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TEATROCRACIA

Apol ogí a de la r epresentaci ón

C O L E C C IÓ N

S e rie

ESTR UC TUR AS Y PRO CESOS

B e re c h o

© Editorial Trotta, S.A., 201 6 Ferraz, 55. 28008 Madrid Teléfono: 91 543 03 61

14 88

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Fax: 91

543

© Andrea Greppi, 201 ó

ISBN: 978-84-9879-641-4 Depósito Legal: M -l 5678-2016

Impresión Gráficas Cofas, S.A.

ÍNDICE

I. Un debate pendiente

 

9

1. La forma del m alestar

9

2. ¿Hacia dónde m irar?

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3. La plasticidad del ideal representativo

 

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4. Algo más que parches en la mecánica institucional

17

5. El trabajo de la representación

 

22

6. Abrir el foco: una ap o lo gía

26

II. D emocracia sin representación

29

7.

El prejuicio antirrepresentativo

;

29

8.

La doctrina del mejor interés

32

9.

Instrumento de dominación y falsificación

.“

 

36

10.

El credo de las nuevas élites

40

11.

Contra la desintermediiación

44

III. E l ágora y el teatro

 

49

12. Dem asiados frentes abiertos

49

13. Eclecticismo e inconsistencia

50

14. La analogía fundam ental

54

15. El teatro de los griegos y el nuestro

 

57

16. Representaciones de la voluntad colectiva

62

17. La prioridad está en el decorado, en la tramoya, en la acústica

67

IV. R epresentaciones adecuadas

 

73

18. Los dos focos del proceso representativo

 

73

19. Puro teatro: simulacro y seducción

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20. Tecnocracia: escenarios de la deliberación p ú b lica

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A PO LO G ÍA

DE

LA

REPRESENTACIÓN

 

21. El producto de la puesta enescena

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22. Andamiajes del juicio: instrumentos de control público

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V.

D e d i c a t o r i a

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23.

Las Meninas y la igualdad

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I

UN DEBATE PENDIENTE

Tant de miroirs, ce sont les sottises d’autrui,

1. La forma del malestar

Miroirs, de nos défauts les peintres légitimes

*.

La Fontaine, Fábulas, 11

Sobre un panel publicitario que cubría un edificio de la Puerta del Sol de Madrid, a última hora de la tarde del 19 de mayo de 2011, alguien colgó un enorme retrato de Heinrich Himmler, tocado con su gorra de co­ mandante, con el símbolo del euro en lugar del escudo de las SS y unas grandes orejas de ratón, como las de Mickey Mouse. Al pie, en letras ro­ jas, se leía: «No nos representan»1. La imaginación estaba a flor de piel en aquellos días. Parecía no tener límites. Palabras e imágenes se hacían virales al instante, en las redes y en la plaza, reiterándose y contaminándose. No era fácil identificar un gesto o un lema dominante, una idea que prevaleciera sobre las demás. Todas se entrelazaban en una corriente continua. Quiero creer que ese es el motivo por el que el asunto de la representación no quedó explíci­ tamente recogido entre las reivindicaciones consensuadas por las asam­ bleas del movimiento, en las siguientes jornadas. Pero estaba implícito. Se hablaba de empleo y vivienda, de acabar con los privilegios de la clase política, de la banca, de los desahucios y las hipotecas, de escuela y ser­ vicios públicos, de fiscalidad y gasto militar. Como en otras primaveras que florecían a ambas orillas del Mediterráneo, y también más lejos, los acentos del malestar formaban un collage variopinto. La forma de la protesta y la sustancia se correspondían milagrosamente. La ruptura

*

legítimos

«Espejos, eso son las bobadas de los demás, / Espejos, de nuestros defectos, pintores ».

1. http ://www.youtube.com/watch ?v= h-Vxxa5a-4s (consultado el 1.4.2016).

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fundamental que estaba teniendo lugar se encontraba en la dimensión expresiva de la esfera pública, en las modalidades de la participación y la protesta, esto es, en el plano de las representaciones. Tres días más tarde se celebraron en España las elecciones locales que habían servido como detonante de la protesta. Qué mejor prueba de nor­ malidad democrática. La escena pública estaba repleta de mensajes que ponían en cuestión los estrechos moldes de la política partidista conven­ cional, pero no hubo ni miedo ni boicot. La incertidumbre era grande, pero solo hasta el momento en qúe empezaron a conocerse los primeros resultados. Porque, contra todo pronóstico, la gran noticia de aquella jornada fue que no hubo noticias. Una decepción para muchos y una sorpresa para todos. Las urnas dejaron constancia de que ese mismo pueblo que quería tomar la plaza y la palabra estaba dispuesto a seguir jugando el juego de la democracia, y no para darle la vuelta a la situa­ ción, sino para devolverle el poder a esa misma clase política que se había mostrado ciega a la indignación mayoritaria. ¿Qué significaba esta contra­ dicción? Ante todo, ¿era una contradicción? ¿Era una nueva evidencia de esa hegemonía cultural que ata de pies y manos la imaginación de las ma­ sas y asfixia toda alternativa? ¿O, por el contrario, era un indicio más de la escasa capacidad predictiva de las teorías que creen poder explicar los humores de la calle? La protesta no desembocó en la formación de una fuerza política que capitalizara las señas de identidad del movimiento. Algunos lo intentaron, pero es discutible que hayan conseguido abarcar las distintas sensibilidades que salieron a flote en aquel momento. Lo cual no implica que el movi­ miento se detuviera cuando las protestas se retiraron de la vía pública. Simplemente, no evolucionó en una dirección clara. Y ello porque muchos de los que tomaron parte o se identificaron en la distancia, o simplemente simpatizaron, no pensaban que lo sucedido debiera tener el tipo de desa­ rrollos que se le supone a los movimientos de ese tipo. De este modo, su imagen se preservó inalterada, casi con la pureza del primer instante y también con el mismo grado de indefinición. Alejada de las miserias y los compromisos de la política ordinaria, la figura de la indignación con­ densaba una amplia constelación de experiencias microscópicas, que no encontraban acomodo en el relato hegemónico sobre la crisis económica de esos años, con sus secuelas políticas y sociales, y que por supuesto tampoco se veían reflejadas en la perspectiva, supuestamente feliz, de una vuelta a la normalidad. Experiencias marginadas pero no marginales ni, por supuesto, minoritarias. A un año de distancia estudios sociológicos fiables mostraban que un alto porcentaje de la población seguía identificándose con los motivos de

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la protesta2. Y ello sin que los protocolos de funcionamiento ordinario de la democracia española hubieran dejado de cumplirse. La oleada de indignación no estaba haciendo quebrar el sistema. La desconfianza se había disparado, pero no sus consecuencias sociales previsibles. Las bases de la convivencia no estaban en peligro. Los alarmistas, los propagandis­ tas del miedo, podían ahorrarse su trabajo. En las siguientes elecciones, celebradas en otoño, un partido que suscribía abiertamente el programa de los recortes y la austeridad, en línea con la ortodoxia económica in­ ternacional, obtuvo un claro triunfo. La popularidad del movimiento se mantenía, pero los electores habían dejado pasar una nueva oportunidad para castigar a sus representantes. Con el paso del tiempo el movimien­ to fue perdiendo fuelle, más por dispersión que por cansancio. Sin nor­ malizarse. Sin convertirse en una marca de fábrica preconfeccionada. El espacio conquistado en la mente de todos, partidarios y detractores, no se había extinguido. No cicatrizaba. Se dirá que la simpática figura de nuestro Himmler-Mouse, con su es­ tética algo subida de tono, tarde o temprano dejará de representarnos. El ritmo en la producción de imágenes alcanza niveles insospechados y no hace excepciones. Generamos montañas de residuos icónicos, que se acu­ mulan sin cesar y nadie acierta a reciclar. ¿Debemos entonces concluir que esa singular coincidencia que se dio en las plazas y las asambleas entre la forma de la protesta y la sustancia del malestar, porque es efímera, por­ que no produjo resultados, no significa nada? Viceversa, ¿diremos aca­ so que los políticos que ganaron las elecciones no representaban a sus elec­ tores en ningún sentido? Porque ¿qué es lo que representaban, si es que no representaban al pueblo? ¿Y quiénes hubieran podido hacerlo mejor? Son preguntas resbaladizas, que enlazan enseguida con otras más am­ plias. De entrada, ¿quiénes son los que están incluidos en ese nosotros que no se siente representado? ¿Las mayorías silenciosas o ciertas fracciones del electorado? Al mismo tiempo, ¿quiénes son los que están del otro lado de la barrera? ¿Los políticos, los cargos electos y sus clientelas, o también

2. Entre los estudios que se llevaron a cabo en aquellas fechas pueden consultarse los

siguientes: Centro de Investigaciones Sociológicas/Ministerio de la Presidencia, «Represen­ taciones políticas y movimiento 15-M» (junio de 2011), disponible en http://www.cis.es/cis/ opencm/ES/l_encuestas/estudios/ver.jsp?estudio=12664 (consultado el 1.4.2016); Instituto

de la Juventud/Ministerio de Sanidad, «Jóvenes, Actitudes sociales y políticas, Movimien­ to 15-M» (octubre de 2011), disponible en http://www.injuve.es/sites/default/files/2012/42/ publicaciones/Sondeo%2020ll-2 a.p d f (consultado el 1.4.2016). Véase también el estu­ dio publicado por el diario E l País en el primer aniversario del movimiento, disponi­ ble en http://politica.elpais.com/politica/2012/05/19/actualidad/1337451774_232068.html (consultado el 1.4.2016).

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los agentes que mueven los hilos de la política, entre bambalinas, y no se representan más que a sí mismos? Por otra parte, y si es que de veras, como apresuradamente tendemos a pensar, los políticos no nos repre­ sentan en absoluto, ¿ello se debe a que no tienen voluntad de hacerlo o, solamente, a que no pueden? Si entendemos que la causa del malestar está en la falta de voluntad, que es la hipótesis menos pesimista, ¿debe­ ríamos echar a todos nuestros representantes y cambiarlos por otros? ¿Por quiénes? ¿Hay garantía de que los nuevos, los que vayan a venir

a continuación, nos representarán más y mejor que los anteriores? Y si

pensamos que no pueden, que es la hipótesis más sombría, ¿alguien co­ noce herramientas más eficaces que las elecciones y los parlamentos, los partidos y la libertad de palabra, para distinguir, día a día, lo que merece ser representado y lo que no?

2. ¿Hacia dónde mirar?

Quienes no simpaticen con el repertorio de la indignación, o los que se incomoden con el colorido y los aromas de la plaza, reaccionarán ensegui­ da diciendo que nuestras preguntas están desenfocadas, que no dan en el

blanco, En el bando contrario, los puristas, los autoproclamados intér­ pretes de la verdadera indignación, querrán llevarnos más allá de la letra de

la protesta, en busca de su espíritu: cuando los indignados se quejaban

de la falta de representación, lo que en realidad habrían estado pidiendo era una cosa distinta, a saber, una mayor participación. El desencuentro viene de lejos. Que un número significativo de ciuda­ danos salga a la calle para dejar constancia de que sus representantes no hablan en su nombre es un acontecimiento delicado, que apunta directa­

mente a la línea de flotación del sistema político. Más aún si el blanco de

la protesta es un gobierno democrático. Salvando las distancias, no es la

primera vez que sucede algo así desde los tiempos en que los ingleses acuñaron el lema no taxation without representation. En 1789 era la par­ te activa de la sociedad, el tercer estado, la que reclamaba espacio en las instituciones. En 1864, un grupo de sindicalistas proudhonianos firmaba un manifiesto por el sufragio universal. La presencia de los obreros en el parlamento era una demanda ineludible para una nación que se suponía basada en la dignidad de todos, sin diferencias de rango entre patrones y proletarios3. Poco después, en 1876, coincidiendo con el centenario de la

3. Sobre el Manifeste des soixante, cf. P. Rosanvallon, Le peuple introuvable. Histoire

de la représentation démocratique en Frunce, Gallimard, París, 1998, pp. 67 ss.

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independencia, sobre el grandioso escenario de la Exposición Universal de Filadelfia, convocada con la intención de mostrar al mundo entero el poderío económico y tecnológico alcanzado por el nuevo continente, un grupo de sufragistas denunciaba la usurpación de la voz de las mujeres, en abierta contradicción con los principios de un gobierno justo4. Ahora como entonces hay poderosas razones para indignarse. El gesto de los no representados trae a la luz la desigualdad de recursos y oportu­ nidades, el endeudamiento de las familias, la drástica caída en las pers­ pectivas de bienestar y seguridad, la impunidad que alimenta la corrup­ ción y el despilfarro, la desconfianza ante una clase política descarada e irresponsable. Sin embargo, mirando hacia atrás, a distancia de algunos años, queda cada vez más claro que ninguno de esos factores basta por sí solo para explicar el estallido de la protesta y, sobre todo, su permanencia en el tiempo. Los puristas, como de costumbre, querrán convencernos de que está a punto de llegar la hora del gran salto histórico, del que ten­ dríamos ya numerosos indicios. Los otros, los del otro bando, querrán creer que el descontento infectó las mentes de los menos afortunados por el simple hecho de que atravesábamos una coyuntura económica ad­ versa. De los revoltosos dirán que es gente con la memoria demasiado corta, cegada por las pasiones y la ignorancia, que no sabe apreciar los extraordinarios logros de las democracias actuales. Sin embargo, tanto para unos como para otros, la pregunta sigue en pie: ¿por qué la protes­ ta tomó precisamente esa forma? ¿Por qué los ciudadanos sobreactuaron de la manera que lo hicieron? ¿Por qué les pareció adecuado volver a la casilla de partida, al fatídico clamor del «No nos representan»? ¿Es que dos siglos de desarrollo institucional de la democracia moderna habían pasado en vano? La pacífica ocupación del imaginario político en nombre de la indig­ nación no encuentra fácil acomodo en las reconstrucciones al uso sobre los movimientos de protesta que se han sucedido en la segunda mitad del siglo XX. A diferencia de las anteriores, esta fase de protesta no ha traído el anuncio de nuevos y más extensos catálogos de derechos. El hilo conductor no está en la inclusión de culturas o identidades margi­ nadas. Pero tampoco se diría que el movimiento representa una simple vuelta atrás, a los tiempos del Anden régime, cuando la desconfianza del

4. En la Declaración de derechos de las mujeres de los Estados Unidos, presentada en

Filadelfia el 4 de julio de 1876 por la National Woman Suffrage Association, se citaban las siguientes palabras de Abigail Adams, esposa de un presidente y madre de otro: «Noso­

tras no nos consideraremos obligadas a cumplir leyes en las que no hemos tenido voz o representación».

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populacho producía estallidos de violencia furiosa. Esta no ha sido una simple protesta de las clases medias acomodadas, pero empobrecidas, irritadas por el retroceso en unos cuantos puntos del PIB o la pérdida de las garantías laborales graciosamente concedidas en tiempos de bonanza, o por el quebranto de sus oportunidades de ascenso social. Sería una torpe­ za interpretar la indignación como producto del enfado de unos consu­ midores opulentos que no quieren apearse del tren de la economía glo- balizada, gracias a la cual sus escaparates están abarrotados de toda clase de mercancías a precios ridículos, pero que no están dispuestos a asumir los costes que la hiperabundancia conlleva en términos de competiti- vidad y desigualdad. No es nada de todo esto. Si el malestar volvió al lenguaje de la repre­ sentación —esta sería la hipótesis—, es porque en estos tiempos convul­ sos, en los que aparentemente no pasa nada, empezaron a coagularse los efectos de una poderosa coalición de circunstancias, un entramado de fac­ tores paralelos, entre los que están seguramente, de un lado, la creciente dificultad del poder político para dar respuesta a las demandas y expecta­ tivas de los ciudadanos y, de otro, la pérdida de credibilidad de los ins­ trumentos por los que discurrían los procesos de formación de la voluntad colectiva, en las tres dimensiones tradicionales —legislativa, ejecutiva y judicial—, con la consiguiente merma en las reservas de capital simbólico del sistema político. ¿Una última vuelta de tuerca en la crisis de legitimación del capitalis­ mo tardío? Probablemente, sí. Justo lo que estábamos esperando para dar el salto definitivo, para dejarnos atrás la estrecha camisa de fuerza de la de­ mocracia formal, dirán los puristas. No exageremos, no sobreestimemos la novedad del caso, responderán los heraldos de la moderación, recurriendo al viejo argumentario. Todo el mundo sabe que hasta la mejor de las demo­ cracias tiene algunos fallos, para los que estamos ya vacunados. En particu­ lar, tenemos el suficiente control de la situación como para administrar los márgenes fisiológicos de insatisfacción que afloran en momentos excepcio­ nales, teniendo en cuenta que con el tiempo, por lo general, terminan por reabsorberse. Debemos seguir mirando al frente con entereza, sin apartar la vista del bien común. Además, no es cierto que todas las democracias muestren los mismos síntomas de estancamiento, o que los padezcan en el mismo grado. Parece, por ejemplo, que los sistemas presidencialistas son menos vulnerables a la desconfianza, porque generan mayores incenti­ vos para que los gobernantes atiendan a las inquietudes populares. Por eso, tengamos paciencia, insisten, retoquemos lo que haya que retocar y espere­ mos que las aguas vuelvan a su cauce. Y cuanto menos tardemos en retomar la senda del crecimiento económico, mejor nos irá. Todo será más fácil

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La réplica a estas argumentaciones no puede ser más que por eleva­ ción. Porque, de un lado, sigue sin entenderse qué cosa sería un régimen político que prescindiera por completo de los recursos y las técnicas de la representación. Y, de otro, porque no podemos dar por descontada la ca­ pacidad del sistema para metabolizar la protesta, regenerándose y apren­ diendo de sus errores, porque es precisamente esa capacidad la que, en este momento concreto, estamos poniendo en tela de juicio. En definitiva, para apreciar la novedad del desafío es necesario abrir el foco del análisis. Hasta el presente, y en un dilatado arco de tiempo, la democracia moderna —la única real— ha ido consolidándose y madurando conforme iban cam­ biando las circunstancias de su entorno. ¿Seguirá siendo así en el futuro?

3. La plasticidad del ideal representativo

Nada nuevo, por supuesto. Que se produzcan desajustes entre la forma y la sustancia del sistema político, y que la solución para tales desajustes pase por reformular, hasta darle la vuelta, la idea misma de representación, no es ninguna novedad. A comienzos del pasado siglo, a un lado y otro del espectro ideológi­ co, había quedado ya suficientemente probado que las instituciones de­ cimonónicas no iban a ser capaces de sostener las tensiones del conflicto de clases en la nueva sociedad industrial. Los antiguos equilibrios de la representación parlamentaria habían saltado por los aires y lo que estaba en cuestión era, precisamente, el alcance del ideal representativo. En los escritos de Lenin, la venalidad y la podredumbre del parlamentarismo burgués habrían dado paso a la Comuna, una instancia de representación proletaria donde la libertad no sería ya engañosa. La clave era eliminar la división entre el trabajo legislativo y el ejecutivo, tras la que se escon­ den los privilegios de la clase burguesa. Desde el otro extremo, Charles Maurras recuperaba la concepción organicista de la legitimidad, proyec­ tándola sobre las estructuras de la nueva sociedad industrial. El defecto de nuestros sistemas parlamentarios estaba en la ausencia de una figura que pudiera asumir el papel de garante del bien común. El remedio no sería otro que devolverle ese papel al monarca, reconociéndole su auto­ ridad como verdadero representante de la nación. Para Maurras, como para Lenin, aunque por razones distintas, el problema no estaba en la re­ presentación, sino en su defecto, en la mala representación5.

5. Tomo estas citas de D. Fisichella, «II concetto di rappresentanza política», en Id.

(ed.), La rappresentanza política. Antología, Giuffré, Milán, 1983, pp. 3-4.

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Ejemplos análogos pueden encontrarse en otros momentos históricos, hasta el presente. Si algo caracteriza el ideal representativo es su extraor­ dinaria plasticidad. Y esto quizá nos obliga a reajustar el diagnóstico sobre su crisis, agravándolo si cabe. Porque lo que últimamente ha empezado a tambalearse no es tanto la capacidad del sistema para reflejar la sociedad subyacente, como la capacidad del propio ideal representativo para so­ breponerse a las mutaciones del entorno, adaptándose a ellas. De ahí la persistencia del malestar y también la insuficiencia de los remedios que se intentan poner para evitar su vaciamiento. Cuesta creer, por ejemplo, que la desestructuración de los partidos de masas, el mediador fundamen­ tal de intereses y demandas, pueda salvarse multiplicando el recurso a las consultas referendanas; o que la generalizada pérdida de confianza en

la clase dirigente pueda quedar compensada con la proliferación de orga­

nizaciones no gubernamentales, provenientes de la sociedad civil; o que

el declive de la legitimidad parlamentaria pueda aliviarse transformando

los dilemas políticos en asuntos meramente técnicos, confiados a la nueva constelación de quangos desterritorializados y de autoridades expertocrá- ticas independientes. Pero volvamos todavía por un momento a la (pen)última crisis fi­ nanciera. No es un ejemplo cualquiera. Observando sus consecuencias en la política global tocamos con la mano los efectos de la brecha que se ha abierto entre las instancias de representación del interés general y la

actuación de las instituciones nacionales e internacionales, por más que estas sigan presentándose a los ojos del público como representativas6.

A

los hechos me remito. Primero tuvieron una intervención relevante en

la

creación de los factores de riesgo que acabaron alimentando la crisis,

con el desmantelamiento de los instrumentos de regulación de los merca­ dos y la actividad bancaria, y la renuncia al control fiscal sobre capitales

y transacciones7. Más tarde, marcaron una hoja de ruta para la recupera­

ción que implicaba la prodigiosa conversión de la deuda privada en deuda pública. El desfase entre lo que se dijo que se iba a hacer para prevenir la próxima quiebra, en nombre de los intereses generales, y lo que luego se hizo, salvaguardando los pilares fundamentales del sistema, es clamoroso.

Y las consecuencias de estas decisiones habrán de medirse, en el largo pla­

zo, en términos de calidad democrática y confianza institucional8.

6. L. Gallino, II colpo di stato di banche e governi. L ’attacco alia democrazia in Eu­

ropa, Einaudi, Turín, 2013, p. 73.

7. M. Spence, La convergencia inevitable, Taurus, Madrid, 2013, p. 250.

8. J. Stiglitz, El precio de la desigualdad, Taurus, Madrid, 2012, p. 24. Este nexo entre

desarrollo y creación de un marco político adecuadamente representativo queda recogido,

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No parece que los responsables de esta operación tengan la concien­ cia demasiado tranquila. Primero intentaron explicar lo sucedido echán­ dole la culpa a la ambición de unos pocos y a la ceguera del resto. Pero el argumento no se sostenía. Luego vinieron los propósitos de enmienda, no menos dudosos. Porque, en realidad, los que están fallando no son tanto, o no son solo, los mecanismos de sucesiva delegación del manda­ to, amplificados a escala internacional, como los mecanismos de con­ trol, los filtros que deberían garantizar la primacía del interés general. En este sentido, lo que está en juego no es solo el cumplimiento de los compromisos básicos de igualdad y libertad a los que debería atender el sistema democrático, como la capacidad misma del sistema representati­ vo para sobreponerse a la erosión de las condiciones de las que depende su estabilidad: la posibilidad de inscribir en la agenda pública alternativas a los consensos hegemónicos, el desbordamiento de las garantías estable­ cidas en defensa de los intereses fundamentales de todos y cada uno, o la capacidad para expresar y elaborar demandas sociales9. Cuando más va­ liosa sería la presencia de escenarios de mediación representativa, más dramática resulta la ocupación de esos escenarios por actores y lengua­ jes, intereses y fuerzas políticas empeñadas en desactivar su potencia transformadora.

4. Algo más que parches en la mecánica institucional

Si todo esto es lo que no está funcionando como se supone que debería funcionar —dice la respuesta estándar—, pongámonos manos a la obra para establecer los remedios oportunos. Sigamos haciendo lo mismo que hasta ahora, que es también lo que mejor sabemos hacer: modifiquemos la composición y competencias de los poderes, los sistemas electorales, las reglas de funcionamiento interno de partidos y sindicatos, o inventemos técnicas más ágiles para asegurar la transparencia en las decisiones. No es este, a mi juicio, un buen punto de partida. Y no lo es porque lo veo insuficiente. Si los actores representativos están perdiendo el engan­ che con la sociedad no es porque el pueblo haya descubierto, de la noche

por ejemplo, en el informe anual del PNUD de 2014, titulado Humanity Divided. Confron- ting Inequality in Developing Countries, pp. 259 ss., disponible en http://www.undp.org/

content/dam/undp/library/Poverty0/o20Reduction/Inclusive%20development/Humani-

ty%20Divided/HumanityDivided_Full-Report.pdf (consultado el 1.4.2015).

9. I. Sánchez-Cuenca, La impotencia democrática. Sobre la crisis política en España,

Los libros de la Catarata, Madrid, 2014.

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a la mañana, o porque los teóricos hayan desvelado, los gigantescos en­

gaños sobre los que se asienta el sistema. Hay algo más en juego que las estrategias reformistas no aciertan a detectar. De hecho, no es infrecuen­ te que los planes más agudos naufraguen por una errónea valoración del impulso reformista que precisan para llegar a buen puerto, con la conse­

cuencia de que el descontento que se intenta atajar sale por la puerta y vuelve a entrar por la ventana. Por eso, cuando se habla de revisar el di­ seño, las consideraciones más interesantes suelen ser las que aparecen en un nivel propedéutico. Para empezar, y antes de entrar en cuestiones de mayor calado con­ ceptual, es urgente reconocer que ha dejado de estar claro cuál es exac­ tamente el objeto sobre el que versa el proceso representativo pues, en la mayoría de los casos, no sabemos si de lo que estamos hablando, en rea­ lidad, es de necesidades o de intereses, de preferencias adecuadamen­ te informadas y ponderadas, o de la voluntad real (o presunta) de los ciudadanos. En una época no muy lejana, este obstáculo se resolvía dando por des­ contado un conjunto relativamente estable y acotado de supuestos ideo­ lógicos, en torno a los que se ordenaba el espectro de opciones políticas. Por encima de cualquier otro, y durante buena parte de los siglos XIX

y X X , ei punto de referencia fundamental estuvo en el conflicto entre

capital y trabajo. Pero a la vista de las mutaciones que han tenido lugar en la estructura socioeconómica más profunda de las relaciones laborales,

dadas las condiciones de movilidad, flexibilidad e innovación permanente que hoy caracterizan el desarrollo económico, no se ve de qué forma la

dialéctica entre trabajadores y capitalistas puede seguir dando lugar a la construcción de intereses compartidos, que puedan hacerse con un lu­ gar reconocible en la agenda pública. Independientemente de la posición que a cada uno de nosotros nos corresponda en la escala de la precariedad social, nadie habla ya con la misma voz que su vecino. Los parados o los migrantes, o incluso los que reivindican el derecho a tener derechos, tienen intereses demasiado alejados entre sí, disfrutan de oportunidades

y conviven con riesgos demasiado variables para que sus demandas pue­

dan ser homogéneas. En la sociedad individualizada, los únicos reclamos que consiguen movilizar la atención general son los que ofrecen el señue­ lo de la independencia, para que cada cual intente buscar, a su manera, re­ medios biográficos a contradicciones sistémicas. Por esta vía, es evidente que la esfera pública acaba convirtiéndose en un archipiélago de excep­ ciones. Por otra parte, las perspectivas para la formación de una voluntad representativa no son mucho mejores si apostamos por vincularla al terri­ torio, a lo común que aflora en espacios de interacción cívica, cara a cara,

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donde la diversidad de las voces conserva el colorido de lo auténtico. No nos engañemos. Sabemos lo bastante de cómo están yendo las cosas en nuestra época como para conformarnos con la ilusión de que llegare­ mos a encontrar soluciones locales para desafíos globales. Un segundo frente en la disolución del marco representativo en el que nos movemos tiene que ver con la manera en que imaginamos el vínculo que nos une a nuestros representantes. Se hace cada vez más difícil se­ guir sosteniendo la ficción de que los representantes tienen algo que ver con los representados, como si unos y otros compartieran un mismo in­ terés o un mismo sentimiento, expresión de su identidad o de creencias compartidas. La disonancia entre los valores que los ciudadanos suscriben en la vida privada y los que se despachan en la vida pública es estriden­ te. Y los intentos por humanizar la imagen pública de los representantes, buscando una conexión epidérmica con el sentir popular, no tardan en ser convenientemente procesados por la inmensa trituradora mediática, transformándose en simple pretexto para la próxima operación de mar­ keting. En fechas señaladas, se les sigue pidiendo a los políticos que in­ tenten dar ejemplo, que se muestren cercanos y escuchen a la gente, como haría el común de los mortales. Sin embargo, todo el mundo sabe —y esto no es más que Maquiavelo al cuadrado— que ningún político seguirá las mismas pautas de conducta que rigen en la vida cotidiana. Es más, lo que generalmente se espera de nuestros representantes es que sean capaces de hacer en público lo que a nadie le estaría consentido hacer en privado, hasta el punto de que un político corriente, que se comportara exacta­ mente igual que sus electores, tras el primer cuarto de hora de sorpresa, acabaría cayendo en el olvido más absoluto. El buen político nada tiene que ver, por tanto, con el ciudadano or­ dinario. Lo cual no significa que nos guste tener políticos distantes10. Ni una cosa ni la otra. De tanto en tanto nos consolamos pensando que to­ das estas contradicciones se disolverían, como por encanto, si nos atre­ viéramos a sustituir la jaula burocrática de los partidos tradicionales por organizaciones mucho más horizontales, intensamente participativas y con reglas estrictas sobre la rotación de los cargos y la asignación de res­ ponsabilidades, para de ese modo forzar a los políticos a mantenerse en contacto con la vida civil y, en último término, para que no se les olvide preguntar de vez en cuando cuánto cuesta la barra de pan o el billete de autobús. Queremos creer que medidas como estas llevarían a la aparición

10. La pregunta central es: ¿a quién representan realmente los representantes? El estu­

dio de estas actitudes es un tema clásico al menos desde C. Wright Mills, La élite del poder [1956J, FCE, México, 21987.

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de liderazgos nuevos, más sensibles y cercanos. Pero mi impresión es que, en las condiciones actuales, ninguna de estas propuestas modifica sustan­ cialmente el panorama. Y existe todavía un tercer nivel de dificultades, relativo a las repre­ sentaciones —ahora en un sentido estético, de la percepción, al que más adelante volveremos11— que los ciudadanos se hacen del propio proce­ so representativo. Una vez más, la situación está lejos de ser clara. Da­ mos por sentado que el objetivo de la representación es lograr que las de­ mandas de los ciudadanos lleguen a plasmarse en decisiones acordes con ellas, para que los poderes públicos estén al servicio de los ciudadanos. Y entendemos que el sistema político en su conjunto, como expresión del poder soberano, dispone de los recursos necesarios tanto para atender a tales demandas como para encauzar las expectativas proyectadas so­ bre el sistema mismo, dirigiéndolas por medio de extensos programas de instrucción pública, para que la opinión pública no acabe pidiendo cosas imposibles o absurdas. Pues bien, deberíamos tener en cuenta que, al asumir todas estas con­ diciones, estamos dando por descontada una manera muy particular de entender el medio social y económico en el que se desenvuelve la vida pública. Estamos suponiendo, nada menos, que la acción política inter­ viene, desde fuera, sobre un medio maleable, blando, receptivo al cam­ bio, que admite ser dirigido, o gobernado, conscientemente12. Pero pue­ de que este supuesto no sea cierto, o no sea tan cierto como parece. Puede que ese entorno social que pretendemos gobernar no sea del todo malea­ ble, bien porque nunca lo haya sido, bien porque haya dejado de serlo. Lo cual nos obliga a reajustar, y en una parte muy fundamental, la imagen que nos hacemos del proceso de representación. ¿Acaso el origen de mu­ chas de las frustraciones que alimentan el malestar democrático no está en la confianza que habíamos depositado en los poderes públicos como herramientas que nos permiten configurar la realidad social conforme a nuestras demandas? Por lo demás, en un entorno que produce a cada instante un volu­ men de información absolutamente inmanejable, la posibilidad de prever las consecuencias de las decisiones se incrementa exponencialmente, has­ ta un punto en el que la capacidad del ciudadano para hacerse cargo de

11. F. Ankersmit, Political representation, Stanford UP, Stanford, 2002, p. 131. Hay un

momento estético indispensable en el proceso representativo —escribe M. Saward—, porque el objeto representado no es nunca un objeto dado, inequívoco, transparente; cf. The repre- sentative claim, Oxford UP, Oxford/Nueva York, 2010, p. 74.

