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Geografía Política. Espacio geográfico y relaciones de poder. Joan Eugeni Sánchez.

SANCHEZ, Joan-Eugeni. Geografía Política. Madrid: Síntesis.1992. 224 p. [ISBN: 84-7738-134-8] Relaciones de poder y espacio geográfico:

Como uno de los teóricos que más aportes ha realizado a la Geografía como disciplina, Joan-Eugeni Sánchez se destaca por el tratamiento particular que da a la categoría de poder y sus relaciones con el espacio geográfico. Sostiene que las relaciones de poder se encuentran omnipresentes en las relaciones sociales y en el espacio como ámbito a apropiar, dominar o controlar para que éstas puedan tener lugar. Así, la Historia se constituye como la historia del dominio que resulta de cada relación de poder, y no como una historia de las ideas y de las aspiraciones. El futuro surge de las relaciones de poder del presente, por lo que la idea de momento histórico no puede ser dejada de lado: el espacio, como testimonio de las relaciones de poder, las plasma. Tal es el caso, por ejemplo, de permisos por parte del poder político para la extracción indiscriminada de un determinado recurso natural, la cual quedará reflejada tanto en el paisaje como en los individuos que pertenecen a dicho espacio geográfico.

La Geografía Política como disciplina La Geografía Política, tal como es concebida por Joan-Eugeni Sánchez, se interesa en la relación entre la organización política de la sociedad y el espacio geográfico a todas las escalas, centrando su análisis en que todas las relaciones contienen algún componente de relación de poder. En este contexto, debemos situar al tratamiento del poder en el ámbito de las relaciones sociales, dejando de lado las relaciones interpersonales. La Geografía Política es el ámbito de las relaciones sociales donde el espacio geográfico interviene como uno de los factores en la relación entre poder y contrapoder. Asume así el estudio del ámbito societal, donde se produce la vinculación entre las relaciones y procesos políticos y el espacio geográfico.

Objetivos de la Geografía Política El aspecto clave que entronca la Geografía Política consiste en que los agentes de poder se marcan unos objetivos a cierto plazo, para los que necesitan adecuar un espacio bajo las fórmulas de dominio-apropiación y/o influencia. Centrada usualmente en las relaciones interestatales, pertenecen al campo de la Geografía Política todos los ámbitos en que se puede ejercer alguna forma de política, entendida como el planteamiento de un proceso de actuación social encaminado a la consecución de objetivos y en el que el espacio aparece como variable. Sin embargo, no se remite exclusivamente al Estado, sino a relaciones de poder en el espacio en las que las relaciones políticas no son las únicas relaciones de poder. El objetivo de la Geografía Política es la articulación política de la sociedad en su relación con el espacio geográfico, asumiendo un aspecto esencial dentro de las relaciones sociales: entender las relaciones políticas como relaciones de poder y efectuar un análisis de las relaciones de poder en el espacio. Desde el marco geográfico, el territorio aparece históricamente como el ámbito a dominar. En este aspecto, la Geografía Política debe aportar elementos de interpretación de las contradicciones y conflictos entre agentes, relacionando las diferentes escalas territoriales implicadas en cada toma de decisiones, y los instrumentos analíticos de interpretación de los procesos históricos en cuanto procesos territorializadores múltiples sobre un mismo espacio geográfico.

La organización interna de los grupos humanos se configura sobre la base de relaciones asimétricas en el interior de los grupos. Las relaciones interpersonales serán asimétricas en la medida en que algún miembro de la sociedad consiga imponer su criterio a los demás. El poder social se deriva de la existencia de relaciones asimétricas y de su resolución social. La asimetría es la característica que permite definir la índole de las relaciones sociales, como medida del grado en que un miembro se impone sobre otro u otros. Así una relación asimétrica se define por una relación de dominio-dependencia que se manifiesta a través de algún grado de obediencia. Para la Geografía Política, la asimetría es una variable de gran importancia porque conduce a relaciones de poder, si consideramos que las relaciones sociales contienen un importante componente de poder y la existencia de algún grado de dominancia-dependencia. Factores que vinculan al espacio geográfico y las relaciones de poder Las relaciones de poder asumen una forma espacial-territorial, ya que el espacio es el ámbito en el cual se materializan. De este modo, el papel del espacio geográfico en las relaciones de poder se encuentra determinado por ciertos factores que los ligan mutuamente:

La necesaria coherencia entre relaciones de poder y articulación del espacio. Todo sistema social es coherente en sus partes, lo que le permite su reproducción. Para ello, el conjunto de sus partes debe posibilitarle la consecución de ciertos objetivos globales, siendo necesaria una coherencia entre los fines y los medios. Esta articulación global del territorio es la primera necesidad para asegurar el funcionamiento social y su mantenimiento. A cada modo de producción corresponde un modo de articulación espacial; cualquier cambio en los objetivos sociales deberá ir acompañado de un cambio en la estructura espacial que lo haga coherente con los nuevos objetivos. Por ejemplo, los cambios en la división del trabajo y de la producción se reflejan en nuevas formas de articulación del espacio.

El dominio del espacio por los grupos sociales. Los grupos sociales tienen la necesidad de apropiarse del espacio. Por ejemplo, para que un Estado se constituya requiere de que se apropie de una parte de superficie terrestre. Este proceso es válido a todas las escalas (espacio productivo, residencial o correspondiente a instituciones de ámbito internacional). Sin embargo, cabe destacar la diferencia entre la apropiación en sentido estricto, o dominio material, y la influencia, como ámbito de intervención desde una relación de poder, sin que sea necesaria la apropiación.

La localización de las fuerzas de decisión y organización del espacio. Las relaciones de poder se encuentran omnipresentes en el espacio como ámbito a apropiar, controlar o dominar para que así las relaciones sociales puedan tener lugar. Un aspecto específico en las relaciones de poder territorializadas es la localización de centros de gestión y decisión de los que derivan los procesos de organización territorial para alcanzar coherencia entre los objetivos de cada centro. Si bien el ser humano necesita relacionarse con un espacio geográfico para garantizar su supervivencia como individuo y especie y garantizar la reproducción requiere de un conjunto de relaciones estructuradas entre los individuos, y de éstos con el medio geográfico. Éstas, en cierto período de tiempo, asumen formas estables de organización social, ya que para garantizar dicha reproducción es necesaria una cohesión social que evite la desintegración. Por lo tanto, no se trata de simples relaciones hombre-espacio, sino de relaciones de intereses, que pretenden hacer prevalecer dichos objetivos, relaciones de poder que implican el dominio de un espacio determinado con estos fines.

