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UNA MIRADA A LA PERSONA DE MONSEÑOR E.

ANGELELLI
Enrique Ángel Angelelli nació en Córdoba en 1923. Entró al seminario en
1938. Ordenado sacerdote en 1949, en Roma. Llegó como Obispo de La Rioja en
1968 hasta 1976, año del asesinato.

1. FUENTES DE INSPIRACIÓN

Angelelli poseyó sólidos conocimientos de Biblia, Teología, Filosofía,


Derecho, Historia (en particular la Historia de la Iglesia), Psicología, Sociología,
Doctrina Social de la Iglesia y el Concilio Vaticano II.

Todo esto unido a un sincero amor por la gente, un notable espíritu de


servicio, una gran capacidad de diálogo y consulta le permitieron tener una visión
muy acertada del plan salvador de Dios, de la vida humana, de toda la realidad
en su integralidad y el sentido de la Historia en general.

Sus convicciones profundas: Una fe profundamente arraigada en la


Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, modelo originario de todo amor,
servicio y donación y que la Iglesia debe asemejarse a la Trinidad.

Es el misterio de Dios, que conocemos por Jesucristo a quien seguimos y


que “se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado” (Carta a los
Hebreos); que se hizo “prójimo de todos los hombres y que se acercó al que
estaba caído en el camino” (Parábola del Buen Samaritano- Lucas 10); y que se
identificó “con los pobres, hambrientos, sedientos, enfermos, presos” (ver relato
del Juicio Final: Mateo 25, 31 – 46); y que, enviado por su Padre y lleno del
Espíritu Santo se vino del cielo para anunciar el Evangelio a los pobres, la
liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos, y
proclamar un año de gracia del Señor” (ver Lucas 4, 16-19): enseñanza de Jesús
en Nazaret.

Hemos de notar que todos estos textos del Evangelio eran citados y
comentados con mucha frecuencia por Monseñor Angelelli, y que le marcaban el
camino a seguir en la tarea pastoral. Solía decir que nunca hay que apagar la
“mecha humeante” (Isaías), ni echarle agua a un poquito de “rescoldo” que
puede quedar en un corazón y que sea un signo de esperanza.

2. AMOR A LA IGLESIA

A la iglesia que es Pueblo y Familia de Dios, Comunidad de salvación, que


nace del corazón de Dios, que proviene del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,
fundada por Jesucristo sobre el cimiento de los apóstoles con Pedro a la cabeza
y constituida en “Sacramento universal de salvación”, que debe anunciar el Reino
de Dios a todos los pueblos.

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El tema de la Iglesia fue estudiado y reflexionado magistralmente por el
Concilio Vaticano II (1.962- 1.965), del que Monseñor Angelelli fue Padre
conciliar.
Angelelli tenía en alta estima el rol de los tres sectores de la iglesia:
sacerdotes, religiosos/as, y laicos valorando el aporte de cada sector al servicio
de la evangelización y con amplitud de criterio.
Amó a la iglesia y sintió preocupación por la misma. Era consciente de la
verdad sobre la iglesia, que es “santa y pecadora al mismo tiempo” (Concilio
Vaticano II). “La iglesia es santa” en su origen por que procede de la Santísima
Trinidad, y es “pecadora” en sus miembros, que somos nosotros que en forma
permanente, tenemos que convertirnos y creer en el evangelio” (ver Marcos 1,
15).
Sin embargo, ésta iglesia “santa y pecadora” es portadora de gracia y de
perdón, y ha sido constituida por Cristo en “Sacramento universal de salvación”
(Concilio Vaticano II).
Angelelli tenía una fina sensibilidad para escuchar a Dios. Era un hombre
de oración. En la meditación y oración frecuente fue profundizando en el misterio
de la iglesia con sus numerosos problemas.

Le ayudaron mucho las dos Cartas de San Pablo a los Corintios, que
reflejan los conflictos de esa comunidad joven venida del mundo griego y que
ayudaron al Apóstol a tener una profunda comprensión del misterio de la Iglesia.
Corinto era una comunidad muy conflictuada. Se sabe que el obispo Angelelli
leía y rezaba con esas cartas en el camarín de la Catedral aprovechando la
experiencia y sabiduría de San Pablo para lograr una mayor comprensión del
misterio de la iglesia, “santa” en su origen, y “pecadora” en sus miembros. Este
era un fuerte y sólido alimento espiritual.
Al referirse al ministerio sacerdotal, Angelelli decía con frecuencia:

“Llevamos un tesoro en vasos de barro” (I Corintios 4, 7)

El “tesoro” significa el don de Dios, su gracia y la riqueza de la Palabra de


Dios de la que somos servidores. El “vaso de barro” es nuestra humana fragilidad
y las debilidades de las que estamos rodeados, y el pecado que está al acecho
y nos quiere contaminar.

Así exhortaba a los presbíteros a valorar y agradecer los dones recibidos en


beneficio de la Iglesia, y animaba a responder con fidelidad a la gracia de Dios.

En ese mismo sentido repetía incansablemente la frase de San Pablo: “No


nos predicamos a nosotros mismos”, hablamos por mandato de Cristo y en su
nombre.

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A los catequistas les recordaba siempre un pensamiento común de toda la
iglesia, a saber: al transmitir el mensaje del Evangelio tenemos que ser “fieles a
Dios y fieles al hombre”.

Fidelidad al mensaje, a la Palabra de Dios, y fidelidad a los destinatarios


del mensaje, sean niños, adolescentes, jóvenes o adultos. Se trata de crear
canales adecuados para el encuentro con Dios, y de los hombres entre sí, que
han de integrar la comunidad eclesial.

