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Sociedad Bizancio

-Estructura social: primer ordenamiento antes del siglo VII; reestructuración luego del siglo VII
- Ámbito rural
- Ámbito urbano

El territorio bizantino, el cual presenta una amplia gama de diversidades en cuanto al


paisaje de su territorio y la de sus hombres, es un espacio económico, social y político
cuya organización se articula, teniendo en cuenta lo expresado por Fossier, según tres
grandes formas de estructuración antigua: las polis, ciudad y territorio al mismo tiempo,
la primera dominando y atrayendo al segundo; la aldea (komé), hábitat agrupado y
terruño a la vez, pero a una escala más reducida, diferente y, en su conjunto, campesino;
y, por último, el desierto, el “espacio vacío” (eremos).
A raíz de ello, podemos afirmar que la historia social de Bizancio aparece constituida
por las relaciones entre estas tres formas, siendo una constante en la vida del Imperio
bizantino hasta el siglo VIII.
La red de poder imperial y de su administración, la ciudad convertida en una urbe
provincial, la aldea rural, el desierto que pronto será poblado por monjes, se ordenan en
este caso como niveles siempre presentes del pasado y de la influencia que Bizancio
posee con la antigua Roma, llegando a puntos tales donde Constantinopla es
considerada como la “nueva roma” y la sociedad bizantina se denominaba a sí misma
como romanoi (romanos).
Es importante subrayar, por otra parte, que la Nueva Roma nace de un traslado de la
antigua. Se presenta una minuciosa reproducción del emplazamiento, con las siete
colinas, la división en regiones y los principales edificios de la antigua roma.
Según Fossier, “En una sociedad como esta, la capital no es simplemente la primera
ciudad sino, ante todo, el corazón del poder imperial en su inmutable duración”.

Por otra parte, dentro de lo que respecta a la jerarquización y la estructuración misma de


todo el armado social en Bizancio, vemos en la cúspide de esta definida pirámide social
a la figura del Emperador como máxima figura social y política del Imperio.
En palabras de Franz Georg Maier: “ El Imperio y la soberanía del emperador estaban
considerados como finalidad de un plan divino en este mundo (…) El convencimiento
de que el Imperio tenía su origen en la voluntad divina tuvo forzosamente amplias
consecuencias en la interpretación de su misión histórica. El Estado no pretendía
afirmar tan sólo su soberanía; su tarea era, al mismo tiempo, proteger y propagar la
verdadera fe”.
Mediante el hecho de que el Imperio cumple un cometido divino, el poder imperial
quedaba, entonces, basado en la gracia y la voluntad de Dios. El soberano era el
representante de Dios en la Tierra, teniendo como súbditos a los demás hijos de Cristo.
“De este modo, el absolutismo imperial del sistema político heredado no sólo quedaba
fundamentado desde un punto de vista político, institucional y de derecho público, sino
también desde el aspecto ideológico-religioso. La estructura política se entendía como
reflejo del Reino celestial: del mismo modo que existía un solo Dios, únicamente podía
existir un solo emperador, una sola autoridad central decisiva.” (Franz Georg Maier).
La figura del Emperador era a su vez la cabeza del ejército y de todo el aparato
administrativo, además de ser a fuente de legislación, a través de los juristas. Es
portador, en consecuencia, de la victoria militar, preside los concilios de la Iglesia y
castiga como crímenes las faltas a la ortodoxia o las normas que esta define.
El emperador está asistido, por otra parte, por un consejo, que constituye a la vez el
tribunal imperial, y del que forman parte, principalmente, su portavoz (cuestor del
palacio sagrado), los dos ministros de finanzas, uno encargado del fisco y otro del
patrimonio imperial, y el maestro de oficios, también llamado director de las oficinas
centrales, éstas a su vez especializadas, pero conformando en su conjunto la cancillería
imperial. Estos cargos atribuidos por el Emperador se presentan como cargos
retribuidos, pero al mismo tiempo venales, algo que va a repercutir eventualmente en
todo el aparato de fiscalidad. Vemos que aquí no hay distinción alguna entre el dominio
del Estado y el dominio imperial.
El ejercicio práctico del poder soberano en el Imperio Bizantino, entonces, se asemeja
en gran medida a las distribuciones políticas y administrativas del viejo Imperio
romano. Sin embargo, en la época de Bizancio, presenta un entorno imperial y oficinas
centrales, por un lado, y ramificaciones provinciales por otro, ello dentro de las
diferentes circunscripciones administrativas.

