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El dilema de Demetrio

Narrativa basada en el texto de Hechos 19:23 y ss

Mi nombre es Demetrio, y ustedes seguramente me conocen por mi aparición estelar en


el libro donde Lucas relata los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 19. Sí, fui yo quien
instigó los disturbios que culminaron con la toma del teatro de Éfeso para expulsar a esos
revoltosos que venían a desprestigiar nuestro oficio y a persuadir a los ciudadanos de que
no son dioses los que se hacen con la mano; a aquellos que venían haciendo milagros y
expulsando demonios en nombre de un tal Cristo. ¡Imagínense eso! Venir a decirme a mí,
Demetrio, uno de los orfebres más prestigiosos de la región del Asia Menor, que las
esculturas y figuritas que con tanto trabajo labraba no son dioses! Ellos decían que no,
pero las multitudes que me las compraban a la entrada del templo de la gran Artemisa no
pensaban así. A ellos, esas estatuillas les daban la tranquilidad que sus podridas
conciencias no les garantizaban. Y es que si tan solo ustedes las hubieran visto: ¡eran
perfectas! Delicadamente moldeadas en plata, mis Artemisas eran la más sensual
representación de nuestra diosa de la castidad.

A esos cristianos que vinieron arruinando mi negocio yo les hice la vida imposible. Pero
no me miren así, no me juzguen… ¿Acaso no harían ustedes lo mismo de haber estado
en mi lugar? ¿No harían ustedes cualquier cosa por retener su trabajo, alimentar su
familia, cuidar su reputación, conservar a un ser amado? Ustedes tienen que entender
que estos tales discípulos vinieron hablando de un Dios que yo jamás había visto, aunque
ellos dicen que murió crucificado frente a las multitudes. Pero a mí nunca me mostraron
una esfinge o un grabado. Mientras que a mi Artemisa yo la veía todos los días y a toda
hora. A ella le podía encender velas, tocarla y llevarla conmigo en mis viajes. ¿No harían
ustedes lo mismo?

Pero quiero que entiendan que no estoy diciendo esto para justificarme, porque ya he sido
justificado. Quiero decirles que, aunque me avergüenza confesarles que yo soy ese
Demetrio del que tanto han leído, es una vergüenza sana, porque ya he sido justificado.
El Demetrio que ustedes tienen aquí en frente suyo es un Demetrio distinto, un Demetrio
nuevo. Aquel refrán que dice que “el que persevera alcanza“ se hizo realidad en mi vida

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gracias a la perseverancia de aquellos misioneros cristianos a quienes traté de expulsar
de Éfeso, y hoy les habla un Demetrio que finalmente cayó a los pies de Jesucristo.

Probablemente tienen curiosidad sobre cómo sucedió esto. Quizás se estén preguntando
qué pudo haber pasado en mi vida para que yo dejara de ser ese agresivo negociante
idólatra que era capaz de convocar y manipular a las masas para satisfacer sus intereses
egoístas y atacar al mismísimo Dios de dioses.

Pues bien, déjenme contarles cómo empezó todo. Aquellos cristianos que yo traté de
expulsar de Éfeso de hecho siguieron reuniéndose clandestinamente, aunque era un
secreto a voces, porque era muy común escuchar que Fulanito o Perenceno estaban
ahora siguiendo el Camino y que tal o cual viuda había logrado reparar el techo de su
casa con ayuda de los del Camino, o que en algún río de la región habían visto filas
enteras de personas esperando a ser bautizadas. Un día se armó un gran alboroto, y
como yo era tan amigo de los alborotos, empecé a seguir a un grupo de efesios de
quienes yo ya sabía que eran seguidores del tal Camino, con la esperanza de que fueran
a asistir a otro linchamiento masivo de uno de los suyos.

Al llegar al sitio donde se reunían, me camuflé entre un grupo para ingresar y bregué a
hacerme detrás de una columna, desde donde pude escuchar algo de lo que hablaban.
En lugar de estar preocupados, se veían todos muy alegres, porque al parecer había
llegado una carta para ellos, de parte de un Pablo, nombre que se me hacía muy familiar.
Finalmente entró por la puerta de atrás un hombre de aspecto muy humilde, con un rollo
entre sus manos y una sonrisa en sus labios. Mientras se abría paso entre la multitud,
empezó a blandir el rollo con alegría mientras los demás aplaudían y se abrazaban ante la
expectativa de lo que pudiera contener la misiva. Yo mismo, de ver tanta conmoción, me
contagié de emoción mientras este hombre desenvolvía el rollo con desespero, como si
no pudiese esperar a leer su contenido. Un silencio profundo invadió el salón mientras el
hombre posaba sus ojos sobre el papiro, solo para levantarlos inmediatamente gritando:
“¡Es de Pablo!“

