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Juan Pablo Rodríguez De Castro

Universidad Central
Composición Ensayística

Margarita;

Me tomo la confianza de dirigirme a Ud. con total transparencia y serenidad,

pues encuentro necesario entablar un diálogo entre ambos. Si bien nuestras

vidas se han encontrado a través de Jacobo, escindo en nuestro mutuo

desconocimiento el origen de numerosos malentendidos y conflictos.

Ya que el instrumento del que puedo valerme para hablarle es este papel,

procuraré honrarlo plasmando en él mi voz. Primero debo decir que soy hijo de

María José De Castro y Francisco José Rodríguez. He sido criado en el amor

filial más maravilloso que pueda uno desearle a una persona, sentimiento que

esculpió en el mineral de mi infancia los más altos valores de respeto,

honestidad, abundancia y alegría. Pienso que soy producto de una larguísima

cadena de seres cuyo aprendizaje en mí continúa: me encuentro –quizás igual

que Ud.- aprendiendo a amar la vida que el Padre ha depositado en mí y en todo

lo que conozco. Sobretodo, estoy aprendiendo a amarme de vuelta. Sin dudas,

este camino exige más paciencia de la que gozo y de mis tropiezos intento

levantarme mirando al cielo. También soy el vértice de otras infinitas

experiencias que en estos 23 años me han nutrido: crecí entre amigos y curas

Benedictinos, conocí desde la infancia el dulce sabor de la empatía. Es decir, he

amado. ¿De qué modo? ¿Bajo cuál signo he construido mis sentimientos?

Imposible reducir tantas capas de gratitud en una respuesta posible.

Así es que en ese andar durante el colegio conocí a Jacobo cuando tendría yo

unos 18 años. Debido a la afinidad de nuestras personalidades, surgió una

espontánea amistad. Desde entonces nos volvimos hermanos. En él –y lo sabrá

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Ud. mejor que yo- he descubierto un ser excepcional, despierto, curioso, lleno

de profundas inquietudes existenciales; he descubierto un alma brillante.

Sin embargo, esta amistad ha sido fuente incesante de sufrimiento y miedo para

Ud.,

en parte por, y en parte por la

Por una necedad infantil, por miedo a que Ud. vetara mi presencia en la vida de

su hijo una absurda clandestinidad enmarcó desde el principio nuestros

encuentros. Mentimos. Hablo en plural porque participé en ese círculo vicioso

de falsedades confeccionadas con el propósito de resguardar nuestra amistad.

De este modo, la confianza entre Ud. y él se vio truncada y la idea sobre mí

construida se fue inflando de perversidad, tornándome ante sus ojos casi en un

demonio.

Como madre, esto causó gran aflicción y desconfianza, pues seguro temía perder

a su hijo en los caminos turbios de las adicciones y la locura, los cuales

indudablemente vinculaba conmigo. Quizás imaginaba que Jacobo, debido a mi

compañía, se volvería una persona terrible. Así fue creciendo el asunto hasta

convertirse en un verdadero drama familiar en le que el hijo menor era motivo

de decepción y rabia. El resentimiento hacia mí cultivado y la desconfianza con

él no han cesado en verdad, y han hecho permanecer así un nudo desconsolado

en Ud. Este pasivo deterioro debe ser sanado para el bien suyo, el de su hijo y el

mío, lo cual creo que podremos conseguir a través de este diálogo que propongo.

Por eso le pido escuche con cuidado las razones por las que considero que este

dolor es innecesario.

Recordará Ud. situaciones previas a las que he mencionado en la que se

manifestara en su interior el temor por el destino de sus allegados.

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Su hijo mayor también vivió el paso de la infancia a la juventud y la adultez

como una confrontación consigo mismo, un choque contra las figuras de

autoridad -generalmente representadas en los padres-. Connatural a una edad

de tránsito, vivimos en la adolescencia sentimientos confusos, ansiedades físicas

y mentales. Como un soldado cuya trinchera se hace estrecha y responde al

llamado de la vida con su frente curtida por el miedo, es en ese momento

cuando uno construye una idea sobre sí mismo como individuo. Ud. también

habrá experimentado en su momento tal ebullición de emociones, cuya tensión

produce innumerables conflictos con el exterior. ¿Puede imaginar a sus padres

acometidos por la misma inseguridad sobre las decisiones tomadas por su Ud.

entonces? En todos los tiempos han estado al alcance del humano herramientas

infinitas para su autodestrucción: en cualquier lugar encuentra uno dónde

perderse. Por eso, el miedo al dolor que es capaz de ofrecer la existencia se

impone, cobra protagonismo. Debe recordar que ese temor oculta y confunde un

inmenso amor: En vez de construir vínculos, este sentimiento la ha llevado a

actuar autoritaria y ciegamente.

