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Impacto de Roma en el desarrollo del pensamiento lingüístico

de la Antigüedad
Liliana Pérez

El término cultura grecolatina remite a un período de civilización unificada en torno


del Mediterráneo, pero los respectivos papeles de Grecia y Roma en su constitución
fueron diferentes y complementarios. Los romanos habían tenido contactos con la
cultura material y las ideas intelectuales griegas en todos los asentamientos del sur de
Italia y habían aprendido a escribir de los griegos occidentales. No obstante, fue en los
siglos III y II a.C. cuando el mundo griego entró progresivamente en el ámbito del
dominio de Roma, para entonces dueña de la totalidad de Italia. La expansión romana se
había casi completado en los años de advenimiento del cristianismo: el que ya era el
Imperio Romano había alcanzado una posición relativamente permanente, con cambios
en pequeña escala en Britania y en las fronteras norte y oriental, y se mantuvo libre de
guerras importantes por casi doscientos años.
Al asumir el control político sobre el mundo helenístico, los romanos incluyeron en
sus dominios al pueblo judío y las tierras del Antiguo y Nuevo Testamento. Tanto el
trasfondo intelectual de Grecia y de Judea como la unidad política y la libertad de
relación que había dado la estabilidad romana fueron las condiciones sobre las cuales
surgió y se extendió el cristianismo, hasta convertirse en la religión oficial del Imperio
Romano en el siglo IV d.C.
Desde sus primeros contactos, los romanos recibieron con admiración las
realizaciones intelectuales y artísticas de los griegos. En el territorio de las ideas
lingüísticas, ello se manifestó en las diferentes lenguas comunes de las provincias
orientales y occidentales.
En la mitad occidental del Imperio, el latín se convirtió en la lengua de la
administración, los negocios, la ley y el saber y, por tanto, su dominio representó una
condición necesaria para el progreso social y económico de sus habitantes. Finalmente,
el latín hablado (llamado latín vulgar, latín popular o latín coloquial) se diferenciaba
considerablemente (como en cualquier lengua que distinga registro oral y escrito) del
denominado posteriormente latín clásico (la lengua de la literatura, la jurisprudencia, la
administración y cualquiera de los géneros complejos de la escritura), desplazó a las
lenguas vernáculas de la mayoría de las provincias occidentales del Imperio y se
convirtió, en el curso de la evolución lingüística, en las lenguas romances modernas o
neolatinas del territorio correspondiente a la actual Europa. En Oriente, por el contrario,
en buena medida bajo la administración griega desde la época helenística, Grecia
conservó la posición alcanzada: muchos funcionarios aprendían y utilizaban el griego en
sus funciones y la literatura y la filosofía griegas eran saberes valorados para los
hombres cultos de la época. Por último, esta división lingüística se reconoció
políticamente en la división del Imperio Romano en Imperio de Oriente y de Occidente,
con la nueva capital oriental en Constantinopla (Bizancio), que persistió como cabeza
de los dominios bizantinos -aunque con un territorio en disminución- hasta el
Renacimiento occidental.

