Sei sulla pagina 1di 9

Occidente-Islam. El difícil encuentro. 1 José Tono Martínez

I.

Partamos de una tesis pesimista o realista, según uno quiera ver las cosas. La situación geo-política y geo-social se va a enmarañar todavía más en lo que afecta a nuestra relación con el Islam, lo islámico, los países árabes o de observancia religiosa islámica masiva y, también, en lo que afecta a la convivencia con ciudadanos de estas adscripciones u orígenes residentes en España o en el resto de Europa.

Creo que los próximos años, y el curso de tal vez una generación entera, van a estar marcados por desencuentros y malentendidos, y por notorias dificultades a la hora de establecer puentes de comunicación y de negociación. Anticipo, antes de seguir desplegando esta tesis, que ese escenario que sugiero me parece abominable, y que es el testimonio de un fracaso colectivo. De todos. Nuestro deber, auto-exigido, la respuesta a ese escenario, debe anclarse en algunos argumentos y suposiciones quizá débiles, pero que en todo caso son suficientes para provocar y conseguir un tipo de movilización idealista que dé sentido a nuestra política internacional y aún nacional. Aunque tal movilización fracase o sea insuficiente para reconducir aquellas relaciones desde el punto de vista del ideal virtuoso de la convivencia, y desde el punto de

vista de la enseñanza de la historia, que sólo puede consistir en hacer cosas para evitar que ese conflicto sea total, para evitar que se agudice.

Este es de hecho uno de los primeros problemas que le podría aparecer a un teórico de esa seudo-ciencia tan occidental que es la Teoría de Juegos. Una teoría que es como tal la caricatura de algo muy enraizado en la necesidad del inconsciente colectivo bienpensante y educado europeo y tal vez estadounidense. Digo que ahí por necesidad, pero aplicado a la resolución de conflictos es en el fondo el substrato que se observa en casi todas las éticas del compromiso y de la negociación en Occidente, de la Posición Original de John Rawls a las estrategias de diálogo y discusión de Appel y Habermas.

No hace falta acudir a las tesis interesadas de Samuel Huntington y de Bernard Lewis, acuñador este último del lema del conflicto de civilizaciones, pero sí conviene recordar alguno de sus argumentos. En 1990 Bernard Lewis publicó un artículo de la revista Atlantic Monthly que había de hacer fortuna. Se titulaba Las raíces de la ira musulmana y en dicho artículo se acuñaba la expresión del “Conflicto de Civilizaciones” que sería recogida tres años después por Samuel Huntington y que hoy es aceptada en parte como modelo explicativo de las relaciones entre Occidente y el Mundo islámico.

La tesis del conflicto y entremedias los conflictos reales de los últimos doce años han generado una reflexión importante acerca de nuestras relaciones con Oriente Medio, con el mundo árabe y con lo

islámico por extensión. Como no podía ser de otro modo, esta tesis confrontacional ha sido mejor recibida por los partidarios del propio conflicto, ya sean los halcones militaristas de Occidente, ya sean los que miran con comprensión las acciones de los locos de Allah. Y, como siempre que suenan los tambores de guerra, son los moderados, los que defienden la posibilidad del encuentro y convergencia entre civilizaciones, los que se quedan fueran de la foto.

Para Lewis, nos encontramos en un estadio más de lo que ha sido la tradicional confrontación, la “rivalidad milenaria”, entre la civilización islámica y la Cristiandad, con la diferencia de que ahora la primera actúa movida desde la desesperación y la ira que genera el reconocimiento de su propio fracaso. Según esta visión el Islam sería hoy una civilización pobre en lo económico, débil en lo militar y ignorante en cuanto afecta al desarrollo de la educación en sus países. Esta desesperación se acentúa por comparación hacia lo que fue un ilustre pasado. Debemos convenir que Lewis no escatima en absoluto los méritos de lo que fue el Islam y en su libro, apasionante desde sus primeras páginas, se nos hace un recuento somero de dicho recorrido. El Islam medieval, en tiempos de barbarie e inestabilidad mundial, fue capaz de crear una civilización multiétnica, multicultural, que aportó un mensaje de igualdad contra las sociedades estamentales y que heredó y perfeccionó un considerable cuerpo de conocimiento científico de la antigüedad clásica y de las otras civilizaciones que conquistó, y al que añadió nuevos conocimientos en casi todos los campos, de la astronomía a la geografía, de la medicina a la banca. Y recordemos que todavía en

España llamamos numeración arábiga a la decimal, por ser ellos quienes nos la trasmitieron a nosotros y a todos los europeos; numeración contrapuesta a la llamada romana.

