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Carlos Vilas. El populismo en América Latina.

Se denomina populista al tipo de régimen o de movimiento político que


expresa una coincidencia inestable de intereses de sectores y elementos
subordinados de las clases dominantes y de fracciones emergentes, sobre
todo urbanas, de las clases populares. Enmarca el proceso de incorporación
de las clases populares a la vida política institucional, como resultado de un
intenso y masivo proceso de movilización social que se expresa en una
acelerada urbanización, desarrollo económico extensivo, consolidación del
Estado nacional y ampliación de su gravitación política y económica. No
todos reúnen todas, y no hay ninguno que no reúna la mayoría de ellas.
Las especificidades del desarrollo latinoamericano se refieren a
cuestiones de carácter estructural como a factores de índole política; tienen
que ver con el modo en que el capitalismo se desarrolló, con la estructura
de clases que engendró y el tipo de régimen social y político que se
organizó en los marcos de la sociedad oligárquica. El desarrollo de una
economía agroexportadora determinó que la formación del Estado estuviera
a cargo de una oligarquía comercial exportadora y terrateniente, sin interés
en el desarrollo del mercado nacional. Tuvo como contrapartida regímenes
de participación políticamente restringidos; relegó a un lugar secundario y
subordinado las iniciativas de industrialización. La ausencia política de la
burguesía industrial no significa que haya comprometido la existencia del
Estado.
El proceso de constitución de una fuerza de trabajo libre que pudiera
venderse en un mercado, tuvo un desarrollo relativamente lento y a la zaga
de las demandas de mano de obra en los polos económicos de la economía.
La afluencia masiva de migración europea contribuyó a paliar esa situación.
Las clases o capas medias urbanas tuvieron en sus inicios un fuerte
componente extranjero, también el incipiente proletariado urbano. Buena
parte de las primeras manifestaciones de la organización y las luchas
obreras están ligadas a la gravitación de los trabajadores europeos y a la
importación consiguiente de una cultura política y sindical que contrastaba
con la de los trabajadores nativos.
El atraso de la economía no fue obstáculo para que la urbanización, las
movilizaciones de los trabajadores y la extensión de la ciudadanía a las
clases populares. La mayoría de los ciudadanos obtuvo sus derechos
políticos en una etapa de industrialización. La movilización social se llevó a
cabo en el marco de un régimen político autoritario y represivo.
El temprano desarrollo de las industrias fue un proceso sin
industrialización, subordinado a la dinámica primario exportadora. Reforzó
la diferenciación de la sociedad apoyó el ascenso social de las clases
medias y de segmentación calificados del proletariado. La apertura del
sistema político, está estrechamente ligada a las presiones de estos grupos
y sus nuevas organizaciones políticas y laborales, pero su ámbito fue ante
todo el espacio urbano de población masculino.
La crisis de 1929 desarticuló al sistema exportador y creó las
condiciones en algunos países para el ISI. Apareció asó como continuación
de las tendencias de la oligarquía. La crisis explicitó las tensiones entre los
intereses agroexportadores, debilitados, y las iniciativas y reivindicaciones
de los industriales, sin capacidad de acción política autónoma por su origen
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reciente, falta de representación política y de grupo y la propia
subordinación de su posición económica.
El Estado asumió un papel dinámico en la promoción de una
recomposición de los equilibrios y en la ruptura del impasse generado por
grupos tradicionales que ya no podían imponer sus intereses y por grupos
emergentes que aún carecían de fuerza. Integró al merado de trabajo y la
ciudadanía a las nuevas camadas de población recientemente urbanizadas a
la vez que consolidó la participación de las ya incorporadas. Las masas
urbanas fueron convertidas en tropas de maniobra del propio Estado,
definiéndose un sistema de compromisos que permitió incorporarlas al
sistema político, ampliar su participación al consumo moderno y ensanchar
el espacio para el desarrollo industrial y de los industriales como nuevos
grupos dominantes, al mismo tiempo que garantizaba la reproducción de los
intereses de clase de los grupos tradicionales.
El populismo, es un movimiento de masas que aparece en el centro de
las rupturas estructurales que acompañan a la crisis del sistema capitalista
mundial y las crisis de las oligarquías latinoamericanas. Corresponde a una
etapa determinada en la evolución de las contradicciones en la sociedad
nacional en creciente diferenciación, y la economía dependiente. Como la
respuesta a una crisis de hegemonía en el marco de una crisis del sistema y
de las presiones por impulsar la industrialización por encima de los límites
que le fijaba el sistema exportador. Incluyó la manipulación de las masas y
algún grado de satisfacción de sus intereses económicos y sus aspiraciones
sociales y políticas.
Algunas de las tentativas populistas datan de una o dos décadas antes.
El yrigoyenismo en Argentina y el batllismo en Uruguay.

¿Bonapartismo, cesarismo, fascismo… o populismo?


