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Universidad del Balamand Instituto de Teología San Juan Damasceno P.A.S.E. (Program for Arabic – Spanish

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Damasceno P.A.S.E. (Program for Arabic – Spanish Exchange) SOFI 24 0 Grandes Hitos en la Historia

SOFI 24 0 Grandes Hitos en la Historia de la Iglesia Lección 10 Sección 5

Ruptura entre el Occidente y el Oriente:

El Gran Cisma (1054 d.C.)

5 . Enajenación completa (p. 251 - 254 )

El cisma de 1054 fue solamente el inicio de la separación de las iglesias. Al principio, se experimentó más como uno de esos cismas temporales entre las dos sedes más grandes, de los cuales ha habido muchos de ellos en el pasado. Los lazos Eclesiásticos no se habían roto en todos lados de un solo. El cisma se desarrolló en una s eparación final y en odio racial y religioso justo en la era siguiente, y aquí jugaron un rol fatal las Cruzadas, cuales revelaron el “problema Occidental” de Bizancio en toda su complejidad.

Los emperadores del siglo once, girando en torno al Occidente buscando una respuesta a la creciente presión de Asia, todavía no percibía n hacia donde inevitable mente conllevaría esto. Al pedir ayuda del Occidente, Bizancio reveló su debilidad e involucró al Occidente en todas su dificultades. No se había dado cuenta que el Occidente, a quienes habían apelado, había surgido de la anarquía y partición. Bizancio pasó por alt o el nacimiento de un nuevo mundo, fuerte en su juventud y sin uso de su energía; las Cruzadas fueron una salida para esa energía y la primera expans ión de la Europa Medieval. Por esta razón, el Occidente, que había sido considerado por Bizancio como un apoyo temporal en contra del Oriente Asiático, inmediatamente tomó un amenazante e independiente significado.

Es muy sabido el cómo finalizó la Cuart a Cruzada, en 1204, con la captura de Constantinopla, el saqueo bárbaro de la ciudad, la profanación de los objetos sagrados Ortodoxos, y el imperio Latín de sesenta años en el Oriente. Pero esto fue solamente el clímax, ya que las manifestaciones más vívi das de odio se acumularon en este prolongado encuentro entre las divididas mitades del mundo Cristiano. La separación de las iglesias cesó de ser la disputa entre los jerarcas o una controversia teológica; por siglos fue parte de la carne y los huesos de l a gente de la Iglesia, una fuente constante de angustia en su estado mental. “Latinismo” en el Oriente y “los Griegos” en el Occidente fue sinónimo de maldad, herejía, y hostilidad, y se convirtieron en términos de profanidad. Ahora, no solamente los jerar cas sino que también las masas de gentes se enfrentaban los unos con los otros, y en su forma de pensar la separación se convirtió en un odio elemental, en el cual la lealtad a su fe y

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Damasceno P.A.S.E. (Program for Arabic – Spanish Exchange) un sentimiento de daño por la profanación de

un sentimiento de daño por la profanación de sus lugares santos se mezc ló con un rechazo básico de todo lo extraño, sin di stinción de lo que era bueno y de lo que era malo.

La peor parte de la separación de las iglesias cae en el hecho de que a través de los siglos difícilmente encontramos cualquier signo de sufrimient o en él , algún anhelo de reunificación, alguna consciencia de anormalidad, pecado, y horror por este cisma en la Cristiandad. Había casi cierta satisfacción con la separación, y un deseo de descubrir los aspectos más obscuros del lado opuesto. Fue una separació n, no solamente en el sentido d e que ambas iglesias en efecto estaban divididas, pero también en el sentido de una continua profundización y creciente brecha en el estado mental de la comunidad Cristiana en total.

Esta sicología dio una intolerable super ficialidad a los intentos de unión que se estrechan como un hilo de carmesí desde el periodo de la Primera Cruzada al final del onceavo siglo hasta la caída del imperio en el siglo quince. Las razones por su persistente renovación son muy claras. En el Occ idente ellos representaban el empuje teocrático del papado, cual alcanzó su máximo poder bajo Gregorio VII, para llevar a toda la Cri stiandad a una sujeción completa. Era de alguna manera una sed por la unificación de la Iglesia, pero muy remota a aquella unidad que había inspirado la Iglesia primitiva, la cual fue concebida primordialmente como una unidad en fe, amor, y vida. Ahora, para el Occidente, el problema entero de unidad se redujo a un único punto: sumisión a Roma y el reconocimiento externo de su absoluta primacía. Roma respondió a cualquier apelación de ayuda por parte de Bizancio exigiendo que reconocieran el poder del Papa, y después el mundo Occidental entero se convertiría en su aliado. Ya que Roma se habría convertido el centro espiritual in disputado del Occidente, cada vez qu e Bizancio quedaba sin aliento por los brazos del Islam, quien la abrazaba más y más cerca de él , no tenía a quién acudir excepto a Roma. La cadena vergonzosa de negociaciones sin fin, disputas, promesas, y falsedad, sig uieron más y más, teniendo de todo menos el factor más importante: el verdadero deseo de unidad, el anhelo de un cumplimiento genuino de la Iglesia de Cristo.

