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E N SAYO

ANDRÉS TRAPIELLO, O LA VIDA EN UN DIARIO

Humor y melancolía, celebración y nostalgia, soledad y compasión, alegría y afán de justicia, fe en el hombre y una pizca de misantropía con la luz de la poesía envolviéndolo todo… es la receta secreta de los diarios de Andrés Trapiello.

ERNESTO BALTAR

ecir del S alón de pasos perdidos de Andrés Trapiello que es la obra literaria en español más importante de nuestro tiempo acabará convirtiéndose en un lugar común, ese agujero negro donde se marchitan las verdades inmutables. Tampoco pasa nada, porque es la conclusión sensata a la que conducen todas las evidencias. Ciertamente en literatura no operan las figuras de los silogis- mos como en lógica formal, barbara-celarent-darii-ferio, pero tampoco hace falta ser muy perspicaz para reparar en lo obvio. Salta a la vista.

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Han pasado más tres décadas desde la redacción del primer volumen, El gato encerrado, y tanto los diarios como el autor siguen en muy buena forma, por lo que se presume larga vida al proyecto. A diferencia de etapas anteriores, en las que los diarios se demoraban más de la cuenta –seguramente porque el autor andaba enfrascado en otros menesteres, sobre todo el novelístico–, en los últimos años no ha faltado a la cita, con puntualidad casi británica y lacónicos títulos binarios: Seré duda, Sólo hechos y Mundo es. Y está a punto de salir el número veintidós. Basta con abrir las páginas de un nuevo tomo para regresar al mundo familiar que dejamos al cerrar el anterior o al volver a ojear alguno de los primeros. Cada vez que iniciamos un nuevo capítulo de esta “novela en marcha” los lectores de Andrés Trapiello recuperamos nuestra otra existencia paralela, la literaria de AT, la rutina de sus traba- jos y paseos por la capital, sus jornadas de felicidad contemplativa en el campo, sus viajes de conferenciante por provincias o en el extranjero, sus duelos literarios, sus opiniones sobre la actualidad, sus descripcio- nes del paisaje, sus retratos de la gente –algunos famosos y muchos desconocidos–, sus filias y fobias artísticas, su refugio familiar, el taller de creación del resto de su obra, su intimidad compartida, todo lleno de personajes y lugares y libros y autores y ambientes conocidos, pero siempre nuevos, donde nos reconocemos como en un espejo fragmen- tado que avanzara al mismo ritmo que el paso del tiempo. Decía Galdós que “por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela”, cita que sirve de frontispicio a los títulos de este Salón desde su noveno tomo, que a su vez llevan el subtítulo de “novela en marcha” desde el tomo tercero. Pues bien, en estos diarios se habrán narrado ya, sin exagerar, varios cientos de vidas, la mayoría de ellas anónimas e inéditas, componiendo un laberinto de nouvelles y una especie de enciclopedia muestral de la población española de finales del siglo xx y principios del xxi. Aparte de su enjundia literaria y su calidad estética, esas biografías recónditas podrán servir como apoyo documental a los historiadores del futuro que, cansados de los informes estadísticos de los sociólogos, quieran realizar un análisis de la intrahistoria mucho más ajustado e ilustrativo de nuestra época.

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El tono y el estilo, las claves del misterio

Humor y melancolía, celebración y nostalgia, soledad y compasión, alegría y afán de justicia, fe en el hombre y una pizca de misantropía, con la luz de la poesía envolviéndolo todo… La receta secreta de estos diarios, el misterio de esa complicidad que genera en sus lectores y que

nos hace engrosar una especie de cofradía incógnita, está en el tono íntimo y el estilo natural con que Trapiello ha sabido dotar a su escritura, como un amigo al que esperamos año a año y que nos hace compañía. Parafraseando los lemas solidarios o activistas: todos somos AT. Los fragmentos del espejo, esparcidos y recompuestos a lo largo y ancho del salón, componen un autorretrato cabal del personaje-narra- dor, bastante completo y complejo, retrato nada narcisista ni tramposo, ni interesado o de conveniencia. En él quedan reflejados los distintos estados de ánimo por los que pasa el autor, como cualquier hijo de vecino, al hilo de sus días: contento o frustrado, tierno o arisco, exaltado

