir con sus amigas porque —he aquí la razón intelectual y de
conveniencia aducida—, “todas mis amigas van”. Además, ella no puede ser "rara”, ni ser
considerada como una chica que no es “moderna” y que está dominada por sus padres. Tiene que
ir porque, de lo contrario, no sería normal, sino diferente de sus amigas. Por otra parte, hay que
relacionarse y estar con la gente porque si no, qué va a ser de ella en el futuro.

¿Qué padres se atreven a imponer un horario sensato a sus hijos? Y de atreverse, cosa que parece
conveniente, es probable que se genere más de un conflicto. Tenemos la impresión de que, cada
semana, el viernes por la tarde no se convierte en uno de los momentos más felices en muchas
familias debido a la situación que provocan la exigencia de los hijos en este terreno y la ausencia
de autoridad en sus respectivos padres.

Las raíces lejanas de este modo de proceder —a pesar del injusto y escaso prestigio que tiene hoy

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la filosofía— están en la confusión filosófica entre autoridad, autoritarismo y personalidad
autoritaria. La autoridad es un concepto tergiversado —asemejado al de autoritarismo—, que se
ha afianzado entre la gente joven, expresándose a través de términos... que, en el argot juvenil,
tienen un significado descalificador: “ruco”, “viejo”, “obsoleto”, “facha”, etc.

En consecuencia, muchos jóvenes están hoy padeciendo la crisis de autoridad de sus padres. La
falta de autoridad está generando algo paradójico, algo que precisamente se quería prevenir: la
aparición y generalización de trastornos de la personalidad. La ausencia de autoridad en los
padres suscita o facilita, en ciertos casos, la emergencia de conductas anómalas en los hijos.
Cuando en una familia no hay autoridad, la personalidad de los hijos se resiente. Y, lo que es
peor, puede sufrir graves deterioros la propia dinámica familiar, el contexto axiológico de la
familia, la personalidad de los padres y las trayectorias biográficas de los cónyuges y de sus hijos.
Cuando hay crisis de autoridad en la familia, inicialmente, los que sufren son los padres, porque —
según dicen— sus hijos les hacen sufrir. Pero a mediano y largo plazos, quienes más sufren son
los hijos, porque su desarrollo es frustrado y la formación que reciben deficiente.

Por consiguiente, hay que afirmar que allí todos los miembros de la familia sufren
innecesariamente cuando los padres se desentienden de la satisfacción de las exigencias de
autoridad que les compete ejercer por naturaleza.

¿Puede afirmarse que el concepto de autoridad ha desaparecido absolutamente? Ciertamente, no.


Es verdad que la crisis de autoridad es un tópico, como ya hemos indicado con anterioridad. Pero
no es menos cierto que también hay tópicos en sentido contrario, que, en la actualidad, tienen
plena vigencia social.

Veamos un ejemplo cualquiera. Supongamos la llegada de un forastero a una pequeña ciudad


minera que desconoce por completo. Para informarse de lo que ignora llama la atención de un
transeúnte. “Oiga usted —le dice—, tengo un problema y es que quisiera conocer dónde se
encuentran los mejores yacimientos de plomo de esta tierra. ¿A quién podría yo dirigirme para
que me informase?”. “¡Ah!, esto don Juan le contestará. Esto se lo va a arreglar don Juan. Don
Juan es una autoridad en esta materia”.

Ser una autoridad en una determinada materia significa que esa persona sabe mucho de esa
materia, que tiene mucha experiencia personal, que es muy interesante su consejo, que lo que
diga es muy conveniente seguirlo, que en la mayor parte de los casos su información es acertada.
En una palabra, que lo mejor es ponerse en sus manos con toda confianza, porque lo que diga don
Juan es lo que conviene hacer.
Lo mismo sucede incluso entre los jóvenes rebeldes de 14 o más años1. También ellos muestran la
necesidad que tienen de encontrarse en sus vidas con personas que —independientemente de ser
o no autoritarias— tienen autoridad.

Acudamos a las personas cultas o menos cultas, a la gente mayor o a la gente más joven; el
concepto de autoridad ha tenido perennemente y tiene una gran vigencia social, incluso en la
sociedad de hoy. Por eso, más allá del tópico de las crisis de autoridad y de su errónea confusión
con el autoritarismo, hoy como ayer, la necesidad de la autoridad es un hecho irrenunciable, tanto
para los jóvenes como para los que comienzan a no serlo.

1
Supongamos que un chico quiere aprender algo de computadoras porque, por ejemplo, lo motivan mucho y
ustedes k envían con una persona que es una gran autoridad en esa materia. Si es así, su hijo estará encantad de
consultarlo y seguir sus indicaciones, porque esa persona es una autoridad en el manejo de computadoras. Pero
ese hijo se sentirá defraudado si ustedes lo envían con una persona mediocre que sabe muy poco, que no sabe
comunicar o que conoce o, sencillamente, que no es una autoridad en ese concreto ámbito profesional. Un chico de
quince años rápidamente lo detecta y lo rechaza.
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De otra parte, no hay que tener excesivas precauciones ante las crisis. El término crisis —que
tanto se ha pregonado—, lo único que denota es que la autoridad es un concepto mal conocido —
por eso está en discusión—, y cuya verosimilitud es, tal vez, incierta a los ojos de ciertas personas
ignorantes. Ante la inseguridad de los padres respecto del alcance de su autoridad no deberíamos
insistir en las dudas, sino, al contrario, potenciar el rearme moral de la familia que se fundamenta,
robustece y vertebra en ella precisamente.

Supongamos que un chico quiere aprender algo de computadoras porque, por ejemplo, lo motivan
mucho y ustedes lo envían con una persona que es una gran autoridad en esa materia. Si es así,
su hijo estará encantado de consultarlo y seguir sus indicaciones, porque esa persona es una
autoridad en el manejo de computadoras. Pero ese hijo se sentirá defraudado si ustedes lo envían
con una persona mediocre que sabe muy poco, que no sabe comunicar lo que conoce o,
sencillamente, que no es una autoridad en ese concreto ámbito profesional. Un chico de quince
años rápidamente lo detecta y lo rechaza.

Autoridad: ¿tener o ser?

Muchas veces ocurre que, al preguntar quién tiene autoridad en una determinada materia, se
contesta afirmando no quién la tiene, sino quién es la autoridad. El médico de un pueblo, por
ejemplo, es una autoridad en las cuestiones que se refieren a la salud de esa comunidad. No tiene
autoridad, sino que es esa autoridad. Eso significa que la autoridad hay que encarnarla, que no es
un rol, ni una vestimenta, y mucho menos una máscara que uno se pueda poner o quitar, según
cuáles sean las circunstancias. Por el contrario, ser una autoridad significa que uno está implicado
en aquello que hace, hasta el punto de vincular su propio ser en lo que dirige, determina, manda,
ordena, diseña, etc. Así pues, los padres son una autoridad para sus hijos o no son nada. Llegados
a este punto, resulta muy conveniente y necesaria la distinción entre tener y ser, porque hay
personas que tienen autoridad de función, pero no son una autoridad en aquello que realizan. Se
supone que el director general de un ministerio es una autoridad en funciones que tal vez tenga
autoridad y que, probablemente, no sea una autoridad. En el momento en que haya crisis y
cambien de ministro y los directores generales sean sustituidos por otros, dejará de ser una
autoridad, acaso porque nunca lo fue. Lo único que ha ocurrido es que le han quitado lo que, en
realidad, no tenía porque no era, como si la autoridad pudiera darse o quitarse desde fuera.

En cambio, si ese director general es una autoridad, continuará siéndolo aunque abandone el
cargo, y a pesar de haber perdido la autoridad que tenía. En ese caso, lo único que se pierde es la
autoridad de función —de funcionario—, pero jamás la autoridad que es.

Los padres, para centrarnos todavía más en el tema, no tienen autoridad sino que, por ser padres,
son, o deberían ser, una autoridad para sus hijos. Pero es importante que además de serio,
tengan autoridad, es decir, la ejerzan y manifiesten. La voz autoridad viene del latín, auctoritas,
término que procede del verbo augere, que se puede traducir como el que hace, el que obra, el
que sostiene, el que acrece, el que promociona, el que lleva, el que incrementa, el que auspicia, el
que desarrolla. Y todas esas acciones son funciones naturales que compete realizar a los padres.
Nótese que autoridad tiene que ver con autoría; los padres son, qué duda cabe, autores —aunque
no completos ni independientes—, de las vidas de los hijos que ellos engendraron.

En las líneas que siguen, vamos a hablar más del “tener” que del “ser” de la autoridad de los
padres. Por el hecho de tener un hijo, la persona es constituida en autoridad. Frente a ese hijo los
padres son autoridad, pero, a veces, por esta importante crisis de autoridad que ahora
padecemos, los padres no se atreven a tener autoridad. Puede haber también miedo a los hijos,
pero ese miedo no es el más importante. Mucho más relevante es el miedo de los padres a lo que
supone tener autoridad. Ser autoridad significa exigirse mucho a sí mismo. Y hay algunos padres
que no están dispuestos a ello, no quieren esforzarse y correr ese riesgo.

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El miedo a la autoridad

El miedo a la autoridad se concreta en los padres, fundamentalmente en tres aspectos:

1) Porque tienen miedo y está mal visto socialmente. Hay crisis de autoridad y el padre no
quiere ir a contracorriente y convertirse en la persona que, de acuerdo con sus
convicciones, realmente es.

2) Porque tienen miedo a los hijos. Esta es la razón más común y aburguesada. Algunos
padres no quieren tener conflictos con sus hijos. Prefieren ceder una y otra vez, con tal de
que “los dejen en paz”. La paz así obtenida es una pobre, endeble e injusta paz, que casi
siempre preludia el estallido de una guerra familiar.

3) Porque tienen miedo a sí mismos y a lo que han de exigirse para llegar a ser los padres
que quieren, deben y pueden ser. Esta es la razón más escondida y silenciosa y quizás,
también, la más traicionera.

Inicialmente, renunciar a la autoridad cuesta muy poco. Por el contrario, ser y tener autoridad en
la familia cuesta mucho, muchísimo. y ese costo, aparentemente, puede parecer que no
compensa.

Pero, sin una cierta exigencia personal, ¿cómo será posible encarnar los valores que se quieren
transmitir a los hijos? Y si no se viven día a día, ¿con qué autoridad les exigirá lo que no es capaz
de exigirse a sí mismo? Ciertamente, de esta capacidad de autoexigencia personal adolecen
muchos padres hoy. No sólo tienen miedo a que la sociedad o sus hijos los rechacen,
calificándolos de padres autoritarios y tiranos. Tienen miedo, sobre todo, a librar “una batalla
campal” —como suelen decir—, con uno de los hijos o de las hijas. Y a esto se une el miedo a la
auto exigencia personal. He aquí las verdaderas razones del miedo a la autoridad.
Si un padre quisiera caer simpático a todos y cada uno de sus hijos, en todos y cada uno de los
minutos de la vida que conjuntamente viven, sería un pésimo padre, se transformaría en un mal
“padre político”. Pero un “padre político” —nada tenemos contra los padres políticos por
parentesco, naturalmente—, no es el padre del que tienen necesidad sus hijos. Además, los
“padres políticos” —es decir los auténticos padres que abdican de su paternidad—, se transforman
muy pronto en políticos que hacen de padre, lo que es todavía peor. Con tal de que no haya
“batallas campales” ciertos padres —aquí incluimos también a las madres, eternas diplomáticas
pacificadoras— deciden, no un armisticio, sino perder la guerra, una guerra ésta en la que sólo
hay perdedores: los padres y los hijos. Los primeros porque no educan; y los segundos, porque no
son educados. He aquí el resultado al que, al fin, conduce el miedo a la autoridad.
La crisis de la autoridad vertical

La crisis de autoridad vertical es la que acontece en una sociedad monárquica, en una sociedad en
la que gobierna una sola persona. En ese caso, entre el que gobierna y el gobernado, el que
manda y el mandado, el que tiene la autoridad y el que se sirve de ella, se produce una
aproximación dialéctica que problematiza la cuestión de la autoridad. El discurso, especialmente
entonces, se verticaliza. Este tipo de crisis de autoridad tienen mucho que ver con la lucha de
clases, pues el que manda y el que obedece constituyen dos clases sociales aparentemente en
lucha. Según esto, el primero sería quien explota y el segundo el explotado. Esa misma fue la
dialéctica desde la que se estudió la personalidad autoritaria, a la que nos referíamos al comienzo
de este capítulo. Observada en profundidad, aquí sólo aparecen un superior y un inferior, uno que
tiene el poder y otro que no tiene poder alguno.

Efectivamente, el padre dispone, manda, cambia de coche, compra, indica en qué ciudad se vive,

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es decir, se ofrece a la consideración del hijo como alguien absolutamente omnipotente. El hijo es
el que lo sigue en todo lo que él decide: “Ahora vas de cambiar de colegio; este año nos vamos a
Chihuahua”. Visto así, quizá tenga razón, pero, en realidad, no es así. Y no es así, porque un
padre no decide, cada día, una cosa distinta, en función sólo de su gusto, de su placer.

La mayoría de los padres son muy sacrificados. Y ésa es la autoridad que vale frente a los hijos.
“Abrir el ojo” cada mañana y saber que tiene tres o cinco bocas detrás que alimentar, ¡menuda
responsabilidad! Es muy raro que un padre determine cambios radicales y continuos en su familia,
la casa, la escuela, el trabajo, etc., es decir, en su circunstancia, sólo porque le da la gana. Entre
otras cosas porque todos esos ámbitos son muy resistentes al cambio y no resulta nada fácil
modificarlos. Por eso, la mayoría en absoluto se conducen así.

Sin embargo, no está tan claro que el padre tenga toda la autoridad y todo el poder y que el hijo
no tenga nada. Entre otras razones, porque las responsabilidades paternas para con la familia,
incluso las cotidianas, son cualitativamente de distinto rango que las de los hijos. El hijo tiene
poder —y mucho—. Tanto es su poder, que se ha hablado, con toda razón, de que estamos en la
era del filiarcado. No hay proporción alguna entre la dedicación de los padres y las exigencias que
pesan sobre los hijos; entre la entrega de los primeros y la joie de vivre de los segundos; entre la
preocupación y ocupación de aquellos y el talante desenfadado y casi siempre lúdico de éstos. Es
preciso reconocer, frente a las quejas de los rebeldes sin causa, que la dependencia —esa pesada
carga que gravita, dirige a su manera y controla casi sin querer nuestro comportamiento diario—
no siempre se da por parte de los hijos respecto de sus padres. A pesar de tener que soportar de
éstos las injerencias que supone toda educación —y de, tal vez, sentirse dependientes de ellos—,
los hijos son explícita e implícitamente mucho más independientes que sus respectivos padres2.

Lectura L8

¿Como ejercer la autoridad?

Autoridad y autoritarismo

Es un hecho indiscutible que SE ESTÁ OPERANDO UN CAMBIO SOCIOLÓGICO PROFUNDO EN LA


SOCIEDAD, LO MISMO QUE EN LA FAMILIA.

Algunos llegan a preguntar: ¿subsiste actualmente la autoridad?

La solidaridad de grupo da apoyo a los adolescentes para tomar actitudes que en otras
circunstancias no hubieran tomado; por ejemplo, dejar la casa paterna y vivir con amigos o
amigas que experimentan dificultades en el trato con sus padres.

Se habla con frecuencia de “EL CONFLICTO DE GENERACIONES” que siempre ha existido, pero
modernamente se ha hecho más difícil.

Siempre ha existido una dificultad en educar. Siempre la dificultad más grave para educar ha sido

2
En este sentido, nos vienen a la mente los Mandamientos de la Ley de Dios. El cuarto —por orden jerárquico,
inmediatamente detrás de los referidos directamente a Dios— establece el débito de los hijos para con sus padres.
Sin embargo, ninguno lo hace a la inversa de forma explícita —de los padres hacia los hijos—. Y no cabe duda que
Dios conoce la naturaleza de sus criaturas.
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EL DIVERSO ENFOQUE DE LA VIDA Y DE LOS VALORES entre un niño de diez años y un hombre
de cuarenta, entre un adolescente de catorce años y una madre de treinta y cinco.

Los intereses entre las dos generaciones de mayores y adolescentes son muy diversos, el sentido
de responsabilidad es distinto, los objetivos de la vida cambian para una y otra generación.

Por esta diversidad de puntos de vista ES INDISPENSABLE UNA INMENSA COMPRENSIÓN del niño
y del adolescente por parte de sus padres como educadores natos.

Jurídicamente, LA AUTORIDAD es el derecho legítimo a ser obedecido por razón del cargo que se
ejercita, y en la esfera de su incumbencia.

Esta autoridad jurídica tiene en los padres de familia un apoyo SUSTANCIAL por el hecho de la
paternidad y maternidad.

Puede darse el caso de que la autoridad legítima NO SEA RECONOCIDA EN LA PRÁCTICA y es


como si no existiera para los efectos de la educación. De ahí la gran importancia de que esa
autoridad jurídica esté FUNDAMENTADA también en cualidades verdaderas de los padres, re-
conocidas por los hijos; y así se llega a la AUTORIDAD REAL O PERSONAL.

La autoridad siempre será indispensable en el hogar. Un hogar sin autoridad reconocida es un


navío que va al garete y a punto de naufragar.

La herida más grave a la aceptación de la autoridad proviene del AUTORITARISMO, o sea, el


ejercicio de la autoridad, pero en forma despótica, irreflexiva y sin ningún amor. Un niño de
apenas diez años decía con gran sinceridad: “Me da mucho coraje que me manden a gritos y
entonces me resisto a obedecer”.

Y una adolescente de quince: “El día que cumplí quince años mi padre me dio una bofetada y se
me hinchó el labio. Yo sentía mucha vergüenza de que me vieran en la fiesta con el labio hinchado
y no podía evitar un gran resentimiento contra mi padre”.

Los abusos de autoridad desprestigian enormemente la misma autoridad y provocan, en


temperamentos fuertes, reacciones de violencia, amargura y rebelión.

Es verdad que la obediencia cariñosa a los padres se ha hecho mucho más rara, pero también es
verdad que en buena parte esa actitud se ha debido al autoritarismo de muchos padres de familia.
En situaciones de crisis lo más sensato es UN EXAMEN DE CONCIENCIA SINCERO para reconocer
los propios errores o las propias culpas y encontrar caminos de comprensión.

La autoridad como ayuda

La autoridad se valora en relación con las exigencias del fin que se pretende. El que conoce las
exigencias de su propia persona y es capaz de hacer les frente, es AUTORIDAD PARA SÍ MISMO.
Quien no ha llegado a este nivel, DEBE SER GUIADO POR LA AUTORIDAD DE OTRO.

La autoridad constituye un servicio que se presta a quienes quieren cumplir su destino. En la


educación tal autoridad no debe concebirse como sujeción humillante, puesto que su talento es
contribuir a una liberación de las limitaciones del niño o adolescente.

Se desprende de esto que la autoridad pedagógica no es fruto de la arrogancia o del afán de


dominio, sino que es consecuencia de LA SITUACIÓN PEDAGÓGICA. Porque donde hay dos
personas reunidas, si la primera necesita ayuda y la otra tiene los medios para darla, es evidente
que esta última es la autoridad. La autoridad debe ser considerada como una realidad que emana
naturalmente de las relaciones que surgen de personas que viven una situación concreta.
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La disciplina no proviene únicamente del exterior, debe ser acomodada a la necesidad


fundamental que tiene el interesado de poner orden en su vida y formar su carácter, porque está
llamado a responder de su vida, sin ser esclavo de caprichos o fantasías.

La autoridad debe a toda costa comprender las necesidades de los niños y no imponer cargas
superiores a sus fuerzas. Debe también tomar muy en cuenta las tendencias que el niño posee y
no se puede imponer algo que vaya fundamentalmente contra esas tendencias, pues se
desatarían, al imponer la fuerza, una serie de mecanismos anormales de defensa.

María Montessori, una gran educadora que ha abierto rutas muy positivas en la pedagogía
moderna, llegó a escribir: “En presencia del adulto, el niño se inclina a una obediencia que llega
hasta lo más profundo de su espíritu”.

“Pero si el adulto pide que, por amor a él, el niño renuncie a acciones que toda criatura ha de
ejecutar en virtud de reglas y leyes inmutables, entonces el niño no puede obedecer. Igualmente
se le podría ordenar que detuviera el crecimiento de los dientes. Los caprichos y arrebatos de
desobediencia no son en el niño otra cosa que un conflicto vital entre el impulso creador y el amor
al adulto que no comprende al niño. Cada vez que el adulto halla en el niño resistencia en lugar de
obediencia, debería pensar en este conflicto y comprender que el niño defiende algo que es de vi-
tal necesidad para su desarrollo. Jamás deberíamos olvidar que el niño desea obedecer y que le
gusta hacerla”.

El castigo
El castigo es el medio educativo más discutido y más complejo.

Para que realmente sea una ayuda benéfica para niños y adolescentes, debe ser impuesto por
AMOR y no por deseo de venganza ni para desahogar la cólera.

El castigo debe ser, ante todo, equitativo. Para ello es necesario conocer la naturaleza y el pasado
del niño, así como las circunstancias en las cuales ha mostrado debilidad. El castigo sólo será
equitativo si es adaptado al niño, a las circunstancias de la falta y a las particularidades de cada
situación.

Antes de imponer un castigo es indispensable ESCUCHAR al presunto culpable.

Puede haber atenuantes que cambien la gravedad de la falta. Dios es el gran pedagogo y, aunque
sabía perfectamente la realidad y la gravedad de la falta de Adán, sin embargo, QUISO ESCUCHAR
EL JUICIO QUE ADAN DABA DE SU PROPIA FALTA. “Adán, ¿dónde estás? ¿Por qué has hecho
esto?”.

Mientras un niño NO ACEPTA SU FALTA, aun cuando sea real, el castigo puede ser
contraproducente. Por tanto, es indispensable interrogarlo, escucharlo, valorar los atenuantes que
presenta y, sólo cuando conste de la realidad de la falta y de sus reales proporciones, imponer el
castigo.

Cuando quede una DUDA de que el niño ha faltado no debe imponerse un castigo, pues va de por
medio el prestigio de la autoridad. Si el niño en realidad no ha faltado o tiene un atenuante muy
importante de su falta, tomará el castigo como testimonio indiscutible DE LA INJUSTICIA DE SUS
PADRES.

Y si el niño está persuadido de que sus padres son INJUSTOS, difícilmente se abrirá a la obra
educativa.

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Los padres de familia que son buenos educadores, deberán procurar que la falta de un hijo o una
hija sea UNA FELIZ CULPA, es decir, una ocasión de facilitar una acción más profunda, un estímulo
a la autoeducación, un avance en sinceridad y humildad de parte del transgresor, una purificación
de relaciones entre el que faltó y sus padres. La actitud de los padres ante la falta de su hijo o de
su hija no debe ser la de un investigador policiaco que quiere conocer todos los detalles de la
acción, ni la de un funcionario burócrata que tiene que levantar un acta precisa, sino que tiene
que ser una actitud en la que SE PROCURA COMPRENDER LA SITUACION INTERNA de quien faltó
y una vez reconocida la falta y aceptado el castigo, se pretende COMPARTIR el sufrimiento del que
cayó y se procura iniciar un proceso constructivo de renovación espiritual.

Deben evitarse las humillaciones públicas como formas de castigo. Una humillación pública induce
al adolescente a creer que ha perdido su DIGNIDAD PERSONAL y si así juzga de la opinión de los
demás sobre él; ya no tiene ningún freno moral. Se precipitará voluntariamente en faltas más
serias, en actitudes altaneras, en provocaciones insultantes. Es el caso de un rebelde en guerra
declarada contra la autoridad de sus padres. En esas condiciones el adolescente NO VE, NO
PIENSA, NO REFLEXIONA, sólo quiere tomar una revancha de sus sentimientos heridos.

El castigo no puede ser EL MISMO para todos los niños ni para todos los casos. Para que el castigo
sea eficiente debe causar una vivencia desagradable. Hay adolescentes para quienes privarlos de
fumar un día constituye un gran sacrificio. Hay muchachas que sufren por llevar un tacón dos
centímetros más abajo de lo ordinario. Cuando las relaciones entre padres e hijos son muy
buenas, el saber que una falta HA DESAGRADADO PROFUNDAMENTE a sus padres y éstos se
muestran reservados contra el transgresor, éste lleva ya, con esta actitud de sus padres un CAS-
TIGO AUTENTICO y SALUDABLE.

Privar a los niños o adolescentes de una recreación muy ansiada, de un juguete esperado, de una
cantidad de dinero destinada a un legítimo gusto, son castigos razonables que pueden producir
efectos saludables.

El objeto del castigo es PREVENIR FUTURAS FALTAS, aunque también realizar una explicación por
la injusticia cometida o el orden alterado. Es muy educativo inducir a quien faltó a que PROMETA
no volver a cometer aquella falta. Estrechar la mano de sus hermanos o amigos con quienes peleó
es recomendable, siempre que se haga con sinceridad y no por formulismo u obligación impuesta.

Es pedagógico imponer castigos en los que se disminuye un poco su fuerza, y diríamos la estricta
justicia. A quien faltó como 80 es mejor castigarlo como 70 que no como 80.

Los castigos no deben prolongarse indefinidamente. Deben ser razonables en cuanto a tiempo. Y
una vez que se ha impuesto el castigo y se considera satisfecha la justicia, SE DEBE FIRMAR
SINCERAMENTE LA PAZ. Ya no conviene volver sobre el tema. Es un proceso ya terminado. Ahora
sólo hay que procurar EL OLVIDO.

El castigo corporal

Si todo castigo es discutido y complejo, con mucha mayor razón lo es el castigo corporal.

Los padres de familia deben comprender que el castigo corporal ES UNA FORMA INFERIOR DE
CASTIGO. Apenas permite variaciones y no utiliza el lenguaje que conviene a cada situación. Es
particularmente difícil para el castigado PERCIBIR AMOR EN LOS GOLPES QUE RECIBE.

El castigo corporal puede provocar resultados contraproducentes. La corrección corporal en una


atmósfera en que sólo se interviene de manera negativa, es la expresión de la disposición
educativa EQUIVOCADA de los padres. Supone muchas veces en ellos egoísmo y no amor.
Conduce al miedo, al resentimiento, a la agresividad y a la rebelión.

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Cuando los niños no llegan a los dos años de edad no son capaces de distinguir los peligros a que
están expuestos. En estas ocasiones puede aplicarse una CORRECCIÓN CORPORAL, v. gr. en la
siguiente forma:

Supongamos que el niño quiera tomar un cuchillo o acercarse a un objeto caliente que puede
quemarlo. La madre detiene al niño. El niño insiste varias veces en tomar aquel objeto. La madre
puede darle un ligero golpecito en las manos o en la mejilla. ES UNA CORRECCIÓN CORPORAL.
Sin embargo, no creemos que cause daño al niño, antes al contrario produce ventajas. Primero,
porque es una CORRECCIÓN PREVENTIVA, todavía no se ha cometido ninguna falta. Segunda, esa
forma de corrección no es necesariamente dolorosa ni perturbadora ni se ha realizado en un
acceso de cólera. No es un abuso de autoridad ni una manera de vengarse. Es una actitud
inspirada en el amor, pero al mismo tiempo es un reproche a la tendencia peligrosa del niño.

Si a un niño de dos años se le golpea porque quiere tomar un cuchillo, ¿qué se le hará cuando
escupa al rostro de su madre o de sus hermanos? Según el principio de que LA LETRA CON
SANGRE ENTRA, se podría llegar a dejarlo inválido y… tal vez a actuar como el rey Herodes con los
inocentes de Belén.

En general, el castigo corporal a niños menores de seis años no es recomendable.

El castigo corporal aplicados a niños de 7 a 12 años, puede tolerarse con las siguientes
condiciones:

Primera, que se hayan intentado otros castigos infructuosamente.

Segunda, que se apliquen sin estar dominados por la cólera.

Tercera, que el educador se esfuerce en persuadir al castigado, que aplica ese castigo, por AMOR.

“Me duele tener que castigarte, pero TENGO QUE HACERLO POR TU VERDADERO BIEN. SI NO TE
QUISIERA, dejaría que hicieras tu real gana. De ti depende que esto no se vuelva a repetir.
Tráeme la vara.”

Cuando el niño o la niña ha llegado a la adolescencia, DE NINGUNA MANERA HAY QUE APLICAR
CASTIGOS CORPORALES. Aplicar esos castigos es declararse vencido en la obra educativa. El
adolescente ha llegado a un avance muy elevado de razonamiento intelectual. Los medios de
convencimiento son LAS RAZONES. PERO DE NINGUNA MANERA LOS GOLPES.

El mejor método de desencadenar la rebelión, la violencia y LA PERSISTENCIA EN LAS FALTAS es


aplicar CASTIGOS CORPORALES a los adolescentes.

Lectura L9

Cómo se educa la libertad

Se educa, enseñando a pensar, a informarse, a decidir, a realizar lo decidido. Destacándose como


punto central la capacidad de decidir, porque la libertad se actualiza —más o menos—, según la
importancia de las decisiones tomadas.

El proceso de la decisión, aun cuando está perfectamente explicado filosóficamente, tiene algo de
inexplicable, de misterioso. Implica el desarrollo de otras muchas capacidades. No se sabe muy
bien qué es, en último término, aquello por lo que alguien decide algo. Por ejemplo: ¿por qué se
toman, a veces, decisiones con plena lucidez, a sabiendas de que lo decidido es una tontería o una

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locura?

Hay veces en las que no se puede elegir. Si la libertad sólo consistiera en elegir, el trabajo y el
servicio, por ejemplo, no podrían realizarse con libertad. Tanto en el trabajar, como en el servir:
no hay opción. No puedo elegir entre servir y no servir; trabajar y no trabajar; son alternativas
asimétricas. La elección es más compleja en cuanto requiere descubrir y sopesar cada alternativa
posible, en función de lo que se quiere.

No siempre se decide por vía de elección, también se puede decidir por vía de aceptación. Esta
supone, quizá, un mejor conocimiento de lo que está por conseguirse. Así hay cosas que es
necesario hacer, las cuales puedo realizar, o bien, como un esclavo, o bien como un ser libre. Las
realizaré con libertad si, teniendo suficientes motivos, acepto libremente llevarlas a cabo, es decir,
si obedezco lo que dicta el deber ser.

El acto supremo de la libertad es el amor, por eso, el amor sólo es posible desde la libertad; lo
que nos lleva a subrayar el binomio libertad-amor. Coinciden, entonces, en la aceptación: la
libertad, la obediencia y el amor.

Decir libertad, equivale a decir libertad responsable, ya que la responsabilidad es la madurez de la


libertad, y el amor es la madurez de la responsabilidad. Por lo tanto, el amor es el para qué de la
libertad.

Por eso, cuanto más se promueva y crezca la libertad, aceptando lo que el ser humano es, mayo-
res serán las posibilidades de la educación para el amor.

Educación de la libertad en las etapas de la vida


Durante las primeras etapas de la vida, los padres pueden sentar las bases de la educación de la
libertad, estableciendo una disciplina básica. Un mínimo de normas o reglas del juego, conocidas,
aceptadas y vividas por todos, que funcionen como canal por el que discurre, tanto la libertad de
los hijos, como la de los padres. Educar la libertad incluye el desarrollo de la virtud de la
obediencia pues un niño indisciplinado es mal candidato para el desarrollo de una libertad
auténtica.

La edad escolar, que corresponde de los 6 a los 12 años, es la etapa apropiada para iniciar, con
base en lo conseguido en etapas anteriores, la educación de la libertad propiamente dicha.

La razón es muy sencilla, ya que alrededor de los 6 años los niños adquieren el “uso de razón”, es
decir: son capaces de razonar con cierta lógica y, por lo tanto, pueden empezar a usar consciente
y voluntariamente su voluntad.

Para esto, es importantísimo que los padres, en todo aquello que no esté reglamentado, permitan,
animen y hasta empujen, si es necesario a los hijos a elegir y a decidir.

Hay que tomar en cuenta que la libertad es algo que se puede usar sobre la marcha. ¿Cómo
puede una persona aprender a decidir? Eligiendo o aceptando de manera similar a cómo se puede
aprender a nadar, nadando. Cuan importante es que los padres “den” una cierta libertad a los
hijos como condición indispensable para el aprendizaje de su libertad, de la misma manera que los
echen al agua para aprender a nadar.

Dejarlos decidir eligiendo o aceptando, supone ayudarlos a desarrollar estas capacidades


primordiales de la libertad humana. Pero además de eso, hay que enseñarlo a hacerlo, y ¿cómo se
puede enseñar a decidir, a elegir y aceptar para hacerlo bien? Enseñando a pensar, antes. Para
esto será muy útil que los padres dialoguen con sus hijos ayudándolos a calibrar las conveniencias

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de decidir en un sentido o en otro, en base en las propias posibilidades y también pensando en las
posibles consecuencias de cada decisión. Es muy útil ayudarles a que aprendan de la experiencia,
aceptando de las consecuencias que se derivan de sus decisiones, buenas o malas, y que ponen
de manifiesto su acierto o error. Saber usar la libertad no se limita a decidir, a elegir o a aceptar
sino que implica decidir bien, elegir bien y aceptar bien.

Para esto, hace falta enseñar a los hijos a distinguir lo bueno de lo malo y lo bueno de lo mejor, lo
feo de lo bonito, ya que no todo lo feo es malo ni todo lo bonito es bueno, animándolos a que
decidan siempre por lo mejor y no tanto por lo agradable, lo cómodo o lo fácil.

A todo esto lo podemos llamar «saber querer» que unido al «saber pensar» favorece el buen uso
de la libertad.

El aprendizaje de la libertad incluye necesariamente el desarrollo de la responsabilidad. De nada


sirve que los hijos decidan, elijan y acepten si luego no son capaces de responder de su decisión,
elección o aceptación.

Por eso, cuando el hijo pretende liberarse de las consecuencias de sus actos, los padres deben
ayudarle a cargar con ellas, siempre y cuando no suponga un grave daño.

Obviamente, conviene insistir una vez más, el ejemplo de los padres es muy importante para que
los hijos aprendan a usar su libertad respondiendo personalmente de sus actos.

Lectura L10

La actuación de los padres y las virtudes humanas

Educar bien a los hijos no significa conocer y utilizar muchas técnicas, sino poner mayor inten-
cionalidad en la actividad normal de relación humana en el hogar. Esta intencionalidad se basa en
las facultades específicamente humanas, o sea, el entendimiento y la voluntad. Los padres
querrán cosas para sus hijos, pero no basta con querer. La voluntad va siempre siguiendo al
entendimiento. Por sí misma, la voluntad es ciega. Es un apetito de lo que es bueno; una
tendencia a lo bueno. Pero mientras que el hombre no reconoce el bien por medio de su
entendimiento o razón, la voluntad no puede lanzarse a él1. La principal dificultad consiste en que
el hombre puede buscar algo que le sea dañoso, porque se le presenta como bueno para él. Por
eso hay que desarrollar el entendimiento y la voluntad simultáneamente. Incluso depende de ello
su felicidad, porque al reforzar estas facultades correctamente la persona se encuentra en mejores
condiciones para obrar el bien.

El hombre está hecho para conseguir la verdadera felicidad con la persecución del bien moral.
Como la inteligencia y la voluntad, las facultades humanas de que el hombre dispone para este
fin, son tendencias a la verdad, al bien universal, han de ser determinados a particulares actos de
bondad por medio de los hábitos. Las virtudes son hábitos buenos que perfeccionan las facultades
del hombre para conseguir la verdad y la bondad2.

Es decir, si el hombre desarrolla las virtudes, la razón percibirá el verdadero bien del hombre, y la
voluntad y el apetito sensitivo seguirán a la razón para el perfeccionamiento del hombre.

Por eso desarrollar las virtudes en uno mismo y educar a los niños en las virtudes es tan im-
portante.

1
Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Teológica, I-II, 9-9.
2
Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Teológica, I-II, 9-55.
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Los efectos de las virtudes

Se puede definir una virtud corno un hábito, operativo, bueno en contraste con el vicio que es un
hábito, operativo, malo. El desarrollo de las virtudes realimenta el entendimiento y la voluntad de
tres modos principales. Se trata de la firmeza, la prontitud y un cierto agrado.

En términos generales las virtudes tienen por objeto hacer al hombre corno debe ser. Las natu-
rales le hacen perfecto, simplemente como hombre. Las sobrenaturales le harán perfecto corno
hijo de Dios y heredero del cielo. Y, en este contexto, consideraremos lo que quiere decir estas
tres palabras en la práctica.

La firmeza significa que la virtud reafirma a la persona en lo que está haciendo, en estos «actos
de bondad» que hemos mencionado. Se encuentra más seguro de sí mismo por tener confianza de
que en su vida habitual se está provocando una mejora en sí mismo y en los demás. En
consecuencia, cuenta con zonas de estabilidad donde puede actuar sin dudar, únicamente
matizando aspectos de la calidad de lo que está realizando. La prontitud quiere decir que la virtud
crea una capacidad de obrar bien con más facilidad porque los actos aislados se han incorporado a
la misma persona, a su modo de pensar y obrar. Por tanto, deja libre el entendimiento y la
voluntad para profundizar más, para conseguir una mayor eficacia. Sin pensar tanto, sin
esforzarse tanto la persona decide, reacciona y actúa positivamente. Y, por último, la virtud
permite a la persona conocer, en parte, la felicidad; le permite obrar a gusto, con satisfacción.

Pero convendría comentar el gran peligro de estos hábitos: el que en lugar de ser virtudes lleguen
a ser nada más que rutina. Rutina porque los actos se acaban en sí, no tienen ninguna finalidad.
Tienen menos méritos porque la acción no está dirigida hacia un objetivo. Al vivir las virtudes
estaremos reforzando el entendimiento y la voluntad. Si estas facultades no aprovechan los
efectos del esfuerzo, la persona puede seguir actuando del mismo modo pero sin crecer en el or-
den natural y en el sobrenatural.

Para que se reduzca esta posibilidad habrá que contemplar con más profundidad y con frecuencia
el fin que se persigue y constantemente abrirse horizontes para que los actos que se realicen con
esfuerzo sean adecuados para estos fines y a las posibilidades personales de cada uno.

Los padres de familia, dijimos antes, necesitan obrar con un alto grado de intencionalidad. Y esto
supone atender a las virtudes en ellos mismos, en primer lugar, y luego como padres preparar a
sus hijos para el mismo proceso. El objetivo de los padres será «desarrollar una serie de virtudes
—hábitos operativos, buenos— en sus hijos». Pero ¿cómo se puede saber si ha habido desarrollo o
no? El grado de desarrollo de una virtud dependerá de dos factores: la intensidad con que se vive
y la rectitud de sus motivos.

Las virtudes y las edades

Es lógico que los niños pequeños no vivan las virtudes con un grado de desarrollo muy avanzado
porque, si el niño no tiene uso de razón hasta los siete años, más o menos, indudablemente los
motivos que tendrá para actuar serán «de poca categoría» en comparación con los motivos de un
adulto. Pero por eso no debemos considerar al niño como un adulto imperfecto, sino como una
persona que necesita una educación para poder llegara ser adulto.

Si el niño no es capaz de discernir, lo mejor que puede hacer es obedecer. Y al referirnos a esta
virtud para los niños no le quitamos ninguna importancia como virtud para los adultos. Sin
embargo, necesita aprender a discernir de acuerdo con su capacidad. Para aprender a discernir
necesita conocer y reconocer la realidad de las cosas y expresarlo. Por eso se tratará de educarle
en su capacidad no sólo de discernir, sino también de ser sincero, de ser veraz, reconocer y

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comunicar lo que aprehende, cuando sea conveniente, en lo relacionado consigo mismo y con los
demás.

La obediencia para el niño pequeño, le permite ir conociendo los caminos por los cuales debe
andar mientras no los distinga él. La sinceridad y la veracidad le permite recibir una orientación
sobre cuándo está pisando estos caminos marcados y cuándo los ha dejado.

En la misma obediencia, en cuanto exista la posibilidad de tomar una decisión razonable, el niño
puede aprender á ser responsable y perseverante. Estas decisiones que tome pueden ser buenas
o malas y sin son buenas estará en condiciones de desarrollar otras virtudes como la generosidad
o la sobriedad, por ejemplo.

Sin embargo, se puede y se debe ir preparando a los hijos progresivamente para que capten,
cuanto antes, la posibilidad de ser generosos, sobrios, etcétera, viviendo las pautas de estas
virtudes por obediencia y por otros estímulos que les pueden proporcionar sus padres.

En este sentido se podría hablar de la «estructura» de una virtud. Dar una cosa a otra persona
sería parte de la estructura de la generosidad. Sin embargo, se vivirá en este momento la virtud
de la generosidad más o menos bien de acuerdo con:

 El esfuerzo que pone en ello;


 Las razones que tiene para dar algo;
 La adecuación de este dar a las necesidades de la otra persona;
 El ser una cosa suya o ajena, etc.

Se tratará de conseguir una estructura adecuada reconocida por los hijos y luego dar sentido a
esta estructura elevando los motivos e intensificando la actividad.

Para poder educar a sus hijos en este sentido los padres cuentan con dos actividades principales.
Me refiero a la exigencia y a la orientación.

La exigencia

Intentaremos contestar la pregunta ¿hasta qué punto debo exigir, y cómo, para conseguir el des-
arrollo de las virtudes en mis hijos?

Ya hemos destacado el valor que tiene para los hijos aprender a obedecer pero ¿deben obedecer
en todo? Los niños deberán obedecer a sus padres en todo lo que es razonable y justo. Y es
importante que lo que manden los padres sea razonable y justo para que los niños se beneficien al
obedecer y, en la práctica, para que obedezcan.

La contestación a la primera parte de la pregunta (¿hasta qué punto debo exigir?) será entonces:

«Debo exigir en lo que es razonable y justo» pero sabiendo que esta afirmación se refiere al
conjunto de exigencias y no sólo a cada una de ellas. Es decir, puedo exigir en un grado diferente
en cada uno de los aspectos en el trato con el hijo. El grado debería ser diferente de acuerdo con
la prioridad que se da a cada aspecto, de acuerdo con la tendencia natural y la capacidad del hijo
de cumplir (si por iniciativa propia el hijo cumple, no hará falta exigir en ese asunto, aunque luego
habrá que exigir para que haga todavía más) y de acuerdo con la naturaleza del asunto que
queremos conseguir (por ejemplo, debo exigir a un hijo poco en relación con aspectos de la

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generosidad y motivarle mucho pero puedo exigir más en aspectos de orden). Razonable y justo,
quiere decir tener en cuenta estos aspectos y actuar en consecuencia.

También se tratará de buscar el equilibrio adecuado entre todas las cosas en las que se quiere
exigir. En la práctica significa que habrá que seleccionar algunas cuestiones prioritarias de acuerdo
con unos criterios correctos y luego atenderlos con el tipo de exigencia adecuado y ser muy
flexible en lo demás.

Para contestar a la segunda parte de la pregunta (¿cómo exigir?) habrá que considerar las posibili-
dades que tienen los padres.

Tipos de exigencia

Se puede distinguir distintos tipos de exigencia teniendo en cuenta el modo de exigir de los padres
y lo que esperan del hijo. Los padres pueden exigir un esfuerzo en sus hijos relacionado más con
la acción o más con el pensamiento. Un ejemplo de lo primero sería: «Arregla tu cuarto» y de lo
segundo sería: «Antes de apuntarte, piénsalo bien». Según el tipo de respuesta que quieran con-
seguir, los padres tendrán que exigir de modos diferentes.

El proceso de exigir tiene dos partes: informar y asegurarse de que el otro cumple. Para que la
información pase a ser una actuación, el hijo necesitará la motivación adecuada y debemos tener
en cuenta que los motivos que tiene el hijo para obedecer no serán los mismos que tienen los pa-
dres para exigirlo. Consideraremos esta segunda parte luego.

Al informar estaremos explicando al hijo lo que esperamos de él —las reglas del juego—, y para
que la exigencia sea posible hará falta conseguir el acuerdo del hijo. Incluso exigir significa que el
posible desacuerdo se traduce en acuerdo aunque sea por motivos pobres —miedo a un castigo,
por ejemplo—. Para salvar esta situación parece claro que, al informar, se trata de motivar a la
vez.

Para el niño pequeño puede haber motivos más bien afectivos, positivos y negativos, o motivos
intelectuales. Es decir, se puede conseguir que un hijo ordene su cuarto, porque su madre se lo
pide con cariño, porque se le promete un premio si cumple, porque sabe que habrá un castigo si
no cumple, o se puede conseguir razonándole por qué debería hacerlo, sugiriéndole que sería un
modo de ofrecer algún esfuerzo a la Virgen, explicándole por qué papá cumple con alguna tarea
parecida.

Hasta aquí nos hemos referido principalmente a la exigencia de conseguir una actuación por parte
del hijo. Si queremos que el hijo utilice su entendimiento, pero luego no nos interesa exigirle en
las consecuencias operativas del pensamiento, el proceso se modificará.

En principio, será lo mismo —dar una información y la motivación adecuada, pero será diferente
en el tipo de motivación que necesite para utilizar su inteligencia—. En los actos es bastante fácil
saber si el hijo está capacitado para cumplir o no y por tanto, se trata de una motivación sin más.
Sin embargo, es difícil saber si un niño está en condiciones de razonar alguna cuestión, si está en
posesión de la información y criterios necesarios, y si está capacitado para discernir entre el valor
relativo de esta información y la previsión de las consecuencias que van a producir los resultados
de su pensamiento.

Por eso, parece claro, que se debe ayudar al hijo pequeño a razonar, no sólo encargárselo. Y la
motivación principal consistirá en que sus padres están colaborando en el proceso. Esta
colaboración irá disminuyendo progresivamente de acuerdo con la calidad y la cantidad de
información retenida por el hijo de acuerdo con su capacidad de buscar información nueva, y de
discernir. No sería razonable exigir a un hijo que pensara sin que supiera hacerlo.

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Por eso, con los niños pequeños, habría que exigir el cumplimiento de actos y colaborar en el
razonamiento para conocer, poco a poco, los motivos fundamentales para cumplir.

Al hablar de las motivaciones que pueden tener los hijos para obedecer, no nos hemos referido a
una básica, pero de otra naturaleza. Me refiero a la obediencia fruto de confiar en sus padres: en
que sus instrucciones son buenas.

En esta motivación .deben basarse todas las motivaciones «parciales» que hemos comentado.
Esto dependerá de tres cuestiones: del modo de exigir, del ambiente en que se exige, y de los
motivos que tienen los padres para exigir.

El modo de exigir

El modo de exigir se relacionará con el estilo de los padres y con las características de cada hijo.
Sin embargo, se pueden establecer algunos criterios.

Hay que limitar la exigencia a pocos actos y estos actos deben estar relacionados para que se
refuercen mutuamente. En estas cuestiones se trata de buscar la motivación adecuada y conse-
guir que el hijo cumpla. El hijo debe saber que en estas cuestiones, los padres son perseverantes
y reconocer la importancia que tiene para ellos que se cumpla. No se trata de malgastar la exi-
gencia mandando en asuntos en que no vamos a insistir. Mejor sería mantenerse en lo que se po-
dría llamar «exigencia espontánea» que debe comenzar con palabras como «¿podrías...?» «¿va-
mos a...?». Esto supone una gran capacidad por parte de los padres de no diluir sus esfuerzos en
muchas cosas, de saber tranquilizarse y con optimismo reconocer que un paso adelante en firme
vale por cien pasos en falso.

En segundo lugar, habrá que exigir en el momento oportuno. Si queremos que el hijo obedezca,
en principio habrá que facilitarle el esfuerzo, no demasiado, pero sí respetando sus gustos, et-
cétera. Por ejemplo, no, se trata de exigirle seriamente en el momento justo en que está viendo
su programa favorito en la televisión o cuando está cumpliendo con sus tareas.

Por otra parte, se tratará de exigir previendo lo que el hijo necesita para cumplir. Necesita una
información adecuada, ni poco ni demasiado. En la práctica, esto quiere decir que se trata de
avisar al hijo que cierre la puerta antes de salir de la habitación, no cuando ya ha salido. Otro
caso, ya no tan sencillo, sería la explicación de las reglas del juego antes de exigirle que se
comporte bien en una estancia de un mes en un país extranjero y otro ejemplo sería enseñarle
cómo cuidar un libro antes de exigirle que tratara bien los libros. En cada caso hay que explicar lo
que esperamos de él en términos que pueda comprender y aceptar.

Luego, habrá que reforzar la información inicial con la atención a posteriori. En este sentido, a
veces habrá que recordar al hijo lo que tiene que hacer, repetírselo quizá utilizando distintas
palabras; mostrar interés en lo que está haciendo e incluso, si fuera necesario, hacérselo cumplir
«a la fuerza».

Y, por último, para que la obediencia en unos actos aislados prepare para el desarrollo de una
virtud, los padres deben orientar a sus hijos sobre la finalidad de la actuación, progresivamente,
según su capacidad de comprensión, sin olvidarse de explicar los motivos que tenemos todos para
obedecer.

El ambiente de exigencia

En el ambiente de exigencia consideraremos dos aspectos: la actitud de confianza por parte de los
padres en que sus hijos van a cumplir con lo encomendado, y el ejemplo de la autoexigencia.

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Muchos padres tienen serias dudas de que el hijo cumpla con algún orden. Y con toda razón. Si las
exigencias de los padres no son razonables ni justas, si no exigen teniendo en cuenta las in-
dicaciones concretas que hemos mencionado, es posible que los hijos no obedezcan o si llegan a
obedecer es por motivos inhumanos; miedo exacerbado a su padre, por ejemplo.

Así, la confianza que deben tener los padres en que sus hijos van a cumplir, debe basarse en el
conocimiento real de que se está exigiendo adecuadamente. Lo que ocurre es que, aunque se
exija bien, los hijos no obedecen necesariamente si no notan que sus padres confían plenamente
en ellos. Percibirán esta confianza en el comportamiento de los padres. Los hijos deben pensar:
«no puedo defraudar a mis padres que confían tanto en mí». En la práctica se notará esta
confianza en el tono de voz o en la expresión utilizada. No se trata de decir, por ejemplo, «lím-
piate tus zapatos o te quitaré cinco pesetas de la paga», porque en esta expresión está implícita
una duda seria de que no va a cumplir. Y en este caso de no cumplir alguna vez, no se trata de
decir «ya sabía que no lo harías», porque dispone al hijo a no cumplir la vez siguiente. Si el hijo
no cumple se tratará de buscar la causa en las circunstancias no en su persona. Es decir, pre-
guntarle: «¿Qué te ha ocurrido que no te ha dejado hacer tal cosa?» Y si él mismo dice: —«me
olvidé»— ayudarle a encontrar una solución para que no se olvide otra vez, diciéndole: «Así, segu-
ro que no te olvidas otra vez».

La confianza que deben tener los padres debe basarse, por otra parte, en el conocimiento de que
tienen el «derecho» a ser obedecidos. No es un favor que les prestan sus hijos. Y, si es así, los
padres tendrán que decírselo a sus hijos en algún momento. Los padres son responsables de la
educación de sus hijos, y como directivos deben de educar a sus hijos que, aunque haya otros
motivos más «atractivos» para obedecerles, nunca deben de olvidar el cuarto mandamiento.
Además, este deber ser atractivo en sí, si existe amor y cariño en las relaciones. Este
conocimiento puede llevar a los padres a explicar categóricamente la situación en algún momento,
y la bronca —sin ira— en el momento oportuno puede mostrar al hijo que sus padres confían en él
porque tienen el derecho de esperar su obediencia —siempre que sea razonable y justo—. Y
además si existe duda entre la opinión del hijo y la de los padres sobre si una cuestión es justa o
no, el hijo debe reconocer que el mérito está en obedecer.

Nada de esto es fácil en la práctica y será mucho menos si los padres no dan ejemplo. El ambiente
de exigencia en la familia supone que los padres se están esforzando en mejorar en distintos
aspectos relacionados con las virtudes humanas. Pero, ya hemos dicho, que el desarrollo de una
virtud crea una cierta «prontitud», una facilidad para cumplir con los actos. Si los padres cumplen
con muchos actos relacionados con alguna virtud pero han perdido de vista la finalidad, habrán
entrado en el terreno de la rutina. Y la rutina no es meritoria ni educa a los hijos. Por eso, la
facilidad con que cumplen los padres algunas cosas en que están luchando los hijos pueden crear
dificultades. Pero es lógico que cualquier cosa valiosa seguirá exigiendo un esfuerzo, y por otra
parte, no se trata de quedarse corto, de satisfacerse con un grado de desarrollo inadecuado para
las propias posibilidades aunque «aceptable» comparado con lo demás. Es decir, los padres siendo
muy virtuosos, siempre tienen la posibilidad de mejorar su actuación en intensidad o en rectitud
de motivos.

Ahora bien, para los padres no hay problema, pero los hijos pueden percibir las consecuciones de
sus padres como algo inalcanzable y, en consecuencia desanimarse. Por eso, los padres deben
mostrar o explicar el esfuerzo que ha supuesto esta mejora, sin orgullo, concretando que el mérito
está en esforzarse, no en lo que uno logre. Pero, por otra parte, si es así, los padres que no tienen
muy lograda alguna virtud —el orden, por ejemplo— no deben desanimarse pensando que si ellos
mismos no son ordenados no pueden exigir orden de sus hijos. Si los padres se auto-exigen
aunque no logren buenos resultados, estarán en condiciones de exigir a sus hijos.

El ambiente de exigencia en la familia no supone rigidez, pero sí una intencionalidad optimista,


llena de buen humor, de alegría. Por eso la exigencia no es cuestión de caras largas. Habrá
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momentos de dolor, de pasarlo mal, pero sabiendo que sirve para algo que permite a todos los
miembros de la familia encontrar la felicidad.

Aquí hay un motivo claro para exigir a los hijos, pero vamos a considerar algunos otros aspectos.

Los motivos para exigir

Podemos hablar de una exigencia preventiva y de una exigencia operativa. La exigencia preven-
tiva es la que pretende controlar la actuación del hijo de tal forma que no se haga daño: de tal
manera que los demás no le hagan daño. Este sería el caso de la madre que exige a su hijo de
cinco años que no cruce la calle solo, o a otro de quince años que esté en casa a las diez. Estas
exigencias llegan a ser parte de las reglas del juego. O mejor dicho, para poder «jugar» hace falta
respetar algunas indicaciones. Para tener la seguridad de que el hijo puede desarrollarse
positivamente le exigimos a fin de que las influencias perjudiciales, sean del tipo físico, moral,
espiritual o lo que fuera, no le quiten la libertad de elegir entre posibilidades positivas. No nos
interesan, como educadores, la posibilidad de elegir entre el bien y mal. Preferimos desbancar el
mal para que el hijo se maneje entre lo bueno y lo mejor. Un motivo importante para exigir,
decimos, por tanto, es el de apartar al hijo del mal aunque sin abusar, sin protegerle
innecesariamente, arriesgándose gradualmente para que el hijo sepa en qué momento debe decir
que no y en que momento debe de decir que sí. La exigencia en este sentido está muy relacionada
con la virtud de la fortaleza en su doble aspecto: resistir y acometer. El segundo motivo para
exigir será, por tanto, que el hijo aprenda a resistir lo que le es perjudicial.

Pasamos a lo que hemos llamado «exigencia operativa». En este campo los padres suelen tener
motivos, en principio, parciales. Por ejemplo, querrán que su hijo sea ordenado para facilitar el
trabajo en la casa a su madre o como un modo de disciplinarle para que llegue a ser más eficaz en
su trabajo y para facilitar el orden mental. Y aunque ambos tipos de motivos son aceptables,
habría que ir un poco más al fondo de la cuestión.

Al exigir a los hijos pequeños, el niño no será consciente de los motivos principales para obedecer,
para cumplir con este acto relacionado con alguna virtud. Sin embargo, los padres sí deben de ser
conscientes de la relación entre los actos y su finalidad. Por eso necesitan reconocer que los
motivos parciales y los actos que exigen a sus hijos son una base para luego calar en la vivencia
real de una virtud. El motivo de exigir será por tanto, el de crear hábitos, en principio, sin mucho
sentido para el hijo, para luego estar en condiciones de dar a estos actos mayor intensidad y
relacionarlos con motivos más adecuados. Si los padres pierden de vista el final del proceso,
puede que enseñen a sus hijos a ser rutinarios o rígidos. O pueden enseñar a cumplir a un hijo de
diecisiete años con motivos adecuados a un niño de siete cuando realmente necesitan motivos
más profundos.

Por último, debemos relacionar la exigencia de los padres con la obediencia de los hijos. Decimos
que los hijos, a nivel más básico, deberían obedecer a sus padres por amor y porque los padres
tienen el derecho a ser obedecidos. En consecuencia podemos afirmar que los hijos tienen el dere-
cho de ser exigidos. y necesitan la exigencia de sus padres para poder mejorar.

A veces los padres, entendiendo el grupo familiar en un modo demasiado «democrático», intentan
conseguir que sus hijos les consideren como unos más, como compañeros sin funciones espe-
cificas de padres. Pero el grupo, falsamente democrático, acaba mejorando poco, y ello por varios
motivos. No es cómodo esforzarse y si hay que tomar decisiones entre todos, la tendencia será la
de seleccionar una solución de poco valor, porque es difícil llegar a un acuerdo en asuntos
importantes. Y, por otra parte, en un grupo «democrático» la persona que dice que no, suele
ganar porque decir sí implica un esfuerzo de todos. Por eso los padres deben considerarse
directivos, responsables de la educación de sus hijos con una obligación de exigir a cada uno de
ellos según sus capacidades y cualidades. Deberían exigirles en el hacer para que vayan

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preparándose para poder desarrollar las virtudes y luego exigirles en el pensar a fin de que estas
virtudes se llenen de sentido.

Hemos hablado del papel de la exigencia en el desarrollo de las virtudes y nos hemos referido de
paso a la orientación que los padres pueden proporcionar a, sus hijos. Esta orientación es también
fundamental, porque la exigencia tiene que traducirse en autoexigencia para que los hijos lleguen
a ser verdaderamente autónomos.

La orientación

La palabra «orientación» tiene distintas acepciones. Aquí entendemos la orientación como un


proceso de aclaración de los hechos relacionados con cada hijo para que él mismo pueda tomar
decisiones acertadas después de haber ponderado adecuadamente esa información. Si la
exigencia de los padres se ha apoyado principalmente en la voluntad de los hijos, la orientación se
apoyará en el entendimiento, aunque sería falso divorciar los dos aspectos. En relación con las
virtudes humanas los hijos necesitan tener información sobre ellos mismos, sobre sus
posibilidades y sobre la naturaleza y finalidad de cada virtud.

El conocimiento de uno mismo

El hijo tiene que conocerse a sí mismo en relación con lo que hace falta para desarrollar alguna
virtud. Para desarrollar las virtudes siempre hay que poner en juego el entendimiento y la
voluntad. Por eso el hijo debe de ser consciente de su capacidad real para distinguir entre hechos
y opiniones; para distinguir entre lo importante y lo secundario; de su capacidad de análisis; de su
capacidad de síntesis; de su capacidad de relacionar la causa y efecto, etc. Esto conviene sub-
rayarlo porque algunos hijos sobrevaloran su condición, creyéndose capaces de leer doctrina mar-
xista, por ejemplo, sin ser influidos y otros minusvalorarán su capacidad, no atreviéndose a
mejorar a una mayor velocidad. Rara vez el hijo será capaz de reconocer su situación real sin
ayuda, sin la orientación de los padres. Pero una cosa es dar orientación y otra que el hijo lo
acepte, especialmente cuando se refiere a su propia situación.

Podemos considerar algunas soluciones a este problema. En primer lugar, habrá que enseñar al
hijo a razonar adecuadamente para que exista una base positiva al aclarar su situación. Es decir,
si el hijo es bastante capaz de enfrentarse inteligentemente con su realidad no habrá que decirle
demasiadas cosas negativas. Si podemos destacar lo positivo en primer lugar es más fácil, luego,
explicar lo mejorable. Pero, el modo de destacar lo mejorable es importante. Es conveniente hacer
pensar al hijo y que descubra por su cuenta sus limitaciones más que «sermonearle». Es mejor
tener paciencia y volver al tema en pequeñas dosis que esperar resultados inmediatos.

En segundo lugar, podemos basarnos en las virtudes de la sinceridad y la veracidad que habremos
atendido con mucha solicitud desde pequeños. Si el hijo está acostumbrado a decir las cosas tal
como las ve, será mucho más fácil orientarle donde realmente necesita atención.

Por otra parte, convendrá orientar al hijo para que reconozca sus posibilidades desde pequeño,
dejándole fracasar en algunas cosas para que reconozca sus limitaciones y aprenda a buscar ayu-
da. Si aprende la utilidad de las ayudas será él quien acuda a sus padres para pedir orientación.
Conocerse en cuestiones referentes a la voluntad es más difícil. Todos nos creemos capaces de ser
perseverantes, por ejemplo, pero cuando surgen dificultades externas o entra el desánimo, es fácil
abdicar.

Referente a la voluntad, el hijo tiene que aprender a reconocer lo que realmente quiere y lo que es
poco importante o secundario. Tiene que reconocer su capacidad de lucha, su capacidad de tener
iniciativa, su capacidad de decisión, etc., porque si no, constantemente se equivocará e imitará
ciegamente lo que parece atractivo o dará bandazos sin sentido.

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Es conveniente que el adolescente sepa que, por carácter, tiende a ser emotivo o no emotivo,
activo o no activo, y otros aspectos de su carácter para poder juzgar adecuadamente en qué
aspectos debe mejorar. Desde muy pequeños podemos empezar esta orientación —no en
términos científicos—, pero sí diciéndoles a algún hijo, por ejemplo: «¿No te das cuenta de que te
enfadas mucho?», etc.

