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Sembrar la Palabra en el corazoó n de

nuestros hijos
Ensayo acerca del texto de Mateo 13,1-23

Jesús dijo a sus discípulos que hay algunos que escuchan el mensaje del reino de Dios,
pero como no lo entienden, el diablo viene y hace que lo olviden. Éstos son como las
semillas que cayeron junto al camino. En otras palabras, la enseñanza que se recibe sin
entendimiento se olvida rápidamente. No obstante, los que oyen el mensaje y lo
entienden; aquellos que sí cambian sus vidas y hacen lo bueno, son como las semillas
que cayeron en buena tierra, semillas que produjeron espigas con cien, con sesenta, y
hasta con treinta semillas. (Mateo 13:1-23).

En este sentido, es lógico que como padres nos preguntemos: ¿cómo podemos ayudar
a nuestros hijos a entender la palabra de Dios? Permítame compartir con usted algunas
reflexiones personales.

En primer lugar, creo que debemos vigilar nuestro enfoque. Transmitir información no
necesariamente significa facilitar los elementos que generan trasformación en la vida
de una persona, especialmente si estamos hablando de niños. Conocer datos bíblicos,
aprenderse, por ejemplo, la parábola del hijo pródigo, encontrar la palabra amor en un
crucigrama y saber el versículo bíblico de memoria, no es lo mismo que
verdaderamente entender la naturaleza del amor incondicional del padre. No quiero
decir con esto, que contar historias bíblicas y memorizar versículos sea inútil. Lo que
quiero decir, es que no debemos reducir nuestra labor de enseñanza a la mera
transmisión de información.

La semilla de la palabra no echará raíces en el corazón de nuestros hijos a menos que


los niños verdaderamente entiendan el significado de toda la información que
transmitimos. Escuchar no es suficiente, leer no es suficiente, memorizar no es
suficiente; nuestra enseñanza debe ser integral. A menos que nuestro objetivo sea
producir campeones de trivia bíblica, debemos concentrar nuestro tiempo en
pastorear el corazón de nuestros hijos, ayudar a los niños a entender la manera en que
este mensaje esta relacionado con su vida. Siguiendo nuestro ejemplo, nuestros hijos
que están sumergidos en una sociedad competitiva donde vales por lo que haces, por
lo que tienes y por lo que otros dicen de ti, podrían entender a través de la reflexión de
la parábola del hijo pródigo que, independientemente de lo que hagan, tengan, o digan
los demás de ellos, nosotros como padres, al igual que su padre celestial, les
seguiremos amando simplemente por lo que son: nuestros hijos.

Hace años que se han superado ya, las teorías bancarias de la educación, que
consideraban al niño como un mero “recipiente” de la información que el maestro
“experto” depositaba en él, pero desgraciadamente, en la práctica muchas veces nos
siguen atrapando estos antiguos modelos educativos.

En segundo lugar, debemos permitir que los niños experimenten el mensaje de la


palabra de Dios. Las personas recuerdan con mayor claridad aquello que viven en carne
propia. Cuando Jesús quiso que sus discípulos aprendieran acerca del servicio, Él se
arrodilló y lavó sus pies. Podemos estar seguros de que sus discípulos nunca olvidaron
esa lección de fe. Nosotros podemos hacer lo mismo con nuestros hijos, reforzar la
enseñanza de la palabra de Dios con experiencias que dejen huella, sin sermones ni
manuales, sin aburrimiento y sobre todo a través de nuestro ejemplo. Con relación a la
parábola del hijo pródigo, si abrazamos de manera permanente el corazón de nuestros
hijos y hablamos a su ser con ternura, quizás estarán en mejores condiciones para
entender el amor incondicional del padre.

En este sentido, la vida cotidiana es el aula ideal y nosotros los facilitadores, ellos son
quienes como niños la mayoría de las veces nos enseñan a nosotros y generan el
conocimiento. Debemos aprovechar cada momento didáctico que nos da el ir y venir
diario, cada contenido que nos ofrece la vida para incorporar principios bíblicos a las
actividades cotidianas. Cuando enseñemos a nuestros hijos acerca de las actitudes, la
conducta, las relaciones, la honestidad, el llevarse bien con los demás, tener paciencia,
ser generosos, los problemas, las crisis, la enfermedad, la pobreza o tantas otras cosas
que diariamente compartimos con nuestros hijos; hay que explicar lo que la Biblia dice
al respecto, por qué pensamos y nos comportamos de tal o cual manera.
Ya lo dice Deuteronomio 6:7, “repítelas (todas las enseñanzas que hoy te he dado) a
tus hijos, a todas horas y en todo lugar: cuando estés en tu casa o en el camino, y
cuando te levantes o cuando te acuestes”. Se dice por ahí, “en todas las cosas
naturales intentemos ser tan espirituales como sea posible y en todas las cosas
espirituales intentemos ser tan naturales como sea posible”.

Por último, decir que estoy convencida de que tanto nuestros hijos como nosotros
debemos disfrutar el proceso de enseñanza-aprendizaje. Nadie puede acusar a Jesús
de haber sido aburrido o poco creativo en sus enseñanzas. Su primer milagro fue
convertir agua en vino y pedirle a Pedro que atrapara un pez y sacara de ahí el dinero
para pagar impuestos, fue muy ingenioso. Usó ejemplos, hizo preguntas, planteo
acertijos, rompió las reglas y los esquemas. Fue de todo, menos aburrido.
¡¡Asombroso!! Queridos padres: ¿entienden nuestros hijos el mensaje que oyen de
nosotros? ¿están sus vidas y las nuestras siendo transformadas por la palabra?