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FOTO: ISTOCK

MUY INTERESANTE

ALEJANDRO MAGNO

El legado de un ícono de la Antigüedad

Un semidiós llamado

Alejandro

Ningún conquistador antttttes de él llegó tan lejos y pocos después

El mundo global y la Europa de hoy no serían imaginables sin la enorme herencia que el rey macedonio dejó tras de sí y sin el helenismo surgido tras su muerte. Por Bernardo Souvirón

Ningún conquistador an

s de él llegó tan lejos, y pocos después.

Fieles compañeros. La imagen de Alejandro Magno como un guerrero invencible a lomos de su caballo Bucéfalo ha sido recreada en numerosas obras de arte. En la imagen, su estatua ecuestre en la ciudad griega de Tesalónica.

FOTO: ROCÍO ESPÍN PIÑAR

C omo buena parte de los hom- bres, Alejandro murió sin haber cumplido su sueño. Cuando sus ojos se cerraron y su cuerpo ex- hausto, cosido por las heridas, se entregó al pálido espectro de la muerte, toda la ciudad de

Babilonia sintió el helado aliento del invierno a pesar de que era un férvido día de junio del año 323 a. C. Mientras los soldados griegos deambula- ban sin rumbo consumidos por las lágrimas, y los persas, otrora exnemigos, se rapaban las cabezas en señal de duelo, todos los templos de la ciudad apagaron sus fuegos y las imágenes de muchos dioses, griegos y bárbaros, quedaron sumidas en la penumbra y el silencio. La oscuridad no sólo atrapó los recintos de los templos y las humildes capillas esparcidas como semillas por las orillas del Éufrates, sino que, como una niebla espesa, hizo opacos todos los horizon- tes, desde las montañas del norte de Grecia hasta las húmedas junglas de la lejana India. Por todas partes, la noticia se esparció igual que el eco de una oscura letanía. Por un momento la Historia dejó de fluir y el mundo enmudeció; las mentes más preclaras, los hombres y mujeres más proclives a proyectar hacia el futuro sus esperan- zas, se prepararon para dejar atrás todo anhelo de progreso. Los espectros ancestrales creados por cada tribu de la Tierra se diseminaron de nuevo por los desiertos, los bosques, las montañas y los cielos. Los prejuicios, la concepción territorial de las relaciones humanas, la despiadada crueldad de los vencedores, los gritos de los vencidos, el pánico de las mujeres, poblaron de nuevo el paisaje de la Historia y llenaron los escritos de los historiadores.

Fin de una aspiración

El mundo entero se dispuso a volver del universo de los sueños, pues el deseo de Alejandro no había sido conquistar Persia ni devolver la libertad a las ciudades griegas sometidas al poder del rey Darío; eso nunca fue un sueño para él, sino una obliga- ción impuesta por la Historia, y a los 23 años había cumplido con ella. Las columnas que sujetaban el edificio de sus sue- ños eran otras: la fusión entre culturas; la unión de civilizaciones, de razas y de continentes. Asia y Europa, griegos y bárbaros hermanados en un mundo en el que la luz brillara para todos, en el que Atenas, Sardes, Susa, Babilonia se contuvieran en Alejandría. Un mundo habitado por miles de pueblos igualados en una sola especie: la humana. La muerte lo hizo imposible. Cuando su cuerpo maltrecho colgaba, inerte y tibio todavía, del hilo de lavida, sus hetairoí, los que habían sido sus compa- ñeros desde la niñez, aquellos que mejor hubieran

debido comprender las ideas de Alejandro, desper- taron del sueño y retrocedieron a una realidad que sólo la presencia viva del rey había nublado: los paí- ses, sus riquezas y sus gentes tornaron a ser botín de guerra; los ríos, las cordilleras y los mares fueron, de nuevo, fronteras; la sangre de seres humanos inocentes, abono de la tierra.

Cumplidor de sus promesas

La territorialidad violenta, el convencimiento de que gente con otras costumbres y otra cultura es inferior sólo por el hecho de ser diferente, y la con- vicción de que otros modelos culturales o de rela- ciones humanas son cualitativamente inferiores a los nuestros, prevalecieron de nuevo. Todavía hoy, casi 2,400 años después de la muerte de Alejandro,

la política internacional que se lleva a cabo en foros

tan relevantes como la Organización de las Nacio- nes Unidas está basada en esta concepción cuali- tativamente racista de las relaciones entre pueblos. Las grandes potencias occidentales, especialmente

los Estados Unidos de América, dictan su política

y elaboran sus leyes basándose en la íntima pero

falaz conciencia de su superioridad. Cuando Sisigambis, madre de Darío, el rey per-

sa derrotado por Alejandro, recibió la noticia de la muerte de éste, se retiró a una habitación, se sentó

y se dejó morir consumida por la tristeza. Aquella

mujer de hierro, que había contemplado cómo el conquistador rubio llegado desde los confines del

mar de Occidente había vencido y, después, honrado

a su hijo Darío ofreciéndole unos funerales dignos

de un rey y persiguiendo a sus asesinos hasta la ciu- dad de Samarcanda, situada en los confines de la terra incognita; aquella imponente anciana que había adoptado a Alejandro como al hijo que hubiese de- bido ser Darío y que se había confiado a su bondad, convencida de que sólo un hombre como él podía cumplir la promesa de protegerla a ella y a todas las mujeres de su familia, finalmente se derrumbó.

La capital de un imperio. Tras

cruzar el Helesponto

y conquistar parte

de Asia, Alejandro convirtió Babilonia en

su hogar (arriba). Allí murió, en el palacio de Nabucodonosor II, rey de la dinastía caldea del siglo VI a. C. En la ilustración se reproduce la entrada

a la ciudad por la

puerta de Ishtar, uno de sus ocho pórticos monumentales.

FOTOS: GETTY IMAGES; NATIONAL GALLERY

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ALEJANDRO MAGNO

Proyecto inconclu-

so. Alejandro inició la restauración de Babi- lonia (arriba, en una pintura), un plan que se vio truncado por su muerte y cuyo mayor efecto fue el derribo del zigurat para cons- truir uno nuevo que no llegó a realizarse. A partir de entonces, la decadencia de la ciu- dad se agudizó hasta que fue abandonada.

Quizá en esas últimas horas, atormentada por la cercana presencia de la muerte, recordó más de una vez el día en que conoció a Alejandro, que a la sazón tenía 23 años y acababa de derrotar a Darío en la batalla de Issos. Días antes de la batalla, Alejandro montó un hospital de campaña, dejó en él a todos los enfermos y heridos bajo la vigilancia de una guar- nición y marchó hacia el sur en busca de Darío que, atemorizado tras la derrota de sus tropas en el río Gránico, escapaba hacia el norte por el interior. Los dos ejércitos se cruzaron sin detectarse, pero los per- sas localizaron el hospital. Siguiendo las costumbres –si no las leyes– de la guerra, liquidaron a la guarni- ción y, sin mostrar el más mínimo atisbo de piedad, descuartizaron a todos los que, enfermos o heridos, indefensos al cabo, encontraron a su paso. Aquel acto, acorde con los usos bélicos, no produjo más que la mezquina impresión de debilidad que, poco después, mostró sin reservas el gran rey Darío III.

Alentador en la batalla

Alejandro recibió la noticia con calma. Corría el año 333 a. C. cuando por fin los dos ejércitos se encon- traron, no arengó a las tropas. Se dirigió uno por uno a muchos de sus soldados, pues conocía el nombre de buen número de ellos. Cabalgó delante de las tropas, dejándose ver, consciente de que iba a li- brar una batalla decisiva. Según nuestras fuentes, parece que los persas superaban a los griegos en una proporción de ocho a uno. Cuando Alejandro se lanzó en compañía de sus hetairoí contra los “Inmortales” persas, Darío huyó y, con él, todo el centro de su ejército, la élite de sus tropas, de manera que, en muy poco tiempo, todo elfrentesedesmoronó.SóloNabarzanes,almando

Alejandro no se dejó llevar por la euforia cruel que ha caracterizado a los vencedores de todas las épocas.

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de la caballería, siguió combatiendo hasta que se le hizo evidente la magnitud del desastre. Parece que retiró a sus hombres en orden, con calma, como quien toma nota de lo que acaba de ver con el fin de no olvidarlo nunca. La retirada del resto del ejército, empero, fue un desastre pues, en su loco afán por salvar sus vidas, los que huían atropellaron a los que estaban en la retaguardia. La confusión fue total y el espectácu- lo debió de abochornar a buena parte de la nobleza persa. El desastre pareció agrandarse cuando se hizo evidente que toda la familia real había caído en manos de Alejandro. Alejandro no se dejó llevar por la euforia cruel que ha caracterizado a tantos vencedores de todas las épocas de la Historia. Entró en la tienda real persa como quien entra a un lugar mágico, cargado de exóticas sorpresas. Ante él, aterrorizadas, tembla- ban las mujeres de la familia real, entre ellas la rei- na madre, Sisigambis, que en la confusión propia de la situación se inclinó ante Hefestión (más alto que Alejandro), creyendo que se postraba ante el hombre que había derrotado y humillado a su hijo. Hubiera sido un desliz imperdonable en la corte persa, así que cuando la anciana advirtió el error su ánimo flaqueó. Entonces Alejandro la tomó de las manos, la hizo levantarse y le dijo: “Madre, no te has equivocado, él también es Alejandro”. Y prosiguió su viaje acompañado de aquella pa- tética corte persa de mujeres y eunucos, a los que trató como si fueran miembros de su propia familia. Diez años después de esta escena, Sisigambis re- cibió la noticia de la muerte de Alejandro, el hom- bre que le había arrebatado todo: un reino, un hijo, una vida. Sin embargo, sabía que con la muerte de aquel muchacho ella misma y su familia perdían al que había sido su único protector. Fue entonces cuandotomóladecisióndedejarsemorir.Después

Bondadoso con los cautivos. Vencido el rey

Darío, su familia se postró ante el nuevo emperador, Alejandro, quien le otorgó su protección. En el cuadro de Paolo Veronese se representa esa escena.

Mar Caspío

Araks

Tigris

Mar Mediterráneo

Montes Zagros

Éufrates

Helmand

Indo

Golfo Pérsico

Nilo

GRÁFICO: JOSÉ A. PEÑAS

Las aportaciones alejandrinas a la Historia

E l alcance histórico de la figura de Alejandro ha sido discutido con frecuencia. Algunos historiadores han llegado a sostener que el rey

macedonio no supuso cambio alguno en el devenir de los procesos históricos. Unas líneas bastarán para indicar al lector todo lo contrario. En el año 356 a. C., el del nacimiento de Alejandro, Macedonia era una potencia de segundo orden, amenazada por sus vecinos. Ni siquiera su existencia como Estado independiente estaba asegurada. Desde el punto de vista de las ciudades del sur, especialmente Atenas y Tebas, era una tierra bárbara, y su rey –Filipo II, padre de Alejandro–, un salvaje indigno. En realidad, Macedonia y todo el mundo griego dependían de la mayor potencia que había conocido el mundo hasta la fecha: el Imperio persa aqueménida. En el año 323 a. C., el de la muerte de Alejandro en Babilonia, Macedonia se ha- bía convertido en la potencia de la época.

Sobre los vastos territorios del Imperio aqueménida ya no gobernaba Darío. Alejandro, con apenas 33 años, había transformado el mapa político del mundo de un modo inimaginable. Base de la cultura helénica. Su legado fue mucho más que eso. Dejando al mar- gen la capacidad de integración de Roma, heredera directa de la visión alejandrina, fueron el Magno y sus sucesores quienes forjaron el destino del mundo antiguo, de una manera infinitamente más duradera de lo que nadie hubiera podido imaginar. En efecto, hasta la llegada del Islam, los Balcanes, las tierras que rodean el mar Egeo, Egipto, Palestina, Asia Menor, el Oriente Próximo y algunos territorios de Asia Central fueron la base geográfica de la cultura helénica. Y a partir del siglo III a. C. el helenismo se expandió hacia Occidente donde, a su vez, fue asimilado y transmitido por Roma y Cartago. Ciertamente, la muerte de Alejandro supuso un cambio de época. En el año

323 a. C. murió la era clásica, caracteriza- da por su feroz individualismo y por una concepción del mundo que no iba más allá de las murallas de la ciudad-Estado. Pero también fue el año en que nació la época helenística, tan parecida a la nuestra, caracterizada por la desapari- ción del estrecho horizonte de la polis y la irrupción de una mentalidad global, capaz de trascender fronteras con la misma facilidad con que Alejandro, al traspasarlas, transmitía los ideales de la cultura griega por el mundo. En Alejandro Magno (Alianza Editorial, 2011), Pedro Barceló escribe con acierto que no es casualidad que Roma cambia- ra el ordenamiento republicano por otro monárquico cuando el influjo helenístico se hizo más notable. Y añade: “El desa- rrollo político, la cultura y la religión de la época imperial romana, y con ello los fundamentos básicos de la Europa mo- derna, no son imaginables sin el enorme legado de Alejandro y del helenismo”.

El imperio de Alejandro Magno

MACEDONIA

TRACIA

Bizancio

Mar Negro

Tras consolidar la frontera de los Balcanes y la hegemonía macedonia sobre

las ciudades-Estado griegas, Alejandro se dirigió a Asia para doblegar al Imperio

persa. El gráfico muestra la magnitud de las conquistas del rey macedonio.

Kokand

Samarkanda

EPIRO

Pella

Troya

LIGA CORINTIA

Atenas Mileto

MISIA

Creta

CIRENÁICA

Rodas

PAFLAGONIA

Gordio

Montañas

del Cáucaso

CAPADOCIA

PISIDIA

CILICIA

Mazaka

ARMENIA

Tarso

Alejandreta

Tápsaco

MEDIA

Sadrakarta

Rhagae

Ecbatana

SOGDIANA

Merv

Bactra

PATRIA

Susia

DRANGIANA

Herat

ARACOSIA

Drapsaca

NICAEA

Nicaea

Alejandría

del Cáucaso

Alejandría

Bucéfala

Alejandría

Nicea

Cirene

Siwa

Chipre

Tiro

Pelusio

FENICIA

Damasco

Jerusalén

Menfis

NABATEOS

Babilonia

Seleucia

Uruk

Cárace

IMPERIO

PERSA

Farah

IRÁN

PERSIA

Pasargada

Persépolis

Desierto

de Lut

Alejandría

de Carmania

Pura

Kandahar

Rambagh

Alejandría

Opiana

IMPERIO

MAURYA

Pattala

EGIPTO

Tebas

Mar

Rojo

Imperio de Alejandro 232 a. C.

Ruta de las campañas

Ciudad fundada por Alejandro Magno

Dependencias Macedonias

de muchos avatares, peleas encarnizadas y luchas entre losquehabían sido sus generales y compañe- ros, su cuerpo embalsamado descansó en Alejan- dría.Más de dos siglos después lo vio Julio César (y, probablemente, Marco Antonio); Octavio Augusto dejó como tributo un estandarte imperial.

Dejando huella a su paso

En Persia la leyenda del conquistador macedonio se acrecentó con su muerte. Durante dos milenios crecieron los relatos de “Sikandar, el buscador del mundo”. En los bazares, en las posadas, en las ca- sas de placer y en los harenes, las hazañas del dios

GRÁFICO: JOSÉ A. PEÑAS

Mar Caspio

Montes Zagros

Mar Mediterráneo

Golfo Pérsico

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ALEJANDRO MAGNO

Las disputas su- cesorias. Alejandro

murió sin tener un

heredero legítimo. Sus

antiguos generales se

repartieron el Imperio,

disputándose el po-

der con pactos y seis

guerras que duraron

20 años, hasta que se

estableció un sistema

político que propor-

cionó el marco para

el desarrollo cultural

helenístico. Abajo se

muestra el reparto de

los territorios conquis-

tados por Alejandro.

rubio venido de Occidente crecieron y crecieron. Como nunca en ninguna época, la Historia y el mito, la razón y la imaginación, se fundieron para hacer casi imposible trazar una frontera entre ambas. El Islam lo asimiló. Los poetas lo presentaron con rasgos de conquistador invencible, destru- yendo templos paganos y esparciendo los sagra- dos fuegos de Zoroastro. En Egipto las leyendas lo mostraban como el héroe que había acabado con los Zang, monstruosos bebedores de sangre y comedores de sesos. En China, Alejandro aparece aceptando la rendi- ción de su rey, que le entrega al misterioso Jinete Propicio, un solícito guerrero que, al cabo, resulta ser una mujer de extraordinaria belleza con la que pasa una noche de amor indescriptible en la que siente que en su corazón se desata “un bullicio pa- recido al campanilleo de un camello ruso”. Triunfa sobre monstruos y salvajes y marcha hacia la no- che ártica en busca del manantial de la vida eterna como el primer viajero literario de la Historia, Gil- gamesh. Ningún guerrero ha dejado esta imagen en las tierras que conquistó. Nadie ha sido tratado por los habitantes de los pueblos conquistados como un libertador de fantasmas y de pesadillas.

Disquisiciones sobre su muerte

Según nos cuenta Quinto Curcio Rufo en su obra Historia de Alejandro Magno, el cadáver del rey mace- donio yació durante seis días en el féretro sin recibir

cuidado alguno. A pesar de ello, cuando las prime- ras disputas entre sus sucesores se aquietaron, los que entraron en la cámara mortuoria lo encontra- ron sin muestras de corrupción y sin señales de livi- dez. El propio Rufo añade que ni siquiera la lozanía, “fruto del soplo vital, había abandonado los rasgos de su rostro”. Los egipcios y los caldeos que habían recibido la orden de embalsamar su cadáver no se atrevieron, al verlo, a ponerle las manos encima, como si todavía estuviera respirando. Sentían un respeto inmenso ante la presencia del rey muerto y empezaron su tarea “tras haber suplicado que los dioses y los hombres les permitieran a ellos, sim- ples mortales, tocar el cuerpo de un dios”. Limpia- ron el cuerpo de Alejandro, llenaron de perfumes el sarcófago de oro y colocaron sobre la cabeza del rey los emblemas de su fortuna. En relación con la muerte de Alejandro, el autor romano también afirma que la opinión más exten- dida era que había muerto envenenado. La copa letal se la habría ofrecido Iolas, hijo de Antípatro, el regente de Macedonia nombrado por el propio Alejandro y, según Rufo, instigador del envenena- miento. El veneno habría sido llevado a Babilonia por Casandro, hermano de Iolas y enemigo mortal de Alejandro. Se trataba de un veneno famoso que nacía de una fuente macedónica llamada “Styx”. La tradición contaba que era capaz de fundir el hie- rro y que sólo los cascos de los animales de carga podían resistir su terrible virulencia. En realidad,

MACEDONIA

TRACIA

EPIRO

Pella

Troya

LIGA CORINTIA

Atenas

MISIA

Mileto

CIRENÁICA

Cirene

Casandro

Mar Negro

Bizancio

PAFLAGONIA

Gordio

CAPADOCIA

PISIDIA

CILICIA

Chipre

Tiro

Lisímaco

Cáucaso

Mazaka

ARMENIA

Tarso

Alejandreta

MEDIA

FENICIA

Tápsaco

Damasco

Seleucia

Sadrakarta

Rhagae

Ecbatana

Alejandría

Pelusio

Menfis

Jerusalén

Babilonia

Uruk

Cárace

Persépolis

PERSIA

Ptolomeo I

EGIPTO

Mar

Rojo

Antígono I

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Susia

Seleuco I

Alejandría

de Carmania

Samarkanda

SOGDIANA

Drapsaca

NICAFA

Alejandría

Bucéfala

Nicaea

 

Alejandría

Alejandría

Nicea

del Cáucaso

Kandahar

Merv

Bactra

Herat

ARACOSIA

Farah

IRÁN

Desierto

de Lut

Pura

Alejandría

Opiana

Pattala

Rambagh

Mar Arábigo

------- Reyes diádocos (generales de Alejandro Magno)

FOTOS: GETTY IMAGES; HERMITAG EMUSEUM

no sabemos si fue envenenado. Pero Antípatro se convirtió en rey de Grecia, y su hijo Casandro, su sucesor, aniquiló por completo a la familia de Ale- jandro. Hizo asesinar a Olimpia, su madre, en el año 316 a. C., y, en un acto de extrema crueldad, ordenó el asesinato de Roxana y el de su pequeño hijo, y el de Estatira, hija de Darío y segunda esposa del rey. Las otras fuentes aportan pocos datos fia- bles. Diodoro Sículo pasa revista a las opiniones de otros historiadores. Justino afirma claramente que Alejandro murió asesinado, pero Arriano rechaza categóricamente tal afirmación y niega toda po- sibilidad de envenenamiento, igual que Plutarco, que se basa, entre otras cosas, en que el cadáver de Alejandro, después de haber estado expuesto durante varios días a los rigores del calor babiló- nico, no presentaba síntomas de descomposición.

Su sueño sigue vivo

La historiografía moderna está en línea con Plutar- co y Arriano y, en términos generales, hay un cierto acuerdo en la secuencia final de la vida de Alejan- dro. Parece que se sintió mal una mañana a comien- zos del mes de junio, después de un banquete en

honor de Nearco y de alguna clase de fiesta en casa de Medio, un noble de la región de Tesalia. Quizá la enfermedad que acabó con su vida fuera el cólera

o la malaria, unida a las complicaciones pulmona-

res causadas por la pleuresía, ya crónica, provocada por una herida. En cualquier caso, su cuerpo estaba cosido a heridas producidas por todo tipo de armas.

Su corazón probablemente estaba muy debilitado

por los excesos de la bebida, la falta de descanso

y la tensión permanente a la que se vio sometido

durante los últimos años de su vida. Por lo demás, cualquier infección de cierta intensidad pudo ser mortal en aquella época. Todo el reino de Alejandro se desmembró tras su muerte. La desaparición de su familia, asesinada por orden de Casandro, favoreció las luchas entre quienes habían sido sus hetairoí en otro tiempo, que batallaron sin descanso para hacerse con los flecos de un reino que, por primera vez en la Histo- ria, había pretendido ser global. El sueño de Alejan- dro se desvaneció instantes después de su muerte. En realidad, ¿podemos saber quién era Alejan- dro? ¿Podemos comprender el mundo que bullía en sus sueños? Sinceramente, nos parece impo- sible. Sin embargo hoy, cuando han pasado más de dos milenios desde su muerte, las ideas que guiaron sus pasos están más vigentes que nunca. Hoy sabemos que, sin Alejandro, la extensión de la cultura helénica más allá de las fronteras de la propia Hélade hubiera sido imposible y la irrup- ción de Roma en la Historia, con la extensión de una cultura globalizadora y de un idioma común, no hubiera podido apenas esbozarse.

La desaparición de un héroe. La noticia de la muerte del libertador macedonio corrió como la pólvora por todos los territorios conquistados. Fue llorado y velado durante seis días por amigos y enemigos. Arriba se representa el velatorio del rey en una miniatura de un manuscrito árabe.

Nadie aparte de Alejandro ha sido visto por los habitantes de los pueblos conquistados como un libertador de fantasmas y de pesadillas.

Quizá estemos en estos momentos más cerca que

nunca de poder comprender el drama que supuso

la vida de Alejandro Magno, pues, en gran medida,

nuestro mundo se parece mucho al de sus sueños.

Y al de sus pesadillas. Mas la visión del héroe macedonio sigue viva. Las

tierras que él imaginó unidas a Europa se llaman

hoy Irak, Irán, Egipto, Siria, Líbano, Palestina, Israel,

Sobre ellas cabalgan

todavía las sombras de sus generales guiando a quienes contemplan la tierra como trofeo de gue- rra. A quienes, 2,339 años después de su muerte, ni siquiera son capaces de imaginar el sueño de un semidiós llamado Alejandro.

Pakistán, India, Afganistán

Intrigas políticas. A la muerte de Alejandro Magno, tanto su mujer Roxana como su hijo Alejandro fueron víctimas de las intrigas y acabaron siendo asesinados en 309 a. C. Arriba, en un óleo del italiano Alessandro Varotari (s. XVII), ambos en compañía de Eumenes, soldado macedonio que defendió la unidad del Imperio y luchó apoyando al hijo del Magno, Alejandro IV de Macedonia.

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ALEJANDRO MAGNO

La visión global de Alejandro

El sueño de un

nuevo mundo

En sus treinta y tres años de vida, al rey macedonio nunca lo abandonó el deseo de hacer realidad la unión de Occidente y Oriente bajo un mismo ideal helénico, basado en los principios homéricos de honor, pudor y gloria. Por Bernardo Souvirón

FOTOS: EFE/ ZUMA PRESS

Entrada triunfal. En la Babilonia del siglo IV a. C., Alejandro fue recibido con todos los honores y tomó así posesión del palacio y del tesoro de la nueva capital de su Imperio. En este óleo de Francesco Fontebasso del siglo XVIII se recrea el recibimiento al nuevo rey de los persas en la ciudad.

E s difícil juzgar la figura de Alejan- dro sin tener en cuenta las razo- nes profundas que lo llevaron a actuar de la manera que lo hizo. Su magnanimidad es evidente, pero su cólera también emergió, a veces, desbordada, especialmen-

te en los casos en que se creyó traicionado por al- guien en quien había confiado. Lo que más sorprende al estudioso de su vida es

que las reglas que gobernaron su comportamiento público son muy antiguas. En realidad, fueron es- tablecidas por los guerreros micénicos que, como Aquiles, dieron forma a lo que podríamos llamar el amanecer de la mentalidad griega. Lo increíble es que Alejandro, haciendo suyo un código tan antiguo –basado en tres conceptos que veremos a continuación–, transformara el mundo de una manera tan radicalmente moderna. Pero esta aparente paradoja forma parte, casi siempre, de la esencia de los verdaderos genios.