Con este proceso de orientación en detalles, cuando los niños son pequeños, y quizá una orien-
tación más formal cuando lleguen a ser mayores, los hijos estarán en mejores condiciones de
tomar decisiones adecuadas de acuerdo con su entendimiento y voluntad. Pero, para que sean
buenas decisiones, no sólo por estar relacionadas con las propias posibilidades, sino también por
dirigirse hacia algo bueno, deben conocer la naturaleza y finalidad de las virtudes.

El conocimiento de las virtudes

Los hijos tienen que aprender a vivir las virtudes con intensidad y a profundizar en cuáles son los
motivos más importantes para esforzarse a adquirirlas. Para ello necesitan contar con unos
criterios. Para el cristiano los criterios se encuentran fácilmente, informándose de la doctrina de la
Iglesia, aunque no es tan fácil profundizar en ellos e interiorizarlos. Estos criterios ayudan al
hombre a conocer su vocación específica como hijo de Dios, y, como tal, ser generoso con El. Esto
se traducirá en un servicio incondicional a Dios y a los demás y en felicidad personal por saber que
uno está cumpliendo con su misión intransferible de glorificar a Dios.

Para las personas que no son cristianas existe un problema importante porque tendrán que llegar
a definir sus criterios con su propia capacidad de razonamiento sin contar con la revelación de
Dios, y ahí puede equivocarse. Sin embargo, el esforzarse a nivel humano, al intentar cumplir bien
como hombres, estarán poniéndose en condiciones más adecuadas para recibir el don de la fe. A
nivel humano la persona puede llegar a establecer unos criterios parciales, y algunos de ellos
serán válidos, reflejarán parte de los motivos principales para desarrollar las virtudes, pero otros
estarán distorsionados o incluso equivocados. En este caso, es casi imposible rectificar la
intención, porque no hay baremo para confirmar su rectitud. Si el mismo criterio está equivocado,
la rectificación que puede haber en el hacer tampoco tendrá sentido. Por eso se tratará de
profundizar en las virtudes humanas en relación con las leyes de Dios.

Por otra parte, teniendo claro los motivos para esforzarse, habrá que conocer los modos prácticos
para desarrollar estos hábitos, operativos, buenos. Se puede saber por qué es importante ser
generosos, sobrio o leal, pero luego no conocer cómo vivir la virtud en cuestión en la práctica.

Una de las ayudas que puede haber en este sentido es la de describir la virtud en términos
comportamentales para poder destacar los rasgos y variables más importantes. Así, el modo de
adelantar quedará más claro. Por ejemplo, se podría describir la virtud de la generosidad como:
«Actuar en favor de otras personas desinteresadamente con alegría, teniendo en cuenta la utilidad
y la necesidad de la aportación para esa persona».

En este caso los aspectos que habría que matizar, en los que puede existir distintos grados, son:

 Actuar: se puede actuar de muchos modos, dando, prestando, perdonando, etc.

 Otras personas: se puede actuar en favor de una persona o de muchas, de una persona
que afectivamente me gusta o de uno que no me gusta, etcétera.

 Desinteresadamente: se puede actuar teniendo en cuenta los resultados para la otra o para
uno mismo en primer lugar

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 Con alegría: se puede actuar con alegría o con «cara larga».

 Utilidad y necesidad: se puede actuar al azar o se puede actuar en función de lo que


necesita la otra persona.

Con este ejemplo se ve que, en cada virtud, será posible orientar a los hijos para que sepan, en la
práctica, qué hacer y cómo hacerlo. Los padres podrán dar a sus hijos ideas concretas y claras
sobre las metas parciales a conseguir y sobre las desviaciones que se han notado en su comporta-
miento.

Para orientar, los padres tienen que conocer objetivamente la situación de cada hijo y lo que
significa cada virtud. Sin embargo, es difícil ser objetivo y buscar la información adecuada antes
de orientar. Esto ocurrirá especialmente cuando los padres tienen algún prejuicio o tienen dificul-
tad en aceptar a los hijos tal como son.

Pero sin ello será difícil de conseguir una orientación eficaz. Aunque los padres tengan una actitud
abierta, y estén dispuestos a atender a sus hijos no serán realistas sin conocer lo más importante
de la situación. No se trata de forzar a los hijos a adaptarse a los criterios propios, sino de
presentar estos criterios de tal modo que los hijos capten su interés y su necesidad. En
consecuencia, no habrá adaptación, sino adhesión libre a una realidad vivida y sentida. Por eso,
no debemos entender la orientación como un proceso de persuasión o de coacción. Si nuestros
criterios —lo más valioso que tenemos— son buenos y los vivimos congruentemente no hará falta
«convencer» a los hijos. Se tratará más bien de dejarse ver, exigir y orientar.

Lectura L11

Virtudes humanas

La estructura del edificio

Acabamos de describir las grandes líneas del matrimonio, como eje de todo el ambiente familiar.
Vamos ahora a detenernos en los soportes sobre los que apoya la convivencia en el hogar: las
virtudes humanas.

Al hablar de la libertad se deducía claramente que su conquista constituía un objetivo-tendencia


que nunca llegaríamos a lograr del todo. La auténtica libertad sólo se da en Dios. Los hombres
vamos logrando, a lo largo de nuestra vida —y con el consiguiente esfuerzo— parcelas, cada vez
más amplias, de señorío y de dominio sobre nosotros mismos.

En esas luchas, en las que se pierde y se gana terreno, se avanza, se retrocede o se progresa por
otro frente, hay unas armas fundamentales, que son las virtudes humanas. Son la base y la
estructura de todo el edificio. Son la materia prima —piedra o madera— que sustenta nuestra
personalidad.

Bien pronto se observa que con un tronco o una cantera, sólo, no basta; han de tener forma y
relieve para que adquieran una nueva dimensión. Se precisan las virtudes sobrenaturales, para
que apoyadas en las humanas se produzca la imagen completa.

Hay por tanto dos escollos que salvar. De una parte la carencia de virtudes humanas, que dejarían
en el aire y sin soporte las sobrenaturales; y de otra, el reduccionismo que supone educar las
virtudes humanas como un fin en sí mismo. Desembocaríamos en el perfeccionismo.

Posiblemente algún ejemplo nos resulte expresivo: sin la virtud humana de la fortaleza, es muy
difícil vivir la virtud sobrenatural de la fe, de forma viva y operativa. Actuar de acuerdo con la fe

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supondrá, a veces, dificultades interiores y exteriores que requieren de una buena dosis de
fortaleza.

De la misma forma, vivir sólo la virtud humana del orden, como objetivo último, puede conducir a
una personalidad neurótica. Entonces podría haberse incapacitado, para vivir la virtud
sobrenatural de la caridad, como servicio a los demás.

Hacer y hacer hacer

Ante todo es preciso hacer, actuar. Conseguir el hábito mediante la repetición de actos. Es preciso
insistir en esta idea, porque con frecuencia nos paramos en las intenciones, los deseos, los
sentimientos, las opiniones. Sin embargo son más escasos los actos concretos y determinados de
la virtud. Hay demasiadas palabras y pocos hechos.

Poco a poco, hemos arrumbado en la buhardilla dos herramientas importantes: la memoria y la


voluntad. De la primera hablaremos más adelante. La segunda se observa tan débil y enfermiza
que más que una herramienta de acero parece de plástico de baja calidad. Es muy difícil apretarle
así los tornillos a nuestra naturaleza, y el motor suena a chatarra que va perdiendo las piezas.

Son muchos los ejemplos que podríamos recordar:

- Es aquel chico que hace sólo lo que le gusta, con independencia de si se debe hacer; y margina
todo lo que supone esfuerzo, porque no está dispuesto a violentar su capricho.

- Es esa resistencia pasiva a acometer proyectos arduos porque se carece de sensibilidad para
descubrir la grandeza que lleva en sus entrañas.

- Es ese afán desmedido por ahorrar a nuestros hijos cualquier molestia. Claudicamos ante sus
caprichos, por pensar que ya la vida le acarreará suficientes disgustos.

- ¿Estamos convencidos de que es necesario un entrenamiento para poder soportar esos


contratiempos? ¿O preferimos que el dolor les sorprenda y les abata en el primer encuentro?

- ¿Son conscientes que el triunfo en su vida va a depender mucho más de su esfuerzo que de un
brillante talento?

Es la constancia alegre, estimulante, exigente —pero amable— la que puede ir configurando un


clima de constante superación en nuestros hijos. Vendrán luego avances, retrocesos y
estancamientos que hemos de mantener con ánimo sereno.

Cómo hacerlas atractivas

¿Cómo lograremos educar a nuestros hijos en las virtudes humanas? Sin duda poniendo en juego
las nuestras. Una tarea apasionante en la que los padres pulsaremos, desde un talante sosegado y
animoso, alguna de estas cuatro cuerdas: prudencia, perseverancia, paciencia y optimismo.

Con premeditada pesadez hemos insistido en que el educador ha de estar siempre anclado en la
realidad. Ése es el objeto de la virtud de la prudencia, tan lejana del recelo pusilánime como de
reacción espontánea y sin sentido.

Desde la prudencia aprendemos a educar a nuestros hijos, a profundizar en la raíz de su


comportamiento, a lograr información desde varios frentes: colegio, amigos, etc. Y también desde
ahí buscaremos el mayor equilibrio al analizar los hechos distinguiéndoles de las opiniones y de las
apariencias. Con el mayor número de datos posibles, podemos ir configurando un juicio que nunca

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deberá referirse a la persona sino a los comportamientos.

Quizá pueda ser bueno, en este momento, introducir una observación que se olvida con
frecuencia. Sólo Dios conoce la realidad de cada persona y por tanto a Él sólo le corresponde el
juicio. Los hombres únicamente podemos observar un reflejo externo, materializado en actos, y
sólo a ellos pueden referirse nuestros juicios. Será de ese modo cómo lograremos no convertirnos
en acusadores de nuestros hijos, para levantar entre ellos y nosotros un parapeto tan aislante
como una muralla, que impide más tarde cualquier comunicación.

Sigamos con el hilo. Del juicio pasaremos a la elección de aquellos medios que se muestran más
eficaces, es decir: que logren despertar el mejor estímulo y que suponga un poder multiplicador
de enriquecimiento personal.

No cabe duda que estos pasos descritos aquí, de forma sintética, serán casi imposible marcarlos
en cada una de nuestras decisiones; pero será muy positivo esforzarse por vivirlos, hasta que se
vayan convirtiendo en regla de nuestro actuar. Más tarde brotarán con espontaneidad en los
acontecimientos normales, si nos hemos entrenado a realizarlos, en el proceso de nuestra
reflexión.

Perseverancia. Que no es la rigidez pétrea, ni la testarudez roma, ni la aburrida uniformidad, ni el


esfuerzo por el esfuerzo.

Perseverancia es fidelidad a nosotros mismos y amor a nuestros hijos. Pero sin desplantes, sin
gestos hoscos, sin modales destemplados.

Hoy explicaremos las cosas de forma diferente; mañana encontraremos una motivación distinta;
luego un amable reproche; más allá una comprensión entrañable, a la vez que una elegante
exigencia.

Y junto a la perseverancia, la paciencia. Paciencia para saber que hoy es día de sembrar y más
tarde de crecer y luego florecer y más tarde granar. Que no atropellemos al tiempo, que sepamos
ajustarnos a sus ritmos. Que los campos no se riegan con una tormenta, sino con una lluvia suave
que los cala. Vivir el tiempo, equivale a acoplarse al ritmo de Dios.

Ser paciente es ceder, sin conceder, para más tarde ganar. Es no atropellar, no dejarnos atenazar
por los nervios como ese niño pequeño que busca a la mañana siguiente el grano que sembró
anoche.

Ser paciente es apagar la cerilla que los nervios encendieron en nuestro corazón, antes de que
prenda la hoguera.
Cualquier sembrador no echaría el trigo el día de la tempestad, ni nosotros podemos corregir cada
falta, en el momento de la crisis.

Ser paciente equivale a no quejarnos de tener que repetir algo mil veces; ni lamentarse aunque
nos sintamos incomprendidos; o no dolernos de los defectos de los hijos, como si fueran una
ofensa a nuestro desolado esfuerzo.

Por último la paciencia, como cualquier otra virtud, tiene sentido en el Amor. De no ser así seria
una simpleza. Ese amor produce el fruto saludable de la alegría y el optimismo. Podría decirse que
hay tantas alegrías como amores, y quizá uno de los amores más grandes que existen sobre la
tierra —el amor de los padres por los hijos— cristaliza en la mayor de las alegrías.

Alegría cuando hace sol y cuando llegue la noche; cuando la vida de los hijos cuaja y cuando se
desvía. Alegría que puede tener sus raíces, amargas o dulces, pero que siempre es luminosa,
cuando se tiene por muy cierto que Dios sabe más, y nosotros habíamos puesto los medios
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razonables.

Lectura L12

LIBERARSE Y PROYECTAR; de Carlos Llano Cifuentes, Las


formas actuales de la libertad, Trillas, México, 2002., pp. 41-
46.

Liberarse y proyectar

No estoy necesitado frente a ningún bien parcial. Es decir, en principio y por origen, soy libre, en
este sentido original y primero de la libertad, que significa no estar obligado físicamente a nada:
puedo querer lo que quiera. De aquí se deducen, con facilidad, dos afirmaciones antropológicas
que tienen especial importancia para estudiar las formas en que, en nuestros días, la libertad ha
cristalizado. Pues este hecho original de no estar físicamente obligado a nada, enfrenta al hombre,
por una parte, a la necesidad de obligarse a algo (en efecto, de poco le serviría poder querer lo
que quiera, si, de hecho, no quiere nada), y, por otra parte, ante el requerimiento de mantener a
la vez la amplitud de ser que le corresponde. Lo primero nos pone de lleno en contacto con la
dialéctica de la liberación y del proyecto, que es el objeto del presente capítulo, en tanto que lo
segundo nos relaciona con la omnímoda amplitud del proyecto del ser del hombre, es decir, con
las posibilidades del crecimiento de la libertad, que es tema del capítulo siguiente.

En la libertad hay un polo inicial: estar libre de algo. Esta es una propiedad que el hombre, en
virtud de su espíritu, en virtud de su capacidad para concebir la plenitud del ser, posee por fuerza
de su nacimiento, de su naturaleza. Pero la libertad tiene a la par un polo positivo: ser libre para
algo. La libertad inicial, a la que llamaremos liberación, carece de sentido alguno si no es en
referencia a la libertad terminal, que llamaremos proyecto. La libertad es, así, no sólo la cualidad
que tiene el hombre de no estar obligado físicamente a nada —liberación—, sino la capacidad que
posee para obligarse a algo —proyecto— por propia voluntad. Proyecto, justamente, en el sentido
latino del proicio, del arrojar mi vida por delante, trazando anticipadamente la línea que quiero
seguir.

En un análisis fenomenológico de la condición humana actual, se detecta, prima facie, la


indiscriminación entre el carácter inicial, implicado en la libertad como liberación, y el carácter
terminal que también implica como proyecto. La liberación y el proyecto se mezclan hoy
confusamente al punto de que el proyecto llega a consistir, paradójicamente, en la liberación: mi
ob-ligación sería des-ligarme.

Hemos hablado arriba de los fenómenos sociales que atentan contra la libertad y de los intentos
que surgen con la finalidad de liberar al hombre de esas ataduras socioeconómicas que le escla-
vizan. Intencionalmente les dimos el calificativo de liberadores, porque hoy la conquista de la
libertad se confunde con la de la liberación: alcanzar la libertad consiste en liberarse de algo. Esta
realidad social actual tiene claras transparencias terminológicas: en todos los países existen
“movimientos de liberación”. Los programas sociales han acuñado la frase, muchas veces
repetida: “Perseguimos la liberación del proletariado, del estudiante, del campesino”. Se concibe
así la libertad como una ruptura de lazos a los que estaríamos sujetos. Sería libre quien se
encuentra liberado de ellos. La libertad adquiere un marcado carácter negativo, por cuanto se
logra rompiendo ataduras, actitud íntimamente conectada con tres fenómenos actuales: el deseo
de cambios bruscos (cualitativos, se dice), la protesta y la violencia. Porque, partiendo de su
carácter inicial, dar libertad —liberar— significa romper.

La protesta, violenta o no, siempre es para el hombre, en definitiva, un fracaso de sus relaciones
con la vida, cuyo origen puede detectarse en cualquiera de los dos extremos relacionados: o la

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vida es insoportable —las estructuras familiares, sociales, etc.—, o el hombre no acierta a
modificarla más que saliéndose de ella. Hay quienes, en principio, ven en la protesta elementos
sustancialmente positivos, sin analizar lo que puede haber en su seno de evasión, de fuga, de
actitud cobarde incluso. La protesta no es, sin más, la postura paradigmática del hombre frente a
las situaciones injustas; existe también la actitud del que toma el riesgo valiente de mejorar las
cosas desde dentro, aunque reciba de los radicales el reproche de complicidad.

Este concepto negativo de la libertad, enturbia y deja poco clara su dimensión positiva. La libertad
no se logra liberándose de algo, sino teniendo la capacidad de ser libre para algo; no se logra con
la mera liberación, sino con el proyecto. Es evidente que hay una clara distinción conceptual entre
lo uno y lo otro. El concepto de la libertad, en la sociedad actual, suele ceñirse sólo a su aspecto
inicial: liberación. Y desgajado del proyecto, es un concepto vacío e inútil. Si la libertad se
entiende en la sola línea de la ruptura de lazos, los resultados que se obtienen son anárquicos,
calificativo que corresponde a muchos deseos e intentos prácticos de los sociólogos de hoy.
Cuando se habla de “cambios radicales de estructuras” y se fundamenta la necesidad del cambio
sólo en el caso de defecto de las estructuras actuales, se encuentra subyacente este sentido
negativo de la libertad, entendido como mera y estricta liberación. El cambio de estructura
requiere que haya otra estructura que sustituya a la que debe cambiarse; y es de aquélla y no dé
ésta de la que hay que hablar. No basta remitirse cómodamente a vocablos oficialmente admitidos
para sentenciar que la nueva estructura ha de ser “más humana, más justa, más respetuosa de la
libertad y dignidad de la persona”. Hoy, decir esto y decir nada son la misma cosa. El cambio de
estructuras, entendido de este modo general y por ello poco práctico, se ha convertido en el
slogan que algunos católicos dan como solución a determinados problemas sociales (cuya
eliminación seríamos los primeros en alentar). Sin embargo, la solución es tan abstracta que el
mismo término de estructura no ha sido aún científicamente definido, que sepamos, por quienes
tan profusamente lo manejan. Los marxistas se han apropiado, con derecho o sin él, de esta
expresión, cambio de estructuras. Si el cambio de estructuras al que tales católicos se refieren, no
coincide con el que propende y anuncia la revolución socialista, deberían de aclararlo, lo cual
ayudaría, de un lado, a disipar confusiones terminológicas y, de otro, les obligaría a definir su
postura, declarando qué es lo que quieren decir; esto es, qué entienden por estructura a qua (es
decir, desde la cual) y por estructura ad quam (o hacia la cual); de dónde parte el cambio y a
dónde quieren llegar. (Sin definir su principio y su término, la misma palabra cambió —y no sólo
estructura— carece de sentido.)

El proyecto, en cambio, es anticipativo, como lo es la genuina libertad. Y la conquista de la


libertad es, entonces, hacer al hombre capaz de proyectar su vida. El logro de la libertad no se
obtiene con la ruptura, sino con el ensanche de la capacidad de proyecto y de realización del
hombre. En tal caso, liberación no es ruptura, sino sustitución. La libertad no se consigue, pues,
rompiendo ataduras, sino cambiando unas ataduras por otras; proyectando aquello a lo cual el
hombre quiere estar atado y decidiendo por el proyecto.

La liberación y el proyecto se distinguen socialmente, en último término, porque la primera es


protesta, en tanto que el segundo es vinculación. Por ello mismo la primera destruye y el segundo
crea. Pero en nuestro tiempo, incluso hecha la distinción entre liberación y proyecto, existe la
tendencia de otorgar una primacía a la liberación antes que al proyecto. Primero habrá que liberar
al hombre de sus ataduras y después hacerlo libre para que proyecte su vida. También esto es
falso. Al proyecto, como anticipativo que es, debe otorgársele una primacía absoluta. No es
suficiente decir —como se dice— que el mundo está lleno de proyectos sin realizar. No estamos
hablando de concebir un proyecto, ni siquiera de elegirlo conceptualmente; sino de algo que,
aunque presuponga el proyecto y su elección, va mucho más allá: llega hasta la decisión de
realizar el proyecto concebido.

En esta línea, también hoy se han trastocado dos sentidos de la libertad, que deben distinguirse
cuidadosamente. La libertad puede “ejercerse” de un modo meramente conceptual, teórico,
manteniendo la decisión —si es que es decisión entonces— en un terreno universal y abstracto; se
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trata de esas decisiones precedidas de un antecedente que anula su fuerza ejecutiva y práctica
(“en principio...”; “si las demás condiciones permanecen igual...”; “lo que es acostumbrado hacer
en tales casos...”; “una vez que recibamos la información pertinente...”, etc.). Podemos
denominar a este tipo de ejercicio de la libertad como decidir-sobre, radicalmente diverso de aquél
otro ejercicio real de la libertad en la que mi persona va por delante, enredada
comprometidamente en aquello que es objeto de la decisión, a tal punto que parecería que el
objeto decidido soy yo mismo todo entero. Sólo a esto le podemos llamar ejercicio de mi ser libre
en el pleno significado de lo que puede entenderse por el verbo ejercer y por el sustantivo
libertad; pues la decisión libre, para serio, ha de ser una decisión ejercida y no meramente
pensada. El ejercicio de la libertad, en este sentido fuerte, se denominaría, así, decidirse-a.
Hemos de reconocer que, en el momento actual, quien alude a los proyectos que han de preceder
a todo cambio, suele relacionarse con ellos en el simple nivel de decidir-sobre, como un mero
ejercicio de teoría académica, con la objetividad y despego de quien nada tiene que ver, en su
persona, con el asunto, pues es suficiente pensar sobre él. Este trato conceptual y aséptico del
proyecto, es lo que inclina —a quien realmente desea cambiar las cosas, a quien realmente está
dispuesto a decidirse-a— hacia una postura de rebeldía sin proyecto, de la que tantas muestras
ofrece nuestra sociedad, mostrando también, al fin, que es tan inoperante como la postura del
decidir sobre tales proyectos revolucionarios. Y hemos hablado bien, parece, de rebeldía sin
proyecto, ya que hoy puede afirmarse que no ha habido históricamente revolución en donde no se
haya dado la previa tarea de proyectar, no ya cómo hacer la revolución, de lo que carece
ciertamente el fenómeno de la rebeldía; no ya sobre qué debe revolucionarse, sino del para qué
se hace la revolución.

El que a fin de realizar lo decidido haya que romper determinadas estructuras, no significa que
deba comenzarse por la ruptura. Cuando el hombre piensa, como sistema, en la liberación antes
que en el proyecto, hay que dudar de la bondad de su actitud, de la claridad de su cabeza o de su
capacidad creativa. Las ratas son las primeras en abandonar el barco, porque no pueden ni
construir uno nuevo ni tapar los agujeros.

El deseo de liberación, en su sentido negativo ya expresado, no tiene sólo manifestaciones


sociológicas, las tiene también dentro de la vida psíquica personal. La tendencia terapéutica de
liberar al hombre de sus complejos y tensiones, de las huellas recónditas depositadas en el
subconsciente, hace pensar que el mal —las deficiencias de comportamiento— tiene su sola raíz
en ataduras impuestas, en sucesos independientes de la voluntad humana; es, de nuevo, la
primacía de la liberación sobre el proyecto. El adecuado equilibrio del hombre no se logra —como
ingenuamente creen los superficiales de la psiquiatría— descubriendo una causa subconsciente
que condiciona la libertad del supuesto enfermo; hay algo mucho más importante, que es el
desarrollo de la capacidad de autorreforma, de renunciamiento, de seguir con esfuerzo un
proyecto trazado.

El desconcierto humano no tiene su origen sólo en trastornos psicológicos: hay personas


psíquicamente normales que están desconcertadas porque no saben lo que quieren, o lo que
quieren es insuficiente para saciarlas, o huyen de la renuncia que implica conseguirlo. Estas
personas necesitan de un fuerte impulso hacia un proyecto vital y no de un blando tratamiento en
el cómodo sofá del psiquiatra. Hay un mayor número de personas que están más necesitadas de
ideales válidos que de terapias mentales; y una cosa no está generalmente relacionada con la
otra, ni la psiquiatría puede sustituir a la ética normativa de los deberes humanos. Hay un mayor
número de personas, en resumen, que requieren de un proyecto, más que de una liberación, que
están exigiendo sin saberlo que se les ponga en tensión hacia un objetivo, antes de que se les
libere de otras tensiones.

Lectura L13

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Educación para el amor

La educación para el amor ayuda a los seres humanos a alcanzar de manera verdadera, buena y
ordenada, su plenitud de amar, favoreciendo en ellos el desarrollo de las virtudes humanas, de las
capacidades de dar y de recibir y también, aunque parezca paradójico, de la capacidad de sufrir,
ya que el servicio siempre se acompaña de cierto grado de renuncia; y cuando hay amor, esa
renuncia significa felicidad.

El desarrollo de la capacidad de amar es lo más opuesto al egoísmo, ya que el amor es entrega, es


darse, requiere generosidad. Gracias a esta virtud, los padres de familia aprenden a desprenderse,
poco a poco, incluso hasta de sus propios hijos, preparándolos para el tiempo que les ha tocado —
y que les tocará— vivir, y aunque no pudieran dejarles un mundo mejor, sí estarían dejándole al
mundo, mejores hijos.

Esto lo conseguirán, siempre y cuando partan de los valores de la persona y de la familia,


formulen intelectualmente objetivos que se puedan conseguir, según cada miembro de la familia,
sugieran los caminos para que se alcancen y estén al pendiente de que esto se logre. Conseguirán
con ello, no sólo la optimización derivada del verdadero amor familiar, sino que dejarán, además,
una profunda huella en la historia de su familia.

De acuerdo con la edad, carácter, sexo, habilidades y limitaciones de cada uno, será el modo
como los padres de familia deban sugerir, estimular, ofrecer oportunidades, dando el tiempo
necesario, sin coaccionar, para que reaccionen activamente, y fomentando también en ellos el
agradecimiento, la correspondencia amable y la intervención oportuna, con iniciativa y con
responsabilidad de servir.

El dar no se refiere sólo a aprender a desprenderse de algo material en favor de otros, consiste,
además, en atender a sus necesidades, dándose uno mismo, dándoles tiempo, comprendiéndolos,
perdonándolos, haciéndoles algún servicio, sabiendo ceder cuando es debido; en concreto,
tratando de hacerles la vida más agradable a los demás. Esto debería extenderse, perfectamente,
como objetivo prioritario, a los centros educativos.

Al desarrollo de la capacidad de recibir se le presta menor atención, se ignora, o se da simplemen-


te por supuesta. De allí que no sorprenda encontrarse con algunos adultos, jóvenes y
adolescentes, que aun cuando sean capaces y estén dispuestos a ayudar, sin embargo, son
incapaces de aceptar o de buscar ayudas. No han entendido la dimensión del recibir, sólo aprecian
la dimensión del dar; se han quedado en la primera fase del amor. Para evitar esto, conviene
distinguir la tendencia natural a recibir —propia de la infancia—, y la capacidad de recibir en
función de la mejora personal, desde el amor y la libertad en desarrollo.

Enseñar a recibir consiste en ayudar a captar la realidad —propia y ajena—, es decir, enseñar a
ver lo positivo y lo negativo de esa realidad —para aclarar ideas— y fomentar, luego,
comportamientos congruentes, ya que uno acaba siendo aquello en lo que desea convertirse.
Como dijo Goethe: “si partimos simplemente del hecho de cómo el hombre es, lo hacemos peor.
Pero si partimos de cómo debe ser, entonces lo convertimos en lo que puede llegar a ser”.

Recibir es, por tanto, aprender a tomar algo —material o inmaterial— como regalo, como muestra
de aprecio, como ayuda necesaria, como correspondencia, etcétera. Lo cual fomenta, en otros, la
capacidad de dar. Porque amar no sólo es querer al otro, es, además, perfeccionar al otro; sin
embargo, a veces se le ayudará más, si se le pide un favor que sí se le hace.

Aun cuando la información es necesaria en la educación, sin embargo no se educa sólo por el
hecho de darla, sino por su calidad, por su graduación, por su oportunidad y por el modo como se
prepara a los demás, para recibirla. Existen varios modos de informar: grupal y personal;
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necesaria y ociosa; superficial y profunda; importante y secundaria; oportuna e inoportuna;
etcétera. Si un educador sabe informar, enseñará a distinguirlas. En la actualidad se observa una
inversión respecto a la información: se informa excesivamente de lo secundario, de lo inútil o de
lo perjudicial; y, como contraste, nada o poquísimo de lo importante, o se da por supuesto.

La educación para el amor implica, forzosamente, recibir la información adecuada, no sólo en lo


que se refiere a la sexualidad humana —aunque muchos lo piensen así—, sino fundamentalmente,
recibir toda aquella información que ayude a identificar las diversas facetas del amor y que
propicie el desarrollo y la madurez personal, protegiendo a los hijos de las influencias negativas
del ambiente, y capacitándolos para la toma de las mejores decisiones.

Lectura L14

AMOR Y ENAMORAMIENTO; Tomás Melendo y Lourdes Millán-Puelles,


Asegurar el amor, pp. 27-53, Rialp, España, 2002.

Amor y enamoramiento

«Nos queremos, ganamos lo bastante para ser independientes...; ¿qué más nos hace falta para
casamos?», Ante quienes así razonan, habría que comenzar por inquirir qué es lo que entienden
por «quererse».

Y es que la palabra «amor» ha revestido a lo largo de la historia de la humanidad, y ostenta hoy


día, significados múltiples y varios, y a veces contrapuestos. Un somero vistazo a la literatura o a
la filosofía occidentales bastaría para comprobarlo: el eros de los griegos clásicos, el amor cortés
de los medievales, la pasión romántica, el amor de donación propugnado con vehemencia entre
los mejores de estos últimos decenios.., poseen en común el nombre y algunos caracteres más,
pero se alejan y llegan a oponerse en otros muchos aspectos, incluso fundamentales: en la actitud
de fondo que reclaman de sus protagonistas, en la presunta intensidad con que los implica en su
relación recíproca, en el modo de concebir y tratar a la mujer, en la aceptación o no de las
responsabilidades que todo ello lleva consigo, en su índole fugaz o permanente —los famosos
«amores de verano»—, en la proporción en que intervienen o dejan de intervenir los elementos
corpóreos, emotivos y espirituales.

En la actualidad, el término «amor» es uno de los más utilizados y de los más prostituidos. Se
abusa mucho de él. Hay quienes lo han depurado de connotaciones en otro tiempo irremediables,
como las de tipo económico, político o social —los célebres matrimonios de conveniencia—,
llevándolo de esta suerte a realizaciones sublimes, antes desconocidas. Es justo dejar constancia
de este hecho eminentemente positivo. Pero en nuestra cultura lucha también por imponerse una
tendencia que prima en exceso las meras manifestaciones físicas o emocionales, la afirmación
individualista del propio yo o el placer, e incluso las expresiones de amor controvertidas y
polémicas, que tienden sin embargo a adquirir carta de ciudadanía en el seno de la sociedad
actual. Se habla así, por ejemplo, de amor entre dos novios o esposos, pero también, y
otorgándole el mismo rango, de «amor homosexual», o simplemente de «hacer el amor»: algo
que en otro tiempo tenía un sentido correcto (cercano al de cortejar o hacer la corte), pero que
hoy, degradado y reducido con frecuencia a pura fisiología con un leve y no siempre sincero toque
sentimental, se convierte para bastantes en una triste mueca del verdadero afecto, en un ambiguo
y efímero Jugar a quererse.

Por eso es oportuno que quien divisa en su horizonte la posibilidad del matrimonio reflexione

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antes que nada sobre el amor humano y sobre el esplendor y vivacidad que éste cobra cuando se
torna definitivo mediante el compromiso voluntario, firme y estable entre un varón y una mujer.

a) El amor romántico

- Su grandeza. Aunque cada ser humano posee una biografía original y exclusiva, imposible de
encorsetar en esquemas preconcebidos, y aunque el entrecruzarse de dos existencias se revista
todavía con más fuerza de una singularidad irreiterable, sí que cabe bosquejar una suerte de
paralelismo entre bastantes de las personas que se encaminan al matrimonio. Notas que en cada
caso se tiñen de matices y tonos intransferibles y que no tienen por qué darse siempre, pero
suficientes para apuntar un sendero común que bastantes transitan aun cuando cada cual lo haga
de un modo peculiarísimo.

Y, así, suele surgir el enamoramiento como un amor sentimental, un amor estético y afectivo o de
simpatía: de atracción física unida a un interés por la persona concreta de distinto sexo cuyas
maravillas se comienzan a vislumbrar, y que, cuando resulta correspondido, despierta en los
implicados un afán casi irresistible de verse y hablarse de nuevo, de saber más del otro, de
relacionarse.

Y esto es sólo el inicio. Pues a medida que el trato crece, se instaura por lo común una sintonía de
caracteres y aumenta el mutuo deseo de conocerse mejor y de estar juntos. La persona de quien
uno se enamora ocupa todo nuestro horizonte intelectual y afectivo: difícilmente podemos pensar
en algo distinto que en estar con ella ni sentir otra cosa que su recuerdo; leemos y releemos los
mensajes intercambiados y ya sabidos de memoria; acudimos presurosos a las citas y buscamos
las casualidades —rodeos a veces de varios kilómetros— para vemos una vez más, aunque sólo
sea unos minutos; las despedidas se tornan cada vez más costosas, y sólo cobran sentido porque
nos acercan al próximo encuentro... Vivimos más en el otro que en nosotros mismos: es él quien
otorga su entero significado a todo aquello con lo que nos relacionamos. Como dice Buttiglione, el
enamorado experimenta una especie de desplazamiento afectivo: «Antes 'yo' significaba, en
primer lugar y casi exclusivamente, el propio cuerpo físico, comprendido como centro de intereses
y acciones. Por el contrario, quien se enamora desea estar junto a aquel que ama de modo tal que
el centro de la propia existencia se hace reposar en esa cercanía».

Pero hay más. El amor sentimental resulta en extremo gratificante y embriagador porque apenas
exige esfuerzo. Brota y se despliega de una manera espontánea, involuntaria, en absoluto
forzada. Nadie decide deliberadamente enamorarse de una persona, sino que, sin saber bien cómo
y por qué, muchas veces tras un solo encuentro, otras después de un roce más o menos
circunstancial o de un dilatado período de trato relativamente anodino, empieza a sentir afecto y
ternura y entusiasmo por ella. Y no sólo a causa de sus aspectos atrayentes o agradables, sean
éstos físicos, de temperamento y carácter o propiamente espirituales, sino debido a una suerte de
congenialidad o complementariedad entrevista, una a modo de empatía, de alquimia, que empuja
irresistiblemente hacia el otro.

Parece que no cabe ir más lejos ni en amor ni en satisfacción ni en júbilo. Porque mientras dura el
impacto inicial, la alegría, la impresión de crecimiento, de estar a punto de estallar, de flotar por
encima de las nubes, el sujeto las experimenta sin poner ni mucho ni poco de su parte, como
arrebatado por la pasión que suscita en él quien lo enamora. De ahí que este amor, llamado mu-
chas veces «pasional», se conciba a menudo como el más sublime, como el no va más de los
amores. No creeríamos a quien nos insinuara que resulta posible subir más alto... mucho más
alto.

- Sus límites. Y, sin embargo, se puede. El amor pasional es vivido a menudo con gran fuerza y
resonancia interiores. Pero apenas suele elevarse por encima del plano impulsivo y emotivo, de los
«instintos» y sentimientos. Y esta esfera, como la experiencia no tarda en demostrar, se
encuentra sujeta a un sinnúmero de factores mudables e inconstantes: estados de humor y de sa-
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lud, percepción no siempre veraz del aprecio o de la falta de interés por parte de la pareja,
problemas personales que se proyectan sobre el otro, celos, suspicacias, temores de perder lo que
tanto nos contenta, etc.

Se trata, entonces, de un afecto limitado, no todavía del amor en su acepción más plena. De
resultas, y aunque en los momentos de exaltación nos parezca innecesario y utópico, ese afecto
inicial ha de madurar y desarrollarse, hasta convertirse en elemento ineludible de un amor todavía
más firme, decisivo y gratificador. De lo contrario, por más que se nos antoje imposible, acabaría
por transformarse en un estorbo para el auténtico y definitivo cariño, o simplemente por
desaparecer, pasado el período inaugural de euforia. (E incluso podría hacer despuntar la
convicción de que el amor es poco más que una palabra embaucadora: que lo que pretende
significar en fin de cuentas no existe).

En cualquier caso, el espejismo del amor romántico insuperable, la ilusión convencida de haber
tocado techo y llegado hasta la cumbre, la incredulidad un tanto desconfiada ante quien nos
insinúa que todavía no hemos arribado y que vale la pena seguir avanzando aunque fuere con
esfuerzo, tiene una explicación muy clara. Y es que el amor sentimental, si se da, suele venir
acompañado de una cierta idealización de la persona a la que se ama, que magnifica sus
cualidades reales y tiñe con una pátina de cariñosa y entrañable comprensión incluso sus defectos
más palpables... cuando no simplemente los ignora. Por eso resulta casi imprescindible en los
primeros momentos. Pero, por los mismos motivos, no basta. En esta fase primeriza no se quiere
y se busca propiamente a la persona única del otro, con toda la maravilla y riqueza interior que
lleva consigo, sino más bien sus cualidades: belleza física y atractivo sexual, ternura, capacidad
de comprensión, inteligencia, alegría, iniciativa, optimismo, ganas de vivir..., que son las que de
manera inmediata despiertan en nosotros esa suerte de éxtasis placentero, maravilloso y
cautivador, que nos catapulta a la estratosfera y parece dar un sentido definitivo e irrebasable a
nuestra existencia.

Mas en realidad, por cuanto deriva sobre todo de la atracción sensible y el sentimiento, este tipo
de afecto genera un conocimiento recíproco todavía muy parco y periférico: al no trascender en
sentido estricto el ámbito de la sensibilidad, conduce a conocer con cierta aproximación el cómo,
pero no lleva a saber quién es efectivamente aquel o aquella que nos vuelve locos; en conse-
cuencia, no lo podemos realmente amar (a él o a ella) tal cual en verdad es, pues su realidad
personal más profunda todavía no ha sido descubierta. La pareja está sólo comenzando a caminar
unida y aún queda un largo trecho por recorrer. Y lo que es más, si detuviéramos en este punto
nuestra andadura, si nos conformáramos con lo ya adquirido, antes o después el entusiasmo
incontenible de ese presunto amor inigualable, pero basado en atributos frágiles e inconsistentes
—y, en buena parte, comunes a otras personas—, daría paso a un penoso desengaño, como las
luces de bengala dejan sin remedio tras de sí la realidad oscura de un trozo de madera
ennegrecida, incapaz de lucir de nuevo.

Hay que establecer cimientos más sólidos: encauzar toda la energía que el amor romántico libera
hacia la construcción de un edificio de mucha mayor envergadura.

b) El amor de donación

- Para siempre y desde el fondo. El idilio sentimental apunta a la plenitud que todo amor anticipa.
En el inefable y prometedor chispazo del enamoramiento sincero está presente, a veces sin clara
conciencia, el imperativo de un amor sólido y sin término, que trasciende el carácter efímero del
atractivo corporal y de las emociones más o menos intensas pero siempre inestables. Distinguir
entre los dos amores y englobar el primero en el segundo resulta indispensable para cimentar con

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solidez un matrimonio, descubrir la dinámica que lo rige y llevado a su plenitud y felicidad.

Porque, aunque suela hundir sus raíces en el enamoramiento y en absoluto se oponga a él, el de
donación es otro género de amor. Nace ya con vocación de eternidad —para siempre—, y no sólo
pone en juego las dimensiones perecederas del varón o de la mujer, ligadas a la materia, sino la
entera persona de cada uno de ellos, con todo el vigor de su entendimiento, la fuerza inigualable
de su voluntad, la libre capacidad de construirse a sí mismo y de hacer el bien a los otros... y la
inclinación a la entrega que, como resumen de todo lo anterior, es lo reclamado por su propia
índole personal. Con otras palabras, lleva a descubrir algo único, profundo y grandioso, indecible,
dotado de una riqueza íntima y de una densidad que sólo la inteligencia enamorada es capaz de
apreciar, y que se eleva infinitamente por encima del atractivo externo y de la capacidad de
despertar en nosotros emociones incluso imborrables. Semejante grado de amor, que quienes se
mueven sólo en la superficie jamás llegan a experimentar, únicamente puede obtenerse, según
sugeríamos, a través de la mutua y voluntaria donación de las personas —de toda la irrepetible
persona: su quien—, que nunca habría que confundir ni con los estremecimientos sentimentales o
sensibleros ni, menos aún, con el mero comercio de los cuerpos.

Desde que despunta este nuevo amor, lo que eres —social, económica o culturalmente, pongamos
por caso— y cómo eres —más o menos atractivo, bullicioso, inteligente, etc.— no importan tanto
como quién eres: una persona singular e irreiterable, con vocación de eternidad, llamada a
mantener para siempre un diálogo intimísimo de amor con Dios... y por eso maravillosa y capaz
de dar pleno sentido a mi propia vida. Y de ahí surge el anhelo recíproco de entrega personal.

Un afán que puede ejemplificarse con este diálogo idealizado, hipotético y algo cursi entre quienes
se aman de veras:
- Te quiero, y desearía demostrártelo regalándote lo mejor que tengo.
- Pues lo mejor que tienes y podrías entregarme eres tú misma.
- Entonces de acuerdo: te doy mi vida, te doy todo lo que soy.
- Pues yo también, durante mi entera existencia, seré todo y sólo tuyo.

A partir de tal momento, los presentes con que se obsequian los amantes tienden a multiplicarse.
Pero, sobre todo, cambian de significado. Ya no pretenden tanto servir como medio para
congraciarse con la otra persona, disponerla favorablemente, granjearse su aprecio, amistad y
confianza. En el fondo, aunque a menudo no acaben de advertirlo, tales dádivas son un símbolo o
una prenda de la recíproca donación, presentida y deseada, de ellos mismos. «¿Regalo, don,
entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió con acierto Salinas. O, con
palabras más prosaicas, que cualquier enamorado ardiente haría suyas: «Desearía vivir siempre
contigo, pero como no puedo estar en más de un sitio a la vez y mis obligaciones me imponen en
muchos momentos la separación física, te dejo, para que esté siempre junto a ti, lo más valioso
que he conseguido encontrar; y te lo entrego con tanto cariño que en realidad lo que hay en ese
obsequio es... mi propia persona».

Como bien puede advertirse, la clave del drástico cambio que estamos exponiendo gira toda ella
en torno a un extremo muy neto: la entrada en vigor de las valencias estrictamente personales,
que el auténtico amor siempre pone en primer plano. Con independencia del modo en que se
llegue hasta él y de su índole más o menos expresa y observable, en el inicio del amor de
donación se sitúa siempre un descubrimiento de la persona del ser querido, que hace vibrar a su
vez nuestras fibras personales más recónditas. Ya no cuentan tan sólo los atributos, incluso
encomiables, de quien nos fascina. El amor genuino surge de más dentro y va más allá: advierte
con particular agudeza la excelsitud personal irreiterable del ser querido. Es como si la entera
maravilla de la índole de persona —perfectissimum in tota natura: lo más perfecto que puede
existir, como la definían los clásicos— se percibiera con vigor irresistible encarnada en un deter-
minado sujeto del otro sexo, con el que uno desea compartir la propia existencia; y es como si ese
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portento de bondad y belleza —anclados en la nobleza incomparable del ser personal— elevara
hasta su rango sublime a todos y cada uno de los integrantes de quien queremos: sus cualidades,
que desde siempre nos habían atraído..., y también sus lagunas y defectos, de modo que incluso
éstos, incorporados a la unidad inefable, compacta e intimísima de la persona toda, se
transforman también en objeto de amor, puesto que pertenecen sin fracturas (incompatibles con
la férrea unidad de cuanto se eleva hasta el rango de persona) al sujeto amado.

Por otra parte, y también este extremo presenta resonancias prácticas, las virtudes físicas o
espirituales que hasta entonces nos atraían y ahora nos siguen subyugando, quedan marcadas
con la unicidad singularísima que constituye a la persona querida. Dejan de ser comunes o
similares a las de otros individuos... y se atenúa casi hasta el infinito la posibilidad —¡la
tentación!— de sentimos atraídos por atributos semejantes de personas diversas: sencillamente
porque al enraizarlos hasta la hondura de la condición personal, los de quien amamos se han
trocado inesquivablemente únicos, sin parangón, y nada parecido podríamos encontrar en un
sujeto distinto. Como recuerda Ortega, «nada inmuniza tanto al varón para otras atracciones
sexuales como el amoroso entusiasmo por una determinada mujer». (Para quien quisiera
profundizar en estos extremos, nos permitimos remitir a Tomás MELENDO, Las dimensiones de la
persona, Palabra, Madrid, 2a ed. 2001).

- Entrega libre y voluntaria de la persona. Y ahí, en la entrega directa y plena de la persona reside
la clave del éxito, indisolublemente aparejado, como más tarde veremos, al olvido de uno mismo.
Pues mientras el derivado de la simple atracción y de los sentimientos giraba en cierto modo en
torno al propio yo, tendiendo a colmar nuestros lícitos deseos de contento y satisfacción estando
con quien queremos, el amor de donación invierte la situación radicalmente. Nos saca de nosotros
mismos y nos lleva a reconocer y querer, a través del entendimiento y la voluntad, y no ya sólo de
la sensibilidad y las emociones, el bien de la amada o del amado: su bien más real y concreto, no
un bien genérico, difuminado y confuso en una nube de efluvios románticos. Este amor,
característico del matrimonio y conocido a menudo como amor «esponsal», culmina sin remedio
en la dádiva: ofrecerse uno mismo al otro con total gratuidad, ponerse plenamente a su servicio,
hacer entrega recíproca de la propia e íntegra persona, recibida también de manera
incondicionada por el cónyuge.

No es sólo, pues, el placer, ni sólo el afecto ni las resonancias emotivas; se trata de dar, pero de
dar lo más grandioso que tenemos, nuestro propio yo personal, que es lo que el otro con más o
menos conciencia desea y en todo caso necesita: no lo que deseamos y necesitamos darle no-
sotros y que por eso nos contenta. La alegría profunda y duradera, efecto del amor en su sentido
más elevado, nace justo de este inmortal donarse gratuito; no con vistas a un determinado interés
o al goce, siempre efímeros, sino a la perfección y a la felicidad del otro, de cara a su en-
grandecimiento personal definitivo.

Amor romántico o amor de donación... ¿Cómo entender mejor la diferencia entre estos dos tipos
de amores (o etapas o ingredientes del amor)? ¿Cómo calar hasta el fonda en la realidad de que el
amor, si es de calidad, concluye siempre en la entrega del propio ser, en la dádiva altruista, por
encima del goce y del propio contentamiento?

Tal vez hoy no resulte fácil. Pues hay que considerar que la nuestra es en gran medida una
sociedad teñida de individualismo egocéntrico —que gira en torno a uno mismo— y de Utilitarismo
o afán de extraer un beneficio individual de todo lo que hacemos; que eso cristaliza en una
civilización del «usar y tirar» o, como ha escrito con autoridad Juan Pablo II, en «una civilización
de las "cosas" y no de las "personas", una civilización en la que las personas se usan como si
fueran cosas»; y que en tal contexto, el de «la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser
un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que
dificulta la libertad de sus miembros». Así entendidos el mundo y las relaciones personales, la
merecidísima satisfacción del amor sincero tiende a desaparecer y, con ella, el propio cariño y el
contento. Como demuestran entre otros índices las repletas consultas de los psiquiatras, la cultura
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actual, cargada de amenazas para un yo ensalzado y protegido en exceso, puede deteriorar a
quienes se someten a ella y acaba por engendrar hastío, desencanto, indiferencia, pasotismo y
desventura.

Por el contrario, la felicidad se encuentra aparejada al perfeccionamiento de la persona, es como


su corolario o resonancia en el sujeto. Y nadie mejora como persona sino en la medida en que
ama con amor de voluntad y, llevando a plenitud ese amor, se da, se transforma en don o dádiva,
haciendo del engrandecimiento y de la felicidad del otro —en su caso, del cónyuge— la vocación y
el sentido de la propia existencia. De ahí que, con independencia absoluta de las circunstancias
que con tanto énfasis proponen algunos sectores de la civilización presente —salud, dinero,
disponibilidad de tiempo y medios de diversión, experiencias cada vez más alambicadas…—, la
dicha de cualquier matrimonio resulte directamente proporcional a la recíproca entrega de quienes
lo componen: a la decisión, profundidad y frescura con que se aman.

Algunas de las mejores secuencias de Tierra de penumbras, en las que la grandeza y plenitud del
amor se recortan sobre la cercanía de la muerte, consiguen transmitido con exquisita sobriedad. A
su vez, nuestro Fray Luis de León lo expresó con un deje de serena poesía: «De la misma manera
que es rico un hombre que tiene una preciosa esmeralda o un preciado diamante, aunque no
tenga otra cosa, y el poseer esta piedra no es poseer esta piedra, sino poseer en ella un tesoro
abreviado; así, una buena mujer no es una mujer, sino un montón de riquezas, y quien la posee
es rico con ella sola, y sólo ella le puede hacer bienaventurado y dichoso», igual que un buen
marido a su esposa.

e) El amor conyugal

- Unión personal de por vida. La grandeza y la dignidad del hombre se manifiestan en la capacidad
de comprender y dirigir —según las exigencias del bien integral propio y del prójimo— sus
impulsos y sentimientos, merced al uso de sus facultades espirituales: inteligencia y voluntad.

El amor conyugal es la elección consciente, libremente asumida, de entregarse por completo al


otro, aceptándolo y queriéndolo tal como es, con objeto de formar una familia. Sólo cuando se
fundamenta en semejante donación, el matrimonio dará origen a una vida común duradera; y
aunque en ella no faltarán las dificultades, y sus miembros se verán llamados a realizar no pocos
sacrificios, éstos, bien mirados, serán fuente de futuro gozo... o gozosos ya, por sí mismos, en el
momento en que tengan lugar.

«Amarse no es irse juntos a la cama, sino levantarse juntos de ella cada amanecer y afrontar,
también juntos, las alegrías y los problemas de la vida cotidiana»: poco más o menos con estas
palabras explica Henry Fonda a su hija mayor el significado del amor en la película Cita bajo la
cama.

El acto conyugal ha de considerarse como la coronación de la unión plena de la pareja. La unidad


afectiva, de los corazones, de las mentes y de la vida debe por tanto preceder a la unión de los
cuerpos. «Para compartir la intimidad corporal primero debe compartirse la intimidad espiritual»,
se ha dicho con enorme tino. Quien cediendo a la sensualidad o a un falso emotivismo altera este
orden provoca la ilusión de una fusión ya realizada, cuando lo que existe es sólo una triste
confusión. La pareja quedará fácilmente con la impresión de haber sido usada, reducida a
herramienta de placer y contentamiento. Existen «pruebas de amor» que dejan como poso una
particular soledad, con la melancólica conciencia de no haber construido nada, sino más bien de
haber desperdiciado un componente enormemente valioso de uno mismo. Por el contrario, la
relación sexual se presenta repleta de belleza, de verdad y de alegría cuando confirma,
manifiesta, resella y culmina el engarce de por vida de las personas de los dos cónyuges.

La mejor y más probada antropología de todos los tiempos, inmune a modas y prejuicios
pasajeros, afirma que el acto conyugal es auténtico (y por tanto no sólo lícito, sino instrumento de
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perfección mutua y de felicidad compartida) sólo entre quienes ya se han entregado de un modo
«total y definitivo», entre quienes se aman de veras. Como consecuencia y por contraste, según
recuerda el Papa, la «donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una
donación en la que está presente toda la persona» —cuerpo, sentimientos, espíritu...— «incluso
en su dimensión temporal».

- ¿Destino?: el amor. De ahí que quienes se casan deban aprender a amarse como marido y
mujer, como personas que se pertenecen recíprocamente, que son-del-otro. Según recuerda
Mónica de Aysa, el modo más «seguro de comenzar con acierto la vida conyugal es tener como
objetivo vital "aprender a querer"». Únicamente entonces podrán los cónyuges alcanzar el
verdadero amor esponsal, que no es sólo sexo, afecto o admiración, aun que los incluya, sino algo
abismalmente más hondo y denso y significativo, que nace ya de la voluntaria entrega personal y
desemboca en el completo y recíproco don de sí: fiel, perpetuo y fecundo.

¿Difícil? Sin duda, y tal vez más hoy... y hay que saberIo. Pero también cautivador y fuente de
satisfacciones. El hombre, creado por Amor, se encuentra llamado al amor, y no puede lograr «su
plenitud sino a través del don sincero de sí mismo a los demás». Es un ser-para-el-amor y sólo
amando, y amando bien, progresa y mejora su propia condición como persona, de la que deriva
una dicha cada vez más plena y reveladora.

Todo lo que expondremos en capítulos sucesivos no representa en el fondo sino las consecuencias
que derivan de esta realidad fundamental. Pero antes conviene reflexionar sobre la esencia del
matrimonio y esclarecer sus diferencias respecto al que hace algunos años se calificaba como
amor libre y que hoy encuentra un campo de cultivo institucionalizado en las tan traídas y llevadas
parejas de hecho.

d) Amor libre y matrimonio

- Una transformación radical. El término cónyuge deriva de cum iugo y designa a aquel o aquella
con quien la unión a un mismo yugo permite llevar hacia delante un proyecto común libremente
decidido y sostenido, apoyando cuando fuera el caso su debilidad con mi fuerza o recibiendo el
vigor de su energía cuando yo flaqueo, hasta hacer fructificar con nuestra acción conjunta la tierra
que estamos labrando. La palabra compañero (de cum pane: persona con la que divido el pan) se
refiere al simple comensal. Entre lo significado por los dos vocablos existe una abismal diferencia.
La comida —ir hoy, por desgracia, la cama— la comparto con quien quiero; pero la suerte futura
no: sólo con el consorte, de cuyo engrandecimiento y felicidad voluntariamente me hago respon-
sable.

En consecuencia, el consentimiento expresado el día de la boda es más que un momento de


particular intensidad en la aventura sentimental de un hombre y una mujer: constituye aquel acto
egregio de amor de voluntad oblativa, único e irrepetible, que libremente los transforma,
haciéndoles ser de un modo nuevo, radicalmente distinto del que eran hasta hace unos instantes.
Los convierte en esposos, deudores definitivos y embelesados de su amor recíproco: miembros
inaugurales de una misma familia, vinculados de por vida, al margen de cualquier otra
circunstancia, como ligados por un lazo de fraternidad indisoluble se encuentran los hermanos
nacidos de unos mismos padres; con la diferencia, hoy difícil de comprender, de que la unión de
los cónyuges, nacida de la voluntad libre, al ser más comprometidamente personal, posee mucha
mayor fuerza humana y antropológica que la derivada de la comunidad de sangre; es más íntima
y vinculante que ella, como a su vez resulta todavía mayor la que hunde sus raíces en lazos
sobrenaturales.

Según se nos recordara hace algunos lustros, «por obra del matrimonio se juntan y se funden las
almas aún antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los
sentidos [...], sino con una determinación firme y delicada de las voluntades» que presenta
efectos reales, por cuanto hace que los cónyuges sean de una manera nueva y puedan actuar de
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acuerdo con ella. Justo esa mudanza, aparejada a la existencia de un vínculo o unión intimísima —
dos en uno— señala el abismo que separa a los amantes de los esposos; el que distancia al mero
convivir, del ser marido y mujer; al simple engendrar hijos, del efectivo constituir una familia
surgida de y para el amor.

Como explica un autor italiano, con expresiones un tanto técnicas, el amor esponsal «liga y hace
de quienes se aman 'consortes', es decir, los une en un destino común. Existen variados lazos de
amor en el ámbito sentimental o intencional, pero el amor esponsal posee un vigor ontológico:
crea una ligazón que permanece para siempre y define de una manera nueva a las personas;
casarse no es lo mismo que ser amigos, igual que engendrar un hijo no equivale a ocuparse de
niños menesterosos». Es lo que siempre se ha definido como una cambio de estado y que
nosotros preferimos designar como transformación profunda del modo de ser.

La enérgica transformación que hemos esbozado constituye uno de los puntos menos atendidos en
el momento presente y uno de los más importantes para entender la naturaleza del auténtico
amor, la posibilidad de conducirlo hasta el apogeo reclamado por la condición humana y, por
contraste, cuando no se da, la causa de tantas insatisfacciones y de tantos fracasos
sentimentales.

Porque ese amor que hemos visto apuntar con fuerza más allá de los meros sentimientos tiene
que ser voluntariamente consolidado por un acto consciente, eficaz y definitivo de las personas
que lo experimentan. Como en tantas otras circunstancias trascendentales de la vida humana, la
cifra para comprender con hondura esa confirmación creadora de un amor más alto la constituye
la que tal vez es la clave de más calado de toda nuestra existencia: el ejercicio cabal de la
libertad, que es el que genera las más radicales mudanzas en el entramado de nuestra persona, a
la par que nos hace dueños de nosotros mismos y nos permite obrar con un nuevo vigor.

En buena medida, hoy no entendemos ni el auténtico amor ni el matrimonio porque estamos muy
lejos de comprender, con toda su hondura, cuál es la naturaleza de la libertad y cuál es su
decisivo papel en el transcurrir —¡y en el éxito o fracaso!— de la existencia humana.

También en este punto pueden servimos de auxilio un par de esclarecimientos realizados de la


mano de Juan Pablo ll. Recuerda el Sumo Pontífice, con un diagnóstico aparentemente duro, que
la nuestra es «una época de gran crisis, que se manifiesta ante todo como profunda 'crisis de la
verdad'». Y añade: «Crisis de la verdad significa, en primer lugar, crisis de los conceptos». Para
concluir: «Los términos 'amor', 'libertad', 'entrega sincera' e incluso 'persona', 'derechos de la
persona', ¿significan realmente lo que por su naturaleza contienen?».

Con el fin de avanzar en el tema que nos ocupa, querríamos ahora centrar nuestra atención en los
armónicos aparejados en el mundo presente al término libertad y que también dejan sus huellas,
¡y hondas!, en la manera de enfrentarse con el amor y vivido rectamente. Para buena parte de
nuestros contemporáneos este maravilloso don, tal vez el más grande concedido a los humanos,
se liga exclusiva o primordialmente a la simple acción. Lo que reclaman al apelar a su libertad es
el poder de hacer lo que les venga en gana (o incluso que «les dejen» hacer eso que les apetece).
Pero semejante visión de la libertad resulta muy pobre. Sin eliminada, ha de ser trascendida. Más
que la aptitud para hacer, la libertad nos otorga la capacidad de querer o elegir efectivamente, sin
coacciones ni interferencias, aquello que a continuación llevaré a cabo. Estamos ante la conocida
libertad de elección a la que apelaban con insistencia los clásicos, sin la que la condición libre se
esfuma, como de hecho ha desaparecido para algunos de los que hoy hacen de ella una especie
de ídolo imprescindible y anhelado. Porque, en efecto, entre los que reivindican con fervor el
derecho a realizar determinados actos, hay quienes en realidad no gozan de la capacidad de
quererlos (o, para que se entienda mejor, de elegirlos): aun cuando no sean conscientes de su
servidumbre, se ven impelidos compulsivamente a llevados a término... sin opción para omitidos.
Son esclavos o de los condicionamientos externos: modas, opiniones establecidas y acríticamente
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aceptadas, temor al ridículo o a oponerse a lo políticamente correcto...; o, más a menudo todavía,
se hallan determinados por la necesidad que les impone su ignorancia, la falta de fuerza de
voluntad, las pasiones incontroladas...

Hacen en efecto muchas cosas, pero no por libre elección —no podrían dejar de hacerlas—, sino
requeridos de manera irrefrenable por los factores a que acabamos de aludir. Como consecuencia,
no son libres.

Pero tampoco acabarían de serlo, si habláramos en puridad, quienes gozaran del simple poder de
elegir lo que hacen. Lo son tan sólo los que pueden voluntariamente optar, querer y poner por
obra lo que deben realizar para que esa operación contribuya a su mejora personal. Por emplear
un modo de decir común, aunque necesitado de matices, la libertad humana no es un absoluto o,
desde este punto de vista, un fin. Se constituye más bien como medio privilegiado para la propia
realización personal. De poco serviría en verdad ni el hacer ni el elegir si merced a ellos yo no me
construyera, mejorara como persona, me acercara a la meta gracias a la cual obtengo mi
plenitud. Libertad es, entonces, la capacidad de: i) conducirse por sí mismo ii) hasta la propia
perfección. Con las dos notas: si careciera del poder de autodeterminación, sin el efectivo no ser
arrastrado, en verdad no podría considerarme libre; pero si tal aptitud no contribuyera
eficazmente al propio desarrollo, resultaría inútil o vana, de ninguna manera cabría considerarla
una ganancia, una prerrogativa positiva, el gran don o privilegio al que antes nos referíamos.

Vemos entonces que, desde los dominios de la simple operación externa, y a través de la decisión
y de la elección correcta, constructiva, la libertad acaba por moverse y hundir sus raíces y dar
fruto en las feraces e íntimas tierras del propio ser. Se configura como el poder de hacerme, de
modificar o incrementar aquello que soy para llegar a ser de una manera más plena y cabal (o, al
contrario, para empequeñecerme y destruirme, al actuar en contra del sentido de mi propia
existencia).