La identificación de una crisis de hegemonía en los orígenes del
populismo y un cierto vacío de poder, la ampliación de las funciones del
Estado, la politización de la economía y magnificación de la autonomía
relativa de lo político y el Estado respecto de las clases y grupos, el papel
crucial de los dirigentes políticos articulados en el Estado, han conducido a
ver en el populismo un fenómeno bonapartista, cesarista o fascista.
Elementos de bonapartismo y cesarismo: el ingrediente multitudinario
y esa específica combinación de jerarquía social y movilización de masas, de
autoritarismo y democratización. Pero deben encontrarse las diferencias
específicas.
Con el cesarismo, la relación líder-masas, las diferencias se refieren al
conjunto de ingredientes políticos sociales y económicos que se articulan en
cuanto a la relación del dirigente con sus seguidores. El populismo estuvo
apoyado en la democracia electoral, contribuyendo decisivamente a
consolidarla.
En cuanto al bonapartismo, la forma específica de relación entre el
Estado y la sociedad, de la que adquiere una fuerte autonomía, la diferencia
notoria entre la base social de bonapartismo en su versión clásica y el
populismo. La base del bonapartismo es una sociedad fragmentada en una
muchedumbre de unidades campesinas sin más unidad recíproca. La del
Estado populista son las masas trabajadoras y campesinas, organizadas y
fuertemente estructuradas. La autonomía del Estado tiene lugar con
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referencia a una sociedad organizada y no respecto de una sociedad
atomizada y desestructurada.
Tampoco hay en el populismo ese elemento de equilibrio catastrófico.
Los dirigentes populistas agitaron el fantasma del caos y la revolución
social violenta como única alternativa a su proyecto, en especial en sus
interpelaciones a los grupos dominantes.
Los ingredientes de autoritarismo y corporativismo, el anticomunismo
que tiñó alguna de sus conductas, el culto al dirigente, la exaltación del
nacionalismo, favorecieron la equiparación del populismo con el fascismo.
Los PC de la región lo identificaron producto de la coyuntura internacional
y por la competencia por el control del movimiento obrero en la que
perdieron. El nacionalismo y liderazgo personal son absolutamente
insuficientes para caracterizar al fascismo.
El punto radica en que el fascismo es considerado, ante todo, un
proyecto del gran capital monopolista en sociedades de desarrollo
capitalista tardío, en alianza con las masas pequeño burguesas urbanas. En
el populismo debe señalarse que, primero, el gran capital nacional y
extranjero figuró en el terreno de la oposición y fue denunciado como el
enemigo. Políticas populistas estuvieron destinadas a controlarlo y a
convertir algunos en propiedad pública. Segundo, las masas que aceptaron
la propuesta populista fueron masas trabajadoras, mucho más que pequeño
burguesas. Estas incrementaron su gravitación en la sociedad y en la
economía, mientras que con el fascismo ocurrió lo contrario.

El papel del dirigente populista.