12. Z. Bauman, Sociedad sitiada, FCE, México, 2004, pp. 9-10, 21.

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las alegrías y las penas que se derivan de sus comportamientos se ve ente­ ramente desbordada13. El problema ya no es el desconocimiento, sino al revés, el exceso de información, la imposibilidad de anticipar los efectos más remotos de las decisiones, que somete a una presión extraordinaria las fronteras de la imaginación moral. Es tanto lo que sabemos acerca del presente y del futuro, próximo y lejano, que los asideros elementales de la solidaridad quedan colapsados. No menos paradójica es nuestra confianza en la capacidad predictiva de ias ciencias humanas y en los científicos sociales —ante todo, los eco­ nomistas—, de los que se espera que manejen los resortes fundamentales del sistema atendiendo a las necesidades de todos, de un lado, y al mejor conocimiento disponible de los hechos, de otro. La dificultad está en que cuanto mayor sea el conocimiento de las leyes de la acción social y, por tanto, de los límites fisiológicos de lo que se puede y no se puede hacer, de lo que se puede y no se puede pretender, más estrechos serán también los márgenes de intervención voluntaria. Con el siguiente efecto añadi­ do: las únicas reformas que los expertos proponen como realmente posi­ bles son tan modestas o tan poco atractivas que nadie estará dispuesto a hacer el menor sacrificio por ellas. Con lo cual, incluso en los casos en que están animadas por las mejores intenciones, sus probabilidades de éxito se reducen ulteriormente, hasta resultar intrascendentes14. Todo esto nos devuelve al punto en que nos encontrábamos al co­ mienzo, cuando sugeríamos que el impasse en el que se encuentran los sistemas democráticos está relacionado con la ausencia de representa­ ciones que orienten eficazmente la acción. Podríamos resolver el caso diciendo que todas las representaciones son igualmente falsas, y que la única diferencia que en realidad hay entre ellas está en su mayor o menor utilidad para los fines que consideramos políticamente valio­ sos. Pero si tomamos ese camino, que nadie se sorprenda si al final llegamos a la conclusión de que todas las representaciones, sin más dis­ tinción, y cualquiera que sea su uso, acaban cayendo en un mismo saco. Una vale lo mismo que la otra, con tal de que la gente esté dispuesta a tomarla como guía para la acción, independientemente de que guar­ de una relación mínimamente cierta con el objeto representado. No parece que el juego democrático pueda sostenerse partiendo de estas bases.

13. Ibid., p. 262.

14. Cf. D. Rodrik, «The Tyranny of Political Economy», disponible en http://www.

project-syndicate.org/commentary/how-economists-killed-policy-analysis-by-dani-rodrik (consultado el 1.4.2016).

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En este sentido, mi objeción de partida a los expertos en las tecnicali- dades del diseño institucional —a quienes buscan recuperar el balance re­ presentativo con algún retoque inteligente en los instrumentos que pro­ ducen consenso— es que no tiene mucho sentido ocuparse de los detalles cuando lo que está fallando es la capacidad del sistema para producir una visión de conjunto mínimamente creíble, esto es, cuando comprobamos que las pantallas en las que en otros tiempos ofrecían una imagen plausi­ ble del interés general han quedado oscurecidas. Algo de esto está en jue­ go cuando una parte significativa de la población sale a la calle para dejar constancia de que no está siendo representada como se merece.

5. El trabajo de la representación

Ante el malestar que se renueva un día tras otro, la tentación es buscar refugio en el espejismo de la desintermediación. No es esto lo que se ofre­ ce en estas páginas, sino justamente lo contrario, la defensa del poder de la representación. Mi intención no es recomponer la fenomenología de la crisis, o el proceso que ha llevado a la disociación entre forma y sus­ tancia del sistema representativo, sino dar un paso atrás para poner en evidencia algunos aspectos del peculiar bloqueo discursivo que oscure­ ce el análisis de estas cuestiones. De este modo creo que podrá enten­ derse el papel determinante que la estructura representativa de nuestros sistemas democráticos ha jugado en el pasado, y sigue jugando, en el proceso a través del cual se generan y se ponen a prueba las demandas que los ciudadanos dirigen al sistema político y los resultados que este último proporciona. Una operación como esta solo se entiende bajo algunos supuestos que es preferible hacer explícitos desde el comienzo. La reivindicación que se propone en las próximas páginas parte de una caracterización —no par­ ticularmente original, por cierto— de la forma de gobierno democrática como aquel régimen en el que, a diferencia de todos los demás, el poder político es poder del público que se ejerce en público, a la vista de todos. En esta perspectiva es inevitable medirse con la controvertida cuestión de cómo se construyen los escenarios representativos que congregan la mirada del público, a partir de ciertas condiciones y de reglas que orde­ nan su funcionamiento, de tal forma que pueda decirse que hay un suje­ to —un actor, un representante— que actúa en nombre y por cuenta de otro. En segundo lugar, esta operación de reajuste nos obliga a medirnos con la idea recurrente según la cual nuestras democracias estarían enfer­

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mas, o no gozarían de una salud de hierro, no por un déficit de represen­ tación, como he ido sugiriendo desde el comienzo, sino por la falta o la baja intensidad de la participación. De un tiempo a esta parte, y a distin­ tos niveles, desde el ámbito local hasta el de las organizaciones transna­ cionales, han ido difundiéndose experiencias de participación directa en las que se establecen mecanismos de deliberación y consulta. Y los resul­ tados, con frecuencia, han sido notables. La cuestión es de sobra cono­ cida y no hace falta que me detenga en ella. Se diría que la búsqueda de un nuevo balance entre participación y representación es la dirección en la que podríamos movernos, si no fuera porque no tenemos certeza de la relación que existe entre ambos términos, pues no es en absoluto evi­ dente que un aumento cuantitativo en la participación vaya a traducirse en un incremento análogo en la calidad de la representación. Ni siquiera sabemos si la presencia generalizada de los ciudadanos en todos los mo­ mentos del proceso de formación de las decisiones colectivas garantizaría la perfecta representatividad de la voluntad popular. Quienes encuentren desconcertante esta última afirmación, que se paren a considerar dos circunstancias particularmente relevantes para en­ tender la situación presente. De un lado, la excepcional influencia de los poderes ocultos, que no hay motivo alguno para pensar que se esfumaría, como por arte de magia, el día que llegara a establecerse un régimen de consultas populares permanentes. La capacidad de los poderes más fuer­ tes para actuar en la sombra ha ido incrementándose en los últimos tiem­ pos, hasta poner contra las cuerdas aspectos cruciales en la legalidad de los actuales Estados de derecho, y no se ve cómo podría revertirse esta tendencia. Es verdad que en todo tiempo y lugar los poderosos se han ser­ vido de la ocultación, la simulación y la mentira para lograr sus objetivos. Precisamente para evitarlo, las modernas constituciones fueron desarro­ llando una larga serie de mecanismos que perseguían la transparencia y pretendían generar momentos de rendición de cuentas. El declive de estos instrumentos es clamoroso, en especial, desde el momento en que los po­ deres económicos han tomado conciencia de su capacidad para arruinar el mandato popular, ahogándolo desde el punto de vista financiero, con la complicidad de esos pocos sujetos afortunados —altos ejecutivos, inter­ mediarios, sherpas y fontaneros de la política, especializados en el tráfico de influencias— que controlan las puertas giratorias situadas a mitad de camino entre los más altos niveles de las administraciones y los vértices empresariales y financieros. Considérense, de otro lado, las crecientes dificultades a las que se enfrenta la principal herramienta que hemos estado empleando para ges­ tionar la participación política y la representación: el método electoral

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competitivo. En un tiempo no demasiado lejano se daba por descontado que la ignorancia racional de los electores quedaría compensada por la competencia virtuosa entre partidos. Oferta y demanda políticas encon­ trarían el mejor de los equilibrios en el momento en el que las preferencias de unos ciudadanos parcialmente ignorantes se cruzaran con la capaci­ dad del sistema político para atenderlas. En la carrera electoral prevalece­ rían los políticos más cualificados, aquellos que son capaces de hacer las mejores propuestas, las que cuentan con el favor del público. Los peores, en cambio, acabarían cayendo. Sobra decir que las idealizaciones implíci­ tas en este modelo, que tanto impacto ha tenido y sigue teniendo en la mentalidad de los políticos y los politólogos, resultan indefendibles. Con el tiempo ha dejado de ser un sacrilegio afirmar que la mera reiteración de las elecciones y las consultas no ofrece garantías bastantes de control popular. Si la apertura de cauces de participación directa no es remedio bas­ tante para el malestar, quizá sea el caso de tomar un camino distinto y re­ considerar, precisamente ahora, en este punto de inflexión en la historia de la democracia moderna, el papel de los instrumentos representativos como herramienta privilegiada para poner en escena las demandas y ex­ pectativas del público, impulsando extensos procesos de aprendizaje indi­ vidual y colectivo. Es este un aspecto del moderno engranaje de la demo­ cracia que suele quedar en segundo plano y que, en cambio, ha sido una constante en su maduración a lo largo de los dos últimos siglos. Y también, recientemente, en su declive. Durante una fase histórica que tiene como eje simbólico la Declara­ ción Universal de 1948, democracia y derechos humanos avanzaron por un mismo camino., reforzándose mutuamente. El desarrollo de nuevas téc­ nicas de garantía de intereses y necesidades se correspondía con claros avances de inclusión democrática. Y la progresiva expansión del sufragio abría la senda para el reconocimiento de las demandas de los más débi­ les15. Se apostaba por el perfeccionamiento de ciertas técnicas institucio­ nales —por encima de cualquier otra, la creación de un bloque normativo de rango supralegal, sujeto a control de constitucionalidad— que habrían proporcionado un blindaje definitivo para la democracia, poniéndola a salvo de toda tentación autoritaria. Por otra parte, la reactivación de una sociedad civil cada vez más diversificada y consciente habría equilibrado las dinámicas oligárquicas que aparecen en las sociedades del capitalis­

15. Tal como la presenta Norberto Bobbio, y en su versión más sintética, la tesis sería

que democracia y derechos se refuerzan mutuamente. Cf. N. Bobbio, Liberalismo e demo-

crazia, Franco Angeli, Milán, 1985.

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mo tardío. En aquellos tiempos esperanzados, la democracia se presen­ taba ante los ojos de cualquier persona mínimamente informada como una consecuencia necesaria, un subproducto particularmente valioso del proceso de modernización y/o racionalización de la vida social. Y tam­ bién, bajo ciertas interpretaciones, como efecto natural del crecimiento

económico16.

No importa ahora dónde se sitúe el primer eslabón en la cadena que llevó al triunfo de la democracia en la segunda mitad del siglo pasado, sino observar que muy difícilmente ese proceso habría alcanzado un éxi­ to semejante si no hubiera sido capaz de sostener dinámicas virtuosas de aprendizaje social. La vieja hipótesis de que la democracia es la mejor fá­ brica de demócratas, en una determinada fase histórica, parecía definiti­ vamente probada, entre otras cosas, gracias a las cualidades terapéuticas del sistema representativo. Es fundamental entonces reconsiderar detenidamente los caminos por los que discurre el trabajo de la representación17. Porque existen media­ ciones representativas, porque gobernantes y gobernados tropiezan una y otra vez con ellas, el sistema democrático se convierte en un recipiente que alberga y promueve procesos de crítica y autocrítica de las reivindi­ caciones expresadas por los ciudadanos. El hecho de tomar parte en esa práctica recursiva, y de que otros también lo hagan, atándose a reglas tan simples, y falibles, como la regla de las mayorías o la separación de pode­ res, fuerza al ciudadano a sopesar sus expectativas y demandas, contras­ tándolas y reajustándolas con las de los demás, mirando alternativamente al futuro y al pasado. En este movimiento, tomará en consideración las razones que en algún momento le llevaron a adoptar determinadas posi­ ciones, frente a las de sus oponentes, buscando un balance con los resul­ tados alcanzados o, más modestamente, buscando un rastro de coherencia entre lo que se pedía en su día y lo que se pide ahora, en función de lo que se es en este momento y lo que se era en el pasado, y también de las pro­ yecciones acerca de lo que cada cual pueda o quiera llegar a ser como in­ dividuo o como parte del grupo en el que vive; y preguntándose de paso qué es lo que han estado haciendo entre tanto los gobernantes, si estuvie­ ron a la altura de lo que prometían y de lo que prometen cuando aspiran

16. La referencia clásica al respecto es S. M. Lipset, «Some Social Requisites of De-

mocracy: Economic Development and Political Legitimacy»: American Political Science

Review 53 (1959), pp. 69-105. Véase una discusión sobre este problema en A. Przeworski, Democracia y mercado, Akal, Madrid, 2003.

17. Cf! P. Rosanvallon, Le peuple introuvable. Histoire de la représentation démocra-

tique en France, cit., p. 354.

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a la reelección, si actuaron en beneficio de todos o de quien no lo mere­ cía, y así sucesivamente. Este tráfico incesante de argumentos, de miradas cruzadas, en un en­ torno altamente formalizado, es la materia prima fundamental del proce­ so de representación democrática. Un método imperfecto, utilizado por personas igualmente imperfectas, que viven en sociedades en permanente transformación. La cuestión ahora es saber si, en un futuro como el que nos espera, es previsible que vuelvan a aparecer ocasiones de aprendi­ zaje colectivo comparables a las que en otra época propiciaron la con­ solidación de los pilares sobre los que se asientan las actuales socieda­ des democráticas. Porque, de otro modo, ¿qué futuro cabe esperar para la democracia?

6. Abrir el foco: una apología

Lo que sigue no es un manifiesto, aunque quizá me hubiera gustado que lo fuera. Pero me faltaba lo fundamental: un catálogo de soluciones, un programa o un modelo normativo, como les gusta decir a los poli- tólogos. N o es tampoco un trabajo de análisis conceptual, que busque deshacer las aporías del mandato, o aclarar las diferencias entre la re­ presentación de intereses, territorios o identidades, por mencionar tan solo algunos temas recurrentes. Y ni siquiera es un escrito de carácter moral, con el que se pretendan sentar las bases para una fundamenta- ción del orden representativo. Sí quiere ser, en la medida de sus posibilidades, un documento de in­ tervención política, una apología. Porque una apología de la representa­ ción, a estas alturas, nada tiene que ver con la intención de restablecer los mecanismos de exclusión de una democracia restringida, cediendo al antiguo prejuicio elitista, que por lo demás sigue gozando de exce­ lente salud en buena parte de la opinión pública y publicada. Lo que se busca es abrir el foco sobre el papel que la representación juega en la práctica democrática, colocando en la agenda pública la pregunta por la representatividad de unas instituciones que siguen presentándose, a pesar de los pesares, como representativas. Se sugiere que esta, y no otra, es la prioridad, la respuesta que necesitamos para hacer frente a la galo­ pante erosión del imaginario democrático. El riesgo más obvio de esta operación está en sobreestimar el peso de la representación como factor explicativo de toda una serie de cambios que poco tienen que ver con ella, así como también su utilidad como palanca de transformación social. Esto es algo que puede pasarle a cual­

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quiera. Por ejemplo, no es del todo improbable que quienes se dedican

a estudiar la historia de las tecnologías lleguen a la sorprendente con­

clusión de que nada habría sido igual en la historia de la humanidad sin

la invención de la penicilina o el cero, del arado o la brújula. Lo cual es

cierto, sin duda. Sin embargo, de la verdad de tales afirmaciones no se desprende consecuencia alguna respecto de las cuestiones más urgen­ tes, las que más nos preocupan. N o es este el caso. Lo que aquí se pre­ tende mostrar es que esta reconsideración del elemento representativo del proceso político sí tiene un peso relevante entre las razones que, en este momento histórico, nos empujan a asentir o protestar, a tomar la calle o no hacerlo. En suma, me ha parecido que cualquier explicación interesante de la deriva (pos)democrática en la que nos encontramos pasaría por una consideración atenta de las herramientas que utilizamos para fabricar las imágenes de lo que somos y de lo que queremos ser, y del sistema de me­ diaciones a través de las cuales esas imágenes entran en el tráfico comu­ nicativo y pasan a convertirse en referentes de nuestro relato sobre los problemas que nos afectan y sus posibles soluciones. En esta perspecti­ va convendría explorar de qué forma los distintos arreglos institucionales inciden en la dimensión representacional de los procesos políticos, refor­ zando la posición hegemónica de ciertas maneras de ver las cosas y pro­ vocando la exclusión de otras.

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II

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Bernardo See, it stalks away! Horatio Stay! speak, speak! I charge thee speak! [Exit Ghost.] Marcellus ’Tis gone, and will not answer. Bernardo How now, Horatio! You tremble and look palé:

Is not this something more than fantasy? What think you on’t? Horatio Before my God, I might not this believe Without the sensible and true avouch Of mine own eyes. Marcellus Is it not like the King?

7. El prejuicio antirrepresentativo

W. Shakespeare, Hamlet, I, 1 *

Toda apología que se precie tiene que ser capaz de producir un mínimo de irritación o, cuando menos, de incomodidad entre sus adversarios. Tiene que ir contra algo. A partir de las observaciones iniciales, y antes de que aparezca la idea central de esta Apología, podría darse el caso de que no hubiera nadie que se diera directamente por aludido. Los supuestos des- tinarios pueden pensar que las objeciones presentadas no son tales, por superficiales y descontadas, o que no les afectan directamente, porque

* «Bernardo: Mira, se aleja solemne. / Horacio: Espera, habla, habla. Te conjuro a

que hables. / [Sale el Espectro]. Marcelo: Se fue sin contestar. / Bernardo: Bueno, Horacio. Estás temblando y palideces. / ¿No es esto algo más que una ilusión? / ¿Qué opinas? / Hora­ cio: Por Dios, que no lo habría creído / sin la prueba sensible y cierta de mis ojos. / Marcelo:

¿Verdad que se parece al rey?».

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apuntan hacia un blanco inexistente. Mi reacción es afirmar que quie­ nes no reconocen la necesidad de entrar en un debate más amplio sobre los componentes elementales del ideal representativo están cerrando los ojos ante una de las exigencias fundamentales a las que deberían poder atender las democracias contemporáneas. ¿Contra quién se dirige enton­ ces este alegato? Los primeros que deberían sentirse interpelados son quienes están satisfechos con el tipo de democracia que tenemos, quizá porque les parece que es ya la mejor de las democracias posibles. Consideran que las democracias avanzadas son ya sistemas suficientemente representati­ vos, como demuestra el hecho de que en ellos se celebran elecciones lim­ pias y regulares, se garantiza la alternancia entre opciones políticas dis­ tintas sin derramamientos de sangre, las leyes son aplicadas por jueces independientes, los ejércitos están permanentemente sometidos al poder civil y los medios de información desarrollan su labor sin interferencias externas. Recientes estudios de campo1 muestran que, en aquellos re­ gímenes en que se dan estas condiciones, tiende a darse una razonable concordancia entre la voluntad mayoritaria y las decisiones políticas fundamentales. Es cierto que estos sistemas necesitan, de vez en cuando, algunos retoques. Pero en lo fundamental, el sistema funciona y, mientras lo haga, mejor dejar las cosas como están. El segundo frente es el de quienes creen que el rescate de la represen­ tación es inútil, o inoportuno, pero no tanto por imposible, o demasiado costoso, como porque el declive de las viejas dinámicas de representación política abre oportunidades extraordinarias, y desconocidas, de partici­ pación masiva que no deberíamos dejar pasar. Habría llegado la hora de emprender el camino hacia la auténtica democracia, una democracia sin falsificaciones. Frente a quienes se conforman con la idea de que la de­ mocracia es la menos mala de las formas de gobierno y aceptan la repre­ sentación como un estorbo, como una concesión inevitable, cuyos efectos conviene minimizar, los partidarios de esta segunda opción afirman que, en esta particular coyuntura, la democracia solo podrá salvarse si consi­ gue ir más allá de su contingente formulación histórica (representativa). Por último, en tercer lugar, esta Apología se dirige contra quienes piensan que el empeño por seguir reivindicando las viejas virtudes de la representación es un error o, más piadosamente, un anacronismo. Y esto bien porque los tradicionales instrumentos de la democracia represen­

1. B. Wessels, «Performance and déficits of present-day representation», en S. Alonso,

J. Keane y W. Merlcel (eds.), The Future of Representative Democracy, Cambridge UP, Cam­ bridge/Nueva York, 2011, pp. 96-123.

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tativa —elecciones y partidos, parlamentos y gobiernos— se han vuelto irremediablemente obsoletos y naufragan porque se ven inmersos en en­ tornos sociales cada vez más complejos; o bien porque el sueño de una comunidad política que atiende exclusivamente a los mandatos del pue­ blo ha dejado de tener sentido en la nueva realidad posnacional, donde es mucho más oportuno buscar otras formas de participación distintas, fun­ cionales a los nuevos espacios de interacción que están apareciendo. A pesar de sus diferencias, mi intención en las próximas páginas es incomodar a todos mis interlocutores a la vez. El lector advertido se ha­ brá dado cuenta enseguida del riesgo que supone meter en un mismo saco opciones ideológicas dispares, que apelan a teorías y presupuestos filosóficos de largo alcance. Los propios interesados protestarán cuando vean que se les han adjudicado compañeros de viaje que consideran in­ deseables. El objetivo de esta operación no es particularmente ambicio­ so. Se trata de intentar mostrar algunas de las muchas derivaciones de un prejuicio, el prejuicio antirrepresentativo, que no acaba de disolverse y que sigue persiguiéndonos, de forma incesante, en los debates sobre las perspectivas de regeneración democrática. Atrapadas en su lógica, nues­ tras democracias se ven obligadas a perseguir dos objetivos discordantes, cuando no incompatibles. Se pretende que las instituciones representati­ vas ofrezcan una imagen fidedigna de la sociedad representada, un reflejo exacto y minucioso, con las particularidades y divisiones que caracterizan a las sociedades democráticas, que son sociedades plurales; pero, al mismo tiempo, se espera que esas mismas instituciones que reflejan la diversi­ dad produzcan también una voluntad única, que transforme la sociedad, convirtiéndola en algo distinto de lo que es y, por consiguiente, modifi­ cando la imagen que de sí misma la sociedad proyecta. El impulso por superar este tipo de contradicciones es lo que alimenta el espejismo de la desintermediación, la ilusión de abolir la distancia, para que la voluntad de los representados y la acción de los representantes se acerquen hasta el punto de volverse perfectamente simétricas, un reflejo especular la una de la otra. Aunque no lo digan, o no les preocupe dema­ siado hacer explícitas sus razones, los distintos caracteres retratados en las próximas páginas coinciden en este punto. En su rechazo de las impli­ caciones más fértiles del ideal representativo, tanto por la derecha como por la izquierda, unas veces optan por devaluar el papel de las mediacio­ nes, tomándolas como un mal menor al que no hay más remedio que re­ currir; otras, se abandonan al sueño de una política que no se enreda en los tortuosos laberintos del proceso representativo. Lo que no ven, o no quieren ver, es que la presencia de un sistema de mediaciones como el desarrollado por las modernas democracias es la mejor herramienta dis­

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ponible —aunque siempre mejorable, por las razones que diremos más adelante— para alcanzar una serie de objetivos que son extremadamente valiosos y que solo pueden alcanzarse por esta vía. El régimen represen­

tativo no es el segundo mejor respecto de algún otro régimen distinto, más democrático todavía, en el que no hace falta ponerle trabas al imperio de

la voluntad popular, sino que es el mejor en su género2. Consideremos los argumentos de los adversarios y veamos si nos lle­

van a alguna parte.

8. La doctrina del mejor interés

El primer grupo de adversarios es el más nutrido. En él se encuentran los que definen como representativo —con buenas razones, sin duda— el go­ bierno que responde al interés de los ciudadanos3. Entienden que el pro­ ceso de representación arranca de los deseos y expectativas de los in­ dividuos, que expresan sus puntos de vista sobre las materias que son objeto de controversia política. Los gobernantes, por su parte, tendrán

el

mayor interés en recabar información sobre las demandas del público

y

en atenderlas de la mejor manera posible, para mejorar sus opciones

de éxito en la carrera electoral. Los más hábiles en atender a las prefe­

rencias del mayor número de electores serán quienes se lleven el gato al agua. Cuando el mecanismo funciona regularmente, el sistema garantiza la máxima representatividad, esto es, la máxima proximidad entre las prefe­ rencias expresadas y los resultados percibidos4. ¿Qué razones habría para poner bajo sospecha un planteamiento tan razonable y consistente? ¿Qué es lo que no funciona en esta descripción de cómo funcionan realmente nuestras democracias? Y, por otra parte, ¿por qué incomodar a quienes suscriben una doctrina tan sensata y con­ solidada, situándolos además entre los adversarios de la mejor versión del ideal representativo? No es el caso de tirar por la borda bibliotecas enteras de estudios po- litológicos. No está de más, sin embargo, preguntarse si será realmente cierto, como suele darse a entender, que el juego entre la oferta de los

2. Cf. N. Urbinati, Representative democracy. Principies and Genealogy, University of

Chicago Press, Chicago/Londres, 2006; véase, p. ej., p. 5.

este punto son a H. Piktin, The concept o f representa-

tion, University of California Press, Berkeley, 1967, y a R. Dahl, Polyarchy. Participation

and opposition, Yale UP, New Haven, 1971, pp. 1-2.

4. B. Manin, A. Przeworski y S. Stokes, «Introduction», en Democracy, accountability

and representation, Cambridge UP, Cambridge/Nueva York 1999, pp. 8-9.

3. Las referencias de rigor en

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gobernantes y la demanda de los gobernados promueve siempre el mejor interés de estos últimos, los representados. Independientemente de que los ciudadanos elijan a los gobernantes que más les convienen, y no sim­ plemente a los más hábiles en vender el producto, hay cierta ambigüedad en este punto. No acaba de quedar claro si el mérito del sistema represen­ tativo está en su capacidad para someter a los gobernantes al control de ios ciudadanos y, por tanto, al cumplimiento de sus instrucciones, confor­ me al principio de que nadie más que uno mismo es el mejor juez de sus intereses; o si, por el contrario, está en promover las directrices políticas que atienden al mejor interés de los ciudadanos, entendiendo como mejor aquel que cuente con el máximo consenso entre los electores. Obsérvese que el interés expresado con el voto y el mejor interés no tienen por qué coincidir, por ejemplo, bajo condiciones de manipulación y falsa conciencia. Y no solo esto: el interés en unas elecciones puede es­ tar en contraste con el interés a largo plazo, o pueden darse situaciones en las que las motivaciones del voto tengan un valor simbólico y no pue­ dan ser reducidas a consideraciones instrumentales. Si esto es así, no parece que podamos pasar por alto, o relegar al oscuro campo de las pulsiones emotivas, el entramado de intercambios comunicativos a través de los cuales los sujetos llegan a reconocer su interés, en relación con un conjunto más amplio de necesidades y expectativas. Por eso no es de re­ cibo la posición extremadamente reductiva de quienes consideran que los vencedores en las elecciones son también los mejores intérpretes de los intereses de la nación, o del pueblo, y que, precisamente por serlo, están autorizados a enmendar la débil voluntad de los electores, poniendo en suspenso, o desplazando, sus volubles manifestaciones. Esto nos lleva a un segundo ámbito de problemas. Y es que la pregun­ ta por la legitimidad del sistema representativo acaba enlazando con una pregunta parcialmente distinta sobre la génesis de la imagen que nos ha­ cemos —una representación, al fin y al cabo— de los intereses y deman­ das que perseguimos cuando entramos en la arena democrática. Porque de lo que se está hablando aquí, al menos mientras no se introduzcan ul­ teriores aclaraciones, no es solamente de los intereses y demandas reales, sino de los intereses y demandas tal como son percibidos en las distintas etapas de un proceso que, solo en su conjunto, puede calificarse o no como representativo. A este propósito, el debate más interesante está en saber si las preferencias en las que se concretan intereses y percepciones de inte­ reses, y que constituyen la materia prima del intercambio representativo, son anteriores —preceden, preexisten— a la puesta en marcha del proce­ so, y por tanto* son independientes de él, o si, por el contrario, nacen y se modifican en su trascurso. En la terminología que se ha hecho habitual,

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se trata de saber si las preferencias que han de ser objeto de representa­ ción son exógenas o endógenas al proceso político5. La versión estándar de la representación tiende a asumir la primera de estas dos opciones. Tomando las preferencias como una variable indepen­ diente del proceso político, las sitúa como punto de referencia, no ulte­ riormente analizable, para medir la representatividad del sistema. Se en­ tenderá que el sistema es representativo cuando las preferencias —que vienen antes, en orden cronológico— y las decisiones —que vienen a con­ tinuación— sean equivalentes entre sí, o se correspondan, cualquiera que sea el sentido de esta correspondencia. Esto era lo que argumentaban los partidarios de la llamada doctrina económica de la democracia, cuando describían el mercado como el más eficiente de los instrumentos de repre­ sentación6. Y algo parecido vienen a decir también los teóricos de la elec­ ción racional, con sus huestes de epígonos, para quienes los problemas de la democracia parecen reducirse a la ausencia de una técnica eficiente para sumar preferencias sobre alternativas dadas, sin que haya nada razo­ nable que añadir acerca de por qué cada uno de nosotros pide lo que pide, si está seguro de querer lo que dice que quiere, o si no le gustaría preferir otra cosa, en caso de que las circunstancias del entorno fueran distintas7. No obstante, todo el argumento ha de ser impugnado si damos por bue­ na, como creo que hay que hacer, la segunda de las opciones, la tesis del carácter endógeno de las preferencias. La disyuntiva es tajante: de un lado, la tesis de que la legitimidad de­ mocrática es producto de la capacidad del sistema para reflejar un con­

5. C. Sunstein, «Democracy and shifting preferences», en D. Copp, J. Hampton y

J. Roemer (eds.), The Idea o f Democracy, Cambridge UP, Cambridge/Nueva York, 1993, pp. 198 ss.

6. En el mercado tendríamos, por un lado, individuos que actúan conforme a sus

preferencias y, por otro, un sistema de reglas que se rige exclusivamente por ellas, refle­

jándolas de manera impersonal y objetiva. N o obstante, y quizá traicionándose a sí mis­ mos, los partidarios de este tipo de enfoques dejan de lado sus escrúpulos y apelan a la intervención de autoridades independientes, especialmente respecto de las demandas po­ pulares. Cf. M. Friedman, Capitalism and freedom, University of Chicago Press, Chica­ go, 1962, pp. 21-27.

7. En célebres escritos de los años setenta, con herramientas conceptuales como es­

tas, influyentes economistas afirmaban que los males de la democracia tenían su origen en la incurable irracionalidad de los votantes, que desemboca en e! «populismo». Así, por ejemplo, F. Hayek en Law, legislation, liberty. A new statement ofthe liberal principies of justice and political economy, Routledge and Keagan Paul, Londres, 1973, pp. 4, 8, 30-31, 105 ss., 113, 116. Y también W. Riker, Liberalism against populism. A confrontation

between tbe theory o f democracy and the theoryi o f social Ufe, Freeman, San Francisco,

1982, p.

14.