Desde el punto de vista geomilitar, el Islam, cuya potencia expansiva es recogida por el Imperio Otomano, no tiene casi rival recordándose que en fechas tan tardías como el siglo XVII, en 1683 con el segundo sitio de Viena, aún dominaba gran parte de Europa. Es precisamente esta derrota sin paliativos ante una Liga Santa coaligada con la Rusia de Pedro el Grande la que marca un antes y un después para la civilización musulmana. A partir de aquí todo son derrotas. El Tratado de Carlowitz, de 1699, reconociendo la pérdida de numerosos territorios, sella la primera paz firmada entre un Imperio Otomano derrotado y las potencias cristianas.

Partiendo de este declive militar y del autocuestionamiento de la sociedad otomana y musulmana, Lewis analiza las razones de la incapacidad de dicha sociedad para acometer un proceso de reformas sociales y de modernización.

En ¿Qué ha fallado?, (Ed. Siglo XXI, 2002), Lewis apunta impedimentos de fondo, todavía vigentes, y donde se recogen testimonios propios y de embajadores que visitan la triunfante Europa. En primer lugar se señala el aislamiento de una sociedad auto-satisfecha que miraba con desconfianza y desprecio todo aquello que estaba más allá de sus fronteras: incluso la idea de recibir instrucción y ciencia de

maestros infieles era inconcebible. Así, no se permitirá la impresión de libros en árabe o turco hasta mediados el siglo XVIII. Pero si bien los turcos, y otros países de su órbita, tratan de analizar las causas de la preponderancia occidental, a juicio de Lewis, cometen un error al pensar que dicha preponderancia es apenas un asunto de riqueza y de poder militar.

El problema de fondo alude a una esclerosis sociopolítica que con enorme dificultad ha sido abordada. El Islam, que triunfó en vida del

fundador, creó una doctrina social y legislativa que comprendía todos los aspectos de la vida cotidiana: “Mahoma fue su propio Constantino”. Por

el contrario, en Occidente, el cristianismo, perseguido durante tres siglos,

al imponerse tuvo que convivir desde el inicio con un Estado, con una administración temporal con la que mantuvo frecuentes disputas. El proceso de secularización en Europa no es sino la constatación de la victoria del poder del Estado y de la sociedad civil sobre el poder de la Iglesia. En el mundo musulmán, religión y Estado han sido lo mismo y hasta épocas muy recientes el laicismo ha sido una idea ajena a dicho mundo. Los conceptos de tiempo, ciencia, espacio, filosofía o los problemas derivados de la igualdad de la mujer, la esclavitud, fueron abordados desde la tradición heredada, desde el canon, y no desde la experimentación y la renovación renacentista o desde la Reforma

religiosa protestante. En sus conclusiones, Lewis hace referencia a los conflictos de este siglo, a las nuevas fuentes del “resentimiento” islámico

y al problema del terrorismo. El panorama no es muy halagüeño. Las

corrientes secularizadoras y modernizadoras se ven acosadas por los

islamistas que miran al pasado en busca de grandeza al tiempo que culpabilizan a los occidentales y a los occidentalistas de sus errores propios.

Ahora debo precisar que la carrera de Bernard Lewis no está exenta de polémica. A sus 88 años, este londinense de origen judío y profesor emérito de Princeton, es un especialista en historia y cultura del Islam reclamado con frecuencia como inspirador del actual gobierno norteamericano en asuntos árabes y aclamado en Israel por los sectores más conservadores. Entre sus libros traducidos en España destacan

Los árabes en la historia (1950, 1996), Los asesinos (1967, 1990) o El

lenguaje político del Islam (1988, 1990). En los años cuarenta se cuenta por seguro con que trabajó para los servicios de inteligencia militar del servicio exterior británico y en la última década está viviendo una auténtica época dorada en cuanto que sus argumentos sirven la tesis de la confrontación militar. Paul Wolfowitz y Donald Rumsfeld se cuentan entre sus admiradores más directos. Por contra, Lewis ha polemizado con dureza con el difunto Edward Said tras ser acusado por éste último de apóstol del neocolonialismo occidental. En esta línea, para Noam Chomsky, Lewis no es sino un propagandista que ignora el terrible papel que ha jugado Occidente y las potencias coloniales en Oriente Medio en los dos últimos siglos. Además, en junio de 1995, Lewis fue condenado por un tribunal de París por haber negado el genocidio armenio cometido por los turcos en 1915.

