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Capítulo 1

Northumberland, 1339

—Le agradecemos por haber hecho su muerte menos dolorosa, Lady Sara —
dijo el Rey Edward con suavidad, sus ojos azules estaban ya cubiertos por el dolor.
—Parece que está en paz.
Sara de Fernstowe sonrió mientras rodeaba la cama con el cuenco que
contenía los harapos ensangrentados y la cabeza de flecha.
—Su caballero no está muerto, Su Alteza —le aseguró mientras le daba el
contenido a una de las sirvientas y encaraba al Rey. —Ni morirá si logro que
sobreviva a la fiebre que sin duda le llegará.
El apuesto gigante rubio que gobernaba Inglaterra abandonó su regia pose
junto a la cama y se inclinó para que su oído quedara sobre los labios del
caballero, poniendo su enorme mano en el hombro lastimado.
—¡Es verdad, respira! ¿Cómo puede ser que mi curandero declaró que este
hombre no tenía esperanza, y usted salvó su vida?
A Sara le agradaba el Rey. Pero cuando se le negaba una cosa (tal como el
salvar la vida de uno de sus caballeros) podía imaginar a Edward III siendo tan fiero
como su abuelo, el famoso Longshanks.
Ofreció su conjetura con una pequeña risa.
—Quizás su curandero temía su ira si sus esfuerzos no daban frutos, Su Alteza.
No debería culparlo. Como debe saber, pocos hombres sobreviven a una herida
semejante.
Continuó, sin temor a decir la verdad.
—También hay una posibilidad de que yo falle, pero no lo creo. Soportó la
curación con apenas un gruñido de protesta. Aquí tenemos a un sujeto fuerte que
sabe soportar una herida. Yo diría que ha sobrevivido a otras durante su servicio, a
juzgar por las cicatrices.
El Rey se enderezó.
—Ah, no sabe ni la mitad del asunto, mi Lady. Dos veces se ha interpuesto Sir
Roland entre el desastre y mi persona. La primera vez tan solo éramos unos
muchachos… yo era solo un polluelo de rey, y Richard solo era un escudero.
Continuó, con el orgullo por su caballero visible en la expresión absorta que
portaba. Era como si pudiera verlo todo de nuevo, en su mente.
—Tres asesinos me atacaron en mi campamento, intentando acabar conmigo.
Cuando el Señor de Richard corrió en mi rescate, éste tomó la espada del Conde y
acabó con los dos que quedaban. Casi murió por un corte de espada en el muslo.
—Ah, valiente desde que era joven. ¿Fue entonces que lo tomó bajo su
servicio?
—Afortunadamente, o estaría recostado ahí este mismo día y sería a mí a quien
estaría curando. Richard debió notar que el arquero envenenó la flecha y la recibió
en mi lugar. Luego, herido como estaba, persiguió al canalla y lo partió en dos.
¿Qué opina de tal fuerza y valor?
Sara estudió a la figura que yacía sobre la cama. Su tamaño no era comparable
al del colchón. Si estuviera parado, sabía que su altura rivalizaría con la del Rey. Si
su pecho no tuviera los músculos tan desarrollados, esa flecha hubiese resultado
fatal en efecto. Sí, era tan fuerte como valiente.
Y apuesto. Su oscuro cabello color avellana brillaba con la luz roja de las velas.
Su piel se veía suave y ligeramente oscurecida por el sol. Sus enormes labios,
ligeramente abiertos, revelaban dientes blancos y derechos, y su nariz parecía
estar recta y sin ninguna ruptura.
Si tan solo pudiera ver sus ojos, quizás podría juzgar el tipo de hombre que era.
Sara se dio cuenta de que verdaderamente quería saberlo, así que lo preguntó.
—¿Qué tipo de hombre es él para obtener tales heridas? ¿Fiero? ¿Brusco?
El Rey suspiró larga y profundamente.
—No, no Richard. A menos de que se le provoque, se inclina por la gentileza y
el buen humor. Es quizás demasiado honorable. Hijo de un buen padre. Padre de
un buen hijo. Un esposo fieramente leal a su pobre esposa muerta. Un buen amigo
mío. Un caballero merecedor de exaltaciones por sus valientes acciones —Sara se
dio cuenta de que se habían formado lágrimas en los ojos del Rey.
—¡Santo cielo, eso suena como algo que se diría de un muerto! ¡Tenga fe de
que sobrevivirá, pues yo la tengo!
Eso le consiguió una sonrisa, tal como había esperado. Él se pasó la mano por
los ojos y la vio con una expresión curiosa y divertida.
—Y usted, mi lady, ¿tiene el mérito de alguna buena acción?
—¿Yo? ¡Le aseguro que no, su Alteza! ¿Quisiera ofrecerme alguno? —dijo Sara,
más en broma que en serio.
El Rey inclinó su cabeza y lo consideró por un momento, sus brazos estaban
cruzados sobre su poderoso pecho.
—Uno de los asuntos que pretendía resolver mientras estuviera en el norte era
ver que usted se casara. Ahora que su padre se ha ido, sabe que debe casarse para
conservar Fernstowe. Dos hombres me han pedido su mano. Le daré esposos para
escoger. ¿Qué le parece?
Sara se contuvo de contestar. Tomó ventaja de la informalidad del lugar y
caminó por algunos momentos, golpeando sus labios con un dedo.
Sabía que Aelwyn de Berhold quería sus tierras. Tenían frontera con las de él y
no había ocultado su secreto de tenerlas. Había estado detrás de ella desde que
tenía tan solo doce años. Habiendo fallado en obtener la aprobación de su padre
mientras vivía, y la de ella también, Aelwyn debió haber escrito al Rey.
—¿Lord Aelwyn de Berhold y quién más, Señor? —preguntó, dudando si podría
ser Lord Bankwell, un vecino lejano aquí en Northumberland que alguna vez había
preguntado por ella. Bankwell era viejo, lo suficiente para haber cortejado a su
madre antes de que sus padres se casaran. Probablemente no era él. Cuando la
conoció, pareció desinteresado y satisfecho cuando su padre se rehusó al
compromiso.
—Lord Clivedon de Kent. ¿Lo conoce?
—No —y no quería hacerlo. —¿Dice que puedo escoger a mi esposo? —sonrió
cuando vio que el Rey asentía con aprobación, y entonces su mirada cayó sobre el
hombre en la cama. ¿Debería atreverse? ¿Por qué no ser valiente, ya que no tenía
nada que perder?
—Por su gracia, mi Señor, escojo a este —anunció, señalando al caballero bajo
su cuidado.
Si había esperado sorprender al Rey Edward con su petición, se dio cuenta de
que no había sido así. Él la miró como evaluándola, luego miró de reojo a Sir
Richard, sus ojos se entrecerraron con una cierta sagacidad. Sara rezó porque
dijera que sí.
Después de varios segundos de tensa consideración, finalmente sonrió.
—Sálvelo, Lady Sara, y podrá tenerlo. Le doy mi palabra.
—¡Trato hecho! Ahora, espero que disfrute mi humilde hospitalidad, Señor, y
que se quede para la boda.
El Rey Edward frunció el ceño ante esto.
—Me temo que no puedo, pues he de estar en York dentro de tres días para
una reunión. Es poco probable que Richard se haya recuperado para cuando tenga
que irme.
—Entonces, con su permiso, ¿podría la boda ser esta noche? —preguntó
esperanzada.
—¿Cómo podría serlo? Este hombre está inconsciente —respondió. —No sería
legal hasta que realice sus votos.
—No se preocupe, podemos despertarlo lo suficiente para que conteste que sí
en el momento adecuado. ¿Podemos usar su pastor, Señor? El mío murió hace dos
meses y no lo he reemplazado aún.
Aunque el Rey aún parecía dudar si era buena idea apresurarse, se encogió de
hombros y accedió. Debió darse cuenta de que el caballero protestaría a todo
esto. Pero, obviamente, también había decidido que la unión le haría bien a
Inglaterra al poner a un protector de tanta confianza tan al norte del país.
Solo cuando dejó la habitación para bajar las escaleras e ir con sus hombres,
Sara abandonó su amplia sonrisa y exhaló con alivio.
No pudo haber ideado un mejor plan. Que la solución a sus problemas había
caído directamente sobre sus pies (bueno, mejor dicho sobre su propiedad)
parecía una señal de excelente fortuna.
Durante los últimos meses, Sara había temido otro encuentro con el molesto
Lord Aelwyn. Este matrimonio eliminaría ese peligro con seguridad.
Y también estaban los escoceses, desde luego. Ellos habían asesinado a su
padre, y desde aquel trágico día, habían estado asaltando Fernstowe, robando a
su castillo y asesinando a su gente en las afueras. Otros estados cercanos a la
frontera habían sufrido también.
Sara sospechaba que la amenaza de peligro había ayudado al Rey a tomar la
decisión de permitirle tomar a Sir Richard como su esposo. Seguramente no lo
había hecho para complacerla, sin importar que lo llamara su recompensa. Alguien
tenía que hacerse cargo de lo que estaba pasando. El Rey Edward necesitaba que
la frontera estuviera segura tanto como lo necesitaban Sara y los otros
terratenientes.
Ese Lord Clivedon de Kent que se había propuesto a ella hubiera servido lo
suficientemente bien, pero teniendo sus tierras al sur, no estaría presente durante
todo el año. Sara no tenía deseos de pasar la mitad de su tiempo al sur de
Inglaterra por el resto de sus días.
Dios solo sabía lo que le pasaría a Fernstowe si se ausentaba por demasiado
tiempo. Era seguro que el Rey se beneficiaría al colocar a un conocido y leal
caballero como el nuevo Lord de Fernstowe. Meramente había llamado su
atención al solicitar tal favor.
Miró de reojo al caballero lastimado. Ahí yacía su esperanza. Si lo podía
mantener con vida, le serviría suficientemente bien. El Rey Edward, bien conocido
por su honestidad y valores, nunca alagaría de tal manera a un hombre si no lo
mereciera.
Sara sabía que Sir Roland se recuperaría. Todo por ella. Probablemente la
odiaría entonces por organizar su matrimonio mientras yacía indefenso y sin
poder opinar. Pero su honor lo uniría a ella, a pesar de sus sentimientos
personales.
Estaría obligado a defender Fernstowe de sus enemigos, especialmente de los
fieros escoceses que atacaban cada cierto tiempo. Y una boda haría que Lord
Aelwyn comprendiera que no podía tomar a la fuerza lo que no era suyo por
derecho.
Todo el asunto tenía sentido para ella, y el Rey parecía estar de acuerdo. Con
suerte, Sir Richard pondría de su parte.
Sara acarició ausentemente el delantal que cubría su vestido. Hizo una mueca
ante las manchas que tenía, la sangre del caballero, la suciedad que marcaba el
lugar sobre el que se había arrodillado mientras bajaban su camilla al patio.
Debería cambiarse antes de la ceremonia. Pero, ¿qué importaba? El Rey ya la
había visto en ese estado. Y con el dolor que sentiría, Sir Richard ni lo notaría ni
pensaría que fuera importante.
Incluso si lograba registrar su presencia en su cerebro dominado por la fiebre,
su tipo de vestido no haría mucha diferencia. Fea y poco agraciada como era,
incluso la más limpia y costosa de las telas apenas podía hacer algún bien a su
apariencia.
Una vez que su nuevo esposo tuviera la fuerza para tal tarea, podría tener que
drogarlo para consumar la unión. Tal idea dolía, pero Sara lo aceptó. Ella era como
era, y él tendría que lidiar con su apariencia tal como ella siempre lo había hecho.
Al menos era lo suficientemente alto para mirarla a los ojos, que era más de lo
que podían decir la mayoría de los hombres. La cicatriz que avanzaba de su ceja a
su barbilla podría asustarlo como hacía con la mayoría, pero no había nada que
pudiera hacer al respecto.
Acarició su rostro dormido con una mirada de anhelo. Oh, ser tan perfecto
como este hombre, hacer que tu ser querido suspirara y te mirara con cariño, ser
deseado como seguramente lo era. Ser amada por él tal como seguramente debió
amar a su pobre esposa muerta.
No era algo que debería intentar esperar, pensó Sara amargamente. Pero para
una mujer con cuerpo de torre y un rostro tan dañado, se las había arreglado
bastante bien hasta ese momento. El Rey había parecido complacido de darle a
este hombre. Y ella se lo había ganado. Si no fuera por sus cuidados, Richard de
Strode estaría muerto.
Apartó el deseo infantil de una unión por amor y buscó en su canasta de
hierbas el extracto que podría revivir a Sir Richard lo suficiente para que diera sus
votos.

*****

—¡Hazlo y ya está! —susurró con molestia el Rey al pastor.


El hombre santo, llamado Padre Clement, contestó.
—Pero, Sir Richard no desea casarse, Señor. Ruego que espere hasta que
pueda decirle esto él mismo. Sigue recordando constantemente a la perfecta Lady
Evaine, ¡lo ha hecho por tres años! En su confesión…
—¡No repitas una sola palabra que recibiste en sagrada confesión! ¡Ni siquiera
a mí! —el Rey Edward parecía listo para dañar físicamente al clérigo.
Sara contuvo el aliento.
—¡Nunca, Señor! Pero Sir Richard…
El Rey se puso de pie mostrando toda su altura, la cual era considerable,
recargó sus puños en sus caderas y lo fulminó con la mirada.
—Se casará con esta mujer. ¡Cásalos o desaparece en este instante!
¡Permanentemente!
El pobre clérigo abrió de golpe su libro de plegarias y rápidamente se colocó
junto a la cama. El Rey tomó a Sara por un brazo y la hizo pararse entre él y el
pastor.
Así que ahí estaban los tres, tan cerca como para tocarse, mirando al caballero
que se removía en las sábanas y gruñía por el dolor.
Sara tomó uno de sus puños apretados en sus manos, intentando
tranquilizarlo. Apenas escuchó la voz del pastor hasta que este se detuvo
esperando una respuesta.
El Rey se inclinó un poco y ordenó:
—Sir Richard, contesta sí o no.
El caballero gruñó como si estuviera intentando luchar contra la neblina en su
mente.
—Yo…
—Ahí lo tiene. Ese es su sí, Padre. Continúe.
El pastor mordió su labio superior, aparentemente decidiendo no enfurecer al
Rey negándose y continuó.
Se detuvo para que Sara respondiera y luego cerró su libro de golpe.
—Ahora los declaro marido y mujer —un discurso en latín incomprensible le
siguió. —Amén.
Ella y el Rey respondieron al unísono:
—Amén.
Sara observó al Rey Edward colocar un pergamino sobre el cuerpo de Richard,
luego poner una pluma en la mano del caballero y guiarla a la marca. Luego le dio
la pluma a ella y señaló. Rápidamente firmó donde debía hacerlo.
Cuando retiró el pergamino y se alejó de la cama, Sara se inclinó y besó los
labios de Richard.
—Descansa ahora, esposo —susurró. —Está hecho, y todo saldrá bien.
El Rey Edward se dirigió a la pequeña mesa cerca de la ventana y llamó a dos
personas de su séquito a quienes había seleccionado para que atendieran la
ceremonia. Se les unieron para firmar como testigos del matrimonio.
Cuando la compañía Real y el pastor se retiraron para cenar en su salón, Sara
permaneció con Richard en la habitación principal. Ahora era su esposo. Su lugar
era a su lado. Si el cielo lo quería se daría cuenta cuando recuperara el sentido.
*****

Los ojos de Richard protestaron cuando intentó abrirlos, pero finalmente logró
hacerlo por suficiente tiempo para determinar que había sobrevivido. Con
seguridad este lugar no era el cielo. Ni el infierno, pues sentía como si se estuviera
congelando.
La suave cama bajo él le recordó aquella que había dejado en Gloucestershire.
Las cortinas parecían costosas, aunque probablemente más viejas que él. Olfateó
el fuerte aroma a alcanfor. Su cuerpo dolía hasta el centro de sus huesos y su
cabeza parecía a punto de explotar en cuanto la moviera.
Sintió que había alguien cerca. Alguien que tarareaba. Una mujer.
—¿El Rey…? —dijo ásperamente, incapaz de terminar la pregunta.
Una mano pasó por su frente, pero no podía ver a su dueña, por su ubicación
junto a su cama, fuera de su línea de visión.
—Su Rey vive gracias a usted, Señor. Él está bien, y se fue hacia York hace
cuatro días.
—Ah, bien —dijo. —Mi garganta…
—Seca por tanto vociferar, sin duda. La fiebre lo contuvo por más tiempo del
que temí que lo haría. Debería beber cuanto pueda de esto. Sé que no sabe bien,
pero debe hacerlo.
Los ojos de Richard se cerraron por su propia cuenta mientras aceptaba la copa
que puso sobre sus labios. Una bebida amarga le había sido ofrecida por alguien
que sonaba tan dulce, pensó. Su voz baja y suave como la miel tranquilizaba el
dolor en su cabeza como un bálsamo.
Una vez que bajó la copa lejos de su boca, le preguntó:
—¿Dónde está John de Brabent, mi escudero? —por principio ese joven
debería estar encargándose de estas labores.
—Se fue a York con el Rey, Señor. Parece ser que su padre estaría ahí y el chico
deseaba verle. Le prometí que yo lo cuidaría en su lugar.
—Ah, bueno, entonces… dado que nadie se quedó para llevar mi cuerpo a casa,
supongo que estoy obligado a vivir.
—Sí, se recuperará, aunque nos asustó bastante.
—Creo que puedo mover mi brazo —murmuró, más para sí mismo que para
ella. Lo levantó un poco y gruñó. —Aunque duele como mil demonios.
Ella pasó un trapo mojado por su frente y barbilla, enfriándolo.
—Estará bien con el tiempo. Yo diría que podrá levantarse en dos semanas. Y
recuperará su fuerza habitual en el doble de tiempo.
—Gracias a Dios —gruñó, —y a usted, he de imaginar.
Sintió que se inclinaba y deseó poder ver el rostro de este ángel que lo había
cuidado. Con toda la fuerza que le quedaba, forzó a sus ojos a abrirse
nuevamente.
Richard suponía que venía de buena casa por la manera en la que hablaba.
Había usado el Francés Normando que los nobles utilizaban al hablar uno con otro.
Su apariencia desmintió tal declaración.
Llevaba un vestido de hilado áspero y color oscuro y no tenía cubierta la
cabeza. Su cabello estaba despeinado, era una enorme masa rizada, que flotaba
sobre sus hombros como una nube oscura.
Aunque no podía imaginar al joven John dejándolo bajo el cuidado de una
sirvienta, esta mujer ciertamente estaba vestida como una. Pero sus modales y
gesto parecían refinados de alguna manera, no como los que tendría un plebeyo.
Su boca era amplia, probablemente sujeta a los cambios de su temperamento,
supuso. Invitaba a besarla, si pudiera admitirlo. No lo haría, desde luego. Uno
nunca se metía con las sirvientas. ¡Si no conocía esa lección en particular bastante
bien!
Su nariz parecía un tanto altiva con su ligera inclinación, y esa barbilla
proclamaba una innegable necedad.
Pero sus ojos fueron lo que le quitó el aliento. Color ámbar con pequeños
destellos de café. De repente, sus hermosas pestañas detuvieron su estudio.
Ella removió un poco la cabeza, como si le incomodara su mirada. El
movimiento apartó el cabello del lado derecho de su cara, la cual mostró de una
manera casi deliberada.
Richard respiró con dificultad. Una delgada cicatriz blanca recorría desde la
punta de una ceja hermosamente formada a la curva de su mejilla, en la orilla de
su desafiante barbilla.
Se le quedó mirando, completamente furioso a quien hubiera dañado tal
perfección. Una profunda herida de cuchilla, determinó por la manera del corte,
no lo suficientemente profunda para necesitar costura. Tampoco podía haber sido
producto de un accidente, pues la profundidad habría variado sobre su
prominente pómulo. Alguna mano cruel había tomado una navaja y
deliberadamente la había marcado.
¿Un maestro brutal? ¡Retaría a muerte a ese hombre! ¿O era acaso un esposo?
¡Mataría al canalla sin dudarlo!
Solo cuando se dio la vuelta para verlo completamente de frente se dio cuenta
de que debió haberla lastimado con su mirada estúpida.
A decir verdad, la línea de la cicatriz no se veía mal en lo absoluto. Pero que
alguien la hubiera desfigurado a propósito lo horrorizaba. Richard pasó saliva con
fuerza y bajó los ojos hacia sus agraciadas y expresivas manos, que se retorcían
nerviosamente alrededor de la copa de la que había bebido.
—¿Quién eres? —preguntó gentilmente.
Una esquina de su boca se elevó junto con sus oscuras cejas.
—Bueno, Señor, será mejor que se lo diga ahora que se encuentra tendido y no
puede matarme por ello—después de respirar profundamente para ganar fuerza,
anunció en voz baja: —Soy Sara de Fernstowe, su esposa.
Richard cerró nuevamente los ojos. Sería mejor no volver a abrirlos, pensó,
dado que seguía dormido y tenía visiones provocadas por la fiebre. Justo como un
desorden mental buscando crear una esposa que era completamente opuesta a la
que había tenido.
Evaine había sido, después de todo, su peor pesadilla.
La memoria de su pequeña y etérea figura, y angelical rostro apareció detrás de
sus parpados y se transformó en el cuerpo esquelético que era la última vez que la
vio.
Los sentimientos lo asaltaron, y los recibió con menos placer que a cualquier
flecha; dolor ante la muerte de alguien tan joven, sufrimiento por el hijo que sufría
por la madre que apenas había conocido, y lo más vergonzoso de todo, el alivio
que sentía. Por más que lo intentara, Richard no podía hacer desaparecer tan
despreciable sentir y eso casi lo mataba.
Gruñó y se sacudió violentamente, agradeciendo el dolor que esto le provocó.
Agradecido por cualquier otra cosa que lo distrajera de la culpa por la muerte de
Evaine.
—Buen Señor, tan odioso como pudiera parecerle, juro que hablo con la
verdad —declaró la mujer de voz aterciopelada. —Estamos casados.
Richard decidió unírsele al objeto de su perturbadora ilusión y seguirle el juego,
aunque su mente había comenzado a sacudirse nuevamente como una hoja
atrapada en un viento tormentoso.
Al menos lidiar con este sinsentido apartaría sus pensamientos de Evaine antes
de dormir de nuevo. ¿O seguía dormido? Desde luego, debía estarlo.
—¿Casados? ¿Qué demonios dices?
Ella sonrió como si quisiera disculparse y apartó la mirada.
—Sí. El Rey aprobó y presenció el evento antes de marcharse.
Richard se rió perezosamente. No tenía sentido, pero así eran los sueños.
Luego ella inclinó la cabeza, pareciendo avergonzada.
—Prometo que no lo lamentará, Señor. No más de lo que lo hace ahora.
Dejando de lado mi fealdad, tengo buenos atributos de esposa.
—Mmm… mmm —murmuró, —Atributos —le había dado algo en aquella
bebida…
—Sí. Mis habilidades como casera son excelentes, como pronto podrá ver. Sé
leer, sé escribir, y muchos consideran que tengo talento como curandera. Yo lo
curé cuando el curandero se había rendido con usted.
—Y modestia —sugirió con rudeza.
Ella se rió de sí misma, un sonido grave y tranquilizante.
—Oh, ¡ese es mi mejor atributo!
Su pecho dolía suave pero incesantemente, y Richard estaba cansado de este
sueño. Solo quería volver a sumirse en la nada y escapar de la incomodidad.
—Déjame ahora —gruñó, y cerró los ojos.
—Desde luego, esposo. Pero cuando despierte de nuevo, tiene que intentar
comer un poco.
—¿Un poco de qué? —preguntó con una risa seca, imaginándose a un pequeño
animal atravesado por un trincho. Su mente parecía flotar, apenas si recordaba el
dolor de su pecho.
—Prepararé un guisado para usted. Y pudín de huevo con nuez moscada, si lo
desea.
—Nuez moscada —susurró. —Una fantasía costosa… sin duda.
Su risa de seda atravesó sus oídos y pensó escuchar cómo se cerraba la puerta.
Por un periodo de tiempo indeterminado, durmió nuevamente, pero la
conciencia regresó eventualmente y Richard despertó de nuevo. Ella estaba ahí de
nuevo.
La mujer que recordaba estaba sentada en una silla de respaldo amplio,
cosiendo algo en un pequeño marco de madera.
A través de sus pestañas casi cerradas, Richard la vio meter y sacar la aguja,
maldecir en voz baja cuando el hilo se enredó, y dejarlo todo de lado en el suelo.
Qué terriblemente triste parecía, cerca de las lágrimas. Ella se inclinó, con los
codos sobre las rodillas y sus hermosas manos debajo de su mejilla.
—Por favor —susurró, —Por favor no dejes que me odie. Haré lo que sea…
—Ven aquí —ordenó, interrumpiendo su plegaria.
Perfectamente lúcido ahora, su sueño no parecía un sueño en lo más mínimo.
Él mismo rezó rápidamente porque la conversación anterior si hubiera sido parte
de su imaginación. Pero temía que no lo fuera.
Las palabras que ella acababa de decir no auguraban nada bueno. Debía haber
una razón por la que estuviera rezando por que no la odiara.
Ella obedeció inmediatamente, casi saltando de la silla para responder.
—¿Tiene hambre ahora? Darcy está en camino con la comida.
—¡Qué se joda la comida! ¿Hablaste conmigo antes? ¿Qué me dijiste? En
nombre de Dios, ¿quién eres, mujer? ¿Y dónde estoy? —demandó, mirándola con
su mirada más amenazante.
Ella levantó la barbilla y encontró su mirada ámbar con la suya.
—Sí, hablamos. Le dije que soy Sara, Lady de Fernstowe. Ahí es donde estamos,
Señor. En el Castillo de Fernstowe, cerca de la frontera de Inglaterra.
—Sí, sí, recuerdo tu nombre ahora —gruñó impacientemente. —Pero imaginé
que habías dicho otra cosa, que nosotros…
—Estamos casados, Señor. Sí, así es.
¿Qué eran estas tonterías? Ella estaba parada cerca, pero lo suficientemente
lejos para que no pudiera tomarla para sacarle la verdad.
Richard forzó una risa.
—Me casé una vez y juré no volver a hacerlo de nuevo. Si piensas que me
puedes convencer de que eres mi esposa, debes estar loca.
—No, no estoy loca. Necesitaba un esposo y aquí estaba usted. El Rey aceptó
inmediatamente. Nos prestó a su pastor. Se paró a su lado y lo ayudó a firmar el…
—¡No hizo nada de eso! ¡A lo que sea que estés jugando, no pienso participar,
Señora! —con tantos gritos, la voz de Richard rápidamente se convirtió en un
doloroso susurro. —No tiene caso.
—Le digo que estamos casados. Tengo los documentos, si desea verlos —ella
lanzó los brazos con frustración y se dio la vuelta, dándole la espalda.
Richard cerró los ojos y lanzó su cabeza contra la almohada antes de que el
cuello se le torciera.
—¡No! —dijo apretando los dientes. —Estoy dormido. Estoy dormido y
teniendo pesadillas por la fiebre. Cuando despierte, será para sentir la tierra bajo
mí en el lugar en que caí.
—¡Así será si es lo suficientemente tonto para desconocerlo!
—O mis pecados son más grandes de lo que había pensado y este es el infierno
—murmuró, cubriendo sus ojos con su brazo. —Salvé a un Rey, ¿y así me
agradece? —gruñó. —Arpía.
—¡Oh, no necesitas agradecer, querido esposo! ¡De nada por esta cama y por
mis cuidados, canalla mal agradecido!
—Por Dios santo, mujer —gritó con dureza, —¡Déjame solo, quiero descansar
en paz!
—¡Bueno, deberías estar descansando en paz! —gritó. —Pero viviste. Y ahora
eres mío, Richard Strode. Para bien o para mal, eres mío. ¡Así que puedes hacer lo
que quieras!
La puerta se azotó y Richard supo que se había marchado.
—Irme de aquí es lo que haré, bruja de lengua afilada —murmuró. —Pues
nunca me casaré. Ni contigo, ni con nadie más.
Capítulo 2

Sara corrió a la puerta de su vieja habitación, pero antes de que su mano


tomara la perilla, cambió de opinión. No, no se encerraría ahí como una niña
castigada. El comportamiento que había tenido con su esposo ya había sido lo
suficientemente infantil.
¿No había esperado que Sir Richard estaría furioso cuando despertara? No era
como si debiera agradecerle a los ángeles por el privilegio de casarse con ella. Si
hubiera pensado que eso era posible, hubiera esperado hasta que supiera lo que
estaba haciendo.
El hombre había sido engañado, por ella y por los suyos. No había duda de por
qué la maldecía a ella y al destino. Pero el matrimonio estaba hecho y no podría
deshacerlo, no sin demandar una anulación y cuestionar el honor del Rey de
Inglaterra en su propia cara. Aunque la reacción enfurecida ante la boda había
lastimado los sentimientos de Sara, juró que no derramaría lágrimas por ello.
Había pasado veintiún veranos sin llorar por ningún hombre, ninguno salvo su
pobre padre cuando los malditos escoceses acabaron con él seis meses atrás.
Simon, Barón de Fernstowe, había sido alguien por quien llorar. Cómo lo
extrañaba. Si tan solo este caballero se preocupara por ella la mitad de lo que su
amado padre lo había hecho, lloraría de felicidad por ello.
Pero tenía pocas esperanzas de ello, pensó, burlándose de sí misma. Incluso si
este fino caballero se hubiera acercado a cortejarla, con el sombrero en la mano y
el contrato listo, hubiera estado en busca de sus tierras, no de ella.
Extremadamente alta como era y su rostro cicatrizado, ningún guerrero apuesto
como Sir Richard Strode se detendría a intentar conquistarla. Era tonto el incluso
permitirse fantasear de esa manera.
Se dirigió a las cocinas para encargarse de hacer velas y apartó los
pensamientos estúpidos de su mente.
Mientras les daba órdenes a las sirvientas sumidas en el trabajo, Sara llevó su
mente a una solución práctica. Por lo menos ganaría el respeto de su esposo.
Y cuando se acostara con él, se aseguraría de hacerlo agradecer sus atenciones.
No encontraría a una virgen gimiente en las sábanas cuando consumaran el acto.
Podía ser que nunca lo hubiera hecho antes, pero Sara nunca había gemido por
nada en su vida.
Sabía muy bien qué esperar. La vida en un castillo no permitía privacidad y ella
tenía una mente curiosa. Aunque el acto como tal se veía extraño, incluso
aterrador en algunas ocasiones, también lo era montar un caballo cuando pensaba
en ello. Ciertamente había dominado esto lo suficientemente rápido, y los
resultados habían sido satisfactorios. La llevaba a dónde fuera que quisiera ir.
El matrimonio tendría sus recompensas, se encargaría de ello. Tendría
protección de los escoceses y un esposo escogido por ella. Richard Strode
compartiría Fernstowe y todos sus beneficios. Y el placer de la cama matrimonial,
cada placer que ella pudiera brindarle.
Sara frotó sus manos en su parte media por la expectativa, poniendo poca
atención a la labor que estaba realizando. Vio cómo las mujeres agregaban y
revolvían el aroma a moras en el caldero que contenía la cera.
El aroma siempre le traía recuerdos de Yuletide, de regalos y celebraciones y la
risa feliz de los niños de Fernstowe. Necesitaba pequeños que fueran suyos, y
ahora los tendría.
Los hijos que le daría a su esposo no podían ser más que fuertes y sabios. Ella
era de esa manera y también lo era Sir Richard, si el Rey había dicho la verdad. Lo
cual era lo más probable. Su esposo estaría orgulloso de ellos, feliz de que ella no
fuera de las que no tenían nada dentro de la cabeza.
No sufriría por las hijas que podría llegar a producir, quienes superarían a sus
pretendientes en altura, justo como ella solía hacerlo.
Su padre la había amado a pesar de su altura y nunca parecía notar la cicatriz
después de que esta había sanado. Los padres solían volverse ciegos a los defectos
de sus hijas. Esperaba que esto fuera cierto, en caso de que diera a luz a niñas
para Richard.
Le daría tiempo para recuperarse y organizar sus pensamientos hacia ella y su
Rey. Después de todo había sido casado en contra de su voluntad y sin su
conocimiento. Pero muy pronto, Sara pretendía cambiar su opinión para bien.
Juntos, uniendo su fuerza y sabiduría, se librarían de sus malditos vecinos
escoceses y convertirían a Fernstowe en el Estado más fuerte en el norte de
Inglaterra. Juntos, producirían niños que harían que el mismo Rey Edward se
pusiera verde de envidia.
Sara sabía que podía lograr todo esto si se esforzaba. Su padre siempre le había
asegurado que podía hacer cualquier cosa que se propusiera si mantenía sus
metas firmes en su mente y nunca dudaba de sus habilidades.
Su apariencia no era tan importante, se dijo a sí misma pensando
prácticamente. ¿Cómo iba aquel dicho? En la oscuridad todos los gatos son grises.
Los hombres decían eso, queriendo decir que les importaba poco la apariencia de
las mujeres en la cama. Cualquier mujer los complacería ahí. Haría eso lo
suficientemente bien si se lo proponía.
Sara comenzó a acomodar las mechas de las velas, asegurándose de que
estuvieran perfectamente centradas en los largos recipientes metálicos que
recibirían a la cera caliente.
Tal como en la creación de velas, cualquier comportamiento de valor requería
de una preparación cuidadosa de sus ingredientes, una serie de pasos a lograr uno
después del otro en un orden preciso, para que los resultados finales justificaran el
esfuerzo.
Su primera tarea concerniente a su matrimonio era convencer a su esposo de
dejar de lado su orgullo. Debía señalarle las ventajas de convertirse en el Lord de
Fernstowe. Después, cuando estuviera recuperado, lo motivaría a ver más allá de
su apariencia y disfrutar de su buena fortuna.

*****

La mañana siguiente Richard frotó sus ojos y giró la cabeza, estirando los
músculos de su cuello. Había dormido como muerto.
Se preguntaba dónde estaba la mujer. Se rehusaba a preguntar por ella.
—Estuviste aquí antes, lo recuerdo —dijo Richard al hombre que había entrado
en su lugar.
—Oh, sí, mi Lord. Me he encargado de sus, ah, necesidades. Mi Lady lo hubiera
hecho, pero sigue siendo una señorita. No creo que sería lo adecuado.
—Estoy de acuerdo —no podía imaginar a esa mujer encargándose de lavarlo o
algo parecido. Era lo suficientemente malo que tuviera que dejar que alguien más
lo hiciera, pero apenas podía sentarse, mucho menos ponerse de pie. —Entonces,
¿quién eres tú?
—Eustiss, milord. Soy el herrero de Lady Sara, la única alma en este lugar con la
suficiente fuerza para levantarlo.
Richard apartó su brazo del hombre.
—Puedo arreglármelas yo solo ahora —agregó rápidamente. —Pero gracias.
—No tiene por qué agradecer.
—Suenas como… ¿Naciste aquí? —preguntó Richard.
El sujeto de cabellera roja se rió, un sonido explosivo que combinaba con su
sonrisa.
—No, soy escocés, no necesita morderse la lengua. Al menos lo era. Ahora soy
un hombre roto, expulsado. El viejo padre de Lady Sara me encontró cerca de la
frontera y me acogió aquí. Estaba molido por una paliza y me habían dado por
muerto, estuve así por seis noches. Mi hogar es Fernstowe ahora, y siempre lo
será, siempre que me permitan quedarme.
Señaló la herida de Richard.
—Es extraña.
—¿Qué tiene de extraña? Es una herida de flecha, nada más.
Eustiss apretó los labios, sus ojos se entrecerraron.
—Los escoceses que conozco no utilizaban mucho los arcos.
—El que hizo esto lo usará incluso menos en el futuro —señaló Richard con
satisfacción.
Suponía que este viejo hombre aun debía tener algún lazo con Escocia, al
menos debía extrañar su hogar. Pero no serviría de nada dar a entender que
sospechaba de su lealtad por el momento, no cuando apenas conseguía apretar su
mano en un puño.
Una rápida mirada por la habitación le dijo a Richard que tampoco podía
depender de las armas, incluso si hubiera estado en condiciones de usarlas.
Odiaba estar incapacitado. ¿Por cuánto tiempo seguiría invalido? ¿La mujer había
dicho que dos semanas? ¿Cuatro?
A pesar de su anterior intención, le preguntó al hombre:
—¿Dónde está… tu Lady?
Eustiss se rió.
—Encargándose de los asuntos de la villa, supongo. Sale casi todos los días
alrededor de esta hora.
—Eso no puede ser seguro, que merodeé por ahí en estos tiempos —declaró
Richard, recargándose contra el almohadón que el hombre había colocado detrás
de él.
Sabía que Fernstowe estaba a muy poca distancia de la frontera,
probablemente era un lugar preferido por los bandoleros del norte. La principal
razón de la visita de Edward había sido juzgar la extensión de los problemas en la
Marcha Media y decidir qué hacer para proteger los Estados en peligro de ataque.
Eustiss lo observó de manera resentida.
—Le preocupa que los tipos al otro lado de la frontera le hagan daño, ¿verdad?
—sacudió su cabeza lanuda y suspiró. —Hay más peligro desde el este. Un fino
caballero inglés intentó atacarla una vez. Ella lo derribó de su caballo. Je je. La
bestia lo arrastró por medio kilómetro antes de que pudiera liberar su pie del
estribo. Se lo merecía.
Richard se levantó de golpe ante las noticias y ahora estaba pagando por ello.
Apretó su pecho, seguro de que su corazón saltaría por el agujero que la flecha
había hecho.
—¡Demonios! —jadeó.
—Je je —contestó el viejo. —Eso le enseñará a quedarse quieto, ¿verdad? —a
pesar de la burla en sus palabras, los ojos del herrero mostraban simpatía. —Le
falta mucho hasta estar curado.
Tan gentilmente como una madre lo haría, recargó a Richard contra el
almohadón.
—Será mejor que descanse ahora. Mi Lady lo verá en la mañana.
—¡Espera! —demandó Richard, tomando la manga del hombre. —Háblame
sobre ella. Ella dice… dice que es mi esposa. ¿Es eso cierto?
Eustiss lo miró directo a los ojos, algo que nadie con un estatus por debajo de
caballero debería atreverse a hacer. Sus palabras eran igualmente directas.
—Sí, si eso dice ella, entonces así es. Y mi Lady es una buena señora. Ella lo
tratará bien. Me aseguraré de ello. No busco morir por atacar a mis superiores,
pero si usted le hace algo a ella, me aseguraré de que llegue al infierno antes que
yo —luego sonrió, completamente dulcemente. —Le ruego me perdone, mi Lord,
tengo caballos que atender.
Richard escondió su sonrisa hasta que la puerta se cerró. El herrero podría ser
alguien a quien debía vigilar, pero había convencido a Richard de no ser un espía
de los escoceses que buscaba ayudar a futuros ataques. Jurar lealtad eterna a la
familia que había salvado su vida hablaba muy bien del honor de un hombre.
El padre de Richard le había enseñado que la lealtad era más importante para
un hombre que todas las otras virtudes combinadas. Richard vivía siguiendo esas
palabras, sirviendo a Edward III hasta la muerte, tal como había jurado hacer a los
dieciséis años.
Richard se removió e hizo un gesto de dolor. Casi había cumplido con esa
obligación antes de lo planeado. Y ahora, ¿cómo le agradecía el Rey? Lo ataba con
una esposa y una propiedad para las que no tenía ningún uso.
¿Cuántas veces había declarado Richard que pretendía permanecer soltero sin
lugar a dudas? ¿Qué no deseaba más que cabalgar detrás de su Rey hasta que
conociera a la parca o fuera demasiado viejo para subir en una silla? Más veces de
las que podía contar con todos su dedos, eso era seguro. ¿Acaso lo había
escuchado alguna vez aquel hombre?
Richard suspiró y cerró sus ojos nuevamente, pasándose una mano por el
rostro. Sí, desde luego que Edward lo había escuchado. Nunca se le escapa
ninguna palabra dicha en su presencia. Escuchaba cada silaba, cada atisbo de
significado, luego evaluaba, sacaba conclusiones y actuaba acorde a ellas para las
necesidades de Inglaterra y las suyas propias. Eso significaba que Edward de
Windsor tenía una razón para casar a uno de sus caballeros con esta mujer. Una
razón más grande que hacer feliz al dicho caballero.
Le llegarían órdenes escritas. De eso no tenía duda. Él las seguiría, desde luego.
¿No lo había jurado? El sacrificio era demasiado fuerte, tener que tomar una
esposa cuando la sola idea le generaba tanto odio, pero no protestaría con el Rey.
Conociendo a Edward, no lograría nada salvo levantar su ira. Cualquier hombre
con una pizca de sanidad lo evitaría a cualquier costa.
De hecho, Edward probablemente había preparado esta misión teniendo en la
mira más de una ventaja. Fernstowe, una propiedad favorita de Edward, ganaría
un perro guardián, y el Rey comprobaría si verdaderamente tenía la lealtad
incuestionable del hombre al que pusiera a cargo. Entonces esto se trataba de una
prueba en adición con una misión.
—¡Ah, maldito seas, Ned! ¿Cómo pudiste dudar de mí? ¿Por qué lo harías? —
dijo Richard con tono áspero, azotando un puño contra el colchón.
Esa maldita mujer le había metido la idea a la cabeza al Rey. Y Edward tenía en
alta estima al matrimonio. Él amaba a su Reina (y tenía toda la razón en hacerlo)
pero esto le hacía pensar que todas las almas en cristiandad deberían esperar
gustosas el vivir en parejas. ¡Ja!
Tumbarse ahí, inútil y gruñendo, no le conseguiría ninguna respuesta. Pero por
el momento, sabía que no podía arrastrarse hacia el salón de Fernstowe, desnudo
como el día en que vio la luz por primera vez, y demandar explicaciones de su
nueva esposa.
Estaba atrapado.

*****

Sara se vistió cuidadosamente la mañana siguiente. Escogió su segundo vestido


más fino y un camisón para su parte superior. Los colores azafrán y verde
esmeralda quedaban bien con su tono de piel. A su padre siempre le había
gustado verla en esos colores.
Mientras se lo ponía, metiendo con esfuerzo sus brazos en las ajustadas
mangas, el suave brocado de seda se sentía ligero, como si flotara sobre su piel.
Dio una pirueta como si estuviese bailando, y sonrió cuando la ondulada tela se
pegó en su cuerpo. Era algo infantil, pero Sara aprendió mucho tiempo atrás a
disfrutar de los pequeños placeres cuando pudiera encontrarlos.
La suave capa de lana la calentó, la tranquilizó mientras aplacaba los pliegues
de la seda. Tomó un cinturón con hilos de oro para rodear su cintura, usando un
broche adornado con piedras hermosas. Las largas borlas en las puntas colgaban
agraciadamente contra sus rodillas mientras caminaba.
¿Le gustaría a él? Se preguntó Sara mientras cepillaba su larga cabellera y la
ataba en una trenza. Los broches de hueso tallado resbalaron de sus manos y tuvo
que comenzar nuevamente. Una vez que hubo controlado su rebelde cabello,
dejándolo caer a los lados para intentar cubrir su cicatriz, colocó un velo de seda
transparente sobre la coronilla de su cabeza.
Llena de duda, tomó el espejo de plata que una vez había pertenecido a su
madre. Por un momento estudió su reflejo, intentando examinar sus facciones sin
prestar atención a la cicatriz.
—No sirve de nada —admitió, observándose con una amarga expresión. No
podía ver nada salvo la larga y delgada línea que atravesaba de su ceja a su
barbilla, demasiado apartada de su cabello para poderla cubrir verdaderamente.
Suspirando con resignación, dejó el espejo de lado. De cualquier manera él ya
había visto la cicatriz. La vanidad la condenaría. Debía aceptarse a sí misma tal
como era y encargarse de que su esposo hiciera lo mismo. No ocultaría sus
defectos, no la cicatriz, no su estatura, doblando sus rodillas como solía hacer, no
su fuerza de voluntad. Lo último sería probablemente lo que menos le agradaría.
Pero más le convenía ajustarse a su persona de una vez.
Sara se dirigió a su mesa para escribir y tomó los documentos de matrimonio,
junto con la carta que el Rey Edward había dejado para su esposo. Levantando la
barbilla y enderezando sus hombros, se dirigió a presentarse ante el hombre que
había escogido para compartir el resto de su vida.
Recordó las palabras del Rey y su boca se estiró en una confiada sonrisa.
Él estaba sentado en la cama, acomodando los lazos de su camisa, cuando ella
entró. Eustiss o Darcy le habían regresado sus ropas, y estaba casi completamente
vestido.
A primera vista, Sara supo que no la reconocía. Eso amenazó a la sonrisa, que
cedió de inmediato.
—Oh, eres tú —murmuró él, siguiendo con su tarea de vestirse.
—Todavía no debería levantarse, Señor —le amonestó, notando el sudor en su
frente y la palidez en su rostro.
—Estoy bien —contestó. —Estaba a punto de ir a buscarte. Hay asuntos que
debemos discutir.
—No lo niego. Pero creo tener lo que debe estar buscando —dijo. Acercándose
un poco, extendió los pergaminos doblados. —Nuestros papeles de matrimonio y
una carta del Rey.
Él los arrebató de su mano, se volvió a recargar en la cama y desdobló el que se
encontraba hasta arriba. Lo observó escanear el documento hasta leer las firmas y
después lanzarlo a un lado. El paquete sellado tomó más tiempo.
Cuando terminó de leerlo, suspiró y se recargó contra las almohadas, no
resignado, sino furioso.
Sara sintió que debía decir algo para romper el silencio.
—Siento que no está complacido.
Sus ojos la atravesaron, haciéndola temblar hasta los huesos.
—¿De verdad?
Ella bajó la cabeza sumisamente. Ahora no era momento de contestar
mostrando compasión. Parecía alguien peligroso. No era una sorpresa, pero si era
una decepción. La razón podía no servir de nada ese día.
Pero por el momento, por lo menos podía recordarle todo lo que había ganado
con esta unión.
—Verá, el Rey me ofreció escoger un esposo. Esta fue mi recompensa por
salvar su vida. Me pregunté, ¿cómo podría cualquier caballero sin tierras no recibir
con gusto ricas propiedades, más monedas en sus cofres, y una mujer fuerte que
pudiera llevar a sus hijos?
Él habló apretando los dientes.
—Tengo tierras, y no necesito tus riquezas. Y ya tengo niños.
—¡Oh, pero eso es maravilloso, señor! ¿Los traerá aquí? Yo adoro…
—Ahórratelo —espetó. —¡He visto como adoran las mujeres nobles! ¡Mi
progenie puede vivir sin eso, gracias!
Sara se acercó a la cama y colocó una mano sobre la de Richard. Él la apartó de
golpe, lanzando los papeles sobre la alfombra.
—¿Richard? Puedo llamarte así, ¿no? Estoy siendo sincera, créeme —continuó
sin esperar respuesta. —Amo a los pequeños, de verdad. Nada me complacerá
más que ver que los traigas aquí. Recuerdo que el Rey dijo que tenías un hijo.
¿Tienes más de un niño entonces?
Richard gruñó, sin mirarla.
—¿Cuántos tienes y qué edad tienen? —preguntó, esperando aplacar su ira
con su orgullo paternal. —¡Vamos, dímelo!
—Un hijo de siete años —dijo, casi escupiendo las palabras, luego se giró a
mirarla. —Y una hija de ocho. Una bastarda. ¿Qué tanto la adorará a ella,
madame?
Sara retrocedió, uniendo sus manos e inclinando la cabeza hacia un lado. Su
esposo pensó que la sorprendería, quizás incluso la humillaría al demandar que
aceptara a sus niños. Hombre tonto. Una sonrisa verdadera atravesó su rostro.
—Con gusto seré madre de ambos si me lo permites.
Su expresión cambió a una de completa incredulidad. Luego cambió el tema
completamente.
—El Rey desea que me encargue de los escoceses de la zona tan pronto como
me recupere. Esa fue su intención al permitirte que te casaras conmigo. Ahí quedó
tu recompensa.
Si pretendía decepcionarla con esas noticias, ciertamente había fallado.
—Lo sé. Si tienes éxito será suficiente recompensa. Ellos mataron a mi padre.
Fue por eso que te escogí a ti en vez de a los otros pretendientes.
—¿Tenías otros? —demandó.
Ella sonrió secamente.
—Tan sorprendente como pueda parecer, sí.
—¿Por qué no eran merecedores de su buen gesto?
Ella se encogió de hombros, manteniendo la sonrisa.
—Uno era tan problemático como los escoceses y el otro estaba demasiado
unido a sus tierras en Kent. Asumí equivocadamente que tú no tenías tierras ya
que viajas con el Rey como su caballero. Pensé que ambos nos beneficiaríamos del
acuerdo —jugó con una de las borlas al final de su cinturón, moviéndola adelante
y atrás, luego acariciándola con sus dedos.
Él observó los movimientos de sus manos por un momento y luego apartó su
atención hacia otro lugar.
—Es todo lo que esto será —anunció. —Un acuerdo. El Rey quiere que estas
tierras estén seguras, así que me aseguraré que así sea. Pero si esperabas ganar a
un esposo amoroso, te equivocaste al escogerme. Cuando todo termine, me
dirigiré a Gloucestershire y te dejaré en tu preciosa Fernstowe.
Ella digirió sus palabras, perdiendo la sonrisa pero manteniendo su dignidad.
—Sé que no soy un premio que alguien quiera ganar, Señor. Mi madre me
enseñó bien a no esperar más de lo que merecía o sufriría por ello. No necesito
nada de usted salvo su espada una vez que se recupere —se levantó para
marcharse.
—Espera un momento. No hemos terminado. ¿Dónde está esa madre tuya?
¿Muerta?
—No, se metió a un convento justo después de que mi padre fuera asesinado.
—Un buen lugar para una mujer que despreciaba a su propia hija —dijo. —
Espero que adquiera una pizca de bondad cuando consiga sus votos.
Sara saltó en defensa de su madre.
—¡Mi madre no era mala! ¡No me despreciaba! ¡Meramente decía la verdad!
Él se sentó derecho y puso sus piernas a un lado de la cama.
—¿Despreciando tu valor?
Sara sacudió la cabeza, insegura de qué decir después.
—¿Buscas mi simpatía con esta historia? ¿O esperas que la critique y te llene
de cumplidos? Muy bien entonces. Eres hermosa. No tienes comparación —
levantó la cabeza y se rió levemente. —¡Como si no lo supieras!
La boca de Sara se abrió completamente. ¿Qué buscaba hablando tales
sinsentidos?
—¿Habla de la maldad de mi madre y luego se burla de mí?
Él entrecerró los ojos y la apuntó con el dedo, como si fuera una niña traviesa
que merecía ser reprendida.
—Me malinterpretas, madame, yo no doy importancia a la belleza. Significa
menos que nada, ¿escuchaste? ¡Nada!
—Me insulta, Señor —dijo, más herida que molesta. —Acepto que no me
quiera como su esposa, ¡pero eso está hecho! ¡Así que déjelo ser! —con eso, se
dio la vuelta y salió de la habitación.

*****

Richard se arrepintió de la conversación. Aunque pensaba que su ira era


justificable bajo tales circunstancias, no encontraba ninguna excusa para destruir
el orgullo de la mujer. Ella pensaba que se oponía al matrimonio por su rostro. No
quería que creyera eso, pero no podía explicarle la verdadera razón. Ni siquiera le
gustaba admitirlo para sí mismo.
Se cubrió los ojos con una mano y exhaló toda la furia en su interior. Cuando lo
había hecho, solo quedaba el sufrimiento, y era tan invasivo, que casi evitó
respirar una vez más. Aun así, no podía permitirse morir. Santo Dios, tenía
demasiadas personas que dependían de él; padres ancianos, sus niños, la gente en
el Estado de su padre. Ahora, gracias a ese Rey suyo, había adquirido una esposa y
los problemas que venían con ella.
Aunque Richard nunca huía de la responsabilidad, si resentía tener que tomar
las de su hermano mayor. Si el errante Alan hubiera asumido lo que era suyo por
derecho, Richard nunca se hubiera visto en la posición de gobernar un Estado que
nunca sentiría como suyo. Y no habría tenido que casarse para obtener el título
para que el cambio de propiedad de Strodesouth fuera posible.
Pero si no se hubiera casado, recordó Richard, Christopher no existiría, y tener
a su hijo era una de las más finas alegrías de su vida. La otra era Nan, desde luego.
La pequeña y dulce Nan.
Dado que tenía que permanecer ahí y hacer lo que el Rey había ordenado,
Richard se preguntó quién se encargaría de los asuntos en su hogar. Había
planeado llegar ahí a tiempo para encargarse del cargamento de lana. Ahora no lo
lograría.
Richard se forzó a ponerse de pie. Tenía que recuperar su fuerza tan
rápidamente como fuera posible y quedarse recostado no era la manera de
lograrlo. Cada paso hacía que surgiera una agonía nueva de la herida de su pecho.
Sabía por experiencia que los gruñidos que emitía disminuirían cuando se
acostumbrara al dolor. La incomodidad endurecería su voluntad y terminaría con
el letargo que contenía sus actuales sentimientos de frustración. Necesitaba
moverse, encargarse de que las cosas se hicieran. Dios sabía que había demasiado
por hacer.
—¡La costura se va a abrir y morirá desangrado! —llegó el dulce sonido que
deseaba tanto como temía. Ella había vuelto.
Él se giró demasiado rápidamente y casi cayó.
—¿Qué haces aquí?
—¿Qué más? —se encogió de hombros, extendiendo ambas manos, con las
palmas hacia arriba. —Arreglar las cosas. Debe perdonar mi temperamento.
—¡No me digas qué debo hacer!
Ella sonrió y giró los ojos.
—Viene de dar tantas órdenes, supongo. No ha habido nadie más que lo haga
por más de medio año, desde que mi padre murió.
Intentando luchar contra la urgencia de caerse y desmayarse, Richard contuvo
el aliento por un momento. Lo dejó salir con una pregunta.
—¿Por qué?
—Los escoceses que mataron a mi padre también hirieron a su escudero.
Murió después por infección. Mi madre se fue al convento inmediatamente
después del funeral. El viejo pastor murió por su edad recientemente. Eustiss me
ayudaría, pero nadie presta atención a sus palabras. Es un escocés, después de
todo, y la mayoría resiente que les diga qué hacer. Así que ahí lo tiene, todo
depende de mí.
Ahí lo tenía. Asintió.
—Siéntate —demandó. Ella lo hizo, acercando un banquillo al fuego mientras él
tomaba la silla que ella ocupaba usualmente.
—En primer lugar —dijo, —debemos detener los ataques. Yo llamaría a las
armas a cualquiera que sea capaz de sostener un arma y probaría sus habilidades.
El entrenamiento tomará tiempo, pero no tengo ningún otro recurso que volver
defensores a aquellos capaces.
Ella asintió y sonrió con aprobación.
—Ningún Lord puede estar en todas partes a la vez y los escoceses se
aprovechan de ello. Atacan a los más vulnerables, aquellos que ofrecerían la
menor oposición. Debemos proveer esa resistencia.
—Es verdad —concordó asintiendo nuevamente. —¿Cuándo comenzaría?
—Inmediatamente, desde luego —contestó Richard, inclinándose en el brazo
de la silla y pasando sus dedos bajo su barbilla. —Cuanto más pronto mejor.
—¿Hoy? —preguntó con incredulidad. —¡Pero no está lo suficientemente
saludable! ¿Cómo espera entrenar a una tropa de hombres para la batalla cuando
apenas puede estar parado sin ayuda?
—¡Haré lo que tenga que hacer, mi Lady, y yo, no tú, decidiré cuándo lo haré!
Ella saltó del banquillo y comenzó a caminar por la habitación, pateando sus
faldas con cada paso.
—Bien —murmuró. —Destruya todo lo que hice por usted entonces. Salga a
cabalgar si lo desea. Desafíe al mismísimo Alan el Honesto si es que llega a…
—¿Quién? —preguntó Richard. —¿Qué nombre acabas de pronunciar?
Ella se detuvo y se giró hacia él.
—Alan el Honesto, el azote de Bannockburn y amigo del viejo Bruce. ¿No ha
escuchado de él? Asumí que el Rey sabría que es a él a quien todos tememos.
Richard sintió que su corazón se congelaba, aplastando toda su alma. La prueba
de lealtad de Edward ya no era más una suposición, sino una seguridad.
—Puede que lo sepa, pero no lo ha mencionado conmigo. La pregunta es, mi
Lady, ¿qué has escuchado tú de este hombre? ¿Estás diciendo que es él quien está
detrás de los ataques?
Sus ojos se llenaron de un odio tan intenso que se maravilló. Cuando habló, sus
palabras contenían veneno puro.
—Le dijo su nombre a los hombres que dejó heridos en el bosque. Después de
que asesinó a mi padre, se aseguró que todos lo recordáramos.
Su voz bajó el volumen, llenándose de determinación.
—Si no tiene nada más que hacer cuando este saludable, buen Señor, me
gustaría que me trajera su cabeza. Hágalo, y le daré cualquier cosa que esté bajo
mí poder.
Richard apretó con tanta fuerza la mandíbula que pensó que sus dientes se
romperían. No se atrevió a hablar por el miedo de lo que pudiera decir.
La mujer no sabía lo que le estaba pidiendo. O quizás lo sabía. Y dudaba muy
poco que el Rey no lo supiera también.
Richard se preguntó si Edward lo había llevado al norte con el único propósito
de ponerlo contra Alan. La herida no había sido planeada, de eso estaba seguro
Richard. Aun así parecía demasiado conveniente que el incidente lo había dejado
en ese lugar en particular y con la responsabilidad de encargarse del problema de
la frontera. Esto, más allá de todo el asunto del matrimonio, era su misión
principal.
Sara de Fernstowe quería una retribución por la muerte de su padre, y el Rey
quería librarse de la amenaza de la Marcha Media. Podían haber conspirado para
conseguir ambas cosas, usándolo como su instrumento. O todo podía ser una
coincidencia.
No era probable. Pero sin importar las circunstancias, Richard no podía hacer lo
que le pedían. Mucho menos de la manera en que querían que lo hiciera. Ni por la
aprobación de su Rey, ni para satisfacer su propio resentimiento, y ciertamente no
por la venganza de la mujer, podría Richard asesinar a su propio hermano.
Capítulo 3

Richard recargó su codo en el brazo de la silla y frotó su frente con su pulgar y


dedo índice. Pero sabía que no podía hacer nada que lograra que este dolor en
particular desapareciera.
Su esposa, esperaba, no había descubierto todavía que Alan el Honesto y Alan
de Strode eran el mismo hombre. Richard había escuchado a su familia llamar a
Alan con ambos nombres.
Desde luego era posible (incluso probable) que Alan había dejado de usar el
nombre inglés de Strode. Era un nombre unido a un lugar, aunque había
evolucionado a un apellido mucho tiempo atrás. Alan no había nacido ahí, ni había
vivido nunca en Strode. Podría llamarse a sí mismo Alan de Byelough ahora que
era el Lord de ese Estado, o simplemente Alan el Honesto, un nombre que se
había ganado por reputación.
Alan se había declarado un escocés, por nacimiento y lealtad, habiendo tenido
una madre escocesa y haber vivido en las tierras altas con su familia por algunos
años. Su padre inglés lo había amado, a pesar de ello. Incluso Richard podía
explicar porque Alan, que tenía más de veinte años más que él, había escogido lo
que había escogido.
Apenas lo recordaba. No se habían visto el uno al otro desde que Richard tenía
menos de tres años. Ni siquiera estaba seguro de que los recuerdos de su medio
hermano fueran reales. Sus padres habían hablado tanto de Alan durante la
infancia de Richard, que las memorias podrían ser de ellos y no suyas. Pero las
cartas de Alan eran genuinas, y frecuentes, considerando la dificultad que
representaba enviarlas.
En algún lugar en aquellas colinas al otro lado de la frontera se encontraba la
propiedad Byelough, el hogar que Alan se había ganado al casarse con la viuda de
su amigo después de la Batalla de Bannockburn. Richard se había preguntado
muchas veces si los tiempos se habían vuelto tan difíciles como para que su
hermano tuviera que volverse contra los ingleses para mantener a su familia.
¿Debería contarle a su esposa sobre su relación familiar? Ella estaba parada ahí
anticipando su promesa de que mataría a su dragón por ella. Decidió esperar y ver
qué pasaría. En cualquier caso, no podía esperar que hiciera nada en su actual
condición.
—Ha atacado otras propiedades —estaba diciendo ahora, mientras seguía
caminando de un lado al otro. Sus acciones molestaban a Richard, pues deseaba
hacer lo mismo y no podía. Ella continuó: —Aunque mi padre es el único noble
que ha sido asesinado, hasta donde yo sé.
De alguna manera, Richard no podía relacionar al hombre que escribía cartas
tan consideradas y cariñosas a su padre inglés con el brutal caballero que ella
describía, uno que mandaría a su muerte a Lord Simon de Fernstowe y luego lo
presumiría por todos lados.
Robar para sobrevivir o traicionar al enemigo eran cosas que Richard podía
comprender. Matar sin sentido no.
Aunque su hermano había asesinado a varios ingleses en el campo de batalla,
el hombre había sido condecorado, incluso entre sus enemigos, por mantener el
código de caballeros sobre la piedad cuando tenía esa posibilidad.
Richard decidió que seguramente debía haber algo más en esta historia de
asesinato de lo que había escuchado.
—¿Así que lo encontrará y lo destruirá? —preguntó su esposa, interrumpiendo
sus pensamientos. —Eso debería terminar con los asaltos. Lo habría hecho yo
misma si tuviera la habilidad.
—No te equivoques, lo encontraré —contestó Richard, mirándola de reojo.
No esperaba que este matrimonio le diera ninguna felicidad. Esa sería una
esperanza estúpida, en efecto. Pero si Sara no lo sabía todavía, tenía que
preguntarse qué decidiría su esposa sedienta de sangre cuando descubriera que el
hombre que proclamaba haber matado a su padre era el hermano de su esposo.

