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UN TESORO ESCONDIDO

Ni la Iglesia, ni la misión se entienden fuera del mundo y de la historia, es decir, del


aquí y el ahora en los que acontecen nuestras vidas. Por eso, quisiera comenzar
hablando sobre mi comprensión del tiempo presente. Pero, además, considero que no es
posible expresar lo que espero de la Iglesia como misionera sin antes aclarar lo que para
mí significan cada uno de los términos que componen la pregunta que se me ha
formulado. Por otra parte, mi comprensión de la Iglesia y del ser misionero expresa de
alguna manera mis esperanzas de mujer consagrada, de dominica comprometida en el
quehacer teológico, enviada más allá de las fronteras de mi propio país.

UN MUNDO DESGARRADO
No intentaré una descripción exhaustiva del mundo que nos toca vivir. Si lo hiciera,
quedarían grandes lagunas. Por eso, sólo me detendré en aquellas cosas que más me
impactan, cuestionan, interpelan y explican el sentido que quiero darle a mi vida.

Lo que más me impresiona de la historia presente es que nos pone ante un mundo
plural, cada vez más diversificado. Cada día se tiene la oportunidad de tener una noticia
diferente, de saber que algo nuevo está ocurriendo. Se escuchan nuevas voces, nuevas
iniciativas, nuevos actores sociales. A través de los medios de comunicación, de visitas
que uno realiza o recibe, entra en contacto con nuevo mundos, con nuevas inquietudes,
con diferentes maneras de pensar, creer sentir y hacer. Me impacta la conciencia que
vamos tomando de la riqueza que trae consigo la diversidad. Pero me sorprende y
sobrecoge al mismo tiempo lo poco preparados que estamos los seres humanos para
acoger tanta novedad.

Me impresiona también el cómo las relaciones que se van tejiendo entre diversos
pueblos, culturas y religiones. Me entusiasma la amplia gama de posibilidades de
realización humana que se abre ante la constatación de tanta sabiduría acumulada a lo
largo de los siglos. Al mismo tiempo me impacta la desconfianza y violencia con que
vivimos la irrupción de la novedad.

Me preocupa enormemente el cúmulo de contradicciones que vivimos: se proclama la


paz y se declara la guerra; se busca compulsivamente la comunicación y se sufre una
soledad atroz; se habla de justicia social y cada vez son más los pobres que golpean
nuestras puertas y deambulan por nuestras ciudades; se predica la democracia y en no
pocos países se padece el síndrome de la acumulación de un poder despótico en manos
de unos pocos; se pregonan los derechos humanos y cada día hay más evidencias de sus
violaciones; se habla de la esperanza que representa la juventud y los jóvenes se sienten
extranjeros en su propia patria; la ciencia cura muchas dolencias de las cuales todavía
mueren muchos seres humanos. La justicia es lenta, las necesidades grandes, el dinero
poco y las posibilidades de empleo disminuyen.

La Iglesia también está fracturada, dolorida, no exenta de contradicciones atroces. Dice


que no debe hacer política y se la ve comprometida con los grupos de poder, que han
logrado acallar su voz profética. Pregonó el diálogo, pero no escucha sino a quienes le
dan la razón; pidió perdón y sigue cometiendo los mismos errores del pasado. Dice que
evangeliza, pero en realidad sólo está preocupada por impartir doctrina. En América

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Latina, al menos su rostro “oficial”, está cada vez más lejos de los pobres y más
debilitada por sus contiendas internas y ha perdido capacidad para pronunciar una
palabra novedosa que convoque, libere y reconcilie. Existe una pasmosa habilidad en
algunos pastores para hacer decir a los proféticos textos del Vaticano II y del Magisterio
de los Obispos latinoamericanos lo que sólo a ellos les conviene y para denunciar o
condenar toda palabra o gesto que señale que lo que está pasando no está bien. ¡Todo
esto en nombre de la verdad!

