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JUAN BAÑUELOS Y LA MÍSTICO-POLÍTICA DE LO COTIDIANO

Abraham Pérez Aragón

Es común la imagen del místico como aquel asceta que se recoge en sí mismo y se aleja

de las cosas mundanas para sumergirse en la experiencia de lo religioso, en el sentido de

reestablecer la ligadura que une con lo Absoluto de la divinidad. Se caracteriza, ya no

solamente la poesía, sino el acto místico, como una forma de entregar al otro un fragmento

de la sabiduría adquirida en las experiencias luminosas; pero no una entrega como la que

se hace con un objeto que simplemente cambia de manos: el propósito del místico no es

pasar el fuego de mano en mano, sino revelar al otro que la llama ya se encuentra latente

(en el doble sentido de lo no-manifiesto y de lo palpitante) en el corazón de su propia

experiencia.

En este sentido, quisiera desdibujar un poco a la imagen del místico como este ser

elevado que a través de ejercicios misteriosos alcanza la iluminación, pues de este modo

la experiencia mística queda relegada a un espacio nebuloso en el que no es posible

imaginar al hombre de a pie, al que tiene rostro y desenvuelve su vida en un mundo como

el que habitamos. Encuentro en el poeta chiapaneco Juan Bañuelos un ejemplo claro de

esta tendencia a la experiencia mística a través de la experiencia de lo mundano, por lo

que me referiré más que al poeta como místico, al aspecto místico de la poesía que emana

de un hombre cuya vida se caracterizó por una forma peculiar de relacionarse con el

mundo, si no es que con los mundos. Para lograrlo, trabajaré brevemente algunos versos

del poema “Viento de diamantes”, procurando hilvanarlo con datos de la vida de

Bañuelos.
El poema comienza con los siguientes versos: “Lo mismo que Adán sumergido

hasta la alondra del silencio, sucio de humana noche en que he caído, rompo todos los

pronombres para tenderme en el día óseo de la plenitud”. Es decir: como el primero de

los hombres, dentro de la contradicción del pájaro que canta lo indecible y contaminado

por la ex-sistencia (es inevitable remitirse a lo noche heideggeriana característica de la

huida de los dioses), el poeta quiebra toda diferencia entre el yo y el tú, transgrediendo

incluso a los nosotros que se oponen a los ustedes para tomar palabra desde lo que une a

todos los seres vivos: la muerte.

Continúa Bañuelos con el siguiente verso: “Acudo ebrio de musgo y tulipanes

hasta las criptas de las piedras”. Aquí nos plantea uno de los puntos fundamentales de su

experiencia religiosa: por un lado, nos señala que no se trata de una iniciación en algún

dogma o culto la que dota de un carácter místico al poema, sino de una iniciación en la

embriaguez de la naturaleza por medio de lo vivo (musgo) que se extiende sobre lo

duradero (la piedra), que bien podríamos pensar como una mera reelaboración de los

párrafos anteriores; por otro lado, hace del poeta un ser investido de eternidad al acudir a

presenciar lo ya muerto de lo eterno (las criptas de las piedras). Esta manera de presenciar

el vaivén de la existencia desde una identificación con la naturaleza se hace patente en

versos ulteriores: “Y me muevo con las hierbas, y con el menor movimiento del caballo,

y siento que dentro de mí corro como ese río que estoy viendo que avanza”. La línea que

divide el adentro del afuera, al yo de lo otro, queda al fin desdibujada, dando pie a la

experiencia extática que moviliza el poema.

Ese río, sin embargo, toma un mayor peso simbólico cuando nos sumergimos en

algunos aspectos biográficos del poeta chiapaneco. Si algo caracterizó no sólo la poética,

sino la propia vida de Juan, fue la división que experimentó. Bañuelos creció en la ciudad

de Tuxtla Gutiérrez, atravesada por el río Sabinal, que dividía la ciudad en un sector de
criollos y mestizos y otro de indígenas zoques1. Esta división dejó su huella en el trabajo

del poeta, siendo su obra, a la vez que expresión de sus inquietudes, una búsqueda

encarnizada por rescatar la herencia indígena de Chiapas. Con el levantamiento de 1994,

en el que Bañuelos fue una pieza clave en los procesos de negociación entre el Ejército

Zapatista y el Gobierno Federal2, vio revelado en el comportamiento religioso de los

pueblos indígenas aquello de lo que cojeaba su entonces ateísmo: la relación con lo divino

no se trataba de la aceptación pasiva de un dios doctrinario, sino de una relación íntima

con la armonía de la vida a través de la naturaleza, como se lo mostraban sus hermanos

indígenas. No es extraño, pues, que sea este río el que corre por las venas del poeta, o el

que le revela la diferencia (étnica, por ejemplo) que habrá de habitar en aras de producir,

en poesía y en acto, ese sentimiento de comunidad, de formar la Unidad en conexión con

una otredad radical.