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REPRESENTACIÓN

junto de ilusiones y deseos, que afloran espontáneamente a la conciencia, sin que nada más pueda decirse, desde el punto de vista político, sobre su coherencia o su valor; de otro, la idea de que la legitimidad democrática depende también, al menos en parte, de la capacidad de los ciudadanos para elaborar responsablemente sus preferencias, aprovechando para ello los recursos que el propio sistema les ofrece, porque las preferencias no están escritas en el fondo de nuestro ser, ni surgen de la nada, sino que se forman a través de un proceso recursivo, de preguntas y respuestas, en el que los mecanismos de la representación están actuado ya desde el co­ mienzo y juegan un papel determinante. Cuando se toma el segundo camino, la metáfora del espejo se desmo­ rona. El objetivo del juego representativo ya no es reflejar pasivamente las demandas populares, sino crear espacios de mediación discursiva que permitan a los ciudadanos poner a prueba las razones que están en es­ cena, para que cada uno pueda escoger entre ellas la que mejor responde

a

sus exigencias, en un proceso siempre abierto de aprendizaje individual

y

colectivo. Una cuestión, esta última, que a los partidarios de la doctrina

del mejor interés, en cualquiera de las versiones que acabamos de mencio­ nar, más o menos sofisticadas, se les escapa sistemáticamente. Y porque se desentienden de este aspecto, no aciertan a dar con las claves del ma­ lestar democrático. Quieren cubrir la brecha echando mano de lideraz­ gos mediáticos que conecten instantáneamente con el imaginario de los

espectadores, maximizando el consenso o la satisfacción del público, o mejorando la eficiencia del sistema político para atender a las demandas expresadas. Quieren dar más por menos, cuando no es ahí donde está el problema. Puede parecer que este debate sobre el mejor interés y el origen de las preferencias no es más que la enésima variación de lejanas cuestiones académicas, que poco tienen que ver con la práctica. No es así. Frente

a lo que a menudo se hace pasar por sentido común, es decir, frente a

la pretensión de salvar el déficit representativo acercando la actuación de las instituciones a lo que la gente pide, atendiendo a sus preferencias, lo que se está diciendo aquí es que la prioridad está en otro lado. Si algo merece la más urgente atención es el restablecimiento de los entornos discursivos —representacionales— en que se forman las creencias, ex­ pectativas y deseos de esos miles de millones de seres humanos a los que se les reconoce el derecho a preferir, pero sin que nadie se pare a consi­ derar si disponen o no de los recursos materiales, pero también cognitivos,

para juzgar autónomamente, en condiciones ambientales mínimamente saludables. Y de ahí que luego, cuando vienen las dificultades, nos sor­ prendamos en la curiosa actitud, al menos para un demócrata, de quien

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pretende enmendar la plana a sus conciudadanos, desde arriba, en nom­ bre de su mejor interés. Es extraordinario observar cómo, en la era de la información y de la colonización de las conciencias, el argumento príncipe de los elitistas — el control sobre la estabilidad de los sistemas representativos— se disuelve bajo el peso de la evidencia. Se daba por descontado que la cir­ culación pacífica de las élites, en cuyas manos permanecían los recursos fundamentales del consenso, serviría como elemento moderador, como contrapeso de las pulsiones irracionales que arrastran las preferencias de las masas. ¿Podemos seguir dando por bueno el argumento? ¿Dónde están esas élites en cuyas manos deberíamos depositar nuestra suerte? Ni la tu­ tela paterna de los más sabios, ni el diseño inteligente de procedimientos, podrán ya contener las reacciones de un público fragmentado, sobrepa­ sado por la dificultad de hacer frente, siquiera intuitivamente, a los más acuciantes problemas a los que se enfrenta la humanidad en nuestros días, en materias tales como el crecimiento demográfico, la desaparición del trabajo económicamente rentable, el acceso a recursos escasos o la crecien­ te desigualdad de oportunidades. Por el contrario, solo una radicalización de la exigencia democrática ofrece todavía una perspectiva transitable para recuperar un mínimo gra­ do de control reflexivo sobre la facultad de preferir. En los dos últimos siglos, la práctica de la democracia y la socialización de millones de seres humanos en un entorno social que, al menos en perspectiva, estaba basado en las garantías del Estado de derecho ha sido la más poderosa herramien­ ta para la transformación de las conciencias y para la formación de un público de «preferidores racionales», con todas las salvedades que quie­ ran hacerse acerca de la racionalidad del preferir. Las sociedades que subestimen hoy el problema de las precondiciones discursivas necesa­ rias para el buen funcionamiento de los instrumentos para la formación de los consensos básicos sobre los que reposa el pacto social se verán forza­ das a cubrir la pérdida con dosis masivas de violencia política. Una vez más, no se trata de un argumento hipotético. Algo de todo esto es lo que sale a flote cuando las calles se llenan de gente que, con ese sencillo gesto, está poniendo en evidencia la incapacidad de las élites para entender las razones del desafecto popular.

9. Instrumento de dominación y falsificación

El segundo grupo de adversarios de un reajuste conceptual como el que aquí se está ensayando no es tan nutrido como el anterior, pero no pasa

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desapercibido. En la discusión que ellos plantean, el desencuentro no está tanto en la posibilidad de alcanzar una caracterización objetiva de la relación entre representantes y representados, basada en el verdadero in­ terés del pueblo o, por mencionar otros ejemplos, en alguna doctrina fia­ ble sobre el bien común ó las necesidades humanas, sino en saber qué hay de cierto en su desconfianza frente a la distinción de roles y posiciones so­ ciales implícita en los mecanismos de representación política. La repre­ sentación, desde este punto de vista, no sería más que el baluarte tras el que se esconde el privilegio, la posición dominante de las oligarquías. Y la defensa de la representación no sería más que un error, cuyo efecto, en el mejor de los casos, es hacer que las cosas queden como están. Al contrario, la única salida realmente democrática al malestar que nuestras sociedades producen estaría en poner el mayor número de deci­ siones en manos de los ciudadanos. No es posible gobernar —se dice— a golpes de referéndum, o con el pueblo permanentemente reunido en las plazas. Pero cuanto más nos aproximemos a esa situación, esto es, cuanto más alta sea la exigencia de participación y mayores las posibilidades de encuentro entre los ciudadanos para la elaboración de los problemas que les afectan a todos, más intensa será también la satisfacción que obtienen al invertir tiempo y esfuerzo en esas tareas, proyectando energías e ilusio­ nes en la vida pública8. Se entiende que, en esta dinámica de progreso, re­ presentantes y representados acabarán hablando con una misma voz. La fascinación que ejerce esta manera de ver las cosas es extraordina­ ria, especialmente si es comparada con las versiones más raquíticas del eli- tismo democrático, como las que se despachaban en los años de la guerra fría. Otra cosa es saber si tienen todavía algo que decirnos en la situación presente. Así, por ejemplo, no se acaba de entender qué consecuencias quieren sacarse a partir de la observación de que la contingencia y la flui­ dez de los nuevos movimientos sociales no tiene cabida en los estrechos moldes de la representación partidista9. Se da por descontado que la alter­ nativa está en la horizontalidad que caracteriza a las realidades coopera­ tivas emergentes en el nuevo horizonte tecnológico, que actúan en red y prosperan sin establecer instancias formales de decisión centralizada. En este nuevo marco de acción, la espontánea agregación de los intereses y las voluntades acabaría produciendo la metamorfosis del ciudadano, de

8. El límite de la participación puede siempre expandirse, porque se trata de una acti­

vidad autorrealizativa; cf. F. Ovejero, Incluso un pueblo de demonios, Katz, Madrid, 2009. Sobre las virtudes de la presencia, es habitual citar a A. Phillips, The politics o f presence,

Clarendon/Oxford UP, Oxford/Nueva York, 1995.

9. A. Negri y M. Hardt, Commonwealth, Harvard UP, Cambridge, 2009, p. 140.

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un sujeto capaz de tomar las riendas de su propio destino, liberando por fin las fuerzas del deseo y del trabajo10. La revolución —se dice— está ya en marcha y en nada se parece a la imagen cuadriculada y despótica de una sociedad de iguales, como la que proyectaba el orden bolchevique. En lugar de instrumentos verticales para la toma de decisiones, la nueva democracia —la democracia finalmente realizada, la democracia real— se identificará con un proceso permanentemente constituyente en el que los distintos sujetos hacen valer sus puntos de vista singulares, cualquiera que sea la modalidad organizativa adoptada y solamente en la medida en que el poder de decisión de cada uno no vuelva a ser reabsorbido por la dinámica de las fuerzas sociales11. Los ecos del debate constitucional que se produjo a caballo de los si­ glos XVIII y XIX todavía perduran. El imaginario antirrepresentativo sigue anclado en la descalificación rousseauniana de la multitud agrupada bajo el poder de uno solo, que dice actuar en su nombre, pero que en realidad actúa en beneficio propio, porque donde hay representación el bien co­ mún está en peligro y el cuerpo político está en camino de disolverse; o en la profética sentencia del Manifiesto comunista sobre el Estado convertido en Consejo de administración que protege los intereses de la clase bur­ guesa. No digo que estos argumentos sean malos, que no haya nada que aprender de ellos, sino que no agotan el problema. N o dicen todo lo que puede ser dicho y, sobre todo, no dicen cómo funcionan los meca­ nismos de acción colectiva que habrán de sustituir a los viejos sistemas representativos. En tiempos de Rousseau y de Marx, la crítica de la repre­ sentación estamental o burguesa podía recurrir todavía a alguna variante de la idea de mandato. Pero difícilmente podríamos entender hoy el desarro­ llo de los procesos políticos remontándonos a cada paso a los (supuestos) mandatos, en la forma en que se presentan (cuando lo hacen) a la concien­ cia del pueblo (en el caso de que sepamos a qué se refiere exactamente esta palabra). Al final, lo único que no pierde nunca su vitalidad, en este tipo de descalificaciones del orden representativo, es el anhelo de reconcilia­ ción, una reconciliación definitiva, pues de lo contrario no sería auténtica, del hombre con el ciudadano, de la sociedad con un orden objetivo. So­ bra decir que, en ese instante supremo, no hay lugar para intermediarios. Para quienes se enredan en esta manera de ver las cosas, el salto acaba resultando siempre demasiado grande. Y demasiado es lo que se les pier­

io.

A. Negri y M. Hardt, Imperio, Paidós, Barcelona, 2009, pp. 337-338.

11. Las citas están tomadas de A. Negri y M. Hardt, Questo non é un manifestó, Fel-

trinelli, Milán, 2012, pp. 39, 40-42, 64, 68; y también de A. Negri y M. Hardt, Com-

monwealth, cit., pp. 95, 164.

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de por el camino. De la más alta metafísica a los comités de barrio, de las complejidades de la teoría del conocimiento al parlamentarismo, de la es­ tética a los partidos políticos, todo acaba quedando comprimido en una indiscriminada crítica del representacionalismo. La verdadera política es­ taría en otro lado, más allá del mundo de las representaciones, donde la forma espectral del poder queda finalmente desenmascarada y pasa al pri­ mer plano la sucesión infinita de los acontecimientos singulares, el fervor de la lucha, el destello de violencia que es capaz por sí solo de cambiar el curso de la historia, impulsando la autoorganización de la clase universal, que se afirma a sí misma, haciendo colapsar todas las distinciones12. No sabemos cómo será el paisaje que aparezca ante nuestra mirada el día en que dejemos atrás el universo de las representaciones. Lo único que sabemos, a ciencia cierta, es que habrá un antes y un después. El viejo juego'político será arrinconado y en su lugar solo habrá espacio para la diferencia, para el movimiento permanente de los signos, vibra­ ciones, rotaciones, giros, gravitaciones, danzas, que se hacen presentes directamente al espíritu13. Sin mediaciones. Todo podrá salvarse —escri­ be Sorel, un autor cuya sombra nos persigue insistentemente— el día en que empecemos a ver reflejado en la conciencia pura del espíritu revolu­ cionario el sentimiento de la lucha de clases, que no puede más que estar al servicio de los intereses primordiales de la civilización. Descubriremos entonces «en imágenes, y por mera intuición, antes de cualquier análi­ sis reflexivo, la masa de los sentimientos que corresponden a las diversas manifestaciones de la guerra entablada por el socialismo contra la socie­ dad moderna»14. Ni que decir tiene que esta acusación a quienes aspiran a la supera­ ción de la forma representativa de la democracia apunta muy alto, quizá demasiado. Mi intención no es fabricarme un adversario estrafalario, para después reducirlo al absurdo. Me interesaba únicamente reclamar la atención del lector sobre el incesante retorno de un esquema argumen- tal extraordinariamente simple, pero profundo, por el que se tiende a pensar que la mera presencia de representaciones acarrea, por sí misma, un principio de falsificación, de manera que no tiene sentido preguntarse si la copia posee alguna cualidad que no esté contenida ya, y en su más alto grado, en el original. Una simple asociación de ideas, por la que, en el terreno político, se entiende que un sistema basado en la producción

12. S. Zizek, Primero como tragedia, después como farsa, Akal, Madrid, 2013, pp. 89 ss.;

Id., En defensa de las causas perdidas, Akal, Madrid, 2011, p. 379.

13. G. Deleuze, Diferencia y repetición, Anagrama, Barcelona, 2005, pp. 31-32.

14. G. Sorel, Reflexiones sobre la violencia, Alianza, Madrid, 2005, pp. 147-148, 176.

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de representaciones, y por tanto de copias, no puede poseer nunca virtud alguna. No solo está abierto a una posible tergiversación, sino que es ne­ cesariamente defectuoso. Es inferior a todos aquellos sistemas en los que impere el original. La consecuencia de este inconfesable prejuicio es la falta de perspecti­ va, el anhelo permanentemente frustrado de encontrarse cara a cara con una realidad que se aleja a cada paso. Nada malo, por supuesto. Es una manera, como otra cualquiera, de ver las cosas. Si acaso, sí merece la pena observar que, con estos mimbres, no es fácil armar una teoría de la de­ mocracia mínimamente articulada y creíble. Pero en el sueño de la desin­ termediación alienta una vocación hiperdemocrática, que luego puede desembocar en las soluciones políticas más dispares. No diré que siempre conduce al totalitarismo, para que no se me diga que soy maniqueo. Mi argumento es que no hay motivo para pensar que menos representación deba traducirse necesariamente en más democracia. A menos que se en­ tienda, como en el fondo de sus corazones suelen hacer muchos de los personajes retratados en este epígrafe, que el verdadero sentido de la po­ lítica es el que se manifiesta en el instante de la iluminación, en el aconte­ cimiento redentor del ser-en-común, inmediatamente accesible a la con­ ciencia. El problema, al menos para mí, es que, por ese camino, la teoría no tarda en cederle el paso a la teología.

10. El credo de las nuevas élites

Pero ¿estamos seguros de que en la alternativa entre estas dos opciones es­ tán las mejores coordenadas para encarar la enfática demanda de más y me­ jor representación? ¿Es que no hay soluciones menos problemáticas? Tene­ mos, de un lado, los dogmas del mainstream politológico, que los del otro bando interpretan como sofismas al servicio de los intereses de clase; de otro lado, está la alternativa del porvenir, con las consabidas soflamas de románticos trasnochados, aliñadas con las habituales dosis de metafísi­ ca teutona o de verborrea afrancesada. A un lado y a otro de la barrera, en verdad, sobran motivos para retratar a los adversarios como se merecen. Es cierto que los esquemas conceptuales simplificados a los que me he referido en los apartados anteriores podrían presentarse en otras versio­ nes menos imprecisas. Seguro que hay algún asesor de imagen de políticos ambiciosos, o algún columnista inspirado, al que le interesará descubrirlas. Pero mi impresión es que, con esa clase de herramientas, el análisis no va a llegar demasiado lejos. Si acaso, el problema más interesante está en saber si, entre las versiones mejoradas de esos enfoques, hay alguna que

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pueda dar cuenta del asombroso cambio de escala que se ha producido en las coordenadas elementales de la acción política y con el que toda­ vía tenemos más de una cuenta pendiente. El caso paradigmático para evaluar el desajuste entre las nuevas cir­ cunstancias del entorno en que se desenvuelve la vida política y los vie­ jos conceptos que utilizamos para hablar de ella, y, en particular, del viejo concepto de representación política, está seguramente en las institucio­ nes europeas. Ni las viejas teorías sirven para explicar el desarrollo de los acontecimientos, ni los ciudadanos disponen de fórmulas alternativas para ponerle nombre al juego que se está jugando por encima de sus cabezas. Desde bien temprano, en el seno de las propias instituciones europeas se tuvo conciencia de que los mecanismos convencionales de participación y legitimación democrática no podrían reproducirse con éxito a escala su- pranacional. La dinámica representativa iba a quedar confiada a un com­ plejo sistema de controles cruzados entre los distintos agentes que intervie­ nen en el proceso de formación de las decisiones, que a su vez responden a legitimidades distintas: Estados soberanos, instituciones supranaciona- les, actores locales y también, por qué no, una naciente opinión pública europea. En un marco como este, no iba a haber ningún poder —por antonomasia, en otra época, el legislativo— que pudiera hacerse porta­ voz, en exclusiva, de la voluntad ciudadana. En su lugar, tendríamos una variopinta constelación de agencias que persiguen intereses dispares y que conjuntamente promueven —eso dice la teoría— el interés de todos15. El punto es bien conocido. En la nueva constelación de poderes, or­ gánica y funcionalmente diferenciados, se habría producido una auténtica mutación en la estructura ascendente de legitimación del sistema político, tanto a escala supranacional como, de reflejo, a escala nacional y local. A medida que los distintos actores que intervienen en el proceso de toma de decisiones se convierten en pares de los representantes de la voluntad general, y entran en competencia con ellos, se diversifican los canales a través de los que discurría el mandato. Con un significativo desliza­ miento de la autoridad, el único control posible en este nuevo marco es un control horizontal, rutinario, descentralizado, generado localmente. En la nueva constelación posnacional el poder ya no se ejerce en nombre de todos, sino como parte de un entramado de legitimidades fragmentarias. La epidemia del nuevo canon es irresistible. Y no parece haber vuelta atrás16. Hasta el más común de los mortales intuye que esta transforma­

15. J. Keane, Life and death of democracy, Norton, Nueva York, 2008, pp. xxvi-xxix.

16. Para aclarar en qué consiste la novedad del nuevo mainstream hay que remon­

tarse a comienzos del siglo XX, cuando se consolidaron los presupuestos de las cien-

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ción resulta inevitable y que, por tanto, el sistema representativo, con sus partidos y parlamentos, y sus obsoletos aparatos burocráticos, cuen­ ta cada vez menos. Su incapacidad para lidiar con los problemas de coordinación y regulación que aparecen en sociedades como las nues­ tras es manifiesta. Se da por descontado que esta democracia, la que hemos tenido hasta ahora, sencillamente no está a la altura de las cir­ cunstancias. Y de ahí la necesidad de adoptar estrategias reformistas, que liberen las energías acumuladas en la última fase de desarrollo econó­ mico y tecnológico. La única respuesta efectiva al malestar —dicen— es la de quienes tienen el coraje de impulsar las reformas que se sabe que hay que hacer, doblegando las resistencias al cambio, enquistadas en­ tre electores miopes, burócratas adocenados y políticos clientelistas. Hay que promover las virtudes de la competencia y la cooperación espontá­ nea, que triunfan en los mercados y en las redes. Y generar de ese modo un nuevo liderazgo social. La bandera del nuevo curso será la accounta- bility. El objetivo, mejorar la performance del sistema. La herramienta, el diseño de incentivos. Para quienes se suben a este carro es obvio que no merece la pena enredarse en los laberintos de la representación. No me sorprende que les parezca una completa pérdida de tiempo. Obsérvese, sin embargo, que en el paso del viejo al nuevo modelo hay algo más que un cambio en el método de la acción política, en la manera de hacer las cosas, de di­ rigir las instituciones, de lograr los indispensables consensos. Se produ­ ce también un — ¿imperceptible?— deslizamiento en los fines. La duda que los partidarios no consiguen despejar —y es aquí donde la crítica de­ mocrática debería levantar la cabeza— es si el precio de tantas ventajas adaptativas del sistema no acabará pagándose con la moneda de la igual­ dad. Y no de cualquier clase de igualdad, sino de la igualdad política en particular. El punto es bien simple, hasta demasiado: en el nuevo paradig­ ma no hay (suficientes) garantías de simetría entre los participantes en la toma de decisiones17. Es más, se diría que la simetría, con sus corolarios de equidad e imparcialidad, ha dejado de ser un valor. Lo que importa es el consenso y este, a su vez, solamente en la medida en que mejore el rendimiento general del sistema. En efecto, en un sistema postsoberano de control por pares, y en un entorno como aquel en el que hoy nos movemos, va de suyo que la llave de acceso al policy-making solo la tendrán aquellos actores que puedan

cias sociales modernistas. Véase M. Bevir, Democratic governance, Princeton UP, Prince- ton, 2010, pp. 20 ss.

17. Ibid., pp. 108-109.

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acreditar la suficiente credibilidad ante los demás miembros del club. Los invitados a la mesa pueden ser numerosos, y también relativamente di­ versos, hasta el punto de ofrecer una representación relativamente preci­ sa de la sociedad, pero la legitimidad para tomar parte no les viene desde abajo, de la investidura popular, sino de la posición que ocupan y de su posible contribución al logro de los objetivos políticos que se conside­ ran adecuados. Quienes tengan recursos para hacerse oír e información que aportar serán bienvenidos, siempre que no se topen con adversarios con fuerza suficiente para vetarlos o para hacer saltar el tablero. Cuando esto sucede, para evitar percances, la regla es dejar fuera al más débil. Es una norma no escrita de la buena crianza que el anfitrión evite encuen­ tros incómodos entre sus invitados18. Es sorprendente observar cómo las doctrinas del nuevo mainstream silencian este aspecto de la cuestión o lo eluden, aireando cándidamente las virtudes de la solidaridad democrática. Es cierto que en las propuestas de la nueva gobernanza no se plantea explícitamente una sustitución de la voluntad defectuosa por la voluntad esclarecida de quienes sí saben dónde está el verdadero interés de la nación, como hacían los liberales doctrina­ rios, nuevos y viejos. Se mantiene el ideal de la independencia de los parti­ cipantes en el proceso, que recuperan fragmentos significativos de sobera­ nía, pero desaparece la exigencia de que en el momento final del proceso intervenga la voz autorizada a hablar en nombre de todos, los invitados y los que se quedaron a las puertas de las instituciones. El argumento, tal como generalmente se despacha, es absolutamente perverso. En los proce­ sos de negociación entre pares, una vez reconocido un derecho general de salida, se entiende que cualquier instancia de mediación, que altere el libre juego de las partes, es superflua, cuando no una fuente de ilegíti­ mas interferencias. Se entiende que todos los que están es porque quie­ ren, porque no se han ido, y, al revés, que si lo han hecho es que no han querido estar. Y si lo que pasa es que no han sido invitados es porque se sabía de antemano que no estarían dispuestos a hacer las concesiones im­ prescindibles, entorpeciendo el proceso. En definitiva, porque son gente de esa que no sabe cooperar. Con este sofisma se consigue matar dos pája­ ros de un tiro: se elude el debate sobre el derecho de entrada y se exter- nalizan los costes de salida, que quedan a cargo del bolsillo de cada uno. En la nueva era posrepresentativa, que todo lo abarca, desde el mercado financiero o el (llamado) mercado laboral, hasta la política de proximidad,

18. Encuentro este argumento en E. Vítale, «¿Sociedad civil o comunidad ética?»,

en J. M. Sauca e I. Wences (eds.), Lecturas de la sociedad civil, Trotta, M adrid, 2007,

pp. 143-162.

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las posiciones iniciales de ventaja o desventaja entre las partes quedan definitivamente blindadas. Así pues, ¿cuál es el papel de los representantes en la nueva arena de negociación fragmentada que ha pasado a ocupar el lugar del soberano democrático? ¿Qué representan? ¿A quién? Habrá quienes se apresuren a contestar que las nuevas instancias de articulación de intereses en competencia expresan un cierto equilibrio de fuerzas sociales. Que son, en otras palabras, reflejo objetivo de la rea­ lidad. Y añadirán que en estos tiempos se ha producido una notable aper­ tura en las oportunidades de acceso al poder, político y económico, inclu­ so en sociedades en las que no ha llegado a implantarse todavía un orden social suficientemente meritocrático. Pero esta es solamente una cara de la moneda. Entre las consecuencias de la irrupción del nuevo paradigma está también el haberle dado carta de naturaleza, bajo nuevos ropajes, tanto en la teoría como en la práctica, al más añejo de los argumentos censitarios, el que distingue entre ciudadanos activos y pasivos. Siempre hubo des­ igualdades, pero los privilegios que aparecen en esta última fase tocan la médula misma de las aspiraciones democráticas, porque ya no son el fruto de la ocupación del poder por parte de los más fuertes, sino que implican la retirada de la política misma, convertida en variable dependiente del sistema social. En este sentido, el sistema de puertas giratorias entre las élites económicas y la clase política que parece haber tomado carta de naturaleza en nuestros días no es la causa, sino la consecuencia de un desplazamiento todavía más significativo. En efecto, puede que los lobistas realmente influyentes se asomen de vez en cuando por los pasillos de algún ministerio o de alguna embajada, o se dejen ver a la sombra de alguna cabeza coronada, pero lo más proba­ ble es que se reúnan en algún local reservado de Manhattan o a orillas de una playa tropical, donde todo el mundo está muy a gusto. A las personas verdaderamente influyentes, el común de los mortales ni siquiera conse­ guimos ponerles cara, salvo algunos pocos casos particularmente mediá­ ticos, que no son la regia. También en este sentido nuestro problema es que carecemos de representaciones fiables de la desigualdad. De hecho, ni siquiera contamos ya con pintores de corte suficientemente hábiles para mostrar en sus lienzos la distancia que nos separa de los poderosos.

11.

Contra la desintermediación

El catálogo de adversarios de un proyecto de regeneración del ideal re­ presentativo es largo y variopinto. Más aún si se lo formula en términos

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discursivos. Pero el mayor riesgo sigue siendo que el proyecto pase des­ apercibido, que deje a todo el mundo indiferente. O casi.

Y es que no me sorprendería que muchos de los personajes caricatu­

rizados en los dos apartados anteriores no se reconozcan en la estampa que de ellos he ofrecido. Unos pueden haberse sentido molestos por las compañías que se les han adjudicado y a otros les habrá parecido fuera de lugar que se haya puesto en duda la idea de representación que desde siempre han considerado como la única posible, bien para defenderla, bien para atacarla. No descarto que tengan algo de razón, a su manera, y

que lo dicho hasta aquí no sea más que un juego interesado en el que se intenta sacar provecho a ciertos malentendidos de una noción que, como todo el mundo sabe, es profundamente resbaladiza. Pero es que este es precisamente el punto, me permito insistir. Forzando los argumentos ri­

vales, quisiera mostrar la singular ceguera de los repertorios argumentati­ vos habituales en el debate sobre la representación, que acaban ocultando la permanente oscilación del término, su duplicidad. De eso es de lo que nos ocuparemos en el siguiente capítulo.

Antes de llegar ahí, intentemos poner en claro qué es lo que pueden

tener en común los rivales de esta Apología, de un lado, los epígonos del

mainstream politológico y, de otro, los partidarios de una definitiva su­ peración del marco representativo. ¿Cuál es el motivo de que sigamos atrapados en la estéril confrontación entre fórmulas políticas —teorías,

que siguen utilizando la representación como

coartada para disfrazar su temor y, en el fondo, su odio hacia el popu­ lacho, y fórmulas políticas que, despojadas de sus ornamentos retóricos, desde el punto de vista político, no ofrecen nada más que una nueva reedición de la promesa del hombre nuevo. ¿No será este falso dilema uno de los ingredientes fundamentales en la propagación del malestar democrático? La sospecha es que el debate sobre estas cuestiones sigue todavía em­ pañado por el mito del acceso directo. Los adversarios de esta Apología tienen en común la creencia en este mito, por el que se enredan una y otra vez en la utopía de la desintermediación. Toman invariablemente las mediaciones como interferencias sospechosas, simples máscaras, barre­ ras artificiales que están siempre a punto de ser desmontadas. Sueñan con un estado de gracia en el que el sujeto consigue ordenar sus preferencias de forma tan absolutamente concienzuda que no deja margen ni para el desencanto, ni para el arrepentimiento. O con un porvenir glorioso en el que la voluntad del pueblo se ha vuelto por fin enteramente trans­ parente a sí misma. Fascinados por el mito, les parece que todo aquel que se atreve a poner en duda tales aspiraciones es porque está siendo

discursos, lenguajes

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REPRESENTACIÓN

víctima de alguna clase de encantamiento, o porque en el fondo tiene intenciones perversas. Conviene ser precavidos con el discurso de la inmediatez. Para empe­ zar porque no hay nada que se manifieste sin mediaciones a la concien­ cia de los individuos y, mucho menos, de los pueblos. Pero, sobre todo, porque es en el entramado de instancias que se suceden en el proceso de formación de la voluntad colectiva donde los ciudadanos encuentran los recursos que les permitirán resistirse a las agresiones contra sus inte­ reses legítimos, pero también donde toman contacto con las razones que saldrán a relucir en el momento en que el ir y venir de los acontecimien­ tos los obligue a cuestionarse la consistencia de sus creencias y expectati­ vas. Es cierto que la estructura representativa introduce diferencias entre gobernantes y gobernados. Pero también lo es que esas diferencias, con­ venientemente administradas, pueden convertirse en palanca de cambio, equilibrando las posiciones de las partes, introduciendo alternativas don­ de antes no había más que voluntades monolíticas, creando oportunidades para la articulación de la pluralidad, ordenando en el tiempo la variación de los puntos de vista. En este sentido, es la estructura representativa del proceso democrático la que garantiza las condiciones mínimas de simetría que están inscritas en el ideal democrático. Y viceversa, con el colapso de las mediaciones, y el consiguiente triunfo del acceso directo, la desigual­ dad natural prevalece. Lo curioso del caso es que la pulsión desintermediadora se manifies­ ta tanto por la derecha como por la izquierda del espectro ideológico. Se resisten a las mediaciones, de un lado, quienes entienden la democracia como un mero instrumento para la satisfacción de preferencias, suponien­ do que es ahí donde está el único referente objetivo de la voluntad de los sujetos. Armados con este dogma, se desentienden de otras consideracio­ nes sobre el proceso que lleva a la formación de la opinión y la voluntad. Relegan al campo de la mera psicología todo lo que sucede cuando los sujetos descubren la posibilidad de tomar distancia frente a sus propias convicciones, para evaluarlas y escoger entre ellas. De este modo, se que­ dan sin instrumentos para explicar en qué consiste la potencia educadora del método democrático. Y lo pagan caro, al verse atrapados en parado­ jas y contradicciones que, desde otras perspectivas, resultan francamen­ te irrelevantes. Por ejemplo, se ven obligados a elaborar farragosas teo­ rías para explicar por qué los ciudadanos invierten tiempo y esfuerzo en informarse sobre lo que hace su gobierno y en acudir a las urnas, cuando les resultaría más rentable no hacerlo; o se sorprenden de que las mino­ rías estén dispuestas a acatar las decisiones de las mayorías o, al revés, de que las mayorías acepten autolimitarse en beneficio de las minorías.