o

deprimido, inseguro o insolente, generoso o cicatero, magnánimo

o

combativo. La diferencia es que aquí queda registro, constancia,

huella, de esas impresiones expresadas –a veces definitivas, a veces volátiles–, lo que tiene sus posibles efectos y consecuencias. Porque el Salón son muchos libros en uno, como un caleidoscopio de epígrafes vanguardistas: la épica de la cotidianeidad, la aventura de la rutina, la novela del hombre común, el genio de la laboriosidad, la compañía de los solitarios, el arca de las palabras, las cosas del campo, las librerías de lance, la calle de Mira el Río Baja… El testimonio admirativo y fervoroso de la vida, sin temor a lo que esté por llegar. Virgiliano en sus emocionadas evocaciones de la naturaleza, con acentos juanramonianos en el entorno idílico de Las Viñas, baro- jiano en sus deambuleos por las calles de Madrid –un Madrid anti- guo, sentimental, poético, casi decimonónico–, solanesco en sus visiones de la España profunda, etapas en la tourné folclórica de un baúl hablista, planiano en sus controvertidas y afiladas crónicas del mundillo literario, pero con toques de guateque berlanguiano (con ese cierto surrealismo caótico, descacharrante, de las conversaciones múltiples y solapadas de los guiones de Azcona), azoriniano en su

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lirismo descriptivo y costumbrista, como de foto fija y viva que eter- niza el tiempo, ramoniano en su ingenio metafórico, greguerizante, más allá de los inagotables cachivaches del Rastro, galdosiano en su narración de biografías secundarias, ya sean capitalinas o provincianas, y cervantino en casi todo y para todo, Trapiello es Trapiello y seguirá siendo Trapiello hasta el final, afortunadamente, lacrando sus escritos con un sello inconfundible. Sí, puede uno identificar el estilo de su autor entre los papeles rotos de las calles, y acaso confundamos las historias y personajes y tomos del Salón (otro de sus encantos), pero sabemos que pertenecen a la firma de Trapiello. No olvidemos, tampoco, al Trapiello lector y crítico literario. Si Juan Bonilla es el escritor que más autores desconocidos nos ha descubierto, Andrés Trapiello es el que más autores conocidos nos ha (re)descubierto, recuperando toda una tradición de la literatura española que había sido olvidada, segregada o escarnecida. Entre otras muchas cosas, Trapiello ha conseguido que no nos dé vergüenza reconocer que nos gustan Galdós, Unamuno, Baroja, Azorín o Juan Ramón Jiménez, que es el primer paso para dejar que estos autores nos puedan emocionar verdaderamente, sin complejos. Además, con su labor de editor ha contribuido a elaborar un canon paralelo, muy recomendable, que son los catálogos de Trieste o La Veleta. Su rescate de un diamante en bruto como José Gutiérrez-Solana y de algunos escritores que ganaron la guerra civil pero perdieron la historia de la literatura recibirá algún día el reconocimiento que merece.

Los pasos recobrados del eternizador de instantes

Lo que más me conmueve de estos diarios está, quizá, en su revela- ción del instante, ese anhelo de eternidad, esa nostalgia de infinito, como en el poema de Leopardi. La conciencia del tiempo en su huida permanente. El relámpago del recuerdo. Esa melancolía –simultánea al momento moribundo– que nos hace partícipes, subsidiariamente, del absoluto. El rescate de los minutos vividos, liberándolos de la vul- garidad y la monotonía, como una especie de redención. La salvación de la vida por el arte, que diría Ramón Gaya.