La libertad empieza a advertirse como el inefable atributo que eleva al hombre por encima de los
animales cuando caigo en la cuenta de que cada una de las acciones que realizo libremente deja
una huella en mi propio ser, me modifica, haciéndome crecer (ser más y mejor) o, si fuere el
caso, des-haciéndome, disminuyendo la estatura de lo que soy. Esa modificación puede resultar
muy tenue, cuando lo que pongo en juego al obrar es un aspecto periférico o menos trascendente
de lo que me constituye como persona: cuando decido hacer un pequeño esfuerzo para ayudar a
un amigo o me privo, por amor a quienes quiero, de un capricho insignificante. Pero también
puede incidir de manera profunda en mi vida, configurándome de un modo nuevo: como sucede-
ría, pongo por caso, cuando me arrepiento honda y sinceramente de una actitud arraigada o una
costumbre que ponía trabas a mi despliegue personal, y decido cambiar de vida.

En semejantes circunstancias, como fruto de esa opción y del conjunto de armónicos que la
secundan, empiezo a ser de un modo radicalmente distinto, que imprime un rumbo desconocido a
toda mi andadura vital. Pues bien, entre los actos que más íntimamente influyen en el sujeto
humano se encuentra justo aquella suprema decisión voluntaria —¡libérrima!— por la que un hom-
bre y una mujer deciden empezar a amarse de veras: entregarse de por vida todo lo que son,
hacen y tienen... y lo que serán, harán o tendrán. Y la razón de tan singular incidencia no es muy
complicada. Muchas veces y con gran autoridad se nos ha explicado que el sujeto humano es una
realidad destinada al amor (un ser-para-el-amor), hasta el punto de que «no encuentra su
plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». El destino de la vida humana, lo
que hace que un individuo llegue a ser lo que está llamado a ser según su condición más propia,
es justo la donación de sí mismo. Y esto, como bien puede advertirse, se lleva a cabo de una
forma prácticamente única en el momento en que libremente —¡porque quiero y porque quiero
(porque amo)!— decido ofrecerme por completo, en el matrimonio, a aquella persona a la que
desde ese instante pertenezco y con la que voy a compartir mi vida entera. De suerte que, como
venimos repitiendo en el texto, el «sí» de la boda produce en mí una de las mudanzas más
radicales y definitivas que puedan imaginarse: por cumplir de manera adecuadísima la inclinación
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más configuradora de mi condición personal, la tendencia a existir para los demás, me transforma
tan revolucionariamente que empiezo a ser de un modo original, que marca una diferencia deci-
siva e imborrable respecto a lo que era antes de llevar a cabo ese acto libre y enaltecedor.

Esa variación en el ser hace posible también una manera distinta de obrar. En definitiva, en lo que
ahora nos atañe, me capacita para amar seria y cabalmente: para amar sin más, si a este vocablo
le concedemos su auténtico y más noble valor (comparado con el cual, todo lo de antes todavía no
era amor).

- El vigor creador de la libertad. Con otras palabras: por encima de cualquier apariencia, y a pesar
de que nuestros sentidos no consigan advertido, el pacto conyugal inaugura una realidad inédita
—el matrimonio, antes inexistente—, que lleva consigo un modo por completo diverso de ser (y de
obrar) para cada uno de sus integrantes. Con el matrimonio, y porque quiere, el marido se
convierte en hombre-de-aquella-mujer, que a su vez, también porque quiere, se torna mujer-de-
aquel-varón. Desde ese instante los esposos se pertenecen mutuamente en lo que poseen de
conyugable (de apto, según sugeríamos, para ponerse en común al servicio de un proyecto de
vida compartido en cuanto varón y mujer). Se instaura entre ellos una apropiación recíproca,
fuente de la que emana toda su vida de amor y fecundidad. Ya no son simplemente un hombre y
una mujer, sino que son esposos, una pareja, «una sola carne» (Gn 2, 24 Y Mt 19, 6).
Han decidido libremente -¡porque les da la gana! convertirse en cónyuges; y el impresionante
vigor de la libertad ha transformado la gratuidad originaria de su amor en exigencia de justicia o,
mejor todavía, en deliberada deuda de amor: ahora no sólo se quieren, sino que, en un
entusiasmante y supremo acto de libertad continuada y transfiguradora, se han obligado a
quererse: se «quieren querer». Y, con ello, da inicio una nueva etapa del amor, situada a años luz
por encima del afecto existente antes de la decisión voluntaria realizada en el momento de la
boda.

De resultas, con el consentimiento matrimonial los esposos pretenden, sí, ponerse de acuerdo
para pasar juntos el resto de sus días; pero además y sobre todo, comienzan a ser-del-otro y
para-el-otro, asumiendo la comunidad de vida conyugal y el enamorado desvivirse por su pareja
como deuda, como vínculo no sólo de amor sino de justicia enamorada, es decir, como unión
mutuamente debida.

Aunque todo ello dejando claro que pertenecer y donarse al cónyuge no equivale a convertirse en
su esclavo, ciego secuaz de sus posibles caprichos... porque esto implicaría un perjuicio efectivo y
hondo para los dos esposos. Darse a sí mismo significa empeñar la propia libertad en aras del bien
personal y de la felicidad reales del ser querido y esto exige una respuesta adecuada. Puesto que
el objeto de la recíproca donación es el bien de ambos, cada uno se obliga libremente a poner por
obra cuanto en efecto contribuya a ese bien y a evitar lo que lo impida, aun cuando así tuviera
que oponerse a los deseos arbitrarios del otro. Las dos cosas por amor, buscando el
perfeccionamiento mutuo y comprometido.

- La parodia del «amor libre». Si se ha seguido con detenimiento lo expuesto hasta ahora, no es
difícil advertir que el auténtico y más genuino «amor libre», aquel al que le cuadra sin reservas
esta denominación, es justo el del matrimonio. Porque es amor verdadero, de la más alta calidad,
y porque ha surgido y se conserva y crece como fruto de un acto libérrimo de voluntad sostenido
y reiterado de por vida. Por el contrario, lo que durante lustras se ha calificado con semejante
nombre, y que con tanta musicalidad seduce a los oídos, no es sino la imposible convivencia entre
dos ilusiones: la de ser «libres», sin compromiso, poniendo en juego una desgraciada caricatura
de la auténtica libertad, y la de amar de verdad, con genuina entrega.

¿Por qué hablamos de convivencia imposible? Porque una libertad que no se fundamente sobre la
verdad no es libertad auténtica. Ahora bien, si como hemos visto el amor profundo y verdadero es
ante todo donación, salida de sí, dádiva, vinculación de por vida al otro, hablar de un «amor libre

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de compromisos», sin entrega, resulta una contradicción. En la expresión «amor libre», la legítima
e inevitable fascinación de las palabras «amor» y «libertad» queda corrompida de hecho a causa
de ese intento de ensambladas en una coexistencia recíproca... que las destruye. En el mal
llamado «amor libre» se pierde el sentido fidedigno del amor y de la libertad, por cuanto ésta ca-
rece de significado al margen de la entrega amorosa.

No está de más observado: la simple «relación» o incluso «convivencia» de una pareja, hoy tan
extendida, es una situación irregular que en el fondo contribuye de manera decisiva a hacer que
no se entienda la honda realidad interpersonal y soberana del matrimonio, relegándolo a la
función de mera práctica legal —el famoso «papel» del juez o del párroco— o de simpática e
insustancial tradición festiva. Y que, por tanto, lo devalúa, lo desbarata y tiende a hacer de él una
suerte de inútil optional. No se advierte la abismal diferencia que existe entre estar o no casados,
entre ser o no ser esposos, entre poder o no poder amarse en cuanto tales. Como fácilmente po-
demos observar —recuerda Juan Pablo II—, «a veces parece incluso que, con todos los medios, se
intente presentar como "regulares" y atractivas —con apariencias exteriores seductoras—
situaciones que en realidad son "irregulares". En efecto, tales situaciones contradicen la "verdad y
el amor" que deben inspirar la recíproca relación entre hombre y mujer».

Nuestra cultura tiende a concebir errónea y depauperadamente la libertad como un continuo y


angustioso sustraerse a todo lazo y obligación. Es difícil que en un clima tan neuróticamente
autoprotectivo se comprenda el sentido de la alianza matrimonial, del «don de sí», que es la
médula, la causa eficiente y, por así decir, el todo de la vida conyugal. Quien rechaza las
vinculaciones nobles, que son la auténtica puesta en juego del obrar libre y las que confieren peso
y espesor a una existencia, piensa sin razón que mantiene intacta la libertad. Pero semejante
actitud, en apariencia libre, torna a quien la adopta paradójicamente esclavo, entre otras cosas,
del miedo a implicarse y de una autodefensa cargada de ansiedad: lo encierra en sí, condenándolo
a la esterilidad más absoluta. Esa libertad no fructifica, no hace crecer, no cumple el cometido
para el que ha sido donada, que es el perfeccionamiento propio y ajeno: consagra la simple
«posibilidad (de la posibilidad), sin fruto, sin decisión, sin mejora ni incremento personales y, por
tanto, sin capacidad para hacer felices.

Claro que uno puede considerarse dueño de eludir de por vida cualquier compromiso. Pero
entonces la libertad, por un extraño juego del destino, resulta brutalmente reducida a un
sucedáneo caricaturesco... justo en nombre de la libertad. En efecto, el que no se muestra lo
bastante señor de sí como para poder darse, prueba con ello que no es libre: se halla encadenado
a la fugacidad veleidosa y al capricho del presente. La figura del don Juan, tránsfuga desesperado
de cualquier vínculo estable, constituiría su paradigma.

Resulta oportuno recordar de nuevo que la libertad se nos ha otorgado para alcanzar la plenitud y
para el propio incremento de nuestra condición libre. Y esto no se consigue dejándola en
barbecho, sino poniéndola efectivamente en juego. Con palabras de Ortega, «la libertad crece a
golpes de libertad»; y con ella, nuestra perfección humana.

No es infrecuente escuchar —pues la doctrina ha encontrado defensores incluso en filósofos de


talla— que en la medida en que ni elijo ni me comprometo quedan abiertas ante mí un número
superior de posibilidades y, por tanto, sigo gozando de mayor libertad. Pero esto es un simple
espejismo, ya que nos zambulle sin remedio en la esfera de los puros posibles no realizables y,
por consiguiente infecundos, cerrándonos por el contrario el paso al surgimiento de las nuevas
posibilidades reales que nacen de cada elección.

Pues es verdad, por limitarnos a un ejemplo nada complicado, que antes de optar por una
profesión concreta, mis posibilidades teóricas de ejercer las distintas actividades resultan
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prácticamente infinitas: podría dirigirme a cualquiera de ellas. Pero no es menos cierto que,
mientras no me decida y prepare para una en concreto —suprimiendo al menos por un tiempo
todas las restantes—, de hecho no puedo llevar a cabo ninguna tarea real; y que en la medida en
que elijo y me formo se abren ante mi auténticas posibilidades —antes inexistentes— de
despliegue efectivo de esa tarea de servicio franco a los demás. De manera semejante, si me
empeño en permanecer «libre» ante el matrimonio, siguen en teoría disponibles las mil
posibilidades de casarme con una u otra persona (siempre que ella me acepte): pero sólo cuando
en efecto entrego mi ser se hacen realidad las ocasiones de crecimiento de la vida conyugal
comprometida y los beneficios que una cabal paternidad o maternidad llevan consigo.

Si no me decido y opto, dejando a un lado otras alternativas meramente teóricas, no pueden


alzarse ante mi novísimas y feraces oportunidades efectivas de crecimiento personal y libre.
(También en este punto nos permitimos remitir a Tomás MELENDO, Las dimensiones de la
persona, cit.)

Lectura L15

Nos casamos

La naturaleza inamovible del matrimonio. Ya hemos visto cuál es el núcleo del amor conyugal y en
qué consiste el noviazgo. Si ahora queremos precisar mejor qué significa casarse, conviene
recordar los tres elementos esenciales del matrimonio: la unidad, la indisolubilidad y la
fecundidad. Constituyen como su espina dorsal. Por eso, quien se aventurara a dar ese paso
decisivo excluyendo de su compromiso uno de los integrantes recién mencionados contraería un
matrimonio incapaz de mantenerse en pie, un matrimonio nulo; o, mejor, no contraería
matrimonio.

Y es que, de acuerdo con lo que sugeríamos, el matrimonio no es una invención de los hombres,
algo que a cada uno quepa confeccionar a su arbitrio. El ser humano puede decidir libremente si
casarse o no y, hasta cierto punto, si existe reciprocidad, con quién hacerlo. Pero no está en sus
manos establecer el sentido del matrimonio. Pues las propiedades esenciales de éste dependen de
la naturaleza de la persona-varón y de la persona-mujer en su recíproca complementariedad,
según los planes de Dios.

Son la misma esencia del matrimonio y la condición personal de los contrayentes las que
establecen sus bienes o propiedades constitutivas. El amor total e incondicionado, que culmina y
se expresa en la entrega también sin paliativos de las personas íntegras del varón a la mujer y
viceversa, hacen que el matrimonio no pueda ser de manera distinta a como es.

Según recuerda Hervada, «lo amado en el amor conyugal es la entera persona del otro, en cuanto
es varón o mujer. El varón y la mujer, por causa de su dignidad y de su valor como personas, sólo
son adecuadamente amados cuando el amor hacia ellos es pleno y total. Y es esa plenitud y
totalidad lo que reflejan los bienes del matrimonio».

Y prosigue:
«i) En primer lugar, se ama plena y totalmente al otro cónyuge, cuando se le ama solamente a él,
con exclusión de terceros.
ii) En segundo término, la plenitud y la totalidad del amor piden que sea un amor perpetuo,
comprometido para toda la vida.
iii) En tercer lugar, el amor pleno y total ama al otro en todo lo que es varón o es mujer y, por
ende, ofrece y acepta la capacidad de ser padre o madre».

Totalidad absoluta y hasta cierto punto sobrehumana, en virtud de la cual nos alcanzamos a

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nosotros mismos: para ser plenamente hombre, sostenía Pascal, el hombre debe ser más que
hombre. Es lo que, con un lenguaje tremendamente sugestivo, explica a su hija Marta Brancati-
sano: «Intenta por un momento definir el amor: no es fácil ¿Qué adjetivos acuden a tu mente? Lo
han intentado todos los poetas y, sin embargo, si queremos a la esencia de la realidad, a los
primeros principios o significados últimos, sólo hay una cosa que lo distingue: el amor es un
absoluto, es para siempre, sin parcialidades, sin límites, ni siquiera los que son propios de la
condición humana. Nadie soporta los "si" o los "pero" en la forma de ser amado. "Mientras seas
hermoso, si eres rico, si eres importante, si actúas así o asá": condiciones todas ellas más propias
de un pacto, de un negocio. El amor no se deja poner frenos, se dice que es loco precisamente
porque no tolera límites o esquemas. Es un todo que lo satisface todo; lo sentimos así, lo
queremos, y nos sentimos realmente liberados por ese loco. Es el absoluto que irrumpe
misteriosamente en nuestra condición, limitada e imperfecta. Es como un niño que lo quiere todo
y como una madre que lo da todo; es tan difícil de conseguir que exige dar un salto por encima de
uno mismo; un gran salto cuyo punto de llegada es encontrarse y cuyo riesgo es perderse. Por
eso algunos abandonan y enmascaran su propia renuncia fingiendo que el amor no existe. Renun-
ciar a buscar el amor es la única muerte verdadera, la no existencia consciente y, como tal, no
construye nada que dure más que un soplo».

a) Amor fiel (la relación matrimonial es exclusiva)

- Dos en uno. Al resplandor de estas palabras comprendemos mejor que «el matrimonio es una
alianza, un pacto de amor, una decisión de un varón y una mujer que optan por existir uno para el
otro donándose mutuamente en cuanto varón y mujer con todo lo que son y tienen». Es justo ese
entregarse recíproco y definitivo lo que realmente instaura el vínculo, el matrimonio, y transforma
a los enamorados en marido y mujer.

Como consecuencia, los esposos «ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6; cfr. Gn 2,24). La
exclusividad del amor conyugal es un corolario de la profunda unidad del matrimonio. Si se
considera que ese recíproco don de sí (de él con ella y viceversa) es por fuerza una donación total
—si no, no sería auténtico amor—, se comprende también por qué ha de ser exclusivo.

Quien pretendiera entregarse a más de un hombre o mujer, no podría hacerlo sino parcialmente,
distribuyendo entre varios, siquiera temporalmente, lo menos personal y más externo de su
sexualidad: porque lo espiritual, el saber, la alegría… pueden comunicarse a muchos sin que por
ello disminuya ni se reparta lo que cada cual posee; pero, al contrario, allá donde interviene la
materia, para que varios participen de una misma realidad ese algo tiene que fraccionarse, de
modo que a cada uno de ellos sólo le corresponderá una porción o fragmento. Y esto, que puede
advertirse con claridad cuando se trata de tomar parte de una herencia o distribuir una tarta entre
los miembros de una familia, sucede de manera análoga en el amor conyugal, en el que interviene
esencial o constitutivamente la donación del cuerpo y de las capacidades genésicas: si lo intento
repartir entre varios, ninguno puede recibir íntegro ese don. No es difícil advertir que, en tal
supuesto, los amantes no se poseen de forma exclusiva, sino sólo fragmentariamente: no se
pertenecen del todo, al contrario que los verdaderos cónyuges. Y, por tanto, no se aman, pues el
amor auténtico es absoluto, implica a la persona toda en su radicalísima y vigorosa unidad, no ad-
mite repartos. En este caso, a la palabra de moda «partner» puede dársele un idóneo doble
sentido.

En la celebración litúrgica del matrimonio, por poner un ejemplo significativo, los esposos se
intercambian las alianzas mientras dicen: «Recibe este anillo, signo de mi amor y de mi fidelidad.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Tal vez respetar el compromiso de la
fidelidad en las distintas circunstancias de la vida matrimonial no resulte del todo fácil, máxime en
una sociedad postcristiana, que encuentra tolerable e incluso simpático tener de vez en cuando
una aventura extraconyugal. De ahí que esa lealtad, aunque posible, no se vea exenta de
dificultades para quienes carecen del auxilio sobrenatural del sacramento. Pues, como sabemos,
éste confiere a los cónyuges una gracia específica que, entre otras cosas, les ayuda en su
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promesa de fidelidad: el sacerdote recuerda a los esposos que en este sacramento «Cristo os
otorga su fuerza, para que seáis fieles el uno al otro y llevéis juntos las responsabilidades del
matrimonio». Aunque éste no sea propiamente el tema de nuestro escrito, situado sobre todo en
el ámbito natural, no está de más que los cónyuges cristianos consideren con frecuencia el vigor
real y extraordinario que les otorga la gracia del sacramento.

- Intensificar sin pausa la unidad, como fruto del amor. De todos modos, la mutua fidelidad
conyugal requiere lucha constante, aunque gratificadora y fecunda; y el haberse intercambiado los
anillos no concede por arte de magia esa fidelidad, como un hecho adquirido de por vida. El amor
conyugal y la lealtad recíproca, como después veremos con más calma, han de construirse día tras
día. El amor no es estático, inerte. Es una realidad viva y, como tal, si se quiere que dure, debe
continuamente nutrirse, renovarse y enriquecerse. No se reduce la fidelidad a evitar la traición al
propio cónyuge. Se trata de algo enormemente más positivo: de aquella virtud que logra que los
esposos, tras quince, veinte o treinta años de matrimonio, se encuentren más unidos y
enamorados y hallen a su pareja más atractiva, desde todo punto de vista, que en los mejores
momentos de su etapa de novios. Estamos ante una gran y magnífica conquista que debe rea-
lizarse progresivamente, gracias a un renovado esfuerzo cotidiano tejido, como todo lo grande, de
fidelidades menudas, y también de pequeños recursos y de fina y delicada previsión ante las
situaciones que pudieran poner a alguno de los cónyuges en apuros.

Ser fiel significa, entonces, perseverar y acrecentar el amor; significa también renovar el propio
«sí» sobre todo cuando es costoso; y significa asimismo, y de manera muy prioritaria, esforzarse
por comprender y aceptar el modo de ser del otro y, como consecuencia, evitar aquella crítica o
aquel juicio duro y negativo, que podría ofender casi como un adulterio verbal, auténtico cáncer
de la armoniosa convivencia de los esposos. Probablemente incluso sean más los matrimonios
destruidos por este adulterio de la incomprensión y de la crítica que por las relaciones íntimas,
fruto de la debilidad, con un extraño.

Alcanzar la plenitud del amor y la unidad: he aquí el reto que deben asumir quienes se casan. Algo
que parece fácilmente conseguido en los momentos más apasionados del amor sentimental, pero
que realmente sólo se va logrando tras años de convivencia y fecundo enriquecimiento del afecto
recíproco. Y es que el compromiso de amor con el que se inaugura la vida en común constituye
también una llamada a la identificación mutua, que debe crecer a medida que cobra vida el
proyecto por el que los cónyuges aspiran a entretejer sus propias existencias en el convivir diario.
Ideal de unidad al que los esposos no pueden renunciar, apunta Castells, «porque, aunque con-
figurado entre los dos, palpita completo en cada uno de ellos. Sus respectivas biografías tienen
incondicionalmente por circunstancia al otro, la vida del otro. Naturalmente, cada uno se ha
enriquecido con los valores del otro, con esta constelación de aspectos culturales, humanos y
religiosos que, sin ser conscientes de ello, aportan a esa relación. La unión matrimonial se
presenta, así, como un tejido finamente entramado, en el que lo que cada uno es se entrecruza y
amasa con lo que es el otro y, por cuya virtud, las vidas personales de ambos quedan enri-
quecidas».

Para el creyente, todo esto adquiere un valor todavía más profundo, por cuanto se encuentra
inmerso en el plan salvífico de Dios: lealtad al propio cónyuge significa también fidelidad a Dios, a
su llamada a la santidad. Pues, cómo recuerda Federico Suárez, «en cuanto sacramento», el
matrimonio «es camino de santidad, es decir, algo que conduce a Dios: marido y mujer cumplen
un llamamiento divino, una vocación; por tanto, o responden a ese llamamiento y entonces se
santifican en el matrimonio, colaborando con Dios en traer nuevas vidas para el cielo, o ignorando
todo lo fundamental sobre el matrimonio (excepto lo que hay que hacer para que nazcan niños) lo
acaban rebajando a un nivel en el que se puede hacer absolutamente insoportable la vida en
común».

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b) Amor para siempre (indisolubilidad del matrimonio)

- Vocación de eternidad. ¿Qué decir a quienes «se casan» con la condición de que más tarde, si un
día ya no estuvieran de acuerdo, cada cual sería libre de divorciarse?

Sencillamente habría que advertirles con todo cariño y claridad que no se han casado: han
confundido la realidad natural del matrimonio (de por sí esencial e intrínsecamente irrevocable)
con algo distinto.

La indisolubilidad del matrimonio no es un invento de la Iglesia. Ni siquiera es una ley válida tan
sólo para quien tiene fe en Jesús. Cierto que Él dijo: «Lo que Dios ha unido, no lo separen los
hombres» (Mt 19, 6 Y Mc 10, 9). Pero con tales palabras el Señor recordaba una realidad natural,
a saber, aquella propiedad esencial contenida en la recíproca donación por la que un hombre y
una mujer se entregan su respectiva conyugalidad. La indisolubilidad es una exigencia de la
autenticidad del amor intersexual: si es absoluto —y si no, no sería amor—, nace con ansias de
eternidad, no admite réplica ni arrepentimiento. Como ha asegurado Juan Pablo II con frase su-
gerente y expresiva, «el que no se determina a amar para siempre, es imposible que ame tan sólo
un día».

Por otro lado, ¿qué tipo de donación sería la de quien se comprometiera sólo mientras le resulta
agradable? Pondría así de manifiesto que no es la persona del otro lo que le interesa, sino sólo
aquello que puede obtener de ella durante un cierto tiempo: he aquí la transformación de la
persona en objeto. ¿Cómo reaccionaríamos ante quien nos anunciara: «Te hago un regalo, pero si
después cambio de opinión te lo quito»? Por lo menos habría que denunciar que no se trata de un
auténtico obsequio, de una dádiva incondicionada y gratuita. ¡Pues no digamos nada cuando lo
que se entrega no es un objeto material perecedero, sino la propia persona inmortal!

La indisolubilidad del matrimonio no es, pues, una imposición autoritaria y externa que limitaría la
libertad de los cónyuges. Se trata más bien de una suerte de seguro de vida y de éxito, de un
imperativo natural, intrínseco al vínculo conyugal, a la recíproca y plena donación interpersonal
sobre la que se fundan el matrimonio y la familia. «Cuando un hombre y una mujer se casan se
genera entre ellos, en virtud de su libre decisión, la unión más fuerte e Íntima que en el plano
natural puede darse entre dos seres humanos: a partir de ese momento, cada uno es ya él y el
otro; los cónyuges son a la vez dos y uno; cada cónyuge es ya parte del otro y para siempre».

Por eso, retomando la fuerte expresión bíblica, algunos Padres sostuvieron que intentar romper el
vínculo matrimonial resulta tan antinatural como cortar en dos un cuerpo vivo, porque equivale a
dividir lo que es como una única carne. Además, el carácter irrevocable del consentimiento es
condición ineludible para que el amor conyugal alcance su apogeo en cuanto dádiva; es una exi-
gencia de la dignidad de la persona y se deriva de la esencia de esa donación: don de la persona a
la persona, en la integridad de sus dimensiones, incluidas las temporales.

- Pasado, presente y futuro: la capacidad radical de amar libremente. Todo ello se entiende mejor
si consideramos la profunda y grave distorsión que la simple posibilidad institucionalizada del
divorcio introduce en la vida matrimonial. «Una cosa es casarse con el convencimiento de que es
para siempre —comentaba Ignacio Aréchaga—, en la fortuna y en la desgracia, con la confianza
de que el otro cónyuge apuesta también todo. Y otra ir al matrimonio con la idea de «vamos a ver
si esto funciona, y si no...». En ambos casos se puede tener buena o mala suerte. Pero en el
primero, ante las inevitables dificultades se reaccionará poniendo en juego todos los recursos para
salvar esa unión que se ha concebido indisoluble.

También porque se espera que el otro pondrá a su vez todo lo que está de su parte. En el
segundo, la mera expectativa del divorcio hace que cada cónyuge pueda pensar que no vale la
pena sacrificarse, ya que el otro tampoco lo hará. Por eso, el divorcio nunca se limita a sancionar
lo que ya está roto. Influye en las expectativas racionales de los interesados y por tanto en su
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comportamiento, que a veces lleva a dejar que se rompa lo que podía ser salvado».

En realidad, el consentimiento matrimonial auténtico es un acto de entrega definitiva de todo lo


que somos, y en especial del propio futuro. Un acto supremo de libertad y de amor, por cuanto
sólo quien es dueño de sí puede decidir el darse, el jugarse el porvenir a cara o cruz, asumiendo
los riesgos que acompañan a una opción de este tipo. Pero no estamos ante un espécimen curioso
—propio para que lo estudie un especialista— dentro de la existencia de las personas. Constituye
un exponente más, aunque especialmente significativo, en la dinámica de crecimiento de cualquier
ser humano: un sujeto cuya personalidad se despliega siempre y se perfecciona, como quería
Ortega y antes sugeríamos, «a golpes de libertad». y la libertad no constituye una simple herencia
que deba ser celosamente custodiada; es una conquista personal que cada uno ha de aquilatar
poco a poco, haciéndola crecer también y sobre todo con elecciones definitivas.

Quien quisiera defender la libertad de divorciarse negaría la alianza matrimonial, al hacerla


depender de intereses individualistas: ya no habría entrega. El divorcio se ha Instaurado en casi
todas las naciones. ¿Por qué? Sobre todo porque se está perdiendo de vista culturalmente lo que
es el amor auténtico, porque se ha debilitado la capacidad de querer de veras, sin componendas.
De un tiempo a esta parte, cuando paradójicamente intentaba elevarse hasta alturas jamás
previstas y ocupar el puesto del propio Dios, el hombre ha ido formando una imagen de sí mismo
cada vez más chata e incluso ridícula, en la teoría y en la práctica. Aspiraba a la omnipotencia y la
libertad absolutas y felicitantes, y no sólo ha acabado por verse envuelto en esclavitudes y
desamparos y depresiones capaces de destrozarlo, sino que ha ido fraguando un concepto de sí
mismo tristemente depauperado: el de una especie de animal acaso muy vistoso, pero
determinado genéticamente, que excluye todo atisbo de espíritu y de lo que éste lleva consigo:
inteligencia, libertad, amor, intimidad…

A partir de este modelo deprimido, buena porción de las Constituciones de los países que se
consideran desarrollados ha ido creando leyes que consagran semejante pequeñez, postulando
una concepción del hombre muchísimo más pobre de lo que reclama su real condición personal. El
hombre ha acabado por pensarse de modo muy inferior a lo que efectivamente le corresponde. Y,
en concreto, ha llegado a la triste y desoladora conclusión de que no es capaz de conocer la ver-
dad ni de querer con un compromiso a la par libre y perpetuo.

En la práctica, esta segunda lacra, que desemboca irremisiblemente en el divorcio, se ha colado


en nuestras naciones como consecuencia de las astutas campañas de opinión que lo presentaron a
los ciudadanos como un remedio necesario tendente a salvar casos extremos, para después
ampliar paso a paso la legislación hasta establecer un auténtico derecho al divorcio.

De este modo la mentalidad divorcista, introducida por la puerta trasera y como de contrabando
con el divorcio-remedio, desemboca fatalmente en la negación de la capacidad humana de
comprometerse en una alianza irrevocable, de amar en serio, de ser hombres plenos, cabales, a la
medida de la propia grandeza. Se trata en el fondo de una muy honda devaluación del amor,
incapaz de trascender ese amor romántico —amor en sentido impropio— con el que iniciábamos
nuestra exposición, para sublimarlo en amor esponsal. Pero, según recuerda Hervada, el «genuino
amor conyugal no es un mero sentimiento ni una pasión transitoria o duradera. Es amor de
voluntad, un amor, por tanto, capaz de comprometerse, de ser fiel, de asumir derechos y deberes.
Como lo es el amor a Dios, un amor sobre todas las cosas que se plasma y se resume en los
mandamientos; como lo es el amor a los hijos o a los padres, transido de deberes, porque son
amores de voluntad».

Falseado el sentido del amor y del matrimonio, el término de la parábola divorcista, iniciada con
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una a veces sincera y a veces fingida compasión, es la incrédula ironía hacia la fidelidad conyugal.
Se ha llegado al extremo de ni siquiera reconocer el derecho a contraer un matrimonio civilmente
indisoluble: resulta ingenuo, absurdo... y jurídicamente impracticable. Y esto no es sino el lógico
despotismo que se instaura al conceder carta de ciudadanía al divorcio.

e) Amor fecundo (procreación y educación de los hijos)

- El incremento del propio ser a través de la maternidad y la paternidad. La tercera característica


esencial del amor matrimonial es su ordenación a la procreación y educación de los hijos. La prole
constituye el coronamiento natural del matrimonio, le confiere una alta dignidad, y a los cónyuges
la gran responsabilidad y el tremendo y enriquecedor privilegio de transmitir la vida humana. En
efecto, Dios ha llamado al hombre y a la mujer a una especial participación de su amor y de su
paternidad; los ha hecho cooperar con Él libremente en la comunicación del don de la vida: «Dios
los bendijo y les dijo: creced y multiplicaos y poblad la tierra y sojuzgadla» (Gn 1,28).

La peculiar fecundidad del matrimonio es el fruto y el signo del amor de los esposos, testimonio
vivo de su plena y recíproca donación. Todo amor genuino es fecundo en cuanto por lo menos, iy
no es poco!, incrementa la categoría personal de quienes se aman, los hace crecer,
perfeccionarse. Y el amor conyugal eleva hasta límites insospechados el rango de esa fertilidad, al
cooperar a traer a este mundo —justo como expresión de amor recíproco— lo más grandioso que
existe en toda la naturaleza: una persona.

Resulta muy triste, y tremendamente revelador de la falta de penetración intelectual y humana en


las realidades más decisivas, el que algunos de nuestros contemporáneos consideren como una
carga la íntima orientación de la sexualidad a la procreación: como si la grandiosa posibilidad de
cooperar en la entrada de una persona a nuestro universo, en lugar de honor inefable, constitu-
yera un recorte a la libertad de amor y deleite eróticos.

Urge, entonces, como explica Javier Echevarría, y para introducirse hasta lo más hondo en la
realidad del matrimonio, «redescubrir el valor y el sentido de la paternidad y de la maternidad». El
Concilio Vaticano II trató ya este tema, subrayando que la procreación humana es una
"participación especial en la obra creadora de Dios".

En la encíclica Evangelium vitae, el Papa Juan Pablo II explica que el Concilio quiso destacar cómo
la generación de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente religioso, en
cuanto implica a los cónyuges que forman “una sola carne” (Gén. 2, 24). Y también a Dios mismo
que se hace presente.

Lo han expresado asimismo, con palabras encendidas y rebosantes de humanidad, algunos de


nuestros más grandes poetas.

Luis Chamizo, por ejemplo, en el mejor de los poemas de El miajón de los castúos, que lleva por
título «La nacencia», pone en boca de un campesino cuya mujer acaba de dar a luz en medio del
campo, mientras se dirigían al pueblo en busca de un médico o una comadre que atendiera el
parto: «Toíto lleno de tierra / le levanté del suelo; / le miré mu despacio, mu despacio, / con una
miaja de respeto. / Era un hijo, ¡mi hijo!, / hijo de dambos, hijo nuestro... [...] Icen que la
nacencia es una cosa / que miran los señores en el pueblo: / pos pa mí que mi hijo / la tié mejor
que ellos, / que Dios jizo en presona con mi Juana / de comadre y de méico. [...] Dos salimos del
chozo; / tres golvimos al pueblo. / Jizo Dios un milagro en el camino: / ¡no podía por menos!».

Pablo Neruda, por su parte, hace exclamar a un padre enamorado: «Ay, hijo, ¿sabes, sabes / de
dónde vienes? / Como una gran tormenta / sacudimos nosotros / el árbol de la vida / hasta las

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más ocultas / fibras de las raíces / y apareces ahora / cantando en el follaje, / en la más alta rama
/ que contigo alcanzamos». Las referencias a las más ocultas fibras que se hunden en el suelo y a
la más alta rama que se hinca en el firmamento dejan suponer, por una parte, un origen radical y
trascendente al ser humano y, por otra, un enriquecimiento —¡la más alta rama!— que muy pocas
entre las restantes actividades realizadas en este mundo consiguen proporcionar.

Similares apelaciones a un Fundamento sobrehumano resultan ya del todo explícitas, aunque


únicamente como alusiones, en estos versos complementarios, de Alfonso Albala y Miguel D'Ors,
respectivamente: «Y sigue siendo esposa: / alta mar en su pecho, / baja mar en su vientre /
sazonado de Dios, / sazonado de madre hacia mis brazos», o: «ser madre es lo que nunca se
termina, /lo que parece Dios de tan tan madre».

- Fruto y expresión del amor recíproco. Todo lo cual nos lleva a afirmar, como sugerían algunos de
los poemas citados, que, aunque decisiva, no es la procreación el único sentido del matrimonio,
sino que se encuentra indisolublemente ligada a la expresión y crecimiento del amor de los
esposos: hasta el punto de que en realidad no cabe establecer una estricta preferencia entre uno
y otro objetivo. Más aún, yendo al fondo del asunto, cabría sostener que la unión conyugal es el
lugar adecuado para que una nueva persona venga a la vida justo porque compone la manifes-
tación más específica del amor de un hombre y una mujer en cuanto tales. Porque constituye una
egregia expresión de amor interpersonal sexuado, la unión entre los esposos hace posible que el
hijo, fruto directo del Amor infinito de Dios, entre en la existencia de la única manera que le es
propia: adecuando el amor de los cónyuges, contexto inmediato del acontecimiento, al sublime
Amor divino creador, que vendría a configurar el auténtico y decisivo texto.

El hijo no se transforma entonces en un tercero incómodo; se lo desea y espera como una


expresión tangible del mutuo cariño. Jesús dijo: «Os he destinado a dar fruto, un fruto que
permanezca» (lo 15,16). Con la procreación y la educación de la prole, responden los padres de
forma sublime, como se sugería, a esta llamada de Dios. Por otro lado, siempre que sus relaciones
mutuas hayan estado presididas por el amor genuino, y no por una suerte de egoísmo a dos, la
alegría que surge de la paternidad y de la maternidad enriquecerá los quilates y el gozo íntimo de
su afecto recíproco. De modo que, desde el principio, el neonato se torna don para los propios
donantes de la vida, que incluso pueden llegar a experimentar sensiblemente cómo crece, al
dilatarse para aplicarse también a los nuevos hijos, el amor que mutuamente se profesan.

Con todo, no hay que dejarse engañar pensando que la llegada de un hijo resuelva
automáticamente los problemas de la pareja, si los hubiera. Ciertamente ayuda a solucionados,
pero también plantea nuevas (aunque fecundas) dificultades. Su presencia tiende a incrementar el
cariño mutuo de los cónyuges; pero también pone a prueba su unidad, sus cualidades y, sobre
todo, su capacidad de entrega. De hecho, junto a las maravillas que trae consigo, el nuevo hijo
significa también tener menos tiempo para uno mismo, encontrarse más comprometidos, afrontar
multitud de nuevas cuestiones y de imprevistos. Tal vez el marido tenga que prescindir de alguna
noble aspiración profesional o de algún entretenimiento... además de aprender a cambiar los
pañales, a preparar el biberón, a dárselo al niño y a jugar con él. La mujer también deberá
renunciar a cosas lícitas; y, además, estar atenta para que los críos no la absorban de tal modo
que deje al marido un poco de lado.

- Invitación a salir de uno mismo... para reencontrarse enriquecido. Pero todo esto, afrontado con
magnanimidad y verdadero cariño, no pasa de ser un racimo de minucias. Cuando los esposos
todavía sin descendencia se están amando de veras, han aprendido ya a adoptar la actitud por la
que, olvidándose de sí, ponen como referencia primordial de su pensar, de su querer y de sus ac-
ciones al propio cónyuge. Su vida no está centrada en sí, sino en «el otro» (el marido o la mujer,
según se trate). Y, entonces, la llegada de un tercero (otro «otro») no supone ningún cambio de
mentalidad, sino intensificación del olvido de sí en el que puede germinar el verdadero cariño y,
con él, el más hondo perfeccionamiento personal y la más genuina dicha.
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Por eso, según se apuntaba, cuando es fruto de un fidedigno amor recíproco, el hijo, síntesis viva
del padre y de la madre, incrementa y purifica el afecto entre los cónyuges. El amor con que estos
se aman es el mismo con el que quieren al hijo, prolongación y culminación autónoma del cariño
mutuo entre ellos. De ahí que, al querer a cada nuevo hijo, en idéntico acto con el que lo aman,
cada uno de los esposos quiera más y mejor al otro cónyuge, y se quiera más y mejor a sí mismo.

El lenguaje cotidiano apunta en este sentido. «Es idéntico a su padre, o a su madre», oímos
comentar con frecuencia. «Los ojos son tuyos, pero la sonrisa es clavada a la de tu mujer».
«Cuando te miro, es como si estuviera viendo a tu madre cuando tenía tu edad». ¿No son estas
afirmaciones manifestación del gran misterio por el que el hijo o la hija, siendo realmente otro,
concentra o resume sin embargo la realidad del padre y de la madre y de su querer recíproco?

En consecuencia, abrigar el más mínimo celo hacia el hijo es no haber entendido su condición de
síntesis vital de quienes lo han traído a la existencia; no advertir que, cuando es de calidad, el
amor a los hijos y el deseo de tenerlos pasa a través del amor al otro cónyuge y lo prolonga.
Como recuerda una esposa y madre italiana, «la llegada de un hijo es el hecho más natural y
sobrenatural que pueda existir. Cuando amamos, rebosamos de vida, somos creativos: deseo de
hacer, de emprender, que vence las dificultades, el dolor y el miedo. Es imparable como el viento,
al que no puedes detener cerrando las verjas». «Cuando amamos…». Los hijos han de quererse y
desearse, entonces, queriendo y deseando al otro cónyuge y su dimensión de potencial
maternidad o paternidad; y al marido o a la mujer hay que quererlos también como posible padre
o madre; de resultas, el amor entre los esposos y el amor a cada hijo son, ¡o deberían ser!, el
mismo e idéntico acto de amor.

Lectura L16
El matrimonio ha de cultivarse día tras día

- Lo más importante. Con la paciencia, premura, atención y mimo de un buen jardinero: así hay
que cultivar el amor conyugal. Como las plantas: ¡estará vivo si crece! No se puede conservar por
mucho tiempo en un congelador o en una campana de vidrio: o crece o muere o, en el mejor de
los casos, está a punto de momificarse.

Fue Balzac el que escribió: «El matrimonio debe luchar sin tregua contra un monstruo que todo lo
devora: la costumbre». El enemigo más insidioso es, pues, la rutina: perder el deseo de la
creatividad originaria y la capacidad de sorprender a quien queremos; porque entonces ese amor
acabará por enfriarse y perecer tristemente. A veces se trata de un proceso lento, casi
imperceptible en los inicios, y cuyas consecuencias sólo se advierten cuando la degradación se
estima ya prácticamente irreparable: como la planta a la que se ha dejado de regar y que durante
cierto tiempo parece mantener su lozanía, para de pronto, sin motivo inmediato aparente,
marchitarse de forma definitiva.

Si se quiere evitar esta desagradable trayectoria es imprescindible que durante toda la vida,
momento tras momento y circunstancia tras circunstancia, el otro cónyuge sea para cada uno lo
más importante. Más que los caprichos y las aficiones, cómo es lógico. Pero también, con lucha o
sin ella, más que la profesión e incluso más que los propios hijos, si -contra lo que antes
explicábamos- esta contraposición pudiera establecerse.

Como recuerda un autor norteamericano, «los matrimonios felices están basados en una profunda
amistad. Los cónyuges se conocen íntimamente, conocen los gustos, la personalidad, las
esperanzas y sueños de su pareja. Muestran gran consideración el uno por el otro y expresan su
amor no sólo con grandes gestos, sino con pequeños detalles cotidianos».

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Pero nada de ello se consigue sin esfuerzo. De acuerdo con la atinada comparación de Masson, «el
amor [sentimental] es un arpa eolia que suena espontáneamente; el matrimonio, un armonio que
no suena sino a fuerza de pedalear».

En consecuencia, cada uno de los cónyuges ha de buscar el modo de granjearse minuto a minuto
el amor del otro. Cada día tiene que responder con un sí sincero a las siguientes preguntas: ¿he
dedicado hoy expresamente un tiempo, unos segundos al menos, para ver cómo podía darle una
sorpresa o una alegría concreta a mi marido o a mi mujer?; ¿he puesto los medios para hacer vida
ese propósito? Pues, en verdad, el cariño no se alimenta con la simple inercia o el paso del
tiempo; hay que nutrido con multitud de menudos gestos y atenciones, con una sonrisa y también
con un poco —¡o un mucho!— de picardía: evitando todo lo que se intuye o se sabe por expe-
riencia que al otro le desagrada, aunque fuera en sí mismo una nadería, y buscando por el
contrario cuanto puede alegrarlo.

Estar en los detalles. No olvidemos lo que sostenía von Ebner-Eschenbach: «el amor vence a la
muerte; pero, a veces, una mala costumbre sin importancia vence al amor».

Un ejemplo mínimo, pero que al término puede resultar relevante: la puntualidad. ¡Cuántas veces
el marido sufre o incluso desearía renunciar a salir porque la esposa no está lista con la antelación
suficiente para llegar en punto a una cita! O viceversa,
¡cuántas el retraso es causado por el marido, que se entretiene más de lo previsto en la resolución
de cuestiones profesionales que muy bien pudieran e incluso debieran aguardar hasta el día si-
guiente!

Algo similar sucede con la hora del retorno a casa. Es fácil caer en la tentación de prolongar el
momento final del trabajo, por comodidad o por miedo ante las exigencias que se encontrarán a la
vuelta al hogar, ante los problemas que plantean los hijos o el otro cónyuge. En tales
circunstancias ¿cómo pretender que el que se ha esforzado por llegar a su hora, tras una espera al
principio ilusionada con el deseo de abrazar al otro, no se vaya desalentando conforme avanzan
las manecillas del reloj y resulte incapaz, cuando por fin viene, de acogerlo con una sonrisa? En
ocasiones tiene lugar un imprevisto urgente, es cierto; pero ¡cuántas otras el retraso se debe a un
capricho, al desorden, a la pereza o en definitiva al egoísmo y falta de delicadeza con el otro
componente del matrimonio!

Cosa que asimismo ocurre cuando marido o mujer conceden un interés desmesurado a los asuntos
profesionales o a las relaciones de amistad que de ellos surgen y descuidan la atención debida a
su cónyuge, elaborando con excesiva frecuencia los propios planes al margen de él.

También en la vida íntima de la pareja las pequeñas atenciones y la ternura gozan de una
importancia decisiva. Cuando faltan, el acto conyugal acaba por trivializarse, hasta reducirse a
mera satisfacción de un impulso. Como veremos, el lenguaje del cuerpo debe comprometer a la
persona entera y tornarse «diálogo personal de los cuerpos»: una sinfonía que interpreta la
persona toda tomando como instrumento sus dimensiones corpóreas. La mujer no deberá
abandonarse, sino cultivar el propio atractivo y la elegancia. Como dice el conocido refrán,
refiriéndose al arreglo y aderezo femeninos, «la mujer compuesta saca al hombre de otra puerta».
Por su parte, el marido puede comenzar a ser infiel con sólo dejarse absorber excesivamente por
la profesión, acumulando todo el peso de la casa y de los hijos sobre los hombros de su esposa.

- Todos responsables. Y aquí una puntualización se torna imprescindible. Suele afirmarse con
verdad que el amor es cosa de dos; y también el matrimonio; y también las obligaciones
familiares de todo tipo... ¡incluido el cuidado del hogar! Resulta obvio que el modo de distribuir las
tareas domésticas depende de multitud de circunstancias, que sería inútil tratar de encorsetar con
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fórmulas fijas. Y también lo es que la mujer —esposa y madre— constituye en cierto modo el
corazón de toda unión familiar, la que da el tono y el calor a la vida de familia. ¡Pero no de
manera exclusiva, ni mucho menos! El orden en la casa, la limpieza, el arreglo de los
desperfectos… compete con igual obligación que a la mujer al marido y, en su caso, a cada uno de
los hijos, aunque para ello tengan que torcer un tanto sus inclinaciones espontáneas y adecuar su
modo de ser y sus intereses a aquellos de quien más quieren.

Repetimos que esto no implica una concreta disposición ni asignación de las tareas del hogar, ni
mucho menos un tanto por ciento, fijo y a priori, de participación en esos menesteres. Y añadimos
que la coyuntura en que se encuentre cada mujer —su trabajo también fuera de la casa, entre los
elementos más relevantes—, junto con la idiosincrasia característica y exclusiva de cada uno de
los componentes de cada matrimonio, posee un peso determinante a la hora de plantear este
asunto. Pero el principio ha de quedar claro: considerando la cuestión desde su raíz, el deber de
conservar la propia casa en las mejores condiciones para fomentar una convivencia armoniosa,
pacífica y reparadora corresponde por igual no sólo a los dos cónyuges, sino, en proporción a su
edad y posibilidades, a todos los miembros de la familia.

Consejos para ambos cónyuges

Más adelante volveremos a hacer referencia a estos extremos y otros similares, al hablar de la
comunicación, de las virtudes de la vida conyugal y de la educación de los hijos. Ahora, antes de
ofrecer algunos consejos más específicos para las mujeres y los maridos, tal vez convenga sugerir
ciertas ideas aplicables a ambos:

1. El amor conyugal no es un mero sentimiento ni un enjambre más o menos rumoroso de


ellos; aunque tales emociones a menudo lo acompañen y sea bueno que así ocurra, el
verdadero amor entre los cónyuges es una donación total, definitiva y excluyente, basada
en esencia sobre un recio acto de la voluntad. Como consecuencia, ser fieles significa
renovar libremente el propio «sí» también —¡y sobre todo!— cuando nos resulta costoso.
2. Al cónyuge hay que volverlo a enamorar cada jornada, sin olvidar que la boda no es sino el
sillar de un grandioso edificio, que deben levantar y embellecer piedra a piedra, desvelo
tras desvelo, alegría con alegría, entre los dos.
3. Como decíamos, el amor se nutre de minúsculos gestos y deferencias. Evita, pues, las
pequeñas minucias que molestan al otro cónyuge y busca, por el contrario, satisfacerle.
4. Al casarte has aceptado libremente a tu consorte tal como es, con sus límites y defectos;
pero esto no significa renunciar a ayudarle con amabilidad, tino y un poco de picardía a que
mejore: lo decisivo es «soportar», en el sentido de ofrecer un apoyo incondicional y
seguro, y no «soportar», en la acepción de aguantar sufridamente.
5. No te dejes absorber de tal manera por el trabajo, las relaciones sociales, las aficiones...
que acabes por no encontrar tiempo para estar con tu cónyuge (y atender al resto de la
familia y al hogar).
6. Toma las decisiones familiares de común acuerdo con el otro componente del matrimonio,
esforzándote por comprender y valorar su punto de vista; y en el caso de que hayas
seguido su criterio, no se lo eches en cara si por casualidad de ahí se derivara algún in-
conveniente.
7. Respeta la razonable autonomía y libertad de tu consorte, reconociendo, por ejemplo, su
derecho a cultivar un interés personal, a atender y fomentar sus amistades, su vida de
relación con Dios, sus sanas aficiones... No te dejes arrastrar por los celos, que son ante
todo una demostración de desconfianza hacia él o hacia ella.
8. La alegría y el buen humor son como el lubricante imprescindible para que la vida de
familia discurra sin fricciones ni atascos, que podrían minar la armonía entre sus miembros.
Dentro de este contexto se advierte toda la importancia de los momentos de fiesta,
auténticos motores del contento y la algazara familiares. Procura, entonces, que algún
detalle material modesto pero atractivo —en la comida, por ejemplo, o en la decoración del
hogar— encarne y dé cuerpo al ambiente jubiloso del espíritu, cuando la fecha así lo
114
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reclame.
9. Con todo el cariño del mundo, mantén en su lugar a tus padres, sin permitirles que se
entrometan imprudentemente en vuestros asuntos. En ocasiones será oportuno pedir
ayuda, pero recuerda que cuando las reglas de juego están claras resulta más fácil
conservar la armonía.
10.No tengas demasiado miedo a discutir, pero aprende a reconciliarte enseguida siguiendo el
«decálogo del buen discutidor», que encontrarás en el próximo capítulo. E incluso
esfuérzate —sólo es difícil las primeras veces— en sacar provecho de esas trifulcas,
haciendo las paces lo más pronto posible con un acto de amor, manifestado por un jugoso
abrazo, de mayor intensidad que los que existían antes del enfado. Si procuras que las dis-
cusiones se produzcan muy de tarde en tarde, acabarás por comprobar lo que aseguraba
un santo sacerdote de nuestro tiempo: que vale la pena reñir alguna que otra vez sólo para
después poder hacer las paces.

Mantenimiento del marido (consejos a las esposas)

Por el bien de todos, la primera responsabilidad de una esposa es conservar despierto y vibrante
el amor del marido hacia ella: ¡al marido hay que seducirlo cada día!; conviene mucho
ingeniárselas para que caiga en la cuenta de que más allá de los compromisos y éxitos
profesionales o sociales, su mujer es el mayor bien que Dios le ha otorgado y el medio
fundamental e imprescindible para conquistar la propia plenitud y la consiguiente dicha.

Puede que el incremento de las obligaciones y preocupaciones, la atención a los hijos o al trabajo
profesional, obliguen a la mujer a distanciar y acortar los ratos de exclusiva dedicación a su
esposo. La solución podría estar, más que en la cantidad de tiempo que le consagre, en los
pequeños detalles que exigen algún esfuerzo pero manifiestan el cariño.

Por ejemplo, cualquier esposa habrá de interesarse por el trabajo de su cónyuge, por sus
proyectos y por sus dificultades profesionales, por sus aficiones. Con la discreción y prudencia
oportunas, no debe desentenderse de un ámbito tan importante para su marido como normal-
mente es la profesión y de los restantes que hemos enunciado. Si lo quiere de veras, resulta
lógico que le interese cuanto a él le atrae, entusiasma o preocupa, incluido si es el caso, con o sin
esfuerzo, el equipo de fútbol.

Quizás a alguna le pueda ayudar el releer de tanto en tanto el siguiente «decálogo para la mujer»:

1. Quiere a tu marido también cuando otro hombre te parezca más comprensivo, más
educado, más atento, más divertido... o incluso simplemente más guapo.
2. No estropees la relación con él por cosas que en un momento te pueden parecer
importantísimas —el orden y la limpieza de la casa, en los que también él debe sentirse
responsable, o incluso tu carrera profesional, si trabajas fuera del hogar—, pero que en
realidad y a la larga no lo son tanto.
3. No lo asaltes en cuanto llega a casa, atosigándolo con tus problemas —profesionales o
familiares—, aun cuando durante todo el día hayas estado esperando, lógicamente, la
ocasión de desahogarte con la persona que más quieres.
4. Prepárale su plato preferido cuando intuyas que lo necesita (o deja que él os lo prepare, si
le gusta..., a pesar del desbarajuste que pueda organizarte en la cocina): el marido se
gana también a través del estómago.
5. No lo atormentes con excesos de celos, no lo ofendas con tus dudas, no seas irónica.
6. No te engañes, pensando que con otro hombre es posible mantener una relación de simple
amistad, sin correr el riesgo de ser infiel a tu marido; ni, mucho menos, te «diviertas»
jugando a «interesan» a otros hombres.

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7. No te lamentes confidencialmente con un amigo de los defectos de tu esposo, porque éste
podría ser el primer paso hacia la deslealtad: ¡los amigos resultan siempre tan
comprensivos!
8. No exageres las contrariedades ni finjas un excesivo dolor, para inducir a tu marido a hacer
lo que quieres.
9. Cuida tu aspecto externo; el rostro se asemeja mucho a una obra de arte, que con el
tiempo tiene necesidad de una amable restauración. Por eso procura no presentarte nunca
ante tu marido como no lo harías ante una conocida dispuesta a juzgar de tu belleza. Y
conténtate y sé feliz, más conforme pasen los años, con gustarle a él: no aspires a gustarte
a ti misma —eres tu crítica más exigente— ni admitas comparaciones con tus amigas o con
otras personas de tu mismo sexo.

Mantenimiento de la mujer (consejos a los maridos)

Oficio es el del marido que ocupa todo el día», subrayó con acierto Bennet. No obstante, hay
maridos que parecen prestar más atención al coche o al ordenador que a su mujer (y a sus hijos y
a su hogar, creando el oportuno e imprescindible ambiente de familia). Cuántas veces el esfuerzo
por mejorar la posición profesional o económica resulta infinitamente superior al desplegado para
mantener pujante e incrementar el amor hacia la esposa.

Gradualmente, al menos en determinados países, se está llegando a un pleno reconocimiento de


la igual dignidad de la mujer y de sus derechos, y a una mayor conciencia de la importancia de su
función en la sociedad. Ya no sorprende que las mujeres trabajen fuera de casa o que ocupen
puestos de gran responsabilidad. Este tipo de mujer por lo común es apreciada, escuchada, bien
pagada y goza de períodos de descanso remunerado. Todo eso parece desvanecerse el día en que
se casa, comienza a tener hijos y, para poderse ocupar de ellos y del hogar, renuncia al menos en
parte a su carrera profesional. En la vida de madre y de ama de casa desaparecen como por
ensalmo el tiempo libre, la estima de los demás, la paga generosa, las vacaciones, etc.

Pero, ¿se trata ciertamente de una situación irremediable? Como es obvio, en la atención a la
casa la semana de 40 o de 35 horas no será ya posible. Pero quien se consagra por completo al
trabajo del hogar, al cuidado y educación de los hijos, con toda la profesionalidad, el esfuerzo y la
paciencia que llevan consigo, merece tanta o más estima que la reclamada por una mujer con una
brillante carrera en el ámbito público. El marido, además de dejar clara constancia de su sincero y
agradecido reconocimiento por el trabajo de su esposa en el hogar, deberá hacerse cargo de las
tareas que en esta esfera le corresponden por justicia, echando sobre sus espaldas algunas de
esas ocupaciones e incrementándolas generosamente más allá de lo debido en los momentos
especialmente críticos: cuando llegan las fiestas, durante los embarazos, antes y después del
nacimiento de un hijo, etc. Hay días en que una mujer se siente particularmente cansada; ¡cómo
agradecerá entonces que su esposo sepa advertido, se lo valore y con toda naturalidad asuma en
la atención del hogar incluso los asuntos que de ordinario le corresponden a ella! Y he aquí
también un «decálogo» para el marido:

1. Quiere a tu mujer más que a cualquier otra, también cuando el paso de los años la vaya
dejando en desventaja física —¡no en belleza!— respecto a las más jóvenes.
2. No pases demasiado tiempo con ella lamentándote del trabajo; interésate más bien por
sus problemas y por los de los hijos.
3. Escribe bien grande en tu agenda la fecha de vuestra boda, del santo y del cumpleaños
de tu mujer y de los restantes aniversarios en que agradecerá detalles especiales de tu
parte.
4. No olvides que tu madre es la suegra de tu mujer (y que una y otra, de manera no
consciente ni voluntaria, pero según algunos, casi instintiva, pueden tender a acaparar en
exclusiva tu cariño); presta atención, por tanto, a prevenir celos y a evitar una excesiva

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injerencia en tu familia.
5. No tengas vergüenza de decide que la quieres, aun cuando «ya lo sabe», y de
demostrárselo en cosas concretas, como el interés por su salud y su trabajo, o sorpren-
diéndola de vez en cuando con el regalo que casi inconscientemente espera o con esa
escapada no prevista que tanto le gusta. Tales manifestaciones expresas y reiteradas de
cariño son imprescindibles para tu esposa... y para ti mismo, que reafirmas, al
concretado en gestos y palabras, el amor que sientes por ella.
6. No caigas en la vil y ya trasnochada banalidad de pensar que la infidelidad masculina es
menos grave que la de la mujer.
7. Convéncete de que el negocio más importante de tu vida es tu familia: tu mujer y tus
hijos. Por eso, no pienses que basta con llevar a casa el dinero necesario. (Considera más
bien de vez en cuando —y, si es posible sin la jactancia semiconsciente y un poco
altanera del triunfador— lo que, con una franca sonrisa, aseguraba aquel padre de familia
animoso y entregado, excelente marido, profesional de prestigio, amigo generoso de nu-
merosos amigos: «tengo tantas cosas estupendas que hacer, que casi no me queda
tiempo para dedicarme a ganar dinero»).
8. Cuando vuelvas al hogar, empieza por cumplir tus obligaciones con tu mujer (y con tus
hijos); después, si te queda tiempo, y normalmente será bueno que te quede, leerás el
periódico o verás la tele.
9. Por amor a tu mujer y por estricta justicia no abandones tu físico y procura una cierta
elegancia —en el vestido, en el porte, en el modo de hablar, en las posturas también
cuando estés en casa—. (Y no olvides que el tono humano que marques en tu hogar
representa uno de los elementos que, por ósmosis, más influyen en la educación de tus
hijos).
10.Encuentra el tiempo necesario para dedicado a tu mujer y a tus hijos, renunciando si
fuera menester a intereses o comodidades personales.

Lectura L17

LA FELICIDAD Y EL SENTIDO DE LA VIDA; Ricardo Yepes Stork,


Fundamentos de Antropología, Un ideal de la excelencia humana, pp.
211-239, Ediciones Universidad de Navarra, España, 1977.

La felicidad y el sentido de la vida

I. La felicidad: planteamiento

La manera más sencilla de definirla felicidad es decir que es aquello a lo que todos aspiramos, aun
sin saberlo, por el mero hecho de vivir. Ocurre así sencillamente porque «la felicidad es a las
personas lo que la perfección es a los entes» (Leibniz). Felicidad significa para el hombre plenitud,
perfección. Por eso, toda pretensión humana es «pretensión de felicidad»1, todo proyecto vital,
búsqueda de ella, todo sueño, aspiración a encontrarla. A fin de esclarecer este complejo y suges-
tivo tema, adoptaremos ya desde el principio una doble perspectiva: una exterior y objetiva,
viendo las cosas «desde fuera», y otra más experimental y subjetiva, metiéndonos dentro de
nosotros mismos. Ambas se complementan mutuamente.

Respecto de la primera perspectiva, dijimos más atrás que la vida lograda, felicidad o

1
J. MARÍAS, Antropología Metafísica, cit. 252.
117
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autorrealización exige la plenitud de desarrollo de todas las dimensiones humanas, la armonía del
atina, y que ésta, considerada desde fuera se consigue si hay un fin, un objetivo que unifique los
afanes, tendencias y amores de la persona, y que dé unidad y dirección a su conducta. Los
clásicos acostumbraron a decir que la felicidad es ese fin, el bien ultimo y máximo al que todos
aspiramos, y que todos los demás fines, bienes y valores los elegimos por él. La felicidad sería,
pues, el bien incondicionado, el que dirige todas nuestras acciones y colma todos nuestros deseos.
Ese bien incondicionado no sería, evidentemente, medio para conseguir ningún otro, pues los
contendría a todos y alcanzarlo supondría tener una vida lograda. Los clásicos nunca vacilaron en
decir que un bien semejante sólo podía ser el Bien Absoluto, es decir, Dios.