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DEM OCRACIA

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REPRESENTACIÓN

Se sorprenden incluso de que los ciudadanos se preocupen por elaborar

preferencias congruentes, antes que simplemente caprichosas. Desde la izquierda, un análogo prejuicio negativo alimenta el incom­ bustible optimismo de los profetas de la participación. Ensimismados en la búsqueda de las alternativas al método electoral-competitivo, tienden

a olvidar que el sujeto que toma parte en el proceso político lo hace en

función de un conjunto de representaciones del mundo que no están da­ das de antemano, sino que son en buena medida una respuesta al estado de cosas al que se enfrenta el sujeto que prefiere. No son simples impo­ siciones del poder hegemónico, sino el producto de sinuosos recorridos de mediación, que pasan por los distintos niveles de comunicación que intervienen en la esfera pública —por supuesto, y ante todo, por el sis­ tema de la comunicación de masas— pero también, y de forma muy es­

pecial, por los escenarios institucionales destinados específicamente a la clarificación de intereses y opiniones. Reflejándonos en ellos, aprendemos

a elaborar y revisar nuestras preferencias. Y no es más que una engañosa

ilusión creer que existen vías de acceso directo a un interior más hondo, donde estaría guardada la fuente de nuestras aspiraciones políticas más nuestras, la verdad encerrada en la etnia o el género, en la diferencia o la conciencia de clase. El valor de la democracia, a mi juicio, nada tiene que ver con la exteriorización de este trasfondo originario. Estas afinidades argumentativas entre opciones tan dispares no caen del cielo. Podemos interpretarlas como el producto de procesos cultu­ rales de largo alcance, que afectan a los mecanismos más básicos de so­ cialización política. Su erosión es el síntoma que aflora en ese «No nos representan» que toma las calles y se instala en los imaginarios. Conven­

drá, por tanto, ponerlas en perspectiva. Durante una determinada fase histórica, los dispositivos representa- cionales de la moderna democracia sirvieron como eje vertebrador de la experiencia, como plataforma en torno a la cual se tejían identidades y reivindicaciones, responsabilidades y proyectos. El declive de estos ins­ trumentos coincide con una singular mutación en la percepción del deve­ nir. Los referentes más obvios del ideal representativo empezaron a difu- minarse, incluso en el plano de la experiencia cotidiana, en un horizonte de innovación constante, por la aceleración y compresión del tiempo histórico19. A medida que el intercambio democrático pierde contacto

19. C. Ireland, The subaltern appeal to experience. Self-identity, late modernity and

the politics of immediacy, McGill’s-Queens UP, Montreal/Ithaca, 2004, pp. 80-81, 149, en referencia a J. Habermas, El discurso filosófico de la modernidad, Katz, Madrid, 2008, pp. 22 ss.

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con las expectativas y las ilusiones más próximas de los ciudadanos, los personajes que van y vienen sobre el escenario dejan de atraer la aten­ ción del público. La escena queda entonces a merced de la trituradora propagandística, que se adueña de ella con sus millones de terminales, nuevos y novísimos. Enfrentados a un entorno ininteligible, políticamente irrepresentable, los ciudadanos se ven incapaces de tender puentes entre el presente, su pasado y un futuro posible. Todo es nuevo, pero no hay nada que en realidad sorprenda. Lo desconocido se convierte en regla y marca las condiciones de éxito de la acción. En algún lugar del muro de Berlín, después de la caída, alguien dejó escrito que, para nosotros, el futuro ha dejado de ser lo que solía20. En un contexto como este, el reflejo de lo inmediato se dispara. Los portadores del virus de la desintermediación piensan la política como un flujo continuo e incontaminado de la experiencia inmediata. La en­ fermedad cursa de diferentes maneras, como estamos viendo. A unos se les borra la distinción entre el ágora y el foro, y pretenden hacernos creer que en ambos escenarios los sujetos persiguen los mismos objetivos. Otros imaginan la política como terreno de encuentro, como epifanía que se renueva sin cesar, o como acontecimiento irrepetible que solamente podemos evocar en la jerga de lo excepcional o de la aventura21. Y otros aún quieren hacernos creer que el espacio público solo estará a la altura del ideal democrático cuando la plaza sea finalmente ocupada por la mul­ titud anómica de los subalternos, cada uno de los cuales es portador de una visión propia, irrepetible y nunca plenamente asimilable de la exis­ tencia, pero siempre abierta a la inefable fusión de horizontes22. En la medida en que estas actitudes puedan ir ganando terreno y cris­ talicen en el imaginario social, las prácticas de la representación democrá­ tica irán retrocediendo, hasta descomponerse. En el límite, la atribución de una autoridad inapelable a la experiencia inmediata acabaría enve­ nenando el juego de proyecciones que había dado sustento al método democrático.

20. C. Ireland, The subaltern appeal to experience. Self-identity, late modernity and the

politics of immediacy, McGilPs-Queens UP, Montreal/Ithaca, 2004, pp. 145 ss.

21. Ibid., pp. 47-49.

22. Ibid., p. 137, en referencia a Ch. Taylor, Fuentes del yo. La construcción de la iden­

tidad moderna, Paidós, Barcelona, 1996, pp. 571 ss.

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III

EL ÁGORA Y EL TEATRO

La palabra persona es latina; en lugar de ella los griegos usaban tíqóocútíov, que significa la faz, del mismo modo que persona, en latín, significa el disfraz o apariencia ex­ terna de un hombre, imitado en la escena, y a veces, más particularmente, aquella parte de él que disfraza el rostro, como la máscara o antifaz. De la escena se ha trasladado a cualquier representación de la palabra o de la acción, tan­ to en los tribunales como en los teatros. Así que una per­ sona es lo mismo que un actor, tanto en el teatro como en la conversación corriente; y personificar es actuar o repre­ sentar a sí mismo o a otro; y quien actúa por otro, se dice que responde de esa otra persona, o que actúa en nombre suyo

12. Demasiados frentes abiertos

T. Hobbes, Leviatán, XVI

Un ensayo bien ordenado, a estas alturas, debería estar ya preparado para

enderezar el rumbo. En este caso, no es así. Para saber hacia dónde quere­

mos tirar habrá que esperar todavía un poco. Comencé escarbando en

las razones del malestar democrático y eso me llevó a reconsiderar los mé­

ritos del juego representativo. Mi argumento era que los mecanismos

de la representación política cumplen un papel central en los procesos de

aprendizaje individual y colectivo que las democracias contemporáneas

precisan. Para salvar este elemento específico en la dinámica representati­

va,

me entretuve en la pelea con quienes pretenden devaluarla, porque a

mi

entender manejan una visión demasiado restringida de lo que impli­

ca,

para la democracia, contar con un sistema de representaciones ade­

cuadas. Desentendiéndose de la complejidad interna del concepto de representación, los adversarios no logran más que oscurecer el análisis y, al final, acaban cayendo en un diagnóstico erróneo sobre la situación presente de la democracia.

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Por lo demás, las oscilaciones conceptuales que caracterizan el ideal de la representación política vienen de lejos. La historia de esta noción es rica en controversias, que remiten a distintos niveles de análisis. Abarca, ante todo, la interminable historia de las figuraciones del poder sobe­ rano, con su trasfondo religioso. Una historia conceptual de la represen­ tación debería incluir, además, una larga serie de trasvases semánticos que tienen su origen en el léxico jurídico, pues mucho antes de migrar al cam­ po político la representación era una institución fundamental tanto en el derecho de familia, como en el derecho de contratos y en el derecho pro­ cesal. A todo esto se añade otra larga serie de asociaciones conceptua­ les que van de la estética a la epistemología, pasando por supuesto por el campo de la liturgia, donde los fieles toman como objeto de culto las más diversas representaciones de lo sagrado1. En un panorama como este, es bastante improbable que nuestras inquietudes conceptuales sobre el verda­ dero significado de la representación pudieran resolverse —como pien­ san algunos— con una simple operación de depuración y redefinición, como si en la base de tantas complicaciones no hubiera más que una serie de malentendidos lingüísticos. A los animosos terapeutas que, no obstante, quieran aventurarse por esa vía les deseo mucha paciencia y buena letra. Por mi parte, el recorrido que propongo al lector es más modesto. Co­ menzaré elaborando algunas consecuencias de la permanente oscilación entre la vertiente autoritativa y la vertiente representacional del proceso representativo, que caracterizan este ideal tanto en la teoría como en la práctica. Como se verá enseguida, no hay nada nuevo en esta distinción. Más adelante, ya en el próximo capítulo, indicaré algunos ejes temáticos que reclaman nuestra atención en el momento en que damos por buena la operación de enmarcado —o, si prefiere decirse así, de resignificación— que estoy ensayando. Las implicaciones prácticas de todo ello no son tan remotas como podría pensarse y, sobre todo, deberían caer por su propio peso. Es a la práctica política a la que le corresponde descubrirlas. No se le pida al teórico que le resuelva la vida al demiurgo.

13. Eclecticismo e inconsistencia

Encaremos la ambigüedad de fondo que persigue al concepto (político) de representación y que impide reconducir sus distintos componentes a un único núcleo conceptual, algo así como un mínimo común divisor, no

1. En estos brevísimos comentarios históricos, me sirvo del inabarcable estudio de H. Hofmann, RappresentanzaIRappresentazione, Giuffré, Milán, 2007.

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ulteriormente descomponible. Recordemos cómo se presenta la cuestión en la bibliografía al uso. A lo largo de buena parte del pasado siglo, algunos influyentes juris­ tas quisieron salvar las flaquezas del ideal representativo entendiéndolo como una ficción capaz de reunir en una única síntesis elementos distin­ tos. El derecho es un ámbito de la experiencia propicio para las ficciones y no es raro que un jurista eche mano de una ficción más para salir de un apuro. Porque las tensiones son evidentes. Desde los tiempos de las revo­ luciones, hemos dado por supuesto que la voluntad democrática debería ser representativa en dos sentidos distintos, igualmente importantes, pero fatalmente contradictorios. Se consideraba representativa, de un lado, la voluntad que expresan los miembros de la comunidad política cuando se dan normas a sí mismos. En consecuencia, también lo era la imagen que la sociedad proyecta de sí misma desde el aula del parlamento, como si de un espejo se tratara. De otro lado, también se considera representati­ va la voluntad plasmada en la ley, no tanto porque sea el fiel reflejo de una determinación común unánimemente compartida, o porque repro­ duzca la variedad de los componentes del cuerpo social, sino al revés, precisamente porque no refleja pasivamente la diversidad de los intere­ ses, sino que los selecciona, transformándolos, y ofreciendo una síntesis cuya autoría se atribuye convencionalmente a un sujeto idealizado, como es la nación o el pueblo. Es perfectamente obvio que estas dos funciones —expresar voluntades y reunirías— precisan virtudes distintas. La prohi­ bición del mandato imperativo es el recurso utilizado tradicionalmente para salvar esta dificultad. Gracias a este expediente pudo decirse, desde Burlce en adelante, que la nación no puede querer más que por medio de sus representantes2. Pero por más empeño que la dogmática constitucionalista haya puesto en resolver estas contradicciones, los resultados siempre dejaron bastan-

2. En el marco del positivismo jurídico estatalista, cf. G. Jellinek, Teoría General del

Estado, Comares, Granada, 2000, p. 568; R. Carré de Malberg, Contribution á la Théo-

rie Générale de TÉtat, Sirey, París, 1922, vol. II, p. 267. En el extremo doctrinal contrario,

cf.

giuridico, Mariotti, Pisa, 1918; E. Voegelin, The new Science of politics, University of Chi­

cago Press, Chicago, 1952. Véase una crítica de esta tendencia en H. Kelsen, «Foundations of democracy»: Ethics 66/1 (1955), pp. 1-101. Sobre la historia del concepto jurídico de representación, además del estudio ya citado de Hofmann, cuyo recorrido se detiene en el momento de las revoluciones democráticas, véase G. Duso, La rappresentanza política. Ge- nesi e crisi di un concetto, Franco Angelí, Milán, 2003; P. Costa, «El problema de la repre­ sentación política. Una perspectiva histórica»: Anuario de la Facultad de Derecho de la Uni­ versidad Autónoma de Madrid 8 (2004).

C. Schmitt, Legalidad y legitimidad, Aguilar, Madrid, 1971; S. Romano, L ’ordinamento

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te que desear. Especialmente insatisfactorio fue el intento de sublimar la tensión entre la parcialidad de los intereses y la unidad de la voluntad popular revistiéndola de una presunta dignidad filosófica. Tirando de fenomenología, algunos influyentes juristas del siglo pasado considera­ ron posible dotar a la ficción representativa de una base objetiva, que recoge una esencia inmutable, depositada en los profundísimos pliegues interpretativos del texto constitucional, y que se manifestaría en las altu­ ras incontaminadas de la conciencia jurídica. Corresponde a la ciencia del derecho desvelar la naturaleza de semejante objeto, aventurándose en los dominios del espíritu3. Muy distinta en los presupuestos, pero equivalente tanto en el afán conciliador como en los resultados, es la salida que han buscado relevantes politólogos contemporáneos al asumir, por hipótesis, que por anchos que puedan parecer los márgenes de indeterminación del término, sus distin­ tos usos acabarán reuniéndose en un núcleo semántico común. También en este caso, el argumento es plausible. Si los hablantes de una lengua escogen una palabra y no otra para nombrar un determinado objeto, no hay razón para pensar que su elección sea completamente arbitraria. Si lo hacen es porque existe algún punto de contacto, un puente para transitar de una recurrencia a otra. El buen lexicólogo se encarga de re­ construir esos nexos de sentido, hasta hacer encajar todas las piezas del

puzle4.

El punto en común a los diferentes usos del término «representación» estaría —prosigue la versión estándar del argumento— en el hecho de que una persona actúe en nombre y por cuenta de otra, naturalmente en inte­ rés de esta última^5. Lo cual nos devuelve a la cuestión que antes planteá­ bamos, cuando aludíamos a la doble dimensión del vínculo representativo que, por un lado, tiene su base en el supuesto interés objetivo que sostie­ ne el mandato, pero que, al mismo tiempo, no prescinde de la referen­ cia a las imágenes que de dicho interés se forman tanto los representados al expresar su voluntad, como los representantes al interpretarla. La tenta­ ción es salvar estas dificultades apelando a una doctrina normativa como la que identifica la voluntad general con la maximización de las preferen­ cias de los miembros del grupo, o cualquier otra doctrina equivalente,

3. G. Leibholz, La rappresentazione nella democrazia, Giuffré, Milán, 1989, p. 70. No

es este el lugar para poner en duda los vetustos pilares de la metafísica jurídica.

4.

H. Pitkin, The concept o f representation, University of California Press, Berke-

ley, 1967, pp. 6-7, 10.

5. Así en A. Przeworsld, Democracy and the limits of self-government, Cambridge UP,

Nueva York, 2010, p. 227.

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que pueda apelar a la identidad o a la felicidad. En función de la norma establecida discriminaremos entre los casos en que el representante actúa realmente en nombre y por cuenta del representado, y los casos en que no lo hace, o entre aquellas situaciones en las que el ciudadano se hace una representación fidedigna de sus intereses y aquellas en las que su re­ presentación es falsa. La alternativa a esta última estrategia, pero también a las elucubracio­ nes fundamentadoras de los juristas, está en rescatar y admitir a las claras la profunda ambigüedad —la oscilación, decíamos antes— de las prácti­ cas representativas, derivada de la profunda continuidad que en realidad existe entre las dos distintas vertientes del proceso representativo. Para ello, y de aquí es de donde surge el afán reconstructivo que anima esta Apología, el paso fundamental consiste en recuperar y distinguir los dos núcleos semánticos que se combinan y solapan en las prácticas de repre­ sentación democrática, como parte del proceso a través del cual se for­ man y se transforman las preferencias de los ciudadanos, sus expectativas y necesidades6. El primero se refiere, como acabamos de ver, al hecho de que alguien pueda actuar en nombre y por cuenta de otro, de tal manera que la au­ toría y la responsabilidad por las consecuencias de una acción pueda ser imputada a un sujeto ausente. La relación que así se establece debe tener alguna causa o debe estar justificada mediante un acto expreso o tácito que convierta a un sujeto en representante o, según los casos, en procurador, lugarteniente, patrono, nuncio, vicario o delegado. Desde este punto de vista, no hay representación sin mecanismos de garantía o de control re­ cíproco entre las dos partes del proceso, que serán obviamente distintos para cada una de estas figuras. El segundo campo semántico alude a la visualización de una realidad no inmediatamente accesible a la mirada y que, no obstante, forma parte del intercambio comunicativo entre dos sujetos. Entre el signo que repre­ senta y la cosa representada debe darse cierto grado de correspondencia, aunque no necesariamente de identidad o similitud, de tal forma que la equivalencia que se establece entre el original y la copia resulte controla­ ble o, cuando menos, mínimamente comprensible. En democracia, un me­ canismo de este tipo es el que permite traducir los votos en escaños, o los mandatos de las mayorías en directrices de acción política. Pero es decisi-

6. Esta distinción, demasiado a menudo olvidada, es un lugar común en la biblio­

grafía. Así comienza, por ejemplo, el ya citado estudio de H. Hofmann. Análogamente, H. Pitkin, The co?tcept of representation, cit., p. 59, y N. Bobbio, «Representación e intere­ ses», en Teoría general de la política, Trotta, Madrid, 32009, pp. 493 ss.

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yo entender que el nexo entre un término y otro no es nunca —por así de­ cir— automático, sino que está condicionado por las más diversas formas de mediación figurativa. Depende de imágenes y se expresa en imágenes. El intento de desconectar o comprimir estos dos niveles de represen­ tación, el plano de los intereses y el de la imagen, produce soluciones inconsistentes y, sobre todo, como venimos diciendo desde el comienzo, enturbia el diagnóstico sobre las causas del oscuro malestar que aflige a nuestras democracias, su profunda incapacidad para representar de ma­ nera suficientemente consistente las demandas y aspiraciones de los ciu­ dadanos. En este sentido, nuestro problema es explicar cómo engranan,

y por qué vías, los dos momentos del proceso representativo. Y qué es

lo que pasa cuando no engranan. En todo caso, como decíamos en pági­ nas anteriores, los atajos de los que se sirven los adversarios de la visión convencional de la representación no funcionan y no consiguen más que empobrecer el debate. Lo mismo sucede, en el plano teórico, con esa es­ trategia unificadora a la que acuden juristas y politólogos. El valor de la

representación democrática solo se entiende a partir del trasvase y el sola- pamiento entre dos campos de acción distintos.

14. La analogía fundamental

Disponemos de una analogía fundamental para explicar, con algunos ajus­ tes, cómo encajan, cuando lo hacen, las dos caras de esta moneda. Y, al igual que en otras muchas ocasiones, la formulación paradigmática se encuentra en un insuperable pasaje platónico.

Dos son los principios —se lee en el libro III de Leyes (693e)— de los que provienen todos los sistemas políticos conocidos, la monarquía y

la democracia. En las monarquías más antiguas gobernaban los ancianos,

conforme a las leyes paternas. Así es como vivían los pastores en las cimas de las montañas, que carecían de las cosas bellas que albergan las ciudades

y de los conocimientos necesarios para desconfiar de la mentira. El se­

gundo principio es aquel por el que se rigen los pueblos que han de­ jado atrás la escasez y el miedo, una vez que han dominado las artes del hierro y el bronce y se han asentado en el llano, al hacerse numerosos. Aunque sean opuestos en muchos aspectos, ambos regímenes degeneran por una misma causa: la mala educación. En un caso, la de los hijos de los gobernantes, que mina las bases de la amistad cívica; en el otro, la de los gobernados, que acaba produciendo un exceso de libertad. La teatrocracia es el punto de llegada de esta segunda forma de dege­ neración. Explica el Ateniense que la decadencia de su ciudad comenzó

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en el momento en que se difundió el vicio de mezclar los distintos géneros

y estilos musicales. La multitud tumultuosa reunida en el teatro gritaba y

aplaudía, en lugar de escuchar. Los poetas se dejaban seducir por un pú­ blico extasiado, mezclándolo todo con todo, hasta que la plebe maledu­ cada acabó convenciéndose de que cualquier persona tenía la misma com­ petencia que los demás para juzgar el valor de las representaciones. Los ciudadanos perdieron el temor de las leyes. De ahí vino la desvergüenza y la inseguridad en el cumplimiento de la palabra dada. Al final, los teatros antaño silenciosos se volvieron clamorosos, como si el público ignorante fuera capaz de distinguir lo que es bello y lo que no lo es, «y una teatro- cracia malvada suplantó en la música a la aristocracia» (701a-c). No obstante, a Platón no se le escapa la extraordinaria fuerza del tea­

tro como instrumento para la formación de los ciudadanos7. A través del teatro es posible hacer visibles las cosas invisibles, los vicios y las virtudes,

y exponer a la vista de todos los mitos fundacionales de la ciudad. Lo

que sucede es que, al igual que cualquier otro instrumento, el teatro pue­

de producir efectos buenos o malos, según el fin para el que se emplee8. En la base de esta duplicidad hay una tesis ontológica mucho más amplia. La estructura mimética de la representación teatral corre paralela a la estructura de la percepción. En la epistemología platónica, los entes que conocemos por medio de los sentidos son meros reflejos accidentales de una realidad más alta, situada en el mundo de las ideas. Lo que llega

a nuestros ojos no son más que copias de copias. Nuestro conocimiento,

por tanto, es siempre conocimiento de segunda mano, que no alcanza la realidad verdadera. Análogamente, el teatro no ofrece más que recreaciones de las cam­ biantes circunstancias de la vida social, simples apariencias, reflejos, im­ presiones, sombras de sombras, tan efímeras como las siluetas impresas en

7. El teatro, según Platón, promueve la acción virtuosa (República 568a-d, 603c). No

obstante, se entiende que la política es siempre superior al arte, la politeia a la tragedia,

pues ofrece una imitación no distorsionada y, por tanto, más bella y mejor de la vida (Leyes, 817a3-d7). Aristóteles, en cambio, se limita a explorar la fuerza motivacional que procede de la mimesis (Política, 1450a, 1453a). Sobre estas diferencias no me queda más re­ medio que remitir a L. Palumbo, Mimesis. Rappresentazione, teatro e mondo nei dialoghi di Platone en ella Poética di Aristotele, Loffredo, Nápoles, 2008.

8. No hace falta recordar que el tema de la función política de la escena y, en gene­

ral, de las artes imitativas es uno de los núcleos temáticos centrales de República, donde se condena a los actores, porque hablan con varias voces (390), y a la multitud congregada en el teatro, porque acaba siendo dominada por las pasiones (492-494, 602). Sobre estos mismos temas, véanse también Sofista, 235-243; Parménides, 165; Cratilo, 414. Sobre la tragedia, que no se dirige solamente al placer y a dar gusto a los espectadores, Gorgias, 502; sobre el arte de engañar, Hipias menor, 366; sobre los efectos de la recitación, Ion, 535.

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ese material maleable del que se compone nuestra mente9. Las representa­ ciones, cuando se cumplen las leyes del ritmo y la armonía, tienen cierta utilidad, por sus cualidades pedagógicas. Familiarizado con las artes escé­ nicas, el ciudadano aprende a manejarse con el perpetuo desajuste entre las apariencias y la realidad. El teatro le conduce en la dirección correcta. Pero cuando las representaciones no buscan más que el aplauso del públi­ co, el resultado es catastrófico. Los espectadores quedan atrapados en un juego de las apariencias. Sus emociones se confunden. El desorden se con­ vierte en norma. Cuando esto sucede, evidentemente, ya no hay aprendi­ zaje, sino pura deseducación10. La teatrocracia es el tipo ideal de los regímenes gobernados por espec­ tadores fascinados por las sombras. El caso paradigmático es, naturalmen­ te, la democracia. Y obsérvese como, en el análisis platónico, el acento no recae tanto en la ignorancia del público, que conduce al desprecio de las leyes, como en la disparidad de las perspectivas, en la discrepan­ cia entre las distintas maneras de ver el objeto que aparece en escena desde la posición ocupada por cada uno de los espectadores11. Una discrepancia que solo el filósofo puede desentrañar y que, en todo caso, evoca los más oscuros fantasmas. En un nivel muy elemental de nuestra estructura psíquica, la controversia no resuelta está asociada con una am­ plísima familia de figuras del desdoblamiento. Para los primeros griegos el doble era mucho más que una simple co­ pia. Según explica Vernant, el doble por antonomasia es el cuerpo inani­ mado en el instante en el que el espíritu lo abandona. Idéntico en todo, pero irremediablemente distinto. La doble identidad de ese cuerpo, como objeto y como icono, caracteriza típicamente a los ídolos, figuras inter­ medias, de tránsito, signos físicos situados en el umbral entre los vivos y los muertos. Era costumbre abandonar pequeñas estatuillas a lo largo de los caminos, parcialmente enterradas, en los márgenes de los bosques

9. En la narración imitativa, dice Platón, uno habla por boca de otro (República, 392c-

394c). En este mismo sentido, los aficionados a las audiciones y los espectáculos no son amantes de la verdad, sino de las buenas voces, los colores y las formas (República, 476b).

10. Cf. Leyes, 668e-669, 689. No por casualidad, la metáfora teatral aparece también

en el pasaje platónico crucial sobre el filósofo-rey (República, 475/479). Sobre la teatrocra­ cia como dispositivo para el manejo de las pasiones, J. M. Cuesta Abad, Apolis. Dos ensayos sobre la política del origen, Losada, Madrid/Buenos Aires, 2006.

11. Sobre la reconciliación de la duplicidad, con una explícita alusión a las estelas fu­

nerarias, cf. Banquete, 189e-193; Fedro, 266a; República, 551d, 580, 607. Sobre lo uno y lo múltiple, Aristóteles, Metafísica, 80-81. La degeneración de la ciudad como consecuencia de la división es un tema que recorre por entero la historia del pensamiento político, desde el libro IX de la República y el libro III de la Política.

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o a la entrada de las cuevas. Su función no era meramente simbólica. Los

espíritus errantes encontraban en ellas la puerta de acceso hacia el lugar donde llegaría a cumplirse finalmente su destino. Para los vivos, en cam­ bio, eran signo tangible que permite situar una ausencia. En todo caso,. lo que aquí importa es observar cómo entre el cuerpo viviente y la cosa que lo reemplaza, entre el original y la copia, no se daba una relación pu­ ramente metafórica de equivalencia, ni de semejanza, sino de referencia por sustitución y diferencia12. No es difícil imaginar hacia dónde estaría apuntando una lectura po­

lítica de estas genéricas consideraciones antropológicas. Para mantenerse del lado de los vivos, la ciudad tiene que ser capaz de extirpar la ame­ naza del doble que se insinúa en su interior. El riesgo es excesivo, porque abre la puerta de la discordia, que nadie sabe adonde conduce. Es nece­ sario, por tanto, alejar a todos aquellos elementos que muestren una na­ turaleza mixta, empezando por los más excelentes de todos los hombres,

que se encuentran demasiado cerca de los dioses. Pero por la misma razón es necesario expulsar, o al menos neutralizar, a los sofistas y a los actores, gente de poco fiar, que maneja las artes del doble lenguaje, que aparenta ser lo que no es. No habrá paz ni justicia en la ciudad mientras el germen de todas las disociaciones no haya quedado conjurado. Un germen que prolifera con especial fuerza sobre la escena. Convertida en ejemplo para­ digmático de todas las duplicidades, el ágora teatrocrática reproduce, fa­ talmente amplificados, los engaños de la caverna platónica, con su juego de pantallas y distancias, de oscuridad y reflejos, así como con el inconfe­ sable deseo de sus habitantes de seguir viviendo encadenados, detestando

a

los que se han atrevido a volver la mirada para contemplar la luz del sol

y

las estrellas13.

15. El teatro de los griegos y el nuestro

Estética y política, verdad y ficción, se dan cita en el análisis de Platón. Pero sus conclusiones —a nadie se le escapa esto— son difícilmente com­ patibles con los ideales democráticos. Para evitar esta deriva, y poner la

12. J.-P. Vernant, «Figuration de l’invisible et catégorie psychologique du double: le co-

lossos» [1962], en Mytbe et pensée chez les grecs, La Découverte, París, 1996, pp. 325-338. Igualmente intermedia era la figura del homo sacer; cf. G. Agamben, Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre-Textos, Valencia, 2013, pp. 121 ss.

13. La teatrocracia es un régimen político dirigido por charlatanes sabelotodo, a dife­

rencia de la kallipolis, la ciudad gobernada por quienes conocen el verdadero arte de la po­

lítica (República, 492 a-c, 598c-599a).

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metáfora al servicio de una reinvención del ideal representativo, habre­ mos de apuntar a la línea de flotación de la página platónica. Ofrezco dos indicaciones tentativas para ajustar el tiro. La primera cuestiona la presun­ ción de falsedad que arrastran las imágenes producidas en escena. La se­ gunda persigue la redistribución de la autoridad entre los sujetos que in­ tervienen en el proceso representativo. Nos interesa salvar la analogía del ágora y el teatro, porque ilustra una serie de mecanismos elementales del proceso de formación de las representaciones públicas, pero al mismo tiempo queremos darle la vuelta a la descalificación platónica del escena­ rio democrático, descrito como arquetipo de falsedad y alienación. La cuestión es delicada. Por un lado, porque esta operación provoca seguramente el rechazo de quienes se alinean con la lectura políticamente correcta de esta página platónica y, por tanto, consideran que sus anda­ nadas contra la muchedumbre estridente no son de recibo, bajo ningún punto de vista. Para nosotros los contemporáneos, el gesto autoritario de los sabios platónicos que se arrogan la autoridad para corregir al público, tomando como coartada las invariables leyes del ritmo y la armonía, re­ sultaría completamente inaceptable. Platón no es buen compañero de viaje para la democracia. Por otro lado, y por más que les pese a quienes ven en Platón al profeta de todos los totalitarismos, el realismo demole­ dor con el que se describe la degeneración de la sociedad democrática si­ gue resultando esclarecedor. Mal que nos pese, volvemos a caer del lado platónico cuando la desconcertante evidencia nos lleva a pensar en cuánta razón tienen quienes desconfían de los actores tramposos, y también de los políticos, que utilizan sus mismas artes. Nada bueno puede traer la frecuentación de gente como esa. Una comunidad bien organizada, que sepa velar por la educación de sus jóvenes, deberá poner los medios para que no cunda el mal ejemplo. Política y teatro, teatro y política son activi­ dades peligrosas. Las tragedias ponen ante los ojos del público los peores vicios y las comedias no buscan más que agradar a los espíritus disipados. De la misma forma, el lenguaje impostado de los políticos que salen a la escena pública trastoca la espontánea simplicidad de las relaciones huma­ nas. Absortos en las fábulas engañadoras, los ciudadanos caen en un juego de apariencias en el que todo es relativo, incluso los vínculos na­ turales de solidaridad que mantienen unidas a las familias, a los vecinos y a los amigos14. El lector advertido habrá reconocido en estas últimas asociaciones conceptuales algunos de los más poderosos tópicos rousseaunianos, incor­

14. El modelo de esta posición está en J. Rousseau, Carta a d’Alembert sobre los espec­

táculos [1757], Tecnos, Madrid, 2009.

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porados masivamente a la percepción cotidiana de lo que acontece en la escena pública. Por encima de todos, la tesis según la cual la voluntad general no puede ser representada, con toda una larga serie de corola­ rios, asociados a la idea de que si la autonomía consiste en darse leyes

a sí mismos, toda excepción a esa facultad implica necesariamente una

pérdida de libertad. No es necesario, en este lugar, pararse a desmontar a Rousseau. Bastará indicar una alternativa, una manera significativamente

distinta de afrontar las mismas cuestiones.

Con gesto conscientemente antiplatónico, nosotros los contemporá­ neos deberíamos ser capaces de soltar lastre, liberándonos de la maniáti­ ca ansiedad por la divergencia entre el original y sus dobles. Deberíamos seguir el buen consejo de Diderot y aplaudir al actor —al político, o al ciudadano— que sepa manejarse en el arte de producir representaciones creíbles, sirviéndose de las convenciones del arte escénico y aprovechan­ do recursos que la tramoya pone a su disposición15. Deberíamos saber que el espectáculo tiene sus propios códigos de actuación, de los que no es posible prescindir. Quien quiera ponerse a la vista del público deberá aprender a medir la distancia, a desdoblarse, a poner entre paréntesis el punto de vista personal y a hablar con la voz de otros. Y, para eso, es im­ prescindible cultivar el gusto y afinar el discernimiento, ejercitando la me­ moria y el estudio16. El ideal representativo corta así los lazos con el sueño de un idílico naturalismo expresivo. El actor que se empeñe en reproducir de la ma­ nera más exacta, sin la mediación del artificio, los gestos de los héroes y los dioses, lejos de despertar empatia entre el público, no provocará más que su hilaridad. Fracasará, se convertirá en un patético títere defectuo­ so, que produce movimientos y sonidos incomprensibles, por estar articu­ lados en una lengua que no es de nuestro planeta. Lo mismo le sucederá al actor al que se le ocurra imitar los ademanes que utilizamos en la vida cotidiana, poniendo en escena las palabras exactas que usa la gente cuan­ do ríe o llora, porque su voz parecerá sosa o ridiculamente exagerada,

o ambas cosas a la vez. Las nimiedades del gesto o las pequeñas oscila­

ciones en la iluminación, que suelen pasar desapercibidas, se magnifican

15. Sobre la utilidad política del teatro, cf. Política, 1341b-36-41; sobre la función

epistémica de la tragedia, Poética, 1449b-21-30. Cf. R. Orsi, El saber del error. Filosofía y tragedia en Sófocles, Plaza y Valdés, Madrid, 2007. Rocío me habría enseñado muchas cosas sobre estas cuestiones, si yo le hubiera preguntado.