El ejercicio de esta influencia imperial se da en las provincias a través, ante todo, de la


exigencia de la fiscalidad. Para el año 297 entró en vigor una reforma fiscal que, al
parecer, retomaba los viejos dispositivos de las monarquías helenísticas de antaño, en el
marco mismo del aparato administrativo emanado del Imperio.
Dichas recaudaciones fiscales proceden, fundamentalmente, de la tierra, gravada según
su condición (viñedo, olivar, sembrado, pasto y maleza siguen un orden decreciente en
función de su superficie).
“El Estado ejerce así un derecho eminente sobre todo el suelo del Imperio, lo que no
representa ninguna novedad. Pero este derecho toma tanto la forma de una exigencia
fiscal sobre los contribuyentes, como la de una propiedad de las tierras del fisco o,
incluso, la de la propiedad específicamente imperial” (Fossier).
Los ingresos fiscales en sus diferentes formas, ya sea a través del pago en oro o
mediante la entrega de materias primas provenientes del medio rural, representan las
exigencias de índole público, dictadas en principio por las necesidades del momento y
del lugar; deben de cubrir los sueldos militares y los salarios del palacio, como también
el hecho de contribuir al abastecimiento de trigo de Constantinopla.
Vemos, por otra parte, que el rival más poderoso del poder imperial era la numerosa
aristocracia latifundista; la seguridad del poder imperial descansaba en la conservación
de un delicado equilibrio entre esta clase social y el aparato administrativo.
El clero como otro gran sector social casi en la misma medida que la figura del
Emperador, tenía su propia jerarquía. Los obispos, a menudo con fondos sustanciales
para distribuir con fines caritativos, se transformaron en líderes civiles por derecho
propio.
La cristianización de la sociedad bizantina significa, a su vez, la presencia de grandes
influencias en la división administrativa del Imperio. En las ciudades se encontrarían los
obispos y en las capitales de las provincias la figura de un metropolitano.
Por otra parte, luego del concilio de Constantinopla en el 381, determinó la
conformación de todo un sistema de patriarcados con sede, entre otras, en la ciudad de
Constantinopla; tiempo más tarde la figura del patriarca desempeñará un papel político
y diplomático primordial y paralelo a la figura del Emperador, el cual, sin embargo,
incluía en su figura la exclusividad a la hora de la designación de los distintos
patriarcas.
Como se menciona anteriormente, “Constantino hizo del poder imperial un poder
cristiano. La constitución de un dominio propio de la Iglesia, el reconocimiento de una
categoría social nueva, la de los clérigos, la delegación en la iglesia de una tarea
pública, específica y nueva también, la beneficencia, su autoridad garantizada por el
poder imperial en el campo de la disciplina de una sociedad cristiana, y sobre todo en la
definición de los dogmas de fe (…) La sumisión a los dogmas se convierte, pues, en un
deber cívico y su rechazo en una ofensa al Estado”.
A grandes rasgos, podemos identificar hasta aquí la presencia de marcados sectores
sociales presentes en la cúspide de dicha pirámide de estructuración social. Más allá de
la figura de la figura del Emperador como Basileus, la presencia de la alta aristocracia
administrativa y, por último, el patriarca; las distintas figuras dentro del ordenamiento
eclesiástico, Los jefes de la burocracia civil y palatina, así como los principales
generales, eran los hombres más poderosos del Imperio después del emperador y los
demás agentes antes mencionados.

La centralidad del poder imperial en la urbe urbana de Constantinopla llegaba a todas


partes del territorio bizantino a través de una sociedad claramente ordenada y
jerarquizada.
Bizancio, entonces, se encontró dividida, en primera instancia, a través de provincias
numerosas y poco extensas, las cuales estaban regidas por su gobernador y se agrupaban
mediante diócesis, a cuya cabeza se encuentran los vicarios de los prefectos del pretorio.
Estos últimos tenían bajo su poder y jurisdicción la pirámide de las autoridades
provinciales.
Dentro de las provincias podemos encontrar a su vez otro gran sector social vinculado al
plano militar, es decir, más allá de las tropas de asalto (comitatus) las cuales eran
dirigidas directamente por el poder central, se hacen presente en cada una de las
provincias y, fundamentalmente, en las fronteras un grupo de milicias provinciales
compuestas esencialmente por un cuerpo de campesinos, y dirigidas por los grandes
terratenientes al mando de las provincias en cuestión.