Podemos decir que el misterio en el que se inicia Bañuelos no es el revelado dentro

del contexto de un culto específico, sino que, en lo que se ve inmerso, es en una iniciación

en el mundo natural a través de la acción política. Por lo tanto, este mundo natural no es

algo que esté alejado de los hombres y las mujeres con que se encuentra en su vida diaria.

En Viento de diamantes aparecen también estos versos: “es dable a las criaturas ver su

hora crecer para hallar luego algo de los mortales en un grano de arena. Mas también bajo

las gradas seculares y diviso el humo de las chozas de los hombres (…) y a la mujer

grávida de su fruto sentada en su hamaca viendo pasar las horas”. Con esto, el poema nos

hace saber que algo de la esencia del tiempo mortal es posible de ser encontrado en lo

más pequeño (un grano de arena), que en ello habita lo más profundo de la divinidad;

pero que también lo hace en aquello que se encuentra fuera de cualquier jerarquía

1
Véase : https://www.proceso.com.mx/481634/poeta-canto-manana
2
Véase: https://www.jornada.com.mx/2001/02/10/banuelos.html
simbólica perteneciente a alguna confesión religiosa específica (bajo las gradas

seculares), como en el sagrado trabajo de los cosechadores; o bien, que una madre

cósmica no es necesariamente una divinidad sobre la que se halla escrito un sinnúmero

de tratados, sino que puede ser también una mujer preñada que mira pasar las horas (las

horas de las criaturas, las vidas de los mortales) sentada en una hamaca (elemento de la

cotidianeidad).

Con la revelación a través de lo cotidiano, Bañuelos llega en el poema a una nueva

conclusión: “¡Ay, el hombre soy y no lo había advertido!”. Ya no es solamente el primer

hombre, aquel de la infancia cósmica que mira al mundo como nuevo en el arrobamiento

de lo maravilloso; ya tampoco es un hombre al que mira hincarse en el campo; no: en el

poema un hombre se transforma en el hombre; dentro de contexto: en la categoría de lo

humano. Y todo lo que hace sentir el poema, lo hace sentir a todos los hombres y mujeres

que por ese instante somos uno solo. “¡El hombre soy, mas no me basta! porque el sol

tiene su trigo en llamas y el mar tiene los ojos tocados por la gracia”. El hombre (como

el vaso de Gorostiza3 que en sí mismo no se realiza) busca afuera, en lo inmenso, algo

que sacie su sed religiosa: se busca en la deidad masculina, calurosa, que hace las cosas

crecer, que las ilumina (el sol); así como en la deidad femenina, acuática, cambiante y de

propiedades solventes (el mar). Se busca como quien se busca en un Yahvé o en una Kali,

pero llevados a lo común, al símbolo que revela en lo cotidiano del rayo y de la ola.

“Todo pasa”, nos dice, “y como el agua y el sol, también todo queda”. “Lejos de

la memoria del viento que dejaron las épocas, un olor de centeno y anís hace volver los

pájaros”. Así, el poema nos lleva la reunión entre lo eterno y lo pasajero que, aunque

pareciera que un río los divide, no son más que una manifestación de la misma cosa. ¿Y

3
José Gorostiza, Muerte sin fin, 1939
qué mejor manera de sintetizar esta unión sino a través del propio título del poema? El

viento es móvil: ora como un soplo suave y dulce, ora como un latigazo lleno de rabia,

hace presencia, pero nunca permanece, por ser el movimiento su propia naturaleza; el

diamante, sin embargo, es a la vez lo más precioso y lo más duradero, lo que refracta la

luz primigenia en toda la gama de colores del velo de la maya.

Sobre el cierre del poema, aparecen los siguientes versos: “¿De qué remoto sueño

hemos caído? ¿Por qué somos una rueda que grita enloquecida?”. Durante el recorrido,

el poema invita, además de al misterio de la existencia a través de lo cotidiano, a la

reflexión a propósito de la distribución no sólo de los recursos materiales, sino del propio

sufrimiento entre los hombres (la rueda enloquecida). La visión de la pobreza y el

abandono llevan a Bañuelos a tomar en consideración a los “dioses tutelares de la

iniquidad”.