II

Durante el dominio romano hubo sin dudas contactos entre latinohablantes y


hablantes de otras lenguas en todo el territorio y en todos los niveles, hubo además una
amplia demanda de intérpretes. Por ello, la enseñanza y el aprendizaje del latín (y del
griego en las provincias orientales) constituyó una necesidad en las escuelas
organizadas y en los hogares de las clases sociales con acceso a la escritura.
Del mismo modo, contamos con testimonios que expresan que desde el siglo III a.C.
la literatura griega se tradujo al latín. Ahora bien, lo que resulta un hecho nuevo es que
se tradujo de tal manera que la métrica griega fue desplazando poco a poco los metros
nativos, hasta culminar este proceso de apropiación en los vigorosos hexámetros de
Virgilio y en las elegías de Ovidio.
Lo verdaderamente sorprendente de este desarrollo deriva del hecho de que sepamos
tan poco acerca de esta actividad lingüística sin precedentes en el mundo antiguo. Sin
embargo, algunas referencias nos remiten a evidencias insoslayables. En términos
contemporáneos podemos señalar que el multilingüismo era una meta para un gran
número de romanos. En este sentido, sólo por mencionar un caso, Aulo Gelio se refiere
al notable Mitrídates del Ponto (120-63 a.C.), que era capaz de conversar con cualquiera
de sus súbditos, aun cuando se hallaran divididos en más de veinte comunidades
lingüísticas diferentes.
En el campo de actividades de las que conocemos tan poco, una certeza se nos ofrece
en la antigüedad clásica latina y ella es que la lingüística romana resulta un intento de
traducción al latín del pensamiento griego sobre el lenguaje, de las controversias griegas
sobre su naturaleza y de las categorías lingüísticas griegas. Oradores como Cicerón,
pedagogos como Quintiliano, pero también gramáticos como Varrón o poetas como
Horacio pueden ser considerados como los primeros traductores académicos que
producen la latinización de los conceptos griegos a través de operaciones de traducción
sustentadas en los procedimientos que reconoce la Antigüedad para la creación de
palabras. En tiempos de Varrón (S I a.C.), por ejemplo, se discuten las opiniones
alejandrinas y estoicas relativas al lenguaje. En este marco, Varrón distingue las
operaciones morfológicas de derivación y flexión y asume que es la primera de ellas la
que tiene la posibilidad de generación de palabras nuevas. Nos hallamos ante una
preocupación romana del siglo I a.C., un período histórico en el que, precisamente, se
traduce y se normaliza la terminología latina vinculada a la gramática y a la retórica
griegas. La cuestión se resume en la necesidad de lograr que una lengua vernácula
ligada a las actividades campesinas, cuyo vocabulario científico autóctono se hallaba en
numerosas formas relacionado con el mundo agrícola o la producción artesanal 1, se
torne apta para generar un proceso de traducción del mundo epistémico y técnico de
Grecia. Una traducción tal exigía la explotación de las posibilidades de generación de
neologismos y de palabras trasladadas, vale decir, traducidas por vía de analogía
semántica (metáfora- tanslatio; hellenismós- latinitas) o por transcripción literal al
alfabeto latino, como en el caso de synecdoque. También la actividad traductora se
expresó, por un lado, en la creación de paráfrasis (por ejemplo, atechnoi -pruebas
extratécnicas- en principio se tradujo sine arte y luego, por proceso derivativo,
inartificiales en Quintiliano) y, por el otro, en la creación de palabras por catacresis 2:
pedes, para la unidad del verso, por ejemplo. Estos casos ilustran el hecho de que el
léxico de las ciencias conocidas en la época vio un crecimiento inigualable en la lengua
latina, un proceso de creación y de explotación de las posibilidades de construcción
derivacional y conceptual de traducciones y neologismos, no atestiguado por ningún
otro pueblo antiguo. Asimismo, este proceso de traducción terminológica se vio
enriquecido por la convicción de que, en la oralidad, solo la lengua vernácula resulta
persuasiva. En este dominio si se habla bien se piensa bien o, mejor aún, sólo se piensa
bien cuando se habla bien, de modo tal que el proceso de traducción no se limitó a la

1
Podemos señalar como ejemplo el caso del término pagina. El sustantivo deriva del verbo pago: modo
de entrelazar las vides que tenían los campesinos, similar al entrelazado de los hilos que confeccionan una
página.
2
El término catacresis designa un tropo que consiste en utilizar un significante asociado a un significado
definido (pie, por ejemplo) como significante de otro significado que, por analogía con el primero, desata
la asociación, ayuda a suplir un vacío léxico y permite designar aquello que carecía de término de
designación (en este caso, la unidad de medida sobre la que se apoya el verso).
escritura y afectó, además, la norma culta de la oralidad. Sin embargo, en el orden
especulativo, los romanos sostuvieron que las disquisiciones terminológicas sobre la
lengua extranjera debían ser teóricas y reservadas a la escritura.

