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BIBLIOTECA AUSTRIACA

Colección dirigida por Juan Marcos de la Fuente

Peter J. Boettke

(Coordinador)

Manual de economía austriaca contemporánea

Edición y traducción de

Adrían O. Ravier

Con la colaboración de

Pablo Galindo Asensio

Edición y traducción de Adrían O. Ravier Con la colaboración de Pablo Galindo Asensio Unión Editorial

Unión Editorial

2017

Título original:

Handbook on Contemporary Austrian economics © 2010 por Peter J. Boettke (Edward Elgar Publishing, Cheltenham, UK y Northampton, MA, USA, 2012)

© 2017 Peter Boettke © 2017 UNIÓN EDITORIAL, S.A. c/ Martín Machío, 15 • 28002 Madrid Tel.: 913 500 228 • Fax: 911 812 212 Correo: info@unioneditorial.net www.unioneditorial.es

ISBN (página libro): 978-84-7209-708-7

Compuesto por JPM GRAPHIC, S.L.

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A la memoria de mis dos maestros en Economía Austriaca:

Hans Sennholz (1922-2007) y Don Lavoie (1951-2001)

Índice

Lista de autores Estudio preliminar, por Adrían O. Ravier Introducción, por Peter J. Boettke

I. LA CIENCIA DE LA ECONOMÍA

1

. Solo los individuos eligen Anthony J. Evans

2

La Economía como el estudio de la coordinación y el

.

intercambio

Christopher J. Coyne Los hechos de las ciencias sociales son lo que la gente cree y piensa Virgil Henry Storr

3.

II. MICROECONOMÍA

4. Los valores y costes económicos son subjetivos Edward P. Stringham

5. Precios: la última heurística

Stephen C. Miller

6. Sin propiedad privada no puede haber cálculo económico racional Scott A. Beaulier

7. El mercado competitivo Frederic Sautet

es un proceso de descubrimiento empresarial

III. MACROECONOMÍA

8. El dinero es no-neutral

J. Robert Subrick

9. Algunas implicaciones sobre el capital heterogéneo Benjamin Powell

10. Anarquía sin límite:

¿cuánto orden puede crear el orden espontáneo?

Peter T. Leeson

IV. CONCLUSIÓN

11. Regreso al futuro:

la Economía Austriaca en el siglo XXI

Peter J. Boettke

Autores

Scott A. Beaulier es Profesor distinguido BB&T sobre Capitalismo y Jefe del Departamento de Economía en la Mercer University (Macon, Georgia). Es también director académico del Laffer Center for Global Economic Growth en la misma Universidad. Recibió su PhD en Economía en la George Mason University en 2004. Ha escrito en extenso sobre la Economía de los Derechos de Propiedad, y sus investigaciones en las áreas de Economía Austriaca, Economía del Desarrollo, Economía de la Educación y Derecho Económico han sido ampliamente publicadas.

Peter J. Boettke es Profesor BB&T para el Estudio del Capitalismo en el Mercatus Center de la George Mason University, Virginia, y Profesor Universitario de Economía, también en GMU. El Profesor Boettke es también autor de varios libros sobre historia, colapso y transición del socialismo en la extinguida Unión Soviética, así como libros y artículos sobre la historia del pensamiento económico y la metodología. En 1998, Boettke asumió la dirección del The Review of Austrian Economics. Previamente Boettke fue editor del Advances in Austrian Economics. Además de la GMU, Boettke obtuvo posiciones académicas en la London School of Economics, la Institución Hoover en la Stanford University y la New York University.

Christopher J. Coyne es Profesor Adjunto de Economía en la West Virginia University. Es también el editor norteamericano de The Review of Austrian Economics, investigador del Mercatus Center en la George Mason University y en The Independent Institute, miembro del Board de Académicos del Virginia Institute for Public Policy, y Académico Distinguido en el Center for the Study of Political Economy en la Hampden- Sydney College. En 2008 fue nombrado Hayek Fellow en la London School of Economics. Obtuvo su PhD en Economía en la George Mason University, Virginia.

Anthony J. Evans es actualmente Profesor Adjunto de Economía en la ESCP Europe Business School. Sus campos de estudio son empresarialidad corporativa, teoría monetaria y mercados en transición. Publicó en revistas académicas como la Eastern European Economics, Constitutional Political Economy y The Review of Austrian Economics, y recientemente fue coautor del libro The Neoliberal Revolution in Eastern Europe: Economic Ideas in the Transition from Communism, que fue publicado en 2009 por Edward Elgar. Anthony recibió su MA y PhD en Economía en la

George Mason University, USA, y BA (Hons) en la University of Liverpool, UK.

Peter T. Leeson es Profesor Visitante de Economía en el Centro Becker de la University of Chicago sobre Teoría de los Precios, y Profesor BB&T para el Estudio del Capitalismo en la George Mason University, Virginia. Previamente, fue Profesor Visitante en Economía Política y Gobierno en la Harvard University y F.A. Hayek Fellow en la London School of Economics.

Stephen C. Miller es Profesor Adjunto de Economía en la Western Carolina University. Su investigación se centra en el rol que los sesgos y la irracionalidad tienen en la formación de creencias políticas y económicas en los votantes. Miller recibió su PhD de la George Mason University, Virginia y su BA de la Towson University, Maryland.

Benjamin Powell es Profesor Adjunto en Economía en la Suffolk University, Boston, Massachusetts, economista senior en la Beacon Hill Institute de la Suffolk University, e investigador en The Independent Institute. El Profesor Powell es editor of Making Poor Nations Rich: Entrepreneurship and the Process of Development (Stanford University Press, 2008), co-editor del Housing America: Building Out of a Crisis (Transaction, 2009) y autor de más de treinta artículos académicos y estudios de política. Obtuvo su BS en Economía y Finanzas de la University of Massachusetts en Lowell, y su MA y PhD en Economía en la George Mason University.

Frederic Sautet es economista del Mercatus Center en la George Mason University. Obtuvo su doctorado en economía en la Universidad de Paris y estudió, como un posdoctorado, bajo los auspicios de los Profesores Israel Kirzner, Peter Boettke y Mario Rizzo en la New York University. El Dr. Sautet ofrece un curso de teoría y política empresarial en el programa Máster en Economía en la George Mason University. Ha publicado extensamente en el tópico de la función empresarial y es autor de An Entrepreneurial Theory of the Firm, publicado en el año 2000 en Routledge.

Virgil Henry Storr es Investigador Senior y Director del Programa de Estudiantes Graduados en el Mercatus Center, e Investigador Don C. Lavoie en el Programa de Filosofía, Política y Economía del Departamento de Economía de la George Mason University. Obtuvo su PhD en Economía en la George Mason University y completó sus estudios de grado en la Beloit College, Wisconsin. Virgil es autor de Enterprising Slaves & Master Pirates (Peter Lang, 2004) y sus escritos en economía política fueron publicados o serán publicados en la Rationality & Society, el Journal of Urban Affairs, el Cambridge Journal of Economics, la American Journal of Economics and Sociology, el Review of Austrian Economics y otras numerosas publicaciones

académicas.

Edward P. Stringham obtuvo su PhD en la George Mason University en 2002. Stringham es Profesor Adjunto Visitante Shelby Cullom Davis en el Trinity College en Connecticut, editor del Journal of Private Enterprise, editor de dos libros: Anarchy and the Law (Transaction, 2006) y Anarchy, State, and Public Choice (Edward Elgar, 2006), y autor de más de 40 artículos y capítulos de libros en publicaciones que incluyen The Review of Austrian Economics, Quarterly Journal of Austrian Economics, Journal of Institutional & Theoretical Economics, y Public Choice.

J. Robert Subrick es Profesor Adjunto de Economía en la James Madison University, Virginia. Obtuvo un BA y un BS de la University of Delaware y recibió el PhD en Economía de la George Mason University. Antes de unirse a JMU, fue un investigador asociado del Centro para el Estudio Económico de la Religión de la George Mason University y del Centro para la Reforma Institucional y el Sector Informal de la University of Maryland. Su investigación se ha focalizado en el estudio de la economía política del desarrollo, especialmente en la África subsahariana, y la economía de la religión.

Estudio preliminar

Por ADRIÁN O. RAVIER [1]

INTRODUCCIÓN

Como lo indica su título, este libro se propone introducir al lector a la «economía austriaca contemporánea», y lo hace de una manera sistemática, breve, como no se ha desarrollado antes en otro ejemplar. Uno puede pensar que el destinatario de este volumen es el economista académico tradicional que desea conocer la tradición austriaca y en particular lo que la hace única y diferente. Sin embargo, el volumen atrapará también a los austriacos que ya hayan realizado un estudio formal de las ideas de la tradición, puesto que cada capítulo logra sintetizar y sistematizar teorías fundamentales que a la vez se extienden a variados campos de aplicación. Está coordinada por el profesor Peter J. Boettke, quien ya tiene escrita una vasta obra en distintos campos, pero cada uno de sus capítulos fueron escritos por una nueva generación de economistas de esta tradición que él mismo contribuyó a formar y que hoy ocupan lugares destacados en cátedras de economía de prestigiosas universidades. Como buen manual, el libro presenta sistemáticamente aspectos generales de la economía, de la microeconomía y de la macroeconomía, pero se concentra específicamente en aquello que hace único al paradigma. A saber, que la economía es una ciencia donde sólo los individuos eligen; que el estudio del orden de mercado es fundamentalmente sobre el comportamiento del intercambio y las instituciones dentro de las cuales tienen lugar estos intercambios; y que los «hechos» de las ciencias sociales son lo que la gente cree y piensa. En el campo del microeconomía enfatiza que la utilidad y los costos son subjetivos; que el sistema de precios economiza sobre la base de la información que la gente necesita para el proceso de toma de decisiones; que la propiedad privada de los medios de producción es una condición necesaria para el cálculo económico racional; y que el mercado competitivo es un proceso del descubrimiento empresarial. En el campo de la macroeconomía nos recuerda que el dinero es no–neutral; que la estructura de capital se compone de bienes heterogéneos que tienen usos múltiples y específicos que deben ser alineados; y que las instituciones sociales a menudo son el resultado de la acción humana, pero no del designio humano. Boettke agrega un delicioso capítulo final donde suma aspectos de la relevante metodología austriaca, con su característico apriorismo y enfocada en el ser

«humanamente» racional, aspectos que no encuadra como distintivos de la tradición, sino como aspectos presentes en la economía de Adam Smith e incluso Frank Knight. Mi objetivo en este estudio preliminar no es resumir el libro. Ya los autores de los distintos capítulos se han preocupado por sistematizar las distintas teorías y sus aplicaciones en un espacio breve. Mi objetivo es más bien complementar el estudio «de manual», sistemático, que ofrecen los autores, con un estudio evolutivo que comprenda los autores y las ideas centrales desarrolladas por esta tradición. Debo anticipar que Boettke lo hace sintéticamente en el capítulo final, pero quisiera agregar aquí profundidad a ese aspecto, además de rastrear las raíces proto–austriacas de esta tradición. Algunos de estas afirmaciones pueden discutirse y quizás el propio Boettke tenga aclaraciones para agregar a lo que a continuación afirmaré —especialmente a las raíces griegas y escolásticas de la tradición austriaca—, pero como dice en su propio capítulo final la Escuela Austriaca no es un pensamiento homogéneo que hay que repetir o del cual debemos preocuparnos por no desviarnos, sino que es un programa progresivo sobre el que debemos reflexionar y abrir a nuevas discusiones. Aclarado esto, diré que la tradición Austriaca encuentra raíces en los pensadores pre–socráticos de la Antigua Grecia, en Juan de Mariana y la Escuela de Salamanca, en las contribuciones del irlandés Richard Cantillón, en la Fisiocracia y el laissez faire francés, en el pensamiento escocés de Adam Smith, David Hume y Adam Ferguson y en la Escuela Clásica británica que reunió a los «primeros economistas teóricos» a partir del último cuarto del siglo XVIII. Además, podría destacarse con cierto paralelismo cronológico a los autores clásicos de las Ciencias Políticas, que desarrollaron una literatura específica sobre los límites al poder y el control al Leviatán, nutriendo e influenciando los escritos de filosofía política de los autores austriacos. La tradición austriaca, sin embargo, surge como «Escuela» en Viena recién a fines del siglo XIX, tomando en general a 1871 como el año de su fundación. Su máximo esplendor lo alcanza entre la segunda y tercera década del siglo XX especialmente con las contribuciones de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, aunque luego —entre 1940 y 1970— sus autores principales caen en el aislamiento. El resurgimiento de los años 1970 le devuelve a esta Escuela algo de protagonismo, abriendo poco después una etapa de oportunidades para desarrollos modernos en distintos campos de estudio de la economía. Nos proponemos en este escrito sistematizar las raíces y las ideas de los autores de la Escuela Austriaca y la defensa de varios de sus exponentes a favor de la libertad, aspecto que no debe entenderse como dogmatismo, sino como una posición consecuente del análisis desarrollado. Nutriremos este estudio preliminar con referencias a las obras clásicas de la tradición, pero también con el contenido de algunas de las sesenta entrevistas desarrolladas a autores austriacos o «compañeros de viaje», las que fueron compiladas en tres volúmenes (Ravier, 2011a, 2011b, 2013).

Es

nuestro

objetivo

que

el

lector

encuentre

en

este

estudio

preliminar

un

acercamiento a la Escuela Austriaca que complemente a la exposición del libro.

I. LAS RAÍCES DE LA ESCUELA AUSTRIACA

Sería un error tratar la fundación y desarrollo de la Escuela Austriaca, fuera del contexto de la filosofía occidental que surge en la Antigua Grecia. Como afirmó alguna vez el profesor Ezequiel Gallo en relación a la tradición del orden espontáneo de Adam Smith, David Hume y Adam Ferguson, «nada hubiera resultado más incómodo al espíritu de la obra de nuestros tres autores que suponer que su pensamiento no es heredero de tradiciones anteriores. Aceptar esto hubiera sido negar los fundamentos en que descansa todo pensamiento de raigambre evolucionista.» (Gallo 1987, en Ravier 2012a, pág. 128) Pero un intento por rastrear estas raíces será necesariamente incompleto. No contamos, ni contaremos jamás, con la cadena de información necesaria para reconstruir la red de influencias que recibieron los autores centrales de esta tradición. Consciente de estas limitaciones, trataremos igualmente de formar una línea evolutiva que intente presentar consistentemente la línea de pensamiento económico y político de la cual nuestros autores son herederos.

1. Raíces en la Antigua Grecia

En tal sentido, parece correcto comenzar por la Antigua Grecia, y en particular con los autores pre–socráticos, pues allí «se inicia la epopeya intelectual que construyó los cimientos de la civilización occidental». Hesíodo, por ejemplo, explicó en el siglo VIII a.C. —a través de algunos poemas— que «la escasez es una constante en todas las acciones humanas y cómo la misma determina la necesidad de asignar de manera eficiente los recursos disponibles.» […] «Tras Hesíodo, destacan los filósofos sofistas [como Demócrito, Protágoras, Tucídides, Demóstenes y Jenofonte] que, a pesar de la mala prensa que han tenido hasta hoy, fueron ciertamente mucho más liberales, al menos en términos relativos, que aquellos grandes filósofos que vinieron después. En efecto, los sofistas simpatizaban con el comercio, el ánimo de lucro y el espíritu empresarial, desconfiando del poder centralizado y omnímodo de los gobiernos de las ciudades estado» (Huerta de Soto 2008, en Ravier 2012a, p. 25). Sócrates y Platón, por el contrario, no fueron capaces de comprender la naturaleza del floreciente proceso mercantil y comercial que vivieron y disfrutaron en Atenas. Varios estudiosos de la historia del pensamiento destacan en Platón sus ataques a la propiedad privada, su alabanza de la propiedad común, su desprecio por la institución

de la familia tradicional, su concepto corrupto de la justicia y su teoría estatista y nominalista del dinero. En suma, su ensalzamiento de los ideales del estado totalitario de Esparta. Frente a ello, nos enseña Murray Rothbard (1995, pp. 43–44), Aristóteles tuvo una mirada opuesta, ofreciendo prematuros argumentos en favor de la propiedad privada.

1. La propiedad privada es mucho más productiva, y por tanto facilita el progreso.

Los bienes que son poseídos en común por un elevado número de personas reciben

poca atención, puesto que la gente tiende a guiarse por su propio interés y descuida cualquier obligación cuyo cumplimiento pueda dejarse a otros. Por contraste, uno presta el mayor interés y cuidado a lo que es de su exclusiva propiedad.

2. Uno de los argumentos de Platón para favorecer la propiedad comunal es que ésta

supuestamente conduce a la paz social, puesto que nadie envidiará o intentará hacerse con la propiedad del otro. Aristóteles replica que la propiedad comunal conducirá más bien a un conflicto continuo y agudo, puesto que cada cual se quejará de que ha trabajado más duro que los demás y ha obtenido menos que otros que han trabajado poco y se han aprovechado más del fondo común.

3. La propiedad privada está fuertemente implantada en la naturaleza humana: en el

hombre, el amor a sí mismo, al dinero y a la propiedad están íntimamente ligados en un afecto natural a la propiedad exclusiva.

4. El gran observador del pasado y el presente que es Aristóteles no deja de apuntar

que la propiedad privada ha existido siempre y en todas partes. Intentar imponer la propiedad comunal en la sociedad supondría menospreciar lo que es resultado de la experiencia humana para aventurarse en algo nuevo e inexplorado. Abolir la propiedad privada probablemente acabaría creando más problemas de los que resolvería.

5. Sólo la propiedad privada posibilita actuar moralmente, esto es, practicar las

virtudes de la benevolencia y la filantropía. Forzar a una propiedad comunal destruiría tal posibilidad.

Claro que Aristóteles no pudo apartarse por completo del pensamiento de Platón, y lo siguió en su lectura del intercambio como un juego de suma cero donde lo que uno gana, el otro lo pierde, además de condenar el lucro y los préstamos de dinero a interés como usura. Pero su defensa de la propiedad privada debiera ser considerada una de las piedras fundamentales en la tradición austriaca moderna.

2. Juan de Mariana y la Escuela de Salamanca

El pensamiento de Aristóteles fue re–descubierto por San Alberto Magno y Santo

Tomás de Aquino (1224–1274). El pensamiento de Aristóteles, sobre todo en metafísica y antropología, era manejado por los árabes y mirado con recelo en ambientes cristianos. En economía Santo Tomás no se logra desprender de la crítica aristotélica al libre mercado, el intercambio, el lucro o el préstamo de dinero a interés. Esto se replicará también en casi toda la escolástica. La excepción, quizás, la constituyeron los pensadores de la Escuela de Salamanca. A partir del trabajo de Marjorie Grice–Hutchinson (1952), surge una extensa literatura que busca revalorizar el pensamiento de Salamanca como raíz del pensamiento austriaco, incluyendo a Joseph Schumpeter (1954), Raymond de Roover (1958), Murray Rothbard (1976a, 1995), Alejandro Chafuén (1986), Leland Yeager (1996) y Jesús Huerta de Soto (1999, en Ravier 2012a), entre otros. Juan de Mariana (1536–1623), por ejemplo, fue quizás el principal exponente de la Escuela de Salamanca y su libro Sobre el rey y la institución real de 1598 ofrecía un análisis donde el derecho natural es siempre moralmente superior al poder de cada estado. Esta idea Mariana la tomaba del dominico Francisco de Vitoria (1498–1546) quien alcanzó su fama por ser el primer escolástico español en denunciar la esclavización de los indios en la recién descubierta América. Juan de Mariana también escribió sobre la alteración del dinero, trabajo que se tradujo al español bajo el título Tratado y discurso sobre la moneda de vellón que al presente se labra en Castilla y de algunos desórdenes y abusos. En este libro Mariana distingue entre el rey justo y el tirano argumentando que los bienes de los vasallos no son propiedad del rey y que la aplicación de impuestos requiere de previa aceptación de los ciudadanos. Mariana explica además que el valor de las cosas se encuentra en la estimación subjetiva de los hombres y denuncia la práctica de reducir el contenido de metal noble en las monedas como una forma de inflación. A modo de síntesis de las ideas centrales que los modernos austriacos encuentran en la Escuela de Salamanca y que deben ser motivo de nuevas investigaciones, podemos citar a Jesús Huerta de Soto (1999, en Ravier 2012a, p. 48): «primero, la teoría subjetiva del valor (Diego de Covarrubias y Leyva); segundo, el descubrimiento de la relación correcta que existe entre precios y costes (Luis Saravia de la Calle); tercero, la naturaleza dinámica del proceso de mercado y la imposibilidad del modelo de equilibrio (Juan de Lugo y Juan de Salas); cuarto, el concepto dinámico de competencia entendida como un proceso de rivalidad entre los vendedores (Castillo de Bobadilla y Luis de Molina); quinto, el redescubrimiento del principio de la preferencia temporal (Azpilcueta); sexto, la influencia distorsionadora que el crecimiento inflacionario del dinero tiene sobre la estructura relativa de los precios (Juan de Mariana, Diego de Covarrubias y Martín de Azpilcueta); séptimo, los negativos efectos económicos que produce o genera la banca con reserva fraccionaria (Luis Saravia de la Calle y Martín de Azpilcueta); octavo, el hecho económico esencial de que los depósitos bancarios forman parte de la oferta monetaria (Luis de Molina y

Juan de Lugo); noveno, la imposibilidad de organizar la sociedad mediante mandatos coactivos debido a la falta de la información que se necesita para dar un contenido coordinador a los mismos (Juan de Mariana); y décimo, el tradicional principio liberal según el cual el intervencionismo injustificado del estado sobre la economía viola el derecho natural (Juan de Mariana).» No está demás señalar que existen lecturas opuestas de estos mismos autores como la desarrollada por Juan Carlos Cachanosky (1994 y 1995) en su tesis titulada Historias de las teorías del valor y del precio, Parte I y II. Lo cierto es que las raíces escolásticas de la escuela Austriaca aun son difíciles de rastrear, pero la literatura mencionada abre la puerta a nuevas investigaciones que puedan conectar la obra clásica austriaca con estos y otros trabajos del siglo XVI.

3. Las contribuciones de Richard Cantillón

La Conquista de América y las Nuevas Monarquías son acompañadas en el siglo XVI y XVII por el nacimiento y desarrollo del pensamiento mercantilista, fundado en los panfletos de ciertos comerciantes que abogaban por políticas proteccionistas. La literatura ha dedicado mucho espacio a los fisiócratas y el laissez faire, pero poca atención ha recibido el irlandés Richad Cantillón. Lo cierto es que no se ha encontrado aun material bibliográfico previo a Cantillón (1755) que haya desmantelado la argumentación proteccionista mercantilista. Las referencias de William Stanley Jevons (1881), Friedrich Hayek (1931 y 1985) y Joseph Schumpeter (1954), constituyen más bien la excepción, aunque han ayudado a reflotar el interés por revalorizar sus contribuciones. Cantillón para nosotros reviste especial atención por sus sucesivas contribuciones a cuestiones metodológicas y de epistemología de la economía; también a cuestiones de microeconomía como la determinación de los precios, la incertidumbre y la función empresarial, pero además por sus contribuciones al campo monetario y de ciclos económicos. (Ravier, 2011c) Aun a día de hoy, la literatura austriaca nos habla del efecto Cantillón como un elemento complementario a la teoría austriaca del ciclo económico. (Hayek 1931, Garrison 2001, Ravier 2010) La influencia de Cantillón se extendió más tarde a los fisiócratas, a Adam Smith y los autores escoceses y clásicos, a la Escuela de Chicago, la Escuela Austriaca y a otros movimientos. Es difícil pensar en una tradición de pensamiento que no deba nada a la influencia de este autor.

Revalorizar a Cantillón no debiera ir en detrimento de destacar el laissez faire francés de François Quesnay (1694–1774) y Anne Robert Jacques Turgot (1727–1781). Poco después de la publicación del Essai de Richard Cantillón, a mediados del siglo XVIII, los fisiócratas formaron lo que posiblemente sea la primera escuela de pensamiento económico. Su contribución estuvo más concentrada en la política económica, que en la teoría económica. Fueron quizás los más influyentes economistas interesados en desmantelar las políticas proteccionistas mercantilistas. Exigieron la libertad de empresa tanto dentro del país, como en el comercio exterior, reclamando el fin de los subsidios, los privilegios de monopolio y las restricciones. En tales circunstancias, el comercio y la agricultura florecerían. No puede negarse la influencia que estos autores recibieron de Cantillón, pero contribuyeron con nuevos y poderosos argumentos para mostrar las falacias mercantilistas. En particular, aquella que pretendiera que la nación alcance una balanza comercial favorable por medio de vender mucho a países extranjeros, mientras se limitan las compras de estos mismos mercados. Dejaron en claro que vender y comprar son dos caras de la misma moneda, anticipándose a lo dicho por Adam Smith en La Riqueza de las Naciones (1776). En el ámbito monetario, explicaron que la acumulación de dinero no es crucial para alcanzar la riqueza, ya que éste sólo es un medio de intercambio que permite cambiar bienes por otros bienes reales. Los fisiócratas no sólo fueron teóricos que elaboraron panfletos anti–mercantilistas. Además, se ocuparon en la práctica de desmantelar la política económica proteccionista. Turgot, por ejemplo, fue nombrado ministro de Finanzas en 1774, tomando rápidamente la decisión de liberar la importación y exportación de granos, aprovechando el preámbulo de su edicto para redactar bajo una argumentación fisiocrática el por qué de la medida. La Escuela sólo duró dos décadas, hasta los años 1770, por dos factores desencadenantes: el primero, la muerte de Quesnay en 1774; el segundo, la publicación de La Riqueza de las Naciones en 1776.

5. El pensamiento escocés y la tradición del orden espontáneo

El tratamiento que Adam Smith recibe en la moderna tradición austriaca es materia de polémica (Véase en particular Murray Rothbard 1995). Por un lado, hay que recordar que Adam Smith y los clásicos desarrollaron su pensamiento económico sobre la base de una teoría del valor trabajo que les impidió resolver la paradoja del agua y los diamantes. Por otro lado, hay que recordar también que la revolución marginal de la cual forma parte Carl Menger como fundador de la Escuela Austriaca, es justamente una respuesta crítica a esa idea base–fundamental.

Si se toman en cuenta los desarrollos teóricos previos, entonces la novedad introducida por Adam Smith no parece tan amplia como en general se asume. Si se acepta además que las raíces en la Escuela de Salamanca fueron claras en la comprensión de los diez elementos básicos señalados más arriba por Jesús Huerta de Soto, entonces Adam Smith no sólo no introdujo la novedad que en general se le asigna, sino que incluso retrocedió en algunos temas centrales. Es aquí entonces donde uno debe tomar consciencia de lo importante que fue Adam Smith en la tradición del orden espontáneo. Junto a David Hume y Adam Ferguson, Adam Smith nos dejó uno de los elementos que hacen único hoy al enfoque austriaco (Gallo 1987, en Ravier 2012a). La idea de orden espontáneo puede expresarse mediante estos tres elementos centrales: 1) En el complejo orden de la sociedad los resultados de las acciones humanas pueden ser muy diferentes de lo que los hombres planearon individualmente; 2) los individuos, al perseguir sus propios fines, sean estos egoístas o altruistas, siguiendo reglas de conducta adecuadas, producen resultados útiles o beneficiosos para otros; 3) finalmente, el orden de la sociedad es en gran parte el resultado de conductas individuales que no tienen tal fin como propósito, pero que son canalizados hacia esos fines por instituciones, prácticas y reglas, muchas de los cuales tampoco han sido inventadas deliberadamente, sino que han sido aceptadas por haber sobrevivido a un proceso de evolución durante el cual dichos sistemas de normas guiaron exitosamente a los grupos o comunidades que los adoptaron. (Ravier 2012b, p. 41) Es imposible comprender el mundo moderno en ausencia de la comprensión básica de los órdenes espontáneos, puesto que existen instituciones fundamentales como el lenguaje, el derecho, el dinero y la banca, el comercio, incluso el proceso de globalización que sólo pueden ser comprendidos en torno a estos procesos complejos que surgen de forma inintencionada. (Infantino, 2001)

6. La Escuela Clásica

De la sección anterior puede concluirse que si bien los elementos aislados de la obra de Adam Smith pueden encontrarse con carácter previo en otros autores, también se debe enfatizar que la sistematización presentada por Adam Smith y el impacto que generó con la riqueza filosófica y multidisciplinar de su trabajo en sus colegas contemporáneos, lo convierten en un autor único de su tiempo. A su Riqueza de las Naciones (1776) siguieron luego —dentro de la Escuela Clásica— varios tratados de economía que presentaron de manera sistematizada la ciencia económica, destacándose aquellos trabajos de Jean Baptiste Say (1841) y John Stuart Mill (1848). Basta comparar la sistematización de estos tratados con los desarrollados por la

corriente austriaca moderna para notar una influencia obvia. Los austriacos no se diferencian de sus colegas economistas de la corriente principal, en la idea de «pararse sobre los hombros de gigantes para llegar a ver más lejos», siendo los primeros gigantes los economistas clásicos. De hecho, son los austriacos posiblemente los mejores continuadores de la tradición clásica, aspecto que se evidencia en el análisis filosófico y multidisciplinar que caracteriza sus escritos. El abuso de la economía matemática y el mal uso del concepto de equilibrio que hoy caracteriza al enfoque tradicional, es algo ajeno para la tradición clásica y austriaca, lo mismo que la ignorancia de la función empresarial, la incertidumbre y el tiempo, como elementos centrales del análisis económico. Se podrá decir que en materia monetaria la mayoría de los clásicos se desvió del pensamiento de Richard Cantillón, sin embargo, puede trazarse una línea continua desde el pensamiento de este autor hasta el último de los clásicos John Elliot Cairnes, y de allí a Menger y los austriacos, para observar un tratamiento desagregado del dinero, con énfasis en precios relativos. Cabe notar que John Elliot Cairnes también debería ser identificado —junto a Cantillón y Turgot— como proto–austriaco, aspecto que constituye una deuda pendiente en los historiadores del pensamiento económico. Además de su visión desagregada en el campo monetario, nadie comprendió tan claramente como él la necesidad de descubrir leyes económicas de carácter universal, aplicables a todo tiempo y lugar, a priori de la evidencia empírica (Cairnes 1861), como de hecho sostendrá más tarde Carl Menger (1884) frente al historicismo alemán y que será base metodológica de los tratados de economía modernos de la tradición bajo estudio. Sin duda los austriacos habrán desarrollado más tarde aportaciones originales, pero el corazón de su construcción teórica es eminentemente clásica en la comprensión del proceso de mercado y los órdenes espontáneos, en la «mano invisible», en la determinación de los precios de mercado a través de «la oferta y la demanda», en la comprensión del proceso competitivo, en el tratamiento de la función empresarial y su relación con la incertidumbre, en las consecuencias del intervencionismo del gobierno sobre los precios y los salarios, en las causas del crecimiento económico y la generación de riqueza, entre tantos temas fundamentales que hacen hoy a una comprensión moderna del análisis económico.

7. Los Clásicos de las Ciencias Políticas

Si dejamos por un lado lo estrictamente económico, podemos notar también otra raíz en el pensamiento multidisciplinar austriaco. Nos referimos a la tradición de autores de las ciencias políticas que se han preocupado desde Locke en adelante en intentar colocar límites al poder, esto es, controlar al Leviatán (Mazzina, 2007).

Claro que puede haber antecedentes a Locke, como la ya mencionada Escuela de Salamanca, donde encontramos un antecedente a estos escritos, como el mencionado Juan de Mariana y sus ideas contra el poder absoluto del monarca, incluyendo el tiranicidio. Pero si nos concentramos en la literatura clásica sobre filosofía política, todo comienza con Thomas Hobbes quien en 1651 justificaba la existencia del Estado explicando que en su ausencia prevalece el «estado de naturaleza» o de guerra de «todos contra todos», ahuyentando los incentivos para la creación de una industria, «ya que su futuro es incierto». En tal estado, la vida sería «solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve». (Este punto lo retomará críticamente Peter Leeson en el capítulo 10) John Locke, en sus Ensayos sobre el gobierno civil de 1690 (en Mazzina 2007, pp. 15–26), compartía con Hobbes la necesidad de abandonar tal estado de naturaleza; sin embargo, entendió que éste justificaba las monarquías absolutas, carentes de cualquier límite al poder. Locke entendía que «los hombres se unen en comunidades políticas y se ponen bajo el gobierno de ellas para preservar su propiedad», pero deben crear una ley conocida, fija, promulgada, recibida y autorizada por común consentimiento para resolver controversias. Locke, incluso, advertía la necesidad de que el gobierno se rija por normas del legislativo y no por decreto, dictados repentinos y resoluciones arbitrarias. Montesquieu continuó la tradición de «controlar al Leviatán», mediante la división de poderes. En sus escritos sobre El espíritu de las leyes de 1748 (en Mazzina, 2007, pp. 45–51) explicaba que «todo hombre investido de autoridad abusa de ella», y agregaba que «cuando el poder legislativo y el poder ejecutivo se reúnen en la misma persona o el mismo cuerpo, no hay libertad». Montesquieu también comprendió la necesidad de la democracia e insistió en que «todos los ciudadanos de los distintos distritos deben tener derecho a la emisión de voto para elegir su diputado». Hamilton, Madison y Jay agregaron en El Federalista de 1787 y 1788 (en Mazzina, 2007, pp. 61–76) la necesidad de una Constitución, respetando además cierto federalismo. La constitución federal no abolía a los gobiernos de los estados provinciales, sino que los convertía en parte constituyente de la soberanía nacional, manteniendo autonomía y permitiéndoles estar representados directamente en el Senado. «Los poderes delegados al gobierno federal por la constitución propuesta son pocos y definidos», lo que implicó un chaleco de fuerza para el abuso de poder. La división de poderes, la democracia, el federalismo, planteados en una constitución permitió que las industrias de muchas naciones florecieran, mientras el poder se encontró limitado. Esta herencia también fue recibida por la Escuela Austriaca, lo que se refleja en la obra política de Mises y Hayek, y especialmente en el moderno Public Choice o Escuela de la Elección Pública que es a su vez heredera de la tradición austriaca (Buchanan, en Ravier 2011b y 2012a).