Según esta consideración «objetiva», la felicidad consiste en la posesión de un conjunto de bienes


que significan para el hombre plenitud y perfección. Es un planteamiento que busca responder a
esta pregunta: ¿qué bienes hacen feliz al hombre? Se trataría de aquellos que constituyen una
vida lograda, una vida plena o, como decían los clásicos, una vida buena.

Sin embargo, para hacerse cargo de todo el alcance de la cuestión de la felicidad es preciso ver las
cosas «desde dentro» de nosotros mismos, de una manera más vital y práctica, más «interior»:
¿Cómo vivo y siento yo mi felicidad? ¿Que significa para mí tener una vida lograda, ser feliz? ¿Lo
soy realmente? ¿Acaso lo puedo ser?

Se dijo más atrás que vivir es ejercer la capacidad de forjar proyectos después llevarlos a cabo.
Cada uno hacemos nuestra propia vida de un modo biográfico, y por eso tiene tanta importancia
la pretensión vital de cada uno, aquello que cada uno le pide a la vida y procura por todos los
medios conseguir.

Somos felices en la medida en que alcanzamos aquello a lo que aspiramos. El problema es que
muchas veces eso no se consigue, porque queremos quizá demasiadas cosas. Por eso, «la
felicidad consiste en la realización de la pretensión», pero como la pretensión es compleja y
múltiple, su realización es siempre insuficiente»2. Así aparece el carácter bifronte de la felicidad:
es algo que constituye el móvil de todos nuestros actos, pero nunca terminamos de alcanzarla del
todo, puesto que siempre hemos de renunciar a algo. Parece como si la felicidad fuese una
necesidad ineludible e irrenunciable, que sin embargo muchas veces parece imposible de
satisfacer.

Por eso, para estudiar la felicidad desde esta segunda perspectiva, hemos de fijarnos sobre todo
en las pretensiones que tenemos, en nuestros proyectos e ideales, y en el modo en que los
realizamos. Es una perspectiva de la felicidad que mira hacia el futuro, pues es en él donde están
los bienes que buscamos. Se trata de contestar a la pregunta: ¿cómo ser feliz? Este modo de
enfocar la cuestión permite que surjan las preguntas acerca del sentido de la vida: ¿Qué vida me-
rece la pena vivir? ¿Es que en general merece la pena vivir? ¿Qué sentido tiene la vida (si es que
tiene alguno)? ¿Qué sentido tiene mi vida, lo que hago cada día?

Evidentemente, la primera forma de ser feliz es no ser un desgraciado o un miserable, pues «la
miseria se opone a la felicidad»3. En la vida humana, y también en la felicidad, lo más alto no se
sostiene sin lo más bajo: hay unas condiciones mínimas que tienen que cumplirse. De lo contrario
esa felicidad sería una farsa. Esas condiciones son las que se recogen en la palabra bienestar.
La desgracia es el advenimiento del mal y el dolor a la vida humana. Esta última contiene una
dualidad, un tránsito, desde el advenimiento del mal hasta el logro del bien, desde la infelicidad
hasta la alegría. No se puede olvidar este amplio contexto de la cuestión de la felicidad: ésta
consiste, radicalmente, en la liberación del mal. Por eso, es preciso advertir que la limitación
natural del hombre, temporal, física, moral, es el punto de partida para considerar la felicidad, la
cual tiene cierto carácter de meta o fin, a alcanzar desde la inevitable experiencia de la limitación

2
J. MARÍAS, La felicidad humana, cit. 31.
3
TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologica, II-II, q. 30, a. 1.
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y de la finitud que toda vida humana tiene, y cuya serena aceptación es la primera condición para
no echar a perder la dicha que dentro de ella puede conseguirse.

Sin embargo, aquí vamos a tratar de la felicidad, no tanto como liberación del mal y de la
desgracia, sino como alcanzamiento y celebración del bien. La primera cuestión pertenece a la
experiencia de los límites de la vida humana, dentro del contexto de su destino, lo cual será
tratado más adelante. Ahora, por tanto, no vamos a fijamos principalmente en los mínimos de la
felicidad, sino en la respuesta a las preguntas planteadas.
Aunque en los primeros epígrafes de este capítulo trataremos de dar una respuesta realista y seria
a todas ellas, no podemos olvidar que hay mucha gente que no cree en la felicidad, que la
considera una ilusión, un imposible. Asimismo hay otra mucha gente que entiende por una vida
buena algo muy diferente a lo que aquí se va a sostener. Todas esas posturas merecen ser
caracterizadas y presentadas aquí, puesto que son soluciones al problema de la felicidad y el
sentido de la vida que de hecho nos encontramos con frecuencia junto a nosotros. Se trata de
analizar las ideas más normales y pragmáticas acerca de la felicidad, según las cuales ésta reside
en el bienestar y la evitación del dolor, en la búsqueda del propio interés, en la consecución de
placeres rápidos e inocuos, e incluso en la acumulación de poder, influencia y riquezas.

II. Los elementos de la vida buena

La vida buena (que no la buena vida) era para los clásicos la que contiene y posee los bienes más
preciados: la familia y los hijos en el hogar, una moderada cantidad de riquezas, los buenos
amigos, una moderada buena suerte o fortuna que aleje de nosotros la desgracia, la fama, el
honor, la buena salud, y, sobre todo, una vida nutrida en la contemplación de la verdad y la
práctica de la virtud. Hoy todavía se puede mantener que la posesión pacífica de todos estos
bienes constituye el tipo de vida que puede hacemos felices4.

La vida buena incluye en primer lugar el bienestar, es decir, unas condiciones materiales que
permitan «estar bien», y en consecuencia tener «desahogo», «holgura» suficiente para pensar en
bienes más altos: son las condiciones mínimas antes mencionadas, que permiten salir de la
miseria. La forma actual de entender el bienestar se puede resumir en la expresión calidad de
vida, que se presta desde luego a ciertos equívocos. En ella podemos incluir en primer lugar la
salud física y psíquica, el cuidado del cuerpo y de la mente, y la armonía del alma. En segundo
lugar, la satisfacción de las diferentes necesidades humanas, tanto primordiales como derivadas.
En tercer lugar se ha de contar con las adecuadas condiciones naturales y técnicas en nuestro
entorno, de modo que sean sanos y saludables, y tengan las comodidades normales de las que
hoy nadie pensaría en prescindir.

La adecuada instalación y conservación de la persona en estas circunstancias corporales,


anímicas, naturales y técnicas constituyen la calidad de vida necesaria para la felicidad. Sin
embargo, hoy en día tiene especial importancia insistir en que los bienes que hacen feliz al
hombre no son sólo los útiles, los que dan el bienestar, sino aquellos otros que son dignos de ser
amados por sí mismos, porque son de por sí valiosos y bellos, Y enriquecen al hombre en un
sentido más alto que el puramente material.

En primer lugar, hay que señalar el saber y la virtud, puesto que ambos son posesiones humanas,
de conocimientos y hábitos, más altos y enriquecedores que lo puramente técnico y corporal. Hay
que recordar que el saber y la virtud son algo que transforma al propio hombre, lo cual nos hace
ver que la felicidad no está en el orden del tener, sino en el del ser, lo cual es una verdad que no
por ser muy repetida es menos verdadera. Esta es la enseñanza básica de Sócrates: lo que hay
que hacer para ser feliz es practicar las virtudes y hacerse así virtuoso; esta es la mejor sabiduría.
Ser virtuoso es el modo de crecer y llegar a la plenitud humana.

4
La relación aquí enumerada admite, por supuesto, añadidos y discusión: Cfr. ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, II,
3-4; 1099b 1-8; Rethorica, 1360b 19-27.
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Sin embargo, los clásicos ya dijeron que forma parte de la felicidad el recibir de los demás, del
entorno social, el reconocimiento y la estimación debidas para que la persona pueda sentirse
digna, ante sí misma y ante los otros. Y hoy en día, como siempre, se valora en mucho que los
demás nos consideren como lo que realmente somos y que las personas y las instituciones con las
que nos relacionamos valoren y reconozcan lo que hacemos en su justa medida. Lo que los
clásicos llamaban honor, nosotros los denominamos reconocimiento y estimación, algo que tampo-
co debemos valorar más de lo razonable y adecuado.

En tercer lugar, el modo de ser acorde con la persona es ser con otros, y el modo más intenso de
vivir lo común es el amor, mediante el cual nuestra intimidad no es sólo conocida y amada, sino
también amante y dadora. Luego buena parte de la felicidad radica en tener a quien amar y
amarle efectivamente, hasta hacerle feliz, realizando los actos propios del amor, sobre todo en el
hogar, la felicidad de una persona se mide por el hogar que tiene. «La felicidad está condicionada
en su máxima parte por las relaciones personales», «lo decisivo son las formas de presencia y de
trato»5 con los demás. La felicidad exige poner en juego mediante esas relaciones las dimensiones
mas profundas del hombre. Este es el cómo más profundo de la felicidad: la vida humana no
merece la pena ser vivida si queda inédita o truncada la radical capacidad de amar que el hombre
tiene, pues en aquélla hay tanto de felicidad como haya de amor.

Por último, hay que añadir que lo más profundo y lo más elevado del hombre está en su interior.
En vano se buscará la felicidad en lo exterior si no se halla dentro de nosotros mismos: la plenitud
humana lleva consigo riqueza de espíritu, paz y armonía del alma, serenidad. El camino de la
felicidad está dentro de nosotros: es un camino interior. Es ahí donde encontramos el espíritu, y la
profundidad de la libertad; el adecuado despliegue de ésta es lo que constituye la felicidad. Y así
llegamos a la perspectiva «interior» y biográfica antes mencionada, y que ahora corresponde
desarrollar.

III. La felicidad como vivencia y expectativa

Es imposible entender la felicidad si se olvida que el hombre, por su condición biográfica y


temporal, es alguien instalado en el tiempo, y en una situación concreta, y simultáneamente es
también un ser volcado hacia el futuro, que vive una continua anticipación de lo que va a ser y
hacer. Y así, respecto de nuestra felicidad hemos de considerar nuestra instalación en ella y
nuestra expectativa de ella: lo que estamos siendo y viviendo, y lo que vamos a ser y hacer.

En primer lugar, «la felicidad afecta primariamente al futuro»6, puesto que el hombre es un ser
futurizo, abierto hacia adelante. «Ser feliz quiere decir primariamente ir a ser feliz —si ya se es,
que se va a seguir siéndolo—. Es más importante la anticipación que la felicidad actual: si soy
feliz, pero veo que voy a dejar de serlo, estoy más lejos de la felicidad que si no soy feliz pero
siento que vaya serlo»7. En efecto, «llevamos muy bien el estar mal, si mañana vamos a estar
muy bien». Por el contrario, «alguien que está seguro de que va a estar mal, acaba estándolo».
Uno es feliz cuando disfruta con lo que tiene, y sobre todo con lo que aún no tiene, pero tendrá: la
expectativa de lo bueno es la forma más genuina de felicidad, sobre todo en los niños, puesto que
entonces se vive por anticipado ese disfrute, nace la alegría, la esperanza y la preparación. A
veces vale casi más la expectativa que la misma realización de lo deseado.

Por eso la felicidad es la ausencia de males futuros, mirar hacia adelante y estar seguros, y
regocijamos con la expectativa de disfrutar o seguir disfrutando los bienes anhelados o ya
poseídos.

5
J. MARÍAS, La felicidad humana, cit. 286.
6
Id., 20.
7
Id., 250.
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Si ser feliz consiste en realizar lo que pretendemos, para lograrlo es preciso tener imaginación, y
después atrevimiento para querer y soñar. En efecto, los proyectos vitales que uno se hace
dependen en primer lugar de la voluntad: para lograr grandes bienes antes es preciso desearlos.
Pero en segundo lugar, esos proyectos dependen también de la imaginación creadora, que es la
encargada de diseñarlos: «la imaginación funciona como un bosquejo de la felicidad»8. Por eso,
«los principales obstáculos para la felicidad son el temor y la falta de imaginación y ambas cosas
son frecuentes»9. El primero nos hace presentes los males futuros, y la segunda lleva a tener
proyectos vitales estereotipados y poco personales, vulgares en definitiva: nos acogemos
entonces a modelos que en el fondo no deseamos, pero que están vigentes a nuestro alrededor, y
olvidamos que la felicidad sólo nace cuando nuestro proyecto vital es algo de veras personal.

Si la felicidad es la realización de la pretensión, de los proyectos vitales que uno ha hecho


verdaderamente suyos, de aquellas pretensiones que a uno verdaderamente le importan, en la
medida en que éstas se realizan uno llega a ser el que realmente quiere ser. «Si, en condiciones
objetivamente favorables, no nos sentimos identificados con aquello que estamos siendo, no
somos justamente aquello que estamos haciendo, que estamos viviendo, no podemos decir que
somos felices»10. La felicidad es algo radical, que afecta a la persona en lo más profundo, en su
propio ser, en su propia vida. La felicidad no es un sentimiento, ni un placer, ni un estado, ni un
hábito, sino una condición de la persona misma, de toda ella, es decir, está en el orden del ser, y
no del tener.

Precisamente por eso, «se puede ser feliz en medio de bastante sufrimiento, y a la inversa, se
puede ser infeliz en medio del bienestar, de los placeres, de lo favorable. Hay el peligro de no ver
—de no vivir— la felicidad por tener malestares, inconvenientes, sufrimientos reales, que no
impiden ser feliz; y a la inversa, se buscan placeres, éxitos, bienestar, dejando en hueco el fondo
de la vida, y entonces la felicidad se escapa»11. La felicidad nace de la conformidad intima entre lo
que se quiere y lo que se vive. Aunque dependa de factores externos, que a ella contribuyen
favorable o desfavorablemente, para que surja se necesita sobre todo no tener en hueco el fondo
de la vida, sino poseer esa conformidad íntima de uno consigo mismo, que es la que muchas
veces permite afrontar las dificultades sin sentirse infelices. En tales casos «esa felicidad mana y
se difunde, aun en situaciones tremendamente penosas; en la guerra, en la cárcel, en un campo
de concentración, en la miseria, se tiene dolor, sufrimiento y a última hora infelicidad; pero si hay
un punto por el cual la felicidad penetra en ese mundo, ejercerá su poder transfigurador y se
podrá tener una felicidad precaria, difícil, combatida, pero felicidad a pesar de todo»12.

Y es que existe «una irradiación de la felicidad o su contrario sobre la vida entera». En efecto,
«hacemos mil cosas triviales y que no tienen que ver con la felicidad, pero si somos felices, esas
ocupaciones quedan transfiguradas y adquieren una especie de aureola»13. La conformidad íntima
que nos hace ser felices se refleja en nuestro talante y nuestras acciones, pero también en el
entorno inmediato, en lo que podríamos llamar cotidianidad: «una cotidianidad profunda es la
fórmula más probable de felicidad. Hacer todos los días ciertas cosas, ver a unas personas, contar
con ellas, si esto es realmente profundo, es lo que se parece a la felicidad»14.

Es la pacífica instalación, interior y exterior, en el disfrute de la vida cotidiana, del hogar y del
entorno, que posibilita el ocio, la compañía amorosa, las tareas comunes y el afecto que todo ello
conlleva.

8
Id., 258.
9
Id., 59.
10
Id., 35.
11
Id., 34.
12
Id., 249.
13
Id., 248.
14
Id., 47.
121
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IV. La vida como tarea

El proyecto vital se perfila cuando se encuentra la verdad que va a inspirar los propios ideales.
Corresponde más propiamente a la juventud el diseño de ese proyecto. Por eso es el tiempo de la
esperanza y las expectativas. La madurez consiste en conocer, asumir y recorrer la distancia que
separa el ideal de su realización. En la madurez cabe: renunciar al ideal, porque está demasiado
lejos de la realidad asequible, o seguir realizándolo, sin que la distancia que siempre hay de
cualquier ideal a su puesta en práctica nos haga renunciar. Según se haga una cosa u otra se
adoptará una postura pesimista y pasiva, u otra optimista y constructiva.

Un buen proyecto vital y una vida bien planteada son aquellos que se articulan desde convicciones
que articulan la conducta a largo plazo, con vistas al fin que se pretende, y que orientan la
dirección de la vida, dándole sentido. Las convicciones crecen en el humus de la propia
experiencia de trato con las cosas, el mundo y las personas. Son como el depósito de esa
experiencia, una coherencia y constancia de propósitos en el modo de encarar la realidad y decidir
la conducta. Las convicciones contienen las verdades inspiradoras de mi proyecto vital. Con ellas
se perfecciona el arte de vivir, que tiene carácter moral.

La realización de las pretensiones y de los proyectos vitales que nos harán felices asume la forma
de una tarea o trabajo que hay que realizar. La propia vida humana puede concebirse como la
tarea de alcanzar la felicidad. Tiene la estructura de la esperanza, pues ésta se funda en la
expectativa de alcanzar en el futuro el bien amado arduo. El sentido de la vida aparece entonces
como la tarea que hay que realizar para alcanzar ese bien. En esa tarea se distinguen varios
elementos fundamentales:

1) El primer elemento es la ilusión, que podemos definir como la realización anticipada de


nuestros deseos y proyectos. La ilusión proporciona optimismo, y nos impulsa hacia adelante. Su
ausencia provoca pesimismo y parálisis en la acción, pues suprime la esperanza de alcanzar lo que
se busca al declarar que no es posible, que no hay nada que hacer. Por el contrario, la ilusión
produce alegría: nos induce a querer ser más de lo que somos, es el requisito para el verdadero
crecimiento humano. La ilusión se nutre de esperanza y gozo, da vitalidad, energía o «ganas»
para emprender la acción. Es una motivación para actuar. La motivación se nutre de la ilusión, y
nos da una percepción positiva, activa y gustosa del futuro inmediato que nos espera.

2) Toda tarea necesita un encargo inicial, una petición de que la llevemos a cabo, una orden que
nos ponga en marcha, una misión que nos sea encomendada. En realidad quien encarga es la
verdad encontrada, puesta en boca de aquel que la tiene. Cuando nadie encarga, no hay ninguna
tarea ni misión que llevar a cabo: faltan los objetivos y viene la desorientación. Pocas veces
sucede que el hombre se autoencarga la tarea y la misión que le corresponde en la vida: otras
muchas aparece como oportunidad ofrecida. Los proyectos vitales son muchas veces fruto de una
llamada que alguien nos hace para que los asumamos, puesto que la vida humana no se
construye en solitario. En el inicio de toda tarea se da una ayuda originaria, que es el acto de
asignamos esa tarea, algo propio de la autoridad política (6.9). De ella depende la organización
del trabajo y la puesta en marcha hacia los fines del grupo o de la persona que recibe esa
asignación. La ayuda originaria o misión responde a la pregunta: ¿qué tenemos que hacer?

3) La ayuda originaria suele ir acompañada de la entrega de recursos, casi siempre insuficientes,


para llevar a cabo lo encargado. La realización de los ideales es trabajosa y esforzada. Exige una
creatividad, una inventiva para encontrar el camino. Partimos de los recursos iniciales, pero
necesitamos más. Los recursos siempre resultan escasos para la tarea que queremos llevar a
cabo. Esto es una constante en la vida humana: hay que administrarlos bien, y atender con buena
economía a su conservación e incremento.

Surge así la necesidad de una ayuda acompañante que proporcione nuevos recursos para atender
a las necesidades que van surgiendo al llevar adelante la tarea. Se trata de evitar que se paralice.
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La ayuda acompañante adviene en forma de amistad y compañía en el camino, de enseñanza y
orientación acerca de cómo superar determinados obstáculos y así ganar tiempo, de diálogo que
nos sostiene en los momentos duros, de préstamos de instrumentos necesarios, de subvenciones
y dotaciones económicas, etc.

4) Toda tarea humana encuentra dificultades y conlleva riesgos. La libertad misma es arriesgada.
Lo más normal es que encuentre adversarios, es decir, personas que se oponen a ella, o que de
hecho la paralizan o dificultan, aun sin proponérselo. Las dificultades de la tarea son connatural es
a ella: hay que contar con eso, porque casi todas provienen de la escasez de los recursos y de las
propias limitaciones. Toda tarea humana concita amores y odios. Cuanto más alta es la empresa
que estamos llevando a cabo, mayores son esas reacciones. Sabemos que hay muchas formas de
rechazar la verdad, y aquí se experimentan.

5) Arrostrar todas las dificultades, eludir a los adversarios y perseverar en el esfuerzo se justifica
porque el bien futuro que pretendo no es para mí sólo. El fin de la tarea es llegar adonde
queríamos, conseguir el fruto, el resultado. Pero la esperanza es incompatible con la soledad: en
toda tarea hay un beneficiario, una persona, distinta al sujeto que la realiza, que recibe los
beneficios que produce. A él se le otorga el fruto de nuestros esfuerzos. Alguien sale ganando. Si
no hay un beneficiario, alguien a quien dar, la tarea se vuelve in solidaria y, a la postre, aburrida y
sin sentido. La plenitud de la tarea es que su fruto repercuta en otros, que mi esfuerzo se
perpetúe en forma de don y beneficio para los demás, para las instituciones y la sociedad.

La vida humana tiene de ordinario los elementos que se acaban de describir: es, básicamente, el
trabajo de realizar una tarea. Cuando falta alguno de esos ingredientes, se vuelve incompleta;
entonces el sentido de la vida disminuye, e incluso se pierde, y con él la felicidad. Si no hay un
encargo inicial, no sabemos qué hacer, y la determinación de «por donde tirar» nos lleva un
tiempo grande, hay vacilaciones, cambios de dirección, actitudes de perplejidad, etc., en especial
cuando falta ilusión. Sin encargo inicial el proyecto y la ilusión por él no se consolidan. Si no hay
ayuda, la tarea naufraga por falta de recursos, por dificultades y por ataques de los adversarios.
Si no hay beneficiarios, ni siquiera tiene sentido empezar y arrostrar el esfuerzo de llevada a
cabo: es mejor quedarse en casa cómodamente y ser uno mismo el único beneficiario. Es lo que
tiene menos riesgo, pero es lo que menos multiplica la riqueza.

La estructura que se acaba de explicar puede reconocerse en tareas grandes, como la conquista
de México por Hernán Cortés o el primer viaje de Colón, o en tareas normales, como entrar a
trabajar como enfermera en un hospital, ingresar en una orquesta o hacer una tesis doctoral. Los
ejemplos pueden multiplicarse cuanto se quiera. La vida es una tarea, un conjunto de tareas con
estos ingredientes. Importa mucho captarlo. La felicidad aparece ya al inicio, cuando hay ilusión y
una labor por delante que da sentido al futuro: hay que construirlo. Pero también aparece
después, a lo largo de ella, y en especial cuando la hemos concluido. Nada más feliz que ¡por fin!
haber terminado, llegar a casa, poder descansar después del esfuerzo. Entonces surge una nueva
forma de felicidad.

V. Las acciones lúdicas

La felicidad consiste en alcanzar la plenitud, la cual está en el fin, que es lo primero que se desea
y lo último que se consigue. Todo llegar es feliz. Lo más feliz es llegar a un lugar largamente
deseado, y no tener que ir a ningún otro: entonces se puede descansar, porque no hay tareas
pendientes. Esto ocurre muchas veces en el hogar.

La felicidad se alcanza en la medida en que la terminación de la tarea (el cultivo de la ciencia, de


la técnica, el trabajo, la construcción del mundo humano, la práctica esforzada de las virtudes,
etc.) se continúa en el acceso a la región de tiempo que viene después. Los clásicos lo llamaban
ocio. Para nosotros este término tiene un cierto matiz peyorativo, pues lo entendemos como un
«no hacer nada». En la concepción clásica, sin embargo, es algo bien diferente: el ocio es un
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tiempo dedicado a los placeres de apreciación, a la contemplación, al uso de la inteligencia para
saborear mediante la sabiduría los bienes más altos, es decir los que no son útiles, sino hermosos:
los bienes que amamos, la verdad y la belleza. Desde este punto de vista, la felicidad sería la
contemplación amorosa de lo que amamos.

Sin embargo, el hombre no contempla de una manera estática, como quedándose paralizado por
la belleza del ser amado. Más bien, celebra la plenitud. A la contemplación amorosa del ser amado
es preciso añadirle algo: hay que romper a cantar. Las acciones que celebran haber llegado, poco
o mucho, a la felicidad y a la plenitud reciben aquí un nombre especial: acciones lúdicas.
Equivalen a lo que los clásicos llamaban ocio, y no son simplemente «entretenerse jugando» o
«divertirse, cuando no hay nada que hacer», sino algo mucho más rico, que, como se ha dicho,
significa celebrar la plenitud alcanzada. Son la celebración de la felicidad. Estas acciones tienen
unos rasgos especiales:

1) Las acciones lúdicas pertenecen a aquellas que contienen el fin dentro de sí mismas. Por eso
proceden de lo inmaterial que hay en el hombre. Por ejemplo, cantar, bailar y tocar música, no
sirven para otra cosa: esta es su diferencia esencial con las acciones técnicas, con el trabajo, que
siempre está ordenado a lo posterior. Las acciones lúdicas tienen sentido y valor por sí mismas, y
expresan y provocan sentimientos que tienen que ver con la felicidad: por ejemplo, el honor, la
celebración de la excelencia. Son acciones que hacemos porque nos gustan.

2) La acción lúdica tiene lugar en un tiempo distinto al ordinario, dentro de la fiesta o de un


tiempo destinado al juego, como ya se ha dicho: son oportunas entonces, pero no en otro
momento. El tiempo de las acciones lúdicas está separado del tiempo normal: uno puede llegar a
olvidarse de este último por meterse por completo en el juego o en la fiesta de que se trate (por
ejemplo, cuando vemos una película estamos «transportados» «dentro» de lo que vemos, nos
olvidamos de dónde estamos, desearíamos que no terminase). Ese tiempo puede llamarse
simplemente ocio, pero sobre todo fiesta.

La felicidad tiene carácter festivo, y no se puede vivir más que de modo festivo. Si fuera imposible
celebrar fiestas, el hombre no podría ser feliz. La fiesta es el momento para la acción lúdica, y ni
antes ni después resulta oportuna, o adecuada, sino ridícula y grotesca. Nadie va a clase
disfrazado, pero hay fiestas en las cuales lo que hay que hacer es disfrazarse. Vestirse de fiesta es
disfrazarse un poco.

3) Las acciones lúdicas incluyen todas las que tienen que ver con la risa, la alegría, la broma y lo
cómico. Reírse es ser feliz por un momento. La extraordinaria y singular capacidad humana de
tomarse las cosas a broma se ejercita cuando se ha ingresado, de algún modo, en la región de lo
lúdico, en la cual somos felices por haber alcanzado el fin y la plenitud, aunque sólo sea
relativamente. Por eso nos reímos y nos divertimos.

En la vida humana no todo es seriedad, ni puede serlo. Es necesario reírse: «todas las cosas
buenas ríen»15. El que no sabe reírse es un desesperado, y el que siempre está serio termina
siendo ridículo. Lo serio necesita un poco de broma para atenuarse: la broma relativiza la
seriedad, parece que la da por terminada. En suma: ser feliz implica reírse, no estar serio. Cuando
reímos nos instalamos en la región de lo lúdico.

4) Lo más característico de las acciones lúdicas se pueden resumir en una palabra: jugar. El
hombre, para ser feliz, necesita jugar16. Por eso los niños son más felices que los mayores, porque
no necesitan trabajar para vivir, están casi siempre jugando. Una partida de más es una felicidad
provisional, una ocupación felicitaria (J. Marías), y mientras la estamos jugando podemos afirmar
con rotundidad que somos más o menos felices, porque lo pasamos bien. No hay por qué quitarle

15
«Alle huten Dinge lachen», F. NIETZCHE, KSA, 4, 366 (ver ed. Española, cit., 393).
16
J. GARAY, El juego, Una ética del mercado, cit. 148.
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mérito a estas «felicidades pequeñas» propias de las acciones lúdicas: gastar una broma, cantar
una canción, jugar un partido de tenis, ver una película, etc.

Aquí no vamos a detenemos más en estas acciones, ni a señalar su lugar egregio en la vida
humana. Baste lo dicho para resaltar algo por otra parte muy evidente: forman parte de la
felicidad y se llevan a cabo cuando se ha terminado la tarea (o quizá en un descanso de ella, para
distraerse y coger ánimos y fuerzas para volver a emprenderla).

VI. El sentido de la vida

Apenas hemos dicho nada hasta ahora del sentido de la vida. Podemos describirlo como la
percepción de la trayectoria satisfactoria o insatisfactoria de nuestra vida. Descubrir el sentido de
la propia vida es, pues, alcanzar a ver a dónde lleva, tener una percepción de su orientación
general y de su destino final. Si se ven las cosas a largo plazo, lo importante es el final, el destino.
Pero normalmente, como se ha dicho antes, la vida tiene sentido cuando tenemos una tarea que
cumplir en ella. Eso es lo que, al despertamos, introduce un elemento de estabilidad, de ilusión,
de expectativa concreta, y por tanto de una cierta felicidad para el día que comienza.

«Cuando hay felicidad se despierta al día, que puede no ser muy grato, con un previo sí. Si uno se
despierta con un sí a la vida, con el deseo de que siga, de que pueda continuar indefinidamente,
eso es la felicidad. En cambio, si esa cotidianidad se ha roto o se ha perdido, si uno despierta a la
infelicidad que está esperando al pie de la cama, no hay más remedio que intentar recomponerla,
buscarle un sentido a ese día que va a empezar, ver si puede esperar de él algo que valga la
pena, que justifique seguir viviendo»17. Esto quiere decir que el sentido a la vida «no se identifica
con la felicidad, pero es condición de ella», pues cuando falta, cuando los proyectos se han roto, o
no han llegado a existir nunca, comienza la penosa tarea de encontrar un motivo para afrontar la
dura tarea de vivir.

Por tanto, la pregunta por el sentido de la vida y del mundo surge cuando se ha perdido el sentido
de orientación y de uso de la propia libertad, cuando no se tiene una idea clara de adonde
conducen las tareas que la vida a todos nos impone, y sobre todo cuando disminuye el nivel medio
de felicidad de una sociedad.

Hoy ese sentido aparece muchas veces como algo problemático y de ninguna manera evidente,
pues hay una fuerte crisis de los proyectos vitales, de los ideales y valores: faltan convicciones, no
hay verdades grandes ni valores fuertes en los que inspirarse de una manera natural, sobreviene
la falta de motivación y la desgana, no se percibe ninguna orientación definida, decae la
magnanimidad en los fines, el proyecto vital está constantemente en revisión, los ideales no son
suficientemente valiosos para justificar el aguantar las dificultades que conlleva ponerlos en prác-
tica, etc. La ausencia de motivación y de ilusión es el comienzo de la pérdida del sentido de la
vida. Puede llegar a constituir una patología psíquica, y ocasionar sentimientos de inutilidad, de
vacío, frustraciones e incluso depresiones.

Cuando no se encuentra el sentido del propio vivir, sólo hay dos soluciones: «una posibilidad es la
atomización de la vida, la equivalencia, siempre fraudulenta, de los placeres o los éxitos con la
felicidad; y esto conduce a la inautenticidad, a la vida en hueco; la persona que no encuentra
sentido a su vida y la llena de placeres o de éxitos como equivalentes, hace trampa y deja
introducirse la falsedad en su vida». Es lo que veremos enseguida. La otra posibilidad es
reconocer con sinceridad la pérdida de sentido: esto es el nihilismo.

Responder de una manera convincente a la pregunta por el sentido de la vida exige dos cosas:

17
J. MARÍAS, La felicidad humana, cit., 355.
18
J. MARÍAS, La felicidad humana, cit., 338.
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tener una tarea que nos ilusione y enfrentarse con las verdades grandes, con los grandes
interrogantes de nuestra existencia. Quien sabe responderlos, encuentra una dirección
satisfactoria para su vivir e incrementa tremendamente su expectativa de felicidad en la
realización de sus tareas ordinarias, pues sabe lo que verdaderamente le importa, lo que se toma
en serio: «¿qué me importa de verdad? es el camino para la pregunta por el sentido de la vida»18.
Dicho de otro modo: saber cuáles son los valores verdaderamente importantes para mí es lo que
hace posible emprender la tarea de realizarlos. Dicho crudamente: se es hombre cuando se tiene
saber teórico y capacidad práctica para responder a estas tres preguntas: ¿Por qué estoy aquí?
¿Por qué existo? ¿Qué debo hacer?. Encontrar la respuesta a uno de los empeños de este libro.

VII. La felicidad y el destino

Darse a uno mismo es el modo más intenso de amar, según se dijo, Y esto forma parte
irrenunciable de una vida feliz. Es obvio que ese darse, como todo dar, exige un destinatario:
alguien que reciba el don, sobre todo si el don soy yo mismo. Desde esta perspectiva se puede ver
que el destino de la persona es otra persona. Darse por completo sólo puede hacerse respecto de
una persona. Ser feliz, entonces, es destinarse a la persona amada: «Lo que se necesita para
conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»19.

El destino del hombre no puede ser la nada, ni una piedra, porque entonces quedaría sin ejercer la
máxima capacidad humana de dar, que es destinarse uno mismo a alguien. El hombre es entonces
dueño de su destino, porque se destina a quien quiere. Sin embargo, si la felicidad es destinarse a
la persona amada, ¿lo más alto que le cabe al hombre es hacerla respecto de alguien como él?
Salta enseguida a la vista que la muerte señala la barrera que termina con ese destinarse mutuo
de las personas humanas: uno sigue viviendo después de que muera la persona amada. ¿No hay
otro destino que ése, el que me cabe elegir antes de morir, destinándome a otro como yo?

Así aparece de nuevo una pretensión humana sin la cual el problema de la felicidad quedaría en
último término sin resolver: la pretensión de inmortalidad. El hombre desea dejar atrás el tiempo
e ir más allá de él, hacia una región donde el amor y la felicidad no se trunquen, donde queden a
salvo de cualquier eventualidad y se hagan definitivos, y a la postre inmortales. Esta pretensión
demuestra la condición inmortal de la persona humana, y será estudiada más adelante cuando se
hable del destino y del más allá de la muerte.

Por otra parte, el destinarse a la persona amada nos hace ver que una persona humana no es
suficiente para colmar las capacidades potencialmente infinitas del hombre. Si el hombre tiene una
apertura irrestricta, lo que se corresponde con su libertad fundamental no es esta o aquella
persona humana, sino el Ser Absoluto. De nuevo volvemos al planteamiento clásico: Dios es la
suprema felicidad del hombre. Dicho de otra manera, Dios es el amigo que nunca falla: toda
persona humana puede hacerlo, aun sin querer. Sólo con Dios queda asegurado el destino del
hombre al tú, porque cualquier otro tú es falible, inseguro y mortal: sólo El está por encima de
todo avatar. La respuesta que se dé al problema de la felicidad y el sentido de la vida está, en
último término, intensamente condicionada por la cuestión del destino.

VIII. Distintos modelos de felicidad

Todo lo dicho hasta aquí dista de parecerse a lo que suele decirse acerca de la felicidad. Es por
eso obligado aludir a las respuestas y modelos más corrientes que se han dado sobre ella. Nos
interesan principalmente no tanto las teorías sobre la felicidad, como las actitudes prácticas,
nacidas de ideales determinados. Se pueden agrupar en varias tendencias, que se describirán
brevemente a continuación. Es importante tener en cuenta que en las personas singulares estas

19
J. ESCRCIVÁ DE BALAGUER, Surco, Madrid, 1987, 765.
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actitudes no se dan en estado puro, como aquí se describen, sino mezcladas unas con otras,
combinadas.

El nihilismo

Por nihilismo vamos a entender aquí un tipo de nihilismo práctico que afirma que la vida carece de
sentido. Esto implica que las preguntas por ese sentido y por el valor de la justicia y la felicidad no
tienen respuesta. Para los nihilistas la felicidad no es posible, no existe; es inútil buscarla, porque
nunca se encuentra. La intensidad y modo con que esta postura puede mantenerse son muy
diferentes, y generan muy distintas actitudes; de hecho la familia de los nihilistas es tan nume-
rosa y variada que a veces parece llenar el mundo de desencanto y enfriar todas las ilusiones.

Llamamos nihilismo a la negación del sentido de la vida porque lleva consigo, de una forma más o
menos intensa, la vivencia de la nada. La nada es, desde el punto de vista de la voluntad, la
vivencia de que no hay nadie que sea término de mi manifestación, interlocutor de mi diálogo y
receptor de mi don. La voluntad es afirmación del otro o intención o inclinación hacia otro. Cuando
el otro desaparece de mi vista, la persona no tiene nadie a quien dirigirse: no hay otro, y por
tanto lo que me rodea es la nada, y estoy radicalmente solo. El nihilismo, por tanto, es la pérdida
del otro y el hundimiento en la soledad.

Cuando el destino del hombre es él mismo, la nada o el todo cósmico impersonal, la persona
busca anularse a sí misma y a sus deseos, amores e inclinaciones. Por eso, hay que añadir ahora:
el sentido de la vida es el tú, la persona a quien quiero, los otros. Si no hay un tú al que dirigimos,
es que estamos solos, nadie nos espera. Esto es la desesperación y el nihilismo, cuyas variantes
vamos ahora a enumerar:

a) La desesperación

Es el grado extremo de nihilismo práctico. Es una postura que induce a la conmiseración, porque
quienes la adoptan tienen una indigestión de dolor: es como si la vida les hubiera sentado mal. El
des-esperado es el que ha dejado de esperar, aquel para quien el futuro no depara bien alguno,
porque ha sido víctima de la soledad, la indiferencia o el desengaño. Lo que necesita es ayuda.

Hay muchas formas de desesperación, y algunas de ellas conducen a la locura: los


desequilibrados, los depresivos, los desgraciados y en general, los profundamente infelices forman
parte de la familia de los desesperados y de aquellos que tratan de eludir la vida misma, porque
vivir es una verdad que no soportan. Cuando la vida es insoportable, el suicidio aparece como una
solución. Ningún animal se suicida, porque ninguno es capaz de caer en la desesperación. Sólo un
rostro amable, un tú, puede sacar a alguien de ella.

b) El absurdo

El absurdo es la vivencia del sin sentido. Cuando nos sentimos obligados a realizar acciones que
no sentimos como nuestras, porque no las hemos decidido, ni tienen relevancia para nosotros,
aparece el absurdo, para el cual la vida es una representación teatral en buena parte hipócrita y
falsa, sin lógica, pues el sistema social obliga al hombre a comportarse de una manera
determinada, para él absurda, incluso cómica o trágica.

El siglo XX ha tenido artistas, escritores y representantes del absurd046 en mucha mayor medida
que los siglos anteriores, porque en esta época el hombre se ha sentido prisionero de la técnica,
de los sistemas políticos, de la masificación, y se ha visto a sí mismo como un pigmeo dominado

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por un gigantesco aparato que carece de toda medida y finalidad humanas. La aceptación del
absurdo entraña cierto fatalismo pesimista: el hombre es un muñeco en manos de fuerzas
impersonales.

c) El cinismo

El cínico finge interesarse de verdad por una persona, y en realidad sólo busca veladamente
obtener de ella una utilidad. Hace como que le importa algo, cuando en realidad no es así: el
cínico no cree en lo que dice o hace, pero lo aparenta, porque le da igual una cosa que otra. El
cinismo es una degeneración del interés, y se convierte en hipocresía.

El cinismo puede llegar a convertirse en una postura radical ante la vida, y entonces se vuelve
escepticismo burlón: no cree en la verdad, y se toma a broma todas ellas. El cínico auténtico, en
el fondo, es trágico y nihilista, y acepta el absurdo, pero hacia fuera y de momento «juega» el
papel que le corresponde en cada caso, pero lo hace como una ficción que en el fondo no es real,
y por tanto carece de sentido. El cínico es, en el fondo, el que no se toma nada en serio, ni si-
quiera lo que es serio. El sentido de la vida no existe, pero nos queda la risa: esto es el cinismo.
Para el cínico la vida no es más que un teatro; en ella todo es máscara; el semblante de la
persona no pasa de ser lo que originalmente significó el concepto de ésta: la careta del actor. No
hay rostros, sino máscaras; cuando éstas caen, no hay interioridad, no hay nadie detrás. El
cinismo es nihilismo: el hombre está vacío, todo es una burla.

El cínico desconoce la autenticidad, pues ésta consiste en manifestar en la conducta la verdadera


interioridad. Pero el cínico carece de interioridad: está todo él en su mueca y vacío por dentro.
Una de las tareas más difíciles para la libertad consiste en distinguir lo serio de la broma: el cínico
identifica ambas cosas. La consecuencia sobreviene enseguida: si nada es serio, todo es serio. La
comicidad cínica termina en la tragedia y la desesperación. Por eso la risa cínica acompaña a la
violencia que destruye: es el adorno de la maldad.

d) El fatalismo

Para el fatalista el hombre no es dueño de su destino. En la Antigüedad clásica esta postura fue la
más frecuente, especialmente entre los estoicos, pero hoy se sigue repitiendo con frecuencia. El
fatalismo se caracteriza por la creencia de que el universo alberga dentro de sí un elemento
irracional, llamado Destino o Azar, que es una fortuna o casualidad que mueve la rueda del
cosmos y da a cada uno la felicidad o la desgracia de una manera aleatoria, pero necesaria: la
libertad queda deprimida ante lo irracional, que es una necesidad ciega e ineludible, frente a la
cual yo no soy dueño de destinarme a nadie. Más bien es ese destino impersonal y ciego quien
decide por mí de una forma mecánica e inexorable.

En el fatalismo el único recurso es que cada uno se contente con la suerte que le ha tocado. Por
tanto, esto significa resignarse con el dolor y adoptar una actitud pesimista, pues las cosas no
pueden cambiar: son inevitables. Es ésta una resignación que termina siendo trágica y fatal;
adusta, pero elegante: no vale la pena apasionarse por nada. La tragedia griega está penetrada
por esta actitud. El fatalismo incluye como única aspiración la de tratar de disminuir el dolor. Por
lo que respecta a la felicidad, le concede un lugar bastante discreto en la vida humana: es una
doctrina triste, incapaz de alegría, porque para ella el mundo no tiene nada que merezca
celebración, sino más bien al contrario. Para el fatalismo todo amor está preñado de dolor.

e) El pesimismo o escepticismo práctico

Una forma de nihilismo es la negación del sentido a mediana escala. Es el nihilismo «light», que se
manifiesta de varios modos: el pesimismo postula que el esfuerzo por conseguir bienes arduos se

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salda siempre con el fracaso, y por tanto no merece la pena; es preferible resignarse. El
desengaño es una forma más profunda de nihilismo, pues produce la convicción de que la falsedad
se alberga en el propio interior de la verdad: lo que parece verdadero, en realidad está hueco. El
desengañado pierde toda ilusión y confianza: no cree en nada, como el cínico, pero por distintos
motivos, como fruto de una mala experiencia. La amargura, por último, es un desengaño
resentido, ofendido.

El modo intelectualmente más lúcido de pesimismo, corriente sobre todo entre intelectuales, es su
mezcla con una dosis moderada de fatalismo, que lleva a dudar de que el individuo deba desear y
pueda llevar a cabo tareas verdaderamente relevantes y transformadoras de la sociedad y el
destino universal de cada época. El pesimista, en sentido estricto, es el que piensa que el fracaso
acompaña necesariamente la vida de la persona individual. El pesimismo es un poco fatalista
porque piensa que el destino de lo finito es fracasar, pasar. Por ser esto inevitable, es preferible
resignarse, no hacerse ilusiones de las que después nos habremos de desengañar: «el camino de
la imaginación a la perfección pasa por la decepción». Los rasgos optimistas y pesimistas están
presentes, como puede suponerse, en todos los hombres, y marcan una diferente actitud hacia los
ideales y su realización.

f) Contrapunto: la afirmación eufórica de la vida y la ebriedad

Todos los escépticos son de algún modo nihilistas. El nihilismo es una experiencia amarga, en la
que el hombre es profundamente infeliz, y de la que trata de escapar, aunque sólo sea por un
rato. El carácter cíclico de la vida afecta también a los nihilistas. Para salir de la postración
anímica se busca entonces un estado de euforia que compense el sentimiento negativo. Se trata
de una afirmación eufórica de la vida, del placer pujante y esplendoroso.

Cuando el hombre se embebe de golpe y en exceso en el embrujo que posee la fuerza de la vida
puede sobrevenir un estado de euforia excesiva que llamamos ebriedad, que es un procedimiento
de exaltación y estimulación dionisíaca, en el cual el hombre se pone, por así decir, en un cierto
«trance» de explosión vitalista, mediante algún estimulante que le proporcione el optimismo que
él no termina de sentir. Es como darle «marcha» a las fuerzas irracionales de la vida que uno lleva
dentro, liberarlas, y que ellas se encarguen de transportamos a un «éxtasis» en el que estamos
por un tiempo en sus manos, olvidados del feo rostro de lo cotidiano. La ebriedad es abandonarse
por un tiempo en manos de fuerzas vitales que no controlamos, porque son irracionales. Se trata,
simplemente, de olvidar la vida propia, o de sumirse en experiencias un poco «salvajes».

Es un procedimiento casi tan antiguo como la humanidad. El modo más ordinario de estar ebrio es
embriagarse con la bebida, pero hay otros estimulantes más fuertes, como las drogas. El sexo
puede vivirse también como algo embriagador. Al embriagarse uno pierde la cabeza, se deja
invadir por sensaciones nuevas, fuertes, placenteras, que le «transportan» a un «viaje
alucinante», que tapa un poco el asco que produce la vida cotidiana.

Podría parecer que la ebriedad no tiene nada que ver con el nihilismo, pero en realidad es su
contrapunto necesario, pues en el nihilismo constante no se puede vivir, porque es insoportable.
Quienes viven en el aburrimiento y el pesimismo a veces pueden pensar que la ebriedad es lo que
pone un poco de sal en la vida y dota de la «chispa» de inspiración necesaria para crear algo que
valga la pena. En realidad, viene a ser un sustituto de las acciones lúdicas y del diálogo: el ebrio
tiene debilitada la libertad, porque sufre una dependencia y es muy vulnerable; sustituye el ápice
de la vida humana por una situación irreal. Parece obvio decir que la ebriedad es un procedimiento
de buscar la felicidad que tiene inconvenientes físicos, psicológicos y morales, pues se basa en la
renuncia temporal a conducirse desde la razón, la voluntad y la libertad. También parece
innecesario señalar que muchas veces no se concibe la diversión sin ebriedad.

La ebriedad tiene dos caras. Al principio nos llama: «para no sentir el horrible peso del Tiempo

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que rompe vuestras espaldas y os inclina hacia la Tierra, necesitáis embriagaras sin cesar. ¿Pero
de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos» (Ch. Baudelaire). Se
pone en práctica entonces el consejo de A. Rimbaud: «lanzarse al fondo del abismo, Infierno o
Cielo, ¿qué importa?/ al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo». Pero una vez lanzados,
sobreviene «el desarreglo de todos los sentidos», el descontrol, la violencia, y finalmente el
letargo. Reaparece el feo rostro de lo cotidiano, imposible de aceptar. Y se repite el ciclo. La
ebriedad pasa factura, tiene «efectos secundarios»: con frecuencia acentúa el rechazo de la
realidad que nos ha tocado vivir. No hay domingo sin lunes.

El Carpe diem!

Carpe diem! significa «aprovecha el momento», «disfruta el día», y es una expresión de Horacio
en la cual se hace una apuesta por el presente: lo que quieras ser, vívelo ya, antes de que se te
pase la oportunidad. Se nos invita así a vivir el presente lo más intensamente que podamos, a
coger los sabrosos frutos que la vida, generosamente, nos pone delante. Se trata de una forma de
afirmación vitalista inmediata y directa. Lo que suele suceder cuando se adopta esta postura es
que se identifica la felicidad y el sentido de la vida con el placer. Se trata de una exaltación del
gozo presente, que trata de exprimido antes de que sea demasiado tarde. La intensidad con que
esta postura puede ser mantenida es muy variable, pero el conjunto de sus rasgos es bastante
constante:

1) La virtud y el placer se presentan como opuestos. Para los partidarios de la primera, «todo lo
placentero es pecado y lo que no está prohibido es obligatorio». La bondad moral significa
entonces aburrimiento, y la verdadera libertad terminar con los tabúes que nos impiden disfrutar
de las cosas buenas: «la vida es un manantial del placer» decía Nietzsche.

2) Se afirma, con Rousseau, que la naturaleza humana es buena de por sí: «ya nada malo saldrá
de ti de ahora en adelante», dice también Nietzsche. Por tanto, hay que dar libre curso a la fuerza
natural de la vida que uno lleva dentro, porque no tiene nada de malo, es de por sí inocente y
buena. El hombre es naturalmente bueno. La virtud y la bondad moral significarían una represión
de las fuerzas de la vida, y por eso son algo antinaturales. La cultura y la vida social tendrían
demasiadas formas de represión de las fuerzas vitales. Por eso, la ebriedad puede ser bienvenida,
porque es una forma de vivir la vida con intensidad, y de liberarse de los tabúes y
convencionalismos que nos impone la sociedad en la que vivimos.

3) Lo hegemónico en el hombre es entonces el cuerpo: «cuerpo soy, del todo y por completo»20.
El espíritu se difumina. En consecuencia, todo lo que se refiere al cuerpo se convierte en
extraordinariamente importante: la dieta, la forma física, el «funcionamiento» de mis órganos
sexuales (instrumentos del que es quizá el rey de los placeres), el aspecto de mi piel, etc. Lo
decisivo es la biología, lo corporal.

4) Que la vida sea un manantial de placer significa que debo aprovecharla: el futuro no me
interesa, porque me traerá complicaciones, trabajo, vejez, escasez de dinero, enfermedades y
muerte. Debo disfrutar ahora, y todo lo que pueda. Hay que estar volcados en el presente: Carpe
diem! Esto significa una primacía de la gratificación instantánea, a la que ya se aludió, y un
rechazo del compromiso que suponen las tareas arduas. Comprometerse significa que cuenten con
uno, y esto es una complicación que no se acepta.

5) Lo que se necesita es un buen cálculo de los placeres asequibles, tal que permita eludir los
dolores consiguientes. Por este cálculo el Carpe diem! ha solido llamarse hedonismo (hedoné es
placer): se identifican felicidad y placer.

Los puntos flacos de este planteamiento son fáciles de adivinar:

20
«Leib bin ich und gar», F. NIETZCHE, KSA, 39 (ed. española, cit., 60).
130
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a) Confundir la felicidad con el placer es un craso y peligroso error. El placer «tiene dos
caracteres: por una parte es momentáneo, por otra admite la repetición. Además, es siempre
parcial, en el sentido de que afecta nada más a una dimensión de la vida, pero desde ella puede
«llenarla» momentáneamente. Puede tener una gran vivacidad y energía, pero a la vez se lo
siente como constitutivamente insuficiente»21. La razón de su insuficiencia está en esas tres
características: porque es algo pasajero y parcial, afecta a la vida psíquica, más que al núcleo de
la persona misma. Y sobre todo, su excesiva repetición provoca una dependencia de ellos no del
todo voluntaria, y al final el hastío.
La felicidad, en cambio, es algo muy diferente: en primer lugar no es algo parcial ni momentáneo,
sino permanente, que afecta a la totalidad de la persona, y está por tanto a un nivel más
profundo. En segundo lugar, la intensificación de la felicidad no provoca hastío, sino todo lo
contrario, un deseo de que se haga aún más intensa y honda. Cuando se cifra la felicidad en el
placer sobreviene lo que antes se llamó la atomización de la vida: la sustitución de la felicidad por
la gratificación instantánea, por el éxito, por el placer, mientras queda en hueco la totalidad de la
vida.

b) Apostar por la felicidad en presente destruye la expectativa de los bienes futuros. En el Carpe
diem! hay una traición secreta al valor de la espera. Hay más felicidad en esperar bienes futuros
que en tenerlos todos ya. Cuando no hay expectativas, sino sólo goces, del futuro ya no se espera
nada; comienza entonces la expectativa de la infelicidad. Hay más felicidad en el futuro que en el
presente. La felicidad consiste en aprender a esperar.

Por otro lado, el Carpe diem! no es aplicable a la vida profesional, donde impera la lógica de lo
serio y de las tareas a largo plazo, con su estructura propia. Es, por tanto, un planteamiento
incompleto de la vida, pues tampoco atiende al esfuerzo, al dolor, a la limitación y la enfermedad
humanas, ante los que está amenazado de fatalismo. Se queda sólo con el tiempo libre, y lo
convierte todo en diversión. Es la lógica de los inmaduros y los irresponsables. En el fondo se trata
de una postura muy poco solidaria y más bien egoísta. Por eso, su crítica detallada debe hacerse
desde un punto de vista ético.

La postura pragmática: el interés

Una de las posturas más frecuentes frente a la felicidad consiste en decir que el hombre puede
conseguir poca, y que toda la que consiga será a base de cuidar de sus propios intereses. Esta
actitud no se deja llevar por excesivas ilusiones, es realista, pragmática, buena conocedora de los
hombres, no aspira a cambiar el mundo ni tiene otro ideal que un afán moderado de asegurarse
una existencia lo más cómoda, tranquila y segura posible, sin sobresaltos ni riesgos: «más vale
pájaro en mano que ciento volando».

El afán de seguridad es necesario para la vida humana. Sin embargo, cuando se exagera, se cae
en esta postura, eminentemente conservadora y poco amiga de los riesgos, que hace depender la
felicidad del propio esfuerzo por asegurarse los recursos. Lo característico de esta mentalidad es la
moderación de los objetivos y el predominio del interés por el propio bienestar. Estamos entonces
ante un modo de ver la vida que pone como fin y valor primero yo mismo y mis intereses.

La felicidad interesada es ajena a los idealismos: a lo más que suele aspirar es a realizar sus
propios intereses. No se plantea teorías: «tú, vete a lo tuyo», parece decir. Aspira a que en el
reparto le vaya lo mejor posible; comparte poco, pues desconfía de lo público. Ama el dinero y
opina que «un hombre vale lo que valen sus recursos», y sólo coopera para evitar verse
perjudicada. Está convencida de que la mayoría de las acciones humanas son fruto del interés, y
que los ideales son «idealismos» y pérdida de tiempo, es decir, un modo de eludir la dura realidad
de la vida. La felicidad interesada suscribiría, quizá con algunos matices de duda, pero con

21
Este cálculo es e que busca la moral hedonista: cft. J. CHEVALIER, Historia del pensamiento, cit., vol. I, 415.
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acuerdo básico, las afirmaciones de Hobbes señaladas más atrás, o esta otra: «todos los actos
voluntarios del hombre tienen como fin algún bien para él»22. En conclusión: el hombre tiene un
solo fin, que es él mismo. Todas sus acciones son interesadas porque se supeditan a ese objetivo.
No se trata tanto de un egoísmo puro y duro, como de buscar sólo lo conveniente y útil para mí,
evitando aquellos gastos de tiempo y esfuerzo en pos de valores e ideales desinteresados que
nada me van a reportar.

Esta es una actitud antigua y eficaz, pero sumamente discutible, con reparos de tipo moral, y una
serie de consecuencias en el modo de concebir la vida social, resumidas en la palabra
individualismo. En los últimos tiempos ha ido evolucionando hasta convertirse en algo ligeramente
distinto, que se tratará a continuación.

La postura contemporánea: el bienestar

«La mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo no son muy felices; tampoco se sienten
desgraciados —y no lo son—; sino más bien se mueven en una zona gris»23. ¿Por qué? Porque han
identificado la felicidad con lo que es sólo su requisito previo: el bienestar. «La identificación de la
felicidad con el bienestar ha ido adquiriendo un desarrollo, difusión y vigencia en nuestra época,
sin proporción con la calidad intelectual de esa interpretación; en todo caso, es esencial para com-
prender la época en que vivimos»24.

¿Cómo se ha producido esto? Se trata de la extensión de una mentalidad que encaja muy bien con
el desarrollo tecnológico y material, y que de hecho lo ha acompañado: «hay que buscar la
felicidad del mayor número, la mayor cantidad de placer y el mínimo de dolor, y que los dolores
sean transitorios y pasen pronto. Esto es lo que aproximadamente opina el mundo actual»25. Esta
mentalidad tiene dos rasgos: 1) identifica la felicidad, no tanto con el placer, como con la ausen-
cia de dolor; 2) identifica lo bueno con lo útil, y así la utilidad pasa a ser el valor que define las
cosas, y en consecuencia incluso las personas. Se trata, como es evidente, de una idea que
complementa muy bien de lo que se llamó cientifismo y tecnocracia y que desde luego se inscribe
con facilidad en la óptica del materialismo. La combinación de todas estas posturas, en grados
diversos, constituye la mentalidad contemporánea, como a lo largo de este libro se ve.

Por lo que se refiere a la felicidad, el mundo actual ha creído que se realizaría cuando se
alcanzaran para todos unas determinadas condiciones de bienestar material, un cierto nivel de
vida y de seguridad en la evitación de riesgos y males. Ese ideal consiste en el intento de hacer
desaparecer la miseria, el dolor y el esfuerzo mediante el desarrollo económico y los adelantos y
comodidades de la tecnología. Son unos objetivos completamente loables, pero no pertenecen a
nadie en particular, no son proyectos personales, sino generales, y corren fundamentalmente por
cuenta del estado y de las empresas, que los llevan a cabo mediante una adecuada planificación y
desarrollo económico y tecnológico. Y así lo que sucede es que se pierde de vista el carácter
personal de la felicidad: «¿Por qué? Porque la felicidad pierde su contenido propio: resulta
equivalente a sus condiciones; es decir, dadas ciertas condiciones hay bienestar, y por tanto
felicidad. Pero felicidad ¿de quién? De cualquiera, de todo el mundo»26.

Así se desliza en el mundo contemporáneo una gran variación respecto de la felicidad: se


sustituye el proyecto personal de vida por la adquisición de unas determinadas condiciones
materiales de bienestar y de seguridad. «Al hombre medio de nuestra época la inseguridad le
parece infelicidad», soporta mal los riesgos y necesita «seguros» y garantías continuos. Así la
felicidad pasa a depender de los objetos y los procedimientos técnicos, se despersonaliza y se

22
T. HOBBES, Leviathan, XIV, 66.
23
J. MARÍAS, La felicidad humana, cit., 242.
24
Id., 170.
25
Id., 156.
26
Id., 162.
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vuelve objeto de planificación: depende del estado, o de que me toque la lotería. Con ello,
disminuye el espíritu de aventura respecto de la propia vida: la novedad se compra y se utiliza
según un manual de instrucciones, pero no se encuentra de una manera personal; la felicidad se
convierte en objeto de consumo, está «en oferta».

El ideal contemporáneo del bienestar ha evolucionado últimamente hacia formas de calidad de


vida en las cuales la comodidad y la diversión se han convertido en elementos centrales y acaso
excesivos, puesto que se concede una importancia enorme al estado de salud, al cuidado del
cuerpo, a la evitación de molestias de todo tipo, a formas de ocio y de trabajo donde prima la
comodidad, la rapidez y las sensaciones fuertes, al disfrute de adelantos tecnológicos y de no-
vedades gratificantes y placenteras, al tener en definitiva. Y así, se entiende por calidad de vida la
supresión de todo esfuerzo que no se dirija a aumentarla a ella misma, aunque después no se
sepa exactamente qué es un proyecto de vida verdaderamente personal y enriquecedor.

En esta actitud es donde se encuadra el consumismo y la elevación de la comodidad al rango de


valor primero. La comodidad es la actitud que busca evitar la dificultad, el esfuerzo, el sufrimiento
y, en general, todo lo molesto. Es uno de los valores y de los avances más centrales en nuestra
cultura, y rechazarla sería hipocresía, pues nadie está dispuesto a quedarse sin luz o agua
corriente en su casa. Pero convertir esto en ideal de vida es propio de gente que aguanta mal el
sufrimiento y que sólo piensa en sí misma. Por eso, la queja, la debilidad y la blandura suelen
acompañar este soft way of life, que tiene muchas manifestaciones en la conducta práctica, entre
otras haberse acostumbrado a obtener enseguida todo lo que a uno se le antoja, y buscar sólo el
sentirse a gusto, tener placeres y no contrariedades, ni siquiera un poco de frío o de sed. Cuando
se vive así, el dolor y los dolientes es como si no existieran y uno fácilmente cae en una
existencia caprichosa, superficial y poco solidaria con los necesitados. Y esto ronda ya la injusticia
y el egoísmo, porque uno no se priva de nada, mientras a los pobres les falta de todo.

Como veremos más adelante, un ideal de felicidad que no tenga en cuenta el dolor está
incompleto y genera insatisfacción: acostumbrarse a no sufrir nos hace más débiles. Pero es que
además, es un ideal de vida que da poca felicidad, y en el cual influyen enormemente el
individualismo y el interés pragmático por uno mismo. La consecuencia es que mucha gente tilda
los tiempos en que vivimos de amorfos, pasivos, poco interesantes, y, a la hora de la verdad,
llenos de intereses egoístas, de un materialismo bastante insolidario, y sin valores morales
verdaderamente profundos. Es una queja hoy universal: hay como un vacío.

«Esa pregunta fundamental que el hombre se hace de vez en cuando, si es feliz, ha dejado de
hacerse, y la razón es que se da por supuesto que la felicidad consiste en que se cumplan ciertas
condiciones»27. Pero a pesar de ello, lo cierto es que «el bienestar por sí mismo no produce la
felicidad; es simplemente un requisito de ella... La felicidad no consiste simplemente en estar
bien, sino en estar haciendo algo que llene la vida». Esto es lo que hoy muchas veces se olvida, y
sin embargo es lo más verdadero que se puede decir sobre la felicidad. Pero la gracia está en que
la búsqueda de la felicidad corre por cuenta de cada uno, porque es la realización de un proyecto
personal.