El aplauso y los gritos llenaron de júbilo la casa, el patio y el vecindario, pero a mí me


cayeron como una aguja en el corazón, pues en ese momento recordé que Pablo había
sido el instigador del saboteo contra mi industria en años anteriores. Quise correr hacia el
hombre para arrebatarle el rollo y romperlo en mil pedazos, antes de que su contenido
subversivo quedara libre en mi ciudad, pero el sentido común me detuvo y una voz interior

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me dijo: “Escucha… “ Así que escuché. Escuché mientras de la boca de aquel hombre
salían algunas de las palabras más hermosas, pero a la vez más perturbadoras y
confusas que jamás había oído.

Nada más las dos primeras frases me dejaron paralizado: “Pablo, apóstol de Cristo Jesús
por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso: Que
Dios nuestro Padre y el Señor Jesucristo les concedan gracia y paz.“ Jamás pude olvidar
esta última frase, porque estaba tan llena de amor, ¡pero a la vez me sonaba tan ajena! Y
quizás me sonaba ajena porque esa gracia y paz estaba destinada no para mí, sino a los
“santos“ y a los “fieles“ de Éfeso, y aunque yo era de Éfeso, y era fiel a mi Artemisa, no
lograba entender qué era eso de ser santo pero por pura intuición me sentía excluido de
dicho grupo y por lo tanto excluido de esa gracia y de esa paz.

Ustedes tienen que entender que la gracia es algo muy importante en mi cultura. Una de
las tradiciones que nos dejó la helenización que trajo Alejandro Magno, antes del Imperio
Romano, fue la de creer en las Gracias –las Carites--, nuestras diosas del encanto, la
belleza, la naturaleza, la creatividad humana y la fertilidad. Así que para nosotros, dar las
gracias a alguien no era una simple muletilla, sino un regalo que le hacíamos a alguien.
Para nosotros dar las gracias era como decir, “¡Que las diosas de la belleza y la fertilidad
te acompañen!“ Ustedes saben de que estoy hablando porque hoy en día lo hacemos
inconscientemente cuando alguien estornuda, y le decimos, “¡Salud!“ Y si vuelve a
estornudar le deseamos “¡Dinero!, “y ante un tercer estornudo ya nos venimos con la
artillería pesada y exclamamos, “¡Amor!“

También en aquella época, si alguien me daba las gracias, yo le respondía, “¡De nada!“ lo
cual no era tampoco una muletilla, sino la confirmación de que esas gracias que yo recibía
eran gratuitas, como la palabra gratitud lo dice. Así que al nosotros decir “De nada,“ de
verdad decíamos, “lo que me estás dando –belleza, fertilidad, etc.—es gratuito, y no en
contraprestación de nada.“

Pero Pablo habla de una gracia distinta, no de las gracias a las que yo estaba
acostumbrado. Él se refiere a LA gracia, a ESA gracia, a una gracia específica que viene
por medio de Jesucristo y a la cual yo no tenía acceso por no ser santo y fiel en Cristo
Jesús.

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Así que cuando me sentí excluido de esa gracia a la que se refería Pablo, mi corazón
empezó a anhelar una invitación. Pero la carta que estaban leyendo continuaba con
muchas cosas que yo no entendía. Hablaba de unos elegidos y predestinados, y yo no
sabía si yo lo había sido. Hablaba de la unidad de la iglesia, y yo no sabía cómo
pertenecer a la iglesia. Hablaba de una vida anterior y una vida nueva y yo estaba muy
apegado a mi vida, a mis negocios y a mis bienes como para pensar en una vida nueva.
Hablaba de unas recomendaciones para vivir esa vida nueva y con solo oírlas me daban
náuseas porque eran cosas que yo me sentía incapaz de obedecer. Y hablaba de cómo
vencer en una guerra espiritual en la que yo me sentía el malo del paseo.

Esa invitación que yo tanto anhelaba no llegó de manera sobrenatural, en forma de ángel
ni con música de trompetas, sino por medio de un joven cristiano quien sin ningún rodeo
me invitó a estudiar lo que ellos consideraban las “Sagradas Escrituras,“ incluyendo, para
mi sorpresa, la carta que tuve el privilegio de escuchar. Puedo imaginar el coraje que
tuvo que tener aquel jovencito para acercárseme, sin conocerme pero probablemente
sabiendo quién era y yo cuál era mi carácter. Pero mayor fue mi sorpresa cuando me
escuché a mí mismo diciendo “Está bien… estudiemos.“ En ese momento justifiqué mi
extraña decisión pensando que lo mejor que podía hacer era entender bien su modus
operandi para así poder atacarlos más efectivamente. Pensaba, ingenuamente ahora
veo, que había logrado infiltrarme entre los muy tontos, cuando era Jesucristo quien había
empezado a infiltrarme.

