Sei sulla pagina 1di 7

Educar vs Adiestrar

Por Olga Carmona

"El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el


bautismo le enseñaron lo sagrado.

Recibió una caracola: Para que aprendas a amar el agua.

Abrieron la jaula de un pájaro preso: Para que aprendas a amar el aire.

Le dieron una flor de malvón: Para que aprendas a amar la tierra.

Y también le dieron una cajita cerrada: No la abras nunca, nunca. Para


que aprendas a amar el misterio. Eduardo Galeano"

He tardado cinco años en escolarizar a mis hijos y lo he


hecho con la boca pequeña.
Soy madre y soy psicóloga y sí, lo reconozco, no creo en
nuestro sistema educativo. No solo pienso que es
obsoleto, caduco, paradigma de mediocridad, que
atenta contra la creatividad y la esencia de cada niño
para someterle a la media, a lo que debe ser, a lo que
debe hacer.

Que no tiene ningún sentido encajar veintiocho almas


dentro de cuatro paredes para enseñarles cómo es el
mundo a través de unas fichas estructuradas, iguales,
cerradas.

Que las hojas de los árboles se tocan, se huelen, se pisan,


se rompen, se vuelan. No se pintan sin salirse de la raya.

Que la autonomía no consiste en saber abrocharse la


chaqueta, sino en ser capaz de tomar decisiones y asumir
sus consecuencias.
Que la vida no se aprende quieto en una silla recibiendo
datos, tragando información irrelevante, sino que es puro
movimiento, danza inquieta, energía pura devorada por
la curiosidad.

Que es mejor el barro que la plastilina, la arena de la


playa que la arcilla, pintar con las manos y con los pies y
con el cuerpo que ser “reprendido” porque te saliste del
dibujo.

Recibo constantemente la indicación de que Nicolás, mi


hijo mayor, no sabe pintar. Se sale, no usa los colores,
realmente hace un trabajo penoso. Le pregunto porqué.
Su respuesta es simple y definitiva: “me aburre”.

Que el papel de los educadores debería ser el de meros


facilitadores capaces de potenciar lo que cada niño
lleva dentro, en lugar de aniquilarlo para reducirlos a
todos a un mismo y mediocre lugar común.

Que las medallas y los premios al esfuerzo no son de


plástico, sino de percepción de logro y autoestima sana.

Que los castigos están fuera de cualquier planteamiento


pedagógico que aspira a construir, que antes no es
mejor, que mucho no siempre es bueno, que un patio de
cemento con más de cien niños escasamente vigilados
no es precisamente el ideal de socialización, que el
exceso de normas y de actividades estructuradas anula
la iniciativa, la curiosidad y abre paso a un peligroso
aburrimiento provocado por la costumbre de que te
digan siempre y desde fuera lo que hay que hacer, cómo
y cuando.

Que es un sistema que adiestra niños para las


necesidades de una sociedad dirigida por adultos y por
ello y para ello, va anulando desde el principio la
capacidad de decidir, de pensar, de descubrir, de
cuestionar. Es más útil aprender cuanto antes a respetar
la norma, la autoridad. Aunque la norma sea
contraproducente, absurda, aleatoria. Aunque la
autoridad no se lo merezca, no se lo haya ganado y
simplemente goza del título porque tiene más años o más
poder.

Se abre entonces una enorme contradicción en mi


sistema interno y externo, porque cada día dejo a mis
hijos, contra mi voluntad y la suya, en una institución en la
que, básicamente, no creo.

Quien me lea se hará la pregunta más obvia: “¿porqué lo


hago entonces?”
La respuesta es simple y a la vez un poco vergonzante: no
me siento capaz de educarles yo, no encuentro la
energía necesaria para ello y tengo miedo también, lo
admito. Miedo a salirme tanto del sistema que les
convierta en sujetos inadaptados, con escasez de
herramientas para sobrevivir en la jungla que es hoy
nuestra sociedad.

Y no encuentro alternativas reales. Alternativas


equilibradas que sean capaces de respetar, acompañar,
facilitar la salida a aquello que ellos lleven dentro, sea lo
que fuere, y que a la vez les ayude a convertirse en
adultos intelectualmente competentes. No voy a negar
que tengo la convicción de que una parte importante de
su libertad también pasa por su formación académica,
cuando toque.

La información está ahí para quien quiera saber. Desde la


teoría del vínculo de apego formulada por Bowly hasta
los últimos hallazgos en neuropsicología asumen que lo
que forma el cerebro, lo que hace que aumente el
tamaño de nuestras neuronas y las conexiones entre ellas
no es la ingente cantidad de estímulos recibidos desde
fuera, sino la calidad de la relación entre el niño y su
principal cuidador. La calidad de esta interacción es la
que determinará un desarrollo más o menos saludable. Y,
nuestra sociedad mutila esta relación desde temprano,
entregando al niño a una institución un número aberrante
de horas. Y para acallar nuestras conciencias nos hemos
tragado el cuento de la socialización. Pero insisto, la
información está ahí, para quien quiera saber.