En cualquier caso, no debemos dejar que los extremos nos confundan. Sí es cierto, con todo, que esta geometría de colapsos de civilizaciones, de rivalidades ancestrales, de decadencias a lo Gibbon y de vastas generalizaciones ofrece una visión reduccionista, caricaturesca, que da la impresión de fundarse demasiado en prejuicios y que deja en la oscuridad dos cosas: la pluralidad de un mundo muy variado empequeñecido por la óptica de un orientalismo a la antigua y de salón y, desde luego, la posibilidad del entendimiento y la esperanza en un mundo complejo, compartible.

Pero dicho esto también debemos ser conscientes, y ahora con la vista puesta en el 11-M, que la relación de trato con el Islam no es simple en cuanto que como religión totalizante aspira a cumplir una función ecuménica absoluta, en lo concreto del individuo y en lo general de la sociedad que aspira a conformar. Podemos decir lo mismo del catolicismo y de todas las religiones reveladas, sólo que en el caso del primero, podemos añadir que el Vaticanismo más tridentino está “más o menos” dominado después de tres siglos de Ilustración, muchas guerras terribles, saludables experiencias republicanas y todo un Concilio Vaticano II, aunque este ahora no esté de moda. No es que el Catolicismo tradicionalista se haya hecho tolerante sino que las sociedades que ocupa se han hecho tolerantes pese al Catolicismo, con el resultado de que su intolerancia básica resulta ahora del todo irrelevante o, cuando menos, ritualmente aceptable.

Digo esto en el sentido ritual en el que participamos en España de bodas, bautizos, procesiones, ceremonias, pero como quien asiste a una representación teatral. Algo parecido podemos decir de los otros cristianismos de Europa occidental. El protestantismo también generó terribles masacres y guerras, hasta que las sociedades donde había anidado consiguieron sofocar la ira divina de sus pastores. Lo de Estados Unidos sería algo distinto que excede este artículo y que entremezcla la religión con la verdad implacable de la voluntad imperial asumida. Ahí está el libro Imperio, de Toni Negri, para quien quiera explorar esta línea.

Pero volviendo a lo nuestro, lo cierto es que el trato con el Islam, en el contexto que vengo comentando, tanto como occidentales, ex- católicos o católicos, y como españoles o europeos, no será fácil, en parte por alguna de las razones arriba esbozadas. Y como, por lo demás, no lo fue nunca, sobra decirlo. El leit motiv romántico de los historiadores del XIX que hablaba de la convivencia de las tres culturas, judía, musulmana y cristiana, en una arcádica España medieval sabemos hoy que es más novela que realidad. Hubo momentos ideales o idealizados, sin duda, pero muy concretos, en el marco general de una siempre presente belicidad. Además, las culturas del Libro Bíblico, las religiones reveladas, han convivido con más esfuerzo que gloria. En su ser íntimo se disputan la Verdad con mayúsculas acerca de un mismo dios y se la disputan enfáticamente y de manera totalizante desde el comienzo de las respectivas Revelaciones particulares a cada uno de sus profetas, ya se date el suceso hace 5600 años, 2000 o 1500,

aproximadamente, en el caso de Mahoma. Todo ello muy surrealista y literario si no fuera por lo trágico del asunto. La religiones del libro nunca han soportado compartir el hecho religioso, ser una opinión más. Han querido ser la Opinión.

Para colmo, es cierto que Occidente, y con razón, tiene complejo de culpa. Los pueblos árabes nos reprochan lo que les hemos hecho y les hemos venido haciendo durante cientos de años. Sobre este complejo de culpa occidental no hay sino leer la salida irónica que esboza Coetzee

en Desgracia o en Esperando a los Bárbaros. Pero esta es la salida

pesimista que se expone desde el fracaso de la relación interracial en Sudáfrica. Pero no es al menos la salida que podemos desear o esperar en nuestro caso. En fin, que habrá que hilar muy fino, muy fino, para que nuestro encuentro con el otro no se transforme o manipule en encontronazo. Para que ese otro no se transforme en un enemigo interior sino para que colabore de manera activa en erradicar a los enemigos interiores de verdad, que al fin y al cabo, son también sus enemigos y los enemigos del complicado sueño y suelo común de la tolerancia.