Ahora bien, dentro del ámbito rural podemos mencionar algunos aspectos que nos
permiten dar cuenta del rol que cumplía el sector rural en la realidad del imperio
bizantino, como también ver qué agentes sociales aparecen en dicho ámbito y cómo se
configuran dentro de la estructura social.
El hábitat rural, entonces, está en principio agrupado, aunque algunas fuentes, según
Fossier, pueden llegar a mencionar la existencia de asentamientos aislados. Por otro
lado, está rodeado de huertos de policultivo, viñedos, tierras de labor y “monte bajo”;
las parcelas de cada una de los sectores de explotación están dispersas por todo el
terreno, sin que se distinga, por ende, una organización colectiva del cultivo.
La unidad de producción es la familia campesina, donde dicha familia se completa a su
vez con la aparición de esclavos, uno o dos, y por momentos con asalariados.
Estos campesinos van a vender sus productos al mercado de la ciudad más próxima para
poder conseguir así las monedas de oro y bronce necesarias para las compras, los
impuestos antes mencionados o los propios tributos ligados a lo estrictamente
eclesiástico. A su vez, venden su propia fuerza de trabajo en las obras de construcción,
algo que se va a poder divisar con una eventual intensidad en los periodos que
corresponden al auge de los centros urbanos a partir de la era de Justiniano.
“Los hombres de esta época, desde el campesino pobre o el esclavo hasta el
emperador, comen pan de trigo; cuanto más arriba se está en la escala económica, más
fresco se come, mientras que los pobres, los soldados, los solitarios del desierto, se
alimentan de galleta o gachas; la cebada, que siempre se vende a un precio inferior en
un tercio al del trigo, es el paliativo de los malos días. Se bebe vino, más o menos
bueno, más o menos rebajado con agua.” (Fossier)
Como se puede apreciar en esta cita, la vida en el ámbito rural parece evidenciar una
relativa precariedad en cuanto a los métodos de subsistencia y de alimentación, a su vez
es preciso aclarar el hecho de que se está constantemente a Mercer de los cambios de
carácter natural.
Si tomamos lo expuesto por Maier, podemos decir que “No solían vivían en granjas
aisladas, sino en aldeas de al menos unas docenas de habitantes. Dedicaban la mayor
parte del tiempo a cultivar lo que luego consumirían ellos y sus familias. Algunos,
aunque no muchos, eran esclavos; la mayoría eran arrendatarios de terratenientes o de
propiedades estatales.” También se puede incluir en dicho hábitat la presencia eventual
de sacerdotes, soldados los cuales son considerados como notables, como grandes
propietarios y poseedores de grandes residencias. En ocasiones se puede presentar la
aparición a su vez de un grupo de artesanos. Evidencia esto una desigualdad en el plano
social dentro de lo que es la vida en el entorno rural, en la que el nivel económico se
mide por el rasero de la tierra y de los medios con que se la trabaja.
“El sistema fiscal era muy severo con los campesinos más pobres; era posible que un
mal año les obligase a vender sus tierras y convertirse en arrendatarios. Sin embargo, en
general parece que los campesinos de la parte oriental vivían en condiciones razonables;
asimismo, podían pagar sus impuestos sin grandes problemas. El sistema tributario
estipulaba un incentivo para la producción de excedentes; cuando dicho excedente se
distribuía al ejército, ayudaba a mantener las regiones fronterizas más pobres, donde se
encontraba la mayoría de los soldados.” (Maier).
Las grandes ciudades provinciales, como también sus ayuntamientos administraban las
tierras de los alrededores, una práctica que ya venía siendo habitual en estos ámbitos
producto de que muchas de las ciudades provinciales habían sido Ciudades-Estado.
Ya para el año 450, la mayor parte del territorio era de índole rural. Tanto
Constantinopla como Antioquía y Alejandría contaban con más de un centenar de miles
de habitantes circunscriptos al área urbana mientras que el resto de la población, la cual
se estimaba unos catorce millones, eran campesinos que vivían en pequeños pueblos de
las zonas rurales que rodeaban a las ciudades. A pesar de que la mayor masa
demográfica se situaba en el plano rural, la centralización del poder acaecía meramente
dentro de las grandes urbes como Constantinopla, Antioquía o Alejandría.

