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LLAMADOS A VIVIR EN COMUNIÓN CON LOS DEMÁS

El Documento de Aparecida nos ayuda a comprender el sentido de la comunión: “La vida


se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad (DA 360).

Para ustedes hermanos y hermanas que se preparan para recibir tan grande
ministerio, es necesario reflexionar sobre la comunión tan necesaria en la vida de la
Iglesia. Hay que combatir esas corrientes que la sociedad de consumo nos arroja como
el individualismo, el quemeimportismo, etc., contrarias a la comunión y que
lamentablemente hasta en el seno de la Iglesia se van filtrando. Fruto de ello es
rivalidades, nosotros somos el mejor grupo de la parroquia, nosotros somos la mejor
comunidad, etc….

Individualismo, falta de compromiso, quemeimportismo


Como sujetos inmersos en esta estructura, también vemos condicionadas nuestras
relaciones por la primacía de los intereses personales, antes que comunitarios. La vida
del otro no me interesa, expresado en términos como: “sálvese quien pueda”, “es mi
vida”, primero yo, después yo y si sobra un espacio, también yo”, etc.

El proyecto de Dios, apuesta por lo comunitario, lo familiar, la unidad y la solidaridad.


Quienes profesamos la fe en el Dios comunidad, estamos llamados y llamadas a luchar
contra sistemas que estén opuestos al querer de Dios. Nuestra misión, por lo tanto,
será la de comprometernos en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria,
donde todos y todas tengamos los mismos derechos y oportunidades superando
individualismos y quemeimportismos.

Ante esto, es importante construir la comunión. La comunión está compuesta por dos
palabras: común-unión= comunión.

La Comunión desde la Palabra de Dios y el Documento de Aparecida

Jesús, al inicio de su ministerio, elige a los doce para vivir en comunión con Él (Mc 3,
14); pero, además, para vivir en comunión con el Padre (1 Jn 1, 3) y con su Hijo
muerto y resucitado, en la comunión con el Espíritu Santo (2 Cor 13, 13). El misterio
de la Trinidad es la fuente, el modelo y la meta del misterio de la Iglesia (DA 155).

La vida comunitaria y la actividad misionera, es fruto del encuentro con Jesucristo. La


pertenencia a una comunidad es constitutiva del discipulado cristiano; no hay
discipulado sin comunión. La vocación al discipulado misionero es convocación a la
comunión en su Iglesia; es en comunidad concreta, donde podemos vivir una
experiencia permanente de comunión y discipulado (DA 156).

La Iglesia es comunión en el amor. Esta es su esencia y el signo por la cual está


llamada a ser reconocida como seguidora de Cristo y servidora de la humanidad. El
nuevo mandamiento es lo que une a los discípulos entre sí, reconociéndose como
hermanos y hermanas, obedientes al mismo Maestro, miembros unidos a la misma
Cabeza y, por ello, llamados a cuidarse los unos a los otros (1 Cor 13; Col 3, 12-14) (DA
161).

Una dimensión constitutiva de la evangelización es la invitación a la participación de


la comunión eclesial y trinitaria, pues la Iglesia crece no por proselitismo sino “por
‘atracción’ cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán reconocidos si
se aman los unos a los otros como Él nos amó (Rm 12, 4-13; Jn 13, 34) (DA 159).

En el pueblo de Dios, “la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí…
La comunión es misionera y la misión es para la comunión”. En las iglesias
particulares, todos los miembros del pueblo de Dios, según sus vocaciones específicas,
estamos convocados a la santidad en la comunión y la misión (DA 163).

La diversidad de ministerios y servicios, abre el horizonte para el ejercicio cotidiano


de la comunión, a través de la cual los dones del Espíritu son puestos a disposición de
los demás (1 Cor 12, 4-12). Cada bautizado es portador de dones que debe desarrollar
en unidad y complementariedad con los de los otros, a fin de formar el único Cuerpo
de Cristo, entregado para la vida del mundo. El reconocimiento práctico de la unidad
orgánica y la diversidad de funciones asegurará mayor vitalidad misionera y será
signo e instrumento de reconciliación y paz para nuestros pueblos. Cada comunidad
está llamada a descubrir e integrar los talentos escondidos y silenciosos que el
Espíritu regala a los fieles (DA 162).

La comunión de la Iglesia se nutre con el Pan de la Palabra de Dios y con el Pan del
Cuerpo de Cristo. La Eucaristía, participación de todos en el mismo Pan de Vida y en el
mismo Cáliz de Salvación, nos hace miembros del mismo Cuerpo (1 Cor 10,17). Ella es
fuente y culmen de la vida cristiana, su expresión más perfecta y el alimento de la vida
en comunión. En la Eucaristía, se nutren las nuevas relaciones evangélicas que surgen
de ser hijos e hijas del Padre y hermanos y hermanas en Cristo (DA 158).

En nuestra Iglesia, existen numerosos católicos que expresan su fe y su pertenencia


de forma esporádica, especialmente a través de la piedad a Jesucristo, la Virgen y su
devoción a los santos. Los invitamos a profundizar su fe y a participar más plenamente
en la vida de la Iglesia, recordándoles que en virtud del bautismo, están llamados a ser
discípulos y misioneros de Jesucristo (DA 160). Ante la tentación, muy presente en la
cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales
individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad
eclesial y nos invita a ser la familia universal de Dios en la Iglesia Católica (DA 156).

“Que todos sean uno”.


La fe cristiana nos enseña que Dios nos ha creado como seres en relación para vivir en
comunión con todos. Por eso, buscamos vivir el compañerismo, la amistad, la
fraternidad, la solidaridad pues así nos desarrollamos plenamente.
Las palabras de Jesús: “Que puedan ser uno como lo somos nosotros”, expresan a
comunión perfecta de Jesús con su Padre y el Espíritu Santo, fruto del amor
incondicional que existe entre ellos. Estas palabras manifiestan el proyecto de Dios
para nosotros: caminar hacia la plenitud humana desde la comunión.
Creados a imagen y semejanza de Dios que es comunión de personas, confirma
nuestro origen y plenitud, la que viviremos sólo desde la comunión con Él y con los
demás. Podemos afirmar que, vivir en comunión, forma parte de nuestra naturaleza y
es requisito para desarrollarnos plenamente.

Hermanos y hermanas reflexionemos las siguientes preguntas:

 ¿Qué actitudes personales me llevan al aislamiento?


 ¿Por qué muchas veces no me gusta construir la comunión? A veces más bien
soy sujeto de discordias, de chismes, de inventos que no favorecen la
comunión.
 ¿Estoy convecido/a que trabajaré por construir la comunión en mi comunidad?