II. LA ESCUELA AUSTRIACA

Notará el lector familiarizado con la tradición austriaca que varios de los elementos que hacen único al enfoque, como su metodología de trabajo o su concepción dinámica del proceso de mercado son en realidad elementos descubiertos con carácter previo a la fundación de esta Escuela. Hay que destacar entonces que la Escuela Austriaca es heredera de tradiciones anteriores, pero que en la actualidad sólo ella mantiene la atención sobre algunos de estos temas en la forma en que fueron elaboradas por aquellos economistas. Véanse tres ejemplos concretos en: 1) el interés de Menger por construir una teoría económica abstracta, a priori de la evidencia empírica, 2) el origen espontáneo de las instituciones que hoy son fundamento de la sociedad moderna y 3) el carácter no neutral del dinero, tal como Richard Cantillón y John Elliot Cairnes lo desarrollaran en sus trabajos de 1755 y 1854 respectivamente. (J. Robert Subrick profundiza en la no neutralidad del dinero en el capítulo 8 de este volumen). En lo que sigue intentaré estructurar el pensamiento austriaco en cinco etapas, destacando en cada una a aquellos autores que fueron centrales en la evolución de esta tradición de pensamiento, al tiempo que se mencionarán las contribuciones centrales con sus respectivas fuentes bibliográficas.

1. La Fundación: Carl Menger y Eugen von Böhm Bawerk

La obra fundacional de la Escuela Austriaca se titula Principios de Economía Política y fue publicada por Carl Menger en Viena en 1871. El contexto en el que se publica este libro muestra un predominio de la Economía Clásica británica y de la Escuela Histórica alemana. Si el libro tuvo éxito (aunque no inmediato) y se constituyó en un clásico fue porque logró romper con las ideas prevalecientes. Por un lado, atacó la teoría del valor trabajo en la que se basaba todo el pensamiento clásico, siendo parte de la revolución marginal. A partir de este libro, y junto con las obras de William Stanley Jevons (1871) y León Walras (1874) ya nadie en economía —con la excepción de un disminuido grupo de marxistas— explica la formación de precios a través de otra teoría que no sea la de la utilidad marginal. Por otro lado, enfrentó al historicismo alemán con la formulación de leyes económicas universales y atemporales que este enfoque negaba. Juan Carlos Cachanosky destaca que:

En la década de 1870 en Alemania había solamente cuatro revistas profesionales dedicadas a la economía. Los Grundsätze aparecieron comentados en tres de ellas. El comentario del Zeitschrift pierde la idea central del libro; el del Vierteljahrschrift es un poco mejor. En cambio, el Jahrbücher, fundado por el

historicista Bruno Hildebrand, deplora que el libro sea breve y esté escrito por una persona joven. El Schmoller Jahrbuch no hizo ningún comentario. (Cachanosky 1984, en Ravier 2012a, p. 230).

Esta es la razón por la que Menger decide interrumpir su actividad docente para escribir un segundo libro titulado Investigación sobre el método de las ciencias sociales y de la economía política en especial (1883) enfatizando su crítica al método historicista y defendiendo la posibilidad de formular una teoría económica universal y atemporal. Este libro sí abrió un polémico intercambio entre Menger y Schmoller, reaccionando este último en un tono muy ofensivo en la revista Jahrbücher. Menger respondió más tarde con 16 cartas que fueron compiladas en el libro Los errores del historicismo en la economía política alemana (1884), trabajo que Schmoller se negó a reseñar, cerrando con ello el debate. El intercambio sin embargo fue muy importante para la historia del pensamiento económico y lógicamente para la Escuela Austriaca. Hoy se conoce como Methodenstreit a aquella clásica disputa, a la que se sumaron más tarde alumnos de ambos. A partir de allí se conoció como «Escuela Austriaca» a Menger y sus discípulos, teniendo «austriaco» una connotación peyorativa. Entre 1884 y 1889 surgieron una serie de libros que pusieron a Menger en el centro de la escena:

Dos alumnos directos de Menger publicaron sendos libros acerca de las ganancias empresariales; Victor Mataja publicó Der Unternehmergewinn (1884) (La ganancia empresarial) y G. Gross Lehre vom Unternehmergewinn (1884) (Principios de la ganancia empresarial). Otro alumno directo de Menger, Emil Sax, publicó en 1884 un libro sobre el método de la economía, Das Wesen und die Aufgaben der Nationalökonomie (Esencia y objeto de la economía política), y tres años más tarde otro que lleva el nombre de Grundlegung der theoritischen Staatswirtschaft (Fundamentos de la economía teórica). Otros nombres destacados en estos primeros años de la Escuela Austríaca fueron los de Johann von Komorzynski, Hans Mayer, Robert Meyer y Eugen Philippovich von Philippsberg. Sin embargo, las figuras que más fama alcanzaron fueron las de Friedrich von Wieser y Eugen von Böhm–Bawerk, a pesar de que ninguno de los dos fue alumno directo de Menger. Recibieron su influencia a través de la lectura de los Grundsätze. (Cachanosky 1984, en Ravier 2012a, p. 232).

Menger dejó planteado el esquema, pero no pudo llenar los espacios. Por supuesto que sus contribuciones exceden el campo de la metodología destacando la literatura la distinción entre bienes de orden superior e inferior o su teoría del origen espontáneo del dinero, pero Menger aun estaba lejos de completar su ambicioso proyecto.

El desafío estaba planteado, y serían sus discípulos, y los discípulos de sus discípulos quienes llevarían adelante la difícil tarea de «completar» el proyecto. En 1884 Böhm Bawerk publica Historia y crítica de las teorías del interés, que constituye la primera parte de su libro en tres tomos Capital e Interés. El mismo año von Wieser

publica Origen y principios del valor, que tuvo una influencia todavía mayor. Pero fue

la serie de artículos que Böhm Bawerk publicó dos años más tarde bajo el título

Fundamentos de la teoría del valor económico lo que más ayudó a difundir la teoría

de la utilidad marginal, por su gran claridad y fuerza de argumentación. (Hayek 1981,

citado por Cachanosky 1984). De estos dos autores sólo Böhm Bawerk siguió la línea planteada por Menger. Es cierto que Wieser publicó en 1914 el único tratado de este primer grupo bajo el título Fundamentos de la economía social, pero sus planteos ya habían tomado otra dirección, más familiarizada con la Escuela de Lausanne. En 1889 Böhm Bawerk publica el segundo volumen de su libro Capital e Interés

con el título Teoría positiva del capital, en el cual realiza una nueva exposición de la teoría del valor y de los precios; vuelve sobre el tema en 1898, con la publicación de

su famoso trabajo sobre las falacias y contradicciones del sistema marxista (Böhm

Bawerk, 1983), lo que constituye un antecedente para el debate posterior entre los austriacos y los defensores del socialismo. Böhm Bawerk ocupó un cargo en el Ministerio de Hacienda de Viena, y sólo cuando abandonó la función pública aceptó dirigir un seminario en la Universidad de esa

misma ciudad, el que contaba con alrededor de 50 ó 60 asistentes, en general alumnos

de Menger o de él mismo. Tres nombres destacaban en aquel grupo: el marxista Otto

Bauer, Joseph Alois Schumpeter (quien, igual que Wieser, terminó acercándose más al pensamiento de la Escuela de Lausanne), y Ludwig von Mises, quien posteriormente se convertiría en el continuador más destacado de la línea mengeriana. En 1913, un año antes de la muerte de Böhm–Bawerk, el tema de discusión en el seminario fue el libro La teoría del dinero y del crédito (Mises 1912).

2.

La Consolidación: Ludwig von Mises y Friedrich Hayek

Es

precisamente con este primer libro de Mises, y quizás también con «La teoría del

desenvolvimiento económico» de Joseph Schumpeter (1912) que la Escuela Austriaca

comienza una fase de consolidación. Y es que si bien Schumpeter se aleja con el tiempo

y en posteriores trabajos de la tradición austriaca, aquel libro de 1911 es

eminentemente austriaco tanto en cuanto al método, como en sus contribuciones acerca

de la función empresarial y la innovación, la soberanía del consumidor, su comprensión

del mercado y su enfoque dinámico (Ravier, 2006). Dicho esto, las dos figuras más importantes de la tradición austriaca en esta etapa de

consolidación son la de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. Mises se doctoró en 1906 y muy rápido se convirtió en Privat–Dozent, es decir, un profesor ad honorem de la Universidad de Viena. Al igual que su maestro Böhm Bawerk constituyó un seminario privado con reuniones cada quince días. Destacan de aquel grupo Gottfried von Haberler, Paul Rosenstein–Rodan, Felix Kaufmann, Fritz Machlup, Oskar Morgenstern, Alfred Schutz, Richard von Strigl, Karl Menger (hijo matemático del fundador de la Escuela Austriaca), Albert Hart y Friedrich Hayek, siendo quizás este último quien más profundizó en las contribuciones del propio Mises. En los diez años siguientes al fallecimiento de Böhm Bawerk, Mises escribió dos de sus libros centrales, cada uno con aportaciones de enorme impacto en el pensamiento económico. En primer lugar, el ya mencionado tratado del dinero y del crédito de 1912, libro que al día de hoy continúa siendo fundamental en la tradición austriaca. Mises presenta allí la hoy famosa teoría austriaca del ciclo económico, combinando aportaciones de David Ricardo, Knut Wicksell y Eugen Böhn Bawerk. Al tratamiento tradicional que los economistas clásicos hacían del dinero y su efecto inflacionario, Mises agregó la distinción entre la tasa de interés natural y de mercado que tomó de Wicksell. Señaló que los intentos de la autoridad monetaria por reducir el tipo de interés de mercado por debajo del nivel natural terminan generando una fase de mala–inversión que constituye el auge del ciclo económico. Cuando se desea evitar el impacto inflacionario de esa política y se suben los tipos de interés, aparece la fase de crisis y depresión, porque los proyectos de inversión que se hicieron rentables gracias a la política crediticia no se sostienen. Pero Mises no se detuvo sólo en ello, sino que agregó también el modo en que esta política crediticia afecta la estructura productiva, para lo que debió apoyarse sobre la teoría del capital de su maestro Böhm Bawerk. Primero con un artículo corto en 1920, y luego con un libro más extenso en 1922, Mises retomó el debate con el socialismo, que ya había iniciado Böhm Bawerk, su padre intelectual. En Socialismo (1922) Mises presentó su teoría de la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, donde argumentó que en ausencia de propiedad privada de los medios de producción, no habrá mercados para esos medios de producción. Sin mercado para esos medios de producción, no habrá precios. Sin precios, no habrá cálculo económico. Sin cálculo económico, los empresarios no pueden guiar sus inversiones, lo que definitivamente conducirá a la economía a un caos total y su lógico derrumbe. El socialismo, en definitiva, es imposible por ignorar la importancia de la propiedad privada. (Stephen C. Miller profundiza en el significado de los precios en el capítulo 5 y Scott A. Beaulier trabaja la tesis del cálculo económico en el capítulo 6) Es gracias a esta última obra mencionada que Hayek aparece en escena. En su introducción a este libro, escrita en 1978 e incorporada en la versión en español, Hayek comenta que regresaba de la Primera Guerra Mundial junto a otros idealistas con la

esperanza de abrazar el socialismo como un sistema alternativo, «más racional y más justo» que el capitalismo, pero sus sueños chocaron con esta teoría de Mises. Fue ese el comienzo de la sociedad Mises–Hayek como centro de esta tradición de pensamiento. Peter Boettke (1992) lo expresa con mayor claridad:

La mejor forma de comprender la vasta contribución de Hayek a la economía y al liberalismo clásico es verla a la luz del programa para el estudio de la cooperación social establecido por Mises. Mises, el gran constructor de sistemas, le proporcionó a Hayek el programa de investigación. Hayek se convirtió en el gran analista. El trabajo de su vida se comprende mejor como un esfuerzo por hacer explícito lo que Mises había dejado implícito, por reafirmar lo que Mises había esbozado y por responder los interrogantes que Mises había dejado sin respuesta. De Mises, Hayek dijo: ‘No hay ningún otro hombre al que le deba más intelectualmente’. La conexión con Mises se hace más evidente en sus trabajos sobre los problemas del socialismo. Pero la originalidad de Hayek, derivada del análisis del socialismo, permean todo el cuerpo de su obra, desde de los ciclos de los negocios hasta el origen de la cooperación social.

Recordemos que el artículo original de 1920 había sido una respuesta a un libro del marxista Otto Neurath, abriendo un debate con el socialismo de los primeros años del siglo XX. Fueron muchos los socialistas que intentaron desarrollar una respuesta crítica a la teoría de la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, pero todos fracasaron en el intento. Las figuras centrales que aparecieron en ese tiempo incluyen a Karl Kautsky, Otto Leichter, Friedrich von Wieser, Enrico Barone, Gustav Cassel, Erik Lindhal, Fred M. Taylor, H. D. Dickinson, K. Tisch y H. Zassenhaus, Alan y Paul Sweezy y Wassily Leontief. (Huerta de Soto 1992; Ravier 2011d). Más tarde, apareció la figura de Oskar Lange (inspirado por los alemanes Eduard Heimann y Karl Polanyi), con «la solución competitiva», seguidos por Durbin (1936), Dickinson (1939) y Lerner (1944), pero chocaron con las respuestas de Hayek (1948), que lo condujeron –casi sin saberlo– a elaborar nuevos argumentos en el debate. El énfasis de Hayek en el «conocimiento», elaborado en distintos ensayos académicos publicados entre 1935 y 1947, y compilados en un solo libro Individualism and Economic Order (Hayek 1948), se sumaba a los problemas de incentivos y de cálculo económico enfatizados previamente en la literatura crítica del socialismo. Destaca entre esos ensayos El uso del conocimiento en la sociedad (1945), donde Hayek plantea adecuadamente el «problema económico», de una manera alternativa a como se lo concibe aun en nuestros días. El lector familiarizado con el pensamiento económico recordará la definición de Lionel Robbins (1932), donde el problema se basa en la escasez de recursos y lo ilimitado de las necesidades humanas. Luego, el problema económico se basa en asignar esos recursos escasos a esos fines ilimitados.

Es un problema de optimización. Pero Hayek dice que no, que el problema no es matemático, sino de conocimiento. Nadie tiene conocimiento formal acerca de cuáles son los fines que queremos alcanzar, y cuáles son los medios de los que disponemos para alcanzarlos. Más bien, el conocimiento acerca de los bienes y servicios que la gente quiere consumir se encuentra disperso en el mercado, en forma de bits de información que genera cada individuo. Ningún líder político jamás tendrá acceso a ese conocimiento, argumento que Hayek luego politiza en su famosa obra Camino de servidumbre (1944). Pero además, Hayek agrega que tampoco sabemos cuáles son los medios de los que disponemos. Es necesario que la función empresarial descubra estos recursos, o nuevas combinaciones para esos recursos, para poder satisfacer las necesidades que surgen del mercado, es decir, de los individuos que interactúan en las operaciones de compra– venta. Esto nos conduce a una teoría subjetiva, dinámica y heterogénea del capital donde los bienes de capital resultan ser algo «subjetivo». Un par de ejemplos sirven para observar el punto. ¿Es una computadora un bien de capital o un bien de consumo? El lector comprenderá que si la utiliza quien estas líneas escribe para el trabajo será un bien de capital, pero si las utilizan sus hijos para jugar será un bien de consumo. Otro modo de verlo es con unas cuatro botellas de vidrio abandonas en una calle. Si alguien las ve y no las considera útiles para nada, entonces estas botellas no son un bien de capital, tampoco de consumo, ni siquiera son un bien económico. Pero si otra persona las ve y entiende empresarialmente que pueden ser útiles en un proceso de producción, reci​cladas, para producir un jarrón, entonces y sólo entonces, tales botellas serán un insumo o un bien de capital. Fíjese el lector que los bienes serán económicos o no en función de la «utilidad» que cada individuo les brinde. Si en la Antigua Grecia hubieran encontrado un pozo petrolero, ¿habría sido aquello un bien económico? Pues claro que no. Lo empezó a ser cuando alguien advirtió un uso económico para ese recurso. Este es uno de los tantos elementos fundamentales que está presente en la teoría austriaca del capital y que es la base de su enfoque macroeconómico, aspecto que profundizará Benjamin Powell en el capítulo 9 de este volumen. Aquí sólo tenemos espacio para agregar unos pocos elementos de la teoría, como la conocida teoría de la imputación elaborada por Wieser (1889, pp. 69–113). Esta teoría enfatizaba que los precios no vienen determinados por los costos, como sostenían los clásicos, sino que es al revés. Es la valoración que la gente tiene de los bienes finales de consumo lo que «imputa» valor a cada insumo. La valoración del cuero depende, por ejemplo, de la valoración que la gente tiene de los zapatos de cuero. El salario que percibe Lionel Messi como jugador de fútbol, depende del interés que millones de personas de todo el mundo colocan en el fútbol y el interés particular que tienen en verlo jugar.

Otro aspecto central que han enfatizado los austriacos sobre el capital es su lado dinámico. La estructura del capital es dinámica, porque incluye el tiempo. Los austriacos insisten en que los procesos de producción toman «tiempo», «etapas», y es por ello que su macroeconomía se apoya sobre una estructura «intertemporal» de la producción. Al respecto hubo una controversia entre Frank Knight (1934, 1935a, 1935b) por un lado y Friedrich Hayek (1931, 1939) por el otro, a la que se sumaron también Nicholas Kaldor (1937) y Fritz Machlup (1935) y donde se cuestionaba la relación entre el capital y el interés. Israel Kirzner (1966), Peter Lewin (1994) y Mark Skousen (2001) fueron algunos de los tantos economistas que con el tiempo se sumaron a la disputa. Esta etapa de consolidación no queda circunscripta únicamente al debate sobre el socialismo y el capital, sino que también se extendió a los ciclos económicos. Sobre la base de la teoría austriaca del ciclo económico que Mises elaboró en 1912, Hayek enfatizó la importancia de la teoría del capital en su famoso Precios y Producción (1931), lo que luego continuó con otros escritos del mismo autor (1933, 1937, 1939 y

1941).

La controversia Hayek versus Keynes (Butos 1994) que comienza con la reseña crítica de Hayek —en dos partes—del libro de Keynes (1930), y que recibe luego una réplica de Keynes al libro de Hayek (1931), además de una extensa correspondencia (compilada por Bruce Caldwell en el libro Contra Keynes y Cambridge de Hayek 1996), tuvo inicialmente a Hayek como triunfador (Caldwell 1995), aunque el resultado de la batalla se revirtió con la publicación de la Teoría General (1936), obra que Hayek no reseñó sino hasta varias décadas después en su campaña contra la inflación keynesiana, publicada en sus Nuevos Estudios (Hayek 1978). El debate con el socialismo y el capital lo tuvieron ocupado, lo cual fue un inoportuno episodio de la historia del pensamiento económico. Sólo cuando la política keynesiana dio lugar a la estanflación de los años 1970, los economistas volvieron a prestar atención a Hayek y su teoría de los ciclos económicos, olvidada por unos 30 años.

3. Aislamiento

Resulta complejo intentar sistematizar las razones por las cuales la Escuela Austriaca, en pleno apogeo, termina extinguiéndose en las dos o tres décadas siguientes a 1940. Claro que Mises y Hayek no detuvieron su producción científica, pero ya no había en Viena entre 1940 y 1970 —y tampoco lo habrá después— un grupo de economistas que siguiera a estos grandes maestros, ni tampoco había en las revistas especializadas debates en los cuales la economía austriaca tuviera una destacada participación. Las causas de ello se pueden identificar en una serie de factores. Recordemos, como primer factor, que la mayoría de los defensores de esta tradición eran judíos y que

fueron atacados y perseguidos por los nazis. Mises, por ejemplo, abandonó Austria para instalarse en Ginebra durante algunos años, hasta que tuvo que partir a Estados Unidos para salvar su vida. Hayek, por su parte, también abandonó Viena y a partir de 1931 fue contratado por la London School of Economics, instalándose en Londres hasta 1960. El seminario de Mises lógicamente fue disuelto, y la Escuela Austriaca — entendiendo por Escuela a cada uno de sus miembros— se dispersó en todo el mundo abriendo desarrollos individuales, más que una estrategia conjunta. Entre estos desarrollos individuales —además de aquellos de Mises y Hayek— se destaca especialmente el de Fritz Machlup, quien elaborará contribuciones fundamentales al campo de la metodología (Machlup 1955). El segundo factor relevante fue el idioma. Los austriacos publicaron sus obras clásicas en alemán, y sólo décadas después fueron traducidas al inglés y a otros idiomas. Esto fue una desventaja enorme en relación con sus colegas de Estados Unidos e Inglaterra, puesto que no pudieron ser parte de los debates a los cuales los alumnos se enfrentaban como jóvenes profesionales. Si la figura de Hayek tuvo mayor preponderancia en el mundo académico que la de Mises, quizás se debe a este hecho, ya que los prematuros viajes de Hayek a Estados Unidos en los años 1920 y a Londres en los años 1930 le permitieron manejar el idioma mejor que a Mises, quien recién consigue un cargo en la Universidad de Nueva York en 1945. Recordemos que para Israel Kirzner, su alumno predilecto en esta universidad y en el nuevo seminario privado que formará a partir de 1948, Mises «hablaba inglés a la perfección, pero creo que todavía pensaba en alemán» (Kirzner, en Ravier 2011a, p. 112). Un tercer factor fue el avance de la microeconomía neoclásica, con modelos en equilibrio general o parcial, y el avance del uso de la matemática en economía. Como sostuvimos más arriba, la economía austriaca era heredera de las formas de la economía clásica, donde los modelos de desequilibrio, el tiempo y la incertidumbre resultaban imposibles de ser abandonados. Por último, como cuarto factor, la economía austriaca fue siempre asociada con el liberalismo clásico, aspecto que resultaba contradictorio con la filosofía política que la mayoría de la opinión pública apoyó por aquellos tiempos, en particular a partir de la gran depresión de los años 1930. Mientras Keynes ofrecía un modelo novedoso y creativo que se ajustaba a las preferencias políticas del momento, los austriacos perdían relevancia por ir contracorriente junto a sus predecesores de la economía clásica. Varios biógrafos de Mises recordaron recurrentemente las dificultades que tuvo en su inserción a la docencia norteamericana justamente por ser un autor asociado al liberalismo y contrario al socialismo. Lo cierto es que ante la revolución keynesiana, Mises y Hayek pasaron a ser dos autores aislados de la academia de primer nivel. Mises, sin embargo, encuentra —a partir de 1940— un ambiente académico

apropiado para desarrollar su trabajo, lo que le permitió completar aquel proyecto que Menger sólo había llegado a esbozar. Se trataba de un edificio de teoría económica que se construiría sobre los cimientos de la acción humana como axioma central y la deducción lógica de teoremas fundamentales, a partir de los cuales se derivarían otros teoremas conformando leyes económicas abstractas y de aplicación universal. Con este Tratado de Economía La Acción Humana (1949), Mises fundó el pensamiento económico en el individualismo y el subjetivismo metodológico (tratados en los capítulos 1, 2 y 3 de este volumen por Anthony Evans, Christopher J. Coyne y Virgil Henry Storr), pero además logró presentar de forma sistemática el pensamiento económico de la Escuela Austriaca, mostrando que esta escuela de pensamiento no consistía en una serie de aportes aislados acerca de teoría del capital, de los ciclos económicos y las críticas al socialismo, sino que se presentaba como una continuación de la economía clásica, ahora «corregida» o «actualizada» con un método axiomático– deductivo definido, con la «utilidad marginal» en la determinación de los precios, y con un entendimiento más acabado acerca de la teoría heterogénea del capital y de los ciclos económicos, y también acerca de las consecuencias de la política económica intervencionista sobre los distintos mercados de bienes y servicios, sobre el mercado laboral, sobre el mercado crediticio y también sobre el mercado cambiario. En materia de filosofía política, Mises agregó a su defensa inicial del Liberalismo (1927), un par de trabajos centrales. Para Mises «el liberalismo es el primer movimiento político que quiso promover, no el bienestar de grupos específicos, sino el bienestar general.» En sus escritos la función del Estado no es la de un ingeniero que lo planifica todo, sino la de un jardinero que crea el ambiente adecuado para que florezcan los órdenes espontáneos. Ese marco institucional de respeto por la propiedad privada y la libertad individual es un rol que el Estado no puede delegar. Bajo este Estado de Derecho, dice Mises, surge la cooperación entre los individuos y los pueblos, siendo la iniciativa individual y la sociedad civil las protagonistas del desarrollo económico. Mises, sin embargo, no era ingenuo. Sabía también que la existencia del mismo Estado crearía incentivos en los empresarios para buscar privilegios y rentas (rent- seeking), pero entendía que la única forma de luchar contra esa amenaza era a través de las reglas constitucionales, la división de poderes, el federalismo y hasta el derecho de secesión, entre otras herramientas desarrolladas bajo la tradición de liberalismo clásico que incluye una larga lista de autores y literatura. Al respecto, Mises publicó también durante esta etapa de aislamiento sus libros Burocracia (1944a) y Gobierno omnipotente (1944b), trabajos que quizás pueden entenderse hoy como base de filosofía política de la obra posterior de Hayek, y al mismo tiempo, como la continuación de la mencionada tradición política de establecer límites al poder y también como el origen del Public Choice o Escuela de la Elección Pública, que precisamente profundiza hoy sobre distintos modos de controlar al

Leviatán. Por el lado de Hayek, una vez completado su debate frente al socialismo, pero preocupado por su avance, decide convocar durante diez días del mes de abril de 1947 a los 38 principales intelectuales liberales de todo el mundo, incluyendo filósofos, economistas e historiadores, tanto de la Escuela de Chicago como de la Escuela Austriaca, y también de la Economía Social de Mercado y autores independientes, con el objeto de crear la Sociedad Mont Pelerin cuya finalidad sería la de preservar la sociedad libre y oponerse a todas las formas de totalitarismo. Muchos de estos intelectuales se convirtieron más tarde en presidentes de la sociedad, incluyendo a Hayek, Wilhelm Ropke, Bruno Leoni, Milton Friedman, George Stigler, James Buchanan, Gary Becker y Pascal Salin. Simultáneamente con este hecho, Hayek comienza a abandonar la economía técnica para ocuparse de otros temas que personalmente le eran más interesantes, lo que abarca la psicología y la antropología, la filosofía de la ciencia y la filosofía política, la filosofía del derecho y la historia del pensamiento económico. Sus Estudios (1967) y Nuevos Estudios (1978) contienen una serie de escritos en «economía» que son enormemente relevantes, pero sus Fundamentos de la Libertad (1960) o su Derecho, Legislación y Libertad (1973, 1976 y 1979) abre una influencia fundamental en el renovado interés de los economistas por las instituciones, que derivará a partir de los años 1970 en la formación de nuevas escuelas de pensamiento, que a la vez resultarán en «compañeros de viaje» de la tradición austriaca. En su biografía, sin embargo, Hayek recordaba:

Son estos años en Londres, antes de la guerra, los que retrospectivamente me parece los más activos intelectualmente y en cierto modo los más satisfactorios de mi vida. A decir verdad, nunca pude volver a despertar el mismo apasionado interés por los aspectos técnicos de la economía teórica o beneficiarme en igual medida de conversaciones con mentes de primera clase con quienes compartía los mismos intereses. En particular, aprendí mucha más economía en el seminario (realmente dirigido por Robbins, aunque nominalmente compartiéramos responsabilidades) que en ningún otro sitio (Hayek, 1994, p.

121).

Lo cierto es que esta etapa de aislamiento le permitió a la Escuela Austriaca, retroceder unos pasos, pero para tomar carrera y emerger con mayor fuerza. Mises reabre en 1948 su seminario privado en el marco de las actividades de la Universidad de Nueva York, el que se extenderá con decenas de alumnos que se forman bajo su tratado de economía hasta 1969. Por el lado de Hayek, no sólo basta recordar su influencia académica y su trabajo, sino también el rol que la Sociedad Mont Pelerin jugará en defender la sociedad

abierta, observando cómo varios de sus miembros alcanzan fama en la Academia internacional, además de influenciar la política económica de varios países. Entre los más destacados podemos mencionar quienes han obtenido el premio Nobel, como el propio Hayek (1974), Milton Friedman (1976), George Stigler (1982), James M. Buchanan (1986), Maurice Allais (1988), Ronald Coase (1991), Gary Becker (1992) y Vernon Smith (2002).

4. El Resurgimiento: Ludwig Lachmann, Israel Kirzner y Murray Rothbard

Hubo dos factores centrales en el contexto en el que resurge la Escuela Austriaca. Por un lado, los economistas profesionales comprendieron que había que ir más allá de la economía matemática, ofreciéndole a la Escuela Austriaca y a otros enfoques heterodoxos la apertura que necesitaban para re–introducirse. Por otro lado, en los años 1970 el dominio keynesiano de las tres décadas anteriores llegó a su fin, cuando se tornaron evidentes los efectos de las políticas que esta tradición de pensamiento había apoyado. Si en los años 1930 Keynes ofreció una respuesta al desempleo que otros economistas negaban, en los años 1970 Friedman y Hayek ofrecen respuesta al problema inflacionario que el keynesianismo nunca comprendió. No es casual que la contrarrevolución monetarista generada por la Escuela de Chicago se generara a partir de los años 1970 sobre las ideas olvidadas de Irving Fisher a principios del siglo XX. Lo cierto es que hubo un giro en la opinión pública nuevamente hacia la ortodoxia y una política económica más conservadora que la que existió en las décadas anteriores. (Friedman, 1980) La Escuela Austriaca acompañó a la Escuela de Chicago en esta contrarrevolución. Para ese entonces Hayek ya había obtenido un lugar en la Universidad de Chicago, aunque se lo identificaba más con la filosofía política, que con la economía neoclásica monetarista. El resurgimiento de la Escuela Austriaca tiene una fecha precisa: se trata de la semana del 15 al 22 de junio de 1974, hace exactamente 40 años. En esa semana el Institute for Humane Studies organizó una conferencia de «Economía Austriaca» para cuarenta participantes en South Royalton, Vermont. Mises había fallecido ocho meses antes y Hayek, si bien había sido invitado, no pudo asistir por problemas de salud que le impidieron viajar desde Europa hacia Estados Unidos. Nadie pudo anticipar entonces que Hayek recibiría el Premio Nobel sólo cuatro meses más tarde. (Ebeling

2006)

Los conferencistas principales en aquella ocasión fueron Ludwig M. Lachmann, quien estudió con Hayek en la London School of Economics en los años 1930; Israel M. Kirzner, quien estudió con Mises y recibió su dirección de tesis doctoral en la New York Unversity en los años 1950; y Murray N. Rothbard, quien atendió al seminario de

Mises en Nueva York por muchos años, comenzando a fines de los años 1940, y recibió su doctorado en economía de la Universidad de Columbia. Las presentaciones fueron compiladas más tarde por Edwin G. Dolan (1976), incluyendo trabajos de estos tres autores y de Gerald O´Driscoll sobre el método y la praxeología —aspecto lamentablemente olvidado en la Escuela Austriaca Contemporánea—, el proceso de mercado y la noción de equilibrio, la función empresarial y el proceso competitivo, la teoría del capital y una crítica a la macroeconomía y al keynesianismo —con énfasis en la estanflación de los años 1970— y una teoría austriaca del dinero y del ciclo económico, profundizando lógicamente en el impacto de la expansión monetaria sobre la estructura productiva y en las expectativas. La participación de Hayek en los años 1970 siguió siendo fundamental para la Escuela Austriaca, lo mismo que el trabajo inagotable de Leonard Read y Henry Hazlitt difundiendo los principios básicos, o el trabajo más académico de Hans Sennholz y George Reisman –quienes también se doctoraron bajo la dirección de Mises–, pero la revitalización del movimiento se asoció más bien al trabajo de estos tres «nuevos» exponentes. En realidad, Ludwig Lachmann había recibido influencia de Hayek en la LSE en los años 1930 —en la etapa de consolidación—, por lo que en 1970 ya era un autor maduro. Lachmann recibió también influencia de Shackle cuyo mensaje a los economistas se lo puede resumir en tres palabras: «¡las expectativas importan!» (Shackle 1949, ver también su entrevista en Ravier 2013). Fue así que desde 1942 Lachmann se preocupó por desarrollar un concepto de expectativas subjetivas que — desde el humilde punto de vista de quien escribe— todavía hoy los economistas no han abordado correctamente. En pocas palabras, Lachmann: 1) integró estas expectativas subjetivas en el proceso de mercado; 2) distinguió con realismo entre fuerzas equilibrantes y desequilibrantes en la tendencia al equilibrio y 3) también integró las expectativas subjetivas a la teoría del capital y de los ciclos económicos. (Lachmann, 1977 y 1978) A diferencia de Lachmann, Israel M. Kirzner conoce a Mises en la Universidad de Nueva York en un momento en que prácticamente no había Escuela Austriaca. Kirzner nos recuerda incluso que Mises —con enorme humildad— le sugirió buscar otro director de tesis, pero éste prefirió mantener su guía y con ello logró ofrecer al pensamiento económico numerosas contribuciones, publicar sus libros y enseñar economía en la prestigiosa Universidad de Nueva York (Kirzner, en Ravier 2011a). Será Kirzner el primer economista austriaco después de Hayek y Machlup en intentar publicar sus artículos en las revistas científicas tradicionales, compitiendo con la economía mainstream y haciéndose un lugar en la élite de la profesión. Kirzner se ubicó siempre en un «camino intermedio» (Garrison 1986). Rechazó de entrada el «equilibrio siempre» de la economía neoclásica de Chicago —donde no

habría lugar para la función empresarial—, pero también se negó al «equilibrio nunca» —que niega las tendencias que podrían guiarnos a la regularidad—. Kirzner rechazó ambos extremos, sosteniendo que el equilibrio es una herramienta útil en economía, aunque a veces se abuse de ella. Kirzner (1973, 1979, 1985, 1989, 1991) complementó el estudio de Schumpeter sobre la función empresarial. Mientras Schumpeter nos habla de innovación e irrupción, Kirzner nos habla de perspicacia empresarial, creatividad, coordinación y descubrimiento. (Frederic Sautet profundizará en este proceso de mercado como descubrimiento empresarial en el capítulo 7). Para verlo simplificadamente, si imaginamos un pueblo antiguo con carretas y de repente aparece la innovación del automóvil, Schumpeter enfatiza que se rompe un equilibrio, que irrumpe en las expectativas de muchas personas que perderán sus empleos relacionados a la fabricación y mantenimiento de las carretas. Pero Kirzner agrega que cuando el empresario introduce el automóvil no irrumpe la calma simplemente, sino que descubre algo que esperaba ser encontrado. Evita que los empresarios sigan operando de forma ineficiente corrigiendo la descoordinación existente. Kirzner reconoció que en 1973 estaba muy preocupado por marcar la diferencia, pero luego retrocedió y entendió que una lectura del ejemplo no rechaza la otra. (Kirzner, en Ravier 2011a) Al igual que Kirzner, Murray Rothbard también toma contacto con Mises en la etapa de aislamiento, ya instalado en Nueva York. Asiste al seminario privado durante muchos años y se convierte en un autor enormemente prolífico. Si nos concentramos en lo estrictamente económico, deberemos destacar su tratado El Hombre, la Economía y el Estado (1963), donde ofrece una nueva sistematización del pensamiento económico austriaco, de forma parecida a la de Mises en La Acción Humana. Un análisis comparado de estos dos volúmenes entiendo que todavía no se ha escrito. Pero la literatura reconoce en Rothbard aportes concretos como su lectura de la gran depresión de los años 1930 (Rothbard 1962), aquel del debate sobre el socialismo (Boettke y Coyne 2004), y también sobre el tema de los monopolios (Huerta de Soto

2005).