*****

Sara luchó por controlar los sentimientos que surgían en su pecho cada vez que
pensaba en la muerte de su padre. Lord Simon había sido el mejor hombre, no
merecía la horrorosa muerte que tuvo a manos de los escoceses. Si ella hubiera
sido un hombre, todos estarían muertos ahora. Respiró profundamente y exhaló
lentamente, recuperando la calma.
Su esposo parecía preocupado, pero ya no furioso. Ahora podría ser una buena
oportunidad para intentar establecer algún tipo de amistad. La tarea sería sola
únicamente, pues él nunca empezaría algo así.
Pero había un punto excelente para comenzar. Tenían un enemigo y metas en
común, incluso si para él estás habían sido ordenadas por el Rey.
Aunque quería más de Sir Richard de lo que él le daría, Sara sabía que no
obtendría nada en lo absoluto si no se ganaba su amistad primero.
Buscó en su interior y encontró una sonrisa que no sentía. A través de los años
había aprendido que incluso una muestra fingida de alegría ayudaba
maravillosamente a calmar la agitación en su interior.
—Me gustaría volver a advertirle que no intente retomar demasiado rápido sus
deberes como Lord, o se va a sobre exigir —dijo. —Pero veo que debe sentirse
mejor dado que pudo vestirse a sí mismo. ¿Tomará su comida en el salón con
nuestra gente? Podríamos hablar más entonces sobre reunir a los hombres y
planear nuestra estrategia.
—Um —contestó él, todavía perdido en sus pensamientos, unos muy
problemáticos, por la expresión en su rostro.
—Puede sentarse a tomar el sol, si es que sale. ¿Qué opina?
—¿Qué? —preguntó, finalmente abandonando su distracción, cualquiera que
haya sido.
Sara se rió un poco.
—¡Debe hacer que las mujeres pierdan la cabeza con toda la atención que les
da!
Le hizo caso entonces, viéndola de la cabeza a los pies. Solo entonces sus
miradas se unieron mientras hablaba.
—¿Buscas atención? ¿De qué tipo?
Sara se sentó de nuevo y acomodó la falda sobre sus rodillas.
—La que desee darme, Richard. No demando nada de ti.
Él recargó su cabeza contra la silla y la vio con los ojos entrecerrados. Sus largos
dedos golpeaban rítmicamente el reposabrazos.
—Entonces aclaremos lo que yo demando de ti.
Sara se erizó, pero pensó haberlo escondido bien, ¿era esto una prueba de
algún tipo, o pensaba ordenarle como si se tratara de una sirvienta? Muchas
mujeres nobles vivían de esa manera, lo sabía. Su propia madre hubiera terminado
así de no ser por la bondad de su padre.
—Haga su lista entonces. ¿Son tantas cosas como para que tenga que
escribirlas? —preguntó, torciendo la punta de su cinturón.
Una esquina de su boca se levantó en una media sonrisa.
—Tienes una lengua afilada, Sara de Fernstowe. Eres bastante cortante cuando
lo deseas. Desafortunadamente, eso pasa demasiado comúnmente. Podrías
mantener esas palabras para ti misma, para empezar.
—Podría ser —dijo, sin pensarlo realmente.
Él miró su ropa nuevamente con una mirada de desprecio.
—Y me gustaría que no volvieras a vestirte con harapos ahora que veo que
posees ropa mejor.
—Como desee —concordó. —Pero no es mi intención arruinar ropa buena.
Solo me visto tan modestamente cuando me encargo de tareas que requieren
trabajo duro.
Una ceja se levantó.
—¿Tareas? ¿Cómo cuáles?
Ella le sonrió dulcemente.
—Atender a los heridos, para comenzar.
Tuvo la gracia de parecer mortificado ante eso, asegurándole que si tenía una
consciencia.
—Buen punto. No te he agradecido apropiadamente por atenderme. Te
aseguró que recibirás una recompensa.
—El Rey me dio una —contestó levantando la barbilla. —Usted.
Con una rápida exhalación de lo que parecía disgusto, él apartó la mirada,
parpadeó con fuerza, y luego la miró de nuevo.
—Lo repito, me gustaría que te vistieras apropiadamente cuando te sea
posible.
—Desde luego —Sara no había supuesto que Sir Richard fuera un hombre
vanidoso, pero suponía que a la mayoría de los hombres no les gustaría que sus
esposas los avergonzaran si tenían compañía inesperada. ¿Qué hubiera pensado si
hubiera visto cómo se vistió durante su boda? Una sonrisa se le escapó con tan
solo imaginarlo.
—¿Qué te divierte? —demandó, su voz sonaba brusca con ofensa, como si se
estuviese burlando de él. Sara supuso que de cierta manera así era, pero también
se reía de sí misma.
—La vida se vuelve insoportable si no buscas el lado ridículo —le advirtió con
una mirada conocedora. —Hubiera saltado de la torre hace años si mi buen humor
me hubiese abandonado. ¿Por qué está tan serio?
Richard se burló y sacudió la cabeza.
—¿Necesitas preguntar?
—Oh, vamos. Dice que tiene propiedades, riquezas. Ahora se agregaron las
mías. Tiene niños, un gran Rey al que servir. Su salud mejora día con día. Una
esposa hogareña no es el fin del mundo, ¿sabe? —lo reprendió, aun sonriendo. —
Puede que no haga que los corazones se agiten con pasión, pero puedo conversar
tan bien como cualquier hombre. ¿Por qué no empezamos una camaradería aquí
en vez de sufrir por su orgullo lastimado?
Él se le quedó viendo por un rato, sentado y sin moverse.
—Estás tristemente mal informada sobre tu belleza, madame. Y me parece que
también un poco loca —señaló firmemente.
Ella soltó una carcajada que poco a poco fue disminuyendo.
—Sí, con esa amarga disposición suya seguramente me piensa sorda. Me
pregunto qué lo ha hecho de esta manera. Dígame, ¿no hay nada que mejore su
humor?
Esas oscuras cejas formaron una V sobre sus ojos.
—Cada cierto tiempo, pero no desde que llegué aquí.
Con un largo suspiro y sacudiendo la cabeza, Sara se levantó del banquillo y se
le acercó.
—Entonces debemos encontrar algo que lo haga, pues me gustaría verlo
sonreír —se atrevió a tocar su frente, acomodando los cabellos que se habían
desacomodado. —¿Acaso no puede?
Con un movimiento rápido como un trueno, él tomó su muñeca.
—No me toques.
Aunque su agarre no era doloroso, era bastante firme.
—Muy bien —susurró, notando la inesperada hambre en sus ojos. Le dio la
suficiente esperanza para persistir. —¿Pero cómo vamos a llevar un matrimonio si
nunca nos tocamos?
Cuidadosamente llevó su muñeca a descansar sobre su cuerpo, cerca de sus
caderas. Luego la soltó, sus dedos se abrían y cerraban lentamente mientras
retiraba su mano.
Con un tono calmado, su deseo bien oculto, contestó:
—Cumpliré los deseos del Rey en lo que corresponde a los escoceses. Y me
encargaré de tus Estados como si fueran míos, mientras me quede aquí.
—Pero no conviviremos como hombre y esposa, ¿es eso lo que dice?
Él asintió, sus manos apretaban la silla con tanta fuerza que sus nudillos se
volvieron blancos.
—¿Deseas que sea directo? Muy bien, lo seré. Te equivocaste en casarte con
un hombre que no quiere una esposa.
—¿Qué hay de los niños? —ofreció con esperanza.
—Otra perfecta razón para abstenerse. Yo ya tengo hijos.
Ella bajó los ojos.
—Y yo no.
—Así es. No tendrás razones para quejarte por el estado de tu cuerpo
arruinado o tus horas perdidas.
Sara puso su mano sobre la de Richard, la que había tomado la suya momentos
atrás.
—Esa esposa suya debió haberlo lastimado seriamente, Richard. Yo no lo haré.
—Déjame —ordenó, mientras apartaba la mano. —Y no toques ese tema
nuevamente, pues no hablaré más de ello.
Sara se encogió de hombros.
—Como desee. Pero, sea como sea, podemos ser amigos, ¿no es verdad?
Él se rió entonces, amargamente.
—¡Santo Dios en los cielos, eres la mujer más extraña que haya conocido
jamás! Y la más determinada. ¿No tienes nada de orgullo? ¡Ya dije que no me
acostaré contigo! ¡Te negué hijos! ¿Y aun así quieres ser mi amiga?
—Así es —admitió. —Tiene más sentido que el no serlo.
Él jadeó con frustración, o quizás incredulidad.
—Pides la muerte de un hombre un segundo y ríes y bromeas al siguiente.
Pasas de asesinatos a camas sin una pausa para respirar. ¿Qué se supone que
piense de ti?
—Siempre que piense en mí —declaró Sara. —Su ira disminuirá con el tiempo.
Seré una verdadera esposa, Richard. Una que lo amará verdaderamente, si me lo
permite. Sus hijos, aquellos que tiene y aquellos que podríamos lograr tener, me
darán gran alegría, no razones para quejarme. Puede pensar que estoy loca, si así
lo desea —dijo razonablemente, —pero piense en mí.
Observó su rostro mientras recibía todo lo que le decía. Cuando su expresión
no le ofreció ninguna esperanza de éxito en la misión de ese día, se dio la vuelta
silenciosamente y lo dejó solo.
Acabaría comprendiendo su manera de pensar, decidió. Tomaría tiempo y
mucho esfuerzo de su parte, considerando lo atacado que se sentía, pero ella no
se rendiría.
Dijo que no tenía orgullo, y supuso que eso debía parecerle. Si tan solo
conociera ese orgullo suyo. Sería lo que la seguiría impulsando hasta que él
admitiera que la necesitaba. Puede que nunca la amara como había amado a esa
primera esposa suya, pero Richard la necesitaba. Lo había visto en sus ojos.

*****

¿Pensar en ella? La petición ciertamente había desatado todo el buen humor


en él. Sentía ganas de reír en ese momento. Reírse de sí mismo. Ahí estaba,
sentado y apenas capaz de levantarse de la maldita silla sin ayuda, y aun así su
cuerpo traicionero estaba siendo sacudido por la lujuria.
¿Sabía lo que había provocado en él con su tacto repentino? ¿Pudo ver el
torbellino que levantó en él con su pasión por la justicia, que había provocado con
su alegre risa, incluso aunque había sido a sus expensas? Y esa oferta de amor,
hecha tan dulcemente, su toque maternal. Bruja.
Richard se permitió gruñir con agonía mientras se levantaba de la silla. El dolor
en su pecho pretendía apartar su mente del otro dolor, pero no funcionaba. Logró
llegar a la cama y se recostó. Todo su cuerpo seguía burlándose de él. Richard
cubrió su cabeza con sus brazos y observó el dosel sobre su cabeza.
Desde luego que Sara sabía cómo lo afectaba. Las mujeres se daban cuenta de
esas cosas rápidamente. Eran armas femeninas, esos trucos mentales. Evaine
había usado sus trucos lo suficientemente bien para que la cortejara. Un hombre
podía excusar su ingenuidad cuando tenía dieciocho o veinte años. Pero Richard
había pensado que era inmune a tales tácticas a la edad de veintisiete.
Nuevamente estudió cuanto había crecido una parte en particular de su
cuerpo, deseando volver a un estado normal. Controla la mente, controla la
acción, pensó para sí mismo.
El largo año de celibato sin duda había provocado esta reacción a esta nueva
esposa suya. Después de esa unión improvisada con una sirvienta deseosa en una
taberna, se había contenido completamente. Al contrario de las mujeres nobles,
una chica común podía ser complaciente y complacida, pero Richard siempre se
arrepentía de tales encuentros.
Le preocupaba que dichas mujeres pensaran que tomara ventaja de su posición
como noble. Había hecho eso una vez, antes de su primer matrimonio. La niña
resultante, catalogada como bastarda, había sufrido por su error, incluso si su
madre había ganado por él.
Su propia madre había sido una sirvienta común de la primera esposa de su
padre. Richard sabía perfectamente que la indomable Janet nunca dejaba que los
hombres se aprovecharan de ella, fueran nobles o no. Se había casado con su
padre para cuidar de él, cumpliendo una promesa que había hecho a su Lady, la
madre de Alan, el día de su muerte.
Aunque el matrimonio había sido largo y satisfactorio, Richard no había fallado
en notar las dificultades que su madre sentía por su estatus social previo. Él había
decidido nunca casarse con una mujer de su corte y causarle ese tipo de dolor.
Tampoco había pretendido casarse con alguien de su propio tipo. Sin
excepción, o estaban locas de poder y connivente como las que había conocido en
la corte y durante sus viajes con el Rey, o eran como la angelical Evaine.
Ella había sido perfecta, desde luego. Casta, más allá de su alcance, serena y
tan encantadora que era doloroso mirarla. Evaine tenía una naturaleza calmada y
sin pasión, lo cual todos sabían que era algo admirable en la esposa de un noble. Él
debió haberla amado con toda pasión. En vez de apreciar su reserva natural y su
dignidad, Richard había pensado que era fría y aburrida. Él había tenido la culpa,
no Evaine. Solo se dio la cuenta después de que ella había muerto.
Porque ninguna mujer de clase le quedaba bien como esposa, Richard había
pretendido no casarse nunca, pero esa intención estaba hecha trizas ahora. Y esta
esposa de buena familia parecía ser del tipo convenenciero. No era reservada en
lo más mínimo, eso era seguro.
La pregunta era, ¿qué podría Sara de Fernstowe querer con tanta fuerza como
para ofrecerle su propio cuerpo? Que terminara con sus enemigos, para empezar.
Ella lo había admitido, pues debía saber que no tenía elección al respecto debido a
las órdenes del Rey. ¿Un hijo que heredase sus tierras? Eso había dicho, pero no
podía imaginar a una mujer sufriendo cuando nunca recibiría nada del resultado.
¿Entonces qué?
Su cuerpo dolía por los deseos de darle lo que quería, por la razón que fuera
que lo pedía. ¿Por qué no sucumbir a su deseo y acostarse con ella?
Porque ella lo odiaría, era por eso. Como todas las mujeres nobles eran
enseñadas, Sara pensaría que sería degradante, un mal necesario para poder
concebir. Y Richard sabía que odiaría igualmente si fingiera que le había gustado, o
si le reclamara que no lo había hecho. Era mejor dejarlo así.
Desafortunadamente, sentía lujuria por Sara de Fernstowe. Si lo afectaba tan
poderosamente cuando se sentía débil por una herida, ¿cómo demonios se las iba
a arreglar para resistir a ella cuando recuperara su fuerza?
¡Amistad, claro está! Una ola de risas se liberaron y Richard se alegró de que
Sara no estuviera cerca para escuchar, pues sabía que eso la complacería. Eso era
lo último que quería hacer.

*****

A la mañana siguiente, Sara se detuvo fuera de la habitación de su esposo.


Sonrió para sí misma mientras se recargaba contra la pared y esperaba para que
se sumergiera en la bañera que Eustiss había llevado y llenado para él.
A través de la puerta parcialmente abierta, había alcanzado a verlo desvestido
antes de retroceder. Le tomaría un momento disipar el calor en la punta de sus
orejas. Richard era una figura bien desarrollada, incluso visto desde atrás.
En pocos minutos Eustiss salió y la observó con silenciosa diversión. Sara
inmediatamente entró y dejó un cambio de ropa nueva sobre la cama, ropa de su
padre que nadie más en Fernstowe podía utilizar.
—Aquí, toma esto. Excepto por la ropa de caza, que estaba completamente
arruinada, la de usted es demasiado fina para…
—¡Dios Santo! —el agua salpicando abruptamente y su grito la interrumpieron.
—¿Qué haces aquí?
Sara caminó hacia la bañera, con las manos en las caderas, sonriéndole
mientras se inclinaba.
—Ayudando con su baño, desde luego.
Él había puesto sus manos sobre su hombría, frunciendo el ceño como si
pensara que había venido a quitársela.
—Puedo bañarme yo solo. ¡Ahora vete!
Sara echó la cabeza para atrás y observó al techo mientras hablaba.
—He visto todo lo que tienes ahí, querido esposo. No necesitas avergonzarte.
—¿Avergonzarme? ¿No has pensado en la privacidad? ¿O hay algo como eso
en este lugar?
—No mucha, he de admitirlo —dijo Sara, riendo. Tomó el jabón y la tela. —
Inclínese hacia adelante, tengo que lavar su espalda. Recuerde mantener esa
herida seca.
—Al demonio la herida. Vete —pero sonaba menos demandante mientras se
inclinaba hacia adelante, tal como le había dicho.
Sara humedeció el trapo, lo enjabonó y comenzó a trazar círculos en su
espalda. Apretaba con fuerzas sus duros músculos. Él mordió sus labios para evitar
un gruñido de placer, pero ella alcanzó a escucharlo. Sara sonrió, disfrutando su
pequeño éxito.
—¿Qué quieres decir con que lo has visto todo? —preguntó cuidadosamente.
—Pensé que Eustiss me bañaba antes.
—¿Eustiss? ¡Ja! —exclamó Sara. —Ese apenas se baña a sí mismo, mucho
menos a nadie más. Jura que evita enfermedades y fiebres.
Richard se quedó en silencio después de eso hasta que había terminado de
lavar su amplia espalda musculosa. Luego ella levantó su cabeza y lanzó agua
sobre su cabello, pasando el jabón por las olas color avellana. ¡Qué sedoso se
sentía al pasar entre sus dedos!
No fue sino hasta que había abandonado su cabello y le había pasado un
pedazo de lino para que lavara su cara que él habló.
—¿Por qué haces esto?
—Para limpiarlo, desde luego —dijo con voz alegre. —¿No se siente mejor
ahora? ¡Sé que yo sí! —ver el cuerpo de su esposo recuperando su fuerza le hacía
bien a su corazón. —Es más que agradable a la vista, de cualquier forma, y es
maravilloso verlo levantado y alerta.
Caminó sobre sus rodillas para ponerse a su lado y volvió a enjabonar la tela,
intentando limpiar la parte lastimada.
Él rápidamente se apartó y arrebató el lino mojado de su mano.
—Yo terminaré con esto.
—Está bien, entonces solo observaré.
—¡Solo vete! —demandó.
Ella no hizo caso a su orden. En su lugar se asomó atrevidamente sobre la
bañera y sonrió.
—¡Ah, de verdad que está levantado y alerta, amigo mío! Podemos remediar
eso rápidamente.
—¡Sara! —sonaba perfectamente afectado por sus palabras. Pero era la
primera vez que había usado su nombre cristiano y le complacía escucharlo venir
de su lengua. Definitivamente estaba logrando progresos.
—Bueno, si no desea que lo haga, puedo llamar a Darcy. Puede que ella le
guste más. No está nada mal, pero no es precisamente la mujer más divertida del
mundo.
—¡Dios Santo, mujer! —exclamó con una voz medio ahogada. —¿Me harías
acostarme con otra? ¿Qué hay de mis votos?
Sara lo tomó como una negación. Richard no solo sonaba horrorizado,
claramente lo estaba.
—No importa entonces. Solo era una idea —dijo agradablemente mientras se
ponía de pie.
Que Richard se rehusara la complació. Apenas podía creer que cualquier
hombre rechazaría un alivio para su placer cuando lo necesitaba tan obviamente.
Su propio padre nunca había sido precisamente discreto con las chicas. Sara
sabía que hacer eso no tenía nada que ver con lo que un hombre sentía por su
esposa, pues su padre verdaderamente amaba a su madre. Pero aun así, se sintió
inmensamente complacida de que Richard no decidiera acostarse con Darcy.
Desde luego, tampoco se acostaría con su esposa, pensó Sara. Aun así, si
respetaba tan fuertemente aquellos votos hechos sin su consentimiento, Richard
recordaría muy rápidamente su deber. También su cuerpo. Y si no querría a
ninguna de las apuestas señoritas que trabajaban en Fernstowe, entonces
eventualmente iría con ella a la cama.
Incapaz de resistirse, observó cómo enjabonaba furiosamente sus poderosos
brazos y se rehusaba a mirarla.
—Baja y haz que me manden comida —ordenó. —Cuando me haya vestido y
haya comido, exploraré el castillo y sus alrededores —luego la fulminó con la
mirada y agregó. —Solo.
—Como desees —contestó con una sonrisa mientras se retiraba. Su razón para
entrometerse en su baño había sido satisfecha.
Con seguridad, una vez que Richard se diera cuenta de que le había ofrecido su
amistad sinceramente y sin reservas, no le molestaría tanto su presencia. Y
después de que se sintiera cómodo con eso, ¿quién sabe qué podría pasar?

*****

Richard se dio cuenta de que Fernstowe era una mejor fortaleza que lo que
había imaginado en términos de defensa. La pared externa estaba en buenas
condiciones. No había un pozo, pero el suelo estaba acomodado en un ángulo que
no permitiría que siquiera máquinas de guerra pudieran acercarse lo suficiente
para causar algún daño. Si algún bandido tomaba el lugar, tendría que usar el sigilo
o prolongar la siega para matarlos de hambre.
—El problema con los saqueadores yace al otro lado de mí (nuestra) propiedad
—le informó Sara como si pensara que no podía verlo por sí mismo.
Lo había acompañado, a pesar de sus protestas. Caía una suave llovizna, a
pesar de que el clima era tan cálido como era común en Julio. Su suerte, quedar
ligado con una mujer que no tenía el suficiente sentido común para salir de la
lluvia.
Richard no podía entender los motivos de la mujer para nada de lo que hacía.
Primero se había ofrecido a sí misma (y habiendo fallado eso, a la poco inteligente
Darcy) a él mientras se encontraba cachondo como una cabra en su baño. Y esta
última hora, casi lo había convencido de que poseía más conocimientos de su
propiedad de los que podría tener cualquier administrador.
Esta mujer hacía que su sangre ardiera.
Evitó mirarla directamente al darse cuenta de lo que la tela mojada del vestido
revelaba. La suave y mojada lana moldeaba sus orgullosos pechos como si se
tratase de seda. Aclaró su garganta ya que no podía aclarar su cabeza.
—¿Los escoceses han robado de tus rebaños? —preguntó.
—Mataron al ganado que estaba en su camino y lo dejaron para que se
pudriera. No buscaban comida.
Richard se detuvo y se le quedó mirando con sorpresa.
—¿Qué propósito tendría ese tipo de desperdicio?
—¿Qué importa? ¡Asesinaron a mi padre! A quién le importa cuántos…
—¡A mí me importa y a ti también debería importarte!—dijo Richard,
levantando su mano. El gesto por instinto le salió costoso, pero contuvo un
gruñido. —Esto son crímenes de odio, no por necesidad. O incluso ambición para
el caso.
—¿Por qué le sorprende? ¡Los escoceses nos odian! Lo dejaron perfectamente
claro cuando mataron a mi padre.
—Deberíamos dejar entrar a aquellos que viven cerca de la frontera y hacerlo
inmediatamente —sugirió.
Sara apretó los labios y apartó la mirada de él. Sabía que había mordido su
lengua para evitar discutir.
—¿Qué? ¿No te gusta ese plan?
Ella se dio la vuelta, tenía una mano firme sobre su cadera, la otra acariciaba su
barbilla.
—Si traemos a alguien al interior de la muralla, tenemos que alimentarlo.
Nuestras alacenas se terminarían en una semana. Además de eso, dudo que
vengan por voluntad propia dejando atrás sus hogares —su mirada ámbar lo atacó
con una pregunta incluso antes de que le diera voz. —¿Por qué simplemente no
matamos al criminal que comanda a esos merodeadores y terminamos con esto?
Richard recorrió el perímetro del patio interior nuevamente, para que ella
tuviera que abandonar su pose desafiante y seguirlo.
—Soy solo un hombre y no hay mucho que pueda hacer en el presente. Una
vez que recupere mi fuerza, terminaré con el asunto.
¿Cómo podría admitirle a Sara que el hombre del que hablaba era su hermano?
¿Cómo podía él creer que era cierto? Si Alan era responsable del asesinato de Lord
Simon, ¿cuál había sido su propósito para hacerlo? El ganado estaba ahí para
quien quisiera llevárselo, la gente fuera de la fortaleza era vulnerable para que los
escoceses robaran lo que les placiera.
Y aun así su esposa quería que creyera que Alan había terminado con su padre
y horrorizado a todos aquellos cercanos a la frontera por alardear de ello.
Era como si cualquiera que lo hubiera hecho hubiera buscado que el mismo
Rey Edward lo persiguiese con todos sus hombres. ¿Los escoceses intentaban
iniciar una guerra?
Ese Rey de ellos no tenía las pelotas para hacerlo. Todo lo que Balliol había
querido alguna vez era una corona sobre su cabeza, y Edward había sido quien lo
había dejado que la llevara. No, concluyó Richard, esto no era un esfuerzo
colectivo de los escoceses.
El problema no se resolvería pronto, así que decidió no preocuparse por él por
el momento. En su lugar, se dirigió de vuelta al salón donde podría secarse junto al
fuego. Si se iba, también lo haría Sara. La chica se veía como si alguien la hubiera
lanzado al rió más cercano.
Con un gruñido de impaciencia, la detuvo y cerró su capa que se abría en el
frente, cubriendo esos pechos suyos. La mujer no tenía vergüenza. Probablemente
nadie se había encargado propiamente de ella cuando llegó a la edad de merecer.
—No sé cómo sigues viva —murmuró. —Ve directa a tu habitación a
cambiarte, ¿me escuchas?
Ella se rió de él, con gotas brillando sobre sus pestañas y labios. El aire quedó
atrapado en su garganta mientras veía su boca abrirse y cerrarse. Repentinamente
se encontró con su propia boca, uniéndose ligeramente y apartándose en un
instante.
Maldición, pensó. No había tenido tiempo de saborearla.
Como un duende corriendo por un bosque lluvioso, subió rápidamente las
escaleras al salón y desapareció en su interior.
Por mucho tiempo, Richard se quedó parado ahí, preguntándose cómo podía
una mujer de su estatura moverse tan grácilmente, como si flotara por el aire. Y
por qué demonios él se había dado cuenta o por qué le importaba.
Capítulo 4

Habían pasado más de dos semanas desde que había sido herido. Richard
agradecía a Dios que los escoceses se habían quedado al otro lado de la frontera
por el momento. Aunque había sanado bien, ya tenía suficientes problemas en
Fernstowe.
Como regla general, raramente soñaba. Ahora Sara no solo invadía su
privacidad durante el día, sino también por la noche. En los días que siguieron a su
interrupción en el baño, no podía apartar a la mujer de su mente sin importar
cuanto lo intentara.
El limpio aroma floral que ella tenía estaba unido a sus almohadas como si
hubiese dormido ahí. Se despertaba con la nariz sumida en su suavidad, buscando
al contenedor de su esencia.
Sus manos temblaban por el deseo de tocar esa suave piel que tenía. Más que
nada, sufría por enseñarle a esa imprudente boca una lección, devorarla y hacerla
gemir con necesidad tanto como quisiera. Encendía todos sus sentidos, despierto
o dormido.
Esa mañana en particular, se despertó sudando nuevamente, altamente
excitado y con cada detalle de su fantasía fresco en su memoria. Antes de que
hubiera tenido tiempo para recuperarse, ella había entrado en su habitación.
Aunque nada de lo que decía era provocativo de ninguna manera, el mero tono de
su voz hacia que ardiera como si estuviera rodeado de fuego.
—¡Es de mañana! Parece que habrá un clima encantador. Pensé que
podríamos tener la corte en el exterior.
—¿Corte? —preguntó, mirando hacia la ventana y la suave luz de la mañana.
Tuvo una repentina visión de un día completo rodeado de plebeyos peleando.
Ella le dio el tarro de cerveza que llevaba con ella.
—No es realmente una corte, aunque ya es hora de hacerlo. No hay problemas
que resolver que yo sepa, pero los pueblerinos y muchos granjeros que vienen
desde muy lejos vendrán hoy a jurarle lealtad. Pensé que podríamos convertirlo en
una celebración. Nada grande. Cerveza extra y pasteles dulces, queso, carne.
Caminó por la habitación y apartó las cobijas de su pecho.
—¿Qué usarás? ¡Te ayudaré a vestirte!
Él dejó el tarro de alcohol en la mesa y pasó sus piernas a un lado de la cama,
cuidando que su cuerpo permaneciera cubierto para que no viera el estado en el
que se encontraba.
—Vete adelantando. Yo bajaré directamente.
Ella miró por sobre su hombro y por un instante la vulnerabilidad y la duda
cubrieron su rostro. Entonces, rápida como un parpadeo, la expresión se había
ido, reemplazada por una sonrisa cegadora.
—Muy bien. Me alegra que te estés sintiendo mejor.
Cuidadosamente dejó la túnica que llevaba y se alejó.
Dudó cuando llegó a la puerta y se giró a verlo.
—Richard, ¿me harías un gran favor? ¿Solo por lo que dure el juramento y el
banquete?
No se sentía dispuesto a concederle nada después de las noches agotadoras
que le había hecho pasar, pero tenía curiosidad.
—Te lo debo por curarme y lo sabes. Siempre pago mis deudas. ¿Qué es lo que
quieres?
Ella dejó de sonrojarse y lo miró directamente.
—¿Podrías esconder cuanto te molesto durante el día?
Richard podía ver claramente cuánto le había costado decir esas palabras.
Mordía sus labios y estaba parada recta como una estaca, pero sus nudillos
estaban blancos en la mano que sujetaba a la otra. Notó un ligero temblor
mientras esperaba su respuesta.
—Si lo deseas —concordó, viéndola con cuidado.
Ella asintió.
—Te lo agradezco —luego se dio la vuelta rápidamente y se marchó, cerrando
silenciosamente la puerta detrás de ella.
Richard comenzó a vestirse, preguntándose por qué se sentía tan culpable. ¿La
había tratado peor de lo que se merecía? ¿Qué podía esperar cualquier mujer
cuando engañaba a un hombre de la manera en que ella lo había hecho? Pero su
maldita conciencia lo molestaba igualmente.
Sara había pensado que no tenía tierras. Pensó que él también se beneficiaría
del matrimonio, así que no podía quejarse de que sus motivos fueran
completamente egoístas. Y salvo por algunas ocasiones en que había perdido el
temperamento, la mujer actuaba amable y alegremente, casi desesperadamente.
También era paciente con él, incluso en las ocasiones en las que deliberadamente
había buscado conseguir su ira.
Se encogió de hombros y concentró su mente en vestirse con algo digno de un
Lord a punto de asumir el poder de un nuevo Estado y ganar la confianza de su
gente.
No había ninguna razón de mostrar públicamente su disgusto al tener una
nueva esposa, decidió Richard. Por derecho, lo que había entre los dos tenía que
permanecer como algo privado. En cualquier caso, nunca dejaría mal a Sara frente
a la gente de Fernstowe. Pero se esforzaría el doble por parecer amable hacia ella
ahora que así se lo había pedido.
Cuando llegó al salón, vio a Sara discutiendo airadamente con dos de sus
hombres. La verdad parecía ser más un argumento que una discusión.
Richard reconocía a Everil y Jace, dos de los hombres más abiertos a expresar
su opinión entre aquellos al servicio de Sara. Se había vuelto bastante familiar con
aquellos que residían en Fernstowe para este punto, y había analizado las fuerzas
disponibles para la defensa. En el presente, ambos guardias contradecían
encarecidamente algo que ella acababa de decir.
Richard se acercó, se paró cerca y colocó su palma derecha detrás de la
muñeca de Sara. Los hombres se quedaron callados inmediatamente. Lo
observaron a él y a su gesto posesivo sobre su Lady con curiosidad.
—Confío en que no esté pasando nada malo —dijo Richard tranquilamente,
mirando a cada uno con un gesto de advertencia.
—No, mi Lord —dijo el hombre llamado Jace. Luego sonrió. —Mi Lady dice que
debemos cabalgar a las afueras esta mañana y escoltar a la gente que vive ahí al
interior. Everil y yo, pensamos que no vendrán sin protestar. Saben que es día de
corte. Nos quedaremos aquí —el otro tipo, Everil, asintió en acuerdo.
Richard levantó una ceja y los fulminó con una mirada que prometía
consecuencias si seguían hablando.
—Si tu lady dice que vayas, entonces monta y vete. Su palabra es la mía, y
ustedes obedecerán cada orden que dé. O sino… ¿Me doy a entender?
Se marcharon inmediatamente, chocando el uno con el otro en su prisa por
llegar a los establos.
Richard apartó su mano de Sara y la puso sobre su espada.
—¿Habías tenido otros problemas con estos dos?
—No realmente —contestó riéndose. —Solo piensan que sus porciones de
cerveza se verán afectadas si llega más gente.
—Y no les gusta que una mujer les de órdenes —supuso. —No podemos tolerar
eso. Si cuestionan tus órdenes de nuevo, deberé mandarlos lejos.
—Es bueno que me apoyes —dijo Sara encogiéndose avergonzadamente. —No
me lo esperaba, pero gracias.
—Es mi deber —contestó Richard. Cuando vio la gratitud sincera que brillaba
en sus ojos, agregó, —Y es un placer.
¿Por qué demonios había dicho eso? Su sincera apreciación lo hacía sentir
incluso más incómodo. Después lo trataría como si fueran compañeros cercanos
de algún tipo. O aun peor, lo molestaría en su baño de nuevo, como si fueran
amantes.
¿Por qué seguía insistiendo con la idea de que podían ser amantes? Era algo
ridículo. Nunca podría ser amigo de alguien en quien no confiaba, y sabía sin
ninguna duda que Sara tenía un motivo oculto para querer ganar su amistad.
Quería llevárselo a la cama. Sabía muy bien que no era porque lo quisiera como
hombre. Las mujeres nacidas en la nobleza solo sufrían ese deber por una razón y
supuso que esa debía de ser. Sara quería a un niño, probablemente para
asegurarse de que su propio hijo no heredara Fernstowe.
Richard se dio cuenta por primera vez de lo justo que era la manera en que
pensaba. Fernstowe debía pertenecer a ella y solo a ella. Ni él ni su hijo
necesitaban este lugar. Christopher ya había conseguido uno dos veces más
grande que había pertenecido a su madre. Y, a menos de que Alan decidiera viajar
al sur por la muerte de su padre, Chris también heredaría el Estado en
Gloucestershire.
Richard miró de reojo a la encantadora mujer que todos los días buscaba
seducirlo con su buen humor. Era cierto, era ambiciosa, al menos por el hijo que
quería, y necesitaba un protector que mantuviera el lugar seguro. Quizás había
sido demasiado pretenciosa en escogerlo para que le proveyera de ambas cosas,
pero no era una villana.
Todo lo que él le había demandado, ella se lo había concedido gustosa y sin
quejarse. Su gentil apariencia daba honor a ambos. No utilizaba joyas pero las
telas eran finas. Las ropas que había escogido eran adecuadas. Eso no había
fallado un solo día desde que le había ordenado que se vistiera como una Lady
debía hacerlo.
La verdad sea dicha, no encontraba ningún problema con Sara en lo absoluto,
excepto por atraparlo cuando él no tenía deseos de casarse. Pero debajo de la ira
que sentía por ella, Richard no podía evitar sentirse alagado porque lo hubiera
escogido. Era una vanidad que era mejor que permaneciera oculta.
¿De verdad pensaba que lo engañaba con el juego que estaba jugando? Tenía
que preguntarse cuán lejos seguiría fingiendo que lo quería. Apostaría que no
mucho después de su capitulación. Solo lo suficiente para hacer que se acostara
con ella. No se podía culpar a Sara por eso, desde luego. Simplemente era la
manera en que actuaban las mujeres nobles. Les enseñaban que tenían que ser
así.
Evaine también le había ofrecido sonrisas prometedoras la primera vez que se
conocieron. Sentía pena por los pobres hombres que creyeran que cumplirían la
promesa de cualquier pasión compartida. No cometería ese error de nuevo.
En ese momento, Sara estaba hablando con una de las sirvientas de la cocina
que repentinamente le hizo un gesto cómico y gruñó. Sara se rió con fuerza y alejó
a la sirvienta con una palmadita en la espalda.
Siempre estaba tocando a la gente. Una palmadita amigable por aquí, un
apretón de manos por allá. Sara era una mujer amable. Con sus subordinados y
con él.
Dios sabía que había hecho que quisiera que tocara su espalda. Incluso ahora
podía sentir ese encantador cuerpo suyo contra su palma mientras él le mostraba
las consecuencias de sus acciones.
¿Podría ignorar su orgullo y darle a esta esposa suya lo que quería? Debería,
pues era justo. Pero, ¿podría soportarlo cuando ella estuviera bajo él, sin ningún
movimiento, apenas soportando sus atenciones para poder obtener al hijo que
quería?
No, bajo ninguna circunstancia volvería a sentir eso con ninguna mujer, sin
importar cuánto la deseara.
—¿Por qué sacudes así la cabeza? —le preguntó Sara. —¡Uno pensaría que
acabara de proponer que tú ordeñes a las cabras en lugar de Esthel! —apretó
amigablemente su brazo.
Tocando de nuevo, pensó Richard frunciendo el ceño.
—Ven a sentarte conmigo. Tendremos pan y queso para desayunar mientras
planeamos el día.
Sintió un repentino impulso de apartar su mano de su brazo y maldecirla por su
manera de actuar. Anhelaba besar esa sonrisa brillante como el sol para hacerla
sentir cuánto lo tentaba. Quería llevarla de vuelta a su habitación, y hacerla sentir
tan descompuesta y confundida como él se sentía.
Eso nunca pasaría, Richard lo sabía por experiencia. Oh, ella dejaría que hiciera
lo que quisiera. Entonces, cuando fuera demasiado tarde para detenerse, ella se
endurecería con disgusto, soportaría sus atenciones estoicamente y luego le
pediría calmadamente un enorme favor por sus problemas.
El juego del matrimonio funcionaba de esa manera, pero Richard se rehusaba a
participar esta vez. Sería correcto y apropiado para cualquier otra persona, pero él
lo odiaba intensamente.
En su lugar, mostró los dientes en lo que esperaba que pareciera una sonrisa y
siguió a Sara. Por ese día, por lo menos, había dado su palabra de mostrarse dulce.

*****

Todos los que vendrían por la corte mensual habían llegado a medio día y Sara
presentó a Richard formalmente como su nuevo Señor.
La manera en que se dirigía a su gente la sorprendía. Aunque parecía amable,
incluso benevolente, ninguno de ellos pensaría que su esposo era un Lord débil.
Ofrecía fuerza con la espada y con las palabras.
Cualesquiera que fueran sus sentimientos hacia ella, Sara sabía que había
escogido sabiamente. Protegería Fernstowe y vería que todo estuviera bien en las
áreas en que ella no podía.
—Qué buen día —comentó felizmente mientras se sentaban juntos en una de
las mesas colocadas en la muralla exterior. Algunas personas pasaban por ahí y
algunas se sentaban para comer. Todos parecían felices con la manera en que eran
las cosas. —El juramento salió bien.
—Nadie pareció renuente —concordó. Richard cortó un pedazo del pan
especial que ella había preparado para ese día y se lo ofreció tal como era lo
apropiado.
Ella lo tomó e inclinó la cabeza en agradecimiento.
—Prosperarán bajo tu liderazgo, lo sé.
—Y no han estado nada mal bajo el tuyo, puedo verlo.
—Bueno, gracias, Señor —aunque sabía que estaba forzando sus sonrisas, Sara
agradecía su esfuerzo. Todo el día había mantenido su palabra. Ni una vez la había
observado con ira ni había dado señales de resentir su posición, ni como su esposo
ni como Lord de Fernstowe. Al estar parado siempre cerca de ella, discretamente
acariciando su espalda o tomándola del brazo, había expuesto que era suya ante
todos en Fernstowe.
Ahora le había hecho un cumplido. Dado que no había nadie lo suficientemente
cerca para escuchar sus palabras, Sara las interpretó como genuinas y no por
pretender. Qué conmovedor.
Observó cómo movía sus enormes manos mientras cortaba un pedazo de carne
y se lo extendía con su cuchillo.
Su mirada estaba fija en su boca. Sara tocó su muñeca ligeramente como si
quisiera dirigir su rumbo y sintió que su pulso se aceleraba bajo sus dedos. Un
deseo ardía en la profundidad de esos ojos verdes como solía hacer cuando se
acercaban uno al otro.
Si tan solo pudiera persuadirlo a seguir ese impulso, quizás Sara podría lograr
que esas sonrisas suyas se volvieran reales. Aunque sabía los límites de su
atractivo, también entendía que él tenía necesidades. Ella podía encargarse de
ellas si tan solo se lo permitía.
Ninguna mujer en Fernstowe, incluyendo a la promiscua Darcy, se atrevería a
usurpar su lugar en la cama de Richard. No a menos que Sara se lo sugiriera.
Su oferta de Darcy había sido solo para ver si el hombre llegaría a buscar a
alguien más. Su reacción la había tranquilizado. Richard no cometería infidelidad.
Sara había esperado que su actitud hacia ella cambiara si se volvían íntimos.
Seguramente dos personas no podían compartir tal cercanía y permanecer como
extraños por demasiado tiempo.
Además de esa meta, la anticipación recorría sus venas como un vino cálido y
dulce cada vez que él se le acercaba. Incluso cuando no lo estaba, ahora que lo
pensaba.
Cuando recibió el pedazo de carne, Richard se dio la vuelta abruptamente. Pero
a Sara no le preocupaba. Su renuencia disminuiría algún día. Todavía se sentía
atrapado. Le daría el tiempo suficiente para que aceptara todo lo que estaba
pasando. No había necesidad de apresurarse.
Rápidamente buscó un tema de conversación que pudiera aligerar su humor.
—Tu mensajero debió haber llegado a Gloucestershire hace algún tiempo. ¿No
deberían de llegar pronto tus hijos?
Él asintió y se concentró en su comida.
—En algunos días, si todo sale como fue planeado. Ambos montan bien y no
necesitarán venir en carro. Mi padre los mandara con escoltas. He solicitado a dos
de sus caballeros y espero que se queden aquí. Podrías utilizar a más hombres
acostumbrados a las armas hasta que se solucione el problema con la frontera.
—Háblame de ellos —se inclinó hacia él, ansiosa por escuchar.
—¿Los caballeros?
Sara se rió.
—¡No, tus niños! Ni siquiera sé sus nombres.
Él la miró sospechosamente.
—¿Por qué finges interés?
—No estoy fingiendo, Richard —le aseguró. —Estoy interesada.
—¿Por qué? —le preguntó picando su comida con el cuchillo.
—Porque no puedo esperar para ser madre.
Por un largo momento, se quedó callado. Luego accedió, aunque sus palabras
eran bruscas.
—Christopher tiene siete años y es alto para su edad. Dicen que se parece a mí.
En el pasado estaba entrenando como escudero, pero mi madre lo detuvo.
—Entonces deberíamos comenzar su instrucción tan pronto como llegue.
Ahora, ¿qué hay de tu hija? —preguntó Sara.
La mano de Richard se tensó. Luego bajó cuidadosamente el cuchillo y se giró
hacia ella.
—Ella ha sufrido lo suficiente, mi Nan, así que no pienses que dejaré que la
conviertas en tu sirvienta.
Sorprendida por su repentina vehemencia, Sara sacudió la cabeza.
—Oh, Richard, no tengo tales intenciones.
—Más te vale que no. Nan tiene que aprender las habilidades de una Lady para
que algún día pueda casarse bien. Su nacimiento no ha de ser discutido en su
presencia. Por nadie. ¿Queda claro?
—De acuerdo —dijo Sara. —¿Sabe ella que es tu hija natural?
Él se rió con disgusto y apartó la mirada.
—La gente se lo ha estado restregando en la cara desde el día en que nació.
Siempre detrás de mis espaldas, te lo aseguro. Pero si eso pasa aquí, lo sabré y
habrá consecuencias.
Sara sonrió con alivio y complacencia.
—La amas.
Él suspiró pesadamente y recargó sus codos en la mesa.
—No tiene a nadie más.
Sara tomó su brazo con sus manos, incapaz de evitar mostrarle cuánto lo
admiraba.
—Puedes descansar en cuanto a eso, Richard. Tu Nan me tendrá a mí también.
Eso le ganó una precavida mirada de esperanza. No le creía realmente, pero
podía ver que quería hacerlo. Eso era progreso.
Sara determinó justo en ese momento que sin importar cómo eran sus niños,
los haría sentir tan bienvenidos como si ella misma les hubiera dado la vida.
Acarició su brazo con cariño y lo soltó.
—Ahora, termina tu comida y sube a descansar. Debemos hacer que te
recuperes completamente antes de que lleguen Christopher y Nan. Nada
preocupa más a un niño que ver a su padre menos que perfecto. Lo digo como
alguien que lo sabe.
Él se levantó y la acompañó hacia la entrada. Se sentía casi natural en ese
punto, caminar a su lado paso a paso, con su brazo unido al suyo. Progreso en
efecto. Ayer, él se hubiera alejado y la hubiera dejado ahí parada.
—¿Tu padre se enfermaba mucho? —preguntó, con una voz casi
conversacional, como si verdaderamente fueran compañeros y le importara su
respuesta.
—Era saludable, casi siempre, pero lo vi herido muchas veces. Mi padre nunca
fue un hombre cauteloso —recordaba bien sus sentimientos cada vez que alguien
había dañado a su padre. —Cuando era niña, temía que muriera y me dejara.
—Y lo hizo —le recordó Richard. Escuchó la simpatía en su voz, incluso cuando
intentó sonar seco. El hombre tenía buen corazón, pero se esforzaba
laboriosamente por ocultárselo.
Ella le frunció el ceño.
—Sí, murió. Pero ya no era una niña cuando pasó. Aunque uno nunca está
preparado para perder a su padre, fui capaz de mantener las cosas funcionando tal
como él lo hubiera hecho.
Él apretó los labios y asintió.
—Hasta que te diste cuenta de que tenías que casarte —mientras subieron las
escaleras, preguntó: —Esos dos pretendientes tuyos no pueden haber sido los
únicos que pidieran tu mano durante todos estos años. ¿Por qué esperaste tanto?
La mayoría de las mujeres estás casadas, o por lo menos comprometidas, a la
mitad de tu edad.
Sara abrió la puerta, no esperando a que él le hiciera la cortesía.
—Envejecí esperando al hombre correcto —dijo felizmente. —Y entonces te
encontré.
Sonrió ante su oscura expresión y su respiración agitada. Santo Dios, ¿por qué
se sentía tan obligada a conquistarlo? Debía ser porque siempre se comportaba
tan atentamente.
Sus malditos coqueteos la matarían algún día, pero de alguna manera no podía
resistirse.
—Eres demasiado serio, Richard —lo regañó juguetonamente. —Solo
bromeaba.
—No le encontré ninguna gracia.
—Bueno, de eso me di cuenta inmediatamente. Me pregunto qué se tiene que
hacer para que te rías —se alejó de él y se dirigió hacia las cocinas.
Sus ojos permanecieron en su espalda hasta que había desaparecido de su
vista. Podía sentir el calor de su mirada. Calentaba más que su corazón, pensó con
una sonrisa secreta.

*****

Richard observó las caderas de Sara moverse mientras se quedaba parado en el


salón. Sabía que había hecho eso a propósito.
Con esas largas y delgadas curvas, la mujer tenía que trabajar en ese
“sígueme”. Normalmente se movía con zancadas firmes y llenas de propósito.
Continuaba intentando conquistarlo, ahora sin decir ninguna palabra.
A pesar de saberlo, seguía observando el punto por el que se había ido cuando
la puerta se abrió de golpe detrás de él.
Un chico sin aliento al que había conocido antes jadeó.
—Mi Lord… estandartes. De la realeza. A un cuarto de liga de distancia. Alguien
real está cerca de los portones.
El rey Edward. Richard gruñó en voz baja. No tenía deseos de que esto pasara.
Capítulo 5

Richard tomó el hombro del chico y lo empujó gentilmente hacia la cocina.


—Infórmale a mi Lady que el Rey está aquí. Debe unírseme en la muralla
exterior para recibirlo.
Richard apenas había bajado las escaleras antes de que Sara lo rebasará en un
remolino de faldas. No más pavoneos tontos, pensó, escondiendo una sonrisa.
Corría como un mensajero avisando de un ataque.
Observó calmadamente cómo ponía a todos a su alrededor en un estado de
pánico.
Varios momentos después, se dio cuenta de que se había equivocado. Cada
alma que quedaba en el patio había recibido una tarea específica a realizar y todos
se estaban encargando de ello.
Para cuando el Rey y su caravana habían llegado, Richard apostó a que las
mesas que seguían colocadas serían llenadas nuevamente de comida.
Tenía que admitir que Sara de Fernstowe no se valía del destino. Hacía que las
cosas pasaran. ¿Y no era él un perfecto ejemplo?
Poco tiempo después, los portones se abrieron para dejar pasar a Edward y
varias tropas, muchas de las cuales contenían camaradas de Richard a los que
había conocido y con los que había luchado por la mayor parte de su vida.
Todos sabrían la historia de su precipitado matrimonio. Probablemente lo
encontraban divertido de una manera u otra. Richard decidió poner buena cara
ante la situación, justo como había hecho con la gente de Sara.
Estiró una mano y sonrió, como si estuviera contento con todo, luego le hizo
una reverencia a Edward.
Notó que Sara había acomodado su cabello, había respirado profundamente y
tenía una expresión agradable en el rostro. Ella hizo una reverencia a su lado tal
como era apropiado y parecía perfectamente preparada para encontrarse con el
demonio en persona.
—Bien hecho —se escuchó suspirar.
Ella le sonrió rápida pero sinceramente antes de ponerse una máscara de
completo acogimiento para su invitado real.
—Ja, ahí está, ¡Por Dios! ¡Vivo y saludable! —gritó el Rey mientras
desmontaba. Ignoró todas las reverencias y murmullos de la gente de Fernstowe y
caminó hacia adelante.
Richard se levantó de su reverencia.
—Bienvenido, mi Señor.
—Cuántos nos alegra escucharlo de tu boca —contestó Edward felizmente.
Tomó la mano de Sara y la levantó de su reverencia. —Mi querida Lady Sara. ¿Este
bribón ha hecho que se arrepienta de salvarle el pellejo?
—Ni por un momento, su Señoría —dijo Sara recatadamente.
Para Richard no pasó inadvertido como sus labios se torcían secamente o el
brillo en sus ojos mientras lo decía. Tampoco al Rey, pues echó la cabeza hacia
atrás y rió abiertamente.
Ambos pensaban que era una gran broma estar casada con él, mientras él
quedaba en estupor. Sin importar cuánto resentía lo que habían hecho, sabía que
no debía quejarse. En su lugar, apretó sus labios y asintió, permitiéndole a Edward
su bufonería, sabiendo que podía hacerse el tonto sin problemas.
La risa del Rey fue disminuyendo mientras dirigía su mirada hacia Richard hasta
que la tensión hizo vibrar el aire a su alrededor. Luego habló.
—Debemos hablar.
Sara se adelantó.
—Venga adentro, por favor, su Majestad. El solar será cómodo —encabezó el
camino hacia las escaleras.
—Perdónenos, madame —dijo Edward cortésmente. —Pero hablaré con su
esposo en privado.
—Desde luego —dijo encogiéndose ligeramente de hombros. —¿Debería
mandar vino y comida para ustedes?
—No, nos uniremos a la compañía más tarde. Mientras tanto, no dejaré que
mis hombres la molesten. Nos iremos dentro de una hora.
Richard no insistió en que se quedaran más tiempo del necesario. Apresuró al
Rey al solar, ansioso de acabar con la discusión. Probablemente involucraba los
problemas con los escoceses, probablemente las actividades de su hermano.
—¿Por qué ha vuelto por aquí, Señor? Sabe que no es seguro por aquí.
—¿Ahora te atreves a cuestionar mis movimientos, Richard?
—Es una preocupación justa de mi parte. La última vez que ya estuvo aquí, casi
conoció a su muerte. ¿Quién tomará las flechas por usted si ya no puedo montar a
su lado?
—¿Quién, en efecto? —el Rey se dirigió a la silla acolchada que usualmente
estaba reservada para Sara y tomó asiento. Richard se quedó parado hasta que
Edward le hizo señales impacientes para que se sentara.
Tomó un duro banco de madera y se subió a horcajadas. Uno siempre debía
sentarse más abajo que el Rey.
—¿Dónde está el joven John? ¿Se quedó en York?
El Rey apartó la mirada como si se sintiera incómodo.
—Lo volví caballero. Sabía que no te molestaría. Casi tiene dieciocho años,
después de todo. Su padre lo deseaba y John estaba listo.
A Richard le molestaba. Había adoptado a John de Brabent por más de cinco
años, desde que el muchacho tenía trece años. Era deber de Richard decidir
cuándo debía ser nombrado caballero. Lord Brabent no había querido que su hijo
volviera a la parte peligrosa del país, esa era la razón. Probablemente era algo
sabio, dado que su hijo no estaba listo para usar espuelas como el Rey pensaba.
—¿Cómo está todo en York? —preguntó Richard, dejando su decepción de
lado.
Edward se mofó.
—Igual que siempre. Rebeldes cabeza hueca —se inclinó hacia adelante. —
Richard, vine porque mi conciencia no me dejaba dormir. Temo que cometí
contigo una injusticia que no te mereces.
¿Debía atreverse a contestar? ¿Se refería el Rey a ponerlo en contra de su
hermano escocés, o hablaba del matrimonio poco tradicional?
—A la Reina no le gustó —admitió Edward. —Me escribió que habló con el
arzobispo por ti. El matrimonio puede deshacerse —dijo, contestando la pregunta
de Richard con un tono de disculpa que nunca había escuchado que el Rey
utilizara. —A menos de que te hayas acostado con la chica. Entonces supongo que
te sentirías unido a ella por honor. No lo has hecho, ¿o sí?
—No —admitió Richard, sintiéndose intranquilo cuando debería estar
complacido.
—¿Porque no te has sentido lo suficientemente bien, o porque ella te
desagrada demasiado?
—Es cierto que no deseaba casarme —dijo Richard. Ahora era su oportunidad.
¿Por qué no estaba saltando para atrapar a la oportunidad? Lo haría. —¿Qué
pasará con ella si cancelamos el matrimonio y yo me marcho?
El Rey levantó un hombro e inclinó la cabeza.
—Le daré a alguien más.
—¿A quién? —demandó Richard.
—Lord Aelwyn, supongo. Es el mejor preparado para mantener este lugar dado
que se encuentra tan cerca.
—¡No! —casi gritó Richard, luego bajó la voz cuidadosamente. —Él no.
Edward se rió.
—¿Lo conoces? ¿No es digno?
Richard tenía que admitir que nunca había conocido al pretendiente de Sara, ni
deseaba hacerlo.
—No, pero Sara no lo quería para comenzar y no debería ser forzada a casarse
siendo infeliz. Le prometió que podría escoger.
El Rey dejó eso de lado como si no tuviera importancia.
—Aelwyn debe quererla con tanta fuerza por una razón. Probablemente para
incrementar sus propiedades. No muchos persistirían tanto como él lo había
hecho, una vez que vieran su rostro.
—¡Su rostro no tiene nada de malo! Tiene una cicatriz. Apenas se nota. La
mujer es hermosa. Usted mismo se lo dijo.
El Rey movió la mano quitándole importancia.
—Por cortesía. Sabes que tengo que decir cosas como esas. Es lo que se espera.
Incluso si dejas de lado ese defecto, está su altura. Su mirada está a la altura, o
incluso más alta, que la de cualquier hombre que conozca, salvo nosotros dos.
Sara la Torre es lo que la llaman detrás de su espalda, lo sabes —sacudió
tristemente su cabeza.
Richard decidió contener su lengua antes de que dijera algo que aseguraría que
le cortaran la cabeza. Apretó sus dientes con tanta fuerza que su mandíbula
comenzó a doler. ¿Edward pretendía gobernar su vida completamente?
¿Casándolo, haciendo caballero a su escudero, y ahora quitándole a Sara como si
fuera algún tipo de inconveniencia horrorosa?
—Entonces, ¿deberíamos realizar la separación? Seré testigo de que estabas
inconsciente y no diste tu consentimiento. Es un razonamiento perfecto. Sin
consumación, no debería haber ningún problema en lo absoluto.
Richard sabía que tenía que quedarse. Si dejaba a Sara de lado de esa manera,
siempre pensaría que era por su apariencia. ¿Qué tan mal lo dejaría eso?
Y Aelwyn de Berthold la tendría ya fuera que ella lo quisiera o no. Obviamente
no lo quería.
—Me quedaré —dijo. —Si Sir Aelwyn pudiera encargarse de los problemas, ya
lo hubiera hecho. Usted me necesita aquí, y también mi Lady. Los jinetes no se
quedaran quietos por mucho tiempo, aunque han estado callados desde que
entró. En cuanto al matrimonio, ¿supongo que los rumores se han extendido entre
los hombres?
Edward se levantó abruptamente.
—Es cierto, en ambos casos. Muy bien, es tu decisión. Admito que tu presencia
en Fernstowe tranquilizará mi mente en lo concerniente a los escoceses. Si te vas
ahora, tendría que dejar a más hombres aquí en tu lugar. Tal como están las cosas,
eres capaz de organizar a aquellos que han sufrido por aquí y formar tu propia
defensa.
Puso una mano sobre el hombro de Richard.
—Pero cuando arregles todo, todavía podrás ser libre si así lo deseas.
Richard meramente asintió pensativamente, preguntándose por qué no le
gustaba la idea tanto como debería. La culpa lo asaltó por querer dejar el
matrimonio de lado. Y el orgullo lo impulsaba a hacerlo. Pero Sara sufriría un golpe
tan duro a su dignidad, no podía soportar pensar en ello.
—Eso es, si no te has acostado con ella —agregó el Rey de manera casual
mientras se dirigía a la puerta. —Hazlo y será mejor que aceptes lo que te tocó.
Richard maldijo en voz baja. Si tan solo se hubiera acostado con Sara antes de
esta maldita visita, no tendría que enfrentarse a una decisión tan difícil.
—Abstenerte no debería costarte demasiado. Si hubiese tenido tiempo de
apreciar su apariencia más cuidadosamente aquella noche, nunca hubiera
aceptado la unión entre ustedes en primer lugar. El rostro marcado por la viruela
de Aelwyn le quedaría mejor.
Richard casi deseó haberse hecho a un lado aquel día y haber dejado que la
flecha encontrara su objetivo.
*****

Sara detuvo su conversación con uno de los visitantes cuando vio que el Rey
salía del salón. Richard lo seguía, con los puños apretados y el rostro oscurecido
por la ira. Parecía listo para matar. Podía adivinar por qué. Richard había expuesto
sus objeciones y el Rey se rehusaba a anular el matrimonio.
—¡A montar! —gritó el Rey Edward, dando enormes zancadas desde el salón a
los caballos. Luego se dio la vuelta y levantó la mano hacia su esposo. —Hasta la
vista, viejo amigo. Estaré en el Castillo Morpeth el siguiente mes. Mándanos
noticias de tu progreso.
Richard hizo una tensa reverencia y asintió.
Los soldados reales se apresuraron montar. Ninguno se había acercado a
Richard, aunque algunos dijeron buenos deseos. No le habían pasado inadvertidos
los tonos burlones y las sonrisas juguetonas de algunos. Tampoco a su esposo,
estaba segura. Afortunadamente, toda la caravana salió por entre los portones y
dejó a Fernstowe en paz.
Sara dejó salir un largo suspiro de alivio.
—¿Tus asuntos con el Rey no salieron bien? —preguntó mientras corría para
unírsele a Richard. Quizás era más seguro picar a un jabalí salvaje con un palo,
pero ella nunca huía de las peleas. Abría una por esto, así que mejor terminaban
de una vez.
Él se quedó parado, fulminando con la mirada a los portones mientras estos se
cerraban. Los rastrillos bajaron con un chirrido mientras la gente en la muralla
externa seguía con sus asuntos.
Por un momento, Sara pensó que Richard le diría lo que sucedió en el solar,
pero meramente sacudió la cabeza.
Por un largo momento, él estudió su rostro, cada rincón de él. Su mirada
intensa la recorrió de arriba abajo y de abajo a arriba, encontrándose con la suya.
La ira no había disminuido ni un poco. Richard repentinamente se dio la vuelta y se
marchó sin decir una palabra.
Sara liberó el aliento que había estado conteniendo y permitía que sus
hombros se relajaran. Él y el Rey habían hablado de ella. Lo sabía tan bien como
sabía que el sol salía por las mañanas.
Una visita rápida y el Rey Edward había deshecho todo el progreso de hacerse
amiga de su esposo. Ahora tenía que ganárselo nuevamente.
Maldito ser Real. ¿Por qué no había podido el Rey volver a Londres y dejarlos
estar?
Berta, la mejor de sus tejedoras, se le acercó.
—Lady Sara, ¿su esposo está molesto por qué no hicimos más por complacer al
Rey? Me temo que todas las mujeres se marcharon teniendo a tantos caballeros
alrededor. La última vez que vinieron, pasaron muchas cosas.
Sara se dio la vuelta y sonrió a la pequeña mujer regordeta. La siempre
amigable Berta siempre decía lo que pensaba y Sara la admiraba por ello.
—Su humor no tiene nada que ver con eso. Creo que son las preocupaciones
del Rey por la frontera las que lo perturban.
Berta sonrió, mostrando que le faltaba un diente.
—Qué bueno que se fueran tan rápidamente. Usamos casi todo el pan y la
cerveza se está terminando. El cocinero estaba preocupado intentando pensar
cómo organizar una cena.
—Te encargaste de muchas cosas sin que pudiera ayudarte hoy, Berta. Te lo
agradezco —dijo Sara sinceramente.
Se le ocurrió que Berta siempre había hecho esto. Parecía sentir tanto orgullo
en hacer que Fernstowe funcionara correctamente como lo hacía Sara.
La naturaleza alegre de la tejedora y sus manos dispuestas podían ser muy
valiosas en otro aspecto.
—Dime, Berta, ¿te gustan los niños?
El rostro regordete se iluminó incluso más.
—Oh, sí, mi lady. Amo a las criaturas. Pero no tengo ninguno, lo sabe. El viejo
Morgan nunca me dio uno en los diez años que estuvimos juntos.
Sara asintió, recordando al viejo pueblerino que había muerto de vejez el
invierno pasado. Berta todavía no llegaba a los treinta años. Podría casarse de
nuevo y tener a todos los bebés que deseara, pero Sara decidió hacer uso de sus
talentos en ese momento.
—¿Te gustaría ayudarme a cuidar de mis niños, Berta? Significaría que tendrías
que mudarte a la casa.
—Oh, mi lady, sí —Berta dijo con una felicidad infinita, con un brillo en sus
oscuros ojos. —Cuando llegue el día, estaré honrada.
—El día llegará antes de lo que piensas, Berta —dijo Sara riendo. —Deberían
llegar dentro de una semana si los caminos del sur están en buenas condiciones.
—¿Son de Lord Richard? —supuso Berta.
—Hijo e hija, en edad de entrenamiento. ¿Qué dices ahora?
Berta sonrió complacida, tomando las manos de Sara y apretándolas en
agradecimiento mientras corría a decirles las buenas noticias a sus amigos.
Richard podría haber designado a una nana que acompañara a los niños, pero
Sara no lo creía. Si ese era el caso, hubiera sido necesario un carruaje. Pretendía
rodear a esos dos con toda la buena voluntad y afecto que pudiera, y Berta podría
ocuparse de ello cuando el deber de Sara la llevara en otras direcciones.
Complacida consigo misma por encontrar un tema más agradable que el mal
humor de Richard, dirigió sus esfuerzos en limpiar la muralla externa de lo que
quedaba del evento.
Seis días turbulentos siguieron a la visita del Rey. Sara trabajó casi hasta el
punto de desmayarse, preparando Fernstowe para el hijo e hija de Richard.
Su gente limpió la fortaleza de todos los objetos que podrían ser peligrosos
para niños curiosos. Ella agregó columpios a su jardín para su placer. Cuando la
noche ya estaba bien entrada cocía y llenaba muñecas para que Nan las abrazara.
Puso al viejo Tam a tallar caballos de juguete para Christopher. Con manos
cariñosas, Sara lijó y enceró una pequeña espada de madera que su padre le había
dado cuando era pequeña y ordenó otra exactamente igual.
Los recuerdos que regresaron por estas actividades hicieron que Sara extrañase
a su propio padre, quien había llegado a grandes extremos para asegurarse de que
fuera feliz mientras se convertía en mujer. Si tan solo pudiera llegar a sus
estándares en paternidad, estaría feliz.
—Una madre, finalmente —se decía a sí misma con anticipación.
Richard la ignoraba casi todo el tiempo, nunca haciendo comentarios ante sus
esfuerzos. Él mismo se estaba cansando, insistiendo en entrenar a los hombres
todos los días durante horas. Cada día, pasaba más y más tiempo ejercitando sus
propios músculos, recuperando su fuerza. Se bañaba en los baños con los
hombres, previniendo una futura intromisión de su parte.
Ella lo dejaba hacer lo que quisiera, feliz con sus arreglos para recibir a aquellos
a quienes él amaba. Además de saludarse cuando se encontraban, solo hablaban
durante la comida, y era de cosas sin importancia.
Excepto por la sexta noche. Entonces Richard habló de un tema que Sara casi
había apartado de su mente. Los escoceses.
—La noticia de nuestro matrimonio se ha extendido. Recibí un mensaje de Alan
el Honesto para rendirse —anunció.
—¡No puedes! —exclamó, horrorizada.
Él tomó un pedazo de manzana, combinado con un cubo de queso y lo comió
como si no pretendiera contestar.
—Hazme caso, Richard, esto es un truco.
Él masticó calmadamente, tragó y dejó su cuchillo para indicar que había
terminado.
—No me hables como si no tuviera cerebro. No es digno de una esposa.
—¿Qué harás? —preguntó Sara, débil por el temor que sentía por él.
—Nos reuniremos en campo abierto, bajo una bandera de tregua, dentro de
dos días. El mensajero me aseguró que el hombre está desesperado por la paz.
Ella se burló.
—Perdóname si pienso que ese cerebro tuyo desapareció. ¡Te va a matar!
Richard sonrió, una expresión tan extraña en él, y tan cautivadora, que Sara
casi olvidó el objetivo de su discusión. Antes de que pudiera recuperar sus
facultades, él se levantó de la mesa.
Se apresuró a seguirlo, tomando su manga con sus dedos.
—¡Espera! Dime qué planeas hacer. Exactamente.
—Ir al solar donde podremos discutir esto privadamente —dijo amablemente.
—A menos de que quieras que todos nos escuchen.
Sara asintió y se adelantó, sus pensamientos se dirigían en todas direcciones,
buscando una solución que no significara la muerte.
Él se sentó en su asiento usual junto al fuego. Cuando ella se sentó y se inclinó
ansiosamente, comenzó.
—En primer lugar, debería tener arqueros listos en el bosque cercano con
flechas preparadas en esa dirección. Tendré que ir cabalgando, como lo hará el
escocés. Conocer a tu adversario es importante. Veré a este hombre para medir
sus intenciones.
Sara pasó una mano por sus cabellos, apartándolo de su adolorida frente.
—Mi Lord, Richard, ¡sabemos cuál es su intención! El hombre asesina sin
consciencia y lidera a un montón de asesinos. ¿Qué más necesitas saber?
Él apretó los labios en una delgada línea, un hábito que había notado que
utilizaba cuando pensaba mucho sus palabras. Desearía que simplemente las
escupiera y dijera lo que quería decir.
Para su sorpresa, se inclinó y tomó sus manos.
—No te preocupes, Sara. La traición no me es desconocida. Este escocés podría
no tener nada que ver con tu padre, y podría ser que desee establecer paz.
Ni por un momento podía creer eso, pero oponerse a este plan suyo no serviría
para detenerlo. Tenía que utilizar la razón.
—¿Me dirás lo que decía el mensaje?
Él se alejó, buscó dentro de su manga y sacó un pequeño pergamino.
—Léelo tú misma. ¿Sabes leer?
Ella se lo arrebató.
—Claro que sé leer.
—Encuéntrame solo en el Prado de la Disputa en dos días. Vengo en paz —leyó
Sara. Se mofó. —Simplemente firmó como Alan. Eso es demasiado extraño.
—Nos ofrece una tregua, al menos por ese día —dijo Richard. —Todavía no
puedo decirte por qué, pero creo que no pretende dañarme.
—¡Ja! —Sara alzó sus manos. —Obviamente ha escuchado de ti y quiere que
mueras. ¡Ve con él y eso pasará!
—Tranquilízate, Sara —dijo con naturalidad. —No pretendo morir —Luego
añadió. —Pero tengo que encontrarme con él y ver lo que tiene que decir.
—¿Y crees que va a respetar esa tregua? Richard, eres demasiado inocente si
de verdad es así —las lágrimas amenazaban con salir pero las contuvo con toda su
voluntad.
Él la observó por un momento, luego se levantó y tomó un leño caído para
devolverlo al fuego con la punta de su bota.
Sabía que iría a pesar de todo lo que ella dijera. Sabiendo eso, dejó su silla y se
le acercó desde atrás. Tentativamente rodeó su cintura con sus brazos y se recargó
contra él, recargando su rostro en los músculos de su espalda.
Sus palabras resonaron en sus oídos.
—¿Temes que seré asesinado y tendrás que casarte con otro? ¿Es eso lo que te
preocupa?
—Temo por tu bien, Richard. No por el mío.
Richard suspiró, un sonido entrecortado mientras recargaba sus brazos contra
la piedra.
—Vete a la cama, Sara.
—Ven conmigo —susurró.
Él no respondió.
Lentamente, aceptando que no lo haría, apartó sus brazos y lo dejó ahí.
Silenciosamente salió del solar, subió las escaleras y entró a su habitación.
Él no estaba listo, pero no podía ocultar el deseo que ardía en sus ojos como
llamas verdes o la manera en que su cuerpo se tensaba cada vez que lo tocaba.
Sara sabía que si podía sostenerlo en sus brazos, entendería la profundidad de
sus sentimientos. Y en la oscuridad, no podría ver su rostro cicatrizado. Podría
olvidar sus problemas por un tiempo y solo concentrarse en los toques.
Richard podía no saberlo todavía, pero necesitaba desesperadamente de
alguien que cuidara de él. No importaba si nunca la amaba. Solo quería que
aceptara que ella lo amaba.
Sin duda lo amaba. Había atracción entre los dos, pero más allá de eso, Sara
admiraba enormemente el amor por sus niños, su lealtad a su Rey y su
valerosidad. Pero lo que la atraía más que cualquier cosa, era su soledad. ¿Cómo
podría soportarlo si moría?
Capítulo 6