III
La cuestión descripta se complejiza más aún cuando comprendemos que el contacto
cultural de Roma con Grecia implicó un proceso de traducción que excede lo
estrictamente vinculado al vocabulario lingüístico de la época y que afecta a los géneros
discursivos, a las peculiaridades formales de la métrica y de la prosa, al desarrollo de
teorías del ritmo derivadas de un análisis fonético de la lengua latina, al análisis del
alfabeto latino y las letras inútiles, a la creación de teorías relativas a la enseñanza de la
escritura, entre otras.
Asimismo, en el campo específico de la retórica latina, que constituye la disciplina
complementaria de la Gramática, se tenía en claro la imposibilidad del ejercicio de la
palabra sin el soporte que la da a leer (el cuerpo, el rostro, la gestualidad) o a escuchar
(la voz), se sabía que la misma aireación de la voz, el vaivén de una entonación, o la
leve contorsión de una ceja produce tanto una lectura que fragmenta los discursos en
unidades menores y separadas, como una focalización que traduce, por medio de la
articulación visual de los gestos, el enfoque intelectual del argumento. En síntesis, el
retórico era expresamente consciente, y así lo difundía en sus textos pedagógicos, de
que no hay comprensión que no dependa de las formas en las cuales llega al
interlocutor. Sobre esta matriz cultural debían articularse los conceptos retóricos de
origen griego. Los primeros retóricos latinos tenían en claro, entonces, que esta
disciplina iniciaba el camino de su circulación discursiva como un complejo proceso de
traducción cultural. Es decir, estos especialistas comprendían, del modo en que el
instrumental cognoscitivo de la época lo permitía, que los textos se inscriben en
matrices culturales, que las traducciones los reinscriben en nuevas matrices que no se
corresponden con las de los primeros destinatarios y que permiten una pluralidad de
apropiaciones. Resulta necesario tener en cuenta, además, que las diferenciaciones
culturales no son la traducción de divisiones estáticas y fijas sino el efecto de procesos
dinámicos, y los retóricos percibieron la necesidad de considerar los discursos en sus
dispositivos mismos, sus articulaciones argumentativas o narrativas, sus estrategias
persuasivas o demostrativas. Iniciaron un camino que en el presente acepta como punto
de partida que las disposiciones discursivas y las categorías que fundan los discursos –
sistemas de clasificación, criterios de diferenciación, modos de representación y
figuración– no son en absoluto reducibles a las ideas que enuncian o a los temas que
presentan. Cada serie de discursos debe ser comprendida en su especificidad, inscripta
en sus lugares y medios de producción, analizada conforme con sus condiciones de
posibilidad, relacionada siempre con los principios de regularidad que la ordenan y la
controlan e interrogada en sus modos de acreditación y de veracidad. En este sentido, no
existe una eficacia propia de las ideas y los discursos, separados de las formas que los
comunican, apartados de las prácticas que los revisten de significados plurales y
concurrentes.
Siguiendo el presente recorrido, el proceso de latinización de la retórica griega
llevado a cabo por Cicerón, entonces, se realizó sin perder de vista el hecho de que se
estaba frente a un complejo ejercicio de traducción cultural, en la medida en que no sólo
resultaba necesario instaurar las categorías de lengua capaces de representar en el
dominio léxico a las categorías griegas (puesto que la disciplina estaba en plena
formación y lo que hoy denominaríamos vocabulario técnico se expresaba en griego),
sino también era preciso traducir géneros discursivos —con sus respectivas leyes
internas, tópicas, estrategias de legitimación, configuraciones narrativas,
argumentativas, descriptivas y sus respectivas modalidades enunciativas. Es decir, era
preciso traducir los modos de hacer creer. Todas estas operaciones se tornaron
imprescindibles para la nueva disciplina. Al mismo tiempo, también era necesario
traducir, en términos de prácticas propias del mundo romano, aquellas ligadas a la
constitución y organización social del mundo griego.
Las opiniones ciceronianas manifiestan que su empresa de traducción procede menos
de una voluntad de difusión de la cultura griega que de una fuente de emulación para la
cultura latina. El propósito evidente consiste en darle al latín las obras capaces de
rivalizar con sus modelos griegos. En este autor, por caso, el programa de traducción
cultural remite a tres planes:

a). crear, como señalamos, una retórica latina. Esta intención se nos ofrece
planteada desde las obras juveniles como De inventione a las maduras como De
Oratore, Orator, Brutus, De Optimo Genere Oratorum, Partitiones Oratoriae,
Topica;
b). crear una historiografía romana, esa misma que le demanda a Attico en De
Legibus, I, 5, pero que no será llevada a cabo por Cicerón mismo sino por su gran
enemigo, Salustio, y por su discípulo Tito Livio;
c). crear una filosofía romana. Esta es la tarea sobre la que Cicerón lleva a cabo
mayores referencias, en la medida en que plantea la necesidad de la creación de un
vocabulario técnico filosófico con el que no cuenta la lengua latina.

Este programa pone en escena, como señalamos, la importación a Roma de los


grandes géneros griegos, que se corresponden con la emergencia de una romanidad –un
concepto nuevo, derivado de la confrontación con el hellenismós– y con una voluntad
de afirmación de la originalidad romana en contraposición con su aplastante modelo
cultural griego3.
Ahora bien, resulta necesario distinguir nuestra propia visión de la especificidad
romana y el modelo que la caracteriza más a menudo (la organización política, el
derecho, los acueductos...) y la conciencia de los romanos mismos en relación a este
hecho. Podemos considerar esta especificidad romana resumida en la evolución, tan
conocida por otra parte y al mismo tiempo tan apropiada para ilustrar el caso, del
sentido de barbarus. Como sabemos, el término remitía a todo aquel que no era griego,
incluso a los romanos. En su desplazamiento significante, el concepto de no-bárbaro
incluirá con el tiempo a los macedonios y a los romanos, un favor particularmente
expresado con el acta simbólica de admisión de estos pueblos a los Juegos Olímpicos.
Por último, pasarán a ser bárbaros todos los que se sitúen fuera del modelo
grecorromano. Pero es indudable que para culminar este proceso fue necesario para los
romanos no solamente una definición culturalmente negativa —la de ser ―no-
bárbaro‖— sino también la construcción de un conjunto de valores positivos inspirados
evidentemente en los griegos, pero aptos también para rivalizar con ellos. Si Cicerón le
ha dado al mundo una segunda Athenas, Roma, los símbolos de esta característica

3
En este sentido y para ilustrar con un caso cómo opera el conjunto, consideremos un fenómeno, algo
dado para nuestra cultura: como señala Gadamer, todos usamos los símbolos arábigos y nos hemos
apartado definitivamente de los números como denotación de la cantidad a partir de uno, como en latín,
donde se enunciaba primero, segundo, tercero, cuarto y luego, como unidad, quinto, sexto, y así
sucesivamente. Todos los números romanos constituían aún una suma de unidades. Nosotros, por el
contrario, ya no pensamos en esa primera fase. ¿Cómo traducir al español los basia mille de Catulo si
provienen de una cultura matemática que desconoce el cero? En el tema que nos ocupa, el problema se
complejiza más aún cuando nos encontramos en el proceso de análisis de la traducción latina de
terminología lingüística griega. Por caso, una pregunta consistiría en cuestionarnos qué queda del
tekmérion griego en el signum latino.
bifacial del mundo romano posterior a la conquista de Grecia sobre el plan cultural no
faltan tampoco durante el Imperio, como lo representan las dos bibliotecas del Forum
Traiani o las dos bibliotecas de Trimalción.
Por todo lo expresado, cada lectura que hacemos de un texto escrito en latín es –
como sabemos–, por un lado, un proceso de traducción que se detiene en los aspectos
léxicos, sintácticos, semánticos, discursivos inherentes a todo proceso de tránsito de una
lengua fuente a una lengua meta y, por otro, es la profunda desazón de que las palabras
laboriosamente acomodadas en la página no despliegan el sentido que desplegarían en
su propia lengua, que el aparato de notas y consideraciones que deberíamos hacer sobre
los sistemas de referencias de los términos traducidos, sobre las relaciones sistemáticas
de esos términos en ese estado del desarrollo de la disciplina, es mucho más extenso y
complejo que el texto mismo a traducir. La situación se torna mucho más difícil de
resolver si al hecho problemático del acercamiento a la memoria sincrónica de los
términos se le añade el que deriva del uso diacrónico que recibieron, de las sucesivas
apropiaciones de las que fueron objeto, tanto en el campo de los estudios del lenguaje
como en el de otras prácticas culturales. Esas sucesivas apropiaciones han cargado a los
términos de teoría, y el proceso de desmontarlos resulta a menudo mucho más complejo
que el de describirlos sincrónicamente.
IV
En el terreno de los estudios del lenguaje, la experiencia lingüística, la experiencia
romana no fue una excepción a la condición general de sus relaciones con la producción
intelectual griega. La lingüística romana representaba, por un lado, una reflexión sobre
la lengua latina4, originada a partir de las cuestiones lingüísticas presentadas por los
griegos5 y surgidas de la indagación sobre su propia lengua y, por el otro, una
problematización –inscripta en la incipiente tradición lingüística– acerca de la
posibilidades representacionales del lenguaje, de la vinculación del lenguaje con el
mundo y su capacidad de simbolizarlo. Cuestiones relativas al signo, el índice, el
símbolo, a la motivación y la convencionalidad de la lengua, a la verdad y lo verosímil
(sólo por citar algunos casos) hunden sus raíces en el pensamiento antiguo y encuentran