3. SU APRECIO POR LA PERSONA

Tenía un pensamiento muy claro sobre el valor de la persona humana y su


altísima dignidad de “imagen de Dios”. El hombre llamado a entrar en comunión
con Dios en el tiempo y en la eternidad.

Sentía sumo respeto, aprecio veneración y honra por la vida de las


personas. Esto se notaba en su modo de atender y comunicarse con la gente. Un
amor preferencial por los pobres, ancianos, enfermos y por todo lo humanamente
débil.

A imitación de Jesucristo sentía “compasión” por el sufrimiento de la gente.

Una vez por el año 1.973 en una reunión de catequistas en Chilecito,


señalando el mapa de La Rioja dijo: “veo que Jesucristo está crucificado en todo
el territorio de la provincia”. Quería indicar la pobreza, la marginación, exclusión,
el abandono, la explotación y el sufrimiento de tanta gente.

Esto nos urge a vivir la fe y el amor fraterno respondiendo a las necesidades


de la gente, procurando la felicidad del pueblo según el espíritu de las
Bienaventuranzas, trabajando por un desarrollo integral que “promueva a todos
los hombres y a todo el hombre” (Pablo VI), y puesto que el hombre “es
responsable de su crecimiento, lo mismo que de su salvación”, y el “artífice de
su propio desarrollo” (Pablo VI - Populorum Progressio, números 14 y 15), es
preciso orientar su educación y formación cristiana al logro de estos altísimos
fines.

Angelelli afirmaba sus enseñanzas sobre estos conceptos fundamentales.

Así mostraba que el anuncio del Evangelio debía señalar los caminos de Dios
por medio del amor fraterno, corrigiendo las injusticias, que ofenden a Dios
porque ofenden a los hombres. “El pecado ofende a Dios porque ofende al
hombre” (Sto. Tomás de Aquino).

Angelelli enseñaba que desde todos los sectores sociales, gobernantes,


evangelizadores, educadores, trabajadores de la Salud, administradores de
Justicia, y dirigentes sociales, de todos los ámbitos debíamos trabajar para elevar
la dignidad de la persona, y ofrecer las condiciones necesarias para que “el

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hombre llegue a ser el artífice de su propio desarrollo” (Pablo VI). Hay que
entregar los grandes valores que apuntalan la vida, y nunca olvidar que “la razón
más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión
con Dios” (Concilio Vaticano II- Gozo y esperanza, N° 19).

Esta visión del hombre es la que impulsó al Obispo Angelelli a predicar el


Evangelio con todas sus energías y gastar su vida por sus hermanos.

4. PASTORAL DE CONJUNTO

Al llegar a La Rioja en 1.968 Angelelli propuso la aplicación en la Diócesis


de los Documentos del Concilio Vaticano II, y de Medellín del Episcopado
Latinoamericano.

La herramienta utilizada fue la práctica de una pastoral de conjunto, que


requiera aunar esfuerzos y voluntades para un trabajo pastoral compartido y en
común, con criterios que buscan una misma dirección.

Surgen reuniones, conferencias, encuentros de estudios, asambleas, etc. Y


así como el viejo Aristóteles supo decir: “el hombre es un animal racional”,
Angelelli, en forma parecida, decía: “el hombre es un animal reunible”, “los curas
somos animales reunibles”.

Y es que la reunión es necesaria para “ver, pensar y actuar”, para hablar,


discurrir juntos y ayudarnos mutuamente, para lograr acuerdos alumbrados por
la Palabra de Dios, y hacer un camino juntos para acrecentar la unidad y la
fraternidad, y aumentar la corresponsabilidad en el trabajo pastoral.

Hemos de notar que la palabra “corresponsabilidad” no se la usaba mucho


cierto tiempo atrás, (unos 50 ó 60 años atrás). Angelelli le dio un fuerte impulso.
Ahora ese término está llegando a ser un lugar común en el lenguaje y en los
documentos de la iglesia.

Angelelli acostumbraba decir: “Hagamos criterio”: pensemos,


dialoguemos, busquemos soluciones, tomemos decisiones juntos, con el aporte
y participación de todos. Él personalmente dirigía las reuniones del Presbiterio
ordenaba el diálogo, daba la palabra, evitaba que alguien pudiera acaparar la
conversación, y animaba la participación de todos. El resultado era un
pensamiento común para poder caminar juntos.

Y las fuentes que inspiraban estas búsquedas son el Evangelio, las grandes
Encíclicas sociales de los Papas, el Concilio Vaticano II (1962-1965), los
documentos de Medelín (1968) y San Miguel del Episcopado Argentino (1969),
que señalan directivas y el esfuerzo de la iglesia para presentar el Evangelio a los
hombres de hoy, con atención a los signos de los tiempos a fin de rastrear las
huellas de Dios, y lo que el Espíritu Santo va indicando a las Iglesias.

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El hombre no olvidaba que una pastoral de conjunto debe contar con la
permanente consulta al pueblo de Dios y a todos los agentes pastorales. Se busca
caminar “con el pueblo y desde el pueblo”. Y todo esto hacerlo:

“CON UN OÍDO EN EL EVANGELIO,


Y OTRO EN EL PUEBLO”

Aquí entra con fuerza el tema de la religiosidad popular, que son modos de
relacionarse con Dios e interpretar toda la realidad según la cultura e idiosincrasia
de cada pueblo. Son vivencias fuertes y muy arraigadas. Se trata de formas,
estilos y experiencias propias de vivir y expresar la fe que tienen los pueblos. La
Rioja abunda en esas expresiones arraigadas desde los orígenes, y en algunos
aspectos hasta de los pueblos precolombinos.