El poder del dinero

Existe un ideal de felicidad que es el más adecuado para los ambiciosos: el poder. Es una opción
tan antigua como la humanidad. En la época moderna, el ideal burgués también ha hecho suyo
este valor al decir que al hombre se le mide por sus recursos. Poder significa potencia, capacidad,
fuerza. Cifrar la felicidad en él significa apostar por uno mismo, no sólo en cuanto centro de todos
los intereses, sino sobre todo como dominador de lo que le rodea.

Hoy en día el poder más evidente y directo es el dinero, pues el uso que se hace de él es mucho

27
Id., 170.
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más amplio, flexible, técnico y sofisticado que en épocas anteriores. Por eso no es de extrañar que
un cierto número de gente viva según aquello de que dinero es poder y felicidad es poder. Lo que
se busca entonces es tener suficiente dinero para poder hacer lo que se quiera. Esta mentalidad
actúa como si la felicidad y los hombres mismos se rindieran al hechizo implacable del poder
financiero. El lujo aparece entonces como signo y ostentación de poder y el dinero se utiliza para
demostrar fuerza y distinción: se tiene el mejor coche, el perfume de las mujeres más elegantes,
etc.

Poner la felicidad en el dinero es muy tentador: con dinero, se puede conseguir casi todo, desde
costosísimos tratamientos médicos, hasta viajar a todos los lugares, etc. Hay pocas cosas, en
apariencia, que no se postren a nuestros pies cuando se dispone de todo el dinero que uno quiera
gastar.

Los puntos débiles de esta postura se agrandan a medida que se exagera. Si esto no se hace,
puede parecer casi definitivamente convincente, y por eso es necesario analizar más adelante la
cuestión del dinero. De todos modos, en lo dicho hasta ahora hay argumentos que muestran su
debilidad. Además, basta apelar a la experiencia: decir que el dinero no da la felicidad parece uno
de los tópicos más repetidos, pero no deja de ser una gran verdad. También lo es añadir a
continuación que, aunque no la dé, contribuye muy decisivamente a ella, lo cual es obvio, pues
dentro de la vida buena está también el bienestar. Sin embargo, el principal inconveniente del
dinero es éste: no se puede compartir, sino sólo repartir, puesto que es de uno, y de nadie más.
Por eso, donde hay dinero hay discordia, y en la discordia nadie puede ser feliz. Además, la
excesiva preocupación por el dinero materializa la vida humana hasta hacerla miserable. Sin
embargo, la tentación del poder no aparece sólo referida al dinero, sino al dominio efectivo de
cuanto tengo a mi alrededor. Es lo que veremos a continuación.

El afán de poder y la ley del más fuerte

Hay bastante gente que en su conducta demuestra un gran afán de poder. Se mueven por el afán
de tenerlo y conquistarlo, aunque sea en una dosis miserable. Cuando se les pregunte sobre ello,
negarán que en eso cifren la felicidad, pero de hecho se comportarán como si así fuera, como si
sólo pudiesen descansar una vez que hayan levantado una trinchera en tomo a su territorio y
hayan dicho: «¡Esto es mío y sólo mío! ¡Aquí mando yo!». El hombre tiene una tendencia, secreta
o manifiesta, a dominar a otros y a no dejarse dominar por ellos: los clásicos la llamaban hybris,
que aproximadamente quiere decir orgullo, deseo de sobresalir.

Por tanto, la voluntad de poder no es sólo una teoría filosófica de Nietzsche, sino el afán continuo
que el hombre tiene de dominar a los demás y someterlos a sus dictados, aunque sólo sea dentro
del hogar. Este afán suele aparecer como autoridad despótica, que consiste en no querer súbditos,
sino esclavos. Es un uso de la voluntad que incurre en una confusión lamentable: olvida que a los
hombres no se les domina, ni se les desea o se les elige, como si fueran platos de comida, sino
que se les respeta, se les aprueba o rechaza, y se les ama.

Sin embargo, exaltar la voluntad de poder y aplicarla a nuestros semejantes es una postura que
tiene más sentido del que a primera vista puede parecer. El argumento más eficaz consiste en
decir que en la vida los que triunfan son los fuertes, y que para triunfar hay que imponerse a los
demás. Lo que triunfa es la fuerza, no la justicia. Es más, la justicia no es otra cosa que el nombre
que se le pone a lo que me conviene, a aquel estado de cosas que favorece mis intereses y mi po-
der. La justicia es la ley que el más fuerte impone al más débil. El hombre, para ser feliz, necesita
ser ganador.

Desde esta postura, a la pregunta ¿merece la pena ser justo? hay que contestar: ¡NO! ¿Por qué?
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Porque cuando tratas de ser justo lo que sale perdiendo son tus intereses personales frente a los
de los demás: te conviertes en perdedor. Pensar que compensa ser justo (no robar, no mentir, no
aprovecharte del prójimo cuando puedes hacerla, etc.) es, según esta mentalidad, una
ingenuidad, porque si tú no dominas a los demás, ellos te dominarán a ti. No compensa ser justo,
porque es hacer el idiota y quedarse con la peor parte.

Debajo de la justificación práctica de la voluntad de poder entendida de este modo está, como se
ve, la convicción de que no existen acciones desinteresadas y de que las relaciones entre los
hombres son siempre de dominio de unos sobre otros. Sin embargo, lo específico de la
justificación práctica de la voluntad de poder es que desprecia la justicia que la mentalidad
burguesa y el individualismo todavía aceptan como un valor. Para este modo de ver la vida, tú
puedes delinquir siempre que no te castiguen, porque no te descubren, o porque eres demasiado
poderoso para que se atrevan a acusarte públicamente. Por tanto, no tiene sentido ser justo, sino
dominar a los demás: la justicia no es otra cosa que la ley del más fuerte. Quien ha expresado
teóricamente esta postura con frases más rotundas es Maquiavelo.

La lógica de esta postura es, pues, la ley del más fuerte: éste debe dominar sobre el débil, que es
despreciable e inferior. La voluntad de poder pone a su propio servicio todos los medios de que
dispone. Uno de ellos, hoy quizá el más importante, es el dinero. Cuando éste se hace
instrumento de esa voluntad, se utiliza para abrir todas las puertas, suavizar todas las voluntades
y comprar todas las libertades, sin detenerse en «prejuicios» de tipo moral. Cuando rige esta ley,
la moralidad es ridícula, y el espacio social se divide en esferas de influencia, dentro de las cuales
hay una ley férrea de tipo mafioso, en la que rige una justicia consistente en que el que está
arriba es todopoderoso, dentro de su esfera de dominio, para premiar, castigar, e incluso matar.
Esta postura considera la ley como un instrumento más de dominio, pues ya se dijo que no cree
en la justicia.

La voluntad de poder conduce rápidamente a la infelicidad y a veces a la cárcel: 1) no respeta a


las personas como fines en sí mismas; 2) incurre en las peores formas de tiranía; 3) lanza a unas
personas contra otras, porque instaura la ley del más fuerte; 4) destruye la seguridad, el derecho,
el respeto a la ley y a la justicia dentro de una comunidad, y con frecuencia conduce a la guerra;
5) envilece la con vivencia, porque justifica todas las mentiras, aumenta el rechazo sistemático
contra la verdad y genera un espíritu de resentimiento y de desquite; 6) destruye los restantes
valores morales y, en consecuencia, la misma sociedad.

Se trata, por tanto, de un planteamiento extremadamente degenerado y pernicioso, aunque


pueda explicarse su sorprendente aceptación y puesta en práctica por el hecho de que algunos
siguen, y probablemente seguirán, sucumbiendo a la tentación de tratar de dominar a los demás a
su antoj070. Esta es la causa principal de la mala situación política que desde hace tiempo
padecemos y de los numerosos conflictos que asolan la vida social.

Después de analizar estas alternativas o ideales de felicidad, reaparece una verdad muy clara: no
está asegurado que el hombre llegue a ser feliz. El camino no parece otro que tener una adecuada
comprensión y puesta en práctica de lo que el hombre es y del tipo de acciones y hábitos que le
perfeccionan. De lo que no cabe duda es de que, si el hombre no se eleva por encima de sus
intereses exclusivamente personales, no será feliz. Esto nos lleva de nuevo a la consideración de
la dimensión social humana como algo completamente irrenunciable: la persona no puede llegar a
la felicidad si no ejerce el tipo de actos que tienen como destinatarios a los demás. Por eso hemos
de hablar ahora con más detenimiento de la dimensión social del hombre.

Lectura L18

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Los límites del hombre: el dolor

I. La debilidad y la limitación humana

«El hombre, nacido de mujer, corto de días y harto de tormentos»1 Esta es una realidad perenne,
que, desde Job, pocos se han atrevido a negar por su manifiesta evidencia. El dolor y el
sufrimiento, la tristeza y el miedo, son compañeros inevitables de la vida humana. A ellos hemos
de volver ahora nuestros ojos para tratar de arrojar un poco de luz sobre esta «enorme tiniebla»
(Rilke), que habita en el territorio de lo serio y va ligada a la necesidad, y por consiguiente al es-
fuerzo y a la fatiga que ésta lleva consigo.

Cuando lo serio se vuelve interminable y parece acaso definitivo, sobreviene el sufrimiento y


desaparece la alegría: todo parece entonces destinado a fracasar, y el mal, el llanto, la
enfermedad y el cansancio despliegan sus sombrías alas sobre nosotros. El conjunto de todas
estas realidades forma el envés de la vida humana, la otra cara de la moneda. Es una región
inevitable, a la que antes o después todos llegamos, y en la que hay que entrar suficientemente
preparados. Ignorarla es mantenerse en el sueño cuando es hora de despertarse para beber, con
madurez, este áspero licor. El hombre, no hay engaño posible, es constitutivamente limitado, y así
lo experimenta de múltiples maneras.

Precisamente porque Job tiene razón, el hombre ha sentido siempre la tentación de afirmar que
«toda vida es dolor»2, y que el sufrimiento es la estación de llegada donde estamos llamados a
permanecer definitivamente, puesto que el fracaso es insuperable. Más valdría, entonces,
resignarse, puesto que no podemos dejarlo atrás, ni hacerla desaparecer de nuestra vida, ni darle
sentido alguno. Nuestro reto, en estas páginas, es poner en tela de juicio semejante pesimismo:
la vida tiene un sentido, y el sufrimiento también. El dolor no tiene la última palabra: «el placer es
más profundo aún que el sufrimiento»3.

Al aceptar este desafío no podemos perder de vista a los protagonistas del dolor: los débiles,
aquellos que están privados de fuerza propia, y por tanto son vulnerables a la fuerza de otros, a la
necesidad natural inexorable, o a la fuerza bruta. Nos referimos a los seres humanos que no
tienen hogar, ni propiedad, ni trabajo, ni riqueza, ni salud; a los miserables, en todas sus formas;
a los enfermos, a los que carecen de capacidades físicas, psíquicas, jurídicas, económicas y
culturales; a los que sufren soledad y desamparo, aquellos a quienes nadie ama, los abandonados
de todos, aquellos que son «un problema», porque han dejado de ser «útiles» a la sociedad, los
ancianos y achacosos, los que no se valen por sí mismos, los que aún no han nacido, los que no
saben o no pueden hablar y defenderse por sí mismos, como los niños, los deficientes, los
oprimidos y discriminados, los que sin saberlo o contra su voluntad se ven prostituidos y con
adicciones físicas y morales empobrecedoras; en suma, las víctimas de la violencia, en todas sus
formas: los hombres y mujeres dolientes.

El mundo está lleno de personas así: ¿qué hacemos con ellas? Nosotros mismos podemos en
cualquier momento ser protagonistas del sufrimiento, y de hecho así va a suceder con frecuencia.
Desentenderse de este problema sería insultar a quienes lo padecen. Se busca, pues, entender
algo que constituye una pesada carga para muchas personas, pero que al mismo tiempo, como
veremos, puede ser para ellas una ocasión de crecer. Se trata de encontrar el sentido
antropológico del sufrimiento.

1
Libro de Job, 14, 1.
2
A. SCHOPENHAUER, El mundo como voluntad y representación, Ateneo, Buenos Aires, 1956, 56.
3
F. NIETZCHE, Así habló Zaratustra, KSA, 403 (ed. española, 428).
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II. Psicología del dolor: miedo, tristeza y sufrimiento

¿Por qué el dolor? Es esta una pregunta que tortura a muchos, hasta hacerles concluir que carece
de respuesta, pues, no sólo es imposible que exista un ser todopoderoso e infinitamente bueno
que consienta todas las desgracias que ocurren en el mundo, sino que, en tales circunstancias, la
vida ni siquiera merece la pena ser vivida. Ambos argumentos serán examinados más tarde.
Ahora hay que afirmar que la respuesta, clara y rotunda, a esta terrible y universal pregunta sí
existe, y es ésta: el dolor existe porque somos vivientes, y la psicología de todo ser vivo incluye el
sentirse complacido y atraído por lo que es bueno para él, mediante el placer y la esperanza, y
sentirse molesto y asustado por lo que le supone un mal, mediante el dolor y el temor. Esto es
algo intrínseco a nuestra condición de seres compuestos de materia viviente.

«Si la materia tiene una naturaleza fija y obedece a leyes constantes, sus diferentes estados no se
acomodarán de igual modo a los deseos de un alma determinada, ni serán igualmente
beneficiosos para ese particular agregado de materia que es su cuerpo. El mismo fuego que alivia
el cuerpo situado a conveniente distancia, lo destruye cuando la distancia se suprime. De ahí la
necesidad, incluso en un mundo perfecto, de señales de peligro, para cuya transmisión parecen
estar diseñadas las fibras nerviosas sensibles al dolor»4. Esto quiere decir que el cumplimiento de
las leyes inexorables de la materia, y su necesidad intrínseca, que son el modo de encauzar la
fuerza natural, puede favorecer o dificultar la vida según las circunstancias concurrentes en cada
caso, y convertirse entonces en bienes o males para ella en tales concretas situaciones, según la
fortalezca o destruya: el mismo viento que empuja a un velero hacia su destino puede alejar a un
náufrago de la costa.

Por otra parte, esa necesidad natural inexorable también puede ser aprovechada por la libertad de
una manera u otra: «la naturaleza inmutable de la madera, que nos permite utilizada como viga,
también nos brinda la oportunidad de usarla para golpear la cabeza del vecino»5. En conclusión, la
confluencia entre nuestras tendencias vitales y la fuerza de la materia y de la vida exteriores a
nosotros puede ser armónica o disarmónica: en un caso se origina el placer, y en otro el dolor. «Si
tratáramos de excluir el sufrimiento, o la posibilidad del sufrimiento que acarrea el orden natural y
la existencia de voluntades libres, descubriríamos que para logrado sería preciso suprimir la vida
misma». Esta es la raíz psicológica del dolor y del placer, sin la cual ambos difícilmente pueden ser
comprendidos como compañeros inseparables de todos los seres vivientes. En suma, «el dolor es
una señal al servicio de la vida ante lo que representa una amenaza para ésta»6.

Para que esta raíz psicológica del dolor aparezca aún más clara es preciso decir que «los hombres
son víctimas de muchas deficiencias»7 sencillamente porque su fuerza y energía vital son
limitadas: todo movimiento vital consume una parte de ellas. El esfuerzo es el gasto de energía
consiguiente a toda acción humana. No hay acción sin esfuerzo y gasto. Por eso, lo importante
son las energías que se tienen acumuladas y la facilidad para el esfuerzo que llamamos virtud.
Moverse supone ya un gasto, pues conlleva rozamiento, empleo de tiempo y energías, desgaste y,
por tanto, fatiga. Fuerte es entonces aquel que tiene fuerza, y débil el que carece de ella, el que
no aguanta el esfuerzo, el que se cansa enseguida. Hablar de fortaleza sólo como virtud moral es
demasiado angosto: ser fuerte significa una cualidad muy positiva de la propia vida biológica, del
propio cuerpo y del propio espíritu.

Es aquí donde puede recordarse que el mal es privación de bien, ausencia, en especial de vida,
orden y plenitud: deformación, corrupción, límite, finitud, en suma, debilidad. El mal es lo que no
me conviene, y el bien lo contrario. Malo es lo que me daña, lo que impide mi autorrealización, ser

4
C.S. LEWIS, El problema del dolor, Rialp, Madrid, 1994, 39.
5
Id., 40.
6
R. SPAEMANN, Ética: cuestiones fundamentales, cit. 93.
7
TOMAS DE AQUINO, Summa Theologica, II-II, q. 31, a. 2.
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yo mismo, tanto en lo moral como en lo físico-biológico. El mal es la detención de mi ser, la falta
de desarrollo, de libertad, la inmovilidad, la prisión en una situación que me atenaza. Ser fuerte
significa aguantar esa detención, y atacar el obstáculo que la causa, quitándolo de delante: esto
es justamente lo que busca el apetito irascible.

El deseo o amor, como se dijo, inclina a poseer el bien presente, lo cual causa placer, y a rechazar
el mal presente por el dolor que provoca. El impulso o apetito irascible, en cuanto mueve hacia un
bien futuro, arduo pero conseguible, se llama esperanza, y en cuanto rechaza un mal inminente e
inevitable, se llama temor o miedo. Y así, la psicología del dolor considera estas dos dualidades:
placer-dolor, esperanza-temor. Estas son las reacciones de la sensibilidad humana ante el bien y
el mal, el sí y el no de los apetitos. Y de este modo vemos que la causa del dolor es el mal, en
cuanto me causa un daño sentido.

El dolor tiene un primer nivel de manifestación, biológico y físico, en donde se manifiesta como
reacción a un estímulo sensitivo perjudicial: el dolor es un daño sentido, primero en la
sensibilidad, como un intruso punzante, que se presenta repentinamente y desorganiza la relación
del hombre con su cuerpo. La diferencia que tiene con el placer es evidente: «en el placer hay una
cierta liberación y fuga de la corporalidad, que se percibe como ingrávida y ligera. En el dolor, la
corporalidad se percibe como impuesta, como un pesado fastidio atenazante, frente al que uno ya
no es dueño de sí, y que casi nos obliga a capitular»8. Placer y dolor son reacciones contrarias, y
paralelas sólo hasta cierto punto, puesto que «el abandono en la experiencia dolorosa es casi
automático. Ante el dolor —que en última instancia no puede dejar de ser mi o su dolor— el
hombre que es cada uno resulta siempre alcanzado y zarandeado»9.

Espontáneamente se advierte que, en un segundo nivel, «la experiencia dolorosa es mucho más
rica y compleja que la mera sensación de dolor»10. Esta última es simple dolor exterior, causado
por un «mal presente, que es contrario al cuerpo»11, y percibido por los órganos corporales,
mientras que la quiebra y el desgarro íntimos del afligido son dolor interior, sufrimiento. Conviene
distinguir ambos con nitidez. La novedad está en que en el sufrimiento, o dolor interior,
intervienen la memoria, la imaginación y la inteligencia, y por eso puede extenderse a muchos
más objetos que el dolor puramente físico o exterior, puesto que incluye el pasado y el futuro, lo
físicamente ausente, pero presente al espíritu.

El dolor causado por la aprehensión interior, y no por la mera estimulación de las terminaciones
nerviosas sensibles al dolor corporal, es mayor que este último, puesto que puede representarse
imaginativamente males mucho mayores que los actualmente sentidos por el cuerpo. Cuando
sufre, el hombre se duele por anticipado o por un dolor ya pasado, que se recuerda. En la
capacidad de representarse e imaginarse grandes males, y tener miedo de ellos, aunque no estén
inmediata y físicamente presentes, radica la posibilidad humana de aumentar el dolor real: esta es
la raíz de la hipocondría, la aprensión, las fobias, etc. Por todo ello caben muchas especies de
sufrimiento: tristeza, congoja, ansiedad, angustia, temor, desesperación, etc. Lo común a todas
ellas, y al dolor exterior, es la reacción de huida. Las más específicas son la tristeza y el miedo o
temor.

La primera está provocada por el mal presente, pues procede «de la carencia de lo que se ama,
causada por la pérdida de algún bien amado o por la presencia de algún mal contrario»12. El daño
propio de la tristeza es una carencia actual sentida de lo que amamos o deseamos. «El temor, en
cambio, se refiere a un mal futuro, al que no se puede resistir», porque «supera el poder del que

8
A. POLAINO, Más allá del sufrimiento, en Atlántida, 15, 1993, 302.
9
Id. 301.
10
Id. 300.
11
TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologica, II-II, q. 31, a. 7.
12
Id., q. 31, a. 6.
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teme»13. El miedo es un sentimiento de impotencia, un verse amenazado por un mal inminente
que es más poderoso que nosotros. Los remedios de la tristeza son principalmente el placer, el
recrearse en el bien presente; el llanto, la compasión de los amigos, la contemplación de la
verdad, el sueño y el descanso. Los remedios para el miedo son la esperanza, por la que nos
dirigimos a los bienes futuros arduos, pero posibles; la audacia o valentía, que nos lleva a afrontar
el peligro inminente; y todo aquello que aumente el poder del hombre, como por ejemplo la ex-
periencia, que «hace al hombre más poderoso para obrar».

Puede sorprender que se hable del llanto como remedio de la tristeza, pero es obvio, puesto que
en muchas ocasiones llorar es exteriorizar el sufrimiento interior. El llanto auténtico es el que
expresa una pena sentida porque un bien, en especial una persona, se fue de nosotros, y su
ausencia nos entristece; nos vemos sin él y nos apenamos por nosotros mismos, pues
descubrimos nuestra impotencia y nos sentimos íntimamente dañados. Por eso, llorar requiere
una previa posesión y conciencia de la pena, y sirve para expresarla y «realizada», hacerla verda-
dera y manifiesta: es el lenguaje de la tristeza y el miedo, y dice que ya no podemos seguir
amando, que sufrimos un mal no merecido, o no esperado. La posesión de la pena necesaria para
llorar también puede ser de otros: amigos, parientes, etc. En tal caso la hacemos nuestra; incluso
cuando no es «de verdad», como sucede al llorar «dentro» de una película.

«Es esencial para la irrupción del llanto el repentino tránsito de la actitud tensa a la actitud
abandonada y suelta»14. Aflojar la tensión que produce lo serio es causa de que se pueda llorar de
emoción, y de una emoción alegre, en especial cuando se alcanza un bien larga y penosamente
deseado, o se recupera a una persona que se creía perdida. Se llora de alegría sobre todo cuando
se ha sufrido antes de alcanzar aquello de que uno ahora puede por fin alegrarse: ha sucedido
entonces algo increíble para nosotros.

III. El hombre doliente: salud y enefermedad

El hombre, al hacer suyo el dolor físico, lo interioriza y lo convierte en sufrimiento, como se acaba
de ver. Al mismo tiempo, la percepción inteligente de males físicamente no presentes constituye el
más típico modo humano de sufrir, abierto a la totalidad de la propia vida y del mundo
circundante. Así se convierte en hamopatiens, en hombre doliente: «nadie puede zafarse de la
experiencia del sufrimiento... Los que tengan la dicha de no haber sufrido nunca hasta ahora re-
cuerden que basta sólo con dejar que transcurra un cierto tiempo. De una u otra forma, todos
acabamos por ser hombres dolientes»15.

El sufrimiento es, pues, una situación en la que el hombre se encuentra antes o después, una
asignatura pendiente para todos, una etapa necesaria para la madurez plena, que comienza
cuando lo serio despliega sus rasgos característicos, en especial el cierre de un horizonte que se
vuelve impenetrable y no podemos traspasar. Se experimenta entonces una frustración, una
pasividad: «allí donde no se acierta a integrar una determinada situación dentro de un contexto de
sentido, allí comienza el sufrimiento»16. «El sufrimiento es aquello contra lo cual yo, al menos de
momento, nada puedo hacer», porque es precisa y justamente aquello que no queremos. «Todos
experimentamos alguna vez tales situaciones: los esfuerzos humanos llegan a su fin, y sucede lo
que no queremos»17.

La condición natural del hombre como homo patiens es aún más clara si se considera que la salud

13
Id., q. 41, a. 2.
14
H. PLESSNER, La risa y el llanto, cit., 216.
15
A. POLAINO, Más allá del sufrimiento, cit., 306.
16
R. SPAEMANN, El sentido del sufrimiento, en Atlántida, 15, 1993, 323.
17
Id. 322.
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y la enfermedad son dos etapas sucesivas de las que toda vida humana se compone, salvo casos
más bien excepcionales. Es falso pensar que la salud es mera ausencia de enfermedad, o puro
bienestar físico. Ya Alcmeón de Crotona la definió como «el equilibrio de las fuerzas» que operan
en el interior del hombre. Se puede decir por tanto que la salud es la armonía del alma, la ar-
monía psicofísica del yo y su cuerpo: «En Medicina se ha definido la salud como el silencio de los
órganos, como un vacío de sonidos corporales que hace que la corporalidad se sienta más ligera y
volátil, una realidad muy próxima, pero casi ingrávida. En oposición a la salud, la enfermedad
proclama la presencia del cuerpo, como una de las formas privilegiadas en que éste se nos hace
presente, reclamando la atención que casi siempre le hurtamos. El dolor viene a recordar al
hombre lo limitado de su ser, proyectándole hacia sí mismo, mientras se hinca la atención en la
carne dolorida»18.

No obstante, sería ingenuo pensar que «el silencio del cuerpo» es inerte. Sucede más bien lo
contrario: no se advierte mientras todo marcha bien en él. «La salud es un trabajo constante.
Salud consiste en la defensa victoriosa, pero sin pausa, de las posibilidades constructivas de la
vida frente a su limitación, su hundimiento, su descomposición o finalmente su supresión parcial o
total. Así es que cada aliento, cada latido, cada trago, cada comida, tiene también este aspecto de
estar al servicio y dirigirse hacia la progresión vital, siempre amenazada»19.

Estar sano requiere, pues, mucho trabajo y es, desde luego, un concepto muy relativo. Para
afirmar que alguien efectivamente lo está debe cumplir una serie de criterios objetivos, que son
los que los médicos establecen mediante la observación, el «chequeo», el análisis y el diagnóstico.
Pero eso no basta: han de añadirse además otros criterios subjetivos, reunidos en el sentimiento
de «encontrarse bien», sentirse efectivamente sano, no sólo orgánica, sino psíquicamente, y estar
en condiciones, «en forma», para actuar con «normalidad» en la vida social y profesional. La
salud, desde luego, no es sólo una condición del cuerpo, sino de la persona entera: consiste, en
último término, en estar libre de males de cualquier tipo, incluso morales.
La enfermedad, por el contrario, es un estado intermedio entre la salud y la muerte, puesto que
ésta «es siempre consecuencia de una enfermedad»20, salvo en los casos de muerte violenta. Por
tanto, estar enfermo puede efectivamente suponer un paso hacia ese inevitable desenlace de
nuestra vida: «las enfermedades se muestran como precursores y heraldos de la muerte»,
«ministros de la expectativa, que se presenta a cada uno, de poder también no ser»21. Felizmente,
la medicina moderna ha hecho que esto no sea así en la mayoría de los casos, y que el poder de
interferir y detener la vida que las enfermedades tienen sea vencido por el hombre investido del
poder de curar: el médico.

La definición exacta de la enfermedad debe tener en cuenta todos los elementos que intervienen
en ella. Se puede decir que es «un modo doloroso y anómalo de la vida de la persona, reactivo
ante una alteración del cuerpo determinada psicoorgánicamente»22. En la enfermedad se contiene,
pues, una alteración, que estorba o detiene las funciones y acciones del enfermo, y una reacción,
merced a la cual vuelve al estado de salud, muere o experimenta una deficiencia vital
permanente.
IV. El sentido del dolor

«Estamos en una cultura en la que el sufrir tiene mala prensa. El dolor es hoy un dis-valor»23. No
tenemos motivos para soportarlo, sino medios técnicos para combatirlo. Hemos caído en una
trampa peligrosa: pensar que somos capaces de erradicarlo de nosotros, lo cual es sencillamente
imposible. Amamos la comodidad, la ausencia de dolores, molestias y esfuerzos físicos, más que

18
A. POLAINO, Más allá del sufrimiento, cit., 304.
19
V. F. VON GEBSTATTEL, Antropología médica, Salvat, Barcelona, 1984, 118-130.
20
P. LAÍN ENTRALGO, Antropología médica, Salvat, Barcelona, 1984, 160.
21
V. F. VON GEBSTATTEL, Antropología médica, cit., 458.
22
P. LAÍN ENTRALGO, Antropología médica, cit., 159.
23
A. POLAINO, Más allá del sufrimiento, cit., 312.
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cualquier otra cosa precisamente porque no soportamos el sufrimiento. Por eso somos débiles,
puesto que «los métodos y técnicas para evitar el sufrimiento tienen, por desgracia, efectos
paradójicos»24: lo que realmente consiguen es disminuir nuestra capacidad de aguantarlo, a base
de ahorrárnoslo, e impulsamos sin cesar hacia placeres y satisfacciones rápidas. Esto hace
descender el umbral «para soportar situaciones en las que no se da esa satisfacción inmediata».

Es «una actitud que incapacita para soportar el padecer, y aumenta con ello el sufrimiento»25. La
paradoja consiste en que escapando del dolor volvemos a encontrarlo allí donde no esperábamos:
en nuestra propia debilidad e insatisfacción ante las dificultades ordinarias de la vida, que se
vuelven insoportables, en nuestra falta de motivos para sufrir, en nuestra incapacidad para
descubrir el sentido del dolor, la cual contribuye a aumentarlo, porque estamos inermes ante él.

Por las razones que después se dirá, nuestra cultura se ha vuelto deliberadamente ciega para el
dolor: no quiere verlo, lo tapa, lo ignora, lo oculta, lo trivializa, le vuelve la espalda, quiere
sustituirlo por el placer, por lo fácil, lo cómodo, lo rápido, lo aséptico, lo que no molesta. En este
sentido es una cultura infantilizada (K. Lorenz), que acepta sólo el lado plácido de la vida. En
nuestra sociedad, «el sufrimiento es algo que no debe suceder; quien lo sufre se convierte en
paciente, en víctima»26. Una sociedad que busca abolir el sufrimiento, cuando llega al límite más
allá del cual no puede hacerlo, y adviene la desgracia, «no tiene ya nada que decir»: se queda
muda. «La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier
interpretación, es la eutanasia... La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular
sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal
existencia no tiene sentido»27.

La vigencia de estas actitudes, generalizada a nuestro alrededor, hace más necesaria que nunca la
respuesta a estas preguntas: ¿qué sentido tiene el dolor? ¿Acaso sirve para algo? ¿Puedo hacer
con él algo más que huir de él? ¿Acaso puede tener algún sentido una vida llena de sufrimiento?
Para responder a todo esto, señalaremos ahora las dos primeras funciones antropológicas del
dolor. La tercera exigirá una exposición previa de las distintas soluciones al problema del
sufrimiento que se han dado a lo largo de la historia.

1) Lo primero que se necesita para saber qué hacer con el dolor es aceptarlo como algo que está
ahí, y que tenemos que encarar: es el momento dramático de nuestra existencia. Las culturas de
todos los tiempos han sabido asumir como drama este encarar el dolor, y lo han transformado en
actitudes, gestos y ritos dramáticos, adecuados a la gravedad del suceso, que sirven de cauce
para expresar los sentimientos que en esas situaciones nos embargan. Algunas de esas
expresiones son, por ejemplo, la exaltación de la valentía y de las formas de conducta adecuadas
para vencer el miedo, o el duelo por el daño sufrido, en especial la muerte, que se lleva a cabo al
vestirse de luto, llorar y condolerse. Todo esto también se puede cantar y expresar musicalmente.

Lo dramático no es lo teatral, una pura ficción, sino la expresión cultural o artística del dolor. La
cultura tecnocrática y nuestro soft way of life no conocen apenas el valor de este momento, y
desde luego no lo relacionan con su música. Sin embargo, muchísimas obras artísticas son
dramáticas porque narran y representan situaciones intensamente dolorosas, y las reacciones de
los hombres ante ellas. Los dramas son reales y vividos, y no meras ficciones teatrales (que es
como suelen verse), en muchas e importantes ocasiones de la vida humana porque la realidad es
dramática de por sí.

24
R. SPAEMANN, El sentido del sufrimiento, cit., 324.
25
Id.
26
Id
27
Id., 325.
141
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«La primera y más humilde operación del dolor destroza la ilusión de que todo marcha bien»28:
nos pone en situación dramática, y eso requiere ya un modo de expresión. Sin embargo, «el que
se sobrepone a su dolor, sube más alto» (Holderlin); quien acepta esa situación convierte el hecho
doloroso en una tarea: la de reorganizar la propia vida contando con esa dramática verdad que se
ha hecho presente dentro de nosotros. «La enfermedad me es dada como una tarea; me
encuentro con la responsabilidad de lo que vaya hacer con ella»29. El dolor «es el banco de
pruebas de la existencia humana, el fuego de la fragua donde, como los buenos aceros, el hombre
se ennoblece y se templa. Y sin embargo, para los hombres frágiles y pusilánimes, el dolor puede
ser ocasión del desmoronamiento definitivo»30.

Cuando sufrimos una enfermedad, un cautiverio, un ultraje o una desgracia, no somos libres de
sufrirlos o no, puesto que vienen impuestos, pero sí podemos adoptar ante ellos una actitud
positiva o negativa, de aceptación o rechazo. En esa libertad radica la posibilidad de enriquecerse
con el dolor. Sufrir, cuando se transforma en actitud de aceptación y en una tarea libremente
asumida, es algo que nos hace más libres respecto de las circunstancias externas, nos abre los
ojos al verdadero valor e importancia de las cosas; se advierten entonces «panoramas de profun-
didad» porque «el sufrimiento hace al ser humano más lúcido y al mundo más diáfano»31. «Eso se
llama crecer»; «sufrir significa obrar. Pero significa también crecer y madurar». Por tanto, «el
verdadero resultado del sufrimiento es un proceso de maduración»32. «La maduración se basa en
que el ser humano alcanza la libertad interior, a pesar de la dependencia exterior»33 respecto de
lo que atenaza. En suma, aceptar el dolor ayuda al hombre a crecer y madurar, porque le hace ser
fuerte.

2) Esta primera función del dolor no se puede separar de la cierta elevación o purificación
consiguiente, que constituye la segunda. En efecto, el hombre doliente experimenta con más
intensidad que los demás la faceta de la finitud, «se encuentra en un momento especialmente
importante de su vida, un momento en el que, a la luz de esa experiencia, puede comprender, con
luces nuevas, la distinción entre lo verdaderamente importante y lo que no lo es»33. El dolor
realiza en nosotros una catarsis, una purificación, no sólo corporal, sino espiritual; nos hace me-
nos dependientes de nuestro capricho; nos eleva por encima del interés, porque aprendemos a
renunciar a aquello que en la nueva situación no podemos tener: por ejemplo, libertad de
movimientos y fuerzas para trabajar. Incluso relativizamos la importancia de satisfacciones y
necesidades que creíamos irrenunciables, y hasta llagamos a prescindir totalmente de ellas,
llevando nuestra capacidad de sufrir más allá del límite que nos creíamos capaces de aguantar.

En los momentos dramáticos «nos dejamos de tonterías», y si el drama es muy intenso, casi todo
nos parecerá «una tontería», algo que no vale la pena, ni es verdaderamente serio. El dolor eleva
al hombre por encima de sí mismo porque le enseña a distanciarse de sus deseos: «el efecto
redentor del sufrimiento reside básicamente en su propensión a reducir la voluntad insumisa»34 y
caprichosa. Precisamente por ello hay quien propugna, como veremos, que lo mejor es suprimir
todos los deseos. La mujer o el hombre dolientes se ennoblecen si han aprendido a ser fuertes
para sobrellevar su dolor (primera función). Esto además les ayuda a tomar en serio aquello que
verdaderamente lo es (segunda función). Las personas que han sufrido tienen una conciencia más
profunda y real de sí mismos y de lo que les rodea: están vacunadas contra la insensatez, y se les
nota, en su talante sereno y más difícilmente alterable, en un cierto poso interior y capacidad de
aguante que las hace más dueñas de sí.

28
C.S. LEWIS, El problema del dolor, cit. 99.
29
V. FRANKL, El hombre doliente, Herder, Barcelona, 1987, 255.
30
A. POLAINO, Más allá del sufrimiento, cit., 3º4.
31
V. FRANKL, El hombre doliente, cit., 255.
32
Id. 254.
33
Id.
33
A. POLAINO, Más allá del sufrimiento, cit., 317.
34
C.S. LEWIS, El problema del dolor, cit. 114.
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3) Sólo ahora, después de señalar estas dos funciones, podemos descubrir el verdadero sentido
del dolor: «yo sólo puedo afrontar el sufrimiento, sufrir con sentido, si sufro por un algo o un
alguien. El sufrimiento, para tener sentido, no puede ser un fin en sí mismo... Para poder
afrontarlo, debo trascenderlo»35. «Al aceptarlo, no sólo lo afrontamos, sino que a través de él
buscamos algo que no se identifica con él: lo trascendemos. El sufrimiento dotado de sentido
apunta siempre más allá de sí mismo, remite a una causa por la que padecemos. En suma: el
sufrimiento con plenitud de sentido es el sacrificio»36.

Esto quiere decir que el sentido del dolor es el motivo y el fin por el cual aceptamos padecerlo. A
primera vista esto es muy evidente en los dolores meramente naturales: los padecemos porque
tenemos voluntad de vivir. Pero cuando se trata de sufrimientos interiores, causados por la
voluntad de otros o por la necesidad, ya no basta la voluntad de vivir para padecerlos:
necesitamos integrarlos en una tarea en la cual adquieran sentido, necesitamos verlos como parte
de las dificultades del camino que nos lleva a la meta que nos hemos propuesto alcanzar, y sobre
todo, los sobrellevamos gustosamente cuando los convertimos en medios para hacer felices a las
personas amadas, puesto que entonces aceptamos nuestro dolor para que ellas se vean libres de
él, para poder volver a su lado, y que vuelvan a tenemos para sí. Esto es, sobre todo, lo que una
madre y un padre harán por encima de sí mismos y de cualquier dificultad: salvar a sus hijos de la
desgracia, hacer cualquier cosa por ellos, sufrir para sacarlos adelante.

Amar es sacrificarse. Lo que da sentido al dolor es el amor: se aguanta el sufrir cuando se ama; si
no, no se aguanta. Aguantar el dolor no significa buscado, gozarse en la queja y en la debilidad,
ser masoquista, sino sobrellevarlo por el ser amado y por la esperanza de alcanzar los bienes
anhelados, sobre todo para él. Si se suprime esto último, aguantar el dolor sería efectivamente
aceptar ser débil. «Sólo el sufrimiento asimilado deja de ser sufrimiento»37, y pasa a ser parte del
camino hacia nuestra meta. Así lo convertimos en obra humana, lo dotamos de sentido, y hecho
sacrificio, lo traspasamos.

Esta inclusión del dolor en la gran tarea que es vivir nos pone delante otra gran cuestión: «el
sentido del dolor es consecuencia del sentido de la vida que se tenga; en cierto modo, el sentido
del dolor remite y se resuelve en el sentido de la vida»38. Nietzsche decía: «cuando un hombre
tiene un por qué vivir, soporta cualquier cómo». La fuerza para sufrir brota de los motivos que se
tienen para seguir viviendo. Si éstos no existen, no se aguanta una vida dramáticamente
dolorosa.

V. El éxito y el fracaso en la vida humana

El sentido de la vida nos lo dictan nuestros ideales y la tarea de realizados, como ya se vio. Ahora
bien, en esa tarea las cosas pueden salir bien o mal, podemos tener éxito o fracasar. El sentido
del dolor también depende de nuestra capacidad de asimilar los propios éxitos y fracasos.

El éxito puede ser definido como el logro reconocido del objetivo propuesto. Tener éxito connota
que los demás se hagan eco del logro obtenido por nosotros. En 13.6 y 15.2 se expusieron
algunas de las razones por la que se tiene hoy la falsa apreciación de que el hombre plenamente
realizado es el que vive y compite con éxito permanente, lo cual es rigurosamente imposible,
como la experiencia demuestra. Quien triunfa demasiado, o demasiado pronto, tiene el riesgo de
confiar en sus fuerzas más de la cuenta y alejarse de la realidad, pues fácilmente olvida que el
fracaso también forma parte de la vida humana. La cuestión radica en no atribuir a éste ni más ni
menos de lo que le corresponde, y no engañarse respecto de cuando uno verdaderamente triunfa

35
V. FRANKL, El hombre doliente, cit., 258.
36
Id.
37
Id. 257.
38
A. POLAINO, Más allá del sufrimiento, cit., 319.
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o fracasa.

El fracaso es posible sencillamente porque el hombre actúa: fracasar consiste en no alcanzar el


objetivo de la acción; es una acción que sale mal. Y en efecto, en la vida humana no todo sale
bien: hay un quantum de acciones, e incluso de personas, que se malogran por un sinfín de
motivos, la mayoría aleatorios o circunstanciales. En un sentido más amplio, el fracaso es la no
realización de los ideales y la interrupción o abandono de las tareas humanas, su frustración y la
pérdida de sus obras y resultados. Por eso el fracaso es doloroso, y fuente de pérdida del sentido
del propio esfuerzo: ¿para qué luchar?

Junto al fracaso hay que mencionar el riesgo y la dificultad que toda decisión conlleva, puesto que
no sabemos si alcanzaremos, nosotros y nuestros recursos, el fin propuesto. El riesgo se justifica
a posteriori por el fin alcanzado, un bien que justifica el esfuerzo previo y el descanso
consiguiente. Esta inseguridad acerca del bien que se pretende alcanzar es constitutiva de la
libertad y de las tareas humanas. Por mucho que la técnica pueda prever y disminuir los riesgos, y
aumentar los seguros de todo tipo, la vida humana es de por sí arriesgada. Esto justifica la
necesidad de ser valiente, lo cual consiste en tener la fuerza necesaria para asumir el riesgo, y
enfrentarse a él, dominándolo. La obsesión por la seguridad, hoy tan extendida, denota una
desazón íntima frente al riesgo: significa, en el fondo, debilidad.

El éxito y el fracaso no serían tan importantes si no nos transformaran a nosotros mismos de la


forma en que lo hacen, y si no establecieran una dolorosa diferencia entre lo que queremos y
aparentamos ser, y lo que realmente somos: «en pocas ocasiones somos el que deseamos ser»39.
Es ésta una realidad básica y fundamental, que nos cuesta mucho aceptar, y que incluso para
algunos supone un drama: «tenemos la extraña facultad de medir nuestra vida por el rasero de
otras... Algunos hombres sienten nostalgia de la opción no elegida, de lo que acaso sacrificaron a
pesar de en ello reconocerse, mientras consideran que nada les dice lo que hasta ahora han
alcanzado»40. El éxito y el fracaso son algo muy relativo, y ser libre ante ellos presupone una
aceptación previa de uno mismo, de la situación que nos ha tocado vivir, de la tarea que hemos
emprendido para hacerlo, del esfuerzo y dolor que eso lleva consigo y, por consiguiente, de las
limitaciones ajenas a nuestra voluntad en que continuamente nos vemos sumidos.

Quien se ríe de su fracaso, se libera de él, porque deja de tomárselo en serio, e incluso lo
convierte en algo cómico, mientras continúa adelante, incorporando a su acción la imprevista
desviación respecto de las previsiones iniciales: hay que actuar «cibeméticamente». «Lo específico
de la vida humana no es sólo emitir respuestas, sino tener propuestas», proyectos vitales que se
anticipan a los estímulos, tareas pendientes, que realizan nuestros valores. Son ellas las que
efectúan una «prevención» del dolor antes de que éste llegue, como inevitablemente sucede. «Las
trayectorias de la felicidad consisten en atreverse a ser cada uno quien es, para llegar a ser mejor
de lo que es, aun cuando en ese intento se tenga que sufrir»41. Son los ideales los que rescatan al
hombre de sus propios fracasos y le previenen de quedar anegado en el dolor. En suma:
coherencia, libertad y madurez y no quedarse paralizado por el fracaso es lo que ayuda al logro de
la felicidad. En una vida así, ésta es aún posible cuando llega el dolor y el fracaso.

VI. Actitudes ante el sufrimiento

Hasta el momento hemos tratado de mostrar que el dolor no tiene la última palabra en la vida
humana, sino que podemos traspasado, dotarlo de sentido y situamos «lúdicamente» más allá de
él, por encima del fracaso. Ahora hemos de volver los ojos a otras explicaciones acerca del dolor,
ya aludidas, que han sido constantes en la historia, y que no consideran esa posibilidad, o incluso

39
Id. 306.
40
Id. 309
41
Id.
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la niegan. Estas explicaciones van siempre unidas a las que se dan sobre el sentido de la vida y el
destino del hombre. Las tres forman una unidad. Por eso hemos de consideradas de algún modo
juntas, después de una consideración general.

1) El destino podemos definirlo provisionalmente como la finalidad última de la tarea de vivir, el


lugar (la persona) donde desemboca y culmina, su resultado final. Solamente las explicaciones del
dolor que parten de que el hombre tiene un destino son capaces de distinguir entre el sufrimiento
necesario y el innecesario. Si se afirma que la vida humana carece de destino, el sufrimiento
cambia su lugar en ella: la tarea entonces elegida es la de suprimido en lo posible. En tales casos,
la felicidad se identifica con el placer, o con el «bienestar»; se evita entonces el encuentro con el
sufrimiento, se «rodea» y se elude. Pero como esto no es posible, como ya se dijo, al final sólo se
puede o escapar continuamente de él, o aceptarlo estoicamente como algo irremediable.

En cambio, quien tiene claro adónde va y cuál es su destino, sabe que el placer y el dolor son
etapas por las que ha de pasar hasta llegar a él: el sufrimiento necesario es aquel que nace del
trabajo de caminar en la buena dirección; es por tanto un sufrimiento que tiene sentido, mientras
que el innecesario es el que nace de desandar la parte equivocada de la ruta, y esto sólo es útil en
tanto nos permite volver al camino bueno. Hacer esto sin embargo supone saber distinguir cuando
transitamos por un camino bueno o por uno malo. En cambio, para quien todos los caminos son
buenos por el mero hecho de recorrerlos, el destino (es decir la meta) no existe: sólo le queda
desear que el viaje hacia ninguna parte le resulte lo más llevadero posible.

2) Este símil puede ayudar a entender por qué hoy se combinan, como se dijo al comenzar, la
identificación de felicidad y bienestar, con la consiguiente obsesión por la comodidad y la
disminución del sufrimiento, la tendencia a vivirlo todo en presente, nacida de una curiosa mezcla
de aceleración tecnocrática y Carpe diem!, la exaltación incondicionada de la libertad de elección,
el activismo productivo al que después se aludirá, y la ceguera para la consideración del destino
humano, una de cuyas expresiones típicas es afirmar que el destino del hombre es él mismo, lo
cual es tanto como decir que no tiene destino alguno, puesto que se muere: se llega entonces al
nihilismo radical. Este abanico de actitudes, tan diferentes pero íntimamente relacionadas entre sí,
conforman la solución hoy más corrientemente aceptada acerca del sentido del dolor: la propia del
hamo faber.

¿Cuál es la raíz principal en la que se apoya esta solución? Es lo que V. Frankl ha caracterizado
como característica del hamo faber, frente al hamo patiens del que hemos hablado ya, que sabe
ser «dramático». Para el hamo faber sólo «lo que es útil es verdad»42 y belleza; el hombre es sólo
un ser que trabaja, que fabrica; es ante todo y sobre todo un productor y constructor, un cose-
chador de éxitos, un ser que se mueve por intereses. El supuesto del hamo faber, como bien ha
demostrado H. Arendt, no es otro que el materialismo, para quien «el sentido está ligado al obrar
del hombre, fuera del cual no existe ningún sentido»43. Todo lo biológico, y por tanto el dolor y la
muerte, el mero padecer pasivamente, pertenecen al reino de la necesidad y no guardan ninguna
relación con el sentido, puesto que son procesos naturales que no se pueden cambiar.

Para un materialista, lo único que diferencia al ser humano del resto del cosmos es su capacidad
de acción: no hay en él un núcleo interior espiritual. Por eso, la persona que no llega a ser
autoconsciente y no «hace» ni actúa (aquella que no habla, que no produce, que no tiene un «rol»
en la sociedad por haberse desarrollado) es improductiva, carece de aquello que es humanamente
distintivo, y por eso «regresa» a ser un mero «momento» de la naturaleza; abandona el mundo
humano, la comunidad de los hombres dialogantes y autoconscientes. Por esta razón, el
materialismo es brutal y nunca compasivo con los débiles y los «menos aptos»: no aportan nada,
no hacen nada, son un estorbo, y es mejor para ellos que dejen de serlo, o desaparezcan; se
cumple entonces la ley de la vida, en este caso identificada con la del más fuerte. Se ha perdido

42
V. F. VON GEBSTATTEL, Antropología médica, cit., 450.
43
R. SPAEMANN, El sentido del sufrimiento, cit., 325.
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aquí la racionalidad, común, benevolente y humanizadora: quien no hace, deja de ser hombre, o
aún no ha llegado a serlo.

Para un materialista, lo único que el hombre es capaz de hacer es transformar el mundo con su
acción, pero fuera de lo que haga, no hay sentido alguno, sólo el proceso espontáneo de la
materia y de la vida. El destino del hombre es«volver» al «interior» de ese proceso, y mientras
llega ese momento, tratar de humanizar un poco más el orbe. Desarrollando esta línea de
consideraciones, tendríamos un resumen de la forma actual de explicación del dolor, de la vida y
del destino humano más corriente en muchos ambientes en los cuales el término «trascendencia»
sólo designa el conjunto de sentimientos y creencias con los que el hombre se «imagina» algo que
le consuele, mientras dura su vida consciente.
El hamo faber materialista lo único que puede ante el sufrimiento es hacer algo: aplicar técnicas
para prevenido o evitado, lo cual le induce a creer que es capaz de eliminado por completo.
Actitudes más profundamente humanas, más interiores y aparentemente pasivas, como aceptarlo
o darle un sentido no significan nada para él. Por eso lo descrito al comienzo de 16.4 es una
actitud típica suya, hoy tan corriente.

3) «Más allá de esta postura sólo está la concepción clásica del estoicismo. Los estoicos
desarrollaron una doctrina sobre la evitación del dolor que no estaba ligada con la actividad
transformadora del mundo, sino que lo dejaba tal como es. Su pregunta sonaba así: ¿qué
podemos hacer para que lo que sucede no sea experimentado como sufrimiento? La famosa
respuesta decía: ducunt fata volentem, nolentem trahunt, «el destino guía al que lo acepta, y
arrastra al que lo rechaza». Si yo acepto desde el principio voluntariamente lo que no puedo
cambiar, entonces no puede sucederme nada realmente adverso»44. Estamos en el fatalismo: el
destino no nos pertenece, sino que nos viene impuesto; más vale aceptar de entrada lo que nos
esté reservado por él, y abandonar nuestras ilusiones y deseos, haciéndonos indiferentes. Así
sufriremos menos.

Esta es la solución pesimista a la que ya se aludió: el destino de lo finito es fracasar. Hagas lo que
hagas, harás muy poco; tu aportación es insignificante y pronto será olvidada; aunque te
empeñes, no podrás cambiar a los hombres, ni modificar el curso de los acontecimientos. La
expresión artística más radical de esta postura es la tragedia, en la cual se experimenta como
insuperable la impotencia de la libertad del hombre frente a su propio destino. Esto es algo
tremendamente conmovedor. Las tragedias acaban mal porque en ellas el hombre se encuentra
ante lo ineludible, y termina por sucumbir a la fatalidad, algo terrible y definitivamente serio. La
actitud estoica, aunque tenga ironía, nunca abandona la seriedad. Es una postura amable y triste
a la vez.

4) El budismo es una actitud afín al estoicismo, pero más radicalizada: busca la anulación del
sufrimiento a través de la anulación del deseo. El amor es fuente de placer, pero también de
dolor: quien anula sus deseos e impulsos, anula juntamente los sentimientos, placeres y dolores a
ellos consiguientes. Pero anular las tendencias significa de algún modo anular el yo, pues es él
quien desea a través de la sensibilidad y la voluntad. Esto es justamente lo que el budismo busca:
disolver el yo en el cosmos, liberarse del cuerpo. A la actitud budista no le interesa «curar el
dolor, sino más bien evadirse de él, creyendo que en esa evasión está la vía de llegada a un
trasmundo»45, a un «todo» en el que todo se unifica y se disuelve: el nirvana.

5) Por último, tenemos la actitud bíblica, en la cual desempeña un papel principal un aspecto del
sufrimiento hasta ahora poco destacado: el mal moral, causado por la voluntad humana y sufrido
por uno mismo o por los demás. La solución bíblica comporta un sentido de la vida humana y de
su destino que enmarca en un amplio contexto el problema del dolor, y le da una respuesta ético-
religiosa. Por ello la abordaremos en el último epígrafe de este capítulo, ya en relación con la

44
Id., 326.
45
L. POLO, El sentido cristiano del dolor, Pamplona, 1968, 15, pro manuscripto.
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muerte.

VI. La curación y el cuidado de los débiles

El dolor no se puede considerar en abstracto, porque sólo existe en concreto, encarnado en las
personas. Este es quizá el defecto de todo lo dicho hasta ahora: el dolor son los dolientes. ¿No
habrá que buscar su sentido en aquellos que lo sufren? Los dolientes están ahí, postrados muchas
veces, aunque no los veamos, o no los queramos ver. A ellos no les sirve para nada que nosotros
hagamos teorías sobre el dolor y su sentido. Necesitan una sola cosa: consuelo y alivio a su
desgracia. ¿Podemos hacer algo por dárselos? ¿Acaso hay alguna otra cosa mejor que pedir
cuando es uno mismo el doliente? Antaño hubo quien pensó en hacer una revolución tal en la
sociedad que desaparecieran de golpe los débiles, los dolientes y los desposeídos. Sin embargo,
esos tales olvidaron que el corazón humano es el lugar donde nace y muere el sufrimiento, y que
es ahí donde hay que curarlo. No depende sólo de la economía o la salud.

El homo faber, armado del poder inmenso de la medicina, tiende a pensar que el mal y el dolor
requieren una solución simplemente tecnológica. Pero ésta de poco sirve si se deshumaniza, si
olvida que el sufrimiento no se cura con pastillas, sino con el diálogo terapéutico, que nace de la
benevolencia. La medicina, en manos de un materialista, puede ser un instrumento casi mágico,
pero también un arma letal contra los débiles. ¿Qué hacer, pues, con ellos? ¿Curarlos? ¿Llevarlos
a un hospital, o a una institución benéfica? ¿Encomendarlos al estado? ¿Ignorarlos, porque no son
nuestro problema? ¿Repatriarlos? ¿Deportarlos? ¿Meterlos en una cámara de gas? De todo se ha
probado, pero, sorprendentemente, nunca terminan de desaparecer.

Con los dolientes hay que hacer en primer lugar lo mismo que con el dolor: aceptarlos. Ya hemos
dado pistas acerca de la cooperación y la solidaridad. Pero necesitamos remedios más radicales y
activos, que los devuelvan a su ser primigenio, no que los retiren de la escena. Para llegar a ellos
hay que sentar una tesis radical, que más tarde analizaremos: el hombre es autor de la mayor
parte del sufrimiento que existe en el mundo; precisamente por ello es tarea y responsabilidad
suya disminuirlo. Merced a su libertad e inteligencia, el ser humano tiene la extraña capacidad de
aumentar o disminuir el dolor propio y ajeno. Esta «extraña» capacidad no es un accidente casual,
sino algo que responde a la estructura misma de su ser.

Ahondando en la psicología, el hombre puede ser definido como el ser capaz de cuidar. Esta
definición se entiende si partimos de la base de que toda acción humana se lleva a cabo desde un
«estar» situado en el mundo en el que uno ya vive. Para hacer, antes hay que ser viviente y
habitar junto a las cosas sobre las que vamos a actuar. Los medios que empleamos en nuestra
acción son «cosas con las que tratamos», puesto que están ahí antes de que las usemos: tienen
su ser propio, que hemos de respetar. El hombre, pues, «tiene trato» con las cosas que usa, y en
él ha cumplir el imperativo de la benevolencia que ya se citó: «obra de tal modo que no
consideres nada en el mundo meramente como medio, sino siempre al mismo tiempo como fin».
Este modo de actuar significa tener un trato cuidadoso con los seres que nos rodean, sean
vivientes o no. Tratar es respetar, y también cuidar: «el hombre es el ser capaz de cuidar»
significa que puede dirigirse a los seres con respeto, y otorgarles un trato benevolente, lleno de
«cuidado», o por el contrario, maltratarlos, usarlos de mala manera, sometiéndolos a abusos y
descuidos.

Cuando el ser tratado es humano, el buen o mal uso de esta capacidad se torna más importante,
puesto que entonces se requiere de modo más intenso ese prestar asentimiento característico del
respeto cuidadoso hacia lo real: es ya un asistir, un ayudar a que el otro alcance su plenitud, un
favorecerle en aquello que le conviene. «Quien merece cuidado por sí misma, como algo
insustituible, es la persona humana, precisamente porque es un ser valioso en sí mismo: digno.
Cuidar a otro no consiste en someterle a pautas de conducta extrañas a él, sino en contribuir a la

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realización de su proyecto personal. De aquí que, para cuidar sea preciso comprender»46. En
definitiva, como sabemos, cuidar es amar. En el caso del doliente, la forma de afirmarlo es
curarlo, puesto que amar es curar.

El cuidado y la curación sólo son perfectos cuando al realizarlos se ama al doliente. Estos son para
él los remedios radicales. El dolor se incrusta en una totalidad de sentido cuando alguien nos lo
quita o nos lo alivia, porque entonces nos sentimos cuidados, y por tanto amados e inclinados a
agradecer ese don y a amar al que lo hace: éste es el intercambio más humano que existe, pues
el doliente sólo puede pagar con su sonrisa. El hamo patiens es, más que nunca, un ser abierto a
otros: por sus llagas está llamando a alguien que le cure. Nadie en situación de desvalimiento es
insensible a unas gotas de cuidado amoroso. La riqueza de afectos alivia la pobreza del cuerpo. Y
al revés, la esplendidez material no sana las heridas del corazón que sufre. A veces, cura más una
sonrisa que un diagnóstico. Y nada quita más el miedo al débil y desvalido que la compañía de
otro.

Las actitudes humanas curativas han sido profesionalizadas, como tantas otras. Son las
profesiones del cuidado de los dolientes, articuladas cada vez más en tomo a las instituciones
asistenciales. Desde la perspectiva aquí apuntada, curar no es simplemente una técnica, sino un
modo de amar que sana al amado empleando todos los medios a su alcance. De la misma
manera, cuidar no es una técnica, sino un modo de amar que vigila al débil para prevenirle de
daño, empleando todos los medios a su alcance. El cuidado está destinado a prevenir. Cuando
esto no ha sido posible, se ha de curar. Son actitudes de ayuda, de servicio, que conforman una
gran cantidad de profesiones: médicos de todas clases, enfermeras, profesionales de las
instituciones asistenciales y sanitarias, etc.

La profesionalización del cuidado, sin embargo, tiene el riesgo de reducir el dolor a objeto, y ver
sólo su dimensión corporal, material o económica, olvidando el sufrimiento interior que lo
acompaña: un enfermo incurable sufre más por la soledad ante la muerte que por la propia
enfermedad; los dolores físicos pueden llegar a ser incluso olvidados cuando se está intensamente
empeñado en una tarea apasionante, o cuando hay un rostro que sonríe a los pies del doliente.
Cuidar y curar no es sólo aliviar el dolor físico, sino también el sufrimiento interior y el mal moral:
por eso, en rigor, sólo quien enseña al doliente a dar sentido a su dolor sabe cuidar y curar
verdaderamente.

Esto, ya se ha dicho, no se hace con discursos, sino dando motivos para sobrellevar la carga de la
enfermedad, haciendo sentir a quien sufre que su existencia no es inútil, que hay alguien que le
ama, que vela su dolor y busca su curación. Nadie pagará antes el cuidado que quien lo recibe
cuando verdaderamente lo necesita. Nadie está más dispuesto a compartir que el atenazado por la
soledad. La grandeza del doliente necesita de la aparente pequeñez del que se inclina sobre su
lecho para hacer lo único que le cabe: dar de lo suyo, y así aliviar. Son las actitudes humanas
verdaderamente llenas de grandeza, porque en ellas se ha abandonado el propio interés.

VIII. El médico y el enfermo

Se ha hecho ya alusión a la extraordinaria importancia de la medicina en la sociedad actual y a la


tentación tecnocrática del homo faber respecto de ese maravilloso instrumento, que tan
magníficamente ha transformado las condiciones de salud y de esperanza de vida. No todo
sufrimiento puede ser curado técnicamente; las llagas del alma no sanan con medicinas, sino con
un bien entendido amor hacia uno mismo y hacia los demás, y un sentido de la vida que alimente
la fuerza para andar el camino que la recorre y para encarar la muerte que le pone fin. Cuando
esto no se tiene, se convierte al médico en el nuevo sacerdote: «se pide de él que dé solución a

46
A. LLANO, La nueva sensibilidad, cit., 182.
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las mil formas de angustia colectiva, disfrazada ahora de enfermedad»47.

Por esa razón, el médico, junto al periodista, ha adquirido hoy un poder inmenso. Y puede
administrarlo de dos maneras: sucumbiendo a la tentación del homo faber, o reencontrando el
verdadero sentido de su profesión. En el primer caso, la salud tiende a ser reducida a mero
«producto de una operación técnica»48, es decir, obra humana, y no «don de la naturaleza». Por
ello «es transformada en objeto de derechos y deberes. Si la salud del hombre es algo que en
buena medida puede ser construido, ¿cuál debe ser la dimensión social y jurídica del producto que
ella representa?»49.