El código de honor que regía la vida del hombre homérico tenía que ver menos con los dioses que con los hombres. En realidad, estaba relacionado con aquello que produce estimación pública, es de- cir, timé, una palabra que traducimos por “honor”; pero no sólo con ese concepto, sino también con el respeto que se tiene por la opinión de los demás. Esta idea está contenida en la palabra griega aidós (“pudor” ).Toda la vida de Alejandro se rige por este principio que, por otra parte, también gobernó la vida de Aquiles, su modelo. Para un hombre como Alejandro, los excesos de Aquiles, su arrogancia, palidecen ante su timé. El mérito de Alejandro, sin embargo, fue superar también esa cara negra de Aquiles, controlar, aunque no en todas las ocasio- nes, la tendencia al exceso tan comprensible en un hombre que había llegado a ser, antes de cumplir

treinta años, el monarca de toda la Tierra. En las ocasiones en que Alejandro se dejó llevar por el lado irracional de su naturaleza, especial- mente en el episodio de la muerte de Clito, sintió tal aidós que estuvo a punto de morir. Es esta presión de lo que podríamos llamar opinión pública la que conforma el carácter de Alejandro durante toda su vida. La diferencia con Aquiles es que se siente responsable de lo que hace y no cree que sean los dioses los culpables de sus actos, como el mítico personaje de Homero. El concepto de libertad y, como consecuencia, de responsabilidad, es com-

pletamentedesconocidoparalosguerreroshomé-

ricos, que viven en un mundo que todavía no ha descubiertolaindividualidad.Elhombrehomérico no se define de forma abstracta, independiente, por referencia a un yo individual y característi- co, sino por su estatus, por su función dentro del grupo. Fuera del grupo y sin la intervención de los dioses no tiene identidad.

Relato épico como modelo

El carácter histórico de los acontecimientos na- rrados por aedos y rapsodos, que enaltecían las hazañas del pasado y convertían en héroes a los hombres que las habían protagonizado, posibilitó

que, desde muy pronto, todo el relato épico adqui- riera un carácter de modelo, puesto que tanto los

hechosquesenarrabancomosusprotagonistasha-

bían existido. Esta impresión de realidad producía el efecto de la imitación y,por tanto,convertía a los poemas épicos en lo que algunos han llamado una constante exhortación a la acción. Desde el siglo VI a. C., los poemas escritos por

Homero fueron el libro escolar por excelencia, sin distinción de regiones ni de regímenes políticos, y parece queAlejandro los estudió con tal intensidad que, según Dion de Prusa (Discursos, 4.39), se sabía la Ilíada de memoria. Y no sólo conocía la historia narrada en esos poemas, sino que se identificaba

FOTO: GETTY IMAGES

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ALEJANDRO MAGNO

LIBRO

Alejandro Magno, rey de Macedonia y de Asia

Adolfo J. Domínguez Monedero. Silex Ediciones, 2013. La historia de Alejandro Magno ha fascinado a gente de todas las épocas, desde sus contemporáneos hasta el momento presente.

por completo con el ideal, vigente hoy día, que Nés- tor enunció en estos términos: “Ser siempre el mejor y estar a la cabeza de todos” (Ilíada, 11.784). En este contexto, la formación de Alejandro tuvo siemprecomoobjetivoserelprimeroentodo,como cualquier héroe del pasado homérico.La gran dife- rencia,lo que explica en buena medida el drama de

su vida, es que en el siglo IV a. C. el hombre era ya

librey,portanto,responsabledesusactos.ParaAle-

jandro,elhonor(timé)esexclusivamenteindividual y,por lo tanto,la responsabilidad de sus decisiones es exclusivamente suya.

Por eso asumió por completo la vergüenza (aidós)

quesintióantealgunadeellas.Alejandrorepresen-

ta el triunfo definitivo de la libertad individual y,

sobre todo, la asunción de que su timé y su propia conciencia debían estar siempre por encima de la convención social de cualquier género.

Ni prudente ni modesto

Dentro de este código heroico, ningún ideal, nin- guna acción tienen sentido si no es para procurar- se gloria y, por tanto, fama. La gloria ( kléos) es, por ello, lo que da significado a todo, pues es la única manera de conseguir la inmortalidad. Ésta es la razón por la que Alejandro (como Aquiles) no co- nocelaprudencianilamodestiayconstantemente alardea de su fuerza y de su valor, a la vez que está permanentemente dispuesto a demostrar con la acción lo que afirma con las palabras.

El drama de Alejandro fue que quizá solo Hefestión entendió su proyecto.

En este sentido, Aquiles vuelve a ser su ejemplo supremo: acepta la muerte porque sólo a través de ella alcanzará la kléos y entrará a formar par- te del olimpo de los héroes inmortales. Alejandro demostró en los campos de batalla de la Historia, no de la literatura, que Aquiles no había muerto y

no habría de morir nunca. Un rey macedonio es también,comoAquiles,un jefe militar que,en caso de guerra o de ataque a sus dominios, acaudilla al ejército; y es en la guerra donde debe dar la medi- da de sus merecimientos, pues tal actividad es la que, por encima de cualquier otra, procura timé. El combate es la ocupación más noble de un monarca macedónico, igual que de uno micénico. Para un hombre como Alejandro, sometido a un código de honor cuyas referencias están siempre en el combate, nada hay más deshonroso, nada produce más aidós que un comportamiento inade- cuado en el campo de batalla. La muerte, como nos demuestra Aquiles claramente, es preferible al deshonor, sobre todo si aporta fama e inmorta- lidad; es decir, trascendencia. Pero no es una fama que pueda conseguirse con actos que impliquen deshonor. La fama es percibida por esta clase de hombres no como un camino para lograr notorie-

dadybeneficiosinmediatos–comoocurreperma-

nentemente con los “famosos” de nuestros días–, sino como el noble y honorable ejercicio de una vida que pretende trascender a la muerte. Alejan- dro, como Aquiles, persiguió la fama sólo como tránsito hacia la trascendencia.

El mundo atomizado de la antigua Grecia

L os griegos fueron los primeros en crear un tipo de Estado que exigía de todos los que formaban parte de él una participación real y acti-

va en la vida pública; lo llamaron polis. Es cierto que la Grecia clásica no fue la primera nación que conoció el régimen de la ciudad-Estado; estructuras seme- jantes existían ya en Mesopotamia y en la propia Grecia micénica. Sin embargo,

hay una diferencia capital: Micenas y Pilo o las ciudades-Estado mesopotámi- cas eran, por lo que sabemos, dominio de un rey, dios o sacerdote que gober- naba a súbditos o vasallos. En Grecia, sin embargo, toda evo- lución política, social, económica e incluso religiosa estuvo vinculada con las instituciones de la polis. Nunca hubo ninguna posibilidad de desarrollo fuera

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de este marco y quienes voluntariamen- te se apartaban de él sabían que, en cierta medida, estaban abocados a una especie de muerte civil. Como consecuencia, nunca los griegos tuvieron conciencia de ser un pueblo, una sola patria. Al contrario:

los recintos amurallados de cada polis delimitaban no sólo un perímetro de seguridad, sino, más sutilmente, el mundo al que sus habitantes se sentían vinculados. En efecto, Pericles se sentía ateniense por encima de todo, no grie- go. Y Leónidas, espartano. Una unidad inexistente. Nunca a lo largo de su historia los griegos se unie- ron para llevar a cabo misión alguna. Ni siquiera en el caso de las famosas Guerras Médicas, a pesar de que este episodio se esgrime con frecuencia

El político Pericles (aquí, en una estatua

situada en la capital griega) defendía su origen ateniense, puesto que no tenía conciencia de pertenecer a Grecia como una sola patria.

como prueba de unión de todos los griegos. Quienes conocemos bien la his- toria de la antigua Grecia sabemos hasta qué punto es falsa esta afirmación. Con demasiada frecuencia, el enemigo de un griego era otro griego. Y la enemi- ga de una polis, otra polis.

FOTOS: GETTY IMAGES; LATINSTOCK

Por encima de todo: el honor

Alejandro, según todas las fuentes, se sentía po- seído de repente, sin explicación aparente, por una suerte de ansia o anhelo (póthos) que lo mantenía en una permanente insatisfacción, como si todo lo que hubiera hecho hasta el momento no fuera suficiente y se viera empujado a ir más allá. La explicación profunda de este sentimiento, de este estado mental siempre en movimiento, quizá escapa a nuestros conocimientos. Empero, podemos entender ese anhelo si somos capaces de percibir que la recompensa que hombres como Aquiles o Alejandro esperaban de la vida no era la felicidad; esperaban timé y kléos. El honor y la gloria son para ellos los padres de una fama que, entendida como explicábamos más arriba, los re- compensará de todo, incluso de la infelicidad y la muerte. Ni Aquiles ni Alejandro dudarán un solo instanteenmorirsiconelloconsiguentrascender. Incluso antes de abandonar para siempre Grecia, cada paso que dio Alejandro fue resultado de ese póthos, de ese anhelo inexplicable. En realidad, es lo que lo llevó casi al fin del mundo, al borde del océano, lo que le hizo cruzar el legendario río Istro

(elactualDanubio)almandode1,500jinetesy4,000

soldados de infantería cuando tenía veinte años de edad.Este río,frontera natural de los griegos al nor- te, era de un tipo completamente desconocido por ellos.Probablemente,los caballos tuvieron que na-

dar.Losoficialesylossoldadosdebierondequedar-

se perplejos ante la capacidad de aquel muchacho.

La hora de Macedonia

Enelotoñodelaño335a.C.Alejandro,con21años,

recibió del Consejo de la Liga de Corinto el encar- go de preparar la expedición contra los persas y fijar la aportación de cada ciudad a la empresa. En la primavera del año siguiente, comenzó la marcha. El ejército era relativamente pequeño,

aproximadamente40,000soldadosdeinfanteríay

5,000 de caballería, pero claramente macedónico:

Alejandro, como antes su padre Filipo, no quería compartir la gloria con el resto de los Estados grie- gos, que, desde el final de las Guerras Médicas, no habían logrado resolver el problema persa. Había llegado la hora de Macedonia. Tras el ejército, formando parte de esa hueste informe que siempre sigue a las tropas expedi- cionarias, marchaban ingenieros, arquitectos, cartógrafos, topógrafos, médicos, sacerdotes, historiadores, prostitutas… Cuando salieron de Pella, la capital macedónica, Alejandro contaba con setenta talentos, dinero para financiar la operación apenas un mes. En el año 334 a. C., con tan sólo 22 años, comenzó la campaña en Lidia y Caria. En realidad, era ésa la misión que tenía encomendada: la misma que

Homero, autor de cabecera. De Alejandro el Grande se cuenta que se sabía de memoria fragmentos de la Ilíada, que había sido su libro de texto durante toda la infancia. Arriba, el rey macedonio leyendo en un cuadro del pintor barroco italiano Ciro Ferri.

no fueron capaces de llevar a cabo nunca Atenas ni Esparta. Se trataba de una deuda histórica que los griegos tenían consigo mismos: la de devolver a los persas el golpe que habían recibido durante el transcurso de las Guerras Médicas.CuandoAlejan- dro cruzó el Helesponto y puso su pie en Asia, no miró atrás. Nunca volvió a Europa. Tras las campañas en Lidia, Caria, Licia y Panfilia, había llegado más allá de lo que nunca lo hizo un ejército griego.Además, había vencido a las tropas persas en el Gránico (donde estuvo a punto de mo- rir), en Issos, batalla decisiva en la que se produjo la primera huida de Darío,y había recibido de parte del todopoderoso Darío una oferta de paz.

El coraje tallado. La

formación de Alejandro se centró en inculcarle que debía ser el mejor en todo. Así, en la batalla no cejó en su empeño de ganar a cualquier adversario que se le pusiera delante. Abajo, la escultura representa al rey combatiendo contra un enemigo.

FOTO: GETTY IMAGES; MATTES REN/ZUMAPRESS/EFEVISUAL

MUY INTERESANTE

ALEJANDRO MAGNO

Tras derrotar a Darío, Alejandro entró triunfante en Babilonia, ciudad que soñó como capital del nuevo mundo que estaba decidido a crear.

Rechazo a la proposición de paz

Se trataba de una propuesta nunca antes hecha a un griego: 10,000 talentos de rescate por su fa-

milia, toda Asia al oeste del Éufrates, una alianza con Macedonia y la mano de su hija. Parmenión, el experto general al que Alejandro había confiado buena parte del destino del ejército en Issos, lo instó a que aceptara tales condiciones de paz. Entonces Alejandro, presa de nuevo de ese póthos que lo caracterizó durante toda su vida, le contestó: “Aceptaría si yo fuera Parmenión. Pero soy Alejandro”. Este rechazo no fue bien aceptado por los generales de Alejandro, incluyen- do a sus hetairoí. La realidad era que Macedonia carecía de una tradición de conquistas y las condiciones de paz ofrecidas por Darío iban más allá de lo que nunca hubieran so- ñado Temístocles o Leónidas. Fue un momento decisivo, y el rechazo de Alejandro cambió la Historia. Después de internarse en tierras fenicias y controlar sus puertos (base fundamental de la armada persa), Alejandro tomó la deci- sión de ir a Egipto, un lugar al que los persas no habían respetado demasiado. En efecto, conviene recordar que Cambises, en el úl- timo tercio del siglo V a. C., había abandonado la política de toleran- cia religiosa que había sido carac- terística de reinados anteriores (Heródoto, 3.27). Después, Artajer- jes Oco sometió al país por comple- to: las murallas de las ciudades fueron demolidas, los templos saqueados y sus riquezas repartidas como botín entre los mercenarios que servían en su ejército. Alejandro entró en Egipto y se dirigió di- rectamente a Menfis. Masaces, el sátrapa persa, lo recibió con calma, convencido de que Darío, después de Issos, no podría pro- porcionarle ayuda alguna. Entonces, tras haber realizado sacrificios solemnes en ho- nor de Apis en el mismo templo en que había

muerto Artajerjes Oco, se presentó como un hombre de paz, no como un conquistador; los egipcios lo aclamaron como libertador y lo entronizaron como faraón: “Horus, amado de Amón, elegido de Ra, hijo de Ra, Alejandro”.

Faraón de los egipcios.

Las ansias por conquistar Oriente llevaron a Alejandro hasta Menfis, donde fue aclamado como libertador. Aquí, coloso del rey macedonio.

En el año 331 a. C., fundó la ciudad de Alejandría (Estrabón, 17.1.6-10). Deambuló durante horas por el lugar, imaginó dónde estarían los templos, los edificios, y trazó líneas con harina que se comie- ron los pájaros. El presagio fue interpretado de manera muy alentadora: la ciudad daría de comer a muchos hombres durante muchas generaciones. Entonces, Alejandro tomó una de sus decisiones más sorprendentes.

Hacia el templo del oasis

Arriano (3.3.1-4, 5) nos cuenta que, repentinamente, lo poseyó un póthos de ir al oasis de Siwa. No era un lugar importante estratégicamente y no tenemos noticia de que antes lo hubiera visitado ningún fa- raón. Por otra parte, desde Persia llegaban noticias de que Darío se estaba movilizando y levantando un gran ejército. Pero Alejandro decidió encaminarse a Siwa, alejándose de la ruta hacia Persia e internán- dose en el peligroso desierto, donde las tormentas de arena podían desintegrar a un ejército. El sumo sacerdote del templo de Amón lo recibió como hijo del dios y lo invitó a entrar solo en el interior del templo, donde había una especie de tablero dibujado probablemente en el suelo. Los sacerdotes llevaban sobre los hombros una em- barcación de la que pendían vasijas. Un adivino interpretaba los movimientos de éstas y el signi- ficado del lugar en que se paraban. Sólo Alejandro conoció lo que ocurrió en el tem- plo. Al salir dijo que había obtenido la respues- ta que su alma deseaba saber, pero nunca reveló aquello que había preguntado. Lo cierto es que su confianza en el destino, la fe en sí mismo, adquirieron desde aquel día una pujanza increíble. Quizá pensó que en verdad era, como Aquiles, Heracles o Dioniso, hijo de un dios. En la Grecia de aquella época, tal convencimiento no era una extravagancia.

Una tregua en el desierto. En su visita al

templo del oráculo de Amón, Alejandro vivió una revelación que sólo él conoció. Aquí, foto del oasis de Siwa (donde estaba dicho templo) desde la ciudadela de Shali, en el oeste de Egipto.

FOTOS: REYNOLD MAINSE/NEWSCOM/EFEVISUAL

La efímera globalización helenística

E l año 323 a. C. marca el final de la época clásica y el nacimiento de la llamada época helenística. La muerte de Alejandro supuso,

en efecto, el advenimiento de una nueva era que empezó a poner fin a ese mundo atomizado, característico de la antigua Grecia. Desde la muerte de Alejandro otras ciudades lejanas, casi todas en Oriente, hicieron que el mundo se vol- viera mucho más grande: Babilonia, Pér- gamo, Alejandría, Sardes, Samarcanda y tantas otras emergieron con pujanza, desplazando hacia Oriente los ecos de la literatura, la música, la filosofía… Sin embargo, el genio creador del mundo helenístico, que no hubiera nacido sin la obra de Alejandro, se apagó demasiado pronto. Algunas ideas inherentes a la mentalidad griega, la incesante sucesión de guerras y, como dice Michael Rostovt-

zeff, “el deseo de independencia política […] y la tendencia implacable a suprimir al débil, características destacadas del griego no menos que su impulso crea- dor”, impidieron que el mundo helenís- tico consiguiera logros de mayor calado. En realidad, el verdadero heredero del mundo que Alejandro imaginó no fueron los Estados helenísticos, desgarrados por las guerras y por la determinación de conseguir sus objetivos a toda costa.

El fracaso de una visión global. La verdadera heredera fue Roma, una po- tencia unida y magníficamente organi- zada que, sin el modelo de Alejandro, habría jugado un papel muy diferente en la Historia. La única globalización real has- ta nuestros días, la protagonizada por el Imperio romano, fracasó. Y es un fracaso que debiera servirnos para analizar hoy, cuando otro intento de globalización está en marcha, las causas que lo provocaron.

En Sardes –actual Sart, Turquía–, antigua ciudad de Asia Menor,

comenzaba el camino real que conducía a Susa. En la foto, las ruinas del gimnasio romano con un gran patio descubierto para hacer ejercicio.

Alejado del mundo griego

Su actividad se redobló. Volvió a Tiro y, tras ofre- cer sacrificios en el templo de Heracles-Melkart, lo preparó todo: Asia occidental, Egipto y, especial- mente, las comunicaciones, estaban asegurados. Entonces decidió partir hacia el este. Excepto por sus recuerdos, sus libros y algunos enseres que siempre llevaba consigo, Alejandro abandonó el mundo griego para siempre. Quizá en la miste- riosa visita al oasis de Siwa esté la respuesta al comportamiento de Alejandro. Como si, en efecto, hubiera averiguado allí lo que deseaba saber so- bre sí mismo, se lanzó, con veinticinco años, a la conquista del Imperio persa aqueménida. En este mismo año 331 a. C., que marca quizá el floruit de

su figura, el joven macedonio fundó Alejandría, derrotó decisivamente a Darío en la batalla de Gau- gamela y entró triunfalmente, como un libertador, en Babilonia, la ciudad que soñó como capital del nuevo mundo que estaba decidido a crear.

Hombre moderno e incomprendido

Y no se detuvo. Siguió hacia el este en busca del gran océano, cruzó el Indu Kush, llegó a la India y conquistó las satrapías del Norte, Bactriana y Sog- diana. Antes de verse forzado a regresar, imaginó el nuevo mundo. Diodoro Sículo (18.4.1-6) conserva la versión de Pérdicas, uno de sus hetairoí, en relación con los proyectos de Alejandro: la marcha contra Cartago, Libia, la península Ibérica y Sicilia. En su mente estaba el proyecto de construir una carretera desde Libia hasta el estrecho de Gibraltar, reubicar poblaciones de Asia a Europa, construir ciudades, templos y una tumba a su padre Filipo a la manera de las pirámides. Tales proyectos reflejan bien su carácter: guerra y paz, fusión de razas mediante matrimonios mixtos, deseo de armonía y amistad, algo muy atractivo para el hombre moderno. El drama de Alejandro fue que nadie entendió su sueño, a excepción quizá de Hefestión, quien murió antes que él. Solo, asediado por las convenciones y tradiciones que dividían el mundo entre griegos y bárbaros,Alejandro no pudo completar su proyecto. La muerte lo sorprendió antes de cumplir treinta y tres años. El historiador Diodoro dice que las ideas de Alejandro eran “extravagantes y difíciles de rea- lizar, por lo que las olvidaron”. Quizá estemos todavía a tiempo de retomarlas.

LIBRO

Historia

Heródoto. Cátedra, 2004. El historiador griego centró su relato en lo más glorioso de la historia de Grecia; en la lucha heroica de un pequeño pueblo, el griego, contra la potencia monstruosa de Persia.

FOTO: GETTY IMAGES

MUY INTERESANTE

ALEJANDRO MAGNO

Persia y Grecia: enemigos irreconciliables

Dos culturas

enfrentadas

Una batalla mítica. El ejército

aqueménida luchó contra las tropas aliadas griegas de las polis de Atenas y Esparta en el paso de las Termópilas.

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Durante 200 años, la lucha de las polis contra el Imperio aqueménida se basó en un duelo entre dos concepciones antagónicas del mundo y la política:

la tiranía persa frente a la libertad de la Hélade.

Por José Ángel Martos

E l antagonismo entre Persia y Gre- cia que iba a marcar la época de Alejandro era una rivalidad con- solidada desde hacía más de dos- cientos años. Todo un clásico que había convertido a ambas civili- zaciones en una suerte de archi-

rrivales irreconciliables. En este duelo, los historiadores griegos clásicos vie- ron a su pueblo legitimado para la guerra sin cuartel por la justicia del ideal que perseguían: ellos eran los representantes de la libertad de las ciudades frente

al gobierno tiránico, personificado en los persas. Tal

juicio ha marcado nuestra visión de Persia, etique- tando y simplificando al que en su momento fue el

mayor imperio del mundo. Y con diferencia. Persia se había levantado de la nada, poco a poco, durante un periodo de quinientos años, el que va desde el año 1000 al 500 a. C. aproximadamente.

Y lo hizo partiendo de una situación geográfica

nada envidiable. Las planicies iraníes de donde es originario este pueblo eran muy secas y estaban rodeadas por escarpadas y difíciles cumbres. Los primeros persas, hace 3,000 años, llevaban una vida nómada, siempre a la búsqueda de recursos.

Prosperidad en Oriente

El gran cambio que permitió a Persia modificar su

destino lo propiciaron los conocimientos de sus magi o sabios (mitad ingenieros, mitad geólogos), quienes idearon la forma de conducir las aguas que circulaban no por la superficie, sino debajo de ella. Fueron los inventores de los qanats, sistemas de canales subterráneos de irrigación que aprove- chan el agua que circula por el subsuelo de siste- mas montañosos como la cordillera de Elburz (al norte de Irán) para poder regar las llanuras a sus pies, aprovechando la fuerza de la gravedad. Estos canales persas se excavaron desde el año 1000 a. C., por lo que precedieron prácticamente en un mile- nio a los más conocidos de los romanos. Pudiendo dominar así grandes cantidades de agua, los persas prosperaron y se convirtieron en la sociedad domi- nante de Irán. Surge de esta manera la dinastía de los aqueménidas, que toma el nombre de su funda- dor, Aquemenes, quien habría vivido hacia el 700 a. C., aunque en general se duda de su historicidad y se le considera más bien un personaje legendario. El primer gran soberano aqueménida cuya fama traspasaría fronteras tardó doscientos años en lle- gar. Fue Ciro el Grande, uno de los pocos que se ganó con justicia su sobrenombre, a decir de los historia- dores. Su reinado empezó en el 559 a. C. y durante treinta años de gobierno conquistó prácticamente todo el Oriente Próximo (Media, Lidia y Babilonia), llegando por el este hasta las orillas del Medite- rráneo (Jonia), mientras que por el norte alcanza-

PELÍCULA

300

Zack Snyder (2006). Se trata de la adaptación cinematográfica de la serie de cómics del mismo nombre, obra de Frank Miller, que relata la batalla de las Termópilas.

FOTO: GETTY IMAGES

MUY INTERESANTE

ALEJANDRO MAGNO

Ciro II el Grande constituyó el cuerpo militar de los “Inmortales”, 10.000 soldados de élite que serían la pesadilla de las tropas griegas.

LIBRO

Maratón

Richard A. Billows. Ariel, 2014. Pocas batallas hay tan legendarias como la de Maratón. Este episodio decisivo de la primera de las Guerras Médicas enfrentó en el siglo V a. C. a los ejércitos de los griegos y los persas.

ba la cordillera del Indu Kush. Ciro fue no sólo un conquistador, sino también un brillante político, admirado incluso por aquellos a los que sometía al yugo persa. Concibió el sistema administrativo de las satrapías, que permitía cierta autonomía a los territorios conquistados para agilizar su gobierno. Las cuatro satrapías que creó fueron Babilonia, Ec- batana, Susa y Pasagarda; cada una estaba regida por un rey vasallo, el sátrapa. Otro afamado invento político de Ciro para consolidar la administración imperial fue el primer sistema postal que se co- noce, denominado Chapar Khaneh, nombre de las oficinas de correos que se encontraban distribui- das por el Camino Real Persa, una gran carretera de 2,500 kilómetros.

Gran potencia militar

Ciro creó un gran ejército y se esmeró en mejorar la calidad de sus soldados. Es recordado por haber constituido el famoso cuerpo de los “Inmortales”, 10,000 soldados de élite que iban a convertirse en una pesadilla para los griegos. A Ciro lo sucedió Cambises II, un rey que todavía ensanchó más las fronteras persas. Destacó sobre todo por su conquista de Egipto, que logró tras su de- cisiva victoria en la batalla de Pelusium. Cambises se coronaría como faraón, adoptando los títulos tradi- cionales de estos reyes e inaugurando de este modo una saga de reyes persas en Egipto, la Dinastía XXVII. Después de conquistar a los egipcios, la ambición del joven Imperio aqueménida se orientaría hacia los griegos. El enfrentamiento con éstos se iniciaría con otro rey, Darío I, quien, siguiendo la política ex- pansionistadesuspredecesores, se atrevió a cruzar

Persia conquista Egipto. Cambises II, hijo

y

heredero del gran conquistador persa Ciro

II

el Grande, venció en la batalla de Pelusium

al faraón egipcio Psamético III. En este cuadro decimonónico de Jean-Adrien Guignet se

representa el encuentro entre ambos reyes.

