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La posibilidad de conocer a Dios

La pregunta sobre la posibilidad del ser humano de conocer a Dios ha estado


presente a lo largo de toda nuestra historia. Pero no podemos pretender conocer a Dios
como si fuese un objeto científico, sino como una realidad de fe que nos supera, que se
nos muestra pero que no abarcamos en su totalidad.

Dios existe, existía desde el principio (Gen 1,1; Jn 1,1) o sea, cuando aún no
había tiempo. Es una realidad que se impone a nuestro espíritu humano, pues no se
supone su descubrimiento a partir de un proceder progresivo del ser humano que nos
conduzca a establecer su existencia, sino que Dios se nos da a conocer en la historia; en
la experiencia que el pueblo tiene de su presencia viva entre ellos. Luego por medio de
Jesús, se ha manifestado la gracia salvadora, la bondad, el amor de Dios hacia la
humanidad. Así nos dice San Pablo en la carta a los Hebreos 1, 1-2a: “Muchas veces y
de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los
Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo”. Gracias a Él,
tenemos acceso al Padre. El nos ha hablado del Dios misterioso quien nadie ha visto
jamás. Dios, entonces, se nos va autocomunicando en una revelación progresiva, en la
que vamos tomando conciencia de quién es ese Dios que nos va acompañando.

Para Santo Tomás, el conocimiento y aceptación de Dios no es un proceso


racional, a pesar de que la razón nos auxilia mucho, sino que es un proceso de fe, de
gracia como don de Dios, de experiencia vital al soplo del Espíritu; el Dios cristiano no
se prueba como muchas veces queremos, sino que se le acepta, escucha, acoge y se
vive. No es posible definir a Dios, ni comprenderle; pues si Él no se nos autorevela no
le conoceríamos. A Dios se le honra con el silencio, no por el hecho de estar callados y
no investigar nada acerca de Él, sino porque tomamos conciencia de estar siempre más
acá de una comprensión adecuada de Él mismo.

Más allá de tantos argumentos filosóficos, teológicos o científicos, está la


experiencia de Dios, lo que Santo Tomás llama “conocimiento por connaturalidad o
místico”. Iniciado en una donación gratuita del Padre tiene lugar mediante los actos de
conocimiento y amor del hombre creyente.

Solo cuando la persona ha sido elevada gratuitamente a la participación de la


vida divina, se torna capaz de amar a Dios de una forma tal que llega a conocerle, a
experimentarle en su dimensión trinitaria. Es un conocimiento amoroso, vivencial,
experimental, por connaturalidad, por gracia; solo el que ama conoce a Dios porque Él
es amor.

Así nos dice 1Jn 4, 8ss: Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es
Amor. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que
él nos amó y nos envió a su Hijo… Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros
debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a
otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.