Su contribución a la historia del pensamiento económico es quizás la más polémica donde toma distancia de Adam Smith, la tradición del orden espontáneo y el pensamiento clásico, aunque es muy rica en redescubrir autores y contribuciones previas a Adam Smith. (Rothbard 1995) En el campo monetario mantiene la crítica a la banca central (Rothbard 1974), —y en particular a la Reserva Federal norteamericana (Rothbard, 1976b y 1984)—, defiende la banca libre, descentralizada y competitiva —en sintonía con la posición de Mises y Hayek—, pero al mismo tiempo sugiere la aplicación de un encaje del 100 por cien que generó una ruptura entre los economistas austriacos. (Rothbard, 1988) Su Ética de la libertad y su programa de investigación sobre el anarcocapitalismo

ha corrido el eje del debate y nos obliga a repensar los fundamentos para cada función del estado e incluso para el estado mínimo del liberalismo clásico. (Rothbard, 1982) Contradice los fundamentos de la filosofía política austriaca tradicional, pero lo hace sobre una comprensión dinámica del mercado que es propia de la tradición austriaca. (Rothbard, 1973). Peter Leeson extiende este programa de investigación en el capítulo 10 de este volumen.

5. Las Oportunidades

Decía Mario Rizzo en la nueva introducción de La economía del tiempo y de la ignorancia, un libro publicado en coautoría con Gerald O´Driscoll que:

La economía austríaca ha cambiado en los últimos diez años y ese cambio ha sido positivo. Los austríacos se cuentan ahora entre los economistas más creativos, innovadores y menos dogmáticos. …. Mientras que la corriente

principal neoclásica continúa dando vueltas a sus ruedas, los ‘austríacos’ (en el sentido amplio de escuela de pensamiento subjetivista y del proceso de mercado) se están preguntando y respondiendo cuestiones profundas en la

Entienden que la aplicación del

modelo mecánico de la física del siglo XIX bien puede que haya alcanzado los límites de sus contribuciones útiles. No tienen miedo a desafiar muchas creencias aceptadas amplia pero pasivamente entre los economistas. Saben que el siglo XX está casi acabado y que no todos sus desarrollos intelectuales han sido beneficiosos. Entienden que un nuevo siglo demandará no solamente «nuevas» técnicas (quizás muchas de ellas sean viejas técnicas), sino también nuevas divisiones entre las disciplinas académicas (Rizzo, 2009 [1985]:17-18).

Concretamente, Rizzo se refiere a una «explosión» de trabajos publicados en revistas reconocidas como la Review of Political Economy (Edward Arnold), Advances in Austrian Economics (JAI Press), Review of Austrian Economics (Kluwer Academia Press), las series del libro tituladas, «Foundations of the Market Economy», publicada por New York University Press (Rizzo, 1996:18), y quien escribe agregaría el Quarterly Journal of Austrian Economics (Ludwig von Mises Institute). También debe prestarse atención hacia la escuela «praxeológica» reflejada en la revista sociológica Cultural Dymanics (E. J. Brill). Además, las perspectivas austríacas en macroeconomía están recibiendo ahora reconocimiento al mismo nivel que los desarrollos de la corriente central. Ver, por ejemplo, Snowden, Vane y Wynarczyk (1994). Otras corrientes intelectuales derivan del trabajo sobre realismo en el pensamiento económico, principalmente por Lawson (1994a, 1994c) y Mäki (1990). También hay

frontera de conocimiento científico–social

una doctrina, vivamente inspirada por los austríacos, sobre banca competitiva en los trabajos de White (1989), Selgin (1988), Selgin y White (1994) y Cowen y Kroszner

(1994).

De forma similar, se han producido trabajos austríacos (es decir, basados en el de Böhm Bawerk) sobre teoría del capital por Faber (1986). En el campo de la comparativa de sistemas económicos están Lavoie (1985), Boettke (1990c, 1993), Prychitko (1991) y Kornai (1992). La economía evolutiva ha mostrado intentos de combinar lo austríaco con otras líneas de pensamiento en el trabajo de Langlois (1992) y Witt (1992). No se puede dejar de mencionar, asimismo, la dedicación internacional al análisis y crítica del trabajo de Friedrich A. Hayek. Las contribuciones a esta literatura son vastas, sin embargo hay que mencionar a Birner y van Zijp (1994) y Colonna y Hagemann (1994a, 1994b). ¿A qué se deben estas notables contribuciones en tan variados campos? Rizzo y O’Driscoll apuntan a la superioridad del marco analítico subjetivista de la Escuela Austríaca frente al utilizado por la corriente principal (Ravier 2012c, pp. 133-134). Pero desde aquel libro, el movimiento se ha extendido aun más. En una conferencia de Peter Boettke en Nueva York a la que tuve la fortuna de asistir –auspiciada por FEE–, explicó que hay tres elementos que se necesitan para hacer la diferencia: 1) buenas ideas; 2) capital; 3) posiciones. En el primer caso, las ideas están, y las publicaciones continuas que se pueden observar en distintas revistas especializadas son muy claras respecto de la ebullición que el movimiento está atravesando precisamente en estos últimos años. En el segundo caso, se puede afirmar que hay inversores para acompañar o financiar al movimiento, con donantes o donors que apoyan congresos internacionales, publicaciones e instituciones. Pero lo que siempre faltó, decía Boettke, fueron las posiciones. Boettke se refería a las posiciones en las universidades. Los austriacos habían sido excluidos de los cargos docentes por mantener una metodología contraria al análisis neoclásico. Esto ha cambiado en los últimos años, y el mismo programa de la George Mason University que lidera Boettke está formando e impulsando jóvenes profesionales que alcanzan su doctorado y consiguen posiciones de distintas cátedras en universidades de Estados Unidos, Inglaterra y el mundo. Estos mismos profesionales, apoyados sobre sus cuantiosas publicaciones ocupan cargos de catedráticos y forman también a sus propios alumnos, asegurando un efecto multiplicador. Sin ánimo de ser exhaustivo, se pueden detectar campos de estudio y autores fundamentales en la tradición austriaca, que merecen ser estudiados por los jóvenes profesionales que se introducen a la investigación bajo esta tradición. Me refiero por ejemplo a los aportes de Fritz Machlup en el campo de la metodología, recordando la última publicación de Gabriel Zanotti y Nicolás Cachanosky (2014), donde se replantea una lectura machlupiana de la praxeología de Mises en oposición a la lectura radical de Rothbard. Esta lectura moderada de la praxeología promete abrir nuevos debates en

un campo de estudio que permanece estancado hace mucho tiempo. En historia del pensamiento económico, y tras la crisis subprime de 2008, emergió nuevamente el interés por conocer aquel debate entre Hayek y Keynes de los años 1930, destacándose los trabajos de Bruce Caldwell (1995). Se debe agregar a su vez, que la crisis del enfoque neoclásico que había considerado prácticamente inútil a la historia del pensamiento económico, hoy queda en desuso, re–descubriendo los jóvenes académicos a autores clásicos que habían sido olvidados. En microeconomía, el proceso de mercado y la función empresarial ya mencionamos la relevancia de Ludwig Lachmann e Israel M. Kirzner. Encontrándose este último retirado, ya hay varios autores que tomaron la posta como Peter Lewin, Peter Klein, Nicolai Foss y Richard Langlois, elaborando una teoría austriaca de la firma sobre la base de los estudios austriacos sobre el capital. En el mundo hispano la tesis doctoral de Leonardo Ravier, desarrollada bajo la supervisión de Jesús Huerta de Soto, promete nuevas extensiones en este campo de estudio. En teoría e historia monetaria aparecen Lawrence H. White, George Selgin y Kevin Dowd, autores que corrigieron uno de los defectos del pensamiento austriaco en su carencia por desarrollar trabajo empírico. Ahora mismo decenas de alumnos formados por estos autores continúan ampliando este programa de investigación a decenas de países en los que habría evidencia de banca libre. En macroeconomía destaca Roger W. Garrison y Steven Horwitz, este último con un conocido análisis sobre micro–fundamentos para la macroeconomía. El primero por elaborar el modelo la macroeconomía del capital, que compite con el IS–LM keynesiano. Las aplicaciones de este modelo están corriendo la frontera del conocimiento y permitiendo a los austriacos formar parte de debates que le eran ajenos (Salter y Cachanosky 2014), acerca de los ciclos económicos con dinero fiat y en economías abiertas (Cachanosky 2014a, Cachanosky 2014b). Me permito aquí mencionar mi propio estudio de Curva de Phillips (Ravier 2013). En finanzas públicas aparece Randall Holcombe, campo que se complementa con la filosofía política donde ya destacamos a los autores clásicos de las ciencias políticas, además de Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, James Buchanan y Murray Rothbard. En la actualidad Peter Leeson es uno de los tantos jóvenes profesionales que continúa ampliando este programa de investigación. Para cerrar, un campo que recibe cada vez mayor atención es el del desarrollo económico, donde prepondera la figura de William Easterly, quien enfrenta a los expertos de la planificación central en el desarrollo como Jeffrey Sachs con Hayek y los órdenes espontáneos, mostrando las numerosas aplicaciones que la teoría austriaca puede tener en variados campos (Easterly, 2009). Easterly defiende la idea de que la pobreza requiere seekers o «buscadores», más que planificadores (Easterly, 2006).

III. REFLEXIÓN FINAL

Podrá parecer paradigmático, pero la sensación que queda es que la Escuela Austriaca aislada, tal como se la conoció desde 1940 en adelante, ha muerto. La evolución de la tradición, y en esto seguramente han jugado un rol destacado Mises y Hayek y la Sociedad Mont Pelerin, la ha conducido hacia una integración del movimiento junto con otros enfoques complementarios, «compañeros de viaje», que nos permiten hoy hablar de una tradición aun más amplia que aquella. En palabras de Peter J. Boettke (en Living Economics):

La Economía Austriaca es un programa de investigación científica — históricamente una rama de los principios de la economía neoclásica, y en el discurso contemporáneo una parte de la nueva rama de la economía institucional y economía política que se levantó en la segunda mitad del siglo XX para desafiar la hegemonía de la síntesis neoclásica. Mises y Hayek fueron de manera muy significativa los pioneros en este programa de investigación, y su idea de una teoría unificada de la ciencia social basada en el individualismo metodológico y en explicaciones de tipo mano invisible dio como resultado a nuevos campos de estudio: Alchian y los derechos de propiedad; Buchanan y la elección pública; Coase y los costos de transacción; Leijonhufvud y la coordinación macro: North y la Nueva Historia Económica; Olson y la acción colectiva; Ostrom(s) y el policentrismo; Tullock y la búsqueda de rentas; Yeager y la teoría monetaria del desequilibrio y , por supuesto, Kirzner y la teoría empresarial del proceso de mercado; y Rothbard y la teoría del anarcocapitalismo.

Desde luego que seguirán habiendo rupturas y debates internos en esta tradición de pensamiento, lo que habla de un programa de investigación abierto. Pero enfatizar los consensos, por ejemplo en la defensa de la cataláctica, el individualismo y el subjetivismo metodológico, en la importancia del costo de oportunidad, en el proceso competitivo y la información (nótese que no escribo «conocimiento»), en la relevancia de la función empresarial y las instituciones o en la noción de desequilibrio, permite a estos científicos sociales dialogar y alcanzar un entendimiento que con el enfoque neoclásico era difícil. Insisto: el resurgimiento de la Escuela Austriaca no emerge en el vacío, sino en un momento de la historia del pensamiento económico en el que el paradigma neoclásico, con su conocido abuso por la matemática y la noción de equilibrio siempre, les ha generado limitaciones que la profesión ya no puede ignorar. En esto los austriacos llevan ventaja y deben darse la mano con el marxismo y el keynesianismo ortodoxo o el post–keynesianismo, además de escuelas heterodoxas que vienen reclamando el fin de

la economía neoclásica. La Escuela Austriaca ya ha cambiado. No necesita cambiar nuevamente en los próximos años para alcanzar una nueva explosión en sus publicaciones, porque las puertas ya están abiertas. La base de ideas es muy sólida, lo que permite augurar un futuro promisorio para los jóvenes profesionales que integren esta tradición de pensamiento y que se propongan ampliar sus aplicaciones. Mientras el mundo siga siendo inestable —y lo serán en mayor magnitud mientras el dinero y la banca sigan estando en manos de los gobiernos—, el keynesianismo y el socialismo estarán latentes. Los austriacos deben permanecer atentos para preservar la propiedad privada, la libertad individual y la economía pura de mercado.

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SCHUMPETER, J. A. (1997) [1912], La teoría del desenvolvimiento económico, Fondo de Cultura Económica, Sección de Obras de Economía, México. — (1995) [1954], Historia del análisis económico, Editorial Ariel, Barcelona. SHACKLE, G. L. S. (1949), Expectation in Economics, Cambridge University Press, 2.a edición. SKOUSEN, M. (1990), The Structure of Production, Nueva York, New York University Press. SMITH, A. (1999) [1776], Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, Fondo de Cultura Económica, 10.ª impresión, México. WALRAS, L. (1987) [1874], Elementos de economía política pura (o Teoría de la riqueza social), Alianza Editorial, Madrid. WIESER, F. VON (1893) [1889], Natural Value, Londres, Macmillan. YEAGER, L. (1996), «Book Review», The Review of Austrian Economics, vol. IX, no. 1, 1996. ZANOTTI, G. J. y CACHANOSKY, NICOLÁS (2014), «The epistemological implications of Machlup´s interpretation of Mises’s epistemology», Journal of the History of Economic Thought, de próxima publicación.

Introducción [2]

Por PETER J. BOETTKE

La Escuela Austriaca de Economía fue fundada en el año 1871 con la publicación de los Principios de economía de Carl Menger. Menger, junto con William Stanley Jevons y León Walras, desarrolló la revolución marginalista en el análisis económico. Menger dedicó sus Principios de economía a su colega alemán William Roscher, la figura principal en la Escuela Histórica Alemana de Economía. La Escuela Histórica dominaba el pensamiento económico en los países de habla alemana. En su libro, Menger postuló que el análisis económico era susceptible de aplicación universal y que el ser humano y sus elecciones constituían la unidad de análisis apropiada. Estas elecciones, sostenía Menger, están determinadas por las preferencias subjetivas individuales y por el marco en el cual estas decisiones son llevadas a cabo. La lógica de la elección, creía Menger, es el elemento esencial para el desarrollo de una teoría económica de validez universal. La Escuela Histórica, por el contrario, sostenía que la ciencia económica es incapaz de generar principios de validez universal y que, por tanto, la investigación científica debía estar enfocada hacia análisis minuciosos de las circunstancias históricas. En la Escuela Histórica se pensaba que los economistas clásicos ingleses estaban equivocados al creer que existían leyes económicas que trascendían el tiempo y las fronteras nacionales. La obra de Menger venía a restablecer el punto de vista clásico de la economía política, que afirmaba la existencia de leyes universales; y para su demostración apeló al análisis marginal. Los estudiantes de Roscher, especialmente Gustav Schmoller, se opusieron totalmente a la defensa que Menger hizo de la «teoría» y etiquetaron la obra de Menger —y por extensión a sus seguidores Eugen Böhm- Bawerk y Friedrich Wieser— con el término peyorativo de «Escuela Austriaca», debido a que la mayoría de los profesores implicados ejercían la docencia en la Universidad de Viena. Con el paso del tiempo, el término se impuso. Sin embargo, desde la década de 1930 ningún economista de la Universidad de Viena ni de ninguna otra universidad austriaca ha sido una figura relevante de la Escuela Austriaca de economía. Durante los años treinta y cuarenta, la Escuela Austriaca se trasladó a Inglaterra y a los Estados Unidos, y los académicos asociados con esta línea de pensamiento económico se encontraban principalmente en la London School of Economics (1931-1950), en la New York University (1944-), en la Auburn University (1983-) y en la George Mason University (1981-). Muchas de las ideas de

los principales economistas austriacos de mediados del siglo XX, tales como Ludwig von Mises y F.A. Hayek, están fundadas en las ideas de economistas clásicos tales como Adam Smith y David Hume, o en las de algunas figuras de principios del siglo XX como Knut Wicksell, además de Menger, Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser. Esta diversidad de tradiciones intelectuales en la ciencia económica es todavía más evidente entre los economistas de la Escuela Austriaca en la actualidad, quienes han recibido la influencia de algunas de las figuras más relevantes de la economía contemporánea. Estos incluyen a Armen Alchian, James Buchanan, Ronald Coase, Harold Demsetz, Axel Leijonhufvud, Douglass North, Mancur Olson, Vernon Smith, Gordon Tullock, Leland Yeager y Oliver Williamson, además de Israel Kirzner y Murray Rothbard. Mientras que algunos pueden afirmar que una única Escuela Austriaca de Economía opera dentro de la profesión económica en la actualidad, también se podría argumentar con cierta sensatez que el rótulo «austriaco» ya no posee ningún significado sustantivo. En este artículo, me concentraré en los principales postulados sobre la economía en los que creen los denominados «economistas austriacos».

I. LA ECONOMÍA COMO CIENCIA

Proposición 1: Solo los individuos eligen El hombre, con sus propósitos y planes, es el principio de todo análisis económico. Solo los individuos eligen; las entidades colectivas no hacen elecciones. La tarea principal del análisis económico es hacer inteligible el fenómeno económico, apoyándolo en los propósitos y planes de los individuos. La tarea secundaria de la economía consiste en indagar las consecuencias no intentadas o no previstas que pueden surgir como consecuencia de las elecciones individuales.

Proposición 2: El estudio del orden del mercado versa fundamentalmente sobre el comportamiento de intercambio y las instituciones dentro de las cuales tiene lugar el intercambio El sistema de precios y la economía de mercado se entienden mejor bajo el término «catalaxia», y la ciencia que estudia el orden de mercado cae bajo el dominio de la «cataláctica». Estos términos se derivan de la palabra griega katalaxia —que significaba la acción de intercambiar y convertir a un extraño en amigo, como consecuencia del intercambio—. La cataláctica centra el análisis en las relaciones de intercambio que surgen en el mercado, la negociación que caracteriza el proceso de intercambio, y el contexto institucional en el que estos intercambios tienen lugar.

Proposición 3: Los «hechos» de las ciencias sociales son aquellos que las personas creen y piensan

A diferencia de las ciencias físicas, las ciencias humanas involucran los planes y propósitos de los individuos. Mientras que la eliminación de los propósitos y planes en las ciencias físicas condujo al progreso en la investigación, en la medida en que ello permitió superar el problema del antropomorfismo, en las ciencias sociales la eliminación de los planes y propósitos de los individuos da como resultado la extirpación, en la ciencia de la acción humana, de su materia de estudio primordial. En las ciencias humanas, los «hechos» del mundo son lo que los actores creen y piensan. El significado que los individuos dan a las cosas, las prácticas, los lugares y las personas determina la forma en que se orientarán a sí mismos en la toma de decisiones. El objeto de las ciencias de la acción humana es la inteligibilidad, no la predicción. Las ciencias humanas pueden lograr este objetivo porque nosotros mismos somos lo que estudiamos, o porque somos capaces de tener un conocimiento intrínseco de la acción humana. Por el contrario, las ciencias naturales no pueden perseguir un objetivo de inteligibilidad intrínseca, puesto que se apoyan en un conocimiento extrínseco. Nosotros somos capaces de comprender los planes y propósitos de otros actores porque nosotros mismos somos actores humanos. El ejemplo clásico utilizado para ilustrar esta diferencia esencial entre las ciencias de la acción humana y las ciencias físicas es el siguiente: imaginemos a un marciano analizando los «datos» que le ofrece la observación de la Estación Central (Grand Central Station) de Nueva York. Nuestro marciano podría observar que, cuando la pequeña aguja de un reloj que cuelga en la pared apunta hacia un número, el ocho, se produce un gran movimiento de cuerpos que salen de unas cajas a su vez en movimiento. Asimismo, cuando esa pequeña aguja señala el número cinco, el marciano observa que un gran número de cuerpos vuelven a introducirse en esas enormes cajas. El marciano podría desarrollar toda una teoría predictiva acerca de ese pequeño círculo colgado en la pared —el reloj— y la relación de movimiento de los cuerpos con respecto a las cajas. Pero, a menos que el marciano logre entender los planes y los propósitos de esas personas (el significado de expresiones como «ir al trabajo», «volver del trabajo a casa»), su comprensión «científica» de los datos obtenidos en la Estación Central será muy limitada. Las ciencias de la acción humana son distintas de las ciencias naturales y nosotros empobrecemos nuestra comprensión de las ciencias humanas cuando las forzamos para amoldarlas a los criterios y cánones del modelo filosófico-científico propio de las ciencias naturales.

II. MICROECONOMÍA

Proposición 4: La utilidad y el coste son subjetivos Todos los fenómenos económicos son filtrados por el tamiz de la mente humana. Desde 1870 los economistas han coincidido en que el valor es subjetivo; sin embargo,

siguiendo a Alfred Marshall, muchos sostuvieron que el lado del coste de la ecuación estaba determinado por condiciones objetivas. Marshall insistía que, así como las dos hojas del filo de una tijera son necesarias para cortar un pedazo de papel, del mismo modo el valor subjetivo y los costes objetivos son necesarios para determinar el precio de los bienes. Pero Marshall se equivocó al no entender que los costes también son subjetivos, dado que ellos mismos igualmente son determinados por el valor de los usos alternativos de los recursos escasos. Es cierto que ambas hojas de la tijera son necesarias para cortar un papel, pero la hoja de la oferta es determinada por las valoraciones subjetivas de los individuos. Al inclinarse por cursos de acción uno debe decidir; es decir, uno debe elegir un curso de acción y no otros. La atención a las distintas alternativas en las elecciones conduce a uno de los conceptos centrales del modo de pensar económico: la noción de coste de oportunidad. El coste de cualquier acción es el valor que tiene la alternativa más valorada a la que se ha renunciado, a la hora de realizar esa acción. En tanto que la acción que no se elige es, por definición, una acción que nunca se llevará a cabo, cuando uno decide lo que hace es ponderar las expectativas de beneficios de una acción respecto de las expectativas de beneficio de otros cursos de acción alternativos.

Proposición 5: El sistema de precios es un medio de economizar la información que la gente necesita procesar para la toma de decisiones Los precios sintetizan los términos de intercambio en el mercado. El sistema de precios transmite a los participantes en el mercado la información relevante, ayudándoles a obtener ganancias mutuas mediante el intercambio. De acuerdo con el famoso ejemplo de Hayek, cuando la gente se da cuenta de que el precio de la hojalata ha subido, no necesita saber si la causa está en el aumento de la demanda de hojalata o en la disminución de la oferta. En cualquier caso, el aumento en el precio de la hojalata hace que la gente tienda a economizar su uso. Los precios en el mercado cambian rápidamente cuando varían las condiciones subyacentes, lo que conduce a que las personas se ajusten rápidamente a las nuevas circunstancias.

Proposición 6: La propiedad privada en los medios de producción es una condición necesaria para la racionalidad del cálculo económico Los economistas y los científicos sociales han reconocido desde hace largo tiempo que la propiedad privada provee de poderosos incentivos para la asignación eficiente de los recursos escasos. Pero los simpatizantes del socialismo pensaron que el sistema socialista podía superar los problemas de incentivos mediante la transformación de la naturaleza humana. Ludwig von Mises demostró que incluso si se asumiera que la transformación de la naturaleza humana fuera posible, el socialismo fracasaría debido a la incapacidad de los planificadores económicos de calcular racionalmente el uso alternativo que se le otorgue a los recursos. Sin propiedad privada en los medios de

producción, sostuvo Mises, no habría mercado para los medios de producción y, por lo tanto, no habría precios monetarios para los medios de producción. Sin precios monetarios que reflejaran la escasez relativa de los medios de producción, los planificadores económicos serían incapaces de calcular racionalmente el uso alternativo de los medios de producción.

Proposición 7: La competitividad en el mercado es un proceso de descubrimiento empresarial Muchos economistas consideran la competencia como un estado de cosas. Sin embargo, el término «competencia» evoca una actividad. Si la competencia fuera un estado de cosas, el empresario no tendría ningún papel que desempeñar. Pero, puesto que la competencia es una actividad, el empresario tiene un gran rol que ocupar. En efecto, el empresario es el agente de cambio que empuja y arrastra los mercados hacia nuevas direcciones. El empresario se mantiene alerta ante las oportunidades de ganancia mutua no reconocidas. Al reconocer oportunidades, el empresario puede obtener un beneficio. El proceso de mutuo aprendizaje a partir del descubrimiento de las ganancias que surgen del intercambio fomenta que el sistema logre una asignación más eficiente de los recursos. El descubrimiento empresarial asegura que un mercado libre se mueve hacia el uso más eficiente de los recursos. Además, el atractivo por obtener beneficios arrastra a los empresarios a que constantemente busquen las innovaciones que permitan aumentar la capacidad productiva. Para el empresario que reconoce la oportunidad, las imperfecciones de hoy representan las ganancias de mañana [3] . El sistema de precios y la economía de mercado son instrumentos de aprendizaje que guían a los individuos a descubrir ganancias mutuas y a emplear eficientemente los recursos escasos.

III. MACROECONOMÍA

Proposición 8: El dinero es no-neutral El dinero es definido como el medio de intercambio comúnmente aceptado. Si la política gubernamental distorsiona la unidad monetaria, el intercambio también resulta distorsionado. Minimizar estas distorsiones debería ser el objetivo de toda política monetaria. Cualquier aumento en la oferta monetaria no compensado por un incremento en la demanda monetaria conducirá irremediablemente a un aumento en el sistema general de precios. Pero los precios no se ajustan de manera inmediata en todos los ámbitos de la economía. Algunos ajustes de precio se producen antes que otros; ello conduce a una distorsión en los precios relativos. Cada uno de estos cambios ejerce su influencia en los patrones de intercambio y producción subsiguientes. En conclusión, el

dinero, por su misma naturaleza, no puede ser neutral. La importancia de este principio se hace evidente al analizar el problema de los costes de la inflación. La teoría cuantitativa del dinero afirma, correctamente, que la mera emisión monetaria no aumenta la riqueza. De este modo, si el gobierno duplica la oferta monetaria, la aparentemente mayor capacidad adquisitiva de bienes que adquieren los tenedores de moneda queda neutralizada por la duplicación de precios. Pero mientras la teoría cuantitativa del dinero supuso un importante avance en el pensamiento económico, una interpretación mecánica de la teoría cuantitativa del dinero condujo a que se subestimaran los costes que generan las políticas inflacionistas. Si los precios simplemente se duplicaran cuando el gobierno duplica la oferta monetaria, los agentes económicos serían capaces de anticipar este ajuste de precios mediante el seguimiento cercano de los números referidos a la oferta monetaria y, de este modo, ajustarían su comportamiento de la forma apropiada. El coste de la inflación sería, entonces, mínimo. Pero la inflación es socialmente destructiva en varios niveles. En primer lugar, incluso la inflación prevista daña la confianza básica entre el gobierno y sus ciudadanos, porque implica que el gobierno utiliza la inflación para confiscar la riqueza de las personas. En segundo lugar, la inflación imprevista cumple un rol redistributivo (negativo) en la medida en que los deudores ganan a expensas de los acreedores. En tercer lugar, en tanto las personas no pueden anticipar perfectamente el proceso inflacionario y en tanto el dinero se introduce en algún lugar específico del sistema —por ejemplo, a través de la compra de bonos del gobierno—, algunos precios (el precio de los bonos, por ejemplo) se ajustan antes que otros, lo que significa que la inflación distorsiona los patrones de intercambio y de producción. En la medida en que el dinero es el vínculo para casi todas las transacciones en la economía moderna, las distorsiones monetarias afectan a esas transacciones. El fin de la política monetaria, por tanto, debería ser el de minimizar estas distorsiones monetarias, precisamente porque la moneda no es neutral [4] .

Proposición 9: La estructura de capital consiste en bienes heterogéneos que presentan usos multiespecíficos que deben ser alineados En este mismo instante, gente en Detroit, en Stuttgart y en Tokio están diseñando vehículos que no serán adquiridos sino hasta dentro de una década. ¿Cómo pueden saber el modo adecuado de asignar los recursos para lograr este objetivo? La producción siempre está orientada hacia una demanda futura que es incierta, y el proceso de producción exige diferentes etapas de inversión, que van desde las más remotas (minería para la extracción de hierro, por ejemplo) a las más inmediatas (el concesionario de vehículos). El valor de todos los bienes de producción en cada etapa de la producción deriva del valor que los consumidores otorgan al producto fabricado. El plan de producción alinea varios bienes en una estructura de capital que produce los

bienes finales, de modo ideal, de la forma más eficiente. Si los bienes de capital fueran homogéneos, ellos podrían ser utilizados en producir todos los productos finales deseados. Pero los bienes de capital son heterogéneos y multifacéticos; una planta de producción de vehículos solo puede fabricar vehículos, no puede producir chips electrónicos para computación. La intrincada organización del capital para producir distintos bienes de consumo es gobernada por las señales que provee el sistema de precios y el cuidadoso cálculo económico que hacen los inversores. Si se distorsiona el sistema de precios, los inversores cometerán errores en la organización de los bienes de capital. Una vez que el error se hace manifiesto, los agentes económicos reordenarán sus inversiones, pero en el ínterin se habrán perdido recursos muy valiosos [5] .

Proposición 10: Las instituciones sociales suelen ser el resultado de la acción humana, pero no del designio humano Muchas de las instituciones y de las prácticas sociales más importantes no son el resultado del diseño directo, sino que son un subproducto de acciones que se realizaron para alcanzar otros fines. Un estudiante en el Medio Oeste de los Estados Unidos que intenta llegar rápido a clase durante el mes de enero (invierno boreal), a fin de evitar el frío decide tomar un atajo a través de un jardín en lugar de seguir el camino más largo alrededor de este. Al haber acortado su trayecto caminando por el jardín, el estudiante ha dejado algunas huellas en la nieve; en la medida en que otros estudiantes sigan estas huellas, harán que las marcas en el camino queden cada vez más definidas. Aunque el objetivo de cada uno de estos estudiantes es simplemente llegar a clase tan pronto como sea posible, y evitar así las frías temperaturas, en el proceso han creado un sendero en la nieve que, de hecho, sirve a otros estudiantes, que llegarán más tarde, para alcanzar su objetivo más fácilmente. La historia del «sendero en la nieve» viene a ser un ejemplo gráfico de lo que es un «producto de la acción humana, que no es resultado del designio humano» (Hayek, 1948, p. 7). La economía de mercado y su sistema de precios son ejemplos de un proceso similar. Las personas no se proponen crear el complejo entramado de intercambios y señales de precios que constituyen una moderna economía de mercado. Su intención, simplemente, es mejorar la propia situación vital, pero sin embargo su comportamiento da como resultado el sistema de mercado. El dinero, el derecho, el lenguaje, la ciencia, entre otros, constituyen fenómenos sociales cuyo origen no obedece al designio humano, sino a las personas que se esfuerzan en lograr su propio progreso, y que durante ese proceso generan un resultado que beneficia al todo social [6] . Las consecuencias de estos diez principios son, en buena medida, radicales. Si se probaran como verdaderos, la teoría económica se fundaría en la lógica verbal y el trabajo empírico enfocado a la narrativa histórica. En lo que atañe a las políticas públicas, se podrían expresar severas reservas en torno a la habilidad de los agentes gubernamentales para intervenir óptimamente en el sistema económico, por no

mencionar que no podrían manejar racionalmente la economía. Tal vez los economistas deberían adoptar el credo de los médicos: «Lo primero es no hacer daño». La economía de mercado se desarrolla a partir de la inclinación natural de las personas por mejorar su propia situación, que al hacer eso descubren que el beneficio surgido de los procesos de intercambio mutuo les permitirá alcanzar ese objetivo. Adam Smith fue el primero que sistematizó esta tesis en La riqueza de las naciones (1776). En el siglo XX, los economistas de la Escuela Austriaca de Economía fueron los defensores más intransigentes de este mensaje, no porque estuvieran sometidos a una actitud ideológica negativa, sino por la propia convicción presente en la lógica de sus argumentos.

Lectura general

OTRAS LECTURAS

BOETTKE, P. (ed.) (1994): The Elgar Companion to Austrian Economics, Edward Elgar, Aldershot, UK-Brookfield, VT, USA. DOLAN, E. (ed.) (1976): The Foundations of Modern Austrian Economics, Sheed and Ward, Mission, KS.

Clásicos

BÖHM-BAWERK, E. (1956): Capital and Interest, 3 vols, 1883, South Holland, ILL:

Libertarian Press. HAYEK, F.A. (1948): Individualism and Economic Order, University of Chicago Press, Chicago. KIRZNER, I. (1973): Competition and Entrepreneurship, University of Chicago Press, Chicago. MENGER, C. (1949): Principles of Economics, Yale University Press, New Haven. MISES, L. VON (1949): Human Action: A Treatise on Economics, Yale University Press, New Haven. O’DRISCOLL, G. y RIZZO, M. (1985): The Economics of Time and Ignorance, Basil Blackwell, Oxford. ROTHBARD, M. (1962): Man, Economy and State, 2 vols., Van Nostrand Press, Nueva York. VAUGHN, K. (1994): Austrian Economics in America, Cambridge University Press, Cambridge.

Historia de la Escuela Austriaca de economía

BOETTKE, P. y LEESON, P. (2003): «The Austrian School of Economics: 1950-2000», en Jeff Biddle y Warren Samuels (eds.), The Blackwell Companion to the History of Economic Thought, Blackwell, Londres. HAYEK, F.A. (1968): «Economic Thought VI: The Austrian School», en International Encyclopedia of the Social Sciences, Macmillan, Nueva York. MACHLUP, F. (1982): «Austrian Economics», en Encyclopedia of Economics, McGraw-Hill, Nueva York.

