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MASACRE

DE
UCHURACCAY
EL CASO UCHURACCAY

Uchuraccay es una comunidad quechua ubicada en las alturas de la provincia de


Huanta (Ayacucho) a 4,000 metros sobre el nivel de mar. El 26 de enero de 1983
fueron asesinados allí los periodistas Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez y Félix
Gavilán de El Diario de Marka, Jorge Luis Mendívil y Willy Retto de El Observador, Jorge
Sedano de La República, Amador García de la revista Oiga y Octavio Infante del diario
Noticias de Ayacucho, así como el guía Juan Argumedo y el comunero uchuraccaíno
Severino Huáscar Morales.
Durante los meses siguientes, Uchuraccay continuó siendo escenario de violencia,
muerte y desolación: ciento treinta y cinco comuneros fueron asesinados como
consecuencia de los ataques del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso, la
represión de las fuerzas contrasubversivas y de las rondas campesinas. A mediados de
1984, Uchuraccay dejó de existir debido a que las familias sobrevivientes huyeron,
refugiándose en las comunidades y pueblos cercanos de la sierra y selva de Ayacucho,
así como en las ciudades de Huanta, Huamanga y Lima. Recién en octubre de 1993,
algunas familias se aventuraron a retornar a sus antiguos pagos.
El asesinato de los periodistas generó dos investigaciones. La primera estuvo a cargo
de la Comisión Investigadora de los Sucesos de Uchuraccay nombrada por el
presidente Fernando Belaunde Terry el 2 de febrero de 1983 y presidida por el escritor
Mario Vargas Llosa, la cual presentó su informe un mes después, señalando como
responsables a los campesinos de Uchuraccay. La segunda investigación fue realizada
por el poder judicial, mediante un proceso penal sumamente confuso y dilatado, cuyo
fallo definitivo fue emitido el 9 de marzo de 1987, sentenciando por homicidio a los
campesinos Dionisio Morales Pérez, Simeón Auccatoma Quispe y Mariano Ccasani
Gonzáles, y ordenando la captura de otros catorce campesinos de Uchuraccay.
La muerte de los ciento treinta y cinco uchuraccaínos, así como la desaparición de la
comunidad por largos años, nunca alcanzaron notoriedad pública, quedando en la
memoria privada de los familiares y comuneros hasta el 1 de junio de 2002, día en que
la población entregó a los representantes de la Comisión de la Verdad y Reconciliación
la «Lista de uchuraccaínos asesinados» elaborada en dos asambleas comunales. Por
todos estos sucesos, Uchuraccay es un referente emblemático de la violencia y el dolor
en la memoria colectiva del país, así como de las demandas de justicia y verdad
efectuadas durante todos estos años. Al olvido que durante veinte años recubrió la
muerte de los comuneros, se suma el carácter controvertido de las investigaciones
sobre la muerte de los periodistas.
El presente informe trata sobre estos temas y se basa en las investigaciones realizadas
por el Área de Estudios en Profundidad y el Equipo Móvil de Recojo de Testimonios de
la Sede Sur Central de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Entre las fuentes
analizadas mencionamos:

1. 21 testimonios recogidos por el Equipo Móvil de Recojo de Testimonios

2. La «Lista de uchuraccaínos asesinados» proporcionada por los comuneros de


Uchuraccay en junio del 2002

3. El expediente del proceso judicial

4. El manuscrito de un mando local senderista de sobrenombre «Suni Puni», escrito


en 1985

5. Libro de Actas de los comités de Defensa Civil de las comunidades de Balcón,


Carhuapampa y Acco, 1984-1985

6. Entrevistas realizadas por el Equipo de Estudios en Profundidad de la Comisión de


la Verdad y Reconciliación

7. Asamblea con las autoridades de la comunidad y entrevistas realizadas por el


Comisionado Alberto Morote Sánchez el día 27 de abril de 2003

8. Entrevistas realizadas anteriormente como parte de una investigación


antropológica del historiador y antropólogo ayacuchano Ponciano del Pino (entre
los entrevistados figuran comuneros sobrevivientes de Uchuraccay, familiares de
los periodistas y comuneros asesinados, abogados, periodistas, militares y policías)

9. El Informe de la Comisión Investigadora de los Sucesos de Uchuraccay presidida


por Mario Vargas Llosa

10. La transcripción de la Asamblea Comunal realizada con dicha Comisión


Investigadora en Uchuraccay el 11 de febrero de 1983, la cual ha sido proporcionada
por el periodista norteamericano Phillip Bennet

PROCESO

En enero de 1983, cuando la insurgencia desencadenada por el Partido Comunista del


