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AC3038-2018

Radicación n.° 11001-02-03-000-2017-03546-00

Bogotá, D.C., veintitrés (23) de julio de dos mil


dieciocho (2018).

Decide la Corte el conflicto de competencia suscitado


entre el Juzgado Treinta Civil del Circuito de Bogotá y su
homólogo Tercero de Ibagué, con ocasión del conocimiento
de la demanda de «ENTREGA DEL TRADENTE AL ADQUIRENTE»,
presentada por Jaime Medina Ramírez contra María Nidia
Rosero Puentes.

I. ANTECEDENTES

1. El demandante presentó su escrito introductor


ante el «JUEZ CIVIL DEL CIRCUITO (REPARTO)» en Bogotá
pretendiendo que se ordene a la señora María Nidia Rosero
Puentes realizar la «ENTREGA DE LA COSA POR EL TRADENTE AL
ADQUIRENTE», respecto del inmueble denominado finca «Las

Mercedes». Adicionalmente, solicitó condena al pago de


perjuicios, los cuales estimó en más de $1.500.000.
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Señaló en el acápite sobre competencia, que la misma


estaba dada por «el Art. 20 del CÓDIGO GENERAL DEL PROCESO
(LEY 1564 DE 2012) y la vecindad de la demandante».

2. El Juzgado Treinta Civil del Circuito de Bogotá, al


que inicialmente correspondió la causa, dispuso el rechazo
de la misma considerando que no es de su resorte por
cuanto «en los procesos en que se ejerciten derechos reales, será
competente, de modo privativo, el juez del lugar donde estén ubicados
los bienes».

Así, teniendo en cuenta que el inmueble del cual se


pretende entrega se encuentra en Ibagué, procedió a remitir
las diligencias a los Despachos de similar especialidad y
categoría de esa territorialidad.

3. El estrado judicial receptor, Juzgado Tercero Civil


del Circuito de Ibagué, rehusó la atribución estimando que
en el proceso de entrega del tradente al adquirente no se
ejerce ningún derecho real «pues este ya se encuentra contenido
en la escritura pública debidamente registrada».

Relieva que las causas en las que se reclama un


derecho real están señaladas expresamente: «”… divisorios,
deslinde y amojonamiento, expropiación, servidumbres, posesorios de
cualquier naturaleza, restitución de tenencia, declaración de
pertenencia y de bienes vacantes y mostrencos…”, dentro de los
cuales, no se encuentra contemplada la acción que nos ocupa».

Concluyó que en el caso particular se presenta una


concurrencia entre el fuero personal y de cumplimiento

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obligacional, quedando a elección del actor la selección


entre esas dos territorialidades, quien válidamente escogió a
Bogotá.

Con el anterior fundamento, planteó conflicto y envió


el expediente a esta Corporación para dirimirlo.

II. CONSIDERACIONES

1. Aptitud legal para la resolución.

Compete a la Corte, mediante pronunciamiento del


Magistrado Sustanciador, definir el presente asunto por
cuanto involucra a despachos de diferentes distritos
judiciales; ello, según lo dispuesto en los artículos 16 y 18
de la Ley 270 de 1996, en concordancia con los preceptos
35 y 139 del Código General del Proceso.

2. Dinámica general de las reglas de


competencia.

En materia de competencia, el ordenamiento prevé


diversos factores que permiten determinar el funcionario
judicial a quién corresponde tramitar cada asunto,
dependiendo para ello de su clase o materia, de la cuantía
del proceso, de la calidad de las partes, de la naturaleza de
la función, o de la existencia de conexidad o unicidad
procesal.

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En cuanto atañe al conocimiento en razón del


territorio, el mismo se establece con base en los
denominados fueros o foros, de los que son ejemplo: el
personal, que se erige en la cláusula general y otros
específicos como el real o el de cumplimiento obligacional,
algunos de los cuales están previstos de forma concurrente,
esto es, que no afectan la operación de los demás
pertinentes, y otros, de modo privativo, lo que es decir,
excluyentes de cualquier otra regla de atribución aplicable.