Textos introductorios en lengua española (agregado por traductores)

CACHANOSKY, J.C. (2012): La escuela austriaca de economía, Libertas n.º 1, ESEADE, 1984. Reimpreso en Ravier, A., Lecturas de historia del pensamiento económico, Madrid: Unión Editorial. HUERTA DE SOTO, J. (2008): La escuela austriaca. Mercado y creatividad empresarial, Síntesis, Madrid. RAVIER, A. (2011-2013): La Escuela Austriaca desde dentro, vols. I, II y III, Unión Editorial, Madrid. ZANOTTI, G. (2012): Introducción a la Escuela Austriaca de Economía, Unión Editorial, Madrid.

I

LA CIENCIA ECONÓMICA

1. Solo los individuos eligen

1. Introducción

ANTHONY J. EVANS [7]

Cuando Margaret Thatcher declaró que «no hay tal cosa como la sociedad», parecía un ejemplo de una filosofía política que elogiaba el egocéntrico individualismo por delante de la solidaridad colectiva. Si alguna vez una frase se pudiera convertir en sinónimo de una doctrina económica profundamente controvertida, sería esta. Sin embargo, intencionadamente o no, se tropezó con una de las discusiones filosóficas más importantes del siglo XX. Si solo los individuos eligen, entonces la manera de entender conceptos culturales como la «sociedad» pasa a través de un análisis de la acción individual. Puede parecer contradictorio, pero si perdemos de vista a los individuos la «sociedad» no tiene sentido. El grado en que los individuos son el producto de su entorno social es uno de los problemas perennes de las ciencias sociales. ¿Hasta qué punto debemos colocar a la persona en el centro del análisis económico? ¿Qué papel causal debemos dar a los factores culturales? ¿Tenía razón Adolphe Quetelet al afirmar que «la sociedad prepara

el

crimen, y la persona culpable es solo el instrumento»? [8] . Este debate se encuentra en

el

corazón no solo de cómo los científicos sociales deberían realizar investigaciones,

sino también en la comprensión de cómo los individuos libres dirigen la acción humana, enfrentándose a nuestra concepción de la condición humana. Tanto la génesis como la subsiguiente aparición del individualismo metodológico

están indeleblemente ligadas al desarrollo de la economía austriaca; sin embargo, el uso más común se ha desviado de estos caminos. En lugar de proporcionar una defensa

y una nueva reformulación de una determinada interpretación del individualismo

metodológico, voy a reconocer la ambigüedad inherente del término, y argumentar que

la forma particular de individualismo metodológico —concepto del individualismo

institucional (1975) de Joseph Agassi— no es solo una etiqueta más consistente y precisa para el método tradicional austriaco, sino también un motor más útil para investigaciones futuras.

«Individualismo metodológico» es la práctica de ver a las entidades sociales como producto de la acción individual, y por lo tanto se pone la elección individual en el centro de investigación técnica. El término fue utilizado por primera vez por Joseph Schumpeter (en alemán en 1908 y en inglés en 1909) (Heath, 2005; Hodgson, 2007), aunque fue principalmente etiquetado de ser un concepto previamente elaborado por su contemporáneo Max Weber. La interpretación sociológica de Weber vio al individuo singular como la unidad básica, o «átomo» de la investigación social, y Schumpeter describió cómo la premisa del individualismo metodológico coloca al individuo en el

punto de partida para explicar las relaciones económicas. Sin embargo, Carl Menger, el fundador de la Escuela Austriaca de Economía, mostró una mayor participación en la generación del concepto. Menger y Weber fueron influenciados el uno por el otro y no hay razón para creer que el principal postulado del individualismo metodológico haya sido formulado por solo uno de ellos, y no por el otro. Aunque Menger nunca utilizó este término, su «método atomístico» de la teoría pura pone claramente a la elección individual como la piedra angular de las ciencias sociales (unificadas). Trató de encontrar las leyes que constituyeron fenómenos económicos partiendo de los «verdaderos» elementos de la acción individual, y este enfoque se convirtió en sinónimo de austriaco, considerando que «tenemos aquí dos tareas para la economía

el

requisito económico de que el mundo que nos rodea es inteligible en términos de la acción humana» (Kirzner, 1976a, p. 41). Ludwig Lachmann también enfatizó que las explicaciones de los fenómenos sociales, en última instancia, debían conducir a los planes humanos, pero es importante hacer una distinción entre si esto es verdad solo en principio o si debe seguirse al pie de la letra. En otras palabras, las declaraciones agregadas como «Rumanía ha decidido unirse a la UE» podrían ser usadas como taquigrafía o como declaración provisional, pero después las explicaciones, en principio, deberían ser consistentes con las expectativas y las acciones de los individuos que las han provocado. Dicho esto, individualismo metodológico no implica que se deba favorecer al individuo sobre el colectivo —es, sobre todo, una posición sobre qué tipo de explicación deben llevarse a cabo—. Tal es el alcance de este principio que es compartido con los marxistas analíticos, que pueden aceptar la posición metodológica ausente de cualquier connotación política (o ideológica). Demostrado este aspecto apolítico, Jon Elster define el individualismo metodológico como «la doctrina en la que todos los fenómenos sociales (su estructura y su cambio) son, en principio, explicables solo en términos de individuos —sus propiedades, metas y creencias—» (Elster, 1982, p. 453). Esto contrasta con la posición metodológica del holismo, que representa la acción individual, apelando a las grandes totalidades. Este enfoque implica que los fenómenos sociales determinan las preferencias individuales y que los hechos sociales existen por

[

]

el seguimiento de las consecuencias no intencionadas de la acción [

]

[y]

encima y más allá de las constituyentes piezas individuales. En efecto, la sociedad podría incluso ser vista como una forma de entidad orgánica —un agente con sus propios derechos, demandas e intereses—. La preocupación de Karl Popper era que un conflicto entre los planes individuales y los planes colectivos dieran lugar al totalitarismo; sin embargo, una forma más común del holismo es ver esta entidad orgánica en términos biológicos, como un fenómeno evolutivo (o mimético). Pero es importante darse cuenta de que el holismo metodológico surgió del esfuerzo de Emile Durkheim para hacer de la sociología una ciencia autónoma. Aunque para esto se utilizó un método consistente con las ciencias naturales, requería una temática distinta para no quedar reducida a la psicología. La implicación es que la comprensión subjetiva de la acción humana es posiblemente superflua a una explicación de la actividad social, ya que es la red de relaciones sociales en la que se encuentran la que, en última instancia, determina el resultado. La génesis del individualismo metodológico se deriva de la Escuela Austriaca y de la la sociología interpretativa de Weber. [9] , exportándose a otras disciplinas «a través de la trinidad austriaca de Schumpeter, Von Mises y Hayek» (Hodgson, 2007, p. 1). Pero antes de mirar la interdisciplinariedad y evolución del término, es importante que primero nos centremos en la historia en el ámbito de la economía.

3. El ascenso y la caída del homo economicus

La economía neoclásica está construida sobre los cimientos del individualismo metodológico, donde se supone que el sistema económico es la agregación de agentes independientes, y estos agentes constituyen la unidad básica del análisis. Se trata de seres a-culturales que responden de manera racional, previsible y pasivamente a los precios cambiantes. Sin embargo, las características peculiares de estos agentes (sus gustos y expectativas) son en gran parte tratadas como dadas, y la formación de estas características se tiene en cuenta explícitamente. Complejos fenómenos sociales se reducen a ser simplemente los resultados agregados de los análisis de la optimización individual. Se sigue el método de Robinson Crusoe como abstracción de un ambiente social para concentrarse en la elección aislada, pero, en vez de usar esto como base para contrastarla con los resultados generados por la interacción compleja, se lo utiliza como base para la agregación. Esta forma atomista del individualismo metodológico asume que uno puede generar una concepción del hombre «presocial», y utilizar esto para predecir el resultado cuando estos agentes interactúan entre sí. Sin embargo, «no se ha avanzado en ninguna explicación significativa de los fenómenos sociales en términos de individuos. En la práctica siempre hay un residual social y relacional que no se reduce por completo a los términos individuales» (Hodgson, 2007, nota 12, p. 8). Esto sugiere que las ciencias sociales no pueden reducir los fenómenos sociales a los

factores psicológicos, y que la psicología tiene una dimensión irreductiblemente social (Heath, 2005). En este sentido, la noción de acción humana intencional de Mises y la idea del hombre que economiza de Robbins son ambas compatibles con la definición de individualismo metodológico (ya que los fenómenos del mercado son vistos como el resultado de la interacción de los individuos), pero la forma del individualismo metodológico difiere sustancialmente (Kirzner, 1976b). De hecho, resulta notable cómo tantos economistas pueden seguir atribuyendo falsamente el entendimiento neoclásico del individualismo metodológico de los austriacos, teniendo en cuenta que los austriacos han demostrado explícitamente las diferencias (Hayek, 1948). Mises se refiere al homo economicus como una «ficción» (1949, p. 244). Prefiere ver al hombre como una fuerza activa, creativa, con todos sus defectos:

La ciencia económica se ocupa de la efectiva actuación del hombre tal como este opera en el mundo. Sus teoremas jamás se refieren a tipos humanos ideales o perfectos, a un fabuloso hombre económico (homo oeconomicus) ni a abstracciones estadísticas tales como la del hombre medio (homme moyen). Su objeto de estudio es el hombre con sus flaquezas y limitaciones, cómo en realidad actúa y vive. Toda acción humana interesa a la praxeología (Mises, 1949, p. 769).

Mientras que el individualismo metodológico no implica automáticamente el positivismo epistemológico, no puede haber ninguna duda de que la hegemonía positivista —impulsada por el encanto de la autoridad científica— condujo a una distinción entre el neoclásico homo economicus y el austriaco «actor con propósito». Zwirn (2007) muestra que el individualismo atomista es compatible con una premisa metodológica de que los individuos son independientes del contexto, ya que en las ciencias naturales los laboratorios pueden crear tal aislamiento. Pero esto supone que los métodos de las ciencias naturales y sociales pueden ser iguales. Los fallos subsiguientes del positivismo dentro de la economía han generado una oportunidad para alejarse de los modelos formales, y la evidencia de que esto ocurra se puede encontrar en una amplia gama de tendencias: la aparición de los microfundamentos (que exigen el fin de los agregados libres y flotantes), la revolución de las expectativas (colocando a la cognición individual en el corazón de la investigación), y el surgimiento de más métodos cualitativos (especialmente los que permiten el acceso a la interpretación, como la etnografía). Al hacer hincapié en la acción individual, la interacción y el comportamiento estratégico han dado lugar al surgimiento de la teoría de juegos, que en particular fue vista por muchos como el antídoto a los modelos formales que borran al hombre actuante del análisis económico. Y, por último, la ampliación del conductismo (en particular, del comportamiento financiero) se ha concentrado en la naturaleza de las

decisiones humanas y la naturaleza heterogénea y polifacética de la agencia. De hecho, las principales lecciones de la investigación experimental son (1) que el homo economicus no mejora nuestra comprensión de la acción humana en el mundo real, y (2) que el contexto institucional de elección puede influir, en gran medida, en los resultados de la interacción. Como hemos visto, se ha producido una divergencia en el uso del individualismo metodológico dentro de la economía, y este abismo es una de las características definitorias de un paradigma único de la economía austriaca. También es importante darse cuenta de que el desarrollo de la economía no ha sido uniforme, y que una serie de influyentes estudiosos han utilizado un concepto más débil del individualismo metodológico que la corriente dominante. Economistas de la talla de James Buchanan, Mancur Olson, Ronald Coase, Vernon Smith y Douglass North persiguen el individualismo metodológico y admiten a las instituciones sociales como variables centrales y una parte necesaria de la investigación. Muchas de las críticas al individualismo metodológico son válidas, pero solo en la medida en que se dirigen a los «pilares» o a la forma atomista. El análisis neoclásico ha generado una rica «economía de la vida», pero al mismo tiempo rechaza «la vida de la economía». Sugiero que la aclaración se haga a través de dos aspectos: en primer lugar, haciendo explícita la posición ontológica; y segundo, aclarando el rol causal de las fuerzas institucionales. Aunque voy a tomar el material principalmente de economistas austriacos, es importante reiterar que este es un tema que abarca todas las ciencias sociales. Mientras que la disciplina de la economía podría estar haciendo un cambio en U en sentido metodológico, no quiero dar a entender que esto es toda la historia. A lo largo de este proceso, otras disciplinas —la sociología y la ciencia política en particular— han desarrollado y refinado la idea del individualismo metodológico. En otras palabras, un debate interdisciplinario ha ocurrido fuera de las fronteras de la economía que ha demostrado que la distinción entre el individualismo y el holismo es demasiado simplista. En realidad, hay todo un espectro de posiciones metodológicas que caen dentro de la etiqueta de «individualismo metodológico», y el verdadero debate es sobre qué forma se debe perseguir. El debate es en realidad un diálogo a tres bandas entre atomistas, institucionalistas y holistas.

4. El individualismo metodológico está de hecho basado en una concepción de la

realidad

Los críticos del individualismo metodológico tienen un punto válido cuando desafían el razonamiento detrás de esta premisa fundamental. ¿Por qué la acción individual es a menudo vista como la piedra angular de la ciencia social? Como se mencionó anteriormente, la definición de Schumpeter sobre el individualismo metodológico no

está exenta de ambigüedad, y aunque Mises dedica un capítulo de su magnum opus La Acción humana (1949) al tema, no aclara el punto desde una posición puramente metodológica. La razón de esto es que se mezcla la prescripción metodológica de que «los fenómenos sociales deben explicarse en términos de los planes individuales» con una justificación ontológica en que «solo los individuos tienen planes». Udehn (2002) se refiere a esto como el «giro ontológico», pero el punto clave es que Mises reconoce que el individualismo metodológico solo podría tener sentido dentro de la premisa ontológica correspondiente. Mises vio un «obstáculo insuperable» en tomar las unidades colectivas como punto de partida por el hecho de que en cualquier momento

los individuos pertenecen a una serie de diferentes (y posiblemente conflictivos) grupos sociales. Él ve el postulado del individualismo como una herramienta para hacer frente

a «esa multiplicidad de entidades sociales coexistentes y su mutuo antagonismo» (1949,

p. 53). Lejos de negar la relevancia de las totalidades sociales, Mises puso atención a

la persona como la única manera de estudiar esto, porque «la vida colectiva se plasma

en las actuaciones de quienes la integran» (ibíd., p. 52). En efecto:

Los individuos y su toma de decisiones sirven como el inicio del análisis austriaco, no debido a un rechazo de sujetos colectivos, sino porque es solo mediante la interpretación de entidades sociales como el resultado compuesto de individuos actuantes como podemos llegar a comprender su significado e importancia (Boettke, 1995 p. 27; énfasis en el original) [10] .

Mises hace mención explícita de los fundamentos ontológicos de su concepción del individualismo metodológico: «Siempre es un solo individuo quien dice Nosotros; aun cuando se trate de varios que se expresen al tiempo, siempre serán diversas manifestaciones individuales» (1949, p. 53). Parafraseando a Jon Elster, uno no puede presuponer un propósito sin identificar a una persona cuyo propósito estamos presuponiendo. Pero ¿cuál es la base de este concepto de la realidad? Como se mencionó anteriormente, las dos defensas y críticas del individualismo metodológico se han basado en la suposición de métodos compartidos en todas las disciplinas científicas. Sin embargo, Frank Knight fue solo uno de la amplia corriente

de economistas influenciados por los austriacos en argumentar que las ciencias sociales

y las ciencias naturales son fundamentalmente distintas. Contamos con lo que llamamos

«conocimiento desde adentro» sobre la actividad económica, no a través de la observación, sino a través de la intuición: la intuición que poseemos como actores económicos. Las proposiciones económicas se derivan de nuestra capacidad única para

la auto-consciencia, junto con una empatía que puede relacionar ese conocimiento con los demás seres humanos. Para Max Weber el concepto de acción era importante debido

a que nuestro acceso interpretativo crea una capacidad de comprender los motivos

subyacentes de los demás. El hecho de que podamos apreciar las intenciones y los

planes de los demás (y por lo tanto «horizontes de fusibles» con nuestro tema) es una fuente de conocimiento que está por completo ausente dentro de las ciencias naturales. En consonancia con los gustos de John Watkins, nosotros —como individuos— tenemos «acceso directo» a los hechos sobre los individuos, mientras que cualquier conocimiento que podamos obtener sobre las totalidades sociales solo debe ser adquirido a través de la derivación (Udehn, 2002, p 489). Según Martin Hollis, el racionalismo proporciona una unidad epistemológica de la humanidad y por lo tanto la posibilidad de creencias universales (1994). Como Vincent Ostrom dice: «Nosotros, como individuos, utilizamos nuestros propios recursos como seres humanos para tratar de entender a los demás, presumiendo, como Hobbes, que existe una similitud básica de los pensamientos y las pasiones para todos los personajes de toda la humanidad» (1997, p. 105). Por lo tanto, Hodgson (2007) está en lo correcto al afirmar que el individualismo metodológico no es simplemente un dispositivo metodológico neutral. Tiene una suposición implícita acerca de la forma de la realidad social, y esto debe ser reconocido más explícitamente: es una premisa metodológica basada en la perogrullada ontológica de que «todos los fenómenos sociales se crean, o son causados ​por los seres humanos» (Udehn, 2002, p. 489). Mises y Hayek fueron claros en que los métodos deben corresponder a las concepciones realistas de la realidad, y esto claramente distingue el uso austriaco del individualismo metodológico, tanto del atomismo como del holismo.

5. Hay una forma institucional del individualismo metodológico

La segunda forma en que la economía austriaca ofrece un fundamento único y esclarecedor del individualismo metodológico —resaltando el papel de las instituciones— es que ha reivindicado directamente los avances logrados por una serie de epistemólogos en los años subsiguientes. En resumen, demuestra que el individualismo metodológico no presupone agentes atomizados y autónomos, pero reconoce el papel causal de las costumbres sociales. Incorpora constructos sociales como los productos y formaciones resultantes de la acción individual. Los primeros austriacos reconocen explícitamente la importancia causal de las instituciones sociales, y rechazan la premisa de que los temas de la economía son los agentes aislados:

Al nacer [el hombre], no es que irrumpa, sin más, en el mundo, sino que surge en

una determinada circunstancia ambiental [

No vive el individuo como simple hombre in

abstracto; por el contrario, es siempre hijo de una familia, de una raza, de un

pueblo, de una época [

personal, sino que adopta ajenos idearios y el ambiente le hace pensar de uno u

Ni sus ideas ni sus módulos valorativos son obra

La herencia y el entorno moldean la

actuación del ser humano [

]

]

]

otro modo (Mises, 1949, p. 56).

Pero el reconocer el rol de las instituciones sociales en la elección individual no lleva a la acción inevitable, a la falta de libertad o al determinismo social. Por el contrario, la omnipresencia de los grupos sociales significa que el deseo consciente de suscribirse a ellos es a veces inevitable. Más que instituciones que actúan únicamente como limitaciones a la elección humana, son también su manifestación. Rutinas, hábitos y costumbres son nuestra guía de lo que hacemos dado el consentimiento de adoptarlas. Los fenómenos colectivos bien podrían actuar como un piloto automático para algunos de nosotros, pero el ego permanece detrás del volante. Tal vez sea tácitamente, tal vez por consentimiento implícito; elegimos dejar que las instituciones piensen por nosotros. En efecto, esta aplicación institucionalmente contingente del individualismo metodológico ha sido la fuerza impulsora de la investigación austriaca aplicada. Para Mises, la acción social debe entenderse como un caso especial de la acción humana. Si la atención se ha centrado en el descubrimiento de la evolución del dinero, los precios, los idiomas o la ley, tales instituciones sociales han aportado los objetos principales de la investigación empírica. La forma institucional del individualismo metodológico es imperativa si los economistas desean generar teorías del cambio social. La posición holista considera principalmente a las instituciones como restricciones o determinantes en el comportamiento individual. Los puntos de vista atomistas de las instituciones son un poco más que una abreviatura de las diversas formas de acción individual. Debe quedar claro que un enfoque híbrido tiene la obligación de mediar entre estos dos extremos, ya que es la interacción entre el análisis institucional (evaluaciones de la estructura de incentivos) y la reforma institucional (la acción creativa) la que genera el cambio social. Originario en Karl Popper, la expresión «individualismo institucional» fue utilizada por primera vez (con cierto grado de ambigüedad) por Joseph Agassi (1960) —quien lo presentó de forma más completa en 1975—. A pesar de que a menudo ha sido presentado como una alternativa al individualismo metodológico, sigo la línea de Ian C. Jarvie, que vio el individualismo institucional como una forma particular del individualismo metodológico, que trata las instituciones sociales como algo tan tangible como nuestro entorno físico. Siguiendo a Toboso (2001) me gustaría presentar tres proposiciones fundamentales:

1. Los propósitos y los intereses solo pueden ser perseguidos por los individuos.

2. Las instituciones —entendidas como reglas formales e informales a las que se

enfrentan los individuos en un contexto de toma de decisiones— afectan a las interacciones y, por lo tanto, deben formar parte del fenómeno explicativo.

se lleva a cabo dentro de marcos institucionales más amplios.

Lo que esto implica es que «ninguna entidad impersonal activa con objetivos aparentes, intereses y fuerzas impulsoras propias está incluida en el discurso como

variable explicativa, ni cualquier otro factor impersonal sistémico que posee su propia dinámica para que la responsabilidad no pueda, incluso indirectamente, ser atribuida a cualquier persona» (Toboso, 2001, p. 10). Pero esto difiere sustancialmente del

individualismo metodológico, porque «además de la acción individual [

estructura institucional debe ser tomada en cuenta» (ibíd., p. 14; énfasis agregado). Si las condiciones materiales no son suficientes para determinar el comportamiento, se deben incluir explícitamente las instituciones sociales; el arraigo social debe estar a la vanguardia de la investigación y no como una idea de último momento. En resumen, este esquema afirma lo siguiente: solo los individuos son capaces de elegir, las instituciones afectan a nuestras decisiones, y las instituciones evolucionan a través de la acción

humana [11] . Hodgson (2007) rechaza la expresión «individualismo institucional» porque «le da a una de las mitades de la historia el estado de adjetivo, mientras que a la otra mitad le otorga el prestigio de ser sustantivo» (p. 9). Pero la razón por la que el individualismo debe tener prioridad explicativa se debe simplemente a la posición primaria de que solo los individuos eligen. Las estructuras y los individuos son dos facetas necesarias de explicación social, pero, mientras que los fenómenos sociales no son estrictamente reducibles a este último, las estructuras sociales son siempre un producto de, y dirigidas por, los propósitos y los planes individuales.

esta

]

6. Conclusión

La expresión «individualismo metodológico» es problemática por un número de razones. Como hemos visto, su definición ha evolucionado en el tiempo hasta el punto de que se ha hecho compatible con una amplia gama de técnicas metodológicas en conflicto. Su uso predominante sugiere una primacía puramente metodológica para el individuo sobre la colectividad e implica que una correcta aplicación debería y debe realmente reducir todos los eventos sociales a nivel individual, a pesar de ser imposible e innecesario. Sin embargo, el «individualismo institucional» hace hincapié en la elección individual e implica que no está aislada ni totalmente determinada por nuestro entorno social. Se distinguen claramente los ricos enfoques institucionales de las formas fuertemente asociadas tanto con el individualismo atomista como con el individualismo holístico. Austriacos como Menger, Mises, Hayek y Kirzner utilizaron una forma fundamentalmente diferente del individualismo metodológico a la que usaron los

economistas neoclásicos, y este capítulo ha sostenido que (1) su posición metodológica

implicó una justificación ontológica que debería ser más explícita, (2) que dio espacio

a las explicaciones causales que provinieron de factores institucionales no

reducibles [12] . Estas dos cuestiones son dos caras diferentes de una misma moneda, ya

que es la propia existencia de las instituciones sociales la que da lugar a significados intersubjetivos (Boettke, 1995, p. 28). En efecto, una concepción de las personas como actores decididos permite el estudio de los órdenes espontáneos, y proporciona las técnicas metodológicas que nos permiten admirar cómo, a través de los mercados, los recursos se asignan sin la necesidad de una planificación central. Aunque no existe una relación automática entre el individualismo metodológico y el político, la economía clásica liberal —y las instituciones sociales de una economía de mercado descentralizada— solo puede ser comprendida adecuadamente mediante el recurso del individualismo metodológico. Esta proposición principal es un amplio principio unido a la premisa de que sólo los individuos tienen propósitos, planes o elección. Al formularse de esta manera queda claro por qué Jon Elster lo calificó de «trivialmente verdadero». Aunque algunos critican definiciones que son «tan amplias que sería difícil encontrar un científico social que no esté de acuerdo con ellas» (Hodgson, 2007, p. 5),

no hay razón para rechazar el consenso a favor de la algarabía. La fuerza del concepto

es su sencillez, y al mismo tiempo el que sea trivialmente cierto, pues las implicaciones

de

la coherencia en la aplicación son enormes, tanto en términos de los procedimientos

de

la ciencia social como también en la noción de la acción individual. La conclusión

de

este punto de partida es que solo podemos atribuir significado a los fenómenos

sociales a través de la lente de una forma institucionalmente contingente del individualismo metodológico. Solo los individuos eligen… y lo hacen a través de las instituciones.

Referencias bibliográficas

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2. La economía como el estudio de la coordinación y el intercambio

1. Introducción

CHRISTOPHER J. COYNE [13]

En 1963, en su discurso presidencial ante la Southern Economic Association, James Buchanan preguntó: «¿Qué deben hacer los economistas?». Al hacerlo, Buchanan estaba desafiando a la ortodoxia prevaleciente que trata el problema económico de la sociedad como uno de asignación de recursos escasos entre fines competitivos. Según Buchanan, el paradigma de asignación es una malinterpretación de la naturaleza de la ciencia económica, así como del papel que debe desempeñar el economista. En lugar de centrarse en la cuestión de la asignación, Buchanan argumenta que los economistas deberían centrarse en las relaciones de intercambio y las instituciones dentro de las cuales se efectúa este intercambio. Según Buchanan, lo atractivo del cientificismo tiende a alejar a los economistas del paradigma de cambio y a empujarlos hacia el paradigma de la asignación. El paradigma de la asignación se centra en el «problema» de cómo asignar recursos que son escasos y a su vez presupone que la solución a ese problema debe ser encontrada por los economistas. El resultado es que el estudio de la economía se convierte en un estudio sobre el cálculo y optimización en lugar de centrarse en la acción intencional humana y en el proceso a través del cual los individuos interactúan y coordinan sus planes y metas, a menudo divergentes. El paradigma de la asignación, argumenta Buchanan, mermó el estudio de la economía de la acción individual intencionada, así como el proceso de aprendizaje y de elección. La elección es fundamentalmente una actividad humana plagada de incertidumbre en lugar de un procedimiento mecánico realizado por autómatas. El estudio de la economía no es sobre la maximización. Es un estudio que debe centrarse en la comprensión de los diversos contextos institucionales en los que los seres humanos, que son imperfectos, deben interactuar e intercambiar. El mensaje que transmitió Buchanan en su discurso presidencial no era para nada nuevo. El énfasis que hizo sobre la coordinación, la interacción y el intercambio ya había sido destacado en la obra de David Hume y de Adam Smith, en los escritos de los economistas ingleses no ricardianos como el obispo Whatley y Philip Wicksteed, y en el trabajo de los economistas franceses como A.R.J Turgot y Jean-Baptiste Say. Además, estos temas han sido siempre un objetivo central para los que escriben en la

tradición austriaca, incluyendo a Carl Menger, Ludwig von Mises, F.A. von Hayek e Israel Kirzner. El objetivo de este capítulo es enfocarnos en la proposición que sostiene que el estudio de la economía y del orden de mercado es, fundamentalmente, sobre el intercambio y sobre el contexto institucional en el que los intercambios se llevan a cabo. Esta proposición enmarca el estudio de la economía focalizando nuestra atención en la acción individual intencionada, en las condiciones de la interacción y el intercambio, y en el proceso de descubrimiento y de aprendizaje. En concreto, el cambio de paradigma hace hincapié en el proceso a través del cual los individuos, imperfectos y con diferentes intereses y fines, realizan acuerdos de cooperación con los demás. Este paradigma obliga a los economistas a centrarse en el surgimiento y en la evolución continua de un conjunto complejo de relaciones que facilitan la interacción, la negociación, los acuerdos y los intercambios. Este paradigma se contrapone completamente al paradigma de la asignación, que carece de contemplar la incertidumbre, los errores humanos y el aprendizaje. Dentro de este contexto, una solución para el problema de la asignación emerge a través de un conjunto de variables exógenas en lugar de surgir de un proceso endógeno. Este capítulo procede de la siguiente manera. En la próxima sección se explican, brevemente, las principales diferencias entre el paradigma de la asignación y el paradigma del intercambio. En la sección 2.3 se discute la ciencia de la cataláctica en relación con el estudio de la economía. En la sección 2.4 se consideran dos conceptos diferentes de «coordinación» utilizados por economistas. En la sección 2.5 se analiza la importancia de las instituciones en el paradigma del intercambio. Por último, en la sección 2.6 se concluye con una discusión sobre la relevancia del paradigma del intercambio.

2. El paradigma de la asignación frente al paradigma

del intercambio

Meir Kohn (2004) remite respecto al paradigma de la asignación a la obra de Paul Samuelson y John Hicks [14] . Samuelson buscó reafirmar la teoría económica en términos matemáticos con el fin de proporcionar claridad y precisión en los argumentos económicos. Hicks trató de reformular la economía en términos de «valor», lo que implica centrarse en los precios relativos y en la asignación de recursos. El marco walrasiano, que trata de analizar todos los mercados simultáneamente, es quizás el mejor ejemplo de la teoría del valor. Como señala Kohn, mientras que los objetivos de Samuelson y Hicks eran diferentes, sus trabajos se complementaban muy bien. El enfoque de Hicks sobre la teoría del valor encajaba bien con el deseo de Samuelson de matematizar la economía. El resultado final de esta iniciativa fue que «los seguidores del programa de Hicks y Samuelson llegaron a ver la teoría del valor como si eso fuera

economía; vieron a ambas como idénticas e indistinguibles» (Kohn, 2004. p. 305; énfasis en el original). En otras palabras, en la medida que el paradigma de la asignación se fue estableciendo, el estudio de la economía se fue convirtiendo en sinónimo de equilibrio, centrándose fundamentalmente en la asignación de recursos. El resultado fue que ciertos temas como el intercambio, las instituciones y el proceso de coordinación fueron empujados hacia fuera del camino. Para fines de claridad, tiene sentido examinar tanto las similitudes más importantes como las diferencias principales entre el paradigma de la asignación y el paradigma del intercambio. La principal similitud es que ambos paradigmas se centran en las implicaciones que tiene la hipótesis que sostiene que los individuos actúan con intencionalidad realizando las ganancias del intercambio. La diferencia principal entre los dos paradigmas se debe a la disparidad de los supuestos relacionados con el producto del intercambio (Kohn, 2004. p. 308) [15] . El principal supuesto del paradigma de la asignación es que el resultado del intercambio es un equilibrio en el que todas las ganancias posibles del intercambio quedaron agotadas. En otras palabras, el resultado del intercambio es un equilibrio estático. El paradigma de la asignación también asume que el intercambio se lleva a cabo en un entorno caracterizado por precios determinados, por productos homogéneos e información perfecta. La implicación principal es que, al no haber problemas de información relacionados con el intercambio el comercio, no tendría costes. Además, la perpetua conciliación de planes significa que no hay incertidumbre y no hay necesidad para el descubrimiento de lo desconocido, ya que todas las personas son conscientes de todos los posibles estados del mundo. Los supuestos básicos del paradigma de la asignación permiten a sus adherentes ignorar la importancia de las instituciones en el intercambio. En un entorno caracterizado por precios dados, productos homogéneos y perfecta información, no hay lugar para las instituciones. No hay un papel para cosas tales como reglas o normas informales — tales como la confianza, el capital social, la amenaza de ostracismo, entre otras—, que facilitan las relaciones comerciales, y tampoco parece haber necesidad de un gobierno que establezca o haga cumplir las reglas formales. En contraste con el paradigma de la asignación, el paradigma del intercambio concluye que un equilibrio estático nunca se consigue en economías del mundo real. Información imperfecta, error humano y descubrimiento empresarial tienen por consecuencia constantes cambios en los precios, en los bienes y en los servicios. Además, el paradigma del intercambio se caracteriza por el reconocimiento de la variación en las estructuras de mercado, de la existencia de productos heterogéneos y de la información imperfecta. En lugar de asumir que los precios están establecidos, el paradigma del intercambio se centra en el proceso a través del cual los precios emergen y cambian con el tiempo. Contrariamente a la suposición de los precios establecidos del paradigma de la asignación, el paradigma del intercambio enfatiza que los precios surgen mediante el proceso de interacción, de intercambio y de competencia

(véase Hayek, 2002). La consecuencia de esto es que los precios no están exógenamente establecidos, sino que emergen endógenamente a través del intercambio. En el paradigma del intercambio el énfasis se coloca en el emprendedor como mecanismo central a través del cual se lleva a cabo el proceso de coordinación. La función empresarial implica un estado de alerta hacia las oportunidades de beneficio, así como la voluntad de apostarle a las oportunidades percibidas. Los empresarios impulsan el cambio económico a través del arbitraje (es decir, comprando barato y vendiendo caro) y la innovación (por ejemplo, a través de mejoras en productos existentes o en las técnicas de producción, o también con la introducción de un nuevo producto o una nueva técnica de producción). Una implicación importante del paradigma del intercambio es que las herramientas de la economía nos permiten realizar predicción de patrones, pero no predicciones puntuales. En otras palabras, la economía nos proporciona los medios para hacer predicciones generales respecto al patrón o la tendencia de los precios relativos, así como también del proceso económico en diferentes condiciones. Sin embargo, la economía no proporciona las herramientas para predecir resultados específicos o para discutir un equilibrio estático único. Una última característica del paradigma del intercambio es el énfasis sobre la información imperfecta y el conocimiento disperso. En realidad, las personas rara vez están conscientes de todos los participantes en el mercado y de todas las oportunidades existentes para el intercambio. Además, muchas interacciones e intercambios se caracterizan por las asimetrías de información. Los partidarios del paradigma del intercambio se enfocan en la comprensión de los mecanismos que permiten a las personas superar esas imperfecciones y asimetrías. En otras palabras, una cuestión central planteada por los partidarios del paradigma del intercambio es: ¿Bajo qué arreglos institucionales pueden los individuos aprender mejor acerca de las oportunidades de intercambio y superar los problemas asociados con la asimetría de la información y la dispersión del conocimiento? En la sección 2.5 se discuten con más detalle el papel de las instituciones, el cambio institucional y su evolución, temas centrales para el paradigma del intercambio, ya que las instituciones enmarcan todas las interacciones e intercambios.