Como se ha expuesto anteriormente, tanto a través de delimitar la función del sector


rural y el de sus agentes involucrados, como también la cuestión relacionada con el
poder centralizado en el ámbito urbano que Bizancio presentó en su primera etapa
histórica, intentaba hacer énfasis en el hecho de que la ciudad domina al campo que la
nutre. En otras palabras “El poder reside en la ciudad, pero sus cargas repercuten en el
campo (…) mientras que los burgueses propietarios de tierras se agrupaban en la curia,
los productores urbanos de bienes y servicios, así como el gran comercio, el de las rutas
marítimas, se resumían en los “colegios” de sus respectivos oficios. Estas asociaciones
tienen una larga historia, pues la fórmula asociativa es el verdadero módulo social del
Mediterráneo clásico.” (fossier).

Con el advenimiento de Justiniano se abre la segunda gran etapa relacionada con


las transformaciones en el plano político y social.
En los comienzos de la era de Justiniano podemos evidenciar un paulatino aumento de
la población, en mayor medida, durante el siglo V, que alcanza un umbral de presión
demográfica.
Por otra parte, los conflictos urbanos se reducen en gran medida desde 450, sobre todo
en estos tiempos de Justiniano, planteando así un problema de historia demográfica,
política y, sobre todo, social.
“Sin lugar a dudas, la población relativa de las ciudades aumenta. La arqueología nos lo
prueba en Alepo y Jersualén. Y los textos muestran que este aumento no es saludable.
Se va a la ciudad huyendo de las dificultades sociales del campo, y la capital porque se
busca refugio frente a los problemas de las ciudades provincianas”.( Fossier).
La ciudad sólo puede responder de forma limitada a esa tendencia de fuga del ámbito
rural hacia lo urbano. Proporciona trabajo en la construcción de edificios o murallas, o
en las obras públicas que la era justiniana estaba impulsando para la época.
Por otra parte, el trabajo del artesanado parece escasear para la época, un factor que
Fossier atribuye al hecho de que dicho sector había conseguido ya su estabilización
social frente a una creciente demanda; estas asociaciones de artesanos tienden, en
efecto, a convertirse en grupos de marcada presión, defensores de un monopolio y
convirtiéndose en sectores y grupos de fuerza.
En el campo, mientras las ciudades crecen de forma desmesuradas, hay un claro
vaciamiento. Sin embargo, la organización aldeana permanece inalterable, bajo una
forma que recorre los siglos, el desarrollo de la dependencia patrimonial y el auge de los
monasterios productivos en ciertas regiones introducen importantes modificaciones.
Frente a tales acontecimientos sociales, el poder centralizado se esfuerza en vigorizar el
orden público reuniendo en una sola mano los poderes civiles y militares que
tradicionalmente (como habíamos visto en épocas anteriores) separadas. A su vez, bajo
la era de Justiniano y Justino II, se multiplicarán las concesiones de autonomía fiscal
dentro de los límites de un dominio en que los agentes del fisco no pueden entrar y cuyo
propietario recauda el impuesto, algo que equivale a reconocerle una parcela de la
autoridad pública y un poder de carácter fiscal sin limitación externa.
En lo que refiere al campesinado, este se ve doblegado en su carga impositiva producto
de que se añade aún la parte que refiere a la Iglesia, fundada esta sobre una relación
clara de poder. Dicha característica se asocia a las concesiones u ofrendas voluntarias,
regulares u ocasionale.

Bibliografia

Bizancio. Franz Georg Maier

Breve Historia de Bizancio. Warrent Treadgold

Historia de la Edad Media. Jaques Heers

La Edad Media, la formación del mundo medieval. Robert Fossier.