Perú-SL, más conocido como Sendero Luminoso, entraba a su tercer año, ocho
periodistas peruanos partieron de la ciudad de Ayacucho con rumbo a Huaychao, una
comunidad campesina en la provincia de Huanta, en el departamento de Ayacucho. Su
propósito era investigar el asesinato de un grupo de presuntos senderistas que un
sector de la prensa atribuía a los militares.
Cinco de los periodistas habían venido desde Lima para el viaje y otros tres se aunaron
a los limeños en Ayacucho. Nunca llegaron a su destino. Poco después de su partida, la
prensa reportó el hallazgo de sus cuerpos sin vida en las inmediaciones de Uchuraccay,
otro pago campesino en Huanta. Los cadáveres, que se encontraron enterrados,
llevaban los signos de una muerte horrorosa. El caso pasó a la historia como la
"masacre de Uchuraccay", y se convirtió en uno de los asesinatos más controversiales;
emblemáticos y sonados de una guerra interna que terminó cobrando casi setenta mil
vidas.

Aunque con anterioridad a esta masacre cerca de doscientas personas ya habían sido
asesinadas en la violencia desatada por Sendero desde 1980, ninguna de esas muertes
recibió tanta atención de los medios de comunicación como la de los periodistas en
Uchuraccay. Mientras en los casos anteriores las víctimas fueron mayormente guardias
civiles y campesinos, muchos de ellos quechuahablantes y analfabetos, en esta ocasión
se trataba de hombres de letras. Doloroso como es admitirlo, la adversidad tuvo que
afectar directamente al sector urbano e instruido para que los medios de
comunicación y el gobierno prestasen mayor atención a un conflicto que ya había
golpeado duramente a las poblaciones rurales de la sierra sur-central del país.

El caso adquirió ribetes políticos cuando algunos medios de prensa, especialmente de


izquierda, culparon a los militares por la muerte de los periodistas. La controversia
creció, además, debida a que la masacre y, tal vez con más fuerza, el juicio
subsiguiente a los comuneros de Uchuraccay, propiciaron un debate alrededor de la
naturaleza (irresuelta) de la identidad peruana, con no pocos comentaristas evocando
imágenes de la conquista española.
El juicio a los comuneros de Uchuraccay, realizado en Lima, confrontó a campesinos
quechuahablantes monolingües (o apenas bilingües) con magistrados
hispanohablantes, requiriendo la presencia de intérpretes. Durante el juicio, los
campesinos se mantuvieron mayormente en silencio o se negaron a colaborar con los
magistrados. Más que una verdad acerca de la muerte de los periodistas, el juicio de
Uchuraccay sacó a relucir otra realidad: el peso con el cual las marcas étnicas y
lingüísticas definían el lugar de cada quien en la jerarquía social peruana, en el preciso
momento en que los analistas sociales vislumbraban una nueva era de "modernidad" y
democratización. Como lo dijera Flores Galindo, Sendero apareció "como un rayo en
cielo despejado". La insurgencia comenzó precisamente cuando la mayor parte de la
izquierda había optado por la vía electoral y cuando sociólogos y economistas
describían al Perú como un país moderno, con un proletariado creciente y un
campesinado en vías de extinción.

El entonces presidente Fernando Belaunde nombró a una comisión presidida por el


novelista Mario Vargas Llosa para investigar los sucesos (en adelante, la Comisión
Vargas Llosa). La comisión, que incluyó, además de Vargas Llosa, a dos antropólogos,
un lingüista, un sicoanalista y un abogado, llegó a la conclusión de que los comuneros
de Uchuraccay habían matado a los periodistas debido a que los confundieron con
senderistas -y que lo hicieron siguiendo los propios consejos de los militares en el
sentido de que debían defenderse de los terroristas. Esta hipótesis recibió el respaldo
de los propios comuneros, y su credibilidad se basaba en que Uchuraccay tenía, en
efecto, una historia de enfrentamientos con Sendero. Aun así, la tendencia general fue
la de exonerar de responsabilidades a los campesinos apelando al clásico estereotipo
que enfatiza la "ingenuidad" campesina, en concordancia con la imagen que los
propios campesinos quisieron presentar. Pocos podían aceptar (sin recurrir a otros
estereotipos que asocian a los campesinos con salvajismo y brutalidad) la idea de que
estos, si realmente mataron a los periodistas, habrían tenido sus propias razones, las
mismas que prefirieron no revelar.
El juicio subsiguiente en Lima encontró a ciertos oficiales indirectamente responsables
por la masacre, pero al final ninguno fue sentenciado. Tres pobladores de Uchuraccay
fueron encontrados culpables y sentenciados a varios años de prisión; nunca revelaron
alguna evidencia adicional, y uno de ellos moriría de tuberculosis en la cárcel. La
prensa continuó con sus especulaciones y, al final, cada peruano quedó con su propia
versión de los hechos.