3. Cataláctica, la ciencia del intercambio

Al considerar por qué el paradigma de la asignación emergió como el marco dominante de la economía ortodoxa, James Buchanan identificó que el uso de la palabra «economics» es parte del problema (1964, pp. 215-16). Según Buchanan, al enfocarse únicamente en el comportamiento que economiza, los economistas se ven forzados a pensar en términos de maximización y distribución en lugar de en términos de

coordinación y de intercambio. En lugar de usar la palabra «economics», Buchanan sugirió el uso de la palabra «catalaxy» o «symbiotics» para llamar la atención sobre la interacción, la asociación y el intercambio. El término «catalaxy», o en español «cataláctica», deriva del verbo griego katallattein (o katallassein), que significa «intercambio», y «admitir dentro de la comunidad», así como también «convertir al enemigo en amigo» (véase Hayek, 1976, pp. 108-9). Al llamar la atención sobre el papel de la retórica en la elaboración de la forma en que los economistas se acercan a su materia, Buchanan forma parte de una larga línea de pensadores que enfatizan la importancia de la noción de catalaxia. El reverendo Richard Whatley sugirió por primera vez «cataláctica» como reemplazo de «economía» en 1831. La llamada de Whatley para un cambio en la terminología fue impulsado por sus críticas al limitado enfoque que tiene la economía como ciencia de la riqueza (Rothbard, 1987). Whatley pidió a los economistas retroceder en el estudio de la riqueza y ampliar el enfoque sobre el estudio del intercambio. Ludwig von Mises fue el primer economista en integrar ampliamente la noción de la cataláctica en el estudio de la economía. De acuerdo con Mises, el sistema de precios y una amplia economía de mercado se entienden mejor como una cataláctica, por lo que la ciencia que estudia el orden de mercado cae bajo el dominio de la cataláctica. La cataláctica es parte de una disciplina más amplía, la praxeología, que se focaliza específicamente sobre «todos los fenómenos del mercado con sus raíces, ramificaciones y consecuencias» (Mises [1949] 1996, p. 233). La cataláctica se basa en la acción humana deliberada y se centra en cómo los resultados de la actividad del mercado resultan en el surgimiento de relaciones de intercambio y en un sistema precios (ibíd., p. 234). Después de Mises, Hayek (1976) también hizo especial hincapié en el concepto de cataláctica. Hayek no estaba satisfecho con el uso del término «economía», ya que «una economía, en el sentido estricto de la palabra, sería una casa, una granja o una empresa, que contienen un complejo de actividades por medio de las cuales ciertos medios son asignados en concordancia a un plan dentro de un abanico de fines que compiten de acuerdo a su importancia relativa» (véase p. 107). Para Hayek, la cuestión central es que el término «economía» es usualmente utilizado para referirse no a una sola empresa, sino al conjunto de redes e interacciones dentro de una amplia variedad de economías individuales. De cualquier manera, las numerosas redes e interacciones de actores individuales no están gobernadas por una sola jerarquía de fines como las de las economías individuales. En su lugar, el amplio abanico de economías se compone de muchos actores individuales, cada uno con una jerarquía diferente de intereses y fines. Ante esto, Hayek prefirió el término «cataláctica» sobre el término «economía», porque el primero se refiere a la orden que resulta de «la adaptación mutua de muchas economías individuales en el mercado» (ibíd., p. 109). El uso de «cataláctica» como una alternativa a la utilización de «economía» es más

que mera semántica. Las palabras tienen un significado y esos significados son importantes en la elaboración del enfoque analítico del que hacen uso los economistas. La cataláctica centra nuestra atención analítica sobre las relaciones de intercambio, incluidos el surgimiento y la evolución de esas relaciones e instituciones dentro de las cuales se lleva a cabo la actividad de intercambio.

4. Dos tipos de coordinación

Un principio central de la economía austriaca es que el estudio de la economía es fundamentalmente sobre el comportamiento del intercambio. El intercambio requiere de la coordinación de los diferentes planes y fines de los individuos. Ante esto, una comprensión clara del concepto de «coordinación» es de vital importancia. Como Klein (1997) señala, dos nociones de coordinación han surgido en la literatura económica. Estos dos conceptos tienen implicaciones importantes para la forma en la que vamos a encuadrar y estudiar las cuestiones económicas. El primer uso del término «coordinación» se ilustra mejor con el trabajo del premio Nobel Thomas Schelling. El uso que da Schelling a la palabra «coordinación» implica «algo que esperamos lograr en nuestra interacción con los demás» (Klein, 1997, p. 324). Este tipo de coordinación puede ser ilustrado por un sencillo «juego de coordinación» mediante el cual los individuos tratan de coordinar sus acciones con las acciones de otros. Entre los ejemplos más comunes de este tipo de coordinación encontramos juegos que incluyen conducir en el mismo lado de la carretera o reunirse en alguna ubicación acordada. El segundo uso del término «coordinación» se basa en la noción de orden espontáneo y se puede encontrar en los escritos de Adam Smith, Carl Menger, F.A. Hayek y Michael Polanyi. El concepto de orden espontáneo al que se refieren es un orden que surge como consecuencia de la acción humana intencional, pero no del designio humano. Ejemplos comunes de órdenes espontáneos incluyen la aparición del dinero y el lenguaje. Estos órdenes emergentes facilitan la coordinación, la interacción y el intercambio. Los que se centran en el segundo tipo de coordinación reconocen que cara a cara la interacción implica coordinación entre individuos, como enfatiza el primer tipo de coordinación. Además, reconocen que los individuos emplean ciertas normas comunes y la heurística para lograr sus fines. Sin embargo, el segundo uso de la coordinación es más amplio que el primero porque se centra en un metaorden, entendido como el hecho de que los individuos deben actuar en función del contexto específico de conocimiento de «tiempo y lugar» en el que se encuentran (véase Hayek, 1945). El segundo uso de la coordinación reconoce que, en muchos casos, los individuos no son conscientes de la existencia de otros actores específicos y tampoco de sus fines

específicos. Por ejemplo, cuando el empresario produce un bien o producto no necesariamente conoce a los individuos específicos que utilizarán el producto o servicio en periodos futuros. Como lo señala Klein, el contexto de la segunda aplicación de la coordinación implica que el individuo «está respondiendo a las

señales de precios y oportunidades locales; está tratando de obtener un conocimiento

Él no se percibe a sí mismo jugando a un juego de coordinación

con miles de personas distantes» (1997, p. 325). Mientras que el primer uso del concepto de coordinación puede ser ilustrado con un juego de coordinación estándar, el segundo uso del concepto no puede ser modelado utilizando la teoría de juegos, ya que hace referencia a un metaorden, una visión amplia de orden conformado por numerosos actores que no están directamente interactuando entre sí. Según Klein, el primer tipo de coordinación —el de Schelling— es evidente desde el punto de vista del actor, mientras que el segundo tipo de coordinación —el de Smith, Menger, Hayek y Polanyi— es abstracto desde el punto de vista del actor (ibíd., pp. 326-7). Mientras que el primer tipo de coordinación busca resultados que sean aceptables para los que interactúan, el segundo tipo de coordinación genera una forma de orden general global que puede ser agradable para un observador exógeno. El primer tipo de coordinación se centra en las interacciones específicas (por ejemplo, la conducción en el mismo lado de la carretera), mientras que el segundo tipo de coordinación se ocupa del más amplio «meta-fin», incluyendo las reglas sociales que generan ese orden. Desde este punto de vista, el segundo tipo de coordinación va más allá de examinar las convenciones recurrentes que permiten a los individuos coordinarse con otros en situaciones específicas (por ejemplo, elegir un tiempo y lugar de reunión). No es que estas convenciones sean poco importantes, es solo que ofrecen una visión limitada de un más amplio y complejo metaorden. Cuando los economistas se dan cuenta de la importancia de la coordinación, tienden a centrarse en el primer tipo de coordinación (el de Schelling), descuidando el segundo tipo (el de Smith, Menger, Hayek y Polanyi). Una razón para esto es el uso generalizado de la teoría de juegos, que es más propicia para modelar situaciones tipo Schelling de coordinación. No hay nada inherentemente malo en centrarse en el primer tipo de coordinación, y de hecho encaja muy bien con muchos puntos de la economía austriaca (ver Langlois, 1994, pp. 537-8; Foss, 2000, pp. 49-51). Sin embargo, además del primer tipo de coordinación, los austriacos también enfatizan la importancia del segundo tipo de coordinación. En concreto, se centran en la importancia del orden espontáneo y las meta-reglas de la interacción y del intercambio. Reconocer el segundo tipo de coordinación permite a los economistas considerar la complejidad del sistema en su conjunto y centrarse en las metainstituciones que permiten, o impiden, la coordinación del primer tipo.

intuitivo de lucro [

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5. Las instituciones como las reglas de juego del intercambio

Los dos tipos de coordinación mencionados en el apartado previo tendrán lugar dentro de las instituciones. Las instituciones son las reglas formales e informales que gobiernan el comportamiento humano, y el enforcement de estas reglas da lugar a la internalización de ciertas normas de comportamiento, la presión social que el grupo ejerce sobre el individuo, o el poder de los ejecutores de ese enforcement que pueden utilizar la amenaza de la fuerza sobre los violadores de estas reglas (North, 1990, 2005). Las reglas formales consisten en reglas codificadas en constituciones, leyes, reglamentos, estatutos, y así sucesivamente, mientras que las reglas informales consisten en reglas no escritas, tales como las tradiciones, las normas sociales y las costumbres. Las instituciones crean las «reglas del juego» dentro de las cuales la interacción y el intercambio tienen lugar. Por lo tanto, crean incentivos que influyen en el comportamiento humano para bien o para mal. Existe una clara relación entre las instituciones y los dos tipos de coordinación discutidos en la sección anterior. Las soluciones al «problema» de la coordinación están asociadas con el primer tipo de coordinación (coordinación según Schelling) y pueden ser proporcionadas por ciertas instituciones formales e informales. Por ejemplo, las normas informales y las convenciones pueden proporcionar «puntos focales», permitiendo a la gente coordinar una hora de reunión y un lugar. Del mismo modo, las metainstituciones de una sociedad influyen en el segundo tipo de coordinación (coordinación según Smith, Menger, Hayek y Polanyi) mediante la creación de reglas generales que facilitan o complican el orden social. Por ejemplo, Hayek (1960) abogó por la importancia de meta-reglas generales que permitan a los individuos la libertad de participar en el descubrimiento de lo que no saben. La base del argumento de Hayek fue la constatación de que el conocimiento del tiempo y el lugar está disperso en toda la sociedad. A fin de que las personas puedan descubrir lo que no saben, necesitan la libertad para actuar e interactuar con los demás. Los escritos en la tradición austriaca siempre han hecho hincapié en la importancia de las instituciones (ver Garrouste, 2008). No puede decirse lo mismo en la economía ortodoxa. Hasta la década de 1960 el papel de las instituciones ha sido descuidado por la corriente principal de la profesión económica. El trabajo de Ronald Coase El problema del coste social (1960) fue importante por enfatizar el rol de las instituciones. Coase desplazó el debate desde las externalidades de la economía estándar del bienestar hacia la consideración de los arreglos institucionales comparativos. Harold Demsetz (1967) aplicó el conocimiento de los costes y beneficios para comprender el surgimiento y evolución de los arreglos institucionales. Sostuvo que las instituciones de propiedad privada surgirían donde había un beneficio neto para la existencia de esas instituciones y que los costes de transacción no son prohibitivos.

La obra de Douglass North en la década de 1970 (véase North y Thomas, 1973) también llamó la atención sobre la influencia de las instituciones sobre los resultados económicos. En su obra, North exploró la relación entre los cambios en las instituciones y las variables tales como el crecimiento demográfico y las rentas políticas. Durante este periodo de tiempo, el trabajo de Oliver Williamson (1975) sobre la economía de la empresa también atrajo la atención hacia la importancia de las instituciones. De hecho, la aparición del subcampo de «la nueva economía institucional» suele ser relacionada con el trabajo de Williamson. Si bien existen muchas similitudes entre el nuevo enfoque institucional y el enfoque institucional austriaco, también hay algunas diferencias fundamentales. La teoría austriaca de las instituciones se centra en el proceso causal-genético a través del cual las instituciones surgen y evolucionan. En otras palabras, hacen hincapié en la comprensión de la cadena de eventos que conducen a la existencia de instituciones en su forma actual. Los intentos de analizar las instituciones en el marco neoclásico tienden a descuidar este proceso y a centrarse en las condiciones necesarias para el equilibrio. Esto se debe a que el marco neoclásico es de naturaleza estática, lo que impide contemplar elementos dinámicos de cambio y evolución. Por ejemplo, mientras que el enfoque basado en los costes de transacción para las instituciones reconoce arreglos institucionales alternativos, esas alternativas son a menudo tratadas como unidades discretas con costes y beneficios claros que normalmente, se supone, son conocidos por todos los actores relevantes. Este enfoque tiende a descuidar el proceso de descubrimiento y aprendizaje a través del cual las instituciones se descubren y se adoptan con el tiempo. El enfoque austriaco de las instituciones, en contraste, pone de relieve que el proceso institucional, al igual que el proceso de mercado, se compone de actores con conocimientos limitados que están involucrados en el descubrimiento continuo a través del ensayo y error. Sin embargo, otra característica de la teoría austriaca de las instituciones es la importancia colocada en las instituciones informales (por ejemplo, la cultura, las normas, las tradiciones, los valores, las creencias, etc.). Los austriacos destacan que estas instituciones informales sirven como base para las instituciones formales. Cuando las instituciones formales e informales están alineadas, el involucrado funcionará de la manera deseada. Sin embargo, cuando hay una desconexión entre las instituciones formales e informales, el primero tiende a ser disfuncional (ver Boettke, 2001). Por ejemplo, considere la discusión de Hayek sobre las condiciones necesarias para una democracia constitucional eficaz y sostenible. Señaló, respecto a la importancia de las creencias y de las disposiciones informales, que «afortunadamente en muchos países han hecho funcionar sus constituciones en las que las contemplan de forma explícita o que ni siquiera existen de forma escrita» (1979, pp. 107-8). El punto de vista de Hayek es que, cuando las instituciones formales son efectivas, codifican los sistemas de creencias que ya forman parte de la dotación cultural de una sociedad. Hay numerosos

ejemplos de esfuerzos fallidos por establecer o imponer constituciones formales sobre sociedades (ver Coyne, 2007). Estos esfuerzos fracasaron, en gran parte, debido a que las instituciones informales subyacentes se enfrentaron con las instituciones formales. Al destacar estas diferencias, es importante tener en cuenta que las personas que trabajan en el ámbito de la nueva economía institucional han tomado, recientemente, medidas para abordar algunas de las cuestiones planteadas por los austriacos. Por ejemplo, North (2005) ha incorporado los sistemas de creencias y los elementos cognitivos en su análisis de los cambios institucionales y de la evolución institucional. Esto incluye un enfoque institucional «dependiente del camino» que reconoce que las instituciones y las creencias se desarrollan en periodos anteriores gracias a la secuencia de elecciones de los actores individuales (véase North, 1990; 2005). La idea de que «las instituciones importan», por su influencia en los resultados económicos, ha recibido un amplio reconocimiento desde que Douglass North fue galardonado con el Premio Nobel en 1993 por su trabajo en las instituciones y el cambio institucional. El resultado ha sido un aumento tanto en el trabajo teórico como empírico sobre las instituciones. Los estudios empíricos en esta área se han basado, típicamente, en dos métodos: estudios de caso detallados y estudios con técnicas econométricas estándar. Tal vez el mejor ejemplo del método de estudio de caso es el trabajo de Hernando de Soto. En El otro sendero (1989) de Soto y su equipo de investigadores recopilaron la lista de procedimientos pasando, literalmente, por todo el proceso de creación de una empresa en Perú. De este modo, de Soto pudo documentar cómo el actual entorno institucional formal influye en la toma de decisiones del emprendedor. El impulso que estaba detrás de este estudio fue el reconocimiento, por parte de Soto, de que un significativo sector de la economía peruana está compuesto por la economía informal. Él quería saber por qué el Perú sigue siendo pobre a pesar de que claramente había una actividad empresarial llevándose a cabo. Llegó a la conclusión de que las instituciones oficiales se enfrentaron con las instituciones informales subyacentes, lo que condujo a resultados perversos. Las reglas formales y las regulaciones han sofocado el emprendimiento productivo, a medida que los emprendedores se vieron obligados a trabajar en la economía informal. Mientras que las instituciones informales facilitan la coordinación y la cooperación en la economía informal, el desarrollo fue limitado debido a las restricciones creadas por las instituciones formales. Ha habido numerosos estudios cuantitativos que exploran el papel de las instituciones en la actividad económica. Estos estudios suelen analizar la relación entre las instituciones (capturadas a través de alguna medida agregada de las instituciones o de la calidad institucional) y los productos diversos. Los trabajos seminales en esta área son de Acemoglu et al. (2001, 2002), que consideran el papel de las instituciones en el desempeño económico. Después de controlar una serie de variables que podían explicar el desarrollo económico, encontraron que la institución de la propiedad privada es la más importante en el desempeño económico. En la misma línea, Rodrik et

al. (2004) analizan empíricamente el papel de las instituciones, de la geografía y del comercio en los ingresos. Ellos encuentran que las instituciones triunfan sobre la geografía y el comercio para explicar las diferencias de ingresos entre los países. Sobre la base de este trabajo previo, Acemoglu y Johnson (2005) desglosan las instituciones de propiedad privada. Ellos marcan una diferencia entre las «instituciones de contrato» (por ejemplo, los tribunales), que hacen cumplir los acuerdos entre los particulares, y las instituciones de «derechos de propiedad», que protegen a los ciudadanos contra la expropiación gubernamental. Ellos encontraron que las instituciones de «derechos de propiedad» son más importantes que las «instituciones de contrato» para el desempeño económico. En otras palabras, la expropiación pública, a través de violaciones de los derechos de propiedad, es más perjudicial para el rendimiento económico que la violación de los mismos derechos por algunos particulares contra otros particulares. Una explicación para esto es que los individuos pueden evitar la violación de los derechos de propiedad a través de mecanismos privados o evitando la interacción con ciertas personas. Por el contrario, cuando el gobierno se dedica a la violación de los derechos de propiedad, es difícil para los ciudadanos evitarlos, ya que el alcance del gobierno suele ser más amplio que el de los particulares. Los estudios empíricos suelen depender de las medidas agregadas de las instituciones o de la calidad institucional. Por ejemplo, los estudios antes mencionados por Acemoglu et al. utilizan encuestas sobre indicadores de la calidad de las instituciones acuñados por la International Country Risk Guide (ICRG), que proporcionan un análisis mensual de los riesgos económicos, políticos y financieros para numerosos países. El ICRG pone especial énfasis en el riesgo de expropiación de la propiedad. El estudio de Rodrik et al. se basa en el Governance Matters [Asuntos del gobierno], un índice que intenta medir la calidad de la prestación del servicio al público, la calidad de la burocracia, la independencia de la función pública de las presiones políticas y de la credibilidad del gobierno con respecto a los anuncios políticos. Otros estudios empíricos de instituciones confían en el índice Polity, que proporciona una medida global de la democracia o autocracia en un país. Existen varias preocupaciones y problemas con el uso de estas medidas para el análisis de las instituciones. Por ejemplo, Glaeser et al. (2004) señalan que estas encuestas e índices son medidas pobres de las instituciones. Sostienen que estas medidas están capturando los resultados institucionales en lugar de proporcionar una medida directa de las instituciones actuales. Por ejemplo, la amenaza de expropiación es el resultado de una serie de otros derechos de propiedad existentes en lugar de una medida directa de las instituciones. Además, sostienen que las medidas de restricciones políticas no reflejan las instituciones, sino más bien los resultados de las recientes elecciones o recientes eventos políticos. Glaeser et al. argumentan que las medidas utilizadas en estos

estudios no logran captar la esencia de las instituciones y que se caracterizan por su durabilidad y un sentido de permanencia. Los economistas austriacos plantearían un problema adicional con los intentos de agregación institucional. En concreto, los austriacos hacen hincapié en los esfuerzos, para proporcionar una medida agregada, de las entidades de enmascarar el proceso subyacente a través del cual las instituciones surgen y evolucionan. Estas medidas se abstraen de la acción deliberada y del conjunto de los diferentes planes individuales que las personas persiguen. Además, la agregación deja de lado el proceso de descubrimiento a través del cual surgen y evolucionan las instituciones. Por ejemplo, el descubrimiento de nuevas tecnologías o la aparición de nuevas normas cambian los precios relativos de las alternativas institucionales y, por lo tanto, su viabilidad. El uso de medidas agregadas no logra captar el proceso de estos movimientos de los precios relativos. Recordemos el énfasis austriaco sobre la importancia de la cataláctica para describir las innumerables asociaciones, redes e interacciones que se producen entre individuos a través de la sociedad (ver sección 2.3). Al igual que las discusiones sobre una «economía nacional» pasan por alto la compleja gama de relaciones subyacentes, así también lo hacen los esfuerzos para desarrollar una medida agregada de las instituciones. Los fenómenos sociales y económicos que sustentan las instituciones formales e informales son, simplemente, inobservables de forma estadística. Sin embargo, otro problema con la mayor parte del trabajo empírico sobre las instituciones es que es, en gran medida, ateórico. En otras palabras, muchos de estos estudios exploran las correlaciones entre las diversas medidas institucionales y los resultados económicos sin especificar los mecanismos causales precisos. Por ejemplo, hay una literatura que explora el papel de las instituciones legales y de las instituciones financieras en el crecimiento económico (véase Demirgüç-Kunt y Levine, 2001; Glaeser y Shleifer, 2002). Si bien esta literatura ofrece una visión de la relación entre estas variables, ofrece poca información sobre qué instituciones surgieron, cómo lo hicieron o cómo eso afecta en los resultados económicos. En resumen, el paradigma del intercambio nos lleva a centrarnos en el entorno institucional en el que tienen lugar las interacciones. Las instituciones crean las reglas del juego que facilitan o impiden el intercambio. En contraste con el paradigma del intercambio, el paradigma de asignación tiende a excluir a cualquiera de las instituciones en conjunto, o las tratan como cualquier otra variable de elección. Trabajando dentro del paradigma del intercambio, la economía austriaca se centra en los procesos que subyacen y a través de los cuales las instituciones surgen y evolucionan. Esto implica el descubrimiento y el aprendizaje continuo a través del ensayo y error. Además, este enfoque hace hincapié en que el complejo conjunto de instituciones que facilitan la interacción y el intercambio son en gran parte el resultado del orden espontáneo. Como dice Hayek:

Para entender nuestra civilización, se debe apreciar que el orden extendido no es el resultado del diseño o intención humana, sino que surge espontáneamente:

surgió de forma involuntaria conforme a ciertas prácticas tradicionales, en su mayoría morales; muchas de las cuales generan aversión a muchos de los hombres y cuyo significado, por lo general, no logran comprender, cuya validez no se puede probar y que, no obstante, se han extendido bastante rápido por medio de un proceso de selección evolutiva (Hayek, 1988, p. 6).

La consecuencia de todo esto es que para una sola mente es imposible comprender el conjunto de instituciones que facilitan la cooperación y el intercambio. Desde el punto de vista del paradigma del intercambio, la teoría adecuada para las instituciones es causal-genética y da seguimiento al proceso a través del cual las instituciones surgen y evolucionan. Por último, reconoce las limitaciones de la acción humana, tanto dentro de un determinado conjunto de instituciones como para el diseño de esas mismas instituciones.

6. La pertinencia del paradigma del intercambio

Según Kohn (2004), el programa de investigación de la economía basada en el paradigma de la asignación se encuentra en un callejón sin salida. El estancamiento se debe a la incapacidad del paradigma para proporcionar conocimiento relevante sobre el mundo real y comunicar información para la política económica. Debido a que las personas que trabajan en la tradición austriaca siempre han abrazado el paradigma del intercambio, están en una posición única para influir en la dirección de este programa de investigación emergente. Además, un examen de las tendencias recientes de la profesión económica, debe ser razón suficiente para un aire de optimismo entre los austriacos. De hecho, muchos de los interesantes temas de investigación y muchas de las tendencias que han surgido en las últimas décadas tienen un sabor austriaco distinto. Consideremos los siguientes ejemplos. En 1991, Ronald Coase ganó el premio Nobel «por su descubrimiento y clarificación del significado de los costes de transacción y derechos de propiedad para la estructura institucional y el funcionamiento de la economía». Del mismo modo, en 1993, Douglass North obtuvo el Premio Nobel (junto con Robert Fogel) «por haber renovado la investigación en historia económica aplicando la teoría económica y los métodos cuantitativos para explicar el cambio económico e institucional». Del mismo modo, como se discutió en la sección anterior, gran parte del trabajo más reciente de reconocidos economistas como los de Daron Acemoglu, Simon Johnson, James

Robinson, Dan Rodrik y Andrei Shleifer, entre otros, se han concentrado en la influencia de las instituciones en los resultados económicos. Por supuesto, no todos estos economistas han adoptado plenamente el cambio de paradigma, sino que se ocupan de cuestiones relacionadas con las instituciones y con el contexto en el que la interacción y el intercambio toman lugar [16] . Estas cuestiones han estado en el centro de la economía austriaca desde sus orígenes (ver Garrouste, 2008). Asimismo, hay que tener en cuenta el renovado interés de la «economía de la información», y lo demuestra el premio Nobel otorgado en el 2001 a George Akerlof, Joseph Stiglitz y Michael Spence, «por sus análisis de los mercados con información asimétrica». Los temas de la economía de la información fueron abordados décadas antes en la obra de F.A. Hayek y de los austriacos que cuestionaron el supuesto, ortodoxo, de la información perfecta. Aunque muchos austriacos no están de acuerdo con las conclusiones de los que trabajan en el campo de la economía de información (véase, por ejemplo, Boettke, 1996), el hecho de que estos temas estén siendo abordados y debatidos en la corriente principal de la profesión económica debe ser visto como algo positivo. La economía austriaca, a menudo, ha sido marginada en la amplitud de la profesión económica. Parte de esto se debe al predominio del paradigma del valor y parte se debe al hecho de que las personas que trabajan en la tradición austriaca no participan de manera efectiva en la profesión. Dicho esto, con la aparición de un nuevo programa de investigación basado en el paradigma del intercambio, la economía austriaca es tan relevante como siempre. Es mucho lo que los austriacos pueden aportar, tanto a la comunidad académica como a los debates políticos. Kohn (2004; 2007) ofrece varias vías de investigación para los que trabajan dentro del paradigma del intercambio. La primera vía de investigación se centra en el estudio de la historia del pensamiento económico. Desde este punto de vista, el paradigma del intercambio proporciona un medio de clasificar las contribuciones pasadas (ver Meijer, 2007; Wagner, 2007). También puede ayudar en la solución de controversias existentes en la disciplina de la economía (véase Marciano, 2007). El trabajo en la teoría económica es una segunda vía en la que el trabajo sobre el paradigma de cambio puede hacer una contribución. Por ejemplo, Potts (2007) sostiene que el paradigma del intercambio debería convertirse en una teoría clara y operativa. Sostiene que la forma en que esto se puede lograr es mediante la fusión del paradigma del intercambio con la economía evolutiva. Axtell (2007) sostiene que los modelos basados en agentes ofrecen la mejor forma de articular claramente el paradigma del intercambio. Una última vía en donde los partidarios del paradigma del intercambio pueden hacer una contribución es en la historia económica. La investigación en esta área se basa en la evidencia histórica para entender cómo diversos arreglos institucionales influyen en la interacción y el intercambio, así como los resultados económicos obtenidos. El método

narrativo analítico, que combina las herramientas de análisis de la economía con la forma narrativa de exponer los comunes de la investigación histórica, es propicio para este tipo de investigación. Este método se ajusta bien con la teoría austriaca de las instituciones, ya que permite al investigador localizar los procesos causales a través de los cuales emergen y evolucionan los diversos mecanismos institucionales. De las tres posturas de investigación, la enraizada en la historia ofrece a los economistas austriacos el mejor medio para influenciar la amplia gama de la disciplina económica. Desafortunadamente, en el panorama actual de la disciplina económica muchos de los economistas no están enteramente preocupados por la historia del pensamiento económico [17] . La teoría económica ofrece una mejor oportunidad para influir en otros economistas, pero su alcance es también limitado porque muchos economistas se centran en cuestiones empíricas en lugar de enfocarse en cuestiones teóricas. La historia económica nos ofrece la herramienta más efectiva para demostrar el poder interpretativo del marco teórico de la Economía Austriaca. Se suma que el interés de aquellos que se enfocan a asuntos empíricos también puede contribuir a los debates políticos actuales. En última instancia, los que trabajan en la tradición austriaca deben perseguir su ventaja comparativa en la investigación, sin importar dónde se encuentren. Sin embargo, no importa lo que cada uno elija seguir; los economistas austriacos efectivos deben involucrar a otros académicos, así como a los responsables políticos y a los ciudadanos. Esta es la única manera de demostrar el poder y la relevancia de las ideas austriacas y del paradigma del intercambio en los que se basan.

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3. Los hechos de las ciencias sociales son lo que las personas creen y piensan

VIRGIL HENRY STORR [18]

Sin importar cómo interpretamos la acción humana, sea en sentido deliberado o a través de su significado, ya sea que lo hagamos en la vida cotidiana o con el propósito de las ciencias sociales, nosotros tenemos que definir tanto los objetos de la acción humana como los diferentes tipos de acciones en sí, no en términos físicos sino en términos de opiniones e intenciones de la persona que actúa. (HAYEK, 1948, P. 62)

1. Introducción

El objetivo de las ciencias sociales consiste en explicar y comprender fenómenos sociales. Están interesadas en cómo la acción deliberada de los individuos, operando sobre la base de su propio conocimiento acerca de las circunstancias particulares de su tiempo y lugar, crean, espontáneamente, un orden que ninguna mente por sí sola jamás pudo ni podría diseñar deliberadamente. El entendimiento de la acción deliberada y,

así, el surgimiento de los fenómenos sociales, implica el entendimiento de las opiniones y creencias que guían la toma de decisiones individual. Los hechos de las ciencias sociales son, por consiguiente, el significado que los individuos les asignan a sus acciones y a sus ambientes. Los datos esenciales de las ciencias sociales son de carácter subjetivo. Como Mises (1963, p. 26) sostiene en La Acción Humana, «no podemos aproximarnos a nuestra materia si dejamos de lado el significado que quien actúa atribuye a su situación». De igual manera Hayek (1979, p. 53) sostiene, en La Contrarrevolución de la Ciencia, «al menos que podamos entender lo que la persona que actúa quiere significar con sus acciones, cualquier intento de

está condenado al fracaso». Las ciencias sociales, si tienen que

explicarlas [

explicar los fenómenos sociales, deben interesarse por lo que las personas piensan y sienten, sus evaluaciones y sus valoraciones, su forma de ver el mundo y su lugar en él, así como también la importancia que ponen sobre sus relaciones particulares vis a vis con otros. Las opiniones y creencias que guían las acciones de los individuos estudiados simplemente no pueden ser ignoradas, incluso cuando esas creencias son erróneas,

]

irracionales o están basadas en la superstición más que en la razón. Las interacciones entre dos individuos, por ejemplo, son explicables solo en términos de lo que ambos creen acerca de la naturaleza de su relación (Hayek, 1948, p. 60). Si Jack cree que Tom es su pariente consanguíneo, el hecho que Jack esté equivocado o no es irrelevante a cualquier explicación de la conducta que Jack sostiene hacia Tom. Del mismo modo, si Jack y Tom de hecho estuviesen emparentados consanguíneamente, aun cuando ninguno de los dos supiera eso, una explicación válida de la interacción entre Jack y Tom no puede basarse en la relación genética. Lo mismo es cierto, por supuesto, para los esfuerzos por explicar los rituales religiosos. No es la evaluación «objetiva» del científico social sobre la eficiencia de la oración, sino la evaluación «subjetiva» de las percepciones del individuo sobre el poder de la oración lo que explica por qué algunas personas rezan y otras no. Si los significados son importantes, por consiguiente el desafío central de las ciencias sociales es la manera de llegar a los significados con los que los individuos endosan sus acciones y sus circunstancias. A diferencia de las acciones, los significados no son observables directamente. Por otra parte, las opiniones y las creencias sostenidas pueden diferir de las opiniones y creencias reales que informaron la acción. Parece, en primera instancia, que los hechos de las ciencias sociales están, irremediablemente, enterrados en los cerebros de los sujetos actuantes. Afortunadamente para el científico social, el significado subjetivo no está simplemente encerrado en las cabezas de las personas, sino que está disponible públicamente en las instituciones culturales. Intentar aprehender el significado no quiere decir obtener acceso a los mundos internos de las personas, pero sí implica hacer comprensible el mundo intersubjetivo de significados compartidos, el lenguaje y la cultura. En este capítulo se explora el carácter subjetivo de los hechos que estudian las ciencias sociales y las estrategias que los científicos sociales pueden utilizar para desenterrar esos hechos. En las sección 3.2 se discutirá por qué Mises, Hayek y Schutz han hecho hincapié en que las ciencias sociales deben ser ciencias del significado. En la sección 3.3, así, se exploran los métodos aplicados que están disponibles para los científicos sociales que están interesados en el significado que los individuos adjuntan a sus acciones y a sus circunstancias. Por último, en la sección 3.4 se ofrecen las observaciones finales.

