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Bitácora de un vigía

Las nubes decoran su panorama habitualmente. En las noches claras se pueden divisar muchas
estrellas, la luz de la luna nos deja ver aún más paisajes que solo aquí se pueden divisar. Se sostiene
una relación casi eterna con el agua, puesto que tiene la mayor parte de uno de los mejores
humedales de Cundinamarca. Fue la capital muisca del departamento, Bacatá “cercado fuera de la
labranza” en chibcha.

De lo que estoy hablando es de ese municipio hermoso llamado Funza “varón poderoso”. Sí, aquel
lugar especial que fue la capital de la confederación muisca en el departamento. La tierra donde
reposan las aguas del humedal Gualí. De ese terreno, donde la historia ha hecho de las suyas.

Mi nombre es Fabián Fonseca, nací en Bogotá en agosto del dos mil cuatro y debido a cuestiones
familiares llegué a Funza. Cuando empecé a estudiar en el municipio, la vida me sonrió. Se me dio
la oportunidad de participar en un concurso a nivel municipal, gané, fue entonces cuando descubrí
al Centro Cultural Bacatá y sus infinitas posibilidades de aprendizaje.

En el dos mil diez y siete me inscribí a los talleres de creación literaria, piano y bilingüismo. Mi
madre descubrió el taller de cerámica y se inscribió también en literatura pero de adultos, junto con
algo especial, los Vigías del Patrimonio. Yo estuve en algunas actividades, como el proyecto de
rescate del humedal Gualí, y este año finalmente decidí unirme.

Viernes en la tarde, 2:30:

Me encuentro en el instituto de cultura (una de las instalaciones del Centro Cultural), una lluvia
potente me mantiene refugiado bajo sus techos, técnicamente ya debería haber salido de la clase de
piano, pero no llevaba paraguas, así que no podía irme todavía, tenía prisa, a las tres debía estar en
la biblioteca para reunirme con los demás vigías nuevos. Pasan un par de minutos, comienza a caer
cada vez menos agua, hasta que la diferencia entre eso y una llovizna es casi nula, aprovecho la
oportunidad y me voy.

Llego a la biblioteca. En ese preciso instante vuelve a llover duro, me detengo a la entrada y me
digo a mí mismo ¡qué buena suerte! ¿No? Llegué veinte minutos antes, lo que me demoré entre el
instituto de cultura y la biblioteca. Avancé, luego me senté en uno de los sillones de color rojo que
se encuentran casi a la entrada, como siempre cuando me encuentro en ese lugar, saco mi celular,
para mirar que mensajes me han enviado, mientras espero que lleguen las demás personas a la
reunión.

Después de mí, faltando de diez minutos para las tres, llegaron la profe Ángela (coordinadora del
grupo), y una compañera más, cuyo nombre no recuerdo en este instante. Luego de quince minutos
más o menos, comenzaron a llegar los demás integrantes y antes de ellos, Fernando Romero, un
vigía antiguo, que está ayudando a la profe en la formación de los nuevos. Hubo personas que
llegaron más tarde de lo acordado, ¿No sé por qué? pero a mucha gente le da pereza salir cuando
está lloviendo.

En las reuniones, comienzo a recordar las actividades del año pasado, que como dije anteriormente,
aunque no era vigía en ese entonces, yo participaba de ellas, gracias a mi madre. Fueron tantas
salidas, que incluso el intento de recordarlas me dificulta la transición de pensamientos en el
cerebro.

Una de ellas, fue la del V seminario taller internacional de arte rupestre, que se llevaba a cabo en
Facatativá, tres días en los cuales aprendimos mucho sobre el tema, recuerdo bien que era de
miércoles a viernes. El primer día empezamos con una charla de cerca de tres horas, un receso de
media hora en el que afortunadamente nos dieron unas buenas onces, era un jugo de mora que venía
en una botella plástica con tapa azul, lo recuerdo porque mi hermano al destaparlo se lo hecho
encima de su camiseta del Real Madrid, me reí de él.

Destapé mi jugo pero con precaución, saqué el resto, que era una empanada y un pequeño ponqué si
es que recuerdo bien. Luego de ese corto receso, teníamos que seguir con la charla, en la que
hablaron desde directores de fundaciones, geólogos y por último conferencistas que han dedicado
toda su vida a investigar el arte rupestre en América antes de la llegada de los españoles.

Pero, el día no terminaba ahí, en seguida del almuerzo, teníamos que desplazarnos hacía el Parque
Arqueológico de las Piedras del Tunjo, donde nos tenían preparadas algunas actividades,
explicaciones y finalmente cuando acabamos, regresamos a Funza. El camino fue algo turbulento,
o así lo recuerdo yo, mientras el bus saltaba yo me estaba asando, una señora hablaba y hablaba tal
era su ímpetu que su voz repicaba, sentía ganas de vomitar, pero me tranquilice y me pasó, el resto
del camino hablábamos con mi hermano sobre historia.