Relación dirigente masas, relación directa y afectiva (Perón, Vargas,
Gaitán).
Ni esta relación se registra en todas las experiencias populistas ni es
exclusivo del populismo.
Primer aspecto, siendo un conductor de masas, no pertenece
sociológicamente a las masas. Existen dirigentes populistas sindicales de
extracción obrera y campesina. Pero la conducción estratégica y de
conjunto queda a cargo de elementos que no provienen de las masas.
No significa que provengan del mundo de las élites y de los grupos
dominantes. Más bien, salidos de los grupos intermedios usualmente
vinculados a aparatos del Estado que reclutan su membresía de esos
sectores medios. Cárdenas y Perón fueron militares, en una época en que el
ejército era una fuente de empleo y un canal de ascenso social para los hijos
de la pequeña burguesía provinciana.
Segundo, se trata de gente con amplia preparación académica, incluso
de universidades europeas. Lejos de ser el bruto o ignorante que presentó
la propaganda descalificadora de sus enemigos políticos. La circunstancia
de que el discurso político del dirigente populista esté desprovisto de
terminología compleja y se centre en la presentación de unas pocas ideas-
eje, tiene que ver con la habilidad para llegar a los auditorios de
trabajadores poco escolarizados o directamente iletrados, base social de su
proyecto. Prueba de sabiduría política.
Tercero, tiene un amplio conocimiento de su país, por viajes que hizo o
por la movilidad propia de las fuerzas armadas, que le permiten alcanzar un
conocimiento de primera mano de los problemas sociales y particularidades
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regionales desarrollando contactos directos, cosa que antes no se daba.
Muchos pasaron su vida fuera del país, por actividades militares, estudios o
exilio, lo que amplió sus perspectivas y valoración.
Finalmente es varón y de la etnia dominante: blanco o a lo sumo
mestizo. La ampliación del sistema político institucional a las mujeres es
uno de los resultados de los regímenes populistas o de la lucha de los
movimientos de este tipo; lo mismo la eliminación de algunas barreras a la
participación de los grupos étnicos subordinados. Pero en el marco de la
sociedad tradicional, de la que el populismo emerge, la política, como la
educación superior, son ante todo atributos de hombres blancos y mestizos.
La jerarquización líder/masas del populismo reproduce así, aunque la
cuestione, la estratificación social, étnica y de género de la sociedad global.
La concentración del poder y el acceso a la educación y a la
información, el propio extrañamiento político y social de las masas,
determinan inevitablemente este protagonismo de los elementos de clases
medias y de pequeña burguesía en las expresiones del descontento y en las
propuestas de transformación. Además, la política y sus instituciones, el
Estado y sus aparatos, son vías tradicionales del ascenso social de los
elementos más dinámicos de estos sectores emergentes, frente al carácter
excluyente de las instituciones económicas.
El dirigente populista proviene, en casi todos los casos, de grupos y
sectores tradicionalmente designados por la división social del trabajo para
el servicio de las clases dominantes y la operatividad del sistema que lo
ponen en contacto con la problemática social, de la que no se encuentran,
por su propio origen, demasiado alejados. Esta situación social intermedia
contribuye a explicar la ambigüedad, oscilando entre desafiar las raíces del
orden establecido a través de un compromiso con los desposeídos, o
negociar con los poderosos a costa de los intereses populares,
salvaguardando su estrategia personal de poder. Atrapando por esa
ambigüedad, caerá víctima de ella y perderá el poder sin haber optado por
una u otra de las alternativas que cuestionan la propia racionalidad del
populismo.
Recuerda la relación patrono/cliente, esa forma de retribución
recíproca que reviste la relación dirigente/masas, y la fe aparentemente
ilimitada que los seguidores depositan en el líder. Brindan movilización y
apoyo político a cambio de empleo, participación, bienestar y un
sentimiento de dignidad, en el marco de una precariedad estructural
producto de la pobreza, el desempleo, la inestabilidad general de la vida. El
dirigente es de ellas, jamás las traicionará, y si no escucha o no atiende a
sus demandas, es porque se halla rodeado de elementos que lo engañan.
Lo que en el clientelismo tradicional es relación de uno a uno, en el
populismo es relación mediada por aparatos del Estado y por las
organizaciones. Es la relación colectiva de las masas con el líder.
El carisma, en la medida en que se trata de un factor absolutamente
subjetivo, es también un factor absolutamente impredecible.
N la inspiración weberiana, el carisma refiere a las virtudes
extracotidianas de los seguidores atribuyen al conductor que se traduce en
obras; algo que la gente reconoce en el líder a través de sus actos, su
comportamiento. El carisma del dirigente populista sería su capacidad para
generar resultados objetivos y concretos, benéficos para las masas, después
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de décadas de movilizaciones y demandas infructuosas. Lo extracotidiano
del dirigente populista debería ser entendido como el contraste, desde la
perspectiva de las masas, entre la ineficacia de las demandas populares en
el sistema tradicional y su eficacia en el régimen populista.

La economía política del populismo.


El intervencionismo de Estado.

La ampliación del espacio de maniobra del dirigente y su papel de


árbitro respecto de las fuerzas sociales contendientes provienen de una no
menos notoria ampliación del ámbito de intervención del Estado en la
economía y el conjunto de la sociedad.
El populismo no inició la intervención del Estado en la economía y la
sociedad. Ésta comenzó en el seno de la sociedad tradicional, en respuesta
a los desajustes de la crisis del ’29; y luego como protección frente a la
segunda guerra mundial. Más que una adhesión keynesiana, fue una acción
de defensa ante los desequilibrios. El populismo, condujo la gestión
económica del Estado mucho más allá de esos límites, tratando de romper
los equilibrios e interrelaciones sobre los que se asentaba la especialización
primario-exportadora.
En el nivel macroeconómico desarrolló una activa labor de intervención
directa en indirectamente mediante instrumentos de política nuevos o
renovando los tradicionales; medió las relaciones entre capital y trabajo;
intervino en política de precios; asumió por medio de la expansión de la
inversión en educación y salud, el costo de reproducción de la fuerza de
trabajo; creó economías externas, invirtió en infraestructura y estatizó
sectores de la producción; modificó las relaciones entre grupos y clases; el
manejo del tipo de cambio le permitió redefinir la articulación externa de la
economía y reformular las relaciones internas entre industria y
agroexportación. A nivel micro, asumió directamente la producción y
distribución de bienes y servicios determinados, definiendo economías
externas para segmentos estratégicos, desde la perspectiva populista, de la
burguesía local.
Todo esto contribuyo a dar a la vida económica un aspecto de
hiperpolitización. La inversión privada continuó siendo determinante;
ingrediente de vulnerabilidad. En la medida en que se sintieron agredidos o
desestimulados, redujeron sus niveles de inversión e incluso exportaron
capitales.
La nacionalización de algunas actividades; ferrocarriles, teléfonos,
banca, comercio exterior, transportes y energía; en general ramos y
sectores cuyo control extranjero sustentó o consolidó la especialización
primario-exportadora, así como la gravitación económica y política de los
exportadores.