Una geografía humana renovada: lugares y regiones en un mundo global. Abel Albet i Mas. Barcelona, Editorial Vicens Vives, 2000.

La Política del Territorio, Principios de Geografía Política.

La globalización de la economía se ha visto en gran medida favorecida por la generalización de una serie de actuaciones emanadas desde los estados extendiendo sus esferas de influencia y facilitando el camino al óptimo funcionamiento de mercados e industrias. Más que nunca las relaciones entre economía, política y territorio son complejas y abarcan todas las escalas. La geografía política, se presenta hoy interesante y múltiple: a pesar de la virtualidad y la globalidad, detrás de toda política hay territorio y, a su vez, todo, en geografía, es política. Sobre límites y fronteras De entre todos los elementos que definen la geografía política y que caracterizan las prácticas de la geopolítica, quizá los límites y las fronteras sean el fenómeno más ampliamente conocido y al que más a

menudo se recurre. Gracias a la implementación de múltiples normas, el establecimiento de una frontera tiende a reforzar la territorialidad y la diferenciación espacial y propicia la regulación y control de las relaciones territoriales (a veces conflictivas y competitivas) entre grupos sociales. Así la delimitación de una frontera implica tanto un principio incluyente como excluyente: a una zona perfectamente definida en sus bordes es posible aplicar de manera mucho más fácil el control sobre las personas, los recursos y las actividades que tienen lugar en ella y establecer así una supuesta legitimidad de unos rasgos definidos como propios. Igualmente, una frontera sirve para restringir los contactos y profundizar en el estereotipo de la alteridad: el control del flujo de migrantes o de la importación de bienes puede hacerse gracias al filtro que toda frontera impone remarcando la no pertenencia a la propia área y justificando el peaje impuesto para traspasarla. Evidentemente hay muy diversos tipos de fronteras y con muy diferentes niveles de permeabilidad. Quizá las fronteras más asumidas sean las que delimitan estados, dado su establecimiento formal en tratados internacionales: se trata de límites trazados sobre los mapas y sobre el suelo, defensadas conceptualmente

y por las armas. A menudo son trazos totalmente artificiales (sin referentes en el medio físico, la historia, la cultura la economía, la sociedad) y en ocasiones imponen barreras no solo a las personas y a las mercancías sino a las ideas y la misma naturaleza. En el otro extremo podemos encontrar las fronteras informales no cartografiadas, por las que mediante marcas y símbolos se establecen los territorios de una banda de delincuentes urbanos, de un grupo mafioso, o de una tribu pastoral. Algunas fronteras, a pesar de su irracionalidad son muy poco permeables (un ejemplo claro es el límite entre Corea del Norte y del Sur) mientras que desde hace décadas ha sido posible cruzar los confines de los países escandinavos sin controles de aduana y de pasaporte. A pesar de la trascendencia que se concede a las fronteras estatales y su supuesta inmutabilidad (casi eternidad), la evolución política, económica y social puede introducir cambios radicales: la degradación de las relaciones entre dos estados condujo a la construcción de un «muro» en el centro de Berlín, como forma de remarcar el carácter de barrera impermeable de dicha frontera; a pesar de mantenerse buena parte de las respectivas estructuras estatales,

a partir de una determinada fecha las fronteras entre diversos países de la Unión Europea han dejado de

suponer barreras a la libre circulación de personas, bienes e ideas; para enfatizar en las identidades propias, las fronteras de la antigua Unión Soviética fueron rediseñadas en 1989 así como, desde 1979, los límites administrativos internos de España. Desde el punto de vista de la ciencia geográfica los territorios definidos por las fronteras estatales en muchas ocasiones son utilizados como prácticas y significativas unidades de análisis dada su importancia en tanto que ámbito de gobierno y administración: a menudo suponen la única unidad espacial de la que se disponen datos posibilitando una primer estadio de comparabilidad, de manera que habitualmente el análisis geográfico regional se fundamenta en los espacios definidos por estas fronteras. Sobre naciones y estados Una nación es un grupo de personas que comparten elementos culturales comunes referidos al idioma o la personalidad política o histórica: a pesar de que el reconocimiento de una identidad territorial común es importante, no es un rasgo imprescindible: algunos pueblos se reconocen «nación» a pesar de vivir en

diáspora o sin una contigüidad espacial que dé coherencia al resto de factores culturales compartidos. Así se habla de la nación kurda (repartida entre los territorios estatales de Siria, Turquía, Irán e Irak), del pueblo gitano (esparcido por muy diversas zonas de Europa y Asia) o de los buracos (hay casi tantos portorriqueños viviendo en EE.UU como en la isla de Puerto Rico). Así pues, el estado-nación, aquella fórmula ideal nacida a finales del siglo XVIII por la que un grupo homogéneo de personas viven gobernadas por su propio estado, es prácticamente inexistente en la actualidad. Ya sea debido a los cambios de fronteras (en Europa), a los efectos del imperialismo y el colonialismo (en el resto del mundo) o a las extensas migraciones, hoy por hoy lo habitual son los estados plurinacionales o multiétnicos, si bien no siempre las comunidades integrantes conviven en régimen de igualdad. Así no solo en África o Asia cada uno de los estados integra diversos grupos nacionales los cuales, a su vez, a menudo tienen su marco territorial de referencia partido por fronteras estatales impuestas sino también es el caso de Europa. Francia o España son buenos ejemplos de estados plurinacionales en los que históricamente las propuestas de homogeneización (de identificación del estado solo con los rasgos de una única nación: la francófona en el caso de Francia, la castellana en el caso de España) han tenido un éxito relativo.