Si tuviera que sintetizar en pocas palabras lo que le pasa a nuestro mundo y a nuestra
Iglesia, escogería éstas: fractura de relaciones. Con ello estoy expresando una
contradicción vertebral, entrañable, profunda ¿Cómo ser verdaderamente humanos si no
sabemos convivir, involucrarnos con los demás, crear lazos? A pesar de que los
hombres y mujeres de hoy buscamos casi compulsivamente estar relacionados, no lo
hacemos bien. Nuestros vínculos no nos traen la paz ni crean el ambiente propicio para
un desarrollo personal armónico. Las familias se desintegran, tratamos mal a nuestros
seres queridos, traicionamos y olvidamos a los amigos. De este modo, muchos y
muchas, tarde o temprano, comienzan a experimentar angustia, depresión, sin sentido de
la vida... Esto no ocurre sólo en las ciudades modernas donde es posible satisfacer todas
las necesidades. Las sociedades empobrecidas, tanto urbanas como rurales, sufren
también estas dolencias. Es verdad que en ellas tienen lugar actos gigantescos de
solidaridad, esperanza, desprendimiento y acogida que nos sorprenden, precisamente
por el contexto en que tienen lugar. Pero la frustración a que se ven sometidos los
pobres al verse privados de las grandes promesas del mundo circundante genera mucha
inestabilidad personal y, no pocas veces, violencia en el modo de tratar y dirigirse a los
demás, especialmente con los seres más queridos.

AL SERVICIO DE LA PAZ
El sueño de Dios para el género humano es la unidad. Sin embargo, la diversidad existe
desde el principio. Podríamos hacer un recorrido a grandes trazos. La creación es
variada, multiforme, bella. El hombre y la mujer, fueron hechos a imagen y semejanza
del creador, iguales en dignidad, pero diferentes. Desde el comienzo la humanidad se
fue organizando en clanes, pueblos y ciudades, cada uno con sus características
peculiares. Por eso, el escollo fundamental para la realización del deseo de Dios para
sus hijos e hijas no está en la diversidad con la que el creador ha caracterizado su obra,
sino en la incapacidad que tenemos los seres humanos para acoger, valorar y gozar las
diferencias que están dadas desde el principio. Esta dificultad nos impide penetrar en el
misterio de Dios, disfrutar de la sabiduría con la que hizo todas las cosas y regocijarnos
en el compartir fraterno y equitativo de tantos dones.

En lugar de complacerse en la variedad y tender lazos de solidaridad, la humanidad se


ha especializado en levantar muros de división. La codicia, la envidia, el hambre de
poder y el apetito de prestigio suele, desde siempre, apoderarse de los corazones de
maneras explícitas o solapadas. Pero Dios es inmutable en sus deseos. Para llevarlos a
cabo nos envió a su Hijo. Así, Cristo, en la cruz, hizo de dos pueblos uno solo. Los
reunió a los dos en Él, creando de los dos un solo Hombre nuevo y los reconcilió con
Dios, haciendo de los dos un solo cuerpo (cf Ef 2, 14-16). De este modo, instituyó la
Iglesia como “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el

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género humano” (LG 1). Ésta y no otra, es la razón de ser de la comunidad de las
discípulas y los discípulos del Señor que caminan por la historia.

Para los judíos cristianos de los primeros tiempos de la Iglesia seguramente no fue fácil
el aprendizaje del “otro”, del “diferente”. El libro de los Hechos de los Apóstoles y las
Cartas dan testimonio de los innumerables conflictos que se suscitaron en aquel tiempo
en las comunidades que seguían a Jesús. Tuvieron que aprender a deponer los absolutos
que habían aprendido de sus tradiciones y llamar “hermanos”, “hermanas” a los que
antes consideraban como “perritos” (cf Mc 7,27). Eran dos pueblos: los judíos y los
paganos. Para los primeros el conjunto de la humanidad eran “los otros”. Ellos eran una
comunidad escogida. Desde ellos venía la salvación, ellos tenían la ley y los profetas
¡cuántos argumentos para reclamar privilegios y posiciones superiores! ¡cuántas razones
para imponer un modo de vida y decidir según esto la integración a la comunidad!

“Dos pueblos” significa diversidad de culturas, historias, tradiciones, costumbres,


creencias, maneras de entender la vida y las relaciones. Pero ninguno de ellos tiene el
privilegio de la superioridad sobre el otro. Todo lo contrario. Cada uno está llamado a
“estimar a los otros como superiores a sí mismo”, sin buscar el propio interés sino el
beneficio de los demás, asumiendo los mismos sentimientos del Señor quien no
reivindicó la igualdad con Dios sino que tomó la condición de servidor (cf Flp 2, 3-7).

Recuerdo que cuando era niña en el colegio al que asistía, a veces se organizaba una
campaña muy singular. Pedían que cada una de las 1.500 alumnas tejiera un cuadradito
de 10cm x 10cm con restos de lana que encontrara en su casa. Luego se encomendaba a
las más hábiles la tarea de unirlos hasta armar una frazada para los pobres. Cada manta
era el resultado de la unión de cuadraditos de lana hechos con los más diversos colores y
con las más variadas texturas y tensiones. Algunas quedaban muy bonitas. Creo que la
misión de la Iglesia en el mundo se parece un poco a la tarea realizada por estas niñas.
Si hubiera más hombres y mujeres santos, sabios y prudentes, capaces de descubrir las
maravillas de Dios presentes en sí mismo y en cada grupo humano, si en las
comunidades encontráramos líderes con estas cualidades, si las comunidades y sus
líderes y se liberaran de las ataduras de la ley y las costumbres, la humanidad, quizás,
no tendría tanto frío.