Hay costumbres y sanas tradiciones en nuestros pueblos que merecen


mucho respeto y consideración: fiestas patronales, novenarios, procesiones,
promesas, peregrinaciones hacia determinados lugares y santuarios, rezos en los
velorios, novenarios de difuntos. Es notable el culto a las sagradas imágenes: del
Santo Cristo, de la Virgen María y de los Santos. También llama mucho la atención
la vestición de los pesebres, y las celebraciones de Navidad.

Angelelli asumió sabiamente todas estas vivencias de fe. Pero se registran


dos puntos centrales en ésta acción pastoral. Angelelli fue un gran promotor del
Tinkunaco- Encuentro del Niño Jesús vestido de Alcalde con la imagen de San
Nicolás. “El Niño está en San Francisco y el Santo en la Catedral…”.

También promovió y enriqueció con la luz del Evangelio la devoción al Señor


de la Peña, principalmente en Semana Santa. Lo mismo debe decirse de las
diferentes advocaciones a la Virgen María, a San Nicolás y a los Santos. Se trata
de anunciar el Evangelio a partir de esas experiencias y devociones populares.
Los Santos no estorban en la iglesia. Los Santos “nos estimulan con su ejemplo
y nos ayudan con su intercesión” (Misal). Angelelli, hombre con “sentir de
pueblo”, captó las intuiciones y la sabiduría de la religiosidad popular de nuestra
gente y la enriqueció con la Palabra de Dios. Así orientó a muchos sacerdotes y
evangelizadores en ese sentido.

A veces partía de las más simples realidades, por ejemplo miraba la imagen
de San Nicolás que lleva un libro en su mano, y decía: “El Santo nos está
mostrando el Evangelio y nos invita a seguir a Jesucristo; miraba a Santa Rita
con el Crucifijo en la mano, y decía: “la Santa nos invita a compartir la pasión de
Cristo”. Hay muchos ejemplos.

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Una vez, por el año 1975, visitando los Llanos con la imagen de San Nicolás
vio en una velada de oración a un hombre campesino que leía el Martín Fierro
delante de la imagen, y le preguntó qué hacía, y el paisano respondió: Padre
Obispo: “ahora comprendo lo que dice el Martín Fierro, cuando afirma:

“Los hermanos sean unidos,


porque esa es la ley primera…”
Y el Obispo sintió una gran alegría al ver la fe de aquel hombre de campo
y su deseo de buscar a Dios.

Angelelli ha sido un hombre profundamente creyente y al mismo tiempo un


gran evangelizador. Conocía y quería a la gente, conocía y quería a Jesucristo. Y
sabía muy bien cuál es la ley primera. (Ver Mateo 22, 34-40).

Otra vez, y esto fue en Villa Unión en 1.975, iba con la imagen de San
Nicolás. Advierte que una viejita se acercaba con dificultad apoyándose en una
silla para tomar gracia de la imagen. Angelelli la tomó en los brazos y la acercó
a la imagen. Y después la mostró al pueblo y dijo: “aquí está Jesucristo”. Hubo
aplausos, emociones, cantos y vivas al Santo. Y la peregrinación siguió hacia la
Banda Florida. Andando un tiempo esa viejita que se llamaba: “Niña Elodia” donó
al Obispado su caserón y su terreno y se levantó un hogar de anciano que lleva
el nombre: “Niña Elodia”.

Angelelli no tenía ningún complejo en prender una vela y rezar ante el


crucifijo, una imagen de la Virgen o de los Santos, como lo hace la gente humilde,
sencilla y pobre. Aquí no valen los delirios de grandeza.

Conocí a una religiosa venida de Buenos Aires con títulos de Profesora y


otros galardones, que tampoco tuvo complejo en rezar una novena a San Antonio
dando gracias por haber encontrado un objeto perdido.

Para valorar estas cosas hay que tener un corazón humilde y despojado de
todo orgullo y vanidad.

Pasa que Angelelli entendió y tomó muy en serio la cuestión de los pobres,
de los humildes y abandonados porque Jesús dice:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado


por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los
pobres…” (Ver Lucas 4,18 –ss.)

Haciendo un poco de historia, digamos que en las décadas de 1960 – 1970,


más o menos, hubo una tendencia bastante fuerte a mirar con algún desprecio
la religiosidad popular como si fuera cosa de ignorantes. Fue una sonsera, pero
forcejeó por entrar. (Ese fenómeno no se dio en la provincia de La Rioja).

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Bajo ciertos aspectos esa tendencia estuvo influenciada por posturas
filosóficas como el Racionalismo, el Iluminismo, el Liberalismo, cierto Positivismo,
y el Secularismo que consideran a Dios como algo supérfluo, y a veces como un
estorbo para la libertad del hombre. Parte de esas ideas llegaron a entrar hasta
en algunos seminarios; y el resultado fue que algunos curas se hacían pasar por
“modernos”. Hubo algo de eso en la Iglesia Argentina. Pienso que San Pablo les
diría muy afectuosamente: muchachos, “no quieran sobresalir, pónganse a la
altura de los más humildes, no se crean sabios” (Romanos 12, 16).

Por su parte, Angelelli procuró corregir esa tendencia falsa, y ayudó mucho
al Episcopado y a los curas a descubrir la riqueza de la religiosidad popular, a
valorarla, iluminarla con la Palabra de Dios y asumirla como Dios y el sentido
común mandan hacerlo.