2. El significado como hecho: de lo subjetivo

a lo intersubjetivo y a la cultura

La característica que define a la Escuela Austriaca es, sin duda, su compromiso con el subjetivismo. Como Hayek (1979, p. 52) escribió: «Probablemente no es exageración decir que cualquier avance importante en la teoría económica en los últimos cien años ha sido un paso en la consistente aplicación del subjetivismo». El principio de

subjetividad puede pensarse como un reconocimiento de que los hechos de las ciencias sociales son las opiniones y las creencias que los individuos adhieren a sus acciones y al ambiente en el que se encuentran. Es un requisito que remite a los propósitos subjetivos, a las percepciones y a los planes individuales; es decir, a los significados, especialmente cuando intentamos comprender y explicar el comportamiento. Aunque entre austriacos ha habido desacuerdo en cómo interpretar el dictamen de Hayek, difiriendo en hasta qué punto debería ser aplicado el principio de subjetividad, no hay ningún desacuerdo en que el estudio de la acción humana requiere enfocarse en el significado. No es discutible afirmar que nuestra ciencia es del significado. Como Mises (1963, p. 51) escribió, «la tarea de las ciencias de la acción humana es la comprensión del significado y de la relevancia de la acción humana». El trabajo de Alfred Schutz fue, quizás, de más de una manera la forma austriaca de clarificar exactamente a qué nos referimos cuando describimos la praxeología, la ciencia de la acción humana, como la ciencia del significado. Como resalta Schutz, «el significado es, de cierta manera, una forma directa de observar los elementos de nuestra propia experiencia» ([1932] 1967, p. 42; énfasis añadido). Decir que la experiencia de un individuo es significativa, explica Schutz (véase p. 41), es decir que él, seleccionando de su riqueza de experiencias y reflexionando conscientemente sobre ella, la ha constituido como tal. Añadir un significado es un acto de voluntad siempre consciente. Cuando conscientemente dirigimos nuestra mirada sobre este o aquel acontecimiento que ha ocurrido en el pasado, tal o cual oportunidad que se ha presentado en el presente o también sobre este u otro resultado que pueda ocurrir en el futuro, hacemos que la experiencia vivida, la circunstancia actual o el resultado sean significativos. Las experiencias subjetivas, las percepciones y las expectativas que motivan las acciones pueden ser lo que Schutz (véase p. 91) llama «genuinos motivos del porqué» de las acciones, pero no constituyen el significado (único) de una acción. ¿De qué otra manera, entonces, son acciones las acciones con propósito, significativas? ¿Qué más, aparte de los «genuinos motivos del porqué», constituye el significado de una acción con propósito? Según Schutz, el motivo de la acción constituye, también, su significado. Como escribe (véase p. 61), «el significado de una acción es su acto correspondiente proyectado» (énfasis en el original). Una persona antes de actuar escoge sus metas. Luego se imagina el proyecto completo. La persona piensa, también, en las metas intermedias que debe completar para poder consumar la totalidad del proyecto. La proyección del acto consumado es lo que motiva su acción. Sus acciones y las acciones intermedias que se requieren para completar el acto proyectado no tienen sentido fuera del proyecto final que las define (véase p. 63). La persona se mueve con el fin de llevar a cabo el acto que se imagina. Piense en el deseo de una persona para leer un libro que se encuentra, actualmente, en su biblioteca al final del pasillo.

Después de decidir sobre la meta (obtención y lectura del libro), se imagina el acto completo (leyendo su libro en el estudio o en el dormitorio) y también las diferentes acciones que necesita para llevar a cabo el fin de completar el acto (levantarse de su escritorio, abre la puerta de la habitación, camina por el pasillo, entra en la biblioteca, encuentra el libro, luego camina de regreso a su habitación, toma asiento en su escritorio, abre el libro y empieza a leer). Sus acciones, entonces, son entendidas como una sucesión de acciones emprendidas con el fin de completar el proyecto (conseguir y leer el libro). Su meta final, su motivo, es lo que constituye el significado de sus acciones. Según Schutz (véase p. 31), «el método científico debe establecer el significado subjetivo mediante la comprensión de los motivos». Se requiere una consideración de los motivos del actor y no solo su comportamiento externo. Llegar a los motivos, sin embargo, parece exigir que heroicamente tengamos acceso a los mundos internos de sus sujetos. En efecto, la observación, por sí sola, no es probable que funcione. Aunque la observación nos permite suponer los fines y los sucesivos actos previstos que dan sentido a una acción, aun cuando se trata de actos simples, la observación por sí sola no puede revelar los significados detrás de la acción de un individuo. Por lo menos, el observador debe poseer una cierta penetración en el marco de medios y fines que la persona emplea. Adicionalmente, el observador necesita algún sentido de qué fines se encuentran al alcance de la persona y cuáles son los que ha descartado. En ausencia de esto, el observador no podría determinar si una acción tuvo éxito o no, si el individuo logró el resultado o fue sorprendido por este, si se trataba de un paso intermedio que era parte de un plan más complejo o un acto independiente que debe ser considerado por sí solo. Kirzner (1976) hace una observación similar con el simple ejemplo de un marciano que hace investigación observando la tierra a través de su telescopio. Si este marciano, señala Kirzner, dirigiera su telescopio hacia cualquier gran ciudad de EE.UU., finalmente se daría cuenta de un patrón bastante obvio. En primer lugar percibiría filas de cajas. A continuación observa que las pequeñas cajas pasan por delante de otras filas de cajas en intervalos regulares. Él, además, descubrirá que una vez al día, cuando las cajas más pequeñas pasan por delante de las más grandes, hay cuerpos que emergen de los cuadros más grandes y se mueven hacia las cajas más pequeñas, para luego ser devorados por esas cajitas. El investigador marciano, al observar este patrón, puede muy bien postular «la ley definitiva del movimiento de las cajas y de los cuerpos» (Kirzner, 1976, p. 45). En el desarrollo de esta ley, sin embargo, porque la ley no da ninguna idea de los significados detrás de los movimientos de estos cuerpos y tampoco de las cajas, el investigador marciano no ha dicho todo lo que hay que aprender acerca de esta situación. Una teoría sobre el movimiento de las cajas y de los cuerpos que no tome en cuenta la dimensión del propósito solo nos ofrece una visión truncada del mundo real. Afortunadamente somos capaces de ir más allá para construir teorías

sociales más significativas sobre las acciones humanas que el investigador de Marte. Lavoie (1991) ha argumentado de manera convincente que la adopción del subjetivismo no significa necesariamente basarse solamente en la introspección. El hecho de tener muchas cosas en común los unos con los otros es también una herramienta importante para los científicos sociales y a su vez una verdadera ventaja sobre los científicos naturales y sobre los investigadores marcianos, quienes estudian personas humanas con las que no pueden participar de su introspección para obtener información sobre su subjetividad. Sin embargo, señala Lavoie (véase p. 481), los científicos sociales tienen a su disposición más que solo la introspección. En lugar de tener que penetrar en el proceso mental de muchos otros individuos, una hazaña que suena casi absurda por su dificultad, podemos entendernos los unos a los otros por el simple hecho de que pasamos una cantidad significativa de tiempo siendo culturizados en lo común de la vida cotidiana (véase p. 482). A pesar de no tener acceso directo a los mundos internos de los demás y de lo incompleto que puede ser nuestro conocimiento sobre los esquemas interpretativos de los fines y los medios, todavía podemos dar sentido a sus acciones, todavía podemos captar una aproximación de sus intenciones, ya que todos pertenecemos a un «mundo intersubjetivo que nos es común a todos» (véase p. 218). Dicho de otra manera, las acciones de un individuo son inteligibles debido a que estas son moldeadas por su colección social de conocimiento subjetivo (Schutz y Luckmann, 1973, p. 262). Como Schutz y Luckmann escribieron (véase p. 100), cuando un individuo se encuentra y experimenta una novedad o una situación que le es familiar en el mundo, «esta estará siendo definida y dominada con la ayuda la su colección de conocimientos». Cuando un evento ocurre, la persona «consulta» su acervo de conocimientos para decidir cómo

pensar acerca de su situación y decidir qué hacer a continuación. El acervo subjetivo de conocimiento que posee una persona consta de todo lo que ha aprendido a lo largo de su vida, desde la forma de caminar y hablar, hasta los rituales culturales más apropiados para situaciones dadas. Sería un error, afirman Schutz y Luckmann (véase p. 254), pensar que todo «el acervo de conocimiento de una persona está enteramente

está, en su gran mayoría, socialmente derivado». Para

modelado por la biología [

Schutz y Luckmann (véase p. 262), «el acervo de conocimiento subjetivo consiste, en parte, de los resultados independientes de experiencia y explicación. Principalmente está derivado de elementos del acervo de conocimiento colectivo». El acervo social de conocimiento es el conocimiento disponible en una sociedad. El acervo individual de conocimiento está socialmente condicionado y el acervo social de conocimiento está, a su vez, compuesto por toda la interacción entre las experiencias subjetivas de los individuos. Aun así, no es tan simple como la suma de todos los acervos de conocimiento subjetivos individuales. Es «más» y «menos» que la suma de cada acervo individual. «Más» porque ninguna persona podría poseer, enteramente, el acervo de conocimiento subjetivo social, y «menos» porque el acervo de conocimiento subjetivo

]

social no contiene la cantidad de experiencias novedosas, recetas e ideas que conforman el acervo de conocimiento subjetivo individual. Indiscutiblemente el acervo social de conocimiento se puede considerar como

cultura. De hecho, esto es exactamente lo que Geertz (1973, p. 5) tenía en mente cuando hizo referencia a «redes de significación» en las cuales se encuentra suspendido el hombre y que él mismo contiene; así como el acervo social de conocimiento, el de una persona, también contiene esquemas interpretativos, sistemas de relevancia, habilidades, conocimiento relevante y recetas que los miembros de las sociedades han llegado a definir para superar situaciones. Como afirmó Geertz (véase p. 89), por

cultura entendemos «un patrón de significados transmitidos históricamente [

por medio de las cuales los hombres pueden

comunicar, perpetuar y desarrollar su propio conocimiento sobre las actitudes ante la vida». La cultura es un marco de referencia, un telón de fondo, una manera de ver el mundo y un sistema ético en el que ciertas creencias, acciones, resultados son posibles y permisibles, mientras que otros no. Decir que los hechos de las ciencias sociales son aquellas creencias y pensamientos que las personas sostienen es conceder a las ciencias sociales la obligación de preocuparse por la cultura. Aunque no se pueda acceder directamente a los mundos interiores de las personas, podemos tener acceso a sus sistemas culturales. En otras palabras, el trabajo empírico de las ciencias sociales deben parecerse a la etnografía y emplear fuentes de información almacenada y métodos de historia oral para aprender los hechos relevantes.

sistema hereditario de concepciones [

un

]

]

3. Aprendiendo los hechos: la etnografía y las descripciones robustas

¿Qué métodos deben complementar a la ciencia del significado? Si los hechos de las ciencias sociales son aquellas cosas que las personas creen y piensan, entonces cómo pueden los científicos sociales aprehender esos hechos. Los economistas austriacos han sido reacios a adoptar métodos empíricos cuantitativos porque tienen dudas sobre la capacidad de los métodos estadísticos para cumplir, solitos, esta tarea. Es cierto que hay algunas cuestiones que solo pueden ser exploradas adecuadamente mediante el uso de medidas cuantitativas y el empleo de métodos estadísticos. Piense que quiere medir la correlación entre el alfabetismo y la prosperidad económica. Si, por así decirlo, los índices de alfabetismo y los indicadores de satisfacción económica están correlacionados, entonces debe haber una razón, pero no una razón definitiva para creer que dicha correlación existe. Si por otro lado estas medidas no parecen estar correlacionadas entonces debe de haber una razón, pero no una razón definitiva, para creer que no existe tal correlación. Lo mismo se aplica aun cuando hacemos uso de técnicas estadísticas más avanzadas, como el análisis de regresión que revela la

relación entre una variable y otra que se cree es la que explica la relación. Hay varias razones por las que descubrir una relación cuantitativa de este género nunca nos permite, por sí sola, estar seguros de la relación entre dos fenómenos. Continuando con el ejemplo anterior, es posible que las medidas que hemos utilizado para medir la alfabetización y el bienestar económico sean medidas escuetas de los fenómenos reales. Si nuestras medidas son imperfectas, entonces el significado de cualquier relación entre ellas será sospechosa. Además, aun cuando nuestras medidas fueran perfectas, la relación estadística con la que nos encontramos todavía podría ser espuria. Es posible que el aumento de la alfabetización no conduzca a una mayor prosperidad y también puede ser que más prosperidad tampoco conduzca a una mayor alfabetización, a pesar de que los dos hechos estén relacionados. Podría darse el caso de que una tercera variable, aún por determinarse, pueda explicar a las anteriores dos. A pesar de las sofisticadas técnicas estadísticas que han sido desarrolladas para mitigar este peligro, nunca puede erradicarse por completo. En última instancia el recurso último para una proposición teórica que intenta aludir y argumentar a favor de una particular relación causal e interpretar los resultados cuantitativos en un contexto relevante deberá, inevitablemente, dar sentido a los resultados. En concreto, entonces, no es el uso de los métodos cuantitativos lo que preocupa a los economistas austriacos; sin duda, los métodos cualitativos también tienen sus propias dificultades. En cambio, están especialmente preocupados por el privilegio que tienen los métodos cuantitativos sobre los métodos cualitativos; ellos creen que este privilegio de los métodos empíricos cuantitativos sobre los métodos cualitativos distorsionan los esfuerzos empíricos de la investigación dentro de las ciencias sociales. Como escribe Rizzo (1978, p. 53), «no todos los temas de interés son cuantificables. Si tratamos de explicar fenómenos complejos solo por referencia a variables cuantificables, entonces es probable que estemos descartando información que de hecho ya poseemos». Privilegiar el enfoque cuantitativo sobre los enfoques cualitativos anima a los científicos sociales para perseguir ciertas preguntas y a hacer caso omiso de todo lo demás. También les limita a ofrecer ciertos tipos de respuestas cuando tratan de responder a una pregunta. Y, en el peor de los casos, empuja al científico social a asignar medidas cuantitativas a fenómenos que podrían no ser medibles. Hayek ([1952] 1979, p. 89) ha argumentado que esta tendencia a privilegiar los métodos cuantitativos sobre los métodos cualitativos en las ciencias sociales:

es, probablemente, responsable de las peores aberraciones y disparates producidos por el cientificismo en las ciencias sociales. No solo conduce, con frecuencia, a la selección para el estudio de los aspectos más irrelevantes de los fenómenos solo porque resultan ser medibles, sino que también atribuyen «medidas» y asignación de valores numéricos que son absolutamente carentes de sentido.

Si un enfoque tiene que ser privilegiado sobre el otro, es probable que, para una ciencia que reconoce los pensamientos y las creencias como los datos esenciales, privilegiar los métodos cualitativos respecto a los métodos cuantitativos para aprehender la historia sea lo más apropiado. Una vez más, un enfoque empírico que espera ilustrar y complementar una ciencia social que tiene como objetivo recuperar los significados que los individuos atribuyen a sus acciones y a sus ambientes debe necesariamente asemejarse a la etnografía y hacer hincapié en descripciones densas. Mises ([1957] 1985, p. 280) ha argumentado que «el análisis timológico», entendido como aquel que descubre cómo y por qué las personas actúan diferente en determinados momentos y en diferentes circunstancias, «es esencial para el estudio de la historia». Del mismo modo, Hayek ([1952] 1979, p. 88) ha criticado «la tendencia común de hacer caso omiso a los fenómenos “meramente” cualitativos y concentrarse en el modelo de las ciencias naturales, únicamente en los aspectos cuantitativos que pueden ser medibles». Aunque, como Hayek ([1952] 1979, p. 26) sugiere, podría ser apropiado confiar en la introspección y en la extrapolación a otras mentes cuando estamos teorizando, no podemos hacerlo mucho mejor cuando nos involucramos en la investigación empírica/histórica. En lugar de hacer suposiciones basadas en la introspección, en las creencias y los pensamientos, posiblemente es mejor tener ese acceso a ello observando lo que hacen y preguntar qué es lo que ellos creen y piensan, mirando de cerca su entorno social, político, económico y cultural, mediante el examen de sus rituales religiosos y credos, escuchando las historias que ellos se cuentan los unos a los otros, los poemas que recitan y las canciones que cantan. El economista que quiera comprender la vida económica en un contexto determinado, en este caso, tendrá que prestar atención a los fenómenos que pueden influir o ser influidos por factores económicos, además de enfocarse a los fenómenos puramente económicos. Como Weber (1949) ha señalado, existen tres categorías pertinentes de fenómenos para el economista que tiene por objeto entender la vida económica: (1) fenómenos «económicos» puros (por ejemplo, salarios, precios, ganancias, etc.), (2) fenómenos «económicamente relevantes» (por ejemplo, los sistemas religiosos y culturales), y (3) fenómenos «económicamente condicionados» (por ejemplo, la política). Geertz ha descrito este proceso como un intento de «ver las cosas desde el punto vista de los nativos». Como él explica (1983, p. 57), el objetivo es «producir una interpretación de la forma en que las personas viven, que no es ni encarceladas dentro de su horizontes mentales —una etnografía de la brujería escrita por la bruja— ni tampoco se trata de sistemáticamente hacer oídos sordos a las tonalidades distintivas de su existencia —una etnografía de la brujería escrita por un geómetra—». El científico social no representa arbitrariamente lo que el nativo ha expresado. Tampoco es su papel asumir que su modo de ver las cosas es necesariamente superior a las opiniones de las personas que está estudiando. Él no está «dotado de una especie de súper-mente,

con algún tipo de conocimiento absoluto, que le hace completamente innecesario empezar por lo que es conocido por las personas cuyas acciones estudia». (Hayek [1952] 1979, p. 90). Él no se limita meramente a expresar los sentimientos de los actores ni tampoco se designa para hablar en nombre de ellos. «Ver las cosas desde la perspectiva del nativo» requiere que tratemos de comprender mejor cómo las personas se ven a sí mismas y sus situaciones revisando sus archivos, leyendo su literatura y viviendo entre ellas. Sin embargo, también significa que debemos tratar de situar y explicar lo que Geertz llama «conceptos cercanos a la experiencia» (lo que la gente cree y piensa) con la ayuda de «conceptos lejanos a la experiencia» (las herramientas teóricas que tenemos a nuestro alcance como la elección racional de la teoría económica). La tarea del etnógrafo no es ponerse «en los zapatos del otro», sino «comprender conceptos que, para otra persona, pueden ser cercanos a la experiencia y para conectarlos correctamente con conceptos lejanos a la experiencia los teóricos han encontrado la forma de capturar los aspectos generales de la vida social» (ibíd., p. 58). Además, representando «conceptos cercanos a la experiencia» con la ayuda de «conceptos distantes a la experiencia» sugiere que (en nuestro trabajo empírico) deberíamos estar desarrollando descripciones gruesas en lugar de descripciones finas. Recordemos la famosa idea de Ryle (1971) sobre que no podemos entender el significado de una acción sin un cierto conocimiento del contexto y de las motivaciones de los actores. De hecho, no podemos distinguir entre una acción y un reflejo habitual sin saber algo acerca del contexto y lo específico de las intenciones del actor. Como Ryle pregunta, ¿cómo podemos distinguir entre un parpadeo como un gesto conspiratorio entre compatriotas y un parpadeo como una respuesta involuntaria ante un estímulo irritante sin saber algo del contexto? Por supuesto que no podemos. Una descripción delgada (por ejemplo, el ojo izquierdo de Fred se cierra y se abre rápidamente) no será suficiente para distinguir entre un guiño y una contracción nerviosa. Necesitaríamos una descripción más gruesa de la escena (por ejemplo, Pete y Fred son amigos a punto de hacer una broma a la maestra) para concluir que se trataba de uno o de otra. Dado que cualquier buena exposición empírica de la situación nos permitiría distinguir entre el guiño de Fred y un simple parpadeo, el objetivo del trabajo empírico es, necesariamente, dar sentido al mundo social en un lugar y en un momento determinado. Por esta razón las descripciones densas son mejores que las descripciones delgadas. Cabe señalar que reconocer que los hechos de las ciencias sociales son lo que la gente cree y piensa es privilegiar a la etnografía y a las descripciones densas en aplicaciones empíricas, lo que de ninguna manera sugiere que deberíamos abandonar descripciones finas del mundo social en nuestros esfuerzos teóricos. Por el contrario, las descripciones gruesas solo son posibles si se acompañan de las descripciones finas. Como escribe Boettke (2001, p. 253):

Necesitamos, en otras palabras, ambas descripciones «densas» y «delgadas»

para que nuestra teoría social tenga significado y relevancia —coherencia y

La justificación de las descripciones

«delgadas» en la teoría económica es que nos permiten descripciones «gruesas» más convincentes sobre la experiencia social en un lugar y en un momento determinado.

congruencia, por así decir [

]—.

Sin descripciones «finas» de lo que distingue un guiño de un parpadeo (uno es involuntario y el otro un gesto conspiratorio), las descripciones «gruesas» de la situación también fallarían en distinguir entre las dos. Dicho de otra manera, sin modelos/teorías que expliquen fenómenos que abstraigan los detalles sociales —que carezcan de «conceptos alejados de la experiencia» para usar la formulación de Geertz —, los científicos sociales aplicados no podrían darle sentido a la vida social, no podrían ofrecer descripciones «gruesas». A lo sumo, estarían en condiciones de ofrecer explicaciones detalladas sobre los fenómenos sociales que ofrecerían muy poco a nuestro entendimiento. A pesar que los detalles son necesarios para una ciencia social aplicada que trata de capturar lo que las personas creen y lo que las personas piensan, no es suficiente.

4. Conclusión

Las disciplinas de las ciencias sociales son a la vez teóricas y aplicadas/históricas. Mientras que las teorías de las ciencias sociales apuntan a la explicación del mundo social, las ciencias sociales aplicadas, al igual que la historia social, tiene por objeto entender determinados fenómenos sociales. Como escribió Mises (1963, p. 51, cursiva añadida):

La tarea de las ciencias de la acción humana es la comprensión del significado y la relevancia de la acción humana. Ellas aplican, para este propósito, dos diferentes procedimientos epistemológicos: abstracción y entendimiento. Abstracción es la herramienta de la praxeología (leer teoría social); entendimiento es la herramienta mental específica de la historia (leer ciencias sociales aplicadas).

Mientras que la teoría social y la historia social son distintas y se pueden dividir conceptualmente, no puede llegar muy lejos la una sin la otra. La fe sin obras es una fe muerta y una fe muerta no puede conducir a la salvación. Como McCloskey (1991) resalta, los teóricos sociales, principalmente, construyen modelos (usando metáforas), y

los científicos sociales aplicados escriben historias (ellos relatan historias).

«Las metáforas y las historietas, los modelos y las historias», escribe (ibíd., p. 61),

«son dos maneras de responder “por qué” [

analíticas se responden las unas a las otras». A medida que continúa (ibíd., p. 63), «el punto es que los economistas y los científicos sociales [en general] son como los demás seres humanos que utilizan metáforas y cuentan historias. Se preocupan tanto por explicar como por entender, erklären y verstehen. Como McCloskey sugiere, la mejor ciencia social combina los dos. «Pero, ¿estás dispuesto a admitir, oh hombre vano, que la fe sin obras es estéril? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre cuando ofreció a Isaac su hijo sobre el altar? Ya ves que la fe actuaba juntamente con sus obras, y como resultado de las obras la fe fue perfeccionada» (Santiago 2: 20-22). Reconocer que los hechos de las ciencias sociales son lo que la gente cree y piensa tiene importantes implicaciones tanto para abstraer como para entender (erklären y verstehen). Se sugiere que los teóricos sociales, por ejemplo, articulen la teoría social que añade los significados que los individuos atribuyen a sus acciones y a sus circunstancias (es decir; los enfoques metodológicos individualistas), y que también presten atención a cómo la cultura y el contexto influyen en los significados y en los «porqués» de las acciones de los individuos (es decir; los actores sociales deben considerarse como incrustados en la sociedad, la política y la economía). Del mismo modo, se sugiere que los científicos sociales aplicados utilicen sus herramientas teóricas para describir gruesamente y darle sentido al mundo social (por ejemplo, los métodos etnográficos y los métodos de archivos no solo deben acompañar, sino que deben estar por encima de los métodos empíricos cuantitativos).

las metáforas y las explicaciones

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II

MICROECONOMÍA

4. El valor económico y los costes son subjetivos

1. Introducción

EDWARD P. STRINGHAM [19]

¿Qué hace que los bienes sean valiosos? ¿Son objetos intrínsecamente valiosos, son valiosos por la cantidad de trabajo que se necesita para hacerlos, o son simplemente valiosos por lo mucho que satisfacen las preferencias subjetivas de la gente? En cierto sentido, puede que sea preciso exclamar: «Ahora somos todos subjetivistas» 1[20] . Con unas pocas excepciones, casi todos los economistas modernos creen que los bienes se valoran en función de la manera en que satisfacen las preferencias subjetivas de los individuos. Sin embargo, no hay acuerdo acerca de lo que significa creer en el subjetivismo económico. El economista Bryan Caplan (1999), de la George Mason University, critica a los escritores de la tradición austriaca de enmarcar a los no austriacos como no subjetivistas. Escribe: «Innumerables ensayos y libros austriacos utilizan la palabra subjetivismo en el título. Esto nos deja con la impresión de que otros economistas no abrazan el subjetivismo; una impresión simplemente falsa». Caplan sostiene que, aunque mucho de la visión austriaca sobre la subjetividad es correcto, «simplemente no es suficiente para caracterizarla como una escuela de pensamiento». Caplan está indudablemente en lo correcto cuando dice que casi todos los economistas modernos sostienen algún tipo de subjetivismo económico. Sin embargo, sería equivocado decir que todos los economistas creen en el subjetivismo económico exactamente de la misma manera. En lugar de utilizar una distinción dicotómica para clasificar a los economistas ya sea como subjetivistas o no, voy a argumentar que hay que reconocer que los economistas pueden creer en el subjetivismo económico de varias maneras diferentes. En este capítulo se presentan diez preguntas que exploran las formas en que los economistas creen en el subjetivismo económico. Estas diez preguntas no son ciertamente exhaustivas, muchas más se podrían escribir, pero son un primer paso para reconocer que los economistas pueden ser subjetivistas en más de un sentido. Se pueden usar estas diez preguntas como guía, incluso se podría crear una «prueba de pureza subjetivista» casi de la misma manera que Bryan Caplan ha creado una «prueba de pureza libertaria». Aunque casi todos los economistas se clasificarían como subjetivistas, en cierta medida, algunos economistas serían clasificados como subjetivistas más profundos que otros. Hacer estas distinciones es más que un interesante ejercicio académico. Qué tanto

cree uno en el subjetivismo económico tiene muchas implicaciones importantes sobre cómo se practica la economía positiva y las recomendaciones normativas que uno puede o no prescribir. Por ejemplo, los economistas que creen que la utilidad del consumidor es subjetiva pero que los costes de producción son objetivos pueden llegar a conclusiones muy diferentes que a las que llegarían los economistas que creen que la utilidad de los consumidores y los costes de producción son ambos subjetivos. Del mismo modo, los economistas que creen que observadores externos pueden saber lo que va a satisfacer la función de utilidad subjetiva de un individuo llegarán a conclusiones muy diferentes que el economista que cree que solo las personas saben lo que a ellas mismas les funciona. O los economistas que creen que la utilidad (que está subjetivamente determinada con base en las preferencias individuales) se pueden observar, agrupar y comparar entre muchas personas llegan a conclusiones muy diferentes a los economistas que creen que los niveles de utilidad de las personas no son observables y son inconmensurables. La pregunta 1 comienza discutiendo sobre un área del subjetivismo donde la mayoría de los economistas están de acuerdo: ¿Es el valor económico subjetivo? Esta área es lo que diferencia a los economistas más modernos de los economistas clásicos y de otros muchos no economistas. La pregunta 2 aborda un área en donde muchos, pero no todos los economistas están de acuerdo: ¿Son los costes subjetivos? Esta área es lo que diferencia a muchos austriacos y algunos economistas neoclásicos ortodoxos de los economistas neoclásicos que siguen la tradición de Alfred Marshall. Las preguntas 3, 4, 5, y 6 discuten las áreas en las que aún menos economistas están de acuerdo: ¿Podemos estudiar la preferencia subjetiva de las personas? ¿Podemos medir la utilidad de un individuo? ¿Podemos comparar la utilidad entre los individuos? ¿Puede agruparse la utilidad de muchas personas? Para estas preguntas se pueden encontrar economistas austriacos y neoclásicos en ambos lados del debate. Las preguntas 7, 8, 9 y 10 ofrecen una mirada a enfoques alternativos para hacer comparaciones sobre el bienestar de una nación que no dependan de la medición de la utilidad subjetiva, como observar el ingreso per cápita, los patrones migratorios, la amplitud de los costes sociales medidos en dólares como la unidad de medida, y una demostrada preferencia por la Regla de Pareto. Cuando uno se encuentra con estos temas depende de hasta qué punto se esté dispuesto a extender la lógica del subjetivismo económico. El punto de vista que se tenga sobre la cuestión del subjetivismo económico tiene importante influencia sobre cómo se analiza y qué se recomienda para el mundo.

2. Pregunta 1: ¿Qué hace que los bienes sean valiosos?

Existe un amplio consenso entre los economistas sobre que los bienes de consumo son valiosos en la medida en que los consumidores creen que van a satisfacer sus

preferencias con ellos. Esta idea ha revolucionado la forma en que la economía se ha practicado en los últimos 130 años. Esta perspectiva se refiere a lo siguiente: «La economía de la utilidad marginal es a menudo llamada economía del valor subjetivo y la revolución doctrinal también lleva este nombre» (Buchanan, 1969, p. 9). Antes de 1870, cuando Stanley Jevons, Carl Menger y Léon Walras expusieron la teoría de la utilidad marginal, muchos teóricos creían, de alguna manera, en la teoría del valor- trabajo, en la que se exponía que el valor de un bien estaba determinado por la cantidad de tiempo que se debía invertir en su fabricación. Muchos economistas han reflexionado sobre las diferencias entre el «valor de uso» y el «valor de cambio» y afrontaron muchas dificultades tratando de explicar muchas cosas, como por ejemplo por qué los diamantes son más valorados que el agua. Hoy en día, la mayoría de los economistas rechazan legítimamente la teoría del valor-trabajo. Los economistas reconocen que una hora de trabajo de una persona promedio no genera el mismo valor que una hora de trabajo de Bill Gates. Ciertas personas son más inteligentes, otras trabajan más o tienen diferentes herramientas, por lo que no todos tienen la misma productividad. Los economistas también señalan que, aun cuando todos tuviesen la misma productividad, la teoría del valor-trabajo seguiría siendo deficiente. Un cocinero puede pasar una hora produciendo un delicioso pastel de manzana y una segunda hora produciendo un pastel de otro modo idéntico sustituyendo las manzanas por tierra, y se necesita no más que sentido común para ver que el valor de los dos pasteles es diferente. La mayoría de los economistas modernos aceptan que el valor de los dos pasteles sería determinado por las percepciones subjetivas de los individuos acerca de su utilidad marginal en lugar ser determinado por un valor intrínseco que pudieran poseer dichos pasteles. Los planteamientos de Jevons, Menger y Walras tenían algunas

diferencias importantes, pero llegaron conclusiones similares [21] . En la explicación de Carl Menger, para que un bien pueda ser útil debe existir una necesidad humana, un objeto que la satisfaga y el conocimiento de que ese objeto la satisface. Un bien es valioso en la medida en que ese bien pueda satisfacer nuestras necesidades, nada más y nada menos. Así que los bienes no son objetivamente valiosos, sino que solo son valiosos cuando las personas los consideran útiles. El mismo bien físico puede ser útil en un momento dado e inútil en otro. Como explica Buchanan (1969, p. 9), «las

utilidades marginales [

Esta perspectiva permitió a los economistas explicar la paradoja de los diamantes y el agua. A pesar de que el agua es necesaria para la vida y los diamantes no lo son, la utilidad marginal de una unidad adicional de agua (ya que tenemos tanta) es muy baja, mientras que la utilidad marginal de un diamante adicional es alta. Este sencillo enfoque cambió enteramente el enfoque de la economía. Casi todos los economistas modernos aceptan una teoría subjetiva de la utilidad marginal, por lo que en este sentido «ahora somos todos subjetivistas».

]

fueron reconocidas como dependientes de las cantidades».

3.

Pregunta 2: ¿Son los costes subjetivos?

Aunque la mayoría de los economistas creen en una forma de subjetivismo económico cuando se trata de los bienes de consumo, en uno de los puntos en los que no existe un acuerdo sobre el subjetivismo económico es en el concepto de los costes. Como James Buchanan explica:

Una distinción debe hacerse entre la economía neoclásica ortodoxa, que incorpora la revolución subjetiva del valor, o utilidad marginal, en la teoría del valor, y entre la economía subjetivista de los austriacos de los últimos días, sobre todo Mises y Hayek. La dependencia del precio (valor) en la utilidad marginal, subjetivamente determinado, puede ser plenamente reconocida, aunque esencialmente una teoría objetiva de los costes se mantiene (1969, p. 23).

Los economistas neoclásicos, como Alfred Marshall, describieron la oferta y la demanda como un par de tijeras que cortan papel para determinar el precio. Para Marshall el lado de la demanda fue determinado por la utilidad subjetiva, pero la oferta fue determinada por el coste objetivo de la producción. Desde este punto de vista el precio está determinado por la valoración subjetiva de la curva de demanda, siendo intersectada por la curva objetiva de la oferta. En contraste, los economistas austriacos como Mises y muchos economistas neoclásicos modernos ven la curva de oferta esencialmente como la otra cara de una curva de demanda. Al igual que las preferencias subjetivas de un comprador influyen en la cantidad que se está dispuesto a pagar para comprar cualquier cantidad de unidades de un bien, las preferencias subjetivas de un vendedor influyen en todo lo que tendrá que pagar al vender unidades de un bien. En palabras de Mises: «El coste es un fenómeno de valuación. El coste es el valor atribuido a la necesidad más valiosa que queda insatisfecha por haber empleado los medios requeridos para su satisfacción en atender aquella otra de cuyo coste se trata» ([1949] 2001, p. 475). Cuando el vendedor entrega una unidad de un bien, debe considerar la insatisfacción que ha dejado de satisfacer. Cada persona valora las oportunidades perdidas de una manera diferente, por lo que cada persona tendrá una curva de oferta diferente. Por ejemplo, el individuo apegado a sus libros de historietas infantiles tendrá una curva de oferta distinta al de un individuo que con un grado menor de apego por sus libros de historietas infantiles. Se podría pagar a los propietarios de cómics diferentes cantidades para conseguir que los vendan, ya que tienen diferentes preferencias subjetivas para separarse de sus pertenencias. De acuerdo con esta perspectiva, la curva de oferta es simplemente determinada por la evaluación de los vendedores sobre su coste de oportunidad o, en

otras palabras, lo que los vendedores prevén que dejan de percibir por realizar la venta. Al igual que los compradores sopesan la utilidad marginal subjetiva de obtener una unidad adicional de un bien, los vendedores sopesan la utilidad marginal subjetiva de tener una unidad menos de un bien. Haciendo una referencia a la analogía de Marshall, Rothbard concluye (1962, p. 360) que «los costes en sí mismos son utilidades subjetivas, por lo que las hojas de las tijeras están gobernadas por la utilidad subjetiva de las personas». Así que tanto las curvas de oferta como las curvas de demanda están determinadas por preferencias subjetivas en lugar de estar determinadas por algún coste objetivo de producción. Esta perspectiva se analiza en detalle en la obra de James Buchanan Coste y elección (1969). Buchanan llega a las siguientes conclusiones sobre la noción subjetivista del coste:

1. Lo más importante: el coste surge exclusivamente de la toma de decisiones; no es

posible que los costes se desplacen hacia los demás o se les impongan.