LA EXPERIENCIA DEL DIOS VIVO EN LAS FRONTERAS DEL OTRO


Cuando, desde la niñez, hemos sido educados en un ambiente creyente y comprometido,
el ser misionero de cada cristiano o cristiana, se nos grabó con fuego. Se nos inculcó
que la fe es un don para compartir con los demás, que es importante la formación para
poder anunciar el Evangelio, que la vida cristiana no se concibe sin un compromiso con
los otros, que los necesitados de este mundo tienen derecho a la atención y solicitud de
aquellos que tienen un poco más. Quienes hemos optado por la vida religiosa hemos
visto reforzados estos mandatos. A la luz de la experiencia que me toca vivir como
adulta, juzgo que todo esto está muy bien, pero adolece de mucha parcialidad. Se nos
educaba “para dar” y poco “para recibir”; se nos invitaba a “hablar” más que a
“escuchar”. Se nos creaba una mentalidad más de “defensa” de la Iglesia y sus
instituciones que de anuncio y apertura al Evangelio, presente en los lugares y
situaciones menos esperadas.

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No he recibido una formación especial “para ser misionera” en el sentido tradicional.
No estaba en mis planes salir de mi país ni experimentar lo que estoy viviendo. La
misión aconteció en mi vida y asumiéndola he aprendido algo de ella.

Desde hace ocho años vivo en el Sur Andino Peruano, un mundo quechua, aymara y
mestizo, donde la mayoría de la población se encuentra en situación de pobreza, a pesar
de la belleza de sus culturas. En este lugar la violencia hizo estragos en las décadas
pasadas, sembrando muerte, miedo, desconcierto, desesperanza. En medio de este
pueblo, la Iglesia ha jugado un papel profético y decisivo, dando ejemplo de comunión
en el discernimiento de la realidad y en las decisiones pastorales, afrontando con
valentía los riesgos que esta posición conlleva.

Salir de la tierra que nos vio nacer no es una experiencia fácil. Trae consigo la renuncia
a muchas seguridades, a la compañía de amistades entrañables, a una determinada
orientación en el mundo y en la vida. Significa aprender muchas cosas: lenguajes,
sabores, bellezas diferentes a las acostumbradas. Entrar en el mundo de otros pueblos
exige comenzar a andar por el camino de una historia diferente. Aguzar la vista y el
oído para comprender nuevos lenguajes y percibir signos desconocidos. Cultivar el tacto
y el olfato para intuir maneras de relación incomprensibles. Prepararse para gustar el
sabor diferente que tienen en estos grupos las relaciones entre las personas, con Dios y
con la naturaleza.

Cuando se está inmerso en un mundo desconocido, se comienza a mirar de otra manera.


Todos los sentidos están atentos para encontrar en la novedad puntos de referencia que
nos ayuden a orientarnos. Es así como descubrí, de un modo diferente, el Reino de Dios
presente en la historia. Esta vez en la de los pobres, poblada de mujeres, jóvenes y
niños, llena de anhelos y frustraciones, sufriente y gozosa a la vez. Con más dificultades
en el orden práctico que en el teórico, empecé a ver que ellos también podían hacer
aportes a mi vida y ayudarme a hacerla más acorde al proyecto de Jesús, porque en ellos
también está presente el Evangelio

El nuevo contexto, la lectura de la historia reciente de la Iglesia en América Latina y el


testimonio de tantas vidas entregadas hasta el martirio por la causa del Reino, me
ayudaron a descubrir cuánta razón tenía el Concilio Vaticano II al mirar al mundo con
más simpatía que desconfianza. En efecto, no se explica la alegría de renunciar a todos
los bienes materiales y afectivos si no se tiene la certeza de encontrar un tesoro
escondido o una perla preciosa (cf Mt 13,44.45). Para mí ese tesoro, esa perla ha sido la
experiencia del Dios vivo más allá de mis propias fronteras, en el lugar del otro.