Así entendió Angelelli su misión evangelizadora. Es cuestión de fidelidad a


Dios, y fidelidad al Pueblo. Así debe entender su misión la Iglesia y en particular
los eclesiásticos, catequistas, misioneros, evangelizadores y agentes pastorales.

Todo esto va mostrando que Angelelli era un tipo profundamente creyente


en Dios, que amó a la iglesia y a las personas en concreto; un hombre muy
inteligente y respetuoso de la gente, de sus costumbres y tradiciones. Ha sido un
gran tipo.
Fue un hombre con “sentir de pueblo”

Es muy seguro que este talante y estas cualidades NO las vamos a encontrar
en un guerrillero y matón…

Seamos inteligentes, no nos dejemos engañar. “No nos dejemos robar la


esperanza” (Papa Francisco).

5. ALGUNAS CUALIDADES DE MONSEÑOR ANGELELLI

CAPACIDAD DE ACOGIDA – EL DON DE LA ACOGIDA

Esto era evidente en su saludo, recepción y atención que prestaba. Alguna


vez supo decir: “Dios nos ha regalado el don de la acogida”. Pienso que lo dijo
en plural por modestia, y para invitarnos a entrar en esa dinámica.

Brindar lugar, hacer espacio a otros es lo propio del cristiano. Como Dios
nos recibe a nosotros y nos da todo. Como Abraham recibió a tres personajes
misteriosos que lo visitaron (Génesis 18). Como la Virgen María recibió al Verbo
de Dios en su Encarnación. Como San José recibió a María y al Niño que venía
en camino. Como Santa Isabel recibió la visita de María. Como Lázaro y sus
hermanas alojaban a Jesús en Betania. Como Pedro hacía lugar al Maestro en
Cafarnaúm. Como el centurión Cornelio recibió a Pedro en su casa, en Cesarea
(Hechos 10).

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Debemos destacar que Angelelli tenía motivaciones hondamente
espirituales en su actuar, rastreando las huellas de Dios.

DESPRENDIMIENTO Y POBREZA

Angelelli no tenía nada. Solamente una Fiat multicarga para andar. También
tenía una manta marrón, una boina y un sobretodo de invierno que lo obtuvo en
un ropero de Cáritas. Y la mercadería y donaciones que traía de Córdoba las
compartía en la Catedral, que de alguna manera, era la casa de todos.

LA POBREZA COMO DEPENDENCIA

En los últimos meses de su vida (por el año 1.976) nos dijo a los sacerdotes
reunidos en Sañogasta: “Somos pobres y dependemos de todo: dependemos de
Dios, de la Sede Apostólica, del Poder Ejecutivo Nacional (P.E.N.), del III Cuerpo
de Ejército con asiento en Córdoba, y de nuestra gente que nos busca por tantas
cosas y a cuyo servicio debemos estar disponibles”.

Precisamente Jesús nos enseñó a decir: “danos hoy nuestro pan de cada
día”, para que aprendamos a depender y confiar en Dios, sin acaparar nada, y
que no andemos buscando apoyarnos en falsas seguridades que arruinan la vida.

AMISTAD

Amigo sincero y fiel. Se interesaba por los demás, preguntaba por las
dificultades, cuidaba y defendía a los curas, los veía con frecuencia y los visitaba.
Consideraba que no hay que renunciar a la amistad porque es algo sagrado.

Mostraba cordialidad con toda persona, y de un modo muy particular con


los pobres a quienes escuchaba y tenía en cuenta. El hombre valoraba la persona
y quería a la gente. Todos encontraban eco en su corazón. Era amigo en serio, y
no por conveniencia alguna.

JUSTICIA Y PAZ

Era el lema de su escudo episcopal. Justicia que deba asegurar el pan para
todos, que pueda responder a las necesidades fundamentales de la vida y nos
lleve a la convicción que los bienes de la tierra tienen un sentido universal, y que
están al servicio “de todos los hombres y de todo el hombre” (Pablo VI). Defendió
con fortaleza la justicia en contra de la explotación y opresión, para favorecer a
los pobres, los carentes de recursos y que no tienen voz.

Y la Paz, que es signo y fruto de la sana convivencia entre los hombres, y


que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. (Juan XXIII).
Paz que es la suma de todos los bienes que Dios nos da, y hace posible que la
gente sea feliz. “Hacer felices a los demás” era una frase que Angelelli repetía
con mucha frecuencia.

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FIEL A SU PUEBLO, A SU HISTORIA, A SU IDENTIDAD

Esto se hizo evidente en cuanto que asumió y alentó la religiosidad popular,


las costumbres, tradiciones y modos de expresar la fe de la gente.

El respeto por estas cosas es todo lo contrario de la imposición intolerante


y de la invasión. No fue un invasor sino un servidor de la Diócesis, “caminando
con el pueblo y desde el pueblo”, desde “la óptica de los pobres”, es decir, según
el modo de ver las cosas e interpretar la realidad que tienen los pobres. De este
modo, Angelelli procuró imitar a Jesucristo que se identificó con los pobres,
hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, presos (Ver Mateo 25).

Esto no ha sido un verso sino una gran realidad en la vida de Angelelli. Esto
yo lo he visto y experimentado muy de cerca. Hay que conocer y entender estas
cosas para estar en la verdad acerca de la persona en cuestión. Ahora bien, los
que mintieron y lo difamaron ignoran esta realidad o se “hacen los locos” y no lo
quieren reconocer. Tenemos que ser honestos, no hay que buscarle sombra al
sol, ni cinco patas al gato.

PROMOTOR DEL DIÁLOGO

Porque el diálogo siempre es fecundo y enriquecedor. Nos ayuda a buscar


juntos la verdad. Es una óptima herramienta para un buen discernimiento, a fin
de “examinarlo todo, y retener solamente lo bueno” (San Pablo).