Las nacionalizaciones fueron selectivas y obedecieron al objetivo


central de llevar a cabo una rearticulación externa de las economías
respectivas, antes que una definición ideológica antiimperialista: al mismo
tiempo buscaron la incorporación de tecnología y capitales extranjeros en
los sectores y ramas que el proyecto populista priorizaba. Se buscaba
extender el control estatal a sectores estratégicos para la generación y
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captación de excedentes financieros que deberían reorientar hacia otros
ámbitos de inversión.
A veces hubo poco de ideología en las nacionalizaciones y mucho de
pragmatismo. A los FFCC argentinos se los nacionalizó como forma de
destrabar fondos argentinos que Gran Bretaña había declarado
inconvertibles. La nacionalización permitió cambiar la política de tarifas,
para decidir la especialización económica del interior argentino y promover
un desarrollo regional más armónico con la consiguiente ampliación del
mercado interno.

Un desarrollo extensivo.
La política de nacionalizaciones fue parte de una estratega de
desarrollo económico extensivo que tendió a desenvolverse por la vía de la
incorporación de nuevos factores al proceso de la producción por la
ampliación física de los mercados, el pleno uso de los factores, y por el
énfasis en el mercado interno más que por el progreso técnico, la
intensificación de los procesos productivos y elevación de la productividad y
orientación de la producción hacia el mercado internacional.
Tuvo ante todo un carácter reactivo y defensivo. Respuesta a la crisis
externa y a desenganche relativo de las economías latinoamericanas
respecto del mercado internacional. De ahí que haya elementos de
continuidad y no sólo de ruptura con algunas de las políticas de la etapa
anterior. La acción del Estado era necesaria para romper y reformular los
equilibrios económicos y políticos preexistentes.
El ISI considerado etapa del desarrollo extensivo y hacia adentro, fue
un ingrediente del mismo que comenzó dentro de los límites del esquema
primario-exportador.
El carácter dinámico y multiplicador del crecimiento industrial se
proyectó rápidamente sobre un conjunto amplio de actividades, sectores y
regiones cuyo potencial productivo era irrelevante desde el esquema
primario-exportador. El proteccionismo industrial, iniciado o continuado
permitió el desarrollo de nuevas ramas y favoreció el crecimiento del
empleo laboral. La economía ganó en integración. Sustentó el surgimiento y
consolidación de una matriz social más diferenciada y compleja.
En países con poblaciones campesinas numerosas, la reforma agraria
fue concebida en función de fines políticos tanto como económicos.
Políticamente, para el populismo, fue quebrar el poder de los terratenientes,
consolidarse a sí mismo y a la burguesía industrial. Económicamente, elevar
la producción de productos básicos que inciden en el costo de reproducción
de la fuerza de trabajo; facilitar la movilidad espacial de la mano de obra,
reducir el costo de reproducción de la fuerza de trabajo urbana e industrial,
bajar los costos salariales de los industriales, mejorar la capacidad de
compra de bienes industriales mediante la ampliación del empleo y la
elevación de los salarios reales.
Muchos de estos objetivos no se cumplieron, o generaron efectos no
previstos. La reforma cardenista fortaleció la capacidad de consumo de las
masas rurales, destinando a su consumo mayor parte de las cosechas y a
que se redujeran las remesas a las ciudades.
La burguesía urbana no se manifestó muy entusiasmada con la reforma
agraria.
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La capacidad de maniobra del populismo en este tema se inscribió y
desarrolló a partir de un clima de demandas históricas del campesinado y
los trabajadores rurales; respondió a una racionalidad de modernización
capitalista no menos que al empuje de las luchas agrarias.
La extensión del sistema educativo a las clases populares fue un
aspecto importante de los regímenes populistas. No fue poca cosa
universalizar la educación primaria; en varias experiencias populistas la
extensión de la educación demandó la introducción de cambios importantes
en sus contenidos y métodos, incluso convirtiéndose en áreas de gran
conflicto (México).
La estrategia económica del populismo buscó reajustar el esquema
primario exportador antes que sustituirlo por otro. El esquema de
desarrollo extensivo y hacia adentro se apoyó en la capacidad del sector
primario exportador para generar excedentes financieros, pero no pudo o
no quiso introducir modificaciones sustanciales en él. La transformación
profunda del sistema político y de las relaciones sociales, no estuvieron
acompañadas, menos fundamentadas, por transformaciones similarmente
profundas en la estructura económica.
A los desestímulos económicos a la exportación se agregó la reacción
política opositora de los exportadores, motivada adicionalmente por la
activación sindical, la retórica del discurso populista y la evidencia de que
éste no era el gobierno ni el régimen de ellos. La inversión privada se
redujo y hubo fuga de capitales.
Esto contribuyó a dar una imagen de enfrentamiento al sector
agropecuario en beneficio de la industria, y a que la estrategia populista
fuera interpretada en función de estos choques intersectoriales. Reforzada
por la circunstancia de que en ciertos países el conflicto rural era bajo
contrastado con la intensidad del debate político urbano.
En realidad, quienes vivieron el impacto fueron los productores
agropecuarios pequeños y medianos, orientados fundamentalmente hacia el
consumo interno, y posteriormente los industriales, cuando los términos del
intercambio interno fueron revertidos. Los grandes productores y
exportadores, gracias a su diversificación e integración intersectorial
agroindustrial y a la constitución de redes y grupos financieros,
experimentaron las transferencias de excedentes vía política de precios,
impuestos, fundamentalmente como movimientos internos.
El discurso político con énfasis en la conciliación de intereses, fue la
expresión simbólica de esta estrategia de desarrollo objetivamente apoyada
en una matriz inestable y tremendamente conflictiva.
El pragmatismo se manifestó también en el terreno de las políticas
económicas, pero se refirió, sobre todo, a las dimensiones operativas y a la
ejecución específica de medidas determinadas.