A través de sus instituciones básicas (esencialmente el ejército o el sistema educativo, pero también la

legislación) el estado actúa para legitimar su posición, mantener su imagen interna y externa y armonizar los intereses de sus gentes. En el marco del sistema capitalista, el estado, además, se ha encargado de asegurar el óptimo funcionamiento de las estructuras económicas que le caracterizan (mercados, esquemas de producción y reproducción, etc.) dado que tradicionalmente el estado-nación (en tanto que unidad política

independiente y dotada, al menos teóricamente, de plena soberanía y con unas fronteras reconocidas) coincidiría con el marco adecuado para desarrollar y proteger un mercado interior (de producción, distribución y consumo) y en contraste con el resto de mercados-estados-nación. Sobre nacionalismos y regionalismos

El nacionalismo y el regionalismo reflejan el sentimiento de pertenencia a una nación paralelamente a la

creencia de que esta nación tiene el derecho natural a la autodeterminación, es decir a la posibilidad de decidir sobre el futuro de sus propios asuntos. En ocasiones este nacionalismo, deriva en independentismo (voluntad de formación de un marco estatal propio a partir de la estructura nacional) que, a pesar de los avatares históricos, se mantienen latentes y reaparecen cuando las circunstancias sociales, políticas y/o económicas son propicias: es el caso de diversas naciones de la Europa Oriental (Estonia, Letonia, Lituana, Eslovaquia, Eslovenia, etc.) que en la última década del siglo XX han canalizado la voluntad independentista interna y han obtenido o recuperado el reconocimiento internacional de su estructura estatal. En otras ocasiones, el nacionalismo y el regionalismo se traduce en formas de autonomía política que, aceptando la soberanía de un estado no propio, permiten el desarrollo autogestionado de determinadas esferas de la economía, la política o la cultura. Este ha sido el caso de España que, a través de la constitución de 1978, estableció un esquema merced al cual no solo los territorios identificados con una nación sino también otras regiones de territorio estatal alcanzaron un grado considerable de descentralización política. En cualquier caso, el mapa político de la Europa de finales del siglo XX es una clara demostración de las tensiones entre estados, naciones y nacionalismos, coexistiendo casuísticas tan diversas como naciones sin nacionalismos y prácticamente extinguidas (Cornualles) o de débil concienciación (Occitania) junto con otras con potentes organizaciones independentistas (País Vasco); en ocasiones aparecen movimientos independentistas, más vinculados a principios económicos que políticos o históricos, en áreas con escasa cohesión nacional (Padania); a menudo también, la defensa de la existencia de una estructura estatal centralizada se postula construyendo argumentos impropios y artificiales de tipo nacionalista lo que deriva en incoherencias e intolerancias (Francia, Yugoslavia). Sobre imperialismos y colonialismos Friedrich Ratzel, padre de la geopolítica, formuló una de las teorías clásicas en geografía según la cual todo grupo humano instalado en un territorio determinado debe tender, de forma natural, a la expansión territorial como única garantía de supervivencia ante la presión de otros pueblos y como estrategia para asegurar los recursos necesarios para el sostenimiento de sus ciudadanos. Esta teoría de base darwinista conectaría a la perfección con las pautas de dominación política, cultural y económica llevada a cabo por los europeos al menos desde el siglo XVI y, también, con la exacerbación de ciertos nacionalismos que llevarían, ya en pleno siglo XX, a algunos países europeos a ocupar territorios vecinos. El imperialismo, pues, en tanto

que extensión de la autoridad de un estado sobre la vida política, económica y cultural de otros territorios, ha sido una constante a lo largo de los últimos siglos, traduciéndose en una dominación casi absoluta de unos estados centrales (europeos, norteamericanos: del «norte», supuestamente «fuertes» debido a su organización social y a su despliegue tecnológico) sobre otros periféricos (africanos, sudamericanos, asiáticos: del «sur», supuestamente «débiles» por el hecho de no compartir aquellos valores). El imperialismo no necesariamente implica un control gubernamental formal sobre el área dominada sino que puede, simplemente, implicar formas de presión para asegurar determinados comportamientos o actitudes:

amenazas militares, intervenciones sociales y manipulaciones culturales, sanciones económicas, etc. En diversas etapas de la historia este imperialismo se ha traducido en colonialismo, con el consiguiente establecimiento y mantenimiento formal de un gobierno y administración (colonias, protectorados) por parte de un poder soberano sobre una población y un territorio extranjero a través de un proceso de colonización que asegurase la extracción de la riqueza en beneficio del país ocupador así como la dependencia económica y política de las tierras ocupadas. Cuando el colonialismo resulta insostenible, la independencia política llega para muchos territorios antes dominados si bien a menudo aquella se consigue tras un proceso doloroso y en ocasiones sangrienta. No obstante, el fin del colonialismo no presupone el fin del imperialismo ya que, como se ha dicho, este no necesariamente necesita de la dominación política directa: a través de canales más o menos sutiles, el control económico, social, cultural (y también el político) ha continuado siendo una realidad para muchos países del mundo. La descolonización política no necesariamente significa el fin de la dominación dentro del sistema mundial tal como lo demuestra el hecho de que muy pocos países anteriormente colonizados (mayormente en el hemisferio «sur» y por lo tanto «periféricos» en relación a los países «centrales» del hemisferio «norte») se han convertido en prósperos y económicamente competitivos desde que consiguieron la autonomía política. Incluso a pesar de que una antigua colonia pueda exhibir los diversos distintivos que simbólicamente manifiestan su soberanía (incluyendo la bandera nacional, estructura gubernamental, moneda propia, sistema educativo, fuerzas militares, etc.) su economía y estructura social pueden continuar dramáticamente configuradas, de muy diversas formas, por los estados centrales. La participación en los circuitos comerciales, industriales y de servicios; la integración en los sistemas financieros internacionales; la asimilación de las pautas educativas y sociales «occidentales» o la aceptación de sus patrones culturales y de consumo son, entre muchos otros, elementos que aseguran la vinculación de los países periféricos en relación con los centrales, estableciéndose unas relaciones que si formalmente difieren de las observadas durante el colonialismo, estructuralmente hacen perdurar la dependencia. Así, las inversiones industriales y los acuerdos comerciales capacitan a los países centrales a ejercer una importante influencia sobre los países periféricos anteriormente colonizados: los contratos agrarios se han convertido en el principal vehículo a través del cual la producción agrícola de la periferia se ha reorganizado en función de las necesidades, las preferencias, los estándares, las condiciones y, evidentemente, los precios, establecidos por el consumo realizado en los países centrales. Las inversiones industriales de los países desarrollados en los territorios periféricos, además de buscar los costes de fabricación más bajos y las condiciones de producción menos estrictas, a menudo imponen ajustes y condiciones económicas, sociales e incluso políticas para su instalación. Paralelamente, la difusión de un «orden mundial capitalista» ha tenido un innegable impacto de «modernización» de las sociedades locales a través de la educación, el cuidado sanitario, los hábitos de consumo y otros diversos factores, tergiversando completamente (a veces en positivo, a veces en negativo) las pautas culturales, sociales y políticas autóctonas tradicionales. En este sentido, la guerra civil de Rwanda iniciada en 1994 resulta un excelente ejemplo de lo que la etapa colonial y postcolonial puede suponer para un país periférico. A pesar de que los alemanes fueron los primeros en colonizar Rwanda, los belgas que llegaron después de la I Guerra Mundial establecieron una jerarquía interna altamente problemática por las rivalidades tribales creadas y que quedaría irresuelta a su marcha con motivo de la independencia política. Antes de la llegada de los europeos había existido una relación simbiótica entre los tutsis, esencialmente ganaderos, y los hutu, agricultores: los colonizadores belgas concedieron la supremacía política a la minoría tutsi al permitirles sólo a ellos el acceso a la educación y los puestos en la administración si bien manteniendo siempre la suficiente ambigüedad como para mantener el control absoluto sobre ambos grupos. Cuando en 1962 Bélgica cede la soberanía política a los rwandeses, dejaron un conflicto social, político y económico que ha estallado periódicamente con tintes muy sangrientos agravados por la precariedad institucional, la dependencia económica y los intereses