El día siguiente me levanté con entusiasmo, puesto que el día de intermedio era el más
emocionante, hacíamos trabajo de campo, mas no era en Facatativá, sino que era en Cachipay,
donde existe un gran registro de pictogramas (pinturas) y petroglifos (tallado en la piedra), llegamos
a las seis de la mañana, en frente del biblioparque, donde nos esperaba el bus que envía la alcaldía,
asistieron la mayoría de las personas del día anterior, pero algunos se ausentaron y la señora que se
había ido todo el día anterior hablando por el camino no llegó.

Nosotros nos aliviamos, decidimos comenzar el camino a Cachipay. El bus dejaba una huella en la
carreteras de Funza, mientras partíamos para por la noche volver, Por el camino, vimos varias
peculiaridades que considero menester resaltar. A través de la carretera se divisaban los cultivos de
papa, que son los que más abundan y observamos un camión que llevaba ladrillos, se había
volcado.

Un poco más adelante del accidente, el vehículo que nos transportaba se detuvo, yo estaba hablando
con mi hermano de historia, me sorprendió un poco que parásemos, puesto que no sabía por qué.
Pronto me di cuenta que esperábamos a los guías, una compañera Martha se bajó del bus, y al
momento entró con la cara pálida, todos hicimos gestos, una señora se subió, mi corazón latió con
fuerza y desde el fondo de mi cerebro salió la pregunta ¡cómo carajos hizo para llegar!

Era la señora que hablaba tanto, con su carácter de siempre comenzó a contarnos todo, desde que se
despertó, hasta que cogió taxi y bus para alcanzarnos. Luego de que llegaran las personas que
esperábamos, partimos con rumbo a Cachipay, ahora los cultivos de maíz comenzaban a reemplazar
a los de papá, y el aire se sentía más fresco. Nos comenzábamos a adentrar aún más en las
montañas, con subidas y bajadas que le hacían sentir a las personas que el desayuno no les iba a
servir de nada, puesto que pronto terminaría en el suelo del vehículo.
El mareo empeoró, o por lo menos para mí. Fernando Romero, un compañero de vigías, se
encontraba en el asiento de atrás, yo me volteé para hablar con él, por lo tanto me sentí muy mal un
minuto después. Abrimos las ventanas y el aire fresco me sirvió.

El día fue muy entretenido. Las actividades de campo eran muy variadas desde aprendizaje de
¿cómo grabar las obras de arte rupestre? Con cámaras, hasta la identificación de petroglifos y sus
dibujos, colocaron una malla sobre el petroglifo y con las cuadrículas era más fácil copiar el diseño,
claro se medían los cuadros y sobre el papel tratábamos de plasmarlo. A la hora del almuerzo nos
dispersamos por toda la finca donde habíamos sido recibidos, mi hermano mi madre y yo comimos
con unas amigas de mamá de literatura, recuerdo que llevábamos hamburguesas.

Como el clima de Cachipay es un poco caliente, hay varios insectos, una compañera se dio cuenta
que tenía picaduras en los brazos, sabíamos que habían zancudos, porque hace rato que estaban
zumbando a nuestro alrededor, todos se miraron y tenían igual, excepto mi hermano que tenía las
heridas de los brazos inflamadas, yo me reí y dije que no tenía, porque no sentía nada, pero cuando
miré mis brazos exclamé ¿qué? Tenía pequeños bulticos de sangre.

El día siguiente estuvimos de nuevo en Facatativá, continuaron las conferencias, pero fue divertido,
los panelistas respondían diferentes preguntas y hubo una charla amena, al terminar el día, fuimos al
Parque de las Piedras del Tunjo, nos mostraron unas banditas que median el nivel de acidez del
agua, también visitamos algunos lugares emblemáticos, los guías nos explicaron que las
inscripciones de los avisos ahora también están en braille, esto me pareció genial, pues una de las
amigas de mamá es invidente, adicional a esto nosotros los menores escalamos pero muy poco.

Finalmente hubo una actividad de grabado de pictogramas y para cerrar, todos los que eran
expertos, en ese seminario hablaron, en especial una arqueóloga estadounidense, hable con ella en
inglés y ella me respondió y a la vez me pregunto, yo respondí lo que pensaba, me di cuenta que las
clases que recibo adicionalmente por parte de la Alcaldía dan frutos.

Uno de los investigadores Alemán llevaba un equipo especial para medir el contenido de mineral de
la piedra, esto facilita el trabajo de los arqueólogos y de esta forma no tienen que retirar partes de la
roca para analizarlas, realizaron la medición y nos contaban sobre sílice y otros minerales, después
solicitó un anillo de una de las asistentes, y lo colocó en la máquina.

Empezó a decir los minerales, de pronto nombro uno que era valioso, todos se asombraron hasta la
señora dueña del anillo, pero dijo después lo malo es que el material que les digo lo tiene el tubo del
lector y pertenece al equipo no al anillo, así que si pago caro por el me temo que el anillo no vale
mucho, todos soltaron una carcajada y hasta la dueña del anillo se reía, nos grabaron, tomamos
fotos, nos dieron un CD, nos fuimos con todo el conocimiento que llevábamos en mente y una
sonrisa marcada en el rostro. Cabe resaltar que hubo muchas más actividades, como el proyecto de
vigías anual, nosotros nos enfocamos en el rescate del Humedal Gualí, pero esa es otra historia.