16. Los argumentos antirrousseaunianos están tomados de D. Diderot, Paradoja

del comediante [1773-1777], Mondadori, Madrid, 1990. Cf. F. Ankersmit, «Pygmalion. Rousseau and Diderot on the theatre and on representation»: Rethinking history 3 (2003), p. 336.

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sobre las tablas, o se diluyen, modificando la percepción de las cosas que suceden. Por eso, es responsabilidad del actor ejercer un control abso­ luto sobre los detalles. Su afán no responde a la voluntad de engañar, sino de mantener bajo control los factores que inciden en la dimensión ilo- cutiva y perlocutiva de sus actos. Cuando la fábrica de la representación funciona como es debido, es precisamente ahí, en los detalles, donde se esconden las enseñanzas más importantes17. La segunda clave en la que debería fijarse el demócrata para darle la vuelta al prejuicio platónico tiene que ver con la distribución de la au­ toridad en el espacio escénico18. En el modelo inicial, el de los antiguos, no había más que dos alternativas, radicalmente contrarias. Cuando las leyes del ritmo y la armonía todavía imperaban, la autoridad se concen­ traba en lo alto, en las manos de los filósofos, que disponían del cono­ cimiento adecuado sobre lo justo y lo injusto. Por el contrario, cuando la facultad de juzgar se desplazaba hacia la masa de los espectadores, en el éxtasis de sus engañosas sensaciones, la jerarquía quedaba invertida. El escándalo de la democracia consiste precisamente en eso, en proclamar orgullosamente la igual inteligencia de todos los sujetos autorizados a proyectar su mirada sobre el escenario, cada cual desde la posición par­ ticular que le corresponde, impugnando cualquier esquema predetermi­ nado sobre el reparto de la autoridad. El espectador participante no se limita a contemplar, sino que se arroga el derecho de seleccionar e in­ terpretar, de componer su propio poema, reescribiéndolo en su cabeza, emancipándose de la tutela paternal del poeta que escribe el guión o del maestro que le enseña a leerlo. Lo hace en solitario, pero también como parte de un público de pares. Si aceptamos estas dos modificaciones en el esquema original, la aso­ ciación entre el ágora y el teatro cambia radicalmente de significado. El elemento creativo, antes situado exclusivamente detrás o por encima de la escena, se reparte a lo largo de todo el proceso. Y la autoridad de los dramaturgos y los filósofos desciende desde su emplazamiento privilegia­ do, para distribuirse entre el público. No dejará de haber ciudadanos ig­ norantes, o más ignorantes que los guardianes. La diferencia está en que, a partir de este momento, le va a ser reconocida a todos la capacidad para

17. Tomo esta formulación aristotélica de J. Ranciére, Momentos políticos, Clave Inte­

lectual, Madrid, 2011, p. 38. También fd., El desacuerdo, Nueva Visión, Buenos Aires, 1996, pp. 10-11. Cf. también E. Lledó, El concepto de poiesis en la filosofía griega, CSIC, Ma­ drid, 1961.

18. Este segundo argumento está armado a partir de J. Ranciére, El espectador eman­

cipado, Ellago, Castellón, 2010.

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exponer sus razones a la vista de los demás. Nadie podrá ya permitirse el lujo de menospreciar al público vociferante. Cambiará además la finalidad de la representación, que ya no bus­ ca, como con los griegos, la formación de comunidades coreográficas, donde los actores y el público se mueven al unísono, siguiendo las normas de la proporción matemática. La platea, que no estará situada ni arriba ni abajo, sino a la misma altura que la escena, se transformará en un cuerpo irregular y defectuoso, pero políticamente activo, formado por sujetos que entran y salen de la luz de los focos, para poner en palabras sus intereses y sus disputas. En el nuevo esquema, en un ulterior avance, llegará a for­ marse una asociación de espectadores emancipados, sujetos singulares que se reúnen porque entienden que todos tienen algo que aprender de los demás, pues hasta el que menos conocimientos tiene sabe algo que al más sabio se le escapa. En suma, la hipótesis es que la vieja analogía entre el ágora y el teatro está abierta a lecturas dispares, y contrarias. En la interpretación de los antiguos, las leyes del ritmo y la armonía imperaban tanto en la escena como en el ágora. El objetivo era la construcción de una comunidad ar­ mónica, donde los instrumentos de la representación pudieran producir una voluntad común, a la que nadie habría debido sustraerse. Pero te­ nemos también una segunda versión de la analogía, donde las reglas que marcan el ritmo de la representación quedan en manos de los protago­ nistas del espectáculo, bien como actores, bien como espectadores. Este es el caso que nos interesa. En el nuevo esquema, nadie espera encontrar un Autor que reparta los papeles, como sí sucedía en El gran teatro del mundo, donde había una autoridad que le recordaba a cada paso a los ciudadanos, y especialmente a los disconformes con el papel que les ha­ bía tocado, el deber de obrar bien, según el guión prefijado, porque Dios es Dios. Los roles de la representación se han nivelado. El soberano so­ mos todos. La distancia entre el universo político de Calderón y el nuestro, el de los demócratas contemporáneos, es tan grande que no hace falta pararse a mostrar sus implicaciones en el plano de los imaginarios políticos. Como también lo es la distancia que nos separa de los griegos. Lo cual no signi­ fica —y quizá convenga insistir en esto— que en el escenario democrá­ tico al que nosotros aspiramos ya no haga falta repartir los papeles, que no haya reglas que marcan las distancias, los ritmos y las fronteras. ¿Aca­ so cabe imaginar representación sin reglas? Este asunto merecerá nuestra atención más adelante.

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16. Representaciones de la voluntad colectiva

En un conocido fragmento sobre la política como el lugar propio de la acción, Hannah Arendt se refiere al teatro como el arte político por ex­ celencia19. N os asomamos al escenario público — explica— con el pro­ pósito de alcanzar alguna clase de mediación —siempre abierta, siempre provisional— entre lo que sucede en el plano de las voluntades colectivas, donde impera una exigencia de unidad, y la trama menuda de los aconte­ cimientos cotidianos, donde se mánifiesta la autonomía de todos y cada uno, en condiciones de insuperable pluralismo. La convergencia entre es­ tos aspectos contradictorios de la vida pública solamente puede darse como ficción, en virtud de un artificio. Con la debida distancia respecto del contexto en que esas palabras fueron escritas, no hay nada particularmente sorprendente en la intuición de Arendt. El argumento de fondo está implícito en la gramática elemen­ tal de la representación moderna, tal como fue perfilándose desde Hobbes en adelante. Impugnada la objetividad metafísica del orden social, la polí­ tica tiene que ver con lo que sucede en el universo de relaciones que se dan entre actores representativos, también en el sentido teatral del término. Simples máscaras, si se prefiere, que desempeñan distintos papeles20. Retrospectivamente, tras más de dos siglos de experiencia democrá­ tica, no nos hace falta retorcer en exceso la letra de los textos fundacio­ nales para descubrir el lugar que ocuparon estos mecanismos de disocia­ ción y desdoblamiento en la génesis del constitucionalismo moderno. En un mundo caracterizado por un insuperable antagonismo, a nosotros los ciudadanos, a los que nos reconocemos como iguales, y no a un soberano paternal que pueda hablar en nuestro nombre, es a quienes nos corres­ ponde ejercer el juicio, observando lo que acontece en el gran escenario de la naturaleza, mediando entre lo real y lo posible, entre las partes y el todo, entre el interés singular y el interés común21. La tramoya institucional de la democracia moderna atiende precisa­ mente a esa lógica. Si nos parece legítimo que la voluntad de las mayorías prevalezca sobre la de las minorías, no es porque los más tengan alguna ciase de privilegio sobre los menos, o porque supongamos —como en oca­ siones se hace— que las mayorías aciertan más o se equivocan menos que

19. H. Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona, 1993, p. 211.

20. Cf. Q. Skinner, Reason and Rhetoric in the Philosophy o f Hobbes, Cambridge UP,

Cambridge, 1996; y también J. M. Hernández, El retrato de un dios mortal. Estudio sobre la filosofía de Hobbes, Anthropos, Barcelona, 2002, cap. 3.

21. I. Kant, Sobre la paz perpetua [1795], Tecnos, Madrid, 1985, p. 33.

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las minorías, sino porque entendemos que la regla del mayor número es la técnica eficaz de que disponemos para maximizar el consenso, en un pro­ ceso más amplio, que incluye otros mecanismos y momentos de decisión, siempre revocables, conforme a un modelo de diversificación, comparti- mentación y procedimentalización del juicio22. Con cierta hipérbole se diría que, en democracias como las nuestras, el voto es razonamiento en acción. Y no porque el gesto del ciudadano ante las urnas sea el producto de profundas cavilaciones morales, sino por lo que tiene de intervención en un experimento colectivo, de apuesta situada en el espacio y el tiempo23. El reconocimiento del derecho al sufragio, en combinación con la prohibición del mandato imperativo, exige del ciudadano un esfuerzo imaginativo notable, situándole en un marco escénico en el que tendrá que hacerse cargo de un conjunto de desdoblamientos fundamentales, sin los cuales no es posible comprender el funcionamiento de la vida pública. Sin embargo, la sucesión reglada entre contextos de argumen­ tación y decisión que obedecen a exigencias dispares permite construir puentes, intermitentes, pero periódicamente renovables, entre los titula­ res del poder soberano y los poderes constituidos, entre opinión y de­ cisión, entre razones e intereses. En este juego de equivalencias, igual que la moneda en el mercado, que representa el valor de los bienes y del trabajo, el voto se convierte en eje del proceso democrático, en signifi­ cante vacío sobre el que quedan inscritas expectativas y equivalencias24. Pero es fundamental entender que los incontables actos de atribución de sentido sobre el veredicto de las urnas van desplegando sus efectos a lo largo del tiempo. El recuerdo y la interpretación retrospectiva del voto —un nuevo conjunto de representaciones, por tanto— se proyecta sobre un espacio comunicativamente diversificado, compuesto por múltiples instancias que marcan el ritmo de los intercambios25.

22. Cf. J. Habermas, Fadicidad y validez, Trotta, Madrid, é2010, cap. IV, 3; N. Bob-

bio, «La regla de mayoría: límites y aporías», en Teoría general de la política, cit., pp. 462-489.

Sobre la sorprendente historia del principio de mayorías, F. Galgano, La forza del numero. Storía del principio di maggioranza, II Mulino, Bolonia, 2008.

23. Eso es la tragedia, según S. Critchley, Tragedia y modernidad, Trotta, Madrid,

2014, p. 57.

24. Cf. N. Urbinati, Representative Democracy. Principies and Genealogy, University

of Chicago Press, Chicago/Londres, 2006, p. 149. El argumento de Urbinati está referido a Sieyés. Sobre la dimensión constitutiva/re-constructiva de intereses a través de la represen­ tación: C. Rile Hayward, «Making interests: On representation and political legitimacy», en I. Shapiro, S. Stokes, E. J. Wood y A. Kirshner (eds.), Political representation, Cambridge UP, Cambridge/Nueva York, 2009, pp. 111-138.

25. De nuevo, cf. N. Urbinati, Representative Democracy. Principies and Genealogy,

cit., pp. 195-196. De quien se habla, en este segundo caso, es de Condorcet.

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En un determinado momento en la evolución histórica de las socie­ dades contemporáneas, por un conjunto de circunstancias concurrentes, y dadas una serie de condiciones del entorno, pudimos tomar concien­ cia de las cualidades excepcionales de este sistema, que tenía además la ventaja de que resultaba particularmente resistente ante el riesgo de una posible degeneración. Se pensó incluso que, para gobernar sociedades como ias nuestras, que son sociedades abiertas, y no dejarán ya de serlo, no había un método más seguro. En democracia, a diferencia del Anti­ guo Régimen, no hacía falta ya recurrir al fraude y al misterio, perder el tiempo en palabrerías y sofismas26. Expuesta a la mirada atenta del pú­ blico, la política acabaría plegándose a los dictados del sentido común. No es este el lugar para detenerse en esta antología de generalizacio­ nes históricas. Si vienen al caso es, únicamente, para zanjar una disputa que debería haber quedado definitivamente resuelta hace tiempo. Los in­ tentos por desacreditar las herramientas de la representación democrática acudiendo al mito de la inmediatez o a la fantasía de la reproducción exac­ ta de la voluntad popular yerran el blanco. El cuestionamiento del sesgo elitista que comprometería la legitimidad de las democracias liberales, poniéndolas en manos de las mismas oligarquías de siempre, pues ese ha­ bría sido, en el fondo, el oscuro objetivo oculto en la defensa de la priva­ cidad y la profesionalización de la vida política, resulta perfectamente banal27. Simplemente, no tiene nada interesante que aportar al análisis de la realidad que tenemos ante nuestros ojos. Pasa por alto de la manera más ingenua, o dogmática, el hecho de que toda democracia, popular o de élites, socialista o liberal, tiene una dimensión representativa, o si pre­ ferimos decirlo así, representacional. En relación con eso, la hipótesis que sí merece la pena someter a debate es que algunas de las claves del ex­ traordinario desarrollo de la democracia en el mundo contemporáneo se sitúan precisamente en este plano. La revolución fundamental es la que tuvo lugar en un momento determinado en el régimen de figuración del espacio público. Frente al relato de la universalización progresiva de los principios de 1789, en el que sigue insistiendo la vulgata wiggish, el proceso de demo­ cratización despierta en el momento en que se hace patente la contradic­

26. El argumento está tomado de T. Paine, Derechos del hombre [1791], Alianza, Ma­

drid, 2008, II, cap. 3. En defensa de la inteligencia de los muchos, a Paine remite H. Wain-

wright, Cómo ocupar el Estado, Icaria, Madrid, 2005.

27. Cf. el arquetipo de esta posición que aparece en B. Constant, De la libertad de los

antiguos comparada a la de los modernos [1819], incluido en íd., Escritos políticos, Centro

de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 1989.

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ción entre la voluntad del pueblo movilizado que irrumpe en la escena para hablar con voz propia y su doble, la imagen abstracta de la nación. Desde entonces, hasta hoy, la unidad del cuerpo político no puede ser entendida como mera composición orgánica de órdenes sociales y territo­ rios, sino como proyección hacia un plano de representaciones artificia­ les. La representación ha quedado irremediablemente dividida, repartida entre el monarca y el parlamento, entre la administración y la sociedad civil, entre el cuerpo electoral y el pueblo28. La tensión seguirá aumen­ tando hasta explotar en la Europa posnapoleónica, con el retorno de los privilegios antiguos y, al mismo tiempo, con la emergencia de privilegios nuevos, los del tercer estado, en competencia con las reivindicaciones del cuarto estado. Para salvar la unidad de la nación, los doctrinarios inten­ taron refugiarse en la doctrina del juste milieu, aliñada con las correspon­ dientes dosis de espiritualismo romántico, propio de la época. Si en los tiempos de las guerras de religión el Estado había podido (re)presentarse a sí mismo como instancia neutral, como factor de síntesis y mediación, en este momento se hizo evidente la pérdida de su independencia, frus­ trando una intervención redentora, que restablezca la unidad entre las opuestas demandas en conflicto. Se había convertido en mero comité de gestión de los intereses de la burguesía. Y habría seguido representando a una sola de las partes, y no a la totalidad, en el caso de que la clase tra­ bajadora hubiera logrado tomar el poder. En perspectiva, se diría que esta mutación fundamental en el plano de la producción de representaciones colectivas sigue siendo determi­ nante para entender cómo es posible que los artificiosos procedimientos de la democracia moderna han podido convertirse en algo más que una extraña variante, particularmente confusa, en la historia de las formas de gobierno mixto. Llevaban toda la razón sus enemigos de entonces —como también la llevan sus epígonos contemporáneos, tanto por la de­ recha como por la izquierda— al poner en evidencia los peligros de la radicalización expresiva del cuerpo político, convertido en comisión deliberante de las masas electorales. El régimen representativo es, por de­ finición, un régimen discutidor, caracterizado por la singular pretensión de desactivar los conflictos, poniéndolos a debate29. Pero con un matiz,

28. La teoría de la representación de Hegel, tal como aparece formulada en los

§ 274, 307 y 360 de la Filosofía del derecho [1821], se sitúa en este cruce de caminos (véase Líneas fundamentales de la filosofía del derecho, Gredos, Madrid, 2010).

29. Cf. C. Schmitt, Teoría de la constitución, Alianza, Madrid, 1983, p. 253. Citado

también por L. Diez del Corral, El liberalismo doctrinario, Instituto de Estudios Políticos, M adrid, 31963, p. 104. Cf. también, sobre Guizot, ibid., pp. 237-238. Esta es también

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porque la democracia los desactiva, o aspira a desactivarlos, codificándo­ los, haciéndolos legibles, sin anularlos, sin ocultarlos. Esto es, (repre­ sentándolos bajo una luz determinada. Quizá por esta razón el sufragio universal, contra todo pronóstico, pudo convertirse en moneda de cam­ bio privilegiada del universo político, en señal capaz de aglutinar sobre su valor facial un extraordinario valor simbólico. Porque el hecho es que, al menos durante una determinada fase, que ya no es la nuestra, la puesta en escena electoral de los conflictos sociales llegó a ser la única alternativa realista a la lucha de cíase30. Así pues, detrás del giro que ha llevado históricamente a la formación del régimen representativo habría un recorrido mucho más sutil y con­ sistente de lo que suele reconocerse. Por una serie de razones que sería extremadamente laborioso reconstruir en detalle, nosotros los modernos hemos impugnado esa visión rudimentaria de la representación como coincidencia inmediata entre el demos y el kratos a la que siguen apelando los críticos para tejer la retórica de la voluntad popular, misteriosamen­ te cristalizada en el espíritu de la constitución. No parecen darse cuenta de que sus argumentos replican el más rancio esquema metafísico de la correspondencia, el mismo que Platón utilizaba para descalificar las artes miméticas. Y ha llovido mucho desde entonces. Quizá olvidan que la lógica interna de ese esquema fue desafiada en sus fundamentos más elementales en el momento en que la Modernidad comenzaba a dar sus primeros pasos. El avance de las tecnologías de la percepción y, en particular, de la óptica, extendió hasta límites insospe­ chados el horizonte de la mirada. El hallazgo más desconcertante fue com­ probar que, a medida que afloraban nuevos estratos en la experiencia del mundo, cada vez más diminutos y lejanos, seguía sin aparecer rastro algu­ no de una materia distinta a la que suele ser objeto de nuestras representa­ ciones sensoriales, una sustancia que pudiera ser objeto de conocimiento puramente intelectual y no precisara la mediación de las percepciones. A falta de otros puntos de referencia, la filosofía se hizo entonces cargo de la tarea de introducir un principio de orden en el revuelo de las imágenes mentales. Análogamente, las artes dejaron atrás la pretensión de imitar una realidad que no podía ser enteramente apresada por los sentidos, y se conformaron con retener las sombras. Orgullosamente, el artista barroco

la tesis central en M . Oakeshott, E l racionalismo en la política y otros ensayos, FCE, México, 2000.

30. Escenificación del conflicto, se podría añadir, frente a la visualización de la unidad

que caracterizaba a la iconografía del Antiguo Régimen; cf. C. Lefort, Democracia y repre­

sentación., Prometeo, Buenos Aires, 2011, p. 21.

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comprendió que su tarea no podía ser otra que la de pintar lo que el ojo ve. Velázquez fue pionero en esto. Con su gesto radical, el foco de acción se desplazaba de la imitación a la experimentación31. Algo parecido iba a suceder, tiempo después, en el campo de la política.

17. La prioridad está en el decorado, en la tramoya, en la acústica

Atenas fue una ciudad de palabras y quizá por eso también de representa­ ciones y simulaciones. La democracia cobraba vida en la escena. Los enga­ ños y desencuentros eran materia privilegiada del repertorio teatral, don­ de los actores ocultaban el rostro detrás de sus máscaras. Los dioses y los héroes intercambiaban sus disfraces y dialogaban con el coro. Tanto las comedias como las tragedias que han llegado hasta nosotros están cons­ truidas sobre prejuicios que acaban resultando infundados, con oradores que sacan provecho de los malentendidos, con narraciones que demues­ tran la falsedad de las apariencias que hasta entonces se daban por ciertas, con parlamentos insinceros o absurdos, cuyo verdadero significado solo llega a desvelarse en el desenlace de la obra. En cuanto al régimen de figuración, y como ya he adelantado, la dis­ tancia entre nuestra democracia y la de los griegos es enorme. De en­ trada, porque el teatro, según lo practicaban los antiguos, ya no forma parte de nuestras rutinas políticas. N o tanto porque entre nosotros no exista un repertorio de representaciones canónicas, destinadas a produ­ cir y sostener el consenso, como antaño, como porque la acción polí­ tica se desenvuelve en espacios increíblemente extensos, que el ojo del público difícilmente consigue abarcar por entero y situar en un solo esce­ nario. No obstante, la presencia de figuraciones compartidas sigue sien­ do un elemento central en la dinámica democrática. No por casualidad la democracia de los modernos apareció históricamente en un momento en el que el arte de la representación todavía jugaba, como en el primera Modernidad, un papel esencial en la vida pública. Y este elemento fue de­ terminante en el cambio que estaba teniendo lugar. Con el desarrollo de una sociedad urbana, a partir del siglo XVIII, el reparto de los roles sociales que había caracterizado a la sociedad esta­ mental había perdido contacto con las nuevas exigencias de la vida co­ tidiana. El linaje dejó de ser garantía bastante, criterio suficiente de re­ conocimiento. La creciente movilidad social hacía que los encuentros

31. J. A. Maravall, Velázquez y el espíritu de la modernidad, Guadarrama, M a­

drid, 1960.

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entre desconocidos se volvieran más frecuentes, y las transacciones más arriesgadas. En esas condiciones el principal aval que un sujeto podía esgrimir frente a los desconocidos era la apariencia, la capacidad para presentarse en público de una forma determinada. En ese mismo contex­ to, el acceso a los derechos civiles y políticos se convirtió en el rasgo de distinción fundamental que marcaba la frontera de la dignidad social de los ciudadanos. Es fascinante observar cómo el despegue de la política representati­ va corre en paralelo a la progresivá migración del sujeto hacia el terreno de la intimidad, y a la consiguiente privatización de los escenarios en los que discurre su vida cotidiana: el patio doméstico y el lugar de trabajo, pero también los espacios de esparcimiento y de culto. Cabría imaginar incluso cierta simetría o complementariedad entre estos dos procesos, ambos impregnados de la retórica tardomoderna de la libre iniciativa y la autenticidad. El declive del hombre público acompaña el crecimiento de aquellos ámbitos de acción en los que se despliega la verdad interior de cada uno, depositada en los pliegues más recónditos de su voluntad. En paralelo, sale a escena el ciudadano democrático —el sujeto igual, titular de derechos políticos— que se proyecta hacia una esfera representativa, en la que pretende dejar huella, actuando en defensa de aquello que más propiamente le identifica en su fuero interno: un conjunto de intereses, una determinada cultura. Desde entonces, y hasta el presente, la pulsión expresiva que caracte­ riza a la democracia moderna se ha topado una y otra vez con sus lími­ tes. En la reconstrucción de Sennett, el repliegue del sujeto hacia la esfera donde se tejen los hilos del destino personal se sublima y se generaliza en la cultura del siglo XIX, con la popularización del amor romántico, en la ópera y en los folletines, y con la normalización de la familia burguesa. El sujeto desorientado, huérfano de las certezas del pasado, encuentra en las normas de la sociedad burguesa un horizonte comprensible de acción, una razón de vida. Pero en este tránsito aparece también la más característica de las enfermedades modernas: la dificultad, o la patológica incapacidad, para proyectar hacia el espacio público una imagen reconciliada de sí mis­ mo, que esté finalmente a la altura de ese yo más auténtico que respira en el interior de cada uno32. Si ahora trasladamos este esquema a la dinámica institucional de la democracia moderna, podemos entender que su dimen­ sión representativa apareciera como remedio o, cuando menos, como compensación a los desajustes de una sociedad en acelerada transforma­

32. R. Sennett, El declive del hombre público, Península, Madrid, 2002, p. 55.

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ción. Algo más, por tanto, que una simple herramienta de gobierno. Desde este punto de vista, la dramatización parlamentaria de los conflictos socia­ les, en el arco simbólico que va de la izquierda a la derecha, se convirtió en referente central, y relativamente estable, del tejido de representa­ ciones por el que se orientaban las expectativas y demandas del burgués y del proletario. Los líderes carismáticos, pero también los partidos y los demás movimientos políticos, ponían en palabras e imágenes intereses y sentimientos compartidos, estrechamente conectados con lo que aconte­ cía en el plano de la vida cotidiana. Lo interesante, en todo esto, es observar —insisto, retrospectivamen­ te— que en este juego de representaciones hubo algo más que imágenes distorsionadas de las luchas sociales, falso reflejo de la lucha real por el control de las conciencias. Es cierto que los instrumentos de la represen­ tación política acabaron cayendo en manos de los más poderosos, que se escudaban en ellos para filtrar y disminuir las demandas de las mayorías33, pero sirvieron también, siquiera de forma intermitente, o en el largo pla­ zo, como instrumentos para movilizar y hacer visibles las razones de los más débiles. No es cierto que la sociedad de masas, el legado infausto del siglo xix, sea tan solo la edad de la despersonalización y el aislamien­ to, del sujeto desorientado que se consuela abandonándose en el regazo de una comunidad imaginada. Es también la época en que los mecanis­ mos de socialización política fueron progresivamente acomodándose a las exigencias de la publicidad. Y esto algo habrá tenido que ver con las mu­ chas conquistas sociales alcanzadas, precisamente en esta época, al menos en algunos afortunados lugares del planeta. La representación se volvió democrática —alguien observará ensegui­ da—, pero al cabo de cierto tiempo, ni siquiera demasiado, la tendencia volvió a cambiar. Los mecanismos compensatorios que habían funciona­ do en la fase anterior perdieron el lustre. Se volvieron tan disfuncionales y anticuados como, en otros terrenos, los folletines sentimentales, la ópe­ ra o la moral victoriana. Desde hace ya varias décadas, el ocaso de la po­ lítica ideológica ha arrastrado en su caída los instrumentos destinados a la producción de representaciones públicamente reconocibles. La forma de la representación ha quedado vacía de contenidos y eso ha hecho que nuestros sistemas políticos perdieran su capacidad para entrar en diálo­ go —como veíamos en el ejemplo inicial de esta Apología— con las más sentidas demandas y expectativas. Es verdad que los medios de comuni­ cación siguen teniendo una influencia enorme en la conformación de la

33. Cf. R. Gargarella, The scepter ofreason. Public discussion and political radicalism

in the origins of constitutionalism, Springer, Dordrecht, 2000.

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opinión general y que podrían poner algo más de su parte para evitar su desplome, asumiendo la tarea de mediar entre las percepciones de los ciu­ dadanos, a menudo parciales y sesgadas, y las exigencias reales de la vida política. Pero hay que reconocer que su capacidad para producir repre­ sentaciones eficaces de la realidad, generando consenso en torno a ellas, está sujeta al mismo régimen de inmediatez expresiva que se ha impuesto ya en los demás ámbitos de comunicación social. Las imágenes producidas por los medios no tienen una mayor resistencia al desgaste que las demás imágenes que abarrotan la red, en ún flujo masivo e incontrolable, que no deja espacio ni para la persuasión, ni para la oposición.

Y con esto podríamos dar por concluido el recorrido de esta Apolo­

gía. Los detractores del ideal representativo, y los que se conforman con la/s representación/ones que tenemos habrían acabado llevándose el gato al agua. La única perspectiva sensata sería la de sumarse a los fastos de la política posrepresentativa. No es así. Quiero sostener que incluso en este punto, y contra lo que pueda parecer, todavía nos queda una última carta que jugar, si es que realmente queremos resistirnos a esta deriva. Es pro­ bable que el lector atento haya podido anticipar ya el argumento, cuan­ do se sugería que el debate tradicional sobre el valor de la representación está montado sobre un supuesto que resulta ser mucho menos sólido de lo que parece. Hemos dado por descontado, erróneamente, que en el punto de par­ tida de los procesos de legitimación democrática estaba en la voluntad de un sujeto sin fisuras, capaz de representarse en todo momento, ante el so­ berano tribunal de la conciencia, la variedad de las cosas que suceden en el mundo. Así entendíamos que razonaba, por ejemplo, el individuo por­ tador de preferencias, las cuales no eran sino el reflejo inmediato de inte­ reses, particularistas o solidarios. Y así entendíamos que se desarrollaban también, en el plano colectivo, los procesos de formación de la voluntad popular. Ahora hemos aprendido que las cosas, en la mayor parte de las ocasiones, y en las más interesantes, no son ni mucho menos así. Lejos de caracterizarse por la unidad y la continuidad, los procesos de formación de la conciencia se asemejan bastante a lo que acontece en un teatro por el que van desfilando haces de sensaciones dispersas, que provienen del pasado y caminan hacia el futuro. En el intento por situarse en el centro de la acción, el sujeto que asiste al espectáculo se vuelve sobre sí mismo y comprueba que la obra que está siendo representada sobre el escenario de su propia mente no siempre coincide con el texto que esperaba escu­ char. Encuentra más discontinuidades de las previstas, y de las deseadas, hasta el punto que, en ocasiones, le cuesta reconocerse a sí mismo en el espejo de la conciencia. Repasando la galería de imágenes que discurren

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ante su mirada, el yo se descubre múltiple, un campo de fuerzas en con­ flicto, sin un baricentro único. Análogamente, en el plano de las institu­ ciones, del sueño de una monolítica voluntad representativa del Estado no queda más que un vago recuerdo. Es aquí donde vendría a cuento una reivindicación de la teatrocracia.

A pesar de sus peligros, pues el reparto de la acción y el espacio escénico

son expresión del poder —los muros del teatro se levantan con el cemen­ to de la hegemonía— hemos aprendido que la presencia de escenarios re­ presentativos es un recurso indispensable para la vida pública. Son los mejores dispositivos de distanciamiento que tenemos a nuestro alcance, los únicos a los que podemos acudir para administrar nuestras relacio­ nes con los demás y con nosotros mismos. Son mecanismos de experi­ mentación que nos fuerzan a ejercitar el músculo de la imaginación y nos

convierten en sujetos políticamente activos34. Por eso es tan importante para nosotros, los modernos, organizar el escenario de forma igualitaria, interviniendo sobre la tramoya, cambiando sus medidas, manejando la disposición del público, mejorando la acústica del espacio. Afinando, en definitiva, las tecnologías de representación. Durante la fase histórica de expansión de la democracia pudimos con­ solarnos con la idea de que el reconocimiento de los derechos políticos, en un marco de garantías institucionales de libertad, era condición sufi­ ciente para la autodeterminación. Hoy la situación ha cambiado. Esos instrumentos siguen siendo indispensables, pero han dejado de ser sufi­ cientes. Para que la participación sea valiosa —para que vuelva a ser va­ liosa— necesitamos asegurarnos de que todos los participantes dispon­ gan de recursos cognitivos y motivacionales necesarios para enfrentarse a

la bárbara dislocación que hoy se ha creado entre la esfera más inmediata

en que se desarrolla la experiencia cotidiana y la esfera de la decisión po­ lítica35. Para quienes carecen de tales recursos, el mero acceso a los luga­ res en que se forman las decisiones fundamentales sobre las finanzas, la moneda, el comercio, las comunicaciones, la energía, la salud, el medio- ambiente, el territorio, etc., resulta perfectamente inútil. Y es ingenuo, o manifiestamente ideológico, pensar que la brecha entre ciudadanos acti­ vos y pasivos pueda salvarse mandando a los electores de nuevo a la es­ cuela, o incrementando el volumen de información que el sistema de los mass media ofrece a sus clientes a través de nuevas o viejas tecnologías,

34. R. Bodei, Destini personali. L ’etá della colonizzazione delle coscienze, Feltrinelli,

Milán, 2002, p. 273

35. Es el argumento clásico de J. Schumpeter, Capitalismo, socialismo y democracia

[1942], Aguilar, Madrid, 1968, parte IV, caps. XXI-XXII.

