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Liturgia fontal.

Misterio – Celebración - Vida


Jean Corbon

Presentación del Card. Roger Etchegaray

Prólogo de Félix María Arocena Solano

Segunda edición actualizada

Prólogo
Estos párrafos desean facilitar al lector el acceso a la que podríamos considerar la obra de
madurez del teólogo del ecumenismo Jean Corbon († 2001). Las páginas de este libro no son de
comprensión inmediata debido a la pleamar intelectual del autor, quien, por su misma
trayectoria, incorporó en su persona y en su formación las fuentes litúrgicas y patrísticas
provenientes del Oriente y del Occidente cristianos.

Como introductores en España de su pensamiento teológico, nos felicitamos por la segunda


edición castellana de su libro Liturgie de Source (1980). Este hecho pone de relieve, de una parte,
cómo las páginas de este libro no han perdido un ápice de actualidad y, de otra, el interés
suscitado por su lectura en el ámbito teológico de habla hispana. Interés que hemos podido
constatar personalmente en diversos encuentros con personas de índole variada.

Después de ponderarlo y consultar con algunos colegas, hemos resuelto modificar el título
castellano que traduce el original Liturgie de Source en un empeño por reflejar con fidelidad la
mente del P. Corbon. Esta segunda edición lleva por título «Liturgia fontal». Nos pareció advertir
un consenso en que el adjetivo «fontal» refleja con mayor exactitud la concepción del autor
sobre el Manantial del que brota la santa Liturgia.

La línea conductora de este prólogo discurrirá sumariamente a través de los tres jalones desde
los que el autor ha vertebrado su libro: el Misterio, la celebración y la vida. Se trata de una
trilogía que refleja, aun antes de haber sido constatada por el Catecismo de la Iglesia Católica
(cfr. CCE 1066 y 1068), la profunda unidad de la experiencia cristiana.

1. En primer lugar, como fuente de todo, el Misterio. La creación es la primera kénosis del amor
de la Trinidad. El misterio envuelto en el silencio durante siglos hace su propia andadura durante
el tiempo de las promesas. Su venida en la plenitud de los tiempos se manifiesta en la kénosis
del Verbo encarnado hasta que su evento estalla en la «Hora de Jesús»: la Cruz y la Resurrección.
En ese momento brota la Liturgia.

La Ascensión es la celebración de esa liturgia eterna. Importa captar desde el comienzo que el
evento de la Ascensión es el punto nuclear de la teología de Jean Corbon, hasta el punto de
afirmar que «el misterio de la Ascensión es el impulso divino que sostiene nuestro mundo». En
su Ascensión, Cristo celebra esa liturgia ante el Padre y la difunde en el mundo con la efusión
del Espíritu. La Ascensión omnipotente no deja de arrancar a los hombres del reino de las
tinieblas para llevarlos a la luz del Padre. Así, la Liturgia es el misterio del Río de la Vida que brota
del Padre y del Cordero.

La Liturgia es este gran Río en el que confluyen todas las energías y manifestaciones del Misterio,
desde que el mismo Cuerpo del Señor, vivo junto al Padre, no cesa de ser donado a los hombres
en la Iglesia para darles la Vida. En la Iglesia, la Liturgia concibe y da a luz al cuerpo del Cristo
total. La Liturgia nutre a todos los hijos de Dios y no cesa de crecer en ellos.
El teólogo de Beirut transmite una idea sintética fundamental: desde que el Río de la Vida manó
de la tumba, la Economía se ha convertido en Liturgia. Sí, la oikonomía es hoy leiturgia. Esta
Liturgia inaugura los últimos tiempos. Es el Río de la vida que mana del trono de Dios y del
Cordero, synergia del Espíritu y de la Esposa.

2. En segundo lugar, la celebración del Misterio. Si, como acabamos de ver, la liturgia eterna es
el lugar donde se consuma la Economía de nuestra salvación, esa misma Economía se realiza con
modos determinados en las celebraciones sacramentales de la Iglesia. Esas celebraciones son
los momentos en que la divina Economía se hace Liturgia en el tiempo de la Iglesia. Estos
momentos son posibles en cuanto irrupciones de un tiempo vivo, liberado de la muerte, en
nuestro tiempo mortal. La celebración de la Liturgia es el lugar y el momento en que el Río de la
Vida, escondido en la Economía, invade la vida del bautizado para deificarlo. Ahí, todo lo que el
Verbo vive para el hombre se convierte en Espíritu y Vida.

Para el P. Corbon, los elementos que conforman una celebración litúrgica son ocho: asamblea,
ministros, espacio, tiempo, canto, acciones simbólicas, palabra de Dios leída en la Biblia, palabra
de la Iglesia pronunciada por nosotros. No obstante, la Liturgia supera los signos en que se
expresa. No es reducible a sus celebraciones, aunque esté toda entera en cada una de ellas. Pasa
a través de la palabra humana de Dios, escrita en la Biblia y cantada en la Iglesia, sin jamás
agotarse. La Liturgia está en su casa en medio de todas las culturas sin reducirse a ninguna de
ellas. Incesantemente celebrada, nunca se repite: es siempre nueva.

Los sacramentos son synergias en el interior del Cuerpo de Cristo. La Liturgia los transfigura
como signos y los hace vivir como synergias en el Cuerpo de Cristo, único Sacramento. Los
sacramentos son momento y lugar de la kénosis del Verbo y la Iglesia.

En las celebraciones sacramentales, esta synergia del Espíritu y de la Iglesia se vive en el


momento de la epíclesis. La epíclesis es momento de máxima densidad del silencio de la Iglesia
y de la fuerza del Espíritu. Es oración pura y poder soberano. En cada sacramento se encuentra
la triple energía del Espíritu: manifestar con la palabra, realizar con la acción, comunicar con el
canto. Es una lógica que no puede deducirse, pero sí verificarse pastoralmente.

3. Y, por último, el tercer jalón: la vida; es decir, el acontecer existencial de los cristianos que
han celebrado el Misterio en la santa Liturgia. Es cierto que la liturgia contribuye a que los fieles,
en su vida, expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo; pero con esto no queda
dicho todo. Como ya señala el autor en el primer párrafo de la Introducción, la relación «liturgia-
vida» es una de las cuestiones más serias que puede plantearse un cristiano maduro. Jean
Corbon abre su mente sobre este punto, especialmente, en el apartado «el misterio pascual de
la misión»: la Iglesia no es distinta cuando celebra la Liturgia y cuando sus miembros la viven; es
de otra manera.

Así pues, tras la celebración, la Misión. La Misión es, ante todo, epifanía de Cristo a través de su
Iglesia como nueva comunidad de Caridad. La última modificación del Ordo Missae (2008) se
hace eco de esta realidad con unas expresiones para despedir a la asamblea que son sensibles a
esta teología: «Glorificad al Señor con vuestra vida; podéis ir en paz». Para poner de manifiesto
la proyección existencial inherente a las celebraciones, el autor apunta a una mistagogía que
busca el significado de una celebración partiendo del significado original de su epíclesis. Puesto
que un sacramento se distingue de otro por su epíclesis, ella misma será la que anime a
continuación la vida de los que han celebrado.
En Liturgie de Source, la oración es el lugar donde el misterio de la Liturgia comienza a difundirse
en la vida de los bautizados. Por eso, el autor dirá: «el movimiento de la oración es el movimiento
mismo de la Liturgia»; y, años más tarde, el Catecismo dirá: «se entra en oración como se entra
en la liturgia» (CCE 2656). A partir de la oración del corazón, la Liturgia se convierte en vida.

Al adentramos en este punto, resulta difícil sustraerse a la cuestión de delimitar una realidad
litúrgica de otra que no lo es. Aquí, la percepción del P. Jean es un punto de referencia:
ciertamente, el Espíritu Santo y el discípulo de Jesús están en sinergia aun en el más leve
movimiento del corazón creyente que responde tenuemente al amor de su Señor; pero ahí no
se cumple toda la Economía de la salvación; esta se vive en los sacramentos. De ahí que el
realismo místico de la divinización sea fruto del realismo sacramental de la Liturgia.

La continuidad liturgia-vida se sublima en el éschaton. Tras la Parusía, la celebración del Misterio


y su vida coincidirán para siempre. Vivir el Misterio equivaldrá a celebrarlo, del mismo modo
que ahora celebrarlo significa penetrar en la eternidad. En la plenitud de los tiempos, nosotros
estamos todos en Cristo; en la consumación de los tiempos, El será todo en nosotros. La Liturgia
no es sino esta gestación del todo en todos.

Al llegar al término de este recorrido a través de algunas de las claves de Liturgie de Source,
confiamos en que el tenor de estas notas, tan concentradas, no mengüe toda la luz que
desprende la obra que prologamos. Consideramos de justicia agradecer las sabias sugerencias
del liturgista Juan Miguel Ferrer para la reedición de esta obra de Jean Corbon, así como la
minuciosa tarea de revisión realizada por el presbítero Miguel Ángel Pardo: su estudio y
meditación de Liturgie de Source le llevó a ofrecernos gentilmente una versión castellana
adherida al texto original francés hasta en sus pormenores más sutiles. Finalmente, nuestro
reconocimiento a la Editorial Palabra por haber emprendido la iniciativa de reeditar con toda
solicitud este volumen.

Félix María Arocena

Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Nota sobre el autor


Datos biográficos
Jean Corbon es una de las figuras eclesiásticas más relevantes del área libanesa en la segunda
mitad del siglo XX1. Nació en París el 29 de diciembre de 1924 y falleció en Beirut a consecuencia
de un accidente de circulación en el atardecer del día 25 de febrero del 2001, víspera del inicio
de la Cuaresma, cuando faltaba exactamente un mes para que celebrase sus bodas de oro
sacerdotales. Con una confianza de niño en su Padre Dios, devoto de Santa María, J. Corbon se
confesaba, desde su juventud, discípulo de Teresa de Lisieux. Cursó los estudios institucionales
en el seminario de Conflans y, tras ser movilizado por la guerra, tomó parte en la campaña de
Italia.

Licenciado en S. Teología, estudió en el Instituto Bíblico de Roma y en el Instituto de Estudios


Árabes de Manouba (Túnez). Llegó al Líbano en 1956 -país que ya nunca abandonaría-, movido
por el interés, sentido ya desde sus años de estudiante, por entender mejor la riqueza espiritual
y litúrgica de los cristianos árabes. Recibió la ordenación presbiteral en el rito bizantino,

1
La revista Proche-Orient Chrétien ha dedicado un fascículo especial a la figura del P. Jean Corbon, cfr.
Proche-Orient Chrétien 52 (2002).
quedando adscrito a la eparquía greco-melquita católica de Beirut. Su ministerio, como
sacerdote y teólogo, se centró prevalentemente en el campo ecuménico al servicio de la
comunión en el punto de confluencia de las Iglesias de Oriente y Occidente. J. Corbon fue asiduo
al «Círculo de San Ireneo» en Beirut, reuniones periódicas de oración que servían también para
el mutuo conocimiento y en las que participaban varios archimandritas y catholikós armenios
que, con anterioridad a la primavera ecuménica de 1961-1974, representaban la vanguardia del
movimiento ecuménico en El Líbano.

Durante el Concilio Vaticano II trabajó como traductor de los observadores teólogos del Concilio.
Por aquellos años fue nombrado consultor del Secretariado para la Unión de los Cristianos.
Durante un lustro fue miembro de la Comisión de la Fe en el Consejo Ecuménico de las Iglesias.
En 1980 fue nombrado miembro de la Comisión Internacional para el diálogo ecuménico entre
católicos y ortodoxos, cargo que mantuvo hasta su muerte. Fue miembro de la Comisión
Teológica Internacional (1986-1996).

En 1993, el entonces cardenal J. Ratzinger refirió la historia de cómo J. Corbon vino a ser
asociado al equipo de redactores del Catecismo2. De ahí que, aunque sea todavía demasiado
pronto para escribir una historia del Catecismo de la Iglesia Católica, al modo como lo ha hecho
con el Catecismo Romano su más reciente investigador -el profesor P. Rodríguez3-, sin embargo,
cuando llegue aquel momento, habrá que tratar de J. Corbon, como se trató del cardenal
Guglielmo Sirleto y otros corredactores del Catecismo tridentino.

Desde 1991 hasta 1998, formó parte del grupo de trabajo mixto entre la Santa Sede y el Consejo
Mundial de las Iglesias. Profesor emérito de Liturgia y Ecumenismo en la Universidad del Espíritu
Santo de Kaslik (Líbano) y del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Universidad de S.
José en Beirut. En el momento de su fallecimiento, era Secretario de la Asociación de Seminarios
e Institutos teológicos de Oriente Medio, fundador de la revista «Correo ecuménico de Oriente
Medio».

Publicaciones
Liturgie de Source, su obra de madurez, vio la luz en París el año 19804. Antes, en 1977, había
publicado L'Eglise des arabes (1977)5. Ambos libros han sido reeditados por Ed. Du Cerf en el
año 2007. En 1963 escribió L'espérience chrétienne dans la Bible6, y Prière orientale des Eglises

2
Cfr. J. Ratzinger - C. Schönborn, Introduction to the Catechism of the Catholic Church, San Francisco
1994, p. 23: «Después que resolvimos agregar una cuarta parte dedicada a la oración, buscamos un
representante de la teología del Este. Puesto que no era posible asegurar como autor a un obispo,
pensamos en Jean Corbon, que escribió su hermoso texto mientras Beirut permanecía cercada, en medio
de una situación dramática, al abrigo de un sótano durante los bombardeos de la aviación». Sobre el
pensamiento de J. Corbon en torno a la oración cristiana: J. Corbon, Liturgia y oración, Ed. Cristiandad,
Madrid 2004, 119-179.
3
Cfr. Catechismus Romanas seu Catechismus ex Decreto Concilii Tridentini ad Parochos Pii Quinti Pont.
Max. Iussu Editas, ed. crítica preparada por P. Rodríguez, Editrice Vaticana-Ediciones Universidad de
Navarra 1989.
4
Hasta el presente, que sepamos, este libro ha sido traducido a siete idiomas (alemán, italiano, español,
catalán, inglés, portugués y árabe). Resulta significativo que este libro aparezca citado, 21 años después,
en la bibliografía general que incluye el reciente ensayo litúrgico del entonces cardenal J. Ratzinger,
Einführung in den Geist der Liturgie (cfr. trad. española J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia. Una
introducción, Madrid 2001, 251).
5
Éd. du Cerf, París 1977. Existe una traducción al árabe que data de 1980, realizada por el patriarca Ignacio
IV Hazim.
6
Ed. Desclée de Brouwer, París 1963. Traducido hasta hoy al italiano, español, portugués e inglés.
(1974-1975)7. Más recientemente, había redactado el capítulo 24 del libro «El Cristianismo hacia
su historia en el Oriente Medio», libro muy querido para él y que deseaba ver publicado el día
25 de marzo, coincidiendo con el 50 aniversario de su ordenación presbiteral.

Al lector de Liturgie de Source, que sea buen conocedor del Catecismo de la Iglesia Católica, le
llamará la atención ver entre ambos volúmenes una sistemática y unas expresiones en cierto
modo paralelas, especialmente cuando se trata de «la oración cristiana»8. Una lectura atenta
revelará cómo algunos argumentos del libro, escrito doce años antes de la aparición del
Catecismo, tienen en él su manifiesto correlato9.

Tres años después de su fallecimiento, Ed. Beatitudes publicó Cela s'appelle l'aurore - Homelies
liturgiques, con un prólogo de Olivier Clément10. Se trata de un conjunto de homilías que
pronunció a lo largo de varios años, siguiendo el curso celebrativo del Año litúrgico bizantino. A
petición de muchas personas, estas homilías fueron recopiladas y anotadas según su deseo,
asumiendo él mismo su posterior revisión y corrección. Un extracto de este libro fue publicado
en Italia por la Ed. Qiqajon en el año 199711.

Jean Corbon era, además, colaborador en revistas de teología oriental (Proche-Orient Chrétien,
Irenikon, Istina...).

Por lo que respecta a la edición de la obra de Jean Corbon en lengua castellana, existen hasta
ahora dos publicaciones.

La primera, «Liturgia fundamental», que ahora se reedita en Ed. Palabra con el título «Liturgia
fontal». Su primera versión castellana data del año 2001 y se tituló Liturgia fundamental -
Misterio, Celebración, Vida12. En las páginas precedentes hemos presentado un prólogo a esta
reedición.

La segunda es «Liturgia y oración»13. Este último libro consta de dos partes: la primera recoge
tres conferencias que tienen como común denominador el haber sido dictadas por J. Corbon en
el Instituto de Liturgia de la Facultad de Teología de la Universidad del Espíritu Santo en Kaslik
(Líbano) y publicadas las tres en Proch-Orient Chrétien. A esta primera parte siguen tres

7
Éd. Parole de Vie, Beyrouth (1974-1975); obra en 4 volúmenes.
8
Decimos «sobre todo» porque la colaboración de Jean Corbon en el Catecismo ha sido muy amplia, como
ha explicado el cardenal Schonborn, que fue secretario de la Comisión de redacción del Catecismo de la
Iglesia Católica (cfr. Ch. Schonborn, Aportación de una sensibilidad oriental a los documentos de la Iglesia
católica, en J. Corbon, Liturgia y oración, Ed. Cristiandad, Madrid 2004, 227-242).
9
Nos referimos a una serie larga de temas puntuales, como son el combate de la oración (cap. 15: «La
epíclesis del corazón» - CCE 2725), el corazón en tanto en cuanto altar de la oración (cap. 15: «El altar del
corazón» - CCE 2655), la descripción misma del corazón como el lugar del encuentro auténtico consigo
mismo, con los demás, pero sobre todo con Dios vivo (cap. 15: «El lugar del corazón» - CCE 2563)... Pero,
más que esto, el capítulo 8 de este libro (El Espíritu Santo y la Iglesia en la Liturgia) y la sección Spiritus
Sanctus et Ecclesia in liturgia (CCE 1091- 1109). Aquí se arroja una luz nueva sobre un aspecto de la
tradición pneumatológica de la Iglesia que ha permanecido en la penumbra para muchos. Observemos
que, incluso desde el punto de vista de la longitud, esta sección se desarrolla más extensa y prolijamente
que las secciones relativas al Padre y al Hijo. El lector comprobará cómo aquí la pluma de Corbon se halla
notoriamente en evidencia. Si se objeta por qué el Catecismo omite el término synergia, tan frecuente en
Corbon, diríamos que se trata de un término demasiado técnico y de historia controvertida (cfr.
Diccionario de Espiritualidad (1990) 1412-1422).
10
J. Corbon, Cela s'appelle l’aurore - Homelies liturgiques, París 2004, 498 pp.
11
J. Corbon, La gioia del Padre, Monastero di Bose 1997, 144 pp.
12
J. Corbon, Liturgia fundamental - Misterio, Celebración, Vida, Madrid 2001, 267 pp.
13
Ed. Cristiandad, Madrid 2004, 246 pp.
artículos: dos de ellos fueron publicados en las revistas Communio y Nouvelle Revue
Théologique, respectivamente, y el tercero corresponde a una ponencia en el Simposio sobre
«El Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo» organizado por la Facultad de Teología de la
Universidad de Navarra en el año 1998 al que el autor estaba invitado y, sin embargo, no pudo
asistir, limitándose a enviar por correo su texto escrito, que fue publicado al año siguiente en las
Actas de aquel Simposio14. Liturgia y oración incluye, como apéndice, la conferencia del cardenal
C. Schönborn, pronunciada en marzo del 2002 con ocasión del Coloquio internacional en
memoria del P. Jean Corbon, celebrado en Beirut. La relación del arzobispo de Viena, a la vez
que constituye un testimonio de primera mano sobre los trabajos del Catecismo, contiene un
rendido homenaje al ecumenista libanés.

***

No estamos, pues, ante un liturgista en sentido estricto, sino ante un teólogo del ecumenismo
con vastos conocimientos de teología litúrgica y eclesiología, que se ven favorecidos por la
coyuntura de vivir allí donde convergen las dos grandes tradiciones de la Iglesia. En la vida de J.
Corbon vemos reflejado, como en un espejo, el progreso del movimiento ecuménico en Oriente
Medio, desde su implantación germinal, a finales de los años cincuenta, hasta los hitos más
recientes protagonizados por Juan Pablo II y Benedicto XVI en sus viajes apostólicos, de intenso
acento ecuménico.

Félix María Arocena

Presentación
Esta obra comienza con un vocabulario. El padre Corbon ha tenido razón al preverlo; pero es
necesario reconocer que la necesidad de este vocabulario no es honroso para nosotros,
cristianos occidentales.

En el fondo, prueba que ya no somos capaces de entender el lenguaje que era común a los
cristianos durante los primeros siglos; que por muchos siglos nos hemos aislado en un
cristianismo latino muy racional y jurídico.

Nuestros hermanos orientales dan más importancia que nosotros a la Liturgia. Se alegraron
mucho al ver que el Concilio Vaticano II comenzó sus trabajos con una reflexión sobre la Liturgia.

Una gran reforma litúrgica se ha llevado a cabo en la Iglesia latina después del Concilio. Pero,
como advierte el padre Corbon, los animadores de la renovación litúrgica a veces se limitan a
dirigir sus esfuerzos hacia la parte exterior de la celebración y no nos ayudan a penetrar
verdaderamente en el Misterio litúrgico.

Este ensayo sobre el Misterio de la Liturgia puede permitir a los fieles de nuestras diferentes
Iglesias encontrarse en la «fuente». El Misterio es el acercamiento original del Nuevo
Testamento, de la Iglesia primitiva, de la Iglesia de los Padres. Debe darse de nuevo según el
soplo del Vaticano II, donde todo se renovó partiendo de allí.

14
Las fuentes de los seis capítulos de este libro son las siguientes: J. Corbon, L’Office divin dans la Liturgie
byzantine: dimensions spirituelles, théologiques et ecclesiales, Proch-Orient Chrétien 35 (1987) 235-250;
Îd., Sainte Marie Mère de Dieu dans l'économie sacramentelle et dans la vie chrétienne, Proch-Orient
Chrétien 45 (1995) 10-25; Íd., L’année liturgique byzantine. Structure et mystagogie, Proch-Orient
Chrétien 38 (1988) Í8-30; Îd., Le prière chrétienne dans le Catéchisme de l'Eglise Catholique, Nouvelle
Revue Théologique 116 (1994) 3-26; Íd., Orar en la Trinidad santa, Revista Internacional Communio 22
(2000) 190-207; ín La oración cristiana, Scripta Theologica 31 (1999/3) 733-747.
Siendo «fuente», la Liturgia se extiende a todas las dimensiones del Misterio y asume, salva y
deifica todo lo humano, desde lo más profundamente personal hasta lo más manifiestamente
comunitario. Y esta «Energía» del Río de Vida, que en la Liturgia se convierte en «sinergia» del
Espíritu y de la Iglesia, pasa precisamente a través del «lugar» y del «momento» de nuestras
celebraciones.

La insistencia sobre la unidad de la Liturgia y la vida caracterizará el diálogo teológico sobre este
tema en la «Comisión mixta católico-ortodoxa para el diálogo teológico», que Juan Pablo II y el
Patriarca ecuménico Dimitrios acordaron con ocasión de su encuentro el 30 de noviembre de
1979.

Este libro podrá asombrar a algunos. Cuando los dos polos del alma de la Iglesia indivisa se
redescubren, uno no puede dejar de sorprenderse ante el otro. Liturgia fontal, que se sitúa en
el origen siempre actual de la Tradición indivisa, no puede eximirse de este asombro. El
acercamiento a la Liturgia parte del Misterio, no descuida las condiciones de la encarnación,
pero las ilumina desde su interior para transfigurarlas. Desde el primero de los encuentros de la
Comisión que llevaron al levantamiento de las excomuniones (7 de diciembre de 1965), es este
acercamiento a partir del Misterio lo que impresionó a los interlocutores católicos de sus
hermanos ortodoxos.

Este libro desearía ayudar a tales redescubrimientos profundos, a través de la experiencia


eclesial de la Liturgia. Agradecemos al padre Corbon ser nuestro guía para remontamos hasta la
Fuente.

Cardenal Roger Etchegaray

Introducción
En la primavera litúrgica que hoy experimentan la mayor parte de las Iglesias, hay una cuestión
a la que no pueden sustraerse los jóvenes, los adultos, los educadores y los mismos pastores:
¿las celebraciones, por vivas que sean, transforman la vida de los cristianos?; ¿dónde se
encuentra la unión vital -y, a la inversa, el divorcio- entre Liturgia y vida? Esta pregunta es una
de las más serias que puede hacerse un cristianismo maduro. No lo es menos para la Comunión
de las Iglesias, porque, en esta primavera, la unidad parece delinearse a partir del misterio de la
Liturgia.

Este libro desearía ayudar a encontrar la unidad entre la Liturgia y la vida en Cristo, más allá de
los paralelismos o de las divergencias que se imaginan indebidamente. Se tratará de un
descubrimiento orante de la Liturgia fontal, más que de una investigación erudita. Nos guiará la
experiencia de la Iglesia, inseparablemente litúrgica y espiritual, personal y comunitaria, a la luz
de la Biblia y de los Padres.

Esto quiere decir que la inspiración de estas páginas es también ecuménica. Toda tradición
eclesial podrá reconocerse en la Tradición común e indivisa. Aunque las alusiones a la tradición
bizantina son más frecuentes, hemos procurado mantenemos al nivel original en que las liturgias
de Oriente y de Occidente viven la Liturgia cristiana15.

Un símbolo iluminará nuestro descubrimiento progresivo: el del Río de Vida (Ap 22, 1 ss). ¡Que
el lector pueda dejarse transportar por su corriente lenta y profunda! Aquí más contemplativo,

15
En una obra anterior, L’Église des Arabes (collection «Rencontres», Editions du Cerf, 1977), prometimos
desarrollar algún aspecto de la teología vivida por las Iglesias de Antioquía. Este es un primer ensayo.
allá más didáctico, cada capítulo podrá revelarle el misterio de la Fuente: esta no deja de ser la
misma, pero el Agua viva que mana de ella es siempre nueva.

Vocabulario litúrgico
En este libro, donde el misterio de la Liturgia se contempla desde su interior, no se encontrarán
términos eruditos propios de la Teología especulativa o de las ciencias humanas. No obstante,
la revelación bíblica, actualizada por la experiencia espiritual de la Iglesia primitiva, no puede
dejar de expresar la novedad de la Liturgia con un vocabulario nuevo. Estos términos no pueden
ser traducidos, sin ser traicionados, a nuestras lenguas modernas, basadas más en el objeto que
en el Misterio, más descriptivas que simbólicas. Los viejos odres del vocabulario racional no
pueden contener y comprender las Realidades nuevas sugeridas por palabras como Cristo,
Espíritu Santo, Evangelio, Pentecostés, Iglesia, Bautismo, Eucaristía...

Debemos, pues, superar el umbral de ciertos términos, bíblicos y patrísticos, para participar en
el Misterio que revelan. La renovación litúrgica nos ha familiarizado ya con la mayoría de ellos.
Aquí mencionamos los más frecuentes e importantes, aunque vienen explicados en el texto
cuando aparecen por primera vez. El lector no tendrá ninguna dificultad para dejarse impregnar
por ellos: si el Evangelio nos revela el Reino mediante parábolas, la Liturgia nos lo hace vivir a
través de símbolos.

Ágape: El último y más bello Nombre divino del Nuevo Testamento: «Dios es Ágape» (1 Jn 4, 8).
Amor de dilección, de pura gracia, sin determinismo, vivificante, que hace amable y lleva a
participar en la Comunión de la Trinidad Santa. Por esto, el misterio de la Iglesia es Ágape, y su
realidad litúrgica, la Eucaristía, se llama también Ágape.

Anámnesis: «Hacer sugir el recuerdo, hacer memoria». En la celebración litúrgica, la Iglesia hace
memoria de todos los acontecimientos salvíficos realizados por Dios en la historia, cumplidos
plenamente en la Cruz y la Resurrección de Cristo. Pero este Acontecimiento pascual, sucedido
una vez en la historia, es ahora contemporáneo de cada instante de nuestra vida: Cristo, porque
está resucitado, ha traspasado el muro del tiempo mortal. Se trata, pues, de un «memorial»
absolutamente nuevo. Somos nosotros quienes recordamos, pero la Realidad no está en el
pasado, está aquí: la memoria de la Iglesia se hace presencia. Es todo el realismo del
Acontecimiento de la Liturgia.

Anáfora: «Llevar hacia lo alto». Toda celebración litúrgica es anáfora porque participa del
movimiento actual de la Ascensión del Señor (cfr. capítulo IV). De modo más preciso, es el
movimiento central de la Eucaristía (la «Plegaria eucarística» de la liturgia latina), que une la
acción de gracias, la anámnesis, la epíclesis y la intercesión.

Doxología: Al mismo tiempo, «cantar la Gloria» de Dios y «profesar la fe» de la Iglesia. «La Gloria
de Dios es el hombre viviente», pero «la Gloria del hombre es Dios» (San Ireneo de Lyon). La
Economía de la salvación del hombre llega a ser doxología en la Liturgia.

Economía (cfr. Ef 3, 9): Más que la «historia de la salvación», es la dispensación, la sabia


ordenación por etapas, de la realización del Misterio que es Cristo. Desde Pentecostés, la
Economía se ha convertido en Liturgia, porque ha aparecido la respuesta, la Sinergia (ver más
abajo) del Espíritu y de la Iglesia.

Energía: Término más fuerte que acción u operación, expresa el poder de la vida, aquí, la del
Dios Vivo, especialmente, la del Espíritu Santo. Cuando la energía del hombre, suscitada por el
Espíritu, está unida a la de Dios, tenemos la Sinergia (ver más adelante). La Liturgia es
esencialmente Sinergia del Espíritu y de la Iglesia (cfr. capítulo VIII).

Epíclesis: «Llamada sobre». Es la «invocación» al Padre para que envíe su Espíritu sobre lo que
le ofrece su Iglesia, para que la ofrenda sea transformada en Cuerpo de Cristo. Es el momento
central de toda anáfora sacramental, la eficacia nueva de la Liturgia. Los ministros ordenados
están, sobre todo, al servicio de la Epíclesis, como siervos del Espíritu que actúa poderosamente.
Término muy importante en todo este libro. En la Epíclesis se realiza la más poderosa sinergia
de Dios y del hombre, tanto en la celebración como en la liturgia vivida.

Kénosis: cfr. Flp 2, 7. El verbo «se vació de sí mismo» o «se anonadó a sí mismo» ha pasado a
ser un sustantivo en español. El Hijo permanece Dios al encarnarse, pero se despoja de su Gloria
hasta el punto de ser «irreconocible» (cfr. Is 53, 2-3). La kénosis es el modo propiamente divino
de amar: hacerse hombre hasta el final sin imponerse ni obligar. Se trata, ante todo, de la kénosis
del Verbo en la Encarnación, pero llega a su culmen en la kénosis del Espíritu Santo en la Iglesia,
y esta revela la del Dios vivo en la creación. El misterio de la Alianza está bajo el signo de la
kénosis: cuanto más profunda es, más total es la unión. Nuestra deificación es el encuentro de
la kénosis de Dios y la del hombre; de aquí la exigencia fundamental del Evangelio: seremos uno
con Cristo en la medida en que nos «perdamos» a nosotros mismos por El. Ver también capítulo
I, nota 5, y capítulo VI, nota 6.

Koinonía: Término frecuente en los escritos de san Pablo y de san Juan: la «comunión» del
Espíritu Santo que nos une al Padre por Jesucristo. Es participación en la vida divina. La Iglesia
es esencialmente Koinonía. Cfr. Ágape.

Mistagogía: «Acción de conducir hacia el Misterio» o también «acción por la que el Misterio nos
conduce» (cfr. capítulo X, nota 11). Emplearemos raramente este término. Los capítulos XI y XII
son mistagogías, iniciaciones al misterio celebrado, a partir de la Epíclesis propia de cada
sacramento.

Sinergia: Con Epíclesis, es uno de los términos clave de este libro (cfr. capítulo II, nota 5, y
capítulo VIII, nota 1). Literalmente significa «co-acción», energías conjuntas. Este término,
clásico en los Padres, intenta expresar la novedad de la unión de Dios con el hombre en
Jesucristo, más precisamente de la Energía del Espíritu Santo que impregna desde dentro la
Energía del hombre y le conforma con Cristo. Todo el realismo de la Liturgia y de la deificación
radica en esta Sinergia. Ver también Energía, Economía, Epíclesis y Kénosis.

Tiempo: Término corriente, pero que la revelación bíblica y la experiencia litúrgica transfiguran.
La Economía de la salvación comprende varios «tiempos»: el principio de los tiempos; el
desarrollo de los tiempos (partiendo de la Promesa); la Plenitud de los tiempos (cfr. Ga 4, 4); los
últimos tiempos (o tiempos «escatológicos»), que son los tiempos de la Iglesia y de la Liturgia
sacramental; finalmente, la consumación de los tiempos (la segunda Venida del Señor). Ver
también capítulo VI, nota 6. El vocabulario bíblico distingue también «momentos» dentro de los
tiempos de la Economía (cfr. capítulo IV, notas 2 y 3). Sobre los tiempos nuevos inaugurados con
la Resurrección de Cristo y su celebración sacramental, ver el capítulo XIII.

En el brocal del pozo


El hombre tiene sed y busca su agua donde piensa que puede encontrarla. En su caminar errante,
sin horizonte ni escapatoria, excava un pozo cada vez que planta su tienda. La maravilla es que
la historia de su salvación comienza siempre ahí. «Encontramos continuamente a los Patriarcas
tratando de excavar pozos»16. Nosotros somos estos patriarcas que recorremos una tierra
prometida, extranjeros en nuestra propia heredad. Junto a su pozo, cada uno construye un altar
a su dios: su religión, su ideología, su dinero, su poder. El hombre tiene sed, ¿cómo no excavar
allí donde piensa que encontrará agua?

También las negaciones de nuestro inconsciente ateo descubren nuestra nostalgia. «Dicen que
no tienen sed. Dicen que no es una fuente; dicen que no es agua; dicen que no es la idea que
ellos mismos se forjan de una fuente y del agua. Dicen que el agua no existe...»17. Pero este
hombre, tan seguro de sí mismo, no puede dejar de esperar: dejar de tener sed sería ya el letargo
de la muerte.

Pues bien, no duerme Aquel que excava, que ahonda en el hombre la sed y la espera. Es Él antes
que nadie quien tiene sed y quien se pone en camino para buscarnos, hasta alcanzamos en el
brocal de nuestros pozos irrisorios. «Sal de estos pozos y recorre toda la Escritura buscando
pozos y llega a los Evangelios. Encontrarás aquel pozo en cuyo brocal nuestro Salvador
descansaba, después de la fatiga del viaje, cuando llegó una samaritana que quería sacar agua
de él...» 18.

Es en el brocal del pozo donde Él nos espera y el diálogo termina siempre, a través de nuestros
subterfugios y de nuestras agresividades, en la cuestión ineludible del templo, del lugar de
encuentro entre Dios y el hombre, del agua y de la sed. «Ni sobre esta montaña ni en Jerusalén»;
¿dónde está, pues, el lugar de la Liturgia nueva, ese lugar inagotable donde la vida encontraría
de nuevo su Fuente?19

Para algunos, se trata solo de pozos, sus pozos. ¿La fuente de agua viva? «La han olvidado, para
excavarse cisternas agrietadas que no retienen el agua» (Jr 2, 13). Así, para los activistas de la
caridad, el Evangelio es acción y debe ser tomado en serio: el Lázaro de la parábola está a nuestra
puerta, ¿cómo podrían perder el tiempo en el banquete simbólico de los malvados ricos? Existen
también los puros de la lucha de clases: rechazan entrar porque sería un engaño compartir el
Agape con los pecadores que oprimen al pobre fuera del templo. Existen, finalmente, los
místicos solitarios, con alergia a cualquier celebración: Cristo habría superado la cuestión
proponiendo el culto «en espíritu y en verdad»; a los ángeles no se les plantean problemas de
fuente.

En el brocal del pozo, el Señor espera también a las samaritanas de la Nueva Alianza. Ellas han
oído que la fuente existe y la buscan, pero han olvidado que mana de Aquel que, a su vez, les
pide de beber. La fuente ha llegado a ser un espejismo. Aquí están los fabricantes de liturgia y
compositores incansables: fascinados por la vida y deseosos de autenticidad, inventan cada vez
la celebración de su propia vida. Allí están los enamorados de lo arcaico y los puristas de la
forma: el camino hacia la fuente les basta, ya que, durante siglos, guió a los creyentes. En este
mismo camino seguro encontramos a los que se evaden del valle de lágrimas: olvidando por un
instante la vida, se sumergen en la liturgia celestial... pero ¿cuál?

Quedan, y son, sin duda, la mayoría de los fieles, los que no se hacen tantas preguntas y pasan
sencillamente del sábado a la Resurrección. Su adhesión al domingo y a su Eucaristía pascual es
asombrosa, cuando se advierte que no saben decir ni siquiera el porqué. Es el «porqué», mordaz

16
P. Claudel, Le Pére humilié, acto II, escena 2.
17
Orígenes, Homilía XIII sobre el Génesis.
18
Orígenes, Homilía XII sobre Números.
19
Aquí y a lo largo de toda la obra, en vez de «fuente» podría usarse «manantial» [N.d.T.].
e insidioso, que plantean tantos jóvenes a sus padres practicantes: ante las respuestas
insatisfactorias, por legalistas o moralizantes, viene la desafección, lógica para los jóvenes,
dolorosa para los adultos. Pero ni unos ni otros pueden expresar lo que la Liturgia significa en su
vida.

Hay, finalmente, otro asombro, el de estos mismos jóvenes cuando, por la casualidad de un
encuentro, participan en una celebración viva, abierta al misterio. «Si fuese siempre así,
confiesan, estaríamos dispuestos a retomar el camino de la Iglesia». Pero, para eso, se intuye,
sería necesario que la fe fuese profundizada de otra manera y redescubriera con evidencia y
convicción lo que es la vida y lo que es la Liturgia... evidencia que quizá no es lo bastante
resplandeciente en sus mayores.

Separada así de la fuente, la celebración litúrgica se alza como un todo en sí misma, sin unión
vital con el antes y el después. Ante su extrañeza, unos vuelven la espalda para volver a la vida,
a su vida. Otros se obstinan en cruzar el umbral de lo extraño para que su vida se desvanezca en
ella un momento o para dramatizar su experiencia. Para los primeros, la liturgia es insignificante
porque quieren permanecer en la realidad de la vida; pero ¿qué vida? Para los segundos, la vida
debería encontrar su sentido en la Liturgia; pero ¿qué liturgia? El hiato permanece, la distancia
no es superada.

Sin embargo, la unidad entre Liturgia y vida nos ha sido ofrecida -«¡si conociéramos el don de
Dios!»-, pero debe ser descubierta y vivida. Si es ignorada o rechazada, es porque no ha sido
alcanzada en su fuente; y esto, por múltiples causas que no dependen por entero de la calidad
de la celebración.

Justamente una de estas causas podría muy bien ser la confusión, poco discernida, entre Liturgia
y celebración litúrgica. Esta confusión es común a los que practican su fe y a aquellos que han
dejado de hacerlo. Alcanza también a fervientes animadores de la renovación litúrgica: dirigen
todos sus esfuerzos hacia la celebración, sus formas, sus expresiones, la vida de la asamblea, los
textos y los gestos, el canto y la participación viva de todos; y esto es necesario. Pero olvidan a
veces lo que se celebra, como si se diera por supuesto. ¿Cómo extrañarse, pues, de que, tras
tantos esfuerzos, la Liturgia no incida en la vida? Se han renovado los canales, sí, pero ¿y la
Fuente?

Da la impresión de que el punto de partida, en unos y otros, se limita al fenómeno litúrgico. Pero
¿por qué no partir, desde el principio, de la realidad escondida: el Misterio litúrgico? Es posible
que cierta teología sacramental, herencia legítima de largos siglos de reflexión, pese sobre esta
cuestión. En Occidente, sobre todo desde el siglo XVI, se ha privilegiado la noción de eficacia en
los sacramentos. Es una adquisición, y no se trata de renunciar a ella. En nuestros días se es más
sensible a la noción de signo; el movimiento litúrgico moderno le debe lo mejor de sus
adquisiciones pastorales y espirituales. Pero limitarse a esta categoría encierra
irremediablemente en el ámbito de la celebración.

Volvamos a Orígenes. Antes de hablar de nosotros y de nuestra celebración, comencemos por


escuchar a Aquel que celebra y que es celebrado. Para evitar ponernos de nuevo a excavar
nuestros pozos, acojamos a Aquel que nos ofrece la Fuente. «Porque el Verbo de Dios está aquí
y su obra actual es la de remover la tierra del alma de cada uno de vosotros, para hacer manar
vuestra fuente. Esta fuente está en vosotros y no viene de fuera, como el Reino de Dios que está
dentro de vosotros»20. Antes que ser una celebración, la Liturgia es un acontecimiento. La

20
Orígenes, Homilía XIII sobre el Génesis.
cuestión no es tanto celebración y vida como Liturgia y Vida. El acontecimiento total de Cristo
es de otra amplitud y profundidad: es el Misterio.

1. El misterio de la liturgia
I. El misterio escondido durante siglos (Ef 3, 9)
«El ángel me mostró el Río de Vida, límpido como cristal, que manaba del trono de Dios y del
Cordero. En medio de la plaza, a un lado y al otro del río, hay Árboles de Vida que fructifican
doce veces, una vez cada mes. Y sus hojas pueden curar a las gentes» (Ap 22, 1-2).

En esta última visión, el vidente de Patmos vislumbra la indescriptible Energía de la Trinidad


Santa en el corazón de la Jerusalén mesiánica, esta Iglesia de los últimos tiempos donde nos
encontramos. Si nos dejamos empapar por el Río de Vida, nosotros nos convertimos en árboles
de Vida: nos arrebata el Misterio que ese Río simboliza. Sí, es el Misterio por excelencia, aquel
en el cual san Pablo contempla todo el designio de salvación realizado por el Dios Vivo en la
historia. También a nosotros, en el umbral de su consumación, se nos concede comprender,
mediante la fe, su principio y su desarrollo. Porque se manifiesta, se realiza y se comunica según
una Economía sabiamente ordenada, en los tiempos y momentos fijados por el Padre21.

Del seno del Padre, de las profundidades escondidas de las que manará el Río de Vida en el
principio de los tiempos, nada podríamos decir, si el Hijo único no nos lo hubiese revelado (Jn 1,
18). Pues es el Misterio «envuelto en silencio durante siglos eternos» (Rm 16, 25), y «nadie
conoce quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10, 22).
Según la feliz fórmula de los Padres y de los Concilios de los primeros siglos, solo mediante la
Economía se entra en la Teología: la Trinidad Santa no se nos revela, sino a través de su Designio
de amor realizado en favor de los hombres y con ellos. Al final de este libro y según otra
expresión patrística22, resultará también evidente que solo en la Liturgia se vive la Teología:
«Conocerte a Ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3).

Aquel que es engendrado antes de todos los siglos nos introduce en el Misterio: el Dios vivo y
verdadero es Padre. Porque Aquel que es la fuente creadora de todo lo que existe es
eternamente fuente en el corazón de la Trinidad. El Padre es Fuente del Verbo que expresa y del
Aliento que espira. Pero es Fuente de Comunión: su Hijo es todo hacia él, ofreciéndole en su
resplandor todo lo que él es y que es engendrado por el Padre; su Espíritu es todo de él,
devolviéndole en su Acogida el Don que él es y que procede del Padre. En la Comunión de la
Trinidad Santa, ninguna persona es nombrada para sí misma. Ni en sí ni para sí, términos que
entre nosotros son signos de sequedad y de muerte. En la Comunión del Dios vivo, el misterio
de cada persona es ser para el Otro: «Oh, Tú».

El Padre es omnipotente antes de todos los siglos, porque es Fuente de Don y de Acogida. Así, la
Trinidad una y adorable es Comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu. Aquí está la Vida en su
manar eterno: el Río de Vida, contemplado por Juan en el corazón de la historia, es Energía de
Amor antes de que el mundo fuese.

Sí, el Río misterioso que es la Comunión divina es una efusión de Amor entre los Tres. Esta es la
Vida eterna.

21
Ef 3, 9. La Economía, es decir, la distribución, el ordenamiento por etapas de la realización del Misterio
de Cristo.
22
Especialmente, en san Máximo el Confesor.
Cada Persona es Don y Acogida, sin variación, pero tampoco inmóvil. Impulso enamorado del
Otro pero en la transparencia pura, Alegría donada gratuitamente y acogida libremente... Flujo
y reflujo de la Comunión, este ritmo del Amor del que desborda el Amor, ningún ser vivo puede
acercarse a él, si no es rasgando el velo de lo que es mortal. El corazón del hombre no puede
contener esta Alegría inefable hasta que haya roto el último apego a sí mismo.

Este Río es Amor, pero de un Amor que no ha llegado al corazón del hombre. Este Río es Vida,
pero de una Vida que no mana del corazón del hombre. Porque este Río, esta Energía es
Totalmente-Otro: es la efusión de nuestro Dios tres veces Santo. Por ser Totalmente-Otro,
nuestro Dios es Santo: «Santo, Santo, eres todo Santo, Tú, tu Hijo único y tu Espíritu Santo»23.
La Comunión trinitaria es Río de Vida, o, lo que es lo mismo, Amor, porque es Santa. Cuando
Jesús nos revela que «quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi
causa, la salvará» (Lc 9, 24), esta palabra del Verbo es infinitamente más que una máxima de
sabiduría, ella nos sumerge en la fuente del Río de Vida, de Amor y de Santidad. Y, cuando esta
corriente de Amor llegue a desbordarse, esta manifestación de la Santidad escondida se llamará
su Gloria: la Economía de la Salvación y nuestras anáforas eucarísticas comienzan por aquí24.

En el principio
No podemos entrar en la luz de la visión de Juan más que superando el reparo de las
especulaciones teístas y racionales sobre la creación. En la corriente del Río de

Vida, la explosión de lo creado en la luz es el primer momento de lo que nuestra fe llama


Tradición, mejor, la santa y viva tradición. En el principio, la Comunión de Amor de la Trinidad
Santa se entrega. Es este don el que es Principio. El Padre entrega su Verbo y su Aliento, y todo
es llamado a la existencia. Todo es don Suyo, manifestación de su Gloria: nada es sacro o
profano, todo es pura efusión de su Santidad. Nuestro Dios no hace esto o aquello como la Causa
primera del dios de los filósofos: se da en todo lo que es, y eso es porque Él mismo se da. Dice y
eso es, ama y eso es bueno, se da y eso es bello.

Pero, en esta primera creación, la Trinidad Santa está oculta. La Tradición es, desde su origen, el
misterio de un Amor desgarrado. El Padre se entrega, pero ¿quién le acoge? Su Palabra es dada,
pero ¿quién responde? Su Espíritu es derramado, pero todavía no es compartido. La creación es
puro Don, pero aún en espera de Acogida. En este principio, lo ignoramos tan a menudo, el Dios
vivo vive su primera kénosis25: su Amor se revela en ella, pero en la penumbra de una promesa
ignorada.

Entonces aparece el hombre26. Porque Dios es Santo, llama al hombre a ser «a su imagen»27.
Hombre y mujer: esta criatura única es esencialmente propuesta, no impuesta, la única que no
está hecha, sino siempre por nacer, el lugar de la más profunda kénosis del Dios vivo porque es
el tesoro de su más grande amor. Según el poema litúrgico de la creación del hombre, Dios no
dice: «¡Que el hombre sea!», como lo hace con todas las demás criaturas, sino: «Hagamos al
hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26). En esta decisión se encuentra todo el riesgo

23
Anáfora de San Juan Crisóstomo, inmediatamente después del canto del Sanctus.
24
Cfr. el sentido del triple «Sanctus» (Is 6) como preludio de la gran anámnesis de la plegaria eucarística.
25
Cfr. Flp 2, 7. «El verbo griego kenóo significa literalmente vaciarse de sí mismo. De lo que Cristo se ha
despojado libremente no es de la naturaleza divina, sino de la gloria que le corresponde por derecho, que
poseía en su preexistencia, y que debería reflejarse en su humanidad. Él ha preferido privarse de ella, para
recibirla solo del Padre como recompensa por su sacrificio» (Biblia de Jerusalén).
26
Anunciador del «Entonces aparece Jesús» en Mt 3, 13.
27
Cfr. la relación entre la santidad divina y la creación del hombre en las anáforas orientales.
y la espera del Amor que se entrega: el hombre es llamado, pero ¿será él la acogida, la respuesta,
el cara a cara del Rostro adorable?

El Río de Vida está recorrido, en efecto, por un impulso de ternura, por una atracción inaudita.
La Energía del Dios Santo, su Comunión de Amor está habitada por un deseo, una impaciencia,
una pasión: «Morar entre los hombres» (Pr 8, 31). En el principio del hombre -de cada hombre-
se encuentra esta efusión de amor en el seno de la Trinidad que nos llama a la vida en medio de
un desgarramiento; de la mirada del Padre en su Hijo querido mana la Sed de Dios, su sed del
hombre. De esta forma, en el principio, nace la nostalgia de Dios: el hombre... Pero será
necesario recorrer muchas etapas para llegar al brocal del pozo donde el Verbo nos espera:
«Dame de beber... Si conocieras el Don de Dios» (Jn 4, 7-10).

El tiempo de las promesas


Todo el drama de la historia está entre este Don y esta Acogida: la pasión de Dios por el hombre,
y el hombre, nostalgia de Dios. ¿Aceptará el hombre llegar a ser Árbol de Vida o, al contrario,
pretenderá coger su fruto para sí? De hecho, la historia va a hundirse cada vez más en el tiempo
del rechazo, de la esterilidad y de la muerte, mientras, caminando en su kénosis, el Río de Vida
va a hacer eclosionar en el silencio el tiempo de las promesas.

«Impulsado por el gran amor con que nos ama» (Ef 2, 4), el Padre no puede dejar de dar su
Palabra: la promesa es confiada a un hombre y, a través de él, a una multitud. Es el segundo
tiempo del misterio de nuestro Dios que se entrega, de su Tradición: la Economía de la salvación
está en su aurora. Por la fe, el hombre va a comenzar a hacerse respuesta, acogida, alianza. La
semilla de la Resurrección es sembrada en el tiempo de la muerte.

De Abrahán a María, el Espíritu Santo prepara pacientemente la preliturgia del Verbo, su


prótesis28 escondida. En efecto, los acontecimientos salvíficos atraviesan esta noche de muerte,
el Espíritu reúne una comunidad que los vive y suscita profetas que revelan su significado: la
Pascua y el Éxodo, la Alianza y el Reino, el Exilio y el retorno de los Pobres, el Templo y la Ley...
es el tiempo de la aventura de Dios y de su pedagogía en favor del hombre, el tiempo de
búsqueda mutua, de la Fidelidad del Santo en medio de las infidelidades de su pueblo pecador.
Es también el tiempo en que se repiten las palabras proféticas y los sacrificios cultuales: nada
puede aún vencer la repetición, dominio de la muerte, hasta que llegue el Acontecimiento que
«de una vez para siempre» librará a los hombres de la muerte. El tiempo de las promesas es un
tiempo que se desarrolla pero que está aún vacío, herido por la ausencia pero sobrellevado con
la espera: tiende hacia la Plenitud, hacia la Presencia más allá de la nostalgia. Es el tiempo de la
nube luminosa, pero no aún del Día. «Aquel Día», después de tantas preparaciones y figuras,
será el Advenimiento del Misterio.

II. La plenitud de los tiempos o el advenimiento de Cristo


Desde el principio de los tiempos, el Río del Misterio riega la tierra de los hombres para que
llegue a ser habitable, y prepara «su morada con ellos» (Ez 37, 27 y Ap 21, 3). Él arrastra a
Abrahán hasta la confluencia de la Promesa, «ahonda la vía entera del conocimiento»29, y
camina a través del desarrollo de los tiempos. Pero él no puede ser nombrado hasta que sea
«recibido por los suyos» (Jn 1, 11); su Don inagotable no será reconocido más que si es acogido.
El Río no tomará nombre más que cuando mane en otra fuente. Entonces, como un eco,

28
La «prótesis» o «prosfora» es la preparación del pan y del vino antes de la celebración de la Liturgia
eucarística en las Iglesias orientales.
29
Ba 3, 37: se trata de la Sabiduría encarnada en la Ley.
resonará el Nombre: será como un encuentro, como dos deseos30 que se sacian uno a otro al
nombrarse mutuamente.

El Verbo se hace carne: la kénosis del Hijo


He aquí el tercer tiempo de la Tradición del Misterio. La poderosa Energía del Don que se ofrece
encuentra al fin esa otra fuente, ahondada y purificada por siglos de espera, la fuente de la
Acogida, la hija de Sión: María.

En «aquellos días», el profeta de la restauración, Ezequiel, había vislumbrado que saldría agua
de debajo del Templo (Ez 47, 1). Pero la fuente está escondida. El tiempo de la Promesa lleva
aquí su ofrenda: la paciencia de los justos y su fe en la noche, los salmos de alabanza y de gemido,
el sufrimiento de los Pobres y su fidelidad, un pueblo de esperanza alimentado de la Palabra, un
pueblo de pecadores continuamente recreado por pura misericordia... Toda la Energía del Don,
pacientemente esparcida en el corazón de Jerusalén, desemboca aquí: una fuente en la cual
toda la Energía de vida será Acogida. Portadora del Verbo, mucho antes de concebirlo, María
aprendió a ofrecerse de Aquel que es todo entero consentimiento al Padre. Formada por el
Espíritu, ella ve, sin saberlo, que la actividad más fecunda del hombre es ser capaz de su Dios.
De modo que la humilde sierva puede responder al Anuncio con todo su ser, mediante la Palabra
misma de su Señor en el principio de los tiempos: «Hágase» (Lc 1, 38 y Gn 1, 3).

María dice sí, y el Espíritu sobreviene y une el Verbo y el Sí, la Energía divina y la Energía humana,
el Don y la Acogida. El Espíritu del Padre es el Artífice de esta alianza, finalmente consumada,
entre el Verbo y la carne. En la primera creación, todo lo que existe es «llamado de la nada a la
existencia»31. En esta nueva creación que comienza, Aquel que es engendrado eternamente por
el Padre es formado de una tierra viva, de todo el ser de su madre. «¿Cómo sucederá eso?» (Lc
1, 34). Esta pregunta de María, preludio de todos los cómos de la Nueva Alianza, encuentra su
respuesta en el Espíritu Santo en este primer Pentecostés, escondido, en Nazaret.