2. El coste es subjetivo, no existe más que en la mente de quien toma las decisiones

y en ninguna otra parte.

3. El coste se basa en anticipaciones, es necesariamente un concepto a futuro ex ante.

4. El coste no puede ser realizado por el hecho de elección en sí mismo: a lo que se

ha renunciado ya no se puede disfrutar. 5. El coste no puede ser medido por una persona distinta a quien tomó las

decisiones, porque no hay manera de observar la experiencia subjetiva directamente.

6. Por último, el coste puede ser fechado en el momento de la decisión o elección

(Buchanan, 1969, p. 43).

Los costes se basan en las percepciones individuales sobre utilidad del momento de la elección. Esta utilidad percibida no es algo objetivo y la gente no lo puede medir. Que uno adopte una noción subjetivista de los costes tiene algunas implicaciones importantes en la manera en la que se practica la economía. Muchos economistas en muchos campos de la economía se basan en la medición de costes para su análisis y para sus conclusiones normativas. Por ejemplo, los economistas que acusan a las empresas de cobrar por encima de su coste marginal (o por debajo del coste marginal, según sea el caso) están suponiendo que los costes pueden ser medidos desde una perspectiva positiva y que la divergencia entre precio y coste es un problema. Por el contrario, muchos economistas de este ámbito que creen en el subjetivismo económico piensan que estos costes no pueden observarse, y que tiene tanto sentido preocuparse por los proveedores que venden por encima del coste marginal como por los compradores que compran por debajo de su beneficio marginal [22] . Aquellos que creen en el subjetivismo en el reino de los costes sostienen que tanto

el valor como el coste son subjetivos. Muchos economistas neoclásicos podrían estar en total acuerdo con Buchanan sobre los puntos anteriores. Pero hay campos enteros de la economía que parecen descansar sobre los fundamentos que niegan que los costes son subjetivos, y por ello no todos los economistas pueden ser clasificados dentro del subjetivismo de los costes.

4. Pregunta 3: ¿Podemos estudiar las preferencias subjetivas de la gente?

Muchos economistas aceptan alguna teoría de la utilidad marginal subjetiva y muchos también aceptan una teoría subjetiva del coste marginal de oportunidad. Sin embargo, no hay acuerdo sobre cuánto pueden saber agentes externos acerca de las preferencias subjetivas de los individuos. Muchos economistas creen que terceros puedan observar o estudiar las funciones de la utilidad de los individuos con el objetivo de ayudar a formular las políticas futuras. Algunos de los economistas subjetivistas más profundos, sin embargo, sostienen que las preferencias no son constantes y que no tiene mucho sentido hablar de preferencias de cierta persona con cierta independencia de su tiempo y lugar específicos. El pensamiento económico consiste en pensar en términos marginales, y los subjetivistas más profundos argumentan que un pensamiento marginal consistente solo tiene sentido para ver cómo la gente valora los bienes en su situación específica. Cuánto valora alguien un bien en un punto dado en el tiempo se verá influido por un gran número de factores, incluyendo cuántos bienes se han consumido recientemente. Una cartografía de todos los bienes de una persona en función de su utilidad subjetiva se ha vuelto cada vez menos posible en la medida en la que consideramos el número de cosas que influyen en una persona en el día a día. Pequeñas cosas pueden alterar el estado anímico de las personas, lo que provocaría cambios en la valoración de otros bienes, por lo que sería sumamente complicado para los economistas realizar una cartografía que incluya todas las cosas que podrían influir en el estado anímico de las personas y su propensión a consumir algo en un momento determinado. El subjetivismo económico puede extenderse más si se rechaza la idea de la constancia de las preferencias. Murray Rothbard (1956, pp. 228-30) critica a quienes tratan de observar o preguntar a la gente acerca de sus preferencias y entonces piensan que pueden realizar un mapeo de las preferencias de las personas para el futuro. Las elecciones pasadas sí representan las preferencias de una persona en el momento en que se tomaron las decisiones, pero tratar de crear un mapa de preferencias de alguien implica estar limitado al tiempo pasado en el que justamente se realizó la elección. Por ejemplo, sería una locura observar a una persona tomando decisiones en su juventud y asumir que tomará las mismas decisiones en una edad más avanzada. Aun dentro de un período de tiempo, en dos días muy similares, las personas toman diferentes decisiones.

Y sí, puede que algunas personas consuman un mismo producto con todas sus comidas, pero este hecho es tan raro que solo nos debería llevar a cuestionar toda teoría que nos empuje a asumir que las decisiones pasadas revelan las preferencias futuras. Las situaciones cambian y parece imposible conocer todos los factores que influyen en las elecciones de las personas. Algunas personas incluso pueden tomar una decisión similar sobre una base regular, pero eso no implica que siempre vaya a hacer esa misma elección. F.A. Hayek escribe ([1968] 2002, p. 12): «Podríamos ser capaces de darnos cuenta de la presencia de ciertas regularidades (“leyes empíricas” en el sentido específico en el que Carl Menger las comparaba con las leyes teóricas) en el comportamiento observado de estas variables. A menudo estas regularidades se aplican, pero muchas otras veces no». Los economistas austriacos afirman que la economía también se diferencia de las ciencias naturales, porque la economía se ocupa de los seres humanos y estos siempre pueden cambiar su forma de reaccionar. Así que la observación de las elecciones pasadas solo revela las preferencias cuando la persona tomó la decisión, pero eso no implica que esas preferencias reveladas permanezcan constantes en el tiempo. Desde este punto de vista, no tiene mucho sentido hablar de lo que alguien prefiera, independientemente de su situación específica. También se puede aplicar esta lógica a las encuestas que piden a la gente información acerca de sus preferencias. Por ejemplo, muchos análisis de coste- beneficio intentan utilizar encuestas para tratar de averiguar hasta qué punto la gente valora los servicios ambientales o proyectos de obras públicas. Pero muchas de las críticas acerca de inferir la demanda futura sobre la observación de preferencias pasadas también se pueden aplicar a las encuestas. Las encuestas son aún más problemáticas que esto, ya que intentan que las personas consideren sus demandas en situaciones en las que ni siquiera han estado. Boudreaux et al. (1999, p. 791) escribe:

Pedir a las personas que identifiquen sus curvas de demanda para todos los bienes, servicios e instalaciones y bajo un cúmulo de diferentes circunstancias es algo imposible de satisfacer. La imposibilidad de trazar una calendarización de las preferencias para cada encuestado significa que muchas alternativas deben ser excluidas del abanico de opciones sobre las cuales estaría, hipotéticamente, dispuesto a gastar su dinero.

Para estos economistas, no tiene mucho sentido hablar de la cantidad de gente que valora algo independientemente a estar en una situación específica en la que tienen que hacer su elección. Hasta qué punto una persona valora las cosas siempre estará condicionado por el tiempo y el lugar. Si se adopta esta posición, ¿pueden los economistas decir algo sobre las preferencias de las personas? Rothbard sostiene que los economistas no pueden decir que un individuo valora un mismo bien en todas las circunstancias; lo único que podrían

decir es que en cierta situación específica un bien fue valorado por un individuo. Al observar a alguien tomando una decisión, Rothbard argumenta que un economista puede deducir que la persona prefirió su elección ex ante en ese momento. Rothbard (1956, p. 225) escribe: «La selección actual revela o demuestra la preferencia de un individuo; es decir, que sus preferencias son deducibles de lo que él ha escogido en la acción». Cuando alguien pide una cerveza en lugar de una copa de vino podemos decir que la persona prefirió la cerveza al vino en ese momento, pero no podemos decir que la cerveza es siempre preferible al vino. La implicación de este aspecto del subjetivismo económico es que los economistas no pueden ir por ahí diciendo a los gobiernos lo que la gente realmente quiere. Las preferencias no solo difieren entre los individuos, sino que las preferencias de las personas difieren en el tiempo. Cuando los gobiernos toman decisiones para las personas en lugar de dejar que los individuos tomen sus propias decisiones, están asumiendo que pueden saber lo que las personas realmente quieren independientemente al proceso de mercado. Pero de acuerdo con Hayek, el resultado del proceso de mercado no puede ser conocido de antemano. Hayek ([1968] 2002, p. 9) dice que debemos «considerar la competencia como un procedimiento sistemático para descubrir hechos que, si el procedimiento no existiera, seguiría siendo desconocido».

5. Pregunta 4: ¿Se puede medir la utilidad para un individuo?

La siguiente área de subjetivismo, donde no todos los economistas están de acuerdo, es sobre si la utilidad subjetiva es medible. Algunos economistas creen que los individuos valoran bienes en función de sus preferencias subjetivas, pero también creen que el cuánto valoran esos bienes puede ser medido por las partes externas. La idea detrás de esto es que, así como los médicos observan las frecuencias cardíacas utilizando estetoscopios, los economistas pueden medir los niveles de utilidad de los individuos. Los economistas subjetivos más profundos, por otro lado, argumentan en contra de esta perspectiva. En representación de este punto de vista, James Buchanan (1969, p. 9) escribe: «La utilidad es un fenómeno subjetivo y no es algo que puede ser externo o medido objetivamente». La primera pregunta es ¿qué haría falta para medir los niveles de utilidad? En primer lugar, los economistas tendrían que crear la unidad que van a medir, y en segundo lugar también se necesita una forma de medir esa unidad. Tal vez esto se podría lograr si los economistas pudiesen inventar una utilómetro para medir la cantidad de utilidad. El problema, sin embargo, es que no existe tal dispositivo y, de acuerdo a economistas como Rothbard, tampoco podría existir. Rothbard (1956, p. 232, énfasis en el original) escribe: «Las magnitudes psicológicas no se pueden medir, ya que no existe una unidad objetiva extensa, un requisito necesario de la medida. Además,

la elección real, obviamente, no puede demostrar ningún tipo de utilidad medible, solo puede demostrar una alternativa que se prefiere a otra». Puesto que no hay tal medida como un útil, no es posible medir el nivel total de la utilidad de un individuo. Para el subjetivismo económico, los economistas pueden observar si alguien prefiere algo al margen, pero no pueden observar las magnitudes. Mises escribe: «Ni el preferir ni el rechazar ni las decisiones y elecciones que de ello resultan son actos de medición. La acción no mide la utilidad o el valor; se limita a elegir entre alternativas» ([1949] 2001, p. 146). Los individuos ordenan los bienes en la medida en la que son más o menos útiles al margen, pero considerar la utilidad al margen no implica que la utilidad total exista. Como Rothbard (1956, p. 234; énfasis añadido) argumenta, «no existe tal cosa como la utilidad total; todas las utilidades están al margen». En palabras de Mises ([1949] 2001, p. 146): «No se trata del problema abstracto de determinar la utilidad total o el valor total». Mientras que algunos economistas derivan la utilidad marginal matemáticamente como la primera derivada de la función de utilidad total de una persona, los economistas austriacos como Mises hablan de analizar la utilidad marginal de un individuo como la distribución ordinal del valor relativo de más unidades de un bien. En palabras de Mises (ibíd., p. 829), «el hombre, al actuar, no mide ni cifra la utilidad. Sino que las ordena en meras escalas valorativas». Cuando observamos a alguien hacer una elección, podemos decir que un individuo prefiere una copa de vino a una cerveza, pero no podemos decir cuanto prefirió el vino sobre la cerveza. Esa persona no pueden decir cuánto más se prefirió la copa de vino porque no hay manera alguna de medir magnitudes de utilidad. Rothbard ([1962] 2004, p. 258) escribe: «Las escalas de valor de cada individuo son puramente ordinales y no hay forma alguna de medir la distancia entre cada unidad de la clasificación; de hecho, cualquier concepto de esa distancia es una falacia». En esta perspectiva, la utilidad es ordinal, no cardinal. Un bien puede proveer una utilidad marginal, pero nosotros no podremos medir los niveles totales de utilidad porque no existe tal cosa como un «útil».

6. Pregunta 5: ¿Podemos comparar la utilidad entre individuos?

Otra forma en la que muchos economistas creen de manera diferente en el subjetivismo económico, es acerca de la posibilidad de comparar la utilidad entre diferentes personas. Uno podría estar de acuerdo en que la utilidad de los bienes está determinada por las preferencias subjetivas, pero también creer que esta utilidad se puede comparar entre personas. Considere el ejemplo clásico de tomar un dólar de una persona rica y dárselo a una persona pobre. Economistas como Arthur Pigou argumentaban que el principio de la utilidad marginal decreciente explica por qué un hombre rico no valora el dólar tanto como un hombre pobre, por lo que las políticas de redistribución hacen

que la sociedad sea mejor. Un tipo similar de argumento se utiliza a menudo para la ley antimonopolio, diciendo que la prevención de prácticas monopolísticas hará que los consumidores tengan más que lo que las empresas pierden [23] . A pesar de la popularidad de estos argumentos en los debates de política, Lionel Robbins sostiene que los argumentos intentan ir más allá de lo que la lógica puede probar. Él dice que el principio de la utilidad marginal decreciente es válido para los individuos y que no podemos extender esta discusión entre ellos. Robbins escribe:

Una cosa es suponer que las escalas pueden mostrar el orden en el que los individuos pueden preferir una serie de alternativas y comparar ese ordenamiento con la escala de otro individuo. Pero es muy diferente suponer que detrás de ese ordenamiento existen magnitudes que pueden ser comparadas como las escalas individuales (1932, p. 122; cursivas en el original).

Un individuo puede clasificar la forma en que valora algunas decisiones con respecto a otras, pero los economistas, como Robbins, no pueden mirar y comparar cómo dos personas diferentes valoran opciones confrontándolas entre ellas. Toda la comparación entre los niveles relativos de satisfacción se basaría en las valoraciones interpersonales de utilidad, que Robbins y Rothbard discuten si son válidas. Rothbard ([1962] 2004, p. 258) escribe: «No hay manera de hacer comparaciones interpersonales y medirlas y no hay base para decir que una persona se beneficia subjetivamente más que otra». Consideremos el ejemplo de tomar un dólar de un hombre rico para dárselo a uno pobre. ¿Cómo podemos decir que el pobre disfrutará más del dólar? ¿Qué pasa si la persona rica era un alma alegre y el pobre era avaro y amargado? Rothbard (ibíd., p. 302) escribe: «Sin duda, es posible que un Rockefeller disfrute de los servicios de cada dólar más que un pobre, pero lo hace muy ascético e individual». El hecho es que no podemos hacer un juicio de cualquier manera, porque no hay forma de comparar las satisfacciones relativas entre diferentes personas. Robbins nos lleva a una pregunta interesante acerca de la posibilidad de medir las utilidades de las personas mediante el examen de su torrente sanguíneo. Pero para Robbins ni siquiera esto nos permitiría medir comparativamente niveles de utilidad. Robbins (1932, p 124, énfasis del original) escribe: «No hay manera de probar la magnitud de la satisfacción de A, en comparación con B. Si probamos el estado de su flujo de sangre, eso sería una prueba de la sangre, no de la satisfacción». Robbins añade: «La introspección no habilita a A a descubrir lo que está pasando en la mente de B, ni a B descubrir lo que está pasando en la mente de A». La utilidad es un fenómeno subjetivo que únicamente ocurre en la mente de quien hace una elección. Uno no puede hacer comparaciones sobre dos individuos separados que tienen diferentes valoraciones subjetivas sobre el mundo.

Robbins y Rothbard sostienen que todo el conjunto de argumentos sobre el aumento del bienestar social mediante la redistribución de ricos a pobres descansa en suposiciones inválidas. Juzgar que la redistribución hace bien a la sociedad requiere que los economistas puedan medir la utilidad perdida por los ricos y compararla con la utilidad obtenida por los pobres. Nos guste o no, tal medida no existe. Robbins escribe:

De ahí que la extensión de la ley de la utilidad marginal decreciente, postulada en las proposiciones que estamos examinando, sea totalmente ilegítima. Y, por ello, todos los argumentos que se basan en ella carecen de fundamento

La ley de la utilidad marginal decreciente no justifica la conclusión

científico

de que las transferencias de los ricos a los pobres puedan incrementar la satisfacción total (1932, p. 125).

Bajo esta perspectiva, no se puede decir que el pobre valora algo más de lo que lo valora un rico. Siguiendo esta lógica, y llevándola a sus consecuencias más extremas, los economistas no pueden decir que cualquier persona obtiene una mayor utilidad de algo que otra persona de ese mismo algo. Podemos observar que tengan voluntad de pago diferente o disposición a pagar, pero no podemos concluir que una persona deriva una mayor utilidad que otra. Para el subjetivista económico profundo, no hay manera de medir o comparar la utilidad entre diferentes personas.

7. Pregunta 6: ¿Podemos juntar la utilidad de muchas personas?

Para los economistas subjetivistas más profundos, la utilidad es subjetiva, no es cardinal, no es comparable entre personas y no puede ser medida. Sin embargo, algunos economistas que han hecho importantes contribuciones a la teoría subjetiva del valor no parecen tener clara las enormes implicaciones de su teoría. Un tema sobre el que todavía hay desacuerdo es el asunto de si el número total de utilidades de todas las personas en la sociedad se pueden medir. A pesar de los argumentos a favor de la subjetividad del valor, algunos economistas enuncian, sorprendentemente, argumentos no subjetivistas cuando defienden sus conclusiones normativas. Desde esta perspectiva muchos economistas no deberían clasificarse como subjetivistas profundos. Uno de los ejemplos más prominentes de los economistas que mejor se ajusta a este asunto es el de Ludwig von Mises. Después de formular muchos de los argumentos subjetivistas mencionados anteriormente, Mises hace una serie de argumentos en desacuerdo con aspectos importantes del subjetivismo económico. En varios lugares de sus escritos, Mises hace uso de argumentos extremadamente no subjetivistas al utilizar frases como el «bienestar» de una nación, de «bien común», «utilidad social» y «bienestar social» (Mises [1949] 1996, pp. 157, 174, 175, 271, 497, 721). De hecho, la

defensa de Mises del liberalismo se basa en su creencia de que las políticas deben evaluarse con respecto al criterio de «bienestar humano» (ibíd., p. 147). Mises escribe:

En este sentido, puede decirse que mediante la cooperación social el hombre pretende conseguir la mayor felicidad para el mayor número posible de personas. Es realmente difícil encontrar alguien que no estime del máximo interés social alcanzar este objetivo o que llegue a afirmar que no se debe procurar hacer lo más feliz posible al mayor número de personas. Los ataques dirigidos contra la célebre frase de Bentham se basan en ambigüedades o errores acerca del concepto de felicidad, pero siempre queda la tesis básica: que conviene procurar que el bien (sea el que fuere) alcance al mayor número posible de personas (ibíd., p. 986).

Mises defiende la idea de Bentham de que la propiedad se valora por su utilidad y no tanto por otras razones externas a la economía, tales como la moralidad (ibíd., p. 175). Es curioso que Mises se agrupe, a menudo, con personas mucho más subjetivistas que él. Además del hecho de que «la mayor felicidad para el mayor número de personas» apunta a dos objetivos contradictorios (¿debemos aspirar a la felicidad máxima de un número menor de personas o debemos aspirar a un poco menos de la máxima felicidad para el mayor número de personas?) el concepto está completamente indefinido. En ninguna parte Mises especifica qué entiende por «utilidad social», «bienestar social», o el «bienestar» de una nación. La noción de Mises, si es que significa algo, parecen tener mucho en común con los economistas de Harvard y MIT, Abram Bergson y Paul Samuelson, quienes parecen creer que se puede examinar el bienestar social de una sociedad y que sobre esta base se deben formular políticas. Parece que Mises, Bergson y Samuelson fueron todos seguidores de Bentham, pero la principal diferencia entre Mises y sus homólogos de Massachusetts es que estos últimos eran más explícitos acerca de lo que querían decir. Mientras que Mises no habla de las curvas de indiferencia social para evaluar si «una política es beneficiosa para el bien común» (algo que él apoya; [1949] 1996, p. 175), Mises tenía que creer que esto podría medirse de alguna manera; de lo contrario su estándar sería inútil. Pero si se acepta el subjetivismo económico de escritores posteriores, hay que concluir precisamente en eso. Rothbard (1956, p. 255) escribe:

No es posible, sin embargo, para un observador comprobar científicamente las utilidades sociales resultado del mercado libre de un período de tiempo al siguiente. Como hemos visto anteriormente, no se pueden determinar las escalas de valor de un hombre durante un periodo de tiempo. No digamos lo imposible que es hacerlo para todas las personas.

Para Rothbard, un individuo puede decidir si le gusta la opción A sobre la opción B en un momento determinado, pero él no está en condiciones de clasificar la opción A y la opción B frente a diferentes puntos en el tiempo. Cuando se trata de investigar cómo la política afecta la «utilidad social», habría que encontrar la forma de cuantificar el estado preferido del mundo de acuerdo con el «bienestar común» en ausencia de esa política. Pero si se acepta que las utilidades son ordinales en lugar de ser cardinales, nos enfrentamos a un enigma. Kenneth Arrow intentó derivar una función del bienestar social basada en las preferencias ordinales de los individuos y encontró que, bajo ciertas condiciones posibles, el estado socialmente más preferible del mundo no está definido. No se puede decir que la utilidad social es mayor en la situación 1 del mundo que en la situación 2 del mundo. Un dictador podría decir que uno y otro estado del mundo tienen mayor utilidad de acuerdo con sus preferencias subjetivas; sin embargo, un economista no puede decir que uno y otro estado tienen mayor utilidad social. Desde esta perspectiva, el famoso economista y matemático Kenneth Arrow es un economista aún más subjetivista que Mises.

8. Pregunta 7: ¿Es el ingreso monetario un parámetro

de la utilidad nacional?

Hasta ahora hemos estado discutiendo las formas en que muchos economistas tratan de medir la utilidad subjetiva de los individuos, formas que no se pueden realizar de acuerdo a las posturas más profundas de los subjetivistas. Muchos economistas coinciden que no existe la unidad de media «útil», pero aun así se niegan a renunciar a las comparaciones de bienestar total. Es por ello que dependen de otras medidas para poder aproximarse a medir el bienestar de las personas. Una de las aproximaciones o parámetros de bienestar más mencionadas es el ingreso per cápita. Mucha literatura sobre crecimiento económico descansa en estadísticas sobre el ingreso per cápita como un parámetro de comparación entre naciones. El dinero permite a las personas comprar cosas y dado que más es mejor que menos, muchos economistas asumen que la maximización de los ingresos monetarios debe ser una meta normativa para la sociedad. Este estándar no se basa en comparaciones interpersonales de utilidad, sino que en algo que realmente se puede medir, es decir, dólares. ¿Está esta norma de acuerdo con el subjetivismo económico? Rothbard ([1962] 2004, p. 300) escribe: «Podemos —al menos teóricamente— medir los ingresos monetarios mediante la adición de la cantidad de ingresos en dinero que cada persona obtiene, pero esto de ninguna manera es una medida del ingreso psicológico». Para Rothbard, las personas se preocupan más por el ingreso psicológico que solamente por el ingreso monetario: «Es el ingreso psicológico y no el ingreso monetario el que está

siendo maximizado» (ibíd., énfasis en el original). Esta posición se puede explicar haciendo uso de la más simple economía, ya sea desde un enfoque neoclásico o misesiano. Como Mises señala, los ingresos monetarios son positivos, pero tener que trabajar para obtener ingresos monetarios es algo negativo (lo que Mises [1949] 1996, p. 65, llamaba la desutilidad del trabajo). Cuando una persona es libre de hacer su propia elección, elegirá la combinación preferida de trabajo y de ocio. En la combinación ideal de un individuo no tendrá que trabajar ni más ni menos. Sin embargo, si un individuo se ve obligado a trabajar más y, por ende consumir más tiempo libre del que él hubiera preferido, está en una situación de menor satisfacción porque, aunque tenga más dinero, no tiene el tiempo libre que había preferido. De la misma manera, si una persona se ve obligada a trabajar menos, y por consiguiente cuenta con más tiempo libre del que habría preferido, también se encontraría en una situación de menor satisfacción ya que, en este caso, contará con menos dinero. Además de los ejemplos obvios de trabajo forzoso, la microeconomía básica demuestra que hay muchas maneras de lograr que las personas trabajen más de lo que habrían deseado. Un impuesto, por ejemplo, empobrece a una persona sin reducir las ganancias monetarias marginales de trabajo, ya que induce a consumir menos tiempo libre (trabajar más) de lo que habría preferido (Rothbard [1962] 2004, p. 915). En este caso, el ingreso monetario de la sociedad ha aumentado haciendo que las personas estén menos satisfechas que antes. O, en el caso del trabajo forzado, el ingreso monetario también podría aumentar, pero aquellos que fueron forzados a trabajar están, obviamente, menos satisfechos. Esto significa que todas las políticas orientadas a maximizar los ingresos monetarios, por sí solas (sin tener en cuenta todos los beneficios psicológicos de los individuos) no harán que las personas sean más felices. Cuando los individuos son libres para maximizar su ingreso psicológico van a elegir la combinación óptima de trabajo y ocio, lo que para algunos supone trabajar más en profesiones mejor pagadas. Sin embargo, otros elegirán una combinación diferente que podría incluir formas no monetarias de ingreso psicológico; como vivir una vida contemplativa. ¿Podemos decir que uno tiene mayor satisfacción que el otro? Rothbard escribe: «El ingreso psicológico, siendo puramente subjetivo, no se puede medir». Además, desde el punto de vista de la praxeología, ni siquiera podemos comparar ordinalmente el ingreso psicológico ni tampoco la utilidad de una persona con respecto a otra. No podemos decir que el ingreso o «utilidad» de A es mayor que la de B ([1962] 2004, p. 300). Los observadores externos pueden medir los ingresos monetarios, pero no pueden medir el ingreso psicológico, que es, al final, lo que importa (Block, 1977, p. 115). Dado que el ingreso psicológico es inmensurable, no se pueden comparar dos individuos y decir que uno está mejor que el otro. Una implicación de este punto de vista es que uno no puede mirar los ingresos monetarios de las diferentes regiones y concluir que un grupo está mejor que el otro. La

persona promedio en Alaska tiene un mayor ingreso monetario que la persona promedio en Hawái, pero no podemos decir que el promedio de Alaska es más feliz que el promedio de Hawái, ya que no tenemos manera alguna de observar su utilidad psicológica. Sucede lo mismo con la persona promedio en México comparada con la persona promedio de los Estados Unidos [24] . Mirar los ingresos monetarios, sin embargo, tiene un uso. Un lugar con bajo ingreso monetario puede indicarnos que el gobierno interfiere en el área del intercambio de bienes, pero es enteramente posible para un país tener un ingreso alto y un gobierno que también interviene [25] . Un mayor ingreso monetario puede ser un indicador; sin embargo para un economista subjetivista puede no ser el único indicador.

9.

nacional?

Pregunta 8: ¿Los patrones de migración son un parámetro de la utilidad

Otra forma de la que los economistas hablan de conseguir un parámetro del bienestar es con la observación de los patrones de migración entre países. Siguiendo el modelo de Tiebout hasta su extremo, Dinesh D’Souza (1999) pregunta: «¿No es una medida bastante objetiva de aquellos países que trabajan bien el que algunas personas quieran trasladarse a ellos?». Los ejemplos comúnmente utilizados son los de migraciones de Berlín Oriental hacía Berlín Occidental o desde México a los Estados Unidos. Esta comparación no está sujeta al mismo problema que el de mirar el ingreso monetario, porque cuando una persona decide emigrar toma en cuenta no solo el ingreso monetario, sino también el ingreso psicológico entre los dos países. Si observamos a un individuo eligiendo entre el país A y el país B, podemos decir que el individuo ha contemplado que el paquete de opciones del país B es preferido al paquete de opciones del país A. Podemos decir que esa persona ha demostrado preferencias sobre el país de su elección. Pero esto no requiere de los economistas observar el ingreso psicológico o la utilidad, solo requiere observar las decisiones de las personas. A pesar de las buenas cualidades de esta teoría, uno podría cuestionar hasta qué punto puede ser eficaz el estándar. Si bien es cierto que 10 millones de mexicanos han emigrado a los Estados Unidos y demuestran una preferencia actual de un país sobre el otro, ¿podemos decir que la utilidad promedio de los Estados Unidos es mayor a la de México? México todavía cuenta con 100 millones de habitantes que han demostrado que no prefieren a los Estados Unidos sobre México, por lo que una interpretación de sus acciones es que esos 100 millones han preferido vivir en México antes que en los Estados Unidos. ¿Demuestra esto que México se prefiere más que los Estados Unidos? Se podría argumentar que en un mundo en el que los costes de transacción son cero, sin restricciones de inmigración, más de 10 millones de mexicanos emigran a los Estados Unidos, y esto podría ser verdadero [26] . Pero si observamos la migración de 50

millones de personas y la permanencia de otras 60 millones de personas en México, ¿podríamos decir que Estados Unidos es preferible a México? Si tan solo tomamos en cuenta el número, más mexicanos están demostrando que prefieren vivir en México de los que están demostrando que prefieren vivir en los Estados Unidos. Aun si el número de migrantes fuese 70 millones, en comparación con 40 millones que deciden no ir, a menos que los economistas tengan una manera de medir y comparar el total de ingresos psicológicos de las personas que salen con respecto a las que se quedan, no está claro qué es exactamente lo que mide el número de personas que tomaron esa elección. El excedente de los ingresos psicológicos de los migrantes puede ser muy pequeño comparado con el excedente de los ingresos psicológicos de los que se quedan. La economía no es solo la suma de números de personas que realizan una elección. Seguir dicho estándar solo implicaría que el valor relativo de los bienes podría ser determinado por votación de la mayoría, y esta perspectiva viola por completo nuestro más básico principio de la economía subjetivista. Otra forma en la que los patrones de migración podrían ser útiles es mirar más allá de la cantidad de mexicanos que migraron y quienes permanecieron, y en su lugar comparar el número de los mexicanos que migraron a los Estados Unidos y el número de americanos que migraron a México. Esto elimina el problema del hecho de que muchos americanos y mexicanos prefieren vivir en su país de nacimiento. Pero este estándar también tiene sus problemas. Alrededor de 10 millones de mexicanos viven en los Estados Unidos y un sobre 1 millón de americanos viven en México. Muchos de este millón de americanos parecen ser expatriados muy ricos que han elegido vivir en otra parte del mundo, mientras que los 10 millones de mexicanos que viven en los Estados Unidos tienen recursos bastante más limitados. ¿Qué grupo de migrantes se ha beneficiado más de su movimiento? Aunque el número real de americanos que prefirieron trasladarse a México es menor que el número de mexicanos que prefirieron trasladarse a los Estados Unidos, a menos que se pueda medir la utilidad marginal obtenida por los 10 millones de mexicanos que se mudaron a los Estados Unidos y compararla con la utilidad marginal ganada por ese millón de estadounidenses que se trasladaron a México, los patrones de migración neta dicen muy poco acerca de la utilidad total de un país. Llegar a esta conclusión sería similar a decir que los 3 millones de consumidores de autos Ford obtienen más utilidad en su compra que los 300.000 consumidores de Mercedes. Podemos deducir que los 3 millones de consumidores de Ford preferían su elección a todo los demás, y podemos deducir que los 300.000 consumidores de Mercedes preferían su elección a todo los demás, pero no podemos decir que los consumidores de Ford preferían su elección más de lo que los compradores de Mercedes han preferido su elección. Sería totalmente erróneo tratar de inferir a partir de los datos que Ford es mejor que Mercedes [27] .

10.

Pregunta 9: ¿Puede el coste-beneficio de la eficiencia ser un indicador de

utilidad?