Conviene reiterar y precisar que la mecánica propia de


la distribución de atribuciones del estatuto procesal
general, parte de la tradicional instauración de un fuero
general que garantiza seguridad jurídica a partir de una
previsión universal que tiene destinada, ab initio, la función
de gobernar todos los supuestos litigiosos posibles, a la cual
se acompaña luego una serie de foros específicos, cada uno
de los cuales puede operar de forma exclusiva,
simultáneamente concurrente o sucesivamente
concurrente.

Así, el establecimiento de fueros generales y


especiales, es una de las maneras más seguras que el
legislador ha ideado en favor del operador jurídico para
proceder en materia de determinación de la competencia
por razón del territorio. Sencillamente, establece una regla
general, advirtiendo a renglón seguido que ella se aplicará
siempre y cuando no exista disposición legal en contrario,
esto es, no exista regla especial.

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La seguridad de tal instrumento es evidente, puesto


que basta con verificar si el asunto fue expresamente
regulado con disposición especial. De estarlo, aplica por
razones obvias, la disposición específicamente asignada a la
materia o al sujeto. Si no, por exclusión de materia, aplicará
la regla general.

3. Las pautas de atribución territorial en el


C.G.P.

Vista la redacción del artículo 28 del Código General


del Proceso, puede advertirse que en el numeral 1 se
consigna la fórmula del fuero general en los siguientes
términos: «En los procesos contenciosos, salvo disposición legal en
contrario, es competente el juez del domicilio del demandado» ; dentro

del enunciado se incluye la expresión «salvo disposición legal en


contrario», misma que supone la advertencia de que ella se

aplicará siempre y cuando no exista disposición legal en


contrario, lo que igualmente implica la anticipación de la
existencia de las reglas especiales, algunas que la
acompañan y otras que tienen la entidad de exceptuarla.

Precisamente los foros que tienen la entidad de


enervar la aplicación de la regla general, son aquellos que
están prescritos con carácter exclusivo, único, excluyente,
no concurrente o privativo, en tanto son los que tienen por
propósito instituir un fuero específico sin consideración
alguna a las demás preceptivas, tornándose potencialmente
en la «disposición legal en contrario».

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Por su parte, las demás normativas especiales


consagradas de forma concurrente no aniquilan la
operatividad de la pauta general, en tanto la misma sigue
teniendo aplicación, sino que simplemente confieren
alternativas adicionales que amplían el margen de decisión
del demandante en la selección del funcionario destinatario
del ruego jurisdiccional.

4. Caso concreto.

4.1. Planteamiento de la problemática.

Dado el tenor de las posturas que determinaron la


presente colisión de competencia, resulta claro que la
principal problemática a resolver refiere al esclarecimiento
de la naturaleza de la pretensión de entrega de la cosa por
el tradente al adquirente.

Efectivamente, al sostenerse que la aludida acción es


de naturaleza real, podrá acompañarse la postura del
Juzgado Treinta Civil del Circuito de Bogotá que reclama
por la aplicación del fuero privativo contemplado en el
numeral 7 del artículo 28 del Código General del Proceso,
en virtud del cual cabría predicar la aptitud legal excluyente
del funcionario judicial del lugar de ubicación del inmueble
objeto de la demanda.

En caso contrario, esto es, de inferirse que la causa no


supone el ejercicio de una acción personal, como lo reclama
el Despacho Tercero Civil del Circuito de Ibagué, sin lugar a

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dudas podrá avalarse la hipótesis de concurrencia a


elección del demandante entre los fueros personal y de
cumplimiento obligacional, previstos en los numerales 1° y
3° del mentado canon 28 ibídem.