geoestratégicos de Francia, Bélgica y los Estados Unidos así como por las presiones de los comerciantes, legales e ilegales, de armamento. Sobre organizaciones internacionales y supranacionales Al igual que los estados se han convertido en las piezas clave de la geografía política, también a lo largo del siglo XX las organizaciones internacionales y supranacionales han contribuido decisivamente a la configuración del sistema mundial global. Además de estar planteadas para resolver conflictos internacionales y para armonizar criterios, buscan una gestión más eficaz de los recursos y un más fácil flujo de la información, los intercambios y la tecnología. Con todo, en determinados periodos (como los momentos álgidos de la guerra fría) estas organizaciones han sido planteadas como puntos de referencia política o ideológica: la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) o el ya desmantelado Consejo de Asistencia Mutua Económica (COMECON) cumplieron esta función partiendo de unos principios de cooperación militar o comercial, respectivamente. Una organización internacional es aquella que incluye dos o más estados buscando una cooperación política y/o económica: un buen ejemplo es la Organización de las Naciones Unidas (ONU) teóricamente encargada de buscar el equilibrio mundial y la resolución de los conflictos. A pesar de la aparente representación equitativa y la supuesta audiencia universal que mantienen estos foros, a menudo se convierten en los nuevos mecanismos a través de los cuales se justifican actitudes neoimperialistas y neocolonialistas: el Fondo Monetario Internacional (FMI) o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) son lobbies o ámbitos de decisión en la implementación de políticas favorables, una vez más, a los países centrales y del «norte», dado que el velo de la globalidad hace estéticamente «incorrecto» que ciertas decisiones afectando a otros países sean adoptadas exclusivamente por un estado. Evidentemente, no todas las organizaciones internacionales tienen este sesgo intervencionista y en muchas de ellas el objetivo esencial es la gestión cooperativa de determinadas problemáticas regionales (acuerdos de uso en cuencas fluviales supraestatales, relaciones en regiones transfronterizas, etc.). A diferencia de las organizaciones internacionales, las instituciones supranacionales reducen la centralidad de los estados miembros. A través de un proceso de autorregulación y de cesión de competencias, estas organizaciones disminuyen, hasta cierto punto, la soberanía individual de cada estado en favor de los intereses colectivos. La Unión Europea (UE) es quizá el mejor ejemplo de organización supranacional ya que posee su propio parlamento y sistema judicial y decide la admisión de nuevos miembros; busca crear un espacio político, económico y social común en el cual las mercancías, servicios, personas e información circulen libremente gracias a unos mecanismos financieros y a una actuación política coordinada.

Apuntes para una clasificación de conflictos internacionales. Alberto Piris.

Aunque, tradicionalmente se ha considerado a la guerra como inclasificable, entender las raíces de los conflictos es necesario para impedir que se transformen en conflictos armados y finalmente en guerras. Simplificando, las causas pueden ser de base psicológica, tradicional o moderna. El territorio, sobre todo, ha sido la causa primigenia, tanto en la expansión imperialista como en los procesos de descolonización. El nuevo imperialismo, financiero y multinacional, no necesita el factor territorial. La historia siempre está presente en los conflictos, y se utiliza como fuerza motivadora y en la propaganda. Además de otras, en casi todas las guerras existen razones económicas como causas secundarias. La imposición de un idioma, una religión o unas costumbres genera conflictos de raíz étnica, que frecuentemente se combinan con la lucha por territorios o recursos. La falta de democracia se ha convertido en un factor moderno de conflicto, ya que los sectores oprimidos de la sociedad se rebelan por sus derechos. La pobreza y la miseria se encuentran en la raíz de muchos conflictos actuales, a menudo de tipo interno, que se originan en el reparto injusto de la riqueza. La superación de la desigualdad es un elemento esencial para la prevención de los conflictos armados. Modernamente se ha añadido un nuevo conjunto de motivos, que tienen que ver con la degradación medioambiental, las guerras destruyen los recursos, el medio ambiente se ve afectado por la preparación militar en tiempos de paz y existen armas de destrucción masiva. El militarismo es también una fuente de problemas, ya que el rearme puede detraer recursos del desarrollo. En conclusión, las causas son muy diversas y se combinan entre sí, pero un conocimiento cabal es el paso inicial para la resolución de los conflictos.