4
Las estructuras relativamente similares de las dos lenguas y cierta unificación cultural conseguida en el
mundo grecorromano orientaron las reflexiones metalingüísticas.
5
En tiempos de Varrón (116-27 a.C.) se conocían y discutían las opiniones alejandrinas y las estoicas
sobre el lenguaje. Su De lingua latina, donde expone sus opiniones lingüísticas, comprendía veinticinco
volúmenes, de los cuales se han conservado los libros V a X y algunos fragmentos de otros.
respuestas diversas en el mundo griego y en el mundo romano e, internamente, en las
distintas escuelas lingüísticas y filosóficas.
Durante el período clásico de Roma, las obras de Varrón (S I a.C.) y de Quintiliano
(siglo I d.C.), por ejemplo, muestran el proceso de absorción de la teoría lingüística, las
controversias y las categorías griegas en su aplicación a la lengua latina. Pero el saber
lingüístico romano es conocido sobre todo por la formalización de la gramática
descriptiva y didáctica, que se convertiría en base de toda la educación en el período
posterior de la Antigüedad y en la Edad Media, y en parte de la enseñanza escolar
tradicional del mundo moderno.
La serie de gramáticos latinos a través de los cuales la descripción gramatical
aceptada de la lengua llegó a su perfección y fue transmitida a la Edad Media se
extendió a lo largo de los cinco primeros siglos de la era cristiana. Este período abarcó
la pax romana y la civilización grecorromana unitaria del Mediterráneo, que duró los
dos primeros siglos, seguida de la ruptura de la paz imperial en el siglo III y su final
destrucción en los siglos IV y V en las provincias occidentales, incluyendo Italia, por
obra de las invasiones provenientes de más allá de las anteriores fronteras del Imperio.
Históricamente, estos siglos presenciaron dos acontecimientos de permanente
significación en la vida del mundo civilizado de entonces. En primer lugar, el
cristianismo, que habiendo surgido como religión de una minoría, se difundió y
extendió su influencia a todo lo largo y ancho del Imperio hasta que a comienzos del
siglo IV, como señaláramos, tras haber resistido sucesivas persecuciones, fue
reconocido como religión oficial del Imperio por el emperador Constantino. El segundo
acontecimiento, menos gradual, fue la división del mundo romano en dos mitades,
oriental y occidental. Después de un siglo de confusión y presión de los pueblos
bárbaros, Roma dejó de ser la capital administrativa del Imperio en tiempos de
Diocleciano (284-305) y su sucesor posterior, Constantino, transfirió su gobierno a una
nueva ciudad, construida sobre la antigua Bizancio y denominada por él Constantinopla
en 330, en la Tracia oriental, que se corresponde con la actual ciudad de Estambul,
capital de Turquía.
A finales del siglo IV el Imperio estaba formalmente dividido en un reino oriental y
un reino occidental, gobernado cada uno por su propio emperador; la división se
corresponde a grandes rasgos con la separación de la antigua zona helenizada que había
sido conquistada por Roma, pero continuaba siendo griega en cultura y lengua, e Italia y
las provincias occidentales. Constantinopla, acosada por el este y el oeste, continuó
siendo la capital del Imperio Oriental (Bizantino) durante mil años, hasta que cayó en
manos de los turcos en 1453. Durante el desmembramiento del Imperio Occidental y
después de él, Roma se mantuvo como capital de la Iglesia Católica, mientras que el
cristianismo de oriente evolucionaba gradualmente en otras direcciones hasta
convertirse en la Iglesia Ortodoxa Oriental.