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hacia el continente europeo. Primero lo hizo en una campaña que lanzó contra los escitas, asentados en el este de Europa, entre el río Danubio, el Don y el mar Negro. Se habían convertido en una molesta oposición que interrumpía el comercio persa. Ade- más, los escitas siempre mostraban una fiera resis- tencia, y de hecho había sido en una batalla contra ellos donde su predecesor Ciro había encontrado la muerte. Por eso Darío quiso eliminarlos de raíz realizando una campaña en Tracia y Panonia, du- rante la que también conseguiría el sometimiento de Macedonia, que se convirtió en un reino vasallo. Después sucedería la primera invasión de Gre- cia, llevada a cabo también por Darío. Ésta puede explicarse por varias causas, incluyendo la avidez de gloria del mandatario persa, quien quería en- grandecer su nombre con acciones que lo hicieran comparable a Ciro el Grande. Pero la causa más importante fue sin duda la revuelta jónica, la cual sería iniciada por los grie- gos que habitaban Asia Menor. Duraría seis años (desde el 499 al 493 a. C.) e inesperadamente se convirtió en una seria amenaza para la integridad del Imperio persa aqueménida.

Jonia se rebela

La primera de las ciudades jónicas en rebelarse, la de Mileto, lo hizo ya en nombre de la democracia, de manera que el ideal del gobierno del pueblo perma- neció en el trasfondo de los enfrentamientos desde el primer momento. Cierto es que la conversión de- mocrática de Mileto fue algo precipitada: la impul- só el tirano de la ciudad, Aristágoras, quien iba a ser depuesto por un sátrapa persa debido a su fracaso en una campaña militar en la isla de Naxos. Aris- tágoras prefirió adelantarse a los acontecimientos abdicando, un golpe de efecto que lo mantuvo en la cresta de la ola mientras declaraba que Mileto se había convertido en una democracia.

FOTOS: EFE/ ZUMA PRESS

Las traiciones en el bando griego

N o todos los griegos se opo-

nían a los persas. De hecho,

en diferentes momentos de

las guerras entre ambas po-

tencias vemos cómo aparecen traidores en las filas helénicas. El más conocido es Efialtes, un ciudadano de Tesalia, región limítrofe con las Termópilas, que con su conocimiento del terreno ayudó al ejército de Jerjes durante la batalla indicándole un paso alternativo. Pero hubo más ejemplos y no sólo personales sino colectivos. Durante la misma invasión de Jerjes, hubo ciuda- des griegas que claramente mostraron

simpatía o dejaron hacer con libertad a los persas. Fue el caso de Argos o de la propia Tebas. Ya había ocurrido algo similar en la época de la batalla de Maratón, cuando el gran temor de Milcíades, el general ateniense, fue que algún ciudadano tuviera inclinación a convertirse en traidor y facilitar la entra- da de los persas en la ciudad. La independencia de las polis. La explicación hay que buscarla en la falta de una conciencia nacional griega, tal y como hoy la entendemos en nuestros actuales Estados-nación. Las polis grie- gas se gobernaban cada una de modo

Efialtes (en el grabado) traicionó al rey esparta- no Leónidas, ayudando al persa Jerjes a encontrar otra ruta alternativa al paso de las Termópilas.

independiente y solían mostrar fuertes rivalidades entre sí. Por ello, aunque el idioma las uniera, su particularismo las convertía en muchas ocasiones en enemigas irreconciliables.

Un ejército jónico apoyado por tropas de Atenas

y Eretria marchó sobre la ciudad de Sardes, capital

de la satrapía del mismo nombre, y la incendió.

Luego, en su camino de retorno, los griegos fueron alcanzadosporun ejércitopersamuchomás fuerte

y resultaron derrotados en Éfeso. Pero pronto los

jonios les infligieron otra importante derrota en Pedasus, en la región de Caria, al suroeste. Así, el conflicto quedó en una tensa igualdad que seman- tuvo durante un par de años hasta que, en 494 a.C., Darío puso al mando de su ejército reagrupado a Datis, un general de origen medo –uno de los pue- blos sometidos por Persia– y que por la proximidad

geográfica de su origen conocía bien los asuntos que tenían que ver con los griegos.

Enfrentamientos cara a cara

Datis contó con medios prácticamente ilimitados que facilitaron su tarea.A su ejército terrestre pudo sumar una amplia flota formada por egipcios, fe- nicios, cilicios y chipriotas, todos ellos pueblos que habían ido cayendo bajo la égida persa.En la batalla naval de Lade se enfrentaron cara a cara con los jo- nios,que todavía se veríanmás debilitados por una traición en sus filas: la de los samios,que acordaron retirar sus naves en el último momento. La debacle de la flota jónica puso punto final a la revuelta. El reyDaríoqueríaasegurarsedeque losgriegosno volverían a darle más quebraderos de cabeza y, tras

la extinción de la revuelta, envió embajadores en el año 491 a. C. a las ciudades griegas para exigirles el sometimiento.Todas lo aceptaron excepto dos,Ate- nas y Esparta, que contestaron de una manera cier- tamente poco amistosa: su respuesta fue ejecutar a losemisariospersas.Anteestedesafío,Daríoordenó organizar un nuevo ejército cuyo objetivo sería el de someterpor la fuerzael territoriogriegocontinental.

ElmandoseotorgódenuevoaDatis,aunqueestavez

lo compartió con el general Artafernes.

Tras invad ir y cast igar a las islas de Rodas y Na- xos, el ejército anfibio de los persas se dirigióhacia tierra firme. Primero arrasaron Eretria, que ape- nas ofreció resistencia. Luego se encaminaron hacia la región del Ática y desembarcaron en la bahía de Maratón. Cuando el ejército ateniense, mandado por Milcíades, llegó a aquel lugar, no es- peraba encontrarse con un enemigo tan potente. Lo que vieron los griegos los dejó aterrorizados:

el ejército persa los triplicaba en número, 30,000 soldados contra 11,000 de los suyos. Lamitad de los generales atenienses ni siquiera querían luchar, porque se veían ante una batalla perdida.

Genial estrategia griega

Durante cincodías,ambos ejércitos estuvieron tan- teándose sin decidirse a iniciar el enfrentamiento. Fue una espera tensa, sobre todo para Milcíades, ya que él había sacado a su ejército fuera de Atenas y temía que,mientras lo tenía enMaratón esperando acontecimientos, algún traidor favorable a los per- sas les entregara a éstos la ciudad.

Derrota griega

Durante la revuelta jónica (499-493 a. C.) Éfeso (abajo, foto de sus ruinas en la actual Turquía), antigua ciudad de Asia Menor, fue testigo del dominio del ejército persa en el campo de batalla, pues allí venció éste a los soldados helenos.

FOTO: ISTOCK

MUY INTERESANTE

ALEJANDRO MAGNO

El hecho de que Atenas fuera el objetivo final de los persas ayudó en parte al comandante griego. Datis tomó la decisión de embarcar a su caballería y no emplearla en la batalla que se gestaba en Maratón,

sino enviarla directamente hacia el objetivo final. En

el momento en que la caballería ya se había alejado,

Milcíades mandó a sus 11,000 hombres a una ofen-

siva feroz, que además se desarrolló con exquisita

y genial estrategia: atacaron los flancos primeros

hasta destrozarlos y sólo entonces marcharon so- bre el cuerpo central del ejército persa, que se vio mortalmente rodeado. Fue un éxito en toda regla.

Sin embargo, la batalla de Maratón no acabó ahí. La famosa carrera de Filípides, quien recorrió los 42,195 kilómetros que separan Maratón de Atenas, no fue por afán de propaganda, sino por necesidad comunicativa: si él no anunciaba la victoria a los

La Liga griega de Delos

L historia de las relaciones entre Persia y Grecia durante el siglo

a

V

a. C. no dejó espacio para el entendimiento. Si en un primer

momento fueron los persas los que se lanzaron sin piedad sobre los griegos, éstos no dudaron luego en revolverse con furia hasta

que la situación les fue favorable, a pesar del menor tamaño de sus fuerzas. Y las ciudades-Estado griegas encontraron en el enemigo persa un acicate para ir labrando una mayor unidad de acción. Después de la hazaña de las Termópilas –aunque acabara en derrota– y de las victorias de Salamina, Platea y Mícala, los griegos se unieron en la llamada Liga de Delos, un interesante experimento de confederación para lograr la fuerza

necesaria con la cual hacer frente a un enemigo más poderoso. Su nombre viene de que la deci- sión de formarla se tomó en una reunión en la isla sagrada de De- los. Se unieron a la Liga veintisiete entidades locales o regionales tan- to de la Grecia continental europea como de islas o ciudades en el Asia Menor. El objetivo con el que se definió ya dejaba muy claro que no iba a haber respiro para Jerjes

ni sus descendientes: “Vengar las injusticias que sufrieron devastan- do el territorio del rey”, en palabras

del historiador Tucídides. Dentro de la Liga unas ciudades mandaban más que otras, y la líder era Atenas. Discrepancias de opinión. Uno de los aspectos clave de la unión era cómo repartir los esfuerzos de guerra. Cada ciudad podía ele- gir para ello entre aportar soldados propios o pagar un impuesto al tesoro conjunto, que se ocuparía de contratar a la milicia. Muchos escogían pagar la tasa, que dio origen a un tesoro que se guardaba también en Delos. Pericles tomaría la decisión de trasladarlo a Atenas, con la excusa de que allí estaría mejor protegido de los persas, pero a las otras ciudades no les convenció el argumento, que lo vieron como una excusa para dedicar el dinero a engrandecer Atenas. Este ensayo de “unión griega” siempre estuvo sometido a sobresaltos.

En la isla de Delos, en el archipiélago de las Cícladas, se formó la Liga de polis griegas que luchó contra el enemigo persa. En la foto, las ruinas del templo de Isis.

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atenienses, los barcos persas que habían sobrevi- vido a la batalla y que viajaban ya hacia Atenas po- drían sembrar el miedo entre ellos, y posiblemente habrían creído que la contienda estaba perdida y se habrían rendido sin luchar. De haber ocurrido eso, la victoria en Maratón no habría servido para nada. Filípides murió exhausto tras la carrera, pero su sacrificio permitió que los atenienses fueran los primeros en conocer lo ocurrido, mientras su ejér- cito regresaba a la ciudad. Había que ponérsela difícil al enemigo, dando tiempo a Milcíades para llegar en su ayuda. Se ba- rajaron varias opciones, pero al fin se les ocurrió organizar un gran simulacro, vistiendo como sol- dado a todo aquel que pudiera sostenerse en pie, ya fuera anciano, mujer o niño. Los persas no llegaron a poner pie en tierra. Ante la visión de lo que les pareció un ejército y temien- do quedar emparedados cuando llegaran por su espalda los hombres de Milcíades, que regresaban a toda velocidad, Datis decidió no arriesgarse y dio media vuelta sin desembarcar.

Humillación aqueménida

Así acabó la Primera Guerra Médica, como se le ha conocido tradicionalmente. La victoria contra pro- nóstico de Maratón convirtió de repente a Atenas en una gran potencia que pasó a ser respetada y tenida en cuenta en el concierto internacional de la época. La humillación, lógicamente, no fue olvidada en la corte persa. Darío enseguida empezó a hacer pla- nes para una nueva campaña en territorio griego, pero una rebelión en Egipto lo obligó a cambiar sus prioridades. En el año 486 a. C. moriría sin haber podido llevar a cabo la venganza con la que soña- ba. Su hijo Jerjes heredó el imperio y la misión de reducir a los griegos.Tras sofocar la revuelta egipcia se dedicó a preparar la invasión de Grecia concien- zudamente, durante nada menos que cuatro años. Algunas de las decisiones estratégicas que el mo- narca aqueménida tomó fueron de gran magnitud, como la de crear un puente formado por barcos para que su ejército de infantería pudiera cruzar el Helesponto –el estrecho que separa laTurquía asiá- tica de la europea, hoy conocido como de los Dar- danelos–. De esta forma pretendía aprovechar sin obstáculos la superioridad numérica de su ejército. Tan impresionante como esto fue la decisión de construir un gran canal que atravesara el istmo del monte Atos para evitar rodearlo, pues en el 492 a. C. una flota persa había sido aniquilada al hacerlo.

Un contingente gigante

El ejército de Jerjes –encabezado por él mismo– en- tró en territorio europeo en el mes de abril del año 480 a. C. Se calcula que estaba formado por 200,000 hombres. En su camino hacia el sur de Grecia este

FOTOS: GETTY IMAGES; EFE/ ZUMA PRESS

ejército gigante tenía que cruzar por un estrecho

paso, las Termópilas. Los griegos entendieron muy pronto que allí era donde podría tener menos efi- cacia la superioridad numérica persa. Para la ocasión Atenas contó con un aliado de ex- cepción, la ciudad de Esparta, con la cual, a pesar de ser ambas griegas, mantenía una constante rivali- dad. Atenas era una ciudad muy abierta, comercial, mientras que Esparta –mucho más pequeña– era una sociedad muy cerrada, volcada en hacer la gue- rra. En el mes de agosto, los persas llegaron a ese desfiladero de las “puertas calientes”(que es lo que significa Termópilas). Su ejército estaba entrenado

paraunaluchaengrandesllanurasabiertas,elesce-

nario habitual de las batallas en Asia Menor. En los

espacios amplios, los persas decidían la batalla con suscarros,sucaballeríaysuinnumerableinfantería. La historia de lo que sucedió en las Termópilas es una de las más populares de la Antigüedad: el pe- queño ejército griego se bastó para taponar el paso de los todopoderosos persas durante dos días, con

unprotagonismomuyespecialdelpuñadodesolda-

dos que envió Esparta –los famosos 300 mandados por Leónidas–, que compensaron su inferioridad numérica con una increíble ferocidad que sorpren-

dió hasta a los mejores soldados de Jerjes, el cual

observólabatalladesdeunacolinacercana,sentado

en un trono y poniéndose cada vez más nervioso.

Freno a la expansión persa

A pesar de que el contingente espartano fue ani-

quilado, el precio pagado por Jerjes fue alto en pérdidas humanas y en el retraso de sus planes.

De todos modos, al imponerse logró enseguida controlar la región de Beocia –donde se encontra- ba Tebas– y abrirse paso sin impedimentos hasta

el Ática y su capital, Atenas. Los atenienses eran

conscientes de que no tenían nada que hacer y evacuaron la ciudad por mar hacia Salamina. Jerjes entró en Atenas sin oposición y la arrasó. Sin embargo, el emperador persa creyó que no era suficiente con eso. La dura resistencia le hizo concluir que era necesario derrotar totalmente al ejército de aliados griegos que tan capacitado se

había mostrado. Con esa idea obsesionándolo, se preparó para dar la batalla contra la flota griega,

el último reducto de fuerza militar de la Hélade.

El episodio tuvo lugar en las aguas de la isla de

Salamina un mes después de las Termópilas. Una vez más, se verificó que la superioridad numérica podíaresultarunobstáculo.Laenormeflotapersa

tuvo que luchar en los estrechos situados entre la isla y la península, con escaso espacio para ma- niobrar. Los barcos persas se molestaban entre sí

y actuaban de manera descoordinada, sin lograr

una disposición eficaz. Los griegos, mucho más ágiles y avezados en esas aguas, aprovecharon la

Mítico mensajero. Según Heródoto, la famosa carrera de Filípides (aquí, en una ilustración) no fue de Maratón a Atenas (42 km), sino desde ésta hasta Esparta para pedir ayuda al gobierno espartano: 246 km en dos días, una hazaña todavía más notable, de ser cierta.

En las Termópilas, Atenas contó con un aliado de excepción, la ciudad de Esparta, con la cual mantenía una constante rivalidad.

oportunidad lanzando un ataque decisivo. En la batalla cayeron unos 200 barcos persas. Después de Salamina, Jerjes se vio obligado a

alterar sus planes; temía que los griegos fueran capaces de destruir su puente de barcos sobre el Helesponto e impedir así el retorno de su ejército. Así que decidió retirarse con la mayoría de él y dejar una unidad más pequeña pero muy preparada al man- do del general Mardonio, un vetera- no de las guerras contra los griegos. Pero la suerte ya no parecía estar de su parte. Un año después, en la batalla de Platea, los persas fueron derrotados por las fuerzas confederadas de los griegos,entre quienes destacó Pausanias, otro aguerrido espartano, sobrino de Leónidas. A esta derrota en tierra firme se sumó otra en el mar,la de la batalla de Mícala, que según Heró- doto fue simultánea a la anterior.

AsíacabólaSegundaGuerraMé-

dica, que significó un importan- te freno al expansionismo persa. Jerjes había apostado muy a fon- do por el objetivo de conquistar Grecia, y había fallado. El lide- razgo persa podía ser discutido donde parecía más incontesta- ble: en el campo de batalla. El imperio empezaba a vacilar y Alejandro Magno,un siglo des- pués, iba a ser el encargado de darle la puntilla.

Esto es esparta. El legendario

guerrero Leónidas (en un busto), rey de los espartanos, luchó con sus 300 soldados contra el ejército persa de Jerjes I en la batalla de las Termópilas.

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Las ciudades que marcaron a Alejandro

Símbolos

de gra

Entre Macedonia y Persia, tres urbes sellaron la vida y el destino del que fue en su época rey de reyes. Pero su ciudad soñada, Alejandría, lo convirtió en un mito. Por Iria Pena Presas

La tumba de Ciro

C iro el Grande reinó en Persia entre 558 y 530

a. C. Dirigió el Imperio aqueménida y consi-

guió dominar casi toda Asia occidental, has-

ta la invasión de Alejandro Magno dos siglos

después. Gobernó desde Pasagarda, capital

ancestral del reino persa. Tras su muerte, su

tumba (en la imagen) se convirtió en un lu-

gar sagrado para sus sucesores. Los reyes debían realizar un ritual de coronación ante ella, en el que repetían viejas cos- tumbres nómadas. El nuevo rey acababa la ceremonia ponién- dose la capa de Ciro, momento en que se consideraba ungido con la soberanía de la antigua Pérside. La importancia de la tumba como símbolo de la monarquía oriental quedó confir- mada con la visita que Alejandro Magno le hizo en 324 a. C. a su regreso de la India (algunos historiadores afirman que hubo una visita anterior, en el año 331 a. C.). Alejandro se encontró con una tumba saqueada en la que ya no quedaban las armas ni el ajuar que decoraban el monumento, hecho que impulsó al macedonio a buscar a los culpables de la profanación. Este episodio no frenó a Alejandro, quien con su visita pretendía convertirse en sucesor legítimo de Ciro uniendo los mundos de Occidente y Oriente, su gran obsesión en esos años.

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ALEJANDRO MAGNO

La metrópoli soñada

E ntre todas las ciudades que pisó y fundó Alejandro Magno en sus años de reinado, una destaca en especial: Alejandría. La mítica urbe fundada en el año 331 a.C. en el delta del Nilo no conserva ni el faro de Sóstrato de Cnido ni la biblioteca de Ptolomeo que la hicieron legendaria. En el lugar de la antigua atalaya se levanta hoy el fuerte de Qaitbey (en la foto), mandado construir por el sultán del mismo nombre en el año 1480. Para la edificación de esta fortificación se utilizaron los restos de la antigua construcción, destruida completamente tras los terremotos de 1303 y 1323. La urbe fue una ciudad opulenta organizada siguiendo un plano hipodámico. Se dividió ad-

ministrativamente en cinco distritos que se denominaron como las primeras cinco letras del alfabeto griego. Tras la muerte de Alejandro la ciudad siguió manteniendo una posición privilegiada, convirtiéndose en el centro de la cultura griega y de la difusión del helenismo por el resto de Egipto.

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ALEJANDRO MAGNO

La venganza de Alejandro

P ersépolis (en la imagen), la capi- tal ceremonial del Imperio aquemé- nida, fue cons- truida por Darío el Grande, embelle-

cida por su hijo y sucesor Jerjes y destruida por Alejandro Magno. El macedonio y su ejército partieron de Susa (la capital política del Im- perio persa) a mediados de diciem- bre del año 331 a. C. con el objetivo de tomar Persépolis, que cayó en manos de Alejandro en enero del

siguiente año. Los macedonios se encontraron con una ciudad im- ponente, de edificios monumen- tales que glorificaban a los reyes persas. La destrucción de la urbe se dio meses después de su toma, y los motivos para incendiarla aún no están claros. Plutarco y Diodoro relatan cómo un Alejandro borra- cho lanza la primera antorcha al palacio de Jerjes en venganza por la quema de Atenas por parte del rey persa. Por su parte, historia- dores actuales ven en el incendio de Persépolis un símbolo de poder político: el anuncio de Alejandro a Oriente del fin del dominio persa.

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ALEJANDRO MAGNO

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Cuna de dos grandes

E n el siglo V a. C. Egas dejó de ser la capital de Macedonia. Para dominar y controlar los nuevos territorios del reino fue necesario buscar un nuevo enclave estratégico, por lo que la urbe costera de Pella (en la foto) fue el lugar escogido. La ciudad seguía un trazado hipodámico (división ortogonal regular del

espacio urbano) y en el centro se situaba el ágora y alrededor surgían las viviendas, de entre 2,500 y 3,000 metros cuadra- dos las más grandes. Las casas más ricas estaban pavimen- tadas con elaborados mosaicos que representaban escenas mitológicas basadas en pinturas de la época. Arquelao I y Amintas III engrandecieron la urbe, llevando a artistas y poe- tas como el pintor Zeuxis o el dramaturgo Eurípides.Y en esta ciudad nacieron los dos gobernantes más importantes de Macedonia: Filipo II y su hijo Alejandro Magno. El primero se crió en el palacio de Pella, una construcción pensada no sólo para residir, sino para gobernar y dirigir la administración de Macedonia. Alejandro, por su parte, recibió en esta ciudad los conocimientos de un maestro ejemplar: Aristóteles.

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ALEJANDRO MAGNO

El ejército macedonio

Diseñado para

la victo

Fue el protagonista indiscutible de las conquistas de Alejandro: profesional, especializado y perfectamente organizado, acabó por convertirse en una maquinaria bélica sin rival durante casi dos centurias. Por Alejandro Noguera

FOTO: LATINSTOCK

ria

La travesía por el desierto de Gedrosia. Fue uno

de los capítulos más negros para el ejército macedonio, pues sucumbió gran parte de sus efectivos. En la imagen, el famoso momento en el que Alejandro rehusó beber agua, mostrándose como un dios ante sus soldados.

FOTO: ANDRE CASTAIGNE

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ALEJANDRO MAGNO

D esde muy joven, el príncipe Alejandro estuvo inmerso en la sociedad guerrera de Mace- donia.Vio cómo su padre, Fili- po, partía a la guerra con sus primos y tíos, y cómo algu- nos no retornaban. Los aedos

cantaban junto al fuego las gestas de sus ances- tros y las hazañas de los héroes homéricos. Sien- do un niño, cuenta Plutarco que preguntó a los embajadores persas sobre su territorio, ciudades y ejércitos; a pesar de ser una anécdota probable- mente apócrifa, es indudable que el rey macedo- nio se interesó por la guerra desde muy joven. El ejército macedonio fue una de las mejores maqui- narias de guerra de la Antigüedad, y su paulatino perfeccionamiento y su forma de usarlo hicieron posible que un pequeño reino del norte de Grecia se convirtiera en la potencia hegemónica del Me- diterráneo oriental desde finales del siglo IV a. C. hasta la llegada de la República romana.

La importancia de los augurios.

El joven conquistador tuvo siempre muy en cuenta las predicciones de sus sacerdotes. En la imagen de abajo, Alejandro durante un ritual justo antes de la batalla de Gaugamela.

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Un ejército heredado

No obstante,no debemos olvidar que dicho ejército no fue creado por el rey Alejandro III, por todos co- nocido comoAlejandroMagno,sino por su tío el rey Alejandro II, y desarrollado y perfeccionado por su padre Filipo II. En un discurso declamado ante sus tropas cerca de Babilonia poco antes de su muerte, el Magno indicó que fue su padre quien los orga- nizó como ejército. Éste y muchos otros indicios demuestran que el ejército que vamos a describir no fue formado inicialmente por el gran conquis- tador. Sin embargo, fue él quien tuvo la habilidad

La falange macedonia y la sarisa

E sta unidad permaneció imbatida en los campos de batalla durante casi dos siglos. Se basaba en la disciplina y el orden al guerrear. En su armamento destacaba

una pieza, la sarisa. Este tipo de lanza tenía varias versiones: la de infantería era una pica larga que durante el reinado de Filipo y Alejandro medía entre 4.5 y 5.5 metros de longitud, con una punta delantera de unos 50 centímetros de largo y una trasera de forma trapezoidal que podía hincarse en el suelo. Con esto se dotaba de estabilidad al arma y se hacía posible que se pudiera separar en dos partes; una pieza tubular de bronce unía en su centro las dos astas impidiendo así un exceso de vibración a la hora del choque. Fabricadas en madera. Sin embargo, los mace- donios denominaban sarisa a toda arma dotada de un asta: desde las flechas, las jabalinas y las lanzas cortas hasta las sarisas de caballería y la sarisa larga de infantería, la más famosa. La raíz “sar” significa “roble” en griego. De hecho, la denominación de la flecha en latín (sagitta) proviene de la misma raíz. En todo caso las sarisas macedonias solían fabricarse con madera de cornejo rojo, muy flexible pero sóli- da, o de fresno, un árbol más común en Asia.

logística, táctica y estratégica para convertir y uti- lizar dicha maquinaria con la sabiduría necesaria para conseguir sus fines. El ejército de Alejandro Magno estaba compuesto por infantería, caballería, artillería, marina y una serie de unidades especializadas. Por otra parte, toda una corte iba junto al rey, así como una ver- dadera expedición científica, además de los habi- tuales seguidores que tenían todos los ejércitos:

prostitutas, mercaderes de esclavos y de todo tipo deproductos,compañías teatrales,etc.Noobstante cuando el rey necesitaba que sus tropas avanzaran rápidamente dejaba a su séquito y seguidores para que lo siguieran a mayor distancia. La infantería del ejército macedonio bajo Ale- jandro III puede subdividirse en tres grupos: los súbditos macedonios, los aliados griegos o balcá- nicos y los mercenarios, también con los mismos orígenes. Los súbditos macedonios constituían el núcleo central de la hueste. Conformaban, por una parte, la falangemacedonia, y por otra,una unidad de arqueros. La falange estaba formada, a su vez, por tres tipos de componentes: los hipaspistas, los asthetairos y los pezhetairoi.