Aquel que nacerá de la hija de Sión no es concebido por un querer de hombre ni por un
determinismo de causas32, sino por el poder del Espíritu Santo. El, la efusión del amor del Padre,
asume y fecunda la Energía de Acogida de la Virgen María. La era de la misteriosa sinergia33
entre el Río de Vida y el mundo de la carne queda inaugurada; en la nueva creación, de ahora
en adelante, toda concepción será virginal. En la Encarnación del Verbo, María no es un lugar
inerte, sino que, con todo su ser personal, se ofrece, se da, se entrega al Espíritu Santo. Del
mismo modo, el Padre no envía desde lejos a su Espíritu para realizar su designio redentor: El se
da, al entregar a su Hijo único, en su Espíritu de amor. Desde la sinergia de este primer
Pentecostés, todo es gratuito, personal, poder del Espíritu. Quien no queda impresionado por
este misterio de la concepción virginal del Verbo, no puede acoger «la revelación de lo que debe
llegar pronto» (Ap 1,1), porque siempre será así como el Río de Vida entrará en nuestra carne.

De ahora en adelante, todo lo que es carne está impregnado de la Energía del Amor. Cuando el
Río de Vida se une a la Energía de la Acogida, toma nombre; al fin, el Nombre humano con el
que el Padre se dice y nos dice a su Hijo amado: JESÚS. Entonces, ¡estalla la Alegría! La Fuente

30
Literalmente, «sed» en plural [N.d.T.].
31
Anáfora de San Juan Crisóstomo.
32
Jn 1, 13: «la carne y la sangre», expresión semítica para indicar el determinismo de nuestro mundo.
33
Sinergia, término clásico de la teología patrística (literalmente: co-acción, energía conjunta). Esta
expresión desborda, a la luz de la fe, las categorías racionales de causalidad (coordinada o subordinada)
e intenta dar cuenta de la absoluta novedad de la unión de Dios con el hombre en Cristo y en la vida
cristiana. Toda acción del Espíritu Santo es en sinergia con el hombre, en Cristo.
está aquí, todavía escondida en la kénosis, pero ha nacido34. El Advenimiento del Misterio eterno
sacude y abre nuestro tiempo mortal; el poder de Don del Espíritu de Amor y el poder de Acogida
de la pobre de Yahvé lo van a llenar: se llenará de Aquel «en quien habita corporalmente la
Plenitud de la Divinidad»35. Es, en efecto, la «Plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4): el cumplimiento
de la espera del tiempo de las promesas, la entrada de la Presencia de Dios «en el país del
olvido» (Sal 88, 13), la irrupción del Día en la oscuridad de nuestra noche, la venida del Río de
Vida al desierto de nuestra muerte. Y esta Plenitud es Jesús; no ya palabras del Verbo, sino el
Verbo del Padre en Persona; no ya una ley exterior al hombre, sino la Gracia que nace en nuestra
humanidad de quien es la «llena de gracia» (Lc 1, 28).

«Entonces aparece Jesús»: la Manifestación


Hay una constante de la Economía de la salvación que podemos verificar siempre en nuestra
vida: las teofanías, o manifestaciones del Misterio, son a la medida de la kénosis del Amor;
cuanto más se entrega nuestro Dios, más se revela. En su Encarnación, el Verbo «se despojó de
sí mismo, tomando la condición de esclavo y haciéndose semejante a los hombres»36: ¿cómo lo
manifestará el Espíritu?

«Entonces aparece Jesús, viniendo de Galilea hasta el Jordán, hacia Juan, para ser bautizado por
él» (Mt 3, 13). Jesús va hacia el hombre para ser sumergido en él37, hasta el bautismo de su
muerte. Cuando Jesús aparece, el Misterio de Amor que ha tomado cuerpo en él penetra el signo
donde se expresa: el Río de Vida, «escondido antes de los siglos», se sumerge en el río Jordán.
El más humilde y el más irrisorio de los ríos del mundo38, desde entonces se convierte en el signo
que lleva en sí el Misterio. Jesús es bautizado con agua, y este es el signo, pero la realidad
manifestada es que, desde entonces, la carne y el tiempo, el hombre y el mundo, son penetrados
por el Verbo de Vida, que se ha revestido de ellos de una vez para siempre.

La Manifestación en la carne de la plenitud de la gracia es un misterio de Unción: Cristo39. A


partir de ahora, en Jesús, toda la Energía de Amor impregna la Energía humana, con una unción
que asume y vivifica. En Jesús, el Padre se da todo entero y el Hijo le acoge. En él, todo lo humano
es ofrecido y el Padre se dilata en lo humano. En Él se verifica eminentemente la sinergia que
dará vida a todo: no ya una acción divina de una parte y una acción humana de otra, sino un
acto de Cristo, crístico, si esta palabra pudiera hacernos redescubrir el realismo maravilloso de
la palabra cristiano. Unión sin confusión, distinción sin separación, dirá cuatro siglos más tarde
el gran concilio cristológico de Calcedonia. Cristo vive a Dios humanamente y al hombre
divinamente hasta en el más pequeño de sus actos, no según una unidad de modo, sino de
Persona. Durante su vida mortal, todo manifestará esta maravilla de la Unción.

Cuando Cristo habla, sus oyentes escuchan al hombre Jesús, y es el Padre quien habla en su
Verbo encarnado. Aunque todavía la fe no ha penetrado este misterio de la unidad entre él y su
Padre, las personas sencillas no pueden dejar de maravillarse: «¡Jamás un hombre ha hablado
como este hombre!» (Jn 7, 46). Cuando Jesús actúa, sus reacciones más pequeñas, las más
humanas, y no solo sus acciones asombrosas, son un reflejo del misterio del Padre. Si Jesús es
humilde, no es para fingir ni para acomodarnos a su santidad, sino que es verdad, la verdad del

34
Cfr. Lc 2, 10-14.
35
Col 1,19: muchos entienden el término «plenitud» como «plenitud de la divinidad».
36
Flp 2, 7. Sobre la «kénosis», cfr. la nota 5 del capítulo 1.
37
Bautizarse, literalmente, «ser inmerso en».
38
El Jordán desciende de las pendientes del Líbano sur a la depresión de Arabia (300 m bajo el nivel del
mar cerca de Jericó) y se pierde en el Mar Muerto.
39
En hebreo y en griego: aquel que es «ungido».
hombre y la verdad de Dios: nuestro Padre es humilde más allá de todo lo concebible. Cuando
Jesús llora, el sufrimiento misterioso del Padre de amor ha entrado verdaderamente en nuestra
carne. Habría que leer todo el Evangelio a la luz de esta teofanía: todo aspecto de la kénosis del
Verbo, es decir, de nuestra condición humana auténtica, manifiesta al Santo de Dios que se ha
sumer gido en ella. Por el bautismo del Hijo en nuestra humanidad, toda carne -persona y
comunidad, tiempo y mundo, sufrimiento y alegría, muerte y vida- está impregnada de la
Presencia del Totalmente-Otro. Irreversiblemente, el tiempo es ungido con su Plenitud. Todavía
no es nuestra respuesta ni nuestra participación, pero ya a partir de ahora el Río de Vida ha dado
la vuelta al sentido de la historia40.

El Padre mismo sella este advenimiento con su testimonio: «este es mi Hijo amado, en quien me
complazco» (Mt 3, 17). ¿Este? Este hombre visible y al que se le considera hijo de José41 es, en
efecto, el esplendor de la Gloria del Padre42. Por él, cada uno de los hijos dispersos de Dios podrá
llegar a ser la alegría del Padre y su Morada deseada43. La voz venida del cielo no anuncia una
promesa, sino que proclama la exultación asombrosa de un advenimiento esperado desde la
hondura de los siglos: el hombre desfigurado que se esconde lejos de su Rostro, ¡he aquí que el
Padre lo encuentra de nuevo, por fin, en su Hijo predilecto!

Ciertamente, él está entre los hombres como «alguien a quien no conocen» (Jn 1, 26), pero está
en medio de ellos. Este misterio esponsal, que solo el amigo del Esposo44 reconoce, es vivido por
Jesús en el secreto de su corazón. ¿Quién podrá vislumbrar jamás lo que Cristo ha tenido que
pasar y experimentar para sellar esta Alianza en la verdad de su corazón de hombre? Porque es
precisamente en este corazón donde se vive desde entonces el drama del Río de Vida, y en cada
momento de su tiempo mortal. Ser inseparablemente Dios y hombre, es decir, acoger de
continuo la Novedad de la Vida del Padre y heredar, de su Madre virginal, todo el humus de
nuestra humanidad. Ser el lugar de encuentro de dos búsquedas, de dos deseos45, el lugar de
impregnación de dos mundos, el de la Gracia y el de la carne. Ser la cruz de dos amores y el foco
de su Alianza, la tensión de dos nostalgias y la fuente que las calma... «¿Quién creyó nuestro
anuncio?» 46. La fuente está aquí, y es el corazón del Siervo: lugar de la Pasión de Dios y de la
pasión del hombre, lugar de la Compasión. Aquí, Dios ha nacido del hombre y el hombre, de
Dios: lugar del nacimiento y del conocimiento, umbral donde la muerte se detiene confundida,
silencio de la Alegría y del manar... Es en este corazón, por fin, en la última kénosis, donde el Río
va a brotar y la Gloria del Padre se revelará. Entonces «toda carne la verá» (Is 40, 5): será la Hora
de Jesús, el Acontecer del Misterio.

40
La himnología y la iconografía interpretan a menudo el Sal 113(A), 3 «el Jordán se vuelve atrás», en un
sentido que llega a ser realista dentro del símbolo: cuando Jesús es bautizado, el Jordán (el signo) retorna
a su Fuente (el Río de Vida que significa). El símbolo remite a su fuente.
41
Lc 3, 23 al comienzo de la genealogía que sigue a la narración del Bautismo.
42
De ahí una variante, considerada apócrifa, en dos manuscritos de la Vetus latina: «Mientras él era
bautizado, una luz intensa se derramó fuera del agua...». Cfr. la nota de la Biblia de Jerusalén en Mt 3, 15.
43
Cfr. la paloma, como símbolo teofánico del Espíritu Santo en Mt 3, 16, que remite al final de la narración
del diluvio: cuando la paloma no vuelve, indica que la tierra es nuevamente habitable por el hombre (Gn
8, 12). Es también el signo del principio de la nueva creación (Cfr. Gn 1,2).
44
Jn 3, 29: Juan el Precursor y Bautista.
45
Literalmente, «sed» en plural; por tanto, el sentido es: «lugar de encuentro de la búsqueda de Dios y la
búsqueda del hombre, de la sed de Dios y la sed del hombre» [N.d.T.].
46
Is 53, 1. Retomado por Jn 12, 38 justo poco antes de la Pasión de Jesús.
III. La hora de Jesús o el acontecer del misterio
El advenimiento del Río de Vida en nuestra carne ha inaugurado la Plenitud de los tiempos. La
kénosis del Hijo en su Encarnación es a la medida de la manifestación del amor del Padre: sin
medida. Sí, «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 13, 16). El Verbo se hace
carne mediante el Espíritu Santo y la Virgen María: esta kénosis es personal. Nuestra humanidad
entera es ungida y desposada con Cristo: esta kénosis es total. Pero no se cumple si no llega
hasta el final de nuestra condición humana: la muerte. «Habiendo amado a los suyos, los amó
hasta el extremo del amor» (Jn 13, 1). Es, pues, el momento central de la Plenitud de los tiempos,
la Hora hacia la que tiende todo lo anterior, la de la Cruz y la Resurrección. En esta Hora decisiva
surge el Acontecimiento del Misterio.

Los acontecimientos salvíficos realizados por el Dios vivo en el tiempo de las promesas eran solo
sombras y balbuceos. Los gestos salvíficos de Cristo durante su vida mortal también eran solo
signos precursores de su obra definitiva. ¿Qué significa, en efecto, para nuestro Dios salvar al
hombre? ¿Impartirle un curso de teología? ¿Darle una ley moral, aunque sea la del amor?
¿Enseñarle a modificar sus propias estructuras personales, sociales o cósmicas? ¿Notificarle
detalladamente un culto agradable a su Creador? ¿Revelarle que Dios es Padre, que es bueno y
misericordioso, sugiriéndoselo como lo hacemos nosotros unos con otros en nuestros
momentos felices? Bien, y después ¿qué?... Todo esto el hombre lo busca a tientas, desde hace
siglos, en sus religiones, sus filosofías, sus ciencias y sus ideologías. Los héroes de la justicia y del
amor al hombre no faltan en la historia, incluso reciente. ¿Y después? Después de todo esto,
permanece la cuestión fundamental que angustia al hombre y permanece sin solución real: yo
existo, pero existo para la muerte, en todo momento y en el último instante. ¿De qué sirven
modelos morales y promesas de vida sublime, mientras la raíz de esta siniestra tragedia sigue
sin ser extirpada: la muerte? No mañana, ahora mismo. Es el único problema serio. Lo demás es
palabrería y evasión.

Si el advenimiento de Dios al hombre no alcanzara esta profundidad, Dios se burlaría del


hombre. Es lo que ocurre con toda religión e ideología: al no poder exorcizar la muerte,
proponen al hombre no pensar más en ella. Al contrario, «la locura del misterio» (1 Co 1, 17-25)
es entrar en la muerte. El advenimiento del Río de Vida en nuestra historia es el único
acontecimiento serio porque afronta nuestra muerte. «Nadie puede ver a Dios sin morir», nos
repite el Verbo desde la teofanía del Sinaí. Reducir esta experiencia a un inexplicable horror
sagrado ante el misterio tremendo no solo sería confundir la teología con la patología del
inconsciente, sino que nos devolvería al punto de partida, confesando, además, que el sentido
de Dios en el hombre está envenenado por la muerte. No, «a Dios nadie le ha visto jamás; pero
el Hijo único, que está vuelto hacia el seno del Padre, él lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18).
Haciéndose hombre se ha vuelto hacia el seno de la muerte, entra en ella y este es el
Acontecimiento decisivo, el único.

Solo Jesús es el Acontecimiento de Dios en favor del hombre, porque es el advenimiento de Dios
con el hombre. No con buenas palabras, predicándonos un Evangelio maravilloso, sino bebiendo
el cáliz de nuestra muerte. No haciéndonos el bien a distancia, para volvemos aún más
irresponsables, sino ofreciéndonos compartir libremente su Vida incorruptible, desde ahora... si
también nosotros consentimos en entrar en su muerte por amor, la única que destruye nuestra
muerte. Jesús, vencedor de la muerte con su muerte y que nos entrega su Vida: he aquí el único
Acontecimiento de la historia, su Cruz y su Resurrección. No dos acontecimientos, sino dos
momentos del mismo Misterio.
El Acontecimiento escondido: la Cruz
Hay una armonía secreta entre el día de la Anunciación y la Hora de la Cruz. No la que se podría
pensar de inmediato -entre el primer instante de una existencia humana y su último momento-
, pues, al contrario, la Hora de la Cruz traspasa la limitación del tiempo. Tampoco la que se podría
establecer entre el seno de la madre donde el Hijo ha sido concebido y la tierra donde será
sepultado, si bien uno y otra esconden el mismo misterio fontal. La armonía secreta entre la
Anunciación y la Cruz está en la kénosis del Hijo predilecto. En aquella comienza, y entonces es
semilla frágil; en esta se consuma, y ya es espiga cargada. En la primera, el Verbo recibe de la
Madre su condición de hombre; en la segunda, acoge de todos los hombres el peso de su pecado
y de su muerte. María misma, primeramente Madre de Jesús, Hijo de Dios, se convierte ahora
en la Mujer (Jn 2, 4 y 19, 26), la nueva Eva, Madre del Cristo total. Pero la armonía profunda
entre estos dos nacimientos, entre estas dos kénosis, está, finalmente, en la Energía del Espíritu
Santo: virginal en el Advenimiento del Misterio, lo es más admirablemente aún en su Acontecer.

Que la concepción de Jesús sea virginal es, se podría decir, una evidencia; en ella, todo
resplandece de gratuidad y libertad, el amor del Padre y el consentimiento del Verbo, la acogida
de María y el poder del Espíritu. Ningún querer humano ni ningún determinismo pueden explicar
la Encarnación y la kénosis de amor que se revela en ella. Pero en la muerte del Verbo encarnado
en la Cruz, ¿por qué la Energía del Don y de la Acogida sigue siendo virginal? 47

En el drama de la Pasión, aparentemente todo puede explicarse al nivel de causas y


determinismos. Las actitudes del corazón humano se mezclan con los datos de las circunstancias
de aquel momento histórico: la ocupación extranjera, con sus opositores y sus colaboradores,
el pánico de las autoridades contestadas y su alianza objetiva, las ambiciones y las cobardías, el
tráfico de intereses y los celos, las traiciones y las negaciones, la pasividad de una mayoría
silenciosa y la demagogia de algunos agitadores, la violencia y la desesperación... Es el drama
que los hombres han vivido desde siempre. ¿Cómo se llega a la muerte de Jesús? Se podría
explicar mucho más claramente que la muerte y el sufrimiento de millones de inocentes en
nuestros días.

Sin embargo, todas estas causas, más o menos libres, y todos estos determinismos no explican
absolutamente nada respecto al sentido del acontecimiento. Jesús es el único ser humano que
no se ha visto sorprendido por la muerte y que no la sufre como una fatalidad. No solo no intenta
sustraerse a ella, sino que ni siquiera lucha contra ella, como hacemos nosotros instintivamente,
para intentar retrasarla. No, va hacia ella libremente, soberanamente48, con toda su vitalidad
humana y divina, que le tiene horror, pero la quiere con toda su voluntad de Hijo y con todo su
amor por los hermanos49. Entra en la muerte y la afronta en combate singular, él solo por todos.
«Mi vida, nadie me la quita, sino que yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18).

De nuevo, entendámoslo bien50: que el Dios vivo cree de la nada es admirable, pero no
asombroso; es algo que se deduce. Que el Verbo se encarne por la sinergia del Espíritu Santo
«y» de la Virgen María es infinitamente más admirable, es asombroso, aunque la Energía del
Espíritu no pueda ser más que virginal. Pero que el Verbo de vida se ofrezca a la muerte
voluntariamente, sin resistencia, esto es lo escandaloso; y, sobre todo, que con su muerte

47
La fe musulmana, que admite sin dudar la concepción virginal de Jesús, encuentra, por el contrario, su
principal piedra de escándalo en su muerte.
48
Este rasgo está especialmente marcado en el cuarto Evangelio.
49
Para todo este parágrafo, releer Hb 2, 9-18.
50
Cfr. el capítulo II.
destruya la muerte, ¡esta es la locura por excelencia! 51 Sí, «nosotros predicamos un Cristo
crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, pero, para los llamados, un Cristo
fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1, 23 ss).

Cuando Jesús es arrestado, se niega a combatir; sus apóstoles no son su guardia personal.
Cuando se burlan de él, lo flagelan, lo condenan y lo crucifican, la firmeza de sus palabras, que
desarma, y su perdón a los verdugos manifiestan el mismo misterio: a los hombres, dominados
por la mentira y el odio y que polarizan sobre él todo su poder de muerte, el Hijo amado no
opone la violencia, otro poder de la muerte. ¡No desea la muerte del pecador!; al contrario,
quiere que viva. Por eso, Jesús no ataca al hombre, sino a la muerte, de la que el hombre es
prisionero. Su no-violencia no es debilidad ni objeción de conciencia: es la fuerza del Amor.
Aunque los hombres quieren «destruir el árbol en su vigor y arrancarlo de la tierra de los vivos»
(Jr 11, 19), en realidad levantan el Arbol de Vida cuyas hojas podrían curarles (Ap 22, 2). En la
hora en que se consuma la kénosis, la no-violencia del Amor es omnipotente. En el mismo
instante en que el hombre cree entregar a la muerte el Autor de la Vida, es él quien se entrega
para dar la Vida a quienes son esclavos de la muerte. En la hora de Jesús, el drama de la tradición,
de la entrega divina, alcanza su plenitud de Gracia y de Verdad.

La kénosis de la Encarnación era la aurora de la Gracia; la de la Cruz es su esplendor en las más


oscuras tinieblas. Estas imágenes son quizá símbolos, pero no hipérboles, porque la realidad es
aún más desconcertante. En efecto, cuando el día comienza, ¿qué acontece? La noche se disipa.
La noche no era nada más que una ausencia, en sí misma no existía; nada produce la noche, y,
sin embargo, cuando está, nada existe para nadie, los hombres no se reconocen siquiera. Como
tal, la noche está vacía de sentido y le quita el sentido a todo. Ahora bien, en el vacío de todo
acontecimiento humano, en el fondo del abismo del corazón del hombre, hay una noche, la de
la muerte y el pecado52, del sin sentido y la ausencia. Esta noche, «la carne y la sangre» (Jn 1, 13;
1 Co 15, 50) no pueden disiparla; nada externo al hombre puede derramar la luz en ella. Reina
en el corazón y, desde ahí, recubre todo con su velo, desde las profundidades del hombre hasta
sus estructuras más conscientes. Solo Aquel que es la Luz puede asumir lo humano sin estropear
nada en él: es la kénosis de su Encarnación. Y solo este Hombre-Dios, con quien la muerte no
tiene complicidad, puede entrar en la noche más oscura de la muerte: es la kénosis de su Cruz.

Entonces, en pleno día «el sol se eclipsó y se oscureció toda la tierra hasta la hora de nona» (Lc
23, 44). Cuando los verdugos alzaron en la cruz al Señor de la Gloria, ¿sabían lo que hacían?
Cuando la Luz se sumergió en medio de las tinieblas, ¿qué sucedió? No una romántica aurora,
sino un combate, la Agonía que decidió la salvación de todos los hombres. La Muerte se alimenta
de mentiras y engendra engaño; se nutre de apariencia y deja el vacío tras de sí. Aquí, a la hora
de nona, «la Hora de las tinieblas» (Lc 22, 53), se apodera de su presa... pero será ahogada por
quien cree devorar. Es «presa del miedo»53: Aquel que entra en ella no es mortal porque haya
caído en las redes del pecado, sino que es mortal por amor, mortal por Gracia y Verdad.
Entonces, la muerte es engañada, su mentira se vuelve contra ella. Cuando la Verdad

51
Locura para toda antropología o religión que esquive la muerte. Cfr. la nota 1. Fuera de Cristo, se puede
solo esquivarla o suicidarse. Cfr. A. Camus en Calígula o el mito de Sísifo.
52
Literalmente, «de la muerte y la fractura» [N.d.T.]. «Fractura» es el término hebraico y semítico más
frecuente para expresar el pecado se inspira en la imagen del fin fallido, de la rotura (Khata'a).
53
Cfr. la Homilía pascual atribuida a san Juan Crisóstomo, leída al final del Oficio pascual en la Liturgia
bizantina.
resplandece54, la mentira es confundida y se disipa como la noche ante el Día que amanece. La
Muerte ya no existe: el Hijo del Viviente la ha destruido con su propia muerte55.

El Acontecimiento manifestado: la Resurrección


Poco a poco se va a manifestar este Acontecer del Misterio. En su Advenimiento, en el momento
del Bautismo, Jesús vio abrirse el cielo: el Padre le reveló como su Hijo predilecto y el Espíritu
confirmó este testimonio. Ahora, en la Hora en que se cumple la Economía de la salvación, es
Jesús quien abre al hombre, errante lejos de Dios, el jardín de la Vida, «el paraíso» (Lc 23, 43). Y
es que desde ahora la Fuente ya está aquí.

La efusión de amor de la Trinidad Santa estalla en nuestra carne: el Padre se ha dado por entero
al entregarnos totalmente a su Unigénito y a su Espíritu y, al mismo tiempo, Jesús se entrega
totalmente al Padre y nos da su Aliento: «‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’... e
inclinando la cabeza entregó su Espíritu» (Lc 23, 46 y Jn 19, 30). Cuando el Verbo expira con un
gran grito, el velo del templo se rasga de arriba abajo (Mc 15, 37 ss). Ya no será ahí, ni en ningún
otro lugar, donde se le adorará, porque el Santo de los santos se ha revelado ahora: es el corazón
desgarrado del Padre. La Fuente de la que mana la Vida, la Energía del Amor, está aquí: no ya en
testimonio y en promesa, como en el Bautismo, sino en silencio y en realidad, en el Cuerpo del
Hijo amado.

La Cruz es la primera teofanía de la Fuente y, por haberla contemplado con sus propios ojos de
carne, Juan podrá más tarde penetrar su misterio en la última visión del Apocalipsis (22, 1 ss).
Cuando «uno de los soldados, con su lanza, atravesó el costado» de Jesús, «al instante salió
sangre y agua» (Jn 19, 34). «El agua desciende de debajo del lado derecho del templo» (Ez 47, l)
56
, del verdadero templo que es su Cuerpo (Jn 2, 21). A partir de «aquel día», «hay una fuente
abierta para David y para los habitantes de Jerusalén» (Za 13, 1).

«Había un jardín en el lugar donde había sido crucificado y, en este jardín, un sepulcro nuevo,
en el que todavía no había sido puesto nadie» (Jn 19, 41). Es ahí donde depositan a Jesús. En la
primera creación «salía de Edén un río para regar el jardín» (Gn 2, 10). Durante el gran sábado
de Pascua y hasta la aurora del Día de la nueva creación, la Fuente permanecerá sepultada en el
jardín. Como el seno de la Virgen en la Anunciación, así la tierra acoge a su Señor e Hijo. En el
silencio de las profundidades, es la última «Preparación» (Jn 19, 42). El sábado también se
cumple en el trabajo de su Señor; su última obra será impedir que se embalsame el Cuerpo de
Jesús: el tiempo mortal era tan solo preparación; aquí lo tenemos ahora colmado con el
Acontecimiento de la Pascua.

En efecto, pues mientras todo trabajo se detiene, el Padre «no cesa de trabajar» (Jn 5, 17) para
llevar a término la obra maestra de su tradición de amor: el Cuerpo de su Unigénito, que ha
cargado con el pecado de todos y asumido su muerte, el Padre lo penetra con su Aliento y lo
hace surgir Vivo e incorruptible. No se puede describir este Acontecimiento. Toda iconografía
que se arriesgue a hacerlo será miserablemente apócrifa. Si se pudiese imaginar el surgir de
entre los muertos del Viviente que se ha sumergido en su ausencia, entonces su Cuerpo estaría
todavía al alcance de nuestros sentidos y, por tanto, de la muerte. El silencio de la Resurrección

54
Cfr. la respuesta de Jesús a Pilato: «Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,
37).
55
«Cristo ha resucitado de entre los muertos: por la muerte ha destruido la muerte y a los muertos les ha
dado la Vida» (Tropario pascual de la Liturgia bizantina).
56
Si el corazón de Cristo fue traspasado por la lanza del soldado, el golpe fue dado en el lado derecho.
es aquí, más que nunca, el misterio del Reino que viene57. De ahora en adelante, en su
humanidad integral, Jesús ES; toda apariencia sería todavía signo de muerte. Por eso, no se
aparecerá a sus discípulos como si fuera un ausente que hace apariciones, sino que, según la
claridad del lenguaje evangélico, se dejará ver por ellos. El no cambiará de forma, él ES; son ellos
quienes, a la medida de su fe, lo reconocerán. Porque el Cuerpo que surge vivo de la tumba ya
no es solamente el de la sed del hombre, sino, ahora y por siempre, el de la Fuente de vida.

La Resurrección: el manar de la Liturgia


«Cuando pasó el sábado» (Mc 16, 1) -y pasó definitivamente este símbolo cíclico de nuestro
tiempo mortal-, las portadoras de aromas pudieron ir a la tumba «al despuntar la aurora» (Lc
24, 1); se había levantado ya el día, el de la creación liberada de la muerte, el Día que no conoce
el ocaso. «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está Vivo?» (Lc 24, 5). ¡Cristo ha resucitado,
verdaderamente ha resucitado! Por lo tanto, todo comienza.

La Vida mana de la tumba, más límpida que del costado traspasado, más vivificante que del seno
de la Virgen María. En la tumba, donde no cesa de ir a expirar la sed del hombre, la sed de Dios
viene a recogerla. Ya no se trata solo de la sed que busca la Fuente, sino de la Fuente que se ha
hecho sed y mana en ella. «Dame de beber... tengo sed» (Jn 4, 7 y 19, 28): el Río de Vida estaba
en kénosis en el cuerpo mortal de Jesús. Pero, al penetrar nuestra muerte, puede brotar de
nuestra tierra en el Cuerpo incorruptible de Cristo. La tumba permanece como el signo del amor
hasta el extremo con que el Verbo ha desposado nuestra carne, pero no es ya el lugar de su
Cuerpo: «No está aquí», insisten los tres Sinópticos. Este Cuerpo se ha convertido en el principio
de la Alianza totalmente nueva de la Resurrección. Ahora, el flujo y reflujo de la Pascua se unen:
en Cristo resucitado, el Verbo encarnado es Hombre viviente y el hombre llega a ser hijo de Dios.
En él, la pasión del Padre por el hombre se ha cumplido: «Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado
hoy»58.

En este día de nacimiento, el Río de Vida, al derramarse desde la tumba hasta nosotros en el
Cuerpo incorruptible de Cristo, se ha convertido en LITURGIA. Su fuente ya no es solo el Padre,
sino también el Cuerpo del Hijo de ahora en adelante totalmente penetrado de su Gloria. Si todo
el drama de la historia se juega entre el Don de Dios y la acogida del hombre, alcanza en este
Día su punto culminante, su Principio eterno, porque las dos Energías se han unido para siempre.
El consentimiento del Hijo a nacer eternamente del Padre ha invadido totalmente el Cuerpo de
su humanidad. Por esta Unción sobreabundante de Vida, Jesús resucita y llega a ser Cristo en
plenitud. Esta alianza de sus dos Energías, divina y humana, hace de Cristo resucitado Fuente
inagotable de la Liturgia. Antes, el Río de Vida estaba en kénosis en su Cuerpo, escondido y
limitado por su carne mortal; como el primer Adán, Jesús era «alma viviente». Pero, cuando
surge de la tumba, se convierte en «espíritu vivificante» (1 Co 15, 45). Desde ahora, en su
Humanidad integral -naturaleza, voluntad y energía-, Jesús es el Viviente. Por tanto, él está unido
al Padre, irradiando de su Cuerpo la Gloria de Dios; unido a la Fuente, él da la Vida (cfr. Jn 5, 20
ss y 26 ss). El Río de Vida puede ahora manar del Trono de Dios «y» del Cordero. La Liturgia ha
nacido: la Resurrección de Jesús es su primer manar.

¡No imaginemos este Acontecimiento como si fuese algo del pasado! Cierto, ha sucedido una
vez en nuestra historia: es un Acontecimiento y no un símbolo. Pero ha sucedido «de una vez

57
San Isaac de Nínive.
58
Este versículo del Salmo 2 es interpretado sobre todo en este sentido pascual en el kerigma apostólico
y en la catequesis de los Padres: para el Día de la Resurrección o para la Ascensión, que confirma la
Resurrección.
para siempre»59. Nuestros acontecimientos ocurren una vez, pero nunca de una vez para
siempre: pasan y pertenecen como tales al pasado. La Resurrección de Jesús no está en el
pasado; si así fuera, Jesús no habría vencido nuestra muerte. Porque la muerte de Jesús, más
allá de sus circunstancias históricas, las cuales sí han pasado, es por sí misma la muerte de la
muerte. Ahora bien, el acontecimiento por el que la muerte ha muerto no puede pertenecer al
pasado; en tal caso, la muerte no habría sido vencida. En tanto que pasa, el tiempo es prisionero
de la muerte; desde el momento en que es librado de ella, ya no pasa. La hora hacia la que tendía
el deseo de Jesús «ha llegado y estamos en ella» siempre: el Acontecimiento de la Cruz y la
Resurrección no pasa.

Este es el único Acontecimiento de la historia. Todos los demás acontecimientos han muerto o
morirán, solo este permanece. «Cristo, una vez resucitado, ya no muere más» (Rm 6, 9). No ha
sido reanimado como Lázaro, la hija de Jairo o el hijo de la viuda de Naín. Estos recomenzaron
una existencia mortal y, finalmente, murieron sin retorno. Para Cristo, y para él solo primero,
resucitar es pasar por la muerte y, en su Humanidad integral, ir más allá de la muerte. Él ha
traspasado el muro de la muerte... y, por tanto, el del tiempo mortal. Este advenimiento del
Verbo de Vida en nuestra carne y hasta el vacío de nuestra muerte es el único que merece
llamarse Acontecimiento, porque por él todos los muros de la muerte han sido derrumbados y
ha surgido la Vida. Esta Hora en que el Verbo, dando un gran grito, entrega su Espíritu de amor
para que el hombre viva, ya no está en el pasado: esta Hora es, permanece, atraviesa la historia
y la sostiene.

Este poder inaudito del Río de Vida en la humanidad de Cristo resucitado: he aquí la Liturgia. En
ella, todas las promesas del Padre encuentran su cumplimiento (Hch 13, 32). Desde entonces, la
Comunión de la Trinidad Santa no cesa de derramarse en nuestro mundo y de inundar nuestro
tiempo con su plenitud. Desde entonces, la Economía de la salvación se ha convertido en
Liturgia.

En esta perspectiva, la relación entre celebración y vida es una cuestión secundaria. Lo primero
es la relación de una y otra con el Acontecimiento de la Pascua que brota en el corazón de todo
acontecimiento. En Cristo vivo, «que no está aquí», sino que ha resucitado, que lo llena todo y
que tiene las llaves de la muerte, el corazón de Dios y el del hombre son como los dos latidos
del corazón de la historia. Ahí mana la Fuente.

IV. La ascensión y la liturgia eterna


«El Río de Vida que mana del trono de Dios y del Cordero» (Ap 22, 1) caminaba escondido en el
desarrollo de los tiempos, los de la Promesa y de la paciencia de Dios. «Cuando llegó la Plenitud
de los tiempos» (Ga 4, 4), el tiempo de la Encarnación, entró en nuestro mundo y asumió nuestra
carne. En la Hora de la Cruz y de la Resurrección, manó del Cuerpo de Cristo, incorruptible y
vivificante: desde entonces, el Río de Vida es Liturgia. Un tiempo nuevo comienza entonces
dentro de este tiempo60 nuestro, donde la Muerte, tras su derrota decisiva, libra su combate en
todos los frentes, pero donde la Pascua del Señor va a penetrar las profundidades del hombre y
de la historia: son los últimos tiempos61.

59
Cfr. Rm 6, 10 y passim en la carta a los Hebreos: la expresión no es empleada más que para la Muerte y
Resurrección-Ascensión de Jesús.
60
Expresión paulina en oposición al tiempo que viene.
61
La Biblia, al revelar la Economía de la salvación, distingue los tiempos de su realización: el principio de
los tiempos, el desarrollo de los tiempos (Antiguo Testamento), la Plenitud de los tiempos, los últimos
tiempos en que nos encontramos y la consumación de los tiempos.
Como la Hora de Jesús es inseparablemente la de su Cruz y su Resurrección, así el momento62
en que se inauguran los últimos tiempos es inseparablemente el de la Ascensión del Señor y la
Efusión de su Espíritu. La relación que une esta Hora y este momento se ha de buscar no tanto
en su sucesión cronológica -sería quedarse al nivel del tiempo mortal63-, sino en el despliegue
de la Energía divino-humana en la cual, el Río de Vida se ha convertido en Liturgia. En efecto,
Jesús ha muerto y resucitado «de una vez para siempre» y este Acontecimiento sostiene y
atraviesa ahora toda la historia. Pero, cuando entra junto al Padre en su humanidad y derrama
el don vivificante del Espíritu, no cesa de manifestar y realizar la Liturgia. No hay más que una
Pascua, pero su poderosa Energía se despliega en una Ascensión y en un Pentecostés continuos.

El Misterio de la Ascensión
Desgraciadamente, la Ascensión del Señor es muy poco conocida por la mayoría de los fieles.
Esta ignorancia está íntimamente ligada a la del misterio de la Liturgia. Una lectura superficial
de la parte final de los Sinópticos y del primer capítulo de los Hechos puede dar la impresión de
una partida. Entonces, para el lector no sensible al Espíritu, se ha pasado una página; comenzará
a pensar en Jesús en pasado: lo que dijo, lo que hizo... Al continuar «buscando entre los muertos
al que está vivo», se ha cerrado por completo la tumba y cegado la Fuente, y se vuelve a la vida
rutinaria, sea moral sea cultual, como los justos de la antigua alianza... Sin embargo, este
momento de la Ascensión es un giro decisivo: sí, es el fin de algo de lo que no hay que huir, el
final de una relación del todo externa con Jesús, pero, sobre todo, es la inauguración de una
relación de fe totalmente nueva, de un tiempo nuevo: la Liturgia de los últimos tiempos.

No podemos por menos de admirar, para renovarnos en ella, la intuición de los primeros siglos
cristianos hasta el comienzo del segundo milenio: el Cristo de la Ascensión es la clave de bóveda
de las iglesias. Cuando el Pueblo de Dios se reúne para manifestar y llegar a ser el Cuerpo de
Cristo, su Señor Está allí y Viene. Él es la Cabeza y atrae su Cuerpo hacia el Padre vivificándolo
con su Espíritu. La iconografía de las iglesias, tanto de Oriente como de Occidente durante este
período, es como la extensión del misterio de la Ascensión a las dimensiones de toda la Iglesia.
Cristo, el Señor de todo (pantocrátor)64, es «la piedra angular desechada por los constructores»;
elevado en la Cruz, Él es elevado en realidad junto al Padre, con el cual él se convierte, en su
Humanidad vivificante, en fuente del Río de Vida65. En la bóveda del ábside aparecen la Mujer y
su Hijo (Ap 12): en la misma visión, la Virgen dando a luz y la Iglesia en el desierto. En el santuario,
encontramos a los ángeles de la Ascensión u otras expresiones de las teofanías del Espíritu
Santo66. Finalmente, en los muros de la iglesia, las piedras vivas, la multitud de los Santos, «la
nube de los testigos», la Iglesia de los «primogénitos» (Hb 12, 23). La Ascensión del Señor es,
realmente, el espacio nuevo de la Liturgia de los últimos tiempos y la iconografía de la iglesia de
piedra es su símbolo transparente67.

62
Además de los tiempos, el vocabulario bíblico distingue los momentos determinantes, decisivos, en los
que se realiza la Economía de la salvación. Cfr. Hch 1, 7 y su nota en la Biblia de Jerusalén.
63
Es decir, del tiempo marcado por la muerte, como nosotros lo percibimos en cuanto medida del
movimiento.
64
Sal 117, 22 ss, retomado en la parábola de los viñadores homicidas en Mt 21, 42.
65
En el cuarto evangelio, «elevar» tiene un doble significado que se aplica a la Cruz y a la Ascensión: Cfr.
Jn 3, 14 y la nota de la Biblia de Jerusalén.
66
Uno de los sentidos de los ángeles en la Biblia, especialmente «el Ángel del Señor», es hacer presentir
el misterio del Espíritu Santo.
67
El plan orgánico de la Constitución conciliar del Vaticano II sobre la Iglesia es coherente con esta
tradición iconográfica.
Así, por su Ascensión, Cristo, lejos de desaparecer, comienza, por el contrario, a hacerse
presente y a venir. Los himnos de nuestras Iglesias le cantan entonces como el Sol de justicia
que sube del Oriente. Aquel que es el Esplendor del Padre y que había descendido hasta las
profundidades de nuestras tinieblas se eleva ahora hasta llenarlo todo con su luz. Entre su
primera Ascensión y la que tendrá lugar en el cénit de su Parusía gloriosa se sitúan nuestros
últimos tiempos. El Señor no se ha ido para descansar de su tarea redentora: su «trabajo» (Jn 5,
17) está, de ahora en adelante, junto al Padre y de este modo él está mucho más cerca de
nosotros, «cercanísimo a nosotros»68, en este trabajo que es la Liturgia de los últimos tiempos.
«Lleva a los cautivos», que somos nosotros, hacia el mundo nuevo de su Resurrección, y él
derrama sobre los hombres «sus dones», su Espíritu (Ef 4, 7-10). Su Ascensión es un movimiento
progresivo, «de principio en principio»69.

Ciertamente, Jesús está junto al Padre, pero, si reducimos esta subida a un momento de nuestra
historia mortal, sencillamente olvidamos que, a partir de la Hora de su Cruz y de su Resurrección,
Jesús y los hombres no son más que uno: Él se ha hecho hijo del hombre para que nosotros
lleguemos a ser hijos de Dios. La Ascensión es progresiva, para «construir este Hombre perfecto,
a la medida de la madurez, que realiza la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13). El movimiento de la
Ascensión solo se habrá cumplido cuando todos los miembros de su Cuerpo sean atraídos hacia
el Padre y vivificados por su Espíritu. ¿No es este el sentido de la respuesta de los ángeles a los
«hombres de Galilea: ¿Por qué estáis parados mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este
mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto irse al cielo» (Hch 1, 11)? La Ascensión no nos
ofrece el escenario anticipado de la última Parusía: ella es la energía pascual de Cristo, que «lo
llena todo» (Ef 4, 10), es continuamente el momento de su Venida.

La Liturgia celestial
¿En qué consiste, pues, este trabajo en el que el Vencedor de la muerte difunde con profusión
su Vida? ¿Cuál es, pues, esta Energía mediante la cual el Padre y el Hijo resucitado «actúan
siempre» (Jn 5, 17)? Es la Liturgia Fontal, en la que la Humanidad vivificante del Verbo encarnado
está con el Padre para hacer manar el Río de Vida; es la Liturgia celestial70. Por usar la expresión
de la Carta a los Hebreos, aquí está «el punto capital de cuanto venimos diciendo: tenemos un
sumo sacerdote tal, que se sentó a la derecha del trono de la Majestad en los cielos, ministro
del santuario y de la Tienda verdadera, levantada por el Señor y no por un hombre» (Hb 8, 1
ss)71. Esta Liturgia eterna -en el sentido de que el Cuerpo de Cristo permanece incorruptible- no

68
Liturgia bizantina de la Ascensión.
69
Expresión de Gregorio de Nisa en su Homilía VIII sobre el Cantar de los Cantares (PG 44, 941c). Toda la
vida espiritual es llevada por este dinamismo ascensional.
70
La expresión no es, en efecto, corriente hoy día. Con la preocupación por desmitificar, se prefiere
omitirla. Y, sin embargo, es un rayo de fe purificante que nos abre al misterio de la Liturgia. Desconocer
la Liturgia celestial equivale a rechazar la tensión escatalógica de la Iglesia, instalándose en este mundo
(secularismo) o evadiéndose de él (pietismo). Ello conduce también a separar la Liturgia de la vida, ya que
la Liturgia celestial no es otra Liturgia, paralela o ejemplar, al lado de la que creemos ser la nuestra en este
tiempo nuestro. Desconocer la Liturgia celestial es, en el fondo, olvidar que la Plenitud de los tiempos
invade sin cesar nuestro viejo tiempo para hacer de él los «últimos tiempos». Es, finalmente, regresar a
antes de la Resurrección y recaer en una fe vacía. Dirigirse hacia la imagen espacial para cosificarla o
rechazarla corresponde de hecho al viejo esquema religioso del hombre carnal -la divinidad, de un lado,
y el hombre, de otro-, mientras que el Reino de los cielos ya está aquí, en medio de nosotros, dentro de
nosotros.
71
Evocación de la Energía virginal del Espíritu en la Encarnación y en la Resurrección: el Cuerpo de Cristo
es el santuario de la nueva Alianza. Cfr. también Ap 21, 22.
pasará; al contrario, es ella la que hace pasar este mundo a la Gloria del Padre en una gran
Pascua, cada vez más poderosa.

Este misterio no podía revelarse sino al acercarse su consumación. Es el significado del último
libro de la Biblia, el Apocalipsis, es decir, la Revelación del misterio total de Cristo. A nosotros,
que estamos en los últimos tiempos, este libro nos revela la cara oculta de la historia.
Cualesquiera que sean las hipótesis sobre la composición final del libro, ha de notarse que la
visión de fe se desarrolla en él constantemente en dos planos. Al modo de los iconos, parecería,
antes que nada, que nos encontramos ante un plano inferior (la tierra) y un plano superior (el
cielo). Pero el procedimiento no debe engañarnos. En el movimiento cada vez más dramático
de los últimos tiempos, estos dos planos son internos el uno al otro. El más aparente revela el
carnaval de la muerte conducido por el Príncipe de este mundo; el más escondido conduce junto
a Aquel que tiene las llaves de la muerte. Ahora bien, lo que se vive aquí y allá es la Liturgia.

Si la Liturgia comporta, incluso en la palabra que la expresa72, un aspecto esencial de acción y de


Energía, la Liturgia celestial nos revela todos los actores del drama: Cristo y el Padre, el Espíritu
Santo, los Ángeles y todo lo que vive, el Pueblo de Dios -ya en la Vida incorruptible o todavía en
la gran tribulación-, el Príncipe de este mundo y las Potencias que lo adoran. La Liturgia celestial
es apocalíptica en el sentido original de la palabra: ella revela todo en el momento en que lo
cumple. Cuando el Acontecimiento está aquí, la profecía se hace apocalíptica.

El retorno al Padre
«He aquí que había un trono levantado en el cielo y, sentado en el trono, Alguien...» (Ap 4, 2).
¡En el corazón de la Liturgia, en su Fuente, al fin, el Padre! Evidentemente, en los siglos eternos
y desde el principio de los tiempos, Él es la Fuente, «la fuente de la vida, la fuente de la
inmortalidad, la fuente de toda gracia y de toda verdad»73, la fuente que buscaban los patriarcas
excavando pozos, la que el pueblo abandonaba por cisternas agrietadas, la que atraía a la mujer
samaritana, aquella por la que Jesús agonizante ardía de sed... Pero no existía aún la Liturgia.

Solo cuando la Vida, manada de la tumba, se convierte en Liturgia, puede por fin ser celebrada:
entonces el Río regresa a su Fuente, al Padre. La celebración de la Liturgia celestial comienza
con este movimiento de Retorno. La Energía de Don en la cual el Padre se ha comprometido
totalmente desde el principio, aquel amor desgarrado en que entregaba a su Hijo y a su Espíritu,
aquellas kénosis por donde caminaba el Río de Vida desde la creación, desde la Promesa, desde
la Encarnación hasta la muerte en la Cruz y la sepultura, toda esta fiel y paciente tradición de su
Ágape manifiesta al fin su fruto. La Liturgia es este inmenso reflujo del Amor donde todo se ha
convertido en Vida. Él lo había sembrado todo por pura gracia; he aquí el tiempo eterno de la
acción de gracias. «¡Porque es eterno su Amor!».

«¡Si conocieras el don de Dios!». ¡Si supiésemos entrar gratuitamente, por «la puerta abierta en
el cielo» (Ap 4, 1), en la Alegría del Padre! Porque la Liturgia es la celebración de la Alegría del
Padre. A Aquel a quien nosotros temíamos, como Adán cuando se escondía lejos de su Rostro
(Gn 3, 8), a quien desconocíamos, como los dos hijos de la parábola (Lc 15, 11 ss), o de quien
susurrábamos en la nube el Nombre inefable -«Él Es» (Ex 3, 14)-, he aquí que podemos al fin
reconocerlo -«Él Es, Era y Viene» (Ap 1, 4)- y «adorarlo en Espíritu y en Verdad, porque así son
los adoradores que busca el Padre» (Jn 4, 23). La Alegría que damos al Padre dejándonos

72
No imaginemos la Liturgia celestial fijando en una instantánea los rasgos y las poses que sugieren los
capítulos 4 y 5 del Apocalipsis. El procedimiento literario es una puerta hacia el misterio: no la encerremos
en nuestra imaginación de tipo mortal.
73
Eucologio de San Serapión (siglo IV).
encontrar por Él es el impulso de exultación que relanza sin cesar la Liturgia. ¿Cómo no habría
de maravillarse Él, la Fuente, de que el hombre haya llegado a ser fuente y responda a su Sed
eterna?

Mucho más que en las parábolas en las que Jesús lo hace vislumbrar -«habrá más alegría en el
cielo por un pecador que se arrepienta...» (Lc 15, 7)-, este júbilo es ahora una realidad: la alegría
eterna del Padre por el Retorno del Hijo predilecto. Salió Hijo único, y he aquí que retorna en la
carne, portador de los hijos de adopción: «¡Aquí estoy, yo y los hijos que tú me has dado!» (Hb
2, 13). La Alegría inefable del Padre ha tomado forma y Cuerpo en los múltiples rostros que
expresan el del Hijo Amado. Sí, puede estallar la Alegría fontal y manar y cantar con tantos ecos
y acentos, por pura Gracia, y cada uno es único. «Os lo digo, del mismo modo hay alegría entre
los ángeles de Dios...» (Lc 15, 10).

«La Gloria de Dios es que el hombre viva»74. A partir de la Hora en que el Hijo del hombre es
glorificado (Jn 12, 28), ha comenzado la glorificación del Padre. Y se perpetúa ya sin cesar75. No
solo porque Él lo ha recapitulado todo en Cristo «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,
3-14), sino también porque, a cada instante, viniendo de la gran tribulación, nuevos hijos
adoptivos nacen para su Alegría. El lenguaje litúrgico de las Iglesias expresa, desde los orígenes,
esta glorificación con una palabra que hoy se redescubre: la doxología. En su misma celebración
fontal, la Liturgia es esencialmente doxológica76. Lo asombroso es que Aquel de quien procede
eternamente la Energía de Don se revela ahora como Energía de Acogida: recibe de todas las
criaturas, conformadas con su Hijo amado, el reflujo jubiloso del Río de la Vida. La celebración
de la Liturgia eterna consiste en este flujo y reflujo siempre nuevo de la Comunión trinitaria
participada por toda la creación: los Ángeles del Rostro, los Vivientes, todos los tiempos (cfr. Ap
4, 4-11).

En efecto, al acogerla, el Padre no se reserva esta Alegría, sino que la hace manar de nuevo en
más amor y vida. La Liturgia eterna es así la celebración de este Compartir, en que cada uno es
todo entero hacia el Otro. El misterio de la Santidad se ha convertido al fin en Liturgia, porque
es compartido y comunicado. Desde su manar y en su despliegue, esta celebración está bañada
por completo de esta santidad resplandeciente: «Santo, Santo, Santo...». Es adoración (Ap 4, 8
ss).

El Señor de la historia
Si se ha entendido que la Ascensión de Jesús es el reflujo del Río de Vida hacia su Fuente, la
Palabra que retorna al corazón del Padre tras haber cumplido su misión (Is 55, 11), se entenderá
la convergencia de las imágenes bíblicas, y especialmente del Apocalipsis, que nos hablan de la
Liturgia eterna en su dinamismo actual. La Liturgia celestial celebra el acontecimiento continuo
del Retorno del Hijo -de todos en Él- a la casa del Padre. Es la fiesta, la comida, el banquete, el
festín, las bodas mismas, del Hijo Amado y de su Esposa. No todo está cumplido, pero el
Acontecimiento de la historia está ahí, en el corazón de la Trinidad, y, ya uno con el Padre, se ha
convertido en Fuente.

Esta Alianza fontal, el libro del Apocalipsis la expresa mediante su símbolo central: el Cordero.
«Entonces vi, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, a un Cordero en
pie, como degollado» (Ap 5, 6). Cristo ha resucitado (en pie), pero lleva los signos de su paso por
nuestra muerte (como degollado). Su acción decisiva en la Liturgia celestial es tomar el libro

74
San Ireneo de Lyon.
75
Este aspecto incesante de la Liturgia celestial se subraya en el Apocalipsis. Cfr. Ap 4, 8.
76
Doxología, literalmente, «expresión de la Gloria».
enrollado de la mano derecha de Aquel que está sentado en el trono; ninguno, salvo él, puede
tomar el libro y abrir sus sellos (Ap 5). Solo Jesús, por su victoria sobre la muerte, realiza el
Acontecimiento que escribe y descifra la historia. Fuera de su Pascua, todo es absurdo. Algunos
hombres pueden escribir historia, mientras otros se imaginan hacerla. Solo Aquel que invade el
tiempo con su Plenitud puede revelar el sentido de la historia al desgarrar el velo de la muerte y
de la mentira. Él es el sentido de nuestra historia, porque Él es su Acontecimiento. Él es el Señor
de la historia.

Es importante decir que la Liturgia de la Ascensión no es solamente la fiesta de la cosecha de la


historia que ha precedido, sino también la de la historia que se vive ahora: el Acontecimiento
pascual da sin cesar su fruto eterno en ella. Porque el Señor de la historia es también ahora el
Jinete «fiel» y «veraz» que «combate con justicia», cuyo manto está «empapado en sangre» y
su nombre es «la Palabra de Dios» (Ap 19, 11 ss). Su Liturgia es el despliegue de su victoria en el
combate de los últimos tiempos: «¡No temas! Yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve
muerto, pero mira, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del
Hades» (Ap 1,17 ss). La Liturgia celestial es la gestación de la nueva creación, porque nuestra
historia es llevada por Cristo al seno de la Trinidad Santa. Es aquí donde el Señor de la historia
es a cada instante Siervo de su Cuerpo y del más pequeño entre sus hermanos: le llama y le
alimenta, le cura y le hace crecer, le perdona y le transforma, le libera y le deifica, le revela que
es amado por el Padre y se une a él cada vez más hasta que llegue a su madurez en el Reino.

La carta a los Hebreos resume esta Energía de Cristo en la Liturgia celestial, con una palabra que
compendia toda la novedad del Acontecimiento pascual: Jesús es nuestro «Sumo Sacerdote».
«Aquí estamos, yo y los hijos que Dios me dio. Así pues, dado que los hijos comparten la carne
y la sangre, así también él participó de ellas, para reducir a la impotencia, por su muerte, a aquel
que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo... Él tenía que asemejarse en todo a sus
hermanos, para llegar a ser, en lo que se refiere a Dios, sumo sacerdote misericordioso y fiel»
(Hb 2, 13-14.17). «Él se ha convertido para todos los que le obedecen en ‘fuente de salvación
eterna’» (Hb 5, 9). «Él puede salvar definitivamente a los que por él se acercan a Dios, ya que
está siempre vivo para interceder en su favor» (Hb 7, 25). «Presentándose como sumo sacerdote
de los bienes futuros..., él entró de una vez para siempre en el santuario... con su propia sangre,
habiéndonos obtenido una redención eterna» (Hb 9, 12). «Esto él lo hizo de una vez para
siempre, ofreciéndose a sí mismo» (Hb 7, 27).