Richard nunca planeó ir solo como el mensaje había pedido. A pesar de lo que
Sara pensaba de él, no era ningún tonto. Alan lo recibiría pacíficamente, desde
luego. Pero quién podría decir cuánto control tenía su hermano sobre los hombres
que lo acompañaban. Alan no cruzaría la frontera sin tropas acompañándolo. Él
tampoco era un tonto.
Por lo tanto, seis personas acompañaban a Richard mientras se dirigían al
norte. Eran la cantidad mínima para remarcar que Richard no pretendía atacar.
Pero esos hombres que había seleccionado cuidadosamente serían la defensa que
necesitaba que fuera.
El Prado de la Disputa era una pradera, una zona desnuda de apenas una
docena de acres que había cambiado de dueño tantas veces que nadie recordaba
cuál era el original. Era territorio neutral, donde nadie vivía, plantaba cultivos ni
criaba ganado.
—Ten cuidado con el escocés, Richard —le advirtió Sara mientras le ofrecía la
copa de estribo. —Si insistes en continuar con esta locura, ten todo el cuidado que
puedas.
—Estaré en casa para la cena —dijo. Bebió la cerveza y le regresó la copa vacía.
—Ve con Dios —dijo Sara.
—No te preocupes —contestó formalmente.
Richard esperó hasta que pudo guiar a su enorme caballo de guerra al frente
de la columna de hombres que lo esperaban, tres arqueros y tres jinetes estaban
preparados para la pelea. Ninguno eran caballeros, pero todos habían servido en
batallas. Richard había estado complacido de encontrarlos entre los hombres
armados que Lord Simon había escogido para Fernstowe a través de los años.
Si los ponías a prueba, los arqueros podían sentir por lo menos un pequeño
grupo de hombres antes de que llegaran a Richard en el prado. Tal como Eustiss
había señalado, los escoceses no eran muy amigos de los arcos. Si había un
ataque, probablemente sería con espadas o picos.
Aunque Richard estaba preparado, verdaderamente no pensaba que su
hermano fuera a traicionarlo. No el hombre que había escrito esas cartas llenas de
amor y buenos deseos para sus padres y hermano menor. La lealtad a la familia
sobrepasaba la política de cualquier hombre. Justo como Richard se rehusaría a
matar a su hermano si el Rey Edward se lo ordenaba, también Alan mantendría la
tregua. Eran Strodes y vivían bajo el mismo código. Alan había comprobado eso
una vez cuando se encargó de que su padre llegara a salvo a Inglaterra cuando los
dos países habían estado en guerra.
La invitación de Alan no era un truco, como Sara pensaba. Richard no pensaba
que su hermano pretendiera matarlo, no más de lo que creía que Alan había
matado a Lord Simon.
Esto les daría una oportunidad de reunirse después de tantos años. Juntos
podrían intentar determinar quién había asesinado al padre de Sara y acusado a
Alan de instigar hostilidades entre las fronteras.
Si hubiera dependido de él hubiera preferido que la reunión con no fuera ese
día, cuando sus niños podían estar llegando, pero rehusarse podría indicarle a su
hermano que no quería ninguna tregua en lo absoluto.
Richard y sus hombres cabalgaron juntos al norte por cerca de una hora. El sol
había eliminado la niebla y proveído calor.
—Aquí está el lugar, mi Lord —dijo Markham en voz baja y señalando. —A
través de aquel bosquecillo.
Afortunadamente había suficientes árboles rodeando el prado para proveerles
suficiente cobertura para sus hombres. El día y la locación no podían ser mejores
para un encuentro como este.
Como el capitán de la guardia de Richard, Markham asumió el deber de
acomodar a los hombres para que se quedaran ocultos, pero preparados para
rápidamente ayudar a Richard si se necesitaba.
—¿Debería ir con usted, Señor?
—No, Markham, quédate. Me pidió que viniera solo. Me quedaré dentro de la
línea de árboles hasta que lo vea. ¿El estandarte?
—Sí —dijo, transfiriendo la tela que mostraba los colores de Richard, azul y
negro. Sobre ellos se había agregado una gruesa línea de blanco. El suave viento
gentilmente agitaba la tela adelante y atrás y removía las hojas sobre su cabeza.
Richard esperó por algún tiempo entre los dos robles hasta que alcanzó a ver
un pulcro caballo café surgir del lado opuesto del claro. Era una sorpresa. Richard
había escuchado que los escoceses generalmente montaban los rudos galloways o
lo que la gente local llamaba trotamundos. Esos tenían músculos amplios, pie
firme, y eran capaces de navegar por cualquier sitio, por las colinas de Cheviot o
los pantanos. Este se veía demasiado limpio y sin una tela dura cubriéndolo como
Richard había esperado.
La sospecha lo llenó, pero la dejó de lado. Alan debió haber decidido
impresionar a su hermano menor con su fino gusto en caballos.
Sobre la silla de montar se hallaba un guerrero vestido de manera muy
parecida a él, en cota de malla y chausses. Llevaba y portaba colores idénticos a
los de Richard.
Aunque el hombre tenía la cabeza cubierta, Richard pudo reconocer una larga
nariz y una barba corta y oscura debajo del casco. La mano derecha se levantó
para saludar, y para mostrar que no sostenía ninguna arma. Richard hizo lo mismo.
Ambos cabalgaron lentamente al centro de la pastura.
Algo se sentía mal, pensó Richard nuevamente, mientras el hombre se
acercaba. Muy mal.
Richard tenía la espalda cubierta como cualquier hombre prudente lo hubiera
hecho, aunque sabía que ningún caballero con algo de honor violaría una tregua.
Alan de Strode había sido reconocido por su honor tanto por los escoceses como
los ingleses durante los últimos veinticinco años, era casi una leyenda.
Un caballo relinchó en el bosque detrás de él, rompiendo el silencio. Escuchó
varios sonidos de pasos y un grito ahogado. ¡Emboscada! Richard rápidamente se
dio la vuelta, sacó su espada y corrió a ayudar a sus hombres.
Demasiado tarde. Markham estaba tirado en un cúmulo, sangrando de la
cabeza. Igualmente, Bryce, uno de los jinetes, y los tres arqueros estaban
inconscientes (o quizás muertos) en sus puestos. Newson no estaba por ningún
lado.
Cinco hombres armados estaban parados en un semicírculo alrededor de los
compañeros caídos de Richard. Dos más, jinetes, cubrían su única ruta de escape,
y el hombre con el que se había reunido en el prado estaba detrás de él. En la
distancia escuchó herraduras atravesando el bosque, con dirección a Fernstowe.
¿Newson había logrado llegar a los caballos?
Richard decidió instantáneamente no luchar. Aun cuando se había recuperado
y quizás podría dar batalla, no podía esperar superar a ocho hombres. Así había
sido probablemente como había muerto el padre de Sara.
Si esos hombres estuvieran ahí para matar a Richard, sabía que ya estaría
muerto. Los engañaría para que pensaran que había aceptado la derrota, y luego
escaparía. Si eso fallaba, pedirían rescate por él. Era la primera vez que había sido
capturado, pero eso le pasaba a muchos caballeros. No era nada inusual.
—Finalmente nos conocemos —dijo la voz grave detrás de él. —Baja tu espada.
Nadie ha muerto aun este día, así que no hagas que te mate.
Richard siguió sosteniendo el mango de su espada, pero lo bajó mientras giraba
lentamente a su montura.
—¿Dónde está Sir Alan?
El hombre que había conocido en el prado sonrió bajó el casco.
—Justo aquí, donde te prometí estar, hermano.
El sonido de las hojas rompiéndose le advirtió de una montura que se
aproximaba por su punto ciego. Se dio la vuelta y preparó su espada, conectándola
sólidamente con la estaca dirigida a su cabeza, sabiendo completamente que no
tenía muchas posibilidades de salir con vida.

*****

El cuerno de la torre norte le advirtió a Sara que el vigía había descubierto


jinetes. Corrió desde el solar a la muralla externa, esperando ver a Richard y sus
hombres.
—Solo viene uno, mi Lady —gritó el joven Fergus desde lo alto de la muralla.
Cuando los portones se abrieron y los rastrillos subieron, Newson entró. Si no
hubiese reconocido el color paja de su cabello y a su caballo, Sara no lo hubiera
reconocido.
Se sostuvo del pomo de su silla hasta que su montura se detuvo. Luego lo soltó
y se deslizó al suelo.
Sara corrió y se arrodilló junto a él, poniendo su cabeza sobre su regazo.
—Newson, ¿dónde está mi esposo?
—No sé qué hicieron con él —el pobre hombre luchaba por mantener los ojos
abiertos. Respiró dolorosamente para seguir hablando. —Nos esperaron en los
árboles, Lady Sara. Saltaron sobre nosotros después de que Sir Richard se separó
para encontrarse con el bastardo escocés. Logré llegar a los caballos, pero me
atraparon.
—¿Escapaste después de que te dieran semejante paliza?
—No, mi Lady. Hicieron eso cuando me alcanzaron, me subieron al caballo y
me dejaron ir. Dijeron que debía decirle que esperara. Que te mandarían a Sir
Richard.
—Oh, que Dios lo salve —gruñó Sara. Sabía muy bien cómo mandaban a las
víctimas a casa. —¿Por qué no me escuchó? —gritó, cubriendo su rostro con su
mano. Su cuerpo temblaba por el dolor, pero las lágrimas no salían. El sufrimiento
era demasiado profundo para ellas. Hasta los huesos.
Varias mujeres se colocaron gentilmente a su lado y se encargaron del joven
Newson.
—Venga, mi Lady —dijo Berta. Tomó el brazo de Sara y la ayudó a levantarse.
El cuerno sonó nuevamente. Sara se sacudió por inercia, saltó y corrió al portón
abierto, esperando ver a los otros hombres llevando a Richard en sus monturas.
Muerto. Pero nadie llegó del camino del norte. En su lugar, una caravana de
viajeros se aproximó a Fernstowe desde el sur.
Seis monturas, cuatro jinetes, los contó. Dos caballos de guerra, dos pequeños
palfries, y dos caballos para caballeros.
Los niños.
—¡Oh, Dios, no ahora!
No podía recibirlos de esa manera, desesperada y sufriendo. Y por el bien de
Richard, no debía poner esta carga sobre ellos todavía. No mientras seguían sucios
por el camino y sufrían por el agotamiento de su viaje. Pobres, pobres bebés.
—Soy todo lo que les queda —susurró. Luego respiró profundamente, buscó
sus fuerzas y llamó a Berta.
—¿Mi Lady? —dijo Berta amablemente. —No puede estar segura de que sea
tan malo como usted piensa.
Sara dejó de lado las palabras sin sentido.
—Mira ahí, nuestros niños están llegando. Tan pronto como entren, debo
hacer que se sientan bienvenidos. Pero debo hacerlo rápidamente. Tú te
encargarás, verás que se bañen, que se sientan cómodos.
—Tan pronto como me sea posible —le aseguró Berta.
Sara miró hacia los portones que seguían abiertos después de la llegada de
Newson.
—Debo hablar con esos caballeros que mi esposo mandó buscar y ver si lo
pueden ayudar. Ni una palabra de esto debe preocupar a Christopher ni a Nan,
¿quedó claro?
—Lo terminarán escuchando, mi Lady —contestó Berta. —Este no es un
secreto que pueda ser guardado. Y deberían saberlo, ¿no le parece?
—Una vez que se hayan bañado, comido y descansado, se los diré. Hasta
entonces, ¡ni una palabra!
—Sí, tiene el derecho de hacerlo. Pobres corderitos. Estas noticias los
aterrorizaran, eso es seguro.
Sara sabía que Berta y todos en Fernstowe pensaban que su esposo ya estaba
muerto. Ella también lo pensaba, pero hasta que viera su cuerpo, mantendría la
esperanza. Si los escoceses sabían que Richard había montado en la guardia
personal del Rey, podría ser que decidieran pedir rescate.
Repentinamente, uno de los jinetes se separó del grupo que se aproximaba y
se acercó a los portones a una velocidad endemoniada. Sara gritó con miedo,
aterrada porque el corcel se hubiera asustado y alguno de los niños saldría
volando y se rompería el cuello. Uno de los caballeros hizo que su caballo entrara
en galope y lo siguió. El enorme caballo de guerra iba quedándose atrás, incapaz
de alcanzar al pequeño caballo.
—¡Papá! —gritó una voz estridente. —¿Dónde estás, papá? —deteniéndose en
una nube de polvo, el jinete bajó de la silla, soltó las riendas y cayó en el suelo de
un salto.
Unos enormes y brillantes ojos verdes se centraron en Sara.
—¿Dónde está mi papá? —demandó el pícaro de cabello rojo. —¡Quiero verlo,
ahora!
Sara observó el grueso jubón acolchado y los pantalones de lana. Las pequeñas
botas eran una réplica de las de Richard.
—Debes ser Christopher —dijo, forzándose a sonreírle al niño.
—¡Claro que no, soy Nan! —declaró el diablillo airadamente.
Sara intentó contener su sorpresa. Y su pesar. La herencia de su marido (por lo
menos esta) poseía una naturaleza caprichosa y temeraria. Pero Sara no podía
hacer castigar a la niña en su primera reunión. Debía ser amable y comprensible,
especialmente sabiendo lo que la pequeña quizás tendría que aceptar muy pronto.
—Soy Lady Sara de Fernstowe, tu nueva madre —estiró una mano para pasarla
por sus rizos.
La niña esquivó su toque.
—Mi madre es Annie Causey y está muerta. Ahora, ¿dónde está mi papá?
El enorme caballero barbudo que había seguido a Nan desmontó y se les
acercó.
—Señorita Nan, su padre no estará complacido con los modales que está
mostrando. Ahora apártese hasta que la presente.
Nan lo miró agresivamente.
—No hay necesidad. Ahora me conoce.
El caballero suspiró pesadamente a través de los dientes.
—Mi nombre es Sir Edmund Folway, mi Lady, y esta es la Señorita Nan. Por
favor perdone…
Sara asintió, distraída, mientras el resto de los viajeros entraban por los
portones.
El chico se acercó tranquilamente y la saludó aun sobre la montura.
—Soy Christopher Strode —apuntó con un pulgar al caballero que lo
acompañaba. —Este es Sir Matthew Turnsbridge. ¿Eres la esposa de mi padre?
¿Lady Sara?
—Así es —contestó Sara, su sonrisa firmemente acomodada. —Te doy la
bienvenida a Fernstowe, Christopher.
—No hizo una reverencia ni te llamó “Mi Lord” —señaló Nan.
Christopher se encogió de hombros y bajó de su caballo.
—No soy un Lord —dijo el chico pacientemente a su hermana. —No todavía.
Se dirigió hacia Sara y estiró su mano. Antes de que Sara lo supiera, había
recibido un beso en los nudillos.
—Ahí tiene. Todo listo. Tenemos hambre.
Los caballeros compartieron miradas de pesar. Sara podía imaginarse el viaje
que esos dos acababan de soportar. Algo que no le faltaba a la progenie de
Richard era el sentido del valor propio. Tendría que establecer su autoridad
inmediatamente o esos pícaros tomarían el control de toda la fortaleza.
—Niños, irán con la Señorita Berta. Ella los bañará y alimentará. Quédense en
sus cuartos hasta que yo vaya. Tenemos que hablar.
Nan se rió alegremente, puso una expresión seca y le dio un codazo a su
hermano.
—Piensa bañarnos, Chris.
El niño apretó los labios, viéndose completamente como Richard en su estado
más altanero.
—¿Mi padre no está aquí?
—No —contestó Sara, intentando no mostrar su dolor. —No en este momento.
Ahora vayan con la Señorita Berta y hagan lo que les digo.
—¡No lo haré! —anunció Nan, cruzando los brazos sobre su pecho y
levantando la barbilla.
Christopher se le acercó y asumió una pose parecida.
—Esperaremos a nuestro padre aquí.
Sara se inclinó, con su cabeza entre la de los dos niños para que solo ellos
pudieran escucharla.
—Noten mi tamaño, por favor. Puedo levantarlos a ambos sin problemas, uno
bajo cada brazo, y llevarlos adentro como cachorros traviesos. O pueden caminar
de una manera digna y apropiada para su rango. La elección es de ustedes. ¿Harán
lo que les pido?
—Bueno, ya que lo estás pidiendo —dijo Christopher con desdén. —Solo
aceptamos órdenes de nuestro padre.
Berta apartó a ambos, que caminaban como dos soldados sincronizados.
Una vez que los dos estuvieron lo suficientemente lejos para no escuchar sus
palabras, Sara se giró rápidamente a los caballeros.
—Mi esposo fue tomado por los escoceses. Puede que ya esté muerto en este
momento —sin detenerse, les dijo lo que sabía de su corta conversación con
Newson.
Sir Edmund protestó a su sugerencia de un intento de rescate.
—Si los escoceses lo dejan vivo, no estará donde podamos encontrarlo. Incluso
si descubriéramos su ubicación, lo matarían en cuanto nos acercáramos. Dicen
que esperemos, y eso es lo que debemos hacer. Si no quieren rescate, entonces ya
no podremos ayudarlo.
Cuando Sara debió hablar, Sir Edmund levantó una mano para detener sus
palabras y continuó:
—Mi Lady, su esposo y yo hemos sido amigos desde que éramos niños. Yo viví
bajo el cuidado de su padre. Si hay alguna oportunidad de salvarlo por cazar a esos
canallas, seré el primero en salir por esa puerta.
Sara suspiró temblorosamente. No había nada que ninguno de ellos pudiera
hacer.
—Esperaremos —concordó. —Tú y Sir Matthew vengan al salón. Tomen algo
de vino y comida —señaló el alto edificio resguardado por la muralla interna. —
Hay un lugar para ustedes en el caserón cuando estén listos para descansar.
Sir Matthew, el caballero más joven, le siguió el paso, hablando por primera
vez.
—Sir Richard es un hombre talentoso, mi Lady. Si hay alguna oportunidad en
absoluto de escapar, lo hará.
Sara asintió. Pero ella temía por la condición de Richard después de que la
herida lo dejara muy lejos de tener toda su fuerza. No escaparía. Si en efecto
seguía con vida, se quedaría a merced de los escoceses hasta que decidieran qué
hacer con él.
Y ahora tendría que decirles a su hijo e hija, que muy probablemente pensaban
que su padre era invencible.

*****

A kilómetros de distancia, Richard despertó con un sobresalto. Intentó


parpadear para quitarse de los ojos el alcohol que alguien le había aventado e
intentó determinar dónde estaba. En ningún lugar que conociera. Un pasadizo de
piedra de algún tipo en el interior de alguna posada. Cerca de las cocinas, pues
podía oler la carne quemándose. Alguien se detuvo detrás de él y vendó sus ojos.
La memoria del encuentro en el bosque en el infame prado regresó
completamente. Capturado.
Su cabeza se sentía como un melón aplastado y su cuerpo dolía
horrorosamente como resultado de su resistencia. Había pretendido dejarse
capturar pacíficamente hasta que bajaran la guardia y pudiera escapar. Pero
cuando escuchó al hombre detrás de él con una porra, se dio la vuelta y detuvo un
golpe. A partir de ese momento, solo recordaba una ira roja y dolor, ambos
sufridos y superados. La porra debió encontrarlo después de todo.
—¡Ah, ya veo que has vuelto con los vivos! —declaró su anfitrión.
Richard gruñó, temiendo no tener el aliento suficiente para completar una
palabra real. Estaba tendido, atado como un ganso de navidad, pero giró su
cabeza hacia la persona que habló como si pudiera verlo.
Por alguna razón, este hombre había ido al prado en vez de Alan. Y Richard no
pensaba que fuera un escocés. Para empezar, no sonaba como ellos. Aunque
muchos escoceses nobles recibían su educación fuera de Escocia, un rastro del
lugar de su nacimiento usualmente permanecía en sus lenguas. No era así con
este.
Si este de verdad era su hermano, Richard sabía que había juzgado
completamente mal tanto al hombre como a la situación. Debió haberle hecho
caso a Sara en vez de confiar en sus uniones sanguíneas.
Ya fuera que se tratara de Alan o no, Richard decidió que era mejor seguir el
juego. No estaba en condiciones de escapar atado como estaba.
—¿Qué quieres? —consiguió gruñir. Sus costillas dolían y respirar ardía como el
infierno. Sus ojos dolían por el alcohol.
El hombre se rió. Por primera vez, Richard prestó atención a más que las
palabras. La voz sonaba llena de juventud, pensó, para los cincuenta años que su
hermano había vivido. O la esperanza era engañosa.
Si tan solo pudiera verle el rostro, seguramente sabría si se trataba de Alan.
¿Cuántas veces había jurado la madre de Richard que Alan era idéntico a su
padre? Lo único que sonaba como la descripción que su familia daba de su
hermano era su risa. Decían que su hermano se reía mucho.
El anfitrión de Richard tocó su hombro con una bota.
—Quiero una buena fortuna de la Lady que tienes por esposa, desde luego. Eso
será un buen inicio.
—Rescate —espetó Richard. —¿Para tu familia?
El hombre se rió.
—¡Pero seguramente me merezco algunas de las riquezas que has ganado
como hombre inglés! Solo me parece justo, hermano.
—Tú decidiste quedarte en Escocia —dijo Richard, preguntándose quién podría
ser si no se trataba de Alan. No era sabido fuera de la familia Strode que Richard
tenía un medio hermano. La familia y el Rey.
—Todavía puedes jurar a Edward y aceptar el título y las tierras cuando nuestro
Padre muera —le dijo Richard. —La decisión sigue siendo tuya.
Por algunos momentos, permanecieron en silencio.
Luego la voz gritó:
—¡Llévenselo!
Aparentemente ya no tenían nada que discutir.
Richard se preparó para el agarre de los dos secuaces mientras lo arrastraban
por los escalones de piedra y lo lanzaban a una celda. Uno se quedó haciendo
guardia con una espada mientras el otro cortaba las ataduras en los tobillos y
muñecas de Richard. Ninguno habló.
Rápidamente se quitó la venda de los ojos. La puerta cerrada se llevó toda la
luz que la antorcha que los hombres llevaban con ellos. Observó el cuadrado de la
rejilla en la puerta mientras esa débil iluminación subía las escaleras con sus
captores. Ahora no podía ver nada.
Richard estiró sus extremidades para que volvieran a sentir y comenzó a
explorar sus heridas. Tenía numerosas heridas, enormes hematomas, y un
gigantesco golpe en la cabeza, pero ninguno parecía poner en peligro su vida o
siquiera ser algo serio.
Aun así, si hubieran dejado la puerta abierta, dudaba que podría caminar con
su propia fuerza, mucho menos subir las escaleras. No todavía.
Sara pagaría el rescate, desde luego. Si eso salvaría su vida todavía estaba por
verse. Este hombre que se llamaba a sí mismo Alan no tenía honor. Y
aparentemente tampoco ningún sentimiento familiar hacia él sin importar si era
su hermano o no. Fácilmente podría tomar el rescate y deshacerse de su
prisionero sin que nadie hiciera nada. Hasta que el Rey Edward se enterara. Se
desataría un infierno entonces, y Alan sería quien terminaría pagándolo, culpable
o no.
Richard uso lo último de sus fuerzas para arrastrarse por la celda para descubrir
qué había en su interior. Una cubeta para aguachirle, otra llena de agua salobre, y
una cobija raída que se deshacía en sus manos. Se recostó de lado y recargó su
cabeza en un brazo para recuperar el aliento.
Aun después de todo lo que le había pasado, todavía se rehusaba a creer que
Alan lo traicionaría de esta manera. ¿Cuántas razones había descubierto hoy que
probaran que ese hombre no era su hermano?
¿Tenía razón? ¿O era meramente una necedad a no admitir su propio error, su
demasiado confiado anhelo por finalmente conocer a Alan?
¿Por qué no había escuchado a su esposa, quien conocía sobre la traición de los
escoceses mejor que él? El orgullo le había costado demasiado caro, y ahora
también le costaría a ella.
Sin duda Sara se preguntaría qué tan buena era escogiendo esposos cuando
recibiera la solicitud de rescate. Richard no podía culparla.
Quienquiera que fuera este hombre (Alan o cualquier otra persona) recibiría
más que un maldito rescate si dejaba libre a este prisionero, Richard podía jurarlo.
Capítulo 7

La gente de Fernstowe se recostó después de un día de preocupaciones. Berta


le dijo a Sara que sus jóvenes residentes solo se habían resistido a bañarse y
ponerse ropa limpia para dormir. Sus apetitos habían sido voraces después del
largo viaje.
Sara se les unió en la habitación de Christopher para hablarles sobre el dilema
de su padre.
Ahora se encontraba escuchando con admiración la rápida conversación que
ambos estaban teniendo.
—Junta a todos los hombres, en la mañana —ordenó Nan a su hermano,
moviendo rápidamente los dedos. —Nuestros caballeros y los de ella —inclinó su
cabeza hacia Sara.
—Y habrá que mandar aviso al Rey —contestó Chris asintiendo seriamente. —
¿A quién deberíamos mandar? ¿Sir Matthew?
Nan saltó a la cama junto a Christopher.
—¿Él conoce al Rey? Creo que Sir Edmund sí.
—¡Esperen un momento! —interrumpió Sara. —¿No escucharán el resto de lo
que sé?
Apenas podía creer lo que escuchaba. Había esperado lágrimas y preocupación.
Sonaban como si organizaran rescates todos los días.
Tenía que admitir que eran buenos planeando juntos. Nan no se atenía a
Christopher por ser hombre o el hijo legítimo, ni tampoco abusaba de su autoridad
por ser mayor. Christopher la trataba con la misma igualdad con la que trataría a
un paje que conociera por años. Parecían ser mejores amigos y obviamente no les
importaba quien lo supiera.
Eso por si solo era altamente inusual, dado el estado del nacimiento de Nan.
Sara estaba sorprendida de que el barón y su lady hubieran permitido esto.
Richard debió haber sido firme al respecto.
Ambos niños se parecían a su padre. Sus ojos eran exactamente como los de él,
verdes brillantes, audaces, y no se les escapaba nada. El cabello castaño de
Christopher se movía de la misma manera y era tan solo un poco más claro que el
de Richard, mientras que el de Nan era de un fiero color rojo. Sara se identificaba
con la niña por la masa de rizos que, al igual que los suyos, debían ser difíciles de
controlar.
Los dos eran de tamaño parecido, aunque Chris era un año más joven. Solo los
brillantes mechones de Nan evitaban que se vieran tan idénticos como si fueran
gemelos. Ambos eran apuestos, y más atrevidos para su edad que cualquiera que
hubiera conocido.
Richard Strode claramente había criado a dos niños bien parecidos e
inteligentes. Su corazón se llenó de orgullo por él y por ella misma, ahora que sería
madre de ambos.
Ninguno parecía preocupado por la posibilidad de que su padre ya estuviera
muerto. Aunque ella no había mencionado esa posibilidad. Solamente había dicho
que Richard había sido capturado. Aun así, el miedo a los escoceses asesinos era
algo normal, incluso al sur de Inglaterra. Debían pensar que Richard era invencible,
tal como ella temía. ¿Qué haría si resultaba que se equivocaban?
—El mensaje dijo que esperáramos —les informó. —Si mandamos hombres
para intentar liberar a su padre, los escoceses podría… lastimarlo.
—Quieres decir matarlo —dijo Nan, apretando sus pequeños labios y
respirando profundamente antes de volver a hablar. —¿Harían eso, Chris?
—¡No, claro que no! —contestó el niño inmediatamente. No negándolo con
miedo, sino con seguridad. —Si matan a nuestro Padre, el Rey Edward los
destruirá.
Miró de Nan a Sara, con ojos más viejos que su edad, y tan sabios como los de
Richard.
—Creo que pedirán oro. El abuelo me dijo que eso es lo que pasa cuando un
caballero es tomado en batalla. El enemigo pide oro a cambio. Cuando se lo
demos, dejarán libre a nuestro padre.
Nan le dio un codazo, riendo suavemente.
—¡Y entonces él los matará!
—Es correcto —concordó Chris.
—No sabemos dónde lo tienen —ofreció Sara. —Así que incluso si quisiéramos
rescatarlo, no podríamos.
No mencionó que había mandado a alguien a conseguir esa información en
secreto. Una fuerza de tropas cruzando la frontera en este punto no serviría de
nada.
—Entonces esperaremos —dijo Christopher tranquilamente. Echó la cabeza
para atrás y la miró con ojos entrecerrados. Como cuando Richard consideraba
algo. —¿Tienes mucho oro? —preguntó.
Sara no iba a discutir el estado de sus cofres con un niño de siete años. Pero no
podía considerarlos niños ordinarios. Eran tan comunes como el hombre que
tenían por padre. Y no mucho más afables, ahora que lo pensaba. Solo soportaban
su presencia en ese momento porque tenían que hacerlo.
Pero entendía por qué pensaban tan poco en ella, porque hasta ese momento,
pensaban que ella no había hecho nada para solucionar la situación de su padre de
una manera u otra. Pero tenían suficiente sentido para darse cuenta de que la
necesitaban en ese momento para asegurar el regreso de su padre.
Alguna sabiduría interna impulsó a Sara a tratar a los niños de Richard con el
mismo respeto que a los adultos (a pesar de su escasa edad) si esperaba recibir el
mismo respeto de su parte. Recordaba cómo odiaba que la trataran como si no
tuviera cerebro, o como si fuera una mascota molesta cuando era joven. La
mayoría de los niños tenían mentes afiladas y sabían utilizarlas, a pesar de lo que
los mayores pudieran pensar.
Nan y Christopher probablemente la veían como una anciana cerebro de pluma
por los tonos condescendientes que había utilizado para hablarles de su padre. Ya
no más. A partir de ese momento hablaría con los dos tan directamente como lo
haría con cualquier aliado que buscaba una causa común.
—Tenemos suficientes monedas —le aseguró a Christopher. —El Rey está en
Morpeth ahora, pero tomaría demasiado tiempo mandar por él. Incluso si viniera,
no hay nada que él pueda hacer que no podamos hacer nosotros. Este incidente
podría causar una pequeña guerra y poner a su padre en incluso más peligro.
Debemos manejar esto por nuestra cuenta.
—Tú no lloras por padre —señaló el niño. —¿Por qué? ¿No te importa lo que le
pase?
—¡Claro que me importa! ¡Es mi esposo! —declaró Sara. —¿De qué serviría
llorar? Tú tampoco derramas lágrimas —luego recordó a quién le hablaba y
suavizó sus palabras. —Pero ciertamente entendería si tú y tú hermana lo
hicieran. Tu padre es un buen hombre.
Nan miró a Christopher como si supiera algo.
—Lo ama —dijo con una pequeña risita de disgusto. —Mi abuela solía llamarlo
hacer ojos de ovejita cuando mi mamá hablaba de papá de esa manera.
Christopher entrecerró los ojos y se acercó para examinar el rostro de Sara.
Luego se enderezó, suspiró y asintió.
Sara no lo negó. ¿Qué daño podría hacer que supieran cuanto quería a
Richard? En cualquier caso, eso les daría más seguridad que si no lo hiciera.
—¿Les molesta que lo quiera? —preguntó, manteniendo su voz dulcemente
amigable.
Ellos lo discutieron silenciosamente. Casi podía ver sus pensamientos yendo de
una cabeza a la otra. Luego se giraron al mismo tiempo, con expresiones
solemnes. Chris habló por ambos.
—Ya veremos.
—¿Se están guardando sus juicios, hmm? —dijo, asintiendo. —Prudente. Me
parece que su padre lo hubiera aprobado.
Los dos se sonrieron uno al otro, pero fueron sonrisas rápidas y apretadas. Más
una muestra de apoyo mutuo que de autosatisfacción, pensó Sara.
Continuó hablando, cambiando el tema.
—Deberíamos descansar ahora para que podamos despertar temprano. Puede
que en la mañana lleguen noticias de su padre y debemos tener la mente
despierta —se giró hacia Nan. —Te acompañaré a tu habitación.
Por primera vez el coraje abandonó a Nan mientras se mostraba
verdaderamente insegura. Su mirada preocupada se dirigió a su hermano.
—Nan se queda aquí —declaró calmadamente, pero Sara notó su aprehensión.
Temía que les negara la seguridad de la compañía del otro en estos momentos de
sufrimiento. —Mi padre me encargó que cuidara a mi hermana cuando nos dejó.
Dormirá bajo la cama —señaló hacia abajo para señalar el catre de sirvienta
metido bajo la cama donde estaban sentados.
Sara ya había mandado a Berta a su nuevo colchón en el salón para poder
hablar en privado con los niños. Ahora sentía temor de dejarlos solos. No conocían
este lugar y estaban lejos del único hogar que habían conocido. A pesar de la
valentía que ambos mostraban, sabía que debían estar aterrados por lo que
traería el mañana. Ella ciertamente lo estaba.
Qué pequeñas almas tan valientes eran. Le había tomado cada gramo de su
energía el evitar caer de cara durante todo el día. Qué difícil debía ser para Nan y
Christopher, especialmente ahora que la oscuridad había llegado.
Se les unió en la cama, sentándose un poco lejos de ellos. La advertencia de
Richard sobre convertir a Nan en una sirvienta resonó en su cabeza. El catre
estaba ahí para ese propósito, para permitirle a un sirviente dormir cerca. Bueno,
tendrían que hacer algunos arreglos, supuso, pero Nan no dormiría ahí. ¿Qué
pasaba si la niña le decía a Richard cuando volviera a casa que ella le había
ordenado que lo hiciera? A pesar de las circunstancias, podría resentirla.
Si volvía a casa. Tenía que creer que lo haría.
—¿Te importaría si Nan y yo tomamos la cama, Chris? Seguramente, como
futuro caballero, nos concederás a las mujeres tal comodidad. ¿Podrás tomar tú el
catre en lugar de Nan?
Ambos suspiraron con obvio alivio incluso mientras Chris se encogió de
hombros en acuerdo. No querían pasar la noche solos mucho más de lo que ella
quería hacerlo.
—Recemos por su padre entonces— sugirió. —Entonces dormiremos.
Sorprendida cuando no protestaron en lo absoluto, Sara sintió una ola de
alivio. Casi se sentía como una madre.
Pero ese alivio no alejaba su preocupación real. Sus nuevos niños podrían
quedarse sin padre cuando la mañana llegara.

*****

Richard permaneció paciente mientras las horas avanzaban. Sara necesitaría


tiempo para reunir el rescate y enviarlo. No podía esperar que lo soltarán de un
día al otro.
El dolor por el hambre lo penetraba y su sed creció incontrolablemente. El agua
corrompida lo tentaba, pero resistió la urgencia de beberla. Aunque exhausto por
la lucha y dolorido por sus heridas, luchó por no quedarse dormido. Con tal
oscuridad infernal, perdería el sentido del tiempo.
Sentía como si tuviera fiebre. El pútrido aroma de su celda sin ventilación hacia
que su estómago vacío diera vueltas. Usando la cobija raída como almohada, se
sentó contra la húmeda pared de piedra.
La duda lo asaltó para hacerle compañía. ¿Sara pagaría para liberarlo? ¿Por qué
lo haría? Después de recordar sus conversaciones, no podía recordar una sola
razón por la que lo haría.
Debía haberse dado cuenta qué mala elección de esposo había hecho. Todo lo
que tenía que hacer era dejarlo ahí para morir en ese maldito lugar y escoger a
alguien nuevo.
¡No! No pensaría así de Sara. Era cierto que lo habían forzado a casarse, ¿pero
no significaba eso que ella lo quería a él y no a nadie más? Ella lo había querido,
pero quizás ya no más. En ese momento, no sabía lo poco colaborativo y hosco
que era. Sí, seguramente. Tenía que admitir que se había comportado
terriblemente. Sus razones para ello parecían petulantes ahora, así como nada
caballerosas y groseras.
Todo lo que ella quería era que la protegiera de los escoceses. Y un niño. Qué
Dios lo ayudara, le había fallado en ambos casos. Su segunda petición la había
rechazado por su tonto orgullo. Aun así, si le hubiera concedido su segundo deseo,
nunca sería libre de ella.
¿Pero quería serlo?
A pesar de sus intenciones, se quedó dormido como si estuviera drogado. Y
cuando despertó, la duda estaba sentada ahí, esperando para atacarlo de nuevo.
¿Pagaría Sara? ¿Y el hombre que estaba demandando el pago era realmente su
hermano?
Ahora que había dormido, no tenía mucha noción de cuánto tiempo llevaba
encerrado. Había sido capturado la mañana anterior, permanecido cautivo por la
noche y bien entrada la mañana, pensó, juzgando por su hambre y sed. Nadie
había llevado nada de comida y su estómago rugía con fuerza. Decidió arriesgarse
a tomar un poco de agua y esperar no enfermarse por ello.
Lo que debieron ser horas después, los dos guardias que lo habían llevado a
ese lugar regresaron. Volvieron a vendarle los ojos, y ataron sus manos frente a él.
Que estuvieran al frente era una buena señal, pues debían pretender que
montara. Luego lo pusieron de pie, cada uno sosteniendo un brazo con un fuerte
agarre. Permitió que lo arrastraran, asumiendo que el rescate había sido pagado y
estaban a punto de liberarlo.
Luego su captor entró en la celda, con sus espuelas rechinando contra la
piedra.
—¡Bueno, mírate! —dijo el hombre, riendo. —Hoy no eres un fino caballero,
¿eh? Más como un mendigo. ¿Qué pensaría el Rey si te viera tan abajo? Sin
mencionar a tu esposa. Aunque apostaría que a ella le sorprendería verte de
cualquier manera.
Richard llevó sus manos atadas a la venda sobre sus ojos.
—Quitatela y morirás aquí —le aseguró el hombre.
—¿El rescate? —preguntó Richard antes de poder detenerse.
Nuevamente, aquella sucia risa.
—La dama solo pagó la mitad. Debería matarte ahora y terminar con esto, pero
al contrario de ella, he decidido mostrarte mi piedad —hizo una pausa. —Por esta
vez.
Richard apretó los dientes. No quería nada más que romper sus ataduras y
luego el cuello de ese demonio. Después de eso, se ocuparía de esa esposa suya.
¡La mitad! Sara debía quererlo muerto. ¿O podría ser que los cofres estaban
escasos de oro? Por su bien, esperaba que ese fuera el caso.
Como si el hombre pudiera leer su mente, contestó a los pensamientos de
Richard.
—Sara de Fernstowe es astuta, no te equivoques. Al traer solo una parte del
rescate, puede decirle al Rey que hizo un intento por recuperarte. Pero sabe que
no es suficiente para salvar tu pellejo. Maligna, ¿eh?
Merodeó la celda sin detenerse. Richard podía escuchar sus zapatos sonando
contra las duras piedras.
—Aun así, no pretendo involucrarme con fratricidio en este momento. Te
dejaré ir. Con una condición.
Richard controló un suspiro de alivio.
—¿Cuál?
—Necesito tu palabra de que el resto del rescate llegará cuando vuelvas a
Fernstowe. De hecho, demando una cantidad igual cada tres meses. Doscientos
marcos, dejados en el mismo lugar, en la línea de árboles del lado escocés del
prado. Cualquier intento de atacar o cuestionar al que los recoja sería fatal. Nadie
fuera de los límites de la muralla externa de Fernstowe estará seguro si
intervienes con mi hombre. Los mataré a todos. A cada uno, y a todas sus bestias
también.
—¿Doscientos cada tres meses? ¡Es una locura! —exclamó Richard.
—Rehúsate y acabaré con tus tierras y asesinaré a todos y todo lo que te
pertenece. Págame, y te dejaremos ser, a ti y a los tuyos. ¿De acuerdo?
Richard pretendió considerarlo. Si se rehusaba inmediatamente, sabía que
moriría sin volver a ver la luz del día. Si hacía esa promesa, tendría que
mantenerla. Un juramento era un juramento, incluso uno hecho con un loco.
Se permitió suspirar como si estuviera rendido. Luego se giró hacia el sonido de
la voz de su captor y asintió una vez.
—Juro que te daré lo que te toca tan pronto como me sea humanamente
posible. Y no interferiré con quién vaya a buscarlo. ¿Me concederías tiempo para
arreglar el pago?
—Tienes exactamente dos semanas, no más. El viernes después del siguiente,
pagarás, o sufrirás las consecuencias. Ahora nuestros negocios terminaron.
El demonio se dirigió a uno de los hombres que sujetaban a Richard.
—¿Alfred? Ve que Richard sea devuelto a Fernstowe igual que lo fue su
hombre. Puedes vengarte por la muerte de tu hermano a manos de este hombre
si lo deseas, pero déjalo vivo. No puedo ganar dinero con un cadáver, ¿o sí?
El secuaz se rió con placer.
—Dale mis saludos a tu lady cuando la veas —dijo su captor. —Dile que el plan
para librarse de ti fue muy bien pensado, aun cuando falló —soltó una risa loca
mientras se giraba y dejaba la celda.
Un golpe a su abdomen hizo que el cuerpo de Richard se doblara, pero había
esperado eso. Inmediatamente llevó sus manos atadas con fuerza contra la
barbilla del hombre, luego lanzó una patada, que conectó con lo que se sentía
como una rodilla. Un poderoso golpe en la espalda lo atacó, pero se dio la vuelta,
pateó de nuevo y uno de los imbéciles salió volando. Se arrancó la venda de los
ojos, pero el otro hombre cayó sobre él entonces, obstruyendo su vista y
manteniéndolo en el suelo. Un repentino golpe a un costado de su cabeza y de
repente el mundo se tornó negro.
Cuando recobró el sentido, sus ojos estaban cubiertos de nuevo. Los dos
canallas con los que había luchado en la celda lo estaban subiendo a una montura.
Él tomó la silla y sacudió su cabeza para despejarla.
Justo cuando sus pies encontraron los estribos y quedó seguro en su asiento,
uno de los hombres lanzó un puño contra su cara. Richard probó su sangre. Un
fuerte golpe a su caballo le advirtió que se sujetara. Éste relinchó y salió corriendo
en un galope frenético.
Para cuando Richard logró que la asustada montura disminuyera a un trote, se
dio cuenta de que estaba montando solo.
Soltó la perilla, se quitó la tela que oscurecía su visión e intentó juzgar dónde se
encontraba. Detrás de él yacía el Prado de la Disputa.
Lugar maldito, pensó sombríamente, mientras tiraba de las riendas hacia la
izquierda y se dirigía hacia Fernstowe.
*****

—¡Ahí viene! ¡Ahí viene! —gritó Fergus, saltando de arriba abajo y señalando
las almenas. Un grupo de hombres estaban montando guardia en todos los
costados desde que el rescate había sido entregado.
Sara y los niños habían caminado por la muralla la mayor parte del día, con los
ojos fijos en el norte y una ansiosa expectativa
Ya podían ver al corcel, aunque no era el de Richard, era uno de Fernstowe,
uno de los que se perdieron desde que los hombres heridos habían vuelto a casa
después de Newson. Un jinete se sostenía de él, doblado como si estuviera herido,
con los puños apretando la crin.
—Vayan y ayúdenlo —gritó Sara a los dos caballeros que Richard había
mandado con los niños. —Métanlo por la poterna. En caso de que los escoceses
estén cerca, no abriremos los portones principales.
Corrió por el patio hacia la pequeña puerta en la pared negra, una entrada lo
suficientemente grande para que solo entraran un hombre y su caballo.
Christopher y Nan la siguieron de cerca cuando corrió. Sus pequeñas piernas
trabajaron furiosamente para mantener el paso con sus largas zancadas.
Se detuvieron y esperaron a que el portal se abriera como centinelas,
silenciosos hasta que Richard y los dos caballeros aparecieron en la distancia.
—¡Papá está herido! —gritó Nan, y corrió afuera. Christopher tomó su vestido
y la arrastró adentro. Ambos cayeron en el suelo, con sus piernas y brazos
enredados.
—¡Tonta! ¡Te aplastarán! —gritó Chris, luchando con Nan para mantenerla en
el suelo.
—¡Suéltame, desgraciado! —gritó Nan, dando un puñetazo en la barbilla de
Chris. Él sostuvo su vestido.
—¡Compórtense de inmediato y prepárense para recibir a su padre! —
demandó Sara mientras los separaba y los mantenía alejados. —¡Háganme caso,
ahora!
Ambos la fulminaron con la mirada e hicieron un puchero, pero comenzaron a
sacudir su ropa y a pasarse las manos por el cabello. Para cuando los jinetes
llegaron, se veían bastante presentables. Y seriamente preocupados.
Tenían buenas razones para preocuparse. Sangre resbalaba por su nariz y una
esquina de su boca. Cubría toda la mitad inferior del rostro de Richard y había
empapado su sucia camisa. Intentó hablar, pero parecía más allá de su poder. Qué
Dios los ayudara si estaba sangrando desde el interior, donde ella no podría
ayudarlo.
—Llévenlo a mi solar —ordenó a los hombres. Los niños parecían atontados,
tan horriblemente aterrorizados como ella. Tenía que encargarse de ellos de
alguna manera para que solo tuviera que preocuparse por la salud de Richard.
—Nan, corre a buscar a Berta. Haz que lleve mi canasta de medicamentos.
Chris, a las cocinas. Dile al cocinero que necesitamos agua caliente y una bañera.
Entonces ve a la habitación de tu padre por ropa limpia, su ropa de cama servirá.
Trae su jabón especial. ¡Deprisa! —los mandó a sus encargos.
Sara caminó junto a los caballos, manteniendo el paso fácilmente, pero incapaz
de acercarse a Richard y determinar el extremo de sus heridas. Se movían
lentamente para no lastimarlo más innecesariamente.
—¿Qué tan mal lo ves? —preguntó a Sir Edmund, quien montaba a la izquierda
de Richard, apoyándolo con una mano para que no cayera.
—No muy bien, mi lady —contestó Edward. —Apenas consciente.
—Pero vivo —gruñó Richard con furia. —Más de lo que esperabas, ¿verdad,
esposa? —se removió un poco en la silla e hizo una mueca. —Pagarás… por esto
—jadeó.
Sara se tensó ante su acusación y advertencia. ¿Richard pensaba que ella era
responsable? No era el lugar para discutirlo, no frente a sus hombres, y no cuando
apenas podía respirar lo suficiente para hablar.
Edmund hizo que los caballos avanzaran más rápido. Evidentemente no
pretendía tomar un lado en la discusión, y ella no quería que lo hiciera.
Sara agradecía a Dios que Richard estuviera lo suficientemente consciente para
decir cualquier cosa en lo absoluto, incluso si no era algo que deseara escuchar.
Los caballeros ayudaron a Richard a bajar del caballo y medio lo arrastraron por
las escaleras al salón y hacia el solar de Sara. Berta tenía un jergón preparado
junto al fuego.
Chris y Nan se removían nerviosamente mientras los caballeros acomodaban a
su padre en la improvisada cama. Luego los hombres se apartaron, esperando
instrucciones.
—¿Papá? —susurró Nan. Cayó de rodillas junto a Richard y acarició
gentilmente su herida mejilla con un dedo. Chris apartó bruscamente su mano y
ella dejó que lo hiciera. —¿Luchaste con fuerza, papá? —preguntó suavemente.
—Sí, dulzura —dijo, buscando su mano. —¿Chris? Acércate para que pueda
verte. ¿Ambos… bien?
Sara se arrodilló al otro lado, escuchando su respiración y viéndolo hacer
muecas de dolor.
—No muy bien, esposo. Temen que estés muriendo. Debemos mostrarles que
no es así.
Les sonrió a los niños.
—Estará bien. Ustedes vayan con Berta al salón y esperen. Nosotros nos
encargaremos de las heridas de su padre y entonces podrán visitarlo.
Cuando comenzaron a objetar, los apartó de él.
—Hagan lo que digo y será mejor para él —Sara besó apresuradamente ambas
cabezas. —No dejaré que muera, se lo prometo por mi alma. Ahora váyanse.
Renuentemente, los dos se fueron con Berta. Miraron sobre sus hombros
mientras se marchaban, obviamente intentando desvanecer sus dudas y confiar la
vida de su padre a una mujer que apenas conocía.
—Sara…
—Calla —demandó. —Si tienes algo que discutir conmigo, esposo, hazlo luego,
cuando tengas el aliento suficiente. ¿Tienes algo roto?
—Las costillas, quizás —logró decir. —¿La nariz?
Sara tocó suavemente sus costillas y su nariz.
—Fuertemente lastimadas, pero no rotas. La nariz podría estar fracturada, pero
debería sanar bien. Abre tu boca.
Para su sorpresa, hizo lo que le pidió. Una cortada en el interior de su mejilla
era la responsable de la sangre en su boca. Sara casi se desmayó de alivio.
El sangrado de nariz debió causar la mayor parte de la sangre. Había temido
que una costilla rota hubiera atravesado su pulmón. Se sentó sobre sus talones y
cubrió sus ojos con una mano, ofreciendo una rápida plegaria de agradecimiento.
—Desvístanlo —le ordenó a Sir Edmund. —Un baño caliente ayudará, luego
atenderé sus costillas. Me parece que están completas, pero podría equivocarme.
Richard tomó su brazo, con una fuerza sorprendente.
—¿Por qué, Sara? ¿Por qué solo pagaste la mitad?
—¿Qué?
—El rescate —murmuró con los dientes apretados.
Muda por la sorpresa, miró de Richard a Sir Edmund y de vuelta.
—Lo pagó todo, Señor —dijo Edmund. —Yo mismo vi la cantidad. Llevé el oro y
lo dejé donde dijeron. Era la cantidad completa, de verdad, lo juro.
Richard cerró los ojos y apretó los labios con fuerza como si estuviera
soportando una oleada de dolor. Luego maldijo al escocés, susurrando una serie
de palabras que Sara pensó dejarían rojas sus orejas cuando terminara.
Finalmente terminó y se dirigió a ella, su voz seguía igual de brusca y furiosa.
—Me equivoqué… sobre todo. Sobre… ti… el matrimonio…
Sara se rió levemente y sacudió la cabeza.
—Pobrecito. Te quitaron el encanto a golpes, ¿eh? Quiero decir, ¡antes de esto
eras tan cortes! Tan caballeroso que apenas podía soportarlo. Pero ahora, ¡tan
gruñón!
—Calla —jadeó. —No me hagas reír.
—Duele, ¿no es verdad? —preguntó, sonriendo. —Vamos a hacer que te
recuperes entonces. Tenemos algunas deudas que pagar al otro lado de la
frontera, y no hablo de oro. Veremos si tus acciones pueden igualar a esas sucias
palabras. ¿Sir Edmund? Desnúdalo ahora y vayamos a limpiarlo. Esos gamberros
suyos no esperaran mucho para…
—¿Gamberros? —demandó Richard, con una voz mucho más fuerte que antes.
Sara tuvo que sostener sus hombros para evitar que se levantara.
—Una broma, Richard, meramente una pobre broma —le aseguró con una
palmadita amable. —Son verdaderamente los niños más maravillosos de este
mundo. Los adoro, de verdad. Y ellos a mí. Estamos en perfectos términos, Nan,
Chris y yo.
Sir Edmund escondió una risa y Sara le lanzó una mirada de advertencia. Él
aclaró su garganta.
—Perfección es la palabra, Señor. Los tres se hallan en perfectos términos en
efecto.
Richard se recostó, aparentemente tranquilizado por el momento, y permitió
que lo tratarán.
Sara observó, intentando que no fuera demasiado obvio, mientras el caballero
más grande desvestía al hombre al que ella quería más que a nada en el mundo.
Los escoceses lo habían lastimado sin piedad, pero se recuperaría.
Se abrazó a sí misma con alivio. Richard se recobraría pronto. Comenzarían de
nuevo, esta vez entendiendo que su matrimonio era real. Seguramente eso era a
lo que se refería cuando había dicho que se había equivocado.
Capítulo 8

No mucho más podía hacerse ese día para arreglar las cosas, así que Richard
permaneció acostado el resto del tiempo. En realidad, había recibido heridas
peores en torneos y seguido con sus asuntos como si no hubiera pasado nada.
Las costillas lastimadas dolían, desde luego, pero dudaban que estuvieran rotas
como había pensado en un principio. Su cuerpo sanaría sin todos estos mimos. Su
rostro se veía horrible con el ojo morado y las costuras en su nariz y mejilla. Eso
también volvería a la normalidad con el tiempo.
Pero le gustaba que Sara y los niños lo rodearan de la manera en que lo
estaban haciendo, así que se quedó dónde estaba y disfrutó la tranquilidad que le
brindaba.
Una vez que Sara había cubierto sus costillas con lino, Edmund lo había
ayudado a llegar a su habitación. Si Richard había esperado soledad ahí,
ciertamente no había conseguido más que unos cuantos momentos después de
que Edmund se fuera.
Instalado en la enorme cama, aceptó con gusto la compresa fría de Sara en su
rostro y el raro intento de Nan por cepillar su cabello. Christopher estaba parado a
su lado con una deliciosa poción en una copa y le ayudaba a dar pequeños tragos
regularmente.
Dos veces había estado a punto de morir al servicio del Rey. Ni siquiera los
curanderos reales lo habían tratado de la manera en que lo hicieron Sara y los
niños.
Recordaba algunos de los últimos esfuerzos de Sara cuando había sido herido
por aquella flecha, pero había estado demasiado furioso por la noticia de la boda
como para apreciarlos en ese momento. Ella había salvado su vida, y él había sido
más que grosero con ella.
—Baja de la cama ahora, Nan —dijo Sara, sonriéndole a su hija. —Tus
movimientos agitan el colchón.
—No, no he terminado —discutió Nan, moviendo el cepillo de madera con
incluso más entusiasmo. Se enredó en su cabello y Richard contuvo un gemido.
Christopher se acercó para bajar a su hermana de la cama y derramó la copa de
medicina sobre el brazo de Richard.
Sara tomó a un niño revolviéndose bajo cada brazo y los puso sobre sus pies a
una buena distancia. Él se maravilló ante la fuerza de sus brazos, pero se preguntó
su propósito, ¿los castigaría?
Para la sorpresa de Richard, los besó sonoramente en las mejillas en su lugar,
uno después de la otra antes de dejarlos libres. La vio caminar hacia la puerta, con
sus manos guiándolos por los hombros.
—¡Qué buen trabajo hicieron, ambos! —dijo orgullosamente. —Ahora su padre
necesita que se encarguen de algunas cosas mientras él duerme. Nan, tú ve a
decirle a las lavanderas que sumerjan su capa y su camisa en agua fría para
remover la sangre. Chris, tú debes revisar su malla para buscar agujeros que
podamos mandar a reparar. Los encontraré en el salón en dos horas para que
planeemos las actividades de mañana.
Richard sintió una increíble admiración por la manera en que su esposa se
encargaba de ellos.
—Bien hecho —señaló después de que los niños habían salido corriendo para
obedecerla.
Ella comenzó a reír felizmente mientras regresaba hacia la cama, tomaba un
pañuelo de lino y comenzaba a limpiar lo que Christopher había derramado.
—Estaban a punto de matarte con bondad. Pero necesitaban estar cerca de ti
un rato. Para ver que vivirías.
—Y yo los quería aquí. Gracias por permitirlo, Sara. La mayoría de las mujeres
los hubieran echado inmediatamente.
Su sonrisa lo hizo sentir una tibieza interna.
—No tengo idea de lo que es apropiado en este caso. Mi propia madre nunca
asistía al cuarto de ningún enfermo. Ni le gustaba tener niños cerca en cualquier
caso.
—¿Por qué se fue? —preguntó. —Ya no eras una niña, sino una mujer adulta
cuando tu padre murió.
—No puedo decir con seguridad por qué quería irse. No éramos cercanas. Creo
que siempre fue infeliz aquí. Mi padre la amaba, pero ella solo lo toleraba. Yo la
decepcioné, desde luego.
—¿Tú la decepcionaste a ella? Ella es la que te dejó aquí para sufrir sola.
Mientras estabas de luto —espetó Richard, reafirmando su concepción de las
mujeres nobles. Con suerte, Sara había aprendido que no hacer gracias al pobre
ejemplo de su madre.
Sara se sentó cuidadosamente en la orilla de la cama y se ocupó a sí misma
enderezando las cobijas sobre sus pies.
—Yo actuaba como la señora de la casa mucho antes de que padre muriera. Sin
esos deberes, la pena me hubiera consumido.
Richard suspiró y cerró sus ojos. Su esposa lo confundía todo el tiempo. Tenía
todo el derecho de estar furiosa porque la había acusado respecto a haberlo
traicionado con el rescate cuando no lo había hecho. Debería estar solicitando su
simpatía por la dureza de gobernar Fernstowe sin ninguna ayuda. Y debería
resentir la intromisión de sus incontrolables hijos en su vida, especialmente su
bastarda Nan. Pero no hizo ninguna de esas cosas.
¿Cómo actuaría si la dejara una vez que solucionara el asunto con los
escoceses? Sospechaba que admirablemente. Sara aceptaría la anulación que el
Rey le daría con la cabeza en alto, ignorando la desgracia.
Y creería que la había dejado de lado porque la consideraba horrorosa,
cicatrizada, demasiado alta y de ningún modo atractiva. A pesar de su
determinación por mostrar su auto confianza, Sara se veía a sí misma de esa
manera. Richard no se podía imaginar lastimarla de esa manera, incluso si eso
significaba renunciar a su libertad para siempre.
En ese momento, el matrimonio no parecía tan malo. Ciertamente no tanto
como antes.
—Me doy cuenta de que te quiero, Sara —dijo en voz alta sin pensar.
Ella se inclinó hacia él y tomó sus manos.
—Porque te tengo a mi merced —dijo, bromeando.
Richard sonrió ante su broma.
—También por eso —giró su mano para tomar la de ella. —Debo decirte algo.
¿Puedes guardar el secreto?
—El secreto permanecerá conmigo —contestó seriamente.
En esto no dudaba de ella.
—No creo que el hombre que me capturó fuera Alan el Honesto.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué no? El mensaje era suyo. Estaba ahí para encontrarse contigo.
Richard todavía se sentía renuente de contarle sobre su parecido con Alan,
pero debía determinar la identidad del hombre que quería explotar sus riquezas y
amenazar a la gente de Fernstowe.
—En primer lugar, no hablaba como escocés.
Ella se encogió de hombros.
—Muchos escoceses fronterizos suenan igual que nosotros, especialmente si
son bien educados. Eso no es significante.
—Usaba su casco cuando nos encontramos. Después de que me capturara,
mantenía mis ojos cubiertos. Aun así, creo que este hombre es demasiado joven
para ser Sir Alan. Juzgando por su complexión y su voz, mi captor no tiene más de
treinta años. El escocés tiene cincuenta —dijo Richard.
—¿Cómo sabes esto? —demandó, todavía frunciendo el ceño. Su color se
había enrojecido por la emoción. La cicatriz resaltaba como una línea de marfil,
incitando a su dedo a pasar sobre ella. Apenas logró resistirse. —¿Qué más sabes
de él? —demandó.
Ciertamente más de lo que le diría en ese momento, pensó Richard.
—Eso no importa ahora. Quiere que le demos la misma cantidad de oro en dos
semanas.
—¿Qué? —exclamó, enderezando su cuerpo con indignación.
—Y la misma cantidad cada tres meses para evitar que nos ataquen.
—¡Que se vaya al infierno! ¡No tendrá nada!
Richard sonrió, aun con lo doloroso que fue hacerlo.
—No, nada. Pretendo librarte de ese canalla tan pronto como pueda montar de
nuevo.
Ella soltó su mano y bajó de la cama.
—Tú descansa. Debo hablar con Sir Edmund y los hombres.
—¡Espera! —ordenó Richard.
—No hay necesidad de…
—¿No hay necesidad? —ella lo rodeó y continuó caminando alrededor de la
cama. —Encontraremos esa maldita posada de Byelough y nos libraremos de
todos.
—Sara…
Ella azotó los pies y levantó un dedo para dar énfasis.
—Ellos asesinaron a mi padre, casi mataron a mi esposo, ¿y ahora amenazan a
nuestro Estado? ¡He tenido suficiente!
—La ira no te servirá —dijo firmemente. —Haremos esto juntos. Cuando sea el
momento adecuado.
Ella cruzó los brazos debajo de su pecho, que se levantaba y caía con cada
respiración pesada mientras luchaba por contener su ira. Con los dedos clavados
en los codos, dejó de caminar. Finalmente asintió renuentemente y concordó.
—Como desees entonces. Cuando sea el momento adecuado.
—¿Amigos? —preguntó, levantando su mano como oferta.
Ella se dirigió hacia él y la tomó, como el saludo que se dan los camaradas
antes de una batalla.
—Amigos.
Richard sintió el poco común poder de su agarre. Vio la ferviente
determinación en sus ojos. Y una ola de la lujuria más fuerte que había sentido
alguna vez por una mujer lo recorrió en un instante. Que se jodiera la libertad.
Quería a esta mujer y sabía sin lugar a dudas que ella lo quería a él.
El deseo se esparcía entre ellos como una entidad viva que no podía ser
deshecha. De alguna manera, Richard ya no podía imaginar a Sara recostada
pasivamente, meramente soportando estar bajo él.
—No todavía —susurró, determinado a hacerle justicia cuando finalmente
sucumbieran.
Los labios de Sara se abrieron en una amplia sonrisa provocativa y capturó su
labio inferior entre sus dientes por un instante. El pequeño gesto lo removió como
una mano caliente sobre su cuerpo.
Ella lo recorrió completamente con la mirada y sin duda notó su excitada
condición. Una ceja perfecta se levantó en gentil burla.
—Como desees.
Richard gruñó profundamente mientras la puerta se cerraba detrás de ella y no
tenía nada que ver con el dolor que sentía en su costado.