4.2. Acciones reales y personales.

El artículo 664 del Código Civil enseña que «Las cosas


incorporales son derechos reales o personales»; por su parte, el

canon 665 ejusdem, ilustra: «Derecho real es el que tenemos sobre


una cosa sin respecto de determinada persona», pasando a
enlistarlos así: «Son derechos reales el de dominio, el de herencia,
los de usufructo, uso o habitación, los de servidumbres activas, el de
prenda y el de hipoteca» (inc. 2º), para luego enfatizar: «De estos

derechos nacen las acciones reales».

A su turno, el precepto 666 ibíd., establece que


«Derechos personales o créditos son los que sólo pueden reclamarse de
ciertas personas que, por un hecho suyo o la sola disposición de la ley,
han contraído las obligaciones correlativas»; lo cual ejemplifica en

los siguientes términos: «como el que tiene el prestamista contra su


deudor por el dinero prestado, o el hijo contra el padre por alimentos», y

sentenciando, de forma acorde con el tratamiento del tema,


que «De estos derechos nacen las acciones personales».

Esta materia no ha sido en lo absoluto ajena a la


jurisprudencia de esta Corte, que sobre el particular
explicó:

«Cuando el Código Civil dice que derecho real es el que se tiene


sobre una cosa sin respecto a determinada persona, no expresa

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idea distinta a la romana que consideró el derecho real como


la relación directa entre la persona y la cosa, y al derecho
personal como una relación de personas que obliga al
deudor a cumplir la prestación debida. Así, el titular del jus
in re puede, sin contar con nadie, apoderarse de una cosa donde
quiera que esté, pero el titular del jus ad rem no puede hacer cosa
distinta de exigir a su deudor la prestación de lo debido.

Y aun cuando esta idea tradicional ha sido impugnada por


quienes anotan que ningún derecho puede consistir en una
simple relación entre persona y cosa, la verdad es que los
sujetos pasivos de los derechos reales son las personas
indeterminadas al paso que en los derechos personales
están claramente determinados» (SC, 10 ago. 1981; GJ:
tomo CLXVI, n.º 2407, pp. 477-493).

Luego, la Sala se sirvió ampliar su comprensión sobre


las diferencias fundamentales entre las prerrogativas en
comentario, de la siguiente manera:

«Difieren esencialmente las acciones que se derivan de los


derechos reales de las que se originan en los derechos
personales, pues mientras aquellos, de acuerdo con lo
establecido en el artículo 665 del Código Civil, son los que
tenemos sobre una cosa sin respecto a determinada
persona, como los de dominio, herencia, usufructo, uso y
habitación, servidumbres activas, prenda e hipoteca, estos son
los que nacen de una obligación de una persona o deudor
hacia otra o acreedor surgida de un acto jurídico como un
contrato o cuasicontrato, de un delito o cuasidelito, o de la
ley, según se infiere de los términos del artículo 666 ibidem.

La misma diferencia en la naturaleza de la relación jurídica entre


esas dos clases de derechos, se refleja en características y
modalidades especiales que le dan a cada uno de ellos su
autonomía, independencia y entidad propia, que deberán ser
tenidas en cuenta siempre que se trate de establecer, transferir,
proteger o reclamar alguno de tales derechos, y no puede, por lo
tanto, confundirse uno con otro como lo hiciere el ad quem,
cuando sostuvo que con la sola, transmisión del dominio sobre los
terrenos ocupados con las instalaciones de conducción eléctrica,
quedaron comprendidos los derechos y obligaciones personales

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del vendedor.» (SC, 31 mar. 1982; GJ: tomo CLXV, n.º


2406, pp. 73-78).

Como puede verse, el derecho real es oponible erga


omnes, absoluto, perpetuo y exclusivo –con las excepciones
que estas notas han merecido-, mientras que los derechos
personales –generalmente asimilados a los créditos-,
solamente dan lugar a una exigencia transitoria de
responsabilidad frente a una subjetividad jurídica concreta.