Un intento simplificador Sin abrir tanto el campo de operaciones como para hacer imposible una clasificación de los conflictos, se puede establecer una lista resumida de algunas de las principales causas de los conflictos que aquejan a la humanidad al concluir el siglo xx. En este trabajo se van a considerar las siguientes cuestiones como causas principales de los conflictos:

la importancia de las percepciones o la base psicológica de los conflictos las causas de tipo tradicional: territoriales, históricas, económicas y étnicas las causas modernas: las carencias democráticas, la pauperización del Tercer Mundo, el deterioro ambiental y el militarismo Todo intento de clasificación es simplificador y, aun estando de acuerdo con las causas aquí calificadas de tradicionales, pudiera discutirse, por ejemplo, si son causas modernas las carencias democráticas o el militarismo. No obstante, es aceptable pensar que el ideal democrático universal, si hunde sus raíces en la antigua Grecia, no ha sido ampliamente aceptado hasta después de la Segunda Guerra Mundial, y que el militarismo romano o del imperio persa, por ejemplo, poco tuvo que ver con lo que ahora se entiende por ese concepto. Por otro lado, parece evidente que la preocupación ecológica es hija de los últimos decenios y la miseria extendida por amplias zonas de la Tierra es en gran medida un subproducto del largo proceso colonizador/descolonizador consumado a mediados del presente siglo. No es, pues, difícil aceptar una clasificación básica como la anteriormente propuesta.

una clasificación básica como la anteriormente propuesta. Las percepciones están en la raíz de todos los

Las percepciones están en la raíz de todos los conflictos El documento fundacional de la Unesco manifiesta que «las guerras comienzan en las mentes de los hombres», con lo que indica uno de los principales orígenes de los conflictos: el que se basa en las percepciones humanas. Se ha dicho también, acertadamente, que la historia responde tanto a los hechos como a las falsedades, (1) es decir, que el análisis histórico se construye frecuentemente sobre percepciones. Siendo así, es claro que el ser humano se debate entre impulsos opuestos de cooperación y agresión y la

humanidad no es por naturaleza más agresiva que pacífica. Hay buenas razones para creer que los hombres vivieron en paz y cooperación con sus congéneres durante la casi totalidad de su historia evolutiva, y el hecho de que la guerra se haya hecho tan habitual en la sociedad es una pauta cultural relativamente moderna y de ningún modo inevitable. Por otro lado, ha quedado suficientemente demostrado que «nuestra visión de la naturaleza humana, la imagen que tenemos de nosotros mismos, ejerce un efecto determinante sobre nuestra conducta y nuestra sociedad. (2) Los medios de comunicación configuran una determinada forma de ver el mundo y pueden fomentar

la

agresividad desde la infancia. También contribuyen a esto, entre muchos otros factores, los juguetes bélicos

y

la habitual mitificación y glorificación de la guerra y la violencia en las leyendas e historias de los

pueblos. (3) Unos estereotipos tradicionales educan a los muchachos en la competitividad y la agresividad e inducen a las niñas a una actitud pasiva y secundaria. Se crea así un círculo vicioso que premia la belicosidad

y castiga la cooperación pacífica. No siempre ha sido así, ni tampoco en todas partes; una de las únicas

filosofías que a través de los siglos se dedicó a no exaltar la guerra fue la de Confucio: «Un general verdaderamente grande no ama la guerra, y no es vengativo ni apasionado». (4) Pero han sido más las corrientes de pensamiento dedicadas a mitificar la guerra, cuya bibliografía llenaría muchas páginas. Por otra parte, el «fenómeno CNN», llamado así por la conocida cadena norteamericana de televisión que sirve a domicilio las guerras de cualquier zona del planeta mientras se están desarrollando, y que contribuye de forma desproporcionada a modelar la opinión mundial sobre aquéllas, es la expresión moderna de este problema. La percepción de los equipos de televisión modela la opinión pública sobre cualquier conflicto, crea un mundo de buenos y malos y sólo pone ante los ojos del público lo más espectacular y brillante. Lo cotidiano y lo normal no tienen allí cabida ni multiplican los índices de audiencia. Pero si alguien se siente propenso a culpabilizar a los modernos medios de comunicación, convendría recordar que la mítica guerra de Troya, provocada por el amor de una mujer y difundida por Homero en La Ilíada, con espectacularidad de detalles que en nada tiene que envidiar a la televisión actual, es un hecho que revela que este problema no es exclusivo de hoy.

El territorio como causa primigenia En el pasado, gran parte de las guerras tenían como motivo fundamental la conquista de territorios. En los tiempos prehistóricos, se trataba de defender los territorios de caza, las rutas de nomadeo o los campos de recolección; ya en épocas históricas, el motivo podía ser el afianzamiento del poder de un señor feudal, o la

dilatación y protección de un imperio colonial. En la actualidad este tipo de conflicto es menos frecuente, debido en parte al desarrollo del derecho internacional y la creación de instancias jurídicas que regulan los conflictos territoriales, como el sistema de Naciones Unidas, el Tribunal Internacional de Justicia y otros medios de arbitraje (Chile y Argentina recurrieron recientemente a la Santa Sede para delimitar algunas partes de su frontera austral). Aún así, el factor geográfico sigue siendo un elemento importante para poder entender cómo se generan los conflictos. La ciencia que estudia el territorio es la geografía, pero ésta «sirve ante todo para hacer la guerra y para organizar los territorios con objeto de controlar mejor a los hombres sobre los que ejerce su autoridad el aparato estatal». (5) La geografía es, pues, arma para la guerra, dada la necesidad de comprender el espacio donde surgen los enfrentamientos, armados o no, para así poderlos analizar en toda su integridad. Durante la expansión imperialista del siglo XIX, la ocupación de territorios ajenos estaba motivada por diferentes razones: ampliación de mercados, búsqueda de mano de obra barata, apropiación de recursos naturales, creación de zonas de seguridad, acceso a vías fluviales navegables o a puertos marítimos. Desde 1945, diversos Estados usaron la fuerza como medio para garantizar sus intereses territoriales y estratégicos:

Francia y el Reino Unido, en el canal de Suez, contra Egipto; la URSS, en Checoslovaquia y Afganistán; EE UU, en Granada y Panamá; Indonesia, en Timor Oriental; Irak, en Kuwait, por citar sólo unos casos. En la segunda mitad del siglo XX se inició el proceso de descolonización, que dio la independencia a los territorios sometidos a los intereses colonialistas. Este proceso fue una nueva fuente de conflictos, al establecerse fronteras artificiales y dividir entre dos o más Estados sociedades homogéneas que habían permanecido unidas durante siglos. Años después, estos pueblos, cuyos ecosistemas también han sido fragmentados y disueltos, intentan reagruparse, y entran en colisión con las fronteras dentro de las que se independizaron. El continente africano es un sangriento muestrario de problemas de este tipo. (6) En otras ocasiones, algunos pueblos o Estados que han perdido una parte de su territorio en una guerra anterior o que creen tener derechos históricos sobre un espacio geográfico que consideran suyo, intentan recuperarlo de nuevo mediante el recurso de las armas: Argentina, en las Malvinas; Irak en Kuwait; Ecuador y Perú se enfrentaron entre sí y lo mismo ocurre entre las repúblicas de la antigua Yugoslavia. Los litigios fronterizos de carácter irredentista son aún frecuentes, aunque sólo unos pocos derivan en enfrentamientos violentos. Las nuevas formas de colonialismo, basadas en la penetración financiera y de capitales, y en la expansión de compañías multinacionales, hacen menos necesaria la ocupación y conservación de territorios.

La omnipresente historia En todos los conflictos hay causas históricas, porque todos van evolucionando a lo largo del tiempo. Con frecuencia se distinguen circunstancias cercanas al estallido del conflicto -por ejemplo, los acontecimientos de Sarajevo en el verano de 1914, desencadenantes de la Primera Guerra Mundial-, y factores de más largo alcance, como la competencia económica y estratégica entre los grandes imperios coloniales en África y Asia desde 1870, que es una de las razones que permiten entender por qué lo ocurrido en Sarajevo condujo a la guerra de 1914-1918. Todos estos datos, de rasgos y alcances muy diferentes, se sitúan en el tiempo y, por lo tanto, pertenecen a la historia. A menudo es la misma historia la que, adaptada a las conveniencias e intereses de los promotores o actores de los conflictos, es usada para justificar y alentar la necesidad o la legitimidad del enfrentamiento. Muchos dirigentes políticos, militares e intelectuales apelan a la memoria histórica de sus pueblos para deformar la imagen de los adversarios. Los recuerdos de hechos históricos resucitan así con toda su fuerza motivadora. Socializados por la propaganda escolar, (7) periodística y audiovisual, contribuyen a crear una mentalidad colectiva proclive al enfrentamiento violento como medio para solucionar todas las deudas pendientes. Este uso y abuso de la historia como causa de los conflictos presenta muchas manifestaciones. He aquí algunos ejemplos. La humillación sufrida por alguna antigua o reciente derrota militar, que es preciso vengar para recuperar la dignidad nacional degradada: en la antigua Yugoslavia se han manejado a este respecto acontecimientos ocurridos desde finales del siglo XIV hasta la Segunda Guerra Mundial. La vuelta al esplendor perdido como gran potencia: argumento frecuentemente esgrimido por grupos xenófobos y racistas en muchas grandes potencias periclitadas. El compromiso adquirido con los viejos territorios coloniales: lo que explica en parte las políticas intervencionistas de muchos Gobiernos con ocasión de algún problema en lo que fueron sus posesiones africanas o asiáticas. Aun en los conflictos en los que el factor histórico no es elemento principal o desencadenante, en todos ellos desempeña un papel sustancial.

Las causas económicas de los conflictos

La guerra evoluciona a partir de dos actividades milenarias de la humanidad: la caza y el pillaje. Muchos de los primeros conflictos violentos de los que se tiene noticia en la historia de la humanidad, lo son por motivos que hoy podríamos llamar económicos: posesión de recursos (tierras, ganados, aguas), apropiación de bienes y personas (esclavos, mujeres) y satisfacción de otras necesidades de subsistencia de las sociedades. Las guerras comerciales y coloniales, que a finales del siglo XIX llegaron a abarcar todo el planeta, son la más genuina expresión del máximo nivel de violencia al que han llegado los enfrentamientos producidos por motivos fundamentalmente económicos. Algunos siglos antes, esto era ya perceptible en los conflictos originados sobre las rutas comerciales que unían a Europa con el Oriente asiático e incluso las guerras púnicas, que tanto afectaron a España, fueron una clara expresión del antagonismo comercial que enfrentó a Roma con Cartago. Pero, contra algunas teorías que afirman lo contrario, conviene poner de relieve que no todas las guerras son desencadenadas por motivos económicos. Esta idea está basada en el hecho irrefutable de que toda guerra tiene graves consecuencias económicas, lo que es muy distinto y no tiene nada que ver con la cuestión. E incluso se basa también en el hecho de que para gestionar una guerra se requieren unas condiciones económicas imprescindibles, lo que se percibe sin más que constatar que las iniciales estructuras burocráticas de los Estados luego llamados modernos se crearon casi exclusivamente para satisfacer la necesidad del soberano de disponer de fondos para hacer la guerra. Se aproxima más a la realidad el hecho de que en casi todas las guerras existen razones económicas como causas secundarias que refuerzan los motivos primarios que las desencadenan. Otra cuestión importante es el hecho de que las guerras suelen ser a menudo provocadas por los países o coaliciones económicamente poderosos (Alemania era el país más rico de Europa en 1939), pero los conflictos armados de mayor virulencia suelen aquejar a los países pobres, a causa de las debilidades estructurales que acompañan a la pobreza. Guerra y miseria resultan ser así la fórmula infalible para el fracaso absoluto de una sociedad (como se explica más adelante).