El poeta denuncia los problemas de los hombres, pero no por eso olvida que “toda

cosa nacida con la aurora, con ella muere, y toda criatura que engendra la noche con ella

se aleja porque oscuro es su linaje”. Señala con ello que hay algo de inevitable en las

desigualdades de la vida, mas con sus actos señaló también que, pese a estas

desigualdades, está en manos de los hombres producir algún cambio. Baste recordar el

auténtico acto poético que realizó al recibir el Premio Chiapas en 19844, cuando, tras

denunciar los actos violentos perpetrados por órdenes del general Absalón Castellanos,

entonces gobernador del estado, decidió recibir el premio sólo para restituirlo a los

pueblos indígenas vía el obispo Samuel Ruíz. Se recordará también que lo hace

reconociendo que él no es el poeta, sino que simplemente le corresponde a él redistribuir

un reconocimiento para la tradición de una tierra que “tiene más poetas que árboles”. Esta

4
Véase : https://www.proceso.com.mx/139911/el-poeta-juan-banuelos-restituye-el-premio-chiapas-a-
los-indigenas
actitud se reafirmará con la publicación de Coyote azul con guitarra, libro que se

construyó como la elaboración de los apuntes de un músico itinerante chiapaneco.

Vale la pena, entonces, preguntarnos si en un entorno como el que vivimos cabría

la posibilidad de sacar al místico de su encierro y pensarlo no solamente como una

caricatura ascética, sino como un hombre que se arroja a la experiencia de lo cotidiano,

de lo humano, y aún en la crudeza de su realidad es capaz de rastrear las huellas de los

dioses huidos, de alcanzar el entendimiento; como quien, habitando la diferencia, busca

la unidad, pues: “¡No más que olas somos! Nos levantamos brevemente...

para seguir siendo mar.”


ANEXO

VIENTO DE DIAMANTES ¡Ay, el hombre soy y no lo había advertido!


La Eternidad está enamorada el amparado por dioses tutelares de la iniquidad,
de las obras del tiempo.
el que frecuenta
W. Blake
y ronda tanto rencor taimado del polvo con su
cauda de crines blancas.
¡El hombre soy, mas no me basta!
Lo mismo que Adán sumergido hasta la alondra del
porque el sol tiene su trigo en llamas y el mar
silencio,
tiene los ojos tocados por la gracia.
sucio de humana noche en que he caído, rompo
El hombre soy
todos los pronombres
pero toda cosa nacida con la aurora, con ella muere,
para tenderme en el día óseo de la plenitud.
y toda criatura que engendra la noche
Acudo ebrio de musgo y tulipanes hasta las criptas
con ella se aleja porque oscuro es su linaje.
de las piedras
o de los ríos secos, donde muerden al silencio
Todo pasa.
cárabos crepusculares
Y como el agua y el sol, también todo queda. Un
y en donde un hombre solitario se hinca.
silencio
que se sienta a esperar el primer ruido. Nuestra
Pisando soledad entro en el día, porque es dable a
imagen
las criaturas
que se pierde y se encuentra como el humo que
ver su hora crecer para hallar luego algo de los
no es más que el eco del fuego.
mortales
No otra cosa que la espuma negra
en un grano de arena. Mas también bajo las gradas
que va haciendo el arado sobre la tierra.
seculares y
Y lejos de la memoria del viento que dejaron las
diviso el humo de las chozas de los hombres,
épocas,
veo los caminos cotidianos, las nubes que anuncian
un olor de centeno y anís hace volver los pájaros.
el otoño
y a la mujer grávida de su fruto sentada en su
Y porque el horizonte no es más que una hoja larga
hamaca
de perfil,
viendo pasar las horas.
dejo que mudas tribus de peces muerdan los
Y me muevo con las hierbas, y
guijarros,
con el menor movimiento del caballo, y
dejo que brille el hocico del jabalí en la noche
siento que dentro de mí corro
y que bajo el zumbido de las abejas
como ese río que estoy viendo que avanza.
los bueyes trillen la mies.
¡Y miro alejarse la carreta del último cosechador!
¡Ay, reivindicación bañada en el ojo inocente!
¡Oh, exultación del mar sostenida en el resplandor
E igual que una palabra lanzada a la mitad del mar
¿De qué remoto sueño hemos caído? ¿Por qué somos
caigo en el seno del prodigio. Y como el minero
una rueda que grita enloquecida? ¡Ah! triste es
que se cubre
nuestro paso, en verdad.
con las manos la faz cuando de pronto, ciego,
¡No más que olas somos! Nos levantamos brevemente...
reencuentra la luz,
para seguir siendo mar.
así la dulzura levanta su toga y me envuelve temerosa.