Crisis de la economía política del populismo.


Las transformaciones del contexto político y económico internacional y
el propio diseño de las políticas económicas y sociales condujeron a
situaciones de crisis que forzaron a los regímenes populistas a introducir
modificaciones profundas en las políticas, o a la caída de los gobiernos.
Excepto en el caso mexicano, en los otros países reinaron la inestabilidad y

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el dislocamiento de la vida política y social. En algunos se establecieron
violentos regímenes represivos.
Varios factores. Primero, la debilidad estructural del modelo de
desarrollo extensivo. No involucró una transformación de base en la
estructura productiva agregar a esa un nuevo sector, urbano industrial, que
presionó adicionalmente sobre su capacidad.
La limitación de la estrategia económica se refiere a que no estimuló
una transformación productiva por la vía de la modernización tecnológica,
generación de infraestructura y elevación de los rendimientos. El impulso a
la industrialización, al estar orientado casi exclusivamente al mercado
interno, contribuyó adicionalmente a los desequilibrios externos.
El populismo se preocupó mucho más por captar una parte del
excedente del sector exportador para reorientarlo a la diversificación
industrial y al consumo, que por crear condiciones para incrementar la
generación de excedentes. Las iniciativas fueron muy débiles. Siguió
dependiendo de la capacidad de financiamiento de un sector exportador que
se sentía agredido por las políticas. Representaron factores de tensión y
deformación del esquema de desarrollo tradicional sin transformarlo o
sustituirlo.
El ISI no fue acompañado por una sustitución de exportaciones en el
sentido de fomentar la diversificación incorporando la industria al comercio
exterior. El proteccionismo favoreció la reproducción de situaciones de
ineficiencia y atraso productivo que demandaron mayor protección. Las
barreras resguardaron el mercado interno de las importaciones pero
crearon condiciones de alta rentabilidad para las inversiones extranjeras
merced a sus mayores niveles de productividad y a su modernización,
rápidamente controlaron el mercado interno.
Segundo, las tensiones que enfrentó la economía del populismo
destacan algunos efectos no contemplados en el diseño de la estrategia de
desarrollo extensivo, y las reacciones que suscitaron en las empresas:
inflación, desinversión, crisis de la balanza de pagos.
Cuando la redistribución de los ingresos y el crecimiento poblacional
crean más demanda de consumo que la que la capacidad instalada puede
satisfacer, y los incentivos no estimulan aumentos de la inversión, aparecen
tensiones inflacionarias.
Los mayores costos salariales y la inseguridad por el activismo sindical,
tendieron a desestimular la inversión privada.
Si el tipo de cambio se mantiene fijo, genera una sobrevaluación,
favoreciendo la importación y perjudicando la exportación.
Tercero, el perfil de la demanda interna cambia a medida que el
ingreso se expande y el mercado se amplia. La sustentación del crecimiento
requiere la incorporación de tecnologías o la diversificación de la
producción. La política de desvinculación relativa del mercado interno
respecto del internacional cede a una estrategia de apertura, inicialmente
selectiva por la necesidad de modernizar, de dar cuenta de los cambios en
la demanda y adaptarse al mercado internacional. Se agudizan las tensiones
entre los grupos que apuestan al desarrollo extensivo y los que apuestan al
crecimiento intensivo y, progresivamente, trasnacionalizado.
El agotamiento del espacio para una estrategia de desarrollo extensivo
depende del la situación particular. El peronismo se enfrentó relativamente
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pronto, porque accedió al gobierno cuando ya la economía argentina había
avanzado al gobierno cuando ya la economía argentina había avanzado
considerablemente en lo que suele denominarse sustitución fácil de
importaciones, y las pugnas por la apropiación del ingreso asumieron
niveles de fuerte conflictividad.
El agotamiento del espacio estructural, las transformaciones en el
sistema internacional y las modalidades de articulación externa de las
economías latinoamericanas no impidieron que surgieran intentos de
recomposición. El debilitamiento de las condiciones objetivas para el
populismo conllevó, usualmente, un mayor énfasis en sus dimensiones
subjetivas: estilos de liderazgo, agitación de elementos simbólicos,
propuestas de alianzas y concertaciones. La reaparición obedece a que, en
la mayoría de los casos, fue sucedido por regímenes de represión política y
exclusión social; contribuyeron al olvido de las limitaciones populistas. La
insatisfacción de las masas, su memoria y la vigencia de sus derechos, así
como la marginación de algunas fracciones del empresariado, abonaron las
aspiraciones de estos populismos redivivos. El carácter defensivo de la
propuesta se hizo evidente y las coincidencias de antaño se hicieron
alianzas. Lo que antes fue práctica sin conciencia, ahora fue conciencia sin
práctica.
Los protagonistas son otros, sus bases sociales han cambiado. Grupos
empresarios más dinámicos se encuentran en la nueva etapa de
acumulación, con opciones de inversión y de crecimiento al margen de un
proyecto de desarrollo extensivo. La propuesta populista es atractiva para
los grupos subordinados a esta clase, que ven en el subsidio una forma de
contrabalancear su progresiva marginación en el mercado. Existe una
nueva generación de obreros y de dirigentes de base que resisten las
tentativas de control y dominio del Estado y la vieja guardia sindical
populista, y que plantean demandas para las que el populismo normalmente
carece de respuesta: democratización de la vida sindical, control obrero del
proceso de trabajo.