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Aquí la trama es la que proporciona la propia vida, que va apor- tando personajes, atmósferas, enredos, fábulas, situaciones. La mara- villa de lo cotidiano. Es también un ejemplo de vida examinada, reflexiva, auténtica, que vuelve sobre sí misma a través del recuerdo y el análisis, y así se disfruta más. Se vive más. Lo importante, al cabo, es dar fe de la existencia, ofrecer un testimonio veraz que festeje la vida: qué vemos y sentimos, cómo lo recordamos, por qué nos ha hecho llegar a ser lo que somos y a qué destino nos aboca. Poesía y verdad, que tituló Goethe sus memorias. Pero, sin enfangarnos ahora en elucubraciones metafísicas, valdría preguntarnos, como el Augusto Pérez de Niebla, ¿somos novela o realidad?

Y, por supuesto, el estilo sencillo, limpio, diáfano, sin excesos

barroquistas ni grandilocuencias, de un hombre que vive por y para la literatura, estajanovista de los géneros, que cata las palabras y se

demora en ellas, acariciándolas, saboreándolas, tratándolas con mimo, como un sumiller que, no por casualidad, es tipógrafo. Y ese tono cómplice, casi murmurado a veces, que el “uno” universal comparte con el lector, frente al “odioso yo” pascaliano. En ese sentido, y en todos los sentidos, el lema de Cervantes exhumado por Trapiello es toda una poética antirretórica del buen gusto: lo que se sabe sentir se sabe decir.

A pesar de la evidente continuidad de los diarios, y de que nos

parece encontrarnos siempre ante el mismo libro (los mismos ambien- tes, los mismos personajes, los mismos maestros, pero cada vez distin- tos), se puede rastrear en ellos cierta evolución estructural y estilística que las futuras tesis doctorales tendrán que analizar con detenimiento:

desde lo fragmentario, poético y barojiano de sus comienzos, quizá más nostálgicos y melancólicos (con esa tristeza feliz que conlleva el fracaso digno, exculpatorio, y la celebración de la vida en su huida constante), hasta la narratividad mucho más densa de los siguientes tomos, que fueron engordando su tamaño frenéticamente, como esas novelas-río en las que se ahogan los lectores imprudentes, pasando por breves interludios quevedianos o valleinclanescos que, aunque más tendentes a la comicidad del esperpento, siempre terminaban vol-

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viendo –que nadie se asuste– a la pulcritud transparente y minuciosa del eternizador de instantes. Incluso en esos vaivenes o marejadillas, AT se ha mantenido siempre fiel a sí mismo, a su instinto. Los hijos van creciendo; las enfermedades, llegando; los amigos, muriendo. Desaparecen personajes inolvidables como Miguel el Loco y ambientes tan queridos como la Cuesta de Moyano. Pero ahí sigue el vidarista sonambúlico, turbado o impertérrito, dando testimonio puntual de su existencia.

Algunos debates recurrentes en torno al Salón de pasos perdidos

El género al que deben ser adscritos estos “diarios”, su posición y movimientos lúdicos o fantasmagóricos respecto al estatuto de la realidad y la ficción (y la repercusión que esto puede tener desde el punto de vista ético-estético) y la utilización de las x o iniciales para designar a los personajes que aparecen en sus páginas han sido algunos de los debates recurrentes en torno al Salón , unos más pere- grinos que otros. El primero me parece un debate pueril, irrelevante, para ociosos aburridos; el segundo me parece un tema de gran calado filosófico y estético, que atañe al meollo de toda escritura, sea o no obra de ficción, y que quizá resulta irresoluble porque forma parte de la aporía misma que es la relación entre realidad y literatura (si no lo supo desentrañar ni el mismísimo Arcadi Espada 1 , experto en estas lides, poco podremos hacer nosotros); y el tercero, aunque sin demasiada importancia, semeja una comedia de enredo, atravesada por excusas, equívocos y contradicciones. Respecto al género literario, ya lo ha dejado bastante claro el pro- pio autor, no sin su dosis de ironía: “Esto no es, como creíamos, ni un diario ni una novela. Ni siquiera una dianovela o un novelario. Esto no es más que un vidario, el lugar donde concurren los sueños y las vidas de las gentes, de modo que podríamos dar a su autor el nombre

1 Véase el diálogo entre Arcadi Espada y Andrés Trapiello en el diario El Mundo, 30/01/2016:

http://www.elmundo.es/cultura/2016/01/30/56abb28746163fcc298b4691.html. El problema de la posición de Espada es que pretende aplicar al campo de la literatura el mismo “factualismo” que funciona tan bien en su labor metaperiodística.