A tono con lo anterior, la más autorizada doctrina


nacional conceptuó: «Los derechos reales son absolutos, se pueden
oponer a quien quiera que sea y pueden ser amenazados o vulnerados
por cualquiera persona. Los de crédito y las correspondientes
obligaciones son, ciertamente, relativos, y por ello, en principio, no
atañen ni comprometen más que a las personas que integran las dos
partes contratantes, y no perjudican a los terceros, ni los benefician
sino excepcionalmente»1.

4.3. De la obligación de entregar inmuebles.

El Libro Cuarto del Código Civil se ocupa «De las


obligaciones en general y de los contratos», precisando en su

artículo 1605 que «La obligación de dar contiene la de entregar


la cosa; y si ésta es una especie o cuerpo cierto, contiene, además, la
de conservarla hasta la entrega, so pena de pagar los perjuicios al
acreedor que no se ha constituido en mora de recibir».

1 HINESTROSA FORERO. Fernando. Tratado de las Obligaciones. Tomo I: Concepto,


estructura, vicisitudes., 3ª Ed., Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 2007
(3º reimpresión, 2015), p. 300.

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Luego, en las disposiciones de la compraventa -las


cuales son aplicables a numerosas modalidades
contractuales más-, se establece: «Las obligaciones del vendedor
se reducen en general a dos: la entrega o tradición, y el saneamiento
de la cosa vendida», con la advertencia según la cual, «La

tradición se sujetará a las reglas dadas en el título VI del libro II» (art.

1880).

La ulterior remisión, para el caso de los inmuebles,


impone considerar principalmente el tenor del canon 756
ibídem, conforme al cual: «Se efectuará la tradición del dominio de
los bienes raíces por la inscripción del título en la oficina de registro de
instrumentos públicos», norma que se corresponde con la

previsión del precepto 749 ejusdem, que prescribe: «Si la ley


exige solemnidades especiales para la enajenación, no se transfiere el
dominio sin ellas».

Sobre el tema, en histórica pero vigente jurisprudencia


-al menos en el ámbito privado no mercantil-2, se ilustró por
la Corte:

«Pero con todo, la jurisprudencia ha considerado indispensable,


no sólo la tradición legal mediante el cumplimiento de la
inscripción del título, sino también la entrega física o material de
la cosa, objeto de la compraventa. Quien pacta con otro para
adquirir un inmueble no lo hace jamás con el simple propósito de
hacerse a un título, sobre la cosa o a un derecho más o menos
abstracto sobre ella, sino para tener la cosa misma y poder
usarla, gozarla y disfrutarla, pues ésa y no otra es la finalidad
de la adquisición, ya se trate de compraventa, permuta o
transacción o cualquier otro título legítimo y es ése precisamente
el motivo y el fundamento económico que mueve la voluntad de
quien paga un precio, da una cosa en cambio, sacrifica un

2 Dado el diferente tratamiento conjunto que el Código de Comercio brindó a la


tradición en la compraventa mercantil, de conformidad con los artículos 905 y 922.

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derecho suyo, o en cualquier forma legal adquiere un inmueble.


De ahí que el Código Civil, cuyos preceptos en este extremo no
hacen otra cosa que regular, para sancionarlos jurídicamente, los
intereses económicos comprometidos en toda enajenación de
inmuebles cualquiera que sea su especie; hubiera establecido que
la obligación de dar comprende la de entregar la cosa (artículo
1605 C. C.). Esta regla esencial domina todo el campo de la
adquisición del derecho de propiedad, raíz o mueble. Tal ha sido
la doctrina constante de nuestra Corte y la de expositores de
derecho en Colombia tales como el doctor José María González
Valencia y don Fernando Vélez.
La Corte ha declarado que "con la sola inscripción o registro del
título de compraventa de una finca raíz, no queda cumplida en
todo caso la obligación del vendedor de hacer entrega de la cosa
vendida. La posesión material que le permite el goce de los
servicios y frutos de la finca, no se realiza por el solo registro de
la escritura". (Casación de 2 de octubre de 1930. Tomo 38 página
97).
En otro fallo dijo esta misma Corporación: '' .... no basta para la
total satisfacción de la obligación de entregar' la mera inscripción
del título en el Registro de Instrumentos Públicos,' sino que es
necesario, para complementarla legalmente, verificar' la entrega
material de la cosa vendida para realizar el derecho de goce ·del
comprador". (Casación 2 de febrero de 1940 G. J., número 1953
página 55).