Durante estos años de parques en soledad, porque nada


más estábamos yo, mis hijos y mis perros, de ausencia de
planes con niños antes de las seis de la tarde, donde uno
siente que desde luego va en una dirección distinta, me
han llovido las tesis doctorales acerca de:

“Los niños, están mejor en la guardería que en casa,


porque en casa se aburren y en la guarde están con
otros niños”.
“El mundo es así de duro, hay fuertes y hay débiles”:
mejor que lo aprendan cuanto antes y formen parte de
los fuertes.
“Cuando vayan al cole no van a saber hacer nada de lo
que hacen los otros niños”.
“No van a saber relacionarse”.
“Lo van a pasar fatal porque no están acostumbrados”.
“Cuando sean mayores también van a tener que cumplir
horarios, respetar a sus superiores y someterse a las
normas para ganar dinero”, no hay otra.”

Y otras cuantas tesis doctorales más sobre psicología,


educación y antropología, por citar solo algunas
especialidades.

Nunca he respondido, pero ahora y por escrito lo voy a


hacer.
Los niños no están mejor en la guardería en ningún caso
porque las necesidades físicas y emocionales de un
menor de tres años tienen que ser satisfechas por su
cuidador habitual, preferiblemente su madre o padre,
con quien el bebé establece un vínculo de apego y de
confianza que como ya he apuntado determinará su
evolución. Y hablo de una interacción uno a uno, no uno
a diez. En la guardería no existe este tipo de relación.

Me niego a que mis hijos reproduzcan el patrón de lo que


el mundo llama “los fuertes”. Me niego a que sean ellos
los que primero insulten, los que compitan por llegar.
Quiero que sean los fuertes emocionalmente, los fuertes
en autoestima, los fuertes en capacidad de decisión y
criterio, los fuertes para decir “no” a un raya de cocaína
o un cigarro, los fuertes para buscar su camino, los fuertes
en dotar a su vida de sentido. Por tanto, no me interesa
que libren batallas que no les tocan, ni por edad, ni
porque nada aportan más allá de perpetuar la basura
social que nos impregna.

En cuanto a la competencia, no hay que ser psicólogo


para saber que lo que a un niño de tres años le cuesta
hacer un año, porque no es aún su momento y se le está
imponiendo desde fuera, tardará una semana en hacerlo
cuando sí esté preparado para ello. Antes no es mejor.
Mucho no siempre en sinónimo de bueno.

El tema de aprender a relacionarse es el que más


doctores tiene, proclamando su presuntamente armado
discurso. Pues bien, los niños no tienen capacidad para
relacionarse con un igual hasta al menos los cinco años.
En grupo y antes de esa edad aprenderán a defenderse
y a atacar. A quitar un juguete si lo quieren sin importarles
que otro niño lo tenga y tratar de imponerles un mínimo
sentido de la empatía cae en saco roto porque
sencillamente su sistema neurocognitivo no está listo para
ello. Basta observar la dinámica de una ludoteca o
guardería con niños pequeños: cada uno está a lo suyo,
apenas existe interacción y cuando la hay suele ser
bastante psicopática. El aprendizaje relacional es en
casa, los mimbres de esta cesta los ponen los padres, con
su ejemplo, con su palabra, con su cuidado, con su
paciencia, ofreciendo un modelo que el niño interiorizará.
Y cuando esté listo para ello, lo podrá ofrecer hacia otros.

Y en cuanto a la dificultad de adaptación si los


escolarizamos tarde, pues menos mal. Qué suerte que no
se adapten y que lo digan. Qué suerte que sean capaces
de diferenciar aquello que no les gusta y les resulta
aburrido y hostil. Qué suerte que hayan aprendido
herramientas para al menos verbalizar lo que necesitan.
Por el contrario, creo que van mejor armados de
herramientas emocionales para defenderse en un
entorno por momentos tan asfixiante.

Y en cuanto a la declaración de sometimiento final sobre


que si van a ser individuos grises que lo vayan asumiendo
ya, esa directamente me insulta. Los grises quieren
ratificarse en sus filas para no llegar a la conclusión de la
mierda en la que han convertido sus vidas. Me gustaría
poder transmitir a mis hijos que para ganar dinero no es
necesario prostituir su alma, que pueden optar por la
pasión de hacer aquello que les mueva y les impulse y les
haga libres.

Creo firmemente en la influencia amorosa de los padres


para combatir los estragos de un sistema tan rígido y
también creo en el buen hacer de algunos educadores a
los que dicho sistema les aprieta como una faja dos tallas
más pequeña y aún así tratan de hacer una labor
excelente.

Y para ello es imprescindible ser honestos, crear una


atmósfera de confianza y amor incondicional donde ellos
puedan vomitar sus pequeñas heridas cotidianas, donde
descargar su frustración sin ser juzgados, donde puedan
nutrirse de autoestima, donde aflojemos con la norma y
la estructura. Los padres, debemos construir un
ecosistema muy oxigenado para que puedan respirar
tranquilos, de contención, de flexibilidad. Ofrecer
alternativas muy diferentes a su día a día, permitirles
descansar y crecer al ritmo que cada uno necesite, sin
exigir, sin demandar. Se trata de acompañar, se trata de
dejarles fluir, se trata de ponernos en su lugar. Se trata de
amar desde el respeto.

Quiero terminar con una frase de un genio, que en mi


entender lo era más por su dimensión humana que
científica:

“La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente


racional es un fiel sirviente. Hemos creado una sociedad
que rinde honores al sirviente y ha olvidado el
regalo”. Albert Einstein.