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o redoblando la exigencia de virtud cívica, como si la buena intención bastara para doblegar los abismos de ignorancia que existen no solo en las sociedades con tradiciones democráticas más débiles, sino también en las más afortunadas. La alternativa es recomponer los mecanismos discursivos que sos­ tienen nuestras democracias, restableciendo de ese modo las condicio­ nes para la formación reflexiva de la opinión y la voluntad. El ciudada­ no desorientado, infrarrepresentado o manipulado merece disponer de mecanismos de representación eficaces, que le acompañen en la tarea de producir imágenes legibles del mundo en que vive. Porque sin una buena puesta en escena de las razones que deben estar sobre la mesa no hay manera de que los ciudadanos orienten críticamente sus demandas y puedan formarse una imagen significativa de sus intereses. Por eso, y pre­ cisamente en este momento, la cuestión más urgente es la de (intentar) de­ volverle la credibilidad perdida a las representaciones públicas del mundo en que vivimos36. No obstante, ¿qué es lo que hace que una representación se convier­ ta en una buena representación, en una representación adecuada? —objeta enseguida el filósofo. Y ¿cómo distinguir —añadirá el moralista— entre representaciones mejores y peores, cuando la evidencia muestra que el universo de la comunicación se pierde en la vanidad de las apariencias?

36. Sobre las implicaciones metarrepresentacionales de los actos de habla, a través

del análisis literario, E. Scarry, Resisting Representation, Oxford UP, Nueva York 1994. Sobre una posible expansión de este análisis a la acción en contextos institucionales, ibid., pp. 5-6.

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IV

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Sócrates.— Los que honran las estatuas de los dioses, en lu­ gar de los dioses mismos, son llamados idólatras ¿no? El Extranjero.— Sí. Sócrates.— Y, si un hombre honra la imagen de algún dios en su propia mente en lugar de al poder que de hecho con­ trola su destino, ¿estaría honrando a un ídolo? El Extranjero.— El principio sería el mismo; pero el uso entre nosotros aplica la palabra «ídolo» a los productos de la escultura, no a los de la poesía. Sócrates.— Entonces, en principio, ¿vuestros filósofos y profetas son puros idólatras? El Extranjero.— Lo serían si se tomaran en serio su reli­ gión, como vosotros os tomabais la vuestra en los viejos tiempos; pero su religión no tiene nada que ver con sus ne­ gocios, su política, o con su estimación práctica de la buena y la mala fortuna; es meramente el solaz de sus horas pic­ tóricas de ensueño.

G. Santayana, Diálogos en el limbo*

18. Los dos focos del proceso representativo

Tras haber fijado la posición frente a nuestros adversarios, y haber per­ filado un plan para no caer en sus errores, el tramo final de este escri­ to debería consistir en el elogio de las soluciones propuestas. Algo de eso encontrará el lector en las próximas páginas, pero menos de lo que probablemente se espera. Que nadie espere el gran acorde final. Las explicaciones del capítulo anterior deberían haber sido suficientes para justificar una de las afirmaciones iniciales de esta Apología, cuan­ do se ponía en evidencia la ingenuidad de quienes siguen viendo en el egoísmo de las élites o, al revés, en la ignorancia y la persistente miopía de

* Tecnos, Madrid, 1996, pp. 100-101.

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los de abajo, de los que se dice que no saben lo que hacen, la causa de la pérdida de representatividad de nuestras democracias. Con las limita­ ciones del caso, he afirmado que los instrumentos de representación de la moderna democracia han funcionado razonablemente bien a lo largo del tiempo como foco para la elaboración de intereses y necesidades, y, en definitiva, para la transformación pacífica de los conflictos sociales. En relación con este aspecto de la cuestión, en un movimiento que algunos querrán tachar de conservador, he añadido que sería conveniente resta­ blecer, y cuanto antes, las condiciones para que el sistema político siga produciendo representaciones significativas, de las que pueda esperar­ se que entren en resonancia con las creencias y expectativas, deseos y ambiciones del público. En la medida en que eso suceda, podrá volver a decirse que los parlamentos y las elecciones, y el resto del entramado ins­ titucional que los acompañan, juegan un papel relevante en los procesos de aprendizaje individual y colectivo. Queda en suspenso, por supuesto, la pregunta acerca de qué repre­ sentaciones son adecuadas y qué criterio tenemos para distinguirlas de las que no lo son. No es mi intención abrir la caja de los truenos metafí- sicos que se esconde en la clásica noción de adecuatio. Ni zanjar la cues­ tión apelando al genérico deber de los ciudadanos virtuosos que vigilan sobre la calidad de las representaciones. No se ve cómo podrían hacerlo, si hasta los escogidos árbitros platónicos encargados de vigilar sobre el cumplimiento de las leyes del ritmo y la armonía acabaron viéndose des­ bordados por la acumulación de imágenes falsas, que alimentan los peo­ res instintos del público. Con todo, quiero mantener firme la idea de que para disfrutar de los beneficios que proporciona la existencia de un siste­ ma adecuado de representaciones, es necesario tomarse en serio el juego de la representación. Que es, precisamente, un juego que funciona exac­ tamente igual que cualquier otro: solo merece la pena entretenerse en ju­ garlo cuando los jugadores lo juegan como es debido, y cuando se usan cartas trucadas se vuelve completamente inútil. De donde se derivan una serie de compromisos, entre los que está seguramente cierta disposición preliminar a seguir reglas1. En cuanto a la intensidad de los compromisos que se adquieren, el enfoque presentado no debería resultar demasiado exigente. No creo que haga falta ser el mejor de los jugadores para disfrutar y sacarle provecho al juego, de la misma manera que no hace falta ser un pintor excelente para disfrutar del paisaje que se ofrece a la mirada o que ha quedado

1. Para poder jugar, el juego hay que tomárselo en serio; H. G. Gadamer, Verdad y método, Sígueme, Salamanca, 1977, vol. I, pp. 143 ss.

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grabado en la memoria. Es verdad que la intervención de un buen artista, de un pintor de talento, frente al simple aficionado al dibujo, tiene algu­ nas ventajas. Por una parte, le resta al espectador una parte de la informa­ ción que llega a sus retinas, presentando una sola entre las perspectivas posibles sobre los objetos representados, y aislando ciertos aspectos del contorno o la textura. Por otra, y al contrario, añade información nue­ va, ordenando los datos de una manera peculiar, con una intención que no está presente en la visión del original. Esta misma oscilación vuelve a darse en el momento posterior, cuando el espectador, situándose de­ lante del cuadro, se pone a interpretar la imagen y construye una lectura propia. No hay razón para afirmar que la primera parte del proceso co­ municativo, la acción de fabricar la copia en la que se muestra el original, sea necesariamente más valiosa, o exija más sabiduría que la segunda par­ te, la acción de reconocer la copia contemplada como copia de algo. Si acaso, lo único que podría destacarse es la ventaja comparativa de la que seguramente disfruta el artista adiestrado en las técnicas del enmarcado y la focalización, sedimentadas en la dilatada historia de las artes represen­ tativas, a la hora de enfrentarse a la singularidad de un paraje o modelo. Una ventaja no muy distinta a la que, por su parte, tendrá el espectador entrenado en el arte de distinguir entre las buenas y las malas represen­ taciones de la realidad. En las próximas páginas no voy a avanzar ni un paso por este camino. Renuncio desde ahora mismo a especificar las condiciones que deben darse para que los dos componentes nucleares que intervienen en el pro­ ceso representativo —la facultad de producir imágenes significativas y la capacidad para reconocerlas— puedan encajar felizmente, produciendo representaciones adecuadas, tanto para las artes miméticas, entre las que están la pintura y el teatro, como para el campo político, conjugando los dos aspectos —autoritativo y representacional— que incluíamos en su ca­ racterización básica, conforme a lo que se dijo anteriormente. En lugar de eso, lo que haré es mirar hacia los extremos, indicando dos opuestos focos entre los que la representación oscila. La hipótesis es que, aproximán­ dose en exceso a cualquiera de ellos, el delicado equilibrio de los sistemas representativos se rompe y empiezan a aparecer representaciones inade­ cuadas, las que bloquean el desarrollo del proceso democrático. En el primero de estos dos extremos están las imágenes que aparecen en la escena pública como pura ficción, como un conglomerado aleatorio de signos convencionales cuyo valor reside únicamente en el hecho de que los ciudadanos crean en ellas. Se entiende que esta clase de representa­ ciones afloran a la conciencia y saltan a la opinión pública como resul­ tado de una serie de episodios de lucha por el significado, en los que el

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más fuerte consigue imponer su manera de ver y de creer, desplazando otras representaciones rivales. Queda implícita la tesis según la cual la relación entre imagen significante y significado es producto de un acto de voluntad arbitrario, un mero acto de poder, mediante el cual el sig­ nificado queda inscrito sobre la superficie del signo. Esta operación es similar a la que tuvo lugar en la iconografía cristiana arcaica, cuando la figura del pez quedó identificada con el nombre de Cristo, sin otra base que una mera coincidencia lexicográfica2. Lo interesante es obser­ var cómo sobre la superficie del signo, constantemente reproducido, van apareciendo toda clase de incrustaciones semánticas, que alteran su uso. Es razonable suponer que la inscripción de la imagen del pez en la cúpu­ la de las iglesias acabara transformándose, para los fieles, en una seña de identidad, dejando de ser un mero recordatorio pedagógico, un signo redundante o un simple elemento decorativo. Incluso es posible pensar que fuera percibido como un síntoma de lo inefable, que los iniciados, los que participaban de su autoridad, reconocían casi por instinto. En el otro extremo está la convicción de que el nexo representativo solo adquiere un significado cierto cuando el intérprete tiene la posibili­ dad de establecer correlaciones objetivas entre el signo y el significado, de tal forma que cualquier espectador pueda determinar, sin ulteriores mediaciones hermenéuticas, que «esto» —este signo— ocupa aquí el lu­ gar de «aquello» —un significado concreto—. El equivalente político de esta doctrina es la idea de que los instrumentos de representación deben actuar como correas de transmisión de intereses objetivos, estar al ser­ vicio del descubrimiento de una realidad objetiva y del descubrimiento de soluciones racionalmente justificables. En este segundo caso, el valor de las representaciones nada tiene que ver con su uso en el plano simbólico, como en el caso anterior, sino con su capacidad para designar de forma simplificada, alegórica, una parte de la experiencia3.

2. En referencia a este uso de los símbolos, H. G. Gadamer alude a la tradición neo-

platónica y a la radical inadecuación de la experiencia sensible para el conocimiento de lo suprasensible. «Es posible ser conducido a través de lo sensible hasta lo divino; lo sensible no es al fin y al cabo pura nada y oscuridad, sino emanación y reflejo de lo verdadero. El concepto moderno de símbolo —concluye— no se entendería sin esta subsunción gnóstica

y su trasfondo metafíisico» (ibid., p. 111). Sobre el ejemplo del pez, H. Pitkin, The concept o f representation, University of California Press, Berkeley, 1967, pp. 93 ss.

3. Frente a la descalificación platónica de la mimesis como mediación que ofusca la

contemplación de las ideas, cf. Aristóteles, Poética, 1460a. Cf. P. Ricoeur, «Mimesis et re- présentation», en Actes du XVIII Congrés des Sociétés de Philosophie de langue francaise (Es­ trasburgo, 1980), Association des Publications prés les Universités de Strasbourg/Vrin, Pa­ rís, 1982, pp. 51-63.

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Mi hipótesis es que el delicado mecanismo de la representación, cuan­ do acerca más de la cuenta a cualquiera de estos dos extremos, pierde su razón de ser. Al verse comprimida bien sobre su componente simbólica, bien sobre su componente cognitiva, la función mediadora que caracte­ riza el proceso democrático, como escenario privilegiado de aprendizaje individual y colectivo, queda bloqueada. En los dos próximos apartados quisiera ofrecer algunas indicaciones sobre lo que se pierde al quebrarse el balance entre estos dos focos de la representación. Diré que ese dese­ quilibrio tiene mucho que ver con la incómoda sensación de malestar democrático que hoy nos persigue. Luego recuperaré la sugerencia cen­ tral de esta Apología, ejemplificándola en el campo de las propuestas institucionales.

19. Puro teatro: simulacro y seducción

En el primero de los dos extremos encontramos un escenario completa­ mente vacío de contenidos, como corresponde a una política en la que todo se convierte en teatro, puro teatro y nada más que teatro. Muchos creen que esta es la situación en la que hoy verdaderamente nos encon­ tramos. Y, en consecuencia, que la democracia, en realidad, no existe. Que no es más que una farsa. Hay distintas maneras de reaccionar ante este diagnóstico. Cabe adop­ tar una actitud intensamente dramática, como la de quienes piensan que todo está perdido para la democracia en una sociedad en la que el inter­ cambio de imágenes se ha independizado de cualquier realidad subyacen­ te, desplazándola y suplantándola. En el universo de la pura imagen, sin imitación ni referencia, sin origen ni destino, el mentiroso puede enga­ ñar y engañarse impunemente. Transformada en mercancía, en la socie­ dad del espectáculo, la imagen es el sol que nunca se pone, subordinando a sus exigencias la vida entera. La imagen es todopoderosa no tanto por su capacidad para ocultar una realidad más valiosa, sino, al revés, precisa­ mente porque no oculta nada en absoluto. Y, sin embargo, sigue valien­ do. Todo es simulacro, simulación continuada. En el desierto de lo real, solo tiene cabida lo hiperreal. Y cuando esto sucede, que nadie espere la venida de un Dios que, en el océano de las apariencias, reconozca a los elegidos, ni un Juicio Final en el que se marque una diferencia clara entre lo verdadero y lo falso4.

4. G. Debord, La sociedad del espectáculo, Pre-Textos, Valencia, 2000, § 1-30. Tam­

bién J. Baudrillard, Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 1978.

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Una auténtica tragedia, sin duda, aunque no todo el mundo quiera

tomarse tan a pecho las consecuencias de vivir en un mundo como este.

A algunos no se les escapa el lado humorístico de la situación. Y no les

faltan motivos para tomar distancia. De hecho, siempre ha habido quie­

nes mirado con hilaridad —y una punta de condescendencia— el afán de los aspirantes a políticos que buscan hacer carrera sacando partido a sus dotes de comediantes. Es cierto que en el producto que suele despachar­

se en nuestros días se hace un uso desproporcionado de la parafernalia

carnavalesca. La política parece haberse transformado en un gigantesco corral de comedias, en el que todo está dispuesto para trastocar o ador­ mecer el sentido de los ciudadanos, con personajes fabricados en serie, diseñados para triunfar en el reality cotidiano, proyectado en horario continuo, con las habituales dosis de impostada cordialidad, intimidad, autenticidad. Para captar y retener la atención caprichosa del público, los actores no dudan en recurrir a las técnicas del striptease mediático, po­ niendo sobre las tablas todo el cargamento de. buenas intenciones, de es­ tudiada honestidad, de glamurosa naturalidad, y hasta sus vergüenzas si el guión lo precisa. En el último estadio de degradación, la comedia se trans­ forma en mascarada, la decadencia en pantomima. Los payasos profesio­ nales y los impostores ocupan la escena. Máscaras sin rostro, vedettes que han vendido su alma a las audiencias5. Frente a semejante despliegue, a nadie le sorprenderá que los auste­ ros instrumentos comunicativos de la publicidad burguesa palidezcan, con sus parlamentos y sus periódicos, sus cafés y sus aulas, y su pesada maquinaria de controles administrativos. Son instrumentos que se han vuelto manifiestamente anticuados. El sistema sigue funcionando igual

que antes, pero ahora ha empezado a moverse como por inercia. Nada

es lo que parece. Ningún argumento pesa ni más ni menos que el con­

trario, y las disputas que se ponen en escena lo son solamente entre al­ ternativas ficticias. Esta es la regla no escrita. En conclusión, si este es el lugar en el que estamos, ¿qué margen nos queda para ponerle freno a la degeneración espectacular de la representación? ¿Y por qué no dejarse llevar por la corriente, aceptando, sin más, el juego, al menos mientras siga haciéndole gracia a la mayoría? Mi impresión, como ya he ido adelantando, es que no hay posibilidad alguna de desmontar estas preguntas mientras no abandonemos —aden­ trándonos en el terreno de los compromisos ideológicos más elementa­ les— la imagen prejuiciosa de una esfera pública compuesta por la mera

5. Enlazo libremente diversos pasajes de G. Lipovetsky, La era del vacío. Ensayos so­

bre el individualismo contemporáneo, Anagrama, Madrid, 2002.

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yuxtaposición de estados de ánimo, como terreno virgen sobre el que se proyecta el inefable caudal de la imaginación y el deseo, como simple contenedor de voluntades. Y mientras no pongamos en cuarentena, es­ carbando todavía más, la creencia en la potencia mística de los iconos, a través de los cuales se hace presente lo inefable6. Solo entonces podre­ mos evitar la degradación de la política a estéril confrontación de ima­ ginarios enfrentados, donde al final lo único que realmente cuenta es la fuerza evocativa de un poder ventrílocuo, como el del moderno prín­ cipe, el más hábil en la producción de aquellas máscaras que movilizan el deseo: banderas, himnos, acontecimientos históricos. Por esta vía no llega­ remos más que a una insoportable hipertrofia del vínculo representativo, en un juego de las equivalencias discursivas entre demandas irreconcilia­ blemente enfrentadas y recíprocamente opacas7. Se enfrentan aquí dos maneras de entender la experiencia política, cuya distancia nos devuelve —comprenderá el lector que sobrevuele una vez más las implicaciones más densas del argumento— al debate entre Rousseau y Diderot sobre la naturalidad del gesto escénico, al que an­ tes nos referíamos. Porque en la comunicación escénica no todo puede ser reconducido al plano de los afectos y las sensaciones, que en realidad no son nada. Los seguidores contemporáneos de Diderot dirían que es imprescindible, tanto para el actor como para el espectador, introducir un momento de distanciamiento crítico, que precede y acompaña la producción del gesto escénico, el cual estará siempre sometido, nos guste o no, a los principios generales —las leyes, las reglas— de la producción y la recepción de imágenes. Es responsabilidad del intérprete evaluar, a cada paso, los efectos ilocutivos y perlocutivos de la acción que realiza. En caso de que no quiera, o no sepa hacerlo, lo más probable es que su actuación fracase. Y es al espectador a quien le corresponde la tarea, in­ versa y complementaria a la anterior, de articular los distintos factores que intervienen en la buena marcha del proceso comunicativo: la inten­ ción del autor y la del actor, los condicionantes del contexto, entre los que estará seguramente la reacción de los demás espectadores, así como su propia experiencia. Los partidarios de Rousseau, en cambio, siguen convencidos—con toda su buena fe, supongo— de que los artificios de la puesta en escena no son más que rodeos innecesarios, porque detrás de cada representación es posible captar los destellos de una realidad más profunda, que da sentido al juego y que tiene que llegar a hacerse pre­ sente a la comunidad de los espectadores. En consecuencia, creen que el

6. J.-L. Nancy, La representación prohibida, Amorrortu, Buenos Aires, 2006.

7. Cf. E. Laclau, La razón populista, FCE, Buenos Aires/México, 2005, p. 126.

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objetivo de una práctica teatral auténticamente emancipatoria —tanto en

el arte, como en la política— no será más que desbaratar las convenciones

existentes, poner patas arriba la escena, desestabilizarla, intervenir brutal­

mente, liberando los flujos descodificados del deseo. En el ágora, como en el teatro, en las contadas ocasiones en que la comunidad se conoce a

sí misma, emerge una realidad irrevocable, «la roca muda contra la que

se quiebra el juego de la obra y estalla el oleaje de la auténtica tragedia»8. Frente a la fascinación que pueda todavía suscitar el sueño rous- seauniano, y como en el fondo ya.sabíamos de antemano, al menos desde Hobbes, la moderna teoría de la representación, y la relativa práctica, es una respuesta al problema de cómo construir una sola voluntad colectiva

a

partir de la multitud de voluntades dispersas. Y aquí, pese a Deleuze

y

a Schmitt, en incómoda compañía, que celebran a coro los gozos de la

investidura y los abismos de la tragedia, no hay más remedio que poner al descubierto la monótona obcecación de quienes todavía insisten en el anatema sobre la falsedad del teatro, como si el vivir en un mundo de representaciones fuera la peor de las desgracias9. Librémonos, de una vez, de estos reductos tardíos de furor iconoclasta. Aunque parcialmen­ te mentirosas, las imágenes son herramientas útiles, que podemos po­ ner al servicio de la comunicación y, en último término, de la autode­ terminación individual y colectiva. La opción más consistente con una práctica democrática, en este nivel de análisis, pasa por entender que los distintos momentos del proceso representativo no son resbaladizos simu­ lacros más allá de los cuales se extiende el paraíso de lo Real, sino instru­ mentos de los que nos servimos para registrar información significativa, que ponemos a prueba a cada paso, en diferentes arenas y sobre la base de criterios de fiabilidad, abiertos a una constante revisión y susceptibles de ser contrastados públicamente10. Naturalmente, habrá quienes intenten rebajar la intensidad emotiva de todo el asunto, aunque sin abandonar el horizonte de un comienzo originario, ese sí libre de engaños, en el que anclar el sentido de la ver­ dadera política, de nuevo, más allá de las insidiosas trampas de la política vulgar. Dirán, por ejemplo, con Hannah Arendt, que la política, para ser­

8. C. Schmitt, Hamlet o Hécuba. La irrupción del tiempo en el drama, Pre-Textos, Va­

lencia, 1993, pp. 40 y 37.

9. Contra los que dicen «dejen de hacer teatro», cf. Ranciére, Momentos políticos,

Clave Intelectual, Madrid, 2011, p. 57. La referencia inevitable es a F. Nietzsche, El naci­ miento de la tragedia [1872], Alianza, Madrid, 2012.

10. Cf. J. Vega, «Estudios sociales de la ciencia», en E. Aibar y M. A. Quintanilla (eds.),

Ciencia, tecnología y sociedad (ELAF 32), Trotta/CSIC, Madrid, 2012, p. 61.

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lo de verdad, no debe perder el contacto con la esfera de la acción autén­ ticamente libre, con un momento de creación y espontaneidad, donde la unidad coincide con la diversidad. Un anhelo que, en la historia de las ideas políticas, ha sido formulado en distintos vocabularios, pero que ha alentado siempre la promesa de un futuro radicalmente distinto, auténti­ camente democrático. Mi argumento sería que todas las posibles variantes de este esquema arrastran un momento de trascendencia, de carácter en última instancia teológico, que acaba resultando incompatible con la ma­ nera en que los modernos entendemos la práctica representacional. La formulación paradigmática de este anhelo se remonta a un cono­ cido versículo del evangelio de M ateo, donde se dice que cuando dos o tres discípulos del mesías estén congregados en su nombre, su espíritu estará presente en sus corazones (Mateo 18,20). Y cuando el espíritu está presente —cabe añadir enseguida—, el acceso a la verdad está garantiza­ do. Lo malo es que a tan alta fortuna solo tienen acceso los ya conven­ cidos, los adoradores del Dios que se ha hecho hombre. Los demás se quedan a las puertas del paraíso, aunque ciertamente por su culpa. Por culpa de su ceguera. No conozco una síntesis más clara de la raíz ideo­ lógica de todos los conciliarismos que en el mundo han sido, con su im­ pulso igualitario, pero también con su profunda inclinación comunitaria, que tan odiosa resulta para quienquiera que tenga un mínimo aprecio por el valor del pluralismo. Porque si tenemos la certeza de que el Espíritu se ha hecho realmente presente en algún momento de la historia en el cora­ zón de los elegidos, entonces — ¡quién se atreverá a negarlo!— voxpopuli vox dei. Y todo lo demás sobra. Al otro lado de la barrera están los que consideran que sin media­ ciones no hay posibilidad de construir instituciones estables, manejables, controlables, pues lo Inteligible solo puede conocerse a través de los en­ tes en que se materializa y es aferrado por los sentidos. Cada cual con los suyos propios, más o menos iluminados. En la base de esta segunda ma­ nera de pensar hay un panorama conceptual que es por lo menos tan so­ fisticado, y profundo, como el de Mateo11. Una larga tradición en la es­ tética medieval, con su característica tendencia hacia la abstracción, fue madurando en la creencia de que la representación figurada de un objeto

11. Juliano el Apóstata aconseja mirar los templos y las imágenes de los dioses «con

cierta consideración y santidad, venerándolos como si [se] viese a los dioses presentes». Las estatuas, los altares, la custodia del fuego son «símbolos de la presencia de los dioses», fabri­ cados por los padres «no para que creamos que ellos son dioses, sino para que por medio de ellos accedamos a los dioses»; cf. «Juliano al gran sacerdote Teodoro» (293a-c), en Contra los Galileos, Cartas, Leyes, Gredos, Madrid, 2002.

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se encuentra necesariamente sujeta a la influencia de su modelo, como el reflejo que se proyecta sobre un espejo, de manera que nosotros pode­ mos servirnos de ella para apresar al menos una parte de la realidad que se esconde tras las apariencias, por más que ambas —realidad y aparien­ cia— no acaben nunca de coincidir literalmente. Bajo esta perspectiva, la aspiración del representante no consistirá, por tanto, en fabricar copias que se aproximen lo más posible a la realidad de los objetos representa­ dos, más allá de la mediación de los sentidos, o de la idea que podamos hacemos de ellos con la guía de nuestro ojo interior, sino en eliminar de la superficie visual de la copia, tal como la perciben nuestros ojos, o nuestra imaginación, todos aquellos accidentes que pudieran entorpecer la mirada —la distancia, la perspectiva, el volumen, etc.—, adaptando la imagen producida no a los detalles del original, sino a las particularida­ des de su percepción por parte dei público, según la capacidad perceptiva que demuestren sus pupilas, presentando los objetos a plena luz, en un único plano, de la forma más fácilmente comprensible, para que todos lleguen a participar de su inteligencia12. No sé, ni es el caso preguntarse, cuál de estas dos estrategias represen- tacionales es la que produce los mejores resultados desde el punto de vista estético. Políticamente, se trataría de establecer qué es lo que gana­ mos, si es que ganamos algo, abrazando la primera de las dos opciones, fiándolo todo a una identificación puramente emotiva de los ciudadanos —o del pueblo, si es que existe una entidad semejante— con la voluntad general, que le devuelva a la representación la sustancia perdida y que pueda revertir los procesos de despolitización del consenso y la apatía generalizada. O, en otros términos, deberíamos preguntarnos qué futuro nos espera si tomamos la primera de estas dos opciones, descartando la otra, y fiándolo todo, con un gesto pretendidamente radical, a la poten­ cia mística de los iconos y a sus encarnaciones comunitarias. ¿Es que a nadie se le ocurren mejores soluciones?

20. Tecnocracia: escenarios de la deliberación pública

En el extremo opuesto, y por razones que nada tienen que ver con el es­ pectáculo, la escena democrática queda fatalmente dañada cuando se transforma en mero sucedáneo de la razón pública, en espejo donde solo se refleja la disparidad entre las opciones que concurren al descubrimien­

12. Sigo a A. Grabar, Los orígenes de la estética medieval, Siruela, Madrid, 2007. La

cita es de Plotino, Eitéadas, IV, 3, 11.

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to de la mejor opción disponible, la única que resulta ser correcta sobre la base de los mejores argumentos. Por sus cualidades dialógicas, el mé­ todo democrático favorecería el conocimiento de los intereses ajenos, la calidad de los argumentos, la detección de errores fácticos y lógicos, la contención de los factores emotivos y, en definitiva, sería la mejor he­ rramienta para promover una tendencia colectiva hacia la imparcialidad. Imaginemos una multitud de partículas de razón que entran en contacto entre sí y forman una unidad, que inmediatamente se transforma en po­ der legítimo13. La representación de la disparidad de opiniones y creencias estaría entonces suficientemente justificada. Es el camino que hay que recorrer para alcanzar la mejor aproximación posible al interés general. Con una consecuencia que no podemos pasar por alto. A medida que el intercam­ bio discursivo va polarizándose en torno a la interpretación correcta de los hechos y los principios, las aportaciones que han contribuido a for­ marla van quedando arrinconadas, hasta quedar finalmente desbanca­ das. Son consideradas como simples momentos transitorios de un pro­ ceso más amplio, que lleva al descubrimiento de la solución que cuenta con el máximo consenso posible. Son escaleras que podemos tranquila­ mente dejar caer una vez que hemos alcanzado la cima, que se vuelven superfluas porque no está previsto volver sobre nuestros pasos. Mi hi­ pótesis es que un planteamiento como este se encuentra expuesto al más inesperado de los fracasos, ya que pasa por alto, o desvirtúa, uno de los dos componentes elementales del proceso representativo, ese factor esce­ nográfico al que se encuentra fatalmente sujeto, nos guste o no, el inter­ cambio político. Esta no es una abstracta discusión conceptual o entre opuestas con­ cepciones de la democracia. Ha sido un lugar común en la ciencia polí­ tica a lo largo del siglo pasado la idea de que para el logro de objetivos compartidos, en el marco de sociedades desarrolladas, es indispensable la presencia de un extenso sistema de organizaciones burocráticas, jerár­ quicas y especializadas, formadas por profesionales cualificados, que se legitiman por la competencia técnica de su actuación. La democracia representativa de los modernos presupone un entorno de ese tipo y se es­ pecializa en la producción de directrices que orienten el funcionamiento de tales aparatos burocráticos, con arreglo a determinados equilibrios de intereses y a los múltiples factores que intervienen en la producción del

13. Cf. C. S. Niño, La constitución de la democracia deliberativa, Gedisa, Barcelo­

na, 1997, cap. 5. La corrosiva imagen final es de C. Schmitt, Sobre el parlamentarismo, Tec-

nos, Madrid, 1990, p. 44.