Si la posesión es la tenencia de la cosa con ánimo de señor y


dueño, es incontrovertible entonces que no se obtiene con el
registro del título, porque esta posesión simbólica o figurada, no
deja de ser una mera ficción legal contraria por entero a la
realidad jurídica. Nada cuenta el derecho a la cosa, que es el
único susceptible de ser adquirido por el procedimiento de la
inscripción si falta el hecho de la tenencia material, que es la que
da la capacidad física de disfrute sobre la misma. La tendencia
de la legislación contemporánea, acorde con la doctrina de los
expositores, es la de eliminar las ficciones en el campo del
derecho y enjuiciar los problemas y las situaciones jurídicas.»
(SC, 31, jul. 1953; GJ, tomo LXXV, n.º 2131, pp. 663).

En este orden, es claro que en materia no mercantil,


tratándose de inmuebles, la compraventa supone el
surgimiento de dos prestaciones, que aunque

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complementarias 3 para los propósitos inmediatos de la


función económica del vínculo, resultan totalmente
independientes y diferenciables desde las perspectivas
jurídica y práctica, a saber: (i) dar, que en su auténtico
sentido jurídico se concreta en trasferir el dominio mediante
la inscripción del título en el registro de instrumentos
públicos; y (ii) hacer, consistente en efectuar la entrega
material de la cosa.

Al respecto, se ha enseñado con ocasión de la


clasificación de las obligaciones:

«En términos corrientes, las obligaciones positivas son siempre


obligaciones de hacer, pues su objeto es la ejecución de actos
positivos, dentro de los cuales queda comprendido el que consiste
en dar una cosa. Sin embargo, la expresión dar (dare) tiene
un significado especial en el léxico jurídico: equivale a
transferir la propiedad plena o desmembrada o la propiedad
fiduciaria y, también, a la desmembración misma de la propiedad
o a la constitución de fideicomiso o de gravamen en cosa singular
o en cosa de género. Las obligaciones de hacer se reducen,
pues, a las que tienen por objeto la entrega de una cosa,
siempre y cuando tal entrega no implique mutación de la
propiedad, como la que debe hacer el arrendador al arrendatario
o el depositario al depositante. Como ya quedó expuesto, las
obligaciones de no hacer son las negativas o que tienen por objeto
una abstención del deudor.» (Destacado fuera de texto).4

Doctrina de similar pertinencia ha explicado la


polisemia de la expresión «dar», que afecta la hermenéutica
y aplicación de la normativa relacionada y para cuya
superación, sostiene con acierto, es preciso señalar que el
concepto corresponde en nuestro ordenamiento –de forma
3 Ver: GÓMEZ ESTRADA, César. De los principales contratos civiles. 4ª Ed., Bogotá:
Temis, 2008, pp. 57-71.
4
OSPINA FERNÁNDEZ, Guillermo. Régimen General de las Obligaciones. 8ª Ed.,
Bogotá: Temis, 2008, p. 25.

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similar al alemán y a diferencia de los sistemas francés e


italiano- «a la categoría romana de dare rem», efectuar la tradición
del derecho.

Por ello, en materia de bienes inmuebles, la tradición


«se hace mediante la inscripción del título en el registro correspondiente
(art. 756 c.c.), y en tal caso es independiente de la entrega física del
bien, a la cual está igual y complementariamente obligado el deudor
(art. 1880 c.c.) y cuya ejecución puede demandar el acreedor por el
trámite de proceso abreviado (arts. 414 [I0], 431 y 415 y ss. C. de p.
c.).», concluyéndose, entre otros relevantes aspectos, que «la
obligación de dar se refiere al derecho sobre la cosa, en tanto que la
obligación de entregar se refiere a la cosa misma».5

4.4. La acción personal que dimana de la


obligación de entrega de la cosa por el tradente al
adquirente.