La juridificación progresiva de las relaciones médico-enfermo obedecen al incremento de los


conflictos entre ellos, lo cual es inevitable en la medida en que esa relación se despersonaliza y el
enfermo se transforma en mero paciente, «caso» o «cliente» dentro de una institución médica
pensada con criterios de eficacia técnica, e incluso mercantil. En tales casos, las relaciones
interpersonales espontáneas difícilmente se dan, puesto que el paciente se enfrenta con una orga-
nización compleja, atendida por una cambiante muchedumbre de profesionales que se limitan a
cumplir su función, y desde luego no conocen al enfermo. El «momento social» de la salud es hoy
complejo, difícil y eminentemente funcionalista. Y sin embargo, en ningún otro tipo de
instituciones son más necesarios los rasgos comunitarios, la cercanía con el hombre doliente, el
diálogo del enfermo con quienes le rodean, el cuidado y el reconocimiento de la personalidad y del
sufrimiento de cada uno.

La relación médico-enfermo y cuidador-doliente con frecuencia no es vivida, salvo en casos


ciertamente felices, como lo que realmente es: un encuentro personal. Este encuentro comienza
con el grito ahogado de la necesidad del doliente: «la necesidad busca respuesta, y la respuesta
que busca se llama ayuda... Sin esta llamada que hay en el dolor o en la amenaza de muerte, en
las quejas de cualquier tipo, nunca podría el individuo llegar a algo tan serio como el hacer de los
deberes médicos el tema de su vida. La vocación ante la llamada de esta amenaza del ser, con
carácter de necesidad, es la que justifica la profesión del médico: tiene que volver al enfermo a su
ser, ya que el cómo de este volver no es factible para la libre decisión del enfermo»50. Por tanto,
el fundamento de la relación médico-enfermo y cuidador-doliente es la necesidad del que sufre,
«que un hombre preste ayuda al menester de otro»51 para volverle a su ser.

Una vez que el enfermo y el médico se encuentran y queda establecida la relación, lo que se exige
a este último en segundo lugar es el acto médico, es decir, la lucha contra la enfermedad: «esta
lucha tiene la forma de la acción de ayuda científica y técnicamente entrenada». Esta es la fase
diagnóstico-terapéutica: «la situación del otro, las causas de su padecimiento, las posibilidades de
suprimirlo; todo esto ha de ser iluminado en un proceso de objetivación. Con esto puede suceder
que se pierda de vista al enfermo como persona y se le convierta en objeto, en cosa, en un caso
de tratamiento médico»52. Es la tendencia tecnocrática al objetivismo: ver «casos»,
«enfermedades», «tratamientos», «resultados», «éxitos», y no enfermos, personas dolientes;
aplicar cirugía, fármacos, prescripciones, ordenanzas, horarios y honorarios, pero sin escuchar al
que sufre, sin preguntarle, sin dialogar verdaderamente con él.

El diagnóstico y la terapia tienen que desarrollarse en el ámbito de ese encuentro personal: «La
relación médica debe ser algo más que camaradería; tiene que consistir en amistad. Así lo
demuestra la historia entera de la medicina occidental... El buen médico ha sido siempre amigo

47
J. ROF CABALLO, La paradoja epistémico, cit. 133.
48
P. LAÍN ENTRALGO, Antropología médica, cit., 136.
49
Id., 137.
50
V. F. VON GEBSTATTEL, Antropología médica, cit., 461.
51
P. LAÍN ENTRALGO, La relación médico-enfermo, Revista de Occidente, Madrid, 1964, 22.
52
V. F. VON GEBSTATTEL, Antropología médica, cit., 463.
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del enfermo»53. «Para el buen logro de ese ideal de amistad médica hay que vencer, dentro de
cada situación histórica y social, toda una serie de obstáculos. Algunos monótonamente repetidos
desde que en la Antigua Grecia llegó a ser técnica la medicina (impericia, desmedido afán de
lucro, dogmatismo deshumanizado, incuria, pereza o mal humor, en el médico; veleidad,
intemperancia o egoísmo extremado, en el enfermo), otros peculiares de la situación (abusiva
conciencia de derecho y espíritu pleitista en nuestro siglo)»54.

En tercer lugar, está el momento ético de esa relación. La tarea marcada por el precepto médico
de «ayudar en lo posible, mitigar el dolor cuando es necesario» tiene unos límites éticos: «no es
justo suprimir los dolores a cualquier precio, impedir la libertad de sufrir... Porque siempre
pagamos algún precio. La cuestión es si el precio no es excesivamente elevado... En cualquier
terapéutica, incluida la medicamentos a, hay que calibrar los efectos secundarios»55. La
responsabilidad ética respecto de la vida humana y de sus precarios límites es una cuestión más
actual que nunca, puesto que, en una cultura materialista y sin sentido dramático del dolor, los
más débiles son precisamente los más amenazados por la violencia, que se hace presente
precisamente a través de la tecnología: los ancianos y los niños no son capaces de defenderse a sí
mismos, y por ello pueden ser fácilmente eliminados si se considera, como frecuentemente ocurre,
que son vidas que no merece la pena que existan, por el sufrimiento «innecesario» que traerían
consigo, para ellos mismos o para quienes habrían de «soportarlas».

Es de esperar que pronto se termine este nuevo holocausto, que cada día se cobra nuevas
víctimas cuidadosamente ocultadas, este singular y prepotente género de intolerancia que dispone
despóticamente de las vidas ajenas, no hacia su plenitud, sino hacia su eliminación. Es, como se
dijo, el saldo maloliente de un vitalismo materialista, para el cual la libre pujanza del cuerpo no
debe ser estorbada, puesto que es placentera y buena de por sí, y además es lo único que existe.

IX. La maldad moral y el remedio al sufrimiento

Hay tres modos de explicar la existencia del mal moral, según el modo en que se conteste a la
pregunta ¿el hombre es naturalmente bueno o naturalmente malo? Rousseau creyó lo primero,
que había nacido naturalmente bueno e inclinado al bien, y que la perversión humana se debía a
la sociedad, al artificio de la cultura, a los prejuicios e intereses que la sociedad misma creaba. Por
eso, la educación debía devolver al hombre a ese estado «puro», en el cual sus buenos
sentimientos aflorasen. Esta creencia contiene una dosis demasiado grande de ingenuidad, e
incluso puede llegar a ser peligrosa, puesto que las tendencias humanas sin una instancia racional
que las modere pueden ser agresivas y violentas, y su espontaneidad incontrolada las agranda y
desordena hasta extremos difícilmente imaginables.

Hobbes, siguiendo quizá una inspiración luterana, creyó lo contrario: el hombre es egoísta por
naturaleza, y se mueve por temor. Para este autor, la maldad humana es algo tan natural como el
dolor de muelas: homo homini lupus; es un hecho con el que de entrada hay que contar para
organizar la sociedad. Es una postura de un realismo atroz y pesimista.

La solución clásica, y con ella la bíblica y monoteísta, afirma que el hombre no es ni naturalmente
bueno ni naturalmente malo, sino más bien débil, al menos en dos sentidos: 1) el hombre es débil
de inteligencia, respecto de la verdad, puesto que nace en la más absoluta ignorancia y sólo llega
a saber a costa de muchos errores y equivocaciones. La debilidad de la inteligencia es la ig-
norancia y el error, a los que todos por nacimiento estamos sujetos, aunque no queramos; 2) el

53
P. LAÍN ENTRALGO, La relación médico-enfermo, cit., 491.
54
Id.
55
V. FRANKL, El hombre doliente, cit., 204.
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hombre es débil de voluntad, respecto del bien, y esto quiere decir que no siempre hace lo que
quiere, o lo que debería hacer, e incluso no siempre sabe lo que quiere ni lo que realmente le
conviene. Es decir, el hombre actúa mal incluso a pesar suyo: simplemente, es débil; de entrada
no tiene armonía del alma, sino que debe adquirida mediante la educación moral. Vistas así las
cosas, se puede decir que el hombre es autor del mal moral a causa de su cierta debilidad.

La existencia del mal moral, de toda forma de injusticia, perversidad, malicia y degradación, es
una realidad tozuda, e incluso tan universal que puede hacer pensar que en este mundo el
quantum de injusticia y maldad supera con mucho el de justicia y bondad, o, dicho más
crudamente, que los buenos, los débiles y los honrados llevan siempre las de perder, y que los
sinvergüenzas y los aprovechados son siempre los ganadores, los detentores del poder y de la
supremacía. La operación de medir el quantum de justicia e injusticia que hay en el mundo huma-
namente no se puede realizar, pero puede dar la impresión de que la segunda está muy cerca de
la primera, y que incluso quizá la supera. Si las cosas son así, entonces tiene sentido preguntarse:
¿merece la pena ser honrado? ¿La virtud tiene premio? ¿Al final quién triunfa, los buenos o los
malos? ¿Por qué no subirse al carro de los ganadores?

La pregunta ¿merece la pena ser honrado? se puede responder de dos maneras: 1) porque si no
lo fuéramos no podríamos convivir. Se necesita, en efecto, un acuerdo que sólo se puede
establecer sobre la confianza mutua, el respeto al pacto y al prójimo. Esta es la respuesta de
Hobbes y, con él, de todos los contractualistas: la virtud personal y cívica es la mejor solución
para que la sociedad no se deshaga e incluso vaya un poco mejor; 2) ser honrado es lo que más
conviene a la naturaleza propia del hombre, y por tanto lo que más le enriquece, lo que le hace
más humano, más digno, puesto que ser ladrón es malo de por sí. Esta es la respuesta inicial que
este libro propone.

Ambas respuestas son aceptables y verdaderas, pero en realidad son insuficientes, puesto que
ninguna de las dos resuelve la situación de la que estamos tratando: los malos salen ganando casi
siempre, y los débiles son engañados, explotados e incluso aniquilados por los fuertes. Llegados a
este punto, sólo si se acude a una respuesta trascendente se puede garantizar que «todo lo que
hagas te será devuelto». Si no hay una situación de ajuste de cuentas general, en la cual el
crimen reciba su castigo, si no hay nadie que ponga las cosas en su sitio, que le dé a cada uno su
justo merecido, las razones para no ser un criminal nunca son suficientemente fuertes, puesto que
la justicia humana se puede eludir y de hecho se elude. Por eso, la tercera respuesta a ¿por qué
ser justo y honrado? es ésta: porque así lo manda una ley que obliga a todo hombre, y que no ha
sido dictada por ninguno de ellos, sino por un Ser superior: Aquel que los ha creado. Y así, la
verdadera respuesta es la existencia de una obligación de carácter moral, fundada en el Ser
Absoluto, que induce a respetar la naturaleza de las cosas y de las personas. Es una respuesta
moral y religiosa, en especial monoteísta y bíblica.

Aunque parezca chocante, solamente si se afirma la existencia de un Dios todopoderoso, e


infinitamente bueno, más allá de nosotros, tiene sentido preguntar cómo se armoniza su
existencia con la cantidad de sufrimiento que existe en el mundo. Si no existe ese Dios capaz de
compensar al que sufre injusticia, y de curar a todo doliente de su dolencia, el conjunto de las
injusticias y de los sufrimientos que la vida nos depara sólo pueden ser evadidos o aguantados
como destino irremediable. Si se afirma en cambio que el hombre, por ser débil, se hace malvado
a sí mismo con mucha facilidad, y que es él quien da lugar en tales casos al sufrimiento ajeno, por
el desorden que introduce en el mundo, la tarea de Dios resulta ser entonces poner remedio a ese
desorden introducido por el hombre, y restaurar la creación a la pureza originaria con que Ella
creó: Dios no es el autor del sufrimiento, sino Aquel que le pone remedio, porque «está siempre
de parte de los que sufren»56, aunque esto acontezca de una manera no evidente a primera vista.

Así, la cuestión se vuelve del revés: no es que la existencia del mal permita negar la de Dios,

56
JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, cit. 82.
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como a veces se pretende, sino más bien al contrario, permite afirmarla. Desde un punto de vista
sinceramente realista, tiene que ser Dios el encargado de enderezar las actuaciones humanas
canallescas. Si esto no fuera así, esas actuaciones al final quedarían impunes, y en ese caso sería
preferible realizarlas por el provecho y libertad que reportan, siempre que se pudiera eludir el in-
cierto castigo de la justicia humana, cosa no demasiado difícil. Dicho de otra manera: la justicia
humana es incapaz de asegurar de verdad la custodia del orden moral y que desaparezcan los
canallas, como a diario comprobamos, puesto que el mal moral nace en el corazón del hombre y
es libre. Por eso dijo Dostoievski: «Si Dios no existe, todo está permitido». El problema del mal
moral no se resuelve de verdad más que en una perspectiva teísta.

La convicción de que Dios se encarga de arreglar lo que el hombre desordena permite descubrir
algo sumamente importante: el dolor es un instrumento al servicio de la tarea divina de
compensar el desigual reparto de suerte y desgracia que se da en este mundo. ¿Qué quiere decir
esto?

1) Consideremos por un momento una rara peculiaridad del mal moral. Si «la naturaleza
inmutable de la madera nos brinda la oportunidad de usada para golpear la cabeza del vecino», la
mayoría de las veces en que llevamos a cabo este acto lo vemos como algo justificado, e incluso
puede que lo realicemos sin damos cuenta. La diferencia entre el dolor exterior e interior y el mal
moral estriba en que este último no siempre «duele»: el ser humano es capaz de sentirse
satisfecho de sí mismo aun cuando sea un perfecto canalla.

«El hombre malo y feliz no tiene la menor sospecha de que sus acciones no están en armonía con
las leyes del universo»57. Descansa en su propia autosuficiencia, y piensa que no necesita de
nadie, ni tiene nada especial que rectificar. Los canallas tienen la conciencia tranquila: en caso
contrario ya han empezado a dejar de serlo. La mayoría de los actos de violencia que acontecen
en el mundo humano, y las situaciones dolientes que se siguen de ellos, están provocadas por
actuaciones humanas canallescas, o sencillamente egoístas, vividas con una gran tranquilidad de
ánimo por parte de sus autores.

El hombre causa sufrimiento cuando utiliza su libertad de tal modo que origina un daño
innecesario a los demás seres humanos o vivientes. En ese momento se hace a sí mismo malvado,
aunque no lo sepa, como ya enseñaba Sócrates. Los criterios morales sirven precisamente para
señalar ese comportamiento como malo y poder decirle a su autor: «eres un canalla, o un perfecto
egoísta», cosa que él no estará seguramente dispuesto a reconocer o de la que no se dará cuenta.
Entonces el problema es ¿cómo caer en la cuenta del mal moral que cometemos?

2) Al hablar de las dos primeras funciones antropológicas del dolor, se apuntó a la cierta elevación
o catarsis que provoca, elevándonos por encima de contingencias mudables, y ayudándonos a
relativizar la importancia de nuestros deseos y satisfacciones. La tercera función está relacionada
con esa situación psicológica de autosatisfacción, antes señalada, en la cual muchas veces no so-
mos conscientes del mal moral que cometemos. Esta tercera función del dolor consiste en
despertamos, en abrimos los ojos acerca de nosotros mismos, haciéndonos ver la falsedad de
nuestra impresión de autosuficiencia, y la maldad real en que incurrimos: «si la primera y más
humilde operación del dolor destroza la ilusión de que todo marcha bien, la segunda acaba con el
sueño de que todo cuanto tenemos, sea bueno o malo, es nuestro y resulta suficiente para noso-
tros»58.

«El hombre malvado vivirá encerrado en un mundo de ilusiones mientras no descubra en su


existencia la presencia inequívoca del mal en forma de sufrimiento. Cuando le despierte el dolor,
descubrirá que tiene que habérselas de un modo o de otro con el mundo real»59, con la dura

57
C.S. LEWIS, El problema del dolor, cit. 97.
58
Id., 99.
59
Id., 98.
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realidad de que ha sido un canalla, o de que le aguarda el sufrimiento mediante el cual el
Todopoderoso lleva a cabo su labor de enmienda de los hombres. Esto último acontece la mayoría
de las veces cuando en ellos nace el sentimiento de vergüenza de sí mismos: es el sentido de
culpa por las malas acciones cometidas, la conciencia moral, que nos lleva a sentimos como lo que
realmente somos, débiles y autores de ciertos males, y de los dolores consiguientes a ellos, por
ejemplo, maltratar a la persona amada.

Esto explica que en situaciones extremas, el doliente, desvalido y consciente de su propia


insignificancia, se dirija espontáneamente al Todopoderoso en busca de ayuda. Dios habla
entonces a su conciencia, «le grita mediante el dolor: es su megáfono para despertar a un mundo
sordo»60. El dolor sirve de megáfono a Dios porque para cualquiera, independientemente de su
calidad moral, es un mal inmediatamente reconocible e imposible de ignorar: «el error y el pecado
tienen la propiedad de que, cuanto más graves son, menos sospecha su víctima que existen. Son
males enmascarados. El dolor, en cambio, es un mal desenmascarado e inconfundible»61. Cuando
se abate sobre nosotros nos despierta, «quita el velo y coloca la bandera de la verdad en la
fortaleza del alma rebelde»62, o del alma ingenua o inmadura, que aún no ha despertado a la
realidad de la vida y no ha descubierto la realidad del sufrimiento, su debilidad, sus
equivocaciones y sus errores morales: en suma su insuficiencia. Dios se sirve del dolor para atraer
a sí a los hombres.

En resumen, la respuesta bíblica al sentido del dolor remite a un Dios que le pone remedio y
explica así muchas otras cosas humanas relacionadas con ese problema. Es una respuesta que se
incrusta, como las demás actitudes ante el dolor que se describieron más atrás, dentro de una
verdad más amplia, que desvela la trascendencia y contesta también al sentido de la vida y de la
muerte, del amor, de la felicidad y de la libertad, de la historia y de la cultura, de la dignidad de la
persona y de su destino. Son los temas que abordaremos en el último capítulo de este libro. El
Dios bíblico organiza una fiesta interminable, a la cual invita a todos los hombres que mueren,
aunque algunos no aceptan la invitación. Paradójicamente, los que se autoexcluyen terminan por
permanecer de modo definitivo en casa del único que no ha sido invitado: el sufrimiento.

Lectura L19
La muerte feliz

La idea de la muerte está tan incrustada de negros caracteres que intentar asociarla con ideas de
felicidad parece un absurdo contrasentido. Especialmente en la civilización occidental se ha
cultivado la imagen medrosa, trágica, incomprensible y llena de horror del fin de la vida humana:
la pérdida para siempre de la existencia, el miedo a un más allá desconocido, el sufrimiento final,
historias de fantasmas, infiernos y almas en pena, toda una colección de temores infantiles, con
pérdidas reales y con dolores insufribles que presentan el fatalismo mortal como el peor acaecer
de nuestras vidas.

El ciclo biológico de los seres vivos tiene un final inexorable que acaba con la desaparición y
descomposición del ente individual. El momento crucial era fácil de precisar, tanto por los médicos
como por los abogados y teólogos: al cesar la respiración y pararse el corazón, se podía dar la
vida como acabada. Los grandes avances de la ciencia biomédica en las últimas dos décadas han
complicado bastante la definición de la vida y de la muerte. ¿Cómo interpretar la vida de los
órganos trasplantados? ¿Hasta cuándo se puede y se debe prolongar artificialmente la vida
corporal? La circulación extracorpórea que es necesaria en la cirugía cardiaca «a cielo abierto»
utiliza corazones mecánicos y realiza todo el trabajo respiratorio y sanguíneo, sin esfuerzo para el

60
Id., 97.
61
Id., 96.
62
Id., 99.
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individuo, solamente por una combinación de máquinas y tecnologías.

Existe una creciente preocupación médica y sociológica respecto a la utilización de medios


extraordinarios para mantener de forma artificial las funciones vegetativas en personas con le-
siones claramente fatales. Las razones son sentimentales por deseos familiares, o médicas para la
donación de órganos en beneficio de otros pacientes.
Según el profesor S. N. Chou (1971), es necesario aceptar una redefinición de la muerte por tres
razones: a) para reducir el sufrimiento del paciente de su familia; b) para aliviar la carga médica y
hospitalaria, y e) para facilitar el posible trasplante de los órganos que aún están en buen
funcionamiento.

El criterio médico moderno ya no identifica la muerte con la parada cardio-respiratoria, sino con la
inactividad del sistema nervioso central, manifestada por la ausencia de actividad eléctrica en el
cerebro. La razón es que el sistema nervioso no puede substituirse por máquina alguna y el tejido
cerebral representa el substrato material que sostiene las funciones mentales del hombre. La
Escuela de Medicina de Harvard en 1968 dictaminó que el coma irreversible se podía aceptar como
la nueva definición de muerte.

El problema sigue siendo complejo porque en monos ha sido posible extraer el cerebro entero
fuera del cuerpo y con la ayuda de máquinas mantenerlo durante horas en buen estado funcional.
Lo que así se preserva es el órgano cerebral de modo parecido a como se puede conservar un
hígado o un riñón. Sin embargo, es muy dudoso que un cerebro aislado pueda continuar con
funciones mentales, ya que le falta el aporte sensorial y la capacidad motora de expresión. En
ausencia de señales aferentes, el cerebro se duerme, las neuronas no funcionan y no hay
actividad mental.

Recordemos también que es posible mantener células cerebrales creciendo en cultivo de tejidos e
incluso se pueden trasplantar a otros cerebros. Una nueva terapéutica para tratar la enfermedad
de Parkinson es la de utilizar células de las cápsulas suprarrenales del propio paciente o de
embriones humanos y colocadas en el núcleo caudado cerebral del enfermo. De esta manera hay
una mejoría funcional en las llamadas estructuras «catecolaminérgicas», produciéndose la
desaparición de la mayoría de los síntomas parkinsonianos. Las células trasplantadas continúan
vivas, por lo que podemos preguntamos: ¿A quién pertenece esta vida, al dador o al receptor?

Hay que considerar que, incluso en casos de destrucción de la integridad neuronal, las
mitocondrias y otras fracciones celulares no se mueren, sino que continúan funcionando y con-
sumiendo oxígeno durante muchas horas.

Para añadir otra complicación, sabemos que los neurocirujanos pueden extirpar grandes porciones
de cerebro conservándose el buen funcionamiento del resto de la masa cerebral y sin la aparición
de secuelas de importancia. Algunos niños nacen con cerebros incompletos y sin embargo pueden
exhibir muchos aspectos de conducta normal.

Cientos de personas están actualmente conservadas a muy baja temperatura, en cámaras


especiales criogénicas, esperando que la ciencia avance y pueda curar enfermedades que hoy son
irreparables, pero que en un futuro quizás puedan tener un tratamiento adecuado. Estas personas
mantenidas en estado de «animación suspendida», ¿están vivas o muertas? La pregunta es de
gran trascendencia porque animales inferiores, como las ratas, han sido reanimados y vueltos a la
vida después de meses de congelación criogénica.

El miedo al «terrible sufrimiento» de morir es más psicológico que real porque la mayoría de las
personas simplemente pierden el conocimiento y se mueren sin darse cuenta de ello. Uno de los
médicos más famosos y compasivos, sir William Osler, en su conferencia sobre «Ciencia e
Inmortalidad», analizó a unos 500 pacientes en el lecho de muerte, evaluando especialmente sus
sensaciones: 90 sufrían diversos tipos de dolor; 11 expresaron temor; 2 sentían verdadero terror;
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1 tenía una exaltación espiritual; 1 comentaba su amargo remordimiento. Quizá lo más
interesante fue que en la gran mayoría de las personas, unas 395, no se pudieron apreciar signos
especiales psicológicos del final de la vida. El instante de la muerte era como dormir y olvidar. En
la mayoría de los casos el fallecimiento parecía afectar bastante poco a los interesados, que muy
frecuentemente pasaban las últimas horas de su vida en estado inconsciente. Parece ser que lo
peor no es morirse, sino el sufrimiento de una larga enfermedad.

Lo que hay que evitar es la relativa falta de interés que muchos médicos tienen por los pacientes
terminales y el escaso apoyo psicológico de profesionales y de familiares. No basta mantener al
enfermo cómodo con analgésicos, y somníferos. Hay que darles una gran cantidad de cariño y de
atención para proporcionarles el mayor bienestar espiritual que sea posible.

En su bien documentado libro sobre la muerte, la doctora Elisabeth Kubler-Ross escribe sobre la
importancia que tiene una buena relación con el médico de cabecera. En general el enfermo
terminal pasa por cinco etapas: a) negación de la gravedad de la situación, buscando entonces
otros médicos que sean menos pesimistas; b) rabia y frustración por la injusticia que supone que
la enfermedad no tenga remedio; e) intento de pacto, prometiendo quizá a Dios llevar una vida
mejor, si se realiza un milagro; d) depresión, comprendiendo que el final está cercano, y
gradualmente aceptación de lo inevitable; e) la quinta etapa es la de resignarse al destino fatal.
Entonces ya no hay rabia ni de presión. Comprendiendo la realidad hay que procurar disminuir la
tristeza y la preocupación del medio familiar, para llegar al final con serenidad y dignidad.

Lo importante del trabajo de la doctora Kubler-Ross es que sus pacientes no tenían preparación
alguna, ni intelectual ni psicológica para el bien morir, sin forzar ideas analíticas ni conclusiones
ilusorias. La doctora simplemente proporcionaba al paciente, además de medicación adecuada, un
apoyo veraz adaptado a su reactividad emocional pero sin falsas expectativas.

Si privamos a la muerte de su errónea aureola de sufrimiento, tragedia, terror y otros calificativos


emocionales, entonces queda reducida a una transición biológica, que es parte del proceso
evolutivo que afecta a todos los seres sin excepción. La valoración del momento y del final
depende de procesos interpretativos que son modificables por la educación y por la cultura.

Las concepciones sobre el final de la vida y sobre el «más allá» están íntimamente relacionadas
con la felicidad del presente y con la esperanza en el futuro, pudiendo resumirse en tres grupos
(Lorimer, 1984; Berger, 1987): a) la terminación final; b) la supervivencia con continuidad
naturalista, y e) la continuidad personal.

a) Terminación final. La opinión más aceptada por científicos, médicos, ideólogos materialistas y
escépticos en general, es la de QUE NO PASA NADA. Simplemente la vida se acaba y el cuerpo se
descompone. No es verosímil que las funciones mentales ni la personalidad puedan persistir en
ausencia de interacciones entre el cerebro y el medio ambiente. Al morir, los receptores
sensoriales dejan de funcionar y no es posible recibir información. Cuando las neuronas se
desintegran, no puede haber conciencia, inteligencia, ni sensaciones.

Con músculos paralizados no hay comunicación con los demás ni posibilidad de conducta alguna.
La muerte corporal es el fin definitivo y total de la persona.

Según los psicoanalistas, el miedo a la muerte parece ser universal (Caprio, 1950), y es la base de
la ansiedad humana y quizá de todos los miedos del hombre.

Una reacción hedonista frente al fatalismo final es el gozar ya y ahora todo lo que sea posible:
«Comamos y bebamos hoy, ya que mañana moriremos» (Isaías 22:13). Quizá ésta sea una razón
de la actual promiscuidad sexual y del culto a la belleza corporal, puesto que lo único que vale es
el momento presente del que hay que gozar al máximo sin preocuparse por el mañana.

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Por otra parte la muerte es un hecho natural, compartido por todos los seres vivos y necesario
para la evolución biológica. Estos razonamientos quizá puedan paliar el temor a la no existencia.

b) La supervivencia naturalista supone la persistencia de múltiples aspectos de la personalidad,


transmitidos a la descendencia, de manera directa por los propios genes y de manera indirecta por
las ideas, los deseos, los planes establecidos y las obras realizadas. Miguel de Unamuno, en su
libro Del sentimiento trágico de la vida (1954), expresa con enorme fuerza que «la muerte es
amarga, pero la fama es eterna» y por lograr un nombre que se recuerde, somos capaces de
sacrificar no sólo la vida, sino la propia felicidad.

Al hacer testamento expresamos nuestra voluntad de disponer de los bienes materiales entre los
beneficiarios. El deseo de que se cumpla expresa el intento de continuar una influencia material y
espiritual sobre otras personas a pesar de nuestra desaparición corporal.

c) La supervivencia personal. El concepto de terminación final con desaparición total y para


siempre es ilógico e inaceptable para muchas personas, sobre todo después de una vida de
alegrías y de sufrimientos. La riqueza cumulativa de experiencias, conocimientos y obras
realizadas no puede desaparecer. La esencia del propio ser no puede ser aniquilada.

Como dice Platón en su Phaedo, cuando muere el cuerpo, el ALMA se libera de su entorno carnal y
queda flotando, con existencia propia. Es algo parecido a la música que sigue existiendo aunque el
arpa y sus cuerdas hayan sido destruidas. En la Iliada, de Hornero, también hay varias referencias
al retorno a la vida después de la muerte.
La esperanza en la vida futura puede dar una dosis de paz y tranquilidad.

La supervivencia del espíritu individual más allá de los límites biológicos de la vida corporal es un
concepto que aparece en casi todas las culturas. La creencia de una vida futura se encuentra en la
eterna Ba egipcia; en el alma judeo-cristiana; en la transmigración y reencarnación hindú y
budista; en la resurrección cristiana, y en las diversas promesas de recompensas celestiales.

San Mateo nos dice que San Juan Bautista era en verdad el retorno del profeta Elías (17:12-13).
En uno de los trece artículos de la fe judía se dice que cuando el reino de Dios se establezca en la
tierra, las almas retornarán a sus cuerpos que serán resucitados. Uno de los fundamentos de la fe
cristiana es la inmortalidad completa del cuerpo y del alma de cada persona. Como dice San Pablo
(1 Coro 15:52-53), la trompeta sonará y los muertos resucitarán libres de corrupción.

La idea de supervivencia personal supone un cierto consuelo y esperanza que puede ayudar a
mitigar el miedo a la muerte. Sin embargo, en el pensamiento hindú la idea de estar atrapado en
la rueda del samsara, con sus ciclos de sucesivos nacimientos y muertes, puede parecer
desagradable e indeseable. La esperanza es liberarse de la cadena de vidas y muertes para entrar
en el «plácido vacío de la extinción».

Es cierto que en tiempos pasados, y actualmente, las creencias religiosas han ayudado a soportar
mejor las crueldades del circo romano, los campos de concentración modernos y el
enfrentamiento resignado con el final de la existencia corporal. Como contraste, la incertidumbre
de ir al infierno y de tener que expiar los pecados cometidos puede aumentar en muchas personas
el temor a la muerte.

Hay que considerar que, creyendo en la vida futura y despreciando a la muerte, es más fácil
matar y morir. Las guerras santas y los fanatismos religiosos han sido y son la causa de luchas
innecesarias. La recompensa del cielo o de las Huríes del Profeta, así como ideas de honor y de
patriotismo, reducen considerablemente el propio instinto de conservación.

La conciencia de la propia muerte es uno de los elementos que diferencian a los seres humanos de
los animales y que tienen una importancia considerable en la organización de pensamientos y
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conductas. Si seguimos presos de inculcaciones infantiles con sus concepciones ideológicas y sus
temores a lo desconocido, entonces podemos acrecentar las angustias de la etapa final.

Las opciones son limitadas. La elección interpretativa es nuestra y depende inicialmente de la


inculcación cultural, y luego se deriva del análisis maduro e inteligente de nuestras circunstancias
y posibilidades.

Entre los caminos abiertos, hay que saber elegir el que nos proporcione un mayor grado de
felicidad presente, que en parte requiere la proyección optimista y biológica que lleve nuestras
creaciones, cariños y esperanzas más allá de la muerte corporal.

Lectura L20

Medidas que facilitan la adaptación a la muerte

 Controlar los síntomas


 Explicar y discutir el tema
 Escuchar (y estimular suavemente la apertura)
 Estimular la comunicación familiar
 Ofrecer una terapia ocupacional y rehabilitación
 Ofrecer apoyo en la crisis
 Enseñar relajación y técnicas de visualización
 Emplear la musicoterapía
 Estimular objetivos realistas a corto plazo
 Estimular el pensamiento positivo
 Ayudar a resolver los asuntos pendientes y el dolor espiritual

Una vez que el enfermo sabe lo que tiene, cambia por lo general el foco de atención, buscando
formas para ayudar a su familia a aceptar el proceso y dejar en mejor situación tanto a su mujer
como a sus hijos. Esta información les puede ser útil por muchas razones diferentes, en particular
para aprovechar el tiempo que le queda para ajustarse a la nueva situación. Si bien son muchos
los enfermos que quieren vivir tanto como les sea posible, otros se alivian de conocer que este
tiempo será corto y consideran bienvenida la muerte. Entre estos últimos están los que padecen
enfermedades que les han consumido toda su voluntad de vivir, los ancianos que han tenido una
vida muy dura, los que tienen una fe excepcional en un Ser superior, en otra vida, etc., y aquellos
cuyas vidas han sido muy tristes, para los cuales la muerte puede representar el fin del
sufrimiento.

¿Cómo proporcionar información delicada?

Contra la angustia de la incertidumbre está el beneficio del conocimiento. Son momentos tensos,
en los que se requiere mucho autocontrol y mostrar un genuino interés para escuchar al paciente.
¿Decir o no decir? Si la persona que da la noticia es esperanzadora y es capaz de proporcionarle
apoyo, se puede ser honrado sin destruir los mecanismos de adaptación del enfermo. ¿Cómo
hacerla? Se preguntará al paciente lo que le gustaría conocer sobre su enfermedad y se le
responderá en términos que pueda comprender, tomando en cuenta que, si bien los pacientes
tienen el derecho a conocer, no todos tienen la necesidad de saberlo todo.

Charles Edwards A. Y Rinear E. Señalan tres principios que pueden ser de ayuda en estos
momentos decisivos:

1. Escuchar bien. Si escuchamos lo suficientemente tranquilos y con sinceridad, el paciente no


sólo recibirá consuelo y apoyo directo sino que nos dirá lo que el conoce, lo que quiere conocer y
la velocidad con la cual es capaz de trabajar con la información que le proporcionemos.

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2. No mentir nunca a un paciente. Tiene el derecho a saber la verdad, cualquiera que sea su
capacidad para enfrentarse con ella, y aunque la forma como se la digamos variará de acuerdo a
lo que esté dispuesto a escuchar, no hay lugar para ser falso. La falsedad destruye la confianza.

3. No retirar nunca una esperanza a la que el paciente se aferre. Este puede esperar una cura
milagrosa, otra remisión, unas pocas semanas sin dolor, o el que haya una vida diferente después
de la muerte.

Las primeras fases que se dicen se recuerdan a menudo mejor e incluso puede ser lo único que se
retenga. Por ello Brewin considera que a veces hay que ofrecer en primer lugar los planes de lo
positivo que se puede hacer para el futuro inmediato, antes que las malas noticias. El control de
los síntomas tiene que preceder al apoyo espiritual, por que una persona no podrá meditar sobre
el significado de su vida mientras padezca dolor o esté muy molesta.

Las fases a utilizar dependerán tanto del pronóstico como del hecho de que algunas personas
necesitan más optimismo que otras. Aun las cosas tristes pueden decirse en forma amable y de
apoyo, subrayando que se admira el modo como sobrelleva la enfermedad y haciéndole que
recuerde todas las cosas que ha hecho bien.

Hay que darle tiempo para que vaya asimilando la realidad, que se revelara en forma suave,
afectuosa y gradual, dentro de un contexto de apoyo continuo y estímulos para superar esta
etapa. Es siempre posible para el equipo de cuidado ser realistas y optimistas con un enfoque
especial en los puntos fuertes del paciente. Las palabras pueden llegar a ser poderosamente
terapéuticas si se emplean correctamente. Se recordarán las palabras de W.Lirette "La más
importante de las cosas que hay que dar a un moribundo, no es el medicamento, es nosotros
mismos".

La información sin alimentar un falso optimismo, debe cantidad de esperanza en alguno de los
elementos siguientes:

a) Un buen control sintomático


b) Una muerte apacible
c) Que la vida ha sido digna de vivirse
d) Alguna forma de inmortalidad
e) Que seres queridos podrán resolver sus problemas

La esperanza tiende a disminuir si:

a) El paciente está aislado por una conspiración de silencio


b) Se dice que no hay nada más que pueda hacerse
c) El dolor y otros síntomas no son aliviados o se ignoran
d) El paciente se siente solo y no es apoyado.

Cuando el paciente conoce su diagnóstico, es más fácil que se rompa la conspiración de silencio
que mantiene con su familia sobre su enfermedad desde sus inicios. Esta conspiración les obliga a
vivir sujetos a muchas tensiones con empleo de una ingente cantidad de energía, bien por parte
del enfermo para ocultar sus molestias reales, bien por sus familiares, para actuar en su presencia
como si nada anormal ocurriese, por temor a aquello agrave su mal. Una vez rotas estas barreras
con la ayuda del médico y equipo, estos seres pueden volver a mostrarse su agradecimiento y
cariño de una manera mas abierta y organizarse para afrontar mejor el presente y futuro
inmediato y lo que deben hacer.

Existen ocasiones en las que el paciente no desea hablar sobre la muerte, por lo que debemos ser
sensibles a su voluntad. Se deberá obtener permiso del paciente antes de divulgar alguna
información y sus deseos deberán ser respetados. Se necesita mucho tacto y sensibilidad,
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particularmente en los casos de separación marital y divorcio.

Etapas de la adaptación

Las observaciones clínicas de diferentes autores, como la Dra. kubler-ross, han permitido
establecer un esquema evolutivo de la adaptación al proceso terminal, basado en los mecanismos
de reacción o defensa que entran en el funcionamiento durante una enfermedad mortal. Los
pacientes parecen atravesar generalmente una serie predecible de etapas emocionales clásicas, a
veces difíciles de distinguir, que varían individualmente en duración e intensidad. Tabla 1
Frecuentemente, se supone entre si e incluso algunas de ellas pueden omitirse. Rodabough
considera que las etapas se repiten alternativamente y que el enfermo oscila entre la negación,
rebeldía, pacto y la aceptación comportándose ante ellas de acuerdo a su experiencia vital previa,
su personalidad y las expectativas que se tienen hacia él. Conocerlas, facilita la comprensión de la
complejidad de la tormenta emocional presente en la mayoría de pacientes conforme se acerca la
muerte. La asistencia paliativa ideal seria aquella en la que siguiendo las diferentes fases, se
acompañara al enfermo hasta la paz final, procurándole la mayor entereza y el menor sufrimiento.

Tabla 1
Fases de la adaptación

1. Shock
2. Negación
3. Enfado
4. Negociación
5. Depresión
6. Aceptación o resignación

1. Shock

El recibir la noticia del diagnóstico provoca en el paciente un choque o conmoción interna, debido
a la sensación de amenaza que la enfermedad le produce, a la incertidumbre respecto al futuro y
a la proximidad de la muerte. Ajustarse a la idea de tener un corto tiempo de vida por delante o a
la preocupación que le provoca la aparición de nuestros síntomas como sangre en el esputo o una
perdida sensible de peso rara vez ocurre de la noche a la mañana, aunque se le haya informado
delicadamente sobre su enfermedad. Vive la experiencia de su separación del mundo y por
primera vez experimenta su soledad, su desnudez.

El Shock es una especie de mano protectora que se arroja sobre nosotros cuando somos
estimulados violentamente en nuestras emociones al estar en riesgo de ser sobrepasados por
ellas. Este shock puede manifestarse de dos formas antes de la restitución de los mecanismos
psicológicos: forma ansiosa y forma apática. En la primera el paciente se muestra general de
agitación, con síntomas de ansiedad (temblor, sudoración, taquicardia, diarrea...). En la segunda
muestra letárgica, inactividad, un estado de calma anormal y apatía que a veces se acompaña de
disminución de la tensión arterial.

La tensión psíquica provocada puede ser mayor si la información ha sido dada de modo brusco y si
la relación con el medico es demasiado superficial. Su intensidad puede ser una señal de alarma o
incluso puede llegar a agravar la enfermedad. La actitud del cuidador será la de apoyar al enfermo
con su compañía y silencios, dándole un tiempo amplio para contestar a sus preguntas. Sus

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respuestas serán realistas pero deberán contener un sentido positivo. Se debe recordar las
palabras de E: Hemingway cuando dice que el hombre no esta hecho para la derrota y que es en
el pensamiento donde se libra la batalla del éxito o del fracaso. Hay que tener en cuenta que al
principio puede haber aun posibilidades de curación y aun que sean remotas, conviene fomentar la
esperanza en el paciente. La calidad de nuestros pensamientos determina en buena medida
nuestra calidad de vida. Así, un enfermo encontró extraordinariamente reconfortante conocer la
historia de una persona que mejoró en una situación similar, aunque ello era posible sólo en 1 de
cada
1.000.000 casos.

2. Negación

Es un mecanismo de defensa. Cuando la sensación inicia de estupor empieza a desaparecer y


consigue recuperarse, su respuesta habitual es: "No yo no, no puede ser verdad". Algunos
desconfían del diagnóstico y lo niegan reiteradamente, actitud que les lleva a consultar con
diferentes médicos. La falta de aceptación de la proximidad de la muerte ocurre frecuentemente
por un período variable de tiempo en el que el paciente trata de vivir totalmente normal, evitando
cualquier discusión sobre su diagnóstico, y aun el pensamiento de una posible muerte. Este
proceso de negación prolongada se puede apreciar mas comúnmente, de manera similar al shock,
cuando la información ha sido dada en forma brusca o cuando el médico guarda con el paciente
solo una relación superficial. Es un proceso muy poco común y ocurre generalmente en aquellos
que han evitado o negado todas las experiencias dolorosas o tensionantes en su vida previa y son
probablemente incapaces de cambiar en esta coacción.

La negación funciona como un amortiguador después de recibir la noticia y permite al paciente


recobrarse y, con el tiempo, movilizar otras defensas menos radicales. Durante una enfermedad
muy prolongada el enfermo puede entrar y salir de esta fase en varias ocasiones. Es lesiva
únicamente cuando se emplea de modo continuo, por lo que las personas cercanas al paciente
deberán conocer su existencia para que se tolere cuando sea usada intermitentemente,
ayudándole a enfrentarse con la verdad en otros momentos.

Casi nunca es apropiado tratar de forzar a que reconozca lo que esta negando. Es necesario
permitirle negar todo lo que necesite para defenderse, pero estar siempre a su disposición. El
paciente suele sufrir mucho por tener que enfrentarse con la verdad. La ansiedad severa es un
indicador de este estado. Además los temores más profundos se ven reflejados a menudo en los
sueños, donde adquieren la forma de pesadillas, hasta que reciben la ayuda y consuelo que
precisan. Aunque al paciente no le apetezca hablar en un primero o segundo encuentro, si ve que
hay una persona que se preocupa por el y sigue visitándole, que esta dispuesto a escucharle, sé
ira confiando y abriendo paulatinamente, para compartir su soledad mediante palabras o gestos.
Esto le permitirá adquirir la fortaleza necesaria para afrontar la realidad. El enfermo encuentra la
persona en la que puede confiar aun cuando en general niegue su problema. Debe existir
cooperación interprofesional para que todos los miembros del equipo que le atienda conozcan en
que fase se encuentra. Esto les permitirá ofrecerle una alta calidad de atención y ayudarle más
adecuadamente a enfrentarse con su futuro.

3. El enfado

La negación acaba por dar paso a una nueva reacción al comprender la realidad, surgiendo
entonces la pregunta ¿Por qué yo? El paciente se toma agresivo rebelde y difícil. Todo le molesta y
se enfada con facilidad. La ira por la extinción de una vida es muy grande. Es la emoción que
tiende a ser reprimida más a menudo y puede exacerbar el dolor físico y otros síntomas. Para
mucha gente es el sentimiento más difícil de sobrellevar, porque la ira se desplaza en todas las
direcciones y se proyecta contra lo que les rodea. Esto genera en los cuidadores desconcierto o
agresividad, con el peligro de abandono del paciente por parte de estos.

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El enfado es un nuevo mecanismo de defensa reivindicativo por parte del enfermo y puede
también aparecer como resentimiento cuando el moribundo, al contrario de lo que sucede con
otras enfermedades, no es involucrado en las discusiones sobre su enfermedad. Es importante
explicar a la familia estas posibles causas previniéndola así para que aquellos cuidadores que han
estado haciendo enormes sacrificios para dar a su ser querido la mejor atención posible, no se
desplaza contra ellos. Necesitan mucha ayuda no sólo para comprender por qué han sido elegidos
como blanco del enfado, que parece tan injustificado, sino también para manejar sus sentimientos
heridos. Sólo con este apoyo, el familiar podrá permanecer cercano y querer al paciente,
reteniéndose de contestarle de igual modo o abandonarle. En ocasiones, la ira se desplaza al
equipo médico que ha fracasado en su tratamiento. Es menos frecuente que se dirija a los
enfermos, posiblemente porque los pacientes sienten que son más dependientes de ellos, pero en
ocasiones estos profesionales pueden también requerir ayuda.

El paciente que se siente respetado y comprendido, que recibe atención y tiempo, pronto bajará la
voz y reducirá su enfado. El alivio que experimenta al ser escuchado por una persona que lo hace
desinteresadamente poniéndose en su lugar, intentando descubrir las razones de su enojo, le
ayudara a aceptar mejor su situación. La energía del enfado, la llamada "voluntad de lucha",
puede ser canalizada en forma positiva para combatir contra la enfermedad, restaurar un
sentimiento de autoconfianza, reorganizar la vida o realizar tratamientos complementarios
realistas que mejoren su bienestar, pero puede ser mal orientada si se olvida la situación real y se
emplea para visitar muchos centros médicos muy costosos para confirmar el diagnostico en una
fase muy avanzada o en hacer tratamientos inadecuados.

4. Negociación o pacto

Si se ha permitido al paciente exteriorizar su enfado y rebeldía, particularmente si un joven, entra


en un proceso de negociación de un acuerdo con Dios, destino o instancia a la que otorgue un
poder superior, con la idea de posponer la muerte, pasar un tiempo sin dolor o tener recursos
psicológicos para afrontar la situación con entereza. Es la fase de las promesas de ser mejor
menos egoísta, de aceptar un cierto grado de incomodidad y dolor sin quejas y de desear hacer
algo altruista, pero pide en cambio más longevidad y poder llegar a vivir, por ejemplo, hasta el
nacimiento de un nieto o la Navidad.

Las negociaciones a veces son hechas consigo mismo y el paciente puede pasar por esta fase sin
que lo advierta el cuidador por que a veces solo lo menciona entre líneas. Debido a que las
promesas pueden ocultar un sentimiento de culpabilidad procuraremos ser sensibles a ellas e
intentar descubrir los motivos de este sentimiento para apoyarle en este sentido. Existen
evidencias de que la gente puede posponer su muerte hasta después de una ocasión importante,
tal como una fiesta religiosa, un cumpleaños o una boda. Esto sugiere que los hechos familiares y
sociales tienen un efecto sobre la cantidad de vida que subyace, pero esta actitud mental puede
llegar a afectar al pronóstico y tristemente, hacer muchos paciente sigan esforzándose con esta
clase de determinación, una vez que se ha perdido toda la calidad de vida, y no vivan a plenitud
los momentos presentes.

5. Depresión

Las etapas y emociones anteriores han demandado una gran cantidad de esfuerzo y energía, pero
conforme el paciente comprueba que su negación y enfado no le quitan el mal, ante la evidencia
de los sintamos, el deterioro general progresivo o las sucesivas operaciones u hospitalizaciones,
llega un momento en que no puede seguir negando su enfermedad. Así el enfermo causa cada vez
mayor cansancio para luchar y aparece la depresión, que si no es apropiadamente reconocida,
puede causar una profunda miseria. Los pacientes tienden a aislarse, no desean hablar con nadie,
se niegan a comer y dejan de luchar. Se vuelven más conscientes de su muerte inmediata. El
insomnio y la anorexia, además de la debilidad causada por la enfermedad, dejan al paciente
cansado de vivir y las lágrimas pueden fluir más fácilmente.
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Tabla 2
Causas de depresión en el moribundo

 Dolor de la pérdida anticipada


 Tristeza sobre los objetivos no alcanzados
 Culpabilidad
 Lamento por el dolor causado a otros en la vida
 Perdida de autoconfianza conforme aumenta la invalidez
 Sentimiento de que su vida no ha tenido valor

Existen dos tipos de depresión en estos pacientes: reactiva y preparatoria.

La depresión reactiva es una secundaria a la sensación de perdida de la imagen corporal, el rol


social y laboral, la incapacidad de seguir atendiendo o manteniendo a la familia, que asociada al
sentimiento de dependencia acelera el proceso. También la tristeza por los objetivos no
alcanzados, diversos sentimientos de culpabilidad y síntomas físicos no controlados pueden
provocar una depresión reactiva. En este tipo de depresión el paciente se ve necesitado de una
mayor comunicación y de la intervención de diferentes profesionales (médicos, psiquiatra,
psicólogo, terapeuta ocupacional, asistente social, etc.).

La depresión preparatoria es producida por la pérdida inminente o cercana de su vida y de todo lo


relacionado con ella (situaciones, personas, etc.). Esta a diferencia de la anterior, es una
depresión silenciosa. No se necesitan muchas palabras, es un sentimiento expresado mediante su
actitud, gestos, miradas, etc. Es importante distinguir estos dos tipos de depresión en el enfermo
terminal, pues el tratamiento y la actitud del cuidador difieren en dependencia del tipo del que se
trate. En la depresión reactiva hay que descubrir las causas exógenas y tratar de solucionarlas,
pues su presencia multiplica la depresión. Es de ayuda, por ejemplo cuidar de los hijos y de la
casa, aliviarle los síntomas físicos, facilitarle el compartir sus pensamientos molestos y darle
apoyo psicológico para recuperar la autoestima tras perder el rol socio-laboral, etc.

Ante la depresión preparatoria nuestra reacción inicial suele ser intentar animar a los pacientes,
darles argumentos para que den más importancia a las cosas positivas que tienen y que les
rodean o para que vean el problema con menos pesimismo. Esta actitud puede ser útil en el tipo
reactivo, pero en este caso la depresión actúa como instrumento para prepararse a la pérdida final
y poder llegar así al estado de aceptación. Si se les permite expresar su dolor encontraran más
fácil la aceptación final y agradecerán que se sienten a su lado sin decirles constantemente que no
estén tristes. Ahora es muy importante la comunicación no verbal. Se recordará que no siempre
es posible o apropiado hacerle cambiar de opinión al enfermo y que este pesar le va preparando a
la aceptación pacifica del final. También suele existir en esta fase una mayor presencia de
elementos espirituales, pues ahora es cuando el paciente comienza a ocuparse más de lo que le
espera, que de lo que deja detrás.

Aceptación o resignación

Si la muerte no es repentina e inesperada y el paciente ha tenido tiempo para atravesar las fases
anteriores con la ayuda necesaria, llegará a una fase de resignación en la que el futuro no le
permitirá ni le enfadara. Es poco frecuente observar un estado de resignación pacífica a la muerte
con aceptación de lo que no se puede cambiar. Muchos se sorprenden de ver que hay personas
que en estos momentos puede decir: "Si tiene que pasarle a alguien ¿Por qué no a mí?”

En esta fase, el paciente está cansado, débil, con necesidad de dormir más a menudo, en breves
intervalos (es un sueño distinto del crónico propio de la etapa depresiva) apreciándose un
aumento de las horas de sueño (como en un momento, pero a la inversa). A la vez, el enfermo
parece estar desprovisto de sentimientos, como si el dolor hubiera desaparecido y la lucha,
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terminado. Cuando el paciente ha encontrado cierta paz y aceptación, su interés por el exterior
disminuye y no desea visitas, ni hablar, ni oír noticias. La comunicación se vuelve mas de tipo no
verbal y que todos los asuntos exteriores están bajo control. Es reconfortante para el paciente
saber que no le olvidan cuando no puede hacerse aparentemente nada más por él.

Existen moribundos que desean abiertamente el advenimiento de la muerte y están movidos por
una intensa curiosidad, bien por tener posiblemente la convicción, la alegría de poder encontrar al
otro lado de la muerte a sus seres queridos y de conocer el enigma oculto de su existencia
pasada. Sólo requieren personas cariñosas que cuiden de ellos. En cuanto al ultimo estadio de la
agonía, Kubler Ross escribe lo siguiente: "Llega un momento en la vida del enfermo, cuando los
dolores cesan, en el que éste zozobra en un estado de conciencia lejana, en el que casi ya no
come, en el que todo lo que le rodea se vuelve vago. Es el momento de la terapia de silencio para
con el enfermo y de la disponibilidad para con los parientes. En ese instante, la inversión de los
papeles se vuelve evidente. El hombre vivo, el sacerdote, el médico, el familiar sentado en la orilla
de la cama, es quien no sabe nada y el agonizante es el que sabe todo. En todo caso, disfruta
repentinamente de una percepción extraordinaria.

Durante los últimos instantes de la agonía, el moribundo vive enteramente esta nueva percepción.
Normalmente, la muerte tiene lugar en la calma, probable paso hacia un mundo y un modo de
existencia que el agonizante ha entrevisto ya. Observar la muerte pacífica de un ser humano, —
continua Ross— nos recuerda a la caída de una estrella: En un cielo inmenso, una de entre un
millón de luces brilla solo unos momentos y desaparece para siempre en la noche perpetua. Nos
hace conscientes de nuestra finitud, de la limitación que tiene nuestra vida. Tristemente, algunos
pacientes nunca alcanzan una etapa de paz total. Sino mas bien permanecen enfadados,
negativistas y luchando hasta su muerte. Suelen ser aquellos que no han sido capaces de superar
las fases anteriores por falta de apoyo o por haber negado o evitado todas las experiencias
dolorosas en sus vidas. Algunos se vuelven cada vez más molestos, haciendo la vida intolerable a
sus familiares ya aquellos que lo cuidan, por lo que requieren sedación.

Una muerte realmente digna —según León J. Kass— no consiste sólo en la ausencia de
tribulaciones externas. La dignidad frente a LA MUERTE no viene conferida desde el exterior sino
que requiere una grandeza de ánimo que proviene de la persona misma que la afronta.

Lectura L21

La familia extendida

Todos hemos oído el conocido proverbio, “Puedes elegir a tus amigos, pero estás atado a tus
parientes”. Los parientes políticos, abuelos, tías, tíos, sobrinos, primos; todas personas
consanguíneas o relacionadas legalmente entre sí. Ellos existen porque así es y no hay nada que
los haga desaparecer.

Pienso que es lamentable que la mayoría conocemos a nuestros parientes cuando somos bebés y
por lo mismo, nunca llegamos a verlos como personas. Por eso sentimos que estamos atados a
ellos, lo que no nos permite disfrutarlos debidamente.

¿Realmente disfrutas de tus parientes políticos, abuelos, tías, tíos, sobrinos, primos o primas? De
ser así, puedes tratarlos como a verdaderas personas, con quienes se comparten críticas, dudas,
penas y amor. Tal vez esto se pueda enfocar en otra forma: si tratas a tus parientes como a
personas reales, tal vez los puedas disfrutar.

Toda persona tiene aspectos agradables que en un momento dado se pueden disfrutar. Nunca se
pudo decir que todos los aspectos de cada cual fueran gratos continuamente.

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Si en este capítulo logro transmitir la importancia y el posible placer de que conozcas a tus
parientes como personas, habré logrado mi propósito.

Lo que sucede la mayoría de las veces es que entramos en contacto con nuestros parientes
después de haber sido condicionados por las opiniones de alguien. Es común, por ejemplo, entre
esposos, sostener una conversación como la siguiente:

“Tu padre es un agarrado.”


“Tu padre es una persona débil, sin carácter. No hace sino lo que le dice tu mamá.”
“Tu mamá nunca me ayuda con mis hijos.”
“Mi mamá simplemente adora a sus nietos.”

Inclusive, puede haber comentarios directos como:

“Ten cuidado con lo que digas delante de tu abuela.”

Es fácil comprender cómo los niños adquieren ideas estereotipadas acerca de sus parientes. Antes
de conocerlos como son, se les presentan como santos, demonios, cargas o nulidades. Cada niño
comienza a ver a sus abuelos a través de los ojos de sus padres, y esto crea serias dificultades
para que pueda verlos como seres humanos.

Sólo Dios sabe la cantidad de peligros que existen entre parientes. En ciertos casos existe
virtualmente un estado de guerra y en otros, las personas se ignoran mutuamente. Algunas tratan
de resolver un problema retirándose de todos. He oído a personas decir: “Quisiera que mis hijos
conocieran a sus abuelos. Vieras cómo me mortifica, pero resulta muy molesto ir a visitarlos”.

O, “mi madre siempre consiente demasiado a los niños y no quiero malcriarlos”.

O, “mi padre muestra demasiada predilección por mi hijo y no hace caso de mi hija”. O viceversa.

Probablemente hayan oído comentarios parecidos e indudablemente, muchos otros más. Cuando
oigo cosas así, las tomo como la expresión de algo que no ha sido aclarado en términos de los
sentimientos de la persona que los dice. Además, no sólo no está considerando a los adultos en su
familia como personas, sino que está confundiendo a la persona con el papel que desempeña. Este
es un error muy común.

Esposos y esposas también cometen este tipo de injusticias con sus padres, llamándolos “los
viejos”. Una vez que se le pone título a alguien (“viejo”, “tía”, “abuelo”, lo que sea) deja uno de
pensar en ese alguien como persona. Tales designaciones forman gran parte del ambiente que
rodea a la familia en general, o sea, la familia extendida. Por consiguiente, la brecha entre las
generaciones existe tanto entre padres y abuelos como entre padres e hijos. Defino esta brecha
como un enajenamiento que todavía no ha sido subsanado.

Por otro lado, si los esposos han llegado a considerarse como los iguales de sus padres, todos
podrían ser considerados como simples personas cuando se reúnen, cada quien tratando a, y
siendo tratado por los demás como alguien único y valorado. Cada cual respeta la privacía mutua
y sabe disfrutar de lo agradable de los demás, ejerciendo su capacidad para modificar aquellos
aspectos de la vida que no sean demasiado gratos. Gente así, aplica un enfoque que se genera de
persona y no de papel a desempeñar. Los esposos y esposas de hoy serán los abuelos del
mañana. Los niños de hoy serán los esposos y esposas del futuro y hasta llegarán a abuelos.
Todos crecen y asumen distintos papeles a medida que maduren. A través de todo esto, siempre
es María quien es esposa, María quien es madre, y María quien es abuela. Lo que trato de decir es
que marido-mujer, padre-hijo, abuelo-nieto, son los nombres de los diversos papeles que las
personas asumen en las diferentes etapas de su vida. Estos papeles tienen dos aspectos: la
descripción de quién se relaciona con quién, y la forma en que se vive este papel específico.
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Cristina Rivas es mi abuela Paterna, por lo tanto, Cristina Rivas dice que Alejandra Rivas es su
nieta, la hija de su hijo Enrique. ¿Cuándo Cristina y Alejandra se encuentran, a quién están
conociendo? ¿A la persona o al papel que desempeña? Los papeles son fríos e impresionantes; las
personas resultan estimulantes.

Trato de decir algo que es obvio cuando se sabe pero que muchos dejamos pasar inadvertido.
Debajo del nombre que se le asigna a cada papel existe un nombre personal —Alicia o Vicente, o
Marilú o Asdrúbal. Los papeles que uno desempeña son como una vestimenta que se lleva, que
cambia de acuerdo con la persona que esté presente en ese momento.

Veamos: Tenemos a Pilar Ortiz, de cuarenta y seis años de edad, casada con Francisco Ortiz, de
cuarenta y siete. Han estado casados durante veintiséis años. Tienen tres hijos: Sandra, de
veinticinco años, Alfonso de veintitrés, y Mauricio de diecisiete. Sandra está casada con Heberto
de treinta años; también tienen tres hijos. Alfonso es esposo de Caridad que tiene la misma edad
que él, y tienen un solo hijo. Tomemos a Francisco como ejemplo.

Cuando Francisco está con Pilar, él se denomina marido porque Pilar es su esposa y juntos hacen
vida marital. Cuando está con Sandra, Alfonso y Mauricio, él se pone su sombrero de papá, porque
supone que está desarrollando una actividad relacionada con su idea de lo que significa ser padre.
Cuando está con Heberto y Caridad, es un suegro y cumplirá con ese papel. Cuando está con los
hijos de Sandra, es abuelo. Ahora, supongamos que está en presencia de toda esta gente. Podrá
utilizar cualquiera de sus sombreros. Sin embargo, conozco a personas que, cuando llegan al
mismo punto de la vida que Francisco, usan únicamente el sombrero de abuelo. Los papeles que
desempeñen de suegro, padre y esposo, simplemente desaparecieron en alguna forma.

Recuerdo a una familia que vino una vez a verme. Laura, la esposa de la familia, trajo a su madre
de setenta y tres años y me la presentó como. “Abuelita”. La miré y cuando le di la mano, le
pregunté cual era su nombre. De momento me miró sorprendida y después de unos segundos,
contestó en voz baja, “Elena”. Le dije: “Qué tal, Elena”. Al instante, brotaron lágrimas de sus ojos
y explicó que era la primera vez en casi veinte años que había oído su nombre. De alguna
manera, el hecho de ver a Elena como a una persona y no precisamente como una abuela, resultó
un factor muy importante para brindar a esta familia ideas nuevas acerca de cómo convivir juntos
'como personas. Por mi parte, quisiera que a los papeles que desempeñamos, se les dieran
nuevos significados. En lugar de los sentimientos que generalmente atribuimos a estos papeles,
me gustaría que los nombres correspondientes únicamente fueran descriptivos. Cualquiera que
sea la relación que tengan dos personas en un momento dado, ¿por qué no olvidar el hecho de
que son tía Lola, tío Juan, la prima Catalina, o el niño Pepe? Lo primordial es que todos ellos son
personas. Nunca he sabido de ninguna conducta universal que signifique ser madre, padre,
esposo, esposa, tía, tío, y demás, ni jamás he conocido a nadie que lo sepa.

