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ECONOMÍA Y FE CRISTIANA ¿POR QUÉ DEBEN CONSIDERARSE JUNTAS Y CÓMO?

RESUMEN

De los principios a la práctica: algunos valores


El debate ecuménico nos ha dejado como lección que las convicciones fundamentales de
la fe cristiana no pueden ni deben traducirse en modelos o estereotipos de economía política
universalmente válidos y aceptables. Tanto política como economía deben ser contextuales
considerando cada situación histórica, social y cultural. De manera que los principios de base
teológica deben acompañarse de investigaciones empíricas de la realidad sobre los problemas
locales. Se presentan, a continuación, cuatro indicadores que pueden ser de guía para avanzar de
los principios a la práctica.
1. El orden creado es esencialmente bueno, y a la humanidad le cabe la responsabilidad de velar
por él.
De acuerdo al relato bíblico, lo que Dios creó es bueno. La humanidad, creada “a su
imagen” puede ser capaz de relaciones personales plenas y de tomar decisiones moralmente
responsables. Con esto se reafirma la responsabilidad humana aún en lo económico. Ahora bien,
con esto no debe olvidarse la universalidad y omnipresencia del pecado que se evidencia a lo largo
de la historia en la que hombres y mujeres muestran una tendencia egoísta más que al bien
común y mucho menos aún hacia la voluntad de Dios, tal como lo expresa San Pablo en Rom. 7:12.
Pero el cristiano siempre tiene presente la obra redentora de Cristo, quien, a través de la
cruz puede cambiarnos, aceptarnos y liberarnos para asociarnos a su obra creadora, compartiendo
con nosotros esa responsabilidad. El Espíritu Santo dispensa una vida nueva y reconcilia las fuerzas
encontradas que nos habitan y que por lo tanto afectan las estructuras en las actuamos. De
manera que el Espíritu nos ayuda a discernir para comprender la voluntad de Dios de acuerdo a
nuestro contexto. La preocupación de Dios por su creación nos hace responsables de compartir
esa misma preocupación. El que muera gente de hambre es problema económico, pero también
religioso. Los problemas ecológicos, la desigualdad social y la injusticia, más que el resultado de
decisiones económicas aleatorias son una negación de la “imagen de Dios”.
2. El valor y la libertad son inherentes a cada ser humano y a toda la humanidad.
Según Génesis la creación del hombre y la mujer es uno de los grandes momentos de la
creación. Incluso los evolucionistas otorgan a la humanidad el carácter de elevar el orden natural
hacia nuevos planos de conciencia y responsabilidad. Es que se nos ha dado la capacidad de
elaborar relaciones conscientes y de asumir decisiones, cuyos costos y consecuencias debemos
soportar aunque no puedan ser previstos totalmente. El pecado y sus consecuencias son reflejo de
una libertad otorgada para algo mejor que la experiencia normal que tenemos unos con otros.
Pero aun así, esta libertad no puede separarse de la responsabilidad que tenemos con los otros
miembros de la comunidad humana y con toda la creación.
3. La preocupación de Dios y del pacto en Cristo incluyen a toda la humanidad, superando todas
las barreras que se interponen entre nosotros.
El amor y la preocupación de Dios mostrado en la obra de Cristo no excluyen raza, sexo,
clase o religión. Es más, derriba las barreras que los humanos erigen constantemente entre sí. Y se
muestra desde las generaciones pasadas hasta las futuras. A menudo las políticas y estructuras
económicas dividen en lugar de unir, negando con ello el hecho de que Dios ofrece su amor.
4. La norma suprema de las relaciones y el comportamiento entre los seres humanos es la justicia
de Dios, que debe discernirse en una “opción preferencial por los pobres”
La justicia es el último de los indicadores, pero no el menos importante. Si bien la justicia
se define de diversas maneras, tanto desde la economía como desde la filosofía, a menudo suele
describirse en función del derecho de una persona a recibir lo que le corresponde. En cambio el
concepto bíblico de justicia es mucho más rico. Primero se refiere a la rectitud que Dios ha
mostrado en la historia de la humanidad, se refiere a las relaciones justas con Dios y con la
creación. La justicia se manifiesta en responsabilidades y deberes recíprocos y no en derechos
opuestos unos de otros. Considerando que la explotación, la dominación y la opresión violan el
pacto de responsabilidad mutua, hacer justicia consistiría, en tales situaciones socorrer al
desfavorecido y resistir, reprender y reparar. La justicia de Dios es liberar a los oprimidos,
reprender al opresor y obtener de él la reparación. La “opción preferencial por los pobres” está
ampliamente fundamentada en las escrituras. De manera que los sistemas económicos y políticos
deben juzgarse en función de sus efectos en los pobres. Toda esta preocupación debe darse en un
acto de ponerse de su lado, ya que la realidad de la pobreza y la prolongación de la desigualdad es
uno de las consecuencias más chocantes e inaceptables de la manera en que los poderes
dominantes organizan la sociedad.