Según lo visto, la acción real tiene origen en la


reclamación de un derecho de similar estatus, que a su vez
supone la existencia de una suerte de prerrogativa referida
directamente a la cosa, habilitante por demás de la
posibilidad de oposición y reivindicación frente a todas las
demás personas o individualidades jurídicas en general
(erga omnes).

Este denominado jus in re, con certeza, es


diametralmente opuesto al derecho de crédito que un
adquirente-acreedor detenta exclusivamente respecto de su
tradente-deudor, en relación con la obligación de entrega
5 HINESTROSA FORERO. Ob. Cit., pp. 122 a 129.

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material de inmueble pendiente de satisfacción y contenida


en un negocio jurídico como lo es la compraventa.

Se insiste, la entrega en dicho escenario es una


obligación de orden contractual, «siendo elemental el aserto de
que el derecho de crédito, como tal, no puede ser vulnerado sino por el
deudor, quien por lo demás es el único llamado a satisfacerlo, con el
agregado de los garantes (…)»6

Para ahondar en la perspectiva que viene


empleándose, resulta pertinente por ilustrativo, traer a
colación el criterio de la Sala en punto de la acción real por
excelencia y su diferencia y eventual interacción con las de
orden personal:

«La reivindicatoria es acción real distinta a las acciones


restitutorias surgidas de las relaciones jurídicas contractuales,
tanto por su fuente cuanto por los sujetos legitimados y finalidad;
aquélla surge del derecho real, lo protege, se reserva a su titular
y dirige a obtener frente a cualquier poseedor la restitución de la
posesión sobre la cosa, y las últimas, por lo general están
circunscritas a los sujetos del acto dispositivo, negocio jurídico o
contrato del cual emanan y procuran solucionar las situaciones
gestadas por su inteligencia entre las partes.

En particular, la restitución de la cosa podrá obtenerse como


consecuencia directa e inmediata de la reivindicación o, en virtud,
del ejercicio de una acción contractual.

Más exactamente, existiendo entre el dueño y el poseedor de la


cosa, una relación jurídica negocial o contractual de donde deriva
su posesión, la restitución no puede lograrse con independencia
sino a consecuencia y en virtud de las acciones correspondientes
al negocio jurídico o contrato.» (CSJ SC, 30 jul. 2010, Exp. 2005-
00154-01).

6
HINESTROSA FORERO. Ob. Cit., p. 301.

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De total recibo son también los comentarios que la


doctrina procesal nacional más autorizada,7 brindó sobre el
asunto:

«El adquirente de un bien cuya tradición se haya efectuado por


inscripción del título en el registro, podrá demandar a su tradente
para que le haga la entre material correspondiente. Tambien
podrá hacerlo, quien haya adquirido del mismo modo un derecho
de usufructo, uso o habitación.

Se trata de que una persona que es dueña de un derecho


inmueble, lo transfiere por venta, permuta, transacción, dación en
pago, aporte a sociedades, donación, etc. y efectúa la tradición
por medio del registro del título en la oficina correspondiente; pero
retiene de la cosa sobre el cual recae el derecho. Por
consiguiente, en este proceso se pretende hacer efectiva la
obligación personal de todo tradente, de entregar la cosa
que ha sido materia de tradición (Art. 1605 y 1882 del C. C.).
Es juez competente el que corresponde al lugar del cumplimiento
de la obligación o al del domicilio de demandado, según la
cuantía.

Por último, tan claro es el mandato sustancial


delimitante del carácter personal de la acción en estudio,
que la denominación tradicional y contemporánea del
procedimiento específico da cuenta no sólo del objeto, sino
de las calidades materiales de los puntuales sujetos
legitimados para dicha contienda: «entrega de la cosa por el
tradente al adquirente» (art. 417 C.P.C., hoy canon 378 C.G.P.).

