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Universidad El Bosque – Departamento de Filosofía

Seminario de Lógica y Filosofia del lenguaje – Carlos Mario Moreno

Protocolo de la sesión dedicada a la ponencia sobre

“Libro III de Ensayo sobre el entendimiento humano”

Este protocolo, buscando claridad y síntesis, no se guía por consideraciones cronológicas, sino que pretende
señalar lo más relevante de la sesión pasada. Pretendo que este protocolo sirva como una lectura
complementaria tanto al texto leído como a la ponencia.

¿Existe una conexión entre el significado de las ideas, las palabras y el mundo? Esta fue la pregunta con
que se concluyó la sesión anterior dedicada a los capítulos del 1 al 4 del Libro III de Ensayo sobre el
entendimiento humano escrito por John Locke. Mostraré en este protocolo cómo llegamos a esta pregunta
pasando por la revisión de los puntos que se discutieron en la pasada sesión y organizando la discusión
acerca del lenguaje, y las doctrinas de Locke, en tres partes sinópticas que me parecen puede ayudarnos
a comprender los temas álgidos durante la clase; a saber: el segmento epistemológico del lenguaje, el
segmento lógico del lenguaje y el segmento ontológico del lenguaje.

El lenguaje tiene una importancia epistemológica en la obra de Locke; es decir, que el lenguaje ocupa un
segmento importante en nuestro conocimiento acerca del mundo y de nosotros mismos. El empirismo
lockesiano enseñaba que recibimos del mundo sensible las ideas que son reproducidas en nuestro intelecto.
Por ejemplo, recibimos la idea de color rojo, recibimos la idea de círculo, recibimos la idea de sabor,
recibimos la idea de dulce; y con estas ideas simples o particulares componemos ideas complejas como la
idea de manzana. Todas las palabras usadas en el lenguaje se derivan de las ideas sensibles que percibimos
del mundo externo. Locke es enfático en decir que ninguna idea puede venirnos de otro lugar que no sean
los objetos sensibles externos, por esa razón es un empirista. De manera que las palabras deben servir
como señales sensibles de las ideas de nuestra mente.

Todas las palabras que usamos en el lenguaje son términos generales, excepto los nombres propios. Esto
es así porque de lo contrario las palabras no tuvieran alguna utilidad. Si tenemos una palabra distinta para
nombrar a cada idea sensible que percibimos, entonces cada cosa particular precisaría de un nombre
distinto para ser referenciada y las palabras se quedarían solo en sonidos articulados que no comunican
efectivamente las ideas a otras personas. En el famoso cuento Funes el memorioso, Jorge Luis Borges
ilustra la imposibilidad de que un lenguaje se componga solo de nombres propios o términos particulares:

Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual,
cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un
idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto,
Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que
la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta
mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de
que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte
no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un
inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta
balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo
olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el
símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma;
le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el
perro de las tres y cuarto (visto de frente). (Borges, 96).

Lo anterior nos sugiere dos cosas: que las ideas son ideas privadas de cada intelecto y que el fin del
lenguaje es la comunicación de esas ideas. Por lo tanto, es necesario en el lenguaje, y Locke lo sostiene
en §3 del capítulo uno del libro que nos ocupa, el uso de términos generales en el lenguaje en donde una
palabra puede referirnos multitudes de existencias particulares. (Locke, 391). A su vez, esto quiere decir
que los sonidos necesitan significado para ser palabras. Empero queda por aclarar una pregunta: ¿Los
sonidos articulados preceden a las palabras?

De modo que, no nos equivocamos en denominar a este punto como segmento epistemológico puesto que
son las palabras en donde se puede originar el conocimiento acerca de nuestras ideas y la de los demás.
Ahora bien, la verdad y la falsedad solo pueden predicarse de proposiciones del lenguaje; es decir, no
podemos determinar si una percepción es falsa o verdadera en sí misma. No podemos determinas si nuestra
idea compleja de manzana es una verdadera idea. Por esa razón en Locke el significado de las palabras
que refieren a las ideas no se busca en el plano ontológico. Para el empirismo lockesiano las palabras son
señales sensibles de las ideas y las primeras son significación de las segundas Por lo cual el significado de
las palabras se halla en el plano psicológico, en si el uso de una palabra realmente refiere a alguna idea
porque de lo contrario sería un sonido articulado sin significado y que no comunica nada. Entonces, el
sentido de una proposición no se relaciona con respecto a su lógica sino con respecto a la intencionalidad
del hablante.

Sin embargo, de este segmento epistemológico que señala una utilidad en las palabras, queda el problema
de si las ideas pueden reproducirnos las cosas sensibles de manera correcta. La idea de un reloj la podemos
representar en nuestra mente. No obstante, en ese ejercicio, no nos aparece la idea de “cómo anda” el
reloj, la idea del funcionamiento del reloj; lo que significa que no nos estamos reproduciendo cabalmente
al reloj en nuestra mente. Puesto que un reloj no es solo lo su figura circular y los números que marca,
sino que la manera en cómo funciona, eso es lo fundamental para determinar qué es un reloj y qué no lo
es. Ahora bien, si nuestras ideas de los objetos materiales reproducen a las cosas sensibles; lo que nos
demuestra el anterior ejemplo es: parece que no alcanzamos a reproducir las cosas sensibles de manera
exacta. Por consiguiente, no es cierto que nuestras ideas reproduzcan correctamente el objeto percibido.

Entonces, si una palabra tiene su validez en la intencionalidad discrecional del hablante y no en lo que
existe en el mundo. Además, parece que las ideas no logran representar las cosas que existen en el mundo
de forma exacta. Cabe preguntarse si existe una conexión lógica entre el significado de las ideas, las
palabras y el mundo.

Bibliografía

Borges, J. “Funes el memorioso”. Petrotecnia. Junio, 2004. 94-96.

James, W. “Concepción de la verdad según el pragmatismo”. Teoria de la verdad en el siglo XX. Editado
por Nicolás, J. & Frápoli, M. Editorial Tecnos: Madrid, 1997. Pp 25-44.

Locke, J. Ensayo sobre el entendimiento humano. México: Fondo de Cultura Económica, 2005.