En la iconografía de la Ascensión, Jesús Señor tiene en la mano el rollo de la historia, pero


también bendice con su mano derecha. Uno con el Padre, el Cordero es fuente de bendición:
derrama el Río de Vida. Puesto que estamos ya en la Liturgia eterna, su corriente nos arrastra
cada vez con mayor impaciencia hacia su consumación. Sí, porque al corazón de la Liturgia
celestial llega un gemido, el de los testigos «degollados a causa de la Palabra de Dios», que,
debajo del altar, gritan con voz potente: «¿Hasta cuándo, Señor santo y veraz, estarás sin hacer
justicia?» (Ap 6, 9). La historia no se ha terminado con la Ascensión; al contrario, se desarrolla
hacia su liberación final: los últimos tiempos están abiertos. Cada vez que el Cordero abre un
sello del rollo de la historia, resuena la misma invocación: «¡Ven!». ¿Qué es, pues, este
estruendo de aguas caudalosas en la creación gimiendo con dolores de parto, en el cuerpo del
hombre y hasta en las profundidades de su corazón (cfr. Rm 8, 22-27)? El flujo y el reflujo de la
Liturgia celestial no cesan de arrastrar el mundo hacia su fuente, y es entonces cuando mana el
Río de la Vida en su última kénosis: el Espíritu Santo.
V. Pentecostés, advenimiento de la Iglesia
La Comunión de la Trinidad Santa, convertida en Liturgia en la Pascua de Jesús, no se desarrolla
lejos de nosotros en su celebración eterna. El Río de Vida no se ha apartado de nuestro tiempo
con la Ascensión del Señor, todo lo contrario: desde el trono de Dios y del Cordero, he aquí que
se derrama en los últimos tiempos sobre toda carne (Hch 2, 17 y Jl 3, 1-5). Al término de la nueva
Pascua, Pentecostés será, él también, todo novedad. ¿Qué sucede entonces cuando, «al llegar
el día de Pentecostés», el grupo apostólico se encuentra «reunido en un mismo lugar» (Hch 2,
1)? Contemplemos, en primer lugar, el acontecimiento, dejándonos guiar, después, por su luz.

Las irrupciones del Espíritu Santo durante los tiempos que han precedido a este Día son
incontables. Acompañan toda la Economía de la salvación; constituyen incluso su continuidad,
cada vez más carnal y espiritual, hasta hacer que el Verbo se encarne y constituirlo Señor a la
derecha del Padre. Pero lo que sucede en este Día de Pentecostés es más que una intervención
del Espíritu Santo, acaecida después de tantas otras: es un Principio.

Cierto, en él encontraremos lo que revela siempre la presencia personal del Espíritu Santo, ese
Poder virginal por el cual ha encarnado al Verbo y ha resucitado a Jesús. Pero, en el Día de
Pentecostés, este principio es nuevo. El Espíritu ya no es solo Aquel que el Padre envía con y
para su Hijo amado: a partir de hoy es derramado por el Padre «y» por su Cristo. El Río de Vida
mana en adelante del trono de Dios «y» del Cordero. Se manifestará como Espíritu de Jesús y
poder de su Resurrección. Sobre todo, a partir de este Día, él es dado77 y será acogido y
reconocido como Don del Señor resucitado. En su kénosis tan personal se comunicará como
Persona. ¡Al fin, el Espíritu Santo va a recibir «con el Padre y el Hijo una misma adoración y
gloria»!78.

Para acoger el acontecimiento de la mañana de Pentecostés, recordemos lo que sucede en la


aurora de la Plenitud de los tiempos y en la Hora de Jesús79. La continuidad hará aparecer aún
mejor la novedad.

Cuando alborea el Día de la Anunciación, María está pronta para su Señor. Desde hace años ha
sido preparada silenciosamente por Él para vivir de fe. Dispuesta por pura gracia, su corazón,
pobre, está ofrecido, conforme con Aquel que ella va a acoger. Cuando le llega el anuncio de la
Promesa, está de tal modo habitada por la Palabra de Dios que toda su Energía de acogida se
convierte en consentimiento. Entonces, el Poder del Padre viene sobre ella: por ella y por el
Espíritu Santo, el Verbo se hace carne.

En la Hora de su Cruz, Jesús es el Hombre totalmente asumido por el Verbo. También él, desde
hace años, ha aprendido en su carne la obediencia del Hijo. Él es acogida abismal de la muerte
del hombre, árbol desenraizado y estéril. Pero él está del todo ofrecido a la voluntad del Padre,
puro consentimiento a su amor. En esta oblación de su muerte, Jesús no es más que Sacrificio,
consumido por el Amor. Pero este Amor, totalmente Otro, Santo, transforma sin destruir. Solo
la Muerte, esta ausencia mentirosa del amor, es destruida. Entonces, de su cuerpo «sembrado
en la ignominia» y por el poder del Espíritu Santo, Jesús resucita en gloria (1 Co 15, 42 ss; Rm 8,

77
Desde su primera aparición a los discípulos la tarde del «primer día», con ocasión de lo que algunos
llaman el Pentecostés joánico, Jesús da el Espíritu Santo, pero no fue reconocido ni acogido como tal (Jn
20, 22).
78
Esta doble expresión aparece en los Símbolos de fe en los siglos III y IV, pero se integra en el Credo solo
en el Concilio de Constantinopla del año 381.
79
Cfr. los capítulos II y III.
11). Por el Espíritu Santo ha tomado nuestra carne y lleva nuestra condición humana a su
plenitud: su Cuerpo está vivo, incorruptible.

Es a esta kénosis y a esta Pascua del Hijo de Dios a lo que el Espíritu Santo viene a dar
cumplimiento en la mañana de Pentecostés, pero esta vez, y es la primera, para que «los hijos y
las hijas» de los hombres participen en ellas. En este sentido, este Principio es nuevo.

Cuando alborea el Día de Pentecostés «se encontraban todos juntos en un mismo lugar» (Hch
2, 1). ¿Quiénes? Aquellos que, habiendo regresado a la ciudad diez días antes, estaban en la
habitación alta, «todos, con un mismo corazón, asiduos en la oración, junto a algunas mujeres,
con María, la madre de Jesús, y sus hermanos» (Hch 1, 12-14). Hombres sencillos, que dejaron
todo por Jesús, pero cobardes, que lo abandonaron e incluso negaron. También ellos han sido
preparados durante meses; han visto, escuchado, tocado al Verbo de Vida. Llamados por pura
gracia, han sido perdonados misericordiosamente. Recientemente, durante cuarenta días, han
escuchado sus últimas instrucciones, pero sus corazones, «lentos para creer», no han
progresado apenas desde hace tres años (Hch 1, 1-6). La partida misma del Señor les deja
turbados. Entonces lo que les reúne, por débil que sea, es todavía su fe, toda obediencia y
espera. Están habitados, posiblemente, por la Palabra depositada en sus corazones; son, sobre
todo, pobres. Su energía de acogida se ahonda durante estos diez días; se atreven a esperar
contra toda esperanza. Esperan, como nunca nadie ha esperado antes, lo que solo es posible
para Dios. Ahondar así el corazón del hombre es la última deferencia del Señor de lo imposible,
hasta el momento que, en ese corazón, el Río de Vida se convierta en Fuente.

Entonces, «de improviso» (Hch 2,2), con esa impetuosidad que acompaña su Poder virginal, el
Espíritu de Jesús invade a aquellos hombres y mujeres con su Presencia personal. Ya no es un
grupo de creyentes, sino una Comunión nueva. Ya no son pescadores, sino teólogos80. Eran
discípulos de Jesús, y se convierten en apóstoles, enviados como él por el mismo Espíritu del
Padre, que había ungido al Verbo en su Encarnación y a Jesús en su Resurrección: un poder
extraordinario habitará de ahora en adelante y por siempre estos vasos de barro (2 Co 4, 7).
«Llenos del Espíritu», siguen siendo aparentemente pobres hombres, pero, en realidad, son
transformados: participan de la naturaleza divina, porque la vida del Espíritu penetra su
naturaleza hasta su raíz ontológica (2 P 1, 4), son realmente deificados.

En esta mañana de Pentecostés, el Espíritu Santo acaba de engendrar virginalmente el Cuerpo


de Cristo tejido de nuestra humanidad: la Iglesia. El Espíritu que procede del Padre acaba de ser
derramado por el Cordero inmolado, la Liturgia eterna irrumpe en nuestro mundo, una nueva
creación está aquí: el Cuerpo de Cristo no solo está entre los hombres, sino que comienza a
recapitular en él a todos los hombres.

En este Día de Pentecostés, de un pequeño resto de pobres, el Espíritu Santo ha hecho la Iglesia.
Porque el Río de Vida acaba de ser acogido, la Liturgia comienza en los últimos tiempos y hace
nacer la Iglesia. En esta nueva Comunidad, es Él, el Espíritu del Señor resucitado, el que mana,
el que conduce, el que envía: Él es el Río que hace a la Iglesia apostólica. Pero es ella la que, por
Él, se convierte en fuente visible, presente, accesible, de la que todos los hombres recibirán la
Vida. La Iglesia es así el Cuerpo espiritual, es decir, que no existe como Cuerpo más que por el
Espíritu de Cristo resucitado, que ha sido dado a los hombres para que puedan ver, escuchar y
tocar al Verbo de Vida. Es siempre en su Cuerpo como el Verbo viene a salvar a los hombres.
Pero en el seno de la Virgen, por los caminos de Galilea y en la tumba, este Cuerpo adorable

80
Tropario bizantino de Pentecostés. «Teólogos» en el sentido bíblico de Jn 17, 3.
estaba limitado por la muerte. Ahora que él ha sido elevado hasta el Padre, la Vida mana de su
Cuerpo pero en nuestro mundo, no en otra parte. El misterio de la Liturgia vivificante no se ha
desencarnado: por la Ascensión ha entrado en el seno del Padre, pero por Pentecostés penetra
la carne de toda la humanidad. Por el Espíritu Santo, la Liturgia toma cuerpo en la Iglesia.

«¿Cómo sucederá eso?», se puede preguntar. En la pura línea de la gran profecía de Ezequiel (Ez
37, 1-14), que se cumple a partir de este Día, la respuesta está clara: el Espíritu Santo vivifica al
poner en comunión. Un cuerpo no es el conjunto de los miembros vivos, sino que cada miembro
vive porque está unido al cuerpo. ¡La Iglesia no nació porque, un buen día, unos hombres
decidieran unirse en torno a una misma profesión de fe! Al contrario, es el Espíritu de Jesús
quien suscitó la fe en el corazón de los discípulos y los unió al Cuerpo de Cristo. Entonces nació
la Iglesia. El Cuerpo de Cristo, desde donde la Liturgia se derrama en el mundo, preexiste a los
miembros que se unen a El. No se fabrica la Iglesia porque no se fabrica la Liturgia: se nace en
ella y se la vive.

Así, desde este primer Pentecostés81, la morada de Dios entre los hombres -y no hay otra sino
Cristo- es la Iglesia. Ella no es solo «un» lugar vivo de la manifestación del Espíritu Santo, como
lo fueron la Tienda de la reunión, durante el Éxodo, o las asambleas sinagogales, después del
Exilio: ella es «la» manifestación del Espíritu de Cristo en una Comunidad nueva de hombres y
mujeres que han pasado a la Vida, porque han sido puestos por Él en Comunión con el Cuerpo
vivo del Hijo de Dios. No conocemos otro Espíritu del Dios vivo, sino Aquel que se derramó del
costado de Cristo al entregar su Vida por nosotros, y que resucitó a este mismo Jesús de las
profundidades de la muerte.

La Iglesia está amasada de Espíritu, agua y sangre, si está permitido interpretar así los versículos
oscuros de 1 Jn 5, 6 ss: en ella, el Espíritu Santo, nuestra humanidad y la del Verbo encarnado se
han unido inseparablemente. Esta energía de la Nueva Alianza es ahora la Liturgia82 y constituye
la Iglesia, Cuerpo de Cristo que crece en este mundo. La Liturgia no es, pues, un componente del
misterio de la Iglesia, sino más bien es la Iglesia la que es el estado, la forma actual de la Liturgia83
en nuestra humanidad mortal84. La Iglesia es como el rostro humano de la Liturgia celestial, su
presencia luminosa y transformante en nuestro tiempo. Precisamente es este encuentro de la
Liturgia eterna con nuestro tiempo lo que trataremos ahora de descubrir mejor.

VI. Los «últimos tiempos»: el Espíritu y la Esposa


La entrada de la Plenitud de los tiempos en nuestro tiempo mortal implica a la historia en una
situación nueva y paradójica. La Hora de Jesús está y permanece aquí, porque con ella la muerte
es vencida y la Vida es dada; pero, al mismo tiempo, la muerte sigue actuando y el mundo está
bajo el imperio de la mentira. El advenimiento de la Liturgia celestial comenzó en la Iglesia con
la efusión del Espíritu Santo, y, sin embargo, no se ve en qué la creación haya comenzado a ser

81
Hoy se tiende a hablar de múltiples Pentecostés a lo largo de los Hechos de los Apóstoles y de la historia
de la Iglesia. En el sentido estricto del término (Pentecostés = quincuagésimo día), hay multitud de
efusiones del Espíritu, pero no hay más que un Pentecostés con el que comienza la culminación de la
Pascua.
82
Etimológicamente, «servicio público», según la interpretación generalmente admitida por los
helenistas. Una vez que pase al lenguaje cristiano, la palabra superará el significado original. Permanecerá,
sin embargo, el aspecto de prestación o de función realizada por un grupo; de aquí, la interpretación hoy
frecuente de «acción del pueblo de Dios». En cualquier caso, el aspecto de trabajo (ergon) o, mejor, de
energía permanece también una vez integrada en el Misterio cristiano, y es esto lo que nos interesa.
83
Literalmente: «es la Iglesia la que es la condición actual de la Liturgia» [N.d.T.]
84
Es precisamente esta Eclesiología la que avanza hoy a través de los diálogos ecuménicos.
liberada de la esclavitud de la corrupción (cfr. Rm 8, 21). Así, en la mañana de Pentecostés, el
tiempo nuevo inaugurado por la Ascensión surge en este mundo con el advenimiento de la
Iglesia: este encuentro constituye los últimos tiempos en que nos encontramos (Hch 2, 17) y es
la última etapa de la Economía de la salvación.

El Misterio de los últimos tiempos


Los tiempos de la Promesa han dado su fruto en la Resurrección de Jesús (Hch 13, 32). La
Plenitud de la divinidad habita desde entonces entre los hombres en el Cuerpo de Cristo; por él,
nuestra humanidad ha entrado en la Comunión eterna con el Padre. Nuestro tiempo está ahora
«lleno de Gracia y de Verdad» (Jn 1, 14). Esta plenitud celebrada en la Liturgia celestial es nuestro
«ya»: sí, en Cristo, nosotros estamos ya en el Hoy de Dios (Hb 3, 13 y 4, 7). El sábado cíclico era
el signo del tiempo marcado por la muerte, pero con la Resurrección de Jesús entramos en el
Día que no conoce el ocaso. El Espíritu de Cristo hace llegar este Día, esta plenitud, a nuestro
viejo tiempo, descendiendo sobre los discípulos el día que se cumplía la fiesta de Pascua. El
advenimiento de la Iglesia da comienzo, pues, a los últimos tiempos. Los dos advenimientos
coinciden: la Iglesia es esencialmente escatológica, es decir, está en los últimos tiempos; ella es
el surgir de la Plenitud en el vacío de nuestro tiempo y, de este modo, el principio de su
Consumación a través de su espera.

Ahora bien, este surgir del Río de Vida, en su Hora de plenitud, es precisamente la Liturgia.
Derramada en nuestro mundo por el don del Espíritu, la Liturgia está desde entonces en
condición eclesial, es decir, escatológica. Los últimos tiempos no se llaman así a causa de una
cronología plana, como si vinieran después del tiempo vivido por Cristo en su vida mortal y antes
de su retorno definitivo. El Acontecimiento de la Pascua no está detrás de nosotros, sino dentro
de nuestro tiempo; en cuanto a la Parusía, no está totalmente delante de nosotros, sino que ha
comenzado en la Ascensión y progresa todos los días. Nuestros últimos tiempos, pues, están
regados por el gran Río de la Liturgia que, manando de la Plenitud de los tiempos, los lleva hacia
su Consumación. Con Pentecostés, la Fuente de Vida eterna estalla en el corazón del tiempo, la
Liturgia se derrama, la Iglesia ha nacido: los últimos tiempos han comenzado. He aquí la
novedad, y nosotros estamos ya en ella.

Pero he aquí la paradoja. «En los últimos días vendrán burlones que dirán: ‘¿Dónde está la
promesa de su Venida? ¡Desde que murieron los Padres, todo sigue como en el principio de la
creación!’» (2 P 3, 3-4). Sin llegar a la burla, no se puede sino constatar la brutal realidad: el
pecado, la muerte, la mentira y el odio se siguen extendiendo con la misma insolencia. Peor aún,
la evidencia de la fe descubre que la historia crece en este movimiento: desde que el Príncipe
de la Vida ha vencido la muerte, el Príncipe de este mundo se desencadena cada día más
furiosamente. Los últimos tiempos esconden, pues, todavía un misterio: lo propio de la Liturgia
es revelárnoslo al realizarlo.

Hemos advertido un gemido en la Liturgia celestial. Debajo del altar, los que derramaron su
sangre por el testimonio del Cordero gritan con voz potente: «¿Hasta cuándo, Señor santo y
veraz, estarás sin hacer justicia?» (Ap 6, 9- 10). La injusticia original queda desenmascarada: la
sangre del hombre, su vida recibida de su Dios, se derrama para la muerte; el hombre y toda la
creación están condenados a la corrupción. La sangre de todos los oprimidos de la historia85
sube como un grito, el grito de la vida que sube hacia el Dios vivo: «¡Oh tierra, no tapes mi sangre
y que mi grito suba sin parar!» (Jb 16, 18). Ahora bien, he aquí que, en la Plenitud de los tiempos,
el clamor de Job se ha convertido en el del Hijo de Dios en la Cruz. Este clamor no cesa de resonar

85
¿Y quién no lo es? Los opresores son los primeros esclavos.
en el corazón de la Liturgia celestial y desgarra el silencio, justo antes de que el Cordero abra el
séptimo sello de la historia, el último (Ap 8, 15)...

El misterio de la Liturgia permanecerá sellado para nosotros mientras no hayamos comprendido


que su punto de inserción, su lugar de entrada en nuestro tiempo, es precisamente esta muerte,
este grito de la sangre que clama a su Redentor. Porque ya no estamos en los tiempos de Job.
La sangre de Jesús, derramada por amor y no por fatalidad, testimonia que el sufrimiento del
hombre es entendido y acogido por el Hijo de Dios. Más aún, ha llegado a ser el suyo. Ha llegado
a ser el suyo como hijo del hombre, pero primero era ya suyo como Hijo del Padre. Es este
sufrimiento misterioso del Padre el que ha decidido toda la Economía de la salvación. Sus
primeras palabras a Moisés revelaban ya un amor desgarrado: «He visto, he visto la miseria de
mi pueblo... he oído su clamor... conozco sus padecimientos» (Ex 3, 7). Cuando llega su Hora,
Jesús lleva a cumplimiento este amor: en su muerte vivificante, él se revela Yahvé salvador86.
Ahora que la Liturgia celestial invade nuestro tiempo, no somos invitados a la Fiesta eterna para
distraemos de nuestra tragedia. Esta Liturgia no tapa nuestra sangre mejor que la tierra. Al
contrario, nuestro grito se eleva continuamente y sube «de debajo del altar»; por la sangre de
Cristo tiene acceso al santuario (Hb 10, 19) y, en la misma efusión del Amor, el Espíritu se
derrama «en los últimos tiempos».

Mediante la Liturgia que riega nuestro mundo, la Compasión del Padre penetra el sufrimiento
de cada hombre. Ante el burlón que pregunta dónde está la promesa de su venida, ante el
hombre que se aleja de Dios por lo absurdo del mal, y ante el creyente que le grita con Jesús:
«¿Por qué me has abandonado?», el Padre responde viniendo y dándose totalmente: Él Viene,
como nunca había venido, cada vez que su Hijo amado es crucificado. Es en su Hijo y en su
Espíritu de vida como Él se da. La Compasión, por la cual la Santa Trinidad se derrama en la
muerte del hombre para darle su vida, está en el corazón de los últimos tiempos.

Cuando afirmamos, con el Nuevo Testamento, que estos tiempos están llenos de la Hora de
Jesús, no se tiene que pensar tan solo en la Cruz y en la Resurrección. En este Acontecimiento
único de la historia, hay un intervalo a menudo desconocido: el sábado. El gran Sábado Santo
refleja, en efecto, uno de los aspectos de la profundidad de los últimos tiempos. La tierra está
desde ahora entreabierta: porque el Cuerpo de Cristo está aquí, la muerte es aplastada y no
puede proseguir en la sombra su obra de corrupción. Porque el Hijo de Dios está escondido en
ella, la tierra es desposada y el Cuerpo que lleva en su seno saldrá de ella incorruptible. Es el Día
virginal en que, al manifestar la carne, la sangre y toda voluntad de poder su impotencia para
dar la Vida, el Espíritu Santo dará vida a toda carne mortal. De ahora en adelante, nuestro tiempo
ya no es una tumba sellada: está abierto a la Plenitud, atraído por la Alianza y en espera de su
Consumación. Es el tiempo en que Aquel que subió junto al Padre, «llevando los cautivos», no
cesa con su Iglesia de descender a nuestros Infiernos para sacar de ellos a los clientes de la
muerte. Es el tiempo del silencio, antes de que el Cordero abra el último sello de la historia, el
tiempo de la esperanza y del gemido: el tiempo del Encuentro.

Este encuentro no es otro que el mencionado en el libro del Apocalipsis a través de los dos
planos del misterio de Cristo. Como ya hemos señalado87, estos dos planos no se sobreponen,
como el cielo y la tierra de nuestro espacio mortal, sino que son internos el uno al otro. Lo que
vemos transparenta lo que no vemos. «Como si viese al Invisible» se dice de Moisés, que por su
fe se mantuvo firme y dejó Egipto (Hb 11, 27). En nuestros últimos tiempos, esto es infinitamente

86
Jesús significa «Yahvé salva».
87
Cfr. «La Liturgia celestial» en el capítulo IV.
más verdadero. Aquel que es la Imagen de Dios invisible se ha convertido en el Primogénito de
entre los muertos (Col 1, 15-18). El viene al encuentro del hombre en el vacío de su tumba: es
ahí donde el Cuerpo incorruptible se hace visible a quienes la muerte quería retener. Si nos
mantenemos firmes, por la fe en Aquel que tiene en su mano las llaves de la muerte, dejamos
Egipto y entramos en su Vida.

Los últimos tiempos son, pues, los de este encuentro dramático y jubiloso. En ellos, la historia
ha entrado en el gran Sábado de Cristo, en este largo Sábado Santo en que el Viviente comunica
su Vida en las profundidades. Los últimos tiempos son este punto misterioso en que el hombre
«en su propia carne» puede «ver a Dios» (Jb 19, 26). Sí, aún estamos heridos por la muerte, pero
esta herida no nos llevará ya más a la corrupción; es la herida de la tierra que se entreabre y de
donde va a manar el Río de Vida.

El Espíritu y la Esposa
Es entonces cuando la última visión del Apocalipsis cobra todo su sentido. «El ángel me mostró
el Río de Vida, límpido como cristal, que manaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de
la plaza, a un lado y al otro del río, hay Árboles de Vida que fructifican doce veces, una vez cada
mes. Y sus hojas pueden curar a las gentes» (Ap 22, 1 ss).

Esta visión no nos transporta después de la Parusía, como a veces se piensa: se refiere a la
Jerusalén de los tiempos mesiánicos, antes del Retorno definitivo del Señor. Nos encontramos,
ciertamente, pues, en los últimos tiempos. La visión no es tampoco utópica, sino bien localizada.
En toda esta perícopa (Ap 21, 9-22, 2), se trata de la Iglesia, aquí y ahora, ya que el poder del
mal existe aún y las naciones pueden ser curadas. En ella, los últimos tiempos son descritos en
su novedad y su paradoja: la Plenitud está ya en nuestro mundo, pero no todo se ha cumplido
todavía. Su aspecto incumplido se muestra en los verbos de acción como «descendía» para la
Ciudad santa o «manaba» para el Río de Vida. Por contra, el ya se expresa en lo cumplido de los
verbos de estado88.

Por otra parte, en el manar del Río de Vida, todos los actores que tienen relación con la Liturgia,
drama de Dios y del hombre, están actualmente implicados. El Padre y el Cordero, puesto que
son la Fuente; los árboles de Vida, cuyo número doce simboliza la Iglesia apostólica; por último,
todos los hombres, las gentes, que pueden ser curados por la Iglesia, lo que implica que acojan
el Don de Vida89. Pero la Energía por excelencia, mencionada al comienzo de la frase, es el manar
del Río. Aquí la Liturgia nos reserva un nuevo descubrimiento.

Llama la atención, en efecto, que, al término de esta visión en que se revela la Iglesia de los
últimos tiempos, la mirada sea, finalmente, atraída y quede fascinada por un único movimiento:
el Río de Vida. Él llena todo el campo de visión... hasta hacer olvidar que se trata de la Novia, de
la Esposa del Cordero. Para mostrársela, el Ángel transportó a Juan en espíritu a una alta
montaña. Es contemplada mientras «bajaba del cielo, desde Dios, y con la gloria de Dios en ella»
(Ap 21,9-10); en seguida se la describe con un lirismo de luz nunca alcanzado en este libro. Y
justo al final, en el momento en que es revelado todo el Misterio mediante sobrios símbolos, ya
no se la contempla más. Es el Río de Vida el que lo llena todo. ¿Cuál es, pues, esta Energía, cuál

88
«Cumplido» e «incumplido» remiten a la gramática de los verbos en las lenguas utilizadas en la Biblia.
Los matices de los verbos son menos de tiempo que de aspectos de acción o de estado. Nótese que lo
«incumplido» aparece también en las actitudes de las naciones en 21, 24 ss y 22, 2.
89
Y también, para algunos, que entren en Jerusalén (21, 24 ss).
es esta Agua límpida como el cristal? Es la única Presencia que no se puede nombrar y a la cual
la Esposa se ha hecho toda transparente: el Espíritu.

Un logion de los primeros siglos sobre la caridad nos dice: «¿Has visto a tu hermano? ¡Has visto
a tu Dios!». En este silencio radiante de luz donde concluye la visión de la Iglesia de los últimos
tiempos, el Ángel parece musitar a Juan el Teólogo: «¿Has visto a la Esposa del Cordero? ¡Has
visto al Espíritu!». El amigo del Esposo, del que Juan es discípulo, había dado testimonio: «He
visto al Espíritu descender... Aquel sobre quien veas que desciende el Espíritu y permanece en
él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo» (Jn 1, 32-33). Comenzada en Cristo, la visión del
Espíritu acaba en la Iglesia. «El que tiene a la Esposa, es el Esposo» (Jn 3, 29). Aquel que el
Precursor muestra es el Cordero, y revela en él la kénosis del Hijo de Dios (Jn 1, 34 variante). Lo
que el Teólogo contempla es la Esposa del Cordero, y nos revela en ella la kénosis del Espíritu90.

En efecto, en los últimos tiempos es el Espíritu mismo, personalmente, quien es enviado y dado.
Pentecostés es el acontecer de la Iglesia porque el Espíritu de Jesús comienza entonces su última
kénosis de amor. El acontecimiento que lo manifiesta desde entonces es la Iglesia. «¿Has visto
a la Esposa del Cordero? ¡Has visto al Espíritu!». La transparencia de la Esposa al Espíritu no se
explica sino porque ella es el lugar vivo de la kénosis del Espíritu Santo. Y la Iglesia participa de
ella, porque es esta kénosis la que constituye a la Iglesia en Esposa del Cordero. Lo que el Espíritu
del Padre realizó en favor de la Virgen María en la Plenitud de los tiempos, lo realiza ahora como
Espíritu de Cristo crucificado y resucitado en favor de la Iglesia en los últimos tiempos. Lo mismo
que María, al convertirse en Madre del Verbo encarnado, inaugura en sí la Plenitud de los
tiempos por la Energía del Espíritu Santo, así también, pero esta vez hasta la consumación de los
tiempos, la Iglesia se convierte en Esposa y Madre por el Espíritu de Jesús que habita en ella.

Estos son los últimos tiempos: el Espíritu y la Esposa. En esta inhabitación transparente, la Iglesia
es manifestación del Espíritu Santo porque ella es su kénosis. Kénosis y Manifestación, este es
el abismo de la Paradoja del Ágape divino. En estos tiempos, que son los últimos, todas las
oleadas de la Compasión divina confluyen en el Río de Vida: el Amor desgarrado del Padre y la
Pasión del Hijo se derraman en el abismo de nuestra muerte por medio de la kénosis del Espíritu
manifestada en la Iglesia.

VII. La Transfiguración
Si pudiéramos entender que el misterio de los últimos tiempos no es una idea del espíritu, sino
el drama secreto de todo hombre y del mundo; si supiéramos reconocer la kénosis del Espíritu
en la Iglesia como algo que rompe el núcleo de muerte donde se endurecen nuestros corazones
y se secan nuestros sufrimientos; si quisiéramos abrir decididamente nuestro abismo al de la
Plenitud que se nos ofrece, entonces la Liturgia no nos parecería ya como un espejismo, una
parada o un recuerdo: sería nuestra Fuente, manaría en nosotros y nos haría nacer al Nombre
tan deseado.

90
Cada tiempo de la Economía de la salvación viene indicado por el advenimiento de una kénosis del amor
del Dios vivo. Es esto, precisamente, lo que le constituye como tiempo. Es también a causa de esta kénosis
por lo que cada tiempo comporta acontecimientos salvíficos. Estos acontecimientos de Dios en favor del
hombre y con el hombre son, entonces, las manifestaciones de la kénosis escondida. Así sucedía en el
principio de los tiempos: la kénosis de la Palabra y del Aliento del Padre se manifestaba por la creación.
Durante el desarrollo de los tiempos, la kénosis del Verbo se reveló por la Promesa y por la Ley, mientras
que la del Espíritu estaba del todo referida a él en el don de la fe y en la inspiración de los profetas. Cuando
llegó la Plenitud de los tiempos, el Hijo personalmente «se vació de sí mismo» (Flp 2, 7; de donde viene la
palabra «kénosis») para asumir nuestra condición de esclavos hasta la muerte; hemos visto, entonces, lo
que hizo la Energía del Espíritu Santo para manifestarlo y para resucitarlo.
«¡Maranatha! ¡Ven, Señor!» (1 Co 16, 22). Este clamor de las asambleas cristianas, donde se
amplifica el gemido del Espíritu y de la Esposa (Ap 22, 17), no se inclina hacia nuestro universo
infernal como una intercesión, sino que se eleva de sus profundidades como un desgarramiento
y como una esperanza. Nuestros últimos tiempos son sobrellevados por la espera impaciente y
amante del Señor Jesús, porque, con la Liturgia, el tiempo de los dolores y del alumbramiento
ha comenzado. Todo ser humano, lo sepa o no, está ya desde ahora constituido en relación con
el Hijo amado, venido en su carne, pero está atravesado por la nostalgia que le atrae hacia este
mismo Señor, esperado en su gloria. El movimiento de fondo de la Liturgia se despliega del
Cuerpo de Jesús, crucificado y resucitado, hacia el Cuerpo total de Cristo glorificado91.

En efecto, porque la ola de la Compasión divina no puede apoderarse de nuestra muerte y


comunicarnos su Amor más que tomando cuerpo en nosotros. Es siempre en su Cuerpo como el
Verbo viene para salvar a los hombres. No solo en su primera venida en la carne y en su segundo
advenimiento en la gloria, sino también en el tiempo de kénosis en que nosotros vivimos. La
Liturgia eterna, que Jesús celebra en su Ascensión y que toma cuerpo en su Iglesia, penetra
nuestro mundo de muerte para darle la vida; pero el lugar de este encuentro y su eje de luz son
siempre el Cuerpo de Cristo. ¿Cómo puede este Cuerpo adorable, Vivo junto al Padre, venir en
nuestra condición mortal y llegar a ser para nosotros fuente de Vida?

La zarza ardiente
Moisés vislumbró el misterio en la teofanía que abre el acontecimiento figurativo de la Pascua
(Ex 3, 1-6). El Nombre del Santo Señor Jesús comenzó a ser balbuceado y confiado a aquel que
«vio a Dios»92. No mediante un curso de teología ni un éxtasis fuera de la carne, sino en un signo
muy sencillo: una zarza en llamas. Una zarza, de las que hay millares en las colinas
semidesérticas, y una zarza que arde no es algo raro en el entorno de los campamentos. Lo
asombroso es que esta no se consume. Moisés se dice interiormente: «Voy a dar un rodeo para
ver este extraño espectáculo y por qué no se consume la zarza». Y he aquí la revelación
conmovedora. Se acercaba para ver, y oye a Alguien. Quería saber el porqué de una cosa, y es
llamado por su nombre. A través del signo que él ve, el misterio del Dios Vivo se le entrega: el
Totalmente-Otro que arde en el corazón de la visión es la Compasión divina que habita en la
angustia de su pueblo.

Ni panteísmo ni sacralización: esta Presencia es personal. El Santo no destruye, pero sí penetra


con su Fuego todo lo que existe. El hombre es su tierra santa, tanto más habitada por su Gloria
cuanto más cercana es su salvación. Pero la llama que nos quema sin consumirnos no puede ser
captada por nuestras primeras miradas, aunque sean profundas: se revela al darse y es conocida
al ser acogida. No es nuestra carne la que es obstáculo, como piensan los viejos dualismos, sino
la ausencia de gratuidad y de amor, o, lo que es lo mismo, nuestra muerte. Aquí todo es gratuito,
tanto en el fuego que se revela como en el corazón que lo recibe. Aquí todo es Vida. La misma
llama misteriosa arde en el acontecimiento y en el corazón del hombre: solo en el corazón que
lo acoge, el Fuego se convierte en Luz.

Cuando, en la Plenitud de los tiempos, la Luz viene al mundo en Persona, entonces Aquel que
habló a Moisés toma cuerpo y habita entre nosotros. Este Cuerpo del Verbo93, la Virgen lo ha
concebido, formado y dado a luz por el Espíritu Santo; Juan lo ha revelado como Cordero de
Dios, Pascua verdadera y Siervo sufriente. Pero también hombres y mujeres como nosotros se

91
«Corpus totum»: la Cabeza y los miembros, expresión muy querida por san Agustín.
92
Así le llama la tradición bizantina en su fiesta, celebrada el 4 de septiembre.
93
Eucologio de San Serapión, obispo de Thmuis (Egipto, siglo IV).
han acercado a Él. El extraño espectáculo del Sinaí se ha convertido en lo que los sinópticos
llaman milagro y el cuarto evangelio, signo: el Verbo encarnado es la verdadera Zarza ardiente.
«Salía de Él una fuerza que sanaba a todos»94. Esta Energía del Verbo en nuestro mido, de la Luz
en nuestras tinieblas, de la Vida en nuestra muerte, es a partir de ahora el Fuego que mana de
la Zarza.

Los que se le acercan, tocan su cuerpo, pero «su carne es divina»; los que le miran ven un mortal
como ellos, pero es «el Rostro de la Vida»95. Él es verdaderamente hombre y verdaderamente
Dios. La llama de su divinidad no consume su humanidad, pero la ilumina desde dentro y aparece
a través de ella. Sus acciones asombrosas, sus milagros, dan testimonio ya, en su condición
mortal, de las Energías que se irradiarán, por su Resurrección, de su Cuerpo incorruptible. Con
sus milagros, Jesús se revela como el gran y único sacramento de Dios para el hombre y del
hombre para Dios96.

Y así, un día Jesús sube a la barca con sus discípulos (Mc 4, 35-41). Reman mar adentro y,
mientras navegan, él se duerme. No está fingiendo, él es verdaderamente hombre; está
fatigado, por su esfuerzo humano y por ese misterioso cansancio divino del que hablan los
profetas (Is 7, 13). Una borrasca se desencadena sobre el lago; las olas se lanzan contra la barca,
que en breve tiempo se inunda. Entonces, como Moisés, los discípulos «se acercan»: «¿Maestro,
no te importa que perezcamos?». ¿Cómo podría inquietarse? En medio de la tempestad, en su
humanidad, él es Aquel en quien todo subsiste y que tiene todo en su mano. Sin embargo, con
un movimiento que cobra todo su significado a partir de la Resurrección, él «se despierta», él
«se levanta». De sus labios de carne, el Verbo que continuamente llama cada cosa de la nada a
la existencia, dice al mar: «¡Silencio, cállate!». El viento cesa, las olas se calman y sobreviene una
gran bonanza.

En esta tempestad, ya no estamos en el alba de la creación, sino en el tiempo trágico de la


salvación del hombre. La Energía divina ya no actúa sola, sino que, en el Cuerpo de Cristo, actúa
en sinergia con el hombre y, por eso, Jesús es su gran Sacramento. En efecto, actuando en favor
nuestro, el Amor de nuestro Dios solicita nuestra cooperación, es decir, nuestra fe. Ahora bien,
sí había fe, aunque tímida, en el corazón angustiado de los discípulos. Esta gente de poca fe tenía
miedo, pero, si Jesús les pregunta: «¿Dónde está vuestra fe?», es para liberarla del miedo y
hacerla crecer. Entonces, quedan sobrecogidos con ese asombro donde la fe puede dilatarse y
abrirse a la Presencia: «¿Quién es, pues, Este?».

En aquel tiempo, la circunstancia exterior fue una tempestad en el lago Tiberíades. Hoy es
diferente y nueva a cada instante; poco importa. Lo importante es el Acontecimiento vivido,
entonces como hoy, por el Verbo con los hombres; y este Acontecimiento es siempre en su
Cuerpo. Venga en la Plenitud de los tiempos o en estos últimos tiempos, el Cuerpo del Señor
Jesús es el Sacramento que da la Vida a los hombres. Para estar convencidos de ello, debemos
aún subir una montaña. Allí donde se cumplirá la teofanía de la zarza ardiente.

94
Lc 6, 19. Cfr. Mc 5, 30.
95
Dos expresiones de san Gregorio de Nisa en su Vida de Moisés.
96
Cuando la primera comunidad escriba estos milagros, «recordará» su consistencia carnal e histórica,
pero será introducida por el Espíritu «en la verdad plena» de su significado permanente: porque así es
como, en los últimos tiempos, el Señor Resucitado continúa viviendo con nosotros. La inteligencia del
sentido espiritual de la Escritura no es una sutil operación mental, sino la Energía, del todo simple, del
Espíritu que la revela haciéndola vivir... y es justamente uno de los frutos de la Liturgia.
La Transfiguración97
Este extraño espectáculo es relatado expresamente por los sinópticos como la cima del
ministerio de Jesús98. Hacia esta cima suben el asombro y las preguntas de las teofanías
precedentes: «¿Quién es, pues, este?» y «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?», y de ella parte
el camino hacia la última Pascua en Jerusalén. Los milagros anunciaban las Energías de Cristo
resucitado; la Transfiguración es la teofanía que nos revela su significado, mejor, que realiza lo
que estas Energías cumplirán en nuestra carne mortal: nuestra deificación.

La Transfiguración, situada histórica y literariamente en el centro del Evangelio, lo está también


en razón de su realismo misterioso: la Humanidad de Jesús es el foco vivo donde el hombre llega
a ser Dios. ¡Cristo es verdaderamente hombre! Ahora bien, ser hombre no significa ser en el
propio cuerpo, como lo imaginan los dualismos impenitentes, sino que, según la revelación
bíblica, significa ser el propio cuerpo, un todo orgánico y coherente. Porque el ser humano es su
cuerpo, él está, a imagen de su Dios, en relación con las otras personas, con el cosmos, con el
tiempo, con Aquel que es la Comunión en plenitud. Ahora bien, desde que el Verbo tomó
Cuerpo, está en relación humana con el Padre y con todos los hombres, según todas estas
dimensiones: el fuego de su Luz inflama toda la Zarza, toda su Humanidad está «ungida», «en él
habita corporalmente la Plenitud de la Divinidad» (Col 2, 9)... y Pablo añade: «y vosotros os
encontráis en él asociados a su Plenitud» (Col 2, 10).

¿Qué ha sucedido, pues, en este acontecimiento imprevisto? ¿Por qué la fugitiva Belleza del
Incomprensible se transparenta un instante en el Cuerpo del Verbo? Dos certezas pueden
guiamos. Ante todo, el cambio, la metamorfosis según la transcripción literal del término griego,
no se refiere a Jesús. El texto evangélico y la interpretación unánime de los Padres son claros:
Cristo «se transfigura, no asumiendo lo que no era, sino manifestando lo que él era a sus propios
discípulos: les abre los ojos y, de ciegos que eran, los hace videntes»99. El cambio está del lado
de los discípulos, y esto es lo que confirma la segunda certeza: la finalidad de la Transfiguración,
conforme a toda la Economía revelada en la Biblia, es la salvación del hombre. Como en la zarza
ardiente, el Verbo deja ver en su Cuerpo la Luz de su divinidad no para hacer saber, sino para
hacer vivir, para salvar: se revela al darse y se da para transformamos a nosotros en El.

Pero, si está permitido acercarse al Misterio, quitándose las sandalias de la curiosidad y de la


gnosis indiscreta, ¿por qué Jesús eligió ese momento, sus dos testigos y sus tres apóstoles? ¿Qué
vivía en su corazón de hombre, él, el Hijo apasionado por el Padre y también por nosotros?
Algunos días antes, Pedro ya había sido iluminado interiormente y le había reconocido como el
Mesías de Dios. Jesús había comenzado entonces a desvelar su próximo desenlace: debía sufrir,
ser condenado a muerte y resucitar. Tras estos dos anuncios, toma la iniciativa de subir al monte.
El manar de la Transfiguración aparece desde entonces a través de lo no dicho por los
evangelistas: acabada la catequesis preparatoria a su Pascua, Jesús se decide a ir hacia su
realización. Con todo su ser, con todo su cuerpo, él está entregado a la voluntad amorosa del
Padre, se adhiere totalmente a ella. En adelante, ya todo pondrá de manifiesto su sí

97
Este acontecimiento permanece demasiado desconocido para los cristianos, como si fuese un milagro
entre otros, una especie de prueba apologética. También la fiesta que lo celebra ha venido a menos, quizá
por ser la única no inscrita en el desarrollo cronológico de las fiestas del Señor. Memorial de un hecho
acaecido en su vida mortal, se celebra después de Pentecostés, en la luz del verano (6 de agosto). Ahora
bien, este acontecimiento, que trastoca nuestra lógica del tiempo, es justamente el más típico de la
condición escatológica del Cuerpo de Cristo: es una visión de apocalipsis en el centro del Evangelio.
98
Mc 9, 2-10; Mt 17, 1-9; Lc 9, 28-36.
99
San Juan Damasceno, Homilía II sobre la Transfiguración (PG 96, 564c).
incondicional al amor del Padre, hasta ese último combate de la agonía, al que serán invitados
los mismos discípulos.

Necesitamos, sin duda, entrar en el misterio de esta adhesión de amor para comprender que la
Transfiguración no es el desvelamiento impasible de la Luz del Verbo a los ojos de los apóstoles,
sino el momento intenso en el que Jesús, con todo su ser, no es más que una sola cosa con la
Compasión del Padre. En aquellos días decisivos, él es más que nunca transparente a la luz de
amor de Aquel que lo entrega a los hombres para su salvación. Por tanto, si Jesús se transfigura,
es porque el Padre hace estallar en él su Alegría. La irradiación de su Luz en su cuerpo de
compasión es como el estremecimiento del Padre que responde al don total de su Unigénito.
De ahí la voz que traspasa la nube: «¡este es mi Hijo amado!, en quien me complazco...
¡escuchadle!».

Y se entiende la emoción inesperada de Moisés y de Elias: ellos, que habían percibido la


proximidad de la Gloria divina impaciente por salvar a los hombres, la contemplan ahora en el
Cuerpo del Hijo del hombre. «He visto, he visto la miseria de mi pueblo... he oído su clamor...
conozco sus padecimientos... he decidido liberarlo» (Ex 3, 7-8); «Respóndeme, Yahvé,
respóndeme... ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los hijos de Israel te han
abandonado...» (1 R 18, 37; 19, 10): todo esto ya no son palabras divinas ni palabras de hombres,
sino el Verbo mismo en su humanidad; no ya una promesa y una espera, sino el Acontecimiento,
«la Realidad: ¡es el Cuerpo de Cristo!» (Col 2, 17). Moisés y Elías pueden dejar la gruta del Sinaí
sin velarse el rostro: contemplan la Fuente de la Luz en el Cuerpo del Verbo.

En cuanto a los tres discípulos, son inundados durante unos segundos de lo que se les concederá
recibir, comprender y vivir a partir de Pentecostés: la luz deificante que emana del Cuerpo de
Cristo, las Energías multiformes del Espíritu que da la Vida. En ese momento, lo que les
impresiona es que «Aquel que está allí» no es solamente «Dios con los hombres», sino Dios-
hombre: nada puede pasar de Dios al hombre, ni del hombre a Dios, sino por su Cuerpo. Y la otra
certeza, de la que Pedro dará testimonio en sus cartas y Juan en todos sus escritos, es que la
participación de esta vida del Padre que se derrama desde el Cuerpo de Cristo es a la medida de
la fe del hombre. La novedad de la Transfiguración consiste en esta luz de fe que ha iluminado
sus corazones de carne. Gracias a ella, acercándose al Cuerpo de Jesús, «tocan al Verbo de Vida»
(1 Jn 1, 1).

Ya no hay distancia entre la materia y la divinidad: en el Cuerpo de Cristo, nuestra carne está en
comunión con el Príncipe de la Vida, sin confusión ni separación. La Transfiguración nos hace
vislumbrar el pleno desarrollo de lo que el Verbo inauguró en su Encarnación y manifestó a partir
del Bautismo en sus milagros: el Cuerpo de Jesús es el sacramento que da la Vida de Dios a los
hombres. Cuando nuestra humanidad consienta en unirse a la Humanidad del Señor Jesús,
participará entonces en la naturaleza divina (2 P 1, 4), será deificada. Si todo el significado de la
Economía de la salvación está en esto, se comprende que la Liturgia sea su cumplimiento. La
deificación del hombre será participación del Cuerpo de Cristo.

La Liturgia sacramental
Se entiende ahora por qué la tradición constante de las Iglesias de Oriente ve en el misterio de
la Transfiguración el acontecimiento-fuente de la Liturgia sacramental. El Cuerpo de Jesús no es,
simplemente, el signo de la presencia de Dios, como la zarza del Sinaí, ni el receptáculo inerte
de la divinidad, como lo imaginan nuestros inconscientes nestorianos: es Sacramento, está
ungido con la naturaleza divina en la unidad personal del Hijo. Puesto que, en todas las fibras de
su ser y en su consentimiento de amor, la Humanidad de Jesús es «filial», ella puede desposar
los más mínimos movimientos y las más íntimas heridas de nuestra humanidad para derramar
ahí la vida del Padre. Las Energías deificantes del Cuerpo de Cristo nos alcanzarán de ahora en
adelante en todo nuestro ser, en nuestro cuerpo. El Señor se apropia, entonces, de alguna de
nuestras realidades carnales -agua, pan, vino, aceite, hombre y mujer, corazón contrito-, se la
asocia a su Cuerpo en crecimiento y la hace participar de su irradiación vivificante. Lo que
nosotros llamamos sacramentos son, en realidad, las acciones deificantes del Cuerpo de Cristo
en nuestra misma humanidad. Con pleno realismo espiritual, estas Energías son sacramentos;
de no ser así, no podrían deificamos. Nosotros podemos recibir su Espíritu tan solo porque él
asume nuestro cuerpo.

En cierto sentido, durante su vida terrestre, Jesús no podía alcanzar la plena madurez de su
poder deificante; estaba limitado en su relación, no por su Cuerpo, sino por la condición mortal
de su Cuerpo. Desde que venció a la muerte, estas limitaciones han sido superadas y abolidas.
En este sentido, es por su Cruz y su Resurrección como el Cuerpo de Cristo se ha hecho
plenamente sacramental. «Por su Ascensión -nos dice san Ambrosio-, Cristo ha pasado a sus
Misterios», es decir, a sus Energías sacramentales. Este paso fue el de su Pascua. Por tanto,
sacramento desde su Encarnación, el Cuerpo de Cristo lo llega a ser totalmente y sin límite por
su Resurrección y Ascensión. De ahora en adelante y para siempre, él es el Sacramento de la
Comunión de Dios y los hombres.

Algunos imaginan a Cristo, sacramento de la salvación de los hombres, que estaría allá arriba;
después, la Iglesia, otro sacramento, que estaría aquí abajo; y, finalmente, los sacramentos de
la Iglesia, celebrados de vez en cuando. Este esquema, no hay duda, es una de las causas del
divorcio entre la Liturgia y la vida. No, no hay más que un solo Cuerpo de Cristo, gran y único
Sacramento. La maravilla que hemos de redescubrir continuamente es que el mismo Señor, que
hizo participar a sus tres discípulos en la Luz deificante mientras su Cuerpo estaba aún en
condición mortal, continúa ahora, y con poder infinitamente mayor, deificando a los hombres
en su mismo Cuerpo, que es la Iglesia. Si su Cuerpo no participase de nuestra condición mortal,
¿cómo podríamos nosotros ser deificados? Ahora bien, este Cuerpo vivificante es la Iglesia.

La Iglesia es, en efecto, el estado de kénosis en el cual la Carne del Verbo comunica la Vida al
mundo hasta que la Muerte sea definitivamente destruida (1 Co 15, 26). El Señor, desde su
Ascensión, difunde entre los hombres el Río de Vida, la Liturgia, en su Cuerpo que es la Iglesia,
y he aquí la Transfiguración hoy. La paradoja de los últimos tiempos está focalizada en el
acontecimiento permanente y dinámico de la Transfiguración de Cristo: en ellos se realiza la
Liturgia sacramental.

Sí, porque entre el Tabor y hoy está la Resurrección, el estallido de la Gloria: hay Espíritu Santo.
Es gracias a la kénosis del Espíritu en la Iglesia como, en nuestra misma debilidad, la fe puede
despertarse y nuestros ojos abrirse para reconocer al Señor y ser transformados en él. No
necesitamos ya la nube para oír al Padre y acercarnos a Jesús: la humanidad de la Iglesia es el
Cuerpo en el cual el Señor se revela y actúa, ya que, por su Espíritu Santo, nuestra humanidad y
la suya se han hecho un mismo Cuerpo100.

He aquí, pues, el Cuerpo de Cristo, Sacramento de la salvación de los hombres y de la Gloria de


Dios. La Liturgia hace vivir en la Iglesia la Transfiguración del Cuerpo total en crecimiento, la
unión transformante en la que el hombre llega a ser Dios. Si se admite la intuición clásica de la

100
Todo lo que vimos en el capítulo V sobre «Pentecostés, Advenimiento de la Iglesia» encuentra aquí su
confirmación. Los apóstoles se han convertido en el Cuerpo de Cristo y es este mismo Cuerpo el que no
cesa de crecer en los últimos tiempos: la Iglesia apostólica es la Iglesia sacramental.
Liturgia como energía del Pueblo de Dios, es justo desde esta Luz desde donde nosotros la
podemos comprender. No una Energía que procedería de la Iglesia, al lado de Cristo o después
de él, sino la Sinergia del Hombre-Dios comunicada a su Iglesia en el Espíritu Santo: la unión sin
confusión, la confluencia de la Energía del Don y la de la Acogida, el encuentro virginal y
omnipotente de las dos gratuidades. Entonces, la humanidad que ella toma no es ya de la carne
ni de la sangre ni un grupo sociológico ni un conjunto de estructuras, sino que llega a ser Pueblo
de Dios, llega a ser Cuerpo de Cristo. Esta transformación, este llegar a ser es justamente el
acontecimiento de la Transfiguración.

¿Cuál es, pues, este poder extraordinario que emana del Cuerpo del Señor y del cual nosotros
podemos participar en nuestra realidad humana desde ahora? ¿Cuáles son estas Energías
deificantes que en la Liturgia «transfiguran poco a poco nuestro cuerpo de miseria para
conformarlo con su Cuerpo de Gloria» (Flp 3, 21)? Es lo que nos queda por descubrir para acoger
la Liturgia fontal.

VIII. El Espíritu Santo y la Iglesia en la Liturgia


Cuando nos acercamos al Cuerpo del Señor, nuestro primer asombro debería ser el de haber
sido atraídos hacia él. Es el Padre quien nos ha seducido (Jn 6, 44) y, en nuestra pobre fe amante,
es un poco de su pasión por el Hijo amado la que se ha hecho nuestra. Así, desde que
consentimos en entrar en la nube de la fe, el Padre nos revela a Jesús como la única Realidad.
«De pronto, mirando alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos» (Mc 9, 8):
Jesús solo, es como decir Todo.

En este Cuerpo del Verbo, «todo subsiste... Dios quiso hacer residir en él la Plenitud» (Col 1,
17.19). De él se derrama la Alegría del Padre sobre todos los hombres. En él, todo ser es amado
de modo único y puede volver a convertirse en la Gloria del Padre. En él está la Vida de todas
las criaturas. El es nuestra Vida y nuestra Resurrección; entonces, «¿a quién iremos, Señor?» (Jn
6, 68). En él, el hombre es restaurado y los hombres son reconciliados, pues «en su Cuerpo ha
dado muerte al Odio» (Ef 2, 14 ss). En su Transfiguración, este Cuerpo adorable de ahora en
adelante no puede dejar de exultar de alegría: la Liturgia es el desbordamiento de su Espíritu de
Vida.