La infantería

Los hipaspistas eran, como su nombre griego indi- ca, los “portadores de escudos”, es decir, escuderos en su origen, pero que ya en la época de Filipo se

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Una unidad móvil. Es probable que tanto los hipaspistas como los demás fa- langitas, cuando no luchaban en batallas campales, desmontaran sus sarisas largas para usar tan sólo la mitad delantera durante las marchas y los asedios, o bien que las cambiaran por jabalinas. La longitud de estas lanzas permitía que las puntas de las cuatro primeras filas sobrepasaran el frente, dando a la falange el aspecto de un puercoespín. La ligereza del resto del armamento hacía que fuera una unidad bastante móvil, que podía evolucionar en el campo de batalla e im- presionar a sus oponentes cambiando de frente o mutando su formación a volun- tad. Esto requería de un entrenamiento de alto nivel y una gran compenetración entre sus integrantes. De este modo, ninguna unidad enemiga, ya fuese de ca- ballería o de infantería, conseguía romper el frente de una falange macedonia bien dispuesta. Posteriormente, tras la muerte de Alejandro Magno, por primera vez se enfrentaron falanges de tipo macedonio

Su gran versatilidad le permitió adaptarse a todo tipo de tropas enemigas. En esta pintura, una falange macedonia espera la carga de los elefantes de guerra en el curso de la batalla del Hidaspes.

unas contra otras. Fue entonces cuando se inició una escalada armamentística. Las sarisas fueron alargándose progresi- vamente: si una falange disponía de unos centímetros más, ganaba cierta ventaja sobre sus oponentes. Paulatina transformación. Por otra parte, fueron incrementando el peso de su armamento defensivo: las corazas se fueron generalizando, las que eran de lino o cuero fueron agregando el bronce; los escudos, que eran de 60 centímetros de diámetro (salvo para los hipaspis-

tas), aumentaron su tamaño; el uso de las grebas se extendió… De este modo una unidad que era ligera y móvil pasó progresivamente a ser lenta y estática. Al mismo tiempo, el entrenamiento necesa- rio fue escaseando, máxime cuando las guerras y las migraciones debidas al rey Alejandro y a sus sucesores, los Diádo- cos, habían despoblado Grecia en gran medida. Así, las falanges de tipo mace- donio no fueron capaces de hacer frente a las legiones romanas a su llegada a la Hélade y acabaron siendo derrotadas.

habían constituido en un cuerpo independiente para el que era reclutada la élite de los soldados macedonios por su altura y habilidades guerreras. Eran 3,000 hombres organizados en tres unidades llamadas quiliarca, que significa una “unidad de mil hombres”, y entre ellos los quinientos mejores formaban parte de la agema de los hipaspistas, la guardia real de infantería, que se relevaba por tur- nos para proteger al rey y lo acompañaba en todo momento. Solían llevar el armamento tradicional de los hoplitas griegos, es decir: casco, coraza de cuero o lino con su correspondiente faldellín, grebas para proteger las piernas, un escudo tipo hoplon (de 90 centímetros de diámetro, aunque sensiblemen- te más convexo que en el caso tradicional de espar- tanos y atenienses), la lanza media de los hoplitas griegos (de aproximadamente 2 metros y medio de longitud), una espada corta o un sable tipo kopis y en ocasiones un puñal. No obstante, durante las batallas suplían su lanza media por una sarisa larga de falangita, como se puede ver con más detalle en el recuadro de la falange macedonia. Los asthetairos y pezhetairoi formaban la in- fantería de línea de la falange macedonia, y con- formaban cada uno tres taxeis o regimientos de 1,500 hombres.La única diferencia entre estos dos tipos de tropas consistía en que los pezhetairoi eran reclutados en la Baja Macedonia en tanto que los asthetairos procedían de la Alta Macedonia y,

El ejército macedonio fue el gran referente militar en la Antigüedad hasta la llegada de las legiones romanas.

por ello, su habilidad en la lucha en terrenos mon- tañosos era superior. El armamento de los 9,000 falangitas de línea de Alejandro Magno era más ligero que el de los hipaspistas. Llevaban casco, por lo general de tipo macedonio, coraza y grebas en el caso de las filas primera, central y final. Lo más probable es que los demás no llevaran coraza, al menos en su mayoría. En cuanto al armamen- to ofensivo, portaban la sarisa larga y una espada corta o sable tipo kopis.

Inferioridad en el mar. Al inicio de la guerra, los persas tenían una marina mucho más potente que la macedonia. Aquí, una pintura francesa del siglo XV que representa el desembarco de Alejandro en Persia.

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ALEJANDRO MAGNO

Una fuerza de

choque. Las huestes macedonias conta- ban con una potente caballería tanto pesada como ligera. Aquí, los jinetes macedonios luchan contra los carros persas, en una miniatu- ra datada en el siglo XV.

Compactos y disciplinados

Los 9,000 falangitas más los 3,000 hipaspistas con- formaban la falange macedonia, que en batalla se estructuraba en filas de 16 hombres. La unidad de

16 filas se llamaba syntagma, y seis de ellos consti- tuían una taxis de 1,536 hombres. Las tropas macedonias recibían su armamento

y vestimenta del Estado; por ello, podemos inferir

un cierto grado de uniformidad en las unidades. Probablemente cada taxis o regimiento vestía un color propio para distinguirse de la siguiente. En- tre los súbditos macedonios también existía una pequeña unidad de mil hombres formada por ar-

queros de élite que Alejandro Magno utilizaba a menudo en sus incursiones. Asimismo, hay que destacar un pequeño cuerpo de “pajes reales”, que eran jóvenes nobles que servían al rey y que ade-

más recibían su educación en la corte. La infantería macedonia se completaba con los aliados y mercenarios griegos y balcánicos. Cuan- do Filipo unificó Grecia (salvo Lacedemonia) por las armas, creó la Liga de Corinto. Entre las diver- sas normativas de esta liga, se incluía la obliga- ción por parte de sus integrantes de enviar tropas

o fondos para el esfuerzo común de la guerra con-

tra los persas, y varias fueron las ciudades-Estado

que enviaron a sus huestes.

Los reyes macedonios lideraban a sus tropas en la primera línea, lo que causó un gran número de bajas entre ellos.

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Aliados y mercenarios

Del mismo modo, Alejandro alistó mercenarios procedentes de Grecia y los Balcanes. En total dis- ponía de 7,000 aliados y 5,000 mercenarios griegos,

y además llevó consigo una unidad de 7,000 tropas

aliadas balcánicas (formada por odrisios, tribalos

e ilirios) y 1,000 jabalineros agrianos.

En total, Alejandro, al iniciar su expedición, dis- ponía de 13,500 macedonios, 12,000 griegos y 8,000 balcánicos, es decir, unos 33,500 infantes. Para sus golpes de mano lo que prefería era utilizar a los agrianos y a los arqueros como si de “comandos” modernos se tratara. Su velocidad y ligereza les

permitía realizar persecuciones en montaña, ata- ques a fortificaciones, acometidas nocturnas y todo tipo de misiones especializadas.

La caballería

Este cuerpo del ejército, al igual que las tropas de

a pie, se subdividía entre los súbditos macedonios,

los aliados y los mercenarios. Los macedonios for- maban dos unidades de caballería, los exploradores

y los “compañeros”. Los exploradores, también de-

nominados prodromoi o sarisaforoi, eran caballe- ría ligera utilizada como avanzadilla para divisar al enemigo, buscar forrajes o emplazamientos para campamentos. Estaban armados con la sarisa de caballería, bastante más corta que la de infantería. Desconocemos su número, pero probablemente eran unos 600 repartidos en 4 ilai o escuadrones de 150. Si la falange constituía el yunque en la batalla, la caballería de los hetairoí o compañeros formaba

GRÁFICO: JOSÉ ANTONIO PEÑAS; HELLENIC INSTITUTE OF BYZANTINE STUDIES/ VENICE

el martillo. Se trataba de caballería pesada recluta- da entre los nobles macedonios y sus seguidores, así como entre otras personas que el rey deseaba distinguir. Iban armados con casco de tipo beocio y coraza de caballería acampanada o de lino reforza- do con placas de bronce, y además usaban la sarisa de caballería y la espada o sable tipo kopis. Forma- ban escuadrones probablemente de unos 200 hom- bres, que se alineaban en cuña para atacar. Una de estas unidades era llamada el escuadrón real, que disponía de 300 hombres y constituía la guardia a caballo del rey macedonio. En total cruzaron a Asia 1,800 de ellos al principio de la campaña. En la mayoría de las batallas, la falange servía de yunque para fijar al enemigo mientras que la caballería de los compañeros constituía el marti- llo que asestaba el golpe de gracia, mediante una carga que chocaba contra las filas del adversario. Esta táctica fue una de las grandes innovaciones de los macedonios. El rey Alejandro iba al frente de su guardia de caballería, pues los reyes mace- donios siempre debían liderar a sus tropas desde la primera línea de batalla, aspecto que causó no poca mortandad entre ellos.

Las “falanges medievales”. Las hazañas de Alejandro

se siguieron representando muchos siglos después de su muerte. Aquí, una miniatura bizantina del siglo XIV que ilustra la toma de Atenas, y en la que se muestra a las huestes macedonias como si fueran un ejército medieval.

Una vez establecida, la falange

macedonia era un auténtico muro formado por lanzas y escudos, que además se movía coordinadamente como un solo cuerpo.

La caballería del ejército macedonio se comple- taba, al igual que la infantería, con tropas aliadas y mercenarios provenientes del resto de Grecia y de los Balcanes. La más valiosa de estas unidades eran los jinetes tesalios. Estaban armados de forma similar a los compañeros, contaban con su mismo número y formaban tradicionalmente en rombo; a menudo estuvieron bajo el mando de Parmenio, el principal general de Alejandro. Pequeñas unidades de caballería ligera griega y balcánica, en particular la caballería peonia, completaban a los jinetes del ejército. En total, el rey macedonio llevó consigo unos 5,100 jinetes para conquistar el Imperio persa.

Un ejército sin rival

A lejandro heredó de Filipo un ejército muy diferente al del resto de Grecia. El rey macedonio perfeccionó las ideas del teba- no Epaminondas convirtiendo la línea de batalla, con pocos cuerpos de profundidad, en un muro de bronce impenetrable,

en el que las cinco primeras líneas combatían y el resto presionaban. Aún más importante, formó un ejército nacional, que se mantenía en continuo adiestramiento, frente a las tropas de las polis, formadas por ciudadanos. Soldados profesionales. Tradicionalmente, el hoplita (el portador del hoplon, el escudo) era un hombre libre que se pagaba el armamento con sus propios recursos, y sólo combatía cuando la ciudad lo requería. Únicamente Esparta y Tebas habían constituido antes una milicia profesio- nal, pero ambas ciudades mantuvieron la tradición del soldado-guerrero individual. En cambio, los hoplitas macedonios combatían como un solo

cuerpo, perfectamente coordinados en la formación del syntagma. Nuevos tiempos, nuevas armas. Los cambios en la táctica se refle- jaron en el equipamiento, que ahora era suministrado por el Estado. La sarisa tenía que manejarse con ambas manos, así que el hoplon se redujo hasta los 60 centímetros y se colgaba del hombro, dejando los brazos libres. El yelmo corintio, que protegía toda la cara pero apenas dejaba visibilidad, se cambió por el frigio, con su característico bonete en la punta. La armadura de bronce dio paso a la coraza de lino y cue- ro, mucho más ligera. De esta manera, los infantes macedonios podían desplazarse con mucha más rapidez que sus rivales y resistían mejor el cansancio durante la batalla, como se vería en Queronea, donde los griegos, agotados bajo el peso de sus armaduras, no pudieron resistir frente al empuje de los endurecidos veteranos del norte.

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La batalla de Gaugamela

T uvo lugar el 1 de octubre del año 331 a. C. en las cercanías de la actual ciudad iraquí de Mosul. Fue la mayor batalla en la que

luchó Alejandro y sin duda la más deci- siva, pues el destino del Imperio persa y de la expedición de los griegos se jugaba en ella. El ejército persa superaba quizá en más de tres a uno al macedonio. Esta confrontación demostró cómo un contin- gente más pequeño podía superar a uno mucho mayor en un campo de batalla. ¿Cómo venció Alejandro? Lo consi- guió por varios factores. En primer lugar, a un entrenamiento mucho mayor de sus tropas: la falange macedonia y las guardias de infantería y de caballería eran tropas de más calidad que las per- sas; la mayoría de éstas estaban forma- das por levas, y tan sólo la guardia, los mercenarios griegos y ciertas unidades de Asia central destacaban por su adies- tramiento. En segundo lugar, estaba la

unidad lingüística: el griego era la lengua común en el ejército de Alejandro, mientras que entre las tropas persas se hablaba una multitud de lenguas, lo cual dificultaba la transmisión de órdenes. En cuanto a la motivación, las tropas de la expedición de Alejandro, en caso de ser derrotadas, se habrían encontrado en medio de territorio hostil, con el peligro de enfrentarse a una larga retirada. Tam- bién había que contar con la moral de unos soldados que iban a conquistar un imperio, frente a otros que luchaban por un emperador al que no conocían. La batalla se inició con escaramuzas y Darío III lanzó sus carros falcados contra las tropas macedonias. Éstas abrieron sus filas ordenadamente y los dejaron pasar, haciéndoles perder su ímpetu inicial. Al mismo tiempo, el ala derecha persa ata- caba, a lo que respondía el ala derecha macedonia, en la que los mercenarios pivotaron para proteger su flanco.

Este choque supuso el principio del fin del Imperio persa de los aqueménidas. En la imagen, el óleo de Jacques Courtois (1621-1676) La batalla de Gaugamela.

Genio táctico. En aquel momen- to, Alejandro inició una maniobra de distracción cargando con su caballería hacia la derecha para más tarde girar e ir directamente contra el centro de los persas. El ala izquierda macedonia estaba casi desbordada; esto creó un hueco en la falange por la que se infiltró la caballería enemiga, la cual atacó el

En cuanto a la marina,Alejandro dispuso a lo largo de su reinado de varias flotas. Inicialmente como comandante o hegemón de la Liga de Corinto, las

ciudades griegas le enviaron una flota heterogénea de barcos de guerra y de transporte que le sirvió para cruzar a Asia y que contaba con unos 160 bar- cos. La tremenda superioridad de las flotas persas en el Mediterráneo y la falta de fondos de la monar- quía macedonia al principio de la campaña empu- jaron a Alejandro a licenciar a su flota tras la captura de la ciudad de Mileto. A partir de este momento, optó por ir tomando las bases terrestres de la marina persa. Volvió a crear una pequeña flota al mando de Proteas a fi- nales del 334 a. C., para defen- der el territorio de Macedonia en caso de recibir un intento de desembarco persa. Del mismo modo, en el 333 a. C., ya con mayores fondos, el rey creó una marina puramente macedonia. Pero no fue sino hasta el asedio de Tiro en el mismo año cuando Alejan-

dro recibió la mayoría de las flotas fenicias ahora súbditas suyas, a las que añadió na- ves de Licia, Chipre y Rodas.

El sitio de Tiro. Alejandro demostró su genio militar construyendo una calzada para poder utilizar sus máquinas de asedio. En esta ilustración los soldados macedonios atacan una brecha en las murallas de Tiro.

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Finalmente, en la India armó una escuadra para descender el río Indo; luego la amplió y, con ella, el almirante Nearco pudo retornar hasta Babilonia por el Golfo Pérsico.

Las innovaciones de la artillería

Estos mecanismos eran un invento bastante recien- te, ya que se concibieron en Siracusa a principios del siglo IV a. C. Sin embargo, la catapulta de torsión, que significaba un tremendo avance frente a sus antepasadas, que eran mucho más simples, fue pro- bablemente creada en Macedonia bajo los auspicios de Filipo II poco después del 340 a. C., por el ingenie- ro Diades de Pella. Antes de este invento, las ciuda- des y plazas fortificadas, en general, se tomaban tan sólo por hambre o traición, y ambos métodos solían ser muy caros y costosos a largo plazo. Las catapultas se transportaban en piezas o se fa- bricaban durante los asedios largos, y las había de varios tamaños.Los macedonios las utilizaron tanto desde tierra como montadas en barcos. De hecho, el ingeniero de Alejandro, Arquídemo, ideaba barcos especialmente diseñados para montar torres de ase- dio artilladas en su interior. Las catapultas supusie- ron un tremendo cambio en el ritmo de la toma de ciudades. Además, también se usaron en campaña, en particular durante el cruce de ríos, como fue el caso del Iaxartes y el Eordaico. Las torres de asedio con puentes levadizos, pese a no ser una innovación propiamente dicha, al combinarse con la artillería constituyeron un arma de lo más temible.

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campamento en vez de girar y tomar por la reta- guardia a los macedonios. Alejandro creó una gran cuña con la caballería de los “compañeros”, que chocó contra el centro enemigo obligando a Darío III a emprender la huida. Como consecuencia, la mayoría del ejército persa escapó y muchos se salvaron, debido a que Alejandro tuvo que volver para apoyar a su general Parmenio, sobrepasado en su propia ala izquierda.

Unidades especiales

Pero la artillería no era suficiente para tomar ciuda- des; necesitaba de unidades de ingenieros y zapa- dores que crearan terraplenes, rampas, desvíos de ríos y diques, como los dos enormes que se hicieron para tomar Tiro, además de todo tipo de obras para que las piezas de artillería cumplieran con su come- tido. Estaban también todos los cuerpos de carpin- teros, herreros y otras labores especializadas para

construir la artillería, las torres, los barcos, renovar las armas o repararlas, así como los pontoneros, curtidores de pieles, agrimensores, constructores, etc. La administración del ejército requería de todo un séquito de secretarios, escribas, personal de pro- tocolo, alto mando y Estado Mayor. De igual modo, el tren de equipajes crecía a medida que el colosal ejército avanzaba. Alejandro dispuso asimismo de un rudimentario servicio de información y de un servicio de correos muy avanzado para su época. Finalmente, el ejército contaba con un cuerpo de sacerdotes y adivinos, que gozaban de gran consi- deración e importancia a los ojos de Alejandro: este cuerpo se fue acrecentando con incorporaciones locales a lo largo de las tierras conquistadas. Sabios

e intelectuales completaban esta verdadera expe-

dición, algunos de la talla de Anaxarco de Abdera, el sabio atomista, u Onesícrito de Astipalea, el filósofo cínico y marino, acompañados de un gran número

de geólogos, botánicos, zoólogos, médicos, físicos

y toda suerte de filósofos, que fueron describien-

do y recolectando datos y especímenes durante la

Los arqueros y jabalineros a caballo fueron unidades de origen persa que Alejandro incorporó a su ejército.

campaña, que acabaría prefigurando de este modo las futuras expediciones científicas. El ejército que hemos descrito es básicamente el

ejército de Filipo II y del inicio del reinado de Ale- jandro III. Sin embargo, a medida que avanzó y fue conquistando territorios a través de Asia, sufrió im- portantes pérdidas, ya fuera por muertes, heridas

o enfermedades, aunque de igual manera fue reci-

biendo contingentes de refuerzos. El fenómeno más característico de los últimos años de su reinado fue

la progresiva orientalización del ejército macedonio.

Influencia persa

En efecto,Alejandro Magno fue introduciendo pau- latinamente tropas, sobre todo ligeras, de origen oriental, eminentemente iranio (persas, medos y bactrianos). Estaban formadas por arqueros a ca- ballo y jabalineros a caballo, pero también hubo todo tipo de tropas ligeras de infantería. Este fenó- meno cobró mayor relieve justo antes de la muerte del Magno, con la creación de un ejército paralelo persa armado y entrenado a la macedonia. Sus componentes habían sido educados como griegos desde jóvenes. Cuando Alejandro pasó por Babi- lonia antes de ir hacia Asia Central y la India los reclutó, y desde entonces habían sido entrenados. Así, esta falange persa estaba lista para entrar en combate. De la misma manera, quiso crear una fa- lange mixta macedonia y persa en la que las tres primeras filas y la última fueran de piqueros ma- cedonios, y las filas centrales estuvieran formadas por jabalineros y arqueros persas. Si la muerte no hubiera sorprendido a Alejandro Magno en junio de 323 a. C., quién sabe qué nuevos confines habría conseguido alcanzar con su ejército.

La ingeniería al servicio de la

guerra. Las catapultas de torsión y las torres de asedio artilladas o con puentes levadizos fueron grandes innovaciones que facilitaron la toma de ciudades. A la izquierda, la reconstrucción de una catapulta utilizada en tiempos de Alejandro Magno.

MUY INTERESANTE

ALEJANDRO MAGNO

El despertar de Macedonia

Nace una nueva

potencia

Unos inicios modestos dieron paso a una historia de lo más sorprendente, la de un pequeño reino al norte de Grecia que acabaría por imponerse a todas las polis de la Hélade y al todopoderoso

Imperio persa. Por Roberto Piorno

C uenta la leyenda que Pérdicas, Gavanes y Aéropo, herederos de Témeno, descen- diente a su vez del mismísimo Heracles, se vieron empujados a huir de su Argos natal en dirección a Iliria para, poste- riormente, recalar en la Alta Macedonia, en la ciudad de Lebea, donde se ganaron

el favor del monarca, que los acogió y empleó. No tardaron los ilustres hermanos en despertar los recelos del rey, que decidió expulsarlos de sus tierras no sin antes liquidar sus

deudas remunerándolos, no muy generosamente, por los servicios prestados. Terminó el monarca por arrepentir- se, ordenando su búsqueda y captura, pero los fugitivos lograron llegar hasta la Baja Macedonia, instalándose en los jardines que habían pertenecido al rey Midas. Pérdicas tomó así posesión de aquellas tierras, ampliando progresi- vamente sus dominios y reinando sobre toda Macedonia. De esta manera, cuenta Heródoto, los Teménidas conquis- taron Macedonia a finales del siglo VIII a. C. o a comienzos de la centuria siguiente, cristalizando la hegemonía de la dinastía Argéada –el linaje ancestral del que descendía Alejandro Magno– sobre las tribus de una región que sabe- mos poblada al menos desde el Neolítico, pero cuyo origen histórico sólo revelan los ecos del mito.

Ignoramos hasta qué punto éste encierra referencias ge- nuinamente históricas. El relato de Heródoto parece sugerir, en clave legendaria, el origen de los macedones en las tierras altas (la llamada Alta Macedonia histórica), que compren- dían las regiones de Lincéstide al norte, Eordaea en el centro, Elimea en el sureste y la Oréstide en el oeste.

Orígenes legendarios

En algún momento de finales del siglo VIII este ethnos, que reconocía en Macedón, hijo de Eolo, a su más ilustre ante- pasado, descendió desde las tierras altas hacia las llanuras aluviales de la Baja Macedonia, fijando en Egas el centro político y administrativo de la dinastía hegemónica, los Ar- géadas, que habría logrado emerger de entre la constelación de linajes locales que acaudillaban las diferentes subetnias del crisol macedonio. El mito del exilio de los Teménidas, probablemente, no es mucho más antiguo que la voz de su primer cronista, Heródoto, que al igual que Tucídides (o el Arquelao de Eurípides, donde también se recoge, con variaciones, la leyenda) se habría hecho eco de un relato construido por Alejandro I en la primera mitad del siglo V a. C. y apuntalado por Arquelao a comienzos de la centu- ria sucesiva en el empeño por argumentar el origen griego de su linaje, tratando de enfatizar las raíces helenas de los

FOTO: GETTY IMAGES

macedones. Una cosa es cierta: en tiempos de Heródoto y Tucídides nadie en Macedonia dudaba de la veracidad del mito, y por extensión del origen griego de una monarquía que descendía del mismísimo Heracles.

¿Bárbaros o griegos?

Por tanto, ¿se podía considerar helenos a los macedones? Muchos escritores griegos contemporáneos desdeñaban a sus vecinos macedonios, a los que veían como incivili- zados bárbaros, y a lo largo del siglo IV a. C. Demóstenes y otros grandes políticos atenienses subrayaron con ahínco la no helenidad de esta región en un contexto de abierto enfrentamiento con Filipo II y su agresiva política expan- sionista. El griego era con seguridad una lengua de uso co- rriente en la antigua Macedonia, y por otro lado la práctica totalidad de nombres y topónimos macedonios conocidos son de origen griego. No sabemos casi nada del dialecto macedonio que, según las fuentes, empleaban habitual- mente para comunicarse las unidades de infantería del ejército de Alejandro en Asia. Apenas sobrevive un puña- do de vocablos inequívocamente macedonios y, aunque se infiere la influencia iliria y tracia, no podemos siquiera intuir las raíces lingüísticas de este dialecto. Por el contra- rio, la evidencia arqueológica apunta a la omnipresencia

El hogar de los primeros argéadas. Egas,

situada en la actual Vergina, al norte de Grecia, fue la primitiva capital de Macedonia. En la imagen, las ruinas del antiguo palacio real de Palatitsia.