Cuando hay diálogo aprendemos a compartir ideas, situaciones, y a buscar


lo que hace bien, vamos logrando una mayor participación para que las cosas
mejoren y se perfeccionen. El diálogo nos ayuda a construir una Iglesia “en
sínodo”, porque vamos “caminando juntos”. También nos ayuda a escucharnos
y valorarnos mutuamente, y poder crecer juntos, a la vez que los esfuerzos se
van sumando. Angelelli fue un maestro en esta cuestión del dialogo.

SABIDURÍA Y SENTIDO COMÚN

Angelelli era un tipo inteligente, con ideas precisas, claras y distintas. Poseía
una gran capacidad para escuchar a Dios y a la gente. La cuestión de “un oído al
Evangelio y otro al pueblo” es una expresión muy feliz y acertada para entender
con sabiduría el designio del Creador, y entrar por los caminos de Dios. Así, la
vida puede centrarse en el amor a Dios y el amor a los hermanos, y avanzar
pacientemente, realizando el altísimo ideal cristiano: imitar a la Santísima
Trinidad. Angelelli era un hombre creyente y sabio, de un gran sentido común
para pensar, discurrir, entender y darse cuenta de las cosas.

Sobre el tema de la Santísima Trinidad, en Chilecito, (Febrero-marzo de


1973), con el pizarrón y una tiza en la mano le escuché una magistral y sencilla
exposición ofrecida a los catequistas sobre el misterio de Dios Uno y Trino.

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“A mí me dijo un muchacho que sabe” que, en el dicho: “un oído al
Evangelio y otro al pueblo”, Angelelli resumía su pensar y actuar en el servicio
pastoral de la iglesia. Y debe de ser que esto vale para el anuncio del Evangelio
en todo tiempo y lugar, y sirve para captar con humildad y sabiduría los “signos
de los tiempos”, y lo que Dios anda queriendo decir a cada generación humana.
Recordemos que la palabra “escuchar” en la Biblia, también significa obedecer,
prestar a Dios “la obediencia de la fe” (Ver Romanos 16, 26).

GENEROSIDAD

Angelelli no se reservaba nada para sí mismo. No guardaba ni mezquinaba


cosa alguna. Su esfuerzo permanente ha sido para favorecer a los demás. Ya
dijimos las pocas cosas que tenía, solamente lo necesario e indispensable.

La cuestión es “ser para los demás”. Felizmente hay filósofos y pensadores


de estos últimos tiempos que hacen ésta afirmación antropológica: “el hombre
es un ser para los demás”, es decir, el hombre llega a ser feliz y se realiza
plenamente cuando se pone al servicio de los hermanos. Y los teólogos también
afirman lo mismo al considerar que Cristo vivió para los demás, “que nos amó y
se entregó por nosotros”.

El estilo de vida y las opciones de Angelelli giran en torno a la causa y al


seguimiento de Cristo y a su generosidad. Al respecto, San Pablo dice: “Ya
conocen la generosidad de Nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo
pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” (II Corintios 8, 9). Imitar
y seguir a Cristo: esa es la cuestión, y el camino hacia la santidad.

DEVOCIONES PERSONALES

Profesaba un gran amor a la Santísima Virgen María, a San Nicolás y a los


Santos. Tenía un enorme aprecio por la Palabra de Dios y los Sacramentos. Para
conocer esto es preciso haber estado cerca y tomado parte. Se observaba una
notable toma de conciencia para la celebración de la misa. Sentía una gran alegría
cuando predicaba en las novenas y fiestas patronales de los pueblos. Las homilías
eran fruto de mucha meditación. A veces las preparaba considerando algunos
misterios cristianos con los curas que estaban cerca.

Recuerdo puntualmente que cuando fue el sepelio de los dos sacerdotes


asesinados en Chamical (Longeville y Murias), en julio de 1976, conversó cerca
de una hora con los sacerdotes que estábamos y pedía que tiremos ideas para
armar la homilía del caso.

Al hombre le gustaba compartir, escuchar a los demás y apreciaba el aporte


de todos. Angelelli ayudaba y se dejaba ayudar.

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Este modo de ser y de actuar del Obispo Angelelli ha sido muy notable y
causa admiración. Es bueno que lo podamos imitar.

6. CAUSAS DE SU MARTIRIO

SIGNO DE CONTRADICCION

Las décadas de 1960-1970 eran tiempos de revoluciones, naciones recién


independizadas, las juventudes hacían muchos reclamos y barullos, el marxismo-
comunismo pechaba fuerte, aparecieron muchos ideales revolucionarios, cambios
de estructuras y sueños de libertad. En ese tiempo yo estaba en Córdoba y
percibía una cierta ‘candidez’ en algunos sectores. Este ambiente fácilmente
podía despertar algunas confusiones.

La Iglesia Católica celebró el Concilio Vaticano II (1962-1965), un milagro


del Papa Juan XXIII, que con las Encíclicas Sociales y el notable aporte de los
teólogos suscitaron importantes cambios hacia adentro y fuera de la Iglesia. Hubo
un nuevo despertar y recordar las exigencias del Evangelio, porque Dios nos
apura: “Conviértanse y crean en el Evangelio” (Marcos 1, 15), y “la caridad de
Cristo nos apremia” (2 Corintios 5, 14).

Se vino una mirada más consciente y exigente sobre la dignidad de la


persona humana y sus múltiples necesidades, como la cuestión del hambre y los
sufrimientos de los pobres en muchos países.