Sí, porque el Espíritu Santo, cuya fuente eterna es el Padre, ha sido enviado desde el principio
de los tiempos con el Hijo y para él. El Espíritu es la misión materna del Padre junto a los hombres
para que conozcan al Hijo, sean incorporados a él y compartan su Vida. Por eso, en el corazón
de los hombres, él es la atracción del Padre hacia Jesús, su pasión por el propio Hijo y por todos
los hijos, su Comunión derramada abundantemente. En el Cuerpo de Cristo, y manando de él,
el Espíritu Santo es como la impaciencia de la Gloria del Padre para que el hombre viva. En
adelante, en este Cuerpo que ha vencido los límites de la muerte, el Espíritu actúa con poder. Y
cuando suscita en nosotros la respuesta a su Energía multiforme, el Espíritu y la Iglesia no son
más que uno en asombrosa sinergia101: la Liturgia.

101
Hemos encontrado ya este término (Cfr. capítulo II, nota 5) y volverá con frecuencia en seguida. El
lector entenderá que lo preferimos a su equivalente de origen latino «co-operación», cuyas
connotaciones son otras en el lenguaje moderno. La sinergia del Espíritu Santo y de la Iglesia es una noción
clave para entrar en el misterio de la Liturgia. Su fundamento es Cristo mismo. Verdadero Dios y verdadero
hombre, Jesús tiene dos voluntades (contra la herejía monoteleta) y dos operaciones o energías (contra
el compromiso del monoenergismo), unidas de hecho pero libremente y sin confundirse. Así, toda la
santidad cristiana consiste en la deificación de nuestra naturaleza en Cristo (Cfr. capítulo XVI), en la unión
de nuestra voluntad con la del Padre en Cristo y en la sinergia del bautizado y del Espíritu Santo en todo
La Luz del triple resplandor
En el icono litúrgico que describe la Transfiguración de Cristo a los ojos de nuestra fe, la fuente
no es más que Luz y abre un espacio nuevo, sin horizonte, donde todo está invadido del
resplandor del Cuerpo del Señor102. Este espacio que rechaza la sombra de la muerte es el de la
Liturgia. Del Cuerpo incorruptible emana la luz pura de la Trinidad Santa, una e indivisible. Pero
la irradiación salvadora de su Gloria alcanza a todos los seres según energías múltiples, y estas
son las Energías del Espíritu Santo.

Una en su misterio, la Luz de la Transfiguración es triple en su resplandor, según los tres tiempos
de la Economía de nuestra salvación que vive el Cuerpo de Cristo.

Puesto que el Cuerpo del Señor Jesús es la Realidad y en él reside la Plenitud, la primera Energía
de su Espíritu será manifestarlo a nosotros. El Está aquí, el Cordero de Dios, y Viene a nuestro
mundo, pero tantas figuras nos lo esconden todavía y las tinieblas de la mentira nos alejan de
él. Entonces, el Paráclito, el nuevo Precursor de la Venida de Jesús en su Gloria, purificará
nuestra mirada con su Luz silenciosa; nos hará pasar de nuestras visiones carnales al
conocimiento puro de la fe. El Espíritu Santo mana de Cristo como Plenitud de los tiempos y nos
hace participar de ella. Nos transfigura, en primer lugar, iluminando los ojos de nuestro corazón.
Más aún que los discípulos de Emaús, nosotros llegamos a ser entonces contemporáneos de la
Hora de Jesús. Es el Hoy de la Liturgia.

Tras despertarnos al don gratuito de la fe, el Espíritu Santo puede ahora penetrar con su Luz
vivificante la Imagen desfigurada que es el hombre y transfigurarla. Puede alcanzar nuestras
tinieblas en los baluartes de la muerte. Si la Luz nos deja participar de ella haciéndose fe en
nosotros, es para que le ofrezcamos todo nuestro ser y seamos cada vez más Luz. Esta Energía,
lo presentimos, nos alcanza en lo más profundo de nuestra condición mortal. Es la Energía propia
de los últimos tiempos, con la que el Espíritu Santo trata de transformamos en el Cuerpo de
Gloria del Señor.

Por último, si se nos ha concedido «creer en su Nombre» y si hemos recibido «el poder llegar a
ser hijos de Dios» (Jn 1, 12), es para ser enviados a este mundo, como Él mismo lo ha sido por el
Padre. Su Espíritu nos ha hecho renacer para que, a través de nosotros, su Gloria se manifieste
a otros y también ellos sean transfigurados en el Cuerpo del Señor. Este último resplandor de la
Luz vivificante se orienta a comunicar la Realidad que es el Cuerpo de Cristo, a introducir en su
Comunión a los hijos de Dios dispersos. En esta tercera Energía, el Espíritu y la Iglesia están en
la más íntima sinergia, porque se entregan el uno al otro en la misma misión de amor. Es, pues,
una verdadera anticipación de la Consumación de los tiempos, en el sentido de que el Espíritu y
la Iglesia hacen vivir desde ahora el misterio del Reino y apresuran su Venida.

La Manifestación del Cuerpo de Cristo


La primera tragedia de la historia es que el Verbo viene a los hombres, Él, su Luz y su Vida, y los
hombres no lo reconocen. Él está en medio de nosotros, en la Realidad de su Cuerpo, como
Alguien a quien no conocemos (.Jn 1, 9 ss y 1, 26). No puede ser conocido desde el exterior,
porque la exterioridad es la herida del conocimiento mortal. La maravilla del Espíritu Santo es
revelárnoslo desde el interior, pero no por una técnica reservada a unos iniciados, sino en el
compromiso personal de quien lo recibe. Por eso, la primera a quien el Espíritu Santo manifiesta

acto vital. Esto es el amor en acto, Cfr. Ef 2, 9 ss y Flp 2, 13. Piénsese, a partir de cierta profundidad de
unión transformante, en la palabra tan fuerte de san Juan de la Cruz: «Dios y su obra es Dios» (Máxima
157).
102
Es una constante de la iconografía, sea de hechura armenia, copta, griega, románica, eslava o siríaca.
el Cuerpo del Verbo es a su Madre, la Virgen María: ella reconoce a su Hijo y a su Dios porque lo
concibe en la fe y lo lleva en la esperanza. Así ella es, personalmente, la Iglesia en la Plenitud de
los tiempos.

Pues bien, desde que la Iglesia ha tomado Cuerpo en Pentecostés, sucede siempre lo mismo: el
Espíritu manifiesta a Jesús a quienes son suficientemente pobres para creer en él, dejarlo todo
por él y llegar a ser capaces de llevarlo en la tribulación. La Energía del Espíritu Santo no consiste
en hacemos saber ideas sobre Jesucristo, sino en purificar nuestro corazón para él. El Cuerpo
del Señor se convierte en la evidencia primera y fulgurante de nuestras vidas, en la medida en
que renunciamos a nosotros mismos y lo buscamos por amor. Esta es la primera sinergia, en que
el Espíritu nos transforma en discípulos y teólogos, no mediante un discurso sobre Dios, sino por
medio de la fe amante en su Cristo.

El cuarto Evangelio se abre con una semana en que Juan el Teólogo evoca los primeros
encuentros con Jesús, con la frescura y la precisión del amor. Podemos seguir en ella las
iluminaciones progresivas que el Espíritu Santo suscita en el corazón de estos pobres sin
pretensión de saber. Todo parte de la mirada de Juan el Bautista. Se le percibe bañado en aquella
Luz con la que el Espíritu le transfiguró en el momento del Bautismo de Jesús. Por eso lo
reconoce; ve al Cordero de Dios venir hacia él y, al día siguiente, fija sus ojos en él. Es entonces
cuando dos de sus discípulos comienzan a seguir a Jesús. ¿Quién podrá conocer la profundidad
de esta mirada del amigo del Esposo, tan ahondado por la espera y tan transparente al Amor
que sus dos discípulos le abandonan, atraídos por Aquel ante quien su maestro se eclipsa? Sin
duda, la Virgen y la Iglesia, ya que el Espíritu es la Luz que ilumina a la Esposa y le revela a su
Señor (Ap 21, 23).

«Venid y veréis». Los dos primeros discípulos buscaban la morada de su nuevo Rabbí,
«encuentran al Mesías» y difunden la Luz que les ha atraído. Entonces es la mirada de Jesús la
que comienza a irradiar la luz del Espíritu Santo en el corazón de Pedro, de Felipe y de Natanael:
es él quien les conoce y cambia su vida. Jesús les hace vislumbrar la evidencia a la que se abrirá
la fe que nace en ellos: no el hijo de Dios, el rey de Israel que imaginan, sino el Hijo del hombre,
humillado y glorificado, que difunde la Vida sobre el mundo en su Ascensión. Y esta semana de
teofanías termina con el primer signo con que Jesús manifiesta su Gloria: la anticipación de su
Hora, de la efusión de su Espíritu y de las bodas de la Iglesia.

Hasta la Transfiguración, el Espíritu Santo irá purificando pacientemente la mirada de los


discípulos en la luz de la primera espera: «¿A quién buscáis?», «¿Quién es, pues, este?»,
«Vosotros, ¿quién decís que soy yo?», «¿También vosotros queréis dejarme?». A pesar de la
confesión de Pedro y de los anuncios de la Pasión y la Resurrección, no entienden nada: el
Espíritu trabaja en su corazón, pero aún no ha sido dado ni reconocido, y no lo será hasta que el
Cuerpo de Jesús lo haya derramado tras asumir y disipar nuestra muerte. En la mañana de la
Resurrección, solo uno ve y cree, a pesar de las apariencias: el discípulo a quien Jesús amaba; y
un poco más tarde, es también él quien, en la neblina de la mañana, sabe reconocer, de lejos y
sin forma, a aquel Señor cuyo amor transfiguró para siempre su mirada. Todo su testimonio
estalla en la última Bienaventuranza del Evangelio: «Felices los que creen sin haber visto». El
Espíritu despierta esta Bienaventuranza en el corazón de la Iglesia, ella que de ahora en adelante
ve con sus propios ojos, contempla y toca con las propias manos al Verbo de Vida y lo anuncia
(1 Jn 1, 1-3). Y es a ella a la que el Espíritu revela a su Señor que viene: «¡No temas. Soy yo, el
Viviente! Estuve muerto, pero mira, estoy vivo por los siglos de los siglos» (Ap 1, 17-18).
Si el Señor resucitado es, pues, en nuestro mundo la Realidad fuera de la cual todo es vacío y
absurdo, ¿cómo es que estamos junto a Él sin «discernir su Cuerpo» (1 Co 11, 28 ss)? Bastaría,
para que su Espíritu nos iluminase, reconocer que somos ciegos de nacimiento; pero si decimos
que vemos, nuestro pecado permanece (Jn 9, 39 ss). El Espíritu Santo nos enseña, por el
contrario, aquella humildad de corazón que atraviesa los límites de todos nuestros
conocimientos exteriores. A Cristo no le descubriremos en el periódico, la lectura empírica o la
experiencia inconsciente de los hechos, si bien es precisamente en estos acontecimientos donde
él viene y donde su Espíritu actúa. No es, tampoco, en nuestras interpretaciones subjetivas de
los acontecimientos donde el Espíritu puede actuar: el significado que damos a los hechos mira
solamente a asegurar nuestro equilibrio y sofoca la nostalgia que nos despertaría a la Venida del
Señor.

Cuando algunos acontecimientos nos turban y se convierten en fallas abiertas sobre el abismo
de la muerte, ¿qué hacemos? O nos replegamos sobre las dos posiciones anteriores o nos
aventuramos sobre otras dos pistas, el tiempo suficiente de distraernos para sobrevivir: para
unos, es la ciencia y la técnica, aunque conocer la concatenación de las causas, e incluso
dominarlas, no quiere decir descubrir su significado; para otros, deseosos de descubrir por qué
esta muerte absurda golpea con sus garras todo lo que es humano, es la búsqueda de sentido,
la seriedad de la inquietud, hasta el umbral insuperable de la pregunta escondida en todo
acontecimiento: ¿ser esclavo de la muerte o vencerla? Pero no son las ideas las que pueden
exorcizar la muerte multiforme.

La Energía de luz del Espíritu Santo no excluye estos niveles de visión: los penetra, los discierne
y, finalmente, los hace estallar en el Acontecimiento que está aquí presente: el Cuerpo adorable
de Cristo en el que la muerte ha sido vencida y que nos ofrece la Vida. El verdadero profetismo
cristiano está en este discernimiento que desemboca en la conversión transformadora: el Señor
está aquí y viene, ofrecido en el corazón de todo acontecimiento como promesa de
Resurrección. A partir de aquí, la pedagogía del Espíritu Santo es inagotable, porque descubrir
al Señor es siempre algo nuevo. Esta sinergia de Luz nos conducirá de conversión en conversión,
a la medida de nuestra fe. Solo el amor hace ver y es creativo. El Espíritu nos manifestará el
Cuerpo de Cristo hasta que llene todo nuestro campo de visión: nada le es extraño, como
veremos en la Liturgia vivida. Pero, para volver a la fuente de la Luz en nosotros, el Espíritu nos
enseña antes de nada a reencontrar el camino del corazón, allí donde él se derrama en nosotros
y donde la oración se hace vida.

La Pascua del Cuerpo de Cristo


En todas las maravillas de Dios está contenido un significado que el Espíritu revela, porque es su
autor. El significado toma Cuerpo en Cristo, pero es su Aliento quien lo inspira. Cristo es la
Realidad, pero el Espíritu Santo es su artífice. Es, por tanto, Él a quien el Señor Jesús derrama en
«quienes creen en su Nombre» para darles «el poder llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12). La
segunda Energía del Espíritu Santo consiste en transformarnos en Cristo, conformamos «con su
imagen, cada vez más gloriosos, por la acción del Señor, que es Espíritu» (2 Co 3, 18).

Sobre el Tabor, la iluminación deificante fue vivida por los discípulos a la medida de su fe. Lo
mismo nos ocurre a nosotros ahora en la Transfiguración, que es la Liturgia. El Espíritu Santo
transforma todo lo que toca, pero su Energía será tanto más transformante cuanto más pobre
sea y ofrecida esté nuestra fe. Aquí reside el acontecimiento decisivo de la Liturgia. Tratando de
expresar lo inexpresable, la tradición de las Iglesias apostólicas nos lo presenta con una palabra
con la que quiere transmitir el impulso más gratuito de la fe: la Epíclesis. Epíclesis es la invocación
al Padre para que envíe su Espíritu Santo sobre aquello que le ofrecemos, a fin de que
transforme la ofrenda en la Realidad del Cuerpo de Cristo. La palabra expresa el vacío que es
ofrecido, no puede decir la Plenitud de la que somos colmados. Traduce el gemido que llama,
no el Amor silencioso que le responde. Porque las apariencias permanecen mientras estamos
en este mundo de muerte, pero la Realidad ha llegado a ser otra, ha pasado a la Plenitud de
Cristo. Así, las estructuras primeras del cristiano permanecen las mismas después de su
Bautismo, su Crismación, su Matrimonio o su Perdón, y, sin embargo, «un ser nuevo está ahí»:
«el que está en Cristo, es una criatura nueva: el ser antiguo ha desaparecido» (2 Co 5, 17).

La Transfiguración que acontece en la Liturgia es, pues, un verdadero paso. Con su segunda
Energía, el Espíritu Santo realiza en nosotros la Pascua de Cristo, de este mundo a la Vida del
Padre. Él no crea de la nada, transforma: deifica. Sí, «transfigura nuestro cuerpo de miseria para
conformarlo con el Cuerpo de gloria» del Señor (Flp 3, 21). «¡Que venga tu Gracia, y pase este
mundo!»103 no significa el aniquilamiento del mundo sobre el cual sobrevendría el Reino, sino la
gestación dolorosa del Cuerpo de Cristo en el seno de los últimos tiempos. Solo la muerte es
destruida y la fractura del pecado, curada. Es el sentido de la Gracia como iniciativa gratuita y
manar del Dios vivo en la Humanidad del Verbo. Manifestada en la primera venida del Señor,
esta Gracia se despliega en la Liturgia desde su foco, que es la Epíclesis. Esta Gracia es el Ágape
de la Trinidad Santa, ofrecida al hombre solo por el amor con que es amado, no por sus obras o
por sus méritos. Es el Amor puramente misericordioso que colma el abismo de nuestra miseria.
Es el Espíritu Santo en kénosis: entonces la muerte se desvanece y el Cuerpo de Cristo surge,
vivo, de nuestra tumba.

En esta Energía, en que el Espíritu nos hace llegar a ser Aquel que contemplamos, no hay ningún
determinismo, lo que sería todavía una huella de la muerte. La Gracia es libre y liberadora. No
está condicionada por nada, y nada puede detenerla desde el momento en que la fe le es
ofrecida. Ninguna puerta cerrada puede impedir al Señor resucitado derramar su Espíritu para
convertir los corazones y convertir todo en su Cuerpo de gloria. La transformación tan realista
que se vive en el corazón de la Liturgia no supone la intervención de ningún medio creado: ella
mana como nueva creación. Por eso, no podemos hacer otra cosa, en esta sinergia con el Espíritu
Santo, más que ser nosotros mismos en verdad, en esa verdad consentida de nuestro ser hacia
el Padre que consiste en creer, no podemos hacer otra cosa más que creer: la fe es la acogida
gratuita del Don gratuito que nos hace ser. Son estas dos realidades gratuitas, más profundas
que nuestras heridas mortales, las que hacen posible la unión de amor y las que la hacen
transformante. Cristo ahonda en nosotros el deseo del Espíritu y nosotros lo pedimos al Padre:
el Padre nos da el Espíritu de su Hijo y nosotros llegamos a ser Cristo. He aquí la maravilla del
Espíritu que nos deifica, en la liturgia celebrada y vivida: la Fuente crea en nosotros la sed; ella
nos da a beber el Espíritu y nosotros nos convertimos en Cuerpo de Cristo104.

La Comunión del Cuerpo de Cristo


La Transfiguración culmina en la Comunión, pregustación del Reino, inhabitación de amor en
que las Tres Personas se comunican en la unidad. Esto es, sin duda, lo que presentía Pedro al
proponer plantar tres tiendas en la cima del monte. Cuando uno es introducido en la Morada
del Padre, ya se comienza a vivir en Comunión con él, se anticipa la Consumación de los tiempos.
Ahora bien, en la Liturgia, la Iglesia, comunión ya de cuantos creen en el Nombre del Hijo amado

103
Didaché, 10.
104
Cfr. 1 Co 12, 13. Obsérvese el matiz distinto de las dos preposiciones, traducidas a veces en español
por la misma palabra: «bautizados en un solo Espíritu» (en griego en locativo) y «en un solo Cuerpo» (en
griego eis dinámico, en vista de).
y han sido transformados en él, llega a ser lo que ella es, se convierte en Cuerpo de Cristo, se
convierte en Sacramento de la Comunión de Dios y los hombres.

Este Cuerpo está vivo porque el Espíritu Santo es Comunión (2 Co 13, 13). Este Cuerpo no es
monolítico, es orgánico, está compuesto de miembros vivos, dotados ellos mismos de múltiples
carismas por el mismo Espíritu. Si el Cuerpo es Sacramento de la Comunión, cada miembro lo es
por su parte. El cristiano, como tal, es un ser sacramental; participa en el Cuerpo de la kénosis
de amor del Señor y de su Espíritu. Si el significado primero de comunión es compartir la misma
tarea con otros, la Iglesia es, pues, Comunión, porque de tal manera es una con Cristo que
comparte con todo su ser la muerte y la Resurrección de su Señor. Por esto, solo los bautizados
son los actores de la Liturgia en este mundo. Pero, por la Crismación, ellos han recibido también
el Don personal del Espíritu, que con sus Energías les hace aptos para ser los servidores, en el
único Siervo, de todas las Epíclesis que les sean confiadas, a cada uno según sus carismas, tanto
en la Liturgia celebrada como en la Liturgia vivida.

La Energía de Comunión del Espíritu Santo hace, entonces, del Cuerpo de Cristo ese «sacerdocio
real» (1 P 2, 9), ese «reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1, 6). No hay más que un
Sacerdote, «misericordioso y fiel», «que ha atravesado los cielos, Jesús, el Hijo de Dios» (Hb 2,
17 y 4, 14) y de su sacerdocio participan sus miembros para la misma misión de salvación y de
Gloria. Ellos son los que encontramos de nuevo en la Liturgia eterna bajo la imagen de los ciento
cuarenta y cuatro mil (Ap 7, 4), mientras que «la muchedumbre inmensa que nadie podía
contar» (Ap 7, 9-17) simboliza más bien la multitud de los elegidos. Estos son la humanidad
salvada, pero aquellos son el pequeño Resto, la Iglesia, Cuerpo de Comunión, en la cual la
multitud es salvada.

Finalmente, lo que el Espíritu Santo realiza en esta tercera Energía viene expresado en el último
símbolo de la visión litúrgica del Apocalipsis: los árboles de Vida. La imagen nos remite a la
Comunión del Cuerpo de Cristo. No hay, en efecto, más que un solo Árbol de Vida: Cristo
crucificado que da la Vida. Ahora bien, crucificados con su Señor, los cristianos resucitan con él,
desde ahora. En él se convierten en «espíritu vivificante». Este Espíritu ha llegado a ser, en ellos
y con ellos, una misma Energía divina; es su ser nuevo. La muerte no puede obstaculizarlo más:
«fructifican doce veces, una vez cada mes», es decir, sin cesar, porque llevan en ellos, son
portadores de la Plenitud de los tiempos. «Y sus hojas pueden curan a las naciones»: es toda la
misión de la Iglesia en los últimos tiempos.

La Liturgia, Sinergia del Espíritu y de la Iglesia


Dos imágenes dominan el vocabulario bíblico para sugerir el misterio de la Iglesia: la del Cuerpo,
desarrollada sobre todo por san Pablo, y la de la Esposa, más frecuente en san Juan. El misterio
de la Liturgia como Transfiguración manifiesta, más allá de las imágenes, la coherencia de los
dos simbolismos en la misión conjunta del Verbo y del Espíritu. En cuanto la Iglesia es el Cuerpo
de Cristo, es una con él; en cuanto es su Esposa, es distinta de él. Esta unión es sin confusión.
Gracias a que, por sus Energías, el Espíritu Santo vive en ella su kénosis personal, la Iglesia es la
Esposa, pura acogida de su Señor; entonces, una con el Espíritu, ella llega a ser fecunda dando a
luz al Cuerpo total de Cristo. No se puede razonar deductivamente sobre tales símbolos.
Solamente se puede acogerlos para participar en el misterio de la Comunión trinitaria, escondido
durante siglos y manifestado hoy en la Iglesia. La fuente es el Cuerpo de Jesús, resucitado y vivo
en el Padre; el Río de Vida es el Espíritu y la Esposa del Cordero en su misteriosa sinergia: la
Liturgia.
Contrariamente a nuestros activismos, que pretenden liberar al hombre en toda acción en favor
del hombre, la kénosis del Espíritu en la Iglesia nos recuerda que el Acontecimiento liberador de
la Pascua tan solo es propuesto en cada acontecimiento, pero que está aún por realizar con
nosotros y por nosotros. Estar en kénosis, para el Espíritu de Cristo resucitado, quiere decir estar
ofrecido, entregado, sin voluntad de poder, y él reclama de nuestra parte la acogida, la
respuesta, el mismo sí de kénosis. Es el sí de la Virgen el que permitió la Encarnación del Verbo;
es del consentimiento de la Humanidad de Jesús como manó la luz deificante de la
Transfiguración; y es el mismo consentimiento de la Iglesia el que permite a la Liturgia ser
celebrada y ser vivida.

No podemos reconocer el Cuerpo del Señor si olvidamos que somos la Iglesia que lo concibe en
la fe y lleva adelante su gestación en la esperanza. Nuestras rutinas reducirían los sacramentos
a cosas sagradas si desconociéramos al Espíritu que nos transfigura a través de ellos, pues toda
Energía del Espíritu Santo se vive en el corazón de la Iglesia, en su humanidad impregnada de
luz, y no hay ninguna Energía de la Iglesia, como tal, que no sea la del Espíritu de su Señor. El ser
sacramental de la Iglesia significa que todo en ella es Energía conjunta del Espíritu y de la
humanidad que él transfigura. Esta Sinergia constituye la Liturgia, y es ella, en su triple
resplandor de deificación, lo que ahora vamos a contemplar en la celebración y en la vida.

2. La liturgia celebrada
Tras haber vislumbrado a qué profundidad fontal mana el Misterio de la Liturgia, podemos
acoger toda su plenitud. La Liturgia se hace nuestra cuando la celebramos. Entonces bebemos
de la Fuente y podemos saciar a Aquel que nos pide de beber: en el encuentro de estos dos
deseos105, el Espíritu Santo es el Río de Vida que salva al hombre y le hace dar fruto para la Gloria
del Padre.

El Misterio, envuelto en silencio durante siglos eternos, oculto en la creación, camina con los
hombres y es confiado pacientemente a nuestros Padres en la fe a lo largo de todo el tiempo de
las Promesas. Su Advenimiento en la Plenitud de los tiempos se manifiesta en la kénosis del
Verbo encarnado, hasta que su Acontecer estalla en la Hora de Jesús, en su Cruz y en su
Resurrección. Entonces, mana la Liturgia. En su Ascensión, Cristo la celebra junto al Padre, eterna
y vivificante, y la derrama sobre el mundo por la efusión de su Espíritu: la Liturgia hace nacer la
Iglesia e inaugura los últimos tiempos. Ella es el Río de Vida, que mana del trono de Dios y del
Cordero, sinergia del Espíritu y de la Esposa: en la Iglesia, la Liturgia concibe, forma y da a luz al
Cuerpo del Cristo total. En la Plenitud de los tiempos, nosotros estábamos todos en Cristo; en la
Consumación de los tiempos, él será todo en nosotros: la Liturgia de los últimos tiempos es esta
gestación del todo en todos, ella es la Transfiguración del Cuerpo de Cristo.

Necesitamos, en primer lugar, ser arrastrados en el flujo y reflujo de la Liturgia y de su


celebración. La celebración es la epifanía de la Liturgia en los últimos tiempos (capítulo IX),
porque la Liturgia se derrama en la celebración (capítulo X). Podremos entonces ser
sobrecogidos por el gran Sacramento que es el Cuerpo de Cristo (capítulo XI). A partir de ahí se
desvelará el despliegue irresistible de la Ascensión del Señor: la Transfiguración de toda la vida
del hombre (capítulo XII), del tiempo (capítulo XIII) y del espacio (capítulo XIV) en los
sacramentos.

105
Literalmente, «sed» en plural [N.d.T.].
IX. La celebración, epifanía de la liturgia
Antes de ver cómo el único Acontecimiento de la Liturgia se despliega en sus celebraciones tan
diversas, volvamos a la pregunta preliminar: ¿qué significa celebrar la Liturgia? De este modo
responderemos a otra pregunta, que subyace en la mentalidad de muchos cristianos: ¿por qué
celebrar la Liturgia?

La celebración, «momento» de la Liturgia


Hay una evidencia que la contemplación del Misterio, tal como lo hemos vislumbrado en los
capítulos precedentes, muestra con claridad: la Liturgia no se reduce a lo que nosotros
celebramos. Ella es celebrada sin cesar junto al Padre por Jesús en el Espíritu Santo, con la
asamblea de los primogénitos en el Reino. Ella es la que hace la historia. Ella es la vitalidad de la
Iglesia en este mundo, obra sin cesar y nos es ofrecida: «¡Que el hombre sediento se acerque!»
(Ap 22, 17). Nuestras celebraciones son momentos en que «nosotros, hombres de deseo,
recibimos, gratuitamente, el agua de la Vida» (cfr. ibíd.). Pero estos momentos no son
solamente, en sentido banal, determinados períodos del día, de la semana o del año. En la
Economía de la salvación, los momentos tienen una significación más profunda.

En los tiempos escatológicos en que estamos, una celebración es un momento en el sentido que
todos los acontecimientos de la Economía de la salvación son intervenciones privilegiadas del
Dios vivo en la historia del hombre. Toda la Economía está marcada por lo que la Biblia llama
kairós, instantes de gracia, ocasiones decisivas. Nuestra propia vida, y la de cada hombre, está
jalonada por esas llamadas con las que nuestro Dios nos invita a retornar a Él y conocerle. Hay
así momentos en nuestra existencia en que el corazón se desgarra para abrirse al Señor que
viene. Ahora bien, lo hemos visto, la Economía se ha convertido en Liturgia desde que el Río de
Vida manó de la tumba. Una celebración aparece, por tanto, como un momento en que el Señor
viene con poder y en que su Venida se convierte en la única ocupación de quienes responden a
su llamada.

Cierto, debería ser así en cada ocupación de la existencia del cristiano. La celebración tiende,
con todo su dinamismo, hacia esta Liturgia vivida, en que cada instante se volvería momento de
gracia. Pero, además de que la Liturgia no puede ser vivida en todo momento si no es celebrada
en determinados momentos, hay en la celebración una novedad irreductible que confirma su
necesidad: es entonces, en efecto, cuando el Acontecimiento de Cristo se convierte en el
Acontecimiento de la Iglesia reunida aquí y ahora. La Iglesia que celebra acoge la Liturgia
celestial y participa en ella. Se manifiesta así como Cuerpo de Cristo y lo llega a ser aún más,
porque, en el Memorial que celebra, el Espíritu la alimenta con el Verbo, transforma en su
Cuerpo lo que le es ofrecido y difunde su Comunión entre los miembros y con todos. La
celebración es un momento fontal en que el Río de Vida renueva, hace crecer y vivifica los
árboles de Vida.

Este momento o es eclesial o no es. Lo hemos visto desde el advenimiento de la Iglesia en


Pentecostés: el Espíritu da la Vida a los hombres al constituirles en Cuerpo de Cristo. Sin los
momentos de celebración, la Palabra de Dios sería solo un recuerdo edificante y la Comunión
en la Caridad, un ideal inaccesible, como una fuente ante la que nos moriríamos de sed. Faltaría,
en efecto, la Epíclesis, en la cual está concentrada la triple sinergia del Espíritu y de la Esposa:
no habría ningún Acontecimiento. Sin celebración, la fe volvería a ser teísmo, la esperanza
quedaría separada de su ancla y la caridad se diluiría en filantropía. Si la Iglesia no celebrase la
Liturgia, dejaría de ser la Iglesia y sería solamente un cuerpo sociológico, una apariencia residual
del Cuerpo de Cristo.
La pseudomística, refractaria a la celebración de la Liturgia, es, en realidad, una forma de la
muerte: el pecado del individualismo se cierra a la irrupción del Acontecimiento de la
Resurrección. Ninguna persona, bautizada o no, tiene línea directa con la Liturgia celestial. El
Misterio de Cristo no puede tomar cuerpo en nosotros, sino en su Cuerpo: ahora bien, su Cuerpo
espiritual, en este mundo, es la Iglesia. Allí donde la Iglesia celebra la Liturgia, allí está el Espíritu
del Cuerpo de Cristo.

Pretender vivir de Cristo resucitado sin pasar por la celebración eclesial de la Resurrección es
una contradicción. ¿Cómo vivir la Comunión con el Señor cuando se está en una actitud de
aislamiento y de ruptura con El? ¿Cómo ir al Padre, si se desprecia el único Camino abierto por
él, donde él nos busca y que recoge nuestra condición humana integral: el Cuerpo de su Hijo? El
espiritualismo desencarnado se engaña sobre el hombre y sobre Dios, porque desconoce la
Humanidad de Cristo. Ahora bien, la Humanidad real del Señor a partir de su Resurrección es la
de Jesús y sus miembros: un solo Cuerpo en el mismo Espíritu. «Desertar de la asamblea» que
celebra el Día del Señor (Hb 10, 25) equivale a no haber aún «discernido el Cuerpo de Cristo»,
es incluso dividirlo106.

La celebración, lugar de la Liturgia


En nombre de este realismo, una celebración aparece como el momento en que una Iglesia
participa en la Liturgia celestial. En este momento intenso, el Señor viene a su Iglesia que está
aquí, en este lugar. Esta participación local en la única Liturgia nos revela otros dos aspectos de
la celebración.

Por una parte, en efecto, si es la Iglesia quien celebra, esta no puede ser más que la Iglesia que
está en Corinto, en Éfeso, en París, etc. La Iglesia también o es local o no es. Si el Espíritu es
derramado en una comunidad habitada por la Palabra para transformarla en Cuerpo de Cristo e
irradiar a través de ella su Comunión, esto tan solo puede darse en un lugar; de lo contrario, es
una abstracción. Antes de ser un marco administrativo o pastoral, la noción de lugar que
connota siempre la Iglesia expresa el conjunto de los aspectos que constituyen y estructuran
sacramentalmente una Iglesia particular: los bautizados-confirmados y sus ministros ordenados,
la lengua y la cultura, la Tradición viva; en fin, todo lo que hace de una Iglesia el foco de la
Epíclesis que transforma una comunidad humana en Cuerpo de Cristo. En este sentido, toda
celebración es escatológica, en tensión hacia su consumación, como la Iglesia que celebra la
Liturgia. Una Iglesia no es local estáticamente; ella llega a serlo, y no lo es nunca totalmente
hasta que Cristo sea todo en todos los hombres de aquel lugar. Así, cada celebración debe ser,
en verdad, la de la Iglesia local, pero es con la celebración de la Liturgia como esta Iglesia se hace
cada vez más local.

Por otra parte, cuando tal Iglesia celebra la Liturgia según las costumbres propias de su lugar,
ella no celebra su Liturgia como si fuera distinta de la de las otras Iglesias locales. La diferencia
está en la expresión, no en el Misterio: siempre y en todas partes es la misma y única Liturgia
celestial la que celebran todas las Iglesias locales. Toda celebración manifiesta y realiza la
catolicidad de la Iglesia, porque es participación en la Liturgia eterna. Esto aparece de manera
eminente en la celebración de la Liturgia eucarística. Así como todo fiel que comulga el Cuerpo

106
El viejo dicho «yo soy creyente, pero no practicante» debería ser reconsiderado con discernimiento.
Pastoralmente, nos encontramos, pues, ante un bautizado prematuro, por tanto, ante un catecúmeno, o
también ante un penitente que se ignora a sí mismo. Las asambleas primitivas conocían estas dos
categorías y las hacían participar gradualmente en la Liturgia eucarística. Cfr. las despedidas sucesivas de
los catecúmenos y penitentes antes de la Anáfora.
y la Sangre de Cristo no comulga una parte de Cristo, sino el Cristo total, del mismo modo la
celebración de una Iglesia local no fracciona la Liturgia celestial, sino que participa en ella
plenamente. La celebración es, por tanto, no solo el momento, sino también el lugar donde la
Liturgia hace vivir la Iglesia en todo su Misterio.

Es de este modo como todas las Iglesias locales manifiestan, realizan y comunican su unidad en
la catolicidad: participan en la misma y única Liturgia eterna. Desde esta luz se puede entender
lo primordial que es la evidencia del misterio de la Iglesia, como Liturgia eterna en el corazón de
la historia, para vivir en verdad las relaciones en la Iglesia, desde la pastoral hasta el
ecumenismo. Esta luz permite purificar las tentaciones periódicas que agitan las Iglesias, ya sea
hacia el corporativismo espiritual, ya sea hacia el juridicismo administrativo. Porque todo es
fundamentalmente Liturgia en la Iglesia: la unidad en la fe y la comunión en la caridad, los
ministerios y la misión, la oración y los santos Cánones. La Liturgia es la fuente.

La celebración, foco de la Liturgia


Momento y lugar de la Liturgia celestial, la celebración eclesial es también el foco a partir del
cual la Luz del Misterio se derrama en el mundo de los últimos tiempos. Focaliza las Energías de
la Transfiguración para aplicarlas a una particular situación humana aquí y ahora. Este foco es el
punto de encuentro entre la Liturgia, vitalidad profunda de la Iglesia, y la condición encarnada
de cada Iglesia.

Ahora bien, hay que señalar que todas las celebraciones eclesiales comportan unas constantes,
cualesquiera que sean las tradiciones particulares propias de las Iglesias. Desde los orígenes
hasta nuestros días, la celebración, en su foco sacramental, está estructurada por unos
elementos constitutivos permanentes. En efecto, se trate de un Oficio de vigilia o de la
Reconciliación de los penitentes, de la Unción de un enfermo o de la Eucaristía, una especie de
morfología común parece desprenderse de todas las celebraciones eclesiales107.

Hay, en primer lugar, una asamblea de bautizados-confirmados, por reducida que sea; en caso
contrario, el Cuerpo de Cristo no estaría significado y la celebración no sería la de la Liturgia.
Están también los ministros, de los cuales, uno al menos debe haber sido ordenado para este
servicio; si no fuera así, el Espíritu y la Esposa no estarían significados, Cristo no sería Siervo de
su Cuerpo, la asamblea realizaría un culto religioso pero no celebraría la Liturgia. Se adivina la
razón de esto: la Comunión de la Trinidad Santa, que es la Energía última de la Liturgia, no se
toma, sino que se recibe. No nos damos la paz en la celebración, a pesar de lo que se piense: la
acogemos de Aquel que, solo él, es nuestra paz y que nos la da en su Cuerpo, por medio de los
miembros ordenados para este ministerio108. En la celebración, el hombre sediento se acerca y
recibe el agua de la Vida, gratuitamente y no por sus propias fuerzas. En el fondo de la cuestión
de los ministerios, volvemos a encontrar el misterio, tan extraño al hombre carnal, de la sinergia
del Espíritu y de la Esposa, del realismo encarnado del Cuerpo de Cristo y de la gratuidad de la
salvación. No basta con que «dos o tres se reúnan en su Nombre» para que Cristo viva con ellos
la celebración de la Liturgia109.

107
Decimos propiamente eclesiales para distinguirlas de las reuniones cultuales infralitúrgicas.
108
No nos corresponde a nosotros entrar detalladamente en esta cuestión tan actual de los ministerios.
Ateniéndonos a lo esencial, digamos que la Tradición de las Iglesias apostólicas ve lo propio del ministerio
ordenado en el servicio de la Epíclesis sacramental: es el criterio de sus demás funciones y de su distinción
con relación a las funciones análogas del sacerdocio real, como la de anunciar la palabra.
109
Air 18, 19. El Señor está en medio de ellos. Si están unidos -¿pero saben que lo están?-, el Padre escucha
su petición. Sin embargo, no es todavía la Iglesia, sino una Comunidad de creyentes que espera
Está también la Palabra de Dios, proclamada por un ministro y escuchada por la asamblea,
meditada por cada uno y guardada en el corazón. En este sentido, una celebración es un nuevo
Pentecostés: el Espíritu se derrama sobre quienes están habitados por la Palabra, se la
«recuerda» para hacerles vivir el Acontecimiento y «conducirles a la Verdad plena». Pero una
celebración no es un curso de Biblia ni la puesta en común de las impresiones de cada uno.
Acontecimiento de Cristo que se convierte en el de la Iglesia, ella es un momento de la Tradición
santa y viva: el corazón de Jerusalén es fecundado por el Río de Vida, los hambrientos reciben
el Pan de la Palabra por medio de los apóstoles, que se lo distribuyen. La Palabra de Dios, en
este foco de la celebración, debe estar proyectada en el Cuerpo: se convierte en Palabra de la
Iglesia. No mis palabras subjetivas, sea yo miembro de la asamblea o incluso ministro de la
Palabra, sino el Verbo de Vida cuyo Cuerpo es la Iglesia. Fuera de este Cuerpo, puede haber
muchos espíritus, pero no el Espíritu de Cristo, que habla por los profetas.

Encontramos también, y es urgente recordarlo hoy a un cierto tipo de hombre más cerebral que
humano, unas acciones simbólicas. Para que la celebración sea Transfiguración del Cuerpo de
Cristo, es necesario que todo el hombre, que es cuerpo, esté implicado. Si la Luz del Tabor
alcanza primero al hombre al nivel del corazón, en este punto de libertad liberado de
estructuras, es para que todo el ser sea iluminado y deificado. Una celebración cerebral se
compensa, fatalmente, en la autosatisfacción intelectual o emocional. La celebración integral de
la Liturgia, por el contrario, lleva al foco de la fe y se proyecta en Comunión, la de la persona y
la de la comunidad. El Acontecimiento de Cristo llega a ser el de su Iglesia tan solo si es actuado,
y no si solamente es pensado o sentido. El pensamiento y el sentimiento crean ídolos, solo el
símbolo en acción hace entrar en el Misterio. Esta participación en el Misterio se expresa,
entonces, en la fe de la asamblea y este es el significado del canto: no la yuxtaposición cacofónica
de palabras pronunciadas, sino una unidad, en la armonía, de fe, intercesión y doxología. Es otra
faceta de la Palabra de la Iglesia, pero que esta vez significa la participación efectiva en el
Acontecimiento de Cristo y la Comunión en la fe.

Hay, finalmente, como elementos estructurales de la celebración, un determinado espacio y un


determinado tiempo110. Pensamos en seguida, y es verdad, en su aspecto funcional, pero su
significado va mucho más allá. En efecto, lo que intenta pasar, a través del foco de la celebración,
no es otra cosa que la novedad de Cristo resucitado. «Las puertas cerradas» ya no son obstáculos
a su presencia y el tiempo ya no está sepultado en el pasado, porque Jesús es, personalmente,
nuestro hoy. Si la Liturgia eterna se despliega en nuestro mundo y en nuestro tiempo como
Ascensión del Señor, esto también debe estar significado en el foco de la celebración. No se
trata, en absoluto, de un condicionamiento psicodélico o de un teatro ilusionista, sino de que,
en el realismo sacramental del Cuerpo de Cristo, el espacio y el tiempo han de estar expresados
como transfigurados. En nuestras celebraciones humanas de aniversario o de victoria,
inventamos espontáneamente los signos por los cuales el espacio y el tiempo participan en el
acontecimiento celebrado: ¿por qué desconocer esta dimensión encarnada y tan humana en la
celebración de la Liturgia, este Acontecimiento que sostiene todo y transfigura todo?
Ciertamente, aquí la luz procede del interior, si no volvemos a caer en el folclore cultual. A lo
largo de la historia de la Iglesia, las Iglesias particulares han variado mucho en esta expresión,
sin duda, porque los dos últimos elementos son los más ligados a las culturas contingentes; pero,

Pentecostés. Sobre todo, no es una celebración, porque el Cuerpo de Cristo es orgánico, no anárquico. El
Espíritu nos incorpora a él, no lo construimos nosotros. Cfr. 1 Co 12, 12-14.
110
Cfr. los capítulos XIII y XIV.
en la mutación actual de las civilizaciones, no se los puede olvidar sin oscurecer la celebración,
este foco a través del cual la Liturgia se despliega en la Iglesia y se irradia sobre el mundo.

Estos ocho elementos -a los que se pueden añadir otros según las tradiciones propias de las
Iglesias- estructuran toda celebración. No se deducen a partir de una lógica ritual, sino que,
simplemente, se constatan e inducen de la práctica universal de las Iglesias. De hecho, verifican
la forma, la condición sacramental de la Liturgia en los últimos tiempos. Se encuentran en ellos,
efectivamente, las coordenadas primeras de toda comunicación entre personas: el grupo, la
palabra, el gesto, el espacio y el tiempo. Pero aquí son asumidas por Cristo Señor para hacer
pasar, a través de ellos, la corriente de su Espíritu. Porque la asunción de lo humano por parte
del Verbo se orienta por completo hacia ese Pentecostés que realiza la Epíclesis en la
celebración. Por ello, estos elementos llevan en sí mismos un significado bien distinto del de los
de una asamblea de tipo sociológico. No solo encontramos en ella dos elementos originales e
irreducibles -la Palabra de Dios a través de la Escritura y su proclamación, y los ministerios como
Energías del Espíritu Santo-, sino que estos dos signos y los otros seis serían totalmente
insignificantes para la Liturgia, si se les redujese al significado que los participantes quieran
conferirles. Son signos tan solo porque el Misterio los transfigura desde el interior; entonces,
ellos hacen entrar en la Liturgia. Si no fuera así, estaríamos de lleno en el ritual sacro de las
religiones naturales o de las ideologías.

Las celebraciones de la Liturgia


Además de momento, lugar y foco de la Liturgia, la celebración es también su epifanía porque
la irradia en Energías diversas. Si todas las celebraciones revelan una similitud fundamental en
los signos que manifiestan el Misterio, difieren notablemente en las Energías del Espíritu Santo
que realizan y comunican este Misterio. Todas celebran el Advenimiento del Señor, pero no
todas con el mismo Poder. La Energía transformante desplegada por el Espíritu a través de los
signos estructurales comunes varía según las celebraciones. En efecto, puesto que no hay más
que un Sacramento, el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, toda celebración participa de él y lo
hace participar; pero, ya que hay una diversidad de Energías del Espíritu Santo a causa de las
necesidades del hombre por deificar, hay diversidad de celebraciones.

Dicho claramente, la Tradición viva de las Iglesias apostólicas nos ofrece vivir la Liturgia, en
primer lugar, a través de la celebración del gran Sacramento -la Divina Liturgia por excelencia,
la Eucaristía-, que no se puede comparar con ninguna otra celebración, porque contiene todo el
Misterio; ella es el momento total de la Iglesia local y de la Comunión de las Iglesias. Después, a
través de los sacramentos mayores: Bautismo y Crismación, Reconciliación de los penitentes y
Unción de los enfermos, Matrimonio y Orden de los ministerios. Pero, en el interior de estas
Energías sacramentales, hay otros signos donde el Señor manifiesta y comunica su Gloria, en
particular, la Biblia y el Icono111, el Día del Señor y los otros momentos del tiempo transfigurado.

Es aquí donde una pregunta aparentemente ingenua merece una respuesta. A veces es
planteada por quienes comienzan a conocer a Cristo resucitado: ¿por qué esta diversidad de
celebraciones litúrgicas? Ya que Cristo está en medio de nosotros, ¿por qué la Energía de su
Espíritu no se manifiesta mediante un solo signo?, ¿se puede añadir o quitar algo a la acción
vivificante de Cristo resucitado?

111
La complementariedad de la Biblia y del Icono como escritura de la única Economía de salvación fue
definida en el 7o Concilio ecuménico (Nicea II, año 787).
La primera respuesta se encuentra en un hecho: la Eucaristía y los sacramentos mayores vienen
de Cristo y de la primera comunidad apostólica. Son datos de Tradición: la Liturgia no se fabrica;
ante todo, se la acoge. Estos grandes sacramentos son signos de alianza, sellos de fidelidad,
momentos de unión que el Señor da y confía a su Esposa en su Espíritu. Las otras formas de
celebración son contingentes; sin embargo, si todas las Iglesias locales las han ido adoptando
poco a poco a lo largo de la historia, nuestra exigencia crítica -ella misma también criticable-
difícilmente puede rechazarlas en bloque. En la Liturgia, la creatividad es también una energía
del Espíritu en el corazón de la Iglesia, y es auténtica cuando la piedra de toque es el Misterio
de Cristo.

La segunda respuesta es también un hecho de Tradición y se inspira en la continuidad entre la


Economía y la Liturgia. Antes de su Resurrección, Jesucristo se comportaba con los hombres con
la simplicidad y la verdad de una Persona viva. Con cuánta más razón ahora, pasado a sus
misterios, Cristo, Dios nuestro, es aún más humano que durante su vida mortal. En la
comunicación humana, la presencia se traduce a través de toda una gama de expresiones: la
palabra, el gesto, el silencio, la mirada, la escritura... En cada una de estas facetas, somos
nosotros mismos quienes nos comunicamos, pero no con la misma presencia en todos
indistintamente. En la relación del Señor con su Iglesia y con cada uno de los miembros de su
Cuerpo, el don de su Presencia conoce una gama de expresiones aún más matizada. A partir del
Sacramento de su Cuerpo, donde su Presencia es total porque su Pascua contiene todo, los otros
sacramentos, o, mejor, Energías sacramentales, corresponden con una verdad sorprendente a
nuestra sed humana y a todas las formas del deseo de Dios en el hombre.

En el fondo, hay una gran diversidad de celebraciones porque la Liturgia es tan pedagógica como
la Economía que ella lleva a cumplimiento. En este misterio de Alianza, la Esposa no siempre
está despierta y presente como lo espera «Aquel que se entregó por ella». Los matices del
registro sacramental revelan esta pedagogía secreta del Espíritu. Así, una celebración
penitencial del estilo liturgia de la Palabra no es todavía la celebración del sacramento de
Conversión con su Epíclesis consumante, sino que nos prepara a ella; y, cuando la Reconciliación
se vive en la Liturgia eucarística, la Energía de la Comunión va aún más lejos, aunque
presuponiendo la Conversión. Si el discernimiento del Cuerpo de Cristo es preliminar a toda
celebración, cada celebración, en su originalidad pedagógica, nos permite discernir la Sabiduría
«infinita en recursos» (Ef 3, 10) del Espíritu del Señor. Sus Energías son multiformes y los
sacramentos que las celebran son para los hombres. Toda la Economía de la salvación que
confluye en la Liturgia es un Designio de condescendencia, porque la Sabiduría se ha
acostumbrado a conversar con los hombres112.

La celebración, fiesta de la Liturgia


Una palabra puede resumir el misterio de la celebración como epifanía de la Liturgia: la Fiesta.
El término celebrar, que ha terminado por imponerse hoy en lugar del decir o hacer de los siglos
decadentes, orienta ya por sí mismo hacia esta experiencia de la fiesta. No para hacer de nuevo
la fiesta, o decir nuestras pulsiones inconscientes, sino para participar en la Fiesta de la Liturgia
eterna. Antes de mover los hilos de la puesta en escena que puede determinar un ambiente
festivo, es el momento, o no lo será nunca, de volver a la Fuente. Celebrar la Liturgia es entrar
en la alegría del Padre, la única que nos hará exultar de alegría con Cristo en el Espíritu Santo (Lc

112
La «condescendencia» (en griego «synkatabasis») no tiene en la Biblia y en los Padres de la Iglesia el
matiz insípido del lenguaje moderno: evoca la ternura del Padre que se inclina hacía sus hijos para estar
con ellos y traduce el primer movimiento de la Pascua (el segundo es la Ascensión), que en adelante
persigue la efusión del Espíritu Santo. Sobre la Sabiduría, Cfr. Ba 3, 9-38; Pr 8, 31 y Jn 1, 14.
10, 21). Si la fiesta surge de un acontecimiento feliz, ¿comprendemos que la Buena Nueva
consiste aquí para nosotros en ser crucificados con Jesús para resucitar con él? Una fiesta
celebra un encuentro; pero ¿hacia quién conduce el Espíritu a la Esposa en la celebración?
Festejar un acontecimiento es hacer partícipes a otros de nuestra alegría; ahora bien, ¿por qué
una celebración como la Unción de enfermos o el perdón de mis pecados es verdaderamente
compartir y anticipar el Reino? Cada uno podría continuar estas preguntas para sumergirse de
nuevo en la novedad inagotable de la Fiesta que se ofrece en cada celebración.

A la luz del misterio de la Liturgia celestial113, dos exigencias surgen de nuestras celebraciones
festivas. Si, en efecto, una celebración es un momento intenso de la Venida del Señor, la primera
exigencia es la de la fe y de la conversión. Los dos planos de los que nos habla el Apocalipsis -el
drama de la historia y su Liturgia eterna- están presentes de modo transparente en la
celebración. Debería ser una evidencia resplandeciente para nuestra fe, precisamente cuando
todo en nosotros, salvo el corazón, está a oscuras. Nuestras manos tocan las llagas del Siervo
Crucificado y nuestros corazones lo reconocen como el Señor nuestro Dios. Pero no se accede a
esta sencillez de fe por el mero hecho de entrar en una iglesia y comenzar una celebración.
También aquí es necesario un camino. Por eso, la pedagogía de la Tradición litúrgica nos hace
empezar siempre con la adoración y el reconocimiento de nuestro pecado, antes de escuchar al
Verbo y de participar en su Acontecimiento salvador. En la Liturgia, no se acerca uno a la zarza
ardiente más que descalzándose las sandalias y postrándose...

La segunda exigencia nos remite a la autenticidad de la vida. ¿Cómo exultar de admiración y de


acción de gracias en nuestras celebraciones -incluidas las de los difuntos-, si el poder de la
Resurrección no penetra, día tras día, las profundidades de nuestro pecado y de nuestra
muerte? ¿Cómo participar en la alegría del Padre, si no somos continuamente renovados por su
conmovedora misericordia? ¿Cómo cantar el cántico del Cordero, el de la sangre de los mártires
y la constancia de los santos, si no rezamos por nuestros opresores? Y ya que no hay alegría si
no es pascual, en la Vida que mana de la victoria sobre la muerte, ¿cómo celebrar la Fiesta que
es la Liturgia, si no hemos aprendido en las pequeñas cosas de cada día «a complacemos en las
angustias sufridas por Cristo» (2 Co 12, 10), como el Padre se complace en su Hijo amado (Mí
17, 5)? En una palabra, ¿cómo podremos celebrar la Liturgia, si no la vivimos? Y también lo
contrario es cierto: no podremos vivirla, si no la celebramos, como veremos en la tercera parte.

En este flujo y reflujo del Río de Vida que mana del Padre y retorna a él en Cristo, los momentos
de nuestras celebraciones son, de este modo, las Manifestaciones de la Liturgia. Son también
sus efluvios siempre nuevos, en nosotros y con nosotros.

X. El manar de la liturgia en la celebración


Al investigar cómo la Liturgia es celebrada por la Iglesia, nos hemos acercado al momento, al
lugar, al foco mismo donde la Fiesta eterna de la Pascua estalla en nuestro tiempo de gemido, y
la celebración ha aparecido ante nosotros como la Manifestación, la epifanía de la Liturgia. Es el
momento ahora de preguntamos cómo el Río de Vida puede estar en la celebración tan cerca
de nuestros labios que podamos beber en ella el Agua que colma nuestro deseo. ¿Cómo la
Liturgia, que se manifiesta en la celebración, nos da la Vida? ¿Cómo la Sinergia del Espíritu y de
la Esposa actúa en los sacramentos celebrados hasta el punto de hacemos vivir en ellos la
Transfiguración del Cuerpo de Cristo?

113
Cfr. El capítulo IV.
En nuestra preocupación por discernir el Cuerpo del Señor, estaremos atentos, en primer lugar,
a denunciar los callejones sin salida hacia donde nos desvían las interpretaciones que olvidan la
Fuente de agua viva: nuestras cisternas agrietadas (Jr 2, 13). Podremos así descubrir mejor
cómo, en el Éxodo vivido por el Pueblo de Dios en los últimos tiempos, el Señor actúa en el
corazón de la celebración: hiende la roca y el agua mana (Is 48, 21). En nuestra búsqueda del
sentido de la celebración, se revelarán entonces los diversos caminos o métodos114 a través de
los cuales Él nos conduce a las aguas que manan (Is 49, 10).