FOTO: PALAZZO PITTI, FLORENCE, ITALY; PINTURAS DE GUERRA

MUY INTERESANTE

ALEJANDRO MAGNO

Los griegos los consideraban bárbaros no por razones étnicas, sino por lo arcaico de sus instituciones y lo rústico de sus costumbres.

LIBRO

El mundo griego antiguo

F. Ruze y M. C. Amou- retti, Akal, 2004. Una obra clásica para introducirse en esta compleja época, en la que con frecuen- cia el relato histórico y el legendario se confunden.

del griego en el día a día de la corte y la administración. Es más que probable que los macedonios fueran bárbaros

a ojos de los griegos no por

razones de índole étnico-lin- güística, sino simplemente por lo arcaico de sus institu- ciones y lo rústico de algunas de sus costumbres (no mez- claban el vino con agua, a la manera griega). Así, hay que entender los prejuicios de las polis griegas hacia Macedonia como la proyección de una cierta arrogancia cultural del sur hacia el norte.Alfinyalcabo,losmacedonioseranunpueblo desimplespastores,apegadosaestructurastribales muy primitivas con un modelo institucional nada sofisticado, al servicio de un reino en el que apenas existían ciudades dignas de llamarse así.

Un linaje mítico. Los monarcas macedonios afirmaban que eran descendientes de Heracles y por lo tanto tenían sangre griega. En la imagen, la obra Hércules en la encrucijada (1828), de Pietro Benvenuti (1769-1844).

prácticamente desde cero, de todas las estructuras políticas, sociales y militares del Estado, que ha-

bríandeconvertiraMacedonia en un tiempo récord en hegemón incontestado del mundo griego, me- diante un proceso de maduración política que pro- vocó el nacimiento del primer gran Estado-nación territorial de la historia de Occidente. Sin embargo, eseprocesodeautoafirmación de Macedonia como gran potencia no puede, en absoluto, desligarse de las políticas acometidas por algunos de los mo- narcas más enérgicos de la dinastía Argéada en el transcurso de los siglos V y IV a. C. Desdelasbrumasdel mito emerge a mediados del siglo VI la figura de Amintas I, primer monarca que ha deja- do un rastro inequívocamente histórico en las fuentes y cuyo reinado está marcado por la sumisión a la todopoderosa Persia. Macedonia, a comien- zos del siglo V a. C., y en víspe- ras del estallido de las Guerras Médicas, era, de facto, el más occidental de los Estados clientes del Imperio persa. En realidad, durante este periodo, la política exterior macedonia viene marcada por la debilidad frente a sus vecinos, por la ne- cesidad de salvaguardar sus fronteras de las acometidas de tracios, ilirios y peonios y por la resignación frente a las

exigencias de la gran potencia político-militar del periodo, inmersa en una costosísima guerra con los griegos.

Bajo la influencia persa

La historiografía moderna ha tendido tradicional- mente a situar un drástico punto de inflexión en

la historia de Macedonia en el ascenso al trono de

FilipoII,atribuyéndolelacompletatransformación,

Poderío naval. Las marinas de guerra griegas estaban formadas por galeras de trirremes. Para su construcción era fundamental la madera y Macedonia era uno de sus principales proveedores.

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FOTOS: PARIS MUSEES COLLECTIONS

Las Guerras Médicas

Exigencias a las que tampoco pudo dar la espalda

Alejandro I, el primer gran “estadista” de la histo- ria de Macedonia, responsable de la helenización del reino, e impulsor de reformas que habrían de

sentarlasbasesdeunEstadoconcimientospolíti-

co-institucionales sólidos y duraderos. Alejandro

I, cuyo reinado se prolongó durante medio siglo,

entre los años 498 y 454 a. C., hubo de lidiar con un contexto político internacional incendiario y con la incómoda posición del intermediario, del convidado de piedra en el feroz enfrentamiento

entre griegos y persas. El monarca macedonio se

vio empujado, por puro instinto de supervivencia,

a jugar un doble juego: por un lado hubo de ser fiel

a los compromisos adquiridos por Amintas con

el Gran Rey, inclinándose nominalmente hacia el bando persa en el transcurso de las Guerras Médicas; pero, por otro, era un rendido admirador de todo lo heleno y sus acciones dejan entrever

su predilección por la causa griega en el conflic- to. Así, mientras ejercía de emisario de Darío y Jerjes en las negociaciones con las polis, partici- pando en el esfuerzo militar persa con la cesión de modestos contingentes, el rey, al que a raíz de sus victorias en los Juegos Olímpicos (hasta don- de sabemos, fue el primer monarca macedonio que tomó parte) le fueron otorgados por Atenas honores de proxenos (embajador) por sus buenos servicios a la polis ática, asesoraba en secreto a los griegos, proporcionando información que ha- bría de ser crucial, por ejemplo, en la victoria de la Liga Helénica en Platea (479 a. C.). Alejandro I, por consiguiente, gozaba de una notable reputación en ambos bandos y supo hacer de la necesidad virtud, eludiendo la enemistad de los dos con- tendientes y sacando partido del doble juego con las anexiones de Crestonia, Migdonia o Bisaltia y partes de la Calcídica. Aprovechó para ello la reti- rada del ejército persa, al que derrotó en Anfípo- lis, con lo que ganó definitivamente la amistad y el reconocimiento de los griegos, que no dudaron en otorgarle el título simbólico de “filoheleno”. En la segunda mitad de su reinado, las relacio- nes del rey con Atenas se enturbiaron a raíz del creciente imperialismo de la polis ática, cada vez más interesada en formalizar su presencia en te- rritorio macedonio.A su muerte en 454,Alejandro

I dejaba tras de sí,además,una ambiciosa reforma

de la caballería, que pasó a estar integrada exclu-

sivamente por miembros de la nobleza a los que se conocería a partir de entonces como los hetairoí (compañeros), lo que selló el nacimiento de uno de los ingredientes más característicos y eficaces de la maquinaria bélica de Filipo y Alejandro. El rey falleció a la avanzada edad de ochenta años en circunstancias que no son bien conocidas. Lo

Las instituciones macedonias

E l Estado macedonio esta- ba constituido alrededor de dos únicos pilares: el rey y los macedones, que

eran los ciudadanos que nutrían las filas del ejército y que, por ese mismo motivo, tomaban parte en una de las pocas instituciones que atenuaban el poder del monarca:

la asamblea. Ésta estaba compues- ta por el rey y los ciudadanos en armas y, de lo que cabe deducir de las fuentes, era una institución un tanto informal, cuyas disposi- ciones no eran vinculantes, pues la última palabra estaba siempre en manos del rey. Sí jugaba un papel central en la designación del sucesor a la muerte del monarca y juzgaba casos de traición, aunque sus poderes, según se infiere de las fuentes, debían de ser limitados. Un carácter igualmente informal tenía la hetaireia, que era el círculo de los “compañeros

La hetaireia

Eran los compañeros con los que el rey cabalgaba en combate, y provenían de las familias más importantes de Macedonia. Aquí, una miniatura medieval donde se les representa.

del rey” con los que cabalgaba en el combate y constituía el núcleo duro de la caballería. Los com- pañeros no eran sino aquellos individuos que más confianza inspiraban al rey y que le hacían compañía en los banquetes. La élite del reino. Poco a poco, sin embargo, fue dando cabida a los miembros de las familias más prominentes de la Alta Macedonia, muy especial- mente a partir del reinado de Fi- lipo, y entre los compañeros más destacados se seleccionaba a los alumnos de la Escuela de Pajes, una auténtica cantera de oficiales macedonios cuya sede estaba en Díon y que con certeza existía ya en tiempos de Arquelao. Filipo fue quien le dio su forma defini- tiva, pero la Escuela ya formaba a la élite de la corte, el ejército y la administración desde, al menos, finales del siglo V a. C.

único seguro es que a su muerte estalló una de las incontables crisis dinásticas que precedieron a la coronación de no pocos de los monarcas de la casa Argéada. En Macedonia no existía el principio de la primogenitura; el nuevo rey tenía que contar con el visto bueno de la asamblea (formada por los ciudadanos que prestaban servicio militar), cir- cunstancia que, sumada a la institucionalización de la poligamia, propiciaba que en cada proceso sucesorio, de manera casi sistemática, prolifera- ran aspirantes al trono y con ellos las intrigas y la violencia. El trono vacante de Alejandro I tenía muchos pretendientes (el rey tuvo, como mínimo, seis hijos), aunque finalmente fue Pérdicas II el que hizo valer sus derechos. Se encontró con un con- flicto abierto con Atenas, que cada vez más exten- día sus tentáculos por las costas del golfoTermaico, poniendo así en riesgo la integridad territorial de

PERSONAJE

Arquelao I, hijo bastardo de Pér- dicas II,

tuvo un reinado corto (413-399 a. C.) pero muy fructífero: trasladó la capital a Pella, aseguró las fronteras del reino, reforzó sus estructuras económicas y estableció las bases de un potente ejército.

FOTO: STG_GR1 FROM ABELONAS, GREECE; GETTY IMAGES/ISTOCK

MUY INTERESANTE

ALEJANDRO MAGNO

Los vecinos de

Tesalia. La polis de Larisa, capital de esta región, estuvo ocupada por Alejandro II hasta la intervención de Tebas en 368 a. C. Arriba, una imagen de los restos del antiguo teatro de la ciudad.

Macedonia. Ésta era un enclave absolutamente estratégico para los atenienses; no en vano, era el principal proveedor de la madera con la que se fabricaban los trirremes que sostenían el imperio ateniense y el esfuerzo bélico contra Esparta en la Guerra del Peloponeso. A lo largo del dramáti- co conflicto que desangró a las polis griegas en la segunda mitad del siglo V a. C., Macedonia osciló

segúnconvenienciahaciaEspartaoAtenasenbus-

ca de un equilibrio que le permitiera contrarrestar la amenaza de ambos contendientes. Y en medio de ese delicado juego de alianzas, murió el rey por causas naturales, sucediéndole un hijo bastardo, Arquelao, que según Platón llegó al trono dejando

tras de sí un reguero de sangre, pues eliminó uno por uno a todos los pre- tendientes alternativos.

Relaciones con Atenas

Reinó apenas durante 14 años, pero ningún otro monarca macedonio dejó semejante impronta y tan fructífero legado hasta la coronación de Filipo II. Su ascenso al trono coincidió con el colapso en la Guerra del Peloponeso de Atenas, que cada vez dependía más del favor del rey de Macedonia para su vital abastecimiento de madera, toda vez que su otro gran mercado, Sicilia, estaba perdido para siempre tras la desastrosa expedición de 415-413 a. C. Atenas y Macedonia estaban, pues, condenadas a entenderse. Con el frente en la Calcídica relativa- mente tranquilo,Arquelao pudo concentrarse en las fronteras occidentales y en asegurar la lealtad, me- diante alianzas matrimoniales, de las aristocracias de la Alta Macedonia, que históricamente habían recelado de la autoridad y hegemonía de los Argéa- das. La próspera relación comercial con Atenas, con la madera como protagonista, y la explotación de las minas de plata de Bisaltia, ahora bajo control macedonio, propiciaron una primera edad de oro que permitió al rey acometer una ambiciosa refor- ma militar de la que no tenemos demasiados datos, pero que comportó una sustancial modernización

Intrigas en la corte

L a mujer jugó un papel muy menor, prácticamente invisible, en el ámbito de la polis. No sucedió lo mismo en Macedo-

nia, donde la idea misma del poder estaba íntimamente ligada al concepto de dinastía. En un Estado monárquico como el macedonio, la separación entre el espacio privado (femenino) y el espa- cio público (masculino) era inexistente. La realidad es que la pertenencia a la familia real Argéada significaba poder y, aunque la macedonia era, naturalmen- te, una sociedad patriarcal, la cuota de poder e influencia política de las muje- res del linaje real era considerable. Las mujeres garantizaban la sucesión y los matrimonios, en el contexto de la corte, eran alianzas políticas en toda regla. Muchos de los reyes de la casa Argéada eran, además, polígamos. Esto creaba un vínculo estrechísimo entre los ni-

La Argésda fue una

dinastía convulsa: su historia está salpicada de magnicidios, usurpaciones y feroces luchas por el trono.

Eurídice

Amintas III

ños-pretendientes y sus madres, que maniobraban en la corte para promocionar a sus vástagos en perjuicio de los de las otras esposas del rey. Uno de los perfiles femeninos más prominentes de la historia de Macedonia fue el de Eurídice, esposa de Amintas III y madre de hasta tres reyes: Alejandro II, Pérdicas III y, finalmente, Filipo II.

Las mujeres y la sucesión. Se sabe que Amintas era polígamo, por lo que necesariamente Eurídice tuvo que ma- niobrar hábilmente para que sus descen- dientes ocuparan el trono en perjuicio de los hijos de otras esposas. Una vez muer-

Pérdicas III

Filipo II

Alejandro II

Alejandro III (El Magno)

to Amintas fue amante, o incluso esposa, según algunas fuentes, de Ptolomeo de Aloro, el asesino de su hijo Alejandro II. Es muy posible que decidiera “perdonar” el crimen al nuevo hombre fuerte de la corte con el único propósito de proteger los derechos dinásticos de sus dos hijos vivos: Pérdicas y Filipo.

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Macedonia era una región básica para Atenas, ya que la surtía de madera para sus trirremes.

del ejército, coronada por una mejora notable de los mediocres contingentes de infantería. Por vez primera, bajo Arquelao, Macedonia dispuso de un ejércitoeficiente,operativoyorganizado; sobreesta

base, ya muy sólida, construiría Filipo la máquina militar macedonia que habría de poner de rodillas

a toda Grecia y al Imperio persa.

Foco cultural. Con el reinado de Arquelao, la capital macedonia de Pella se convirtió en un centro cultural e intelectual de primer orden. Grandes personajes como el poeta Píndaro (aquí, en una escultura de mármol) la visitaban con frecuencia.

el cetro, le fue remitida la exigencia de los Alé- vadas de Larisa, que pasaban factura por viejos favores exigiendo al f lamante monarca ayuda

El rey, por otro lado, trasladó la residenc ia real desde Egas a Pella, de tal manera que la vieja ca- pital siguió teniendo un papel simbólico muy sig- nificativo por alojar las tumbas de los miembros de la casa real, mientras Pella, que gozaba de una posición geográfica mucho más estratégica, se convertía en el centro político y administrativo del reino. Arquelao era un declarado amante de

Conf lictos fronterizos

para derrotar al tirano de Feras. El rey, en efecto, acudió a la llamada y ocupó en persona diversos territorios en Tesalia que, posteriormente, se negó a restituir a sus aliados Alévadas. Éstos, naturalmente, no se quedaron de brazos cruza- dos y pidieron auxilio a Tebas, nueva potencia hegemónica entre las polis griegas, que ocupó Larisa en 368 a. C. expulsando a Alejandro

la cultura griega, y su nueva capital se convirtió

II

y forzando una alianza bilateral entre

en un imán para atraer a la corte a la f lor y nata de la intelectualidad griega de la época. En ella había asiduos personajes de la talla de Eurípides, Píndaro, Hipócrates o Timoteo.

Tebas y Macedonia sellada con la entre- ga, por parte de Alejandro, de rehenes pertenecientes a las treinta familias más notables de Macedonia. Uno de ellos, aún un niño por aquel entonces, era el futuro Filipo II. Tebas forzó un precario entendimiento entre

Una herencia envenenada

Pella f loreció y se convirtió en uno de los epicen- tros intelectuales del mundo griego, y Arquelao

el monarca y uno de los nobles macedonios más prominentes, Ptolomeo de Aloro, que pronto se

I,

con sus políticas reformistas, sus dotes diplo-

convertiría en el personaje más inf luyente de la

máticas y su mecenazgo cultural filoheleno, sen- tó las bases estructurales del reino hegemónico que sus sucesores habr ían de construir. No sus

corte macedonia.

herederos más inmediatos, ya que la obra y el le-

En pocos meses Alejandro II murió asesinado, en

gado de Arquelao se vieron seriamente compro- metidos tras su asesinato a manos de Crátero, un pretendiente que perpetró el magnicidio en una cacería. Se abrió así un periodo de turbulencias e intrigas en la corte que erosionaron los cimientos del reino y despertaron el apetito de atenienses, espartanos y calcidios y de nuevos actores polí- ticos de la zona, como la reforzada Beocia o una Iliria desbocada bajo el liderazgo del rey Bardilis. Finalmente, en 393 a. C., seis años después de la muerte de Arquelao, la crisis sucesoria quedó ce-

una conspiración urdida, según algunas fuentes, por el propio Ptolomeo, que al parecer era amante de Eurídice, viuda de Amintas. El usurpador fue regente de Macedonia durante tres años, y sólo las presiones de Tebas propiciaron que los dere- chos dinásticos de los hijos de Amintas (Pérdicas y Filipo) fueran nominalmente respetados. Final- mente la sucesión, como era habitual en la corte macedonia, hubo de resolversemediante la elimi- nación de rivales.Harto de esperar a que Ptolomeo hiciera efectivo su compromiso, Pérdicas optó por

rrada en falso con la coronación de Amintas III.

la

vía rápida asesinando al intruso y devolviendo

Éste, desbordado por todos los frentes, hubo de

el

trono al linaje de Amintas III. Pérdicas III heredó

sucumbir a las injerencias exteriores y perdió el control de la Alta Macedonia, lo que le obligó a exiliarse en Tesalia, desde donde, con ayuda de los Alévadas de Larisa, logró recuperar el trono. M ientras, hubo de apoyarse en Beoc ia y Espar- ta para poner freno a la presión en el sur de la Liga Calcídica, de tal modo que a su muerte en 370 a. C. los hijos de Amintas recibieron una he- rencia envenenada. Fueron los tres vástagos de su unión con la reina Eurídice quienes, sucesi- vamente, ocuparían el trono, comenzando por el primogénito, Alejandro II. A éste, nada más ceñir

unaMacedonia en estado de descomposición, con los atenienses campando a sus anchas en la Cal- cídica y Bardilis, y liderando una nueva invasión en la Alta Macedonia, todo ello frente a la total impotencia del rey, que perdió la vida batallando infructuosamente contra los ilirios. Ésa fue la caó- ticaMacedonia con la que el joven Filipo, coronado en 359 a. C., tuvo que lidiar: un Estado que hacía aguas por casi todos los frentes, pero con unos cimientos estructurales más sólidos, gracias al legado de Alejandro I y Arquelao, de lo que la his- toriografía moderna ha querido reconocer.

LIBRO

Grecia en el siglo IV a. C.

José Pascual González, Síntesis, 1997. Amplio estudio sobre las relaciones políticas en la Hélade, desde el final de la Guerra del Peloponeso hasta las conquistas de Filipo de Macedonia.

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MUY INTERESANTE

ALEJANDRO MAGNO

Las polis griegas contra el Imperio persa

¡Enemigos

a la vista!

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Las Guerras Médicas fueron una etapa dentro de los más de dos siglos de lucha entre griegos y persas, una lucha que no cesó hasta la conquista del Imperio aqueménida por Alejandro

Magno. Por Antonio Penadés

Un punto de inflexión. En 480 a. C. se libró una batalla naval en los estrechos de la isla griega de Salamina entre una alianza de ciudades-Estado helenas y la flota del Imperio persa, liderado por Jerjes I. En la ilustración, una escena de ese combate que se saldó con una victoria decisiva para Grecia.

A principios del siglo V a. C., el Imperio

persa comprendía todas las naciones

situadas entre el mar Egeo y el río Indo.

El centro administrativo era Susa, en la

meseta iraní, pero el gran rey otorgaba

un amplio espacio de libertad política y

religiosa a los sátrapas y dinastías locales

con tal de que mantuvieran el orden social en sus regiones y cada año recaudaran el tributo establecido. En esa expansión tuvo una gran relevancia el año 546 a. C., que fue cuando el rey Ciro el Grande invadió la ciudad de Sardes, en Asia Menor, pasando Lidia y Jonia a formar parte de los dominios persas. En torno al año 500 a. C. los jonios decidieron alzarse contra el rey persa, decisión que desencadenaría los sangrien- tos enfrentamientos entre persas y griegos que hoy conocemos como Guerras Médicas (492-479 a. C.). El promotor de la rebelión fue Aristágoras, tirano de Mileto, quien en 499 a. C. se embarcó hacia Esparta y Atenas para recabar sus apoyos. No convenció a los espartanos pero sí consiguió veinte naves de los atenienses, a las que se unieron cinco más de Ere- tria (isla de Eubea). Cuando estas tropas llegaron a Asia Menor, se unieron al ejército rebelde jonio y se dirigieron hacia Sardes, capital de Lidia. Después de tomar la ciudad, los levantamientos se extendieron por Anatolia, desde Bizancio hasta la región de Caria.

La rebelión jonia

Tras esta afrenta, el rey persa Darío ordenó que una flota de trirre- mes fenicios invadiera Chipre para utilizar la isla como base para sus operaciones navales, mientras que, por tierra, su ejército al- canzó a las tropas griegas en Éfeso y las derrotó. Atenas y Eretria no prestaron su auxilio a los jonios en esta ocasión. Todas las ciudades griegas que se habían alzado fueron cayendo; todas excepto Mileto, que pudo resistir refugiándose tras sus murallas. Cinco años después, en 494 a. C., los jonios reunieron sus efec- tivos navales en Lade, un islote situado enfrente de Mileto, y esperaron a los persas para ofrecerles batalla. Sus 350 navíos procedían de Samos, Lesbos, Focea, Teos, Quíos, Priene y de la propia Mileto. Los persas acudieron a Lade con unos 700 barcos –sobre todo fenicios y egipcios–, presentaron batalla y ganaron

a los jonios con relativa facilidad. La temprana retirada de los

samios, una vergonzosa acción que supuso un lastre insuperable para el bando griego, resultó crucial.

La consiguiente destrucción de Mileto fue terrible. La mayoría de los hombres fueron asesinados por los persas y las mujeres

y los niños esclavizados, y el santuario de Dídima fue saqueado.

Al final, la rebelión de los jonios sirvió para que el rey Darío y su hijo Jerjes contaran con una justificación para incluir en su lista

de pueblos sometidos a los griegos, en especial a los atenienses por la ayuda prestada a los rebeldes.

Dos años después, en 492 a. C., los persas emprendieron su prime- ra expedición hacia Grecia continental a las órdenes de Mardonio, general perteneciente a la familia aqueménida. Tras recorrer las costas de Asia Menor, cruzaron el Helesponto y sometieron sin

apenasresistencialaisladeTasosyMacedonia.Sinembargo,cuan-

do continuaron su ruta hacia Occidente y bordeaban la península deAtos,se abatió sobre la flota persa un huracán que lanzó contra la costa a la mayoría de las naves,provocando cientos de muertos.

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ALEJANDRO MAGNO

En la llanura de Maratón. Allí tuvo lugar el enfrentamiento que definió el desenlace de la Primera Guerra Médica en 490 a. C., pues la victoria griega puso fin a esta primera fase de la contienda. Arriba, la ilustración escenifica la encarnizada batalla entre las tropas persas y las griegas.

Guerra y

destrucción. En

Asia Menor, la antigua ciudad de Dídima (abajo, las ruinas del templo dídimo de Apolo) estaba muy ligada al puerto de Mileto, ubicado a unos 15 km al norte. Ambos asentamientos fueron saqueados e incendiados por el ejército persa.

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Expediciones aqueménidas

Después del fracaso de Mardonio, el rey Darío llevó a cabo su famoso despacho de mensajeros para so- licitar a las principales ciudades helenas “el agua y la tierra”. La mayoría de los representantes griegos concedieron ambos símbolos de sumisión a los he- raldos persas, pero la leyenda cuenta que Atenas y Esparta reaccionaron arrojándolos al báratro (infier- no) y a un pozo respectivamente, instándoles a que sacaran de allí la tierra y el agua y se la llevaran al rey. Tras el escarnio sufrido por sus heraldos, inviola- bles e investidos de carácter sagrado, Darío decidió emprender otra expedición militar para castigar a Eretria y aAtenas por su participación en la quema de Sardes. El ejército persa sería comandado esta vez por un medo llamado Datis, con una flota de más de un centenar de trirremes. La flota de Datis asedió Eretria en 490 a. C. y asaltó sus murallas durante seis días. Saquearon e incen- diaron sus templos y, acto seguido, esclavizaron a la población. A continuación cruzaron el canal de Eubea y, siguiendo los consejos de Hipias –tirano de Atenas entre 527 y 510 a. C.–, fondearon en la playa de Maratón.