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de soñabundo”. A medio camino entre la ficción y la realidad, entre la poesía y la prosa, entre la intimidad y lo público, entre la confesión y el testimonio, entre el ensayo y el aforismo, entre la reflexividad y la crónica –de todo un poco, y todo en su justa medida, según la fórmula magistral, que por eso resulta tan amena–, los puristas de los géneros seguirán buscándole acomodo en los anaqueles de las bibliotecas a este Salón, y continuará poniéndole pegas la ya famosa policía secreta de los diarios. Pero todo eso da igual, a la postre, porque aquí lo que importa, lo único sagrado de verdad, es la literatura… en su fusión con

la vida. Sí, en la obra de Trapiello resplandece la lección ética y estética

más importante de su maestro Ramón Gaya, a quien ha permanecido fiel desde sus inicios: que la verdadera obra de arte es siempre –y sobre todo– vida. Y a esa salvación encarnada en la creación literaria es a la que este hombre parece haber entregado todas sus horas, aspiraciones

y talentos, sin escatimar esfuerzos.

El hecho de que los apuntes originales de los cuadernos se ree- laboren y crezcan exponencialmente varios años después de cuando fueron tomados no tiene mayor trascendencia para el disfrute literario, que es lo que debe importarle al lector. Es de suponer que la imagen del protagonista-narrador saldrá unas veces beneficiada, otras des- mejorada y en otras será un facsímil del original, si eso fuera posible. Por eso, creo yo, hay una confusión o malentendido previo en cier- tas lecturas “morales” que se hacen respecto de la ética del escritor. De entrada, el personaje-narrador de estos diarios no muestra siem- pre una imagen favorecida de sí mismo; no efectúa, por así decirlo, un constante ‘photoshop’ literario para disimular defectos y arrugas, como hacen tantos otros diaristas, sino que se manifiesta más bien como el unamuniano hombre de carne y hueso, que “come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere” (y tose y folla y caga, se le olvidó agregar, con buen tino, al rector de Salamanca), tal como deberían ser los personajes de ficción. El lector superficial o morboso, que se centra en las sátiras despia- dadas de AT hacia algunos compañeros de oficio, los famosos “nava- jeos” o “ajustes de cuentas”, puede sentirse herido en su sensibilidad

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humanitaria, hipócritamente franciscana o filantrópica, por la falta de empatía o compostura del narrador ante sus semejantes. Clara- mente no nació Trapiello para diplomático, no. En cambio, el lector avisado se dará cuenta de que lo interesante es, precisamente, que está asistiendo a un retrato completo de la vida, hacia fuera y hacia

dentro, con sus virtudes y sus miserias, sus lealtades y sus envidias, sus espléndidos regalos y sus letales desahogos, sus maduras cavilaciones

y sus rabietas infantiles. En tanto que personaje autónomo, el pro-

tagonista-narrador es libre de hacer y decir lo que le venga en gana:

a veces se lanza impulsivo a la pelea sin parar en mientes, al estilo

quijotesco, vengando en las páginas del libro al alter ego real pero a la vez dejándolo vendido en el mundo de los mortales; a veces se refrena, atiende a los consejos del entorno, hace cálculos de posibles daños y decide callarse, si bien parece lamentarse de su obligado silencio, sin

cinismo ni jactancia. ¿ Juega con ventaja? Seguramente, y allá se las componga íntima- mente el alter ego real en su cálculo moral y en su aritmética de los placeres y perjuicios, por usar la terminología consecuencialista de Bentham. Tampoco resulta sencillo, a veces, calibrar dónde empieza y

dónde acaba el “término medio” aristotélico, el punto en que la valen- tía se convierte en temeridad o en que cede su puesto a la cobardía.