La medición de los ingresos monetarios o la observación de los patrones de migración no se puede utilizar para hacer comparaciones sobre el bienestar nacional, ya que no captan aspectos importantes de la utilidad, como la renta psíquica del consumidor o el excedente del productor. La manera más popular de tomar en cuenta los excedentes tanto del consumidor como del productor es analizar el coste-beneficio en la sociedad. Este constructo, conocido como la eficacia de Kaldor-Hicks, la eficiencia de costes y beneficios, o simplemente la eficiencia económica, tiene en cuenta la medida del excedente del consumidor y del excedente del productor calculado en dólares. Al mirar la voluntad neta asociada con pagar potenciales resultados, los economistas han cuantificado figuras con las que pueden comparar diferentes políticas. Bryan Caplan (1999, p. 835) escribe: «Este criterio de eficiencia tiene muchas ventajas sobre el enfoque de Rothbard. En particular, lo que realmente le permite a uno hacer juicios de eficiencia sobre el mundo real: juzgar, por ejemplo, que el comunismo era ineficiente, o que el control de alquileres es ineficiente, o que la piratería era ineficiente». La eficiencia económica no es útil únicamente para el análisis positivo; muchos economistas sostienen la eficiencia de Kaldor-Hicks como la normativa ideal. Políticas, soluciones legales y derechos de propiedad deberían determinarse en función de lo bien que maximiza la eficiencia económica. Los partidarios de la eficiencia económica argumentan que es el mejor indicador para medir el bienestar, ya que no solo tiene en cuenta factores como el ingreso monetario, sino también factores como el excedente del consumidor y del productor. Este constructo tiene sus ventajas sobre los constructos tradicionales de bienestar social, ya que no trata de resumir la utilidad imaginaria, trata de resumir una unidad objetiva y cardinal: dólares. Los diferentes estados económicos del mundo se pueden comparar midiendo los excedentes de los consumidores y los excedentes de los productores, y de esta manera determinar qué estado económico tiene una disposición mayor para asociarse a ellos. Sin embargo, para ciertos economistas subjetivistas, el comparar la voluntad neta a pagar con respecto a todos los diferentes estados del mundo, es mucho más fácil de decir que de hacer. Para el economista subjetivo, la eficiencia Kaldor-Hicks requiere de observadores externos que conozcan las funciones de utilidad de los individuos, lo que es imposible que pueda llegar a ocurrir. Una cosa es observar una transacción y el precio de mercado, pero ¿cómo puede uno observar el excedente del consumidor o del productor para todos los bienes? Y ¿cómo se pueden comparar los excedentes de producción netos con los de consumo en todos los estados posibles del mundo? Sabemos que en el actual margen de elección, la mayoría de los estadounidenses están dispuestos a gastar un quinto de centavo adicional para consumir su octogésimo galón de agua en un día determinado, y también sabemos que la utilidad marginal de la

octogésima unidad excede la utilidad marginal de la quinta parte de la condonación de un centavo. Pero, ¿Cuál es mi excedente como consumidor para los 80 galones? ¿Cuál es su máxima disposición a pagar, hipotéticamente hablando, para el galón septuagésimo, su décimo galón, o su quinto galón? Si alguien tenía cuatro galones de agua y estaba contemplando la compra de su quinto galón, podríamos ser capaces de observar su disposición a pagar por el galón quinto. Pero, teniendo en cuenta que estamos tan lejos de esa situación, es difícil para la mayoría de la gente pensar acerca de lo que haría con solo cinco galones o cuánto estaría dispuesta a pagar por cada uno de ellos. Pero si calcular el excedente del consumidor de una persona no fuera lo suficientemente difícil, el análisis del coste-beneficio de la eficiencia requiere el cálculo de los excedentes de consumidor de agua para todas las personas. Y, una vez que se ha calculado el excedente del consumidor para el agua, el economista, entonces, tiene la tarea de calcular el excedente del consumidor para todos los demás bienes [28] . Una vez que se hace el cálculo total del excedente del consumidor y del excedente del productor, para todos los bienes, para todas las personas en la sociedad, uno entonces tiene que comparar la red de excedentes asociados a ese estado del mundo con el excedente neto de todos los demás estados imaginables del mundo [29] . Para la economía subjetivista más profunda, no solo la eficiencia económica es incalculable para el análisis positivo simple, sino que también carece de sentido por cuestiones normativas. Para aquellos cuyo ideal normativo es la maximización de la eficiencia económica, los derechos de propiedad y todas las demás políticas se deben formular de tal manera que permitan maximizar la riqueza; para los simpatizantes de la economía subjetivista hay un problema de regresión infinita. Cuando los derechos de propiedad están aún por definirse, la disposición a pagar es indeterminada, y cuando la voluntad de pago es indeterminada no existe una asignación única de los derechos de propiedad que maximiza la riqueza. Gerald O’Driscoll (1980, p. 357) escribe: «La maximización tiene sentido si sabemos quién tiene qué derechos y qué reglas rigen el proceso de elección. La sugerencia sobre si el principio de maximización se puede utilizar para determinar la distribución de los derechos y de las normas legales es completamente incoherente». ¿Cómo se puede determinar la disposición a pagar por los derechos de propiedad cuando la disposición a pagar se determina por los derechos de propiedad? [30] . Dado que la disposición a pagar solo tiene sentido dentro de un sistema de derechos de propiedad definidos, tenemos un problema de circularidad de la utilización de la economía al hacer política. Los economistas tendrían que saber quién es el dueño de la propiedad para resolver estos problemas de maximización. A menos que los economistas asuman que todas las personas son exactamente las mismas y gastan su dinero de la misma manera, la asignación de los derechos de propiedad tendrá importancia solamente para la evaluación de los resultados económicos. Esto significa

que los economistas no pueden decir que un determinado resultado es socialmente preferible a otro aunque la norma sea la disposición a pagar. El problema se refiere a la Paradoja de la Reversión de Scitovsky, que muestra la inconmensurabilidad potencial de los niveles de eficiencia. Este es el caso en el que la disposición de pago adherida al resultado excede a otra bajo cierta asignación de los derechos de propiedad, pero una vez los derechos de propiedad son reorganizados el ranking es completamente opuesto al anterior. Este problema puede surgir si las preferencias varían entre los individuos o si las preferencias de los individuos varían en el tiempo. Dado que los cambios en los derechos de propiedad pueden alterar la frontera de las posibilidades de producción, incluso en un mundo sencillo de dos personas podemos tener una situación en la que la Persona 1 prefiere el paquete que solo es alcanzable en la situación del Mundo A y en el que la Persona 2 prefiere el paquete que solo es alcanzable en el estado del Mundo B. ¿Qué mundo ofrece un estado socialmente más eficiente? (es decir, ¿qué estado del mundo va a tener la mayor voluntad de pago asociada a ella?). La respuesta dependerá de la distribución de los derechos de propiedad. Cuando a la Persona 1 se le asigne una gran parte de los derechos de propiedad, la disposición neta para ver el estado del Mundo A será más alta que para ver el estado del Mundo B, pero cuando la porción asignada de los derechos de propiedad es mayor para la Persona 2, el resultado, ahora, es completamente opuesto al escenario anterior. Consideremos un ejemplo, de un vecino que quiere tocar su música por la noche cuando un vecino quiere dormir en silencio absoluto. Si la persona que desea dormir es un viejo rico y la persona que desea utilizar el equipo de música es un joven pobre, lo más probable es que el hombre rico esté dispuesto a pagar mucho más dinero para la tranquilidad de lo que el joven está dispuesto a pagar para tocar su música. En este caso, es un barrio tranquilo de Kaldor-Hicks eficiente. Pero si los derechos de propiedad fueron reasignados a fin de que el anciano se convierta en un pobre miserable, y el joven se convierte en un soltero rico, la voluntad de pago asociada con tranquilidad disminuirá y la voluntad de pago asociado con la música aumentará. ¿Es la sociedad con música más rica que la sociedad con tranquilidad? Dado que los dos tienen diferentes preferencias, la disposición a pagar asociada a cualquiera de los dos resultados serán diferentes de acuerdo con la asignación de derechos de propiedad. No ser capaz de determinar el resultado eficiente es un tema que surge cada vez que los derechos de propiedad están en el aire. Considere la posibilidad de que alguien accidentalmente dañase la estatua de Stalin frente a la residencia de un funcionario gubernamental. ¿Es esta acción eficiente o ineficiente? Si la disposición neta a pagar atribuida a la estatua en el lugar es positiva, el daño a la estatua es ineficiente; pero si la voluntad neta de pago es negativo (suponiendo que los costes de transacción de las negociaciones para quitar la estatua sean prohibitivos), entonces dañar el estatua es eficiente. Sin embargo, la evaluación estará claramente supeditada a la asignación

existente de los derechos de propiedad. En las sociedades donde los dictadores tienen una gran parte de los recursos, observamos altos precios asociados con las estatuas de Stalin (ya sea en términos de la disposición a pagar o la disposición a pagar para eliminar las estatuas), pero cuando los derechos de propiedad se reorganizan lejos de los dictadores estas estatuas se hacen inútiles e históricamente se han destruido. Cuando un dictador simpatizante de Stalin es dueño de la mayoría de la propiedad una sociedad con estatuas de Stalin, se considera más eficiente. ¿Será una sociedad con numerosas estatuas más rica que otra sin las estatuas? Nosotros no podemos responder a esa pregunta a menos que tengamos en cuenta la distribución de los derechos de propiedad. Rizzo (1980, p. 646) escribe: «No hay forma, entonces, de ubicarse fuera de la ley y observar las mediciones contra un estándar externo». Por si hacer comparaciones acerca de qué estado del mundo es más rico en una sociedad no fuera lo suficientemente difícil, estas cuestiones son aún más problemáticas cuando se hacen comparaciones de ingresos entre las distintas sociedades. Hay que tener en cuenta no solo cómo en una sociedad se clasificarían dos resultados sociales, sino también cómo sería comparar los resultados de dos sociedades con diferentes conjuntos de preferencias. Cuando los vectores de precios, preferencias y tamaño de la población en las dos sociedades difieren, las comparaciones sobre cuál sociedad está mejor es aún más difícil (Sen, 1976). Tiene sentido examinar cómo la gente valora las cosas al margen en sus situaciones actuales, y los especuladores también podrían adivinar cómo la gente va a reaccionar en situaciones ligeramente diferentes. Pero la cantidad de gente que está dispuesta a pagar por los bienes es consecuencia de la influenciada del tiempo de cada persona y de su lugar. Como Hayek ha argumentado, es precisamente porque nadie conoce el resultado de los mercados por lo que necesitamos esos mercados. Un observador externo no puede escudriñar en las mentes de todos los individuos y calcular los precios de mercado o el excedente total del consumidor y de todos los bienes en todo los posibles estados del mundo. Sin poder comparar superávits netos entre los diferentes estados del mundo, los economistas no pueden hacer comparaciones sobre cuáles de las sociedades son más económicamente eficientes.

11. Pregunta 10: ¿Puede un enfoque basado en las preferencias y aplicado al

principio de Pareto permitirnos hacer comparaciones relativas a la utilidad social?

Si ya se rechazaron todas las formas anteriores de hacer comparaciones del bienestar entre los diferentes estados del mundo, ¿qué más da rechazar otra? En el Elgar Companion to Austrian Economics, en la parte sobre «Austrian Welfare Economics», Tyler Cowen (1994, p. 304) escribe: «La economía del bienestar ha recibido solo

esporádica atención por parte de los economistas que generalmente son clasificados como austriacos. En algunos casos, los austriacos afirman explícitamente que la economía del bienestar es una caja vacía». Un conjunto de argumentos que Cowen menciona nacen del texto de Rothbard Hacia una Reconstrucción de la Utilidad y el Bienestar Económico (1956), donde Rothbard critica las concepciones actuales de la economía del bienestar y luego al final presenta un punto de vista diferente. La propuesta de Rothbard puede ser vista como un giro en el concepto de eficiencia de Pareto. La concepción dominante de la eficiencia de Pareto dice que algo es una mejora si hace que al menos una persona pueda estar mejor sin que nadie más esté peor, y dice que el mundo es eficiente si no hay mejoras de Pareto pendientes por hacer. Aunque muchos economistas simpatizan solo de palabra con esta concepción de la eficiencia, pocos economistas la utilizan para recetas políticas en el mundo real, porque con solo que una persona no esté dispuesta a ver ganar a otras, ya no habrá mejora de Pareto. Con la propuesta de Rothbard (1956, p. 250; cursivas en el original), por otro lado, «no estamos interesados en las opiniones sobre los intercambios que puedan realizar otros, desde el momento en que las preferencias que no son demostradas por medio de una acción son, entonces, irrelevantes», y concluye sosteniendo que el intercambio hace que las partes involucradas estén mejor sin empeorar la condición de nadie. La intervención del gobierno, en contraste, puede beneficiar a algunos, pero sabemos que, necesariamente, está afectando a al menos una persona, empeorando su condición. Siguiendo estas premisas de la economía paretiana, Rothbard arremete contra el estado:

En general, incluso los economistas más rigurosos, como Wertfrei, han estado dispuestos a permitirse un juicio ético: se sienten en la libertad de recomendar cualquier cambio o proceso que incremente la utilidad social en virtud de la regla de la unanimidad. Cualquier economista que persigue este método tendría que defender (a) el libre mercado como siempre beneficioso y (b) abstenerse de defender cualquier acción gubernamental. En otras palabras, él tendría que convertirse en un defensor del «ultra» laissez faire (ibíd., p. 253).

Así como la intervención del gobierno hace que al menos una persona empeore en su situación, los mercados permiten a todas las personas maximizar su utilidad individual (sujetas a las restricciones de mercado); es por esto que Rothbard dice: «El libre mercado maximiza la utilidad social». Este argumento ha recibido mucha atención, aunque más comentarios negativos que positivos. Autores como Laurence David Moss y Prychitko han criticado la discusión de Rothbard sobre la utilidad social. Otros argumentan que Rothbard intenta, ilegítimamente, mezclar la economía positiva con conclusiones políticas libertarias; y algunos otros sostienen que Rothbard está haciendo declaraciones ilegítimas acerca de

la utilidad cardinal de la sociedad. ¿Podría ser que Rothbard no sea tan profundamente subjetivista como mucha gente cree? A pesar de la controversia de esas páginas, un hecho interesante y poco conocido es que Rothbard mismo no las tomaba demasiado en serio: En una serie de conferencias, en una de las cintas grabadas y con poca circulación, «A Short Course on Free Market Economics» [Un breve curso sobre la economía de libre mercado], Murray Rothbard

realmente dice [31] : «Yo solía divertirme mucho con esto [ en mi primer artículo que nunca salió». Describe cómo el comercio aumenta la utilidad de ambas partes y luego agrega: «Si queremos utilizar el término “sociedad”, que de todos modos no me gusta, entonces podemos decir que la utilidad social se incrementa». Luego, «cuando el gobierno entra en escena lo que hace es disminuir la utilidad social de alguien, usualmente la del contribuyente». Rothbard después declara:

]

Por desgracia he sido acusado, aunque este término es desafortunado [

sostenido que toda mi base para el laissez faire descansa en la idea de que la utilidad social es una tontería [énfasis añadido]. Por supuesto que no lo es. Todo esto solo ha sido para resaltar y demostrar que si nos inclinamos en la eficiencia de utilidad social de Pareto entonces tenemos que confinarnos al laissez faire. Este no es mi mayor argumento para el laissez faire. En cualquier caso, el problema de esas personas que piensan que este es mi principal argumento es que están tan absortas que no pueden realmente comprenderlo (Rothbard, cinta 6, «Cost of the Firm» [«Coste de la firma»] Lado B, 35:57 a 37:44).

] ha sido

Así, mientras que algunos economistas han regañado al presunto formalismo de Rothbard sobre la economía del bienestar como una pretensión de conocimiento, y otros la han defendido, todos ellos parecen estar leyendo demás dentro de sus escritos. Rothbard no pretendía declarar que era capaz de comparar los niveles de utilidad social en el mercado libre y contrastarlos con otros sistemas. En última instancia, lo que Rothbard sostuvo fue que la defensa del libre mercado no depende de la comparación entre utilidades, sino de los derechos.

12.

Conclusión

Los principios del subjetivismo económico caracterizan una gran parte de la economía moderna y su importancia no puede ser exagerada. Sin embargo, a pesar de que casi todos los economistas creen que los bienes se valoran sobre la base de lo mucho que satisfacen las preferencias subjetivas de una persona, algunos economistas creen en el subjetivismo económico de maneras diferentes que otros. En lugar de clasificar a los economistas como subjetivistas o no-subjetivistas, este capítulo ha discutido algunas de

las maneras en que los economistas pueden o no ser subjetivistas. Si se administra una prueba en el subjetivismo económico, ciertos economistas neoclásicos se puntúan más alto que los demás. Bryan Caplan, por ejemplo, podría estar de acuerdo con el subjetivista más profundo en las cuestiones de 1 a 8. En ese sentido, un economista como Caplan obtiene mejores calificaciones en una prueba de subjetivismo económico que alguien que cree en la utilidad social, como Ludwig von Mises. Pero cuando se trata de la pregunta 9, de la eficiencia de costes y beneficios, las puntuaciones de Caplan serán más bajas en la prueba de subjetivismo económico que un Lionel Robbins o un Murray Rothbard. Los subjetivistas más profundos dirían que los observadores externos no pueden saber hasta qué punto un individuo estaría dispuesto a pagar por todas las unidades de un bien en diferentes circunstancias, por lo que no se puede calcular y tampoco comparar entre los excedentes de los consumidores de los diferentes estados del mundo. Sí, Caplan, está en lo correcto sobre que muchos economistas pueden clasificarse como creyentes de algún tipo de subjetivismo, pero muchos solo pueden clasificarse como subjetivistas en el sentido más débil del concepto. Muchos economistas estarán en desacuerdo sobre si consideran óptimo el espectro económico del subjetivismo, y estarán de acuerdo en que no todos los economistas son subjetivistas en el mismo grado. El subjetivismo económico tiene muchas implicaciones desde un punto de vista positivo y normativo. Desde un punto de vista positivo, las reglas de la economía subjetivista dejan fuera a muchas de estas implicaciones que se podrían considerar poco científicas. Robbins (1932, p. 125) escribe: «En efecto, toda aquella parte de la teoría de las finanzas públicas que se ocupa de “utilidad social” se va por la borda». La economía positiva todavía tiene mucho que decir sobre el mundo, siempre y cuando no intenten hacer cosas como comparar los niveles totales de utilidad. Desde el punto de vista normativo, aunque el subjetivismo económico está completamente libre de valores, abrazarlo significa que uno es más propenso a descartar muchos tipos de prescripciones normativas. Por ejemplo, una persona que rechaza comparaciones interpersonales de utilidad es menos propensa a apoyar sistemas que forzosamente hacen que algunas personas estén en condiciones insatisfactorias por el bienestar de la mayoría. Nada detiene a los economistas subjetivistas de apoyar una política específica por razones normativas, pero sería ilógico que rechazara la suma de las utilidades y luego apoyara una política destinada a aumentar la utilidad total. Exactamente, hasta qué punto uno esté apegado al subjetivismo económico significará su propensión a apoyar cierto tipo de políticas. Veamos algunos ejemplos. Los economistas que abrazan incluso un subjetivismo moderado son mucho menos propensos a favorecer leyes que obligan a que los precios de un bien estén determinados en función del número de horas que tarda en fabricarse [32] . Esta podría ser una de las razones por las que los socialistas son más raros entre los economistas en comparación con otros grupos. Para los economistas que profundizan en el subjetivismo

económico hay otras implicaciones aún. Los economistas que abrazan el subjetivismo de los costes son menos propensos a apoyar leyes que fijen impuestos sobre las empresas. Los economistas que reconocen que las preferencias individuales difieren, que no son constantes y que no son fácilmente evidentes independientemente de la elección real, tenderán a favorecer menos los planes gubernamentales para proporcionar «bienes» en beneficio de todas las personas. Muchas de las justificaciones que usan los gobiernos son argumentos utilitaristas, que asumen que la utilidad subjetiva es cardinal y comparable entre diferentes personas. Sin embargo, los economistas subjetivistas más profundos rechazan estas premisas. ¿Cómo podemos maximizar la suma de las utilidades en la sociedad cuando no tenemos forma de sumar o medir incluso los útiles imaginarios? [33] . Además, al rechazar el utilitarismo, los subjetivistas más profundos rechazan otros intentos de crear sustitutos de bienestar de la sociedad, tales como ingresos monetarios, los patrones de migración o el análisis de coste-beneficio. Cada una de estas políticas mide algo, pero ninguna mide la utilidad psicológica. Si las teorías consecuencialistas, como el utilitarismo o la norma de eficiencia económica, están carentes de sentido, entonces ¿qué nos queda? El subjetivismo económico no proporciona ningún argumento a favor de los derechos, pero descarta una serie de regímenes consecuencialistas. Tal vez por eso muchos economistas subjetivistas suelen criticar exhaustivamente la política basada en los derechos. Y ellos también resultan ser libertarios.

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5. Precio: La más alta heurística

STEPHEN C. MILLER

1. Introducción

La principal diferencia entre los dos premios Nobel de 2002 en Ciencias Económicas, Daniel Kahneman y Vernon Smith, gira en torno a la proposición siguiente: el sistema de precios economiza la información que los agentes económicos tienen que procesar en la toma de sus propias decisiones. Mientras que ambos investigadores se centran en la toma de decisiones de los individuos en un mundo de información incompleta ambos llegan a conclusiones esencialmente opuestas. Uno hace hincapié en las limitaciones de la cognición humana, mientras que el segundo se concentra en cómo los ajustes del mercado permiten a las personas superar sus limitaciones cognitivas. La verdad es que la gente no «supera» sus limitaciones cognitivas en presencia de precios de mercado y de incentivos, pero sí descartan aquellos sesgos y aquellos atajos mentales que puedan resultar contraproducentes. En su lugar, se basan principalmente en las señales emitidas por los precios. De acuerdo con las investigaciones actuales del comportamiento, los individos tienden a ser más objetivos y tenases en condiciones de mercado, es decir, se parecen más al Homo economicus. De este argumento se desprende la idea que el sistema de precios estimula el comportamiento social. Cuando los participantes de un experimento económico presentan algún tipo de «irracionalidad», parecen tomar las decisiones con sesgos sobre el valor esperado y no necesarimante calculando el valor esperado. En cambio, parecen usar atajos mentales, llamados heurísticas, para tomar las desiciones. Por ejemplo, las decisiones pueden incluir: aceptar una oferta durante una subasta o si vende un bien por debajo del precio de compra conocido. La observación comportamental revela que los sujetos adivinan los valores esperados en lugar de calcular. Ellos parecen «adivinar» los excedentes del comprador y del vendedor, los costos de transacción, entre otras cosas. El programa de investigación de Kahneman es identificar cuándo y cómo es que estas «adivinanzas» tienden a ser equivocadas. Mientras que el programa de investigación de Smith busca identificar cuándo estas «adivinanzas» tienden a ser correctas. Cuando analizamos los resultados comportamentales podemos concluir que cuando el costo de cometer errores es más alto la tendencia a cometerlos decrece. En cierto sentido, los sujetos en condiciones experimentales, muestran comportamientos racionales del más alto nivel —cuando toman desiciones ellos economizan el pensamiento sobre el problema.

Los actores del mercado no son perfectos calculadores de costos y beneficios. El sesgo existe y es a menudo costoso. La negociación puede fallar, las oportunidades de beneficio viable pueden ser abandonadas y los consumidores a menudo experimentan remordimientos. La economía del comportamiento proporciona un enfoque valioso para la comprensión de estos eventos y puede ser una herramienta útil para identificar maneras de mejorar el status quo. Sin embargo, la economía del comportamiento no necesariamente apoya la intervención del gobierno en los mercados. Una crítica obvia de este punto de vista es que los actores políticos presumiblemente son tan propensos al sesgo y otros fracasos cognitivos como actores del mercado. Además, los mercados tienen un mecanismo de ganancias y pérdidas que no está presente en el ámbito político. El mecanismo de ganancias y pérdidas se basa en precios de mercado, y en última instancia, es a causa de los precios de mercado que los mercados pueden superar los obstáculos de la limitada información y el conocimiento imperfecto.

2. La heurística versus el sesgo

La heurística solo parece «irracional» cuando los individuos la aplican mal. Una heurística, por definición, es imperfecta —y no se podrá aplicar en ciertas situaciones. Si una persona desea minimizar los costos cognitivos, entonces existe la posibilidad de tomar «malas» decisiones —es decir, la posibilidad de usar una heurística, que de otra manera sería eficaz, puede fallar en ciertos entornos. Los atajos tienen una utilidad limitada, pero han sido adoptados por los individuos racionales hace tanto tiempo debido a que tienden a tener éxito más a menudo de lo que sulen fallar. A veces los términos «heurística» y «sesgo» se usan indistintamente [34] , pero hay una importante distinción entre los dos: el uso de la heurística es una forma de reducir los costos de la toma de decisiones, desde la búsqueda de información hasta el análisis consciente de los costos y beneficios; pero muchas definiciones de sesgo pueden incluir algún concepto de parcialidad o prejuicio. La verdad es compleja, quizás incognoscible. La heurística es una herramienta para aproximarnos a la verdad, mientras que el sesgo es una herramienta para evitar la verdad. Sin duda, es posible que un individuo pueda aferrarse a un atajo mental hasta el punto en el que se convierta en una tendencia. Pero el uso de atajos mentales no está necesariamente (o incluso especialmente) relacionado con el sesgo. Una heurística apropiada y eficiente incluso tenderá a reducir el sesgo. La mente humana evolucionó en un ambiente de no-mercado —antes de la aparición de la compleja actividad del mercado y de la multitud de opciones que ello conlleva. La heurística y otras herramientas de toma de decisiones son apropiadas para la supervivencia en grupos pequeños homogéneos con necesidades de subsistencia. Los resultados de la economía experimental/conductual sobre el sesgo cognitivo y sobre el

sesgo de disponibilidad hasta el de aversión a la pérdida, sugieren que mucho de la heurística que ha evolucionado puede inhibir el intercambio y con ello los beneficios mutuos del comercio. Sin embargo, las presiones de la oferta y la demanda tienen la tendencia de castigar a los que se aferran a una heurística ineficaz. El sesgo puede reducirse en la medida en la que el coste del sesgo aumenta, y en un ambiente de mercado, los precios juegan un papel importante en dicho proceso. Tanto como los consumidores y los productores, los actores del mercado utilizan una variedad de atajos mentales, es decir; heurística para tomar decisiones. El precio de mercado de una entrada o resultado final de un bien es lo más importante, y la heurística que por definición caracteriza la configuración del mercado. Los precios proporcionan información de un tipo único: información mezclada con los incentivos. Ellos no solo transmiten la relativa escasez de los bienes y servicios, sino que también proporcionan un claro incentivo para comprar más o comprar menos. Las personas tienen graves limitaciones cognitivas; simplemente somos incapaces de darnos cuenta de todas las condiciones de mercado a la vez. Sin embargo, en las economías de mercado, las decisiones en el rostro de información incompleta son ayudados por las señales de precios. Los precios son la principal heurística que permite a los agentes del mercado superar sus limitaciones cognitivas. Sin precios de mercado, las limitaciones cognitivas que los austriacos y los economistas conductuales destacan evitarían por completo el cálculo económico racional.

3. Heurística y racionalidad

Una forma de ver el punto de vista de la economía del comportamiento es que sus conclusiones apoyan, en general, la intervención del gobierno en los mercados, debido a su énfasis en la intersección de la irracionalidad y la ignorancia —tradicionalmente un punto ciego en la economía neoclásica. La ignorancia es mejor definida como una falta de conocimiento, pero la definición de «irracionalidad» está en disputa entre los economistas: algunos adoptan una definición sustantiva, mientras que otros utilizan una

noción procedimental de la racionalidad. En este capítulo, la irracionalidad se refiere a

la tendencia de los seres humanos a verse obstaculizados por los sesgos en las tomas de

decisiones. La irracionalidad es a menudo acerca de cómo las personas hacen frente a

su falta de conocimiento; la teoría neoclásica estándar presume que la ignorancia obliga

a los individuos a adivinar. Un visión típica sobre «adivinar» está normalmente distribuída alrededor de una especie de media de la «verdad». Mientras haya suficientes personas que supngan, la estimación promedio tenderá a ser correcta (Caplan, 2002). La gente tiene un conocimiento imperfecto, pero hacen sus conjeturas mejor informados acerca de las probabilidades de eventos en un contexto de incertidumbre.

Tanto la irracionalidad como la ignorancia son obstáculos que se deben superar en los mercados, la simple identificación de los obstáculos no implica necesariamente que esos obstáculos son insuperables. Si no hubiesen obstáculos a superar, habrían muy pocas oportunidades de beneficio para ser encontradas por el empresario. Por ejemplo, es debido a la información asimétrica en los mercados de autos usados ​​que el fabricante certifica como rentables los autos usados. La reputación termina siendo un activo muy importante en los mercados, y para construir una reputación positiva los vendedores tienden a compartir sus excedentes con los consumidores, aún cuando la asimetría de la información podría permitir extraer más en el corto plazo. A menudo, el «juego del ultimátum» se utiliza como un ejemplo de cómo la gente no es siempre económicamente racional. El juego del ultimátum es un experimento en el que un sujeto debe hacer un trato tómalo-o-déjalo, es decir, un ultimátum de unos a otros. El jugador 1 recibe una suma de dinero, por ejemplo, $ 10, y hay que dividirla con alguien más, un jugador 2 desconocido para él. Supongamos que el jugador 1 ofrece $ 3 para el jugador 2, dejando $ 7 para sí mismo. Si el jugador 2 acepta la oferta, entonces el jugador 1 recibe $ 7 y el jugador 2 recibe $ 3. Pero si el jugador 2 rechaza la oferta, ningún jugador recibe ningún pago. Una persona perfectamente «racional» en la posición de jugador 2 acepta cualquier oferta positiva, ya que incluso si el jugador 1 ofrece un centavo, hasta un centavo, sigue siendo preferible a nada. Algunos investigadores del comportamiento creen que la tendencia general a rechazar las ofertas por despecho es relevante en mercados, sobre todo en los intercambios en los que una de las partes tiene un fuerte poder de mercado, es decir, donde los vendedores (o compradores) tienen un poder de monopolio significativo (o monopsonio). Thaler (1992, p. 31) dice: «Así como el destinatario de un juego del ultimátum podrán rechazar una oferta pequeña, pero positiva, el comprador podrá abstenerse de comprar a un precio que deja un poco de excedente del consumidor pero es visto como la división del excedente de una manera injusta». La extensión del interesante hallazgo del comportamiento en la actividad del mercado es profundamente errónea. Thaler ofrece una noción equivocada de lo que es el excedente del consumidor. Si el excedente del consumidor es la diferencia entre el máximo que un consumidor está dispuesto a pagar por un bien y el precio pagado; ahora bien, no puede haber un excedente por parte del consumidor en una situación en la que el comprador no está dispuesto a pagar el precio del vendedor. La renuencia de los consumidores a comprar puede basarse en una noción de justicia o una multitud de otros factores. Pero cuando un consumidor no está dispuesto, esa persona, por definición, no tiene excedente del consumidor. El precio de demanda del comprador es fundamentalmente subjetivo, basado en valores y creencias subjetivas, por lo que es absurdo suponer que uno de esos valores (justicia) es de alguna manera exógena o aparte de la demanda de los consumidores.

Los experimentos de comportamiento muestran que los seres humanos tenemos alguna noción de justicia que afecta nuestra valoración de los viene y servicios. Sin embargo, los experimentos también muestran que la justicia tiene sus límites —las apuestas más altas se acompañan de un comportamiento estrictamente más «racional». [35] Esto no significa que las nociones de justicia y equidad obstaculizan las acciones económicas, sino que las nociones de justicia son otro valor subjetivos que los vendedores (y compradores) toman en cuenta al momento de participar en intercambio.

4. Cálculo y el papel de los precios de mercado

La teoría microeconómica básica es fundamentalmente una historia de precios de mercado. Los teóricos microeconómico del mainstream, definen como el punto de equilibrio cuando el precio de mercado es estable; el precio es estable solo cuando la cantidad ofrecida es igual a la cantidad demandada. Si el precio está por encima del equilibrio, la cantidad ofrecida sobrepasa la cantidad demandada, lo que conocemos como un superávit, y que obliga a los vendedores a bajar sus precios. Si el precio está por debajo del equilibrio, entonces la cantidad demandada es mayor que la cantidad ofrecida, y se produce una escasez. La escasez empuja a los vendedores a subir sus precios. Es solo en un estado de equilibrio que no hay presión sobre los precios para subir o bajar. A pesar de que las condiciones, las funciones de oferta y demanda, estén en constante cambio, estas presiones empujan los preción hacia un punto de equilibrio. Esta comprensión de los precios coincide con las explicaciones dadas en la gran mayoría de los más modernos libros de texto, e incluso parece ser compartida por los editores de The Washington Post, en donde se escribió en respuesta a los llamamientos para la regulación de los precios de la gasolina:

Cuando los precios del petróleo alcanzaron su pico, fue a causa de la escasez — por ejemplo, la escasez causada por el daño a la infraestructura petrolera por huracanes en la Costa del Golfo. La mejor manera de manejar esa escasez es que los productores hagan un esfuerzo especial para conseguir petróleo e ingresarlo al mercado y que los consumidores hagan un esfuerzo especial para reducir su consumo. Los precios más altos fomentan esas dos respuestas, en lugar de quejarse de la especulación de precios, el Congreso debe celebrar las señales de precios. Por el contrario, los precios controlados no generan presión para la producción adicional o la conservación. Simplemente crear líneas de gasolina:

Testigo de la década de 1970. (11 de noviembre de 2005, p. A24).

La representación estándar de los precios parece pasiva, los precios se mueven

cuando los vendedores observar un superávit o déficit. La idea es que cuando los precios suben o bajan, el cambio transmite un bit de información importante y relevante. Los compradores están alertados por la escasez, y, en respuesta al incentivo de un mayor precio, compran menos. Esa información es una señal de precios. Las señales de precios, en opinión de los austriacos, sugiere una doble relación entre los cambios relativos de escasez y los precios de mercado: la escasez aumentó en relación a las alternativas y empujaron el precio; el movimiento del precio que transmite la información —que el bien en cuestión tiene se vuelven relativamente escaso— en todo el mercado. Este papel de las señales de precios es tan importante que, Ludwig von Mises dijo la famosa frase, en ausencia de señales de precios el cálculo económico racional es imposible. En su clásica crítica al socialismo, Mises ([1920] 1990) argumenta que solo los ajustes de los precios de mercado pueden generar utilidades. En la jerga del comportamiento, Mises argumenta que mediante la eliminación de los precios de mercado, se roba a los productores en todos los niveles de su mejor heurísticas

disponibles. Joseph Salerno (1990, p. 36) explica: «Mises

cálculo monetario es la herramienta indispensable para elegir el óptimo entre la amplia gama de planes de producción estrechamente relacionados y que están disponibles para el empleo de los factores de producción en el marco de la división social del trabajo». La aclaración de Salerno sobre Mises es, en esencia, que en los mercados los precios son el último recurso heurístico —que hacen posible la actividad económica racional. El socialismo, un sistema sin propiedad privada, es fundamentalmente un ambiente de no-mercado. Alguna autoridad puede asignar precios, pero fuera de un entorno de mercado, los precios no son simplemente una guía efectiva para la toma de decisiones. Ganancias y pérdidas contables se convierte en conjeturas y, por lo tanto, las decisiones sobre qué y cuánto producir pierden su significado. Sin precios de mercado, por ejemplo, los productores pueden con gran dificultad decidir qué elementos usar en su proceso de producción. F.A Hayek (1945) reforzó este caso con el argumento de que, a lo largo de toda una economía con, esencialmente infinitas combinaciones de insumos para crear miles (¿O millones?) de productos finales, las desiciones son muy difíciles de tomar cuando el conocimiento de lo que se puede hacer y de la forma en la que se puede hacer, no está en manos de una sola persona. Esto se aplica al conocimiento necesario para producis cualquier bien de consumo, por simple que sea. Los precios de mercado de varios elementos de producción sustitutos no provee a los productores con toda la información necesaria para la apropiada producción. Pero esos precios les indican cuánto pueden arriesgarse para producir para vender. Los precios de mercado también permiten la alternativa de sopesar las diversas alternativas de elementos de producción con otras a través de contabilizar las ganancias y las pérdidas.

su visión central es que el

5.

¿La economía del comportamiento es compatible

con la economía austríaca?

¿Qué hace «austriaca» la afirmación de que los precios proporcionan incentivos y envían señales? Sin duda, el economista neoclásico prototipo no estaría de acuerdo

que, por ejemplo, el aumento del precio de la gasolina va a inducir a los consumidores

a cambiar su comportamiento en consecuencia. Veltheus (2004, p. 373) resume la diferencia entre la visión neoclásica y austríaca:

Considerando que, según el punto de vista austriaco los precios juegan un papel activo en el proceso de descubrimiento, mediante la difusión de información aún desconocida para los actores en una situación de desequilibrio del mercado, se limitan a «resumir» el conocimiento ya conocido en una situaci