Pronto acudieron a Maratón 10,000 hoplitas grie- gos –soldados equipados con panoplia pesada– y se instalaron a unos tres kilómetros de distancia. De ellos 9,000 eran atenienses y el resto de Platea, ciudad beocia que siempre mantuvo una relación de amistad con Atenas. Las tropas griegas y las persas permanecieron frente a frente durante ocho días. Milcíades, el general que comandaba las tropas atenienses y plateas, planteó una in- teligente estrategia y consiguió formar un frente similar al del enemigo –de más de un kilómetro de anchura– a base de restar filas en la parte trasera de la formación. El día de la batalla, los 10,000 ho- plitas griegos comenzaron a correr con todas sus fuerzas cuando se hallaban a unos 200 metros de distancia y no se detuvieron hasta chocar contra el frente enemigo. Con esa maniobra, los hom- bres de Milcíades quedaron expuestos el mínimo tiempo posible a la nube de flechas de los arque- ros persas y, de paso, aprovecharon el impulso para cargar contra sus adversarios. Los atenienses y los plateos sufrieron 192 bajas y provocaron la muerte a unos 6,000 soldados bárba- ros. La gran diferencia entre unos y otros residía en que el ejército persa estaba compuesto por tropas de infantería, ya que antes del choque reembarcó los caballos para intentar un ataque simultáneo en Atenas, mientras que los griegos utilizaron sus falanges, formación de combate integrada por hoplitas. En Maratón se enfrentaron unas tropas endebles y desestructuradas contra un ejército revestido de metal. Tan sólo tres días después de la batalla,los espar- tanos llegaron a Maratón pero no pudieron hacer más que felicitar a los atenienses por su victoria.La celebración de las fiestas carneas les impidió llegar a tiempo.La proeza de atenienses y plateos queda- ría grabada para siempre en la memoria colectiva de la Hélade. Fue la primera vez que un ejército griego vencía a los persas en una batalla abierta, lo

FOTO: EFE

La astucia de Artemisia de Caria

N arra Heródoto en su Historia

que, en el tramo final de la

batalla de Salamina, la nave

que capitaneaba la reina Ar-

temisia de Caria, aliada de Jerjes, se vio

rodeada por los griegos. Su situación era desesperada, pues un trirreme ateniense había enfilado su perpendicular y estaba a punto de embestir contra su costado. Tácticas de guerra. Artemisia realizó entonces una maniobra sorprendente:

ella misma ordenó atacar y clavar el espolón de la proa de su navío contra un trirreme licio, a pesar de comba- tir también para la flota persa. Con esta estrategia, la reina consiguió un

triple objetivo: salvar la vida, pues los atenienses desistieron de atacarla al pensar que ella, al igual que ya había hecho alguno que otro barco jonio, había decidido cambiarse al bando de los griegos; en segundo lugar, devolvió a los licios una antigua afrenta que ambos tenían pendiente, y, por último, se ganó el reconocimiento de Jerjes, pues el gran rey vigilaba el desarrollo de la batalla sentado en lo alto de una colina y, desde la distancia, creyó que la nave hundida por la acción de Arte- misia era griega. Al presenciar la ma- niobra de la reina, avergonzado como estaba por la deplorable actuación

La reina Artemisia (en la ilustración) gobernó la satrapía persa de Caria y luchó contra las polis griegas en la Segunda Guerra Médica.

de su armada, Jerjes exclamó: “Los hombres se me han vuelto mujeres, y las mujeres, hombres”.

que resquebrajó esa imagen de imbatibilidad que hasta entonces proyectaban las tropas asiáticas. Impulsado por Mardonio y otros cortesanos, el rey Jerjes, sucesor de Darío, convocó en Sardes en 480 a. C. a todas sus tropas, procedentes de cada una de las naciones por él sometidas.Aquel ejérci- to, el mayor reunido hasta entonces, emprendería la expedición a Europa.

El paso de las Termópilas

Cuando llegaron a Esparta las noticias de semejan- te desplazamiento militar –más de 200,000 efecti- vos de infantería y de caballería y unas 600 naves–, el rey Leónidas consideró necesario adelantarse y esperar a los persas en la montaña que éstos de- bían superar, pues allí se les ofrecía la oportuni- dad de hacerles frente. Defendió sus argumentos ante las instituciones espartanas pero las fiestas carneas se interpusieron de nuevo, por lo que sólo pudo conseguir una dispensa especial para llevar consigo a su guardia personal, compuesta por 300 hoplitas. En pleno verano de 480 a. C., Leónidas y su guardia, acompañados por unos 1,000 periecos y otros 1,000 hilotas no combatientes, se pusieron en marcha rumbo al paso de las Termópilas, en el extremo meridional de la región de Tesalia. Se les unieron por el camino 400 combatientes teba- nos, 700 de Tespias y unos 1,000 focideos y locros opuntios. En total, Leónidas tuvo a su servicio a unos 4,000 hombres. Cuando los guerreros griegos llegaron a las Termópilas, acamparon junto a un antiguo muro levantado por los habitantes de Fó- cide. Después de varios días de espera, provocada por una tormenta que hizo naufragar a una parte de la flota persa frente a la costa de Magnesia, el rey Jerjes envió un últimomensaje a Leónidas:“En- trega las armas”,y recibió de éste una contestación lacónica y contundente: “Ven por ellas”.

En 492 a.C., los persas emprendieron su primera expedición hacia Grecia a las órdenes del general Mardonio.

En su ataque inicial, Jerjes lanzó contra los grie- gos a los contingentes medos y cisios, quedando patente la superioridad táctica y armamentística de las compactas falanges helenas. Posteriormen- te fueron los “Inmortales”, la guardia personal del rey, quienes tomaron la iniciativa, pero la mayor longitud de las lanzas griegas y las maniobras de los lacedemonioshicieronque el contingentepersa sufriera la misma suerte. Irritado ante el desastre, Jerjes ordenó a su flota que se enfrentara a atenien- ses y eginetas en el cabo Artemision para desem- barcar en la retaguardia del campamento griego; sin embargo, las naves persas no se habían reorga- nizado tras la tempestad y la batallanavalquedó en una escaramuza con resultado de tablas.

Fin de una batalla

Acabada la segunda jornada de combates, cuando más desesperado se encontraba Jerjes ante aquella inesperada resistencia, un lugareño llamado Efial- tes comunicó al gran rey cómo rodear al ejército griego. Aquella deshonrosa traición desencadenó uno de los gestos que más dignifican al rey Leóni- das: su decisión de no querer obligar a sus aliados a participar en aquel suicidio colectivo. Cuando los persas descubrieron la senda Anopea, que ascen- día por la montaña y desembocaba más allá de la retaguardia griega,Leónidasdiopermiso al restode combatientes griegos para regresar a sus ciudades, considerando acaso que más adelante tendrían ocasión de defender a los suyos. El rey permaneció en el campo de batalla con los espartanos que que- daban con vida, con sus periecos, con los sirvientes hilotas y con los guerreros beocios. Más de 20,000

LIBRO

Tras las huellas de Heródoto

Antonio Penadés, Almuzara, 2015. Esta crónica sobre la figura de Heródoto parte de Halicarnaso, rincón del suroeste de la actual Turquía, donde el “pa- dre de la Historia” vivió su infancia, y discurre por las antiguas ciuda- des de Mileto, Éfeso, Hierápolis, Sardes, Troya, Bizancio, etc.

FOTOS: GETTY IMAGES

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ALEJANDRO MAGNO

El triunfo de la cultura griega

S i los persas hubieran vencido en aquellas épicas batallas, la civilización clásica griega no habría existido tal como la hemos conocido. Grecia se habría convertido en una satrapía más del Imperio persa, la democracia no se habría desarrollado en Atenas

y en sus ciudades aliadas y, sobre todo, los grandes pensadores y artistas

clásicos –principalmente los atenienses, a quienes los reyes persas Darío y Jerjes guardaban una especial aversión– no habrían podido contar con las circunstancias necesarias para su florecimiento. Un ejemplo para Roma. Muchos de los pro- tagonistas del Siglo de Oro de la Grecia clásica habrían muerto en caso de ser derrotados en las aguas de Salamina o en la llanura de Platea,

y los que hubiesen podido escapar con vida

habrían sido esclavizados o, con suerte, habrían emprendido la huida hacia las colonias de Si- cilia y del sur de Italia. Atenas, por tanto, jamás habría llegado a ser ese lugar de encuentro donde se dieron cita pensadores y creadores de toda la Hélade. La república romana, por ende, habría sido radicalmente distinta sin

contar con una civilización griega que desper- tara semejante admiración, pues sólo de ese modo los griegos pudieron servirles de modelo durante varios siglos y les fueron prestando la esencia de su cultura. Seguramente, Roma no habría llegado a alcanzar semejante prosperidad, pues es lógico pensar que Jerjes o alguno de sus sucesores habría continuado su expansión hacia el Oeste hasta invadir la península Itálica, en cuyo caso el Imperio persa habría tenido que enfrentarse a los cartagineses para intentar obtener el control del Mediterráneo central.

El Siglo de Oro ateniense

(V a. C.) fue liderado por la figura de Pericles (en la ilustración), político y gran orador de la capital del Ática.

LIBRO

Termópilas:

la batalla que cambió el mundo

Paul Cartledge, Ariel, 2010. Esta batalla fue un auténtico choque entre civilizaciones. La leyenda del heroísmo y sacrificio de la élite de guerreros espartanos en defensa de la libertad de su patria fue esencial para definir la identidad de la Grecia clásica.

soldados asiáticos, la mayoría de ellos tropas de élite, cayeron durante los tres días que duró la ba- talla. Tras la gesta protagonizada por Leónidas, los griegos comenzaron a confiar en sus posibilidades. Tras dejar atrás lasTermópilas,lospersasconquis- taron sin problemas la región de Beocia y Tebas y los aliados griegos prepararon la defensa del istmo de Corinto destruyendo el camino que lo cruzaba al tiempo que su flota se replegaba en la isla de Salami- na, en el golfo Sarónico. Los atenienses, de acuerdo con el consejo de su general Temístocles, abando- naron la ciudad y se refugiaron en las naves y en la propia isla de Salamina, donde aguardaron la llegada de los enemigos. El ejército persa conquistó Atenas, defendida por una pequeña guarnición, y la saqueó.

El combate en Salamina

Adimanto, el comandante naval corintio, defendió que la flota debía reunirse frente a la costa del ist- mo para bloquearlo. Sin embargo, Temístocles se mostró partidario de una estrategia ofensiva para destruir las naves persas. Para ello se basó en las lecciones aprendidas en Artemisio, señalando que una batalla a corta distancia los beneficiaba. Su opinión prevaleció y la armada aliada permaneció frente a las costas de Salamina.

El general ateniense organizó un impresionante plan de desinformación al enemigo. Envió un sir- viente ante la presencia de Jerjes con un mensaje proclamando que su jefe estaba “del lado del rey, y prefería que prevaleciera su causa a la de los he- lenos”. Trasladó así la idea de que el mando aliado estaba enfrentado, que los peloponesios planeaban evacuar esa misma noche y que, para conseguir la

victoria, todo lo que los persas tenían que hacer era cerrarles la salida al mar abierto. Jerjes mordió el anzuelo y la flota persa fue enviada esa misma noche para iniciar el bloqueo de los estrechos. Los aliados pasaron la noche discutiendo el curso de las acciones. Los espartanos eran partidarios de regresar al Peloponeso y sólo cambiaron de idea cuando desertores jonios informaron del desplie- gue enemigo: todos aceptaron que debían luchar. La fuerza helena en Salamina sumaba unos 400 barcos, mientras que los persas contaban con sus 550 naves más 120 de refuerzo. Los persas tenían además mejores navíos, siendo la mayoría de los barcos atenienses de nueva construcción y tripu- lados por hombres inexpertos. Una batalla en mar abiertohabríabeneficiadoalospersas.Porotrolado, laarmadaaliadasepreparóparalabatallamientras quelospersaspasaronlanocheenelmar,buscando sinéxitolasupuestaevacuacióngriega.Alamañana siguiente,losgriegosatacaronlaprimeralíneadelos navíos persas. El combate se desarrolló en el estre- cho que separa la isla de Salamina y Atenas, donde el ejército de Jerjes no pudo aprovechar su superio-

ridadnuméricaporfaltadeespacio.Enmuchasoca-

siones no pudieron maniobrar sin colisionar entre sí.Además los griegos supieron ganar el barlovento, esencialencualquiercombatenaval.Cuandodieron muerte al almirante rival,Ariamenes,provocaron el

Espartanos contra el poder persa

Leónidas (en el centro del cuadro decimonónico del francés Jacques-Louis David), rey ágida de Esparta, encontró la muerte en el año 480 a. C. durante la Segunda Guerra Médica. Fue en la defensa del paso de las Termópilas para bloquear el avance de las tropas persas de Jerjes I.

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desconcierto entre los persas que, sin su jefe, em- prendieron la retirada. En total, más de 300 navíos asiáticos fueron hundidos o capturados.

La contienda de Platea

Temiendo que los griegos pudieran atacar los pon- tones tendidos para cruzar el Helesponto, atra- pando así a Jerjes en Europa, el rey persa decidió marcharse a Susa. Mardonio se quedó con las uni- dades de élite de la infantería y con la caballería, retirándose aTesalia para invernar allí. Los victorio- sos atenienses pudieron retornar a su ciudad, que encontrarían arrasada. Al año siguiente, 479 a. C.,

combatedefinitivo.Lasfalangespresionaronalene-

el general Mardonio avanzó de nuevo hasta Beocia

migocontodassusfuerzas,especialmenteelflanco

para atraer a los aliados a un terreno abierto y plan-

derecho que ocupaban los espartanos,mientras las

tear un último enfrentamiento que habría de ser

tropasdeélitepersasintentabancontenerlos.Laco-

definitivo. Los atenienses enviaron 8,000 hoplitas más 600 exiliados de Platea para unirse a la fuerza

hesión y la disciplina espartanas permitieron abrir una brecha y aproximarse a Mardonio, que comba-

helena,formada por 19 ciudades-Estado y que diri-

tíamontadoensucaballorodeadoporsuguardiade

giríaelespartanoPausanias,sobrinodeLeónidas.El ejército griego alcanzaría la cifra de 40,000 hoplitas,

1,000 hombres. Fue entonces cuando un espartano llamado Arimnesto lanzó una piedra que impactó

El tratado de paz

a

los que habría que sumar tropas ligeras,arqueros

en la cabeza del general, descabalgándolo. Con su

e

ilotas. Los efectivos persas seguían siendo más

comandante muerto,los persas comenzaron a huir

numerosos, pero también más vulnerables.

de forma desordenada.Y aunque la guardia perso-

Los griegos marcharon a través del monte Cite- rón para llegar a la ciudad de Platea, acampando en unas colinas boscosas cercanas al campamento enemigo a orillas del río Asopo. Mardonio no quiso esperar a que sus rivales recibieran todos sus re-

nal de Mardonio continuó combatiendo hasta ser aniquilada, la desbandada fue masiva. Se culmina- ba así la derrota definitiva de la invasión de Grecia.

fuerzos y lanzó a su caballería, pero los arqueros

Tras su derrota en Salamina en el verano anterior,

atenienses desbarataron el ataque. En las jornadas siguientes los persas intentaron forzar disensiones

los restos de la flota persa se retiraron hacia el este para recalar en las islas de Delos y Samos.Alcanza-

entre los aliados y envenenaron los pozos que los abastecían de agua con la pretensión de atraerlos

ronfinalmenteunaplayacercanaalcabodeMicala,

ya en la costa deAsia Menor,donde sus 10,000 gue-

a

la planicie. Finalmente, después de 13 días de

rreros y remeros levantaron una empalizada para

escaramuzas y choques, los griegos afrontaron el

protegerse. Los persecutores griegos, comandados por el espartano Leotíquidas y el ateniense Janti-

po, padre de Pericles, llegaron con sus 110 naves.

A finales del verano de 479 a. C., tan sólo unos días

después de la batalla de Platea, atacaron el campa- mento persa por el centro y por los flancos a la vez. Pese a su inferioridad numérica, destrozaron a sus rivales. Con este episodio los griegos redondeaban

sutriunfosobreelImperiopersa;Jonia,porsuparte,

lograba al fin su tan ansiada liberación. Los peloponesios volvieron a casa, pero los ate- nienses se desviaron antes hacia el norte para ata-

car el Quersoneso tracio, todavía en manos de los enemigos, quienes se atrincheraron en Sestos. En las siguientes tres décadas,Atenas y su liga maríti-

maexpulsaríantambiénalospersasdeMacedonia

y de Tracia. La Paz de Calias, firmada en 449 a. C.,

ponía fin a medio siglo de guerra.

Desde un lugar privilegiado. El

rey Jerjes (en esta ilustración) ordenó que colocaran un trono en las laderas del monte Aigaleo, con vista a la bahía griega de Salamina, para presenciar la batalla en la que se enfrentaron 400 barcos helenos contra 670 naves persas.

Durante el conflicto en Platea, los persas envenenaron los pozos de agua para atraer hacia la planicie beocia a los griegos.

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ALEJANDRO MAGNO

Padre de Alejandro.

Monumento a Filipo II en el centro de Skopje, la capital de la Antigua República Yugoslaba de Macedonia.

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FOTO: EFE /ZUMMA PRESS

Filipo II de Macedonia

El forjador de

un imperio

Eclipsado por la figura de su hijo Alejandro, Filipo fue uno de los grandes hombres de la Antigüedad clásica: estableció las bases de la hegemonía macedónica en el mundo helénico. Por José Luis Hernández Garvi

S e desconoce con certeza la procedencia del pueblo que se hizo con el control del territorio situado al norte de Grecia y que posteriormente sería conocido como Ma- cedonia. Según el testimonio del historia- dor ateniense Tucídides, en el siglo VIII a. C. se habrían asentado en las áreas mon-

tañosas situadas entre los ríos Axio y Haliacmón, región dominada por amplias mesetas separadas por escarpadas cordilleras. Estos primitivos habitantes de la región eran pastores trashumantes que compartían el mismo dialecto y vivían en pequeños poblados nómadas regidos por caci- ques locales. Condicionados por la geografía y su forma de vida, durante mucho tiempo permanecieron aislados polí- ticamente de los restantes Estados helenos, aunque muy influidos culturalmente por ellos.

Una potencia emergente

En el periodo comprendido entre las últimas décadas del siglo

VIII y finales del VII a. C. se produjo la expansión hacia el este

y

tinamente con el control de las llanuras costeras desplazando

a otros pueblos.A lo largo de ese siglo, Grecia había alcanzado

un alto grado de desarrollo económico y comercial acompa- ñado por un florecimiento cultural y artístico, prosperidad

el sur del germen del Estado macedónico, que se hizo paula-

que no consiguió evitar la aparición de graves crisis sociales.

A mediados del siglo IV a.C. la situación había experimenta-

do un gran cambio. La pobreza de una mayoría de la población explotada por una clase oligárquica, la inestabilidad política derivada de las luchas entre facciones, los robos y saqueos cometidos por bandas de mercenarios ociosos convertidos en ladrones y el absentismo político y militar de los ciudadanos provocaron el cansancio de la sociedad griega. Este momento –con un enrarecido clima de tensiones sociales– fue aprove- chado por los macedonios para extender sus dominios, lo que les brindó la oportunidad de intervenir en la región y establecer su hegemonía sobre la Hélade. El que había sido considerado hasta entonces un pueblo bárbaro de espíritu guerrero se hizo con el control de un

territorio de 30,000 kilómetros cuadrados que abarcaba des- de el monte Olimpo hasta el lago Ocrida, con la frontera al este en el macizo de Ródope y el río Nestos, y al oeste en los montes Pindo. Su primitivo sistema político, basado en una organización de tipo feudal, evolucionó hasta convertirse en una monarquía hereditaria de carácter personalista apoyada por una aristocracia entre la que el soberano repartía títulos y riquezas para garantizar su fidelidad.

Los primeros años del futuro rey

La clave del éxito de su expansión territorial estuvo en la superioridad de su organización militar sobre la de otras na- ciones helenas.Y es en este contexto de grandes cambios en el equilibrio de fuerzas en Grecia donde surge la figura del rey Filipo II de Macedonia. La ausencia de fuentes históricas fiables impide determinar con exactitud la fecha del nacimiento del futuro soberano, aunque las últimas investigaciones han permitido situarlo alrededor del año 382 a. C. Originario de Pella, ciudad al oeste del curso del Axio –el actual río Vardar–, Filipo, cuyo nombre podría traducirse como “amigo de los caballos”, era el hijo más joven de los tres nacidos en el seno del matrimonio for- mado por el rey Amintas III y su esposa Eurídice. A la muerte del monarca, acaecida en el año 370 a. C., su hijo Alejandro, primogénito y heredero del trono, consciente de la inestabi- lidad por la que atravesaba el reino, decidió pagar tributo al pueblo de los ilirios para evitar una posible invasión. Cuenta la leyenda que, como garantía del cumplimiento de su promesa, les entregó a su hermano pequeño Filipo como rehén. Ante la debilidad de Macedonia, Tebas se convirtió en la polis hegemónica en la Grecia continental. Por aquel enton- ces contaba con el genio militar de generales de la talla de Pelópidas y Epaminondas, que en el transcurso de sus cam- pañas consiguieron expulsar a los macedonios de la región de Tesalia. Alejandro II fue asesinado en 368 a. C., víctima de una conspiración instigada por Ptolomeo, amante de Eurídi- ce, viuda de Amintas. Ante la minoría de edad de Pérdicas y Filipo, los hermanos de Alejandro, Ptolomeo se convirtió en el regente. Fue entonces cuando Tebas decidió intervenir en la

FOTO: ARCHAEOLOGY NEWS NETWORK; JOSÉ A. PEÑAS

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ALEJANDRO MAGNO

política interna de Macedonia,

y

el golfo de Salónica. Durante

enviando al ejército de Pelópi-

los cinco años que desempeñó

das para asegurarse de que

el

cargo, Filipo se dedicó a poner

se respetaran los derechos al

en

práctica todo lo aprendido

trono de los hijos de Amintas.

en

Tebas, creando un poderoso

En esa ocasión, fueron envia-

ejército dotado de nuevas ar-

dos a Tebas como rehenes los hijos de cincuenta destacadas

mas e instruido en las tácticas enseñadas por sus protectores

familias macedónicas. Entre

y

maestros, los generales teba-

ellos volvió a estar Filipo.

nos, además de adquirir la ex-

En la escuela tebana

periencia de gobierno necesaria para satisfacer las ambiciones

El adolescente de quince

años fue puesto bajo la tu- tela del general Pammenes, amigo personal de Pelópidas

y Epaminondas. Tebas era en

aquella época la mejor escuelaparaaprendersobre política y el arte de la guerra, y el joven Filipo no desaprovechó esa oportunidad.Además contó con la ventaja de disponer de libre acceso a la amplia biblioteca de su tutor, una colección de tratados clásicos en la que había textos que narraban los hechos más importantes de las Guerras Médicas y del Peloponeso. Su lectura permitió al joven Filipo adquirir valiosos conocimientos que le iban a ser de gran utilidad en el futuro. En el año 365 a. C., Ptolomeo fue asesinado por Pérdicas III, que accedió al trono macedonio con veinte años. El nuevo rey reafirmó su alianza con

Tebas, lo que permitió la liberación de los rehenes. Después de tres años de forzado exilio, Filipo regresó

a Macedonia. El nuevo rey le entregó el gobierno de

Amphaxitis, región situada entre el curso del Axio

de su innato instinto político.

En el transcurso de la campa-

ña

militar contra Iliria, Pérdicas

III

se enfrentó a un poderoso

Genios militares. El general tebano

Epaminondas salvó la vida de su futuro colega Pelópidas en la batalla de Mantinea en 418 a.C. Arriba se ilustra esta escena.

ejército en la batalla que tuvo lugarenlascercanías del lago Ocrida.Las tropas ma- cedónicas sufrieron una aplastante derrota en la que

perdieron cerca de 4,000 hombres, entre ellos su pro- pio rey. Amintas, el hijo del monarca fallecido, debía continuar la dinastía pero, ante su minoría de edad y la necesidad de contar con un gobernante fuerte que pudiera hacer frente a los peligros a los que se enfrentaba el reino, la Asamblea macedonia deci- dió entregar el poder a Filipo, que en aquel momento contaba con veintidós o veintitrés años. Al respecto, en nuestros días existe cierto debate sobre si accedió al trono como rey, vulnerando el derecho legítimo de su sobrino, o si gobernó primero como regente hasta hacerse definitivamente con el poder.

Antes de consolidar su reinado, Filipo tuvo que concentrar todos sus esfuerzos en hacer frente a los numerosos enemi os de Macedonia. En el pla-

Un rostro marcado por la batalla

H asta nuestros días han lle- gado escasas descripciones que nos permitan hacernos una idea del aspecto físico de

Filipo II de Macedonia. Casi todas son representaciones artísticas idealizadas muy posteriores a su tiempo. Uno de los rasgos más reconocibles de su fisono- mía eran las huellas que había dejado en su rostro una grave herida de guerra que a punto estuvo de costarle la vida. En el año 354 a. C. Filipo ocupó Metone, enclave en la costa macedonia arrebatado a los atenienses que le dio el control sobre la llanura de Ematia y el golfo Termaico. La ciudad quedó comple-

tamente arrasada, sus habitantes fueron desalojados y las tierras se repartieron entre colonos macedonios. Durante el

transcurso de los combates previos a su conquista, Filipo estaba en primera línea inspeccionando las máquinas de asedio cuando una flecha disparada por un ar- quero mercenario cretense le alcanzó en el ojo derecho. A pesar de la gravedad de la herida y con la saeta todavía clava- da, el rey consiguió llegar por su propio pie a la tienda del médico. La cicatriz de la herida. La flecha cre- tense, de mayor tamaño que las demás, le causó un gran destrozo, pero el casco posiblemente desvió su trayectoria y amortiguó el impacto, evitando que pe- netrara hasta el cerebro. Según el testi- monio aportado por Plinio, fue atendido por Cristóbulo de Cos, quien extrajo la flecha y con ella parte del ojo, cosiendo después la horrible herida. El médico

El rey Filipo (en la ilustración) luchaba con sus tropas en primera línea de batalla, lo que le costó perder un ojo por la herida de una flecha enemiga.

consiguió salvarle la vida, pero no evitó la infección. Después de varias semanas de penosos sufrimientos y curas diarias, Filipo consiguió recuperarse. A partir de entonces su rostro quedaría marcado para siempre por una gran cicatriz.

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no interno, varios de sus hermanastros pretendían derrocarlo. Entre ellos se encontraban los hijos que Amintas III había tenido con Gigea, una esposa an- terior a Eurídice. Argeo se mostró como el más peli- groso, movilizando a sus partidarios y a un ejército de mercenarios, mientras Atenas le brindaba su apoyo manteniendo las distancias a la espera de acontecimientos. Pero en contra de lo esperado en un principio, las tropas de Argeo fueron derrotadas por Filipo, que acusó de traidor a su hermanastro prisionero y ordenó su inmediata ejecución.