Estado y clases sociales en el populismo latinoamericano.


La ambigüedad de la burguesía.

En la resistencia hubo grupos tradicionales de la burguesía oligárquica


y también industriales emergentes. Ciertas fracciones tradicionales vieron
con interés la promoción de un mayor desarrollo industrial. Esta situación
impide hablar de una alianza de clases en la base de estos regímenes, por
más que el discurso populista la buscara y afirmara.
La idea de tal alianza, tuvo lugar cuando las condiciones para la
ejecución de políticas como las propuestas por el populismo, y la
articulación al sistema internacional, estaban experimentando
transformaciones que restaban viabilidad objetiva a esa estrategia de
desarrollo.
La burguesía industrial emergente se mostró distante y desconfiada;
tomó los beneficios pero tendió a apoyar a la oposición. Veía con
preocupación la activación sindical, los costos salariales y de bienestar
social, y se inquietaba ante las nacionalizaciones.

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Al mismo tiempo que decía apoyar a los grupos emergentes de la
burguesía, el populismo no podía dejar de negociar con los tradicionales.
En estas condiciones, la elección de aliados depende de la percepción
que se tenga de la gravitación institucional efectiva de los otros actores
sociales y tiende a acuerdos de corto plazo, inestables, como respuesta a la
propia inestabilidad del escenario político. Lo que surge es una serie de
reacciones adaptativas, situaciones que el empresario sabe que no puede
alterar en lo sustancial.
La burguesía industrial demostró entusiasmo por las políticas
populistas cuando ya los gobiernos habían concluido y sus sucesores
aplicaban políticas de estímulo al sector exportador o al capital extranjero,
e intentaban acotar la movilización y las demandas sindicales. Por más que
las del populismo no fueran a reemplazar el principio burgués de autoridad
por alguna especie de poder obrero o popular, sus proyectos de redefinición
del sistema tradicional fueron excesivos para la sensibilidad de clase y para
los hábitos políticos de las fracciones emergentes de la burguesía industrial.
Los industriales a los que se referían el discurso y las políticas del
populismo presentaban varios aspectos de debilidad. Se traducía en una
menor eficacia para transformar sus demandas en políticas estatales.
La capacidad para absorber y transferir los crecientes costos laborales
inherentes a la propuesta populista, y de adaptarse a la fuerte y explícita
politización de la vida económica, fueran mayores a los segmentos
industriales más antiguos de la oligarquía, que en los nuevos industriales en
los que el populismo pensaba.
La ambigüedad de la burguesía emergente era expresión de su
debilidad en el mercado y contribuyó a dotar a la industrialización
promovida por el populismo de uno de sus datos más definitorios: fue
conducida por el Estado y sus aparatos, mucho más que por una burguesía
industrial hegemónica y por el mercado.

El populismo y el movimiento obrero.


Tuvo un éxito rotundo en la adhesión de las masas trabajadoras. Fue el
elemento más numeroso, más movilizado y más estratégico en la base
social. El populismo representó, en muchos países, el ingreso definitivo de
las masas a la política con un papel protagónico desconocido hasta
entonces. La movilización, participación política fue la base para el ascenso
de su gestión gubernativa; también fueron obstáculos para el éxito de las
interpelaciones populistas dirigidas a los grupos empresariales y
enarbolados como la razón fundamental para el derrocamiento de los
gobiernos respectivos.
El crecimiento de la organización sindical, la ampliación del espacio
para sus reivindicaciones, la legitimación de la protesta y la participación y
el mejoramiento innegable de las condiciones de vida, tuvieron lugar en el
marco de una creciente subordinación política e institucional de las
organizaciones populares a los aparatos del Estado que levantaba la
bandera de la conciliación de clases, la armonía social y el desarrollo de un
capitalismo nacional.
Es exagerado negar que existieron conflictos entre la clase trabajadora
de estas sociedades y los grupos tradicionales y el capital foráneo.