Penetrando en la intimidad humana: las cuestiones étnicas Con frecuencia unos grupos humanos dominan a otros imponiéndoles su idioma, su religión o sus costumbres. Se genera así un tipo de conflicto de raíces étnicas. Los conflictos étnicos son tan antiguos como la humanidad. (8) En otros tiempos, fue frecuente que unos grupos sometiesen a otros a la esclavitud, para utilizar su fuerza de trabajo o incluso para combatir a su servicio. En la actualidad, este tipo de conflictos se extiende sobre todo el planeta y se expresa en el rechazo de unos pueblos a ser dominados por otros que consideran ajenos a su identidad. Ocurre a veces que el sojuzgamiento de unos grupos por otros coincide con situaciones de desigualdad económica, de despojo de recursos naturales propios de los grupos oprimidos o de desplazamientos forzados de poblaciones fuera de sus territorios de origen, y así las causas étnicas de los conflictos se relacionan en ocasiones con las económicas, con la lucha por los recursos y por los territorios. Una vez más se confirma lo indicado anteriormente: las causas de los conflictos se combinan entre sí a menudo multiplicando sus efectos. Lo que sucede hoy en Yugoslavia, en Ceilán, en Timor Oriental y en muchos países africanos son conflictos étnicos agravados hasta convertirse en guerras por la falta de cauces de expresión de los pueblos que se sienten oprimidos. Por el contrario, los problemas vasco y catalán, que son también conflictos de raíces étnicas e importante componente cultural, se mantienen en gran medida dentro de los límites naturales en un sistema democrático que permite su expresión en un marco de libertades públicas que hacen innecesaria la violencia. Esto lleva al siguiente factor. La falta de democracia, moderno factor de conflictos Hay una relación entre democracia, conflictos armados y paz. En las sociedades en las que rigen las libertades públicas, los derechos humanos y los derechos civiles, existen más posibilidades de que los conflictos se resuelvan sin el uso de la violencia. Cuanto más estables son las instituciones democráticas, menos se recurre a la violencia. En los sistemas democráticos existen garantías para los ciudadanos, y si sus derechos son vulnerados disponen de procedimientos reivindicativos no violentos. La Ley en la democracia debe proteger los derechos universales de todos los ciudadanos, al igual que los derechos particulares de las minorías o sectores de la población que pueden sufrir alguna discriminación. Los sistemas democráticos son los más aptos para resolver los conflictos en las sociedades multiculturales, multiétnicas o multirreligiosas, aunque esto no quiere decir que funcionen a la perfección y supriman de raíz la causa de los conflictos. Hay más democracias imperfectas que perfectas entre los Estados tenidos por democráticos.

En los que no lo son, las libertades esenciales no están garantizadas y, más aún, son violadas por los propios Estados. Pese a la aparente fuerza de las dictaduras, basada en la violencia, cuando no rige la democracia se produce un vacío de poder institucional. Por regla casi general esto lleva a la rebelión de sectores de la sociedad oprimidos y coartados en sus derechos, libertades y en el acceso a mayores niveles de bienestar. Globalmente, los Estados democráticos tienden a relacionarse de forma pacífica entre sí. Hay, sin embargo, Estados democráticos con intereses económicos externos o geopolíticos que actúan de forma imperialista. Hay también Estados democráticos, o grupos económicos de Estados democráticos, que ayudan a Gobiernos dictatoriales a cambio de obtener beneficios económicos. Como tendencia general, al aumentar el número de Estados democráticos será más probable que se aborden y se gestionen de forma pacífica los problemas comunes, como la crisis medioambiental, los desplazamientos masivos de refugiados y emigrantes, las guerras o el comercio internacional. El avance de la democracia en cada Estado del sistema mundial favorece a largo plazo la paz dentro de los Estados y entre ellos.

La raíz de muchos conflictos actuales: la pobreza y la miseria La crisis económica, la desigualdad y la pobreza se encuentran a menudo entre las causas de los conflictos, especialmente cuando se trata de conflictos armados internos, guerras civiles o conflictos motivados por el control de unos recursos naturales cada vez más escasos. En sociedades caracterizadas por un reparto injusto de la riqueza no es extraño que se establezcan regímenes autoritarios y represivos, que mantienen los privilegios económicos de una minoría y excluyen a la mayoría mediante la militarización de la vida cotidiana, la discriminación étnica, la represión política y las violaciones de los derechos humanos. En este tipo de sociedades existe un enorme potencial de inestabilidad y violencia, que en ocasiones desemboca en conflictos guerrilleros o guerras civiles.

Durante los años 80, más de cien países en desarrollo, sumidos en la crisis de la deuda, se han visto obligados

a adoptar programas de ajuste estructural. Estos programas han recortado el gasto social y los ingresos de los

sectores populares, incrementando la pobreza, la conflictividad social y la depredación del medio ambiente. Hoy, muchos países en desarrollo son democracias con pobreza, con un gran potencial de violencia e inestabilidad y un futuro incierto. De seguir la tendencia actual, hacia el fin de siglo habrá 2.000 millones de pobres en el mundo tratando de sobrevivir entre un mundo rural cada vez más deteriorado por la crisis ambiental y unas megaciudades que ofrecen cada vez menos puestos de trabajo. La superación o reducción de la desigualdad, tanto entre el Norte

y el Sur como entre los diferentes grupos sociales, es un elemento esencial para la supervivencia del planeta y la prevención de conflictos armados.

Hacia el siglo XXI: los conflictos ambientales y la ecología La relación entre conflictos armados y recursos o bienes naturales esenciales para la supervivencia y el desarrollo de las sociedades es profunda y son varias las formas de vinculación:

las guerras que se libran entre Estados o dentro de los Estados, por acceder a recursos naturales considerados económicamente vitales los conflictos sociales que pueden derivar en violencia por efecto de la escasez de uno o varios recursos el deterioro ambiental producido por los conflictos violentos. La escasez progresiva de recursos ambientales, tales como el agua potable y la tierra apta para el cultivo, puede provocar guerras por recursos o conflictos interestatales. Cuando escasean los recursos surgen enfrentamientos entre sectores sociales. La escasez inmediata o potencial puede hacer que un país ataque a otro para controlar sus recursos. Éstos pueden escasear de forma directa por una excesiva explotación humana

o de forma indirecta por diversas causas ambientales. Entre ellas destacan:

el cambio climático debido al efecto invernadero; la destrucción de la capa estratosférica de ozono; la degradación y pérdida de tierra apta para cultivar; la degradación y destrucción de los bosques; la destrucción y contaminación de las reservas de agua potable; el agotamiento de las reservas pesqueras. Una grave escasez de recursos podría incrementar simultáneamente las carencias económicas y perturbar las instituciones sociales fundamentales. Esto, a su vez, puede causar conflictos que se manifiestan en formas de insurgencia y guerras civiles.

fundamentales. Esto, a su vez, puede causar conflictos que se manifiestan en formas de insurgencia y
fundamentales. Esto, a su vez, puede causar conflictos que se manifiestan en formas de insurgencia y
fundamentales. Esto, a su vez, puede causar conflictos que se manifiestan en formas de insurgencia y

Las guerras destruyen los recursos naturales. El medio ambiente también se ve afectado por la preparación militar en tiempos de paz. Por otra parte, el uso de armas de destrucción masiva (nucleares, químicas o biológicas) causa un gran impacto ambiental.