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consenso. La dimensión epistémica y la dimensión teatral quedan confina­ das en dos vertientes distintas y aparentemente independientes del proce­ so político. Ambas son representativas, a su manera, pero parecen circular por carriles diferentes. A casi un siglo de distancia del indispensable análisis weberiano, y salvo los inevitables ajustes de detalle, la asociación conceptual entre la democracia, como espacio para el intercambio de argumentos, y el ideal de una política representativa, encargada de poner en práctica con el mejor saber disponible los mandatos que provienen del soberano es difícilmente cuestionable. El elemento epistémico es un componente irrenunciable de la legitimidad. Sin embargo, no es admisible pasar por alto una serie de complicaciones de este esquema que probablemente nos obliguen a reconsiderar su alcance. Por lo que respecta al gobierno y la administración, los órganos competentes han ido perdiendo el mono­ polio del saber relevante, que cada vez más a menudo se encuentra en manos de otros actores sociales distintos, más capacitados que el viejo Estado territorial para moverse en los fluidos escenarios de una socie­ dad y una economía radicalmente globalizada. Por lo que respecta al legislador democrático, a nadie se le oculta ya la pérdida del viejo mo­ nopolio sobre la producción normativa, entre otras cosas por la pér­ dida de los recursos cognitivos indispensables para legislar de manera eficaz, en un horizonte en el que el derecho, entendido como conjunto de normas generales y vinculantes, ha dejado de ser el foco privilegia­ do de integración social. Y por lo que respecta al pueblo soberano, del que se esperaba que llegara a expresar una voluntad esclarecida, polí­ ticamente representable, se ha hecho evidente la dificultad para sosla­ yar las complicaciones prácticas de la ignorancia racional. Los pilares empíricos sobre los que se sostenía la hipótesis epistémica están con­ tra las cuerdas. Bajo estas coordenadas, la variante epistémica del ideal represen­ tativo —la tesis según la cual la representación de las razones de todos promueve el descubrimiento de la mejor respuesta posible a los proble­ mas planteados— ha experimentado una mutación significativa, acogida por muchos con entusiasmo, especialmente en el campo de los estudios sobre las nuevas instituciones transnacionales. El ideal no se extingue, sino que, ante las dificultades, resurge de sus cenizas y se hace más fuer­ te. Con una formidable artimaña, muchos han argumentado que lo que cuenta en democracia no es tanto el hecho de que un pueblo pueda dis­ poner libremente de su futuro, expresando un mandato que sea acorde a su voluntad, como la capacidad de los ciudadanos para mantener cierto grado de control sobre los resultados que el sistema político propor­

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ciona14. Por eso, a estas alturas, el criterio para medir la calidad demo­ crática no se encuentra ya en la —supuesta y, en el mejor de los casos, ficticia— correspondencia entre mandatos y decisiones, como en la efi­ ciencia de la red de sensores cívicos a través de los cuales los ciudadanos pueden desempeñar la función de control. Lo que cuenta, en última ins­ tancia, es la corrección argumentativa de todo este proceso15. El argumento se antoja casi inexpugnable. Puro sentido común, dadas las condiciones en que nos encontramos. De las obsesiones tecnófobas de antaño, no queda ni rastro. Y no podría ser de otra manera. En el relato hegemónico ha tomado cuerpo la idea de que la escena pública debe ser entendida como campo de acción cooperativa situado bajo la tutela de expertos, que serán los encargados de gestionar la información, desde la posición privilegiada que ocupan en el seno de las distintas instituciones reguladoras que han ido surgiendo en estos últimos tiempos, organismos invisibles al público, rigurosamente no electivos, pero epistémicamen- te cualificados. La divisa de estas nuevas organizaciones posburocráticas no es —ni podría ser ya— la imparcialidad, como en los viejos tiempos, sino la independencia, incluso cuando —o precisamente porque— en sus manos está el control de materias tan relevantes como son la regulación de los mercados transnacionales, la resolución de disputas comerciales, el planeamiento de las políticas científicas o energéticas. Materias todas ellas en las que nadie más que los expertos, y sus pares, pueden meter baza con conocimiento de causa. Se da por descontado que la conducta de tan cualificado personal y, por extensión, de las agencias a las que pertenecen, se ajustará a los valores canónicos de la investigación científica. Y seguirá ajustándose a esos valores por grande que sea el poder que vaya acumu­ lándose en sus manos, en sus despachos y en sus pasillos. Pero ¿qué pasaría si, en algún momento, estas agencias pudieran desfallecer en su encomiable tarea? ¿Qué pasaría si no fueran inmunes a las volubles oscilaciones de la opinión? ¿Qué pasaría si empezaran a acumularse indicios de que también los expertos pueden caer en la ten­ tación cuando se mueven en condiciones cercanas al monopolio? Mi impresión es que, en ese punto, alguien volvería a preguntarse si aca­ so no hay buenas razones para ponerle límites al poder, incluso cuan­ do se trata del poder de los que más saben. Desde este punto de vista, la cuestión más urgente no estaría tanto en incrementar la probabilidad

14. Véase esta idea, ahora generalmente aceptada, en A. Scharpf, Goveming in Europe,

Oxford UP, Oxford/Nueva York, 1999.

15. T. Christiano, «Rational deliberation among experts and citizens», en J. Parkin-

son y J. Mansbridge (eds.), Deliberative Systems, Cambridge UP, Cambridge, 2012.

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de acierto en las decisiones, insistiendo en el ideal epistémico, como en crear mecanismos de garantía para contrarrestar el abuso de poder por parte de los expertos. Y para ello, en un segundo nivel, necesitamos po­ ner las condiciones discursivas para que los ciudadanos, a los que corres­ ponde —o debería corresponder— el control último sobre la actuación de sus representantes, puedan formar sus preferencias sobre la base de representaciones adecuadas de los problemas existentes y las alternati­ vas disponibles. La cuestión no es fácil, por -supuesto. La discusión versa sobre las prioridades. Se trata de saber si el foco debe estar centrado exclusiva­ mente en la corrección de los resultados del proceso político, como pre­ tende la vulgata epistémica, o bien si conviene tomar en consideración también los demás factores que rodean el ir y venir de los argumentos en la esfera pública y, en particular, esa dimensión escenográfica de la re­ presentación que aquí nos interesa rescatar. Si es cierto, como venimos diciendo, que las preferencias no son exógenas sino endógenas al pro­ ceso político, y que, por tanto, no están fijadas de antemano, y de una vez por todas, la pregunta por la calidad del proceso de descubrimien­ to no puede quedar reducida a su capacidad para satisfacer de manera eficiente tales preferencias. Habrá que considerar también su capacidad para transformarlas. De donde se desprende la necesidad de prestar la mayor atención a la puesta en escena del proceso. Y obsérvese que las virtudes terapéuticas del teatro son beneficiosas tanto para los muchos ignorantes como para los pocos informados. Del lado de los legos, como bien puede entenderse, porque el hecho de enfrentarse a una represen­ tación adecuada de las opciones disponibles, conforme al parecer de los expertos, les obliga a poner a prueba la consistencia de sus preferencias, y a reajustarlas, en caso de que no funcionen, cuando no encajen con la evidencia disponible. Pero también del lado de los expertos, porque la escenificación de sus propuestas les obliga a introducir un momento de pausa, y de distancia, en la comprensión habitual de los fines por los que se orienta la investigación, y que no siempre son tan evidentes como piensan quienes están socializados en un entorno tan específico como el de las comunidades científicas.

Y de aquí, como habrá anticipado el lector, la necesidad de reajus­

tar el balance representativo de nuestras democracias, devolviéndole la primacía a la vertiente escenográfica del proceso político, que en la doc­ trina epistémica tiende a quedar desdibujada. Importan los argumentos técnicos que aparecen en escena, pero también el efecto que la represen­ tación produce sobre el público. En último término, la clave del proble­ ma está en la ruptura de la autorreferencialidad discursiva de las comu­

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nidades de expertos. Por supuesto, el problema viene de lejos. Cuando los legos carecen de instrumentos para discriminar entre expertos y far­ santes, no queda más remedio que atribuirles a los propios expertos la autoridad para escoger a sus pares. El riesgo es que las comunidades formadas por cooptación se vuel­ van autorreferenciales y, tarde o temprano, acaben siendo insensibles a sus propios errores. Pero no parece haber alternativa. Lo único que po­ dría hacerse para contener esta deriva —suele decirse cuando sale a re­ lucir esta cuestión— es intentar involucrar al mayor número de actores sociales, cuyos intereses puedan verse afectados por las decisiones de los expertos, favoreciendo una distribución más amplia del trabajo episté- mico. Aunque sabemos que la gestión de determinados servicios, por su extraordinaria complejidad, solo puede estar en manos de profesiona­ les, promovamos la participación de los usuarios ofreciéndoles instru­ mentos para valorar el grado de satisfacción con la atención recibida, porque son los usuarios, al fin y al cabo, los que están a pie de calle y los que saben si tales servicios se corresponden o no con sus necesidades. La difusión de las tecnologías de la democracia electrónica —se añade con cierto entusiasmo— debería facilitar este tipo de participación, a benefi­ cio general de la sociedad, que se verá, en cierto sentido, representada. No discuto el interés de estas propuestas en los casos en que se les pide a los usuarios que comparen entre alternativas claramente defini­ das, en un universo de opciones y destinatarios claramente acotado. En estos casos, pero solo en estos casos, el intercambio de información no puede ser más que beneficioso. Pero a medida que ascendemos hacia materias que requieren evaluaciones a largo plazo, o cuando empieza a ser necesario tomar en consideración los efectos ocultos de las deci­ siones, el análisis de las alternativas deja de ser tan inmediato y tiende a solaparse con la deliberación acerca de los fines a perseguir16. Esto es lo que sucede en la mayoría de las decisiones políticamente relevantes, aquellas en las que, junto con el diagnóstico de los expertos, se requiere un ejercicio de autodeterminación individual y colectiva. Es cierto, por lo demás, que también en los casos más complejos la valoración de los ciudadanos sigue siendo en alguna medida dependien­ te del parecer de los expertos, por la sencilla razón de que los ciudada­ nos necesitan hacerse una idea siquiera aproximada del abanico de opor­ tunidades realmente existentes. Ya no bastan, como en otro tiempo, los conocimientos intuitivos que cada cual pueda desarrollar a través de la

16. F. Broncano, Entre ingenieros y ciudadanos. Filosofía de la técnica para días de

democracia, El Viejo Topo, Barcelona, 2006, p. 35.

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REPRESEN TACIÓ N

experiencia cotidiana, como el buen padre de familia que opinaba sobre

las finanzas públicas a partir de su experiencia doméstica. Pero lo intere­

sante es observar cómo del otro lado, del lado de los expertos, la situa­ ción no es muy distinta, y aparece una insoslayable exigencia de colabo­ ración con el público general. No es exagerado afirmar que son cada vez

más los expertos que pierden el contacto con las preocupaciones de

los legos, porque las convenciones interpretativas de sus comunidades

epistémicas han dejado de proporcionar instrucciones precisas para so­

lucionar este desencuentro. La habitual referencia al mercado, al precio que los ciudadanos están dispuestos a pagar para satisfacer sus deseos,

no

es de gran ayuda cuando el problema está en la incertidumbre acerca

de

lo que merece la pena desear. Y esos mecanismos de participación

ampliada a los que antes nos referíamos proporcionan información útil para mejorar la eficiencia del sistema, pero no producen elementos de control sobre el abanico de opciones disponibles en la formación de las

preferencias. La única salida a esta situación, como habrá anticipado el lector, pasa por la puesta en escena de los intercambios comunicativos entre actores que poseen competencias y legitimidades dispares. En sociedades como

las nuestras, lo que nos hace falta no es más información, sino mejores

representaciones. Lo que yo le pido, como ciudadano, a los expertos

que están en condiciones de tomar decisiones en mi nombre y reclaman

mi confianza no es tanto, o no es solo, que atiendan a mis preferencias,

como que amplíen al máximo mi capacidad de elección, poniendo ante mis ojos, y del público en general, un cuadro exhaustivo de las alterna­ tivas, con sus dudas y ambigüedades. Necesito, por tanto, que muestren lo que saben, y lo hagan valer, pero también que me pongan al corriente

de lo que no saben. Más todavía, les pido que pongan a disposición del

público —aunque vaya contra sus intereses, o les parezca inútil— los ins­ trumentos necesarios para cuestionar su propia autoridad como exper­ tos, por si en algún momento a alguien empezara a rondarle la sospecha

de que quienes se presentan como tales no son, en realidad, el tipo de

expertos que se necesitan para atender a las demandas que están sobre la mesa. Valga un único ejemplo, manido pero indispensable. A la vista de

lo sucedido en estos últimos años sería bueno, pero no es imprescindi­ ble, que los ciudadanos de a pie se conviertan en profundos conocedores

de las entretelas de los mercados, para de ese modo enmendarles la plana

a los expertos que clamorosamente fracasaron en sus previsiones sobre la estabilidad de los mercados financieros, pese a que llevaban toda la vida dedicándose a estudiarlos, se supone que con un grado aceptable de honestidad intelectual. Por el contrario, lo que se precisa es la formación

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de un escenario sobre el que poner en disputa el mandato que les otor­ gamos a esos expertos, comparando lo que dicen que saben no con lo que saben otros, los defensores de otras recetas económicas alternativas, más o menos ortodoxas, como haría quizá el auditorio de sus pares, sino con otras maneras distintas de entender los objetivos a perseguir, inten­ tando imaginar, por ejemplo, cómo sería un mundo libre del temor a la próxima burbuja financiera, o al cambio climático, o a la conflagración nuclear, o a la explosión demográfica, etcétera. A partir de aquí, hay al menos dos razones por las que merecería la pena rescatar el teatro como alternativa a la involución tecnocrática de nuestras democracias y a su premisa implícita, la acrítica identificación entre autoridad y conocimiento. La primera tiene que ver con la extraordinaria dimensión de los ries­ gos que aparecen en un mundo como el nuestro. Es inevitable que la ges­ tión de esos riesgos esté en manos de expertos, pero no lo es en absolu­ to que las comunidades epistémicas en las que se integran carezcan de válvulas de escape adecuadas, que puedan abrirse cuando se comprueba que las comunidades se han vuelto ciegas a sus propios errores. Porque, como acabo de apuntar, no es en absoluto evidente que las comunidades científicas se encuentren siempre en la mejor de las posiciones para in­ terpretar los mandatos sociales a los que atienden, especialmente cuando apelan a objetivos tan retóricos y genéricos como la búsqueda del bien co­ mún o la defensa de la vida. Por no decir la búsqueda de la eficiencia. Se objetará enseguida que, al menos en el caso de las ciencias duras, los sesgos cognitivos que pueden interponerse en el proceso de descubrimiento son menos dañinos que otros, porque son menos ideológicos y pueden ser controlados por la comunidad de los pares, los que mejor saben dónde se esconde la tentación. Pero no conviene fiarse demasiado. Esos mismos mecanismos que protegen a la comunidad de las interferencias partidistas o egoístas son los que a la postre pueden llevar a la comunidad a morir de éxito, en el momento en que se vuelva indiferente a los daños colaterales que las mejores soluciones pueden producir. Los más optimistas responderán, además, que el aislamiento de los expertos podría encontrar un contrapeso adecuado en la educación de los legos. Una parte del tiempo de los que más saben debería estar dedi­ cado a la nobilísima labor de la divulgación científica, en parte por al­ truismo, y en parte para preservar el deseable equilibrio en las relaciones entre ciencia y sociedad, tan necesario para mantener el estatus privile­ giado de los científicos. Pero el asunto es saber hasta dónde puede llegar su empeño educador, teniendo en cuenta el poder de la ignorancia. Es más, cabe preguntarse si es a ellos, a los científicos, a quienes en realidad

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les corresponde combatir la inclinación a la ignorancia racional, o si más bien su responsabilidad para con la sociedad alcanza hasta el momento en que ponen a disposición del público la información existente17. Por eso, de nuevo, frente a la hagiografía del control por pares, y frente a las bienaventuranzas de la transparencia, me parece que la única vía de sa­ lida razonable —si es que la hay, y con toda cautela— pasa por crear entornos discursivos controlados donde expertos y legos se vean forza­ dos a poner a prueba, recursivamente, las razones en juego, aplicando el consabido método del ensayo y el error, bajo la mirada relativamente dispersa del público, pero presionada por la inminencia de los riesgos. La calidad de la (re)presentación de las razones en juego será un factor determinante para convocar la atención general. El segundo motivo para reivindicar, frente al ideal epistémico, el as­ pecto representacional del proceso democrático va en dirección opuesta al primero, pues no mira hacia arriba sino hacia abajo. El blanco no se encuentra, en este caso, en la deriva elitista de la doctrina, sino, al revés, en su variante populista, según la cual las claves del conocimiento política­ mente relevante no hay que buscarlas en las alturas científicas o filosófi­ cas, sino a pie de calle, porque nadie más que el ciudadano es árbitro de sus intereses. En democracia —se dice— todos somos expertos. Aun reconociendo la sintonía de partida con este planteamiento, mi inquietud está en saber con qué instrumentos contará el sistema político para evitar que los intercambios comunicativos entre los más próximos se deslicen, exactamente igual que sucede en las comunidades de exper­ tos, hacia formas de clausura autorreferencial. La permeabilidad de los sistemas de gestión a la información proveniente de la experiencia co­ tidiana mejorará, como estamos diciendo, la calidad de las decisiones públicas. Pero, de nuevo, no todo se reduce a un problema de eficiencia en la distribución de la información y de incentivos para la cooperación responsable. Como antes decíamos, los costes de la implantación de los nuevos sistemas de gestión participativa son más que asumibles en este momento, y los beneficios revertirán en los usuarios. A más participa­ ción, mejor información y, por consiguiente, mayor beneficio. Pero no necesariamente, o no siempre. No hay razón para pensar que las mis­ mas resistencias cognitivas que lastran el funcionamiento de los órganos representativos a la hora de integrar intereses dispares no se reproduz­

17. C. Cortassa, «Del déficit al diálogo, ¿y después? Una reconstrucción crítica de

los estudios de comprensión pública de la ciencia»: Revista CTS 15 (2010), p. 48; también D. Innerarity, La democracia del conocimiento. Por una sociedad inteligente, Paidós, Bar­ celona, 2011, pp. 249 ss.

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can, agudizándose incluso, en los niveles cotidianos de interacción don­ de operan los mecanismos de participación directa. Ni para afirmar que las formas de control horizontal de los legos, portadores de intereses en primera persona, vayan a ser más empáticas al interés de los más débi­ les que las externas, impulsadas por instituciones especializadas en la re­ presentación del interés general. De nuevo, mi sospecha es que cuando fallan las herramientas cogniti- vas de las que nos servimos para representarnos el entorno, la posibilidad de mantener bajo control los fines y los medios de la acción política, sen­ cillamente, se desvanece o se retuerce sobre sí misma.

21. El producto de la puesta en escena

Es razonable suponer que el deslizamiento, en la teoría y en la práctica, hacia uno cualquiera de estos dos polos que acabamos de describir, en sus múltiples traducciones políticas, romperá el equilibrio entre los dos núcleos semánticos originarios que se dan cita en la noción de represen­ tación política. Porque los mecanismos de representación, en las distin­ tas fases del proceso democrático, han de servir, al mismo tiempo, como instrumentos que confieren autoridad, de tal forma que un sujeto pueda actuar en nombre de otro, y como cauces para la formación de imágenes públicamente reconocidas en las que encuentre reflejo la diversidad de las demandas y expectativas del público. La combinación de estos dos aspectos del proceso representativo ha jugado, por razones históricamente contingentes, y podría jugar toda­ vía un papel determinante en la elaboración de intereses y necesidades, en el camino que va desde los más apartados territorios de acción so­ cial hasta los escenarios situados en el eje central de la esfera pública. Esta ha sido —lo repito una vez más— la apuesta principal de estas páginas. Naturalmente, se entiende que la traducción de la periferia al centro del sistema político, y después del centro a la periferia, no es nunca del todo transparente. Ni puede, ni debe serlo. Frente a quienes imaginan la repre­ sentación como expresión inmediata —directa, automática, sin distorsio­ nes, etc.— de voluntades que preceden a la propia representación18, el reconocimiento de las peculiaridades de la puesta en escena nos permite

18. El giro expresionista en las artes plásticas corría en paralelo con un cambio análo­

go en la teoría de la representación, formulada desde una perspectiva «fenomenológica»; cf. P. Costa, «El problema de la representación política. Una perspectiva histórica»: Anuario de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid 8 (2004), pp. 15, 27-28.

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describir el intercambio comunicativo mediado por las instituciones representativas como una experiencia dilatada en el tiempo, que exige re­ nuncias y depara sorpresas, y que se supone lo suficientemente rica como para albergar momentos de aprendizaje. En el espacio que se abre entre el original representado y la copia que representa es donde se sitúa el abanico de posibilidades narrativas de las que dispone el ciudadano-espectador para formar sus opciones políticas. Muchas de las alternativas disponibles las conocerá de antemano. Otras no, por ignorancia, por mala fe, por simple desinterés, etc. En todo caso, la mera presencia de una pluralidad de opciones públicamente recono­ cidas le compromete, le fuerza a tomar posición, a escoger. Y tanto más fuerte será la compulsión del proceso representativo cuanto más consis­

tentes sean las razones esgrimidas. Sucede como en el teatro, cuando la interpretación afortunada consigue dejar huella en el público. El mero he­ cho de presentarse ante el auditorio y de adoptar una voz que no coinci­ de exactamente con la suya fuerza una transformación que afecta incluso

a la conciencia del actor, por más que tenga a sus espaldas un largo entre­

namiento que le permite no involucrarse demasiado19. Si el espectáculo está a la altura, el espectador interpelado se llevará consigo un conjunto de sensaciones y conocimientos que antes no tenía y que podrá utilizar para reubicarse en el mundo que le espera a las puertas de la sala. Como se decía más arriba, para comprender el paisaje en el que se desarrollan nuestras vidas conviene trepar hasta lo alto del monte y ejercitar la mira­ da. En cambio, quienes se pasan el tiempo recorriendo las llanuras, yen­ do y viniendo siempre por los mismos caminos, tropezándose una y otra vez con las mismas incomprensiones, por frecuentes que sean sus visitas al oculista, es probable que acaben padeciendo un considerable grado de

miopía20.

En nuestra historia política reciente esta doble función informativa

y transformadora ha quedado asociada a las estructuras de representa­

ción propias del constitucionalismo democrático. Con todos sus defec­ tos, nuestras instituciones representativas fueron configurándose como

19. Tomo el argumento de una referencia marginal que aparece en J. Rawls, E l li­

beralismo político, Crítica, Barcelona, 1996, ap. I, 6.

20. Este punto merecería ser elaborado por extenso: la puesta en escena de los argu­

mentos y las alternativas no es un sucedáneo del proceso de selección de la información que tiene lugar en el mercado (Hayek), ni de las comunidades extendidas de pares (Greenwood). No es tampoco una herramienta destinada a generar la confianza necesaria para que las par­ tes puedan entrar en procesos cooperativos (Giddens). El mecanismo de la representación, en otras palabras, importa por otras razones que no pueden reconducirse al valor epistémico del proceso democrático.

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escenarios lo suficientemente amplios como para dar cabida a opiniones diversas. Y el pueblo se asomaba a las ventanas. Aunque no fuera más que por esto, sería una inaceptable simplificación afirmar que todo aque­ llo se resolvía en una pura mascarada, donde los muchos actores impli­

cados se limitaban a seguir sus inclinaciones irreflexivas o a atender cí­ nicamente a los cantos de sirena de los demagogos. Al mismo tiempo, las nuestras eran, y siguen siendo también, instituciones relativamente sen­ sibles a la verdad —hay un grandísimo número de instancias políticas y jurídicas en las que la legitimidad de las decisiones está estrechamente vinculada a la veracidad de las motivaciones esgrimidas— cuyo funciona­ miento pone a prueba, una y otra vez, la consistencia de las pretensio­ nes que aparecen en escena, sin que ello signifique que el proceso en su conjunto tenga que estar orientado al descubrimiento de alguna clase de verdad definitiva21.

A partir de aquí, nuestra tarea consistirá en diferenciar los estra­

tos epistémicos y doxásticos que van sucediéndose a lo largo del proce­ so representativo. Deberíamos poder aclarar, en la medida de lo posible, cuándo y cómo entran en el debate público los argumentos basados en hechos y, al revés, cuándo la referencia a los hechos no basta para clau­ surar la discusión. De esto es de lo que trata, en gran parte, el debate democrático. Porque los hechos son, en ocasiones, las bazas argumenta­ tivas más fuertes para sacar a flote discusiones encalladas en el ir y venir de las opiniones. Pero son también bazas vulnerables, cuando parten de supuestos cuestionables. No en vano, el proceso político pone a disposi­ ción oportunidades y recursos para poner en discusión premisas que, en otros ámbitos discursivos, resultarían incontrovertibles. La coreografía de las distintas esferas de discusión produce una determinada representación de los problemas y de las soluciones tematizadas.

El punto que subrayar, sin perder de vista la analogía, es que la repre­

sentación pública está necesariamente codificada, sometida a reglas, siem­ pre cuestionables, pero solo a través de las claves comunicativas vigentes en el espacio escénico, de sus instrumentos y convenciones. Es más, des­ de una perspectiva como esta queda claro que el teatro solo puede llegar a ser democrático si, además de ser suficientemente inclusivo, establece

21. Esta es la mejor respuesta que hemos sabido encontrar a la vieja cuestión aristotélica

acerca de si es mejor el juicio de la mayoría o, por el contrario, el de los mejores. La solu­ ción de Aristóteles consistía en combinar los elementos más puros de la comunidad política con los impuros, de la misma manera que en una alimentación equilibrada combinamos los alimentos más nutritivos con los más ligeros (Aristóteles, Política 1281b). Estos párra­ fos nacen en conversación con Carlos Thiebaut y Fernando Broncano.

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también un sistema de reglas mediante las cuales sea posible establecer quién, cuándo y cómo puede tomar la palabra, eliminando las asimetrías informativas y proscribiendo aquellas situaciones de privilegio en las que se escudan los actores más fuertes para silenciar los puntos de vista de los más débiles. De hecho y, una vez más, retrospectivamente, podría­ mos leer el legado del constitucionalismo democrático como el resultado de un proceso de experimentación institucional basado en los principios que deberían orientar la puesta en escena de los debates públicos: que nadie sea juez y parte en su propia causa y que todo aquel que crea tener un interés legítimo pueda ser escuchado22. Nadie está diciendo que este sea un objetivo fácil de alcanzar, ni que una vez alcanzado vaya a mantenerse intacto de una vez para siempre. Más bien al contrario. El resultado de la socialización del ciudadano en un espacio representativo que cumpla estas condiciones, como bien sa­ bían los antiguos, es siempre incierto. La democracia es inestable. Implica un riesgo. La teatralización de la vida pública abre posibilidades incompa­ rablemente potentes para la persuasión y, en definitiva, para el progreso

de nuestras sociedades, pero también para su desmantelamiento. No obs­ tante, incluso en la peor de las hipótesis, cuando el teatro se llena de los peores fantasmas, cabe argumentar que la puesta en escena de las razones de todos puede poner en marcha dinámicas de experimentación colectiva que transforman los conflictos sociales que no encuentran mejores vías de solución. La escena democrática —este sería el último desarrollo del argumento que vengo persiguiendo— promueve la paz.

Y es que tampoco les faltaba razón a los griegos cuando se alarmaban

por el potencial disruptivo de la escena pública. Nosotros en cambio la celebramos. Si la práctica democrática ha tenido, y tiene aún, esa singular capacidad transformadora de las conciencias y los hábitos no es porque esté sometida a la tutela de una restringida minoría de deliberadores vir­ tuosos que, con los correspondientes aparatos disciplinarios, conducen por la recta vía a las masas adormecidas, sino porque abre canales a través de los cuales los conflictos latentes afloran a la atención del público. En úl­ timo análisis, la hipótesis es que el desarrollo de instancias especializadas para la puesta en escena de la diversidad es el antídoto más eficaz que co­ nocemos para elaborar y, en su caso, desactivar los factores subterráneos que alimentan la violencia. Obviamente, la discusión sobre este aspecto colateral de nuestro argu­ mento sería mucho más larga. Habrá quien considere, por ejemplo, que

22. S. Hampshire, La justicia es conflicto, Siglo XXI, Madrid, 2002.

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no es el caso de perder demasiado el tiempo en una cuestión que está tan alejada de la sustancia de los problemas políticos más urgentes. Les parecerá sumamente molesto ver que alguien se entretiene hablando de lo que sucede en el teatro cuando todos sabemos positivamente que la primera causa de la violencia está en la privación de recursos materiales y de oportunidades, dramática para cientos o miles de millones de per­ sonas sobre el planeta, y cada vez más insultante. Comparado con eso, los males de la representación no son más que males menores. La falta de representación no es ni la única ni la más grave forma de opresión. Frente a esta manera de ver las cosas, quiero seguir insistiendo en el escán­ dalo manifiesto que supone, precisamente en nuestros días, la ausencia de representaciones adecuadas de la situación en que nos encontramos. Mi argumento es que difícilmente podremos poner en marcha ningún pro­ yecto de ulterior democratización de nuestras privilegiadas sociedades o, a escala global, de transformación de un orden transnacional mani­ fiestamente injusto, o de resistencia ante los fenómenos regresivos en la conciencia pública que están a la vista de todos, mientras no logremos cubrir el déficit representativo que nos persigue. Esta es, a mi juicio, uña condición absolutamente preliminar para la paz. En la sociedad de la (des)información, la erosión de los presupues­ tos comunicativos del debate público es permanente, como demuestra la dificultad para reconocer los sesgos que contaminan el debate públi­ co o para dar credibilidad a quienes provienen de las periferias del sis­ tema social23. El remedio a estas distorsiones no se encuentra ya, como antes pensábamos, aferrándonos a la mejor tradición progresista, en la ac­ tualización de las herramientas pedagógicas que acompañaron el cre­ cimiento de la democracia moderna. La escuela, lugar privilegiado para la formación de la masa crítica que sostiene las instituciones, está tan desacreditada ante los ojos del público que no se entiende de qué ma­ nera podemos utilizarla como palanca para desafiar el consenso hege- mónico. Solo en contadas ocasiones, en circunstancias particularmente favorables, su intervención es capaz de revertir las causas profundas de la violencia estructural. Lo mismo puede decirse de la función orien­ tadora que les correspondería desempeñar a las más altas instituciones

académicas24.

23. Cf. A. Fricker, Epistemic Injustice. Power and the Ethics o f Knowing, Oxford

UP, Nueva York, 2007, y J. Medina, Epistemology o f Resistance, Oxford UP, Nueva York, 2012.

24. Me sirvo aquí de Z. Bauman, Los retos de la educación en la modernidad líquida,

Gedisa, Barcelona, 2007.

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Y si alguien piensa todavía que la solución al déficit representativo

surgirá del libre devenir de los movimientos de solidaridad espontánea, del cultivo de la empatia a través de la enriquecedora fricción entre len­ guajes y formas de vida dispares, bajo el arcoíris multicolor que ilumina el cielo de una sociedad civil despierta y comprometida, me permito su­ gerir que tanta profusión de entusiasmo suele tener una fecha de cadu­ cidad temprana, mucho más próxima de lo que en el fragor de la batalla uno puede imaginar. Y todavía más si, tomados por la ilusión, nos des­ preocupamos de mantener en buen estado el terreno de juego, rebajan­ do los niveles de alerta, aceptando la formación de nichos discursivos autorreferenciales, simplemente porque nos caen simpáticos, o están de nuestro lado, donde las comunidades de intereses, identidades o cono­ cimientos se propagan sin encontrar rivales. Comprendo perfectamente que la multiplicación de encuentros casuales puede enriquecer nuestras vidas y ayudarnos a ampliar el horizonte del nosotros significativo has­ ta arrinconar nuestros peores prejuicios. Pero, precisamente porque son casuales, también puede suceder lo contrario. En todo caso, me cuesta creer que la interacción virtuosa pueda proyectarse con las únicas luces de la imaginación, siquiera literariamente ilustrada, hasta incluir los inte­ reses más lejanos, aquellos que en un mundo global tienen una incidencia efectiva en nuestras vidas, hasta alcanzar una representación exhaustiva y suficientemente (auto)crítica del interés general. Así pues, de nuevo, la hipótesis es que solo la existencia de estructuras representativas adecuadas podrá desactivar los mecanismos de exclusión que alimentan el surgimiento de las más variadas formas de violencia estructural. Así fue en el pasado, y cabe esperar que siga siendo en el presente. Es difícil, pero no imposible. La arquitectura del teatro, la tra­ moya, el decorado introducen una ordenación del espacio que le permi­ te a la representación — por así decir— cobrar vida propia. Análoga­ mente, la democracia cuenta con una estructura de reglas que asegura las condiciones mínimas de equidad discursiva, el reparto del poder comunicativo15, atribuyendo autoridad a los interlocutores, adminis­ trando el uso de la palabra y la carga de la prueba, marcando los ritmos de la decisión y la impugnación, de manera que sea posible desesta­ bilizar las escalas de lo familiar y atribuir a cada uno de los distintos interlocutores cierto grado de responsabilidad sobre sus creencias y sus olvidos, para que nadie pueda seguir manteniendo a capa y espa­

da sus prejuicios.

25. Me refiero, obviamente, a J. Habermas, Facticidad y validez, Trotta, Madrid,

620 10, cap. IV, 2.