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Frente a una experiencia de lucha obrera de orientación anarquista,
socialista, comunista, de confrontación con la burguesía y el Estado, el
populismo habría dado a luz a un movimiento obrero de integración y de
colaboración. En la medida en que tuvieron lugar a través del Estado y sus
aparatos, se habría configurado un corporativismo, que garantizaba la
subordinación del movimiento obrero, las demandas y participación
populares al proyecto populista.
En el populismo hubo represión, pero ésta se dirigió ante todo a las
dirigencias de las viejas organizaciones, y la historia de esas
organizaciones, o por lo menos de sus directivas. Los trabajadores que el
populismo reclutó eran otros.
Gino Germani: las bases del populismo eran, ante todo, masas; como
tales, carentes de experiencia organizada y, dada su migración reciente, de
experiencias urbanas. Mientras que los trabajadores de experiencias
urbanas, sindicales e industriales más prolongadas tuvieron una
participación mucho menor.
La adhesión al populismo se explica así, por lo que los migrantes dejan
atrás y por los elementos de su pasado sociológico que los acompañan en su
migración a las ciudades. En lugar del clasismo mayor o menor de las
organizaciones socialistas, sindicalistas, son vistas en el marco de la
transición de la sociedad tradicional a la moderna y tomadas como
expresión de esa transición.
Fenómeno de profundas proyecciones psicosociales y culturales, pero
que no se agota en los factores subjetivos, sino que tienen que ver con el
tipo de capitalismo y de estructura de clases que se desarrollaron en el
mundo rural latinoamericano.
En los sindicatos peronistas y el voto peronista se constató la
participación activa de viejos obreros y de muchos viejos dirigentes de
extracción sindicalista, socialista, comunista incluso. El proceso por el cual
el peronismo tomó el control del movimiento sindical argentino fue
multifacético y expresó el juego de una pluralidad de ingredientes; la
imagen de una fuerza estatal que, a través de la coacción, la compra o
soborno de dirigentes, el engaño y la manipulación, terminó haciéndose del
movimiento obrero, es más una caricatura que una reflexión. Después de
1846, el PC disolvió sus sindicatos y aconsejó la incorporación a los
peronistas, adhiriéndose al principio de un sindicato único por rama.
Segundo, las directivas de las organizaciones sindicales populistas
quedaron a cargo de dirigentes con experiencia sindical y organizativa.
Tercero, la identidad de clase fue importante para decidir el voto peronista.
Los obreros tendieron firmemente a votar por el peronismo y los no obreros
a dividir su voto.
Cuarto, la adhesión obrara y sindical al populismo involucró, junto con
rupturas, elementos de continuidad con la tradición obrera y sindical que
sería absurdo desconocer. Un sindicalismo que era independiente del
Estado pero no de la política.
La imagen de un movimiento sindical convertido en aparato del Estado
populista tiene sentido cuando el régimen populista ya ha avanzado en su
establecimiento o consolidación. La pérdida de autonomía sindical tiene
lugar cuando ya el régimen populista se encuentra consolidado, cuando ya
ha alcanzado algún tipo de compromiso con el capital doméstico y
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extranjero y con los terratenientes. La existencia de un movimiento obrero
independiente, no integrado al sistema político es lo que el populismo trata
de modificar. Es una condición inexcusable para la consolidación política del
dirigente populista y para su acceso al poder del Estado. Una vez
conseguido esto, la autonomía política del dirigente y del Estado exige como
requisito la pérdida de la autonomía del movimiento obrero.
Dos particularidades del caso argentino: 1) debido al modo en que se
configuró el capitalismo en el campo, el peronismo no tuvo que enfrentar el
problema de una generalizada pobreza rural y de una reforma agraria como
en México, y Perú, sin tampoco marginar de las reformas populistas a la
población rural como en Brasil; 2) una notoria preocupación porque los
programas de estabilización no deterioraran unilateralmente a los
asalariados; por lo tanto, el intento de una distribución relativamente
equitativa de las pérdidas, y no sólo de las ganancias.
La existencia de esta activación sindical en los años iniciales de los
regímenes populistas resulta desorientadora cuando se acepta el paradigma
de la heteronomia del movimiento obrero y su subordinación al Estado.
El impulso inicial del activismo obrero se acompañó de una
democratización amplia de la sociedad y del sistema político, que reforzaron
la hegemonía populista.
Frente a este panorama no debería extrañar que tantos dirigentes
sindicales de trayectoria comunista, socialista o sindicalista, que
participaron del movimiento obrero de confrontación, hayan optado por
sumarse a la convocatoria integradora del populismo.