*****

A la mañana siguiente, mientras Sara dirigía las preparaciones para la primera


comida, vio a Richard bajar las escaleras, cruzar el salón y dirigirse a las puertas.
No llevaba ni malla ni ninguna arma salvo por una pequeña espada, así que
obviamente no pretendía salir.
Se movía cuidadosamente, como si estuviera determinado a empeorar sus
heridas al cojear o recargarse en un lado.
Ella levantó su mano como saludo. Él asintió y le sonrió. No era una invitación
para que se uniera en su excursión mañanera, pero era una buena señal.
Aparentemente, no planeaba recuperar su fuerza permaneciendo tumbado
todo el día en la cama. Ella aprobaba su decisión, ya que ahora sabía que no tenía
heridas que lo requirieran. Se dio la vuelta y volvió a organizar la comida.
Como era costumbre cuando no había invitados presentes, nadie se sentó para
la comida de la mañana. Solo se colocó una mesa, llena de fuentes de pan, carnes
y queso. Los residentes pasaban por ahí mientras comenzaban su día, tomando lo
que querían mientras marchaban hacia sus deberes.
Sara charlaba con Berta mientras comían.
—Los niños se están acostumbrando. He notado que se sienten cómodos en las
cocinas.
—¡Ach, esos dos! Son unas dulzuras, pero son un doble problema, mi lady —
dijo Berta mientras masticaba. —Están intentando que el cocinero haga mazapán.
Dicen que lo comían todos los días en su casa.
Sara se rió.
—Podría ser, pero lo dudo.
Los dos entraron corriendo entonces, cada uno llevando un bigote de leche.
—Buenos días a ambos —saludó Sara.
Ellos no respondieron mientras pasaban rápidamente junto a ella para saludar
a su padre, quien estaba volviendo de afuera. Cuando llegaron con él, se
detuvieron abruptamente. Christopher hizo una reverencia y Nan una cabriola.
La manera abierta en que se comportaron con él cuando estaba tendido y
herido se había ido. Hoy se le acercaban como uno se acercaría al Rey. No había
esperado esto, pero aparentemente era algo usual.
Aunque sonrió cuando los tres se acercaron a la mesa, Sara reflexionó en la
formalidad con que Richard trataba a los niños. Había saludado a Christopher
dándole la mano, como uno se la daría a un camarada, luego le había dado a Nan
una palmadita en sus rizos.
Ellos lo seguían como cachorros, siguiendo con sus pequeñas zancadas las
enormes de su padre, mirándolo hacia arriba y buscando su aprobación. ¿No se
daba cuenta?
Sara se dio cuenta de que ninguno tenía esa manera tranquila de hablar con su
padre que Sara tenía con el suyo. Él no bromeaba con ellos, no les daba vueltas en
el aire, no ponía sus manos en sus hombros para mostrarles lo feliz que estaba de
verlos.
Nan había dejado de hablar sin parar, ni mostraba el bullicioso afecto que tenía
por su hermano. Christopher se comportaba incluso más adulto que lo usual.
Ambos necesitaban abrazos y alabanzas y las bromas amorosas de un padre.
Pero él parecía lejano, algún tipo de deidad que ellos adoraban más que a nada
pero temían demasiado abrazar. Juzgando por el comportamiento que estaban
teniendo con él en ese momento, sospechaba que los tres no eran tan cercanos
como deberían ser.
A menos que la manera actual de comportarse de Richard no era la que tenía
usualmente con ellos, Sara podía ver claramente su misión. Richard necesitaba
abrazos tanto como sus niños.
Su reserva se había roto un poco el día anterior cuando llegó herido. Sara había
visto el desbordante afecto en su mirada hacia Nan y Christopher mientras ellos se
preocupaban y encargaban de él. Pero incluso en ese momento, recordó cómo se
mantenía apartado, permitiéndolos estar cerca como si fuera algo que solo pasaría
una vez.
Incluso si Richard nunca llegaba a amarla, Sara pretendía no dejar ninguna
duda en las mentes de los niños sobre cuánto le importaban.
—Buen día —lo saludó, sonriendo. —Te ves mucho mejor.
—Vayan con su nana y terminen de comer —le ordenó a Nan y Chris, con
amabilidad, pero firmemente.
Aunque renuentemente, permitieron que Berta los llevara lejos sin discutir.
Richard tomó una hogaza de pan y una rebanada de queso, poniéndolos
ordenadamente para poder tomar una copa de alcohol.
—Ven, vayamos al solar —sugirió Sara. —Estará más caliente ahí y podrás
sentarte. ¿Siguen doliendo tus costillas?
—Algo, pero por lo menos no están rotas. ¿Ya comiste?
—Mientras estabas fuera. ¿Pasa algo? —preguntó mientras se dirigían a la
habitación más pequeña. —Pareces preocupado.
Él gruñó en señal de acuerdo.
—Con una buena razón. Estoy mejor, pero no lo suficiente para hacer una
guerra.
—Muy sabio de tu parte —concordó Sara, aliviada porque pretendía esperar
para ello. Tomó su silla junto al fuego y esperó hasta que se le unió para sugerir el
tema de conversación. —Deberíamos hablar de los niños.
Richard miró al cielo y sacudió la cabeza.
—¿Qué han hecho ahora? Mejor dímelo directamente.
—Nada que no debieran haber hecho, pero yo…
—Entonces no generemos problemas, ¿eh? —puso una sonrisa ganadora,
dejando de lado abruptamente su comportamiento austero. —Lo que de verdad
me gustaría es saber más de ti.
Ella no había esperado esto.
—¿Qué quieres escuchar?
Él dudó por un momento, llenando el tiempo dándole tragos a su alcohol y
examinando su rostro.
—¿Por qué no me dices cómo obtuviste la cicatriz?
Sara casi dejó caer su copa. Su mano libre voló rápidamente para cubrir el lado
de su rostro. Nadie le había preguntado eso antes. Pretendían que no se daban
cuenta o fruncían el ceño con lástima y se daban la vuelta. Pero nunca
preguntaban.
—Vamos —dijo, todavía sonriendo, —no la escondas. Pareces pensar que
distrae de tu belleza. No es así, sabes. En cualquier caso, agrega personalidad al
que de otra manera sería un rostro encantador.
Sara estaba sorprendida porque mostrara tal desinterés por sus sentimientos.
—¿Por qué te burlas de mí? —susurró.
—¿Burlarme? —preguntó, como una perfecta imagen de incredulidad. Se
inclinó lentamente hacia adelante como si pretendiera tocarla. —Nunca haría algo
así, Sara. Pero de verdad, le das demasiada importancia —suspiró. —Si te estresa
decírmelo, no lo hagas. Pero confieso que deseo saber qué sucedió. ¿Deberíamos
intercambiar historias de valor? Justo aquí —dijo, golpeando su muslo con un
codo, —una espada llegó hasta mi hueso. Casi perdí la pierna. Ahora esa —dijo
secamente, —es una cicatriz verdaderamente horrible. La tuya no lo es. La
encuentro… intrigante.
Sara dejó salir el aliento que había estado conteniendo y mantuvo la mirada en
el fuego. ¿Por qué no confesarlo? ¿Qué importaba ahora si alguien lo sabía?
—Un hombre que quería casarse conmigo marcó mi rostro. Hice que mi padre
rehusara su cortejo. Mi pretendiente dijo, mientras hacía esto, que ningún otro
hombre me querría si estaba desfigurada. Que tendría que casarme con él
después de todo.
Richard permaneció en silencio por un momento. Podía sentir cómo la miraba,
lamentando su mutilación. Sara odiaba la lástima, pero la soportó, tal como había
hecho antes.
—¿Qué edad tenías? —preguntó, con una voz ligera.
—Catorce —contestó. —Había ido con mi padre a pedir mi mano. Yo me
rehusé, como era mi derecho. Él estaba molesto.
—Tu padre lo mató, desde luego —dijo Richard, dando una mordida a su
queso.
Estaba intentando actuar naturalmente, Sara lo sabía, como si no hablaran de
nada que tuviera consecuencias. Quizás para él así era, pero sospechaba que tenía
una fuerte instancia en el asunto. Esperaba que sí, pues significaría que le
importaba.
—Nunca le dije a mi padre quien lo había hecho. Temía que causara problemas
entre las familias. Quizás una pequeña guerra —Sara forzó una risa. —Eso suena
como si pensara que yo era terriblemente importante. Pero verás, solo era una
niña. Mi padre me amaba y habría buscado venganza.
—Bueno, debió hacerlo —concordó Richard. —Yo ciertamente lo haría —
terminó su comida y la bajó con el resto de su cerveza. Colocó cuidadosamente su
copa en el suelo junto a su silla. Sin mirarla, le preguntó, casi ociosamente. —¿Cuál
es su nombre, el de este sujeto amante de las espadas?
Sara no era tonta. Sonrió para sí misma, atesorando este intento que Richard
estaba haciendo por vengarse por ella, incluso si estaba por rehusarse.
—Nunca lo sabrás. Me llevaré el secreto a la tumba.
Su mirada se encontró con la suya y ardió con toda la furia que había estado
ocultando. Pero sabía bien que la furia no estaba dirigida a ella.
—Me las he arreglado bien hasta ahora —dijo, esperando aplacarlo, —así que
no me veas como alguien de corazón frágil, llorando en mi pañuelo.
Sara continuó con la historia que nunca había salido de sus labios.
—Veras, había escabullido a mi poni por la poterna para montar sola. No fue
algo sabio, debo admitirlo. Me quedé dormida cerca del río mientras mi poni
pastaba cerca. El canalla se acercó a mí y me marcó para despertarme.
—Santo Dios —susurró Richard, tomando su mano como si intentara consolar a
la niña que había sido. —¿Y entonces?
Sara se encogió de hombros.
—Mi sangre me dejó paralizada del miedo. Pensé que moriría por ella. Y ahí
estaba el tonto, guardando su maldito cuchillo y amenazándome con la falta de
esposo. ¡Cómo si me importara casarme! ¡Pensé que estaba a punto de morir!
Se rió ante la memoria, sabiendo que las cosas habían mejorado.
—Así que furiosa como estaba de que me había asesinado, tomé mi cuchillo
para comer de mi cinturón y apunté a su ojo.
—¡Espero que se lo hayas sacado! —apretó sus manos con tanto fuerza que
Sara sintió cómo se doblaban sus huesos.
—¡Casi! Eso pensé y él también. Ahora, para entonces, la prudencia me sugirió
que corriera a casa a morir, y lo hice.
—¡Oh, Sara, Sara! —Richard tomó su cabeza con ambas manos y la besó en la
boca.
Una bendición. Una bendición por su valentía, aunque no había sido valiente
en lo absoluto, solo tonta y furiosa como el demonio. Sus labios sonrieron bajo los
de Richard.
Cuando él se alejó, todavía estaba sosteniendo su cabeza, con los dedos
enredados en su cabello. Su mirada se clavó en la suya por lo que parecieron
horas.
Entonces, amablemente, colocó su boca sobre la delgada línea blanca y la
recorrió de un extremo a otro.
—Una maravillosa marca de valor —susurró contra su rostro. —Llévala
orgullosamente. Siempre. Cada vez que la mire, recordaré lo valiente que eres.
El corazón de Sara se llenó de felicidad. A Richard no le importaba. No le
importaba la cicatriz. La había besado. E incluso ahora la miraba como si le
complaciera. Ella sonrió a sus ojos.
—Gracias.
—No hice nada —él se apartó y se quedó parado, poniendo sus pulgares en su
cinturón mientras caminaba hacia la ventana. —Dime, ¿alguna vez lo volviste a
ver?
—Sí, años después —admitió Sara. —Todavía tiene su ojo, pues mi cuchillo no
dio en el blanco.
Richard se dio la vuelta para encararla. Con la luz del sol detrás de él, no podía
ver sus facciones, pero su mirada parecía determinada.
—Dime su nombre, Sara. Debo saberlo.
—No, Richard —contestó, tan determinada como él. —No debes.
Pasaron varios momentos antes de que ninguno se moviera ni hablara. Sara
pensó que se volvería más demandante y la presionaría por una respuesta.
En su lugar, rompió el silencio gentilmente.
—Te vengaré, Sara.
—Lo sé, y te lo agradezco, pero no hay necesidad. El hombre no es un peligro
para mí ahora.
—Puede que sea más peligroso de lo que sabes. Puede que guardara rencor
contra tu padre por rechazar su propuesta. Supón que asesinó a Lord Simon y es él
quien está detrás de todos estos problemas.
Sara jadeó con incredulidad.
—Imposible. ¡No es posible que fuera él!
—¿Por qué no?
—¡Porque el hombre de quien hablo no es el escocés!
—Ese es mi punto, Sara. Cada hombre con razones para asesinar a tu padre y
odiarte es sospechoso. Dame el nombre.
—Nunca —juró nuevamente. —¿Por qué estás tan decidido a probar que el
hombre que ha hecho estas cosas no es Alan el Honesto?
—Cuando tengas un nombre para mí, déjame saber —dijo, mientras se dirigía
hacia la puerta. —Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer.
Sara casi saltó de su silla.
—Vuelve aquí. No hemos terminado —demandó.
Richard se dio la vuelta y sonrió.
—Gracias por recordármelo.
Cruzó la distancia entre ellos, moviéndose tan rápidamente que no tuvo
tiempo de retroceder. Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, la abrazó
y la besó tan sonoramente que su cabeza le dio vueltas.
Una de sus enormes manos acarició su cuello mientras la otra presionaba su
cuerpo inferior contra el de ella. Su lengua invadió su boca y ella se rindió a la
sensación.
Justo cuando estaba empezando a saborear su sabor y a responder, él la soltó.
Ella se colgó a su túnica donde él había atrapado sus manos entre sus cuerpos.
Él se liberó gentilmente, sus dedos y sus palmas se sentían calientes contra sus
manos.
—Buen día, mi lady —dijo, llevando sus nudillos a sus labios en un último gesto
gentil.
Ella se quedó ahí, con toda su mente perdida en el viento, y lo vio marcharse.
—¡Que el Señor tenga piedad! —murmuró, abanicándose con una mano. Se
dejó caer en su silla, con su cuerpo completamente tieso.
Sara apretó los ojos y recordó el beso, su primero involucrando tales promesas
de cosas que llegarían.
—Que tenga piedad esta noche —susurró por si acaso.
Capítulo 9

Sara pensó que este debía ser el día más largo de su vida. Richard la había
atormentado con su presencia algunas veces, siempre sonriendo
confidentemente, haciéndola preguntarse qué pasaría una vez que estuvieran
solos.
Se le había unido para observar las primeras lecciones de los niños bajo su
tutelaje, aunque habló muy poco durante la sesión. Compartieron la comida del
mediodía, y después él se dirigió al salón para buscar a Christopher para una
rápida lección con la espada. Ante la insistencia de Sara, renuentemente incluyó a
Nan.
A demás de las sonrisas que le ofrecía, Richard se comportaba como si nada
hubiera sucedido aquella mañana. Aparentemente encontraba suficientes cosas a
su alrededor para distraerse.
Richard no decía ni hacía nada que indicara que pensará continuar con lo que
había comenzado con aquel brusco beso.
O el hombre había olvidado completamente aquel momento, o ahora esperaba
a que ella sugiriera llevar las cosas más allá. ¿Sería eso lo correcto?
Sara lo consideró seriamente y luego decidió que él no se había recuperado lo
suficiente para hacer algo más que besarse. La tarde anterior había dicho “no
todavía”. O podría ser que hubiera cambiado completamente de opinión, en cuyo
caso ella no buscaría más humillación de la que ya había recibido.
La maravillaba que pudiera besarla hasta dejarla sin sentido, y luego
simplemente alejarse caminando. Quizás simplemente debería dejar todo el
asunto de lado, pues era lo que él parecía inclinado a hacer.
Ser la madre de sus niños ya era desafío suficiente en ese momento. El truco
era mantenerlos ocupados y hacer que sus esfuerzos parecieran importantes. Solo
raramente tenía que recurrir a una orden directa. Tenían la cabeza dura y eran un
poco consentidos, sí, pero eran afectivos y deseosos por complacer.
Richard había observado con aparente interés cómo lidiaba con los niños. Y ella
lo había observado de manera parecida. Ni una vez le había pedido a Nan o a Chris
que hicieran nada (o para el caso que dejaran de hacer algo). Lo que fuera que
hicieran parecía ser correcto para él, ya fuera que sus acciones fueran apropiadas
o no.
De hecho, actuaba como si nunca hubiera tenido nada que ver con su crianza.
Era posible, supuso, pues debió permanecer mucho tiempo viajando con la corte.
Cuando se sentaron juntos para cenar aquella noche, lo cuestionó.
—Eres remarcablemente tolerante con el comportamiento de Nan y
Christopher. Como su padre, esperaba que les dieras más… dirección.
—Quieres decir disciplina —contestó, calmadamente cortando un pedazo de
cordero. —No, eso es algo que tengo que dejarte a ti.
Sara inclinó su cabeza hacia Christopher, quien se había ido cuando debía estar
sirviendo vino a aquellos sentados en el estrado.
—Odio tener que interpretar a la madrastra malvada, pero tendré que
reprenderlo de nuevo. Actúa como si me estuviera haciendo un favor solo con
cargar aquella jarra.
Richard soltó una risita y cortó un pedazo de su pan.
—Chris no está acostumbrado a servir, eso es seguro. Pero es el deber de mi
lady entrenar a los pajes.
—Tendré que limitar su práctica con la espada como castigo —advirtió,
sabiendo que Richard probablemente disfrutaba del entrenamiento de armas que
apenas había comenzado tanto como lo hacían los niños. Sara tenía que admitir
que pretendía castigar a su esposo por su indiferencia, hacia los niños y hacia ella.
Richard tomó su mano, que estaba sobre la mesa.
—¿Por qué no lo mandas a la cama temprano en su lugar? A Nan también,
pues molesta a la Señorita Berta incluso ahora —señaló otra mesa a su lado
derecho.
Sara miró de reojo a Nan y su nana. La expresión de amonestación de Berta
hacia el tenedor compartido, y la mirada testaruda de la niña indicaban un
argumento susurrado por la comida.
—Está rehusando a comer sus frijoles —adivinó Sara, pensando en su propia
infancia frente a la mesa.
—Una ofensa horrible, sin duda —comentó Richard. —A mí tampoco me
gustaban los frijoles. Mira, no he tocado los míos.
Sara bajó la mirada a su plato y frunció el ceño pretendiendo reprenderlo.
—Es verdad, muchacho desperdiciador.
—¿Me mandarás a la cama temprano entonces? —preguntó con una sonrisa.
Era una sugerencia tan juguetona, tan inesperada, y tan poco típica de Richard
que Sara apenas podía creer que había dicho lo que había dicho.
Su mano se apretó en la suya, con su pulgar acariciando su palma. Ella entendía
con claridad la pregunta que le había hecho. La pregunta que deseaba contestar
sobre todas las cosas.
—¿Quieres que te castigue por tus travesuras? —preguntó remilgadamente.
Él sonrió.
—Ruego por un postre no merecido, dulzura.
—¿Un bizcocho, quizás? —preguntó, suprimiendo su risa.
Vio que lo había sorprendido. Casi se había sonrojado, pero seguía sonriendo.
Sara se sorprendió de que un hombre adulto se sonrojara ante un juego de
palabras tan inocente.
Él aclaró su garganta y soltó su mano.
—¿Mi habitación entonces? ¿O la tuya?
—La tuya —contestó sin dudar. —En una hora.
Él frunció el ceño. Esperaba que el retraso fuera lo que le preocupara.
—Rezos —explicó. —Nan y Chris querrán rezar. Y una historia para dormir
también. ¿Te nos unirás?
—No —dijo, apartando su mirada para regresar su atención a su comida,
aunque se dio cuenta de que no comió. —Ven cuando estés lista.
—¿Cuándo esté lista? —Sara apretó cariñosamente su brazo y se levantó de su
silla. —El deber de madre me llama, sino, haríamos una carrera a las escaleras —
susurró.
Su mirada de completo asombro la hizo reír con placer mientras se dirigía por
los niños para llevarlos a la cama.

*****

Richard se sirvió otra copa de vino mientras esperaba a Sara en su habitación.


Su respuesta ante su broma lo confundió. No pensó por un momento que fuera a
rechazar la invitación, pero había esperado una muestra de vergüenza, solo para
pretender sino por otra razón.
Las mujeres nunca admitían sus deseos, pensó sacudiendo la cabeza. Sabían
que perdían la ventaja una vez que abandonaban el papel que perseguían. Era por
eso que lo llamaban otorgar favores. ¿Cómo podían demandar algo de un hombre
si se entregaban libremente? ¿Su madre no le había enseñado nada?
Honestamente, esperaba que no. Y aun así, su comportamiento inusual lo
preocupaba porque no lo entendía.
¿Debería esperarla en la cama habiéndose quitado ya la ropa? ¿O debería
esperar, ofrecerle vino para tranquilizar sus miedos y luego desvestirse los dos?
Demonios, uno pensaría que él era la virgen aterrada. Nada lo había preparado
para lidiar con una esposa así.
¿Sara estaba tan inclinada a hacer esto como sonaba? Ciertamente no
mostraba nada de la trepidación que una mujer debería mostrar ante su primer
encuentro con la intimidad. O cualquier encuentro con ella, juzgando por su
primera esposa.
Ciertamente actuaba más como Annie Causey que como Evaine. Pero aún la
animada Annie (que ciertamente no era virgen en ese momento) había mostrado
algo de duda en su primera vez juntos. Y decoro también. Sara había mostrado
poco de ambos aquella noche. O cualquier otra. Richard sospechaba que ella era
simplemente diferente.
Debía decidir cómo comenzar esto, pues la vela derritiéndose indicaba casi una
hora. Pronto ella llegaría y lo encontraría dando vueltas por la habitación como
algún muchacho tímido. Y eso era algo que no era.
Aunque se había vuelto mucho más circunspecto desde su desafortunado
matrimonio, Richard no podía contar el número de mujeres que habían
compartido su cama después de que tuviera edad para ello. Y ninguna había sido
como Sara. Ella era de la nobleza, pero no se comportaba como nadie de ese tipo
que él hubiera conocido. Tampoco era común de ninguna manera, excepto quizás
en su precocidad.
—¿Richard? —se escuchó el melifluo saludo desde el pasillo. —Ya vine —
amaba su voz.
—Eso veo —contestó, intentando sonar como si no le afectara. —Entra, por
favor —fingiendo tranquilidad, corrió hacia la mesa cerca de la ventana para llenar
su copa. —¿Quieres algo de vino?
Su risa se sintió tan temblorosa como él.
—Eso sería muy buena idea. Con todas las veces que he estado aquí, esta visita
es la que más nerviosa me pone.
Richard sonrió sinceramente. Sara podía ser directa, pero al menos no era
hipócrita.
—Eres directa.
—Siempre —dijo, aceptando el vino y viendo la copa como si pensara que
había algo importante en su interior.
Luego lo miró, casi renuentemente.
—¿Estamos de acuerdo en que esto es lo correcto, Richard? Repentinamente,
me siento culpable de haberte empujado hasta este punto.
Había hecho exactamente eso, pensó. Eso debía ser lo que le preocupa. Él
debía ser el que lo había provocado ahora que había decidido quedarse con ella.
Richard se encogió de hombros.
—Estamos casados, Sara. Es de esperarse.
—¿Pero no es algo que deseas? —presionó. —Si no… si nos abstenemos,
probablemente podamos persuadir al Rey para… Una vez que hayas hecho la
frontera más segura, podría permitirte…
—¿Una anulación? —ayudó Richard. —Si. De hecho, me lo ofreció cuando vino.
Su boca se abrió completamente y lo miró como si fuera una aparición.
—Veo que te he dejado sin palabras —dijo, sonriendo. —Algo increíble, en
efecto. Pero, sí, Edward dijo que podíamos disolver el matrimonio —tomó la copa
de su mano antes de que la dejara caer. —Me rehusé.
—¿Por qué? —preguntó, con un volumen apenas audible.
Richard acarició su mejilla, pasando su pulgar sobre la cicatriz que ella tanto
odiaba. Desde que le había contado la historia detrás de ella, la marca lo había
fascinado todavía más. Su medalla de valor.
—Te quiero —susurró, perdiéndose en el dorado de sus ojos.
—¿Por qué? —no salió ningún sonido. Solo sus labios se movieron.
—Creo que lo sabes —contestó, rodeándola con sus brazos y acercándola a él.
Abrazar a Sara se sentía extrañamente natural, tal como se había sentido el día
anterior. De alguna manera se sentía correcto.
Su dulce y puro aroma inundó sus sentidos. Su suavidad lo tocaba en todos los
lugares correctos. Lo reveló en el suspiro de placer que calentó la curva de su
cuello.
—Porque eres tan hermosa. Te deseo. Solo porque…
No le pasó inadvertido su casi inaudible murmullo de incredulidad.
En lugar de usar palabras para convencerla, llevó su boca hacia la de ella y
empleó todos sus poderes de persuasión.
Seguramente ningún hombre la había besado antes que él, al menos no con
tanta pasión y propósito. Podía saberlo por su inocente respuesta aquella mañana,
y especialmente por la de ese momento. El alivio de saber que verdaderamente la
excitaba lo hacía sentirse más valiente de lo que debería.
Qué dulce sabía, qué caliente y anhelante, mientras exploraba las
profundidades de su boca y la persuadía para corresponder.
Repentinamente su timidez desapareció completamente y cobró vida en sus
manos, volviéndose impaciencia y energía pura. Richard murmuró con sorpresa y
placer. Un placer repentino, duro y directo que recorría su cuerpo y hacía que su
sangre hirviera.
Metió la mano por su sobrecubierta y dejó ir su boca solo por el tiempo
suficiente para pasar la pesada ropa sobre su cabeza. La besó nuevamente, más
loca y profundamente como jamás había besado a ninguna mujer.
Ella tiró de la punta de su cinturón y escuchó cómo caía en el suelo detrás de
él. Sus manos se metieron en el frente de su túnica. Él se arrancó la prenda y la
lanzó a un lado.
—Todo —jadeó ella contra su boca. —Quiero verte.
Él se quitó la camisa mientras ella desataba sus medias. Mientras tanto, él
luchó por mantener su boca cautiva.
Su cuerpo ardía por ella. Dolía por el anhelo de tenerla, de hacerla suya.
Cuando todas sus ropas yacían esparcidas por el suelo, pasó sus manos sobre ella,
sintiendo cómo la seda de su camisa se deslizaba contra su cuerpo.
—A la cama —gruñó, y la levantó en sus brazos.
Ella se rió nerviosamente y se colgó de su cuello.
—¡Estoy pesada! ¡No me sueltes!
—Ligera como un cardo —murmuró mientras la acomodaba sobre el colchón y
se recostaba, llenando de besos cualquier parte de ella que pudiera alcanzar. Su
cuello, sus hombros, la deliciosa curva de sus pechos.
Ella arqueó su espalda, ofreciendo más, y él se deleitó con tales manjares
rosados, metiéndolos profundamente en su boca. Su gemido lo recorrió, tanto el
sentirlo como escucharlo, un eco de su propio placer.
Debía disminuir la velocidad de tanta locura, pensó Richard, pero no podía. Ella
lo apresuraba con sus labios y dedos y los sinuosos movimientos de sus caderas
contra las de él.
Algún pedazo roto que quedaba de su mente le advirtió que ella necesitaba
gentileza, cuidados y palabras suaves. Su cuerpo indomable ignoró la advertencia.
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez.
—No —gimió, apartándose de ella, determinado a hacerlo de la manera
correcta.
—Sí —siseó ella, apretando sus caderas y acercándolo a ella. —Por favor.
Richard se rindió. Con un gruñido de derrota y dulce victoria, apartó su camisón
y comenzó a dirigirse a su objetivo.
Su virginidad cedió con la primera introducción mientras ella lo introducía en
su interior con un agudo grito de bienvenida. Sus largos dedos marcaban sus
caderas, una sensación que pensó lo acobardaría en un instante.
—Espera —jadeó, intentando mantener quieto su cuerpo con el peso del de él.
Pero Sara no iba a tolerarlo. Se empujó hacia arriba con todas sus fuerzas para que
se introdujera más. Y Richard se perdió.
Una y otra vez, se introdujo cada vez más profundo y con más fuerza,
absorbiendo el sentimiento de sus músculos internos apretándolo, dándole,
recibiendo.
Repentinamente, ella apartó su boca y gritó en el nombre de todo lo bello. Los
temblores en el interior de su cuerpo demandaron una respuesta y él la dio,
introduciéndose en ella con un grito sin palabras.
Incapaz de moverse, más allá de para intentar respirar, Richard la presionó
contra el suave colchón, con su propio rostro hundido en la curva de su cuello. Sus
rizos hacían cosquillas a su nariz y mejillas. Su aroma y su sentir hacían cosquillas a
su mente. Sintió una urgencia de reírse con alegría, pero no tenía la fuerza de
respirar para ello.
Su ronroneo de satisfacción atravesó su corazón. Richard sabía que debería
moverla, pero no tenía deseos de dejar su cuerpo. Y pensar que pudo perderse de
todo esto si la hubiera dejado de lado. Gracias a Dios había recuperado el sentido
común. O lo había perdido completamente. No estaba seguro cuál era la
afirmación correcta, y en ese momento, no le podía importar menos.
Con un enorme esfuerzo, deslizó una mano hacia su rostro y apartó su
enredada cabellera para poder ver sus facciones. Su sonrisa perezosa lo hizo
hincharse en su interior cuando ya debería haber terminado por esa noche.
¿Qué podía un hombre decir a tal mujer? O más bien, ¿a tal esposa? Si hubiera
sido una puta buscando complacerlo, le hubiera ofrecido más dinero del que
pedía. A una damisela, le hubiera ofrecido un regalo especial. ¿Pero a una esposa?
A decir verdad, ninguna mujer en lo absoluto se le había acercado con tal ardor
ni lo había complacido la mitad de bien.
Debió haber fruncido el ceño, pues ella dijo:
—¿Ya te arrepentiste?
Eso le sacó una risa de sorpresa.
—Arrepentimientos que no pueden remediarse. Arrepentimiento por haber
gastado tanto tiempo.
Sara acarició su cabeza con una mano y lo besó suavemente en la frente.
—No más. Eres mío ahora y no dejaré que lo lamentes.
Su cuerpo bajo se levantó invitadoramente debajo de él mientras él seguía
creciendo en su interior. Cerró sus ojos y saboreó el sentimiento.
—Más lento esta vez —prometió mientras comenzaba a moverse. Y ella lo
permitió.
El amanecer finalmente iluminó la habitación lo suficiente para que Richard
viera la silueta del rostro de Sara mientras dormía. La quería tener nuevamente.
Durante la noche, la había despertado, pero no lo haría de nuevo. Richard cruzó
los brazos bajo su cabeza y esperó. No la molestaría para nada más que un beso
mañanero, pero tampoco la dejaría en la cama para despertar sola.
Su mano sobre su muslo lo sobresaltó. La tomó justo a tiempo para prevenir
una exploración en zonas que era mejor dejar sin perturbar.
—¡Sara!
—¡Richard! —contestó imitando su tono, bromeando con fingida sorpresa. Su
risa seductiva lo desconcertó.
—¿Dónde está tu vergüenza, mujer? —preguntó, medio en broma.
—Se fue junto con tu libertad, supongo —contestó suspirando con felicidad. —
¿Estás reconsiderándolo?
—¿Tú lo estás? —preguntó, girándose hacia ella aun cuando todavía no era
capaz de ver su expresión.
—¡Ahora esa es una buena broma! No pensé que tuvieras tan buen sentido del
humor. Nunca dejas de sorprenderme, Richard —con eso, liberó su mano de su
agarre y continuó con la misión que él había pretendido detener. —Um, ¿qué
tenemos aquí? ¿Otra sorpresa?
Richard tomó su muñeca y apartó su mano. Lentamente, porque solo su mente
estaba involucrada en el intento. Sus dedos dejaban un camino de fuego que
recibía tanto como luchaba por ignorar.
No debía ceder a su avaricia nuevamente. Ella acababa de perder su virginidad
y necesitaba tiempo para recuperarse.
—Me tientas, Sara, y la noche pasada fue más que suficiente.
Ella rió de nuevo, dulce y melodiosamente, mientras se acostaba sobre su
costado y presionaba sus dos cuerpos juntos.
—Él no piensa lo mismo.
—¿Él? —gimió Richard, cediendo a sus insistentes toques y rápidamente
perdiendo su determinación de ser caballeroso.
—El “señor necesitado” justo aquí. Sospecho que recibirá con gusto tanta
atención como pueda recibir —ella lo apretó gentilmente y acercó aún más su
cuerpo. —¿Deberíamos ayudarlo? ¡Ha sido tan bueno!
Antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, Sara había subido sobre su
cuerpo y lo había posicionado en su entrada.
Sus caderas se levantaron bajo las de ella, buscando alivio a tal dulce tortura,
sin esperar permiso de su cerebro. Jadeó su nombre mientras ella lo introducía
firmemente en su interior.
Se movía sinuosamente. Más luz del amanecer penetró por la ventana mientras
él abría sus ojos para mirarla con asombro. Sus facciones parecían irreales. Sus
pechos se removían lo suficientemente cerca para besarlos. Y eso hizo,
abalanzándose como si pensara devorarlos.
Ella se apartó e intentó más, montándolo, controlándolo como se controla a
una montura. Qué el cielo lo ayudara, no tenía deseo alguno de revertir las cosas y
luchar con ella por el poder. Que ella tuviera el poder. Que ella lo tuviera a él.
Debía estar soñando de alguna manera.
Pero demasiado pronto, ella aceleró el paso, y sintió que el final se
aproximaba. No podía seguir prolongando esto ni aunque le costara la vida, ni
podía drenar la sobrecogedora urgencia por terminarlo. Ella se tensó sobre él, y a
su alrededor, y absorbió toda su fuerza vital hasta que ya no le quedaba más.
Ella se derritió sobre su cuerpo, tendiéndose sobre él como una sobrecama de
felicidad. Él la sostuvo con tanta fuerza como pudo juntar en sus brazos sin huesos
mientras su corazón latía con fuerza contra sus pechos. Esos dulces pechos
incomparables.
—Así que —dijo ella, con una voz llena de aire contra su cuello. —Supongo que
debería levantarme pronto —renuentemente se apartó de él y se acomodó
nuevamente a su lado.
Él respiró profundamente, nuevamente inseguro de lo que debería decirle.
¿Palabras de alabanza? No parecía necesitarlas. Además, no podía pensar en
ninguna lo suficientemente buena para la ocasión.
Todo lo que le llegaba a la mente parecía tan inadecuado como para reírse. Ella
seguramente sabía lo buena que era dando placer. ¿Buena? Casi se rió ante lo
poco que esa palabra alcanzaba a describir.
Pero si él estaba tan satisfecho por lo que habían hecho (y definitivamente lo
estaba), ¿entonces por qué se sentía tan intranquilo? ¿No había querido ella
participar? Su mayor temor había sido que ella soportara silenciosamente su
deber. Bueno, con seguridad había superado sus esperanzas más locas y asesinado
para siempre esos miedos.
Sara de Fernstowe estaba más allá de cualquier experiencia que hubiera tenido
con otras mujeres. Desde la primera vez en que se había acostado con la fría e
infeliz Evaine hace años, Richard no estaba seguro de cómo proceder con una
mujer. Por razones totalmente opuestas, desde luego, pero seguía sintiéndose
confundido y perdido sobre qué hacer después.
Odiaba esa sensación, pero la sufriría con gusto por todo lo que había
disfrutado durante las últimas horas.
Sara dejó la cama y comenzó a juntar sus cosas. Su desnudez no parecía
preocuparle mucho, aunque sabía que Richard observaba cada movimiento como
si fuera un halcón observando a su presa.
Había disfrutado su cuerpo en la oscuridad, ahora debía acostumbrarse a él en
la luz. Un hombre y su esposa no deberían esconderse el uno del otro ni ocultar
sus defectos. Pero le tomaría tiempo acostumbrarse a su apariencia, desde luego.
Su complexión no era tan delicada como la de las otras mujeres.
—Eres incluso más lujurioso de lo que había imaginado —comentó mientras se
ponía su camisón.
—Esas observaciones no son apropiadas, Sara —murmuró.
—¿Por qué no? —preguntó, sacudiendo su sobrecubierta mientras lo miraba
coquetamente. —Es cierto, ¿por qué no decirlo? Estoy fuertemente impresionada
con tu resistencia y tu experiencia. Seguramente debes ser una leyenda entre las
mujeres que has disfrutado.
Richard exhaló profundamente antes de hablar con exasperación y pasarse una
mano por su enredado cabello.
—Santos, Sara, no puedes saber sobre tales cosas, ni deberías hablar de ellas.
Ella soltó una risita y continuó vistiéndose.
—Oh, te sorprendería la manera en que las mujeres hablan de los hombres. Y
te aseguro que tengo excelente oído.
Él se enderezó y se sentó.
—Tú nunca…
—¿Hablaría así de ti? —Sara le sonrió. —No necesitaré decir una palabra.
Todos verán las estrellas en mis ojos, la languidez de mi satisfacción, el…
—¡Detén tu parloteo en este instante! —ordenó, bajando de la cama y
tomando su túnica. Se la puso apresuradamente como si fuera una armadura. Lo
cubría hasta los muslos.
Sara suspiró ante la vista de sus piernas desnudas.
—Tienes unas rodillas maravillosas —dijo honestamente, —junto con otras
cosas.
—¡Por todos los Cielos! —gritó. —¿Me dejarías en paz y me dejarías vestirme?

*****

—Hasta esta noche —murmuró dulcemente, y salió de la habitación. Santo


Dios, ¡era maravilloso! Y tan modesto. Era un defecto que sabía que ella podía
corregir, pero no estaba del todo segura de querer hacerlo. Molestarlo resultó ser
irresistible. Y aunque protestara por sus escandalosos cumplidos, Sara sabía que
debajo de toda esa propiedad suya, los recibía con gusto.
La mañana transcurrió de manera muy parecida a como había transcurrido la
anterior, solo que más lenta que nunca. Anhelaba la noche. Si bien tenía
esperanzas de que Richard podría intentar cortejarla durante el día, eso todavía no
había ocurrido.
Se comportaba como si pensara que podría abordarlo en cualquier momento.
Sara lo encontraría más divertido si no estuviera tentada a hacerlo.
Qué apuesto era, incluso con sus ojos aun cubiertos por las sombras de los
golpes que los escoceses le habían dado. Su nariz se veía bien después de todo,
derecha como una lanza. Sabía que su costado debía doler, pues mostraba
grandes hematomas por las patadas.
Las actividades de la noche pasada probablemente no habían ayudado en su
curación, pero no parecía haber sufrido mucho en ese momento. Lo había
complacido y lo sabía. Y lo haría de nuevo en la primera oportunidad que tuviera.
—No veo por qué tendría que sumar cuatro rocas y dos rocas —dijo Nan,
distrayendo a Sara de sus pensamientos más sonoros. —Puedo ver que son seis —
puso las piedras juntas en la mesa.
—Es maravilloso que puedas verlo, querida —dijo Sara, exasperada ante las
preguntas constantes de la niña. —Pero mira. Si tuvieras cuarenta ovejas quisieras
comprar veinte, necesitarías sumarlas para saber que son sesenta.
Nan giró los ojos.
—No tenemos sesenta ovejas. Tenemos seis rocas. Podría decir cuántas ovejas
son si las tuviéramos. Ya sé contar —su labio inferior se extendió y sus cejas se
juntaron. —¡Este es un juego tonto! —con eso, lanzó todas las piedras al suelo con
un repentino movimiento de su brazo.
Sara miró a Richard esperando que corrigiera a Nan, pero meramente observó,
recargado contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho. Christopher se
sentaba silenciosamente imitándolo. Ninguno sonrió ni frunció el ceño.
—Levántalas —demando Sara firmemente.
Nan miró de reojo a su padre y su hermano, vio que ellos no lo ordenaban, y se
rehusó.
—No.
—Bien —dijo Sara mientras se agachaba a recoger las rocas esparcidas. —Hoy
no practicarás con la espada.
—¿Papá? —gritó la niña e inmediatamente saltó de la banca. —Ella me odia.
¡Haz que se vaya!
Richard separó sus brazos y se arrodilló mientras Nan corría hacia él. Él la
levantó y la devolvió a la mesa, donde la sentó en la banca.
—Haz tus sumas, Nan, y podrás practicar con nosotros.
Sara se mordió la lengua. Quería golpearse la cabeza con un palo. Hablarían
sobre esto, pero no frente a Nan. La lección continuó sin incidentes, excepto por
gritos ocasionales de Nan y miradas de superioridad por encima de la mesa.
Cuando dejó que los niños se fueran a prepararse para la comida de la tarde,
Richard comenzó a seguirlos.
—Un momento, Señor —demandó. —Hablaré contigo.
Él se dio la vuelta, con la barbilla en alto.
—¿De verdad? ¿Planeas limitar mi participación?
—¡Ten la seguridad de que me gustaría! —contestó. —Nunca me contradigas
cuando quiero enseñar una lección, ¿escuchaste? ¿Cómo va a aprender
obediencia Nan si tú…?
—¿Obediencia? —gritó. —¿Pretendes hacer que viva bajo tu comando,
verdad? ¿Quieres que tiemble bajo tu poder?
Sara puso las manos sobre las caderas para evitar estrangularlo.
—¡Es mejor que aprenda a obedecer a alguien, mi lord, o algún día tendrás en
tus manos a una mujer salvaje e incontrolable!
Él se inclinó hacia ella, cubriéndola completamente, imitando su pose.
—Tengo una ahora, ¡gracias a ti! ¿Cómo puedes castigar a Nan cuando tú eres
el doble de terca? ¿Qué sabes sobre tratar con niños?
—¿Qué sabes tú? ¡Nada, obviamente! —exclamó Sara. Lanzó sus brazos y se
sentó pesadamente, recargando su espalda con la orilla de la mesa.
Escuchó a Richard exhalar profundamente. Luego se le unió, con sus muslos
rozándola mientras se abría camino en la banca.
—Tienes razón —admitió. —Debería dejar que te encargues. De ahora en
adelante, me apartaré mientras tú les enseñes.
—Oh, Richard, no hagas eso. Se esfuerzan por tu aprobación. Es todo lo que
quieren de ti —se dio la vuelta y puso sus manos sobre su brazo. —Dales más.
—¿Más? —preguntó, genuinamente curioso. —¿Qué más puedo darles?
—Abrazos —contestó fervientemente. —Besos. Risas compartidas. Pasa
tiempo con ellos como su amigo, no como un serio Lord.
Él pareció triste en ese momento.
—Pero no soy su amigo, Sara. Soy su padre, y los padres deben ser severos.
—¿Cómo acabas de ser con Nan? —preguntó secamente.
Él suspiró.
—Entiendo tu punto, y es una dura verdad. Dime qué debo hacer entonces,
para hacerlo bien.
—Habla con Nan. Razona con ella y explícale por qué debe hacer su trabajo —
sugirió Sara. —Y adviértele que si se comporta así nuevamente, no podrá practicar
por dos días.
—Parece duro —comentó.
Sara dio palmaditas al brazo musculoso bajo su mano y luego lo apretó
suavemente.
—Los niños necesitan límites, Richard.
—También las mujeres —contestó. —Me pregunto si tú reconoces alguno.
¡Aja! no se refería a sus habilidades para molestarlo (o la falta de ellas) ahora.
Hablaba de sus juegos de noche y mañana. Pensaba que quería controlarla en la
habitación, pero ella no le daría todo el control. En el momento en que se
convirtiera en la esposa sumisa, él se aburriría de ella y lamentaría nuevamente su
matrimonio. Nunca permitiría eso.
Sara le sonrió mientras se recargaba en su hombro para levantarse.
—Si llego a sobrepasar mis límites, házmelo saber, esposo. Castígame si lo
hago.
—¿Castigarte? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Mándame temprano a la cama si me lo merezco.
Luego le guiñó un ojo y se fue grácilmente antes de que pudiera limitarla en su
propio juego.
Capítulo 10

Richard se quedó en el solar por un tiempo, esperando que el alboroto usual se


calmara. ¿Estaba esa mujer loca, o simplemente enferma de humor maldito? Era
altamente inapropiado bromear sobre las relaciones con tu esposo. Debería ser un
asunto serio, pero Sara parecía encontrarlo completamente divertido.
Richard sonrió a pesar de sí mismo, luego frotó su mano en su boca para borrar
la expresión inapropiada. ¿Cómo lidiaba con esto un hombre? ¿Bromeando con
ella, castigándola, o dejándola sola? Bueno, no podía dejarla sola, eso era seguro.
Casi nunca bromeaba. Castigo era entonces. Su sonrisa creció.
Juraba por Dios que la mandaría a la cama. Esa misma noche. Muy temprano.
El asunto con los niños le preocupaba más que la irreverencia de Sara en ese
momento. La paternidad lo confundía, siempre lo había hecho. Su propio padre
había sido completamente indulgente con él, lo cual Richard había determinado
no hacer con sus propios hijos. Su madre lo había gobernado con mano de hierro y
la había resentido poderosamente. Aunque la amaba, Richard no quería imitar su
actitud de intolerancia tampoco.
Lidiar con niños debía ser como entrenar pajes. Aun así, aun en ese rublo, tenía
poca experiencia. John de Brabent había llegado con él a los catorce, con su
primer Lord muerto por heridas y John bien acostumbrado a seguir órdenes y
reglas.
Richard supuso que tendría que confiar en que Sara sabía más sobre criar que
él. Al menos ella tenía un buen ejemplo en mente. Ella había amado a su padre y
Richard quería que sus niños lo amaran.
La verdad le llegó de golpe a Richard. No podía hacerse depender
completamente de su esposa. Su paciencia y tolerancia con Nan y Chris podrían
ser solo un acto para ganarse su buena voluntad.
Igual que su increíble entusiasmo por acostarse con él. A pesar de la manera en
que lo había sorprendido con su inesperado comportamiento, tenía que admitir
que apenas podía esperar para ver más de él.
Por el momento, tenía que dejar de lado esas preocupaciones familiares y ver
qué podría descubrir sobre problemas más grandes y peligrosos.
*****

Después, cuando volvió al salón para la cena, Sara notó que Richard parecía
más preocupado de lo usual. Algo lo preocupaba, pero en lugar de confiar en ella,
solo hablaba de cosas mundanas.
Esperó hasta que habían terminado de comer para involucrarla, pero entonces
fue directamente al meollo del asunto.
—He decidido que es momento de atender este problema desde las raíces —
dijo.
—¿Qué estás planeando? —preguntó.
Él miró a su alrededor, como si estuviera contando el número de personas que
todavía seguían conversando a los alrededores. Ya que el clima era inusualmente
templado y el salón se sentía cómodamente cálido esa noche, muchos parecían
dispuestos a quedarse por un rato antes de buscar sus camas aquella noche.
Richard tomó su codo y la guió hacia el solar. Esa habitación se había vuelto su
lugar favorito. Esperaba que la besara de nuevo y se olvidara de lidiar con los
problemas de la frontera hasta que se sintiera completamente bien.
—Hablemos en privado —le dijo. —Necesito respuestas.
Sara entró al solar y tomó su lugar usual. Se inclinó hacia adelante, con sus
codos recargados en los brazos de la silla, y las manos detrás de ella.
—Pregunta lo que quieras.
Él se sentó en la silla frente a ella y se recargó, estirando sus largas piernas de
tal manera que sus zapatos casi se tocaban.
—Dime lo que sabes de la muerte de tu padre.
Ella respiró profundamente y comenzó.
—Los sobrevivientes de la pelea lo trajeron, atado en su montura. El escocés lo
había recorrido con su espada.
—¿No había ido respondiendo a una llamada como yo?
—No —contestó. —Nos llegó palabra de que varios lords se iban a reunir en
Kielder, hacía la Marcha Oeste. Iban a discutir sobre los robos y si era necesario
hablar de ello con el Rey. Él y nuestros hombres fueron emboscados mientras
cabalgaban al lugar de la cita.
—Cerca del Prado de la Disputa —dijo Richard, como si ya lo supiera.
—Me parece que algunas leguas al sur de ahí.
Richard se detuvo a pensar por un momento.
—¿Piensas que el mensajero venía de parte de Alan el Honesto en vez de otros
Lords?
—¿De quién más? —preguntó burlándose.
—De quién más, en efecto —Richard se levantó de su silla, inquieto. —¿Sabes
si la reunión en Kielder de verdad sucedió?
Había estado tan perdida en su dolor en el funeral, que Sara nunca pensó en
preguntar.
—Supongo que fue un ardid.
—No, fue planeada y llevada a cabo el día en que tu padre murió. La pregunta
es, ¿cómo se enteraron de ella los escoceses? ¿Cómo sabían que él estaría en su
camino ahí a tiempo para que lo emboscaran?
—¿Casualidad? —sugirió, dudando de sí misma.
Él se detuvo frente a su silla, posando sus ojos verdes sobre ella.
—He hablado con los hombres que trajeron el cuerpo de Lord Simon. Nunca
vieron el rostro del hombre que lo asesinó. Aunque gritó su nombre, nunca se
quitó su casco. Y ciertamente le importaba que no viera sus facciones el día en que
me capturó. ¿Puede ser que temiera que tus hombres o yo lo reconociéramos
como alguien a quien conocemos?
—Nadie se había encontrado con los escoceses antes de ese día, o eso me han
dicho.
—Pero por lo que vieron de él (su armadura, sus secuaces, su caballo) era el
mismo hombre montando con los mismos colores.
—Azul y negro con una línea plateada —confirmó Sara, preguntándose qué
punto quería hacer.
—El mismo hombre que mató a tu padre fue el que me llevó para pedir rescate
—repitió. —Eso está claro.
—Desde luego —concordó. —Y el mismo que atacó seis villas más, cerca del
río.
—Cuyos Lords han pagado fuertes sobornos a este hombre para evitar futuros
ataques. Sobornos tan grandes como el que me pidió.
Ella no había escuchado de ello.
—¿Cómo sabes eso?
—Envíe a Sir Matthew a preguntarles si lo estaban haciendo. Regresó esta
tarde y lo confirmó. Así es como supe sobre la reunión en Kielder.
Se sentó nuevamente y tomó sus manos.
—Sara, ese hombre estaba exhortando a varios Estados para que le dieran
dinero incluso antes de que yo viniera. Aquellos que no pagan, los hace sufrir
hasta que lo hacen. Dos se han quejado con el Rey, lo cual es la razón por la que
vinimos al norte en primer lugar. Eso, y la muerte de tu padre, desde luego.
—Pareces saber más que yo sobre todo esto. ¿Para qué me preguntas? —dijo,
molesta consigo misma por no buscar respuestas desde hace tanto tiempo.
Él se detuvo por un momento, como si estuviera escogiendo sus palabras.
—Sara, ¿por qué el hombre que me atrapó desearía ponerme en contra de mi
propia esposa? ¿Por qué me diría que solo habías pagado la mitad del rescate? Si
Sir Edmund no hubiera leído la demanda y llevado el oro el mismo, puede que no
te hubiera creído y hubiera caído en su juego.
—Pero me crees, ¿verdad? —preguntó, temerosa de que aun ahora tuviera
dudas. Podría matarla por algo como eso y nadie lo criticaría.
—Desde luego que te creo —dijo, dejando de lado su preocupación como algo
ridículo. —¿Pero qué ganaría él si no lo hiciera? ¿Quién se beneficiaría si te
castigara o te exiliara?
Ella contestó, verdaderamente confundida.
—Ni una sola alma, que yo sepa.
—Ciertamente no los escoceses —anunció Richard, poniendo su mano en sus
brazos.
Ahora hablaba suavemente, intentando que considerara sus palabras
cuidadosamente.
—Para el caso, ¿qué podría ganar el escocés matando a tu padre? Unos
cuantos robos por aquí y por allá nunca atraen la atención del Rey, pero el
chantaje y la muerte de nobles y barones trajo al Rey al norte. Pregúntate esto
Sara, ¿con qué propósito?
No confundió la razón por la que hacía esa pregunta.
—De verdad no piensas que el responsable sea Alan el Honesto, ¿verdad?
—No —admitió Richard suspirando pesadamente. —No puedo creer que sea
él.
—Lo conoces —adivinó, leyendo la respuesta en sus ojos. —¿Qué es él para ti,
Richard?
Él inclinó la cabeza por un momento antes de mirarla a los ojos. Se veía
infinitamente triste.
—Alan es mi hermano, Sara. Un hermano al que no he visto desde que tenía
tres años de edad.
—Y no lo reconoces ahora, ¿o sí, esposo? —preguntó gentilmente. —Incluso si
te lo encontraras cara a cara.
—No —contestó, casi inaudiblemente. —A decir verdad, no lo reconocería.
Sara se inclinó y besó sus cejas fruncidas, pues no sabía qué más hacer por él.
Richard no había pretendido contarle a Sara sobre Alan, pero se dio cuenta de
que no podía mentir cuando le preguntaba algo. La verdad sea dicha, se sentía
aliviado ahora que ella lo sabía.
—Alguien está intentando hacer que mi hermano parezca el villano en todo
esto —explicó.
Sara no dijo nada, pero la simpatía en sus ojos lo decía todo. Claramente seguía
pensando que Alan era culpable. Al menos no le había gritado por ocultarle la
información durante tanto tiempo.
—Su madre era escocesa —ofreció Richard. Pensó que quizás lo mejor era
terminar de una vez con todo lo malo. No habría más secretos entre ellos. —Al
igual que la mía.
Sus cejas se levantaron ante eso, pero se quedó callada, con sus manos suaves
contra su rostro.
—Una persona común —añadió por si acaso. Si Sara alguna vez lo abandonaría,
sería ahora.
—Oh bueno, eso lo explica entonces —dijo, soltando y poniendo sus manos
sobre su regazo.
—¿Explica qué? —preguntó, preparándose para defender su nacimiento.
Ella se encogió de hombros y sonrió.
—Por qué le permitiste a Christopher volverse amigo de Nan. En la mayoría de
los casos no hubiera sido permitido. Tu madre debe haberlo alentado.
Richard se rió y se dejó caer en su silla.
—No hizo nada por el estilo. La mayoría del tiempo, ignora a los niños.
Despreciaba a la madre de Nan, Annie.
—¿Por qué haría eso? —preguntó Sara, pareciendo genuinamente interesada.
—Annie Causey fue mi querida durante un tiempo. Mi madre la pensaba
indigna, incluso de honor dudoso.
—Pero tú la querías —dijo Sara.
—Sí, la quería —reconoció Richard. De verdad le agradaba Annie Causey,
aunque nunca habían mencionado el matrimonio, ni al comienzo ni después de
que ella hubo concebido. Dejando de lado su compromiso con Evaine, no podía
casarse con Annie. Pero su relación había mejorado la vida de ella. Y ahora él tenía
a Nan.
—Que te importara habla bien de ti —la mirada de Sara se dirigió hacia la
puerta del salón donde se podía escuchar la risa de los niños. —Christopher
merece alabanzas por su buen corazón. Mostrar tal amor por una hermana natural
en contra de los deseos de su abuela requiere de valor, creo yo.
Su sonrisa se volvió más amable.
—Se parece mucho a ti, Richard. Debes estar orgulloso.
—No solo de mi hijo —declaró, frunciendo el ceño.
—Oh, Nan, también —agregó rápidamente. —Es una Strode, de cabo a rabo.
Sara se levantó entonces, sonriéndole.
—Si ya terminamos, creo que debería irme. Se hace tarde y los niños de verdad
necesitan irse a la cama.
Richard tomó una de sus manos cuando iba pasando junto a él.
—No hemos terminado, Sara. Me distrajiste con esta plática sobre los niños.
No he terminado mis preguntas sobre el asunto.
—Déjame ir y recostaré a nuestras pequeñas crías. Vendré contigo en un
momento y hablaremos más de los escoceses, si lo deseas.
Renuentemente Richard soltó su mano y asintió. No tenía más preguntas para
Sara sobre los escoceses, pero necesitaba decirle sus planes. Sabía que no le
importarían mucho.
Eso podía esperar para la siguiente mañana. Dudaba que hubiera ninguna
discusión futura de nada cuando volviera a ir a su habitación. Muy probablemente
se le lanzaría en un arranque de lujuria si no se controlaba a sí mismo.
O ella se lanzaría sobre él. Esa idea lo excitaba y perturbaba a la vez. Sara
encajaba en su idea de una Lady, ese no era el problema, razonó. No debería ser
juzgada con las medidas de alguien más. Pero, correctamente o no, Richard la
juzgaba. No podía evitar sentir que tenía otro motivo además del deseo.
Desearía poder simplemente lanzarse a su pasión sin pensar nada al respecto.
Pero en el fondo de su mente habitaba el miedo de que sus deseos por irse a la
cama con él podían ser un engaño. Y si su deseo era en efecto tan real y ferviente
como parecía, entonces le preocupaba que hubiera algo terriblemente mal con
Sara.
Los apetitos de ese tipo no iban con las mujeres de calidad. ¿O sí?
Para su propia falta de crédito, poseía muy poca voluntad para corregirla si ese
era el caso. ¿Qué clase de marido lo hacía eso si tomaba ventaja de su involuntaria
falta de propiedad?
Richard dudó de que su propia concepción de las mujeres, nobles y comunes,
pudiera estar torcida. Y si era así, ¿cómo y por quién? ¿La iglesia? ¿Sus padres?
¿Annie? ¿Evaine? En efecto, podía ser que fuera él quien se equivocara y no Sara.
Esa noche, apartaría esa opinión, y todos los otros problemas, decidió Richard.
Que se jodieran todos los escrúpulos, los problemas de la frontera, y sus
preocupaciones por los niños. Podía soportarlos nuevamente cuando fuera
necesario, pero por ahora, solo quería tener a Sara en sus brazos nuevamente.
Pero esta vez, no esperaría porque Sara fuera hacia él.