Era necesario revisar con franqueza las relaciones políticas, económicas y


sociales, y el uso correcto y con justicia de los bienes de la tierra, que tienen un
destino universal, y “que deben estar al servicio de todos los hombres y de todo
el hombre” (Pablo VI), para promover la paz y una sana convivencia.

Estábamos cruzando por esos trágicos momentos de nuestra historia


argentina: subversión y represión indiscriminada, secuestros, detenciones
arbitrarias, torturas, desapariciones, muertes violentas.

Así las cosas y, motivados por la situación y las enseñanzas del Concilio
Vaticano II, muchos predicadores del Evangelio, hablando desde el púlpito,
denunciaron las injusticias y las faltas de caridad con los pobres y marginados de
la sociedad y los atropellos contra la vida.

El Obispo Angelelli también levantó la voz en contra de la injusticia, la


explotación y postergación de mucha gente excluida de la sociedad.

En ese tiempo se hizo presente también la “denuncia profética”. Se recordó


a los profetas del Antiguo Testamento. Por ejemplo, el profeta Amós habla de la
corrupción de los dirigentes del pueblo y dice que están: “Apoltronados en sus
divanes banqueteando y bebiendo vino en jarras” (Amós, capítulo 6) y no se

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preocupan de los peligros que amenazan al pueblo. Angelelli a veces toreaba
fuerte.

Pasa que el profeta no puede callarse. Tiene obligación de obedecer a Dios.


Baste un ejemplo del Antiguo Testamento. Dios habla a Jeremías y le dice: “no
digas soy demasiado joven. Irás adonde yo te envíe y dirás lo que te mande. No
temas. Yo estoy contigo” (Jeremías 1, 7-8). El profeta tiene que advertir sobre
los males y llamar a la conversión para no romper la alianza con Dios, y no poner
en peligro la salvación eterna. Esas cosas son muy serias y no pasan de moda.

El profeta no puede callarse. Del mismo modo, el “cantor” tampoco puede


callarse, de lo contrario, “calla la vida”, se apaga la esperanza y “los obreros del
puerto se persignan”, como canta Horacio Guaraní.

Ciertamente que las cosas no fueron fáciles. Eran tiempos de mucha


confusión. El que hablaba de los pobres, reclamaba el derecho y la justicia social
era acusado de subversivo, guerrillero, revoltoso, comunista, matón.

El Obispo Angelelli era perfectamente consciente de que al anunciar la


verdad, y desenmascarar el engaño y la hipocresía, al poner en evidencia las
actitudes de aquellos que “mantienen prisionera la verdad en la injusticia”
(Romanos 1, 18) corría muchos riesgos. A pesar de todo, tuvo el valor de decir
las verdades: “aunq’esas verdades amuestren bicheras,

ande naide creiba que hubiera gusanos”, como cantaba Jorge


Cafrune.

Así, Angelelli llegó a ser “signo de contradicción”. Muchos lo amaron y


muchos lo adiaron. Bandera discutida, tendrá amigos y enemigos. Jesús fue signo
de contradicción. Ya se lo dijo el anciano Simeón a la Virgen María en la
presentación del Niño Jesús en el templo: “este niño será causa de caída y de
elevación para muchos en Israel, será signo de contradicción, y a ti misma una
espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los
pensamientos íntimos de muchos” (Lucas 2, 24-25). Angelelli expresó muchas
veces este pensamiento: “somos signos de contradicción”. La cuestión es que
muchos rechazan a Cristo y a quienes lo anuncian porque se resisten al cambio
de mentalidad y no quieren renunciar a sus posturas egoístas.

La predicación del Obispo Angelelli fue enérgica contra la injusticia, la


explotación y el atropello de las personas. Cuidó mucho del respeto por la vida y
de la dignidad de las personas. También advirtió acerca del peligro de la avaricia,
que “es la madre de todos los vicios”, como dice San Pablo (1 Timoteo 6, 10).

Lo hizo, igual que muchos otros, en nombre de Jesucristo, que se identificó


con los pobres, hambrientos, sedientos… (Ver Mateo 25, 31-46); y que vino para
“evangelizar a los pobres” (Ver Lucas, capítulo 4).

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MENTIRA Y DIFAMACIÓN

Muchos no entendieron este mensaje evangélico y lo rechazaron porque


molestaba a sus intereses. Entonces acudieron a la mentira, la difamación, la
calumnia. Se dijeron muchas barbaridades y calumnias. Al Obispo se lo acusó de
guerrillero, subversivo… Hasta se lo llamó “Sataneli” como si estuviera aliado con
Satanás. Esto no nos debe extrañar porque a Jesús lo acusaron que hacía
milagros por el poder de Belzebul, el jefe de los diablos (Ver Mateo 9, 34; Marcos
3,22; Lucas 11, 15-22).

En ese tiempo en La Rioja salía el diario “El Sol” que le tiraba tierra en forma
permanente. Cuando hay intereses de por medio y el hombre no ordena su
corazón y orienta bien sus deseos, lo atrapan la ambición y la codicia y se vuelve
violento. Recordemos que “la codicia y la violencia andan siempre acollaradas”.

En lo que hace al diario “El Sol” y a otros confabulados en contra del Obispo,
da la impresión que se hubieran impuesto como lema: “mentir-mentir- mentir”,
porque cuando hay mucha mentira, siempre queda algo…

Es una pena, pero muchos riojanos de la Capital y del Interior conocieron


al Obispo a través de la difamación y la calumnia. Y quedaron con una idea
errónea y falsa. Pienso que nuestra gente no es culpable por esto. Los culpables
son los que mintieron. Ellos tendrán que arreglar esa cuestión con su conciencia
y con Dios. Nosotros creemos en el perdón de los pecados, y hemos de orar por
los perseguidores, como manda el Evangelio.