El corporativismo del Estado populista.


El movimiento obrero, muy dinámico y estimulado en sus actividades
por el populismo en momentos iniciales o previos a su acceso al poder,
terminó convertido en aparato del Estado populista.
Existe coincidencia en señalar elementos de corporativismo en este
tránsito de un sindicalismo populista relativamente autónomo del Estado a
un sindicalismo subordinado a él. La subordinación debe ser enfocada como
una dimensión de la consolidación de la autonomía global del Estado
populista respecto de la sociedad civil.
Erickson afirma que existe corporativismo en el populismo en la
medida en que la administración supera a la política, pues los conflictos son
resueltos por mediación y adjudicación estatal más que por confrontación
con el poder político o económico. Las partes involucradas en el conflicto
no se relacionan directamente entre sí, sino que se trata de una relación
mediada por aparatos específicos del Estado y subordinada a su poder. Las
expresiones organizativas de las clases asumen en consecuencia el papel de
asistentes del Estado en su gestión política y económica.
La mediación y el control estatal sobre las organizaciones obreras en
una etapa del desarrollo de las sociedades latinoamericanas en que el
movimiento obrero resumía y expresaba la participación popular,
significaron supeditar los alcances y modalidades de dicha participación a
decisiones que se tomaban fuera de la clase obrera y de sus organizaciones.
El populismo promovió la convicción de que las demandas con éxito de
los trabajadores no son las que se procesan por las organizaciones obreras
directamente con las organizaciones patronales, sino las que son mediadas
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por el Estado y sus aparatos específicos. La vulnerabilidad y reducida
eficacia del sindicalismo socialista, anarquista frente a la sociedad
tradicional y a su Estado, fue institucionalizada por el populismo como
subordinación del movimiento obrero y de las masas a un Estado que
pretendía asumir una función homóloga respecto de las clases capitalistas y
que administraba las reivindicaciones categoriales y la distribución de sus
frutos. El populismo promovió que la eficacia de las reivindicaciones de las
clases es una función de la eficacia con que el Estado procesa y traduce los
intereses de las clases en políticas públicas.
El populismo fue un ingrediente estratégico para la consolidación del
capitalismo industrial y de la sociedad de masas en América Latina.

¿Autoritario o democrático?
Enorme dinamismo de los movimientos y regímenes populistas y su
capacidad de modificar sus estilos de relación con las masas y su propia
identidad.
La frontera entre lo democrático y lo autoritario en el populismo no es
clara ni rígida. El populismo articula ingredientes democráticos y
autoritarios: ampliación de la ciudadanía, recurso a procedimientos
electorales, pluripartidismo, extensión de la participación, junto con:
control vertical de las organizaciones sociales, reducción del espacio
institucional para la oposición, promoción de un sistema político ampliado y
al mismo tiempo excluyente. El populismo fue antiliberal. En la medida en
que el derecho liberal circunscribía la participación electoral a los hombres
blancos y mestizos. Fue una fuerza de democratización fundamental. Para
los grupos tradicionales reducidos a la oposición, y para las corrientes que
se oponían a la sociedad tradicional desde opciones distintas a las
populistas, resultó inexcusablemente antidemocrático.
Democratización y autoritarismo, los dos polos fundamentales de la
política occidental, se conjugan y subsumen en la configuración de uno de
los fenómenos políticos y sociales más importantes de América Latina.
Conviven y se tensionan recíprocamente en cada experiencia populista.
Afirmar que el populismo es autoritario o democrático, depende de los
gustos ideológicos y las preferencias políticas del observador y del peso que
su opinión teórico-metodológica y su paradigma de democracia adjudique a
los distintos factores en juego.

¿Neopopulismo en la periferia mundial?


En las sociedades del tercer mundo y los procesos de liberación
nacional y transformación socioeconómica, en décadas recientes, se discute
la existencia de rasgos populistas en tales procesos. Se señalan el énfasis a
la independencia nacional y a la construcción del Estado, la adopción de
tácticas de desarrollo, satisfacción de las necesidades básicas de la
población, servicios sociales y un relativo desenganche respecto del
mercado internacional. La promoción de una estrategia de participación y
movilización popular apoyada en estructuras organizativas autóctonas y de
una estrategia política de unidad nacional, en el enfrentamiento a los
enemigos externos y liderazgos fuertemente personalizados.
Al mismo tiempo se señala como diferenciación, la debilidad de la clase
obrera o de grupos empresariales nativos; precariedad de las capacidades
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estatales para la intervención en la economía y la sociedad; opción por vías
no capitalistas de desarrollo.
En la medida en que han contribuido a lo que se denomina
democratización fundamental, que desde mi punto de vista es el rasgo y el
efecto fundamental del populismo latinoamericano, tiene sentido ensayar
comparaciones y buscar puntos comunes.

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