En el orden estrictamente lingüístico, la obra de Prisciano Institutiones Grammaticae


constituye el puente entre la Antigüedad y la Edad Media en cuanto a los saberes sobre
el lenguaje. Ingresó en centenares de manuscritos y constituyó la base de la gramática
latina medieval y el fundamento de la filosofía del lenguaje en la Edad Media.
El Imperio Romano de Occidente, ya bajo la presión de las invasiones bárbaras sobre
las fronteras que habían sido casi estables desde Augusto (27 a.C.–14 d.C.) hasta Marco
Aurelio (161–180) no consiguió resistir el ataque y su territorio pasó a manos de
diversas tribus, en su mayoría germánicas. En 410 Roma fue saqueada por los
visigodos, en 476 el último de los emperadores de Occidente, Rómulo Augústulo, fue
depuesto por el germano Odovacar y en 493 Italia pasó a formar parte del reino
ostrogodo regido por Teodorico. El latín de las provincias occidentales sobrevivió a los
invasores germánicos, cuya habla no dejó más que unos pocos elementos léxicos en las
lenguas romances modernas, que son las descendientes del latín hablado en esas
regiones.
V

En cuanto al origen de la lengua latina, podemos señalar que en el primer milenio a.


C., Italia central y meridional estaba habitada por numerosos pueblos indoeuropeos de
lengua latina, umbra y osca. En el nordeste se hablaba el véneto y en el valle del Po, el
celta. Entre los celtas y el mar Tirreno se encontraban los ligures, de origen
desconocido. Hacia el sur, los etruscos, pueblo no indoeuropeo, cuyo territorio se
extendía entre el mar y los Apeninos, hasta el Tíber. Al este de los etruscos vivían los
umbros y otros pueblos emparentados con ellos; al sur del Tíber, los latinos habitaban el
Lacio (Latium). Los samnitas, cuya lengua era el osco, se disputaban la mitad sur de la
península con los mesapios y los griegos, inmigrantes establecidos desde tiempo
antiguo. Un pueblo conocido como los sículos, de parentesco incierto, vivía en Sicilia
junto a las influyentes colonias de los griegos. Cerdeña y Córcega parecen haber
poseído poblaciones autóctonas de raza desconocida.
Pero era la lengua de la provincia menor del Lacio la que estaba destinada a
desplazar a todas las demás lenguas de Italia y a muchas otras también. El latín parece
haber formado parte originariamente de un grupo de dialectos emparentados en forma
estrecha, llamado por lo general latino-falisco, por ser esas dos lenguas las que se
conocen mejor. Este pequeño grupo tiene mucho en común con uno mayor llamado
osco-umbro. Se ha tenido acceso a estas dos últimas lenguas a través de la conservación
de largas inscripciones en piedra.
Hacia la mitad del siglo VIII a.C. dos tribus, una latina y otra sabina (umbra) fundan
Roma. Durante siglos bajo el influjo benéfico de los etruscos, la ciudad se convierte
poco a poco en centro político de la región. Pero hasta 390 a.C. no es suficientemente
fuerte como para repeler el ataque de los galos. Todavía en el curso del siglo IV a.C.
restan ser sometidas otras tribus de Italia: comienza por entonces la expansión de los
romanos, que no acaba con el dominio de la península itálica (III-II a.C.) y se extiende a
las islas (Sicilia, 241 a.C.; Cerdeña, 238 a.C.), a la península ibérica (a partir de 218
a.C.), a la península balcánica (a partir de 148 a.C.), a África (Cartago, 146 a.C.), a Asia