De todos modos, de nada sirve estar en el error. ¿Qué hacer en este caso?
Simplemente buscar una buena información en fuentes fidedignas y corregir el
error. Seamos inteligentes, hagamos funcionar bien el sentido común, sintamos
aprecio por la verdad y no nos dejemos engañar.

Y sucedió que la figura de Monseñor Angelelli molestaba a muchos. La sola


presencia del justo irrita a los que se andan portando mal. Los que obran mal no
quieren que nadie los cuestione. Esto es fulero porque es señal que la conciencia
puede estar adormecida por el hábito del pecado y la injusticia.

El profeta Jeremías, por ejemplo, experimentó la persecución de las clases


dirigentes del pueblo. Es un caso típico. “Los malvados decían: ¡Vengan,
tramemos un plan contra Jeremías. Inventemos algún cargo contra él, y no
prestemos atención a sus palabras!” (Jeremías 18, 18)

Es que la raza de Adán es pecadora. Cuando el hombre orienta mal su vida


y su libertad, y se empeña en sus propósitos perversos, hasta puede “correr el
riesgo de embarcarse en una lucha contra Dios”, como dijo Gamaliel al Sanedrín
judío (ver Hechos 5, 39).

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Lamentablemente los militares no estuvieron suficientemente
evangelizados; faltó la enseñanza del Concilio Vaticano II y la Doctrina Social de
la Iglesia; hubo mucha confusión en ideas y palabras, por ejemplo: los que
hablaban de los “pobres”, de la “justicia”, de la “promoción de la dignidad de la
persona humana”, de la necesidad de “compartir el pan” eran considerados
comunistas y subversivos; el temor del comunismo caló hondo en la mente de
muchos.

Por otra parte, la incitación de algunos sectores demasiado acomodados en


sus ambiciones desmedidas y en sus intereses egoístas, contribuyó para que los
militares se largaran a una represión descontrolada.

DAR LA VIDA POR CRISTO Y LOS HERMANOS

Y llegó el momento de los asesinatos. El 18 de julio de 1.976 fueron muertos


dos sacerdotes en Chamical: Gabriel Longeville, de origen francés; y Carlos
de Dios Murias, franciscano conventual. A los pocos días, el 25 de julio de 1.976
mataron en Sañogasta a Wenceslao Pedernera, laico apostólico del
movimiento rural católico, que deseaba formar una cooperativa de trabajo. Estos
tres Mártires estaban incorporados a la pastoral de la Diócesis de La Rioja, con
el Obispo y el presbiterio.

Pasaron algunos días, y el 4 de agosto de 1976 mataron a Monseñor


Enrique Angelelli en Punta de Los Llanos… y mataron al pastor, que entregó
la vida por las ovejas. El martirio es el testimonio supremo de la fe en Jesucristo,
que en la Última Cena dijo: “la prueba más grande de amor que puede haber es
dar la vida por los amigos” (Juan 15, 13).

MARTIRIO

Los cuatro mártires murieron por la misma causa: servir a Jesucristo en la


persona de los pobres y excluidos. Ellos lucharon por la justicia. Y se cumplió el
pasaje del evangelio que dice: “Vengan benditos de mi Padre, y reciban en
herencia el Reino que les fue preparado en el comienzo del mundo, porque tuve
hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber, estaba
de paso, y me alojaron, desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; preso
y me vinieron a ver” (Mateo 25, 34-36).

En este pasaje del Evangelio sobre el Juicio final (Mateo 25), y en la


parábola del buen samaritano (Lucas 10, 29-37) queda clarísimo que la salvación
pasa por el hermano. El encuentro con Dios pasa por el hermano. Resulta que
“es imposible amar a Dios a quien no vemos sino amamos al hermano a quien
vemos” (I Carta de San Juan 4, 20). Por algo San Pablo dice: “El que ama al
prójimo ha cumplido toda la ley” (Romanos 13, 8).

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Los estudiosos de estos temas afirman: “El hombre es un lugar teológico”,
vale decir, la persona humana es la clave para el encuentro con Dios. Jesucristo
se identifica con los hambrientos, sedientos, enfermos, etc.

Por ello las OBRAS DE MISERICORDIA tienen tanta importancia. Está en


juego el encuentro con Dios y nuestra salvación.

Y, ¿qué hicieron Monseñor Angelelli y sus compañeros mártires?.


Practicaron las obras de misericordia; procuraron imitar a Jesucristo que “vino a
traer la Buena Noticia a los pobres y el consuelo a los afligidos…” Y sin excluir a
nadie de su amor, trataron de practicar un “amor preferencial por los
pobres”, y prestaron su voz a “los que no tienen voz”.

Ellos guardaron fidelidad a Dios, lo escucharon y le prestaron obediencia.


En ellos se cumplió el ideal que propone el profeta Miqueas: “se te ha indicado,
hombre, qué es lo bueno y exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia,
amar la fidelidad, y caminar humildemente con tu Dios” (Miqueas 6,8).

Angelelli y sus compañeros son testigos cualificados de Jesucristo. Son


Mártires. Fueron asesinados por defender la justicia y la paz, la verdad y la
fraternidad, por defender y servir a los pobres; mueren por amor a Dios y a sus
hermanos, por defender y vivir los grandes valores que dignifican la existencia
humana y cooperan a crear la felicidad de los hombres, y nos abren a Dios, el fin
último del hombre.