Varios frentes abiertos

A pesar de esta victoria, el ejército macedonio aún

estaba en clara desventaja con respecto a los del resto de sus vecinos helénicos. Todavía no se había recuperado de la humillante derrota sufrida por

Pérdicas III y, si Filipo quería poner en práctica su ambicioso plan de conquistas para extender la hege- monía de Macedonia sobre el resto de Grecia, debía contar con tropas entrenadas siguiendo el modelo tebano. El monarca contemporizó con las principa- les polis griegas, desplegando una política de acuer- dos, de pactos y de pago de tributos que tranquilizó a sus enemigos exteriores, mientras ganaba el tiem- po necesario para reconstruir el ejército macedonio. Paciente y minucioso, la venganza que deseaba co- brarse por la muerte de su hermano podía esperar. Entre sus rivales más peligrosos destacaba Ate- nas. Sin tener en cuenta el respaldo que los ate- nienses habían brindado a su hermanastro Argeo y consciente de que en ese momento su reino no era todavía lo suficientemente fuerte para enfrentarse a ellos, Filipo maniobró hábilmente y desplegó una política de entendimiento con gestos apaciguado- res. A cambio obtuvo de Atenas el compromiso de no intervenir en la política interna de Macedonia. Neutralizada la amenaza ateniense, a Filipo todavía le quedaban varios frentes abiertos por cerrar.

Arquelao, otro de los hijos bastardos de Amintas, se postuló como candidato al trono macedonio con

el apoyo de sus hermanos Arrideo y Menelao. Filipo

no tuvo demasiados reparos en eliminar al preten- diente, mientras sus dos hermanos huían y busca- ban refugio en Olinto, ciudad que lideraba la Liga Calcídica, alianza formada por varias polis de la Tracia bajo tutela de Macedonia. Solucionados con mano firme los problemas dinásticos que habían puesto en duda su legitimidad para ocupar el trono, Filipo concentró todos sus esfuerzos en asentar los cimientos de un Estado poderoso y respetado.

Expansión imparable

Con el propósito de extender los límites del reino, garantizar la seguridad de sus fronteras y obtener riquezas, Filipo emprendió la reforma de su ejército, poniendo en práctica las enseñanzas que había asi-

Tras tres años en el exilio tebano, Filipo regresó a Macedonia y puso en práctica lo allí aprendido.

milado en Tebas, al mismo tiempo que introducía una serie de cambios para adaptarlas a las circuns- tancias del momento político y económico por el que atravesaba Macedonia. El monarca prestó una especial atención a la instrucción de los soldados, adiestrando a nuevos reclutas al mismo tiempo que contaba con la experiencia de curtidos veteranos. La ausencia de una estructura social ciudadana y

la falta de recursos financieros le impidieron armar

una falange de estilo hoplita, de modo que optó por

la introducción de nuevas armas, que hicieron a sus

tropas mucho más móviles, y puso especial aten- ción en la disciplina para mejorar su despliegue so- bre el campo de batalla. Confiando en la capacidad de su ejército y consciente de la debilidad por la que atravesaban sus oponentes, Filipo se embarcó en

una serie de campañas militares que lo llevarían a convertirse en el hombre más poderoso de Grecia. Tras someter la Peonia, región situada al norte de Macedonia y enclave estratégico que controlaba el

acceso al reino, los ilirios se convirtieron en el si- guiente objetivo colocado en el punto de mira del rey. El enfrentamiento era inevitable y, de este modo,

la batalla entre los dos ejércitos tuvo lugar en algún

punto indeterminado de la frontera iliria. El renovado ejército macedonio tuvo la oportuni- dad de poner en práctica sus nuevas tácticas y Filipo se hizo con la victoria. El rey Bardilis, el mismo que

había derrotado a Pérdicas III, pereció en la batalla. De esta forma Filipo cobró su venganza. La región de Tesalia y el reino de Epiro se sumaron

a la larga lista de conquistas del rey macedonio,

aportando sus riquezas y población al esfuerzo de

LIBRO

Filipo, Alejan- dro y el mundo helenístico

Raquel López Melero, Arco Libros, 1996. Breve síntesis del importante perio- do histórico que va desde la ascensión al poder de Filipo II de Macedonia hasta la conquista romana de Grecia y Oriente.

Pella, cuna de reyes. En esta urbe nació el rey macedonio Filipo II y vivió hasta los quince años, cuando fue exiliado a Tebas. En la foto, atrio con mosaico de teselas con decoración geométrica en una mansión de Pella, en la llanura central de la región griega de Macedonia.

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ALEJANDRO MAGNO

guerra. Tras asegurar para su reino una amplia sa- lida al mar al apoderarse de las ciudades de Potidea (en 356 a. C.) y Pidna y Metone (en 354 a. C.), con- quistó Anfípolis, llave de acceso a las ricas minas de oro y plata del Pangeo, monte sagrado situado en la Tracia occidental. De esa forma se apropió de una importante fuente de ingresos con los cuales financiar su política expansionista.

PELÍCULA

Alejandro Magno

Oliver Stone (2004). Comienza con el an- ciano faraón Ptolomeo contando la historia de Alejandro, a quien de joven sirvió como general. Se muestra cómo el rey macedo- nio desde niño fue testigo de la tensísima relación entre sus pa- dres, Filipo y Olimpia.

Puerto estratégico

Pidna es una ciudad de la costa griega de Pieria en el golfo Termaico. Pasó a formar parte del imperio macedonio cuando Filipo la con- quistó en 357 a. C.

Política matrimonial

En su lucha por adueñarse de la mayor parte de Gre- cia, Filipo no tardó en chocar directamente con los intereses de Atenas, polis que hasta entonces ha- bía gozado de una privilegiada posición de potencia regional. Tras la conquista de la codiciada Anfípo- lis, el monarca consideró que su ejército estaba lo suficientemente preparado como para hacer valer su superioridad ante las tropas atenienses y las de sus aliados. En aquel tiempo, la orgullosa Atenas se encontraba debilitada. La llamada Guerra Social, conflicto que la enfrentaba a las ciudades vasallas cansadas de estar sometidas a su autoridad y al pago de tributos abusivos, había menoscabado su poder e influencia. Ante este nuevo panorama, Ate- nas consideró que no era el momento más adecua- do para recurrir a las armas, firmando con Filipo de Macedonia la llamada Paz de Filócrates.

Al mismo tiempo que las tropas macedonias avanzaban victoriosas por suelo heleno, Filipo es- trechó los lazos con los Estados conquistados me- diante una política de matrimonios concertados en la que él desempeñó el papel protagonista. Para asegurarse el vasallaje de los ilirios, desposó a la princesa Audata, hija del rey Bardilis, aunque no incorporó el territorio a sus posesiones. Dando prueba una vez más de su astuto talante político, tomó como esposa a Fila, princesa de Eli- mea, región que formaba parte de la Alta Macedo- nia. Con este nuevo matrimonio, Filipo se aseguró el apoyo de sus habitantes. Consumado maestro en el complicado juego de alianzas sobre el tablero helénico, el rey macedonio apoyó a los alévadas en su lucha contra los tiranos de Feres, que contro-

Filipo estrechó los lazos con los Estados conquistados mediante una política de matrimonios concertados que él protagonizó.

laban el comercio que llegaba y partía del puerto de Pagasas. Para reforzar su compromiso, contrajo matrimonio con una princesa alévada de nombre Filina antes de derrotar a los tiranos, ganando así un nuevo aliado y un enclave estratégico de vital importancia para sus ambiciones.

Esposas y amantes

En el año 357 a. C., el rey Neoptólemo, caudillo del pueblo de los molosos, tribu dominante entre las catorce que habitaban el reino de Epiro, entregó a Filipo en matrimonio a su hija Olimpia, en agrade- cimiento a la ayuda recibida por el monarca mace- donio en su lucha contra Bardilis. Según cuenta la leyenda, Filipo cayó rendidamente enamorado ante los encantos de la bella princesa cuando ambos estaban siendo iniciados en los herméticos ritos religiosos de la isla de Samotracia. Al margen de condiciones sentimentales más o menos apasiona- das, en el plano práctico Olimpia aportó como dote nuevos territorios con los que Macedonia amplió su frontera occidental. De esta unión nacerían el mítico Alejandro Magno y su hermana Cleopatra.

Como vemos, además de territorios para su reino, el polígamo Filipo también acumuló esposas. La prin-

cesa iliria Audata murió en el parto de su hija Cinane

y con Filina tuvo a su hijo Arrideo, niño que pronto

dio muestras de un grave retraso mental. Pero Olim- pia no sería la última esposa de Filipo.

Después de ella vendrían tres más: la princesa tracia Meda, la hija del rey escita Ateas y la mace- donia Cleopatra, con quien tuvo una niña a la que llamaron Europa. Al margen de estas parejas más

o menos estables, el monarca habría mantenido

numerosas relaciones fuera del matrimonio, tanto con hombres como con mujeres, promiscuidad se- xual que era frecuente entre los reyes macedonios. Fruto de ellas habrían nacido numerosos hijos, no reconocidos y apartados de la línea sucesoria, a los que se refieren las crónicas de la época pero de los que ni siquiera se sabe el nombre. La victoria obtenida en 338 a. C. por Filipo en la batalla de Queronea, frente a la alianza liderada por Atenas yTebas, le dio el absoluto dominio sobre Gre- cia. Esparta dejó de ocupar un papel determinante en los asuntos helénicos, mientras Atenas quedaba relegada a un segundo plano y Tebas, muerto Epa- minondas, era reducida a la triste condición de ol- vidada ciudad provinciana. Filipo había unificado su reino y neutralizado a sus principales enemigos,

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Un monarca divino en la Tierra

Durante su reinado, Filipo (aquí, en

una estatua situada en Skopie, actual capital de Macedonia) asentó el poder macedónico tanto dentro como fuera de sus fronteras.

T radicionalmente, los reyes macedonios eran considerados semidioses en vida y divinizados a su muerte. Durante el reinado

de Filipo II este culto a la personalidad se acentuó, haciendo hincapié en las proezas heroicas del personaje. Las continuas victorias obtenidas por el rey en los campos de batalla extendieron entre sus súbditos la creencia de que era descendiente de Zeus a través de la línea dinástica de Hércules. Existen numerosos testimonios de la época clásica que nos conducen a pensar en este sentido. Así, sabemos que en Les- bos se habían levantado altares en honor de Zeus Philippeios, identificando al rey macedonio con el dios. Filipo también fue adorado en la ciudad de Anfípolis y, tras su victoria en Queronea, se aprobó una ley para rendirle culto en un santuario

erigido en honor de Hércules, su supues- to antepasado. El propio monarca habría ordenado la construcción de un templo donde se debía colocar una estatua suya tallada en oro y marfil, materiales reservados para las representaciones de los dioses. Durante las celebraciones con ocasión de la boda de su hija Cleopatra, los invitados presenciaron una procesión de doce estatuas de dioses del Olimpo a las que seguía una de Filipo. Méritos terrenales. Declarado admirador de la cultura griega, siempre puso especial cuidado en no ofender sus tradiciones religiosas, situación que hubiera podido producirse de comportar- se como un impío al presentarse como un dios. Esto ha llevado a pensar que las representaciones de Filipo, lejos de tener un carácter religioso, eran en realidad un reconocimiento a sus méritos terrenales.

consiguiendo lo que ningún rey macedonio había

logrado. Arrastrado por la ambición de extender sus dominios más allá de los límites del mundo helénico, comenzó a hacer planes para llevar la guerra a Persia. Sin embargo, la vida no le daría esa oportunidad.

Crimen por despecho

En julio del año 336 a. C. se celebró la boda de su hija Cleopatra con Alejandro el Moloso, rey de Epiro. Durante los festejos, Filipo acudió al teatro de Egeas para mostrarse ante su pueblo. En una fastuosa y cuidada puesta en escena, se presentó en medio del gentío que lo aclamaba, acompañado por su hijo, lla- mado a convertirse en Alejandro Magno, y su yerno, quienes lo seguían unos metros por detrás para no robarle protagonismo mientras los integrantes de su guardia personal permanecían en un segundo plano. Filipo estaba disfrutando de un baño de mul- titud, ajeno a cuanto le rodeaba, cuando uno de sus escoltas, de nombre Pausanias, lo atacó clavándole un puñal que le provocó una muerte instantánea. Los verdaderos motivos que llevaron a Pausanias a cometer el regicidio nunca han sido aclarados. La versión más extendida desde entonces apunta a un crimen por despecho. Pausanias, antiguo miembro de la Escuela de Pajes, habría sido amante del rey hasta ser sustituido por otro joven del mismo nom- bre. El asesino, molesto por haber perdido el favor de Filipo, habría puesto públicamente en duda la valentía de su suplente. Éste, dispuesto a demostrar su bravura, habría salvado la vida del monarca en el transcurso de una batalla a costa de perder la suya. Atalo, amigo del fallecido, consideró a Pausanias

culpable de su muerte y juró vengarse. Con engaños éste fue atraído por Atalo a un banquete, donde fue emborrachado antes de ser entregado a un grupo de arrieros que lo ultrajaron. Furioso y resentido, Pausanias pidió justicia a Filipo, que se limitó a ofre- cerle una cantidad de oro y un puesto en su guardia personal para olvidar el asunto. Según esta teoría, Pausanias habría decidido cobrarse la afrenta con la vida del rey, su antiguo amante.

Puesto de rey vacante

Tras cometer el regicidio, el asesino se dio a la fuga, pero fue alcanzado por dos guardias de Filipo, ami- gos personales de su hijo Alejandro, que le dieron muerte con sus lanzas, impidiendo así su captura con vida para ser interrogado. Según la opinión de algunos autores clásicos como Plutarco, el crimen habría sido instigado por Olimpia, madre de Alejan- dro, con el conocimiento de su hijo. El móvil habría sido pasional con un ingrediente sucesorio. Olimpia, resentida por haber sido sustituida por una nueva esposa mucho más joven, querría así asegurar el de- recho al trono de su hijo Alejandro frente a la des- cendencia que pudiera tener Cleopatra. Al conocer la noticia del asesinato de Filipo, Olimpia viajó desde el Epiro. Dicen que la misma noche de su llegada fue al lugar donde había sido crucificado el cuerpo de Pausanias y colocó una corona de flores sobre su cabeza. Proclamado nue- vo rey, Alejandro Magno recibió el legado de su padre y se lanzó a la conquista de gran parte del mundo conocido, realizando el sueño que nunca pudo cumplir Filipo de Macedonia.

Madre de Alejandro. Olimpia

de Epiro fue repudiada por su esposo Filipo II en 337 a. C. y sólo volvió a Macedonia cuando éste murió, al año siguiente.

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ALEJANDRO MAGNO

Infancia y primera juventud

El elegido

de los

diose

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s

Desde su nacimiento, los primeros pasos de Alejandro estuvieron marcados por la grandeza. Brillante y precoz en partes iguales, pronto sus contemporáneos advirtieron que Macedonia le quedaba pequeña. Y no se

equivocaron. Por Alberto Porlan

E l mismo Sol que vio nacer en Macedonia al príncipe Alejan- dro alumbró una nueva era en la historia de Grecia y del mundo. Nunca hasta entonces se había visto a un líder como aquél en el que se convertiría el bebé que

ahora lloraba enérgicamente en brazos de su madre, la reina Olimpia. En el siglo IV a. C., Gre- cia era la nación más avanzada del planeta, pero no la más poderosa. Organizada bajo la forma de ciudades-Estado, sus habitantes eran cultos y amaban sobre todas las cosas la libertad. Se habían organizado de manera igualitaria según

un sistema de su invención que llamaron demo- cracia, y el afán de sus ciudadanos por pensar libremente en busca de la verdad producía entre ellos verdaderos gigantes intelectuales.

La paternidad puesta en duda

Olimpia siempre defendió que el verdadero padre de Alejandro era el dios Amón, quien se le había aparecido bajo el aspecto de una gran serpiente.

La Hélade, foco cultural

Ese afán por el conocimiento había hecho surgir disciplinas como la geometría, la física o las mate- máticas, y en el plano de las conquistas humanís- ticas había desarrollado un modo de pensar al que Pitágoras llamó filosofía. Los avances habían co- menzado en las islas del Egeo, y luego en Micenas y en Creta, donde se vivía de una manera inimagi- nable para los pueblos ribereños del Mediterráneo. Aquellos primitivos griegos habían desarrollado técnicas navales superiores con las cuales explo- raron el mar hasta sus límites, que para ellos su- ponían los confines del mundo. Después llegaron los siglos de la Edad Oscura, entre 1200 y 800 a. C., los cuales cedieron el paso a una nueva era flore- ciente, que ahora llamamos arcaica. Ésos fueron los tiempos de Homero y Hesíodo, que culminaron en una época colonizadora y bélica a cuenta de las disensiones internas y las amenazas externas por parte de los persas, batallas que fortalecieron a las ciudades griegas, hasta que apareció en escena la ruda nación del norte. Macedonia era, a ojos griegos, una nación de bárbaros. Y tenían buenas razones para pensarlo así. Su sistema político era el de los pueblos que consideraban no civilizados: un caudillaje absoluto

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ALEJANDRO MAGNO

Biógrafos de Alejandro: Plutarco

P lutarco, maestro de todos los biógrafos, nació en la ciudad de Queronea, donde había tenido lugar

tres siglos antes la batalla decisiva

de los macedonios. Queronea dista 30 kilómetros de Delfos, el corazón espiritual de Grecia, pero aquella Grecia heroica ya no era más que un recuerdo para los griegos, absorbidos ahora por

Plutarco fue uno de los últimos representantes de la cultura helenística. Su biografía del macedonio es una de las mejores fuentes antiguas sobre la vida del joven conquistador.

el Imperio romano. Plutarco se formó en Atenas, pero se hizo famoso en Roma como estudioso

y erudito. Grecia era entonces el

modelo, y el prestigio de Plutarco creció después de cada una de las conferencias que impartía. Su conversación era tan apacible y tan valiosa que quienes lo escuchaban lo consideraban un médico del alma. En Roma se formó en torno suyo un círculo de amigos que alimentaron todavía más su pres- tigio. Regresó después a Quero- nea, donde disfrutó el resto de su larga vida del afecto y el respeto de sus vecinos, moderado en todo

y benévolo con todos.

Una obra inmensa. En su ciudad fue elegido arconte y consejero del cónsul romano, quien necesitaba su aprobación antes de emitir cualquier edicto. Además, Plutarco fue uno de los autores más prolíficos de la Antigüedad. Nos han llegado 150 obras suyas, la tercera parte de las cuales son biografías encuadradas en su monumental Vidas parale- las, un increíble trabajo de erudi- ción histórica en el que, como no podía ser de otra manera, ocupa un lugar destacado su colosal biografía de Alejandro Magno.

y hereditario que amparaba un régimen feudal y

aglutinaba un poderoso ejército siempre ansioso por batallar. Los espartanos, antes que ellos, habían hecho del combate la base misma de su sociedad,

y en ese empeño desarrollaron técnicas bélicas

que los convirtieron en hegemónicos. Pero no para siempre. En el 371 a. C., Esparta fue derrotada por el tebano Epaminondas en Leuctra, y aquel desas- tre marcó su punto de declive, que también había afectado poco antes a los persas, tradicionales ene-

migos de los griegos.

Macedonia y su supremacía militar

Pronto, los macedonios heredaron el predominio bélico que habían detentado los espartanos y los tebanos. Partiendo de su base táctica tradicional, que era la caballería pesada, introdujeron impor- tantes cambios en la manera de combatir. Una de las novedades consistió en importar máquinas de guerra asiáticas: catapultas, arietes y torres rodan-

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tes con las cuales acercarse y superar las murallas de las ciudades enemigas. Otra fue la invención de la falange, unidad de combate que consistía en una masa de guerreros acorazados formada por columnas de 16 hombres en fondo y armados con lanzas de seis metros y medio, las temibles sari- sas, de modo que los de las filas traseras podían introducir sus picas entre los hombres que iban más adelante y multiplicar el número de puntas de ataque. Se requería entrenamiento para usar aque- llas larguísimas lanzas por entre los cuerpos de los camaradas; pero, una vez entrenada, la falange resultaba una especie de erizo al que era casi im- posible acercarse, incluso para la caballería pesada enemiga. Los macedonios no odiaban a los griegos, sino que los admiraban. Hablaban la misma len- gua y practicaban la misma religión que ellos, de modo que se sentían ofendidos porque los demás helenos no los aceptaban en plano de igualdad, desdeñándolos por bárbaros. Su única posibilidad de acercarse a ellos y superar aquel desdén era la supremacía militar, y ése fue el camino que toma- ron finalmente. En el año 359 a. C., Filipo II, hijo de Amintas III, se hizo con el poder macedonio. Era el aspirante más joven, pero después de oscuras lu- chas intestinas fue reconocido como el tutor oficial del joven rey Amintas IV, su sobrino, que era toda- vía un niño.Y de preceptor pasó en el 356 a. C. a ser el rey efectivo. Un monarca de 22 años que llegaba al trono a la vez que daba a Macedonia un heredero al que llamó Alejandro, como su abuelo y como su hermano. Pero aquel Alejandro que acababa de nacer iba a ser del todo diferente a los anteriores.

Filipo y Olimpia

Cuando recibió la noticia del nacimiento de su hijo, la vida le sonreía abiertamente a Filipo: acababa de rendir a la ciudad de Potidea, y junto con la buena nueva de su paternidad le comunicaron que su ge- neral Parmenión había obtenido una gran victoria frente a los ilirios y que su caballo había ganado en las carreras de los Juegos Olímpicos. Era como para sentirse amado por los dioses, y más si se consi- deran los extraños acontecimientos y señales que habían marcado al niño desde antes de nacer. E incluso antes de que sus padres se unieran en el tálamo, pues Olimpia sostenía que la víspera de su boda se desencadenó una tormenta y le cayó en el vientre una bola de fuego que se fragmentó en pe- dazos a su alrededor antes de disolverse en el aire. Por su parte, poco después de consumado el ma- trimonio, Filipo había tenido un sueño inquietante en el que sellaba la vagina de su esposa e imprimía en el sello la imagen de un león. Consultados los adivinos, la mayoría aconsejó que el rey vigilara más de cerca las actividades de Olimpia, pero hubo uno que discrepó.Aristandro deTelmisio interpretó

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que el sueño revelaba que Olimpia había quedado embarazada, “pues lo que está vacío no se sella”, y que su vientre alojaba a una criatura cuyo destino era convertirse en un guerrero invencible.

Olimpia del Epiro no era una mujer vulgar. Era hija del rey de Molosia, y desde niña estuvo fasci- nada por lo oculto y lo maravilloso –hoy diríamos lo esotérico– hasta niveles de histeria. Así se expli- can las cartas que Alejandro le escribió a lo largo de sus conquistas, donde describe para ella toda suerte de prodigios absurdos como el cangrejo que arrastra a un caballo, personas con seis brazos y seis piernas, seres con tres ojos y cualquier otro disparate que se le ocurría. Sabía que ésas eran las cosas que su madre querría escuchar. Su nombre de pila no era Olimpia, sino Políxena, pero se lo cambió en memoria de la victoria olímpica de su marido el mismo día del nacimiento de Alejan- dro. Amaba las serpientes, y se rodeaba de ellas. Sostenía que el verdadero padre de Alejandro era el dios Amón, que se había ayuntado con ella bajo el aspecto de un dragón o una gran serpiente. Y no sólo eso, sino que su marido había presencia- do su cópula con el dios a través de la rendija de una puerta, y por eso había perdido un ojo, ya que Filipo era tuerto. Además de crédula y supersticio- sa, Olimpia era una persona intrigante, capaz de grandes odios cuya consecuencia habitual era el asesinato. Es posible que participara incluso en el del propio Filipo después de que éste la repudiara.

Vaticinios de grandeza

Alejandro nació a finales de julio, bajo el signo de Leo, y el mismo día ardió violentamente el templo de Juno en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Los adivinos y sacerdotes efe- sios juzgaron el incendio como anuncio de terri- bles males para Asia, que efectivamente terminó cayendo treinta años después en las manos del bebé que acababa de nacer. Todos los horósco- pos parecían unánimes: aquella criatura estaba predestinada para realizar grandes hechos que quedarían en la memoria del mundo. El niño era hermoso, sonrosado, muy claro de color y, según los testigos contemporáneos, olía especialmente bien, hasta el punto de que sus ropas quedaban impregnadas de una delicada fragancia.

Un niño muy especial

Según Plutarco, esto se debía a su complexión, que era ardiente y fogosa, “pues el buen olor procede de la cocción de nuestros humores debido al calor, por lo cual los lugares más cálidos son los que pro- ducen los aromas más variados y sutiles”. En todo caso, al margen de su buen olor corporal, la fuerza y vehemencia de su carácter empezaron a ser ob- vias desde muy pronto, así como su capacidad de

Joven prodigio. Alejandro demostró desde muy temprano que no era un muchacho cualquiera, ya que destacaba en todo tipo de materias y destrezas. Por este motivo, su padre Filipo le buscó el mejor maestro de su tiempo, y ése no era otro que el gran filósofo Aristóteles, el estagirita.

Según avanzaba su formación, Filipo se dio cuenta de que su hijo Alejandro era un verdadero superdotado.

autocontrolysucontinencia.Peromásqueninguna otracosa,elniñodemostróprecozmentesabermuy bien que era hijo del rey y que estaba preparado para grandes acontecimientos.Resultó ser un hábil velocista,perocuandosuscompañerosloanimaron a participar en los Juegos Olímpicos como corredor, descartó la idea diciendo que sólo estaba dispues- to a correr en una competencia si sus rivales eran, como él, hijos de reyes. En una ocasión se presentaron en Macedonia los embajadores del rey de Persia y fue él quien los re- cibió, pues Filipo estaba guerreando lejos de Mace- donia. Las crónicas de aquella embajada cuentan que los persas se quedaron fascinados con aquel niñopríncipequeseabstuvodehacerlespreguntas pueriles y superficiales,centrando la conversación en cuestiones importantes como las comunicacio- nes en Persia, el poder de su ejército y el carácter del rey.Les pareció incluso más sagaz que su padre, aunqueesposiblequeelniñosehubieraaprendido de memoria las preguntas que sus consejeros que- rían proponer a los embajadores. Estaba rodeado por un ejército de ayos, educadores y servidores cuyomayordomoeraunparientematernollamado

LIBRO

Me llamo Alejandro Magno

Pau Miranda y Christian Inaraja, Parramón, 2014. Ameno relato sobre la vida del mace- donio, desde su ins- trucción con Aristóteles hasta sus últimos días en Babilonia.