Casi al terminar de escribir la versión inglesa de este libro, la verdad parecía


esclarecerse. En el clima de diálogo propiciado por la Comisión de la Verdad y
Reconciliación (CVR), los pobladores de Uchuraccay admitieron su responsabilidad
directa en la muerte de los periodistas. Pero estuvieron lejos de avalar los argumentos
"culturales" del informe de la Comisión Vargas Llosa, que insistía en una supuesta
disposición innata de los campesinos a la violencia, la misma que habría sido, a su vez,
resultado del "aislamiento" en que supuestamente habían estado viviendo desde los
"tiempos prehispánicos". Por el contrario, los comuneros aludían a hechos recientes.
Refirieron que la mayoría de los pobladores de Uchuraccay estuvieron convencidos, en
efecto, de que los periodistas eran senderistas, principalmente por haber identificado
como tal al guía que venía con ellos, a quien finalmente también asesinaron. Al
momento de llegar los periodistas, añadieron, los comuneros ya estaban en guardia
frente a Sendero, que en los últimos meses e incluso semanas había dado muerte a
varias personas que se negaban a cumplir con sus dictados en Uchuraccay y en las
comunidades vecinas. De singular gravedad resultaron ser las muertes cruentas que
sufrieron las autoridades comunales, a quienes los senderistas ejecutaron en algunas
ocasiones dinamitando sus cuerpos, en sus llamados "ajusticiamientos populares".
Los comuneros, en una palabra, habían comenzado a tomar la justicia por sus propias
manos, administrando sanciones severas que incluían la muerte contra los
sospechosos de senderismo dentro y fuera de su comunidad; en ello fueron
acompañados por otras comunidades de altura de Huanta que se negaban igualmente
a someterse a los dictados de la agrupación maoísta. Los comuneros de Uchuraccay
que dieron cuenta de estos hechos se disculparon en nombre de su comunidad en el
contexto de las audiencias públicas llevadas a cabo por la CVR. Al mismo tiempo, sin
embargo, denunciaron, por primera vez enfáticamente, que en los meses siguientes a
la masacre de los periodistas su comunidad fue víctima de severas represalias por
parte de Sendero Luminoso y en menor grado de los militares. Entre abril y diciembre
de 1983, 135 uchuraccaínos perdieron la vida. La mayoría cayó víctima de Sendero.
Otros fueron asesinados por los militares. Entre los primeros, según se informa,
estuvieron todos los comuneros que tomaron parte en la muerte de los periodistas.
Una lista con los 135 nombres se hizo pública por la CVR, dejando a la comunidad
nacional, que hasta entonces había identificado la "tragedia de Uchuraccay" con la
muerte de ocho hombres de prensa, con mucho en qué reflexionar.

Conclusiones

A partir de los testimonios recogidos y de las investigaciones realizadas, la Comisión


de la Verdad y Reconciliación considera:

* Que el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso no respetó la autonomía, las


formas de organización y cultura de los campesinos de Uchuraccay, desencadenando
una escalada de violencia a partir del asesinato del presidente de la comunidad.

* Que esos y otros asesinatos de dirigentes campesinos en comunidades vecinas


llevaron a que un conjunto de comunidades de las alturas de la provincia de Huanta se
organizaran para su autodefensa y buscaran tomar la justicia en sus propias manos,
protagonizando la primera rebelión intercomunal contra el Partido Comunista del
Perú-Sendero Luminoso.

* Que diversos agentes del Estado —los sinchis e infantes de marina, el jefe del
Comando Político Militar y el propio Presidente de la República— alentaron esta
conducta, fomentando la ruptura del monopolio del uso de la violencia legítima por
parte del Estado.

* Que en diversas oportunidades, desde que el gobierno ordenó a las Fuerzas Armadas
asumir el control interno del Departamento de Ayacucho mediante DS 068-82 IN del
29 de diciembre de 1982, las patrullas de infantes de marina y sinchis visitaron las
comunidades de las punas de la provincia de Huanta, entre ellas Uchuraccay, incitando
a los campesinos a matar a todo extraño que llegase a pie.
* Que en medio del estado de guerra y miedo que se había impuesto en las alturas de
Huanta y creyendo que contaban con el aval del Estado, el 26 de enero de 1983 los
comuneros de Uchuraccay asesinaron a los periodistas Eduardo de la Piniella, Pedro
Sánchez, Félix Gavilán, Jorge Luis Mendívil, Willy Retto, Jorge Sedano, Amador García y
Octavio Infante, así como al guía Juan Argumedo García y al comunero Severino
Huáscar Morales Ccente, considerando que eran miembros del PCP-SL o apoyaban al
Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso.

* Que en los sucesos del 26 de enero de 1983 no se constata la presencia de infantes


de marina ni de miembros de la entonces Guardia Civil (sinchis) como perpetradores
directos de los hechos.