*****

Sara luchó por contener su emoción mientras se quitaba la ropa y se ponía su


vestido de cama. Se apresuró a rezar con los niños y el cuento tan breve que les
contó la llenó de culpa. Se dijo a sí misma que las pobres criaturas estaban
exhaustas de cualquier manera y deberían dormirse. Christopher ahora dormía
solo ya que se sentía más en casa, y Nan tenía a Berta para mantenerla
acompañada en su propia habitación.
Richard la necesitaba más de lo que los niños la necesitaban. Debía estar
preocupado que su parentesco con los escoceses pudiera cambiar la manera en
que se sentía por su matrimonio. Y que el estado de persona común de su madre
significara una diferencia para ella.
Richard era su propio hombre. Sabía que su esposo era tan honorable como
cualquier otro, y nadie de su familia podría cambiar eso jamás. Debía convencerlo
de su lealtad absoluta y mostrarle cuánto le importaba.
Sara corrió por el pasillo, abrió la puerta de golpe, sin tocar, y casi cayó sobre
él.
Él la atrapó en sus brazos para estabilizarla.
—Estaba en camino hacia ti —dijo, sonando ligeramente molesto.
Sara se rió y lo empujó para entrar en la habitación.
—No, no, mi cama es demasiado pequeña. Y dada la turbulencia de la última
vez, ¡puede que no soporte el desafío!
Él apretó el tabique de su nariz y sacudió la cabeza.
—Sara...
—Oh, ¿te duele la cabeza? Ven —ordenó, jalándolo de la mano. —Recuéstate y
lo arreglaré pronto.
Su resistencia solo la llenó de determinación. Si pensaba que demandaba
mucho de él, debía tranquilizarlo.
—Estírate ahora, acariciaré tu sien. Mi padre juraba que lo tranquilizaba, y a ti
también debería.
Richard se rindió, aunque cuidadosamente. Primero se sentó en la orilla de la
cama, mirándola con sospecha. Sara sonrió y señaló la almohada. Él se recostó,
con su mirada fija en la de ella.
—Cierra los ojos —sugirió. Luego se colocó a su lado y se arrodilló.
Inclinándose, deslizó sus dedos por sus cejas para eliminar su ceño fruncido. El
pobre hombre estaba conteniendo el aliento.
—Intenta pensar en cosas agradables —dijo, manteniendo su voz suave y en un
volumen bajo. —Respira profundamente —comenzó a mover sus dedos de
manera circular en la punta externa de su ceja. Una y otra vez, lo acarició hasta
que suspiró con alivio. Luego continuó por la línea de sus pómulos hasta la punta
de su barbilla. La apretaba demasiado seguido, pensó, aflojándola con una firme
presión.
Observó los tendones de su cuello, duros con tensión, y pasó sus manos por
ellos hasta que llegó a los músculos que los sostenían. Él se removió suavemente,
permitiéndole acceder a ellos.
Después de algunos momentos, Sara separó la pesada ropa de lana que él tenía
puesta y metió sus manos en su interior para tocar sus hombros.
—Tan tensos —susurró mientras clavaba sus dedos en la suave piel. —Te
sientes tan caliente —comentó, dándose cuenta mientras lo hacía que compartía
ese calor.
Los ojos de Richard se abrieron, sus pesados parpados solo enfatizaban el
profundo deseo que se ocultaba en sus verdes profundidades. Sus pechos crecían
con anticipación contra la suavidad de su vestido de cama.
Sara soltó sus hombros y siguió moviendo sus manos hacia su pecho. Los
planos pezones se asomaron bajo sus palmas e hizo una pequeña rotación
tocando solamente su piel dilatada. La manera en que luchaba por respirar decía
más que mil palabras. Ella repitió sus caricias.
Él tomó sus muñecas y sus ojos se entrecerraron.
—¿Por qué? ¿Por qué haces esto, Sara? ¿Qué quieres de mí?
Ella liberó un brazo de su agarre y la llevó a su estómago, para acariciar la
dureza que había debajo.
—Esto —dijo honestamente. —Esto es lo que quiero de ti.
Su deseo se volvió realidad, casi antes de que supiera lo que estaba pasando.
Con una repentina urgencia, Richard se sentó. La empujó hacia atrás y se colocó
sobre ella. Sara arrancó su ropa y después la de ella. Con una rodilla, él separó sus
piernas y se dirigió hacia su entrada.
Ella apretó sus caderas y levantó las propias, uniendo fuerza con fuerza. Él se
introdujo con fuerza, regresó y volvió a entrar. Ella gritó para recibirlo, aceptando
el ritmo, haciéndolo más rápido.
Cuando abrió sus ojos, Sara se hundió en su fiereza. Con la cabeza hacia atrás,
los dientes apretados, y el pecho subiendo y bajando con velocidad, Richard había
olvidado sus preocupaciones.
El éxtasis salvaje lo hacía temblar, incluso mientras lo observaba. Con una
embestida final, se lo llevó con ella. Volaron juntos, un remolino salvaje, casi
aterrador con su incontenible furia. Luego se abrazaron como dos hojas
intentando sostenerse en el despertar de una tormenta.
Cuando pudo juntar el aliento para hablar, Sara susurró en su oído:
—¿Te sientes mejor ahora?
Capítulo 11

—Solo tú harías una pregunta así en un momento como este —su voz era
suave pero tenía un tono oculto de exasperación.
Sara sabía que había hecho enojar a Richard nuevamente.
No era su intento de humor lo que le molestaba, y Sara lo sabía. Le molestaba
que hubiera tomado el control de la manera en que lo había hecho. Algún diablillo
en su interior la había impulsado a hacerlo, pensó suspirando. El mismo diablillo
que creía que Richard cambiaría de opinión y la dejaría cuando terminara con sus
negocios ahí, a menos de que lo atara rápidamente con la pasión que había entre
los dos.
Ese plan había fallado miserablemente. En lugar de acercarlos como había
esperado, la intimidad lo estaba apartando de ella. Él odiaba desearla. Y porque
ella lo hacía sentir eso, podía empezar a odiarla por ello.
Su valentía lo repelía, al menos después del acto. Pero no conocía otra manera
de ser más que valiente. Era demasiado tarde en su vida para jugar a la damisela
débil y simple, y no quería hacerlo. Ni siquiera por Richard haría algo como eso. Si
no podía aceptarla como era, entonces ella tendría que arreglárselas sin él.
Richard no había escogido verdaderamente quedarse con ella como la había
hecho pensar. Meramente estaba intentando recuperar algo del control que ella y
el Rey le habían quitado cuando yacía herido. Si la convencía a ella y a todos los
demás de que la quería como esposa, entonces no parecería tan controlado.
Saltar a la oferta del Rey Edward de deshacer el matrimonio hubiera
constituido admitir que se había convertido en una broma real.
Ahora, incluso mientras lo sostenía en sus brazos, Sara sabía que tendría que
dejarlo ir. Quería irse de la cama, de su hogar y de su vida, no tenía dudas.
No había esperanza en ganar su corazón. No podías forzar a alguien a amarte.
Sara se dio cuenta de que debería haber aprendido esa lección con su madre. Sin
importar cuán celosamente había trabajado para complacer a esa mujer y volverse
digna de su afecto, su madre había continuado negándoselo y encontrando
defectos en todo lo que hacía. Richard haría lo mismo. Sara lo veía claramente
ahora.
Richard Strode nunca amaría a una mujer como ella. Había sido una tonta por
intentar hacer que sucediera solo por fuerza de voluntad. ¿Por qué se sentía tan
desilusionada? Su inteligencia era lo único de lo que podía sentirse orgullosa. ¿La
había perdido?
—No —murmuró, apartando a Richard abruptamente de su lado. —No más.
No haré esto de nuevo.
—¿Qué dijiste? —preguntó, levantándose en un codo y buscando su mano.
Sara la apartó antes de que pudiera tomarla.
—Déjame ser, Richard.
—Vuelve a la cama, Sara —demandó impacientemente.
—No —dijo ella, poniéndose su vestido de cama y dirigiéndose a la puerta.
Él saltó de la cama y atrapó su brazo, girándola hacia él.
—¿De qué se trata esto? ¿Por qué te estás yendo?
Ella lo miró, observando la luz de las velas que brillaba en su rostro y jugaba
con las sombras de su cuerpo. Su tristeza casi la dominó, pero no lloró. Nunca
lloraba.
—No deseas una esposa, Richard. Te libero.
—¿Qué quieres decir con que me liberas? ¡Esto está hecho, Sara! —apuntó
hacia la cama. —Nosotros ya…
—Nadie lo sabrá. Acepta la oferta del Rey de disolver el matrimonio. No
estamos hechos para esto.
Por un largo momento, se le quedó mirando firmemente a la cara. Ella pudo
ver sus sentimientos entonces, tan claros como si los fuera nombrando conforme
aparecían en su rostro. Incredulidad, aceptación, furia.
Las dos primeras las podía entender. No podía creer que le estuviera
ofreciendo su libertad. Pero luego creyó su palabra de que lo haría. Supuso que la
ira era por el golpe a su orgullo. Aunque no la quería, debía pensar que ella no
podía sobrevivir sin él.
—Ese maldito orgullo tuyo —susurró. —Serás libre, ¿no es suficiente?
Él soltó su brazo y retrocedió.
—Puedo ver que lo dices en serio.
Ella asintió.
—Sí. Ya no me haré creer que algún día te importaré. Eso fue un error. Así que
mata al escocés y luego vete a casa. O sigue a tu Rey recolectando flechas por él.
Vete al demonio para lo que me importa, pues he terminado contigo.
—No, ¡Por Dios que no hemos terminado!
—No lo hagas más desagradable de lo que necesita ser, Richard. Toma lo que
te ofrezco. ¡Haz lo que viniste a hacer y lárgate!
Él se enderezó y cruzó los brazos sobre su pecho, fulminándola con la mirada.
Sara deseaba poder pensar en él como ridículo, parado ahí, vistiendo nada más
que su ceño fruncido, pero se veía magistral. Viril y deseable.
—Así que piensas que dos noches son suficientes para poner a un bebé en ese
estómago tuyo, ¿eh? Esto es lo que querías después de todo, ¿no es verdad? Debí
haberlo sabido…
—Sí deseaba un niño —admitió. —Ahora no quiero nada de ti, Richard —forzó
una sonrisa que sintió que iba a romper su rostro. —Ni una sola cosa.
—¿Ni siquiera amistad? —bromeó. Su sonrisa se veía más falsa que como la
suya se sentía.
Sara sacudió la cabeza, apartándose lentamente de la puerta. Tomó la perilla
en su mano.
—No —dijo suavemente. —Eso tiene que ganarse. Y darse libremente, igual
que el cariño. No es algo que se pida o que se intente. Lo puedo ver ahora —dio
un paso fuera de la puerta.
—¿Por qué estás tan molesta tan de repente? Todo lo que dije fue…
Sara intentó cerrar la puerta entre ellos, pero él atrapó el borde antes de que
pudiera hacerlo. Pero no terminó lo que había comenzado a decir. Ni le volvió a
pedir que se quedara. Simplemente se quedó parado en el portal medio abierto
mientras la miraba fijamente a los ojos.
Sara suspiró pesadamente, rompió la tenue conexión y lo dejó ahí. No había
nada más que pudiera hacerse. Se había terminado.

*****

Richard solo podía intentar adivinar lo que había causado esto. Un momento
estaba recostada en sus brazos y el siguiente había terminado con él.
Eso era algo típico de Sara, nunca hacía las cosas a medias.
—Y Dios lo sabe —murmuró, pasándose las manos por el cabello y sacudiendo
la cabeza.
Volvió a la cama con sus cobertores enredados y el aroma del amor. Ella
esperaba que se durmiera ahora, ¿después de tal ataque de pique? Desde luego
que no. Sara pensaba que la seguiría, que le rogaría que volviera a la cama y la
convencería de que se quedaría. Bueno, no lo haría. Si necesitaba afirmaciones,
pudo habérselas pedido directamente. Odiaba los juegos.
Mañana le diría simplemente que terminara con todas estas tonterías y se
comportara. Si iban a tener cualquier tipo de matrimonio decente, debía poner los
pies sobre el suelo.
¿Cómo un sabueso? La pregunta surgió en su mente inesperadamente.
Sonrió ante eso y se acomodó nuevamente en la cama, intentando imaginar a
Sara mientras él le ordenaba. Imposible. Probablemente lo mordería si lo
intentaba. Esta esposa suya no era una mascota a la que enseñarle a ser sumisa y
entrenada bajo su mano. Ni deseaba intentarlo.
Lo que fuera que la hubiera molestado (seguramente su sorpresa cuando le
preguntó cómo se sentía) se vería trivial en la mañana. La molestaría un poco. Ella
se reiría entonces, esa risa sinuosa suya que él tanto anhelaba escuchar, y
admitiría cuán ridículas habían sido sus acciones. Y cuando la noche llegara
nuevamente, todo estaría bien de nuevo.
Anulación. Se enterró en la almohada y cerró los ojos. Él y Sara estaban tan
malditamente casados, que el mismo Padre Celestial no podría deshacer esta
unión.
Pero cuando llegó la mañana, Sara no se rió como había esperado que lo
hiciera.
—Vamos —la persuadió mientras la seguía fuera del salón. —Tenemos muy
poco tiempo como para desperdiciarlo con peleas. Deja de tratarme como algún
extraño que llegó sin invitación.
—Has abusado de tu buen recibimiento, Señor —contestó. Sus labios estaban
apretados con fuerza y sus ojos brillaban con fuego.
Richard intentó seguirle el paso.
—¿Qué hay de los niños? —preguntó. —¿Ellos han abusado? ¿Debería
llevármelos?
Su velocidad se alteró, disminuyó. Sacudió su cabeza.
—No, desde luego que no. Me encantaría adoptarlos, pero sé que no confías
en mis cuidados.
—Confío en ti —discutió, tomando su brazo. —Esto es absurdo, Sara. ¿Podrías
por favor quedarte quieta por un momento y dejar que discutamos esto?
—¿Discutir qué? ¿El matrimonio o los niños? —demandó, fulminándolo con la
mirada.
—Ambos. Y atravesar toda la fortaleza, completamente indignada, no arregla
nada. Además, no se ve digno. Volvamos adentro.
Sara arrancó su brazo de su agarre y se dio la vuelta.
—Planeo salir. Si deseas hablar conmigo, ven. Si no, te deseo buen día —se
había ido nuevamente. Él la siguió.
Obviamente sin ninguna intención de esperar porque el chico encargado lo
hiciera, Sara ensilló su propio caballo con una rápida precisión. A Richard le costó
seguirle el paso, pues se movía demasiado rápido. En pocos momentos, estaban
montados y dirigiéndose a las puertas.
Una vez que estuvieron en camino por los campos abiertos, Richard observó lo
bien que Sara controlaba al gran corcel lleno de espíritu. Odiaba que el hombre
que lo había capturado se había quedado con su caballo de guerra.
Pero el castrado fácil de dominar que había escogido en el establo de Sara
prometía un viaje agradable. A menos de que la conversación lo previniera. Pero
hasta ahora, ninguno de ellos había hablado. Se preguntó si quizás deberían
mantenerlo de esa manera.
Pasaron por un pequeño arrollo y Richard recordó la salida en la que Sara había
recibido su cicatriz. ¿Había sido aquí donde se había detenido a descansar y se
había quedado dormida?
Richard se aventuró a preguntar,
—¿Pretendías salir sola hoy, Sara? Deberías recordar que no es seguro.
—¿Debería? Primero me ordenas lo que debería hacer. ¿Ahora me dices lo que
debería recordar? Guárdate esos, deberías guardarlos para la próxima
desafortunada que caiga bajo tu hechizo.
Él sonrió ante la admisión.
—¿Estás bajo mi hechizo, Sara?
—Ya no más —gruñó. Una leonesa, su Sara. Y no estaba dispuesta a sufrir sus
advertencias.
Hizo que su corcel emprendiera un galope que muy pronto soltó la trenza de su
cabello. Libre de sus confines, su cabello se ondeaba en el viento como una
bandera brillante. Se quedó detrás de ella solo para poder observar cómo se
reflejaba el sol en él.
Era la primera vez que la había visto sobre un caballo. ¡Qué magnifica era! Una
amazona talentosa que obviamente disfrutaba de la velocidad y los desafíos. Hizo
que su castrado la alcanzara y adelantara. Ella rápidamente volvió a dejarlo atrás.
—¿Una carrera? —le preguntó.
Ella montaba como si no existiera. Richard finalmente se rindió. Su corcel era
del tamaño de su montura, y claramente el más joven de los dos. No tenía sentido
cansar al pobre viejo que estaba montando. En su lugar, mantuvo a Sara a la vista
hasta que se detuvo a descansar y entonces se le unió.
Ella desmontó antes de que él pudiera hacerlo, lanzando sus riendas sobre un
arbusto y encontrando una piedra para sentarse.
—Montas muy bien —comentó, pensando que no podría ofenderse por ello.
—Lo sé —contestó, cruzando los brazos bajo sus pechos.
Richard aseguró al castrado en un buen lugar de pastoreo y luego se sentó
junto a ella en la roca.
—Lo que sea que te haya dicho para hacerte enojar esta mañana, no pretendía
que tuviera ese efecto.
—Lo sé —repitió. —Piensas que podría continuar ignorando tus críticas e
intentaría complacerte con más fuerza. Bueno, he tenido suficiente de eso en mi
vida, gracias. Por lo tanto, me complaceré a mí misma.
¿Qué podía decir?
—Debes admitir que eres diferente, Sara. Como ninguna mujer que conozco.
Confieso que no sé qué hacer contigo —dijo honestamente.
Ella lo miró directo a los ojos. Sus ojos estaban llenos de desafío.
—No harás nada conmigo, Señor. Nada más allá de lo que ya soy. ¡Así que ni
siquiera pienses en intentarlo!
—Estoy de acuerdo —dijo, levantando ambas manos, con las palmas hacia
arriba, en señal de rendición. Sabía que no era buena idea discutir con una mujer
en ese estado de humor. Debía perder esta batalla para poder ganar la guerra. —
¿Ahora podrías por favor dejar de hablar de la anulación?
Ella apartó la mirada.
—Encárgate de los escoceses. Luego veremos.
—Lo haré —prometió. —De hecho, tengo un plan para poner las cosas en el
camino correcto.
Su cabeza giró de golpe.
—¿Qué?
Richard escondió su sonrisa. Tenía toda su atención ahora. ¿Podía ser que si
lograba sumergirla en estos planes, olvidaría este disgusto suyo?
—Tengo que hablar con los hombres cuyas propiedades fueron involucradas
directamente. Asistiremos al festín de bodas de Lord Harbeth el día después de
mañana —le dijo Richard. —Nos envió una invitación por medio de Sir Matthew
cuando hizo su ronda preguntando a los señores cercanos a la frontera.
Ella parecía molesta con la idea.
—¿Harbeth? No, me temo que tengo que declinar. Me sentiría obligada a
impulsar a la pobre novia a escapar. Él es como un sabueso, olfateando y
buscando por ahí. Es cómico, pero no cuando te están cazando a ti.
Richard rió con placer ante su descripción. Nunca lo había conocido, pero ahora
quería hacerlo.
—No iremos para ayudar a celebrar, aunque supongo que también deberíamos
hacer eso. Como he dicho, iremos porque necesitamos hablar con aquellos
afectados por este peligro bajo el que estamos. Y debo hablar con un juglar que
estará ahí.
Ella se dio la vuelta, interesada, con la ira abandonada por el momento.
—¿Un juglar? ¿Por qué?
Richard se acercó, como si fuera a contarle un secreto.
—Él ha interpretado en cada fortaleza de las cercanías. En ambos lados de la
frontera. Dicen que incluso ha visitado Byelough, hogar de nuestro infame Alan el
Honesto.
—¿Él lo admite? —preguntó Sara, sorprendida. Y, para el alivio de Richard, sin
deseos de discutir.
—Es francés de nacimiento —le confió Richard. —Sir Matthew escuchó que el
juglar se rehusó a quedar entre las peleas de los ingleses y los escoceses. Uno de
los barones intentó presionarlo para conseguir información sobre Byelough, pero
el viejo cantante dice que no revelará nada ni aunque lo torturen.
Sara se rió sin alegría.
—Y se rehusaría a cantar si abusan de él, puedo apostarlo. Sabe usar bien su
poder.
Richard arrancó un puñado de pasto con la punta de la bota.
—Ese sujeto es viejo y respetado por su talento. Su demanda es alta, eso he
escuchado. Su nombre es Melior. ¿Sabes de él?
Sus cejas se elevaron en sorpresa mientras se giraba hacia él.
—¡Sí! A mi padre no le gustaba contratar músicos, así que nunca lo he
conocido, pero he escuchado a otro jurar que tiene la voz de un ángel.
Richard observó a Sara cuestionadoramente.
—¿Vendrás conmigo?
Ella sacudió la cabeza con vehemencia.
—No, nunca asisto a tales reuniones.
—¿Por qué no? —preguntó, conociendo perfectamente bien la respuesta. —
Ah, es porque piensas que alguien verá mal tu cicatriz, ¿tengo razón?
Ella no tuvo que contestar. Su rostro se volvió completamente rojo, causando
que su blanca cicatriz resaltara.
Richard se rió.
—¿Dónde está ese valor tuyo ahora?
—Mi apariencia ofende —explicó. —No es solo la cicatriz. Los hombres se
avergüenzan al ver mi tamaño —removió impacientemente la melena negra que
colgaba sobre su hombro. —Soy desaliñada. Y no tengo gracia en lo absoluto. Mi
propia madre lo decía. Meramente deseo evitar incomodar a otros. Pero te
aseguro, ¡que no soy ninguna cobarde! —anunció.
—Pruébalo entonces, y ven —la retó, señalándola con sus dedos índice y
medio. —Y a cualquiera que te vea con menos que adoración, le sacaré los ojos.
Su risa iluminó un día cubierto de sol. Richard rió con ella y disfrutó del raro
momento de camaradería que nunca había sentido con nadie más.
—Por favor hazlo, Sara —le suplicó. —Si no pasa ninguna otra cosa de
importancia, al menos podré bailar finalmente con mi esposa.
Ella se dio la vuelta, pero no antes de que pudiera ver el anhelo en sus ojos.
¿Sara amaba bailar?
—¿Mi muy agraciada esposa? —añadió con una sonrisa. —La única mujer cuya
nariz no choca contra mi pecho.
—Oh, muy bien —dijo, con una risita ahogada. —Si insistes.
—Nunca —corrigió, pretendiendo estar insultado. —Te invito. Te pido. Te
imploro.
—Y yo cedo —dijo con una mirada seca y sacudiendo la cabeza. —Ahora
debemos ir a casa. Los niños estarán listos para sus lecciones.
Richard se felicitó a sí mismo. Sacar un poco de su encanto había funcionado.
Sara parecía complacida.
Pero aun mientras se daba una palmadita en la espalda por su éxito, Sara se
apartó de él rápidamente cuando intentó ayudarla a montar.
Todavía no había arreglado esto completamente. Nunca más tendría por
seguro que Sara simplemente dejaría de lado sus comentarios.
El más pequeño la había encendido, y en el peor momento posible. O
posiblemente, había notado todas sus protestas y esta última había sido la
definitiva. Por lo tanto, tendría que vigilar su lengua.

*****

Sara no entendía por qué había accedido a ir a la boda de Harbeth. Pensaba


que solo los sacerdotes se castigaban a sí mismos sin razón. Aun así, ahí estaba
ella, con un látigo en la mano. Pero había accedido a ir, y eso haría. Retroceder a
su palabra ahora solo la haría parecer débil a los ojos de Richard. Y fuera lo que
fuera, no sería llamada débil.
Mucha gente iría, Sara lo sabía por los tiempos en que sus padres habían
llevado compañías a Fernstowe, y visitado otros castillos. Desde luego que
ninguno era su amigo.
Las mujeres eran desdeñosas con ella porque incluso su propia madre lo había
sido públicamente. No era secreto para ellas que Lady Eula despreciaba a su
cicatrizada hija. Sara se estremeció cuando recordó las conversaciones que había
escuchado, algunas con intención de que lo hiciera.
Los hombres la evitaban porque era más alta que la mayoría de ellos. Se verían
ridículos caminando junto a ella, o bailando. Su padre presumiendo sin parar de lo
buena que era con las armas tampoco le había ayudado mucho.
Lord Calpern la había llamado Boadicea de Simon, por la antigua Reina guerrera
que comandó la guerra contra los romanos. Había pretendido que le daba orgullo,
pero la había hecho sentir poco femenina. Dios quisiera que ya hubiera olvidado
ese apodo, pero Sara no tenía muchas esperanzas.
¿Richard bailaría con ella como había sugerido? ¿Realmente la defendería, o se
uniría en las burlas tal como su madre había hecho? No, simplemente las ignoraría
tal como había hecho su padre.
Algo en el interior de Sara insistía en que fuera y lo averiguara, sin importar el
dolor que pudiera causar. Lo que pasara ahí bien podría determinar si se quedaría
o no como una esposa.
Richard declaró que se quedaría con ella, ¿pero lo decía en serio? Después de
este evento en la fortaleza de Harbeth, ¿aun querría hacerlo? Ella misma podría
no quererlo si resultaba no tener respeto por sus sentimientos.
Pasó todo su viaje a casa temiendo lo que tendría que enfrentar en menos de
dos días.
—Vaya ceño fruncido —comentó Richard cuando llegaron a los establos de
Fernstowe. —Espero que no haya sido por la compañía.
No le dio oportunidad de evitarlo cuando colocó las manos para ayudarla a
desmontar. Ella lo permitió de mala gana, apartándose tan pronto como le fue
posible. Su agradecimiento apenas tuvo más volumen que sinceridad.
¿Por qué no podía dejarla sola? Su cuerpo entero temblaba cada vez que ese
hombre la tocaba. Dada la sonrisa que tenía, sospechaba qué lo sabía y conocía la
causa. Pero no importaba cuánto lo deseara, Sara se recordó a sí misma que no
debía mostrarlo. Respiró profundamente para tranquilizarse. Nunca más.
—Y el Rey Alfred se entretuvo tanto planeando sus tácticas de batalla, que
permitió que los pasteles de la mujer se quemaran —recitó Christopher.
—Debió cuidarlos mientras estaba pensando —dijo Nan asintiendo como lo
haría alguien que conoce mucho del tema. —Supongo que se fue con hambre.
—¿Qué clase de Rey era él, incapaz de pensar en dos cosas a la vez, padre? —
preguntó Christopher. —El buen Rey Edward podía haber hecho ambas cosas,
estoy seguro.
Richard asintió con aprobación y recordó sonreír como Sara había sugerido.
—Le diré a su Majestad que dijiste eso. Le encantará saber de la fe que tienes
en él.
—¿Él es muy sabio entonces? —preguntó Nan, pues ella nunca había conocido
al Rey.
Richard miró de reojo a Sara y vio su expresión de desdén. Obviamente no le
importaban las decisiones del Rey. ¿No le importaba que Edward le hubiera
ofrecido escoger a su esposo en primer lugar? ¿O la oferta del Rey por anular el
matrimonio? Richard se lo preguntaba.
—Algunos lo consideran sabios, Nan. Aquellos que vivan más allá de nuestro
tiempo contarán su historia, pues su régimen no ha terminado. Todavía no
sabemos todos los resultados de sus decisiones.
—Como con el Rey Alfred —añadió Christopher.
—Justamente, una buena comparación, Chris. Nan, ¿quién consideras que es la
mejor Reina?
—¡Boadicea! —anunció orgullosamente.
Sara jadeó con sorpresa. Richard la miró, preguntándose qué lo había causado.
—¿No estás de acuerdo?
—¿Có… cómo supiste de ella? ─preguntó Sara con el rostro enrojecido.
—¡Papá nos dijo! —dijo Nan, emocionada por ser el centro de atención.
—¿Cuándo? —demandó Sara, fulminándolo con la mirada como si hubiera
cometido un crimen.
—Ayer —dijo Nan, —mientras practicábamos con nuestras espadas.
Sara le dirigió una mirada asesina y se levantó de su banquillo.
—Continua como desees, yo ya he terminado.
Con eso, se fue hecha una furia. Y azotó la puerta.
Nan inclinó la cabeza y señaló.
—Debe querer más a alguna otra Reina.
Richard no pensaba que ese fuera el problema. ¿Pero cuál era? ¿Por qué el
mero nombre de una Reina muerta hace tanto tiempo la molestaría tanto?
—Recojan sus tabletas y agujas —instruyó a los niños mientras se levantaba de
la mesa. —Necesito hablar con su madre.
—Ella no es mi madre —gruñó Nan.
Con esfuerzo, Richard se mantuvo paciente. Caminó hacia Nan, colocando una
mano sobre su hombro.
—Lo será si se lo permites, hija.
Incluyó a Christopher inclinando la cabeza hacia el niño.
—Sus madres ya no están vivas para proveerles en el futuro. Lady Sara parece
dispuesta a hacerlo. ¿No deberías darle esa oportunidad?
—¿Me lo estás ordenando? —preguntó Nan, con su labio inferior temblando.
—No —le aseguró Richard. —Solo desearía que mantuvieras tu mente abierta
al respecto.
—La escuché decirle a Bertie que yo era ostilada —le confió Nan. —¿Es eso
malo?
—Obstinada —corrigió Richard. —Y no debes escuchar conversaciones ajenas,
lo sabes. Pero la obstinación no es necesariamente mala. Solo significa que eres
necia, lo cual debes admitir que es cierto.
Christopher se rió escondiéndose detrás de su mano.
—Dijo que eres arrogante —le informó Nan a su hermano, luego se giró a
Richard. —¿Eso también significa necio?
Él reflexionó.
—Significa orgulloso, no es algo malo tampoco —les aseguró Richard.
—Bueno, eso está bien —dijo Nan, —porque dijo que tú también eras esas
cosas.
Richard bajó la cabeza y sonrió para sí mismo.
—Supongo que tenemos que aprender a ser humildes cuando sea necesario —
luego se enderezó y se puso de pie. —Ahora salgan de aquí y disfruten del sol. Eso
si es una orden.
Se rió ante su ruidosa alegría y los siguió.
Dejando de lado la obstinación y la arrogancia, de verdad necesitaba hablar con
Sara para descubrir qué la perturbaba ahora.
Capítulo 12

—¿Tú y papá nos van a dejar? —demandó saber Nan. Se subió a la cama y se
sentó, con las piernas colgando a un lado. —Queremos ir contigo.
Sara cerró y aseguró el cofre que se llevaría a la fiesta de Harbeth.
—Solo nos iremos por dos noches. La fortaleza es pequeña y probablemente
no tendrán un lugar para que duermas.
—Chris y yo nos podríamos quedar en la misma habitación que tú y papá.
—No tendremos un lugar para nosotros. Las mujeres dormirán en el solar, los
hombres en el salón. Ambos estarán llenos.
Y eso será un alivio, pensó Sara para sí misma. Tendría una perfecta excusa
para dormir aparte de Richard por lo menos por una noche más. No había ido a su
habitación la noche pasada o la anterior a esa, pero sabía que solo era cuestión de
tiempo antes de que lo hiciera.
Él había sugerido que se reunieran en su habitación nuevamente, pero ella no
lo haría a menos de que lo demandara directamente. Nunca más le daría la
oportunidad de señalar su predisposición, o llamarla extraña y diferente de las
otras mujeres que conocía.
Durante los últimos dos días, él había sido completamente paciente y
agradable. Incluso encantador en algunos momentos. Sara se dio cuenta de que
había hecho algo bueno para variar al distanciarse de él.
Nan saltó de la cama y se precipitó a la puerta, distrayendo a Sara de sus
pensamientos.
—Papá nos dejará ir. Le recordaré que los escoceses nos atraparan si nos deja
atrás.
Berta sacudió la cabeza y soltó una risita mientras hacía señas al chico que
esperaba para bajar el cofre de Sara para que lo subieran al carruaje.
—¡Esa niña! Le dije que habrá bastantes hombres quedándose aquí para
protegernos.
Sara luchó con su trenza, intentando acomodarla de alguna manera con los
largos broches de hueso.
—Dejaremos que su padre se encargue, supongo. Si cambia de opinión sobre
ellos acompañándonos, creo que me quedaré aquí.
Berta se rió de nuevo.
—No me pida que vaya en su lugar. ¡Puedo imaginar el desorden que esos dos
provocarían en una boda! ¡Nan con su afilada lengua y el joven Chris con todas sus
preguntas! Odio siquiera imaginarlo.
—¡Listo! —dijo Sara dándole una palmadita final a su trenza, ahora
propiamente asegurada y cubierta con un velo. —Estoy lista para irme.
—Se ve hermosa —declaró Berta.
Sara gruñó.
—Claro que no, pero no es importante.
La criada detuvo su salida tirando de su manga.
—Si no le importa mi consejo, mi lady…
Sorprendida ante el atrevimiento de Berta, Sara miró a la mujer.
—¿Consejo?
—La verán como usted se vea —dijo Berta.
—¿Qué quieres decir?
Berta dudó por solo un momento antes de contestar:
—He vivido en Fernstowe toda mi vida, como usted bien sabe. Nosotros los de
las mesas inferiores vimos lo que pasó cuando esos vinieron, aquellos vecinos.
Solo seguían el ejemplo de su mamá para tratarla, esas ladies.
—¿Y los hombres? —preguntó Sara con una sonrisa apretada. —¿Quién
supones que robó su caballerosidad?
—El viejo chamuco —dijo Berta riendo. —Sí, el mismo demonio los hizo
molestarla —levantó una ceja y chasqueó la lengua. —Eso, y no se sentían seguros
de sí mismos cuando tenían que ver a una mujer hacia arriba.
—De eso me di cuenta, y aún deben sentirse así, a menos de que camine sobre
mis rodillas —dijo Sara secamente.
Berta le dio una palmadita en la manga.
—Camine con orgullo, Lady Sara. No hay ninguna dama que pueda compararse
con usted. Todos nosotros lo pensamos.
Conmovida hasta el punto de querer llorar por sus palabras, Sara solo pudo
inclinar la cabeza como agradecimiento. Desearía no tener que encarar a esos
nobles nunca más. Pero dado que tenía que hacerlo, Sara determinó que
mantendría en su mente que su propia gente la amaba sin importar cómo luciera.
No les importaba si era extremadamente alta, o que su cabello se enredara
locamente o que su rostro estuviera marcado por la cicatriz. Y tampoco le
importaba a su esposo. Podía ser que no la amara, pero ahora se sentía bastante
segura de que no era por ningún defecto físico. Richard solo se oponía a su
voluntad.
Ella no podía cambiar esa parte de sí misma tampoco, pero quizás un poco de
voluntad le sería muy útil durante los próximos dos días.

*****

En el camino a la fortaleza de Harbeth, Richard se arrepintió de su poca


agradable salido de Fernstowe. Se preguntó si la memoria del berrinche de Nan y
los pucheros silenciosos de Chris causaban el ceño fruncido de Sara. Lo que era
más probable era que fuera el temor que sentía a la llegada con Harbeth lo que
motivaba su preocupación.
—Todo estará bien, Sara —le aseguró.
—Desde luego —le contestó, disminuyendo su ceño fruncido y forzando una
sonrisa. —¿Por qué no sería así?
Desearía poder hacer que lo creyera, pero no estaba seguro de creerlo él
mismo. El juglar, Eustiss, se había sentido obligado a advertir a Richard de lo que
uno podría encontrarse cuando llegaran a su destino. Las historias de eventos
pasados en Fernstowe daban poca esperanza de que las cosas fueran a progresar
de manera diferente a menos de que Richard tomara el asunto en sus manos.
¿Pero qué podía hacer él? ¿Golpear a cada hombre presente que la insultara?
¿Y qué pasaría con las mujeres? ¿Cómo lograría hacer eso? De alguna manera,
tenía que prevenir que lastimaran a Sara con sus palabras estúpidas. Se sentía
terriblemente responsable porque él la había hecho acompañarlo. Sabía que
nunca podría resistirse a un desafío, un desafío a su valor. Cualquier dolor que
sufriera sería obra suya.
Habían salido antes del amanecer, aunque necesitaban viajar menos de tres
horas, manteniendo un paso moderado. La boda tomaría lugar poco después de
que llegaran.
Richard se preguntó si deberían quedarse para el festín y pasar la noche ahí.
Sara probablemente se quedaría sola con las otras mujeres, donde él no podría
defenderla. Pero hacer excusas para irse, cuando obviamente habían llegado
preparados para quedarse, podría empeorar las cosas.
Incluso después de que Sir Edmund anunciara su llegada y entraran por los
portones de la fortaleza de Harbeth, Richard todavía no había decidido qué hacer.
El conjunto de los huéspedes recién llegados y sus animales llenaban el patio.
En medio de la confusión, Richard ayudó a Sara a bajar de su yegua. Envió a Sir
Edmund a recibir instrucciones sobre la disposición de su equipaje y el acomodo
de las monturas.
—Aja, ¡Si es la pequeña Sara de Fernstowe! —gritó un corpulento caballero que
se abría paso entre la multitud. Hizo una profunda reverencia cuando llegó con
ellos, golpeando a una mula con su enorme espalda. Riendo ante su propia
torpeza, el hombre le dio a Richard una palmadita en el brazo. —¡Y su nuevo Lord
Strode!, ¿no es verdad?
—Richard Strode a su servicio —confirmó Richard. Levantó una ceja, esperando
porque el estridente hombre se presentara.
—¡Jem Harbeth! ¡Soy el novio! —gritó el hombre sobre el alboroto, dándose un
golpe en el pecho. Luego soltó una risita, un sonido singularmente poco atractivo
que combinaba con su apariencia. —Y no el novio de cualquiera, ¡el novio de la
novia!
El hombre estaba tan ahogado en alcohol que apenas podía sostenerse.
Richard asintió.
—Felicidades.
—Bueno entonces… —comenzó el hombre, luego pareció olvidar lo que quería
decir. Su mirada perdida se alejó cada vez más hasta posarse en otra cosa. —Aja,
ese es Dismoth por allá. ¡Hola, buen amigo! ¡Bienvenido! —cojeó hacia el hombre
que había visto y desapareció en el mar de gente.
Sara se rió y le dio un codazo a Richard.
—¿Ves a lo que me refiero? Espero que la novia tenga un buen sentido del
humor.
—Y un mal sentido del olfato —añadió Richard con una risita. Su anfitrión
apestaba a sudor y alcohol.
—Ven —aconsejó Sara, —tengo un presentimiento de que tendremos que
encontrar nuestras propias acomodaciones. La madre de Halberth es vieja y poco
firme y, hasta donde sé, no tiene ama de llaves todavía. ¿Deberíamos
simplemente sentirnos como en casa?
—Dios lo perdone —murmuró Richard, escaneando la mal cuidada fortaleza
con su mirada. Escuchó a Sara reír de nuevo. Al menos su humor estaba
mejorando.
Hasta ahora, nadie excepto Harbeth la había notado. Liberó el brazo con el que
rodeaba su cintura y se mantuvo a su lado, tanto para señalar su posesividad y
protección como para darle comodidad.
Los dos hombres que habían montado con ellos en adición con Sir Edmund, los
siguieron con el cofre de ropa de Sara, la silla de montar de Richard contenía su
propio cambio de ropa y el chal de plata que había comprado como regalo para los
novios.
Mientras miraba en el salón, Richard comentó:
—Preferiría arrancarme los dientes que dormir aquí.
Sara hizo una mueca.
—Me pregunto si podríamos irnos después del festín sin que se den cuenta.
—¿Y montar a casa en la oscuridad? —Richard tenía que admitir que estaba
tentado, a pesar del peligro involucrado, pero no podía arriesgar a Sara. —
Deberíamos quedarnos.
—Muy bien entonces, pero ten cuidado de donde pisas, por no mencionar
donde te acuestas esta noche —le advirtió, arrugando su nariz ante el aroma de
suciedad animal y comida podrida. —Iré al solar ahora para refrescarme antes de
la ceremonia —le indicó al muchacho que llevara su equipaje.
—Te estaré esperando cerca de la puerta externa cuando termines —dijo
mientras ella desaparecía por un recinto amurallado al final del salón.
Escuchó los acordes de una lira por encima de la cacofonía de aullidos de
sabuesos, invitados conversando que ahora comenzaban a entrar, y el ruido
frenético de los sirvientes intentando ordenar tal pandemónium. Richard siguió el
débil pero hermoso sonido.
Salía de una pequeña alcoba cerca de la puerta del salón. Ahí se hallaba un
hombre sentado, sosteniendo el instrumento y rasgueando las cuerdas,
aparentemente sin darse cuenta de los sonidos molestos que lo rodeaban. Era el
viejo juglar, vestido de manera simple pero elegante. Su cabello estaba bien
peinado y su barba era del color de la nieve.
—¿Maestro Melior? —preguntó Richard mientras se aproximaba al hombre.
—Oui, monsieur, el mismo —tocó dos acordes con un suave movimiento de sus
largos dedos.
—Soy Richard Strode. ¿Recuerda mi nombre?
Melior sonrió, su mirada era afilada y oscura como la noche.
—Oui, me acuerdo de usted, aunque como un infante lloroso. No se parece a
su hermano, excepto por sus ojos. Verdes como el pasto e inconfundibles. ¿Cómo
está su padre?
—Muy bien, para su edad —contestó Richard. —Se está acercando a los
ochenta.
El juglar se rió y dejó a un lado su lira en la banca de piedra para levantarse.
—Dele a Lord Adam mis saludos cuando lo vuelva a ver. Pregúntele si recuerda
cuando capturamos a Lord Hume. Ah, esos tiempos eran salvajes, lo juro.
—Lo recuerda a menudo y con gran placer —Richard ofreció su brazo como lo
haría al saludar a un amigo. En efecto, lo consideraba como uno incluso si no podía
recordarlo.
—Deseo agradecerle por rescatarnos en Rowicsburg hace todos esos años. Me
pregunto cuántas veces he escuchado la historia de nuestro escape. Por lo menos
unas cien veces.
No esperó a que Melior respondiera.
—Ahora he venido para rogarle por más ayuda.
Melior sonrió sabiamente.
—Desea encontrarse con su hermano.
—Sí, ¿podría arreglarlo?
—Dicho y hecho, como diría Sir Alan. Él ya escuchó de su matrimonio y de que
ahora vive por aquí cerca. Desea mucho verlo. ¿Qué lugar sugiere para la reunión?
—preguntó Melior.
—¿Vendría a Fernstowe? Asegúrele que estará seguro ahí. Le doy mi palabra.
Richard miró por encima de Richard, hacia la apertura de la alcoba.
—Mi lady, ¿busca a alguien?
Richard se dio la vuelta.
—¡Sara! Pensé…
—¿Qué me tardaría más en el solar? —preguntó cortantemente. —
Obviamente.
Ella notó la lira sobre la banca.
—Maestro Melior —luego le dirigió una mirada ligeramente acusadora a
Richard. —Amigo de Alan el Honesto.
—Oui, madame —contestó Melior, alternando su mirada de uno al otro como
si esperara una pelea.
Richard se dirigió a Sara.
—¿Escuchaste?
—Lo hice —admitió con una fría sonrisa y saludó al juglar. —Agregue mi propia
invitación junto con la de mi esposo, Maestro Melior. Con gusto recibiré a Sir Alan
en mi hogar de la misma manera que él recibiría a mi esposo en el suyo.
—Como desee, madame —contestó Melior.
Richard tomó el brazo de Sara y la guió hacia la puerta del salón, donde
muchos comenzaban a dirigirse a la capilla.
—¿Qué quisiste decir por eso? —preguntó mientras caminaban juntos.
—Precisamente lo que dije —contestó Sara. —Tú puedes pensar lo que
quieras.
Richard suspiró con frustración. ¿Cómo podía convencer a Sara de que Alan no
tenía nada que ver con su secuestro y demanda de rescate? ¿O la muerte de su
padre? Seguramente cuando su hermano los visitara y ella lo conociera, se daría
cuenta de que Alan era inocente de los crímenes de los que se le acusaba.
Su enemistad era profunda (por buenas razones, dado que su padre había sido
asesinado) pero pronto se daría cuenta de que su odio no estaba bien dirigido. Al
menos esperaba fervientemente que fuera así.

*****

Sara se paró junto a Richard en el patio, pensando una y otra vez en lo que
había tenido lugar en el salón. Sufriría la llegada de Alan a Fernstowe, si es que el
hombre se atrevía a mostrar su rostro. Dudaba que fuera tan tonto. Aun así, se
prepararía bien para su traición antes de que sucediera.
A menos de que tomara medidas para proteger a Richard, se daría cuenta
demasiado tarde de que había puesto su confianza en el hombre incorrecto, el
mismo hombre que ya lo había engañado.
Entonces dejó sus planes de lado para presenciar la boda de Harbeth con la
diminuta Lady Hildegard. La pareja tomó su lugar para decir sus votos frente al
pastor, en la puerta de la capilla para que todos pudieran ver.
—Son una pareja extraña —susurró Richard, su comentario casi se perdió entre
las conversaciones a su alrededor.
Ella inclinó la cabeza hacia él.
—Cualquier pareja con Harbeth se vería extraña. Pero Lady Hildegard parece
resignada. Había imaginado que escogería alguna niña irresponsable para casarse,
pero esta mujer le queda mucho mejor. Gracias al cielo es una viuda con
experiencia.
—Aun así, ella no está sonriendo —señaló Richard. —Yo diría que se da cuenta
de que su trabajo terminó. Harbeth obviamente la necesita, pero ponerle orden a
este lugar acobardaría a la esposa más dura.
Sara se rió.
—El estado de la fortaleza es la menor de sus preocupaciones, diría yo.
Richard clavó los tobillos al suelo, poniendo sus manos detrás de él.
—En tu opinión, esa sería tenerse que acostar con él.
—En la opinión de todo el mundo, sería acostarse con él. El pobre es como un
cachorro gigante. Y borracho, para empeorar las cosas.
—Esta mañana apenas bebió. Es el día de su boda —discutió Richard,
sintiéndose obligado a defender al pobre tipo.
—No necesitas hacer excusas por él. Ese hombre está lo más sobrio que puede
estar. El problema es, que Harbeth podría limpiarse, dejar de beber y convertirse
en un hombre respetable si quisiera. Tan molesto como puede llegar a ser, todavía
simpatizo con él. Si alguien sufre más por nuestros vecinos que yo, es el pobre
Harbeth sin suerte. No debería unirme a ellos con mis comentarios, ni siquiera
hablando contigo.
Richard frunció el ceño severamente.
—No he escuchado a nadie ridiculizarte, Sara.
Ella respiró profundamente, forzando una sonrisa.
—El día todavía es joven.
Él tomó su brazo mientras la ceremonia terminaba y se dirigían hacia la capilla
para la misa.
—Felicitaciones por su reciente matrimonio, Lady Sara —dijo una voz detrás de
ella.
Sara se giró lo suficiente para ver a la esposa de Sir John Horton sonriendo
burlonamente.
—Veo que se las ha arreglado bien sola —la mujer inspeccionó a Richard con
una mirada lasciva.
—Ciertamente —contestó Sara. —Richard, Lady Emma Horton. Lady Emma, le
presento a mi esposo, Richard Strode.
Richard hizo la mejor reverencia que pudo siendo empujado por la multitud.
—Encantado.
—O forzado —vino la respuesta risueña de la mujer dentro de la oleada de
susurros.
Todos lo sabían. De alguna manera, las circunstancias de su matrimonio con
Richard eran conocidas por todos. Probablemente los hombres del Rey lo habían
divulgado por toda Inglaterra. Ahora sus vecinos tenían una broma más que
añadir, pensó haciendo una mueca.
Sara se sintió culpable al darse cuenta de que había esperado que el viejo
Harbeth sería el blanco de todos los comentarios mientras estuvieran ahí. Después
de todo, estaría demasiado adormecido por el alcohol como para que le
importara.
Ahora esa oportunidad había desaparecido. Sara de Fernstowe, la vieja torre
cicatrizada, había capturado a un apuesto caballero que pasaba por sus tierras. Se
había casado con él mientras no estaba consciente, la única manera en que podría
conseguir un esposo de cualquier tipo. Esa historia ganaría más risas que
cualquiera de las payasadas que pudiera hacer Harbeth.
Que hubiera (incluso si había sido inconscientemente hasta ese momento)
deseando que la burla sobre alguien más la salvara, hizo que Sara se sintiera
mezquina y estúpida. Debía rezar por perdón durante la misa. Y mientras lo hacía,
también rezaría por la futura felicidad de Lord Harbeth y Lady Hildegard. Dejando
de lado la manera en que Harbeth había bromeado con ella durante años, no era
un hombre verdaderamente malo, incluso cuando tenía copas de más.
Los dedos de Richard se clavaron en el codo de Sara mientras fulminaba con la
mirada a Lady Emma. Pero no dijo nada, pues habían llegado a la puerta y entrado
en la capilla.
Una vez que hicieron su reverencia, rápidamente la guió para que se pararan
contra la pared del fondo y la rodeó con su brazo, con su mano apretando su
cintura, una señal protectora que Sara apreció.
Ella se recargó en su costado, agradecida por su presencia para su propio bien,
pero sintiéndolo por él. Su esposo se acababa de convertir en un hazmerreír, ya
fuera que lo supiera o no. Sara sospechaba que lo sabía.
Después de la misa, todos volvieron al salón para el desayuno nupcial. Resultó
ser algo apresurado dada la caza tradicional que tenía que tomar lugar.
Richard acarició su brazo y tomó su mano mientras los hombres comenzaron a
reunirse para salir.
—¿Estarás bien sola?
—¿Sola? —se burló Sara, y señaló a la multitud. —No me faltará compañía.
Este lugar está lleno hasta el techo, como puedes ver.
—¿Estarás bien, Sara? —repitió, expresando en sus ojos su renuencia a dejarla.
—Estaré bien —le aseguró. —Ahora ve y enséñales cómo se caza cuando se
está sobrio. Pareces ser el único hombre que lo está.
Él asintió y apretó sus dedos antes de irse.
Richard podía ser un galán cuando se lo proponía, pensó Sara con una sonrisa.
Nuevamente lamentaba haberlo arrastrado a esta farsa. Y eso era precisamente lo
que su matrimonio parecía para todos.
Incluso ella podía ver lo condenado que estaba. Él había rechazado la
disolución solo por las apariencias. O, más probablemente, no quería admitir que
había sido engañado Realmente. Demasiado tarde. Ahora que cada alma en
Inglaterra probablemente había escuchado lo que verdaderamente había pasado,
Richard no tendría más razones para quedarse con ella y no podía culparlo.
—¿Madame?
Sara saludó al juglar con una inclinación de cabeza. Había pretendido buscarlo
y ahí estaba.
—Buen Melior. Veo que usted no disfruta de la caza.
Él se encogió de hombros de una manera que era típica entre los galos.
—Los caballeros y Lords no aprecian la compañía de un humilde juglar,
madame. No fui invitado.
—Ellos se lo pierden —dijo Sara tranquilamente, —y yo gano. ¿Tocaría para las
damas? —miró a su alrededor y vio que la mayoría de las mujeres se habían
dirigido al solar. El terror a unírseles la impulsó a añadir: —O podríamos recorrer
el salón para acostumbrarnos al lugar.
Él asintió aceptando la sugerencia y caminaron juntos.
—Puede que necesite música en el futuro —le dijo. —Mi padre no tenía buen
oído para ella, pero yo la disfruto. ¿Vendrá a Fernstowe algún día?
—Si lo desea —dijo. Sus facciones arrugadas y parecidas a las de un zorro se
veían complacidas, mostrando una pequeña sonrisa.
—Lo esperaremos con ansia —dijo Sara cuidadosamente, abriéndose paso a la
discusión que verdaderamente quería tener. —¿Toca mucho en el Castillo
Byelough?
—Siempre pasó ahí el invierno —admitió. —Sir Alan ha sido de lo más
generoso durante años.
—Ah, entonces supongo que lo conoce bien. ¿Me contaría algo del hermano de
mi esposo? Quisiera saber más de mi nueva… familia.
Las cejas del astuto juglar se inclinaron y su pequeña boca se levantó de un
lado.
—¿Qué desea saber?
Sara pensó por un momento antes de proceder.
—Sir Alan tiene casi cincuenta años, eso me ha dicho Richard.
—Es verdad. Era un hombre adulto cuando su esposo nació.
—¿Tiene hijos? —adivinó Sara. Nadie había mencionado ninguno, pero
seguramente debía tenerlos. Richard pensaba que un hombre joven era el
responsable de los problemas con la frontera. ¿Quién más podría ser?
—Tres finos hijos —confirmó Melior. —Adam, el mayor, tiene el enorme
tamaño de su padre. Dairmid y Nigel siguen creciendo. También hay dos hijas.
Christiana y Margareth, ambas casadas y con bebés propios.
—¡Un gran número de niños! —exclamó Sara educadamente. —Qué bien por
ellos. Pero háblame del mayor. ¿Qué edad tiene?
—Adam tiene veinticuatro, me parece.
Eso explicaba la juventud del bandido de la frontera. El problema podría no ser
el hermano de Richard después de todo, sino el hijo de Alan. Sara se preguntó si
debería decirle esto a Richard, o simplemente mandarlo capturar y sacar una
confesión de su secuestrador. Supuso que sería mejor si lo veía por sí mismo.
Después de un momento de silencio, Sara preguntó:
—¿El joven Adam querría venir con su padre a Fernstowe?
Melior lo consideró.
—¿Le gustaría que así fuera, madame? Podría ser persuadido.
—Sí —dijo Sara con énfasis. —Me gustaría. Pero —agregó, —debe dejar en
claro a mi cuñado y al… nuestro… sobrino, que serán bienvenidos si están
dispuestos a entrar en Fernstowe desarmados. Solo una precaución, usted
comprenderá.
El viejo sonrió sabiamente.
—Entiendo muy bien. Su casa desconfía de los escoceses.
—Como lo hacen todos los ingleses de los alrededores, y con buenas razones,
debe admitir.
Melior inclinó su cabeza hacia ella, ni en acuerdo ni en negación.
—Los rumores corren, madame, pero la verdad es elusiva. Me haré cargo de
sus peticiones y dejaré de lado las razones. ¿Escuchó que su esposo prometió una
tregua?
—¿Piensa usted que ellos cumplirán y llegarán sin armas?
—No puedo contestar por ellos, madame. Como regla general, los Strodes
hacen lo que les place y nadie se atreve a oponerse.
No por mucho tiempo, decidió Sara. Ese sobrino de Richard nunca aterrorizaría
la Marcha Media ni asesinaría a ningún Lord inglés de nuevo. Se aseguraría de ello.
Siendo justos, primero determinaría si el sobrino de Richard había concebido
esta locura por su cuenta o bajo las órdenes de su padre, Alan el Honesto. Solo
tenía sentido que hubiese sido así.
Sintió una fuerte pulsación de simpatía por Richard, quien había sufrido tal
traición por su propia familia. Pero no había manera de proteger sus sentimientos
en este caso. Necesitaba que lo protegiera hasta que pudiera aceptar la verdad.
Capítulo 13

—Lo único comestible son los nabos —murmuró Richard mientras picaba un
cubo gris con su cuchillo. —Supongo que nos iremos a dormir con hambre.
—¿Dormir? ¿Pretendes dormir? —le preguntó en voz baja. Él podía sentir su
tensión incluso cuando no se estaban tocando. —¡Yo no! Planeo pasar la noche
vigilando a las ratas.
Se estremeció mientras él reía.
—Oh, vamos, no es tan malo. Mira, Melior va a tocar ahora. Podemos dejar de
fingir que estamos comiendo —le hizo señales al chico que les servía para que se
llevara la comida que compartían.
—¿Más cerveza? —le preguntó a Sara.
—Creo que no —contestó, mirando a la esquina de la mesa. Su anfitrión estaba
de lado en la silla, muerto para el mundo. La novia se veía aburrida. —Venir aquí
fue un error, Richard. Vayamos a casa. No me importa si todos los bandidos de
Inglaterra nos esperan afuera.
—Bueno, a mí sí me importa.
—¡Toca para nosotros, hombre! ¿Vamos a bailar o no? —gritó una fuerte voz
en el estrado. —¡Es verdad que ya pasa de mayo, pero aquí tenemos de visita a un
palo de mayo para bailar! —el padre de la novia se le acercó. —Venga, Lady Sara
¡ayúdenos!
—¿Palo de mayo? —Richard gruñó mientras se levantaba, listo para destrozar
al hombre.
—¡Cálmate!— le siseó Sara. —Solo empeorarás las cosas.
—Voy a matar algunas cosas, ¡particularmente a ese canalla! —le aseguró
apretando los dientes.
Sara se levantó y se dirigió con gracia hacia un área despejada. Richard la
siguió, con la mano en su cadera. Las parejas empezaron a juntarse hasta formar
un círculo de ocho. Melior y muchos otros músicos comenzaron a tocar.
Rígidamente en un principio, Richard se le unió a Sara en los majestuosos pasos
de la danza. Ella sonreía dulcemente sin dar indicaciones de que nada
inconveniente había sido dicho. Admiraba su aplomo. Ciertamente estaba en
mejores condiciones que el suyo.
La danza terminó, pero no regresaron a sus lugares. Richard pensó en
mantener a Sara entretenida bailando tanto como durara la música. Parecía
mucho más feliz haciendo eso que cualquier otra cosa que hubieran hecho desde
que llegaron. También daría menos oportunidad a que alguno de sus vecinos
bastardos pudieran decir algo que hiriera sus sentimientos.
Arrastrarla a esa maldita boda había sido un error.
Su plan funcionó por un tiempo. Hasta que Lady Emma se les unió en las
danzas. En una voz aguda que se dispersaba demasiado bien por todo el salón, la
mujer gritó:
—¡Lady Sara! ¡No tenía idea de que supiera bailar!
Apretó el brazo de Richard como si su mano fuera una tenaza y se acercó,
hablando tan alto como siempre.
—¡Debe rezar porque no toquen nada más animado, Sir Richard, o podría verse
obligado a levantarla! —su risa tonta se clavó en sus nervios.
—No la he visto bailar a usted, Lady Emma. ¿Quizás envidia la gracia de mi
lady? —sonrió Richard malvadamente.
Risitas cercanas recibieron sus palabras. Nunca había sentido tal urgencia de
hacer daño corporal. En masa.
Sara torció la boca y luego sonrió. Parecía complacida, como si él hubiera
hecho una broma. Sabía que le dolía. La acercó a su lado.
—¿Puedo tener el próximo baile, Lady Sara? —preguntó alguien con una voz
profunda y arrastrando las palabras.
Richard sintió cómo se tensó, aunque su expresión nunca cambió. Nunca había
conocido al hombre que acababa de hablar, ni lo había visto durante la caza o en
lo que llevaban en la fortaleza. Obviamente Sara lo conocía, pero no estaba
ofreciendo ninguna introducción.
—No, no puede —contestó secamente y sin explicación.
El sujeto inclinó su cabeza en un gesto parecido a una reverencia y se alejó.
Richard se dio cuenta de que era alguien apuesto, finamente vestido y bien
formado. Tenía facciones regulares excepto por una ceja oscura, fruncida después
de algún tipo de batalla. Ésta le daba un aspecto arrogante y libertino, como si sus
cejas estuvieran permanentemente levantadas en cuestionamiento. Aunque su
piel debió tener furúnculos cuando era joven, se había recuperado lo
suficientemente bien y estaba bien afeitado.
El recién llegado era de una estatura ligeramente menor a la de Richard, y
ciertamente lo suficientemente alto para no ser intimidado por la estatura de
Sara. No había nada realmente cuestionable sobre él que Richard pudiera ver.
¿Por qué se había negado Sara a bailar con él? Richard hubiera pensado que la
invitación del hombre tranquilizaría a Sara, habiendo llegado inmediatamente
después de la burla de Lady Emma.
—Parece que tienes otro campeón además de mí —dijo, para que solo ella
pudiera escucharlo. Se comportaba sin ninguna vergüenza, lo sabía, pero quería
saber quién era el hombre. Los celos lo consumían, pero no con demasiada fuerza
dado que Sara no parecía interesada.
Ella soltó una pequeña risita de burla (algo muy distinto de su expresión de
felicidad) y entonces miró detrás de él mientras susurraba:
—Sácame de este lugar, Richard. Por favor.
La música comenzó de nuevo y Richard la llevó al círculo.
—Sopórtalo con valor, mi amor —le aconsejó. —Confía en mí, es lo mejor que
podemos hacer.
Ella lo hizo, y con fortaleza. Richard observó los rostros de los que los
observaban bailar. Todos y cada uno de los hombres envidiaban que tuviera a
Sara. Podía verlo claramente, incluso si ella no podía. Todas las mujeres tenían una
mirada de miedo o de menosprecio.
Sara las intimidaba, no tenía ninguna duda. Era demasiado hermosa. Pero
además de eso, Sara tenía un aura de autoestima que no tenía nada que ver con
su apariencia.
Era una mujer que se comportaba como si no necesitara la ayuda de ningún
hombre, ni para defenderla ni para definirla. Y esa actitud (no su belleza de
piernas largas, la cicatriz o su agresividad) era lo que la hacía especial entre estas
personas.
Una repentina revelación le llegó como un golpe: eso era lo que hacía que él
pensara que era extraña. También se dio cuenta de que le gustaba que fuera
extraña. Ella había destrozado por completo su idea de la mujer ideal, pero no le
importaba para nada. Sara era Sara. Incomparable.
Juntó sus manos y se acercó a ella como la danza lo requería.
—Eres como ninguna otra —le dijo en el oído, con un tono cariñoso. Sus
miradas se juntaron mientras se apartaba, con las manos firmemente unidas, y
volvieron a juntarse. —Y te amo por eso.
Sus propias palabras sorprendieron a Richard, tal como debieron sorprenderla
a ella, pero lo decía completamente en serio. Los ojos de Sara se cerraron y sus
labios se apretaron mientras apartaba sus manos y se movía por el círculo tal
como la danza lo requería.
Cuando lo encaró nuevamente, su sonrisa firmemente en su lugar, Richard vio
una lágrima resbalar por su mejilla. Era la primera que había visto que Sara
derramaba lágrimas.
Daría su alma por saber si era por felicidad o pesar.

*****

Sara quería estar sola. ¿Por qué había dicho eso Richard? Supuso que por la
lástima que sentía por su situación. Su Lord, cuánto despreciaba la lástima, y
especialmente la suya.
—Necesito hablar rápidamente con Lord Selwick sobre la reunión de esta
noche —dijo tan pronto como la danza terminó. —Está justo por ahí. Me iré solo
un momento.
Aelwyn se le acercó inmediatamente después de que Richard se apartó de su
lado.
—Ah, Sara, ¿ya te dejaron sola? ¡No podemos permitir eso! Ven —su mano
aprisionó su muñeca y tiró de ella para quedar parados directamente ante la mesa
principal.
Su voz resonó en el lugar.
—¡Atiéndanme, buenas personas! Tenemos otra boda por la que brindar esta
tarde. ¡Celebremos a nuestra querida Sara de Fernstowe, y su nueva conquista!
¿Dónde está ese desafortunado esposo, eh?
El salón se llenó de burlas y gritos.
Richard apareció como por arte de magia, tirando del brazo de Aelwyn para
liberar el suyo. Por encima de los gritos, Sara escuchó cómo le gruñía a Aelwyn.
—Toca a mi esposa de nuevo y te mato.
Antes de que Aelwyn pudiera responder al desafío, Richard levantó ambos
brazos, sosteniendo la mano de Sara.
—¡Silencio! —gritó. El salón quedó callado como una tumba. Sara contuvo el
aliento.
Él tomó el chal que estaba cerca de la novia y se lo dio a Aelwyn.
—Reconozco su envidia, Señor. Vengan, todos los que la conozcan, y
brindemos a la salud de Lady Sara de Fernstowe, un regalo de mi Rey y mi más
grande tesoro.
Aelwyn fulminó con la mirada a Richard, luego a ella, pero se quedó en silencio.
Un conjunto de risas nerviosas llenaron el corto silencio, pero la mayoría
levantaron sus copas tal como Richard indicó. Él la saludó con el chal prestado, dio
un trago y lo dejó sobre la mesa. Luego continuó hablando, con una voz profunda
y sonora que obligaba a todos a escucharlo.
—En esta feliz ocasión en honor de Lord Harbeth y su esposa, les contaré de mi
buena fortuna.
Aelwyn giró los ojos y soltó una risita.
—Oh, por favor cuéntenos, pues todos escuchamos cómo ella…
El puño de Richard se movió con tanta velocidad que apenas logró verlo. Se
escuchó el sonido de un hueso rompiéndose Aelwyn se desplomó en el suelo,
inconsciente.
Sara bajó la cabeza y apretó los labios para contener su risa. Sin saber lo que
haría después, Sara miró de reojo a su marido.
—Ahora, siguiendo con mi historia —dijo Richard, como si nada lo hubiera
distraído. Les sonrió amablemente a las personas reunidas y luego a ella, como si
la tuviera en la más alta estima. El salón estaba callado como una tumba mientras
todos esperaban.
—Como deben haber escuchado, vine al norte con el Rey no hace mucho
tiempo. Cruzamos por la zona de caza de Fernstowe. Antes de saber lo que había
sucedido, estaba tendido, seriamente herido, con la flecha de un enemigo
enterrada profundamente en mi pecho —tocó el lugar y los invitó a compartir su
dolor.
Richard sonaba como lo haría un bardo, deleitando a una audiencia absorta
con una nueva historia de romance. Alguien suspiró.
—El ángel oscuro se inclinó sobre mí, amigos míos, completamente dispuesto a
llevarme con él —entonó suavemente. —Y aun así, a pesar de mi dolor y mi
anhelo por la paz que la muerte traería con ella, me aferré a mi vida, por el rostro
sobre mí… este semblante de belleza deslumbrante —susurró, acariciando su
mejilla con una mano en un gesto de reverencia, —me cautivó completamente.
Nuestro Rey Edward, mi líder y amigo de toda la vida, juró entonces que si yo
vivía, me concedería el deseo de mi corazón.
Examinó a la multitud expectante y entusiasmada con sus afilados ojos verdes y
asintió lentamente, con gran significado.
—¿Pueden adivinar mi petición, buenas personas? ¿Pueden dudar de quién fue
el amor que me mantuvo aquí? ¿Pueden decir el nombre de la mujer que deseaba
más que el cielo mismo?
—¡Lady Sara! —suspiró alguien cercano. —¡Sara de Fernstowe! —gritó otro. —
¡Es Sara con quien demandó casarse! —llegó un grito. —¡Escogió a Sara!
Las celebraciones crecieron cuando todos comenzaron a unirse, juntando sus
copas y riendo felizmente. Solo que esta vez su risa no era una de burla. Sonaban
verdaderamente felices por ella.
Melior tocó un acorde y una alegre música se elevó iniciando la danza, no la
refinada y decorosa que habían bailado antes, sino una estridente, más digna de
una baile de plebeyos.
Las personas que una vez habían despreciado su compañía ahora la rodeaban.
Se le acercaban con deseos sinceros de felicidad, alabanzas por sus habilidades de
curación y felicidad porque su Rey tenía a uno de los suyos en tan alta estima. Era
demasiado, demasiado.
Sara se recargó en los brazos de Richard. Él levantó su barbilla y la besó
firmemente, para el deleite de todos, y sobre todo de sí misma. Ella se rió cuando
se separaron. Con alivio, pero más por la absurdez de su táctica.
Nunca en su vida hubiera esperado algo así del taciturno Richard, el caballero
reservado que ella había obligado a casarse.
—¿Estás seguro de que no eres un bardo galés? —le preguntó mientras la
llevaba al centro del salón para unirse en el frenético progreso.
Él la tomó por la cintura y la elevó sobre su cabeza para que pudiera ver su
sonrisa desde lo alto. El amor que sentía en su corazón en ese momento casi fue
demasiado para ella.
Giraron y se abrazaron mientras bailaban, chocaron con otras parejas, pisaron
algunos pies, y se rieron sin preocupaciones durante todo el proceso. Cuando el
apresurado final llegó, Richard la levantó nuevamente y giró mientras ella extendía
sus brazos, echaba su cabeza hacia atrás y asimilaba todo lo que estaba pasando.
Él la dejó resbalarse por su cuerpo hasta que sus ojos se encontraron. Ella
apretó su costosa túnica verde.
—Debo tenerte —le susurró él. —Ahora.
Ella se rió, un sonido particularmente infantil que nunca había utilizado.
—Aquí no —contestó.
—En el jardín entonces —gruñó impacientemente, —o la alacena. El cuarto de
aseo… no me importa donde, pero debo tenerte.
Sara acercó su boca a su oído.
—Tan pronto como podamos, pero no en este lugar. Vayamos a casa.
Él gruñó con una sonrisa dolorosa mientras la ponía sobre sus pies.
—Me temo que no podemos. Deberíamos quedarnos para que esto funcione.
—¿Qué cosa? —preguntó, con su estómago girando por el temor. Sabía lo que
diría antes de que lo hiciera.
—Si vamos a convencerlos de que el matrimonio no fue asunto tuyo, entonces
debemos fingir ser la pareja más unida frente a ellos, ¿no lo crees?
La felicidad de Sara se derritió en un pequeño charco que se evaporó en un
instante. Bajó la barbilla a su pecho y asintió, pues no podía decir una sola palabra.
¿Qué se podía decir en esta situación?
Richard no había sido honesto con nada de lo que había dicho. No le había
mentido a todos y la había tratado con afecto para hacer que estas personas la
aceptaran como algo más que una curiosidad de la que podían burlarse. Lo había
hecho para salvarse a sí mismo.
Había aceptado que no la amaba realmente, pero ahora ni siquiera la quería lo
suficiente para abandonar esta farsa de celebración y montar tres horas en la
oscuridad.
Su corazón dolía tanto que sabía que debía estar roto.