(creación de la provincia del Asia, 133 a.C), a Galia (creación de la provincia Gallia
Narbonensis, 121 a.C.). En el siglo II d.C. los romanos están presentes en toda la costa
del Mediterráneo, sobre las costas atlánticas desde Mauritania a Britania y sobre las
riberas del Rin, del Danubio y del Tigris.
La romanización es gradual, algunos pueblos se vinculan a Roma mediante tratados
de alianza que les permiten conservar cierta independencia. Son asimilados
primeramente los estratos superiores, una red estatal relativamente fija comunica todos
los territorios dependientes o aliados con el centro. Las numerosas colonias de
ciudadanos romanos, en sus orígenes bases militares, aseguran el tráfico y el
desenvolvimiento del comercio. Las ciudades imitan en la arquitectura, en el modo de
vida y en la administración el modelo de Roma. En el campo, la vida romana se propaga
por las numerosas villae, predios campesinos particularmente florecientes en el siglo IV
d.C. y que en muchas regiones transmiten una duradera romanidad local. El latín era la
única o la principal lengua de la administración y posteriormente también de la
evangelización. De Lusitania a Dacia, de Britania a Egipto dominaba hasta finales del
siglo V d.C. una cultura standard bastante uniforme.
Como señalamos arriba, desde el siglo III d.C. hasta la Alta Edad Media se esparcen
sobre el territorio romanizado diversas invasiones de pueblos extranjeros. Los reinos
romano-bárbaros mantienen fundamentalmente la estructura administrativa romana. La
población extranjera se convierte poco a poco al catolicismo. La continuidad de la
estructura romana y la uniformidad de la eclesiástica aseguran al latín por muchos siglos
su carácter de modelo lingüístico, del cual era difícil desvincularse. Por otra parte, la
inseguridad provocada por las frecuentes invasiones traslada el centro de la vida social
de la ciudad al campo, a las antiguas villae romanas. Éstas se vuelven centros
productivos autónomos, con un núcleo fortificado. Si el propietario era un bárbaro más
o menos romanizado, su lengua consistía probablemente en un latín pidginizado6. Por
una parte, la Iglesia funda un modelo lingüístico elaborado e internacional, por otra el
latín hablado en las villae se diversifica y se reduce a la necesidad de comunicación
cotidiana. La situación cambia a partir del siglo XI: la población aumenta notablemente,

6
Un pidgin es una lengua caracterizada por combinar los rasgos fonéticos, morfológicos y sintácticos de
una lengua con las unidades léxicas de otra. Suele ser la lengua que emplea un inmigrante en su nuevo
país de residencia, o una lingua franca empleada en una zona con intenso contacto de poblaciones
diferenciadas lingüísticamente. El hablante de un pidgin emplea las estructuras formales de su lengua
materna y las completa con elementos léxicos de la lengua de su interlocutor. Comúnmente se trata de
una gramática reducida a su mínima expresión. El uso del término pidgin que se establece en este artículo
es metafórico y remite al fenómeno más que a los resultados en una lengua pidnigizada de la que, por
cierto, dado su marcado carácter oral, no existen registros.
la actividad artesanal y mercantil se refuerza en los burgos, los centros urbanos, donde
comienza a afirmarse también una cultura laica.
VI