Un agregado importante a todo esto es que las personas dentro de la familia, casi siempre piensan
que se conocen entre sí. ¿Quién no lo sabe? ¿Qué padre no cree conocer muy bien a su hijo de
catorce o quince años? ¿Qué persona no piensa conocer a fondo a su mamá o a su papá?
Frecuentemente, lo que ocurre en realidad y espero que el lector lo empiece a comprender, es que
lo que una persona conoce de la otra es más bien el papel que desempeña. Para salvar esta
brecha, es empero, llegar a conocer a los demás como personas que pueden cambiar de vez en
cuando, haciéndolo en la misma forma que cualquier persona lo hace cuando realmente desea
conocer a otra. Enfrentémoslo —resulta bastante más difícil hacer esto con seres con quienes uno
está emparentado, consanguínea o políticamente, precisamente por la constante suposición de
que uno ya los conoce bien. En muchos de mis contactos con familias, me he dado cuenta de que
los integrantes de las mismas suelen correr el riesgo de ser extraños entre sí.

Lo que sucede a menudo es que los miembros de la familia están literalmente atados a sus
papeles y así, el papel llega a sustituir al verdadero yo. Estoy convencida de que muchos de los
problemas entre las personas mayores de la familia y los demás, provienen de los sentimientos de
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los mayores respecto a sí mismos, están ligados a sus papeles de abuelos y nada más. Aquí me
atrevo a decir, que hemos sido víctimas de una buena dosis de mitología. El mito es, que si estás
en una edad entre uno y veinte años, eres demasiado joven para hacer muchas cosas; si estás
entre los veintiuno y los cuarenta y cinco; Supuestamente ocupas un sitio adecuado; si estás
entre los cuarenta y cinco y la muerte, eres demasiado viejo para desarrollar lo que sea. Lo
interesante es que, si pasas los primeros veintiún años que tu vida siendo “demasiado joven
para”, no estarás bien preparado cuando llegues al “sitio adecuado”, por lo que no podrás
aprovechar debidamente tu vida. Luego, mientras ocupas “el sitio adecuado”, sólo podrás anticipar
llegar al “sitio inadecuado”, por lo que no podrás disfrutar mucho de tu tiempo en este mundo.
Precisamente, en esta forma tan extraña, muchos pasamos por la vida sin nunca sentir que
estamos donde debemos estar.

Una vez que nos damos el lujo de comprender que no importa cualquiera que sea nuestra edad,
estamos ocupando el sitio adecuado en ese lugar, en ese momento, y podemos desarrollar
libremente los sentimientos de autoestima y disfrutar la felicidad en esa etapa de nuestro
desarrollo. Después de todo, cómo puedes sentirte bien, si constantemente te dicen: “eres
demasiado joven para hacer esto”, o “eres demasiado viejo para hacer aquello”.

Me parece que la persona al nacer, inicia una nueva era de crecimiento que perdura hasta que
muere, y después de eso, no sé qué sucederá. Si cumpliéramos con todo lo que nos es posible
hacer como seres humanos, estaríamos en una continua evolución. Ciertamente, existe en la
actualidad mucha evidencia para afirmar que el cuerpo reacciona de acuerdo a la sensación de
autoestima que uno tenga —la piel, los huesos, los músculos, tienen una mayor relación en este
factor que con ningún otro, exceptuando quizás la nutrición. Y puedo afirmar aquí, que casi todos
sabemos que las personas que tienden a enfermarse más, son aquellas que tienen una imagen
incompleta, distorsionada e indeseable de sí mismas.

Me gustaría ahora, agregar algo aquí sobre rituales y tradiciones de familia, que con bastante
frecuencia significan una de las áreas más problemáticas en lo que concierne la familia extendida.
Hay muchas formas de usar rituales. Un uso efectivo del ritual es desarrollar maneras de hacer las
cosas que reflejen cierto estilo de vida de familias individuales. Estos rituales no están
precisamente “escritos con sangre” y pueden cambiar de vez en cuando y sirven para indicar lo
que es significativo en esa familia. En una familia que conozco, existe el ritual de que cuando un
hijo cumple quince años, automáticamente se le regala un reloj; cuando llega a los dieciséis, se le
permite manejar el automóvil, y así sucesivamente. Otro uso del ritual es que indica un sentido de
pertenencia, una especie de símbolo del clan. Más aún, un ritual no requiere que todos estén
presentes. Una de las peores cosas que pueden suceder en la familia, es la obligación de que cada
miembro de la familia esté presente, por ejemplo, en el hogar de los mayores, en los días festivos.
De esta manera, el ritual frecuentemente se transforma en un deber cuando va acompañado de
una regla. Algunas parejas jóvenes arruinan completamente sus fiestas porque tienen que pasar
la Navidad con los padres del esposo y con los de la esposa, y tienen que cenar en las dos partes
o hacer otra cosa igualmente exagerada y jamás disfrutan de la oportunidad de desarrollar su
autonomía como familia. Tal vez, si los integrantes de la familia fueran amigos entre sí y se
relacionaran como personas, esperarían con gusto la oportunidad de estar todos juntos. Sus
rituales serían flexibles y aplicables; se reunirían siempre que fuera posible.

Reunirse porque es una exigencia familiar, puede resultar una experiencia realmente odiosa para
la mayoría de la gente y es bien poco lo que ayuda para lograr la unión de la familia.

La joven pareja que siente la presión de tener que ir a la casa de los padres de ambos cuando
quisieran hacer algo por su cuenta, siente una terrible frustración. Quizás sería muy bueno que los
rituales fueran más flexibles una vez que los hijos hayan formado sus propias familias. Sé que
todos tendemos a exagerar los rituales. Supe de una joven pareja que pasara lo que pasara, creía
que tenía que ir a la casa de la madre de él, todos los viernes por la noche, y de no hacerlo,
podrían suceder cosas terribles —la madre, la suegra o la abuela sufrirían un ataque al corazón,
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nunca les volverían a hablar, los dejarían fuera del testamento, o algo por el estilo. Este es un
precio demasiado alto para pagar por la “paz en la familia”.

Lo que más me dolería saber de mi propia hija, sería que ella creyera que tenía que venir a cenar
a mi casa en Navidad para no herir mis sentimientos. Sentiría que he fracasado miserablemente
en cuanto a su desarrollo como una persona autónoma, que la comunicación entre nosotras no era
la adecuada para producir alegría y felicidad.

Es justo decir, por lo menos hasta donde he visto, que muchas de las dificultades que se suscitan
entre adultos que ya tienen sus propias familias, son el resultado de que las personas no
aprendieron a aflojar los lazos de padres-hijos con sus progenitores. Lo que se necesita es que
establezcan una relación de iguales, donde cada quien respete la privada y autonomía del otro y
se reúnan sobre una base de alegría.

Por otra parte, he tenido mucha gente que andan por los sesenta años, que me buscan para que
les ayude a sacudirse a sus hijos adultos. “Siempre me están mandando y diciéndome lo que
tengo que hacer”. Posiblemente resulte una idea novedosa para algunos “adultos” que anden por
los treintas, darse cuenta de que sus ideas no son tan bien recibidas por sus padres.

Cuántas dificultades no derivan de que tratamos de aliviar la soledad de otros, frustrándonos


nosotros mismos. Estas buenas intenciones pueden convertirse en una obligación que resulte ser
una carga tediosa. Por ejemplo, eres mi madre y me parece que estás muy sola; no tienes
amistades, no desarrollas actividades y por ende, me molestas porque siempre te estás quejando.
Pero te visito y me aguanto a regañadientes o te importuno diciéndote lo que debes hacer y luego
me frustro porque no lo haces.

Esto es algo que varias personas intentan y lo pagan con sentimientos de baja autoestima. Una
gente madura debe tener la libertad de decir sí y no de acuerdo a la realidad y, al mismo tiempo,
ser capaz de sentir que no ha perdido nada al saberse independiente.

Ahora vamos a otro punto —ayudar. Existen muchas personas mayores que, por razones de
enfermedad, necesitan la ayuda de los hijos. ¿Cómo pueden dos personas dar y recibir ayuda
mutua y al mismo tiempo seguirse sintiendo como iguales? Algunas veces, el esfuerzo por ayudar
termina en una conocida forma de chantaje familiar (la “garra”). Es decir: “Tienen que ayudarme
porque son mis hijos; estoy incapacitado, soy viejo y débil”. O, “son mis padres y tienen que
dejarme ayudarlas”. Esto nuevamente significa que las personas aún no han aprendido a ser
independientes. Cualquiera que observe a las familias de la actualidad, encontrará cientos de
ejemplos de personas chantajeándose mutuamente con el pretexto de la desvalidez y el socorro,
lo que nos lleva otra vez a la garra. Aquellos padres que se sienten apreciados, útiles,
importantes, queridos, pero no atados a sus hijos, han logrado un gran éxito. Pienso que es igual
para los hijos. Si sienten que sus padres los aprecian, los consideran útiles, los quieren, los cuidan
y no los atrapan en sus garras, estiman que sus progenitores han sido efectivos como tal, y por lo
tanto, también ellos serán efectivos como personas.

Existen momentos, por supuesto, cuando la gente realmente necesita ayuda. Pero son mucho más
frecuentes las ocasiones en que la “ayuda” se usa como garra. Bien puedo oír a algún lector, decir
cuando lea esto, “Dios Santo, ¿cómo vaya lograr llevarme bien con mi nuera, mi yerno, mi suegro,
mi suegra, mi madre, mi padre, mi hija, mi hijo, si las cosas que usted escribe nunca nos
sucedieron puesto que jamás hubo alegría entre nosotros? Mi suegra de por sí, nunca quiso que
me casara con su hijo. Mi padre no quiere a mi marido. Mi mamá no quería que me casara con mi
esposo. Mi suegra siempre espera que mi marido haga las cosas por ella”. Y así, por el estilo.
Permítanme decir una cosa. El cambio no sucede de la noche a la mañana y no es nada fácil. Sin
embargo, sí es posible. Lo único que puedo afirmar es que no existen personas que sean cien por
ciento de una sola manera. Explora por tu cuenta y descubre una nueva visión.

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También quiero comentar que me parece que existen varios grados entre la gente en cuanto a lo
que pueden disfrutar de los demás. Desde luego, no todos disfrutan igualmente de los otros.
Indudablemente, son muchas las cosas que se pueden lograr en la familia una vez implantada la
idea entre los miembros de que toda persona tiene diferentes aspectos y que no es forzoso querer
a los aspectos chocantes. Lo que es más, estos aspectos sí cambian a veces. Creo que es posible
que las personas tengan relaciones honestas y reales y que puedan vivir en armonía unos y otros.
Como dije antes, es sencillo pero no es fácil. Es importante recordar este punto, porque es
demasiado fácil que los hijos queden atrapados entre padres y abuelos. Esta suele ser una
posición casi abrumadora para un menor. ¿Cómo puede estar en contra la abuela a quien disfruta
tanto, cuando la madre le dice que ella no es buena? Más aún, sus experiencias con la abuela no
se lo han demostrado —en realidad la madre se estaba refiriendo a su relación con la suegra. O,
tomemos el ejemplo del abuelo que le dice al niño que su padre no es bueno, cuando la lealtad del
pequeño y quizás también sus experiencias no validan los comentarios del abuelo. Resulta
demasiado fácil proyectar en otra persona los problemas propios y luego pedirle a alguien que se
solidarice con uno para justificar la acción. Muchos de los problemas de la familia extendida
provienen de este tipo de cosas.

Quisiera hacer algunos comentarios respecto a las personas que ahora son abuelos políticos y que
se encuentran en el proceso de convertirse en integrantes auxiliares de las familias de sus hijos
adultos. Muchos abuelos se ofrecen para cuidar a los niños cuando sus padres no están en casa y
disfrutan al hacerlo. Otros, se sienten incómodos si tienen que explicar a los hijos que no pueden
cuidar a los nietos. Cuando existe este tipo de inhibición, habrá dificultades. Algunas veces las
necesidades básicas o los proyectos de los abuelos, no les permiten ocuparse de los niños. Otras;
son explotados por hijos adultos que no han logrado establecer una relación de igualdad con sus
propios padres. Esta explotación obliga a los padres a conformarse con el simple papel de abuelos
y su reacción es de resentimiento. Hay veces que las mujeres de la familia —madres y abuelas—
no se llevan bien y cuando la abuela cuida a los niños, es el momento en que se suscitan
problemas.

No veo nada malo en que los miembros de una familia se ayuden, si se ponen de acuerdo
espontáneamente para hacerlo, y toman en cuenta las necesidades de cada quien. La explotación
del tipo, por ejemplo, “Tienes que hacerlo porque eres mi madre”, o, “Tienes que dejarme que lo
haga porque soy tu hija”, transforma todo el aspecto de ayudar en uno de simple control —otra
vez la famosa garra. Desgraciadamente, los hijos son los que pagan el pato. Como dije, los
miembros de la familia se chantajean unos a otros en nombre del amor y de la unión, y me parece
que esta es una de las razones por las que la vida familiar resulta tan dolorosa.

En realidad, viéndolo bien, cualquier familia se compone de tres generaciones y hasta cuatro, y
todas estas generaciones de alguna manera se relacionan e influyen entre sí. Para mí me es muy
difícil imaginarme a una familia sin la tercera generación —las personas que en la actualidad son
los padres y abuelos de los esposos y esposas.

También puede suceder otra cosa muy interesante. Los esposos actuales en la familia,
frecuentemente asumen el papel de padres hacia sus padres y aunque a ellos no les guste, de-
ciden lo que conviene más a sus progenitores, o les dicen lo que tienen que hacer, y así por el
estilo. Esto nos conduce nuevamente a toda la cuestión de si algo significa o no, una verdadera
ayuda. Puedo pronosticar el día en que las familias se comporten de manera a que cuando crezcan
los hijos, sientan igualdad, seguridad y autonomía con sus padres, en lugar de quedarse para
siempre como hijos de ellos o convertirse en figuras de padres. Para mí, este es el objeto de criar
hijos —que sean personas autónomas, independientes y creadoras en un plan de igualdad con
quienes los trajeron al mundo.

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Lectura L22

Introducción

Según recientes investigaciones1, se considera que la causa más frecuente de los conflictos
conyugales en los países latinos es la relación con la familia política, siguiéndole en importancia la
administración del dinero; en cambio, en los países sajones el problema económico ocupa el
primer lugar, en tanto que el trato con los parientes del cónyuge ocupa el tercero.

En México, en particular, se producen muchos problemas entre los esposos porque las suegras
desempeñan un papel preponderante y culturalmente complejo. La ciencia confirma lo que
popularmente ya es sabido desde hace mucho tiempo: las relaciones entre las suegras y las
nueras son de un alto grado de dificultad.2

“Si me lo dice otra persona, lo acepto; pero viniendo de mi suegra me da rabia”. “No es posible
llevarse bien con las suegras: son metiches, imprudentes, quieren intervenir en la vida de sus
hijos”. “Mi suegra es tan dominante que mi marido y yo estamos al borde de la separación por su
culpa; ella ha destruido nuestro matrimonio”. “Son un mal necesario”. “Nosotros nos fuimos a
vivir con ella porque no teníamos casa propia, pero la verdad es que ella es una persona que me
maltrata mucho”. Frases como éstas son las que se escuchan como respuesta a la pregunta de si
es posible tener una buena relación con la suegra.

Los chistes, las canciones, e incluso la palabra misma de "suegra", hacen que se le considere
como una mujer negativa, que separa a los matrimonios, genera conflictos, interviene cuando no
debe, etc. Alguien, en fin, con quien por lo menos hay que mantener reserva.

Desde la mala relación, los disgustos y los pleitos, hasta el aborrecimiento, las humillaciones y los
golpes, las relaciones entre suegra y nuera recorren una amplísima gama de conflictos.

Esto no puede generalizarse, porque ya ha aumentado la conciencia sobre cuál debe ser el papel
respectivo de la suegra y de la nuera, y hay muchísimas de ellas que se llevan bien; no es posible
encasillar las relaciones humanas conforme a determinados estereotipos; sin embargo, dado lo
generalizado del problema, vale la pena estudiarlo a fondo para encontrar sus causas y las
posibles vías de solución del conflicto.

Los conflictos entre las suegras y las nueras son una realidad frecuente, que es necesario

diagnosticar y combatir

Dificultades entre suegra y nuera ¿un problema cultural?

No cabe duda de que la forma de vida que prevalece en un país tiene que ver con la herencia
cultural, con una serie de patrones de comportamiento que van imponiéndose y modificándose
con el tiempo, y con la actuación de las personas. En muchas de las familias mexicanas se
observa la acentuada influencia de la madre aun cuando sus hijos ya son mayores, se han casado
y, supuestamente, se han independizado. El síndrome del comportamiento masculino negativo,
que consiste en oprimir a la mujer, humillarla y dominarla, conocido como machismo, es una de
las causas remotas de las dificultades entre las suegras y las nueras, debido a que tiende a

1
David Isaacs, Conferencia: “Familias a contra corriente”, impartida durante el Primer Congreso Panamericano
sobre la Familia y la Educación, Monterrey, N.L., mayo de 1994.
2
Rogelio Díaz-Guerrero, Estudios de psicología del mexicano, Trillas, México, 1968.
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generar una problemática humana muy particular en virtud del desequilibrio afectivo que implica.

El machismo es una de las causas de las relaciones familiares disfuncionales. Una de sus
consecuencias es dificultad las relaciones entre suegras y nueras.

Hay muchas actitudes negativas por parte de las madres, actitudes que están relacionadas o que
son producidas por el machismo. Entre ellas cabe destacar las siguientes:

La mujer considera a su hijo como un suplente afectivo del esposo. Cuando el hombre maltrata,
humilla y sojuzga a su esposa, o cuando la abandona total o parcialmente y ella es infeliz, la
mujer puede presentar tendencia a volcar su afectividad en sus hijos, principalmente en los
varones, y más comúnmente en el primogénito.

Según Díaz Guerrero3, en sus estudios de psicología del mexicano, las mujeres en México
atraviesan por dos situaciones de éxtasis en medio de la frustración en que transcurre su vida. La
primera tiene lugar cuando en su juventud es idealizada y cortejada por el varón, que vuelca en
ella todo su romanticismo y toda su ternura; la segunda acontece cuando sus hijos, ya mayores,
la veneran. En una encuesta realizada por el mismo autor, 95 % de los hombres mexicanos
consideran a su madre el ser más querido, por encima incluso de su esposa y de sus hijos.

Las mujeres profundamente frustradas o resentidas, que siguen soportando vejaciones por parte
de un hombre que no las ayuda en las responsabilidades económicas ni educativas hacia los hijos,
que incluso les quita el dinero o sólo aparece en el hogar cuando necesita algo o está enfermo,
estas mujeres, decíamos, consideran que sus hijos son su única alegría y su mayor esperanza, si
bien, lo hacen así en forma un tanto desviada, ya que intentan suplir con el afecto de sus hijos el
sufrimiento que les produce su marido.

Por desgracia, existe la posibilidad de que estas madres proyecten en sus hijos sus propios
resentimientos y problemas, aunque disfrazados de cariño exagerado, de sobreprotección o de
una carga emocional que puede ser muy perjudicial para el sano desarrollo de sus hijos y también
para la maduración de la madre.

Con frecuencia ellas lo dan todo: trabajan hasta extenuarse para reunir el dinero necesario y para
que la atención en el hogar no sufra menoscabo. Más o menos conscientemente, el hijo se
transforma así en un suplente del esposo, por lo menos en el afecto, de modo que ellas piensan
que al llegar a adulto, su hijo le brindará satisfacciones y no la dejará desamparada. Para muchas
de estas mujeres, la esperanza en el hijo constituye un apoyo emocional para resistir las
dificultades.

En casos así, la relación con el hijo está saturada de coacciones afectivas. Desde niño, el hijo
siente la enorme fuerza del afecto de su madre, acumula resentimiento por el comportamiento del
padre, lo que no obsta para que al mismo tiempo lo admire por su fuerza y se identifique con él.
Así, el hijo experimenta el conflicto interno que supone optar por su liberación y mostrarse malo y
malagradecido, u optar por compensar de alguna manera todos los sacrificios y los esfuerzos de
su madre.

Este “emparedado” emocional se considera una de las causas principales de la persistencia del
machismo, dada su intensa disfuncionalidad en el manejo de los sentimientos, ya que ello produce
una inseguridad básica que va transformándose en agresión y lleva a repetir en la edad adulta las
conductas que hicieron sufrir al hijo durante la infancia y la adolescencia. De alguna manera se
idealiza la figura materna que, por supuesto, tiene mucho de positivo en el sentido de que su

3
Ibid.
170
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capacidad de amar y de resistir es enorme; pero hay también mucho de enfermizo en esas
relaciones: no son deseables porque un hijo nunca puede sustituir emocionalmente ni en ningún
otro aspecto a un esposo.4 Es una situación injusta que termina por causar serios problemas de la
personalidad.

Algunas veces esta situación provoca un excesivo apego del hijo a su madre, lo que
coloquialmente se conoce como mamitis y que no le permite al primero adquirir madurez personal
ni desde el punto de vista emocional ni en el sentido del manejo de las responsabilidades,
decisiones, proyectos, afectos, solución de problemas, etc. Su madre es la que dirige su vida en
muchos aspectos: a ella acude para que asuma las consecuencias de sus actos y de sus errores,
para que elija por él, le prepare la comida que le gusta y le resuelva sus conflictos. No es raro que
la elección de la novia y la misma relación conyugal deban pasar por el filtro de mamá.

En muchas ocasiones, la dependencia afectiva de la madre respecto a su hijo genera en este un


apego excesivo hacia ella.

Cuando el hijo plantea su deseo de casarse y de formar una familia, la madre puede sentirse
tremendamente turbada, aun cuando ello sea de manera inconsciente: ella quiere a su hijo, desea
su felicidad, nunca será egoísta, pero… Lo que ocurre es que puede proyectar hacia la futura
nuera su temor de perder el cariño de su hijo y comenzar por descubrir que “ella no es digna de
su hijo; tiene muchos defectos”, etc., hasta terminar por oponerse e intentar bloquear el
matrimonio. Si éste se realiza, entonces tenderá a obstaculizar la relación conyugal, porque en el
fondo ve a su nuera como a una rival afectiva e incluso económica, como la persona que impide
que se realicen sus esperanzas.

Éste es muchas veces el comienzo de las dificultades. Si de todas maneras la pareja se une, la
situación puede proseguir por ese camino: la madre pretende conservar el amor del hijo y
extender su dominio sobre él hacia su nuera. Aunque no se dé cuenta, para ella la vida de su hijo
es algo que considera propio, que le pertenece, y así establece una competencia más o menos
velada por el poder y el cariño sobre él.

El modelo relacional de la mujer conyugalmente frustrada y del hijo con excesivo apego materno
constituye una auténtica simbiosis que frecuentemente genera desavenencias con la nuera,
destruye la relación conyugal, y muchas veces conduce al hijo a una inmadurez afectiva cuya
intensidad puede lindar con la patología.

Esta situación es difícil de solucionar y en muchos casos requiere la voluntad de hacerlo y la ayuda
profesional de un psiquiatra, psicólogo u orientador, pues las conductas que se han adoptado
constituyen un aprendizaje mutuo que lleva muchos años de estarse reforzando.

Transferir las frustraciones afectivas a los hijos puede ocasionar trastornos emocionales, además
de proporcionar los conflictos entre suegras y nueras.

Celos. Como una extensión de la problemática anterior, se presenta el fenómeno de los celos
entre suegra y nuera, que por lo general son mutuos y parten inicialmente de la madre, que no
desea perder al hijo y que, en cierto sentido, percibe a su nuera como el instrumento de esa
pérdida o como alguien a quien su hijo quiere más que a ella o que tendrá un lugar importante en
su vida. La nuera percibe cierta rivalidad afectiva y, aunque no reaccione de inmediato,
comenzará también a sentir celos, inseguridad y animadversión hacia su suegra; en un principio

4
El amor conyugal, para que sea pleno, exige total reciprocidad y se da en el terreno de la igualdad. En cambio, el
amor a los hijos exige darlo todo sin esperar lo mismo, por su edad, su precariedad, la necesidad de educarlos y la
naturaleza misma de la relación exige un cariño diferente. Por supuesto que los hijos aman (o deben amar),
respetan, agradecen y ayudan a sus padres, pero lo hacen en una manera distinta.
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estos sentimientos estarán latentes; es decir, serán solamente internos, sin embargo, tarde o
temprano estallarán en conflicto abierto.

Además de la simbiosis afectiva madre-hijo, es posible que sea la nuera la que sienta celos hacia
su suegra, y las razones pueden ser varias:

Temor al dominio. Se ha exagerado tanto el estereotipo de la suegra dominante que a veces las
jóvenes experimentan un exagerado temor ante las intervenciones u opiniones de la madre de su
esposo, plantean una rivalidad a priori y bloquean la relación madre-hijo.

El estereotipo de la suegra dominante puede viciar desde su origen la relación suegra-nuera.

Inseguridad personal. Hay una mayor tendencia en las mujeres a valorarse o a concebirse felices
en función de la opinión de su marido y del amor que éste les manifieste, por lo que interpretan
cualquier muestra de cariño de él hacia su mamá como una ofensa personal, como algo que,
perteneciéndoles exclusivamente, les ha sido robado. Esto se agrava si la muchacha ha tenido
dificultades afectivas en su hogar de origen, o si ha sido maltratada, objeto de poca consideración
o rechazada. Muchas veces las nueras son también víctimas del machismo de su padre, tíos o
hermanos, que les han bloqueado su afán de superación personal, lo que las coloca en una
posición de exagerada dependencia económica respecto a su esposo.

Considerar a las mujeres como seres inferiores, sojuzgarlas y no dejarlas desarrollarse genera en
ellas baja autoestima y las conduce a aceptar modelos de relación negativos, al mismo tiempo que
internamente buscan la atención y el cariño del hombre a cualquier precio. Si la suegra y la nuera
adolecen de fuertes carencias afectivas y son inseguras, el conflicto adquiere entonces mayores
proporciones y suele ser más profundo.

Los celos, aunque no estén fundados en situaciones reales, tienen una enorme realidad psicológica
que se va alimentando de multitud de detalles que en otras circunstancias no serían percibidos o a
nadie le importarían, pero si se transforman en montañas es porque no se originan tanto en los
hechos como en la problemática interna de las personas implicadas.

Los celos manifiestan una fuerte problemática afectiva de la que son víctimas, tanto la suegra
como la nuera y que compromete al hijo.

Estilo de vida. Es evidente que en muchas culturas no existen problemas entre los matrimonios
recién formados y sus familias de origen, porque sus relaciones son muy esporádicas y
prácticamente no conviven.

En México, las relaciones familiares son fuertes y estrechas; es frecuente que los hijos vivan con
sus padres hasta que se casan y que reciban su ayuda; asimismo, hay mucha convivencia al nivel
de la familia extensa. La familia es una de las fuerzas culturales y humanas de nuestro país, y a
través de la cual se teje la solidaridad básica, la ayuda, los afectos y, en muchas comunidades,
incluso la economía y la trasmisión de profesiones y de oficios.

La cultura mexicana es familiar, y esto tiene muchas ventajas para el desarrollo y las relaciones
humanas; pero a veces no se sabe establecer límites claros en las competencias y los papeles de
unos y de otros: ¿quién toma las decisiones?, ¿quién maneja el dinero?, ¿cómo se educará a los
niños?

En épocas anteriores, los modelos morales y de comportamiento tenían una mayor estabilidad;
esto permitía reducir las tensiones porque las personas aceptaban con docilidad esos modelos
establecidos. Hoy no sucede así. Aun en las regiones aisladas y en las comunidades cerradas se
observan el influjo de los medios de comunicación, que inciden de manera repentina y brusca
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sobre las creencias y los modos de vida. Esto intensifica la distancia generacional e incrementa la
diversidad de criterios para enfocar las cuestiones vitales y, en consecuencia, los conflictos.

El respeto a los mayores y el acatamiento a la autoridad de padres y de suegros está


disminuyendo en casi todas las familias, generándose así situaciones que las personas no saben
manejar y que pueden desembocar en graves conflictos. La relación de las suegras y de las nueras
es especialmente vulnerable, sobre todo si ambas conviven bajo el mismo techo. La suegra quizá
espere de su nuera la misma sumisión y el acatamiento que ella observó con la madre de su
esposo, por lo que puede interpretar los signos de independencia de la segunda como agresión o
como maldad.

Los cambios culturales, han alterado las tradiciones que modelaban la conducta; muchas veces no
se encuentran o no se establecen parámetros más positivos para relacionarse.

No establecer prioridades relaciónales. Ocurre con frecuencia que las personas no saben
establecer prioridades en sus responsabilidades y en sus relaciones. Para muchos hombres
casados, sus padres y su familia de origen, principalmente su madre, ocupan un lugar prioritario
en relación con la nueva familia que recién han formado, en lo afectivo, lo económico, y en el
tiempo que dedican a sendas familias.

El hombre que se casa y que forma una nueva familia adquiere como primer deber afectivo,
económico y de convivencia prestar atención a su esposa ya sus hijos. Esto no implica que deje de
querer o que descuide a sus padres, pero sí significa que debe tener claro cuál es el orden de sus
responsabilidades. Si convive más con sus padres y les brinda más atención, tiempo y dinero que
a su familia, entonces está alterando el orden natural de las relaciones, y los problemas no se
harán esperar. Por supuesto, este criterio también es aplicable a la esposa.

Los esposos, a pesar de deberse uno al otro y a sus hijos, tienen padres y no deben intentar
romper los lazos afectivos con ellos por celos, competencia o conflictos reales. La familia de origen
tiene también sus derechos y un hijo no puede, ni debe dejar de querer, atender y frecuentar a
sus padres sólo porque se ha casado. La nuera tiene que recordar que su suegra es la madre de
su esposo y que el encono hacia ella coloca a este último en una situación afectiva muy difícil y
que a la larga resulta perjudicial para la misma.

No cabe duda que en la situación concreta de cada familia es difícil encontrar el modelo idóneo de
relaciones dada la multitud de circunstancias en que pueden desenvolverse, pero por lo menos
debe tenerse clara la jerarquización para intentar armonizar la vida de relación. Si un hombre y
una mujer casados descuidan su matrimonio y la atención de sus hijos en nombre de un excesivo
apego a sus padres, entonces no hacen sino exhibir una inmadurez que puede alterar gravemente
toda la dinámica familiar.

Dan prioridad a la familia que se funda no implica ingratitud hacia los padres.

Hay algunas pautas que pueden ayudar al respecto:

1) No poner a los propios padres por encima del cónyuge


2) No hacer alusiones despectivas, como tu mamá o tu papá, que impliquen la idea de que los
cónyuges no los consideran como parte de su vida.
3) Evitar la crítica mutua: nunca hablar mal de los suegros o de los hijos políticos, aunque
aparentemente esté justificado.
4) No poner a las personas en una situación límite: tu mamá o yo, tu esposa o yo... escoge.
5) Mantener el trato en los límites del respeto y el cariño.

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Causas de los conflictos entre suegras y nueras. Algunas vías de solución

El trato de la suegra con la nuera puede tornarse conflictivo porque hay muchas pautas que no se
establecen con claridad:

1) El dinero. Éste es uno de los rubros en los que es más difícil ponerse de acuerdo. A veces
los padres siguen ayudando económicamente a sus hijos aunque éstos estén casados, lo
cual implica varios riesgos:

a. Que los hijos no sean totalmente responsables de su familia o no intenten con el


suficiente empeño adquirir solvencia económica, dado que saben que cuentan con
sus padres. Esto puede ser un signo de inmadurez.

b. Que los padres intervengan demasiado en las familias de sus hijos. El hecho de
aportar dinero va aparejado al poder, lo que impide a los hijos hacer su vida y
tomar sus decisiones, además de que los hace sentirse culpables por no querer
aceptar ese autoritarismo.

La disparidad de puntos de vista puede llevar a la suegra a acusar a su nuera de despilfarradora y


a ésta a tachar a su suegra de avara o de controladora, ya sea en forma directa, a través del hijo
o por medio de insinuaciones indirectas, lo que lógicamente produce muchas tensiones.

Cuando los padres sostienen económicamente a la familia de sus hijos casados, esto no debe ser
motivo para sentirse con derecho a decidir por ellos.

Pero si sucede todo lo contrario, es decir, si los padres y, sobre todo la madre, son dependientes
económicamente del hijo, entonces los riesgos son los siguientes:

a. La nuera puede protestar porque siente que ella y su familia sufren de escasez o no
pueden realizar determinados gastos por culpa de sus suegros. Esto puede ser real,
o bien, sólo una opinión; pero de cualquier modo ocasionará muchos
enfrentamientos, sobre todo si la madre está sola o ha sido víctima de un marido
irresponsable.

b. Que la madre intente controlar, valiéndose de su relación afectiva con el hijo, la


situación financiera de la familia de éste; siendo ella la que administra el dinero y la
que decide. Muchas veces lo hace así aduciendo razones como la incapacidad de
administrar, la inexperiencia y la juventud de su nuera.

La ayuda económica a los padres ancianos y necesitados, tiene que manejarse de tal forma que
estos no intervengan descomedidamente en las decisiones financieras que afectan a la familia de
sus hijos.

Hay, de una u otra parte, casos dramáticos de despojo patrimonial. En cualquier circunstancia el
dinero es fuente de muchos conflictos, sobre todo cuando hay un negocio familiar de por medio en
el que es difícil, dada su complejidad misma, establecer campos de competencia, efectuar el
reparto de utilidades, etc. Cuando son la suegra y la nuera las que entran en conflicto por
intereses monetarios, su relación suele verse muy dañada.

Para evitar estas situaciones, o para mejorarlas cuando ya existen, las personas tienen que
cambiar sus actitudes y dejar de utilizar el dinero como un medio de poder en la familia: ayudar
no quiere decir dominar. A la larga el afecto y la sumisión condicionados al dinero o a los bienes
materiales se transforman en una carga y un motivo de amargura para todos los afectados. Por
eso es necesario reconocer esa situación, para independizar las áreas afectivas de las económicas.

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En muchos casos los hijos deben promover su propia independencia económica y laboral, con
objeto de dejar de ser onerosos para sus padres y adquirir independencia en sus decisiones.

El tema del dinero es, en extremo, delicado: las personas tienden a sentirse humilladas al tratar
de él; por eso puede resultar conveniente la intervención de una persona bien intencionada y con
criterio recto, que las ayude a establecer algunas pautas para separar la esfera familiar de la
económica, sobre todo cuando se trata de negocios familiares. Establecer criterios aceptables por
todos, en los que no se falte a la justicia con nadie, puede ser la mejor forma de impedir que el
dinero sea motivo de constantes disgustos.

2) La educación de los hijos. Es uno de los aspectos en el que suegra y nuera entran con
mayor frecuencia en pugna, por varias razones:

a. Pertenecer a diferentes generaciones. Anteriormente podía esperarse que las generaciones


compartieran muchos puntos de vista, pero en la actualidad han sido tan vertiginosos los
cambios de mentalidad, de estilo de vida y de criterios, que tiende a ahondarse la brecha
generacional y, por tanto, las diferencias de opinión y los criterios educativos.

b. Diferencia de valores. Los intentos de la madre política de imponer sus opiniones en la


crianza y la educación de los niños puede ser muy mal recibida por su nuera, que puede
interpretar esta actitud como una intervención indeseable. Si a esto se suma la diferencia en
sus valores, entonces pueden generarse constantes conflictos. Hasta dónde llega la
competencia de una y de otra es algo que debe establecerse cuidadosamente. Los padres
tienen la responsabilidad y la autoridad plenas para educar a sus hijos y en esto nadie puede
intentar suplirlos; sin embargo, lo anterior no quiere decir que no puedan recibir ni aceptar
ayuda. En muchas ocasiones, la experiencia de sus padres y de sus suegros pueden ser de
mucha utilidad, siempre y cuando se mantengan dentro de los límites del consejo y no
pretendan el dominio o la sustitución. Si los abuelos consideran que sus hijos no están
educando bien a sus nietos, entonces deben intentar ayudarlos con prudencia y discreción,
sin hacerles reproches y mucho menos haciéndoles ver sus errores en presencia de los niños
o de otras personas. Generalmente, esos errores, cuando realmente lo son, no se deben a la
mala voluntad, sino a la ignorancia de las cuestiones educativas básicas o a la pérdida de
algunos valores. Los abuelos pueden rescatar éstos para ellos y propiciar su formación a
través de escuelas para padres, libros u otros recursos que los ayuden a reflexionar y que
representen mejores opciones educativas que no sean percibidas como agresiones o como
intentos de imposición.

La crítica constante, la añoranza de las pautas de educación de otros tiempos así como
desautorizar o criticar a los padres delante de sus hijos, son actitudes que los abuelos deben
evitar porque lejos de mejorar la educación, hacen que los conflictos dañen a los niños y los
desorienten. Por el contrario, el tacto y la propuesta de posibilidades de desarrollo a través del
trato personal pueden ayudar mucho.

3) Compartir la vivienda. Tanto por razones afectivas (deseo de convivir y ayudarse) como
por razones económicas, (imposibilidad o dificultad de muchas parejas de jóvenes casados
para adquirir o construir una vivienda aparte), e incluso por costumbre, se presenta la
situación de compartir la vivienda de los padres.

La combinación más difícil de esta convivencia es la de la suegra con la nuera, porque ambas
pasan más tiempo en el hogar, tienen que tomar decisiones juntas y, en el mejor de los casos sus
intereses y sus puntos de vista no coinciden. Normalmente la suegra está acostumbrada a que en
su casa las cosas se hagan a su modo, a tomar decisiones y a ejercer el poder; no es lógico que
ceda el manejo de su casa a su nuera, por lo que ésta empieza a sentirse como una especie de
sirvienta de su suegra, pues el trabajo del hogar, las costumbres y el modo de vida tienen que
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plegarse a los parámetros que la última establece. La nuera puede sentirse como una extraña en
su hogar y no considerar éste como propio.

El manejo del dinero, sobre todo cuando éste escasea, es otro motivo de conflicto. En muchas
ocasiones el hijo le da el gasto a su mamá, tratando a su esposa como si ésta fuera menor de
edad e incapaz de tomar ninguna decisión. Otras veces no se establece ningún acuerdo o
presupuesto, y cada vez que hay que hacer un gasto se discute, aumentando con ello la tensión
emocional.

En estas circunstancias se dificulta enormemente la convivencia íntima de los esposos. Sus


conversaciones son escuchadas por toda la familia. Lo mismo sucede si tienen alguna discusión o
pleito (lo que es normal en todo matrimonio): no pueden resolverlo solos porque intervienen otras
personas; a veces dando la razón a uno o a otro y juzgando los hechos. Aun cuando los familiares
procuraran ser discretos y no intervenir, el hecho de tener testigos ya altera la relación conyugal,
pues ésta pierde su intimidad y su dinámica propia, e incluso su misma naturaleza de unión entre
hombre y mujer para transformarse en otro tipo de comunidad.

Es frecuente que la suegra, madre al fin, tome partido por su hijo y lo dé a entender de distintas
formas aconsejando a su nuera, o criticándola y resaltando sus supuestos defectos y errores, con
lo que puede llegar a poner a su hijo en contra de su esposa.

Cuando el matrimonio tiene hijos, la suegra suele ayudar a la madre joven, pero el límite entre
esa ayuda y la intervención en la crianza y la educación es muy sutil, y la suegra termina por
inmiscuirse en los asuntos que no son de su competencia, con el consiguiente disgusto, más o
menos manifiesto, de la nuera.

El hecho es que surgen muchos problemas por compartir la vivienda con la familia política, en
tanto que otros conflictos se agravan en frecuencia y en intensidad.

Compartir la vivienda dificulta establecer límites y crean un clima positivo para la buena relación
entre la suegra y la nuera.

Los defectos, las maneras de ser y las actitudes son mucho más evidentes y pueden llevar a un
choque cuando la convivencia es tan estrecha.

“El casado casa quiere”, este refrán expresa, en forma popular, la necesidad y la conveniencia de
que los jóvenes matrimonios tengan su propia vivienda. En la realidad de cada pareja debe
plantearse ese objetivo como la mejor opción, lo que incluso puede llevarlos a esperar un poco
más para casarse, hasta que puedan lograr esa independencia tan necesaria para el mejor
desarrollo de su unión.

Cuando, por muchas razones, no es posible lograrlo, entonces habría que establecer en la vivienda
áreas independiente para cada familia. Lo ideal sería dividir la casa en dos. Pero si es muy
pequeña o no hay fondos para hacerlo, deberá procurarse a toda costa que el matrimonio tenga
una recámara o un lugar privado exclusivo para ellos.

Ambas partes deben reconocer que se trata de una situación difícil, por lo que se procurará que
sea temporal y se extremarán las medidas de prudencia y delicadeza; asimismo, se intentará
establecer acuerdos realistas y justos. La nuera no puede llegar a tomar el poder y a cambiarlo
todo, a disponer de la casa como si fuera la suya, pero sí es necesario que se respete su derecho
a tomar decisiones. La suegra y, en general, los padres, tienen que mantenerse al margen de la
relación conyugal de sus hijos y darles el mayor número posible de oportunidades para que estén
solos o para que salgan juntos o con sus hijos; sin imponerles una convivencia constante.

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Hay que aceptar con madurez las consecuencias de compartir la vivienda. Los niños pequeños y
los adolescentes suelen hacer desorden y ruido, rompen las cosas de sus abuelos, etc. Aunque
estén lo mejor educados posible no dejan de ser niños, y a veces impiden el descanso de los
mayores, y los ponen nerviosos. La corrección constante y la diferencia de criterios aumentan la
tensión y dificultan el establecimiento de pautas educativas comunes, terminando por convertirse
en un conflicto entre la suegra y la nuera. Es casi inevitable que se planteen problemas y
desacuerdos, pero éstos no deben adquirir proporciones desmesuradas.

La convivencia estrecha entre dos familias genera dificultades que deben aceptarse; pretender
que nunca surjan desacuerdos entre una suegra y una nuera que comparten la vivienda es
prácticamente imposible. El sentido del humor y el realismo, el afecto y el mutuo respeto deben
conducir a ambas a obtener el mejor resultado de la situación.

4) No saber distinguir lo afectivo de lo relacional. En las relaciones humanas hay componentes


afectivas espontáneas que son inevitables y sobre las que las personas no tienen pleno
control. La simpatía o antipatía, el agrado o desagrado por alguien, es algo que sucede a
todos, incluyendo a las suegras y a las nueras.

Cuando hay elementos de simpatía en las relaciones es mucho más fácil resolver los desacuerdos;
por el contrario, la antipatía lo dificulta todo e incluso crea problemas donde no los hay.
Aparentemente esto no puede evitarse; sin embargo, los seres humanos tenemos la capacidad de
controlar racionalmente los fenómenos afectivos no permitiendo que una simple tendencia o
emoción destruya o altere los aspectos más valiosos de la vida.

Independientemente de sus sentimientos mutuos, suegra y nuera deben reconocerse como dos
personas que comparten algo tan valioso como el amor a una persona, que es el hijo de la una y
el esposo de la otra. Competir por su afecto, sacarlo de su contexto, no respetar los límites de
cada relación, boicotear, chantajear afectivamente e intentar separar o desunir, son indicios de
inmadurez sumamente destructivos, aunque por desgracia muy frecuentes.

Cuando existe una antipatía espontánea es necesario encontrar formas de controlarla. Una de
ellas es el reconocimiento del valor de las relaciones mismas. Una suegra que valora el
matrimonio de su hijo podrá dominar su desagrado; de igual modo, una nuera que tiene en alta
estima las relaciones paterno-filiales y la unidad de la familia controlará mejor sus sentimientos
negativos.

El trato, las circunstancias y las acciones de las personas podrán, a la larga, alimentar la antipatía
o terminar con ella. Por eso cada una debe tratar de descubrir las cualidades y los valores
personales de la otra, con objeto de que la afectividad se vaya orientando en sentido positivo.

No es posible erradicar los movimientos espontáneos de la afectividad de forma definitiva y


valiéndose sólo de la fuerza de voluntad. Los estudios indican que la afectividad no debe
controlarse de forma despótica, sino diplomática, es decir, creando las condiciones necesarias
para que funcione en el sentido deseado.

Si la antipatía se refuerza teniendo siempre presentes los errores y los defectos, las razones de
desagrado tenderán a aumentar. Si, por el contrario, se busca lo positivo que toda persona tiene,
entonces es posible que el tono afectivo adquiera cualidades estimables.

Otra forma de mejorar el clima afectivo de la relación es tratar de evitar las circunstancias que
generan conflictos y favorecer aquellas que facilitan el acuerdo: no hacer lo que a alguien le
disgusta y tener detalles de delicadeza, aunque éstos no salgan del corazón, no es síntoma de
hipocresía, sino de sanos intentos por vivir en familia, y de madurez.

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5) Intervención en las decisiones y en la vida del matrimonio. Una familia recién formada
necesita vivir con independencia para poder realizar su propio proyecto. Muchas veces los
padres no lo entienden así e intentan controlar a sus hijos después de casados éstos. Ya
hemos mencionado algunas de las razones por las que esto sucede: puede deberse a
patrones culturales, a frustraciones personales, o a un carácter impositivo o dominante; de
cualquier forma, es sumamente nocivo para el desarrollo del joven matrimonio.

Es más frecuente que la suegra intente intervenir y no sepa renunciar al papel que desempeñó
durante la infancia y la juventud de sus hijos, pretendiendo prolongarlo cuando éstos ya son
adultos; así, considerando que todavía la necesitan para que todo les salga bien, busca
inconscientemente hacerlos dependientes para sentirse útil y necesaria, lo cual suele ser una
fuente de constantes choques y dificultades, más o menos encubiertos, pero en cualquier caso
bloquean la responsabilidad plena de los hijos.

Aconsejar, dejar oír la voz de la experiencia y opinar si se le consulta: ésta es la forma en que la
madre puede ayudar a sus hijos adultos. Desempeñar un papel secundario es una renuncia difícil.
Estar dispuesta a pasar a segundo plano en la vida de un hijo al que se le ha dado amor, energía y
tiempo, y en el que se han invertido tantas ilusiones y desvelos, requiere mucha madurez y
generosidad auténticas. Los hijos no nos pertenecen. La labor de los padres es formarlos para que
sean felices, no para considerarlos objetos de su propiedad. Desprenderse de ellos no quiere decir
dejarlos de amar, sino ayudarlos para que sean independientes, tomen sus decisiones y, por
supuesto, formen su familia. Tener en mente los nuevos límites que establece una nueva situación
llevará a las suegras a no intervenir cuando no deben hacerlo.

El verdadero amor busca el autentico desarrollo de los demás, no prolongar las dependencias

6) Falta de intereses personales. Éste es un problema frecuente en las mujeres casadas: la


pérdida de sus intereses personales. En aras de su dedicación a la familia terminan por no
tener vida propia. No cabe duda que la administración del hogar, el cuidado, la atención y
la educación de los hijos son absorbentes y requieren mucho tiempo, limitando a veces la
participación de la mujer en otros campos de la cultura; sin embargo, una madre de familia
no tiene por qué estancarse.

Si las tareas del hogar y la educación se realizan con profesionalismo, entonces requerirán estudio
y capacitación constantes, por lo que, lejos de atrofiar, desarrollarán las potencialidades
femeninas. Esas tareas no pueden servir de pretexto para la mediocridad ni para el desinterés por
lo que sucede en el mundo, y tampoco para la incultura y el abandono intelectual. Una mujer que
se mantiene viva, activa e interesada, y que procura armonizar su vida familiar con su superación
personal, aunque cuente con tiempo limitado, enfrentará con éxito la etapa de su vida en que los
hijos se casan y se van del hogar; ésta no será una suegra que interviene demasiado en lo ajeno
por falta de quehacer y de una vida propia.

Si se han descuidado otros intereses, nunca es tarde para empezar de nuevo. Al principio puede
parecer imposible, pero el mantenerse ocupadas, encontrarle un nuevo sentido a sus quehaceres
y llenarse interiormente de ideas y de actividades positivas puede convertir a las suegras en
personas con las que se desea pasar ratos agradables y convivir, porque resultan amenas e
interesantes, piensan más en los demás que en sí mismas, y porque mujeres así seguramente no
padecen el complejo de víctimas que sí adolecen las suegras que se sienten abandonadas por sus
hijos después de haberles dado todo.

Nunca es tarde para cultivar intereses y realizar actividades que eviten a las mujeres maduras
convertirse en una carga psicológica para sus hijos y para los cónyuges de estos.

7) Apropiación de los nietos. No cabe duda que tener nietos y gozar otra vez de la compañía
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de los niños, ahora con mayor experiencia, es una fuente de alegría para las personas
maduras. Los abuelos tienen un papel importante en la educación de sus nietos: a través
de su cariño sereno y de su experiencia pueden trasmitirles muchas cosas valiosas. Pero
los abuelos no deben olvidar que ellos no son sus padres ni los primeros responsables de la
educación de sus nietos.

Las suegras, convertidas en abuelas, cuando quieren actuar como si fueran las madres de sus
nietos y suplir en todo a sus nueras, terminan por crear situaciones muy dolorosas para todos. En
la actualidad, muchas mujeres jóvenes trabajan fuera del hogar y dejan a los niños con su abuela
mucho tiempo, lo cual favorece que los papeles se traslapen. Sucede incluso que los niños le
tengan mayor afecto a su abuela que a su madre, por la sencilla razón de que pasan más tiempo
con la primera. Esto aumenta los celos y la rivalidad, que mezclados con el agradecimiento, dan
lugar a una situación ambivalente y generadora de tensiones.

Cada familia, según sus circunstancias, tendrá que encontrar la forma concreta de aplicar los
criterios generales. La primera responsabilidad afectiva y educativa es de los padres; los abuelos
pueden ayudar, pero nunca suplir ni asumir papeles que no les corresponden, porque a la larga
ello será nocivo para todos.

Tratar de retomar la maternidad a través de los nietos es una actitud que deforma la dinámica
positiva de la relación con ellos.

8) Prejuicios. La relación entre la suegra y su nuera está saturada de prejuicios y de actitudes


negativas. Muchas piensan que dicha relación tiene que ser negativa por necesidad y
mantienen una prudente distancia, se tratan sin ninguna confianza y sin darse a conocer la
una a la otra, como si fueran potenciales enemigos a los que vale más no acercarse en
ningún sentido.

En otras ocasiones las nueras consideran cualquier opinión, favor o consejo como una intromisión,
y se defienden a priori de sus suegras, creando una barrera entre ellas. A veces son las suegras
quienes temen ser siempre un estorbo, y con tal de no parecer metiches se alejan de sus hijos, de
sus nueras y de sus yernos por temor a cometer errores, reduciendo su papel a algunas visitas
ocasionales y, por afán de no estorbar, enterándose apenas de la vida de sus hijos.

Los extremos son también nocivos: es necesario desterrar los prejuicios y saber mantener esa
relación tan delicada dentro de los límites y el respeto imprescindibles para una convivencia
armónica; pero hay que evitar caer en la frialdad y la falta de trato y de espontaneidad que no le
corresponden a la vida familiar.

Las relaciones entre las suegras y las nueras no son malas por necesidad si se tiene criterios

claros y se fomentan el cariño y el respeto.

En fin, los anteriores sólo son unos ejemplos de la multitud de problemas que pueden surgir por
no tener claras las ideas. Lo primero que hay que plantearse es la necesidad de sacudirse los
prejuicios: es posible una buena relación entre la suegra y la nuera a pesar de que ellas son las
que más tienden a disgustarse. Bastará para ello con que ambas colaboren. Además de evitar los
errores que se cometen más a menudo, quizá el punto central de una buena relación sea que las
suegras quieran de verdad a sus nueras y a sus yernos, que aprendan a conocerlos y apreciarlos
desde el noviazgo. Por su parte, los hijos políticos deben estar dispuestos a querer de verdad a
sus suegros. Así, con cariño y respeto de ambas partes, la temida suegra puede transformarse en
lo que debe ser: una persona entrañable y necesaria.
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Lectura L23

Relación con los hijos casados

El amor en la familia extensa

A pesar de la enorme variedad de situaciones que enfrenta cada familia cuando los hijos dejan la
casa paterna, aquí nos referiremos concretamente a la relación que se establece entre los hijos
casados, con su propia familia, y los esposos que se han convertido en abuelos, es decir, a la
participación de cada uno en esta llamada “familia extensa”.

Si partimos de que en la familia, como ámbito natural del amor, existen valores permanentes,
podemos deducir la insustituible misión que dentro de este ámbito desempeñan los abuelos.

En la segunda parte hemos pretendido dejar claro que educar es preparar a los hijos para la vida.
Dijimos que la educación de un hijo comienza antes de su nacimiento, en el seno de la madre, y
que no concluye hasta la muerte de los padres (quienes, aún después de la muerte, siguen
“hablando” a los hijos al corazón). El objetivo es lograr la felicidad del hijo; y la educación, en la
medida en que nos ayuda a crecer como personas, nos abre el camino hacia la felicidad. Éste es
un proceso que no termina: se trata de seguir siempre, no sólo en nuestra propia educación, sino
también en la educación de nuestros hijos; lo que cambia son los métodos, ya que no pueden ser
los mismos para un niño, que para un adulto que también ya es padre de sus hijos.

Para que los abuelos sepan ayudar —es decir, que sigan educando— a sus hijos mayores, a sus
yernos o a sus nueras, se requiere de una primera condición: que permanezcan en actitud abierta
y vigilante, que estén activos y sean capaces de interesarse por el acontecer y los proyectos de
vida de sus hijos casados; que no caigan en la automarginación que se impone a veces a los
abuelos que no tienen nada que hacer, ni aspiran a proyectos para el mañana. Bien lo expresó
Montaigne: “Tengamos cuidado de que la vejez no nos haga más arrugas en la mente que en el
rostro”.

Con respecto a los hijos casados, se vive en esta etapa la última lección del amor, que es el paso
del “nosotros” al “ellos”, lo cual supone una previsión, para saber progresivamente desaparecer y
no hacerse imprescindibles.

Por otro lado, es comprensible que la vida de familia que se ha prolongado durante tantos años,
cree un hábito de dependencia mutua, que en muchos casos será difícil de romper. Hablando de
amor querer retener cerca a quien se ama es fácil; en cambio, desprenderse y “desaparecer”,
siempre cuesta.
En cualquier caso, cuando los hijos se van, nunca deberá hablarse del “nido vacío”, ya que la casa
de los abuelos, a la que se regresa con frecuencia, deberá permanecer siempre abierta, aunque
respetando los planes y el área vital de los hijos.

Saber desaparecer, como forma de entrega, cuidando recíprocamente la autonomía de los hijos y
la del matrimonio de los padres, es fundamental para la felicidad de la familia extensa. Hay
muchos padres que han vivido sólo para sus hijos y, cuando éstos se van, se sienten vacíos y
frecuentemente tienden a intervenir en la vida del nuevo matrimonio.

El remedio a esta situación es mantenerse ocupados; tener intereses variados. Es el mejor


momento para dedicarse a actividades de ayuda a los demás. Es necesario acabar con el mito de

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las relaciones tormentosas entre suegras y nueras, a base de un cariño auténtico y profundo
respeto de la propia manera de ser, de los gustos, costumbres, valores de cada persona, y de la
influencia que cada una aporta a su nueva familia.

Definitivamente, ésta es una nueva experiencia en la que hay que permanecer abierto y aceptar
con entusiasmo otras maneras de ser. Nuestra misión como padres, abuelos y suegros es unir, no
criticar, ni cerrarse; es lograr que, entre todos, se realice esa enriquecedora unidad en la
variedad.

El amor de los padres en esta tercera etapa se manifiesta en la promoción de la independencia y


de la autonomía de los hijos. Esto quiere decir que los lazos de afecto y de incondicionalidad
permanecen, sólo que a través de un amor depurado de toda proyección personal de los padres,
quienes desean que sus hijos sean felices al vivir su propia vida.

Las buenas relaciones familiares se basan, como siempre, en el amor. En cuanto a los abuelos, el
ejercicio del verdadero amor reclama, en primer lugar, una vida serenamente madura; y, en
segundo, la experiencia vivida y reflexionada. No en vano se llama a esta edad, la “edad de la
experiencia”, edad para la que hay que prepararse y nunca temerla.

La experiencia de una persona mayor —sobre todo en el ámbito familiar— es tanto más valiosa
cuanto más reflexionada, cuanto más disponible y menos impuesta. Se le llama la edad de la
experiencia porque a ella se reserva la experiencia del vivir. “Experiencia es distinguir el mal del
bien en cada caso; haber aprendido las causas de los aciertos y éxitos existenciales y también las
causas de los daños y desastres.”1

Esta experiencia supone haber aprendido: a vivir en los éxitos y en los fracasos, a conocerse y a
aceptarse en cada etapa de la vida, con cualidades y limitaciones; a ser felices a pesar de la
experiencia del dolor; a vivir en actitud continua de servicio y de entrega a los demás; a amar de
verdad.

Aquí estriba la importancia de aceptarse a sí mismo tal cual se es, con sus posibilidades y
limitaciones; tal vez, a estas alturas, con algunas facultades disminuidas. Si una persona, en su
etapa de abuelo o abuela, no se acepta a sí misma, no podrá ayudar a los jóvenes y en general a
su familia extensa, con una actitud positiva, desde su valiosa experiencia en el arte de vivir.

Los abuelos deberán aportar lo mejor de sí mismos a la familia extensa; esto requiere calidad en
la comunicación familiar, reflejada en hechos, lo mismo en silencios (es un arte saber guardar
silencio) que en palabras que expresen generosidad, disponibilidad, delicadeza, capacidad para
escuchar, para saber estar y saber adivinar la oportunidad en lo que se dice y en descubrir los
pequeños detalles del acontecer diario.
Las buenas relaciones existen cuando se logra establecer un continuo intercambio de bienes y se
produce el binomio de dar y recibir, haciendo que lo que se da y se recibe sea valioso para cada
una de las partes. En cambio, cuando las relaciones no son buenas, habrá que analizar las causas
o deficiencias.

En esta etapa de las familias —al introducirse las más variadas influencias que aporta cada uno,
con distintos criterios, gustos y apreciaciones— pueden empezar a generarse conflictos. Entran en
juego los intereses y la afectividad de las familias jóvenes con la de los padres.

Para evitar situaciones de conflicto, deberán reforzarse dos aspectos muy importantes: por un
lado, el cariño, la comprensión y el respeto hacia la familia política y, por otro, dejar crecer cada
vez más las zonas de autonomía de los hijos, sin lesionar la convivencia y suavizando las
tensiones que se produzcan.

1
Emma Godoy, “Saber envejecer”, Palabra, número 226, Madrid, 1984.
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Es importante conocer las zonas de autonomía de cada familia, que deberán respetarse.

1) La primera zona de autonomía consiste en tener proyectos. Cada familia y cada persona
deberá tener su tiempo propio para trabajar, para descansar, para desarrollar todos los as-
pectos de su personalidad. Estos tiempos tienen que respetarse. Una situación muy
negativa es, por ejemplo, la de la hija que quiere trabajar y constantemente deja a los
niños bajo el cuidado de los abuelos, imposibilitando que ellos dispongan de tiempo para
sus propias actividades.

2) La segunda zona de autonomía se refiere al área física: mantenerse en forma, practicando


los ejercicios o los deportes adecuados y llevar una vida sana y ordenada a fin de estar re-
lajado y evitar tensiones innecesarias.

3) La tercera zona de autonomía que se debe cuidar es la económica. Sin caer en la obsesión
por la seguridad económica, se debe prever la mutua autonomía y actuar en consecuencia.
Prestarse la ayuda necesaria cuando se requiera, pero sin caer en una dependencia
absoluta que en ocasiones puede favorecer la coacción. Los asuntos económicos, aunque
no sean los más importantes, sirven para mantener la mutua libertad y la soltura de
prestar los servicios necesarios a la familia, cuando se requieran.

4) La cuarta zona de autonomía comprende lo relacionado con la vivienda. Lo más


recomendable en cuanto a la cercanía de las casas, será que estén lo suficientemente
próximas para proporcionar la mejor ayuda, y lo suficientemente independientes para no
molestar. En los casos en los que, por distintos motivos, se viva en la misma casa, aun así
se deberán respetar ciertas zonas, horarios, actividades y costumbres.

Sintetizando, para vivir el binomio dar y recibir, los abuelos deberán cuidar:

a. Sus zonas de autonomía.


b. Su constante lucha por seguir creciendo como personas.
c. Su desprendimiento de lo superfluo, de lo accidental.
d. Su serena contemplación de lo divino y de lo humano.
e. Su oportunidad en el uso de la palabra y del silencio.2

Cuando surgen problemas en las relaciones entre la familia extensa, vale la pena profundizar en
sus causas. Generalmente los sentimientos al inicio son positivos y las personas suelen llevarse
bien, hasta que empiezan a surgir conflictos por los distintos caracteres, las situaciones que se
van suscitando o el advenimiento de los hijos.

En la relación entre padres e hijos casados, hay un elemento muy sutil que en ocasiones puede
afectar la libertad mutua: los favores. La posible ayuda económica o la necesidad de cuidar de los
nietos son situaciones que, en sí, son positivas, pero que pueden llegar a convertirse en una
“coacción afectiva”, que tarde o temprano afecta a la libertad de los hijos o de los padres. Para los
padres, cuando se vuelve una obligación cuidar de los nietos a todas horas y no tienen tiempo
para ellos; o también cuando se vuelve obligación prestar ayuda económica a la nueva familia.
Para los hijos, cuando, por la ayuda que reciben, se sienten forzados a tomar alguna decisión en
contra de su propia opinión o criterio. Esto llega a afectar la relación conyugal de los hijos y puede
hasta provocar la separación del matrimonio o una ruptura entre las familias.