Las cisternas agrietadas


A pesar de su desnuda sencillez, nuestras celebraciones sacramentales están tejidas de
elementos bastante complejos, como hemos visto más arriba115. Si intentamos entender lo que
vivimos en estos momentos de la Liturgia, debemos pasar por esos elementos; los percibimos
como signos, conforme a toda la Economía de la Encarnación. Pero este realismo de los signos
sacramentales exige mucho discernimiento de fe. Buscando el agua viva, ¿no nos olvidaremos
de la Fuente y nos excavaremos cisternas? La tentación es evidente. En efecto, porque esos ocho
elementos constitutivos del foco de la celebración -asamblea y ministros, Palabra de Dios leída
en la Biblia y palabras de la Iglesia pronunciadas por nosotros, acciones simbólicas y canto,
espacio y tiempo-, todo este conjunto de signos lo tenemos a nuestro alcance; podemos
entenderlos en un determinado sentido, modelarlos y disponerlos. ¡Mientras la Fuente...! Esta
tentación de encerrar la Liturgia dentro de un marco que se pueda comprender es crónica desde
el principio de la Iglesia, y conduce a descubrir, demasiado tarde, que tal marco no contiene
nada más que lo que nosotros hemos metido en él: una sed desesperada. Hoy podemos
encontrar tres formas de esta tentación.

La primera tentación es cultural. Consiste en inventariar los elementos visibles y tangibles de las
celebraciones e interpretarlos partiendo de criterios culturales. Su límite no está en el intento,
sino en su miopía. En la antigüedad cristiana, dominaban dos modelos de explicación, cuya
influencia se extendió más allá del Medievo. En la línea de Aristóteles, los sacramentos se
profundizaron considerando su consistencia, sustancial y accidental, formal y material; su
eficacia, si bien ligada a la Iglesia, se explicaba, sobre todo, en términos de causalidad. En la línea
de Platón y de Plotino, otros fueron más sensibles al significado de los sacramentos y a su
simbolismo proveniente del mundo inmaterial; su eficacia se expresaba, principalmente, en
términos de participación. En nuestros días, estos dos esquemas de reflexión han pasado la criba
de las mutaciones del penúltimo siglo, ora más materialista, ora más idealista, y se han
enriquecido con las aportaciones de la fenomenología, de la psicología, de la sociología y de
todos los descubrimientos de la hermenéutica.

Todas estas investigaciones, apasionantes y no faltas de incidencia pastoral, se centran en los


signos y desembocan en un significado, accesible al microscopio de cada disciplina. El inventario
de una cisterna no carece de interés, pero ¿y la Fuente? Mientras no se parta de ella, no se
puede recibir el agua viva. Ignorarla conduce a petrificar los sacramentos en signos eficaces,
pero ¿eficaces de qué?; de la gracia, se dice; pero ¿de qué gracia?; ¿de los socorros divinos,
incluso de la participación en la vida divina? Pero Plotino también decía lo mismo. ¿Y por qué
entonces se tiene que pasar por estos signos, por la humildad de la carne?

En todas las interpretaciones culturales no se podrá hacer entrar jamás el Misterio de Cristo, tal
como lo hemos contemplado en la primera parte de este libro. El realismo del Acontecimiento

114
Etimológicamente, «método» significa «hacer el camino con», acompañamiento.
115
Cfr. el capítulo IX.
de la Resurrección, la paradoja de los últimos tiempos, la sinergia del Espíritu y de la Iglesia, el
Cuerpo de Cristo y su Transfiguración, toda la novedad de Cristo se convierte en un espejismo
para estos horizontalismos, incluso si están inspirados por una fe teísta. Solo la Liturgia fontal
transfigura los sacramentos como signos y nos los hace vivir como Sinergias en el Cuerpo de
Cristo, único Sacramento.

La segunda tentación es la de los creyentes fundamentalistas, apegados a la letra de la Biblia: es


la tentación cultual. Prefieren el término culto, porque el de liturgia no evoca nada para ellos116.
En cuanto al de sacramento, ha sido de tal manera cosificado por la escolástica decadente, que
son más bien reticentes respecto a él117. Entonces, su esquema de interpretación del culto
cristiano se inspira inconscientemente en el Antiguo Testamento. En él hubo acontecimientos
salvíficos, el culto era su memorial y la vida moral se conformaba a la ley, revelada en todos los
acontecimientos que el culto celebraba. El espíritu humano se encuentra a gusto en esta división
tripartita de catecismo: unas verdades a creer, unos mandamientos a practicar, unos medios de
santificación. Todos los monoteísmos se quedan ahí. Las ideocracias, también.

Pero el Misterio de Cristo no se queda ahí, afortunadamente. En el culto en Espíritu y en Verdad,


el Acontecimiento salvador, la Liturgia y la Vida nueva coinciden. Puesto que el Acontecimiento
de la Cruz y de la Resurrección permanece siempre vivificante aquí y ahora, el ritualismo está
superado: ya no hay exterioridad entre un signo sagrado y el acontecimiento que él significa. Lo
sagrado no es lo sacramental; es el Cuerpo de Cristo el que es Sacramento. Y por esto también
el moralismo está superado: ya no hay exterioridad, heteronomía entre la Ley y el obrar
cristiano, puesto que es el Espíritu del Cuerpo de Cristo quien se convierte en nuestra Vida. La
novedad de Cristo nos ofrece la Fuente, la Liturgia: cuando es celebrada, el Acontecimiento
pascual del que ella mana se convierte en nuestra Vida.

Queda una tentación, más reciente quizá y más seductora, según la cual ya todo sería de ahora
en adelante sacramental. Con término pedante, se podría calificar de omnisacramental. En su
apariencia de verdad, se adueña de la evidencia embriagante que reconoce a Cristo resucitado
presente y operante en todo. Desde entonces, todo se habría transfigurado y convertido en
signo portador de su Presencia. Entonces, cada uno, según sus gustos, descubre sacramentos
por doquier: el hermano es sacramento, la naturaleza es sacramento, el arte y la cultura, la
guerrilla o el mantenimiento del orden, el psicoanálisis o la dinámica de grupo... Es la panacea
sacramental, el pulular de celebraciones salvajes.

Esta fiebre es quizá el síntoma de una crisis de crecimiento. En cualquier caso, requiere un mayor
y más atento discernimiento. Más allá de la ilusión subjetivista que pretende vivir la Liturgia sin
celebrarla en el Cuerpo de Cristo, donde ella mana, esta interpretación angelical desconoce el
dato elemental de los últimos tiempos: si estamos ya todos en Cristo, él todavía no es todo en
todos: si todo subsiste en él, este mundo está todavía en poder del Maligno. Los pietismos
religiosos son siempre los desquites de los idealismos doctrinales. El mérito de este neopietismo
es presentir que todo puede llegar a ser Epifanía del Señor resucitado; pero desemboca en un
callejón sin salida en la medida en que desconoce el único camino de esta Transfiguración: el
Acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección, que se ofrece y acoge en la Liturgia celebrada.

116
El Nuevo Testamento utiliza solo una vez la palabra «liturgia» como sinónimo de culto cristiano (Hch
13,2), mientras todos los demás usos se refieren a la vida nueva del cristiano. En vano se buscaría en los
escritos apostólicos canónicos cualquier ordo de celebración litúrgica.
117
Incluso para el matrimonio, a pesar de la afirmación tan clara de san Pablo en Ef 5, 32.
«Hendió la roca y manó el agua» (Is 48, 21)
¿Cómo, pues, nos da la Vida la Liturgia que se manifiesta en la celebración? No podemos partir
únicamente de los signos para deducir de ellos un significado desconocido: es el método de los
ritualismos y nos lleva fuera del camino. Al contrario, tenemos que ir desde el Misterio, que nos
ha sido revelado en la Economía de la salvación, a su realización en la Liturgia. Es el camino que
nosotros seguimos desde el comienzo de este libro. Entonces los signos se abren, se hacen
transparentes y el agua puede manar. Esta apertura de visión, que alcanza primero el Misterio
e ilumina desde dentro sus signos, es la de la fe. Y es en el encuentro de dos libertades, la de la
fe y la del Espíritu, revelador de Cristo, como se vive la Transfiguración, es decir, la Liturgia
sacramental. Ya no podemos pensar entonces los sacramentos en términos de cosas sagradas,
de causalidades, de participación o de significantes a descifrar, sino en términos de Vida, la del
Dios vivo en nuestra carne y de nuestra humanidad en el Verbo, e incluso en términos de
Energías, ya que se trata del Acontecimiento a realizar y a actuar. Mejor, podemos beber del
Agua viva que mana solo si vivimos esta asombrosa Sinergia del Espíritu y de la Iglesia. Todo el
misterio de los sacramentos está en esta Sinergia.

Nicolás Cabasilas nos dice que «los sacramentos son la obra maestra de la creación». No es una
hipérbole piadosa. La primera creación, que existe solo por la kénosis del Dios vivo, comenzaba
a adquirir su sentido durante el largo tiempo de las Promesas: la semilla del Verbo germinaba
silenciosamente en la fe del pueblo de Dios. Con la Plenitud de los tiempos, la entrada personal
del Hijo en nuestra carne inauguró el levantamiento de la creación hacia su liberación futura. Ya
no era opaca ni estaba tampoco transfigurada: comenzaba a convertirse en parábola del Reino
venidero, porque el Reino llegaba a ella. Pero, cuando llegó la Hora de Jesús, el manar de la
Liturgia y su derramamiento en los últimos tiempos por la Efusión del Espíritu Santo, fue
entonces el advenimiento de una nueva Creación, cuya primicia es la Iglesia. No una creación
superpuesta sobre la primera ni la definitiva después del borrador, sino el Cuerpo de Cristo con
y en nuestra creación primera. Con y en son los balbuceos de la Sinergia de la Nueva Alianza: su
Morada con nosotros; Él está en nosotros y nosotros en Él. Cuando su Energía vivificante se
encuentra con la nuestra, cuando estas dos gratuidades libres se hacen una, cuando los signos
de su Alianza son reconocidos por nuestra fe y acogidos en nuestra carne, entonces la creación
alcanza aquello para lo que fue llamada en el principio: es la Sinergia, la obra maestra de la
construcción, la clave de bóveda de la Iglesia de la Ascensión donde todo es recapitulado en
Cristo.

A esta Sinergia continua somos invitados en cada instante, la misma que «anhela ansiosamente»
(Rm 8, 19) la creación en espera. Pero seamos sinceros. En lo cotidiano de la existencia, por una
parte, nuestra gratuidad y nuestra libertad están con frecuencia somnolientas y, por otra, los
signos de las circunstancias de nuestros acontecimientos no son para nada inmediatamente
transparentes al Señor. En la celebración sacramental, por el contrario, desde el comienzo y
durante todo este momento intenso, la primera Energía del Espíritu no cesa de despertar
nuestra respuesta de fe118; en cuanto a los signos, su misma desnudez es la condición óptima de
su transparencia al Misterio y a nuestra fe que lo acoge119.

Es necesario, sin duda, insistir en esta desnudez de los signos y de la fe en la celebración:


responde maravillosamente, en efecto, a la kénosis que el Espíritu Santo mismo vive en la

118
Es el significado de la Liturgia de la Palabra en todo sacramento y, más en general, de la Palabra
anunciada y acogida de un extremo a otro de la celebración.
119
Por ejemplo, el agua, el pan, el vino, el aceite, la imposición de las manos, etc., en el contexto de una
celebración, no pueden tener ningún significado, más que partiendo del Misterio de la fe.
Sinergia sacramental. Este aspecto de kénosis no puede, evidentemente, sospecharse por las
visiones humanas que permanecen al margen de la fe; ahora bien, este aspecto es esencial para
nuestra experiencia de los Sacramentos de la fe. Aquí, sobre todo, los sacramentos revelan en
qué sentido ellos son la obra maestra de la creación. Si se ha entendido que la creación no es el
efecto de la Causa primera ni una serie de emanaciones del Uno en lo múltiple, obra del Dios de
los filósofos y de los sabios, sino la primera kénosis de amor de la Trinidad Santa, entonces todo
se aclara. Sí, la primera creación es tan maravillosa que ni la poesía ni la ciencia podrán agotarla.
Los acontecimientos salvíficos del tiempo de las Promesas no eran menos espectaculares,
aunque quizá sea necesario atemperar el lirismo del género épico que nos los narra. En cuanto
a las obras de Jesús durante su vida mortal, son asombrosas hasta el punto de suscitar la
admiración y provocar la fe: nadie ha hablado nunca como este hombre ni ha obrado milagros
semejantes. Entonces, los signos eran deslumbrantes...

Pero, cuando llega la Hora en que va a surgir la nueva creación, todo eso desaparece: es el
fracaso irrisorio, la locura y la debilidad de la Cruz. ¿Qué decir ahora en nuestros últimos
tiempos? Los sacramentos, en los que se cumplen las maravillas de Dios de la Antigua Alianza y
los milagros del ministerio de Jesús, se manifiestan en signos de tal sencillez que los mismos
creyentes pasan, indiferentes, a su lado. «En verdad, tú eres un Dios que se esconde» (Is 45, 15):
cuanto más cercano es su Retorno, más densa es la Nube. Esta kénosis del Verbo y del Espíritu
Santo que se apropia de la Iglesia es, quizá, la revelación más desconcertante del Padre. En la
celebración sacramental, como en la vida según el Espíritu, se da una proporción inversa entre
el espectáculo y la verdad, entre la apariencia y la eficacia. En sus obras maestras, el Padre tiene
un mínimum de apariencia y un máximum de Omnipotencia: «El Es y Viene». Cuanto más
profunda es la kénosis del Verbo y del Espíritu en la Iglesia -y los sacramentos son su momento
y lugar-, tanto más el Padre se despoja de apariencia. Pero entonces, cuanto más es Padre tanto
más es Fuente.

Lejos de conducir a un despojo cerebral de los signos, el misterio de la kénosis en los


sacramentos nos invita, al contrario, a la verdad de los signos y a la respuesta de nuestra fe: no
hay sacramento más que en esta Sinergia. La humanidad del Cuerpo de Cristo, que somos
nosotros, debe ser muy humanamente verdadera, como solo el Espíritu del Señor sabe hacemos
humanos. La compasión del Padre no reside nunca tanto en nosotros como cuando aceptamos
vivir la Pasión de su Hijo en el vacío de nuestra muerte. La roca que se rasga es entonces la
tumba y de ella mana el Agua viva. En la celebración no somos espectadores de signos sagrados;
tenemos, al contrario, que hacerlos nuestros hasta el punto de que expresen, con el máximo de
verdad, esta «vida presente en la carne que vivimos por la fe en el Hijo de Dios, que nos ama y
se entrega por nosotros» (Ga 2, 20).

El agua viva mana, entonces; la Sinergia del Espíritu y de la Iglesia se hace nuestra. En los
capítulos siguientes se tratará de este tema. Apuntemos solamente, por el momento, tres
constantes según las cuales se desenvuelve esta Sinergia en nuestras celebraciones
sacramentales.

1. Está, en primer lugar, el movimiento de fondo de toda celebración. En sus profundidades


escondidas, es el Padre quien se entrega por su Hijo en su Espíritu Santo; toda la Economía lo
testimonia. Pero en la celebración inaugurada con la Ascensión es el movimiento de retorno, el
del paso de este mundo al Padre, el de la Fiesta, el que se manifiesta y actúa: el impulso de la
Liturgia nos arrastra hacia el Padre por Cristo en el Espíritu Santo. El Río de vida que mana del
trono de Dios y del Cordero conoce, entonces, su reflujo en la Iglesia que celebra. Hacia el Padre,
por el Hijo, en el Espíritu: esta fue, durante los primeros siglos, la doxología común a todas la
Iglesias. La Economía nos revela el primer movimiento de la gran Pascua de la historia120, la
Liturgia nos hace vivir su cumplimiento. Pero esta doxología que sostiene toda celebración es,
en el mismo momento, Sinergia de redención, soteriológica. El Cuerpo de Cristo es
inseparablemente Sacramento de la Gloria de Dios y de la salvación de los hombres. «La Gloria
de Dios es que el hombre viva; pero la vida del hombre es la visión de Dios» (San Ireneo). La
Sinergia que mana de toda celebración es «alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1, 6) y
deificación del hombre, «recapitulación» de todo en Cristo (Ef 1, 10).

2. Tenemos también -solo lo recodaremos121- el manar de la triple Sinergia del Espíritu y de la


Esposa. Ella imprime su ritmo de conjunto a toda celebración; por ella, alcanzamos en todos los
sacramentos la Liturgia fontal. No se trata ya de la estructura fundamental de una celebración -
los ocho elementos estudiados antes pertenecen al mundo de los signos-, sino que estamos aquí
al nivel de lo que significan y que mana en ellos. Los tres grandes tiempos de un sacramento son:
primero, aquel en que el Espíritu manifiesta a Cristo y que lo llamamos hoy Liturgia de la Palabra;
después, aquel en que el Espíritu transforma en Cristo lo que la Iglesia le presenta, y es la
Epíclesis que actúa en el corazón de todo sacramento; finalmente, la Sinergia de Comunión, en
que Cristo es comunicado y que desborda en Liturgia vivida.

3. La tercera constante concierne no ya al ritmo de conjunto de la celebración, sino a sus ritmos


de detalle, a sus etapas menores. Esto no quiere decir que todo, en el estado actual de nuestros
ordos litúrgicos, obedezca a una lógica vital. A veces uno se pregunta legítimamente por qué
hacer esto en un determinado momento y por qué decir aquello en otro momento. Las perezas
que abrevian y las decadencias que añaden no dependen de la santa Tradición, y se necesita un
paciente trabajo de especialista para discernir lo auténtico y lo apócrifo. Pero, en la medida en
que tal purificación se hace por las Iglesias interesadas, se puede constatar una progresión en el
interior de cada uno de los tres grandes tiempos de nuestras celebraciones: estos ritmos de
detalle son como unidades sacramentales.

Una unidad sacramental es la armonía de tres elementos que de por sí deberían ser
inseparables: una acción, una palabra y un canto122. Les mencionamos, no solo por su valor
estructural y significante, sino por las Sinergias que realizan. En efecto, ¿qué es una acción en la
celebración sino un símbolo a través del cual el Espíritu realiza con la Iglesia lo que es significado?
Por tanto, ponerse de pie o arrodillarse no son solo gestos funcionales, sino que significan una
sinergia: la oración del Resucitado y la del pecador. Pero una acción sin palabra se vuelve pronto
ritualismo o magia: es la palabra la que da el sentido a la acción, ella despierta la fe que puede,
entonces, ser significada. Finalmente, solo el canto hace participar a la asamblea de lo que hace,
escucha y dice. En una unidad sacramental volvemos a encontrar de nuevo la triple Energía del
Espíritu Santo a la que responde la Iglesia: manifestar con la palabra, realizar con la acción,
comunicar con el canto. Es la progresión de sus unidades sacramentales lo que constituye el
desarrollo de una celebración, en el interior de su ritmo de conjunto. Esta lógica viva no puede
deducirse, pero se puede verificar pastoralmente. Caemos en la cuenta, entonces, de que la

120
El movimiento de la «condescendencia» divina: Cfr. la nota 7 del capítulo IX [N.d.T.].
121
Cfr. El capítulo VIII.
122
Como ejemplo de unidades sacramentales, y sin entrar en la descripción de los detalles, que varían
según las tradiciones eclesiales, se pueden citar en la liturgia eucarística: las tres procesiones (Evangelio-
Ofrendas-Comunión), los diversos momentos del don de la Paz, las peticiones de perdón, las diversas
formas de adoración (de la Santa Trinidad o del Cuerpo de Cristo), la Epíclesis, las intercesiones, la oración
a nuestro Padre, la elevación del Pan de Vida y del Cáliz, la Comunión, las bendiciones que abren o cierran
las etapas de la celebración.
ausencia indebida de uno de los tres tiempos de estos ritmos de base perturba la celebración y
oscurece su sentido.

«Les conducirá a manantiales de agua» (Is 49, 10)


Esta búsqueda del sentido de nuestras celebraciones es fundamental: de ella depende el
redescubrimiento del sentido de la Liturgia en la vida. En caso contrario, las celebraciones corren
el riesgo de convertirse en momentos cada vez más insignificantes y sin relación con la vida.
Desde los comienzos de la Iglesia, parece que la preocupación principal haya sido la vida del
cristiano como Liturgia de la Nueva Alianza. Los escritos del Nuevo Testamento son muy sobrios
acerca de las celebraciones; lo que les interesa es el sentido de la Liturgia en nuestra vida
nueva123. Lo mismo nos encontramos en los escritos litúrgicos de los primeros siglos, aun cuando
son los testimonios preciosos de las más antiguas expresiones y estructuraciones de la Liturgia
celebrada. Pero es, sobre todo, a partir del siglo iv cuando aparece en la literatura patrística un
género literario dedicado a la búsqueda del significado de la celebración litúrgica: la
mistagogía124.

Desde los Padres hasta nuestros días, se pueden distinguir cuatro métodos mistagógicos, en
razón de su punto de vista. El primero, que puede llamarse puntual, toma uno a uno los puntos
de la celebración de un sacramento y explica su significado125. En el fondo, consiste en seguir
paso a paso el desarrollo de la celebración, partiendo de las unidades sacramentales: esta
catequesis de los Padres y de sus sucesores confirma cuanto hemos dicho del ritmo interno de
estas unidades: la acción, la palabra y el canto. Semejante descubrimiento es inagotable.

El segundo método mistagógico puede denominarse lineal en cuanto considera más bien las
grandes líneas, los grandes conjuntos de una celebración, para resaltar su significado global y
coherente. Aquí el movimiento de conjunto imprimido por la triple Sinergia del Espíritu y de la
Iglesia se muestra con toda claridad.

Un tercer método es más teológico y sintético, se podría llamar panorámico. Se centra en un


sacramento y, girando en torno a este eje, examina todos los aspectos del Misterio cristiano. Es
la Eucaristía, indudablemente, la que mejor se presta a esta mistagogía más sistemática126.

Finalmente, está abierta otra posibilidad, aunque ha sido poco aprovechada por los Padres y los
catequistas de los siglos sucesivos: buscar el significado de una celebración partiendo del
significado original de su Epíclesis. La perspectiva aquí es la del Poder de la Resurrección que
actúa en ese sacramento. El significado que se busca es el de la Energía del Espíritu Santo que
transforma la humanidad a él ofrecida en ese momento. Se adivina lo fecunda que puede ser
esta mistagogía para poner en evidencia la unidad entre la celebración y la vida, ya que es la
misma Epíclesis que actúa en el sacramento la que animará a continuación la vida de quienes lo
han celebrado.

Nosotros seguiremos, sobre todo, esta cuarta vía, en convergencia con la mistagogía lineal de la
triple Sinergia. No nos ataremos a las expresiones particulares de una Iglesia o de otra, sino que

123
Cfr. S. Lyonnet. «La nature du culte dans le Nouveau Testament», en La Liturgie après Vatican II, Éd.
du Cerf, 1967, pp. 357-384.
124
Literalmente: «acción de conducir hacia el Misterio»; o también: «acción por la cual el Misterio nos
conduce». Los principales Padres autores de mistagogías son: Cirilo de Jerusalén, Juan Crisóstomo,
Teodoro de Mopsuestia, Narsai, el pseudo-Dionisio y Máximo el Confesor.
125
Por ejemplo, Nicolas Cabasilas, Explication de la divine Liturgie, en «Sources chrétiennes», n° 4bis; y P.
Lc Brun, Explication de la Messe, col. «Lex orandi», n° 9, Éd. du Cerf.
126
Es la clave de bóveda de la mistagogía de San Máximo el Confesor.
trataremos de obtener el significado de la acción del Espíritu Santo en las celebraciones, que son
el tesoro común de todas las Iglesias apostólicas. Esta mistagogía de la Epíclesis podrá hacer
aparecer, en su sencillez de fe, la unidad profunda de la Liturgia: manifestada en la Gloria,
celebrada en la carne, vivida en el Espíritu.

XI. El Sacramento de los sacramentos


La Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos, donde el Cuerpo de Cristo despliega todas
las Energías de su Transfiguración y cumple su Misterio en la Iglesia127. En él nos reunimos el día
del Señor para vivir su Pascua en la intensidad de la fe y en la alegría de la fiesta. En él, el Padre
nos hace partícipes de su Comunión en la Liturgia eterna. Pero el gran Liturgo de esta celebración
es su Espíritu Santo. Él nos hace vivir la Eucaristía como la misteriosa sinfonía del Verbo
encarnado; por él, todo lo que vive y respira es reunido en la unidad del Hijo y canta la alegría
del Padre.

Como en un preludio, el Espíritu Santo nos introduce, en primer lugar, en la Liturgia a celebrar.
Después, en un primer movimiento, el de la Liturgia de la Palabra, él nos manifiesta al Señor
que viene. En un segundo movimiento, el de la Anáfora, él realiza para nosotros la Pascua de
Cristo. Esta Transformación desemboca en un tercer movimiento, en la Comunión en el Cuerpo
de Cristo. Entonces, como en un final en que todo comienza, él nos conduce a la Liturgia a vivir.

Ahora bien, esta gran Pascua de la historia, nuestro Liturgo no la realiza sin nosotros: debemos
prepararnos para ella y responder en ella. La celebración es una constante sinergia entre él y
nosotros. Por eso, en el corazón de cada uno de los movimientos de la Liturgia eucarística,
vivimos con el Espíritu Santo como un ritmo de dos tiempos: el del despertar de nuestra fe y el
del acontecimiento de la fe. El Espíritu abre nuestros ojos para que reconozcamos al Señor,
recoge nuestros corazones para que acojan al Verbo, ahonda nuestra hambre para que el Pan
de vida nos sacie, nos hace morir a nosotros mismos para resucitar con Cristo, se hace nuestra
alegría para que nosotros lleguemos a ser la del Padre, se deja aspirar por nosotros para que
demos Vida a nuestros hermanos.

Este despertar de la fe nos hace cada vez más transparentes a la Luz de la Transfiguración128. En
su triple irradiación, el Espíritu Santo nos penetra y nos hace vivir en Cristo, nuestra Pascua. Él
nos lo revela, lo actualiza para nosotros y nos hace participar de él. Ahora bien, en cada uno de
estos tres movimientos, hay un momento intenso en que el Espíritu nos deifica en el Cuerpo del
Señor: es el momento de la epíclesis129. La Liturgia de la Palabra culmina en una epíclesis que
precede al anuncio del Evangelio, porque entonces es cuando el Verbo encarnado llega a ser
para nosotros «espíritu y vida» (Jn 6, 63). En la Anáfora, la anámnesis es consagratoria gracias a
la epíclesis con la que el Espíritu transforma las ofrendas en el Cuerpo y Sangre de Cristo. En la
liturgia de la Comunión, también por la epíclesis del Pan mezclado en el Cáliz se cumplirá nuestra
transformación en Cristo, la unión transformante de la Iglesia en su Señor.

La Liturgia de la Palabra
Lo primero, tanto en la Economía del Misterio como en su Liturgia, es el movimiento de amor
por el cual el Padre nos da su Palabra. Así, el despertar de nuestra fe, suscitado por el Espíritu
Santo, consiste, ante todo, en esperar al Señor, en prepararle el camino en nuestros corazones,
en recogernos a imitación de Aquel que viene. Cada tradición litúrgica lo expresa según su

127
«Celebrar» significa etimológicamente «cumplir», «llevar a cumplimiento». La expresión «Sacramento
de los sacramentos», en la que se reconoce el superlativo semítico, es del pseudo-Dionisio.
128
Cfr. el capítulo VII.
129
Cfr. El capítulo VIII.
particular pedagogía130. El Espíritu es para nosotros el Precursor del Verbo encarnado. Él es
también su Revelador. En efecto, Cristo viene realmente a nuestra asamblea, entra en ella y
llama a cada uno para conducimos a todos hacia el Padre. Es por medio de esta Venida del Señor
como Palabra del Padre como la comunidad de los creyentes se convierte en la Asamblea que
va a celebrar la Liturgia131.

Cuando el Señor viene a nosotros, toca nuestro corazón y le invita a volver a Él; el Señor llama a
la puerta, ¿le abriremos? Volverse y abrirse a Él, he aquí nuestra conversión inicial que preludia
la de la Anáfora, en que toda ofrenda se convertirá en Él. «Estando las puertas cerradas, el Señor
se puso en medio de ellos... y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20, 19).
Jesús no nos habla todavía, pero Está aquí. Cristo resucitado no puede forzar las puertas del
corazón, pero, desde el momento en que le acogemos por la conversión amante de la fe,
conocemos la alegría nueva de su presencia: la conversión nos abre a la adoración132. Adorar y
convertir su corazón son el flujo y reflujo de la oración de la Iglesia cuando el Espíritu le revela a
su Señor que viene. Cuando la Gloria del Padre se irradia sobre nosotros desde el rostro de
Cristo, el asombro del amor ilumina cada vez más la noche de la ausencia en que el pecado nos
retenía prisioneros. La adoración sin metanoia del corazón sería una hipocresía, pero una
conversión sin éxodo hacia el amor del Padre sería una ilusión moralizante y desesperante. La
conversión es teologal, doxológica incluso, y la adoración es un retorno a la Voluntad del Padre.
Si este movimiento se celebra en verdad y en la fe, comenzamos a ser transfigurados; ya no
somos espectadores de una teofanía, sino que la nube nos envuelve: la Epifanía de Cristo se
convierte en la nuestra, la de la Iglesia.

Llega entonces el Acontecimiento del Evangelio. Primero escuchamos a sus testigos, los
Apóstoles, en la lectura de la epístola. Después, Cristo resucitado nos da su paz dándonos su
Espíritu (Jn 20, 19-22). Es el momento de la epíclesis de la Liturgia de la Palabra, sinergia
escondida del anuncio del Evangelio. En el Espíritu Santo, las palabras de Jesús son más que una
enseñanza, se convierten en Acontecimiento. «Yo digo y yo hago»; la expresión profética nunca
es tan verdadera como en este momento. La Palabra encarnada llega al corazón de la Iglesia por
la acción del Espíritu. El Padre no puede comprender más que esta Palabra: la ha entregado en
la Economía y vuelve a El en la Liturgia. Sembrada en el Hijo unigénito, fructifica ahora en los
hijos adoptivos. Sí, la Palabra se lanza y tiende hacia su Comunión: así hay celebración, liturgia
de la Palabra.

El Espíritu revela el Verbo a la Iglesia. La Palabra dada hace entonces de nuestra humanidad la
Novia del Cordero. Cuanto más escuchemos y acojamos al Verbo hecho carne nuestra, tanto
más llegaremos a ser su Cuerpo: «hoy» en nosotros «se cumple» Aquel a quien escuchamos (cfr.
Le 4, 21). Por eso, la Liturgia de la Palabra requiere una cierta calidad de duración y una densidad
de silencio, portadoras de la Palabra dada y escuchada. Tanto mido nos distrae, cuando el
Espíritu nos reúne, que una simple recitación de las lecturas, sazonadas de versículos
monótonos, no puede bastar. Se trata de una celebración, ¡la Plenitud del Misterio intenta
cumplirse en nosotros!

El Espíritu es el Aliento de la Palabra; él nos llama, pero ¿responderemos? La Iglesia que somos
aquí es, efectivamente, local y, si somos llamados, es para ser enviados a «los hijos de Dios

130
Por ejemplo, con antífonas, un introito, una letanía, una monición.
131
Este es el significado de la procesión con el Evangeliario: Cristo es personalmente el Evangelio.
132
En sí, la liturgia penitencial termina con la adoración (el «Trisagion» de las Liturgias orientales, el
«Gloria» de las Liturgias latina y anglicana).
dispersos» en este lugar. La Epifanía en la que nos transfigura el Señor no debe desvanecerse a
la salida de la iglesia. Es el significado de la homilía y de las oraciones insistentes que la siguen:
partir la Palabra para nuestros corazones hambrientos hasta hacernos compartir el hambre
misteriosa del Verbo encarnado: «Tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis» (Jn
4, 32)... «Vámonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para predicar también allí; ¡pues para esto
he salido!» (Mc 1, 38)... «Con gran ardor he deseado comer esta Pascua con vosotros» (Lc 22,
15).

La Anáfora eucarística
La segunda sinergia del Espíritu y de la Iglesia consistirá justamente en que la Pascua de Jesús
llegue a ser la nuestra. La Liturgia de la Palabra tendía hacia este Memorial. No para reavivar el
recuerdo, como si la Hora de Jesús fuese algo del pasado: esta es el tiempo nuevo que eleva la
Anáfora; ni para repetirla: somos nosotros quienes nos hacemos presentes a Cristo crucificado
y resucitado; sino para llevar a cumplimiento en nosotros, los miembros de su Cuerpo, lo que él
ha vivido de una vez para siempre.

En la fe que suscita, en este momento, el Espíritu Santo no solo prepara nuestros corazones al
Señor que viene, sino que les abre «el acceso al santuario... por este camino, nuevo y vivo, que
es el velo de la Carne del Verbo» (Hb 10, 19-20). Cualesquiera que sean las unidades
sacramentales mantenidas por las tradiciones litúrgicas antes de la gran oración eucarística, el
Espíritu nos introduce en la Realidad que es el Cuerpo de Cristo. Él nos arrastra hasta la
profundidad de su designio de amor y nos hace tocar el abismo de muerte de los últimos
tiempos, donde el Resucitado viene a buscar a todos los hombres: «Habiendo amado a los suyos,
los amó hasta el extremo del amor» (Jn 13, 1). Aquí se encuentra el significado del Credo, que
une a la asamblea en la fe en la Santa Trinidad y en su Economía de salvación; el significado de
la presentación de las ofrendas y, especialmente, de la procesión de los Dones, como entrada
de Cristo en la nueva Jerusalén; y el significado también del beso de la paz, signo de la comunión
en la caridad a la que el Señor nos atrae133.

Viene entonces el Acontecimiento de la Pascua celebrado en la Anáfora eucarística. En él se


cumple el Evangelio, el Espíritu «levanta nuestros corazones» para hacemos participar en la
Ascensión del Señor, este retorno jubiloso hacia el Padre donde toda realidad, que es gracia, por
fin es liberada de la muerte y se convierte en acción de gracias134. La plegaria eucarística, en
cuanto plegaria expresada, es impotente para traducir esta Pascua inmensa y maravillosa del
Verbo y del Espíritu, sembrada por el Padre en el principio de los tiempos y que retorna a Él
desde ahora en el Cuerpo del Hijo amado, cada día más desbordante de su siega de Vida. Se
comprende, pues, que la tradición viva de las Iglesias haya inventado una multitud de plegarias
eucarísticas y que Serapión exclame al terminar la suya: «¡Que hablen en nosotros el Señor Jesús
y su Espíritu Santo, que ellos celebren con nuestras voces tus misterios inefables!». La Liturgia
eterna, vislumbrada por Isaías en el templo del universo, estalla en el canto de la nueva
Jerusalén: «¡Santo, Santo, Santo... llenos están el cielo y la tierra de tu Gloria!». En la Eucaristía
celebrada, la «plegaria» y el Misterio son una sola cosa: todo es recapitulado en el Cuerpo de
Cristo (Ef 1, 10).

133
El lugar del «Credo», de la presentación de las ofrendas, de la procesión de los dones y del beso de la
paz varía según las familias litúrgicas. Sobre el significado del beso de la paz en este momento, Cfr. Mt 5,
23 ss; Jn 13, 11-15 y Jn 20, 19 ss.
134
«Ana-phora»: movimiento de llevar hacia lo alto. «Eucaristía»: dar gracias.
La Anámnesis que sigue135 hace memoria de todas las maravillas realizadas en favor del hombre
por la Trinidad Santa y las recoge en el «cáliz de la síntesis»136, en ese foco de amor que es el
Cuerpo del Señor Jesús en la Hora de su Pascua. En él, Dios se entrega totalmente al hombre y,
por fin, el hombre se da de nuevo a su Dios. «Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo»:
se cumple la Nueva Alianza. El Cuerpo de Cristo realiza para nosotros este Sacrificio de amor que
se derrama eternamente en la Comunión de las Tres Personas137 y que consagra ahora a la gloria
del Padre todo lo que el pecado del hombre había degradado. «Esto es mi Cuerpo entregado
por vosotros... esta es mi Sangre derramada por la multitud». ¿El Cuerpo y la Sangre? San Ireneo
nos dice: «Es entonces cuando la muerte es vencida»; y san Ignacio de Antioquía: «He aquí el
remedio de inmortalidad».

Ahora bien, ¿quién transforma nuestras ofrendas en el Cuerpo y la Sangre de Cristo sino el
Espíritu que actúa en la Iglesia? En el corazón de esta Consagración, es él quien manifiesta su
poder y es el momento decisivo de la epíclesis. Desde el altar se eleva el Grito del Verbo
crucificado, con el que se funde el gemido de la Esposa: «¡Padre! Envía tu Espíritu vivificante
sobre nosotros y sobre estos dones aquí ofrecidos. Haz de este pan el Cuerpo sagrado de tu
Cristo y de lo que está dentro del cáliz la Sangre preciosa de tu Cristo, transformándolos por tu
Espíritu Santo!». Jesús ha resucitado de una vez para siempre, porque el Espíritu Santo vino a
colmar su abandono radical a la voluntad del Padre: su muerte ha sido el Don de su Vida. Ahora
bien, aquí aparece el realismo penetrante y jubiloso de la epíclesis sacramental. El punto de
inserción de la Liturgia en los últimos tiempos es nuestra muerte, esta muerte donde Jesús ha
entrado hasta el extremo del amor. Entonces, la Compasión del Padre desposa el sufrimiento de
todo hombre y hace manar su Espíritu del costado de su Hijo amado. El acontecimiento de la
epíclesis está en este Don: el Espíritu de Jesús se derrama en la muerte del hombre para darle
la Vida. Él se derrama sobre toda carne que se le ofrece y su Energía transformante la hace
participar en la Resurrección de Jesús; los miembros heridos son unidos al Cuerpo incorruptible
y viven de él.

Las intercesiones despliegan entonces el poder de este Pentecostés eucarístico sobre todo lo
que le ofrecemos. Siendo uno con Cristo, nos mantenemos ante el Rostro del Padre a fin de
interceder por todos y por todas: ¡que venga el Espíritu Santo! Él, «el lugar de los santos»138,
dilata su presencia en nuestra intercesión. La Iglesia vive con él, en su fe virginal, la gestación
del mundo; ella acepta ser la tumba nueva donde reposa la humanidad herida por la muerte,
únicamente «apoyada en la promesa de Dios, que da vida a los muertos» (cfr. Rm 4, 17-20). La
Iglesia en intercesión, es decir, en epíclesis, vive su consentimiento más libre y más pobre al
Espíritu que da la Vida. En ella, la debilidad del hombre se convierte en el lugar vivo donde se
despliega el poder de Dios; hecho aún más maravilloso, el pecado del hombre se convierte en la
hendidura mediante la cual es curado y colmado de la Gracia misericordiosa. La Epíclesis
eucarística, que se despliega en la intercesión, es el momento de nuestra vida en que nuestra
oración es más eficaz. Y se entiende que este ruego termine en la oración misma de Jesús, en el
Padrenuestro: en cada petición es el Espíritu Santo el que es aspirado y el que es dado.

La Comunión eucarística
En el tercer movimiento de la Liturgia eucarística, el Espíritu ilumina la mirada de nuestra fe con
la visión del Cordero de Dios. Nuestros corazones pecadores lo reconocen y son envueltos por

135
«Anámnesis»: hacer memoria de.
136
San Ireneo.
137
Cfr. el capítulo I: «El Misterio escondido durante siglos».
138
San Basilio de Cesarea.
su Luz. Sí, el banquete de las bodas de la Esposa y del Cordero está preparado y nosotros somos
atraídos hacia él por el Espíritu. Y he aquí que el Cordero es elevado, da la paz, es partido, aunque
no dividido, y dará, finalmente, la Vida a quienes comulgan de él. Aparece así el significado de
la partícula de Pan eucarístico mezclada en el Cáliz, porque Aquel que ha dado su Cuerpo y
derramado su Sangre asumiendo nuestra muerte está ahora y en adelante Vivo y nos da su Vida.
Se celebra entonces una última epíclesis139, en armonía con la de la Liturgia de la Palabra; en el
misterio de las dos mesas140, la fe que une a Cristo mana del Espíritu Santo.

En el acontecimiento de la Comunión, la energía del Don y la de la Acogida son una sola cosa.
Nosotros llegamos a ser Aquel que acogemos y en quien el Espíritu nos ha transformado. El fruto
de la Eucaristía, hacia el que tiende todo el poder del Río de Vida, es la Comunión de la Trinidad
Santa, la Koinonía. Vivir el Ágape divino en la verdad de nuestra carne mortal, esta será la
sinergia de la caridad que fructificará en la Liturgia vivida. Por esto, esta parte de la celebración
está relativamente menos desarrollada que las dos precedentes.

En este banquete del Reino, el don es recíproco y, de suyo, total. En términos personales, yo ya
no soy mío, sino de Él, que me amó y se entregó por mí; lo que es mío es Él. Si hemos vivido la
Liturgia de la Palabra y la Anáfora en su realismo espiritual, seremos entonces transfigurados,
deificados, de principio en principio, en la luz de la Comunión. Es el momento de las bodas del
Cordero, Aquel que lleva y quita el pecado del mundo. Desde entonces, mi pecado, mi muerte,
mi vacío ansioso de amor, este corazón impenetrable, esta Imagen que debería irradiar el
resplandor de su Rostro, todo esto ya no es mío: este posesivo es la perversión de la Comunión
trinitaria. No, nosotros somos de Él y Él, del Padre; nosotros viviremos por Él, como Él vive por
el Padre. Así, la Comunión cumple la epíclesis de la Anáfora, en la cual el Espíritu había penetrado
la profundidad de nuestros infiernos para incorporarnos al Cuerpo incorruptible.

«Adán, ¿dónde estás?». Esta sed del Dios vivo, que buscaba al hombre en el primer paraíso, se
sacia en la Comunión. Adán, el hombre del miedo, es al fin encontrado, y Jesús, el nuevo Adán,
le hace salir y elevarse al Amor perfecto que ahuyenta todo temor. Habiéndose unido a nosotros
en nuestras profundidades, el Hijo amado nos arrastra hacia el Padre: «¡Levántate de entre los
muertos! ¡Levántate y salgamos de aquí, porque tú estás en mí y yo en ti: nosotros dos
formamos un mismo ser indivisible... Levántate y salgamos de aquí, de la muerte a la Vida, de la
corrupción a la inmortalidad, de las tinieblas a la Luz eterna!» 141.

En la Comunión anticipamos el estallido de la Resurrección. De celebración en celebración, la


Iglesia que somos hace subir la Pascua de toda la creación. En el gran Sábado Santo, todos
estábamos en aquel Adán que Cristo saca de la muerte, porque él ha llegado hasta el extremo
en su comunión con los hombres. En la Divina Liturgia, el Señor llega a ser cada vez más todo en
nosotros, «hacia su Principio que no conocerá fin»142, hasta el corazón de la Trinidad Santa.

139
Poco aparente en las Liturgias occidentales, está más desarrollada en Oriente, especialmente en la
tradición bizantina, bajo el signo del agua hirviente (zéon) vertida en el cáliz: «El fervor de la fe mana del
Espíritu Santo». Mezclando una partícula del Pan en el cáliz, el celebrante acaba de decir: «La plenitud de
la fe, el Espíritu Santo», y, bendiciendo el zéon: «Bendito sea el fervor de tus santos», es decir, de quienes
van a comulgar.
140
La expresión es de Orígenes: la mesa de la Palabra y la del Cuerpo de Cristo, el mismo misterio del Pan
de vida (Jn 6).
141
Homilía pascual del pseudo-Epifanio.
142
San Gregorio de Nisa.
Del preludio al final
En la sinergia del Espíritu y de la Iglesia, que sostiene los tres movimientos de la celebración, hay
un preludio y un final, que a menudo desconocemos. En una primera bendición, el Espíritu Santo
nos ha introducido en la Liturgia a celebrar; con una última bendición, nos envía a la Liturgia a
vivir. En el fondo, la Eucaristía se desarrolla entre dos kénosis: la del Verbo en su Cuerpo personal
y la del Espíritu en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Nuestra celebración va del icono de la
Natividad al de Pentecostés. Pero, ya que a lo largo de toda la Divina Liturgia el Espíritu nos ha
hecho vivir el Acontecimiento de la Pascua de Jesús, debemos estar atentos a lo que él va a vivir
con nosotros después de la celebración. Habiendo sido hechos Iglesia, tenemos que vivirla como
kénosis del Espíritu Santo. Al don del Amor que es siempre fiel deberá responder la verdad de la
caridad que el Espíritu derrama en nuestros corazones. También nosotros debemos llegar hasta
el extremo en nuestra donación: despojamos de nosotros mismos en la misma kénosis de amor
para pertenecerle solamente a Él. Así es como se cumplirá el Sacrificio, por nosotros, en la
Iglesia.

Comunión de Dios y los hombres, la Iglesia no puede estar sino escondida, transparente al
Espíritu Santo. ¿Qué sabe ella, la Iglesia de los últimos tiempos, de los hijos que da a Luz? De los
que son bautizados por ella en el agua y en el Espíritu, sí; pero ¿y de los otros? Todos los que
nacen cada instante a la Liturgia celestial y que el Padre acoge con una alegría eterna, ¿los
conoce? Solo cuando el Hombre perfecto, el Cristo total en su plena madurez, aparezca en la
Gloria (Ef 4, 13), la Esposa podrá «alzar los ojos y decir en su corazón: ¿quién me ha dado a luz
a estos? Yo no tenía hijos y era estéril, estaba desterrada y apartada; a estos ¿quién los crió?
Mientras me habían dejado sola, ¿estos dónde estaban?» (Is 49, 18-21). Entonces se dirá de la
Iglesia: «Todos han nacido en ella» (Sal 86, 5).

XII. Las Epíclesis sacramentales


La Eucaristía es, por excelencia, la celebración de la Liturgia para nosotros que estamos en los
últimos tiempos. Pues bien, si el Misterio de Cristo es manifestado, realizado y comunicado en
esta Divina Liturgia, ¿por qué las Iglesias apostólicas celebran otros sacramentos? Ellas
reconocen como sacramentos mayores el Bautismo y la Crismación, la Reconciliación de los
penitentes y la Unción de los enfermos, el Matrimonio y el Ministerio ordenado; pero ¿por qué
el Señor confía a su Iglesia estos signos de su Alianza? ¿Por qué el Espíritu nos transfigura con
estas otras Energías, cuando todo el Cuerpo de Cristo es dado en la Eucaristía? El mismo
Sacramento de los sacramentos nos da la respuesta.

En este tiempo de gestación del Cuerpo de Cristo, la Iglesia celebra la Eucaristía y la Eucaristía
realiza, cumple143 la Iglesia. Podemos celebrar la Eucaristía porque la Comunión de la Trinidad
Santa ya nos ha sido dada en nuestro nuevo ser por el Bautismo y por el Sello del Espíritu Santo,
pero también porque algunos han sido ordenados para el ministerio de la Epíclesis que realiza
la Eucaristía. Por otra parte, debemos celebrar la Eucaristía porque la Comunión divina todavía
no es todo en nosotros ni en los demás. El Cuerpo de Cristo no ha alcanzado todavía la medida
de la madurez en que se realizará su plenitud (Ef 4, 13). Precisamente en este movimiento de
crecimiento se sitúa la experiencia de las otras Energías sacramentales; en ellas se expresa el
dinamismo de la Ascensión hacia la Parusía definitiva.

Pero ¿cuál es el significado particular de cada una de las Sinergias del Espíritu y de la Iglesia en
la unidad del Cuerpo? ¿Cuál es su relación con el Sacramento de los sacramentos, puesto que
no son lo mismo que él? En vano querríamos deducir de la Eucaristía la necesidad de los grandes

143
El sentido cristiano de celebrar es cumplir, llevar a cumplimiento el Misterio.
sacramentos o buscar la institución jurídica de cada uno de ellos en la letra del Nuevo
Testamento. Es más bien lo contrario lo que aparece: Cristo y su Espíritu los han confiado poco
a poco a su Iglesia partiendo de la vida, según las necesidades estructurales y vitales del cuerpo
en crecimiento. Es situándonos de nuevo en la fuente de estas Energías como podemos
descubrir su unidad, su diversidad y, finalmente, su armonía. Por ellos, la luz de la
Transfiguración deifica a los hombres allí donde esperan ser salvados; cuando todo se haya
convertido en Luz, los sacramentos desaparecerán y el Cuerpo de Cristo será la Realidad,
eternamente.

Unidad y diversidad de las Sinergias sacramentales


La Liturgia fontal preexiste a las celebraciones sacramentales, las vivifica y les hace dar fruto. El
Misterio no está fraccionado en seis sacramentos, sino que el único Cuerpo del Señor irradia la
luz pura de su Sabiduría144 en energías distintas; cuando estas Energías se unen a la de la Iglesia
que ellas suscitan, las llamamos Sinergias sacramentales. En cada una de ellas se celebra la
Economía de la salvación. Ciertamente, hasta en el más pequeño movimiento del corazón
creyente que responde pobremente al amor de su Señor, el Espíritu Santo y el discípulo de Jesús
están en sinergia, pero en ese momento no se cumple toda la Economía de la salvación; pues
bien, esto es lo que se vive en los sacramentos. En cada uno de ellos vivimos los tres
movimientos de la Pascua de Jesús: el Padre nos entrega a su Hijo amado, el Verbo asume
nuestra carne y nuestra muerte para resucitarnos con Él, y su Espíritu nos hace entrar en la
Comunión eterna del Padre.

Por otra parte, una celebración es Sinergia del Espíritu y de la Iglesia, en cuanto Iglesia. En el Río
de Vida, el Espíritu y la Esposa están unidos en la misma kénosis, hasta el punto de que de sus
dos voluntades no mana más que un solo amor. En la unción de un enfermo o en la ordenación
de un diácono, por tomar el ejemplo de una celebración que parecería limitada a una persona,
la Iglesia y el Espíritu actúan en un miembro del Cuerpo del Señor, pero para la vida de todo el
Cuerpo. Una Sinergia sacramental se distingue de las múltiples e indecibles sinergias que animan
la vida de los santos en que la Iglesia como tal despliega en ella su Energía de acogida y de fe.
Ella coopera, en cuanto Iglesia, con la Energía vivificante del Paráclito.

Por último, en cada sacramento, por discreto que sea, todos los actores de la Liturgia eterna
actúan. La Trinidad Santa derrama sus Energías deificantes y es glorificada. La Comunión de los
Ángeles y de los Santos participa en la salvación de sus miembros que están todavía en la gran
tribulación y la celebra en una alabanza incesante. ¿Y qué decir de la amplitud de amor del Ágape
divino, la Comunión de las Iglesias que peregrinan en este mundo? Un pobre hombre que
redescubre la misericordia de su Padre, una pareja que arriesga su futuro en el matrimonio, una
enferma desconocida a la que el aceite de la ternura del Espíritu hace renacer a la esperanza...;
todas estas maravillas escondidas, el Espíritu las realiza en la Comunión de las Iglesias. Entonces,
todos los miembros sufren y todos son resucitados, ya que todos somos miembros unos de
otros.

Pero esta Comunión no nos funde en una colectividad anónima de ritmos uniformes. La unidad
del Cuerpo se manifiesta, al contrario, en la diversidad orgánica de sus Sinergias. El Espíritu y la
Iglesia actúan en diversos sacramentos, en razón de la pluralidad de los miembros, de sus
necesidades de vida eterna y de sus funciones en el Cuerpo de Cristo. La fuente inagotable de
esta diversidad es el amor total del Padre por los hombres y por cada uno de ellos. Cada uno es

144
Cfr. Sb 7, 22-8, 1. La Sabiduría es el Nombre del Espíritu Santo más difundido en los tres primeros siglos,
como el de Verbo, Logos, para el Hijo.
único, porque es reconocido y amado en el único Cuerpo del Hijo amado. Las Sinergias
sacramentales reflejan esta catolicidad del amor del Padre. Mientras, en la Eucaristía, este amor
se cumple para todo el Cuerpo, en los otros sacramentos se entrega a cada uno, según sus
necesidades, su edad, sus dones en Cristo.

En el único sacramento que es el Cuerpo de Cristo, cada Sinergia sacramental comunica un don
del Espíritu Santo. Por esto, un sacramento se distingue de otro por su Epíclesis propia. En este
momento de la celebración, la Iglesia no es más que sierva del Señor: implora al Padre que el
Espíritu de Jesús sea derramado sobre el miembro de su Cuerpo aquí ofrecido. Entonces, la
Energía deificante del Paráclito es la respuesta de la ternura y de la fidelidad, de la Gracia y de
la Verdad. Y, si estamos atentos a la Epíclesis de cada sacramento, caemos en la cuenta de que
las Sinergias sacramentales corresponden vitalmente a tres momentos del crecimiento del
Cuerpo de Cristo.

Las Epíclesis del nacimiento


En el Bautismo y en la Crismación, la Energía fundadora del Espíritu se derrama en los miembros
de la Iglesia. Sacramentos del principio de nuestro nuevo ser en Cristo, no se celebran más que
una sola vez. Nosotros nacemos y somos estructurados orgánicamente en el Espíritu Santo de
una vez para siempre.

El primer don que la Iglesia trata de ofrecer al Padre son sus hijos, todos esos hijos de Dios
dispersos, nacidos según la carne pero todavía en la muerte. Ella es la Esposa, y el primer
movimiento que se establece en ella por la atracción del Espíritu es el deseo desgarrado del
Padre; todo procede de este deseo en la Economía de su amor: ¡la Gloria de Dios es que el
hombre viva!145 Este deseo del Padre se convierte en el de la Iglesia en la Epíclesis del Bautismo.
El ruego primero de la Virgen-Iglesia está en su ofrenda de fe: «¡Que venga tu Hijo, que por mí
y el poder de tu Espíritu nazcan tus hijos en tu Amado!». La Epíclesis del Bautismo es la del
nacimiento según el Espíritu.

