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Resumen de: La democracia en América Latina

Texto original: Ansaldi, Waldo (2008). La democracia en América Latina, Colección Explora, Ministerio de
eduación de la Nación. Buenos Aires, Argentina.

En su texto, Waldo Ansaldi analiza las dificultades de las sociedades latinoamericanas para definir
regímenes democráticos a lo largo de la historia, partiendo de una pregunta inicial: ¿Por qué clases
dominantes que legimitiman su poder institucionalizado en la democracia liberal, generan regímenes
escasamente democráticos y hasta dictatoriales?

Su tesis propone que la respuesta se halla en la evolución histórica de las sociedades. Así, los modelos
productivos propios de la época colonial resultan determinantes en la configuración política y
socioeconómica de los países latinoamericanos y generan las diversidades propias de cada uno de ellos.
No obstante, todos coinciden en una característica central: la propiedad latifundista de la tierra. Esta marca
pautas culturales que se mantienen vigentes durante los procesos de construcción de los nuevos Estados:
la estratificación social, sumada a prácticas clientelistas y paternalistas.

Los nuevos regímenes se decantan mayoritariamente por la adopción de repúblicas representativas que
siguen el modelo liberal; no solo por el valor legitimador de sus principios, sino por el interés de los grupos
sociales comandantes en una rápida inserción en el mercado mundial, para exportar libremente la
producción agrícola. En ese contexto, la organización de un Estado es prioritaria. No obstante, la puesta en
práctica de los valores liberales y democrácticos pregonados queda relegada a un segundo plano. Así lo
demuestra la proliferación de políticas fuertemente restrictivas que limitan el ejercicio de la ciudadanía para
las clases obreras, las mujeres, los pueblos originarios y los afroamericanos. Esto último marca la forma en
que tienen lugar las transformaciones durante el período: por medio de revoluciones pasivas, es
decir,acuerdos y traspasos de poder entre las distintas fracciones que conforman la oligarquía dominante,
excluyendo a las clases subalternas y estableciendo para con ellas estructuras de poder verticales. La
forma de ejercer el poder por medio del empleo sistemático de la violencia o coerción, caracterizada por
una angosta base social, es la que inaugura la época de dominación oligárquica, que comienza en
prácticamente todos los países latinoamericanos alrededor de 1850 y tiene su apogeo entre 1880 y 1930.

La dominación política oligárquica en Latinoamérica corresponde al período de economías


agroexportadoras, dependientes de las economías capitalistas centrales. A su vez, la organización social
conserva mucho del período colonial, estructuralmente agraria y jerarquizada, con poderes locales muy
fuertes, que aplican mecanismos coercivos y despliegan redes paternalistas y clientelares dentro de su
área de influencia. Se mantiene de este modo, una estructura de poder funcional a la estructura productiva.

No obstante, el advenimiento de la crisis económica de 1929, que revela los fallos del modelo
agroexportador, sumado a los procesos de reforma agraria, subvierten el modelo económico predominante,
modificando también el escenario político. Surgen entonces los populismos, que a pesar de mantener los
criterios formales de la democracia política, tienen poco éxito en sus realizaciones institucionales y en la
promoción de espacios de negociación de los conflictos sociales. Sin embargo, la legitimidad democrática
se apoya en su carácter plebiscitario y los avances sociales (e incluso políticos) que logran alcanzar, al
integrar a las clases subalternas a la ciudadanía.

Dicho florecimiento de los gobiernos populistas es visto con desconfianza por parte de los Estados Unidos,
que invocan a la implementación de la democracia política; más por el afán de limitar las posibilidades de
ascenso de nuevos gobiernos socialistas y comunistas luego de la Revolución Cubana, que por una
genuina voluntad democrática. Esto se traduce en la política exterior estadounidense, que no solo brinda su
apoyo sino también promueve el ascenso al poder de dictaduras institucionales de las fuerzas armadas en
los países latinoamericanos. El sustento ideológico de las mismas se basa en la Doctrina de Seguridad
Nacional, la cual define como misión principal de los militares latinoamericanos el combate de los
"enemigos internos", es decir, los movimientos insurgentes inspirados en la Revolución Cubana que actúan
al interior de las fronteras nacionales.

Las dictaduras institucionales pueden ubicarse cronológicamente entre mediados de la década de 1960 y la
primera mitad de los años ochenta. Es entonces cuando la crisis financiera de la deuda externa y la
paulatina pérdida del miedo las debilitan y determinan su fin. En práctimente toda América Latina, la
transición a la democracia es pactada entre los sectores militares y los partidos conservadores. Argentina
constituye una excepción, donde el fracaso de Malvinas desestabiliza completamente a las fuerzas
armadas y les impide imponer condiciones.

Comienza a partir de ese momento, una aparente consolidación de la democracia, que continúa hasta
nuestros días. A pesar de ello, el autor cuestiona la autenticidad de la misma, calificándola como
"democracia formal". Esto implica que aunque se cumplen sus características institucionales, la democracia
no es tal. Los principales factores señalados por Ansaldi como determinantes de dicha pseudodemocracia
son: la licuación del ciudadano en mero votante, la corrupción y la acentuación del presidencialismo, que
pasa por encima de la división de poderes y se ve reforzado por la posibilidad de reelección y de emitir
decretos. Además, apunta a las políticas neoliberales de la década de 1990 como responsables de la
agudización de las desigualdades sociales, lo que deriva en procesos de segregación socioeconómica y
cultural de grandes mayorías demográficas.

El autor advierte sobre la frágil situación de la democracia en la actualidad. Si bien continúa siendo
aceptada, hay cierta desconfianza por parte de la ciudadanía a su capacidad de mejorar las condiciones de
vida; el nivel de apatía política ha llegado al punto de que se privilegie el desarrollo económico por sobre el
cumplimiento de los principios democráticos. De este modo, Ansaldi plantea un último desafío: la necesidad
de repensar la democracia en función de un contexto globalizado, para fortalecer la precariedad de los
regímenes democráticos hoy imperantes en América Latina.