*****

Richard guió a Sara de vuelta a su lugar en la mesa. Cuando ella se hubo


sentado, se puso a horcajadas y la rodeó con sus brazos, acercándola a él. Ella
pareció resistirse por un momento antes de rendirse.
Melior había comenzado a cantar una balada y todos se habían quedado
callados para escuchar. Otros dos músicos lo acompañaban con el bodhran 1 y la
flauta. Su voz melodiosa y las notas de su pequeña arpa agregaban una dulzura
que inyectaba pasión en el alma. Sintiéndose conmovido desde que habló antes
del baile, Richard anhelaba privacidad para sostener a Sara más cerca, pero sabía
que eso no podía ser.
Aun cuando no había nada que deseara más que volver a Fernstowe y unirse
en su alcoba, no dejaría este lugar todavía. Muy pronto, después de que los
invitados se acomodaran para la noche, él y varios de los otros Lords habían
planeado encontrarse fuera del salón para discutir el asunto de los robos y el
asesinato de Lord Simon.
En su corazón, sabía que su hermano no era el culpable que buscaban, pero
todavía necesitaba toda la información que pudiera reunir de aquellos que habían
sido víctimas. El nombre de Alan nunca sería limpiado hasta que encontrara al
hombre responsable y lo llevara a la justicia.
La canción terminó y los aplausos despertaron a Harbeth de su siesta
alcoholizada en el estrado.
—Me voy a la cama —declaró el hombre, y los invitados siguieron su ejemplo.
Richard se quedó dónde estaba, sosteniendo a Sara, y vio al grupo de mujeres que
rodeaban y apresuraban a Lady Emma para subir las escaleras. Media docena de
hombres luchaban por levantar al malhumorado novio para llevarlo a la alcoba
nupcial.
—¿Quieres ir con ellas? —le preguntó Richard a Sara, pues el salón casi se
había quedado sin gente en ese momento.
—No, no tengo deseos de ver a Harbeth desnudo. Si tiene defectos ocultos por
su ropa, será su esposa la encargada de descubrirlo —se apartó de él y se levantó
de la banca. —Buenas noches, Richard.
Él tomó una de sus manos mientras se levantaba con ella.
—Sara, ¿estás molesta porque no te llevaré a casa? Tenemos una reunión esta
noche, ¿recuerdas?
Ella sonrió tristemente.
—Desde luego. La mañana llegará pronto.
Con eso, apartó su mano y se dirigió al solar detrás del salón.

1
Richard pensó en seguirla por un beso de buenas noches, pero vio lo cansada
que parecía y la dejó ir. Aun así, se quedó con una intranquilidad que no lo dejaba
en paz. Algo había terminado con la felicidad con la que había recibido su afecto
cuando bailaron.
Sus nudillos dolían por el golpe que había dado al hombre que se había burlado
de su matrimonio. Richard acarició su puño y se preguntó tardíamente por la
mezquindad que había visto en los ojos del sujeto. Mezquindad por celos, rayando
en el odio, aparentemente dirigido a Sara. Juzgando por su reacción, no había
ningún amor perdido ahí. ¿Pero por qué?
—Oh, Santo Cielo —murmuró Richard, —¿podría ser?— ¿Podría ese hombre
ser el pretendiente que había herido a Sara, pensando en forzarla para que lo
aceptara como su esposo? Tenía una ceja fruncida que tenía que considerarse.
¿Sara lo había hecho? Richard pretendía averiguarlo.
Llamó a una de las sirvientas que estaban limpiando las mesas.
—¿Dónde está Melior, el juglar?
—Se fue, mi lord —dijo ella con una torpe reverencia. —Siempre que viene
aquí pide su dinero por adelantado y nunca se queda a pasar la noche.
—Tengo una pregunta para él, pero quizás tú puedas contestarme. ¿Quién era
el hombre que estaba frente al estrado, el lord con túnica roja? ¿Lo viste?
Ella sonrió e inclinó la cabeza.
—¿Al que le rompieron la nariz?
—Así es, ese —contestó Richard. —¿Su nombre?
—Lord Aelwyn de Berthold —dudó antes de añadir. —También debe de
haberse ido. Siempre se va muy pronto después de llegar.
—Una pena —murmuró Richard para sí mismo, acariciando con más fuerza sus
nudillos.
—Sí, mi lord —dijo la sirvienta sonriendo y se atrevió a tocar tímidamente su
puño. —Le agradecemos.
Richard meramente asintió y la sirvienta se fue, su mente estaba demasiado
ocupada uniendo toda la información que tenía y las sospechas a las que había
llegado.
Berthold era una fortaleza en la frontera, una de las que habían solicitado la
ayuda del Rey. Ayuda para librar a Northumberland del malvado escoses, Alan el
Honesto. ¿Su chivo expiatorio?
Sara había mencionado a Lord Aelwyn solamente como alguien que había
ofrecido por su mano. El hombre odiaba a Sara, eso quedó completamente claro
esta noche con su comportamiento. La razón para ese odio tenía que ser porque
ella lo había despreciado.
¿Qué tan profundo llegaba el odio de Aelwyn? ¿Lo suficientemente profundo
para poner al nuevo esposo de Sara en su contra al mentirle por el rescate? ¿Lo
suficientemente profundo para chantajearla? Y, ¿tal malicia había comenzado el
día en que Sara lo había marcado después de que él la marcara?
Richard lo descubriría, se prometió a sí mismo.
Poco tiempo después, los invitados bajaron las escaleras, todavía bromeando y
gritando hacia la habitación superior donde Harbeth y su esposa pasarían la noche
de bodas.
Richard se quedó quieto hasta que la mayoría se acomodaron para pasar la
noche. Cuatro hombres se dirigieron a la puerta del salón, todos dándole una
mirada llena de significado cuando pasaban junto al lugar donde estaba sentado.
Se levantó y se les unió, encendiendo una antorcha y llevándola para iluminar
su camino. Todos guardaron silencio hasta que llegaron a un pequeño jardín
pobremente cuidado con hierbas por todas partes y hojas muertas. No envidiaba
el futuro de Lady Emma caminando por el jardín o sus alrededores.
Limpió un lugar, metió la antorcha en un conveniente agujero de conejos, y se
sentó en el suelo. El humo rodeaba sus cabezas mientras esperaban a que Lord
Selwick, el mayor de todos los Lords, comenzara.
—No estamos todos —anunció el Lord, mirando todos los rostros. —¿Dónde
está Lord Aelwyn?
—Me parece que se ha ido —dijo Richard tranquilamente. —Una de las
sirvientas me lo dijo.
Lord Beringer se rió y miró a Richard.
—Para atender su nariz, sin duda —supuso. —Un sonoro golpe, y bien
merecido, por cierto. Aelwyn puede ser bastante tedioso.
—Debería estar aquí. Él ha perdido más que la mayoría —dijo Selwick,
ignorando las palabras de Beringer. —¿Piensan que deberíamos organizar otra
reunión?
Richard se encogió de hombros como si no importara.
—Le mandaré un mensajero si decidimos algo importante. Todos estamos aquí
ahora, y si él decidió no asistir…
—Lord Bankwell no está aquí —señaló Beringer. —Sus tierras están junto a las
mías, pero sobre la Marcha Este. Tuvo algunos problemas ahí hace un tiempo.
—Oh, ese nunca atiende nada salvo sus propios asuntos —dijo Selwick. —Tú
puedes decirle lo que decidamos, si lo deseas, Beringer.
Bankwell. Richard reconoció el nombre como el de otro pretendiente de Sara,
del que ella no había sabido en años. Ese era otro que tendría que investigar en
cuanto tuviera la oportunidad. ¿Él odiaba tanto a Sara como Sir Aelwyn?
—Es correcto —dijo uno de los otros, asintiendo. —Comencemos entonces —
se había dirigido a Richard, en vez de a Selwick. El mayor y los otros dos lo miraron
también.
Obviamente esperaban que tomara el liderazgo. Y dado que él era la respuesta
del Rey a su petición de ayuda, Richard lo hizo.
—Necesito que escriban la cantidad que han tenido que pagar al bandido por la
propiedad robada o dañada. ¿Alguno puede identificar al hombre que ustedes
presumen que es Alan el Honesto?
—No —contestaron por turnos. Luego Selwick añadió, —Pero Lord Aelwyn dijo
que una vez se reunieron. El hombre asesinó al padre de Aelwyn.
—¿Recientemente? —preguntó Richard.
Selwick sacudió la cabeza.
—No, en Bannockburn, en la batalla. Escuché que ese escocés mató a varios de
los nuestros. Parmer de Berthold fue uno de ellos.
Richard soltó una risita.
—Eso fue hace más de veinte años. ¿Entonces cómo lo conoció el hijo?
Sir Meckville habló.
—Por un pastor. La mayoría de las bestias de Berthold habían muerto. También
un buen número de tenientes. Algún tipo de viruela los atacó. El lugar estaba
quedando en la ruina después de eso. Parece que el clérigo llegó un día y les
ofreció ayuda a la viuda y el niño, Aelwyn. Les explicó que Alan el Honesto les
mandó dinero como un tributo al hombre valiente que había asesinado una vez.
Richard acarició los pequeños vellos en su barbilla con sus dedos mientras
analizaba el gesto de Alan.
—¿Y luego qué? —preguntó.
Meckville se rió.
—Aelwyn casi mata al pastor. Le lanzó el dinero a la cara lo golpeó en la cabeza
con una herramienta. La viuda abrió los portones para que uno de los escoltas del
pastor fuera por él. El mismísimo Alan entró y se lo llevó.
—¿Qué le hizo al muchacho? —preguntó Richard.
—Le dijo que se quedara el oro y sus malos modos —le dijo Meckville, —o le
haría un favor a su padre muerto y le metería un poco de sentido común a su hijo
en la cabeza.
—Uno puede imaginarse cómo afectó al chico el regodeo del escocés —dijo
Lord Selwick sacudiendo la cabeza.
—¿Regodeo? —preguntó Richard. —Me parece extraño que Sir Alan no
castigara a Aelwyn por atacar a un hombre de Dios. Este escocés bien pudo haber
llegado sin el oro o el pastor y haberse reído del estado en que se hallaba
Berthold. Eso hubiera hecho si tan solo hubiera querido reírse de la desgracia de
Aelwyn. ¿Por qué suponen que llegó con una oferta de ayuda para restaurar lo
que la familia había perdido por la ausencia del padre?
Selwick suspiró y habló como si Richard no fuera a entenderle.
—¡Porque el oro que llevó probablemente era del padre del muchacho en
primer lugar! Los escoceses robaron a todos los ingleses después de la batalla.
Debió usar una porción de la riqueza que había robado solo para burlarse de
Aelwyn.
—Ya veo —dijo Richard, aunque no era verdad. —Aun así, con la manera en
que los escoceses odian compartir su dinero, no puedo imaginar a uno gastándolo
solo para molestar a un pequeño niño y una viuda que no significaban nada para
él.
—Es demasiado extraño —concordó Tomlinson, el más joven de los lords
presentes. —Pero los escoceses son extraños, como todos sabemos.
Richard tenía las respuestas que necesitaba. Aelwyn obviamente podía
permanecer resentido durante años. Y quizás buscó venganza contra ambos, Alan
y Sara. Y Alan había mostrado compasión por la familia de un valiente enemigo.
Preguntar algo más parecía inútil en lo referente a la reunión.
Lord Bankwell probablemente era lo que Sara había dicho que era, un
pretendiente que había pedido su mano y aceptado su negación sin ningún
resentimiento. Aun así, no haría daño asegurarse.
—Bien entonces. Hagan la lista que les pedí esta noche. Todos ustedes,
escriban cómo los contactó el escocés, cada palabra que hubo entre ustedes y Sir
Alan o quien quiera que haya ido en su representación. Sean precisos. Cuando
haya estudiado todo, nos reuniremos de nuevo.
—¿Dónde? —preguntó Meckville.
—En Fernstowe, si lo desean —dijo Richard. —Lady Sara y yo aún no hemos
dado un banquete por nuestro matrimonio. Digamos que dentro de dos semanas,
el viernes. Si tiene que cambiarse el día, enviaré a un mensajero.
—¿Qué hay de Lord Aelwyn? —preguntó Tomilson.
Richard sonrió mientras un plan se formaba en su mente.
—No se preocupen por eso. Yo le notificaré en persona.
Capítulo 14

Su partida temprano en la mañana del Castillo de Harbeth se parecía


remarcablemente a su llegada. La misma multitud de gente, aunque más
tranquilos que ayer, caminaban por ahí, hablando y despidiéndose unos de otros.
Más de sus vecinos hablaban con Sara ahora y con más calidez de la que habían
usado jamás. Sabía que esto era por el tributo totalmente improvisado y falso de
Richard al llamar a su preciada esposa durante el festín de la noche pasada.
La veían con nuevos ojos aquel día, y la veían como alguien valioso para el Rey
y el apuesto y fuerte hombre que pensaban que la había escogido por sobre todas
las demás. Si solo supieran cómo había jugado deliberadamente con ellos, pensó
Sara, probablemente le lanzarían algunas flechas en lugares que no se curarían.
Ella misma se sentía inclinada a hacerlo en ese momento. Pero Sara sentía
incluso más rabia contra sí misma por mantener la esperanza de que él pondría
sus sentimientos por encima de su propio orgullo. Como si cualquier hombre
pudiera hacer algo así. Si tan solo no le hubiera murmurado aquellas palabras de
amor mientras bailaban, lo podría perdonar. Eso también había sido para
mantener la farsa, Sara estaba segura.
La noche que pasó despierta escuchando a las mujeres roncando, mientras ella
respiraba por la boca para evitar la peste de cuerpos sin lavar y alcohol, no había
mejorado su mal humor.
Ella misma no se sentía nada fresca, anhelaba un baño con todas sus fuerzas.
Los broches bajo su velo picaban dolorosamente su cabeza mientras ayudaban
poco a mantener sus salvajes rizos bajo la seda. Se estremeció incómodamente
bajo su pesado vestido de viaje hecho de lana.
Richard se veía como siempre lo hacía, bien vestido con su sobrecubierta de
terciopelo azul costosa cota de maya con sus brillantes chapas en los brazos,
rodillas y barbilla. Siempre el caballero del Rey. Sí, todo era por las apariencias,
pensó gruñendo. Ni siquiera llevaba un casco como haría alguien que de verdad
esperaba que los atacaran en el camino.
—Qué bonita pieza de arte —murmuró para sí misma, rehusándose
rotundamente a enorgullecerse ante la manera en que se veía.
Cuando terminó de hablar con Sir Matthew, se giró hacia ella. Después de
estudiarla por un momento, habló:
—¿Qué te sucede esta mañana? Pareces preocupada —su fingida
preocupación la molestó incluso más. —¿Alguien te insultó? —demandó él.
Ella levantó la mirada y asintió.
—Un hombre en el que pensé podía confiar. Pero he aprendido mi lección.
—¿Quién fue? Arreglaré las cosas inmediatamente —prometió, mirando a la
multitud reunida en el patio.
—¡Vete a ti mismo! —le dijo Sara rudamente. Tomando sus riendas, llevó su
pie al estribo y montó fácilmente antes de que él pudiera acercarse para ayudarla.
Lo miró hacia abajo y esperó para ver qué diría.
En vez de tomar el guantelete que le había arrojado, decidió ignorarlo. Después
de revisar rápidamente la silla de montar de su yegua y el largo de las riendas, se
dio la vuelta hacia su propia montura.
Richard dirigió entonces algunas instrucciones a Sir Edmund y guió a la
caravana hacia los portones. Se dirigieron al oeste y comenzaron silenciosamente
el viaje a casa.
Cuando Fernstowe estaba a la vista, Richard se colocó a su lado y dio
indicaciones a los hombres para que siguieran montando delante de ellos.
—¿Ahora me lo dirás? —preguntó con un tono conciliador diferente al que
había utilizado en el Castillo de Harbeth. —¿Qué hice?
—Le mentiste a todos la tarde pasada —dijo Sara, —tan elocuentemente que
casi te creí yo también, pero estuve ahí cuando nos casamos y sé la verdad.
Él gruñó, pero soltó una pequeña risa.
—Casi me lo creí también —su sonrisa casi la desarmó, pero luego añadió. —
Mis palabras sirvieron su propósito, ¿por qué estás tan molesta?
Sara lo miró de mala gana.
—No es por lo que dijiste, o porque hayas mentido, ¡sino el por qué lo hiciste!
Y, más allá de eso, ¡cuando bailamos me mentiste! —hizo que su yegua
emprendiera el galope, sobrepasó a los hombres y entró sola en la fortaleza.
¡Molesta en efecto!
Los niños salieron corriendo, agitando los brazos para saludarla. Ella se forzó a
sonreírles, les ofreció a ambos rápidas palabras de saludo y los dejó ahí para que
esperaran a su padre.
Berta estaba vertiendo el agua para su baño cuando entró en su habitación. No
tenía ganas de discutir nada sobre la visita o la boda, así que levantó la mano para
evitar que Berta le hablara.
Se bañaría y luego se metería a la cama. Ni la comida ni la compañía le parecían
apetecibles en ese momento. A decir verdad, nada le parecía apetecible. Sara
quería que la dejaran sola.
—Déjame, Berta —ordenó con su voz más seria. —Ve y atiende a los pequeños
y encárgate de la comida de los hombres. Si alguien pregunta por mí, estoy
descansando y no deseo ser molestada.
Berta frunció el ceño, pero cumplió sin protestar. Sara se quitó la ropa y el velo
y entró en el agua caliente. Se sumergió completamente hasta la cabeza, con todo
y sus broches para el cabello, y chisporroteó cuando salió. El dulce aroma del agua
la perturbaba. Todo lo hacía. Quería llorar. Llorar y berrear y lanzar cosas hasta
quedar exhausta por todo el movimiento.
Le preocupaba profundamente que la consideración de Richard significara
tanto para ella. No su consideración, pensó, sino su amor. Cómo se había
permitido mantener esperanzas por ello mientras sabía…
Se sentó con la espada recta y comenzó a frotarse con el jabón vigorosamente.
—¡No más! —murmuró con vehemencia. —Él hizo lo que hizo y ahora está
hecho. Por todas sus razones egoístas, te ayudó a ti también. Déjalo así. Alégrate
de que lo haya hecho.
Volvió a meter la cabeza en el agua.
—¡Y agradéceselo! —añadió cuando salió. Arrancó los necios broches de su
cabello, los lanzó a una esquina y se pasó los dedos por sus mojados rizos.
—No hay de que, de lo que sea que estés hablando —contestó Richard
inesperadamente.
Sara se dio la vuelta, tomando las orillas de la bañera con ambas manos.
—¿Qué haces aquí? —demandó.
—Estoy a punto de pagarte por el encantador baño que una vez me diste,
querida —contestó. Se acercó lentamente, con las manos en la cintura y una
expresión de diversión. Se inclinó, apartó un mechón mojado de su rostro y lo
colocó detrás de su oreja.
Ella apartó su mano.
—¡Fuera de aquí!
—Pero Sara, pretendía entrar.
—¡No lo permitiré!
—Eso está por verse.
Sara cubrió su rostro con sus manos y respiró para tranquilizarse. Estaba
avergonzada por gritar como una musaraña. Eso no serviría de nada. Incluso si
había lastimado su orgullo, no estaba completamente destruido.
Lenta y calmadamente, habló.
—Te ruego que dejes mi habitación y me dejes en paz, Richard.
Él se rió sonoramente, un sonido tan hermoso que casi destruyó su ira.
—¿Tú? ¿Me ruegas? —dijo con una elegante risa. —¡Eso sería algo que muchos
pagarían por ver! Vamos, Sara, ¿por qué estás de mal humor? La tarde pasada
estabas ansiosa por venir aquí y acostarnos juntos. ¿Es porque me rehusé a
ponerte en peligro al traerte aquí durante la noche? Estamos aquí ahora, después
de todo.
—Aquí estamos —respondió, completamente bajo control. Bueno, casi bajo
control. Seguía desnuda en una bañera cuya agua se estaba enfriando con su
cabello luciendo como un nido de aves sobre su cabeza. Una vista horrorosa, con
seguridad, y no una que incitaría la lujuria de un hombre. ¿Qué era lo que él
quería entonces?
Más le valía ser directa.
—¿Qué es lo que quieres?
—A ti, desde luego —dijo, tan directamente como ella.
—¿Y si me niego? —preguntó, no con vergüenza, sino honestamente
queriendo saber qué contestaría.
Él sonrió como si supiera algo que ella no.
—Respetaría tu deseo, si pensara que lo dices en serio.
—Lo digo en serio —le aseguró.
Él se acercó, la tomó por debajo de los brazos y la levantó de la bañera como si
no pesara nada.
—Demuéstralo —la retó. Luego la besó.
Sus enormes manos acariciaron su cabello, con sus palmas cubriendo sus oídos.
El sentimiento de sus bocas unidas, la abrasión de su ropa contra su cuerpo y el
frío aire contra su espalda confundieron a sus sentidos. Quería sumergirse en el
calor que le estaba ofreciendo, pero también quería empujarlo y correr. Por el
momento, se aferró a él.
Su lengua buscó entrar en su boca y lo logró, mientras sus manos acariciaban
su cuello. Una se quedó ahí, sosteniéndola mientras el beso se profundizaba y la
otra mano se movía a su cintura, acercándola su cuerpo. Una palma se colocó en
la base de su espina, con los dedos doblados, apretándose con impaciencia y
deseo.
Contra sus pechos y estómago podía sentir el patrón de su cota de malla bajo la
tela de su sobrecubierta. Acero duro cubierto de suave seda. Ah, por todos los
santos, eso llevaba otra cosa a su mente que no tenía nada que ver con ropa. Sara
gruñó, incapaz de apartarse, y la mayor parte de su cuerpo sin querer realmente
hacerlo.
—Te necesito, Sara —susurró contra sus labios. —Toda la noche no pude
pensar en nada más que esto —sus manos se movieron sobre ella, haciendo que
su piel temblara y deseara más de su toque. —Todo el camino a casa… solo esto —
la besó nuevamente.
Ella respondió, incapaz de luchar contra el deseo que él había implantado en su
interior. Cuando sus bocas se separaron, ella suspiró en señal de derrota. O
necesidad. ¿Qué importaba?
Él llevó sus manos por sus hombros y la apartó un poco, mirándola a la cara,
con los ojos llenos de pasión, su boca sonriendo de manera perezosa y
prometedora.
—¿Quieres jugar al escudero y ayudar a desvestirme?
Sara asintió, sus dedos ya se encontraban en la orilla de su sobrecubierta.
Juntos la removieron y luego hicieron lo mismo con la pesada túnica de metal.
—Quítate los pantalones mientras yo me encargo de esto —dijo,
arrodillándose frente a él para desatar sus protecciones de piernas.
—Desnuda y arrodillada ante mis pies. Esto es lo más sumisa que te veré nunca
—dijo, riendo suavemente. —Y te ves hermosa —lanzó los pantalones al suelo y
comenzó a desatar la tela en su cintura.
Las manos de Sara se detuvieron por un momento, mientras se quedaba de
rodillas e intentaba digerir lo que le había dicho. Lo había dicho a modo de broma,
pero había una verdad oculta detrás de sus palabras. Richard no sabía cómo lidiar
con una mujer que mostraba sus sentimientos, que era honesta sobre sus deseos.
Lo miró hacia arriba mientras él tiraba impacientemente de las ataduras en su
cintura. Si de verdad quería una esposa sumisa, ¿por qué no dársela? Quizás había
planeado las cosas mal desde un principio. Richard obviamente la deseaba. Había
dicho que no la encontraba verdaderamente fea. El único problema era que no la
amaba.
¿Cuántas veces y de cuántas maneras le había dicho porque no lo hacía? No
directamente, pero lo suficientemente claro con toda su frustración y gentileza. Y
ella, necia como era su costumbre, no lo había escuchado.
Sara terminó de remover su armadura protectora y se sentó sobre sus talones
mientras él se quitaba la armadura de su parte baja. Había jurado que nunca
cambiaría su manera de ser. Ni por Richard ni por nadie más. Pero, si él podía
fingir ser un esposo por su propia voluntad para salvar su orgullo (y el de ella, si
era honesta) entonces ella podía pretender también. Si se comportaba tonta por
pasión, como él parecía pensar que debía ser, quizás al menos pensaría mejor de
ella. Se resignó a hacerlo para complacerlo.
La había hecho enojar, sí. La había confundido y preocupado y la había hecho
sentir débil cuando deseaba permanecer fuerte. Pero lo amaba. Más que a nada,
lo amaba, quería que se quedara con ella, y temía por sobre todas las cosas que no
lo hiciera. Volverse sumisa, o al menos ceder su poder era un pequeño precio que
pagar.
Habiendo conseguido desvestirse, Richard le ofreció una mano. Ella la tomó y
se puso de pie. En lugar de rodearlo con sus brazos y besarlo alocadamente, como
deseaba hacer, Sara se quedó quieta. El siguiente movimiento (y todos los que le
seguirían, se recordó firmemente) sería de Richard.
Por su bien, por el de los niños y por el de la misma Sara, tenía que convertirse
en la esposa más sumisa de toda Inglaterra. Quizás de todo el mundo conocido.
Sara estaba orgullosa de su determinación, y estaba completamente decidida a
lograr este desafío.
Por un momento, Richard se quedó parado, acariciándola con los ojos. Sus
manos apretaron las de ella cuando la acercó. Sara apretó los ojos y luchó sin
darse cuenta para disipar el calor que la hacía sentir cuando sus cuerpos se
tocaban.
Esto podía ser más difícil de lo que había pensado. Respiró profundamente se
quedó quieta. Él la tomó en sus brazos y la besó nuevamente, moviéndose
lentamente hacia la cama. Su mente buscó en algo más en lo que pensar que no
fuera el sabor de Richard, su aroma, y el suave sentimiento de su piel contra la de
ella.
La cama. Pensaría en eso. Sara intentó calcular qué tan larga era comparada
con la estatura de Richard y cuánto colgarían sus pies en la orilla. La imagen que
apareció en su mente le causó gracia, casi distrayéndola de la lengua que jugaba
con su oreja y las manos que la estaban volviendo loca.
Tembló por el esfuerzo de aceptar y no dar. Lord, cuanto anhelaba tocarlo, solo
deslizar una mano por su musculosa espalda, para sentir cómo se flexionaba. No.
No esta vez. Nunca jamás.
—¿Sara? —susurró él, casi desesperadamente. Solo su nombre, dulce sobre sus
labios, mandó un escalofrío por su cuerpo. No podía detenerlo, pero debía
abstenerse de responder.
Él la recostó gentilmente sobre los cobertores y colocó una rodilla junto a su
cadera para colocarse sobre ella.
La cama colapsó. Sara gritó. Richard maldijo.
Antes de que pudieran respirar, la puerta se abrió completamente.
—¡Dulce María! —gritó Berta, con los ojos completamente abiertos ante la
vista de los dos desnudos y esparcidos sobre la cama colapsada.
Para cuando se recuperó, Richard ya se había levantado y estaba medio
vestido. Se había colocado su sobrecubierta, que colgaba libremente sobre él sin la
cota de malla. Sus largas piernas cubiertas de vello y sus pies seguían desnudos.
Con el cabello enredado, su ceño fruncido malhumoradamente y la ropa colgando
sobre su cuerpo, parecía como un niño muy grande al que le habían negado un
dulce. Este pensamiento y su apariencia le enviaron nuevas olas de risa.
Los hombros de Berta también se estaban sacudiendo. Richard no parecía
divertido. Con las manos en las caderas, la fulminó con la mirada y luego hizo lo
mismo con Berta. Luego, sin decir una palabra, salió rápidamente de la habitación
y cerró la puerta de un golpe. Sara se dio la vuelta y enterró su rostro en las
almohadas, intentando ocultar los sonidos de su diversión.
A decir verdad, era alivio lo que sentía, más que alegría. Gracias al cielo la cama
se rompió en el momento en que lo hizo. Su resolución por no disfrutar se había
dispersado como humo en una ventisca.
Hoy había estado exhausta, confundida, y necesitada de consuelo. Y Richard la
había sorprendido. La próxima vez estaría mejor preparada para recibirlo.

*****
Richard se dirigió rápidamente hacia su habitación y abrió su cofre de ropa más
cercano. Lanzando su ropa por aquí y por allá, escogió una túnica de seda negra
para combinar con su humor.
Pero una vez que se vistió, comenzó a recuperar su humor. Sus labios
temblaron y tuvo que contenerse para que su risa no escapara ante el recuerdo de
Sara, sin importarle su desnudez, con sus largos y gráciles miembros extendidos en
ángulos extraños, señalándolo y riendo como una chiquilla. Debía haberse visto
incluso más ridículo que ella.
Enderezó su cinturón, echó su cabello hacia atrás y se dirigió a la puerta. Ahora
que había controlado su vergüenza, iría con Sara. Le pediría perdón, ofrecería que
compartieran su cama, y podrían reírse juntos. Sería una historia que ellos
recordarían cuando estuvieran viejos. El día que la cama se rompió.
El sonido del cuerno de los guardias resonando sobre la muralla externa
interrumpió sus pensamientos. Con una mirada de arrepentimiento hacia su
puerta, Richard cambió inmediatamente de dirección y bajó las escaleras. Se
acercaban jinetes y no esperaban a nadie. Con seguridad era demasiado pronto
para que Alan llegara. Solo le quedaba esperar que fuera el Rey nuevamente.
Momentos después, vio a la caravana llegar desde el techo de la casa. No era el
Rey, pero si era una procesión majestuosa. No llevaban ningún banderín ni usaban
ningún color. El líder de la caravana, un hombre grande vestido con cota de malla
y una sobrecubierta verde, montaba un enorme corcel gris. Un poco detrás venía
otro, igual de grande, vestido de la misma manera y con una montura parecida.
Otros seis, soldados comunes con medios cascos, montaban en parejas, rodeando
a una dama que iba sobre una yegua.
—¿Quién es? —gritó Terrel, que estaba de guardia aquel día.
Richard se dio cuenta de que él y todos los hombres sobre la pared y cerca de
la muralla estaban alerta y con sus armas preparadas.
El líder se detuvo frente a los portones y se quitó el casco, recargándolo en su
brazo. Con una voz profunda y llena de autoridad, anunció:
—Soy el hermano de Sir Richard Strode, vine como respuesta a su invitación.
Alan. Richard se acercó a la pared almenada y se recargó para ver mejor. El
hombre era idéntico a su padre. Con seguridad no podía ser otra persona que
quien proclamaba ser. Si no, los arqueros de Fernstowe estaban listos para
encargarse de él.
—Abran los portones —le ordenó a Terrel, y luego se giró hacia sus visitantes.
—Entren en paz —les dijo.
Los portones chirriaron y escuchó cómo subían los rastrillos mientras bajaba
por las escaleras. Por el bien de su dignidad, escondió su entusiasmo. Finalmente
conocería al hermano que no recordaba pero que sentía que conocía tan bien. Si
en efecto se trataba de ese hombre. Otro ya había proclamado ser él falsamente.
Juzgando por el timbre de su voz, las dos personas no podían ser la misma.
Una vez que Richard llegó a los portones internos, miró a través de ellos para
ver al caballero entregar su espada y puñal a un joven. Luego hizo señas y la mujer
montó junto a él. Los dos entraron juntos mientras los otros se quedaban afuera,
observando intensamente como si esperaran problemas.
Una vez que salieron del túnel que se formaba por los dos portones y los
rastrillos, ambos se detuvieron. Richard se acercó.
—¿Puede probar quién es, Señor?
El caballero se rió, sus ojos verdes brillaban.
—Si es el pequeño Dickon quien lo pregunta, entonces sí, lo probaré.
Pequeño Dickon. Odiaba eso. Nadie más que Alan había usado ese nombre con
él. Su padre se había reído de él por años cuando leía las cartas que Alan les
mandaba.
—La manera en que te referiste a mí es más que suficiente —declaró Richard
con una seca sonrisa, —aunque preferiría que no lo hicieras.
Con una agilidad que no debería tener a su edad, Alan desmontó y avanzó,
tomando a Richard por los hombros en un abrazo que parecía poder romper sus
huesos.
—Por Dios, muchacho, ¡nunca pensé verte nuevamente! —se dio la vuelta,
manteniendo una mano sobre un hombro de Richard. —Ven a conocer a tu
cuñada. Aquí está mi dama, Honor.
Richard hizo una reverencia y tomó la mano de su invitada menos esperada.
Ella lo observó con sus enormes ojos grises y una sonrisa dulce, era una mujer
hermosa, a pesar de su edad.
—Me alegra conocerla finalmente —dijo Richard, —aunque las cartas de Alan
nos han hablado de usted durante años.
—Y a mí me alegra verte nuevamente, Richard, aunque estoy segura de que tú
no me recuerdas. ¿Tus padres están bien? Estuvimos en Francia durante los
últimos seis meses y volvimos a casa hace tan solo unos días. No hemos recibido
cartas de tu padre desde hace algún tiempo.
—Se encontraban saludables la última vez que escuché de ellos —le aseguró
Richard.
La soltó y los invitó a pasar.
—Vengan, vayamos al salón para calentarnos y beber algo de vino.
Richard se preguntó qué clase de recibimiento tendrían por parte de Sara. O
fingiría ser una anfitriona amigable o se lanzaría a cortar la garganta de Alan con
su cuchillo para comer. Una cosa era segura, nunca hacía lo que él esperaba que
hiciera.
Él y Alan caminaron junto a Lady Honor, quien permaneció sobre su yegua.
—Dejaron sus armas antes de entrar —dijo Richard señalando la funda vacía de
Alan. —Aprecio su confianza en mí, pero es innecesaria.
Alan se encogió de hombros.
—Tu dama le dijo a Melior que esa era una condición, así que solo cumplimos
con ella.
Richard frunció el ceño ante eso. Él nunca le pediría a otro caballero que dejara
su espada si no era para rendirse. Ni tampoco dejaría la suya si visitara el castillo
de Alan.
Ayudó a Honor a desmontar cuando llegaron a los escalones que llevaban al
salón.
—Espero no estar imponiéndome —dijo Honor suavemente. —Alan insistió en
que viniera. A decir verdad, quería verte nuevamente, y conocer a tu nueva
esposa.
—Sí, bueno… estamos encantados de tenerla aquí —dijo educadamente. De
hecho, su presencia podía ser una bendición. Sara podría sentirse más obligada a
actuar correctamente con otra mujer noble presente.
Entraron juntos al salón y Richard los colocó en sillas cómodas frente al fuego.
—Siéntense, descansen. Iré a buscar a Sara. Acabamos de llegar a casa después
de la boda de Harbeth y ella estaba, um… bañándose cuando escuchamos el
cuerno.
Sabía que debían preguntarse por qué no enviaba a un sirviente a buscar a Sara
en lugar de ir por sí mismo. Pero Richard tenía que controlar su temperamento
antes de que bajara las escaleras, y ver con qué estaría obligado a lidiar.
—No hay necesidad —anunció Sara. —Ya he venido.
Salió de una esquina oscura del salón y se les acercó. Su expresión le dijo todo
sobre lo que estaba sintiendo, tanto como lo hubiera hecho si los estuviera
fulminando con la mirada. Estaba lívida, emanando odio por su hermano.
Esperaba que Alan y Honor no se dieran cuenta.
—Sara, te presento a Lady Honor y a mi hermano, Alan. Mi esposa, Lady Sara
de Fernstowe —rezó porque no quisiera luchar abiertamente cuando apenas se
habían conocido.
—Sir, mi lady —dijo secamente, haciendo una media cortesía.
Alan se inclinó en una reverencia, se enderezó y miró a Sara a los ojos.
—El juglar Melior me ha contado sobre lo ocurrido recientemente. Dicen que
yo he asesinado a tu padre, jovencita. Creo que tú también lo crees.
—Es verdad —admitió levantando la barbilla.
—Juro por Dios Todopoderoso, que yo no lo hice —Sara no dijo nada, pero su
silencio lo dijo todo. No le creía. Su hermano podría jurar por las cabezas de sus
niños, caer prostrado frente a ella, recordarle todo lo que quisiera sobre su
reputación por siempre decir la verdad, y Sara todavía pensaría que era culpable.
Richard intentó suavizar las cosas hasta que pudiera estar solo con Sara y
pensar en una manera de convencerla.
—Lady Honor dice que han estado en Francia la mayor parte del año.
Regresaron hace apenas unos días.
—Una buena coartada —dijo Sara. Ella y Alan estaban parados como dos
oponentes listos para sacar sus espadas, pero, por suerte, ninguno estaba armado.
—Yo no miento —declaró Alan, en voz baja pero con vehemencia.
Honor se adelantó.
—¿Cree que podamos tomar una copa de vino, Lady Sara? Esa yegua mía tiene
el paso de un caballo de guerra y me duelen hasta los huesos.
Ella se sentó y estiró sus pies hacia el fuego, ignorando calmadamente la
tensión entre Sara y su esposo.
Sara le lanzó otra mirada asesina a Alan y luego se giró hacia una sirvienta.
—Vino para los invitados, Darcy. E informa en las cocinas que la cena debe ser
servida tan pronto como se pueda. Manda a Grace a preparar la habitación para
invitados.
Darcy asintió y se apartó mientras Sara regresaba su atención a Alan.
—Por el bien de mi esposo, no diré nada más —con eso, los dejó y subió
grácilmente las escaleras.
Richard sintió el ardor de la vergüenza quemar sus mejillas.
—Me disculpo. Me temo que Sara está…
—En todo su derecho de estar confundida —terminó Alan. —Si yo pensara que
alguien mató a mi padre, no lo recibiría con una sonrisa tampoco. ¿Tú sí?
—Bueno, no —admitió Richard. —Debemos probarle que eres inocente. Pero
primero, permíteme contártelo todo. Melior no pudo haberlo escuchado todo,
especialmente sobre mi encuentro con el impostor —procedió a explicar todo lo
que había ocurrido.
Alan suspiró y se sentó en la silla más alejada del fuego.
—Despierta mi temperamento que tu esposa no de crédito a mi honestidad,
pero no me conoce bien todavía —entrecerró sus ojos. —¿Cómo es que tú me
recibiste tan rápidamente, conociéndome apenas mejor que ella?
—Sé que has matado antes en batalla, pero no creo que seas un asesino —
dudó un momento antes de añadir. —Además, tú no fuiste quien me secuestró
usando tu nombre. Aunque nunca vi ningún rostro, tu voz no es la misma. Creo
que él era inglés.
—Ah —dijo Alan, aceptando la copa de vino que Darcy le ofrecía. Se la tomó y
la regresó a la bandeja que sostenía. —¿Ese tipo te hablo diferente a como lo
hacemos los que vivimos por el norte? ¿Es así?
Richard casi jadeó ante el cambio en la voz de Alan. Se había ido su acento de
las tierras altas. No quedaba ni rastro de su escocés. Sonaba tan inglés como el
Rey Edward cuando hablaba formalmente.
—¿O quizás utilizó el lenguaje más digno de la corte que ustedes los nobles le
pidieron prestado a Francia? —preguntó Alan en perfecto francés.
—¡Santos! —susurró Richard, sacudiendo la cabeza con asombro. Por un
momento consideró que quizás… no, sabía que no había sido Alan. —Tenía un
tono más agudo que tú —declaró, —no es el mismo. En lo absoluto —pero por
primera vez, Richard se dio cuenta de que no podía confiar en su sentido del oído
para identificar al hombre que lo había tomado prisionero. Un hombre podía
cambiar su voz drásticamente, en tono, timbre y cadencia, como su hermano
acababa de probarle. Nadie que Richard conociera había tenido razones para
hacer eso, así que no lo había tomado en cuenta.
Alan soltó una risita.
—No estás seguro, ¿verdad? Bueno, Dickon, tú debes obtener tu propia
conclusión. Pregúntate si hubiera venido aquí de haber sido culpable. ¿Hubiera
dejado mi espada y toda mi protección al otro lado de los portones? ¿Por qué
arriesgaría la seguridad de la persona a la que más quiero al traerla aquí conmigo?
—dirigió su afilada mirada verde a Richard, deliberadamente viéndose astuto. —
¿O es eso también un truco para desarmarte? ¿Para ganarme tu confianza?
—¡No! No, claro que no —dijo Richard. —Alguien quiere poner su culpa sobre
tus hombros, Alan. Solo estaba considerando la posibilidad de que el hombre que
escuché, pero no vi, pudo haberme engañado. Hubiera jurado que era inglés. Pero
ahora…
Alan sacudió la cabeza.
—Si te sirve de algo, creo que tienes razón en eso. Cualquier escocés que
entrara en Inglaterra cerca del Prado de la Disputa tendría que pasar por mis
tierras o por las de Ian Gray. Juro por mi alma que Gray es tan poco culpable de
todo esto como yo y te pido que me creas. Nuestras patrullas en la frontera
hubieran visto a cualquiera cruzando. Lo revisé. Nadie vio a nadie.
Richard golpeó una mano con su puño.
—Por alguna causa maldita, quien quiera que sea tomó tu nombre y lo
extendió como una plaga por la frontera. Puso al Rey y a los barones en tu contra.
Pretendía hacer que yo te culpara. Te pedí que vinieras para que podamos arreglar
esto y llevar a ese canalla a la justicia.
—Así es, muchacho —dijo Alan, recuperando su manera natural de hablar. —Y
yo vine a ayudarte —soltó una risita triste. —Pero supongo que lo primero que
habrá que hacer será cambiar lo que tu esposa piensa antes de que envenene mi
comida o me atraviese con alguna daga.
Richard no pudo más que estar de acuerdo. Tenía la misma preocupación.
Capítulo 15

Sara daba vueltas en su habitación mientras Eustiss y Tam arreglaban la cama


rota. Miró oscuramente al objeto en cuestión. Al menos el vergonzoso motivo de
burla había perdido su potencial con la llegada del escocés. Nadie se reía ahora.
Sobre nada.
No podía soportar al hombre en su casa. Tenía que hacer algo con él. Tal como
el hombre juraba, podría ser que no hubiera matado a su padre él mismo, pero
seguramente tenía algo que ver con quien lo había hecho. ¿Quién más sino su hijo
podría utilizar su nombre?
Eustiss le había dicho todo lo que observó cuando llegaron los escoceses. Sara
decidió que debía ser el hijo de Alan, aquel que Melior le había descrito, el que se
había quedado fuera de las murallas con todos los hombres armados que llevaban
con ellos.
En ese mismo momento, acampaban a plena vista, probablemente
preparándose para entrar a Fernstowe a traición. Después de todo, su lord estaba
dentro en ese instante y tenía la confianza absoluta de su esposo. No sería
problema para el escocés escabullirse en la noche, matar a los guardias, y abrir la
poterna para que sus hombres tomaran posesión de su hogar.
Podía ordenarles a sus hombres que tomaran al hermano de Richard como
prisionero, que le vendaran los ojos y lo ataran en la celda al fondo de la bodega.
Luego el Rey podría venir y lidiar con él. Pero los hombres de Fernstowe recibían
órdenes de Richard ahora, y él nunca aceptaría un plan así.
Sintió la presencia de Richard en la puerta abierta aún cuando su mirada estaba
fija en la ventana. Se dio la vuelta y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Eustiss, Tam, déjenos y terminen luego —ordenó.
—Está arreglada —dijo Eustiss dando un último golpe con su mazo a una de las
nuevas clavijas. Tomó uno de los postes y lo sacudió, probando la cama. —Está
firme ahora —murmuró.
Los dos pusieron el colchón en su lugar, tomaron sus herramientas y se fueron.
Sara los vio marcharse con trepidación. ¿Qué pasaría ahora? ¿Había ido a
castigarla o continuarían con lo que la cama había interrumpido? Una paliza sería
preferible en ese punto, pensó secamente.
Richard no perdió tiempo hablando. Ni tampoco se le acercó como pensó que
lo haría. Era obvio que estaba ansioso por eliminar su hostilidad hacia Alan el
Honesto.
Sara sintió verdadera compasión por su esposo, atrapado entre una esposa
furiosa y un hermano recién conocido. Su fe en su unión por sangre podría ser la
muerte para él y todos bajo su cuidado.
Pero ella no tenía la culpa. Richard debería saber que no debía haber invitado
al hombre a ir al hogar de la hija de la víctima.
—Debes escucharlo, Sara. Alan juró que no tenía nada que ver con la muerte
de Lord Simon y que no sabe nada sobre las nuevas amenazas a los Lords de la
frontera. ¿Por qué estás tan segura de que es culpable?
Ella chasqueó la lengua con impaciencia.
—¿Por qué estás tan seguro de que es inocente? ¿Solo porque tienen el mismo
padre? ¿Eso lo hace bueno y honorable? ¡Yo creo que no!
—Creo en él. Este no es el hombre que me capturó para pedir rescate. Alan
estaba en Francia en ese momento, visitando a la familia de Lady Honor y
encargándose de sus propiedades ahí.
—¿Qué hay de su hijo? —preguntó, intentando sonar razonable para que la
escuchara. —Él pudo haber usado la espada que mató a mi padre. Y no has
escuchado que él proclame ser inocente. Dudo que el hijo se atreviera a actuar en
este tipo de asuntos sin el permiso de su padre. ¿No puedes ver que uno u otro es
el que está causando todos estos problemas? O lo más probable es que sean
ambos.
Richard se pasó la mano por el cabello y gruñó con frustración.
—No hay pruebas de que Alan haya estado involucrado. Te lo digo, Sara,
alguien está intentando culparlo de sus propias maldades. Y un hombre como Alan
nunca criaría a un hijo tan poco honorable como para manchar el nombre de su
propio padre. Cierto, no conozco a mi sobrino, pero apostaría que es tan poco
culpable como Alan.
Sara podía entender por qué Richard necesitaba desesperadamente creer sus
palabras. De acuerdo al Rey Edward, su lealtad era legendaria, y la familia era la
familia. Pero había puesto su lealtad en un lugar peligrosamente incorrecto, y eso
podía matarlo.
¿Qué pensaría el Rey si supiera que Richard se había vuelto amigo de su
hermano y permitido que la violencia de la frontera continuara? No podría
soportar ver a su esposo ser acusado de traición.
Podía ver lo dividido que se sentía por todo el asunto. De mala gana le
prometió:
—Intentaré ser civil con él —después de todo, pensó, la hostilidad directa no
conseguiría nada. Si el escocés podía usar el engaño de los buenos modales para
concretar su plan, entonces ella haría lo mismo para detenerlo.
Pensando en eso, un plan comenzó a formarse en su cabeza (uno que no
estaba libre de riesgos) y solo ella podría llevarlo a cabo. La parte más difícil sería
mantenerlo en secreto de todos hasta que el Rey viniera. Pero incluso podría
lograr eso si tenía cuidado.
—Apreciaría el esfuerzo, Sara —dijo Richard. —Verás que tengo razón en esto
—entró en la habitación y extendió su mano. —¿Vendrás a cenar con nosotros? ¿Y
escucharás lo que tengan que decir?
Sara miró la mano de Richard, pero no ofreció la suya.
—Oh, no me lo perdería —dijo calmadamente. —Pero por ahora vete sin mí.
Dame un poco de tiempo para ordenar mis pensamientos. Este ha sido un día
complicado y todavía no se termina.
Él miró de reojo la cama recién reparada y emitió un seco sonido de
aceptación.
—¿Richard? —dijo después de pensarlo, pasándose un dedo por la cicatriz
como si lo estuviera haciendo inconscientemente. —¿Saben por qué te casaste
con una mujer como yo? Quizás deberías contar la historia antes de que me una a
ustedes. No me gustaría que… me hicieran preguntas.
Por el rabillo del ojo, Sara se dio cuenta de cómo la observaba. Seguramente le
contaría a Alan la historia de su cicatriz. Esa era su intención, motivarlo a contar la
historia. Ayudaría considerablemente a su misión si lo hiciera.
—No tenía intenciones de explicar nada, pues no es asunto suyo. Pero si tú lo
deseas, se lo diré —concordó Richard. Odiaba la dulce simpatía en su voz.
En el instante en que escuchó sus pasos sobre las escaleras, Sara se sentó a
escribir la carta que le traería su ayuda Real. Luego escribió un mensaje más corto
para el hermano de Richard. Echo esto, selló ambas cartas y las metió
cuidadosamente en su manga, un lugar donde nadie podría encontrarlas.
En primer lugar, debería recolectar todo lo que necesitaba para que la celda
fuera habitable por al menos dos semanas. Luego le daría instrucciones a su
infame cuñado.
Si picaba el anzuelo y ella tenía éxito, le mandaría la otra carta al Rey Edward
inmediatamente. Cuando el Rey llegara, Richard estaría libre de culpa, la frontera
estaría a salvo, y ella habría vengado la muerte de su padre.
Richard podría no perdonarla nunca, pero era mejor que sufrir su ejecución.
Aunque quizás vería la razón por la que haría lo que haría una vez que se viera
forzado a admitir la culpa de su hermano. Lo que fuera que sucediera, tenía muy
pocas opciones sobre cómo proceder.
Sara entendía completamente que el Rey Edward tenía mayores razones para
casarlos a ella y a Richard que simplemente recompensarla por sus habilidades de
curación. Debía saber de la relación filial de Richard y Alan. Era una prueba a la
lealtad de Richard hacia la corona y ella pretendía encargarse de que no fallara
debido a su buen corazón.
Por el momento, debía fingir ser una agraciada anfitriona y esconder su obvio
odio por el escocés. Respiró profundamente intentando tranquilizarse, puso una
expresión agradable y bajó a ver cómo iba la comida de la tarde.
Mientras cumplía con ese deber, nadie se daría cuenta cuando se dirigiera a las
bodegas y se encargara de asuntos más importantes como el acomodo de la celda.
El escocés comía como si esperara que al día siguiente hubiera una hambruna,
pensó Sara. Aunque sus modales eran mejores de lo que había esperado,
consumía una enorme cantidad de comida. Eso podría ser un problema, pues no
había reunido una cantidad suficiente para mantenerlo durante su cautividad. Con
suerte no moriría de hambre mientras esperaba por su castigo.
Se giró hacia Lady Honor y pretendió no darse cuenta.
—Melior me habló de sus niños cuando nos encontramos con él en el Castillo
de Harbeth —dijo educadamente.
Después de la brillante descripción de Adam, el mayor, Sara prestó poca
atención a las palabras de la mujer. La delicada Honor la fascinaba. No era una
bruja escocesa oprimida, sino una encantadora dama francesa que se vestía
perfectamente y parecía complacida con la vida. Su sonrisa lista y su dulce
disposición contrarrestaban especialmente con lo que Sara hubiera esperado de la
esposa de Alan el Honesto.
Sara se preguntó cómo sería poseer la belleza eterna de Lady Honor. Su cabello
era oscuro como la noche y resaltaba contra su suave piel blanca, y sus ojos grises
brillaban bajo sus dos cejas perfectas. Se expresaba abiertamente con sus
pequeñas manos delicadas mientras hablaba sobre sus niños. La mujer irradiaba
bondad y gentileza, y Sara se encontró atrapada con admiración. Era una pena que
la dama saldría herida con todo esto. Y ese era un pecado más que el escocés
había colocado sobre Sara.
A decir verdad, tenía que admitir que los dos eran una pareja apuesta. Alan era
tan alto como Richard y aún conservaba su bien formada figura. Se vería
completamente inglés si no fuera por el pedazo de tela que atravesaba su hombro.
No había usado ese maldito símbolo de las tierras altas cuando llegaron, pero
supuso que ahora quería recordarles a todos que no era, ni sería nunca, un inglés.
Como si necesitara que se lo recordaran.
Su largo cabello se veía casi rubio, contrario al color plateado que debería tener
a su edad. Sabía que el color rubio que poseía era común, pero para aquellos que
aún seguían en su juventud. Richard probablemente se vería igual cuando se
volviera más viejo.
Sus ojos verdes eran del mismo color que los de su esposo, pero las líneas de
risa que brotaban cuando hablaba eran de una naturaleza más alegre. Debía
disfrutar profundamente la vida de robos y asesinatos que tenía.
—Conocimos a sus niños hace poco —dijo la Lady, atrapando la atención de
Sara. —Christopher es la viva imagen de Richard. Y Nan me recuerda a nuestro Kit
cuando era un niño. El cabello rojo, desde luego, pero algo más… ah, creo que la
manera en que levanta la barbilla.
Sara miró a la mesa y asintió.
—Arrogancia Strode, sin duda.
Lady Honor se rió.
—¡Seguro que sí! Con ellos es algo que adquieren en la infancia.
—¡No digas historias raras, esposa! —advirtió Alan mientras pedía más
vegetales. —¡No hay un solo hueso de arrogancia en mi cuerpo! O en el de mi Kit.
Los dos se rieron felizmente y continuaron charlando con alegría, incluyendo a
Richard con preguntas sobre su familia en Gloucestershire. Sara intentó ignorarlos.
Sonrió, inclinó la cabeza y jugó con su comida. Esperando.
No fue sino hasta que habían terminado su comida y estaban dejando la mesa,
que Alan se dirigió directamente a ella.
—Sara, muchacha, ¿cómo resolveremos esto? ¿Qué debo hacer?
Sara miró de reojo a su esposo. Lady Honor y él discutían sobre algún primo
que había ido a vivir al norte. La distracción obviamente había sido planeada para
que Alan pudiera hablar en privado con ella y convencerla de creerle. Nada pudo
haber concordado más con los planes de Sara.
—¿Para eliminar mis sospechas?
—Así es. Te sentaste ahí durante toda la cena, toda propia como un santo
sentado sobre una nube, despreciándome. ¿Cómo puedo probarte que yo no
maté a tu padre? Dímelo y lo haré —hablaba de una manera muy gentil que Sara
sospechaba que era el mismo que usaba con un caballo o sabueso problemático.
—Mi insistencia en su culpabilidad no es más que un ardid, una distracción
para mi esposo —susurró, buscando en su manga y sacando el más pequeño de
los mensajes ocultos, un pedazo de pergamino doblado de tal manera que cabía
en una mano. Lo deslizó en la mano de Alan y dijo, —Encuéntreme en este lugar y
no le diga a nadie. Necesito su ayuda, pero Richard no debe saber el nombre del
hombre del cual sospecho verdaderamente. No todavía.
—¿Por qué? —preguntó, mirándola con los ojos entrecerrados.
Ella cubrió su cicatriz con una mano, llevando su atención a ella.
—Porque lo mataría. Lo mataría inmediatamente por otra razón, ¡y nunca
sabríamos si este hombre es aquel a quien buscamos!
Alan asintió una vez, con los ojos llenos de simpatía. Tal como había
pretendido, Richard obviamente le contó sobre el hombre sin nombre que la había
atacado. Alan había mordido el anzuelo.
Escoger a Aelwyn como el objeto de su fingida sospecha no la dejó descansar.
Junto con el escocés, él era el hombre a quien más despreciaba, así que era
natural que pensara en él. Nadie escucharía su nombre. Meramente necesitaba
una razón para pedir la ayuda de Alan, y una excusa creíble para que Richard no lo
supiera. Todo estaba funcionando perfectamente.
—No le diga a nadie que se encontrará conmigo. No deje que nadie lo vea. ¿Lo
jura? —demandó.
Él dudó solo por un momento antes de contestar.
—Lo juro.
—Bien. Verá que sé lo que hago. Hasta la medianoche —le confirmó.
Sara lo rodeó rápidamente, deseó apresuradamente buenas noches a Lady
Honor y se fue antes de que le pudiera hacer más preguntas. Todo lo que tenía
que hacer ahora era estar ahí a la hora acordada y creer en que esto funcionaría.
Richard la siguió cuando dejó el salón, deteniéndola por un brazo.
—¿A dónde vas? Prometiste ser cordial con él.
Ella estiró sus labios en una sonrisa.
—Y lo he sido. Berta llevó a Christopher y Nan a la cama, y ayudaré a
acomodarlos para dormir. No los he visto mucho estos últimos días. Quiero que
me quieran.
—Muy bien —sonrió él con aprobación y apretó su brazo afectuosamente. —
Después ve a mi habitación.
Ella casi giró los ojos con frustración. Era lo que le hacía falta. ¿Cómo podía
luchar desde todos los flancos? ¿Arrastrando un respeto renuente por parte de los
niños, resistiendo a la seducción de Richard, y capturando al escocés para el Rey?
Pero se las arreglaría, se dijo a sí misma firmemente. Todo tendría su momento.
—Si lo deseas —dijo, bajando sus pestañas recatadamente. Por sobre todo,
debía recordar permanecer sumisa.
Tenía hasta la media noche para lidiar con los niños y Richard. Tiempo de
sobra.
—Quiero la historia del hechicero y la cueva —demandó Christopher en el
momento en que terminaron con las plegarias. Era un perfecto eco de Richard en
su estado más demandante.
—La dama en el lago —discutió Nan, golpeando el hombro de Chris con su
puño.
—El conejo y el zorro —declaró Sara, metiéndose entre los dos que estaban
sentados en la orilla de la cama.
—Ese es demasiado rápido —dijo Nan, haciendo un puchero. —No nos has
contado historias por dos noches. Así que ahora deberíamos recibir tres.
Al menos Nan había encontrado un uso práctico para aprender los números,
pensó Sara suspirando.
—Dos —negoció.
—Hecho —accedió Christopher. Él y Nan compartieron una mirada de
satisfacción. Sara contó las historias, dispuesta a ceder por esta ocasión.
Debía terminar con su renuencia para aceptarla si iban a ser verdaderamente
suyos. Incluso si Richard se iba (lo cual probablemente haría después de los
resultados de esta noche) Sara quería que Chris y Nan se quedaran.
Probablemente lo permitiría ya que sus padres eran viejos y el pasaba todo el
tiempo bajo el servicio del Rey Edward. Los niños la necesitaban con urgencia,
incluso si Richard no. De alguna manera lo convencería de que los dejara
quedarse.
Cuando terminó con las historias, Christopher se arrastró bajo las cobijas. Sara
las acomodó a su alrededor y le dio un beso en la frente. Él no se resistió, pero
cerró los ojos y pretendió haberse dormido. El niño no estaba acostumbrado a
mostrar afecto públicamente. Ella le sonrió, determinando que aun así debía
recibirlo.
Nan estaba parada junto a la puerta y les daba la espalda, con sus pequeños
hombros tensos como si no soportara verlos.
Sara se le unió y tomó la pequeña mano de la niña para caminar por el corredor
hacia la habitación de Nan.
Cómo recordaba haber deseado que su propia madre tomara su mano, solo
una vez, pero nunca lo había hecho. Aunque su padre había ofrecido caricias
ocasionales y la había amado verdaderamente, Sara tenía que demandar cada
migaja de atención que recibía de Lady Eula. Se preguntó entonces si era ese
hábito el que había provocado su precipitación con Richard.
—¿El tío Alan de verdad es el hermano de mi papá? —preguntó Nan mientras
saltaba en su cama.
Sara se sentó junto a ella y arregló sus cobertores justo como había hecho con
Chris.
—Ciertamente, aunque mucho mayor. ¿Este tío tuyo se parece a tu abuelo?
—Es más amable —le confió Nan. —Me acarició la cabeza hoy y sonrió. Lord
Adam era muy viejo. Siempre veía por encima de mí a menos de que lo molestara.
Sara sonrió, triste por la niña que tenía que portarse mal para ser notada.
Tenían ese defecto en común. Apartó los rizos rojizos de Nan de sus ojos y tocó la
suavidad de su piel.
—¿Y lo molestabas mucho?
Nan le regresó la sonrisa generosamente y movió su rostro en la palma de Sara
como lo haría un gato buscando confort.
—No era muy buena allí. Soy mejor aquí.
Incapaz de no hacerlo, Sara envolvió a Nan con sus brazos y la abrazó con
fuerza, conmovida por los recuerdos de su propia lucha en busca de afecto.
—Estás en casa ahora, mi niña. Yo quiero que estés aquí.
—Soy una bastarda —susurró Nan, con un sonido solitario y casi agraviado.
Sara se sentó y tomó el rostro de Nan con sus manos.
—Ya no más —dijo, sintiéndolo profundamente. —Eres mía ahora,
¿escuchaste? Tanto como lo es tu hermano. No importa lo que hagas o a donde
vayas o lo que la gente diga, eres mi niña. Tu padre está casado conmigo, así que
eso te vuelve tan legítima como… como una princesa de la realeza.
Nan sorbió su nariz, pero sonrió, con sus ojos verdes brillando.
—¿Harás que te llame Madre?
Sara rió con felicidad.
—¡Te daré con un palo si no lo haces!
Nan rió también.
—Buenas noches… madre —dijo, como si estuviera probando la nueva palabra
en su lengua.
—Buenas noches, hija —contestó Sara. Acarició el cabello de Nan, pasó su
palma por su suave mejilla y atrapó la pequeña nariz con un dedo. —Duerme bien,
querida.
Cuando Sara cerró la puerta, se recargó en ella y se abrazó a sí misma.
Si no lograba nada más, al menos había triunfado con Nan. Tan fácilmente,
pensó. Solo algunas palabras de alivio y toques amables. Su corazón se llenó de
determinación para hacer que esa niña se sintiera verdaderamente amada.
Christopher, como heredero de Richard, sabía que todo mundo le daba valor.
Necesitaba su amor, desde luego, y una madre que le enseñara las cosas que
debía saber y que solo una mujer podía enseñarle a un niño. Pero Nan había
pasado casi ocho años de su vida pensando que era un error, uno que debía ser
ocultado o ignorado. Eso tenía que arreglarse.
Richard amaba a su hija, como cualquiera podía ver, pero la había dejado bajo
el cuidado de otros por demasiado tiempo mientras él se iba con el Rey. Las cosas
serían completamente diferentes ahora. Si Richard tenía que irse, Nan tendría a
una madre que la amara en su lugar.
Sintiéndose mejor por su victoria, marchó hacia su habitación, lista para
prepararse para su próxima prueba… Richard.
—Bienvenida, esposa —dijo Richard, dándole una copa de vino en el momento
en que entró en su habitación. —Me preguntaba si cambiarías de opinión.
—Vine tan pronto como pude —contestó, tomando la copa y dándole un trago.
Recorrió la habitación, consciente de cómo observaba todos sus movimientos.
La cobertura Real de la cama la halagaba, y sabía que él la había escogido por
esa razón. El terciopelo se veía suave y se doblaba grácilmente.
Si no tenía permitido incitarlo con sus toques y sus peticiones francas como
había hecho previamente, entonces usaría lo que pudiera. Su acción incitaría su
sueño profundamente. Sobre todo, quería que Richard durmiera lo más
profundamente que pudiera esa noche.
Movió su hombro suavemente para que el frente de su vestido se abriera,
permitiéndole un vistazo al valle entre sus pechos. Sus ojos se entrecerraron con
deseo.
—Ven conmigo —le dijo.
Sara se movió lentamente, con la vista abajo. Sé modesta, pensó para sí misma.
Actúa con reserva. Avergonzada. Sé lo que él quiere que seas.
El aroma limpio y cálido de Richard la cubrió mientras él hacía lo mismo con sus
brazos. La sensual suavidad de sus labios sobre su mejilla y cuello mandó un
relámpago de deseo por su interior que casi destruyó su firme resolución. Sus
manos deseosas moldearon su cuerpo como si la estuvieran amoldando, incluso
mientras él susurraba cuánto atesoraba cada parte que tocaba.
¿Cómo se suponía que permaneciera sin ninguna reacción con él? No podía.
Pero lo consiguió, apretando las manos en su costado para evitar tocarlo.
Sus pulgares tocaron sus pechos mientras apartaba el terciopelo y lo hacía a un
lado. La ropa se deslizó por sus hombros y cayó a sus pies.
—Qué encantadora eres —murmuró, —y cuánto he extrañado verte así —
tomó sus muñecas y colocó sus manos sobre su pecho desnudo bajo la túnica de
lana que colgaba sobre su cuerpo.
Sin pensar, sus puños se abrieron y esparció sus dedos sobre los duros y
calientes músculos. Los vellos oscuros hacían cosquillas a sus manos,
provocándola a explorar, a disfrutar, a revelar lo que sentía por él.
No. No lo haría. Él pensaba que quería esto ahora, pero después recordaría con
que impaciencia se había abalanzado sobre él. Sara se permitió suspirar con
decepción.
—¿Qué sucede? —le preguntó gentilmente.
—Nada —le aseguró casi sin aliento. —Nada en lo absoluto.
Nuevamente la acercó a él y se dirigieron a la cama. Sin ninguna prisa, él la
incitó a recostarse, y se le unió en su comodidad, estirándose junto a ella.
Moviendo su mano perezosamente, la midió desde el pecho hasta el muslo.
Sara tembló con anticipación, con el calor recorriendo sus venas.
—¿No me quieres, Sara? —preguntó con una sonrisa tentadora.
—Sí, desde luego —dijo sin aliento. Casi jadeando las palabras.
Debía pensar en otras cosas. Debía separar su mente de lo que él le provocaba,
de lo que la hacía anhelar. ¿Pero en qué? ¿Qué tema bajo el cielo tendría el poder
de disipar esos toques que parecían el paraíso mismo?
Sara se concentró en los adornos de las cortinas de la cama y se dispuso a
contar puntadas. Eran demasiado pequeñas para verlas individualmente, pero
pretendió que podía hacerlo. Imaginó el tedio de colocar cada una, aun cuando no
lo había hecho ella.
La mano de Richard se movía lentamente por su cuerpo medio y, a pesar de sí
misma, tuvo que atrapar un gemido antes de que escapara. Por todos los santos,
¿era acaso un hechicero? ¿No tendría un descanso de este placer? ¿Cómo podría
soportarlo?
Justo cuando su voluntad de mantenerse alejada del deseo la dejó, Richard se
movió sobre ella y la penetró suavemente. El aliento de Sara se atrapó en su
garganta. Se congeló bajo él, sin dejar de pensar en lo cerca que había estado de
rendirse a su deseo y obligarlo a unirse más a ella.
Él se movió lentamente en un principio, incitándola con su cuerpo a que se
moviera, a que ayudara a buscar el dulce y salvaje vuelo que ya habían compartido
juntos. Ella apretó los ojos y mordió sus labios. Y contó.
Richard abandonó repentinamente su control y tomó su placer rápidamente.
Aquí no había alegría, pensó Sara. Muy poca para él y ninguna para ella. Odiaba
esto. No a él, pues había hecho todo lo que había podido para complacerla. Pero
odiaba el sentimiento de soledad que este tipo de intimidad provocaba.
Él también debía sentirlo, pues rodó a su lado y exhaló profundamente con
algo que sonaba como resignación. Por mucho tiempo se le quedó mirando, con
un profundo ceño fruncido.
Sara pensó que debería decir algo entonces, para reprimirla o para castigarla.
No sabía cuál de las dos. Aun cuando esta vez había hecho lo que pensaba que él
quería, pareció agradarle menos que las veces anteriores. Pero no dijo nada en lo
absoluto.
Confundida e infeliz, con su cuerpo ardiendo por necesidad, cerró los ojos y
respiró, tranquila y deliberadamente, hasta que él le dio la espalda y apagó las
velas junto a la cama.
—Que así sea —pensó escucharlo murmurar, pero las palabras sonaban
diferentes y no quería que fueran ciertas.
Sara se quedó quieta como un muerto por lo que le parecieron horas hasta que
estaba segura de que Richard dormía. Luego se levantó tan cuidadosamente como
pudo, se colocó su vestido para dormir y dejó la habitación.
Dejarlo le provocó algo de alivio finalmente. La urgencia de abrazar a Richard,
darle y buscar consuelo había crecido más y más y se había vuelto más difícil de
resistir con cada momento que pasaba.
El sueño no le llegaría en cualquier caso e, incluso si le tentara hacerlo, no se
atrevía a sucumbir. Tenía otro asunto importante que atender esa noche.
Probablemente la dejaría sintiendo igual de bien que la tarea que acababa de
terminar, pero al menos estaba segura de que lo que estaba a punto de hacer era
lo correcto.
Sara volvió rápidamente a su habitación para vestirse para su encuentro
nocturno con Alan el Honesto.