Ciertamente, aquel que es ofrecido es ya «a imagen» de su Dios, pero este icono está
desfigurado, roto, «privado de la Gloria de Dios» (Rm 3, 23): no ha nacido aún a la vida de su
Padre. Sus padres le han impuesto todo: la existencia, su biología y herencia psíquica, su
educación y su cultura; les queda por ofrecerle lo que no pueden darle: la libertad, el poder de
llegar a ser libre de todos estos determinismos, la creatividad divina, en definitiva, la Vida, la
verdadera e incorruptible, la Vida del Dios vivo. Será este el único don que no impondrán a su
hijo y que hará fructificar todos los demás más allá de la muerte. Cuando los padres hacen esto,
participan de la fe de la Iglesia, se mueven en un dinamismo de ofrenda, esperan todo del poder
del Espíritu Santo: es su Energía de acogida y de respuesta en la Epíclesis que se va a celebrar.

Cuando el catecúmeno es sumergido en el agua bautismal, es decir, en el Nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo, es bautizado realmente, ya que participa de lo que la Epíclesis ha
realizado antes. El momento preciso del Bautismo es, analógicamente, el de la Comunión en la
Eucaristía. Pero la Epíclesis que hace posible el Bautismo ha consistido en la venida del Espíritu
Santo al agua donde el catecúmeno será bautizado. Esta consagración del agua bautismal pasa
demasiado desapercibida para los fieles, por no decir para los celebrantes. El agua es el símbolo
de la vida primordial. En el seno materno, es ya más que un símbolo. Pero, para el nacimiento a
la Vida de la Trinidad Santa, esto se hace realidad. Si toda Epíclesis es un Pentecostés

145
San Ireneo.
sacramental, aquí el Espíritu desciende realmente146, penetra el agua y la transforma en medio
divino: la realidad nueva es el seno materno de la Iglesia, donde un ser, nacido de la carne y de
la sangre y del querer humano, va a ser sumergido para nacer del Espíritu y de la Esposa. La
fecundidad virginal de la Iglesia es la obra maestra del Espíritu. Es así como nacen los hijos de
Dios (Jn 1, 12-13).

Esta Epíclesis asombrosa nos hace comprender que el Espíritu Santo da la Vida al poner en
Comunión en el Cuerpo de Cristo. Ya hemos admirado esta maravilla en el momento del
Advenimiento de la Iglesia en el primer Pentecostés147. Aquí es aún más notorio. No llegamos a
ser, en primer lugar, hijos de Dios, miembros de Cristo, templos del Espíritu Santo, y, después,
hijos de la Iglesia, sino que la Iglesia está antes148. Ella es esta Agua primordial penetrada de la
Energía deificante del Espíritu y es ella quien da a luz. En los últimos tiempos, ¿no es ella
portadora de Cristo en esta gestación misteriosa donde ofrece el mundo al Espíritu «Dador de
Vida»? Durante la celebración de un Bautismo, es un hijo del Padre quien ella hace nacer y que,
por ella, viene a la luz del Día, el Día de la Resurrección que no conoce el ocaso. Por su fe, unida
al poder del Espíritu, el catecúmeno es injertado en Cristo, incorporado al Cuerpo incorruptible.
Ella, entonces, da al Padre un nuevo hijo adoptivo, conformado con el Hijo amado. Así, este ser
es nuevo, vive de la Trinidad Santa. Todos los demás efectos del Bautismo se derivan de esta
Epíclesis149.

Es posible que el desconocimiento de la Epíclesis del Bautismo sea una de las causas de la
desvalorización práctica de la Confirmación en algunas Iglesias. Este segundo sacramento de la
iniciación cristiana, la Crismación, corre el riesgo de pasar desapercibido si se ve en el Bautismo
el simple nacimiento a la vida divina de modo indiferenciado. Es el problema del sentido común
de los padres un poco despiertos: «Si mi hijo se ha convertido en hijo de Dios por el Bautismo,
¿para qué confirmarlo? Si el Bautismo le hace participar de la vida del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo, ¿por qué debe recibir el Espíritu Santo en la confirmación? ¿No lo recibió cuando
se bautizó?». La práctica de la Iglesia primitiva, desde los Hechos de los Apóstoles150, y la
Tradición ininterrumpida de las Iglesias de Oriente son claras al respecto: el Bautismo y el Don
personal del Espíritu Santo son distintos pero inseparables, este completando aquel. Los
cristianos han sido bautizados en un solo Espíritu a fin de formar un solo Cuerpo, «y» se les da a
beber un solo Espíritu151.

A lo largo de todo su Designio de redención y de deificación del hombre, el Padre no cesa de


enviar a su Hijo y a su Espíritu. En esta misión, van juntos, aunque son distintos. En la Plenitud
de los tiempos, el Hijo es quien se encarna, aunque es el Espíritu quien lo encarna. En el primer
Pentecostés que inaugura los últimos tiempos, es la Iglesia quien toma forma del Cuerpo de
Cristo, pero es el Espíritu quien la forma. A partir de entonces, el Espíritu hará crecer el Cuerpo
uniéndole nuevos miembros, y este nacimiento se realiza en el Bautismo; pero, en el mismo
momento, el Señor derrama en estos miembros su Plenitud, les da su Espíritu, personalmente:
este don personal del Espíritu al neófito es la Sinergia sacramental de la Confirmación.

146
El agua no es modificada químicamente, como tampoco lo son el pan y el vino en la epíclesis eucarística,
pero la Realidad es nueva.
147
Cfr. el capítulo V.
148
La Iglesia bautiza a partir de Pentecostés: entonces los hijos de Dios nacen por el agua y por el Espíritu.
149
Cfr. San Juan Crisóstomo, III Catequesis bautismal, 5.
150
Hch 2, 38; 8, 15 ss; 10, 44-48; 19, 5-9.
151
1 Co 12, 13.
Esta manifestación y esta efusión del Espíritu están en el corazón de lo que buscamos a través
de todo este libro. En efecto, es en este punto de origen donde la Liturgia fontal llega a ser la
Vida del nuevo ser del cristiano. Si nos quedamos en el Bautismo como participación en la vida
divina, corremos el riesgo de vivir en un monoteísmo unipersonal, no hemos entrado aún en la
Comunión con las tres Personas. Solo el Espíritu Santo hace cruzar este umbral. Si no lo
cruzamos, podemos construir sistemas de humanismo cristiano, nos hacemos reacios a la
Teología, a la vida mística. El bautizado está orgánicamente estructurado tan solo porque el
mismo Espíritu que ha ungido a Cristo penetra por entero -cuerpo, alma, espíritu- al miembro
de Cristo; es entonces cuando él es cristiano, ungido con el Espíritu. Le anima un nuevo principio
vital que dilatará progresivamente su Comunión con el Padre y con el Hijo.

La característica de la Epíclesis de la Confirmación, cuando el obispo consagra el sagrado


Crisma152, con el cual el bautizado es ungido en sus miembros, consiste en la maravilla del don
total que Cristo Señor hace entonces de sí mismo: él entrega su propio Espíritu, personalmente,
lo graba, lo imprime en el corazón de aquel con quien acaba de unirse definitivamente. Por el
«sello del Don del Espíritu Santo»153, el bautizado participa entonces en la Sinergia de la Liturgia
fontal, el Espíritu está en adelante unido a su espíritu en vistas a una vida totalmente nueva en
que las dos voluntades podrán producir el único fruto del Espíritu154. El Espíritu, habiéndose
convertido en su vida, podrá hacerle actuar (Ga 5, 25). El misterio del Espíritu y de su Esposa no
será contemplado como un don inesperado y deseado, sino realmente compartido por aquel
que acaba de resucitar con Jesús. En esta plenitud, que es el Espíritu Santo, todos los dones,
todos los carismas necesarios para el crecimiento del neófito están ya contenidos. Y el primero
de todos es la Energía sacerdotal por la que, a partir de este momento, el confirmado podrá
celebrar la Divina Liturgia155 y llegar a ser co-operador de las Energías sacramentales que
animarán su éxodo hacia el Reino.

Las Epíclesis de curación o la victoria sobre la muerte


Es fiel Aquel que el Señor ha puesto como un sello en nuestro corazón; es Fuerte, no como la
muerte, sino más que la muerte; él es la Llama del Amor de nuestro Dios (cfr. Ct 8, 6). Porque a
quien acaba de ser revestido de la armadura de Dios le espera un duro combate, largo como la
travesía del desierto (Ef 6, 11).

El primer combate decisivo es afrontar el poder de la muerte que aún se incuba en él, aunque
esté virtualmente vencida por la Pascua del Bautismo. Ya somos santos, pero todavía no
estamos plenamente conformados con el Señor. La unción de su Espíritu debe penetrar
lentamente todas las fibras de nuestro ser, enderezar nuestra voluntad rebelde, purificar
nuestras motivaciones, liberar nuestras pulsiones e integrarlo todo en nuestro corazón donde
su Amor reinará soberano. En este trabajo de gestación del hombre nuevo, el Espíritu de Jesús
comienza siempre por revelamos nuestro pecado. Fuera de Él, podemos sentirnos culpables;

152
San Cirilo de Jerusalén, III Catequesis mistagógica, 3 (PG 33, 1090-1): «No vayas a pensar que esta mirra
es ordinaria. Como el pan de la Eucaristía, después de la epíclesis del Espíritu Santo, no es ya un simple
pan, sino el Cuerpo de Cristo, así también esta santa mirra no es ya ordinaria, por no decir común, después
de la epíclesis, sino gracia de Cristo y presencia del Espíritu Santo, convertida en energética de su
divinidad».
153
Eucologio bizantino.
154
Rm 8, 16; Ga 5, 22 ss.
155
La Eucaristía es el culmen de la iniciación cristiana. Las Iglesias ortodoxas han conservado la tradición
primitiva de unir estos tres sacramentos en la misma celebración.
solo en Él nos reconocemos pecadores. Y cuanto más transforme nuestro corazón, uniéndolo a
la Voluntad del Padre, tanto más nos descubriremos pobres de su amor.

La ola de la misericordia y el abismo de la miseria se encuentran entonces en una sinergia


desgarrante: el perdón. Cuando esta sinergia se hace sacramental, se manifiesta como
Conversión, si se pone el acento en el arrepentimiento del corazón obrado por el Espíritu Santo,
o como Reconciliación, si se mira, sobre todo, la Comunión reencontrada en Cristo con el Padre
y con nuestros hermanos. Pero Conversión y Reconciliación son inseparables, como lo son los
dos aspectos del pecado que ellas curan: el rechazo y la ruptura. Ahora bien, la herida del
pecador y la de sus hermanos son llevadas por Jesús en su muerte, y de este Amor crucificado
mana el Espíritu de Comunión. Porque Él es, personalmente, la remisión de nuestros pecados;
allí donde la relación era fallida156, estaba rota incluso, el Espíritu, ternura del Padre157, se
derrama y vuelve a convertirse en el vínculo vivo de amor que une a las personas. Es la Sangre
de la Comunión, que hace vivir a los miembros de la vida del Padre.

La Epíclesis propia de este sacramento -¡ojalá prestáramos atención a ella!- consiste en esta
efusión del Espíritu Santo. Ella es su kénosis de amor en el corazón del pecador que accede a
abrirse a la Compasión del Padre. En este momento central de la absolución, todo se desata,
porque todo es liberado por la Comunión, que es el Espíritu del Señor. La oración del sacerdote
es entonces una verdadera oración de Epíclesis158. Signo vivo de Cristo siervo, el sacerdote
intercede para que «vuelva a la vida» este hijo del Padre «que estaba muerto»; en él se recoge
toda la intercesión de la Iglesia orante, para que resucite «este hermano por el que Cristo ha
muerto». A este don corresponde la respuesta del pródigo que vuelve: se abre a la misericordia
sin otra condición que la de querer volver a su Dios y a su hermano, en el mismo amor.

Cierto, sobre el altar de nuestro corazón podemos ofrecer continuamente el pan de las lágrimas
por nuestro pecado, y el Fuego del Espíritu puede siempre encendernos de nuevo. Pero hay
momentos en nuestra vida -¿quién puede negarlo?- en que nuestros rechazos acumulados y las
fisuras ahondadas son tales que no podemos, sin deslealtad, escapamos de la confesión de
nuestro pecado y de la reconciliación en la Comunidad. «Lo que hicisteis a uno de estos
pequeños, a mí me lo hicisteis», tanto para darle la vida como para darle la muerte. En la
Epíclesis de este sacramento, se restablece «la unidad del Espíritu» entre los miembros,
mediante «el vínculo de la paz» (Ef 4, 3); es el significado místico, más profundo que la simple
voluntad moral, de la Reconciliación en Cristo. En todo pecado, incluso el más secreto, el Cuerpo
ha quedado herido, y es en el Cuerpo, por tanto, donde el miembro debe ser curado. Si estamos
atentos al Espíritu Santo en esta Epíclesis, redescubrimos la frescura de la Iglesia en la curación
de nuestro pecado, reencontramos el Rostro del Señor más allá de los ídolos de nuestra
conciencia moral y de nuestro superego despechado, entramos, sobre todo, en la alegría del
Padre: nuestro retorno le hace exultar de alegría con sus ángeles y la comunión de sus santos159.

«Padre Santo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos...» 160. Así comienza la Epíclesis
del otro sacramento de nuestra curación crónica: la Unción de los enfermos. El perdón, es decir,
la efusión del Espíritu de Comunión, alcanzaba la muerte en su raíz, en su más escondido aguijón:
el pecado (1 Co 15, 56). La Unción del Espíritu, este óleo misterioso que penetra nuestro cuerpo

156
Pecado, «khata’a» en hebreo, significa «fallar su objetivo», «fracasar».
157
Este bello nombre del Espíritu Santo remite al término bíblico «hesed».
158
La fórmula latina de absolución, más declarativa y jurídica, no debe difuminar la realidad de la Epíclesis.
159
Cfr. Lc 15 y el significado del «Confíteor», donde la Reconciliación es vivida en la alegría de toda la
familia de Dios.
160
Eucologio bizantino.
mortal, es como la mirra nueva que la Esposa derrama sobre los miembros sufrientes de su
Señor. «La mirra conviene a los muertos, el Cuerpo de Cristo permanece incorruptible»161. Las
heridas aparentes del pecado que labran poco a poco nuestros cuerpos son así curadas ya en la
esperanza.

La Epíclesis de este sacramento anticipa para cada uno de nosotros la Resurrección integral, y
es, una vez más, obra del Espíritu Santo: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre
los muertos habita en vosotros, Aquel que lo resucitó de entre los muertos dará también la vida
a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11). En la Sinergia
de nuestra conversión, el bautismo de agua se había convertido en bautismo de lágrimas y
resurrección del corazón; en la Unción de los enfermos, el Espíritu nos conforma con los
sufrimientos de Jesús, transforma nuestra enfermedad en amor vivificante y completa en
nuestros miembros la Pascua irresistible de Aquel que es la Cabeza del Cuerpo. Entonces se
realiza para nosotros lo que vislumbró Ezequiel en su visión de los huesos secos (Ez 37, 1-14): el
Espíritu de Vida nos toma en nuestra debilidad, el sello de su Don es una prenda de resurrección
que nada nos podrá arrebatar. Jesús curó enfermos durante su vida terrestre: les restituía a una
vida mortal. Pero, cuando su Espíritu penetra en nuestros cuerpos heridos por la muerte, les
hace pasar más allá de la muerte: «La muerte ya no existe, porque ha resucitado Cristo nuestro
Dios»162.

Estos dos sacramentos responden a una necesidad constante del Cuerpo de Cristo en los últimos
tiempos: vencer la muerte en su raíz, el pecado. La deificación gradual de los hijos de Dios no
puede realizarse más que con la eliminación progresiva del movimiento de rebelión en que se
retuerce la naturaleza herida. Sacramentos de curación, hacen participar a los miembros de
Cristo en el amor salvador de su Señor que asume, aquí y ahora, sus propias heridas de
naturaleza y voluntad. La frecuencia de estos dos sacramentos es indefinida, según el ritmo de
la salud divina -de la santificación- que el cristiano acoge libremente fundiendo su voluntad en
la Energía del Espíritu Santo.

Las Epiclesis de Cristo siervo: el don de la Vida


El Matrimonio y el Ministerio ordenado son las dos sinergias sacramentales de la vida adulta en
Cristo. Se apoderan de la persona para abrirla al movimiento más divino concedido al hombre:
dar la Vida misma de su Dios. Uno y otro son al mismo tiempo carisma, es decir, don del Espíritu
Santo para el bien de todos, y energía deificante para quien recibe ese carisma. No se da la Vida
más que dando la propia vida, como el Señor, pero este don será tanto más fecundo cuanto más
esté uno mismo transformado en Aquel que se la da. No son carismas tácticos y transitorios,
sino Sinergias funcionales y estructurales, mejor, son carismas orgánicos de conjunción (Ef 4, 11-
16).

La novedad del Matrimonio sacramental está en la Epíclesis en que los prometidos reciben el
don del Espíritu Santo. Hay que recordarlo con fuerza, ante la pretensión ingenua que quiere ver
en el Matrimonio un simple contrato, del que los esposos serían los ministros163. Sus
consentimientos son necesarios, como la Energía de la respuesta humana, pero sin olvidar la
Energía del don divino. Es significativo que el famoso texto de san Pablo al respecto (Ef 5, 32)
parta justamente del Misterio que transfigura la unión del hombre y de la mujer, y no al revés.
Lo que sucede en este sacramento no es tanto la bendición de una pareja -todo matrimonio es

161
Tropario del Oficio de la Compasión, la tarde del Viernes Santo, en la Liturgia bizantina.
162
Tropario bizantino, VI tono, en la Liturgia bizantina.
163
Si fuese así, no se ve por qué, de común acuerdo, no podrían romper el contrato.
santo- cuanto el Amor de Cristo y de su Iglesia del que van a participar el hombre y la mujer. El
Misterio es anterior, revela el sentido divino de la unión de los esposos y lo realiza.

La alianza, que simboliza, en la mayoría de las culturas, la condición del matrimonio, es el signo
de la Alianza personal que une al Esposo y la Esposa, inseparablemente Cristo y la Iglesia, este
hombre y esta mujer. Ahora bien, la Alianza es el Espíritu Santo mismo. Él es la fuente de la
unidad de este amor sin división, él es su vínculo divino que el pecado del hombre no puede
romper. Él es la Comunión que instaura una nueva relación en el interior de la familia, esta Iglesia
doméstica. En esta casa de Dios, el misterio de la Iglesia como Comunión es siempre visible. Esta
novedad transforma, ante todo, a los esposos: más allá de toda oposición o superioridad, su
relación puede ser continuamente restaurada en la transparencia que une a Cristo y la Iglesia.
Transforma también su don de vida, entre ellos, hacia los hijos y en una fecundidad imprevisible
que se extiende a todas las formas de su creatividad y servicio164.

El Ministerio ordenado está en la cumbre del misterio del servicio en el Cuerpo de Cristo. Su
Epíclesis, significada por la imposición de las manos165, tiene de totalmente original que ella
derrama sobre algunos miembros la Energía eclesial más escondida y más pobre: les hace los
servidores de las otras Epíclesis sacramentales. Esta ordenación es una de las pruebas más
asombrosas de la fidelidad del Señor, ya que, a pesar de las flaquezas de sus enviados, no privará
nunca a su Iglesia de los dones de su Espíritu. «Sea Pedro quien bautiza, sea Judas quien bautiza,
es Cristo quien bautiza»166. El Espíritu actuará siempre con poder en los sacramentos a través de
las «vasijas de barro» que son los ministros ordenados.

Cualesquiera que sean los grados167 o las formas contingentes de este servicio, su realidad nueva
no puede reducirse a una función social de dirección o de administración, sino que hunde sus
raíces en el misterio de la kénosis de Cristo. Aquí todo adquiere su significado tan solo en el
Amor, no solamente aquel que es derramado en el corazón del obispo, del sacerdote o del
diácono, sino, sobre todo, aquel que es la Energía misma de su servicio. El Espíritu se derrama
en ellos con profusión del costado del Señor crucificado, ya que en estos pobres hombres es
Cristo el que es Siervo de su Iglesia hasta que él sea todo en ella. Este misterio de kénosis es el
del Pastor que da su vida por los suyos. Mientras que, en el Matrimonio, el hombre y la mujer
participan en el amor que une a Cristo y la Iglesia en un solo Cuerpo, aquí los servidores
manifiestan a Cristo, distinto de su Esposa, Siervo de su Iglesia. El la llama, le da su Palabra, le
revela al Padre, la ilumina, le perdona, la alimenta con su Cuerpo y su Sangre, la fortalece, la
envía, la purifica, la transfigura, la hace fecunda y le hace dar a luz el mundo para el Reino... De
todas sus Energías de amor, el Espíritu Santo es la liturgia y sus ministros, los servidores. Estos
no duplican las funciones profètica, sacerdotal y real de los otros miembros de la Iglesia: al
contrario, están con ellos y para ellos, son sus servidores. A esta función, estructural y no táctica,
del servicio de la Iglesia está ordenado todo su ministerio.

164
El carisma de la vida religiosa, complementario en la Iglesia del carisma matrimonial (Cfr. 1 Co 7), no
es un sacramento; el don de la virginidad que lo fundamenta hace ya participar de la Resurrección (Lc 21,
35).
165
Símbolo bíblico de la transmisión de la fuerza del Espíritu Santo.
166
San Agustín.
167
El obispo y los presbíteros, que difunden pluralmente el carisma singular del obispo, son ordenados
para el «sacerdocio»; a los diáconos se les impone las manos «no en vistas al sacerdocio, sino en vistas al
ministerio» (fórmula sacada de las Constituciones de la Iglesia de Egipto y retomada por el Vaticano II en
la Constitución sobre la Iglesia, n. 29).
La armonía sacramental del Cuerpo de Cristo
Habiendo sido así resituados los sacramentos mayores como Sinergias en el interior del Cuerpo
de Cristo, podemos quizá comprender mejor su armonía en el Sacramento de los sacramentos,
la Eucaristía.

Si el acontecimiento central de la Eucaristía está en la Epíclesis que transforma todo el Cuerpo


de Cristo, es evidente que las Epíclesis constitutivas de los otros sacramentos están en relación
orgánica con la de la Eucaristía. En esta, el Pentecostés sacramental se derrama sobre todo el
Cuerpo; en aquellos, alcanza a los miembros según su edad, sus necesidades y sus dones en
Cristo. En el Bautismo, el Espíritu Santo hace nacer a la Comunión trinitaria en el Cuerpo; en la
Crismación, personaliza esta participación, haciéndose él mismo la Energía indefectible de este
nuevo miembro. En la Reconciliación del pecador y en la Unción de un enfermo, el Espíritu
despliega su poder de Vida, de resurrección en resurrección. En el Matrimonio y en el Ministerio
ordenado, Él, «Señor y Dador de Vida», hace compartir a la Esposa su fecundidad virginal; más
exactamente, el «nada es imposible para Dios», que él ha realizado en la Iglesia, lo comunica a
los miembros de la Iglesia, cada uno según sus dones.

Si el Río de Vida mana en la Eucaristía, Liturgia integral, Sinergia omnipotente, los sacramentos
mayores son como los canales que riegan la Jerusalén nueva. Las Sinergias sacramentales
derivan de la Eucaristía y convergen hacia ella.

Ellas derivan de la Eucaristía como la Luz se irradia del Cuerpo transfigurado del Señor. Esto es
tan verdadero, que la Iglesia celebra los sacramentos mayores como celebra el sacramento del
Cuerpo de Cristo: según una forma eucarística. Sea cual sea la variedad de las familias litúrgicas,
nuestras Iglesias celebran cada sacramento a la manera de la Divina Liturgia. Del Bautismo al
Ministerio ordenado, volvemos a encontrar en cada uno de ellos las tres etapas de la Eucaristía,
las tres Sinergias del Espíritu y de la Iglesia: una Liturgia de la Palabra, una Anáfora y su punto
culminante, la Epíclesis, y una Liturgia de Comunión. En cada sacramento, el Espíritu manifiesta,
realiza y comunica la Vida del Cuerpo de Cristo; pero lo que distingue un sacramento de otro es
la Energía del Espíritu Santo implorada en la Epíclesis.

Las sinergias sacramentales convergen también hacia la Eucaristía, porque es la Eucaristía la que
realiza, cumple la Iglesia. En cada una de ellas, el Cuerpo se construye y crece orgánicamente
por el poder del Espíritu y la respuesta de los miembros a los que es dado. Esta armonía es,
finalmente, la de la Koinonia, la de la Comunión de la Trinidad Santa que invade y eleva nuestra
humanidad. En el Bautismo y en la Crismación, esta Comunión es dada como poder nuevo del
Dios viviente que hace al hombre viviente. En la Reconciliación de los penitentes y en la Unción
de los enfermos, la Comunión es restaurada, el Icono viviente es transfigurado en lo profundo.
En el Matrimonio y en el Ministerio ordenado, la Comunión no solo es recibida, sino que es dada
para ser comunicada a otros. Es de este modo como el Señor viene, como su Reino se instaura,
como el Todo de su Plenitud se derrama irresistiblemente en todos. Con esto se manifiesta el
significado profundamente comunitario de toda celebración sacramental: la comunidad aquí
presente está comprometida, cierto, pero también la Comunión de todas las Iglesias e,
infinitamente más allá, la Comunión en gestación que abraza en el seno de la Iglesia a todos los
hombres, al cosmos y a la historia.

Así se cumple el Misterio, «la sabiduría infinita en recursos, desplegada por Dios por medio de
la Iglesia» (Ef 3, 10). La Comunión de la Trinidad Santa que nos invade se da en forma eucarística:
es acción de gracias a «Aquel cuyo poder actúa en nosotros, que es capaz de hacer mucho más
allá, infinitamente más allá de todo lo que podemos pedir o concebir: ¡a Él la gloria en la Iglesia
y en Cristo Jesús, por todas las generaciones y por todos los siglos!» (Ef 3, 20 ss).

XIII. La celebración de tiempo nuevo


Hemos visto que las celebraciones son como los momentos en que la Economía de la salvación
se convierte en Liturgia en los últimos tiempos. Pero la ola vivificante del Río de Vida no es
intermitente. Hasta que su Ascensión se cumpla en su Parusía, Cristo no cesa de envolver este
mundo con la ternura de su Espíritu. Jesús ha resucitado y es el Señor de la historia en la cual
estamos implicados. Él Es y Viene. Su Venida irresistible supera los momentos de nuestras
celebraciones. Estos momentos son posibles tan solo porque son la irrupción en nuestro tiempo
mortal de un Tiempo vivo, que está liberado de la muerte. Dicho de otra manera, en la fuente
de nuestras celebraciones hay una Energía del Espíritu Santo de la que debemos continuamente
beber y es el Tiempo nuevo de la Resurrección. Este es el que invade nuestros días, nuestras
semanas y nuestros años, hasta que nuestro viejo tiempo se sature y su velo mortal se rasgue.
Desde ahora, hoy, nosotros podemos participar en él.

Día de luz, largo, eterno...


Este hoy del Dios vivo en que el hombre puede entrar es la Hora de Jesús. Su Pascua es el
acontecimiento que atraviesa y sostiene toda la historia. «He aquí que los rayos sagrados de la
luz de Cristo resplandecen... La noche inmensa y oscura ha sido tragada, las sombrías tinieblas,
destruidas con esta luz y la sombra triste de la muerte ha vuelto a entrar en la oscuridad. La vida
se ha extendido a todos los seres y todos están llenos de una profunda luz; el Oriente de los
orientes invade el universo y aquel que existía ‘antes que la estrella de la mañana’ y antes que
los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso,
para todos nosotros que creemos en él, amanece un día de luz, largo, eterno, que no se apaga,
la Pascua mística...» 168.

Cuando celebramos a Cristo, nuestra Pascua, nuestro tiempo queda penetrado por este Día, es
transfigurado, se convierte en sacramental. Porque este Día no surge de la primera creación,
como los días de los que se dice: «Atardeció y luego amaneció»169; es el Día cantado por el salmo
pascual: «este es el Día en que actuó el Señor, alegrémonos y permanezcamos en el gozo»170.
No es un día entre los otros ni como los otros, regido por la salida y la puesta del sol, sino que
es la luz de la Vida que el ocaso de la muerte ya no puede oscurecer: él es, en verdad, la Plenitud
de los tiempos. Ahora bien, esta irradiación del Día de la Resurrección no nos alcanza como un
recuerdo o un ideal abstracto, puesto que, si así fuera, la muerte tendría poder sobre él, sino
que es la Energía constante del Espíritu Santo en nuestro tiempo mortal. No por encima, sino en
el interior de cuantos lo acogen: «Nuestro Dios no está por encima, está ante nosotros
esperando el encuentro»171. El encuentro del Día de la Resurrección y de nuestro viejo tiempo,
del Tiempo nuevo ofrecido por el Espíritu y del tiempo vivido por el creyente, he aquí lo que
hace de nuestro tiempo un tiempo sacramental. ¿Cómo se despliega, pues, este Tiempo nuevo
de la Resurrección en el Cuerpo de Cristo a partir de la celebración pascual?

168
Homilía inspirada en el tratado sobre la Pascua de Hipólito (trad. francesa P. Nautin, «Sources
Chrétiennes», 27, p. 116).
169
Gn 1, passim.
170
Sal 117, 24.
171
San Isaac de Nínive.
«El año de gracia del Señor» (Lc 4, 19)
A partir del Día de Pascua, como de su foco de luz, el Tiempo nuevo de la Resurrección invade,
en primer lugar, el año. El año es considerado habitualmente por los hombres como la más larga
unidad de su tiempo, según el ritmo cíclico de nuestro planeta en torno a su fuente de luz. Ahora
bien, cuando la Luz de la Vida incorruptible surge de la tumba, arrastra nuestro año cíclico más
allá del círculo de la muerte. La repetición era una confesión de impotencia en el umbral de la
Plenitud. Pero, para quienes ya han resucitado con Cristo, el año es atraído en la sinergia de la
Liturgia eterna: se convierte en litúrgico, si se entiende bien la expresión, no como un calendario
de fiestas, sino como el despliegue del Misterio desposando los ritmos de nuestro tiempo. A
partir de la Pascua, poco a poco, de un lado a otro del foco, el año es transfigurado por la Liturgia,
se convierte en sacramental. Signo transparente del Día de la Resurrección, cada pequeña parte
de su desarrollo refleja la Plenitud de la Liturgia.

El Día de Pascua es, en primer lugar, el cumplimiento de una gran Semana que también se ha
convertido en sacramental: la Semana Santa. Durante los siete días que preceden a la
celebración de la Resurrección, el poema litúrgico de la semana de la primera creación no es
abolido, sino que se cumple, convirtiéndose en el acontecimiento de la nueva creación en Cristo.
Para que todo se cumpliese, según la última palabra del Verbo en su condición mortal (Jn 19,
30), faltaba que todo fuera asumido, desde la primera palabra del Padre, de la que mana la
presencia y la vida, hasta el último silencio de la ausencia y de la muerte donde el hombre se
había hundido. Desde esta luz escatológica del cumplimiento, podremos redescubrir las grandes
etapas de esta Semana. La entrada de la Luz en el mundo y entre los suyos, y su rechazo por
parte de nuestras tinieblas, la prueba primordial de la libertad del hombre ante su alimento
esencial172, el Árbol de vida inaccesible al hombre que se diviniza pero ahora ofrecido en el Verbo
encarnado que nos deifica173... todo este drama de la Economía de la salvación culmina el sexto
día, en el gran Viernes en que la kénosis divina se convierte en nuestra teofanía: «¡He aquí al
hombre!» (Jn 19, 5). Después, viene el gran Sábado Santo, el de Dios y de su creación, el silencio
de las profundidades donde el Viviente penetra las fuentes de todo ser. En este descenso a los
infiernos del Cuerpo incorruptible, la mentira de la muerte es disipada, la Paz de la Comunión
divina es derramada, la esperanza se hace el principio de todo, el Río de Vida arrastrará todo
hacia la Consumación de los tiempos.

Por esto, la semana que sigue al Día de la Resurrección ya no es una semana cronológica, sino la
extensión del Día que no conoce el ocaso. Durante la Semana de la Renovación174, la liturgia
pascual se celebra continuamente, no repetida, sino siempre nueva. Esta semana propiamente
sacramental va a convertirse en el prototipo, la matriz misma, de todas las semanas del año
litúrgico. El primer día de la Semana, el domingo, desplegará sobre todos los otros días la
claridad vivificante de la Resurrección. San Gregorio de Nisa nos dice que el cristiano, «toda la
semana de su vida, vive la única Pascua haciendo este tiempo luminoso»175; y Orígenes, que «no
hay un solo día en que el cristiano no celebre la Pascua»176.

172
Comparar Gn 1,3, la primera kénosis de la luz en la creación y la entrada de Jesús en Jerusalén en la
humildad de su carne.
173
Cristo crucificado es el verdadero Árbol de vida donde el hombre es deificado.
174
La semana que sigue al Domingo de Resurrección en la Liturgia bizantina, que corresponde a la Octava
de Pascua en la Liturgia latina [N.d.T.].
175
In Christi Resurrectionem oratio II: PG 46, 628 c-d.
176
Contra Celsum, 8.22: PG 11, 1550.
Partiendo de este centro de luz, se revela la armonía del año de gracia, durante el cual el Señor
comunica a su Iglesia la plenitud de su Misterio. Preparando la Semana Santa, encontramos,
primero, las siete semanas de la gran Cuaresma, donde vivimos las etapas del retorno al Paraíso
de la nueva creación; pero, desplegando la novedad de la Resurrección, llegan a continuación
las siete semanas de Pentecostés, donde los neófitos -que somos nosotros- aprenden a vivir en
comunión con su Señor resucitado. Por último, de un lado a otro de este foco pascual, he aquí
los dos grandes tiempos de la Economía de la salvación convertida en Liturgia: en el tiempo de
la Teofanía, o manifestación del Hijo, el Verbo encarnado asume nuestro cuerpo miserable; y en
el tiempo de la Theosis, o deificación por medio del Espíritu, el Aliento del Señor nos conforma
con su Cuerpo de gloria.

El Cuerpo de Cristo, en efecto, está siempre en crecimiento en esta celebración del tiempo
sacramental. Las tres grandes Sinergias de la Eucaristía se extienden en la celebración del año
litúrgico. A la liturgia de la Palabra corresponde el tiempo de la Manifestación del Señor, el
tiempo de la Epifanía, centrado en el acontecimiento decisivo del Bautismo de Jesús. Pero las
Iglesias sintieron muy pronto la importancia de un tiempo preparatorio (el Adviento de las
Liturgias occidentales), que fuese a la vez comienzo y término del año sacramental, alfa y omega
del Misterio, memorial de las preparaciones al primer Advenimiento del Señor y espera de su
segunda Venida. Por otra parte, a la Anáfora eucarística corresponde el tiempo de la Pascua del
Señor, preparada por la Cuaresma y culminada en la Ascensión. Finalmente, a la liturgia de
Comunión corresponde el tiempo de la Efusión del Espíritu Santo177, tiempo por excelencia de la
Iglesia en crecimiento, de los Apóstoles, de la Transfiguración del Cuerpo de Cristo y de su
participación en la Cruz vivificante. En esta Luz de Comunión se revela el sentido del santoral
como celebración del santo Cuerpo de Cristo; en primer lugar, de la Santa Madre de Dios, la toda
santa, la Virgen María; después, de todos los santos, cuya Comunión es justamente celebrada
como cumplimiento de Pentecostés178. Entonces el Río de Vida hace fructificar los Árboles de
vida «doce veces, una vez cada mes», es decir, todo el tiempo. Así es como la cosecha del Espíritu
anticipa desde ahora la Consumación de los tiempos.

«El primer día de la semana»


El Día de la Resurrección, que se irradia sobre todo el año para transfigurarlo, penetra también
los más pequeños instantes de nuestro tiempo. Es lo que pedimos con Jesús al Padre suyo y
Padre nuestro: «Danos hoy nuestro pan esencial»179, el pan de «este Día». El día sacramental
que transforma en tiempo nuevo cada instante de nuestras vidas es el domingo, el «día del
Señor» (Ap 1, 10). A partir de la Eucaristía, el domingo es, en efecto, el memorial eficaz, la
anámnesis fecundante que nos hace presentes y partícipes de la Liturgia eterna. Es el día de la
Asamblea en que anticipamos realmente la Comunión de todos los santos en la Trinidad Santa.
Es el día en que, por nosotros, este mundo entra misteriosamente en la libertad de los hijos de
Dios por la que gime y espera ansiosamente. Lejos de ser un día no laboral, es, por el contrario,
aquel en que «el Padre trabaja siempre» (Jn 5, 17) y nos hace compartir intensamente su amor

177
La denominación «tiempo después de Pentecostés» es exacta en el plano cronológico, pero no expresa
adecuadamente el misterio celebrado durante estos meses.
178
Sea al término del «tiempo después de Pentecostés» (en Occidente), sea el día octavo de la fiesta de
Pentecostés (en Oriente).
179
Literalmente, «hyperesencial» (Mt 6, 11). El sentido temporal, generalmente retenido, «de cada día»
[«de este día» según la versión francesa del Padrenuestro (N.d.T.)], alcanza el sentido cualitativo de la
etimología en el misterio litúrgico.
creador y salvador. Día de descanso, sí; pero Descanso de Dios en que la Energía no es
agotamiento mortal, sino manar de vida, alegría, fiesta, Liturgia creadora.

«El perfecto, que está siempre ocupado en palabras, acciones y pensamientos del Verbo de Dios,
está siempre en los días de este y todos los días son para él domingo»180. Esta energía de
resucitados, «lo único necesario», podemos vivirla en todo momento. Esta será la maravilla de
la Liturgia vivida. Pero hay un último signo sacramental de este tiempo nuevo que nos revela su
significado: es la Oración de las Horas. Por ella, el misterio de la Liturgia celebrada el domingo
penetra y transfigura el tiempo de cada día. Pero, mientras en la Liturgia del Día del Señor todo
es dado, aquí todo es ofrecido; allí todo es Gracia, aquí todo se convierte en alabanza de la gloria
de su Gracia. El Oficio de la Esposa es entonces divino: su única ocupación es amar. En este
Oficio, todo nuestro ser participa en la alabanza al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. Nuestro
ser personal -cuerpo, alma, espíritu y corazón- llega a ser oración en todas sus fibras, pero
también nuestro ser en relación divina, porque es la Comunidad la que ora, y, finalmente,
nuestro ser en el tiempo, porque este tiempo actual y mortal es transformado en ofrenda al
rocío del Espíritu. El Oficio es nuestra incorporación encarnada en la oración misma de Jesús. La
oración del Verbo hacia el Padre se derrama y toma cuerpo en nosotros, en sinergia con el
Espíritu Santo, en el impulso de la alabanza. El Oficio refleja la luz pura de la alabanza del Hijo
en los hijos de adopción.

Se comprende que la Oración de las Horas esté entretejida, principalmente, de la oración que
fue la de Jesús en su condición mortal: los Salmos. En este libro único del Antiguo Testamento,
toda la Economía de la salvación se ha hecho oración, y he aquí que este Designio de amor es
cumplido en Jesús. Cuando la Iglesia ora, la Liturgia que cumple este Designio de amor se expresa
en los mismos salmos. En ellos, el Espíritu vuelve a decir con la Esposa las maravillas de su Señor.
Lo que se llama la himnologia de la Liturgia de las Horas es el pleno desarrollo de los salmos de
Cristo, como los salmos de la Nueva Alianza. En la súplica litánica, la Iglesia expresa, pues, hoy la
intercesión que germinaba en los salmos.

Las lecturas bíblicas, en el corazón del Oficio, llevan a término las promesas de los salmos. Ya no
solo vamos al encuentro del Verbo a través de la oración de la espera, sino que, a la escucha de
la Palabra de Dios, nos encontramos con el Verbo en el silencio de la fe pura: no hay nada que
decir; se trata, sencilla y pobremente, de acoger. Aquí, el encuentro ya no pasa por la oración
de los hombres, nuestros padres en la fe; la oración se adhiere inmediatamente a Aquel que es
la fuente y el término de nuestra fe. Cuando el viento nos alcanza, ha atravesado los montes y
los valles, los mares y las ciudades; lo mismo pasa con el Aliento del Espíritu, que llega a nosotros
cargado con el drama redentor de las generaciones pasadas. Pero, finalmente, cuando nos toca,
es para hacernos nacer inmediatamente a la vida del Hijo y hacernos «ver el Reino de Dios».

Por tanto, el Oficio es divino, la divina ocupación por excelencia, la del Reino del Amor. Es
esparcimiento según el Espíritu, opuesto a las tensiones y las preocupaciones según el mundo.
Nos transfigura haciendo pasar «la figura de este mundo» (7 Co 7, 31) hasta su realidad de
Gracia. Nos recrea, en una verdadera recreación, llamándonos de nuevo y haciéndonos vivir la
Vida a la que estamos llamados: «esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti y al que tú has
enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3).

Si bien la oración del corazón, absolutamente necesaria, nos abre a todas las dimensiones del
Amor en la historia de los hombres, el Oficio va más lejos, en cierto sentido: supera las personas,

180
Orígenes, Contra Celsum, 8.22 (PG 11, 1550).
las saca de sí mismas para unirlas en la Comunidad. Es entonces la Iglesia quien ora, la Esposa
del Señor de la historia, animada por el Espíritu y ofrecida al Padre: «Aquí estoy, yo y los hijos
que Dios me dio» (Hb 2, 13). Es el Oficio del pueblo sacerdotal en el Sacerdote único, «sumo
sacerdote misericordioso y fiel» (Hb 2, 17). «Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para
su Dios y Padre: ¡a él, pues, la gloria y el poder por los siglos de los siglos!» (Ap 1, 16).

XIV. El espacio sacramental de la celebración


Jesucristo es nuestro Tiempo nuevo y es a él al que celebramos en la noche de la fe hasta que
todo sea consumado en la luz del Día de su venida. Él es también nuestro Espacio de vida,
nuestro «universo nuevo» (Ap 21, 5), y en él celebramos los misterios de la fe hasta que todo
llegue a ser «nuevos cielos y nueva tierra», «morada de Dios con los hombres» (Ap 21,1 ss).
Desde ahora, él es el lugar misterioso escondido en el Padre donde nosotros celebramos
sacramentalmente la Liturgia eterna. Pero ¿cómo este lugar es verdaderamente sacramental?,
¿cómo el espacio de nuestro mundo puede ser portador del universo nuevo?

«Señor, ¿dónde moras?» (Jn 1, 38)


La Economía de la salvación, que nos revela la Biblia y que se cumple en nuestras celebraciones,
está atravesada de principio a fin por la búsqueda de una morada. La primera creación está ya
bajo este signo. La tierra es habitable, porque Dios la ha preparado como morada para el hombre
al que ama, pero se vuelve hostil en cuanto el miedo se instala en el corazón del hombre. Y es
en ella donde Dios busca al hombre: «¿Dónde estás?» (Gn 3, 9). He aquí la primera fragilidad de
esta morada: el hombre hace de ella un escondrijo para su egoísmo, en vez de abrirla al
encuentro y a la acogida. Desde entonces, inhóspita para el hombre que huye de su Dios, la
tierra es prisionera de una ambigüedad trágica: la fecundidad y la muerte, el jardín y el desierto,
la casa y el exilio. Se comprende, pues, la Promesa que mana del corazón del Padre: será una
tierra donde habitarán hijos que crean en su amor. La ambigüedad deberá desaparecer, porque
el hombre no puede habitar la tierra de su Dios más que si su corazón es restaurado en la
confianza.

«Vete a la tierra que yo te mostraré», pero con una condición: «Deja tu país y la casa de tu
padre» (Gn 12, 1). Cuando, después de siglos de camino, de éxodos y de exilios, el Hijo mismo
se hace hombre, él cumple la promesa y la condición: sale del Padre y viene a este mundo, pero
para conducirnos y hacernos entrar en la casa del Padre (Jn 13, 1 ss; 14, 1). Los dos primeros
discípulos quizá presentían esto cuando a la pregunta de Jesús, llamada velada pero repleta de
esperanza, «¿Qué buscáis?», ellos responden: «Maestro, ¿dónde moras?» (Jn 1, 38). Desde que
el Verbo se hizo carne, «habita entre nosotros» (Jn 1, 14); desde que el corazón de su Madre fue
habitado totalmente por la fe, el Hijo fiel habita nuestra tierra. Entonces, todo comienza a
revivir. Esta tierra donde el hombre se esconde, en el miedo y para la muerte, volverá a ser el
espacio donde es encontrado, en la confianza y para la Vida.

Desde su concepción hasta su Ascensión, Jesús cumple este misterio de la morada. Aquel que
contiene el universo por su Palabra omnipotente está contenido, niño, en el seno de su Madre.
Aquel que formó a Adán de la tierra es formado de la tierra virgen de María. «El Verbo creador
del mundo encuentra refugio en una gruta»181. La gruta, tipo de las primeras viviendas humanas,
fue pronto considerada por las Iglesias como símbolo del lugar del nacimiento de Jesús. Pero allí
donde el hombre se refugiaba de la muerte, ahora encuentra al Autor de su vida. Esto es
precisamente lo que descubrirán las mujeres portadoras de aromas cuando Jesús sea puesto en
la última gruta del hombre: la tumba. «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc

181
Kontakion de la vigilia de Navidad en la Liturgia bizantina.
24, 5). Ahora todo ha cambiado. Es un estallido del espacio, como el del tiempo: no está ya
cerrado en sí mismo, está liberado de la muerte, es llenado por Aquel que contiene todo en su
mismo Cuerpo. Desde la tumba vacía a las puertas cerradas de la habitación alta, es el mismo
misterio del universo nuevo el que comienza a manifestarse: el no-lugar de Cristo resucitado se
convierte, por su victoria sobre la muerte, en el espacio nuevo de nuestro universo. Desde
entonces, su Ascensión dilata el espacio de su Cuerpo incorruptible hasta que Él sea Todo en
todos y la nueva creación sea consumada. «Mirad, yo estoy con vosotros todos los días hasta la
consumación de los tiempos» (Mí 28, 20).

La Iglesia, Casa de Dios


La iglesia de piedra o de madera donde entramos para participar en la Liturgia eterna es,
ciertamente, un espacio de nuestro mundo, pero su novedad consiste en ser un espacio que
estalla por la Resurrección. No un espacio platónicamente simbólico de un universo abstracto,
sino un espacio realmente habitado por un mundo liberado de la muerte. Es ahí donde
celebramos la Liturgia cumpliendo el Misterio del Cuerpo de Cristo. Ahora bien, el lugar de la
celebración es el lugar donde se cumple la promesa de la Morada. En su materialidad sensible,
es el lugar mismo donde Cristo cumple su promesa y la espera de los hombres: la Casa del Padre
(Jn 14, 2) se nos abre en este espacio sacramental. El segundo Concilio de Nicea nos dice a
propósito del Icono de Cristo: «En el mismo Cristo contemplamos, a un tiempo, lo indecible y lo
representado»182. Y ¿qué es la Iglesia como espacio sacramental, sino el Icono del Cuerpo total183
de Cristo?

Lo hemos vislumbrado ya al contemplar la Ascensión del Señor184 como celebración de la Liturgia


eterna: rodeando la asamblea que celebra aquí y ahora, todos los actores del Misterio están
presentes. El espacio de la iglesia es transfigurado; sus superficies, animadas por los iconos, se
abren más allá de sí mismas, hacia el espacio del Reino que viene; sus piedras, donde se anuncian
las maravillas del Misterio de Cristo, se convierten en estas piedras vivas de la nueva Jerusalén.
Precisamente porque este espacio es sacramental, la iglesia manifiesta la Iglesia.

Pero, bajo pena de caer en un simbolismo subjetivo, está claro que este espacio sacramental no
puede ser captado más que en la visión de fe. Ahora bien, esta visión está centrada no solo en
Cristo resucitado, bajo el signo del Pantocrator o de la Cruz vivificante, sino en el signo mismo
de su no-lugar para la muerte: su tumba. El altar es, en efecto, el punto de convergencia de
todas las líneas de este espacio. A partir de ahí, el espacio de la iglesia es sacramental. El altar
significa, en efecto, que el Cuerpo de Cristo ya no está aquí o allá como un lugar mortal, sino que
ha resucitado y lo llena todo con su Presencia. Este no-lugar para la muerte se convierte en el
lugar donde se cumple el sacrificio pascual. Por esto, la iglesia no es un lugar sagrado en el
sentido de las casas de culto construidas por las religiones en busca de la divinidad. El espacio
iconográfico de nuestras iglesias es un espacio abierto al Señor que viene, un espacio en espera
y repleto, un espacio portador del mundo y atraído por el Reino, el lugar de la Epíclesis del
Espíritu Santo y de la transformación de toda ofrenda en el Cuerpo de Cristo.

El espacio del Cuerpo de Cristo


Todo ser humano lleva en sí el sueño de una casa. Para nuestro Dios, ya no es un sueño, sino
una promesa y, en Jesús, la realidad. Cuando construimos una iglesia, llevamos en nosotros este
deseo de una casa para él y para nosotros. Pero ¿pensamos suficientemente que se verifica

182
VI sesión (Mansi XIII 244 b).
183
San Agustín.
184
Cfr. el capítulo IV.
entonces para nosotros la profecía de Natán a David: «Es el Señor quien te construirá una casa»
(2 S 7)? Lo anunciaba también Jesús en su celo por la casa de su Padre: «Destruid este templo y
yo lo reconstruiré en tres días» (Jn 2, 19). Este cambio total de gracia, este paso a una morada
donde todo estará vivo, es propiamente el estallar del espacio que se realiza en la Resurrección
de Jesús. También en esto se cumple la promesa de la Morada.

En efecto, la casa ha sido sentida siempre por el hombre como la prolongación de su cuerpo,
como el segundo espacio de su persona después del vestido. La casa humaniza el espacio, lo
vuelve habitable, lo personaliza hasta el punto de que la arquitectura de las primeras casas
seguía la del cuerpo humano. En Cristo, el Padre realiza esta maravilla más allá de toda espera:
somos nosotros quienes nos convertimos en su morada tomando forma del Cuerpo de su Hijo.
Esta configuración está visiblemente significada en las iglesias cruciformes: cuando el pueblo de
Dios se reúne allí, toma la forma de Cristo crucificado vencedor de la muerte; cuando el Río de
Vida se derrama en la nueva Jerusalén, suscita Arboles de Vida.

El espacio de una casa está a la espera de la presencia de sus moradores y es signo de la cualidad
de su presencia. El espacio sacramental de una iglesia es portador de una espera totalmente
nueva. Más allá de la asamblea que celebra, está abierto a todos los que no están allí y que
ignoran aún que su verdadera morada es el Cuerpo de Cristo. Signo del Padre que espera y del
Espíritu que llama, este espacio lo es también de una Presencia que es Don gratuito,
participación, alegría, paz. De nuevo, el altar está en el centro como lugar de la Copa de la
salvación y de la acción de gracias, mesa del banquete de la caridad divina. Por él, el espacio
sacramental está no solo centrado, sino en movimiento, y este movimiento es el de la Comunión
trinitaria donde el Cuerpo de Cristo se dilata en ofrenda y en alabanza de Gloria. La búsqueda
de la morada, que comenzó en el primer paraíso, culmina aquí en el corazón de la Trinidad Santa:
«Morad en mí, como yo en vosotros... Morad en mi amor, como yo moro en el amor del Padre»
(Jn 15, 4.9.10).

Como todas las sinergias sacramentales, el espacio de nuestras celebraciones está en condición
escatológica: en él, el Reino viene ya, pero nos es dado porque el Reino todavía no se ha
consumado. «No tenemos en la tierra morada permanente, sino que andamos en busca de la
que viene» (Hb 13, 14). El pueblo de Dios que se reúne en la iglesia hace entonces una parada
en su camino de éxodo; la superficie que ocupa es aquella donde, como un peregrino, pone los
pies, pero, en cuanto levanta los ojos, contempla a su Señor que viene, a la Santa Madre de Dios
y a la multitud de los testigos que caminan con él. Los dos planos de las visiones del Apocalipsis
se reflejan así en el espacio sacramental de la celebración litúrgica.

Finalmente, este espacio es sacramental porque es mediador. Signo portador del universo
nuevo que viene a nosotros y nos atrae, expresa también nuestra respuesta, nuestra
cooperación de fe a la energía del Espíritu Santo. En toda casa humana, el espacio es mediador
de presencia; allí, cada uno puede ser él mismo, escuchar y hablar, ver a sus allegados y ser
reconocido por ellos. En la casa de Dios, es gracias a este espacio totalmente nuevo como
podemos, en comunión unos con otros, ser nosotros mismos en la verdad del corazón, escuchar
al Verbo salvador, contemplarlo y ser acogidos por él. Este silencio donde somos metidos forma
parte del espacio sacramental de la iglesia. Silencio del corazón, es nuestra respuesta a la Palabra
que nos transforma; silencio de los ojos, es nuestra ofrenda a la luz que nos transfigura.
Entonces, como el vidente de Patmos y en una fe cada vez más purificada, podemos «volvernos
para mirar a la voz que nos habla» (Ap 1, 12). Cristo resucitado, Verbo e Icono del Padre, se
convertirá cada vez más en nuestro universo nuevo. Podremos abandonar la iglesia y su espacio
sacramental, pero no abandonaremos al Cordero que es nuestro templo en el Espíritu. Morando
en El y El en nosotros, no cesaremos, sin duda, de celebrar su Liturgia; podremos, de hecho,
comenzar a vivirla.

3. La liturgia vivida
Si la Liturgia es el misterio del Río de Vida, que mana del Padre y del Cordero, y si nos alcanza y
arrastra cuando la celebramos, es precisamente para que toda nuestra vida sea regada y
fecundada por ella. La Liturgia eterna, donde se consuma la Economía de nuestra salvación, se
cumple por medio de nosotros en las celebraciones sacramentales, a fin de que se cumpla en
nosotros, en las más pequeñas fibras de nuestra persona y de nuestra comunidad humana. Para
convencernos de ello, es necesario ver en qué se distingue la Liturgia celebrada de la Liturgia
vivida. Pero tenemos que ver también por qué la Liturgia cristiana anula la separación, que
existía en la Antigua Alianza, entre culto y vida moral. Esta toma de conciencia nos conducirá a
la unidad totalmente nueva, entre la celebración y la vida en la Liturgia fontal.