Con sus vidas y su entrega marcaron el camino de la solidaridad y del amor


fraterno y enseñaron que el pan debe ser compartido. “el pan en el horno
florece para todos” (verso de Angelelli).

Dios quiere que todos los hombres podamos estar sentados a una misma
mesa compartiendo los bienes de la creación. Y que, al salir de éste mundo,
habiendo vivido en la verdad, en la justicia y el amor fraterno, podamos compartir
la feliz mesa de la vida eterna. No olvidemos nunca que “se entra al cielo a través
de la solidaridad con el que sufre” (Mons. Osvaldo Santagada).

Angelelli y sus compañeros “han peleado hasta el fin el buen combate,


concluyeron la carrera y conservaron la fe”. Y después de sufrir con Cristo
“reciben la corona de Justicia de parte del Justo Juez” (ver II Timoteo 7, 8). Nos
alegra su glorificación. Ellos también se alegran. Y, “salvados en esperanza”
(Romanos 8, 24), continuamos con nuestro camino siguiendo al Señor.

VALOR DEL TESTIMONIO

Recibamos el testimonio de Angelelli y sus compañeros mártires como un


eficaz aliciente para avanzar en el conocimiento y en el amor a Jesucristo, que
“nos amó y se entregó por nosotros” y que “pasó haciendo el bien”. Iremos

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creciendo en la fe, la esperanza y la caridad. Habremos cooperado en la
formación del hombre nuevo venciendo el “fantasma del sin sentido”, y no nos
dejaremos aturdir por la necedad del mundo presente que pretende vivir “como
si Dios no existiera”.

Este valioso testimonio nos ayudará a entrar en los caminos de Dios, y a


trabajar decididamente por la Justicia y la Paz, la Verdad, el Amor y la Libertad.
Y la gracia del Espíritu Santo nos capacitará para prolongar la existencia, que
apenas dura un soplo en este mundo, y proyectarla hacia la vida eterna junto a
Dios.

“Creemos en Jesucristo para tener vida en su nombre” (Juan 20, 21). El


resultado final de nuestra fe en Jesucristo será “la resurrección de la carne y la
vida perdurable”. Y todo esto proviene del amor de Dios que “nos amó primero”
(I Juan 4, 19). “El amor no pasará jamás” (I Corintios 13, 8).

7. CUENTAS PENDIENTES - CONSIDERACIONES

La Justicia riojana hizo su trabajo, cumplió con su deber y lo hizo de modo


excelente. Se destapó lo oculto, y la verdad triunfó en el juicio. A todos nos queda
la obligación de “perdonar a los perseguidores y orar por ellos a fin de imitar al
Padre Celestial” (ver Mateo 6, 44-45).

Pero siempre quedan cuentas pendientes. Dios es fiel y sigue ofreciendo el


perdón y llama al cambio de vida, a la conversión. El hombre debe responder con
libertad a la llamada de Dios, mientras tenga tiempo. La carta a los Hebreos dice:
“Los hombres mueren una sola vez y después de esto viene el juicio” (Hebreos
9, 27), vale decir, la justicia en forma plena en algún momento llega
inexorablemente. El hombre es juzgado según sus obras. Entre los pecados más
graves se cuentan las ofensas hechas a la vida y la muerte infringida a un
hermano. El que mata a un hermano, en cierto modo, le usurpa el lugar a Dios,
que es el Dueño absoluto de la vida.

Se hace urgente rectificar la conciencia y ordenar el corazón, y restablecer


las relaciones rotas. Es necesario ponerse en paz con Dios con los hermanos y
con uno mismo. Es muy razonable y de acuerdo con la verdad lo que dice Fiódor
Dostoyevski: “yo no creo en ese cielo donde la víctima y el victimario pueden
estar sentados compartiendo la misma mesa, como si nada hubiere pasado”.

La justicia es necesaria en este mundo y en el mundo del más allá. La


justicia en este mundo a veces podría quedar fallida por engaño, mentiras,
acomodos y soborno. Pero la justicia de Dios en el mundo futuro no podrá ser
engañada ni burlada. No olvidemos que “nadie se burla de Dios” (Gálatas 6,7).

Después del primer crimen de la historia, cuando Caín mató a su hermano


Abel, Dios llega y pregunta: “¿Dónde está tu hermano?” (Génesis 4, 9). Esta

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pregunta se prolonga a lo largo de la historia. Y hay que decir que todos los
crímenes quedan registrado en el Libro de Dios. De hecho, Dios sigue
preguntando: “¿Dónde está tu hermano?”. Y nadie puede hacerse el loco y
responder a Dios como Caín: “No lo sé, ¿soy yo, acaso guardián de mi hermano?
(Génesis 4, 9).

La realidad es que somos responsables unos de otros. “Todos somos


inevitablemente guardianes de nuestros hermanos”, como dice Martin Luther
King.

Cuidemos las relaciones humanas con respeto, sabiduría y prudencia.


Cuidemos y honremos la vida de nuestros semejantes. San Pablo nos educa
diciendo: “Quien ama no hace mal al prójimo, por eso el amor es el cumplimiento
pleno de la ley” (Romanos 13, 10). Por su parte el apóstol Santiago nos advierte:
“Miren que el Juez ya está a la puerta” (Santiago 5, 9).

Y es que, “la vida me han prestao y tengo que devolverla”. (Los Carabajal)
¿A quién hay que devolver la vida?, al Creador, pues.

“En la tarde de la vida


te examinará el Señor,
de una ciencia solamente,
de la ciencia del amor” (San Juan de la Cruz).

Pbro. Lorenzo González


La Rioja, marzo de 2019

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