Tras algunos días estudiando empezó a ser claro para mí que más que mi comprensión
intelectual de los textos sagrados, era el testimonio de esos “Caminantes“ lo que estaba
conmocionando lo más profundo de mi ser. No es que fueran perfectos, pero había en
ellos una extraña inmunidad a la derrota. No es que tuvieran mucho, pero la alegría con
la que compartían lo poco que tenían era su posesión más preciada. No es que no
sintieran nunca tristeza, sino que lograban alabar a Dios en medio de su congoja.

Así que lo que en principio fue una inocente y desprevenida invitación a estudiar las
escrituras, se convirtió en un llamado inaudible, pero tan fuerte, que tuve que entregarme
y dejarme guiar hasta los pies de Cristo. Fue allí, cuando me sentí llamado aparte, que
comprendí que yo también podía ser un santo, que yo ya había sido elegido. Mi santidad
no fue elección mía; fue elección de Dios.

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Ya estaba listo uno de los requisitos de los que hablaba Pablo para recibir la gracia.
Ahora venía el tema de la fidelidad. ¿Cómo podía ser yo fiel al llamado, cuando mi vida
anterior ejercitaba una fuerza tan grande en mi carácter? Es que aquella elección divina
por la que Dios me había hecho santo, llamado aparte, no me dejaba libre de pecado,
simplemente me hacía más vulnerable a él, porque mientras en el pasado me podía
importar un rábano si mentía, si robaba, si idolatraba, si ofendía a Dios, ahora yo era
perfectamente consciente de cada uno de mis pecados y de cuán lejos de Dios ellos me
ponían.

Entendí entonces que mi fidelidad tendría que ser una elección mía. Que yo tendría que
tomar la determinación de ser fiel a Jesucristo, es decir, de vivir una vida sin mentira, sin
dar cabida al diablo, trabajando honradamente y evitando conversaciones obscenas
(EFESIOS 5:25), y que ese vivir una vida fiel es la guerra espiritual en la que ahora yo
estaba del lado vencedor, del de Cristo. Ahora entendía a lo que se refería Pablo con
ponerse la armadura de Dios, el cinturón de la verdad, la coraza de justicia, las sandalias
del evangelio de paz, el escudo de la fe, el casco de la salvación y la espada del espíritu
(Efesios 6:13-17). ¡Finalmente había entendido el evangelio! Y, ¿quieren saber por qué
había entendido el evangelio? Porque había elegido ser fiel ¡y la fidelidad nos da acceso a
la gracia! (Romanos 5:2)

Mi nombre es Demetrio, y ustedes probablemente me conocen por mi aparición estelar en


la carta que el apóstol Juan le escribió al querido anciano Gayo. Sí, soy yo de quien Juan
dice, “Todos, incluso la verdad misma, hablan bien de Demetrio. También nosotros
hablamos en favor suyo, y tú sabes que decimos la verdad“ (3 Juan 1:12)

La verdad habla “en favor“mío. Eso es gracia. Esa es la gracia a la que tuve acceso
cuando Dios me eligió para ser santo, y creí en su hijo Jesucristo: Él, el Hijo, que es el
camino, la verdad y la vida (Juan 14:6), le dice al Padre: “Yo hablo en favor de Demetrio.“
Esa es la gracia a la que continuamente tengo acceso cuando cada vez que el pecado me
gana una batalla, Jesús le recuerda al demonio que la guerra ya está ganada, y me
perdona. Verán, es como con los estornudos, pero en vez de decirme “Salud, dinero y
amor,“ Jesús me dice, “¡gracia, gracia y más gracia!“ Porque aunque intento vivir con el
ropaje de la nueva naturaleza (Efesios 4:24), a veces me pongo un trapo viejo y
empolvado que me causa alergia y me hace estornudar, aah… aah… “¡lujuria!“ Y Dios
me responde, “¡Gracia!“ Y aunque he tratado renovar mi closet, a veces lo abro para

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vestirme y se me enredan las manos en esas viejeras y…aah… aah… “¡chisme!“ Y Dios
otra vez me responde: “¡Gracia!“

Mi nombre es Demetrio y tengo un mensaje para ustedes de parte de Pablo y de parte


del Espíritu Santo: Que Dios el Padre y el Señor Jesucristo les concedan paz, amor y fe a
los hermanos. ¡La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con
amor imperecedero! (Efesios 6:23-24)