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ALEJANDRO MAGNO

Compañeros inseparables. Bucéfalo es seguramente el

caballo más famoso de la Antigüedad. Desde que el joven Ale- jandro lo domara, fue su montura durante todas las conquistas del macedonio. Vivió casi 30 años, hasta sucumbir en la batalla del Hidaspes. En su honor, Alejandro fundó una ciudad con su nombre: Alejandría Bucéfala, situada en el actual Pakistán.

PERSONAJE

Aristóteles (384-322 a. C.)

Uno de los filósofos más destacados de la Edad Antigua, su pensamiento ejerció una enorme influencia en el desarrollo inte- lectual de Occidente. Fue maestro del joven Alejandro cuando éste tenía 13 años.

Leónidas, un sujeto severo, sobrio de costumbres y de gran rectitud, asistido por un ayo principal de

nombre Lisímaco y carácter mucho más jovial y to- lerante. Escuchando las noticias que le transmitían los educadores del príncipe, Filipo estaba conven-

cido de que su hijo Alejandro era un superdotado. El niño no aceptaba las imposiciones que no se le razonaban detalladamente; de hecho, no obedecía ni a su padre si no entendía el motivo de las órdenes que se le daban. Y se lamentaba en secreto de las hazañas militares de su padre; no por envidia, sino porque pensaba que las conquistas de Filipo eran tan grandes que no iban a dejarle a él un terreno que conquistar. Con esa base de carácter era evidente que necesitaba un gran maestro, y el orgulloso padre decidió procurárselo en la persona del mayor filósofo de su época y uno de los más grandes de todos los tiempos, Aristóteles, el estagirita.

En el año 341 a. C., Filipo hizo una oferta a Aristó-

teles que el filósofo no pudo rechazar. En pago extra por sus servicios como maestro del príncipe, el rey

de Macedonia estaba dispuesto a reconstruir la ciu- dad de Estagira, cuna del filósofo, que el propio Fili- po había arrasado hasta los cimientos nueve años antes.Y no sólo eso, sino que permitiría el regreso a la ciudad de todos aquellos ciudadanos de Estagira que aún quedaban con vida, muchos de los cuales eran fugitivos o habían caído en la esclavitud. Po- dría, sencillamente, haberlo obligado a ello apre- sando a Aristóteles y coaccionándolo, pero Filipo, que era capaz de las mayores crueldades, también era lo suficientemente listo para comprender que aquél no era el camino.A cambio, exigió del filósofo que transmitiera a su hijo cuanto sabía, tanto las materias acroamáticas, las que podían enseñarse

a base de descripciones y razonamientos, como las

epópticas, relativas a los conocimientos secretos

que se adquirían en las iniciaciones a los misterios

y cuya divulgación estaba penada con la muerte.

La esmerada formación del príncipe

Alejandro tenía entonces trece años, y Aristóteles los mismos que Filipo, cuarenta. El rey les rega- ló un bosquecillo próximo a la ciudad de Mieza como espacio educativo, y el príncipe aprendió de Aristóteles durante muchos meses lo sufi- ciente como para desarrollar las potencialidades que todos apreciaban en su carácter. Pero la ins- trucción intelectual no fue obstáculo para que Alejandro desarrollara otras virtudes en el plano físico, como la lucha, el manejo de las armas y la equitación. Las fuentes biográficas se demoran en describir la anécdota más celebrada de su ado- lescencia, relativa al que sería durante muchos años su inseparable montura: Bucéfalo (Cabeza de toro), un caballo de fuerza y belleza excepcionales que se ofrecía en venta a Filipo por la formidable suma de 13 talentos. A la prueba del caballo asis- tieron Alejandro, Filipo y varios de sus cortesanos. Ciertamente el animal era una hermosura, pero indómito. Se alzaba de manos ante cualquiera que se le acercara y piafó, relinchó y no paró de hacer corvetas hasta que finalmente el rey decidió no comprarlo. Entonces el adolescente Alejandro se levantó y reprochó a su padre que descartara a un animal tan bello por no saber ni querer manejar- lo. Filipo, divertido por aquella actitud, lo invitó a intentarlo él mismo y convinieron en que, si no lo lograba, pagaría el precio del animal. El muchacho había visto algo que se les pasó por encima a los adultos. Bucéfalo, al salir brus- camente de su oscuro establo a la luz del día, se asustaba de su propia sombra. Así que Alejandro lo mantuvo de cara al sol, lo acarició y lo montó de un salto sin que el animal se resistiera. Luego lo hizo caminar siempre de frente al sol, le dio rien- da y lo dominó ante el asombro de todos. La frase con que su padre lo recibió después de aquella

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Diógenes y Alejandro

U na de las anécdotas más bri- llantes en la vida de Alejandro se produjo siendo príncipe muy joven, con motivo de su

visita a Atenas poco después de que Filipo perdonara a aquella ciudad tras la batalla de Queronea. Los atenienses no sabían cómo agradar mejor a aquel ma- ravilloso príncipe que reunía en sí belleza, inteligencia y destreza militar, así que le preguntaron directamente qué era lo que más le interesaba conocer de la ciudad, y se quedaron pasmados cuando el joven les pidió conocer a Diógenes. Porque para muchos atenienses, el filósofo cínico era un tipo despreciable y asocial, la vergüenza de Atenas. Pero como Alejan- dro insistió, lo condujeron hasta el viejo depósito de agua (la metroo) en el que se había instalado Diógenes. Un encuentro para la historia. Encontraron al filósofo tomando el sol al pie del depósito, donde jamás entraba

La visita a Diógenes es uno de los pasajes más famosos de la juventud de Alejandro. Aquí, una pintura de Sebastiano Ricci (1659-1734) que ilustra ese encuentro.

la luz y, tras observarlo un rato, Alejan- dro se acercó a él y se presentó diciendo “Yo soy Alejandro, el príncipe, ¿qué puedo hacer por ti?”. A lo que el otro contestó sin moverse: “No me quites el sol”. Tamaña descortesía motivó que incluso uno de los nobles atenienses que acompañaban a Alejandro desen-

vainara la espada, pero Alejandro lo contuvo con una frase histórica: “Déjalo en paz, pues te aseguro que, de no ser Alejandro, quisiera ser Diógenes”. Nun- ca más volvieron a verse, pero el destino les había preparado otra extraña cita:

el mismo día que murió Alejandro en Babilonia, murió Diógenes en Corinto.

brillante hazaña fue histórica, y también profé- tica: “Tendrás que buscarte un reino a tu medida, hijo, porque en Macedonia no cabes”. Bucéfalo fue desde entonces su caballo de batalla y le sirvió hasta que murió en las remotas tierras de Pakis- tán. Agradecido por los servicios prestados, su regio amo inmortalizaría su nombre fundando allí mismo una ciudad: Alejandría Bucéfala.

Proezas en el campo de batalla

Con 16 años, el príncipe dio el salto a las cam- pañas militares. Mientras Filipo peleaba contra los bizantinos, su hijo vencía a los medos y en- traba en su capital, que fue rebautizada como Alejandrópolis. Pero donde convenció de verdad al pueblo macedonio fue en la famosa batalla de

Queronea en el año 338 a. C., en la que a vista de todos dirigió heroicamente el cuerpo del ejército que se enfrentó y derrotó a la temible cohorte sa- grada tebana. Queronea fue un punto de inflexión decisivo en el dominio militar macedonio de toda Grecia. Las ciudades-Estado sentían un fuerte re- celo hacia la supremacía macedonia: veían a Filipo como un lobo con piel de cordero que terminaría con sus libertades democráticas, así que Tebas y Atenas, seculares enemigas entre sí, firmaron un pacto para oponerse a Filipo. En Atenas, uno de sus principales oradores políticos, Demóstenes, se hizo famoso por sus advertencias y sus terribles invectivas contra el monarca macedonio, inaugu- rando un nuevo estilo oratorio: la filípica.

El día de su nacimiento todos los horóscopos fueron unánimes; estaba predestinado a realizar hazañas extraordinarias.

Una sucesión con tintes trágicos

Tras la victoria de Queronea, el rey macedonio se convirtió en el amo real de Grecia, pero actuó con magnanimidad. Hubiera podido destruir Atenas hasta los cimientos (era lo que se temían los ate-

nienses),pero en lugar de eso propició una liga bajo condiciones razonables que todas las ciudades

aceptaronexceptolaintransigenteEsparta.Esacoa-

lición,la Liga de Corinto,supuso la unidad de Grecia bajo la supremacía encubierta de Macedonia,y per- mitió a Filipo proponer una gran ofensiva conjunta contra el enemigo común persa. Aquél fue el nivel más alto que alcanzó el reinado de Filipo, y hubie-

ra subido más aún si su incontinencia sexual no lo hubiera empujado a repudiar a Olimpia y casarse con una jovencita llamada Cleopatra,lo que motivó el desafecto de Alejandro y el odio mortal de su es- posa, que muchos aseguran fueron las causas que movieron el puñal del joven noble Pausanias,un in- tegrantedelaguardiapersonaldeFilipo.Elasesinato se llevó a cabo durante la boda de un hermano de Olimpia con una hija del propio Filipo, que se había organizado para contentar a los nobles de Molosia, muy molestos por el divorcio entre los reyes. Pero esto ya es el comienzo de otra historia.

LIBRO

Vidas parale- las: Alejandro Magno-César

Plutarco, Alianza, 2016. Traducido por Antonio Guzmán Guerra, esta nueva edición del clásico nos narra de una manera didáctica las trayectorias de estas dos grandes persp onalidades.

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ALEJANDRO MAGNO

Capítulo oscuro. Cuando en el año 335 a. C. Alejandro decidió arrasar la ciudad de Tebas y vender a sus habitantes como esclavos, quiso dar una lección a los que osaban rebelarse contra él.

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De Queronea al paso del Danubio

El sometimiento

de

Grecia

Antes de iniciar la invasión de Asia, Alejandro y Filipo tuvieron que solucionar los conflictos con las polis griegas, a las que acabaron

por imponerse. Por Juan Antonio Guerrero

L a punta de la caballería macedonia se alineaba en formación de cuña en la primera posición de van- guardia. El joven Alejandro, con 18 años apenas cumplidos, la enca- bezaba con la mirada fija en el ala derecha del enemigo, que avanza-

ba al paso por la llanura. Impávido, contenía con las riendas al inquieto Bucéfalo, mientras espe- raba el momento preciso. Su padre, Filipo II de Macedonia, que había avanzado en oblicuo con sus hipaspistas y luego comenzado a retroceder tras entrar en contacto con los griegos, había creado con su aparente de- bilidad un hueco en las densas filas macedonias que los atenienses y sus aliados se precipitaron a ocupar, creyendo suya la victoria. Era el momento que Alejandro esperaba para lanzar su caballería a la carga, penetrar por la brecha ateniense y girar envolviendo a los tebanos. Poco después, el invicto Batallón Sagrado había sido casi aniquilado, con 254 de sus 300 hombres muertos sobre el campo de batalla. Había comenzado la meteórica carrera que haría de Alejandro uno de los guerreros más gloriosos de la Historia. Filipo II de Macedonia (382-336 a. C.), que había sido rehén en Tebas durante tres años y aprendido edu- cación militar de Epaminondas, partiendo de una Macedonia empobrecida, la unificó políticamente, fortaleció sus fronteras y estimuló el desarrollo de renovadas actividades económicas. La base de esta renovación estuvo sobre todo en la transformación

FOTOS: PETER CONNOLLY/ ESPASA-CALPE, MADRID

MUY INTERESANTE

ALEJANDRO MAGNO

El poder de los hetairoí. La caballería era la fuerza de choque del ejército macedonio; sus potentes cargas en forma de cuña provocaban estragos en las filas enemigas. Aquí, una ilustración del paso del río Gránico.

LIBRO

Alejandro Magno (I): El unificador de Grecia

Gisbert Haefs, Quinteto, 2002. Primera parte de una de las mejores biografías del macedo- nio. Aborda su etapa de juventud, marcada por las relaciones con su padre.

de su ejército, al que convirtió en una fuerza profe- sional muy alejada de las levas griegas que trans- formaban a hombres,viejos y casi niños en hoplitas cuando sonaban las trompetas de guerra. No eran,

segúnFilipo,losreclutasnilosciudadanos-soldados

quienes ganaban las guerras.Así que entrenó a sus

tropasymejorólastácticaseinclusolaorganización,

comenzandoporlaformaciónbásicadelainfantería

griega, la falange, que había sido clave en las victo- rias durante las Guerras Médicas.

La senda hacia Queronea

Para ello creó la syntagma , unidad básica de 256 hombresformadosen16 lochoi ofilas,cadaunade16

infantes y mandada por un lochagos que la encabe- zaba.Amitaddelafilaseencontrabaun hemilochites

y en las posiciones intermedias, correspondientes

a la cuarta parte de cada fila, había sendos enomo-

tarcas. Las cinco primeras filas tendían sus sarisas (lanzas de carga o picas de 4.5 a 6.5 metros de lon-

gitud) por encima del hombro del hombre que les precedía, mientras que los de atrás las mantenían en alto,haciéndolas oscilar y entrechocar para que su estruendo atemorizara al enemigo. De paso, ese

bosque de lanzas servía como protección, frenan- do los proyectiles arrojados contra la formación.La sarisa se sujetaba con las dos manos, colgando del cuello el escudo, que era redondo y más pequeño que el hoplon de los griegos,lo que además propor- cionaba un punto de apoyo para el peso de la pica y permitía que las filas pudiesen estrecharse, dando mayordensidadalaformación.Losdelasprimeras

filaspodíanllevarcarascorazas,grebasyyelmosde

bronce,peroelrestosóloseprotegíaconarmaduras

Filipo convirtió al ejército macedonio en una fuerza profesional, muy alejada de las levas de ciudadanos-soldados de las polis griegas.

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de gruesas capas de lino, pegadas entre sí –como las modernas de kevlar–, a las que progresivamente se añadieron placas de bronce en el abdomen, el bajo vientre y los hombros. El arma auxiliar era la kopis, una espada parecida a la falcata ibérica, algo más corta que la de los hoplitas griegos y diseñada para golpear y cortar. Los flancos de la falange los cubría un cuerpo especial de élite, más ligero y armado con lanzas cortas, de unos 3.6 m de largo, y un es- cudo de mayor tamaño. Eran unos 3,000 hombres denominados hipaspistas y sus formaciones eran más abiertas y ágiles.

Filipo,amedidaqueganónuevosterritorios,fuere-

clutandoarquerosolanzadoresdejabalinasnativos que utilizó como tropas ligeras. Además prestó es-

pecial atención a la caballería,convirtiéndola en un importante elemento de su ejército. Los caballeros procedían originalmente de la nobleza macedonia yseautodenominabanhetairoí,“compañeros”,pero mástardesusfilasincorporaronjinetesycaballosde

Tesalia,consideradoslosmásresistentesdesuépo-

ca.Tras la anexión de Tracia, también se añadieron soldadosmontados,convirtiéndoseasílacaballería en la fuerza de choque principal,cuya formación de

ataque solía ser en cuña, la llamada “Punta”, por su similitud a la moharra de la lanza.Filipo cuidó tam-

biénlalogística,incorporandoasusfuerzasingenie-

ros,carpinterosyherrerosqueconstruíanmáquinas de asedio y se encargaban de salvar los obstáculos del camino y de la preparación defensiva.

Hegemonía en la Hélade

No olvidó, sin embargo, que la base del triunfo es el conocimiento del enemigo y para ello creó a los bematistas , que eran exploradores encargados de medir las distancias y tomar nota de las caracte- rísticas topográficas, de determinar las zonas de vivaqueo y reavituallamiento y de efectuar la car- tografía necesaria para el desplazamiento de las fuerzas macedonias. A veces realizaban también tareas de información y espionaje. Esta perfecta organización de guerra, entrenada y motivada, no tuvo rival en su época y obtuvo siempre la superio- ridad táctica hasta la batalla de Pidna (168 a. C.), en la que finalmente las legiones romanas vencieron al rey Perseo, último monarca macedonio, casi dos siglos después de la muerte de Alejandro. Filipo supo desde siempre que para lograr la hegemonía sobre los griegos tendría, en un momento u otro, que derrotar a la polis de Atenas, así que tomó el control de las ciudades coloniales griegas de la costa del Egeo, región que los atenienses conside- raban como propia.Nombrado por la LigaAnfictió- nica hegemón o guía de las tribus griegas, declaró la guerra a Amfisa, ciudad que se había atrevido a cultivar en tierras sagradas, pero el temor contra el creciente poder de Filipo llevó a Tebas, Atenas y

Río Haemon

Río Cephiso

Queronea

FOTO: GETTY IMAGES; MAPA: JOSÉ ANTONIO PEÑAS

otras ciudades a aliarse contra él. En el verano del 339 a. C., los tebanos posicionaron una fuerza en la carretera hacia Amfisa y otra en la frontera de Beo- cia, bloqueando el camino a las fuerzas macedonias e impidiéndoles el paso hacia el Ática y, por tanto, hacia Atenas. A pesar de que otras ciudades no se unieron a la alianza de tebanos y atenienses, sólo los foceos se pusieron del lado de Filipo. Para cumplir con su obligación como hegemón en el castigo de Amfisa, en la primavera del 338 a. C. se enfrentó a una fuerza de 10,000 mercenarios, a los que engañó fingiendo retirarse para regresar y sorprenderlos tan pronto como bajaron la guardia, apoderándose de la ciudad en apenas tres horas. La coalición ateniense decidió entonces sostener la inevitable batalla decisiva en la frontera con Fo- cea, al noroeste de la ciudad de Queronea, en una llanura de más de 3 kilómetros de ancho cruzada por varios ríos, bordeada de colinas al norte y al sur y limitada por tierras pantanosas en el este:

un espacio algo constreñido que creyeron podría impedir a Filipo maniobrar ventajosamente. A fi- nales de ese verano, los macedonios acampaban a lo largo del río Cefiso, en el borde más oriental de la llanura. Eran unos 30,000 infantes y 2,000 jinetes. Un número similar de griegos, 30,000 infantes, en su mayoría hoplitas, y 3,800 jinetes, se situó en el extremo opuesto junto al arroyo Hemón.

Una batalla decisiva

Aunquelaposiciónexactadeamboscontendientes se desconoce, se supone que los griegos formaron una larga línea de oeste a este, organizados étni- camente con los atenienses en el ala derecha, los beocios en el centro y los tebanos en el centro-iz- quierda,con el Batallón Sagrado en ese extremo.El ala derecha ateniense unía su flanco con las mu-

El Batallón Sagrado cosechó victoria tras victoria hasta su caída en Queronea ante las falanges macedonias (arriba, una de éstas en un relieve en Tesalónica, Grecia).

Fillipo amaga un ataque contra los atenienses y, seguidamente, finge una retirada

Fillipo contraataca y envuelve a los atenienses mientras Alejandro dispersa a los tebanos

6

FILIPO Y LOS HIPASPISTAS (INFANTERÍA PESADA)

1

ATENIENSES

2

Los atenienses cargan contra Filipo, creyendo que huye vencido

FALANGE MACEDONIA

ALEJANDRO Y

LOS HETAIROÍ

(CABALLERÍA

PESADA)

7

La falange

avanza y

remata la

lucha

3

Viendo un hueco entre los aliados y los tebanos,

Alejandro carga con la caballería y envuelve a

4 los tebanos.

4

5

Los aliados se suman al ataque ateniense, desordenando

ALIADOS

la línea griega

(BEOCIOS

Y TROPAS

Aislados, los tebanos se desbandan, salvo el Batallón Sagrado

MERCENARIAS)

BATALLÓN

SAGRADO

TEBANOS

rallas de Queronea a través de unos 5,000 soldados de infantería ligera aliada. Frente a ellos, el ala iz- quierda macedonia estaba ocupada por los hetairoí de la caballería de élite, cuya cabeza era Alejandro, acompañado, probablemente, por otros dos gene- rales. El propio Filipo, con la mayoría de sus hom- bres más selectos, se encontraba enfrentado a los atenienses, y el grueso de sus falanges se situaba en el centro. La posición de los griegos era ligeramente ventajosa ya que, si la línea macedonia cedía, se podría ver obligada a internarse en las tierras pan- tanosas que, por otra parte, limitaban la capacidad de maniobra de la caballería, mientras que, en el mismo caso, los griegos aún podrían escapar hacia elsur,haciaelpasodeKerata,dondelapersecución por la caballería enemiga sería muy difícil. Estra- tégica y tácticamente, se trataba de una posición muy sólida, ya que no tenía otra finalidad que la defensiva, la de cerrar el paso a los macedonios.

Las estrategias de la batalla de Queronea. En el

338 a. C., los ejércitos griegos y macedonios se encontraron en la llanura de Queronea (en Beocia). El futuro político de la Hélade estaba en juego y, debido a una brillante planificación estratégica (resumida en el croquis de arriba), los macedonios lograron una victoria que cambió la Historia.

El Batallón Sagrado de Tebas

D urante más de tres decenios, el Batallón Sagrado fue la más temida unidad de élite de Grecia y participó en las batallas de Leuctra (371 a. C.) y Mantinea (362 a. C.), que marcaron el decli- ve del poder de Esparta. Fue creado por Górgidas, se dice que a

imitación del famoso batallón de “Los 300” espartano, y estaba constituido por 150 parejas homosexuales, cada una de ellas formada por un hombre de más edad, el heniochoi o conductor, y otro más joven, el paraibatai o compañero. Así, según Plutarco, este “ejército de amantes” se lanzaba a la batalla con lazos más fuertes que la simple tribalidad, el parentesco familiar, la camaradería o el más intenso corporativismo. Tras su victoria en la batalla de Tegira, el genial político y militar Pelópidas lo convirtió en su guardia per- sonal. La única derrota de esta unidad fue precisamente en Queronea, don-

de, a pesar de ser rodeado, el Batallón Sagrado luchó casi hasta el último hombre. El propio Filipo, siempre según Plutarco, ante la pira de cadáveres del Batallón amenazó a quienes calumniaran a aquellos valientes: “Muera quien siquiera piense que estos hombres hicieron algo inapropiado”.

FOTO: MUSÉE DU LOUVRE/ FRANCE

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ALEJANDRO MAGNO

La táctica favorita de Alejandro

D urante la batalla de Queronea, y más tarde en las del Gráni- co (334 a. C.) e Issos (333 a. C.) contra el ejército persa de Darío III, Alejandro empleó su táctica favorita, denominada “el martillo y el yunque”, una maniobra de envolvimiento por

ambos flancos que no podía ser utilizada si los dos ejércitos enfrentados no contaban con cierta paridad, siquiera aproximada, de efectivos. Ale- jandro y su padre Filipo distinguían en ella dos elementos. El “martillo” se correspondía con los hetairoí o caballería pesada, que efectuaba el flanqueo del enemigo, generalmente por el lado derecho, que man- daba Alejandro en persona, o por ambos, con la caballería ligera en el izquierdo. Envolvían así a la formación enemiga en un espacio cerrado, impidiendo sus movimientos salvo hacia el frente, donde era aplastada contra el “yunque”, la falange macedonia y los hipaspistas o infantería de élite, que entretanto habían efectuado su avance. Garantía de éxito. Otras veces, como en Queronea, el flanqueo se producía a través de una brecha abierta en la formación contraria, ya fuera al ceder frente al empuje de los hipaspistas o, por el contrario, por precipitarse el enemigo hacia un hueco real o simulado entre las filas macedonias. El ataque de la caballería causaba un fuerte impacto sobre la infantería enemiga mediante la velocidad y la potencia de su carga, creando la mayoría de las veces una gran confusión al no poder distin- guir sus mandos si las unidades se habían dispersado o simplemente no estaban coordinadas. El método del doble envolvimiento no sólo gozó de gran popularidad en la Edad Antigua, sino que su empleo se ha extendido hasta nuestros días: el mariscal alemán Rommel lo utilizó en la batalla de Gazala, en mayo de 1942, consiguiendo con ello la captura de Tobruk y que sus fuerzas avanzaran casi hasta el Canal de Suez.

Las ingeniosas

estrategias de

Alejandro fueron clave en sus victorias militares. Arriba, la pintura Batalla del río Gránico, de Charles le Brun (1665).

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Filipo hizo avanzar sus hipaspistas en orden oblicuo, como había aprendido de Epaminondas, para luego fingir que se retiraba, lo que indujo de inmediato a los atenienses a avanzar aprovechan- do esa aparente debilidad. Pero ese movimiento lo que hizo fue crear un hueco en el centro griego,que fue de inmediato aprovechado por la caballería de Alejandro.Atravesada la línea, los compañeros del Magno giraron a la izquierda mientras la caballería ligera golpeaba por la derecha el flanco del Batallón Sagrado.Lasdosfuerzasmontadaslograronrodear a los tebanos. Al mismo tiempo, las muy entrena- das falanges macedonias detenían su retirada y se mantenían firmes, sin ceder terreno para, una vez debilitados los precipitados atacantes,rechazarlos

y avanzar. Más de un millar de atenienses perdieron

la vida y otros 2,000 cayeron prisioneros, y las bajas

fueron similares para los tebanos, que perdieron casi por completo a su preciado Batallón Sagrado. Se confirmaba el predominio del lochagos, el sol- dado p