Liturgia celebrada y Liturgia vivida


Cuando celebramos la Liturgia, participamos, de modo intenso y único, en la plenitud de nuestra
vida, en su Señor adorable, en todos los hombres reencontrados en la Comunión del Padre, en
el mundo reconciliado y en el tiempo liberado: vivimos en verdad, y lo que seremos eternamente
es ya manifestado y gustado en el Espíritu. Cada uno de nosotros nunca es tan él mismo, nunca
la Iglesia es tan ella misma, el universo y la historia jamás han sido tan llevados en la esperanza
de la Gloria como cuando se celebra la Liturgia. Pero estos son momentos de plenitud y de gracia.
Permanece el tiempo, en su duración de gestación y de tensión. Es entonces cuando la Liturgia
continúa, bajo la otra cara del tiempo, en la tribulación y la angustia. Mientras el velo de la
muerte parece recubrir la lenta penetración de la Vida de Cristo resucitado, nosotros entramos
en la experiencia de la Liturgia vivida. He aquí que nosotros nos encontramos en la espesura de
los últimos tiempos, allí donde todos los hombres y todo el hombre todavía no han pasado a la
Vida incorruptible.

Esta dialéctica del tiempo y de los momentos se vuelve a encontrar en la cualidad del espacio
donde se despliega la Liturgia. Sacramental en la celebración, este espacio parece tan solo un
simple ambiente en la vida cotidiana. Los signos que manifiestan la novedad cristiana descubren
esta distinción. En las celebraciones, son de tal manera sencillos y desnudos, que
inmediatamente se vuelven transparentes a la fe, mientras que, en la vida corriente, todo es
circunstancia y reclama continuamente ser discernido y transfigurado.

En los momentos de celebración, el don intenso del Espíritu Santo nos hace vivir la Iglesia, la
manifiesta, la hace crecer y la transforma en el Cuerpo de Cristo. En el tiempo de la vida, este
don de Comunión no es menos intenso y fiel, pero cada uno se encuentra ligado por otros
vínculos en la comunidad humana. Entonces, el misterio de Comunión de Dios con los hombres
ha de ser probado con los hechos y por medio de nosotros: habiendo llegado a ser Cuerpo de
Cristo, ¿lo viviremos?

En la vida, las sinergias del Espíritu Santo y de la Iglesia parecen ser, más bien, las del Paráclito y
de cada cristiano, aunque, en el fondo, son siempre las del Cuerpo de Cristo. En las
celebraciones, estas sinergias eran sacramentales, se desarrollaban pedagógicamente, como
una mistagogía en acción; en el resto de la existencia cristiana, son imprevisibles y espontáneas,
sin contorno preciso y fundidas la una en la otra. Ya no se puede distinguir netamente cuándo
el Espíritu nos revela a Jesús, cuándo nos transforma en él y cuándo nos pone en Comunión con
él. Parecería incluso que de estas tres sinergias, tan claras en la Eucaristía -la Liturgia de la
Palabra, la Anáfora y la Comunión-, la existencia cristiana retuviese, sobre todo, la tercera. De
hecho, si la celebración es el momento de la siembra, la vida es principalmente el tiempo de la
fructificación.

Nuestras celebraciones terminan habitualmente con una bendición, pero este final expresa, más
bien, un envío, una misión: ahora vivamos y comuniquemos a Aquel que hemos recibido. La
celebración nos ha vuelto a zambullir en el foco del Ágape divino: a partir de él, de ahora en
adelante, nosotros tenemos que ejercer nuestros múltiples dones y carismas para el bien de
todos. Si el Señor de Gloria nos ha transfigurado, ahora hemos de irradiarlo en la kénosis.
Conformados con su Cuerpo crucificado, el vigor de su Espíritu debe manifestar en nuestra carne
mortal el poder de su Resurrección.

La Liturgia, más allá del culto y de la vida moral

Pero ¿por qué no es siempre así? ¿Por qué este hiato entre la maravilla de nuestra celebración
y la mediocridad de una vida tan poco cristiana? Podemos siempre asombrarnos de ser
pecadores, pero esta miseria es, quizá, menos la causa que el efecto de la separación que
mantenemos entre la celebración y la vida. Deberíamos, más bien, preguntamos si no estamos
todavía bajo el régimen de la Ley antigua, la de la letra que justamente no puede dar la Vida (2
Co 3, 6).

El tiempo de las promesas es amplio, pero es el tiempo de la preevangelización. Cuando el


Espíritu Santo prefigura a Cristo en los acontecimientos salvíficos, tiene, sobre todo, el objetivo
de preparar los corazones para acogerlo. La pedagogía del Espíritu es existencial. Ante las
acciones de Dios, él llama al hombre a abrir su corazón y tomar postura. En la Antigua Alianza,
esta pedagogía se desarrollaba a dos niveles, distintos y separados: el culto y la vida moral.

En primer lugar, el culto. Frente al acontecimiento donde Dios habla, el culto enseña al hombre
a escuchar y a recordar. Los gestos salvíficos del Dios vivo fundan esta memoria del corazón y a
ellos se refieren las acciones rituales. El culto adquiere valor de testimonio, de memorial incluso.
El corazón que recuerda se convierte entonces en un corazón que adora y que da gracias:
«¡porque es eterno su Amor!».

Pero este testimonio debe ser guardado y pasar a la vida moral. Los acontecimientos salvíficos,
fundadores de la memoria del corazón y del memorial cultual, son también guías para la acción.
Todo el Deuteronomio es esta llamada al corazón para que guarde la Palabra y la ponga en
práctica. A la fidelidad del Dios salvador debe responder la fidelidad del creyente. Es por este
camino como se han realizado las promesas en la Alianza.

Sin embargo, el tiempo de las promesas es solo prelitúrgico. Los acontecimientos salvíficos,
como los de este mundo, suceden una vez, y luego pertenecen al pasado. Es cierto que el
corazón que guarda la Palabra los recuerda en las acciones rituales, pero permanecen como
acontecimientos pasados. El corazón fiel que observa la Ley también se acuerda de ellos, pero
se refiere a ellos como a un modelo heterónomo. Es muy importante ser conscientes de este
doble hiato de muerte que hiere todavía la religión de la Antigua Alianza: su culto no contiene
en sí mismo los acontecimientos salvíficos, solo los recuerda; su moral intenta conformarse con
ellos, pero no procede de ellos como de una fuente actual.

Las primeras alianzas conocen un culto -sacrificial y sinagogal- pero ignoran la Liturgia. Su culto
expresa una respuesta religiosa del hombre. De ahí el peso de los elementos culturales en los
sacrificios del Templo; de ahí también las repeticiones cíclicas del culto. El autor de la carta a los
Hebreos insiste en estos síntomas de muerte que hacen al Templo, al sacerdocio y a los
sacrificios levíticos irremediablemente impotentes para dar la Vida. Cierto, la Ley mosaica es
pedagógica al desarrollar, por una parte, los ritos cultuales y, por otra, la religión del corazón, y
al exigir cada vez más su conformidad recíproca. Pero se está todavía bajo el régimen
precristiano de la actitud moral en relación con su expresión cultual. Aquí el significado, allí el
significante. Moralismo y ritualismo van a la par y en exterioridad. El hombre no está integrado.
El encuentro en profundidad del Don y de la Acogida está aún por llegar.

De Moisés a Jesús, la dicotomía entre la acción ritual del culto y la fidelidad moral a la Ley era
inevitable. Solo cuando «la Gracia y la Verdad» (Jn 1,17) son dadas por el Hijo único, esta
exterioridad queda abolida. Ya no hay para nosotros funciones rituales junto a un culto interior,
sino una unidad totalmente nueva (Jr 31, 31-34). El cristiano ya no está dividido entre dos
ocupaciones relativas a su Dios, ora acciones sagradas ora acciones profanas, aun cuando unas
y otras reclamen estar inspiradas en el mismo amor. «Todo eso no era más que sombra de las
realidades venideras, pero la Realidad es el Cuerpo de Cristo» (Col 2, 17). La Nueva Alianza nos
introduce más allá de la separación entre culto y vida moral. Este más allá es la Liturgia «en
Espíritu y en Verdad» {Jn 4, 24).

El único Misterio de la Liturgia


Celebrada en ciertos momentos, pero para ser vivida de continuo, la Liturgia es el único Misterio
de Cristo que da la Vida a los hombres. Cuando se celebra, la Liturgia no nos ofrece un modelo
que la vida debería luego imitar; recaeríamos entonces en la exterioridad que separa el ritual
sagrado de la conducta moral. El mismo Cristo que celebramos es el que vivimos; aquí y allá es
siempre su Misterio. Lo mismo que sus sacramentos son sus misterios, así también su Vida en
nosotros o es mística o no es. Su Espíritu Santo es la misma Fuente de la que bebemos en la
celebración sacramental y que mana en nuestros corazones para la Vida eterna. Pero sin
celebración no hay vida posible; si no somos invadidos por el Río de Vida, ¿cómo podremos dar
los frutos del Espíritu?

El gran don del Señor resucitado es nuestra Fuente y nuestra Vida. La continuidad profunda de
su Energía se manifiesta desde nuestro Bautismo y nuestra Crismación; injertados en Cristo y
penetrados por el sello personal de su Espíritu, podemos celebrar y vivir todo el Misterio de Vida
que el Padre nos entrega en abundancia. Cuando somos reconciliados por el don renovado del
Espíritu, remisión personal de nuestro pecado, podemos cumplir la Comunión eucarística y
derramarla a continuación en la comunidad de los hombres. La Epíclesis del Cuerpo de Cristo,
de la cual los ministros ordenados son los servidores, es comunicada entonces a todos los
miembros según el carisma de su sacerdocio real. La Epíclesis en la vida de los cristianos y sobre
el mundo, esta es la fuente constante de la Liturgia vivida; entonces, el Espíritu, que es nuestra
Vida, nos hace también actuar (Ga 5, 35).

De este modo, la Liturgia eterna penetra nuestro mundo, por la kénosis de los miembros
sufrientes de Cristo, como levadura de inmortalidad que hace subir los últimos tiempos hacia su
Consumación. La Gloria de Cristo en Ascensión no atraviesa nuestro tiempo intermitentemente,
sino que lo penetra sin cesar con su poder de transfiguración. Así es como la maravilla que
hemos celebrado se convierte en Vida para todos los hombres. Si la celebración nos enseña a
vivir este Misterio, nuestra vida se enraíza y alcanza su plenitud en la celebración. Cuando venga
por fin el Reino, la celebración del Misterio y su vida coincidirán para siempre. Entonces, vivir el
Misterio será celebrarlo, ya que también desde ahora celebrarlo significa entrar en «el Día de
luz, largo, eterno» de la Vida.
XV. La oración, liturgia del corazón
El lugar del corazón
La efusión del misterio de la Liturgia en la vida comienza en la oración. El punto donde el Río de
Vida se convierte en Fuente en la existencia del hombre es su corazón. Es a partir de la oración
del corazón como la Liturgia se hace vida. Aquí está el umbral personal que hay que cruzar y
donde todo se decide, pero he aquí también la primera llamada a la que nos resulta duro
responder. Si eludimos responder, nuestras celebraciones se volverán a convertir en ritos y la
Liturgia permanecerá extraña a nuestra vida. Pero, si nos determinamos a orar, humildemente
y abiertos al Espíritu Santo, entonces todo nuestro ser descenderá al corazón y quedará recogido
en su Fuente. Para nosotros, existencialmente, todo el movimiento de la Liturgia, vivida y
celebrada, parte de aquí.

Se ora como se vive y se vive como se ama; todo depende del lugar en que estemos
habitualmente anclados y en torno al cual todo adquiere su sentido: el yo biológico o el yo social,
el cerebral o el ideal, el superego o el sueño... En todas estas moradas periféricas, el hombre
está de visita, no está en su morada, no se ha encontrado todavía. Solo en el corazón somos
nosotros mismos y solo ahí es donde llegamos a serlo. El corazón es el lugar del encuentro
auténtico consigo mismo, con los demás, pero, sobre todo, con el Dios vivo. No de modo
estático, como un vacío a llenar -esta es la ilusión de otras moradas-, sino vitalmente, como el
reclamo de una presencia y como una respuesta creadora. El corazón es el lugar de la decisión,
el momento personal del sí o del no. Es nuestra persona en su punto de origen, en su misterio
irreductible, en su libertad inviolable. No podemos objetivarlo porque, en el momento mismo
en que lo escrutamos, es ya él quien elige; él está antes y, en la conciencia que tenemos de él,
es inaprensible. El es hacia otra presencia y se consume en la muerte mientras se sacie de
objetos. En el fondo, es el hombre, Imagen de la Comunión trinitaria, y en busca de la Semejanza,
es decir, de esta Comunión divina. Solo esta Presencia puede ser la vida del hombre, ya que es
la única que colma el corazón ahondando su deseo, que no lo engaña saciándolo, sino que lo
dilata atrayéndolo.

«¿Dónde moras?» (Jn 1, 38). El Señor no puede ser hallado más que allí donde el hombre
consiente en ser encontrado. Cuando nos decidimos a cruzar el umbral de nuestro corazón, en
él descubrimos el lugar donde mana la Fuente: «¡En verdad, Él Está en este lugar y yo no lo
sabía!» (Gn 28, 16). Presencia con presencia, esta hospitalidad misteriosa es la aurora de la
oración después de nuestras largas noches de evasión o de somnolencia. Porque es el corazón
el que ora, no nuestras estructuras, ni siquiera psicológicas, ni nuestros determinismos ni
nuestros condicionamientos; todo esto, sin duda, forma parte de nuestro espacio, pero cambiar
nuestros escenarios no sustituirá nunca la novedad del encuentro: este acontece solo cuando el
corazón se vuelve hacia Aquel que Es... y es entonces cuando Él viene.

Entrar en el Nombre del Santo Señor Jesús


El movimiento de la oración es el movimiento mismo de la Liturgia vivido pobre pero
profundamente en el corazón. No se puede definir la oración cristiana, porque no se puede
definir el Misterio de Cristo que ella acoge y aspira. Su impulso se sitúa entre dos no-saber: antes
que el Espíritu Santo nos tome, «nosotros no sabemos cómo orar» (Rm 8, 26); pero después que
nos haya hecho entrar en la oración de Jesús, nosotros no sabremos que oramos: simplemente
oraremos. Mientras la celebración de la Liturgia puede ser descrita en razón de sus signos
sacramentales, la Liturgia del corazón es tan indescriptible como el Misterio que ella vive. Aquí,
los signos se desvanecen; permanece solo la raíz que los sostenía -la fe-, en la esperanza que
ellos prometían -el amor-. El Misterio, «envuelto en silencio durante siglos eternos», se dilata
así siempre en el corazón que cree y espera: en él se convierte en «amor silencioso»185.

El Espíritu Santo es el pedagogo de nuestra oración como es el mistagogo de nuestras


celebraciones. Es indispensable empezar por él y con él; si no, nos perdemos en paraliturgias
estériles, fuera del corazón. También aquí todo comienza con la Liturgia de la Palabra, no la de
nuestra palabrería, sino la del Verbo hecho carne nuestra. El comienzo de las celebraciones
sacramentales expresa este Advenimiento de la Palabra del Padre en nuestra humanidad: el
Evangelio, es decir, Cristo, entra en la comunidad que le celebra. En la Liturgia del corazón, el
Espíritu Santo intenta continuamente, «de principio en principio», hacer entrar a Cristo
resucitado en el corazón que despierta a la oración. Su Energía tan simple nos enseña a hablar,
imprimiendo en nuestro «corazón de carne» la única Palabra en que todo está expresado: JESUS.
En verdad, no es solo El quien viene a nosotros, sino, sobre todo, somos nosotros quienes
entramos en El.

La oración a Jesús es nuestra verdadera entrada en la liturgia del corazón, porque, invocando a
«Jesús», «bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Co 12, 3), entramos en el misterio de su santo
Nombre. ¿Acaso no es así como él mismo nos enseña a entrar en oración: «¡Santificado sea tu
Nombre!»? El único Nombre divino que de verdad pueden pronunciar nuestros labios y nuestros
corazones es el de Jesús. Todos los demás, incluso el de «Padre», son analogías y símbolos, que
siempre hay que purificar. Solo el de Jesús es verdadero, en plenitud, y es el que confiere su
significado a todos los demás, sobre todo, al de Padre. Cuando invocamos a «Jesús», nuestros
corazones se abren al único Nombre que no es una palabra separada de la persona que expresa,
sino que contiene la Presencia que reclama. Es el único que no es poseído al ser pronunciado,
porque abre el corazón atrayéndolo hacia El.

Invocar el Nombre de Jesús no es un método opcional, como las técnicas de oración en todas
las religiones, ni una variedad ritual, como en las diversas liturgias de las Iglesias, sino que es el
movimiento primero del Espíritu en el corazón de la Esposa: toda su misión se cumple en Jesús,
y, si entramos en el Nombre del Señor, estamos en el único camino que conduce al Padre. Entrar
en el Nombre del Santo Señor Jesús es mucho más que el estremecimiento de Moisés al quitarse
las sandalias y acercarse a la Zarza ardiente: es ser sumergido en su Misterio, vivir en cada
respiración nuestro Bautismo en El, ofrecerle todos los recovecos de nuestra humanidad que él
asume y ser invadidos de su divinidad que Él nos entrega. Cuando el corazón invoca a «Jesús»,
el Verbo cumple en él su encarnación y lo deifica, porque Jesús es el Hijo amado que se hace
hombre para que el hombre se haga hijo de Dios. En Él, todo es dado por el Padre y todo es
ofrecido por el hombre. Porque Aquel en quien entramos, en el silencio amante del corazón, es
Jesús resucitado, Icono del Dios invisible, que nos une entonces a su Cuerpo de Gloria. Nuestra
oración está centrada en su Humanidad adorable. Es por su Carne glorificada como se sumerge
en el seno del Padre. No puede ser más que Jesús, el Verbo encarnado; si no, es palabra vacía y
recae en la muerte.

El altar del corazón


El Nombre de Jesús es el espacio nuevo de la Liturgia de la oración. En la celebración de la
Liturgia hemos visto la importancia del altar como centro del espacio sacramental y de su
movimiento. Pasa lo mismo con el corazón en el espacio de la oración: está en el centro y de él
parte todo el movimiento del Misterio. La oración cristiana no se debe buscar en el vacío

185
San Juan de la Cruz.
mental186, ya que su espacio misterioso es Cristo resucitado. Entonces, toda la ascesis que
acompaña a la oración está centrada. No consiste en hacer desaparecer las personas y las cosas,
sino en purificar la relación del corazón con todo lo que existe, a fin de que el corazón esté allí
donde está su tesoro: su Señor. La cuestión determinante de la oración no es su espacio, local o
mental, sino la Presencia que lo habita. Ahora bien, esta presencia está en el corazón como sobre
el altar, allí donde el Espíritu Santo deposita y graba el Evangelio eterno: Jesús.

Es, en efecto, en el altar del corazón donde se celebra esta liturgia de fe pura. Aquí está la tumba
hacia donde nos impulsa nuestro recuerdo nostálgico del Señor y donde el Espíritu nos revela
que El ha resucitado. Aquí está la tumba donde la oración deposita el Cuerpo siempre sufriente
de Cristo, en la certeza de que el Autor de la Vida lo resucitará. Aquí está la tumba donde el
Viviente desciende a nuestros infiernos para sacarnos de nuestra muerte. Porque las noches de
nuestras oraciones son verdaderamente el descenso de la Luz a las profundidades de nuestras
tinieblas. Sepultados de una vez para siempre con Cristo, no cesamos en la oración del corazón
de vivir este enterramiento del que surgimos cada vez más uno con Él y vivos para el Padre.

Durante el Sábado Santo, el Cuerpo del Hijo de Dios reposaba en la tierra; ya había vencido a la
muerte, pero todavía no se había manifestado como Resucitado. Lo mismo la oración del
corazón. Escondida en el silencio de los últimos tiempos, destruye la muerte en sus
profundidades, aunque todavía no estalla en la alabanza de la Gloria. Configurada así con su
Señor, el alma que ora se convierte en esa «alma eclesial» de la que habla Orígenes. Como las
portadoras de aromas, aprende del Espíritu la creatividad de la ternura divina. La más bella
diaconía de la Iglesia en favor del mundo es ir a la tumba y permanecer en el altar del corazón,
no ya para embalsamar el Cuerpo de Jesús, sino para curar a los muertos que pueblan la tierra,
ofreciéndoles desde ahora la esperanza y la prenda de la Resurrección. El «amor silencioso» de
la oración a Jesús se dilata entonces en su espacio verdadero: dar la Vida a los miembros heridos
por la muerte, ser en su Cuerpo el lugar desde donde se derrama el amor. Cuando oramos así
en el Espíritu, el Nombre de Jesús «se expande» (Ct 1,3) por su Cuerpo crucificado. Somos
entonces la Iglesia en su misterio más escondido y, sin embargo, más vivificante: estamos en el
corazón de la kénosis del Espíritu y de la Esposa.

La Epíclesis del corazón


En las celebraciones sacramentales, la sinergia decisiva del Espíritu y de la Iglesia se vive en el
momento de la Epíclesis. Momento de la máxima densidad del silencio de la Iglesia y de la fuerza
del Espíritu, la Epíclesis es oración pura y poder soberano: a la ofrenda de fe, la más pobre,
responde el Don virginal del Espíritu Santo, y así es como todo resucita en el Cuerpo de Cristo.
La liturgia del corazón actualiza continuamente en la vida esta maravilla de Dios realizada en la
celebración. En ella es donde primero y más intensamente se vive el sacerdocio real de los
bautizados. El Sello del don del Espíritu Santo, recibido de una vez para siempre en la Crismación,
hace entonces de nosotros los sacerdotes de la Nueva Alianza. En el altar de nuestro corazón
podemos ofrecer todo -y si ofrecemos poco es porque aún somos hombres y mujeres «de poca
fe»-, pero el Espíritu no transformará más que lo que nosotros le ofrezcamos. Tal es la misteriosa
sinergia de la oración: ¡cuanto más entregada está nuestra voluntad a la del Padre, más hace el
Padre nuestra voluntad! Tal es la oración de los santos, porque, desde que asumió nuestra
voluntad humana, tal es la oración del Santo Señor Jesús. Es en la epíclesis del corazón donde se
decide toda la santidad cristiana en su fuente: la ofrenda pobre, confiada y decidida del pecador,

186
Son conocidas las enérgicas advertencias de santa Teresa de Jesús a este propósito. La tradición
espiritual de las Iglesias, de Oriente y de Occidente, es ajena a las técnicas que buscan el vacío mental.
Una terapia, del tipo que sea, no es todavía un camino de oración.
que renuncia a la propia voluntad poniéndola entre las manos del Padre, atrae el Don
sobreabundante del Amor que se derrama en el corazón. Y, cuanto más limpio está el corazón
de todo apego, tanto más es colmado por el Espíritu; cuanto más humilde y confiado es el
silencio, tanto más lo dilata el Nombre de Jesús con su presencia.

Es esta Santidad la que tememos cuando nuestro hombre viejo rehúye la oración. Abandonando
el altar del corazón, pretendemos compensar nuestro sacerdocio real trabajando sobre las
estructuras de este mundo, ¡como si unas estructuras pudieran hacer venir el Reino! Esta
tentación fundamental nos revela de nuevo el misterio de la oración: lo que tememos, en efecto,
es afrontar en ella la muerte cara a cara. El drama de la muerte, lo hemos visto, está en el fondo
del misterio de la Epíclesis. Ahora bien, cuando el corazón se decide a orar, entra en la kéno- sis
del Espíritu y de la Esposa, participa en la Epíclesis de la Iglesia y se coloca en primera línea del
combate, del gran combate pascual. Orar es un combate donde el Espíritu nos fortalece al
combatir: nos despoja de nuestras armas irrisorias, como al pequeño David, para revestirnos de
la armadura del Hijo de David, las armas de la Cruz. En la oración, no se trata ya de la celebración
festiva de la Eucaristía; todos los signos han desaparecido, y es en lo más profundo de la noche
donde el amor silencioso sale vencedor de la muerte. No solo de la muerte de aquel que ora,
sino, ya que participa del momento decisivo de la Epíclesis, de la de todos los que yacen en las
tinieblas del pecado. Tal es la oración de los santos que permite al mundo sobrevivir en la
esperanza. Así es como el Señor viene por la paciencia de sus santos.

El altar de la Comunión
Si el corazón persevera, cueste lo que cueste, en la invocación de su Señor Jesús, conocerá el
bautismo de lágrimas, que lo purifica de su pecado; conocerá entonces el bautismo de fuego, el
del Amor donde el Espíritu lo sumerge en la Epíclesis de la fe. El Espíritu Santo habrá de tal
manera fundido la voluntad rebelde en la del Padre, que la oración a Jesús se habrá convertido
en la oración de Jesús mismo. Ahora bien, esta oración incesante de Jesús no es otra cosa que
la Liturgia eterna, celebrada por él de ahora en adelante ante el Rostro del Padre. El mismo
Espíritu que nos enseñaba a respirar el Nombre de Jesús puede entonces, en la oración misma
de Jesús, abrirnos a la adoración admirada: «¡Abbá, Padre!». Cuando la Liturgia fontal mana en
el corazón, alcanza su plenitud en la «adoración en Espíritu y en Verdad» (/n 4, 14 y 24). Y la
Epíclesis del corazón se dilata en epíclesis sobre el mundo, que no es otra cosa sino participar
en el gran «trabajo» (Jn 5, 17) de Cristo en su Ascensión: derramar el Espíritu Santo en el corazón
de los hombres para atraerlos a él.

El corazón que ora encuentra, en efecto, en el acontecimiento continuo de la Ascensión, su


espacio verdadero. Pero, si somos leales con nosotros mismos, sabemos perfectamente que el
espacio consciente de nuestro corazón no lo hallamos así. Pero, si nos detenemos ahí, esto
quiere decir que aún no hemos comprendido la maravilla de la Humanidad de Jesús que,
justamente, está tejida de la nuestra y de la de todos los hombres. Cuando nuestro horizonte
interior, inseparable, por otra parte, de los demás, está en la tristeza, ¿por qué desconocer este
vínculo de carne mortal que nos une a tantos otros seres humanos sin esperanza y sin amor?
Esta fibra de nuestra humanidad ya no es nuestra, sino de Aquel que la asume, el que ha muerto
y resucitado por nosotros. Y esto vale para las más pequeñas nubes y para las maravillas de luz
que constituyen nuestro mundo. En la liturgia del corazón, el espacio de la oración no estará ya
nunca cerrado, replegado sobre sí, sino abierto, desplegado, en comunión con una multitud,
arrastrado al espacio sin horizonte del Señor de nuestras vidas.

Sí, porque el altar del corazón es, finalmente, la mesa de la Cena, donde la Comunión de la
Trinidad Santa se nos da continuamente en el Cuerpo de Cristo, pero a fin de que nosotros la
compartamos. Lugar del encuentro del hambre de los hombres y del deseo de Dios, el corazón
que ora participa en la espera de los pobres y en la sobreabundancia de los dones del Padre. Es
la mesa del banquete del Agape, no tanto por el carácter festivo de la cena eucarística cuanto
por la dolorosa esperanza de quienes todavía no participan en él. A nadie se le deja fuera, gracias
a la oración de los santos. Porque lo que celebra la oración, en la fe pura y en el amor silencioso,
es la profundidad escondida de la Comunión eucarística: ella sumerge en la espesura de los
últimos tiempos para llamar al banquete de la Sabiduría a los hombres insensatos que se alejan
de él.

Aquí está el verdadero ayuno de aquel que consiente en perseverar en la oración: sentarse a la
mesa de los pecadores hambrientos. La oración desposa entonces el deseo del Hijo amado que
ha venido a compartir la cena pascual donde Él se ofrece a sí mismo. Pero ¿quién podrá jamás
cantar la alegría del Espíritu Santo, el gran Hallel de este banquete misterioso? Porque, cuanto
más consiente un corazón en orar así, tanto más el Espíritu Santo se une a él en la kénosis de
amor. La liturgia de la oración tanto más es fuente de vida para una multitud cuanto más
entregado está el corazón al Espíritu en la paz, esta paz que es el poder de la Resurrección en lo
más profundo de la muerte. El corazón que ora así será cada vez más arrastrado por su Señor en
su Ascensión vivificante; pero ¿podrá ir tan lejos, puesto que, habiendo llegado a los confines
de la muerte, el Espíritu lo llevó «hasta el extremo del amor» (Jn 13, 1)?

XVI. La deificación del hombre


Si por la oración consentimos en ser invadidos por el Río de Vida, todo nuestro ser será
transformado por entero, nos convertiremos en árboles de Vida y podremos dar cada vez más
el fruto del Espíritu: amar con el Amor mismo que es nuestro Dios. Tenemos que insistir sin cesar
en este consentimiento radical, en esta determinación del corazón en que nuestra voluntad se
entrega incondicionalmente a la Energía del Espíritu Santo; de no ser así, caeremos en la ilusión
del saber o del discurso sobre Dios y permaneceremos en la exterioridad, en la fractura, en la
muerte. Pero esta ofrenda de nuestro corazón pecador, siendo constantemente renovada, no
ha de llevarnos a imaginar la Nueva Alianza con Jesús como un simple encuentro personal. La
Comunión en que el Espíritu nos introduce no se limita a un cara a cara entre la Persona de Cristo
y la nuestra ni a una conformidad exterior de nuestra voluntad con la suya. La Liturgia vivida
comienza, ciertamente, con esta unión moral, pero va mucho más lejos. El Espíritu Santo es la
Unción y trata de transformarnos en Cristo según lo que somos integralmente: cuerpo, alma,
espíritu, corazón, carne, en relación a los otros y al mundo. Para que el amor llegue a ser nuestra
vida, no basta con que nos alcance en nuestro origen personal, debe impregnar toda nuestra
naturaleza.

Este poder transformante del Río de Vida que penetra a todo el hombre, persona y naturaleza,
la tradición indivisa de las Iglesias lo llama con una palabra maravillosa que resume el misterio
de la liturgia vivida: la deificación, la theosis. Por medio del Bautismo y del Sello del don del
Espíritu Santo, hemos sido hechos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1,4). En la liturgia del
corazón mana la fuente de esta deificación: el Espíritu Santo y nuestra persona confluyen en un
solo origen. Pero ¿cómo esta sinergia misteriosa irriga toda nuestra naturaleza, desde sus más
pequeños recovecos a sus conductas más manifiestas? Es todo el drama de la deificación, en
que se cumple para cada cristiano el misterio de la liturgia vivida187.

187
Cfr. la nota 1 del capítulo VIII [N.d.T.].
El Misterio de Jesús
Entrar en el Nombre del Santo Señor Jesús no es solamente contemplarlo de cuando en cuando
o hacer nuestras de manera intermitente su pasión por el Padre y su compasión por los hombres,
sino es también participar asiduamente y cada vez más en su Humanidad, en la cual él ha
asumido la nuestra. «Revestirse de Cristo» ha sido el acontecimiento de nuestro Bautismo, a fin
de que se convierta en el acontecimiento que teje toda nuestra vida. El Hijo amado nos ha unido
a él en su Cuerpo, y cuanto más conforma nuestra humanidad con la suya, tanto más nos hace
compartir su divinidad. La Humanidad de Jesús es nueva porque es santa. Desde su condición
mortal, ella participaba en las Energías divinas del Verbo, sin ninguna confusión, pero en una
sinergia insondable donde cooperaban su voluntad y sus conductas humanas. Jesús no es un
hombre divinizado: es el Verbo de Dios realmente encarnado.

Esto quiere decir que no tenemos que copiar, de lejos y desde el exterior, los comportamientos
de Jesús referidos en el Evangelio, a fin de divinizamos y llegar a ser «como Dios»; esta es la
tentación original siempre presente. Por el contrario, es Jesús quien viene a deificar esta
naturaleza humana que él ha unido a sí de una vez para siempre. Sus Energías, divino-humanas,
son desde su Resurrección las de su Espíritu Santo, que suscita y reclama nuestra respuesta;
nuestra humanidad participa en la vida de la santa Humanidad de Cristo en la medida de la
sinergia del Espíritu y de nuestro corazón. Entrar en el Nombre de Jesús, Hijo de Dios, Señor, es
así ser atraído hacia Él, desde las profundidades de nuestro ser, con la misma atracción con que
él ha asumido su Humanidad encarnándose y viviendo nuestra condición humana hasta la
muerte. No hay en esto ninguna pseudomística pancrística, ya que la persona humana sigue
siendo ella misma, criatura y libre, frente a su Señor y Dios; y no hay tampoco moralismo alguno,
otro error que también nos acecha, puesto que la naturaleza humana participa realmente en la
divinidad de su Salvador.

«El hombre se hace Dios en tanto en cuanto Dios se hace hombre», nos dice san Máximo el
Confesor188. La santidad cristiana es deificación porque participamos, en nuestra humanidad
concreta, de la divinidad del Verbo que ha desposado nuestra carne. La «naturaleza divina» de
que nos habla san Pedro (2 P 1, 4) no es una abstracción ni un modelo, es la vida misma del
Padre comunicada eternamente a su Hijo y a su Espíritu Santo. El Padre es su fuente, y es el Hijo
quien la derrama en nosotros al hacerse hombre. Nosotros nos hacemos Dios estando cada vez
más unidos a la Humanidad de Jesús. Por eso, la única cuestión para nosotros es esta: ¿cómo el
Hijo de Dios ha vivido como hombre en nuestra condición mortal, dado que, por el camino de
su Humanidad, la nuestra se revestirá de su Divinidad? El Evangelio ha sido escrito precisamente
para revelamos «los sentimientos que están en Cristo Jesús» (Flp 2, 5)189, y el Espíritu Santo trata
de derramarlos en nuestros corazones.

Según la espiritualidad de su Iglesia y los dones particulares del Espíritu Santo, cada bautizado
vive más intensamente tal o cual de los «sentimientos de Cristo Jesús», pero, en todos los
cristianos, el misterio de la deificación es fundamentalmente idéntico. Su humanidad ya no les
pertenece, en el sentido posesivo y mortal del término; pertenece a Aquel que ha muerto y
resucitado por ellos. Con toda verdad, todo lo que hace mi naturaleza, sus poderes de vida y de
muerte, sus dones y sus adquisiciones, sus límites y su pecado, todo eso no es ya «mío», sino
«de Aquel que me amó y se entregó por mí». Este traspaso de pertenencia no es ni ideal ni
moral, es realista y místico. Esta identificación de Jesús con la humanidad de cada persona

188
PG 91, 101c.
189
Sentimientos, no en el sentido emotivo, sino las actitudes del corazón que inspiran los
comportamientos: las costumbres divinas vividas humanamente.
humana va muy lejos en la relación nueva que él instaura con el otro, como veremos más
adelante; pero cuando es acogida y consentida, cuando nuestra voluntad rebelde se entrega al
Espíritu, es entonces cuando la deificación actúa. Estaba herido por el pecado y era radicalmente
incapaz de amar, pero he aquí que el Amor ha sido introducido de nuevo en mi naturaleza: «Ya
no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

El realismo de la Liturgia del corazón


El realismo místico de nuestra deificación es el fruto del realismo sacramental de la Liturgia. A
la inversa, el moralismo evangélico, con el que tan frecuentemente confundimos la vida según
el Espíritu, es el resultado inevitable de la degradación de la Liturgia en rutinas sagradas. Pero si
la Liturgia fontal, que es el realismo del Misterio de Cristo, vivifica nuestras celebraciones
sacramentales, en la misma medida, el Espíritu Santo nos transfigura en Cristo.

«El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para que el hombre se haga hijo de Dios», nos dicen los
Padres de los primeros siglos. Las etapas por las que el Hijo amado ha venido a nosotros y se ha
unido a nosotros hasta morir de nuestra muerte son las mismas etapas por las que nos une a él
y nos conduce al Padre, hasta hacernos vivir de su Vida. Estas etapas del único Camino que es
Cristo, el Antiguo Testamento nos las revela en figura y Jesús las cumple. Son la creación y la
promesa, la Pascua y el éxodo, la alianza y el reino, el exilio y el retorno, la restauración y la
espera de la consumación. Los dos Testamentos han grabado en letra la historia de esta gran
Pascua de la Encarnación deificante. Pero, en los últimos tiempos, la Biblia se hace Vida, ella está
en condición litúrgica y la gesta de Dios es grabada en nuestros corazones. El conocimiento del
Misterio ya no es un saber sino un Acontecimiento que el Espíritu Santo realiza en la Liturgia
celebrada y cumple al deificamos.

Pero no se trata solo de comprender por qué caminos Cristo nos deifica, sino se trata, sobre
todo, de poder vivirle. Pues bien, la Liturgia celebrada nos hace vivir intensamente, en ciertos
momentos, la Economía de la salvación que es deificación, a fin de que la vivamos todo el tiempo,
este tiempo nuevo donde ella nos ha hecho entrar. O se ora siempre o no se ora nunca, nos
dicen los Padres del desierto. Ahora bien, para orar siempre es necesario orar frecuentemente
y, a veces, largamente. Del mismo modo, puesto que se trata del mismo misterio, para
deificarnos siempre, el Espíritu Santo debe deificarnos frecuentemente y, a veces, muy
intensamente. La Economía de la salvación que mana del Padre por su Cristo en el Espíritu Santo
se derrama en la vida deificada del cristiano en el Espíritu Santo por el Nombre de Jesús, Cristo
y Señor, hacia el Padre. Pero el lugar y el momento donde el Río de Vida, escondido en la
Economía, invade la vida del bautizado para deificarla es la celebración de la Liturgia. En ella,
todo lo que el Verbo vive por el hombre se convierte en Espíritu y Vida.

El Espíritu Santo, Iconógrafo de la deificación


Si en la Economía de la salvación todo culmina en Jesús con la efusión del Espíritu, en la Liturgia
celebrada y vivida todo comienza por el Espíritu Santo. Por eso, existencialmente, en la fuente
de nuestra deificación está la Liturgia del corazón, esta sinergia en que el Espíritu se une a
nuestro espíritu (cfr. Rm 8, 16) para manifestar y realizar que somos hijos del Padre. El mismo
Espíritu, que ha ungido al Verbo con nuestra humanidad e impreso en Él nuestra naturaleza,
está grabado en nuestros corazones como Sello vivo de la promesa, a fin de ungirnos con la
naturaleza divina: nos hace cristos en Cristo. Nuestra deificación no es pasiva, sino vital,
procedente inseparablemente de Él y de nosotros.

Cuando el Espíritu comienza su trabajo en nosotros y con nosotros, no encuentra la tierra


primera y pasiva de la que formó al primer Adán, ni, sobre todo, la tierra virgen y amasada de fe
con la que concibió al segundo Adán: encuentra un fondo de gloria, un Icono del Hijo,
incansablemente amado, pero roto y desfigurado. Cada uno de nosotros podría susurrarle lo
que la liturgia de los funerales hace exclamar al difunto: «¡Permanezco como la imagen de tu
inexpresable Gloria, aun en el momento en que estoy herido por el pecado!»190. Es en este
espacio de confianza inconfundible y de Alianza inquebrantable donde se vive el misterio, tan
paciente, de nuestra deificación.

Cualesquiera que sean las claves ofrecidas por las ciencias para interpretar el enigma del
hombre, tres grandes cuestiones se nos plantean siempre, tanto en cada una de nuestras
instancias como en cada una de nuestras conductas: la búsqueda de nuestro origen, la búsqueda
del diálogo, la aspiración a la comunión. Por una parte, ¿de dónde viene que yo sea lo que soy,
según una ley que es más fuerte que yo (cfr. Rm 7)? Por otra, en el más pequeño de mis
comportamientos, estoy a la espera de una palabra, de otro que me responda. Finalmente, es
evidente que nuestro yo misterioso no puede realizarse, desde lo más orgánico hasta lo más
estético, más que en la comunión. Estos tres surcos son como los primeros grabados de la
Imagen de la Gloria, la llamada esencial a la semejanza divina que la deificación realizará. Es con
trazos de fuego como el Espíritu Santo restaura nuestra Imagen desfigurada. El fuego del Amor
consume a su contrario -el pecado- y transfigura en sí mismo, la Luz.

Estaremos perdidos, como huérfanos, mientras no le hayamos acogido a Él, el Espíritu filial,
como nuestro origen virginal. Todo nos vendrá impuesto y seremos esclavos hasta que nos
hayamos entregado a Él, que es la Libertad y la Gracia. Y, puesto que es el Aliento del Verbo, es
Él quien nos va a enseñar a escuchar -se es mudo solo porque se es sordo-, de modo que, cuanto
más sepamos escuchar al Verbo, tanto mejor sabremos hablar; nuestra conciencia ya no estará
cerrada o somnolienta, sino que será silencio creador. Finalmente, el amor utópico y esa
comunión que no se puede encontrar porque «no es del mundo», he aquí que están en él, el
«Tesoro de todo bien», no como adquiridos y poseídos, sino como puro Don; la relación con el
otro vuelve a ser transparente. Esta Comunión del Espíritu Santo es la obra maestra de la
deificación, ya que en Él estamos en Comunión con el Padre y con su Hijo Jesús (2 Co 13, 13; 1
Jn 1, 3) y con todos nuestros hermanos.

Mediante estos tres surcos del Icono transfigurado somos deificados, en la medida en que las
mínimas pulsiones de nuestra naturaleza culminan en la Comunión de la Trinidad Santa.
Entonces, nosotros vivimos, por el Espíritu, siendo uno con Cristo, para el Padre. El único
obstáculo es la posesión, la crispación de nuestra persona bajo las llamadas de nuestra
naturaleza, y esto es el pecado: la búsqueda de uno mismo es la ruptura de la relación. La ascesis
inherente a nuestra deificación, y que es también sinergia de gracia, consiste, sencilla pero
resueltamente, en convertir en ofrenda todo movimiento que recae en posesividad. Sobre el
altar del corazón, por tanto, la Epíclesis debe ser intensa, a fin de que el Espíritu pueda alcanzar
y consumir nuestra muerte y su aguijón, el pecado. Entrar en el Nombre de Jesús, Hijo de Dios,
Señor, que tiene misericordia de los pecadores que somos nosotros, es poner en sus manos esta
naturaleza herida, que Él no altera al asumirla, sino que deifica revistiéndose de ella. De Ofrenda
en Epíclesis y de Epíclesis en Comunión, el Espíritu puede entonces deificarnos sin cesar, y la
vida se convierte en Eucaristía, hasta que el Icono sea totalmente transfigurado en Aquel que es
el esplendor del Padre.

190
Liturgia bizantina de las exequias.
XVII. La liturgia en el trabajo y en la cultura
La iconografía desconocida
Más de un lector se sorprenderá al leer un capítulo sobre el trabajo y la cultura como experiencia
de Liturgia vivida, inmediatamente después de la oración del corazón y de la deificación del
hombre. Pero este asombro es revelador del Misterio de la Liturgia. El hombre imperfectamente
espiritual, que nosotros somos a veces, presiente a lo más la continuidad vital entre la
celebración litúrgica y la vida nueva del Espíritu que se derrama a partir del corazón en todo
nuestro ser... Pero ¡el trabajo! ¿Acaso no nos han enseñado a oponer a Marta y María? Y, aunque
debamos conciliarlas en nuestra vida, ¿las concesiones hechas a Marta no van en detrimento de
«la parte mejor» elegida por su hermana?191. En cuanto al hombre carnal, que nosotros somos
frecuentemente, no se hace tantas preguntas a priori; para él, la Liturgia no tiene nada que ver
con lo que él llama la vida. En ambos casos, un vínculo se ha roto entre el hombre y la tierra,
entre el hombre y su Señor: ¿cómo podría, entonces, la misma corriente de vida arrastrar al
hombre, a su universo y a su Dios?

La novedad de la Liturgia es restaurar esta admirable unidad de vida. El Río que mana del Trono
de Dios y del Cordero es «límpido como cristal»; pero el hombre carnal no lo ve y el hombre
espiritual lo descubre tan solo después de una larga impregnación del corazón, a medida que
aprende a obrar en Dios, como Dios. En efecto, porque la Liturgia es acción, trabajo de Dios y
del hombre en todas las dimensiones del hombre. A partir del corazón y de la persona en
deificación, ella se despliega en operaciones, en energías y en ministerios (1 Co 12, 4-7), a fin de
someter todo a Cristo y de transformarlo todo en Él. «Todo es vuestro, vosotros, de Cristo y
Cristo, de Dios» (1 Co 3, 22 ss): tal es el gran movimiento de servicio en el que la Liturgia trata
de ser cumplida por medio de nosotros. El mundo es el reflejo de la Gloria de Dios; el hombre
es su Icono viviente y es en Cristo como le es dada la Semejanza. El trabajo del hombre y su
cultura se inscriben en esta corriente de Gloria.

El trabajo y la cultura son el lugar donde el hombre y el mundo se reencuentran en la Gloria de


Dios. Este encuentro resulta fallido o queda oscurecido en la medida en que el hombre es
pecador, es decir, está «privado de la Gloria de Dios» (Rm 3, 23). Para que el universo sea
reconocido y vivido como «lleno de su Gloria» (Is 6, 3), es necesario, en primer lugar, que el
hombre vuelva a ser la Morada de esta Gloria y esté revestido de ella; por eso, todo comienza
existencialmente con la Liturgia del corazón y con la deificación del hombre. Decir que el hombre
es un microcosmos es una abstracción, y esperar que el mundo sea humanizado por el hombre
es una ilusión mientras no se tenga la evidencia de que la Gloria de Dios es su fuente. La Gloria
de la Trinidad está oculta en kénosis en la creación, y se trasluce como una llamada trágica en el
hombre, creado a su Imagen. Pero en Cristo crucificado y resucitado se abre el sello de la historia
y la corriente de Gloria retorna a su fuente. Entonces, he aquí la Liturgia en acción. Y, cuando se
trata de restaurar la Gloria de Dios en el hombre, y mediante el hombre en el universo, esto se
llama trabajo; y este trabajo es de nuevo la maravilla del Espíritu Santo, iconógrafo del Cristo
total.

Esta iconografía permanece desconocida mientras la creación está cautiva (cfr. Rm 8, 19-22),
separada del hombre por aquel que se atraviesa192, y cuya fractura pasa por el corazón del
hombre. La tierra está oscurecida porque el rostro del hombre está inclinado hacia la tierra; pero
cuando, en Cristo, este rostro se vuelve hacia Aquel que es su Gloria, entonces la tierra puede

191
Lc 10, 38-42. Una sana exégesis trata de restablecer el sentido exacto de esta perícopa, pero la vieja
dicotomía acción/contemplación, aplicada indebidamente a este texto, se resiste a morir.
192
Significado etimológico de Diablo, «dia-bolos».
hacer que nazca su fruto de luz. Porque el hombre es de la tierra y el más bello fruto de su
promesa, pero el germen de la promesa está en Dios y no puede nacer más que si el hombre le
da su consentimiento. Es en el hombre como la tierra está prometida y es por la liberación del
hombre como ella espera llegar a ser «tierra nueva y cielos nuevos», «tierra desposada donde
germinará la Justicia y la Paz» (Is 62, 4; Sal 85, 10-14). En el trabajo humano y en la cultura, por
tanto, está comprometido el destino del cosmos en los últimos tiempos. En el interior de la
creación cautiva se vive la gestación del «universo nuevo» (Ap 21, 5); la Iglesia está trabajando.
El Espíritu deifica al hombre, no solo para que el hombre humanice el mundo, variante banal del
tema de la muerte, sino, sobre todo, para que la creación y el hombre alcancen la libertad de la
Gloria de Dios.

El trabajo transfigurado
La iconografía del Espíritu Santo es una obra de impronta y de luz. A medida que él imprime en
nosotros «los rasgos de Jesucristo crucificado» (Ga 3, 1), nos transforma de luz en luz: nos
transfigura. Ahora bien, el trabajo del hombre es una obra de impronta. Es realmente el espíritu
del hombre el que se expresa en la naturaleza que transforma. Haría falta mucho silencio para
redescubrir la belleza de la mano del hombre y, con ello, del instrumento que la prolonga y
diversifica su poder y finura. En todo aquello que toca, el hombre deja su impronta personal. En
este sentido, al contrario del romanticismo en el que el hombre se proyecta, el trabajo es el
despertar de la naturaleza al mundo del espíritu. Lo que se expresa en esta humanización de la
materia es infinitamente más que un objeto o una técnica; inapreciable en cantidad o en valor
del intercambio, el fruto del trabajo es la extensión del reinado del hombre. Pero ¿esta obra de
impronta y de dominio es, necesariamente, una obra de luz? Aquí está toda la ambigüedad del
trabajo humano: ¿es para la vida o para la muerte?

El error secular de las idolatrías, también de las más recientes, consiste en creer que, en este
drama donde el trabajo se debate entre la vida y la muerte, la liberación viene de la
naturaleza193. Sí, la creación es inocente, es sana, ya que ofrece al hombre la kénosis del primer
amor de su Dios; pero gime en espera de su liberación: es el hombre quien tiene que liberarla al
hacerse libre él mismo. El error de las idolatrías es diagnosticar el drama ignorando la causa del
mal, el pecado que habita en el corazón del hombre. Por eso, la iconografía del Espíritu Santo
consiste en transfigurar el corazón del hombre en su trabajo. La luz viva no viene nunca del
exterior, es inalcanzable, mana del corazón y se irradia desde el interior por toda la persona. La
Gloria de Dios, sometida a esclavitud en la creación por el pecado del hombre, puede irradiarse
tan solo cuando el corazón del hombre se acomoda a ella desde el interior. No cabe en esto
ninguna división. El homo faber es un esclavo mientras no se convierta en homo liturgicus. Si el
Río de Vida no invade el corazón, ¿cómo podrá penetrar el campo de trabajo?

«Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo» (Jn 5, 17). Para el cristiano que ha celebrado
la Eucaristía, la experiencia del trabajo transfigurado no es una imagen piadosa, sino algo muy
realista. Él sabe, al vivirlo, que el poder de su Señor resucitado está actuando para liberar su
trabajo del peso de la muerte. No para ahorrarle tarea -la Cruz es siempre la Hora de este trabajo
decisivo-, sino para abrirle en ofrenda al Espíritu de Vida. A nivel del corazón de quien trabaja, y
no en la materialidad de lo que hace, el trabajo es también el lugar de la Epíclesis. En efecto, sea
lo que sea lo que hagamos, tanto la acción de nuestro trabajo como su resultado están
esencialmente inacabados mientras no sean penetrados del Poder del Espíritu que los llevará
más allá de la muerte y hará de ellos una obra de luz. Si los bautizados no viven esto en su

193
En este sentido, el marxismo y el capitalismo son versiones modernas de las antiguas religiones de la
naturaleza.
trabajo, ¿qué van a ofrecer ellos entonces en el altar de la Eucaristía? En el umbral de la Anáfora,
no venimos a traer regalos, sino algo incompleto, una llamada -la Epíclesis es un gemido-, la
espera ansiosa de la creación que lleva la impronta de nuestras manos, pero no aún la de la Luz.

Y esta Luz que transfigura el trabajo, y la creación que él modela, es la de la Comunión. La


Eucaristía vivida culmina, también ella, en la Comunión. En el fondo, es precisamente la ausencia
de esta Comunión la que está en la raíz de las injusticias del trabajo, de sus estructuras alienantes
y de los desórdenes de la economía. La Liturgia no suple nuestra creatividad en estos problemas;
hace algo mejor: no siendo una estructura, sino el Aliento del Espíritu, es profética, discierne y
contesta, suscita la creatividad y se traduce en obras. Grita justicia y es sierva de la paz. Impulsa
a compartir, porque, si toda la tierra es de Dios, el fruto del trabajo de los hombres es para todos
los hijos de Dios. Compartir es el jubileo del trabajo194 y el domingo es el Día del ayuno de la
acción en que todo trabajo es restituido en la gratuidad; si el trabajo fatigoso es para el pan, el
pan del domingo, «el pan de este Día»195, es para el trabajo transfigurado.

La iconografía de la cultura
Hay cultura y cultura. Muchos solo ven en ella un poder, el de los valores dominantes de una
sociedad, o un saber, pacientemente acumulado y hábilmente expuesto, o, en última instancia,
un saber-hacer. Pero también se la puede comprender en su significado original y dinámico: la
transformación de la naturaleza por la mano del hombre y su impregnación por el espíritu, el
espacio convirtiéndose en morada y el silencio del vacío en el de la palabra. Entonces la tierra y
el hombre se unen en el trabajo, aunque no todo trabajo sea ya cultura; esta se alcanza tan solo
cuando la naturaleza es humanizada y cuando por ella el hombre se hace más humano. Por el
contrario, la anticultura no aparece solo cuando empiezan a preocuparse los estetas; está
actuando, como la cizaña en el campo de la cultura, en cuanto el hombre se aparta de su
vocación divina, lo bruto sofoca al logos o la mentira de sus demonios apaga el Espíritu. El drama
de la cultura es el del hombre creado y creador, naturaleza enraizada en el cosmos y llamada a
fructificar en la Comunión divina. ¿Salvará, pues, el Río de Vida la cultura de la esterilidad de la
muerte?

En efecto, porque la cultura, esta vocación integral del hombre que tiende hacia la cosecha del
Reino, no es solamente creadora; ella está en condición de caída o de redención. Ninguna obra
de cultura es inocente. El arte, se diga lo que se diga, no es inmediatamente divino. Si es la
Belleza la que debe salvar el mundo, significa que el mundo debe ser purificado por ella. Cuando
la obra del artesano o del artista revela y cumple su Gloria, ha tenido que pasar por el fuego
donde la creación es restituida en su integridad. Es en este punto fontal donde el Río de Vida
penetra la cultura. La cultura, o es iconografía del Espíritu y del hombre, o no es más que la
belleza del diablo.

En su primera sinergia, la obra de la cultura es, en efecto, revelación. Ella intenta, aunque el
artesano no pueda tener conciencia del Espíritu que le ilumina, manifestar la Gloria de Dios
oculta y cautiva en la creación. En la vasija que modela, en los hijos que despierta a su libertad
o en el poema que crea, el hombre que cultiva la creación trata de revelar el significado de una
inmensa sinfonía donde él es, a la vez, instrumento insustituible y testigo maravillado. Busca el
Rostro amado que lo llama desde las profundidades de su ser. Así aparece la condición original

194
Cfr. Lv 25 y las motivaciones teologales de los años sabático y jubilar.
195
Alusión al Padrenuestro en su versión francesa: «Danos hoy nuestro pan de este día...» [N.d.T.].
de toda cultura creadora y liberadora: el silencio gracias al cual el hombre se acomoda al Verbo
sin palabra, al Hijo hecho in-fans196, a las semillas del Verbo en espera en el universo.