Es imposible enumerar todos estos intentos. En Bizancio se llevaban a cabo mayormente por culpa de problemas políticos. La Iglesia realmente los rechazaba, a pesar de la presión del emperador; más que nada, este tema de unión demostraba que el emperador en Bizancio no era todopoderoso. Miguel VIII Paleólogo, quien a través de sus intermediarios habí an firmado la unión en Lyon en 1274 a pesar de la oposición de la Iglesia, murió excomulgado y fue privado de un entierro eclesiástico. En Bizancio misma, comenzando con el siglo trece, un grupo de “Latinizantes” surgió, partisanos de la unidad y simpatiza ntes de la doctrina eclesiástica Occidental – cierta simpatía por Roma puede ser encontrada inclusivamente en los círculos más altos. Pero, como la atracción de algunos aristócratas Rusos en el siglo diecinueve al Catolicismo, este movimiento no fue uno en la

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Iglesia Ortodoxa, sino que simplemente la conversión de ciertos Ortodoxos al Catolicismo, y el rechazo de la unión en la mente de la Iglesia Ortodoxa misma permaneció incambiable.

La serie de intentos culminó en una catástrofe espiritual para la Igles ia Bizantina, el Concilio de Flo rencia en 1438 - 49, cual finalizó de una vez por toda s en una completa rendición a Roma. Para comprender este evento, debemos leer las actas de este desafortunado concilio, y sentir cierta empatía al tormento de los Griegos, quienes tenían miedo de la destrucción del Imperio por parte del Islam y que eran perseguidos por presiones financieras de los Latinos – ya que ellos carecían de fondos para regresar a casa. Ellos estaban bajo gran presión sicológica por parte del emperador y estaban sujetos a las intrigas de los Latinizadores, quienes estaban determinados en alcanzar la unión a toda costa. Todo esto debe ser reconocido para poder comprender en términos humanos, o sino justificar, su cobarde error. La celebración de los Cató licos en 1939 del aniversario de la unión en Florencia es evidencia del profundo malentendido del verdadero concepto eclesiástico con respecto a la Iglesia Ortodoxa. El Papa Eugenio IV demostró una penetración más grande en su momento cuando preguntó, al h aber sido informado con alegría por sus obispos de que todos los Griegos habían firmado la unión, “¿acaso firmó Marcos de Éfeso también?” Recibiendo una respuesta negativa, la tradición supone que dijo, “bueno, eso significa que no hemos logrado nada”. De hecho, todos firmaron excepto uno, pero ese único, San Marco de Éfeso, se convirtió en la expresión de fe, experiencia, y tradición para la Iglesia Oriental. Cuando los Griegos regresaron a Bizancio, ellos inmediatamente repudiaron con horror la unión que había sido forzada sobre ellos, y la caída del imperio catorce años después eliminó trágicamente la mera razón por la cual el concilio se había llevado a cabo. El imperio, por el cual algunos estaban listos de sacrificar la Ortodoxia, dejó de existir.

Ta les intentos de unión fueron, de hecho, especialmente responsables por un refuerzo de la separación; la cuestión de la unidad de las iglesias estaba largamente confundida por falsedad y premeditaciones y envenenado por los no - eclesiásticos y envilecidos mo tivos. La Iglesia reconoce solamente la unidad y por ende no puede reconocer alguna “unión”. Esta última implica una falta de confianza en unidad, una negación del fuego unificador de la gracia, cual puede hacer de todo lo que es “natural” – todos los insul tos históricos, las limitaciones, los golfos, y los malentendidos – no existentes, y puede sobrepasarlos por fuerza del poder divino. El periodo Bizantino en la historia de la Ortodoxia comenzó con la enajenación entre el Oriente y el Occidente. Terminó con la completa separación; desde ese entonces, el Oriente Ortodoxo estaba dividido del Occidente Romano por una pared impenetrable. Ortodoxia se convirtió en “Oriental” de una vez por todas.

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