*****

Richard no dio ninguna señal de haber escuchado a Sara dejar la cama. Había
querido que se fuera antes de que lo hiciera. Todo el episodio le trajo recuerdos
de Evaine y las veces que se había acostado con ella.
No lo había soportado por mucho tiempo, eso era seguro. Ninguna palabra de
amor o ninguna habilidad habían suavizado alguna vez a esa esposa suya, pero aun
así le demandaba que cumpliera con su deber como esposa y le diera un hijo.
Tres veces en la misma cantidad de meses se había unido con ella. Entonces se
había embarazado con Christopher y Richard no la había molestado más. El alivio
había resultado ser tan grande, que le había agradecido a Dios todos los días el no
tener que repetirlo de nuevo.
Qué culpable se había sentido al ver su repulsión y la manera en que luchaba
por soportarlo por él. Había intentado con tantas fuerzas amarla, sabiendo que su
incapacidad por hacerlo debía ser al menos la mitad del problema. No era así con
Sara. Él la amaba.
¿Era Sara como Evaine después de todo? ¿El anterior entusiasmo había sido
una farsa que ya no sentía necesario continuar, una tentación para mantenerlo
ahí? Bueno, era de la nobleza.
Antes de su primer matrimonio, su padre le había advertido que esperara
frialdad de las mujeres de ese estado. Era algo con lo que nacían y que se
reforzaba con sus doctrinas mientras crecían, había dicho él.
La iglesia les enseñaba que no debía haber otra razón para copular que la de
querer tener un niño. Su padre había dicho lo mismo, y Evaine se lo había
recordado una y otra vez. Incluso cuando no pensaba en acostarse con ella, se lo
había recordado, por si llegaba a olvidarlo.
Ya no creía en ese adoctrinamiento mucho más de cuanto creía que las
mujeres habían nacido malvadas. Pensó que algunas cosas decididas por hombres
bajo celibato debían de ser reconsideradas. Richard lo había hecho, y había
decidido que simplemente no eran ciertas. Pero una mujer de nacimiento gentil y
enseñada a obedecer bajo toda circunstancia, nunca desobedecería a su pastor.
Era por eso que Sara lo había sorprendido con la manera en que se expresaba
abiertamente. No había esperado eso. La verdad sea dicha, lo había sorprendido
más que solo un poco con todo su ardor. Pero el desastre de esa noche lo dejó
sintiendo un frío en su interior y deseando que no hubiera cambiado en lo más
mínimo. No podría soportar pasar por esto nuevamente, y tampoco ella debería.
Pero no perdería las esperanzas todavía. Quizás meramente estaba abrumada
por los eventos del día y demasiado cansada para la intimidad. Mañana o el
siguiente día, cuando estuviera más descansada y él descubriera qué decirle,
hablaría con ella al respecto.
Capítulo 16

Sara se puso su vestido más oscuro y bajó apresuradamente las escaleras,


manteniéndose en las sombras hasta que llegó al piso de almacén vacío que había
debajo del salón. Lo había dejado abierto en el caso de que él llegara antes que
ella. Solo cuando entró y cerró la bien aceitada puerta se arriesgó a encender la
gruesa vela que llevaba.
En efecto, el escocés ya estaba ahí. Él esperó, recargado contra los sacos de
grano y los barriles de carne salada. La vela de noche que había colocado sobre
uno de los barriles cerca de él brindaba una leve luz, apenas iluminando la mitad
de sus facciones. Cuando se le acercó, él se enderezó, sosteniendo a uno de los
gatos atigrados que recorrían el lugar libremente.
—Qué bueno que haya venido —dijo Sara, casi sin aliento por la aprehensión
que sentía. ¿Podría engañarlo, o era demasiado inteligente? —No le dijo a nadie
que le pedí venir aquí, ¿verdad?
—Prometí que no lo haría, y siempre cumplo mi palabra.
Sara casi podía creerlo. En ese momento tenía que hacerlo. Suspiró con alivio.
—¿No se lo confió a su esposa?
Él levantó un hombro y continuó acariciando al gato que sostenía.
—Una promesa es una promesa. No hago excepciones.
Por la actitud casual que había asumido, el hermano de Richard parecía mucho
más amenazante aquí en el cuarto de almacenaje que en el salón. Sara se
enderezó para mostrar toda su altura y aun así él continuaba siendo más alto por
al menos una mano.
—¿Piensas que aquel que te lastimó hace tanto podría ser responsable de
estos problemas tuyos? —preguntó Alan. —Richard también sospechó de él, pero
dijo que tú te rehusaste a considerarlo, o a decirle su nombre.
Sara apartó la mirada, incapaz de mentir mirándolo a los ojos.
—Hay una razón para eso, tal como le dije. Richard lo mataría.
—Probablemente lo haría, y puede que yo también, pero prometo que lo haré
confesar primero. ¿Cuál es su nombre, muchacha?
—No se lo puedo decir todavía. Primero tengo que mostrarle algo —explicó
rápidamente. —Dígame lo que piensa que significa antes de que decidamos si este
hombre es culpable.
Él apretó los labios y asintió.
—Veámoslo entonces y no pasemos demasiado tiempo aquí. Dudo que mi
hermano me conozca lo suficientemente bien para ignorar que estuve solo con su
esposa.
Sara asintió.
—Deje su vela aquí para iluminar nuestra salida —se dio la vuelta hacia la celda
que había preparado. —Por aquí —llevando su escasa luz, lo guío al fondo de la
alacena, bajando por varios escalones y pasando por la pesada puerta que había
dejado medio abierta. Alan la siguió y entró después de ella.
—Justo por ahí —dijo, señalando. —Tome mi luz y mire lo que se esconde
entre esos sacos.
Él la miró con curiosidad, pero bajó al gato y aceptó la vela de cera de abeja
que le ofrecía. Luego cambió su atención hacia los objetos almacenados en una
esquina.
Cuando había acomodado la vela en el suelo y comenzaba a levantar los
cobertores y a apartar los sacos, Sara salió lentamente por la puerta. Sin hacer
ningún ruido la cerró completamente. La enorme llave de hierro que ya se
encontraba en la cerradura dio vuelta fácilmente, su sonido apenas si se notó. Se
arriesgó a mirar rápidamente por la pequeña apertura. Seguía ocupado con su
búsqueda fútil.
Sin esperar a que descubriera que se había ido y que estaba encerrado, Sara
corrió de vuelta al cuarto de almacenado, apagó su vela y corrió por la puerta que
llevaba a las escaleras. Rápidamente la cerró desde afuera.
No habría razones para que nadie más que ella la abriera hasta que viniera el
Rey. Sara tenía la única llave.
Otro de los gatos se restregó contra su falda y maulló, recordándole a Sara que
esta cazadora y otros como ella tenían su propia entrada y salida, el pequeño
agujero en el fondo de la puerta. Eso les permitía cumplir con su tarea de librarse
de las plagas en la zona de almacenamiento. Sara hizo una rabieta arrepentida.
Quizás los otros gatos le brindarían compañía al cautivo en los días que vendrían.
Este piso de la fortaleza no sería usado de nuevo hasta las cosechas, dentro de
dos meses, cuando Fernstowe necesitaba reabastecerse para el invierno. Los
víveres que había ahí solo eran en caso de una sequía o una hambruna. Nadie
tocaba este almacén bajo pena de muerte a menos de que se volviera necesario
para sobrevivir. Fernstowe se mantenía con lo que era accesible en los jardines y
campos ahora que era verano.
Su prisionero estaría completamente asegurado. Las gruesas paredes
fácilmente contendrían sus gritos de ayuda. Su ausencia causaría muchas
preguntas, pero ella misma las contestaría, junto con otras cosas. Y si tenían que
registrar el lugar, que así fuera.
Los pies de Sara volaron mientras corría por las escaleras. Deteniéndose en la
cima, siguió su camino junto a la pared de piedra, cuidando de no despertar a
aquellos durmiendo sobre jergones dentro del salón. Se detuvo en la pared donde
Sir Matthew dormía. Gracias al cielo odiaba dormir en el cuartel.
—Despierta —le susurró, sacudiendo su hombro. Él murmuró una protesta y
enterró su rostro en la almohada. —¡Despierta dije! Sir Richard quiere que le
mandes un mensaje urgente al Rey.
—¿Qué… qué sucede? —preguntó de manera adormilada.
—Encuentra tu capa, cubre tu cabeza y asegúrate de que el guardia no te
reconozca cuando salgas por el portón trasero. Toma el caballo que Sir Richard
suele utilizar, pues es nuestra montura más fuerte. Monta tan rápido como
puedas hasta Morpeth y dale esto al Rey —tomó su brazo y forzó su mensaje en su
mano. —¡Apresúrate! Vidas dependen de ti y de que mantengas esto en secreto.
Miente si te preguntan algo. Nadie debe descubrir que estás haciendo.
¿Escuchaste?
—Pero Sir Richard no dijo nada hace…
—Es obvio que no podía hacerlo, pues tenemos invitados. Declaró mi palabra
como la suya. ¡Vete ahora!
Sara dejó al joven caballero y esperó en una esquina oscura para ver si
obedecía su orden. Sir Edmund, más viejo y sabio, hubiera requerido la orden
directamente del hombre al que servía, pero el joven Matthew probablemente no
se atrevería a despertar a Richard tan tarde en la noche solo para confirmar sus
direcciones.
En poco tiempo, lo vio irse, con una capa y capucha, sus pasos tan rápidos y
furtivos como los de ella. Aliviada, se apresuró a subir las escaleras y se deslizó por
el corredor con rumbo a su habitación.
Sintiendo su camino, cuidando no hacer ningún ruido, logró llegar a la cama sin
problemas, se quitó la ropa y se metió bajo las cobijas. Solo entonces respiró
apropiadamente.
Había capturado a Alan el Honesto.
Sara se puso los cobertores sobre los oídos para apartar al frío que no la
dejaba, a pesar de lo templado que estaba el clima. Richard la odiaría por esto,
pero tenía que hacerlo, por el bien de ambos.
Si el hijo, Adam, era el culpable, pronto revelaría su verdadera naturaleza
cuando supiera que su padre había desaparecido. Esperaba que lo hiciera, para
que Richard ya no pudiera negar la culpa de su familia. El hijo podía haberlo
planeado todo por su cuenta, pero no sin las órdenes de su padre. El Rey llegaría
en dos semanas o menos, castigaría a Alan, capturaría al hijo y todo estaría bien. O
eso esperaba.
Sara se permitió sentir lastima por Lady Honor. Uno no podía evitar que le
agradara. La mujer sentiría perder tanto a su primer hijo como a su esposo por la
justicia del Rey, pero no podía hacerse nada. Cuando estaba casada con un
maldito escocés y producía hijos como los suyos, ¿qué más podía esperar?
El sueño eludió a Sara, pero eso no le sorprendió. Uso ese tiempo para planear
lo que diría cuando llegara la mañana y la ausencia de Alan se volviera notoria.
Richard también notaría que faltaba Sir Matthew, pero no podía pensar cómo
explicar eso, o incluso si debería intentarlo. Todo se aclararía cuando llegara el
Rey.

*****

—¿A dónde pudo haber ido? —demandó Lady Honor. —¡No hubiera dejado
Fernstowe sin mí!
—No puedo imaginar que lo hiciera —concordó Richard, tan preocupado como
su cuñada.
Se habían reunido en el salón para desayunar cuando descubrieron que faltaba
Alan. Una rápida búsqueda no reveló ninguna señal de su ubicación.
—No sin razón —dijo Honor. —Y no sin decírmelo primero —apretó sus
pequeñas manos blancas y caminó frente al fuego ardiente que apartaba el frío de
la mañana. —Algo está mal aquí. Terriblemente mal.
Richard miró de una mujer a otra. Sara no parecía preocupada, pero aún tenía
una mala opinión de Alan.
Lady Honor decía la verdad. Su hermano obviamente quería a su esposa más
que a nadie. Eso era obvio para cualquiera, incluso para aquellos que no los
conocían bien. Abandonarla en una fortaleza extraña con gente que acababan de
conocer (incluso si eran de la familia) no tenía sentido en lo absoluto.
Él, Sara y los otros habían recorrido la fortaleza por todos lados buscándolo, el
caso de que Alan simplemente hubiera ido a dar una pequeña caminata y algo le
hubiera pasado. Sara incluso había abierto las habitaciones de almacenamiento y
había buscado ahí. No encontraron ningún rastro, y nadie a quien le habían
preguntado lo había visto desde que él y Honor se habían retirado por la noche.
Honor se había despertado y se había encontrado con que no estaba.
—¿Por qué no salimos con su hijo y vemos si Alan está con él?
—¡Tú no! —objetó Sara. —¡Que vaya alguien más!
—¿Por qué? —preguntó Richard.
El rostro de Sara se enrojeció y ahora parecía tan intranquila como Lady Honor.
—Por… porque si… si tu hermano no está con él, y si Adam piensa que pasó
algo, podría… lastimarte —respiró profundamente y exhaló con dureza.
—¡Tonterías! —dijo Lady Honor.
—¿Piensas que pasó algo, Sara? —le preguntó Richard, sospechando por sus
razones para objetar.
Ella se le quedó mirando, completamente inocente.
—¿Que pasara algo? ¿Qué podría pasar? Todos nos retiramos, ¿no es verdad?
Y mientras todos dormíamos profundamente, tu hermano debe haber decidido
dejar Fernstowe. Seguramente volverá cuando haya terminado de hacer lo que
sea que haya decidido.
—Yo iré con mi hijo —declaró Honor. —Si Alan pone un pie fuera de estas
murallas, ahí es a donde iría, con Adam. Aunque no puedo pensar por qué
necesitaría hacer eso.
—El corcel principal no está, mi lord —dijo Eustiss mientras se acercaba.
Richard lo mandó a organizar una búsqueda en el exterior. —El chico del establo
dijo que durmió toda la noche. No escuchó a nadie tomar a la bestia —hizo una
mueca. —Ni yo tampoco, teniendo en cuenta que duermo ahí también. Mi oído ya
no es lo que solía ser.
—¿Los guardias? —preguntó Richard.
—Tam está en la portera. Dice que un hombre salió con el caballo alrededor de
media noche. Dijo que como usted siempre lo monta, pensó que era usted y no
hizo ninguna pregunta. Solo abrió y lo dejó salir.
Richard golpeó su mano con su puño, preguntándose qué podría haber
inducido a su hermano a irse sin decir una palabra a nadie. Miró a Sara,
preguntándose si le había dicho algo a Alan.
Aun así, su hermano no dejaría a Lady Honor atrás. Se giró hacia dicha lady.
—Saldremos y hablaremos con su hijo.
—¡No! —gritó Sara, tomando su brazo. —¡No lo hagas, Richard! ¡Te lo ruego!
Déjala ir. ¡Manda una escolta si tienes que hacerlo, pero por favor no vayas tú
mismo!
Richard suspiró. El temor de Sara por su seguridad calentaba su corazón. Debía
importarle más de lo que demostró la noche pasada.
—Puede que tenga un punto sobre usted saliendo —dijo Sir Edmund. El
caballero había escuchado la conversación, pero había permanecido en silencio
hasta ahora. —No sabe cuán impetuoso puede ser este sobrino suyo si su padre
no está con él. Permítame ir —ofreció.
—Y dejarte sufrir su ira, ¿eh?
—¡Mi hijo no es un canalla! —exclamó Lady Honor indignadamente.
Edmund se rió forzadamente.
—He servido a su abuelo desde que tenía catorce. Puedo lidiar con el nieto.
—Que así sea entonces —dijo Richard con una sonrisa de agradecimiento. —
Pero ten en cuenta el temperamento de Adam. Podría ser hereditario.
Lady Honor, aun protestando por sus reservas, acompañó a Sir Edmund y
Eustiss a la puerta del salón que llevaba a los establos.
Richard se dirigió a Sara.
—Hablaste con Alan después de la cena. ¿Qué le dijiste?
Ella se encogió de hombros, con la mirada fija en sus dedos, que jugaban con la
orilla de su cinturón.
—Me preguntó qué podía hacer para convencerme de su inocencia. Dije que
quizás podría ayudarnos a descubrir al verdadero culpable.
—¿Crees que incluso ahora esté intentándolo?
—Todo es posible —contestó, sin poder mirarlo a los ojos.
Él sacudió la cabeza, sintiéndose profundamente confundido.
—Bueno, iré a la puerta de entrada para esperar a que Lady Honor vuelva.
¿Vienes?
—No. Me quedaré y me encargaré de los niños cuando despierten.
No por vez primera notó Richard la palidez de Sara aquella mañana. Las
sombras oscuras bajo sus ojos le decían que no había dormido bien después de
haberlo dejado. No debió haberle pedido que fuera con él la noche pasada. La
celebración de la boda de Harbeth había sido una prueba demasiado grande para
ella. Además, la repentina visita de Alan la atormentaba, y ahora se agregaba su
misteriosa desaparición.
Richard tomó su hombro con una mano.
—Nan y Chris no son bebés. Además, Berta puede hacer lo que es necesario
hacer. ¿Por qué no vas a descansar? Te ves cansada.
Ella sonrió, pero se veía forzado.
—Estoy bien. Vete.
Hizo lo que le dijo, ansioso por resolver el misterio de la partida de su
hermano. Pero deseaba tener tiempo para una visita privada con Sara.
Necesitaban hablar de lo que había pasado entre ellos la noche anterior.
Pero eso podía esperar. Él y Sara tenían años para arreglar sus diferencias. Por
ahora tenía que ocuparse de encontrar a Alan. Lo necesitaba para poner en
marcha el plan para atrapar al ladrón asesino que evitaba que hubiera paz en la
frontera. Debían hacerlo pronto. De otra manera, en cinco días Richard tendría
que responder a las demandas del canalla, o aquellos que vivían dentro de los
confines de Fernstowe pagarían las consecuencias.
Fernstowe por sí mismo podía soportar un ataque, incluso sin defenderlo. No
había que preocuparse por las cosechas, no con todos los almacenes que ya
tenían, y los dos pozos funcionando dentro de sus murallas. Eran aquellos fuera de
la protección de las murallas los que le preocupaban a Richard. De alguna manera
tenía que librarse del peligro de una vez por todas. Tenía un plan, pero necesitaría
la ayuda de Alan.
Estas ideas pesaban sobre su cabeza mientras subía las escaleras hacia la torre.
Cuando miró hacia el campo donde se hallaban los hombres armados de Alan, vio
a Lady Honor y Sir Edmund que acababan de llegar y estaban desmontando. Los
hombres se reunieron a su alrededor.
Richard observó mientras las voces distantes aumentaban en volumen y varios
hombres comenzaban a hacer gestos de violencia. Uno de ellos era el mismo Sir
Edmund.
Tras una orden cortante del hombre que Richard supuso era el sobrino Adam,
dos de los hombres más grandes levantaron a Sir Edmund y lo llevaron
trabajosamente a una de las tiendas.
Una vez que desaparecieron en el interior, el sobrino ayudó a Lady Honor a
montar y luego saltó en el caballo que Sir Edmund había usado. Los dos montaron
a toda prisa hacia Fernstowe.
Así que Alan no había ido con su hijo después de todo, dedujo Richard.
Hizo señas para que los portones permanecieran cerrados, no tenía planeado
dejar entrar a aquel que acababa de tomar a su caballero como rehén. Ni mucho
menos armado.
—Déjala —ordenó cuando se detuvieron frente a él.
—Mi padre lo hizo —le gritó Adam. —¿Piensas que repetiré su error?
—Alan no está aquí, tal como te dijo tu madre. De nuevo te digo que dejes tu
espada y eres bienvenido a entrar para que lo compruebes. Tienes a mi hombre
como prueba contra traición.
Adam lo fulminó con la mirada, un reflejo casi idéntico de su propio rostro,
pensó Richard. El hijo tenía el cabello avellana de su madre, pero el resto era
completamente Strode.
Repentinamente Adam buscó detrás de su cuello, sacó su espada y la levantó.
Con un poderoso lanzamiento, la clavó en la tierra.
—¡Ahí tienes! ¡Ahora abre los portones! —gritó.
Lady Honor inclinó la cabeza y se encogió de hombros como si quisiera decir,
¿qué puede hacer una madre?
A Richard no le importaba. Él hubiera reaccionado de manera muy parecida a
Adam, dadas las circunstancias. Con su orden, los portones se abrieron
lentamente. Para cuando les permitieron entrar, Richard había bajado y los estaba
esperando.
—Bienvenido, sobrino —saludó a Adam. —Desmonta y entra. Necesitamos
descubrir a dónde pudo haber ido Alan. ¿Tienes alguna idea?
—Está aquí adentro y pretendo encontrarlo —dijo Adam frunciendo el ceño
hacia la fortaleza. —Si no lo encuentro, ustedes perderán un caballero —señaló la
muralla con la cabeza, en la dirección al campamento en donde tenían a Sir
Edmund. —Mandaré sus intestinos para sus sabuesos.
Richard hizo una mueca. Imaginaba que Adam le había dicho eso a Sir Edmund,
quien no era alguien reconocido por su tolerancia ante los alardes de los
caballeros jóvenes. No había duda de por qué habían luchado por contenerlo.
—Bueno, si tu padre está aquí, y yo pretendo dañarlo, ¿crees que hubiera
permitido que Lady Honor saliera contigo?
Adam no dijo nada. Meramente comenzó a caminar, con una mano sobre el
brazo de su madre mientras ella casi corría para mantener el paso.
—Creemos que salió a media noche por el portón de atrás —informó Richard
mientras subían la escalera hacia el salón.
—Ese no era mi padre.
Richard lo detuvo tirando de su manga.
—¿Viste al hombre?
Adam sonrió mientras apartaba el agarre de Richard.
—Sí. ¿Piensas que somos idiotas que no marcamos quién sale y quién entra?
—Bueno, ¿Quién era sino tu padre?
—Uno de sus caballeros. Un joven. Casi se orinó cuando lo alcanzamos.
—Adam, no lastimaste al chico, ¿o sí? —demandó saber Lady Honor.
—No, madre. Solo lo asusté un poco.
—Sir Matthew. Tiene que ser él —Richard se pasó una mano por el cabello y
sacudió la cabeza. —¿A dónde demonios iba?
—Dijo que iba a ver a alguna mujer. Lo seguimos. Se detuvo en una choza a
medio camino hacia la fortaleza de Harbeth, donde había dicho que se encontraría
con ella. Lo dejamos en paz.
Qué peculiar. Matthew no había dicho nada de ninguna mujer. Pero Richard
meramente asintió y abrió la puerta para que entraran.
—Pasen, por favor. Deberíamos tomar algo de vino, desayunar y decidir qué
haremos después.
—Buscaremos aquí —declaró Adam. —Mi padre no se fue o lo hubiéramos
visto hacerlo. Incluso cuando perseguíamos a su joven caballero, tres de mis
hombres se quedaron vigilando sus portones. Papá está aquí, y pretendo
encontrarlo.
Sonreía, pero sus ojos eran fríos como el mar verde durante el invierno.
—Y si no lo encuentro en buen estado, tío, tienes que saber esto. No necesito
una espada para arrancarle los miembros a un hombre.
Richard le sonrió de una manera amable ante su tonta amenaza.
—Puedes descansar, sobrino. Si alguien aquí ha dañado a mi hermano, te
ahorraré el problema.
—¿Podrían los dos detener esta disputa? —gritó Lady Honor azotando los pies.
—No nos ayuda a encontrarlo —agitó su pequeño puño y sus ojos grises se
llenaron de ira. —¡Los golpearé a ambos con un palo si no se comportan!
La urgencia de reír ante la delicada musaraña creció. Se veía como una santa
cuando estaba calmada. Adam le dirigió una mirada de advertencia, pero Richard
pensó que tenía más que ver con su madre que con sus propias amenazas.
—Yo estoy dispuesto a ceder —dijo Richard tranquilamente.
—Como desees —accedió Adam, sonando resignado. Extendió un brazo que
Richard tomó para una renuente tregua.
Se dieron las manos y sacudieron los brazos.
—Beban rápido entonces, y empecemos con lo que tenemos que hacer —
sugirió Honor mientras se dirigía a la mesa donde estaba el pan de la mañana, el
queso y el vino. Sin esperar a que ninguna sirvienta se le acercara, tomó el jarrón y
lanzó un poco de vino en tres copas. —¡Listo!
Richard tomó una y la golpeó contra la que Adam sostenía.
—¿Paz?
—Sí, paz —repitió Adam de mala manera. Bebió rápidamente el contenido y
azotó la copa. —Debería revisar los calabozos.
Richard se rió burlonamente.
—No tenemos calabozos.
—¿Dónde tienen a sus prisioneros? —preguntó Adam, como si de verdad le
sorprendiera la falta de tales habitaciones.
—No hemos tenido ningún prisionero desde que llegué aquí —admitió Richard,
—supongo que si tuviéramos alguno, lo mantendríamos en las habitaciones de la
torre. Ya buscamos ahí.
Sin detenerse, Adam corrió hacia las escaleras de espiral que llevaban a los
pisos superiores. Richard lo siguió.
No encontraron nada. Las habitaciones de la torre estaban abiertas y vacías
salvo por jergones llenos de polvo donde los guardias tomaban turnos durmiendo
las noches que les tocaba vigilar.
Adam empujó a Richard para subir las escaleras que llevaban al siguiente nivel
de la torre.
No estaría satisfecho hasta que realizaran una búsqueda completa. Revisó bajo
las camas y en cada cofre lo suficientemente largo para contener a un hombre.
Richard observó, con los brazos cruzados, para asegurarse de que nada fuera
lastimado durante su exploración. Lady Honor estaba parada cerca, posiblemente
para mantener a sus dos cargas lejos el uno del otro.
Richard supuso que lo consideraba una carga, dado que tenía casi la misma
edad que su hija más grande. Si recordaba correctamente, Adam era apenas
cuatro años más joven que él.
Los tres acababan de entrar a la habitación de Sara a buscar cuando ella entró
repentinamente.
—¿Qué están haciendo, por todos los cielos? —demandó Sara.
Adam se dio la vuelta, dejando caer la cortina de cama que acababa de
levantar.
—¿Quién es esta?
Richard le hizo señas.
—Tu tía Sara. Sara, conoce al joven Adam.
Ella gritó y se lanzó contra Adam como una furia demente. Richard la atrapó
por la cintura antes de que lograra hacer contacto. ¡Por Dios santo, esto era
demasiado! ¡Era fuerte! La sostuvo con fuerza con un brazo y puso su otra mano
sobre su boca. Sus piernas se levantaron y sus uñas se clavaron en su mano.
—¡Váyanse! ¡Ahora! —le advirtió a Honor y Adam.
Ellos no perdieron el tiempo. Richard lanzó a Sara a la cama, poniéndose sobre
ella y temiendo que el mueble colapsaría bajo su peso nuevamente. Se sostuvo.
Ella luchó hasta que ambos quedaron exhaustos.
Cuando finalmente se quedó quieta, él apartó su mano.
—¿Por qué dejaste que ese canalla entrara en mi propiedad? —le dijo
apretando los dientes.
—¿Canalla? ¡Vaya manera de llamarlo! Apostaría a que en este momento le
está preguntando a Honor por qué me casé con una mujer loca. ¿Qué te poseyó?
Ella no dijo nada, meramente inhalaba y exhalaba profundamente. Debía
estarla aplastando con su peso, pero no se atrevía a soltarla hasta asegurarse de
que estaba completamente calmada.
—Mira, no está armado. Yo mismo lo vi. Lo dejé entrar para buscar a Alan. De
otra manera no creería que su padre no está aquí. Acabamos de buscar en las
torres y estábamos bajando. No hay nada de malo en eso, ¿o sí?
Sara volvió a retorcerse.
—Por favor, Richard, déjame ir. Prometo mantener la cabeza en su lugar.
Él lo hizo, soltándola y sentándose en la cama. Atrapó su brazo cuando estaba
comenzando a levantarse.
—No me pruebes, Sara.
—No, no, te prometo que no lo haré. Pero debemos bajar las escaleras. Yo… lo
explicaré… si es que puedo explicarlo. Es solo que…
Richard se levantó y la ayudó a ponerse de pie.
—Ven entonces, quiero escuchar esto.
Ninguna cantidad de explicaciones cambiaría el hecho de que Sara todavía
pensaba que Alan y su hijo eran culpables por lo que ocurría en la frontera.
Richard tenía curiosidad por saber cómo explicaría este ataque que acababa de
tener.
Se había calmado y fingido ser civil después de las duras acusaciones que hizo a
su hermano. Por eso, y su presente voluntad por aceptar a Adam, Richard
sospechaba que Sara sabía más sobre la desaparición de Alan de lo que admitía.
Capítulo 17

Momentos después, en el salón, Sara y Richard encontraron a Adam y Lady


Honor conversando con los niños. Nan y Chris obviamente acababan de descubrir
a su nuevo primo. Sara suprimió la urgencia de decirles a los pequeños que
corrieran.
Christopher estaba parado junto a él, sosteniendo a uno de los gatos que
ronroneaba felizmente. Nan sostenía la mano del hombre y hablaba como si lo
hubiera conocido de toda la vida. Era cierto que les sonreía gentilmente a los
niños, pero se preguntó a cuántos como Nan y Chris había dejado sin hogar este
escocés después de incendiar sus chozas.
Sara aclaró su garganta y se preguntó qué podría decir que excusara su
comportamiento en la habitación. Sus ideas se perdieron en cuanto vio al hombre
que probablemente había asesinado a su padre.
Si Richard no la hubiera detenido, le hubiera sacado los ojos, lo hubiera
apuñalado con su cuchillo para comer o lo hubiera asfixiado con sus propias
manos. Quería hacerlo incluso ahora, pero sabía que debía permanecer calmada.
De alguna manera, encontraría la fuerza para fingir, para hacerlo sentir lo
suficientemente bienvenido para quedarse cerca hasta que el Rey llegara del
norte.
Su mayor preocupación en ese momento era que pudiera descubrir a su padre
en la celda al fondo de las habitaciones de almacenamiento. Solo Dios sabía lo que
haría entonces.
Adam apartó su atención de Nan y observó a Sara mientras ella y Richard se
acercaban al grupo. Su mirada era precavida, como si observara a una loca.
Richard tenía razón entonces. Adam pensaba que estaba loca. Debía haberlo
estado, por un momento.
Determinada a mantener a todos ahí mientras el Rey llegaba, Sara humedeció
sus labios y forzó una sonrisa.
—Saludos.
—Tía —saludó el hombre. Nada más. Su expresión alerta no se alteró, su rostro
se parecía tanto al de Richard que su mirada le ponía los pelos de punta. Podrían
haber sido gemelos, el bueno y el malo.
—Debo disculparme —dijo simplemente. —Ver mi habitación invadida me
perturbó.
Él asintió, luego miró a Richard esperando una mejor explicación. Y no recibió
ninguna.
—Veo que has conocido a tus primos —dijo Richard, como si no hubiera
sucedido nada fuera de lo ordinario. Dejó su lado y colocó sus manos en los
hombros de Nan y Christopher.
—Se ve como tú, papá —dijo Nan sonriéndole a su padre.
Christopher inclinó un poco la cabeza y miró a Sara por sobre su hombro.
Fue ahí cuando lo vio: un pedazo de tartán en el cuello del gato. Un pedazo de
la tela que el escocés llevaba cuando lo encerró en la celda.
Sara no podía respirar. El terror la consumió. Por favor, Dios, que no noten el
tartán. Pero la escucharon jadear. Adam ahora miraba a lo que la había
sorprendido de tal manera.
—¿Qué sucede, Sara? —le preguntó Richard, con sus cejas unidas por la
preocupación. Se dio la vuelta y la atrapó justo cuando sus rodillas cedieron, luego
la dejó en una banca cercana.
—Me parece que esto —anunció Adam, apartando al gato de los brazos de
Christopher y sacudiéndolo en la cara de Richard. —¡Esto es lo que sucede!
—¿Un gato? —murmuró Richard, prestando poca atención mientras
continuaba sosteniendo los hombros de Sara.
Adam levantó un largo dedo por debajo del collar de lana y lo sacó de la cabeza
del gato. Tocó el círculo con su nudo firmemente atado y levantó una ceja.
—¿Dónde está?
La expresión de preocupación de Richard inmediatamente cambió a una de
furia.
—¡Sara! —gritó, parándose sobre ella, con los puños apretados por la ira. —
¡Dime lo que hiciste!
El juego se había terminado. Suspiró temerosamente y enterró su rostro en sus
manos. Todo estaba perdido y no habría justicia.
Ya estaban dentro de Fernstowe. Primero tomarían todo, el cofre de oro, todo
lo de valor y las armas. Luego asesinarían a todas las almas en su interior porque
ya los habían visto. Conocían sus rostros y sus nombres. No había esperanza.
Richard apartó sus manos de golpe, clavando sus dedos en sus muñecas.
—¿Sara?
—¡Dínoslo o te lo sacaré a golpes! —gritó Adam, sacudiendo el puño que
apretaba la tela.
Richard la soltó y se giró a su sobrino.
—Golpéame a mí primero si te atreves. Esta es mi esposa, Adam Strode, y tú
estás en mi casa. ¡Recuérdalo!
Lady Honor se colocó entre ambos, con una mano en cada pecho.
—¡Tranquilos! ¡Los dos escúchenme! —miró de uno al otro. —Sepárense y
bajen los puños.
Cuando hicieron caso, se acercó al lado de Sara y se arrodilló junto a su silla.
—Sabes dónde está mi esposo.
Incapaz de mentir más o de si quiera hablar, Sara asintió.
—¿Está herido?
Sara sacudió la cabeza.
—Llévame con él, niña, antes de que algo pase aquí.
Lentamente Sara se levantó de la banca, pisando lejos de los hombres. No tenía
sentido intentar mantener al escocés cautivo. Su hijo registraría Fernstowe piedra
por piedra hasta encontrarlo. Muy probablemente lo descubrirían rápidamente
porque a los gatos les gustaba pasar el tiempo en las alacenas.
—Escaleras abajo —murmuró Sara, tan perturbada que apenas podía hablar.
Vio a Richard tomar una antorcha de la pared y encenderla en el fuego del salón
para iluminar su camino.
Encendió otra y se la dio a Adam. Sara hizo una mueca ante esto,
preguntándose si esa misma llama que Richard había dado a su sobrino sería el
instrumento de destrucción de Fernstowe.
¿Lady Honor sería capaz de salvarlos? ¿O cuando obtuviera lo que quería, los
motivaría a buscar venganza por el cautiverio de Alan? Para una persona tan
pequeña, parecía tener un enorme control sobre los hombres. Rezaba porque
pudiera conseguirles algo de piedad.
La conmoción se fue disipando de su cabeza en el camino al piso inferior y su
cerebro comenzó a funcionar como debía. Sara se dio cuenta de que Adam no
estaba armado. Pero tampoco lo estaba Richard. Una vez que Adam liberara a su
padre, serían dos contra su esposo.
¿Ayudaría la gente del castillo? No estaban entrenados para hacerlo.
Sir Matthew se había ido con el mensaje para el Rey, Sir Edmund había sido
tomado como rehén, y Eustiss estaba en los establos o la herrería. Los otros
hombres estaban haciendo guardia o en la muralla. ¿Qué podía hacer ella sola,
para salvar a su esposo y los niños?
Se detuvo fuera de la puerta hacia la alacena y sacó las llaves de su cinturón.
Antes de poderla colocar en la cerradura, se giró a Lady Honor, Adam y Richard.
—Esto fue cosa mía —confesó. —Solo mía. Richard no sabía nada, lo juro —se
dirigió a Adam: —Por favor, te lo ruego, no descargues tu ira en nadie más.
—Abre la puerta —le ordenó con un gruñido grave y peligroso.
Richard le arrebató las llaves de las manos y lo hizo él mismo. En cuestión de
instantes estaban adentro. Él tomó su codo.
—¿Dónde está? Muéstrame.
Ella guió el camino, esquivando los sacos y los barriles hasta que llegaron a la
celda. Richard giró la enorme llave y abrió la puerta de golpe.
Ahí estaba parado Alan con una furia explosiva. Sus ojos verdes brillaban con el
fuego de la antorcha. Parecía listo para asesinar. Sara respiró profundamente y
contuvo el aliento.
—Alan, lamento… —comenzó Richard, dando un paso hacia adelante.
—Apuesto a que lo harás —el escocés pasó junto a ellos para salir de la celda.
Tomó el rostro de su esposa, examinándolo con la luz parpadeante. —¿Estás bien,
querida?
—Sí, desde luego —contestó Honor, cubriendo sus enormes manos con las de
ella.
Él dirigió su atención a su hijo.
—¿Adam?
—Estoy bien. ¿Debería encerrarlos, papá? —preguntó mirando de mala
manera a Richard y Sara.
—No hay necesidad. Nos iremos ahora. Vengan —soltó la cara de Honor y la
llevó de la mano. Tirando de ella mientras guiaba el camino.
Solo el sonido de sus tacones contra la piedra rompió el silencio hasta que
llegaron al salón. Sara temía lo que pasaría cuando los escoceses dejaran la
fortaleza, recuperaran sus armas y mandaran refuerzos. Aun así, agradecía a Dios
que retrasaran su venganza por el momento.
Richard detuvo a su hermano antes de que saliera por la puerta del salón.
—Alan, escúchame. Sara cometió un error, uno que puedo explicar. Toda su
vida le han advertido de la traición de los escoceses, ha vivido temiendo a todos
los que lleven ese nombre. Sus hombres juran que fuiste tú quien asesinó a Lord
Simon.
Alan lo rodeó, soltándose de su agarre.
—¡Y yo le juré que no lo había hecho! Pretendió creerme y me mintió, Richard.
Me engañó…
Richard lo interrumpió calmadamente:
—Sara hizo lo que pensó que debía hacer. No estoy de acuerdo, pero lo
entiendo. ¿No puedes entenderlo? Considéralo, Alan. Todo hombre de este lado
de la frontera, excepto para mí, piensa que eres culpable. Sara no sabe lo que
significa tu palabra. Pero yo sí. Quédate, debemos arreglar esto de una vez por
todas.
¡Váyanse! Pensó Sara silenciosamente. Váyanse al diablo.
Alan gruñó. Los agujeros de su nariz se abrieron y sus ojos se entrecerraron.
Cuando habló, su ira no había disminuido.
—¿Qué se supone que haga entonces? ¿Quedarme y arriesgarme a que me
apuñalen por la espalda? —apuntó a Honor y Adam con un pulgar. —¡Puede que
los lastime si no puede matarme!
—No ha lastimado a nadie hasta ahora —le recordó Richard. —Pero si te
tranquiliza, la confinaré.
—¡No! —gritó Sara, sorprendida, preparándose para correr. Pero no sabía a
dónde iría, pero todos estaban en su contra, incluso Richard. —¡Tonto confiado!
¿No puedes ver el peligro?
Adam la tomó por la muñeca para evitar que escapara y Sara se revolvió. Su
puño se conectó sólidamente con su barbilla. Repentinamente liberada, corrió
ciegamente hacia la puerta del salón.
Richard la atrapó. Un brazo rodeaba su cintura y el otro sostenía sus brazos. La
pegó contra su cuerpo y subieron las escaleras. Sobre sus maldiciones, le gritó a su
hermano:
—Espera aquí.
Medio la cargó, medio la arrastró a su habitación.
—¡Suéltame! —le gritó de nuevo. Richard la dejó caer de cara sobre la cama.
—No te muevas —le advirtió, con una mano sobre su espalda para forzarla a
quedarse quieta. —¡No lo hagas!
Ella giró su cabeza a un lado para verlo. Él se apartó y tomó su espada y daga
del cofre donde los había dejado.
—Richard, por favor escucha…
Él la silenció con una mirada.
—No me pruebes más, Sara. ¡Ni… una… palabra… más!
Nada de lo que dijera cambiaría su opinión sobre los escoceses de cualquier
manera. Richard sufriría el doble cuando descubriera la verdad… primero su
propio hermano lo traicionaría, y luego harían todas las cosas malvadas que esos
malditos escoceses habían preparado para él.
Sara apartó la mirada y se quedó tumbada en derrota. No podía evitar que eso
pasara. No podía salvar a Richard, a Fernstowe, o ni siquiera a sí misma.
Seguramente era suficiente razón para llorar, pero las lágrimas no llegaban. ¿De
que serviría?
Por primera vez en su vida, sintió que no quedaba nada que pudiera hacer para
arreglar las cosas. Incluso la muerte de su padre no la había dejado sintiéndose sin
nada de esperanza y sin ningún plan.
El sonido de la llave girando en el cerrojo no cambió mucho las cosas.
Richard esperaba que pudiera enmendar la brecha que Sara había causado. Su
hermano nunca confiaría en él ahora. Por derecho, debería castigar a Sara
severamente por romper la tregua que le había ofrecido a Alan.
Apenas podía imaginar su propia amargura si la situación hubiera sido al revés
y Lady Honor lo hubiera encerrado en algún agujero bajo la fortaleza de Alan.
Los tres estaban parados donde los había dejado, y todos se volvieron a verlo
mientras bajaba.
—Vengan conmigo —dijo, haciendo señas hacia el solar.
Por casualidad, se dio cuenta de que Nan y Christopher estaban abrazados en
la alcoba más cercana a las escaleras y parecían aterrados más allá de cualquier
descripción. Era mejor que escucharan lo que tenía que decir a que se
preocuparan pensando en ello.
—Ustedes dos, vengan y únanse a nosotros —ordenó. Adam protestó.
—Seguramente los niños no necesitan…
Richard había soportado suficientes malas actitudes por un día. Se detuvo en la
puerta y se dirigió a Adam.
—Escúchame bien. Puede que casi tengamos la misma edad, pero soy tu tío.
Cuando necesite el consejo de mi sobrino, te lo pediré. Alan y yo tenemos asuntos
importantes que discutir. Tú y los otros niños están aquí para comportarse y
escuchar. ¿Nos entendemos?
Alan se rió inesperadamente y tomó a Adam por los hombros, probablemente
para prevenir un ataque. Richard casi deseaba que sucediera. Sus músculos
gritaban por acción, de cualquier tipo.
Envidiaba el golpe que Sara le había dado a Adam en la barbilla. La marca
quedaba sobre esa orgullosa barbilla y muy probablemente dejaría una marca. Esa
idea le trajo algo de satisfacción.
Acercaron sillas y bancas a la chimenea y Richard añadió algunos leños a las
llamas. La lluvia había comenzado a golpear las ventanas y el ambiente se estaba
volviendo más frío. Otro tipo de frialdad llenaba la habitación, una que no era
susceptible al calor físico del fuego.
—¿Lastimaste a mi madre? —preguntó Nan tímidamente, todavía sujetando la
mano de Christopher.
La tardía pregunta e inusual timidez evitó que Richard dijera lo que estaba a
punto de decir.
—¿Qué? ¿Por qué preguntas por ella ahora, Nan? Sabes lo que sucedió. La
fiebre se la llevó, ¿recuerdas?
Nan recuperó su valor y encaró su mirada con desafío.
—No Annie. Mi nueva madre. ¿La lastimaste, papá?
Tenía que sonreír, y no solo para tranquilizar a Nan. Furioso como estaba con
Sara en ese momento, estaba complacido porque se había ganado el
reconocimiento de Nan.
—No, hija, no la lastimé en lo absoluto. Estaba agotada y la llevé a la cama.
—No parecía adormilada —dijo Christopher, con una ceja levantada y una
expresión seca que Richard reconoció como propia.
Lady Honor sonrió y los llamó.
—Vengan, siéntense conmigo y escuchemos lo que su padre tiene que decir.
Esperó hasta que todos se hubieron acomodado y habló con Alan.
—Como sabemos, alguien ha estado usando tu nombre para esparcir terror por
toda la frontera. Nuestra primera tarea es descubrir quién es este hombre.
—Tu Sara mencionó a un sospechoso, pero solo era parte de su ardid. Es a mí a
quien culpa, eso está claro.
—¿A quién mencionó? —preguntó Richard.
Alan acarició su mejilla.
—No me dijo el nombre. Tenía algo que ver con su cicatriz. O al menos quería
que pensara eso. Seguía tocándola mientras hablaba de él.
Richard se inclinó, poniendo sus codos sobre sus rodillas.
—Creo que sé quién es. Este hombre tiene razones para odiar a Sara. También
una buena causa para matar a su padre. Lord Simon le negó la unión que buscaba.
Sara lo apuñaló.
Adam soltó una risotada.
—¡Eso puedo creerlo! ¿Qué harás con esa esposa tuya? Es un peligro para
cualquier hombre.
—¿Estás preocupado? —sonrió Richard. —Prometo que no dejaré que te
golpee de nuevo.
Adam bajó la cabeza mientras reía levemente. Se frotó el rostro.
—Mi corazón está agradecido. Creo que me aflojó un diente. ¿Dices que este
hombre le dio esa cicatriz?
Richard asintió.
—Cuando era apenas una niña. Ella lo atacó con su cuchillo. Sara no tiene un
corazón débil.
—Estás predicando a los feligreses —observó Alan. —Sara es una buena chica,
a pesar de las cosas malas que ha hecho. Tiene el cuerpo de un guerrero.
—¡No es verdad! —contestó Richard agitadamente. —Es alta y fuerte, sí, pero
está llena de gracia y belleza. ¿Te estás quedando ciego por la edad?
—¿La amas entonces? —preguntó Honor.
Él se sentó en su silla, apretando los brazos de la misma, queriendo negar que
lo hacía. Pero incluso su furia actual no le permitiría mentir.
—¿La amas, papá? —preguntó Nan.
—Sí, ¿la amas, tío? —preguntó Adam burlándose. —¿Amas a la mujer que
rompió tu juramento de tregua?
—¡Controla tu boca, niño! —ordenó Alan con dureza. —Richard se encargará
de los suyos.
¿Y cómo haría eso? Se preguntó Richard. ¿Cómo se encargaría de Sara? ¿Debía
mantenerla encerrada para conservarla a su lado? Seguramente insistiría en que
anularan su matrimonio cuando todo esto terminara. Su odio hacia su hermano y
sobrino se extendería hacia él porque se había puesto en su contra. Tenía razón al
hacerlo, pero incluso si resultaban ser inocentes de haber asesinado a Lord Simon,
Sara siempre recordaría la manera en que la había tratado hoy como una traición.
Quizás sería sabio separarse de ella, negar su intimidad y aceptar la oferta de
disolución que ofrecía el Rey. Sara no lo quería realmente, sino más que para que
mantuviera sus tierras y a su gente a salvo. Eso lo haría, y pronto. Después de eso,
sabía que no sería recibido aquí de ninguna manera.
Amaba a la Sara que se acercaba a él con impaciencia y sonrisas, la tentadora
muchacha que emanaba pasión y le regresaba más de lo que le daba. Esa mujer ya
no existía, y quizás nunca lo había hecho.
—¿Quién es el hombre? —preguntó Alan.
—Aelwyn de Berthold. Sus tierras están junto a estas —le explicó a Alan. —No
están lejos del Prado de la Disputa. También tiene resentimientos contra ti y
contra Sara.
—Ah, lo recuerdo ahora —dijo Alan tristemente. —Pobre chico. Maté a su
padre, pero fue en la batalla.
—Escuché que intentaste ayudarlo y cómo reaccionó. Dicen que sigue
resentido. Me gustaría pensar que es Aelwyn quien está detrás de los asesinatos,
pero de hecho Sara tenía dos pretendientes. El otro es Lord Bankwell. Tiene el
doble de edad que Sara y quería casarse con su madre antes de que ella se casara
con Lord Simon. Años después, cuando Bankwell quedó viudo, pidió la mano de
Sara. Lord Simon dijo que no, desde luego. Probablemente había algo de
resentimiento entre ambos. Podría ser a quien buscamos, pero no lo creo.
—Aelwyn es el más probable —concordó Alan, asintiendo.
—Sí, quienquiera que me halla capturado (usando tu nombre, Alan) hizo todo
lo posible por ponerme contra Sara. Dijo que solo había pagado la mitad del
rescate, lo cual era mentira. Me pregunté a mí mismo por qué el hombre querría
que fuera castigada. Parecía casi tan deseoso por ello que por obtener su oro.
Bankwell no tiene razones para odiar a Sara, hasta donde yo sé.
Miró de Adam a Alan y al contrario.
—Creo que Aelwyn de Berthold encontró una oportunidad para buscar
venganza contra todos a la vez. Planeó los secuestros y extorsiones para poner la
ira del Rey en tu contra. Mató a Lord Simon para que Sara no tuviera protección
contra él.
—¿Entonces por qué no vino a tomarla? —preguntó Adam, sonando como si
deseara que lo hubiera hecho.
Richard le dirigió una mirada de advertencia.
—Sin decirle una palabra a Sara, Aelwyn le pidió permiso al Rey para hacerlo. Si
Edward le hubiera dado permiso, Sara no habría podido hacer nada para negarse.
—¡Yo no lo apostaría! —comentó Adam secamente.
Alan lo acalló y continuó su discusión sobre Aelwyn.
—La pregunta es, ¿cuál es su verdadero motivo? ¿Venganza o codicia?
Adam lanzó sus brazos al aire.
—¡Ambas! Está claro para mí. Te pone contra Sara, te usa como un
instrumento en su venganza. Luego recolecta todo el oro de los Lords ingleses sin
peligro de que lo atrapen. Todos están seguros de que papá es el culpable.
—¿Por qué simplemente no te mató cuando te tenía? Entonces podría tomar a
Sara y a las tierras para sí mismo —dijo Lady Honor.
—Porque el Rey Edward sabe que Richard es mi hermano y los Strodes no
matan a los suyos. Papá siempre se rehusaba a luchar contra los escoceses, ni le
pagaba a nadie para que lo hiciera por él.
Richard se levantó y pasó una mano por su cabello.
—¿Estás seguro de que el Rey lo sabe?
—Sí. Papá me escribió diciéndome que se lo había dicho.
—Lo supuse, y es probablemente por eso que estoy aquí, casado con Sara.
Edward está probando mi lealtad. Sara debería estar escuchando todo esto. Podría
cambiar su manera de pensar.
—Espera, Richard —dijo Lady Honor. —Dale un día para descansar. Puede que
no haya dormido la noche pasada, y lo que ocurrió esta mañana ciertamente debe
haberla desgastado —puso una mano sobre su brazo. —Déjala estar por ahora. Ve
con ella en la noche para tranquilizarla. No hay necesidad de apresurarse. Nos
quedaremos toda la noche, y más tiempo de ser necesario.
—Honor tiene razón —añadió Alan. —Mientras tanto, podemos formar algún
tipo de plan para descubrir a ese zorro Berthold.
Richard estaba de acuerdo. Después de languidecer en esa polvorosa celda,
Alan debía morirse de hambre y era seguro que necesitaba un baño. El resto se
podían entretener lo mejor que pudieran.
Él necesitaba soledad. Había mucho más que tenía que pensar que la captura
de Aelwyn de Berthold. Estaba el posible fin de su matrimonio, el futuro de sus
niños y cómo prevenir que Sara se levantara en armas contra su familia si es que
conseguía liberarse.
Capítulo 18

Unas cuantas horas de sueño curaron la desesperación de Sara. Se maldijo a sí


misma por permitirlo en primer lugar. Propiamente restaurada, se puso a repasar
el problema para ver qué podía hacer.
Recordó cuidadosamente cada palabra, cada mirada que había ocurrido, desde
que ellos habían llegado. Examinándolo más detalladamente, Sara decidió que
probablemente sobrestimó el peligro para Richard, los niños, y la gente del
castillo.
En ese momento, ella era la única que creía que los escoceses eran culpables.
Claramente Richard se había declarado en su contra al encerrarla.
Se preguntó por qué Alan seguía insistiendo en ser inocente. ¿Esperaba que
Richard lo defendiera ante el Rey? Cualquiera con un poco de sentido común vería
que eso resultaría letal para todos los involucrados. El Rey Edward odiaba a todos
los escoceses, incluso al Rey Balliol que había estado en el trono antes que Bruce.
La paz actual era una broma, aunque ciertamente nadie se reía.
Aunque lo intentara, no podía entender lo que su cuñado pretendía. ¿Había
venido a registrar las defensas de Fernstowe desde el interior? Era poco probable,
ya que Richard le había pedido que viniera. Alan no lo había solicitado.
Se sentó en su cama y recargó sus codos contra sus rodillas. ¿Podría ser que se
equivocara respecto a Alan y Adam?
—No, tienen que ser ellos —murmuró Sara para sí misma. —Tienen que ser —
Incluso si Adam estaba encargándose del trabajo sucio, Alan sería quien daba las
órdenes. Adam ni siquiera se atrevía a desafiar a su madre, mucho menos al
mismo Alan. Si esos dos no eran responsables, ¿quién más podría serlo?
Justo entonces escuchó el movimiento de la llave y levantó la mirada para ver a
Richard entrar. Parecía cansado y sin esperanza mientras dejaba sus armas y se
quitaba la túnica. Ignorándola, se dirigió al lavabo, se lanzó agua a la cara y se lavó
sus brazos y manos.
—Berta subirá con comida para ti —le dijo finalmente, sus palabras sonaban
como murmullos mientras se secaba con un trapo. —Después de que comas,
hablaremos.
Sara se levantó y se acercó a la pequeña silla frente al fuego.
—Hace frío aquí —murmuró, frotando sus brazos y observando las cenizas en
el fuego.
Él sorbió su nariz con impaciencia, luego se acercó a alimentar el fuego. Sara
observó cuán eficazmente lo hacía, marcando su muscular espalda y hombros. Su
esposo era un hombre bien parecido, uno que hacía que la sangre de las mujeres
hirviera. Pero tenía la cabeza dura como una piedra.
—Siempre tienes la razón, ¿no es cierto? —dijo ella. —Nadie más tiene
derecho a tener opiniones.
—Puedes tener una opinión, solo no la digas en voz alta.
—¿Incluso si dudo sobre la culpabilidad de tu hermano?
—Guarda tu aliento. No te creeré —sopló a la chispa que había creado y añadió
algunas ramas al fuego.
Berta llegó y dejó una bandeja cubierta de tela sobre la mesa junto a la
ventana. Sara olió el pan fresco y el cerdo asado desde el otro lado de la
habitación. Incluso eso no pudo despertar su apetito aun cuando no había comido
nada durante todo el día.
—Dile a Nan y Chris que les deseo buenas noches —le dijo a la mujer. —No
olvides que debes escuchar sus oraciones.
—Yo lo hice —le informó Richard. —Están dormidos.
Aunque resentía haberse perdido su ritual nocturno, le alegraba que Richard lo
hubiera recordado.
Le parecía que muchas veces tenía ese sentimiento de ambivalencia cuando se
trataba de él. Lo amaba más que a la vida misma, pero lo asfixiaría con gusto. Sara
quería que se equivocara, pero temía que podría tener la razón en este asunto que
los separaba.
—Richard, dime a quién culpas por la muerte de mi padre y los problemas de la
frontera.
Él movió el fuego por última vez y se levantó, juntando sus manos.
—¿Por qué? Tú ya decidiste.
Sara suspiró.
—Antes de hoy, he de admitir que lo había hecho. Pero una vez que me tomé
el tiempo de considerar todo lo que había sucedido (la llegada de Alan aquí, que
trajera a su esposa, que dejara sus armas) me tuve que preguntar por qué lo haría.
Sería un tonto por decirte su nombre cuando fuiste su prisionero, y luego
mostrarse como tu invitado, proclamando inocencia.
Él la observó, escuchando cada palabra que decía como si quisiera juzgar si
eran verdad o mentira.
Ella continuó:
—Y si Adam fue quien te mantuvo prisionero, es extraño que dejara su espada
para entrar por nuestros portones. Lo pudiste haber reconocido por la voz. Es
verdad que sus hombres capturaron a Sir Edmund, ¿pero cómo podía saber Adam
si te importaba la vida de tu caballero?
—Pudiste haber usado ese sentido común tuyo un poco antes —murmuró.
—Estoy de acuerdo —admitió, y se inclinó para hablar del misterio que más la
intrigaba. —El hombre que te aprisionó y cubrió tus ojos, te dio un nombre. Ni a
Alan ni a Adam le importa que los veas. Esto parece más importante ahora de lo
que había pensado. O conocías al hombre que te capturó, o pensó que te
encontrarías con él más adelante y lo reconocerías. Esa tiene que ser la razón.
Richard asintió.
—Te dije lo mismo, si es que lo recuerdas.
—¿Conoces a muchos escoceses además de a estos, Richard?
—Algunos mensajeros que venían de la corte del Rey Balliol, pero ellos no son
sospechosos.
—Todavía piensas que el culpable es inglés —dijo ella. Eso había dicho antes,
pero no lo había considerado posible. —Ahora puedo ver que podría serlo.
—Bueno, si dejas prendida una vela, termina apagándose —dijo
sarcásticamente. Se levantó de su silla y se acercó a la bandeja de comida. Cuando
se dio la vuelta y la puso sobre su regazo, ordenó: —Come algo. Luego tengo
algunas preguntas.
Repentinamente se sentía hambrienta. Y con esperanza. Cuanto más
consideraba el comportamiento de Alan (e incluso el del contencioso Adam) la
posibilidad de creer en su inocencia aumentaba.
Rompió un pedazo del pan caliente y saboreó su sabor mientras le daba la
mitad a Richard. Él la aceptó y le sonrió, una sonrisa verdadera esta vez que
mostraba su aprobación por su nueva manera de pensar.
Aun le quedaban dudas, desde luego. Podría estar generando excusas para su
hermano y sobrino por la desesperación, porque temía lo que ocurriría si en
efecto eran culpables.
Sara sabía lo que vendría cuando terminara de comer. Querría saber todo
sobre el hombre que le había dado su cicatriz. Alan debió haberle contado a
Richard lo que había implicado.
Insistiría en obtener el nombre. Para mostrar su buena fe, se lo daría.
Él no perdió el tiempo cuando finalmente hizo a un lado su bandeja.
—Primero, hablemos de los dos que querían casarse contigo —dijo.
—Te he hablado de ellos.
—Hazlo de nuevo. Todo lo que sepas.
—Está Bankwell, el viejo que una vez quiso a mi madre. Su fortaleza está en la
Marcha Este, en la frontera, y es una distancia considerable de Fernstowe. Solo lo
conocí una vez cuando vino a buscar la respuesta de mi padre a su propuesta. Fue
un sonoro no, desde luego. Después de verme, creo que se sintió afortunado por
el rechazo. Veras, esperaba que me viera como se veía mi madre cuando tenía
diecisiete —se reía del recuerdo ahora, aunque en ese momento la había
lastimado.
Añadió:
—Dijiste que el hombre que te capturó era joven. Dada la edad de Bankwell y
cualquier falta de interés en mí o en Fernstowe, creo que puedes eliminarlo de tu
lista.
—Ya veremos. ¿Y el otro pretendiente?
—Aelwyn de Berthold —contestó. —Sin duda lo conociste. Podría ser lo
suficientemente malvado para asesinar y exhortar dinero de sus vecinos, pero no
tiene la inteligencia suficiente para un plan de esta magnitud. No es más que un
bravucón que gusta de molestar a aquellos más débiles que él mismo.
—Estoy de acuerdo en que actúa sin pensar —Richard miró entonces hacia el
fuego. —Ahora, debo preguntar por el nombre que no me quisiste dar antes, Sara.
El del hombre que te marcó.
Ella suspiró, y se estiró, fingiendo una actitud de desinterés.
—Oh, bueno, es el mismo, Aelwyn.
—Ya veo —dijo, sin sorprenderse en lo más mínimo. —Así que uno es
demasiado viejo y el otro demasiado estúpido, ¿verdad?
—Eso creo —concordó. —¿Podría ser alguien que desconozcamos? ¿Qué hay
de otro escocés que no sea ni tu hermano ni tu sobrino?
Él sacudió la cabeza.
—Le hice esa pregunta a Alan. Lo discutimos y eliminamos la posibilidad.
Estamos de acuerdo en que debe ser inglés.
Sara se encogió de hombros.
—Tienes razón, podría ser cualquiera, no necesariamente un noble. ¿Hablaba
bien?
—Sí —declaró Richard. Pensó por un momento y se levantó de su silla. —
Mañana comenzaremos nuestro plan para descubrirlo. En lugar del rescate que
pidió, nuestro hombre le dejará un cofre vacío con noticias de mi reciente muerte
por hidropesía.
Sara se rió.
—¿Hidropesía 2? ¡No seas ridículo!
Su pequeña sonrisa la alegró incluso más.
—Bueno, cualquiera que sea la razón de mi muerte debe ser de causa natural
para que no tema ninguna implicación.
Sara se encogió de hombros.
—No tuvo ningún remordimiento al matar a mi padre, uno de los barones del
Rey. ¿Cómo explicas eso?
—El Rey sabe que Alan es mi hermano y no me mataría. Edward naturalmente
buscaría a alguien que me quiera muerto. Aelwyn podría venir a su mente dado
que te quería.
Sara sacudió la cabeza.
—¿Qué esperas conseguir muriéndote?
Richard acarició su barbilla, pensando.
—Creo que su reacción a mi muerte será inmediata. En el momento en que se
entere, creo que se apresurará a venir para llenar el vacío que yo deje. Usará su
oferta de protegerte de los escoceses como excusa.
—¿Por qué piensas eso? No vino después de que mi padre muriera. Y viste
cómo me trató en la fiesta de Harbeth —le recordó.
—Aun así se casaría contigo —le explicó Richard. —¿Qué mejor manera de
vengarse? Y el Rey no se opondrá si el acuerdo se hace antes de que se entere.
Edward medio planeaba que te casaras con Aelwyn de cualquier manera —luego

2 Derrame o acumulación anormal del humor seroso en cualquier cavidad del cuerpo, o su infiltración
en el tejido celular. (N.R.)
le sonrió. —¡Pero estaremos preparados para darle a tu pretendiente la
bienvenida que se merece cuando venga a buscar a la viuda!
La emoción de Richard creció mientras lo observaba. El brillo en sus ojos verdes
mostraba su emoción. Ella anhelaba que la abrazara, que le mostrara la dulzura
debajo de esa ferocidad. Más que nada, necesitaba a Richard como su aliado.
Incluso si (en contra de todo lo que se le había enseñado) tenía que cambiar de
lado en este conflicto. Rezó porque hacerlo no fuera el peor error de su vida.
—Para el bien o para el mal, estoy contigo, Richard —dijo suavemente.
Él le sonrió y la abrazó con fuerza. El dulce sentimiento de sus cuerpos unidos
casi hizo que Sara olvidara que tenía que comportarse de manera sumisa.
Casi lo olvidó, pero no lo hizo.