O planteado de una manera más dramática, incluso tragicomiquera:

¿dónde termina el héroe quijotesco, que pone las cosas en su sitio y otorga a cada uno el lugar que le corresponde (la justicia poética que corrige las erratas del cosmos o de la sociedad), y dónde empieza el Vengador de Marvel que, guarecidos sus rencores o complejos bajo la capa de superhéroe, deja en mantillas la ley del Talión? ¿Tendría sen- tido plantearse un anexo, cuadernillo u opúsculo complementario para

los “derechos a réplica” de los damnificados? ¿Podría haber margen para la rectificación, el olvido o el perdón, o al menos para la mengua

de la acidez, sobre todo después de varios años de enfriamiento de los

ánimos? Preguntas todas que chocan con un muro de cristal que, pese a todos los esfuerzos por abatirlo o franquearlo, sigue imponiendo su dictadura de aporías: el que separa la realidad de la ficción.

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De todas formas, es importante señalar que, independientemente del ruido que provocan y la fama que atesoran, estas contiendas de esgrima literaria forman una parte muy pequeña del Salón. Hay muchísimas otras cosas, y bastante más importantes. Otra cosa queda clara en este punto: el que sale ganando aquí, en cualquier caso, es el lector, que es quien más debe importar en esto de los libros. Más discutible sería si sale ganando el lector con la práctica de las

x y las iniciales, sobre todo porque no hay criterio definido y el autor

va aplicándolo según le conviene. La técnica se resume así: no hay una norma fija, muchos aparecen con una x, otros con sus iniciales y otros con su nombre propio; a menudo se combinan las tres posibilidades para una misma persona, según el contexto. Y la explicación reza como sigue: como estos textos se escriben como diario y se publican como novela, las x los hacen verosímiles como novela y los invalidarían como diarios, porque de publicarse con nombres propios muchos de los interesados los tacharían de falsarios; por eso según AT está fuera de lugar que alguien con nombre propio salga diciendo que lo que dice

esa x o la de más allá en sus diarios “es falso”, “porque en literatura se trata no de la verdad, sino de lo veraz, algo que atañe por igual a lo real

y a la ficción, a algo que si non é vero, é ben trovato, concluye el autor.

Para blindar esta tesis no parece suficiente la distinción entre poesía e historia que estableció Aristóteles en su Poética, sin duda un argumento de autoridad muy fecundo y convincente pero que no parece aplicable en todos los casos, pues las permutaciones casi infinitas en la casuística de los posibles identificados o damnificados de las x exigirían más bien la redacción de un tocho escolástico de ontología. Sólo quizá el lector póstumo, stendhaliano, el de dentro de un siglo, podrá salir indemne de estas aporías. Eso si no se compra la edición crítica, anotada (cuando el cotilleo se disfrace académicamente de erudición), que seguro que alguna saldrá.

Conclusión (por decir algo)

La calificación de lo que representa el Salón de pasos perdidos como obra literaria no resulta difícil. Podrán buscarse paralelismos más o

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menos afortunados a la gigantomaquia de este proyecto narrativo:

los episodios-nacionales-en-directo de finales del veinte y principios del veintiuno, la comedia-humana de la contemporaneidad ibérica, el en-busca-del-tiempo-perdido de un poeta leonés afincado en Madrid… Monumental, colosal o hercúlea serán adjetivos muy socorridos para quienes prefieran ampararse en lo obvio de lo cuantitativo sin entrar en lo cualitativo, pero no es necesario ser cicateros para alcanzar el equilibro en la inexistente balanza: el evidente esfuerzo y tenacidad que supone esta empresa ni quita ni pone por sí solo a la calidad de la obra, que alcanza cotas de belleza y emoción pocas veces igualada. Estamos, en fin, ante una obra única, admirable, sin parangón en la literatura actual, que nos hace disfrutar más de la vida, que nos hace más conscientes del paso del tiempo y que nos concede el lujo de vivir doblemente: en la realidad y entre las páginas de un libro. Por mucho que reiteremos el reconocimiento, no podremos agradecérselo lo bas- tante y seguiremos en deuda perpetua con su autor.

Ernesto Baltar es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

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