El militarismo Tradicionalmente la seguridad ha sido concebida en términos exclusivamente militares como la capacidad de un Estado para disuadir o repeler una agresión externa. Este concepto ha alcanzado niveles extraordinariamente peligrosos desde la aparición de las armas nucleares y de destrucción masiva. Los gobiernos han invocado a menudo la seguridad nacional para justificar el mantenimiento, la ampliación y la modernización de las Fuerzas Armadas y para fomentar nuevas tecnologías militares. También algunos

países, en nombre de la seguridad, se inmiscuyen en los asuntos internos de las naciones más débiles y hasta llevan a cabo una sistemática violación de los derechos humanos de sus propios ciudadanos.

El rearme puede minar la economía de un país y empobrecerlo al destinar recursos a la compra de armamento

en lugar de invertirlos en desarrollo del país, mejorando la productividad y la competitividad internacional, favoreciendo la investigación e inversión en recursos humanos. Esta situación se agrava en el caso de los

países del Tercer Mundo, en los que las necesidades básicas de la población no están cubiertas y es muy alta

su vulnerabilidad ante las crisis económicas y los desastres ambientales.

La compra de armamento habitualmente se realiza mediante préstamos con altos intereses que endeudan al país. El aumento de la deuda ha obligado a muchos países a aplicar recortes en los gastos sociales con graves consecuencias para la población. La inestabilidad política y económica de muchos países del Sur favorece los golpes de Estado que apoyan y

perpetúan poderosos aparatos militares que protegen los intereses de una élite sobre los del conjunto de la población. En las últimas décadas, cuando los militares tomaron el poder en Chile, Guatemala, Indonesia y Uganda, entre otros, fueron un instrumento para preservar estructuras políticas y económicas que negaban las necesidades básicas y los derechos elementales de la mayor parte de la población. Los conflictos por causas étnicas, culturales, políticas y por las agudas desigualdades socioeconómicas pueden incrementarse o reavivarse cuando el Estado o un grupo dentro de éste, aumentan su capacidad militar. La mayoría de los conflictos armados que se han producido después de la Segunda Guerra Mundial han tenido lugar en los países del Sur y han ocasionado la muerte de al menos 20 millones de personas, en su mayoría civiles.

Conclusión En el siglo IX a. de JC, se preguntaba Homero, en el primer canto de La Ilíada, sobre las causas que generaron la mítica guerra de Troya que enfrentó en sangriento conflicto bélico al Pelida Aquiles y al Atrida Agamenón, rey de hombres, además de todos los guerreros que participaron en ambos bandos:

«¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan?»

En el lenguaje actual de la política internacional la pregunta no hubiera sido muy distinta: ¿Cuáles fueron las

causas que intervinieron en la guerra de Troya? A facilitar el análisis de las causas de los conflictos tiende este trabajo. Pero esto no es sino el paso inicial de una investigación para la paz que se quiere activa y no se limita a estudiar desde fuera los conflictos, sin implicarse en su evolución. Porque tras la averiguación del porqué de éstos, es necesario desarrollar toda una teoría que contenga los pasos que hay que dar antes, durante

y después de los conflictos. Sin embargo, tanto para prevenirlos antes de su agravación, como para

controlarlos y limitarlos en su evolución, así como para la posterior recuperación de las sociedades que han sufrido sus efectos, un conocimiento cabal de las causas confluyentes en aquéllos es el paso inicial para su resolución. A ello pretenden contribuir estos apuntes.

Nota final: En este artículo se recogen muchas de las aportaciones realizadas por los otros miembros del equipo de trabajo del CIP: Mariano Aguirre, Manuela Mesa y Pedro Sáez.

(1) Felipe Fernández-Armesto, Millenium, Bantam Press, Londres, 1995, p. 562. (2) Ashley Montagu, La naturaleza de la agresividad humana, Alianza Universidad, Madrid, 1978, p. 235. (3) Léase sin prejuicios lo que constituyó lectura infantil de muchos jóvenes, la narración Corazón de Edmondo de Amicis, que contiene una exaltación patriótica de la guerra. Comprensible cuando Italia luchaba por su identidad nacional, es una muestra romántica y sentimental de cómo se puede contribuir a erigir la guerra como supremo bien.

(4) Gaston Bouthoul, La guerra, Oikos-Tau, Barcelona, 1975, p. 14. (5) Y. Lacoste y otros, Geografías, ideologías, estrategias espaciales, Dédalo Ediciones, Madrid, 1977, p. 10. Muy a menudo se olvida que uno de los manuales más claros sobre geopolítica es obra de un geógrafo español: Vicens Vives, Tratado general de geopolítica, Vicens Vives, Barcelona, 1972. En él puede comprenderse bien la importancia del territorio como origen de conflictos y guerras. (6) Véase al respecto África Subsahariana: un continente marginado. Reflexiones geoestrátegicas, ponencia presentada por el autor en el Seminario de Investigación para la Paz, Centro Pigntelli, Zaragoza, el 10 de marzo de 1995. (7) Un compendio, en clave de humor, de la manipulación de la historia en la educación de los jóvenes españoles de la posguerra se lee en Andrés Sopeña Monsalve, El florido pensil. Memoria de la escuela nacionalcatólica, Crítica, Barcelona, 1994. (8) Numerosos textos que pertenecen a los orígenes de la humanidad así lo revelan. En el ámbito cultural judeocristiano, una somera lectura de los documentos veterotestamentos es más que suficiente para comprobar la crueldad y la violencia de las guerras étnicas que el pueblo judío desencadenó en la "tierra de promisión": II Samuel 12, 31; II Reyes, 8, 12 y, especialmente, 15,16; II Par 25,12. El muestreo de los horrores es amplio y variado.