*****

La siguiente mañana Richard no le habló a Sara. Inclinó la cabeza hacia ella a


través del salón cuando bajó las escaleras. Luego se fue inmediatamente. Su ira
contra ella lo avergonzaba y hacía que la evitara. ¿Qué derecho tenía él de
enojarse con ella, se preguntó por milésima vez? No era como si la noche pasada
lo hubiera rechazado. Oh, no, pensó gruñendo furiosamente, pero mantuvo sus
esperanzas en alto y lo dejó esperando por más que resignación de su parte. Un
segundo respondía. Y después no.
Murmuró maldiciones en su camino a los establos, ahora vacíos ya que Eustiss
y los chicos habían ido a desayunar. Solo cuando su hermano habló, Richard se dio
cuenta de que Alan lo había seguido.
—Yo no cepillaría a los caballos con ese humor si fuera tú. Les vas a arrancar la
piel.
Richard lanzó el cepillo que acababa de tomar.
—No preguntes.
—¿Cuál es el problema? —sonrió Alan y se recargó contra una pared, con los
brazos cruzados. —Está bien, no preguntaré.
Richard se dejó caer contra uno de los establos y sacudió la cabeza.
—Juro que las mujeres nacieron para volver locos a los hombres. ¿Por qué son
así?
—¿No pueden evitarlo?
—¡Oh, sí, sí podrían! —exclamó Richard. —Primero está caliente como el
carbón en el fuego, luego se vuelve fría como un lago en invierno —Richard
chasqueó los dedos. —¡Justo así, su humor cambia!
—Los fuegos necesitan que los cuides o si no se apagan —sugirió Alan.
Richard lo fulminó con la mirada.
—Búrlate entonces. No te importa.
—Es cierto. ¿Sara se molestó porque la encerraste todo el día?
—¡No! —dijo, tan molesto que tuvo que empezar a caminar. —Eso no tuvo
nada que ver. Actuó de la misma manera la noche anterior y también cuando
estaba con ella la tarde anterior.
—Quizás esté cargada.
Richard se detuvo inmediatamente y se dio la vuelta, repentinamente sin
aliento. La alegría llenó su corazón.
—¿Cargada? —se le quedó mirando a Alan y luego sacudió la cabeza. —No, es
demasiado pronto para que eso le afecte, incluso si tuviera a un niño. Con mi
primera esposa no hizo mucha diferencia.
—Papá me escribió sobre ella. Dijo que era una santa.
Richard se encogió de hombros.
—Supongo que lo era. Una mujer noble hasta los huesos —miró de reojo a
Alan. —Le enseñaron que el matrimonio no es más que una obligación. Sé que eso
es lo común y es la manera en la que tienen que ser, pero Sara no es así… bueno,
no usualmente.
La risa de Alan llenó el establo.
—¡Mi Honor debe haberse perdido sus lecciones sobre obligaciones también,
gracias al cielo!
Richard se quedó completamente quieto.
—¿Ella no es fría contigo?
—¡No! —Alan se acercó y colocó una mano sobre el hombro de Richard. —
¿Quién te dijo esas tonterías sobre las mujeres? ¿Papá?
—Sí —Richard hizo una mueca, entendiendo que había sido completamente
engañado. —Nuestro pastor. Mi santa, Evaine. Todos dijeron lo mismo.
—¡Ah, ahí lo tienes! —dijo Alan, extendiendo sus manos como si estuviera
suplicando. —Un vejestorio, un clérigo celoso y una niña malcriada. ¿Quiénes
mejor para mal aconsejarte?
Richard se rió con él:
—¿Supongo que un sabio hermano mayor?
—Es correcto. Dime, Dickon, ¿le has mencionado esto a Sara? ¿Sobre lo que tú
llamas normal?
Richard hizo una mueca.
—Puede que lo haya hecho. Sí, lo hice —apretó el tabique de su nariz y apretó
sus ojos con fuerza. —¡Soy un maldito tonto!
Alan le dio una palmadita en la espalda y le ofreció una sonrisa de simpatía.
—Si fuera tú, Dickon, admitiría eso ante quien de verdad lo tiene que escuchar.
—Puedes contar con eso —dijo Richard. No tenía idea de cómo iba a explicar la
sonrisa en su rostro si alguien le preguntaba por ella, pero no podía contenerse.
A partir de ahora, haría todo lo que estuviera bajo su poder para motivar a Sara
a mostrarle cómo se sentía y a actuar acorde a ello. Había aprendido mucho hoy, o
más bien había verificado sus propias creencias en el asunto por el que se había
debatido durante tanto tiempo.
Cómo deseaba poder ir con Sara en ese momento, asegurarle que siempre la
amaría. Definitivamente tenía que disculparse. Pero era mejor esperar hasta la
noche.

*****

Sara fingió no darse cuenta cuando Richard y su hermano volvieron al salón.


Ella y Lady Honor estaban discutiendo el uso de las hierbas y lo efectivas que eran
para curar.
La mujer tenía un buen conocimiento y Sara había determinado utilizarlo
mientras Honor estuviera ahí. Con ese fin, acababa de enviar a Darcy a buscar una
pluma y un pergamino para que pudiera escribir las mezclas que le mencionara.
Los dos hombres la interrumpieron. Richard sonreía de oreja a oreja y arrastró
una banca para sentarse junto a ella. Alan se paró detrás de Honor, con sus manos
sobre sus hombros. Fue él quien habló.
—¿Dónde está ese hijo nuestro esta mañana?
—Se estaba convirtiendo en una molestia —contestó Honor señalando el solar
con la cabeza. —Le asigné la tarea de entretener a sus nuevos primos con una
lección de historia mientras Sara y yo nos conocemos un poco mejor.
—¿Qué tipo de historia? —preguntó Richard con una risita, aunque a Sara no le
parecía nada divertido. No se había negado solo porque era idea de Honor.
—¿Quién puede saberlo? Adam es un gran conocedor de la historia, así que no
se preocupen por ello. Sara y yo estábamos comparando...
Un fuerte sonido de pasos se escuchó cuando Eustiss entró corriendo, medio
arrastrando a un hombre que Sara no conocía. Ella y Richard se levantaron
inmediatamente y se acercaron.
—¿Quién es este? —demandó Richard mientras Eustiss soltaba al recién
llegado.
—Sim Carterson —anunció el herrero. —Viene de parte de Sir Meckville. Dice
que tenemos que decirle que se rehusó a pagar ayer cuando tenía que entregar el
oro y los escoceses no perdieron el tiempo. Atacaron la noche pasada. Algunas
chozas fueron incendiadas, y muchos de los pueblerinos están muertos.
—Iré de inmediato —prometió Richard.
—No hay necesidad, mi lord —dijo Carterson, recuperando el aliento. —Sir
Meckville me envió a avisarle sobre lo que pasaría. Lord Beringer ya está allí, y él
nos ayudará. Mi maestro dijo que necesitaba saberlo, por ser el hombre del Rey.
Richard y Alan intercambiaron miradas.
Sara se dirigió al extraño:
—Maestro Carterson, le agradecemos esta advertencia. Eustiss, ve que nuestro
amigo sea alimentado y descanse. Estoy segura de que querrá volver pronto a
casa. Dale un caballo descansado en cuanto lo desee.
Richard dijo:
—Preferiría que te quedaras por algunos días, Carterson.
—¿Por qué, mi lord? —preguntó el hombre.
—Hablaremos de eso luego. Primero ve a refrescarte. Tengo muchas preguntas
para ti.
El hombre asintió y Eustiss lo guió hacia la cocina.
Sara le sonrió rudamente a Alan.
—La pregunta más importante acaba de ser contestada. Al menos para mí. Un
hombre no puede estar en dos lugares al mismo tiempo, incluso una tonta como
yo no puede negar la verdad. Alan, debo rogar por tu perdón y también el de
Adam.
—¿Una mujer que admite cuando se equivoca? —respondió Alan, riendo. —
¡Eso en sí mismo es una maravilla!
Honor le dio un golpe juguetón en el brazo.
—Deja de bromear. Como era de esperarse, Sara ya volvió a dudar de tu
culpabilidad. Pero el ataque de la última noche confirma tu inocencia de una vez
por todas. Ahora debemos concentrar nuestros pensamientos en aquel que te
incrimina.
—Tengo un plan en marcha para lograrlo —les informó Richard. —Antes de
que Alan y yo entráramos, envié a un mensajero con la noticia de mi muerte a
todos los Lords de la frontera. Así que aquí estará Fernstowe, sin ninguna
protección, y mi pobre viuda desconsolada y llena de pesar. Esperando a un nuevo
lord, en otras palabras.
Sara giró los ojos.
—Richard, lo único que eso hará será traer al país entero a tu funeral, curiosos
por ver si es verdad.
—Dentro de tres días vendrán a eso —dijo. —El que llegue demasiado pronto
para la ocasión, y con un séquito armado con él, será a quién busquemos.
—Aelwyn de Berthold —dijo Sara, asintiendo. —Podría funcionar.
Richard se encogió de hombros.
—Espero que sea él, pero podría ser Bankwell. Y nunca debemos olvidar que
podría ser algún hombre al que no hayamos considerado.
Sara decidió lanzarse completamente confiada en este plan de Richard. Y ya no
sacaría conclusiones basadas en lo que parecía obvio, como había hecho con su
hermano y sobrino.
—Tienes razón, desde luego —concordó mientras atravesaban el salón con
destino hacia el solar. Sobre su hombro, dijo:
—Mandaré a Adam a traer a sus hombres y a Sir Edmund al interior de las
murallas Si hay una pelea, deberían estar bien alimentados y descansados. Yo me
encargaré de la comida. Ustedes dos de las armas.
—Será mejor que le consigamos una espada a esa muchacha tuya y le
enseñemos cómo utilizarla, Dickon —escuchó que bromeaba Alan.
Sara se dio la vuelta, caminando un tramo hacia atrás, y sonrió traviesamente.
—Oh, tengo una espada, hermano. Y no necesito ninguna instrucción.
Capítulo 19

Ese día, todos en Fernstowe trabajaron, preparándose para los invitados. Los
primeros en llegar necesitarían solo armas listas y un lugar lo suficientemente
grande para encerrar a todos aquellos que no fueran muertos. Pero en tres días,
toda la población noble de la Media Marcha llegaría, esperando un funeral y un
festín.
Richard decidió que debería haber una gran celebración entonces. Le había
prometido a los Lords que conoció en la fiesta de Harbeth que daría una en
Fernstowe. Era más pronto de lo que esperaban, y la razón los sorprendería
cuando llegaran. Pero esto le daría a todos una oportunidad para regocijarse y
reestablecer la paz en la frontera.
En algún punto antes de la celebración, debía conseguir estar solo con Sara y
arreglar las cosas entre ellos. Una vez que comprendiera por qué la había
reprendido por su manera de ser, y lo horriblemente equivocado que había
estado, sería ella misma de nuevo. Qué dulce sería entonces su vida, juntos. Vería
al otro enemigo que había sido capturado y exiliado, su mente cerrada. Lo haría
ahora mismo si no fuera tan distractora.
La manera en que Sara tomaba el liderazgo de las preparaciones lo excitaba.
Uno pensaría que todo el plan era su idea. Trabajaba más duramente que
cualquiera, y no le ofrecía ninguna consideración especial. Pero no le había
gustado que se había quedado dormida en la mesa la velada anterior, exhausta y
pálida.
Después de llevarla a la cama, había amenazado a todos aquellos que pensarán
en molestar su descanso hasta la mañana. Como era de esperarse, fue ella quien
entró echa un torbellino en su habitación y lo despertó antes del amanecer,
acomodando una vela y diciéndole que se vistiera a toda prisa.
—Él vendrá hoy. Lo sé —declaró Sara, ignorando su desnudez cuando se
levantó de la cama. Le lanzó su ropa interior y los pantalones desde el cofre, luego
rebuscó hasta que encontró una camisa presentable.
—Quienquiera que sea él —continuó, mientras tomaba su playera acolchonada
y la examinaba antes de dársela. —Pero creo que sí es Aelwyn.
—Yo también —le contestó. Apenas se había puesto su ropa acolchada, ella se
le acercó con su pesada cota de malla.
—¡Dame eso! —le ordenó. —Es demasiado pesada para ti.
—Podemos discutir luego. Apúrate, Richard.
Se inclinó y se las arregló para colocarse la cota de malla, luego se levantó,
acomodando su peso sobre su figura. Las manos de Sara ya estaban en los
seguros, acomodándolos tan expertamente como el paje mejor entrenado.
—¡Listo! Ponte tu espada y estarás listo —declaró, y se dio la vuelta para salir
de la habitación.
Richard la detuvo tomando su falda.
—¡Vuelve aquí, torbellino!
—¿Qué? —le preguntó, con los ojos abiertos con frustración por el retraso.
Él tomó su rostro entre sus manos.
—Un beso, si no te importa. O incluso si te importa —colocó su boca sobre la
de ella y disfrutó de su sorpresa que rápidamente se convirtió en una dulce
complicidad. Cuando rompieron el beso, Richard sonrió ante su confusión. Al
menos por el momento, había tranquilizado toda esa energía salvaje. —Todo
estará bien, Sara. Confía en que te protegeré y defenderé nuestro hogar.
—Lo hago —dijo con una voz pequeña, una de sus manos cubría la de él, que
reposaba sobre su mejilla. —Oh, Richard, ¿tendrás cuidado? ¿Lo prometes?
—Lo juro, pero no habrá mucho peligro. Los arqueros estarán listos. ¿No te lo
he explicado una y otra vez? En el momento en que el enemigo entre por nuestros
portones, los abordaremos a él y a todos los hombres que lo acompañen. Si elige
luchar, morirá antes de que su espada deje su funda.
—Nada puede salir mal —confirmó asintiendo.
—Nada —le aseguró, y le ofreció su brazo. —Así que ven, desayunemos. Para
ser un cadáver, me muero de hambre.
Un aire de anticipación llenaba la fortaleza. Incluso los niños no podían
quedarse quietos. Ella los envió al solar y los puso a medir y cortar pedazos de
cuero para cubrir los ojos de los prisioneros que podrían capturar. Cualquier cosa
para mantener sus pequeñas manos ocupadas y fuera del camino. Berta los
supervisaba y juró mantener a Nan y Christopher dentro de esa habitación.
Cuando Sara dejó el salón a medio día vio que aquellos en la muralla externa,
incluso mientras cumplían con sus obligaciones asignadas, mantenían sus ojos y
oídos atentos a aquellos que patrullaban la muralla.
Había pocos caminando allí arriba, solo dos en cada una de las cuatro paredes.
Varias eran mujeres. Sara había escogido a las personas con los mejores ojos. El
arquero estaba sentado contra la pared de la pasarela superior, de cara a la
muralla externa, esperando. Richard estaba parado junto a los portones, dándole
la espalda, hablando con Adam y Alan.
Le gustaba que Richard escuchaba todas sus sugerencias. Alan parecía aprobar
su participación, y pedía su opinión cada cierto tiempo cuando se trataba de
asuntos de defensa.
No tendrían que recurrir a una pelea, eso había asegurado Richard
repetitivamente. Sara no estaba segura de que tuviera razón. Un animal
acorralado peleaba furiosamente, incluso si no tenía esperanzas de ganar.
—Mi lady, debería quedarse adentro —dijo Sir Edmund mientras caminaba
detrás de ella.
Se dio la vuelta para discutir, pero el urgente y lúgubre sonido del cuerno en el
campo de batalla la interrumpió.
—¡Ahí vienen! —gritó, y corrió hacia las escaleras hacia el parapeto.
El caballero la sostuvo y apuntó hacia el castillo.
—¡Entre o Sir Richard me cortará la cabeza!
Sara se apartó de su agarre.
—¡Presenciaré esto, Señor! Ahora ve a ayudar a mi esposo. Yo lo veré desde la
muralla.
Antes de que Sir Edmund pudiera atraparla de nuevo, levantó su falda y corrió.
En cuanto alcanzó la pasarela, escuchó la llegada fuera de los portones y corrió a
espiar por la almena.
—¡Bankwell! —jadeó, sorprendida y desilusionada de que no era el hombre
que había esperado. ¡Y este vejestorio ni si quiera llevaba armadura! Solo media
docena de hombres montaban con él. ¿Cómo esperaba ese tonto ganarse toda
una fortaleza y a la lady de ella con solo seis cuidándole la espalda? Su confianza
en hacerlo insultaba a Sara casi tanto como su razón para estar ahí.
Uno de los hombres de Bankwell anunció su llegada. Así que el buen lord había
ido a “ofrecer sus respetos y hablar con Lady Sara”. Sonrió para sí misma cuando
escuchó la orden de Richard porque abrieran los portones. Bankwell estaba a
punto de recibir la sorpresa de su vida.
Las cadenas resonaron rítmicamente mientras los rastrillos se levantaban, con
sus enormes picos saltando cada vez que los engranajes giraban. Dos de sus
hombres bajaron la palanca que levantaba la enorme barra y los pesados portones
de roble se abrieron completamente. Una polvareda había llenado el lugar. El
patio vacío parecería desierto para aquellos a punto de invadirlo.
El suave sonido de las pezuñas, el rechinido del cuero, y el leve tintineo de los
arneses rompía el silencio mientras el tranquilo Bankwell entraba primero. Sara
vio que no había cambiado mucho en estos últimos años, todavía tenía un porte
majestuoso, y se veía demasiado apuesto para su edad, y obviamente lo sabía.
Arrogante, pensó, pero no por mucho.
Mientras entraba, miró a su alrededor con curiosidad ante la cantidad de
hombres armados, arqueros en la pared, con las flechas listas. Hombres con
espadas y lanzas estaban en sus posiciones de ataque, listos para recibir la orden.
Incluso entonces no pareció muy preocupado.
—¡Déjala o muere! —gritó Richard con una voz tan fuerte y profunda, que Sara
pensó que las paredes del salón se habían movido.
La boca de Bankwell se abrió completamente y sus ojos se agrandaron. Ahora
entendía, pensó Sara con satisfacción.
El metal resonó cuando Bankwell y sus hombres tiraron todas sus armas.
Ninguno se quejó o siquiera lo dudó. Los arqueros en las murallas habían escogido
a sus objetivos y no se podía dudar de lo preparados que estaban para disparar.
—¡Ahora desmonten, lejos de sus espadas! —ordenó Richard.
—¡Venimos en paz! —declaró Bankwell con una voz aguda y aterrorizada. Casi
se cayó de su caballo cuando intentó bajar. —¡No nos lastimen! —con sus manos
levantadas, dio vueltas, implorando, —¿Lady Sara? ¿Dónde está ella? Por favor,
¿puedo hablar con ella?
Sara bajó las escaleras tan rápidamente como las había subido. Recorrió
rápidamente el patio hasta que estaba a una distancia donde pudieran escucharse,
pero no lo suficientemente cerca para que la tomaran como rehén.
—¡Saludos, Lord Bankwell! —lo saludó. —Vamos, hable conmigo si eso es a lo
que ha venido. ¿Qué tiene que decir por usted mismo antes de que lo atemos
como el ganso que es?
Grandemente agitado, bajó sus manos, suplicando.
—Dile a tus hombres que vine en paz, ¿lo harías? ¡Vine aquí a ofrecer mi
protección!
Ella se rió.
—¡Apuesto a que sí! Llévenselo —le ordenó a los hombres que ahora los
rodeaban, con las espadas desenvainadas. —El Rey Edward estará satisfecho con
este día de trabajo.
La atención de todos estaba fija en la captura. Mientras Bankwell
tartamudeaba sus protestas, Richard, Alan, Adam, y Sir Edmund encabezaron a
toda la tropa por los escalones del salón.
Sara esperó en el patio para agradecer a las mujeres de buenos ojos y a los
guardias por mantener su posición. La mayoría estaban bajando de la muralla
ahora. Los arqueros estaban ocupados riendo y felicitándose. Gritos jubilosos
llenaron todo el patio. Ella miró hacia el parapeto para ver quién quedaba ahí.
—¡Cuidado! ¡Bajen los rastrillos! —gritó el solitario guardia en la muralla sobre
los gritos de júbilo. Si no lo hubiera visto directamente, no lo hubiera escuchado.
Sara se dio la vuelta y vio que los encargados de los portones no lo habían hecho.
—¡Cuidado mi lady! ¡Corra! —llegó el gritó.
Las palabras se cortaron cuando los caballos entraron por los portones
abiertos. Los arqueros se revolvieron para tomar flechas. Sus guardias saltaron,
algunos sin armas, contra los intrusos. Las monturas gritaban. Las espadas se
agitaban y los gritos de guerra llenaron el lugar.
—¡Aelwyn! —jadeó Sara cuando distinguió los colores. Sabiendo que no
tendría tiempo de escapar, Sara corrió a la pila de armas que habían dejado los
hombres de Bankwell. La más grande era su sable. Sara lo tomó con
desesperación.
Él se dirigía directo hacia ella. Sara saltó a la derecha, agitó la pesada espada y
alcanzó a darle a su montura con la punta. El caballo se agitó y Aelwyn perdió su
silla.
Sara arriesgó una rápida mirada hacia la puerta del salón. Richard, sus
caballeros y familia debieron escuchar la conmoción. Corrían escaleras abajo,
enfrentándose a los hombres de Aelwyn, la mayoría a pie. Aquellos que seguían
montados estaban entre ella y cualquier ayuda.
—¡Oh, Dios! —gritó, y esquivó nuevamente a Aelwyn. ¿Por qué no le había
dado un golpe fatal cuando se cayó? Maldijo su pánico. Se había recuperado de su
caída y ahora se le acercaba cautelosamente, frunciendo el ceño bajo su medio
casco.
Sara levantó el sable, retándolo a acercarse.
—¡Te casarás conmigo ahora, maldita! —la amenazó. —¡O morirás!
—Tengo un esposo —dijo, hablando con los dientes apretados. —¡Te matará
como al perro que eres!
Por un instante, se congeló.
—¿Strode no está muerto?
—Está asesinando a tus parásitos mientras hablamos. ¡Mira, si no me crees! —
acomodó su sable, esperando por la oportunidad de atacar si apartaba la mirada
de ella.
En su lugar, él la rodeó mientras hablaba, abriendo y cerrando sus dedos en el
mango de su espada. Cazándola. Sus ojos brillaban con maldad bajo los agujeros
del casco.
—Entonces morirá, junto con todos aquí. Tú también, pero no hasta que
termine contigo.
Se rió mientras caminaba a su alrededor, haciendo que se diera la vuelta y
perdiera el equilibrio.
—No tendrás Fernstowe —le declaró, intentando conseguir tiempo hasta que
Richard pudiera ayudarla. Asumiendo que sobreviviera a su propia batalla. El peso
de la espada hacia que sus músculos quisieran gritar, pero la mantuvo firme.
—¿Este lugar? —se burló Aelwyn. —Eras tú a quien quería, tú, niña tonta,
desde el momento en que floreciste. Te tendré también. Pero luego tendrás que
pagar —movió su espada haciendo un arco amenazador. —Ríndete ahora, Sara,
para que no tenga que matarte tan pronto.
Se acercó. Sara movió su sable con todo su fuerza. Aelwyn detuvo fácilmente el
acero y el sonido la ensordeció. Sus propios huesos temblaron.
—¿Sa… sabías que eran hermanos? ¿Cómo? —demandó mientras se apartaba
de su alcance. Todo lo que necesitaba era un momento para recobrar el aliento. Si
tan solo pudiera mantenerlo hablando.
Él se rió con burla.
—¡Me encargué de saber todo sobre el canalla que asesinó a mi padre y robó
nuestra fortuna! El Rey lo cazará por su arduo trabajo. ¡Los matará a todos! —gritó
Aelwyn.
Sara apartó su espada, pero apenas lo logró. El sudor picaba en sus ojos e hizo
que parpadeara.
—¿Todo esto por una guerra? ¿Quieres una guerra?
—Sí, ¡y la tendré! Y también a ti. ¡Viva o muerta! —gritó, con su rostro rojo por
la ira.
Ella apretó su agarre y acomodó su espada.
—¡Haz tu mejor intento, traidor!
Él corrió hacia ella, con su espada lista para un golpe mortal.
Sara esperó porque la espada bajara, luego se agachó y atacó. Él aulló, pero
pudo ver que su malla había atrapado la punta. Había logrado sacar sangre pero
no lo había atravesado.
Sorprendida ante su éxito, se quedó mirando tontamente a su herida. Se
levantó, hizo un círculo completo para agregar ímpetu y golpeó su casco con la
parte plana de su espada. Un golpe sonoro. Retumbó como una campana.
Cuando Aelwyn despertó, tenía el pie de Richard sobre su cuello. Sara pensó
que podría romperlo. Esperaba que lo hiciera.
—Quería que el Rey declarara la guerra a los escoceses —dijo, todavía incapaz
de creer que nadie, ni siquiera Aelwyn, podría querer algo así. —¡Creo que está
loco!
Richard miró al hombre.
—Loco o no, morirás como un traidor. Por mucho que desearía matarte yo
mismo, el Rey tendrá que cumplir con su deber.
Aelwyn lo fulminó con la mirada pero no dijo nada. Probablemente no tenía
aire para hablar, dado que apenas podía respirar.
Luego Richard le habló secamente.
—Haz que alguien cierre los portones, ¿quieres? No me gustaría que otro de
tus pretendientes venga hoy.
Sara se rió, soltó la espada y limpió sus manos.
—¿Cansado, Richard? Apenas estaba empezando a calentar —con eso, corrió a
los portones y ella misma bajó los rastrillos.
Su ligereza probó durar poco cuando entró en el salón y vio todo el daño que
Aelwyn había provocado. Sus hombres habían matado a dos de los suyos, herido a
Sir Edmund en el brazo y cortado profundamente a Adam en su muslo. Eustiss
tenía una pierna rota, resultado de una montura enemiga que había intentado
montar.
Para cuando Sara llegó ahí, Lady Honor y muchos otros estaban yendo de un
lado al otro entre los enfermos que estaban tendidos sobre las mesas. Los
hombres muertos estaban sobre jergones en una esquina, sus mujeres lloraban
sonoramente mientras atendían los cadáveres.
—¡Madre, madre! —gritó Nan, corriendo de cabeza hacia ella, apretando su
cintura. —¡Berta no nos dejó venir a ayudarte!
Sara acarició sus rizos pelirrojos y le dio unas palmaditas en la cabeza. Buscó la
mirada serena de Christopher mientras este se mantenía observando, esperando
por instrucciones, sin duda, como el pequeño soldadito que era.
—Todo está bien ahora. Vuelvan al solar, ambos, y quédense allí hasta que esto
se resuelva. ¡Hagan caso! —insistió cuando Nan comenzó a objetar.
Para alivió de Sara, Chris tomó la mano de Nan y la separó a la fuerza, hablando
con ella de la misma manera tranquilizadora en que hablaba su padre a veces. Ese
niño, bendito sea, sería un gran caballero algún día, justo como Richard.
Ahora venía la penosa tarea de disculparse con Lord Bankwell. En ese
momento, estaba sentado en la mesa en la esquina del salón, rodeado por sus
hombres. Estaban bebiendo cerveza y murmurando entre ellos.
Era mejor acabar con esto, pensó Sara. Richard se le unió antes de que llegara
con Sir Bankwell y compañía.
—Lo hemos ofendido —dijo Sara sin detenerse. —Pero debe admitir, que fue
un error honesto. Estábamos esperando un ataque y usted llegó. ¿Por qué vino,
por cierto?
Bankwell se mofó y tomó otro trago de su bebida. Cuando azotó la copa en la
mesa, respondió.
—Recibí noticias de que habías enviudado y viajé todo el camino (a una
velocidad increíble, si he de añadir) solo para ofrecerte mi ayuda con el funeral. Y
mi protección. Intenté decírtelo.
—¿Y por qué ofrecería eso? —preguntó Richard, todavía sospechando del
hombre.
¿Podría ser que ambos, él y Aelwyn habían venido a proclamarla suya? Se
preguntó Sara.
Bankwell suspiró.
—Tú madre y yo nos casamos hace cinco meses—dijo. —Como tu padrastro,
consideré mi deber…
—¿Se casarón? —demandó Sara, pasmada ante la idea. —¿Con mi madre?
¿Cómo puede ser? ¡Entró a un convento!
—Y yo la saqué —declaró. —Me envió una carta poco después de que llegó allí,
y yo la busqué en el acto. ¡Ese no era un lugar para mi Eula!
—Tú Eula —repitió Sara, petrificada por las noticias.
Él frunció el ceño, con sus facciones todavía llenas de ira.
—Nos iremos dentro de una hora. Si tienes algo que decir a tu madre,
escríbelo. No esperaré por mucho tiempo.
Richard no había terminado.
—Una vez quiso a Sara como su esposa, mi lord. Pensamos que había venido a
pedirla.
Bankwell les indicó a sus hombres que se fueran con una mirada y estos
dejaron la mesa y se alejaron hasta donde no podían escuchar. Luego contestó.
—Siempre amé a Lady Eula, incluso cuando éramos niños. Pero sus padres
preferían a Lord Simon.
Miró a Sara como si quisiera disculparse, y luego a Richard.
—Solo quería tener un pedazo de Eula para consolarme cuando pedí la mano
de Sara. Pero cuando finalmente nos conocimos, vi que no era como su madre en
lo absoluto, ni en su aspecto ni en su temperamento. Lord Simon tuvo razón en
rehusar mi solicitud. Le agradezco a Dios todos los días que haya dicho que no, o si
no nunca me hubiera podido casar con Eula después de que murió.
—Esperó mucho para contarme de este matrimonio —dijo Sara.
—Eula no lo permitió por miedo a que nos odiaras. Pero pensamos que podrías
necesitar ayuda de tu familia, así que vine.
Sara tenía problemas aceptando las noticias, pero supuso que tendría
suficiente tiempo para eso. Tenía que admitir que había sido que fuera Bankwell,
dado que pensaba que necesitaba su ayuda.
—¿No prefiere quedarse aquí y mandar por mi madre? Tenemos un festín
preparado para el día después de mañana —ofreció.
La risa de Bankwell fue seca.
—No, gracias. Me iré a casa tan pronto como pueda, y Eula no querrá venir
aquí ahora.
Sara apretó los labios, decepcionada porque su madre no quería volver a verla.
Pero tenía que agradecerle al hombre que había venido a ofrecer su ayuda y
recibido una bienvenida tan pobre.
—No le escribiré —le dijo. —Solo dígale a mi madre que les deseo felicidad a
los dos y que rezo porque ahora esté feliz.
Bankwell se levantó y tomó su mano. La besó y le sonrió.
—Le preocupas a Eula, Sara. Te ama profundamente. Hubiera venido aquí
conmigo si no fuera por el niño.
Las rodillas de Sara temblaron. Hubiera caído directamente al suelo si Richard
no la hubiera sostenido rápidamente. Tartamudeó:
—¡Pero… pero mi madre casi tiene treinta y nueve años! ¡Esto no puede
terminar bien en lo absoluto!
—¡Tonterías! —respondió orgullosamente. —Está brillando por su buena salud.
Ven a verla tú misma cuando quieras.
Bankwell pasando junto a ella inclinó la cabeza hacia Richard.
—Les deseo buena suerte a ambos. Mis saludos al Rey cuando vuelvan a verlo
—con eso, se alejó, reunió a sus hombres y se fue.
—¡Santo Dios! —jadeó Sara, tocando su frente. Se apartó de Richard y se dejó
caer en una banca. —¿Qué sigue?
—Tú subes las escaleras y te recuestas —ordenó Richard.
—¡Seguramente bromeas! Mira todo este caos. Hay heridos…
—Que Honor está atendiendo. Berta se está encargando de los niños y Alan
está a cargo de los prisioneros. No hay nada más que debas hacer. Yo diría que ya
has hecho suficiente por hoy —dijo, frunciendo el ceño.
—Los muertos deberían…
—Sus mujeres se encargaran de ellos. Es su derecho y su deber.
—¿Qué hay del banquete? —protestó.
—La comida está preparada, y tenemos todo el día de mañana para preparar el
salón. ¡Ahora haz lo que te digo y vete!
Ella simplemente asintió, demasiado cansada para hacer nada más. Sus
músculos dolían por la pelea de espadas y sus manos seguían adormiladas. Richard
la miraba de manera despectiva.
Podía imaginar lo que veía: ropa sucia, rostro sudoroso, su salvaje melena
enredada sobre sus hombros. Debía verse horrible.
El ceño fruncido de Richard no desaparecía. Se veía enojado con ella y supuso
que debía estarlo. Ningún hombre quería a una mujer que blandía una espada
como un hombre. Debía odiar que había sido ella, en vez de él, quien había
dominado a Aelwyn. El Rey se reiría de ello cuando se lo contaran. Richard sufriría
otra humillación más por su culpa.
Subió lentamente las escaleras, preguntándose si podría lograrlo por su cuenta.
Cansada y sin ganas, escaló hacia la soledad de su habitación.
El cuerno sonó nuevamente, suavemente por la cacofonía del salón, pero
distintivo en su advertencia. Sara se sentó en el escalón más alto, con la cabeza
entre sus manos, y esperó a ver qué pasaba ahora.
—¡El Rey! —gritó alguien unos momentos después. —¡Son los colores del Rey!
¡Sir Richard!
Sara se puso de pie y corrió a su habitación, entró, pateó sus zapatos y colapsó
en la cama. ¿Richard quería que descansara? Por Dios que lo haría. Puede que ella
fuera quien pidió al Rey que viniera, pero había recibido a suficientes invitados por
un día.
Se quedó tendida ahí, viendo sus manos con ampollas, sintiéndose sucia y
demasiado cansada para moverse. Pero se preguntó, a pesar de sí misma, qué
estaba pasando abajo.
El Rey había venido por el mensaje que había enviado, esperando
completamente arrestar a Alan el Honesto o encontrarlo muerto. ¿Le creería a
Richard cuando declarara que su familia era inocente? Podría no hacerlo. La
misma Sara no le había creído. Sería la palabra de Aelwyn contra la de Richard.
Sara se obligó a levantarse, caminó hacia el aguamiel y el lavabo y tomó agua
para lavar su rostro y manos. Tenía que ir a hablar con el Rey ya fuera que quisiera
hacerlo o no.
Mientras se pasaba un cepillo por el cabello, maldiciendo los nudos, Sara
admitió la verdadera razón por la que no quería unírsele a los otros. La
culpabilidad de Aelwyn sería fácil de probar. Había muchos testigos además de
ella, y ellos abogarían por Alan y Adam. Lo que de verdad odiaría ver sería la oferta
del Rey de disolver su matrimonio con Richard.
La última vez que el Rey Richard había venido, había dicho que Richard podía
anular su boda. Sara temía que su esposo aceptara ahora, y no lo culparía si lo
hiciera. Todo lo que Richard tenía que hacer era negar que habían compartido sus
camas. Técnicamente, era cierto. Solo habían compartido la cama de Richard. La
de ella se había roto antes de que pudieran usarla.
Richard había sido amable con ella, pero no le gustaba lo directa que era.
Incluso cuando había dejado de serlo, seguía sin estar contento. Sara no dudaba
que querría librarse de ella, especialmente después de hoy.
Esta mañana había probado sin lugar a dudas que no era ninguna dama,
excepto por el accidente de su nacimiento. A decir verdad, se había comportado
más como un hombre.
Podía imaginar la vergüenza que sentía. Todos la habían visto subir su falda
hasta sus rodillas y recorrer el campo de batalla. Entonces se había enfrentado
tanto a Bankwell como a Aelwyn tal como haría un hombre, y con el último había
tenido un combate de espadas. Y ganado. Juzgando por sus palabras y expresión,
Richard no había estado complacido por sus acciones.
No podía arrepentirse de lo que había hecho. Si no se hubiera comportado de
esa manera, estaría muerta ahora. Pero lamentaba que él siempre la vería como
alguien crudo y sin gracia comparada con su primera esposa. La esposa perfecta,
había dicho una vez mientras describía a Lady Evaine.
Sara torció su cabello en una trenza, la enredó en su cabeza y la sostuvo con
seguros. Podía no verse como una dama, pero al menos no se vería tan salvaje
como antes.
¿Podría comportarse con gracia cuando tendría que dejar ir a Richard?
Probablemente no, pero juró que haría su mejor esfuerzo. No deseaba que la
recordara solo como una mujer dura y problemática sin nada de dignidad.
Juraba que no dejaría que se fuera con esa impresión. Rápidamente buscó en
su cofre de ropa y sacó una muda limpia, su mejor vestido azul y unos zapatos a
juego.
—Soy Sara de Fernstowe —murmuró para sí misma mientras se ponía su ropa.
—¡Lady de esta fortaleza, y debo verme como tal!
Tomando un broche de cobre, se lo puso en la cabeza para que quedara justo
sobre su frente. Con movimientos llenos de furia, apretó un cinturón para que
marcara su cintura, lo que sobraba colgaba sobre sus rodillas.
—¡Listo!
Sara acomodó sus faldas, apretó sus mejillas y mordió sus labios para
enrojecerlos. Luego se dirigió con determinación hacia la puerta.
—¡Si el canalla quiere dejarme tan desesperadamente, que así sea!
Capítulo 20

—¡No! ¡Déjenlo! —gritó Richard. Sacó su espada y saltó hacia adelante. Y


aunque su espada no chocó con nada, se dio cuenta de lo que había hecho. Su
respuesta sin pensar para proteger, tan natural como su autodefensa, lo había
condenado. Ahora compartiría el destino de Alan.
Richard bajó su arma e inclinó la cabeza. Había amenazado a su Rey, un crimen
de traición peor que cualquier otro. Su mirada encontró la de Alan y vio que lo
entendía. Y que sufría como su hermano.
El momento en que Richard presentó a Alan, los hombres del Rey se lanzaron
sobre él. Alan no protestó, obviamente asumiendo que Richard aclararía las cosas
de una manera razonable. No había sido así.
Otros dos caballeros (dos que Richard conocía tan bien) lo desarmaron
inmediatamente mientras él se quedaba parado, maldiciendo silenciosamente su
impulso.
Su temperamento lo había traicionado. Después de todos estos años
manteniéndola a raya, su ira se había liberado en el peor momento posible.
Incluso mientras se calmaba, sabía que no podría retractarse por lo que había
hecho. El resultado sería fatal a menos de que Edward se sintiera piadoso. En ese
momento no parecía ser así.
—Mi hermano no ha hecho nada ilegal, Señor —dijo Richard, intentando
explicar sus acciones. —Temí que lo asesinara sin escucharme.
El Rey frunció el ceño, pero no hacia Richard.
—Ah. Aquí está la lady de la casa que ha venido a unírsenos —el Rey gruñó. —
¿Nos recibirás mejor que tu esposo?
Sara se le quedó mirando a Edward con los ojos completamente abiertos e hizo
una profunda reverencia.
—Querido, Señor, ¿qué está sucediendo? —preguntó suavemente. Mirando a
su alrededor rápidamente pareció comprenderlo. —Mi Señor, tienen al hombre
equivocado. Sir Alan vino aquí en paz y nos ayudó a capturar al que buscan por sus
crímenes.
El Rey respiró profundamente y subió su pie a la banca donde Bankwell había
estado sentado.
—Ya no necesita temer a estos Strodes, Lady Sara. Puede hablar libremente
conmigo.
—Siempre lo hago, Su Majestad —dijo Sara con una sonrisa seca. —Y no le
temo a ningún hombre, salvo por usted.
—Ya sea que me temas o no, por lo menos sabes usar la discreción. No como
alguien a quien conocemos —comentó Edward mirando sombríamente a Richard.
Sara sabiamente no comentó nada y siguió con los asuntos pertinentes.
—Mi mensaje para usted fue precipitado y estaba equivocado, pero me alegra
que haya venido. Hace menos de una hora capturamos al hombre que asesinó a
mi padre. Él es quien ha esparcido la tragedia por nuestra frontera y culpó a Alan
el Honesto por ello. Incluso secuestró a Richard y exigió rescate, exhortando a los
otros lords para que también le ofrecieran un pago. Aelwyn de Berthold quería
comenzar una guerra en nuestros tiempos de paz, y casi lo logra.
El Rey inhaló profundamente y se levantó de nuevo, recargando su mano en
sus caderas. Revisó el salón con la mirada.
—Entonces, ¿dónde está? ¿Y cómo saben que es culpable?
Sara señaló a dos de sus guardias.
—Vayan a traer a Lord Aelwyn de su celda. Solo a él.
Cuando salieron corriendo a toda prisa para obedecer, se dirigió nuevamente al
Rey.
—Me lo admitió ante la punta de mi espada, Su Majestad. Me amenazó y juró
matarme.
—Y ese patán te salvó, supongo —dijo Edward señalando a Richard, con una
ceja levantada en disgusto.
—En realidad, no, no lo hizo, Señor —Sara aclaró su garganta, pareciendo
disgustada. —Me salvé yo misma —Rápidamente añadió: —Pero lo hubiera hecho,
de no ser por todos los otros que Aelwyn trajo con él. Sin la ayuda de mi hermano
político y su hijo, que está herido por su esfuerzo, todos hubieran muerto aquí. Los
Strodes no son sus enemigos, ni siquiera los escoceses entre ellos. Mi esposo lo
reverencia, Señor.
—¿Es eso cierto? —murmuró el Rey. —¿O puede ser que pienses salvar a
Richard nuevamente para que te lo puedas quedar?
—Solo digo la verdad, lo juro. Me dijo que le había ofrecido su libertad la
última vez que vino. Yo se la doy sinceramente. Él es su propio hombre (y de
usted, desde luego) no es mío para quedármelo. Richard se casó conmigo sin
saberlo.
—A petición tuya —le recordó el Rey.
—Es cierto, pero ahora creo que lo que hice fue incorrecto para él. Aun así, él
ha hecho todo lo que ha podido para traer paz a mis tierras y a nuestros vecinos,
incluyendo los escoceses. Ruego porque me escuche, a su sirvienta leal ante todo.
Sírvase de la justicia que lo hace famoso y ejérzala sobre el verdadero villano.
—Defiende bien este caso, lady. Ya veremos cómo van las cosas cuando
interrogue a aquel que culpan.
Todos se giraron hacia la escalera desde la que se escuchaban ruidos. Los
guardias, cada uno sosteniendo un brazo, acercaron a Aelwyn y lo lanzaron frente
al Rey.
Richard vio al hombre luchar para ponerse de rodillas e inclinarse hasta que su
cabeza tocara el suelo.
—Aelwyn de Berthold, esta mujer te acusa de asesinato, de capturar a su
esposo, y de exhortación y saqueo. ¿Tú que dices?
—Juro que los escoceses lo hicieron todo, mi Señor. Mis hombres y yo solo
vinimos a ayudar a Lady Sara cuando escuchamos que su esposo había muerto.
Sara se adelantó y se paró sobre él.
—¿Entonces quizás le podrás explicar al Rey por qué montabas el caballo de mi
esposo, que le robaste cuando lo tuviste prisionero? ¿Y por qué esa misma
montura (una que ciertamente el Rey y sus hombres reconocerán) lleva tus
colores, incluso mientras hablamos?
—Ve a ver —le ordenó el Rey a uno de sus escuderos. Luego se giró a Alan,
quien tenía una mirada de interés como si solo fuera un curioso escuchando. —Tú,
¿qué asuntos tienes en Fernstowe?
—Mi hermano me mandó una invitación —dijo Alan, sonando (gracias a Dios)
tan inglés como el Rey. —He estado en Francia en una visita de seis meses con mi
familia y acabo de regresar.
Inclinó su cabeza hacia Honor, quien estaba parada junto a la mesa en la que
Adam yacía inmóvil.
—Debería presentarle a Lady Honor, mi buena esposa, y mi hijo, Sir Adam.
—Leales seguidores de la corona, supongo —dijo el Rey asintiendo en su
dirección.
—De la corona de Balliol, y por lo tanto, de la suya, sin duda —dijo Alan como
si fuera una conversación normal y sin una pizca de temor.
—Correcto —verificó Edward.
El escudero volvió corriendo y sin aliento.
—La dama dice la verdad, mi Señor. La montura de Sir Richard tiene telas que
combinan con la del tabardo de ese hombre —señaló a Aelwyn.
—Suficiente prueba. Enciérrenlo y saquen a sus ayudantes del agujero donde
los haya metido Lady Sara. Daremos este asunto por concluido e iremos a York con
los prisioneros —hizo un chasquido hacia los hombres que sostenían a Alan. —
Suelten a ese.
Richard no había tenido tanta suerte. Edward todavía no terminaba con él. El
Rey se acercó a donde los caballeros lo sostenían y apuntó un dedo a su rostro.
—Ningún hombre que monte a mi lado apunta su acero hacia mí o hacia los
míos. Sabes esto mejor que nadie, pues has estado conmigo por años. Ya no lo
harás. Tu castigo por el error de hoy, señor, es quedarte donde estás. ¿Está claro?
Richard bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
—Estoy a su servicio, Señor. Como siempre.
Cuando se atrevió a levantar la mirada, Edward le guiñó un ojo.
—¿Esa oferta que te hice antes? ¿La de liberarte? La retiro.
—Su voluntad es la mía, Señor —contestó Richard, con una voz humilde y la
cabeza baja. Quería gritar sus agradecimientos.
—Tenemos lo que vinimos a buscar —anunció el Rey. —¡Por lo tanto, adieu! —
se dio la vuelta majestuosamente y marchó hacia la puerta. Sus hombres rodearon
a los prisioneros y lo siguieron.
Richard levantó su espada y la metió en su vaina. Él y Alan intercambiaron una
mirada de profundo alivio.
—Hasta luego, mi Señor —dijo Sara dulcemente.
En el instante en que la puerta se cerró detrás de la compañía Real, Sara se
acercó a Richard, olvidando toda dulzura.
—¡Idiota! ¡Casi haces que te maten! ¿Estás loco?
—Aparentemente. Pero me salvaste. Y a Alan también —dijo, sonriendo ante
su furia. —Mi hermosa Reina guerrera, mi Boadicea.
—¡Llámame así de nuevo y yo te mataré! —exclamó. Sus largos brazos
cruzaron sobre su pecho y sacudió la cabeza. —Solo puedes culparte a ti mismo
por tu castigo. Ahora debes continuar casado conmigo, cuando yo te iba a dejar ir
felizmente.
—¿Felizmente, Sara? —preguntó, conociendo la respuesta. Ella lo amaba. Sabía
que era así. Brillaba en sus ojos aún a través de su furia, tan brillantemente que
era imposible no darse cuenta.
—Lo iba a hacer, aunque no felizmente —dijo, girando sus ojos
dramáticamente. —Lo había aceptado.
Richard lanzó su cabeza hacia atrás y comenzó a reír, incluso mientras se
acercaba a ella y la rodeaba con sus brazos.
—Sara, Sara, ¿no puedes ver lo feliz que estoy de quedarme? Edward no me
podría haber arrastrado fuera de aquí.
—Oh, sí. Podría haberlo hecho —le recordó molesta, apretando con fuerza su
cintura. —Con cadenas, y en el camino a la horca. ¿Qué estabas pensando sacando
tu espada frente al Rey?
Él sacudió su cabeza con rudeza.
—En realidad, no estaba pensando en lo absoluto. Tú eras la única mostrando
sentido común —la besó sonoramente, aprovechando la sorpresa y esperando su
respuesta.
Alan tocó su espalda.
—¿Me dejarías decir algo?
—Será mejor que hables rápido entonces —anunció Richard, y levantó a Sara
en sus brazos, ignorando sus protestas. —Pues le voy a agradecer en privado.
Mientras tanto, siéntanse como en casa. Los veremos mañana en el festín.
—¡Mañana! —jadeó Sara. —¡Richard! ¡Hay cosas de las que encargarse, cosas
que tengo que hacer!
—Oh, y te dejaré hacerlas —le prometió con una sonrisa.
Sara se rindió y recargó su cabeza en el hombro de Richard, su cuerpo ardía con
deseo después de ese beso.
Sabía lo que pasaría después. No podía negar que quería que sucediera. Pronto
él vería cuán desesperadamente lo quería, pues no sería capaz de esconderlo.
Todos sus planes de fingir no sentir pasión saldrían por la ventana tan pronto
como entraran en la habitación. Él la besaría nuevamente y ella perdería todos sus
pensamientos propios.
—Lo intenté —murmuró. —De verdad lo intenté.
—¿Qué sucede? —le preguntó amablemente mientras cerraba la puerta de su
habitación con un pie y la bajaba.
Ella hizo una mueca y se encogió de hombros.
—Ser lo que tú deseabas que fuera.
Él rodeó su rostro con sus manos y besó su frente, justo debajo de su broche.
—Pero lo eres, Sara. Todo lo que deseo.
Ella se apartó, intentando distanciarse y calmar el rápido latido de su corazón.
Se sentía como si fuera a salir de su pecho. Tembló con necesidad, más profunda
que la que podía provocar cualquier unión física. ¿Pero de qué otra manera podía
expresar la manera en que lo adoraba? Y él no querría que lo expresara.
—Piensas que soy lo que quieres en este momento, pero nunca podré
mantener ese sentimiento, Richard. No este día, y probablemente nunca. Será
mejor que sepas la verdad.
Él se movió detrás de ella, apretó su brazo y luego pegó sus labios a su oído.
—Dímelo después.
Ella se rió, un sonido completamente carente de alegría.
—Después, no necesitaré hacerlo. Lo sabrás.
—¿Sabré qué? —preguntó, distraído con la tarea de quitarle los broches del
cabello.
—Que nunca podré ser para ti lo que fue Lady Evaine.
Sus manos se quedaron quietas y Richard se dirigió a ella con completa
seriedad.
—¿Y qué piensas que fue ella para mí, Sara?
—La esposa perfecta, desde luego. Una verdadera mujer noble sin todos
estos…—hizo un gesto fútil con sus manos. —¡Defectos!
—Querida, todos tenemos defectos. Evaine tenía muchos. ¿Qué te hizo pensar
que era perfecta?
—¡Tú lo hiciste! —exclamó, exasperada por negar lo que había dicho solo
porque pensaba que ella no lo había escuchado. —¡Le dijiste al Rey que lo era!
Que nunca la podrías reemplazar. ¡Nunca!
—Nunca la amé, Sara. Es la culpa la que me consume. Si hubiera sido capaz de
amarla, quizás ella me hubiera amado a mí. A decir verdad, los dos nunca llegamos
a conocernos. Solo éramos unos tristes desconocidos atrapados en una trampa
que no hicimos nosotros. Después de que muriera, escondí mi alivio al saberme
libre de ella.
Sara se giró para encararlo, sin poder creerlo.
—Oh, Richard…
—Sí, incluso de mí mismo, intenté esconderlo glorificando todas las virtudes
que seguramente ni siquiera tenía. Si Evaine y yo hubiéramos hablado
francamente el uno con el otro (como hacemos tú y yo) podríamos haber sido una
mejor pareja. Pero ella nunca hubiera hecho eso, la honestidad no era una de sus
cualidades. Ni tampoco de las mías.
Sara acarició su pecho con una mano.
—Me arrepiento de que el Rey no te diera la oportunidad de decidir quedarte
como mi esposo, Richard. No querías casarte de nuevo. Sé que es cierto.
—A veces el destino toma las riendas, supongo. Tú eres valiente, actúas rápido,
y eres fuerte y hermosa. Todo lo que pude haber pedido en una esposa —sus ojos
se oscurecieron mientras ella los observaba, buscando la verdad. Él la ofreció,
añadiendo. —Excepto por una cosa.
Sara asintió, entendiendo perfectamente.
—Lo sé —miró hacia la cama, con ojos tristes. —Ahí yace nuestra dificultad.
—Tenía que ser —dijo suavemente, con sus labios acercándose a los suyos. —
¿No habíamos encontrado un dulce acorde antes? Dame a la verdadera Sara. Sé
quién realmente eres.
Ella cerró los ojos para bloquear su súplica y se dio cuenta de que no era algo
visual. Su cuerpo estaba presionado contra el de ella, proclamando con fuerza lo
que quería. La urgencia en sus palabras resonaba en su cabeza.
—No puedo ser quien quieres que sea —admitió. —Soy quien soy, Richard, y
no puedo ser nadie más, sin importar cuánto lo intente. Mis mejores intentos por
fingir salieron terriblemente y no puedo soportar hacerlo de nuevo. No de esa
manera.
—Oh, mi amor, nunca quise que pretendieras conmigo. Ni lo haré yo contigo —
dijo, verdaderamente preocupado. —Sé tú misma, pues esa es la mujer a la que
quiero. Dámelo todo, tu cerebro… tu temperamento y tu pasión. Yo lo recibiré
todo.
La sonrisa de Sara creció. Inclinó la cabeza para esconderla. Así que su
preferencia por un acorde dulce no significaba que tenía que quedarse tendida
bajo él. ¿Cómo había malinterpretado tanto las cosas?
—¿Estás queriendo decir que quieres que me comporte inapropiadamente,
Richard? Me reprendiste por eso —le recordó Sara, trazando un camino desde el
frente de su tabardo hasta su cinturón. Jugó con la hebilla.
—Me perturbas —sus manos acariciaron sus brazos, tranquilizándola pero
sugiriendo más que consuelo. —No solo en la cama, sino en todas las cosas. Sara,
nunca te cubriste de ninguna manera, ni siquiera pensaste en protegerte de mí.
¿Puedes entender cuán rara es esa cualidad de apertura? —su media risa sonaba
de pesar. —Supongo que soy yo quien tomó gran comodidad en las máscaras que
la mayoría de la gente lleva. Tú no usabas ninguna y arrancaste completamente la
mía. Ahí estaba yo, sin nada con lo que ocultarme.
—¿Y ahora? —preguntó, mordiendo su labio.
Él sonrió.
—Quiero que mis niños sean como tú. Yo quiero ser como tú. He trabajado por
demasiado tiempo para esconder mi naturaleza, para ser lo que otros pensaban
que debía ser. Si me aceptas como soy y me ayudas a descubrir quién es ese
hombre, entonces no podré pedir más. De lo único de lo que estoy seguro en este
momento es que te amo más allá de toda razón. No hay duda sobre ello.
Sara recargó su cabeza en su pecho y suspiró contra su corazón. Las lágrimas
quemaban sus ojos, lágrimas que había contenido por demasiado tiempo para
poderlas detener.
Richard la amaba.
Él la apartó, mirando y tocando su rostro.
—Sé que me amas, Sara, así que, ¿por qué lloras?
Ella no pudo evitar reírse mientras sorbía su nariz.
—Por… porque eres el único hombre vivo por el que vale la pena llorar.
Richard la abrazó con fuerza y la dejó llorar. Nunca en su vida había sentido
Sara tal felicidad.
Después de un rato, cuando se calmó en sus brazos, Richard aligeró su agarre.
—¿Qué puedo hacer, mi amor? ¿Qué te haría feliz? Solo tienes que decírmelo.
Sara lo miró, sus ojos ámbar seguían brillando por las lágrimas, pero sonrió
malvadamente. Sintió sus manos en su cintura.
—Esta espada tiene que irse —dijo mientras desabrochaba el cinturón. Éste
resbaló por su cuerpo y cayó en el suelo. —Eres demasiado agresivo con esa cosa.
¿Qué diría la gente de tu impulsividad?
Sin palabras, observó mientras levantaba su tabardo y su cota de malla. Se
inclinó mientras pasaba ambos sobre su cabeza. La malla resonó suavemente
cuando cayó junto a su arma.
Entonces ella chasqueó la lengua.
—¿Un noble debería vestir tales ropas impropias, mi lord? ¡Tendrá que usar
mejor ropa de ahora en adelante para no ofenderme! —le ayudó a quitarse su
camisa. —Listo. Mucho más apropiado.
Una sonrisa de autodesprecio subió a sus labios.
—Me vas a hacer pagar por cada palabra, ¿verdad? Cada cosa mala que te dije.
Sara le sonrió con anticipación pura.
—Oh, créeme, también te haré pagar por las cosas buenas. Y pagarás, pagarás,
pagarás…— continuó mientras desataba sus ataduras una por una.
Richard soltó una risita, tomó su broche y jugó con su cabello.
—Muchacha descarada.
—Conejo sinvergüenza —le contestó de manera amable, haciendo una voz
grave.
Richard tomó sus faldas y comenzó a recogerlas lentamente.
—Nunca debí decirte esas cosas, Sara, incluso si no las creía realmente.
—Sí, lo hacías —dijo, todavía sonriendo, casi como si lo retara.
Él continuó levantando su vestido y su camisa de señora. Ella levantó los brazos
y él terminó de quitarlos. Luego su mirada acalorada se encontró con la de ella,
dirigiéndose después a sus pechos.
—Esta noche me vuelves loco —le susurró. —Eras tan extraña para mí con tu
valentía y libertad, me robaste todo pensamiento e idea racional. Y aunque lo
amaba, no estaba seguro de que me agradara.
Ella se puso de puntillas y lo besó suavemente mientras restregaba sus cuerpos
juntos.
—¿Me dejarás saber en cuanto estés seguro? No es que vaya a hacer mucha
diferencia.
Él la abrazó completamente, riendo, mientras los dirigía a ambos hacia la cama.
Tropezaron con ella juntos y él se colocó sobre ella, mirándola a los ojos y
sonriendo.
—Tú me escogiste, Sara, y estoy agradecido por ello. Mi corazón es tuyo para
toda la eternidad.
—Nunca pensé tener tu corazón —admitió Sara sin aliento. —Y por lo tanto
deseaba lo demás.
Richard tentó sus labios cuando supo que deseaba más.
—¿Ahora lo deseas, mi amor?
—Ahora y para siempre —dijo, con una voz amable y llena de amabilidad. —Tu
corazón, cuerpo, alma. Quiero tenerte completo.
Y así sería, pensó Richard mientras se rendía con gusto. Sara lo recibió
suspirando por el placer mientras lentamente se volvían uno para toda la
eternidad.
Epílogo

Cinco años después

—¿Estás seguro de que el Rey sigue en Londres? —preguntó Sara a Richard


mientras los invitados se acomodaban para la cena. Sonrió a pesar de su
preocupación, inclinando la cabeza a Lord Adam y Lady Janet, los que tenían el
rango más alto, que se encontraban sentados en las sillas de respaldo alto donde
ella y Richard se sentaban usualmente. —Que Dios nos ayude si se entera de esto.
Richard tomó sus manos para evitar que las apretara.
—Nadie fuera de Fernstowe sabe que Alan está aquí. ¿Cómo podríamos
celebrar el ascenso de Christopher a escudero sin sus únicos tíos presentes? —
miró hacia el otro lado de la mesa, con una expresión de orgullo. —La nueva
hostilidad entre nuestros países no tiene nada que ver con esto. La lealtad a tu
familia está por encima de cualquier política. Dejando eso de lado, Alan no ha
visto a nuestro padre por años.
Los hombres habían disfrutado profundamente de su reunión, tenía que
admitirlo. Toda la fortaleza estuvo llena de risas durante todo el día. Sara parecía
ser la única preocupada por el riesgo que corría Alan al cruzar la frontera. Escocia,
aliada con Francia, estaba en guerra con Inglaterra.
Richard había luchado en Francia por casi un año, pero estos últimos meses,
debido al invierno, los disturbios se habían detenido. Sara rezaba por la paz. Por el
momento, la tenían y esperaba que durara. Si el Rey ordenaba a Richard que
luchara nuevamente, Christopher lo acompañaría como su escudero. Por ahora,
no pensaría en eso, pues este debía ser un momento de alegría.
—Han malcriado a Nicholas, todos ellos —susurró Sara mientras Richard la
ayudaba a sentarse. Incluso ahora, su hijo de dos años tenía su propia corte,
rodeado por Berta y Nan en la cabeza de la mesa. Todos amaban al pequeño
granuja, como lo llamaba Alan.
Sara se pasó una mano por el abdomen. Antes de la primavera habría un nuevo
bebé para que la familia lo mimara.
Gritos de aprobación surgieron cuando Christopher llegó finalmente, vestido
con una esplendorosa túnica azul con plateado. Qué hijo más bueno era, alto para
su edad y fuerte, la misma imagen de su padre. Tenía doce años ahora, joven para
ser un escudero, pero Richard le había enseñado bien y estaba listo.
—Lord Hepping presiona por un compromiso —le informó Richard en voz baja.
—¿Tú que piensas? ¿Su pequeña Constance haría buena pareja para Chris?
Sara se giró hacia él como si se hubiera vuelto loco.
—¡Le faltan dos años para la edad de consentimiento, Richard! ¡Y tú, sobre
todos los demás, deberías saber que tiene que escoger por sí mismo!
Richard inclinó la cabeza, con una ceja levantada.
—Pero si la aceptamos ahora, la podrías traer aquí y entrenarla. Apostaría a
que Christopher querrá una esposa como tú cuando llegue el momento de casarse
—miró a su hijo, quien ya se comportaba como un caballero completamente
investido. —Nada diferente serviría.
El cumplido llenó su corazón de felicidad, pero aun así se opondría a
comprometer anticipadamente a Chris.
—¿También escogerás una pareja para Nan? —preguntó, retándolo con una
sonrisa.
—Creo que ella ya lo hizo —dijo secamente, apuntando su mirada a uno de sus
jóvenes escuderos bajo entrenamiento. —Aunque el petimetre no se ha dado
cuenta. Ella es una chica como tú.
Sara se rió con gusto.
—¿Estás preocupado?
—En lo absoluto, mi amor, solo me siento feliz con mi destino —se inclinó para
besarla rápidamente, sus labios se extendieron en una amplia sonrisa mientras lo
hacía. —A un hombre le podría tocar una suerte peor que ser escogido por alguien
como tú, mi lady. Pero nunca podría tocarle algo mejor, pues tú eres la mejor.
Sara unió su brazo con el de él.
—La próxima vez que estemos solos, me aseguraré de que pagues por ese
comentario —juró, amando su gruñido de anticipación. —Será mejor que te
prepares.
—Estoy completamente preparado en este momento —le aseguró. —Así que,
acabemos con esta ceremonia. Luego tendremos que pasar por el banquete.
—Y yo te daré tu postre, buen Señor —le prometió con una sonrisa que de
ninguna manera podía considerarse recatada.