4.5. Fueros de competencia territorial aplicables.

Establecida la naturaleza personal de la acción de


entrega de la cosa por el tradente al adquirente,

7
MORALES MOLINA, Hernando. Curso de derecho Procesal Civil. Parte General, 11ª
Ed., Bogotá: Editorial ABC, 1991, pág. 75.

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prontamente se torna viable descartar la subsunción de tal


causa en el fuero de competencia privativa establecido en el
numeral 7 del artículo 28 del Código General del Proceso.

Lo anterior por cuanto la pretensión analizada no


implica ejercicio de derechos reales, ni mucho menos se
compadece con alguno de los procesos enlistados en el
referido apartado normativo a saber: «divisorios, de deslinde y
amojonamiento, expropiación, servidumbres, posesorios de cualquier
naturaleza, restitución de tenencia, declaración de pertenencia y de
bienes vacantes y mostrencos».

En este orden, corresponde acudir al foro general del


domicilio del extremo demandado –con sus respectivas
variables- (num. 1, art. 28 ibidem), concurrente por la
materia y a elección del demandante, con el fuero de
cumplimiento obligacional; ello sin perjuicio del eventual
influjo de las preceptivas de los numerales 5, 9 y 10.

Importa precisar que aunque en reciente proveído de


un integrante de esta Colegiatura Especializada se arribó a
decisión en sentido contrario al que hoy se defiende
(AC5377-2017, 24 ago. 2017, rad. 2017-02142-00), lo cierto
es que tan respetable postura no resulta vinculante, toda
vez que no da cuenta del criterio del pleno de la Sala de
Casación Civil, y además, por cuanto en dicha oportunidad
no se comprometió criterio en punto de la naturaleza de la
acción que aquí interesa.

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4.6. Determinación de la autoridad competente.

De conformidad con las premisas precedentes, la


selección del demandante respecto del funcionario que
originalmente refutó la aptitud legal, no es caprichosa y
encuentra respaldo en el fuero de cumplimiento
obligacional previamente referido.

En efecto, como se sostuvo por el Despacho que


propuso la presente colisión, Bogotá es la ciudad prevista
para la observancia de varias de las obligaciones
contempladas en los negocios jurídicos (compraventa-
hipoteca) que originan la controversia; ello según la
demanda y sus anexos, particularmente la escritura pública
registrada, aducida como título legitimante.

Nótese que a pesar de las deficiencias latentes en el


escrito inicial, puede inferirse la voluntad del demandante
de radicar la competencia en Bogotá, lugar que como fue
dicho, corresponde a un fuero válido; todo lo cual obliga a la
judicatura destinataria inicial a respetar la decisión del
accionante, que por el momento ningún reproche merece.

En consecuencia, la separación de la causa por parte


del estrado original carece de fundamento, pues ningún
argumento fue dado para sostener el carácter real de la
acción promovida y además, por dicha circunstancia, no
fueron esclarecidos aspectos relevantes como la certera
indicación del domicilio de la pasiva y su relación con el
diferenciable concepto «lugar de notificaciones».

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6. Conclusión.

Es la primera de las autoridades en contienda la que


debe conocer del asunto, sin perjuicio de que la contraparte
en el momento procesal oportuno y mediante el mecanismo
legalmente autorizado, pueda controvertir esa situación.

III. DECISIÓN

En mérito de lo expuesto, el suscrito Magistrado de la


Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Civil,

RESUELVE

PRIMERO. DECLARAR competente al Juzgado


Treinta Civil del Circuito de Bogotá para conocer de la
demanda en referencia.

SEGUNDO. REMITIR a actuación al citado


Despacho e informar lo decidido a la otra judicatura
involucrada en la colisión.

Notifíquese y Cúmplase,

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LUIS ALONSO RICO PUERTA


Magistrado

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