Bajo el impulso del refinamiento de la clase dominante y el influjo de los modelos


griegos, la lengua culta de los romanos sufre entre 80 a.C. y 120 d.C. un importante
proceso de depuración y de perfeccionamiento. Por eso fue posible el surgimiento casi
simultáneo de una serie de grandes autores literarios (Virgilio, Ovidio, Horacio, Tito
Livio, César, Suetonio, Cicerón, Plinio el Viejo) y de la actividad metalingüística de
Cicerón (De Oratore, Orator) y de Quintiliano (Institutiones Oratoriae). A partir de la
enseñanza de la latinitas (corrección, pureza), de la perspicuitas (claridad), del aptum
(conveniencia) y del ornatum (adorno, ornamento) se constituye un modelo de lengua
muy elaborado, capaz de explicar en modo claro cualquier problema, y bastante fijo
para poder servir a la comunicación institucional (administración pública, escuela,
religión, literatura) en lugares y tiempos muy diversos. Este latín clásico o estándar,
fijado en buena parte en la gramática de Elio Donato (s.IV d.C.) y Prisciano (s. V d.C.),
sirvió por muchos siglos de variedad guía para los múltiples latines coloquiales
hablados en el vasto orbis romanus.
Una lengua estandarizada tiende a ser conservadora. No obstante, si se quiere
mantenerla como modelo vivo, es necesario adaptarla moderadamente a las cambiantes
tendencias de la variedad coloquial. Fue éste el mérito del latín cristiano respecto del
latín clásico. Los autores cristianos de la media y tardía latinidad aceptaron las
tendencias evolutivas e hicieron más natural el pasaje del latín a las lenguas romances.
Finalmente, entre los siglos V y VIII, debido a las continuas invasiones bárbaras, cesan
las comunicaciones regulares entre las varias regiones del mundo romano. El contacto
regular, preferentemente oral, con los dominadores —poco o nada romanizados—
obliga a los pueblos autóctonos, mayoritarios y de cultura superior, a usar un latín
coloquial pidginizado (esto es un latín fonética, morfológica y sintácticamente más
simplificado) para permitir una rápida comunicación elemental. En todas las regiones
más o menos claramente delimitadas el latín se transforma, con tendencias innovadoras
y arcaizantes propias de cada lengua romance.

VII
En síntesis, la lengua latina continuó, por el mundo conocido entonces, la expansión
sin precedentes del poder romano. A comienzos de la era cristiana, la mayor parte de
Italia estaba latinizada por completo. Se cree que, para entonces, el véneto, el celta, el
ligur, el etrusco, el umbro, el mesapio, entre otros, se habían extinguido ya o bien
agonizaban. El osco tal vez haya sobrevivido un poco más y, sin duda alguna,
sobrevivió el griego, pues todavía tenía bastante importancia en la Edad Media. Llevado
más allá de Italia, el latín se estableció en forma permanente en la Península Ibérica, en
Galia y en parte de los Balcanes. Casi hasta el fin de la Edad Media, el latín fue el
vehículo principal de la ley, la administración y la erudición de Europa occidental. Su
posición era particularmente dominante en aquellos países en los que se hablaban
lenguas vernáculas derivadas del latín. El cultivo del latín implicaba necesariamente el
correspondiente descuido de las lenguas vernáculas, que comenzaron a documentarse
sólo a partir de una época relativamente tardía.
Los principales descendientes modernos del latín son el italiano (documentado desde
el siglo X), el corso (siglo X), el español (siglo XI), el portugués y el catalán (ambos a
fines del siglo XII), el francés (siglo IX), el rumano (a principios del siglo XVI).
Aunque reducido actualmente al nivel de un dialecto hablado, el provenzal fue una
lengua medieval importante, cuyos textos datan del siglo X. Formas menores de lenguas
vernáculas constituyen el rético o romanche, en el sudeste de Suiza, que se registra en
cinco variantes dialectales diferentes, documentado en un texto primitivo y aislado del
siglo XVI; el sardo, por lo general una lengua exclusivamente oral, conocida desde el
siglo XI; y el dálmata, hablado en la costa oriental del Adriático, pero extinguido desde
fines del siglo XIX. Como resultado de la colonización americana han surgido lenguas
criollas, muchas de las cuales derivan del francés, entre ellas el más importante es el
haitiano, otras derivan del español y del portugués. Una de éstas, el papiamentu,
combina elementos de ambos.