Desde que es Ud. Madre ha sido confrontada por los retos morales que implican

construir un hogar y criar dos hombres, especialmente cuando el mundo parece

condenado por el deterioro de nuestra condición humana.

Pues no conozco su vida de primer mano, podría decirse: “descarado quien

venga a hablarle a una madre sobre la forma en la que educa a sus hijos o

juzgue su vida personal”. Sin embargo, conozco a través de su hijo un infalible

reflejo suyo que me permite imaginar quién es Ud. Su esfuerzo por

acompañarlo y guiarlo demuestran la entrega generosa de una mujer que actúa

con base en el amor.

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Por favor, haz el esfuerzo de comprender, más allá de los límites de tu propia

perspectiva, que existen millones de seres con otros sentimientos, otras

conciencias, otras verdades, otras espiritualidades. Observa atentamente los

motivos de tu tristeza:

Continuar actuando como si este problema no existiera o reaccionar

furiosamente ante él es insistir en el camino más pedregoso. Vale la pena

superar el estancamiento con la el impulso de la honestidad. El mal que se

enraíza debe ser combatido meditando sobre la naturaleza de su causa:

debemos retirar toda mentira de la ecuación y airear el conflicto con la dulzura

de nuestras palabras.

Quizás piense Ud. que las decisiones que Jacobo ha tomado lo condenan a un

futuro infortunado, ya que en la escala de valores de nuestra cultura, lo deseable

es una vida de comodidades económicas, éxito profesional y familiar. Se cree

que la educación es prepararnos para una vida laboral, y así, aprender todo tipo

de conocimientos, pero casi nunca sobre nosotros mismos. Lo que tal vez Ud.

percibe como desidia o ridícula bohemia hace parte de un lento descubrimiento

de la realidad: esa es la riqueza que con su hijo hemos cultivado, como recurso

básico para el cotidiano vivir. Cuando Ud. se enojaba porque nos viéramos, e

imaginaba que estábamos en algún hueco rompiéndonos el cráneo, de hecho

estábamos leyendo poesía, o montando bicicleta por las calles, o hablando sin

cesar sobre el desconcierto y la ilusión de encontrar la felicidad. En vez de

conseguir trabajo, en vacaciones tomábamos tinto o cerveza. Esto, aun sea

difícil de comprender, constituyó una de las lecciones más hermosas que

habremos de aprender en nuestra vida: saberse escuchado y protegido por el

cariño de un hermano durante nuestro crecimiento como individuos logró

marcar nuestra conciencia para siempre.

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Entre nuestras diferentes definiciones sobre lo que significa la riqueza hay un

punto en común: ambas buscan la experiencia de la felicidad. Y, si se puede ser

feliz de distintas maneras ¿por qué no celebrar lo que en el otro satisface esta

sed? ¿Hay que imponerle a quienes amamos la mismas búsquedas que la

nuestras? ¿Dónde está el equilibrio entre educar y censurar?

Es necesario soltar los ilusorios dominios que Ud., como madre, cree tener y

afrontar la realidad de la libertad del otro. Cualquier esfuerzo que haga con el

propósito de restringir las decisiones de su hijo es infructuoso, pues su

naturaleza le urge un espacio de libertad suficiente como para poder escucharse

a sí mismo. Ello constituye parte del proceso de desprendimiento natural al cuál

se ven enfrentados todos los seres humanos. La sabiduría debe consistir en

liberarse de estas distorsiones, por eso el mismo Jesucristo, a quién sé que Ud.

es devota, habla del albedrío como regalo supremo de la creación para el

humano. Tarde o temprano debemos asumir esta libertad y adquirir carácter

suficiente para saber manejarnos. La semilla de mostaza sabe cómo nacer, pero

nadie la puede obligar a ello. Si se camina en pos de la libertad suprema –que es

conocer nuestra esencia- nada podrá desterrarnos del hogar. La oportunidad de

un verdadero compartir con quienes amamos está al alcance de nuestra

voluntad.

Desatienda un instante los prejuicios que tiene hacia mí y hacia lo que yo

significo para Ud. y entenderá que el sentimiento que sentimos hacia Jacobo es

esencialmente el mismo. He visto a un hermano crecer, he temido por su

bienestar, pero sobretodo, he confiado ciegamente en su destino. Dele la vuelta

a la congoja que la invade por no poder controlarlo y escúchelo. Acaso descubra

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muchísimas virtudes que desconocía, invítelo a la verdad mediante la

comprensión.