Pero la hora de la aurora para la cultura es la de la creación: la naturaleza muda es transformada


en Palabra, la materia bruta queda impregnada de espíritu, la opacidad se convierte en luz. Para
quien acepta ser penetrado por la Energía transformante del Espíritu Santo, se vive entonces la
verdadera transfiguración de la cultura. La suprema actividad del hombre es la de consentir en
ser desposada por el Verbo. Para que nuestra mirada libere toda la Belleza escondida en todos
los seres, necesita antes ser bañada de luz, en Aquel cuya mirada derrama la Belleza. Para que
nuestra palabra pueda expresar la sinfonía del Verbo, debe primero fundirse en el silencio y en
la armonía. Para que nuestras manos modelen el icono de la creación, antes tenemos que
dejarnos hacer por Aquel que une nuestra Carne al esplendor del Padre.

Es entonces cuando la cultura da el fruto de su promesa: anticipa la Comunión eterna en la


humildad de la carne. No alcanza lo que busca más que cuando, misteriosamente, pone al
hombre en comunión con su Dios y, de este modo, con el hombre reconciliado y con una
naturaleza hecha de nuevo transparente. La frescura de la primera creación, que anima como
una nostalgia la creatividad artística, ya no pertenece a un pasado mítico; está en el mundo que
viene y la cultura liberada nos abre ya a él. El silencio, «misterio del mundo que viene»197,
transfigura la mirada: el hombre puede ver la Gloria de Dios con los ojos abiertos. El silencio de
los ojos, ese resplandor que irradia un corazón pacificado, puede entonces acoger a Aquel que
viene: sí, «el Verbo se hizo Carne, y nosotros hemos contemplado su Gloria» (Jn 1, 14).

XVIII. La liturgia en la comunidad humana


Ocurre con las relaciones humanas como con el devenir de la persona y de su trabajo: nuestra
vida o es regida por moralismos o es tomada y transfigurada por el Misterio de Cristo. Toda ley
moral, la de la conciencia o la de Moisés (cfr. Rm 2, 1-3, 20), e incluso la del Evangelio en la
medida en que se la reduzca a una regla de vida, sufre, en efecto, una carencia congénita. Se
presenta a la conciencia como deseable e imperativa, pero es distinta de la voluntad que va a
seguirla o rechazarla. Es reveladora de nuestra herida, de nuestro pecado, pero no la cura; entre
la ley que impone y el corazón que consiente hay heteronomía: este es principio vital, aquella
no es más que representación ideal. El realismo de la Liturgia, celebrada y vivida, consiste en
que el ideal llega a ser principio vital; el Espíritu Santo y el corazón del hombre se convierten
entonces en fuente de Vida. Es el misterio de la Sinergia, la novedad cristiana original.

Después de haber sido formado por la ley como por un pedagogo exterior a él, el bautizado llega
a cierto grado de madurez y se encuentra ante la llamada del joven rico: o contentarse con la
ley y continuar construyendo su pequeña perfección o ir más lejos y perderse en Cristo
ofreciendo su corazón al poder del Espíritu Santo. Es entonces cuando se entra en el Misterio y
se es «alcanzado por él» (Flp 3, 12). Este paso de la Ley a la Gracia, de una vida mortalmente
moral a la Vida mística conformada con Cristo, es siempre el momento en que el Río de Vida
supera un nuevo obstáculo. Pero cada vez que nos replegamos en nuestro moralismo, que nos
da seguridad, refrenamos la Energía del Espíritu Santo; la Liturgia entonces queda separada de
la vida que debía regar. En cada etapa de su crecimiento, el bautizado debe elegir: o el
humanismo, donde el hombre es la medida de todo, o la Liturgia, mediante la cual el Misterio
nos transfigura y nos deifica.

196
Literalmente: «que no habla» [N.d.T.].
197
San Isaac de Nínive.
Este drama es particularmente perceptible a nivel de la vida social. Nuestras sociedades no se
reducen a estructuras donde se desarrollan las relaciones entre los hombres, desde lo familiar
hasta lo político; están también regidas por un conjunto de valores, inconscientes o codificados,
que inspiran comportamientos humanos. La vida social es, a la vez, orgánica y ética; estructura
y cultura se armonizan y se oponen en una interacción constante. Ahora bien, el drama del
Misterio de Cristo está en insertarse en esta vida social como una paradoja: el Cuerpo de Cristo,
en el que se instaura una nueva relación entre los hombres, no es una estructura, y el Espíritu
Santo, que es el alma de esta nueva relación, no es un valor. Se puede vislumbrar entonces la
doble perspectiva según la cual los cristianos, que quieren ser tales, van a comprometerse en la
sociedad: si se limitan al campo cerrado de un humanismo evangélico o si el Río de Vida se
convierte en la fuente de su vida integral.

En la primera perspectiva, su tentación moralista desemboca en dos tentativas posibles. La


primera trata de instaurar en la sociedad estructuras específicamente cristianas, como si el
Cuerpo de Cristo fuese una nueva estructura de este mundo. La segunda se esfuerza por traducir
el Evangelio en un programa social, como si el Espíritu Santo pudiera ser reducido a valores de
justicia y caridad. Semejantes comportamientos pueden no carecer de eficacia en los planos
orgánico y ético de la vida social, pero ¿agotan toda la novedad del Misterio oculto como
levadura en las sociedades humanas? Se puede preguntar por qué el sacerdocio real de los
bautizados, tan creativo en el plano de las relaciones personales inmediatas, está a veces herido
por la esterilidad espiritual en cuanto se aborda el campo de la vida social. Se debe también
constatar que, en ciertos tipos de sociedad, la instauración de estructuras llamadas cristianas o
el impacto de doctrinas sociales cristianas son imposibles. Esta doble constatación obliga a ir
más lejos. ¿Por dónde penetra, en primer lugar, el Río de Vida en nuestras sociedades humanas?
¿Cómo la Liturgia celebrada se convierte en Liturgia vivida, principio vital nuevo de la vida social
de los cristianos? Es aquí donde se abre la segunda perspectiva.

«El Reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17, 21)


Esta perspectiva de la Liturgia eterna penetrando nuestras sociedades humanas, desde la familia
hasta las relaciones entre las naciones, es la del Reino. Así es, en primer lugar, como la Energía
del Espíritu Santo nos revela a Cristo en todas las dimensiones de la vida de los hombres.

Mientras que el cristiano moralizante considera su vida social como un hecho y el Reino
anunciado por el Evangelio como un ideal, la Liturgia vivida invierte la perspectiva: es el Reino
de Dios el que es un hecho y la comunidad entre los hombres la que es un ideal. La Plenitud que
es Cristo está, ciertamente, oculta como levadura en la masa de nuestros últimos tiempos y, no
obstante, su Reino que viene es el Acontecimiento que trabaja todas nuestras sociedades. «No
se deja observar, no está aquí o allá», como los grupos humanos amasados de estructuras y de
cultura; está «en medio de nosotros»198. Mientras a nivel de la pareja, de la nación y del mundo
se busca la comunidad entre los hombres, el Reino de Dios está aquí, realmente presente, como
el gran Regalo del Amor de Dios a los hombres.

Este Don tan realista, los bautizados lo han reconocido, han creído en él y, sobre todo, lo han
recibido al celebrar la Eucaristía. La novedad de la Liturgia que viven en la sociedad está en el
hecho de que la Comunión del Reino ya no está solo al término de la celebración, sino también
en la fuente de su presencia en medio de los hombres. Los discípulos de Jesús formaban un
grupo humano, una sociedad de creyentes en Cristo; pero, cuando les fue dado el Espíritu Santo,

198
«Cristo está en medio de nosotros, ahora y siempre»: con estas palabras se intercambia el beso de la
paz en la Liturgia bizantina.
ellos se convirtieron en la Comunidad de los hombres animada por la Comunión divina. Entonces
comenzó la Iglesia y, con ella y en ella, los últimos tiempos. La invasión del Reino del Espíritu
Santo en un grupo humano es el Acontecimiento fundador de la comunidad verdadera entre las
personas. «Donde reina la caridad y el amor, allí está Dios»199.

Por esta primera Energía, el Espíritu Santo nos revela al Señor que Es y Viene, y descubre a los
bautizados las ambigüedades de su vida social. Porque nuestras sociedades, sea cual sea su
extensión, no son realidades inocentes. La ilusión de los análisis sociológicos, como la del
psicoanálisis para el alma humana, es la de presentarse como un remedio, cuando en realidad
ignoran el mal. Sin pretender reemplazarlos, la luz que viene del Reino va más lejos en el
diagnóstico. Ella revela en todo el cuerpo social una virtualidad primera de comunión, de
gérmenes de comunidad, una llamada a la solidaridad, una vocación a la paz creadora. Pero
también desenmascara la mentira inherente al poder, la inversión del servicio en dominio, la
perversión del grupo en estructura de injusticia, la esclavitud de las personas al ídolo del dinero.
En una palabra, nos revela toda sociedad como un icono del Reino. Sobre un fondo de Gloria
donde no cesa de expresarse el Don fiel de la Trinidad Santa, los rasgos están rotos y la luz
oscurecida. Y, porque el Reino de Dios está «en medio de nosotros», podemos descubrir el
rostro del mundo en su ambigüedad dramática: es amado por Dios y yace en poder del Maligno.
La Liturgia vivida irradia, entonces, en la vida social la iconografía de la persona y de la cultura;
tiende a restaurar en los grupos humanos la Comunión del Reino.

La Iglesia en epíclesis
La Energía transformante del Espíritu Santo se despliega, como hemos visto, en la Epíclesis
sacramental. Y continúa actuando en la liturgia vivida, si al menos nosotros cooperamos con
ella. Pero, si la olvidamos, nos portamos como individualistas y, por eso, la sal se vuelve sosa.
Cuando, por primera vez en la Babel del mundo, la Comunión pudo ser participada por unos
hombres, el Espíritu Santo fue dado y entonces El hizo nacer la Iglesia. Cuando, desde entonces,
las Comunidades que viven de la Comunión divina quieren derramarla en sus ambientes de vida,
¿qué pueden hacer sino, en primer lugar, ofrecer esos grupos humanos donde viven a la efusión
del Espíritu Santo? Por tanto, es por la Iglesia como viene el Reino. Esta epíclesis de la liturgia
vivida prolonga en nuestras sociedades la de la Eucaristía. Fuera de este Pentecostés eclesial, no
hay más que variaciones sobre el tema de Babel.

En efecto, pues la otra cara de nuestro humanismo ingenuo es el activismo. Ciertamente,


queremos que el Reino venga entre nosotros, pero olvidamos que la Realeza del amor nos ha
hecho renacer y nos ha conferido un poder asombroso: ha hecho de nosotros sacerdotes (Ap 1,
6). El sello del Don del Espíritu en el momento de nuestra Crismación nos ha hecho participar de
esta Energía sacerdotal de Cristo, siervo del Padre y de los hombres. Es en la liturgia vivida en
medio de los hombres donde nosotros tenemos que ser sacerdotes. La Comunión está cautiva
en nuestras sociedades, como lo está la Belleza en su cultura, y es nuestro sacerdocio animado
por el Espíritu Santo el que va a liberarla. La caridad es utópica, no está en ninguna parte de
nuestro mundo, ninguna técnica puede producirla; es nuestro sacerdocio espiritual el que
realizará su advenimiento aquí y ahora.

Desde el punto de vista del activismo, semejantes certezas harán sonreír, exactamente como la
Epíclesis eucarística. Tampoco en esta sucede nada para la mirada del hombre carnal y, sin
embargo, es en ese momento cuando el mundo entero es penetrado por la Comunión divina y,

199
Antífona de la Liturgia latina en el Jueves Santo durante el lavatorio de los pies: «Donde hay caridad y
amor, allí está el Señor».
por esto, perdura y vive. Porque, así como en la Epíclesis sacramental el mundo está presente y
es presentado además al deseo de amor de nuestro Padre para que su Espíritu lo incorpore al
Cuerpo de su Hijo y lo salve, así también, en su epíclesis vivida, cada comunidad eclesial ofrece
al Padre este cuerpo social, del que ella es miembro según la carne. Cuando el Espíritu es
implorado de este modo, sobreviene, penetra este icono desfigurado y lo transfigura en la
Comunión de Cristo. Así es como la Iglesia, allí donde está, vive su sacerdocio salvífico a través
de sus miembros.

Pero vivir la Iglesia en epíclesis en todos nuestros grupos humanos no se improvisa. Se necesita,
en primer lugar, el realismo de nuestras celebraciones sacramentales, se necesita también el
realismo de la oración del corazón y, finalmente, el de la Comunión en la Iglesia. Es, en efecto,
en nuestra inserción social donde se prueba más intensamente nuestro sentido eclesial. Solo
desde él podemos, a lo largo de los días, experimentar la solidaridad herida, la espera
desesperada de la Comunión, la ausencia del amor, en fin, el peso del pecado y de la muerte
que pesa sobre nuestros grupos humanos. Es necesario haber renacido al Amor para sentir su
ausencia y ofrecerla a Aquel que desea colmarla. Solo el alma eclesial es capaz de la epíclesis
continua, porque su Señor le hace compartir su misterio de siervo y de sacerdote, el del Cordero
que lleva y quita el pecado del mundo. El Río de Vida mana siempre del Cordero crucificado y
resucitado.

«En comunión los unos con los otros» (1 Jn 1, 7)


Ahora bien, el Río de Vida hace fructificar los árboles de vida, cuyas hojas sencillas ya pueden
«curar a las naciones» (Ap 2, 22). La liturgia vivida se expresa «con obras y según la verdad» (1
Jn 3, 18).

Si tenemos que estar atentos, en primer lugar, al profetismo y al sacerdocio del Reino de la
Comunión divina en medio de los hombres, no es para huir de este mundo, sino más bien para
evitar imitar sus obras de muerte y dar en él frutos de vida. La tercera Energía del Espíritu Santo
tiende justamente a este realismo: comunicar la Comunión que nos hace existir como Iglesia.

En efecto, puesto que la Comunión es posible en este mundo nuestro sin esperanza, la Caridad
ya no es utópica, la comunidad entre los hombres ya no es algo imposible de encontrar. La Iglesia
es su anticipación al hacernos participar del banquete del Reino. Ya que el Cuerpo incorruptible
de Cristo, vencedor de la muerte por su amor, es introducido por medio de nosotros en nuestros
grupos humanos, ¿qué es lo que puede pasar? Una inventiva radicalmente nueva, una
creatividad de gracia y de libertad que, para no perderse en el esteticismo de la caridad, debe
alcanzar la ausencia del Amor en su raíz. Este radicalismo de la Comunión consiste, humilde pero
resueltamente, en dar la vuelta a la relación que prevalece en nuestras sociedades, en
descentrarla del yo mortal hacia el misterio del otro. Este descentramiento vivificante, que está
en el origen del Ágape divino, se derrama sobre el mundo en la kénosis del Hijo amado y en la
del Espíritu Santo.

A nivel de las relaciones personales inmediatas, la más bella parábola de este descentramiento
divino es quizá la del Buen samaritano. Por medio de este extranjero, vecino desconocido y
despreciado, Jesús nos ofrece la imagen de lo que nuestro pecado se imagina de Dios -un ser
lejano, extraño y rival- y también del hombre, porque la Encarnación nos escandaliza en la
medida en que despreciamos al hombre. Ahora bien, he aquí que este Dios samaritano se acerca
a mí, hombre, judío, medio muerto: el Otro me toma sobre sí, se hace mi prójimo y me da la
vida. Haría falta que hiciésemos nuestra la mirada muda y conmovida del herido de la parábola.
Para ello, necesitamos contemplar largamente a Jesús y entrar humildemente en el silencio de
su santo Nombre. Es en la Liturgia del corazón donde se aprende cómo hacerse prójimo del
hombre herido; entonces, el Espíritu Santo cura la relación entregándose ahí El mismo, Él, la
Unción de la Nueva Alianza. Allí donde los cristianos consienten en participar en la kénosis de
amor del Verbo y del Espíritu, la Comunión se derrama y puede nacer una comunidad abierta al
Reino.

A nivel de las relaciones menos personalizadas, las de los grupos entre sí, el fruto de la Comunión
realiza el objeto mismo de la Promesa, confiada a Abrahán y cumplida en Cristo. Quizá no se
piensa bastante en ello. El mundo de Babel es el de las naciones que se levantan periódicamente
unas contra otras, el mundo de la injusticia, del odio y de la muerte. Ahora bien, el germen de
Amor ofrecido a Abrahán, acogido por él en la fe y fecundado en la obediencia, es el de un
pueblo, que no nacerá de la carne y la sangre ni de un querer de hombre, sino de Dios. Es en
este Pueblo donde habitarán la justicia y la paz. En Cristo Jesús, este pueblo ha nacido,
descendencia según la fe, no según la carne. Solo Dios conoce su pueblo en esta humanidad de
las naciones; pero cuando este pueblo reconoce a su Dios en su Hijo, se convierte en el Cuerpo
de Cristo. La Iglesia es este Cuerpo, siempre crucificado, en el cual se ha dado muerte al odio,
pero ya resucitado, desde donde el Espíritu de Comunión se derrama sobre toda carne. Pasar
de una humanidad de naciones a la del Pueblo de Dios, tal es el servicio de Comunión que ha
sido confiado a la Iglesia. El Espíritu de la Promesa la habita y la hace tender, en la paciencia,
hacia el Día en que todos los hombres serán «su pueblo, y él, Dios-con-ellos, será su Dios». En
aquel Día «ya no habrá llanto ni gritos ni dolor, porque el viejo mundo ha pasado» (Ap 21, 3-4).

XIX. La compasión, liturgia de los pobres


La maravilla de la Liturgia vivida es, pues, el misterio de la Caridad divina convertida en el todo
de nuestra vida. En su fuente, en su flujo, en sus frutos, trata de penetrarlo todo: el corazón
profundo y el ser personal, el trabajo y la cultura, las relaciones entre las personas y el tejido de
nuestras sociedades. En ella, el Reino ya está aquí y viene con poder, el del Señor crucificado y
resucitado. Pero esta Caridad divina nos impulsa también a ir siempre más lejos, «hasta el
extremo del amor» (Jn 13, 1). La Liturgia vivida alcanza todo su realismo y toda su verdad cuando
nos hace entrar en la espesura del mundo del pecado, allí donde el Amor todavía no es vencedor
de la muerte. La filantropía puede ser moral, la Caridad es mística, porque penetra en el hombre
hasta este abismo de la muerte donde el Amor está ausente. La Epíclesis de la Caridad divina se
cumple siempre en su kénosis. Habiendo sido captados por esta Caridad divina en nuestras
celebraciones sacramentales, ¿cómo la viviremos? La kénosis del amor nos ha sido revelada en
la Biblia como misterio de la pobreza, y, si nosotros consentimos en entregamos en esto, se nos
concede vivir la Iglesia en su Liturgia más divina y más humana: la Compasión.

El altar de los pobres


La pobreza es un misterio. No se mide desde fuera, en los demás; es conocida silenciosamente
por aquellos a los que ella agobia. Y cuando se sufren sus heridas, apenas se le puede dar un
sentido de vida, puesto que la pobreza es una ausencia. La pobreza no se puede objetivar. Solo
Aquel que la encarna puede revelamos su misterio al hacernos participar de él. Jesús es el Pobre.
Más que un modelo de pobreza, Jesús es el misterio personal de la pobreza. Jesús es nuestro
Dios; ahora bien, Dios es el único ser que no tiene nada, él Es. No tiene ni siquiera un nombre,
sino el que nosotros le prestamos y que no es El. El Es, su Nombre está «más allá de todo»200. En
su Persona, como Hijo, Jesús nos revela que Dios es pobre, que él no tiene nada, que él recibe
todo del Padre, que él es hacia el Padre (Jn 1,1).

200
San Gregorio Nazianceno.
Cuando desposa nuestra Carne, el Verbo se hace pobre en nuestra humanidad, con la pobreza
esencial del hombre, a imagen de su Dios, y con la pobreza del pecador, despojado de la Gloria
de Dios. En Jesús, la pobreza de la luz y la de las tinieblas son asumidas personalmente; al
revestirse de la del pecado, él restaura la del Amor. Jesús es hacia nosotros y nos da a Aquel que
procede del Padre y que reposa en él, su Espíritu Santo. El Espíritu de Jesús es «el Padre de los
pobres». Presencia transparente, no ocupa espacio; «Tesoro de todos los bienes», él «está
presente en todo lugar y todo lo llena»201. Al contrario que el «príncipe de este mundo», espíritu
de tinieblas que se desenmascara en la violencia, el Espíritu Santo es Pobre y por eso, sin
coacción, en la libertad, él se une al hombre en la Sinergia: entonces la Liturgia fontal es posible,
porque en ella se cumple la kénosis total del Amor.

En el fondo, no hay pobreza; solo hay pobres. Servir a los pobres impersonalmente es ser todavía
cómplices de aquello que los despersonaliza. El rico malo de la parábola es anónimo, como la
muerte que desfigura al hombre; el pobre es Lázaro, personalmente, porque, al final, este pobre
es Jesús. No por un subterfugio jurídico ni por una piadosa transferencia que haría alcanzar a
Cristo por encima de la cabeza del pobre, sino en razón del realismo conmovedor de la
Encarnación del Hijo pobre: en él, Dios se hace pobre y, desde entonces, el pobre es Dios. «Lo
que hicisteis a uno de estos pequeños...»: el juicio último de todos nuestros comportamientos
humanos se basa en la identidad de Jesús y de este pobre. Lo que sufre cada ser humano es el
sufrimiento mismo de Jesús, que lo asume. Cada persona es salvada por Cristo en razón de este
realismo místico. Nuestra muerte ya no es nuestra, sino de Aquel que ha muerto y resucitado
por nosotros. Si Jesús no fuese más que un modelo de pobreza, estaríamos aún en nuestra
muerte y él no sería el buen Samaritano que toma al hombre sobre sí y derrama en él su Espíritu
de vida.

¿Habría intuido María, la hermana de Marta, este misterio cuando, en Betania, seis días antes
de la Pascua, derrama sobre el Señor su perfume precioso? En todo caso, si Jesús pide
expresamente que su gesto sea integrado en el anuncio del Evangelio es porque revela un
aspecto esencial de la Buena Nueva: este mismo Cuerpo que va a ser sepultado en nuestra
muerte, nosotros siempre tendremos que salvarlo de la muerte con obras de amor. La kénosis
del Hijo de Dios asume el sufrimiento de cada pobre; Jesús sufre misteriosamente por amor en
todo ser humano -¿qué hombre no es pobre?-, hasta que él quite «el sudario que cubría a todas
las naciones» y «haga desaparecer la Muerte para siempre» (Is 25, 7-8). Es en este sentido como
Jesús puede decimos: «los pobres los tendréis siempre con vosotros» (Mc 14, 7), lo mismo que
«yo estoy con vosotros siempre hasta la consumación de los tiempos» (Mt 28, 20). Puesto que
Cristo, en su Cuerpo, ha pasado realmente por la muerte y la ha destruido, puede ahora
incorporarse a aquellos que están todavía bajo la esclavitud de la muerte. El Reino de Dios está
en medio de nosotros porque el Cuerpo de Cristo mora así con nosotros. El Amor puede,
entonces, derramarse, ya que la kénosis de la que mana es la muerte donde se ha sepultado con
nosotros y para nosotros.

San Juan Crisóstomo, queriendo hacer comprender a los fíeles de Antioquía la unidad misteriosa
entre la Liturgia que están celebrando y la que tendrán que vivir al salir de la iglesia, les dice que
no dejen el altar de la Eucaristía más que para ir al altar de los pobres. El símbolo de la
continuidad es revelador. El mismo Cuerpo de Cristo que servimos en el Memorial de su Pasión
y Resurrección, nosotros tenemos que servirlo ahora en la persona de los pobres. En la
celebración, el altar era el signo de la tumba, el no-lugar de la muerte, el origen del espacio

201
Invocación inicial al Espíritu Santo en la Liturgia bizantina.
nuevo de la Resurrección; en la vida, el pobre es el signo de Cristo resucitado, aquel de donde
puede surgir el amor vivificante.

El altar es también el símbolo de la mesa del banquete, de la hospitalidad divina a donde todos
los hombres son invitados. Mientras en la Eucaristía recibimos todo al comulgar el Cuerpo y la
Sangre de Cristo, en el altar de los pobres tenemos que responder, compartir el Don recibido,
damos nosotros mismos. Se comprende entonces que Andrej Roublév haya rehusado siempre
pintar un cuadro del Juicio final al estilo apócrifo tan popular en el Medievo. Estaba demasiado
en comunión con la miseria de los hombres como para traicionar así la misericordia de su Señor.
Es conocido el fruto de su largo ayuno silencioso: el icono de la Hospitalidad divina, donde el
altar del mundo es acogido en el corazón de la Trinidad Santa. Es en el altar de los pobres donde
la Pasión de Dios se convierte en la Compasión de su Iglesia por los hombres.

La Iglesia de la Compasión
La Hora de Jesús, aquella en que él se entrega hasta el extremo del amor, es de ahora en
adelante la de la Iglesia, la nuestra. Esta Hora está aquí para nosotros, en la Liturgia vivida, cada
vez que, según el descentramiento del Ágape divino, nos hacemos cercanos, prójimos de los
pobres que son nuestros hermanos. Hacerse cercano a los otros no es ser como ellos
exteriormente; al encarnarse, el Hijo amado no imita nuestros comportamientos humanos,
desposa nuestra pobreza. La Iglesia no puede ser sierva de los pobres más que haciéndose pobre
como su Señor. Ahora bien, conocer la Compasión divina por el hombre es algo que se nos ofrece
continuamente, ya que se revela a cada uno de nosotros en el vacío de nuestra miseria. Si
consentimos en esto, entonces llegamos a ser pobres según el Espíritu; he aquí la transparencia
que hace posible la comunión con los pobres.

Conocer la Compasión divina es, quizá, el movimiento más profundo del Espíritu en nuestros
corazones. La Virgen María es su espejo, su espacio vivo, ella, la Iglesia en su aurora personal.
Conocer desde dentro esta compasión es mucho más que aceptarse a sí mismo en una
resignación sin alegría; es decir sí con todo nuestro ser al amor que nos hace nacer, acogemos a
nosotros mismos de las manos del Padre y confiar el peso de nuestra naturaleza a Jesús que lo
lleva. Ser recreado en la misericordia, después de haber sido creado mediante la necesidad, es
llegar a ser libre para poder amar. No para no sufrir más, sino para que todo sufrimiento quede
abierto como una fuente. Aprendamos a entrar en la mirada de la Virgen de la Ternura, esta
mirada profunda que lleva lejos porque viene de lejos, del corazón de Dios mismo. Nuestro ser
eclesial se convierte, entonces, en una Zarza ardiente a la que los hombres no pueden acercarse
sin oír en su corazón la misma voz que Moisés: «He visto, he visto la miseria de mi pueblo... he
oído su clamor... conozco sus padecimientos» (Ex 3, 7). Nuestro Dios es Salvador, pero no desde
lejos. Si no se le puede ver sin conocer la muerte, ¿cómo lo verán nuestros hermanos si nosotros
no conocemos su muerte?

La Compasión se derrama, como el Río de Vida, en el corazón de la Jerusalén nueva, la Iglesia,


que somos nosotros: «He aquí que yo hago correr hacia ella, como un río, la paz» (Is 66, 12). La
Compasión no se derrama desde nuestras emociones, sino desde nuestro corazón. Su primer
movimiento es el perdón creador. Se aprende en nosotros mismos, ya que continuamente
podemos ser perdonados... sin necesidad de forzarnos en ser pecadores. Se aprende, sobre
todo, en la compasión misma, ya que, si los otros hacen mal, es porque antes ellos tienen mal.
Conocer la muerte por la que ellos sufren hace que se desvanezcan nuestros miedos defensivos
y que se derrumben nuestras agresividades.
Pero la misericordia pacificante no tiene límites: la Compasión divina va más lejos que su Perdón.
Que nuestro Dios perdone a los pecadores que somos nosotros, es lógico para Él; sabe bien de
qué polvo estamos hechos, su Hijo amado se ha hecho carne nuestra. «¿Quién nos separará del
amor de Cristo?» (Rm 8, 35). Pero que el hombre inocente sufra, que el pobre sea oprimido, que
los niños sean masacrados, aquí está el escándalo y es aquí donde se revela el abismo de la
Compasión divina.

Nos encontramos de nuevo en el corazón de la Epíclesis, con el grito de Job y los gemidos de los
pobres que suben «de debajo del altar» de la Liturgia eterna (Ap 6, 9 ss). El altar del holocausto
se ha convertido en el de los pobres, en el de la Compasión. La Hora de la Iglesia en su Liturgia
vivida se vive aquí, como la Presencia del amor en el vacío de la más grande ausencia. «¿Dónde
estás, Señor? ¿Hasta cuándo tardarás?». La Cruz de su Hijo es el lugar donde parece más
ausente, pero donde el Padre se da más. Allí donde se crucifica a su Cristo, es allí donde su
Compasión se entrega, ya que es allí donde el hombre es más herido por la muerte. Nos
sorprende el gran silencio de Dios hoy, sin duda porque el poder de la muerte se ha quitado su
máscara; pero ¿quién consiente en entrar en el silencio de la Compasión de Jesús, en seguirlo
hasta allí? No hay más que un tiro de piedra entre el sueño de los discípulos y la agonía de su
Señor: superar esta distancia es entrar en el combate de la oración, de la intercesión, de la
Compasión.

Cuando entramos así en la profundidad del Nombre del Santo Señor Jesús, todo nuestro ser está
en Epíclesis y el Espíritu Consolador se derrama por nosotros en el corazón de nuestros
hermanos que sufren. Ahora bien, ¿qué significa para el Padre de los pobres ser Consolador?
Ciertamente, no lo es a la manera de nuestras palabras vacías y de nuestras emociones estériles,
sino que El, el silencio del Verbo y el poder de su Resurrección, recrea el corazón de los pobres
en la fuerza de vivir y la alegría que nada puede arrebatar. Él tiene el secreto de esta Compasión
por la cual los pobres se convierten en el altar de la salvación de sus hermanos. Porque
compadecer, estar sin fuerza, es participar en la debilidad de Dios en la Cruz. Nosotros tenemos
que creer y entrar en esta kénosis del Verbo y del Espíritu Santo, en esta kénosis de la Iglesia
que se convierte en nuestra por la Compasión. Sin ella, no hay Comunión ni comunidad, no hay
Resurrección ni liberación. En lugar de quejamos de que los demás nos hacen sufrir, aprendamos
a sufrir con ellos; el gemido del Espíritu en ellos y en nosotros se convertirá en fuente de Vida.

«La Gloria de Dios es el hombre viviente», nos dice san Ireneo; la irradiación de su Amor es que
el hombre viva. La manifestación más desgarradora de la Gloria de la Trinidad Santa es su
Misericordia. Cuando consentimos en ser tomados por ella, nosotros entramos en lo más
profundo del corazón de nuestro Dios. Pero esta Gloria, que se derrama en misericordia, se
hunde en la espesura de nuestra muerte; en nuestros últimos tiempos, está velada en la angustia
de los pobres, como lo estuvo, en la Hora de la Cruz, en el «Hombre de dolores, conocedor del
sufrimiento, objeto de desprecio y deshecho de la humanidad» (Is, 53, 3). La Gloria de Dios está
en kénosis en el hombre y, por ello, si las últimas palabras del Verbo son de misericordia, su
último Aliento es de Compasión. Desde entonces es derramado «sobre los habitantes de
Jerusalén un Espíritu de compasión y de súplica; ellos mirarán hacia Aquel que traspasaron» (Za
12, 10; Jn 19, 37). Así es como el Espíritu Consolador nos enseña a mirar al hombre que sufre.
«En aquel día», y nosotros estamos en él, «habrá una fuente abierta para los habitantes de
Jerusalén» (Za 13, 1; Jn 19, 34); entonces, la Liturgia fontal se hace vida: la Compasión es la
Liturgia de los pobres.
XX. La misión y la liturgia de los últimos tiempos
Podremos hacer todas las reflexiones de teología o de pastoral misional que queramos, pero el
misterio de la Misión se adueñará de nuestra vida tan solo si nuestro corazón es transformado,
labrado e irrigado por la Compasión divina. Es necesario que estemos habitados por ella. La
Liturgia vivida comienza a vivificarnos a nivel del corazón, por la oración cada vez más continua,
y desde ahí penetra nuestra naturaleza, nuestra actividad y toda relación. Cuanto más nos
deifica, más nuestra vida llega a ser obra de Dios; cuanto más la Comunión divina restaura
nuestra relación, tanto más llegamos a ser Iglesia. La Liturgia dilata así la Iglesia en espacio
humano de Compasión divina. Es en este momento de madurez cuando el misterio de la Liturgia,
celebrada y vivida, desgarra el corazón de la Iglesia, como el Amor ha desgarrado el del Padre y
el Espíritu el de Cristo al expirar en la Cruz. Entonces la Compasión se derrama sobre el mundo,
y he aquí la Misión.

Antes de cuestionarlo todo, volvamos al Misterio; antes de problematizar, aprendamos a


contemplar. Las cuestiones fecundas de la Misión se revelan y se resuelven en la unidad del
Misterio. No consiste en oponer o en preferir la Liturgia a la Misión, lo cual no conduce
absolutamente a nada. No consiste tampoco en yuxtaponerlas, como si se tratase de dos
especializaciones en la Iglesia, interna una, externa la otra. Aunque se pueda, de hecho,
distinguir la celebración de la Liturgia y la Misión en la historia vivida de las Iglesias, las
cuestiones que se plantean conciernen, en primer lugar, a lo que hacemos de ellas. ¿Por qué,
por una parte, la vitalidad del Pueblo de Dios, que es la Liturgia, no se despliega, o se despliega
tan poco, en este fruto de la Caridad que es la Misión? ¿Por qué, por otra, los cristianos emplean
tanta generosidad e ingeniosidad al margen de la Liturgia y la Misión esencial de la Iglesia? Estas
son, a nuestro parecer, las dos cuestiones previas hoy; las demás, concernientes al cómo de la
Misión, son solo corolarios de ellas y nos remiten a la fuente.

Ahora bien, la Fuente de la Liturgia, la misma Agua viva que sacia a los bautizados, despierta la
sed de los hijos de Dios dispersos. El mismo Espíritu anima al Pueblo de Dios y gime en el corazón
de las naciones. Hemos contemplado en la Liturgia de los últimos tiempos202 tres grandes
Sinergias del Espíritu y de la Iglesia: la que revela a Cristo, la que transforma todo en su Cuerpo,
la que derrama su Comunión. Distintas pero inseparables, las hemos vuelto a encontrar a lo
largo de toda la Liturgia celebrada y vivida. Ahora bien, como veremos, son ellas las que inspiran
desde dentro todo el movimiento de la Misión. El Río de Vida, cuando da el fruto por el que
mana del Padre y del Cordero -y esta es su Misión: dar ese fruto-, siempre es llevado por las
mismas corrientes. Por otro lado, la Iglesia no es una cuando celebra la Liturgia y otra distinta
cuando sus miembros la viven: está de otra manera. Lo mismo ocurre en su Misión. La Iglesia no
tiene un rostro vuelto hacia Dios y otro vuelto hacia los hombres. Su misión en los últimos
tiempos es ser el rostro humano de Dios, donde los hombres puedan reconocer a Aquel que
buscan, y, en la misma luz, el rostro de los hombres que refleje la Gloria de Dios (cfr. 2 Co 4, 6).

El misterio pascual de la Misión


Es celebrando la Liturgia eterna como la Iglesia recibe y aprende su Misión. Los primeros
enviados, los Apóstoles por excelencia, la han vivido y de ello nos hablan los Hechos. Hoy, el
Espíritu Santo imprime su sentido en la carne de la Iglesia. Él es el Dado por entero, Aquel que
Jesús no cesa de enviar y arrastra en la kénosis de su Misión al Cuerpo vivo de Aquel que es el
primer Enviado del Padre. Él trabaja en el corazón de todos los hombres partiendo de este foco
donde el Padre y Cristo hacen manar su Compasión desbordante: la Iglesia.

202
Cfr. el capítulo VIII.
La Misión de la Iglesia no se puede entender más que en el misterio de los últimos tiempos. Ella
es el último tiempo de la Economía de la salvación en este mundo. Ella es el poder del Señor
resucitado que atrae a todos los hombres hacia el Padre por la Compasión de su Espíritu que él
derrama en ellos. El misterio de la Ascensión es el impulso divino que sostiene nuestro mundo.
Esta Ascensión omnipotente, donde ha comenzado la Liturgia eterna, no cesa de sacar a los
hombres del dominio de las tinieblas para llevarlos a la luz del Padre. Lo que se cumple
sacramentalmente en la Liturgia celebrada se despliega en la Misión como Liturgia integral de la
Iglesia. El mismo misterio pascual en esta es acogido en su Plenitud, en aquella derramado en
abundancia. En la misma Pascua, la Iglesia es transfigurada en su Señor e irradia la Luz de su
Cuerpo vivificante. La Liturgia celebrada y la Liturgia de la Misión son los dos momentos del
mismo Amor: ¿cómo amar a nuestros hermanos, si no acogemos antes a Aquel que nos amó
primero? Son los dos movimientos del mismo misterio pascual: «Vosotros sois un sacerdocio
real... para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable»
(1 P 2,9).

La celebración litúrgica es, ciertamente, un momento intenso donde cada comunidad eclesial
reaviva la conciencia de su misión. Pero, sobre todo, es el momento en que se le da la Misión,
no como una consigna, sino en su Misterio mismo. En la celebración, el Verbo se confía a su
Iglesia, como el tesoro en una vasija de barro (2 Co 4, 7), depositando la Palabra en su corazón,
penetrándola con su Espíritu, entregándole su Cuerpo. Entonces la Iglesia podrá expresar a
todos los hombres a Aquel que ella conserva grabado en sí misma, podrá darles el Espíritu dando
su propia vida, ser el Reino en medio de ellos.

En la Misión, el gran trabajo de la Pascua de Cristo se convierte en el de su Iglesia. ¿No es este


el significado pleno del término Liturgia como acción, vitalidad, trabajo divino del Pueblo de
Dios? Si, en la celebración litúrgica, el Pueblo de Dios llega a ser más y más el Cuerpo de Cristo,
¿qué hace en su Misión sino que Jesucristo llegue a ser más y más todo en todos? Pero, sobre
todo, la Liturgia le enseña, en acción, el sentido único e inflexible de esta actividad misionera:
«por nosotros los hombres y por nuestra salvación» en el mismo impulso de «alabanza de la
gloria de su gracia». La disminución del sentido doxológico de la Misión va, con frecuencia, a la
par con la disminución del significado divino de la salvación del hombre. En Jesús, estas dos
finalidades, distintas pero inseparables, están unidas en la Persona del Verbo y polarizadas por
su fuente de luz: el Padre. «La Gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la
visión de Dios... porque la gloria del hombre es Dios, pero el receptáculo de la Energía de Dios y
de toda su Sabiduría y de todo su Poder es el Hombre203». Tal es el dinamismo pascual de la
Misión de la Iglesia: la misma y única Gloria de Dios, que el Verbo ha venido a restaurar
asumiendo y deificando al hombre.

Ahora bien, esta Pascua de la Misión nosotros aprendemos a vivirla cumpliéndola en la


celebración de la Liturgia. Esto es verdad, sobre todo, cuando la sinergia sacramental nos
arrastra, en el corazón de la anáfora eucarística, en la anámnesis y en la epíclesis. Aquí, el
hombre es alcanzado en el estado en que espera ser salvado, y este es el criterio de las
expresiones auténticas de la misión. En la Liturgia encontramos al hombre allí donde Dios se une
a él, allí donde Cristo se ha hecho siervo de los hombres. Jesús, en su condición mortal, no ha
prestado ningún servicio social, ni siquiera al multiplicar los panes. Su servicio es divino, y se
realiza en la Liturgia y en la Misión, salvando al hombre allí donde él busca a su Dios, en el
hambre y en la sed, allí donde él está herido por la muerte.

203
San Ireneo, Adversus haereses, IV, 20, 7 y III, 20, 2.
Cristo, siervo de los hombres para su salvación, nos enseña en la celebración litúrgica el mismo
despojo que en la misión. Socialmente, este servicio de la única Liturgia es inútil, no cambia
ninguna estructura; pero humanamente, en la verdad esencial del hombre, es el más alto
servicio: el de la Compasión que lo deifica. La celebración litúrgica nos hace vivir la Pascua de los
hombres en Cristo, esta misma Pascua de la que nosotros somos servidores en la Misión. Si se
ha comprendido que la Epíclesis eucarística es el foco de la Compasión de donde manan todas
las Energías de la Iglesia, se puede entonces entender cómo la Misión manifiesta y comunica la
Compasión divina que salva a los hombres.

La Misión, Epifanía de la Compasión


En la anáfora eucarística, la Pascua de Jesús por todos los hombres llega a ser la nuestra; aunque
algunos miembros se alegran de pasar a la Vida, ¿cómo no sufrirán, al mismo tiempo, por
aquellos que todavía están en la muerte? En la Liturgia de la Palabra, Cristo Salvador se nos
revela y le respondemos con la acogida de la fe; pero nuestra respuesta traicionaría a Aquel que
se confía a nosotros si no le anunciásemos. La Misión es esta Manifestación de Cristo al mundo
a través de todo lo que somos: comunidad eclesial, palabra, testimonio, don de nuestra vida.

En primer lugar, la Misión es esencialmente Epifanía de Cristo a través de su Iglesia como nueva
comunidad de Caridad. La Iglesia no es una cadena mundial de publicidad evangélica ni una
asociación de las sucursales de los discípulos de Jesús; ella es la novedad de la Comunión del
Espíritu Santo entre los hombres. Esta es la Buena Noticia que se anuncia por su sola existencia:
que el amor imposible esté aquí como un acontecimiento real. El Dios Vivo no necesita
presentación: Él Es y Viene. Lo mismo sucede con la Iglesia, acontecimiento de la caridad divina
entre los hombres. Si la Iglesia no llega a ser ella misma acogiendo el Espíritu Santo que la hace
Cuerpo de Cristo, no es más que un grupo socio-cultural entre otros; es entonces, al faltar la
Liturgia fontal, cuando los cristianos recurren a la publicidad. Pero, si la Iglesia local es una
Comunidad de caridad, los hombres pueden quizá rechazar esta noticia conmovedora del amor
de Dios por ellos, pero no pueden no verla. La Misión como Epifanía es, ante todo, este misterio
de Luz (Jn 13, 35).

A partir de ahí, la Iglesia es también advenimiento de la Palabra. Cada uno en la Iglesia, por
medio de su Bautismo y Crismación, recibe por su parte los carismas de este profetismo nuevo:
«realizar el advenimiento de la Palabra de Dios» (Col 1, 25) entre los hombres. La palabra
«cumple su misión» (2 Ts 3, 1) a condición de que la llevemos para lo que es y sin traficar con
ella (1 Ts 2, 3; 2 Co 2, 17): Jesús crucificado y resucitado. Es Él quien, a la medida de nuestra
transparencia, llama a los hombres allí donde están, todavía en las tinieblas, y de luz en luz.
Porque los entiende, Él, el único Amigo de los hombres, sabe recogerlos para liberarlos. Ni
demagogo ni doctrinario, Jesús es la claridad toda pura de la Gloria del Padre. A través de
nosotros, Él habla «con autoridad» y no como un cronista. La verdad de lo que dice coincide con
lo que es y esta evidencia solo puede ser reconocida por un corazón sencillo y recto. Él es el
único verdaderamente humano, porque conoce en su Carne en qué consiste el combate del
pecador y la libertad de vivir de modo divino al hombre. Por eso, nuestra palabra, sacramento
de su Misterio, no es ni un discurso sobre Dios ni una moral para el hombre, sino la revelación
de que el hombre es amado y está llamado a hacerse Dios, porque el Padre lo ha amado primero
y su Hijo se ha hecho hombre. Esta Palabra será tanto más verdadera cuanto más nos haya
transformado primero, deificándonos, a nosotros mismos.

Si es la Iglesia la que anuncia el Evangelio por medio de nosotros, esto implica que estemos
comprometidos en ello con todo nuestro ser. La Misión no puede no ser testimonio. Jesús es el
único Testigo de la ternura del Padre y de la miseria del hombre, pero Testigo fiel, porque cumple
en sí mismo la promesa del Padre en favor de todos sus hijos: su grandeza divina ya está
restaurada en el Hijo amado. Juan era el dedo que mostraba al Verbo en la humildad de su Carne.
La Iglesia es ahora, en el Espíritu Santo y participando de su kénosis, el precursor del Señor en
el umbral de su Advenimiento en la Gloria. Pero no muestra a Cristo como exterior a ella; Juan
era el amigo del Esposo, ella es la Esposa. El misterio del testimonio, con demasiada frecuencia
reducido a apariencias, es tremendamente exigente: reclama insistentemente transparencia. No
se improvisa el testigo. Hace falta una larga intimidad con el Verbo de Vida y con la muerte de
los hombres hacia los que él nos arrastra en su seguimiento: hace falta la Compasión siempre
naciente, la de la Virgen María.

Finalmente, la misión de la Palabra culmina en el martirio, forma última de testimonio. Poco


importan sus formas, pero la misión de la Iglesia ya no sería la de Cristo y del Espíritu Santo si no
se acabara así. «¿A ti qué te importa? Tú sígueme...» (Jn 21, 22). Tan solo podemos ser testigos
de Aquel que hemos escuchado, han contemplado nuestros ojos y han tocado nuestras manos
si su Fuego nos purifica hasta conformarnos totalmente con Él. Desde la Epíclesis de nuestro
Bautismo hasta la de nuestras Eucaristías, es este mismo Fuego el que actúa en nosotros para
que la Vida haga su obra en nuestros hermanos. Si nuestra misión no encuentra contrariedades,
es que somos falsos profetas. Ahora bien, habiendo sido enviados para estar con los hombres,
no podemos ser como ellos; estaremos con ellos y seremos para ellos tan solo si somos como
Cristo: «signo de contradicción» (Lc 2, 34), revelando los secretos de los corazones. La tribulación
-sufrida porque somos «cristianos» (1 P 4, 16)- es el sello del ministerio de la Palabra, su
culminación en el silencio del Amor que da la Vida después de haber dado el «germen
incorruptible» de la Vida (/ P 1, 23). Se cumple así en la Liturgia eterna la Misión comenzada en
la Liturgia de la Iglesia. En el martirio, la compasión alcanza el extremo del amor.

La Misión, Pentecostés de los últimos tiempos


La Misión de la Iglesia no es más intermitente que el Amor del Padre por cada uno de los
hombres. Pero nosotros no podemos anunciar siempre a Aquel que contemplamos ni ayudar
continuamente a nuestros hermanos a liberarse en el Espíritu Santo. No pudiendo a cada
instante partir el Pan del que los hombres tienen hambre ni derramar la Unción que cura todas
sus heridas, entonces ¿qué haremos? Algunos retornan a sus redes. Otros están demasiado
habitados por la Compasión de su Señor como para dejar a la Iglesia sola en el Tiempo de su
alumbramiento; Aquel que la Iglesia lleva, ¿no es Aquel que llega a serlo todo en todos? La
Misión vuelve, entonces, a su fuente para no cesar de manar; es en la oración del corazón donde
la Liturgia de la Misión no se agota jamás.

En la Epíclesis de la Eucaristía, nuestro sacerdocio profético y real, de la Palabra y del Amor, se


alimenta de un fuego que no se apaga. En ella, la Liturgia del corazón encuentra siempre alguna
brasa con la cual la oración se aviva de nuevo en el impulso y en la llama de la Epíclesis. En
secreta comunión con el gemido de los santos de debajo del altar de la Liturgia eterna, la oración
del corazón es el lugar desde donde el Espíritu no cesa de derramarse en los hombres. En este
Pentecostés ininterrumpido de los últimos tiempos, el Espíritu Santo es, según las palabras de
san Basilio, «el lugar de los santos»204. Así ha sido desde la aurora de la plenitud de los tiempos.
Este misterio de efusión, su Misión, comenzó para el Espíritu Santo con la Virgen María. Desde
que ella concibió al Verbo del Padre, parte «a toda prisa» a casa de su prima Isabel, y he aquí
que, deseando la paz, ella la da: el Espíritu invade a la madre, y su niño conoce ya los
estremecimientos del Paráclito. La Iglesia, incluso cuando es inútil para el mundo, está siempre

204
Líber de Spiritu Sancto, PG 26, 184a.
así en misión, en visitación entre los hombres. La oración es en el corazón de la Iglesia la Epíclesis
de su Misión continua.

Orar así siempre es un don que está inscrito en el Sello del Don del Espíritu que ha confirmado
nuestro Bautismo. Cuando este don es revelado por una llamada personal y se adueña de todo
el ser y de toda la vida, se convierte en ese carisma que no tendrá nunca un nombre canónico
adecuado en la Iglesia: la vida monástica. Es el carisma virginal de la Iglesia. Aquellos que son
revestidos de este carisma entregan al Espíritu Santo, Señor de lo imposible, todo lo que en el
hombre espera primeramente del hombre su realización: el querer, el poder y el tener. Esperarlo
todo del Espíritu Santo es el movimiento primero de la Epíclesis, de la oración del corazón. La
vida monástica es así el carisma escondido, pero en primera línea del combate escatológico que
sostiene toda la Misión de la Iglesia. Es ser el Amor en el corazón de la Iglesia, según la expresión
de santa Teresa del Niño Jesús.

Un icono de las Iglesias orientales, que comienza a ser redescubierto por sus hermanas de
Occidente, expresa muy adecuadamente este misterio de la Iglesia orante en el Pentecostés de
los últimos tiempos: es el icono de la Deesis205. En el centro, Cristo tiene en una mano el rollo de
la historia (el Cordero crucificado y resucitado) y con la otra bendice el mundo (la efusión del
Espíritu Santo): es siempre en la Ascensión donde se revela y se realiza el misterio de la Misión.
A un lado y al otro, la Virgen María y Juan Bautista, con las manos abiertas y extendidas, no son
más que oración, intercesión, gemido del Espíritu. María está siempre aquí, Iglesia de la
Visitación de Dios entre los hombres; pero Aquel que ella llevó y aquel que quedó lleno del
Espíritu Santo están ahora en la Liturgia eterna. «Bienaventurada tú, que has creído...» (Lc 1, 45)
es la Bienaventuranza de la Iglesia, porque su Compasión no puede no dar su fruto eterno.

XXI. La liturgia, tradición del misterio


No tenemos que inventar la Misión. Nos es dada, tenemos que cumplirla, celebrarla.
Remontando a su fuente, hemos descubierto, si es que era necesario, que la Liturgia tampoco
hay que reinventarla; tenemos que entrar en ella y ser arrastrados por su corriente de vida.
Estamos ante la maravilla del Misterio de Cristo: desde el principio de la creación a la
consumación del Reino, él es Tradición. La santa y viva Tradición, la tradición divina, es, en
efecto, el Amor desgarrado del Padre que entrega a su Verbo y derrama su Aliento hasta este
cumplimiento: he aquí mi Cuerpo entregado por vosotros... he aquí mi Sangre derramada por la
multitud... Jesús entregó su Espíritu. La pasión del Padre por los hombres (Jn 3, 16) se cumple
en la Pasión de su Hijo y se derrama desde entonces por su Espíritu en esta Compasión divina
en el corazón del mundo que es la Iglesia. Y el misterio de la Tradición es esta misión conjunta
del Verbo y del Espíritu a lo largo de toda la Economía de la salvación; de ahora en adelante, en
los últimos tiempos, todas las corrientes de amor del Espíritu de Jesús confluyen en el gran Río
de Vida que es la Liturgia.

En la Economía de la salvación, la Tradición era, primeramente, el don de acontecimientos


salvíficos; en la Liturgia, ella realiza y hace presente el Acontecimiento que sostiene toda la
historia, la Pascua de Jesús, pero con la Iglesia, y esta es la Sinergia central de la Epíclesis. En la
Economía de la salvación, la Tradición era, luego, la revelación del significado de los
acontecimientos salvíficos por los profetas y los escritores sagrados; en la Liturgia, ella
manifiesta a Cristo a la Iglesia y por la Iglesia, y esta es la Sinergia del Memorial. En la Economía
de la salvación, la Tradición era, por último, la participación del Pueblo de Dios en los
acontecimientos salvíficos; en la Liturgia, está la Sinergia de la Comunión, en la que la

205
Literalmente «súplica», «ruego», «petición».
celebración y la vida son en adelante inseparables. Los canales de la Tradición divina son los de
la «gracia múltiple en sus efectos» (1 P 4, 10-11), pero el Agua viva es siempre la del Río «límpido
como cristal, que mana del trono de Dios y del Cordero».

La Liturgia es el gran Río donde confluyen todas las energías y las manifestaciones del Misterio,
desde que el mismo Cuerpo del Señor, vivo junto al Padre, no cesa de ser entregado a los
hombres en la Iglesia para darles la Vida. La Liturgia no es una realidad estática, recuerdo,
modelo, principio de acción, expresión de sí o evasión angélica. Ella desborda los signos en que
se expresa y la eficacia que de ella se percibe. Ella es irreducible a sus celebraciones, aunque
esté toda entera en ellas. Pasa a través de la palabra humana de Dios, escrita en la Biblia y
cantada por la Iglesia, sin jamás agotarse en ella. Está en su casa en medio de todas las culturas
y no se reduce a ninguna de ellas. Hace la unidad de una multitud de Iglesias locales sin perder
nunca su originalidad. Nutre a todos los hijos de Dios y en ellos no cesa de crecer. Si bien
incesantemente celebrada, nunca se repite: es siempre nueva.

Si hemos entrado en la visión de Juan, contemplando en el corazón de la historia el despliegue


del Río de Vida que es la Liturgia, todas nuestras separaciones entre la celebración y la vida son
removidas y superadas. Esta atracción omnipotente del Cristo de la Ascensión, inscrita en el
vacío de todo acontecimiento humano, puede entonces iluminarlo y vivificarlo desde dentro. No
podemos reducirla a algunos destellos de comunión ni a unos momentos festivos de celebración
comunitaria. El Acontecimiento total de Cristo que es la Liturgia, y en el cual nosotros estamos
constantemente implicados, desborda por todas partes la conciencia de fe y la celebración de
los creyentes. En efecto, porque lo que él asume y penetra es toda la historia, y todos los
hombres y cada uno de ellos en todas sus dimensiones, y todo el cosmos y toda la creación. Para
ser arrastrados por este Río, que nos baste haber alcanzado su Fuente.