Entonces me di cuenta de que lo peor que nos puede pasar es llegar a otro lugar, a otro
pueblo, a otra cultura recubierto/a por una coraza de conquistador, para que nada nos
afecte, nada nos haga cambiar, para permanecer imperturbables con nuestros discursos y
nuestros esquemas mentales a pesar de todo. He descubierto también que, por desgracia
hay mucho de esto en la experiencia misionera. Hombres y mujeres con muy buena
voluntad deciden ir más allá de sus propias fronteras geográficas. Pero lo hacen desde
una posición privilegiada de poder y de pretendida superioridad. Estas actitudes opacan
el sentido de la misión. Además, a lo largo de la historia, en su nombre se han cometido
atrocidades. Por eso, el término “misión” suele denotar cierto matiz conquistador. El

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misionero o la misionera es alguien que va a dar lo que el otro no tiene. Junto con la fe
lleva la educación, la atención sanitaria, técnicas agropecuarias, maneras de alimentarse,
el poder económico, cuando no el poder político y los medios eficaces para doblegar las
conciencias. No podemos olvidar que la Evangelización de América vino junto con la
espada. Es así como asistimos a la extirpación de las idolatrías y a la casi anulación de
la creatividad cultural de los pueblos y de su poder de decisión sobre sus propios
destinos. No obstante hoy descubrimos un gran poder de resistencia, que ha permitido
sobrevivir a muchas culturas ancestrales. Pero no sólo eso, la fuerza de estos pueblos es
tal, que ha logrado la re-creación de sus propias matrices culturales y maneras propias
de expresión, sobre todo en los espacios de la religiosidad y de la organización popular.

Desgraciadamente hoy vuelven en la Iglesia a sentirse con fuerza estos aires de


“conquista espiritual”. Se levantarán, entonces, hospitales, escuelas y capillas. Pero,
¿para qué sirve tanta inversión si lo fundamental no se ha logrado? Para ser misionero/a
no basta sortear los límites del propio país. Hay que saber ir más allá y atravesar otras
fronteras: las ideológicas, las culturales, estéticas y quizás también teológicas o
eclesiológicas. La misión no es para uniformar a la humanidad con un mismo
pensamiento, ni siquiera con una misma manera de ser Iglesia o de concebir y expresar
a Dios. La misión es para hacer posible un sueño de Dios, largamente acariciado: la
unidad del género humano en medio de la diversidad.

Por todo esto espero que la Iglesia, que somos todos los hombres y mujeres que
seguimos a Jesús en comunidad, comprendamos de una vez por todas que:

- En el anuncio del Evangelio interactúan muchos sujetos: Dios, los hombres y


mujeres de las diversas culturas, la Iglesia, los cuales entran en un proceso de
diálogo en el que todos son actores.
- El mundo está poblado de diferentes culturas. Ninguna es superior ni inferior.
Todas, hasta las más empobrecidas poseen una sabiduría capaz de aportar a la
humanización de la historia.
- Todos, tienen algo que ofrecer y recibir, y en esta mutua fecundación van
encontrando y celebrando el bien y la verdad.
- El destinatario del anuncio de la Buena Nueva es el pueblo, es sujeto de su
propia historia y de su propia fe.
- La finalidad de la misión consiste en compartir el don de la revelación, que, bajo
la guía del Espíritu Santo, todos/as van descubriendo en la Palabra de Dios y en
sus propias vidas al interior de sus tradiciones culturales. La meta entonces de la
evangelización es aprender a dejarse introducir juntos, de a poco, y según el
ritmo de la historia, en “la verdad total” (Cf. Jn 16,13).
- Hay un camino especial a realizar: todo hombre y mujer, para llegar a la
comunión plena con el Señor, anhelo profundo de vida plena presente en todo
corazón humano, debe aprender a transitar el camino de la historia de su pueblo
y su cultura. Tal es la condición para ser Iglesia y para que el mensaje, que
llevamos como en vasijas de barro, pueda ser escuchado, aprehendido y
proclamado por voces diferentes.
- Es necesario descubrir con la gente la posibilidad de una historia distinta y la
presencia del Reino, aprendiendo a buscar con ella, desde la perspectiva del
Evangelio, nuevos sentidos para la vida en estos tiempos de cambio,

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abandonando toda pretensión proselitista, toda voluntad de imposición y de
dominio sobre el otro.
- Debemos mirar como Comunidad-Iglesia en lo profundo de la vida y de sus
componentes las huellas de la presencia de Dios, para proclamarlas luego como
anticipos y garantía del Reino prometido. De este modo no se pondrá obstáculo
al Espíritu, que actúa en la relación recíproca de evangelizados y
evangelizadores, donde todos son a la vez portadores y oferentes de buenas
noticias.
- Es preciso reconocer la multiplicidad de ministerios y la corresponsabilidad
frente a la historia, para preparar el advenimiento del Reino de Dios en la
comunidad humana.