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Todo lo cual me permite, por último, desmontar la sospecha de quie­ nes piensan que el rescate de la dimensión escenográfica de la vida públi­ ca termina cayendo en el pozo sin fondo del mito colectivo, renova­ do en el mismo instante en que se abre el telón y se expone a la vista del público la urna en que se conservan los dioses protectores de la comunidad. Tal como lo hemos descrito, el teatro democrático no es la trasposición contemporánea de la ecclesia, la comunidad de los ele­ gidos, o de la congregatio medieval, con su carga religiosa. El laborioso equilibrio de factores epistémicos y doxásticos que forma su entrama­ do representativo marca el límite que nos separa de una posible hi­ pertrofia expresiva o identitaria de la representación. Si nos volvemos hacia la escena pública no es para abandonarnos a un ritual iniciático en el que los actores se sumergen en los abismos de la ontología o en el fondo intransferible de su experiencia psíquica. En el rescate de la ana­ logía teatral, la clave está en la posibilidad efectiva de poner en palabras e imágenes las razones de todos, tomándolas como objeto de experimen­ tación y mostrándolas a la vista del público. El escenario democrático podría entonces describirse como un dispositivo, particularmente sofis­ ticado, para la traducción de creencias y demandas, expectativas y de­ seos, que se distingue de otros dispositivos similares por el hecho de que ninguno de los actores que toman la palabra tiene el privilegio de hablar en su lengua materna.

22. Andamiajes del juicio: instrumentos de control público

Con sana mentalidad pragmática, al llegar a este punto, los lectores más prevenidos con los objetivos de esta Apología se habrán sentido recon­ fortados: demasiadas disquisiciones inútiles. Si son juristas o politólogos y se dieron por aludidos en algún comentario anterior, habrán pensado que ha llegado el momento de pasar al contrataque. Dirán que la analo­ gía platónica no facilita la comprensión de los problemas más acuciantes. Al revés, mezcla demasiadas cosas y ofrece resultados decepcionantes. Les parecerá que nada de lo dicho hasta aquí puede desestabilizar un debate que está ya sobradamente codificado y en el que, al fin y al cabo, no cabe esperar grandes revoluciones. Volvamos a la realidad —dirán con cierta satisfacción—. Ocupémonos de las propuestas concretas para la reforma institucional y, como mucho, si todavía nos quedan ánimos para ser ori­ ginales, dediquémonos a la exégesis de esa simpática iconografía del des­ creimiento que de tanto en tanto se asoma a nuestras plazas, como un elemento más del folclore local.

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El problema de esta comprensible reacción es que no acaba de casar

con la realidad del malestar democrático. Y la prueba está —si se me con­ cede la posibilidad de amagar una última réplica— en la (casi) completa

irrelevancia de la mayor parte de las propuestas reformistas que circulan en la bibliografía y que, en ocasiones también, tienen el honor de acabar ilustrando los programas electorales de los líderes emergentes. Tanto las más pacatas, las que miden con cuentagotas las promesas y no se atreven a ofrecer más que improbables ajustes de diseño institucional, como las más osadas, las que aspiran a inflamat el corazón de los inasequibles al desaliento.

A quienes consideren que el propósito de estas páginas va desenca­

minado, o que no lleva a ninguna parte, les contestaría que la estrategia de los ajustes, pequeños o grandes, no es menos improbable. Ai menos, mientras no se llegue a plantar cara al nudo conceptual que he intentado ilustrar con la analogía teatral, a saber, ei del encaje entre las dos vertien­ tes del proceso representativo. Los intentos de regeneración democrática que pasen por alto este asunto, o que intenten zanjarlo con la espada, se verán abocados al fracaso. Eludiendo el problema de la formación de re­ presentaciones, de las imágenes significativas que alimentan el intercam­ bio entre representantes y representados, producirán diagnósticos me­ diocres sobre las condiciones de fondo de las que en realidad depende el éxito de esas mismas iniciativas de reforma. La dimensión representativa del proceso político queda en suspenso cuando su dimensión representa- cional pierde el contacto con la experiencia concreta de la vida pública. La vía más socorrida para quienes se empeñan en seguir aplazando el asunto consiste en refugiarse en la ética. Tendríamos —nosotros, los po­ bladores de las modernas democracias— el deber de reivindicar y promo­ ver una transformación de la cultura política, para de ese modo estrechar la confianza entre gobernantes y gobernados. Este sería el objetivo últi­

mo —prosigue el argumento— de los ajustes que necesitamos, haciendo evolucionar la vieja democracia representativa en busca de la nueva de­ mocracia de audiencia26. Para ello se requiere un esfuerzo suplementario, el reforzamiento de los vínculos naturales de la amistad cívica, que solo están al alcance del político virtuoso y el ciudadano cooperativo. Pero el contraste de estas bienintencionadas recetas con la realidad es, a mi juicio, demoledor. En comparación con ellas, las difusas recomendaciones del enfoque teatrocrático no creo que salgan mucho peor paradas. Con la que está cayendo, no veo cómo pueda hablarse de una recomposición de

26. Empleo aquí de forma genérica la conocida expresión acuñada por B. Manin, Los

principios del gobierno representativo, Alianza, Madrid, 1998.

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las bases éticas de la confianza sin que se nos eche encima la inagotable cascada de imágenes engañadoras que abarrotan los medios de comunica­ ción nuevos y viejos. Sobran los ejemplos: sonrisas estereotipadas en tor­ no a las que se construyen inmensas operaciones de marketing, caricatu­ ras de personas respetables, construidas a base de ademanes autoritarios y que, no obstante, son tratadas con la mayor de las reverencias, marione­ tas que repiten obsesivamente las mismas astucias, sin gracia ni pudor. Que cada cual añada su nombre favorito a esta galería de caracteres. Más que una lección práctica de arte dramático, un escritor de talento podría construir un completo manual de supervivencia para pillos y bucaneros, embaucadores y oportunistas. Pues bien, un aspecto no marginal de la operación que aquí se persi­ gue está en la posibilidad de reconciliarnos con las dificultades comunica­ tivas que, en un universo comunicativo como el que habitamos, parecen desvirtuar los presupuestos elementales del proceso representativo. Que seguirá teniendo sus inconvenientes, pero que también tiene sus ventajas. Si lo logramos, estaremos en mejor disposición para mantenernos a flote en una realidad tan poco prometedora, sin sobrecargar nuestros compro­ misos éticos pero sin abandonarnos, en el otro extremo, a los vaivenes de la excitable multitud. Sacándole partido, en lo posible, al valor terapéu­ tico de la puesta en escena. A partir de ahí, la pregunta inevitable es la de si hay algo que esté en nuestras manos hacer para promover las virtudes teatrales que estamos atribuyendo a la escena democrática. Aunque no creo que corresponda a la teoría resolver estas cuestiones, sino a la prác­ tica, me atrevo a sugerir dos líneas de exploración. Una primera pista tiene que ver con la distribución espacial de los es­ cenarios, que deberían ajustarse lo más posible a la nueva cartografía de los actores y los instrumentos, las sedes y los canales por los que circu­ la el poder político, en la nueva estructura multinivel de las instituciones representativas. El desafío está en articular legitimidades diferentes, de distinto alcance territorial y competencial, sin que llegue a perderse, por el camino, la perspectiva del interés general. En buena lógica federativa, se entenderá que las (legítimas) discrepancias entre las distintas agencias locales serán elaboradas en instancias discursivas superiores, hasta alcan­ zar aquella cámara que se encuentre más próxima a la representación del interés general. Esto requiere un esfuerzo de imaginación institucional de largo alcance, absolutamente indispensable para que los ámbitos de de­ cisión no pierdan el contacto con las esferas de acción en que se mani­ fiestan los conflictos. En el nuevo mapa, mirando hacia abajo, se trataría de fragmentar la deliberación para aproximarla a lo que pueda decirse en los contextos lo­

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cales, protegiéndola de la interferencia de quienes tienen recursos para hacer valer sus intereses con ventaja, accediendo a las cámaras superiores. Viceversa, en otras ocasiones, el desafío estará en reforzar los parlamentos más altos, frente a los parlamentos locales, para hacer valer desde allí el interés de los más débiles, sometidos a la dominación de las oligarquías locales. Los principios a los que atiende este reajuste —para el que a ve­ ces, en la jerga burocrática, se emplea el término «subsidiariedad»— no son tan etéreos como podría pensarse. La idea es que no hay motivo al­ guno para situar el poder de decisión en escenarios situados muy arriba

o muy lejos de los lugares donde poner a prueba las razones en juego si

los intereses relevantes pueden ser adecuadamente representados a esa escala. Pero también, al revés, que no es admisible confinar las decisio­ nes en escenarios locales cuando sus consecuencias afectan a lugares e intereses remotos.

La misma lógica que vale para la (re)distribución espacial de los es­ cenarios políticos puede utilizarse también para generar una dinámica de refuerzo recíproco entre los distintos cauces —formales e informa­ les— de representación. Porque, en democracia, la plaza es un escenario

que está abierto en todo momento a la intervención del público. Cuando los ciudadanos comparecen, representándose a sí mismos, basta su mera presencia para poner bajo sospecha las representaciones que provienen de las sedes delegadas para ello. Si el espectáculo flojea, su intervención obliga a levantar antes de tiempo el telón, dejando claro que los trucos del ilusionista no están funcionando. No es una cuestión de mayorías y mino­ rías, ni de vanguardias, como se decía en otra época. Las representaciones que provienen de la periferia traen a la luz una nueva evidencia, como en

la fábula en la que de pronto, y sin que nadie se lo espere, aparece una

voz inocente que rompe el silencio y abre la puerta al reconocimiento público de lo que todos han visto desde el comienzo, esto es, que el rey

está desnudo y que el hilo con el que se tejió su vestido, sencillamente, no existe. La platea se sube a la escena y cambia el guión. Redistribuye los papeles. Obliga a barajar y repartir nuevamente las cartas, para que en

la próxima ronda el juego vuelva a comenzar. O quizá no. Porque tam­

bién puede suceder lo contrario. Interpelados desde el exterior, puede darse el caso de que los representantes en las instituciones logren produ­ cir argumentos realmente contundentes, poniendo al descubierto las mi­ serias de la calle. Como suele decirse, lo fundamental es que las puertas y ventanas del escenario público no queden bloqueadas. La segunda pista para la revitalización de los escenarios representa­ tivos tiene que ver con la serie de mutaciones que ha experimentado la tradicional distribución de poderes y funciones del constitucionalismo

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moderno, hasta hacerla irreconocible. En este caso, el problema no está tanto en que se haya quebrado el equilibrio, aunque esto también es gra­ ve, sino en la sistemática confusión de los poderes27. Diversos factores han contribuido a producir este resultado: la expansión de la acción le­ gislativa por parte de agencias que están libres de cualquier mandato o control popular, la externalización de la acción ejecutiva o la pérdida del monopolio estatal en la resolución de conflictos, que acompaña el do­ ble proceso de judicialización de la vida política y politización de la justi­ cia, o el peso creciente de los poderes independientes, nacionales y supra- nacionales, en detrimento de los poderes tradicionales. A mayor confusión —esta sería la hipótesis— menor visibilidad de las decisiones por parte del público. En última instancia, menor capacidad de resistencia. Viceversa, en el viejo paradigma del constitucionalismo democrático, los procedi­ mientos marcaban el ritmo de los debates públicos, ordenaban los turnos de palabra, distribuían la carga de la prueba. En beneficio de todos pero, sobre todo, de los más débiles, de quienes no tenían otros recursos alter­ nativos para hacerse oír y reclamar respuestas. El mecanismo no funcio­ na siempre, por supuesto, pero sí a veces. Y, cuando lo hace, introduce elementos de equidad que de otra forma no podrían alcanzarse. Supongamos, entonces, que fuera posible restablecer el mecanismo de la separación de poderes, reconfigurándolo como herramienta para ordenar los procesos discursivos. La facultad de impedir, frenar, devol­ ver, suspender el curso de una decisión que se considere injusta, sobre todo si la reforzamos con la coreografía adecuada, volvería a funcionar como el punto de partida de una cadena de preguntas y respuestas. De un lado, porque el rechazo a la decisión pone a quien lo expresa ante la ne­ cesidad de dar razones. Pero, en el lado contrario, porque quien respon­ de necesitará mostrar en algún momento las suyas. Y supongamos además que fuera posible generalizar este esquema, multiplicando la presencia de contrapoderes representativos. ¿Tendría esto alguna consecuencia? Imaginemos que en el juego de los tres poderes soberanos añadiéra­ mos una segunda cámara, ni legislativa ni ejecutiva, pero investida con el poder de impedir. No sería fácil, por supuesto, garantizar su indepen­ dencia respecto de las cámaras tradicionales —para distinguirlas de esta última, podríamos llamarlas «cámaras de gobierno»—. Podríamos hacer, por ejemplo, que fuera elegida en años alternos, que se renovara por par­ tes y con sistemas electorales distintos28. Imaginemos, además, que a los

27. Cf. O. Marquard, Individuo y división de poderes, Trotta, Madrid, 2012.

28. Cf. P. Rosanvallon, Counter-democracy. Politics in the age o f distrust, Cambridge

UP, Cambridge/Nueva York, 2008, p. 139.

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representantes en la nueva cámara les ofreciéramos recursos institucio­ nales bastantes como para desmarcarse de vez en cuando de las imposi­ ciones partidistas, promoviendo la formación de corrientes de opinión internas, sensibles a demandas electoralmente menos rentables, plantán­ dole cara a las presiones centralizadoras del líder y su entorno clientelar. De nuevo, no son objetivos fáciles, pero también en este caso podrían dictarse disposiciones en tal sentido, estableciendo, por ejemplo, férreos sistemas de incompatibilidades o de limitación en los mandatos, que ale­ jen a los representantes de las puertas giratorias y demás mecanismos de cooptación oligárquica que se han convertido en moneda de uso corriente. N o es evidente cuál sería el emplazamiento institucional de una «cámara de supervisión» en los habituales modelos de separación de poderes, para entendernos, aquellos que se explican en los manuales de teoría del Estado. Es probable que hubiera que superar algunos obs­ táculos jurídicos y —sospecho— no pocas reticencias. Se dirá que una cámara como esta es una cámara anómala, que rompe el mágico equili­ brio de la tríada, con el complemento supremo de las garantías de cons- titucionalidad. Y, sobre todo, se dirá que es una cámara redundante, que no superará nunca la exigente prueba de la navaja de Ockham. Creo, no obstante, que podrían reservarse para ella algunas funciones caracterís­ ticas, que no se solapan ni con el reducto actual de las antaño todopode­ rosas cámaras legislativas, ni con la amalgama de facultades que gravitan sobre el ejecutivo —el lector sabrá hacer los ajustes comparativos entre sistemas parlamentarios y presidenciales— . A la nueva cámara le corres­ pondería fundamentalmente el poder de impedir, forzando una segun­ da vuelta en las decisiones, que alimente la discusión. Por supuesto, no hay motivo para pensar que actuaría en todo momento con el desea­ ble grado de independencia respecto del ejecutivo o del equilibrio de fuerzas dominante en las viejas cámaras, pero no obstante podría otor­ gársele competencia exclusiva en materias tales como el gobierno de las instituciones de garantía —del poder judicial, las cortes constitucionales, los órganos con jurisdicción supranacional, etc.—, o en la supervisión de la labor de los organismos regulatorios, cada vez más numerosos e influ­ yentes, y por el momento ajenos a cualquier mecanismo eficaz de ren­ dición de cuentas. Materias todas ellas —dicho sea de paso— en las que actualmente cunde la más profunda desorientación. ¿Equivale esto a la creación de un (nuevo) cuarto poder? Ciertamente sí, pero podría intentar argumentarse que no sería un poder representativo más entre otros, sino el escenario en el que hacer aflorar los desajustes de una situación caracterizada por la dispersión de las instancias represen­ tativas, la descomposición de la soberanía popular y, al mismo tiempo, la

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concentración monopolista de los demás poderes sociales. ¿Y no se vería arrastrado hacia el marasmo de la confusión de los poderes, hasta quedar finalmente neutralizado, igual que los demás poderes que en algún mo­ mento quisieron ser el reflejo de la voluntad democrática? Sin duda, cabe también esta posibilidad. No hay manera de demostrar que la nueva cá­ mara sería más representativa que la primera y que el sistema de los checks and balances, en esta versión alternativa, ofreciera resultados más repre­ sentativos que la anterior. Mientras los electores no presionen eficazmen­ te en ese sentido no hay garantía de que un poder negativo ofrezca mayor resistencia que los demás poderes existentes ante la cooptación partidista o la ocupación oligárquica. Si acaso, lo que habrá que valorar es si la intro­ ducción de este escenario especializado en la función de control favorece esa evolución en la cultura democrática de oposición y crítica a la que se ha aludido en muchas ocasiones a lo largo de estas páginas. Por otra parte, quizá alguien recuerde que en la historia de las formas constitucionales no es la primera vez que aparecen propuestas este tipo. Y, por diferentes motivos, con escasa fortuna: Montesquieu puso en ma­ nos del ejecutivo el poder moderador, Fichte lo confió al tribunal de los éforos, Kelsen a un tribunal constitucional puramente negativo, Hayek a una cámara de conservación. Pero es razonable pensar que las condiciones en que se encuentran en este particular momento los sistemas democrá­ ticos son lo suficientemente distintas a las que se daban en otras épocas como para que merezca la pena renovar la apuesta. Nadie pretende que esta nueva cámara se convierta de la noche a la mañana en el equivalente posdemocrático de ese tribunal de la razón que imaginaban los reforma­ dores ilustrados. Ni tampoco que esté compuesta únicamente por dis- cutidores racionales, felices pobladores de una comunidad ideal de habla, con el corazón lleno de buenas intenciones. Tanto menos que se convierta en un sucedáneo, no tan exquisito pero sí más solemne, de los seminarios académicos. En lugar de todo eso, y más modestamente, debería ser una cámara encargada de contraprogramar la agenda, devolviendo las deci­ siones al público cuando no existen motivos suficientes para que las cosas se queden como están. Y a cuyos miembros, nuestros representantes, deberíamos exigirles —nosotros los electores, we the people— que empe­ ñen sus energías en ese humilde cometido. No es gran cosa, pero algo es. Si todo va bien, este nuevo escenario nos proporcionaría las ocasiones de las que hoy carecemos para recom­ poner la frágil legitimidad de nuestras instituciones democráticas. Y no solo en el nivel local o nacional, donde hasta la fecha han conseguido plas­ marse, dentro de lo que cabe, los principios democráticos. Podemos supo­ ner que la introducción de una —o varias— instancia/s negativa/s serviría

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para compensar esa disolución de los ámbitos espaciales y temporales de acción política a los que aludíamos en las primeras páginas de este escrito. Por lo demás, en cierto sentido, no sería una medida revolucionaria. De lo que se trata es de restablecer la lógica de la separación de los poderes, disponiendo los contrapesos necesarios para promover la capacidad dis­ cursiva de los más débiles, ofreciéndoles herramientas —cognitivas y sim­ bólicas— para poner a prueba sus creencias y deseos, sus posibilidades y expectativas. Porque sin andamiajes como estos, no es imaginable que los mecanismos de control público del-poder político puedan producir re­ sultados efectivos y, por supuesto, mínimamente democráticos. Mientras sigamos esquivando esta tarea seguiremos estando condenados a tropezar una y otra vez en la misma piedra.

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V

DEDICATORIA

No quiero que se considere como presunción el que un hombre de baja e ínfima condición se atreva a examinar y a criticar el gobierno de los príncipes. Porque así como los que dibujan un paisaje se colocan en el llano para apreciar mejor la naturaleza de las montañas y de los lugares eleva­ dos, y para apreciar mejor las llanuras escalan los montes, así para conocer bien la naturaleza de los pueblos hay que ser un príncipe, y para conocer la de los príncipes hay que pertenecer al pueblo.

23.

Las Meninas y la igualdad

N. Maquiavelo, El príncipe, Dedicatoria

¿A quién se dirige esta Apología? Admito enseguida que no he sido claro. Dije desde el comienzo que estas páginas podrían ser tomadas como una defensa algo extemporánea de una forma de gobierno que no la necesita, porque ni tiene rivales, ni tiene que competir con alternativa alguna. No es esta mi intención. Como habrá visto el lector, en el recorrido que he­ mos seguido hasta aquí se hacía explícita una llamada de atención para no caer en la resignada aceptación del esperpento — ¡una forma de represen­ tación!— con el que nos obsequian las élites partidistas y las oligarquías globales, duplicada obsesivamente en los medios de persuasión masiva. Pero un alegato como este necesita encontrar un destinatario, un amigo imaginario dispuesto a recibirlo1. ¿Dónde encontrarlo? Muchas cosas han quedado pendientes. Y muchas se han dado por supuestas. Algunos, los más acostumbrados a aventurarse en las profundi­ dades, habrán echado en falta una indagación sesuda sobre las cuestiones antropológicas más arduas, que de vez en cuando se apuntan en el texto,

1. Amablemente, aunque casi con el agua al cuello, Ermanno Vitale me empuja a me­ dirme con esta cuestión.

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pero que al final quedan siempre colgando: ¿Cuál es el lugar que le co­ rresponde a la representación en la estructura fundamental del espíritu? ¿Se refleja en ella el destino de nuestro tiempo? Alguien habrá que se apasione por estas cuestiones insoslayables y no descarto que entre ellos puedan alcanzar incluso conclusiones convincentes2. En segundo lugar, y en el extremo contrario, habrá quien eche en falta una traducción ex­ plícitamente ideológica —conforme a la noción convencional de ideolo­ gía— de las propuestas aquí defendidas, trasladando estas inciertas apor­ taciones conceptuales al debate a pie de calle. Mientras no se consiga dar este paso, toda la discusión habrá quedado en suspenso. No será más que una más de las muchas disquisiciones que hacen la fortuna de los acadé­ micos, cuando la hacen, con el sobrepeso retórico que las caracteriza. Porque, en definitiva, ¿hay motivos realmente acuciantes para sacar a relucir una herencia tan incómoda como la que nos deja el ideal repre­ sentativo, muchas de cuyas promesas —quizá las más sugestivas3— han quedado una y otra vez incumplidas? ¿Acaso no ha llegado la hora de dar­

nos por vencidos, de reconocer a las claras que este ideal ha dado ya de sí todo lo que podía y que más nos valdría mirar para otro lado? ¿Y quiénes podrían estar interesados en una operación semejante? ¿Quiénes son los que, precisamente en este momento, deberían sentirse interpelados por esta clase de reivindicaciones? No es el caso, desde luego, de los que se conforman con esa visión des- cafeinada de la representación con la que he ido peleando en páginas ante­ riores. Y son la mayoría. No descarto que estén sinceramente preocupa­ dos por la desafección y la pérdida de confianza del público, pero me da

la impresión de que lo están nada más que hasta cierto punto. Mientras la

marea de la protesta no suba más de la cuenta y no se vengan abajo los

instrumentos de maquillaje ideológico que encubren el progresivo so­ metimiento de los poderes democráticos a las exigencias de la economía

y las finanzas, no tendrán interés en cambiar la inercia de las cosas. Y si

llegara el caso, para restablecer lo que ellos entienden por consenso, en la acepción menos exigente de este término, se avendrían a negociar con los revoltosos. Pero solamente hasta comprobar cuánto hay que aflo­ jar la soga de la explotación y la exclusión para renovar la conformidad

2. Cf. G. W. Leibniz, Nuevo sistema de la naturaleza , § 14 (citado en H. Hofmann,

Rappresentanza/Rappresentazione, Giuffré, Milán, 2007, pp. 101-108); M. Heidegger, «La época de la imagen del mundo», en Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 1997; J. Derrida, «Envío», en La desconstrucción en las fronteras de la filosofía, Paidós, Barcelona, 1996.

3. Por ejemplo, la promesa de que la parte más débil de la nación llegue a ser algo.

Cf. E. de Sieyés, Qué es el tercer estado [1789], Alianza, Madrid, 2003, p. 85.

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DEDICATORIA

de las mayorías. En cuanto esto suceda, si es que sucede, celebrarán que el sistema vuelva a ser tan poco representativo como antes. Ha de quedar claro que los interlocutores de esta Apología no son ellos, sino los que están en el campo contrario, el de los perdedores, los excluidos de las representaciones hegemónicas, los que carecen de recur­ sos para formarse representaciones fiables del mundo en que viven. Entre los subalternos, si queremos llamarlos así. Es a ellos a los que intentaría convencerles de que ajusten el tiro, de que la existencia de instrumentos de representación no es el obstáculo que les está bloqueando el camino ha­ cia la autodeterminación sino, al revés, la herramienta que necesitan para tomar conciencia de su condición. Y de que en la mala representación, o en la falta de representaciones adecuadas, es donde está el origen de mu­ chos de sus males. Por las razones que he ido mostrando, no me hace falta reiterar que el argumento que defiendo no está demasiado alejado de la política real. Sin embargo, es de suponer que no lo vean así muchos de mis posibles in­ terlocutores. Seguramente piensan que ese juego de representaciones que he estado defendiendo vale en la teoría, pero no en la práctica. Al poner el acento en la representación —en ese «No nos representan» que recordaba desde el comienzo— estas páginas apuntan al flanco más vulnerable del sistema, el más expuesto. Nuestras democracias desorienta­ das observan impotentes cómo van perdiendo fuelle los instrumentos que, en otra época, consiguieron producir representaciones creíbles de la sobe­ ranía popular. Y los instrumentos nuevos que aparecen y toman el lugar de los viejos —pienso, por ejemplo, en los recursos de marketing político que se utilizan en las redes— no parecen tener la misma consistencia que los antiguos. Desde luego, tenemos ya perfectamente claro que no pro­ porcionarán a los más desfavorecidos las herramientas cognitivas que necesitarían tener para orientarse en el mundo. Frente a eso, el objetivo de esta Apología es llamar la atención sobre un conjunto de dispositivos que, convenientemente administrados, sí podrían promover el restable­ cimiento de los presupuestos comunicativos elementales de la igualdad política. Valga recordar una vez más la analogía con el teatro: cuando todos estamos en condiciones de subirnos al escenario y exponernos a la mirada atenta del público, nos convertimos en iguales; esa experiencia, el aprendizaje que entonces se produce, es determinante para afrontar pací­ ficamente nuestras controversias, haciendo uso de la capacidad de auto­ determinación que todos por igual tenemos. Al revés, la progresiva degradación de la dimensión teatral de la vida pública, y la torpe puesta en escena de los intentos por recuperar la par­ ticipación, es uno de los factores que perpetúan el malestar democrático.

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TE A T R O C R A C IA .

A P O LO G ÍA

DE

LA

REPRESENTACIÓN

La última oleada de protesta social —y las que faltan por venir, si vale un pronóstico— ha puesto en evidencia la deficiencia perceptiva del sis­ tema político, su insolvencia estética, su sordera. Algunas veces invo­ luntaria, pero otras, demasiadas, descarada. En este momento, amplias mayorías sociales, tanto en las democracias más defectuosas como en las mejores, han dejado de reconocerse en los discursos hegemónicos, obstinados en proponer modelos estúpidamente desarrollistas de creci­ miento y consumo, indiferentes a la deshumanización de los espacios de vida cotidiana; que dibujan un futuro más gris y más plano, menos habi­ table incluso, que el presente que tenemos; que hacen de la desmemo­ ria una regla de vida, estrechando el abanico de opciones entre las que escoger el camino a seguir, desautorizando a todo aquel que se atreva a preguntar si, al menos en algunas cosas, no será cierto que menos es más; que se muestran impermeables ante cualquier argumento que ponga en cuestión si los niveles de desarrollo tecnológico alcanzados, que alargan nuestras vidas y disminuyen el sufrimiento, no de todos pero sí de mu­ chos, que nos permiten movernos y comunicar a la velocidad de la luz, y descifrar las leyes de la genética, entre tantas otras cosas, no podrían haberse alcanzado de forma distinta, limitando los daños colaterales, porque es sencillamente falso que toda destrucción sea siempre crea­ tiva. Frente a todo esto —dicen algunos, o muchos, los que no están re­ presentados— la única salida real es la ruptura, la acción directa, sin mediación alguna4. No me atrevería a descartar de plano una respuesta como esta. No puedo creer que no contenga ni siquiera un solo grano de verdad. Pero el debate sigue abierto al menos por lo que respecta al último salto de esa argumentación, cuando se dice que la única salida posible pasa a la fuerza por la abolición de las mediaciones. Al irreductible adversario de la representación quisiera pedirle que se situara ante la pregunta hobbe- siana fundamental por las condiciones que han de darse para que pue­ da formarse la unidad —el querer de todos, la voluntad democrática— a partir de la anárquica dispersión de la multitud. Aunque pueda parecer lo contrario en el instante mágico en que la plaza se llena de gente, o cuan­ do comprobamos la fuerza sorprendente que expresan las revoluciones silenciosas, no hay acción, y por tanto no hay política, sin representa­ ciones. Y no solo porque no hay, ni puede haber, acción colectiva sin la atribución de autoridad a alguien que hable en nombre y por cuenta de los demás. Sino también, y en otro plano, porque solo es posible hablar

4. Una respuesta similar a la que se ofrece en Comité Invisible, La insurrección que

viene, Melusina, Barcelona, 2009.

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DEDICATORIA

de «acción», en un sentido mínimamente exigente, cuando la conducta del sujeto responde a intenciones y estas, a su vez, son intenciones de algo, de un contenido representado. A ese destinatario imaginario al que me dirijo, un argumento de este tipo le resultará insoportablemente pedante. Y con razón. No es este el plano en el que estaba planteado inicialmente el debate. De lo que se ha­ blaba es de que vivimos en un mundo en el que hay demasiada gente que no tiene un futuro deseable que perder y que, en consecuencia, no tiene razón alguna para no tomarse la justicia por su mano. Y para aclarar a qué se refiere exactamente al decir esto le bastará con enseñar la suya. Sobre la base de tan sólido argumento, es razonable pensar que a medida que siga acumulándose la marginación y la frustración, a medida que crezca el cau­ dal de las vidas desperdiciadas, aparecerá alguien que se resuelva a respon­ der a la violencia con más violencia. Será solo cuestión de tiempo, añadirá. A partir de ahí, y con gesto malhumorado, podrá todavía reconocer que las intenciones que están en el origen de esta Apología no le suenan del todo mal. Lo que le molesta, y mucho, es que lleguen tan tarde, cuan­ do el tiempo para una recomposición del ideal representativo está com­ pletamente agotado. Porque ya no queda margen, una propuesta como esta es inútil, o torpemente conservadora. Será sin duda instrumentaliza- da por los de siempre. Al contrario, el gesto radical de quienes expresan el «No nos representan» marcaría un punto de no retorno. Su significado último estaría en la expresa determinación de ponerle fin a la continua falsificación del ideal democrático. No es un rechazo cualquiera, como cuando se dice que las cosas van mal y podrían ir un poco mejor. Es otra cosa. Es el rechazo que llega a madurar cuando se comprende que el es­ tado de cosas en el que nos encontramos no es pasajero, no es el pro­ ducto de una crisis, sino que es la cumplida expresión de un giro histó­ rico, cuyo sentido está en la completa destrucción de las aspiraciones de progreso que habían alentado dos siglos de revoluciones democráticas. Una auténtica involución. Desde este punto de vista, el gesto de quienes no se sienten representados solo puede ser interpretado como la nega­ ción de una negación, tras la que no cabe imaginar una vuelta atrás, ni con la mejor de las intenciones. Tras el vaciamiento pospolítico de la de­ mocracia moderna, la opción del retorno a la casilla de partida está ce­ rrada. Lo único que cabe esperar es un movimiento distinto, que está todavía por-venir. Pero de ninguna manera será más de lo mismo, más

representación5.

5. Este punto del texto surge en diálogo con Ramón del Castillo.

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T E A T R O C R A C IA .

A P O LO G ÍA

DE

LA

REPRESENTACIÓN

Sin descartar que el tiempo acabe dándole la razón a mi interlocutor imaginario, le pediría que no obstante tomara en consideración algunas ventajas a las que tenemos acceso por el hecho de vivir en un mundo me­ diado por representaciones. Y para ilustrar cuáles son esas ventajas —cabe la posibilidad, por supuesto, de que lo que a mí me parece bueno, no lo sea tanto a sus ojos— le pediría que se detuviera a contemplar uno de los más fascinantes emblemas del arte de representar que podemos encontrar en la historia de las artes miméticas,