Un fuerte apoyo para evitar estas situaciones es convertir la casa de los abuelos en el ámbito
natural de encuentro de las diferentes culturas que nacen en cada nuevo hogar, en cada familia
fundada por los hijos y las nueras, y por las hijas y los yernos.

2
Cfr. Oliveros F. Otero y José Altarejos, op. cit., Pág. 169.
182
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Amor y libertad debe ser la “fórmula” y el binomio inseparable. Si el amor quita libertad no es
un amor bien entendido.

Es necesario que los abuelos sepan querer con un amor bueno y verdadero. Cuando los abuelos
aman así:

a. Saben darse, dando.


b. Manifiestan su amor en detalles de servicio.
c. Están disponibles, sin perder autonomía.
d. No cosifican o manipulan a las personas.
e. No se convierten en esclavos de sus hijos o de sus nietos.
f. No promueven el chantaje afectivo.
g. Esperan recibir, aunque no en la proporción o en el momento en que ellos dan.
h. Miran la vida serenamente desde una altura modesta y real.

“Saber querer es: saber dar y saber recibir, creciendo siempre en esta capacidad.”3
El trato con nueras y yernos

El camino para ser abuelos se inicia con la boda del hijo o de la hija que funda una nueva familia.
Es una realidad que los hijos, al casarse, se independizan, empiezan a vivir su propia vida y se
crea en la familia una nueva situación.

Otra persona —el hijo o la hija política— pasa a ser parte del núcleo familiar y, aunque sea del
agrado y aprobación de los padres, es una persona distinta, con sus gustos e ideas propias y con
otras costumbres. Como en todas las relaciones dentro de la familia, los padres son el origen y la
base del dinamismo que se desarrolla en ella. Las relaciones conyugales entre los abuelos van a
ser —como siempre—, el espejo donde se reflejen las demás relaciones familiares; ellos
constituyen el pilar sobre el que se construye y sostiene la familia extensa.

Si la relación conyugal propia ha sido fundamental para labrar su propia felicidad, ¿cómo es
posible que algunos padres sean capaces de interferir o hasta de destruir las relaciones
conyugales de sus hijos casados?

Cierto es que los padres no lo hacen con la intención de que sus hijos sean infelices, pero tal vez
no perciban a qué grado pueden realmente destruir o interferir en su felicidad y en la de sus
nietos. Son muchos los padres a quienes se les dificulta el dejar de dirigir la vida de sus hijos, e
incluso en muchas ocasiones piensan que están haciendo bien al intervenir con su acción o
consejo por ser sus hijos “inexpertos” .

Sin embargo, en muchas ocasiones hay errores que deterioran las relaciones, cuando en el
matrimonio joven se empieza a dar la crítica de las respectivas familias; entonces comienzan a
hablar de “lo tuyo” y de “lo mío”, olvidándose de que “lo nuestro” es fundamental para una buena
relación.

A pesar de que todos tenemos egoísmos —grandes o pequeños—, debemos aprender a amar
respetando, y pensar en las repercusiones que tienen nuestras palabras y actos en las relaciones
familiares.

3
Cfr. Ibídem
183
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Ya hemos visto cómo, en la cuestión económica, por ejemplo, puede haber muchos conflictos.
Esto sucede con mayor frecuencia en los matrimonios jóvenes que pertenecen a familias de un
buen nivel económico y que, al casarse, reciben ayuda de los padres. El nuevo matrimonio llega a
ver esta situación como algo natural, como si fuera una obligación, más que una ayuda
extraordinaria.

Existen, por tanto, dos actitudes diferentes del nuevo matrimonio frente a los padres: de utilidad e
interés, o de admiración y respeto, y lo más importante en cualquier caso, es cuidar las
respectivas autonomías.

La nuera y el yerno deben esforzarse en querer y apreciar a los padres políticos —esto es una
manifestación positiva del auténtico amor al esposo o esposa—. En muchas ocasiones pueden
pensar que no tienen por qué soportar las actitudes o el temperamento de los suegros; la verdad
es que sí tienen por qué: por amor al esposo y por el bien de la relación conyugal. Con los padres
políticos, a veces habrá que tolerar... y tolerar amando.
En cuanto a los padres y su relación con el nuevo matrimonio, debe ser siempre de apoyo, de
promoción y de absoluto respeto. Intervenir únicamente cuando los hijos lo pidan y siempre
limitándose a sugerir, para que la decisión y acción que sigan sea totalmente libre. Si ellos no lo
piden y no se trata de un problema serio, es mejor no intervenir, tener paciencia y respetar,
seguir la máxima de “más vale estar de menos que estar de más”.

Los padres deben evitar todo afán de protagonismo y preocuparse más de cuidar y promover las
buenas relaciones conyugales de los hijos, cooperando en lo posible a su felicidad y actuando
siempre por la vía de la autonomía y del respeto.

Una “receta” infalible es la buena relación entre los consuegros e, incluso, con los hermanos y
hermanas de los hijos políticos. Naturalmente, las nueras y los yernos se sienten halagados si se
establece una buena relación y tenemos atención y cariño con sus propios padres y hermanos;
ésta es una buena forma de estrechar relaciones, de conocer más y entender a nuestros hijos
políticos y trascender con una influencia positiva a otras familias.

El bien, no lo olvidemos, es en sí difusivo, y cuanto más lo extendemos, más se produce un


intercambio continuo de bienes espirituales, que no termina.

Esto, desde luego, cuesta esfuerzo, pero veremos los frutos en la felicidad de nuestros hijos y
nietos.

El trato de los hijos casados con sus padres

Los hijos casados también tienen un nuevo e importante papel que jugar; ser buenos hijos,
mantener y cuidar esa relación de respeto y admiración —por encima de las limitaciones y
defectos— y, cuando sea necesario, de ayuda. Nunca olvidar que la familia es ese hábitat natural
para nacer, crecer y morir como personas, y que los padres merecen todo el cariño y
agradecimiento para terminar su vida de acuerdo con su dignidad.

Deberán fomentar, de modo natural y por amorosas razones educativas y de gratitud, la


vinculación de sus hijos con los abuelos. Promover que los quieran y estén pendientes de ellos,
dar ejemplo y enseñarles a querer, a ayudar, a acompañar, a obedecer y a respetar a sus abuelos
en todo momento.

De esta manera, cuando los hijos sean, a su vez, abuelos, recogerán los frutos de lo que ahora
siembren en sus relaciones familiares.

La intimidad familiar, la vida de familia, tendría una pérdida si no se contara con los abuelos. En
184
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ellos cobran vida nuestros valores, nuestras raíces; son el lazo de unión con nuestra historia y
reafirman la continuidad de la vida familiar.

La actitud con respecto a los abuelos se resume en una sola palabra: quererlos.

Los hijos casados deberán promover que sus hijos tengan detalles de cariño con los abuelos; si
viven en la misma ciudad, visitarse periódicamente, inventar motivos para que los abuelos vengan
a visitarlos; si están lejos, que tengan tiempo para, de vez en cuando, llamarles o escribirles.

En todas las formas, los hijos casados deben acrecentar el cariño filial. Cultivando esta relación
con los padres —hoy abuelos— se confirmará una vez más que “sólo por amor instituimos
relaciones verdaderamente humanas, nos unimos, haciéndonos transparentes unos a otros” y que
“el amor es la única sociedad humana por la que el amor es comunión”.4

La cuestión es seguir fomentando el amor; lo más importante es el trato personal continuo.

En cuanto a las visitas de los hijos a la casa, es necesario mantener la política de “puertas
abiertas”; que ellos se sientan con plena confianza de llegar cuando quieran, pero sin tener la
obligación de hacerla. Cuando se vuelve obligación o rutina, generalmente provoca el rechazo. En
cambio, cuando se sienten con libertad y bien recibidos, ellos mismos buscarán estar con los
abuelos.

En relación con las visitas, hay un detalle que se debe cuidar, en el que intervienen motivos
económicos y de “administración”. Cuando la familia empieza a crecer, la visita a casa de los
abuelos tiende a convertirse en un caos. Aquí entra la creatividad y generosidad de la abuela —
especialmente—, quien tendrá que planear el día de “visita”: desde pensar en un menú especial
para los niños (que el venir a casa de la abuela signifique una “fiesta” para ellos), o tener algún
dulce, hasta planear juegos y actividades que los mantengan ocupados (recortar, hacer
colecciones, arreglar el jardín, ver revistas, jugar a los disfraces, etc.); esto va en función del
espacio y de las posibilidades que hay en cada casa. Es importante evitar los regaños —especial-
mente estando en casa de los abuelos— y los pleitos entre primos; no olvidemos que el hogar es
la escuela en donde tienen que aprender el trato con los demás, y la familia extensa brinda para
esto una oportunidad inigualable.

Este “saber estar”, con muy poco esfuerzo e inventiva, provocará que los nietos recuerden
siempre con agrado “la casa de los abuelos”.

Por otro lado, habrá que tomar en cuenta la intimidad de los abuelos; ellos también requieren su
tiempo y recibir atenciones y cuidados. Cuando los abuelos van siendo menos jóvenes, necesitan
respeto a sus horarios y costumbres, necesitan quietud y silencio. También para ellos, las visitas
de sus hijos y nietos deben resultar realmente gratas. Ellos aprecian enormemente las delicadezas
y los detalles; por cariño, se debe respetar su intimidad.

Los hijos no deben exagerar en pedir a los abuelos que se hagan cargo de los nietos. Tal vez ellos
nunca dirán que no, pero pueden llegar a coartar su privacía y descanso. El secreto está en el
“respeto a la autonomía”, de la que ya se ha hablado.

Esta intimidad familiar de los abuelos armoniza, paradójicamente, con la más rotunda apertura:
apertura de la casa para los hijos, hijos políticos y nietos.

En esta época, los hijos mayores disfrutan, más que nunca, de la amistad con los padres, ya que
existen muchos intereses similares y una conversación común: la educación de los hijos. Aprecian
más lo que han recibido de sus padres, lo que ha significado su exigencia, su esfuerzo y su

4
Jean Lacroix, Personne et amour, Edition du Seville, Paris, 1995, Pág. 12.
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entrega. Es el momento de la correspondencia, al darse cuenta de cuánto amor pueden regresar a
sus padres, con sólo integrarlos a sus propias vidas. Al mismo tiempo, es la ocasión de aprovechar
todo el caudal de sabiduría, ternura y comprensión que han recibido de los abuelos.

Los abuelos tienen que estar conscientes de que todavía hay mucho que hacer para fortalecer la
vida familiar. Sería un verdadero error no fomentar que los abuelos cumplan su misión dentro de
la familia.

Finalmente, es preciso que “los hijos tengan presente que los abuelos sienten necesidad, en
general, de permanecer cerca de los suyos, al menos moralmente, pues a medida que pasan los
años gana en importancia la noción de filiación. Quizá sea porque se den cuenta de que, en la
vida, esta transmisión de la existencia es lo más importante que hayan realizado”.5

Lectura L24

Establecer sólidos cimientos

«El que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó
su casa sobre roca: Cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron Contra
aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7, 24-25).

Al abrigo de estas sublimes enseñanzas, ¿no cabría preguntarse por la posibilidad de que el
problema de muchos de los matrimonios fracasados resida o en la endeblez de los materiales
utilizados —los futuros cónyuges—, que no han sido forjados convenientemente durante la vida ya
transcurrida, o en un inicial defecto de construcción? ¿No podría ocurrir, más en concreto, que
esos enlaces se hayan llevado a término según un proyecto poco perfilado o incluso erróneo?

Matrimonios construidos sobre arena

- La plaga de los divorcios. El número de los divorcios aumenta constantemente, hasta el punto
que en algunos lugares de Europa, en la actualidad, más de la mitad de los matrimonios acaban
rompiéndose. Hace pocos años no era aún así: por ejemplo, la probabilidad de que los miembros
de un matrimonio terminaran legalmente separados alcanzaba un 33% en Francia, un 38% en
Suiza y casi el 50% en Suecia. España no constituía ni constituye una excepción. También en ella
el número de divorcios crece, galopante, aun cuando en términos relativos se encuentre todavía
por detrás de los países más «avanzados» de Europa. Desde que el 7 de julio de 1981 se dio
cauce legal en nuestra nación a los divorcios, y hasta 1995, su número ascendió a 341.902, lo que
hace una media de 22.793 divorcios anuales. Según comentaba el ABC, en 1993 se estimaba que
en España se rompía uno de cada 9,6 matrimonios, mientras que en Gran Bretaña se divorciaba
uno de cada 2,3, en Francia uno de cada tres, y en Alemania uno de cada 3,5. Desgraciadamente,
la proporción en nuestro país, como en casi todos los otros, no ha hecho sino aumentar: algunas
estadísticas aseguran que uno de cada tres matrimonios contraídos en nuestros días terminan por
quebrarse. Y si se necesita una prueba de la magnitud y extensión de esta epidemia, bastaría con
apuntar que en Rusia los divorcios de 1999 superaron en un 23% a los del año precedente.

Existe una opinión cada vez más difundida que tiende a quitar importancia a estos hechos. Sin
embargo, el sentido común no desvirtuado y la propia experiencia o las de personas cercanas,
aceptadas con sinceridad, muestran su potencia destructiva. No es menester mucha hondura para
advertir que, por lo común, los novios se acercan al matrimonio con la esperanza de encontrar en
él una felicidad más plena que si no lo contrajeran; y que, por tanto, el hecho de tener que

5
Fernande Isambert, op.cit., Pág. 146.
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romperlo constituye una prueba de que la dicha anhelada no se ha alcanzado, de modo que, aun
cuando uno se resista a admitido, la quiebra se tiñe con las grises tonalidades del fracaso: más
notable cuanto mayor fuera la ilusión con que la pareja inició su vida en común. Se trata de
verdades innegables para quien «no se cierre absolutamente en banda».

Y a todo ello se han sumado, en los últimos tiempos argumentos científicos más o menos curiosos
pero también significativos.

Por ejemplo, como resultado de un dilatado proceso de comprobaciones experimentales, John M.


Gottman resume: «Una de las razones más tristes por las que un matrimonio fracasa es que
ninguno de los cónyuges reconoce su valor hasta que es demasiado tarde. Sólo después de firmar
los documentos, repartir los muebles y alquilar apartamentos separados se dan cuenta de lo
mucho que han perdido. A menudo un buen matrimonio se da por sentado, no se valora, y no se
le dedica el respeto y el cuidado que merece y necesita. Algunas personas pueden pensar que
divorciarse o languidecer en una relación infeliz no es nada serio, tal vez incluso lo consideren
'moderno'. Pero ahora contamos con suficientes pruebas documentales para saber lo dañino que
puede resultar para todas las personas implicadas».

A continuación, añade: «Gracias al trabajo de investigadores como Lois Verbrugge y James House,
ambos de la Universidad de Michigan, sabemos ahora que un matrimonio infeliz aumenta en un 35
por ciento las posibilidades de caer enfermo, e incluso acorta nuestra vida en un periodo medio de
cuatro años. Por el contrario, las personas felizmente casadas viven más tiempo y disfrutan de
mejor salud que las divorciadas o aquellas involucra das en una relación infeliz. Los científicos
tienen seguridad de que estas diferencias existen, pero todavía no sabemos exactamente por
qué».

En realidad, aunque en estos momentos comprobada ya experimentalmente, se trata de una


evidencia de sentido común, reconocida por la mejor sabiduría de todos los tiempos. El
Eclesiastés, pongamos por caso, aseguraba con tonos encendidos: «El marido de la mujer buena
es dichoso y vivirá doblados días, y la mujer de valor pone en su marido descanso, y cerrará los
años de su vida en paz».

Por eso, a cualquier persona medianamente sensata no pueden extrañarle las conclusiones de la
ciencia actual, como las siguientes del mismo Gottman: «Cuando un matrimonio comienza a
hundirse, no son los cónyuges los únicos que sufren. Los hijos padecen igualmente. En un estudio
que realicé con 63 niños en edad preescolar comprobamos que aquellos que vivían en sus hogares
una gran hostilidad matrimonial sufrían elevados niveles de estrés, en comparación con los otros
niños. No sabemos cuáles serán las repercusiones de este estrés, pero sí es cierto que esta
indicación biológica de tensión se reflejaba en su comportamiento. Seguimos a los sujetos hasta la
edad de quince años y averiguamos que entre ellos existía un mayor índice de absentismo escolar,
depresión, rechazo a los compañeros, problemas de comportamiento (sobre todo agresión), malas
calificaciones e incluso fracaso escolar».

Todas estas conclusiones, y otras muchas en la misma línea, han sido confirmadas por Linda
Waite y Maggie Gallagher en un reciente libro titulado The Case far Marriage. En él puntualizan,
entre otros, un extremo que Gottman deja sin aclarar. Hay quienes sostienen que si el matrimonio
va mal, el divorcio podría ser la mejor solución para los hijos. Las autoras citan un estudio en el
que se analizan las características de más de dos mil personas casadas, a lo largo de quince años.

En la mayoría de los casos se llega a la conclusión de que tanto un matrimonio desgraciado como
un divorcio reducen el bienestar de la prole; pero, a largo plazo, el divorcio lleva a relaciones más
problemáticas entre padres e hijos, aumenta la probabilidad de que estos se divorcien a su vez, y
reduce también las posibilidades de éxito en la educación y en la carrera profesional de los chicos.

Borghello resume la situación con gran dosis de buen sentido y de finura intelectual: «Las
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estadísticas dicen que el número de las separaciones y de los divorcios en el mundo occidental se
acerca a la mitad de los matrimonios; Inglaterra alcanzó ya este número impresionante en 1990.
No es fácil encontrar un mal mayor que una familia que se des integra: los cuatro padres de los
esposos morirán tristes, por haber visto a sus hijos fracasar en una empresa tan importante; para
los hijos, el daño es inmenso y sin duda no admite compensaciones: pierden el sentido del amor
primitivo, y pueden derivar hacia el cinismo. Para los hermanos y los amigos de los cónyuges se
trata siempre de algo desagradable; para no hablar de los cónyuges, que no han sabido amar.
Cabría incluso pensar que por cada familia que se disgrega existe por lo menos otra que se
encuentra muy a disgusto. Lo que significa, a pesar de las numerosas excepciones, que
sociedades avanzadas como la inglesa están compuestas en su mayor parte de gente muy poco
feliz».

- Razones que se aducen para explicar las separaciones. Ahora bien, si se pregunta a los
interesados qué les llevó a la ruptura, difícilmente se les oye alegar motivos hondos que
justifiquen semejante paso, sobre todo si se considera que más de la mitad dejan a sus espaldas
uno o más hijos.

He aquí las explicaciones más frecuentes:


«La cosa no funcionaba».
«No nos entendíamos».
«Mi cónyuge ha cambiado».
«No me dejaba espacio para mí mismo».
«Sentía como que me ahogaba».
«Somos demasiado distintos».
«La del matrimonio es una vida excesivamente monótona para mi».

No alcanzan a ver las verdaderas razones de su fracaso matrimonial, como tampoco las
advierten tantas parejas —hasta un tercio en el conjunto de Europa— que se separan en los
primerísimos años de vida conyugal. A todo esto habría que añadir el considerable número de
esposos que, sin divorciarse o separarse, conviven de manera conflictiva o en cómplice
infidelidad recíproca.

Sería ingenuo el intento de individuar el origen de esta crisis del matrimonio recurriendo a los
habituales tópicos: la vida moderna, el progreso, la emancipación de la mujer, etc. No es que
todo eso no influya, pero no es lo determinante. Con más sencillez, cabría aventurar que una de
las causas principales de tantos fracasos sea el hecho de que los cónyuges se hayan casado con
irresponsable desenvoltura: sin una preparación remota adecuada —un auténtico esfuerzo por
forjar su personalidad como los futuros esposos— y sin detenerse a pensar antes de llegar a él
qué es lo que uno se encontrará en el matrimonio: y, por tanto, sin querer auténticamente
contraerlo.

Por supuesto que no toda la culpa —si es que en algún caso estuviera permitido juzgar— debe
imputarse a los cónyuges. Han crecido teniendo ante sus ojos los modelos de una sociedad que
propone desaforadamente derechos al bienestar, a la posesión, a la independencia, y que tiende a
arrojar fuera de nuestras mentes las llamadas al deber, a la renuncia o a un mayor compromiso.
Con toda probabilidad, se reflexiona muy poco sobre éstas que cabría considerar entre las causas
más hondas y definitivas de las crisis matrimoniales. Por eso, mientras no nos empeñemos —
todos, pero cada uno— en llevar a cabo una profunda transformación de los principios que rigen y
determinan la vida de la civilización actual, empezando por nosotros mismos, resultará muy difícil
que disminuya sensiblemente el número de los fracasos conyugales.

Nos atreveríamos a sostener, aun cuando la afirmación requiera ciertas matizaciones, que el
número de éxitos o fracasos matrimoniales es uno de los exponentes más claros y directos del
grado de salud de que goza una determinada sociedad, por cuanto indica de manera también muy

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neta el nivel de madurez humana y grandeza personal de los miembros que la configuran.

Por otro lado, a quienes se separan o se divorcian sencillamente porque tienen la impresión de
haberse dejado de querer, antes que nada habría que hacerles considerar que el vínculo
matrimonial subsiste aun cuando en algún momento parezca haber desaparecido lo que habían to-
mado por amor; y, enseguida, que el amor propiamente dicho no muere: o se lo mata, o se lo
deja languidecer por falta del alimento oportuno... o es que realmente nunca ha existido.

- Causas reales de la ruptura. Veamos, pues, un poco más de cerca algunas de las causas
recurrentes de fracaso matrimonial.

1. La búsqueda unilateral de la propia realización

Quien se casa considerando el matrimonio sólo desde la perspectiva del yo, como realización
personal, se sale de la pista ya en el punto de partida; el matrimonio es fundamentalmente la
constitución de algo nuevo, distinto y contrapuesto a cualquier género de egoísmo: es la
elaboración de un nosotros, mediante la donación recíproca de los dos esposos (que, en efecto,
pero como resultado no directamente perseguido, trae la mejora y la felicidad para cada uno de
ellos).

Como es lógico, apenas existe una persona normal que piense conscientemente en utilizar al
cónyuge para realizarse a sí mismo. Pero si ése es el motivo que aun sin saberlo la mueve, su
pareja no tardará en intuirlo y en rechazar semejante abuso. Y también quien llega al matrimonio
con esta necesidad inconsciente se sentirá pronto defraudado, y acabará por considerar la vida
conyugal como un nuevo obstáculo a la autorrealización obsesivamente perseguida.

Probablemente esta sobreatención al yo constituya el porqué más radical de los divorcios y se


encuentre siempre presente en los casos cuyos motivos más inmediatos parecen ser de otro tipo.
Según sugiere de nuevo Suárez, el matrimonio es una unión «de la que está excluido todo género
de egoísmo y en la que el amor —por tanto, el desprendimiento y la abnegación— es la ley; en la
que el hombre no vive para sí, sino para su mujer, donde la mujer no cuenta para ella misma,
sino para el marido; donde ambos viven y aman para los hijos. Cuando cualquiera de los dos
recupera el yo que entregó al darse en el momento de contraer matrimonio, entonces introduce el
elemento de discordia que puede acabar con todo y convertir la unidad de dos en una sola carne
en la soledad de dos en compañía».

2. La ausencia de auténtico conocimiento recíproco

Entre quienes se casan muy jóvenes o después de un breve noviazgo falta a menudo la
fundamentación del amor en un suficiente conocimiento mutuo. La afectividad, el sentimiento,
acerca a las personas, pero no puede garantizar la estabilidad del amor conyugal. El afecto to-
davía inmaduro contribuye con frecuencia a forjarse una imagen retocada y censurada de lo
conocido, una estampa que descubre en la persona sólo valores positivos y los ensalza en grado
sumo, mientras pone entre paréntesis aspectos menos favorables.

Esta idealización, típica de la edad juvenil y de la pasión romántica, enriquece a la amada o al


amado con las cualidades que uno querría encontrar en ellos, y si hay algún defecto evidente,
acaba por encontrarlo simpático e interesante. Con la convivencia, la tendencia a transfigurar al
otro disminuye, llegando incluso a descender hasta el nivel «realista» de la crítica. El ideal
angélico de antaño se torna ahora una persona normal y en ocasiones molesta; con cualidades,
pero también con defectos: y algunos de estos terminan por percibirse como particularmente
desagradables, incluso como si estuvieran dirigidos adrede contra uno, haciendo que nos sintamos
defraudados y ofendidos. A veces, cuando no se amaba en realidad a la persona del cónyuge, sino
sólo sus cualidades, la desilusión que así nace puede desencadenar una reacción diametralmente
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opuesta, y el amor ciego acaba por transformarse en odio... también ciego.

3. Las expectativas exageradas

Origen de muchas crisis conyugales es el esperar demasiado del matrimonio, en lugar de ir a él


para entregarse. La soledad que aqueja hoy más que nunca a las personas puede inducir a ver en
el matrimonio la solución a los propios problemas, haciendo descansar en él expectativas en
verdad desmesuradas y poco realistas.

Hay quien se imagina que la felicidad de los momentos pasados juntos durante el noviazgo se
encuentra destinada a perpetuarse automáticamente por toda la vida matrimonial, con la misma
espontaneidad y frescura, con la misma ausencia de esfuerzo con que discurrió en las temporadas
previas a la boda.

Otros pretenden que el cónyuge sea perfecto; después, tras la primera riña un poco seria, la
desilusión les lleva a convencerse de que entre ellos existe una irremediable incompatibilidad de
caracteres.

Otros todavía confían en que el matrimonio solucionará de forma cuasi mecánica, sin el empeño
de amar, los propios problemas: dificultades de integración en la sociedad, mala imagen de sí
mismos, disfunciones sexuales, etc. El desengaño que surge al comprobar que la vida en común
no sólo no ha resuelto tales cuestiones, sino que a veces añade dificultades a la relación, provoca
tristeza y críticas. Esas objeciones, contra la institución matrimonial y contra el cónyuge,
fácilmente desembocarán en la ruptura.

El cristiano sabe que en esta vida —y, por tanto, también en el matrimonio— puede y debe
encontrar la felicidad. Pero es consciente asimismo de que semejante dicha nunca es perfecta y
que su logro presenta como condición primera el no buscada angustiosamente.

Quien se casa sólo con ese irredimible deseo de gratificación se enfrenta sin poder evitado con
desilusiones: la sed de felicidad absoluta que anida en todos nosotros únicamente se apacigua y
encauza con el olvido de sí, transformado en amor al otro, y sólo podrá ser plenamente saciada en
el Reino de los cielos.

4. No encontrar tiempo para estar juntos

Nuestra sociedad solícita y acelerada acorta el tiempo para estar tranquilamente juntos, para
dialogar, para escucharse y amarse. Estamos ante una carencia devastadora, que corroe cualquier
relación humana profunda y, de forma particular, el matrimonio.

Michael Ende la ha descrito de forma sugestiva en «Momo». Se trata de una ciudad en la que
innumerables y lúgubres «hombres grises» roban el tiempo. Estos personajes representan quizá la
obsesión por el trabajo, por la racionalización, por el dinero. «Hombres grises», ladrones del
tiempo, pueden serlo el ordenador, la televisión, un deporte, un hobby, las relaciones sociales,
incluso la limpieza de la casa o el ocuparse y preocuparse tanto de los hijos y que no se deje sitio
al cónyuge...

El resultado es siempre el mismo: la pareja ya no halla el tiempo, la ocasión y la serenidad


necesaria para estar juntos, para hablar, distraerse, mostrarse el afecto y alimentar de esta
suerte el amor conyugal; viven uno al lado del otro, pero se sienten como extraños, sin nada que
decirse, absorto cada cual en sus propios intereses individuales.

Parece interesante, al respecto, el testimonio de Marta Brancatisano, con más de 30 años de


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matrimonio y siete hijos: «Mi marido y yo gozábamos de nuestra propia fórmula para cuidar —
¡para salvar!— la vida de pareja, porque ciertamente teníamos muchos hijos pequeños, él se
debía a su trabajo profesional y yo a la gestión de la casa. Nunca perdimos de vista, sobre todo él,
la importancia de recrear periódicamente los momentos mágicos, los dos solos. Nos escapábamos
un fin de semana a un lugar cercano a Roma. Aprovechábamos para hablar, para descansar, y
sobre todo para dormir.

Esto lo hacíamos como máximo tres fines de semana al año, no más. Siempre dejábamos a los
niños muy bien atendidos: alguna vez era la abuela, otras la abuela junto con una niñera, una vez
fue mi cuñada, otra una tía mayor con la muchacha..., en suma, por tres días y con algo de
dinero, se encontraba la solución». A lo que añade, para dejar claro que lo que propone no exige
una situación económica especialmente favorable, sino una buena disposición de la escala de va-
lores: «De forma voluntaria y antes que cualquier otro gasto, siempre hemos invertido en esos
planes que implican pasar juntos un tiempo de calidad. Nunca nos ha preocupado tener un coche
bueno, ropa cara o una casa lujosa. Pero el tiempo de unas vacaciones nuestras o con los hijos,
eso sí lo consideramos importante».

5. Más hijo o hija que cónyuge

En la formación de una pareja intervienen en mayor o menor medida las respectivas familias.
Quizá menos en la actualidad, pero se trata en el fondo de algo lógico y razonable. Los problemas
comienzan cuando la presencia de los suegros se torna autoritaria, invasiva y manipuladora. Si
esto se continúa también después del matrimonio provoca tensiones que minan gravemente la
armonía conyugal.

La víctima puede ser el hijo-cónyuge, que no ha logrado hacerse independiente de la madre (o del
padre), pero no quiere perder a la mujer, e intenta tener contentas a la dos partes. Por desgracia,
el resultado es que a todos los deja insatisfechos: a sí mismo, por encontrarse siempre en una
situación molesta; a la madre, que, queriéndose imponer, acabará enfrentándose con la esposa; y
a ésta, que se sentirá controlada y juzgada por su suegra... incluso hasta el punto de estallar y
mandada a paseo. Semejantes tensiones no desaparecerán hasta que mude hondamente el
planteamiento de la relación. El hijo deberá llegar a ser consciente de que casarse significa «dejar
al padre y a la madre para unirse a su mujer» (Gn 2,24). Los esposos habrán de aprender a amar
juntos a la madre o al padre, y estos deberán recibir ayuda para querer a los dos cónyuges como
auténticos hijos.

Otras tiranteces pueden nacer de la hija-mujer, demasiado dependiente en su comportamiento del


influjo de una madre (o de un padre) con una personalidad fuerte.

Entonces será el marido quien experimente los celos, la frustración, la humillación. Para superar
esta relación nada armónica, la mujer debe reaccionar incluso con viveza, y el marido ayudada a
sentirse más segura de sí misma, más atractiva y más apreciada, en sí y por sí, que su madre.

6. Falta de conciencia de la propia diversidad respecto a la pareja

Tal vez sea éste uno de los motivos más profundos y difundidos de los fracasos matrimoniales.
Con más o menos dosis de humor, pero apuntando a una muy honda verdad, se ha repetido a lo
largo de la historia que el hombre resulta incapaz de conocer de veras, en su dimensión más
plena, la interioridad de la mujer (y también, pero en menor medida, lo contrario).

El carecer de ese conocimiento de la recíproca diversidad genérica puede transformarse en un


obstáculo insuperable para la armonía del matrimonio, hasta desembocar fatalmente en la
ruptura. El varón y la mujer han de saber, acercándonos a la materia que nos es más propia, que
en virtud de una disposición cuasi natural lo que para uno posee un valor absoluto representa tal
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vez para la otra una cuestión muy relativa, casi intrascendente; y viceversa: que la mujer
absolutiza asuntos o circunstancias cuya valía el marido difícilmente apreciará sin esfuerzo,
dedicación, entrenamiento... y un voluntario y progresivo acrecentamiento de su amor.

Por acudir a dos situaciones típicas y bastante difundidas, el esposo tiende a juzgar exagerada la
«fijación» de la mujer en el orden, la armonía material y la limpieza del hogar o en la atención a
las necesidades o incluso a los deseos y caprichos de los hijos; y la mujer a duras penas logra
valorar el alcance que un pequeño éxito o un ligero revés profesional puede suponer para el
estado de ánimo y la autoestima temporal del marido. Y esto, con excepciones, a pesar de que la
esposa trabaje también fuera de casa y de que el padre de familia preste una atención no
indiferente a los problemas del hogar.

Pero lo que más podría perturbar la armonía y el buen entendimiento entre los casados, y llevar
hasta situaciones insostenibles, es la falta de conciencia de que el modo de experimentar y
manifestar el amor son inicial y constitutivamente distintos en el varón y en la mujer (y de la
consectaria necesidad de irse adaptando uno a otro). Cuestión que se encuentra bastante
agravada en la sociedad contemporánea no sólo por las ideologías igualitaristas más o menos
superadas, sino por el hecho de que hoy, en la mayoría de los casos, niños, adolescentes y jó-
venes de ambos sexos conviven desde la más tierna infancia y durante buena porción del día con
el convencimiento incluso expreso, y poco o nada matizado, de que todos somos iguales.

Esta convicción, unida a la pérdida de referencias claras respecto a lo que es (y debe ser) el amor
entre dos personas de distinto sexo, deja al chico o a la chica al desamparo, sin otro criterio para
juzgar acerca de realidades tan fundamentales que lo que a él o a ella le pasa. Una joven que se
enamora a los quince o dieciséis años no podrá dejar de pensar —puesto que la única experiencia
que conoce es la suya, y sobre ella pesa el supuesto intangible de que todos somos iguales— que
lo que siente el chico que le corresponde es y debe manifestarse de manera del todo idéntica a
como ella lo experimenta y expresa. Si la muchacha en cuestión está sólo pendiente del joven al
que ama, si es capaz de hacer por él gustosamente los sacrificios más exigentes, si no sabe vivir
sino de él y para él..., difícilmente comprenderá que el muchacho desee un espacio personal para
estar con sus amigos, que dedique un tiempo privado a sus aficiones individuales, que olvide
fechas y momentos que para ella tienen un significado vital de enorme trascendencia. Y si esta
situación se prolonga durante el matrimonio, la joven llegará a estar sinceramente convencida de
que su marido no la ama... en lugar de advertir que el cariño masculino se manifiesta inicial y
cuasi instintivamente de manera distinta al de la mujer y conseguir, sin acritudes y con picardía,
que su esposo vaya aprendiendo a tener con ella los detalles que su condición femenina necesita.
(Y algo similar, con las oportunas correcciones, habría que esbozar respecto al chico, que —
acostumbrado a tratada como a una igual— de entrada tampoco conoce la diversidad psico-
espiritual de la mujer respecto a sus propios sentimientos, y puede considerada en exceso
acaparadora, «obsesionada» por detalles —como el arreglo del hogar— de importancia para él
más secundaria, etc).

Por todo ello, sin una información suficiente de las diferencias entre varón y mujer, en el marco de
la común dignidad como personas, y sin un empeño sincero y sacrificado en adaptarse a las
necesidades e incluso a los legítimos deseos del otro o de la otra, resulta hoy más problemática
que en otros tiempos la buena marcha del matrimonio (e incluso del noviazgo).

El problema es todavía un poco más complejo. No sólo se trata de que la presunta y muy poco
matizada igualdad que se establece casi como dogma entre los distintos componentes del género
humano lleve a cada joven a pensar que lo que le ocurre a él, y que sólo entrevé levemente, es lo
mismo que le sucede a todos los demás, de su mismo sexo o del complementario. Sucede además
que el chico o la chica carecen de los instrumentos imprescindibles para conocerse interiormente,
pues no han aprendido a identificar sus sensaciones o emociones, sus estados de ánimo, sus
apetitos, etc.: tradicionalmente, ese adiestramiento se llevaba a cabo a través de la literatura,
gracias a la cual el lector anticipaba su propia existencia y la lograba vivir, por decido de algún
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modo, antes de vivida («se enamoraba» 50 veces y otras tantas sentía celos, vergüenza ante la
persona de sexo contrario, miedo a ser descubierto en una situación irregular, etc., antes de que
todo eso se produjera efectivamente en la realidad); hoy los puntos de referencia para entender al
ser humano son fundamentalmente los ofrecidos por la televisión y demás medios de
comunicación de masas: sus personajes, a causa del multiculturalismo en alza y de la
conveniencia de que los programas se adapten a todos los niveles de comprensión —motivos
derivados a su vez de la necesidad de captar audiencia y, con ella, prestigio, publicidad y recursos
económicos—, resultan muy rudimentarios: los sentimientos de los nuevos héroes y protagonistas
se reducen prácticamente a la atracción sexual, la ambición de dominio, el anhelo de venganza, el
afán incontrolado de éxito... y poco más, todo ello manifestado de una forma en extremo
esquemática, abrupta, sincopada y carente de matices, ya desde los mismos dibujos animados.

De esta suerte, sin las herramientas mínimas inesquivables para explorar su alma, el muchacho o
la muchacha e incluso los adultos de hoy aparecen ante sí mismos como auténticos desconocidos.
Desorientados, sin estrella polar que marque el camino de su propia plenitud, resultan incapaces
de discernir las distintas situaciones y, en cada una, lo que, en el sentido que le atribuye Ma-
chado, harían de él o de ella un hombre o una mujer buenos; y se ven condenados a acumular
experiencias inconexas, que no saben si los construye o los destruye ni si edifican o minan los
cimientos de su matrimonio... porque a menudo —como sugerimos con anterioridad— ni siquiera
tienen conciencia de que la libertad se les ha dado para edificarse y modular su entorno y, de esta
suerte, autoconducirse hacia su perfección como persona.

Diez falsas razones para casarse

Las que hemos considerado son una suerte de causas de fondo, muy fundamentales, que
dificultan la armonía conyugal en el mundo de hoy. Pero existen otros muchos motivos más
concretos que constituyen la antecámara de un fracaso matrimonial. Se trata, como suele decirse,
de matrimonios equivocados desde el principio. Entre las muchas falsas razones que podrían
inducir a alguien a casarse con una determinada persona, señalamos las más frecuentes.

1. Atender sólo al atractivo externo de la pareja, o incluso al dinero, posesiones, posición y vida
social, etc., olvidando o no dando importancia a aspectos más decisivos como su carácter, su
personalidad, sus defectos y virtudes, los intereses comunes y su concepción de la vida.

Como sugiriera Cantú, «ciertos matrimonios creados únicamente por la belleza se vician al
desvanecerse la ilusión. Es preciso buscar las cualidades personales y, principalmente, las
morales». O, lo que viene a ser muy parecido, resulta prudente apreciar al novio o a la novia por
lo que en realidad es, y no por lo que aparenta, por lo que hace, ni mucho menos por lo que dice
o promete. «Mientras que para enamorarse no hace falta pensar, sí que es preciso hacerla para
reconocer el amor», nos recuerda Brancatisano.

2. Idealizar sus virtudes, sin caer en la cuenta de que en parte son el fruto del propio
enardecimiento romántico, no del todo realista. El auténtico amor de voluntad es clarividente y
nos ayuda a descubrir las notas positivas ya apreciar y comprender los defectos del ser querido;
por el contrario, como venimos repitiendo, el simple amor sentimental resulta bastante ciego para
los déficits y engrandece hasta la desmesura e incluso inventa las cualidades.

3. El miedo a quedarse solos o a hacer el ridículo. Aunque hoy la edad media de quienes se casan
se ha elevado notablemente en la mayoría de los países de nuestro entorno, no falta quien, con
tal de no arriesgarse a ser un solterón o una solterona, y con el terror a envejecer demasiado
pronto, se casa en la primera ocasión con quien le sale al paso o, más a menudo, sin madurar
suficientemente esa decisión trascendental. Todos estamos obligados a tener muy en cuenta la
sublimidad de la propia persona y el inmenso abanico de posibilidades de enriquecerla y hacerla

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florecer y dar fruto: en ningún momento de nuestra biografía deberíamos limitar el horizonte vital
al de pescar a toda costa una mujer o un marido.

4. El afán de independencia respecto a los propios padres. Quien sufre por un sometimiento
excesivo a sus familiares tiende a ver en el matrimonio una especie de liberación, y la decisión de
formar un hogar propio, incluso demasiado pronto, puede venir determinada por el deseo de
emanciparse.

5. El punto de honra de quien quiere afirmarse, ante la oposición de sus padres respecto a la
elección de la pareja. Mantener la propia opción puede ser algo bueno, con tal de no hacer de ella
una cuestión de victoria personal. En el objetivo de cualquier miembro de un matrimonio ha de
estar siempre la felicidad y el bien del cónyuge, y no un deseo algo infantil de afirmación del yo.

6. El miedo a interrumpir un noviazgo oficial y socialmente alentado. Tal temor puede constituir
una seria dificultad para quienes no posean el hábito de tomar decisiones con libertad y
responsabilidad propias, sobre todo cuando la presión de los padres, parientes o amigos es
intensa. El temor a producir un grave disgusto a los familiares, entusiasmados ante un determi-
nado partido o materialmente interesados en él, ha inducido a más de uno y de una a casarse con
la persona equivocada.

7. El terror al escándalo, cuando la chica queda embarazada (y cuya respuesta jamás debería ser
el hoy tan utilizado recurso al aborto). A menos que se hubiera decidido el matrimonio antes de la
concepción y con plena libertad, es desaconsejable precipitado. Sería mejor esperar a que nazca el
niño y después, con calma y con serenidad, los dos estarán mejor dispuestos para tomar una de-
terminación ponderada.

8. Casarse con alguien por la compasión que produce su situación y pensando que de este modo
se le podrá ayudar. Aun cuando la compasión es un sentimiento nobilísimo, no resulta equiparable
al amor ni lo sustituye: por tanto, ese matrimonio está destinado al fracaso como matrimonio…, y
como obra de caridad.

9. Pensar que el matrimonio pudiera constituir un remedio para las propias anomalías
psicoafectivas (como, por ejemplo, en caso de homosexualidad). Quien no logra superar ciertas
desviaciones afectivas no debe hacerse la ilusión de encontrar en el matrimonio un talismán que
todo lo cura. Por el contrario, debe considerar la eventual grave injusticia que comete contra su
pareja. Recordando además que si llegara a demostrarse que el matrimonio se contrajo con dolo,
también la Iglesia lo declarará nulo.

10. Buscar en el marido un padre y en la mujer una madre. Sucede esto a quienes, por inmadurez
afectiva, «descubren» en la pareja la figura del propio padre o de la propia madre. Ciertamente,
este factor juega a veces algún papel en la relación conyugal correcta. Pero es imprescindible
evitar que semejante inconsciente identificación acarree un desequilibrio en el trato normal entre
los esposos.

Lectura L25

Las crisis matrimoniales

¡Cómo nos cuesta afrontar los cambios! Ellos nos confunden, nos desconciertan. Un cambio de
trabajo, o de una ciudad a otra, nos puede colocar en una situación de crisis. El mismo organismo
a menudo se resiente con un cambio de clima, de estación o de altitud: se pueden presentar
resfriados, urticarias, palpitaciones, perturbaciones en la respiración y otras alteraciones de la
salud.

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Esta dificultad para adaptamos a los cambios también afecta a la relación de pareja. Al transitar
de una etapa matrimonial a otra se presenta una crisis, y esto le ocurre a toda pareja. Lo que sí
varía de un matrimonio a otro es la profundidad de esas crisis, dependiendo de la concepción que
cada uno tenga del matrimonio.

Veamos primero las grandes crisis previsibles, que surgen de la naturaleza dinámica de la relación
de pareja, para luego hacer algunas reflexiones sobre los elementos que hacen que estas crisis
adquieran proporciones catastróficas.

Las grandes crisis previsibles

Todo matrimonio experimentará crisis más o menos severas. Pero las grandes crisis se presentan
al abandonar una etapa para entrar en la siguiente. Al pasar de la confluencia a la convergencia,
la crisis generalmente no conduce a la disolución de la pareja, debido a la absoluta necesidad de
atender las tareas que impone la incipiente unidad familiar. Esas tareas son inaplazables; hay que
acometerlas prioritariamente, y los jóvenes esposos se disponen rápidamente a enfrentar los
nuevos retos.

En las parejas que no contemplan el matrimonio como un modus vivendi sino como una manera
de legitimar su cohabitación ante la sociedad, este momento sí se experimenta como la gran
crisis. Es el caso de los enlaces de Hollywood. Como en la mayoría de ellos la estabilidad eco-
nómica y la educación de los hijos no exigen el trabajo mancomunado de la pareja, al terminar el
enamoramiento propio de la confluencia los cónyuges se separan porque “se acabó el amor”.

En nuestra época, muchos jóvenes se casan sólo cuando ya disfrutan de una posición económica
estable: un buen trabajo, vivienda propia equipada con todo lo necesario, vehículo y, en algunos
casos, inversiones y ahorros significativos. Si a estas circunstancias se añade la intención de
postergar la llegada de los hijos durante varios años, la situación es muy semejante a la que
presentan los enlaces de estrellas del cine. Por eso día a día se hace más frecuente la disolución
de parejas jóvenes cuando, una vez terminada la confluencia, aducen que “se les acabó el amor”.

Cuando la pareja ha logrado adentrarse considerablemente en la convergencia, sobreviene


entonces la que es una prueba de fuego para casi todos los matrimonios. Es lo que entre nosotros
se conoce como “el demonio del mediodía” y los anglosajones llaman “la comezón de los siete
años" (the seven year itch), que no ocurre necesariamente a los siete años de matrimonio, sino
cuando las circunstancias únicas y específicas de la familia señalan que las tareas de la
convergencia no requieren ya tanta atención, así sea a los cinco, a los 10 o a los 20 años de
matrimonio.

Cada cual regresa entonces a su interior y descubre ahí su soledad, el distanciamiento de su


cónyuge, la perplejidad frente a un compañero o una compañera que ha evolucionado y a quien
ya no conoce casi. Aumentan entonces la soledad y la añoranza de vínculos afectivos gratificantes,
como aquel que en un día lejano se tuvo con la pareja actual. Entonces sobreviene el ansia de
refugiarse en una nueva confluencia, es decir, en una nueva relación que proporcione las
satisfacciones propias del enamoramiento, las cuales ya no es posible encontrar con el cónyuge.
Por eso son tan comunes las infidelidades y las separaciones que, con demasiada frecuencia,
adquieren carácter definitivo.

Las crisis catastróficas

Fundamentalmente, hay tres elementos que dan lugar a que se manifiesten las crisis con efectos
devastadores: la ignorancia, la negación, y el hecho de considerar el matrimonio como un fin.

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La ignorancia

Muchas parejas simplemente no saben cómo se va transformando la relación en su


desenvolvimiento dinámico. La mayor parte de las obras de divulgación sobre el matrimonio han
desatendido este aspecto, centrándose en fórmulas o en técnicas para corregir los problemas,
mejorar la relación o, al menos, hacerla soportable. Por otro lado, la preparación formal que
reciben los novios antes de la boda —cuando semejante entrenamiento se da— dedica poco
tiempo a esos procesos.

La falta de conocimientos relacionados con las dificultades que experimenta toda pareja tiene
efectos funestos. Los esposos se llenan de temor al advertir que “se les acabó el amor”. Cada uno
inculpa al otro por su egoísmo, por su falta de interés en la relación, por pretender imponer su
voluntad. Ambos se desconciertan frente a la más leve atracción hacia una tercera persona y no
saben qué hacer o cómo interpretar este hecho. Todas estas manifestaciones, y muchas otras, los
llenan de angustia y desasosiego.

Lo que es más grave aún es que a menudo llega a tal punto su desconcierto y su desilusión, que
después de múltiples conflictos y agresivas discusiones concluyen que son incompatibles, que
nunca deberían haberse casado, y proceden a disolver su unión. Con un mayor conocimiento del
proceso que vive la pareja, sus integrantes podrán evitar los peligros que forman parte de toda
relación conyugal. Guerra avisada no mata soldado, reza el dicho popular.

La negación

En nuestro afán por evitar el dolor y la angustia, todos los seres humanos utilizamos lo que se
conoce como mecanismos de defensa. Estos son sistemas que aplicamos inconscientemente
cuando hay necesidad de evitar o de disminuir la ansiedad, o de descargar las energías en forma
segura: es el caso de quien, en una batalla verbal, golpea la mesa o patea una puerta cuando, de
hecho, lo que quiere es golpear al contrincante.
Uno de esos mecanismos de defensa es la negación. Cuando el individuo empieza a advertir la
presencia de una realidad amenazante que le causa dolor, inseguridad o angustia, sobreviene una
reacción automática que lo induce a figurarse que esa realidad no existe de hecho. Por eso es tan
fácil engañar a los enfermos graves: éstos no quieren experimentar la angustia de saber en qué
consiste su mal, de modo que la aplicación del mecanismo de la negación los lleva a creer la
mentira piadosa del médico o de los familiares.

En la pareja, el uso del mecanismo de la negación es consecuencia de no estar bien informado. Al


desconocer la dinámica de la relación, la pareja teme que las experiencias negativas, que tarde o
temprano se manifiestan, representen síntomas de un deterioro crítico de la relación. Para uno —o
para ambos— se empieza a perfilar una realidad demasiado amenazante y, como defensa contra
lo devastador que puede ser el resultado, inconscientemente se recurre al mecanismo de la
negación. En efecto, si no se registra la realidad que empieza a insinuarse y no se hace
consciente, entonces tampoco se darán la angustia y el temor que esa realidad podría
desencadenar.

El efecto de la negación es aún más pernicioso que el de la mera ignorancia debido a que los
cónyuges terminan por convencerse de que todo va bien. O si sólo uno de ellos se protege con
este mecanismo, la frustración del otro echará más leña al fuego de sus desavenencias. El
resultado final será que los problemas sin resolver crecerán más y más en número e intensidad,
hasta irrumpir con una violencia tal que la débil estructura de la pareja no podrá soportarla. El
conocimiento del proceso le dará a la pareja la posibilidad de comprender en su verdadera dimen-
sión lo que al parecer es apabullante. Esta perspectiva más realista es lo que les permitirá a
ambos evitar la negación.

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La percepción del matrimonio como un fin

Éste es, ni más ni menos, un engaño que vive quien así percibe el matrimonio. Es una mentira
porque no corresponde a la realidad de la relación conyugal, que es un proceso, algo dinámico,
cambiante y en constante evolución.

Un fin es siempre algo preestablecido, fijo, un punto hacia el cual se tiende. Cuando
equivocadamente convertimos la relación de pareja, que como tal es una relación-proceso, en una
relación-fin, la distorsionamos. El resultado no puede ser otro distinto que la frustración
ocasionada por la contradicción interna: en realidad se está viviendo un proceso, pero se cree
haber logrado un fin. Una relación fundamentada en una distorsión semejante carece de la solidez
que le permitiría evolucionar y madurar. Veamos un ejemplo.

Alina, una atractiva mujer de 37 años, se presentó en mi consultorio angustiada porque, según
sus propias palabras: “Estoy desilusionada del matrimonio, de mi esposo y de mí misma.” Se
había casado 16 años atrás, un año antes de haber terminado sus estudios de administración de
empresas. Tenía dos preciosos hijos, Mateo, de ocho años, y Mónica, de 13. Su esposo, Darío, 12
años mayor que ella, era un prestigioso industrial, amable, considerado y hogareño. Si todo en su
vida era tan perfecto, ¿por qué estaba ella tan desilusionada?

Al inquirirla por su historia personal antes del matrimonio, Alina me dijo que su vida familiar había
sido un tormento. Su padre, un alcohólico irresponsable y malhumorado, se había marchado de
casa cuando ella tenía sólo 11 años y sus tres hermanos, nueve, siete y dos. La mamá se vio
obligada a regresar a casa de sus padres —los abuelos de Alina— y a trabajar nuevamente como
secretaria.
Su abuela era una mujer neurótica, exageradamente pulcra, quien no toleraba el menor desorden.
Como Alina era la mayor, le exigía mantener la casa ordenada y, cuando sus hermanos dejaban
los juguetes fuera de su lugar, era Alina quien se ganaba los regaños y tenía que recoger los
juguetes.

Dos meses después de cumplir Alina los 15 años, su mamá le anunció que se iba a casar en
Panamá con Óscar, uno de los ingenieros de la empresa donde ella trabajaba. A su regreso de la
luna de miel, ella y sus hermanos se fueron a vivir con el nuevo papá en un lujoso apartamento.
Pero al poco tiempo la vida allí se hizo imposible, hasta que Óscar le exigió finalmente a la mamá
de Alina escoger entre él y sus hijos. Ella decidió quedarse con él, y Alina y sus hermanos
regresaron a casa de los abuelos maternos.

En el curso de las sesiones de terapia, Alina comprendió que se había casado buscando en su
matrimonio el cariño, la paz y la tranquilidad que no había tenido en su infancia y juventud.
Pretendía encontrar en el matrimonio una felicidad ya hecha para disfrutar, como si fuera una
poción que, una vez puesta a su alcance, sólo tuviera que beber para sentirse plenamente
satisfecha. Esta claridad le permitió revisar su forma de abordar la relación conyugal y poco a
poco dejó de concebirla como un fin al cual podía acceder, de modo que empezó a comprometerse
con el proceso de su relación con Darío.

La relación-fin puede presentarse de tres formas

1. “Esta relación es mi felicidad; en ella está mi realización. Soy feliz porque la relación me brinda
la felicidad que busco.” Aquí, lo que se está haciendo es colocar la responsabilidad de mi felicidad
allá afuera, en la relación. El individuo no es responsable del logro de su felicidad; eso le
corresponde a la relación con el cónyuge; es allí donde encontrará su propia felicidad, como quien
encuentra un tesoro. Este es el caso de Alina.

Naturalmente, quien se coloca en esta situación le exige a su relación de pareja y le asigna tales
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expectativas, que termina por forzarla hasta que no resiste más y se rompe.

2. “Tú eres la razón de mi existencia, mi todo, mi alegría, mi vida misma. Todas mis ilusiones las
he puesto en ti. Solamente en ti adquiere sentido mi pobre realidad. Por eso, cuando me fallas,
siento que me acabo, que me anulo. Tus errores los vivo como si se desmoronase el fin de mi
existencia, que eres tú; y tus cambios, tu volubilidad, tus reacciones impredecibles me confunden,
me angustian y me llenan de terror porque no logro entender cómo tú no eres predecible,
permanente, inamovible, como todo fin hacia el cual se tiende.”

Aquí también colocamos la responsabilidad de nuestra propia felicidad fuera de nosotros.


Evadimos nuestra responsabilidad para con nosotros mismos y la descargamos sobre nuestro
cónyuge. ¡Qué peso tan abrumador! Lo extraño sería que esta modalidad de relación-fin tuviera
éxito.

3. “Yo me propongo como fin básico de mi vida darte la felicidad. Sólo así, dándote la felicidad
que tú mereces, te podré demostrar cuán inmenso es mi amor. Para lograr hacerte feliz, haré todo
lo posible por olvidarme de mí para amoldarme a ti. Además, quiero que en mí encuentres tu
seguridad, tu estabilidad. Por eso me esforzaré por disimular mi inseguridad, mis dudas y
angustias, mi debilidad y mi vulnerabilidad. Si permito que descubras estas fallas, no podrás
confiar en mí tanto como yo quisiera.”

¡Qué tremenda carga la que se echa encima quien adopta esta posición! No pasará mucho tiempo
antes de que la onerosa realidad de la otra persona se haga intolerable. La animosidad que esto
genera se incrementará cuando la pareja, irremediablemente, demuestre no estar a la altura en
reconocimiento y en gratitud ante tan excelso sacrificio y tan desinteresada generosidad.

Pero, ¿entonces qué? ¿Me comprometo en un proceso a ciegas, sin tener un fin específico ni unas
metas u objetivos determinados? Si la relación de pareja no es un fin, ¿por qué en la relación del
noviazgo me encamino y enderezo hacia ella?

En primer lugar, la relación del noviazgo no se puede considerar como un preámbulo a la relación
matrimonial: la primera es parte integrante de la segunda, y es en el noviazgo donde se dan los
primeros pasos en el conocimiento mutuo; precisamente, los primeros pasos son de carácter
tentativo. El noviazgo es la etapa en que la pareja decide si quiere continuar el proceso
formalizando el compromiso en una relación estable: el matrimonio.

Además, no se trata de que en la relación de pareja no se formulen fines, metas u objetivos. Se


trata más bien de no convertir en un fin a la relación. Ésta es el medio para lograr los fines que
ambos buscan; la felicidad, la procreación, el perfeccionamiento mutuo. Estos fines se lograrán
mediante el compromiso que ambos comparten desde el momento en que inician el proceso de la
relación de pareja.

Al contrario de lo que ocurre con la relación-fin, la relación-proceso respeta la realidad de quienes


la conforman. Y dado que la felicidad no reside ni en la relación ni en ninguno de los integrantes
de la pareja —con las agobiantes cargas que eso implica—, cada cual puede permitirse ser
imperfecto y confesar al otro esa imperfección, no con vergüenza o excusándose, ni con una falsa
modestia o humildad, sino con respeto por su condición de ser humano que, por su propia
naturaleza, falla, se angustia, se siente débil y necesita de los demás.

De la unión de ambos en la relación de pareja resulta una mayor felicidad para cada uno, no
porque se encuentre en el otro o en la relación la meta anhelada, sino porque quienes la integran
se han comprometido en el proceso de la relación, apoyándose el uno al otro y respetándose
mutuamente y cada cual a sí mismo

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Lectura L26

....Hasta que un amante los separe

Ya en las postrimerías de la convergencia han ocurrido dos cosas importantes: por un lado, ambos
han trabajado arduamente para enfrentar una realidad compleja y exigente; por el otro, en el
desarrollo de ese mismo proceso, cuya duración y dificultad requerían toda su atención, muy
lentamente se ha venido abriendo una brecha entre los cónyuges, quienes han descuidado su
relación de pareja y se han distanciado al punto que ésta ha perdido su encanto y se ha hecho
pesada, espinosa y aun fatigosa.

Este árido panorama afectivo resulta propicio para que se manifieste un peligro frecuente en esta
época: la infidelidad. Al respecto, la sociedad ha sido más permisiva con el hombre y, por eso,
hasta hace poco era un problema casi exclusivo de los maridos, quienes, aprovechando su mayor
libertad, tenían fácilmente sus “aventuras”. La consabida liberación sexual de nuestros días ha
dado como resultado que, recientemente, también las mujeres reclamen el mismo “derecho”.

La infidelidad es un problema que con demasiada frecuencia ha sido el motivo por el que
numerosos matrimonios se han disuelto. Pero un examen cuidadoso de este fenómeno nos
muestra que no podemos mirarlo simplemente como una manifestación del egoísmo, de la
inmoralidad y de las pasiones desenfrenadas. Es, más bien, un reflejo de realidades más
complejas. Más que una enfermedad es un síntoma cuyas raíces son profundamente humanas.
Todo esto lo estudiaremos en este capítulo.

En primer término describiremos el fenómeno: cómo se manifiesta la infidelidad. Luego veremos


sus causas y, por último, cerraremos el capítulo con una respuesta a las interrogantes que
muchos se han hecho: ¿Será que la fidelidad conyugal va en contra de la naturaleza humana?
¿Podrán ser la poliandria y, muy especialmente, la poligamia, los estados propios de uno y otro
sexo?
Manifestaciones de la infidelidad
Ambos, el hombre y la mujer, encontrarán numerosos sitios y oportunidades para formar vínculos
extramatrimoniales interesantes: el trabajo, el club, las reuniones sociales, las vacaciones, los
viajes de negocios, etc. Basta con que el esposo o la esposa quiera emprender la aventura para
lograr su objetivo. En los países más desarrollados, como Estados Unidos, donde ha sido mayor la
libertad sexual, el peligro del SIDA ha motivado el retorno a las costumbres sexuales
tradicionales. Pero para quienes vivimos en países más pobres (los llamados “países en vía de
desarrollo”), incluso el SIDA nos ha llegado con rezago, y por consiguiente, la revolución sexual,
con su exigencia de mayor libertad, sólo empieza a moderar un poco su marcha y todavía ofrece
amplias posibilidades para una variada actividad sexual.

Semillas de infidelidad

La infidelidad se hace aún más atractiva si a la facilidad de incidir en ella añadimos otro
ingrediente: el hecho innegable de que por haber seleccionado un compañero o una compañera
permanente no dejan de ejercer su atractivo sobre nosotros los demás hombres o las demás mu-
jeres1. Solamente en las máximas manifestaciones del amor confluente, una etapa que ya se ha
dejado atrás desde hace mucho, se da el fenómeno de que ninguna otra persona reclame nuestra
atención o nuestro interés sexual. Pero esta exclusividad es de cortísima duración, incluso, dentro
de la fase confluente.

1
Existe un dicho popular que, si bien es machista y vulgar, resume muy bien este hecho: “Casado, pero no
capado.”
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Es natural, entonces —y no debería, por lo mismo, ser motivo de conturbación—, que las personas
casadas, aun las que estén seriamente comprometidas con su pareja, se sientan atraídas al
encontrarse ante una persona del sexo opuesto que es amable, atractiva, divertida e inteligente, y
que posee una serie de cualidades tan maravillosas, y muestra ser afín en el carácter, que lo
antinatural sería que no les llamara la atención. Si la otra persona responde de igual manera,
entonces todo está dispuesto para dar inicio a una aventura extramatrimonial. El que ésta se
realice o no dependerá de cuatro aspectos: a) la postura moral de cada cual frente a la
infidelidad, b) su grado de compromiso con la relación de pareja, c) la intensidad de la frustración
y de la aridez afectiva en que cada uno se encuentre como resultado de los procesos típicos de la
convergencia, según lo hemos expuesto, y d) el nivel de tolerancia a la frustración que cada cual
haya logrado desarrollar en